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    Predicación del Evangelio en las Indias
     José de Acosta ; estudio preliminar y edición del P. Francisco Mateos
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Libro VI



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Capítulo I


Forma en que habemos de tratar de los sacramentos


Réstanos tratar de los sacramentos, de cuya administración si hubiéramos de decir lo que requiere la extensión del argumento, saldría una obra nueva que en ninguna manera sufriría por su grandeza formar parte de otra. No intentamos nosotros acometer empresa tan importante, sabiendo que la materia de los sacramentos, en contra de las calumnias desvergonzadas de los novadores, la han definido la Iglesia grave y copiosamente en el grande y general Concilio de Trento, y los más ilustres ingenios y escritores de nuestro tiempo la han asentado y desarrollado tan feliz y abundantemente. Así, pues, no tratamos aquí de mover pleito a los herejes, lo que exigiría insigne erudición, ni amonestar o exhortar a cristianos viejos firmes en la fe, lo cual no se puede hacer sin elocuencia más que vulgar. Solamente tocaremos por encima y a la ligera lo que pareciere necesario a estos nuevos pueblos de Indias, rudos en la fe, haciendo hincapié, sobre todo, en los abusos que por la ignorancia o descuido de algunos se han deslizado y hecho generales contra la antigua disciplina eclesiástica entre estos neófitos, como tenemos notado por experiencia.




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Capítulo II


Se hacen muchas cosas en este nuevo mundo contra la costumbre de la iglesia


Desde que guiados por la obediencia llegamos a estas regiones de Indias, comenzamos a admirarnos grandemente y comentar con dolor no pocas cosas que se hacían de modo poco conveniente a la disciplina eclesiástica, y otras que eran totalmente malas y absurdas. No se me ocurre causa más cierta de este abuso, sino que el evangelio se introdujo en esta tierra más bien por mano de soldados que por predicación de sacerdotes, y, por tanto, la ignorancia y descuido produjeron muchas cosas condenables, las cuales allegándose la costumbre han venido a tenerse por legítimas. De esta manera los primeros abrieron el camino al error de los siguientes, y apenas hallan ya los varones doctos y piadosos modo de poner en pie la antigua disciplina general de la Iglesia, y son tenidos por desconocedores de las cosas de Indias los que quieren dar por entero y como conviene los sacramentos y toda la religión a los indios. Más aún, habiendo todos los obispos del Perú y otros graves varones en el Concilio provincial Limense, puesto mucho trabajo y estudio para corregir los vicios, y estando publicados muchos y muy buenos decretos de reformación, no se ha logrado más que si se hubieran juntado unos marineros ociosos a dar su parecer sobre el gobierno de la república. ¿Quién no se dolerá de que se haya dado el bautismo en los primeros tiempos a muchos, y aun ahora a no pocos, antes de que sepan medianamente la doctrina cristiana, y sin que conste de que está arrepentido de su vida criminal y supersticiosa, y ni siquiera de que desean recibir el bautismo? ¿Quién no llorará que las confesiones se hagan muchas veces de manera que ni el indio entiende al sacerdote, ni el sacerdote lo que le dice el indio, durmiéndose a veces tan profundamente los párrocos que ni piden razón de los pecados, ni averiguan si traen dolor de ellos, y sólo piensan en echar de sí lo antes posible al penitente? Pues la eucaristía, ¿por qué contra todo derecho divino y eclesiástico se impide a los indios que la reciban no ya todos los años, pero ni aun en la hora de la muerte y después de confesados?; y si alguno de los nuestros se la quiere administrar y fortalecer con el viático al moribundo, luego le acusan de novedad y poco menos que lo tienen por reo de sacrilegio. Mas ya que por veneración se les niegue la eucaristía, ¿por qué al menos no se les da la extremaunción? Y no sucede esto allá en las selvas o en los pueblos apartados, sino aquí en nuestra ciudad, en el mismo santo hospital de los naturales, es donde se priva a los indios de tan grande bien. Ejemplos semejantes abundan. Porque los errores que se cometen en los matrimonios por descuido o impericia de los sacerdotes, sería largo enumerarlos. Qué leyes tiene el matrimonio entre los infieles, dentro de qué grados es válido entre los indios, qué impedimentos han sido suprimidos en las Letras apostólicas y cuáles quedan en vigor, pocos son los que se cuidan de saberlo. Entrados, pues, en esta vastísima selva, es nuestro intento combatir solamente los errores que son mas perniciosos o están más extendidos.




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Capítulo III


De la voluntad necesaria para recibir el bautismo


A tres cosas debe atender en el bautismo principalmente de los bárbaros el fiel dispensador de los misterios de Dios: la voluntad, la fe y la penitencia. Ante todo es necesario cerciorarse de la voluntad de los que aspiran a recibir el sacramento de la fe, y solamente si lo piden e instan se les ha de admitir a la profesión de la vida cristiana. Es costumbre de la Iglesia, antes que el catecúmeno reciba el bautismo, preguntarle tres veces, respondiendo él que quiere ser bautizado, porque entendían los santos padres que era grande el peso de la religión cristiana, grandes las expensas de la torre evangélica, y que sin gran deliberación y consejo. no se podía imponer tal carga a la flaqueza humana. Lo cual no hay que observarlo por pura ceremonia, antes al contrario, en espíritu y en verdad; y no solamente explorar el ánimo de los indios infieles, sino aun después de conocida su voluntad, retenerlos por mucho tiempo en el orden de los catecúmenos, a fin de que vengan más instruídos al sacramento de la salvación y lo tengan en más. Pero esta disciplina antigua de la Iglesia la vemos tan descuidada en el Nuevo Mundo, que en ninguna parte creemos se peque más contra la dignidad del evangelio ni contra la salud de las almas. Porque mientras hombres ignorantes o malvados se apresuran a hacer cristianas a las naciones bárbaras por fas o por nefas, por la fuerza o por engaño, no consiguen sino exponer el evangelio a mofa y ludibrio, y a los que habiendo temerariamente recibido la fe deserten de ella, a condenación segura. Pues no se han de salvar los hombres a la fuerza, como dicen los decretos de los Padres1027, sino por su voluntad para que sea completa la forma de la justicia. Bien me parece que nada se había de haber decretado en el Concilio provincial más gravemente, y lo mismo digo de los Concilios futuros, ni se había de castigar con más rigor, que si los indios adultos, no siendo en peligro de muerte, no fuesen detenidos antes del bautismo por un año o más aprendiendo los misterios de la fe y confirmándose en la buena voluntad. Así se lograría que tardando en conseguir la gracia del bautismo la tuviesen en mucho y la conservasen con diligencia, como vemos que sucede con la eucaristía.

Mas ¿qué hacer de aquellos que contra esta saludable costumbre de la Iglesia han sido bautizados? Ciertamente, si se averiguase que no habían tenido ninguna voluntad, sino que a la fuerza y contradiciendo y resistiendo ellos habían sido bautizados, se ha de creer que no recibieron el carácter de cristianos, como definió Inocencio III. Papa1028; pues no puede haber sacramento sin voluntad del que lo recibe, ni puede recibirlo el que no presta todo su consentimiento. Mas si no faltó alguna voluntad, aunque arrancada por fuerza y por amenazas, una vez que recibió en realidad el carácter de cristiano hay que obligarle a conservar la fe recibida para que no se haga grave ofensa al sacramento de Cristo, tornándose profano lo que le era consagrado, como lo declaró el mismo pontífice, conforma a los decretos del Concilio Toledano1029.

