  - IX -
Lo de Irene
No era broma, como a verse va. Es cosa averiguada
que, desde el punto y hora en que don Roque Brezales intimó
con la familia del «prócer» y vio que su hijo (el
del «prócer») entraba en su casa (en la de don Roque)
como Pedro por la suya, le cautivó la idea de casar
a Irene con Nino. Si tomó de buena fe las familiaridades
o franquezas amistosas de éste con su hija por inteligencias
de otra especie, no se sabe a punto fijo, como se ignora
igualmente si de los deseos y aprensiones de don Roque participaba
su mujer, y si hubo entre ambos conversaciones o acuerdos
acerca del particular. Pero son hechos innegables, que no
mentía el pobre hombre, aunque anduviera muy lejos
de la verdad, cuando, en Madrid afirmaba al «prócer»
que Irene había calado las intenciones de Antonino
y que no las desdeñaba; porque en aquel instante,
por la fuerza de sus deseos, creía él que así
debían de pasar las cosas, y así las soñaba;
que cuando, vuelto a su casa, trató del asunto con
su mujer, ésta no le halló descabellado, y
que, sin cruzarse entre los dos el más mínimo
reparo, resolvieron dar comienzo a la empresa sin perder
un solo instante.
Doña Angustias llamó a Irene
a su cuarto, es decir, al cuarto de doña Angustias,
donde se hallaba ya don Roque paseándose con inquietud.
Encerrados los tres allí, porque doña Angustias
hasta corrió el pasador de la puerta por miedo a la
curiosidad de Petrilla y al fisgoneo de las criadas, aquélla,
en cuanto tuvo a Irene sentada a su lado, la dijo, con no
muy segura voz, porque de ciertos particulares nunca se habla
con serenidad completa:
-Te hemos llamado aquí para
informarte de un asunto que te interesa mucho, y a nosotros
también. Tu padre, que está mejor enterado
que yo, te dirá lo que ocurre... Díselo, Roque.
Don Roque, que no había cesado de ir y venir por
el cuarto, ni de carraspear, estudiando el discurso que juzgaba
necesario para dar a la escena la solemnidad debida, ya que
no para convencer a Irene, porque desde luego la daba por
convencida, acudió al llamamiento de su mujer; acercose
a las dos, y plantado, con las manos en los bolsillos, delante
de su hija, a quien aquellos preparativos inesperados y teatrales
tenían suspensa y como azorada, la dijo, tanteando
mucho las palabras y sacándolas una a una del montón
de su memoria:
-Hija mía, yo no sé si tú
te habrás hecho el cargo alguna vez de lo mucho que
vales, y de que pudiera llegar un día en que necesitaras
tomar estado... Porque hay que pensar en todo, Irene, y estar
muy al tanto de cómo son las cosas en sí para
salir por la puerta del medio cuando sea llegada la hora
de salir por alguna parte...
Don Roque, haciendo una pausa
aquí, debió asombrarse de este gallardo artificio
de su ingenio, porque fue como de triunfo la expresión
de sus ojos al clavarlos en Irene, que parecía estar
viendo visiones por lo extraño de su actitud y de
sus miradas, tan pronto a su padre como a su madre.
-¿Te
has enterado bien de estas reflexiones mías, hijas
de la experiencia de los años y de mis cariñosos
sentimientos paternales? -preguntó don Roque a Irene,
sin apartar de ella su triunfal mirada.
Y como tampoco a
esta pregunta respondiera una palabra Irene, que iba de asombro
en asombro, añadió don Roque estas otras:
-Pues yo he pensado por ti en esos delicados particulares,
porque ese era mi deber, ¿estás tú? y además,
porque quiero, porque queremos, sobre todo, tu felicidad...
tu felicidad, ¿me entiendes? Fíjate bien: tu felicidad.
Corriente. Esta chica (me he dicho yo para mis interiores
muchas, muchísimas veces) esta chica, por su personal
elegante, por las riquezas de su honrado padre y por la educación
que tiene, llamada en su día a tomar estado, no hay
quién que se la merezca en toda la geografía
de esta ciudad, por rico, y peripuesto, y currutaco que sea
el hombre que la pretenda. Otras campanillas que las que
aquí se usan ha de sonar el pretendiente que se la
lleve en justicia y con el consentimiento de sus padres.
¿Es así o no es así, Angustias, el modo que
yo he tenido siempre de considerar este delicado punto de
mis deberes... de nuestros deberes, mejor dicho?
-Así
es, sobre poco más o menos -respondió doña
Angustias, que estaba en ascuas entre el estilo desbaratado
de su marido y las sensaciones que iban reflejándose
en la cara de su hija, primero roja como la grana, y pálida
al fin, como la muerte.- Pero creo yo que sería mejor
sacarla cuanto antes de la curiosidad en que la hemos metido
con este aparato y esta... Mira, hija mía -añadió
acercándose más a ella y expresándose
en el tono medio chancero, medio grave, pero siempre cariñoso,
que tan diestramente usan las mujeres cuando la ocasión
le pide, como entonces le pedía:- se trata de que
un joven muy conocido nuestro... y tuyo, galán, distinguidísimo,
ilustre, y titulado además, desea casarse contigo;
y que su padre, el primer hombre de España, se lo
ha hecho saber al tuyo... ¿No es así, Roque?
-Justamente,
-respondió Brezales, alegrándose de que su
mujer le hubiera sacado tan fácilmente de su atasco.
A todo esto, Irene había bajado la cabeza, como si
de pronto se le hubiera caído la casa encima. Ni siquiera
preguntó de qué novio se trataba; pero nada
de ello admiró a don Roque, porque no esperaba él
menos en aquel trance de una muchacha tan ruborosa, tan inexperta
y tan recogida como Irene. En cuanto a doña Angustias,
posible es que leyera algo más que su marido en aquel
abatimiento repentino de su hija, si se ha de juzgar por
ciertas arrugas de su entrecejo mientras la estuvo contemplando
en silencio unos instantes.
Pasados los cuales, la dijo
muy afectuosa:
-Conque ya me has oído, hija mía:
dinos ahora tú algo.
-Justamente -añadió
don Roque,- dinos lo que te parezca.
-¡Lo que me parezca!
-repitió al cabo Irene, con una voz insegura, desentonada
y angustiosa, como si la emitiera a la fuerza y sin saber
para qué.- Y a mí, ¿qué ha de parecerme?...
-Eso es -dijo don Roque, apoyándola muy ufano,- ¿qué
ha de parecerle a ella? Lo que a nosotros. Hay preguntas
bien excusadas. ¿No es cierto, Irene?
-¡Qué ha de
parecerte? -exclamó doña Angustias, prescindiendo
en absoluto de la interrupción de su marido.- Bien
o mal, o ni lo uno ni lo otro... Para eso sirve el entendimiento...
y la curiosidad. Por de pronto, ni siquiera nos has preguntado
quién es él.
-Tiene usted razón -respondió
Irene, como una máquina de hablar lento y desmayado.-
No se me había ocurrido.
-Es natural, ¡qué
demonio! -dijo aquí don Roque, que cuanto más
miraba y oía a su hija, más fascinada la creía
por la visión de la felicidad con que la brindaban.-
Estas cosas siempre conmueven; y así, de golpe y porrazo,
mucho más. Vaya, mujer, digámosla de una vez
de quién se trata, para sacarla cuanto antes de su
apuro. ¿Quieres que se lo diga yo? Pues allá va, que
no es para afrentar a nadie: Antonino Casa-Gutiérrez,
el hijo de nuestro ilustre y gran amigo el duque del Cañaveral...
Ese es el novio de usted, señora marquesa de Casa-Gutiérrez,
o duquesa del Cañaveral, como usted guste. ¡Ja, ja,
ja!
Y soltó aquí la carcajada el bendito de
Dios, admirado otra vez de su travesura, y convencido de
que, con el apóstrofe ingenioso, había dado
a su hija la última y más sabrosa dedada de
miel. Pero Irene no acusó el recibo de la noticia
con una sola palabra, y hasta hubiera podido creerse que
no se había enterado de ella, a no ser por una mirada
que dirigió a su padre, y que era, para un lector
más ducho en el manejo de esos libros, un poema de
dolor, de invencibles repugnancias y de asfixiante desconsuelo.
-¿También ahora nos vas a dar la callada por respuesta?
-la preguntó doña Angustias con un desabrimiento
que no pudo reprimir al verla en aquella actitud de estatua
melancólica.- ¿O es que lo habías adivinado
por las señas?
-Justamente, -respondió Irene,
con los ojos empañados.
-Es claro -añadió
don Roque, hecho unas castañuelas.- Si aciertas lo
que llevo en la mano... ¿eh?... ¡Ah! picarilla. Juegan los
pasiegos... digo, riñen los contrabandistas, y descúbrese
el pasiego... ¡Voto al chápiro, que te ha de caer
la corona esa como santo en la peana! Y no te apures, que
aquí hay cera larga para alumbrarle. ¡Ja, ja, ja!
¡Y qué calladito se lo tenían!... ¡Vaya, vaya,
vaya!
Irene volvió a mirar a su padre, como si le
pegara con los ojos.
-¿De manera -dijo doña Angustias,-
que nada tienes que replicar a lo que te hemos dicho? ¿que
todo te parece bien? Y ¿cómo no había de parecerte
así? Si hubiera motivos para otra cosa, no te lo hubiéramos
propuesto nosotros, que queremos tu felicidad... ¡Ay! hija
mía, ¡cuántas han de envidiarte!...
-¿Cuántas?
-interrumpió don Roque.- Todas, casadas y solteras;
el pueblo entero de punta a cabo... ¡Ah, farolones de retreta!
ahora se verá quiénes son personas de comiflor,
y quiénes menudencia de chapucería... Pero
de esto ya hablaremos. Ahora, hija mía, tranquilízate
poco a poco; da gracias a Dios por lo mucho que te quiere...
y déjame que te dé un abrazo, porque tengo
mucho antojo de ello.
Precisamente en aquel instante se
levantaba Irene del sillón en que había estado
sentada. Parecía que le faltaba aire que respirar
en aquella habitación, y que sus angustias crecían
a medida que su padre la llenaba de parabienes. Entendió
él, al verla levantarse, que se apresuraba a cumplirle
los deseos, y corrió a estrecharla entre sus brazos.
