  - XVII -
«Esas gentes»
Que Irene andaba mal de salud, con fuertes
jaquecas y grandes trastornos del estómago, y que
por eso no había ido a la estación a recibirlos
a ellos, ni se les había presentado después
en las tres, o cuatro visitas que la habían hecho;
que en estas tres o cuatro ocasiones ni Petrilla ni su madre
parecían «las de otras veces», por su sequedad de
frase, su actitud violenta y su falta de ingenuidad en cuanto
hacían o trataban; que don Roque no daba pie con bola
delante de ellos, y torpe y desconcertado como nunca, se
emperraba en corregir cada atrocidad de las que se le escapaban,
con otra de mayor calibre; que reía sin ton ni son
hasta por lo que era más digno de ser deplorado, y
se estremecía de pies a cabeza en cuanto le nombraban
o nombraba a su egregio amigo, que estaba para llegar de
un día a otro; que les había puesto su carruaje
«a la orden,» y todas las mañanas les enviaba al hotel
alguna cosa de regalo: flores, hortalizas raras o merluza
fresca, pero en cantidades enormes; y, en fin, que el pobre
hombre, en hechos y en palabras, estaba fuera de sus quicios,
y además muy ojeroso, macilento y sobresaltado.
Evidentes
y notorios eran todos éstos y otros muchos síntomas
tan anormales como ellos en la familia Brezales. Pero ¿y
qué? La duquesa vieja, desde las alturas en que tenía
el castillo de sus vanidades, no alcanzaba a ver esas pequeñeces
que se arrastraban entre el polvo vil de los bajos suelos
que no hollaban sus pies; y si las columbraba por casualidad
y se dignaba parar la atención en ellas, las daba
todas las interpretaciones imaginables menos la verdadera.
Los duques jóvenes todo lo hallaban adecuado a las
circunstancias: lo menos que podía sucederle a una
modesta y oscura familia provinciana, a la cual se la dispensara
de golpe y porrazo el honor de entroncar con otra de lo más
ilustre y resonado de Madrid, era aquello; es decir, la enfermedad
de la novia, y el atolondramiento y el marasmo de todos los
de su casa. En cuanto a la «espiritual» María, habitaba
en el mismo empingorotado e inaccesible castillo de su madre,
y además no tenía punto de sosiego para detenerse
a considerar mezquindades del vulgo con la guerra que la
daba Ponchito, empeñado en ser dulzón y pegajoso
con ella, cuando ella le quería para usos y destinos
muy diferentes.
Pero Nino, que, con excepción de
su padre, era entre todos los de su casta el que menos turbia
veía la realidad de las cosas, por no ser miope del
entendimiento ni tenerle ofuscado por el relumbrón
de ciertas pompas, y con mayor motivo en casos como aquél,
que tan particularmente y en lo vivo le interesaba, cogiendo
hilos y atando cabos llegó a caer muy pronto en la
cuenta de que en aquella familia pasaba algo que tenía
mucho que ver con él y con los risueños proyectos
que su padre le había pintado a dos dedos de realizarse;
y que ese algo era de tal monta, que había trascendido
fuera de los linderos del hogar. Y creía él
que había trascendido tanto, porque sus íntimos
de la crema, y sus amigas de la playa, y el azucarado cronista
de la Estafeta local de El Océano, los mismos gomosos
y gomosas que a su llegada de Madrid, de palabra y en letras
de molde, le habían colmado de zalamerías y
de plácemes, en atrevidas y bien transparentes metáforas,
por el acordado suceso que parecía ser del dominio
público, al día siguiente de llegar cesaron
de mencionársele. Pero ¿qué más? Las
tres cotorras de Sotillo, las mujeres más charlatanas
de este mundo, que daban lo imposible por hacedero y lo hacedero
por consumado en su vicio de hallar temas de expansión
para su fiebre de juicios y comentos, al visitar a su familia
a los dos días de llegada, hablaron de todo lo imaginable
menos de ello; y eso que él estaba presente, y, de
propio intento, porque ya comenzaban a inquietarle las aprensiones,
les puso el cebo tentador delante de la lengua. Pues huyeron
de él como unas condenadas, después de contemplarle
de reojo. Y tras esta prueba tan concluyente, pasaron más
días con el caso siempre perdido entre misterios en
derredor de Nino, y siempre enferma e invisible Irene para
él, y su padre turulato, y su madre hecha una esfinge,
y la locuaz y bullanguera Petrilla, muda y recelosa y alarmante.
Apurando más la materia de sus recelos, y exprimiendo
y comparando síntomas y cataduras, llegó a
ver claro que en el conflicto o dificultad, o lo que fuera
aquello que ocurría en el seno de la familia de don
Roque Brezales, éste se encontraba en desacuerdo con
todos los demás; y, colocado ya en estas alturas,
y siéndole bien notoria la fatuidad del pobre hombre,
y recordando que él solo era quien había negociado
con su padre aquel arreglo, con afirmaciones tan extrañas
para Nino como la de que Irene se había calado intenciones
que jamás le pasaron por las mientes, sin gran esfuerzo
de su dialéctica se plantó con los supuestos
en medio de la verdad.
Admirado de que las gentes de su
familia no hubieran caído en las mismas sospechas,
sacolas a relucir él en ocasión de hallarse
todos reunidos; pero ninguno participó de sus aprensiones.
No le disgustó la discrepancia, aunque no se la fundaron
en razones sólidas; porque el corazón humano
es así. Sin embargo, como en aquel asunto se interesaba
la cabeza más que el corazón, Nino insistió
en su tema cada vez que el ajetreo de visitas, de baños
y de correspondencia epistolar en que vivían sus gentes,
le ponía a tiro de su palabra a alguno de ellos; pero
nadie le hacía caso. Entonces resolvió escribir
a su padre cuanto le estaba pasando, para que viniera apercibido;
mas todos, unánimemente, se apresuraron a quitárselo
de la cabeza. Si había algo, él lo desvanecería
con un soplo en cuanto lo notara; y si no lo había,
¿a qué molestarle ociosamente?
Nino se sometió
a este dictamen, que resultó cuerdo por casualidad;
y así fue pasando, entre serias dudas y ligeras esperanzas,
hasta que ocurrió el encuentro de que dio noticia
a Irene su hermana, según se ha visto en el capítulo
anterior.
-Pues si Irene -pensó Nino al oír
lo que de ella le decían doña Angustias y su
hija en aquella ocasión,- enferma e invisible para
mí desde que vine, sana hoy de repente y se deja ver
de todo el mundo, y esto me lo cuentan tan frescas y campechanas
estas mismas señoras que ayer hacían de ello
misterio impenetrable y tenebroso, ¿por qué no he
de creer yo que anduve equivocado en mis supuestos, y que
nada tiene que ver conmigo lo que tan malos ratos me está
dando?
Y hétele ya tan satisfecho y a punto de pensar
que todo ha sido mera alucinación de su fantasía,
y que las cosas estaban dónde y cómo debían
estar y se las había pintado a él en Madrid
su padre.
Con estas ilusiones, que el más inaprensivo
se habría forjado en su lugar; un terno de color de
lila, corto de mangas y ancho de perneras; un sombrerete
de cazo, del matiz del vestido y casi sin alas, y unos brodequines tan grandes, tan gordos y tan groseros de forma como lo permitía
la costumbre entre los galanes distinguidos y elegantes de
entonces... y de ahora, tras una larga batalla, reñida
sin gran fruto en el campo de su tocador contra la roña
de sus dientes y el despoblado de su cabeza y otras máculas
y deformidades que la naturaleza y el mal vivir habían
impreso en lo más visible de su persona, a las seis
de la tarde estaba llamando a la puerta de don Roque Brezales
para cumplir la oferta que por la mañana había
hecho en la calle de la Negra a doña Angustias y a
Petrilla, que por cierto la habían oído como
una amenaza.
Un poco le temblaba el pulso y le latía
el corazón al llamar... ¡a él! ¡a Nino Casa-Gutiérrez!
¡al mozo despreocupado y corrido aristócrata del gran
mundo!... ¡y a las puertas de una sencillota provinciana!
Pero, como él se decía al notar el fenómeno:
«hay que considerar la importancia de esta visita con relación
a los planes que me sacaron de Madrid, y lo que ha estado
sucediéndome desde entonces hasta hoy en esta casa.
Es el asunto éste a manera de premio gordo escapado
de las manos y casi vuelto a recobrar... Pero ¿y si me equivoco
otra vez, o, mejor dicho, resulta que continúo equivocado?...
Por lo pronto, mucho ojo al terreno para no pisar en falso...
y ello dirá.»
Firme en este cuerdo propósito,
lo primero que observó fue que le pasaban a la sala,
como de costumbre en aquel verano, y no al gabinete de confianza,
donde, cuando menor debieran de tenerla con él, le
recibían en otros tiempos. Por este lado, el aspecto
de las cosas había mejorado bien poco; pero cabía
la racional hipótesis de que el caso fuera obra de
la doncella que le había metido allí, sin advertencia
previa ni complicidad alguna de las señoras. Las cuales
fueron entrando una a una en la visita, como en lenta y forzada
procesión, primero doña Angustias, después
Petrilla, y, por último, Irene. Doña Angustias,
demasiado solemne; Petrilla, afectadamente cortés
(lo propio que en los días anteriores), e Irene muy
pálida, con grandes ojeras, y la luz de sus pupilas
africanas desperdiciándose cobarde entre la espesura
de sus pestañas negrísimas; esbelta, escultural,
gallarda, como siempre, pero con cierta languidez en el andar,
y una cobardía de voz tan grande como la de la mirada.
¡Cómo se le afilaron los dientes al encanijado madrileño
delante de aquel manjar tan exquisito! ¡Cáspita, qué
real moza le pareció, y con qué modestia tan
disculpable tradujo en propio beneficio el cuadro de síntomas
que fue leyendo en ella en cuanto la tuvo delante! Las ojeras,
la palidez, el desmayo en el moverse, rastros eran evidentísimos
de una enfermedad verdadera. Pues y aquella cobardía
en el mirar, y en el hablar, y en acercársele, y en
tenderle la mano ebúrnea y tibia, si no era síntoma
de gratas y hondas emociones de pudorosa enamorada, o de
novia consentida siquiera, al verse por primera vez enfrente
de su galán, ¿de qué otra cosa podía
serlo? Si no había nada de lo dicho, o no habría
salido ella a recibirle, o le hubiera recibido de muy distinta
manera; porque, en opinión de aquel mozo, las repugnancias
y los anhelos del corazón humano tienen manifestaciones
tan propias y peculiares, que no pueden confundirse jamás.
