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    Don Felipe el Prudente : novela histórica
     José María de Andueza
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Don Felipe el Prudente

Novela histórica


José María de Andueza






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Capítulo I

Dos hombres honradísimos


Así tocaba á su término la primera mitad del siglo décimo sesto, cuando Cárlos primero de España y quinto de Alemania, acosado sin tregua por la rivalidad de su esforzado competidor Francisco, emperador de los franceses, concibió el temerario proyecto de atacar á éste en el corazón de los mismos estados, cuya posesión contaba ya como segura. Con cinco ejércitos formidables había invadido la Francia los dominios del héroe de Tunez y los de su aliado el duque de Saboya; el tesoro de Castilla se hallaba exhausto, y era necesaria una resolución magnánima para conjurar tan recia tempestad. El infatigable Cárlos nunca vacilaba ante el peligro: reunió en Monzon las Cortes de Aragon y Cataluña, y estas juraron al principe D. Felipe, otorgando al mismo tiempo al emperador un subsidio de quinientos mil ducados. Las de Valencia imitaron tan patriótica conducta, poniendo á disposicion del monarca un cuantioso donativo; y el rey de Portugal, cuya hija doña María acababa de casarse en Almería con D. Felipe, por poderes, aprontó para la proyectada espedicion otra crecida suma de dinero. Estos recursos, y la alianza ofensiva y defensiva que formó Cárlos con Enrique octavo de Inglaterra, lo animaron en su pensamiento de trasladarse a Alemania, con el objeto de abrir en persona aquella célebre campaña de diez años, la última de su gloriosa vida, coronada por brillantes triunfos y apenas oscurecida ligeramente por algunos reveses, que le asestó la fortuna, Deidad caprichosa, parecida á las mugeres, que alhagan á los mozos y abandonan á los viejos.

No hemos podido indicar con menos palabras a nuestros lectores la época en que dan principio los acontecimientos que vamos á narrarles: ahora es preciso que condesciendan en acompañarnos á las inmediaciones de un antiguo alcázar cuadrilongo, enclavado en el riñon de Castilla, no léjos del famoso monasterio de la Espina y estramuros de una poblacion, cuyo nombre, hoy olvidado, o muy poco conocido, figura sin embargo en nuestra historia desde el siglo décimo cuarto.

Era una fresca mañana de abril del año de gracia 1545: dos hombres, guerrero el uno, a juzgar por los arreos que lo cubrian, y villano el otro, segun daba á entender su humilde y asendereado trage, departian amigablemente, sentados en el césped, que servia de mullida alfombra á la falda de la eminencia, sobre la cual se hallaba situado el alcázar de Villagarcía de Campos. Acababan, de tocar á maitines en el monasterio de la Espina y el castillo feudal se destacaba sobre la colina, semejante á un fantasma, que se despoja de las negras vestiduras de la noche. En el dia es una fortaleza abandonada; ha seguido la mala suerte de, la monarquía española, y apenas puede reconocer el viagero entre sus ruinas, algunos restos de su pasado poderío. Y con todo, cuenta entre sus señores ilustre prosapia y su fundacion se remonta á los primeros tiempos de la restauracion asturiana. Propiedad mas adelante de la reina doña Maria, muger de D. Alfonso el onceno é hija de D. Alfonso el sesto de Portugal, lo entregó aquella señora en tenencia á Gutierrez Gonzalez de Quijada, y luego á la abadesa y convento de Santa María la Real de Valladolid. Andando el tiempo, hizo en su testamento don Juan primero merced de la villa y del alcázar al mencionado Gutierrez Gonzalez de Quijada, desde cuya época no volvió á salir del señorío de la familia de los Quijadas, hasta que faltando la sucesion directa de la misma, se posesionó de ambos la casa de Docampo, oriunda de Galicia, aunque establecida en Zamora. Corrieron una en pos de otra las desgracias de la monarquía, y fiel la vetusta fortaleza á los recuerdos consagrados por sus severas tradiciones, pasó de decadencia en decadencia, de los Docampos á los Villamizares, y desde los Villamizares á los Villazices, ó condes de Peñaflor, para sepultar por último su anterior importancia bajo el dominio de los nobles Valdecalzanas.

Pero ¿quién se atreve hoy á recordar sin rubor las descripciones que del castillo de Villagarcía ha leido en antiguos y empolvados cronicones? ¿Dónde están aquellos murallones imponentes, que desmoronados hoy por la injuria del tiempo, ostentan sin embargo algunos trozos de cuarenta piés de elevacion, sin que en ellos se descubran las primeras troneras? Sobre esos trozos arruinados se estendia una doble línea de tan importantes defensas; la de la parte mas baja, establecida á cincuenta piés de la base del alcázar, estaba destinada á la rnosquetería; la superior, cuya altura nos es imposible conjeturar, servía para los disparos de piezas gruesas en toda su estension. Tampoco se conserva resto alguno de los almenares ni matacanes de sus plataformas, aunque todavía flanquean su frente principal dos torres cuadradas de imponente apariencia, destrozadas en muchas partes hasta el pié de los murallones. El ancho foso, que aislaba la fortaleza, se halla completamente, cegado, y al ferrado puente levadizo, que daba paso a su entrada por la cortina del S. O., y que solo ofrece señales de existencia en los enormes ganchos de las cadenas dispuestos sobre el arco del porton, ha sucedido un miserable puentecillo de piedra. Como si no fuera bastante ultraje para tan venerables ruinas el injusto olvido, no ha faltado quien añada el escarnio á su desventura.

Los, dos hombres que platicaban en la pendiente ladera de Villagarcía examinaban, al parecer, la situacion de los negocios públicos, salpicando de vez en cuando su diálogo con razonamientos y conjeturas acerca de otros asuntos privados que, no por serlo, deben parecer menos interesantes á nuestros lectores. Nuestra conciencia de historiadores nos obliga á enterarles de una conversacion, que tal vez no será inútil, para que vengan en conocimiento de otros sucesos mas importantes.

El menos orgulloso de los dos políticos del siglo décimo sesto, aquel á quien hemos calificado de villano, era un joven como de diez y ocho á veinte años, fornido, de corta estatura, en una palabra, el tipo de lo que los navarros entienden por un hombre bajo, rechoncho y cuadrado. Tenia ojos negros de un brillo estraordinario, y los jugaba con admirable viveza y donosura, como para revelar á los demás la refinada malicia de su alma: por lo demás, y como él mismo aseguraba, nunca se mordia la lengua; de modo que hablaba a roso y belloso sin temer al rey ni á la santa Inquisicion, era incapaz de guardar un secreto y andaba siempre á caza de noticias, buenas o malas, á fin de recrearse con el placer de referirlas al primero que le deparaba á mano su fortuna. Vestia corto y estrecho saco de paño pardo, ceñido, á la cintura por tosca correa de cuero en bruto con hevilla de metal, calzon de lo mismo, polainas de pie de lobo basta media pantorrilla y zapatos abiertos en forma de sandalias, completando todo su ajuar una especie de montera ó caperuza de piel de nútria, que lo cubria la cabeza hasta la parte inferior de las orejas, un escapularía de la Vírgen de Monserrate, que llevaba pendiente del cuello y un grueso y nudoso garrote de encina, colocado á la sazon entre sus cruzadas piernas.

El otro personage aparentaba tener mas trastienda y conocimiento del mundo que su compañero. Cuando se le dirigia alguna pregunta acerca de su edad, contestaba con orgullo que habia venido al mundo el mismo año, en que el gran gobernador y santo cardenal Jimenez de Cisneros emprendió y llevó á cabo á sus propias espensas la conquista de Oran; y como ya desde entonces, a pesar de lo reciente del suceso, empezaba á agitarse entre el vulgo la duda de si aconteció tan memorable triunfo en el año de 1509, como hoy aseguran sesudos cronistas, ó si en el de 1516, como sostienen asimismo algunos modernos compendiadores, resultaba de la respuesta del taimado guerrero castellano, que unos le daban buenamente treinta Y. seis años de vida, al paso que otros no sentian el menor escrúpulo al creer que solo frisaba en los veinte y nueve. Hacíale no obstante traicion con liarta frecuencia su memoria, pues cuando relataba sus pasadas glorias militares, hablaba del asalto y saqueo de Roma por las tropas del duque de Borbon y de la muerte de este caudillo, como de hechos que habia presenciado y en los que tuvo no pequeña parte; de aquí deducia el malicioso villano de los brillantes ojos negros, que su interlocutor, fuese por vanidad pueril o por otros motivos que él no alcanzaba, habia dado en la flor de suprimir siete ú ocho años en su partida de bautismo. Por lo demás, era excelente camarada, complaciente, servicial, aficionado al mosto y á las buenas mozas, de ancha conciencia y de razonables puños: un amigo podia contar con él en apurados lances, pero los malos hábitos que habia contraido en el pillaje de la ciudad eterna le impedian, sin duda a mirar con poco escrúpulo los bienes agenos, supuesto que no perdonaba ocasion de apropiárselos contra la voluntad de sus dueños. Precisamente debia preocuparle algun proyecto de esta especie en aquella deliciosa mañana de abril de 1545, por cuanto las primeras palabras que pronunció, ó al menos, las primeras que podemos transmitir á nuestros lectores, fueron estas.