Suerte fue el antojo para la infeliz; porque, sin aquel arrimo,
se hubiera desplomado en el suelo. Por eso estuvo largo rato
abrazada a su padre. En cuanto se le hubo pasado el vértigo,
desprendiose del arrimo y salió de la estancia apresuradamente,
ocultando las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.
-¡Vaya, que la ha hechizado la noticia! -dijo a los pocos
momentos don Roque hacia su mujer, que aún tenía
la vista clavada en la puerta por donde había salido
Irene.- ¡Si eso era de esperar, Angustias, era de esperar!
Blanda va la infeliz como una cera, y dulce como unas mieles.
Ya se ve ella, inocentona y cobarde, y nosotros encerrándola
aquí con tanto misterio, como si fuéramos a
sacarla los ojos; decirla de golpe y porrazo: «ya se sabe
lo que tan callado teníais,» cuando quizás
estuviera temiendo, la bendita de Dios, que se lo tomáramos
a pecado mortal...
Doña Angustias volvió entonces
la mirada hacia su marido, y le preguntó:
-¿De veras
te parece que va satisfecha?
-Pero, mujer de Dios -exclamó
don Roque maravillado de la pregunta,- ¿es posible que tú
lo dudes?
-Psch... de dudar es -respondió doña
Angustias con cara hasta de negarlo en absoluto.- Y en el
caso de que tú no te equivoques, ¿qué hacemos
por de pronto?... Porque ella, fíjate bien, no ha
dicho una palabra ni en bien ni en mal.
-Pues harto claro
está lo que hemos de hacer -replicó don Roque
esponjándose mucho:- escribir inmediatamente al duque
que con formas y adelante. ¿Qué otra cosa ha de hacerse?
-Hombre, ponerse siquiera de acuerdo con ella... Puede que
tenga algún reparo que hacer...
-¡Otra vez los reparos!...
Y ¿por qué ha de hacerlos? Y ¿por qué no los
ha hecho aquí, si se le hubieran ocurrido? ¡Pues mira
que el asunto es para ponerle reparos! ¡Qué desconocimiento
del corazón humano y de las cosas del mundo, señor!...
Pero ya que tan cortas de vista sois, porque no tenéis
las mujeres obligación de calar más adentro,
suponte que a Irene, por razón de su inocencia y de
su cortedad, se le ocurriera que este escrúpulo y
que el otro; que este dengue y que el de más allá...
Pues en lugar de andarnos con apelativos tú y yo,
mandar que venga ese médico de Madrid cuanto más
antes; y verás cómo la deja como unas perlas,
en un dos por tres.
Doña Angustias, después
de oír a su marido, reflexionó unos instantes;
y al cabo de ellos, levantose del sillón y dijo muy
resuelta:
-Puede que tengas razón. -¡Pues yo lo
creo! -exclamó don Roque contoneándose y despidiendo
rayos de vanidad satisfecha por todos los agujeros de su
faz.- Y vamos a ver -añadió descendiendo unas
cuantas gradas de la altura en que se había encaramado
de repente,- ¿se le dice algo de esto a Petrilla?
-¿A Petrilla?
-repitió doña Angustias, quedándose
un poco pensativa. Y luego añadió:- Que se
lo diga su hermana si quiere; y si no se lo dice y ella nota
algo y pregunta... En fin, ya habrá ocasión
de que lo sepa cuando deba saberlo. Por de pronto, tú
escribe la carta que ha de ser la que cierre todas las puertas
de escape; léemela después a mí sola,
¿entiendes? a mí sola, y ponla tú mismo en
el correo, en el de hoy; que por más que creas otra
cosa, también entiendo yo algo, aunque mujer, de esos
corazones humanos y de esas cosas del mundo de que hablabas
antes.
Muy pocas palabras más que éstas se
cruzaron entre los dos interlocutores en aquella ocasión
tan señalada, que es la que dio origen a la carta
de don Roque, que se reproduce en la escrita por Nino Casa-Gutiérrez
desde Madrid a un su amigo.
Ahora conviene saber que Irene,
con sus apariencias y su fama de «terrible,» era, en determinados
casos, la mujer más pusilánime que pudiera
imaginarse; y siempre, y a todas horas, el espíritu
más honrado, más sincero y más impresionable
que jamás encarnó en criatura humana. En los
corrientes y ordinarios sucesos de la vida, su corazón
y su cabeza marchaban al unísono y como un péndulo
de compensación; pero en cuanto las cosas la llegaban
al alma, se recogía maquinal y súbitamente
dentro de sí misma, y ¡adiós frescura, y lucidez,
y fortaleza! Corazón, inteligencia, juicio... todo
se le desmoronaba a un tiempo; de todo ello desconfiaba,
y todo lo temía ya. Hasta que pasaban los efectos
más tempestuosos del inesperado choque, adquiría
el espíritu su reposo, y recobraban su ordinario equilibrio
las dislocadas ideas y las perturbadas sensaciones. Esto
era, en substancia, Irene; y por ser así, ella, que
por don de Dios tantas y tan buenas armas tenía para
haber luchado valientemente en aquella emboscada en que fue
sorprendida, se sintió indefensa y huyó cobarde,
por lo que tuvo para ella de inesperado el suceso y de repulsivo
el asunto.
Pero era la pesadilla de tal condición
para aquel ánimo inexperto, que corrieron muchas horas
antes que Irene lograra darse cuenta cabal de lo que la estaba
pasando. Después comenzó a formar propósito
de resistirse a muerte, y, por último, a trazar el
plan de resistencia. Por fortuna, y en concepto suyo, la
gravedad misma del caso daba tiempo para todo o la engañaba
mucho la memoria, o ella en nada había consentido.
Apenas había desplegado los labios en la memorable
entrevista. Pensó consultar el punto con su hermana;
pero fiaba poco de su consejo, porque la creía muy
tocada de las vanidades de familia, y aplazó la consulta...
para más adelante, si la juzgaba necesaria.
Entre
tanto, aquel día no salió a la mesa ni a la
calle; le pasó encerrada en su cuarto, afirmando a
Petrilla que tenía un ataque de jaqueca a los demás,
que se guardaban mucho de preguntarla lo que tenía
cuando entraban a verla, les pagaba con medias palabras las
que ellos la dirigían para infundirla alientos, como
si realmente estuviera enferma. Para don Roque todo aquello
era un efecto natural de las placenteras emociones recibidas
con la noticia. Doña Angustias fruncía el entrecejo
y callaba la boca.
Así pasaron des días. Durante
ellos, Irene, que ya salía a la mesa, aunque pálida
y desalentada, dueña de todo su discurso y bien provista
de resolución y de entereza, se vio tentada varias
veces a provocar otra entrevista como la primera para resolver
su conflicto con una negativa terminante, apoyándola,
en caso necesario, en razones de buen temple, que tenía
acopiadas para eso; pero, reflexionando que nadie había
vuelto a decirla una palabra que tuviera la más remota
conexión con el empecatado negocio, al paso que su
padre y su madre hasta despilfarraban las de cariño,
por si esto era señal de que, enjuiciadas las cabezas
y vistas las cosas claras, se pretendía poner término
al asunto de aquel modo tan prudente y delicado, que a ella
le parecía de perlas, decidiose a callar también;
y a la chita callanda observaba, para ajustar su conducta
a los sucesos.
Corrieron dos días más, y comenzó
a hacerse en aquella casa la vida normal de los mejores tiempos,
porque Irene se mostraba animosa y hasta risueña a
ratos. De lo cual deducía su madre que la reflexión
la había curado de las aparentes repugnancias, y el
optimista don Roque, que no se había equivocado al
creer que todos los desconciertos y desmayos de su hija habían
sido «pura tremolina de gusto.» Por lo que hubo entre ambos
cónyuges muchos y muy halagüeños comentarios.
Petrilla, en tanto, husmeaba como un diablejo, tentada de
una curiosidad devoradora; porque no podía ocultarse
a su malicia que, desde la jaqueca de su hermana, allí
estaba pasando algo muy desacostumbrado. Preguntó
una vez a Irene, e Irene se encogió de hombros; preguntó
también a su madre, y su madre la envió enhoramala;
por último, acudió a su padre, el cual, como
ya no le cabía el secreto en la boca, le tuvo en la
misma punta de la lengua para declarársele a la curiosuela;
pero no le declaró tampoco, aunque confesó
que había secreto. Era lo más que podía
exigirse de su escasa fortaleza.
-Lo sabrás en su
día, -dijo a Petrilla con mucho encarecimiento.
-¿Luego
hay algo que saber? -preguntó ella devorándole
con los ojos.
-Puede que sí, -respondió don
Roque.
-¿Y por qué no se me dice? -replicó
la otra casi llorando.- ¿No soy yo de casa, como los demás?...
¿O se desconfía de mí?
-Vaya, niña
-contestó su padre muy chancero, dándola unos
golpecitos en el hombro,- menos curiosidad y más cachaza.
La prometo a usted que sabrá lo que debe saber en
cuanto llegue lo que hace falta... y no digo más.
Lo que hacía falta era la contestación del
«prócer» a la carta de don Roque; la cual contestación
llegó al día siguiente, acabando de sacar de
sus quicios mal seguros a Brezales.
Como escrita con evidente
intención de que se leyera en familia, la carta aquella
era un prior en su género; la quinta esencia de una
de las muchas habilidades que poseía el famoso, cortesano,
politicón de largos colmillos, marqués de Casa-Gutiérrez
y duque del Cañaveral. Brezales la devoró temblando
de vanidad y de gusto. En seguida llamó a su mujer
y a Petrilla; y sin preparar a ésta con otro exordio
que la advertencia de que escuchara con religiosa atención,
la leyó en voz campanuda de punta a cabo.
Petrilla
se quedó estupefacta.
-¿Irene conforme con eso? -exclamó
haciéndose cruces.
-Ya lo ves -respondió su
padre, metiéndole la carta por los ojos.- Y ¿por qué
no ha de estarlo, señora mía?
-¡Imposible!
-afirmó la jovenzuela con la mayor seguridad.
Doña
Angustias miraba tan pronto a la una como al otro; pero no
desplegaba los labios.
-Ahora lo veremos, -contestó
don Roque triunfante.
Y llamó a Irene al cotarro.
El corazón la dijo al entrar y enterarse del cuadro
aquel, que allí iba a suceder algo parecido a lo otro;
y se inmutó, pero sin perder la entereza de su ánimo,
porque desde lo de marras, vivía muy pertrechada y
apercibida.
