  Don Felipe el Prudente
Novela histórica
José María de Andueza
  Capítulo I
Dos hombres honradísimos
Así tocaba á su
término la primera mitad del siglo décimo sesto, cuando
Cárlos primero de España y quinto de Alemania, acosado sin tregua
por la rivalidad de su esforzado competidor Francisco, emperador de los
franceses, concibió el temerario proyecto de atacar á éste
en el corazón de los mismos estados, cuya posesión contaba ya
como segura. Con cinco ejércitos formidables había invadido la
Francia los dominios del héroe de Tunez y los de su aliado el duque de
Saboya; el tesoro de Castilla se hallaba exhausto, y era necesaria una
resolución magnánima para conjurar tan recia tempestad. El
infatigable Cárlos nunca vacilaba ante el peligro: reunió en
Monzon las Cortes de Aragon y Cataluña, y estas juraron al principe D.
Felipe, otorgando al mismo tiempo al emperador un subsidio de quinientos mil
ducados. Las de Valencia imitaron tan patriótica conducta, poniendo
á disposicion del monarca un cuantioso donativo; y el rey de Portugal,
cuya hija doña María acababa de casarse en Almería con D.
Felipe, por poderes, aprontó para la proyectada espedicion otra crecida
suma de dinero. Estos recursos, y la alianza ofensiva y defensiva que
formó Cárlos con Enrique octavo de Inglaterra, lo animaron en su
pensamiento de trasladarse a Alemania, con el objeto de abrir en persona
aquella célebre campaña de diez años, la última de
su gloriosa vida, coronada por brillantes triunfos y apenas oscurecida
ligeramente por algunos reveses, que le asestó la fortuna,
Deidad caprichosa, parecida á las mugeres,
que alhagan á los mozos y abandonan á los viejos.
No hemos podido indicar con menos palabras
a nuestros lectores la época en que dan principio los acontecimientos
que vamos á narrarles: ahora es preciso que condesciendan en
acompañarnos á las inmediaciones de un antiguo alcázar
cuadrilongo, enclavado en el riñon de Castilla, no léjos del
famoso monasterio de la Espina y estramuros de una poblacion, cuyo nombre, hoy
olvidado, o muy poco conocido, figura sin embargo en nuestra historia desde el
siglo décimo cuarto.
Era una fresca mañana de abril del
año de gracia 1545: dos hombres, guerrero el uno, a juzgar por los
arreos que lo cubrian, y villano el otro, segun daba á entender su
humilde y asendereado trage, departian amigablemente, sentados en el
césped, que servia de mullida alfombra á la falda de la
eminencia, sobre la cual se hallaba situado el alcázar de
Villagarcía de Campos. Acababan, de tocar á maitines en el
monasterio de la Espina y el castillo feudal se destacaba sobre la colina,
semejante á un fantasma, que se despoja de las negras vestiduras de la
noche. En el dia es una fortaleza abandonada; ha seguido la mala suerte de, la
monarquía española, y apenas puede reconocer el viagero entre sus
ruinas, algunos restos de su pasado poderío. Y con todo, cuenta entre
sus señores ilustre prosapia y su fundacion se remonta á los
primeros tiempos de la restauracion asturiana. Propiedad mas adelante de la
reina doña Maria, muger de D. Alfonso el onceno é hija de D.
Alfonso el sesto de Portugal, lo entregó aquella señora en
tenencia á Gutierrez Gonzalez de Quijada, y luego á la abadesa y
convento de Santa María la Real de Valladolid. Andando el tiempo, hizo
en su testamento don Juan primero merced de la villa y del alcázar al
mencionado Gutierrez Gonzalez de Quijada, desde cuya época no
volvió á salir del señorío de la familia de los
Quijadas, hasta que faltando la sucesion directa de la misma, se
posesionó de ambos la casa de Docampo, oriunda de Galicia, aunque
establecida en Zamora. Corrieron una en pos de otra las desgracias de la
monarquía, y fiel la vetusta fortaleza á los recuerdos
consagrados por sus severas tradiciones, pasó de decadencia en
decadencia, de los Docampos á los Villamizares, y desde los Villamizares
á los Villazices, ó condes de Peñaflor, para sepultar por
último su anterior importancia bajo el dominio de los nobles
Valdecalzanas.
Pero ¿quién se atreve hoy
á recordar sin rubor las descripciones que del castillo de
Villagarcía ha leido en antiguos y empolvados cronicones?
¿Dónde están aquellos murallones imponentes, que
desmoronados hoy por la injuria del tiempo, ostentan sin embargo algunos trozos
de cuarenta piés de elevacion, sin que en ellos se descubran las
primeras troneras? Sobre esos trozos arruinados se estendia una doble
línea de tan importantes defensas; la de la parte mas baja, establecida
á cincuenta piés de la base del alcázar, estaba destinada
á la rnosquetería; la superior, cuya altura nos es imposible
conjeturar, servía para los disparos de piezas gruesas en toda su
estension. Tampoco se conserva resto alguno de los almenares ni matacanes de
sus plataformas, aunque todavía flanquean su frente principal dos torres
cuadradas de imponente apariencia, destrozadas en muchas partes hasta el
pié de los murallones. El ancho foso, que aislaba la fortaleza, se halla
completamente, cegado, y al ferrado puente levadizo, que daba paso a su entrada
por la cortina del S. O., y que solo ofrece señales de existencia en los
enormes ganchos de las cadenas dispuestos sobre el arco del porton, ha sucedido
un miserable puentecillo de piedra. Como si no fuera bastante ultraje para tan
venerables ruinas el injusto olvido, no ha faltado quien añada el
escarnio á su desventura.
Los, dos hombres que platicaban en la
pendiente ladera de Villagarcía examinaban, al parecer, la situacion de
los negocios públicos, salpicando de vez en cuando su diálogo con
razonamientos y conjeturas acerca de otros asuntos privados que, no por serlo,
deben parecer menos interesantes á nuestros lectores. Nuestra conciencia
de historiadores nos obliga á enterarles de una conversacion, que tal
vez no será inútil, para que vengan en conocimiento de otros
sucesos mas importantes.
El menos orgulloso de los dos
políticos del siglo décimo sesto, aquel á quien hemos
calificado de villano, era un joven como de diez y ocho á veinte
años, fornido, de corta estatura, en una palabra, el tipo de lo que los
navarros entienden por un hombre bajo, rechoncho y cuadrado. Tenia ojos negros
de un brillo estraordinario, y los jugaba con admirable viveza y donosura, como
para revelar á los demás la refinada malicia de su alma: por lo
demás, y como él mismo aseguraba, nunca se mordia la lengua; de
modo que hablaba a roso y belloso sin temer al rey ni á la santa
Inquisicion, era incapaz de guardar un secreto y andaba siempre á caza
de noticias, buenas o malas, á fin de recrearse con el placer de
referirlas al primero que le deparaba á mano su fortuna. Vestia corto y
estrecho saco de paño pardo, ceñido, á la cintura por
tosca correa de cuero en bruto con hevilla de metal, calzon de lo mismo,
polainas de pie de lobo basta media pantorrilla y zapatos abiertos en forma de
sandalias, completando todo su ajuar una especie de montera ó caperuza
de piel de nútria, que lo cubria la cabeza hasta la parte inferior de
las orejas, un escapularía de la Vírgen de Monserrate, que
llevaba pendiente del cuello y un grueso y nudoso garrote de encina, colocado
á la sazon entre sus cruzadas piernas.
El otro personage aparentaba tener mas
trastienda y conocimiento del mundo que su compañero. Cuando se le
dirigia alguna pregunta acerca de su edad, contestaba con orgullo que habia
venido al mundo el mismo año, en que el gran gobernador y santo cardenal
Jimenez de Cisneros emprendió y llevó á cabo á sus
propias espensas la conquista de Oran; y como ya desde entonces, a pesar de lo
reciente del suceso, empezaba á agitarse entre el vulgo la duda de si
aconteció tan memorable triunfo en el año de 1509, como hoy
aseguran sesudos cronistas, ó si en el de 1516, como sostienen asimismo
algunos modernos compendiadores, resultaba de la respuesta del taimado guerrero
castellano, que unos le daban buenamente treinta Y. seis años de vida,
al paso que otros no sentian el menor escrúpulo al creer que solo
frisaba en los veinte y nueve. Hacíale no obstante traicion con liarta
frecuencia su memoria, pues cuando relataba sus pasadas glorias militares,
hablaba del asalto y saqueo de Roma por las tropas del duque de Borbon y de la
muerte de este caudillo, como de hechos que habia presenciado y en los que tuvo
no pequeña parte; de aquí deducia el malicioso villano de los
brillantes ojos negros, que su interlocutor, fuese por vanidad pueril o por
otros motivos que él no alcanzaba, habia dado en la flor de suprimir
siete ú ocho años en su partida de bautismo. Por lo demás,
era excelente camarada, complaciente, servicial, aficionado al mosto y á
las buenas mozas, de ancha conciencia y de razonables puños: un amigo
podia contar con él en apurados lances, pero los malos hábitos
que habia contraido en el pillaje de la ciudad eterna le impedian, sin duda a
mirar con poco escrúpulo los bienes agenos, supuesto que no perdonaba
ocasion de apropiárselos contra la voluntad de sus dueños.
