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    Nubes de estío
     D. José M. de Pereda
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- XVII -

«Esas gentes»


Que Irene andaba mal de salud, con fuertes jaquecas y grandes trastornos del estómago, y que por eso no había ido a la estación a recibirlos a ellos, ni se les había presentado después en las tres, o cuatro visitas que la habían hecho; que en estas tres o cuatro ocasiones ni Petrilla ni su madre parecían «las de otras veces», por su sequedad de frase, su actitud violenta y su falta de ingenuidad en cuanto hacían o trataban; que don Roque no daba pie con bola delante de ellos, y torpe y desconcertado como nunca, se emperraba en corregir cada atrocidad de las que se le escapaban, con otra de mayor calibre; que reía sin ton ni son hasta por lo que era más digno de ser deplorado, y se estremecía de pies a cabeza en cuanto le nombraban o nombraba a su egregio amigo, que estaba para llegar de un día a otro; que les había puesto su carruaje «a la orden,» y todas las mañanas les enviaba al hotel alguna cosa de regalo: flores, hortalizas raras o merluza fresca, pero en cantidades enormes; y, en fin, que el pobre hombre, en hechos y en palabras, estaba fuera de sus quicios, y además muy ojeroso, macilento y sobresaltado.

Evidentes y notorios eran todos éstos y otros muchos síntomas tan anormales como ellos en la familia Brezales. Pero ¿y qué? La duquesa vieja, desde las alturas en que tenía el castillo de sus vanidades, no alcanzaba a ver esas pequeñeces que se arrastraban entre el polvo vil de los bajos suelos que no hollaban sus pies; y si las columbraba por casualidad y se dignaba parar la atención en ellas, las daba todas las interpretaciones imaginables menos la verdadera. Los duques jóvenes todo lo hallaban adecuado a las circunstancias: lo menos que podía sucederle a una modesta y oscura familia provinciana, a la cual se la dispensara de golpe y porrazo el honor de entroncar con otra de lo más ilustre y resonado de Madrid, era aquello; es decir, la enfermedad de la novia, y el atolondramiento y el marasmo de todos los de su casa. En cuanto a la «espiritual» María, habitaba en el mismo empingorotado e inaccesible castillo de su madre, y además no tenía punto de sosiego para detenerse a considerar mezquindades del vulgo con la guerra que la daba Ponchito, empeñado en ser dulzón y pegajoso con ella, cuando ella le quería para usos y destinos muy diferentes.

Pero Nino, que, con excepción de su padre, era entre todos los de su casta el que menos turbia veía la realidad de las cosas, por no ser miope del entendimiento ni tenerle ofuscado por el relumbrón de ciertas pompas, y con mayor motivo en casos como aquél, que tan particularmente y en lo vivo le interesaba, cogiendo hilos y atando cabos llegó a caer muy pronto en la cuenta de que en aquella familia pasaba algo que tenía mucho que ver con él y con los risueños proyectos que su padre le había pintado a dos dedos de realizarse; y que ese algo era de tal monta, que había trascendido fuera de los linderos del hogar. Y creía él que había trascendido tanto, porque sus íntimos de la crema, y sus amigas de la playa, y el azucarado cronista de la Estafeta local de El Océano, los mismos gomosos y gomosas que a su llegada de Madrid, de palabra y en letras de molde, le habían colmado de zalamerías y de plácemes, en atrevidas y bien transparentes metáforas, por el acordado suceso que parecía ser del dominio público, al día siguiente de llegar cesaron de mencionársele. Pero ¿qué más? Las tres cotorras de Sotillo, las mujeres más charlatanas de este mundo, que daban lo imposible por hacedero y lo hacedero por consumado en su vicio de hallar temas de expansión para su fiebre de juicios y comentos, al visitar a su familia a los dos días de llegada, hablaron de todo lo imaginable menos de ello; y eso que él estaba presente, y, de propio intento, porque ya comenzaban a inquietarle las aprensiones, les puso el cebo tentador delante de la lengua. Pues huyeron de él como unas condenadas, después de contemplarle de reojo. Y tras esta prueba tan concluyente, pasaron más días con el caso siempre perdido entre misterios en derredor de Nino, y siempre enferma e invisible Irene para él, y su padre turulato, y su madre hecha una esfinge, y la locuaz y bullanguera Petrilla, muda y recelosa y alarmante.

Apurando más la materia de sus recelos, y exprimiendo y comparando síntomas y cataduras, llegó a ver claro que en el conflicto o dificultad, o lo que fuera aquello que ocurría en el seno de la familia de don Roque Brezales, éste se encontraba en desacuerdo con todos los demás; y, colocado ya en estas alturas, y siéndole bien notoria la fatuidad del pobre hombre, y recordando que él solo era quien había negociado con su padre aquel arreglo, con afirmaciones tan extrañas para Nino como la de que Irene se había calado intenciones que jamás le pasaron por las mientes, sin gran esfuerzo de su dialéctica se plantó con los supuestos en medio de la verdad.

Admirado de que las gentes de su familia no hubieran caído en las mismas sospechas, sacolas a relucir él en ocasión de hallarse todos reunidos; pero ninguno participó de sus aprensiones. No le disgustó la discrepancia, aunque no se la fundaron en razones sólidas; porque el corazón humano es así. Sin embargo, como en aquel asunto se interesaba la cabeza más que el corazón, Nino insistió en su tema cada vez que el ajetreo de visitas, de baños y de correspondencia epistolar en que vivían sus gentes, le ponía a tiro de su palabra a alguno de ellos; pero nadie le hacía caso. Entonces resolvió escribir a su padre cuanto le estaba pasando, para que viniera apercibido; mas todos, unánimemente, se apresuraron a quitárselo de la cabeza. Si había algo, él lo desvanecería con un soplo en cuanto lo notara; y si no lo había, ¿a qué molestarle ociosamente?

Nino se sometió a este dictamen, que resultó cuerdo por casualidad; y así fue pasando, entre serias dudas y ligeras esperanzas, hasta que ocurrió el encuentro de que dio noticia a Irene su hermana, según se ha visto en el capítulo anterior.

-Pues si Irene -pensó Nino al oír lo que de ella le decían doña Angustias y su hija en aquella ocasión,- enferma e invisible para mí desde que vine, sana hoy de repente y se deja ver de todo el mundo, y esto me lo cuentan tan frescas y campechanas estas mismas señoras que ayer hacían de ello misterio impenetrable y tenebroso, ¿por qué no he de creer yo que anduve equivocado en mis supuestos, y que nada tiene que ver conmigo lo que tan malos ratos me está dando?

Y hétele ya tan satisfecho y a punto de pensar que todo ha sido mera alucinación de su fantasía, y que las cosas estaban dónde y cómo debían estar y se las había pintado a él en Madrid su padre.

Con estas ilusiones, que el más inaprensivo se habría forjado en su lugar; un terno de color de lila, corto de mangas y ancho de perneras; un sombrerete de cazo, del matiz del vestido y casi sin alas, y unos brodequines tan grandes, tan gordos y tan groseros de forma como lo permitía la costumbre entre los galanes distinguidos y elegantes de entonces... y de ahora, tras una larga batalla, reñida sin gran fruto en el campo de su tocador contra la roña de sus dientes y el despoblado de su cabeza y otras máculas y deformidades que la naturaleza y el mal vivir habían impreso en lo más visible de su persona, a las seis de la tarde estaba llamando a la puerta de don Roque Brezales para cumplir la oferta que por la mañana había hecho en la calle de la Negra a doña Angustias y a Petrilla, que por cierto la habían oído como una amenaza.

Un poco le temblaba el pulso y le latía el corazón al llamar... ¡a él! ¡a Nino Casa-Gutiérrez! ¡al mozo despreocupado y corrido aristócrata del gran mundo!... ¡y a las puertas de una sencillota provinciana! Pero, como él se decía al notar el fenómeno: «hay que considerar la importancia de esta visita con relación a los planes que me sacaron de Madrid, y lo que ha estado sucediéndome desde entonces hasta hoy en esta casa. Es el asunto éste a manera de premio gordo escapado de las manos y casi vuelto a recobrar... Pero ¿y si me equivoco otra vez, o, mejor dicho, resulta que continúo equivocado?... Por lo pronto, mucho ojo al terreno para no pisar en falso... y ello dirá.»

Firme en este cuerdo propósito, lo primero que observó fue que le pasaban a la sala, como de costumbre en aquel verano, y no al gabinete de confianza, donde, cuando menor debieran de tenerla con él, le recibían en otros tiempos. Por este lado, el aspecto de las cosas había mejorado bien poco; pero cabía la racional hipótesis de que el caso fuera obra de la doncella que le había metido allí, sin advertencia previa ni complicidad alguna de las señoras. Las cuales fueron entrando una a una en la visita, como en lenta y forzada procesión, primero doña Angustias, después Petrilla, y, por último, Irene. Doña Angustias, demasiado solemne; Petrilla, afectadamente cortés (lo propio que en los días anteriores), e Irene muy pálida, con grandes ojeras, y la luz de sus pupilas africanas desperdiciándose cobarde entre la espesura de sus pestañas negrísimas; esbelta, escultural, gallarda, como siempre, pero con cierta languidez en el andar, y una cobardía de voz tan grande como la de la mirada.

¡Cómo se le afilaron los dientes al encanijado madrileño delante de aquel manjar tan exquisito! ¡Cáspita, qué real moza le pareció, y con qué modestia tan disculpable tradujo en propio beneficio el cuadro de síntomas que fue leyendo en ella en cuanto la tuvo delante! Las ojeras, la palidez, el desmayo en el moverse, rastros eran evidentísimos de una enfermedad verdadera. Pues y aquella cobardía en el mirar, y en el hablar, y en acercársele, y en tenderle la mano ebúrnea y tibia, si no era síntoma de gratas y hondas emociones de pudorosa enamorada, o de novia consentida siquiera, al verse por primera vez enfrente de su galán, ¿de qué otra cosa podía serlo? Si no había nada de lo dicho, o no habría salido ella a recibirle, o le hubiera recibido de muy distinta manera; porque, en opinión de aquel mozo, las repugnancias y los anhelos del corazón humano tienen manifestaciones tan propias y peculiares, que no pueden confundirse jamás.

