 Escenas andaluzas
Serafín Estébanez
Calderón
[Nota preliminar: Edición digital
a partir de la de Madrid, Baltazar González, 1847
y cotejada con la excelente edición crítica
de Alberto González Troyano, Madrid, Cátedra,
1985, cuya consulta es imprescindible para la correcta valoración
crítica de la obra.]
 Dedicatoria a quien quisiere
Se cuenta por contadores de cuenta (y en verdad que es
historia muy de contar) un cuento asaz curioso, que antes
hemos de poner aquí por punta y comienzo, que no por
fin y contera de este librejo. Cuéntase, pues, que
entre los muchos que siempre han bullido en Andalucía,
hubo en Granada cierto poeta con la más graciosa manía
que puede imaginarse. Con mucha vena componía bastante,
con algo de vanidad (achaque del oficio), no buscaba Mecenas,
ni lectores. Con sobra de pereza, fruta de tales árboles,
no quería escribir ni corregirse, y con muy mucho
de pobreza, diptongo inseparable de la profesión,
ni podía darse a la estampa, ni saber a punto fijo
si sus inspiraciones merecían nombre de versos, o
la fresca calificación de verzas. Para salir de tantos
y tan diversos pensamientos, le sugirió su imaginativa
cierta traza admirable, que al punto la redujo a puntual
y cumplida práctica. Por la ventana del zaquizamí
que habitaba en los trasbarrios de la ciudad morisca, sacaba
la cabeza al mundo, y ya en las primeras horas de la mañana,
y ya en las horas reposadas de la siesta, inevitable y cuotidianamente
daba la voz al viento con acento, ora ditirámbico,
ora grave, ora socarrón y picaresco, dando así
salida a los caprichos e inspiraciones de su musa, sin anuencia
de nadie, sin previa citación al público, y
sin recato preventivo ni invitatorio a bicho alguno piante
ni mamante. A la curiosidad acudieron desde luego algunos
oyentes, quier lavanderas, quier soldados, cuales pelaires
y de menestralería, cuales estudiantes y otra más
gente de zambra y fiesta, aunque toda de poca alfangía
y menos pelo. Bien quisiera nuestro hombre, mitad orate,
mitad poeta, ver mejorar la calidad de su auditorio ya que,
en cuanto a la cantidad, no estuviese disgustado del todo
al todo; pero considerando que el remedio no era en su mano,
y por la regla que no se consuela en el mundo sino el que
es necio de capirote, dijo un día, si contento, si
jactancioso: «Al fin tengo auditorio, y auditorio de españoles.»
Yo también, asomando mi cabeza de vez en cuando por
esta mi ventana de trapo viejo, batanado y trocado en papel
flamante, si me veo con auditorio de charpa y cuatro dedos
de enjundia de españolismo en sus inclinaciones y
gustos, como si dijéramos con oyentes y leyentes de
la gente buena y bizarra de la tierra, matadores de toros,
castigadores de caballos, atemorizantes de hombres, cantadores,
bailadoras, hombres del camino y más que yo me sé,
así de calzón y botín como de mantellina
y sayas, también exclamaré con su retintín
de vanidad y orgullo: «Por fin y corona tengo auditorio,
y auditorio de españoles». Si tú, el que me
escuchas o lees, ¡oh, cándido oyente, o pío
lector!, no eres de alguno de los gremios susonombrados,
atiende a lo que digo: antes de maldecirme o dejarme al lado,
que es mucho peor, pásate y da un bureo por Triana
de Sevilla, Mercadillo de Ronda, Percheles de Málaga,
Campillo de Granada, barrios bajos de Madrid, el de la Viña
de Cádiz, Santa Marina de Córdoba, murallas
de Cartagena, Rochapea de Pamplona, San Pablo de Zaragoza,
y otras más partes en donde vive y reina España,
sin mezcla ni encruzamiento de herejía alguna extranjera;
y si al volver y virar en redondo no me lees con algo del
apetito y sabor, date por precito y relapso en materias españolas,
que para ti nulla est redemptio, y estás excomulgado
a mata candelas. Si por el contrario, en aquellos yermos
y santas compañías has aprendido ahora o recordado
luego lo que nunca debiste olvidar, o fuiste obligado a saber
de coro desde tus primeros abriles, date por absuelto, y
entra y cuéntate ya en redil y aprisco de la gente
buena y legítima, y solázate y recréate
conmigo, tú leyendo y yo relatando aquellas escenas
sin par, aquellos rasgos españoles sin dudar en ello,
y aquellas bizarrías que tanta gentileza manifiestan
en la persona, cuanto esfuerzo revelan en el ánimo.
Si de estos eres, recibe la pescozada de adopción
y mi bendición patriarcal, y plegue al cielo que vivas
más años que la Constitución de 1845.
 Pulpete y Balbeja
Historia contemporánea de la plazuela de Santa Ana
| Caló el chapeo, requirió la espada, | | | | miró
al soslayo, fuese, y no hubo nada. | | |
|
No hay más
decir sino que Andalucía es la mapa de los hombres
rigulares, y Sevilla el ojito negro de tierra de donde salen
al mundo los buenos mozos, los bien plantados, los lindos
cantadores, los tañedores de vihuela, los decidores
en chiste, los montadores de caballos, los llamados atrás,
los alanceadores de toros, y, sobre todo, aquellos del brazo
de hierro y de la mano airada. Si sobre estas calidades no
tuvieran infundida en el pecho más de una razonable
prudencia, y el diestro y siniestro brazo no los hubieran
como atados a un fino bramante que les tira, modera y detiene
en el mejor punto de su cólera, no hay más
tus tus, sino que el mundo sería a estas horas más
yermo que la Tebaida... Por fortuna, estos paladines de
capa y baldeo se contienen, enfrenan y han respeto los unos
a los otros, librando así los bultos de los demás,
copiando de aviesa manera lo que llaman el equilibrio de
la Europa. Aquí tose el autor con cierta tosecilla
seca, y prosigue así relatando. Por el ámbito
de la plazuela de Santa Ana, enderezándose a cierta
ermita de lo caro, caminaban en paso mesurado dos hombres
que en su traza bien manifestaban el suelo que les dio el
ser. El que medía el andito de la calle, más
alto que el otro, como medio jeme, calaba al desgaire ancho
chambergo ecijano con jerbilla de abalorios, prendida en
listón tan negro como sus pecados; la capa la llevaba
recogida bajo el siniestro brazo; el derecho, campeando por
cima de un embozo turquí, mostraba la zamarra de merinos
nonatos con charnelas de argentería. El zapato vaquerizo,
las botas blancas de botonería turquesa, el calzón
pardomonte, despuntando en rojo por bajo la capa y pasando
la rodilla, y sobre todo la traza membruda y de jayán,
el pelo encrespado y negro, y el ojo de ascua ardiente, pregonaba
a tiro de ballesta que todo aquel conjunto era de los que
rematan un caballo con las rodillas, y rinden un toro con
la pica. En dimes y diretes iba con el compañero,
que era más menguado que pródigo de persona,
pero suelto y desembarazado a maravilla. Este tal calzaba
zapato escarpín, los cenojiles sujetaban la media
a un calzón pana azul, el justillo era caña,
el ceñidor escarolado y en la chaqueta carmelita los
hombrillos airosos, con sendos golpes de botones en las mangas.
El capote abierto, el sombrero derribado a la oreja, pisando
corto y pulidamente, y manifestando en todos sus miembros
y movimientos ligereza y elasticidad a toda prueba, daba
a entender abiertamente que en campo raso y con un retal
carmesí en la mano, bien se burlaría del más
rabioso jarameño o del mejor encornado de Utrera.
Yo que me fino y desaparezco por gente de tal laya, aunque
maldigan los Pares y los Lores, íbame paso pasito
tras sus dos mercedes, y sin más poder en mí,
entréme con ellos en la misma taberna o ya figón,
puesto que allí se dan ciertos llamativos más
que el vino, y yo, cual ven los lectores, gusto llamar las
cosas por sus nombres castizos. Me entré y acomodéme
en punto y manera de no interrumpir a Oliveros y Roldán,
ni que parasen la atención en mí, cuando vi
que, así que se creyeron solos, se pasaron los brazos,
en ademán amigable, por derredor del cuello, y así
principiaron su plática: -Pulpete -dijo el más
alto-, ya que vamos a brincar frontero el uno del otro con
el alfiler en la mano, de aquí te apunto y allí
te doy, de guárdate y no le des, de triz traz, tómala,
llévala y cuéntala como quieras, vamos antes
a nos echar una gotera a son y compás de unos cantares.
-Seor Balbeja -respondió Pulpete, sacando al soslayo
la cara y escupiendo con el mayor aseo y pulcritud, en derecho
de su zapato-, no seré yo el que por la Gorja ni otra
mundanidad semejante, ni porque me envainen una lengua de
acero, ni me aportillen el garguero, ni pequeñeces
tales, me amostace yo ni me enoje con amigo tal como Balbeja.
Venga vino, y cantemos luego, y súpito sanguino aquí
mismo démonos cuatro viajes. Trajeron recado, apuntaron
los vasos y mirándose el uno al otro, cantaron a par
de voces aquello de caminito de Sevilla y por la tonada de
los panes calientes. Esto hecho, se desnudaron de las capas
con donoso desenfado y desenvainaron para pinjarse cada cual,
el uno un flamenco de tercia y media, con cabo de blanco,
y el otro un guadifeño de virola y golpetillo, ambos
hierros relucientes que quitaban la vista, y agudos y afilados
para batir cataratas cuanto y más para catar panzoquis
y bandullos. Ya habían hendido el aire dos o más
veces con las tales lancetas, revueltas las capas al siniestro
brazo, encogiéndose, hurtándose, recreciéndose
y saltando, cuando Pulpete alzó bandera de parlamento
y dijo: -Balbeja, amigo, sólo te pido la gracia de
que no me abaniques la cara con Juilón tu cuchillo,
pues de una dentellada me la parará tal que no me
conociera la madre que me parió, y no quisiera pasar
por feo, ni tampoco es conciencia descomponer y desbaratar
lo que Dios crió a su semejanza. -Concedido, -respondió
Balbeja- asestaré más bajo. -Salva, salva
los ventrículos también, que siempre fui amigo
del aseo y la limpieza, y no quisiera verme manchado de mala
manera, si el cuchillo y tu brazo me trasegasen los hígados
y el tripotaje. -Tiraré más alto, pero andemos.
-Cuidado con el pecho, que padezco de cansancio. -Y dígame,
hermano: ¿por dónde quiere que haga la visita o calicata?
-Mi buen Balbeja, siempre hay demasiado tiempo y persona
para desvencijar a un hombre; aquí sobre el muñón
siniestro tengo un callo donde puede hacer cecina a todo
su sabor. -Allá voy, -dijo Balbeja; y lanzóse
como una saeta; reparóse el otro con la capa, y ambos
a dos, a fuer de gallardos pendolistas, comenzaron de nuevo
a trazar eses y firmas en el aire con lazos y rúbricas,
sin disputar empero pizca de pellejo. No sé en qué
hubiera venido a dar tal escarceo, puesto que mi persona
revejida, seca y avellanada no es propia para hacer punto
y coma entre dos combatientes; y que el montañés
de la casa se cuidaba tan poco de lo que sucedía,
que la algazara de los saltos combatientes y el alboroto
de las sillas y trebejos que rebullían, los tapaba
con el rasgado de un pasacalle que tañía en
la vihuela con toda la potencia del brazo. Por lo demás,
estaba tan pacífico como si hospedase dos ángeles
y no dos diablos incarnados. No sé, repito, dónde
llegara tal escena, cuando se entró por el umbral
de la puerta una persona que vino a tomar parte en el desenlace
del drama. Entró, digo, una mujer de veinte a veintidós
años, reducida de persona, pero sobrada en desenfado
y viveza. El calzado limpio y pulido, la saya corta, negra
y con caireles, la cintura anillada, y la toca o mantellina
de tafetán afranjado, recogida por bajo del cuello
y un cabo de ella pasado por sobre el hombro. Pasó
ante mis ojos titubeando las caderas, los brazos en asas
en el cuadril, blandiendo la cabeza y mirando a todas partes.