-Acaba de regocijarte, hija mía -la dijo
su padre, después de cerrar la puerta del gabinete
en que acontecía: lo que se va narrando,- que ya tenemos
aquí la última palabra sobre el consabido asunto...
Y ¡qué palabra, Irene, qué palabra! En fin,
como de quien es. Escucha.
Y se dispuso a leer la carta
en alta voz.
Doña Angustias las estaba pasando de
muerte, y Petrita toda se volvía ojos para penetrar
en lo más profundo de su hermana, a quien iba amontonándosele
una borrasca en el entrecejo.
El contenido de aquella carta,
que leyó don Roque conmovido de entusiasmo, cayó
sobre la infeliz como una bomba. Creía posible a todas
horas que se reprodujera algo de lo pasado; pero ¡tanto como
aquello!... Lo brutal del golpe la aturdió por unos
instantes; pero no la acobardó como la otra vez. Rehízose
pronto; y encarándose valiente con su padre, pálida
de indignación y con el alma dolorida, preguntole:
-¿Qué es esto? ¿Quién lo ha autorizado sin
contar conmigo? ¿Cuándo he dado yo mi consentimiento?
Don Roque se quedó hecho una estatua; su mujer no
sabía dónde meterse, y Petrilla los miraba
con un gesto que venía a significar: «¿No lo decía
yo?»
-Pero, mujer -se atrevió a apuntar Brezales,-
¿no habías quedado tú conforme en todo y por
todo?
-¿Yo conforme con eso? -exclamó Irene asombrada
de la pregunta.- ¿Cuándo? Ni ¿cómo era posible
que me conformara? Pero en la duda, si la han tenido ustedes,
¿cómo no han vuelto a consultarme antes de dar ese
paso? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué
se hacen conmigo esas cosas?
Y aquí, la desdichada
se dejó caer en un sillón, anegada en lágrimas.
Don Roque comenzó a hacer pucheros, mientras su mujer
y Petrilla acudían a consolar a Irene.
Sucedieron
a este día otros dos tan amargos como él para
toda la familia de Brezales. Irene, después de repetir
una y cien veces que jamás se prestaría al
sacrificio que querían imponerla, volvió a
incomunicarse con todos y a pedir al silencio y a la soledad
los consejos que necesitaba para hallar una salida, si la
había en el negro abismo en que la habían arrojado.
Petrilla la visitaba a menudo por la puerta de comunicación
de sus respectivos dormitorios. Al principio se limitaba
a sentarse a su lado, oírla llorar y dirigirla de
tiempo en tiempo alguna de las palabras de ese montón
de frases hechas que el uso ha consagrado para lances como
aquél y para las visitas de duelo. Después
ya se atrevió a colarse más a fondo.
-Pero,
alma de Dios -llegó a decirla,- ¿cómo tú,
tan fresca y desengañada cuando quieres, te dejaste
coger de esa manera?
-Como te hubieras dejado tú
-respondió Irene enjugándose las lágrimas.-
Porque lo que conmigo se ha hecho es una verdadera infamia...
con la mejor intención, si quieres; pero, al cabo,
una infamia, y de las más negras... Me llamaron allá,
me encerraron con ellos... Yo no sospechaba para qué.
Papá comenzó a prepararme con unos rodeos muy
extraños y unas ponderaciones... muy ridículas,
puedes creerlo... Con esto sólo, ya no sabía
yo ni dónde estaba... soy así con todo lo serio
que me coge desprevenida. Después le cortó
mamá el sermón en lo más enrevesado;
y en cuatro palabras me dijeron entre los dos que el duque
ese, ese estafador de bobos ricos, como unos que yo me sé,
había pedido a papá mi mano para el sin vergüenza
de su hijo... Yo cegué entonces, Petrilla; me aturdí,
como si de pronto me hubiera caído encima un peñasco.
Me hicieron unas cuantas preguntas que dejé sin responder...
porque me faltaba serenidad para poner en orden todo lo que
yo sentía... Además, papá no me daba
tiempo para nada, porque él respondía por mí
arreglando las cosas a su gusto... Esto me desconcertaba
cada vez más, y ya no tenía otro pensamiento
que salir pronto de allí para serenarme un poco y
pensar con calma las razones que había de dar para
negarme en redondo... en redondo, Petra; porque te aseguro
que antes me dejaría descuartizar que consentir en
eso. Levanteme medio muerta, y salí del cuarto en
esta situación que te explico. Contaba yo con que
se trataría el caso honradamente. ¡Cómo había
de sospechar que en cuanto volviera la espalda habían
de escribir a Madrid diciendo que yo estaba conforme!...
Porque esto es lo que resulta de la carta que me han leído.
¿Tú te enteraste bien de ella?... Hasta nos vende
el caso como un gran favor el señor farsante ese.
¡Y al bendito de nuestro padre se le caía la baba
al leerlo! ¡La vanidad, Petrilla, la vanidad tonta que consume
al inocente de Dios, tiene la culpa de todo esto!... Pues
bien: cuando yo me iba serenando un poco, y hasta empezaba
a creer que se quería dar al olvido el asunto, y por
eso no volví a mencionársele a ellos... ocurre
lo que tú presenciaste. ¿Ha sido esto honrado y decente?
¿No hubieras caído tú también con esa
misma zancadilla traidora? ¡Y mamá, que debe ver estas
cosas más claras que su marido, le ha ayudado en esa
indignidad! Y tú misma, ¿por qué no me has
dicho algo de lo que se tramaba?
-¡Yo! -exclamó Petrilla
al punto, muy resentida del apóstrofe de su hermana.-
¡Me hace gracia, mujer, cuando la primera noticia que tuve
de ello fue la carta esa que me leyeron unos momentos antes
que a ti! De otro modo bien distinto habrían pasado
las cosas si tú no hubieras sido tan reservada conmigo
y me lo hubieras contado en seguida... Pues bien te busqué
la lengua aquel día y al siguiente; porque lo de la
jaqueca no me lo tragaba yo.
-Tienes razón, Petrilla,
y perdóname; pero ya te lo he dicho: al principio,
yo no sabía dónde estaba ni lo que más
me convenía; y después, con la ilusión
de que todo había concluido, no me apuraba mucho por
que lo supieras. Tiempo quedaba para ello.
-Corriente -dijo
Petrilla con la mayor formalidad.- Y ahora, ¿qué es
lo que piensas hacer?
-Seguir negándome a todo por
encima del mundo entero, -respondió Irene con gallarda
entereza.
-¿Y por qué? -preguntó Petrilla
cruzándose de brazos y mirando a su hermana con los
ojos cargados de malicias.
-¡Está buena! -respondió
la otra sorprendida muy desagradablemente con la pregunta.-
¿Ahora salimos con eso? ¿A que vas a concluir por encarecerme
el acomodo?
-Verdaderamente -replicó la cendolilla,-
que no es lo que se llama una ganga para una chica de tus
prendas, con aquel pescuezo, y aquella calva, y aquel color
de membrillo, y aquella duquesa madre, y la otra duquesa
hermana, y el duque viejo, y el mozo, y la avefría
soltera... pero es galán distinguido, viste al pelo,
no es tonto... y será duque; fíjate bien, Irene:
será duque; y su señora, duquesa, por consiguiente,
y duquesa de Madrid, que es ¡vaya! ¡uf!...
-Pues mira -dijo
Irene que casi se sonreía con las cosas de su hermana,-
ya que tanto te deslumbran esas pompas, carga tú con
ellas, que a tiempo estamos. Así como así,
lo que a él le interesa, y a toda su ilustre casta
también, no es la persona de tu hermana, sino el dinero
de tu padre.
-Lo siento mucho; pero no puedo ni pensar en
ello -respondió Petra con afectada gravedad,- porque
estoy comprometida: bien lo sabes... Pero no iba yo por ahí
precisamente -añadió variando de tono y de
ademanes:- más bien te quería preguntar si
en esa resolución que has formado de negarte... a
eso, no entra por algo... lo otro.
-Te juro -respondió
Irene, coloreándosele por un momento las mejillas,
como si hubieran pasado rápidamente sobre ellas un
velo carmesí,- que aún sin eso otro, que apenas
existe más que en tu malicia, hubiera pensado lo mismo...
¿Pues en tan poco me tienes que has podido dudarlo? ¡Ay,
Petra! Considera lo terrible del caso en que me veo; ayúdame,
si puedes, en algo, y dejémonos de bromas... Mira,
ayer, en mis deseos de salir por alguna parte, escribí
una carta a ese... prócer, como le llama papá.
Me costó Dios y ayuda: todo me parecía poco,
y todo me parecía demasiado. Quería yo decirle
que se habían comprendido mal las cosas, y que yo
no había pensado en conformarme con semejante proyecto.
Que agradecía el favor, pero que no podía aceptarle.
Lo sentía mucho; pero así era la verdad. Esto
escribí, sobre poco más o menos; pero en seguida
vi que, con decir eso a los de Madrid, dejaba por embusteros
y bobalicones a todos los de mi casa; porque, por las señas,
todos vosotros danzábais como entusiasmados en la
carta de papá... y rompí la mía en doscientos
pedazos... Y así estoy, atada de manos y pies; expuesta
a que el proyecto maldecido se publique, ¡y ya verás
cómo se publica! y sin poder decir a las gentes: «no
hagan ustedes caso, que todo es un puro embrollo de...» ¡Jesús,
María y José, lo que iría descubriéndose!...
¿Ves, Petrilla, ves cómo si papa mismo no rompe esto
por sí mismo, como está obligado a hacerlo
en conciencia, y como Dios le dé a entender, no hay
salida para mí sin un ruido escandaloso?
Petrilla,
hondamente afectada, se abrazó con ella y la besó
muchas veces. Después siguieron hablando sobre el
mismo tema y proponiendo salidas, que iban desechando a medida
que las examinaban.