No es tan fácil de resolver el caso del bárbaro que, ignorando completamente lo que es el bautismo, admite sin contradicción que le bauticen; si recibe o no el carácter de cristiano; porque no puede haber voluntad de lo desconocido, puesto que no se puede querer sino lo que de algún modo se conoce. Por tanto, quien preguntado si quiere que hagan con él lo que ve hacer en los otros, o sin preguntarle nada lo bautizan, sin que distinga entre el agua del bautismo y la común, y sin reconocer ahí ningún rito religioso, difícil es que quiera lo que nunca pensó; mas como, por otra parte, los sagrados cánones enseñan que solamente se opone al bautismo la voluntad que lo rechaza y contradice, y en este caso el hombre no lo resiste ni se opone, parece sería mal precedente repetir el bautismo para asegurar la salvación. Y para que nadie piense que es cuestión ociosa, conviene saber que es bastante frecuente entre nosotros, sobre todo con los esclavos negros que se traen de Cabo Verde; porque si preguntas a éstos, te dirán con frecuencia que cuando eran mozos impúberes fueron bautizados junto con otros muchos en la nave o en la costa donde los cautivaron, sin que supiesen lo que se hacía con ellos más de que un clérigo o un soldado los rociaba con agua a muchos a la vez, y desde entonces oían que eran cristianos, sin que les enseñasen en qué consistía eso, ni ellos lo comprendiesen, ni se cuidasen, siendo bárbaros semejantes a jumentos, de entender qué significaba.

Disputan muchos si faltando las dos clases de voluntad será válido el bautismo1030; asimismo Agustín, al fin de sus libros sobre el bautismo, vacila no poco acerca de si el bautismo administrado por juego y sin seriedad hay que tenerlo por verdadero y firme; donde dice así1031: «Se suele preguntar con qué ánimo recibe el bautismo aquél a quien se da con fingimiento o sin él: y sí finge, lo hace con voluntad de engañar o por juego y comedia.» E interpuestas algunas razones en que declara esperar la determinación de la Iglesia, añade: «Nunca dudaría que tienen verdaderamente el bautismo los que de cualquiera y de cualquier modo lo han recibido con las palabras consagradas en el evangelio sin fingimiento de su parte y con alguna fe, aunque no les valiese para su salud espiritual, si no tuviesen la caridad con que se incorperasen a la Iglesia católica.» Y más abajo: «Pero donde no hubiese sociedad alguna de creyentes, ni quien lo recibiese en ella creyese de ninguna manera, sino que todo se hiciese por juego y por pura farsa, si tal bautismo habría de ser aprobado, aconsejaría implorar con oración unánime y gemidos suplicantes salidos de lo íntimo del corazón que Dios manifestase la verdad por algún oráculo celestial.»

Así, pues, en esta duda, cuando no se sabe la voluntad que tuvo el negro o el indio al ser temerariamente bautizado, si recuerda bastante que recibió el bautismo con alguna fe y ajeno de toda simulación, como dice Agustín, esto es, que él entendió que se trataba de algún rito de los cristianos, y conociéndolo así consintió que lo hiciesen con él, aunque no hubiese sido instruído en lo demás de la religión cristiana, hay que dar por bueno el bautismo y no repetirlo. Pues se ha de juzgar que tuvo verdadero consentimiento el que viendo que se hacía con él cosa que pertenecía ciertamente a la religión cristiana, de cualquier manera que fuese, no lo contradijo. Pero si no conoció en absoluto lo que era el bautismo ni lo distinguió de cualquier otra aspersión profana, ignorando completamente la fe de Cristo y de la Iglesia, no se ha de creer que tuvo voluntad más que si lo hubiera recibido durmiendo o fuera de su juicio, pues no tuvo antes ningún indicio de su significado. Y el tal no dudo en manera alguna que quedó sin bautizar, del mismo modo que el otro del que duda Agustín, que lo recibió burlando y puramente de farsa1032. Pues se ha de juzgar que disiente y rechaza, el que contra su anterior propósito recibe una cosa nueva ignorando en absoluto lo que es; y basta que no tenga ninguna voluntad del bautismo, ni expresa ni interpretativa, la que requiere en los adultos para la sustancia del sacramento el sentir más sano y cierto de los doctores1033. Y bastantemente lo enseñó Inocencio III cuando dictó su sentencia acerca del bautismo que se da a un dormido o un demente, cuando no consta de su voluntad anterior. Mas cuando ni el mismo bárbaro sabe cuál fué su pasada voluntad, ni tiene bastante noticia de aquel tiempo, y ni con indicios manifiestos se puede averiguar el punto, lo cual es frecuente dada la barbarie de indios y negros, y las alteraciones de los tiempos pasados, entonces es bueno seguir el consejo de Alejandro III, y administrar otra vez el bautismo bajo condición1034.

Por lo demás no se puede afirmar, aunque algunos lo sienten, que sea necesaria la voluntad de los padres para la sustancia del sacramento en el bautismo de los párvulos1035. Sin embargo, contra ella no han de ser bautizados, en caso de que sean infieles los padres lo cual, se discute en las escuelas estando por ambas partes graves autores; mas se ha de anteponer por mucho la sentencia de Santo Tomás, confirmada por la sentencia de la Iglesia y por la autoridad del Concilio provincial1036; aunque concedemos que en peligro de muerte es lícito y conveniente bautizar a los párvulos sin esperar el consentimiento de sus padres, lo cual defienden también algunos autores piadosos y doctos en pro de su salvación1037, y recordamos haber sido practicado laudablemente por los nuestros en varias ocasiones. Mas cuando de los dos padres, uno quiere que sea cristiano el párvulo y otro lo contradice y resiste, conforme a los decretos del Concilio Toledano y del Limense1038, se ha de favorecer al bautismo y dar preferencia al derecho del que tiene mejores pensamientos acerca de la salud espiritual de su hijo. Y baste lo que hemos tocado someramente sobre la voluntad necesaria para el bautismo.




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Capítulo IV


La fe y penitencia necesarias para la gracia del bautismo


Nadie hay tan ignorante que no sepa que la fe en nuestro Señor Jesucristo y la penitencia con Dios, que Pablo predicaba a los gentiles y Pedro exigía de los hebreos1039, es necesaria para que el bautismo no sólo dé ser al soldado de Cristo, sino que lo adorne con el don de la gracia y salud espiritual. Qué medida de la fe se ha de exigir al catecúmeno y cómo se ha de hacer para que se acerque a las aguas del bautismo suficientemente instruído y firme, lo hemos dicho en el Libro anterior. Mas la penitencia, que consiste en la verdadera detestación de la vida pasada y firme propósito de enmendarla para adelante, raro es el párroco que la exija como lo requiere su importancia. Pues vemos a los bárbaros seguir tan aferrados como antes a sus viejas supersticiones, y mantienen sus uniones nefandas y no abandonan las borracheras; muchos apetecen el bautismo por ambición, para que no los echen de la Iglesia, otros para recibir los regalos de sus amos españoles, y todo entre los bárbaros está lleno de estas ficciones, por causa en gran parte de nuestra desidia, que no paramos mientes en estas cosas sino muy a la ligera y con somnolencia, haciéndonos reos de los castigos de tan grande sacrilegio.

De procurar la enmienda de la vida y de explorar acerca de ella a los que se bautizan, prescriben muchas cosas muy buenas los antiguos cánones y los nuevos decretos sinodales; mas todas las menosprecian estos que aman el lucro, y con la salvación de las almas y honra de Cristo tienen poca cuenta. Muy bien sería, a mi parecer, que conforme a la antigua disciplina de la Iglesia, los catecúmenos se ejercitasen por unos días, ya que no fuesen meses, en ayunos, oraciones y otras pías obras, según puedan, antes del bautismo, y diesen testimonio de que habían abstenido de contaminaciones perniciosas, de toda suerte de superstición gentílicas y sobre todo de la borrachera, y frecuentasen también la iglesia, y de todas maneras mostrasen la enmienda de vida. Así se conseguiría que viniesen mejor preparados, y que la gracia que con tan largas pruebas habían conseguido, no la manchasen tan fácilmente volviéndose al vómito. Sobre lo cual se puede leer a Graciano en la distinción cuarta de la Consagración, y los demás que han escrito largamente de la catequesis y de la preparación necesaria para el bautismo.




