  Libro segundo
Problemas y soluciones relativos al orden
general
  Capítulo I
Del libre albedrío del hombre
Fuera de la acción de Dios no hay
más que la acción del hombre, fuera de la providencia divina no
hay más que la libertad humana. La combinación de esta libertad
con aquella providencia constituye la trama variada y rica de la Historia.
El libre albedrío del hombre es
la obra maestra de la creación y el más portentoso, si fuera
lícito hablar así, de los portentos divinos. A él se
ordenan todas las cosas invariablemente, de tal manera que la creación
seria inexplicable sin el hombre, y el hombre sería inexplicable no
siendo libre. Su libertad es a un tiempo mismo su explicación y la
explicación de todas las cosas. ¿Quién explicará,
empero, esa libertad altísima, inviolable, santa, tan santa, tan
altísima y tan inviolable, que el mismo que se la dio no se la puede
quitar y con la cual puede resistir y vencer al mismo que se la dio, con una
resistencia invencible y con una tremenda victoria? ¿Quién
explicará de qué manera, con esa victoria del hombre sobre Dios,
queda Dios vencedor y el hombre queda vencido, y esto siendo la victoria del
hombre una verdadera victoria, y el vencimiento de Dios un vencimiento
verdadero? ¿Qué victoria es ésa, seguida necesariamente de
la muerte del vencedor? Y ¿qué vencimiento es aquel que va a
parar a la glorificación del vencido? ¿Qué significa el
paraíso, galardón de mi vencimiento, y el infierno, pena de mi
victoria? Si en mi vencimiento está mi galardón, ¿por
qué desecho naturalmente lo que me salva? Y si mi condenación
está en mi victoria, ¿por qué apetezco naturalmente
aquello mismo que me condena?
Cuestiones son éstas que ocuparon
todos los entendimientos en los siglos de los grandes doctores, y que miran hoy
con desdén los petulantes sofistas que no tienen fuerza para levantar
del suelo las formidables armas que esgrimieron fácil y humildemente
aquellos doctores santos en las edades católicas. Hoy día parece
inexcusable locura tantear humildemente y ayudados con su gracia los altos
designios de Dios en sus profundos misterios; como si el hombre pudiera saber
alguna cosa sin entender algo de esos misterios profundos y de esos altos
designios. Todas las grandes cuestiones sobre Dios parecen hoy estériles
y ociosas; como si, siendo Dios inteligencia y verdad, fuera posible ocuparse
de Dios sin ganar en verdad y en inteligencia.
Viniendo a la tremenda cuestión
que es asunto de este capítulo, y que procuraré encerrar en los
límites más estrechos, diré que la noción que se
tiene generalmente del libre albedrío es de todo punto falsa. El libre
albedrío no consiste, como generalmente se cree, en la facultad de
escoger el bien y el mal, que le solicitan con dos contrarias solicitaciones.
Si el libre albedrío consistiera en esa facultad, habían de
seguirse de ello forzosamente las siguientes consecuencias, una relativa al
hombre y otra relativa a Dios, que son evidentemente absurdas. La relativa al
hombre consiste en que sería menos libre cuanto fuera más
perfecto, como quiera que no puede crecer en perfección sin sujetarse al
imperio de lo que le solicita al bien, y no puede sujetarse al imperio del bien
sin sustraerse al imperio del mal, sustrayéndose del uno en el mismo
grado en que se sujeta al otro; lo cual, alterando más o menos,
según el grado de su perfección, el equilibrio entre esas dos
solicitaciones contrarias, viene a disminuir su libertad, es decir, su facultad
de escoger, en el mismo grado en que se altera ese equilibrio. Consistiendo la
suma perfección en el aniquilamiento de una esas dos contrarias
solicitaciones, y suponiendo la libertad perfecta la facultad entera de escoger
entre esas solicitaciones contrarias, es claro que entre la perfección y
la libertad del hombre hay contradicción patente, incompatibilidad
absoluta. Lo absurdo de esta consecuencia está en que, siendo el hombre
libre y debiendo ser perfecto, no puede conservar su libertad sino renunciando
a su perfección, ni puede ser perfecto sin renunciar a ser libre.
La consecuencia relativa a Dios consiste
en que, no habiendo en Dios solicitaciones contrarias, carece de todo punto de
libertad, si la libertad consiste en la facultad entera de escoger entre
contrarias solicitaciones. Para que Dios fuera libre era necesario que pudiera
escoger entre el bien y el mal, entre la santidad y el pecado. Entre la
naturaleza de Dios y la de la libertad así definida hay, pues,
contradicción radical, incompatibilidad absoluta. Y como quiera que sea
absurdo suponer, por una parte, que Dios no puede ser libre siendo Dios y que
no puede ser Dios siendo libre, y por otra, que el hombre no puede alcanzar su
perfección sin renunciar a su libertad ni ser libre sin renunciar a ser
perfecto, síguese de aquí que la noción de la libertad que
vamos explicando es de todo punto falsa, contradictoria y absurda.
El error que voy combatiendo consiste en
suponer que la libertad está en la facultad de escoger, cuando no
está sino en la facultad de querer, la cual supone la facultad de
entender. Todo ser dotado de entendimiento y de voluntad es libre, y su
libertad no es una cosa distinta de su voluntad y de su entendimiento; es su
mismo entendimiento y su misma voluntad juntos en uno. Cuando se afirma de un
ser que tiene entendimiento y voluntad, y de otro que es libre, se afirma de
ambos una misma cosa, expresada de dos maneras diferentes.
Si la libertad consiste en la facultad
de entender y de querer la libertad perfecta consistirá en entender y
querer perfectamente; y como sólo Dios entiende y quiere con toda
perfección, se sigue de aquí, por una ilación forzosa, que
sólo Dios es perfectamente libre.
Si la libertad está en entender y
en querer, el hombre es libre, porque está dotado de voluntad y de
inteligencia; pero no es perfectamente libre, como quiera que no está
dotado de un entendimiento infinito y perfecto y de una voluntad perfecta e
infinita.
La imperfección de su
entendimiento está, por una parte, en que no entiende cuanto hay que
entender, y por otra, en que está sujeto al error. La
imperfección de su voluntad está, por una parte, en que no quiere
cuanto se debe querer, y por otra, en que puede ser solicitada y vencida por el
mal. De donde se sigue que la imperfección de su libertad consiste en la
facultad que tiene de seguir el mal y de abrazar el error; es decir, que la
imperfección de la libertad humana consiste cabalmente en aquella
facultad de escoger en que consiste, según la opinión vulgar, su
perfección absoluta.
Cuando el hombre salió de las
manos de Dios, entendía el bien; y porque le entendía, le
quería, y porque le quería, le ejecutaba; y ejecutando el bien
que quería con su voluntad y que entendía con su entendimiento,
era libre. Que éste es el significado cristiano de la libertad, se ve
claro por las siguientes palabras evangélicas:
Cognoscetis veritatem, et veritas liberabit
vos. (Io 7,32). Entre su libertad y la de Dios no había, pues,
otra diferencia sino la que hay entre una cosa que puede menoscabarse y
perderse y otra que ni puede perderse ni padecer menoscabo, entre una cosa que
por su naturaleza es limitada y otra que por su naturaleza es infinita.
Cuando la mujer puso a la voz del
ángel caído un oído atento y curioso, luego al punto su
entendimiento comenzó a oscurecerse, su voluntad a enflaquecer; apartada
de Dios, que era su apoyo, padeció un súbito desfallecimiento. En
aquel instante mismo, su libertad, que no era una cosa diferente de su voluntad
y de su entendimiento, quedó enferma. Cuando pasó de la culpable
contemplación al acto culpable, su entendimiento padeció una
grande oscuridad, su voluntad un profundo desmayo, la mujer arrastró al
hombre desfallecido, y la libertad humana cayó en tristísima
flaqueza.
Confundiendo la noción de la
libertad con la de una independencia soberana, preguntan algunos por qué
se dice que el hombre fue esclavo cuando cayó bajo la
jurisdicción del demonio, al mismo tiempo que se afirma que era libre
cuando estaba puesto absolutamente en la mano de Dios. A lo cual se responde
que no se puede afirmar del hombre que es esclavo sólo porque no se
pertenece a sí propio, en cuyo caso sería esclavo siempre, como
quiera que no se pertenece nunca a sí mismo de una manera independiente
y soberana; afírmase de él que es esclavo solamente cuando cae en
manos de un usurpador, como se afirma de él que es libre cuando no
obedece sino a su legítimo dueño. No hay otra esclavitud sino
aquella en que cae el que se sujeta a un tirano, ni más tirano que el
que ejerce una potestad usurpada, ni otra libertad sino la que consiste en la
obediencia voluntaria a las potestades legítimas. Otros no alcanzan a
comprender de qué manera la gracia, por la cual fuimos puestos en
libertad y rescatados, se aviene con esa misma libertad y rescate,
pareciéndoles que, en esa operación misteriosa, Dios sólo
obra y el hombre padece; en lo cual van de todo punto errados, como quiera que
en este gran misterioso concurren Dios y el hombre, obrando el primero y
cooperando el segundo. Y aun por esta razón no suele dar Dios, por punto
general, sino la gracia que es suficiente para mover la voluntad con blandura.
Temeroso de oprimirla, se contenta con llamarla hacia sí con
suavísimos reclamos. El hombre, por su parte, cuando acude al reclamo de
la gracia, acude con incomparable suavidad y complacencia; y cuando la voluntad
suavísima del hombre que se complace en el llamamiento se junta en uno
con la voluntad suavísima de Dios, que llamándole se complace y
que complaciéndose le llama, entonces sucede que de suficiente que era
la gracia, se torna en eficaz por el concurso de estas dos suavísimas
voluntades.
Por lo que hace a aquellos que no
conciben la libertad sino en la ausencia de toda solicitación que mueva
a la voluntad del hombre, sólo diré que caen sin advertirlo en
uno de estos dos grandes absurdos: en el que supone que puede moverse sin
ninguna especie de motivo un ser razonable o en el que consiste en suponer que
un ser que no es razonable puede ser libre.
Si lo dicho anteriormente es cierto, la
facultad de escoger otorgada al hombre, lejos de ser la condición
necesaria, es el peligro de la libertad, puesto que en ella está la
posibilidad de apartarse del bien y de caer en el error, de renunciar a la
obediencia debida a Dios y de caer en manos del tirano. Todos los esfuerzos del
hombre deben dirigirse a dejar en ocio esa facultad, ayudado de la gracia,
hasta perderla del todo, si esto fuera posible, con el perpetuo desuso.