Entre tanto, don Roque y su mujer también
tocaban a menudo el cielo con las manos. En hacer esto y
en declarar que habían procedido con suma ligereza,
era lo único en que iban ambos de acuerdo cada vez
que hablaban del espinoso asunto. En todo lo demás
relacionado con él, no podían entenderse. Doña
Angustias, aunque tan vana como su marido, más perspicaz
que él, estimando cada cosa en su verdadero valor,
desde que había conocido que era profunda e invencible
la aversión de Irene al proyectado bodorrio, quería
que don Roque deshiciera, con una carta bien terminante,
lo que había hecho con otra; porque lo primero era
el bienestar de su hija y el sosiego de la casa. Su marido
lo veía muy de otra manera. Afirmaba que su hija llegaría
a convencerse, porque era imposible que no se convenciera
de que consistía su felicidad y el ustre de toda su
casta en casarse con Nino Casa-Gutiérrez, primogénito
del duque del Cañaveral, el primer hombre de España.
Que creyendo esto de buena fe, y amando como él amaba
a Irene, era una locura, una indignidad, un cargo de conciencia
romper de lleno con aquella ilustre familia. Que se adoptara,
por de pronto, un ten con ten; que se diera tiempo al tiempo,
y, entre tanto, que se volviera a tratar del caso con la
interesada serenamente y con el fuste que reclamaban las
conveniencias de todos. Hasta entonces, Irene solamente había
dicho «que no:» faltaba conocer las razones en que fundaba
la negativa; y allí le esperaba él.
Y llegó
también el día en que se la puso en el trance
apetecido por su padre. Cabalmente no deseaba ella otra cosa.
¡Qué biografías hizo de todos y cada uno de
los miembros de la «egregia familia.» Se les veían
hasta las entretelas del corazón. A ella, a Irene,
la habían buscado de cebo para pescar las talegas
de su padre; y aún con estas intenciones, todavía
se dignaban concederla por marido al perdulario que la jugaría
a una carta cuando no le quedara un real de lo estafado a
su suegro. No podía darse burla más desvergonzada
en los unos, ni inocencia mayor en los otros. Tardó
en hablar, pero se despachó a su gusto. Don Roque
estuvo a punto de excomulgarla. Doña Angustias echó
el montante, y exigió, en bien de todos, que las cosas
quedaran así por de pronto, confiando en que la reflexión
y la prudencia irían arreglándolas al gusto
de cada uno; pero como esto no resolvía nada, Irene,
por despedida, declaró que vieran cómo deshacían
la maraña las manos que la habían enredado,
porque ella ya había dicho y hecho cuanto tenía
que hacer y que decir en tan abominable particular.
Sin
embargo, está bien averiguado que al otro día,
muy temprano, fue a consultar el caso con «el Padre,» el
Padre Domínguez, varón docto y de gran consejo,
director de la congregación; porque Irene era una
de las más fervorosas y entusiastas Hijas de María. Nunca había llevado al confesonario temas de aquella
delicada naturaleza; pero «el Padre» era muy bueno, muy virtuoso,
muy sabio y muy prudente, gran amigo de la familia; y el
apuro de ella muy excepcional y por todo extremo apremiante.
Así y todo, la costó entrar en materia después
de ventiladas las de la ordinaria confesión; mas a
fuerza de empeñarse en ello, aunque parte a medias
palabras y el resto entre sollozos comprimidos y tapándose
mucho con el velo por los dos lados de la rejilla, logró
decir lo que quería. Oyola el Padre con suma atención;
meditó el punto largo rato... pero tampoco la sacó
de apuros. Aprobó su resistencia, si era mansa y con
los respetos debidos, y la causa de ella bien fundada; la
recomendó la paciencia, ¡mucha paciencia!... «pero
lo de hablar a tu padre, hija mía, ya es harina de
otro costal. Eso de meterse en las casas ajenas a fallar
en asuntos de familia, es más de lo que a ti te parece.
Sin ello y todo, nos ponen los malévolos como hoja
de perejil. Conque figúrate tú si nos metiéramos...
¡Ave María Purísima! Ahora, si tu padre me
llamara, o tu madre... entonces ya sería otra cosa.
«Y con esto, y una buena porción de consuelos cariñosos
y de sabias amonestaciones, dio por evacuada la consulta
el Padre Domínguez.
No echó Irene en saco
roto la salvedad de su confesor; y en cuanto volvió
a casa, trató con Petrilla de si sería o no
conveniente inducir a su madre a que pusiera el conflicto
en manos del Padre Domínguez. Petrilla optó
por la afirmativa y se prestó a desempeñar
la embajada, y hasta la desempeñó; pero sin
éxito bueno. Doña Angustias había hecho
los mayores esfuerzos con su marido para que aquello concluyera
cuanto antes como Irene deseaba; pero él dudaría
de la bondad de Dios antes que de la grandeza e infalibilidad
de su amigote, y no había que soñar en que
el compromiso se rompiera bruscamente, y mucho menos en que
aceptara la intervención de un extraño si no
era para ayudarle a salirse con la suya. Ella trabajaba sin
cesar con el fin de ir conllevando las cosas hasta que Dios
preparara una salida franca, si es que quería prepararla...
Lo peor era que el día menos pensado diría
aquella familia «allá voy,» en la inteligencia de
que estaban aguardándola ellos con vida y alma...
pero que Dios proveería, y que, por de pronto, no
se hablara más del maldecido negocio.
Y esto fue
lo más terminante y claro que Irene logró recabar
de los que la rodeaban, en alivio de su amarga tribulación.
Hizo por su parte cuanto pudo, que no fue mucho, para echarse
el alma a la espalda; y con la resolución firme y
jurada de no cejar en su negativa cuando quiera donde quiera
que le plantaran el caso delante, volvió a su vida
habitual, aunque, más que a gozarla, a arrastrarse
dolorida por ella.
Entre tanto, «el público» lo supo
todo, porque siempre se saben estas cosas, y cada cual explicaba
de distinto modo la resistencia de Irene; pero nadie se ponía
en lo exactamente cierto, como también es uso y costumbre
en los «dichos de las gentes.»
Y así se estaba: «el
público» haciendo diagnósticos a porrillo sobre
la palidez y el desánimo de Irene, cada vez que la
veía; los de su casa afanándose por distraerla
y por alegrarla; don Roque, amén de esto, convencido
de que la tempestad iba pasando, por lo cual entretenía
las impaciencias de su «consuegro» con cartas que no hubieran
ido al correo si las hubiera visto su mujer; y la víctima,
la pobre Irene, haciendo de tripas corazón, pasando
la mitad de las noches en vela, siempre con la visión
de su conflicto delante de los ojos, y el espanto por lo
que pudiera acontecer a la hora menos pensada...
Hasta que,
al cabo, aconteció, y hubo que decírselo. Según
rezaba un telegrama que acababa de recibirse, ellos habrían
salido de Madrid aquella misma tarde, y llegarían
en la mañana del día siguiente. Las cosas (hablaba
don Roque) venían así rodadas; había
que considerarlo todo; echar penas a un lado; ponerse en
lo justo, y tomar parte en el regocijo de los demás,
que por bien de ella se regocijaban. Esto acabó de
enloquecerla. Encerrose en su cuarto; acudió su hermana;
lloró con ella; la dijo muchas cosas, unas para consolarla,
otras para reñirla y todas para convencerla; acudió
también su madre, con los mismos recursos y los propios
fines; y hasta llegó don Roque con la bata flotante
y la visera torcida, y arrimose al grupo, caídos los
brazos y entrelazadas las manos palma abajo, sin decir una
palabra, pero mirándola triste y suplicante, clavados
e inmóviles en el suelo sus anchos pies. Y todo esto
aumentaba sus mortificaciones, hasta que pidió, por
caridad, que la dejaran sola con sus desdichas, ya que nadie
quería ayudarla a descargarse de ellas.
Pasó
una noche cruel, y la halló la luz del nuevo día
enteramente desvelada y algo febril. Corriendo las horas,
oyó que se rebullía su hermana en su aposento;
y poco después la vio entrar por la puerta por donde
se comunicaban las dos. Irene no se dio por entendida. Adivinaba
el motivo de aquella madrugada. Petrilla le confirmó
sus presunciones en seguida. El tren llegaba a media mañana,
y había que vestirse antes, y no de cualquier modo.
Conoció que su hermana no había dormido un
instante en toda la noche, aunque Irene aseguraba lo contrario;
pero no quiso porfiar por no recrudecer las heridas. En cambio,
insistió mucho para animarla a que les acompañara...
«a eso» que había que hacer aquel día sin remedio
alguno.
-Sería ponerlo peor -respondió Irene.-
Nada tiene de particular que yo me quede por enferma, y lo
tendría que me vieran allí del modo que habrían
de verme.
Petra convino en ello, como convino también
su madre poco después. Sólo don Roque pensaba
allí de distinto modo; porque por encima de las pesadumbres
de su hija, aunque le llegaban muy adentro, y de cuanto con
ello y otro tanto más pudiera relacionarse, ponía
él por impulso involuntario y natural, irresistible,
como el del humo liviano que eleva al globo huero por los
aires, los miramientos y agasajos debidos a la ilustre familia
del «egregio prócer;» miramientos y agasajos que,
solamente por el hecho de ser agradecidos, refluían
en don Roque y en toda su casta, transformados en lluvia
de gloria refulgente.
Esto no lo declaró así
entonces; pero bien hondo, aunque callado, lo sentía,
cuando montó con su mujer y Petrilla en su carruaje,
pensando más en la cara que pondrían los otros
al ver que no salía ella a recibirlos, que en las
angustias que la pobre quedaba pasando por pecados que no
había cometido.
Irene oyó el rodar del coche
alejándose hacia la estación del ferrocarril,
y sintió un relativo descanso al considerar que se
hallaba sola. Como la cama era un lugar de tortura para ella,
probó a levantarse para esparcir la negrura de sus
pensamientos con el ruido y la luz del nuevo día,
y se halló más valiente de lo que esperaba.
Vistiose; despachó a la ligera sus ordinarias tareas
de tocador; y para acreditar más a los ojos de sus
sirvientas su alegada indisposición, quedose en su
cuarto por entonces, y mandó que la sirvieran allí
el desayuno.
Por un exceso de celo, suponiendo que no hubiera
en el caso ni un asomo de malicia, su doncella, muy poco
tiempo después, la sirvió, con el chocolate,
El Océano que acababa de colarse por debajo de la
puerta, fresquecito y tentador. Irene, después de
convencerse de que «no la entraba» el desayuno, cogió
el periódico, y, maquinalmente, buscó en él
la sección preferida de sus «bellas y adorables suscriptoras:»
la Estafeta local. La vio muy nutrida de materia, y, por
distraerse un poco, púsose a leerla. A los pocos renglones
ya crepitaba el papel entre sus manos ebúrneas y temblorosas;
algo más adelante, frunció el entrecejo, y,
mejor que leer, parecía traspasar las frases almibaradas
con las saetas de sus ojos indignados; por último,
rompió a llorar y arrojó el periódico
al suelo.
