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    Nubes de estío
     D. José M. de Pereda
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- IX -

Lo de Irene


No era broma, como a verse va.

Es cosa averiguada que, desde el punto y hora en que don Roque Brezales intimó con la familia del «prócer» y vio que su hijo (el del «prócer») entraba en su casa (en la de don Roque) como Pedro por la suya, le cautivó la idea de casar a Irene con Nino. Si tomó de buena fe las familiaridades o franquezas amistosas de éste con su hija por inteligencias de otra especie, no se sabe a punto fijo, como se ignora igualmente si de los deseos y aprensiones de don Roque participaba su mujer, y si hubo entre ambos conversaciones o acuerdos acerca del particular. Pero son hechos innegables, que no mentía el pobre hombre, aunque anduviera muy lejos de la verdad, cuando, en Madrid afirmaba al «prócer» que Irene había calado las intenciones de Antonino y que no las desdeñaba; porque en aquel instante, por la fuerza de sus deseos, creía él que así debían de pasar las cosas, y así las soñaba; que cuando, vuelto a su casa, trató del asunto con su mujer, ésta no le halló descabellado, y que, sin cruzarse entre los dos el más mínimo reparo, resolvieron dar comienzo a la empresa sin perder un solo instante.

Doña Angustias llamó a Irene a su cuarto, es decir, al cuarto de doña Angustias, donde se hallaba ya don Roque paseándose con inquietud.

Encerrados los tres allí, porque doña Angustias hasta corrió el pasador de la puerta por miedo a la curiosidad de Petrilla y al fisgoneo de las criadas, aquélla, en cuanto tuvo a Irene sentada a su lado, la dijo, con no muy segura voz, porque de ciertos particulares nunca se habla con serenidad completa:

-Te hemos llamado aquí para informarte de un asunto que te interesa mucho, y a nosotros también. Tu padre, que está mejor enterado que yo, te dirá lo que ocurre... Díselo, Roque.

Don Roque, que no había cesado de ir y venir por el cuarto, ni de carraspear, estudiando el discurso que juzgaba necesario para dar a la escena la solemnidad debida, ya que no para convencer a Irene, porque desde luego la daba por convencida, acudió al llamamiento de su mujer; acercose a las dos, y plantado, con las manos en los bolsillos, delante de su hija, a quien aquellos preparativos inesperados y teatrales tenían suspensa y como azorada, la dijo, tanteando mucho las palabras y sacándolas una a una del montón de su memoria:

-Hija mía, yo no sé si tú te habrás hecho el cargo alguna vez de lo mucho que vales, y de que pudiera llegar un día en que necesitaras tomar estado... Porque hay que pensar en todo, Irene, y estar muy al tanto de cómo son las cosas en sí para salir por la puerta del medio cuando sea llegada la hora de salir por alguna parte...

Don Roque, haciendo una pausa aquí, debió asombrarse de este gallardo artificio de su ingenio, porque fue como de triunfo la expresión de sus ojos al clavarlos en Irene, que parecía estar viendo visiones por lo extraño de su actitud y de sus miradas, tan pronto a su padre como a su madre.

-¿Te has enterado bien de estas reflexiones mías, hijas de la experiencia de los años y de mis cariñosos sentimientos paternales? -preguntó don Roque a Irene, sin apartar de ella su triunfal mirada.

Y como tampoco a esta pregunta respondiera una palabra Irene, que iba de asombro en asombro, añadió don Roque estas otras:

-Pues yo he pensado por ti en esos delicados particulares, porque ese era mi deber, ¿estás tú? y además, porque quiero, porque queremos, sobre todo, tu felicidad... tu felicidad, ¿me entiendes? Fíjate bien: tu felicidad. Corriente. Esta chica (me he dicho yo para mis interiores muchas, muchísimas veces) esta chica, por su personal elegante, por las riquezas de su honrado padre y por la educación que tiene, llamada en su día a tomar estado, no hay quién que se la merezca en toda la geografía de esta ciudad, por rico, y peripuesto, y currutaco que sea el hombre que la pretenda. Otras campanillas que las que aquí se usan ha de sonar el pretendiente que se la lleve en justicia y con el consentimiento de sus padres. ¿Es así o no es así, Angustias, el modo que yo he tenido siempre de considerar este delicado punto de mis deberes... de nuestros deberes, mejor dicho?

-Así es, sobre poco más o menos -respondió doña Angustias, que estaba en ascuas entre el estilo desbaratado de su marido y las sensaciones que iban reflejándose en la cara de su hija, primero roja como la grana, y pálida al fin, como la muerte.- Pero creo yo que sería mejor sacarla cuanto antes de la curiosidad en que la hemos metido con este aparato y esta... Mira, hija mía -añadió acercándose más a ella y expresándose en el tono medio chancero, medio grave, pero siempre cariñoso, que tan diestramente usan las mujeres cuando la ocasión le pide, como entonces le pedía:- se trata de que un joven muy conocido nuestro... y tuyo, galán, distinguidísimo, ilustre, y titulado además, desea casarse contigo; y que su padre, el primer hombre de España, se lo ha hecho saber al tuyo... ¿No es así, Roque?

-Justamente, -respondió Brezales, alegrándose de que su mujer le hubiera sacado tan fácilmente de su atasco.

A todo esto, Irene había bajado la cabeza, como si de pronto se le hubiera caído la casa encima. Ni siquiera preguntó de qué novio se trataba; pero nada de ello admiró a don Roque, porque no esperaba él menos en aquel trance de una muchacha tan ruborosa, tan inexperta y tan recogida como Irene. En cuanto a doña Angustias, posible es que leyera algo más que su marido en aquel abatimiento repentino de su hija, si se ha de juzgar por ciertas arrugas de su entrecejo mientras la estuvo contemplando en silencio unos instantes.

Pasados los cuales, la dijo muy afectuosa:

-Conque ya me has oído, hija mía: dinos ahora tú algo.

-Justamente -añadió don Roque,- dinos lo que te parezca.

-¡Lo que me parezca! -repitió al cabo Irene, con una voz insegura, desentonada y angustiosa, como si la emitiera a la fuerza y sin saber para qué.- Y a mí, ¿qué ha de parecerme?...

-Eso es -dijo don Roque, apoyándola muy ufano,- ¿qué ha de parecerle a ella? Lo que a nosotros. Hay preguntas bien excusadas. ¿No es cierto, Irene?

-¡Qué ha de parecerte? -exclamó doña Angustias, prescindiendo en absoluto de la interrupción de su marido.- Bien o mal, o ni lo uno ni lo otro... Para eso sirve el entendimiento... y la curiosidad. Por de pronto, ni siquiera nos has preguntado quién es él.

-Tiene usted razón -respondió Irene, como una máquina de hablar lento y desmayado.- No se me había ocurrido.

-Es natural, ¡qué demonio! -dijo aquí don Roque, que cuanto más miraba y oía a su hija, más fascinada la creía por la visión de la felicidad con que la brindaban.- Estas cosas siempre conmueven; y así, de golpe y porrazo, mucho más. Vaya, mujer, digámosla de una vez de quién se trata, para sacarla cuanto antes de su apuro. ¿Quieres que se lo diga yo? Pues allá va, que no es para afrentar a nadie: Antonino Casa-Gutiérrez, el hijo de nuestro ilustre y gran amigo el duque del Cañaveral... Ese es el novio de usted, señora marquesa de Casa-Gutiérrez, o duquesa del Cañaveral, como usted guste. ¡Ja, ja, ja!

Y soltó aquí la carcajada el bendito de Dios, admirado otra vez de su travesura, y convencido de que, con el apóstrofe ingenioso, había dado a su hija la última y más sabrosa dedada de miel. Pero Irene no acusó el recibo de la noticia con una sola palabra, y hasta hubiera podido creerse que no se había enterado de ella, a no ser por una mirada que dirigió a su padre, y que era, para un lector más ducho en el manejo de esos libros, un poema de dolor, de invencibles repugnancias y de asfixiante desconsuelo.

-¿También ahora nos vas a dar la callada por respuesta? -la preguntó doña Angustias con un desabrimiento que no pudo reprimir al verla en aquella actitud de estatua melancólica.- ¿O es que lo habías adivinado por las señas?

-Justamente, -respondió Irene, con los ojos empañados.

-Es claro -añadió don Roque, hecho unas castañuelas.- Si aciertas lo que llevo en la mano... ¿eh?... ¡Ah! picarilla. Juegan los pasiegos... digo, riñen los contrabandistas, y descúbrese el pasiego... ¡Voto al chápiro, que te ha de caer la corona esa como santo en la peana! Y no te apures, que aquí hay cera larga para alumbrarle. ¡Ja, ja, ja! ¡Y qué calladito se lo tenían!... ¡Vaya, vaya, vaya!

Irene volvió a mirar a su padre, como si le pegara con los ojos.

-¿De manera -dijo doña Angustias,- que nada tienes que replicar a lo que te hemos dicho? ¿que todo te parece bien? Y ¿cómo no había de parecerte así? Si hubiera motivos para otra cosa, no te lo hubiéramos propuesto nosotros, que queremos tu felicidad... ¡Ay! hija mía, ¡cuántas han de envidiarte!...

-¿Cuántas? -interrumpió don Roque.- Todas, casadas y solteras; el pueblo entero de punta a cabo... ¡Ah, farolones de retreta! ahora se verá quiénes son personas de comiflor, y quiénes menudencia de chapucería... Pero de esto ya hablaremos. Ahora, hija mía, tranquilízate poco a poco; da gracias a Dios por lo mucho que te quiere... y déjame que te dé un abrazo, porque tengo mucho antojo de ello.

Precisamente en aquel instante se levantaba Irene del sillón en que había estado sentada. Parecía que le faltaba aire que respirar en aquella habitación, y que sus angustias crecían a medida que su padre la llenaba de parabienes. Entendió él, al verla levantarse, que se apresuraba a cumplirle los deseos, y corrió a estrecharla entre sus brazos. Suerte fue el antojo para la infeliz; porque, sin aquel arrimo, se hubiera desplomado en el suelo. Por eso estuvo largo rato abrazada a su padre. En cuanto se le hubo pasado el vértigo, desprendiose del arrimo y salió de la estancia apresuradamente, ocultando las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.