Precisamente debia preocuparle algun proyecto de esta especie en aquella
deliciosa mañana de abril de 1545, por cuanto las primeras palabras que
pronunció, ó al menos, las primeras que podemos transmitir
á nuestros lectores, fueron estas.
-Asegúrote, amigo Juan, y
así Dios y Nuestra Señora de Monserrate te amparen y defiendan,
que en esa pícara madriguera no hace mas que pudrirse, un hombre
honrado. De mí sé decir que no he nacido para estar mano sobre
mano paseándome por la plataforma del castillo, y que si el cielo no lo
remedia, voy á morir muy pronto de puro fastidio.
El bueno de Juan miró de reojo al
soldado, castañeteó con los dedos y murmuró
sonriéndose:
-Esa no pega.
-¿Conque no crees que voy á
dar mi alma á una legion de familiares, repuso el otro, si no me sacan
de aquí?
-No, mientras te vea atravesar, a guisa de
ladron, todas las noches el patio grande de la fortaleza, en busca de la
hermosa Beatriz.
-Que si quieres, y llámenle tonto,
esclamó el guerrero soltando la carcajada. ¿Quién te ha
dado esas noticias?
-La ociosidad aguza el ingenio, y como por
la misericordia divina, estamos de holganza hasta que vuelva mi señor el
alcaide...
-Estoy en autos; has seguido mis pasos y
despues de sorprender mis amorosas locuras...
-Y algunos besos, aplicados con
estrépito en las sabrosas mejillas de la susodicha Beatriz.
-¿Eso mas? Ya voy esperimentando,
querido Juan de Mesa, que eres mozo de provecho, y ya que la charla ayuda
á matar el tiempo, voy á descubrirte cómo y cuando me
enamoré de esa muchacha.
-Que me place: ya sabe el señor
Diego Martinez que soy hombre capaz de guardar un secreto, y que por todo el
oro del mundo...
-Mucho hay que hablar en cuanto a eso:
pero doy muy poca importancia á mis galantes aventuras, y puedes
divulgarlas á tu sabor, con tal que nada quites ni añadas
á la verdad.
-Eso no; antes me vea empalado por
judío.
-Basta y escúchame bien.
Habrá poco mas de tres meses... justamente, el dia de los Santos Reyes;
por cierto que nevaba á mas y mejor... Pues, como iba diciendo, ese
mismo dia 6 de Enero aconteció que salí del castillo á las
ocho de la mañana para llevar un recado de mi señora doña
Magdalena al monasterio de la Espina. ¿Y qué te figuras que
encontró al llegar á él, despues de haberme empapado en
agua y nieve hasta los huesos? Nada menos que una brillante comitiva de
ilustres damas y nobles caballeros, cuajados de oro y de terciopelo desde las
orejas hasta los piés. Allí estaban, orando delante del altar
mayor el conde de Melito D. Diego Hurtado de Mendoza y su muger doña
Catalina de Silva, el apuesto caballero D. Ruy Gomez de Silva, que tanto
dá en qué pensar á las hermosuras de la córte, si
no mienten lenguas, el Viejo marqués de Los Velez, el consejero D. Pedro
Fajardo, el marqués de la Fabara, el conde de Cifuentes, la condesa de
Barajas, la marquesa de Aguilar y ¿qué se yo cuantos mas
personages? Por supuesto, con la correspondiente añadidura de
mayordomos, pages, escuderos, damas de honor, doncellas y criadas de mano.
-Te quedarias con la boca abierta.
-Nada de eso; he visto cosas mas
estupendas en Aquisgran y en Ratisbona; aquello es boato, amigo Juan, y no han
presenciado los nacidos aparato de tanto bulto corno el que ofreció la
majestad de nuestro invencible emperador y rey el dia de su coronacion en
Alemania; de esto hace ya unos veinte y cinco años y sucedió en
la época de la guerra de las Comunidades de Castilla.
-Buena memoria tienes, observó el
villano, para acordarte de todo eso, porque debias ser muy jóven
entonces... pero prosigue tu relato del monasterio de la Espina.
Mordióse los lábios Diego
Martinez, porque la cuestion de fecha s, presentada indirectamente por su
interlocutor, le habia cogido de medio á medio: no tardó sin
embargo en adquirir su habitual aplomo, y haciendo como si nada hubiese oido,
continuó de esta manera:
-Así que yo ví aquello, dije
á mi cola: no hay duda, compadre Diego de que aquí puedes
alcanzar algun provecho: las altas y poderosas señoras son fruta
prohibida para un pobre diablo, que solo ha traido á su pais honra y
miseria; pero tal vez encuentres entro la gente de escalera abajo alguna
pelinegra, que se prende de tu porte marcial. Y diciendo y haciendo,
adelantéme hasta las gradas del altar mayor, mezclándome con la
servidumbre femenina y dando de codo con gallardia y desembarazo á los
impertinentes escuderos. Mi osadía obtuvo todo el efecto que anhelaba;
cierta criadita de la condesa de Barajas fijó sus ojos en los mios;
aproveché la ocasion y los puse en blanco, embidando la partida; ella no
se hizo de rogar y quiso el resto con una sonrisa. Hubo despues lo de acercarme
a ella, lo de saber que era huérfana de padre y madre, lo de ofrecerla
mi proteccion y descansado servicio en Villagarcía, lo de confesarme que
no podia tolerar por mas tiempo las impertinencias y caprichos de la
señora condesa, y por último lo de concertarnos, ella para
desertar de la casa de Barajas, y yo para presentarla y recomendarla en este
castillo como parienta mia. Evacuada despues la comision que me habia llevado
al monasterio, tuve otra entrevista con mi hermosa Beatriz, y en ella me
descubrió que toda aquella magnificencia desplegada por los mas
encopetados magnates del reino, en uno de los mas crudos y terribles dias del
invierno, tenia por objeto ofrecer á la Madre de Dios y á su
santísimo hijo, en aquel Santuario, que pasaba por milagroso, la persona
de doña Ana de Mendoza de La-Cerda, de edad de cinco años, hija
única de los esclarecidos condes de Melito, por la merced que les habia
concedido el cielo de salvarla de una peligrosísima enfermedad.
Añadióme que despues del mediodía debia ponerse en marcha
toda la comitiva para Valladolid, y que si por mi parte estaba resuelto
á libertarla de la penosa servidumbre de la condesa de Barajas, no
teníamos tiempo que perder. Mi respuesta fué animarle á
que se preparase en el término de media hora: transcurrida ésta,
situéme con una acémila, que pedí de gracia en el
monasterio, en la primera encrucijada del bosque, adonde á poco rato
llegó Beatriz llevando un cofrecito de preciosas joyas y como, unos
doscientos ducados en oro. Ya ves, querido, que mi espedicion no era
enteramente desgraciada. Apoderéme del dinero y del cofrecillo,
suponiendo desde luego que la condesa de Barajas podria tener algun derecho
para reclamarlos, coloqué en la acémila á mi resuelta
enamorada, y sin mirar hacia atrás, nos encaminamos á ese bendito
castillo, al cual sin embargo no llegamos hasta la noche, por la sencilla razon
de que fueron muy repetidas nuestras distracciones y paradas durante la
travesía.
-Curiosísima y entretenida es por
demas la historia del principio de tus amores, dijo Juan de Mesa, luego que su
amigo hubo concluido de hablar, y solo me falta saber...
-¿El fin de la aventura? Habas
contadas: como el señor D. Luis Quijada, mayordomo del rey y alcaide de
Villagarcía estaba á la sazon, lo mismo que ahora, en Alemania,
forjé una historia de parentesco para su noble esposa doña
Magdalena de Ulloa, y esta señora admitió desde luego á su
servicio á mi amada Beatriz.
-¿Y los doscientos ducados?
-Muy pocos quedan ya: los demás...
pregúntaselo á las francachelas que he tenido en Valladolid y en
Medina de tres meses á esta parte. En cuanto á las joyas del
cofrecillo, no se han tocado aun, porque están reservadas para mejor
ocasion.
-¿Y no recelas que mi señora
doña Magdalena, matrona tan severa como prudente, descubra que la has
engañado, y te obligue á tomar por muger á la que hasta
ahora todos tienen por prima hermana tuya?
-Si lo descubre, será por tu medio;
si pretende que me case con Beatriz... ¡qué diablos! Ancha es
Castilla y buscaremos otro escondite.
-Y en ese escondite, por ignorado que
esté, sabrá encontrarte nuestro alcaide D. Luis Quijada, cuando
vuelva con el rey.
-Allá lo veremos y sonará lo
que fuere: entretanto démonos la mejor vida que podamos, pues de lo
contrario no contarémos muchos abriles en esta bicoca. ¡Ah! Y
apropósito de buena vida ¿qué nuevas trajo anoche el
mensajero Miguel de la córte?
-Todavia no he podido traslucirlas, pero
han de ser por precision importantes, porque el mozo estuvo encerrado mas de
dos horas con la Señora del castillo, y cuando salió de su
cámara, ni una sola palabra respondió á las repetidas
preguntas que le hicimos.
