publicidad

 

Página principal
    Nubes de estío
     D. José M. de Pereda
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Abajo Siguiente
ArribaAbajo

Nubes de estío


José María de Pereda








ArribaAbajo

- I -

De Nino Casa-Gutiérrez a un su amigo


Madrid, julio 30 de 188...

Si por una, para mí, desdichada casualidad, no hubiera estado yo ausente el día en que tú pasaste por aquí como un relámpago, te hubiera enterado de palabra de estas graves cosas que voy a referirte ahora por escrito y de mala manera, porque tras de no tener el tiempo de sobra, jamás despunté por hábil en el manejo de la pluma. Yo te aseguro que no la tuviera en este instante entre los dedos sin el honrado temor de que adquieras por el rumor público las noticias que debo darte yo antes que nadie y que a nadie. O somos o no somos amigos «de la infancia:» Pílades y Orestes, los gemelos de Siam, como alguien nos ha llamado al vernos tan unidos en las prosperidades y en las tormentas de nuestra no larga, pero bien azarosa vida; o hemos o no corrido juntos los temporales de nuestro mundo tan calumniado por los que no le conocen, y bien poco entretenido para los que le conocemos a fondo, cuando las arrastradas circunstancias (vulgo, dinero) no concuerdan en género, número y caso con la omnímoda libertad, que nunca falta, de explorarle en todas direcciones. En fin, hombre, y por no enredarme en estos líos retóricos que me apestan: que me considero en la obligación de contarte esto gordo que me pasa, y que te lo voy a contar del mejor modo que pueda.

«Mi padre me dijo un día, hará cosa de tres semanas, estas o parecidas lisonjas: «Vas a cumplir luego treinta años; tienes casi todos los vicios y todas las necesidades que puede tener un mozo de tu prosapia; necesitas un caudal para sostener la vida que haces, y no sabes ganar honradamente una peseta. Hoy comes de la olla grande, porque no te cuesta otro trabajo que meter el cucharón en ella; pero esta ganga tendrá su fin más tarde o más temprano, y es deber mío, ya que a ti no se te ocurre, tratar de que el desastre te coja apercibido contra los riesgos de la miseria de levita, la más horrible de las miserias, o de que el demonio te infunda la idea de levantarte la tapa de los sesos para mejorar de suplicio. Que el desastre ha de venir, es evidente, porque yo no he de ser eterno; y al mudarme al otro mundo, es posible que haya que enterrar de limosna en éste, la ilustre carga de mis huesos. Éstos y un poco de ruido que se apagará en el oído de las gentes antes que la última salmodia de mi entierro, será toda la herencia que os deje para sostén de las pomposidades en que os habéis educado por haceros dignos de la jerarquía social que os cupo en suerte. Contando con ello, te quise dar una carrera. Probaste varias, y todas te parecían a cual peor, porque cualquiera de ellas te reclamaba el tiempo y la atención que tú necesitabas para darte la gran vida que te has dado entre otros distinguidos vagabundos como tú. Por pura bambolla, apechugó tu hermano con los rudimentos de la carrera diplomática; y por obra de misericordia y milagros de mis influencias, ingresó en ella tiempos andando. Casose tu hermana Amelia con el duque de Castrobodigo, y anda tu otra hermana, María, a pique de ser vizcondesa de la Hondonada, con gran regocijo de tu señora madre, que se perece por estos similores de mundo elegante.»

Recuerdo todos estos pormenores ¡oh amigo incorrupto! porque la fuerza de la sorpresa, que rayó en asombro, me los grabó en la memoria a mazo y escoplo: jamás me había hablado mi padre de esos particulares, ni le había visto yo tan grave ni tan elocuente; y te los traslado casi a la letra, porque tras de no ser un secreto para ti ni para nadie de nuestro mundo, así me salen al volar de la pluma, y temo embarullar el relato si me meto a poner diques y reparos a la corriente de mis ideas.

Pues verás. Todavía añadió mi padre a lo dicho este parrafejo, que no es malo: «Cierto que es el mío nombre de gran resonancia en el país; que me revuelvo y me contoneo en el fondo de eso que se llama cosa pública, como el pez en el agua; me dan convites en provincias los hombres afiliados a mi partido, y peroro a los postres en loor o en contra del gobierno, según que sea o no sea de mi gusto; que mis palabras se escriben por los papanatas de la prensa local, y transmitidas por el telégrafo a la de la corte, se descifran mis cláusulas como los misterios de la Esfinge: cierto que soy jefe de mesnada en las Cortes, y que, por serlo, cobro el barato en ellas a cuando la hora es llegada y la ocasión lo pide; que mi nombre danza en corrillos y papeles, y salta y rebota en tertulias y comisiones a cada crisis ministerial y a cada gresca parlamentaria; cierto, en suma, que hoy en a cumbre del poder y mañana en los profundos de la oposición, a todas horas soy en España y sus Indias, caudillo de empuje, hombre de pro, pájaro de cuenta, como me llaman por ahí, o, si lo prefieres, personaje conspicuo; pero cierto es también que todo esto junto, con ser tanto y tan visible, convertido en substancia de puchero es puro caldo de borrajas. Cuanto más alto me levantan, más caro me cuesta el pedestal... vamos, que no me da el oficio sino lo estrictamente necesario para ejercerle con la debida exornación. Envidio a los que saben desempeñarle con frutos más copiosos y positivos; pero no acierto a imitarlos. Será torpeza o repugnancia, o un poco de cada cosa; pero es la pura verdad. Entre tanto, yo pago cada lunes y martes las nuevas trampas del duque de Castrobodigo, por respeto al relativo bienestar de la duquesa; el diplomático, cuyo sueldo no le alcanza para sus gastos superfluos, mantiene a mi costa todo el relumbrón de su diplomática persona en las cortes extranjeras; tu madre y tu hermana María, ya sabes qué vida se dan y a qué altura rayan entre las damas más encopetadas de Madrid; de ti no se hable: juegas, viajas, tienes los caballos a pares, y sabe Dios qué otros lujos por el estilo te permitirás también; y esto, y aquello, y lo de más allá, todo es agua en un mismo arroyo; todo sale del pobre manantial de la nómina de tu padre; todo es dinero de Estado, sangre del mísero contribuyente, como dicen los declamadores cursis, abogados inocentes de las sempiternas «clases productoras.» En una palabra, hijo, que en esta casa se vive al día, y que hasta el vivir así me parece un milagro, aun con la ayuda de ciertos sablazos gordos que tú no conoces. Figúrate, pues, qué será de todos vosotros el día en que Dios me llame a rendirle cuentas minuciosas de lo mucho que lo debo. Con que ¿te vas enterando?»

Pues ¿no había de enterarme? Pero ¿por qué se empeñaba el buen señor en que me enterara entonces de todos esos puntos que ya tenía olvidados de puro sabidos? Preguntéselo, y me respondió:

«Te cuento esas cosas, para que las grabes en la memoria; y te las cuento a ti solo, porque, entre todos los de tu casta, tú eres el que ha de pasarlas más amargas en este mundo si yo me largo de él antes de que hayas adquirido un modo honroso de vivir.»

¿No creería cualquiera, como yo creí, al oírle hablar de este modo, que le había poseído de pies a cabeza, y de la noche a la mañana, el presentimiento de una muerte próxima?

Nada menos cierto, sin embargo. Rodando las palabras, hube de prometerle, acomodándome a su deseo, aceptar lo que él me propusiera para mejorar de fortuna y conjurar los riesgos del pavoroso mañana de la negra hipótesis. Hecha la promesa con la debida solemnidad, me propuso el precavido autor de mis días un casamiento ventajoso. Así, en estas mismas palabras.

Tomé la proposición a risa, porque a la distancia de mis pesimismos, arraigados por obra de mis prácticos conocimientos de ciertas dificultades de la vida social, me resultó muy semejante al ridiculus mus de El parto de los montes. Riose mi padre a su vez, pero de muy distinta manera que yo; y saliendo a relucir los cómos y los dóndes que eran de necesidad en el diálogo, llegó a decirme el providente señor, palabra más o menos: «Aunque, sin ser un Adonis en lo físico, no tienes tacha para figura decorativa del mundo en que vives, no hay padre de los nuestros que te fíe medio duro con la garantía de tu persona. En este particular, gozas en la sociedad en que brillas, de todo el descrédito que mereces; mas aun suponiendo que este juicio mío fuera equivocado y te salieran aquí a docenas las novias ricas, me libraría yo mucho de proponerte la mejor de ellas, porque no sería negocio para ti. Éstas, con milagrosas excepciones, son finquitas de lujo, que cuanto más producen, más devoran. Agrégalas un inquilino tan desgobernado como tú, y ayúdame a sentir. Lo que a ti te conviene es una mujercita educada en unas costumbres enteramente distintas de las nuestras; que tenga mucho dinero y gaste poco; que estime por nimbo glorioso para su cabeza de provinciana distinguida, el título nobiliario que yo te cederé de los dos que poseo de ayer acá; que, a pesar de ello y de ser nuera de un personaje de mis campanillas, ocupe en tu casa, fíjate bien, en la tuya, el puesto que por la ley le corresponde, ni más ni menos; y que con el ejemplo de sus buenas costumbres, de su economía, de su buen gobierno, de su cariño desinteresado, etc., etc., infunda en su marido apego al hogar y a la familia, y amor al trabajo honroso... En fin, punto más, punto menos que una novia para el galán edificante de un cuento mural de Las tardes de la granja. Esta novia, además, ha de ser guapa... y lo es, y existe como te la pinto, y tú la conoces, y la has tratado mucho... y te ha calado las intenciones... y te las acepta por buenas y honradas... y te acepta a ti también con los brazos abiertos. ¿Quieres más?»