-¡Vaya, que la ha hechizado la noticia! -dijo a los pocos momentos don Roque hacia su mujer, que aún tenía la vista clavada en la puerta por donde había salido Irene.- ¡Si eso era de esperar, Angustias, era de esperar! Blanda va la infeliz como una cera, y dulce como unas mieles. Ya se ve ella, inocentona y cobarde, y nosotros encerrándola aquí con tanto misterio, como si fuéramos a sacarla los ojos; decirla de golpe y porrazo: «ya se sabe lo que tan callado teníais,» cuando quizás estuviera temiendo, la bendita de Dios, que se lo tomáramos a pecado mortal...

Doña Angustias volvió entonces la mirada hacia su marido, y le preguntó:

-¿De veras te parece que va satisfecha?

-Pero, mujer de Dios -exclamó don Roque maravillado de la pregunta,- ¿es posible que tú lo dudes?

-Psch... de dudar es -respondió doña Angustias con cara hasta de negarlo en absoluto.- Y en el caso de que tú no te equivoques, ¿qué hacemos por de pronto?... Porque ella, fíjate bien, no ha dicho una palabra ni en bien ni en mal.

-Pues harto claro está lo que hemos de hacer -replicó don Roque esponjándose mucho:- escribir inmediatamente al duque que con formas y adelante. ¿Qué otra cosa ha de hacerse?

-Hombre, ponerse siquiera de acuerdo con ella... Puede que tenga algún reparo que hacer...

-¡Otra vez los reparos!... Y ¿por qué ha de hacerlos? Y ¿por qué no los ha hecho aquí, si se le hubieran ocurrido? ¡Pues mira que el asunto es para ponerle reparos! ¡Qué desconocimiento del corazón humano y de las cosas del mundo, señor!... Pero ya que tan cortas de vista sois, porque no tenéis las mujeres obligación de calar más adentro, suponte que a Irene, por razón de su inocencia y de su cortedad, se le ocurriera que este escrúpulo y que el otro; que este dengue y que el de más allá... Pues en lugar de andarnos con apelativos tú y yo, mandar que venga ese médico de Madrid cuanto más antes; y verás cómo la deja como unas perlas, en un dos por tres.

Doña Angustias, después de oír a su marido, reflexionó unos instantes; y al cabo de ellos, levantose del sillón y dijo muy resuelta:

-Puede que tengas razón.

-¡Pues yo lo creo! -exclamó don Roque contoneándose y despidiendo rayos de vanidad satisfecha por todos los agujeros de su faz.- Y vamos a ver -añadió descendiendo unas cuantas gradas de la altura en que se había encaramado de repente,- ¿se le dice algo de esto a Petrilla?

-¿A Petrilla? -repitió doña Angustias, quedándose un poco pensativa. Y luego añadió:- Que se lo diga su hermana si quiere; y si no se lo dice y ella nota algo y pregunta... En fin, ya habrá ocasión de que lo sepa cuando deba saberlo. Por de pronto, tú escribe la carta que ha de ser la que cierre todas las puertas de escape; léemela después a mí sola, ¿entiendes? a mí sola, y ponla tú mismo en el correo, en el de hoy; que por más que creas otra cosa, también entiendo yo algo, aunque mujer, de esos corazones humanos y de esas cosas del mundo de que hablabas antes.

Muy pocas palabras más que éstas se cruzaron entre los dos interlocutores en aquella ocasión tan señalada, que es la que dio origen a la carta de don Roque, que se reproduce en la escrita por Nino Casa-Gutiérrez desde Madrid a un su amigo.

Ahora conviene saber que Irene, con sus apariencias y su fama de «terrible,» era, en determinados casos, la mujer más pusilánime que pudiera imaginarse; y siempre, y a todas horas, el espíritu más honrado, más sincero y más impresionable que jamás encarnó en criatura humana. En los corrientes y ordinarios sucesos de la vida, su corazón y su cabeza marchaban al unísono y como un péndulo de compensación; pero en cuanto las cosas la llegaban al alma, se recogía maquinal y súbitamente dentro de sí misma, y ¡adiós frescura, y lucidez, y fortaleza! Corazón, inteligencia, juicio... todo se le desmoronaba a un tiempo; de todo ello desconfiaba, y todo lo temía ya. Hasta que pasaban los efectos más tempestuosos del inesperado choque, adquiría el espíritu su reposo, y recobraban su ordinario equilibrio las dislocadas ideas y las perturbadas sensaciones. Esto era, en substancia, Irene; y por ser así, ella, que por don de Dios tantas y tan buenas armas tenía para haber luchado valientemente en aquella emboscada en que fue sorprendida, se sintió indefensa y huyó cobarde, por lo que tuvo para ella de inesperado el suceso y de repulsivo el asunto.

Pero era la pesadilla de tal condición para aquel ánimo inexperto, que corrieron muchas horas antes que Irene lograra darse cuenta cabal de lo que la estaba pasando. Después comenzó a formar propósito de resistirse a muerte, y, por último, a trazar el plan de resistencia. Por fortuna, y en concepto suyo, la gravedad misma del caso daba tiempo para todo o la engañaba mucho la memoria, o ella en nada había consentido. Apenas había desplegado los labios en la memorable entrevista. Pensó consultar el punto con su hermana; pero fiaba poco de su consejo, porque la creía muy tocada de las vanidades de familia, y aplazó la consulta... para más adelante, si la juzgaba necesaria.

Entre tanto, aquel día no salió a la mesa ni a la calle; le pasó encerrada en su cuarto, afirmando a Petrilla que tenía un ataque de jaqueca a los demás, que se guardaban mucho de preguntarla lo que tenía cuando entraban a verla, les pagaba con medias palabras las que ellos la dirigían para infundirla alientos, como si realmente estuviera enferma. Para don Roque todo aquello era un efecto natural de las placenteras emociones recibidas con la noticia. Doña Angustias fruncía el entrecejo y callaba la boca.

Así pasaron des días. Durante ellos, Irene, que ya salía a la mesa, aunque pálida y desalentada, dueña de todo su discurso y bien provista de resolución y de entereza, se vio tentada varias veces a provocar otra entrevista como la primera para resolver su conflicto con una negativa terminante, apoyándola, en caso necesario, en razones de buen temple, que tenía acopiadas para eso; pero, reflexionando que nadie había vuelto a decirla una palabra que tuviera la más remota conexión con el empecatado negocio, al paso que su padre y su madre hasta despilfarraban las de cariño, por si esto era señal de que, enjuiciadas las cabezas y vistas las cosas claras, se pretendía poner término al asunto de aquel modo tan prudente y delicado, que a ella le parecía de perlas, decidiose a callar también; y a la chita callanda observaba, para ajustar su conducta a los sucesos.

Corrieron dos días más, y comenzó a hacerse en aquella casa la vida normal de los mejores tiempos, porque Irene se mostraba animosa y hasta risueña a ratos. De lo cual deducía su madre que la reflexión la había curado de las aparentes repugnancias, y el optimista don Roque, que no se había equivocado al creer que todos los desconciertos y desmayos de su hija habían sido «pura tremolina de gusto.» Por lo que hubo entre ambos cónyuges muchos y muy halagüeños comentarios.

Petrilla, en tanto, husmeaba como un diablejo, tentada de una curiosidad devoradora; porque no podía ocultarse a su malicia que, desde la jaqueca de su hermana, allí estaba pasando algo muy desacostumbrado. Preguntó una vez a Irene, e Irene se encogió de hombros; preguntó también a su madre, y su madre la envió enhoramala; por último, acudió a su padre, el cual, como ya no le cabía el secreto en la boca, le tuvo en la misma punta de la lengua para declarársele a la curiosuela; pero no le declaró tampoco, aunque confesó que había secreto. Era lo más que podía exigirse de su escasa fortaleza.

-Lo sabrás en su día, -dijo a Petrilla con mucho encarecimiento.

-¿Luego hay algo que saber? -preguntó ella devorándole con los ojos.

-Puede que sí, -respondió don Roque.

-¿Y por qué no se me dice? -replicó la otra casi llorando.- ¿No soy yo de casa, como los demás?... ¿O se desconfía de mí?

-Vaya, niña -contestó su padre muy chancero, dándola unos golpecitos en el hombro,- menos curiosidad y más cachaza. La prometo a usted que sabrá lo que debe saber en cuanto llegue lo que hace falta... y no digo más.

Lo que hacía falta era la contestación del «prócer» a la carta de don Roque; la cual contestación llegó al día siguiente, acabando de sacar de sus quicios mal seguros a Brezales.

Como escrita con evidente intención de que se leyera en familia, la carta aquella era un prior en su género; la quinta esencia de una de las muchas habilidades que poseía el famoso, cortesano, politicón de largos colmillos, marqués de Casa-Gutiérrez y duque del Cañaveral. Brezales la devoró temblando de vanidad y de gusto. En seguida llamó a su mujer y a Petrilla; y sin preparar a ésta con otro exordio que la advertencia de que escuchara con religiosa atención, la leyó en voz campanuda de punta a cabo.

Petrilla se quedó estupefacta.

-¿Irene conforme con eso? -exclamó haciéndose cruces.

-Ya lo ves -respondió su padre, metiéndole la carta por los ojos.- Y ¿por qué no ha de estarlo, señora mía?

-¡Imposible! -afirmó la jovenzuela con la mayor seguridad.

Doña Angustias miraba tan pronto a la una como al otro; pero no desplegaba los labios.

-Ahora lo veremos, -contestó don Roque triunfante.

Y llamó a Irene al cotarro. El corazón la dijo al entrar y enterarse del cuadro aquel, que allí iba a suceder algo parecido a lo otro; y se inmutó, pero sin perder la entereza de su ánimo, porque desde lo de marras, vivía muy pertrechada y apercibida.