A su vista el montañés soltó el instrumento,
yo me sobrecogí de tal bullir cual no lo sentía
de treinta años acá (pues al fin soy de carne
y hueso), y ella, sin hacer alto en tales estafermos, prosiguió
hasta llegar al campo de batalla. Allí fue buena:
don Pulpete y don Balbeja, viendo aparecer a doña
Gorja, primer capítulo del disturbio, y premio futuro
del triunfante, aumentaron los añascos, los brinquillos,
los corcovos, los hurtadillos, las agachadillas y los gigantones
pero sin tocarse en un pelo. La Gorgoja Elena presenció
en silencio por larga pieza aquella historia con aquel placer
femenil que las hijas de Eva gustan en trances semejantes.
Tanto a tanto fue oscureciendo el gracioso sobrecejo, hasta
que, sacándose de la linda oreja, no un zarcillo ni
arracada, sino un trozo de cigarro de corachín negro,
lo arrojó en mitad de los justadores. Ni el bastón
de Carlos V, en el postrer duelo de España, produjo
tan favorables efectos. Uno y otro, como quien dice Bernardo
y Ferraguto, hicieron afuera con formal respeto y cada cual
por la descomposición en que se hallaba en persona
y vestido, presumía presentar títulos con que
recomendarse a la de los caireles. Ésta, como pensativa,
estuvo dándose cuenta en sus adentros de aquel pasaje,
y luego con resolución firme y segura dijo así:
-¿Y este fregado es por mí? -¿Y por quién
había de ser?; porque yo..., porque nadie..., porque
ninguno... -respondieron a un tiempo. -Escuchedes, caballeros
-dijo ella-. Por hembras tales cuales yo y mis pedazos, de
mis prendas y descendencia, hija de Gatusa, sobrina de la
Méndez y nieta de la Astrosa, sepan que ni estos son
tratos, ni contratos, ni cosas que van y vienen, ni nada
de ello vale un pitoche. Cuando hombres se citan en riña,
nade el andelgue y corra la colorada, y no haber tenido aquí
a la hija de mi madre, sin darle el placer de hacer un floreo
en la cara del otro. Si por mí mentían pelea,
pues nada de ello fue verdad, hanse engañado de entero
a entero, que no de medio a mitad. A ninguno de vos quiero.
Mingalarios, el de Zafra, me habla al ánima, y él
y yo os miramos con desprecio y sobreojo; adiós, blandengues,
y si queréis, pedid cuenta a mi don Cuyo. Dijo, escupió,
mató la salivilla con el piso del zapato, encarándose
a Pulpete y Balbeja, y salió con las mismas alharacas
que entró. La Magdalena la guíe. Los dos ternes
legítimos y sin mancha siguieron con los ojos a aquella
doña María la Brava, la valerosa Gorgoja; después,
en ademán baladí, pasaron los hierros por el
brazo como limpiándoles de la sangre que pudieran
haber tenido; a compás los envainaron y se dijeron,
a un tiempo: -Por mujeres se perdió el mundo, por
mujeres se perdió España; pero no se diga nunca,
ni romances canten, ni ciegos pregonen, ni se escuche por
plazas y mataderos que dos valientes se maten por tal y tal.
Deme ese puño, don Pulpete; venga esa mano, don Baldeja
-dijeron, y saltaron en la calle lo más amigos del
mundo, quedando yo espantado de tanta bizarría.
 La rifa andaluza
| Oid que os quiero contar | | | | del niño
Amor los enredos | | | | y sirva mi voz de antorcha | | | | que alumbra cuidados
ciegos. | | |
|
| En el baile
del Ejido | | | | (nunca Menga fuera al baile) | | | | perdió sus
corales Menga | | | | un disanto por la tarde. | | |
|
No
juzguen mis amables lectoras que voy a entretenerlas el ocio,
relatándoles el cómo y cuándo este palacio
magnífico o aquella quinta deliciosa viene a llenar
de gozo, por un azar feliz de lotería, la esperanza
de dos recién casados, que, arriesgando a la fortuna
unos pocos ducados, pueden concluir su luna de miel en una
mansión encantada por los atractivos del placer primero
y por las comodidades del lujo. Estas agradables peripecias
son tan peregrinas, por no decir imposibles, que sería
cargo de conciencia despertar sensaciones y deseos que no
se pueden cumplir, y yo, dijes de mi alma, no quisiera más
que moveros un antojo para satisfacerlo a renglón
seguido, reservándome empero siempre una pizca, un
tantico de placer para mi justo pago. Tampoco mi Rifa es
de las que vemos cada noche en toda tertulia, quiero decir,
que no es de aquella en que tal bujería, o cual lindo
bordado suele echarse a la mayor de espadas con mucha zambra
y algazara de señora abuela y tía, que no sé
por cual sortilegio son siempre las afortunadas en tales
ferias. Esto es trivial por todo extremo, y sería
daros enfado emprendiendo cuento, señoras mías,
que pasa por vuestros ojos cuotidianamente. Si lo imposible
no me gusta, lo muy trivial me enfada en mucho más,
y así por la región media emprende hoy su vuelo
el razonamiento mío, para contaros sabrosamente los
puntos y señales de una Rifa Andaluza. Representaos,
lindas suscriptoras, en vuestra viva imaginación un
paisaje tal, cual mi rústico pincel lo delinee, pues,
antes de pensar en la farsa, bueno será prevenir escena
donde ponerla en tablas. Al frente, digo, que os figuréis
una ermita limpia y enteramente pintoresca, cual se encuentran
a cada paso en aquel país de la poesía. Unos
cuantos árboles den frescura al llano que sirve de
ante-atrio, y por los troncos suban sendas y pomposas parras,
que, tejiéndose por el dosel de mimbre y caña
que cubre todo aquel espacio, formen un sombrío bastante
para amansar los rayos del sol y debilitar su luz activa
y que deslumbra. Un cauce sonante de agua corra por la espalda,
moviendo estruendosamente uno o dos molinos, cuyo rumor grave
y no interrumpido sirva de bajo musical al contrapunto agudo
de las golondrinas que entren y salgan rápidamente
por las claraboyas de la ermita, casi tocando con sus alas
negras y pecho bermejo las cabezas de los que afuera preparan
la fiesta. Para ella fórmese un cerco con los escabeles
y escaños de la cofradía, intercalados por
distintos sitiales de respeto que han de ocupar el mayordomo,
los mejores y más diestros tañedores de la
vihuela, y la reina, que se aclamó la rifa pasada.
A un lado, separadas de todo tacto masculino y ataviadas
cuanto más posible estén las muchachas solteras
del barrio o aldea (pues el lugar de la acción lo
dejo a voluntad ajena), llenas de belleza y de donaire, con
moños de colores simbólicos en el pelo y con
la laya de adornos que a bien tengan, pues en tal elección
dejo libre albedrío; pero no omitidme el calzado muy
limpio y el talle breve y como de sortija, pues nosotros
los de puertos allende, niñas de mis ojos, somos inexorables
en tales menudencias. Cuatro o seis dueñas de rostros
avinagrados y de manto largo de bayeta negra antequerana,
cuiden rellanadas en el ángulo del cerco, de avizorar
toda descompostura, y de calmar con gestos tan endiablados
cuanto expresivos la fermentación de aquel género
volátil que custodian. Los mancebos en pie, derechos
como husos, formen corro en derredor de los escaños,
y dichoso el que pueda atalayar a su Melisendra frente a
frente, o que logre flanquear la dificultad y colocarse al
respaldo del asiento de la requebrada; así y con poner
a la otra parte dos o tres hombres provectos y barrigudos,
eternos cabildantes de la hermandad y que autorizan el acto,
tenéis ya, pintoras hechiceras, el cuadro casi concluido.
Digo casi concluido, pues nada os he dicho ni del Rifador ni de la Reina del festejo, personajes de primera figura,
cual débese sospechar. La Reina, como dije, es la
bailadora que más gala adquirió en la pasada
fiesta, ya por su gentileza y gallardía, y ya por
el número mayor de danzadores que consiguió
cansar; objeto poco edificante que las mujeres logran con
más prontitud que quisieran. A los pies de tan linda
zagala haya un azafate lleno de flores deshojadas, donde
se brinden las ofrendas de los devotos para la santa imagen,
que ya son en primavera rosas y claveles y ramilletes, y
en otoño este o aquel fruto tan vistosos cuanto sazonado.
El Rifador se deja ver subido en algún banquillo
de noguerón viejo, descollando y blandiéndose
como cimera del concurso, parlando y accionando más
y más. Es fuerza que tal papel se desempeñe
por hombre de chiste y chispa, y de destreza suficiente para
picar la vanidad de los unos y mover la condición
menos pródiga de los otros, feriando razonablemente
los regalos que se muestran. Yo, queridas amigas, que tengo
ciega pasión por todo cuanto huele a España,
principiando por las españolas, no soy voto calificado
y de imparcialidad en la materia; pero en conciencia puedo
afirmar que he olvidado veces muchas agradablemente el tiempo
escuchando las razones agudas del Rifador, y las sales que
donosamente saltaban en sus labios, forjando ya el encomio
del clavelón amarillo, emblema de la necedad entre
aquellas gentes, o ya pintando el rico sabor del higo nopal
o tuno, fruto casi peculiar de la Andalucía. Entre
tanto la danza sigue, las coplas se suceden, dejándose
escuchar por entre el son del crótalo de granadillo,
el trino de la prima y la entonación sonora y clamorosa
de los bordones en la guitarra y bandolín, que manos
diestras los fuerzan a sonar al unísono y con la más
agradable melodía. En este punto armónico
y de algazara se hallaba el festejo cierta tarde de la bendita
Cruz de Mayo, cuando ocurrió la aventura más
cómica que puede inventar la más picaresca
imaginación. Un mancebillo vivaracho y pimienta,
de capote de alamar, chupetín bordado y faja rosada
al cinto, no quitaba ojo de la reina del baile, echándose
a la cara el sombrerillo de alta copa. De tiempo en tiempo
miraba atravesadamente a cierto caballerete de calzón
ajustado, corbatín muy premioso y levita bien cortada,
que sin saber por dónde se deslizó blandamente,
y sin ser sentido ni percibido, hasta llegarse al respaldo
de la reina, con quien cruzaba algunas razones, más
bien disparadas y mejor respondidas que hubiera deseado nuestro
majo atisbador. Ella, que en aquel punto, queridas mías,
gozaba de la fruición soberana que todo pecho femenil
tiene cuando ve morder cebolla y agria naranja al pobrete
que bien ama, advirtiéndole así que no es bueno
querer tanto, la zagala coronada, digo, sin acordarse ni
por cien leguas de su don Cuyo, se enredaba más y
más en la plática del don Lindo, riendo ora,
y ora dándole algunas de las flores del azafate bendito.
