  Libro tercero
Problemas y soluciones relativas al orden en la
humanidad
  Capítulo I
Transmisión de la culpa, dogma de la
imputación
Con el pecado del primer hombre se
explica suficientemente aquel gran desorden y aquella formidable
confusión que padecieron las cosas a poco de creadas, cuya
confusión y cuyo desorden se convirtieron, como vimos, sin dejar de ser
lo que eran, en elementos de un orden más excelente y de una más
grande armonía por aquella virtud secreta e incomunicable, que
está en Dios, de sacar el orden del desorden, de la confusión el
concierto, y el bien del mal, por un acto simplicísimo de su voluntad
soberana. Lo que aquel pecado por sí solo no alcanza a explicar en la
perpetuidad y constancia de aquella primitiva confusión, la cual
subsiste todavía en todas las cosas, señaladamente en el hombre.
Para explicar cumplidamente la subsistencia de los efectos es necesario suponer
la subsistencia de la causa, y para explicar la subsistencia de la causa es
forzoso suponer la transmisión perpetua de la culpa.
El dogma de la transmisión del
pecado con todas sus consecuencias es uno de los misterios más
temerosos, más incomprensibles y oscuros entre cuantos nos han sido
enseñados por revelación divina. Esa sentencia de
condenación, dada en cabeza de Adán contra todas las generaciones
de los hombres, así las que han sido como las que son ahora presentes y
las que serán en lo venidero hasta la consumación de los tiempos,
no se compone bien a primera vista, en el entendimiento humano, con la justicia
de Dios, y mucho menos con su inagotable misericordia. Cualquiera diría,
al considerarla de golpe y por primera vez, que es un dogma sacado de aquellas
religiones inexorables y sombrías del Oriente, cuyos ídolos no
tienen oídos sino para escuchar lamentos, ni ojos sino para ver la
sangre, ni voz sino para lanzar anatemas y para pedir venganzas. El Dios vivo,
en la actitud de revelarnos ese dogma tremendo, más bien que como el
Dios manso y clemente de los cristianos, se nos muestra como el Moloch de los
pueblos idólatras, crecido en grandeza y en barbarie, el cual, no
contentándose ya con carnes tiernas para aplacar su hambre devoradora,
va sepultando unas después de otras en las cavernas de su vientre las
generaciones humanas. ¿Por qué somos penadas -dicen todas las
gentes convertidas a Dios- si no fuimos culpables?
Entrando de lleno y derechamente en las
entrañas de la cuestión, no será empresa ardua demostrar
la altísima conveniencia de este profundo misterio. Ante todo, debemos
observar que los mismos que niegan la transmisión como dogma revelado
están obligados a reconocer que, aun considerado este negocio haciendo
abstracción completa de lo que tenemos por fe, se va siempre a parar al
mismo término por diferentes caminos. Demos por sentado que el pecado y
la pena, siendo personales de suyo, son de suyo intransmisibles; y
después de hecha esta concesión, todavía demostraremos con
evidencia que, con ella como sin ella, queda en pie lo que se nos enseña
por el dogma.
En efecto: de cualquiera manera que se
considere este negocio, siempre resultará que el pecado puede producir
en el que le comete tales estragos y tan grandes mudanzas, que sean poderosas
para alterar física y moralmente su constitución primitiva;
cuando esto sucede, el hombre, que transmite todo lo que tiene
constitucionalmente, transmite a sus hijos por la generación sus
condiciones constitucionales. Cuando una gran explosión de ira produce
una enfermedad en el airado, cuando esa enfermedad que en él produce es
constitucional y orgánica, es cosa sencilla y natural que transmita a
sus hijos por vía de generación el mal constitucional y
orgánico que padece. Ese mal constitucional y orgánico se reduce,
considerándole bajo su aspecto físico, a una enfermedad
verdadera; y considerándole desde su punto de vista moral, a una
predisposición de la carne a sojuzgar al espíritu con aquella
misma pasión que, cuando fue actual, produjo aquellos grandes estragos.
Que la prevaricación de Adán, siendo la mayor de todas las
prevaricaciones posibles, debió alterar, y alteró de una manera
radical, su constitución moral y física, es una cosa puesta fuera
de toda duda, y siéndolo, es cosa clara que debió
transmitírsenos con la sangre el estrago de la culpa y la
predisposición a cometerla actualmente.
Síguese de lo dicho que en
realidad nada adelantan los que niegan el dogma de la transmisión del
pecado si no niegan al mismo tiempo lo que no pueden negar sin insensatez
evidente y sin evidente locura, a saber: que la culpa, cuando es grande, deja
un rastro en la constitución y en el organismo del hombre, y que ese
rastro orgánico y constitucional se transmite de unas generaciones en
otras, viciándolas todas en lo que tienen de constitucional y de
orgánico.
Ni adelantan más en ese terreno
los que, negando la transmisibilidad del pecado, niegan el dogma de la
imputación o la transmisión de la pena, como quiera que aquello
mismo que en calidad de pena apartan de sí se les viene encima con otro
nombre, con el nombre de desgracia. Demos por sentado que las desventuras que
padecemos no son una pena, la cual lleva consigo la idea de una
infracción voluntaria por parte del que la recibe y de una
determinación voluntaria por parte del que la impone; siempre
resultará de aquí que en todas las suposiciones son igualmente
inevitables y ciertas nuestras grandes desventuras; los que no las confiesan
como consecuencia legítima del pecado, se ven obligados a confesarlas
como una consecuencia natural de las relaciones necesarias que tienen entre
sí las causas y sus efectos. Por este sistema, la corrupción
radical de su naturaleza fue una pena en nuestros primeros padres,
voluntariamente pecadores. Su desobediencia voluntaria mereció la pena
de la corrupción que les fue impuesta por un Juez incorruptible. Esa
misma corrupción es en nosotros una desgracia, como quiera que no se nos
impone como pena, sino que nos viene en calidad de herederos de una naturaleza
radicalmente corrompida. Y esa desgracia es tan lamentable, que el mismo Dios
no podría decretar nuestra exención sin alterar la ley de la
causalidad, que está en las cosas, por medio de un portentoso milagro.
Ese milagro se obró en la plenitud de los tiempos por una manera tan
conveniente y tan alta, por caminos tan secretos, por medios tan sobrenaturales
y por consejo tan sublime, que la obra inenarrable de Dios había de ser
para los unos escándalo y para los otros locura.
La transmisión de las
consecuencias del pecado se explica por sí misma, sin ningún
género de contradicción ni de violencia. Nació el primer
hombre adornado de inestimables privilegios: su carne estaba sujeta a su
voluntad, su voluntad a su entendimiento, que recibía su luz del
entendimiento divino. Si nuestros primeros padres hubieran procreado antes de
pecar, sus hijos hubieran participado, por vía de generación, de
su naturaleza incorrupta. Para que las cosas no hubieran sucedido de esta
manera, hubiera sido necesario un milagro por parte de Dios, como quiera que
aquella transmisión no hubiera podido impedirse sin mudar aquella ley en
virtud de la cual cada ser transmite lo que tiene, en otra por cuya virtud su
ser no pudiera transmitir sino aquello precisamente que le falta. Caídos
en mísera rebeldía nuestros primeros padres, fueron justamente
despojados de todos sus privilegios: su unión espiritual con Dios se
trocó en apartamiento de ese mismo Dios con quien estaban unidos. Su
sabiduría se convirtió en ignorancia, todo su poder fue flaqueza.
Por lo que hace a la justicia original y a la gracia en que nacieron, les
fueron quitadas del todo, quedando enteramente desnudos. Su carne se
rebeló contra su voluntad, su voluntad contra su entendimiento, su
entendimiento contra su voluntad, su voluntad contra su carne, y su carne, su
voluntad y su entendimiento contra aquel Dios magnificentísimo que
había puesto en ellos tan grandes magnificencias. En este estado es cosa
clara que el padre no pudo transmitir por generación sino aquello que
tenía, y que el hijo había de nacer ignorante de ignorante, flaco
de flaco, corrompido de corrompido, apartado de Dios de apartado de Dios,
enfermo de enfermo, mortal de mortal, rebelde de rebelde. Para que hubiera
nacido sabio de ignorante, fuerte de flaco, unido a Dios de apartado de Dios,
sano de enfermo, inmortal de mortal, sumiso de rebelde, hubiera sido forzoso
cambiar la ley en virtud de la cual lo semejante engendra su semejante, en otra
por virtud de la cual lo contrario engendra a su contrario.
Por lo dicho se ve que la razón
natural va a parar, aunque por distintos caminos, al mismo término que
el dogma. Entre el uno y la otra hay diferencias especulativas, no hay
diferencias prácticas; para medir la distancia inmensa que hay entre la
explicación natural y la sobrenatural del hecho que vamos consignando,
es de todo punto necesario tender la vista más allá de ese hecho;
entonces es cuando se advierte la esterilidad de la explicación humana y
la fecundidad portentosa de la explicación divina. Esta fecundidad
resplandecerá más adelante con el resplandor de la evidencia; por
ahora lo que cumple a mi propósito es exponer y demostrar el dogma de la
transmisión, el cual, sin invalidar lo que en la explicación
natural del hecho de la transmisión hay de verdadero, rectifica lo que
hay en ella de incompleto y de falso.
La razón natural llama desgracia
a lo que se nos transmite. El dogma lo llama con tres nombres: culpa, pena y
desgracia; es desgracia, por lo que tiene de inevitable; es pena, por lo que
tiene de voluntario por parte de Dios; es culpa, por lo que en ello hay de
voluntario por parte del hombre. La maravilla está en que, siendo una
verdadera desgracia, de tal manera lo es, que se convierte en ventura: que
siendo verdaderamente pena, de tal manera es pena, que también es
medicina; y que siendo una verdadera culpa, de tal manera lo es, que es una
culpa dichosa. En este gran designio de Dios resplandece, si cabe, más
que en sus otros designios, aquella virtud soberana con que concilia lo que
parece inconciliable, y por medio de la cual resuelve en una síntesis
magnífica todas las antinomias y todas las contradicciones.
Por lo relativo a la culpa, toda la
cuestión está en este arduo problema: ¿Cómo puedo
ser pecador cuando no peco? ¿Cómo peco siendo niño?
