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    Estudios poéticos
     de D. Marcelino Menéndez y Pelayo ; con una carta-prólogo del Señor Marqués de Valmar ...
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[154]

            
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La joven cautiva

Oda de Andrés Chénier escrita en la prisión de San Lázaro

L'epi naissant mrit, de la faux respecté...

 
                                            «Sazónase la espiga,
Respétala la hoz;
No teme al viñadero
El pámpano lozano,
Y bebe del rocío
Dulce y sabroso frío
Que suave templa el estival calor.
 
   »Yo, hermosa cual la espiga,
joven como la vid,
Aunque es mi vida triste,
De penas agitada,
Y siempre abrumadoras
Pasan mis largas horas,
Aun no quiero morir.
 
»Que con enjutos ojos
Y con serena faz
Caiga el estoico altivo
En brazos de la muerte;
Yo espero, y mi quebranto
Consuelo con el llanto,
Y la cabeza doblo
Si ruge el huracán. [155]
 
»Levántola si pasa
Su soplo destructor;
Que si hay amargos días
También hay dulces horas;
¿Qué miel tras su dulzura
No deja la amargura?
¿Qué mar nunca ha sentido
Del Bóreas el furor?
 
»Mora en mi blando seno
Fecunda la ilusión;
En vano de una cárcel
Los muros me detienen;
Dame alas la esperanza,
Cual ruiseñor se lanza
Ya libre de las redes
Del fiero cazador.
 
   »¿Por qué inocente debo
Tan joven, ¡ay!, morir?
Tranquila yo me duermo,
Despiértome tranquila;
Ni en sueño ni en vigilia
Con agudo tormento
Viene el remordimiento
Mi corazón a herir.
 
»Vanse los ojos todos
De verme el parabién,
Cuando abandono el lecho
Al despuntar el día,
Y en esta mansión lúgubre
Mi aspecto sonriente
Serena toda frente
Que abate el padecer.
 
   »De este camino hermoso
Lejos estoy del fin;
Apenas he pasado.
Los árboles primeros; [156]
Apenas he tocado
La copa centelleante,
Sentada un solo instante
De la vida al festín.
 
   »Estoy en primavera,
Quiero las mieses ver,
Quiero como los años
Seguir mis estaciones,
Quiero acabar el día,
Vi sólo el alba hermosa,
Soy cual la blanca rosa
Adorno del vergel.
 
   »Espera, negra muerte,
Aléjate de mí;
Hiere al triste que gime
De espanto y de vergüenza;
A mí el Amor me ofrece
jardines deleitosos
Y cantos armoniosos;
Aun no quiero morir.»
 
   Así burlando el tedio
De mis pesados días,
Mi lira resonaba
La voz de una cautiva,
Y las amables quejas
De su boca sencilla
Al yugo de los versos
Mi labio sometía.
 
   Testigos armoniosos
De mi prisión prolija,
Al estudioso amante
De dulces armonías
Harán tal vez que inquiera
Quién la beldad sería. [157]
 
   En su voz y en su frente
La gracia sonreía,
Y cual ella, temieron
Ver acabar su vida
Aquellos que vivieron
Cerca de la Cautiva.

Santander, 10 de diciembre de 1875. [158]

 
 
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Imitación del Himno a Grecia de Lord Byron

(Canto III del D. Juan)

The isles of Greece, the isles of Greece...

 
Cícladas islas de la hermosa Grecia
Que el mar Egeo con sus ondas baña,
Donde surgiera la materna Delos,
               Cuna de Apolo.
 
La ardiente Safo, del amor maestra,
En vuestras playas su laúd tañía; (233)
Aquí de Alceo resonó el divino
               Plácido canto.
 
De vuestros campos en la verde alfombra
Manto de flores primavera tiende;
Aún lanza Febo sobre vuestras cumbres
               Vívido rayo.
 
Todo se eclipsa menos vuestra gloria;
El bronce muere, y se deshace el mármol,
Mas queda el nombre del varón guerrero,
               Prole de Marte.
 
Queda de Lesbos la armoniosa lira,
La voz sublime del Esmírneo ciego,
Y del de Teyo (234) donairoso anciano
               Cítara blanda. [159]
 
Allende el ponto, cuyas iras doman,
Del vago viento en las veloces alas,
De donde nace a donde muere el día
               Vuelan sus cantos.
 
Desde la cima del erguido monte
De Maratón descubriréis el llano,
Y allá... más lejos... el hinchado golfo
               De Salamina.
 