-Asegúrote, amigo Juan, y así Dios y Nuestra Señora de Monserrate te amparen y defiendan, que en esa pícara madriguera no hace mas que pudrirse, un hombre honrado. De mí sé decir que no he nacido para estar mano sobre mano paseándome por la plataforma del castillo, y que si el cielo no lo remedia, voy á morir muy pronto de puro fastidio.

El bueno de Juan miró de reojo al soldado, castañeteó con los dedos y murmuró sonriéndose:

-Esa no pega.

-¿Conque no crees que voy á dar mi alma á una legion de familiares, repuso el otro, si no me sacan de aquí?

-No, mientras te vea atravesar, a guisa de ladron, todas las noches el patio grande de la fortaleza, en busca de la hermosa Beatriz.

-Que si quieres, y llámenle tonto, esclamó el guerrero soltando la carcajada. ¿Quién te ha dado esas noticias?

-La ociosidad aguza el ingenio, y como por la misericordia divina, estamos de holganza hasta que vuelva mi señor el alcaide...

-Estoy en autos; has seguido mis pasos y despues de sorprender mis amorosas locuras...

-Y algunos besos, aplicados con estrépito en las sabrosas mejillas de la susodicha Beatriz.

-¿Eso mas? Ya voy esperimentando, querido Juan de Mesa, que eres mozo de provecho, y ya que la charla ayuda á matar el tiempo, voy á descubrirte cómo y cuando me enamoré de esa muchacha.

-Que me place: ya sabe el señor Diego Martinez que soy hombre capaz de guardar un secreto, y que por todo el oro del mundo...

-Mucho hay que hablar en cuanto a eso: pero doy muy poca importancia á mis galantes aventuras, y puedes divulgarlas á tu sabor, con tal que nada quites ni añadas á la verdad.

-Eso no; antes me vea empalado por judío.

-Basta y escúchame bien. Habrá poco mas de tres meses... justamente, el dia de los Santos Reyes; por cierto que nevaba á mas y mejor... Pues, como iba diciendo, ese mismo dia 6 de Enero aconteció que salí del castillo á las ocho de la mañana para llevar un recado de mi señora doña Magdalena al monasterio de la Espina. ¿Y qué te figuras que encontró al llegar á él, despues de haberme empapado en agua y nieve hasta los huesos? Nada menos que una brillante comitiva de ilustres damas y nobles caballeros, cuajados de oro y de terciopelo desde las orejas hasta los piés. Allí estaban, orando delante del altar mayor el conde de Melito D. Diego Hurtado de Mendoza y su muger doña Catalina de Silva, el apuesto caballero D. Ruy Gomez de Silva, que tanto dá en qué pensar á las hermosuras de la córte, si no mienten lenguas, el Viejo marqués de Los Velez, el consejero D. Pedro Fajardo, el marqués de la Fabara, el conde de Cifuentes, la condesa de Barajas, la marquesa de Aguilar y ¿qué se yo cuantos mas personages? Por supuesto, con la correspondiente añadidura de mayordomos, pages, escuderos, damas de honor, doncellas y criadas de mano.

-Te quedarias con la boca abierta.

-Nada de eso; he visto cosas mas estupendas en Aquisgran y en Ratisbona; aquello es boato, amigo Juan, y no han presenciado los nacidos aparato de tanto bulto corno el que ofreció la majestad de nuestro invencible emperador y rey el dia de su coronacion en Alemania; de esto hace ya unos veinte y cinco años y sucedió en la época de la guerra de las Comunidades de Castilla.

-Buena memoria tienes, observó el villano, para acordarte de todo eso, porque debias ser muy jóven entonces... pero prosigue tu relato del monasterio de la Espina.

Mordióse los lábios Diego Martinez, porque la cuestion de fecha s, presentada indirectamente por su interlocutor, le habia cogido de medio á medio: no tardó sin embargo en adquirir su habitual aplomo, y haciendo como si nada hubiese oido, continuó de esta manera:

-Así que yo ví aquello, dije á mi cola: no hay duda, compadre Diego de que aquí puedes alcanzar algun provecho: las altas y poderosas señoras son fruta prohibida para un pobre diablo, que solo ha traido á su pais honra y miseria; pero tal vez encuentres entro la gente de escalera abajo alguna pelinegra, que se prende de tu porte marcial. Y diciendo y haciendo, adelantéme hasta las gradas del altar mayor, mezclándome con la servidumbre femenina y dando de codo con gallardia y desembarazo á los impertinentes escuderos. Mi osadía obtuvo todo el efecto que anhelaba; cierta criadita de la condesa de Barajas fijó sus ojos en los mios; aproveché la ocasion y los puse en blanco, embidando la partida; ella no se hizo de rogar y quiso el resto con una sonrisa. Hubo despues lo de acercarme a ella, lo de saber que era huérfana de padre y madre, lo de ofrecerla mi proteccion y descansado servicio en Villagarcía, lo de confesarme que no podia tolerar por mas tiempo las impertinencias y caprichos de la señora condesa, y por último lo de concertarnos, ella para desertar de la casa de Barajas, y yo para presentarla y recomendarla en este castillo como parienta mia. Evacuada despues la comision que me habia llevado al monasterio, tuve otra entrevista con mi hermosa Beatriz, y en ella me descubrió que toda aquella magnificencia desplegada por los mas encopetados magnates del reino, en uno de los mas crudos y terribles dias del invierno, tenia por objeto ofrecer á la Madre de Dios y á su santísimo hijo, en aquel Santuario, que pasaba por milagroso, la persona de doña Ana de Mendoza de La-Cerda, de edad de cinco años, hija única de los esclarecidos condes de Melito, por la merced que les habia concedido el cielo de salvarla de una peligrosísima enfermedad. Añadióme que despues del mediodía debia ponerse en marcha toda la comitiva para Valladolid, y que si por mi parte estaba resuelto á libertarla de la penosa servidumbre de la condesa de Barajas, no teníamos tiempo que perder. Mi respuesta fué animarle á que se preparase en el término de media hora: transcurrida ésta, situéme con una acémila, que pedí de gracia en el monasterio, en la primera encrucijada del bosque, adonde á poco rato llegó Beatriz llevando un cofrecito de preciosas joyas y como, unos doscientos ducados en oro. Ya ves, querido, que mi espedicion no era enteramente desgraciada. Apoderéme del dinero y del cofrecillo, suponiendo desde luego que la condesa de Barajas podria tener algun derecho para reclamarlos, coloqué en la acémila á mi resuelta enamorada, y sin mirar hacia atrás, nos encaminamos á ese bendito castillo, al cual sin embargo no llegamos hasta la noche, por la sencilla razon de que fueron muy repetidas nuestras distracciones y paradas durante la travesía.

-Curiosísima y entretenida es por demas la historia del principio de tus amores, dijo Juan de Mesa, luego que su amigo hubo concluido de hablar, y solo me falta saber...

-¿El fin de la aventura? Habas contadas: como el señor D. Luis Quijada, mayordomo del rey y alcaide de Villagarcía estaba á la sazon, lo mismo que ahora, en Alemania, forjé una historia de parentesco para su noble esposa doña Magdalena de Ulloa, y esta señora admitió desde luego á su servicio á mi amada Beatriz.

-¿Y los doscientos ducados?

-Muy pocos quedan ya: los demás... pregúntaselo á las francachelas que he tenido en Valladolid y en Medina de tres meses á esta parte. En cuanto á las joyas del cofrecillo, no se han tocado aun, porque están reservadas para mejor ocasion.

-¿Y no recelas que mi señora doña Magdalena, matrona tan severa como prudente, descubra que la has engañado, y te obligue á tomar por muger á la que hasta ahora todos tienen por prima hermana tuya?

-Si lo descubre, será por tu medio; si pretende que me case con Beatriz... ¡qué diablos! Ancha es Castilla y buscaremos otro escondite.

-Y en ese escondite, por ignorado que esté, sabrá encontrarte nuestro alcaide D. Luis Quijada, cuando vuelva con el rey.

-Allá lo veremos y sonará lo que fuere: entretanto démonos la mejor vida que podamos, pues de lo contrario no contarémos muchos abriles en esta bicoca. ¡Ah! Y apropósito de buena vida ¿qué nuevas trajo anoche el mensajero Miguel de la córte?