Tocándole su vez al pariente para encomendar al viento
alguna copla, y queriendo dar un silbo preventivo que recogiese
al aprisco aquella oveja descarriada, al suave compás
de la rondeña le cantó la siguiente endecha:
|
Me estoy muriendo de sed | | | | teniendo aljibe
en mi casa, | | | | pero alivio no lo encuentro | | | | porque la soga
no alcanza. | | |
Bien no entendiera la maligna parladora la alusión
del sediento y del poco alcance que para su alivio encontraba,
o, por mejor decir, no queriendo escuchar tales pedigüeñerías,
se desentendió con destreza suma de tal lamento, y
más anudó su coloquio con el pisaverde encorbatinado,
que con melindres mil, y relamiéndose como si dijéramos
un lechuguino del café de Sólito, alzaba la
cresta como gallo triunfante. El doliente y celoso amante,
queriendo hacer el postrimer esfuerzo para recordar sus obligaciones
a la voluble bailadora, y ganar por la ternura lo que perdía
por las artes del advenedizo rival, tomó el canto
otra vez a su turno, y con voz si bien vacilante si bien
suspirada, entonó la copla siguiente:
| Yo soy la vela de cera | | | | que está
ardiendo en tu servicio, | | | | y en pago del beneficio | | | | le das
un soplo a que muera. | | |
Pero por más reclamos que dio
el arrullador, la paloma se daba por sorda, y tanto tanto
se mantuvo en sus trece, que el galán, picado, se
dejó de su postura contemplativa y triste, se arregló
el sombrero tirándolo atrás, sacudió
el capotillo y se puso en planta de obrar alguna acción
de marca y de mayúsculo estrépito. Al propio
tiempo la orquesta resonaba con mayor brío, reforzada
por una pandereta y dos platillos, las cantinelas se repetían
y en ellas se decían sus misteriosos secretos y sus
sentidas quejas los novios y las requebradas, pues no deben
olvidar mis discretas lectoras que por todo aquel país,
el tañedor, el cantante, el galán y el poeta
son cuatro cosas que casi siempre se encuentran en una propia
persona. El Rifador, en tanto, rebosaba de gozo en su cátedra
por ver cuán cumplidamente feriaba todos los regalos
que ponía en rifa. Su elocuencia iba en aumento, sus
gracias hervían en su boca, haciendo llenar con moneda
menuda el azafate florido. -¡La rosa virgen!, ¡la rosa virgen!
-decía- ¡real de plata, real de plata dan por ella!
Y esto gritando, mostraba la flor más hermosa, de
más aromas y de más púrpura que vergel
frondoso dio en los asomos del mes de mayo. -¡La rosa virgen!,
¡la rosa virgen! -proseguía-, ¿quién la puja,
quién la puja? Real de plata dan por ella. Mancebillos
tacaños, acudid y mejorad, ¿quién no querrá
poner la flor en el pecho de su novia? Hacedle este regalo
a vuestras rapazas, y daréisles una lección
con él. ¡La rosa virgen!, ¡la rosa virgen!..., que
ya dan cuatro reales; que se la llevan, que se la llevan;
¡ya sé yo a cuyo seno va!, ¡que se la llevan! Dichosa
quien tiene galán desprendido; ¡que se la llevan!...
¡que dan medio duro, diez reales u ochenta y cinco cuartos!
¡Viva mi barrio! ¡Nadie en él guarda el dinero; de
allí sólo salen los garbosos y gastadores,
los desprendidos y generosos!... Por aquí iba de
su alocución, cuando levantándose el galán
del sombrero alto y capotillo corto, alzó el grito
y dijo: -Señor Capaypa, veinte reales vale la rosa,
y más lo que vuesa merced me mande; pero si está
ya feriada en los veinte, entréguela con su mano,
que con la mía no, a la reina bailadora, y comencemos
el sainete... -¡Viva Juancho! ¡Viva Juancho! hijo de la
Nena, nieto de Sinforoso -respondió el honrado Capaypa-.
¡Viva mi barrio, tesoro de los hombres buenos y generosos!
¡La buena cepa buenos renuevos cría! Y así
diciendo a voz desplegada, dio la rosa a la picaruela rapaza,
que llevándola primorosamente a la nariz, la asentó
con el mayor aseo en el hoyo de su pecho, volviendo los ojos
al desgaire y por primera vez al amartelado amante. El Rifador, al alargar la rosa, y tropezando sus ojos con la efigie del
alfeñique caballerete, añadió: -¡Viva
mi barrio! ¡Viva Juancho!, que si sabe gastar parolas con
las mujeres, tampoco ignora el alzar el gallo entre los hombres,
y su voz en las rifas sobresale siempre, y con ella sus reales
de a ocho. El del corbatín bajó la vista,
como quien conoce el tiro no oblicuo de la saeta, y trató
de volver a su plática con la zagala, la que, sin
duda, advirtiendo en aquel punto que hubiera sido galantería
de molde el que la rosa se la presentara conquistada en la
rifa, el mismo que por tanto tiempo gozó de sus palabras,
no emprendió el segundo coloquio sino con la tibieza
que vosotras mismas, candidísimas y no malignas lectoras,
usaríais en aquel trance... -¡Al sainete, al sainete!
-dijeron todos- y sonando la fiesta con más algazara,
los cantores y cantoras comenzaron a salpicar sus coplas
con más pique y salsa que las entonadas de trasmano,
y pasándose de uno en otro los bollos y los roscos,
los dulces y las avellanas, apareció en su cátedra
el compadre Capaypa embozado en su capa, con el aire más
socarrón y de redomado que hallarse puede. -¡El beso
del niño, el beso del niño! -gritó el
Capaypa-, ¡qué frescura en la tez, qué sabor
en la pulpa, qué finura al tacto! ¿Quién paga
el beso, quién paga el beso? -Diez reales envido,
-gritó el del capotillo- y bese al niño rollón
el caballero del levitín, el que parla con la reina
bailadora y la olvida de sus obligaciones... de presidencia.
-¡Bravo! ¡Vítor! Que lo bese si no puja, -replicó
Capaypa-. ¡Ah, señor caballero! Acordaos de quién
sois (y le dirigió la palabra); acordaos de quién
sois, si es que sois alguna cosa, y volved al caño
las demasías de Juancho, y que él sea quien
bese a mi niño rollón. ¡Viva mi barrio, viva
mi barrio! El apostrofado conoció que toda la batería
iba a disparar en su pobre bulto, y así, con su mejor
gracia, trató de tener buen talante y hacer frente
a los peligros, y rayar de rumbo para no desmerecer el alto
concepto de la zagala. -Dos reales y medio ofrezco y me
libro de la penitencia, -dijo el acometido, y se le replicó
con un flux de risa general en todo el auditorio. -¡Viva
mi barrio, viva mi barrio! -prosiguió Capaypa-. El
pico de los dos y medio, señor mío, vayan sobre
los diez envidados ya, y se admitirá la postura; y
de no, allá va mi niño. ¡Viva mi barrio, viva
mi barrio! -Pues bien -contestó altivamente el señorito-:
allá van los doce reales y medio, y quedo en salvo,
que a mí nadie me enceniza la frente, y menos por...
-Dos duros, y que bese al niño -replicó el
antagonista-, y luego arreglaremos cuentas, seor futraque;
-y lo miró de reojo. -¡Viva mi barrio, viva mi barrio!
-clamaba Capaypa-. ¡Cuarenta reales! Eso es humo, señor
Juancho. En el señorito Don... -Don Quico se llamará,
que todo nombre es bueno cuando recae en tan linda persona-;
en el señorito, digo, hay presencia, potencia y resistencia;
quiero decir, que no ceja; ya pujará por cuatro, y
veremos quién a quién... pero mientras Juancho
se mantenga al frente, ¡viva mi barrio, viva mi barrio!
El apurado caballero figurilla, que no esperaba la cuña
de los cuarenta, se requirió el garguero como para
pasar tamaña píldora, llevó la mano
al pelo sin tener comezoncilla, y luego inadvertidamente
solfeó los dedos por sobre el bolsillo, dando con
tanta pantomima mayor asidero a la burla. La reina bailadora,
como si le viese acometido de pronto por algún tifus
pestilencial, retiró de su lado el sillón que
ocupaba, y una nube de descontento pasó por su lindo
entrecejo. El corrido amante midió la mengua y afrenta
con que iba a mancharse, y con resolución heroica,
dijo: -Cuarenta y dos reales doy, y salgo libre -y así
diciendo, miró a la prenda como para pedirle albricias
de su espléndido valor; pero el entrecejo se oscureció
más y más, y otros borbollones de risa resonaron
en derredor; pero la intensidad de tanta carcajada la venció
con su voz el del capote, diciendo: -Cinco duros; cien reales
doy, y bese al niño rollón, y descapótele
la coronilla. -¡Viva mi barrio, viva mi barrio! -respondió
el inexorable Capaypa-. Mi Juancho tira al hueso palomo,
va derecho y no me da corcovos. A la cabeza, a la cabeza,
y allí se mata al contrario. Cien reales es bote de
a folio: pocos tienen aliento para él, y ninguno lo
aventaja. Pero, ¡silencio, silencio! Los señores tienen
su sangre y su alma, y aunque con hipos, suelen cumplir de
mil a mil años. Nosotros por calidad y ellos por vanidad.
¡Cien reales, cien reales!, y el señorito besará
a mi niño, y ainda mais descapotará la coronilla.
Todo fue en vano. Por más que hizo el orador Capaypa
por picar la vanagloria del figurilla, nada consiguió,
y éste, viendo que el juego crecía, que el
rival no llevaba trazas de ceder y que la zagala por su mal
gesto no pensaba agradecerle sus pujas y mejoras de los pobres
maravedís, juzgó por conveniente el mudar plan
de campaña, y de la defensiva, resueltamente tomó
la ofensiva por el lado más cómico que darse
pueda. -Señores -dijo-: mi condición es dulce
y nada huraña; el concurso creería que yo era
alguna esfinge, alguna tarasca, si me opusiese por más
tiempo y con tanto ahínco al beso de esa criatura,
de ese niño, que juzgo ha de ser blanco y rubio como
las candelas; venga al punto, y llevará el beso más
cordial que dio madre primeriza, y pague mi contrario los
cien reales. -¡Viva mi barrio!, ¡viva mi barrio! -pregonó
el consabido-. ¡Victoria por Juancho y cúmplase la
penitencia! Esto diciendo, salta del pulpitillo gallardamente,
desembózale para sacar el niño, y muestra,
¡oh longanísimo y robustísimo San Cristóbal!,
muestra, repito, la fruta, el vegetal más descompasado
que nunca produjeron los hortelanos. El sentenciado caballero
echó ojos a lo que él esperó besar como
pastorcito muy pulido, y mirándolo le pareció
ver, con las candelillas que le saltaban entonces en la vista,
que era el gigante de los rábanos que se le acercaba
como cañón en batería; luego se figuró
ver alguna zanahoria patagónica; después creyó
mirar un calabacín de a treinta y seis; pero al fin,
restregándose los ojos, y ya con la serenidad de la
desesperación, reparó que el niño donde
había de poner sus labios era un cohombro colosal,
amarillo y chifón, que se guardaba para aquel doloroso
trance. El penitenciado se disponía a imprimir su
ósculo con la humildad debida, cuando la Reina Bailadora
notó que por preeminencia de su dignidad a ella le
tocaba (que a otro no) el administrar la justicia. Todos
convinieron en ello, y pusieron en su falda el vegetal tremendo;
y el antes triunfante y ahora rendido paladín, puesta
la rodilla en tierra, dio su beso, y se disponía a
irse y tomar vuelo, cuando la despiadada ejecutora le mandó
que descapotara al niño. La gresca y la risa irónica
ensordecía y todos agrupaban las cabezas para contemplar
más de cerca tan risible caso, cuando el burlado preguntó
humildemente qué cosa era descapotar. -Nada, hermano,
-replicó la Reina- abra la boca y muerda, de tal modo
que escogiere la coronilla de esta sabrosa fruta; bueno es
que abra la boca quien tanto cierra la bolsa. A esto asestaba
el amarillento cohombro contra la tronera del triste arrodillado,
quien al fin, sumiso, entreabrió los labios con el
primor posible, y como dama golosa, para cumplir su encargo
sin descomponer la figura. Pero la maligna Bailadora, que
ya esperaba este melindre, no bien apuntó y vio en
jurisdicción extraña el comienzo, cabo o rabo
de la fruta, cuando haciendo hincapié lo embazó
todo entero por la boca de aquel desventurado, quien se quedó
con huésped tal en ella, ni más ni menos que
como uno de los figurones de berroqueña que por ancho
canuto vomitan agua en las grotescas fuentes de Aranjuez
o la Granja. Vengada la vanidad de la zagala, y satisfecho
su engañado orgullo, se levantó el de la triste
figura acompañado de la chifla general y de los silbidos
más armoniosos y compasados que nunca oyó un
teatro musical, silbidos y chiflas que aumentaron cuando,
al volver la espalda, le miraron lleno de harapos, alárlagos
y ahímelollevas con que le habían adornado
durante su última y dolorosa estación las otras
mozuelas del baile. Cerrada la fiesta, amigas mías,
se averiguó que el señor tan malparado era
un estranjis, y ya veis que en esto de la gentileza con damas,
bueno es que el nombre español quede bien sentado.
