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Guy H. Wood
Oregon State University Tres de las seis novelas publicadas por Luis Berenguer (1923-79) ganaron prestigiosos premios literarios21. No obstante, el novelista nunca conquistó fama como escritor22. Incluso se puede afirmar que su obra ha pasado prácticamente desapercibida23. Una excepción a esta indiferencia es su primera y más célebre novela, El mundo de Juan Lobón (1967)24. El presente estudio intenta aproximarse a Juan Lobón mediante un análisis del mapa con que Berenguer preludia esta novela. Más precisamente, hará hincapié en la teoría cartográfica para mejor dilucidar el vínculo entre la comunicación cartográfica, el mapa prólogo y la historia de su protagonista, Juan Lobón. A su vez, esta indagación tiene un propósito más trascendental: llegar a un entendimiento del mapa como medio de comunicación y recurso estilístico. Finalmente, a través de una mejor comprensión de la cartografía, espero confirmar la maestría literaria de un escritor que ha caído inmerecidamente en el olvido25. El mundo de Juan Lobón es la historia de un legendario cazador furtivo de la provincia de Cádiz, supuestamente contada por él mismo desde la cárcel. El preso redacta su autobiografía para que todos, y en particular su hijo aún no nacido, sepan la verdad en cuanto a su oficio de cazador y las actividades y los acontecimientos que le han llevado a su encarcelamiento26. A través de sus evocaciones, Juan Lobón hace lo posible para que quede un resquicio de verdad, de justicia y de honra en un mundo que se le desmorona. De ahí, la grandeza y la tragedia de este hombre sencillo y sincero, cuyo único temor es que su casta «se desnate», se extinga. Tres Introducciones
El cuerpo de El mundo de Juan Lobón se prologa por tres exordios: un mapa titulado «El mundo de Juan Lobón» una carta dedicatoria que Luis Berenguer escribe a su amigo, el doctor José Benavente Campos y, finalmente, una breve y difusa introducción redactada por Lobón que se llama «Cuatro Cosas Para Antes De Empezar». Para mejor comprender la importancia de la cartografía en la novela, es menester hacer un breve análisis del significado de los otros dos prólogos. En la carta del novelista al médico, Berenguer hace constar que aprendió su «cuento de cazadores» de «los hombres y los ecos que van dando tumbos por esas serranías de Aljibe, Bermeja y Ronda»27. A renglón seguido, advierte que su historia tiene lugar «...en un sitio que no quiera usted localizar en el mapa porque no está allí: está, ...en la encrucijada de los que nunca perdieron fe en su destino» (5). Queda claro que la novela se ambienta en la Baja Andalucía, más exactamente en la Sierra de Cádiz y Málaga, pero en una localidad indeterminada y ficticia. Es como si Berenguer empezara: «En un lugar de Andalucía, de cuyo nombre...»28. A través de esta carta el novelista también señala que su «cuento» se aparta de lo superficial y que se concentrará en acontecimientos y juicios de más envergadura. Aunque el lector no lo sepa, Juan Lobón es un cazador
furtivo real e histórico de Alcalá de los Gazules (Cádiz)
con quien Berenguer había cazado29. El novelista alude a este hecho en la carta a su
amigo médico, quien también conoce a Juan Lobón30. Escribe: «Vaya mi envío para usted... que
como las cabras, ramonea todavía en lo subdesarrollado» (6). La
novela tiene, pues, una base y un trasfondo geográficos y
sociohistóricos no exentos de autenticidad31. Berenguer refuerza y mantiene
Un breve análisis de la tercera introducción a Juan Lobón, «Cuatro Cosas Para Antes De Empezar», también ayuda al lector a comprender mejor la relación entre texto y mapa. Este prólogo se divide en breves apartados en que el cazador resume para el lector las causas de sus desgracias. En el primero, Lobón repasa, con su lenguaje rústico encantador, las antiguas leyes de caza. La más importante de estas leyes, y la que rige su existencia, es ésta: «Los bichos montunos son de todos y nadie: del que los trinca. No hay castigo por matarlos» (7). A pesar de las dudas que Juan pueda suscitar en el lector como narrador fidedigno, el furtivo termina el apartado con una sentencia a todas luces fehaciente para el mundo, para la España del franquismo, en que se mueve: «Los papeles lo cambian todo si tienes influencia y convidas a éste y al otro que los escriben»33. A lo largo de su relato Lobón nunca dejará los móviles de su comportamiento en el tintero y esta franqueza lo encariña con el lector. Más que confesiones, sus memorias forman una defensa de su conducta. Lo irónico de su