-De modo que no sabes si la importancia de
las tales noticias, ó algunas otras razones mas poderosas le impidieron
que os hablase.
-Por mi quebranta-huesos, que no te
comprendo, dijo Juan con estrañeza y acariciando el garrote que tenia
entre las piernas.
-Ven acá, y el diablo confunda tu
estupidez, repuso Diego, algun tanto amostazado, porque queria que su
compañero hubiese adivinado el sentido de sus palabras, sin verse
precisado á esplicarlas. ¿No acabas de asegurar que Miguel del
Bosque, ese bribonzuelo que nunca pierde de vista á doña
Magdalena, permaneció anoche dos horas encerrado con ella en su misma
cámara?
-Lo he asegurado: ¿y
qué?
-Vamos, Juan de Mesa, eres la criatura mas
imbécil de estos reinos y señoríos. ¿Son por
ventura las nobles damas de nuestro tiempo de distinto barro que las de la
corte de D. Enrique, á quien llamamos el
Impotente?
-¡Cómo! ¿Supones que
la honradísima esposa de mi Señor don Luis Quijada...
-¡Quieres callar y no mentar
aquí nombres que para nada necesitamos! Yo no supongo; yo solo digo lo
que dirá cualquiera, que no tenga el entendimiento en las suelas de sus
zapatos. Y si no, veamos. ¿Qué piensas que diria yo á los
criados de una muger asi, fuese la mas encopetada de la tierra, que me viesen
salir de su estancia, despues de dos horas de plática? ¿No
conoces, menguado, que mis palabras tendrian toda la apariencia de una disculpa
y que los otros se reirian de ellas?
-Calla, calla por los cuatro Santos
Evangelistas, esclamó el villano empuñando con fuerza su nudoso
palo y poniéndose en pié de un salto, como impelido por un
resorte. Si supiera que se ha cometido tan feo desacato contra la honra de mi
Señor...
-¿Qué harias?
-Aplastaria la cabeza de, Miguel del
Bosque contra las losas del patio principal del alcázar.
-Siempre quiebra la soga por lo mas
delgado, murmuró Diego Martinez, añadiendo luego en voz alta:
-Puede ser que yo esté muy equivocado y que Miguel sea el amante mas
inocente y menos temible del mundo, asi como que ningun desaguisado amenace al
limpio honor del ausente y confiado esposo: mas dime por tu vida, si se
necesitan dos horas de encierro con una dama, para enterarla de las novedades
que han ocurrido en la córte. ¿Qué diablos ha podido
suceder en Valladolid para tanto misterio?
Iba ya Juan de Mesa á encolerizarse
por segunda vez, acosado por las observaciones de Diego, cuando dirigiendo la
vista por casualidad hacia el castillo, vio ondear en la mas alta de sus torres
una bandera negra.
-¡Que es eso! dijo con asombro.
¡Qué sucede en el alcázar!
-Entremos en él y saldremos de
dudas, le contestó su amigo.
-¡Si será esa la respuesta
que no quiso Miguel darnos anoche!
-De todos modos no olvides lo que voy
á decirte antes que dejemos este sitio: es una advertencia saludable,
que acaso te será muy útil algun dia. Los dos hemos cometido
ciertos pecadillos, que no perdonará seguramente el alcaide de
Villagarcía, si llega á saberlos: yo, por ejemplo, tengo sobre mi
conciencia la superchería del parentesco con Beatriz, sus amores y sobre
todo los doscientos ducados y las riquísimas joyas de la condesa de
Barajas; por tu parte, tampoco debes vivir muy tranquilo, porque te acusan,
entre otras cosas que el tiempo puede sacar á luz, los dos garrotazos
que diste á aquel pobre ermitaño, que enterramos entre los dos
allá abajo, junto á las últimas empalizadas del
castillo.
-Ya te dije quien era y que...
-Nadie te disputa que no tuvieras razon
para hacer con él lo que hiciste, pero lo cierto es que quedó
hecho, y que si llega á olfatearlo el Señor D. Luis Quijada, toda
tu razon y tu buen derecho no le quitarán el vivísimo deseo de
colgarte de una almena.
-¿Y tu advertencia saludable?
-Héla aquí. El mejor medio
de desarmar á un enemigo temible es sorprender algun secreto que te
importe guardar. Ahora bien: no seria del todo imposible que la ilustre matrona
doña Magdalena de Ulloa llegase á entender alguna cosa de
nuestras fechorías, y si esto acontece, ya debes presumir que nos
darán sin tardanza el merecido premio: á los dos, pues, nos
interesa estar prevenidos y escudarnos con arma poderosa. Es asi que entre la
castísima esposa del Señor D. Luis Quijada y el escudero Miguel
del Bosque hay un secreto...
-Discurres como un inquisidor.
-Y que podemos probar, cuando fuére
necesario, que han estado dos horas juntos y encerrados, por la noche en la
cámara de...
-No prosigas, Diego; ya veo que he obrado
mal al encolerizarme contra el pobre Miguel.
-No hay duda, Juan, no hay duda, porque de
todo se saca provecho en este mundo. Sepamos ahora qué es lo que
significa ese guiñapo negro que han puesto en aquella torre.
Estiró Diego las piernas al decir
esto y se levantó con gran calma, como sintiendo que una novedad
cualquiera lo obligase á abandonar el blando asiento de cesped, y ambos
echaron á andar dirigiéndose al alcázar; el soldado
haciendo comentarios sobre el partido ventajoso que le seria dado sacar de la
situacion en que se hallaba, y Juan de Mesa pidiendo al cielo de todo corazon
que no llegase el caso de tener que acusar á su Señora, ni de
romper el espinazo á su buen amigo Miguel del Bosque.
  Capítulo II
En que se prueba que el príncipe D. Felipe no
hacía mas que llorar
La enlutada bandera, que estendia sus
pliegues al viento en la torre mas alta de Villagarcía, anunciaba
á los moradores de la poblacion una triste nueva. La infanta doña
Maria, esposa del príncipe D. Felipe, que gobernaba en España
durante la ausencia de su padre D. Cárlos, acababa de dar á este
un nieto, pagando con la vida su ventura materna. La corte estaba de duelo y se
habian mandado suspender las grandes fiestas y regocijos, con que todas las
ciudades se disponian á celebrar el nacimiento del príncipe
Cárlos, añadiéndose á la tristeza general que
esparció tan infausto acontecimiento, el disgusto y zozobra de los
ánimos, en vista de los últimos sucesos de la guerra de Italia.
No era ya un misterio en Valladolid que el duque de Euguien habia atacado la
importante plaza de Carignano en el Piamonte, despues de haber destruido en
Cirinola al marqués del Vasto, haciendo en sus tropas tal destrozo, que
este general perdió en el campo de batalla mas de doce mil hombres entre
españoles, italianos y alemanes. La angustia y el desaliento se veian
retratados en todos los semblantes; formábanse en el Campo Grande
corrillos de gente ociosa, para condolerse de las calamidades públicas,
y en las puertas de los templos y en las calles se hacian votos por la pronta
vuelta del rey-emperador, á quien los noticieros suponian, cuando menos,
en la misma situacion en que habian contemplado á Francisco primero de
Francia, despues de la memorable victoria de Pavía. Las tiendas de los
mercaderes se habian cerrado en señal de luto, el pueblo daba de mano
á sus quehaceres y diversiones; todo en fin se aunaba en desconsolador
concierto, para desmentir aquel antiguo dicho de los paisanos del famoso Pedro
Ansurez:
Villa por Villa, Valladolid en Castilla.
Tales eran las noticias que Miguel del
Bosque, escudero de don Luis Quijada, habia llevado á su Señora;
la bandera negra era la espresion del sentimiento, que la guardadora del
alcázar de Villagarcía tributaba á la justísima
afficcion del príncipe D. Felipe.
Si echamos una rápida ojeada por
vetustos pergaminos conservados en el precioso archivo de Simancas, nos
convenceremos de que la
Pintia de los Voscos á Vacceos distaba
mucho de ser lo que, andando el tiempo, fué el
Valle-de-Olid ó de
Lid de los Arevacos y Carpetanos, y
muchísimo de figurar lo que figuró, cuando el rey D.
Ordoño II de Leon tuvo por conveniente tomar á los árabes
dicha poblacion en el año de 920, despues de reñidísima
lucha. Tampoco en esta época alcanzó las ventajas que obtuvo de
D. Alfonso VI en 1081, cuando este monarca la cedió en juro de heredad
al magnífico y magnánimo conde D. Pedro Angurez, que se
dedicó á engrandecerla, y á continuar en ella las obras
emprendidas por el otro conde D Rodrigo Gonzalez Giron, de órden del rey
de Castilla. Y al fin aconteció en Valladolid, despues de su
preponderancia, lo que en los vastísimos dominios con que la
católica Isabel primera, abrillantó las preciosísimas
perlas de su corona: el génio de Colon descubrió el Nuevo Mundo;
su cuerpo yace en un rincon de la Catedral de la Habana y el Nuevo Mundo se
llama América, porque otro navegante le dió su nombre. Así
en una capilla que existe en la nave del Evangelio de la catedral de Valladolid
se conserva el sepulcro del conde Ansurez, al paso que las armas de la ciudad
son Tres
Girones pajizos en campo de gules, y en el
timbre una corona con ocho castillos.