-Acaba de regocijarte, hija mía -la dijo su padre, después de cerrar la puerta del gabinete en que acontecía: lo que se va narrando,- que ya tenemos aquí la última palabra sobre el consabido asunto... Y ¡qué palabra, Irene, qué palabra! En fin, como de quien es. Escucha.

Y se dispuso a leer la carta en alta voz.

Doña Angustias las estaba pasando de muerte, y Petrita toda se volvía ojos para penetrar en lo más profundo de su hermana, a quien iba amontonándosele una borrasca en el entrecejo.

El contenido de aquella carta, que leyó don Roque conmovido de entusiasmo, cayó sobre la infeliz como una bomba. Creía posible a todas horas que se reprodujera algo de lo pasado; pero ¡tanto como aquello!... Lo brutal del golpe la aturdió por unos instantes; pero no la acobardó como la otra vez. Rehízose pronto; y encarándose valiente con su padre, pálida de indignación y con el alma dolorida, preguntole:

-¿Qué es esto? ¿Quién lo ha autorizado sin contar conmigo? ¿Cuándo he dado yo mi consentimiento?

Don Roque se quedó hecho una estatua; su mujer no sabía dónde meterse, y Petrilla los miraba con un gesto que venía a significar: «¿No lo decía yo?»

-Pero, mujer -se atrevió a apuntar Brezales,- ¿no habías quedado tú conforme en todo y por todo?

-¿Yo conforme con eso? -exclamó Irene asombrada de la pregunta.- ¿Cuándo? Ni ¿cómo era posible que me conformara? Pero en la duda, si la han tenido ustedes, ¿cómo no han vuelto a consultarme antes de dar ese paso? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué se hacen conmigo esas cosas?

Y aquí, la desdichada se dejó caer en un sillón, anegada en lágrimas. Don Roque comenzó a hacer pucheros, mientras su mujer y Petrilla acudían a consolar a Irene.

Sucedieron a este día otros dos tan amargos como él para toda la familia de Brezales. Irene, después de repetir una y cien veces que jamás se prestaría al sacrificio que querían imponerla, volvió a incomunicarse con todos y a pedir al silencio y a la soledad los consejos que necesitaba para hallar una salida, si la había en el negro abismo en que la habían arrojado. Petrilla la visitaba a menudo por la puerta de comunicación de sus respectivos dormitorios. Al principio se limitaba a sentarse a su lado, oírla llorar y dirigirla de tiempo en tiempo alguna de las palabras de ese montón de frases hechas que el uso ha consagrado para lances como aquél y para las visitas de duelo. Después ya se atrevió a colarse más a fondo.

-Pero, alma de Dios -llegó a decirla,- ¿cómo tú, tan fresca y desengañada cuando quieres, te dejaste coger de esa manera?

-Como te hubieras dejado tú -respondió Irene enjugándose las lágrimas.- Porque lo que conmigo se ha hecho es una verdadera infamia... con la mejor intención, si quieres; pero, al cabo, una infamia, y de las más negras... Me llamaron allá, me encerraron con ellos... Yo no sospechaba para qué. Papá comenzó a prepararme con unos rodeos muy extraños y unas ponderaciones... muy ridículas, puedes creerlo... Con esto sólo, ya no sabía yo ni dónde estaba... soy así con todo lo serio que me coge desprevenida. Después le cortó mamá el sermón en lo más enrevesado; y en cuatro palabras me dijeron entre los dos que el duque ese, ese estafador de bobos ricos, como unos que yo me sé, había pedido a papá mi mano para el sin vergüenza de su hijo... Yo cegué entonces, Petrilla; me aturdí, como si de pronto me hubiera caído encima un peñasco. Me hicieron unas cuantas preguntas que dejé sin responder... porque me faltaba serenidad para poner en orden todo lo que yo sentía... Además, papá no me daba tiempo para nada, porque él respondía por mí arreglando las cosas a su gusto... Esto me desconcertaba cada vez más, y ya no tenía otro pensamiento que salir pronto de allí para serenarme un poco y pensar con calma las razones que había de dar para negarme en redondo... en redondo, Petra; porque te aseguro que antes me dejaría descuartizar que consentir en eso. Levanteme medio muerta, y salí del cuarto en esta situación que te explico. Contaba yo con que se trataría el caso honradamente. ¡Cómo había de sospechar que en cuanto volviera la espalda habían de escribir a Madrid diciendo que yo estaba conforme!... Porque esto es lo que resulta de la carta que me han leído. ¿Tú te enteraste bien de ella?... Hasta nos vende el caso como un gran favor el señor farsante ese. ¡Y al bendito de nuestro padre se le caía la baba al leerlo! ¡La vanidad, Petrilla, la vanidad tonta que consume al inocente de Dios, tiene la culpa de todo esto!... Pues bien: cuando yo me iba serenando un poco, y hasta empezaba a creer que se quería dar al olvido el asunto, y por eso no volví a mencionársele a ellos... ocurre lo que tú presenciaste. ¿Ha sido esto honrado y decente? ¿No hubieras caído tú también con esa misma zancadilla traidora? ¡Y mamá, que debe ver estas cosas más claras que su marido, le ha ayudado en esa indignidad! Y tú misma, ¿por qué no me has dicho algo de lo que se tramaba?

-¡Yo! -exclamó Petrilla al punto, muy resentida del apóstrofe de su hermana.- ¡Me hace gracia, mujer, cuando la primera noticia que tuve de ello fue la carta esa que me leyeron unos momentos antes que a ti! De otro modo bien distinto habrían pasado las cosas si tú no hubieras sido tan reservada conmigo y me lo hubieras contado en seguida... Pues bien te busqué la lengua aquel día y al siguiente; porque lo de la jaqueca no me lo tragaba yo.

-Tienes razón, Petrilla, y perdóname; pero ya te lo he dicho: al principio, yo no sabía dónde estaba ni lo que más me convenía; y después, con la ilusión de que todo había concluido, no me apuraba mucho por que lo supieras. Tiempo quedaba para ello.

-Corriente -dijo Petrilla con la mayor formalidad.- Y ahora, ¿qué es lo que piensas hacer?

-Seguir negándome a todo por encima del mundo entero, -respondió Irene con gallarda entereza.

-¿Y por qué? -preguntó Petrilla cruzándose de brazos y mirando a su hermana con los ojos cargados de malicias.

-¡Está buena! -respondió la otra sorprendida muy desagradablemente con la pregunta.- ¿Ahora salimos con eso? ¿A que vas a concluir por encarecerme el acomodo?

-Verdaderamente -replicó la cendolilla,- que no es lo que se llama una ganga para una chica de tus prendas, con aquel pescuezo, y aquella calva, y aquel color de membrillo, y aquella duquesa madre, y la otra duquesa hermana, y el duque viejo, y el mozo, y la avefría soltera... pero es galán distinguido, viste al pelo, no es tonto... y será duque; fíjate bien, Irene: será duque; y su señora, duquesa, por consiguiente, y duquesa de Madrid, que es ¡vaya! ¡uf!...

-Pues mira -dijo Irene que casi se sonreía con las cosas de su hermana,- ya que tanto te deslumbran esas pompas, carga tú con ellas, que a tiempo estamos. Así como así, lo que a él le interesa, y a toda su ilustre casta también, no es la persona de tu hermana, sino el dinero de tu padre.

-Lo siento mucho; pero no puedo ni pensar en ello -respondió Petra con afectada gravedad,- porque estoy comprometida: bien lo sabes... Pero no iba yo por ahí precisamente -añadió variando de tono y de ademanes:- más bien te quería preguntar si en esa resolución que has formado de negarte... a eso, no entra por algo... lo otro.

-Te juro -respondió Irene, coloreándosele por un momento las mejillas, como si hubieran pasado rápidamente sobre ellas un velo carmesí,- que aún sin eso otro, que apenas existe más que en tu malicia, hubiera pensado lo mismo... ¿Pues en tan poco me tienes que has podido dudarlo? ¡Ay, Petra! Considera lo terrible del caso en que me veo; ayúdame, si puedes, en algo, y dejémonos de bromas... Mira, ayer, en mis deseos de salir por alguna parte, escribí una carta a ese... prócer, como le llama papá. Me costó Dios y ayuda: todo me parecía poco, y todo me parecía demasiado. Quería yo decirle que se habían comprendido mal las cosas, y que yo no había pensado en conformarme con semejante proyecto. Que agradecía el favor, pero que no podía aceptarle. Lo sentía mucho; pero así era la verdad. Esto escribí, sobre poco más o menos; pero en seguida vi que, con decir eso a los de Madrid, dejaba por embusteros y bobalicones a todos los de mi casa; porque, por las señas, todos vosotros danzábais como entusiasmados en la carta de papá... y rompí la mía en doscientos pedazos... Y así estoy, atada de manos y pies; expuesta a que el proyecto maldecido se publique, ¡y ya verás cómo se publica! y sin poder decir a las gentes: «no hagan ustedes caso, que todo es un puro embrollo de...» ¡Jesús, María y José, lo que iría descubriéndose!... ¿Ves, Petrilla, ves cómo si papa mismo no rompe esto por sí mismo, como está obligado a hacerlo en conciencia, y como Dios le dé a entender, no hay salida para mí sin un ruido escandaloso?

Petrilla, hondamente afectada, se abrazó con ella y la besó muchas veces. Después siguieron hablando sobre el mismo tema y proponiendo salidas, que iban desechando a medida que las examinaban.