condición proviene del hecho de que en «Cuatro Cosas» se reconozca un furtivo, pero, a la vez, está convencido de que su profesión debe considerarse tan honrada como cualquier otra. Son don Gumersindo y los demás señoritos que quieren monopolizar la caza con las nuevas leyes quienes han convertido a Lobón en un criminal. El furtivo es tan esquivo y ducho que al final «los del señorío» lo tienen que «cazar» con tejemanejes legales. Describe su extraña situación así: «Aquí me han traído por lo que no hice y aquí me tienen por lo que no saben» (16). Ironía y fidelidad narrativa aparte, «Cuatro Cosas» pone en tela de juicio una cuestión fundamental: la validez de la ley. Indaga una cuestión que ha perjudicado a Andalucía durante siglos: ¿De quién es la tierra, del propietario o del que la utiliza o necesita para sobrevivir? Dice Berenguer de su protagonista: «Lobón está convencido de que posee la verdad de la naturaleza frente a la norma artificial» (Núñez 4). Con esta afirmación, el dibujo cartográfico que el novelista coloca al principio de su obra puede transformarse en una escritura legal que indica que para él es Juan Lobón quien tiene más derecho a explotar los recursos naturales de la zona. El mapa, pues, legitima y respalda lo dicho por Juan en «Cuatro Cosas». Berenguer abre su novela con tres prólogos cabalmente encadenados para contrastar y conectar varios grados de verdad. Ante todo, el novelista se presenta como un testigo presencial que conoce a fondo el caso de Juan Lobón. Tanto es así que sus conocimientos e investigaciones personales le permiten levantar un mapa del lugar. A su vez esta imagen crea cierta sensación de autenticidad además de estimular la curiosidad del lector. Enseguida, pasa a redactar una carta a otro presunto testigo, un médico que también conoce a Juan, y en la cual alude a verdades metafísicas «que no están en el mapa». Finalmente, agrega el testimonio inicial de su protagonista, una víctima de la consabida falsedad e injusticia del caciquismo andaluz. Gracias a sus pesquisas, Berenguer ha descubierto que Lobón es tremendamente fiel a sus principios. La rectitud y honradez profesionales y personales del furtivo han hecho mella en el amanuense porque compendian lo más auténtico del espíritu humano. A pesar de su oficio «ilegal», en «Cuatro Cosas» Juan comienza a alzarse como un genuino y verdadero hombre de bien, cuyos escritos y comportamiento, aparentemente fidedignos, desmentirán las «verdades oficiales» que le han privado de su libertad. En breve indicaré que la cartografía es un medio inmejorable para expresar esta pugna entre la veracidad y la falacia. Berenguer, que era marinero de profesión, y por tanto
sabía mucho de la cartografía, prologó su novela con un
mapa, una muestra de Andalucía, con el que esperaba representar y
comunicarles de manera gráfica a sus lectores los temas -la honra, la
corrupción, la destrucción del medio ambiente, etc.- que
formarían la base ideológica de su obra. Sin duda, el más
sutil de estos temas es que los medios de comunicación -entre ellos la
cartografía- engañan. Con estos breves antecedentes y
aclaraciones, ya podemos profundizar en la atracción, utilidad y
trascendencia
El Mapa de
El mundo de Juan Lobón
Muchos novelistas han utilizado un mapa con varios fines y por múltiples razones en sus obras. Por ejemplo, sólo después de inventar el mapa que preludia La isla del tesoro, concibió Robert Louis Stevenson la idea de escribir su novela (Wise, «Treasure Maps» 18). Al abrir el libro, la isla imaginaria intriga al lector despertando sus ansias de viaje y aventura. Tampoco tiene sentido buscar un tesoro pirata sin un mapa. William Faulkner se declara el «único dueño y propietario» del Cantón de Yoknapatawpha, y dibuja un mapa del norte del estado de Mississippi para crear un sitio entre literario y real en toda una serie de novelas y cuentos cuyos argumentos tienen lugar a lo largo de cien años (Zanger 789). En su mapa Faulkner hace hincapié en las relaciones entre hombre y tierra indicando los sitios donde ocurren los acontecimientos novelísticos (Post, «Cartographic Fantasy» 13). J. R. Tolkien crea mundos imaginarios e intenta ayudar la comprensión del lector agregando mapas fantásticos (no son representativos del mundo «real») a su obra. También intenta estimular el espíritu aventurero en el lector. Así, el novelista cartógrafo es un fenómeno recurrente en la historia de la literatura mundial. Algunos, sin duda, han querido hacer alarde de su sabiduría geográfica y habilidad cartográfica. Pero uno sospecha que todos estos novelistas se