  Nubes de estío
José María
de Pereda

  - I -
De Nino Casa-Gutiérrez a un su amigo
Madrid, julio
30 de 188... Si por una, para mí, desdichada casualidad,
no hubiera estado yo ausente el día en que tú
pasaste por aquí como un relámpago, te hubiera
enterado de palabra de estas graves cosas que voy a referirte
ahora por escrito y de mala manera, porque tras de no tener
el tiempo de sobra, jamás despunté por hábil
en el manejo de la pluma. Yo te aseguro que no la tuviera
en este instante entre los dedos sin el honrado temor de
que adquieras por el rumor público las noticias que
debo darte yo antes que nadie y que a nadie. O somos o no
somos amigos «de la infancia:» Pílades y Orestes,
los gemelos de Siam, como alguien nos ha llamado al vernos
tan unidos en las prosperidades y en las tormentas de nuestra
no larga, pero bien azarosa vida; o hemos o no corrido juntos
los temporales de nuestro mundo tan calumniado por los que
no le conocen, y bien poco entretenido para los que le conocemos
a fondo, cuando las arrastradas circunstancias (vulgo, dinero)
no concuerdan en género, número y caso con
la omnímoda libertad, que nunca falta, de explorarle
en todas direcciones. En fin, hombre, y por no enredarme
en estos líos retóricos que me apestan: que
me considero en la obligación de contarte esto gordo
que me pasa, y que te lo voy a contar del mejor modo que
pueda.
«Mi padre me dijo un día, hará cosa
de tres semanas, estas o parecidas lisonjas: «Vas a cumplir
luego treinta años; tienes casi todos los vicios y
todas las necesidades que puede tener un mozo de tu prosapia;
necesitas un caudal para sostener la vida que haces, y no
sabes ganar honradamente una peseta. Hoy comes de la olla
grande, porque no te cuesta otro trabajo que meter el cucharón
en ella; pero esta ganga tendrá su fin más
tarde o más temprano, y es deber mío, ya que
a ti no se te ocurre, tratar de que el desastre te coja apercibido
contra los riesgos de la miseria de levita, la más
horrible de las miserias, o de que el demonio te infunda
la idea de levantarte la tapa de los sesos para mejorar de
suplicio. Que el desastre ha de venir, es evidente, porque
yo no he de ser eterno; y al mudarme al otro mundo, es posible
que haya que enterrar de limosna en éste, la ilustre
carga de mis huesos. Éstos y un poco de ruido que
se apagará en el oído de las gentes antes que
la última salmodia de mi entierro, será toda
la herencia que os deje para sostén de las pomposidades
en que os habéis educado por haceros dignos de la
jerarquía social que os cupo en suerte. Contando con
ello, te quise dar una carrera. Probaste varias, y todas
te parecían a cual peor, porque cualquiera de ellas
te reclamaba el tiempo y la atención que tú
necesitabas para darte la gran vida que te has dado entre
otros distinguidos vagabundos como tú. Por pura bambolla,
apechugó tu hermano con los rudimentos de la carrera
diplomática; y por obra de misericordia y milagros
de mis influencias, ingresó en ella tiempos andando.
Casose tu hermana Amelia con el duque de Castrobodigo, y
anda tu otra hermana, María, a pique de ser vizcondesa
de la Hondonada, con gran regocijo de tu señora madre,
que se perece por estos similores de mundo elegante.»
Recuerdo
todos estos pormenores ¡oh amigo incorrupto! porque la fuerza
de la sorpresa, que rayó en asombro, me los grabó
en la memoria a mazo y escoplo: jamás me había
hablado mi padre de esos particulares, ni le había
visto yo tan grave ni tan elocuente; y te los traslado casi
a la letra, porque tras de no ser un secreto para ti ni para
nadie de nuestro mundo, así me salen al volar de la
pluma, y temo embarullar el relato si me meto a poner diques
y reparos a la corriente de mis ideas.
Pues verás.
Todavía añadió mi padre a lo dicho este
parrafejo, que no es malo: «Cierto que es el mío nombre
de gran resonancia en el país; que me revuelvo y me
contoneo en el fondo de eso que se llama cosa pública,
como el pez en el agua; me dan convites en provincias los
hombres afiliados a mi partido, y peroro a los postres en
loor o en contra del gobierno, según que sea o no
sea de mi gusto; que mis palabras se escriben por los papanatas
de la prensa local, y transmitidas por el telégrafo
a la de la corte, se descifran mis cláusulas como
los misterios de la Esfinge: cierto que soy jefe de mesnada
en las Cortes, y que, por serlo, cobro el barato en ellas
a cuando la hora es llegada y la ocasión lo pide;
que mi nombre danza en corrillos y papeles, y salta y rebota
en tertulias y comisiones a cada crisis ministerial y a cada
gresca parlamentaria; cierto, en suma, que hoy en a cumbre
del poder y mañana en los profundos de la oposición,
a todas horas soy en España y sus Indias, caudillo
de empuje, hombre de pro, pájaro de cuenta, como me
llaman por ahí, o, si lo prefieres, personaje conspicuo;
pero cierto es también que todo esto junto, con ser
tanto y tan visible, convertido en substancia de puchero
es puro caldo de borrajas. Cuanto más alto me levantan,
más caro me cuesta el pedestal... vamos, que no me
da el oficio sino lo estrictamente necesario para ejercerle
con la debida exornación. Envidio a los que saben
desempeñarle con frutos más copiosos y positivos;
pero no acierto a imitarlos. Será torpeza o repugnancia,
o un poco de cada cosa; pero es la pura verdad. Entre tanto,
yo pago cada lunes y martes las nuevas trampas del duque
de Castrobodigo, por respeto al relativo bienestar de la
duquesa; el diplomático, cuyo sueldo no le alcanza
para sus gastos superfluos, mantiene a mi costa todo el relumbrón
de su diplomática persona en las cortes extranjeras;
tu madre y tu hermana María, ya sabes qué vida
se dan y a qué altura rayan entre las damas más
encopetadas de Madrid; de ti no se hable: juegas, viajas,
tienes los caballos a pares, y sabe Dios qué otros
lujos por el estilo te permitirás también;
y esto, y aquello, y lo de más allá, todo es
agua en un mismo arroyo; todo sale del pobre manantial de
la nómina de tu padre; todo es dinero de Estado, sangre
del mísero contribuyente, como dicen los declamadores
cursis, abogados inocentes de las sempiternas «clases productoras.»
En una palabra, hijo, que en esta casa se vive al día,
y que hasta el vivir así me parece un milagro, aun
con la ayuda de ciertos sablazos gordos que tú no
conoces. Figúrate, pues, qué será de
todos vosotros el día en que Dios me llame a rendirle
cuentas minuciosas de lo mucho que lo debo. Con que ¿te vas
enterando?»
Pues ¿no había de enterarme? Pero ¿por
qué se empeñaba el buen señor en que
me enterara entonces de todos esos puntos que ya tenía
olvidados de puro sabidos? Preguntéselo, y me respondió:
«Te cuento esas cosas, para que las grabes en la memoria;
y te las cuento a ti solo, porque, entre todos los de tu
casta, tú eres el que ha de pasarlas más amargas
en este mundo si yo me largo de él antes de que hayas
adquirido un modo honroso de vivir.»
¿No creería
cualquiera, como yo creí, al oírle hablar de
este modo, que le había poseído de pies a cabeza,
y de la noche a la mañana, el presentimiento de una
muerte próxima?
Nada menos cierto, sin embargo. Rodando
las palabras, hube de prometerle, acomodándome a su
deseo, aceptar lo que él me propusiera para mejorar
de fortuna y conjurar los riesgos del pavoroso mañana
de la negra hipótesis. Hecha la promesa con la debida
solemnidad, me propuso el precavido autor de mis días
un casamiento ventajoso. Así, en estas mismas palabras.
Tomé la proposición a risa, porque a la distancia
de mis pesimismos, arraigados por obra de mis prácticos
conocimientos de ciertas dificultades de la vida social,
me resultó muy semejante al ridiculus mus de El parto
de los montes. Riose mi padre a su vez, pero de muy distinta
manera que yo; y saliendo a relucir los cómos y los
dóndes que eran de necesidad en el diálogo,
llegó a decirme el providente señor, palabra
más o menos: «Aunque, sin ser un Adonis en lo físico,
no tienes tacha para figura decorativa del mundo en que vives,
no hay padre de los nuestros que te fíe medio duro
con la garantía de tu persona. En este particular,
gozas en la sociedad en que brillas, de todo el descrédito
que mereces; mas aun suponiendo que este juicio mío
fuera equivocado y te salieran aquí a docenas las
novias ricas, me libraría yo mucho de proponerte la
mejor de ellas, porque no sería negocio para ti. Éstas,
con milagrosas excepciones, son finquitas de lujo, que cuanto
más producen, más devoran. Agrégalas
un inquilino tan desgobernado como tú, y ayúdame
a sentir. Lo que a ti te conviene es una mujercita educada
en unas costumbres enteramente distintas de las nuestras;
que tenga mucho dinero y gaste poco; que estime por nimbo
glorioso para su cabeza de provinciana distinguida, el título
nobiliario que yo te cederé de los dos que poseo de
ayer acá; que, a pesar de ello y de ser nuera de un
personaje de mis campanillas, ocupe en tu casa, fíjate
bien, en la tuya, el puesto que por la ley le corresponde,
ni más ni menos; y que con el ejemplo de sus buenas
costumbres, de su economía, de su buen gobierno, de
su cariño desinteresado, etc., etc., infunda en su
marido apego al hogar y a la familia, y amor al trabajo honroso...
En fin, punto más, punto menos que una novia para
el galán edificante de un cuento mural de Las tardes
de la granja. Esta novia, además, ha de ser guapa...
y lo es, y existe como te la pinto, y tú la conoces,
y la has tratado mucho... y te ha calado las intenciones...
y te las acepta por buenas y honradas... y te acepta a ti
también con los brazos abiertos. ¿Quieres más?»
Imagínate, ¡oh Pílades incombustible! mi asombro
al oír todo esto, y calcula mi estupefacción
cuando resultó que era la pura verdad. Oye lo que
averigüé entrando en explicaciones con mi padre.
El señor don Roque Brezales, o de los Brezales, como
ha dado en firmar últimamente, es un comerciante ramplón,
honra y prez del gremio de la plaza, la ciudad más
importante de la cesta española del mar Cantábrico.