Entre tanto, perdonadme que en mi plática os llame
mis queridas, mis dijes, y otros motes de este jaez, pues
tan dulce confianza, ni daña al respeto ni a la fina
galantería. Por otra parte, mis copiosos años
pueden permitirme libertad tan inocente, y si en esta o en
aquella ocasión os pudiera hablar a solas y al oído,
¡cuántas lindezas no escucharíais más
entretenidas que no la Rifa andaluza!
 El asombro de los andaluces, o Manolito Gázquez, el
sevillano
[...] Con tus mentiras a nadie agravias y a todos entretienes:
estas no son mentiras, sino ingeniosidades: no son mentiras
vulgares, digo, sino fábulas poéticas. |
| Estafeta
del Dios Momo, por Salas Barbadillo. |
|
Así españoles
como extranjeros, saben el remoquete con que son señalados
los andaluces. Todos, al oírles relatar tal historia
o cual noticia, llaman en auxilio de sus respectivas creederas
la suma total de las reglas de la crítica para fijar
en algo o acercarse a la verdad: todos, escuchándoles
citar guarismos y vomitar cantidades, cercenan, rebajan,
sustraen, amputan y restan, y no contentos aún, sacan
la raíz cúbica del residuo, y todavía
admitiendo tal cantidad por buena, creen hacer mucho favor
al bizarro y boyante contador y de numerador andaluz. Fuera
agraviar a cuatro grandes provincias que valen otros tantos
imperios, suponerles en su calidad y condición algo
tan rahez y de baja ley que pueda trocarse con el embuste
y confundirse con la gratuita mentira. Esto siempre revelará
algún defecto en el carácter, cierta falta
en el corazón, siendo así que, en contraste
con todas las demás de España, no hay ninguna
que sobre la Andalucía presente mayor número
de héroes, de hombres valientes, y todos saben que
la cualidad más contraria al valor es la mentira.
Por consecuencia, es necesario buscar en otra parte el origen
de esta afición, de esta propensión irresistible
a contar, a relatar siempre con encarecimiento y ponderación,
a demostrar los hechos montados en zancos, y a presentar
las cantidades por océanos insondables de guarismos.
Tal cualidad tiene su asiento y trono en lo más principal
y pintiparado del alma, en la fantasía, en la imaginación.
Lo que se ve en aumentativo, no puede explicarse por microscopio;
lo que se multiplica en el pensamiento, no puede unicarse
por los labios, si se permite la expresión; ni lo
que se pinta en el ánimo con todos los colores del
iris puede ni debe retratarse por la palabra, y en la narración
con las tintas mortecinas de la aguada. Ahora bien: un andaluz
siente, concibe, ve, imagina y piensa de cierta manera; ¿cómo
no ha de hablar, no ha de explicarse por el propio estilo?
Si tal no fuese, fuerza sería desconocer el admirable
acuerdo que existe entre las facultades de nuestra alma,
el recíproco enlace con que se atan unos a otros los
sentidos y todos se ligan a la mente; contradecir los estudios
de todos los filósofos desde Aristóteles acá,
y destruir, en fin, la verdad de la psicología, de
la ciencia del pensamiento. Ya esta cualidad de la imaginación
andaluza, y de su ostentosa manifestación por la palabra,
la conoció el famoso orador romano hablando de los
poetas de Córdoba, y la indicó en una de sus
más brillantes oraciones. La mezcla con los árabes,
de fantasía arrebatada, pintoresca e imaginativa,
dio más vuelo a tal facultad, y su permanencia de
siete siglos en aquellas provincias las aclimató para
siempre el ver por telescopio y el expresarse por pleonasmo.
Si fue en Córdoba, cabeza de la Bética y patria
de grandes oradores y poetas, en donde Cicerón notó
esta cualidad andaluza, si hubiera vivido dieciocho siglos
después o en nuestros días, la notara, fijara
y ampliara por todas aquellas grandes provincias, poniéndole
empero su trono y asiento principal en la capital artística
de España, en la reina del Guadalquivir, en el imperio
un tiempo de dos mundos, en la patria del señor Monipodio,
en la mágica y sin igual Sevilla. Los sevillanos,
pues, son los reyes de la inventiva, del múltiplo,
del aumentativo y del pleonasmo, y de entre los sevillanos
el héroe y el emperador era Manolito Gázquez.
Manolito Gázquez, a vivir hoy, debiera ser considerado
como un artista. Él daba al estaño y al latón
tal forma y apariencia, que con la ayuda del zumo de la oliva
y de un mechón de lienzo viejo, difundía la
claridad y las luces por doquiera; en una palabra: era velonero,
pero al propio tiempo era cazador; en los rosarios tocaba
el fagote o pimpoddo como él decía; en los
toros era un oráculo. Por lo demás, no había
habilidad en que no descollase, aventura extraordinaria por
la que no hubiera pasado, ni ocasión estupenda en
que no se hubiese encontrado. Y no se crea que esta inclinación
a hacerse el héroe de sus historias era por vanidad,
ni que encarecía por gala y afectación, ni
menos que se alejaba de la verdad por afición a la
mentira. Nada de eso; su imaginación le ofrecía
por verdadero cuanto decía; los ojos de su alma veían
los objetos cual los refería, y su fantasía
lo ponía en el mismo lugar y grado del héroe
cuya historia relataba. Júntese a todo esto la facultad
preciosa de darle a sus aventuras final picante, caída
adecuada, todo sin estudio, sin afectación, y por
añadidura, traza singular de persona y cierta pronunciación
peregrina y extraña, aun para los mismos sevillanos,
y se concebirá justa y cabal idea de los fundamentos
que tiene la gloria duradera de Manolito Gázquez,
cuyos cronistas quisiéramos ser si el espacio no nos
faltara y nos ayudara el talento. Manolito Gázquez,
además del «socunamiento» o eliminación de
las finales de todas las palabras y de la transformación
continua de las eses en zetas y al contrario, pronunciaba
de tal manera las sílabas en que se encuentra la ele
o la erre, que sustituía estas letras por cierto sonido
semejante a la «d». Esta indicación es la única
que conservaremos en sus palabras al referir algunos de sus
dichos y sentencias. La vida la dividía dulce y tranquilamente
entre su taller, sus amigos y su esposa doña Teresa,
y de noche entre el descanso y su asistencia al rosario tocando
el fagote. Dos tardes entre semana las empleaba concurriendo
a cierto pasaje, enfrente de Triana, a oír leer la
Gaceta, sentado sobre su capa en los maderos que en aquella
ominosa época en que teníamos marina bajaban
desde Segura por el Guadalquivir, y que servían en
la orilla para cómodo asiento de la gente desocupada.
Por aquel tiempo sólo llegaban a Sevilla cinco ejemplares
de la Gaceta, único papel que se publicaba en España;
cosa que prueba la infelicísima infelicidad de aquella
época, en que recibíamos de América
cien millones de duros al año. El que presidía
el auditorio en donde concurría Manolito, cobraba
cada ochavo de los que acudían a oírse leer
la Gaceta. Allí nuestro héroe oyó por
primera vez el nombre de Austerliz, cuya palabra jamás
le pudo caber en la boca. El concurso para formar idea minuciosamente
de la topografía del terreno, hizo extender el mapa
de Europa, que solía acompañar en aquel tiempo
a la Guía de forasteros. (Todo el mundo sabe que el
tal mapa tendría sus tres pulgadas de bojeo.) Manolito,
enardecido ya con la relación de tan sangrienta jornada,
seguía cuidadosamente con los ojos la punta del alfiler
que a tientas iba señalando en aquel mapa gorgojo
el punto donde pudo haber sido la batalla. Don Manolito,
al ver que el alfiler se fijaba, exclamó ya entusiasmado:
-Señoddes, aquí es, aquí es; vean ustedes
ad señod genedal que toca a ataque, y aquí
están das vivandedas que venden tajadillas a dos soddados.
Y al decir esto ponía su dedo rehecho y gordifloncillo
sobre el reducido papel, que casi lo tapaba, y de este modo,
calculadas las distancias, ponía esta parte de la
escena a 500 leguas del campo de batalla. En tal gabinete
de lectura y en tal tertulia oyó nuestro héroe,
en su capítulo correspondiente de la Gaceta, hablar
varias veces de la Sublime Puerta. La idea que concibiera
Manolito Gázquez de lo que era el poder otomano, lo
probará la anécdota siguiente. Cierto día
trabajaba en su taller sendos clavos de ancha cabeza y de
traza singular, que herreros y carpinteros llaman de bolayque.
Eran lucientes y grandísimos. Uno de sus visitantes,
al verlos, exclamó: -¡Qué clavos tan hermosos,
grandes y bizarros! -Catodce cajones llenos de ellos hay
ya en el dío -replicó don Manolito-; ¿y no
han de sed hedmosos si van a sedvid pada da Puedta Otomana?
Este hecho lo hemos oído relatar al mismo interrogante,
que lo fue el señor López Cepero, hoy senador
del reino, y que alcanzó y frecuentó mucho
el trato de nuestro héroe. Manolito tenía
gran vanidad en su habilidad de fagotista. Nadie, a juicio
suyo, le prestaba a tal instrumento el empuje y sonoridad
que él. -En ciedta ocasión -dijo-, quise pasmad
a Doma y ad Padre Santo. Pada ello entré en da iglesia
de San Pedro un día ded Santo Patrón ed primed
Apóstod. Allí estaba ed Papa y dos caddenades,
y ciento cincuenta y cinco obispos, y toda da cristiandad.