Sólo el que la pierde entiende el bien, quiere el bien y le ejecuta; y
sólo el que esto hace es perfectamente libre, y sólo el que es
libre es perfecto, y sólo el que es perfecto es dichoso; por eso
ningún dichoso la tiene: ni Dios, ni sus santos, ni los coros de sus
ángeles.
  Capítulo II
Se da respuesta a algunas objeciones relativas a
este dogma
Si la facultad de escoger no constituye
la perfección, sino el peligro del libre albedrío del hombre; si
en aquella facultad tuvo principio su prevaricación y origen su
caída, y si en ella está el secreto del pecado, de la
condenación y de la muerte, ¿cómo se compadece con la
infinita bondad del Dios infinito ese funestísimo don que viene henchido
de desventuras y preñado de catástrofes? ¿Cómo
llamaré a la mano que me lo da? ¿Misericordiosa o airada? Si es
una mano airada, ¿por qué me dio la vida? ¿Por qué
me la acompañó con carga tan grave, si es misericordiosa?
¿La llamaré justa o sólo fuerte? Si es justa,
¿qué había hecho yo antes de ser, para ser asunto de sus
rigores? Y sí es sólo fuerte, ¿qué hace que no me
pisa y no me quiebra? Si pequé por el uso del don que recibí,
¿quién es el autor de mi pecado? Si llego a condenarme por el
pecado a que me incliné po la inclinación que me fue dada,
¿quién es el autor de mi condenación y de mi infierno? Ser
misterioso y tremendo, a quien no sé si bendecir o detestar,
¿caeré derribado a tus pies como tu siervo Job y te
enviaré hasta rendirte, acompañándolas con mis acerbos
sollozos, mis encendidas plegarias, o pondré monte sobre monte,
Pelión sobre Osa, volviendo a emprender contra ti la guerra de los
Titanes? Esfinge misteriosa ni sé cómo aplacarte ni sé
cómo vencerte; no sé si echar por el camino de tus enemigos o por
el camino de tus siervos. Ni sé aún cómo te llamas. Si,
como dicen, eres omnisciente, dime, por lo menos, en cuál de tus libros
sellados tienes escrito tu nombre, para saber cómo he de llamarte;
porque tus nombres son tan contradictorios como Tú mismo. Los que se
salvan te llaman Dios; los que se condenan, tirano. Así habla, vueltos
los ojos encendidos hacia Dios, el genio del orgullo y de las blasfemias. Por
una demencia inconcebible y por una aberración inexplicable, el hombre,
hechura de Dios, cita ante su tribunal al mismo Dios, que le da el tribunal en
que se asienta, la razón con que le ha de juzgar y hasta la voz con que
le llama. Y las blasfemias llaman a otras blasfemias, como el abismo a otro
abismo; la blasfemia que le emplaza va a parar a la blasfemia que le condena o
a la blasfemia que le absuelve. Absuélvale o condénele, el hombre
que en vez de adorarle le juzga, es blasfemo. ¡Desdichados los soberbios
que le emplazan y bienaventurados los humildes que le adoran, porque Él
vendrá a los unos y a los otros: a los unos, como emplazado, en el
día del emplazamiento; a los otros, como adorado, en el día de
las adoraciones; a ninguno que le llama dejará nunca de responder; a los
unos, empero, responderá con sus iras, a los otros con sus
misericordias!
Y no se diga que con esta doctrina se va
a parar a un absurdo, como quiera que se va a parar a la negación de
toda competencia por parte de la razón humana para entender en las cosas
de Dios, y por aquí a la condenación implícita de los
teólogos y de los santos doctores, y hasta de la misma Iglesia, que de
ellas trataron y entendieron largamente en las edades pasadas. Lo que por esta
doctrina se condena es la competencia de la razón no alumbrada de la fe
para entender en las cosas que son materia de la revelación y de la fe,
por ser sobrenaturales. Cuando la razón entiende en aquellas cosas sin
aquella ayuda, trata de Dios y con Dios en calidad de juez supremo, que no
consiente ni alzada ni recurso contra sus fallos inapelables; en esta
suposición, ahora sea condenatorio, ahora absolutorio, su fallo es una
blasfemia, y lo es no tanto por lo que en él se afirma o se niega de
Dios como por lo que la razón humana afirma de sí en él
implícitamente; como quiera que, así en la condenación
como en la absolución, afirma siempre de sí una misma cosa: su
propia independencia y su propia soberanía. Cuando la Iglesia
santísima afirma o niega alguna cosa de Dios, no hace otra cosa sino
afirmar o negar de Dios lo que a Dios mismo le oye, Cuando los teólogos
eminentes y los doctores santos entran con su razón en el abismo oscuro
de las divinas excelencias, no entran nunca en él sin un
secretísimo terror y sin que la fe les vaya abriendo camino. No se
proponen sorprender en Dios secretos y maravillas ignoradas de la fe, sino
sólo juntar la lumbre de la razón con su lumbre, para ver por
otro lado las mismas maravillas y secretos; no van a ver en Dios cosas nuevas,
sino a ver en Él las mismas cosas de dos maneras diferentes; y estas dos
diferentes maneras de conocerle vienen a ser dos maneras diferentes de
adorarle.
Porque es de saber que no hay misterio
ninguno, entre los que nos enseña la fe y la Iglesia nos propone, que no
reúna en sí, por una admirable disposición de Dios, dos
calidades que suelen andar reñidas: la oscuridad y la evidencia. Los
misterios católicos vienen a ser a manera de cuerpos a un tiempo mismo
luminosos y opacos, y que de tal manera lo son, que sus sombras no pueden ser
esclarecidas nunca por su luz, ni su luz oscurecida por sus sombras, siendo
perpetuamente oscuros y perpetuamente luminosos. Al mismo tiempo que derraman
su luz por la creación, guardan para sí sus sombras; lo
esclarecen todo, y no pueden ser por nada esclarecidos. Todo lo penetran, y son
impenetrables. Parece cosa absurda concederlos, y es mayor absurdo negarlos;
para el que los concede no hay otra oscuridad sino la suya: para el que los
niega, el día se le vuelve noche, y para sus ojos privados de luz, la
oscuridad está en todas partes. Y, sin embargo, los hombres -¡tan
grande es su ceguedad!- prefieren negarlos a concederlos; la luz les es cosa
intolerable si por ventura les viene de una región sombría, y en
el despacho de su gigantesco orgullo condenan sus ojos a eterna oscuridad,
teniendo por desventura mayor las sombras que se concentran en un solo misterio
que las que se dilatan por todos los horizontes.
Sin salir de los altísimos
misterios que son asunto de este capítulo, será fácil
demostrar cuanto venimos afirmando. ¿Ignoráis el porqué de
ese don tremendo de escoger entre el bien y el mal, entre la santidad y el
pecado, entre la vida y la muerte? Pues negadlo por un solo momento, y en ese
momento mismo hacéis imposible de todo punto la creación
angélica y la creación humana. Si en esa facultad de escoger
está la imperfección de la libertad, quitada esa facultad, la
libertad es perfecta, y la libertad perfecta es el resultado de la
perfección simultánea de la voluntad y del entendimiento. Esa
perfección simultánea está en Dios; si la ponéis
también en la criatura, Dios y la criatura son una misma cosa: todo es
Dios o nada es Dios; de esta manera vais a dar al panteísmo o al
ateísmo, que son una misma cosa, expresada de dos maneras diferentes. La
imperfección es una cosa tan natural a la criatura, y la
perfección es una cosa tan natural a Dios, que no podéis negar ni
la una ni la otra sin una implicación en los términos, sin una
contradicción sustancial, sin un absurdo evidente. Afirmar de Dios que
es imperfecto es afirmar que no existe; afirmar que la criatura es perfecta es
afirmar que no existe la criatura; de donde resulta que, si el misterio es
superior, su negación es contraria a la razón humana; dejando el
uno por la otra, habéis dejado lo oscuro por lo imposible.
Así como todo es falso,
contradictorio y absurdo en la negación racionalista, todo es sencillo y
natural y lógico en la afirmación católica. El catolicismo
afirma de Dios que es absolutamente perfecto; y de los seres creados, que son
perfectos con una perfección relativa e imperfectos con una
imperfección absoluta; y son perfectos e imperfectos por tan excelente
manera, que su imperfección absoluta, por la cual se separan
infinitamente de Dios, constituye su perfección relativa, con la cual
cumplen perfectamente sus diferentes encargos y forman todos juntos la perfecta
armonía del universo. La perfección absoluta de Dios está,
desde nuestro punto de vista, en ser soberanamente libre, es decir, en entender
perfectamente el bien y en querer el bien que entiende con una voluntad
perfecta. La imperfección absoluta de todos los otros seres inteligentes
y libres está en no entender y en no querer el bien, de tal manera que
no puedan entender el mal y querer el mal que entiende su entendimiento. Su
perfección relativa está en esa misma imperfección
absoluta, a la cual se debe, por una parte, que sean diferentes de Dios por
naturaleza, y por otra, que puedan juntarse con Dios, que es su fin, por un
esfuerzo de su propia voluntad, ayudada de la gracia.
Estando los seres inteligentes y libres
ordenados en jerarquías, de tal manera son imperfectos, que lo son
jerárquicamente. Se parecen entre sí en que son imperfectos
todos; se distinguen entre sí en lo que son en diferentes grados, ya que
no de diferente manera. El ángel no se diferencia del hombre sino en que
la imperfección común a los dos es mayor en el hombre y menor en
el ángel, como convenía al diferente puesto que ocupan en la
inmensa escala de los seres. Salieron de la mano de Dios el uno y el otro con
la facultad de entender y de querer el mal y con la de ejecutar el mal que
entendían: en esto está su semejanza; empero, en la naturaleza
angélica esta imperfección duró un momento, mientras que
en la humana dura siempre: en esto está su diferencia. Hubo para el
ángel un momento pavoroso, solemnísimo, en que le fue dado
escoger entre el bien y el mal; en aquel instante tremendo las falanges
angélicas se dividieron entre sí: de ellas unas se inclinaron
ante el acatamiento divino, otras se alzaron en tumulto y se declararon
rebeldes. A esta resolución suprema e instantánea siguió
un fallo instantáneo y supremo: los ángeles rebeldes fueron
condenados y los leales fueron confirmados en gracia.