-Todavia no he podido traslucirlas, pero han de ser por precision importantes, porque el mozo estuvo encerrado mas de dos horas con la Señora del castillo, y cuando salió de su cámara, ni una sola palabra respondió á las repetidas preguntas que le hicimos.

-De modo que no sabes si la importancia de las tales noticias, ó algunas otras razones mas poderosas le impidieron que os hablase.

-Por mi quebranta-huesos, que no te comprendo, dijo Juan con estrañeza y acariciando el garrote que tenia entre las piernas.

-Ven acá, y el diablo confunda tu estupidez, repuso Diego, algun tanto amostazado, porque queria que su compañero hubiese adivinado el sentido de sus palabras, sin verse precisado á esplicarlas. ¿No acabas de asegurar que Miguel del Bosque, ese bribonzuelo que nunca pierde de vista á doña Magdalena, permaneció anoche dos horas encerrado con ella en su misma cámara?

-Lo he asegurado: ¿y qué?

-Vamos, Juan de Mesa, eres la criatura mas imbécil de estos reinos y señoríos. ¿Son por ventura las nobles damas de nuestro tiempo de distinto barro que las de la corte de D. Enrique, á quien llamamos el Impotente?

-¡Cómo! ¿Supones que la honradísima esposa de mi Señor don Luis Quijada...

-¡Quieres callar y no mentar aquí nombres que para nada necesitamos! Yo no supongo; yo solo digo lo que dirá cualquiera, que no tenga el entendimiento en las suelas de sus zapatos. Y si no, veamos. ¿Qué piensas que diria yo á los criados de una muger asi, fuese la mas encopetada de la tierra, que me viesen salir de su estancia, despues de dos horas de plática? ¿No conoces, menguado, que mis palabras tendrian toda la apariencia de una disculpa y que los otros se reirian de ellas?

-Calla, calla por los cuatro Santos Evangelistas, esclamó el villano empuñando con fuerza su nudoso palo y poniéndose en pié de un salto, como impelido por un resorte. Si supiera que se ha cometido tan feo desacato contra la honra de mi Señor...

-¿Qué harias?

-Aplastaria la cabeza de, Miguel del Bosque contra las losas del patio principal del alcázar.

-Siempre quiebra la soga por lo mas delgado, murmuró Diego Martinez, añadiendo luego en voz alta: -Puede ser que yo esté muy equivocado y que Miguel sea el amante mas inocente y menos temible del mundo, asi como que ningun desaguisado amenace al limpio honor del ausente y confiado esposo: mas dime por tu vida, si se necesitan dos horas de encierro con una dama, para enterarla de las novedades que han ocurrido en la córte. ¿Qué diablos ha podido suceder en Valladolid para tanto misterio?

Iba ya Juan de Mesa á encolerizarse por segunda vez, acosado por las observaciones de Diego, cuando dirigiendo la vista por casualidad hacia el castillo, vio ondear en la mas alta de sus torres una bandera negra.

-¡Que es eso! dijo con asombro. ¡Qué sucede en el alcázar!

-Entremos en él y saldremos de dudas, le contestó su amigo.

-¡Si será esa la respuesta que no quiso Miguel darnos anoche!

-De todos modos no olvides lo que voy á decirte antes que dejemos este sitio: es una advertencia saludable, que acaso te será muy útil algun dia. Los dos hemos cometido ciertos pecadillos, que no perdonará seguramente el alcaide de Villagarcía, si llega á saberlos: yo, por ejemplo, tengo sobre mi conciencia la superchería del parentesco con Beatriz, sus amores y sobre todo los doscientos ducados y las riquísimas joyas de la condesa de Barajas; por tu parte, tampoco debes vivir muy tranquilo, porque te acusan, entre otras cosas que el tiempo puede sacar á luz, los dos garrotazos que diste á aquel pobre ermitaño, que enterramos entre los dos allá abajo, junto á las últimas empalizadas del castillo.

-Ya te dije quien era y que...

-Nadie te disputa que no tuvieras razon para hacer con él lo que hiciste, pero lo cierto es que quedó hecho, y que si llega á olfatearlo el Señor D. Luis Quijada, toda tu razon y tu buen derecho no le quitarán el vivísimo deseo de colgarte de una almena.

-¿Y tu advertencia saludable?

-Héla aquí. El mejor medio de desarmar á un enemigo temible es sorprender algun secreto que te importe guardar. Ahora bien: no seria del todo imposible que la ilustre matrona doña Magdalena de Ulloa llegase á entender alguna cosa de nuestras fechorías, y si esto acontece, ya debes presumir que nos darán sin tardanza el merecido premio: á los dos, pues, nos interesa estar prevenidos y escudarnos con arma poderosa. Es asi que entre la castísima esposa del Señor D. Luis Quijada y el escudero Miguel del Bosque hay un secreto...

-Discurres como un inquisidor.

-Y que podemos probar, cuando fuére necesario, que han estado dos horas juntos y encerrados, por la noche en la cámara de...

-No prosigas, Diego; ya veo que he obrado mal al encolerizarme contra el pobre Miguel.

-No hay duda, Juan, no hay duda, porque de todo se saca provecho en este mundo. Sepamos ahora qué es lo que significa ese guiñapo negro que han puesto en aquella torre.

Estiró Diego las piernas al decir esto y se levantó con gran calma, como sintiendo que una novedad cualquiera lo obligase á abandonar el blando asiento de cesped, y ambos echaron á andar dirigiéndose al alcázar; el soldado haciendo comentarios sobre el partido ventajoso que le seria dado sacar de la situacion en que se hallaba, y Juan de Mesa pidiendo al cielo de todo corazon que no llegase el caso de tener que acusar á su Señora, ni de romper el espinazo á su buen amigo Miguel del Bosque.




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Capítulo II

En que se prueba que el príncipe D. Felipe no hacía mas que llorar


La enlutada bandera, que estendia sus pliegues al viento en la torre mas alta de Villagarcía, anunciaba á los moradores de la poblacion una triste nueva. La infanta doña Maria, esposa del príncipe D. Felipe, que gobernaba en España durante la ausencia de su padre D. Cárlos, acababa de dar á este un nieto, pagando con la vida su ventura materna. La corte estaba de duelo y se habian mandado suspender las grandes fiestas y regocijos, con que todas las ciudades se disponian á celebrar el nacimiento del príncipe Cárlos, añadiéndose á la tristeza general que esparció tan infausto acontecimiento, el disgusto y zozobra de los ánimos, en vista de los últimos sucesos de la guerra de Italia. No era ya un misterio en Valladolid que el duque de Euguien habia atacado la importante plaza de Carignano en el Piamonte, despues de haber destruido en Cirinola al marqués del Vasto, haciendo en sus tropas tal destrozo, que este general perdió en el campo de batalla mas de doce mil hombres entre españoles, italianos y alemanes. La angustia y el desaliento se veian retratados en todos los semblantes; formábanse en el Campo Grande corrillos de gente ociosa, para condolerse de las calamidades públicas, y en las puertas de los templos y en las calles se hacian votos por la pronta vuelta del rey-emperador, á quien los noticieros suponian, cuando menos, en la misma situacion en que habian contemplado á Francisco primero de Francia, despues de la memorable victoria de Pavía. Las tiendas de los mercaderes se habian cerrado en señal de luto, el pueblo daba de mano á sus quehaceres y diversiones; todo en fin se aunaba en desconsolador concierto, para desmentir aquel antiguo dicho de los paisanos del famoso Pedro Ansurez: Villa por Villa, Valladolid en Castilla.

Tales eran las noticias que Miguel del Bosque, escudero de don Luis Quijada, habia llevado á su Señora; la bandera negra era la espresion del sentimiento, que la guardadora del alcázar de Villagarcía tributaba á la justísima afficcion del príncipe D. Felipe.

Si echamos una rápida ojeada por vetustos pergaminos conservados en el precioso archivo de Simancas, nos convenceremos de que la Pintia de los Voscos á Vacceos distaba mucho de ser lo que, andando el tiempo, fué el Valle-de-Olid ó de Lid de los Arevacos y Carpetanos, y muchísimo de figurar lo que figuró, cuando el rey D. Ordoño II de Leon tuvo por conveniente tomar á los árabes dicha poblacion en el año de 920, despues de reñidísima lucha. Tampoco en esta época alcanzó las ventajas que obtuvo de D. Alfonso VI en 1081, cuando este monarca la cedió en juro de heredad al magnífico y magnánimo conde D. Pedro Angurez, que se dedicó á engrandecerla, y á continuar en ella las obras emprendidas por el otro conde D Rodrigo Gonzalez Giron, de órden del rey de Castilla. Y al fin aconteció en Valladolid, despues de su preponderancia, lo que en los vastísimos dominios con que la católica Isabel primera, abrillantó las preciosísimas perlas de su corona: el génio de Colon descubrió el Nuevo Mundo; su cuerpo yace en un rincon de la Catedral de la Habana y el Nuevo Mundo se llama América, porque otro navegante le dió su nombre. Así en una capilla que existe en la nave del Evangelio de la catedral de Valladolid se conserva el sepulcro del conde Ansurez, al paso que las armas de la ciudad son Tres Girones pajizos en campo de gules, y en el timbre una corona con ocho castillos.