Para resolverle conviene observar que
nuestro primer padre fue a un tiempo mismo un individuo y una especie, un
hombre y la especie humana, la variedad y la unidad juntas en uno; y como es
ley fundamental y primitiva que la variedad, que está en la unidad,
salga de la unidad en que está, para constituirse por separado, salvo el
volver en su última evolución a la unidad en donde originalmente
reside, de aquí fue que la especie, que estaba en Adán,
salió de Adán, por la generación para constituirse
separadamente. Empero, como Adán, al propio tiempo que era individuo era
especie, resultó necesariamente de aquí que Adán estuvo en
la especie de la misma manera que estuvo en el individuo. Cuando el individuo y
la especie fueron una misma cosa, Adán fue esa cosa misma; cuando el
individuo y la especie se apartaron para constituir la unidad y la variedad,
Adán fue esas dos cosas separadas, de la misma manera que había
sido antes esas dos cosas mismas juntas en uno. Hubo, pues, un Adán
individuo y otro Adán especie; y como el pecado fue antes de la
separación, y como Adán pecó juntamente con su naturaleza
individual y con su naturaleza colectiva, resultó de aquí que
así el uno como el otro fueron ambos pecadores. Ahora bien: si el
Adán individuo murió, el Adán colectivo no ha muerto, y no
habiendo muerto, conserva su pecado. Como el Adán colectivo y la
naturaleza humana son una cosa misma, la naturaleza humana es perpetuamente
culpable, porque es perpetuamente pecadora.
Aplicando estos principios al caso en
cuestión, se ve claro que, estando la naturaleza humana en cada
individuo, Adán, que es esa misma naturaleza, vive perpetuamente en cada
hombre, y vive en él con lo que constituye su vida, es decir, con su
pecado. Ahora se comprenderá más fácilmente de qué
manera puede existir el pecado en el niño que nace. Cuando nazco soy
pecador, a pesar de ser niño, porque soy Adán; lo soy, no porque
peco, sino porque pequé actualmente cuando me llamaba Adán y era
adulto, antes de tener el nombre que tengo y de ser niño. Cuando
Adán salió de las manos de Dios, yo estaba en él, y
él está en mí ahora que salgo del vientre de mi madre. No
pudiendo separarme de su persona, no puedo separarme de su pecado, y, sin
embargo, no soy Adán de tal manera que me confunda con él de una
manera absoluta. Hay algo en mí que no es él, algo por lo que me
distingo de él, algo que constituye mi unidad individual y que me
distingue aun de aquello a que soy más semejante; y eso que me
constituye variedad individual relativamente a la unidad común, es lo
que he recibido y tengo del padre que me engendró y de la madre que me
tuvo en sus entrañas. Ellos no me han dado la naturaleza humana, que me
viene de Dios por Adán, pero han puesto en ella el sello de la familia y
han estampado en ella su figura; no me han dado el ser, sino la manera en que
soy, poniendo lo menos en lo más, es decir, aquello por lo que me
distingo de los otros en aquello por lo que me asemejo a los demás, lo
particular en lo común, lo individual en lo humano; y como quiera que
eso que tiene de humano y que le asemeja a los otros es lo esencial en el
hombre, y que lo que tiene de individual y de distinto no es más que un
accidente, síguese de aquí que, teniendo de Dios por Adán
lo que constituye su esencia y de Dios por su padre lo que constituye su forma,
no hay hombre ninguno que, considerado en su conjunto, no se asemeje más
a Adán que a su propio padre.
Por lo relativo a la pena, la
cuestión está resuelta por sí misma desde el momento en
que se da por cosa averiguada que se me transmite la culpa, como quiera que la
una no puede concebirse sin la otra. Justo es que sea penado, si es cierto que
soy culpable; y como en estas materias es necesario lo que es justo, siguese de
aquí que la desgracia que padezco, sin dejar de ser desgracia, es
necesariamente una pena. La pena y la desgracia, que son cosas diferentes desde
el punto de vista humano, son cosas idénticas desde el punto de vista
divino. El hombre llama desgracia al mal producido en calidad de efecto
inevitable de una causa segunda, y pena al mal que un ser libre impone
voluntariamente a otro en castigo de una falta voluntaria; y como quiera que
todo lo que sucede necesariamente sucede por la voluntad de Dios, al mismo
tiempo que todo lo que sucede por su voluntad sucede necesariamente,
síguese de aquí que Dios es la ecuación suprema entre lo
necesario y lo voluntario, que, siendo cosas diferentes para el hombre, son en
él una cosa misma. Véase cómo, desde el punto de vista
divino, toda desgracia es siempre una pena y toda pena una desgracia.
Por lo que dijimos antes, se ve
cuán grande es el error de aquellos que, sin maravillarse de las
misteriosas analogías y de las afinidades secretas que pone Dios entre
los padres y sus hijos, se maravillan de esas mismas afinidades y de esas
analogías misteriosas puestas por Dios entre el rebelde Adán y
sus míseros descendientes. No hay entendimiento que entienda, ni
razón que alcance, ni imaginación que imagine lo fuerte del
vínculo y lo estrecho de la lazada puesta por el mismo Dios entre todos
los hombres y ese hombre único, a un tiempo mismo unidad y
colección, singular y plural, individuo y especie, que muere y que
sobrevive, que es real y simbólico, figura y esencia, cuerpo y sombra;
que nos tuvo a todos en sí y que está en todos nosotros; pavorosa
esfinge que desde cada nuevo punto de vista ofrece un nuevo misterio. Y
así como el hombre no puede alcanzar ni con su razón, ni con su
imaginación, ni con su entendimiento lo que hay en su naturaleza de
singularmente complejo y de misteriosamente oscuro, no puede tampoco alcanzar,
aunque ponga en juego todas las potencias de su alma, la distancia inmensa que
hay entre nuestros pecados y el pecado de aquel hombre, único, como
él, por su profundísima malicia y por su grandeza incomparable.
Después de Adán nadie ha pecado como Adán, y nadie
pecará como él en toda la prolongación de los tiempos.
Participando el pecado de la naturaleza del pecador, fue uno y vario a un
tiempo mismo, porque fue un solo pecado en realidad y todos los pecados en
potencia; con él puso Adán mancha en lo que ya no puede ponerla
ningún hombre, en el puro albor de su inocencia purísima;
poniendo unos pecados sobre otros, los que pecamos ahora no hacemos otra cosa
sino poner manchas sobre manchas: sólo a Adán le fue dado
oscurecer el ampo de la nieve: con ser nuestra naturaleza dañada un
grave mal, y nuestros pecados un mal más grande, no carece ese compuesto
de cierta belleza de relación, que nace de aquella armonía
secreta que hay entre la fealdad propia del pecado y la fealdad propia de la
naturaleza del hombre. Las cosas feas pueden armonizarse entre sí como
se armonizan las hermosas; y cuando esto sucede, no cabe duda sino que lo que
hay en las cosas de esencialmente feo se templa en algún modo por la
belleza que reside en lo que hay en ellas de armónico y concertado.
Esta, sin duda, debe ser la razón de por qué la fealdad
física parece que disminuye siempre con los años; la vejez no es
cosa que sienta mal a la fealdad, como la fealdad pierde lo que tiene de
repugnante cuando se armoniza con las arrugas. Nada, por el contrario, es
más triste de ver y nada más horrible de imaginar que la vejez
puesta en la cara de un ángel o la fealdad junta con la primavera de la
vida. Las mujeres que, habiendo sido hermosas, conservan, siendo viejas, rastro
de lo que fueron, me han parecido siempre horribles; hay algo en mí que
me da voces y me dice: «¿Quién ha sido el gran culpable que
juntó por primera vez las cosas que hizo Dios para que estuvieran
separadas?». No; Dios no ha hecho la hermosura para la vejez ni la vejez
para la hermosura. Luzbel es el único entre los ángeles, y
Adán entre los hombres, que juntaron todo lo que hay de decrépito
y de feo con todo lo que había de resplandeciente y hermoso.
  Capítulo II
De cómo saca Dios el bien de la
transmisión de la culpa y de la pena y de la acción purificante
del dolor libremente aceptado
La razón, que se subleva contra
la pena y la culpa que se nos transmiten, acepta sin repugnancia, aunque con
dolor, lo que nos fue transmitido, si pierde su nombre propio para tomar el de
desgracia inevitable. Y, sin embargo, no es cosa ardua demostrar de una manera
evidente que esa desgracia no podía convertirse en ventura sino con la
condición de ser una pena; de donde resultará, por consecuencia
forzosa, que en su definitivo resultado es menos aceptable la solución
racionalista que la solución dogmática.
No considerando nuestra actual
corrupción sino como un defecto físico y necesario de la
corrupción primitiva, y debiendo durar el efecto tanto como su causa, es
claro que, no habiendo modo ninguno de hacer que desaparezca la causa, no le
hay tampoco de hacer que desaparezca el efecto. Siendo la corrupción
primitiva, causa de nuestra corrupción actual, un hecho consumado,
nuestra corrupción actual es un hecho definitivo, que nos constituye en
una desgracia perpetua.
Considerando, por otra parte, que no
puede darse ninguna manera de unión entre lo corrompido y lo
incorruptible, síguese de aquí que por la explicación
racionalista se hace imposible de todo punto la unión del hombre con
Dios, no sólo en el tiempo presente, sino también en el venidero.
En efecto: si la corrupción humana es indeleble y perpetua, y si Dios es
eternamente incorruptible, entre la incorruptibilidad de Dios y la
corrupción perpetua del hombre hay una invencible repugnancia y una
contradicción absoluta. El hombre, pues, por este sistema, queda
apartado de Dios perpetuamente.
Y no se me arguya diciendo que el hombre
pudo ser redimido, porque cabalmente la consecuencia lógica de este
sistema es la imposibilidad de la redención humana. Para la desgracia no
se da redención sino en cuanto es concebida como una pena que viene
detrás de un pecado: suprimido el pecado, procede la supresión de
la pena, y con la supresión del pecado y de la pena se hace irremediable
la desgracia.
Por este sistema es de todo punto
inexplicable el libre albedrío del hombre. En efecto: si el hombre nace
en el apartamiento necesario de Dios, si vive en el apartamiento necesario de
Dios y si muere en el apartamiento necesario de Dios, ¿qué
significa y qué es el libre albedrío del hombre?
Si no hay transmisión de la culpa
y de la pena, luego al punto viene al suelo el dogma de la redención y
el de la libertad humana, y con ellos todos los otros juntamente; porque si el
hombre no es libre, no tiene el principado de la tierra; si no tiene el
principado de la tierra, la tierra no se une a Dios por el hombre, y si no se
une a Dios por el hombre, no se une a Dios de manera ninguna. El hombre mismo,
si no tiene libertad, no se aparta de Dios de una manera para volver a Dios en
otra forma; se aparta de él absolutamente. Dios no le alcanza ni con su
bondad, ni con su justicia, ni con su misericordia; todas las armonías
de la creación se desvanecen, todos los vínculos se rompen, el
caos está en todas las cosas, todas las cosas en el caos; por lo que
hace a Dios, deja de ser el Dios católico, el Dios vivo; Dios
está en lo alto, las criaturas en lo bajo, y ni las criaturas se cuidan
de Dios ni Dios se cuida de las criaturas.