Entre tanto, don Roque y su mujer también tocaban a menudo el cielo con las manos. En hacer esto y en declarar que habían procedido con suma ligereza, era lo único en que iban ambos de acuerdo cada vez que hablaban del espinoso asunto. En todo lo demás relacionado con él, no podían entenderse. Doña Angustias, aunque tan vana como su marido, más perspicaz que él, estimando cada cosa en su verdadero valor, desde que había conocido que era profunda e invencible la aversión de Irene al proyectado bodorrio, quería que don Roque deshiciera, con una carta bien terminante, lo que había hecho con otra; porque lo primero era el bienestar de su hija y el sosiego de la casa. Su marido lo veía muy de otra manera. Afirmaba que su hija llegaría a convencerse, porque era imposible que no se convenciera de que consistía su felicidad y el ustre de toda su casta en casarse con Nino Casa-Gutiérrez, primogénito del duque del Cañaveral, el primer hombre de España. Que creyendo esto de buena fe, y amando como él amaba a Irene, era una locura, una indignidad, un cargo de conciencia romper de lleno con aquella ilustre familia. Que se adoptara, por de pronto, un ten con ten; que se diera tiempo al tiempo, y, entre tanto, que se volviera a tratar del caso con la interesada serenamente y con el fuste que reclamaban las conveniencias de todos. Hasta entonces, Irene solamente había dicho «que no:» faltaba conocer las razones en que fundaba la negativa; y allí le esperaba él.

Y llegó también el día en que se la puso en el trance apetecido por su padre. Cabalmente no deseaba ella otra cosa. ¡Qué biografías hizo de todos y cada uno de los miembros de la «egregia familia.» Se les veían hasta las entretelas del corazón. A ella, a Irene, la habían buscado de cebo para pescar las talegas de su padre; y aún con estas intenciones, todavía se dignaban concederla por marido al perdulario que la jugaría a una carta cuando no le quedara un real de lo estafado a su suegro. No podía darse burla más desvergonzada en los unos, ni inocencia mayor en los otros. Tardó en hablar, pero se despachó a su gusto. Don Roque estuvo a punto de excomulgarla. Doña Angustias echó el montante, y exigió, en bien de todos, que las cosas quedaran así por de pronto, confiando en que la reflexión y la prudencia irían arreglándolas al gusto de cada uno; pero como esto no resolvía nada, Irene, por despedida, declaró que vieran cómo deshacían la maraña las manos que la habían enredado, porque ella ya había dicho y hecho cuanto tenía que hacer y que decir en tan abominable particular.

Sin embargo, está bien averiguado que al otro día, muy temprano, fue a consultar el caso con «el Padre,» el Padre Domínguez, varón docto y de gran consejo, director de la congregación; porque Irene era una de las más fervorosas y entusiastas Hijas de María. Nunca había llevado al confesonario temas de aquella delicada naturaleza; pero «el Padre» era muy bueno, muy virtuoso, muy sabio y muy prudente, gran amigo de la familia; y el apuro de ella muy excepcional y por todo extremo apremiante. Así y todo, la costó entrar en materia después de ventiladas las de la ordinaria confesión; mas a fuerza de empeñarse en ello, aunque parte a medias palabras y el resto entre sollozos comprimidos y tapándose mucho con el velo por los dos lados de la rejilla, logró decir lo que quería. Oyola el Padre con suma atención; meditó el punto largo rato... pero tampoco la sacó de apuros. Aprobó su resistencia, si era mansa y con los respetos debidos, y la causa de ella bien fundada; la recomendó la paciencia, ¡mucha paciencia!... «pero lo de hablar a tu padre, hija mía, ya es harina de otro costal. Eso de meterse en las casas ajenas a fallar en asuntos de familia, es más de lo que a ti te parece. Sin ello y todo, nos ponen los malévolos como hoja de perejil. Conque figúrate tú si nos metiéramos... ¡Ave María Purísima! Ahora, si tu padre me llamara, o tu madre... entonces ya sería otra cosa. «Y con esto, y una buena porción de consuelos cariñosos y de sabias amonestaciones, dio por evacuada la consulta el Padre Domínguez.

No echó Irene en saco roto la salvedad de su confesor; y en cuanto volvió a casa, trató con Petrilla de si sería o no conveniente inducir a su madre a que pusiera el conflicto en manos del Padre Domínguez. Petrilla optó por la afirmativa y se prestó a desempeñar la embajada, y hasta la desempeñó; pero sin éxito bueno. Doña Angustias había hecho los mayores esfuerzos con su marido para que aquello concluyera cuanto antes como Irene deseaba; pero él dudaría de la bondad de Dios antes que de la grandeza e infalibilidad de su amigote, y no había que soñar en que el compromiso se rompiera bruscamente, y mucho menos en que aceptara la intervención de un extraño si no era para ayudarle a salirse con la suya. Ella trabajaba sin cesar con el fin de ir conllevando las cosas hasta que Dios preparara una salida franca, si es que quería prepararla... Lo peor era que el día menos pensado diría aquella familia «allá voy,» en la inteligencia de que estaban aguardándola ellos con vida y alma... pero que Dios proveería, y que, por de pronto, no se hablara más del maldecido negocio.

Y esto fue lo más terminante y claro que Irene logró recabar de los que la rodeaban, en alivio de su amarga tribulación. Hizo por su parte cuanto pudo, que no fue mucho, para echarse el alma a la espalda; y con la resolución firme y jurada de no cejar en su negativa cuando quiera donde quiera que le plantaran el caso delante, volvió a su vida habitual, aunque, más que a gozarla, a arrastrarse dolorida por ella.

Entre tanto, «el público» lo supo todo, porque siempre se saben estas cosas, y cada cual explicaba de distinto modo la resistencia de Irene; pero nadie se ponía en lo exactamente cierto, como también es uso y costumbre en los «dichos de las gentes.»

Y así se estaba: «el público» haciendo diagnósticos a porrillo sobre la palidez y el desánimo de Irene, cada vez que la veía; los de su casa afanándose por distraerla y por alegrarla; don Roque, amén de esto, convencido de que la tempestad iba pasando, por lo cual entretenía las impaciencias de su «consuegro» con cartas que no hubieran ido al correo si las hubiera visto su mujer; y la víctima, la pobre Irene, haciendo de tripas corazón, pasando la mitad de las noches en vela, siempre con la visión de su conflicto delante de los ojos, y el espanto por lo que pudiera acontecer a la hora menos pensada...

Hasta que, al cabo, aconteció, y hubo que decírselo. Según rezaba un telegrama que acababa de recibirse, ellos habrían salido de Madrid aquella misma tarde, y llegarían en la mañana del día siguiente. Las cosas (hablaba don Roque) venían así rodadas; había que considerarlo todo; echar penas a un lado; ponerse en lo justo, y tomar parte en el regocijo de los demás, que por bien de ella se regocijaban. Esto acabó de enloquecerla. Encerrose en su cuarto; acudió su hermana; lloró con ella; la dijo muchas cosas, unas para consolarla, otras para reñirla y todas para convencerla; acudió también su madre, con los mismos recursos y los propios fines; y hasta llegó don Roque con la bata flotante y la visera torcida, y arrimose al grupo, caídos los brazos y entrelazadas las manos palma abajo, sin decir una palabra, pero mirándola triste y suplicante, clavados e inmóviles en el suelo sus anchos pies. Y todo esto aumentaba sus mortificaciones, hasta que pidió, por caridad, que la dejaran sola con sus desdichas, ya que nadie quería ayudarla a descargarse de ellas.

Pasó una noche cruel, y la halló la luz del nuevo día enteramente desvelada y algo febril. Corriendo las horas, oyó que se rebullía su hermana en su aposento; y poco después la vio entrar por la puerta por donde se comunicaban las dos. Irene no se dio por entendida. Adivinaba el motivo de aquella madrugada. Petrilla le confirmó sus presunciones en seguida. El tren llegaba a media mañana, y había que vestirse antes, y no de cualquier modo. Conoció que su hermana no había dormido un instante en toda la noche, aunque Irene aseguraba lo contrario; pero no quiso porfiar por no recrudecer las heridas. En cambio, insistió mucho para animarla a que les acompañara... «a eso» que había que hacer aquel día sin remedio alguno.

-Sería ponerlo peor -respondió Irene.- Nada tiene de particular que yo me quede por enferma, y lo tendría que me vieran allí del modo que habrían de verme.

Petra convino en ello, como convino también su madre poco después. Sólo don Roque pensaba allí de distinto modo; porque por encima de las pesadumbres de su hija, aunque le llegaban muy adentro, y de cuanto con ello y otro tanto más pudiera relacionarse, ponía él por impulso involuntario y natural, irresistible, como el del humo liviano que eleva al globo huero por los aires, los miramientos y agasajos debidos a la ilustre familia del «egregio prócer;» miramientos y agasajos que, solamente por el hecho de ser agradecidos, refluían en don Roque y en toda su casta, transformados en lluvia de gloria refulgente.

Esto no lo declaró así entonces; pero bien hondo, aunque callado, lo sentía, cuando montó con su mujer y Petrilla en su carruaje, pensando más en la cara que pondrían los otros al ver que no salía ella a recibirlos, que en las angustias que la pobre quedaba pasando por pecados que no había cometido.

Irene oyó el rodar del coche alejándose hacia la estación del ferrocarril, y sintió un relativo descanso al considerar que se hallaba sola. Como la cama era un lugar de tortura para ella, probó a levantarse para esparcir la negrura de sus pensamientos con el ruido y la luz del nuevo día, y se halló más valiente de lo que esperaba. Vistiose; despachó a la ligera sus ordinarias tareas de tocador; y para acreditar más a los ojos de sus sirvientas su alegada indisposición, quedose en su cuarto por entonces, y mandó que la sirvieran allí el desayuno.

Por un exceso de celo, suponiendo que no hubiera en el caso ni un asomo de malicia, su doncella, muy poco tiempo después, la sirvió, con el chocolate, El Océano que acababa de colarse por debajo de la puerta, fresquecito y tentador. Irene, después de convencerse de que «no la entraba» el desayuno, cogió el periódico, y, maquinalmente, buscó en él la sección preferida de sus «bellas y adorables suscriptoras:» la Estafeta local. La vio muy nutrida de materia, y, por distraerse un poco, púsose a leerla. A los pocos renglones ya crepitaba el papel entre sus manos ebúrneas y temblorosas; algo más adelante, frunció el entrecejo, y, mejor que leer, parecía traspasar las frases almibaradas con las saetas de sus ojos indignados; por último, rompió a llorar y arrojó el periódico al suelo.