Imagínate, ¡oh Pílades incombustible! mi asombro al oír todo esto, y calcula mi estupefacción cuando resultó que era la pura verdad. Oye lo que averigüé entrando en explicaciones con mi padre. El señor don Roque Brezales, o de los Brezales, como ha dado en firmar últimamente, es un comerciante ramplón, honra y prez del gremio de la plaza, la ciudad más importante de la cesta española del mar Cantábrico. Este señor (hablo de Brezales), bueno y honradote en el fondo, es hombre de poca estética y menos literatura, vulgar de estampa y de mala ortografía; pero tiene formado de sí propio juicio muy diferente del mío, y hasta se siente a ratos, mordido del ansia de ser personaje, desde que, por azares de la suerte y ya bien entrado en años, se vio nadando en posibles, imagen con que pinta el vulgo de su país el colmo de la riqueza. Este comerciante opulento tiene dos hijas, Irene y Petra, bellas las dos, aunque cada cual a su modo. Irene es algo melancólica, con dejos de arisca y desengañada; tiene buen entendimiento y, sobre todo, unos ojos morunos, verdinegros, que de pronto parecen tendidos a la larga y como dormitando a la sombra de sus negrísimas pestañas; pero que, bien observados... Hombre, yo he visto en los primorosos ríos de su tierra algo parecido a esos ojos: ciertos remansos junto a la acantilada orilla, bajo un tupido dosel de laureles y madreselva. En la inmóvil superficie de aquel agua sombría, se refleja toda la fragante espesura del dosel con el peñasco gris de la margen, y un jirón azul pálido del cielo, y un pedazo de nube cenicienta, y la cara y el busto, invertidos, del observador. El conjunto es hermoso; y, sin embargo, por lo que hay de misterioso allí. ¿Qué habrá debajo de aquellas aguas silenciosas y sombrías? Y se piensa alternativamente en el cieno viscoso y en la arena finísima; en la negra caverna atestada de monstruos, y en la gruta fantástica de las hadas bienhechoras. Por supuesto, que no hay que tomar este símil al pie de la letra tratándose de los ojos de esa Irene; pero es de la casta de los que vendría a aquí más al caso, y aun coincidiría con él exactamente, y eso por la malicia del observador, si Irene fuera una mujer de intriga y bien fogueada en las batallas del mundo galante; pero ¿qué diablo de trastienda ha de haber en una provinciana inexperta, dócil y mansa como una corderita sin hiel, que comulga todos los meses y oye misa casi todos los días? Los ojos de Irene son así, como pudieron ser de otra manera; y si, bien mirados, parece que descubren tantas cosas ocultas, es porque la boca correspondiente peca por el extremo opuesto: el no decir la mitad de lo que se juzga necesario; y eso que falta siempre en sus conversaciones, lo va a buscar el curioso adonde cree que puede hallarlo, y para la atención en los ojos y en ellos lee todo lo que le da la gana. Ésta es la pura verdad. Te añadiré ahora que Irene es ligeramente morena, de correctísimas facciones y garrida estampa.

Petra no se parece a su hermana ni en carácter ni en figura. Es alegre, habladora y expansiva, con más que puntas y ribetes de maliciosa y mordicante. Se pinta sola para remedar a los gomosos memos y a las amigas cursis. Siempre tiene novio, o ganas de tenerle. Es casi rubia, muy guapa, de regalar estatura, pie menudo y talle primoroso.

Estas dos hijas tienen una madre que se llama doña Angustias, de bastante buen ver todavía. No es de la pata del Cid, ni, apurándola un poco, deja de enseñar la hilaza de su procedencia vulgar; pero lleva bien la ropa y es simpática en su trato. Va con sus chicas «al mundo» de por allá, y desempeña bastante bien el papel que la corresponde. El tal mundo se reduce a media docena de bailes particulares, a dos o tres en el Casino, las visitas de cumplido, las soarés del Gobernador, los conciertos del verano, la fiesta de los Juegos florales, y el teatro, cuando le hay. Se paga mucho de las buenas formas y se perece porque la vean sus conterráneas en íntimas relaciones con personajes de Madrid. Lo propio que su marido.

No recuerdo bien el origen de la amistad, ya vieja, de este señor con mi padre, cuyas influencias poderosas aprovecha constantemente para activar o enderezar en Madrid la lenta o torcida marcha de los graves asuntos de interés, casi siempre mercantil, municipal o provincial, en los cuales ha de intervenir la pesada mano del Gobierno de la nación. El señor de los Brezales es hombre cortés y agradecido, y nunca ha dejado de corresponder rumbosa y delicadamente a los favores de mi padre. Con todas estas cosas, mi familia y la suya se han tratado mucho en las distintas ocasiones en que hemos veraneado en aquella ciudad, cuya playa no tiene semejante en Espana por su hermosura. Yo conozco y estimo de veras a estas apreciabilísimas personas, particularmente a Irene y a Petrita, a quienes he tratado con más frecuencia. Pero ahora resulta, según mi padre, que Irene, que es la mía, la mujer que se me destina para redimirme, en lo mortal, de la miseria, y en lo eterno, de la perdición, «me ha calado las intenciones, y las acepta por buenas y honradas;» y el demonio me lleve si, cuando he hablado con ella, he tenido otra que la de pasar el rato agradablemente en tan buena compañía. Claro está que no me he cansado en desmentir el aserto de mi padre, y que me he dejado correr muy a mi gusto al empuje de esta casualidad, que cabe en lo posible de los caprichos humanos; pero se me aguzó grandemente el deseo de conocer los pormenores de este inesperado descubrimiento y de aquel plan arreglado por mi padre, y he aquí cómo habían pasado las cosas. Vino a Madrid mi futuro suegro y se hospedó en nuestra casa, tras de muchos ruegos de mi padre y no pocos míos. Como sus quehaceres no eran muchos, los dos amigos pasaban juntos largas horas del día y de la noche; y pasando así las horas, mi padre halló sobradas ocasiones de apuntar, con la destreza en que es maestro, la especie que, por lo visto, le bullía en sus adentros mucho tiempo hace; y cátate, amigo recalcitrante, que no bien asomó la punta de la idea, el otro, que, por las trazas, rumiaba también de muy atrás los mismos pensamientos, se puso a tirar de ella; y tira que tira, no cejó en su empeño, hasta verla entera y verdadera en la misma palma de su mano. Según refiere mi padre, el buen señor no podía ni quería disimular el regocijo que la ocurrencia le causaba. Mis prendas personales, el apellido que llevo, mi título nobiliario... ¡oh, qué fortuna para su hija primogénita, tan superior a cuantos hombres pudieran inútilmente ambicionarla en los mezquinos ámbitos de su pobre ciudad! Él era rico, muy rico; y una vez realizado el enlace, ni por su parte ni por la de su familia se reñiría por el tanto o por el cuanto, o por si aquí o por si allá: se haría lo que nosotros dispusiéramos, porque lo que ellos querían, era la felicidad de Irene; y esta felicidad la hallaría al lado de su marido, donde quiera que alcanzaran los rayos esplendorosos de la gloria de su nombre. Aún creo que dijo el satisfecho señor mucho más que esto que yo te transcribo casi en los propios términos en que me lo refirió mi padre, sin darte cuenta de ello, porque no vale la pena de recordarse, y para muestra quizás sobra con lo apuntado. Pero faltaba conocer las intenciones de Irene, que eran el eje de toda aquella máquina tan fácilmente construida. «... No hay que apurarse por eso,» contestó el señor de los Brezales a este reparo que mi padre le presentó: «tengo ciertos testimonios de que Irene conoce las intenciones de su señor hijo de usted, y aun de que no la desagradan. A mayor abundamiento, en cuanto vuelva yo a mi casa, que será pronto, pondré la cuestión sobre el tapete, sondearé las voluntades y escribiré a usted el resultado sin perder correo.» Y dicho y hecho: al otro día, dejando encomendados a su amigo sus negocios, tomó el tren del Norte; y media semana después escribía a mi padre estas pocas palabras que te copio, porque poseo la carta, en una letra deshilvanada y garrapatosa, señal del apresuramiento con que escribía y de las hondas emociones que le dominaban en aquellos instantes: «Tratado el grave asunto consabido en consejo de familia, todos conformes, todos gozosos y todo llano por nuestra parte. Anticipen cuanto puedan el viaje que tenían proyectado a esta ciudad, para que Antonino acabe de entenderse con la interesada y se dé con ello el fin y remate que merece un negocio tan felizmente planteado. Los abraza, y los saluda, y los adora en nombre propio y en el de toda esta familia, su desde hoy más que amigo y admirador, Roque de los Brezales

Y así están las cosas, amigo mío: mi familia forzando la máquina para anticipar el veraneo cuanto sea posible, y yo deseando con grandes ansias que llegue la hora de ver confirmadas las promesas del padre por los labios de su pistonuda hija, aquella morena de los verdinegros ojos, que me aguarda con los brazos abiertos. Y ahí tienes el caso, es decir, mi caso, en toda su magnitud, a lo ancho, a lo largo y a lo profundo. ¿Qué te parece de él? Por lo que a mí toca, ya habrás conocido que le considero de perlas a lo profundo, a lo largo y a lo ancho. Fíjate bien, y verás que no es para menos, ¡caramba! Irene es una moza de buten, tiene guita larga, es una viaud de bronce, será el modelo de la perfecta casada con los hechizos de una odalisca oriental, y me espera con los brazos abiertos, como a su dueño y señor, que jamás había caído en la cuenta de que tuviera esclava de tal valer... ¡a mí! un medio bohemio del gran mundo, abocado a la miseria según el autorizado parecer de mi padre y unas cuantas razones de sentido común. Cierto que, aunque mal educado, no soy lo que se llama una mala persona, porque no tengo vicios de los que afrentan, y dejo en la senda que he recorrido hasta la hora presente, más astros de mentecato que de hombre perdido; pero, al cabo, está en lo cierto mi señor padre al decir, como dijo de mí, que gozo, entre las gentes que me conocen, de todo el descrédito que merezco. Y esto ya es algo. En fin, que la ocurrencia del precavido autor de mis días ha sido de las más felices que padre alguno ha tenido en este mundo sublunar, y sus resultados un premio gordo para mí. Y tan gordo le considero y tal valor le doy, que casi tengo remordimientos de haber tratado el asunto tan descuidada e irreverentemente como lo he tratado en esta carta. Retiro, pues, de ella toda expresión que disuene lo más mínimo de la augusta solemnidad con que yo deseo darte cuenta de este grave suceso, en el secreto más inviolable de la amistad que nos une y por las razones que en su lugar quedan expuestas, y atente a ello, que es lo que vale, no sólo por ser mi última palabra, sino la pura verdad.

