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    La Alpujarra : sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia
     Pedro Antonio de Alarcón
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ArribaAbajoSexta parte

La Semana Santa en Sierra Nevada



ArribaAbajo- I -

Lunes Santo.- Descansamos en Albuñol.- Cosas de la Luna.- Martes Santo.- Nos trasladamos a Murtas.- Preparativos para la peregrinación a Sierra Nevada


«Día de mucho, víspera de nada», dice el adagio; y, en efecto, el día que se siguió a nuestra inolvidable correría por la orilla del mar constituye una especie de entreacto en la presente historia.

Por varias razones; por ser la clásica festividad de la Encarnación del Señor; por estar cansadísimos de tres jornadas consecutivas, y porque éranos indispensable preparar nuestro espíritu, nuestro cuerpo y nuestros caballos para la solemne expedición a los pueblos de Sierra Nevada, dedicamos aquel día al reposo, y a ordenar y guardar en el archivo de la memoria todo lo que hasta entonces habíamos visto y sentido en la Alpujarra.

Con esto; con oír misa; con rehabilitar al viejo   —408→   ex-carabinero, y con dar un paseo a pie por la rambla, se nos fueron sin sentir las horas del 25 de marzo del año de gracia 1872. dejándonos ya que no recuerdos de exorbitantes aventuras, la plácida memoria de una paz y una tranquilidad impropias de esta desdichada vida.

Por último: a la noche nos obsequió el cielo con una magnífica tempestad, que duró desde las siete hasta las diez, y cuyos majestuosos truenos, repetidos por todos los montes y valles de la Contraviesa en retumbantes y prolongados ecos, simulaban el cañoneo más espantoso de que pueden tener idea los nacidos.

Era la propia tormenta que conjuró la noche anterior la súbita salida de la Luna...- Por lo visto, los enconados elementos habían vuelto a encontrarse de manos a boca; y, no llegando esta vez la Tiple de los cielos a punto de meterse por medio y poner paz, habían desnudado los aceros y trabado aquella descomunal contienda...

Yo no sé quién saldría vencedor, ni si llegaría a morir alguno de ellos.- Lo que sé es que, cuando nos acostamos, todo había concluido... El más profundo silencio reinaba en la naturaleza, turbado solamente por el oficioso lloriqueo de las chorreras que afluyen a la Rambla, y la Luna se paseaba con la mayor calma por las soledades del ya despejado firmamento, sin darse por entendida de lo que había pasado.- ¡Y eso que el mar había sido uno de los combatientes! ¡Eso que el mar es su amante, como sabe todo el mundo! ¡Eso que la muy taimada había presenciado el fin de la refriega, oculta detrás   —409→   de un cortinaje de nubes! ¡Eso que probabilísimamente ella habría tenido la culpa de todo!...- Pero la Luna es la Luna.

Y no recuerdo más del LUNES SANTO.

*
* *

La Iglesia, por su parte, había conmemorado aquella mañana, en el Evangelio de la Misa, una de las últimas escenas de la vida del SALVADOR, -vida que ya tocaba a su fin mortal, a su complemento entre los hombres.

Y nosotros, a fuer de cristianos, obligados, aunque estuviésemos de viaje, a meditar en los Misterios de la solemne Semana que había dado principio, nos detuvimos y deleitamos mucho en aquella conmemoración.

He aquí las palabras de San Juan51:

«JESÚS, seis días antes de la Pascua, vino a Bethania, en donde había muerto Lázaro, al que JESÚS resucitó.

»Y le dieron allí una cena: y Martha servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados con él a la mesa.

»Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro de gran precio, y ungió los pies de JESÚS, y le enjugó los pies con sus cabellos, y se llenó la casa del olor del ungüento».


Y, a la noche, hojeando el Nuevo Testamento, leímos en el Evangelio de San Lucas aquel otro suceso tan análogo, ocurrido con cuatro días de anterioridad, y no casa de Lázaro, sino casa de Simón el Leproso.

«Y una mujer pecadora que había en la ciudad, cuando supo que estaba (JESÚS) a la mesa en casa del Fariseo, llevó un vaso de alabastro, lleno de ungüento.

  —410→  

»Y poniéndose a sus pies en pos de él, comenzó a regarle con lágrimas los pies, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y le besaba los pies, y los ungía con el ungüento.

»Y cuando esto vio el Fariseo que le había convidado, dijo entre sí mismo: Si este hombre fuera profeta, bien sabría quién y cuál es la mujer que le toca: porque pecadora es.

»Y JESÚS le respondió...

»-Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Mas como no tuviesen de qué pagarle, se los perdonó a entrambos... Por lo cual te digo que perdonados le son a ésta sus muchos pecados, porque amó mucho.

»Y dijo a ella: Perdonados te son tus pecados».


Quien podía saberlo nos manifestó entonces que, según San Agustín, San Bernardo y otros Santos Padres, esta cena y esta mujer fueron las mismas de que habla San Juan, y a que se refiere San Marcos cuando dice:

«Llegó una mujer que traía un vaso de alabastro de ungüento muy precioso de nardo espique, y quebrando el vaso, derramó el bálsamo sobre su cabeza.

»Y algunos de los que había allí, lo llevaban muy a mal entre si mismos, y decían: ¿A qué fin es este desperdicio de ungüento?

»Pues pudiera venderse este ungüento por más de trescientos denarios, y darse a los pobres. Y bramaron contra ella.

»Mas JESÚS dijo:

»-Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Buena obra ha hecho conmigo.

»Porque siempre tenéis pobres con vosotros: y cuando quisiereis, les podéis hacer bien; mas a mí no siempre me tenéis.

»Hizo esta lo que pudo: se adelantó a ungir mi cuerpo para la sepultura».


Finalmente: el Teólogo que dirigía aquel piadoso estudio, lo terminó con las siguientes palabras:

-San Agustín y otros Doctores de la Iglesia opinan que la hermana de Lázaro de que habla San Juan, la mujer pecadora a que se refiere San Lucas, y la mujer innominada e incalificada de que hacen mención San Marcos y San Mateo, son una sola persona, a saber: María de Magdalo, la pecadora arrepentida que siguió a Jesucristo desde Galilea a Jerusalén y presenció su muerte en unión de María   —411→   Santísima y de María de Cleofas. En compensación, otros Santos Padres creen que las Cenas fueron dos; dos las mujeres que ungieron a Jesús con bálsamo de espiga de nardo, y ninguna de ellas la Magdalena; -pero los artistas y poetas han optado siempre en sus obras por la interpretación de San Agustín.

*
* *

El MARTES SANTO fue también día de pocos acontecimientos, o mejor dicho, de pocas novedades; pero fuelo, en cambio, de grande, emoción y de inmensa expectativa en las filas expedicionarias...- ¡Era la víspera de la excursión a Cádiar, y del asalto a la Sierra!

A fin de emprender esta excursión y este asalto desde más cerca y con más horas útiles a nuestra disposición, aquel día nos trasladamos a Murtas.- Así quitábamos de en medio tres leguas que nos eran conocidas, e íbamos a dormir, como quien dice, a la frontera de lo desconocido.

No tengo, pues, para qué referir aquel nuestro segundo viaje de Albuñol a Murtas, el más tranquilo, descansado y racional de cuantos realizamos en la Alpujarra.- Básteos saber que lo emprendimos a una hora muy cómoda; que caminamos al paso que quisieron las bestias, y que no nos salieron al encuentro ni los moriscos, ni los historiadores, ni los prehistóricos habitantes de la Cueva de los Murciélagos.