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Capítulo V


De los que niegan o mienten haber sido bautizados


Acerca de los que mienten afirmando estar ya bautizados, o habiéndolo sido en realidad lo niegan, siendo ambas cosas de igual peligro y sacrilegio, con razón mandan a los párrocos los decretos sinodales estar prevenidos. Porque los hay que no están bautizados, a pesar de que llevan nombres cristianos y frecuentan los sagrados misterios y reuniones de la Iglesia. Viene esto de las alteraciones pasadas. Y nosotros hemos topado con algunos que, siendo tenidos de antiguo por cristianos, y llamándose Juan, Pedro o Francisco, movidos por los sermones de los nuestros, quitada la máscara pidieron el bautismo, y hecha conveniente averiguación se halló que en realidad no eran cristianos, sino que sustraídos por sus padres indios, habían recibido esos nombres de sus señores españoles. También algunos negros después de haber hecho muchas veces sus confesiones anuales, habiendo sido preguntados confesaron llanamente que no habían sido nunca bautizados. Es, pues, necesario usar de gran diligencia, sobre todo con forasteros y personas de tierra desconocida.

Por el contrario, otros disimulan estar ya bautizados y piden suplicantes el bautismo que en realidad ya recibieron, con el fin de que les dejen tomar nuevas mujeres porque están cansados de las anteriores. Los párrocos más prudentes suelen descubrir el engaño. Así, pues, para que cometiendo gran sacrilegio no se contaminen con un bautismo repetido, o para que no se queden sin recibir el necesario, han de estar muy vigilantes los sacerdotes. Y cuando no puede hacerse luz y el que pide el bautismo, teniendo por lo demás testimonio de integridad de vida, da motivo de duda por ambas partes al varón prudente, conviene seguir el decreto saludable de León, Papa, sobre los que han nacido estando sus padres cautivos, y no puede tenerse certeza de si están bautizados o no, a los cuales manda se les bautice mirando más seguramente por su salvación1040. Porque lo que no se muestra estar hecho, no hay razón para tenerlo por repetido.




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Capítulo VI


Del sacramento de la confirmación y su materia


Baste con esto poco acerca del bautismo de los indios; ni hemos de ser más cumplidos en el sacramento del sagrado crisma. Bien está que a nuestros neófitos no se les prive del sacramento de la confirmación; mas en esta parte por la penuria de obispos y aun tal vez por negligencia, rara vez consiguen esta gracia los indios. Conforme a nuestro intento, hemos de declarar que la materia de este sacramento, conforme a los santos doctores y al Concilio Florentino, es el crisma de aceite y bálsamo consagrado por el obispo; pero dudan muchos si el bálsamo pertenece a la esencia del sacramento, y afírmanlo la mayoría; Soto y Cayetano, graves autores, lo niegan1041; los cuales, si se refieren al bálsamo verdadero, han de ser seguidos por haber confirmado su opinión bastantemente la Sede apostólica; pues existe un indulto del sumo pontífice Pío V, dado al obispo de Tucumán, que nosotros hemos visto original, al cual permite que en la India occidental sea lícito en la confección del crisma usar en vez de verdadero bálsamo un jugo o sustancia natural de estas regiones, muy parecido en el olor y suavidad al bálsamo. No es, pues, el verdadero bálsamo de la esencia de este sacramento, si no es que prefieres decir que la materia de los sacramentos cae bajo el poder de la Iglesia, lo cual todos los varones doctos lo repudian.




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Capítulo VII


Existe precepto de recibir la eucaristía


Síguese que digamos de la recepción de la eucaristía, de la cual está todavía completamente excluído todo el linaje de los indios, a pesar de la queja de los hombres doctos y piadosos. Y para tratar de este asunto con mayor comodidad, diremos primero del derecho divino y eclesiástico de recibir la eucaristía, para tratar después de lo que hay que opinar sobre la costumbre guardada hasta ahora, y la salvación de los que mueren sin este viático celestial, y finalmente de lo que hay que hacer en adelante, y si se deben excluir los indios o admitirlos a los sagrados misterios.

Y comenzando por lo primero, se discute no poco entre los teólogos si en realidad hay precepto divino de recibir la eucaristía. Porque muchos no ven más fuerza que de constitución eclesiástica1042. Opinión que puede parecer probable porque vemos que la Iglesia a unos concede y a otros niega la eucaristía, aun en el artículo de la muerte; de lo cual tratan muchos cánones antiguos, y aun en el día de hoy subsiste en algunas provincias la costumbre de no dar la comunión a los públicamente condenados a muerte; y la Iglesia no puede modificar o quitar lo que es de derecho divino; de donde se sigue no ser de derecho divino que los hombres reciban la eucaristía ni aun en la hora de la muerte. Añádase a esto que las palabras de Cristo que más parecen demostrar la necesidad de tomar el cuerpo y la sangre del Señor1043, hablan en su generalidad igualmente de todos, de los adultos y de los niños, como mantiene muchas veces Agustín contra los pelagianos1044, sobre todo en el libro de los Méritos y remisión de los pecados, y lo mismo enseña clarísimamente Inocencio I en una carta al Concilio Milevitano1045. Mas que haya que dar la comunión a los niños, tan no es necesario, digan lo que digan los griegos y los herejes bohemios, que más bien se guarda en la Iglesia de Dios la costumbre contraria, y si algunos padres creyeron en la antigüedad que debía hacerlo, no era porque fuese necesario para la salvación, como lo amonestó el Concilio de Trento1046.

Dando vueltas en el pensamiento a estas cosas, y volviendo la mirada a las Iglesias de este Nuevo Mundo, me había casi convencido totalmente que no es contra el derecho divino que los adultos bautizados no sean admitidos nunca a la eucaristía, si no me retrajese la autoridad de Santo Tomás y sus seguidores, que a mí me hace siempre mucha fuerza1047, y además la razón eficaz y manifiesta según mi parecer. Porque si la necesidad de cada sacramento hay que deducirla de su misma significación, como enseña el sentir unánime de la Iglesia, y el bautismo confesamos ser completamente necesario para la vida, porque es un espiritual nacimiento, y nadie puede tener vida si no nace; y el sacramento de la penitencia reconocemos que es necesario a los que caen después del bautismo, porque en él por las llaves de la Iglesia se nos abren las puertas del cielo, las cuales cerradas nadie puede entrar en el reino; de la misma manera siendo la eucaristía alimento del alma, como nos consta abiertamente por la materia de ella y por la institución divina, con qué razón podrá nadie pensar, si no delira, que un manjar tan precioso y saludable haya sido instituído por el Salvador y recomendado a los fieles, y que, sin embargo, puedan ellos pararse toda la vida sin llevarlo una vez a la boca? ¿Es por ventura menos necesario el alimento para conservar la vida que la medicina para curar una enfermedad mortal? Los que por evadir la dificultad dicen que pueden los fieles comulgar espiritualmente a Cristo, aunque no lo reciban sacramental mente, y alimentar con esa comida su alma, dicen verdad, pero no tocan en nada la fuerza del argumento; porque espiritualmente también recibían a Cristo los antiguos padres, como dice Pablo: «Todos fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo manjar espiritual»1048. Pero el pueblo cristiano en el nuevo testamento, como recibió el bautismo para nacer a la vida así recibió la eucaristía como alimento de la vida ya recibida. Debe, por tanto, recibir sacramentalmente a Cristo para conservar la vida espiritual, de la misma manera que nace en Cristo necesariamente por el bautismo.