Tocaban veinte ódganos y muchos instrumentos, y más
de mid pitos y flautas, y entonaban ed Pange dinguae dos
mid y cincuenta voces. Llega don Manodito con su casaca (iba
yo de codto) y me pongo detrás de una codudna que
hay a da entrada por Odiente, así confodme se entra
a mano dedecha, y cuando más bullicio había,
meto un pimpoddazo y toda aquella adgazara calló y
da iglesia hizo bum, bum a este dado y ad otro como pada
caedse. A poco siguió da función, creyendo
ed Consistodio que ed teddemoto había pasado, y entonces
meto otro pimpoddazo de mis mayúsculos, y da gente
se asusta, y ed Papa dijo al punto: «O ed templo se viene
abajo, o Manodito Gázquez está en Doma tocando
ed pimpoddo.» Sadiedon a buscadme, pedo yo tenía que
haced, y me vine a Sevilla pada id ad dosadio. Si algún
paseante al pasar en aquellos días calurosos de estío
por la puerta de Manolito se sentía aquejado por la
sed y le pedía una poca de agua, gritaba al punto:
-Doña Tedesa (su esposa), bajad da jadda de odo con
agua fresca; y si no está a mano, venga da de plata,
o da de cristad, y si ninguna se encuentra, traed da talla
de baddo, que este caballedo disimudadá por esta vez,
si se de sidve con buena voluntad. En cierto día,
que para una noticia que era preciso hacer saber en Cádiz
se hablaba del modo de transmitirla con mayor celeridad desde
Sevilla, dijo don Manolito: -¿Y pod qué no va pod
agua da noticia? -Pero siempre -le replicaron- serían
necesarios tres o cuatro días. -Dos hodas -repuso
Gázquez-, yendo nadando como yo fui cuando da guedda
con ed inglés a llevad ciedta odden ded genedad. Yo
me eché ad agua ad anocheced en da Todde ded Odo;
meto ed brazo, saco ed brazo, estoy en Tablada; meto ed brazo,
saco ed brazo, heme en Sandúcad de Baddameda; meto
ed brazo, saco ed brazo ad frente de Dota, y de allí,
como una danzadeda, a Cádiz; ad entrad por da puedta
ded mad tidaban ed cañonazo y tocaban da retreta...,
¡digo, señodes, si me descuido! -aludiendo a que a
tal hora se cierran en Cádiz las puertas, como plaza
de guerra, y hubiérase quedado fuera. En el danzar,
cuando sus verdes años, y creyendo sus propios informes,
había sido don Manolito una Terpsícore del
género masculino, un portento de ligereza y agilidad.
-Una noche -decía- estaba yo en da tedtudia de da
condesa de... -siempre entre gente de calidad-, y allí
habían baidado ciedtos itadianos bastante bien. Don
Manodito no quiso baidad aquella noche, pedo das señodas
me dogadon tanto, que ad fin sadí haciendo mi devedencia
y mi paseo. Comienzan a tocad y yo a figudad y a tenzad;
ellos tocando y yo tenzando y dando con da cabeza en ed techo,
todos midando, y yo tenza que tenza; das señodas,
«Manodito bájese usted», y Manodito tenza que tenza...
cuando concluí pod gusto saqué ed dedoj...;
quince minutos estuve en ed aide. En los toros valía
doble el andamio donde tomaba asiento Manolito Gázquez.
Siempre tenía la palabra. No había suerte que
él no comentase, ni lance que no sujetase a su crítica,
aunque todo lo presidiese el famoso Pepe Hillo, que era muy
su amigo. -Quítese de allá ed señod
Pepe, no sabe usted ed mosquito que tiene dedante. Oiga usted
dos consejos ded maestro de dos todos... Una tarde salió
nuestro héroe muy disgustado de la corrida. -Ya no
hay hombdes en Sevilla -decía-. Hasta ed señod
Pepe se ha convedtido en monja; a no sed por don Manodito,
¿qué hubieda sido de da cuaddilla? Ed todo -añadía-
había baddido ya da plaza, dos de a caballo dodando,
dos peones en das vayas y ed señod Pepe enfrontidado
por ed todo y do iba a ensadtad, cuando don Manodito se echó
a da plaza y da fieda se dispadó a mí y deja
ad señod Pepe y addemete... -¿Y qué sucedió?
-le preguntaban los del asustado auditorio. -Y addemete,
y yo de meto da mano pod da boca y, de pronto, de vuedvo
como una cadceta, poniéndode da cabeza donde tenía
ed dabo, y ed todo sadió más dispadado que
antes y fue a dad ciego en ed buddadedo de enfrente, y se
estrelló, y das muditas viniedon pod éd. Don
Manolito, como de generación algo trasañeja
y muy lejos de los adelantos del siglo actual, era español
castizo y antifrancés por todo extremo, y eso que
no alcanzó en vida los desahogos de Murat en el 2
de mayo, ni el saqueo de Córdoba, ni las lindezas
de gabachos y afrancesados de 1808. Por lo mismo y tal antipatía,
nada era de extrañar que a tiempo o a deshora se estremeciese,
despeluznara y conturbase al oír por las esquinas
y cantones del barrio el pito del castrador, o silbar por
los zaguanes y antepatios la piedra aguzadera que a fuerza
de rueda y agua mordía el acero de los cuchillos y
tijeras, todo por obra y manufactura de los labios, patas
y manos de algún auvernés o picardo. Al pasar
tales estantiguas por jurisdicción de la casa de don
Manolito, según y conforme más o menos avinagrado
se hallara de condición, así era el recibimiento
que les hacía. Si el cielo de su frente, a dicha,
se mostraba despejado y sereno, en cuanto escuchaba el chiflo
o entendía el pregón del amolador, partía
la telera de pan y escanciaba en el vaso media azumbre de
vino, y saliendo al umbral de la puerta, calle de Gallegos,
comenzaba a decir: -Venga acá, capullo, y no me albodote
da vecindad. Tome este trago y este taco, y váyase
duego a otra padte con sus heddamientas, dejándonos
con nuestra entedeza y menestedes. En esta tiedda dos hieddos
se dan fido unos hieddos con otros hieddos y no con piedra
aspeddón, y nos vamos a da sepudtuda como vinimos
ad mundo. Cuando el clamoreo de mala y aviesa catadura cogía
al buen andaluz de mal temple, no había invectiva
en su magín, ni especie o palabra picante en el Diccionario,
que desde su puerta o ventana no se las disparase a grito
hendido sobre el deshonesto francés, si era capador,
o sobre el francés pordiosero, si era de los de la
piedra de asperón. Tal vez acertó a estar en
su tienda cierta persona grave, que al ver el alboroto de
Manolito, que en pocas ocasiones se descomponía, le
manifestó grande extrañeza por sus voces y
exclamaciones. Nuestro héroe, al oírlo, replicó:
-¡Chodizo! -esta era la interjección más formidable
que solía permitirse-. ¡Chodizo! -volvió a
repetir-. ¿No ve usted que si dos gabachos dan en venir con
las piedras y dos chiflos concluidán pod amodar a
dos españodes y pod dejadnos útides sódo
pada eunucos ded gran tudco o ded empedadod de Madduecos?
Por lo que después ha sucedido y en la actualidad
estamos alcanzando, verán nuestros lectores que don
Manolito, además de otros muchos, poseía también
el don de la profecía. Fuera prolija tarea referir
los destellos poéticos de maravillosa magia, de encarecimiento
inmenso con que Manolito Gázquez inmortalizó
su nombre en la poética, en la mágica y ponderativa
Sevilla. Pondremos fin con el siguiente rasgo. Cierto día
nuestro héroe asistió con gran parte de la
nobleza y juventud sevillana, que siempre lo admitía
en su círculo, a un palenque de armas, en donde así
se hacía alarde de la destreza del sutil florete,
como del irresistible poder de la espada negra. Después
que dos contendientes admiraron al concurso por sus primores,
su gallardía, sus tretas, sus estocadas, sus quites,
y que retirándose del asalto, dejaban a todos los
aficionados con impresión profunda de agradable sorpresa,
uno de los más notables por su habilidad en las armas
le preguntó a nuestro héroe: -¿Y usted, Manolito,
no juega la espada? -Ese ha sido mi fuedte -replicó-;
yo soy discípudo de dos discípudos de Caddanza
y Pacheco. ¿Se acueddan ustedes de das famosas lluvias del
año de 76? -Sí nos acordamos. -Pues en una
de aquellas noches de diduvio -prosiguió-, estaba
yo en da tedtudia de da señoda madquesa de... Todas
das señodas se habían ya detidado en sus coches,
y sódo quedaba da condesita de... y su hedmana, que
no podían idse podque su caddoza no había podido
llegad con ed agua. Aquellas señodas se afligían
y quedían idse, y ¿qué hace Manodito?; saca
da espada, y dice: «Señodas, agáddense ustedes.»
Y Manodito, con da espada a da lluvia, taz, taz, taz, tedcia,
cuadta, prima, siempre con ed quite y ed depado, llegamos
a padacio, ni una gota de agua había podido tocad
a das señodas, y dejábamos detrás ahogándose
a da Gidadda. Manolito Gázquez, cuya juventud, por
su lozanía, conservó hasta lo último
de su vida, murió cerca ya de los ochenta años,
al entrar el famoso de 1808. ¿Qué hubiera dicho este
rey de los andaluces si, viviendo algunos meses más,
alcanzara el trágico 2 de Mayo, la inmortal jornada
de Bailén? ¡Qué no hubiera visto aquella poderosa
imaginación en las poderosas maravillas que entonces
improvisó el verdadero entusiasmo, el no mentido patriotismo
español! Manolito Gázquez, presenciando la
lucha de la Independencia, y los principios de nuestras disensiones
civiles, hubiera sido para los hechos de la primera un cristal
de crecidísimo aumento, como para los segundos un
prisma que los descompusiera y presentara en términos
de arrancar algunas agradables risas, en cambio de las muchas
lágrimas y sangre que nos han costado. Si nuestro
héroe hubiera llegado como milagro de longevidad hasta
la guerra, cuya primera jornada acaba de concluir (estamos
en 1841), entonces es indudable que le viéramos o
escribiendo algún boletín de noticias en un
periódico, o bien al lado de algunos generales redactando
partes de encuentros, asaltos y batallas. ¡Tanta feria hubiera
tomado su peregrina facultad de aumentar lo poco, y de ver
lo que no había! NOTA Entre
las pocas personas hoy vivientes y que alcanzaron el trato
y comunicación de Manuel Gázquez, se cuenta
el señor senador del reino don Manuel López
Cepero, deán de la santa Iglesia de Sevilla. El redactor
de las Memorias del asombro de Andalucía, habiendo
consultado el señor Cepero sobre algunos puntos de
las aventuras de don Manolito, tuvo el gusto de recibir contestación
detallada de todo, añadiendo ciertas y picantes curiosidades,
que, para mayor recreación del público y no
defraudarle de su original y nativo carácter, hemos
querido trasladar aquí copiando la carta misma del
señor Cepero. Dice así: «Manuel
Gázquez debió de nacer alrededor del año
30 del siglo XVIII, porque en el segundo del XIX, cuando
le conocí personalmente y empecé a tratarlo,
frisaba en los setenta años, si bien él, por
suponer más larga su experiencia, afirmaba pasar de
los ciento y tener ya cerca de ochenta unos zapatos muy poco
usados con que se engalanaba las fiestas, diciendo que los
conservaba aprecio por ser los que llevaba cuando la Iglesia
le estrechó en vínculo matrimonial con su Teresa.