En cambio, vimos por doquier las huellas de la horrible tempestad de la noche anterior.

  —412→  

El día estaba regular, pero se nublaba a veces...; y aquellos nublos parecían síncopes de la naturaleza, -reminiscencias de su último sobresalto.

En las Angosturas notamos señales de haber pasado por allí mucha agua...- ¡¡Todavía daban miedo!! -Olían como a pólvora.

La Encina Visa había perdido bastantes hojas y parte de una rama durante la tormenta...- ¡La pobre no está ya para tales jaleos!

El intrépido mar, a la distancia que lo divisamos desde aquellas alturas, nos pareció dormido. Se hallaría descansando de la batalla.

El viento no respiraba siquiera...- Por lo visto, él había sido el muerto.- No se movía el elemento..., como suele decirse en aquel país.

En cuanto a la Sierra... ¡ah! la Sierra, habíase vestido de limpio para recibirnos en toda regla al día siguiente.- Estaba, sí, recién nevada, y sus faldas de encaje bajaban hasta los pueblos en que debíamos andar las Estaciones el Jueves Santo...

Pero a propósito de faldas:

Aquel día iban con nosotros (en lugar de graves señores como otras veces) dos o tres gallardos mancebos de Albuñol, en estado de merecer, los cuales llevaban en el ojal las primeras rosas de olor de la costa, -destinadas, según entendimos, a tal y cual señorita de Murtas y de Sierra Nevada.

No tengo más que decir. Apreciad vosotros ahora, según vuestra edad, vuestro sexo y el estado sanitario de vuestra alma, todo el simbolismo de aquel mensaje que le enviaba la primavera al invierno; todo lo expresivo y tierno de aquel regalo que iban   —413→   a hacer los ribereños del mar a las hijas de las perpetuas nieves; todo lo que significaban aquellas flores en manos de la gentil adolescencia...

Consuélense, pues, los viejos... y los filósofos... y los desgraciados.- El mundo no lleva trazas de acabarse.- Afortunadamente para la poesía, para el Arte, para la propagación de nuestra especie y para la guerra, siempre habrá jóvenes nuevos, y por consiguiente amadas nuevas, nuevos madrigales, nuevos idilios, nuevos amorcillos que pintar, nuevas Venus que esculpir, nuevos casamientos y nuevos bautizos a que ser convidados, y nuevos mozos que entren en quintas cuando determine la ley.

Alguien lo ha dicho:


    Por mucha gente que muera
desengañada de amores,
tendrá cada primavera
tantos pájaros y flores
como tuvo la primera.
[...]


Al oscurecer llegamos a Murtas.

Ya estaban allí, procedentes de sus respectivos pueblos, otros amigos que debían también formar parte de la expedición a Cádiar y a la Sierra...

-En la Sierra está nevando, -nos dijeron; -pero el Sol se ha puesto por claro, y mañana hará buen día.

A cuál noticia era mejor.

En Murtas nos aguardaba además, como siempre, la inagotable bondad de aquella obsequiosa familia que ya nos había albergado otras dos noches bajo su techo.- Pasamos, pues, las horas de la velada   —414→   en la grata compañía de tanto buen amigo, y disponiéndolo y concertándolo todo para emprender la marcha a la mañana siguiente muy temprano; -después de lo cual, dimos fondo en el Puerto del Sueño..., situado entre el Continente del Olvido y la Isla de la Locura.

Desembarcaron luego, en ésta nuestras almas, y allí anduvieron vagando hasta el amanecer, al arbitrio de los fantasmas y los monstruos que la pueblan; quién de nosotros luchando con una pesadilla, negra como las panteras de Java; quién hablando con sus muertos queridos; quién persiguiendo ensueños de gloria, de justicia y de felicidad; quién en plácido coloquio con el dulce objeto de un amor imposible; quién, en fin, departiendo con la benigna muerte, al otro lado de la tumba, acerca de las cosas que no se le alcanzaron en este globo llamado La Tierra como pudiera haberse llamado El Agua, o La Piedra, o Joaquina, o California, -y al que Dios sabe cómo denominarán los habitantes de Venus..., si los tiene...

Quiero decir que nos dormimos y soñamos.

*
* *

Pero antes de dormir y de soñar, cumplimos nuestros deberes de cristianos leyendo el Evangelio de aquel segundo día de Semana Santa.

La parte propia del Martes Santo, era este melancólico pasaje:

«Y el primer día de los Ázimos, cuando sacrificaban la Pascua, le dicen sus Discípulos: -¿Dónde quieres que vayamos a disponerte para que comas la Pascua?

»Y envía dos de sus Discípulos y les dice: -Id a la ciudad, y   —415→   encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidle.

»Y en donde quiera que entrare, decid al dueño de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento en donde he de comer la Pascua con mis discípulos?

»Y él os mostrará un cenáculo grande, aderezado: disponed allí para nosotros»


(San Marcos, cap. XIV.)                


[...]

¡Con qué majestad y con qué sencillez a un mismo tiempo se iba preparando la epopeya de los siglos!

«Esta mujer ha ungido mi cuerpo para la sepultura», había dicho JESÚS a los Apóstoles el día precedente...

Aquel día señalaba el lugar en que debía notificarles su Sacrificio y hacerles donación de su Cuerpo y su Sangre.




ArribaAbajo- II -

Miércoles Santo.- Vista panorámica de Sierra Nevada


Eran las ocho de la mañana. Llevaba el sol dos horas de estar sobre el horizonte, y nosotros habíamos andado ya una legua, o sea la mitad del camino que media entre Murtas y Cádiar.

El día estaba magnífico.- Era uno de esos días puros, espléndidos, radiantes, que suelen seguir a otro de nevada, cual si el astro rey los dedicase al placer de contemplar la nieve, de enamorarla, de seducirla, de hacerle reír y llorar a un mismo tiempo; -días solemnes y melancólicos, alegres y tristes,   —416→   como el primero de la paz después de una larga guerra; como aquél en que Noé desembarcó del Arca; como el de la muerte de vuestro peor enemigo; como el del casamiento de vuestra última hija; como la convalecencia después de la Extrema Unción; como unas segundas nupcias; como la libertad tras el cautiverio; como la toma de posesión de una gran herencia; como el regreso a la patria; como la tardía hora de la justicia; como el del estreno de una pierna de palo, etc., etc.

Por encargo de los alpujarreños que iban con nosotros, hacía ya algunos minutos que nuestras miradas no se extendían más allá de las crines de los caballos, librándonos así de ver poco a poco el sublime espectáculo que nos aguardaba y que querían contemplásemos entero, de golpe, de una ojeada sola, en el momento crítico y oportuno...

A la hora susodicha, este momento estaba llegando.- Después de haber bajado y subido muchas cuestas pequeñas, llevábamos un largo rato de no hacer más que subir...

De pronto observamos que ya no subíamos...

-¡Alto! -exclamaron entonces nuestros amigos.- ¡Vista a la derecha! ¡Mirad ahora cuanto queráis!

Nosotros obedecimos y miramos...

*
* *

Toda Sierra Nevada estaba ante nuestros ojos. Toda Sierra Nevada... ¡Toda!... Desde la base hasta las cúspides, sin colinas intermedias, y solamente separada ya de nosotros por las amplias y   —417→   profundas cuencas de los pujantes ríos de Cádiar y de Yátor...