-Pero, señor -pensaba entre tanto la infeliz:-
¿quién va con estos cuentos, a los periódicos?
Y ya que ellos lo saben, ¿por qué lo cuentan? Y ya
que lo cuentan, ¿por qué el Gobernador no los lleva
a la cárcel? Y ya que esto no se haga, ¿por qué
a una no le ha de ser permitido poner las cosas en lo cierto
y desmentir públicamente a esos grandísimos
mentecatos, embusteros, adulones y babosos?... ¡Dios mío!...
Pero si, bien mirado todo, no tienen ellos la culpa... ¡Virgen
María! ¿Por qué se ha llegado hasta aquí?
¿Por qué me pasa a mí esto?... Pero yo tendré
valor... ¡Juro a Dios que he de tenerle para acabar de una
vez con martirio insoportable!
Y haciendo coraje y, derramando
lágrimas quedó, con los codos sobre el velador
y la cabeza entre las manos.
  - X -
Soledades
La lámina de un aparato tan ingenioso
que nos diera estampadas en ella las evoluciones del pensamiento
humano, sería cosa bien digna de verse en determinadas
crisis de la vida. Allí aparecerían, en caracteres
legibles, los derroteros del discurso en medio del vertiginoso
rodar de las ideas; el hilo sutil que enlaza las más
mezquinas con las más sublimes, las lúgubres
con las risueñas, las cómicas con las dramáticas;
la gran lógica, en fin, de lo que nos parece, a la
simple observación, génesis estrafalaria de
los pensamientos incongruentes que centellean en el fragor
de las borrascas del cerebro.
Por carecer de un utensilio
semejante que, al fin, inventará el Edisson menos
pensado, se llamó loca a sí misma Irene varias
veces, mientras permaneció en la postura descrita
al final del capítulo precedente. Tales y tan inconexas
fueron las ideas que iban desfilando por su cabeza enardecida.
Quería pensar con reposo, como lo pedían la
ocasión y los sucesos; discurrir con lucidez para
dar con una salida clara y pronta en el negro calabozo en
que se hallaba, y se le venían a las mientes, pero
en chispazos, como pasan las estrellas errantes por la bóveda
celeste en la obscuridad de la noche, la noticia de El Océano,
el busto de Jovita Sotillo, el andar de Casallena, el salón
de conciertos de la playa, el uniforme del jefe de la estación
del ferrocarril, la duda de si eran de plata o de oro los
galones de su gorra y de sus mangas, el Padre Domínguez
y la última comunión general de las congregantas; «el prócer,» su metal de voz, su continente espetado;
su hijo, ¡aquel pescuezo de buitre! ¡aquella calva en el
cogote!...
-Por aquí, por aquí está
la miga de lo que yo quiero pensar -se decía entonces
con el ansia del avaro que, a tientas, da con algo que le
parece tesoro.- Aquí es donde yo necesito esforzar
el discurso para combinar mis planes; esto es lo que me importa,
y nada más que esto.
Y puesta de nuevo a pensar,
volvía a escapársele el pensamiento a los asuntos
más extraños y a los lugares más remotos.
-¡Loca, loca! -exclamaba la infeliz al verse tan extraviada
del camino que se empeñaba en seguir.- ¡Qué
tienen que ver con mis pesadumbres todas esas boberías,
señor Dios misericordioso?
Y tornaba a encauzar el
pensamiento, y volvía el pensamiento a escapársele
por los más enriscados vericuetos.
-¡Loca, loca sin
remedio! -exclamaba otra vez, golpeándose la cabeza
con las manos que la sostenían.
Hasta que determinó
incorporarse y ponerse en movimiento. Hízolo así;
recorrió en todos sentidos la estancia; y como la
atormentaba una sensación como de un hierro caliente
alrededor de la cabeza, cogió un abanico y se hartó
de darse aire con él. Recurso inútil. Como
si el aire fuera el de un horno caldeado, cuanto más
se abanicaba, más le ardía la cabeza. Al fin,
por la puerta de escape, y con los rodeos necesarios para
no ser vista de nadie, se dirigió al cuarto-tocador.
Encerrada en él, despojose de cuanto la estorbaba,
que no era mucho, para lo que intentaba hacer. Acercose al
lavabo; llenó de agua la ancha jofaina hasta los bordes;
mirose al espejo y se quedó asombrada, no del contorno
gentil y la blancura turgente de sus brazos desnudos y de
su garganta descubierta, sino del cerco enrojecido de sus
ojos y del sello profundo que, en tan pocas horas, habían
dejado las penas, y las lágrimas en su rostro.
Tras
una ablución abundante, destrenzó su pelo y
le desató; ahuecole después, metiendo por debajo,
hacia la nuca, los dedos entreabiertos de ambas manos, y
la negra madeja fue esponjándose y extendiéndose
por la espalda, y sobre los ebúrneos hombros y los
brazos admirables, como una catarata espesísima de
cardadas fibras de seda. Después acabó el peine
la obra comenzada por las manos; y cuando ya se encontró
Irene más aliviada del peso mortificante con aquel
oreo de su cabeza, volvió a atarse la profusa mata;
la recogió al desdén, pero no sin gracia, porque
en este punto siempre son muy escrupulosas las mujeres, por
afligidas que se hallen; terminó su peinado; volvió
a vestirse a la ligera, como estaba antes; notó que
era ya dueña y señora de su discurso, y cometió
el disparate de arrellanarse en una mecedora que había
allí, para echarse con sus cavilaciones por donde
no había logrado echarlas hasta entonces, cuando debió
haberse largado a tomar el aire por las encrucijadas de la
casa medio vacía.
Ello fue que se quedó allí;
que se dio de nuevo a pensar, y que cayó en seguida
en la cuenta de que en aquellos momentos, o la trampa se
lo había llevado todo, o la gente estaba ya en sus
alojamientos de la playa; ella a dos dedos de la gran escena,
y el caso, por consiguiente, a pique de dar el estampido.
¡La gran escena! Éste era el pensamiento que la sacaba
de quicios. ¡Y era inevitable! Entonces hundió su
discurso en las lóbregas regiones por donde deben
haber pasado los últimos pensamientos de todos los
reos en capilla. Cuando han apurado los medios racionales
de salvación; cuando ya sus esperanzas no tienen un
asidero en lo humano, el apego a la vida debe haberles infundido
muchas y bien extrañas imaginaciones: desde la del
repentino motín desarrapado, que comience por abrir
las cárceles y derribar los patíbulos, hasta
la del temblor de tierra que destruya en un instante la mitad
del globo, y siembre la consternación y el espanto
en las gentes del otro medio.
Irene, en la proporción
correspondiente, sintió también el influjo
de estas empecatadas ideas. Podía muy bien suceder
que no hubieran llegado todavía, y consistir esto,
o en que a última hora hubieran suspendido y aplazado
el viaje, por indisposición repentina de alguien o
por otro motivo cualquiera, o porque el tren... El tren,
bien miradas las cosas, no dejaba de ofrecer peligros serios
a cada paso. Por de pronto, descarrila fácilmente;
y sin contar, ¡Dios no lo permitiera! los lances más
desgraciados, como el rodar por un despeñadero, o
el amontonarse hecho astillas en las negruras de un túnel
o en el fondo de un barranco, abundaban a maravilla los casos
de piernas rotas, de muñecas dislocadas de... -¡Señor
y Dios poderoso! -se dijo escandalizada al andar con sus
pensamientos por estas encrucijadas diabólicas,- yo
no deseo ninguna de esas barbaridades para nadie, yo no soy
capaz de eso; pero ellas se vienen rodando a mi imaginación
por ser cosas corrientes y de todos los días. Caigo
en esos supuestos malos, a fuerza de pensar en los que puedan
ser causa de lo que tanto deseo: que no lleguen nunca; que
jamás vengan aquí. Yo no pondré el estorbo
para que descarrile ese tren, ni ningún otro del mundo;
pero si está decretado que ha de descarrilar un tren
más, y ha de ser precisamente el tren en que ellos
se han metido, ¿qué culpa me cabe a mí en la
desgracia, ni en qué peco al considerar que pueden
haberse vuelto a Madrid para curarse la pierna dislocada
o la cabeza rota?... ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Si no tuviera que pensar en salir viva del trance inicuo,
bárbaro, en que se me ha puesto, yo no cavilaría
estas atrocidades... Y ¿en qué quedamos? -vino a decirse
a poco rato y después de dar una nueva dirección
a su pensamiento.- En estas repugnancias mías, tan
hondas y tan invencibles; en este propósito inquebrantable
que tengo de resistirme con todas mis fuerzas, ¿qué
cantidad representa él?
Sobre este tema, que tenía
muy trabajado desde que se vio enredada en el intrincado
laberinto, discurrió largamente; pero no sacó
en limpio nada nuevo. Él no había llegado a
infundirla lo que se llama una pasión, una embriaguez
amorosa. Ella, por razón de su fama de rica, más
que por la fuerza de una hermosura en que no creía,
llevaba oídas muchas impertinencias y grandes sandeces
a los hombres que se la habían acercado en el trato
corriente de aquella sociedad y de otras semejantes; pocas,
muy pocas, fuera de allí. A ninguno de esos hombres
se parecía él: todos la habían llenado
la cabeza de lisonjas cursis y de requiebros vulgares, y
al menos indiscreto de ellos se le transparentaban los mezquinos
planes entre la hojarasca de sus «declaraciones» de manual.