En ninguna otra cosa resplandece tanto
la divina consonancia de los dogmas católicos como en esta
trabazón admirable que todos tienen entre sí, la cual es tan
maravillosa y tan íntima, que la razón humana no puede concebir
otra mayor, viéndose puesta en la tremenda alternativa de aceptarlos
todos juntos o de negarlos todos juntamente. Lo cual consiste en que no
contiene cada uno de ellos una verdad diferente, sino una misma verdad,
correspondiendo exactamente el número de los dogmas al número de
sus aspectos.
Ni hemos apurado todavía las
consecuencias que se seguirían forzosamente de considerar la lamentable
desgracia del hombre caído haciendo abstracción absoluta de la
pena. En efecto: si su desgracia no es, al mismo tiempo que una desgracia, una
pena, si es sólo un efecto inevitable de una causa necesaria, queda sin
explicación ninguna lo poco que conservó Adán y que
conservamos nosotros del estado primitivo; siendo digno de notarse, en
contradicción con lo que a primera vista parece, que no es la justicia,
sino, por el contrario, la misericordia, la que más resplandece en
aquella solemne condenación que siguió inmediatamente al pecado.
En efecto: si Dios se hubiera abstenido de intervenir con su condenación
en esta tremenda catástrofe; si, viendo al hombre apartado de sí,
le hubiera vuelto la espalda y hubiera entrado en su tranquilo reposo, o para
decirlo todo de una vez, si en vez de condenarle le hubiera dejado entregado a
las inevitables consecuencias de su voluntaria desunión y de su
voluntario apartamiento, su caída hubiera sido irremediable y su
perdición infalible.
Para que su desastre pudiera tener
remedio, era necesario que Dios se acercara al hombre de alguna manera,
volviéndosele a unir, aunque imperfectamente, con misericordiosa lazada.
La pena fue el nuevo vínculo de unión entre el Criador y su
criatura, y en ella se juntaron misteriosamente la misericordia y la justicia:
la misericordia porque es vínculo, la justicia porque es pena.
Quitando a los padecimientos y a los
dolores lo que tienen de pena, no se les quita sólo lo que tienen de
lazada entre el Criador y la criatura, sino que se les quita también lo
que en su acción sobre el hombre tienen de expiatorio y de purificante.
Si el dolor no es una pena, es un mal sin mezcla de bien alguno; si es una
pena, el dolor, que es un mal desde el punto de vista de su origen, que es el
pecado, es un gran bien desde el punto de vista de la purificación de
los pecadores. La universalidad del pecado es causa necesitante de la
universalidad de la purificación, la cual a su vez exige que el dolor
sea universal, para que todo el género humano se purifique en sus
misteriosas aguas. Esto sirve para explicar por qué padecen todos los
nacidos, hasta que mueren, desde que nacen. El dolor es compañero
inseparable de la vida en este valle oscuro, lleno de nuestros sollozos,
ensordecido con nuestros lamentos y humedecido con nuestras lágrimas.
Todo hombre es un ser doliente, y todo lo que no es dolor le es extraño:
si pone los ojos en lo pasado, siente pesar al verlo desvanecido; si los pone
en lo presente, siente congoja porque lo pasado fue mejor; si los pone en lo
venidero, siente turbación porque lo venidero todo es misterio y
sombras. Por poco que considere, advierte que lo pasado, lo presente y lo
venidero es todo, y que el todo no es nada; lo pasado ya pasó, lo
presente va pasando, lo venidero no es. Los menesterosos van cargados de
fatigas, los abastecidos padecen harturas, los potentes soberbias, los ociosos
tedio, envidias los bajos, los altos desdenes. Los conquistadores que van
empujando a las gentes van empujados por las furias, y no atropellan a los
otros sino porque van huyendo de sí mismos. La lujuria consume con sus
impúdicos ardores las carnes del mozo; la ambición toma al mozo,
hecho hombre, de manos de la lujuria, y le abrasa con otras llamas y le mete en
otras hogueras; la avaricia le coge cuando la lujuria no le quiere y cuando la
ambición le abandona; ella le da una vida artificial que llama el
insomnio; los viejos avaros no viven sino porque no duermen; su vida no es otra
cosa sino la falta de sueño.
Pasea toda la tierra en ancho y en
largo, vuelve los ojos atrás, tiéndelos adelante, devora los
espacios y recorre los tiempos, y ninguna otra cosa hallarás en los
dominios de los hombres sino esto que ves aquí: un dolor que no remite y
una lamentación que nunca acaba. Y ese dolor, aceptado voluntariamente,
es la medida de toda grandeza; porque no hay grandeza sin sacrificio, y el
sacrificio no es otra cosa sino el dolor voluntariamente aceptado. Los que el
mundo llama héroes son aquellos que, siendo traspasados por un cuchillo
de dolor, aceptaron voluntariamente el dolor con su cuchillo. Los que la
Iglesia llama santos son aquellos que aceptaron todos los dolores, los del
espíritu y los de la carne juntamente. Santos son los que, estrechados
por la avaricia, dieron de mano a todos los tesoros del mundo; los que,
solicitados por la gula, fueron sobrios; los que, abrasados por la lujuria,
aceptaron santamente el combate y fueron castos; los que, entrando en batalla
con pensamientos sucios, fueron limpios; los que se levantaron tan altos por la
humildad que vencieron a su soberbia; los que, sintiéndose tristes por
el bien ajeno, de tal manera se esforzaron que convirtieron en santa
alegría su torpe tristeza; los que dieron en tierra con la
ambición que los levantaba a las nubes; los que, siendo perezosos, se
tornaron diligentes; los que, viéndose abatidos por los pesares, dieron
a sus pesares libelo de repudio y se levantaron a la alegría espiritual
por un esfuerzo generoso; los que, enamorados de sí, renunciaron a su
propio amor por el amor de los otros, ofreciendo por ellos su vida con heroico
desprendimiento en perfectísimo holocausto.
El género humano ha sido
unánime en reconocer una virtud santificante en el dolor. Por esta
razón se observa que en todos los tiempos, en todas las zonas y entre
todas las gentes, el hombre ha rendido culto y homenaje a los grandes
infortunios. Edipo es más grande en el día de su infortunio que
en los tiempos de su gloria; el mundo ignoraría su nombre si el rayo de
la cólera divina no le hubiera derrocado de su trono. La
melancólica belleza que resplandece en la fisonomía de
Germánico le viene del infortunio que le alcanzó en la primavera
de la vida y de aquella bella muerte que murió lejos de la amada patria
y de los aires de Roma. Mario, que no es más que un hombre cruel cuando
es levantado por la victoria, es un hombre sublime cuando cae en el cieno de
las lagunas desde su escollo eminente. Mitrídates nos parece más
grande que Pompeyo, y Aníbal, más grande que Escipión. El
hombre, sin saber cómo, se inclina siempre del lado del vencido: el
infortunio le parece más bello que la victoria. Sócrates es menos
grande por la vida que vivió que por la muerte que le dieron; la
inmortalidad no le viene de haber sabido vivir, sino de haber muerto
heroicamente: él debe menos a la filosofía que a la cicuta. El
género humano se hubiera indignado contra Roma si hubiera permitido a
César morir como los demás hombres mueren: su gloria era tan
grande, que merecía ser coronada con un gran infortunio. Morir
tranquilamente en su lecho, investido con la potestad soberana, es cosa
permitida apenas a Cromwell. Napoleón debió morir de otra manera:
debió morir vencido en Waterloo; proscrito por la Europa, debió
ser puesto en un sepulcro fabricado por Dios para él desde el principio
de los tiempos; un ancho foso debía separarle del mundo, y en ese foso
anchísimo debía caber el océano.
El dolor pone una cierta manera de
igualdad entre todos los que padecen, lo cual es ponerla en todos los hombres,
porque padecen todos; por el gozar nos separamos, por el padecer nos unimos con
vínculos fraternales. El dolor nos quita lo que nos sobra y nos da lo
que nos falta, poniendo en el hombre un perfectísimo equilibrio: el
soberbio no padece sin perder algo de su soberbia, ni el ambicioso sin perder
algo de su ambición, ni el colérico sin perder algo de sus iras,
ni el lujurioso sin perder algo de su lujuria. El dolor es soberano para apagar
los incendios de las pasiones; al propio tiempo que nos quita lo que nos
daña, nos da lo que nos ennoblece; el duro no padece nunca sin sentirse
más inclinado a compasión, ni el altivo sin encontrarse
más humilde, ni el voluptuoso sin hacerse más casto; el violento
se amansa, el flaco se fortalece. Ninguno sale peor que entró de esa
gran fragua de los dolores; los más salen de ella con altísimas
virtudes que nunca conocieron: quién entró impío y sale
religioso; quien avaro y sale limosnero; quién entra sin haber llorado
nunca y sale con don de lágrimas; quién empedernido y sale
misericordioso. En el dolor hay un no sé qué de fortificante, y
de viril, y de profundo, que es origen de toda heroicidad y de toda grandeza;
ninguno ha sentido su misterioso contacto sin crecerse; el niño adquiere
con el dolor la virilidad de los mozos, los mozos la madurez y la gravedad de
los hombres, los hombres la fortaleza de los héroes, los héroes
la santidad de los santos.
Por el contrario, el que deja los
dolores por los deleites, luego al punto comienza a descender con un progreso a
un mismo tiempo rápido y continuo. Desde la cumbre de la santidad se
derriba hasta el abismo del pecado, desde la gloria va a la infamia. Su
heroísmo se convierte en flaqueza; con el hábito de ceder, pierde
hasta la memoria del esfuerzo; con el de caer, pierde hasta la facultad de
levantarse; con el deleite pierden su vitalidad y su energía todas las
potencias del alma y su elasticidad y fortaleza todos los músculos del
cuerpo. En el deleite hay un no sé qué de corrosivo y de
enervante, que lleva la muerte callada y escondida. ¡Ay del que no
resiste a su voz, pérfida a un mismo tiempo y suave como la de las
antiguas sirenas! ¡Ay del que no retrocede y huye despavorido cuando le
convida con sus fragancias y sus flores, antes de que, sin ser dueño de
sí, caiga en aquel desmayo vecino de la muerte, que comunica a los
sentidos con el aroma de sus flores y con el vapor de sus fragancias!