Entre tanto, te lo repito, me consume la impaciencia porque llegue cuanto antes el día venturoso de mi salida de este inaguantable asadero. Porque además de los excepcionales motivos declarados, hay otros que se bastan y se sobran para hacerme deliciosa la temporada de verano en aquella población, donde ya no se me considera como un forastero más. Conozco y trato a muchísima gente allí, particularmente del elemento crema, el cual me tiene en tanto, que hasta he dado mi nombre a algunas prendas atrevidas de vestir. He dirigido con gran éxito varios cotillones de compromiso, y se busca y se respeta mi dictamen en los conflictos más serios de los clubistas del Sport en todas sus manifestaciones; me regala el Ayuntamiento lugar preferente en la fiesta de los Juegos florales, y el Asmodeo de la localidad, como a todos y cada uno de los de mi casta, me gorjea y sahuma cuando llego y cuando me voy, cuando monto, cuando bailo y cuando estreno prendas a mi modo, lo cual ocurre un día sí y otro no... Vamos, que se me considera entre aquellas honradas y sencillas gentes, como de la casa. ¡Figúrate lo que sucederá cuando llegue a caer de veras y para siempre en los brazos consabidos de la morenita de los ojos verdinegros!... Y punto redondo.

Ahora guarda estas confidencias mías como en el secreto de la confesión; y adiós, envidiosote, porque es imposible que no me envidies si has tenido paciencia para leer con la debida reflexión todo lo que te he declarado. Si no la has tenido, tanto peor para ti. De todas maneras, y con la promesa de volver a escribirte desde allá para que nada ignores de lo que debes de saber, recibe un apretado abrazo de tu amigo y ex-camarada de abominables glorias y de insanas fatigas,

NINO.»




ArribaAbajo

- II -

Entre dos luces


Mientras la carta precedente corría a su destino por la línea de Francia, el bueno de Casallena, más ojeroso y macilento que de costumbre, casi afónico de puro lacio y melancólico, explicaba a su interlocutor, hombre que ya le doblaba la edad y con cara de pocos amigos, las últimas torturas con que le había martirizado el azote de su temperamento. Es de advertir que los departientes ocupaban dos lados opuestos de una mesa del mejor café de aquella ciudad costeña que se menciona en la carta; que sobre la mesa había, amén de los codos de los dos personajes, un chocolate con mojicones y tostadas fritas, un platillo con pasteles y una copa llena de Jerez, en el lado correspondiente al joven Casallena, y a plomo de sus negras y no muy tupidas barbas; y en el otro lado, otra copa con un líquido refrigerante, que sorbía a ratos el hombre de la cara hosca, porque así se le calmaban ciertos dolores nerviosos del epigastrio, que a la sazón le mortificaban de tiempo en tiempo; que la mesa estaba junto a una de las puertas abiertas de par en par de la fachada principal del edificio; que declinaba la tarde, y que el ambiente salino que se respiraba desde allí, despertaba en los ojos nuevas y más fuertes ansias de contemplar el panorama grandioso que tenían delante en cuanto miraban hacia afuera, saltando por el estorbo de la abigarrada muchedumbre que hormigueaba en la empedernida faja que sirve de divisoria entre los edificios enfilados con el del café de que se trata, obras mezquinas de los hombres, y aquella incomparable marina, obra maravillosa de Dios. De tarde en tarde entraba en el mismo establecimiento la familia de Amusco o de Villalón, recelosa de que la gente de la ciudad la tuviera en poco para acomodarse allí, con su aparejo algo burdo «pa según lo que los currutacos usan;» pero dispuesta a darse un regodeo, con lo mejor y más caro de «la casa,» para quince días; o el grave magistrado del Supremo, en vacaciones, hombre fino y culto si los había, pero con la aprensión incurable de que todo bicho viviente es un reo sobre el que pesa perpetuamente la jurisdicción de la Sala a que él pertenece; o el gomoso, descuajaringado de tanto correr de la ciudad a la playa y viceversa, en busca de algo que no encontraba... y por este arte, dos docenas de personajes desperdigados y aburridos, que se iban acomodando sosegadamente en este diván o en aquella banqueta.

Así las cosas, llegó a decir Casallena, después de deglutir medio mojicón empapado en chocolate:

-Todo eso será verdad, y no deja de consolarme un tantico; pero le aseguro a usted que lo de anoche fue tremendo.

-Y ¿qué fue lo de anoche? -preguntó el otro, apretándose un ijar con la mano del mismo lado, y llevándose a los labios con la otra la copa medio vacía.

A esta pregunta se tragó Casallena el resto del mojicón; y con masa de él aún entre las mandíbulas, respondió, mientras se limpiaba las puntas de los dedos con la servilleta:

-Primeramente me costó una brega de tres horas coger el sueño, si sueño puede llamarse ligero sopor...

-Sueño, y de los mejores, -afirmó en tono desafrido el de enfrente, después de escupir la mitad del buche que había tomado de aquel líquido que, por lo turbio, más parecía agua de fregar que de naranja.

El joven del mojicón se le quedó mirando fijamente a través de sus quevedos, mientras, a tientas, empleaba las dos manos en partir, con los índices y pulgares solamente, una de las tostadas fritas. En seguida se puso a mojar a pulso la tira con que se había quedado en la diestra, y preguntó, con cierta inseguridad, volviendo a mirar a su interlocutor:

-¿De los mejores dice usted?

-De los mejores -insistió el interrogado, derribando al mismo tiempo hacia el cogote su chambergo de anchas alas, con lo que dejó al descubierto toda su cara de coronel de reemplazo;- de los mejores, porque de ahí para adelante, caer en ello, tratándose de temperamentos como el de usted... si por su desgracia se parece al mío, como afirma, es peor que caer en un despeñadero. En esos sueños profundos hay golpes que contunden, y carreras vertiginosas, y cornadas de toros desmandados, y coces de caballerías, y casas incendiadas sin puertas por donde huir, y riñas a gritos con las personas más queridas, y deslealtades de amigos... todo lo que más duele y más fatiga en el cuerpo y en el alma. Salir de un sueño de éstos es como salir de una pulmonía. ¿Le pasan a usted cosas como éstas cuando duerme de veras?

El interpelado se tomó otra tira de la tostada, bien empapada en chocolate, y respondió como entre serias dudas:

-Le diré a usted: algo de ello...

-¡Algo de ello! -exclamó con desdén el interpelante, descolgando de sus narices, no chatas ciertamente, sus quevedos de oro, y poniéndose a limpiar sus cristales con el pañuelo.- Entonces se queja usted de vicio.

-¡De vicio!

-De vicio, sí, señor. A mí me pasa todo eso y mucho más, y a diario... Tome usted nota de ello y prosiga. ¿Qué fue eso tan tremendo que le ocurrió a usted anoche?

-Vaya usted haciéndose cargo -respondió el joven metiendo mano a la segunda tostada.- Apenas atrapé ese poco de sueño que le dije... ¡zas! una sacudida liorrorosa de pies a cabeza. Hubiera jurado que me levantaba a una altura de dos metros sobre la cama, pero rígido y en una pieza, lo mismo que un tablón.

-Eso es el alfa de la educación histérica que está usted adquiriendo, -interrumpió el de los anteojos de oro, volviendo a montarlos sobre su nariz.

-Después -continuó el otro, a la vez que se limpiaba los labios con la servilleta, muy dulcemente, para no descomponer el artificio de sus bigotes, rizados hacia arriba por imperio extravagante de la moda,- se me fijó un dolor angustioso, que más parecía mordisco, aquí, muy adentro, entre el pericardio y la...

-¿Y nada más? -preguntó bruscamente el otro, arrojando a la calle el agua turbia que quedaba en su copa.

-Aguarde usted y perdone -prosiguió con mucha calma el mozo de los bigotes ensortijados hacia arriba.- Al mismo tiempo que ese dolor mordicante y aflictivo, sentía una sobrexcitación intolerable en el gran simpático, que, desengáñese usted, es la raíz de donde arranca esa plaga de sensaciones insufribles...

- ¡Vaya usted a saberlo!

-Le aseguro a usted que sí; créame...

-Como usted guste.

A medida que se acentuaba la sobrexcitación -añadió el mozo sorbiendo y mordiendo, con gran pachorra, entre período y período de su relato,- iba entrándome por la misma punta de los pies una especie de hormigueo cosquilloso de lo más inaguantable; este cosquilleo avanzaba cuerpo arriba, y, a cada paso de su invasión, se hacía más irritante; en la región del pecho, era manojo de ortigas; entre el colchón y la espalda, vidrio pulverizado, y entre las barbas, ¡oh! entre las barbas le juro a usted que no se podía resistir: lo mismo que si me las fregaran con un cepillo de alfileres punta afuera. No pudiendo parar en la cama por más vueltas que daba en ella y posturas inverosímiles que tomaba, levanteme de un salto, vestime medio a oscuras, me pasé el resto de la noche en claro y me cogió el nuevo día molido de los huesos, quebrantado de espíritu y con el cerebro hecho un bodoque.

Miró al decir esto con ojos de pena a su interlocutor, que le contemplaba con afectuosa curiosidad, mientras se afilaba tan pronto las puntas de sus bigotes grises como la de su perilla cana; y como éste no cesó de contemplarle ni le dijo una palabra, el joven, limpiando las paredes interiores de la jícara con el último pedazo de las tostadas, y después de tragarse la sopa resultante, encarose de nuevo con él y le dijo:

-Vamos a ver, ¿qué tiene usted que replicar a eso?

-¿No tiene usted nada que añadir a ello? -preguntó a su vez el interpelado.

-¿Qué más he de añadir, hombre de Dios? ¿Aún le parece a usted poco?