Mas sea de esto lo que fuere, y ya que no hemos tomado la pluma para enderezar entuertos de antiguos caballeros tratados con injusticia, debemos dejar consignado que, entre los grandes edificios de la córte de Castilla, descollaba como el mas colosal, como la obra unas atrevida de arquitectura, el que luego se tituló convento de San Benito y es en el dia una fortaleza sin objeto, aunque provista de grandes fosos, bien defendidas murallas y sus indispensables puentes levadizos. En aquel vastísimo palacio de inmensos corredores y de fuertísimas paredes descansaba á mediados del siglo décimo sexto el gobierno de los dilatados dominios españoles; y descansaba de todo punto el dia en que hemos visto á Juan de Mesa y Diego Martinez platicando á su sabor sobre el cesped, junto al alcázar de Villagarcía; porque, al decir de los mejor informados entre los que de noticias respiraban, el príncipe D. Felipe, inconsolable por la pérdida de su amada esposa doña Maria, y abrumado con el peso de las fatales desgracias de nuestras armas en Italia, habia caido en una especie de ensimismamiento, que le vedaba atenderá los negocios. El pueblo le compadecia y no osaba murmurar de su abandono, si bien anhelaba conocer la suerte que habia cabido á la persona del invicto emperador y á las conquistas hechas por sus armas en el territorio germánico. La oposicion que en aquella época y otras no menos gloriosas se hacia á los poderes públicos, era demasiado circunspecta y patriótica, para que se tradujese en quejas y mucho menos en motines: ademas, amaban los españoles al príncipe D. Felipe, porque era hijo de Cárlos, es decir, del monarca severo, pero justo, que miraba á sus súbditos como á hijos, y que nunca perdonó á los estranjeros la menor injuria ó atentado contra la hidalga nacion, á cuyo frente lo habia colocado la Providencia.

Hallábanse el mismo dia que hemos apuntado, junto al alfeizar de una ventana del palacio, tres magnates de la córte de Castilla, y la paso que aguardaban, al parecer, alguna órden que les permitiese penetrar en los aposentos interiores, examinaban con curiosidad, no tanto los primores del salon verdaderamente régio en que acababan de reunirse, como la actitud de los corrillos que formaba el pueblo delante del edificio. Despues de un silencio bastante prolongado, durante el cual pudo cada uno de aquellos personages convencerse, de que no se trataba de conjurar tempestades políticas, como las que veinte y cinco años atrás habian puesto en fermentacion á las principales ciudades del reino, el de mas edad dijo á los otros:

-Terrible golpe ha sido este, caballeros, porque la princesa doña Maria era el alma del gobierno de D. Felipe.

-¿Lo creeis así? preguntó al que habia hablado el que lo seguia en edad.

-Estoy ciertísimo de ello, respondió el primero, y tanto que, no bien sepa nuestro buen rey D. Cárlos la causa que hoy nos hace vestir de luto, se apresurará á dar la vuelta á España.

-Poquísima confianza os inspira segun eso el príncipe D. Felipe, Señor D. Gonzalo, repuso el segundo, y eso es mas de estrañar en vos que en otro alguno, ya que en todas partes os haceis lenguas de su acertada direccion en los negocios del Estado.

-Añadid, señor de Requesens, replicó D. Gonzalo sonriéndose, que el rey D Cárlos me ha colmado de mercedes y lo habreis dicho todo. Veo que no me habeis comprendido: nuestro muy amado príncipe D. Felipe acaba de perder una esposa que formaba todas sus delicias, y esta desgracia debe anonadar su espíritu y contener los impulsos de su voluntad: el monarca está ausente, sin que sepamos á punto fijo su paradero ni el de sus tropas, despues de la derrota sufrida por el marqués del Vasto, y... ved, señores; el pueblo participa de nuestra misma ansiedad, porque ¿qué lo queda al príncipe, muerta doña Maria, cautivo acaso el gran Cárlos y perdidas tal vez sus magníficas conquistas?

-Lo quedan aun su corazon y su cabeza, contestó con prontitud el mas jóven de los tres caballeros, que hasta entonces no habia despegado los lábios.

-Acabais de, espresar fielmente y con dos solas palabras mí íntimo pensamiento, Señor Ruy Gornez de Silva, observó cortesmente D. Gonzalo: el corazon y la cabeza son dos cosas preciosas, que hacen al hombre llevar á término arriesgadísimas empresas; nuestro príncipe no ha cumplido todavia veinte y cinco años y llegará á ser un gran Monarca; pero hablamos del tiempo presente y de las dificultades que por todas partes se presentan para atender á las necesidades del momento, y para conjurar las desgracias que nos amagan.

No bien hubo pronunciado estas últimas razones el anciano caballero, cuando abriéndose de par en par las dos hojas de la puerta del fondo del salon, dieron paso á la persona del cardenal Espinosa. Los tres magnates abandonaron al punto la ventana, adelantándose hacia el prelado. Echóles éste gravemente su bendicion y les dijo:

-El príncipe os aguarda para celebrar consejo, señores.

-¡Tan pronto! murmuró D. Gonzalo.

-Ya lo veis, repuso D. Luis de Requesens y Zúñiga.

-En efecto, observó D. Ruy Gomez de Silva; parece que está ya en accion la cabeza; ya veremos luego qué es lo que hace el corazon.

El cardenal Espinosa saludó á los caballeros y volvió á entrar delante de ellos en la cámara de D. Felipe.

Era este príncipe de menos que mediana estatura, endeble de piernas, de pocas carnes, velludo y de voz gruesa é imponente. Cuando se presentaron en su estancia los tres magnates leia unos despachos, que dejó sobre su mesa, para mirar de hito en hito á los que llegaban. Saludóles poco despues con afabilidad y tristeza y ordenándoles tomar asiento, les dijo:

-Huélgome mucho, caballeros, de haber sabido que os hallabais tan inmediatos á mi persona en ese salon, pues de esta manera no se hará esperar demasiado el parecer que habeis de darme sobre varios negocios de gran monta. Mi secretario D. Gonzalo Perez, tengo que cornunicaros una buena nueva, y felicítome por ello, porque al menos habrá hoy alguna alma contenta y satisfecha en la córte.

-Esa nueva, señor, por grande y alegre que sea, respondió don Gonzalo, no tendrá la virtud de hacerme sentir con menos fuerza y amargura las penas de mi príncipe.

-Habia olvidado y olvidáis vos tambien que os he llamado á todos para que me deis consejos, ajas no para que os aflijais conmigo, replicó D. Felipe. Señor cardenal, hacedme merced de leer en alta voz esas comunicaciones del marqués del Vasto.

Hízolo así el prelado, y los tres magnates quedaron oficialmente enterados de nuestros desastres en Carignano y Cirinola.

-Ninguna noticia tengo del emperador mi augusto padre, añadió el príncipe. ¿Qué pensáis que debe hacerse en tan apurado trance, señor de Requesens?

-Levantar sin perder momento un ejército de cincuenta mil hombres y atacar al emperador Francisco I en sus propios estados, contestó sin detenerse D. Luis. Debemos invadir desde luego la Lorena y poner sitio á la plaza de San Dicier, para que el Rey nuestro Señor pueda correrse al Piamonte y restablecer allí el imperio de sus victoriosas armas, en tanto que el enemigo atiende á la defensa de su territorio.

Miróle el príncipe atentamente por largo espacio, como si intentase penetrar sus mas ocultos pensamientos, y le dijo despues de aquel molesto exámen:

-Habláis como hombre de guerra, esforzado y decidido.

Y volviéndose luego hacia D. Ruy Gomez de Silva, añadió:

-Háganos conocer su opinion en tan árduo empeño el príncipe de Éboli.

-No estoy muy distante de pensar como el Señor de Requesens, respondió este; pero será menester que esos cincuenta mil hombres, antes de atacar al emperador de Francia, refuercen el ejército de nuestro rey D. Cárlos. Tengo tambien por seguro que en España no necesitamos fuerzas, contando, como contamos, al frente de los negocios con un príncipe, que trabaja en pró de la causa pública, cuando todos le juzgan sumido en el mas acerbo dolor.

-¿Eso dicen?

-No lo dicen, Señor: es el pensamiento unánime de un pueblo que ama á V. A.

-Basta. Díganos ahora su parecer el secretario de mi augusto padre y mio.

Don Gonzalo Perez se alzó de su asiento, clavó su mirada en la penetrante de D. Felipe y pronunció con decidido acento estas palabras.