En otro tiempo, sobre aquesta roca,
Un rey de reyes contempló altanero
El hondo mar que ante sus pies hervía
               Lleno de naves.
 
Las ondas cubre innumerable armada,
Llena los campos multitud guerrera,
Hombres sin cuento, de su voz pendientes,
               Callan atónitos.
 
Contolos Jerjes al brillar (235) la Aurora,
Contolos luego al expirar la tarde;
Millones eran al rayar el día,
               Ni uno a la noche.
 
¿Dónde los fuertes, los guerreros dónde,
Que amenazaban dominar la tierra?
El eco sólo responderle pudo
               Ronco gimiendo.
 
¿Dónde hoy, oh patria, tus preclaros hijos
Armipotentes en la lid sañuda?
¿Por qué no suena en las tendidas playas
               Grito de guerra?
 
Yace en el polvo la olvidada lira,
Y ya no late el corazón robusto;
¿Cuándo de gloria y libertad el himno
               Libre resuena? [160]
 
¡Ay! ¿Qué me resta en mi dolor inmenso?
Llanto y vergüenza por la patria esclava,
Bañad en lloro las que a Grecia oprimen
               Duras cadenas.
 
¡Ah, ni vergüenza en vuestra faz, ni lloro!
Descubre, ¡oh tierra! tu profundo seno,
Y tres siquier de los trescientos brota...
               Tres Espartanos...
 
Como el fragor de los torrentes zumba
El de las sombras vigoroso grito:
«Alzad vosotros la dormida frente...
               Uno tan sólo...»
 
Todos calláis. -Nuevos cantares suenen,
Llenad las copas de espumante néctar, (236)
Bélicos himnos el feroz entone
               Tártaro errante.
 
¿En vuestra afrenta dormiréis tenaces?
¿Por qué no suena el belicoso canto?
¿Por qué no emprende la falange altiva
               Pírrica danza?
Para fijar el pensamiento alado,
Cadmo inventó los perennales signos;
De los Argivos conserváis las letras,
               No sus laureles. (237)
 
Llenad las copas de espumante néctar,
Bebed de Samos el ardiente vino,
Que Anacreonte celebrara un día
               Plácidamente.
 
Cantó Anacreón el amor y el vino,
Cual del tirano Policrates siervo; [161]
Mas era heleno Policrates; cuna
               Diérale Samos.
 
¡Del Quersoneso vengador tirano,
Rompe los hierros que nos ligan hora;
Cargue tu brazo la pesada lanza,
               Fuerte Milciades!
 
Llenad las copas de espumante vino;
Allá en las rocas de la antigua Suli
Quedan los restos de potente raza
               Siempre guerrera.
 
Quizá hallaremos entre aquellos bravos
Quien nos conduzca a la tremenda liza,
Y tinto en sangre el fulminante hierro
               Lleve al combate.
 
No de los francos esperéis la ayuda,
Que reyes tienen de venales almas;
Libres os hagan, para siempre libres,
               Vuestros aceros.
 
Llenad las copas de espumante vino,
Vírgenes dancen en la selva umbría;
Yo admiro el brillo de sus negros ojos,
               Nidos de amores.
 
Mas ¡ay! ¿será que tan hermosos pechos
Deban un día amamantar cautivos?
¿Será que ciña tan hermosos brazos
               Férrea cadena?
 
Conducidme a los mármoles de Sunio,
Donde acompañen mi gemir las ondas;
Yo entonaré, cual moribundo cisne,
               Canto süave.
 
Nunca esta tierra habitarán esclavos,
Arme las diestras el fulmíneo acero,
Caiga en pedazos, de espumante vino
               Rota la copa. [162]
 
 
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A Venus

Oda portuguesa de Francisco Manuel (Filinto)

 
Si ofrecí a tu deidad, piadosa Venus,
El corazón cautivo en lazos de oro;
Si lágrimas de amor, madre y señora,
          Derramé en tus altares;
 
Si fiel esclavo, en tu sonoro templo,
Entoné sin cesar himnos alados,
Entre fragantes vaporosas nubes
          De quemados aromas;
 
Si en otro tiempo descendiste afable
Con alma risa, halagadora y blanda,
A consolar en un divino beso
          Tus fieles amadores;
 
Acuérdate del hijo de Ciniras,
Por quien las selvas sin cesar corriste.
¡Oh cuántas veces, al vibrar su arco,
          Se estremeció tu pecho!
 