¡Y cuidado que habían abundado los buenos mozos entre
los aspirantes! Otra singularidad de Irene: no la hacían
gracia maldita los buenos mozos. Eran muy fatuos, por lo
común, y todo lo fiaban al poder de su gallardía,
con la vanidad de merecerlo todo, a título de gallardos,
aunque fueran unos majaderos. ¡Qué cosas la habían
dicho los buenos mozos! ¡Con qué ojos la habían
mirado, y con qué aire de conquistadores la habían
paseado la calle! Pues ¿y los meramente distinguidos, los
que sin pizca de hermosura, y hasta en los puros huesos,
habían pretendido cautivarla por la sola virtud de
sus prendas de sastrería, de sus borceguíes
de ganapán, sus cabellos aplastados y sus actitudes
de idiota? Él no era buen mozo, ciertamente, en la
acepción más usual de estas palabras; pero
tampoco de los otros. Su distinción no le resultaba
de la librea de la clase, sino de las cualidades que le eran
propias: de su entendimiento, de su cultura, de su tacto
singular para decir y hacer las cosas y elegir sitios y ocasiones
de manera que, sin hipérboles ni ostentosos alardes,
realzaba la sinceridad de sus dichos y la firmeza de sus
nobles afectos y propósitos. No era impaciente ni
pegajoso, pero sí leal y resuelto; y en la borrasca
que ella estaba corriendo, le sentía, sin verle, a
todas horas, con el oído alerta y el ojo avizor. No
daría un solo paso en su ayuda sin una señal
que se lo ordenara; pero tampoco habría obstáculo
que le detuviera ni peligro que le arredrara si la señal
se le hacía. Esto era querer bien, y mucho, y a tiempo;
y ella, si no enamorada, estaba, cuando menos, satisfecha
y agradecida. No era, pues, un mal de los ya incurables;
pero sí de los que podían llegar a serlo, fomentando
poco a poco, con un trato más continuo y descarado,
lo que hasta entonces no pasaba, por su parte, de una agradable
aquiescencia a los testimonios de él. Nacían,
por consiguiente, sus repugnancias hacia el otro, no de la
fuerza del contraste de los dos, sino de lo que daba el caso
de sí, por su propia naturaleza abominable. Le repugnaba
el hombre, que le había sido antipático y repulsivo
como simple amigo de su familia, por la estampa, por el carácter,
por su padre, por su madre y por toda la casta de él
que ella conocía; por la conducta falsa y rastrera,
y las villanas intenciones de todos ellos, secuestradores
infames de las flaquezas de un pobre hombre, para chuparle
el dinero. Porque si no se tiraba a eso, ¿a qué se
tiraba con aquel modo inaudito de proceder? En fin, que sus
repugnancias eran absolutas, independientes de cualquier
otro sentimiento lastimado con ello: lo aborrecía
porque era de suyo aborrecible, y con él y sin él
lo hubiera aborrecido lo mismo.
Metida en estas honduras
de nuevo, notó que volvía a enardecérsele
la cabeza. Temió de lumbre el mal rato que la esperaba
si no cortaba a tiempo por lo sano; y poniéndolo todo
en manos de Dios, en un arranque decisivo, salió a
orearse por la casa.
Atravesaba el vestíbulo precisamente
ea el instante en que la doncella abría la puerta
de la escalera y entraba en él doña Mónica,
la beata, con su manto de velillo y sus faldas escurridas
de estameña del Carmen. Era una pobre mujer que venía
a menudo por allí, generalmente a la hora de tomar
chocolate por las tardes, y muy antigua protegida de la familia.
Don Roque la manejaba los cinco mil reales que había
heredado del único hijo que tuvo de su matrimonio
con un empleado cojo del ramo de Loterías; el cual
hijo había muerto seis años hacía, ocho
después que su padre, hombre linfático, y por
eso acabó de un tumor frío en una rodilla;
lo mismo que el hijo, es decir, en lo de linfático;
porque el tumor le tuvo éste (que ya empezaba a hacer
ahorrillos para el día de mañana en un comercio
de Madrid) en la boca del estómago, y además
en el pescuezo, y además en la cabeza del fémur.
Con el producto de los cinco mil reales; el de sus trabajos
de costura para algunos «señores eclesiásticos,»
y lo que se le pegaba a menudo «por la caridad» de unas cuantas
familias «de lo principal,» que miraban por ella, vivía
tan guapamente doña Mónica, arrimada a «un
matrimonio de bien» que la daba lumbre y un buen cuarto en
su casa por poco dinero. Era delgadita, algo acartonada,
de voz un tanto nasal, hablar pausado, pero continuo; cabeza
un poco entornada a la izquierda, con inclinación
hacia el pecho al mismo tiempo, y ojos de expresión
aflictiva; por lo cual, y la costumbre de andar y de hablar
con las manos cruzadas sobre el estómago, parecía
un mal remedo de una Dolorosa en cromo que ella tenía
sobre la cabecera de su cama. A pesar de estas señales
de su persona, no era gazmoña la beata, ni resultaba
indigesta su conversación, ni pesada su visita para
las señoras de su trato; y esto consistía,
sin duda, en que para cada cual hería la tecla correspondiente
de sus varios registros. Para las señoras dadas o
propensas a la mística, sabía textos de la
Guía de Pecadores, ejemplos del Camino recto y seguro
para llegar al cielo, milagros recientes de la Virgen de
Lourdes, y, sobre todo, ofrecer en extracto comentado el
último sermón o lectura del predicador de sus
entusiasmos en la novena del Carmen o en la fiesta de San
Matías; para las piadosas algo mundanas, tenía
un caudal inagotable de noticias de vecindad, como rumores
de casamientos, de enfermedades peligrosas, de avenencias
o desacuerdos entre personas antes bien o mal avenidas...
noticias que iba dando poco a poco, y como si las dejara
caer, entre las referentes al Coro de Siervas o a la Corte
de María; pero todo ello, entiéndase bien,
con la honradísima intención de ser agradable
a las personas que tanto la favorecían, sin ofensa
para nadie ni agravio de la ley de Dios.
A pesar de esto
y de lo bonísima que era en el fondo Irene, cuando
se topó con ella tan de improviso en el recibidor
lo tuvo a contrariedad muy grande. ¡Para coplas de beata
estaba su cabeza entonces! Pero en seguida pensó muy
de otro modo por lo mismo que tenía preocupaciones
que la atormentaban, necesitaba escobas para barrerlas de
tarde en cuando. Por lo que recibió a doña
Mónica con mucha afabilidad y la llevó consigo
al gabinete de la sala, la segunda pieza en la escala categórica
de las «de recibir.»
-Yo no sé si incomodo -dijo
doña Mónica mientras se sentaba poco a poco
en el borde de una butaca, sin dejar de mirar a Irene con
sus ojuelos entornados,- viniendo a estas horas y en un día
tan ocupado para ustedes... según acabo de saber en
la portería.
-Usted no incomoda nunca, doña
Mánica -la respondió Irene en ademán
placentero y cariñoso;- y mucho menos hoy, créame...
-Es que he sabido también -añadió la
beata con voz algo plañidera y un mirar muy dolorido,-
que se había usted quedado en casa algo indispuesta...
Como que casi esto sólo me animó a subir para
preguntar siquiera; y preguntándolo estaba a la muchacha,
cuando Dios nuestro Señor me la puso a usted delante.
-Y es la verdad, doña Mónica -dijo Irene esforzando
una sonrisa que no se dejaba pintar en sus labios,- es la
verdad que ando estos días un poco trastornada de
salud; pero no es cosa de cuidado, gracias a Dios.
-La Virgen
Santísima lo quiera así -respondió la
beata levantando hasta el pecho sus manos cruzadas sobre
el estómago, y los ojos a la cornisa del gabinete.-
Pero, aunque ello sea poco, pudiera incomodarla a usted la
conversación.
-Al contrario: me viene de perlas para
distraerme en estos ratos tan largos, sola y sin nada que
hacer. Con que así dígame, sin miedo de molestarme,
qué es lo que se le ocurre a estas horas tan desacostumbradas
para usted.
-Pues páguele Dios la bondad que tiene
conmigo en la salud que merece -dijo doña Mónica
muy agradecida y satisfecha,- y sepa que venía a estas
horas, en primer lugar, a traer a ustedes las papeletas de
este mes. Anoche me las entregó el sacristán
con la mía, según hace todos los meses... Voy
a dárselas a usted...
Sacó del hondo bolsillo
de su vestido de estameña un librejo de oraciones,
muy resobado, y de entre sus hojas arranciadas, dos papeletas
de los Píos oficios del Sagrado Corazón de
Jesús, las cuales entregó a Irene diciéndola:
-La comunión y desagravio, ya verá que es
el seis. No hay fallecida... Me parece que usted, si no recuerdo
mal, ha caído Víctima...
-Es la pura verdad
-respondió Irene con una sonrisa muy amarga, mientras
pasaba la vista por la papeleta que le correspondía:-
me ha tocado ser víctima en este sorteo. Dios sabebien
lo que se hace.
-Y ni la hoja del árbol se mueve
sin su santa voluntad -observó en tono solemne la
beata,- y hasta de los pajaritos del aire cuida su Divina
Providencia.
-Eso es lo que consuela, doña Mónica;
digo, lo que debe de consolar a los que se ven cargados de
penas y abandonados de todos... ¿Y qué otra cosa se
le ocurre a usted?
-Pues hágase usted cuenta, doña
Irene, de que nada más, si bien se mira; porque verá
usted: yo salí de casa, o mejor dicho, de la última
misa de las tres que he oído esta mañana, con
la intención de traer a ustedes las papeletas, y con
la de pedir al señor don Roque treinta y cuatro reales
y cuartillo de lo que me hace la caridad de administrarme...
-Pues ya sabe usted que no está en casa -interrumpió
afablemente Irene;- pero no la apure esa dificultad si le
corre prisa esa pequeñez de dinero...
-Muchísimas
gracias, señorita Irene, y el Señor la recompense
la buena voluntad; pero no hay para qué se moleste,
porque verá usted lo que ha pasado. Ya sabe usted
lo caritativa que es conmigo doña Mercedes, la señora
de don Anselmo Vila, lo mismo que él... y lo mismo
que todos los de su casa; porque la verdad es que no sé
a quién de ellos debo más caridades y agasajos.
De aquí viene la mucha ley que los tengo, particularmente
al señorito Pancho, que es hasta manirroto conmigo.
Irene, en quien ya so había notado algún desasosiego
al oír citar a la familia aquella, cuando oyó
este último nombre en labios de la beata, sintió,
y era la verdad, que se le encendía un poquito el
color de las mejillas, por obra de dos sacudidas anormales
de su corazón. Tosió sin necesidad, llevándose
al mismo tiempo su pañuelo a la boca, y enmendó
dos veces su postura en la silla que ocupaba.