Ello fue que tradujo así los síntomas observados
en Irene, y que, a la luz de estos síntomas, todo
lo vio de color de rosa; por lo cual quedó sin importancia
a sus ojos el haber sido recibido en la sala; lo triste de
la procesión de las señoras al presentarse
en ella, y los sospechosos continentes de Petrilla y de su
madre.
Ésta le brindó, con ademanes más
bien que con palabras, a que se sentara en el sofá,
junto al cual estaban ambos de pie; y para darle ejemplo,
sentose ella en la otra cabecera. Irene y su hermana se fueron
dejando caer maquinalmente en los dos sillones contiguos
al sofá, pero eligiendo Irene el más cercano
a su madre; elección que halló Nino muy en
consonancia con el estado de espíritu en que suponía
él a la garrida moza. Hasta allí, gangas a
un lado, todo iba lo mejor de lo posible para el escamado
visitante. «Vamos a ver» -se dijo entonces,- «si esto se
endereza ahora por los cauces sospechosos de todos los días,
o por otros nuevos y más de mi gusto.»
Y comenzaron
en el acto las reglamentarias preguntas por la salud de los
ausentes. Mayor impavidez y frescura hubo, a juicio de Nino,
en la voz y en el acento de doña Angustias y de Petra
en aquella ocasión, que en otras idénticas
bien recientes y memorables para él; pero en el fondo,
en la falta de interés cariñoso y de expansiva
franqueza, allá se anduvieron las preguntantes en
la actual y las pasadas ocasiones. En cuanto a Irene, ni
desplegó los labios ni mostró la menor curiosidad
por las respuestas.
A las cuales siguió un ratito
de embarazoso silencio. Durante él, discurrió
el visitante, entre serios amagos de sudores fríos,
que siendo aquella visita suya consagrada exclusivamente
a Irene, como se lo había declarado a su hermana y
a su madre en medio del arroyo algunas horas antes, podía
muy bien, sin descubrir el fondo de sus verdaderas intenciones,
echar todo el asunto hacia aquel lado; y de este modo, no
solamente resultaría tema abundante de conversación
en aquel trance, con tantas señales de acabar de extenuación
fastidiosa, sino que conseguiría él colocarse
en mejor y más abreviado camino para llegar a los
fines que iba persiguiendo y tan de veras le interesaban.
A ello, pues. Se removió un poco en el sofá
para quebrarse por los riñones hacia adelante; juntar
más una pierna con la otra; pegar bien los codos a
los ijares; alargar el pescuezo y poner las manos palma con
palma, con los guantes entre las dos hechos una torcida;
y con la voz más flauteada, y el mirar más
expresivo, y la sonrisa menos antipática que pudo
hallar en su pobre repuesto de estos ingredientes, preguntó
a Irene, encarándose con ella en la susodicha forma,
la siguiente vulgaridad:
-¿Conque tan famosa ya y tan campante?
A lo que respondió la interrogada con otro lugar
común, a medias palabras y tres cuartos de voz.
-Y
¿qué ha sido ello? -insistió Nino, devorando
a la joven con la mirada vidriosa.
-Poco más de nada,
-respondió Irene, de cualquier modo y por responder
algo.
-¡Ay, la pobre! -exclamó entonces doña
Angustias, tomando el caso más a pechos que su hija,-
¡qué amargas las ha pasado!
-¡Atroces! -añadió
Petrilla, acudiendo muy gustosa a reforzar las posiciones
de su madre.
-Lo esencial es, para todos -repuso Nino, subrayando
muy fuerte esta palabra,- que el mal se haya vencido pronto
y hasta casi de repente, para no darle tiempo a que hiciera
estragos, que a veces llegan a ser en la convalecencia una
nueva enfermedad. Verdaderamente ha sido un fenómeno
digno de notarse, y muy feliz... para todos, lo repentino
del restablecimiento... ¿no es verdad? porque todavía
ayer tarde, según se me dijo en la portería,
continuaba usted con fiebre y en la cama...
-Es que -se
apresuró a responder Petrilla, temiendo que ni Irene
ni su madre lo hicieran enteramente al caso,- la mayor parte
de las veces, y ésta ha sido una de ellas, el mejor
médico para entender bien una enfermedad y curarla
en el aire es el enfermo mismo.
-¿Quién lo duda?
-exclamó el visitante, volviéndose hacia Petrilla
y replegándose sobre sí mismo un poquito más
todavía.
-Muchos lo dudan -replicó su maliciosa
interlocutora enardeciéndose poco a poco,- y aquí
se ha visto. Irene, desde que empezó a malear hace
ya algún tiempo, ha estado empeñándose
en que el único remedio que había para curarse
bien y pronto, era el que ella proponía; pero los
que andaban a su lado tenían más fe en otro
que era todo lo contrario, y así ha venido la infeliz
pasando la pena negra hasta esta misma mañana, en
que se ha obrado el milagro...
-¿En virtud del remedio que
ella proponía? -la preguntó Nino, escapándosele
por los ojos la curiosidad que ya le devoraba.
-Menos que
eso todavía -respondió Petrilla valerosamente:-
en virtud de la promesa que se la hizo de darla gusto. Con
esto sólo... vamos, con oler la medicina, y desde
lejos, se puso de repente tan buena como usted la ve.
-¡Qué
exageradora! -exclamaron casi al mismo tiempo, en son de
chanza, Irene y su madre.
-Es la pura verdad -insistió
Petrilla;- créame usted a mí.
Nino, que, como
ya se ha dicho, no era lerdo, al punto caló que lo
del remedio de que hablaba la pizpireta chiquilla era pura
metáfora, y dio por innegable que en aquella figura
retórica andaba danzando él. Pero ¿danzando
bien o danzando mal? Esto era lo grave del caso. Si, según
sus observaciones anteriores, don Roque se encontraba solo
enfrente de toda su familia en el conflicto doméstico
que tanto le había preocupado a él, no podía
ser él mismo la medicina propuesta por Irene para
curarse, sino la que su padre la recetaba; porque el parecer
de éste era el único que Nino conocía
a las claras en el delicado asunto que le había sacado
de Madrid lleno de ilusiones. ¿Se habría equivocado
él en sus primeras indagaciones, y estarían
los pareceres de la familia divididos de otro modo... por
ejemplo, Irene y su padre contra doña Angustias y
Petra? Pero ¿cómo se compaginaba esto con la fruición
de la última al referirle a él el milagro de
la medicina, si la tal medicina era él mismo en cuerpo
y alma? ¡Ah! si hubiera podido hablar a solas con Irene,
o con las dos hermanas siquiera, como lo traía calculado,
pronto saldría de sus dudas mortificantes; pero la
presencia de su madre le obligaba a guardar allí ciertos
miramientos... Sin embargo, ¿no era él oficialmente,
según lo tratado y acordado entre su padre y don Roque,
con aquiescencia y beneplácito de ambas familias,
el novio de Irene? ¿No había venido de Madrid llamado para terminar personalmente lo que por cartas se había
puesto allá a punto de terminarse? Pues siendo esto
evidente, como lo era, y aquélla la primera vez que
él veía a Irene desde su venida, estaba hasta
obligado a conducirse en aquella ocasión de muy distinto
modo que un simple amigo de la casa, fuera cual fuese la
manera de sentir sobre el delicado tema, de las personas
que tenía delante. Si había repugnancias en
alguna de ellas o en las tres, él no tenía
noticias oficiales de semejante cosa, al paso que las tenía
de lo otro toda la familia de don Roque, y a esto debía
de atenerse Nino. Y a esto se atuvo para buscar por de pronto
una callejuela por donde deslizarse medio a escondidas y
caer luego de plano en el asunto, si lo juzgaba oportuno
y conveniente.
Con estos propósitos y después
del brevísimo tiempo que necesitó para pensar
todas estas cosas, volviose Nino otra vez hacia Irene, y
díjola, encorvándose otro poco más y
manoseando mucho los guantes arrugados:
-De todas maneras,
y sean cuales hayan sido la enfermedad y el remedio, me felicito
de todo corazón, como deben de felicitarse cuantos
a usted la quieren bien, aunque nadie tanto como yo seguramente,
de verla a usted libre de cuidados y de dolores y en plena
convalecencia.
Se le agradeció la felicitación,
pero con demasiada etiqueta, a juicio del felicitante; por
lo cual, sin dejar éste que se enfriara el hierro
que había puesto sobre el yunque, le descargó
a suerte o a muerte este nuevo martillazo:
-Sentiría
en el alma que dudaran ustedes de la cordialidad de mis palabras,
conociendo, como conocen, los singulares motivos que yo tengo...
o debo de tener, para que no puedan salir de otra parte que
del fondo de mi corazón.
Diciendo esto, pensaba Nino:
«ahora, si las cosas van por los carriles de mi gusto, la
madre hará una salida discreta de la sala para dejarnos
a Irene y a mí en libertad de entendernos, aurque
su hermana esté presente, por el bien parecer.»
Pero
también le falló este cálculo. Doña
Angustias no se movió de su sitio, ni sus hijas ni
ella mostraron en palabras ni en gestos la menor señal
de que les inquietara poco ni mucho semejante duda. Antes
al contrario, hubiera jurado Nino que hubo en Petrilla un
movimiento, algo como sacudida nerviosa de mal agüero,
que se conjuró con cierta mirada elocuente y una carrasperilla
sospechosa de su madre. Indudablemente, Petra le era hostil;
de doña Angustias no sabía qué pensar;
pero, en cambio, Irene, por su actitud de sobresalto y de
notoria mortificación, le daba racionales bases para
otros cálculos más halagüeños.
¿Por qué no había de significar aquella extremada
tirantez de espíritu la violencia en que la tenían
delante de él, y la mudez a que la obligaban allí
su hermana y su madre? Y siendo fundada esta suposición,
¿qué le importaban al hijo del ilustre prócer
las repugnancias de aquellas dos mujerzuelas? Con estos alientos
(que buena falta le hacían), y apurado ya por las
necesidades de la escena, que podía acabar en ridícula
para él, se encaró resueltamente con Irene,
y la preguntó, disfrazando su despecho con cierto
airecillo de broma:
-Con toda franqueza, Irene: usted, que
es la más interesada en ello, ¿qué es lo que
piensa?