-Señor, mi parecer es esperar.

Sonrióse el príncipe y levantándose dio por terminado el consejo: los tres magnates se despidieron de S. A., que permaneció solo en la cámara con el cardenal Espinosa y el pueblo siguió condoliéndose en el Campo Grande y en las calles y plazuelas, de la amargura y tristeza de su querido príncipe, á quien el dolor impedia tomar resoluciones decisivas, que enderezasen el mal sesgo de los públicos negocios.

-¿Conque creen que de nada me cuido porque he perdido á la princesa doña Maria? esclamó D. Felipe, cerrando la puerta de la estancia. Nada me habíais dicho de eso, señor Cardenal.

-Don Ruy Gomez de Silva ha exagerado la especie, contestó el Cardenal, y hubiera debido contentarse con decir...

-Don Ruy Gomez me, ha hecho un servicio de gran cuenta, poniendo en mi noticia de una manera indirecta las murmuraciones del pueblo: y por Dios Santo, que ese dolor inmenso que siente mi corazon os parecerá increible, cuando sepáis los trabajos que mi imaginacion ha revuelto en veinte y cuatro horas. Ahí teneis ese legajo, prosiguió D. Felipe señalando á Espinosa un monton de papeles que habia sobre la mesa: he contestado de mi puño y letra á todas las dudas presentadas por los gobernadores de las provincias, he dispuesto que se me pasen consultas sobre todos los asuntos de la competencia de los tribunales, y establecido las bases de una administracion equitativa, que con el tiempo dará buenos frutos. He hecho mas, señor Cardenal; he estudiado sobre el terreno las operaciones del ejército enemigo que persigue al marqués del Vasto, y os aseguro que estoy tranquilo.

-¿Tranquilo, Señor?

-De todo punto. He aquí la carta que escribo á mi augusto padre el emperador, aconsejándole que en vez de proseguir la guerra sin descanso, aproveche la primera coyuntura favorable para convocar una dicta en Wormes ó Ratisbona.

-¿Con qué objeto?

-Con el de tratar de los negocios de la religion y de las hostilidades contra el gran turco. Los príncipes protestantes de Alemania se ligarán sin perder tiempo, y esto liará que las tropas del Papa penetren en aquellos estados.

-¡Ah! Ahora comprendo...

-Que mi plan se reduce á ahorrar en la contienda del imperio germánico sangre española; á impedir, por la cooperacion de la Iglesia, los progresos de la heregía, y á contener la audacia de Francisco en sus empresas contra nuestros ejércitos. La presencia de un cuerpo de tropas del Papa amenazando á Ausgburgo, deja libre, á mi augusto padre para remediar el desastre de Cirinola, y me evita el cruel sentimiento de enviar cincuenta mil españoles mas al sacrificio.

Al espresarse de este modo el joven príncipe, ninguna señal de interior satisfaccion revelaba su impasible semblante; era sin embargo evidente que su corazon palpitaba con violencia, porque volvió á sentarse, despues de estrechar las manos de Espinosa entre las suyas.

-V. A. necesita entregarse al descanso, dijo el Cardenal, para volver con nuevo empeño á tan importantes tareas.

-Aquí duermo y aquí trabajo, murmuró el príncipe sonriéndose y dando dos golpecitos con la mano en uno de los brazos del sillon. Conviene sin embargo, añadió con la mayor naturalidad, que nadie se entere de mis entretenimientos sobre los negocios del Estado, porque los mismos que ahora se quejan ó murmuran de mi escesivo dolor, dirán, si llegan á saber en qué me ocupo, que busco distracciones á mi pena. Cuidad entretanto, señor Cardenal de remitir esa epístola á nuestro muy amado emperador y esos otros despachos á los gobernadores de las provincias. ¡Ah! llevad tambien un escrito que por ahí debe andar, y entregádselo al secretario D. Gonzalo Perez, que se holgará mucho al leerlo es el diploma que mi augusto padre le envia, legitimando á un su hijo llamado Antonio, que á lo sumo cuenta cuatro años de edad.

El Cardenal ordenó los diferentes papeles que acababa de indicarle D. Felipe, hizo á éste una profunda reverencia y, se retíro: al atravesar el salon, encontró á varios cortesanos que le detuvieron para informarse de la salud del príncipe; pero Espinosa, sin detenerse, movió la cabeza á derecha é izquierda diciéndoles:

-Estamos muy mal, si Dios no pone mano en esto: en aquella cámara no hay mas que lágrimas y suspiros.

-Y con todo, necesitamos otra cosa, señor Cardenal, replicó uno de aquellos señores con impaciencia. Muy santo y muy laudable es llorar por los muertos, pero los que están al frente de un Estado deben atender á la felicidad de los vivos.

-No hableis en tan descompuesto tono, señor D. Pedro Fajardo, repuso el Cardenal en voz baja y prosiguiendo su camino; pudieran escucharos y esto perjudicaria mucho á vuestra ambicion.

El cardenal Espinosa, joven á la sazon, era uno de los mas hábiles políticos de su tiempo. Hombre recto, de costumbres austeras y de una probidad intachable, habia logrado conquistar la confianza del emperador Cárlos V quien, apreciando en su justo valor sus no comunes dotes de gobierno, se lo recomendó eficazmente al príncipe D. Felipe, como consejero de gran valla, durante su ausencia. Pero D. Felipe, que valiéndonos de un dicho asaz vulgar, aunque gráfico para revelar de una plumada su talento, fué uno de los gobernantes que mas largo han cazado en este mundo, conoció en breve que el nuevo consejero, intachable como sacerdote y como particular, seguía las inspiraciones de Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo, que estaba al frente de la parcialidad de los flamencos, cuya rapacidad fué uno de los mas poderosos motivos del alzamiento de los Comuneros de Castilla. Así pues, como el príncipe no pensaba del mismo modo que el rey, en cuanto á la provision de los grandes cargos del Estado, miraba con prevencion al arzobispo Guillermo, y solo se valla del cardenal Espinosa con repugnancia y por no disgustar á su invicto padre. No se ocultaban á la sagaz penetración del consejero las disposiciones de D. Felipe, por lo que se dedicó afanosamente á ganar su voluntad por medio del estudio de su carácter, y al cabo lo consiguió con grandes ventajas para la española monarquía.

Pocas horas habian transcurrido desde que D. Gonzalo Perez recibió el despacho que legitimaba á su hijo, cuando fué llamado por el príncipe, á quien encontró leyendo por tercera ó cuarta vez nuevas comunicaciones, que acababan de llegarle. Al ver al secretario, le alargó la mano diciéndo:

-Vuestro consejo era sábio; debiamos esperar, y pésame en el alma la carta que hoy mismo he escrito al emperador mi padre.

-Segun eso. V. A. ha recibido satisfactorias nuevas... se atrevió á preguntar D. -Gonzalo.

-Todas las pérdidas de Italia se han reparado y... ¡cosa increible! El emperador ha hecho precisamente todo lo que nos ha propuesto hoy mismo D. Luis de Requesens.

-¡Cómo, Señor!

-Nomas, ni menos: ha atacado á Francisco en sus mismos Estados; ha invadido la Lorena y ha puesto sitio á San Dicier.

-Eso es admirable.

-Mas crecerá vuestro asombro, cuando sepáis el número de tropas con que ha acometido la empresa. Leed, D. Gonzalo, leed.

Don Felipe dió un despacho al secretario y éste exclamó despues de haberlo recorrido con la vista:

-¡Cincuenta mil hombres!

-Cincuenta mil, repitió el príncipe.

-Pero es precisamente la fuerza que D. Luis aconsejaba.

-¿Qué pensáis de todo esto? Habladme sin rebozo.

-Que D. Luis de Requesens y Zúñiga es un gran militar, un hombre honrado y un súbdito fiel del emperador.

-Qué D. Luis de Requesens y Zúñiga es un traidor y un malvado, gritó un hombre que acababa de entrar en la cámara por la puerta del salen.

Don Gonzalo dio dos pasos atrás, pero el príncipe permaneció impasible y dijo al recien llegado:

-Habeis acusado á uno de los mas intrépidos generales del emperador mi augusto padre, y vuestra alta dignidad de Arzobispo de Toledo no os releva de la obligacion, en que estáis, de presentar pruebas terminantes de vuestro dicho.

-Aquí están, respondió Guillermo de Croy, entregando á D. Felipe un papel doblado.

-Enteraos de eso, D. Gonzalo, repuso el último, pasando el papel al secretario.

Hízolo así éste con mucho detenimiento y dijo en seguida:

-En esta carta se asegura que D. Luis de Requesens y Zúñiga tiene conocimiento de todo el plan concebido por el emperador para invadir la Lorena y atacar á San Dicier.

-Respondedme en conciencia, señor Arzobispo, pronunció el príncipe con solemne acento. ¿Teneis noticia de lo que hoy mismo se ha tratado en consejo, al cual ha asistido el cardenal Espinosa?