Doña
Mónica, haciendo como que no lo notaba, o sin notarlo
en realidad, continuó diciendo, tras una brevísima
pausa:
-Pues cátese usted que, saliendo hace un rato
de la última misa, me encuentro casi a tope y calle
arriba, al paso que él usa siempre, con el señorito
Pancho. «El Señor le acompañe,» le dije yo
un poco recio para que me oyera. Oyome, conoció la
voz, volvió la cara hacia mí, y corrí
yo a saludarle, porque, tras de merecerse esta cortesía
de por sí mismo, hacía ya bastante tiempo que
no tenía el honor de hablar con él. Conque,
señorita de mi alma, parose hecho unas dulzuras en
cuanto le alcancé; y pregunta va y respuesta viene
entre los dos, con un cariño y una parcialidad de
su parte, que la Virgen de las Misericordias se lo galardone
tanto como yo se lo agradecí. Pues, señor,
que andan las palabras y llegan, en su punto, las de «adónde»
y «para qué;» a lo que yo dije, porque no cometía
en ello falta ni pecado, y era la pura verdad: «a casa del
señor don Roque a pedirle un puñado de reales
de los de mis propios peculios para salir de una dificultad,
no muy grande por la misericordia de Dios...» Conque, señorita
de mi alma, quién le dice a usted que lo mismo es
oír esto el señorito Pancho, que preguntarme
cuánta era la cantidad del apuro, declarárselo
yo, llevarse él la mano al bolsillo del chaleco, y
poner en las mías dos duros cabales. «Que sí,
que no, que no los merezco, que eso y mucho más, que
toma y que vira...» en fin, que no bastaron razones y que
tuve que tomarlos... Pues, señor, que acerté
a decirle que todavía con eso no me ahorraba el viaje,
porque tenía que entregarla a usted las papeletas
que la acabo de entregar; y vuelta a enredarnos en preguntas
y respuestas: él sobre si vengo mucho o poco por aquí,
y yo sobre lo que tengo que agradecerles a ustedes, y a usted,
particularmente, señorita Irene; porque la verdad
debe decirse, y es la verdad pura que la caridad de usted
conmigo no tiene medida, como la misericordia de Dios nuestro
Señor. ¡Válgame la Divina Providencia, cómo
me clavaba los ojos por detrás de los espejuelos,
igualmente que si me oyera por ellos y no por los oídos,
en tanto que yo le hablaba de estas cosas! ¡Vea usted, señorita,
lo que puede de por sí misma la cristiandad de un
corazón, cuando con sólo hablar de ella, aunque
sea por labios tan pecadores como los míos, se cautiva
la atención de los hombres más metidos entre
la pompa mundana! «Pues toma este pico más, siquiera
por lo que tienes de agradecida,» me dijo por conclusión...
Y, pásmese usted, señorita: me planta en la
mano, que quieras que no, otros dos duros. Con esto y poco
más se despidió de mí, encargándome
mucho que no dejara de entregar las papeletas con la puntualidad
a que estaba obligada por los beneficios que recibía
de usted. De modo y manera, senorita, que, con la lotería
que me ha caído esta mañana, ya no necesito
del señor don Roque la cantidad que pensaba haberle
pedido; ni que usted se tome el trabajo de dármela
en nombre de él, voluntad que agradezco lo mismo y
más que si el favor se me hubiera hecho.
Grande sería
la atención con que Pancho Vila escuchó los
panegíricos que la beata le hizo de Irene; pero quizás
no tanto como la de ésta al oír el relato de
doña Mónica. Lo de las prodigalidades del joven,
a medida que la beata iba encareciéndole los sentimientos
caritativos de ella, es decir, hablándola de Irene,
la cautivaron de tal modo, que dejándose llevar de
sus primeras impresiones y sin darse clara cuenta de lo que
hacía, apenas hubo pronunciado la relatora la última
palabra, se incorporó de repente y salió de
la estancia, con los ojos radiantes y el ademán resuelto.
-Vuelvo al instante, -dijo a la beata al levantarse. Y
al instante volvió con un papelejo de color, en varios
dobleces, entre manos.
-Los días -dijo al sentarse
otra vez,- no amanecen del mismo color para todos: para unos
son de fortuna, y para otros de pesadumbres. Hoy la ha tocado
a usted ser afortunada. Dele gracias a Dios, y tome estos
cinco duros para con los otros cuatro... La caridad es contagiosa,
y yo además he caído en la cuenta de que hace
ya mucho tiempo que no la socorro con nada.
Doña
Mónica, con los ojos muy abiertos y clavados en los
de Irene, desenlazó las manos que, según costumbre,
tenía entrelazadas, y estiró los dedos, y hasta
niveló las palmas; pero no separó las muñecas
de la boca del estómago. Irene, adivinando su asombro,
la puso el billete en la diestra, y hasta le dobló
los dedos al ver que ella no lo hacía, y la dijo al
mismo tiempo:
-No la pasme esta largueza, doña Mónica.
Yo tengo mi poco de hucha para obras de caridad, y de vez
en cuando me da el tema por pasarme de la tarifa ordinaria.
Esta vez le ha tocado a usted aprovecharse del despilfarro.
Será porque lo merece. Dele gracias a Dios, y pídale
por los afligidos y por los desamparados de los hombres...
Y vuélvase por aquí un día de éstos,
porque tengo unas prendas de ropa y algún calzado
que darla. Lo tenía reservado para usted; sólo
que ya no me acordaba. ¿Me ha entendido?
Preguntaba esto
Irene, porque doña Mónica no cesaba de mirarla
en silencio, ni daba otras señales de vida que un
parpadeo incesante y unas ondulaciones muy raras en los labios.
De pronto se escurrió de la butaca, se puso de rodillas
delante de Irene; y, rompiendo a llorar, la dijo:
-¿Qué
hice yo, pecadora de mí, para merecer tantos favores?
Déjeme, señorita de mi vida, que la bese esas
manos bienhechoras; digo, no, los pies con que pisa la tierra
que ha de pudrir estos huesos miserables... y eche Dios justiciero
sobre mí, que nada valgo y que para nada sirvo, las
penas que estén destinadas para afligir ese corazón
de perlas...
Pero Irene, viendo a la beata resuelta a hacer
lo que iba diciendo, forcejeó con ella hasta levantarla
del suelo, por el cual empezaba a arrastrarse para besarla
los pies.
-Éste es asunto concluido ya -la dijo al
mismo tiempo,- y no hay para qué hablar de él,
ni merece el pago que usted quiere darle. Serénese
un poco; váyase ahora en paz y en gracia de Dios,
porque yo tengo algunas cosas de urgencia que hacer en seguida,
y vuélvase, como la dije, mañana o pasado,
o cuando quiera; pero vuelva alguna vez que otra: ya sabe
con qué gusto se la recibe aquí.
Tras esto
y poco más, salió del gabinete la beata secándose
las lágrimas con el pañuelo y lanzando suspiros
muy hondos y temblones. Irene la acompañó hasta
la puerta. Allí la despidió con unas palmaditas
en la espalda y algunas frases cariñosas, y se volvió
a su cuarto.
-¡Señor... Señor! -se dijo al
verse otra vez sin testigos.- Yo estoy engañándote
sin conciencia. Esto que he hecho con esa pobre mujer y cuanto
la he prometido, no es caridad ni cosa que se le parezca:
todo es obra de un arrebato egoísta; de un estallido
de algo que llevo en el fondo de mi corazón, sin saber
a punto fijo por qué ni para qué, ni lo que
ocupa allí, ni lo que pesa, ni lo que vale... Soy
mujer; estoy sola y a oscuras, cargada de pesadumbres, y
atada de pies y manos... Esa cuitada me trae en unas palabras
un rayo de luz que alumbra mi calabozo y alivia mis penas,
y me infunde un poco de valor y de fortaleza. Es como la
mensajera providencial de un alma, de la única alma
que en el mundo parece condolerse de las tribulaciones de
la mía... No sé a dónde voy, ni qué
me propongo, ni qué plan me guía en lo que
acabo de hacer; sólo sé que he visto como un
hilo de comunicación entre el alma libre y la prisionera,
y que no quiero romperle ni soltarle de mis manos... por
lo que pueda acontecer. ¿Hago bien en ello? ¿Hago mal?...
¡Señor misericordioso! Tú, que lees en el fondo
de los corazones; tú, que conoces y estimas sus flaquezas
y la ceguedad de nuestros ojos, inspírame lo más
honrado, y ten compasión de mí...
En este
punto de su mental deprecación la sorprendió
el ruido del landó flamante que se detenía
a la puerta de su casa... Hasta el pensamiento se le cuajó
de repente a la infeliz. ¿Qué esperanzas o qué
males la traería reservados en el fondo aquella nueva
caja de Pandora?
  - XI -
Confidencias
Irene, con el ceño sombrío,
los ojos azorados; el color pálido, los labios entreabiertos,
de pie en medio de la habitación, como una arrogante
estatua en la cual el genio de la escultura helénica
hubiera querido representar la curiosidad mezclada de recelos
y temores, vio entrar a su hermana Petrilla abanicándose
mucho la enardecida faz, radiante de malicias y algo desmadejada
de cuerpo por el calor y el trajín de la mañana;
dejarse caer en la butaquita que poco antes había
ocupado ella; reclinar el gallardo busto contra el respaldo;
estirarse; poner los piececillos, primorosamente calzados,
uno sobre otro, y darse más aire, ¡muchísimo
aire! con el abanico, que crepitaba en su linda mano como
si estuviera haciéndose añicos. De pronto enderezó
el tronco, plegó las rodillas, arrojó la sombrilla
y el abanico sobre la silla inmediata, y se llevó
ambas manos al sombrero para quitársele, exclamando
al mismo tiempo:
-¡Hija, qué calor, qué trajines...
y qué gentes esas! Pensé que no se acababa
el encierro en toda la mañana... ¡Son tantos y tan
especiales!...
-De manera -pensó Irene sin poderlo
remediar,- que ni suspendieron la salida de Madrid, ni el
tren ha descarrilado... -Y en voz alta dijo, acercándose
a Petra, pero sin sentarse:- ¿Con que ya han llegado?
-Con
toda felicidad -respondió Petra colocando el sombrero
en la silla y recogiendo el abanico.- Ahí los tienes,
enteros y verdaderos, para lo que gustes mandarles, con su
vizconde y todo, que parece una panoja; y además nos
ha salido zazo... habla con zopaz en la boca, y es goldinfón
y dubiote... ¡Ay, qué tipo!... ¡Y te quejas tú
del tuyo, ambiciosona!... Ni más ni menos...