Del Simois hablen los piadosos olmos,
Que encorvados sus ramas enlazaban
Para ocultar los férvidos abrazos
          Del bienhadado Anquises.
 
Vio sin cendal el Fribio tu belleza;
A Anacreonte la vocal paloma,
En galardón de un himno, le cediste,
          Cual voluntaria sierva. [163]
 
Y yo que desde antiguo busco amante
En tu marmórea, inmóvil escultura,
Tu dulce hablar y movimiento airoso,
          La lumbre de tu vista;
 
Yo que a tu hijo y a su arpón agudo
Di sin recelo desarmado el pecho;
Yo que a tus ninfas de mi eolia lira
          Cedí todas las cuerdas,
 
¿Por qué no logro descubrir tus formas,
Cual en Pafos te muestras, cuando en torno
Del cinto poderoso te sonríen
          Las mal ceñidas Gracias?
 
Mas, ¿no soy digno...? Acreceré mis dones,
Suspenderé en tu templo ricos votos,
Y escribiré en sus postes inmortales:
          «Esclavitud eterna.»
 
Doblando las rodillas, importuno
Tu mente ablandaré. Que así fue digno
Ese escultor rebelde a tus caricias,
          Cuando te oró postrado,
 
Que olvidada del loco menosprecio
Aliento dieses a su mármol frío...
Y se animó la piedra... azules venas
          Entre la piel resaltan;
 
La boca se enrojece, arden los ojos,
Se encorva y mueve el bien torneado brazo;
De la lengua la voz atropellada
          Anuncia al fin la vida.
 
¡Yo devaneo! El dardo enrojecido,
Que Eros divino en mis entrañas clava,
En lágrimas de míseros amantes
          Templado le tenía... [164]
 
¡Venus, Venus! ¡Oh Diosa de ternura,
De blanda compasión perenne fuente,
Señora de benévolas florestas,
          De enamoradas sombras!
 
Desciende a mí de las olimpias sedes,
Hazme feliz con tu divino acento,
Con tu presencia endiosa, dulce madre,
          A este tu ardiente siervo.
 
No temas la sonrisa maliciosa
De las otras deidades. Si la temes,
Transfórmate en Anarda; por Ciprina
          Suele tenerla el orbe.
 
Ella tiene las áureas muelles trenzas
Que Adonis tantas veces por los bosques
Te coronó con húmedas verbenas
          Y bien olientes flores...
 
Dame que pueda, en tu disfraz iluso,
De sus labios beber la amante risa,
Y a las púdicas rosas de su cara
          Llegar mi ardiente boca...
 
Pero, ¿qué extraño son se oye en el templo?...
¡Qué encanto en mis sentidos...! ¡Ya las aras
Mayor perfume espiran! ¡Alto asombro!
          Más clara arde la llama.
 
Fausto signo las aras alboroza,
Huyen del cielo las pesadas nieblas,
El sol enciende en llama auri-rosada
          El festivo horizonte.
 
Los prados se ornan de matiz extraño,
Nueva esmeralda cubre las campiñas,
Y los troncos arrojan nuevas flores
          Por la copada rama. [165]
 
La puerta resonó del alto Olimpo
Sobre el bruñido quicio bipatente;
Las columnas descubro de diamante,
          Los solios de carbunclo.
 
Los Dioses, asentados, radïantes,
La atención inmortal con gusto inclinan
A la célica voz; la vista tienden
          Al subyacente mundo...
 
Y llénanse los atrios, las arcadas;
Mil enjambres de alígeros Cupidos,
Flóreos arcos trabando, el aire rasgan
          Abriendo alegre corte.
 
Por entre ellos, en rápidas coreas,
Los juegos, los Amores van pasando,
Van las palomas y la concha leve
          De la bella Erycina...
 
Sobre nosotros cae ardiente lluvia;
Amorosas centellas nos encienden,
Y por el seno van arrebatadas,
          A calentar la sangre.
 
¡Qué vivida influencia omniparente
Se esparce y baja de la madre Tierra
A las entrañas! ¡Cómo hierve y bulle
          Innúmera progenie!
 
Retumban en las hondas oficinas
Ecos gustosos de nacientes almas,
Que nuevos cuerpos a animar concurren;
          Doquier corre la vida.
 