El hombre, más flaco de
entendimiento y de voluntad que el ángel, porque no era, como él,
un espíritu puro, recibió una libertad más flaca y
más imperfecta, y su imperfección había de durar en
él tanto como su vida. Aquí es donde resplandece con su infinito
resplandor la inenarrable belleza de los designios divinos. Dios vio antes de
todo principio cuán bellas y convenientes eran las jerarquías, y
estableció las jerarquías entre los seres inteligentes y libres.
Vio, por otro lado, eternamente cuán conveniente y bella era en el
Criador cierta manera de igualdad para con todas sus criaturas, y fue tal el
soberano artificio, que juntó en uno la belleza de la igualdad con la
belleza de la jerarquía. Para que la jerarquía pudiera existir,
hizo desiguales su dones, y para que la ley de la igualdad se cumpliera,
exigió más al que dio más, y menos al que dio menos, de
tal manera que el más aventajado en los dones fue más estrechado
en las cuentas, y el menos estrechado en las cuentas, menos aventajado en los
dones. Porque la nativa excelencia del ángel fue mayor, su caída
fue sin esperanza y sin remedio, su castigo instantáneo, su
condenación eterna; porque la nativa excelencia del hombre fue menor, no
cayó sino para ser levantado, no prevaricó sino para ser
redimido. El fallo que le alcanza no será inapelable, ni su
condenación irredimible, sino en aquel instante, conocido sólo de
Dios, en que la prevaricación angélica y la humana pesen con un
peso igual en la balanza divina, llegando a ser la una por la repetición
lo que la otra por la grandeza. De esta manera el hombre no podrá decir
a Dios: «¿Por qué me hiciste hombre y no
ángel?». Ni el ángel: «¿Por que no me hiciste
hombre?».
Señor, ¿quién no se
espanta con el espectáculo de tu justicia? ¿Qué grandeza
hay igual a la grandeza de tu misericordia? ¿Qué balanza hay en
su fiel como la que Tú tienes en la mano? ¿Qué vara hay
tan derecha como la vara con que mides? ¿Qué matemático
conoce como Tú los números y sus misteriosas armonías?
¡Cuán bien hechos están todos los prodigios que hiciste!
¡Cuán bien asentadas las cosas que asentaste y cuán
armónicamente bellas después de bien asentadas! Abre,
Señor, mi entendimiento para que entienda algo de lo que te propones en
tus eternos designios, algo de lo que eternamente entiendes y algo de lo que
eternamente ejecutas; porque ¿qué sabes quien no te sabe a ti? Y
quien a ti te sabe, ¿qué ignora?
Si el hombre no puede decir a Dios:
«¿Por qué no me hiciste ángel?» ni
«¿Por qué no me hiciste perfecto?», no podrá
decirte a lo menos: «Señor, ¿no me valiera más no
haber nacido? ¿Por qué me hiciste lo que soy? Si Tú me
hubieras consultado, no hubieras recibido la vida con la facultad de perderla;
el infierno me aterra más que nada».
El hombre no sabe de por sí sino
blasfemar; cuando pregunta blasfema, si el mismo Dios, que le ha de dar la
respuesta, no le enseña la pregunta; cuando pide algo blasfema, si no le
enseña lo que ha de pedir y cómo lo ha de pedir, el mismo Dios,
que le ha de otorgar su demanda. El hombre no supo ni lo que había de
pedir ni cómo había de pedirlo, hasta que el mismo Dios, venido
al mundo y hecho hombre, le enseñó el
Padrenuestro para que lo tomase, como un
niño, de memoria.
¿Qué quiere decir el
hombre cuando dice: «¿No me valiera más no haber
nacido?». ¿Existía, por ventura, antes de existir? ¿Y
qué significa su pregunta si antes de existir no existía? El
hombre puede formarse alguna idea de todo lo que excede su razón; por
eso se forma alguna idea de todos los misterios; sólo de lo que no
existe no puede formarse idea ninguna; por eso no se forma idea ninguna de la
nada. El que se suicida no quiere dejar de ser, quiere dejar de padecer siendo
de otra manera. El hombre, pues, no expresa idea ninguna cuando dice:
«¿Por qué soy?». Sólo puede expresar una idea
preguntando: «¿Por qué soy lo que soy?». Esta pregunta
se resuelve en esta otra: «¿Por qué soy con la facultad de
perderme?». La cual es absurda por cualquier lado que se la mire. En
efecto: si toda criatura, en el hecho mismo de serlo, es imperfecta, y si la
facultad de perderse constituye la imperfección especial de los hombres,
el que esa pregunta hace viene a preguntar por qué el hombre es una
criatura, o lo que es lo mismo, por qué la criatura no es el Criador,
por qué el hombre no es el Dios que crió al hombre.
Quod absurdum.
Y si no es esto lo que se quiere decir, si lo que
únicamente se dice con esa pregunta es: «¿Por qué no
me salvas a pesar de mi facultad de perderme?», el absurdo está
más claro todavía; porque ¿qué significa la
facultad de perderse, dada al que no ha de perderse nunca? Si el hombre hubiera
de salvarse de todas maneras, ¿cuál sería el objeto final
de la vida en el tiempo? ¿Por qué no comienza y se
perpetúa en el paraíso? La razón no puede concebir que la
salvación sea a un tiempo mismo necesaria y futura, como quiera que lo
futuro no va sino con lo contingente y que por su naturaleza misma es presente
lo que por su naturaleza misma es necesario.
Si el hombre debió pasar sin
transición a la eternidad de la nada y vivir, desde el momento que
vivió, vida gloriosa, queda suprimido el tiempo y el espacio y la
creación entera hecha para el hombre, que es su rey. Si su reino no
había de ser de este mundo, ¿para qué este mundo? Si no
había de ser temporal, ¿para qué el tiempo? Si no
había de ser local, ¿para qué el espacio? Y sin el tiempo
y el espacio, ¿para qué las cosas creadas en el espacio y en el
tiempo? Por donde se ve que, en la suposición que vamos admitiendo, el
absurdo que consiste en la contradicción que hay entre la necesidad de
salvarse y la facultad de perderse, va a parar al absurdo que consiste en
suprimir de un golpe el tiempo y el espacio, el cual lleva consigo el que
consiste en la supresión lógica de todas las cosas creadas, con
el hombre, para el hombre y a causa del hombre. El hombre no puede poner una
idea humana en lugar de otra divina sin que luego al punto el edificio entero
de la creación venga abajo, sepultándose a sí mismo en sus
gigantescos escombros.
Mirando esta cuestión por otro
lado, puede afirmarse que al pedir el hombre el derecho absoluto de salvarse
sin perder la facultad de perderse, pide, si cabe, un absurdo mayor que cuando
puso pleito a Dios porque le dio la facultad de perderse; como quiera que si en
este último litigio pleiteaba por ser Dios, en aquél pleitea por
tener los privilegios de la divinidad siendo hombre.
Por último, si se considera
atentamente este gravísimo negocio, se ve claro que no pudo convenir a
las divinas excelencias salvar al ángel ni al hombre sin anterior
merecimiento. Todo en Dios es razonable: su justicia como su bondad, y su
bondad como su misericordia; como quiera que si es infinitamente justo, e
infinitamente bueno, e infinitamente misericordioso, es razonable
también infinitamente. De donde se sigue que no es posible atribuir a
Dios, sin blasfemia, ni una bondad, ni una misericordia, ni una justicia, que
no tenga sus fundamentos en la soberana razón, la cual solamente hace
que la bondad sea verdadera bondad, y la misericordia verdadera misericordia, y
la justicia justicia verdadera.
La bondad que no es razonable, es
flaqueza; la misericordia que no es razonable, es debilidad; la justicia que no
es razonable, es venganza; y Dios es bueno, misericordioso y justo; no es
débil, ni vengativo, ni flaco. Esto supuesto, ¿qué es lo
que se intenta cuando se le pide en nombre de su infinita bondad la
salvación anterior a todo merecimiento? ¿Quién no ve
aquí que lo que se le pide es una sinrazón, puesto que lo que se
le pide es una acción sin su motivo y un efecto sin su causa?
¡Contradicción singular! El hombre pide a Dios en nombre de su
infinita bondad aquello mismo que condena diariamente en el hombre en nombre de
su razón limitada, y llama en el cielo obra misericordiosa y justa
aquello mismo que llama diariamente en la tierra capricho de mujer nerviosa o
extravagancia de tiranos.
Por lo que hace al infierno, su
existencia es de todo punto necesaria para que sea posible aquel perfecto
equilibrio que Dios ha puesto en todas las cosas, porque está de una
manera sustancial en sus divinas perfecciones. El infierno, considerado como
pena, está, con la gloria considerada como galardón, en un
perfecto equilibrio; sólo la facultad de perderse puede formar en el
hombre un equilibrio con la facultad de salvarse; y para que la justicia y la
misericordia de Dios fueran igualmente infinitas, era necesario que existieran
simultáneamente, como término de la primera, el infierno; como
término de la segunda, la gloria. La gloria supone el infierno, y de tal
manera le supone, que sin él ni puede ser explicada ni concebida. Estas
dos cosas se suponen entre sí, como la consecuencia supone su principio
y como el principio supone su consecuencia; y así como el que afirma la
consecuencia que está en su principio y el principio que contiene su
consecuencia no afirma en realidad dos cosas diferentes, sino una cosa misma,
de la misma manera el que afirma el infierno que va supuesto en la gloria, y la
gloria que supone el infierno, no afirma en realidad dos cosas diferentes, sino
una misma cosa. Hay, pues, necesidad lógica de admitir esas dos
afirmaciones o de negarlas ambas con una negación absoluta; antes,
empero, de negarlas conviene saber lo que negándolas se niega. En el
hombre, lo que con negarlas se niega es la facultad de salvarse y la facultad
de perderse; en Dios, lo que con negarlas se niega es su infinita justicia y su
infinita misericordia. A estas negaciones, por decirlo así, personales,
se añade otra negación real, la negación de la virtud y
del pecado, del bien y del mal, del galardón y del castigo; y como con
todas estas negaciones se niegan todas las leyes del mundo moral, la
negación del infierno lleva envuelta lógicamente en sí la
negación del mundo moral y de todas sus leyes. Y no se diga que el
hombre podía salvarse sin ir a la gloria y perderse sin ir al infierno,
porque todo lo que no sea ir a la gloria o ir al infierno ni es pena ni es
galardón; no es perderse ni salvarse. La justicia y la misericordia de
Dios o no son o son de una manera infinita; siendo infinitas, se han de
terminar, por una parte, en el infierno, y por otra parte, en la gloria; o han
de ser vanas, que es otra manera de ser como si no fueran.