Y no me parece bien se tenga por necesario comer en sí mismo y por la obra este pan para sustentar la vida del alma; no dudo que basta comerlo con el deseo, si alguno no es idóneo para comerlo de hecho, con tal que alguna vez lo reciba por la obra y en sí mismo, como del bautismo y de la confesión sacramental lo tiene la fe católica. Porque de la misma manera que dijo el Señor del bautismo. «El que no naciere de nuevo de agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos»1049; así también dijo de la eucaristía: «Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros»1050. Y como del bautismo leemos: «Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo»1051; así también de la eucaristía: «Haced esto en memoria mía»1052. Los que entienden estas palabras del Señor de la comida espiritual por la fe, yerran grave y peligrosamente; porque de las dos comidas habla Cristo, de la fe y del sacramento, como el mismo contexto lo confirma abiertamente y lo confirma el sentir unánime y constante de la Iglesia católica, la cual perpetuamente ha usado en los Concilios y decretos de ese capítulo VI de San Juan para confirmar la doctrina de la eucaristía. Habla, pues, Cristo en verdad y en sentido propio de la comida sacramental, la cual sólo pueden hacer en esta vida los fieles bautizados, y no puede convenir a los bienaventurados del cielo o a los padres de la antigua ley, los cuales comieron a Cristo espiritualmente.

Y si no bastasen tan ilustres testimonios de la Escritura, ni valiese la significación tan manifiesta de alimento, debería sobrarnos el precepto de la Iglesia sobre la comunión dado en los tiempos del Concilio Lateranense, porque el uso es perpetuo y universal desdela venida del Espíritu Santo, y creer que era entonces libre a los fieles abstenerse de comulgar, o creer que les forzaba a ello precepto humano y no ley divina, es dar muestras de mucha ignorancia. Porque no suele la Iglesia prescribir leyes sobre lo esencial de la recepción de los sacramentos, sino sólo cree le toca a ella definir y señalar el tiempo y el modo cómo hay que recibirlos. Es, por consiguiente, de derecho divino que todos los adultos bautizados comulguen algunas veces; mas los tiempos en que se ha de recibir la eucaristía ha señalado dos principales nuestra santa madre Iglesia: uno en la hora o peligro de muerte, porque entonces los sagrados cánones mandan recibirlo necesariamente como viático1053; otro es cada año en el día de la Pascua, que así lo manda el Concilio Lateranense1054 y el Tridentino por estas palabras: «Si alguno negase que todos y cada uno de los fieles de ambos sexos, cuando llegan a los años de la discreción, están obligados a comulgar cada año por lo menos en la Pascua, conforme al precepto de la santa madre Iglesia, sea anatema»1055.




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Capítulo VIII


Que a pesar del precepto de comulgar, puede la iglesia según su juicio negar la comunión


Siendo, pues, de derecho divino según la doctrina más sana, y de precepto eclesiástico según la fe católica, que todos los adultos que están en su juicio reciban la eucaristía, se me ha puesto siempre como un gran problema qué habrá que sentir de la costumbre guardada hasta ahora en esta nueva Iglesia de Occidente, de que los indios adultos ya bautizados y confesados legítimamente de sus pecados, ni una vez al año, y ni siquiera en la hora de la muerte, sean admitidos a la comunión, uso que está tan recibido que si alguien acaso hace lo contrario lo creen los hombres un grave escándalo. ¿Debe contarse, por ventura, esta costumbre entre aquellas de las que dice Agustín que han de ser sabiamente conservadas en las Iglesias conforme a la variedad de los lugares?1056. Pero él sólo concede esta licencia en las que no son contra la fe católica o los decretos de los Concilios generales, como no hay duda que es el de la comunión de los adultos. ¿Se ha de creer, pues, que los hombres han errado en estas tierras tanto tiempo y tan gravemente contra la disciplina eclesiástica y contra la ley evangélica? Pero es que se dirá, muchos prelados y doctores insignes por su sabiduría y religión aprobaron esta costumbre o al menos disimularon. O ¿no será mejor, sin desaprobar del todo lo hecho hasta ahora, que tratemos de corregirlo y pasar a un uso más conveniente? Yo así lo creo; con lo que de esta nueva Iglesia opinaremos respetuosamente y, sin embargo, mantendremos la verdad del evangelio, sobre todo en caso en que es tan necesaria para la salvación de los indios.

Para mejor inteligencia de lo que decimos, se ha de notar con cuidado que aunque sea de derecho divino y evangélico que el cristiano comulgue alguna vez, puede, sin embargo. la Iglesia suspender este derecho por algún tiempo y aún por todo el espacio de la vida, y lo que es más, puede privar del viático a la hora de la muerte, sin quebrantar el derecho divino. Lo cual lo muestran clarísimamente muchos cánones de los antiguos Concilios, que por diversas causas niegan la eucaristía aun a los verdaderamente penitentes en la hora de la muerte. En sólo el Concilio de Ilíberis, tal vez el más antiguo de los Concilios provinciales, leemos más de siete u ocho cánones que por diversos crímenes ordenan se niegue la comunión aun en la hora final1057. Y para que nadie tenga a menos esta autoridad por ser de Concilio provincial, o piense que es severidad particular de alguna Iglesia o provincia, lea la carta que Inocencio I, Papa, escribe a Exuperio, obispo de Tolosa, cuyas palabras me place transcribir1058: «Se pregunta, dice, qué se ha de hacer con aquellos que después del bautismo, entregados todo el tiempo a la incontinencia y los placeres, al fin de su vida piden la penitencia y la reconciliación de la comunión. Con éstos se ha observado primero una conducta más severa; después, interviniendo la misericordia, se ha suavizado un poco; porque la primera costumbre fué que se les admitiese a la penitencia, mas se las negase la comunión, pues siendo en aquellos tiempos frecuentes las persecuciones, para que la facilidad de conceder la comunión no fuera ocasión a los hombres de caída, estando seguros de la reconciliación, con razón se le, negó la comunión, concediéndoles la penitencia, para no negarlo todo; el tiempo y las circunstancias hicieron más dura la remisión. Mas después que «Nuestro Señor concedió la paz a su Iglesia, disipado ya el temor, pareció mejor dar la comunión a los moribundos y concederla por la misericordia de Dios como viático a los que se parten de esta vida». Costumbre que el mismo Papa Inocencio manda se guarde en adelante, siguiendo la autoridad del Concilio Niceno, que decretó lo que sigue: «De los que mueren se guardará desde ahora la antigua ley canónica, que si alguno parte de esta vida no se le prive del último y más necesario viático»1059. Así, pues, aunque este decreto del Concilio se tuvo perpetuamente por toda la tierra, no podemos, sin embargo, negar que los padres más antiguos, aun en el fin de la vida, negaron a algunos penitentes la eucaristía, sin que por eso podamos afirmar sin mucho atrevimiento que aquellos santísimos y doctísimos varones se opusieron al precepto divino, sobre todo confesando el Papa Inocencio que lo hicieron con razón.

Pero tú mismo eres, dirá alguno, el que estableces el precepto divino y evangélico de recibir la eucaristía. Así es que lo establezco, mas de manera que Cristo dejase a su Iglesia el cuándo y el cómo y por quiénes se había de recibir. Puede, por tanto, ella, con causa legítima, prorrogar el tiempo y aun quitar totalmente a alguno la comunión; de la misma manera que pudo durante un tiempo dar la comunión a los niños con causa probable, y después, también con causa, prohibirlo; y al modo que pudo dar la comunión a todo el pueblo bajo ambas especies y después prohibirlo con ley. Porque en todas las cosas tiene la Iglesia máxima potestad, concedida por Dios, para la administración de los sacramentos; pero en ninguna es tan insigne y manifiesta como en este divinísimo sobre todos, lo cual lo enseñaron maravillosamente los padres de Trento por estas palabras1060: «Declara además que siempre tuvo la Iglesia potestad en la dispensación de los sacramentos, de establecer y mudar, salva la sustancia de ellos, cuanto Juzgase que convenía más para utilidad de los que los reciben o para veneración de los mismos sacramentos, según la variedad de tiempos y lugares.» Si alguno, pues, me pregunta que diga en forma precisa y escolástica cuál es el precepto divino de recibir la eucaristía, responderé al punto que es de que todos reciban el cuerpo de Cristo dado por manos de la Iglesia; pues no se les manda que ellos lo tomen, sino que lo reciban de mano de los ministros, a los cuales deben pedirlo, y cuando ellos lo dan no pueden rechazarlo perpetuamente sino violando el derecho divino. Y no por eso, que es en lo que está el nudo de la cuestión, están obligados los ministros de la Iglesia y dispensadores de los sacramentos de Dios a dar la eucaristía a todos y en todos los tiempos, sino queda al juicio de la Iglesia, por divina disposición, el dar o negar a su tiempo la medida del trigo celestial, según le inspirare el Espíritu Santo. Del mismo modo que explican algunos el precepto divino de la satisfacción1061, a saber, que debe cada uno satisfacer según el modo que le imponga el que tiene poder de las llaves en la Iglesia.