En las pendientes ramas balanceadas
Las tiernas aves, enlazando el pico,
Presienten en los trémulos arrullos
          Los cercanos placeres. [166]
 
Con auri-verdes colas escamosas
Cortando los Tritones las oleadas,
Tras las dulces Nereidas se arrebatan
          En concertados grupos.
 
Los hirsutos caprípedos Silvanos,
Alzadas las cornígeras orejas,
La vista ardida, descompuesto el paso,
          Se pierden por las selvas.
 
Prestas huid de su tenaz deseo,
Oh Ninfas que los miembros de alabastro
Bañáis en la onda pura, o a su vista
          Tejéis ligera danza...
 
Con saeta sutil humedecida
En miel de Himeto, en Acidalia fuente,
Embébese en mis férvidas entrañas
          Insólita locura...
 
Ya desciende hacia mí buscando tierra
La cipria concha... Amor, que afable me oigas...
Venus, en mi acatar, no en mis palabras,
          Ve mi santo respeto.
 
Jove a tus votos siempre amigo sea;
¡Ah!, nunca Adonis, nunca Marte fríos...
Nunca el sol vengativo te descubra
          Mal robados deleites... (238)

Lisboa, septiembre de 1.876. [167]

 
 
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La noche

Oda portuguesa de Francisco Manuel (Filinto)

 
Diosa que esparces por la etérea zona
En mudo carro de ébano bruñido
Las sombras reposadas, los amores,
      El furtivo decoro;
 
Tú que acompañas como fiel amiga
En dulce cita al anheloso amante,
Y con tejido velo encubres robos
      De divinos placeres;
 
Tú que las leyes del Amor y Venus,
Por quien revive sin cesar Natura,
Benigna extiendes en los áureos techos,
      En los callados bosques,
 
Y pides a los astros más propicios
Un débil rayo de modesta lumbre,
Con que los lirios del intacto seno
      Tímida entrever dejas;
 
Oye, señora, los murmullos gratos
De mil amantes que por ti felices
Redoblan tu loor, pues tierno amparo
      Siempre en tu sombra encuentran.
 
Escucha el son de la corriente rauda,
Que con sus dulces ayes inflamada,
Nuevo Alfeo, camina sin reposo
      Al seno de Aretusa. [168]
 
Son más dulces de noche y halagüeñas
Las caricias de amor. La luz patente
Del sol apaga el gusto; a los deleites
      Pone el pudor mil trabas.
 
Mas la Ninfa que ve en el ancho cielo
Aquí Leda, allí Io, allá Calixto,
Y el cortejo de estrellas con que Jove
      Honra a la Inachia virgen;
 
Que cual ella, en los montes, cabe el río,
Otro tiempo esos astros se humanaron,
Y contempla los troncos que convidan
      Con sus trémulas hojas,
 
Toma a Leda o Calixto por modelo,
Cierra al recato la molesta boca,
Y con la misma mano, de su amante
      Leda acaricia el rostro.
 
¡Noche mejor que el día! ¿quién no te ama?
¿Quién no vive tranquilo en tu regazo,
Y lanza alegre de los lasos miembros
      El fatigoso día?
 
Tú das vida al vergel con tu süave
Prolífico rocío; la alba rosa,
El lirio que doblara el sol ardiente
      Elevan sus corolas;
 
Las penas y cuidados insaciables
Que el corazón remuerden como abrojos,
De la ambición el perennal tormento,
      Potro cruel del alma,
 
Cuando desciende el Sueño que a tu lado
Tardo dirige de ébano su coche,
Y derrama en los aires el aroma
      De plácido sosiego, [169]
 
Abandonando van con mansedumbre
Los instrumentos de hórrido suplicio
Con que afligen en vida al miserable
      Que lanzarlos no osa,
 
Que por no despreciar honra y riqueza,
Es en terrena vida miserable
Baldón de la fortuna, vil cautivo
      Del insolente orgullo.
 
Ven a tender sobre mi lecho, oh Numen,
Con mano amiga el manto de reposo
Negado a camas regias, y a artesones
      De pérsicos tiranos;
 
Ven y consuela del rigor del hado
Y de la lengua de la envidia al vate,
Que en el bien trabajó de sus hermanos,
      La virtud enseñando.
 
Recógele en tu seno; soplo lene
Su frente anime y su semblante rojo
Con la llama que extiende por sus venas
      Apolo embravecido.

Lisboa, octubre de 1876. [170]

 
 
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Mis cantares

Oda catalana de Rubió y Ors

Si ab mos cantars senzills, o patria mia...