Ello fue que tradujo así los síntomas observados en Irene, y que, a la luz de estos síntomas, todo lo vio de color de rosa; por lo cual quedó sin importancia a sus ojos el haber sido recibido en la sala; lo triste de la procesión de las señoras al presentarse en ella, y los sospechosos continentes de Petrilla y de su madre.

Ésta le brindó, con ademanes más bien que con palabras, a que se sentara en el sofá, junto al cual estaban ambos de pie; y para darle ejemplo, sentose ella en la otra cabecera. Irene y su hermana se fueron dejando caer maquinalmente en los dos sillones contiguos al sofá, pero eligiendo Irene el más cercano a su madre; elección que halló Nino muy en consonancia con el estado de espíritu en que suponía él a la garrida moza. Hasta allí, gangas a un lado, todo iba lo mejor de lo posible para el escamado visitante. «Vamos a ver» -se dijo entonces,- «si esto se endereza ahora por los cauces sospechosos de todos los días, o por otros nuevos y más de mi gusto.»

Y comenzaron en el acto las reglamentarias preguntas por la salud de los ausentes. Mayor impavidez y frescura hubo, a juicio de Nino, en la voz y en el acento de doña Angustias y de Petra en aquella ocasión, que en otras idénticas bien recientes y memorables para él; pero en el fondo, en la falta de interés cariñoso y de expansiva franqueza, allá se anduvieron las preguntantes en la actual y las pasadas ocasiones. En cuanto a Irene, ni desplegó los labios ni mostró la menor curiosidad por las respuestas.

A las cuales siguió un ratito de embarazoso silencio. Durante él, discurrió el visitante, entre serios amagos de sudores fríos, que siendo aquella visita suya consagrada exclusivamente a Irene, como se lo había declarado a su hermana y a su madre en medio del arroyo algunas horas antes, podía muy bien, sin descubrir el fondo de sus verdaderas intenciones, echar todo el asunto hacia aquel lado; y de este modo, no solamente resultaría tema abundante de conversación en aquel trance, con tantas señales de acabar de extenuación fastidiosa, sino que conseguiría él colocarse en mejor y más abreviado camino para llegar a los fines que iba persiguiendo y tan de veras le interesaban.

A ello, pues. Se removió un poco en el sofá para quebrarse por los riñones hacia adelante; juntar más una pierna con la otra; pegar bien los codos a los ijares; alargar el pescuezo y poner las manos palma con palma, con los guantes entre las dos hechos una torcida; y con la voz más flauteada, y el mirar más expresivo, y la sonrisa menos antipática que pudo hallar en su pobre repuesto de estos ingredientes, preguntó a Irene, encarándose con ella en la susodicha forma, la siguiente vulgaridad:

-¿Conque tan famosa ya y tan campante?

A lo que respondió la interrogada con otro lugar común, a medias palabras y tres cuartos de voz.

-Y ¿qué ha sido ello? -insistió Nino, devorando a la joven con la mirada vidriosa.

-Poco más de nada, -respondió Irene, de cualquier modo y por responder algo.

-¡Ay, la pobre! -exclamó entonces doña Angustias, tomando el caso más a pechos que su hija,- ¡qué amargas las ha pasado!

-¡Atroces! -añadió Petrilla, acudiendo muy gustosa a reforzar las posiciones de su madre.

-Lo esencial es, para todos -repuso Nino, subrayando muy fuerte esta palabra,- que el mal se haya vencido pronto y hasta casi de repente, para no darle tiempo a que hiciera estragos, que a veces llegan a ser en la convalecencia una nueva enfermedad. Verdaderamente ha sido un fenómeno digno de notarse, y muy feliz... para todos, lo repentino del restablecimiento... ¿no es verdad? porque todavía ayer tarde, según se me dijo en la portería, continuaba usted con fiebre y en la cama...

-Es que -se apresuró a responder Petrilla, temiendo que ni Irene ni su madre lo hicieran enteramente al caso,- la mayor parte de las veces, y ésta ha sido una de ellas, el mejor médico para entender bien una enfermedad y curarla en el aire es el enfermo mismo.

-¿Quién lo duda? -exclamó el visitante, volviéndose hacia Petrilla y replegándose sobre sí mismo un poquito más todavía.

-Muchos lo dudan -replicó su maliciosa interlocutora enardeciéndose poco a poco,- y aquí se ha visto. Irene, desde que empezó a malear hace ya algún tiempo, ha estado empeñándose en que el único remedio que había para curarse bien y pronto, era el que ella proponía; pero los que andaban a su lado tenían más fe en otro que era todo lo contrario, y así ha venido la infeliz pasando la pena negra hasta esta misma mañana, en que se ha obrado el milagro...

-¿En virtud del remedio que ella proponía? -la preguntó Nino, escapándosele por los ojos la curiosidad que ya le devoraba.

-Menos que eso todavía -respondió Petrilla valerosamente:- en virtud de la promesa que se la hizo de darla gusto. Con esto sólo... vamos, con oler la medicina, y desde lejos, se puso de repente tan buena como usted la ve.

-¡Qué exageradora! -exclamaron casi al mismo tiempo, en son de chanza, Irene y su madre.

-Es la pura verdad -insistió Petrilla;- créame usted a mí.

Nino, que, como ya se ha dicho, no era lerdo, al punto caló que lo del remedio de que hablaba la pizpireta chiquilla era pura metáfora, y dio por innegable que en aquella figura retórica andaba danzando él. Pero ¿danzando bien o danzando mal? Esto era lo grave del caso. Si, según sus observaciones anteriores, don Roque se encontraba solo enfrente de toda su familia en el conflicto doméstico que tanto le había preocupado a él, no podía ser él mismo la medicina propuesta por Irene para curarse, sino la que su padre la recetaba; porque el parecer de éste era el único que Nino conocía a las claras en el delicado asunto que le había sacado de Madrid lleno de ilusiones. ¿Se habría equivocado él en sus primeras indagaciones, y estarían los pareceres de la familia divididos de otro modo... por ejemplo, Irene y su padre contra doña Angustias y Petra? Pero ¿cómo se compaginaba esto con la fruición de la última al referirle a él el milagro de la medicina, si la tal medicina era él mismo en cuerpo y alma? ¡Ah! si hubiera podido hablar a solas con Irene, o con las dos hermanas siquiera, como lo traía calculado, pronto saldría de sus dudas mortificantes; pero la presencia de su madre le obligaba a guardar allí ciertos miramientos... Sin embargo, ¿no era él oficialmente, según lo tratado y acordado entre su padre y don Roque, con aquiescencia y beneplácito de ambas familias, el novio de Irene? ¿No había venido de Madrid llamado para terminar personalmente lo que por cartas se había puesto allá a punto de terminarse? Pues siendo esto evidente, como lo era, y aquélla la primera vez que él veía a Irene desde su venida, estaba hasta obligado a conducirse en aquella ocasión de muy distinto modo que un simple amigo de la casa, fuera cual fuese la manera de sentir sobre el delicado tema, de las personas que tenía delante. Si había repugnancias en alguna de ellas o en las tres, él no tenía noticias oficiales de semejante cosa, al paso que las tenía de lo otro toda la familia de don Roque, y a esto debía de atenerse Nino. Y a esto se atuvo para buscar por de pronto una callejuela por donde deslizarse medio a escondidas y caer luego de plano en el asunto, si lo juzgaba oportuno y conveniente.

Con estos propósitos y después del brevísimo tiempo que necesitó para pensar todas estas cosas, volviose Nino otra vez hacia Irene, y díjola, encorvándose otro poco más y manoseando mucho los guantes arrugados:

-De todas maneras, y sean cuales hayan sido la enfermedad y el remedio, me felicito de todo corazón, como deben de felicitarse cuantos a usted la quieren bien, aunque nadie tanto como yo seguramente, de verla a usted libre de cuidados y de dolores y en plena convalecencia.

Se le agradeció la felicitación, pero con demasiada etiqueta, a juicio del felicitante; por lo cual, sin dejar éste que se enfriara el hierro que había puesto sobre el yunque, le descargó a suerte o a muerte este nuevo martillazo:

-Sentiría en el alma que dudaran ustedes de la cordialidad de mis palabras, conociendo, como conocen, los singulares motivos que yo tengo... o debo de tener, para que no puedan salir de otra parte que del fondo de mi corazón.

Diciendo esto, pensaba Nino: «ahora, si las cosas van por los carriles de mi gusto, la madre hará una salida discreta de la sala para dejarnos a Irene y a mí en libertad de entendernos, aurque su hermana esté presente, por el bien parecer.»

Pero también le falló este cálculo. Doña Angustias no se movió de su sitio, ni sus hijas ni ella mostraron en palabras ni en gestos la menor señal de que les inquietara poco ni mucho semejante duda. Antes al contrario, hubiera jurado Nino que hubo en Petrilla un movimiento, algo como sacudida nerviosa de mal agüero, que se conjuró con cierta mirada elocuente y una carrasperilla sospechosa de su madre. Indudablemente, Petra le era hostil; de doña Angustias no sabía qué pensar; pero, en cambio, Irene, por su actitud de sobresalto y de notoria mortificación, le daba racionales bases para otros cálculos más halagüeños. ¿Por qué no había de significar aquella extremada tirantez de espíritu la violencia en que la tenían delante de él, y la mudez a que la obligaban allí su hermana y su madre? Y siendo fundada esta suposición, ¿qué le importaban al hijo del ilustre prócer las repugnancias de aquellas dos mujerzuelas? Con estos alientos (que buena falta le hacían), y apurado ya por las necesidades de la escena, que podía acabar en ridícula para él, se encaró resueltamente con Irene, y la preguntó, disfrazando su despecho con cierto airecillo de broma:

-Con toda franqueza, Irene: usted, que es la más interesada en ello, ¿qué es lo que piensa?