Pudo, por tanto, esta Iglesia de Indias quitar a sus neófitos la eucaristía sin violar ningún precepto divino ni eclesiástico, pues el divino no obliga a los ministros de la Iglesia a prescindir de su juicio y discreción, y el eclesiástico, aunque es más expreso y determinado, sin embargo, concediéndose en el Concilio Lateranense1062 al sacerdote que oye la confesión de un penitente facultad de diferirle la comunión aun en Pascua, lo cual antes era frecuentísimo, fácilmente podemos interpretar que no se ha quitado a los obispos y jerarquía de la Iglesia la facultad de diferir la comunión a una persona, o a todo un linaje de gentes, cuando juzgaren que así es más conforme a la razón. Todas estas cosas he dicho para que se entienda que en ninguna manera he querido poner nota a los obispos y doctores de esta nueva Iglesia de que por tanto tiempo han obrado contra el precepto divino o sigan aún obrando. Sobre lo cual añadiré aquí la sentencia del Concilio Limense, que dice así: «Aunque todos los fieles cristianos de ambos sexos están obligados a recibir cada año el santísimo sacramento de la eucaristía al menos en la Pascua, sin embargo, los obispos de esta provincia, como advirtiesen que los indios naturales son gente nueva e infantil en la fe, y por creer que así convenía para su salvación de ellos, determinaron que hasta que fuesen perfectos en la fe no fuesen admitidos a la comunión de este divino sacramento que es manjar de perfectos, excepto si alguno pareciese bastante idóneo para recibirlo».




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Capítulo IX


Que es conveniente dar ya la comunión a los indios fieles, corrigiendo la anterior costumbre


Todo esto lo hemos disputado para no desaprobar que de alguna manera es lícito diferir a los neófitos la comunión; pero que esto se haga con la generalidad y perpetuidad que se usa más o menos en todas estas regiones, no lo podemos aprobar en modo alguno. Así que es preciso enmendar en absoluto esta costumbre y exterminarla del Nuevo Mundo, tanto por la autoridad de los obispos como por la doctrina de los varones sabios. Por lo cual en ese mismo decreto del Concilio provincial que acabamos de citar, después de excusar de alguna manera la costumbre anterior, la corrige así y cambia para adelante por estas palabras1063: «Mas porque hay ya muchos indios que han recibido mejor la doctrina de la fe cristiana, y no solamente desean tomar devotamente este divino sacramento, sino que lo piden y ruegan aun con importunidad que se les conceda, pareció a este santo Concilio amonestar a todos los párrocos de indios, como seriamente les amonesta, que a los que después de oirlos en confesión comprobasen que saben discernir este pan celestial del otro corporal, y que lo desean y piden devotamente, porque no podemos privar a nadie sin causa del divino alimento, lo administren también a todos los indios al mismo tiempo que lo dan a los demás cristianos».

Esta constitución tan piadosa y bien aconsejada, después de nueve años que salió, no se guarda más que en el tiempo anterior; para que se vea claro que no es a la veneración de este celestial sacramento o a la salud espiritual de los neófitos a lo que atienden la mayoría de los sacerdotes, sino a su ocio y desidia, cuando pretextan religión y prudencia en negar la eucaristía. Cuán conveniente, pues, sea que los nuevos soldados de Cristo comulguen con aquel sagrado pan que confirma de verdad el corazón del hombre, aunque sean rudos y bisoños, lo muestra primeramente la costumbre de toda la Iglesia católica desde sus principios, la cual, guiada del Espíritu Santo, conducía a todos los cristianos desde la misma fuente bautismal a participar de los agrados misterios. Tan cierto fué en la Iglesia de Dios que a los que se hubiese dado legítimamente el sacramento de la regeneración, se les había de conceder el alimento celestial. Podría citar muchos testimonios, pero baste el de Dionisio, varón del tiempo y del espíritu de los apóstoles, el cual, describiendo el rito del bautismo, dice así1064: «Los sacerdotes lo visten con la vestidura blanca conveniente a la limpieza del bautizado, y así vestido, lo llevan otra vez al pontífice, y él, ungiéndolo con el ungüento celestial y totalmente divino, lo hace participante de la comunión sacratísima». Y declarando el sentido místico del bautismo, termina así1065: «Al final de todo el pontífice, al así perfeccionado, lo llama a la sagrada eucaristía y le da la comunión de los sacramentos consumados». Hasta aquí Dionisio. Lo cual hasta tal punto se guardó en la Iglesia que aun a los que se sabía que habían sido bautizados sin bastante consideración, sin embargo, no se les prohibía la comunión, como cosa que se consideraba de su derecho; y así lo ordena el Concilio Toledano, por no citar otros1066. «Los que de antiguo, dice, han sido obligados a venir a la cristiandad, como sucedió en tiempo del religiosísimo rey Sisebuto, porque ya consta que han sido asociados a los sacramentos divinos y recibido la gracia del bautismo y ungidos con el cisma, y han sido hechos participantes del cuerpo y la sangre del Señor, etc.»

Esta costumbre de la Iglesia fué intangible, porque juzgaban aquellos santos padres que sin la eucaristía no había nadie cristiano perfecto y constante. Y es esto tanta verdad en la mente de ellos, que Agustín, a los que no han comulgado, no parece llamarlos cristianos a boca llena, sino medio cristianos, pues dice así1067: «Si decimos al catecúmeno: crees en Cristo, responde: creo, y se signa con la señal de la cruz; lo lleva en la frente y no se avergüenza de la cruz de su Señor. He aquí que cree en su nombre. Preguntémosle: ¿.comes la carne del Hijo del hombre y bebes su sangre? No sabe lo que decimos, porque Jesucristo todavía no se le ha entregado.» Y poco después: «Se acercó a ellos Jesús e hizo en ellos la salud, porque dijo: «Quien no comiere mi carne y bebiere mi sangre no tendrá vida en sí»1068. Y más abajo: «¿A dónde va Jesús por el bautismo, cuya figura representaba Moisés pasando por medio del mar? ¿A dónde iba Moisés? Al maná. Y ¿qué es el maná? Yo soy, dice, el pan vivo que bajó del cielo. Reciben los fieles el maná después de pasar por el mar Rojo. Significaba el mar Rojo el bautismo de Cristo. ¿A dónde, pues, lleva a los creyentes y bautizados? Al maná. Y no saben los catecúmenos lo que reciben los cristianos; avergüéncense de no saberlo; pasen el mar Rojo y comerán el maná, para que como ellos han creído en el nombre de Jesús, así también Jesús se entregue a ellos.» Hasta aquí Agustín. Hay, pues, que contar los que no reciben el maná celestial en el número de aquellos a quienes Jesús no se confía, es a saber, de los medios cristianos que no pasan de la clase de los catecúmenos.