-Pues si no pasa de ahí la historia -respondió el otro encendiendo un pitillo, -insisto en lo que le dije: todo eso que a usted le sucede, es el alfa de la cosa; la primera estación del Calvario a cuya cima han llegado ya otros mártires con la pesada cruz a cuestas.

-¡Morrocotudo consuelo para mí! -replicó Casallena, retirando hacia el centro de la mesa el servicio vacío de chocolate y poniendo en su lugar la copa de Jerez y el platillo con pasteles.

-Hombre -dijo el de los bigotes grises y la cara hosca, -según dictamen de usted mismo en parecidas ocasiones a ésta, consuelo le resulta de saber que hay otros desdichados que padecen los extraños males de usted.

-Pero ¿es verdad -preguntó el joven remojando en el Jerez un español-, que hay alguien que padezca esas tarantainas que yo padezco? ¿tantas y tan fenomenales? ¿que las haya padecido usted?... ¿que las padezca todavía?

-¡Hormigueos cosquillosos!... ¡dolores mordicantes!... ¡cepillos de alfileres! -exclamó el hombre, echando una humareda de su cigarro por boca y narices, mientras su interlocutor sorbía media copa de Jerez para facilitar la deglución de un tercio de canutillo que se había tragado en seco- ¡Valiente puñado son tres moscas!... Pero después de todo, ¿qué mil demonios me pregunta usted a mí? ¿No es usted médico, y (sin adularle) de los de buena casta? Y ¿es posible que en la práctica de su profesión, aunque no larga todavía, no haya hallado usted datos bastantes para darse las respuestas que a mí me pide?

-Gracias por el piropo, señor y amigo de mi alma -dijo impasible, imperturbable, el joven.- Cierto que soy médico, aunque indigno y por mi desdicha; pero (y acepte usted esta honrada confesión que voy a hacerle, como si me fuera a morir) no digo a mí, que ahora comienzo, pero a los mismos que ya se caen de viejos en la profesión, ¡les da la ciencia cada castaña... y tan a menudo!... De esas enfermedades que duelen de verdad y son tan antiguas como el hombre, sabe uno la génesis y las guaridas, y hasta las mañas; se las persigue y se las encuentra por mucho que se escondan; se las pesa y se las mide; y, por último, se lucha contra ellas cara a cara y en terreno despejado; y si no se vence siempre en estas luchas; queda el consuelo de haber luchado con honra; pero de estos males nuevos, que ni se ven ni se palpan; que sin doler matan, dejándonos sólo la vida necesaria para sentir las angustias de la muerte; de estos males de ahora, que traen su origen quizás del mundo que fenece y que la raza humana que degenera y se encanija, no se sabe, mi respetable amigo, una palabra; son la verdadera laguna de la ciencia de curar; y como sucede en las demás ciencias con sus lagunas respectivas, nosotros, no pudiendo sanear la nuestra, hemos querido taparla con algo que deslumbre a los profanos; y la hemos puesto un mote en griego: la llamamos neurosis, o neuropatía, o histerismo... y con ello, queriendo explicarlo todo, no explicamos nada; pero salimos del paso con el paciente que se queja de que le canta y le aletea un canario en el pecho, o que le muerden ratones las alas del corazón, o que siente martillazos en el cerebro y vértigos que le hacen ir de cabeza cuando más descuidado está, o que no halla, a lo mejor, suelo firme en que pisar, a lo más deleitoso de su paseo... «Fenómenos histéricos sin importancia maldita,» le decimos, por decirle algo; y si con ello no se consuela, le añadimos aquello de «por males de nervios, nunca se tocó a muerto;» y si todavía no se conforma, le citamos a Juan, a Pedro y a Diego que padecen lo propio que él; y si ni aún esto basta, le añadimos que no tienen cuenta los años que llevan padeciéndolo. Ordinariamente, con esto se satisface... por de pronto. Fíjese usted bien -añadió con gran parsimonia el preopinante, después de apurar de un sorbo, bien sostenido, su copa de Jerez, y de echar la zarpa a un almendrado del platillo:- se consuela con lo mismo que desalentaría a otro enfermo que no fuera nervioso: con saber que sus males pueden durar tanto como su vida, por larga que ella sea. ¿Ha visto usted cosa más rara? -concluyó, hincando los dientes en el almendrado.

-Sí, señor -respondió el interpelado, sin titubear.- He visto, estoy viendo a cada rato, incurrir en el propio absurdo vulgarísimo a los mismos hombres de ciencia que se asombran de que el vulgar incurra en ellos.

-Verbigracia, yo, ¿no es eso? -repuso el mozo dando la segunda dentellada a su pastel.

-Cabalmente, -contestó el otro.

-Pues siento -dijo Casallena sin dejar de mascar,- que me haya usted tomado la delantera con la pregunta. Justamente iba yo a citarme a mí propio como ejemplo de ese absurdo. Sí, señor: yo, médico y todo, consulto mis males con el primer nervioso que me quiera oír, y me consuelo con saber que hay pacientes con mayor carga de ellos que la mía, y hasta me creo curado si se me asegura, con un testimonio vivo, que se llega a la vejez más remota con esa cruz a cuestas. Ya habrá podido usted observar -añadió el joven zampándose el tercero y último pedazo del pastel,- el singular deleite con que yo me permito departir con usted muy a menudo sobre estas cosas; con usted, el ejemplar más rico de variedades morbosas, de la especie en cuestión, que yo he conocido.

-Es favor -dijo aquí con mucha cortesía el aludido.

-Le juro, mi respetable y respetado amigo -replicó el otro sin atragantarse con el pastel que mascaba,- que es justicia seca, por desgracia de usted. Sí, señor; y usted no sabe todo el placer y bienestar que me proporciona, cuando en mis tristes alegatos, como los de hoy, me devuelve ciento por uno, y particularmente si a cada nuevo fenómeno de los que le pinto en mí, me responde que le conoce usted treinta años hace por experiencia propia...

-Tantísimas gracias, -recalcó el otro entonces, saludando con la cabeza.

-Es la verdad -prosiguió el médico,- aunque usted se empeñe hoy en meter el asunto a barato; y no por la increíble enormidad de que yo fuera capaz de gozarme en los padecimientos de usted, sino por el absurdo disculpable y corriente de que antes hablábamos; porque cuanto más envejecido veo en otro paciente el mal que me atormenta a mí, más garantías de larga vida me ofrece. De todas maneras, amigo y señor mío de mi alma -continuó el mozo dando la primera dentellada al último pastel del platillo,- dure lo que durare este suplicio que padezco... y padecemos, es muy duro de sufrir: no hay hora placentera, ni rato con sosiego; se desmedra y aniquila uno tontamente...

-Y ¿qué tal de apetito? -preguntó aquí de golpe y muy risueño el escuchante, después de echar una rápida ojeada al pedazo de pastel que tenía Casallena entre manos, y a la cacharrería desocupada que quedaba a su lado sobre la mesa.

-Pues gracias a que no le he perdido por completo -respondió el interpelado muy serenamente y sin alterar el ritmo acompasado de su masticación.- Con el estómago sin lastre, soy hombre muerto.

-Y por eso lastra usted a menudo, a lo que veo.

-Maquinalmente, créalo usted.

-¿De modo que con este lastre, ya no necesita otro... hasta el de la cena?

-Es posible que tome antes un sorbete... Me entonan mucho esas golosinas heladas cuando estoy nervioso, como estos días empecatados.

Sonriose aquí el hombre maduro, y, cambiando súbitamente de gesto, preguntó al mozo:

-Y dígame, compañero de plagas, y hablando con la mayor formalidad, sin que esto quiera significar que ha sido broma lo otro, ¿no ha hallado usted, en medio de las torturas de su neurosis, algo, relacionado con ella, que moleste más que la neurosis misma?

Meditó unos instantes el interpelado, mirando de hito en hito al interpelante, y acabó por encogerse de hombros.

-Pues yo lo he hallado muchas veces -dijo entonces el último:- ciertas gentes que le motejan a usted de huraño si sufre en silencio el azote de sus males; y le califican, con burla, de aprensivo, y le comparan con las mujeres dengosas, si les expone usted el motivo de la mala cara con que le ven y por lo cual le riñen. Para estas gentes, naturalezas de pedernal, nadie está enfermo mientras no lleve las tripas en la mano o la cabeza despachurrada. ¡Y esas mismas gentes, pletóricas de salud, llaman al médico a deshora porque tienen la lengua un poco blanquecina!

-¡No me hable usted de esas gentes! -exclamó el joven, exaltándose de golpe basta la indignación.- Las conozco bien; me han atormentado mucho con sus zumbas irracionales... No soy hombre sanguinario ni rencoroso; pero le aseguro a usted que, al oírlas, las hubiera pegado un tiro.

-Justamente -asintió el otro con la mayor sinceridad.- Un tiro. Es lo único que se me ha ocurrido a mí en cada caso idéntico; pero un tiro en la misma boca del estómago. ¡Egoístas! Y vamos a otra cosa: ¿quiere usted, no sanar, porque eso es imposible, pero aliviarse algo de esas tarantainas?

-Pero, hombre, ¡si llevo agotados cuantos recursos caben en todos los sistemas curativos, desde la hidroterapia hasta!...

-¡Qué hidroterapia ni qué camuesas! Todo eso es... barometría como dice un comprofesor de usted, que no ha querido ejercer desde que se toma la temperatura del enfermo con termómetro, y se le dan inyecciones de morfina entre cuero y carne. ¿Ha visto usted muchos carreteros con neurosis? ¿muchos cavadores?... ¿muchos hacendados de esos que parecen cavadores y carreteros?

-Ni uno.

-Pues ahí está el golpe: hágase usted un poco carretero, un poco cavador, un poco negociante; quiero decir, despréndase de aquello que más le separa espiritualmente del negociante adocenado, del cavador y del carretero, y verá usted cómo, poquito a poco, se va usted robusteciendo y entonando. El consejo no es nuevo ciertamente; pero no por viejo deja de parecerme más racional y recomendable cada día. Usted, como poeta, pero de los nacidos para serlo... Y note usted de paso, amigo Casallena, qué fino estoy esta tarde: antes le ponderé como médico, y ahora le ensalzo como poeta...