¡Toda Sierra Nevada..., desde el boquete de Tablate, por donde entramos ocho días antes en el recinto alpujarreño, hasta más allá de Laroles, punto extremo a que se dirigía nuestra peregrinación!

¡Toda Sierra Nevada, extendiéndose de Poniente a Levante en una línea de once leguas, como un descomunal anfiteatro, en cuyo ciclópeo graderío se asentaban más de cuarenta pueblos!

¡Toda Sierra Nevada, monumento incomparable, alzado sobre inmensos pedestales de color de violeta, recamado luego su zócalo de anchas franjas de amenísima verdura, hendido a veces de arriba abajo por relucientes chorros de agua cristalina, cubierto a trechos de bosques que parecían bordados en las laderas de los barrancos, y blanco y resplandeciente al fin, desde su media altura hasta las excelsas cumbres, cual si fuera de bruñida plata!...

¡Maravilloso templo en verdad, levantado allí por el Creador para morada de las Cuatro Estaciones!

*
* *

A nadie sorprenda que nuestra admiración llegase a tal extremo.

No basta haber visto a Sierra Nevada por el otro lado, esto es, por el lado de Granada, y de Guadix, para tener idea de su grandeza y de su hermosura.- Allí no hay modo de contemplar de una vez y a corta distancia toda la cordillera: allí no se presentan nunca de frente y en orden de batalla todas   —418→   sus cimas.- Granada no ve más que el señorío del Veleta .- Guadix nada más que el reino patrimonial del Mulhacén. Ni la una ni la otra ciudad descubre a un mismo tiempo todo el vasto imperio presidido por este viejo rey.- Entre el Mulhacén y el Veleta se interpone por aquella parte, a lo menos para el espectador, el formidable espolón o contrafuerte que, adelantándose hasta el Molinillo, entiba en los cimientos de Sierra Arana, y aquel espolón separa el horizonte accitano del granadino, partiendo la perspectiva de la Sierra en dos mitades casi iguales...

Pero por el lado de la Alpujarra la antigua Orospeda se muestra de cuerpo entero, cabal, íntegra, desnuda, pródiga de sus encantos, -como deidad mitológica que, no recelando llegar a ser vista, discurre..., como su madre la parió (las cosas claras), por los sagrados bosques... de la Literatura y del Arte.

Así es que en aquel punto y hora quedó satisfecha por completo mi curiosidad de tantos años acerca de cómo sería Sierra Nevada por la banda del Sur, y formé completo juicio de la forma, estructura y respectiva proporción de sus ingentes moles...

Con que prosigamos nuestra descripción.

*
* *

Alzado sobre aquel desmesurado catafalco, cuya magnificencia tenía algo de fúnebre y mucho de triunfal, enseñoreábase el Mulhacén en perpetua apoteosis, sin reconocer otro rival en Europa que los formidables Alpes.

  —419→  

¡El Mulhacén!... No hay palabras ni habría pincel con que poder dar idea de la pureza inmortal, de la transparencia empírea, de la claridad seráfica, con que se destacaba allí la nieve sobre el cielo. Lo blanco y lo azul, al demarcar sus plácidos límites y trazar el nítido perfil de la suprema cima, se regalaban mutuamente unos resplandores tan suaves, o casaban de tal modo la candidez con la limpieza, la inocencia con la claridad, lo inmaculado con lo infinito, lo reciente con lo eterno, lo intacto con lo intacto, que parecíame tener ante los ojos la realidad inefable de cuanto soñó Murillo al vestir de azul y blanco sus Purísimas Concepciones.

Yo no sé en qué consistiría, como razón física o moral, lo que acabo de intentar decir: no sé si en que la silueta de la Sierra se proyectaba sobre el mágico turquí del cielo que más amo en el mundo: no sé si en que yo estaba acostumbrado a mirar aquella silueta de Norte a Sur, y a la sazón la miraba de Sur a Norte (lo cual determina siempre un cambio en el tono de los celajes recortados por las nieves): no sé si en que aquellos días empezaba la primavera: no sé si en que era Miércoles Santo: no sé, en fin, si en que uno va ya para viejo...- Lo que sé únicamente es que aquel ósculo purísimo que le daba la nieve al cielo tuvo para mí en tal instante algo de extraordinario y sobrenatural, que en vano intentaría definir una pobre pluma...

*
* *

Mons Solis (Monte del Sol), y de aquí Solaria,   —420→   denominaron también los romanos a la que oficialmente llamaban Orospeda.

Lo de Solaria o Mons Solis referíase sin duda a que el Sol ilumina y deja de iluminar sus crestas media hora antes de haber salido y media hora después de haberse puesto para todas las comarcas adyacentes.- De lo de Orospeda no recuerdo el origen.

Los árabes corrompieron el nombre de Solaria y llamaron a la Sierra Nevada, ora Solair, ora Xolair; mientras que los españoles cristianos de la Edad Media, entre ellos D. Alonso el Sabio, descompusieron erróneamente el Solair de los moros y apellidaron a aquella cordillera la Sierra del Sol y el Aire (Sol-air)52.

«Maravilla de la tierra, de donde brotan treinta y cuatro ríos y arroyos», llámala el gran poeta mahometano-andaluz lbn-Aljathib, en la introducción a la Yhatha.- «Madre de Andalucía», la llamé yo en la primera parte de este libro.- «Venere genitrice» la llamo ahora en italiano..., y continúo.

*
* *

A la izquierda del Mulhacén gallardeaba el Picacho de Veleta, virrey de Lanjarón y de Órgiva; señor feudal de Granada; presunto heredero de la corona de la Sierra, y digno ciertamente de su tratamiento de Alteza (¡era tan alto!), -así como el Mulhacén (por ser mayor) merecía a todas luces el de Majestad. (Major.- vel magis, sive magé.)

  —421→  

Otras respetables cumbres descollaban en la gigante cadena: verbigracia, la Alcazaba, Tajos Altos, la Caldera, el Cerro de los Machos, el Pico del Almirez, etc.

Mucho nos dolió que estos Infantes (que diríamos en España) no tuviesen unos nombres más poéticos y graciosos... En cambio, hubimos de reconocer que ninguno desmentía su estirpe, pues todos ellos medían de doce a doce mil trescientos pies de altura sobre el nivel del mar.

Del Veleta ya hemos dicho que se eleva doce mil seiscientos ochenta.

En cuanto al Mulhacén, pasa de los doce mil ochocientos; que es, como si dijéramos, de tres kilómetros y medio de estatura.

«Pero ¿qué es mi pobre Mulhacén (escribía yo hace años en medio de los Alpes) comparado con el Mont-Blanc? ¡Colocad sobre la cúspide de Sierra Nevada otra sierra de cuatro mil novecientos pies de elevación, y tendréis la cumbre que estamos contemplando!»

Y luego añadía:

«Verdaderamente, el Mont-Blanc pudiera ser todavía un poco más alto.- La cumbre del Himalaya, sin ir a otro planeta, mide veintiocho mil pies de elevación; es decir, casi doble estatura que el Mont-Blanc.- Y aún el mismo Himalaya podría tener algunos metros más.- Y, aunque llegase a las estrellas fijas, cualquiera conseguiría sin grande esfuerzo imaginárselo un poco mayor...»

Y terminaba diciendo:

«Pero yo no debía revelar al público estos secretos,   —422→   ni disminuir con tales reflexiones la importancia de mi viaje.»