 
Si en mi cantar sencillo, dulce patria,
Tierra sagrada do mi humilde cuna
Arrulló al triste son de sus baladas
             Mi madre con amor;
 
Si en canto lemosín pudiera un día (239)
Retejer tu corona que hoja a hoja
Dispersó por tus fértiles llanuras
             El secular rigor:
 
Del antiguo juglar la lira muda
Arrancaré de su húmedo sepulcro,
Y al genio que llorando entre sus losas
             Aun vaga, invocaré.
 
Y despertando las que el mundo admira
Sombras sagradas de perenne gloria,
De tus condes y reyes las famosas
             Batallas cantaré.
 
Joven, oh patria, soy; mi mano tiembla
De Marchs y Jordis al pulsar el arpa,
De Cabestany el arpa en que de oro
             La cigarra brilló;
 
Joven soy, mas del nombre laletano
El recuerdo inmortal arde en mi mente,
Y lo que en años falta, en patrio fuego
             Mi pecho atesoró; [171]
 
Duro el canto será; sin armonía
Saltarán de mi pecho ardientes sones,
Cual chocando el acero enrojecido
             Chispas brillantes da;
 
Mas no los tacharéis de bastardía,
Pues serán, aunque duros, lemosines,
Ricos de fe y amor y de gloriosas
             Memorias de otra edad.
 
Libres serán cual águila en su vuelo,
Altivos cual los montes que sus crestas
Elevan hasta el cielo, y que la nieve
             De mil años ciñó;
 
No en resonantes bóvedas erguidas
En ligeras columnas de oro y mármol
Darán venal laurel al que tan sólo
             Desprecio mereció.
 
Ni temas, patria, que en cantar alegre
Tus lágrimas insulte de viudeza,
Ni de los que tu cetro destrozaron
             Recuerde a la vil grey.
 
Deme su fuego el laletano genio
Para cantar al mundo la alta gloria
De los que le impusieron algún día
             Su dialecto (240) y su ley.
 
Infúndanme su aliento los felibres (241)
Desde el marmóreo lecho do reposan,
Y en dulce lemosín, pues es la lengua
             En que ruego al Señor,
 
Cantaré tus grandezas, Cataluña,
Tus condes y guerreros que en la arena
El pendón arrastraron de Mahoma,
             Sarraceno traidor. (242) [172]
 
Cantaré al paladín que en las orillas
Del Jordán venerado, que tiñera
El Hombre-Dios con su divina sangre,
             Por él su sangre da,
 
Y al gallardo doncel que ágil de planta,
Pendiente el arpa atrás que al viento gime,
Bajo el balcón dorado de su niña
             Su trova a cantar va.
 
Y cantaré el amor y sus dulzuras, (243)
Y de los montes las hermosas hijas,
De cuerpo más airoso que urna griega,
             Más que la intacta flor;
 
Pues no siempre resuena en los palacios,
Ni en góticos castillos ni en ciudades,
Sino también en la cabaña humilde,
             La voz del trovador. [173]
 
 
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Oda a Barcelona

Traducida del catalán, de D. Joaquín Rubió y Ors

... y han escrito algunos, y entre ellos un grande estrellero llamado Rafael, en su Judiciario, afirmando que esta ciudad fue edificada en constelación feliz, y que su fortuna y prosperidad se extiende a fecundidad de generación natural, a larga sabiduría, a riqueza y honores temporales...
 
Sentada en una plana,
Cual de esmeralda sobre rica alfombra,
Favencia la romana,
A quien prestan, galana,
Su espuma el mar y Monjuich su sombra;
 
   Sobre un mosaico erguida
De oro y verdura do su muro asienta,
En la playa dormida
Que, al besarla atrevida,
La onda marina en rico velo argenta,
 
   Parece reina hermosa,
De su baño al salir medio vestida,
Que contempla gozosa
Su diadema orgullosa
En el cristal que a verse la convida;
 
   Una princesa esclava
Que su hermosura, de soberbia llena,
Mirando en la onda brava,
No se acuerda que traba
La nieve de su pie férrea cadena. [174]
 
   Aparta, Barcelona,
La vista de ese mar que tus pies baña;
Si ves noble matrona
Con la condal corona,
No la creas, ¡ah! no, la onda te engaña;
 
   Mas si te miras bella,
No miente, no, tu espejo, ciudad mía,
Que puede una doncella,
Gentil como una estrella,
Ser hoy esclava, aunque fue reina un día.
 