Cuando esto sucede, o sucumbe
miserablemente o sale de allí de todo punto transformado: el niño
que por allí pasa no llega a mozo; al mozo le nacen canas y el viejo
perece. El hombre deja allí como en despojos la pujanza de su voluntad,
la virilidad de su entendimiento, y pierde el instinto de las grandes cosas.
Cínicamente egoísta y extra vagantemente cruel, siente hervir en
su sangre pasiones que no tienen nombre: si le ponéis en lugar humilde,
irá a caer de las manos de la justicia en las manos del verdugo; si en
lugar eminente, os estremeceréis de terror al verle soltar las riendas a
sus apetitos voraces y a sus instintos feroces. Cuando Dios quiere castigar a
los pueblos por sus pecados, los pone sujetos con cadenas a los pies de los
hombres voluptuosos. Embotados sus sentidos con el opio de los deleites,
ninguna otra cosa es poderosa para sacarlos de su estúpido
entumecimiento sino el vapor de la sangre. Todos eran voluptuosos y afeminados
aquellos monstruos calenturientos que los pretorianos saludaban en la Roma
imperial con titulo de emperadores. La familia rindió culto a un tiempo
mismo a la prostitución y a la muerte: a la prostitución, en sus
templos y en sus altares; a la muerte, en sus plazas y en sus cadalsos.
Hay, pues, algo de maléfico y de
corrosivo en el deleite, como hay algo en el dolor de purificante y de divino.
No vaya a creerse, empero, que estas cosas, por ser contrarias entre sí,
no van en cierta manera juntas; porque así como sucede que el que acepta
libremente el dolor siente en sí cierto deleite espiritual que fortifica
y levanta, del mismo modo el que se pone en manos de los deleites siente en
sí cierto dolor que en vez de fortalecer enerva y deprime. El dolor es
aquella pena universal a que por el pecado quedamos todos sujetos; adondequiera
que tienda su vista o enderece sus pasos el hombre, se encuentra con el dolor,
estatua muda y llorosa que siempre tiene delante. El dolor tiene de
común con la divinidad que es para nosotros a manera de círculo
que nos contiene. A él vamos igualmente cuando gravitamos hacia el
centro y cuando corremos hacia la circunferencia, y correr y gravitar hacia
él es correr y gravitar hacia Dios, hacia el cual corremos con todos
nuestros pasos y gravitamos con todas nuestras gravitaciones. La diferencia
está en que por unos dolores vamos al Dios bueno y clemente, por otros
al Dios justo y airado, por otros al Dios del perdón y de las
misericordias. Por el deleite vamos al dolor, que es pena, y por la
resignación y el sacrificio al dolor, que es medicina. Pues
¿qué locura es la de los hijos de Adán, que, no pudiendo
huir del dolor, huyen del que es medicina, para caer en el que es pena?
Por lo dicho se ve cuán
maravilloso es Dios en todos sus designios y cuan admirable en aquel arte
divino que consiste en sacar el bien del mal, el orden del desorden, y todas
las armonías de todas las disonancias. De la libertad humana procede la
disonancia del pecado; del pecado, la degradación de la especie; de la
degradación de la especie procede el dolor, y el dolor es a un tiempo
mismo una desgracia en la especie corrompida y una pena en la especie pecadora;
lo que tiene de desgracia, eso mismo tiene de inevitable; lo que tiene de pena,
eso mismo tiene de redimible; estando la gracia en la redención, la
gracia está en la pena. El acto más tremendo de la justicia de
Dios viene a ser de este modo el acto más grande de su misericordia: por
él puede el hombre, ayudado de Dios, levantarse sobre sí mismo,
aceptando el dolor con una aceptación voluntaria; y esa
aceptación sublime cambia instantáneamente la pena en una
medicina de una virtud incomparable. Toda negación de esta doctrina deja
en pie el desorden introducido en la humanidad por el pecado, como quiera que
conduce necesariamente y a un tiempo mismo a la negación de algunos de
los atributos esenciales de Dios y a la negación radical de la libertad
humana.
Si, considerada la cuestión desde
este punto de vista, interesa al orden universal de la creación, del
mismo modo y por las mismas razones la relativa a la prevaricación
humana y a la angélica, considerada desde un punto de vista más
restricto, interesa de una manera directa y fundamental al orden especial
puesto por Dios en los varios elementos que componen la naturaleza humana. La
aceptación voluntaria del dolor no produce aquellos grandes prodigios de
que hablamos sino porque tiene la prodigiosa virtud de cambiar toda la
economía de nuestro ser radicalmente. Por ello queda domada la
rebelión de la carne, la cual vuelve a someterse a la voluntad; por ella
queda vencida la voluntad, la cual vuelve a someterse al yugo del
entendimiento; por ella se suprime la rebeldía del entendimiento, el
cual se sujeta al imperio de los deberes; por el cumplimiento del deber vuelve
el hombre al culto y a la obediencia de Dios, de que se apartó por el
pecado. Todos estos prodigios obra el que, revolviéndose heroicamente
contra sí mismo con un ímpetu generoso, hace fuerza a su carne
para que se sujete a su voluntad, y a su voluntad para que se sujete a su
entendimiento, y a su entendimiento para que entienda en Dios y por Dios, unido
a Dios por el vínculo de los actores.
No es ésta ocasión de
exponer con cuáles condiciones y cuáles ayudas puede la voluntad
humana levantarse a esfuerzo tan sobrenatural y tan alto. Lo que nos importa
ahora es consignar aquí el hecho evidente de que sin ese levantamiento
por parte de la voluntad, manifestado en la aceptación voluntaria del
dolor, no puede ser restaurada aquella soberana armonía y aquel
concierto prodigioso, que puso Dios en el hombre y en todas sus potencias.
  Capítulo III
Dogma de la solidaridad. Contradicciones de la
Escuela Liberal
Cada uno de los dogmas católicos
es una maravilla fecunda en maravillas. El entendimiento humano pasa de unos a
otros como de una proposición evidente a otra proposición
evidente, como de un principio a su legítima consecuencia, unidos entre
sí por la lazada de una ilación rigurosa. Y cada nuevo dogma nos
descubre un nuevo mundo, y en cada nuevo mundo se tiende la vista por nuevos y
más anchos horizontes, y a la vista de esos anchísimos horizontes
el espíritu queda absorto con el resplandor de tantas y tan grandes
magnificencias.
Los dogmas católicos explican por
su universalidad todos los hechos universales, y estos mismos hechos, a su vez,
explican los dogmas católicos; de esta manera, lo que es vario se
explica por lo que es uno, y lo que es uno por lo que es vario; el contenido
por el continente, y el continente por el contenido. El dogma de la
sabiduría y de la providencia de Dios explica el orden y el maravilloso
concierto de las cosas creadas, y por ese mismo orden y concierto vamos a parar
a la explicación del dogma católico. El dogma de la libertad
humana sirve para explicar la prevaricación primitiva, y esa misma
prevaricación, atestiguada por todas tradiciones, sirve de
demostración de aquel dogma. La prevaricación adámica, a
un mismo tiempo dogma divino y hecho tradicional, explica cumplidamente los
grandes desórdenes que alteran la belleza y la armonía de las
cosas, y esos mismos desórdenes, en sus manifestaciones evidentes, son
una demostración perpetua de la prevaricación adámica. El
dogma enseña que el mal es una negación y el bien una
afirmación, y la razón nos dice que no hay mal que no se resuelva
en la negación de una afirmación divina. El dogma proclama que el
mal es modal y el bien sustancial, y los hechos demuestran que no hay mal que
no se resuelva en cierta manera viciosa y desordenada de ser y que no hay
sustancia que no sea relativamente perfecta. El dogma afirma que Dios saca el
bien universal del mal universal y un orden perfectísimo del desorden
absoluto, y ya hemos visto de qué manera todas las cosas van a Dios,
aunque vayan a Él por caminos diferentes, viniendo a constituir por su
unión con Dios el orden universal y supremo.
Pasando del orden universal al orden
humano, la conexión y armonía, por una parte, de los dogmas entre
sí, y por otra de los dogmas con los hechos, no es menos evidente. El
dogma que enseña la corrupción simultánea en Adán
del individuo y de la especie, nos explica la transmisión, por
vía de generación, de la culpa y de los efectos del pecado; y la
naturaleza antitética, contradictoria y desordenada del hombre, que
todos vemos, nos lleva, como por la mano, de inducción en
inducción, primero al dogma de una corrupción general de toda la
especie humana, después al dogma de una corrupción transmitida
por la sangre, y por último, al dogma de la prevaricación
primitiva, el cual, enlazándose con el de la libertad dada al hombre y
con el de la Providencia, que le dio aquella libertad, viene a ser como el
punto de conjunción de los dogmas que sirven para explicar el orden y el
concierto especial en que fueron puestas las cosas humanas, con aquellos otros,
más universales y más altos, que sirven para explicar el peso,
número y medida en que fueron criadas por el Criador todas las
criaturas.
Siguiendo ahora en la exposición
de los dogmas relativos al orden humano, veremos salir de ellos, como de
copiosísima fuente, aquellas leyes generales de la humanidad que nos
dejan atónitos por su sabiduría y como pasmados por su
grandeza.
Del dogma de la concentración de
la naturaleza humana en Adán, unido al dogma de la transmisión de
esa misma naturaleza a todos los hombres, procede, como una consecuencia de su
principio, el dogma de la unidad sustancial del género humano. Siendo el
género humano uno, debe ser al mismo tiempo vario, según aquella
ley, la más universal de todas las leyes, a un mismo tiempo
física y moral, humana y divina, en virtud de la cual todo lo que es uno
se descompone en lo que es vario, y todo lo que es vario se resuelve en lo que
es uno. El género humano es uno por la sustancia que le constituye, y es
vario por las personas que le componen; de donde se sigue que es uno y vario al
mismo tiempo. De la misma manera, cada uno de los individuos que componen la
humanidad, estando separado de los demás por lo que le constituye
individuo, y junto con ellos por lo que le constituye individuo de la especie,
es decir, por la sustancia, viene a ser, como el género humano, uno y
vario a un mismo tiempo. El dogma del pecado actual es correlativo al dogma de
la variedad en la especie; el del pecado original y el de la imputación
es correlativo al que enseña la unidad sustancial del género
humano; y como consecuencia de uno y de otro viene el dogma según el
cual el hombre está sujeto a una responsabilidad que le es propia y a
otra responsabilidad que le es común con los demás hombres.