Lo mismo digo hoy; -y ateniéndome a esta última observación, y para que volváis a venerar la Sierra alpujarreña, agregaré ahora: que, aunque finita, su altura casi dobla la del Guadarrama53, tan respetado por los matritenses; y que, ya que no de otra cosa, el Mulhacén y el Veleta pueden jactarse de que (según ya he dicho varias veces) ni en el resto de España ni en el resto de Europa haya otros montes tan altos como ellos, fuera de sus progenitores los Alpes...- Algo es algo.

*
* *

Por lo demás, y volviendo a nuestra contemplación, los titanes de hielo de la Alpujarra no gozaban aquella mañana en su encumbrado solio de toda la seguridad que pudiera suponerse...

Lejos de eso, ¡en qué se veían de tener a raya a los pueblos que se les subían a las barbas por todas partes, sin consideración alguna a la nieve de los siglos!

Sobre todo, a orillas del consabido Barranco de Poqueira la cosa parecía muy formal...; bien que al propio tiempo ofreciera un aspecto muy cómico, -según que ya habíamos observado más detalladamente desde el Puerto de Jubiley...

Figuraos que, hacia aquella parte, trepaban por lo alto de una vastísima ladera, casi vertical, uno   —423→   detrás de otro y convenientemente distanciados (que diría un militar puro), tres o cuatro lugarcillos, con sus campanarios a la cabeza, todos en dirección al mismísimo Picacho como batallones escalonados en masa que fueran al asalto de la nevada cúspide...

Aquellos batallones (digo, aquellos pueblos) debían ser Pampaneira , Bubión, Poqueira y Alguástar.

Algo más cerca, veíamos gatear por otra ladera arriba, con un intento análogo, y a mucha mayor altura, al famoso Trécelez, llevando en pos de sí toda la Taha de Titres; pero estos otros escaladores no podían inspirar ya tanto cuidado, pues tenían que habérselas con la inaccesible mole del Mulhacén.

Por último: enfrente y a nuestra derecha se descubrían, en ademan más pacífico (y como grupos de espectadores sentados en las gradas de aquel descompasado anfiteatro), unos veinte pueblos más, entre los cuales se contaban todos aquéllos en que habíamos de andar las Estaciones al día siguiente...

Sí; allí estaban: primero, Busquístar, Tímar, Lobras y Jubiles; -luego, los Dos Bérchules, en una extraordinaria altura; -debajo de ellos, Yátor, mirándose en su río; -encima, Yegen (donde dormiríamos aquella noche), chico y verde como un oasis; -en seguida, Mecina de Bombaron, el pueblo de ABEN-ABOO, -y enfrente Valor, el señorío de ABEN-HUMEYA; -más al Este, Nechite; -a sus pies, Mecina Alfahar; -allá arriba, Mairena; a continuación, Júbar; -más alto aún, Laroles; -y, sobre Laroles, el Puerto de la Ragua, temeroso tránsito   —424→   al horizonte de Guadix; -y debajo de Laroles, Picena; -y debajo de Picena, Cherin, ya casi en la llanura; -y allí la cuenca de un río, prolongación de un inclinado barranco; -y, al otro lado del barranco, la provincia de Almería, representada por Alcolea, Lucainena y Darrícal, que ya pertenecen a Sierra de Gádor; -y, entre Sierra de Gádor y Sierra Nevada, la entrada del alto llano del Laujar, de la Taha de Andarax, de la residencia de BOABDIL, del ZAGAL, de CID-HIAYA y de ABEN-HUMEYA; ¡del lúgubre escenario donde este último encontró tan desdichada muerte!

Nada más lejos de mi ánimo que describir aquí el aspecto particular de ninguno de los lugares citados. ¡Fuera cuento de nunca acabar! -Ya iremos a algunos de ellos...; y, por lo que toca a los restantes, habréis de contentaros con saber su nombre y su situación...- Mas no puedo prescindir de hacer desde luego especialísima mención de cierta ilustre villa que contemplábamos en aquel momento a una gran distancia, y que habíamos de visitar dos días después...

Ugíjar, la antigua ciudad, la verdadera metrópoli de la Alpujarra, acababa de aparecer también a nuestros ojos, pero no encaramada en un monte, ni escondida en una rambla, ni opresa en un barranco, como los demás pueblos de aquel enmarañado país, sino aristocráticamente extendida al pie de la Sierra, en un terreno casi llano, en medio de una tierra feracísima, con su horizonte propio, cercado de montañas ajenas, y, en fin, ni más ni menos que las poblaciones del mundo...

  —425→  

El más impaciente, deseo de visitar a Ugíjar nos acometió en aquel instante, al hacernos cargo de su situación, y necesario fue todo nuestro respeto a los itinerarios preestablecidos, para que dejásemos transcurrir todavía dos soles antes de pasear nuestros corceles y mulos por su encantadora campiña y mansas calles.

En cambio, había llegado el momento de dirigirnos a dos pueblos que no figuran entre los que acabamos de citar; a dos pueblos que no descubríamos desde aquel viso, precisamente porque eran los que más cerca se hallaban de nosotros; a Cádiar y Narila, en suma, que, como quien dice, estaban escuchando la conversación.

Cádiar, patria y residencia habitual de D. FERNANDO el Zaguer, y algunas veces corte del mismo ABEN-HUMEYA; y la diminuta Narila, que, según veremos, viene a ser como el Trianon de aquel Versalles, quedaban escondidos en lo hondo del foso que nos separaba de la Sierra y tapados por algunos montículos que se prolongan entre los lechos del Cádiar y del Yátor...

-¡Bajemos a Cádiar! -gritose en las filas luego que hubimos saciado nuestros ojos en la contemplación de la gran cordillera.

-¡Sí!... ¡Sí!... ¡Bajemos a Cádiar! -repetí yo, pasando de una devoción a otra, o sea recordando que en Cádiar principia el terrible drama intitulado Aben-Humeya, escrito por el ilustre Martínez de la Rosa.

Pero antes de bajar y de convertir por ende mi atención a los espectáculos humanos, torné a abarcar   —426→   con la vista el espectáculo divino de la Sierra, a la cual pedí perdón de todas las puerilidades humorísticas que solía deducir de su aspecto verdaderamente augusto.

Y la Sierra, con la sublime serenidad de su excelsitud, diome a entender que ella está fuera del alcance de toda irreverencia mundana, y que no se había enterado siquiera de que yo andaba por el mundo.

Entonces fue cuando verdaderamente sentí todo el peso de su poderío; y no sin terror pensé que a la tarde mediríamos nuestras débiles fuerzas con las suyas y correríamos por sus inconmensurables laderas, como la hormiga que se aventura a curiosear por el lomo de un elefante.

*
* *

Bajando hacia Cádiar, pasamos por el renombrado Portel.

Llámase así una encrucijada de cuatro veredas, o más bien de dos (la que sigue el correo para ir de Órgiva a Ugíjar y la que va de la costa, al promedio de la sierra), que se cortan en ángulo recto en una depresión de la divisoria que baja del Mulhacén y que separa los ríos de Cádiar y de Yátor...

El Portel es, por consiguiente, la posición más estratégica que se pudiera desear para una emboscada; y harto lo han comprendido en todos tiempos desde los guerreros de mayor nombradía hasta los simples malhechores; desde el MARQUÉS DE MONDÉJAR hasta los Monfíes; desde ABEN-HUMEYA y ABEN-ABOO hasta las partidas de ladrones de la época presente,   —427→   o, mejor dicho, de la época de nuestros padres; -pues hoy no se oye hablar de robos en la Alpujarra. Pero la fama del Portel no disminuye por eso; y todo el mundo pasa por aquel sitio, como nosotros pasamos, -evocando las inultas sombras de tantos como lo habrán regado con su sangre en pugna religiosa, en guerra de independencia, en lucha civil o a manos de vulgarísimos bandoleros.