Ahora bien: si esta laboriosa
demostración da por resultado, por una parte, que la facultad de
salvarse supone necesariamente la facultad de perderse, y por otra, que la
gloria supone necesariamente el infierno, se sigue de aquí que el que
blasfema contra Dios porque ha hecho el infierno, blasfema contra Dios porque
ha hecho la gloria, y que el que pide estar exento de la facultad de perderse,
viene a pedir estar exento de la facultad de salvarse.
  Capítulo III
Maniqueísmo. Maniqueísmo
Proudhoniano
Cualquiera que sea la explicación
que pueda darse del libre albedrío del hombre, no cabe duda sino que
éste será siempre uno de nuestros más grande y pavorosos
misterios: en todo caso es fuerza confesar que la facultad dejada al hombre de
sacar el mal del bien, el desorden del orden, y de turbar, siquiera sea
accidental mente, las grandes armonías puestas por Dios en todas las
cosas creadas, es una facultad tremenda, y considerada en sí, sin
relación a lo que la limita y la contiene, hasta cierto punto
inconcebible. El libre albedrío dejado al hombre es un don tan alto, tan
trascendental, que más bien parece por parte de Dios una
abdicación que una gracia; ved, si no, sus efectos:
Tended los ojos por toda la
prolongación de los tiempos, y veréis cuán turbias y
cenagosas vienen las aguas de ese río en que la humanidad va navegando:
allí viene haciendo cabeza de motín Adán el rebelde, y
luego Caín el fratricida, y tras él muchedumbres de gentes sin
Dios y sin ley, blasfemas, concubinarias, incestuosas, adúlteras; los
pocos magnificadores de Dios y de su gloria olvidan al cabo su gloria y sus
magnificencias, y todos juntos tumultúan y bajan en tumulto, en el ancho
buque que no tiene capitán, las turbias corrientes del gran río,
con espantoso y airado clamoreo, como de tripulación sublevada. Y no
saben ni adónde van, ni de dónde vienen, ni cómo se llama
el buque que los lleva, ni el viento que los empuja. Si de vez en cuando se
levanta una voz lúgubremente profética, diciendo:
«¡Ay de los navegantes! ¡Ay del buque!», ni se para el
buque ni la escuchan los navegantes; y los huracanes arrecian, y el buque
comienza a crujir, y siguen las danzas lúbricas y los espléndidos
festines, las carcajadas frenéticas y el insensato clamoreo, hasta que
en un momento solemnísimo todo cesa a la vez: los festines
espléndidos, las carcajadas frenéticas, las danzas
lúbricas, el clamoreo insensato, el crujir del buque y el bramar de los
huracanes; las aguas están sobre todo, y el silencio sobre las aguas, y
la ira de Dios sobre las aguas silenciosas.
Dios vuelve a obrar, y la nueva obra
divina vuelve a ser deshecha por la libertad humana. Un hijo es nacido a
Noé que pone a la vergüenza a su padre; el padre maldice al hijo y
con él a toda su generación, que será maldita hasta la
plenitud de los tiempos. Después del diluvio vuelve a comenzar la
historia antediluviana; los hijos de Dios vuelven a combatir con los hijos de
los hombres; aquí se levanta la ciudad divina, y enfrente la ciudad del
mundo; en una se rinde culto a la libertad y en otra a la Providencia, y la
libertad y la Providencia, Dios y el hombre, vuelven a reñir aquel
gigantesco combate cuyas grandes vicisitudes son el asunto perpetuo de la
Historia. Los parciales de Dios van en todas partes de vencida; hasta el nombre
de Dios, incomunicable y santo, cae en un olvido profundo, y los hombres, en el
frenesí de su victoria, se juntan con intento de levantarse una vivienda
tan alta que vivan sobre las nubes. El fuego del cielo baja sobre la arrogante
vivienda, y Dios confunde en su ira las lenguas de las gentes; las gentes se
dispersan por todos los ámbitos del mundo, y crecen y se multiplican, y
llenan todas las zonas y todas las regiones. Aquí se levantan grandes y
populosas ciudades, allí se sientan llenos de soberbia y de pompa
agigantados imperios; hordas embrutecidas y feroces vagan con insolente
ociosidad por bosques inmensos o por desiertos inconmensurables. Y el mundo
arde en discordias y está como ensordecido con los grandes clamores de
la guerra. Los imperios caen sobre los imperios, las ciudades sobre las
ciudades, las naciones sobre las naciones, las razas sobre las razas, las
gentes sobre las gentes; la tierra es toda universales infortunios y
universales incendios. La abominación de la desolación
está en el mundo. Y el Dios fuerte, ¿dónde está?
¿Qué hace, que así abandona el campo a la libertad humana,
reina y señora de la tierra? ¿Por qué consiente esa
universal rebelión, y ese tumulto universal, y esos ídolos que se
levantan, y esos grandes estragos, y esos acumulados escombros?
Un día llamó a un
varón justo y le dijo: «Yo te haré padre de una posteridad
tan numerosa como las arenas de la mar y las estrellas del cielo; de tu
dichosísima raza nacerá un día el Salvador de las gentes;
Yo mismo la gobernaré con mi providencia, y para que no caiga,
diré a mis ángeles que la lleven en las palmas de sus manos; Yo
seré para ella todo prodigios, y ella atestiguará ante las gentes
mi ornnipotencia». Y sus obras fueron conformes a sus palabras. Siendo
esclavo su pueblo, le suscitó libertadores; no teniendo ni patria ni
hogar, le sacó milagrosamente de Egipto y le dio un hogar y una patria.
Padeció hambre, y le dio hartura; padeció sed, y obedientes a su
voz brotaron aguas las rocas; saliéronle al encuentro grandes
muchedumbres de enemigos, y la ira de Dios desvió como un nublado esas
grandes muchedumbres. Suspendió sus arpas dolientes de los sauces
babilónicos, y le volvió a rescatar de su triste cautiverio, y
volvió a ver con sus ojos a Jerusalén la santa, la predestinada,
la hermosa. Le dio jueces incorruptibles que le gobernaron en paz y justicia:
reyes temerosos de Dios, con renombre de prudentes gloriosos y sabios; le
deputó por embajadores profetas que le descubriesen sus altos designios
y le mostrasen como presentes las cosas futuras. Y ese pueblo carnal y duro
puso en olvido sus milagros, desechó sus avisos, abandonó su
templo, prorrumpió en blasfemias, cayó en idolatría,
ultrajó su nombre incomunicable, descabezó a sus profetas
santísimos y ardió en discordias y rebeliones.
Cumpliéronse entre tanto las
semanas proféticas de Daniel, y vino el que había de venir
enviado por el Padre para la redención del mundo y para consuelo de las
gentes, y viéndole tan pobre, tan manso y tan humilde, despreció
su humildad, ultrajó su pobreza, y escarneció su mansedumbre, y
se escandalizó, y le vistió vestidura de escarnio; y agitado
secretamente por las furias infernales, le hizo apurar hasta las heces el
cáliz de la ignominia en la cruz, después de haber apurado el
cáliz de la infamia en el pretorio.
Crucificado por los judíos,
llamó a los gentiles, y los gentiles vinieron; pero después de
venidos, como antes de que vinieran, siguió el mundo por el camino de su
perdición y como asentado en sombras de muerte. Su santísima
Iglesia heredó de su divino Fundador y Maestro el privilegio de la
persecución y de los ultrajes, y fue ultrajada y perseguida por pueblos,
reyes y emperadores. De su propio seno brotaron aquellas grandes
herejías que rodearon su cuna, a manera de monstruos dispuestos a
devorarla. En vano cayeron derribados a los pies del Hércules divino; la
tremenda batalla entre el Hércules divino y el humano, entre Dios y el
hombre, vuelve a comenzar; igual es la furia, varios los sucesos; el teatro de
la batalla es tan grande, que en los continentes se extiende de mar a mar, y en
el mar de continente a continente, y en el mundo de un polo al otro polo. Las
huestes vencedoras en Europa son vencidas en el Asia: que sucumben en el
África triunfan en América. No hay hombre ninguno que,
sabiéndolo o ignorándolo, no sea combatiente en este recio
combate; ninguno que no tenga una parte activa en la responsabilidad del
vencimiento o de la victoria. Lo mismo combate el forzado en su cadena que el
rey en su trono; lo mismo el pobre que el rico, el sano que el doliente, el
sabio que el necio, el cautivo que el libre, el viejo que el mozo, el
civilizado que el salvaje. Toda palabra que se pronuncia, o está
inspirada por Dios o inspirada por el mundo, y proclama forzosamente, de una
manera implícita o explícita, pero siempre clara, la gloria del
uno o el triunfo del otro. En esta singular milicia todos combatimos por
alistamiento forzoso; aquí no tiene lugar ni el sistema de los
sustitutos ni el de los alistamientos voluntarios. En ella no se conoce ni la
excepción de sexo ni la de la edad; aquí no se escucha al que
dice: «Soy hijo de viuda pobre», ni a la madre del
paralítico, ni a la mujer del estropeado. De esta milicia son soldados
todos los nacidos.
Y no me digas que no quieres combatir,
porque en el instante mismo en que me lo dices estás combatiendo; ni que
ignoras a qué lado inclinarte, porque en el momento mismo en que eso
dices ya te inclinaste a un lado; ni me afirmes que quieres ser neutral,
porque, cuando piensas serlo, ya no lo eres; ni me asegures que
permanecerás indiferente, porque me burlaré de ti, como quiera
que al pronunciar esa palabra ya tomaste tu partido. No te canses en buscar
asilo seguro contra los azares de la guerra, porque te cansas vanamente; esa
guerra se dilata tanto como el espacio y se prolonga tanto como el tiempo.
Sólo en la eternidad, patria de los justos, puede encontrar descanso,
porque sólo allí no hay combate; no presumas, empero, que se
abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras antes las cicatrices
que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron
aquí los combates del Señor gloriosamente y para los que van,
como el Señor, crucificados.
Al poner los ojos en el
espectáculo que nos presenta la Historia, el hombre no alumbrado con
lumbre de fe va a parar forzosamente a uno de estos dos maniqueísmos: al
antiguo, que consiste en afirmar que hay un principio del bien y otro principio
del mal, que esos dos principios están encarnados en dos dioses, entre
los cuales no hay más ley que la guerra; o el proudhoniano, que consiste
en afirmar que Dios es el mal, que el hombre es el bien, que el poder humano y
el divino son dos poderes rivales y que el único deber del hombre es
vencer a Dios, enemigo del hombre.