-¿De qué? -preguntó a su vez Irene con muy escasa voz.

-De la cordialidad de mis palabras, de la calidad de mi satisfacción al verla a usted restablecida... y de los motivos que tengo...

-Pues que supongo -le interrumpió Irene de muy mala gana,- que habrá dicho usted lo que siente.

-¿Nada más que suponerlo? -insistió Nino trasudando.

-Y ¿por qué ha de pasar de ahí? -saltó de golpe Petrilla, que ya no cabía en su butaca,- ¿ni por qué ni para qué se ha de apurar tanto un asunto que no vale dos cominos?

-Verdaderamente -dijo doña Angustias, disimulando mal con una sonrisa forzada lo que le iba cargando el tema,- que no veo la necesidad de que se ventile con tanto empeño una cosa tan insignificante.

Nino sabía por demás que, tomadas sus palabras como habían sido tomadas allí, enderezar otras semejantes por el mismo camino era caer él en un despeñadero de majaderías. Viose de pronto acorralado en esta asfixiante estrechez; sintió el sudorcillo del bochorno; sublevósele la negra honrilla, y dispuesto a hacer una salida airosa, aunque no saliera triunfante en su litigio, decidió en el acto dejarse de paños calientes y plantear de lleno la cuestión con toda la frescura y seriedad que su importancia requería.

Sin dar tiempo a que se le enfriara la resolución, cambió su postura violenta y afectadamente distinguida por otra más natural y desembarazada, y dijo así, con voz entera y no desagradable continente:

-Señoras mías... ¿a qué andarnos, a estas alturas, con finezas resobadas y circunloquios trasnochados, como si me fueran ustedes conocidas desde ayer tarde, y pretendiera yo ganarme su estimación con travesuras y discreteos de enamorado cursi?... Hace ya mucho tiempo que nos conocemos, y yo no puedo aparentar en esta ocasión, sin hacer un triste papel y sin inferir a ustedes un agravio, que ignoran las especialísimas razones que hay para que a mí me sea muy cara la salud de Irene. ¿Estoy o no en lo cierto, señoras mías?

-Hágame usted el obsequio de explicarse un poquito más -contestó doña Angustias, acudiendo placentera al terreno a que la arrastraba Nino, mientras Irene se estremecía en su sillón y Petrilla se relamía de gusto,- para que de una vez nos entendamos y se le pueda dar a usted la respuesta que pide y necesita. También a mí... y a todas nosotras, nos gustan las cosas claras; y cuanto más entre amigos, mejor.

-Pues con eso sólo -repuso Nino sin amilanarse cosa maldita,- tenemos andada la mitad del camino. Vaya, pues, por lo claro y sin estorbos; a salvo siempre, y por supuesto, la buena, mutua y desinteresada amistad de antes...

-Eso, por entendido, -repuso doña Angustias muy cortés.

-Yo salí de Madrid -prosiguió Nino Casa-Gutiérrez,- pocos días hace, formal y honradamente convencido de que aquí se me aguardaba con parecidas ansias a las que yo tenía de que se sancionaran de palabra entre todos nosotros ciertos planes trazados por escrito poco antes. Si estos planes hubieran sido obra de mi iniciativa o de mi ingenio, yo habría temido siempre que no acabaran en bien, porque no fío nunca gran cosa de la solidez de mis cálculos; pero los habían hilado otras manos harto más diestras, más firmes y más venerables que las mías, y yo no podía dudar de la solidez de la obra; por lo cual la di desde luego por intachable y perfecta; la acogí con todo mi corazón, y hasta me permití fundar sobre ella las ilusiones más nobles, más honradas y más tentadoras que he logrado forjarme en toda mi vida... Porque es lo cierto, y lo declaro con el alma entera puesta entre mis labios, que el beneficio me parecía superior a mis merecimientos, si no se me tomaba en cuenta, como moneda de buena ley, lo inmenso de la gratitud con que le recibía... ¿Me van ustedes entendiendo mejor ahora?

-Póngalo usted más claro todavía, si le es posible, -respondió muy templada doña Angustias, con visible aprobación de su hija Petra.

-Pues allá va como usted lo desea y a mí me gusta -dijo Nino inalterable.- Con estas ilusiones tan disculpables y estas esperanzas tan bien garantidas, llegué...

Aquí se detuvo Nino de pronto, cuando más aguzada estaba la curiosidad de sus oyentes, muy complacidas las tres, y particularmente Irene, en considerar que, con el giro que iba tomando el asunto, se llegaría al fin anhelado por ellas mucho antes de lo concertado entre doña Angustias y su marido. Y se detuvo Nino, porque se abrieron las puertas de la sala y apareció de golpe en escena don Roque Brezales, moviendo mucho estrépito.

-¡Hombre, hombre! -decía esforzando su extenuada voz y queriendo dar a su cetrino rostro una animación que no le salía de adentro.- ¡Tanto bueno en mi casa y sin saberlo yo hasta que me lo ha dicho la muchacha al abrirme la puerta!... Vaya, vaya... Y ¿cómo va, mi querido don Antonino?

A todos los presentes les supo a rejalgar la interrupción de don Roque en lo más sabroso de la conversación aquella; pero Nino estaba resuelto a terminarla a todo trance, y por eso, mientras daba la mano al recién venido, le dijo por única respuesta a su saludo:

-Estábamos tratando aquí, señor don Roque, un punto delicadísimo cuando usted ha llegado...

Por la cara y la voz de Nino y las actitudes alarmantes de las mujeres, y especialmente porque ya hacía mucho tiempo que todas las caras, y todos los ademanes, y todos los ruidos de este mundo le sonaban a él a una misma cosa, dedujo el pobre hombre que el punto delicadísimo a que se refería el hijo del prócer, era su dedo malo. En esta creencia, muy bien fundada, tembláronle las carnes; y después de pedir a su mujer cuentas de su deslealtad con una mirada de agonía, se desbordó en chanzonetas que le resultaron atrocidades en su mayor parte, con el honrado fin de meter a barato el «punto delicadísimo.» Y lo consiguió; pero con el auxilio de su mujer, que procedió así un poco por caridad, otro poco por justicia, y el resto por muy justificables temores de que su marido se lo echara todo a perder si tomaba cartas con ella en aquel importante juego.

Puestas aquí las cosas y más tranquilo don Roque, dio a todos los allí presentes la gran noticia de que había tenido carta aquella misma tarde de su ilustre amigo, anunciándole su salida de Madrid al día subsiguiente.

-Es decir, mañana, -concluyó don Roque, sacando la carta del bolsillo.

-Ya he tenido el gusto -observó Nino,- de dar a estas señoras la misma noticia. Lo sabía desde ayer...

-De manera -continuó don Roque, sin hacerse cargo de lo dicho por el otro y pasando la vista por la carta,- que en el exprés de pasado mañana...

-Justamente, -interrumpió Nino.

-Tendremos la dicha -continuó don Roque,- de verle entre nosotros. Aquí lo asegura. (Leyendo la carta.) «Mi querido amigo...» ¡Siempre tan parcial y cariñoso!...

-Ya, ya -dijo doña Angustias entonces, haciendo como que echaba a broma la tenacidad de su marido;- ya estamos enterados de que la cosa no tiene duda.

-Cabalmente, -concluyó don Roque entendiendo a su mujer y diciéndola con una mirada que también fue bien comprendida por ella: «¡si tú supieras qué tripas se me han puesto a mí con la noticia de la llegada esa!...»

Nino se despidió poco después, llevándose la promesa de aquellas señoras de ventilar en ocasión más oportuna el tema que quedaba apenas esbozado allí, y sobre el espíritu una abrumadora carga de negros temores y de punzante curiosidad.




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- XVIII -

El «prócer»


En la llegada de este personaje concurrían aquel año singulares circunstancias que deben tenerse muy en cuenta aquí. Era el cuasi jefe del partido más considerable de la oposición de entonces; las Cortes se habían cerrado un mes antes apresuradamente, con un pretextillo legal de esos que siempre tienen a mano los Gobiernos para un apuro; y el apuro de aquella legislatura fue cierta repentina descomposición de la mayoría, por mal disimuladas y contrapuestas aspiraciones de ciertas y determinadas personalidades «conspicuas» de ella. Estas personalidades se habían desparramado después por las ciudades más renombradas entre las más famosas de las veraniegas de España; con el piadoso objeto de definir claramente sus aspiraciones y tendencias en sendos discursos pronunciados por fin y remate de los respectivos banquetes que darían los partidarios de sus ideas, por noble y espontáneo impulso de su patriotismo y de su adhesión incondicional y entusiástica: todo, por supuesto, con el generoso intento de afirmar la disciplina del gran partido a cuyo ilustre jefe continuaban y continuarían subordinados con alma y vida; nada por miras personales ni «bastardas ambiciones...» No había que confundir estos extremos por falta de reflexión o por exceso de malicia: ellos siempre serían ellos, es decir, los hombres leales y consecuentes, fieles y sumisos a su bandera; pero, por lo mismo, incapaces de sacrificar los sacrosantos intereses de la patria a las conveniencias de un partido.

Así hablaba la prensa ministerial, o, mejor dicho, la parte de ella adicta a los supuestos disidentes de la mayoría; la restante quería creerlo, pero sus trabajillos la costaba disimular que no podía; en cuanto a la de oposición, singularmente la del partido llamado a recoger la herencia del Gobierno cuando cayera, le pintaba tambaleándose ya; y para que acabara de caer, ensanchaba las rendijas entreabiertas, encendía los rencores y enconaba las heridas, mientras sus profetas e inspiradores se dispersaban también detrás de los enemigos para poner púlpito donde le pusieran ellos, con el honrado fin de no dejarles hueso sano y acabarlos de matar.