-Pero, señor -pensaba entre tanto la infeliz:- ¿quién va con estos cuentos, a los periódicos? Y ya que ellos lo saben, ¿por qué lo cuentan? Y ya que lo cuentan, ¿por qué el Gobernador no los lleva a la cárcel? Y ya que esto no se haga, ¿por qué a una no le ha de ser permitido poner las cosas en lo cierto y desmentir públicamente a esos grandísimos mentecatos, embusteros, adulones y babosos?... ¡Dios mío!... Pero si, bien mirado todo, no tienen ellos la culpa... ¡Virgen María! ¿Por qué se ha llegado hasta aquí? ¿Por qué me pasa a mí esto?... Pero yo tendré valor... ¡Juro a Dios que he de tenerle para acabar de una vez con martirio insoportable!

Y haciendo coraje y, derramando lágrimas quedó, con los codos sobre el velador y la cabeza entre las manos.




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Soledades


La lámina de un aparato tan ingenioso que nos diera estampadas en ella las evoluciones del pensamiento humano, sería cosa bien digna de verse en determinadas crisis de la vida. Allí aparecerían, en caracteres legibles, los derroteros del discurso en medio del vertiginoso rodar de las ideas; el hilo sutil que enlaza las más mezquinas con las más sublimes, las lúgubres con las risueñas, las cómicas con las dramáticas; la gran lógica, en fin, de lo que nos parece, a la simple observación, génesis estrafalaria de los pensamientos incongruentes que centellean en el fragor de las borrascas del cerebro.

Por carecer de un utensilio semejante que, al fin, inventará el Edisson menos pensado, se llamó loca a sí misma Irene varias veces, mientras permaneció en la postura descrita al final del capítulo precedente. Tales y tan inconexas fueron las ideas que iban desfilando por su cabeza enardecida. Quería pensar con reposo, como lo pedían la ocasión y los sucesos; discurrir con lucidez para dar con una salida clara y pronta en el negro calabozo en que se hallaba, y se le venían a las mientes, pero en chispazos, como pasan las estrellas errantes por la bóveda celeste en la obscuridad de la noche, la noticia de El Océano, el busto de Jovita Sotillo, el andar de Casallena, el salón de conciertos de la playa, el uniforme del jefe de la estación del ferrocarril, la duda de si eran de plata o de oro los galones de su gorra y de sus mangas, el Padre Domínguez y la última comunión general de las congregantas; «el prócer,» su metal de voz, su continente espetado; su hijo, ¡aquel pescuezo de buitre! ¡aquella calva en el cogote!...

-Por aquí, por aquí está la miga de lo que yo quiero pensar -se decía entonces con el ansia del avaro que, a tientas, da con algo que le parece tesoro.- Aquí es donde yo necesito esforzar el discurso para combinar mis planes; esto es lo que me importa, y nada más que esto.

Y puesta de nuevo a pensar, volvía a escapársele el pensamiento a los asuntos más extraños y a los lugares más remotos.

-¡Loca, loca! -exclamaba la infeliz al verse tan extraviada del camino que se empeñaba en seguir.- ¡Qué tienen que ver con mis pesadumbres todas esas boberías, señor Dios misericordioso?

Y tornaba a encauzar el pensamiento, y volvía el pensamiento a escapársele por los más enriscados vericuetos.

-¡Loca, loca sin remedio! -exclamaba otra vez, golpeándose la cabeza con las manos que la sostenían.

Hasta que determinó incorporarse y ponerse en movimiento. Hízolo así; recorrió en todos sentidos la estancia; y como la atormentaba una sensación como de un hierro caliente alrededor de la cabeza, cogió un abanico y se hartó de darse aire con él. Recurso inútil. Como si el aire fuera el de un horno caldeado, cuanto más se abanicaba, más le ardía la cabeza. Al fin, por la puerta de escape, y con los rodeos necesarios para no ser vista de nadie, se dirigió al cuarto-tocador.

Encerrada en él, despojose de cuanto la estorbaba, que no era mucho, para lo que intentaba hacer. Acercose al lavabo; llenó de agua la ancha jofaina hasta los bordes; mirose al espejo y se quedó asombrada, no del contorno gentil y la blancura turgente de sus brazos desnudos y de su garganta descubierta, sino del cerco enrojecido de sus ojos y del sello profundo que, en tan pocas horas, habían dejado las penas, y las lágrimas en su rostro.

Tras una ablución abundante, destrenzó su pelo y le desató; ahuecole después, metiendo por debajo, hacia la nuca, los dedos entreabiertos de ambas manos, y la negra madeja fue esponjándose y extendiéndose por la espalda, y sobre los ebúrneos hombros y los brazos admirables, como una catarata espesísima de cardadas fibras de seda. Después acabó el peine la obra comenzada por las manos; y cuando ya se encontró Irene más aliviada del peso mortificante con aquel oreo de su cabeza, volvió a atarse la profusa mata; la recogió al desdén, pero no sin gracia, porque en este punto siempre son muy escrupulosas las mujeres, por afligidas que se hallen; terminó su peinado; volvió a vestirse a la ligera, como estaba antes; notó que era ya dueña y señora de su discurso, y cometió el disparate de arrellanarse en una mecedora que había allí, para echarse con sus cavilaciones por donde no había logrado echarlas hasta entonces, cuando debió haberse largado a tomar el aire por las encrucijadas de la casa medio vacía.

Ello fue que se quedó allí; que se dio de nuevo a pensar, y que cayó en seguida en la cuenta de que en aquellos momentos, o la trampa se lo había llevado todo, o la gente estaba ya en sus alojamientos de la playa; ella a dos dedos de la gran escena, y el caso, por consiguiente, a pique de dar el estampido. ¡La gran escena! Éste era el pensamiento que la sacaba de quicios. ¡Y era inevitable! Entonces hundió su discurso en las lóbregas regiones por donde deben haber pasado los últimos pensamientos de todos los reos en capilla. Cuando han apurado los medios racionales de salvación; cuando ya sus esperanzas no tienen un asidero en lo humano, el apego a la vida debe haberles infundido muchas y bien extrañas imaginaciones: desde la del repentino motín desarrapado, que comience por abrir las cárceles y derribar los patíbulos, hasta la del temblor de tierra que destruya en un instante la mitad del globo, y siembre la consternación y el espanto en las gentes del otro medio.

Irene, en la proporción correspondiente, sintió también el influjo de estas empecatadas ideas. Podía muy bien suceder que no hubieran llegado todavía, y consistir esto, o en que a última hora hubieran suspendido y aplazado el viaje, por indisposición repentina de alguien o por otro motivo cualquiera, o porque el tren... El tren, bien miradas las cosas, no dejaba de ofrecer peligros serios a cada paso. Por de pronto, descarrila fácilmente; y sin contar, ¡Dios no lo permitiera! los lances más desgraciados, como el rodar por un despeñadero, o el amontonarse hecho astillas en las negruras de un túnel o en el fondo de un barranco, abundaban a maravilla los casos de piernas rotas, de muñecas dislocadas de... -¡Señor y Dios poderoso! -se dijo escandalizada al andar con sus pensamientos por estas encrucijadas diabólicas,- yo no deseo ninguna de esas barbaridades para nadie, yo no soy capaz de eso; pero ellas se vienen rodando a mi imaginación por ser cosas corrientes y de todos los días. Caigo en esos supuestos malos, a fuerza de pensar en los que puedan ser causa de lo que tanto deseo: que no lleguen nunca; que jamás vengan aquí. Yo no pondré el estorbo para que descarrile ese tren, ni ningún otro del mundo; pero si está decretado que ha de descarrilar un tren más, y ha de ser precisamente el tren en que ellos se han metido, ¿qué culpa me cabe a mí en la desgracia, ni en qué peco al considerar que pueden haberse vuelto a Madrid para curarse la pierna dislocada o la cabeza rota?... ¡Dios mío! ¡Dios mío! Si no tuviera que pensar en salir viva del trance inicuo, bárbaro, en que se me ha puesto, yo no cavilaría estas atrocidades... Y ¿en qué quedamos? -vino a decirse a poco rato y después de dar una nueva dirección a su pensamiento.- En estas repugnancias mías, tan hondas y tan invencibles; en este propósito inquebrantable que tengo de resistirme con todas mis fuerzas, ¿qué cantidad representa él?