han dado cuenta de que el mapa es uno de los medios gráficos más expresivos que existe en el momento de impartir información. Lo primero que uno se pregunta al abrir El mundo de Juan Lobón es si de veras lo que ve delante es un mapa. Esta palabra resulta difícil de definir. Tanto es así que los cartógrafos siguen buscando una explicación adecuada del término35. Según María Moliner, un mapa es: «La representación de la Tierra o una parte considerable de ella sobre una superficie plana» (Moliner 343). El de Berenguer cumple con estos requisitos. Lleva título, tiene su rosa náutica y una escala (pero no tiene signos) y encierra suficientes elementos e hitos geográficos representativos para crear la imagen de un pueblo sin nombre con sus tierras colindantes. Como todo buen cartógrafo, Berenguer ha intuido que «maps are really 'scientific' caricatures of the phenomena they represent» (Muehrcke 333). Si bien su mapa es literario y no científico, su propósito es «...to convey spatial information to the viewer» (Gardiner 112). Todo mapa tiene como fin la descripción de un lugar aunque sea imaginario. Por tanto, «El mundo de Juan Lobón» debe considerarse un mapa. A simple vista, un mapa no es más que un instrumento que nos ayuda a comprender el mundo en derredor. Pero la interpretación de un mapa -sus detalles, sus sutilezas, su honestidad, y sus ironías- puede producir los mismos sentimientos de placer que la observación de un paisaje o la lectura de una novela. Uno puede dejarse entusiasmar o extasiar de la misma forma ante un mapa que ante una colección de poesías (Wood 26). De hecho, un mapa es un texto con su sistema semiológico y los cartógrafos han demostrado que el lector de un texto y el usuario de un mapa procesan su información de maneras muy similares. Al igual que otros escritos, un mapa también es un «idioma natural»36. A su vez es una representación, al igual que un cuadro o una novela detectivesca, de parte de nuestro mundo:
El mapa es de una subjetividad tan palmaria que casi no reparamos en ello. Aceptamos ingenuamente su papel de fuente de datos de primera mano, cuando pertenece, en realidad, al mismo género comunicativo que la película, el ensayo, la fotografía y la historia. El cartógrafo y el literato resultan ser creadores cuyas obras tienen mucho en común son el producto de la imaginación creadora, «se leen», representan parte de nuestro mundo e imparten información. El novelista cartógrafo, en su afán de mejorar su poder comunicativo, presenta a su lector usuario con una imagen gráfica de su creación literaria que le transmite información a muchos niveles y de varias maneras (Blades 65). Su eficacia informativa y fuerza evocadora son tales que lo curioso es que no haya más escritores que hayan empleado mapas en sus obras37. Veamos los múltiples papeles que desempeña el mapa «El mundo de Juan Lobón». Con este mapa Berenguer presenta al lector un paisaje
físico que sirve de puesta en escena de su obra. Esta
visualización pretende meter, si no zambullir, al lector en el
Otro uso todavía más fundamental de un mapa es la navegación. Al decir de un cartógrafo: «Map users are most likely to refer to navigational maps in novel environments...» (Blades 71). El mapa ayuda al lector a localizar la acción de la novela y a orientarse en esta «terra incognita!»38. Incluso se puede seguir los pasos de los personajes. Escribe Juan:
Consultamos el contenido del mapa -los signos, símbolos y palabras- como si fuera un diccionario o un manual. En el caso de Berenguer, presenta al lector con un mapa cuyo significado es -por lo pronto- puramente visual y topográfico: aquí está La Zarza, aquí está la cueva donde vive Juan, etc. En este sentido, el mapa es un rompecabezas cuyas piezas intrigan al lector al mismo tiempo que lo ayudan a concebir el paisaje novelesco. El literato sigue un axioma cartográfico que reza así: «Existence in space is prior to knowledge about space» (Robinson, The Nature 1). Obviamente, con este prólogo cartográfico el lector empieza a existir en el espacio literario. Pero, al adentrarse en él, descubrirá que el mapa expresa unos conceptos mucho más complejos que lo meramente topográfico. Puesto que todo mapa generaliza, el cartógrafo, para llevar a cabo su diseño, necesita valerse de tres procesos: la selección, la clasificación y la simplificación (Morrison 63). Ningún mapa puede incluir todo lo que hay dentro del área que pretende representar. Por tanto, el cartógrafo tiene que escoger los elementos, hitos y signos que él estime más relevantes para comunicar sus ideas. Asimismo, debe