-¿De qué? -preguntó a su vez Irene
con muy escasa voz.
-De la cordialidad de mis palabras,
de la calidad de mi satisfacción al verla a usted
restablecida... y de los motivos que tengo...
-Pues que
supongo -le interrumpió Irene de muy mala gana,- que
habrá dicho usted lo que siente.
-¿Nada más
que suponerlo? -insistió Nino trasudando.
-Y ¿por
qué ha de pasar de ahí? -saltó de golpe
Petrilla, que ya no cabía en su butaca,- ¿ni por qué
ni para qué se ha de apurar tanto un asunto que no
vale dos cominos?
-Verdaderamente -dijo doña Angustias,
disimulando mal con una sonrisa forzada lo que le iba cargando
el tema,- que no veo la necesidad de que se ventile con tanto
empeño una cosa tan insignificante.
Nino sabía
por demás que, tomadas sus palabras como habían
sido tomadas allí, enderezar otras semejantes por
el mismo camino era caer él en un despeñadero
de majaderías. Viose de pronto acorralado en esta
asfixiante estrechez; sintió el sudorcillo del bochorno;
sublevósele la negra honrilla, y dispuesto a hacer
una salida airosa, aunque no saliera triunfante en su litigio,
decidió en el acto dejarse de paños calientes
y plantear de lleno la cuestión con toda la frescura
y seriedad que su importancia requería.
Sin dar tiempo
a que se le enfriara la resolución, cambió
su postura violenta y afectadamente distinguida por otra
más natural y desembarazada, y dijo así, con
voz entera y no desagradable continente:
-Señoras
mías... ¿a qué andarnos, a estas alturas, con
finezas resobadas y circunloquios trasnochados, como si me
fueran ustedes conocidas desde ayer tarde, y pretendiera
yo ganarme su estimación con travesuras y discreteos
de enamorado cursi?... Hace ya mucho tiempo que nos conocemos,
y yo no puedo aparentar en esta ocasión, sin hacer
un triste papel y sin inferir a ustedes un agravio, que ignoran
las especialísimas razones que hay para que a mí
me sea muy cara la salud de Irene. ¿Estoy o no en lo cierto,
señoras mías?
-Hágame usted el obsequio
de explicarse un poquito más -contestó doña
Angustias, acudiendo placentera al terreno a que la arrastraba
Nino, mientras Irene se estremecía en su sillón
y Petrilla se relamía de gusto,- para que de una vez
nos entendamos y se le pueda dar a usted la respuesta que
pide y necesita. También a mí... y a todas
nosotras, nos gustan las cosas claras; y cuanto más
entre amigos, mejor.
-Pues con eso sólo -repuso Nino
sin amilanarse cosa maldita,- tenemos andada la mitad del
camino. Vaya, pues, por lo claro y sin estorbos; a salvo
siempre, y por supuesto, la buena, mutua y desinteresada
amistad de antes...
-Eso, por entendido, -repuso doña
Angustias muy cortés.
-Yo salí de Madrid -prosiguió
Nino Casa-Gutiérrez,- pocos días hace, formal
y honradamente convencido de que aquí se me aguardaba
con parecidas ansias a las que yo tenía de que se
sancionaran de palabra entre todos nosotros ciertos planes
trazados por escrito poco antes. Si estos planes hubieran
sido obra de mi iniciativa o de mi ingenio, yo habría
temido siempre que no acabaran en bien, porque no fío
nunca gran cosa de la solidez de mis cálculos; pero
los habían hilado otras manos harto más diestras,
más firmes y más venerables que las mías,
y yo no podía dudar de la solidez de la obra; por
lo cual la di desde luego por intachable y perfecta; la acogí
con todo mi corazón, y hasta me permití fundar
sobre ella las ilusiones más nobles, más honradas
y más tentadoras que he logrado forjarme en toda mi
vida... Porque es lo cierto, y lo declaro con el alma entera
puesta entre mis labios, que el beneficio me parecía
superior a mis merecimientos, si no se me tomaba en cuenta,
como moneda de buena ley, lo inmenso de la gratitud con que
le recibía... ¿Me van ustedes entendiendo mejor ahora?
-Póngalo usted más claro todavía, si
le es posible, -respondió muy templada doña
Angustias, con visible aprobación de su hija Petra.
-Pues allá va como usted lo desea y a mí me
gusta -dijo Nino inalterable.- Con estas ilusiones tan disculpables
y estas esperanzas tan bien garantidas, llegué...
Aquí se detuvo Nino de pronto, cuando más
aguzada estaba la curiosidad de sus oyentes, muy complacidas
las tres, y particularmente Irene, en considerar que, con
el giro que iba tomando el asunto, se llegaría al
fin anhelado por ellas mucho antes de lo concertado entre
doña Angustias y su marido. Y se detuvo Nino, porque
se abrieron las puertas de la sala y apareció de golpe
en escena don Roque Brezales, moviendo mucho estrépito.
-¡Hombre, hombre! -decía esforzando su extenuada
voz y queriendo dar a su cetrino rostro una animación
que no le salía de adentro.- ¡Tanto bueno en mi casa
y sin saberlo yo hasta que me lo ha dicho la muchacha al
abrirme la puerta!... Vaya, vaya... Y ¿cómo va, mi
querido don Antonino?
A todos los presentes les supo a rejalgar
la interrupción de don Roque en lo más sabroso
de la conversación aquella; pero Nino estaba resuelto
a terminarla a todo trance, y por eso, mientras daba la mano
al recién venido, le dijo por única respuesta
a su saludo:
-Estábamos tratando aquí, señor
don Roque, un punto delicadísimo cuando usted ha llegado...
Por la cara y la voz de Nino y las actitudes alarmantes
de las mujeres, y especialmente porque ya hacía mucho
tiempo que todas las caras, y todos los ademanes, y todos
los ruidos de este mundo le sonaban a él a una misma
cosa, dedujo el pobre hombre que el punto delicadísimo
a que se refería el hijo del prócer, era su
dedo malo. En esta creencia, muy bien fundada, tembláronle
las carnes; y después de pedir a su mujer cuentas
de su deslealtad con una mirada de agonía, se desbordó
en chanzonetas que le resultaron atrocidades en su mayor
parte, con el honrado fin de meter a barato el «punto delicadísimo.»
Y lo consiguió; pero con el auxilio de su mujer, que
procedió así un poco por caridad, otro poco
por justicia, y el resto por muy justificables temores de
que su marido se lo echara todo a perder si tomaba cartas
con ella en aquel importante juego.
Puestas aquí
las cosas y más tranquilo don Roque, dio a todos los
allí presentes la gran noticia de que había
tenido carta aquella misma tarde de su ilustre amigo, anunciándole
su salida de Madrid al día subsiguiente.
-Es decir,
mañana, -concluyó don Roque, sacando la carta
del bolsillo.
-Ya he tenido el gusto -observó Nino,-
de dar a estas señoras la misma noticia. Lo sabía
desde ayer...
-De manera -continuó don Roque, sin
hacerse cargo de lo dicho por el otro y pasando la vista
por la carta,- que en el exprés de pasado mañana...
-Justamente, -interrumpió Nino. -Tendremos la dicha
-continuó don Roque,- de verle entre nosotros. Aquí
lo asegura. (Leyendo la carta.) «Mi querido amigo...» ¡Siempre
tan parcial y cariñoso!...
-Ya, ya -dijo doña
Angustias entonces, haciendo como que echaba a broma la tenacidad
de su marido;- ya estamos enterados de que la cosa no tiene
duda.
-Cabalmente, -concluyó don Roque entendiendo
a su mujer y diciéndola con una mirada que también
fue bien comprendida por ella: «¡si tú supieras qué
tripas se me han puesto a mí con la noticia de la
llegada esa!...»
Nino se despidió poco después,
llevándose la promesa de aquellas señoras de
ventilar en ocasión más oportuna el tema que
quedaba apenas esbozado allí, y sobre el espíritu
una abrumadora carga de negros temores y de punzante curiosidad.
  - XVIII -
El «prócer»
En la llegada de este personaje concurrían
aquel año singulares circunstancias que deben tenerse
muy en cuenta aquí. Era el cuasi jefe del partido
más considerable de la oposición de entonces;
las Cortes se habían cerrado un mes antes apresuradamente,
con un pretextillo legal de esos que siempre tienen a mano
los Gobiernos para un apuro; y el apuro de aquella legislatura
fue cierta repentina descomposición de la mayoría,
por mal disimuladas y contrapuestas aspiraciones de ciertas
y determinadas personalidades «conspicuas» de ella. Estas
personalidades se habían desparramado después
por las ciudades más renombradas entre las más
famosas de las veraniegas de España; con el piadoso
objeto de definir claramente sus aspiraciones y tendencias
en sendos discursos pronunciados por fin y remate de los
respectivos banquetes que darían los partidarios de
sus ideas, por noble y espontáneo impulso de su patriotismo
y de su adhesión incondicional y entusiástica:
todo, por supuesto, con el generoso intento de afirmar la
disciplina del gran partido a cuyo ilustre jefe continuaban
y continuarían subordinados con alma y vida; nada
por miras personales ni «bastardas ambiciones...» No había
que confundir estos extremos por falta de reflexión
o por exceso de malicia: ellos siempre serían ellos,
es decir, los hombres leales y consecuentes, fieles y sumisos
a su bandera; pero, por lo mismo, incapaces de sacrificar
los sacrosantos intereses de la patria a las conveniencias
de un partido.
Así hablaba la prensa ministerial,
o, mejor dicho, la parte de ella adicta a los supuestos disidentes
de la mayoría; la restante quería creerlo,
pero sus trabajillos la costaba disimular que no podía;
en cuanto a la de oposición, singularmente la del
partido llamado a recoger la herencia del Gobierno cuando
cayera, le pintaba tambaleándose ya; y para que acabara
de caer, ensanchaba las rendijas entreabiertas, encendía
los rencores y enconaba las heridas, mientras sus profetas
e inspiradores se dispersaban también detrás
de los enemigos para poner púlpito donde le pusieran
ellos, con el honrado fin de no dejarles hueso sano y acabarlos
de matar.
De los disidentes de la mayoría eran los
tres personajes de los hongos feos que el lector ha conocido
de vista más atrás. Hasta la fecha de los últimos
insignificantes sucesos aquí narrados, no habían
roto a hablar todavía con la solemnidad prometida
desde Madrid, y tan ardientemente deseada por amigos y adversarios.