-Así estoy yo de abochornado y de corrido...

-Son más sinceros mis elogios que esa protesta; y si le he llamado la atención hacia ellos, es porque, como usted sabe muy bien, no los uso a diario... y vamos al asunto. Usted es poeta, repito; y como tal, lleva usted en el cerebro y en el corazón mayor cantidad de ideas y de sentimientos de la que proporcionalmente le correspondería si la distribución de esos dones la hiciera Dios por partes iguales entre sus criaturas más o menos racionales. Esa sobrecarga, amigo mío, es la que desequilibra y abruma, porque, con singularísimas excepciones, siempre cae en cuerpos que no pueden con ella. ¿Qué tiene usted que oponer a esta teoría?

-Nada absolutamente como teoría; pero como caso práctico referente a mí, mucho, ¡muchísimo!

-¿A ver?

-Ni yo soy poeta del calibre que usted me da, ni hay en mí esa sobrecarga de ideas ni...

-Pura modestia, más o menos falsa.

-Corriente; pues seamos inmodestos por un instante, y supongamos que llevo sobre mí ese excesivo bagaje que usted dice: ¿cómo me las arreglo para ser un poco carretero, y un poco cavador, y?...

-Escandalícese del consejo, y llévenme a la cárcel, por dársele, los que no sean cavadores, ni carreteros, ni hacendados que lo parecen; pero tómele si tiene mucho apego a la pelleja: no haga usted coplas.

-¡Santas y buenas! Pues si no escribo una medio siglo ha...

-El escribirlas es lo de menos: lo grave está en pensarlas, en el condenado vicio de estar revolviendo de día y de noche el rescoldo de la mollera. Eso es lo que mata. Haga por olvidar que le tiene allí, acostumbrándose poco a poco a mirar más hacia afuera que hacia adentro; déjese de ser haragán, y conviértase en hombre trabajador.

-Perdone usted; pero me parece que no casa bien con lo otro de las fatigas y vigilias de que usted quiere descargarme, para mejorar de salud, eso de llamarme haragán...

-Es que no soy yo quien se lo llama: se lo llaman el cavador y el carretero, y el negociante rico que parece carretero y cavador. Para estos vanidosos del trabajo, no merece tal nombre el que no pueda traducirse inmediatamente en fruto positivo y material, como el trabajo del buey. Pasarse las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, luchando a brazo partido con los fantasmas de la cabeza; perder la salud y la vida por dar forma, y color, y movimiento en un rimero de cuartillas a un mundo que le bulle a usted en embrión en la sesera, no es trabajar ni Cristo que lo fundó. Los trabajadores de esta especie son vagos de profesión en el concepto de aquellos caballeros admiradores del buey, lo cual no impide que, cuando son ponentes en un litigio sobre ochavos, o se quejan en público de una infracción de las leyes de policía urbana, hagan gemir las prensas con el dictamen o el «remitido,» y guarden «el impreso» como título glorioso, después de asombrarse de que no se haya desquiciado el mundo al conocerle. ¿Me va usted comprendiendo mejor, amigo Casallena?

-Perfectamente, señor y amigo de toda mi consideración y respeto; pero si tan racional y recomendable es el consejo que usted me da para curarme de mis males, ¿por qué no le utiliza usted para curarse de los suyos, que tienen la misma procedencia?

-Porque no lo hice cuando era tiempo de hacerlo; hoy, comenzando a envejecer y encenagado ya en el vicio, no tengo fuerzas para desarraigarle ni tiempo para empeñarme en ello. Además, por cuestión de esos cuatro días más o menos que me quedan, ¿a qué cambiar de postura? Prefiero pasarlos de borrachera en borrachera, hasta morir, como el beodo del cuento, abrazado a la cuba de mis amores. Y con esto dejémoslo, que es peor meneallo; y siquiera para demostrarme que quiere usted poner en práctica mi consejo, mire usted hacia afuera y recree los ojos un instante en ese ramilletito que pasa. Cuatro son las flores, ¡y qué bizarras! ¿Quiénes son ellas? Quiero decir, dos de ellas, porque a las otras dos ya las conozco, así como a la señora que las acompaña.

Volviose todo ojos Casallena, después de afirmar sus lentes sobre la nariz, y respondió, alargando mucho el cuello hacia el ramillete, como si intentara olerle:

-Las dos desconocidas son forasteras: crema fina de Madrid.

-Vamos, de esa que usted canta cuando pulsa la lira de los salones... ¡y ese sí que es vicio feo!

Sonriose Casallena como si tomara el dicho por una de las cosas compasibles de su interlocutor, y díjole:

-¿Volvemos al ramillete?

-Con mucho gusto; y digo a ese propósito que me han parecido mejor que las dos madrileñas, las otras dos de acá que las acompañaban... porque, o yo no he visto bien, o eran las de Brezales. Parece mentira que sean hijas de tal padre... buena persona en el fondo, eso sí; pero de un corte de todos los demonios. La morena es cosa superior: tiene una cara de enigma tebano, que se la doy al más valiente.

-Sobre todo, de una temporadita acá, -apuntó maliciosamente Casallena.

-¡Hola, hola! Conque de una temporadita acá... ¿Y qué enfermedad es ella, señor doctor?

-Pensé que usted la conocía, y por eso aventuré la observación.

-Le juro a usted que no sé palabra.

-¿Es usted de fiar?

-¡Hombre! ¿Esas tenemos ahora?... ¡Tras de las intimidades que nos hemos confiado?

-Es que la dolencia de que se trata, no es del cuadro patológico de las nuestras.

-Tanto mejor para conocida..

-Le aseguro a usted que si no mienten mis informes, y son el Evangelio, hay en el caso para un comienzo de novela.

-¡Para un comienzo de novela! ¡Y se lo callaba usted! ¡Ni que anduvieran tiradas por los sucios esas cosas!

-¿Ve usted cómo no resulta hombre de fiar? ¡Si conoceré yo a las gentes!

-Señor de Casallena, tentador de apetitos contrariados: ¡el caso, o la vida!

-¡Canario! ¿Es seria la intimación?

-A muerte.

-Pues siendo así, no vacilo en la elección. Entrego el caso.. Oiga usted lo que se dice, y es la pura verdad...

Pero no pasó de aquí la historia, porque aparecieron delante de los dos interlocutores, y en el vano de la puerta del café, hasta tres amigos de ambos, concurrentes infalibles a la mesa a aquellas horas. Mozos eran los tres, y, año arriba, año abajo, de la edad de Casallena. Soldados de una misma legión, también tenían su correspondiente nombre de guerra, por el cual eran bien conocidos; porque hay que advertir que Casallena no se llamaba así ni en los registros civiles ni en los libros parroquiales. Juntos peleaban a menudo en el revuelto campo de las letras; y aunque bisoños los cuatro, habían ganado ya lauros que los hacían bien merecedores del entusiasmo con que luchaban por ellos, en el vagar que les dejaban las tareas de sus deberes profesionales. Dicho sea en honra suya, eran, con sus no muy viriles frontispicios, desgarbados por la insulsa indumentaria que imponían las leyes de la crema elegante, una ejemplar excepción entre muchos de sus congéneres: esa juventud frívola que se conforma con vestir a la última moda y caer bien en los salones de tono, y tiene en poco a los que saben algo de más jugo que eso. Los tres saludaron al hombre de la cara hosca, de los lentes de oro y de las barbas grises, con un apelativo más cariñoso que puesto en razón, y fueron correspondidos con sendos y cordiales apretones de manos. El más mozo de los cuatro amigos, y, por ende, de los tres recién llegados, Juan Fernández de mote, era la encarnación palmaria de la alegría descuidada y bulliciosa. Hablaba a voces y se reía a carcajada seca; atestaba sus ocurrencias de equívocos chispeantes, y con el sombrero en la coronilla, las manos acá y allá, las piernas como las manos, los grises ojos retozones y la voz desembarazada y resonante, remataba sus vehementes períodos con citas atinadísimas de personajes estrafalarios o de autoridades de gran nota. Escribía mucho y con frecuencia; y con ser tan hablador, aún corría más su pluma que su palabra. Pero, por una de esas incongruencias fenomenales en que se complace a menudo la naturaleza, este mozo, tan regocijado y tan ligero en su trato familiar, tan chancero y risotón, no escribía jamás en broma. Dábale el naipe por los asuntos serios, y era un dogmatizador de todos los diantres y un crítico de los más hondos.

Pues este tal, picando en muchos puntos a la vez y metiéndolos todos a barato, entre restregones de pies, crujidos de la banqueta y disparos de carcajadas, tuvo la culpa de que a Casallena se le olvidase, cuajada en la misma punta de su lengua, la historia que había prometido al señor de la cara hosca. Pero no era éste de los que renuncian fácilmente a satisfacer los antojos de la curiosidad, cuando les muerde de veras; y en aquella ocasión le mordía de firme por lo visto, pues apenas hubo pasado lo más recio y estruendoso de aquel coreado palabreo, encarose con Casallena y le dijo:

-Venga ahora eso que iba usted a contarme cuando entró esta gentezuela.

Pero también esta vez se le atascó la historia en la garganta, y fue causa de ello la presencia de un nuevo personaje que se acercaba entonces a la mesa desde el fondo del café.