Mas cuánto aprovecha, para confirmar la fe, aumentar la esperanza, dilatar la caridad, en una palabra, para promover todo el orden de la vida cristiana, la frecuencia de este celestial banquete, nadie hay que pueda decirlo como se merece. ¿De dónde tanto fervor de la fe al principio de la naciente Iglesia? Estaban, dice, perseverantes en la doctrina de los apóstoles y en las oraciones y en la fracción del pan1069. ¿De dónde la invicta fortaleza para pisotear el fausto mundano y sufrir el martirio? ¿De dónde tanta alegría y presteza de ánimo para glorificar a Cristo en medio del hierro y el fuego? «Salgamos de esa mesa, dice Crisóstomo, como leones, respirando fuego y hechos terribles al diablo»1070; y Cipriano: «No puede ser idóneo para el martirio aquel a quien la eucaristía recibida no alienta y enciende»1071. Mucho es, sin duda, y más de lo que puede decirse, lo que da al hombre el bautismo; mucho lo que le dan los otros sacramentos; pero sin este sacramento, que es mayor que todos, son imperfectos los demás; dan el principio o promueven la vida cristiana, mas no la pueden llevar a la perfección. ¿No es Dionisio autor a quien hayamos de dar fe? El cual escribe así: «Decimos, pues, que los demás signos de cosas sagradas que todas a una se nos dan, se perfeccionan con los dones consumativos de esta señal divina; porque apenas puede el oficio sacerdotal realizar algún misterio si no lleva a cabo este divino y augustísimo sacramento de la eucaristía»1072. Tanto es lo que los padres reprueban, que los cristianos se contenten sólo con los otros sacramentos.

¿Por qué, pues, nosotros tan estólidamente nos quejamos o maravillamos de que la nación de los indios no haya echado todavía raíces firmes en la fe y religión cristiana? Les hemos quitado el sostén del pan, como dice el profeta1073, y ¿nos admiramos de su debilidad? ¿Sustraemos a los hambrientos los alimentos divinos, y les acusamos de estar macilentos y andar con paso vacilante? Se duele el profeta de que fué herido y se secó como heno su corazón porque se olvidó de comer su pan1074; pues, ¿qué harán los que ni siquiera lo han probado? Nosotros, sin embargo, no nos dolemos de la esclavitud y muerte de tantos niños en Cristo. Cuando desfallece el niño y el que mama en las plazas de la ciudad1075, esto es, cuando los recién nacidos en Cristo a nuestra vista y paciencia mueren de hambre en medio de la Iglesia, e instando ellos y pidiendo ávidamente los divinos sacramentos, no hay quien se los dé, todos se desdeñan, todos vuelven la cara a los miserables, que bien vemos se cumple lo que añade luego la palabra divina: «Decían a sus madres: ¿dónde está el trigo y el vino? Desfallecían como heridos en las calles de la ciudad, derramando sus almas en el regazo de sus madres»1076. Y si este pan celestial es el que propiamente fortalece el corazón del hombre1077, si es el que ilumina la mente, si defiende contra los peligros y ataques de los enemigos, si, finalmente, él sólo conserva y lleva a la perfección la vida espiritual, ¿qué otra causa buscamos de que faltando el pan vengan a caer muertos los unos sobre los otros y se consuman por sus maldades?1078. A la verdad, desfallecen en el camino los que, contra el mandamiento del Señor, se les deja partir en ayunas1079. Por el contrario, los que se alimentan con este manjar, a la vista del trigo se multiplican y cada día toman nuevas fuerzas1080.

La misma experiencia lo ha mostrado copiosamente. Porque cuantos de la nación de los indios han recibido la comunión de mano de los de la Compañía (los cuales, contradiciéndolo todos los otros, se han atrevido a dársela), hasta se aventajan tanto a los demás en la pureza de vida, en la forma de ánimo, en el sentimiento de la fe, en una palabra, en todas las acciones de su vida, que con razón se admiran los mismos sacerdotes y confiesan ingenuamente que son mayores y más insignes los frutos de este pan celestial que resplandecen en los neófitos que en los demás cristianos. Y no sin razón, porque nos vencen en fe y devoción, lo cual nosotros mismos lo hemos sobradamente comprobado. Es casi proverbio común entre los indios que el que una vez ha recibido la eucaristía no debe ya cometer en adelante ningún pecado, y si acaso por la humana fragilidad han cometido alguno, hemos visto venir el indio a la penitencia con tanto dolor y tanta indignación de sí mismo, y pidiendo le den muy duro castigo, que era para admirar tan grande ardor de la fe; porque no le hemos hallado tan grande en Israel. Es cierto que algunos se han entrado simuladamente a este sagrado banquete sin llevar la vestidura nupcial. Pero vayan fuera los engañadores; nosotros hablamos de los verdaderos hijos de Abraham, que no dudamos que también de este extremo de Occidente se sientan galanamente con Abraham, Isaac y Jacob en la mesa del Señor1081. Y en verdad que la eucaristía, según su bondad y magnificencia, parece recibir a su mesa estos nuevos convidados más larga y abundantemente. Por lo cual, enseñándonos el uso constante de todo el pueblo cristiano y la autoridad de los mayores y de los santos padres, y la misma razón manifiesta y la experiencia muy averiguada, a hacer participantes a las nuevas naciones de indios del pan supersustancial, ¿.quién habrá en adelante tan ingrato al celestial beneficio, tan descuidado de la salud espiritual de los hermanos, tan enemigo de la gloria del mismo Cristo, que, lanzando lejos esta irracional costumbre, no juzgue se ha de dar la sagrada eucaristía a los hermanos, sobre todo cuando la piden instantemente?




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Capítulo X


Refutación de la opinión contraria


Dicen los adversarios que este alimento celestial es pan de perfectos, comida de mayores, y como dice Agustín: «Que crezcan y lo comerán»1082. Pero más bien se puede decir: que lo coman para que crezcan. Porque no niego yo que es pan de ángeles y comida supersustancial de varones y perfectos; pero es al mismo tiempo alimento de párvulos y manjar de enfermos. ¿Por ventura la divina sabiduría1083, después que se fabricó un palacio y labró siete columnas e inmoló víctimas, mezcló el vino y preparó la mesa, no habló así a sus convidados: «Quien sea párvulo, venga mí.» Y a los incipientes dijo: «Venid, comed mi pan y bebed el vino que os tengo preparado; dejad la infancia y vivir, y caminad por las sendas de la prudencia»? A los párvulos habla, a los pequeños invita a la mesa del celestial convite. Porque como los ricos y poderosos llamados rehusasen venir por varias causas1084, el Rey, que había preparado el banquete rico y espléndido envió a sus siervos para que hiciesen entrar a los débiles, cojos y pobres, hasta que la sala real se hinchiese, y una sola cosa exigió a los convidados, que no entrasen sin la vestidura propia de la boda1085. ¿Por ventura, de los que llama gustoso el Señor, tienen derecho a hastiarse los siervos? Ciertamente, los santos padres, que quieren sea este pan de perfectos y manjar de varones en Cristo, también testifican copiosamente ser medicina y alimento muy acomodado para dar crecimiento y robustez a los débiles y pequeños. Por tanto, no por ser los neófitos menos perfectos en la fe y la caridad se les ha de alejar, antes al contrario, invitarlos más y atraerlos, para que con el uso de este pan que confirma el corazón del hombre se perfeccionen.

Otros nos echan en cara la estolidez e insipiencia de los bárbaros, diciendo ser indigno que arrojemos las margaritas a los perros y a los cerdos. Mas replicaré que los que han sido legítimamente purificados con el baño de Cristo, no son ciertamente perros ni cerdos. Y si su sentido es corto, no rechaza de sí a los tales el benignísimo Señor, Santo Tomás, varón de tanta autoridad, afirma llanamente que a los que tienen escaso uso de razón no se ha de negar este sacramento1086. Pues por poco sentido y razón que tengan, más tendrán que los dementes y frenéticos, a los cuales, sin embargo, si consta de su anterior devoción, mandan los cánones de los santos padres que se les derrame e infunda la eucaristía1087. En tanto más tenían el fruto que de este sacramento reciben los hombres, que de la especie o apariencia de religión que muchos alegan en este tiempo. Mas en realidad de verdad, no es tanta la cortedad de los indios para recibir la eucaristía, cuanta la desidia de los párrocos para administrársela. Porque para arrojar de sí el trabajo y cuidado de enseñar y preparar a la plebe, ponen por pretexto la rudeza e impericia de los indios.