El periodista que estudiaba la comarca «bajo todos sus aspectos,»
y un redactor de El Océano, los habían interpelado,
a título de reporters, con la debida oportunidad,
y habían dado a luz en sus respectivos periódicos
el fruto de sus indagatorias; pero éstas arrojaban
poca luz en comparación de la que esperaba la pública
curiosidad; y aun de esa poca hubo que quitar algo a instancias
encarecidísimas de los interpelados. Menos luz daba
todavía lo que traían y llevaban los amigos
de la localidad, que los asediaban en la playa y les servían
de cortejo en la población. «¿Has visto hoy a Froilán,
o a Gorgonio... o a Perico?» se preguntaban unos a otros
a lo mejor, porque es de saberse que todos alardeaban de
tratarlos con esta llaneza. «¡Ah!... ¡Oh!...» solía
responder el preguntado; «¡qué cosas, chico... qué
cosas!... Si ese hombre dijera en público lo que se
dejó decir en particular, con ese talentazo que tiene
y ese pico que Dios le dio,... te digo que la mar, chico,
¡la mar!...» Y nada en substancia, por más que se
les tiraba de la lengua por propios y extraños; o
porque nada habían dicho con claridad ellos, o por
no haber sido bien entendidos de los otros. Indudablemente
faltaba el teatro, la ocasión, el banquete. Sobre
esto de la falta del banquete, corrían varias versiones.
Según unas, de los enemigos, consistía en que
los soldados de aquellos capitanes eran pocos y no todos
bien vestidos; según los de casa, Froilán y
Gorgonio y Perico andaban un tanto melindrosos en el particular,
como si hubiera negociaciones pendientes con los de Madrid
para su inteligencia mutua, transigiendo en esto los unos
y concediendo los otros lo de más allá... Franqueza
les sobraba y estimación de veras para decir a sus
partidarios «ahora;» y cuando no lo decían, sería
por algo, y ese algo debía de respetarse. Entretanto,
se vivía alerta y se tomaban medidas para que, en
el caso de celebrarse el banquete, concurrieran a él,
para hacer a aquellos hombres ilustres los debidos honores,
las personas más notables de la población,
con un pretexto que no faltaría.
Pues bueno: el marqués
de Casa-Gutiérrez, duque del Cañaveral, era,
como ya se ha dicho, el cuasi jefe de su partido; el alter
ego del jefe indiscutible, y hombre, además, de gran
prestigio entre sus fieles, ducho en artimañas y travesuras
políticas y de una elocuencia brillante y demoledora.
Claro es que con estas prendas personales y en unas circunstancias
como aquéllas, la llegada del señor duque debía
de ser muy sonada; porque, aunque no lo deseara él,
estaba interesado en que lo fuera el pundonor político
de sus partidarios de allí, que blasonaban de acérrimos,
pasaban y se tenían por gentes adineradas, y rabiaban
por echar a Froilán, a Gorgonio y a Perico, los tres
gallitos de los otros, otro gallo digno de ellos que les
cantara bien claro, y en un lance de compromiso hasta los
arrojara del corral. ¡Banquete! No uno, ciento darían
ellos al ilustre prócer, si el prócer los deseaba
o las conveniencias del partido los pedían. Y banquetes
de primera, con comensales abundantes y bien vestidos; elocuentes,
los más de ellos; mayores contribuyentes, casi todos;
de lustre y prosapia... ¡uf! uno sí y otro no, si
bien se miraba.
Se removió, por consiguiente, el
partido entero y verdadero en aquella localidad, buscándose,
recontándose y codeándose los partidarios;
y ésta fue la más negra para don Roque Brezales,
el soldado más ardoroso y entusiasta de todos los
de aquella benemérita legión. Lo fue primeramente,
porque, a pesar de sus talegas y de su amistad íntima
con el gran personaje, casi abanderado del partido, todavía
no había conseguido capitanearle en aquel apartado
confín de la madre patria. Bien sabía Dios
que él había hecho todo lo posible porque le
otorgaran allí esa investidura que tan desaforadamente
apetecía. No daba el pobre hombre en la consistidura
de aquello. Su ilustre amigo parecía estar muy de
su parte; y, sin embargo, la cosa, con todos sus inherentes
relumbrones y prestigios, se deslizaba por sí misma
dulce y tranquilamente, como las aguas apacibles por su cauce
natural, hacia aquella condenada persona que le había
vencido en las luchas de La Alianza y en todos los terrenos
en que se habían encontrado frente a frente. Y como
se decía en sus grandes nostalgias del empecatado
predominio: «ese hombre no es más rico ni mayor contribuyente
que yo; ni se viste con mejor sastre, ni paga la ropa más
cara ni más a punto que yo; ni tiene más lucida
familia ni mejor puesta la casa que yo; ni cuenta arriba
con tan poderosos amigos, ni me pone la raya en hablar con
sentido en juntas ni en leer de golpe un impreso... y así
y con todo, por más que me arrastro y por más
que me ayudan a arrastrarme, no acabo de llegar... ¿En qué
mil demonches estribará ello?» Pero nunca daba en
el hito, o en el ite, como decía él.
Mientras
el partido no se movía, menos mal, porque no le tentaban
las ocasiones de tremolar en su diestra el glorioso pendón
de la falange aquella; pero cuando llegaba la hora de hacer
algo, ¡qué sudores pasaba! Porque no acomodándose
resignado a desempeñar segundos papeles por creerse
con indiscutibles derechos al principal, y siendo como era
el partidario más decidido y fogoso, se veía
y se deseaba para trabajar con ahínco sin que se trasluciera
que trabajaba como simple soldado de filas y no como capitán.
Que hubiera allí un comité y que no fuera él
quien le convocara y le presidiera, no podía concebirlo
ni, en su opinión, debiera tolerarse.
Esto en lo
usual y corriente de su vida política; pero en la
excepcional ocasión de que se trata aquí, había
para don Roque Brezales un segundo clavo que alcanzaba con
la acerada punta hasta lo más hondo del depósito
en que guardaba él, en confuso revoltijo, sus honrados
sentimientos de hombre de bien y sus vanidades de persona
visible. El tormento de ese nuevo clavo le sentía
don Roque imaginándose que cuantas gestiones hiciera
enderezadas a solemnizar la llegada de su egregio amigo,
eran a modo de toque a concejo para congregar testigos del
desastre que estaba decretado para el negro conflicto de
su casa. Pero hay que confesarlo en honra suya: logró
sobreponerse a sus flaquezas, y trabajó la partida
como un desesperado. Todo programa de honores y festejos
le parecía poco, y llamaba pusilámine y roñoso
al correligionario de más envergadura, mientras andaba
hurgándolos a todos con una agilidad y un entusiasmo,
como si no tuviera asuntos de mayor importancia para él
en qué ocuparse. Conociendo, como el lector conoce,
el estado anormal y borrascoso de sus adentros, cualquiera
pensaría que se entregaba el pobre hombre a aquellos
ajetreos con el fin de emborracharse con ellos para matar
sus pesadumbres; y acaso, acaso no anduvieran esas imaginaciones
a dos ápices de la realidad. «Desengáñese
usted,» le decía a Sancho Vargas, que le ayudaba mucho
en la brega, «aquí no hay más que pico y mucha
farsa: todos son unos caballeros muy valientes y muy opíparos,
cuando se trata de decir: yo soy el gallito del catarro,
y esto dispongo y esto manipulo; o de poner los puntos encima
de las haches al hombre de mejor cosmografía; pero
dígales usted que se meneen o que se rasquen el bolsillo
a contrapelo... ¡cascabeles! ya están torciendo el
morro y volviéndose de espaldas... Lo mismo que esa
papelería de chicha y nabo: si usted quiere una alabanza
bien puesta en letras de molde, ha de escribirla usted a
su gusto, como nos acaba de pasar ahora y le está
pasando a usted toda la vida. Pues, hombre, lo que yo digo:
para estos viajes no se necesitan alforjas... ¡Vaya, vaya!...
Ya ha visto usted el asunto estos días atrás:
todo les parecía miseria para asombrar a los otros;
y si no es por mí, y a todo tirar por usted, esa gran
persona llega mañana sin tener quien la reciba más
que nosotros dos. No le demos vueltas, señor don Sancho:
bien estipuladas las cosas, aquí no hay más
que un hombre de agallas, que soy yo, aunque me esté
mal el decirlo; y, a todo tirar, otro, que es usted. Ésta
es la verdad. Pues verá usted la zurramulta de ellos
que le van a hacer a mi ilustre amigo el redibú tan
pronto como llegue.»
Algo había de cierto en el fondo
de estas duras apreciaciones; pero no tanto ni tan negro
como lo pintaba el despechado Brezales. El «egregio prócer»
tuvo al día siguiente un recibimiento bien lucido,
y no fue todo él obra de los mangoneos de don Roque
y Sancho Vargas. Cierto que algunos periódicos no
contaron más que lo que se les había dado la
víspera puesto ya en solfa; pero, en cambio, el cronista
de la Estafeta local de El Océano volcó, por
propio y natural impulso, todo el cesto de las lisonjas de
los grandes días. ¡Cómo le puso de ilustre
patricio, estadista gigante, ciudadano perínclito,
talento preclaro y caballero sin tacha! ¡Cómo empalmaban
las nubes de incienso unas con otras, y qué bien y
con qué arte se extendían después a
«la egregia familia, ornamento y gala de la colonia distinguidísima
y elegante» que honraba a la sazón con su presencia
«nuestra playa incomparable!» Pero ¡ay! ni la alusión
más remota a aquello de los «transparentes cendales»
y «las gasas tenues» de la otra vez. Bien lo notó
don Roque, y bien estimada quedó por él la
omisión en toda su terrible elocuencia. El fracaso
de su gran proyecto debía de ser ya del dominio público,
cuando el lisonjero periodista no aprovechaba aquella ocasión
de lucirse en el cumplimiento de un sagrado deber del oficio.
De aplaudir era la conducta, como rasgo de prudencia; pero
¡qué prudencia tan mortificante para el buen hombre,
por las causas de que nacía! ¡Y qué causas,
gran Dios, y qué efectos! sobre todo el que no había
estallado aún y debía de estallar muy pronto,
y a su presencia, y por su palabra... y entre sus manos.