Mas sea de esto lo que fuere, y ya que no
hemos tomado la pluma para enderezar entuertos de antiguos caballeros tratados
con injusticia, debemos dejar consignado que, entre los grandes edificios de la
córte de Castilla, descollaba como el mas colosal, como la obra unas
atrevida de arquitectura, el que luego se tituló convento de San Benito
y es en el dia una fortaleza sin objeto, aunque provista de grandes fosos, bien
defendidas murallas y sus indispensables puentes levadizos. En aquel
vastísimo palacio de inmensos corredores y de fuertísimas paredes
descansaba á mediados del siglo décimo sexto el gobierno de los
dilatados dominios españoles; y descansaba de todo punto el dia en que
hemos visto á Juan de Mesa y Diego Martinez platicando á su sabor
sobre el cesped, junto al alcázar de Villagarcía; porque, al
decir de los mejor informados entre los que de noticias respiraban, el
príncipe D. Felipe, inconsolable por la pérdida de su amada
esposa doña Maria, y abrumado con el peso de las fatales desgracias de
nuestras armas en Italia, habia caido en una especie de ensimismamiento, que le
vedaba atenderá los negocios. El pueblo le compadecia y no osaba
murmurar de su abandono, si bien anhelaba conocer la suerte que habia cabido
á la persona del invicto emperador y á las conquistas hechas por
sus armas en el territorio germánico. La oposicion que en aquella
época y otras no menos gloriosas se hacia á los poderes
públicos, era demasiado circunspecta y patriótica, para que se
tradujese en quejas y mucho menos en motines: ademas, amaban los
españoles al príncipe D. Felipe, porque era hijo de
Cárlos, es decir, del monarca severo, pero justo, que miraba á
sus súbditos como á hijos, y que nunca perdonó á
los estranjeros la menor injuria ó atentado contra la hidalga nacion,
á cuyo frente lo habia colocado la Providencia.
Hallábanse el mismo dia que hemos
apuntado, junto al alfeizar de una ventana del palacio, tres magnates de la
córte de Castilla, y la paso que aguardaban, al parecer, alguna
órden que les permitiese penetrar en los aposentos interiores,
examinaban con curiosidad, no tanto los primores del salon verdaderamente
régio en que acababan de reunirse, como la actitud de los corrillos que
formaba el pueblo delante del edificio. Despues de un silencio bastante
prolongado, durante el cual pudo cada uno de aquellos personages convencerse,
de que no se trataba de conjurar tempestades políticas, como las que
veinte y cinco años atrás habian puesto en fermentacion á
las principales ciudades del reino, el de mas edad dijo á los otros:
-Terrible golpe ha sido este, caballeros,
porque la princesa doña Maria era el alma del gobierno de D. Felipe.
-¿Lo creeis así?
preguntó al que habia hablado el que lo seguia en edad.
-Estoy ciertísimo de ello,
respondió el primero, y tanto que, no bien sepa nuestro buen rey D.
Cárlos la causa que hoy nos hace vestir de luto, se apresurará
á dar la vuelta á España.
-Poquísima confianza os inspira
segun eso el príncipe D. Felipe, Señor D. Gonzalo, repuso el
segundo, y eso es mas de estrañar en vos que en otro alguno, ya que en
todas partes os haceis lenguas de su acertada direccion en los negocios del
Estado.
-Añadid, señor de Requesens,
replicó D. Gonzalo sonriéndose, que el rey D Cárlos me ha
colmado de mercedes y lo habreis dicho todo. Veo que no me habeis comprendido:
nuestro muy amado príncipe D. Felipe acaba de perder una esposa que
formaba todas sus delicias, y esta desgracia debe anonadar su espíritu y
contener los impulsos de su voluntad: el monarca está ausente, sin que
sepamos á punto fijo su paradero ni el de sus tropas, despues de la
derrota sufrida por el marqués del Vasto, y... ved, señores; el
pueblo participa de nuestra misma ansiedad, porque ¿qué lo queda
al príncipe, muerta doña Maria, cautivo acaso el gran
Cárlos y perdidas tal vez sus magníficas conquistas?
-Lo quedan aun su corazon y su cabeza,
contestó con prontitud el mas jóven de los tres caballeros, que
hasta entonces no habia despegado los lábios.
-Acabais de, espresar fielmente y con dos
solas palabras mí íntimo pensamiento, Señor Ruy Gornez de
Silva, observó cortesmente D. Gonzalo: el corazon y la cabeza son dos
cosas preciosas, que hacen al hombre llevar á término
arriesgadísimas empresas; nuestro príncipe no ha cumplido todavia
veinte y cinco años y llegará á ser un gran Monarca; pero
hablamos del tiempo presente y de las dificultades que por todas partes se
presentan para atender á las necesidades del momento, y para conjurar
las desgracias que nos amagan.
No bien hubo pronunciado estas
últimas razones el anciano caballero, cuando abriéndose de par en
par las dos hojas de la puerta del fondo del salon, dieron paso á la
persona del cardenal Espinosa. Los tres magnates abandonaron al punto la
ventana, adelantándose hacia el prelado. Echóles éste
gravemente su bendicion y les dijo:
-El príncipe os aguarda para
celebrar consejo, señores.
-¡Tan pronto! murmuró D.
Gonzalo.
-Ya lo veis, repuso D. Luis de Requesens y
Zúñiga.
-En efecto, observó D. Ruy Gomez de
Silva; parece que está ya en accion la cabeza; ya veremos luego
qué es lo que hace el corazon.
El cardenal Espinosa saludó
á los caballeros y volvió á entrar delante de ellos en la
cámara de D. Felipe.
Era este príncipe de menos que
mediana estatura, endeble de piernas, de pocas carnes, velludo y de voz gruesa
é imponente. Cuando se presentaron en su estancia los tres magnates leia
unos despachos, que dejó sobre su mesa, para mirar de hito en hito
á los que llegaban. Saludóles poco despues con afabilidad y
tristeza y ordenándoles tomar asiento, les dijo:
-Huélgome mucho, caballeros, de
haber sabido que os hallabais tan inmediatos á mi persona en ese salon,
pues de esta manera no se hará esperar demasiado el parecer que habeis
de darme sobre varios negocios de gran monta. Mi secretario D. Gonzalo Perez,
tengo que cornunicaros una buena nueva, y felicítome por ello, porque al
menos habrá hoy alguna alma contenta y satisfecha en la
córte.
-Esa nueva, señor, por grande y
alegre que sea, respondió don Gonzalo, no tendrá la virtud de
hacerme sentir con menos fuerza y amargura las penas de mi príncipe.
-Habia olvidado y olvidáis vos
tambien que os he llamado á todos para que me deis consejos, ajas no
para que os aflijais conmigo, replicó D. Felipe. Señor cardenal,
hacedme merced de leer en alta voz esas comunicaciones del marqués del
Vasto.
Hízolo así el prelado, y los
tres magnates quedaron oficialmente enterados de nuestros desastres en
Carignano y Cirinola.
-Ninguna noticia tengo del emperador mi
augusto padre, añadió el príncipe. ¿Qué
pensáis que debe hacerse en tan apurado trance, señor de
Requesens?
-Levantar sin perder momento un
ejército de cincuenta mil hombres y atacar al emperador Francisco I en
sus propios estados, contestó sin detenerse D. Luis. Debemos invadir
desde luego la Lorena y poner sitio á la plaza de San Dicier, para que
el Rey nuestro Señor pueda correrse al Piamonte y restablecer
allí el imperio de sus victoriosas armas, en tanto que el enemigo
atiende á la defensa de su territorio.
Miróle el príncipe
atentamente por largo espacio, como si intentase penetrar sus mas ocultos
pensamientos, y le dijo despues de aquel molesto exámen:
-Habláis como hombre de guerra,
esforzado y decidido.
Y volviéndose luego hacia D. Ruy
Gomez de Silva, añadió:
-Háganos conocer su opinion en tan
árduo empeño el príncipe de Éboli.
-No estoy muy distante de pensar como el
Señor de Requesens, respondió este; pero será menester que
esos cincuenta mil hombres, antes de atacar al emperador de Francia, refuercen
el ejército de nuestro rey D. Cárlos. Tengo tambien por seguro
que en España no necesitamos fuerzas, contando, como contamos, al frente
de los negocios con un príncipe, que trabaja en pró de la causa
pública, cuando todos le juzgan sumido en el mas acerbo dolor.
-¿Eso dicen?
-No lo dicen, Señor: es el
pensamiento unánime de un pueblo que ama á V. A.
-Basta. Díganos ahora su parecer el
secretario de mi augusto padre y mio.
Don Gonzalo Perez se alzó de su
asiento, clavó su mirada en la penetrante de D. Felipe y
pronunció con decidido acento estas palabras.
-Señor, mi parecer es esperar.