Dicen que no distingue lo bastante entre el manjar corporal y el espiritual. Mas ¿cómo lo va a distinguir si nunca se lo han enseñado? No trae la devoción que conviene. Mas ¿cómo la va a traer si nunca le han invitado a tan celestial sacramento?, ¿si no le han recomendado su grandeza ni mostrado su inmensa utilidad? Tenemos perfectamente experimentado cuánto se les enciende a los indios el deseo cuando oyen estas cosas, cómo todo lo prometen y cumplen para poder comer de ese pan; cuánta envidia y dolor sienten cuando ven comulgar a los españoles; y si saben que a alguno de los suyos se le ha creído digno de esta mesa, todos se conmueven y ruegan con instancia que se extienda también a ellos la liberalidad. Para enseñar la catequesis de la fe y para combatir ciertos vicios torpes, sobre todo la embriaguez, no hemos hallado remedio más oportuno que proponer la sagrada comunión como premio a los que mejor aprendieran y declararan los dogmas de la fe y mostrasen costumbres más cristianas y honestas. Contienden entre sí cuando esto oyen, y les es de gran gusto cuando se les admite, y comido que han el manjar celestial conservan la pureza de alma y cuerpo con mucha más diligencia que los españoles, y ardientemente desean que se les permita volver a aquella sagrada mesa. Muchos párrocos no creen esto, pero no son cosas lejanas las que referimos: hagan la prueba, si tienen celo de la honra de Dios, y no busquen pretexto a su negligencia.

Los que creen defender su costumbre con razones más graves y probables, nos oponen que no es seguro dar la eucaristía a los neófitos, porque no han dejado aún bastantemente su vieja superstición, y puede suceder que hagan algo indigno contra el cuerpo de Cristo, puesto que no consta del todo si son fieles de corazón. Enumeran los vicios comunes entre los indios, las inmundicias de la carne y de la embriaguez principalmente; darles a éstos el santísimo sacramento no es otra cosa que arrojarlo en una cloaca o sentina. A esto respondo que sin aprobación ni examen, ni a los cristianos nuevos ni a los viejos se ha de dar aquel pan celestial. Y si alguno es fornicario, o bebedor, o sirve a los ídolos, con ése ni comer el manjar común, manda el apóstol1088, cuánto menos comunicar en la divina mesa. Pero esto es de todos los neófitos, y si hay entre ellos estas enfermedades, se han de curar de la misma manera que en los demás fieles, cuyas costumbres perdidas conocemos, en los cuales la vida más criminal se limpia con la legítima penitencia y confesión, y purgados así con la satisfacción saludable, como dice León Papa, son admitidos a la comunión1089. Pues ¿por qué no se ha de tener la misma indulgencia con los indios, que cuando caen más es por ignorancia y por fragilidad que por perversidad de alma? Aun para amputar y quitar sus vicios es gran remedio proponerles como premio la sagrada comunión a los que no caigan en la embriaguez y demás inmundicias. Porque si se conoce la mancha de la antigua superstición o de la embriaguez o del torpe contubernio, no se ha de permitir al indio llegarse al altar, hasta que con obras contrarias no la borre y limpie manifiestamente. El sapientísimo David no pudo negar el perdón a Absalón, por quien intercedía Joab, mas sin, embargo, le ordenó que se abstuviese por dos años de entrar en Jerusalén y parecer ante su vista1090. Entiendan los indios que el privarles de la comunión no es por causa de su nación, sino de sus vicios; concédase todo a los cristianos viejos, pero no se quite a éstos cuando son cristianos de buenas costumbres.

Y no es que apruebe yo la excesiva frecuencia de la comunión de los indios, porque tal vez la facilidad traería el desprecio, sino que lo que pretendo es que cada año, a no ser que haya causa especial, se les dé la comunión como manda la Iglesia; y sobre todo que a la hora de la muerte, si han confesado debidamente sus pecados al sacerdote, no se les niegue el viático, como lo manda el canon niceno. Y a quiénes haya que tener por indignos de recibir el pan de los ángeles, quede al juicio del sacerdote, oída la confesión y vistas las demás circunstancias; y el peligro de sacrilegio que algunos temen o fingen, en realidad no existe o es muy raro. Porque no tienen los indios, como los judíos, aversión al misterio de Cristo, ni es de temer que profanen la eucaristía, después de recibida, pues tienen por ella verdadera veneración y no se han visto hasta ahora ejemplos ciertos en contrario, antes, por lo que se refiere el culto externo, son mucho más inclinados a la religión que los cristianos viejos. Y si en otro tiempo se daba la eucaristía a los niños y a los frenéticos, como atestiguan copiosamente las historias eclesiásticas, y no lo tenían por contrario a la religión los santos padres, ¿por qué hemos de decir que se hace injuria al sacramento si, como dice el salmo1091, los pobres y necesitados comen y se hartan, los cuales si se hallan un tanto faltos de juicio y doctrina lo compensan de sobra con su piedad y la necesidad de la fe? Piden pan los pequeños y tienen hambre del sacramento en el deseo y la fe; mas quien lo parta enseñando y desmenuzando conforme a su capacidad, es muy raro. Habemos, pues, de preparar el pensamiento y la fe de los indios, y así probados y preparados, darles el pan divino. Mas porque nos da pereza prepararles, lo que hacernos muchos, nos resulta más expedito acusarles de que son indignos.




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Capítulo XI


De la necesidad de la confesión


Vengo a tratar del sacramento de la penitencia, que lo cuentan los padres en cuarto lugar, aunque comúnmente se antepone a la eucaristía. Es la confesión de los pecados no menos necesaria para los caídos después del bautismo como lo ha definido el Concilio de Trento, que para los no regenerados el mismo bautismo1092. Y si en cualquier parte ha de ser conocida y proclamada esta espiritual medicina de la humana debilidad, en estos nuevos pueblos de indios nada hay después de la fe que se haya de inculcar con tanta frecuencia y cuidado, siendo la única esperanza que les queda de su salvación. Pablo predicaba la fe en Jesucristo y la penitencia en Dios1093, porque quería que creciese tanto ante los hombres la autoridad de Cristo, que no amonesta tanto a creer en Dios, lo cual fácilmente lo hace el hombre cuanto en Jesucristo, para que su divinidad quede testificada, y tanto más perfecta sea la fe cuanto excede al sentido humano; y al contrario, quiso más bien decir penitencia con Dios que con Cristo, para que cuando cada uno recordase sus pecados, pensando que había ofendido no sólo a un hombre sino al mismo Dios, más se doliese. Y porque la penitencia, aun antes, del bautismo, consta ser necesaria, y, sin embargo, sin el bautismo recibido de hecho o en deseo no basta, síguese que quien manchó la estola de la primera regeneración necesita de la penitencia y debe ser restituído mediante las llaves de la Iglesia, fuera de las cuales nadie halla patente el camino de la salud, habiendo caído después del bautismo.