¡Horror! Pero era preciso, estaba decretado que sucediera
eso, y sucedería, costárale lo que le costara.
Vencería sus repugnancias, dominaría su flaqueza
para arrojar por la ventana la gloria y la felicidad de su
familia; pero haría la hombrada, aunque el esfuerzo
le costara la vida.
Hubo en la explanada de la estación
hasta seis coches particulares de respeto, sin contar el
landó flamante de don Roque; y en el andén
pasaron de cincuenta las personas que acudieron a dar al
duque la bienvenida y tener la honra de estrechar su mano.
Allí estaban los hombres más visibles del partido,
y lo que pudiera llamarse el estado mayor de cada hombre:
unos en concepto de partidarios profesos; otros en el de
simples catecúmenos, y tal o cual en el de amigo puramente
de los unos o de los otros, pero con estómago bien
constituido para alistarse en aquella bandera... o en otra
por el estilo, si la ocasión se presentaba, porque
las particulares conveniencias lo exigieran. Sancho Vargas
no cabía en el andén; pero, en cambio, a Pepe
Gómez, que también andaba por allí,
porque era de los de don Roque, todo espacio le venía
ancho con su modo de ser inconmovible y arreglado. Don Lucio
Vaquero, con los hombros y las paletillas cubiertos de caspa
(y eso que al salir de casa con la levita nueva le había
cepillado bien su señora), no fue de los últimos
en llegar. También éste era de los de don Roque,
igualmente que don Felipe Casquete y don Anselmo Gárgaras,
los tres consocios suyos del gran salón del Casino,
y los tres fortísimos capitalistas y principalísimos
contribuyentes por lo urbano. Eran asimismo de su cortejo
tres concejales simples y un teniente de alcalde; y si no
formaba a su lado el Gobernador también, era porque
la digna autoridad, como se lo había mandado a decir
a última hora, se abstenía de concurrir a aquel
acto por el carácter político que le imprimían
las circunstancias; pero, como particular, asistía
en espíritu al recibimiento y tendría el honor
de pasar a ofrecer sus respetos al señor duque tan
pronto como llegara a su hotel de la playa. De manera que
con esta adhesión y aquellos concurrentes, la falange
de don Roque era la más brillante de todas las de
sus más «conspicuos» correligionarios, incluso el
jefe, que, fuera de la suya propia, no llevaba una representación
de cuatro millones de pesetas en efectivo, ni en capacidades
otras que la de un procurador que empezaba, y la de un beneficiado
de la catedral. Porque los dos canónigos y el magistrado
de la Audiencia, que también figuraban entre los concurrentes,
habían ido allí de cuenta propia, y no de la
del jefe, como se lo aseguró al principio a don Roque
el aprensivo don Anselmo Gárgaras. Nino, con su cuñado
y Ponchito Hondonada, llegaron al andén los últimos
de todos, y a punto de entrar el exprés en la estación.
El gran personaje descendió de un sleepingcarr, y
cayó entre los suyos como un Júpiter casero
entre diosecillos de tres al cuarto. Todos temblaron un poco,
no de miedo, sino de pequeñez, con excepción
de don Roque, que tembló además de espanto
y consternación por lo que él sabía
y el lector no ignora. Y cuidado que el hombre aquel no era
para asombrar a nadie por la talla ni por la fiereza; porque
presentes estaban otros que le sacaban un buen pico en corpulencia
y eran hasta más indigestos de mirar que él;
pero aquel aseñorado continente; aquella agradable
soltura de movimientos; aquella elegante sencillez de vestido,
aquella magistral correspondencia entre el moverse, el hablar
y el sonreír; aquella hermosa cabeza tan llena de
luz; aquel rostro tan radiante de ideas... y de malicias;
aquella voz tan sonora; aquella frase tan limpia y bien acentuada;
hasta aquel manejo admirable del sombrero, de los guantes,
del reló... en fin, aquel estar en todo, y siempre
bien y sin esfuerzo ni violencia... eso, eso y el prestigio
de su nombre, y el recuerdo de sus grandes luchas en el poder,
y sus batallas en la oposición, era lo abrumador y
asfixiante para aquel montón de hombrucos que se creían
gigantes en la pequeñez de sus escondrijos. Por más
que cerraban los ojos, no dejaban de ver en aquella piedra
de toque la alquimia de su oro de baja ley, por lo referente
a sus humos de personajes de nota; excepto Sancho Vargas,
que se creía siempre tan grande como el más
talludo, dicho sea en honor de su modestia.
Don Roque Brezales,
por su gusto, hubiera elevado a documento público
y solemne el testimonio de que el primer saludo del grande
hombre había sido para él, y para él
el único abrazo que se había dignado otorgar
allí. Para los demás, un apretón de
manos; y gracias. ¡Y decir a Dios que aquella eminencia,
que aquel asombro con quien él debía de entroncar
los oscuros timbres de su familia dentro de pocas horas,
de un par de días a lo sumo, tendría que saber!...
¡Qué barbaridad! Le aturdió la visión
de este suceso, y estuvo a pique de caer de rodillas delante
del recién llegado, para decirle: «áspenme,
desuéllenme, descuartícenme vivo; pero yo creo
en ti; yo no te niego; tuyo soy con cuanto tengo, espero
y valgo.»
Después de los saludos, de las finezas,
de los piropos inoportunos, de los chistes malogrados, de
las risotadas fuera de lugar por parte de los unos, y de
los chispazos de refinada cortesía y de mordicante
gracejo del otro, llegó el momento del desfile hacia
casa; momento previsto y bien meditado por don Roque. Nadie
podía disputarle la honra de llevar al prócer
en su carruaje, ni, por consiguiente, la de acompañarle
él mismo, en primer lugar. En segundo, podría
acompañarle también el que pasaba por jefe
del partido... haciéndole demasiado favor... luego
Nino, si acaso como de familia; pero como Nino se había
presentado allí con su cuñado y el otro que
aspiraba a serlo, y los tres no cabían, que se las
arreglaran como pudieran.
Y así se hizo al cabo.
Montaron el duque, su procónsul reconocido y Brezales
en el carruaje abierto de éste; arreó el cochero,
y partió a trote largo hacia lo espeso de la ciudad,
siguiéndole una buena parte de los coches de respeto
cargados de gente, y quedándose a pie el resto de
ella, unos murmurando en grupitos, y otros alejándose
a la desbandada. De éstos era Sancho Vargas, que,
no habiendo obtenido puesto de preferencia en el carruaje
principal, no quiso aceptarle en los de segunda, ni perder
el tiempo y algo más en el cambio de sus serias impresiones
con los vulgares maldicientes de los grupitos.
Entre tanto,
el landó rodaba por el empedrado de la gran avenida
con mucho estruendo, aunque no con todo el que don Roque
deseaba para que fuera oído y visto aquello con la
atención y el asombro que su importancia requería.
El hombre iba febril y espelurciado de vanidad, emparejado
con la gran persona, atento a su embriagadora palabra, y
al mismo tiempo al mirar de los transeúntes y de los
curiosos de tiendas y balcones.
-Reparen ustedes bien esto
-decía a unos y a otros con la mirada chisporroteante;-
reparen ustedes que va en mi coche, en mi propio coche; que
yo voy a su lado conversando con él, como entre iguales,
sin dársenos un pito por este pobre infeliz que va
solo enfrente de nosotros y por condescendencia mía;
reparen ustedes que en un pueblo de tantísimos miles
de almas, yo solo he sido digno de codearme con él
y de tratarle...
Pero detrás de este arrechucho de
vanidad satisfecha, le caía encima, de repente y por
ley forzosa del encadenamiento de sus ideas, todo el peso
de su negra desventura; y entonces se sentía poseído
de la tentación de arrojarse del coche para romperse
la crisma contra los adoquines de la calle.
  - XIX -
En la playa
Era de necesidad que saltara el tema en las
conversaciones de familia, en cuanto el personaje llegara
a su casa y se sacudiera el polvo del camino y las moscas
de su cortejo. Y saltó, después del despacho
ordinario, o sea el informe minucioso sobre cosas y personas
circundantes, hecho por las dos duquesas principalmente,
con notas o ilustraciones del duque mozo y de su cuñado
Nino. Por cierto que, según aquel informe, la egregia
familia del recién llegado personaje tenía
bien poco que agradecer a la temporada. ¡Qué soso,
qué desentonado... y qué cursi estaba aquello!
Cuatro títulos de guardarropía; media docena
de ricachos de la clase de tenderos jubilados; ocho o diez
tribus pudientes del riñón de Castilla; seis
o siete elegantes de Villalón y de Segovia; un periodista
insulso; las presuntuosas de Gárgola; las hijas de
Ibáñez el del Tribunal de Cuentas... y así
por este orden; y además, Froilán, Gorgonio...
y Perico (ya los llamaban de este modo en la colonia veraniega).
Aquí tosió el duque de cierto modo, y entraron
Nino y el otro duque a informarle del estado en que tenían
sus asuntos políticos estos hombres, que no eran tan
ranas en el intríngulis de la cosa pública
como en el arte de llevar con gracia los atalajes de campo,
particularmente los sombreros de castor. Los informantes
no dijeron cosa notable que el lector ignore, ni que tampoco
ignorara el señor duque. Aquellos hombres habían
hablado muy poco, y eso algo turbio. Indudablemente, había
trabajos de componenda entre ellos y los de Madrid; pero,
hubiéralos o no, la escasez de partidarios en la localidad
y la sospechosa estética de su indumentaria, no eran
un gran aliciente para echar los bártulos a la calle
en la solemnidad de un banquete con humos de acto político
de larga cola. Evidentemente andaban alicaídos, y
no había que pensar en que dieran juego.
-Pues celebro
en el alma que se confirmen de ese modo todas las noticias
que yo tenía -respondió el personaje;- porque
vengo con poquísimas ganas de conversación
y con menos tiempo disponible. Y para lo que había
de adelantarse al fin y al cabo... a ellos y a nosotros bien
conocidos nos tiene la patria, y por eso nos oye siempre
como quien oye llover... y gracias; porque, en buena justicia,
debiera de tirarnos con algo cada vez que sacamos los frasquetes
de elixir en las plazas públicas... o en los escaños
del Parlamento... Lo poco que se puede hacer para acabar
de hundir a esta chusma que nos manda, y venir nosotros cuanto
antes, que es a lo que se tira siempre entre los ilustres
estadistas de mi talla, ha de prepararse callandito y lejos
de aquí: en un conciliábulo que se celebrará
dentro de ocho días, y para el cual estoy citado.