coadyuvar al usuario ordenando el contenido de su mapa a sabiendas de que la eficacia de su obra surge de su capacidad de suscitar una idea de la realidad necesariamente incompleta y desvirtuada. Es más, en la cartografía «only the simple is strongly expressive. A map should contain nothing a normally gifted user cannot see» (Imhof 25). Tampoco tiene por qué estar sobrecargado de elementos. En la cartografía se da la paradoja que mientras más detallado es el mapa, más complicada resulta su interpretación, y por ende, resulta menos eficaz y útil. Aunque «El mundo de Juan Lobón» produzca un efecto estético agradable, se llena de símbolos y signos que dificultan su análisis. Aquí puede que falle la cartografía de Berenguer. Pero, quizás su mapa esté repleto de elementos porque el medio ambiente que intenta describir es -sobre todo en la mente de su protagonista- enmarañado. Debe notarse que en este proceso el novelista tiene una ventaja obvia sobre el cartógrafo. Dado que el literato crea su propio mundo, puede ordenarlo según sus convicciones y necesidades artísticas. Veamos cómo Berenguer selecciona y clasifica unos elementos de su mapa y cómo la estructuración del mismo se relaciona con la percepción de la realidad andaluza que presenta en la novela. Antes de proseguir con este análisis, hay que mencionar unos fundamentos cartográficos peculiares que influirán en nuestra aprehensión del mapa berengueriano. Primero:
Esta paradoja es aún más complicada y fascinante porque un mapa tiene «[the] ability to be both more and less than itself and at the same time ...attempt truthfulness» (Muehrcke 329). Es más:
Así, puede que un mapa contenga información y
significados que van más allá de lo que el cartógrafo haya
pretendido comunicar (Zanger 778). Por tanto, aquí se intentará
una cala lógica que no pase de ser un resumen esquemático de lo
que un lector «medianamente dotado» podría ver en «El
mundo de Juan Lobón» al abrir la novela. Teniendo en cuenta que
todo mapa invita a la aventura, la siguiente indagación, más que
exhaustiva, pretende
Se trata de un área relativamente pequeña, de unos veinte kilómetros de ancho por treinta kilómetros de largo, dividida horizontalmente en dos partes casi iguales por el río40. La sierra escinde el mapa verticalmente en dos zonas topográficas distintas: una plana y la otra montañosa. Un hecho curioso, que queda indicado por la rosa náutica, es la tergiversación de las direcciones en el mapa. Al contrario de un mapa normal, que tiene su norte hacia la parte superior y el sur en la inferior, en «El mundo de Juan Lobón» para ir al norte hay que «bajar» en vez de «subir». Acaso esta situación desnortada se utilice para subrayar el mundo al revés, «patas arriba», que Lobón pasará a describir en el cuerpo de la novela y al cual alude en «Cuatro Cosas»41. La parte superior, el sur, termina con la Vereda del Contrabando y la parte inferior, el norte, no tiene una delimitación topográfica clara, sino que simplemente se extiende fuera del mapa. Los extremos orientales y occidentales tampoco tienen límites gráficos ni fronteras topográficas. En cierto sentido, nos hallamos ante un mapa abierto. Presenta el escenario central de la novela pero hay acción que ocurre fuera de él. Debe notarse que Juan Lobón, al igual que muchos relatos autobiográficos, y en particular los picarescos, es una novela abierta. También a este nivel arquitectónico se relacionan la forma del mapa y la de la novela. Quizás el mapa no tenga bordes ni límites delineados porque Berenguer quiere indicar sutilmente que su mapa va más allá de lo meramente aparente y que todos necesitamos ensanchar nuestros horizontes, entre otras cosas, leyendo el texto. Esta explicación parcial ha evidenciado dos aspectos fundamentales de cualquier mapa: su ambigüedad y su poder evocador. El río y la sierra dividen el mapa en partes geográficas distintas, siendo la más importante, como veremos, la vertical. El río nace en La Laguna, hito que domina el cuadrángulo suroeste y está rodeado de terrenos pantanosos: El Pantanal, Charco Verde, etc. Berenguer refuerza esta idea con el signo internacional por pantano y con dibujos de patos. Esta zona es la más despejada del mapa y no es casualidad que ahí ocurren algunas de las cacerías más bonitas y graciosas de la novela. Un ejemplo:
Al norte del río la tierra va subiendo con un cambio de topografía señalado por dibujos de arboledas y colinas y también por el signo convencional para un terreno desecano. La presencia humana es más marcada en esta zona. Aquí se observan veredas, la carretera comarcal, cortijos y dehesas, además del pueblo. Los signos y símbolos se densifican corriendo parejos con las complicaciones existenciales del protagonista, ya que aquí tienen lugar los primeros roces entre Juan y la sociedad. El cazador describe sus comienzos cinegéticos en La Zarza, la finca del cacique don Gumersindo, así: «Entonces, la guardería no era lo que es ahora, porque de trincarte, lo más que te pasaba era que te echaban...» (36). La sierra ocupa la totalidad izquierda de «El mundo de Juan Lobón». Es una área accidentada en el doble sentido de la palabra. Se levanta como un muro, un obstáculo simbólico, que Juan tendrá que subir y franquear para ganarse la vida. La cordillera se convierte en un laberinto en el cual Juan, con sus «saberes del monte», puede moverse libremente, pero cuya entrada y salida son cada vez más arduas, si no peligrosas. Al adentrarnos en el texto, nos damos cuenta que este cazadero se va transformando de tierra prometida en tierra prohibida. Mucha de la ironía de la novela -el cazador por antonomasia que no debe cazar- surge de este dilema y los conflictos que ocurren en esta zona agreste. Lo accidentado del terreno, sus muchos signos y el tono oscuro con que se dibuja la sierra ofuscan y confunden al lector usuario al mismo tiempo que manifiestan que ésta es la zona más problemática y conflictiva del mapa42. Por si acaso el lector no ducho en cartografía no capta
estas ideas, Berenguer añade el término VEDADO. Este es, sin
lugar a dudas, el foco visual del mapa. Berenguer, consciente de las prisas y
la probable ingenuidad del lector, emplea hábilmente la
distorsión y la exageración para captar su atención43. Pero los dibujos desproporcionadamente grandes de piezas
mayores -corzos, cabras y jabalíes- pueblan la sierra también.
Chocan con la tipografía igualmente desmesurada que el cartógrafo
utiliza con la palabra VEDADO. He aquí el concepto sobresaliente que el
mapa quiere transmitir al lector usuario: el enfrentamiento entre la naturaleza
-Juan, la flora
Un mapa es una «síntesis espacial» y, en el caso de Berenguer, el suyo resume en una hoja lo esencial de un libro de más de cuatro cientas páginas. El novelista combina y hace uso de múltiples elementos gráficos -palabras, números, signos convencionales, dibujos, etc.; todos ellos interdependientes entre sí- para esbozar su universo literario. La finalidad de Berenguer es canalizar sus propias apreciaciones para, al mismo tiempo, aumentar las posibilidades de que el lector tenga una comprensión mutua de los conceptos e imágenes que el novelista desea presentarle en su mapa. Aquí también el autor cartógrafo tiene una clara ventaja sobre otros cartógrafos. Con su relato y descripciones controla una de las incógnitas más problemáticas de la comunicación cartográfica: los conocimientos previos del usuario. Es decir, el cartógrafo, en el momento de crear su obra, tendrá que dar por descontado que su presunto usuario tiene cierto nivel intelectual o cierta habilidad cartográfica para que haya transmisión de información. Gracias al texto de su novela, el escritor, cartógrafo evita esta contrariedad, e incluso puede intentar manipular o, simplemente aumentar, las percepciones del lector. La eficacia comunicativa depende de una cerrada relación simbiótica entre los dos textos: la novela cuenta detalladamente y el mapa resume. Como acabamos de ver, con una palabra -VEDADO- perfectamente colocada, Berenguer ordena, simplifica y aclara sus ideas. Es más, a través de este término, quiere hacer que el lector pase de ser un observador y usuario a ser alguien capaz de aprehender y percibir más que lo geográfico y topográfico en su mapa. Intenta ir del contenido superficial, comprensible para cualquiera, a expresar lo que los cartógrafos llaman la «información cartográfica»44. Es decir, el cartógrafo pretende exigir al usuario la aprehensión de los conceptos e ideas que ha intentado incorporar en su diseño. Se puede hablar de dos mundos de Juan Lobón: uno geográfico y otro cognoscitivo. El mapa topográfico que se encuentra al abrir la novela y que facilita el seguir las andanzas del cazador, dista mucho de «El mundo de Juan Lobón» que conocemos al final y que encierra el mensaje eticohistórico del autor. La concisión y la capacidad evocadora de un mapa proporcionan múltiples percepciones del medio ambiente que requieren una indagación más profunda en la comunicación cartográfica en El mundo de Juan Lobón. Aunque Berenguer advierte que este mundo no puede localizarse en un mapa, no es así. Juan Lobón ha dicho lo siguiente acerca del mapa de su amigo novelista: «Don Luis cambió los nombres de los sitios». Aunque el lector no supiera esto, los elementos -la sierra, los puentes, las veredas, etc.- sí forman parte del mundo real y vinculan este terreno literario con el mundo real. Efectivamente, su mapa podría ser (y de veras representa) un rincón de Andalucía. A este nivel, «El mundo de Juan Lobón» puede considerarse una analogía. Pero, con la analogía (A es como B) hay siempre comprensión explícita, explicación de texto (Downs 288). De hecho, la lectura de la novela muestra en detalle lo que es ser un furtivo y la vida subdesarrollada en la Baja Andalucía. Acusado de ser un maleante, Lobón se queja al lector:
Por otra parte, el mapa da la idea que el mundo de Juan es (era) de una belleza natural tremenda, todavía salvaje, incontaminada, en fin, un pequeño paraíso terrenal o utopía cinegética. Lobón también refuerza esta idea:
A este nivel comunicativo mapa y texto se apoyan para poner en evidencia los temas importantes -la injusticia social, el honor, la destrucción del medio ambiente- de la novela. Pero la analogía no deja lugar para el libre albedrío imaginativo del lector usuario. Es demasiado fría, calculadora, y, ante todo, poco estética. Junto con este problema hay otro del cual sufre todo mapa y
que ya hemos mencionado: la deformación. El ingenio y la maña del
cartógrafo radican en su conato de controlar o disminuir la
desnaturalización inevitablemente
Más importante aún, el usuario que cae preso de este fenómeno se transforma en productor de metáforas45. A eso aspiran muchos novelistas cartógrafos, sobre todo los llamados realistas: hacer que a través de esta «licencia cartográfica» sus lectores lleguen a una comprensión implícita de un mundo novelesco para así crear su propia imagen del mismo. A través de este proceso el lector usuario se convierte en partícipe y creador. Al igual que el novelista, se transforma en un dios que concibe su propio mundo. De ahí gran parte del encanto y de la fascinación de la cartografía novelesca. Luis Berenguer y otros novelistas cartógrafos se han dado cuenta que «...even the simplest map is a remarkably complicated instrument for understanding and communication about the environment» (Robinson, The Nature 1). Intuitiva o intencionadamente, aprovechan el doble valor metafórico de la cartografía (mapa = mundo real y mapa = nuestra concepción cognoscitiva del mundo) en sus obras para que sus lectores agudicen su percepción de estos contornos literarios. Sin ir más lejos, debe notarse que el mapa es un sistema de comunicación inmemorial, y esta misma antigüedad ayuda a Berenguer a simbolizar el atraso y estancamiento sociales en Andalucía46. Por otra parte, no cabe duda que «El mundo de Juan Lobón» es un mapa cinegético que señala las querencias de los animales que Juan persigue. Su oficio es una manera de ser tan histórica en Andalucía como la del terrateniente. Por eso, el mapa cobra dimensiones y vertientes sociohistóricas que a su vez entran en el terreno de lo metafórico. A lo largo de la novela la caza causa y representa un continuo choque clasista. Pero este oficio también puede considerarse una fuerza niveladora, puesto que Juan se cree tan hombre y tan dueño de su porvenir como los caciques. Los personajes de Juan Lobón pueden dividirse en dos categorías generales: poseedores (latifundistas y aficionados a la caza) y poseídos (campesinos y guardias); y luego Juan, en entredicho, que se resiste a ser subyugado. Para penetrar y comprender el caos que lo rodea, y para dar norte a su vida y reconciliarse con su futuro, Juan se pone a escribir. Su enajenación y marginación se reducen (sicológicamente al menos) al levantar su mapa y redactar su historia. Gracias a sus escritos, puede que su soledad radical se comparta con otros. Para realizar su proyecto Juan utiliza un discurso de dos
cañones: la prosa y la cartografía. Quema sus últimos
cartuchos a sabiendas que la palabra escrita, aunque un arma potente, es
sintácticamente unidimensional: la prosa avanza paso a paso. Es
más, sus anécdotas confusas pueden confundir a sus lectores. Por
eso, crea un punto de referencia que orienta y polariza sus argumentos: el
mapa. Como hemos visto, la aproximación geográfica y la
información intrínseca implícitas en el mapa se compaginan
con la información que se aprende en la novela. A otro nivel, su mapa se
transforma en un documento histórico que, parando el tiempo, define una
situación difícilmente solucionable, y que simultáneamente
hace alusión a las causas de la misma e indica un porvenir poco claro.