Este señor (hablo de Brezales), bueno y honradote
en el fondo, es hombre de poca estética y menos literatura,
vulgar de estampa y de mala ortografía; pero tiene
formado de sí propio juicio muy diferente del mío,
y hasta se siente a ratos, mordido del ansia de ser personaje,
desde que, por azares de la suerte y ya bien entrado en años,
se vio nadando en posibles, imagen con que pinta el vulgo
de su país el colmo de la riqueza. Este comerciante
opulento tiene dos hijas, Irene y Petra, bellas las dos,
aunque cada cual a su modo. Irene es algo melancólica,
con dejos de arisca y desengañada; tiene buen entendimiento
y, sobre todo, unos ojos morunos, verdinegros, que de pronto
parecen tendidos a la larga y como dormitando a la sombra
de sus negrísimas pestañas; pero que, bien
observados... Hombre, yo he visto en los primorosos ríos
de su tierra algo parecido a esos ojos: ciertos remansos
junto a la acantilada orilla, bajo un tupido dosel de laureles
y madreselva. En la inmóvil superficie de aquel agua
sombría, se refleja toda la fragante espesura del
dosel con el peñasco gris de la margen, y un jirón
azul pálido del cielo, y un pedazo de nube cenicienta,
y la cara y el busto, invertidos, del observador. El conjunto
es hermoso; y, sin embargo, por lo que hay de misterioso
allí. ¿Qué habrá debajo de aquellas
aguas silenciosas y sombrías? Y se piensa alternativamente
en el cieno viscoso y en la arena finísima; en la
negra caverna atestada de monstruos, y en la gruta fantástica
de las hadas bienhechoras. Por supuesto, que no hay que tomar
este símil al pie de la letra tratándose de
los ojos de esa Irene; pero es de la casta de los que vendría
a aquí más al caso, y aun coincidiría
con él exactamente, y eso por la malicia del observador,
si Irene fuera una mujer de intriga y bien fogueada en las
batallas del mundo galante; pero ¿qué diablo de trastienda
ha de haber en una provinciana inexperta, dócil y
mansa como una corderita sin hiel, que comulga todos los
meses y oye misa casi todos los días? Los ojos de
Irene son así, como pudieron ser de otra manera; y
si, bien mirados, parece que descubren tantas cosas ocultas,
es porque la boca correspondiente peca por el extremo opuesto:
el no decir la mitad de lo que se juzga necesario; y eso
que falta siempre en sus conversaciones, lo va a buscar el
curioso adonde cree que puede hallarlo, y para la atención
en los ojos y en ellos lee todo lo que le da la gana. Ésta
es la pura verdad. Te añadiré ahora que Irene
es ligeramente morena, de correctísimas facciones
y garrida estampa.
Petra no se parece a su hermana ni en
carácter ni en figura. Es alegre, habladora y expansiva,
con más que puntas y ribetes de maliciosa y mordicante.
Se pinta sola para remedar a los gomosos memos y a las amigas
cursis. Siempre tiene novio, o ganas de tenerle. Es casi
rubia, muy guapa, de regalar estatura, pie menudo y talle
primoroso.
Estas dos hijas tienen una madre que se llama
doña Angustias, de bastante buen ver todavía.
No es de la pata del Cid, ni, apurándola un poco,
deja de enseñar la hilaza de su procedencia vulgar;
pero lleva bien la ropa y es simpática en su trato.
Va con sus chicas «al mundo» de por allá, y desempeña
bastante bien el papel que la corresponde. El tal mundo se
reduce a media docena de bailes particulares, a dos o tres
en el Casino, las visitas de cumplido, las soarés
del Gobernador, los conciertos del verano, la fiesta de los
Juegos florales, y el teatro, cuando le hay. Se paga mucho
de las buenas formas y se perece porque la vean sus conterráneas
en íntimas relaciones con personajes de Madrid. Lo
propio que su marido.
No recuerdo bien el origen de la amistad,
ya vieja, de este señor con mi padre, cuyas influencias
poderosas aprovecha constantemente para activar o enderezar
en Madrid la lenta o torcida marcha de los graves asuntos
de interés, casi siempre mercantil, municipal o provincial,
en los cuales ha de intervenir la pesada mano del Gobierno
de la nación. El señor de los Brezales es hombre
cortés y agradecido, y nunca ha dejado de corresponder
rumbosa y delicadamente a los favores de mi padre. Con todas
estas cosas, mi familia y la suya se han tratado mucho en
las distintas ocasiones en que hemos veraneado en aquella
ciudad, cuya playa no tiene semejante en Espana por su hermosura.
Yo conozco y estimo de veras a estas apreciabilísimas
personas, particularmente a Irene y a Petrita, a quienes
he tratado con más frecuencia. Pero ahora resulta,
según mi padre, que Irene, que es la mía, la
mujer que se me destina para redimirme, en lo mortal, de
la miseria, y en lo eterno, de la perdición, «me ha
calado las intenciones, y las acepta por buenas y honradas;»
y el demonio me lleve si, cuando he hablado con ella, he
tenido otra que la de pasar el rato agradablemente en tan
buena compañía. Claro está que no me
he cansado en desmentir el aserto de mi padre, y que me he
dejado correr muy a mi gusto al empuje de esta casualidad,
que cabe en lo posible de los caprichos humanos; pero se
me aguzó grandemente el deseo de conocer los pormenores
de este inesperado descubrimiento y de aquel plan arreglado
por mi padre, y he aquí cómo habían
pasado las cosas. Vino a Madrid mi futuro suegro y se hospedó
en nuestra casa, tras de muchos ruegos de mi padre y no pocos
míos. Como sus quehaceres no eran muchos, los dos
amigos pasaban juntos largas horas del día y de la
noche; y pasando así las horas, mi padre halló
sobradas ocasiones de apuntar, con la destreza en que es
maestro, la especie que, por lo visto, le bullía en
sus adentros mucho tiempo hace; y cátate, amigo recalcitrante,
que no bien asomó la punta de la idea, el otro, que,
por las trazas, rumiaba también de muy atrás
los mismos pensamientos, se puso a tirar de ella; y tira
que tira, no cejó en su empeño, hasta verla
entera y verdadera en la misma palma de su mano. Según
refiere mi padre, el buen señor no podía ni
quería disimular el regocijo que la ocurrencia le
causaba. Mis prendas personales, el apellido que llevo, mi
título nobiliario... ¡oh, qué fortuna para
su hija primogénita, tan superior a cuantos hombres
pudieran inútilmente ambicionarla en los mezquinos
ámbitos de su pobre ciudad! Él era rico, muy
rico; y una vez realizado el enlace, ni por su parte ni por
la de su familia se reñiría por el tanto o
por el cuanto, o por si aquí o por si allá:
se haría lo que nosotros dispusiéramos, porque
lo que ellos querían, era la felicidad de Irene; y
esta felicidad la hallaría al lado de su marido, donde
quiera que alcanzaran los rayos esplendorosos de la gloria
de su nombre. Aún creo que dijo el satisfecho señor
mucho más que esto que yo te transcribo casi en los
propios términos en que me lo refirió mi padre,
sin darte cuenta de ello, porque no vale la pena de recordarse,
y para muestra quizás sobra con lo apuntado. Pero
faltaba conocer las intenciones de Irene, que eran el eje
de toda aquella máquina tan fácilmente construida.
«... No hay que apurarse por eso,» contestó el señor
de los Brezales a este reparo que mi padre le presentó:
«tengo ciertos testimonios de que Irene conoce las intenciones
de su señor hijo de usted, y aun de que no la desagradan.
A mayor abundamiento, en cuanto vuelva yo a mi casa, que
será pronto, pondré la cuestión sobre
el tapete, sondearé las voluntades y escribiré
a usted el resultado sin perder correo.» Y dicho y hecho:
al otro día, dejando encomendados a su amigo sus negocios,
tomó el tren del Norte; y media semana después
escribía a mi padre estas pocas palabras que te copio,
porque poseo la carta, en una letra deshilvanada y garrapatosa,
señal del apresuramiento con que escribía y
de las hondas emociones que le dominaban en aquellos instantes:
«Tratado el grave asunto consabido en consejo de familia,
todos conformes, todos gozosos y todo llano por nuestra parte.
Anticipen cuanto puedan el viaje que tenían proyectado
a esta ciudad, para que Antonino acabe de entenderse con
la interesada y se dé con ello el fin y remate que
merece un negocio tan felizmente planteado. Los abraza, y
los saluda, y los adora en nombre propio y en el de toda
esta familia, su desde hoy más que amigo y admirador,
Roque de los Brezales.»
Y así están las cosas,
amigo mío: mi familia forzando la máquina para
anticipar el veraneo cuanto sea posible, y yo deseando con
grandes ansias que llegue la hora de ver confirmadas las
promesas del padre por los labios de su pistonuda hija, aquella
morena de los verdinegros ojos, que me aguarda con los brazos
abiertos. Y ahí tienes el caso, es decir, mi caso,
en toda su magnitud, a lo ancho, a lo largo y a lo profundo.
¿Qué te parece de él? Por lo que a mí
toca, ya habrás conocido que le considero de perlas
a lo profundo, a lo largo y a lo ancho. Fíjate bien,
y verás que no es para menos, ¡caramba! Irene es una
moza de buten, tiene guita larga, es una viaud de bronce,
será el modelo de la perfecta casada con los hechizos
de una odalisca oriental, y me espera con los brazos abiertos,
como a su dueño y señor, que jamás había
caído en la cuenta de que tuviera esclava de tal valer...
¡a mí! un medio bohemio del gran mundo, abocado a
la miseria según el autorizado parecer de mi padre
y unas cuantas razones de sentido común. Cierto que,
aunque mal educado, no soy lo que se llama una mala persona,
porque no tengo vicios de los que afrentan, y dejo en la
senda que he recorrido hasta la hora presente, más
astros de mentecato que de hombre perdido; pero, al cabo,
está en lo cierto mi señor padre al decir,
como dijo de mí, que gozo, entre las gentes que me
conocen, de todo el descrédito que merezco. Y esto
ya es algo. En fin, que la ocurrencia del precavido autor
de mis días ha sido de las más felices que
padre alguno ha tenido en este mundo sublunar, y sus resultados
un premio gordo para mí. Y tan gordo le considero
y tal valor le doy, que casi tengo remordimientos de haber
tratado el asunto tan descuidada e irreverentemente como
lo he tratado en esta carta. Retiro, pues, de ella toda expresión
que disuene lo más mínimo de la augusta solemnidad
con que yo deseo darte cuenta de este grave suceso, en el
secreto más inviolable de la amistad que nos une y
por las razones que en su lugar quedan expuestas, y atente
a ello, que es lo que vale, no sólo por ser mi última
palabra, sino la pura verdad.