[...]

Fuera ya del triste paraje, descubrimos un horizonte desahogado y riente, olivares inmensos y un sonoroso y espumante río...

Nos acercábamos a Cádiar.

No faltó quien nos indicase entonces cuál de los vetustos olivos que vimos en los alrededores del lugar era segurísimamente la famosa olivera a cuya sombra, según los historiadores, fue coronado ABEN-HUMEYA Rey de Granada...- Sin embargo, nosotros, en la duda de si habría alguna equivocación de por medio, saludamos aquel árbol de una manera equívoca... y continuamos nuestro camino.

A todo esto, ya no se veía el Mulhacén.- Habíamos bajado tanto para llegar a lo hondo de la cuenca que separa a Sierra Nevad a del resto de los montes alpujarreños, que otras alturas de segundo orden nos impedían, como más próximas a nuestras narices, divisar las cumbres verdaderamente soberanas...

Tampoco las divisamos luego desde Cádiar...- ¡Es decir, que al Mulhacén se le distingue a una distancia de sesenta leguas; se le distingue desde la Mancha; se le distingue desde el Estrecho de Gibraltar;   —428→   se le distingue desde el interior del Imperio de Marruecos... ¡y no se le ve desde el humilde pueblo en que nace!...

Nemo propheta est in patria sua.




ArribaAbajo- III -

Sigue el Miércoles Santo.- Cádiar.- Una tragedia.- El drama de Martínez de la Rosa.- Cosas de los historiadores.- Narila.- Por la señal... de la Santa Cruz...- Yátor


Poco después de las nueve llegamos a Cádiar.

El aspecto de este lugar... (¡asombro causa que ni siquiera sea villa, cuando tantas ciudades quisieran tener su historia y su hermosura!...) -el aspecto de Cádiar, digo, es de lo más pintoresco, noble y principal que puede darse, partiendo siempre del principio de que se trata de una población de 2354 almas.- Más que un pueblo agrícola y ganadero, que no es otra cosa, parece lo que fue hace trescientos años; una residencia de príncipes, una mansión de placeres; un Aranjuez, un Versalles, una Capua.

Todo esto, se entiende, visto por fuera, y considerando en conjunto, como nosotros consideramos ahora, sus grandes casas rodeadas de huertas y jardines, sus oscuros olivares, su refulgente río, sus floridos campos; la poética bruma que se resistía a dejar las alamedas, el radiante azul del cielo a que no lograba subir aquella bruma, y el alegre Sol que plateaba las cercanas nieves, doraba los edificios, relucía en las aguas, argentaba la misma niebla y   —429→   convertía en penachos de colores las columnas de humo de los hogares...- Visto después por dentro, Cádiar nos pareció lo que cualquier otro pueblo campestre de su categoría estadística...

Sin embargo, aún entonces, encontramos algunas casas tan majestuosas, otras construidas en situación tan a propósito para gozar de los encantos del Valle y de la Sierra, sobre todo, tan cuidadosamente rodeada de huertas y jardines, y tan en contacto con un carmen o huerto, cercado de muros que servían de sostén a lujosas parras..., que Cádiar, siguió siendo el Cádiar de mi fantasía, y todos los personajes históricos que pululaban en mi memoria tuvieron holgado albergue en que alojarse.

En cuanto a nosotros, éramos esperados precisamente en aquella gran casa de las huertas y los jardines...

*
* *

Una vez en ella, y no bien hubimos contemplado sus amplias y bien dispuestas habitaciones, disfrutado de sus deliciosas vistas sobre el Valle y sobre las faldas de Sierra Nevada, y recorrido el jardín de los lujosos parrales (todo ello antes, al mismo tiempo y después de ser remediados con un exquisito almuerzo por el noble señor que allí vivía, -y a quien Dios recompense el bien que nos hizo54; así como a sus gallardas hijas, a sus diligentes hijos y a todos sus deudos las atenciones que   —430→   nos prodigaron-); una vez, digo, que formé completa idea de la ventajosísima situación que ocupaba aquel edificio para poder gozar a un mismo tiempo de la sociedad y de la soledad, del trato de los hombres y de los placeres del campo, no me cupo ya duda de que estábamos en una casa construida sobre los cimientos de aquélla en que nació y vivió casi siempre el opulento D. FERNANDO el Zaguar, o sea ABEN-XAGUAR, tío y protector del REYECILLO.

No soy yo dado a esta clase de conjeturas; pero en la ocasión a que me refiero, tenía la evidencia de no equivocarme. En efecto, ningún otro sitio hay en Cádiar, que pudiera haber preferido para edificar su morada un príncipe tan poderoso, espléndido y sibarita como el Zaguer; ninguno más adecuado para asiento de un palacio al gusto de los moros; ninguno más apartado y más seguro a un tiempo mismo; ninguno más deleitable y solo, al par que más confundido en apariencia con el resto de la población... Y por lo demás, todos los árboles seculares de aquellos hermosos huertos que rodean la casa eran otros tantos mudos testigos, prontos a declarar en favor de mis sospechas...

Si pues aquélla había sido la mansión de DON FERNANDO el Zaguer, y a éste lo heredó ABEN-HUMEYA, como aseguran las historias, estábamos en una de las casas del Rey alpujarreño..., y ¡quién sabe si en la que sirvió de escenario a la segunda de las tres lúgubres tragedias que forman la trilogía de su destino!

La primera de estas tragedias nos es ya conocida: fue aquélla que tuvo por desenlace el bárbaro   —431→   tormento de ABEN-ABOO.- La tercera, en que ABEN-HUMEYA muere con la augusta tranquilidad de los personajes de Esquilo, nos aguarda más adelante.- Ahora vamos a presenciar la segunda, cuyo lastimoso argumento es la desastrada muerte de MULEY CARIME o sea de MIGUEL DE ROJAS, padre de la primera -y única legítima -esposa del REYECILLO.

No serán empero los historiadores quienes esta vez nos ayuden a rasgar los velos del tiempo y resucitar lo pasado...- Los historiadores tratan aquel misterioso suceso a medida de su mayor o menor aversión a los moriscos: cuál lo recarga de negras tintas; cuál pasa sobre él rápidamente; cuál lo atenúa con generoso criterio; cuál llega casi hasta admirarlo...- Según unos, el mismo ABEN-HUMEYA asestó el primer golpe contra su suegro; según otros, lo mandó matar; según otros, y según la tradición, lo indujo a que se matara con su propia mano...

¡Un poeta... va a ser hoy nuestro asesor y guía! -Pero cuenta que ese poeta es el primer escritor granadino del siglo XIX; es nuestro venerable y llorado maestro; es D. Francisco Martínez de la Rosa; -el cual, después de haber leído todas las crónicas de la Alpujarra y de estudiar maduramente las circunstancias del presente caso, lo expone y analiza con gran elevación de juicio en su ya citado drama ABEN-HUMEYA. -Cierto que, obligado por las exigencias del arte, altera el orden y sucesión de varios hechos, y además nos presenta al REYECILLO muy fiel a su primitiva esposa, cuando ya sabemos lo que pasaba en este punto, y le supone una hija adolescente, que mal podía tener a la edad de veintitrés   —432→   años; -pero nada de esto impide que las causas del parricidio estén allí dilucidadas magistralmente y con severa imparcialidad histórica.