-¡No
me digas eso ni en broma, Petrilla! -exclamó entonces
Irene apretando los puños y dando dos pataditas en
el suelo.- Tras de que yo estaba poco desatinada y nerviosa,
vente con chungas, ahora que he perdido la última
esperanza...
-Pues ¿qué esperanza tenías,
atreviduela de Satanás?
-La de que no hubieran venido...
por cualquiera causa... ¿Qué sé yo? Una esperanza
sin pies ni cabeza, como la de todos los desesperados...
¿Y papá y?...
-Ahora mismo los oigo en el recibidor:
yo me adelanté a ellos en la escalera. Papá
viene hecho un palomino; mamá yo no sé cómo
viene: desde luego, muy disgustada. En seguida entrarán
aquí. Si estás en tus trece, tente firme; pero
sin exagerar, por respeto al pobre señor que está
en la agonía con estas cosas, y sería el mejor
padre del mundo si no fuera por el pícaro ramo de
vanidad que le ciega algunas veces, como ahora. Bien lo sabes
tú... Y chitón, que ya llegan para saber si
te has muerto de pesadumbre... En cuanto nos dejen solas,
te contaré lo poco que tengo que contarte para que
estés al corriente de lo que tanto te interesa.
Llegaron,
en efecto, don Roque y su mujer al cuarto en que estaban
sus hijas, también fatigados y porosos: don Roque
verdegueando, y doña Angustias como si tuviera escarlatina;
los dos muy contrariados, aunque cada cual por distintas
razones, y los dos queriendo aparentar que no había
motivos para ello.
-¿Qué tal, hija mía? -preguntó
a Irene su madre por entrar.- ¿Cómo has pasado la
mañana? ¿A qué hora te levantaste? ¿Qué
has almorzado?
A todas estas preguntas respondió
Irene del mejor modo que supo, mientras su padre la devoraba
con los ojos rebosando de cariño y de súplicas
fervientes; al último, creyendo el buen hombre que
estaba en la obligación de decirla algo también,
y respirando, como siempre, por su herida, aventuró
estas palabras, encareciéndolas mucho con el acento:
-Aquellos señores, tan atentos y cariñosos
contigo, ¡que lo sienten tanto! y que ya tendrán el
gusto de verte...
A Irene le hizo un efecto la fineza como
si la hubieran punzado las carnes con alfileres.
Conociolo
su madre, y respondió a su marido:
-Eso por entendido,
hombre. ¡Pues podían no interesarse por una cosa así...
o de aparentarlo siquiera!... Mujer -añadió
dirigiéndose a Petra con intención notoria
de torcer el rumbo de la conversación,- ¿al fin supiste
a quién iban a esperar en la estación las chicas
de Casquete, con quienes estuviste hablando?
-Pues a su
hermano Sabas, que, por lo visto, ha perdido curso, y no
ha habido modo de arrancarle de Madrid hasta ahora.
De este
jaez fueron las pocas cosas que se trataron allí;
hasta que, con la disculpa de que necesitaban cambiar de
vestido para descansar, don Roque y su señora salieron
del cuarto.
Solas otra vez en él las dos hermanas,
dijo Irene a Petra, sentándose muy arrimadita a ella:
-Dime ahora todo cuanto tengas que decirme, sin callarte
la menor cosa.
-Pues allá va -respondió Petrilla,-
como lo quieres; y así y todo, verás qué
poca importancia tiene, y que no pasa de lo que tú
misma puedes haberte imaginado. En cuanto se paró
el tren y nos vieron, ¡zas! la pregunta que era de esperarse.
«Y ¿qué es de Irene?» Se les respondió que
andabas algo malucha estos días, y se lo tragaron
tan guapamente; Nino, el tuyo, en particular, que me echó
una ojeada de carnero mortecino, como si quisiera decirme:
«¿malucha, eh? cuéntamelo a mí, que tengo la
culpa de ello.» No sabía el ángel de Dios que
era la pura verdad... Hija, hablándote como lo siento,
se va poniendo incapaz este chico... Desde que no le vemos,
le ha crecido el pescuezo medio palmo, y le ha engordado
la nuez una barbaridad, le encuentro mucho más amarillo
y más calvo, y se me figura que se le menean los dientes
de arriba cuando habla... Por lo demás, tan gomoso
y tan descuajaringado como siempre. Como íbamos espalda
con espalda, él en el pescante y yo al vidrio, se
retorcía el espinazo muy a menudo para volverse hacia
mí y hacerme preguntas muy picaronas sobre tu enfermedad...
¡Hija, qué simple! Más de dos veces estuve
tentada a decirle: «no te untes.» A la punta de la lengua
lo tuve, créemelo.
-¡Qué lástima que
no lo dijeras, Petrilla! ¡Cuánto me hubiera abreviado
eso el camino que yo tengo que andar!
-Yo creo que mamá
lo conocía, porque ¡me echaba unos ojos de compasión
desde el asiento de enfrente, y me daba cada rodillazo! Lo
mismo que si quisiera decirme: «merecer, bien lo merecen
él y toda su casta; pero aguántate por la buena
hasta mejor ocasión.» A todo esto, también
Amelia la preguntaba a ella, de vez en cuando, con ojos muy
picarillos, por los motivos de tu enfermedad; y a la pobre
mamá todo se le volvía zarandear el abanico,
hacer como que se sonreía, responder medias palabras
y cambiar de conversación. Nada, mujer, que vienen
en la cuenta de que estás hecha un jarabe dulzón,
y muriéndote de hambre de ser la nuera del prócer
ese y la señora de su hijo.
-¡Primero descuartizada
en pedacitos así! -dijo Irene, temblorosa de ira y
señalando con la uña del pulgar media yema
del índice de la misma mano.
-Es natural -asintió
Petrilla cerrando los ojos y abanicándose con brío.
En seguida cambió de postura, y añadió:-
Pues bueno: el duque, que iba a mi izquierda, con cada diente
como esta varilla, si fuera de corcho como es de sándalo,
también se permitía sus indirectas sobre tu
indisposición. ¿Habrase visto pasmarote igual? Lo
dicho, mujer: que se les figura que nos traen el premio gordo.
¡Ah! por si se me olvida: resulta que el vizconde de María...
¡Ay, qué chica esa! Ya la verás cómo
viene: lo mismo que una lombriz.
-Y ¿qué es lo que
resulta del vizconde? -preguntó Irene, temiendo que
se le fuera la especie apuntada a su hermana, cuyos vapuleos
a la ilustre familia la entretenían mucho.
-Pues
resulta -continuó Petra,- que se llama Puncio, y que,
por elegancia, le llaman Ponchito, y que nos ha salido tonto;
que además es rojo colorado, y gordinflón;
vamos, lo que te dije antes, lo mismo que una panoja con
pelos, y a más a más, ceceoso... En fin, una
pura lástima... Y para ella sobra, hija, sobra de
verdad; porque tiene un ver, hoy por hoy... Pues escucha:
papá con la duquesa vieja... ¡Ay, cómo está
esta señora! Aquello, Irene, no es ya mujer: es una
droguería. ¡Y qué pingos por todas partes,
y qué dengues de niña interesante! Te digo
que te pierdes una suegra que no te la mereces, vamos.
-¡Petrilla,
no me irrites más de lo que estoy!
-Corriente. Pues
digo que papá, con la duquesa vieja, María
y su Poncio correspondiente, rompieron la marcha en el landó
nuestro; y, casi a la zaga de ellos, salimos los pobres en
el coche de don Lucio, ¡con cada lamparón, y cada
pingajo, y con un apestor a bodega húmeda!... ¿Pues,
y el cochero? ¡Qué cabeza con bardales! ¡qué
sombrero, espelurciado y con apabullos! La levita se le caía
a pedazos, y los cuellos, de estopilla, tenían rebarba
con mugre, y creo yo que hasta miseria. Vamos, un tren incapaz.
¿Para qué querrán los dineros esas gentes,
mujer? En la estación, nadie, lo que se llama nadie,
a recibirlos, más que nosotros: «ni siquiera Sancho
Vargas,» como decía papá, que quiere poner
en los altares a ese santo simple... En las calles, poca
gente que nos admirara... Los únicos conocidos, Casallena
y Juanito Romero, primeramente. ¡Verdad que hacía
un calor en aquellas avenidas! Y ¿sabes que ya no me pone
Casallena aquellos ojos tan tiernos que antes me ponía,
ni me alude en sus Jueves de caramelo? Nada, que por más
que los exprimo y los estrujo, no saco una pizca de substancia
para mí. Y lo siento, porque, como escribir, escribe
de lo mejor. En los balcones, las de Sotillo, a la ida y
a la vuelta. ¡Qué saludarnos, hija, con manos y con
pañuelos, y qué amontonarse una sobre otra,
y moverse hechas un ovillo de acá para allá!
¡Lo que ellas habrán despotricado sobre todos y cada
uno de nosotros! Pero, en cambio, en el mirador del Casino...
pintiparado y en acecho, con su ropita sin manchas, su bastoncito
de ballena, su carita de porcelana y su aire de señor
jurisconsulto, el impertérrito Pepe Gómez...
a este mozo, en buena justicia, debiera darle yo la cruz
de la perseverancia. Parece que está diciéndome,
siempre que me ve, y hasta cuando me habla: «nada, usted
no se apure por mí: échese cuantos novios quiera;
diviértase a sus anchas con ellos, que aquí
la aguardo yo siempre para cuando usted no tenga cosa más
de su conveniencia que elegir.» Pues mira, Irene, bromas
aparte: si a ese chico, que habla y se explicotea bien, te
lo aseguro, y que está muy lejos de ser tonto, le
pudiera quitar yo ese barniz de huevo hilado que tiene, puede
que... en fin, ya hablaremos de esto en otra ocasión...
¿Te ríes? Pues haces mal, porque tengo acá
mis ideas... Ahora, para hablar de todo un poco, te añadiré
que debajo del mismo mirador, en el vano de la puerta principal,
con los lentes echando chispas hacia nosotras cuando pasábamos
para doblar la esquina, estaba el otro, él... ¡Hola!
Ya me pescaste la idea.
-¿Por qué lo dices? -preguntola
Irene.
-Por lo encarnada que te has puesto -respondió
P |