»Era la estatura de Gázquez
menos que mediana, grueso de cintura arriba, casi redondo
y muy corto de cuello, pero con facciones harto regulares
y una tez limpia y despejada que se dejaba ver en toda su
esférica cabeza, recogiendo con un listón negro
muy flotante los pocos cabellos enteramente blancos que en
tal época conservaba todavía. Ancho de hombros
y dilatado pecho, cruzaba sus robustos brazos, cuando se
sentaba, poniéndolos sobre el vientre elevado sin
exceso, y sus manos y dedos, más gruesos que suelen
verse a tantos años, manifestaban que Gázquez
no había pasado los suyos en la ociosidad; y no me
acuerdo de haberle visto sin hacer algo en su taller de velonería,
donde por su localidad le visitaba diariamente; al contrario,
siempre lo hallé trabajando con un oficial de más
años que el maestro, el cual le sobrevivió
pocos días, por cierto; pero Gázquez le daba
órdenes, dirigiendo sus faenas, como si mandase una
compañía de granaderos, reconviniéndole
frecuentemente por ello su anciano dependiente, y formando
ambos diálogos muy graciosos, aunque sin faltarse
ninguno a la decencia ni aun al respeto. »Gázquez
conservó siempre cabal su dentadura, vivos los ojos
y más agraciado el semblante de lo que sus años
permitían, porque era tal su robustez y grosura, que
las arrugas no habían podido desfigurarle, y así
es que mientras no hablaba, lejos de excitar al ridículo
tenía un aspecto a todas luces venerable. Era graciosamente
balbuciente, aunque sin tartamudear, pero no hallando su
fantasía, por falta de instrucción, medios
de expresar lo que concebía, ni manera de referir
las cosas maravillosas que se figuraba, adquirió fama
de embustero, siendo así que nada era más ajeno
a su carácter que la mentira. »Los
que iban a oírle sin antecedentes para juzgarle y
con la prevención de que sus ficciones exageradas
y a veces inoportunas, siempre incorrectas por falta de educación,
y no pocas veces mal entendidas, viéndole entusiasmado
y oyendo los defectos físicos de su pronunciación,
salían llamando disparatadas mentiras, a lo que era
efecto de una imaginación que no halló materia
ni pábulo en que ejercitarse con utilidad. Si Manuel
Gázquez hubiera recibido educación literaria
y cultivado los dotes que le dio la naturaleza, en vez de
la fama ridícula que le ha quedado de embustero, habría
tal vez dejado nombre de un ingenio sobresaliente. »Manifestaba
haber tenido siempre las costumbres más puras, y todos
cuantos le trataron aseguraban que jamás le oyeron
palabra que envolviese la más leve idea de torpeza
ni obscenidad. Casi llorando decía con frecuencia
que si le hubieran enseñado a leer y a escribir, hubiera
sabido más que Séneca, y es lo cierto que concurría
a todos los actos literarios con el objeto de quedarse con
alguna idea que él pudiese revestir después
con colores maravillosos. »Pagaba
dinero porque le leyesen la Gaceta, algunos de los que en
aquel tiempo buscaban la vida de ese modo, por ser raras
las Gacetas y no muy comunes los que pudiesen leerlas. Hablaba
después de las batallas de Napoleón como si
las hubiese visto, y yo le oí una descripción
de la de Austerlitz, señalando hasta el lugar que
ocupaban las vivanderas. »Habiendo
oído decir que las monedas de Otón eran de
las más raras entre las imperiales romanas, y sabiendo
que yo tenía afición a la numismática,
me ofreció unos cuantos ochavos borrosos, diciéndome
que los guardase, porque, según él calculaba,
debían de ser del rey Atún primero. »Procuraba
tratar a los moros que pasaban por Sevilla, y aseguraba entenderlos,
porque él había estado en Tánger y Marruecos
y visto toda la Morería, diciendo al mismo tiempo
que todos sus viajes habían siempre sido por tierra.
»Había en Sevilla por
aquel tiempo ciertas callejuelas muy angostas y retuertas,
cuyas casas eran generalmente habitadas por mujeres de mal
vivir, y a todo este distrito, último alojamiento
acaso de los moriscos, se le daba el nombre de Morería.
Aludiendo yo a él, repliqué a Gázquez
que aquella sería la Morería en que él
había estado, porque para haber visto la verdadera
habría tenido que rodear medio mundo o que atravesar
el mar, cosa que, según acababa de decirme, jamás
había hecho. »Apretado
por el argumento, y no queriendo consentir que se le creyese
capaz de frecuentar la Morería de Sevilla, poblada
de malas mujeres, se obstinó en afirmar que hablaba
de la África, y que se podía ir a ella por
tierra, o, lo que es lo mismo, sin embarcarse. »Muestre
V. -me dijo- esa boda en que está ed mundo pintado,
y de didé pod donde me llevó un addaez, que
era grande amigo mío. »Presenté
a Gázquez el globo terráqueo, designándole
el Mediterráneo que separa el África de España,
y él, calándose sus anteojos y cubriendo con
cada dedo una provincia, me preguntó de repente, como
quien salía de un gran embarazo: »-¿Dónde
está pod aquí ed cabo de Gata? »Y
habiéndoselo mostrado, contestó: »-Pues
desde éd sade pada da aceda de enfrente un caminito
oculto que no lo saben más de cuatro. »Y
quitándose las gafas, tomó su asiento, creyendo
haber dejado, como de hecho la dejó, concluida la
cuestión. »Tal es,
amigo mío, el bosquejo del hombre por quien V. me
pregunta, y desearía tener tiempo para enviárselo
a V. más acabado, según las ideas que aún
recuerdo haber formado observando a tan extraordinario original.
»Una enfermedad aguda, como
calentura pútrida, acabó con él por
abril del año de 8, no habiéndole alcanzado
la vida a presenciar ni aun las primeras escenas de nuestra
revolución, que empezaron en Sevilla al mes siguiente,
y en que su imaginación hubiera hallado ancho campo
por donde extenderse. »Queda
de V. siempre afectísimo y cordial amigo y capellán
Q. S. M. B.- Manuel López Cepero.»
 El Roque y el Bronquis
Y apagaron las luces, comenzaron con los
asientos y con las muletas y bordones a zamarrearle a él
y a sus corchetes, a oscuras, tocándoles los ciegos
la gaita zamorana y los demás instrumentos, a cuyo
son no se oían los unos a los otros, acabando la culebra
con el día y con desaparecer los apaleados. |
| El Diablo
Cojuelo. -Tranco V. |
|
Vuestras mercedes no saben lo que es
un Roque, porque ignoran qué cosa es un Bronquis;
y no se pescan lo que es un Bronquis y un Roque, porque no
han viajado por Andalucía, y si por allá han
andado, no han visitado ciertos pueblos, y si los han visitado,
no han asistido a ciertas y ciertas festividades, escenas,
bureos, bailes, triscas y saraos de candil. Hoy me propongo
llevaros, benévolos lectores, aunque sea sólo
en fantasía, a uno de estos entretenimientos recreativos;
que así pudiera yo con igual facilidad a tales escenas
positivamente, realmente, corporalmente, llevar y transportar,
ofrecer y presentar los lomos y espaldas de algunos amigos
(seis fueron y seis quedaron) que yo me sé; y cuidado
que no hablo en política. Mas porque nuestra fantasía
no tenga que viajar, hender los aires y el espacio, y fatigarse
por cosa de nonada y fruslería, me parece mejor, aquí
mismo y galanamente relatando, poneros delante de los ojos
cuadro tal, que bien os represente lo que saber queréis
y yo mostraros quiero; cuadro en cuyos grupos ocupo yo lugar
de privilegio, formando pareja con cierto inglés,
mi camarada en la aventura, osado como pocos y curioso como
ninguno. En un galán verano de los de mucho trigo
y de copiosísimas esperanzas para otoño, yo
me estaba, en Giromena no, sino en Carratraca, baños
famosos de la Andalucía y en la provincia de Málaga.
Tal pueblo, dejándose ver sobre un peñasco
árido, verdadero calvario de aquellas cercanías,
rodeado de precipicios por todas partes, es, sin embargo,
merced a sus aguas salutíferas y maravillosas, el
centro animado de la gente holgadamente rica y elegante de
los cuatro reinos, si lo tomamos en la temporada de junio
a septiembre de cada alegre año. Allí los serranos
y rondeños, los mayorazgos y el señorío
de los pueblos de la campiña; allí de Sevilla,
de su tierra baja, de Cádiz, Tarifa y los Puertos,
de Málaga, Granada, Córdoba y demás
partes de la Andalucía alta, vienen en certamen de
boato y ostentación, menos a tomar ellos remedio para
sus pasados deslices, y ellas a buscar confortativo a sus
parasismos y debilidades en los nervios, que a hacer gala
de riqueza todos, en busca de placer y recreación
muchos, y no pocos y pocas a feriar su hermosura, juventud
y gentileza. Fuera este punto muy de molde para estudio
de nuestro pincel, y el aspecto y la animación y los
rasgos característicos que en aquellos baños
se observan, bien merecieran con privilegio un bosquejo caprichoso
de pluma aún más elegante, lozana y diestra
que la mía, si la obligación que me imponen
el título y rúbrica con que se encabeza este
artículo, no me recordara a voz en grito que estamos
hablando, no de Carratraca y sus baños, sino de lo
que sea un Roque y lo que es un Bronquis. Y no sólo
de los pueblos, ciudades y comarcas arriba apuntadas de donde
se ven visitantes, viajeros y curiosos en aquel famoso lugar,
sino que de las partes más lejanas de España
cuidan los médicos de enviar allí anualmente
remesas de menesterosos de salud, que nunca dejan de obedecer
humildemente el mandato de tal peregrinaje; mayormente si
hay envuelta en la receta alguna cita misteriosa, tanto más
gustosa, cuanto que el apelar a tal medio siempre indica
y señala grandes dificultades vencidas; sin contar
para nada el sainete y sabroso picante de gozarse allí,
a despecho del sobrecejo y enfado de los maridos más
rústicos e intolerantes y de los tutores más
desconfiados y recelosos, de la libertad más agradable
y segura, sin mirarse sujeta, como otros fueros y garantías,
al buen capricho de un ministro o mandarín. Ello
es que, además de tanto viajante y peregrino español
castizo, se dejan ver por allí no pocos gringos y
extranjeros, que, encontrándose por ventura en Cádiz,
Málaga o Gibraltar, y oyendo hablar de los nombrados
baños, quieren, visitándolos, aprovechar la
buena ocasión de conocer mejor el país, amén
de adornar su álbum con algún pintarrajo tomado
al través, y pintado con brocha, y de enriquecer sus
apuntes y recuerdos de viaje con algún mentirón
estupendo, que después se revela en lindo periódico
o keepsake de impresión de París y Londres,
haciendo arquear los ojos de aquellos buenos leyentes, y
provocándonos a nosotros a risa estrepitosa de regocijo,
si no ya de mofa y desprecio. Uno de estos viajeros, nacido
en Kent, educado en Eton, estudiante en Oxford, y muy curtido
y versado en los salones elegantes de Londres, vino en cierto
mes de agosto a aposentarse en la fonda del señor
Reyes, que en aquellos salutíferos baños representa,
y aún creemos que todavía sostiene, el propio
carácter y papel que el antiguo Genyes y el moderno
Lhardy en Madrid; pero con tal amplitud de persona, con traza
tan mayúsculamente patriarcal, que él sólo,
por su propia efigie y estampa, exigiera y nos debiera otro
bamboche de pincel, si no fuéramos ya tan metidos
en corriente del artículo que nos hemos propuesto
escribir (y va de dos), y tan en pos del título que
arriba hemos señalado. Ello es, en fin, que nuestro
inglés tomó tierra en un cuarto, tabique por
medio del mío; y a poco de su aparición, ya
en la mesa, ya en las muchas ocasiones que ofrece para encuentros
de afabilidad y estimación lo reducido de un lugar
y la estrechez de fonda como la del señor Reyes, tuvimos
motivo para demostrarnos ciertas deferencias y atenciones,
que a poco se trocaron en la más afectuosa afición.