A los bárbaros, de sentimiento más débil y fe menos viva, raras veces acontece llegar a sentir en su corazón el dolor perfecto que llamamos contrición, por lo cual hay que acogerlos y ayudarlos más bien con el auxilio de la espiritual medicina, a fin de que lo que falta a la obra del hombre lo supla la fuerza celestial del sacramento. Pues el dolor imperfecto que muchos llaman atrición y otros contrición imperfecta, con el beneficio de la absolución tiene poder para conseguir la salud del alma y la gracia primera de la justificación; lo cual tengo por tan cierto, que casi me atrevo a incluirlo entre los dogmas de la fe católica. Y con bastante claridad lo declararon los padres de Trento1094 al declarar que aquella atrición que por sí sola no justifica tiene fuerza para impetrar la gracia de la justificación en el sacramento de la penitencia. Y a mí me lo persuade la razón manifiesta de que las llaves de la Iglesia conceden verdadera absolución de la culpa, y esto por sí y de su propia institución, por ser medicina presente de las enfermedades aun mortales, purificación activa de la lepra manifiesta, y finalmente resurrección del alma muerta, por el pecado, como lo enseñan los dichos de los santos Padres, y lo confirma, sobre todo, la cuotidiana experiencia de la operación divina, si es que se ha de llamar experiencia de oculta operación la confianza de la salvación certísima de muchos hombres. Porque vemos acercarse innumerables almas a este sacramento, sin tener el perfecto dolor que corresponde a la grandeza de sus crímenes, y cuando hacemos por ellas lo que está de nuestra parte, y confiados en la infinita bondad de Dios les damos la absolución, si siguen manifestaciones tan ciertas de los dones celestiales, en cuanto es dado al hombre conjeturarlo, que se nos viene luego al pensamiento lo que con suma verdad dijo la honda divina: «Todo lo que soltareis sobre la tierra, será suelto en el cielo»1095.

No hay, por tanto, razón para desesperar de la salvación de los indios ni despreciar sus débiles conatos, sus exámenes de conciencia, la enumeración de sus pecados poco cuidadosa, las señales de dolor no muy expresivas, y lo demás todo pequeño según su capacidad. Ayude cada uno a su hermano, sostenga al enfermo en la fe, según la palabra de Pablo1096; haga finalmente lo que pueda, y lo demás déjelo confiado en manos de la divina clemencia, que es fácil en hacer misericordia al pequeño1097, y da aliento al que trabaja y al cansado1098, y añade de su parte el refrigerio cuando reparamos al enfermo y sustentamos con la palabra el ánimo fatigado1099, ciertos de que ofreciendo lo que podamos de nuestra pobreza, no seremos despreciados. De mi parte aseguro que oigo con más tranquilidad las confesiones mal urdidas de estos miserables, que las muy pulidas y con mucha significación de dolor de los hombres poderosos.

Estando, pues, en este sacramento, la única esperanza de salvación para los indios, en él habemos de insistir sobre todos los demás y predicarlo con mayor frecuencia y cuidado.




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Capítulo XII


Los indios usaban la confesión de los pecados en su superstición


Con razón se admirará cualquiera de haber estado en uso la confesión de los pecados aun ocultos y graves entre estos bárbaros mucho antes de haber oído la predicación del evangelio. Había no pocos sacerdotes destinados a este oficio que se ocupaban en oír las confesiones de la plebe; y a cada pecado que manifestaban, quebranto de un manojo una paja de heno, declaraban quedar libres de aquel crimen. Por lo que en las provincias de arriba les llamaban a estos sacerdotes ychusires. Y como me contaban los encargados de las parroquias de Chucuito, no todos tenían la misma potestad de absolver, sino que algunos delitos más graves era costumbre reservarlos a los que eran principales y como pontífices. Con razón, pues, se admirará cualquiera que se observase religiosamente entre los bárbaros idólatras esta costumbre. Pero lo que a mí me causa no admiración, sino estupor, es que pudiese tanto el engaño del diablo y de los hombres para con otros hombres, que no sólo delataban los crímenes ocultos, sino que sufrían les fuesen impuestas por ellos ásperas penitencias. Muchas veces les mandaban, en expiación de un adulterio u otro crimen, dar en las espaldas cantidad de golpes con una piedra durísima, otras golpearles con varas mucho rato por jóvenes robustos, y no raras, cuando la magnitud del crimen pedía mayor severidad, retirarse a alguna alta peña, destituídos de todo alivio, y pasarse allí largo tiempo haciendo vida de fieras. Cuentan ya cosas que podrían parecer fábulas si algunos ancianos decrépitos aun supervivientes, que en otro tiempo tuvieron oficio de confesores, varones dignos de fe, no lo atestiguaran.

Me parece buena causa de esta costumbre de los bárbaros que el diablo, queriendo en su locura remedar a Dios en todas las cosas de la misma manera que persuadió a los hombres le adorasen y saludasen como a Dios, así también quiere con falsa imitación copiar los sacramentos y ritos religiosos del Dios verdadero. Porque ¿a qué otro fin en la ciudad del Cuzco, célebre en el imperio de los Ingas, procuró se hiciese una sombra y simulacro de nuestra eucaristía?; pues de cierta masa del sacrificio rociada con sangre recibían todos y comían solemnemente unos bocados, en que testificaban su fe y unión con el Inga su príncipe, y que lo tenían tan en el corazón, que estaban dispuestos a derramar la sangre por él. Y de esa manera, en cierta fiesta comulgaban principalmente los peregrinos y forasteros. Paso por alto la imagen de la Trinidad venerada con culto antiguo en Tangatanga entre los Sacasas. Lo mismo que otras hartas cosas que por curiosidad podría traer aquí, las cuales, creyéndolas en otro tiempo los bárbaros, son causa de que se muestren menos difíciles en creer cuanto nosotros les contamos. Pero no se puede disimular cuánta vergüenza es para nosotros ser vencidos de los ministros de Satanás, cuando somos más perezosos en persuadir la confesión instituída por Dios, que ellos sus crueles carnicerías. Hemos de congratularnos de que en medio de tanta ceguedad de los hombres, quede algún sentimiento del mal, y algún aguijón de la conciencia que fuerce a buscar la paz del alma mostrando el oculto veneno; y porque le falta el verdadero remedio, procura alivio y descanso como puede con el falso y mentido. Tan grande es la fuerza de la culpa que se oculta dentro. Lo cual debe aumentar la confianza del siervo de Cristo y estimularle a mostrar la verdadera medicina de todos los pecados que es la penitencia por la saludable confesión. Fácilmente se persuaden los indios del uso y eficacia de la confesión sacramental, y no rehusan al médico, digan lo que digan los calumniadores, con tal que vean que es vean dero médico, no enemigo carnicero o ladrón codicioso de las almas.




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Capítulo XIII


De la pericia en la lengua índica necesaria para oír las confesiones


Cuál haya de ser el médico espiritual, cuál su celo por la salvación de las almas, qué pericia ha de tener en descubrir y curar las heridas, queda bastantemente dicho. Pero de eso mismo se muestra abiertamente cuanto necesita la pericia de la lengua índica, puesto que no puede conocer los crímenes, de los penitentes ni aplicarles los oportunos remedios si no tiene el uso del lenguaje. Quien no lo conoce edificará una torre de Babel, no la del evangelio. Y aunque es recibido entre los teólogos que lícitamente se hace y se recibe la confesión por intérprete1100. no es menos común entre ellos que ninguna ley divina ni eclesiástica obliga a los hombres a tal género de confesión, porque siendo la ley de Dios llena de equidad y dulzura, no obliga al pecador a confesarse con tan grave molestia, principalmente que la vergüenza y respeto humano, que aprieta más cuando hay un tercer testigo o árbitro, daría mucho que temer no se hiciesen íntegras y sinceras las confesiones. Por lo cual, con sabio consejo prohibieron les padres del Concilio Limense, recibir las confesiones de los indios por medio de intérprete, añadiendo una grave multa1101. El cual decreto, sin embargo, no pretende impedir que los indios de su voluntad puedan confesarse por intérprete, sobre todo en caso de grave enfermedad, y faltando sacerdote docto en la lengua índica, pues de esa manera se mira al menos como se puede por su salvación, y sabemos haberlo hecho algunos religiosa mente, y la misma razón amonesta que cuando el penitente desprecia todo ese perjuicio por su salvación, no es razón que el médico espiritual tenga cuenta con él. Y no se opone un canon antiguo de León, Papa, el cual sólo reprende y prohibe que no se haga en público y en presencia del pueblo la confesión de los pecados, bastando manifestar en confesión secreta a solos los sacerdotes el reato de la propia conciencia