Mozo era también, como los otros cuatro; pálido, más que algo pálido; miope, afilado de faz y no muy medrado de cuerpo. Andaba con lentitud y sin hacer ruido con los pies. Llevaba entre los dientes una pipa de espuma, a medio culotar, y en la pipa un disforme tabaco con sortija; los brazos muy pegados al tronco, y las manos en los bolsillos del pantalón; el espinazo bastante encorvado, y el cuello muy erguido, por lo cual lo primero que se veía, y más chocaba en él, eran dos cosas: la cruz que formaba su puro descomedido encalabrinado en la pipa, con la línea horizontal de su fino bigote, y el centelleo de sus lentes, heridos de plano por la luz. Vestía y calzaba según los cánones más rigorosos de la moda reinante, y era limpio y atildado de pies a cabeza, en persona y en arreo. Los que sólo le conocían de verle en público tal como queda descrito, le tomaban por el prototipo del gomoso insubstancial y petulante, y abominaban de él. Después de tratado a fondo y de conocer sus gustos y su correa para conllevar impávido contrariedades y achaques que a otres hombres más fuertes los ponen a morir, se convenía en que era mozo de raro temple; cuando estos datos se sumaban con su estilo descarnado y lacónico y con ciertas y bien comprobadas genialidades, resultaba un carácter, cosa que no abunda en los tiempos que corren, y menos en los mozos que se usan; y, por último, después de añadir a esta ya respetable suma la cuenta que daba de lo que había visto, y sentido y observado en sus largos y extraños viajes, llegaba a confesar el más duro de convencerse, que en aquel cuerpo endeble había también un alma de artista. Y no quedaba otro remedio que estimarle muy de veras y añadirle a la suma de los pocos que, a su edad, son dignos de que les estrechen la mano los no muchos hombres ya maduros que no se corrigen del pecado de creer y proclamar que hay trabajos y aficiones que, aunque producen menos, ennoblecen mucho más que el trabajo y el instinto del buey; sin que esto quiera decir que los trabajos de esta índole no sean útiles y honrosos, cuando son limpios. Pero ya que tanto se ha ensalzado a la hormiga, justo es que alguien se atreva, de vez en cuando, a declarar lo que tiene de bueno la pobre cigarra.

Llegó el joven a la mesa; saludó en pocas palabras y con suma cortesía; fue muy cariñosarnente recibido; sentose sin hacer ruido al lado del señor de las barbas grises y la cara hosca, que se la puso bien risueña, por cierto; quitose de la boca la pipa para frotarla un ratito con su pañuelo y pedir al camarero, que se le acercó, una bebida helada; volvió a pulso la pipa a su boca, y se dispuso a oír en absoluto mutismo y con estoica tranquilidad, lo que en aquel concurso se debatiera o se murmurara.

No se sabe a ciencia cierta si Casallena después de saludar a su amigo, estuvo dispuesto a cumplir su compromiso empeñado con el señor de enfrente: lo que no tiene duda es que este señor, apenas vio que ahumaba ya la pipa del joven recién venido, se encaró con Casallena otra vez, y le dijo, rebosando la impaciencia en sus palabras:

-Vamos, continúe usted ahora, o, mejor dicho: comience usted con mil demonios. ¿Qué es lo que le pasa «de una temporadita acá», a la chica mayor de?...

Indudablemente estaba de malas aquel asunto tan apetecido por la curiosidad del interpelante, porque ni siquiera le fue dado a éste terminar su interpelación. Impidióselo en su amigo y coetáneo que se plantificó de golpe y porrazo, como llovido de las nubes, delante de la mesa por el lado de la calle. El cual amigo, aunque de aire decente, no era alto ni muy derecho, ni elegante en el sentido que dan a esta palabra los fieles vasallos de la moda: en su ropaje, aunque de buena calidad, había abusos de tijera por resabios y manías de otros tiempos. Su cara, de buen color, era aguileña, su gesto habitual, de pimienta con vinagre; el corvo pico de su nariz le partía en dos porciones iguales el entrecano bigote, y le caían hacia los hombros, enrarecidas y lacias, unas patillas grises que habían sido en otra edad tupidas, negras y lustrosas. Estaba en muy buenas carnes, y eran contadas las personas que, al llamarle, anteponían el don a su nombre de pila, Fabio. Para todo el mundo era Fabio López; y nada más puesto en razón tratándose de un hombre como él, que era un talego de cosas, sempiterno mozo disponible, y con un espíritu, cuando estaba de buenas, juvenil y brioso como en los tiempos primaverales de sus campañas universitarias.

Llegando, pues, este sujeto como él llegaba de ordinario a aquel sitio y otros tales, hablando a voces y encajando en cada frase media docena de interjecciones crudas, entre mordisco y chupada a su cigarro sempiterno y de los peores, increpó de este modo a los cinco mozos de la tertulia, casi al mismo tiempo que arrancaba con los dientes el tercio superior de su tabaco, que parecía un hisopo:

-¿Qué canastos hacéis aquí vosotros, pollos invernizos, mientras andan por ahí afuera esas mujeres tan guapas, muertas de necesidad? ¡Reconcho, qué morena! Cada día me parece mejor. Ahí arriba me he topado con ella. ¡Canastos, qué ojos tiene, y qué despachaderas en el gesto! Esas, esas son, reconcomio, lo que hay que apetecer: las que a mí me gustan; las bravías; que haya que cogerlas a lazo y sujetarlas con acial. ¿No es verdad, compañero? (su coetáneo). ¡Canastos, qué mujer esa!... Verdad que a usted ya le tienen estas cosas sin cuidado... ¡Si fuera usted un pobre huérfano desamparado como yo!... Y tú, Casallena de los demonios, ¿para cuándo guardas las coplas finas y el ponerte tristón y languiducho? De seguro, para lavar la cara a las cursis de Madrid, como las que iban con ellas... Con ellas he dicho, porque, canastos... ¡mira que la hermana, en su clase de rubia garapiñada!... Te digo que debe ser una pura guindilla... Hombre, tú, que eres médico, y a propósito de estos delicados particulares, ¿cómo me explicas ese fenómeno... fisiológico?... ¿Cómo de un padre tan feo y tan bruto, pueden resultar dos hijas tan guapas? ¡Canastos, qué morena!... Córrete un poco allá, Picolomini, mal jurista, que hoy necesito yo mucho espacio y mucho viento... y mucha fragancia marina, como decís los poetas de regadío; muchas sales de... ¿de qué, Casallena? Porque resulta ahora que las aguas del mar abundan en sales de... en fin, de esas que vienen a respirar los escrofulosos de Zamarramala, engañados por los de tu oficio. Pues de esas sales necesito yo también ahora, o del aire que las trae, que no es lo mismo; y además... ¡Casaa!... ¡Así llaman los de Becerril al mozo del café!... ¡Concho, qué brutos!... Tráete un vaso de agua con azucarillo; y por si acaso está muy fría, tráete también la botella de coñac para echarla unas gotas. Pues sí, señor: la trigueñita esa, es cosa de verse de cerca. ¿Usted, compañero, ya ha tomado su uvita para amortiguar las neuralgias? ¡Canastos! en otros tiempos se curaba usted las murrias que le partían, con canutillos a pasto... ¡Eso sí! arrojando siempre la punta de ellos, con cara de asco, como si los tragara a la fuerza, cuando lo hacía porque no llegaba la crema hasta allí. ¡La hipocresía de la gula!... por la falta de creencias. Ahora, todo lo malo que se hace es por la falta de creencias. ¡Canastos con la falta de creencias! Ya estoy yo de esas faltas hasta la coronilla... Para eso, el pobre Casallena no se ha tomado, contando por los indicios visibles y los antecedentes que se le conocen, más que un chocolate con media arroba de tostadas fritas, dos platillos de pasteles y una copa de Jerez. ¡Ángel de Dios!... Pero, hombre, éste siquiera tiene la franqueza de su voracidad: se come hasta las migajas, y lame las paredes del pocillo. Lo peor es que, para lo que te luce... Y ¿dónde habéis dejado al gomoso de mi otro sobrino? ese sportman platónico, quiero decir, sin caballo ni esperanzas de tenerle... casi lo propio que el amigo que le ha pegado esos vicios y no tiene más cabalgadura que una pollina casera. En octubre la manda a estudiar a los montes de su lugar, y en junio se la traen pelechando. Pues apuesto una desazón a que ese sobrino mío está esperando en casa el perfumado billete de la última condesa de Madrid que se ha prendado de él, sólo con verle pasar por enfrente de sus balcones. ¡Canastos con los tenorios anodinos que se gastan ahora!... Por supuesto, también por la falta de creencias... ¡todo por la falta de creencias!... Pues volviendo a la rubia, quiero decir, a la otra, porque yo prefiero, pero con mucho, ¡con muchísimo! a la morena... ¿qué demonios me han contado a mí de esa real moza, ahora que me acuerdo? Pues yo algo sé... por supuesto, de lo limpio... Y después de todo, a mí ¿qué canastos me importa? Agua que no has de beber... Pero conste que su padre no se la merece, ¿no es verdad, muchachos?... Ni tampoco ninguno de vosotros, con franqueza, aunque la modestia o la necesidad os haga crear cosa muy distinta... Esa mujer debió haber nacido en mis tiempos, cuando los elegantes no andábamos, como los de hoy, en babuchas y de corto y apretado por la calle, como niños zangolotinos... ¡Reconcho, qué raza y qué modas!...

Y así sucesivamente: los amigos del preopinante escuchaban a veces riéndose, y a veces temblando de miedo, a que entre aquel encadenamiento de ocurrencias fulminantes, expelidas a voces, estallara a lo mejor una claridad que resonara demasiado en los ámbitos del café, que iba colmándose poco a poco de concurrentes; pero no pudieron meter baza por ningún resquicio del monólogo. El alud los arrollaba siempre, hasta que entrando en escena nuevos contertulios, este pintor, aquel periodista, el otro estudiante y el recomendado de más allá, la tormenta fue calmándose, y se encauzó la murmuración, haciéndose más extensa.

En esto se andaba, citando se plantó delante de todos, en la acera inmediata, el mismísima señor de los Brezales, como él se firmaba, o Brezales a secas, como le llamaba todo el mundo. Ya se ha dicho de este sujeto que era el tipo de la vulgaridad enriquecida; y aquí se confirma el aserto, con la añadidura de que era así, no sólo en conjunto, sino en cada uno de sus pormenores físicos y morales: vulgar de pelo, y de orejas, y de pies, y de bigotes, y de espaldas, y de ojos, y de ropa... vulgar, en fin, hasta en la manera de atreverse a ser chancero y gracioso, o solemne y profundo, según los casos, entre gentes de poco más o menos, con la osadía que da a los hombres de escaso meollo la posesión del dinero atropado con la escobilla del atril. Gentes de poco más o menos eran para él las de la mesa; y por serlo, se anunció a ellas con el registro chancero en esta forma:

-¿A quién se despelleja hoy aquí, señores del plumeo?