-Puedo afirmar á V. A. que es la primera vez que oigo hablar de la celebracion de ese consejo.

-¿Lo juraríais sobre los santos Evangelios?

-Señor, sí; lo juraré, si V. A. lo manda.

-¿Y dónde están la traicion y la maldad de D. Luis, dando de barato que con efecto no ignore los proyectos del emperador don Cárlos?

-En su silencio para con V. A.

-¿Cómo sabeis que lo ha guardado?

-Lo sé, porque el pueblo nada ha traslucido de esos nobles intentos del guerrero emperador; lo sé porque el pueblo sigue desasosegado é inquieto, y porque V. A. no reservaría para sí solo la satisfaccion y el contento de tan importantes nuevas, despues de habernos participado las tristes y desconsoladoras que ha recibido de Italia.

Inmóvil y pensativo quedó el príncipe al escuchar los argumentos del Arzobispo, cuyas contundentes razones parecian incontestables. D. Gonzalo estaba como aterrado, pues costábale mucho trabajo imaginar que Requesens hubiese intentado captarse la confianza de D. Felipe, por medio de consejos y planes que no eran suyos y que estaban ya puestos en práctica. No solo era esto atentar á la gloria del emperador D. Cárlos sino hacer alarde á los ojos del príncipe de un tacto militar y de una esperiencia que no existian; cosas ambas que se hermanaban muy mal con el pundonor y reconocida fidelidad de D. Luis. Observando al fin que se prolongaba demasiado la profunda meditacion en que habia caido D. Felipe, rompió el silencio murmurando:

-Aquí hay algun misterio que no acierto á comprender, pero si V. A. me da su permiso...

-¿Cuál es vuestro propósito? le preguntó el Príncipe.

-Interrogar á Requesens, Señor.

-Bueno es el pensamiento, mas no ha de ser aquí sino en Villagarcía; conducidle vos mismo sin estrépito á ese alcázar, y pedid en mi nombre á la noble esposa de D. Luis Quijada que lo guarde en él.

-V. A. le prende sin oirle...

-Don Gonzalo, haced sin demora lo que os mando, que á nadie pesará de ello. ¡Ah! Leedme el nombre de la persona que firma esa acusacion.

-Juan Vazquez, secretario del duque de Alba.

-¿Cuándo la habeis recibido, señorArzobispo?

-No hace todavía una hora.

-Lo cual prueba que la ha traido el mismo espreso, portador de los despachos de mi augusto padre.

-Así deberá ser, señor.

-Está bien; en todo se hará justicia.

Estas fueron las últimas palabras que pronunció D. Felipe, pero al mismo tiempo echó una mirada penetrante, rápida y significativa al secretario. Éste la comprendió corno muy avezado que estaba á adivinar por un solo gesto los mas íntimos pensamientos de su amo y salió de la cámara seguido de Guillermo de Croy. Al bajar la escalera de palacio dijo éste último á D. Gonzalo:

-Poned á buen recaudo á D. Luis, no sea que se fugue, en cuyo caso dará mucho que sentir al príncipe.

-No hayais miedo de que tal haga, replicóle el secretario; por lo demás, señor Arzobispo, confiad en que no se torcerá la vara de la justicia.

Aquella misma tarde se dirigian hacia el castillo de Villagarcía tres personas: á dos de ellas conocen ya nuestros lectores; la otra era el espreso que habia traído al príncipe D. Felipe los recientes despachos del emperador su padre.




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Capítulo III

El correo de Alemania


La parte interior del alcázar de Villagarcía formaba singular contraste con las belicosas obras que lo hacian tan temible, y desde luego se echaba de ver el lujo y delicado esmero, con que su alcaide habia atendido á la comodidad y al regalo. Atravesando el patio principal ó plaza de armas, habia al opuesto estremo una espaciosa escalera de piedra, que conducia á los primeros aposentos. Ocupaban estos el remate de una galeria casi oscura, á causa de la escasísima luz que en ella penetraba, por la desproporcionada elevacion de las ventanas y lujosos vidrios de dolores, y en la cual se paseaban dos ó tres criados de confianza, esperando tal vez algunas órdenes para los puestos de la fortaleza. Una puerta de grandes proporciones, que en esto se diferenciaba de otras muchas, practicadas á lo largo del corredor, daba á conocer la habitacion, á que daba paso, estaba destinada para las personas mas encopetadas del castillo.

Y así debia ser en efecto, porque aquella estancia era magnífica y demostraba el esquisito gusto de sus moradores. Adornaban las paredes, cubriéndolas de alto abajo, floreados tapices de Damasco, de los cuales pendian á trechos, en dorados clavos, algunos mal acabados retratos de D. Enrique el Doliente, de D. Juan II el Débil, de Enrique IV el Impotente y de los católicos monarcas D. Fernando y doña Isabel, descollando sobre todos un lienzo que representaba al gran cardenal Jimenez de Cisneros, en el acto de enseñar desde un balcon el almirante de Castilla, al duque del Infantado y al conde de Benavente la artillería que tenia á sus órdenes: al pié del lienzo se leian estas palabras: -«Hé ahí los poderes que me ha conferido el rey Nuestro Señor, para gobernar en su nombre.» Sobre un entarimado incrustado de piedras blancas y azules decoraban los costados de la habitacion ricas alfombras, que ostentaban, bordados en sedas y con bastante propiedad, todos los lances, azares y peligros de una cacería, formando gracioso juego con los toscos sillones de madera de encina, sobrecargados de figuras y cubiertos de seda carmesí de Utrecht. Por último, una disforme araba de plata maciza, en la que ardian todas las noches siete bugías, despidiendo azulada luz y deliciosa fragancia, colgaba de un artesonado matizado de guirnaldas sobre fondo claro, y una mesa, de mármol de Calatrao, de color negro con venas rojas, ocupaba el testero de la sala.

En ella se hallaba la muy ilustre castellana doña Magdalena de Ulloa, leyendo con avidez unas cartas que Miguel del Bosque habia llevado de Valladolid y en las cuales le aseguraba su esposo el alcaide, que pronto tendria la felicidad de estrecharla en sus brazos, cuando fueron á decirla que el superior de los monges del monasterio de la Espina pedia vénia para entrar en el castillo. Concedióla de buen grado doña Magdalena, y ordenó que fuese agasajado cual merecia por la fama de su virtud. Un cuarto de hora despues se encontraba el fraile delante de la señora de Villagarcía.

Era un hombre como de cincuenta años, seco, macilento, alto y encorbado; sus ojos hundidos, casi redondos y en continuo movimiento comunicaban á su rostro la apariencia del de un gato montés, confirmando esta semejanza una frente estrecha deprimida, oculta en parte, por la capucha. Ni un solo cabello crecia en su cabeza, pero caíale hasta el pecho una blanca barba, semejante á la que vemos en los bustos de los primitivos patriarcas de Israel, y llevaba los piés embutidos en gruesas sandalias que entorpecían sus pasos, cuya accion dependía al parecer de la fuerza que les comunicaba el grueso palo de enebro, que apretaba convulsivamente entre sus arrugados dedos.

-Sentaos, padre mio, le dijo la castellana con amable dulzura; descansad á vuestro sabor y comunicadme después el objeto de vuestra venida.

-Hija mia, respondió el monge con acento cavernoso, vuestros caritativos sirvientes han querido agasajarme, porque ignoran que el negocio que me trae es de vida ó muerte.

-¡Qué decis! exclamó asustada doña Magdalena: hablad por Dios.

-Lo que voy á revelaros es un secreto de confesion.

-¡Ah!... ¿Y podéis hacerlo?

-He martirizado mis carnes, hija mía, con la disciplina y con el ayuno pidiendo al cielo una inspiracion, y hace ocho dias que desgarra mis carnes un apretado cilicio con agudas puntas de hierro. Dios, solo Dios sabe los tormentos que mi alma padece, desde que un pecador contrito me reveló en el confesonario del convento de la Espina el terrible misterio que voy á declararos.

-Pero repito mi pregunta, padre mio. ¿Podéis faltar al secreto confiado á vuestro ministerio santo en el altar de la penitencia?

-No; no puedo en conciencia; mas decidime ¿debo consentir que el esposo engañe á la esposa y que el hijo adulterino entre en la casa de la matrona honrada?

-Por fin, murmuró la castellana, reponiéndose de la turbacion que le habian causado las primeras palabras del fraile: ya veo que no venis á anunciarme ningun asesinato.

-Si eso fuera, no hubiera salido del monasterio. ¿Teneis en mas por ventura la vida de un hombre que el deshonor de una familia?

-¡Oh! No, no, padre mio, pero... ¿qué parte me toca de vuestros anuncios? ¿Me importa tal vez ese secreto?