Hojeemos, pues, su admirable drama, sin perjuicio de oír luego a los principales cronistas, cuando se trate de la consumación material del crimen... sacrificio... o lo que fuere, llevado a cabo por ABEN-HUMEYA.

El teatro representa una caverna. (Esto es de rigor escénico para conspirar.)

Es el día de la proclamación de D. FERNANDO DE VALOR como Rey de Granada y de Córdoba.

El ALFAQUÍ o sacerdote musulmán, ha arengado a los moriscos, y luego añade:

ALFAQUÍ.-  No basta que rompáis vuestras cadenas: es preciso que levantéis otra vez el trono de Alhamar... Y no lo habréis olvidado sin duda: el que destina el cielo para cimentarlo de nuevo, es un caudillo de sangre real y de la misma estirpe del Profeta...

EL PARTAL.-  ¡No puede ser, otro sino Aben-Humeya!

MUCHOS MORISCOS.-  ¡Él es! ¡Él es!

ABEN-ABOO.-  ¡Aún no hemos desenvainado el acero, y ya buscamos a quien someternos!

ABEN-FARAG.-  No faltarán valientes que nos guíen a la pelea. ¿Hemos menester más?

ABEN-ABOO.-  Cuando hayamos borrado, a fuerza de honrosos combates, las señales de nuestros hierros; cuando seamos dueños de algunos palmos de tierra en que zanjar a lo menos nuestros sepulcros; cuando podamos siquiera decir que tenemos patria, los que logren sobrevivir a tan larga contienda podrán a su salvo elegir Rey... y aún entonces no debiera ser la corona ciego don del acaso, sino premio del triunfo.

ABEN-HUMEYA.-  Por mi parte, Aben-Aboo, ni aún aspiro a ese premio; y puedo de buen grado cederle a otros... Los Aben-Humeyas tienen su puesto seguro: siempre son los primeros en las batallas.

  [...]



  —433→  

En el Segundo Acto, el teatro representa la Plaza de Cádiar.

Es la terrible Nochebuena de 1568, la noche de la matanza de los cristianos de aquel lugar por los implacables Monfíes.

MULEY CARIME, el suegro de ABEN-HUMEYA, acaba de salvarle la vida a un muchacho, y tres de los feroces asesinos están censurando aquel hecho del antiguo MIGUEL DE ROJAS:

MORISCO 1º.-  ¡Lástima es que haya tomado nuestros vestidos... Mejor le asentaba el traje castellano.

MORISCO 2º.-  Se lo ha quitado esta noche, por no morir con sus amigos... pero lo habrá guardado para mejor ocasión...

MORISCO 3º.-  ¿Y quién tiene la culpa! ¡Nosotros! ¿Por qué le hemos dejado escapar?



ABEN-ABOO y ABEN-FARAG, los dos mortales enemigos de ABEN-HUMEYA, entran en la plaza; oyen aquellas palabras, y pregunta

ABEN-FARAG.-  ¿A quién?

MORISCO 1º.-  Al hijo de un castellano...

MORISCO 2º.-  Que ha salvado Muley-Carime.

ABEN-FARAG.-  ¡Muley-Carime!

MORISCO 2º.-  ¿Y por que lo extrañas?... Nada más natural... Ha sido toda su vida el más vil esclavo de los cristianos.

ABEN-FARAG.-  No habléis de el en esos términos... Debéis tratarlo con más respeto... ¿No es suegro de vuestro Rey?

MORISCO 3º.-  ¡De nuestro Rey!

MORISCO 1º.-  Si se vuelve como Carime, poco le durará el serlo.

ABEN-ABOO.-  Eso es... ¡Echar fieros a sus espaldas y después temblar en su presencia!

ALGUNOS MORISCOS.-  ¡Nosotros!

ABEN-ABOO.-  ¿Pues no acabáis de decirlo? Con una palabra de Muley-Carime, se os ha caído el puñal de las manos.

MORISCO 1º.-  Si no se hubiera tratado de un niño...

ABEN-FARAG.-  Tienes razón, amigo... Su padre tal vez degolló al tuyo.

MORISCO 1º.-   Su hijo le vengará.



Se van los tres Moriscos, y ABEN-ABOO le dice entonces a ABEN-FARAG estas filosóficas palabras:

  —434→  

ABEN-ABOO.-  ¡Miserables! Su furor se enciende y se apaga como lumbrarada de sarmientos.

ABEN-FARAG.-  ¿Y quién nos quita aprovecharnos, a la primera ocasión favorable de ese carácter impetuoso? ¡Quién sabe! Quizá este último lance pudiera sernos útil. Ya empiezan a murmurar de Muley Carime: no será difícil trocar la desconfianza en odio...



[...]

La equívoca conducta de MULEY CARIME; sus inteligencias con el Capitán General de Granada: sus trabajos para impedir el progreso de la rebelión, etc., etc., proporcionan muy luego a ABEN-ABOO y a ABEN-FARAG la ocasión que buscaban de asestar el golpe de muerte a la popularidad del REYECILLO.

Leamos ahora la admirable escena que constituye el nudo de aquel enredo pavoroso.

Es el Tercero y último Acto del drama.

ABEN-ABOO y ABEN-FARAG se presentan a media noche en la cámara real, donde tenían siempre libre acceso, y, avanzando «con paso lento y misterioso», cada uno se coloca a un lado de ABEN-HUMEYA.

 

(Entrega un papel a ABEN-HUMEYA, quien lo lee para sí, dejando entrever su turbación.- ABEN-ABOO y ABEN-FARAG le observan con el mayor ahínco, en tanto que él permanece inmóvil, con los ojos clavados en la carta.)

 

ABEN-ABOO.-  Te traemos, Aben-Humeya una nueva fatal...

ABEN-FARAG.-  Y nos vemos forzados a traspasar con ella tu corazón.

ABEN-HUMEYA.-     (Con suma presteza.) ¿Ha muerto mi padre?

  [...]

ABEN-ABOO.-  Han tratado de vendernos con la traición más negra...

ABEN-HUMEYA.-  ¿Y por qué temes descubrirla?

ABEN-ABOO.-  Si temo, es sólo por ti...

ABEN-HUMEYA.-  ¡Por mí! Haces mal, Aben-Aboo, en tomarte ese cuidado. Si hay peligros, los arrostraré. Si hay culpables, sabré castigarlos.

ABEN-ABOO.-  Mucho tiempo te ha de temblar la mano antes que descargues el golpe...

ABEN-HUMEYA.-  Decid el nombre del reo, y el rayo no será más pronto.

—435→

ABEN-ABOO.-  Muley Carime... ¿Qué es eso? ¿Mudas de color? ¡Vuelve en ti, Aben-Humeya!...

ABEN-FARAG.-  Me da lástima verte así.

ABEN-HUMEYA.-   (Quédase, durante unos momentos, desconcertado y confuso; pero, recolrándose luego, dice con tono grave):  ¿Y en qué indicios se funda tan extraña sospecha?

ABEN-ABOO.-  ¡Ojalá que no fuesen más que indicios! Hubiéramos podido cerrar los ojos...

ABEN-FARAG.-  No son indicios, sino pruebas.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Pero son ciertas?

ABEN-FARAG.-  Irrefragables.

ABEN-HUMEYA.-   ¿Hay testigos?

ABEN-ABOO.-  Uno.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Y ese le acusa?