Esa responsabilidad en común, a
que llaman
solidaridad, es una de las más bellas
y augustas revelaciones del dogma católico. Por la solidaridad el
hombre, levantado a mayor dignidad y a más altas esferas, deja de ser un
átomo en el espacio y un minuto en el tiempo, y anteviviéndose y
sobreviviéndose a sí mismo, se prolonga hasta donde los tiempos
se prolongan y se dilata hasta donde se dilatan los espacios. Por ella se
afirma y hasta cierto punto se crea la humanidad, con cuya palabra, que
carecía de sentido en las sociedades antiguas, se significa la unidad
sustancial de la naturaleza humana y el estrecho parentesco que tienen entre
sí unos con otros todos los hombres.
Desde luego se echa de ver que lo que
por este dogma gana la naturaleza humana en lo grandioso, eso gana el hombre en
lo nobilísimo; al revés de lo que sucede con la teoría
comunista de la solidaridad, de que hablaremos más adelante;
según esa teoría, la humanidad no es solidaria en el sentido de
que es el vasto conjunto de todos los hombres solidarios entre sí porque
por la naturaleza son unos, sino en el sentido de que es una unidad
orgánica y viviente, que absorbe a todos los hombres, los cuales, en vez
de constituirla, la sirven. Por el dogma católico, la misma dignidad a
que es levantada la especie alcanza a los individuos. El catolicismo no levanta
por un lado su altísimo nivel para abatirle por otro, ni ha descubierto
los títulos nobiliarios de la humanidad para humillar al hombre, sino
que la una y el otro se levantan juntamente a las divinas grandezas y a las
divinas alturas. Cuando, poniendo mis ojos en lo que soy, me considero en
comunicación con el primero y con el último de los hombres, y
cuando, poniéndolos en lo que obra veo a mi acción sobrevivirme y
ser causa, en su perpetua prolongación de otras y de otras acciones que
a su vez se sobreviven y se multiplican hasta el fin de los tiempos; cuando
pienso que todas esas acciones juntas, que en mi acción tienen su
origen, toman un cuerpo y una voz y que, alzando esa voz que toman, me aclaman,
no sólo por lo que hice, sino por lo que hicieron otros a causa de
mí, digno de galardón o digno de muerte; cuando todas estas cosas
considero, yo de mí sé decir que me derribo en espíritu
ante el acatamiento de Dios, sin acabar de comprender y de medir toda la
inmensidad de mi grandeza.
¿Quién sino Dios pudo
levantar tan concertadamente y por igual el nivel de todas las cosas? Cuando el
hombre quiere levantar algo, no lo hace nunca sin deprimir aquello que no
levanta: en las esferas religiosas no sabe levantarse a sí propio sin
deprimir a Dios, ni levantar a Dios sin deprimirse a sí propio; en las
esferas políticas no acierta a rendir culto a la libertad sin negar a la
autoridad su culto y su homenaje; en las esferas sociales no sabe otra cosa
sino sacrificar la sociedad al individuo o los individuos a la sociedad, como
acabamos de ver, fluctuando perpetuamente entre el despotismo comunista o la
anarquía proudhoniana. Si alguna vez ha intentado mantenerlo todo en su
propio nivel, poniendo en las cosas cierta manera de paz y de justicia, luego
al punto la balanza en que las pesa ha rodado por tierra, hecha fragmentos,
como si hubiera una irremediable falta de proporción entre la pesadumbre
de esa balanza y la flaqueza del hombre. No parece sino que Dios, al
consagrarle rey en los dominios de las ciencias, sustrajo a su potestad y a su
jurisdicción una sola: la ciencia del equilibrio.
Esto serviría para explicar la
impotencia absoluta a que todos los partidos equilibristas aparecen condenados
en la Historia, y por qué el gran problema de la conciliación de
los derechos del Estado con los individuales y del orden con la libertad es
todavía un problema, viniendo, como viene, planteado desde que tuvieron
principio las primeras asociaciones. El hombre no puede mantener en equilibrio
las cosas sino manteniéndolas en su ser, ni mantenerlas en su ser sino
absteniéndose de poner en ellas su mano. Puestas todas y bien asentadas
por Dios en sus firmísimos asientos, toda mudanza en su manera de estar
asentadas y puestas es necesariamente un desequilibrio. Los únicos
pueblos que han sido a un tiempo mismo respetuosos y libres, los únicos
gobiernos que han sido a un tiempo mismo mensurados y fuertes, son aquellos en
que no se ve la mano del hombre y en que las instituciones se vienen formando
con aquella lenta y progresiva vegetación con que crece todo lo que es
estable en los dominios del tiempo y de la Historia.
Esa gran potestad que por
excepción ha sido negada al hombre, no sin altísimo consejo,
reside en Dios de una manera especial y privativa. Por eso, todo lo que sale de
su mano sale de ella en un equilibrio perfecto, y todo lo que se está en
donde lo puso Dios se mantiene perfectamente equilibrado. Sin acudir a ejemplos
extraños a la cuestión, nos bastará la cuestión
misma que venimos planteando y resolviendo para dejar esta verdad puesta fuera
de toda duda.
La ley de la solidaridad es tan
universal, que se manifiesta en todas las asociaciones humanas, y esto hasta
tal punto que el hombre, cuantas veces se asocia, tantas cae bajo la
jurisdicción de esa ley inexorable. Por sus ascendientes está en
unión solidaria con el tiempo pasado; por el tracto sucesivo de sus
propias acciones y por su descendencia entra en comunión con los tiempos
futuros; como individuo de una sociedad doméstica, cae bajo la ley de la
solidaridad de la familia; como sacerdote o magistrado, está en
comunión de derechos y de deberes, de méritos y de
prevaricaciones con la magistratura o con el sacerdocio; como miembro de la
asociación política, cae bajo la ley de la solidaridad nacional,
y, por último, en calidad de hombre, le alcanza la ley de la solidaridad
humana. Y, sin embargo, siendo responsable por tantos conceptos, conserva
íntegra, intacta su responsabilidad personal, que ninguna otra
disminuye, que ninguna otra restringe, que ninguna otra absorbe; él
puede ser santo siendo individuo de una familia pecadora, incorrupto e
incorruptible siendo miembro de una sociedad corrompida, prevaricador siendo
miembro de una magistratura intachable y réprobo siendo miembro de un
sacerdocio santísimo. Y al revés, esa potestad suprema que le ha
sido conferida de sustraerse a la solidaridad por un esfuerzo de su voluntad
soberana, en nada altera el principio de que, por punto general y dejada la
libertad a salvo, el hombre es lo que son la familia en que nace y la sociedad
en que vive y en que respira.
Esta ha sido, en toda la
prolongación de los tiempos históricos, la creencia universal de
todas las gentes, las cuales, aun después de perdida la huella de las
divinas tradiciones, tuvieron noticia de esta ley de la solidaridad. Si bien no
levantaron el espíritu a la contemplación de toda su grandeza,
conocieron aquella ley por instinto, pero ignoraron de todo punto en
dónde tenía sus hondas raíces y sus anchísimos
fundamentos. No siendo conocido el dogma de la unidad del género humano
sino sólo del pueblo de Dios, los otros no podían tener idea de
la humanidad una y solidaria; empero, si no podían hacer
aplicación de esta ley al género humano, que no conocían,
la reconocieron y aun la exageraron en todas las asociaciones políticas
y domésticas.
La idea de la transmisión
misteriosa por la sangre, no sólo de las cualidades físicas, sino
también de aquellas otras que están en el alma exclusivamente,
basta por sí sola para explicar casi todas las instituciones de los
antiguos, así las domésticas como las políticas y
sociales. Esa idea es la idea misma de la solidaridad, como quiera que todo lo
que se transmite a muchos en común constituye la unidad de aquellos a
quienes se transmite, y que afirmar de muchos que están en
comunión entre sí es lo mismo que afirmar de ellos que son
solidarios. Cuando la idea de la transmisión hereditaria de las
cualidades físicas y morales prevalece en un pueblo, sus instituciones
son forzosamente aristocráticas; por esta razón, todos los
pueblos antiguos, en los cuales lo que tiene de exclusivo esa idea cuando se
aplica a ciertos grupos sociales no estaba templado por lo que tiene de general
y de democrático, si puede decirse así, cuando se aplica a todos
los hombres, se constituyeron aristocráticamente: las razas más
gloriosas sojuzgaban y reducían a servidumbre a las razas inferiores;
entre las familias que componían los grupos constitutivos de una raza,
tomaba el poder aquella que contaba los más gloriosos ascendientes. Los
héroes, antes de venir a las manos, levantaban hasta las nubes la gloria
de su esclarecido linaje. Las ciudades fundaban su derecho a la
dominación en sus árboles genealógicos. Aristóteles
creía, con toda la antigüedad, que unos hombres nacían con
el derecho de mandar y con las cualidades propias para el mando, y que
recibían aquel derecho y estas cualidades juntamente por
transmisión hereditaria; correlativa a esta común creencia era la
creencia común de que había entre las gentes razas malditas y
desheredadas, incapaces de transmitir por la generación ninguna cualidad
y ningún derecho y condenadas, por tanto, a legítima y perpetua
servidumbre. La democracia de Atenas no era otra cosa sino una aristocracia
insolente y tumultuosa, servida por esclavizadas muchedumbres. La
Ilíada, de Homero, monumento
enciclopédico de la sabiduría pagana, es el libro de las
genealogías de los dioses y de los héroes; considerada desde este
punto de vista, no es otra cosa sino el más espléndido de todos
los nobiliarios.
Esta idea de la solidaridad no tuvo
entre los antiguos de desastrosa sino lo que tuvo de incompleta; las varias
solidaridades sociales, políticas y domésticas, no estando
subordinadas jerárquicamente entre sí por la solidaridad humana,
que a todas las ordena y las limita, porque las abarca a todas, no
podían producir otra cosa sino guerras, turbaciones, incendios y
desastres. Bajo el imperio de la solidaridad pagana, el género humano se
constituyó en estado de guerra universal y permanente; por eso, la
antigüedad no ofrece a la vista otro espectáculo sino el de gentes
destruidas por gentes, y reinos por reinos, y razas por razas, y familias por
familias, y ciudades por ciudades. Los dioses combaten con los dioses, los
hombres con los hombres y no pocas veces se lanzan unos contra otros en son de
guerra y vienen a las manos con estrépito los hombres y los dioses
inmortales. Dentro de los muros de una misma ciudad no hay asociación
ninguna solidaria que no aspire a ejercer, primero sobre sus individuos y
después sobre las otras, una acción dominadora y absorbente. En
la asociación doméstica, la personalidad del hijo es absorbida
por la personalidad del padre, y la de la mujer por el hombre; el hijo se
convierte en cosa; la mujer, sujeta a perpetua tutela, cae en perpetua infamia,
y el padre señor del hijo y de la mujer, cambia su potestad en
tiranía. Sobre la tiranía del padre está la tiranía
del Estado, que absorbe en una común absorción a la mujer, al
hijo y al padre, aniquilando de hecho la sociedad doméstica. Hasta el
patriotismo no es entre los antiguos otra cosa sino la declaración de
guerra hecha por una casta constituida en nación a todo el género
humano.