De los disidentes de la mayoría eran los tres personajes de los hongos feos que el lector ha conocido de vista más atrás. Hasta la fecha de los últimos insignificantes sucesos aquí narrados, no habían roto a hablar todavía con la solemnidad prometida desde Madrid, y tan ardientemente deseada por amigos y adversarios. El periodista que estudiaba la comarca «bajo todos sus aspectos,» y un redactor de El Océano, los habían interpelado, a título de reporters, con la debida oportunidad, y habían dado a luz en sus respectivos periódicos el fruto de sus indagatorias; pero éstas arrojaban poca luz en comparación de la que esperaba la pública curiosidad; y aun de esa poca hubo que quitar algo a instancias encarecidísimas de los interpelados. Menos luz daba todavía lo que traían y llevaban los amigos de la localidad, que los asediaban en la playa y les servían de cortejo en la población. «¿Has visto hoy a Froilán, o a Gorgonio... o a Perico?» se preguntaban unos a otros a lo mejor, porque es de saberse que todos alardeaban de tratarlos con esta llaneza. «¡Ah!... ¡Oh!...» solía responder el preguntado; «¡qué cosas, chico... qué cosas!... Si ese hombre dijera en público lo que se dejó decir en particular, con ese talentazo que tiene y ese pico que Dios le dio,... te digo que la mar, chico, ¡la mar!...» Y nada en substancia, por más que se les tiraba de la lengua por propios y extraños; o porque nada habían dicho con claridad ellos, o por no haber sido bien entendidos de los otros. Indudablemente faltaba el teatro, la ocasión, el banquete. Sobre esto de la falta del banquete, corrían varias versiones. Según unas, de los enemigos, consistía en que los soldados de aquellos capitanes eran pocos y no todos bien vestidos; según los de casa, Froilán y Gorgonio y Perico andaban un tanto melindrosos en el particular, como si hubiera negociaciones pendientes con los de Madrid para su inteligencia mutua, transigiendo en esto los unos y concediendo los otros lo de más allá... Franqueza les sobraba y estimación de veras para decir a sus partidarios «ahora;» y cuando no lo decían, sería por algo, y ese algo debía de respetarse. Entretanto, se vivía alerta y se tomaban medidas para que, en el caso de celebrarse el banquete, concurrieran a él, para hacer a aquellos hombres ilustres los debidos honores, las personas más notables de la población, con un pretexto que no faltaría.

Pues bueno: el marqués de Casa-Gutiérrez, duque del Cañaveral, era, como ya se ha dicho, el cuasi jefe de su partido; el alter ego del jefe indiscutible, y hombre, además, de gran prestigio entre sus fieles, ducho en artimañas y travesuras políticas y de una elocuencia brillante y demoledora. Claro es que con estas prendas personales y en unas circunstancias como aquéllas, la llegada del señor duque debía de ser muy sonada; porque, aunque no lo deseara él, estaba interesado en que lo fuera el pundonor político de sus partidarios de allí, que blasonaban de acérrimos, pasaban y se tenían por gentes adineradas, y rabiaban por echar a Froilán, a Gorgonio y a Perico, los tres gallitos de los otros, otro gallo digno de ellos que les cantara bien claro, y en un lance de compromiso hasta los arrojara del corral. ¡Banquete! No uno, ciento darían ellos al ilustre prócer, si el prócer los deseaba o las conveniencias del partido los pedían. Y banquetes de primera, con comensales abundantes y bien vestidos; elocuentes, los más de ellos; mayores contribuyentes, casi todos; de lustre y prosapia... ¡uf! uno sí y otro no, si bien se miraba.

Se removió, por consiguiente, el partido entero y verdadero en aquella localidad, buscándose, recontándose y codeándose los partidarios; y ésta fue la más negra para don Roque Brezales, el soldado más ardoroso y entusiasta de todos los de aquella benemérita legión. Lo fue primeramente, porque, a pesar de sus talegas y de su amistad íntima con el gran personaje, casi abanderado del partido, todavía no había conseguido capitanearle en aquel apartado confín de la madre patria. Bien sabía Dios que él había hecho todo lo posible porque le otorgaran allí esa investidura que tan desaforadamente apetecía. No daba el pobre hombre en la consistidura de aquello. Su ilustre amigo parecía estar muy de su parte; y, sin embargo, la cosa, con todos sus inherentes relumbrones y prestigios, se deslizaba por sí misma dulce y tranquilamente, como las aguas apacibles por su cauce natural, hacia aquella condenada persona que le había vencido en las luchas de La Alianza y en todos los terrenos en que se habían encontrado frente a frente. Y como se decía en sus grandes nostalgias del empecatado predominio: «ese hombre no es más rico ni mayor contribuyente que yo; ni se viste con mejor sastre, ni paga la ropa más cara ni más a punto que yo; ni tiene más lucida familia ni mejor puesta la casa que yo; ni cuenta arriba con tan poderosos amigos, ni me pone la raya en hablar con sentido en juntas ni en leer de golpe un impreso... y así y con todo, por más que me arrastro y por más que me ayudan a arrastrarme, no acabo de llegar... ¿En qué mil demonches estribará ello?» Pero nunca daba en el hito, o en el ite, como decía él.

Mientras el partido no se movía, menos mal, porque no le tentaban las ocasiones de tremolar en su diestra el glorioso pendón de la falange aquella; pero cuando llegaba la hora de hacer algo, ¡qué sudores pasaba! Porque no acomodándose resignado a desempeñar segundos papeles por creerse con indiscutibles derechos al principal, y siendo como era el partidario más decidido y fogoso, se veía y se deseaba para trabajar con ahínco sin que se trasluciera que trabajaba como simple soldado de filas y no como capitán. Que hubiera allí un comité y que no fuera él quien le convocara y le presidiera, no podía concebirlo ni, en su opinión, debiera tolerarse.

Esto en lo usual y corriente de su vida política; pero en la excepcional ocasión de que se trata aquí, había para don Roque Brezales un segundo clavo que alcanzaba con la acerada punta hasta lo más hondo del depósito en que guardaba él, en confuso revoltijo, sus honrados sentimientos de hombre de bien y sus vanidades de persona visible. El tormento de ese nuevo clavo le sentía don Roque imaginándose que cuantas gestiones hiciera enderezadas a solemnizar la llegada de su egregio amigo, eran a modo de toque a concejo para congregar testigos del desastre que estaba decretado para el negro conflicto de su casa. Pero hay que confesarlo en honra suya: logró sobreponerse a sus flaquezas, y trabajó la partida como un desesperado. Todo programa de honores y festejos le parecía poco, y llamaba pusilámine y roñoso al correligionario de más envergadura, mientras andaba hurgándolos a todos con una agilidad y un entusiasmo, como si no tuviera asuntos de mayor importancia para él en qué ocuparse. Conociendo, como el lector conoce, el estado anormal y borrascoso de sus adentros, cualquiera pensaría que se entregaba el pobre hombre a aquellos ajetreos con el fin de emborracharse con ellos para matar sus pesadumbres; y acaso, acaso no anduvieran esas imaginaciones a dos ápices de la realidad. «Desengáñese usted,» le decía a Sancho Vargas, que le ayudaba mucho en la brega, «aquí no hay más que pico y mucha farsa: todos son unos caballeros muy valientes y muy opíparos, cuando se trata de decir: yo soy el gallito del catarro, y esto dispongo y esto manipulo; o de poner los puntos encima de las haches al hombre de mejor cosmografía; pero dígales usted que se meneen o que se rasquen el bolsillo a contrapelo... ¡cascabeles! ya están torciendo el morro y volviéndose de espaldas... Lo mismo que esa papelería de chicha y nabo: si usted quiere una alabanza bien puesta en letras de molde, ha de escribirla usted a su gusto, como nos acaba de pasar ahora y le está pasando a usted toda la vida. Pues, hombre, lo que yo digo: para estos viajes no se necesitan alforjas... ¡Vaya, vaya!... Ya ha visto usted el asunto estos días atrás: todo les parecía miseria para asombrar a los otros; y si no es por mí, y a todo tirar por usted, esa gran persona llega mañana sin tener quien la reciba más que nosotros dos. No le demos vueltas, señor don Sancho: bien estipuladas las cosas, aquí no hay más que un hombre de agallas, que soy yo, aunque me esté mal el decirlo; y, a todo tirar, otro, que es usted. Ésta es la verdad. Pues verá usted la zurramulta de ellos que le van a hacer a mi ilustre amigo el redibú tan pronto como llegue.»

Algo había de cierto en el fondo de estas duras apreciaciones; pero no tanto ni tan negro como lo pintaba el despechado Brezales. El «egregio prócer» tuvo al día siguiente un recibimiento bien lucido, y no fue todo él obra de los mangoneos de don Roque y Sancho Vargas. Cierto que algunos periódicos no contaron más que lo que se les había dado la víspera puesto ya en solfa; pero, en cambio, el cronista de la Estafeta local de El Océano volcó, por propio y natural impulso, todo el cesto de las lisonjas de los grandes días. ¡Cómo le puso de ilustre patricio, estadista gigante, ciudadano perínclito, talento preclaro y caballero sin tacha! ¡Cómo empalmaban las nubes de incienso unas con otras, y qué bien y con qué arte se extendían después a «la egregia familia, ornamento y gala de la colonia distinguidísima y elegante» que honraba a la sazón con su presencia «nuestra playa incomparable!» Pero ¡ay! ni la alusión más remota a aquello de los «transparentes cendales» y «las gasas tenues» de la otra vez. Bien lo notó don Roque, y bien estimada quedó por él la omisión en toda su terrible elocuencia. El fracaso de su gran proyecto debía de ser ya del dominio público, cuando el lisonjero periodista no aprovechaba aquella ocasión de lucirse en el cumplimiento de un sagrado deber del oficio. De aplaudir era la conducta, como rasgo de prudencia; pero ¡qué prudencia tan mortificante para el buen hombre, por las causas de que nacía! ¡Y qué causas, gran Dios, y qué efectos! sobre todo el que no había estallado aún y debía de estallar muy pronto, y a su presencia, y por su palabra... y entre sus manos. ¡Horror! Pero era preciso, estaba decretado que sucediera eso, y sucedería, costárale lo que le costara. Vencería sus repugnancias, dominaría su flaqueza para arrojar por la ventana la gloria y la felicidad de su familia; pero haría la hombrada, aunque el esfuerzo le costara la vida.