No por ello nuestra comunicación y trato se regalaba
de lleno a satisfacción con los placeres de una plática
seguida y de sendas conversaciones, sabrosas y de fáciles
entendederas. Era el caso que nuestro extranjero, como recién
llegado a Gibraltar, y en fresco trasegado a Carratraca,
apenas podía deletrear dos o tres palabras de enrevesado
castellano; y su francés, aunque pudiera serle y servirle
de gran útil para sus lecturas y estudios, lo había
usado y cursado tan poco, y lo miraba con tal enfado, que
en sus labios, antes que idioma articulado, más semejaba
los chiflos y refollamientos de algún órgano
de registro averiado y descompuesto, o los singultos de algún
gato con romadizo. Alguna vez, considerando yo que nuestra
educación e investidura académica eran parte
para darnos ayuda en semejante trabajo, llamábamos
en socorro nuestro el poco o mucho latín que en nuestras
escuelas respectivas imaginábamos haber aprendido.
Pero la pronunciación que los extranjeros dan a los
genitivos y acusativos, y la particular inflexión
que suelen dar a los otros casos cuando hablan latín,
nos desesperaba a perfecta vicenda siempre que nos proponíamos
entendernos en tal idioma, además de despertar tal
fracaso en mi revoltosa imaginación la idea endiablada
de que en esto de humanidades tan alto rayaban los profesores
y discípulos de Eton, cuanto los maestros y escolares
de las universidades de Oviedo y Valencia, y no vale señalar.
A pesar de tales contratiempos, nuestra afición crecía,
sin haber aventura en que no estuviéramos de por mitad,
ni jira, ni partida en que no viajáramos recíprocamente
de conserva. Por aquellos días se me anunció
que en cierto pueblo inmediato había gran festejo
y alboroque, mucho de bullicio y algazara, y no poco de festividad
y de divertidos juegos. Y al oír decir juegos, ya
creerán (y creerán bien) algunos de los que
guardan y conservan el son y dejo de aquellas comarcas, que
se me hablaba de la cercana, y pintoresca, y rica, y poderosa
villa de Alora, famosa y famosísima, entre pueblos
creyentes y paganos, por la fama de sus juegos llanos. Los
juegos llanos de Alora son, en verdad, los más inocentes
e inofensivos que se han ideado desde los olímpicos
hasta el día, teniendo por añadidura el mágico
poder de excitar y mover exquisitamente la sensibilidad del
pobrete que suele en ellos representar el papel de protagonista
y héroe. Pero por una contrariedad que así
nos cobijó entonces al inglés y a mí,
como cual ahora a mis oyentes, que no pueden instruirse de
qué sean tales juegos llanos, no fue Alora el pueblo
donde tal boato se preparaba; y si se me obliga a que declare
el nombre en cuestión, diré que no quiero,
en prueba de la dulce amabilidad de mi carácter, y
vamos adelante. Ello fue que Arturo (tal era el nombre del
inglés) fue de la partida, y juntos y en caravana
con algunos otros curiosos y aficionados, nos trasladamos
asnalmente, quier a mujeriegas, quier a horcajadas y no caballeramente,
pues tanta era la fragosidad y aspereza del camino, al teatro
de nuestra curiosidad e investigadora vagancia. Así
como nos apeamos, Alifonso Felpas, mozo de cuenta, arriscado
y rey parrandero del pueblo, vino y se me acercó,
noticiándome el programa de las funciones y festividades.
-Después de la romería de la Virgen -dijo-,
y a eso de si son luces o no son luces, entraremos de vuelta
en casa de la Márgara, y allí apuraremos entre
cuatro amigos leales una pírula del de Yunquera, con
unos mostachones de canela y otros dulces de Ardales que
saben a gloria. Después caeremos en casa de la Vicaria,
a ver los juegos del Narro, y por postre entraremos en el
patio de la Remedios, adonde hay fiesta y cantan unos muchachos
de la costa, que diz son cosa particular... -Cuidado, que
se suena ha de haber Roque y se ha de armar Bronquis con
muchísimo del hollín -dijo en baja voz un mozalbete
que, sentado a par del umbral de la puerta, dirigió
la palabra a Felpas. -¿Y de dónde lo sabes tú,
Palomo? -dijo éste. -Lo sé, y estoy muy penetrado
del caso -dijo aquél-, porque la Polvorilla ha dado
celos de mala muerte con uno de esos costeños al Pato,
y éste ha venido a contar para el Roque con mi hermana
Canhorro..., y véalo usted. -Pues la noche será
muy muñida -dijo Felpas dirigiéndome la palabra-.
Pero a bien que no será la primera -añadió
con cierto retintín y sonsonete. -Yo no iré
si tal se teme, amigo Felpas -le repliqué-; tanto
porque estoy fuera de andadura, cuando porque vengo con este
inglés, a quien quiero excusar de meterse en tales
culebras... Iba a manifestarme Felpas que yo procedía
como prudente y atinado no asistiendo al abreviado infierno
que se preparaba, cuando mi inglés, que atento estaba,
y que si ciento no atrapaba, alguna recogía, me preguntó,
pero en desusada y trilingüe manera, que cuál
era el asunto de que se trataba y nos ocupábamos.
Puede pintarse allá en la cámara oscura de
su magín cualquier pío lector, la dificultad
casi invencible en que me vería para explicarle a
mi curioso extranjero el resultado del coloquio arriba apuntado,
y más que todo el hacerle entender la agradable significación
de las palabras Roque y Bronquis. Después de mil
laboriosos esfuerzos de mi talento; después de darles
forma explicativa para tales ideas a mis conocimientos políglotos;
y después, en fin, de llamar en mi ayuda la mímica
y el lenguaje de acción, salpimentado todo satisfactoriamente,
a mi ver, con palabras francesas, lusitanas, inglesas y latinas,
cuál no sería mi despecho y mis calabazas de
rabia, cuando en lugar de dócil silencio, me encuentro
con que mi inglés me interroga, diciéndome:
-¿Sed quid est Roque, bronquisve? Al escuchar semejante
pregunta, di mi trabajo y afán por perdidos y, como
chico a quien se le hundió su castillo de cartas y
vuelve pacientemente a encaramarlas y levantarlas, torné
a mi pasada y pesada tarea, valiéndome de nuestro
latín casero como medio supletorio a mi pantomímica
explicación. Ya pude conseguir al fin que entendiera
la flor de que se trataba; de que en medio de la fiesta alguna
voz siniestra y ronca diría Roque; que acaso se repetiría
aún segunda amonestación, y al ver que aquel
congreso no se disolvía, se apelaría al medio
teatral de apagar las luces, comenzando la salva de badajazos,
cintarazos et aliquid amplius de que hablan los autores,
lo cual legítimamente es armar un Bronquis. El curioso
de Arturo me escuchaba con estática atención,
conociendo yo en su atrevida mirada que, antes de arredrarle,
más le enamoraba la imagen de aquel futuro campo de
Agramante. Por respuesta toda a mi argumentación y
explicativa, me repetía con gesto denodado y resuelto:
«Non timeo», blandiendo de una manera totalmente a la inglesa
los puños cerrados y apretados, por aquel estilo que
la gente inteligente llama móquilis o trómpilis;
y el bravo inglés, confiado en su fuerza, vigor e
innegable destreza, me preguntaba con latina interrogación,
siguiendo en el blandir de sus puños: «¿Sufficit?».
Y entonces, poniéndome al unísono de aquel
latín que nada dejara que desear al que se ha de hablar
y usar en nuestras Universidades, planteado y asentado que
sea el modernísimo plan de estudios, respondí
grave y reposadamente: -Trompilis
aut moquis non sufficit. -Rem
implebimus -me replicó el indomable inglés.
-Jacta est alea -le contesté en tono resuelto y afirmativo,
dándole a entender que emprenderíamos la jornada
y que echaba el pecho al agua. Y comencé desde luego
a preparar mis lomos a la tarea, sintiendo no tener a mano
medios fáciles de explicación para hacerle
entender a mi compañero cuán bien haría
en seguir con atrición y contrición mi buen
ejemplo y mi cristiana resignación. Efectivamente,
después de comer al mediodía, empavesado yo
al uso del camino, con calzón, jergueta carmelita,
chupín canario y sombrerín calañés,
y atildado mi inglés con camisolín de colores
y albeando la persona con pantalones y jubón de patente
y chaqueta de piqué graciosamente rayada y mosqueada
de azul y violeta, llevando en los bolsillos dos pañuelos
de Holanda, y con sombrerón de paja de Italia, nos
metimos en danza para la romería, desde donde, después
de agradablemente paseados y divertidos, vinimos a dar con
nuestros cuerpos en casa de la tía Márgara.
Aquí hicimos honores en forma al aguardiente de Yunquera
de que Felpas nos habló antes, a pesar de los 35 grados
de calor de que habíamos disfrutado aquel día;
y después de aplaudir los juegos y rusticidades chistosas
del Narro, recalamos al fin, oyendo la última campanada
del rosario, en casa de la Remedios, en donde el baile se
preparaba. Nosotros logramos desde luego asientos de primera,
y como piloto que debía conocer los bajíos
y malas corrientes de aquella costa peligrosa, dejando a
sotavento el sitio de los cantadores y tañedores,
fui buscando con mi Pílades la parte superior del
zaguán o cuerpo de casa en donde la función
se parecía y tenía plaza, y allí en
un rincón o ángulo me acomodé y rellané
en silla fuerte y robusta, fortalecidos sus peldaños
con traveses de estupendo espesor. Mi inglés no quiso
admitir otra igual silla con que yo le brindaba advertidamente,
y, como novicio e inexperto, escogió para asiento
un escalón que allí se parecía, sin
duda para confinar fácil e inmediatamente con las
sayas de una zagala de dieciocho a veinte años, que
llenaba la otra mitad de aquel escabel de cal y canto. La
fiesta iba ya por la epístola, es decir, iba ya bien
comenzada; las guitarras sonaban y las coplas iban y venían,
y las vueltas de rondeña y malagueña se sucedían
con rapidez increíble. El cerco de la gente era dilatado
y muy espeso en hileras. Un enorme velón de Lucena,
de cuatro mecheros curvilíneos ardiendo como bocas
de dragón, y colgado de un horcajo de madera pegado
al techo de la estancia, alumbraba aquella escena grotesca,
si extraña, si pintoresca. Las muchachas lucían
con tal luminaria su aseo y su gentileza, y si sus ojos brillaban
como abalorios o azabaches, el pelo negro y copioso que todas
ostentaban recogido en castañas, tomadas con cintas
encarnadas en la cabeza, les daban un aspecto tan graciosamente
pastoril, que la imaginación olvidaba con desdén
a tal vista el tocado femenil voluptuoso, romano, y griego.
La luz de los mecheros que reflejaba vistosamente por tales
ojos, hermosuras y arreos, se eclipsaba tristemente y apagaba
en el grupo oscuro de hombres, que embozados en sus capas
y apoyados en algún gran tajo de madera o mesa de
noguerón, se bosquejaban confusamente y se dejaban
mal ver a un lado y otro de las dos puertas, que ésta
iba a la calle y la otra a los patios y corrales de la casa.