Entre tanto, te lo repito,
me consume la impaciencia porque llegue cuanto antes el día
venturoso de mi salida de este inaguantable asadero. Porque
además de los excepcionales motivos declarados, hay
otros que se bastan y se sobran para hacerme deliciosa la
temporada de verano en aquella población, donde ya
no se me considera como un forastero más. Conozco
y trato a muchísima gente allí, particularmente
del elemento crema, el cual me tiene en tanto, que hasta
he dado mi nombre a algunas prendas atrevidas de vestir.
He dirigido con gran éxito varios cotillones de compromiso,
y se busca y se respeta mi dictamen en los conflictos más
serios de los clubistas del Sport en todas sus manifestaciones;
me regala el Ayuntamiento lugar preferente en la fiesta de
los Juegos florales, y el Asmodeo de la localidad, como a
todos y cada uno de los de mi casta, me gorjea y sahuma cuando
llego y cuando me voy, cuando monto, cuando bailo y cuando
estreno prendas a mi modo, lo cual ocurre un día sí
y otro no... Vamos, que se me considera entre aquellas honradas
y sencillas gentes, como de la casa. ¡Figúrate lo
que sucederá cuando llegue a caer de veras y para
siempre en los brazos consabidos de la morenita de los ojos
verdinegros!... Y punto redondo.
Ahora guarda estas confidencias
mías como en el secreto de la confesión; y
adiós, envidiosote, porque es imposible que no me
envidies si has tenido paciencia para leer con la debida
reflexión todo lo que te he declarado. Si no la has
tenido, tanto peor para ti. De todas maneras, y con la promesa
de volver a escribirte desde allá para que nada ignores
de lo que debes de saber, recibe un apretado abrazo de tu
amigo y ex-camarada de abominables glorias y de insanas fatigas,
NINO.»
  - II -
Entre dos luces
Mientras la carta precedente corría
a su destino por la línea de Francia, el bueno de
Casallena, más ojeroso y macilento que de costumbre,
casi afónico de puro lacio y melancólico, explicaba
a su interlocutor, hombre que ya le doblaba la edad y con
cara de pocos amigos, las últimas torturas con que
le había martirizado el azote de su temperamento.
Es de advertir que los departientes ocupaban dos lados opuestos
de una mesa del mejor café de aquella ciudad costeña
que se menciona en la carta; que sobre la mesa había,
amén de los codos de los dos personajes, un chocolate
con mojicones y tostadas fritas, un platillo con pasteles
y una copa llena de Jerez, en el lado correspondiente al
joven Casallena, y a plomo de sus negras y no muy tupidas
barbas; y en el otro lado, otra copa con un líquido
refrigerante, que sorbía a ratos el hombre de la cara
hosca, porque así se le calmaban ciertos dolores nerviosos
del epigastrio, que a la sazón le mortificaban de
tiempo en tiempo; que la mesa estaba junto a una de las puertas
abiertas de par en par de la fachada principal del edificio;
que declinaba la tarde, y que el ambiente salino que se respiraba
desde allí, despertaba en los ojos nuevas y más
fuertes ansias de contemplar el panorama grandioso que tenían
delante en cuanto miraban hacia afuera, saltando por el estorbo
de la abigarrada muchedumbre que hormigueaba en la empedernida
faja que sirve de divisoria entre los edificios enfilados
con el del café de que se trata, obras mezquinas de
los hombres, y aquella incomparable marina, obra maravillosa
de Dios. De tarde en tarde entraba en el mismo establecimiento
la familia de Amusco o de Villalón, recelosa de que
la gente de la ciudad la tuviera en poco para acomodarse
allí, con su aparejo algo burdo «pa según lo
que los currutacos usan;» pero dispuesta a darse un regodeo,
con lo mejor y más caro de «la casa,» para quince
días; o el grave magistrado del Supremo, en vacaciones,
hombre fino y culto si los había, pero con la aprensión
incurable de que todo bicho viviente es un reo sobre el que
pesa perpetuamente la jurisdicción de la Sala a que
él pertenece; o el gomoso, descuajaringado de tanto
correr de la ciudad a la playa y viceversa, en busca de algo
que no encontraba... y por este arte, dos docenas de personajes
desperdigados y aburridos, que se iban acomodando sosegadamente
en este diván o en aquella banqueta.
Así las
cosas, llegó a decir Casallena, después de
deglutir medio mojicón empapado en chocolate:
-Todo
eso será verdad, y no deja de consolarme un tantico;
pero le aseguro a usted que lo de anoche fue tremendo.
-Y
¿qué fue lo de anoche? -preguntó el otro, apretándose
un ijar con la mano del mismo lado, y llevándose a
los labios con la otra la copa medio vacía.
A esta
pregunta se tragó Casallena el resto del mojicón;
y con masa de él aún entre las mandíbulas,
respondió, mientras se limpiaba las puntas de los
dedos con la servilleta:
-Primeramente me costó una
brega de tres horas coger el sueño, si sueño
puede llamarse ligero sopor...
-Sueño, y de los mejores,
-afirmó en tono desafrido el de enfrente, después
de escupir la mitad del buche que había tomado de
aquel líquido que, por lo turbio, más parecía
agua de fregar que de naranja.
El joven del mojicón
se le quedó mirando fijamente a través de sus
quevedos, mientras, a tientas, empleaba las dos manos en
partir, con los índices y pulgares solamente, una
de las tostadas fritas. En seguida se puso a mojar a pulso
la tira con que se había quedado en la diestra, y
preguntó, con cierta inseguridad, volviendo a mirar
a su interlocutor:
-¿De los mejores dice usted? -De los
mejores -insistió el interrogado, derribando al mismo
tiempo hacia el cogote su chambergo de anchas alas, con lo
que dejó al descubierto toda su cara de coronel de
reemplazo;- de los mejores, porque de ahí para adelante,
caer en ello, tratándose de temperamentos como el
de usted... si por su desgracia se parece al mío,
como afirma, es peor que caer en un despeñadero. En
esos sueños profundos hay golpes que contunden, y
carreras vertiginosas, y cornadas de toros desmandados, y
coces de caballerías, y casas incendiadas sin puertas
por donde huir, y riñas a gritos con las personas
más queridas, y deslealtades de amigos... todo lo
que más duele y más fatiga en el cuerpo y en
el alma. Salir de un sueño de éstos es como
salir de una pulmonía. ¿Le pasan a usted cosas como
éstas cuando duerme de veras?
El interpelado se tomó
otra tira de la tostada, bien empapada en chocolate, y respondió
como entre serias dudas:
-Le diré a usted: algo de
ello...
-¡Algo de ello! -exclamó con desdén
el interpelante, descolgando de sus narices, no chatas ciertamente,
sus quevedos de oro, y poniéndose a limpiar sus cristales
con el pañuelo.- Entonces se queja usted de vicio.
-¡De vicio! -De vicio, sí, señor. A mí
me pasa todo eso y mucho más, y a diario... Tome usted
nota de ello y prosiga. ¿Qué fue eso tan tremendo
que le ocurrió a usted anoche?
-Vaya usted haciéndose
cargo -respondió el joven metiendo mano a la segunda
tostada.- Apenas atrapé ese poco de sueño que
le dije... ¡zas! una sacudida liorrorosa de pies a cabeza.
Hubiera jurado que me levantaba a una altura de dos metros
sobre la cama, pero rígido y en una pieza, lo mismo
que un tablón.
-Eso es el alfa de la educación
histérica que está usted adquiriendo, -interrumpió
el de los anteojos de oro, volviendo a montarlos sobre su
nariz.
-Después -continuó el otro, a la vez
que se limpiaba los labios con la servilleta, muy dulcemente,
para no descomponer el artificio de sus bigotes, rizados
hacia arriba por imperio extravagante de la moda,- se me
fijó un dolor angustioso, que más parecía
mordisco, aquí, muy adentro, entre el pericardio y
la...
-¿Y nada más? -preguntó bruscamente
el otro, arrojando a la calle el agua turbia que quedaba
en su copa.
-Aguarde usted y perdone -prosiguió con
mucha calma el mozo de los bigotes ensortijados hacia arriba.-
Al mismo tiempo que ese dolor mordicante y aflictivo, sentía
una sobrexcitación intolerable en el gran simpático,
que, desengáñese usted, es la raíz de
donde arranca esa plaga de sensaciones insufribles...
-
¡Vaya usted a saberlo!
-Le aseguro a usted que sí;
créame...
-Como usted guste. A medida que se acentuaba
la sobrexcitación -añadió el mozo sorbiendo
y mordiendo, con gran pachorra, entre período y período
de su relato,- iba entrándome por la misma punta de
los pies una especie de hormigueo cosquilloso de lo más
inaguantable; este cosquilleo avanzaba cuerpo arriba, y,
a cada paso de su invasión, se hacía más
irritante; en la región del pecho, era manojo de ortigas;
entre el colchón y la espalda, vidrio pulverizado,
y entre las barbas, ¡oh! entre las barbas le juro a usted
que no se podía resistir: lo mismo que si me las fregaran
con un cepillo de alfileres punta afuera. No pudiendo parar
en la cama por más vueltas que daba en ella y posturas
inverosímiles que tomaba, levanteme de un salto, vestime
medio a oscuras, me pasé el resto de la noche en claro
y me cogió el nuevo día molido de los huesos,
quebrantado de espíritu y con el cerebro hecho un
bodoque.
Miró al decir esto con ojos de pena a su
interlocutor, que le contemplaba con afectuosa curiosidad,
mientras se afilaba tan pronto las puntas de sus bigotes
grises como la de su perilla cana; y como éste no
cesó de contemplarle ni le dijo una palabra, el joven,
limpiando las paredes interiores de la jícara con
el último pedazo de las tostadas, y después
de tragarse la sopa resultante, encarose de nuevo con él
y le dijo:
-Vamos a ver, ¿qué tiene usted que replicar
a eso?
-¿No tiene usted nada que añadir a ello? -preguntó
a su vez el interpelado.
-¿Qué más he de añadir,
hombre de Dios? ¿Aún le parece a usted poco?
-Pues
si no pasa de ahí la historia -respondió el
otro encendiendo un pitillo, -insisto en lo que le dije:
todo eso que a usted le sucede, es el alfa de la cosa; la
primera estación del Calvario a cuya cima han llegado
ya otros mártires con la pesada cruz a cuestas.