ABEN-ABOO.-  No; que le condena.

ABEN-HUMEYA.-  Puede engañarse...

ABEN-ABOO.-  No puede.

ABEN-HUMEYA.-  O desear su perdición...

ABEN-ABOO.-  A toda costa quisiera salvarlo.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Es amigo suyo?

ABEN-ABOO.-  ¿Quién es, pues?

ABEN-FARAG.-  Él mismo. Puedes guardar esa carta, si quieres... Ya es público su contenido.

ABEN-HUMEYA.-    (En un momento de distracción, mientras está cavilando)  ¡Desventurada!... No te engañaba el corazón... ¡Bien tienes que llorar!

ABEN-FARAG.-  Ved cómo aún conservaban esperanzas de volvernos a someter al yugo...No aguardaban sino un momento de flaqueza para remachar nuestros grillos.

ABEN-ABOO.-  Mas, por lo menos, no puede tachársele de ingrato... No te echaba en olvido, Aben-Humeya... Solicitaba tu indulto, y se proponía salvar a tu familia a costa de tu libertad... El ejemplo de Boabdil, disfrutando en África sus infames tesoros, parecía tentador a los ojos del pérfido...

ABEN-HUMEYA.-   (Con todo secreto.)  ¡Basta! -¿Cómo ha caído en vuestras manos este pliego?

ABEN-FARAG.-  Lara, que era el portador, le ha dejado en el camino.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Dónde le habéis hallado?

ABEN-FARAG.-     (Con frialdad)  Sobre su cadáver.

  [...]

ABEN-ABOO.-  Por cierto que no deja ni asomo de duda: el delito está patente: el mismo reo lo ha sellado con su mano...

ABEN-FARAG.-  Y debe en breve sellarlo con su sangre.

ABEN-ABOO.-  ¿Hay alguien que lo dude? Todo lo hemos aventurado por salir de tan odiosa esclavitud... ¡y dejaríamos expuesta nuestra suerte a las tramas de algunos traidores! Nadie será osado a proponérnoslo: no sabríamos nosotros tolerarlo.

ABEN-HUMEYA.-  Tampoco tolero yo advertencias ni amenazas...   —436→   Ya habéis cumplido con vuestro deber: yo cumpliré con el mío -Idos.

ABEN-ABOO.-  No ha sido nuestra intención dirigiros advertencias ni amenazas... ¿Mas empezáis tan pronto a reputar como insulto el recordaros vuestros juramentos?

ABEN-HUMEYA.-  No los he echado en olvido, para que sea menester recordármelos.

ABEN-ABOO.-  Quién vacila al cumplirlos, no está ya lejos de olvidarlos.

ABEN-HUMEYA.-  Aún menos lejos está de castigar a un insolente.- ¡Idos!... ¡Idos!  (Apártase, descubriendo su ira. FARAG coge del brazo a ABEN-ABOO y se lo lleva consigo.) 



Tal y tan horrible fue la situación en que ABEN-HUMEYA llegó a verse. Todos los historiadores están de acuerdo en ello. MIGUEL DE ROJAS, su suegro, apoderado y tesorero general, era traidor a la causa de MAHOMA, que tanta sangre y tantas lágrimas estaba costando ya a los moriscos, y que él, el descendiente del Profeta, el Rey alzado por millares de guerreros, tenía la obligación de defender antes que nadie...

Hasta aquí, pues, y prescindiendo de accesorios literarios, la Historia y el drama, se dan la mano completamente.- Veamos ahora los sentidos términos en que el triste caudillo se definió aquella situación luego que se encontró solo.- Es un monólogo en que Martínez de la Rosa revela todo su talento dramático.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Qué has hecho, desgraciado, qué has hecho... ¡Me has entregado indefenso en manos de mis enemigos!...- Pero no lo habrás hecho impunemente, no. ¡Yo arrojaré tu cabeza sangrienta a la cara de esos audaces!

¿Y por qué dudo ni un momento siquiera? Nos ha vendido... ¡Pues que muera! ¿Cabe nada mas justo? -Este ejemplar contribuirá también a impedir otras tentativas culpables, cerrará la boca a mis émulos, afirmará mi trono...

Mas ¿es seguro que lo afirme?... En mi familia, en mis hogares, va a mostrarse a los pueblos indignados el primer traidor a la patria: desde el mismo cadalso llamará hijos suyos a mis propios hijos! -Tal vez es eso lo que con más afán anhelan esos pérfidos; les duele en el alma no verme ya humillado   —437→   a los ojos del pueblo, para socavar con el desprecio mi autoridad reciente, mientras hallan ocasión de derribarla. ¡Desean verme sonrojado al pronunciar el nombre del reo, y que vuelva a mi casa lleno de dolor y vergüenza, para hallar, en vez de consuelo, las quejas y reconvenciones de mi afligida esposa!...- No: viva, viva... Es preciso salvar al padre de mi mujer... y que el gozo de mis enemigos no sea tan colmado..

Pero ¿de qué arbitrio valerme?... Ellos se apresurarán a divulgar la traición: a la hora ésta ya se sabe la muerte de Lara y la carta que han hallado en su seno: me estrecharán a que presente la prueba del delito... ¿Cómo los desmiento yo. La más leve contradicción, la menor demora me perdería a los ojos de un pueblo arrebatado, suspicaz, que acaba de romper sus hierros, y que sufre a duras penas aún la sombra de mando...- En vez de salvarle yo, me llevaría consigo en su caída... ¡Pues perezca, perezca él solo!

Mas no acierto a salir de este círculo fatal: la mancha de su castigo va a recaer sobre mi esposa, sobre mis hijos, sobre mi... Va a morir siendo el blanco de la ira del cielo, de las maldiciones de cien pueblos, de los insultos de una turba desenfrenada... ¡Y yo, su amigo, su huésped; yo, que aun hoy mismo le apellidaba padre, tendré que firmar su muerte, que presenciarla, que aplaudirla! -No; no podría yo sobrevivir a humillación tan grande: es forzoso impedirla a toda costa!... ¡Un medio... un medio... uno solo... sea cual fuere... y le abrazo al instante!

 

(Volviéndose hacia el aposento de MULEY CARIME.)

 

¡Ah! No es tu vida, miserable; no es tu vida la que detiene y embaraza mis pasos. ¡Te arrastro como un cadáver que me han atado estrechamente al cuerpo...! -¿Y por qué no me desprendo de él? -Puedo y debo hacerlo.- Lo haré.- No más indecisión; no más dudas: de un solo instante puede depender mi suerte! Antes que esos malvados tengan tiempo de volver en sí; mientras deliberan y traman el plan para perderme, confundamos sus proyectos con un golpe decisivo...- ¡No me pedíais ahora mismo, no me intimabais con tono imperioso la muerte del culpable? -Pues bien: aguadad un instante; voy a dejaros satisfechos... Mas llevará consigo vuestras esperanzas y las hundirá en el sepulcro! -¡Aliatar! ¡Aliatar!

 

(Preséntase el esclavo negro.)

 

¿Dónde están los demás esclavos?

ALIATAR.-  En el patio del castillo.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Estás solo?

ALIATAR.-  Solo.

ABEN-HUMEYA.-  ¿Nadie nos oye?

ALIATAR.-  Nadie

ABEN-HUMEYA.-  Ve, y despierta a Muley Carime... Que venga al punto... Aquí le aguardo.