Conque id sacando la cuenta: dos días de viaje hasta
París, y uno más por lo que pueda ocurrir,
son tres; rebajados éstos de ocho, quedan cinco, que
son los que os ofrezco para gozar a vuestras anchas de mi
egregia compañía... Y vamos a otra cosa cuanto
antes, por lo mismo que no hay tiempo que perder. ¿Cómo
va nuestro asunto, Nino... o, más propiamente, tu
negocio?...
Nino respondió, sin pararse en barras,
que rematadamente mal. Negolo el resto de la familia, con
algunas de las razones ya conocidas del lector; entró
el prócer en serios cuidados por estimarlas en poco;
mantúvose Nino en sus trece, y acabó la porfía
por encerrarse el padre y el hijo en la habitación
de éste para ventilar el caso con la debida formalidad.
Desde los primeros capítulos de la historia, que
minuciosamente relató Nino, comprendió su padre
que el negocio de que trataban ambos era pleito perdido para
ellos.
No prosigas -le dijo,- que con lo oído me
sobra para saber que eso no tiene compostura por ninguna
parte. Y si he de decirte todo lo que siento, no me maravilla:
fue un albur jugado por mí con la esperanza de que
la hija tuviera tan poco sentido común como su padre.
No resultó así, y la casa se nos vino abajo,
como todo lo que se edifica en el aire... Porque vuelvo
a decirte que, a ciencia y conciencia de lo que vales en
buena venta, no te traga, hijo mío, ninguna mujer
de las condiciones de Irene. Es la verdad; y no te duela,
porque yo no tengo toda la culpa de que no seas moneda de
mejor ley. Por fortuna, nuestras gentes de allá no
te darán la silba completa porque no tienen, que sepa
yo, más que indicios vagos de la intentona. En cuanto
a las gentezuelas de acá, tampoco deben de estar en
grandes interioridades del caso; porque las repugnancias
de la novia son de la misma fecha que la gran majadería
de su padre, y esto es una buena garantía para mis
supuestos. De todas maneras, si algo se murmura por ahí
que no te corone de gloria, con decir discretamente, en un
apuro, otro tanto en sentido inverso... vaya usted a saber
de qué lado nacieron las dificultades. En un apuro
he dicho, y no a humo de pajas, Nino. Primeramente, porque
sería una canallada imperdonable en ti ponerte a mentir
ociosamente de esa manera; y además, porque es de
conveniencia para todos nosotros, y de absoluta necesidad
para mí, que lo poco que queda por hacer en este descalabrado
negocio lo haga yo solo. Por consiguiente, no des otro paso
más de los que has dado; abstente de ver a esa familia
en estos días, y deja a mi cargo lo que queda que
tratar con ella, a fin de que no se pierda todo en la jugada:
ya que se nos quema la casa, salvemos siquiera... las chinches.
Así prometió hacerlo Nino, sin atreverse a
investigar las razones del mandato ni el intríngulis
de la metáfora; y se acabó la conversación.
Por la tarde, que lo era de día festivo, comenzaron
las visitas al prócer. La primera fue la de una comisión
del partido, presidida por el jefe, todos ellos de punta
en blanco. Ya le habían visto por la mañana
en la estación del ferrocarril y bastante bien vestidos;
pero ahora se trataba de la visita oficial y solemne, y no
tenía nada que ver la una con la otra. Como la materia
se había agotado en la primera, sí es que había
verdadera materia tratable entre los de casa y el forastero,
repitiéronse las mismas frases de repertorio; salieron
a relucir las indispensables agudezas, y retoñaron,
por consiguiente, algunas majaderías, que no llegaron
a medrar, gracias al cuidado que ponía el señor
duque en cazarlas al vuelo con la certera puntería
de sus discreciones de hombre superior y mundano. Por conclusión
de la visita quisieron los más atrevidos sondearle
un poco los pensamientos en lo tocante a planes propagandistas
en aquella localidad, en la que tenía tantos, ¡tantísimos
partidarios y admiradores de su... de su!... Pero el señor
duque los atajó en este atolladero para decirles,
frescura de menos o de más, lo propio que había
dicho a su familia acerca del mismo asunto pocas horas antes.
Con lo que se les ennegrecieron un tantico las ilusiones
a algunos de los visitantes, pues los más sesudos
de ellos se alegraron de la noticia, y se dio la visita por
terminada.
En seguida llegaron dos chicos de la crema indígena,
acompañados de Casallena y Juanito Romero. Los cuatro
iban en representación de la bizarra juventud organizadora
de la tan anunciada «Jira elegante al Pipas, en honor y obsequio
de la aristocrática colonia,» que era aquel año
«ornamento de la ciudad y de su playa incomparable,» para
invitar al señor duque y a su ilustre familia. El
distinguido esparcimiento aquel se había aplazado
algunos días por esperar la llegada del ilustre personaje
y con objeto de que pudiera disfrutarle. Si aceptaba, como
lo esperaban los corteses invitantes, se llevaría
a cabo dos días después. El duque tenía
noticias de todo ello por su familia, y aceptó la
invitación, muy agradecido al parecer. Los distinguidos
jóvenes de la comisión, hechos un puro caramelo
de rosa, le dejaron media docena de ejemplares del programa,
estampado en un papel, inverosímil por lo tenue y
pintoresco, que trascendía a Jockey-Club, y salieron
de la estancia de medio lado y muy encorvaditos por los riñones.
Por salir ellos se presentó en el vestíbulo
del hotel el periodista de marras, aquél que había
estudiado ya la comarca «bajo todos sus aspectos.»
-¡Aquí
está esa calamidad! -exclamó el duque al recibir
su tarjeta, en la cual le pedía permiso para tener
el honor de interviewarle.- Que pase, -añadió,
arrojando desdeñosamente la tarjeta encima de un velador.
Pasó el periodista con la llaneza del que se cuela
en su propia casa; y antes de que concluyera de pronunciar
las primeras fórmulas de su saludo, ya le estaba diciendo
el personaje:
-Pero, hombre, ¿y tiene usted conciencia para
venir a inficionar con la peste de su oficio estas apacibles
y honradotas soledades? ¿Es posible que no haya nada sagrado
para ustedes?
-¡Pues si éstos son los grandes sitios
de pesca, señor duque! -contestó el otro, acomodándose
tan guapamente a las humoradas del personaje.- Después
de todo, si con mi oficio se peca aquí, ustedes tienen
la culpa del pecado ese, porque detrás de ustedes
andamos nosotros por necesidad.
-Y bien de cerca, ¡caramba!
Ni siquiera me deja usted sacudirme el polvo del camino.
-En eso está la salsa del oficio, señor duque:
en que nadie nos tome la delantera...
-Pues con toda su
diligencia de hoy, y por lo concerniente al saco de mis pensamientos,
le va usted a robar el dinero a su periódico.
-¡Tan
cerrado me le presenta usted?
-O tan vacío... -Pura
modestia... En fin, señor duque, ¿qué quiere
usted que digamos?
-Poco más de nada. -A ver...
Sacó el periodista los trastos del oficio, y se dispuso
a ejercitar los derechos de su altísima institución;
pero el duque, tocándole ligeramente las manos con
una suya entreabierta, le dijo:
-Guarde usted esa herramienta,
que no hace aquí falta maldita... y escuche usted,
advirtiéndole de paso que estoy muy deprisa, por lo
cual no me siento ni le invito a usted a que se siente. O
hay o no hay franqueza entre gentes que se conocen.
-Perfectamente,
señor duque.
-Pues bueno; y óigame ahora:
estoy pidiendo a Dios que se lleven los demonios a esta granujería
que le está sacando el redaño a la patria,
y que vengamos nosotros cuanto antes a sustituirlos en el
poder, porque así es de justicia y de necesidad. Diga
usted esto en la forma más decente que pueda, y buen
provecho le haga a usted, al periódico y al inocente
lector que malgaste un perro chico en satisfacer el candoroso
afán de averiguarlo.
-¿Nada más? -preguntó
el periodista sonriendo y afinándose una guía
del bigote.
-¿Y le parece a usted poco? -replicó
el duque tendiéndole la diestra para que se largara
cuanto antes.
-Verdad que otros dan menos todavía,
y no tan claro -dijo el periodista comprendiéndole.-
Conque bien venido, señor duque; muchas gracias, y
hasta...
-Hasta siempre, amigo mío, -concluyó
el personaje conduciéndole hasta la puerta.
Que no
tardó en abrirse de nuevo para dar paso al Gobernador
civil de la provincia, que iba a visitarle como amigo particular.
Estando los dos en los comienzos del diálogo, entraron
los tres personajes de los hongos feos, o sean Froilán,
Gorgonio y Perico, según sus íntimos de la
ciudad. Hallándose ellos cuatro encerrados con el
de casa, hablaron larga y detenidamente, Dios y ellos saben
de qué. Después salieron los cinco en dulce
amor y compaña a respirar el aire libre de las inmediaciones,
porque a todos ellos les hacía buen estómago,
particularmente al recién llegado de Madrid, que se
asfixiaba ya en la estrechez de su habitación con
el peso de las visitas que habían llovido sobre él
y el temor a otras que pudieran acometerle en seguida.