-¡Morrocotudo
consuelo para mí! -replicó Casallena, retirando
hacia el centro de la mesa el servicio vacío de chocolate
y poniendo en su lugar la copa de Jerez y el platillo con
pasteles.
-Hombre -dijo el de los bigotes grises y la cara
hosca, -según dictamen de usted mismo en parecidas
ocasiones a ésta, consuelo le resulta de saber que
hay otros desdichados que padecen los extraños males
de usted.
-Pero ¿es verdad -preguntó el joven remojando
en el Jerez un español-, que hay alguien que padezca
esas tarantainas que yo padezco? ¿tantas y tan fenomenales?
¿que las haya padecido usted?... ¿que las padezca todavía?
-¡Hormigueos cosquillosos!... ¡dolores mordicantes!... ¡cepillos
de alfileres! -exclamó el hombre, echando una humareda
de su cigarro por boca y narices, mientras su interlocutor
sorbía media copa de Jerez para facilitar la deglución
de un tercio de canutillo que se había tragado en
seco- ¡Valiente puñado son tres moscas!... Pero después
de todo, ¿qué mil demonios me pregunta usted a mí?
¿No es usted médico, y (sin adularle) de los de buena
casta? Y ¿es posible que en la práctica de su profesión,
aunque no larga todavía, no haya hallado usted datos
bastantes para darse las respuestas que a mí me pide?
-Gracias por el piropo, señor y amigo de mi alma
-dijo impasible, imperturbable, el joven.- Cierto que soy
médico, aunque indigno y por mi desdicha; pero (y
acepte usted esta honrada confesión que voy a hacerle,
como si me fuera a morir) no digo a mí, que ahora
comienzo, pero a los mismos que ya se caen de viejos en la
profesión, ¡les da la ciencia cada castaña...
y tan a menudo!... De esas enfermedades que duelen de verdad
y son tan antiguas como el hombre, sabe uno la génesis
y las guaridas, y hasta las mañas; se las persigue
y se las encuentra por mucho que se escondan; se las pesa
y se las mide; y, por último, se lucha contra ellas
cara a cara y en terreno despejado; y si no se vence siempre
en estas luchas; queda el consuelo de haber luchado con honra;
pero de estos males nuevos, que ni se ven ni se palpan; que
sin doler matan, dejándonos sólo la vida necesaria
para sentir las angustias de la muerte; de estos males de
ahora, que traen su origen quizás del mundo que fenece
y que la raza humana que degenera y se encanija, no se sabe,
mi respetable amigo, una palabra; son la verdadera laguna
de la ciencia de curar; y como sucede en las demás
ciencias con sus lagunas respectivas, nosotros, no pudiendo
sanear la nuestra, hemos querido taparla con algo que deslumbre
a los profanos; y la hemos puesto un mote en griego: la llamamos
neurosis, o neuropatía, o histerismo... y con ello,
queriendo explicarlo todo, no explicamos nada; pero salimos
del paso con el paciente que se queja de que le canta y le
aletea un canario en el pecho, o que le muerden ratones las
alas del corazón, o que siente martillazos en el cerebro
y vértigos que le hacen ir de cabeza cuando más
descuidado está, o que no halla, a lo mejor, suelo
firme en que pisar, a lo más deleitoso de su paseo...
«Fenómenos histéricos sin importancia maldita,»
le decimos, por decirle algo; y si con ello no se consuela,
le añadimos aquello de «por males de nervios, nunca
se tocó a muerto;» y si todavía no se conforma,
le citamos a Juan, a Pedro y a Diego que padecen lo propio
que él; y si ni aún esto basta, le añadimos
que no tienen cuenta los años que llevan padeciéndolo.
Ordinariamente, con esto se satisface... por de pronto. Fíjese
usted bien -añadió con gran parsimonia el preopinante,
después de apurar de un sorbo, bien sostenido, su
copa de Jerez, y de echar la zarpa a un almendrado del platillo:-
se consuela con lo mismo que desalentaría a otro enfermo
que no fuera nervioso: con saber que sus males pueden durar
tanto como su vida, por larga que ella sea. ¿Ha visto usted
cosa más rara? -concluyó, hincando los dientes
en el almendrado.
-Sí, señor -respondió
el interpelado, sin titubear.- He visto, estoy viendo a cada
rato, incurrir en el propio absurdo vulgarísimo a
los mismos hombres de ciencia que se asombran de que el vulgar
incurra en ellos.
-Verbigracia, yo, ¿no es eso? -repuso
el mozo dando la segunda dentellada a su pastel.
-Cabalmente,
-contestó el otro.
-Pues siento -dijo Casallena sin
dejar de mascar,- que me haya usted tomado la delantera con
la pregunta. Justamente iba yo a citarme a mí propio
como ejemplo de ese absurdo. Sí, señor: yo,
médico y todo, consulto mis males con el primer nervioso
que me quiera oír, y me consuelo con saber que hay
pacientes con mayor carga de ellos que la mía, y hasta
me creo curado si se me asegura, con un testimonio vivo,
que se llega a la vejez más remota con esa cruz a
cuestas. Ya habrá podido usted observar -añadió
el joven zampándose el tercero y último pedazo
del pastel,- el singular deleite con que yo me permito departir
con usted muy a menudo sobre estas cosas; con usted, el ejemplar
más rico de variedades morbosas, de la especie en
cuestión, que yo he conocido.
-Es favor -dijo aquí
con mucha cortesía el aludido.
-Le juro, mi respetable
y respetado amigo -replicó el otro sin atragantarse
con el pastel que mascaba,- que es justicia seca, por desgracia
de usted. Sí, señor; y usted no sabe todo el
placer y bienestar que me proporciona, cuando en mis tristes
alegatos, como los de hoy, me devuelve ciento por uno, y
particularmente si a cada nuevo fenómeno de los que
le pinto en mí, me responde que le conoce usted treinta
años hace por experiencia propia...
-Tantísimas
gracias, -recalcó el otro entonces, saludando con
la cabeza.
-Es la verdad -prosiguió el médico,-
aunque usted se empeñe hoy en meter el asunto a barato;
y no por la increíble enormidad de que yo fuera capaz
de gozarme en los padecimientos de usted, sino por el absurdo
disculpable y corriente de que antes hablábamos; porque
cuanto más envejecido veo en otro paciente el mal
que me atormenta a mí, más garantías
de larga vida me ofrece. De todas maneras, amigo y señor
mío de mi alma -continuó el mozo dando la primera
dentellada al último pastel del platillo,- dure lo
que durare este suplicio que padezco... y padecemos, es muy
duro de sufrir: no hay hora placentera, ni rato con sosiego;
se desmedra y aniquila uno tontamente...
-Y ¿qué
tal de apetito? -preguntó aquí de golpe y muy
risueño el escuchante, después de echar una
rápida ojeada al pedazo de pastel que tenía
Casallena entre manos, y a la cacharrería desocupada
que quedaba a su lado sobre la mesa.
-Pues gracias a que
no le he perdido por completo -respondió el interpelado
muy serenamente y sin alterar el ritmo acompasado de su masticación.-
Con el estómago sin lastre, soy hombre muerto.
-Y
por eso lastra usted a menudo, a lo que veo.
-Maquinalmente,
créalo usted.
-¿De modo que con este lastre, ya no
necesita otro... hasta el de la cena?
-Es posible que tome
antes un sorbete... Me entonan mucho esas golosinas heladas
cuando estoy nervioso, como estos días empecatados.
Sonriose aquí el hombre maduro, y, cambiando súbitamente
de gesto, preguntó al mozo:
-Y dígame, compañero
de plagas, y hablando con la mayor formalidad, sin que esto
quiera significar que ha sido broma lo otro, ¿no ha hallado
usted, en medio de las torturas de su neurosis, algo, relacionado
con ella, que moleste más que la neurosis misma?
Meditó unos instantes el interpelado, mirando de hito
en hito al interpelante, y acabó por encogerse de
hombros.
-Pues yo lo he hallado muchas veces -dijo entonces
el último:- ciertas gentes que le motejan a usted
de huraño si sufre en silencio el azote de sus males;
y le califican, con burla, de aprensivo, y le comparan con
las mujeres dengosas, si les expone usted el motivo de la
mala cara con que le ven y por lo cual le riñen. Para
estas gentes, naturalezas de pedernal, nadie está
enfermo mientras no lleve las tripas en la mano o la cabeza
despachurrada. ¡Y esas mismas gentes, pletóricas de
salud, llaman al médico a deshora porque tienen la
lengua un poco blanquecina!
-¡No me hable usted de esas
gentes! -exclamó el joven, exaltándose de golpe
basta la indignación.- Las conozco bien; me han atormentado
mucho con sus zumbas irracionales... No soy hombre sanguinario
ni rencoroso; pero le aseguro a usted que, al oírlas,
las hubiera pegado un tiro.
-Justamente -asintió
el otro con la mayor sinceridad.- Un tiro. Es lo único
que se me ha ocurrido a mí en cada caso idéntico;
pero un tiro en la misma boca del estómago. ¡Egoístas!
Y vamos a otra cosa: ¿quiere usted, no sanar, porque eso
es imposible, pero aliviarse algo de esas tarantainas?
-Pero,
hombre, ¡si llevo agotados cuantos recursos caben en todos
los sistemas curativos, desde la hidroterapia hasta!...
-¡Qué hidroterapia ni qué camuesas! Todo eso
es... barometría como dice un comprofesor de usted,
que no ha querido ejercer desde que se toma la temperatura
del enfermo con termómetro, y se le dan inyecciones
de morfina entre cuero y carne. ¿Ha visto usted muchos carreteros
con neurosis? ¿muchos cavadores?... ¿muchos hacendados de
esos que parecen cavadores y carreteros?
-Ni uno. -Pues
ahí está el golpe: hágase usted un poco
carretero, un poco cavador, un poco negociante; quiero decir,
despréndase de aquello que más le separa espiritualmente
del negociante adocenado, del cavador y del carretero, y
verá usted cómo, poquito a poco, se va usted
robusteciendo y entonando. El consejo no es nuevo ciertamente;
pero no por viejo deja de parecerme más racional y
recomendable cada día. Usted, como poeta, pero de
los nacidos para serlo... Y note usted de paso, amigo Casallena,
qué fino estoy esta tarde: antes le ponderé
como médico, y ahora le ensalzo como poeta...
-Así
estoy yo de abochornado y de corrido...