Sobre este tema, que tenía muy trabajado desde que se vio enredada en el intrincado laberinto, discurrió largamente; pero no sacó en limpio nada nuevo. Él no había llegado a infundirla lo que se llama una pasión, una embriaguez amorosa. Ella, por razón de su fama de rica, más que por la fuerza de una hermosura en que no creía, llevaba oídas muchas impertinencias y grandes sandeces a los hombres que se la habían acercado en el trato corriente de aquella sociedad y de otras semejantes; pocas, muy pocas, fuera de allí. A ninguno de esos hombres se parecía él: todos la habían llenado la cabeza de lisonjas cursis y de requiebros vulgares, y al menos indiscreto de ellos se le transparentaban los mezquinos planes entre la hojarasca de sus «declaraciones» de manual. ¡Y cuidado que habían abundado los buenos mozos entre los aspirantes! Otra singularidad de Irene: no la hacían gracia maldita los buenos mozos. Eran muy fatuos, por lo común, y todo lo fiaban al poder de su gallardía, con la vanidad de merecerlo todo, a título de gallardos, aunque fueran unos majaderos. ¡Qué cosas la habían dicho los buenos mozos! ¡Con qué ojos la habían mirado, y con qué aire de conquistadores la habían paseado la calle! Pues ¿y los meramente distinguidos, los que sin pizca de hermosura, y hasta en los puros huesos, habían pretendido cautivarla por la sola virtud de sus prendas de sastrería, de sus borceguíes de ganapán, sus cabellos aplastados y sus actitudes de idiota? Él no era buen mozo, ciertamente, en la acepción más usual de estas palabras; pero tampoco de los otros. Su distinción no le resultaba de la librea de la clase, sino de las cualidades que le eran propias: de su entendimiento, de su cultura, de su tacto singular para decir y hacer las cosas y elegir sitios y ocasiones de manera que, sin hipérboles ni ostentosos alardes, realzaba la sinceridad de sus dichos y la firmeza de sus nobles afectos y propósitos. No era impaciente ni pegajoso, pero sí leal y resuelto; y en la borrasca que ella estaba corriendo, le sentía, sin verle, a todas horas, con el oído alerta y el ojo avizor. No daría un solo paso en su ayuda sin una señal que se lo ordenara; pero tampoco habría obstáculo que le detuviera ni peligro que le arredrara si la señal se le hacía. Esto era querer bien, y mucho, y a tiempo; y ella, si no enamorada, estaba, cuando menos, satisfecha y agradecida. No era, pues, un mal de los ya incurables; pero sí de los que podían llegar a serlo, fomentando poco a poco, con un trato más continuo y descarado, lo que hasta entonces no pasaba, por su parte, de una agradable aquiescencia a los testimonios de él. Nacían, por consiguiente, sus repugnancias hacia el otro, no de la fuerza del contraste de los dos, sino de lo que daba el caso de sí, por su propia naturaleza abominable. Le repugnaba el hombre, que le había sido antipático y repulsivo como simple amigo de su familia, por la estampa, por el carácter, por su padre, por su madre y por toda la casta de él que ella conocía; por la conducta falsa y rastrera, y las villanas intenciones de todos ellos, secuestradores infames de las flaquezas de un pobre hombre, para chuparle el dinero. Porque si no se tiraba a eso, ¿a qué se tiraba con aquel modo inaudito de proceder? En fin, que sus repugnancias eran absolutas, independientes de cualquier otro sentimiento lastimado con ello: lo aborrecía porque era de suyo aborrecible, y con él y sin él lo hubiera aborrecido lo mismo.

Metida en estas honduras de nuevo, notó que volvía a enardecérsele la cabeza. Temió de lumbre el mal rato que la esperaba si no cortaba a tiempo por lo sano; y poniéndolo todo en manos de Dios, en un arranque decisivo, salió a orearse por la casa.

Atravesaba el vestíbulo precisamente ea el instante en que la doncella abría la puerta de la escalera y entraba en él doña Mónica, la beata, con su manto de velillo y sus faldas escurridas de estameña del Carmen. Era una pobre mujer que venía a menudo por allí, generalmente a la hora de tomar chocolate por las tardes, y muy antigua protegida de la familia. Don Roque la manejaba los cinco mil reales que había heredado del único hijo que tuvo de su matrimonio con un empleado cojo del ramo de Loterías; el cual hijo había muerto seis años hacía, ocho después que su padre, hombre linfático, y por eso acabó de un tumor frío en una rodilla; lo mismo que el hijo, es decir, en lo de linfático; porque el tumor le tuvo éste (que ya empezaba a hacer ahorrillos para el día de mañana en un comercio de Madrid) en la boca del estómago, y además en el pescuezo, y además en la cabeza del fémur. Con el producto de los cinco mil reales; el de sus trabajos de costura para algunos «señores eclesiásticos,» y lo que se le pegaba a menudo «por la caridad» de unas cuantas familias «de lo principal,» que miraban por ella, vivía tan guapamente doña Mónica, arrimada a «un matrimonio de bien» que la daba lumbre y un buen cuarto en su casa por poco dinero. Era delgadita, algo acartonada, de voz un tanto nasal, hablar pausado, pero continuo; cabeza un poco entornada a la izquierda, con inclinación hacia el pecho al mismo tiempo, y ojos de expresión aflictiva; por lo cual, y la costumbre de andar y de hablar con las manos cruzadas sobre el estómago, parecía un mal remedo de una Dolorosa en cromo que ella tenía sobre la cabecera de su cama. A pesar de estas señales de su persona, no era gazmoña la beata, ni resultaba indigesta su conversación, ni pesada su visita para las señoras de su trato; y esto consistía, sin duda, en que para cada cual hería la tecla correspondiente de sus varios registros. Para las señoras dadas o propensas a la mística, sabía textos de la Guía de Pecadores, ejemplos del Camino recto y seguro para llegar al cielo, milagros recientes de la Virgen de Lourdes, y, sobre todo, ofrecer en extracto comentado el último sermón o lectura del predicador de sus entusiasmos en la novena del Carmen o en la fiesta de San Matías; para las piadosas algo mundanas, tenía un caudal inagotable de noticias de vecindad, como rumores de casamientos, de enfermedades peligrosas, de avenencias o desacuerdos entre personas antes bien o mal avenidas... noticias que iba dando poco a poco, y como si las dejara caer, entre las referentes al Coro de Siervas o a la Corte de María; pero todo ello, entiéndase bien, con la honradísima intención de ser agradable a las personas que tanto la favorecían, sin ofensa para nadie ni agravio de la ley de Dios.

A pesar de esto y de lo bonísima que era en el fondo Irene, cuando se topó con ella tan de improviso en el recibidor lo tuvo a contrariedad muy grande. ¡Para coplas de beata estaba su cabeza entonces! Pero en seguida pensó muy de otro modo por lo mismo que tenía preocupaciones que la atormentaban, necesitaba escobas para barrerlas de tarde en cuando. Por lo que recibió a doña Mónica con mucha afabilidad y la llevó consigo al gabinete de la sala, la segunda pieza en la escala categórica de las «de recibir.»

-Yo no sé si incomodo -dijo doña Mónica mientras se sentaba poco a poco en el borde de una butaca, sin dejar de mirar a Irene con sus ojuelos entornados,- viniendo a estas horas y en un día tan ocupado para ustedes... según acabo de saber en la portería.

-Usted no incomoda nunca, doña Mánica -la respondió Irene en ademán placentero y cariñoso;- y mucho menos hoy, créame...

-Es que he sabido también -añadió la beata con voz algo plañidera y un mirar muy dolorido,- que se había usted quedado en casa algo indispuesta... Como que casi esto sólo me animó a subir para preguntar siquiera; y preguntándolo estaba a la muchacha, cuando Dios nuestro Señor me la puso a usted delante.

-Y es la verdad, doña Mónica -dijo Irene esforzando una sonrisa que no se dejaba pintar en sus labios,- es la verdad que ando estos días un poco trastornada de salud; pero no es cosa de cuidado, gracias a Dios.

-La Virgen Santísima lo quiera así -respondió la beata levantando hasta el pecho sus manos cruzadas sobre el estómago, y los ojos a la cornisa del gabinete.- Pero, aunque ello sea poco, pudiera incomodarla a usted la conversación.

-Al contrario: me viene de perlas para distraerme en estos ratos tan largos, sola y sin nada que hacer. Con que así dígame, sin miedo de molestarme, qué es lo que se le ocurre a estas horas tan desacostumbradas para usted.

-Pues páguele Dios la bondad que tiene conmigo en la salud que merece -dijo doña Mónica muy agradecida y satisfecha,- y sepa que venía a estas horas, en primer lugar, a traer a ustedes las papeletas de este mes. Anoche me las entregó el sacristán con la mía, según hace todos los meses... Voy a dárselas a usted...

Sacó del hondo bolsillo de su vestido de estameña un librejo de oraciones, muy resobado, y de entre sus hojas arranciadas, dos papeletas de los Píos oficios del Sagrado Corazón de Jesús, las cuales entregó a Irene diciéndola:

-La comunión y desagravio, ya verá que es el seis. No hay fallecida... Me parece que usted, si no recuerdo mal, ha caído Víctima...

-Es la pura verdad -respondió Irene con una sonrisa muy amarga, mientras pasaba la vista por la papeleta que le correspondía:- me ha tocado ser víctima en este sorteo. Dios sabebien lo que se hace.

-Y ni la hoja del árbol se mueve sin su santa voluntad -observó en tono solemne la beata,- y hasta de los pajaritos del aire cuida su Divina Providencia.

-Eso es lo que consuela, doña Mónica; digo, lo que debe de consolar a los que se ven cargados de penas y abandonados de todos... ¿Y qué otra cosa se le ocurre a usted?

-Pues hágase usted cuenta, doña Irene, de que nada más, si bien se mira; porque verá usted: yo salí de casa, o mejor dicho, de la última misa de las tres que he oído esta mañana, con la intención de traer a ustedes las papeletas, y con la de pedir al señor don Roque treinta y cuatro reales y cuartillo de lo que me hace la caridad de administrarme...

-Pues ya sabe usted que no está en casa -interrumpió afablemente Irene;- pero no la apure esa dificultad si le corre prisa esa pequeñez de dinero...

-Muchísimas gracias, señorita Irene, y el Señor la recompense la buena voluntad; pero no hay para qué se moleste, porque verá usted lo que ha pasado. Ya sabe usted lo caritativa que es conmigo doña Mercedes, la señora de don Anselmo Vila, lo mismo que él... y lo mismo que todos los de su casa; porque la verdad es que no sé a quién de ellos debo más caridades y agasajos. De aquí viene la mucha ley que los tengo, particularmente al señorito Pancho, que es hasta manirroto conmigo.

Irene, en quien ya so había notado algún desasosiego al oír citar a la familia aquella, cuando oyó este último nombre en labios de la beata, sintió, y era la verdad, que se le encendía un poquito el color de las mejillas, por obra de dos sacudidas anormales de su corazón. Tosió sin necesidad, llevándose al mismo tiempo su pañuelo a la boca, y enmendó dos veces su postura en la silla que ocupaba.