Del espectáculo de la perpetua
batalla a que está condenado el mundo se derivan naturalmente estos dos
sistemas maniqueos, de los cuales el uno guarda más conformidad con las
antiguas tradiciones y el otro un parentesco mayor con las modernas doctrinas;
y fuerza es confesar que, al considerar el hecho notorio de este gigantesco
combate en sí mismo, y haciendo abstracción de la maravillosa
armonía que forman, vistas en su conjunto, las cosas humanas y las
divinas, las visibles y las invisibles, las creadas y las increadas, ese hecho
queda suficientemente explicado por cualquiera de esos dos sistemas.
La dificultad no está en explicar
un hecho cualquiera, considerado en sí mismo; no hay hecho ninguno que,
de esa manera considerado, no pueda explicarse suficientemente bien por cien
hipótesis diferentes; la dificultad consiste en llenar la
condición metafísica de toda explicación, según la
cual, para que la explicación de un hecho notorio sea valedera, es
menester que con ella no sean inexplicables y no queden inexplicados otros
hechos notorios y evidentes.
Por cualquier sistema maniqueo se
explica lo que por su naturaleza supone un dualismo, y una batalla le supone;
pero se deja sin explicación lo que es uno por su naturaleza, y la
razón, aun sin estar alumbrada por la fe, es poderosa para demostrar que
o no existe Dios o que, si existe, es uno. Por cualquier sistema maniqueo se
explica la batalla, pero por ninguno se explica la victoria definitiva, como
quiera que la victoria definitiva del mal sobre el bien, o del bien sobre el
mal, supone la supresión definitiva del uno o del otro, y no puede ser
suprimido definitivamente lo que existe con una existencia sustancial y
necesaria. En esta suposición, por vía de consecuencia se saca
que hay algo de inexplicable en la batalla misma que parecía explicada
suficientemente, como quiera que toda batalla es inexplicable donde toda
victoria definitiva es imposible.
Si de lo que hay de generalmente absurdo
en toda explicación maniquea pasamos a lo que hay de especialmente
absurdo en la explicación proudhoniana, se verá claro que al
absurdo general de todo maniqueísmo se añaden aquí todos
los absurdos particulares posibles, y que aun hay cosas en esa
explicación indignas de la majestad de lo absurdo. En efecto: cuando el
ciudadano Proudhon llama bien al mal y mal al bien, no dice una cosa absurda;
lo absurdo pide mayor ingenio; dice una bufonada. Lo absurdo no está en
decirla, está en decirla sin objeto ninguno. Desde el momento en que se
afirma que el bien y el mal coexisten en el hombre y en Dios, local y
sustancialmente, la cuestión, que consiste en averiguar dónde
está el mal y dónde el bien, es una cuestión ociosa: el
hombre llamará a Dios el mal, y se llamará el bien a si propio, y
Dios se llamará a sí propio el bien, y llamará el mal al
hombre; el mal y el bien estarán en todas partes y en ninguna parte; la
única cuestión entonces consiste en averiguar por quién
quedará la victoria. Si el mal y el bien son, en esa suposición,
cosas indiferentes, no había para qué caer en la ridícula
puerilidad de contradecir el sentimiento común del género humano.
El absurdo que le es peculiar al ciudadano Proudhon consiste en que su dualismo
es un dualismo de tres miembros, que constituye una unidad absoluta; por donde
se ve que su absurdo, más bien que un absurdo religioso, es un absurdo
matemático. Dios es el mal, el hombre es el bien: véase
ahí el dualismo maniqueo; pero en el hombre, que es el bien, hay una
potencia esencialmente instintiva y otra potencia esencialmente lógica;
por la primera es Dios, por la segunda es hombre; de donde se sigue que las dos
unidades se descomponen en tres, y eso sin dejar de ser dos, porque fuera del
hombre y de Dios no hay bien sustancial ni mal sustancial; no hay combatientes,
no hay nada. Vemos ahora cómo las dos unidades, que son tres unidades se
convierten en una sola unidad, sin dejar de ser dos unidades y tres unidades.
La unidad está en Dios, porque, además de ser Dios, por la
potencia instintiva que está en el hombre, es hombre. La unidad
está en el hombre, porque, siendo hombre por su potencia lógica,
es Dios por su potencia instintiva; de donde se sigue que el hombre es hombre y
Dios a un mismo tiempo. Resulta de todo que el dualismo, sin dejar de ser
dualismo, es trinidad; que la trinidad, sin dejar de ser trinidad, es dualismo;
que el dualismo y la trinidad, sin dejar de ser lo que son, son unidad, y que
la unidad, que es unidad sin dejar de ser trinidad, y dualismo sin dejar de ser
trinidad, está en dos partes.
Si el ciudadano Proudhon afirmara de
sí lo que no afirma, que es enviado, y si demostrara después lo
que no podía demostrar, que su misión es divina, todavía
la teoría que acabo de exponer debería ser rechazada por absurda
e imposible. La unión personal del mal y del bien, considerados como
existiendo sustancialmente, es imposible y absurda, porque envuelve una
contradicción evidente. En la variedad personal y en la unidad
sustancial que constituyen el Dios trino y uno del cristiano, así como
en la unidad personal y en la variedad sustancial que constituyen al Hijo hecho
horibre, según el dogma católico, hay una oscuridad
profundísima; no hay, empero, imposibilidad lógica, como quiera
que no hay contradicción en los términos. Si hay mucho de oscuro,
nada hay de esencialmente contradictorio, a los ojos de la razón, en
afirmar de tres personas que tienen por fundamento una misma sustancia,
así como no hay nada de contradictorio, aunque sí mucho de oscuro
a los ojos de nuestro entendimiento, en afirmar que tres diferentes sustancias
están sostenidas por una misma persona. En lo que hay imposibilidad
radical, porque hay absurdo evidente y contradicción palpable, es en
afirmar, después de haber afirmado la existencia sustancial del mal y
del bien, que el mal y el bien sustancialmente existentes están
sostenidos por una misma persona. ¡Cosa digna de admiración! El
hombre no puede huir de la oscuridad católica sin condenarse a sí
propio a palpar una oscuridad más densa, ni puede huir de aquello que
abruma a su razón sin caer en aquello que la niega, porque la
contradice.
Y no se crea que el mundo sigue las
pisadas del racionalismo, a pesar de sus absurdas contradicciones y de sus
densas oscuridades; las sigue a causa de esas oscuridades densas y de esas
contradicciones absurdas. La razón sigue el error adondequiera que va,
como una madre ternísima sigue adondequiera que va, aunque sea al abismo
más profundo, al fruto más amado de su amor, al hijo de sus
entrañas. El error la dará muerte, más ¿qué
importa, si es madre y muere a manos del hijo?
  Capítulo IV
De cómo se salva por el Catolicismo el dogma
de la providencia y el de la libertad sin caer en la teoría de la
rivalidad entre Dios y el hombre
En ninguna otra cosa resplandece tanto
la incomparable belleza de las soluciones católicas como en su
universalidad, ese atributo incomunicable de las soluciones divinas. No bien es
aceptada una solución católica, cuando luego al punto todos los
objetos antes oscuros y tenebrosos se esclarecen, la noche se torna día
y el orden sale del caos. No hay ninguna de ellas en que no esté ese
soberano atributo y aquella secreta virtud de donde procede la grande maravilla
del universal esclarecimiento. En esos piélagos de luz no hay más
que un punto opaco, aquel en donde está la solución misma que
penetra con su luz esos piélagos profundos. Consiste esto en que, no
siendo el hombre Dios, no puede estar en posesión de aquel atributo
divino por el cual el Señor de todo lo criado ve todo lo que crió
con una luz inefable. El hombre está condenado a recibir de las sombras
la explicación de la luz, y de la luz la explicación de las
sombras. Para él no hay cosa evidente que no proceda de un impenetrable
misterio. Entre las las cosas misteriosas y las evidentes hay, sin embargo, la
notable diferencia de que el hombre puede esclarecer las evidentes, pero no
puede esclarecer las misteriosas. Cuando, para entrar en posesión de esa
luz inefable que está en Dios y que no está en él, desecha
por oscuras las soluciones divinas, da consigo en el laberinto intrincado y
tenebroso de las soluciones humanas. Entonces sucede lo que acabamos de
demostrar: que su solución es particular; como particular, incompleta, y
como incompleta, falsa. Considerada a primera vista, parece que resuelve algo;
considerada mejor, se ve que no alcanza a resolver nada de lo que parece que
resuelve; y la razón, que comienza por aceptarla como plausible,
concluye por desecharla por ineficaz, contradictoria y absurda. Esto
último quedó completamente demostrado en el capítulo
anterior; por lo que hace a la cuestión que venimos discutiendo,
después de haber demostrado la ineficacia evidente de la solución
humana, sólo nos falta demostrar la eficacia suprema y altísima
conveniencia de la solución católica.
Dios, que es el bien absoluto, es el
supremo hacedor de todo bien, y todo lo que es bueno, siendo imposible a un
tiempo que Dios ponga en la criatura lo que no tiene y que ponga todo lo que
tiene en la criatura. Dos cosas son de todo punto imposibles, a saber: que
ponga el mal, que no tiene, en alguna cosa, y que ponga en alguna cosa el bien
absoluto; ambas imposibilidades son evidentes, como quiera que es imposible
concebir que alguno dé lo que no tiene y que el Criador quede absorbido
en la criatura. No pudiendo comunicar su bondad absoluta, que sería
comunicarse a sí propio, ni el mal, que sería comunicar lo que no
tiene, comunica el bien relativo, con lo cual comunica todo lo que puede
comunicar, algo de lo que está en él y que no es él,
poniendo entre sí y la criatura aquella semejanza que atestigua la
procedencia y aquella diferencia que atestigua la distancia. De esta manera
toda criatura va diciendo, sólo con mostrarse, quién es su
criador y que ella no es mas que su criatura.
Siendo Dios el criador de todo lo
criado, todo lo criado es bueno con una bondad relativa. El hombre es bueno en
cuanto hombre, el ángel en cuanto ángel y el árbol en
cuanto árbol. Hasta el príncipe que relampaguea en el abismo, y
el abismo en donde relampaguea, son cosas buenas y excelentes. El
príncipe del abismo es bueno en sí, porque por serlo no ha dejado
de ser ángel, y Dios es el criador de la naturaleza angélica,
excelente sobre todas las cosas criadas; el abismo es bueno en sí,
porque se ordena a un fin que es bueno soberanamente.