-Son más
sinceros mis elogios que esa protesta; y si le he llamado
la atención hacia ellos, es porque, como usted sabe
muy bien, no los uso a diario... y vamos al asunto. Usted
es poeta, repito; y como tal, lleva usted en el cerebro y
en el corazón mayor cantidad de ideas y de sentimientos
de la que proporcionalmente le correspondería si la
distribución de esos dones la hiciera Dios por partes
iguales entre sus criaturas más o menos racionales.
Esa sobrecarga, amigo mío, es la que desequilibra
y abruma, porque, con singularísimas excepciones,
siempre cae en cuerpos que no pueden con ella. ¿Qué
tiene usted que oponer a esta teoría?
-Nada absolutamente
como teoría; pero como caso práctico referente
a mí, mucho, ¡muchísimo!
-¿A ver? -Ni yo
soy poeta del calibre que usted me da, ni hay en mí
esa sobrecarga de ideas ni...
-Pura modestia, más
o menos falsa.
-Corriente; pues seamos inmodestos por un
instante, y supongamos que llevo sobre mí ese excesivo
bagaje que usted dice: ¿cómo me las arreglo para ser
un poco carretero, y un poco cavador, y?...
-Escandalícese
del consejo, y llévenme a la cárcel, por dársele,
los que no sean cavadores, ni carreteros, ni hacendados que
lo parecen; pero tómele si tiene mucho apego a la
pelleja: no haga usted coplas.
-¡Santas y buenas! Pues si
no escribo una medio siglo ha...
-El escribirlas es lo de
menos: lo grave está en pensarlas, en el condenado
vicio de estar revolviendo de día y de noche el rescoldo
de la mollera. Eso es lo que mata. Haga por olvidar que le
tiene allí, acostumbrándose poco a poco a mirar
más hacia afuera que hacia adentro; déjese
de ser haragán, y conviértase en hombre trabajador.
-Perdone usted; pero me parece que no casa bien con lo otro
de las fatigas y vigilias de que usted quiere descargarme,
para mejorar de salud, eso de llamarme haragán...
-Es que no soy yo quien se lo llama: se lo llaman el cavador
y el carretero, y el negociante rico que parece carretero
y cavador. Para estos vanidosos del trabajo, no merece tal
nombre el que no pueda traducirse inmediatamente en fruto
positivo y material, como el trabajo del buey. Pasarse las
noches de claro en claro y los días de turbio en turbio,
luchando a brazo partido con los fantasmas de la cabeza;
perder la salud y la vida por dar forma, y color, y movimiento
en un rimero de cuartillas a un mundo que le bulle a usted
en embrión en la sesera, no es trabajar ni Cristo
que lo fundó. Los trabajadores de esta especie son
vagos de profesión en el concepto de aquellos caballeros
admiradores del buey, lo cual no impide que, cuando son ponentes
en un litigio sobre ochavos, o se quejan en público
de una infracción de las leyes de policía urbana,
hagan gemir las prensas con el dictamen o el «remitido,»
y guarden «el impreso» como título glorioso, después
de asombrarse de que no se haya desquiciado el mundo al conocerle.
¿Me va usted comprendiendo mejor, amigo Casallena?
-Perfectamente,
señor y amigo de toda mi consideración y respeto;
pero si tan racional y recomendable es el consejo que usted
me da para curarme de mis males, ¿por qué no le utiliza
usted para curarse de los suyos, que tienen la misma procedencia?
-Porque no lo hice cuando era tiempo de hacerlo; hoy, comenzando
a envejecer y encenagado ya en el vicio, no tengo fuerzas
para desarraigarle ni tiempo para empeñarme en ello.
Además, por cuestión de esos cuatro días
más o menos que me quedan, ¿a qué cambiar de
postura? Prefiero pasarlos de borrachera en borrachera, hasta
morir, como el beodo del cuento, abrazado a la cuba de mis
amores. Y con esto dejémoslo, que es peor meneallo;
y siquiera para demostrarme que quiere usted poner en práctica
mi consejo, mire usted hacia afuera y recree los ojos un
instante en ese ramilletito que pasa. Cuatro son las flores,
¡y qué bizarras! ¿Quiénes son ellas? Quiero
decir, dos de ellas, porque a las otras dos ya las conozco,
así como a la señora que las acompaña.
Volviose todo ojos Casallena, después de afirmar
sus lentes sobre la nariz, y respondió, alargando
mucho el cuello hacia el ramillete, como si intentara olerle:
-Las dos desconocidas son forasteras: crema fina de Madrid.
-Vamos, de esa que usted canta cuando pulsa la lira de los
salones... ¡y ese sí que es vicio feo!
Sonriose Casallena
como si tomara el dicho por una de las cosas compasibles
de su interlocutor, y díjole:
-¿Volvemos al ramillete?
-Con mucho gusto; y digo a ese propósito que me han
parecido mejor que las dos madrileñas, las otras dos
de acá que las acompañaban... porque, o yo
no he visto bien, o eran las de Brezales. Parece mentira
que sean hijas de tal padre... buena persona en el fondo,
eso sí; pero de un corte de todos los demonios. La
morena es cosa superior: tiene una cara de enigma tebano,
que se la doy al más valiente.
-Sobre todo, de una
temporadita acá, -apuntó maliciosamente Casallena.
-¡Hola, hola! Conque de una temporadita acá... ¿Y
qué enfermedad es ella, señor doctor?
-Pensé
que usted la conocía, y por eso aventuré la
observación.
-Le juro a usted que no sé palabra.
-¿Es usted de fiar? -¡Hombre! ¿Esas tenemos ahora?... ¡Tras
de las intimidades que nos hemos confiado?
-Es que la dolencia
de que se trata, no es del cuadro patológico de las
nuestras.
-Tanto mejor para conocida.. -Le aseguro a usted
que si no mienten mis informes, y son el Evangelio, hay en
el caso para un comienzo de novela.
-¡Para un comienzo de
novela! ¡Y se lo callaba usted! ¡Ni que anduvieran tiradas
por los sucios esas cosas!
-¿Ve usted cómo no resulta
hombre de fiar? ¡Si conoceré yo a las gentes!
-Señor
de Casallena, tentador de apetitos contrariados: ¡el caso,
o la vida!
-¡Canario! ¿Es seria la intimación? -A
muerte.
-Pues siendo así, no vacilo en la elección.
Entrego el caso.. Oiga usted lo que se dice, y es la pura
verdad...
Pero no pasó de aquí la historia,
porque aparecieron delante de los dos interlocutores, y en
el vano de la puerta del café, hasta tres amigos de
ambos, concurrentes infalibles a la mesa a aquellas horas.
Mozos eran los tres, y, año arriba, año abajo,
de la edad de Casallena. Soldados de una misma legión,
también tenían su correspondiente nombre de
guerra, por el cual eran bien conocidos; porque hay que advertir
que Casallena no se llamaba así ni en los registros
civiles ni en los libros parroquiales. Juntos peleaban a
menudo en el revuelto campo de las letras; y aunque bisoños
los cuatro, habían ganado ya lauros que los hacían
bien merecedores del entusiasmo con que luchaban por ellos,
en el vagar que les dejaban las tareas de sus deberes profesionales.
Dicho sea en honra suya, eran, con sus no muy viriles frontispicios,
desgarbados por la insulsa indumentaria que imponían
las leyes de la crema elegante, una ejemplar excepción
entre muchos de sus congéneres: esa juventud frívola
que se conforma con vestir a la última moda y caer
bien en los salones de tono, y tiene en poco a los que saben
algo de más jugo que eso. Los tres saludaron al hombre
de la cara hosca, de los lentes de oro y de las barbas grises,
con un apelativo más cariñoso que puesto en
razón, y fueron correspondidos con sendos y cordiales
apretones de manos. El más mozo de los cuatro amigos,
y, por ende, de los tres recién llegados, Juan Fernández de mote, era la encarnación palmaria de la alegría
descuidada y bulliciosa. Hablaba a voces y se reía
a carcajada seca; atestaba sus ocurrencias de equívocos
chispeantes, y con el sombrero en la coronilla, las manos
acá y allá, las piernas como las manos, los
grises ojos retozones y la voz desembarazada y resonante,
remataba sus vehementes períodos con citas atinadísimas
de personajes estrafalarios o de autoridades de gran nota.
Escribía mucho y con frecuencia; y con ser tan hablador,
aún corría más su pluma que su palabra.
Pero, por una de esas incongruencias fenomenales en que se
complace a menudo la naturaleza, este mozo, tan regocijado
y tan ligero en su trato familiar, tan chancero y risotón,
no escribía jamás en broma. Dábale el
naipe por los asuntos serios, y era un dogmatizador de todos
los diantres y un crítico de los más hondos.
Pues este tal, picando en muchos puntos a la vez y metiéndolos
todos a barato, entre restregones de pies, crujidos de la
banqueta y disparos de carcajadas, tuvo la culpa de que a
Casallena se le olvidase, cuajada en la misma punta de su
lengua, la historia que había prometido al señor
de la cara hosca. Pero no era éste de los que renuncian
fácilmente a satisfacer los antojos de la curiosidad,
cuando les muerde de veras; y en aquella ocasión le
mordía de firme por lo visto, pues apenas hubo pasado
lo más recio y estruendoso de aquel coreado palabreo,
encarose con Casallena y le dijo:
-Venga ahora eso que iba
usted a contarme cuando entró esta gentezuela.
Pero
también esta vez se le atascó la historia en
la garganta, y fue causa de ello la presencia de un nuevo
personaje que se acercaba entonces a la mesa desde el fondo
del café.
Mozo era también, como los otros
cuatro; pálido, más que algo pálido;
miope, afilado de faz y no muy medrado de cuerpo. Andaba
con lentitud y sin hacer ruido con los pies. Llevaba entre
los dientes una pipa de espuma, a medio culotar, y en la
pipa un disforme tabaco con sortija; los brazos muy pegados
al tronco, y las manos en los bolsillos del pantalón;
el espinazo bastante encorvado, y el cuello muy erguido,
por lo cual lo primero que se veía, y más chocaba
en él, eran dos cosas: la cruz que formaba su puro
descomedido encalabrinado en la pipa, con la línea
horizontal de su fino bigote, y el centelleo de sus lentes,
heridos de plano por la luz. Vestía y calzaba según
los cánones más rigorosos de la moda reinante,
y era limpio y atildado de pies a cabeza, en persona y en
arreo. Los que sólo le conocían de verle en
público tal como queda descrito, le tomaban por el
prototipo del gomoso insubstancial y petulante, y abominaban
de él. Después de tratado a fondo y de conocer
sus gustos y su correa para conllevar impávido contrariedades
y achaques que a otres hombres más fuertes los ponen
a morir, se convenía en que era mozo de raro temple;
cuando estos datos se sumaban con su estilo descarnado y
lacónico y con ciertas y bien comprobadas genialidades,
resultaba un carácter, cosa que no abunda en los tiempos
que corren, y menos en los mozos que se usan; y, por último,
después de añadir a esta ya respetable suma
la cuenta que daba de lo que había visto, y sentido
y observado en sus largos y extraños viajes, llegaba
a confesar el más duro de convencerse, que en aquel
cuerpo endeble había también un alma de artista.