¿No es   —438→   verdad que os sentís arrebalados, como yo, por este sombrío torrente de pasiones? ¿No es verdad que, lejos de fatigaros, os complacerá la lectura de la escena de ABEN-HUMEYA con MULEY CARIME? -Pues aún podemos leerla sin escrúpulo de ninguna clase, dado que no se opone en nada a la verdad histórica.- Cuando el autor se aparta de ella y se entrega ya a su propia fantasía, nosotros lo abandonaremos a nuestra vez, y daremos oídas a Hurtado de Mendoza y a Mármol.

 

ABEN-HUMEYA (recostado en unos almohadones).- MULEY CARIME (entrando).

   

(Quédase en silencio algunos instantes.)

   

(ABEN-HUMEYA le muestra abierta la carta. MULEY CARIME la aparta con la mano.)

 

ESCENA VI

MULEY CARIME.-  ¿Qué motivo tan urgente te ha obligado a llamarme a estas horas?

ABEN-HUMEYA.-  Un asunto muy grave que tengo precisión de consultaros.

MULEY CARIME.-  Y has querido aprovechar el silencio y la soledad de la noche... o tal vez ese asunto importante debe estar resuelto antes que raye el día...

ABEN-HUMEYA.-   (Señalando el reloj de la sala.)  Mirad allí... mirad!

MULEY CARIME.-  Acaba de dar la una...

ABEN-HUMEYA.-  Pues antes que dé otra hora, ya ese grave asunto habrá terminado.

MULEY CARIME.-  ¡Terminado!

ABEN-HUMEYA.-  Y para siempre.

MULEY CARIME.-  Me parece que estás muy pensativo, Aben-Humeya... A pesar de tus conatos, veo claramente que te aflige una grave pena.

ABEN-HUMEYA.-  Es un secreto fatal...

MULEY CARIME.-  ¿Y por qué tardas en confiármelo?

ABEN-HUMEYA.-  No tengáis tanto afán por saberlo... Siempre tiene que pesar sobre mi corazón, y no vais a poder con él.

MULEY CARIME.-  Mas,¿qué secreto es ese? ¡Ah! Bien te lo había yo dicho: ni el engrandecimiento ni el poder acaban por darnos en el mundo un solo día feliz: has perdido la paz del ánimo, has comprometido tu suerte, lo has comprometido todo por un pueblo inconstante, que te abandonará cuando apremie el peligro...

ABEN-HUMEYA.-  ¡Y al que he jurado defender... aún a costa de mi vida!... ¿Lo habéis oído, Muley Carime?... ¡Aun a costa de mi vida!...

MULEY CARIME.-  ¿Y a que fin me diriges esas palabras?

ABEN-HUMEYA.-  Os ruego meramente que las peséis.

MULEY CARIME.-  No te comprendo.

ABEN-HUMEYA.-  Pues ahora vais a comprenderme.- Todo lo he sacrificado por redimir del yugo a estos pueblos... Vos mismo   —439→   acabáis de decirlo..., y ellos, a su vez, han depositado en mí su confianza, su poder, su futura suerte... ¿Cumplirán sus promesas? -¡Dios, lo sabe!.-Yo sé que cumpliré las mías.

MULEY CARIME.-  ¿Y quién te dice...

ABEN-HUMEYA.-  No me interrumpáis.- Yo tengo un padre anciano, cuya vida me importa mucho más que mi vida... Está entre las garras de mis enemigos, cargado de cadenas, con la cuchilla a la garganta... Lo sé; lo sabía cuando di la señal contra sus verdugos, ¡y ellos saben también el modo de vengarse de mí!

MULEY CARIME.-  Mas ¿por que te anticipas a sentir las desgracias antes de que sucedan?...

ABEN-HUMEYA.-  Escuchadme un instante: voy a concluir.- Yo he agravado el peligro en que se halla mi padre: cada golpe que descargo puede acelerar su muerte; y, sin embargo, no he vacilado un punto.- ¡Pensad, pensad vos mismo si habrá algo en el mundo que pueda contenerme!

MULEY CARIME.-  ¿Por qué me echas esas miradas? ¿Que quieres decirme con ellas?

ABEN-HUMEYA.-  Ya que os he mostrado hasta el fondo de mi corazón, voy a consultaros sobre aquel grave asunto..., y adivinaréis desde luego cuáles pueden ser las resultas.- En nuestro mismo seno hay un traidor...

MULEY CARIME.-  ¡Un traidor! ¿Lo sabes de cierto?

ABEN-HUMEYA.-  De cierto. Vos mismo vais también a quedar convencido.- ¿Qué castigo merece?

MULEY CARIME.-  ¿Tiene hijos?

 

(ABEN-HUMEYA se queda callado.)

 

¿No me contestas, Aben-Humeya?

ABEN-HUMEYA.-  No los tendrá mañana.

MULEY CARIME .-   (Aparte.)  ¡Qué recuerdo, Dios mío!...

ABEN-HUMEYA.-  Parece que os turbáis...

MULEY CARIME.-  No por cierto... Compadezco a ese desdichado... ¡Soy padre como él!

ABEN-HUMEYA.-  Bien se echa de ver que os inspira mucha compasión... ¿Sabéis por ventura quién sea?

MULEY CARIME.-  ¿Y como quieres que lo sepa?...

ABEN-HUMEYA.-  Recapacitad un poco... Recorred vuestra memoria Tal vez el corazón os ayudará también...

MULEY CARIME.-  Más fácil seria que tú me lo dijeses...

ABEN-HUMEYA.-  ¿Queréis fórzarme a ello?

MULEY CARIME.-  Yo no te esfuerzo: antes te lo suplico.

ABEN-HUMEYA.-  Y, por mi parte, haría el mayor sacrificio, a trueque de evitarlo.

MULEY CARIME.-  ¿Y por que te cuesta tanto pronunciar el nombre del reo?

ABEN-HUMEYA.-  ¡Por qué al salir de mi boca, lleva consigo la sentencia de muerte!

MULEY CARIME.-  ¡La sentencia de muerte!

ABEN-HUMEYA.-  Y en el mismo instante.

MULEY CARIME.-   (Con voz alterada.)  Mucho me compadece ese desgraciado; te lo confieso... Mas, puesto que estás empeñado en decirme su nombre...

ABEN-HUMEYA.-  Al contrario: no vais a oírlo.

—440→

MULEY CARIME.-  ¿No?

ABEN-HUMEYA.-  Vais a verlo con vuestros propios ojos.

MULEY CARIME.-  Basta.  (Pausa. Luego, mirando a ABEN-HUMEYA, y señalándole el aposento de su mujer, dice:)  ¿Eres tú el único depositario de este secreto?

ABEN-HUMEYA.-  También lo saben otros.

MULEY CARIME.-  ¿Quién?

ABEN-HUMEYA.-  Aben-Aboo y Farag.

MULEY CARIME.-  Ya sé la suerte que me espera.

ABEN-HUMEYA.-  ¿La sabéis?

MULEY CARIME.-  Y la aguardo tranquilo.

ABEN-HUMEYA.-   (Echa una ojeada alrededor de la sala; saca del seno un pomo de oro; lo abre y se lo da.)  Tomad, y salvaos.  (Vuelve al otro lado el rostro, y se arroja sobre los almohadones.) 

MULEY CARIME.-    (Toma el pomo de oro, bebe el veneno y clava los ojos en ABEN-HUMEYA. Después se acerca a él y le dice):  Tú reinarás.

[...]



Hasta aquí Martínez de la Rosa. Lo que sigue después es pura invenci&oa