   Gentil aun eres, Favencia,
Pues te dejó la fortuna
Tu mar que argenta la luna,
Tu fértil dorado suelo,
Y un dosel rico de estrellas
Para tus noches hermosas,
Más gratas y deleitosas
Cuanto más crece tu duelo.
 
   Ella a tus pies ha extendido,
Ciudad, para engalanarte,
Una alfombra do sentarte,
Bordada de mil colores,
Y una mar que alegre juegue
Para mojarte atrevida,
Y en su espuma destejida
Te haga velos de vapores.
 
   Aun eres encantadora
Con tus cien torres que pinta
El sol, de rojiza tinta
Sobre el fondo azul del cielo;
Altos montes por guardarte
Del viento helado te ciñen,
Y hienden para mirarte
De nubes el negro velo. [175]
 
   Mas ¡ay! que tu adversa suerte,
Oh Condesa sin corona,
Más que en belleza te endona
En grandeza te ha robado, (244)
Y tu ángel y tu estrella
Ya no protegen tus muros,
Porque se ha eclipsado aquella
Y al cielo el ángel tornado. (245)
 
   ¿Guardar tu famoso alcázar
De qué te sirve, señora,
Si no conservas ahora
Áureo trono, excelsos reyes?
¿Por qué ya de los Usatges
El código no perece,
Si ningún pueblo obedece
Tus casi olvidadas leyes?
 
   En un tiempo las ciudades
Por tus hijos domeñadas,
A tus pies arrodilladas
En serial de vasallaje,
A más de su lanza y cetro,
De su blasón y bandera,
Pusieron, ciudad guerrera,
Sus puertas en homenaje.
 
   En un tiempo, libre y fuerte,
Del mar el cetro regías,
Y cual Venecia tenías,
Un ciudadano senado,
Sin duxes que conspirasen
Para usurpar sus gramallas, (246)
Sin puñales que guardasen
La libertad del Estado. [176]
 
   Antes, del mar al alzarse
Alegre el sol te miraba,
Con tristeza, al ocultarse;
Hoy te mira, tras la cumbre,
Viendo que sólo una urna
De nobles recuerdos llena,
Medio perdida en la arena,
Baña su radiante lumbre.
............................
   Ya no salen las hermosas
A las góticas ventanas
A contemplar ruborosas
Al joven doncel galán,
Que por los huecos miraba
De la rajada visera,
Haciendo ondear su bandera,
Sobre tostado alazán.
 
   Ya la plaza, Barcelona,
Do celebrabas tus fiestas,
Siglos ha que no resuena
Del rey de armas al clamor,
Del rey de armas que aclamaba
A la reina de las bellas
Y con gritos excitaba
Al fiero (247) mantenedor.
 
   De los torneos (248) que un día
Festejaron tus victorias,
Vese sólo en las historias
Algún recuerdo brillar,
Pues tus paladines duermen
En góticas sepulturas,
Cúbrenles sus armaduras,
Cual si aun quisiesen lidiar. [177]
 
   Reina del mar, tus galeras
El mar las ha consumido;
Rasgó el viento las banderas
Que acatara todo rey;
Ni tienes Rogers de Lluria
Contra enemigas armadas,
Ni Erils, Entenzas, Moncadas
Dan a cien pueblos tu ley.
 
   ¿Qué dirías a tus padres
Que el mundo de gloria hincheron
Y en sangre mora tiñeron
Las ondas del Llobregat,
Si alzados de sus sepulcros
Hoy te pidiesen, Favencía,
Cuentas de la rica herencia
Que atesorara otra edad?
 
   Tú, que hasta la dulce lengua
Que tus poetas usaron,
Y en que a Dios y al rey hablaron
Cien varones de alta prez,
Has, ingrata, despreciado
Cual desprecia una doncella
El velo que, según ella,
No orna bien su nívea tez.
 
   Y sin quejarte sufriste
Que bastardos maldecidos,
En hora mala nacidos
Tu gloria para manchar,
Los mármoles destrozasen
Del sepulcro (249) de tus condes,
Y de tus Jaimes (250) osasen
Las cenizas aventar. [178]
 
   Álzate, Barcelona;
Harto estuviste sierva y humillada;
Mira que una corona
Grande cual la pasada
Tal vez te guarda el cielo en regio don;
Sal ya de tu apatía;
Mira que nuestros hijos con severa
Voz te dirán un día:
«¿Qué fue de tu bandera?
¿Dó tus guerreros, dó tus reyes son?
 