Y, sin embargo de ser buenas y
excelentes todas las esencias criadas, el catolicismo afirma que el mal
está en el mundo y que son grandes y portentosos sus estragos. La
cuestión consiste en averiguar, por una parte, qué cosa es el
mal; por otra, en dónde tiene su origen, y, últimamente, de
qué manera concurre con su propia disonancia a la universal
armonía.
El mal tiene su origen en el uso que
hizo el hombre de la facultad de escoger, la cual, como dijimos, constituye la
imperfección de la libertad humana. La facultad de escoger estuvo
encerrada en ciertos límites impuestos por la naturaleza de las cosas.
Siendo todas buenas, esa facultad no pudo consistir en escoger entre las cosas
buenas, que existían necesariamente, y las malas, que no existían
de manera ninguna; consistió sólo en unirse al bien o en
apartarse del bien, en afirmarle con su unión o en negarle con su
apartamiento. El entendimiento humano se apartó del entendimiento
divino, lo cual fue apartarse de la verdad; apartado de la verdad, dejó
de conocerla. La voluntad humana se apartó de la voluntad divina, lo
cual fue apartarse del bien; apartada del bien, dejó de quererle;
habiendo dejado de quererle, dejó de ejecutarle; y como, por otra parte,
no pudo dejar de poner en ejercicio sus facultades íntimas e
inamisibles, que consistían en entender, en querer y en obrar,
siguió entendiendo, queriendo y obrando; si bien lo que entendía,
apartado de Dios, no era la verdad, que sólo está en Dios; ni lo
que quería era el bien, que sólo está en Dios; ni lo que
obró pudo ser el bien, que ni entendía ni quería; y que,
no siendo ni querido por su entendimiento ni aceptado de su voluntad, no pudo
ser el término de sus acciones. El término de su entendimiento
fue entonces el error, que es la negación de la verdad; el
término de su voluntad fue el mal, que es la negación y el bien,
y el término de sus acciones el pecado, que es la negación
simultánea de la verdad y del bien, manifestaciones diversas de una
misma cosa considerada desde dos puntos de vista diferentes. Negándose
por el pecado todo lo que Dios afirma con su entendimiento, que es la verdad, y
todo lo que afirma con su voluntad, que es el bien; no habiendo en Dios
más afirmaciones que la del bien, que está en su voluntad, y la
de la verdad, que está en su entendimiento, y no siendo Dios sino esas
mismas afirmaciones sustancialmente consideradas, se sigue de aquí que
el pecado, que niega todo lo que Dios afirma, niega virtualmente a Dios en
todas sus afirmaciones, y que negándole, y no haciendo otra cosa sino
negarle, es la negación por excelencia, la negación universal, la
negación absoluta.
Esa negación no afectó ni
pudo afectar las esencias de las cosas, que existen independientemente de la
voluntad humana y que después como antes de la prevaricación
fueron no sólo buenas en sí, sino también perfectas y
excelentes. Empero, si el pecado no las quitó su excelencia, las
quitó aquella soberana armonía que puso en ellas su divino
Hacedor, que es aquella trabazón delicada y aquel orden perfecto con que
estaban juntas unas con otras y todas con Él cuando las sacó del
caos después de haberlas sacado de la nada por efecto de su bondad
infinita. Según aquel orden perfecto y aquella trabazón
admirable, todas las cosas se movían derechamente hacia Dios con un
movimiento irresistible y ordenado. El ángel, espíritu puro
abrasado de amor, gravitaba hacia Dios, centro de todos los espíritus,
con una gravitación amorosa y vehemente. El hombre, menos perfecto, pero
no menos amoroso, seguía con su gravitación el movimiento de la
gravitación angélica, para confundirse con el ángel en el
seno de Dios, centro de las gravitaciones angélicas y humanas. La
materia misma, agitada por un secreto movimiento de ascensión,
seguía la gravitación de los espíritus hacia aquel supremo
Hacedor que atraía a sí sin esfuerzo todas las cosas. Y
así como todas estas cosas, consideradas en sí, son las
manifestaciones exteriores del bien esencial que está en Dios, esta
manera de ser es la manifestación exterior de su manera de ser, como su
esencia misma, perfecta y excelente. Las cosas fueron hechas de tal modo, que
tuvieron una perfección mudable y otra necesaria e inamisible; su
perfección inamisible y necesaria fue aquel bien esencial que puso Dios
en toda criatura; su perfección mudable fue aquella manera de ser con
que Dios quiso que fueran cuando las sacó de la nada. Dios quiso que
fueran siempre lo que son; no quiso, empero, que fueran necesariamente de la
misma manera; sustrajo las esencias a toda jurisdicción que no fuera la
suya; puso por un tiempo el orden en que están bajo la
jurisdicción de aquellos seres que formó inteligentes y libres.
De donde se sigue que el mal, producido por el libre albedrío
angélico o el libre albedrío humano, no pudo ser y no fue otra
cosa sino la negación del orden que puso Dios en todas las cosas
criadas, cuya negación va envuelta en la palabra misma que la significa,
con lo cual se afirma lo mismo que se niega; esa negación se llama
desorden. El desorden es la negación del orden, es decir, de la
afirmación divina, relativa a la manera de ser de todas las cosas. Y
así como el orden consiste en la unión de las cosas que Dios
quiso que estuvieran unidas y en la separación de aquellas que quiso
anduvieran separadas, de la misma manera el desorden consiste en unir las cosas
que Dios quiso que anduvieran separadas y en separar aquellas que quiso Dios
que estuvieran unidas.
El desorden causado por la
rebelión angélica consistió en el apartamiento, por parte
del ángel rebelde, de su Dios, que era su centro, por medio de un cambio
en su manera de ser, que consistió en convertir su movimiento de
gravitación hacia su Dios en un movimiento de rotación sobre
sí mismo.
El desorden causado por la
prevaricación del hombre fue parecido al causado por la rebelión
del ángel, no siendo posible ser rebelde y prevaricador de dos maneras
esencialmente diferentes. Habiendo dejado el hombre de gravitar hacia su Dios
con su entendimiento, con su voluntad y con sus obras, se constituyó en
centro de sí propio, y fue el último fin de sus obras, de su
voluntad y de su entendimiento.
El trastorno causado por esta
prevaricación fue grande y profundísimo. Cuando el hombre se hubo
apartado de su Dios, luego al punto todas sus potencias se apartaron unas de
otras, constituyéndose a sí mismas en otros tantos centros
divergentes: su entendimiento perdió su imperio sobre su voluntad; su
voluntad perdió su imperio sobre sus acciones; la carne salió de
la obediencia en que había estado del espíritu, y el
espíritu, que había estado sujeto a Dios, cayó en la
servidumbre de la carne. Todo había sido antes en el hombre
concordancias y armonías; todo fue después en él guerra,
tumulto, contradicciones, disonancias. Su naturaleza se convirtió de
soberanamente armónica en profundamente antitética.
Este desorden causado en él por
él mismo, se transmitió por él al universo y a la manera
de ser de todas las cosas: todas le estaban sujetas, y todas se le rebelaron.
Cuando dejó de ser esclavo de Dios, dejó de ser príncipe
de la tierra, lo cual no nos causará maravilla si consideramos que los
títulos de su monarquía terrenal estaban fundados en su divina
servidumbre. Los animales, a quien él mismo, en señal de su
dominación, había puesto sus nombres, dejaron de obedecer a su
voz, y de entender su palabra, y de seguir su mandamiento; la tierra se le
llenó de abrojos, el cielo se le volvió de metal, las flores se
le rodearon de espinas; la naturaleza entera estuvo como poseída contra
él de una furia insensata; los mares, al verle venir, volcaron
estrepitosamente sus ondas, y sus abismos resonaron con pavorosos estruendos;
las montañas, para atajarle el paso, levantaron hasta los cielos sus
cumbres; por sus campos pasaron los torrentes y sobre sus frágiles
tiendas vinieron los huracanes; los reptiles escupieron en él sus
venenos, las hierbas le destilaron sus ponzoñas; en cada paso
temió una celada, y en cada celada la muerte.
Una vez aceptada la explicación
católica del mal, se explica naturalmente todo aquello que sin ella y
fuera de ella parecía y era en efecto inexplicable. No existiendo el mal
de una manera sustancial, sino antes bien negativa, no puede servir de materia
a una creación, con lo cual cae naturalmente la dificultad que
nacía de la coexistencia de dos creaciones diferentes y
simultáneas. Esta dificultad iba en aumento al paso que se iba
adelantando por este escabroso camino, como quiera que el dualismo de la
creación suponía forzosamente otro dualismo más repugnante
todavía a la razón humana: el dualismo esencial de la Divinidad,
que ha de ser concebida como una esencia simplicísima o no puede ser
concebida de manera ninguna. Juntamente con ese dualismo divino viene por
tierra la idea de una rivalidad a un tiempo mismo imposible y necesaria;
necesaria, porque dos dioses que se contradicen y dos esencias que se repugnan
están condenadas por la naturaleza misma de las cosas a una lucha
perpetua; imposible, porque siendo la victoria definitiva el objeto final de
toda contienda, consistiendo aquí la victoria definitiva en la
supresión del mal por el bien o del bien por el mal, y no pudiendo ser
suprimido ni el uno ni el otro, porque lo que existe de una manera esencial
existe necesariamente, de la imposibilidad de la supresión se
seguía la imposibilidad de la victoria, y de la imposibilidad de la
victoria, objeto final la de la contienda, la imposibilidad radical de la
contienda misma. Con la contradicción divina, a que va a parar
forzosamente todo sistema maniqueo, desaparece la contradicción
humana, en que se cae cuando se supone la coexistencia del bien y del mal en el
hombre. Esa contradicción es absurda, y como absurda inconcebible.
Afirmar del hombre que es a un tiempo esencialmente bueno y esencialmente malo,
es tanto como afirmar una de estas dos cosas: o que el hombre es un compuesto
de dos esencias contrarias, juntando aquí lo que se ve obligado a
separar en la Divinidad el sistema maniqueo, o que la esencia del hombre es
una, y que siendo una es mala y buena a un tiempo mismo, lo cual es afirmar
todo y que se niega a negar todo lo que se afirma de una misma cosa.