Hubo en la explanada de la estación hasta seis coches particulares de respeto, sin contar el landó flamante de don Roque; y en el andén pasaron de cincuenta las personas que acudieron a dar al duque la bienvenida y tener la honra de estrechar su mano. Allí estaban los hombres más visibles del partido, y lo que pudiera llamarse el estado mayor de cada hombre: unos en concepto de partidarios profesos; otros en el de simples catecúmenos, y tal o cual en el de amigo puramente de los unos o de los otros, pero con estómago bien constituido para alistarse en aquella bandera... o en otra por el estilo, si la ocasión se presentaba, porque las particulares conveniencias lo exigieran. Sancho Vargas no cabía en el andén; pero, en cambio, a Pepe Gómez, que también andaba por allí, porque era de los de don Roque, todo espacio le venía ancho con su modo de ser inconmovible y arreglado. Don Lucio Vaquero, con los hombros y las paletillas cubiertos de caspa (y eso que al salir de casa con la levita nueva le había cepillado bien su señora), no fue de los últimos en llegar. También éste era de los de don Roque, igualmente que don Felipe Casquete y don Anselmo Gárgaras, los tres consocios suyos del gran salón del Casino, y los tres fortísimos capitalistas y principalísimos contribuyentes por lo urbano. Eran asimismo de su cortejo tres concejales simples y un teniente de alcalde; y si no formaba a su lado el Gobernador también, era porque la digna autoridad, como se lo había mandado a decir a última hora, se abstenía de concurrir a aquel acto por el carácter político que le imprimían las circunstancias; pero, como particular, asistía en espíritu al recibimiento y tendría el honor de pasar a ofrecer sus respetos al señor duque tan pronto como llegara a su hotel de la playa. De manera que con esta adhesión y aquellos concurrentes, la falange de don Roque era la más brillante de todas las de sus más «conspicuos» correligionarios, incluso el jefe, que, fuera de la suya propia, no llevaba una representación de cuatro millones de pesetas en efectivo, ni en capacidades otras que la de un procurador que empezaba, y la de un beneficiado de la catedral. Porque los dos canónigos y el magistrado de la Audiencia, que también figuraban entre los concurrentes, habían ido allí de cuenta propia, y no de la del jefe, como se lo aseguró al principio a don Roque el aprensivo don Anselmo Gárgaras. Nino, con su cuñado y Ponchito Hondonada, llegaron al andén los últimos de todos, y a punto de entrar el exprés en la estación.

El gran personaje descendió de un sleepingcarr, y cayó entre los suyos como un Júpiter casero entre diosecillos de tres al cuarto. Todos temblaron un poco, no de miedo, sino de pequeñez, con excepción de don Roque, que tembló además de espanto y consternación por lo que él sabía y el lector no ignora. Y cuidado que el hombre aquel no era para asombrar a nadie por la talla ni por la fiereza; porque presentes estaban otros que le sacaban un buen pico en corpulencia y eran hasta más indigestos de mirar que él; pero aquel aseñorado continente; aquella agradable soltura de movimientos; aquella elegante sencillez de vestido, aquella magistral correspondencia entre el moverse, el hablar y el sonreír; aquella hermosa cabeza tan llena de luz; aquel rostro tan radiante de ideas... y de malicias; aquella voz tan sonora; aquella frase tan limpia y bien acentuada; hasta aquel manejo admirable del sombrero, de los guantes, del reló... en fin, aquel estar en todo, y siempre bien y sin esfuerzo ni violencia... eso, eso y el prestigio de su nombre, y el recuerdo de sus grandes luchas en el poder, y sus batallas en la oposición, era lo abrumador y asfixiante para aquel montón de hombrucos que se creían gigantes en la pequeñez de sus escondrijos. Por más que cerraban los ojos, no dejaban de ver en aquella piedra de toque la alquimia de su oro de baja ley, por lo referente a sus humos de personajes de nota; excepto Sancho Vargas, que se creía siempre tan grande como el más talludo, dicho sea en honor de su modestia.

Don Roque Brezales, por su gusto, hubiera elevado a documento público y solemne el testimonio de que el primer saludo del grande hombre había sido para él, y para él el único abrazo que se había dignado otorgar allí. Para los demás, un apretón de manos; y gracias. ¡Y decir a Dios que aquella eminencia, que aquel asombro con quien él debía de entroncar los oscuros timbres de su familia dentro de pocas horas, de un par de días a lo sumo, tendría que saber!... ¡Qué barbaridad! Le aturdió la visión de este suceso, y estuvo a pique de caer de rodillas delante del recién llegado, para decirle: «áspenme, desuéllenme, descuartícenme vivo; pero yo creo en ti; yo no te niego; tuyo soy con cuanto tengo, espero y valgo.»

Después de los saludos, de las finezas, de los piropos inoportunos, de los chistes malogrados, de las risotadas fuera de lugar por parte de los unos, y de los chispazos de refinada cortesía y de mordicante gracejo del otro, llegó el momento del desfile hacia casa; momento previsto y bien meditado por don Roque. Nadie podía disputarle la honra de llevar al prócer en su carruaje, ni, por consiguiente, la de acompañarle él mismo, en primer lugar. En segundo, podría acompañarle también el que pasaba por jefe del partido... haciéndole demasiado favor... luego Nino, si acaso como de familia; pero como Nino se había presentado allí con su cuñado y el otro que aspiraba a serlo, y los tres no cabían, que se las arreglaran como pudieran.

Y así se hizo al cabo. Montaron el duque, su procónsul reconocido y Brezales en el carruaje abierto de éste; arreó el cochero, y partió a trote largo hacia lo espeso de la ciudad, siguiéndole una buena parte de los coches de respeto cargados de gente, y quedándose a pie el resto de ella, unos murmurando en grupitos, y otros alejándose a la desbandada. De éstos era Sancho Vargas, que, no habiendo obtenido puesto de preferencia en el carruaje principal, no quiso aceptarle en los de segunda, ni perder el tiempo y algo más en el cambio de sus serias impresiones con los vulgares maldicientes de los grupitos.

Entre tanto, el landó rodaba por el empedrado de la gran avenida con mucho estruendo, aunque no con todo el que don Roque deseaba para que fuera oído y visto aquello con la atención y el asombro que su importancia requería. El hombre iba febril y espelurciado de vanidad, emparejado con la gran persona, atento a su embriagadora palabra, y al mismo tiempo al mirar de los transeúntes y de los curiosos de tiendas y balcones.

-Reparen ustedes bien esto -decía a unos y a otros con la mirada chisporroteante;- reparen ustedes que va en mi coche, en mi propio coche; que yo voy a su lado conversando con él, como entre iguales, sin dársenos un pito por este pobre infeliz que va solo enfrente de nosotros y por condescendencia mía; reparen ustedes que en un pueblo de tantísimos miles de almas, yo solo he sido digno de codearme con él y de tratarle...

Pero detrás de este arrechucho de vanidad satisfecha, le caía encima, de repente y por ley forzosa del encadenamiento de sus ideas, todo el peso de su negra desventura; y entonces se sentía poseído de la tentación de arrojarse del coche para romperse la crisma contra los adoquines de la calle.




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- XIX -

En la playa


Era de necesidad que saltara el tema en las conversaciones de familia, en cuanto el personaje llegara a su casa y se sacudiera el polvo del camino y las moscas de su cortejo. Y saltó, después del despacho ordinario, o sea el informe minucioso sobre cosas y personas circundantes, hecho por las dos duquesas principalmente, con notas o ilustraciones del duque mozo y de su cuñado Nino. Por cierto que, según aquel informe, la egregia familia del recién llegado personaje tenía bien poco que agradecer a la temporada. ¡Qué soso, qué desentonado... y qué cursi estaba aquello! Cuatro títulos de guardarropía; media docena de ricachos de la clase de tenderos jubilados; ocho o diez tribus pudientes del riñón de Castilla; seis o siete elegantes de Villalón y de Segovia; un periodista insulso; las presuntuosas de Gárgola; las hijas de Ibáñez el del Tribunal de Cuentas... y así por este orden; y además, Froilán, Gorgonio... y Perico (ya los llamaban de este modo en la colonia veraniega). Aquí tosió el duque de cierto modo, y entraron Nino y el otro duque a informarle del estado en que tenían sus asuntos políticos estos hombres, que no eran tan ranas en el intríngulis de la cosa pública como en el arte de llevar con gracia los atalajes de campo, particularmente los sombreros de castor. Los informantes no dijeron cosa notable que el lector ignore, ni que tampoco ignorara el señor duque. Aquellos hombres habían hablado muy poco, y eso algo turbio. Indudablemente, había trabajos de componenda entre ellos y los de Madrid; pero, hubiéralos o no, la escasez de partidarios en la localidad y la sospechosa estética de su indumentaria, no eran un gran aliciente para echar los bártulos a la calle en la solemnidad de un banquete con humos de acto político de larga cola. Evidentemente andaban alicaídos, y no había que pensar en que dieran juego.

-Pues celebro en el alma que se confirmen de ese modo todas las noticias que yo tenía -respondió el personaje;- porque vengo con poquísimas ganas de conversación y con menos tiempo disponible. Y para lo que había de adelantarse al fin y al cabo... a ellos y a nosotros bien conocidos nos tiene la patria, y por eso nos oye siempre como quien oye llover... y gracias; porque, en buena justicia, debiera de tirarnos con algo cada vez que sacamos los frasquetes de elixir en las plazas públicas... o en los escaños del Parlamento... Lo poco que se puede hacer para acabar de hundir a esta chusma que nos manda, y venir nosotros cuanto antes, que es a lo que se tira siempre entre los ilustres estadistas de mi talla, ha de prepararse callandito y lejos de aquí: en un conciliábulo que se celebrará dentro de ocho días, y para el cual estoy citado. Conque id sacando la cuenta: dos días de viaje hasta París, y uno más por lo que pueda ocurrir, son tres; rebajados éstos de ocho, quedan cinco, que son los que os ofrezco para gozar a vuestras anchas de mi egregia compañía... Y vamos a otra cosa cuanto antes, por lo mismo que no hay tiempo que perder. ¿Cómo va nuestro asunto, Nino... o, más propiamente, tu negocio?...