Sonrióse el príncipe y
levantándose dio por terminado el consejo: los tres magnates se
despidieron de S. A., que permaneció solo en la cámara con el
cardenal Espinosa y el pueblo siguió condoliéndose en el Campo
Grande y en las calles y plazuelas, de la amargura y tristeza de su querido
príncipe, á quien el dolor impedia tomar resoluciones decisivas,
que enderezasen el mal sesgo de los públicos negocios.
-¿Conque creen que de nada me cuido
porque he perdido á la princesa doña Maria? esclamó D.
Felipe, cerrando la puerta de la estancia. Nada me habíais dicho de eso,
señor Cardenal.
-Don Ruy Gomez de Silva ha exagerado la
especie, contestó el Cardenal, y hubiera debido contentarse con
decir...
-Don Ruy Gomez me, ha hecho un servicio de
gran cuenta, poniendo en mi noticia de una manera indirecta las murmuraciones
del pueblo: y por Dios Santo, que ese dolor inmenso que siente mi corazon os
parecerá increible, cuando sepáis los trabajos que mi imaginacion
ha revuelto en veinte y cuatro horas. Ahí teneis ese legajo,
prosiguió D. Felipe señalando á Espinosa un monton de
papeles que habia sobre la mesa: he contestado de mi puño y letra
á todas las dudas presentadas por los gobernadores de las provincias, he
dispuesto que se me pasen consultas sobre todos los asuntos de la competencia
de los tribunales, y establecido las bases de una administracion equitativa,
que con el tiempo dará buenos frutos. He hecho mas, señor
Cardenal; he estudiado sobre el terreno las operaciones del ejército
enemigo que persigue al marqués del Vasto, y os aseguro que estoy
tranquilo.
-¿Tranquilo, Señor?
-De todo punto. He aquí la carta
que escribo á mi augusto padre el emperador, aconsejándole que en
vez de proseguir la guerra sin descanso, aproveche la primera coyuntura
favorable para convocar una dicta en Wormes ó Ratisbona.
-¿Con qué objeto?
-Con el de tratar de los negocios de la
religion y de las hostilidades contra el gran turco. Los príncipes
protestantes de Alemania se ligarán sin perder tiempo, y esto
liará que las tropas del Papa penetren en aquellos estados.
-¡Ah! Ahora comprendo...
-Que mi plan se reduce á ahorrar en
la contienda del imperio germánico sangre española; á
impedir, por la cooperacion de la Iglesia, los progresos de la heregía,
y á contener la audacia de Francisco en sus empresas contra nuestros
ejércitos. La presencia de un cuerpo de tropas del Papa amenazando
á Ausgburgo, deja libre, á mi augusto padre para remediar el
desastre de Cirinola, y me evita el cruel sentimiento de enviar cincuenta mil
españoles mas al sacrificio.
Al espresarse de este modo el joven
príncipe, ninguna señal de interior satisfaccion revelaba su
impasible semblante; era sin embargo evidente que su corazon palpitaba con
violencia, porque volvió á sentarse, despues de estrechar las
manos de Espinosa entre las suyas.
-V. A. necesita entregarse al descanso,
dijo el Cardenal, para volver con nuevo empeño á tan importantes
tareas.
-Aquí duermo y aquí trabajo,
murmuró el príncipe sonriéndose y dando dos golpecitos con
la mano en uno de los brazos del sillon. Conviene sin embargo,
añadió con la mayor naturalidad, que nadie se entere de mis
entretenimientos sobre los negocios del Estado, porque los mismos que ahora se
quejan ó murmuran de mi escesivo dolor, dirán, si llegan á
saber en qué me ocupo, que busco distracciones á mi pena. Cuidad
entretanto, señor Cardenal de remitir esa epístola á
nuestro muy amado emperador y esos otros despachos á los gobernadores de
las provincias. ¡Ah! llevad tambien un escrito que por ahí debe
andar, y entregádselo al secretario D. Gonzalo Perez, que se
holgará mucho al leerlo es el diploma que mi augusto padre le envia,
legitimando á un su hijo llamado Antonio, que á lo sumo cuenta
cuatro años de edad.
El Cardenal ordenó los diferentes
papeles que acababa de indicarle D. Felipe, hizo á éste una
profunda reverencia y, se retíro: al atravesar el salon, encontró
á varios cortesanos que le detuvieron para informarse de la salud del
príncipe; pero Espinosa, sin detenerse, movió la cabeza á
derecha é izquierda diciéndoles:
-Estamos muy mal, si Dios no pone mano en
esto: en aquella cámara no hay mas que lágrimas y suspiros.
-Y con todo, necesitamos otra cosa,
señor Cardenal, replicó uno de aquellos señores con
impaciencia. Muy santo y muy laudable es llorar por los muertos, pero los que
están al frente de un Estado deben atender á la felicidad de los
vivos.
-No hableis en tan descompuesto tono,
señor D. Pedro Fajardo, repuso el Cardenal en voz baja y prosiguiendo su
camino; pudieran escucharos y esto perjudicaria mucho á vuestra
ambicion.
El cardenal Espinosa, joven á la
sazon, era uno de los mas hábiles políticos de su tiempo. Hombre
recto, de costumbres austeras y de una probidad intachable, habia logrado
conquistar la confianza del emperador Cárlos V quien, apreciando en su
justo valor sus no comunes dotes de gobierno, se lo recomendó
eficazmente al príncipe D. Felipe, como consejero de gran valla, durante
su ausencia. Pero D. Felipe, que valiéndonos de un dicho asaz vulgar,
aunque gráfico para revelar de una plumada su talento, fué uno de
los gobernantes que
mas largo han cazado en este mundo,
conoció en breve que el nuevo consejero, intachable como sacerdote y
como particular, seguía las inspiraciones de Guillermo de Croy,
arzobispo de Toledo, que estaba al frente de la parcialidad de los flamencos,
cuya rapacidad fué uno de los mas poderosos motivos del alzamiento de
los Comuneros de Castilla. Así pues, como el príncipe no pensaba
del mismo modo que el rey, en cuanto á la provision de los grandes
cargos del Estado, miraba con prevencion al arzobispo Guillermo, y solo se
valla del cardenal Espinosa con repugnancia y por no disgustar á su
invicto padre. No se ocultaban á la sagaz penetración del
consejero las disposiciones de D. Felipe, por lo que se dedicó
afanosamente á ganar su voluntad por medio del estudio de su
carácter, y al cabo lo consiguió con grandes ventajas para la
española monarquía.
Pocas horas habian transcurrido desde que
D. Gonzalo Perez recibió el despacho que legitimaba á su hijo,
cuando fué llamado por el príncipe, á quien
encontró leyendo por tercera ó cuarta vez nuevas comunicaciones,
que acababan de llegarle. Al ver al secretario, le alargó la mano
diciéndo:
-Vuestro consejo era sábio;
debiamos esperar, y pésame en el alma la carta que hoy mismo he escrito
al emperador mi padre.
-Segun eso. V. A. ha recibido
satisfactorias nuevas... se atrevió á preguntar D. -Gonzalo.
-Todas las pérdidas de Italia se
han reparado y... ¡cosa increible! El emperador ha hecho precisamente
todo lo que nos ha propuesto hoy mismo D. Luis de Requesens.
-¡Cómo, Señor!
-Nomas, ni menos: ha atacado á
Francisco en sus mismos Estados; ha invadido la Lorena y ha puesto sitio
á San Dicier.
-Eso es admirable.
-Mas crecerá vuestro asombro,
cuando sepáis el número de tropas con que ha acometido la
empresa. Leed, D. Gonzalo, leed.
Don Felipe dió un despacho al
secretario y éste exclamó despues de haberlo recorrido con la
vista:
-¡Cincuenta mil hombres!
-Cincuenta mil, repitió el
príncipe.
-Pero es precisamente la fuerza que D.
Luis aconsejaba.
-¿Qué pensáis de todo
esto? Habladme sin rebozo.
-Que D. Luis de Requesens y
Zúñiga es un gran militar, un hombre honrado y un súbdito
fiel del emperador.
-Qué D. Luis de Requesens y
Zúñiga es un traidor y un malvado, gritó un hombre que
acababa de entrar en la cámara por la puerta del salen.
Don Gonzalo dio dos pasos atrás,
pero el príncipe permaneció impasible y dijo al recien
llegado:
-Habeis acusado á uno de los mas
intrépidos generales del emperador mi augusto padre, y vuestra alta
dignidad de Arzobispo de Toledo no os releva de la obligacion, en que
estáis, de presentar pruebas terminantes de vuestro dicho.
-Aquí están,
respondió Guillermo de Croy, entregando á D. Felipe un papel
doblado.
-Enteraos de eso, D. Gonzalo, repuso el
último, pasando el papel al secretario.
Hízolo así éste con
mucho detenimiento y dijo en seguida:
-En esta carta se asegura que D. Luis de
Requesens y Zúñiga tiene conocimiento de todo el plan concebido
por el emperador para invadir la Lorena y atacar á San Dicier.
-Respondedme en conciencia, señor
Arzobispo, pronunció el príncipe con solemne acento.
¿Teneis noticia de lo que hoy mismo se ha tratado en consejo, al cual ha
asistido el cardenal Espinosa?