Y no quedaba otro remedio que estimarle muy de veras y añadirle
a la suma de los pocos que, a su edad, son dignos de que
les estrechen la mano los no muchos hombres ya maduros que
no se corrigen del pecado de creer y proclamar que hay trabajos
y aficiones que, aunque producen menos, ennoblecen mucho
más que el trabajo y el instinto del buey; sin que
esto quiera decir que los trabajos de esta índole
no sean útiles y honrosos, cuando son limpios. Pero
ya que tanto se ha ensalzado a la hormiga, justo es que alguien
se atreva, de vez en cuando, a declarar lo que tiene de bueno
la pobre cigarra.
Llegó el joven a la mesa; saludó
en pocas palabras y con suma cortesía; fue muy cariñosarnente
recibido; sentose sin hacer ruido al lado del señor
de las barbas grises y la cara hosca, que se la puso bien
risueña, por cierto; quitose de la boca la pipa para
frotarla un ratito con su pañuelo y pedir al camarero,
que se le acercó, una bebida helada; volvió
a pulso la pipa a su boca, y se dispuso a oír en absoluto
mutismo y con estoica tranquilidad, lo que en aquel concurso
se debatiera o se murmurara.
No se sabe a ciencia cierta
si Casallena después de saludar a su amigo, estuvo
dispuesto a cumplir su compromiso empeñado con el
señor de enfrente: lo que no tiene duda es que este
señor, apenas vio que ahumaba ya la pipa del joven
recién venido, se encaró con Casallena otra
vez, y le dijo, rebosando la impaciencia en sus palabras:
-Vamos, continúe usted ahora, o, mejor dicho: comience
usted con mil demonios. ¿Qué es lo que le pasa «de
una temporadita acá», a la chica mayor de?...
Indudablemente
estaba de malas aquel asunto tan apetecido por la curiosidad
del interpelante, porque ni siquiera le fue dado a éste
terminar su interpelación. Impidióselo en su
amigo y coetáneo que se plantificó de golpe
y porrazo, como llovido de las nubes, delante de la mesa
por el lado de la calle. El cual amigo, aunque de aire decente, no era alto ni muy derecho, ni elegante en el sentido que
dan a esta palabra los fieles vasallos de la moda: en su
ropaje, aunque de buena calidad, había abusos de tijera
por resabios y manías de otros tiempos. Su cara, de
buen color, era aguileña, su gesto habitual, de pimienta
con vinagre; el corvo pico de su nariz le partía en
dos porciones iguales el entrecano bigote, y le caían
hacia los hombros, enrarecidas y lacias, unas patillas grises
que habían sido en otra edad tupidas, negras y lustrosas.
Estaba en muy buenas carnes, y eran contadas las personas
que, al llamarle, anteponían el don a su nombre de
pila, Fabio. Para todo el mundo era Fabio López; y
nada más puesto en razón tratándose
de un hombre como él, que era un talego de cosas,
sempiterno mozo disponible, y con un espíritu, cuando
estaba de buenas, juvenil y brioso como en los tiempos primaverales
de sus campañas universitarias.
Llegando, pues, este
sujeto como él llegaba de ordinario a aquel sitio
y otros tales, hablando a voces y encajando en cada frase
media docena de interjecciones crudas, entre mordisco y chupada
a su cigarro sempiterno y de los peores, increpó de
este modo a los cinco mozos de la tertulia, casi al mismo
tiempo que arrancaba con los dientes el tercio superior de
su tabaco, que parecía un hisopo:
-¿Qué canastos
hacéis aquí vosotros, pollos invernizos, mientras
andan por ahí afuera esas mujeres tan guapas, muertas
de necesidad? ¡Reconcho, qué morena! Cada día
me parece mejor. Ahí arriba me he topado con ella.
¡Canastos, qué ojos tiene, y qué despachaderas
en el gesto! Esas, esas son, reconcomio, lo que hay que apetecer:
las que a mí me gustan; las bravías; que haya
que cogerlas a lazo y sujetarlas con acial. ¿No es verdad,
compañero? (su coetáneo). ¡Canastos, qué
mujer esa!... Verdad que a usted ya le tienen estas cosas
sin cuidado... ¡Si fuera usted un pobre huérfano desamparado
como yo!... Y tú, Casallena de los demonios, ¿para
cuándo guardas las coplas finas y el ponerte tristón
y languiducho? De seguro, para lavar la cara a las cursis
de Madrid, como las que iban con ellas... Con ellas he dicho,
porque, canastos... ¡mira que la hermana, en su clase de
rubia garapiñada!... Te digo que debe ser una pura
guindilla... Hombre, tú, que eres médico, y
a propósito de estos delicados particulares, ¿cómo
me explicas ese fenómeno... fisiológico?...
¿Cómo de un padre tan feo y tan bruto, pueden resultar
dos hijas tan guapas? ¡Canastos, qué morena!... Córrete
un poco allá, Picolomini, mal jurista, que hoy necesito
yo mucho espacio y mucho viento... y mucha fragancia marina,
como decís los poetas de regadío; muchas sales
de... ¿de qué, Casallena? Porque resulta ahora que
las aguas del mar abundan en sales de... en fin, de esas
que vienen a respirar los escrofulosos de Zamarramala, engañados
por los de tu oficio. Pues de esas sales necesito yo también
ahora, o del aire que las trae, que no es lo mismo; y además...
¡Casaa!... ¡Así llaman los de Becerril al mozo del
café!... ¡Concho, qué brutos!... Tráete
un vaso de agua con azucarillo; y por si acaso está
muy fría, tráete también la botella
de coñac para echarla unas gotas. Pues sí,
señor: la trigueñita esa, es cosa de verse
de cerca. ¿Usted, compañero, ya ha tomado su uvita
para amortiguar las neuralgias? ¡Canastos! en otros tiempos
se curaba usted las murrias que le partían, con canutillos
a pasto... ¡Eso sí! arrojando siempre la punta de
ellos, con cara de asco, como si los tragara a la fuerza,
cuando lo hacía porque no llegaba la crema hasta allí.
¡La hipocresía de la gula!... por la falta de creencias.
Ahora, todo lo malo que se hace es por la falta de creencias.
¡Canastos con la falta de creencias! Ya estoy yo de esas
faltas hasta la coronilla... Para eso, el pobre Casallena
no se ha tomado, contando por los indicios visibles y los
antecedentes que se le conocen, más que un chocolate
con media arroba de tostadas fritas, dos platillos de pasteles
y una copa de Jerez. ¡Ángel de Dios!... Pero, hombre,
éste siquiera tiene la franqueza de su voracidad:
se come hasta las migajas, y lame las paredes del pocillo.
Lo peor es que, para lo que te luce... Y ¿dónde habéis
dejado al gomoso de mi otro sobrino? ese sportman platónico,
quiero decir, sin caballo ni esperanzas de tenerle... casi
lo propio que el amigo que le ha pegado esos vicios y no
tiene más cabalgadura que una pollina casera. En octubre
la manda a estudiar a los montes de su lugar, y en junio
se la traen pelechando. Pues apuesto una desazón a
que ese sobrino mío está esperando en casa
el perfumado billete de la última condesa de Madrid
que se ha prendado de él, sólo con verle pasar
por enfrente de sus balcones. ¡Canastos con los tenorios
anodinos que se gastan ahora!... Por supuesto, también
por la falta de creencias... ¡todo por la falta de creencias!...
Pues volviendo a la rubia, quiero decir, a la otra, porque
yo prefiero, pero con mucho, ¡con muchísimo! a la
morena... ¿qué demonios me han contado a mí
de esa real moza, ahora que me acuerdo? Pues yo algo sé...
por supuesto, de lo limpio... Y después de todo, a
mí ¿qué canastos me importa? Agua que no has
de beber... Pero conste que su padre no se la merece, ¿no
es verdad, muchachos?... Ni tampoco ninguno de vosotros,
con franqueza, aunque la modestia o la necesidad os haga
crear cosa muy distinta... Esa mujer debió haber nacido
en mis tiempos, cuando los elegantes no andábamos,
como los de hoy, en babuchas y de corto y apretado por la
calle, como niños zangolotinos... ¡Reconcho, qué
raza y qué modas!...
Y así sucesivamente:
los amigos del preopinante escuchaban a veces riéndose,
y a veces temblando de miedo, a que entre aquel encadenamiento
de ocurrencias fulminantes, expelidas a voces, estallara
a lo mejor una claridad que resonara demasiado en los ámbitos
del café, que iba colmándose poco a poco de
concurrentes; pero no pudieron meter baza por ningún
resquicio del monólogo. El alud los arrollaba siempre,
hasta que entrando en escena nuevos contertulios, este pintor,
aquel periodista, el otro estudiante y el recomendado de
más allá, la tormenta fue calmándose,
y se encauzó la murmuración, haciéndose
más extensa.
En esto se andaba, citando se plantó
delante de todos, en la acera inmediata, el mismísima
señor de los Brezales, como él se firmaba,
o Brezales a secas, como le llamaba todo el mundo. Ya se
ha dicho de este sujeto que era el tipo de la vulgaridad
enriquecida; y aquí se confirma el aserto, con la
añadidura de que era así, no sólo en
conjunto, sino en cada uno de sus pormenores físicos
y morales: vulgar de pelo, y de orejas, y de pies, y de bigotes,
y de espaldas, y de ojos, y de ropa... vulgar, en fin, hasta
en la manera de atreverse a ser chancero y gracioso, o solemne
y profundo, según los casos, entre gentes de poco
más o menos, con la osadía que da a los hombres
de escaso meollo la posesión del dinero atropado con
la escobilla del atril. Gentes de poco más o menos
eran para él las de la mesa; y por serlo, se anunció
a ellas con el registro chancero en esta forma:
-¿A quién
se despelleja hoy aquí, señores del plumeo?