Caldera de gran buque con asa de dilatado cerco, recién
bruñida por gentil mano y pendiente de sendas llares,
condecoraba campestremente el frontis y lugar de aquel recibimiento
general o salón de compañía de las casas
rústicas de los pueblos de Andalucía. La chimenea
que cobijaba todo aquel espacio, siendo de gran vuelo y amplitud,
y blanca como la paloma, resaltaba ricamente con el tesoro
de cobre y azófar que la coronaba, señal de
ostentación y riqueza en aquellas comarcas. Allí
otras calderas de menor calibre, limpias y rojas como las
candelas, deslumbraban los ojos con su brillo; las espumaderas,
los cazos, los peroles, las ollas de cobre, los escalfadores,
las palmatorias, las lámparas y otros cien trebejos
y cachivaches, como chufetas, braserillos, copas, badiles,
almireces y más baratijas, todo de metal relumbrante
y limpio, eran muestra del ajuar copioso y rico de la casa,
al paso que cinco o seis otros velones de no menor estatura
que el que ardía entre el cielo y la tierra de aquel
hemisferio, con sus grifos apagados y sus pantallas en alto,
esbeltas e izadas arriba, parecían, entre las demás
prendas de la chimenea, centinelas que vigilaban por tanto
tesoro, o capitanes atrevidos y en orden de parada, que con
gala y desenfado tenían el mando de aquellas escuadras
relumbrantes y refulgentes. Los dos costeños, que
eran los sostenedores de la fiesta, mantenían el buen
nombre de su habilidad con soltura y gracia, haciendo subidas
y variantes muy extremadas, y poco oídas hasta entonces,
y entonando la voz por lo nuevo y bueno, ya con sentido,
ya con desenfado. El más mancebo de los dos Gerineldos
(y, por cierto, que tenía muy buen corte) no quitaba
ojo de la Polvorilla, quien, por su parte, le pagaba, unas
veces a hurto y otras bien a las claras, con miradas muy
expresivas aquella preferencia y afición. La Polvorilla
era un pino de oro. Jaca de dos cuerpos, era muy bien ensillada,
mejor empernada, y tomando tierra con dos dijes, que no con
dos pies, pues tan lucidos y bien cortados eran. La cabeza
era gentil, la mirada rigurosa, bebiendo con corales y marfiles
que hacían eclipsar los ojos de purísimo gustito
de quien la miraba, y traían el agua a la boca como
deseando beber en aquella concha. Esta muchacha, grano de
pimienta y pomo de quinta esencia de claveles, desde muy
temprano había alcanzado fama y nombradía entre
las chicas de breves y verdes años, y todo por cierta
frase y palabra que soltó en ocasión solemne
y estrepitosa. Se contaba que, estando en capullo todavía,
y si son flores o no son flores, cierto día que no
estaba presente su madre, algún caballero o majo,
encontrándosela sentada al oreo del viento y debajo
de ciertos jazmines y arrayanes, le había hablado
en estas o muy parecidas palabras: -Dígame, niña:
¿se puede saber los años con que esa personita cuenta?
Y diz que ella, mirando al interrogante con sus dos azabaches
de África, le respondió: -Señor caballero,
madre asegura que no tengo más que trece años;
pero en cuanto a mí, ciertamente yo me siento de más
edad. La elocuencia fisiológica, gráfica y
fulminante de tal frase, logró gran palma entre aquellos
conocedores de las elegancias del idioma, y desde entonces,
sin duda aludiendo a lo inflamable y estallante de tal cabeza,
le pusieron a la persona el nombre y remoquete de Polvorilla;
y esto porque, siendo el caso sucedido años había,
cuando el conocimiento de los fósforos andaba poco
derramado por aquellas partes, no se hablaba del pistón
o cosa semejante, pues, a serlo, la hubieran llamado la pólvora
fulminante, o apodo por el estilo. La Polvorilla era un
pimiento chirle del lugar, la cuestión sin término
de los mozos, y el regaño de toda fiesta, rifa, junta
o baile en donde se encontraba. En el caso presente ya había
bailado diez veces, cantado treinta coplas y matado a pesadumbres
a dos docenas de hombres: bien que afortunadamente hasta
el trance en que ahora vamos y logramos ir refiriendo, ningún
siniestro ni tempestad de mayor marca había provocado.
Con efecto: la cosa duró así larga pieza de
tiempo, y ya casi llegué a persuadirme de que sonaría
la queda sin fracaso alguno, felicitándome al propio
tiempo de haber salvado aquel peligro, no de agua, sino de
purísimo lanternazo, cuando mi compañero de
aventuras, que sin duda repasaba en su imaginación
otros iguales pensamientos que los míos, alargando
el gallarín hacia mí, me dijo primero, parodiando
ciertos versos famosos:
|
Plaz mi ibero cavalier, | | | | et dona malacitana; | | | | et la danza sevigliana, | | | | et l'uomo bravo in destrier. | | |
Y
luego, mudando de son y de pensamiento, añadió:
-Sed non invenio nec apparet Roque bronquisve. Apenas había
pronunciado estas nigrománticas palabras, sonó
un silbido de mal agüero, sin acertar yo ahora a definir
si vino de la parte interior o sonó por las afueras
de la casa; pero ello es que, conforme se dejó sentir
aquel reclamo, antes que nadie pudiera repararse, una voz
cavernosa y muy reposada, sin saber de dónde salía,
dijo con acento amenazador: Roooque. Las guitarras, cual
cogidas de sobresalto, suspendieron su vocinglería
un instante; pero como para desquitar tal interrupción
y hacer olvidar esta muestra de debilidad, los músicos
cogieron inmediatamente el hilo de su cortado pasacalle,
y redoblaron con mayor ahínco y fuerzas sus repiques
y redobles. El ama de la casa, en voz de contrapunto, dijo:
-Que se llame al alcalde -y alzando más el grito-:
o al escribano, mi primo, o a Rebenque el alguacil. Las
madres, dueñas y tías comenzaron a llamar por
sus nombres y apellidos a las hijas, sobrinas y pupilas;
de manera que podría creer quien tal oyera que asistía
a la lista de una, dos o más compañías
que, antes confundidas, van de pronto a rehacerse y ordenarse.
-No hay cuidiao -dijeron a un tiempo tres o cuatro voces
de contrabajo profundo-: no hay cuidiao; ande la fiesta y
vengan hombres. Yo eché una mirada de inteligencia
a mi inglés, como advirtiéndole que el aguacero
se acercaba, y dándole a entender de camino que había
hecho muy mal en no estar pertrechado de alguna silla como
la mía que le sirviese in apuris de celada o rodela,
según fuese el ataque y urgiese la necesidad. La cosa
anduvo, sin embargo, por la buena todavía como diez
o quince minutos; cuando al cabo de ellos, y como si la voz
prodigiosa de Carvino en la familia de Wieland, se hubiera
dejado oír allí, se escuchó con más
enojo y con cierto retintín el grito tremendo de Roooque.
-Ya esto es insufrible y pasa de bellaquería -exclamó
chillando la honrada ama de la casa. -Fulana, Zutana, Mengana,
Maricota, Nieves... -se oía por aquí-; Fuensanta,
Patrocinio, Juancha, Curilla... -se escuchaba por allá;
y otros cien nombres por todas partes. -Si digo que no hay
cuidiao -repitió con socarronería la voz de
antaño. -Pues siga la fiesta -decían otros.
Yo miré a mi inglés a ver qué tal continente
tenía y, éste, que iba tomando tiento al lance,
se me dio por entendido, y me dijo en nuestra consabida monserga:
-Fruor, amice sed jam apparet
Roque bronquisve. Y no se equivocaba por cierto; pues en
el propio instante algún brazo invisible, por lo presto
y poderoso, dio tal revés al luminar que alumbraba
la estancia, que así callaran sus bocas las cien mujeres,
que al punto comenzaron a gritar por todos los tonos, como
él quedó apagado y muerto cual si hubiese sido
ciego de nacimiento. Cien cigarras chirriando a un tiempo,
doscientas norias estridando premiosamente, mil gallinas
y ánsares salteados por vulpeja o garduño,
y mil chiquillos vapulados a telón alzado por mano
grave y sentada, no remedan ni a cien leguas el escarceo
y endiablada algazara que allí se armó y encendió.
Las guitarras, sin embargo, proseguían en su clamoreo
y en sus trinos, pues callarlas en semejante conflicto fuera
cobardía y dar victoria a los contrarios. En seguida
comenzaron los cintarazos y el bataneo de costumbre, y las
carreras y encuentros de los que querían, acertaban
y podían deslizarse y escabullirse, o al menos zabullirse
y agazaparse. La vocería cesó y los palos alzaban
más el grito: había palo que valía cien
reales, y silletazo que merecía un condado. Las guitarras,
en tanto, tuvieron por conveniente entornar al fin el pico,
no sin oponer una vigorosa resistencia la guardia argiráspide
que las custodiaba. Un son lastimero y uno como eco de lejana
y moribunda armonía fueron los últimos suspiros
de aquellos dos instrumentos. Yo, como veterano en tales
andanzas, desde luego tuve estudiado y adopté la posición
que debí tomar y la postura en guardia que me convenía.
Por mi vera percibía pasar silenciosas cabezas llenas
de rizos, o deslizarse en agachadillas los callados pies
de las Sabinas hermosas que huían de aquel recinto
endiablado, así bien como tórtolas que huyen
las enramadas invadidas por la brutez pastoril, o como tímidas
cautivas que se alejan de los horribles lechos de los piratas
y corsarios. De todo esto bien conocía yo cuál
era su naturaleza de significación, así como
desde luego entendí que aquellos ecos lastimeros de
las dos vihuelas no era otra cosa que el ósculo de
paz que habían dado al estrellarse como huevos frescos
en la mollera de los dos tañedores costeños.
Mas lo que me intrigaba sobre manera, por no poder atinar
en alguna explicación razonable de ello, era oír
unos como badajazos de campana, ya pausados, ya repetidos,
ya desiguales, o ya de carrerilla, que traían atronado
todo aquel recinto. -No parece -decía yo para mi
sayo- sino que el reloj del lugar se ha trasladado aquí
esta noche para tocar las doce; luego, las cuatro; después,
las diez, sin orden ni concierto, confundiendo las horas
con los cuartos y viceversa, y luego al contrario. Además,
todo reloj en regla no se propasa a marcar más que
las doce; pero éste da las trece, las quince, las
veinticuatro. ¡Qué diablos podrá ser este son,
que en ninguna otra culebra he oído ni sentido!...
Afortunadamente pronto salí de mi motivada curiosidad.
En efecto, el alcalde acudió como era justo, justamente
cuando ya todo había finado y concluido. Le seguían
gran copia de luces, amén de los individuos de la
justicia, que todos iban entrando y diciendo: -Esto es cosa
de juego y de nonada; que se encienda el velón, y
siga la fiesta. El velón fue levantado de su maltrecho,
recibió su lugar de antes. Con su ayuda, y al brillo
de las demás luces, se descubrió todo el campo
salteado, se dibujaron fielmente todos los objetos, y tomaron
color y vida. El alcalde tuvo el poder del Despertador de
los Cementerios. A su llegada comenzó a levantarse
y tomar posición vertical todo el ganado femenino
que por aquí y por allí, a la hila de las paredes
y por debajo de mesas y bancos, se había guarecido
rebujadamente u horizontalmente del chubasco que había
sobrevenido. En cuanto la estancia quedó iluminada,
el primer objeto con que tropezaron mis ojos fue conmigo
mismo, pues los perfiles de mi penumbra se dejaban ver en
la pared |