-Puedo afirmar á V. A. que es la
primera vez que oigo hablar de la celebracion de ese consejo.
-¿Lo juraríais sobre los
santos Evangelios?
-Señor, sí; lo
juraré, si V. A. lo manda.
-¿Y dónde están la
traicion y la maldad de D. Luis, dando de barato que con efecto no ignore los
proyectos del emperador don Cárlos?
-En su silencio para con V. A.
-¿Cómo sabeis que lo ha
guardado?
-Lo sé, porque el pueblo nada ha
traslucido de esos nobles intentos del guerrero emperador; lo sé porque
el pueblo sigue desasosegado é inquieto, y porque V. A. no
reservaría para sí solo la satisfaccion y el contento de tan
importantes nuevas, despues de habernos participado las tristes y
desconsoladoras que ha recibido de Italia.
Inmóvil y pensativo quedó el
príncipe al escuchar los argumentos del Arzobispo, cuyas contundentes
razones parecian incontestables. D. Gonzalo estaba como aterrado, pues
costábale mucho trabajo imaginar que Requesens hubiese intentado
captarse la confianza de D. Felipe, por medio de consejos y planes que no eran
suyos y que estaban ya puestos en práctica. No solo era esto atentar
á la gloria del emperador D. Cárlos sino hacer alarde á
los ojos del príncipe de un tacto militar y de una esperiencia que no
existian; cosas ambas que se hermanaban muy mal con el pundonor y reconocida
fidelidad de D. Luis. Observando al fin que se prolongaba demasiado la profunda
meditacion en que habia caido D. Felipe, rompió el silencio
murmurando:
-Aquí hay algun misterio que no
acierto á comprender, pero si V. A. me da su permiso...
-¿Cuál es vuestro
propósito? le preguntó el Príncipe.
-Interrogar á Requesens,
Señor.
-Bueno es el pensamiento, mas no ha de ser
aquí sino en Villagarcía; conducidle vos mismo sin
estrépito á ese alcázar, y pedid en mi nombre á la
noble esposa de D. Luis Quijada que lo guarde en él.
-V. A. le prende sin oirle...
-Don Gonzalo, haced sin demora lo que os
mando, que á nadie pesará de ello. ¡Ah! Leedme el nombre de
la persona que firma esa acusacion.
-Juan Vazquez, secretario del duque de
Alba.
-¿Cuándo la habeis recibido,
señorArzobispo?
-No hace todavía una hora.
-Lo cual prueba que la ha traido el mismo
espreso, portador de los despachos de mi augusto padre.
-Así deberá ser,
señor.
-Está bien; en todo se hará
justicia.
Estas fueron las últimas palabras
que pronunció D. Felipe, pero al mismo tiempo echó una mirada
penetrante, rápida y significativa al secretario. Éste la
comprendió corno muy avezado que estaba á adivinar por un solo
gesto los mas íntimos pensamientos de su amo y salió de la
cámara seguido de Guillermo de Croy. Al bajar la escalera de palacio
dijo éste último á D. Gonzalo:
-Poned á buen recaudo á D.
Luis, no sea que se fugue, en cuyo caso dará mucho que sentir al
príncipe.
-No hayais miedo de que tal haga,
replicóle el secretario; por lo demás, señor Arzobispo,
confiad en que no se torcerá la vara de la justicia.
Aquella misma tarde se dirigian hacia el
castillo de Villagarcía tres personas: á dos de ellas conocen ya
nuestros lectores; la otra era el espreso que habia traído al
príncipe D. Felipe los recientes despachos del emperador su padre.
  Capítulo III
El correo de Alemania
La parte interior del alcázar de
Villagarcía formaba singular contraste con las belicosas obras que lo
hacian tan temible, y desde luego se echaba de ver el lujo y delicado esmero,
con que su alcaide habia atendido á la comodidad y al regalo.
Atravesando el patio principal ó plaza de armas, habia al opuesto
estremo una espaciosa escalera de piedra, que conducia á los primeros
aposentos. Ocupaban estos el remate de una galeria casi oscura, á causa
de la escasísima luz que en ella penetraba, por la desproporcionada
elevacion de las ventanas y lujosos vidrios de dolores, y en la cual se
paseaban dos ó tres criados de confianza, esperando tal vez algunas
órdenes para los puestos de la fortaleza. Una puerta de grandes
proporciones, que en esto se diferenciaba de otras muchas, practicadas á
lo largo del corredor, daba á conocer la habitacion, á que daba
paso, estaba destinada para las personas mas encopetadas del castillo.
Y así debia ser en efecto, porque
aquella estancia era magnífica y demostraba el esquisito gusto de sus
moradores. Adornaban las paredes, cubriéndolas de alto abajo, floreados
tapices de Damasco, de los cuales pendian á trechos, en dorados clavos,
algunos mal acabados retratos de D. Enrique
el Doliente, de
D. Juan II el Débil, de
Enrique IV el Impotente y de los
católicos monarcas D. Fernando y doña Isabel, descollando sobre
todos un lienzo que representaba al gran cardenal Jimenez de Cisneros, en el
acto de enseñar desde un balcon el almirante de Castilla, al duque del
Infantado y al conde de Benavente la artillería que tenia á sus
órdenes: al pié del lienzo se leian estas palabras:
-«Hé ahí los poderes que me ha conferido el rey Nuestro
Señor, para gobernar en su nombre.» Sobre un entarimado incrustado
de piedras blancas y azules decoraban los costados de la habitacion ricas
alfombras, que ostentaban, bordados en sedas y con bastante propiedad, todos
los lances, azares y peligros de una cacería, formando gracioso juego
con los toscos sillones de madera de encina, sobrecargados de figuras y
cubiertos de seda carmesí de Utrecht. Por último, una disforme
araba de plata maciza, en la que ardian todas las noches siete bugías,
despidiendo azulada luz y deliciosa fragancia, colgaba de un artesonado
matizado de guirnaldas sobre fondo claro, y una mesa, de mármol de
Calatrao, de color negro con venas rojas, ocupaba el testero de la sala.
En ella se hallaba la muy ilustre
castellana doña Magdalena de Ulloa, leyendo con avidez unas cartas que
Miguel del Bosque habia llevado de Valladolid y en las cuales le aseguraba su
esposo el alcaide, que pronto tendria la felicidad de estrecharla en sus
brazos, cuando fueron á decirla que el superior de los monges del
monasterio de la Espina pedia vénia para entrar en el castillo.
Concedióla de buen grado doña Magdalena, y ordenó que
fuese agasajado cual merecia por la fama de su virtud. Un cuarto de hora
despues se encontraba el fraile delante de la señora de
Villagarcía.
Era un hombre como de cincuenta
años, seco, macilento, alto y encorbado; sus ojos hundidos, casi
redondos y en continuo movimiento comunicaban á su rostro la apariencia
del de un gato montés, confirmando esta semejanza una frente estrecha
deprimida, oculta en parte, por la capucha. Ni un solo cabello crecia en su
cabeza, pero caíale hasta el pecho una blanca barba, semejante á
la que vemos en los bustos de los primitivos patriarcas de Israel, y llevaba
los piés embutidos en gruesas sandalias que entorpecían sus
pasos, cuya accion dependía al parecer de la fuerza que les comunicaba
el grueso palo de enebro, que apretaba convulsivamente entre sus arrugados
dedos.
-Sentaos, padre mio, le dijo la castellana
con amable dulzura; descansad á vuestro sabor y comunicadme
después el objeto de vuestra venida.
-Hija mia, respondió el monge con
acento cavernoso, vuestros caritativos sirvientes han querido agasajarme,
porque ignoran que el negocio que me trae es de vida ó muerte.
-¡Qué decis! exclamó
asustada doña Magdalena: hablad por Dios.
-Lo que voy á revelaros es un
secreto de confesion.
-¡Ah!... ¿Y podéis
hacerlo?
-He martirizado mis carnes, hija
mía, con la disciplina y con el ayuno pidiendo al cielo una inspiracion,
y hace ocho dias que desgarra mis carnes un apretado cilicio con agudas puntas
de hierro. Dios, solo Dios sabe los tormentos que mi alma padece, desde que un
pecador contrito me reveló en el confesonario del convento de la Espina
el terrible misterio que voy á declararos.
-Pero repito mi pregunta, padre mio.
¿Podéis faltar al secreto confiado á vuestro ministerio
santo en el altar de la penitencia?
-No; no puedo en conciencia; mas decidime
¿debo consentir que el esposo engañe á la esposa y que el
hijo adulterino entre en la casa de la matrona honrada?
-Por fin, murmuró la castellana,
reponiéndose de la turbacion que le habian causado las primeras palabras
del fraile: ya veo que no venis á anunciarme ningun asesinato.
-Si eso fuera, no hubiera salido del
monasterio. ¿Teneis en mas por ventura la vida de un hombre que el
deshonor de una familia?
-¡Oh! No, no, padre mio, pero...
¿qué parte me toca de vuestros anuncios? ¿Me importa tal
vez ese secreto?
-!Si os interesa! ¿Pues á
quién sino á vos, hija mia?