En el sistema católico el mal
existe, pero existe con una existencia modal; no existe esencialmente. El mal,
así considerado, es sinónimo de desorden, porque no es otra cosa,
si bien se mira, sino la manera desordenada en que están las cosas que
no han dejado de ser esencialmente buenas, y que por una causa
secretísima y misteriosa han dejado de estar bien ordenadas. Por el
sistema católico se nos señala esa causa misteriosa y
secretísima, y en su señalamiento, si hay mucho que exceda a la
razón, no hay nada que la contradiga y la repugne, como quiera que, para
explicar una perturbación moral en las cosas que aun después de
perturbadas conservan íntegras y puras sus esencias, no hay que recurrir
a una intervención divina, con lo cual no habría
proporción entre el efecto y la causa: basta, para explicar el hecho
suficientemente, acudir a la intervención anárquica de los seres
inteligentes y libres, como quiera que, si no pudieran alterar de alguna manera
el orden maravilloso de la creación y sus concertadas armonías,
no podrían ser considerados ni como libres ni como inteligentes. Del
mal, considerado como accidental y efímero, pueden afirmarse sin
contradicción y sin repugnancia estas dos cosas: la primera, que, por lo
que tiene de mal, no ha podido ser obra de Dios; la segunda, que, por lo que
tiene de efímero y de accidental, ha podido ser obra del hombre. De esta
manera las afirmaciones de la razón van a confundirse con las
afirmaciones católicas.
Supuesto el sistema católico,
desaparecen todos los absurdos y quedan suprimidas todas las contradicciones.
Por este sistema, una es la creación y Dios es uno, con lo cual queda
suprimida, con el dualismo divino la guerra de los dioses. El mal existe,
porque, si no existiera, no podría concebirse la libertad humana; pero
el mal que existe es un accidente, no es una esencia; porque si fuera una
esencia y no fuera un accidente, sería obra de Dios, criador de todas
las cosas, lo cual envuelve una contradicción que repugna a un mismo
tiempo a la razón humana y a la razón divina. El mal viene del
hombre y está en el hombre, y viniendo de él y estando en
él, hay en ello una grande conveniencia, lejos de haber en ello
contradicción ninguna. La conveniencia está en que, no pudiendo
ser el mal obra de Dios, no podría el hombre escogerle si no pudiera
crearle, y no sería libre si no pudiera escogerle. No hay en ello
contradicción ninguna; porque al afirmar el catolicismo, del hombre, que
es bueno en su esencia y malo por accidente, no afirma de él lo mismo
que niega, ni niega lo mismo que afirma, como quiera que afirmar del hombre que
es malo por accidente y bueno por esencia no es afirmar de él cosas
contradictorias, sino cosas en que no cabe contradicción, por ser de
todo punto diferentes.
Por último, aceptado el sistema
católico, cae desplomado el sistema blasfemo e impío que consiste
en suponer una rivalidad perpetua entre Dios y el hombre, entre el Criador y la
criatura. El hombre, autor del mal, accidental de suyo transitorio, no es, a
manera de Dios, criador, mantenedor y gobernador de todas las esencias y de
todas las cosas. Entre esos dos seres, apartados entre sí por una
distancia infinita, no hay rivalidad imaginable ni competencia posible. En los
sistemas maniqueo y proudhoniano, la batalla entre el Criador del bien esencial
y el criador del mal esencial era inconcebible y absurda, porque era imposible
la victoria; en el sistema católico no cabe la suposición de la
batalla, porque no cabe la suposición de la contienda entre partes de
las cuales la una ha de ser necesariamente victoriosa y la otra vencida
necesariamente. Dos condiciones son necesarias para que exista una contienda:
que la victoria sea posible y que sea incierta la victoria. Toda batalla es
absurda cuando la victoria es cierta o cuando la victoria es imposible; de
donde se sigue que, de cualquier manera que se las considere, son absurdas esas
batallas grandiosas trabadas por la universal dominación y por el sumo
imperio, ahora sea uno el soberano, ahora dos los emperadores: en el primer
caso, porque el que es uno será perpetuamente solo; en el segundo,
porque los dos no serán uno jamás y serán dos
perpetuamente. Esos combates gigantescos son de tal naturaleza, que o
están decididos antes de trabarse o no se deciden después de
trabados.
  Capítulo V
Secretas analogías entre las perturbaciones
físicas y las morales, derivadas todas de la la libertad humana
Hasta dónde hayan ido a parar los
estragos de la culpa y hasta qué punto se haya cambiado el semblante
todo de la creación con tan notable desvarío, es cosa
sustraída a las humanas investigaciones; pero lo que está puesto
fuera de toda duda es que padecieron degradación juntamente en
Adán su espíritu y su carne, por orgulloso aquél y
ésta por concupiscente.
Siendo una misma la causa de la
degradación física y de la moral, entrambas ofrecen portentosas
analogías y equivalencias en sus varias manifestaciones.
Ya dijimos que el pecado, causa
primitiva de toda degradación, no fue otra cosa sino un desorden; y como
consistiese el orden en el perfecto equilibrio de todas las cosas criadas, y
ese equilibrio en la subordinación jerárquica que mantienen unas
con otras y en la absoluta que todas mantenían con su Criador,
síguese de aquí que el pecado o el desorden, que es una cosa
misma, no consistió en otra cosa sino en la relajación de esas
subordinaciones jerárquicas que tenían las cosas entre sí
y de la absoluta en que estaban respecto al Ser supremo, o lo que es lo mismo,
en el quebrantamiento de aquel perfecto equilibrio y de aquella maravillosa
trabazón en que fueron puestas todas las cosas. Y como quiera que los
efectos son siempre análogos a sus causas, todos los efectos de la culpa
vinieron a ser, hasta cierto punto, lo que ellas: un desorden, una
desunión, un desequilibrio. El pecado fue la desunión del hombre
y de Dios. El pecado produjo un desorden moral y un desorden físico. El
desorden moral consistió en la ignorancia del entendimiento y en la
flaqueza de la voluntad; la ignorancia del entendimiento no fue otra cosa sino
su desunión del entendimiento divino; la flaqueza de la voluntad estuvo
en su desunión de la voluntad suprema. El desorden físico
producido por el pecado consistió en la enfermedad y en la muerte. Ahora
bien: la enfermedad no es otra cosa sino el desorden, la desunión, el
desequilibrio de las partes constitutivas de nuestro cuerpo; la muerte no es
otra cosa sino esa misma desunión, ese mismo desorden, ese mismo
desequilibrio, llevado hasta el último punto. Luego el desorden
físico y moral, la ignorancia y la flaqueza de la voluntad, por una
parte, y la enfermedad y la muerte, por otra, son una cosa misma.
Esto se verá más claro
todavía sólo con considerar que todos estos desórdenes,
así físicos como morales, toman una misma denominación en
el punto en donde nacen.
La concupiscencia de la carne y el
orgullo del espíritu se llaman por un mismo nombre: el
pecado, la desunión definitiva del
alma y de Dios; y la del cuerpo y del alma se llaman con un mismo nombre la
muerte.
Por donde se ve que el vínculo
entre lo físico y lo moral es tan estrecho, que sólo en el medio
puede observarse su diferencia, viniendo a ser una misma cosa en su fin y en su
principio. ¿Y cómo había de ser de otra manera, si
así lo físico como lo moral viene de Dios y acaba en Dios, si
Dios está antes del pecado y después de la muerte?
Por lo demás, esta
estrechísima conexión entre lo moral y lo físico
podría ser ignorada de la tierra que es puramente corpórea, y de
los ángeles, que son espíritus puros; pero ¿cómo
ese misterio ha de ser una cosa escondida para el hombre, compuesto de un alma
inmortal y de una materia corpórea, y que está puesto por Dios en
la confluencia de dos mundos? Ni paró aquí aquella gran
perturbación producida por el pecado, como quiera que no sólo
Adán quedó sujeto a la enfermedad y a la muerte, sino que
también la tierra fue maldecida a causa de él y en su nombre.
Por lo que hace a esta tremenda y hasta
cierto punto incomprensible maldición, sin que sea visto que osemos
penetrar en tan oscuros arcanos, y reconociendo como reconocemos que los
juicios de Dios son tan secretos como maravillosas sus obras, parécenos,
sin embargo, que, una vez confesada en la teoría la relación
misteriosa que ha puesto Dios entre lo moral y lo físico, y una vez
confesada en la práctica, por ser, si bien en cierta manera
inexplicable, hasta cierto punto visible en el hombre, todo lo demás es
menos en este misterio profundo, como quiera que el misterio está en esa
ley de relación, más bien que en las aplicaciones que de ella
puedan hacerse por vía de consecuencia.
Conviene notar aquí, para el
esclarecimiento de esta materia escabrosa, y en comprobación de cuanto
llevamos dicho, que las cosas físicas no pueden considerarse como
dotadas de una existencia independiente, como existiendo en sí, por
sí y para sí, sino más bien como manifestaciones de las
cosas espirituales, que son las únicas que tienen en sí mismas la
razón de su existencia. Siendo Dios espíritu puro y principio y
fin de todas las cosas, es claro que todas las cosas en su principio y en su
fin son espirituales; siendo esto así, o las cosas físicas son
vanas apariencias y no existen, o, si existen existen por Dios y para Dios, lo
cual quiere decir que existen por el espíritu y para el espíritu,
de donde se infiere que siempre que haya una perturbación, cualquiera
que ella sea, en las regiones espirituales, ha de haber forzosamente otra
análoga en las regiones corpóreas, no pudiendo concebirse que
estén quietas las cosas mismas cuando hay una perturbación en lo
que es principio y fin de todas las cosas.
La perturbación, pues, producida
por el pecado fue y debió de ser general, fue y debió de ser
común a las regiones altas y a las bajas, a las de todos los
espíritus y a la de todos los cuerpos. El rostro de Dios, plácido
antes y sereno, se conturbó con la ira; sus serafines mudaron de
semblante, la tierra se cuajó de espinas y de abrojos, y se secaron sus
plantas, y envejecieron sus árboles, y se agostaron sus hierbas, y
dejaron de destilar licor suavísimo sus fuentes, y fue
fertilísima en ponzoñas, y se vistió de bosques oscuros,
impenetrables, pavorosos, y se coronó de montes bravos y hubo una zona
tórrida y otra frigidísima, y fue consumida por el fuego y
abrasada por la escarcha, y se levantaron en todos sus horizontes torbellinos
impetuosos, y sus ámbitos fueron henchidos con el estruendo de los
huracanes.