Viniendo ahora de las edades pasadas a
las presentes, veremos, por una parte, la perpetuidad de la idea contenida en
el dogma, y por otra, la perpetuidad de sus estragos siempre que se
desvía en todo o en parte del dogma católico.
La escuela liberal y racionalista niega
y concede la solidaridad a un mismo tiempo, siendo siempre absurda, así
cuando la concede como cuando la niega. En primer lugar niega la solidaridad
humana en el orden religioso y en el político; la niega en el orden
religioso, negando la doctrina de la transmisión hereditaria de la pena
y de la culpa, fundamento exclusivo de este dogma; la niega en el orden
político, proclamando máximas que contradicen la solidaridad de
los pueblos. Entre ellas merecen una mención especial la que consiste en
proclamar el principio de no intervención, y aquella otra, que le es
correlativa, según la cual cada uno debe mirar por sí y ninguno
debe salir de su casa para cuidar de la ajena. Estas máximas,
idénticas entre sí, no son otra cosa sino el egoísmo
pagano sin la virilidad de sus odios. Un pueblo adoctrinado por las doctrinas
enervantes de esta escuela llamará a los otros extraños, porque
no tiene fuerza para llamarlos enemigos.
La escuela liberal y racionalista niega
la solidaridad familiar, por cuanto proclama el principio de la aptitud legal
de todos los hombres para obtener todos los destinos públicos y todas
las dignidades del Estado, lo cual es negar la acción de los
ascendientes sobre sus descendientes y la comunicación de las calidades
de los primeros a los segundos por transmisión hereditaria. Pero al
mismo tiempo que niega esa transmisión la reconoce de dos maneras
diferentes: la primera, proclamando la perpetua identidad de las naciones, y la
segunda, proclamando el principio hereditario en la monarquía. El
principio de la identidad nacional, o no significa nada o significa que hay
comunidad de méritos y de deméritos, de glorias y de desastres,
de talentos y de aptitudes entre las generaciones pasadas y las presentes,
entre las presentes y las futuras; y esta misma comunidad es de todo punto
inexplicable si no se la considera como el resultado de nuestra
transmisión hereditaria. Por otra parte, la monarquía
hereditaria, considerada como institución fundamental del Estado, es una
institución contradictoria y absurda allí en donde se niega el
principio de la virtud de transmisión de la sangre, que es el principio
constitutivo de todas las aristocracias históricas. Por último,
la escuela liberal y racionalista, en su materialismo repugnante, da a la
riqueza, que se comunica, la virtud que niega a la sangre, que se transmite. El
mando de los ricos le parece más legítimo que el mando de los
nobles.
Vienen en pos de esta escuela
efímera y contradictoria las escuelas socialistas, las cuales,
concediéndole todos sus principios, le niegan todas sus consecuencias.
Las escuelas socialistas toman de la racionalista y liberal la negación
de la solidaridad humana en el orden político y en el orden religioso;
negándola en el orden religioso, niegan la transmisión de la
culpa y de la pena, y además la pena y la culpa; negándola en el
orden político, toman de la escuela racionalista y liberal el principio
de la igual aptitud de todos los hombres para obtener los destinos y las
dignidades del Estado; pasando, empero, más adelante, demuestran a la
escuela liberal que ese principio lleva consigo en buena lógica la
supresión de la monarquía hereditaria y que esta supresión
lleva tras sí la supresión de la monarquía, que, no siendo
hereditaria, es una institución inútil y embarazosa. En seguida
demuestran, sin grande esfuerzo de razón, que, supuesta la igualdad
nativa del hombre, esa igualdad lleva consigo la supresión de todas las
distinciones aristocráticas, y por consiguiente la supresión del
censo electoral, en el cual no se puede reconocer esa virtud misteriosa de
conferir los atributos soberanos, habiéndosele negado a la sangre, sin
una contradicción evidente. Los pueblos, según los socialistas,
no han salido de la servidumbre de los faraones para caer en la de los asirios
y babilonios, ni están tan desnudos de derecho y de fuerza que vayan a
dar consigo en las manos de los ricos rapaces, después de haber salido
de las manos de los nobles insolentes. Ni les parece menos absurdo negar la
solidaridad de la familia para venir a reconocer en seguida que una
nación es solidaria. Aceptado por ellos el primero de estos principios,
niegan absolutamente el segundo, como contradictorio del primero; y así
como proclaman la perfecta igualdad de todos los hombres, proclaman
también la igualdad perfecta de todos los pueblos.
De aquí se deducen las siguientes
consecuencias: siendo los hombres perfectamente iguales entre sí, es una
cosa absurda repartirlos en grupos, como quiera que esa manera de
repartición no tiene otro fundamento sino la solidaridad de esos mismos
grupos, solidaridad que viene negada por las escuelas liberales como origen
perpetuo de la desigualdad entre los hombres. Siendo esto así, lo que en
buena lógica procede es la disolución de la familia; de tal
manera procede esta disolución del conjunto de los principios y de las
teorías liberales, que sin ella aquellos principios no pueden realizarse
en las asociaciones políticas. En vano proclamaréis la idea de la
igualdad; esa idea no tomará cuerpo mientras la familia esté en
pie. La familia es un árbol de este nombre, que en su fecundidad
prodigiosa produce perpetuamente la idea nobiliaria.
Pero la supresión de la familia
lleva consigo la supresión de la propiedad como consecuencia forzosa. El
hombre, considerado en sí, no puede ser propietario de la tierra, y no
puede serlo por una razón muy sencilla: la propiedad de una cosa no se
concibe sin que haya cierta manera de proporción entre el propietario y
su cosa, y entre la tierra y el hombre no hay proporción de ninguna
especie. Para demostrarlo cumplidamente bastará observar que el hombre
es un ser transitorio y la tierra una cosa que nunca muere y nunca pasa. Siendo
esto así, es una cosa contraria a la razón que la tierra caiga en
la propiedad de los hombres, considerados individualmente. La
institución de la propiedad es absurda sin la institución de la
familia; en ella o en otra que se la asemeje, como los institutos religiosos,
está la razón de su existencia. La tierra, cosa que nunca muere,
no puede caer sino en la propiedad de una asociación religiosa o
familiar, que nunca pasa; luego suprimida implícitamente la
asociación doméstica y explícitamente la asociación
religiosa, a lo menos la monástica, por la escuela liberal, procede la
supresión de la propiedad de la tierra, como consecuencia lógica
de sus principios. Esta supresión de tal manera va embebida en los
principios de la escuela liberal, que ha comenzado siempre el período de
su dominación por apoderarse de los bienes de la Iglesia, por la
supresión de los institutos religiosos y por la de los mayorazgos, sin
advertir que apoderándose de los unos y suprimiendo los otros, desde el
punto de vista de sus principios, hacía poco; desde el punto de vista de
sus intereses, en calidad de propietaria, hacía demasiado. La escuela
liberal, que de todo tiene menos de docta, no ha comprendido jamás que
siendo necesario, para que la tierra sea susceptible de apropiación, que
caiga en manos de quien pueda conservar su propiedad perpetuamente, la
supresión de los mayorazgos y la expropiación de la Iglesia con
la cláusula de que no pueda adquirir es lo mismo que condenar la
propiedad con una condenación irrevocable. Esa escuela no ha comprendido
jamás que la tierra, hablando en rigor lógico, no puede ser
objeto de apropiación individual, sino social, y que no puede serlo, por
lo mismo, sino bajo la forma monástica o bajo la forma familiar del
mayorazgo, las cuales, desde el punto de vista de la perpetuidad, vienen a ser
una misma forma, como quiera que una y otra subsisten perpetuamente. La
desamortización eclesiástica y civil, proclamada por el
liberalismo en tumulto, traerá consigo en un tiempo más o menos
próximo, pero no muy lejano si atendemos al paso que llevan las cosas,
la expropiación universal. Entonces sabrá lo que ahora ignora:
que la propiedad no tiene razón de existir sino estando en manos
muertas, como quiera que la tierra, perpetua de suyo, no puede ser materia de
apropiación para los vivos que pasan, sino para esos muertos que siempre
viven.
Cuando los socialistas, después
de haber negado la familia como consecuencia implícita de los principios
de la escuela liberal, y la facultad de adquirir en la Iglesia, principio
reconocido así por los liberales como por los socialistas, niegan la
propiedad como consecuencia última de todos estos principios, no hacen
otra cosa sino poner término dichoso a la obra comenzada
cándidamente por los doctores liberales. Por último, cuando,
después de haber suprimido la propiedad individual, el comunismo
proclama al Estado propietario universal y absoluto de todas las tierras,
aunque es evidentemente absurdo por otros conceptos, no lo es si se le
considera desde nuestro actual punto de vista. Para convencerse de ello basta
considerar que, una vez consumada la disolución de la familia en nombre
de los principios de la escuela liberal, la cuestión de la propiedad
viene agitándose entre los individuos y el Estado únicamente.
Ahora bien: planteada la cuestión en estos términos, es una cosa
puesta fuera de toda duda que los titulos del Estado son superiores a los de
los individuos, como quiera que el primero es por su naturaleza perpetuo y que
los segundos no pueden perpetuarse fuera de la familia.
De la perfecta igualdad de todos los
pueblos, deducida lógicamente de los principios de la escuela liberal,
sacan los socialistas, o saco yo en nombre suyo, las siguientes consecuencias:
así como de la perfecta igualdad de todas las familias que componen el
Estado saca la escuela liberal por consecuencia lógica la no existencia
de la solidaridad en la sociedad doméstica, del mismo modo, y por la
misma razón, de la perfecta igualdad de todos los pueblos en el seno de
la humanidad resulta la negación de la solidaridad política. No
siendo solidaria la nación, es fuerza negarle todo aquello que se niega
lógicamente de la familia, en la suposición de que no es
solidaria. De la familia no solidaria se niega: lo primero, aquel
vínculo secretísimo y misterioso que la enlaza en el tiempo con
los tiempos pasados y con los tiempos futuros, y como consecuencia de esta
negación, se niega de ella, lo segundo, que tenga un derecho
imprescriptible a participar de las glorias de sus ascendientes y la virtud de
comunicar a sus descendientes algún reflejo de su gloria. Arguyendo por
identidad de razón, es fuerza negar de una nación no solidaria lo
que no siendo solidaria se niega de la familia; de donde se sigue que es fuerza
negar de ella, por una parte, que tenga nada que ver con el tiempo pasado y con
el venidero, y por otra, que tenga el derecho de reivindicar una parte de las
glorias pasadas y el de atribuirse una parte de las glorias futuras. Lo que se
niega de la familia da por resultado lógico la destrucción en el
hombre de aquel apego al hogar que constituye la dicha de la asociación
doméstica; por identidad de razón, lo que se niega de la
nación da por resultado forzoso la destrucción radical de aquel
amor a su patria que, levantando al hombre sobre sí mismo, le impulsa a
acometer con intrépido arrojo las empresas más heroicas.