Pensemos en la carga histórica de las palabras «cortijo» y
«contrabando» en la Baja Andalucía. El mapa se convierte
también en una escritura de propiedad que indica el apego y el afecto
que Juan tiene para con su querencia. En otro sentido, Juan resulta ser un
antropólogo, preocupado por la vida y la cultura de su comarca: las
interacciones del hombre con la naturaleza y las consecuencias
históricas de este proceso. Escribe: «Los venados valían
poco, pero mucho más sin comparación, que los que los daban el
tiro» (165). Existe una marcada y asombrosa reciprocidad explicativa
entre el texto y su mapa. La analogía se va convirtiendo
Al examinar «El mundo de Juan Lobón» e interpretar su narración gráfica, uno se da cuenta de que lo que está en juego es una actitud. Utilizamos un mapa para instruirnos, y el que preludia Juan Lobón también despierta nuestro anhelo informativo47. En la novela existe una sugestiva interacción entre lo real y lo ficticio que pone en tela de juicio la falsedad de un régimen dictatorial. La historia ambivalente que relata Juan, junto con un mapa repleto de interpretaciones variopintas, apunta a la apremiante necesidad de saber y conocer. He aquí el mensaje que subyace toda la obra y que el mapa refuerza desde el principio: hay que saber ver. Debe recordarse que «maps appeal in a natural and logical way to our visual sense and to our need for conceptualization» (Muehrcke 319). Por eso, la interpretación de un mapa (y la lectura de un libro) produce una sensación de placer. El genio del novelista cartógrafo radica en reconocer que interpretar un mapa es mucho más que una simple percepción visual. El mapa es un recurso estilístico que rompe las barreras lingüísticas y entraña una pluralidad de percepciones: lo físico, lo ecológico, lo paisajístico, lo social, etc. Intriga si no engatusa nuestra racionalidad porque permite comprender parte del entramado de lo universal. Puede que el mundo no tenga sentido, pero esto no impide que tratemos de encontrarle uno. Es exactamente lo que hace Juan Lobón. Sabe que la verdad es un bicho difícil de cazar, pero intenta apresarla para sí mismo y para el lector. Juan está encarcelado, pero esta condición le permite -irónicamente- dar rienda suelta a su imaginación. Se da cuenta que la totalidad de su ecosistema está en peligro de extinción. Por eso, los picos y los animales que le son tan entrañables de pronto llegan a cobrar un sentido simbólico en su fuero interno. En la cárcel aprende a transformarse en un adversario aún más astuto, rebelde y peligroso. Abandona su fuerza física y maña instintiva en aras de una lucha conceptual e ideológica. Vuelve las tornas a la falsedad de las fuerzas vivas reivindicándose a través de unas escrituras tan falaces como las que han utilizado sus enemigos para «trincarlo»: El gran acierto de Berenguer ha sido la creación de un narrador cazador que «intuye» que el lector tiende a tener mucha fe y confianza ingenuas en el relato autobiográfico, la palabra impresa y, sobre todo, en la cartografía. Con su mapa y su relato Juan Lobón enseña deleitando y convence engaitando. De ahí la maestría de Luis Berenguer.
OBRAS CITADAS
Berenguer, Luis. El mundo de Juan Lobón. Madrid: Alfaguara, 1967. _____.
Sotavento. Edición de Enrique
Montiel.
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