-Precisamente a usted y a toda su casta, -respondió López con la velocidad y la fuerza del rayo.

El señor de los Brezales soltó una carcajada. Pura broma, para corresponder a la del otro. Porque toda aprensión podía entrar en su cabeza, menos la de que fuera, en ningún caso, materia despellejable un hombre tan rico y tan serio como él, y que, además, se carteaba íntimamente con un «estadista» de los más sonados.

-¡Ah, pícaros, beneméritos de una cárcel! -añadió a la carcajada.

-En cambio -replicó el implacable López,- a otros, con menos títulos, los creerá usted merecedores de la patria... y así va el mundo chapucero...

-¡Oh, qué buenas cosas tiene este don Fabio! -dijo brezales volviendo a reírse, pero sin caer en la cuenta de que merecedor no significaba lo mismo que benemérito; y luego, cambiando de tono y de actitud, prosiguió:- Vamos a ver, caballeritos: yo ando reclutando gente, y a eso he venido aquí.

-Y ¿para qué es la recluta? -le preguntaron.

-Para la junta de ahora mismo -respondió.- ¡Pues me gusta la ocurrencia! ¿No han visto ustedes la convocatoria en El Océano de esta mañana?

Nadie de los presentes se había enterado de ella.

-¡Ésta es más gorda! -añadió Brezales verdaderamente asombrado.- Son ustedes, si mis noticias no fallan, los que escriben ese papel, y ahora resulta que no saben lo que en él se dice. ¡Así anda ello!

-Pero ¿de qué junta se trata, mi señor don Roque? -preguntó Casallena con su voz suave y acompasada.

-De una extraordinaria -respondió solemnizándose un poquito el interpelado,- que va a celebrar dentro de media hora la Alianza Mercantil e Industrial...

-Para el fomento -interrumpió Casallena,- y desarrollo de los intereses locales... Ya recuerdo el título.

-Y de la cría caballar -añadió Fabio López a media voz; y luego volviéndose a Brezales y soltándola toda, le preguntó:- Y ¿qué tenemos nosotros que ver con eso?

-Por si lo tienen me he acercado aquí -respondió el buen hombre.- ¿Ninguno de ustedes es socio?

-¿Qué canastos hemos de ser? -exclamó el otro.- Esa sociedad es de hombres de mucho pelo, y ésta que usted ve aquí es gente de escasa pluma.

-Pues es de lamentar -dijo Brezales,- porque convendría que los que redaztan papeles concurrieran allá para pintar las cosas tal y como son en sí, y no salirnos luego con un sinfundio por fiarse demasiado del relate de otro.

-Pero ¿tan importante va a ser lo que allí se ventile? -le preguntaron.

-¡Importantísimo! -respondió Brezales acabando de solemnizarse y de erguirse.- ¡Muy importante! Se van a presentar a la discusión de la Junta tres proyectos maníficos. Los conozco bien, porque se me han consultado repetidas veces. He tenido ese honor.

-¿Y de quién son, si puede saberse? -preguntó el coetáneo de Fabio López.

-¿Pues de quién han de ser, canastos? -exclamó éste, revolviéndose mucho sobre la banqueta:- de Joaquinito Rodajas. Apostaría las narices.

-Pues se quedaría usted sin ellas -replicó el candoroso Brezales,- porque los proyectos no son de ese caballero, a quien no tengo el gusto de conocer, sino de otro que, por cierto, no es estimado aquí en todo lo que vale... porque somos así; pero que vale mucho, ¡muchísimo! ¡Oh, qué gran muchacho! Jamás le pagará la población la mitad de lo que le debe.

-¿Y no se puede saber quién es esa segunda Providencia que nos ha caído de lo alto? -preguntó el de los lentes de oro y la cara hosca.

-Joaquinito Rodajas, hombre: ya se lo tengo dicho, -respondió su coetáneo, poniéndose hasta de mal humor.

-Y yo vuelvo a repetir -dijo midiendo las sílabas el sencillote Brezales,- que padece usted una equivocación, señor don Fabio. No son de ese los proyectos; y en penitencia de la terquedad de usted y del poco aprecio que hacen todos ustedes de estas cosas tan interesantes para el fomento y desarrollo de los intereses locales, ni les digo ahora a qué se confieren los proyectos, ni el nombre de su autor. Cuanto más, que mañana se sabrá todo por los papeles públicos. Y con esto me voy, porque ya irá a empezar aquello, y hay que dar ejemplo de puntualidad... Si por caso ven ustedes algún socio de La Alianza, háganme el favor de arrearle para allá de mi parte... Con la tonía y la pachorra de estas gentes, no se puede atar con arte cosa que valga dos cominos. Adiós, señores.

Y se fue, y le cortaron un nuevo sayo los de la mesa; y como ya comenzaban los sirvientes a encender los mecheros de1café, señal de que también estarían encendiéndose las luminarias del ferial, espectáculo que no perdía nunca el amigo y coetáneo del hombre de la cara hosca, y a éste le iba pareciendo demasiado fresco el ambiente que se colaba por la puerta abierta, marcháronse también los dos antiguos camaradas, apretándose el uno los ijares de vez en cuando, y taciturno y avinagrado el otro, indefectible término y paradero inmediato de las mayores alegrías de aquel singular temperamento.




ArribaAbajo

- III -

A claustro pleno


Como en la escalera no había otra luz que la del mechero de la meseta del segundo piso, donde estaba el domicilio de La Alianza Mercantil e Industrial, para, etc., etc., el acaudalado Brezales tuvo que subir a tientas y con tropezones los primeros tramos, bisuntos, desnivelados y estrechos, y acometer después, con las manos por delante, los retorcidos corredores de la casa, porque de la luz del mechero, aunque estaba abierta de par en par la puerta de ingreso, no alcanzaba al interior más claridad que la estrictamente necesaria para que viera el entrante lo denso de las tinieblas en que se zambullía. Envuelto ya en ellas don Roque, comenzó por arrimar su abrigo de verano a la pared, creyendo que le colgaba de la percha, que debía de estar por allí, sobre poco más o menos; y guiándose después por el rumor de las conversaciones de los consocios que se le habían anticipado, pudo llegar al salón que buscaba, sin detrimento grave de su respetable persona.

El tal salón era relativamente espacioso y estaba empapelado de obscuro, por lo que no alcanzaban a ponerle a media luz las de seis medias velucas que se quemaban en dos candeleros de zinc bronceados, que había sobre la mesa presidencial, de modesto cabretón en blanco, con tapete verde, y en dos palomillas de hojalata, contiguas a las jambas de la puerta. La mesa de cabretón, tres sillas adjuntas a ella y como cuatro docenas más arrimadas a las paredes, componían el pobre, pero honrado ajuar de aquella estancia y de la casa entera, alquilada por lo más granado y pudiente del comercio y de la industria, etc... de aquel rico pueblo, para tratar, con el necesario reposo y la debida comodidad, los asuntos enderezados al «fomento y desarrollo de los intereses locales.» Cuando se constituyó la sociedad, el presidente (cuya elección fue una verdadera batalla, porque las falanges de Brezales, que le disputaba el campo, lucharon como leones), que era hombre de buen gusto, y otra docéna de «despilfarrados» como él, trataron de vestir y de alumbrar el local con cierta decencia, que, cuando menos, le hiciera algo llamativo, ya que no resultara, ni con mucho, en consonancia con el esplendor de sus altos destinos. Pero se presentó en la primera junta general un voto de censura fulminante contra los atrevidos, alegando los proponentes, entre otras cosas, que allí no se iba a hacer vida muelle y regalona a expensas de nadie, sino a trabajar y a desvelarse por el bien de todos; por el «fomento y desarrollo de los intereses locales;» que todos estos trabajos y desvelos estaban reñidos con los perfiles del lujo, sin contar con que el comercio, el verdadero comercio, el comercio de los sudores y de los honrados afanes, era de suyo modesto, sencillo y, si bien se miraba, hasta un poco desaliñado y grasiento; que, después de todo, ¿qué más daba una banqueta de pino desnudo, que un sillón de terciopelo; una araña de treinta luces, que un candil de cocina? ¿Tenían algo que ver estas chapucerías de damisela con los importantes asuntos que iban a ventilarse en la casa de La Alianza Mercantil e Industrial, para el fomento y desarrollo de los intereses locales? Vela más, colgajo menos, ¿daban ni quitaban razones en los debates que pudieran promoverse allí? Hubo entre los agredidos de este modo quien se atrevió a replicar humildemente (en vista de que estaba con los suyos, para aquellos y otros análogos particulares, en una insignificante minoría), que bien que el cogollo y nata de los acaudalados de la famosa plaza mercantil se sentara, para celebrar sus juntas más importantes, en banquetas de pino, o en el suelo y hasta en cueros vivos, como los guerreros de Campolicán, si esto les parecía más cómodo y más barato, y hasta les engordaba; pero en cuanto al alumbrado, ¿por qué no había de aumentarse, siquiera con una libra de bujías, cuando las juntas se celebraran de noche, para no entrar a tientas por los pasillos y poder verse las caras los socios en el salón? Así como así, con el aumento de bujías y todo, no llegaría la cuota mensual de cada socio a media peseta. Faltó poco para que se le zamparan por el atrevimiento los protestantes, cuyo leader era Brezales, no por roñoso, sino por haber sido derrotado por ellos en la elección de presidente. Y como, además de esto, se había presentado ya otra proposición, que tenía muchos partidarios en la sociedad, solicitando que ésta se trasladase a un local que los firmantes habían hallado en un barrio más modesto, y que sólo rentaba cinco reales y cuartillo, importando muy poco, al lado de esta gran ventaja, las dos tabernas contiguas al portal, y la pobreza mal oliente de los vecinos de la escalera, los de la minoría, por no perderlo todo, transigieron en lo del alumbrado, y así seguían las cosas.