Y
a fe que había en las inmediaciones del hotel del
señor duque, no solamente aire puro y salino de que
henchir los pulmones hasta ahitarlos, sino cuánto
podían apetecer los ojos para recrearse y la curiosidad
para satisfacerse hasta el mareo. Del panorama, no se diga,
porque solamente ponían en duda su condición
de «incomparable» los que le conocían por los asertos
de los cronistas finos que no soltaban de la pluma aquel
piropo; de la gente, por ser día festivo aquél,
como ya se ha advertido, a borbotones en todas partes: en
las frondosas avenidas que confluían en la gran explanada
central; en el Mantón o paseo, o, mejor dicho, prado
de aquella forma, que era como el remanso común a
todos los ríos confluentes; en la vasta galería
del balneario; en el arenal; en la cenefa de espumas, aquella
cenefa plagada de ratones, según la pintoresca ocurrencia,
que ya se mencionó en su lugar correspondiente, de
uno de los tres personajes conocidos últimamente con
los nombres de Froilán, Gorgonio y Perico; en los
verdinegros bosquecillos, misteriosos, umbríos y fragantes;
en el apartado y tortuoso caminejo peonil; en el merendero
humilde, en el salón de conciertos y en el café
aristocrático. Después, la exposición
de carruajes en la correspondiente parada; el estruendo de
los que llegaban o pasaban de largo; el asendereado velocipedista
sudando el quilo, despatarrado en su máquina, vestido
de abate con pujos y perneando en el aire, la figura más
desgarbada y ridícula que ha producido el sport de
nuestros días, perdido entre las nubes de polvo que
levantaban los coches, maldecido de algunos transeúntes
y compadecido de todos los demás; el silbido del tren,
que se detenía henchidas sus entrañas de viajeros
ansiosos de gozar aquel deleite, o que arrancaba llevándose
otros tantos que ya habían devorado su correspondiente
ración; los más o menos diestros jinetes, no
siempre en fogosos ni gallardos potros; y, por último,
el matraqueo desapacible del desvencijado cesto de alquiler
que, cubierto de harapos y de herrumbre, venía a ser
en aquel cuadro de lujos domingueros, por la fuerza del contraste,
lo que la horda de mendigos en el cortejo de una boda rica
en el pórtico de una catedral.
Descomponiendo el
conjunto en detalles y colores, resultaban cebo abundante
para todos los gustos, y temas de muchas reflexiones de agradable
entretenimiento para el observador que no tuviera cosa de
mayor substancia en que emplear las fuerzas del discurso.
Como le sucedía, verbigracia, a Fabio López,
que andaba por allí con la cabeza algo gacha y ladeada,
el ojo avizor y el puro entre los dientes, tan pronto codeándose
con los paseantes del Mantón, como encaramado en un
altozano con la visual certera en los ratones hembras que
iban y venían por el arenal, o pasando revista a las
mujeres que traían o llevaban los coches de lujo,
las matracas de alquiler o los trenes del ferrocarril. Esto
de las mujeres guapas era el único vínculo
que le ligaba cordialmente a la «juventud del día:»
o en todo lo demás, no quería nada con ella;
ni siquiera el estilo del ropaje.
-Esto será un resabio
ea opinión de esta piara de zangolotinos deslavazados
que me miran a veces con cara de lástima los cuellos
de la camisa y las carteras del levisac -pensó en
determinado momento;- pero aparte de que tengo pagado, y
con recibo que lo acredita, cuanto llevo encima de mí,
espejo en que no se verán más de cuatro y más
de veinte de ellos, resabio por resabio, mil veces más
procesable es este otro, que ya se ha hecho de moda por lo
visto: mis paisanas con lo mejor del ropero a cuestas para
venir aquí, y la elegante y distinguida colonia...
¡reconcho con la distinción y la elegancia! recibiéndolas
hechas un puro guiñapo: ellas con boína y alpargatas
de a treinta cuartos, y ellos poco más que en calzoncillos
y camisa de dormir... ¡Canastos con la elegancia y la educación
de mi abuela! Pero la culpa la tenéis vosotras, inocentes
de los demonios, que no venís de la ciudad con los
trapos de la cocina en justa correspondencia... Y así
y todo, que os metieran mano estas intrusas con lo reguapísimas
que sois... ¡Reconcho, cuantísima chica guapa hay
ahora en mi pueblo!... Da gusto, vamos, lo que se llama gloria,
verlas... El mejor día le rompo yo la crisma a mi
sobrino, ese gomoso de... ¿Pues no se atreve a sostenerme
que tiene mucho chic, y mucho qué sé yo, eso
de las alpargatas y del camisón de dormir?... Vamos,
hombre, le digo a usted, ¡reconcho! que a veces... ¡Si yo
creo que hay tonto de esos capaz de negar a su padre y a
su madre, y a Dios del cielo, por un diploma de distinguido!...
¡Off! Pues aguántate con aquel grupito de ellos que
está allí enfrente: el otro sobrino mío,
Casallena, Picolomini y otros tales... con tres distinguidas de boína, y supongo yo que también de alpargatas...
¡Reconcho! ¡Y cómo se retuercen y pespuntean, y qué
tiernos de ojos se ponen los angelitos de Dios! ¡Ahhh! Estarán
discreteando de lo más fino... ¡Como son chicos de
pluma!... ¡Canastos la que se pierde mi otro sobrino con
no estar ahí! Casi a media marquesa, por barba podían
salir... ¡Y qué honra para todos ellos y para sus
modestas familias!... ¡Reconcho! a ese hombre que se largó
a su aldea a curarse los dolores del vacío, no sé
qué le haría yo ahora... Aquí hay mucha
tela en qué cortar hoy, y es demasiado trabajo ese
para mí solo. ¡Y cuidado que entre los dos podía
salir algo bueno!... ¡Pues dígote lo que viene por
este otro lado! Froilán, Gorgonio y Perico, con...
¡Toma! si es el otro personaje que llegó esta mañana:
«el duque,» como le llaman sus amigos de acá... ¡Reconcho,
no se les cae de la boca!... Gran estampa tiene, eso sí;
pero, con estampa y todo, buena castaña te han dado,
según dicen; y más gorda, al zascandil de tu
hijo. Y me alegro, ¡canastos! que una africana tan hermosa
como esa, es digna de mejor paradero. ¡Ojalá, reconcho,
que no tuviera otro que el que yo la diera!... Por lo demás,
esto rechispea y va como la espuma. No es todavía
un Père Lachaise, como diría cierto señor
recomendado mío que, al volver de París, todo
lo comparaba. con aquel famoso cementerio, que era lo que
más le había asombrado en el mundo; pero llegaremos,
llegaremos allá; porque es indudable que sacamos alguna
disposición para ello... ¡Vaya! Por supuesto, lamentándolo
mucho; porque parece ser que por ese camino se provoca la
emulación del despilfarro entre las clases, y se relajan
mucho las costumbres. ¡Reconcho con las costumbres! Cuando
yo corría la tuna, la verdadera tuna, cada vez que
iba a la Universidad, no había aquí ni una
choza, ni un árbol, ni un hombre, ni un sendero; ni
otros ruidos que los de la mar, entretenida en darse testerazos
contra las peñas, sin que alma viviente se cansara
en verlo, ni mucho menos en cantarla ditirambos por la gracia...
¡Fuera usted a saber entonces lo que se hacían esos
señores moralistas en sus huroneras de la ciudad,
en la cual se morían de viejas muchas gentes que sólo
de oídas conocían esto!... Verdad que tampoco
lo vi yo hasta que se plantó en estos yermos la primera
fonda, y hubo un ómnibus en que venir a admirarla...
¡Ya ha llovido desde entonces, canastos, y ha pasado dinero
por aquí! ¡Pues si hablaran de veras esas aguas!...
¡Reconcho, lo que ellas habrán visto!... Y eso sería
lo verdaderamente curioso que tendría la mar. Porque
a mí no me digan de otros milagros que se le cuelgan
a esa señora... como el de ser todo lo que ahora se
ve aquí, obra de la necesidad de sus «aires salinos»
y de sus «ondas amargas.» ¡Mentira, reconcho! No hay tal
necesidad ni tales milagros. La mar es tan antigua como el
mundo, y hasta hace muy pocos años a ningún
pudiente de tierra adentro se le había ocurrido echarse
en brazos de ella para curarse los lamparones. El milagro
fue del capricho, o de la moda, que trajo aquí a la
primera mujer guapa. Ésta, ¡reconcho! ésta,
la mujer guapa, ha sido la hechicera de estos prodigios.
Desaparezca (¡no lo permita Dios!) de estos lugares esa hada
benéfica; que no vuelva a verse la mujer guapa en
esas galerías, ni en ese arenal, ni en estos paseos,
ni en estos hoteles, y se acabó la supuesta necesidad
de los baños de ola; y volverán estos risueños
vergeles a ser «campos de soledad, mustio collado,» como
en los tiempos más florecientes del partido progresista,
con su duque de la Victoria... Y lo que sostengo siempre:
bórrese esa figura tan hermosísima de la haz
de la Historia y de la Fábula, como diría uno
que yo sé; y a ver qué queda en el mundo, digno
de que por ello le conceptúe habitable un hombre de
mediano gusto. ¡Pidan ustedes entonces Odiseas, ni Quijotes,
ni Alejandros, ni Césares, ni batallas de Otumba y
de Marengo, ni la Constitución del año doce...
ni camisa limpia tan siquiera!... ¡Ah, la mujer guapa, reconcho!...
Vamos, otra parrandita ahora de graciosos de la plebe, para
acabarlo de jeringar. Insisto en que debe de haber clases;
sí, señor.
Y con esto torció Fabio
López el rumbo que llevaba, en dirección a
lo más despejado de aquellas espesuras domingueras,
pensando muy juiciosamente que el pueblo, con sus trapitos
de cristianar, entretejiéndose con la masa elegante,
es una nota pintoresca y decorativa de hermoso efecto en
un cuadro tan animado y de tanta luz como aquél; pero
que lo echa a perder todo con su pueril afán de que
conste su protesta de que está allí entre lo
más encopetado con perfectísimo derecho y porque
le da la gana de ejercitarle, cosa que nadie le negaría,
aunque sólo se limitara a desempeñar su papel
con la compostura que le desempeñan los demás.
Los cuatro personajes y el gobernador continuaron largo
rato hablando mucho y paseando en ala en el Mantón,
sin mencionar la política ni por incidencia, de lo
cual certificaron más de cuatro fisgones que les seguían
la pista muy de cerca, esperando algunos de ellos hasta ver
andar a la greña al señor duque con los que
le acompañaban. Así es que, cuando se supo
que iban los cinco departiendo campechana y amistosamente,
y aun poniendo en solfa, con exquisita gracia, mucho de lo
que se les metía por los ojos al andar, cundió
cierto desaliento entre bastantes partidarios del uno y de
los otros. Porque somos así los sencillotes provincianos:
queremos a los prohombres de la política tales como
los soñamos en el Diario de las Sesiones y en las
batallas de los periódicos: no sólo irreconciliables
con sus adversarios, sino hasta guapos y bien vestidos.
Por desaparecer ellos del Mantón, llegaron a él
don Roque Brezales con sus amigos Vaquero, Gárgaras
y Casquete. Don Roque daba compasión por su andar
desmadejado, su mirar melancólico y su color de aceituna
podrida. Mientras buscaban al duque, preguntando a unos y
a otros, vio don Roque pasar a Sancho Vargas, muy vestido
y replanchado de pies a cabeza.