-!Si os interesa! ¿Pues á quién sino á vos, hija mia?

-¡Cómo! ¡Acaso mi esposo D. Luis Quijada, el mas pundonoroso caballero de Castilla!...

-Vuestro esposo el señor D. Luis Quijada olvida las obligaciones que os debe, y se entrega en Alemania á los desórdenes. Hace un año que conoció en Ratisbona á una dama de singular belleza, con la cual ha vivido con ilícito trato, y acaso no tardeis en tener la prueba á la vista, supuesto que el noble alcaide de Villagarcía y mayordomo del César, sé dispone para volver á España con el fruto de sus amores.

-Cesad, padre mio, cesad, gritó doña Magdalena desesperada y fuera de sí, porque acabáis de atravesarme el corazon. Nunca creí que debajo de ese sagrado hábito se anidase tanta crueldad.

-He luchado, hija mia, he luchado conmigo mismo largas noches, antes de resolverme á daros esta fatal noticia.

-¿Y qué tengo yo que ver con vuestros escrúpulos? Hubiéraisme dejado con mi ignorancia, y no que así acabáis de destruir para siempre mi ventura.

-¿Qué queréis, hija mia? Llevadlo con paciencia en cuanto á los sentimientos del alma, y aprovechaos del aviso para poner en salvo vuestros bienes, si ya no queréis que mañana pasen á manos de un advenedizo, estraño á vuestra sangre.

-Supuesto que tal es vuestro parecer, dadme tiempo para que yo me recobre y vea de proveer en este asunto como mejor cumpla á mis afectos y decoro, y decidme ahora, si os place, el nombre del penitente que os ha confesado tan agradable nueva.

-Lo ignoro á fé mia: solo sé que hará un mes que vino á Castilla, después de haber servido en las tropas reales que manda el duque de Saboya.

-¿Y no habeis imaginado siquiera que puede ser un impostor?

-Os he dicho que pronto os convencereis de la verdad. Ojalá resulte lo que decís, hija mia: ojalá que los timbres de la casa de Quijada no se vean manchados con la hedionda barra de los bastardos: con gusto daria el corto tiempo que me resta de existencia porque tal borron no hubiese caido en ellos. Ya veis, doña Magdalena, que, mi único fin en este negocio ha sido mirar por el honor de vuestro esclarecido linage.

-No importa, padre mio, debisteis aseguraros de que vuestro penitente no os engañaba.

-¿Y cómo, señora? El mismo dia de su confesion desapareció del convento y no he vuelto á verle.

-¿Ni habeis averiguado su paradero?

-Creo que sí.

-¡Ah!

-De mis informes resulta que desde el monasterio de la Espina se dirigió á este alcázar, donde, segun me aseguró tenia que ajustar ciertas cuentas. Desde entonces no ha vuelto á pasar por el camino del convento: ¿me comprendeis hija mia? por el único camino que tenia para ausentarse de estas tierras.

-¿Qué creeis pues?

-Que el penitente á quien dí la absolucion por sus pecados el dia 2 de Marzo se encuentra entre los servidores de vuestro castillo, ó que ha muerto en él: en este último caso, requiescat in pace.

-Si acontece lo primero, no será difícil encontrarle, contando con que recordeis sus facciones.

-Su persona ha quedado grabada profundamente en mi memoria, y no olvidaré en mucho tiempo su porte y andar desembarazado, á pesar del ropon de hermitaño que lo cubria.

-Hoy mismo examinareis detenidamente á todos mis criados y hombres de guerra; mandaré que se reunan en la sala de armas al toque de oraciones, y al paso que nos dirigís en el piadoso rezo por las almas de los que no existen...

-Entiendo, hija mia, entiendo, y no estraño vuestro afan en tan grave asunto. Dios os dé fortaleza en la adversidad.

-Me la dará, padre mio, me la dará, porque yo imploraré de veras á ese árbrito supremo de todas las misericordias. Os equivocais empero al pensar que solo ocupa mi mente la idea de mi esposo y señor Luis Quijada: vuestras palabras acerca del paradero de vuestro desconocido penitente excitan fuertemente mis sospechas, y nunca olvidaré que, al partir para Alemania el noble alcaide de Villagarcía, me dejó depositaria de su jurisdiccion, con el cargo de administrar en su nombre recta justicia.

-Yo es ayudaré, doña Magdalena, yo os ayudaré en lo que dependa de mi sagrado ministerio.

-Así lo espero y no me prometo poco de vuestra virtud y prudencia. Ahora, padre mio, es justo que descanseis, despues de reparar vuestras fuerzas.

Diciendo así doña Magdalena, cogió de un sitial un silbato de plata, que le servia regularmente para llamar á sus criados, lo acercó á sus lábios y sacó de él un sonido prolongado y agudo. Pocos minutos despues se presentó un escudero en la estancia de la castellana.

-Haz saber á Juan de Mesa, dijole esta á media voz, que aunque nuestro mayordomo Ramirez está enfermo desde ayer, necesitamos hoy abundante caza en la cocina del castillo; ya que hace sus veces, debe cuidar de que no falten sabrosos platos de perdices y conejos para el reverendo padre superior del santo monasterio de la Espina.

-El pobre Juan de Mesa se halla á estas horas asaz asustado, respondió el escudero inclinándose, lo cual no impedirá que, yo le comunique puntualmente vuestras órdenes.

-¿Pues qué azar ha tenido ese mozo? preguntó la castellana con interés.

-Parece que el mastin del muy reverendo padre ha tomado demasiado cariño á nuestro Juan, en términos que desde que le ha olfateado, lo sigue como su sombra, clavando en él sus encarnizados ojos.

-En efecto, murmuró el padre; he traido conmigo al fiel Bravo, que siempre me acompaña en mis escursiones fuera del convento: es un buen amigo, que solo hace daño á los que lo ofenden.

-Así es, y todos le acariciamos y se muestra complacido, pero aborrece á Juan de Mesa, sin que adivinemos la razon.

-Alguna tendrá el noble animal para obrar de ese modo, hijo mio, porque Dios no ha dado inútilmente el instinto á los brutos. ¿Creeis, Señora, añadió bajando la voz y acercándose á doña Magdalena, que el tal Juan de Mesa sea mi penitente?

-Imposible, contestó la castellana, ese mozo hace mucho tiempo que está en Villagarcía, y mi esposo lo llevaba siempre á sus cacerias en el monte de Torozos.

-¿Y dices, hijo mio, prosiguió el monge volviéndose hacia el escudero, que Bravo sigue todos los pasos de Juan?

-Y tanto que el muchacho, no sabiendo ya á qué santo encomendarse, se ha encerrado en su cuarto, sin que por eso se vea libre, de zozobra, pues no podrá salir sin encontrarse en la puerta con su enemigo.

-Libertadle, de ese suplicio, padre mio, dijo la dama al fraile.

-Bien, bien, vamos allá, repuso éste, haciendo al escudero una seña para que le guiase. Despues, como iluminado por un rayo de, luz, se detuvo, y al ver que el escudero salia de la estancia, dijo á doña Magdalena:

-Es preciso que el mastin pueda penetrar al toque de oraciones en la sala de armas.

-Obrad como quisiéreis, le contestó la matrona.

Y el fraile la saludó señalando al cielo con la mano.

No bien se vio sola, la castellana dé Villagarcía, cuando el reprimido dolor que destrozaba su alma, desde las primeras palabras que hirieron sus oidos con la infausta nueva de la infidelidad de su esposo, saltó el dique del orgullo y de la prudencia, que hasta entonces lo habian contenido, desbordándose con violencia en lágrimas y sollozos. Mesóse la infeliz sus hermosísimos cabellos, apretóse los puños, retorcióse las manos, blancas como el alabastro, y no pudiendo ya soportar el peso de tan honda pena, dio con su cuerpo sobre la alfombra de la cámara, rindiéndose á mortal desmayo. Dos horas estuvo allí privada de sentido, hasta que el sonido vibrante de una corneta la sacó de su letargo. Abrió los ojos, todavia anegados en llanto, miró hácia todas partes ruborizada, y convencida al fin de que ningun mortal habia presenciado el rudo estremo de su desesperacion, se levantó, serenó su semblante, arregló su tocado y abriendo un libro de devociones, esperó con aparente tranquilidad la visita, que el vigía de la fortaleza acababa de anunciarle.

No tardaron mucho en subir al alcázar los recien llegados: eran dos caballeros, seguidos de un hombre, al parecer, de clase inferior á la suya. Echaron pié á tierra y uno de ellos pidió ver á la guardadora del castillo, añadiendo que iba de orden del Príncipe gobernador del reino. Al oir esto, abriéronse todas las puertas, y enterada del caso doña Magdalena, salió hasta la galería á recibir al mensajero de su señor, en quién nuestros lectores habrán reconocido, sin mas señas, al secretario D. Gonzalo Perez, asi como en las dos personas que le acompañaban, al general de Cárlos V. Don Luis de Requesens y Zúñiga, y al correo portador de los despachos de Alemania.