Nino respondió, sin pararse en barras, que rematadamente mal. Negolo el resto de la familia, con algunas de las razones ya conocidas del lector; entró el prócer en serios cuidados por estimarlas en poco; mantúvose Nino en sus trece, y acabó la porfía por encerrarse el padre y el hijo en la habitación de éste para ventilar el caso con la debida formalidad.

Desde los primeros capítulos de la historia, que minuciosamente relató Nino, comprendió su padre que el negocio de que trataban ambos era pleito perdido para ellos.

No prosigas -le dijo,- que con lo oído me sobra para saber que eso no tiene compostura por ninguna parte. Y si he de decirte todo lo que siento, no me maravilla: fue un albur jugado por mí con la esperanza de que la hija tuviera tan poco sentido común como su padre. No resultó así, y la casa se nos vino abajo, como todo lo que se edifica en el aire... Porque vuelvo a decirte que, a ciencia y conciencia de lo que vales en buena venta, no te traga, hijo mío, ninguna mujer de las condiciones de Irene. Es la verdad; y no te duela, porque yo no tengo toda la culpa de que no seas moneda de mejor ley. Por fortuna, nuestras gentes de allá no te darán la silba completa porque no tienen, que sepa yo, más que indicios vagos de la intentona. En cuanto a las gentezuelas de acá, tampoco deben de estar en grandes interioridades del caso; porque las repugnancias de la novia son de la misma fecha que la gran majadería de su padre, y esto es una buena garantía para mis supuestos. De todas maneras, si algo se murmura por ahí que no te corone de gloria, con decir discretamente, en un apuro, otro tanto en sentido inverso... vaya usted a saber de qué lado nacieron las dificultades. En un apuro he dicho, y no a humo de pajas, Nino. Primeramente, porque sería una canallada imperdonable en ti ponerte a mentir ociosamente de esa manera; y además, porque es de conveniencia para todos nosotros, y de absoluta necesidad para mí, que lo poco que queda por hacer en este descalabrado negocio lo haga yo solo. Por consiguiente, no des otro paso más de los que has dado; abstente de ver a esa familia en estos días, y deja a mi cargo lo que queda que tratar con ella, a fin de que no se pierda todo en la jugada: ya que se nos quema la casa, salvemos siquiera... las chinches.

Así prometió hacerlo Nino, sin atreverse a investigar las razones del mandato ni el intríngulis de la metáfora; y se acabó la conversación.

Por la tarde, que lo era de día festivo, comenzaron las visitas al prócer. La primera fue la de una comisión del partido, presidida por el jefe, todos ellos de punta en blanco. Ya le habían visto por la mañana en la estación del ferrocarril y bastante bien vestidos; pero ahora se trataba de la visita oficial y solemne, y no tenía nada que ver la una con la otra. Como la materia se había agotado en la primera, sí es que había verdadera materia tratable entre los de casa y el forastero, repitiéronse las mismas frases de repertorio; salieron a relucir las indispensables agudezas, y retoñaron, por consiguiente, algunas majaderías, que no llegaron a medrar, gracias al cuidado que ponía el señor duque en cazarlas al vuelo con la certera puntería de sus discreciones de hombre superior y mundano. Por conclusión de la visita quisieron los más atrevidos sondearle un poco los pensamientos en lo tocante a planes propagandistas en aquella localidad, en la que tenía tantos, ¡tantísimos partidarios y admiradores de su... de su!... Pero el señor duque los atajó en este atolladero para decirles, frescura de menos o de más, lo propio que había dicho a su familia acerca del mismo asunto pocas horas antes. Con lo que se les ennegrecieron un tantico las ilusiones a algunos de los visitantes, pues los más sesudos de ellos se alegraron de la noticia, y se dio la visita por terminada.

En seguida llegaron dos chicos de la crema indígena, acompañados de Casallena y Juanito Romero. Los cuatro iban en representación de la bizarra juventud organizadora de la tan anunciada «Jira elegante al Pipas, en honor y obsequio de la aristocrática colonia,» que era aquel año «ornamento de la ciudad y de su playa incomparable,» para invitar al señor duque y a su ilustre familia. El distinguido esparcimiento aquel se había aplazado algunos días por esperar la llegada del ilustre personaje y con objeto de que pudiera disfrutarle. Si aceptaba, como lo esperaban los corteses invitantes, se llevaría a cabo dos días después. El duque tenía noticias de todo ello por su familia, y aceptó la invitación, muy agradecido al parecer. Los distinguidos jóvenes de la comisión, hechos un puro caramelo de rosa, le dejaron media docena de ejemplares del programa, estampado en un papel, inverosímil por lo tenue y pintoresco, que trascendía a Jockey-Club, y salieron de la estancia de medio lado y muy encorvaditos por los riñones.

Por salir ellos se presentó en el vestíbulo del hotel el periodista de marras, aquél que había estudiado ya la comarca «bajo todos sus aspectos.»

-¡Aquí está esa calamidad! -exclamó el duque al recibir su tarjeta, en la cual le pedía permiso para tener el honor de interviewarle.- Que pase, -añadió, arrojando desdeñosamente la tarjeta encima de un velador.

Pasó el periodista con la llaneza del que se cuela en su propia casa; y antes de que concluyera de pronunciar las primeras fórmulas de su saludo, ya le estaba diciendo el personaje:

-Pero, hombre, ¿y tiene usted conciencia para venir a inficionar con la peste de su oficio estas apacibles y honradotas soledades? ¿Es posible que no haya nada sagrado para ustedes?

-¡Pues si éstos son los grandes sitios de pesca, señor duque! -contestó el otro, acomodándose tan guapamente a las humoradas del personaje.- Después de todo, si con mi oficio se peca aquí, ustedes tienen la culpa del pecado ese, porque detrás de ustedes andamos nosotros por necesidad.

-Y bien de cerca, ¡caramba! Ni siquiera me deja usted sacudirme el polvo del camino.

-En eso está la salsa del oficio, señor duque: en que nadie nos tome la delantera...

-Pues con toda su diligencia de hoy, y por lo concerniente al saco de mis pensamientos, le va usted a robar el dinero a su periódico.

-¡Tan cerrado me le presenta usted?

-O tan vacío...

-Pura modestia... En fin, señor duque, ¿qué quiere usted que digamos?

-Poco más de nada.

-A ver...

Sacó el periodista los trastos del oficio, y se dispuso a ejercitar los derechos de su altísima institución; pero el duque, tocándole ligeramente las manos con una suya entreabierta, le dijo:

-Guarde usted esa herramienta, que no hace aquí falta maldita... y escuche usted, advirtiéndole de paso que estoy muy deprisa, por lo cual no me siento ni le invito a usted a que se siente. O hay o no hay franqueza entre gentes que se conocen.

-Perfectamente, señor duque.

-Pues bueno; y óigame ahora: estoy pidiendo a Dios que se lleven los demonios a esta granujería que le está sacando el redaño a la patria, y que vengamos nosotros cuanto antes a sustituirlos en el poder, porque así es de justicia y de necesidad. Diga usted esto en la forma más decente que pueda, y buen provecho le haga a usted, al periódico y al inocente lector que malgaste un perro chico en satisfacer el candoroso afán de averiguarlo.

-¿Nada más? -preguntó el periodista sonriendo y afinándose una guía del bigote.

-¿Y le parece a usted poco? -replicó el duque tendiéndole la diestra para que se largara cuanto antes.

-Verdad que otros dan menos todavía, y no tan claro -dijo el periodista comprendiéndole.- Conque bien venido, señor duque; muchas gracias, y hasta...

-Hasta siempre, amigo mío, -concluyó el personaje conduciéndole hasta la puerta.

Que no tardó en abrirse de nuevo para dar paso al Gobernador civil de la provincia, que iba a visitarle como amigo particular.

Estando los dos en los comienzos del diálogo, entraron los tres personajes de los hongos feos, o sean Froilán, Gorgonio y Perico, según sus íntimos de la ciudad. Hallándose ellos cuatro encerrados con el de casa, hablaron larga y detenidamente, Dios y ellos saben de qué. Después salieron los cinco en dulce amor y compaña a respirar el aire libre de las inmediaciones, porque a todos ellos les hacía buen estómago, particularmente al recién llegado de Madrid, que se asfixiaba ya en la estrechez de su habitación con el peso de las visitas que habían llovido sobre él y el temor a otras que pudieran acometerle en seguida.

Y a fe que había en las inmediaciones del hotel del señor duque, no solamente aire puro y salino de que henchir los pulmones hasta ahitarlos, sino cuánto podían apetecer los ojos para recrearse y la curiosidad para satisfacerse hasta el mareo. Del panorama, no se diga, porque solamente ponían en duda su condición de «incomparable» los que le conocían por los asertos de los cronistas finos que no soltaban de la pluma aquel piropo; de la gente, por ser día festivo aquél, como ya se ha advertido, a borbotones en todas partes: en las frondosas avenidas que confluían en la gran explanada central; en el Mantón o paseo, o, mejor dicho, prado de aquella forma, que era como el remanso común a todos los ríos confluentes; en la vasta galería del balneario; en el arenal; en la cenefa de espumas, aquella cenefa plagada de ratones, según la pintoresca ocurrencia, que ya se mencionó en su lugar correspondiente, de uno de los tres personajes conocidos últimamente con los nombres de Froilán, Gorgonio y Perico; en los verdinegros bosquecillos, misteriosos, umbríos y fragantes; en el apartado y tortuoso caminejo peonil; en el merendero humilde, en el salón de conciertos y en el café aristocrático. Después, la exposición de carruajes en la correspondiente parada; el estruendo de los que llegaban o pasaban de largo; el asendereado velocipedista sudando el quilo, despatarrado en su máquina, vestido de abate con pujos y perneando en el aire, la figura más desgarbada y ridícula que ha producido el sport de nuestros días, perdido entre las nubes de polvo que levantaban los coches, maldecido de algunos transeúntes y compadecido de todos los demás; el silbido del tren, que se detenía henchidas sus entrañas de viajeros ansiosos de gozar aquel deleite, o que arrancaba llevándose otros tantos que ya habían devorado su correspondiente ración; los más o menos diestros jinetes, no siempre en fogosos ni gallardos potros; y, por último, el matraqueo desapacible del desvencijado cesto de alquiler que, cubierto de harapos y de herrumbre, venía a ser en aquel cuadro de lujos domingueros, por la fuerza del contraste, lo que la horda de mendigos en el cortejo de una boda rica en el pórtico de una catedral.