-Precisamente a usted y a toda su casta, -respondió
López con la velocidad y la fuerza del rayo.
El señor
de los Brezales soltó una carcajada. Pura broma, para
corresponder a la del otro. Porque toda aprensión
podía entrar en su cabeza, menos la de que fuera,
en ningún caso, materia despellejable un hombre tan
rico y tan serio como él, y que, además, se
carteaba íntimamente con un «estadista» de los más
sonados.
-¡Ah, pícaros, beneméritos de una
cárcel! -añadió a la carcajada.
-En
cambio -replicó el implacable López,- a otros,
con menos títulos, los creerá usted merecedores
de la patria... y así va el mundo chapucero...
-¡Oh,
qué buenas cosas tiene este don Fabio! -dijo brezales
volviendo a reírse, pero sin caer en la cuenta de
que merecedor no significaba lo mismo que benemérito;
y luego, cambiando de tono y de actitud, prosiguió:-
Vamos a ver, caballeritos: yo ando reclutando gente, y a
eso he venido aquí.
-Y ¿para qué es la recluta?
-le preguntaron.
-Para la junta de ahora mismo -respondió.-
¡Pues me gusta la ocurrencia! ¿No han visto ustedes la convocatoria
en El Océano de esta mañana?
Nadie de los
presentes se había enterado de ella.
-¡Ésta
es más gorda! -añadió Brezales verdaderamente
asombrado.- Son ustedes, si mis noticias no fallan, los que
escriben ese papel, y ahora resulta que no saben lo que en
él se dice. ¡Así anda ello!
-Pero ¿de qué
junta se trata, mi señor don Roque? -preguntó
Casallena con su voz suave y acompasada.
-De una extraordinaria
-respondió solemnizándose un poquito el interpelado,-
que va a celebrar dentro de media hora la Alianza Mercantil
e Industrial...
-Para el fomento -interrumpió Casallena,-
y desarrollo de los intereses locales... Ya recuerdo el título.
-Y de la cría caballar -añadió Fabio
López a media voz; y luego volviéndose a Brezales
y soltándola toda, le preguntó:- Y ¿qué
tenemos nosotros que ver con eso?
-Por si lo tienen me he
acercado aquí -respondió el buen hombre.- ¿Ninguno
de ustedes es socio?
-¿Qué canastos hemos de ser?
-exclamó el otro.- Esa sociedad es de hombres de mucho
pelo, y ésta que usted ve aquí es gente de
escasa pluma.
-Pues es de lamentar -dijo Brezales,- porque
convendría que los que redaztan papeles concurrieran
allá para pintar las cosas tal y como son en sí,
y no salirnos luego con un sinfundio por fiarse demasiado
del relate de otro.
-Pero ¿tan importante va a ser lo que
allí se ventile? -le preguntaron.
-¡Importantísimo!
-respondió Brezales acabando de solemnizarse y de
erguirse.- ¡Muy importante! Se van a presentar a la discusión
de la Junta tres proyectos maníficos. Los conozco
bien, porque se me han consultado repetidas veces. He tenido
ese honor.
-¿Y de quién son, si puede saberse? -preguntó
el coetáneo de Fabio López.
-¿Pues de quién
han de ser, canastos? -exclamó éste, revolviéndose
mucho sobre la banqueta:- de Joaquinito Rodajas. Apostaría
las narices.
-Pues se quedaría usted sin ellas -replicó
el candoroso Brezales,- porque los proyectos no son de ese
caballero, a quien no tengo el gusto de conocer, sino de
otro que, por cierto, no es estimado aquí en todo
lo que vale... porque somos así; pero que vale mucho,
¡muchísimo! ¡Oh, qué gran muchacho! Jamás
le pagará la población la mitad de lo que le
debe.
-¿Y no se puede saber quién es esa segunda
Providencia que nos ha caído de lo alto? -preguntó
el de los lentes de oro y la cara hosca.
-Joaquinito Rodajas,
hombre: ya se lo tengo dicho, -respondió su coetáneo,
poniéndose hasta de mal humor.
-Y yo vuelvo a repetir
-dijo midiendo las sílabas el sencillote Brezales,-
que padece usted una equivocación, señor don
Fabio. No son de ese los proyectos; y en penitencia de la
terquedad de usted y del poco aprecio que hacen todos ustedes
de estas cosas tan interesantes para el fomento y desarrollo
de los intereses locales, ni les digo ahora a qué
se confieren los proyectos, ni el nombre de su autor. Cuanto
más, que mañana se sabrá todo por los
papeles públicos. Y con esto me voy, porque ya irá
a empezar aquello, y hay que dar ejemplo de puntualidad...
Si por caso ven ustedes algún socio de La Alianza,
háganme el favor de arrearle para allá de mi
parte... Con la tonía y la pachorra de estas gentes,
no se puede atar con arte cosa que valga dos cominos. Adiós,
señores.
Y se fue, y le cortaron un nuevo sayo los
de la mesa; y como ya comenzaban los sirvientes a encender
los mecheros de1café, señal de que también
estarían encendiéndose las luminarias del ferial,
espectáculo que no perdía nunca el amigo y
coetáneo del hombre de la cara hosca, y a éste
le iba pareciendo demasiado fresco el ambiente que se colaba
por la puerta abierta, marcháronse también
los dos antiguos camaradas, apretándose el uno los
ijares de vez en cuando, y taciturno y avinagrado el otro,
indefectible término y paradero inmediato de las mayores
alegrías de aquel singular temperamento.
  - III -
A claustro pleno
Como en la escalera no había otra
luz que la del mechero de la meseta del segundo piso, donde
estaba el domicilio de La Alianza Mercantil e Industrial,
para, etc., etc., el acaudalado Brezales tuvo que subir a
tientas y con tropezones los primeros tramos, bisuntos, desnivelados
y estrechos, y acometer después, con las manos por
delante, los retorcidos corredores de la casa, porque de
la luz del mechero, aunque estaba abierta de par en par la
puerta de ingreso, no alcanzaba al interior más claridad
que la estrictamente necesaria para que viera el entrante
lo denso de las tinieblas en que se zambullía. Envuelto
ya en ellas don Roque, comenzó por arrimar su abrigo
de verano a la pared, creyendo que le colgaba de la percha,
que debía de estar por allí, sobre poco más
o menos; y guiándose después por el rumor de
las conversaciones de los consocios que se le habían
anticipado, pudo llegar al salón que buscaba, sin
detrimento grave de su respetable persona.
El tal salón
era relativamente espacioso y estaba empapelado de obscuro,
por lo que no alcanzaban a ponerle a media luz las de seis
medias velucas que se quemaban en dos candeleros de zinc
bronceados, que había sobre la mesa presidencial,
de modesto cabretón en blanco, con tapete verde, y
en dos palomillas de hojalata, contiguas a las jambas de
la puerta. La mesa de cabretón, tres sillas adjuntas
a ella y como cuatro docenas más arrimadas a las paredes,
componían el pobre, pero honrado ajuar de aquella
estancia y de la casa entera, alquilada por lo más
granado y pudiente del comercio y de la industria, etc...
de aquel rico pueblo, para tratar, con el necesario reposo
y la debida comodidad, los asuntos enderezados al «fomento
y desarrollo de los intereses locales.» Cuando se constituyó
la sociedad, el presidente (cuya elección fue una
verdadera batalla, porque las falanges de Brezales, que le
disputaba el campo, lucharon como leones), que era hombre
de buen gusto, y otra docéna de «despilfarrados» como
él, trataron de vestir y de alumbrar el local con
cierta decencia, que, cuando menos, le hiciera algo llamativo,
ya que no resultara, ni con mucho, en consonancia con el
esplendor de sus altos destinos. Pero se presentó
en la primera junta general un voto de censura fulminante
contra los atrevidos, alegando los proponentes, entre otras
cosas, que allí no se iba a hacer vida muelle y regalona
a expensas de nadie, sino a trabajar y a desvelarse por el
bien de todos; por el «fomento y desarrollo de los intereses
locales;» que todos estos trabajos y desvelos estaban reñidos
con los perfiles del lujo, sin contar con que el comercio,
el verdadero comercio, el comercio de los sudores y de los
honrados afanes, era de suyo modesto, sencillo y, si bien
se miraba, hasta un poco desaliñado y grasiento; que,
después de todo, ¿qué más daba una banqueta
de pino desnudo, que un sillón de terciopelo; una
araña de treinta luces, que un candil de cocina? ¿Tenían
algo que ver estas chapucerías de damisela con los
importantes asuntos que iban a ventilarse en la casa de La
Alianza Mercantil e Industrial, para el fomento y desarrollo
de los intereses locales? Vela más, colgajo menos,
¿daban ni quitaban razones en los debates que pudieran promoverse
allí? Hubo entre los agredidos de este modo quien
se atrevió a replicar humildemente (en vista de que
estaba con los suyos, para aquellos y otros análogos
particulares, en una insignificante minoría), que
bien que el cogollo y nata de los acaudalados de la famosa
plaza mercantil se sentara, para celebrar sus juntas más
importantes, en banquetas de pino, o en el suelo y hasta
en cueros vivos, como los guerreros de Campolicán,
si esto les parecía más cómodo y más
barato, y hasta les engordaba; pero en cuanto al alumbrado,
¿por qué no había de aumentarse, siquiera con
una libra de bujías, cuando las juntas se celebraran
de noche, para no entrar a tientas por los pasillos y poder
verse las caras los socios en el salón? Así
como así, con el aumento de bujías y todo,
no llegaría la cuota mensual de cada socio a media
peseta. Faltó poco para que se le zamparan por el
atrevimiento los protestantes, cuyo leader era Brezales,
no por roñoso, sino por haber sido derrotado por ellos
en la elección de presidente. Y como, además
de esto, se había presentado ya otra proposición,
que tenía muchos partidarios en la sociedad, solicitando
que ésta se trasladase a un local que los firmantes
habían hallado en un barrio más modesto, y
que sólo rentaba cinco reales y cuartillo, importando
muy poco, al lado de esta gran ventaja, las dos tabernas
contiguas al portal, y la pobreza mal oliente de los vecinos
de la escalera, los de la minoría, por no perderlo
todo, transigieron en lo del alumbrado, y así seguían
las cosas.