Se cuentan aquí todos estos pormenores, que a algún suspicaz pudieran sonarle a pujos de meterse de mala manera en la hacienda del excusado, o cuando menos a voto de censura a los araucanos de aquella mayoría, pura y simplemente porque no se dude de la veracidad del historiador, al describir, como se ha descrito, la desnudez y las tinieblas de aquellos ámbitos, tan ilustres por sus destinos. Se sabe ya, pues, por qué no había más luz ni mejores muebles en el local de La Alianza Mercantil e Industrial, etc., etc., y queda a salvo de la tacha de inverosímil, entre las gentes «despilfarradoras,» la pintura que se hizo de aquel cuadro. Y adelante ahora con el cuento, es decir, con la historia.

Cuando entró Brezales en la sala, aún no había comenzado la sesión, y los concurrentes, de pie y fumando los más de ellos, departían en corrillos sobre el triple objeto de la convocatoria, o sobre la importancia o impertinencia de cada uno de los tres proyectos; o bostezaban de fastidio, según las circunstancias y los genios; pero sobre todos los rumores del salón, descollaba la voz del proyectista, rebozada, digámoslo así, en el continuo y desacorde crepitar de los papeles que manoseaba y revolvía hacia un lado y hacia otro, hacia arriba y hacia abajo, golpeando sobre ellos a lo mejor y metiéndose los al más frío por los ojos. Tras el hechizo de aquella voz se fue el bueno de Brezales, paso a paso y de puntillas, con las manos cruzadas sobre los riñones, la cabeza un poco vuelta y el oído en acecho. Llego así al grupo, conteniendo hasta la respiración y haciendo señas con un dedo sobre los labios para que no se diera nadie por entendido de su llegada; se colocó detrás del sustentante, bajando mucho la cabeza y retorciendo un poco más el pescuezo para recoger, con el único oído que de algo le servía, hasta las migajas de aquel sabroso palabreo; y cuando el hombre que se desmedraba por el bien de sus ingratos convecinos puso fin al razonamiento que tenía entre dientes a la llegada de Brezales, éste, conmovido de entusiasmo, le abrazó por la espalda, exclamando al propio tiempo:

-¡Eso es hablar con substancia! ¡Eso es pensar con aplome! ¡Eso es hacer algo por el verdadero progreso de la localidad! Señores -añadió dirigiéndose a todos los del grupo,- hay que votar eso y que apoyarlo... hay que echar hasta los hígados para que se realice, y para ello cuenten ustedes con lo que soy, con lo que tengo y con lo que valgo.

El de los proyectos se volvió hacia Brezales, de cuya presencia no se había percatado hasta entonces; y tras una mirada de alto abajo, que, bien leída, significaba «eso es lo menos que yo sé discurrir cuando me pongo a ello,» y respondió en voz melosa y con disfraces de tímida.

-Gracias, señor don Roque; pero verá usted cómo no pasa ninguno de los proyectos, como sucede con todo lo verdaderamente serio y útil que se presenta aquí. A mí, personalmente, poco me importa, porque confío en que no ha de faltar en el día de mañana quien haga justicia a mis desinteresados desvelos; pero lo siento por este pueblo que os vio nacer, en cuyo daño vienen a parar todas esas... miserias, por no decir otra cosa.

-¡Envidias! dígalo usted, y muy alto, porque es la verdad -exclamó Brezales, decidido ya a todo por obra de sus entusiasmos.- Envidia, envidia y no más que envidia.

-Eso -dijo humildemente el otro,- a Dios que los juzgue; pero bien pudiera ser.

En esto se oyó, hacia la única mesa que había allí, el repiqueteo de una campanilla clueca, señal de que iba a comenzarse la sesión. Los concurrentes, sin dejar de fumar los que fumando estaban, fueron arrimándose a las paredes del local, descubriéndose poco a poco y sentándose en las sillas. Ocuparon las suyas detrás de la mesa el presidente y dos individuos de la junta directiva; y después de los trámites de reglamento, aquel señor, de buena traza por cierto, con palabra bastante fácil y no mal estilo, dio cuenta del objeto de la reunión. Hecho esto, dijo:

-El señor don Sancho Vargas tiene la palabra.

El aludido por el presidente era el hombre de los tres proyectos. Ocupaba una de las sillas arrimadas a la pared frontera a la mesa. Le hería de lleno la extenuada luz de uno de los cabos de la puerta, y se le distinguía bastante bien a tres o cuatro pasos de distancia. No había nada más visto que él en la población, y quizás consistiera en eso el poco relieve que daba su persona en el flujo y reflujo, en el ir y venir del público semoviente. No chocaba por alto ni por bajo, por flaco ni por gordo, por guapo ni por feo; lo mismo decía su cara afeitada al rape, que con barbas; igual le sentaba el vestido flojo y descuidado, que el traje de media etiqueta, y tanto daba suponerle una edad de cuarenta años, como de sesenta y cinco. Las dos caían bien en su físico adocenado e insignificante. No era nativo de aquella ciudad, a la cual, siendo él muchacho aún, se había trasladado su padre desde otra relativamente cercana y donde la suerte no se le mostraba muy propicia en sus especulaciones mercantiles. Mientras fue mozuelo, no se le conocieron otras aficiones que el atril del escritorio, el fisgoneo de las vidas ajenas y la compañía de los «señores mayores.» Muerto su padre, continuó él, su heredero único, los negocios de la casa, ni muchos ni muy lucidos. Esto acabó de afirmar allí su reputación de juicioso y serio; y como hablaba en juntas, comisiones y corrillos formales, y ponía comunicados en el «órgano de la plaza» sobre el ramo de policía y capítulos del arancel de Aduanas, y nunca se sonreía, y además desdeñaba el trato de los hombres algo mundanos, artistas, poetas y demás «gente perdida» de la sociedad, ciertos señores del comercio le admiraron, y aun le juraron por listo y por capaz de todo lo imaginable... Y como la espuma desde entonces.

Alzose el tal de la silla, con el rollo de sus papeles entre manos, y comenzó a hablar en estos términos, palabra más o menos, con voz lenta, algo flauteada y temblorosa, como la de aquel que tira del hilo de su estudiado discurso con miedo de que se rompa o se le trabe a lo mejor:

-Señores: me levanto con el temor y la cortedad que son propios de las personas humildes como yo, cuando, después de concebir grandes, colosales proyectos, se creen en el deber patriótico de exponerlos ante un concurso tan ilustrado como el que en este momento me presta su atención. («¡Bravo!» en varias Partes de la sala.) Además de estos motivos, hay otros particularísimos a mi humilde persona, que me hacen confiar muy poco en el buen éxito de mis tres últimos proyectos; y digo últimos, porque, amén de los ya bien conocidos de todo el mundo, tengo otros, igualmente vastos y transcendentales, que no conoce nadie más que el modesto ciudadano que tiene el honor de dirigiros la palabra en este instante, y que de día y de noche, robando las horas al sueño y al descanso corporal, se sacrifica al bienestar de sus semejantes y al engrandecimiento de la ciudad que casi le vio nacer. (¡Ah! ¡Oh! ¡Mucho! ¡Mucho!) ¡Gracias, señores míos; gracias por los alientos que me infundís con esas muestras de cariño a mi humilde persona! Y ya que se toca este punto, entiendo yo, señores, que estoy en el deber de dejarle bien ventilado antes de pasar más adelante en mi discurso. Sí, señores, yo me desvelo, yo me desmejoro, yo me desvivo por hacer algo, por crear algo, que no se ha hecho aquí todavía, porque quizás no se ha sabido hacer, o no ha habido hombres con bastantes agallas para intentarlo. Yo con la pluma, yo con la palabra, yo con mi prestigio (que alguno tengo aquí y fuera de aquí; aunque me esté mal el decirlo), he trabajado, vengo trabajando, como todos sabéis, de muchos años a esta parte, en todos los ramos de los intereses materiales: desde la policía urbana, hasta lo que vais a tener el honor de conocer dentro de unos instantes; y todo por la prosperidad y engrandecimiento del pueblo que os vio nacer; y debo decirlo muy alto: me envanezco de verme poseído de este sentimiento patriótico; de ser tan patriota como el primero... ¡más patriota que ninguno de mis convecinos, por muy patriotas que sean! («¡Bravo, bravo!» en los sitios de costumbre.) Pues bien, señores, así y todo, yo tengo enemigos, y de muy varias calidades: hay quien pone tachas a mis concepciones, y más de dos sabiondos que llaman de zapatero a mi estilo. Así, señores, ¡de zapatero! Claro está, señores, que yo desprecio estas miserias, porque estoy a inmensa altura comparado con toda esa cáfila de charlatanes envidiosos. («¡Por ahí, por ahí!» en las sillas de siempre.) Sí, señores, ¡de envidiosos! ¡La envidia! Ésta es la rémora en este desdichado pueblo que casi me vio nacer (¡Bravo, bravo!), donde jamás habrá armonía entre los elementos pudientes, ni se llevará a cabo mejora que valga dos cominos, porque a los hombres de genio se les ahoga; y basta que una cosa la proponga Juan, para que la combata Pedro, su envidioso enemigo, por buena y útil que ella sea...

Al llegar a esta palabra el orador, le atajó el presidente con un recio matraqueo de la campanilla acatarrada.

-Estoy a las órdenes de Su Señoría, -dijo enfáticamente el atajado, soñando, quizás, en sus modestas alucinaciones, que en aquellos instantes estaba trabajando por el bien de la nación entera en los escaños del Parlamento, a la faz de la Europa, que le decretaba retratos de cuerpo entero en las cajas de cerillas.

-Déjese usted, señor Vargas -contestole el presidente, con una suavidad que cortaba un pelo en el aire,- de pomposos tratamientos que no corresponden a la humilde categoría del puesto que aquí ocupo, y tenga la bondad de considerar que todo eso que usted nos cuenta está fuera de su lugar en esta ocasión y en este sitio, ademán de ser muy grave.

-¿Muy grave? -exclamó el de los tres proyectos, con fingida pesadumbre, porque se relamía de gusto interiormente al caer en la cuenta de que, sin pretenderlo, había revuelto un poquitín de cisco, a modo de incidente parlamentario.