Descomponiendo el conjunto en detalles y colores, resultaban cebo abundante para todos los gustos, y temas de muchas reflexiones de agradable entretenimiento para el observador que no tuviera cosa de mayor substancia en que emplear las fuerzas del discurso. Como le sucedía, verbigracia, a Fabio López, que andaba por allí con la cabeza algo gacha y ladeada, el ojo avizor y el puro entre los dientes, tan pronto codeándose con los paseantes del Mantón, como encaramado en un altozano con la visual certera en los ratones hembras que iban y venían por el arenal, o pasando revista a las mujeres que traían o llevaban los coches de lujo, las matracas de alquiler o los trenes del ferrocarril. Esto de las mujeres guapas era el único vínculo que le ligaba cordialmente a la «juventud del día:» o en todo lo demás, no quería nada con ella; ni siquiera el estilo del ropaje.

-Esto será un resabio ea opinión de esta piara de zangolotinos deslavazados que me miran a veces con cara de lástima los cuellos de la camisa y las carteras del levisac -pensó en determinado momento;- pero aparte de que tengo pagado, y con recibo que lo acredita, cuanto llevo encima de mí, espejo en que no se verán más de cuatro y más de veinte de ellos, resabio por resabio, mil veces más procesable es este otro, que ya se ha hecho de moda por lo visto: mis paisanas con lo mejor del ropero a cuestas para venir aquí, y la elegante y distinguida colonia... ¡reconcho con la distinción y la elegancia! recibiéndolas hechas un puro guiñapo: ellas con boína y alpargatas de a treinta cuartos, y ellos poco más que en calzoncillos y camisa de dormir... ¡Canastos con la elegancia y la educación de mi abuela! Pero la culpa la tenéis vosotras, inocentes de los demonios, que no venís de la ciudad con los trapos de la cocina en justa correspondencia... Y así y todo, que os metieran mano estas intrusas con lo reguapísimas que sois... ¡Reconcho, cuantísima chica guapa hay ahora en mi pueblo!... Da gusto, vamos, lo que se llama gloria, verlas... El mejor día le rompo yo la crisma a mi sobrino, ese gomoso de... ¿Pues no se atreve a sostenerme que tiene mucho chic, y mucho qué sé yo, eso de las alpargatas y del camisón de dormir?... Vamos, hombre, le digo a usted, ¡reconcho! que a veces... ¡Si yo creo que hay tonto de esos capaz de negar a su padre y a su madre, y a Dios del cielo, por un diploma de distinguido!... ¡Off! Pues aguántate con aquel grupito de ellos que está allí enfrente: el otro sobrino mío, Casallena, Picolomini y otros tales... con tres distinguidas de boína, y supongo yo que también de alpargatas... ¡Reconcho! ¡Y cómo se retuercen y pespuntean, y qué tiernos de ojos se ponen los angelitos de Dios! ¡Ahhh! Estarán discreteando de lo más fino... ¡Como son chicos de pluma!... ¡Canastos la que se pierde mi otro sobrino con no estar ahí! Casi a media marquesa, por barba podían salir... ¡Y qué honra para todos ellos y para sus modestas familias!... ¡Reconcho! a ese hombre que se largó a su aldea a curarse los dolores del vacío, no sé qué le haría yo ahora... Aquí hay mucha tela en qué cortar hoy, y es demasiado trabajo ese para mí solo. ¡Y cuidado que entre los dos podía salir algo bueno!... ¡Pues dígote lo que viene por este otro lado! Froilán, Gorgonio y Perico, con... ¡Toma! si es el otro personaje que llegó esta mañana: «el duque,» como le llaman sus amigos de acá... ¡Reconcho, no se les cae de la boca!... Gran estampa tiene, eso sí; pero, con estampa y todo, buena castaña te han dado, según dicen; y más gorda, al zascandil de tu hijo. Y me alegro, ¡canastos! que una africana tan hermosa como esa, es digna de mejor paradero. ¡Ojalá, reconcho, que no tuviera otro que el que yo la diera!... Por lo demás, esto rechispea y va como la espuma. No es todavía un Père Lachaise, como diría cierto señor recomendado mío que, al volver de París, todo lo comparaba. con aquel famoso cementerio, que era lo que más le había asombrado en el mundo; pero llegaremos, llegaremos allá; porque es indudable que sacamos alguna disposición para ello... ¡Vaya! Por supuesto, lamentándolo mucho; porque parece ser que por ese camino se provoca la emulación del despilfarro entre las clases, y se relajan mucho las costumbres. ¡Reconcho con las costumbres! Cuando yo corría la tuna, la verdadera tuna, cada vez que iba a la Universidad, no había aquí ni una choza, ni un árbol, ni un hombre, ni un sendero; ni otros ruidos que los de la mar, entretenida en darse testerazos contra las peñas, sin que alma viviente se cansara en verlo, ni mucho menos en cantarla ditirambos por la gracia... ¡Fuera usted a saber entonces lo que se hacían esos señores moralistas en sus huroneras de la ciudad, en la cual se morían de viejas muchas gentes que sólo de oídas conocían esto!... Verdad que tampoco lo vi yo hasta que se plantó en estos yermos la primera fonda, y hubo un ómnibus en que venir a admirarla... ¡Ya ha llovido desde entonces, canastos, y ha pasado dinero por aquí! ¡Pues si hablaran de veras esas aguas!... ¡Reconcho, lo que ellas habrán visto!... Y eso sería lo verdaderamente curioso que tendría la mar. Porque a mí no me digan de otros milagros que se le cuelgan a esa señora... como el de ser todo lo que ahora se ve aquí, obra de la necesidad de sus «aires salinos» y de sus «ondas amargas.» ¡Mentira, reconcho! No hay tal necesidad ni tales milagros. La mar es tan antigua como el mundo, y hasta hace muy pocos años a ningún pudiente de tierra adentro se le había ocurrido echarse en brazos de ella para curarse los lamparones. El milagro fue del capricho, o de la moda, que trajo aquí a la primera mujer guapa. Ésta, ¡reconcho! ésta, la mujer guapa, ha sido la hechicera de estos prodigios. Desaparezca (¡no lo permita Dios!) de estos lugares esa hada benéfica; que no vuelva a verse la mujer guapa en esas galerías, ni en ese arenal, ni en estos paseos, ni en estos hoteles, y se acabó la supuesta necesidad de los baños de ola; y volverán estos risueños vergeles a ser «campos de soledad, mustio collado,» como en los tiempos más florecientes del partido progresista, con su duque de la Victoria... Y lo que sostengo siempre: bórrese esa figura tan hermosísima de la haz de la Historia y de la Fábula, como diría uno que yo sé; y a ver qué queda en el mundo, digno de que por ello le conceptúe habitable un hombre de mediano gusto. ¡Pidan ustedes entonces Odiseas, ni Quijotes, ni Alejandros, ni Césares, ni batallas de Otumba y de Marengo, ni la Constitución del año doce... ni camisa limpia tan siquiera!... ¡Ah, la mujer guapa, reconcho!... Vamos, otra parrandita ahora de graciosos de la plebe, para acabarlo de jeringar. Insisto en que debe de haber clases; sí, señor.

Y con esto torció Fabio López el rumbo que llevaba, en dirección a lo más despejado de aquellas espesuras domingueras, pensando muy juiciosamente que el pueblo, con sus trapitos de cristianar, entretejiéndose con la masa elegante, es una nota pintoresca y decorativa de hermoso efecto en un cuadro tan animado y de tanta luz como aquél; pero que lo echa a perder todo con su pueril afán de que conste su protesta de que está allí entre lo más encopetado con perfectísimo derecho y porque le da la gana de ejercitarle, cosa que nadie le negaría, aunque sólo se limitara a desempeñar su papel con la compostura que le desempeñan los demás.

Los cuatro personajes y el gobernador continuaron largo rato hablando mucho y paseando en ala en el Mantón, sin mencionar la política ni por incidencia, de lo cual certificaron más de cuatro fisgones que les seguían la pista muy de cerca, esperando algunos de ellos hasta ver andar a la greña al señor duque con los que le acompañaban. Así es que, cuando se supo que iban los cinco departiendo campechana y amistosamente, y aun poniendo en solfa, con exquisita gracia, mucho de lo que se les metía por los ojos al andar, cundió cierto desaliento entre bastantes partidarios del uno y de los otros. Porque somos así los sencillotes provincianos: queremos a los prohombres de la política tales como los soñamos en el Diario de las Sesiones y en las batallas de los periódicos: no sólo irreconciliables con sus adversarios, sino hasta guapos y bien vestidos.

Por desaparecer ellos del Mantón, llegaron a él don Roque Brezales con sus amigos Vaquero, Gárgaras y Casquete. Don Roque daba compasión por su andar desmadejado, su mirar melancólico y su color de aceituna podrida. Mientras buscaban al duque, preguntando a unos y a otros, vio don Roque pasar a Sancho Vargas, muy vestido y replanchado de pies a cabeza.