-Con permiso -dijo Brezales
a sus amigos.- Vuelvo al instante.
Y apartando la gente
a un lado y a otro, se abrió paso hasta que pudo tocar
a Sancho Vargas en un hombro con el puño de su bastón.
Volvió la cara el hombre de «la gran cabeza;» y,
al conocer al que le llamaba, parose de frente a él.
-¡Oh, mi señor don Roque! -le dijo al mismo tiempo.
-¿Adónde se va por ahí, mi querido don Sancho?
-le preguntó Brezales con voz cavernosa.
-Pues, hombre
-respondió Vargas golpeándose una pierna con
su bastoncillo acaramelado,- a todas partes y a ninguna;
porque verá usted: yo venía con ánimo
de saludar al duque... porque con esta clase de personas
me gusta a mí entendérmelas mano a mano y sin
testigos... por eso no quise formar parte de la comisión
que debe de haberle visitado esta tarde; pero, amigo, resulta
que ha salido de casa, según acaban de decirme en
ella.
-Lo mismo nos ha pasado a nosotros -repuso Brezales,-
y en su busca andamos por aquí.
-Pues yo le veré
otro día, a solas y despacio; porque, como ya le he
dicho a usted, a mí me gusta...
-Hace usted perfectamente
-interrumpió don Roque cada vez más gemebundo
y misterioso.- Y vamos al caso: yo soy el que necesito hablar
despacio y a solas; pero no con mi amigo el duque, sino con
usted, mi señor don Sancho.
-¿Conmigo? -exclamó
éste muy picado de la curiosidad.
-Con usted -respondió
Brezales,- si me dispensa el favor de oírme con la
atención que yo deseo.
-¿Y puede usted dudarlo, mi
señor don Roque? -le dijo Sancho Vargas ahuecándose
mucho.- Estoy enteramente a sus órdenes desde ahora
mismo.
-Ahora mismo, no -repuso el otro,- porque el caso
no es para tratado aquí tan en público. Mañana,
si no tiene usted inconveniente, a cosa de las diez, le aguardo
en el escritorio.
-No faltaré, mi señor don
Roque.
-Gracias, mi señor don Sancho... Pues hasta
mañana... y chitón, ¿eh?
-Como una roca, mi
respetable amigo. Ya me conoce usted.
-En el favor que le
pido se lo demuestro bien. Conque adiós, don Sancho.
-Hasta mañana, don Roque. Se estrecharon fuertemente
las diestras y se separaron, volviéndose Brezales
hacia sus amigos, y continuando Vargas sin rumbo determinado;
pero muy roído de la curiosidad en que le había
puesto la inesperada acometida de su acaudalado admirador.
  - XX -
Al otro día
No podía parar en cosa buena
la entrada que don Roque había hecho en su casa volviendo
de dejar en la suya al ilustre prócer recién
llegado de Madrid. ¡Fue mucha entrada aquélla!
Como
todo el que no quiere dar su brazo a torcer en un asunto
peliagudo, y se agarra a un clavo ardiendo si no tiene asidero
mejor para defenderse en las últimas trincheras, el
iluso Brezales, en cuanto se vio dentro del nimbo esplendente
del excelso personaje, apagó la candileja a cuya luz
mortecina consideraba él las razones con que se le
combatía en el pleito de su casa, y se dijo, con el
ardimiento y la sublime ceguedad del héroe que se
juega la vida en el empeño:
-Lo que deba de ser,
será, aunque se junte el cielo con la tierra.
Y desde
aquel instante, ciego y sordo a los hechos palpables y al
retintín, que conservaba en los oídos, de las
amenazas de su mujer, ya no pensó más que en
empujar la bola de sus antojos para que fuera engordando
hasta creerla capaz de asombrar con su volumen y de aplastar
con su peso cuantos obstáculos se le pusieran por
delante. Y lo consiguió, sin grande esfuerzo de su
raciocinio; porque acompañando en su carruaje al duque,
y rozándose con él, y oyendo su voz, y aspirando
su fragancia... a no sabía qué, pero una fragancia
en toda regla; saboreando su palabra y la música de
su voz; adorando su prestigio; desvaneciéndose en
contemplar la altura y la extensión de su fama, y
en medir con la imaginación las fuerzas de su talento,
y perdiéndose, por último, en la inmensidad
de la consideración de que aquel hombre extraordinario
venía... a lo que creía venir, tal absorción
fue haciendo de estas cosas, que al cabo se sintió
como borracho de todas ellas, y hasta hubo un instante en
que, por la fuerza del contagio, se conceptuó ya grande,
y elocuente, y afamado, y hasta hermoso, y hasta temible
como él. Y este momento fue precisamente el de llegar
a su casa, después de haber tratado a su otro acompañante
en el landó con el más altivo menosprecio,
al volver ambos de la playa.
Así es que el buen hombre
se hizo extrañar hasta de Rita, que le abrió
la puerta. Pisaba firme; se contoneaba mucho, con la cabeza
erguida; hablaba hueco; miraba duro, y entregó el
sombrero y el manatí a su doncella para que los colocara
en la percha y en la bastonera respectivamente, cosa que
jamás había hecho, pero que recordaba él
habérsela visto hacer al duque en su casa de Madrid.
-A la señora -dijo al mismo tiempo a Rita, pero sin
mirarla,- que tenga la bondad de pasar inmediatamente a mi
cuarto.
Pasó él por de pronto con marcial
continente, fusilado por la espalda con algunos gestos diabólicos
de la doncella, y poco después se le presentó
doña Angustias.
El hombre se paseaba a lo largo del
dormitorio, recordando la escena ocurrida allí pocas
noches antes, para gozarse en el desquite que pensaba tomar
inmediatamente.
-Angustias -dijo a su mujer, plantándose
delante de ella con la cabeza muy alta y una mano a medio
esconder bajo la solapa de su levita abrochada.- El señor
duque, nuestro ilustre amigo, ha llegado ya.
-Lo suponíamos
-respondió doña Angustias, extrañándose
del tono y de la actitud de su marido.- Y ¿qué más?
-¿Qué más? -repitió Brezales, llamando
en su auxilio todas las fuerzas que había ido adquiriendo
en la calle y de las que empezaba a desconfiar un poco.-
Que venía en un lipicar, lo mismo que un rey; que
me dio un abrazo en cuanto saltó al andén;
que no ha abrazado a nadie más que a mí, ¡a
nadie, Angustias!; que me ha preguntado por todas y cada
una de vosotras con un cariño y una llaneza que me
avergonzaron; que me ha distinguido entre el túmulo
de gentes que le esperábamos allí, yéndose
después casi que solo conmigo, hablándome de
miles cosas de interés hasta su casa, donde queda
rodeado de su ilustre familia...
-Pues salud se os vuelva
todo, -dijo doña Angustias aprovechando una pausa
de su marido.
-No va el agua por ahí -replicó
don Roque con bastante entereza todavía,- sino por
otro calce muy distinto.
Doña Angustias se encogió
de hombros desdeñosamente.
-Si no te explicas más
-le dijo,- mejor será que te calles; porque no tengo
el tiempo de sobra.
Don Roque, después de dar media
vuelta por el cuarto, detúvose de nuevo encarado con
su mujer, y añadió a lo dicho antes:
-Ese
hombre, Angustias, viene ignorante de lo que pasa aquí;
ese caballero es el honor de su patria, porque es un grande
hombre; ese grande hombre no puede fallar, ni equivocarse,
ni dejar de ser grande... Lo digo yo, porque conozco el corazón
humano y sé medir con mis luces las alturas de esos
hombres... De algo me ha de servir el roce amistoso con ellos...
¿Entiendes?... Pues bueno: con ese grande hombre tengo yo
una palabra empeñada; cumpliendo esa palabra, yo sería
grande también, y tú lo serías a tu
modo, y tu hija lo sería mucho más; porque
eso es lo que tiene el sol cuando luce de verdad, que alumbra
a todos por un simen: yo no lo había visto tan claro
como hoy; y por eso, y porque es de justicia y de decencia,
quiero y dispongo que la palabra que tenemos empeñada
a ese grande hombre, que nos hace el honor de venir confiado
en ella, se cumpla como es debido... y se cumplirá,
porque yo quiero que se cumpla... Si alguna vez te he ofrecido
cosa en contrario de esto, hazte cuenta que oíste
llover; porque me vuelvo atrás, como caballero que
soy. De cerca es como se ven las comenencias y los compromisos
de los hombres, y de cerca acabo de verlos yo... y porque
los he visto así, te digo ahora, como me lo ha gritado
tantas veces la concencia en el camino: lo que debe de ser,
será, aunque se junte el cielo con la tierra.
Doña
Angustias oyó esta parrafada sin apartar los ojos
de su marido; y en cuanto éste hubo acabado de hablar,
por toda respuesta y todo comentario le largó esta
palabra sola:
-¡Tonto! Pero con tal dejillo de lástima
y de ira y de burla al mismo tiempo, que resultaba un trancazo.
No necesitó más que este golpe: con él
quedó el pobre hombre contundido y tambaleándose;
y tan despabilado de la embriaguez que le prestaba aquellas
fuerzas postizas, como si le hubieran derramado un cubo de
agua por la cabeza abajo. Todos sus bríos desaparecieron
en un momento; todo su valor, toda su energía, toda
su entereza se disipó como por ensalmo; pero, por
desgracia para el infeliz, al abandonarle estos auxiliares,
en cuyos bríos confiaba, le dejaron en el meollo la
visión de su conflicto, más negra y horripilante
que el primer día. Se vio, pues, inerme, solo y comido
de espantos, y maldijo la hora en que se le ocurrió
atreverse a ser temible y valeroso; y renegó del momento
en que, conociendo que sus fuerzas flaqueaban delante de
su mujer, no hizo una honrosa retirada, sin dar tiempo a
que le vencieran con un garbanzo, que él veía
venir en el aire de aquella mirada sutil y entre los pliegues
de aquella sonrisa burlona... Le dolió la palabra
en lo más hondo del corazón; le escoció
la herida como si estuviera el puñal envenenado; se
creyó tonto de veras, por primera vez en su vida;
se avergonzó de sus bravatas pueriles, y estuvo a
punto de llorar, a faltas de una palabra que no se le ocurría
para salir del atolladero sin el riesgo de caer en otro mayor.
Doña Angustias fue leyendo claramente todas estas
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