-¡Cómo! ¡Acaso mi
esposo D. Luis Quijada, el mas pundonoroso caballero de Castilla!...
-Vuestro esposo el señor D. Luis
Quijada olvida las obligaciones que os debe, y se entrega en Alemania á
los desórdenes. Hace un año que conoció en Ratisbona
á una dama de singular belleza, con la cual ha vivido con ilícito
trato, y acaso no tardeis en tener la prueba á la vista, supuesto que el
noble alcaide de Villagarcía y mayordomo del César, sé
dispone para volver á España con el fruto de sus amores.
-Cesad, padre mio, cesad, gritó
doña Magdalena desesperada y fuera de sí, porque acabáis
de atravesarme el corazon. Nunca creí que debajo de ese sagrado
hábito se anidase tanta crueldad.
-He luchado, hija mia, he luchado conmigo
mismo largas noches, antes de resolverme á daros esta fatal noticia.
-¿Y qué tengo yo que ver con
vuestros escrúpulos? Hubiéraisme dejado con mi ignorancia, y no
que así acabáis de destruir para siempre mi ventura.
-¿Qué queréis, hija
mia? Llevadlo con paciencia en cuanto á los sentimientos del alma, y
aprovechaos del aviso para poner en salvo vuestros bienes, si ya no
queréis que mañana pasen á manos de un advenedizo,
estraño á vuestra sangre.
-Supuesto que tal es vuestro parecer,
dadme tiempo para que yo me recobre y vea de proveer en este asunto como mejor
cumpla á mis afectos y decoro, y decidme ahora, si os place, el nombre
del penitente que os ha confesado tan agradable nueva.
-Lo ignoro á fé mia: solo
sé que hará un mes que vino á Castilla, después de
haber servido en las tropas reales que manda el duque de Saboya.
-¿Y no habeis imaginado siquiera
que puede ser un impostor?
-Os he dicho que pronto os convencereis de
la verdad. Ojalá resulte lo que decís, hija mia: ojalá que
los timbres de la casa de Quijada no se vean manchados con la hedionda barra de
los bastardos: con gusto daria el corto tiempo que me resta de existencia
porque tal borron no hubiese caido en ellos. Ya veis, doña Magdalena,
que, mi único fin en este negocio ha sido mirar por el honor de vuestro
esclarecido linage.
-No importa, padre mio, debisteis
aseguraros de que vuestro penitente no os engañaba.
-¿Y cómo, señora? El
mismo dia de su confesion desapareció del convento y no he vuelto
á verle.
-¿Ni habeis averiguado su
paradero?
-Creo que sí.
-¡Ah!
-De mis informes resulta que desde el
monasterio de la Espina se dirigió á este alcázar, donde,
segun me aseguró tenia que ajustar ciertas cuentas. Desde entonces no ha
vuelto á pasar por el camino del convento: ¿me comprendeis hija
mia? por el único camino que tenia para ausentarse de estas tierras.
-¿Qué creeis pues?
-Que el penitente á quien dí
la absolucion por sus pecados el dia 2 de Marzo se encuentra entre los
servidores de vuestro castillo, ó que ha muerto en él: en este
último caso, requiescat in pace.
-Si acontece lo primero, no será
difícil encontrarle, contando con que recordeis sus facciones.
-Su persona ha quedado grabada
profundamente en mi memoria, y no olvidaré en mucho tiempo su porte y
andar desembarazado, á pesar del ropon de hermitaño que lo
cubria.
-Hoy mismo examinareis detenidamente
á todos mis criados y hombres de guerra; mandaré que se reunan en
la sala de armas al toque de oraciones, y al paso que nos dirigís en el
piadoso rezo por las almas de los que no existen...
-Entiendo, hija mia, entiendo, y no
estraño vuestro afan en tan grave asunto. Dios os dé fortaleza en
la adversidad.
-Me la dará, padre mio, me la
dará, porque yo imploraré de veras á ese árbrito
supremo de todas las misericordias. Os equivocais empero al pensar que solo
ocupa mi mente la idea de mi esposo y señor Luis Quijada: vuestras
palabras acerca del paradero de vuestro desconocido penitente excitan
fuertemente mis sospechas, y nunca olvidaré que, al partir para Alemania
el noble alcaide de Villagarcía, me dejó depositaria de su
jurisdiccion, con el cargo de administrar en su nombre recta justicia.
-Yo es ayudaré, doña
Magdalena, yo os ayudaré en lo que dependa de mi sagrado ministerio.
-Así lo espero y no me prometo poco
de vuestra virtud y prudencia. Ahora, padre mio, es justo que descanseis,
despues de reparar vuestras fuerzas.
Diciendo así doña Magdalena,
cogió de un sitial un silbato de plata, que le servia regularmente para
llamar á sus criados, lo acercó á sus lábios y
sacó de él un sonido prolongado y agudo. Pocos minutos despues se
presentó un escudero en la estancia de la castellana.
-Haz saber á Juan de Mesa, dijole
esta á media voz, que aunque nuestro mayordomo Ramirez está
enfermo desde ayer, necesitamos hoy abundante caza en la cocina del castillo;
ya que hace sus veces, debe cuidar de que no falten sabrosos platos de perdices
y conejos para el reverendo padre superior del santo monasterio de la
Espina.
-El pobre Juan de Mesa se halla á
estas horas asaz asustado, respondió el escudero inclinándose, lo
cual no impedirá que, yo le comunique puntualmente vuestras
órdenes.
-¿Pues qué azar ha tenido
ese mozo? preguntó la castellana con interés.
-Parece que el mastin del muy reverendo
padre ha tomado demasiado cariño á nuestro Juan, en
términos que desde que le ha olfateado, lo sigue como su sombra,
clavando en él sus encarnizados ojos.
-En efecto, murmuró el padre; he
traido conmigo al fiel
Bravo, que siempre me acompaña en mis
escursiones fuera del convento: es un buen amigo, que solo hace daño
á los que lo ofenden.
-Así es, y todos le acariciamos y
se muestra complacido, pero aborrece á Juan de Mesa, sin que adivinemos
la razon.
-Alguna tendrá el noble animal para
obrar de ese modo, hijo mio, porque Dios no ha dado inútilmente el
instinto á los brutos. ¿Creeis, Señora,
añadió bajando la voz y acercándose á doña
Magdalena, que el tal Juan de Mesa sea mi penitente?
-Imposible, contestó la castellana,
ese mozo hace mucho tiempo que está en Villagarcía, y mi esposo
lo llevaba siempre á sus cacerias en el monte de Torozos.
-¿Y dices, hijo mio,
prosiguió el monge volviéndose hacia el escudero, que
Bravo sigue todos los pasos de Juan?
-Y tanto que el muchacho, no sabiendo ya
á qué santo encomendarse, se ha encerrado en su cuarto, sin que
por eso se vea libre, de zozobra, pues no podrá salir sin encontrarse en
la puerta con su enemigo.
-Libertadle, de ese suplicio, padre mio,
dijo la dama al fraile.
-Bien, bien, vamos allá, repuso
éste, haciendo al escudero una seña para que le guiase. Despues,
como iluminado por un rayo de, luz, se detuvo, y al ver que el escudero salia
de la estancia, dijo á doña Magdalena:
-Es preciso que el mastin pueda penetrar
al toque de oraciones en la sala de armas.
-Obrad como quisiéreis, le
contestó la matrona.
Y el fraile la saludó
señalando al cielo con la mano.
No bien se vio sola, la castellana
dé Villagarcía, cuando el reprimido dolor que destrozaba su alma,
desde las primeras palabras que hirieron sus oidos con la infausta nueva de la
infidelidad de su esposo, saltó el dique del orgullo y de la prudencia,
que hasta entonces lo habian contenido, desbordándose con violencia en
lágrimas y sollozos. Mesóse la infeliz sus hermosísimos
cabellos, apretóse los puños, retorcióse las manos,
blancas como el alabastro, y no pudiendo ya soportar el peso de tan honda pena,
dio con su cuerpo sobre la alfombra de la cámara, rindiéndose
á mortal desmayo. Dos horas estuvo allí privada de sentido, hasta
que el sonido vibrante de una corneta la sacó de su letargo.
Abrió los ojos, todavia anegados en llanto, miró hácia
todas partes ruborizada, y convencida al fin de que ningun mortal habia
presenciado el rudo estremo de su desesperacion, se levantó,
serenó su semblante, arregló su tocado y abriendo un libro de
devociones, esperó con aparente tranquilidad la visita, que el
vigía de la fortaleza acababa de anunciarle.
No tardaron mucho en subir al
alcázar los recien llegados: eran dos caballeros, seguidos de un hombre,
al parecer, de clase inferior á la suya. Echaron pié á
tierra y uno de ellos pidió ver á la guardadora del castillo,
añadiendo que iba de orden del Príncipe gobernador del reino. Al
oir esto, abriéronse todas las puertas, y enterada del caso doña
Magdalena, salió hasta la galería á recibir al mensajero
de su señor, en quién nuestros lectores habrán reconocido,
sin mas señas, al secretario D. Gonzalo Perez, asi como en las dos
personas que le acompañaban, al general de Cárlos V. Don Luis de
Requesens y Zúñiga, y al correo portador de los despachos de
Alemania.