Puesto el hombre como en el centro de
este desorden universal, a un tiempo obra suya y su castigo; desordenado
él mismo más honda y radicalmente que el resto de la
creación, quedó expuesto, sin otra ayuda que la de la
misericordia divina, a la impetuosa corriente de todos los dolores
físicos y de todas las congojas morales. Su vida fue toda
tentación y batalla, ignorancia su sabiduría, su voluntad toda
flaqueza, toda corrupción su carne. Cada una de sus acciones estuvo
acompañada de un arrepentimiento; cada uno de sus placeres fue seguido
de un dejo amargo o de un dolor agudísimo; cuantos fueron sus deseos,
tantos fueron sus pesares; cuantas sus esperanzas, otras tantas sus ilusiones,
y cuantas sus ilusiones, otros tantos sus desengaños. Su memoria le
sirvió de torcedor, su previsión de tormento; su
imaginación no le sirvió de otra cosa sino de echar franjas de
púrpura y de oro sobre su desnudez y miseria. Enamorado del bien para el
que había nacido, echó por la senda del mal por donde
había entrado; necesitado de un Dios, cayó en los insondables
abismos de todas las supersticiones; condenado a padecer, ¿quién
será capaz de hacer el recuento de sus infortunios? Condenado a trabajar
con fatiga, ¿quién sabe el guarismo de sus trabajos? Condenada su
frente a perpetuo sudor, ¿quién llevará la cuenta de las
gotas de sudor que han caído de su frente?
Pon al hombre tan alto como sea posible
o tan bajo como quieras; en ninguna parte estará exento de aquella pena
que nos vino de nuestro común pecado. Si al que está en lo alto
no le alcanza la injuria, le alcanza la envidia; si al que está bajo no
le alcanza la envidia, le alcanza la injuria. ¿Dónde está
la carne que no haya padecido dolor, y el espíritu que no haya padecido
congojas? ¿Quién estuvo tan alto que no temiera caer?
¿Quién creyó tan firmemente en la constancia de la fortuna
que no temiera sus reveses? Los hombres, en el nacer, en el vivir, en el morir,
todos somos unos, porque todos somos culpables y todos somos penados.
Si el nacimiento, si la vida y si la
muerte no son una pena, ¿en qué consiste que no nacemos, vivimos
y morimos como todo lo demás que nace, vive y muere? ¿Por
qué morimos llenos de terrores? ¿Por qué vivimos llenos de
congojas? Y ¿por qué cuando nacemos venimos al mundo con los
brazos cruzados en el pecho en postura penitente? Y ¿por qué al
abrir los ojos a la luz los abrimos al llanto y nuestro primer saludo es un
gemido?
Los hechos históricos vienen a
confirmar los dogmas que acabamos de exponer y todas sus misteriosas
consonancias. El Salvador del mundo, con edificación y pavor
profundísimo de los pocos justos que le seguían y con
escándalo de los doctores, borraba los pecados curando las enfermedades
y curaba las enfermedades absolviendo de los pecados, suprimiendo unas veces la
causa por medio de la supresión de los efectos y borrando otras los
efectos por medio de la supresión de su causa. Como un paralítico
se hubiese puesto en su presencia en ocasión en que se hallaba rodeado
de muchedumbre de doctores y fariseos, alzó la voz y le dijo:
«Confía, hijo mío. Yo te remito tus pecados».
Escandalizáronse en su corazón los que estaban allí
presentes, pareciéndoles, por su parte, que la potestad de absolver era
en el Nazareno orgullo y locura, y por otra, que intentar sanar las
enfermedades absolviendo de los pecados era una extravagancia, y como el
Señor viese nacer en los corazones de aquellas gentes aquellos
pensamientos culpables, añadió luego en seguida: «Y para
que a todos sea notorio que el Hijo del hombre tiene en la tierra la potestad
de remitir los pecados, levántate, yo te lo ordeno; lleva contigo tu
lecho y vuelve a tu casa». Y así fue hecho como lo dijo, con lo
cual vino a demostrar que la potestad de curar y la de absolver son una
potestad misma y que el pecado y la enfermedad son una misma cosa.
Antes de pasar adelante será
bueno notar aquí, en confirmación de cuanto vamos diciendo, dos
cosas dignas de memoria: la primera, que el Señor, antes de poner sus
hombros al grave peso de los delitos del mundo, estuvo exento de toda
enfermedad y aun de todo achaque, porque estaba exento de pecado; la segunda,
que cuando puso en su cabeza los pecados de todas las gentes, aceptando
voluntariamente los efectos, así como aceptaba las causas, y las
consecuencias, así como aceptaba los principios, aceptó el dolor,
mirando en él al compañero inseparable del pecado, y sudó
sangre en el huerto, y sintió dolor con la bofetada en el pretorio, y
desfalleció con el peso de la cruz, y padeció sed en el Calvario,
y una tremenda agonía en el afrentoso madero, y vio venir la muerte con
pavor, y gimió honda y dolorosamente al enviar su espíritu a su
santísimo Padre.
Por lo que hace a aquella admirable
consonancia de que hablamos entre los desórdenes del mundo moral y los
del físico, el género humano la proclama a una voz sin
comprenderla, como si un poder sobrenatural e invencible le obligara a dar
testimonio al gran misterio; la voz de todas las tradiciones, todas las voces
populares, todos los vagos rumores esparcidos por los vientos, todos los ecos
del mundo, nos hablan misteriosamente de un gran desorden físico y moral
acaecido en los tiempos anteriores al crepúsculo de la Historia y aun al
crepúsculo de la fábula, a consecuencia de una culpa primitiva,
cuya grandeza fue tanta, que ni puede ser comprendida por entendimiento ni
expresada con vocablos. Aún hoy día es, y si por ventura se
desordenan los elementos, y hay mudanzas extrañas en las esferas
celestes, y vienen sobre las naciones grandes castigos de discordias, de
pestilencias, de hambres; si las estaciones alteran el curso sosegado de su
armónica rotación y se confunden y traban entre sí una a
manera de batalla; si el suelo viene a padecer sacudidas y temblores, y si los
vientos, libres de las riendas que refrenan sus ímpetus, se tornan
huracanes, luego al punto se levanta de las entrañas de los pueblos,
guardadoras de la tremenda tradición, una voz pertinaz y temerosa que
busca la causa de la insólita perturbación en un delito poderoso
para enojar a Dios y para atraer sobre la tierra las maldiciones del cielo.
Que esos
vagos rumores son a veces infundados, y que
suelen ser hijos de la ignorancia de las leyes que presiden al curso de los
fenómenos naturales, es una cosa evidente; pero no es menos evidente a
nuestros ojos que el error está solamente en la aplicación y no
en la teórica. La tradición queda en pie, dando perpetuo
testimonio a la verdad a pesar de todas sus falsas aplicaciones. Las
muchedumbres pueden errar, y yerran frecuentemente, cuando afirman que tal
pecado es causa de tal desorden; pero ni yerran ni pueden errar cuando aseguran
que el desorden es hijo del pecado; y cabalmente porque la tradición,
considerada en su generalidad, es la manifestación y la forma visible de
una verdad absoluta, es por lo que es una cosa difícil, o casi de todo
punto imposible, sacar a los pueblos de los errores concretos que cometen en
sus aplicaciones especiales. Lo que la tradición tiene de verdadero da
consistencia a lo que la aplicación tiene de falso, y el error concreto
vive y crece debajo del amparo de la verdad absoluta.
Ni carece la Historia de ejemplos
insignes que vienen en apoyo de esta tradición universal, que ha ido
transmitiéndose de padres a hijos, de familia a familia, de raza a raza,
de pueblo a pueblo y de región a región, por todo el linaje
humano, hasta los remates de la tierra: porque siempre que los delitos han
subido sobre cierto nivel y han llenado cierta medida, luego al punto han
venido sobre las gentes catástrofes tremendas y sobre el mundo
ásperos vaivenes y rudos sacudimientos. Sucedió primero aquella
universal perversión de que nos hablan las Santas Escrituras, cuando,
juntos en una mis ma apostasía y en un mismo olvido de Dios todos los
hombres en la época antediluviana, vivieron sin otro Dios y sin otra ley
que sus criminales antojos y sus frenéticas pasiones, y entonces, llenas
ya las copas de las ira divinas, vino sobre la tierra aquel gran conflicto y
aquella portentosa inundación de las aguas que todo lo arrastró
en el universal estrago y en la común ruina y que igualó los
montes con los valles. Llegados después los tiempos a la mitad de su
carrera, sucedió que vino al mundo, en cumplimiento de las antiguas
promesas y de las antiguas profecías, el Deseado de las naciones: fue la
época de su venida nombrada entre todas por la perversidad y malicia de
los hombres y por la corrupción universal de las costumbres.
Añadióse a esto que en un día triste y de llorosa memoria,
el más lloroso y el más triste de cuantos iban corridos desde la
creación, un pueblo ciego e insensato, como si estuviera tomado del
vino, se levantó, descompuesto su rostro con el frenesí de la
cólera, tomó a su Dios con su mano y le hizo asunto de sus
ludibrios, y acumuló sobre él todas sus afrentas, y cargó
sus mansísimos hombros con todas las ignominias, y le puso en lo alto, y
le dio muerte de cruz en medio de dos ladrones. Entonces también se vio
rebosar la copa de los divinos enojos, el sol retrajo sus rayos, y el velo del
templo dio un temeroso crujido, y se abrieron grietas en las rocas, y la tierra
toda padeció desmayos y temblores.
Otros y otros ejemplos pudieran traerse
aquí en confirmación de las misteriosas armonías que se
observan entre las perturbaciones físicas y las morales y en abono de la
universal tradición, que en todas partes las consigna y las proclama;
pero la sobriedad que nos hemos propuesto, por una parte, y por otra, la
grandeza de los que dejamos consignados, nos inclinan a dar por terminado este
asunto.
  Capítulo VI
De la prevaricación angélica y la
humana grandeza y enormidad del pecado
Hasta aquí he expuesto la
teoría católica acerca del mal, hijo del pecado, y acerca del
pecado que nos vino de la libertad humana, la cual se mueve anchamente en sus
limitadas esferas, a la vista y con el consentimiento de aquel soberano
Señor que, haciéndolo todo con peso, número y medida,
dispuso las cosas con un consejo tan alto, que ni su providencia oprimiese el
libre albedrío del hombre, ni los estragos de este libre
albedrío, siendo grandes y portentosos como son, lo fueran con menoscabo
de su gloria. Antes, empero, de pasar adelante, me ha parecido cosa digna de la
majestad de este asunto hacer aquí una relación seguida de
aquella prodigiosa tragedia que comenzó en el cielo y acabó en el
paraíso, dejando a un lado los reparos y las objeciones que quedaron
desvanecidas en otro lugar, y que de ninguna otra cosa servirían sino de
oscurecer la belleza, a un mismo tiempo sencilla e imponente, de esta
lamentable historia. Antes vimos de qué manera la teoría
católica se aventaja a las demás por la altísima
conveniencia de todas sus soluciones; ahora veremos de qu |