-Con permiso -dijo Brezales a sus amigos.- Vuelvo al instante.

Y apartando la gente a un lado y a otro, se abrió paso hasta que pudo tocar a Sancho Vargas en un hombro con el puño de su bastón. Volvió la cara el hombre de «la gran cabeza;» y, al conocer al que le llamaba, parose de frente a él.

-¡Oh, mi señor don Roque! -le dijo al mismo tiempo.

-¿Adónde se va por ahí, mi querido don Sancho? -le preguntó Brezales con voz cavernosa.

-Pues, hombre -respondió Vargas golpeándose una pierna con su bastoncillo acaramelado,- a todas partes y a ninguna; porque verá usted: yo venía con ánimo de saludar al duque... porque con esta clase de personas me gusta a mí entendérmelas mano a mano y sin testigos... por eso no quise formar parte de la comisión que debe de haberle visitado esta tarde; pero, amigo, resulta que ha salido de casa, según acaban de decirme en ella.

-Lo mismo nos ha pasado a nosotros -repuso Brezales,- y en su busca andamos por aquí.

-Pues yo le veré otro día, a solas y despacio; porque, como ya le he dicho a usted, a mí me gusta...

-Hace usted perfectamente -interrumpió don Roque cada vez más gemebundo y misterioso.- Y vamos al caso: yo soy el que necesito hablar despacio y a solas; pero no con mi amigo el duque, sino con usted, mi señor don Sancho.

-¿Conmigo? -exclamó éste muy picado de la curiosidad.

-Con usted -respondió Brezales,- si me dispensa el favor de oírme con la atención que yo deseo.

-¿Y puede usted dudarlo, mi señor don Roque? -le dijo Sancho Vargas ahuecándose mucho.- Estoy enteramente a sus órdenes desde ahora mismo.

-Ahora mismo, no -repuso el otro,- porque el caso no es para tratado aquí tan en público. Mañana, si no tiene usted inconveniente, a cosa de las diez, le aguardo en el escritorio.

-No faltaré, mi señor don Roque.

-Gracias, mi señor don Sancho... Pues hasta mañana... y chitón, ¿eh?

-Como una roca, mi respetable amigo. Ya me conoce usted.

-En el favor que le pido se lo demuestro bien. Conque adiós, don Sancho.

-Hasta mañana, don Roque.

Se estrecharon fuertemente las diestras y se separaron, volviéndose Brezales hacia sus amigos, y continuando Vargas sin rumbo determinado; pero muy roído de la curiosidad en que le había puesto la inesperada acometida de su acaudalado admirador.




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- XX -

Al otro día


No podía parar en cosa buena la entrada que don Roque había hecho en su casa volviendo de dejar en la suya al ilustre prócer recién llegado de Madrid. ¡Fue mucha entrada aquélla!

Como todo el que no quiere dar su brazo a torcer en un asunto peliagudo, y se agarra a un clavo ardiendo si no tiene asidero mejor para defenderse en las últimas trincheras, el iluso Brezales, en cuanto se vio dentro del nimbo esplendente del excelso personaje, apagó la candileja a cuya luz mortecina consideraba él las razones con que se le combatía en el pleito de su casa, y se dijo, con el ardimiento y la sublime ceguedad del héroe que se juega la vida en el empeño:

-Lo que deba de ser, será, aunque se junte el cielo con la tierra.

Y desde aquel instante, ciego y sordo a los hechos palpables y al retintín, que conservaba en los oídos, de las amenazas de su mujer, ya no pensó más que en empujar la bola de sus antojos para que fuera engordando hasta creerla capaz de asombrar con su volumen y de aplastar con su peso cuantos obstáculos se le pusieran por delante. Y lo consiguió, sin grande esfuerzo de su raciocinio; porque acompañando en su carruaje al duque, y rozándose con él, y oyendo su voz, y aspirando su fragancia... a no sabía qué, pero una fragancia en toda regla; saboreando su palabra y la música de su voz; adorando su prestigio; desvaneciéndose en contemplar la altura y la extensión de su fama, y en medir con la imaginación las fuerzas de su talento, y perdiéndose, por último, en la inmensidad de la consideración de que aquel hombre extraordinario venía... a lo que creía venir, tal absorción fue haciendo de estas cosas, que al cabo se sintió como borracho de todas ellas, y hasta hubo un instante en que, por la fuerza del contagio, se conceptuó ya grande, y elocuente, y afamado, y hasta hermoso, y hasta temible como él. Y este momento fue precisamente el de llegar a su casa, después de haber tratado a su otro acompañante en el landó con el más altivo menosprecio, al volver ambos de la playa.

Así es que el buen hombre se hizo extrañar hasta de Rita, que le abrió la puerta. Pisaba firme; se contoneaba mucho, con la cabeza erguida; hablaba hueco; miraba duro, y entregó el sombrero y el manatí a su doncella para que los colocara en la percha y en la bastonera respectivamente, cosa que jamás había hecho, pero que recordaba él habérsela visto hacer al duque en su casa de Madrid.

-A la señora -dijo al mismo tiempo a Rita, pero sin mirarla,- que tenga la bondad de pasar inmediatamente a mi cuarto.

Pasó él por de pronto con marcial continente, fusilado por la espalda con algunos gestos diabólicos de la doncella, y poco después se le presentó doña Angustias.

El hombre se paseaba a lo largo del dormitorio, recordando la escena ocurrida allí pocas noches antes, para gozarse en el desquite que pensaba tomar inmediatamente.

-Angustias -dijo a su mujer, plantándose delante de ella con la cabeza muy alta y una mano a medio esconder bajo la solapa de su levita abrochada.- El señor duque, nuestro ilustre amigo, ha llegado ya.

-Lo suponíamos -respondió doña Angustias, extrañándose del tono y de la actitud de su marido.- Y ¿qué más?

-¿Qué más? -repitió Brezales, llamando en su auxilio todas las fuerzas que había ido adquiriendo en la calle y de las que empezaba a desconfiar un poco.- Que venía en un lipicar, lo mismo que un rey; que me dio un abrazo en cuanto saltó al andén; que no ha abrazado a nadie más que a mí, ¡a nadie, Angustias!; que me ha preguntado por todas y cada una de vosotras con un cariño y una llaneza que me avergonzaron; que me ha distinguido entre el túmulo de gentes que le esperábamos allí, yéndose después casi que solo conmigo, hablándome de miles cosas de interés hasta su casa, donde queda rodeado de su ilustre familia...

-Pues salud se os vuelva todo, -dijo doña Angustias aprovechando una pausa de su marido.

-No va el agua por ahí -replicó don Roque con bastante entereza todavía,- sino por otro calce muy distinto.

Doña Angustias se encogió de hombros desdeñosamente.

-Si no te explicas más -le dijo,- mejor será que te calles; porque no tengo el tiempo de sobra.

Don Roque, después de dar media vuelta por el cuarto, detúvose de nuevo encarado con su mujer, y añadió a lo dicho antes:

-Ese hombre, Angustias, viene ignorante de lo que pasa aquí; ese caballero es el honor de su patria, porque es un grande hombre; ese grande hombre no puede fallar, ni equivocarse, ni dejar de ser grande... Lo digo yo, porque conozco el corazón humano y sé medir con mis luces las alturas de esos hombres... De algo me ha de servir el roce amistoso con ellos... ¿Entiendes?... Pues bueno: con ese grande hombre tengo yo una palabra empeñada; cumpliendo esa palabra, yo sería grande también, y tú lo serías a tu modo, y tu hija lo sería mucho más; porque eso es lo que tiene el sol cuando luce de verdad, que alumbra a todos por un simen: yo no lo había visto tan claro como hoy; y por eso, y porque es de justicia y de decencia, quiero y dispongo que la palabra que tenemos empeñada a ese grande hombre, que nos hace el honor de venir confiado en ella, se cumpla como es debido... y se cumplirá, porque yo quiero que se cumpla... Si alguna vez te he ofrecido cosa en contrario de esto, hazte cuenta que oíste llover; porque me vuelvo atrás, como caballero que soy. De cerca es como se ven las comenencias y los compromisos de los hombres, y de cerca acabo de verlos yo... y porque los he visto así, te digo ahora, como me lo ha gritado tantas veces la concencia en el camino: lo que debe de ser, será, aunque se junte el cielo con la tierra.

Doña Angustias oyó esta parrafada sin apartar los ojos de su marido; y en cuanto éste hubo acabado de hablar, por toda respuesta y todo comentario le largó esta palabra sola:

-¡Tonto!

Pero con tal dejillo de lástima y de ira y de burla al mismo tiempo, que resultaba un trancazo.

No necesitó más que este golpe: con él quedó el pobre hombre contundido y tambaleándose; y tan despabilado de la embriaguez que le prestaba aquellas fuerzas postizas, como si le hubieran derramado un cubo de agua por la cabeza abajo. Todos sus bríos desaparecieron en un momento; todo su valor, toda su energía, toda su entereza se disipó como por ensalmo; pero, por desgracia para el infeliz, al abandonarle estos auxiliares, en cuyos bríos confiaba, le dejaron en el meollo la visión de su conflicto, más negra y horripilante que el primer día. Se vio, pues, inerme, solo y comido de espantos, y maldijo la hora en que se le ocurrió atreverse a ser temible y valeroso; y renegó del momento en que, conociendo que sus fuerzas flaqueaban delante de su mujer, no hizo una honrosa retirada, sin dar tiempo a que le vencieran con un garbanzo, que él veía venir en el aire de aquella mirada sutil y entre los pliegues de aquella sonrisa burlona... Le dolió la palabra en lo más hondo del corazón; le escoció la herida como si estuviera el puñal envenenado; se creyó tonto de veras, por primera vez en su vida; se avergonzó de sus bravatas pueriles, y estuvo a punto de llorar, a faltas de una palabra que no se le ocurría para salir del atolladero sin el riesgo de caer en otro mayor.

Doña Angustias fue leyendo claramente todas estas ev