   ¿Dó están de nuestros padres
El patrio amor, la noble fortaleza;
Dó los códigos sabios
Que para tu grandeza
Más pueblos conquistaron que el rigor?
¿Qué fue, segunda Roma,
De tus blasones, arsenales, fustas;
Qué has hecho de tu idioma,
De tus florales justas,
Del arpa y el cantar del trovador?»
 
   Y tú, ciudad gloriosa,
Cual soldado que mientras galanteaba
A su doncella hermosa
Y trovas le cantaba
Su ponderosa lanza abandonó,
Así, de rubor llena,
Dirás tal vez en medio a tu amargura,
Mostrando la cadena
De tu esclavitud dura:
«Sólo esto de mis glorias me restó...»
 
   Álzate, Barcelona;
De nuevo ocupa del saber el ara;
Recobra tu corona,
Pues aun por dicha rara
A tus patronos reverencia das; [179]
Recuerda tu grandeza,
Y tu gloria recuerda ya eclipsada,
Y torne con presteza
La edad afortunada
De Pedros, Cabestanys y Berguedás.
 
   Y como al sol aclama
El universo, rey de las estrellas,
Porque en rayos de llama
Y en fúlgidas centellas
Les da fuego, hermosura y resplandor,
Otra vez admirada
Su reina así te aclamará la tierra,
Y no porque domada
La tengas en la guerra,
Cual la tuviste en otra edad mejor.
 
   Sino porque las ondas
Cortando tus carenas,
Cual corta el pez los líquidos cristales,
Irán a otras regiones,
De tus riquezas llenas,
Trayendo en cambio fúlgidos metales.
 
   Y sabios ciudadanos
Producirás al mundo,
Que aun admira la gloria y la grandeza
De aquellos laletanos
En armas invencibles,
Grandes por su saber y fortaleza.
 
   Y de nuevo extasiada
La tierra al son del arpa
Que los Marchs y los Jordis te legaron,
Del arpa que olvidada
Tus hijos ¡oh vergüenza!
En sus sepulcros húmedos dejaron, [180]
 
   Caerá a tus pies, Condesa,
Como a los pies un joven
Cae de la niña, de su amor señora,
Y tendrás, cual princesa
Del saber y los versos,
Altares desde Ocaso hasta la Aurora.
 
   Y cuando en voz severa
Nuestros hijos pregunten:
«¿Qué fue de tu armadura y tus blasones?»
Mostrando la bandera
En que brillan las barras
Al lado de las torres y leones,
 
   Decir podrás entonces:
«Ya colgué (251) la armadura,
Que el tiempo (252) de mis guerras ha pasado,
Y confié (253) a la bravura
Del León la custodia
De mi escudo con sangre blasonado.»

Santander, 1º de agosto de 1876. [181]

 
 
 
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Segunda parte

Poesías originales

  [182] [183]
 
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Epístola a Horacio

   Yo guardo con amor un libro viejo,
De mal papel y tipos revesados,
Vestido de rugoso pergamino; (254)
En sus hojas doquier, por vario modo,
De diez generaciones escolares
A la censoria férula sujetas,
Vese la dura huella señalada.
Cual signos cabalísticos retozan
Cifras allí de incógnitos lectores;
En mal latín sentencias manuscritas,
Escolios y apostillas de pedantes,
Lecciones varias, apotegmas, glosas, (255)
Y pasajes sin cuento subrayados, (256)
Y addenda y expurganda y corrigenda;
Todo mezclado (257) con figuras toscas
De torpe mano, de inventiva ruda,
Que algún ocioso en solitarios días
Trazó con tinta por la margen ancha
Del tantas veces profanado libro.
 
   Y ese libro es el tuyo, ¡oh gran maestro!
Mas no en tersa edición rica y suntuosa; (258) [184]
No salió de las prensas de Plantino,
Ni Aldo Manucio le engendró en Venecia,
Ni Estéfanos, Bodonis o Elzevirios
Le dieron sus hermosos caracteres.
Nació en pobres pañales; allá en Huesca
Famélico impresor meció su cuna;
Ad usum scholarum destinole
El rector de la estúpida oficina,
Y corrió por los bancos de la escuela,
Ajado y roto, polvoroso y sucio,
El tesoro de gracias y donaires
Por quien al Lacio el ateniense envidia.
 