Doña Mónica, haciendo como que no lo notaba, o sin notarlo en realidad, continuó diciendo, tras una brevísima pausa:

-Pues cátese usted que, saliendo hace un rato de la última misa, me encuentro casi a tope y calle arriba, al paso que él usa siempre, con el señorito Pancho. «El Señor le acompañe,» le dije yo un poco recio para que me oyera. Oyome, conoció la voz, volvió la cara hacia mí, y corrí yo a saludarle, porque, tras de merecerse esta cortesía de por sí mismo, hacía ya bastante tiempo que no tenía el honor de hablar con él. Conque, señorita de mi alma, parose hecho unas dulzuras en cuanto le alcancé; y pregunta va y respuesta viene entre los dos, con un cariño y una parcialidad de su parte, que la Virgen de las Misericordias se lo galardone tanto como yo se lo agradecí. Pues, señor, que andan las palabras y llegan, en su punto, las de «adónde» y «para qué;» a lo que yo dije, porque no cometía en ello falta ni pecado, y era la pura verdad: «a casa del señor don Roque a pedirle un puñado de reales de los de mis propios peculios para salir de una dificultad, no muy grande por la misericordia de Dios...» Conque, señorita de mi alma, quién le dice a usted que lo mismo es oír esto el señorito Pancho, que preguntarme cuánta era la cantidad del apuro, declarárselo yo, llevarse él la mano al bolsillo del chaleco, y poner en las mías dos duros cabales. «Que sí, que no, que no los merezco, que eso y mucho más, que toma y que vira...» en fin, que no bastaron razones y que tuve que tomarlos... Pues, señor, que acerté a decirle que todavía con eso no me ahorraba el viaje, porque tenía que entregarla a usted las papeletas que la acabo de entregar; y vuelta a enredarnos en preguntas y respuestas: él sobre si vengo mucho o poco por aquí, y yo sobre lo que tengo que agradecerles a ustedes, y a usted, particularmente, señorita Irene; porque la verdad debe decirse, y es la verdad pura que la caridad de usted conmigo no tiene medida, como la misericordia de Dios nuestro Señor. ¡Válgame la Divina Providencia, cómo me clavaba los ojos por detrás de los espejuelos, igualmente que si me oyera por ellos y no por los oídos, en tanto que yo le hablaba de estas cosas! ¡Vea usted, señorita, lo que puede de por sí misma la cristiandad de un corazón, cuando con sólo hablar de ella, aunque sea por labios tan pecadores como los míos, se cautiva la atención de los hombres más metidos entre la pompa mundana! «Pues toma este pico más, siquiera por lo que tienes de agradecida,» me dijo por conclusión... Y, pásmese usted, señorita: me planta en la mano, que quieras que no, otros dos duros. Con esto y poco más se despidió de mí, encargándome mucho que no dejara de entregar las papeletas con la puntualidad a que estaba obligada por los beneficios que recibía de usted. De modo y manera, senorita, que, con la lotería que me ha caído esta mañana, ya no necesito del señor don Roque la cantidad que pensaba haberle pedido; ni que usted se tome el trabajo de dármela en nombre de él, voluntad que agradezco lo mismo y más que si el favor se me hubiera hecho.

Grande sería la atención con que Pancho Vila escuchó los panegíricos que la beata le hizo de Irene; pero quizás no tanto como la de ésta al oír el relato de doña Mónica. Lo de las prodigalidades del joven, a medida que la beata iba encareciéndole los sentimientos caritativos de ella, es decir, hablándola de Irene, la cautivaron de tal modo, que dejándose llevar de sus primeras impresiones y sin darse clara cuenta de lo que hacía, apenas hubo pronunciado la relatora la última palabra, se incorporó de repente y salió de la estancia, con los ojos radiantes y el ademán resuelto.

-Vuelvo al instante, -dijo a la beata al levantarse.

Y al instante volvió con un papelejo de color, en varios dobleces, entre manos.

-Los días -dijo al sentarse otra vez,- no amanecen del mismo color para todos: para unos son de fortuna, y para otros de pesadumbres. Hoy la ha tocado a usted ser afortunada. Dele gracias a Dios, y tome estos cinco duros para con los otros cuatro... La caridad es contagiosa, y yo además he caído en la cuenta de que hace ya mucho tiempo que no la socorro con nada.

Doña Mónica, con los ojos muy abiertos y clavados en los de Irene, desenlazó las manos que, según costumbre, tenía entrelazadas, y estiró los dedos, y hasta niveló las palmas; pero no separó las muñecas de la boca del estómago. Irene, adivinando su asombro, la puso el billete en la diestra, y hasta le dobló los dedos al ver que ella no lo hacía, y la dijo al mismo tiempo:

-No la pasme esta largueza, doña Mónica. Yo tengo mi poco de hucha para obras de caridad, y de vez en cuando me da el tema por pasarme de la tarifa ordinaria. Esta vez le ha tocado a usted aprovecharse del despilfarro. Será porque lo merece. Dele gracias a Dios, y pídale por los afligidos y por los desamparados de los hombres... Y vuélvase por aquí un día de éstos, porque tengo unas prendas de ropa y algún calzado que darla. Lo tenía reservado para usted; sólo que ya no me acordaba. ¿Me ha entendido?

Preguntaba esto Irene, porque doña Mónica no cesaba de mirarla en silencio, ni daba otras señales de vida que un parpadeo incesante y unas ondulaciones muy raras en los labios. De pronto se escurrió de la butaca, se puso de rodillas delante de Irene; y, rompiendo a llorar, la dijo:

-¿Qué hice yo, pecadora de mí, para merecer tantos favores? Déjeme, señorita de mi vida, que la bese esas manos bienhechoras; digo, no, los pies con que pisa la tierra que ha de pudrir estos huesos miserables... y eche Dios justiciero sobre mí, que nada valgo y que para nada sirvo, las penas que estén destinadas para afligir ese corazón de perlas...

Pero Irene, viendo a la beata resuelta a hacer lo que iba diciendo, forcejeó con ella hasta levantarla del suelo, por el cual empezaba a arrastrarse para besarla los pies.

-Éste es asunto concluido ya -la dijo al mismo tiempo,- y no hay para qué hablar de él, ni merece el pago que usted quiere darle. Serénese un poco; váyase ahora en paz y en gracia de Dios, porque yo tengo algunas cosas de urgencia que hacer en seguida, y vuélvase, como la dije, mañana o pasado, o cuando quiera; pero vuelva alguna vez que otra: ya sabe con qué gusto se la recibe aquí.

Tras esto y poco más, salió del gabinete la beata secándose las lágrimas con el pañuelo y lanzando suspiros muy hondos y temblones. Irene la acompañó hasta la puerta. Allí la despidió con unas palmaditas en la espalda y algunas frases cariñosas, y se volvió a su cuarto.

-¡Señor... Señor! -se dijo al verse otra vez sin testigos.- Yo estoy engañándote sin conciencia. Esto que he hecho con esa pobre mujer y cuanto la he prometido, no es caridad ni cosa que se le parezca: todo es obra de un arrebato egoísta; de un estallido de algo que llevo en el fondo de mi corazón, sin saber a punto fijo por qué ni para qué, ni lo que ocupa allí, ni lo que pesa, ni lo que vale... Soy mujer; estoy sola y a oscuras, cargada de pesadumbres, y atada de pies y manos... Esa cuitada me trae en unas palabras un rayo de luz que alumbra mi calabozo y alivia mis penas, y me infunde un poco de valor y de fortaleza. Es como la mensajera providencial de un alma, de la única alma que en el mundo parece condolerse de las tribulaciones de la mía... No sé a dónde voy, ni qué me propongo, ni qué plan me guía en lo que acabo de hacer; sólo sé que he visto como un hilo de comunicación entre el alma libre y la prisionera, y que no quiero romperle ni soltarle de mis manos... por lo que pueda acontecer. ¿Hago bien en ello? ¿Hago mal?... ¡Señor misericordioso! Tú, que lees en el fondo de los corazones; tú, que conoces y estimas sus flaquezas y la ceguedad de nuestros ojos, inspírame lo más honrado, y ten compasión de mí...

En este punto de su mental deprecación la sorprendió el ruido del landó flamante que se detenía a la puerta de su casa... Hasta el pensamiento se le cuajó de repente a la infeliz. ¿Qué esperanzas o qué males la traería reservados en el fondo aquella nueva caja de Pandora?




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- XI -

Confidencias


Irene, con el ceño sombrío, los ojos azorados; el color pálido, los labios entreabiertos, de pie en medio de la habitación, como una arrogante estatua en la cual el genio de la escultura helénica hubiera querido representar la curiosidad mezclada de recelos y temores, vio entrar a su hermana Petrilla abanicándose mucho la enardecida faz, radiante de malicias y algo desmadejada de cuerpo por el calor y el trajín de la mañana; dejarse caer en la butaquita que poco antes había ocupado ella; reclinar el gallardo busto contra el respaldo; estirarse; poner los piececillos, primorosamente calzados, uno sobre otro, y darse más aire, ¡muchísimo aire! con el abanico, que crepitaba en su linda mano como si estuviera haciéndose añicos. De pronto enderezó el tronco, plegó las rodillas, arrojó la sombrilla y el abanico sobre la silla inmediata, y se llevó ambas manos al sombrero para quitársele, exclamando al mismo tiempo:

-¡Hija, qué calor, qué trajines... y qué gentes esas! Pensé que no se acababa el encierro en toda la mañana... ¡Son tantos y tan especiales!...

-De manera -pensó Irene sin poderlo remediar,- que ni suspendieron la salida de Madrid, ni el tren ha descarrilado... -Y en voz alta dijo, acercándose a Petra, pero sin sentarse:- ¿Con que ya han llegado?

-Con toda felicidad -respondió Petra colocando el sombrero en la silla y recogiendo el abanico.- Ahí los tienes, enteros y verdaderos, para lo que gustes mandarles, con su vizconde y todo, que parece una panoja; y además nos ha salido zazo... habla con zopaz en la boca, y es goldinfón y dubiote... ¡Ay, qué tipo!... ¡Y te quejas tú del tuyo, ambiciosona!... Ni más ni menos...