-Señora, dijo el primero, á la esposa de Quijada, juego que entraron en la cámara: habéis de permitirme, antes que desempeñe la comision que para vos me ha dado nuestro augusto Príncipe, que me felicite y os dé el parabien por las satisfactorias nuevas, que sin duda habréis recibido de afuera: mi amigo, el señor alcaide de Villagarcía soporta, segun tengo entendido, con su acostumbrado valor y perseverancia las penalidades de la guerra, sin separarse un momento del lado del rey.

-Así es en verdad, señor secretario, y os quedo reconocida al contento que por ello me mostráis; os prometo que cuando escriba á Quijada, he de significarle la obligacion que, debe á vuestra cortesanía. Ahora enteradme, si gustais, de las órdenes de mi querido Príncipe, advirtiéndoos de antemano que serán ejecutadas como si el mismo Quijada estuviese aquí para hacerlas obedecer.

-Poco trabajo os costará ese empeño, mediando en el asunto la palabra de honor de D. Luis de Requesens.

-Palabra que de nuevo otorgo bajo mi fé de caballero, repuso este estendiendo su brazo derecho: nunca se dirá que por haber faltado á ella, empañó el mas leve disgusto la apacible serenidad de á una matrona tan ilustre, y tan acreedora á mi respeto y acatamiento, como la castellana de este alcázar.

Sonrióse melancólicamente doña Magdalena, al escuchar el galante cumplimiento de D. Luis, y preguntóle con tierna solicitud:

-¿Venís por ventura á llorar en estas tierras algun bien perdido, y habéis jurado no inquietar á las doncellas de mis dominios señoriales?

-Vengo preso, señora, de órden del Príncipe.

-¡Vos! ¡Ah! Ya comprendo: sois tal vez culpable por haber dado muerte en desafío...

-Me envian bajo vuestra custodia, por traidor.

-¡Oh! ¡Qué estáis diciendo, caballero! Un hombre tal que vos no comete tan negra felonía.

Pagó Requesens á la matrona con un profundo saludo la buena opinion que, acerca de sus sentimientos, acababa de manifestar, en tanto que añadía D. Gonzalo:

-El Príncipe me ha mandado que os entregue la persona de D. Luis de Requesens y Zúñiga, á quien podeis permitir razonable desahogo, una vez que me ha ofrecido no alejarse mas allá del bosque inmediato. Y al presente debo cumplir con vuestro preso cierto interrogatorio, que tambien se me ha prevenido, faltando solo saber cuál es la estancia en que...

-Aquí mismo, señor secretario, replicó la castellana levantándose de su sitial; de ese modo estaréis á vuestras anchuras, mientras doy las órdenes necesarias para hospedar á nuestro cautivo del modo que merece.

-Mirad, doña Magdalena que no he concluido con esto mi comision. El Príncipe D. Felipe ordena que guardeis encerrado en calabozo muy seguro á esa buena pieza. Y esto último lo dijo, señalando al Correo, que inmóvil junto á la puerta de la estancia, contemplaba á la castellana, sin apartar un instante la vista de su bellísimo rostro.

Miróle á su vez la dama y le hizo seña para que se adelantase, despues de lo cual, le preguntó:

-¿Cómo os llamais?

-Creo, señora, respondió aquel hombre con visibles muestras de turbacion, que mi nombre nada importa para que yo esté preso.

-Os equivocáis, replicó doña Magdalena: aquí se lleva un registro de todos los que entran, y de los que recobran la libertad.

-Pues bien; tened entendido que, al revelaros quien soy, es que entrego mi cabeza al verdugo; pero no he aprendido á servirme de la impostura, ni aun para salvar mi vida, y menos recurriré hoy á ella en presencia de una dama. Me llamo Mauricio, duque de Sajonia.

El asombro que esta declaracion causó á la castellana de Villagarcía y á los dos caballeros que con ella estaban, no puede espresarse con palabras. Requesens echó involuntariamente la mano al puño de la espada, y el secretario Perez dio un salto hacia atrás, como si lo hubiese mordido una serpiente. Estos estremos ninguna estrañeza causarán á nuestros lectores, cuando sepan que el elector de Sajonia fué desposeido de esta dignidad, é investido por ella en la dieta de Augsburgo por Cárlos V el duque Mauricio; que éste habia manifestado la mayor adhesion al emperador, al mismo tiempo que se entendia secretamente con sus implacables enemigos los luteranos, y que por último acababa de rebelarse contra su protector, aprovechando una tregua para pasar á España.

Doña Magdalena fué la primera que, cumpliendo con el deber que le imponia su cargo de guardadora del alcázar, tomó la resolucion que en tan difíciles circunstancias se hacía necesaria, por mas que repugnase á sus sentimientos.

-Sois, dijo al duque, un hombre, á quien el príncipe D. Felipe, mi señor, me manda custodiar, y voy á encerraros en la torre mas alta de esta fortaleza: el Príncipe dispondrá despues, lo que con vos haya de hacerse.

-No es muy difícil de adivinar, respondió Mauricio de con indiferencia: por lo demás, estoy á vuestras órdenes.

La castellana atravesó el salon y salió á la galería para tomar las disposiciones que requería el caso. Entre tanto permanecian pensativos D. Gonzalo y D. Luis, procurando adivinar el primero los motivos que habian traido á España al elector de Sajonia, y el segundo admirando interiormente la sangre fria de un personage, que no debia esperar merced de sus enemigos. Al fin el secretario se dirigió al duque diciéndole:

-Os requiero, en nombre del rey nuestro señor, para que respondais á mis preguntas.

-Preguntad cuanto os venga á las mientes, caballero, contestó Mauricio, que os juro por mi sangre no morderme la lengua.

-Declarad ante todo, si además de los despachos para el príncipe D. Felipe, habeis traído algun otro pliego.

-En efecto, he traido otro.

-¿Para el general D. Luis de Requesens?

-Bien sabe el general que no.

-¿Para quién pues?

-Para Monseñor Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo.

-¿Quién os lo entregó?

-Es historia larga, caballeros, pero básteos saber para satisfaccion de vuestra curiosidad que yo necesitaba venir á la córte de Castilla, y que á pesar de haber cesado las hostilidades en los estados de Alemania, no podia esperar del emperador un salvo conducto. Importábame además no ser conocido aquí, y esto solo podia conseguirlo presentándome como un hombre oscuro: dudoso estaba acerca de la eleccion del disfraz que tomaria para atravesar el campamento de los Imperiales, cuando la fortuna se brindó á favorecerme. Mis puestos avanzados cogieron á un correo que traia pliegos para el príncipe D. Felipe y una carta para el arzobispo, y al punto me decidí: el correo quedó prisionero, y yo he venido en su lugar, imaginando que nada tendria que temer, si desempeñaba fielmente mi comisión.

-¿Conoceis el contenido, de los despachos del Rey?

-Si los hubiese abierto, á lo cual me daban derecho las leyes de la guerra, no hubiera podido entregarlos, y si no los entregaba, me esponia á andar en dimes y diretes con vuestros alguaciles.

-¿Tampoco podeis decir quién escribió la carta para Guillermo de Croy?

-No por cierto; la entregué como los despachos, pero en ella lo aseguraban, segun me manifestó, que se fiase de mí, es decir del correo, y me descubrió sin rebozo que la trama estaba bien urdida, y que pronto quedaria vengado el duque de Alba de un rival temible que tenia en la corte.

-¿Pronunció el nombre de ese rival?

-No; ni pretendí conocerlo; poco me interesaba esa intriga.

-¿A qué habeis venido á la corte?

-Ese es mi secreto, que solo revelaré al príncipe D. Felipe, en persona y sin testigos.

-¿Conoceis la suerte que os espera?

-Sé que moriré á manos del verdugo, ó por medio de un veneno.

-Duque Mauricio, si repetís por escrito cuanto acabáis de declarar, os doy mi palabra de que os oirá, corno deseáis, el Príncipe mi señor.

-¿Y por qué no, aun cuando no me oiga?

-Vuestras razones pueden salvar á un inocente.

-Tanto mejor; venga recado de escribir y acabemos pronto, porque llega ya á mis oidos el estrépito de los hombres de armas que deben conducirme á la torre mas alta de esta pajarera. Si lo teneis á bien, hacedme una merced.

-Hablad, y si está en mi mano...

-Decid á esa noble dama que la fiereza hace malísimo maridage con la hermosura, y que para ir á la torre, solo necesito un escudero que me enseñe el camino: mientras tanto, yo escribiré y el general Requesens ayudará á mi memoria, por si algo se me olvida apuntar de lo que antes dije.

El Secretario se dirigió á la galer&ia