Por donde se ve que de estas negaciones
se sacan para la sociedad doméstica y para la política estas
consecuencias: la solución de continuidad de la gloria, la
supresión del amor de la familia y del patriotismo, que es el amor de la
patria, y, por último, la disolución de la sociedad
doméstica y de la sociedad política, las cuales ni pueden existir
ni pueden concebirse sin ese enlace de los tiempos, sin la comunión de
la gloria y sin estar asentadas en aquellos grandes amores.
Las escuelas socialistas, que, si bien
son más lógicas que la escuela liberal, no lo son tanto como a
primera vista parece, no van de consecuencia en consecuencia hasta nuestra
última conclusión, que es, sin embargo, supuestas sus premisas,
no sólo procedente, sino de todo punto necesaria; la prueba de que lo es
está en que los socialistas, apremiados por la lógica, lo que no
quieren ser en teórica, eso mismo son en la práctica. En la
teórica son todavía franceses, italianos, alemanes; en la
práctica son ciudadanos del mundo, y como el mundo, su patria no tiene
fronteras. ¡Insensatos! Ellos ignoran que donde no hay fronteras no hay
patria y que donde no hay patria no hay hombres, aunque haya por ventura
socialistas.
Entre los partidos que contienden por la
dominación, al más lógico le corresponde de derecho la
victoria: éste, que es un principio verdadero, es a un mismo tiempo un
hecho universal y constante. Humanamente hablando, el catolicismo debe sus
triunfos a su lógica; si Dios no le llevara por la mano, su
lógica le bastaría para caminar triunfante hasta los
últimos remates de la tierra. Esto aparecerá más claro en
el capítulo siguiente.
  Capítulo IV
Continuación del mismo asunto.
Contradicciones socialistas
Si hay una verdad demostrada en nuestro
último capítulo, esa verdad consiste en afirmar que la escuela
liberal no ha hecho otra cosa sino asentar las premisas que van a parar a las
consecuencias socialistas, y que las escuelas socialistas no han hecho otra
cosa sino sacar las consecuencias que están contenidas en las premisas
liberales; estas dos escuelas no se distinguen entre sí por las ideas,
sino por el arrojo. Viniendo planteada de esa manera entre ellas la
cuestión, es claro que la victoria toca de derecho a la más
arrojada, y la más arrojada es, sin ningún género de duda,
la que, no parándose en la mitad del camino, acepta con los principios
sus consecuencias. Siendo esto así, dicho se está, y de nuestro
anterior capítulo aparece suficientemente demostrado, que el socialismo
lleva lo mejor de la batalla y que en definitiva suyas son las palmas de este
combate.
De la fuerza de lógica, de que ha
hecho muestra y parada en sus contiendas con la escuela liberal, se ha seguido
para la escuela socialista cierto renombre de lógica y consecuente, que,
si bien está hasta cierto punto justificado, está lejos de
estarlo suficientemente. En ser más lógica que la más
ilógica y contradictoria de todas las escuelas, la socialista no hace
mucho, y aun apenas hace algo; para ser merecedora de su renombre está
obligada a más: por una parte, está obligada a demostrar que no
sólo es lógica y consecuente de una manera relativa, sino de una
manera absoluta, y después, que es lógica y consecuente de una
manera absoluta en la verdad; porque si sólo lo fuera en el error, la
lógica y la consecuencia en el error no es más que una manera
especial de ser ilógica e inconsecuente. No hay consecuencia ni
lógica verdadera sino en la verdad absoluta.
Ahora bien: el socialismo falta a estas
dos condiciones: por una parte, es contradictorio, porque no es uno como se
demuestra por la variedad de sus escuelas: símbolo de la variedad de sus
doctrinas; por otra parte, no es consecuente negándose a aceptar, a
semejanza de la escuela liberal, aunque no en el mismo grado, todas las
consecuencias de sus propios principios; y, por último, sus principios
son falsos y sus consecuencias absurdas.
Que no acepta todas las consecuencias de
sus propios principios lo vimos ya en el capítulo anterior, cuando
observamos que, siendo una consecuencia lógica de su negación de
toda solidaridad la disolución de la sociedad política, se
contentaba con aceptar la disolución de la sociedad doméstica.
Hay quien cree que el socialismo se perderá porque pide e invoca mucho;
yo soy de sentir que sucederá al revés, y que le vendrá su
pérdida porque pide e invoca muy poco. En efecto: lo que procedía
en buena lógica, en el caso presente, era comenzar por pedir que los
pueblos a cada generación mudasen de nombre. En el sistema solidario
concibo muy bien que sea uno el nombre nacional, siendo una la nación en
toda la prolongación de la Historia. Que se llame Francia la
nación gobernada por Luis Felipe y por Clodoveo, es cosa concebible, y
no sólo concebible, sino natural, y no sólo natural, sino
necesaria, supuesto el sistema que sostiene la solidaridad francesa y la
comunión de glorias y de desastres entre las generaciones pasadas y las
presentes, entre las generaciones presentes y las futuras. Pero eso mismo, que
en el sistema de la solidaridad es concebible, natural y necesario, es absurdo,
inconcebible y contrario a la naturaleza de las cosas mismas en el sistema que
a cada generación corta el raudal de la gloria y el hilo del tiempo. En
este sistema hay tantas familias y tantos pueblos como generaciones, y la
lógica exige en este caso que, siguiendo los nombres representativos las
vicisitudes de las cosas representadas a cada mudanza de generación
corresponda una mudanza idéntica en los nombres de pueblos y de
familias. Que lo absurdo compite aquí con lo grotesco, no habrá
nadie que lo niegue; pero que lo grotesco y lo absurdo sean rigurosamente
lógicos, no habrá nadie que pueda ponerlo en duda, y cabalmente
ésas son las dos cosas que nos convenía demostrar con una
demostración invencible. Es necesario que el socialismo escoja
libremente la muerte de que ha de morir, escogiendo entre lo ilógico y
lo absurdo.
Las escuelas socialistas demostraron sin
grande esfuerzo, contra la escuela liberal, que una vez negada la solidaridad
familiar, la política y la religiosa, no cabía aceptar la
solidaridad nacional ni la monárquica; que al revés, era de todo
punto necesario suprimir en el derecho público nacional la
institución de la monarquía y en el derecho público
internacional las diferencias constitutivas de los pueblos. Pero esas mismas
escuelas socialistas, por una contradicción de que la escuela liberal,
contradictoria y absurda como es, no ha dado ejemplo, reconocen en seguida la
más alta, la más universal y la más inconcebible,
humanamente hablando, de todas las solidaridades, es decir, la solidaridad
humana. La divisa de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, como
patrimonio común de todos los hombres, o no significa nada o significa
que todos los hombres son solidarios. El reconocimiento de esa solidaridad,
separada de las otras y del dogma religioso que nos la enseña y nos la
explica, es un acto de fe tan sobrenatural y robusto, que yo mismo no le
concibo, acostumbrado como estoy a creer lo que no comprendo, siendo
católico.
Creer en la igualdad de todos los
hombres, viéndolos a todos desiguales; creer en la libertad, viendo
instituida en todas partes la servidumbre; creer que todos los hombres son
hermanos, enseñándome la Historia que todos son enemigos; creer
que hay un acervo común de infortunios y de glorias para todos los
nacidos, cuando no acierto a ver sino glorias e infortunios individuales; creer
que yo me refiero a la humanidad, cuando sé que refiero la humanidad a
mí; creer que esa misma humanidad es mi centro, cuando yo me hago centro
de todo, y, por último, creer que debo creer estas cosas, cuando se me
afirma por los que me las proponen como objeto de mi fe que no debo creer sino
a mi razón, que contradice todas esas cosas que me son propuestas, es un
despropósito tan estupendo, una aberración tan inconcebible, que
a su presencia quedo como desfallecido y atónito.
Mi asombro crece de punto cuando observo
que los mismos que afirman la solidaridad humana niegan la familiar, lo cual es
afirmar que los enemigos son hermanos y que los hermanos no deben serlo; que
los mismos que afirman la solidaridad humana son los que poco antes negaron la
política, lo cual es afirmar que nada tengo de común con los
propios y que todo me es común con los extraños; que los mismos
que afirman la solidaridad humana niegan la religión, siendo así
que la primera no puede ser explicada sin la segunda; y de todo deduzco, por
legítima consecuencia, que las escuelas socialistas son a un tiempo
mismo ilógicas y absurdas: ilógicas, porque después de
haber demostrado, contra la escuela liberal, que no valía aceptar unas
solidaridades y dejar otras, vienen a caer en el mismo error, aceptando una
sola entre todas y desechándolas todas menos una; absurdas, porque
cabalmente la única que me proponen no es punto de razón, sino de
fe, y porque esta propuesta me viene de los que niegan la fe y proclaman el
derecho imprescriptible de la razón al imperio y a la
soberanía.
Las escuelas socialistas caerían
en asombro y estupor si, poniendo sus dogmas en tela de juicio, nos viniese la
idea de exigirles una respuesta categórica a esta categórica
pregunta: ¿De dónde sacáis que los hombres son solidarios
entre sí, hermanos, iguales y libres? Y, sin embargo, esta pregunta, que
procede aún contra el catolicismo, que está obligado a responder
a todo lo que se le pregunta, procede, sobre todo, contra la más
racionalista de todas las escuelas. Esas fórmulas abstractas no han sido
sacadas ciertamente de la Historia. Si la Historia viene en apoyo de
algún sistema filosófico, no es ciertamente en apoyo del que
proclama la solidaridad, la libertad, la igualdad y la fraternidad del
género humano, sino más bien de aquel articulado virilmente por
Hobbes, según el cual la guerra universal, incesante, simultánea,
es el estado natural y primitivo del hombre.