Se cuentan aquí todos estos pormenores,
que a algún suspicaz pudieran sonarle a pujos de meterse
de mala manera en la hacienda del excusado, o cuando menos
a voto de censura a los araucanos de aquella mayoría,
pura y simplemente porque no se dude de la veracidad del
historiador, al describir, como se ha descrito, la desnudez
y las tinieblas de aquellos ámbitos, tan ilustres
por sus destinos. Se sabe ya, pues, por qué no había
más luz ni mejores muebles en el local de La Alianza
Mercantil e Industrial, etc., etc., y queda a salvo de la
tacha de inverosímil, entre las gentes «despilfarradoras,»
la pintura que se hizo de aquel cuadro. Y adelante ahora
con el cuento, es decir, con la historia.
Cuando entró
Brezales en la sala, aún no había comenzado
la sesión, y los concurrentes, de pie y fumando los
más de ellos, departían en corrillos sobre
el triple objeto de la convocatoria, o sobre la importancia
o impertinencia de cada uno de los tres proyectos; o bostezaban
de fastidio, según las circunstancias y los genios;
pero sobre todos los rumores del salón, descollaba
la voz del proyectista, rebozada, digámoslo así,
en el continuo y desacorde crepitar de los papeles que manoseaba
y revolvía hacia un lado y hacia otro, hacia arriba
y hacia abajo, golpeando sobre ellos a lo mejor y metiéndose
los al más frío por los ojos. Tras el hechizo
de aquella voz se fue el bueno de Brezales, paso a paso y
de puntillas, con las manos cruzadas sobre los riñones,
la cabeza un poco vuelta y el oído en acecho. Llego
así al grupo, conteniendo hasta la respiración
y haciendo señas con un dedo sobre los labios para
que no se diera nadie por entendido de su llegada; se colocó
detrás del sustentante, bajando mucho la cabeza y
retorciendo un poco más el pescuezo para recoger,
con el único oído que de algo le servía,
hasta las migajas de aquel sabroso palabreo; y cuando el
hombre que se desmedraba por el bien de sus ingratos convecinos
puso fin al razonamiento que tenía entre dientes a
la llegada de Brezales, éste, conmovido de entusiasmo,
le abrazó por la espalda, exclamando al propio tiempo:
-¡Eso es hablar con substancia! ¡Eso es pensar con aplome!
¡Eso es hacer algo por el verdadero progreso de la localidad!
Señores -añadió dirigiéndose
a todos los del grupo,- hay que votar eso y que apoyarlo...
hay que echar hasta los hígados para que se realice,
y para ello cuenten ustedes con lo que soy, con lo que tengo
y con lo que valgo.
El de los proyectos se volvió
hacia Brezales, de cuya presencia no se había percatado
hasta entonces; y tras una mirada de alto abajo, que, bien
leída, significaba «eso es lo menos que yo sé
discurrir cuando me pongo a ello,» y respondió en
voz melosa y con disfraces de tímida.
-Gracias, señor
don Roque; pero verá usted cómo no pasa ninguno
de los proyectos, como sucede con todo lo verdaderamente
serio y útil que se presenta aquí. A mí,
personalmente, poco me importa, porque confío en que
no ha de faltar en el día de mañana quien haga
justicia a mis desinteresados desvelos; pero lo siento por
este pueblo que os vio nacer, en cuyo daño vienen
a parar todas esas... miserias, por no decir otra cosa.
-¡Envidias! dígalo usted, y muy alto, porque es la
verdad -exclamó Brezales, decidido ya a todo por obra
de sus entusiasmos.- Envidia, envidia y no más que
envidia.
-Eso -dijo humildemente el otro,- a Dios que los
juzgue; pero bien pudiera ser.
En esto se oyó, hacia
la única mesa que había allí, el repiqueteo
de una campanilla clueca, señal de que iba a comenzarse
la sesión. Los concurrentes, sin dejar de fumar los
que fumando estaban, fueron arrimándose a las paredes
del local, descubriéndose poco a poco y sentándose
en las sillas. Ocuparon las suyas detrás de la mesa
el presidente y dos individuos de la junta directiva; y después
de los trámites de reglamento, aquel señor,
de buena traza por cierto, con palabra bastante fácil
y no mal estilo, dio cuenta del objeto de la reunión.
Hecho esto, dijo:
-El señor don Sancho Vargas tiene
la palabra.
El aludido por el presidente era el hombre de
los tres proyectos. Ocupaba una de las sillas arrimadas a
la pared frontera a la mesa. Le hería de lleno la
extenuada luz de uno de los cabos de la puerta, y se le distinguía
bastante bien a tres o cuatro pasos de distancia. No había
nada más visto que él en la población,
y quizás consistiera en eso el poco relieve que daba
su persona en el flujo y reflujo, en el ir y venir del público
semoviente. No chocaba por alto ni por bajo, por flaco ni
por gordo, por guapo ni por feo; lo mismo decía su
cara afeitada al rape, que con barbas; igual le sentaba el
vestido flojo y descuidado, que el traje de media etiqueta,
y tanto daba suponerle una edad de cuarenta años,
como de sesenta y cinco. Las dos caían bien en su
físico adocenado e insignificante. No era nativo de
aquella ciudad, a la cual, siendo él muchacho aún,
se había trasladado su padre desde otra relativamente
cercana y donde la suerte no se le mostraba muy propicia
en sus especulaciones mercantiles. Mientras fue mozuelo,
no se le conocieron otras aficiones que el atril del escritorio,
el fisgoneo de las vidas ajenas y la compañía
de los «señores mayores.» Muerto su padre, continuó
él, su heredero único, los negocios de la casa,
ni muchos ni muy lucidos. Esto acabó de afirmar allí
su reputación de juicioso y serio; y como hablaba
en juntas, comisiones y corrillos formales, y ponía
comunicados en el «órgano de la plaza» sobre el ramo
de policía y capítulos del arancel de Aduanas,
y nunca se sonreía, y además desdeñaba
el trato de los hombres algo mundanos, artistas, poetas y
demás «gente perdida» de la sociedad, ciertos señores
del comercio le admiraron, y aun le juraron por listo y por
capaz de todo lo imaginable... Y como la espuma desde entonces.
Alzose el tal de la silla, con el rollo de sus papeles entre
manos, y comenzó a hablar en estos términos,
palabra más o menos, con voz lenta, algo flauteada
y temblorosa, como la de aquel que tira del hilo de su estudiado
discurso con miedo de que se rompa o se le trabe a lo mejor:
-Señores: me levanto con el temor y la cortedad que
son propios de las personas humildes como yo, cuando, después
de concebir grandes, colosales proyectos, se creen en el
deber patriótico de exponerlos ante un concurso tan
ilustrado como el que en este momento me presta su atención.
(«¡Bravo!» en varias Partes de la sala.) Además de
estos motivos, hay otros particularísimos a mi humilde
persona, que me hacen confiar muy poco en el buen éxito
de mis tres últimos proyectos; y digo últimos,
porque, amén de los ya bien conocidos de todo el mundo,
tengo otros, igualmente vastos y transcendentales, que no
conoce nadie más que el modesto ciudadano que tiene
el honor de dirigiros la palabra en este instante, y que
de día y de noche, robando las horas al sueño
y al descanso corporal, se sacrifica al bienestar de sus
semejantes y al engrandecimiento de la ciudad que casi le
vio nacer. (¡Ah! ¡Oh! ¡Mucho! ¡Mucho!) ¡Gracias, señores
míos; gracias por los alientos que me infundís
con esas muestras de cariño a mi humilde persona!
Y ya que se toca este punto, entiendo yo, señores,
que estoy en el deber de dejarle bien ventilado antes de
pasar más adelante en mi discurso. Sí, señores,
yo me desvelo, yo me desmejoro, yo me desvivo por hacer algo,
por crear algo, que no se ha hecho aquí todavía,
porque quizás no se ha sabido hacer, o no ha habido
hombres con bastantes agallas para intentarlo. Yo con la
pluma, yo con la palabra, yo con mi prestigio (que alguno
tengo aquí y fuera de aquí; aunque me esté
mal el decirlo), he trabajado, vengo trabajando, como todos
sabéis, de muchos años a esta parte, en todos
los ramos de los intereses materiales: desde la policía
urbana, hasta lo que vais a tener el honor de conocer dentro
de unos instantes; y todo por la prosperidad y engrandecimiento
del pueblo que os vio nacer; y debo decirlo muy alto: me
envanezco de verme poseído de este sentimiento patriótico;
de ser tan patriota como el primero... ¡más patriota
que ninguno de mis convecinos, por muy patriotas que sean!
(«¡Bravo, bravo!» en los sitios de costumbre.) Pues bien,
señores, así y todo, yo tengo enemigos, y de
muy varias calidades: hay quien pone tachas a mis concepciones,
y más de dos sabiondos que llaman de zapatero a mi
estilo. Así, señores, ¡de zapatero! Claro está,
señores, que yo desprecio estas miserias, porque estoy
a inmensa altura comparado con toda esa cáfila de
charlatanes envidiosos. («¡Por ahí, por ahí!»
en las sillas de siempre.) Sí, señores, ¡de
envidiosos! ¡La envidia! Ésta es la rémora
en este desdichado pueblo que casi me vio nacer (¡Bravo,
bravo!), donde jamás habrá armonía entre
los elementos pudientes, ni se llevará a cabo mejora
que valga dos cominos, porque a los hombres de genio se les
ahoga; y basta que una cosa la proponga Juan, para que la
combata Pedro, su envidioso enemigo, por buena y útil
que ella sea...
Al llegar a esta palabra el orador, le atajó
el presidente con un recio matraqueo de la campanilla acatarrada.
-Estoy a las órdenes de Su Señoría,
-dijo enfáticamente el atajado, soñando, quizás,
en sus modestas alucinaciones, que en aquellos instantes
estaba trabajando por el bien de la nación entera
en los escaños del Parlamento, a la faz de la Europa,
que le decretaba retratos de cuerpo entero en las cajas de
cerillas.
-Déjese usted, señor Vargas -contestole
el presidente, con una suavidad que cortaba un pelo en el
aire,- de pomposos tratamientos que no corresponden a la
humilde categoría del puesto que aquí ocupo,
y tenga la bondad de considerar que todo eso que usted nos
cuenta está fuera de su lugar en esta ocasión
y en este sitio, ademán de ser muy grave.
-¿Muy grave?
-exclamó el de los tres proyectos, con fingida pesadumbre,
porque se relamía de gusto interiormente al caer en
la cuenta de que, sin pretenderlo, había revuelto
un poquitín de cisco, a modo de incidente parlamentario.
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