-¡No me digas eso ni en broma, Petrilla! -exclamó entonces Irene apretando los puños y dando dos pataditas en el suelo.- Tras de que yo estaba poco desatinada y nerviosa, vente con chungas, ahora que he perdido la última esperanza...

-Pues ¿qué esperanza tenías, atreviduela de Satanás?

-La de que no hubieran venido... por cualquiera causa... ¿Qué sé yo? Una esperanza sin pies ni cabeza, como la de todos los desesperados... ¿Y papá y?...

-Ahora mismo los oigo en el recibidor: yo me adelanté a ellos en la escalera. Papá viene hecho un palomino; mamá yo no sé cómo viene: desde luego, muy disgustada. En seguida entrarán aquí. Si estás en tus trece, tente firme; pero sin exagerar, por respeto al pobre señor que está en la agonía con estas cosas, y sería el mejor padre del mundo si no fuera por el pícaro ramo de vanidad que le ciega algunas veces, como ahora. Bien lo sabes tú... Y chitón, que ya llegan para saber si te has muerto de pesadumbre... En cuanto nos dejen solas, te contaré lo poco que tengo que contarte para que estés al corriente de lo que tanto te interesa.

Llegaron, en efecto, don Roque y su mujer al cuarto en que estaban sus hijas, también fatigados y porosos: don Roque verdegueando, y doña Angustias como si tuviera escarlatina; los dos muy contrariados, aunque cada cual por distintas razones, y los dos queriendo aparentar que no había motivos para ello.

-¿Qué tal, hija mía? -preguntó a Irene su madre por entrar.- ¿Cómo has pasado la mañana? ¿A qué hora te levantaste? ¿Qué has almorzado?

A todas estas preguntas respondió Irene del mejor modo que supo, mientras su padre la devoraba con los ojos rebosando de cariño y de súplicas fervientes; al último, creyendo el buen hombre que estaba en la obligación de decirla algo también, y respirando, como siempre, por su herida, aventuró estas palabras, encareciéndolas mucho con el acento:

-Aquellos señores, tan atentos y cariñosos contigo, ¡que lo sienten tanto! y que ya tendrán el gusto de verte...

A Irene le hizo un efecto la fineza como si la hubieran punzado las carnes con alfileres.

Conociolo su madre, y respondió a su marido:

-Eso por entendido, hombre. ¡Pues podían no interesarse por una cosa así... o de aparentarlo siquiera!... Mujer -añadió dirigiéndose a Petra con intención notoria de torcer el rumbo de la conversación,- ¿al fin supiste a quién iban a esperar en la estación las chicas de Casquete, con quienes estuviste hablando?

-Pues a su hermano Sabas, que, por lo visto, ha perdido curso, y no ha habido modo de arrancarle de Madrid hasta ahora.

De este jaez fueron las pocas cosas que se trataron allí; hasta que, con la disculpa de que necesitaban cambiar de vestido para descansar, don Roque y su señora salieron del cuarto.

Solas otra vez en él las dos hermanas, dijo Irene a Petra, sentándose muy arrimadita a ella:

-Dime ahora todo cuanto tengas que decirme, sin callarte la menor cosa.

-Pues allá va -respondió Petrilla,- como lo quieres; y así y todo, verás qué poca importancia tiene, y que no pasa de lo que tú misma puedes haberte imaginado. En cuanto se paró el tren y nos vieron, ¡zas! la pregunta que era de esperarse. «Y ¿qué es de Irene?» Se les respondió que andabas algo malucha estos días, y se lo tragaron tan guapamente; Nino, el tuyo, en particular, que me echó una ojeada de carnero mortecino, como si quisiera decirme: «¿malucha, eh? cuéntamelo a mí, que tengo la culpa de ello.» No sabía el ángel de Dios que era la pura verdad... Hija, hablándote como lo siento, se va poniendo incapaz este chico... Desde que no le vemos, le ha crecido el pescuezo medio palmo, y le ha engordado la nuez una barbaridad, le encuentro mucho más amarillo y más calvo, y se me figura que se le menean los dientes de arriba cuando habla... Por lo demás, tan gomoso y tan descuajaringado como siempre. Como íbamos espalda con espalda, él en el pescante y yo al vidrio, se retorcía el espinazo muy a menudo para volverse hacia mí y hacerme preguntas muy picaronas sobre tu enfermedad... ¡Hija, qué simple! Más de dos veces estuve tentada a decirle: «no te untes.» A la punta de la lengua lo tuve, créemelo.

-¡Qué lástima que no lo dijeras, Petrilla! ¡Cuánto me hubiera abreviado eso el camino que yo tengo que andar!

-Yo creo que mamá lo conocía, porque ¡me echaba unos ojos de compasión desde el asiento de enfrente, y me daba cada rodillazo! Lo mismo que si quisiera decirme: «merecer, bien lo merecen él y toda su casta; pero aguántate por la buena hasta mejor ocasión.» A todo esto, también Amelia la preguntaba a ella, de vez en cuando, con ojos muy picarillos, por los motivos de tu enfermedad; y a la pobre mamá todo se le volvía zarandear el abanico, hacer como que se sonreía, responder medias palabras y cambiar de conversación. Nada, mujer, que vienen en la cuenta de que estás hecha un jarabe dulzón, y muriéndote de hambre de ser la nuera del prócer ese y la señora de su hijo.

-¡Primero descuartizada en pedacitos así! -dijo Irene, temblorosa de ira y señalando con la uña del pulgar media yema del índice de la misma mano.

-Es natural -asintió Petrilla cerrando los ojos y abanicándose con brío. En seguida cambió de postura, y añadió:- Pues bueno: el duque, que iba a mi izquierda, con cada diente como esta varilla, si fuera de corcho como es de sándalo, también se permitía sus indirectas sobre tu indisposición. ¿Habrase visto pasmarote igual? Lo dicho, mujer: que se les figura que nos traen el premio gordo. ¡Ah! por si se me olvida: resulta que el vizconde de María... ¡Ay, qué chica esa! Ya la verás cómo viene: lo mismo que una lombriz.

-Y ¿qué es lo que resulta del vizconde? -preguntó Irene, temiendo que se le fuera la especie apuntada a su hermana, cuyos vapuleos a la ilustre familia la entretenían mucho.

-Pues resulta -continuó Petra,- que se llama Puncio, y que, por elegancia, le llaman Ponchito, y que nos ha salido tonto; que además es rojo colorado, y gordinflón; vamos, lo que te dije antes, lo mismo que una panoja con pelos, y a más a más, ceceoso... En fin, una pura lástima... Y para ella sobra, hija, sobra de verdad; porque tiene un ver, hoy por hoy... Pues escucha: papá con la duquesa vieja... ¡Ay, cómo está esta señora! Aquello, Irene, no es ya mujer: es una droguería. ¡Y qué pingos por todas partes, y qué dengues de niña interesante! Te digo que te pierdes una suegra que no te la mereces, vamos.

-¡Petrilla, no me irrites más de lo que estoy!

-Corriente. Pues digo que papá, con la duquesa vieja, María y su Poncio correspondiente, rompieron la marcha en el landó nuestro; y, casi a la zaga de ellos, salimos los pobres en el coche de don Lucio, ¡con cada lamparón, y cada pingajo, y con un apestor a bodega húmeda!... ¿Pues, y el cochero? ¡Qué cabeza con bardales! ¡qué sombrero, espelurciado y con apabullos! La levita se le caía a pedazos, y los cuellos, de estopilla, tenían rebarba con mugre, y creo yo que hasta miseria. Vamos, un tren incapaz. ¿Para qué querrán los dineros esas gentes, mujer? En la estación, nadie, lo que se llama nadie, a recibirlos, más que nosotros: «ni siquiera Sancho Vargas,» como decía papá, que quiere poner en los altares a ese santo simple... En las calles, poca gente que nos admirara... Los únicos conocidos, Casallena y Juanito Romero, primeramente. ¡Verdad que hacía un calor en aquellas avenidas! Y ¿sabes que ya no me pone Casallena aquellos ojos tan tiernos que antes me ponía, ni me alude en sus Jueves de caramelo? Nada, que por más que los exprimo y los estrujo, no saco una pizca de substancia para mí. Y lo siento, porque, como escribir, escribe de lo mejor. En los balcones, las de Sotillo, a la ida y a la vuelta. ¡Qué saludarnos, hija, con manos y con pañuelos, y qué amontonarse una sobre otra, y moverse hechas un ovillo de acá para allá! ¡Lo que ellas habrán despotricado sobre todos y cada uno de nosotros! Pero, en cambio, en el mirador del Casino... pintiparado y en acecho, con su ropita sin manchas, su bastoncito de ballena, su carita de porcelana y su aire de señor jurisconsulto, el impertérrito Pepe Gómez... a este mozo, en buena justicia, debiera darle yo la cruz de la perseverancia. Parece que está diciéndome, siempre que me ve, y hasta cuando me habla: «nada, usted no se apure por mí: échese cuantos novios quiera; diviértase a sus anchas con ellos, que aquí la aguardo yo siempre para cuando usted no tenga cosa más de su conveniencia que elegir.» Pues mira, Irene, bromas aparte: si a ese chico, que habla y se explicotea bien, te lo aseguro, y que está muy lejos de ser tonto, le pudiera quitar yo ese barniz de huevo hilado que tiene, puede que... en fin, ya hablaremos de esto en otra ocasión... ¿Te ríes? Pues haces mal, porque tengo acá mis ideas... Ahora, para hablar de todo un poco, te añadiré que debajo del mismo mirador, en el vano de la puerta principal, con los lentes echando chispas hacia nosotras cuando pasábamos para doblar la esquina, estaba el otro, él... ¡Hola! Ya me pescaste la idea.

-¿Por qué lo dices? -preguntola Irene.

-Por lo encarnada que te has puesto -respondió P