El hombre nace apenas, y no parece sino
que viene al mundo por la virtud misteriosa de un conjunto maléfico y
cargado con el peso de una condenación inexorable. Todas las cosas ponen
sus manos en él, y él revuelve su mano airada contra todas las
cosas. La primera brisa que le toca, y el primer rayo de luz que le hiere, es
la primera declaración de guerra de las cosas exteriores. Todas sus
fuerzas vitales se rebelan contra la presión dolorosa, y su existencia
toda se concentra en un gemido; los más no pasan de ahí, porque
en ese punto y hora les toma la muerte; los pocos que por ventura resisten,
comienzan a andar el camino de su dolorosa pasión, y después de
guerras continuas y de varios sucesos van a parar a la última
catástrofe, desfallecidos con esfuerzos y quebrantados con dolores. La
tierra se les muestra avara y dura, les pide su sudor, que es la vida, y en
cambio de la vida que les toma, apenas saca una gota de agua de sus fuentes
para templar su sed y algún manjar de sus cuevas para aplacar su hambre.
No les prolonga la vida para que vivan, sino para que vuelvan a sudar. Los
tiranos no prolongan la vida de sus siervos sino porque la vida es necesaria
para prolongar su servicio. Dondequiera que los hombres se juntan, los flacos
caen en la tiranía de los fuertes.
Una mujer, insigne por su ingenio,
queriendo dar muestra de ingeniosa, se puso un día a pensar sobre
cuál sería por su extrañeza la paradoja más grande,
y ninguna otra encontró mayor, entre las paradojas posibles, que la de
afirmar con aplomo que la esclavitud era cosa moderna y la libertad cosa
antigua. Si ella llegó a creérsela a fuerza de
repetírsela, no lo sabré yo decir; en lo que no cabe
ningún género de duda es en que el mundo se la creyó, y lo
que es más, en que era muy digno de creérsela. Por lo que hace a
la igualdad, no se sabe, aunque esto es posible (¿qué cosa no es
posible a un filósofo racionalista?), si esta idea trae su
filiación histórica y filosófica de la división del
género humano en castas, de las cuales las unas tienen por oficio propio
mandar y las otras servir, y todas romper en guerras y rebeliones. La idea de
la fraternidad procede, sin duda ninguna, de esos larguísimos
períodos de paz y de bonanza que forman la trama de oro de la Historia;
y en cuanto a la idea de la solidaridad, ¿quién no ve su
procedencia? ¿Hay quien ignore, por ventura, que los romanos, en quienes
viene a resumirse toda la antigüedad, llamaban a los extranjeros y a los
enemigos con un mismo nombre, que era, sin duda, simbólico de la
solidaridad humana?
Si esas ideas no pueden venirnos de la
Historia, que las condena y las desmiente en todas sus paginas, llenas de
lamentos y escritas con sangre, nos han de venir, o de sucesos acaecidos en
aquella época primitiva que precede a todos los tiempos
históricos, o derechamente de la razón pura. En cuanto a esta
última procedencia, me contentaré con afirmar, sin temor de ser
contradicho, que la razón pura no se ejercita sino en cosas de pura
razón, y que, tratándose aquí de averiguar cuáles
son los elementos constitutivos de la naturaleza humana, no se trata de un
negocio de pura razón, sino de un hecho que, existiendo con respecto a
nosotros en calidad de hecho oscuro, debe ser mejor observado para que,
bañado de luz, mude lo que tiene de oscuro en lo que debe tener de
esclarecido. Por lo que hace a esa época primitiva que precede a todos
los tiempos históricos, es claro que no podemos conocerla si no nos es
revelada. Esto supuesto, yo me creo autorizado a formular de esta manera mi
pregunta: Si lo que afirmáis no lo tenéis de la razón, que
lo ignora, ni de la Historia que conocéis que lo contradice, ni de una
época anterior a los tiempos históricos, que os es desconocida,
porque camináis en el supuesto de que no ha sido revelada, ¿de
dónde lo tenéis? Y si no lo tenéis de nadie, ¿por
qué lo afirmáis? Shakespeare ha dicho lo que son vuestras
teorías: son «palabras, palabras y nada más que
palabras...». Pero palabras -añado yo- que dan la muerte al que las
dice y al que las escucha.
Esta poderosa virtud les viene de que no
son palabras racionalistas, las cuales no tienen en sí ninguna virtud,
sino palabras católicas, las cuales tienen el privilegio de dar la vida
y quitarla, de matar a los vivos y de resucitar a los muertos. Esas palabras no
se pronuncian nunca vanamente y siempre infunden terror, porque ninguno sabe si
van a dar la muerte o la vida, aunque saben todos cuán grande es su
omnipotencia. Un día, cuando las últimas sombras de la tarde se
dilataban por las aguas serenas y apacibles, entró el Señor en
una barca frágil, seguido de sus discípulos; y como el
Señor hubiera cerrado sus ojos, vencidos del sueño, un torbellino
impetuoso levantó las ondas, y, viéndose a punto de zozobrar, los
discípulos oraron, y el Señor abrió los ojos y
pronunció algunas palabras, que escucharon con reverencia la mar y los
vientos: la mar quedó quieta y el viento callado; volviéndose
entonces a sus discípulos, puso en sus oídos otras palabras, y
sus discípulos se llenaron de súbito y grande terror:
Et timuerunt timore magno. La
tempestad les había sido menos terrorífica e imponente que la
palabra salvadora. Otro día, como se presentaran al Señor dos
hombres atormentados de los demonios y como implorasen su gracia, el
Señor dijo a los demonios:
Salid; y los demonios, obedeciendo a su voz,
dejaron libres a los hombres y buscaron asilo en unos animales inmundos, los
cuales se arrojaron a la mar, que los sepultó en sus aguas. Los que
pastoreaban el ganado, llenos de pavor por la virtud de la palabra divina,
huyeron, y comunicado el terror a las gentes de aquellos contornos, fueron
todas al Señor y le rogaron que se alejara de sus términos,
pastores autem fugerunt, et venientes in
civitatem, muntiaverunt omnia, et de eis qui daemonia habuerant; et ecce tota
civitas exiit obviam Iesu; et viso eo rogaverunt ut transiret a finibus
eorum (Mt 8,33-34). La omnipotencia de la palabra divina era
más temible para las gentes que los maleficios de los espíritus
infernales.
Cuando oigo pronunciar una palabra
divina, es decir, católica, luego al punto vuelvo los ojos al derredor
para ver lo que sucede, cierto como estoy de que ha de suceder algo y de que
eso me ha de suceder ha de ser forzosamente un milagro de la divina justicia o
un prodigio de la divina misericordia. Si es la Iglesia la que la pronuncia,
aguardo la salvación; si el que la pronuncia es otro, aguardo la muerte.
Preguntad al mundo por qué está lleno de terror y de espanto; por
qué los aires están llenos de lúgubres y siniestros
rumores; por qué las sociedades están todas turbadas y suspensas
como quien sueña que le va a faltar el pie y que allí donde le va
a faltar está un abismo. Preguntar al mundo esto es lo mismo que
preguntar por qué tiembla el que ve entrar a un malvado o a un demente
con una vela encendida en un almacén de pólvora sin conocer el
uno y conociendo el otro demasiado la virtud de la pólvora y la virtud
de la llama. Lo que ha salvado al mundo hasta aquí es que la Iglesia fue
en los tiempos antiguos bastante poderosa para extirpar las herejías,
las cuales, consistiendo principalmente en enseñar una doctrina
diferente de la Iglesia con las palabras de que la Iglesia se sirve, hubieran
llevado al mundo mucho tiempo ha a su última catástrofe si no
hubieran sido extirpadas. El verdadero peligro para las sociedades humanas
comenzó en el día en que la gran herejía del siglo XVI
obtuvo el derecho de ciudadanía en Europa. Desde entonces no hay
revolución ninguna que no lleve consigo para la sociedad un peligro de
muerte. Consiste esto en que, fundadas todas ellas en la herejía
protestante, son fundamentalmente heréticas; véase, si no,
cómo todas vienen dando razón de sí y legitimándose
a sí propias con palabras y máximas tomadas del Evangelio: el
sanculotismo de la primera revolución
de Francia buscaba en la desnudez humilde del manso Cordero su antecedente
histórico y sus títulos de nobleza; ni faltó quien
reconociese al Mesías en Marat, ni quien llamara a Robespierre su
apostol. De la revolución de 1830 brotó la doctrina sansimoniana,
cuyas extravagancias místicas componía no sé qué
evangelio corregido y depurado. De la revolución de 1848 brotaron con
ímpetu en copioso raudal, expresadas en palabras evangélicas,
todas las doctrinas socialistas. Nada de esto habían visto los hombres
antes del siglo XVI. No quiero decir con esto que el mundo católico no
hubiera padecido ya grandes dolencias, ni que las sociedades antiguas no
hubieran padecido grandes vaivenes y mudanzas; lo único que quiero decir
es que ni estos vaivenes bastaban para derribar a la sociedad por el suelo ni
aquellas dolencias para quitarla la vida. Hoy todo sucede al revés: una
batalla perdida por la sociedad en las calles de París basta por
sí sola para derribar por el suelo a la sociedad europea como herida
súbitamente de un rayo:
e cadde come corpo morto cadde.
¿Quién no ve en las
revoluciones modernas, comparadas con las antiguas, una fuerza de
destrucción invencible, que, no siendo divina, es forzosamente
satánica? Antes de dejar este asunto, me parece cosa oportuna hacer
aquí una observación importante, que abandonaré a la
meditación de mis lectores. De dos pláticas del ángel de
las tinieblas tenemos noticia exacta: la primera la tuvo con Eva en el
paraíso; la segunda, con el Señor en el desierto. En la primera
habló palabras de Dios, desfiguradas a su modo; en la segunda
citó la Escritura, interpretada a su manera. ¿Sería
temerario creer que así como la palabra de Dios, tomada en su sentido
verdadero, es la única que tiene el poder de dar la vida, es la
única también que, siendo desfigurada, tiene el poder de dar la
muerte? Si esto fuera así, quedaría suficientemente explicado por
qué las revoluciones modernas, en las que se desfigura más o
menos la palabra de Dios, tienen esa virtud destructoras.
Volviendo ahora a las contradicciones
socialistas, diré que no basta haber negado, una después de otra,
la solidaridad religiosa, la doméstica y la política, si, como
acabo de demostrar, no se niega también la humana, y con ella la
libertad, la igualdad y la fraternidad, principios todos que sólo en
ella tienen a un mismo tiempo su razón y su origen; y como, negados
estos fundamentos de todas las doctrinas socialistas, el edificio todo viene
abajo, síguese de aquí que el socialismo no puede ser consecuente
si, comenzando por la negación del catolicismo, no concluye por la
negación de sí propio. Yo sé que al profesar los
socialistas e |