-Señora, dijo el primero, á
la esposa de Quijada, juego que entraron en la cámara: habéis de
permitirme, antes que desempeñe la comision que para vos me ha dado
nuestro augusto Príncipe, que me felicite y os dé el parabien por
las satisfactorias nuevas, que sin duda habréis recibido de afuera: mi
amigo, el señor alcaide de Villagarcía soporta, segun tengo
entendido, con su acostumbrado valor y perseverancia las penalidades de la
guerra, sin separarse un momento del lado del rey.
-Así es en verdad, señor
secretario, y os quedo reconocida al contento que por ello me mostráis;
os prometo que cuando escriba á Quijada, he de significarle la
obligacion que, debe á vuestra cortesanía. Ahora enteradme, si
gustais, de las órdenes de mi querido Príncipe,
advirtiéndoos de antemano que serán ejecutadas como si el mismo
Quijada estuviese aquí para hacerlas obedecer.
-Poco trabajo os costará ese
empeño, mediando en el asunto la palabra de honor de D. Luis de
Requesens.
-Palabra que de nuevo otorgo bajo mi
fé de caballero, repuso este estendiendo su brazo derecho: nunca se
dirá que por haber faltado á ella, empañó el mas
leve disgusto la apacible serenidad de á una matrona tan ilustre, y tan
acreedora á mi respeto y acatamiento, como la castellana de este
alcázar.
Sonrióse melancólicamente
doña Magdalena, al escuchar el galante cumplimiento de D. Luis, y
preguntóle con tierna solicitud:
-¿Venís por ventura á
llorar en estas tierras algun bien perdido, y habéis jurado no inquietar
á las doncellas de mis dominios señoriales?
-Vengo preso, señora, de
órden del Príncipe.
-¡Vos! ¡Ah! Ya comprendo: sois
tal vez culpable por haber dado muerte en desafío...
-Me envian bajo vuestra custodia, por
traidor.
-¡Oh! ¡Qué
estáis diciendo, caballero! Un hombre tal que vos no comete tan negra
felonía.
Pagó Requesens á la matrona
con un profundo saludo la buena opinion que, acerca de sus sentimientos,
acababa de manifestar, en tanto que añadía D. Gonzalo:
-El Príncipe me ha mandado que os
entregue la persona de D. Luis de Requesens y Zúñiga, á
quien podeis permitir razonable desahogo, una vez que me ha ofrecido no
alejarse mas allá del bosque inmediato. Y al presente debo cumplir con
vuestro preso cierto interrogatorio, que tambien se me ha prevenido, faltando
solo saber cuál es la estancia en que...
-Aquí mismo, señor
secretario, replicó la castellana levantándose de su sitial; de
ese modo estaréis á vuestras anchuras, mientras doy las
órdenes necesarias para hospedar á nuestro cautivo del modo que
merece.
-Mirad, doña Magdalena que no he
concluido con esto mi comision. El Príncipe D. Felipe ordena que
guardeis encerrado en calabozo muy seguro á esa buena pieza. Y esto
último lo dijo, señalando al Correo, que inmóvil junto
á la puerta de la estancia, contemplaba á la castellana, sin
apartar un instante la vista de su bellísimo rostro.
Miróle á su vez la dama y le
hizo seña para que se adelantase, despues de lo cual, le
preguntó:
-¿Cómo os llamais?
-Creo, señora, respondió
aquel hombre con visibles muestras de turbacion, que mi nombre nada importa
para que yo esté preso.
-Os equivocáis, replicó
doña Magdalena: aquí se lleva un registro de todos los que
entran, y de los que recobran la libertad.
-Pues bien; tened entendido que, al
revelaros quien soy, es que entrego mi cabeza al verdugo; pero no he aprendido
á servirme de la impostura, ni aun para salvar mi vida, y menos
recurriré hoy á ella en presencia de una dama. Me llamo Mauricio,
duque de Sajonia.
El asombro que esta declaracion
causó á la castellana de Villagarcía y á los dos
caballeros que con ella estaban, no puede espresarse con palabras. Requesens
echó involuntariamente la mano al puño de la espada, y el
secretario Perez dio un salto hacia atrás, como si lo hubiese mordido
una serpiente. Estos estremos ninguna estrañeza causarán á
nuestros lectores, cuando sepan que el elector de Sajonia fué desposeido
de esta dignidad, é investido por ella en la dieta de Augsburgo por
Cárlos V el duque Mauricio; que éste habia manifestado la mayor
adhesion al emperador, al mismo tiempo que se entendia secretamente con sus
implacables enemigos los luteranos, y que por último acababa de
rebelarse contra su protector, aprovechando una tregua para pasar á
España.
Doña Magdalena fué la
primera que, cumpliendo con el deber que le imponia su cargo de guardadora del
alcázar, tomó la resolucion que en tan difíciles
circunstancias se hacía necesaria, por mas que repugnase á sus
sentimientos.
-Sois, dijo al duque, un hombre, á
quien el príncipe D. Felipe, mi señor, me manda custodiar, y voy
á encerraros en la torre mas alta de esta fortaleza: el Príncipe
dispondrá despues, lo que con vos haya de hacerse.
-No es muy difícil de adivinar,
respondió Mauricio de con indiferencia: por lo demás, estoy
á vuestras órdenes.
La castellana atravesó el salon y
salió á la galería para tomar las disposiciones que
requería el caso. Entre tanto permanecian pensativos D. Gonzalo y D.
Luis, procurando adivinar el primero los motivos que habian traido á
España al elector de Sajonia, y el segundo admirando interiormente la
sangre fria de un personage, que no debia esperar merced de sus enemigos. Al
fin el secretario se dirigió al duque diciéndole:
-Os requiero, en nombre del rey nuestro
señor, para que respondais á mis preguntas.
-Preguntad cuanto os venga á las
mientes, caballero, contestó Mauricio, que os juro por mi sangre no
morderme la lengua.
-Declarad ante todo, si además de
los despachos para el príncipe D. Felipe, habeis traído algun
otro pliego.
-En efecto, he traido otro.
-¿Para el general D. Luis de
Requesens?
-Bien sabe el general que no.
-¿Para quién pues?
-Para Monseñor Guillermo de Croy,
arzobispo de Toledo.
-¿Quién os lo
entregó?
-Es historia larga, caballeros, pero
básteos saber para satisfaccion de vuestra curiosidad que yo necesitaba
venir á la córte de Castilla, y que á pesar de haber
cesado las hostilidades en los estados de Alemania, no podia esperar del
emperador un salvo conducto. Importábame además no ser conocido
aquí, y esto solo podia conseguirlo presentándome como un hombre
oscuro: dudoso estaba acerca de la eleccion del disfraz que tomaria para
atravesar el campamento de los Imperiales, cuando la fortuna se brindó
á favorecerme. Mis puestos avanzados cogieron á un correo que
traia pliegos para el príncipe D. Felipe y una carta para el arzobispo,
y al punto me decidí: el correo quedó prisionero, y yo he venido
en su lugar, imaginando que nada tendria que temer, si desempeñaba
fielmente mi comisión.
-¿Conoceis el contenido, de los
despachos del Rey?
-Si los hubiese abierto, á lo cual
me daban derecho las leyes de la guerra, no hubiera podido entregarlos, y si no
los entregaba, me esponia á andar en dimes y diretes con vuestros
alguaciles.
-¿Tampoco podeis decir quién
escribió la carta para Guillermo de Croy?
-No por cierto; la entregué como
los despachos, pero en ella lo aseguraban, segun me manifestó, que se
fiase de mí, es decir del correo, y me descubrió sin rebozo que
la trama estaba bien urdida, y que pronto quedaria vengado el duque de Alba de
un rival temible que tenia en la corte.
-¿Pronunció el nombre de ese
rival?
-No; ni pretendí conocerlo; poco me
interesaba esa intriga.
-¿A qué habeis venido
á la corte?
-Ese es mi secreto, que solo
revelaré al príncipe D. Felipe, en persona y sin testigos.
-¿Conoceis la suerte que os
espera?
-Sé que moriré á
manos del verdugo, ó por medio de un veneno.
-Duque Mauricio, si repetís por
escrito cuanto acabáis de declarar, os doy mi palabra de que os
oirá, corno deseáis, el Príncipe mi señor.
-¿Y por qué no, aun cuando
no me oiga?
-Vuestras razones pueden salvar á
un inocente.
-Tanto mejor; venga recado de escribir y
acabemos pronto, porque llega ya á mis oidos el estrépito de los
hombres de armas que deben conducirme á la torre mas alta de esta
pajarera. Si lo teneis á bien, hacedme una merced.
-Hablad, y si está en mi
mano...
-Decid á esa noble dama que la
fiereza hace malísimo maridage con la hermosura, y que para ir á
la torre, solo necesito un escudero que me enseñe el camino: mientras
tanto, yo escribiré y el general Requesens ayudará á mi
memoria, por si algo se me olvida apuntar de lo que antes dije.
El Secretario se dirigió á
la galer&ia |