   ¡Cuántos se amamantaron en sus hojas,
A cuántos quitó el sueño ese volumen,
Lidiando siempre por alzar el velo
Que tus conceptos al profano oculta!
¡Cuánto diste suavísimo deleite
A quien perseveró en la ruda empresa,
Y cuánto de sudor y de fatiga
A ignorantes y estólidos alumnos!
Hiciste germinar a tu contacto
Miles de ideas en algún cerebro;
Llenástele de luz y de armonía,
Y al influjo potente de tu ritmo
El ritmo universal le revelaste.
Por ti la antigüedad surgió (259) a sus ojos;
Por ti Venus Urania, de los cielos (260)
Bajó a las mentes de adorarla dignas, [185]
Y allí habitando, cual perfecta idea,
Dio vida a su pensar, norma a su canto.
¡Cuánta imagen fugaz y halagadora,
Al armónico son de tus canciones,
Brotando de la tierra y del Olimpo,
Revolaban en torno al estudiante, (261)
Que ante la dura faz de su maestro
De largas vestimentas adornado
Absorto contemplaba sucederse
Del mundo antiguo los prestigios todos:
Clámides ricas y patricias togas,
Quirites y plebeyos, senadores,
Filósofos, augures, cortesanas,
Matronas de severo continente,
Esclavas griegas de ligera estola,
Sagaces y bellísimas libertas,
Aroma y flor en lechos y triclinios,
Múrrinos vasos, ánforas etruscas. (262)
¡En Olimpia, cien carros voladores,
En las ondas del Adria, la tormenta,
En el cielo, de Júpiter la mano, (263)
La Náyade en las aguas (264) de la fuente,
Y allá en el bosque (265) tiburtino oculta
La dulce granja del cantor de Ofanto,
Por quien los áureos venusinos metros [186]
En copioso raudal se precipitan
Al ancho mar de Píndaro y de Safo!
Yo también a ese libro peregrino, (266)
Arca santa del gusto y la belleza,
Con respeto llegué, sublime Horacio; (267)
Yo también en sus páginas bebía
El vino añejo que remoza el alma.
Todo en ti lo encontré, rey de los himnos,
Mente pelasga, corazón romano:
El vuelo audaz, la sentenciosa flecha,
La ática sal, las mieles del Himeto,
El ditirambo que a los cielos toca, (268)
El canto de Eros que inspiró Afrodita,
El Otium Divos que la mente aquieta,
Y el júbilo feroz con que en las cumbres
Del Citerón, en la ruidosa noche,
Su leve tirso la Bacante agita.
 
   La belleza eres tú; tú la encarnaste
Como nadie en el mundo la ha encarnado.
A tu triunfal corona las preseas
Grecia engarzó de su mejor tesoro;
Rindiote Jonia las melosas voces
Con que Anacreon arrulló a Batilo,
Tebas el ritmo en que de Dirce el genio
Loara al púgil en la lid triunfante
Y al vencedor en la cuadriga rauda; [188]
Del enemigo de Licambo hubiste
El crudo hierro convertido en yambo,
La alada estrofa en que de Cleis la madre
Supo inflamar con férvidos amores
a bien trenzadas vírgenes lesbianas, (269)
Y el son de Alceo entre borrascas hórridas
Al opresor de Mitilene infausto.
 
   Todo, rey de la lira, lo abarcaste, (270)
Pusiste en todo la medida tuya,
El ne quid nimis ¡sobriedad eterna!
La concisión, secreto de tu numen.
En torrentes de números sonoros
Despéñase tal vez tu fantasía; (271)
Mas nunca pasa el término prescrito
Por la armónica ley que a los helenos
Las hijas de Mnemósine enseñaron.
¡Tiempo feliz de griegos y latinos!
¡Calma y serenidad, dulce concierto
De cuantas fuerzas en el hombre moran;
Eterna juventud, vigor eterno, (272)
Culto sublime de la forma pura,
Perenne evocación de la armonía!
¡Bárbaros hijos (273)de la edad presente!
Horacio, ¿lo creerás? graves doctores
Afirman que los hórridos cantares
Que alegran al sicambro y al escita,
O al germano tenaz y nebuloso,
Oscurecen tus obras inmortales
Labradas por las manos de las Gracias,
Cual por diestro cincel mármol de Paros.
 
   ¡Lejos de mí las nieblas hiperbóreas!
¿Quién te dijera que en la edad futura
De teutones (274)y eslavos el imperio,
En la ley, en el arte y en la ciencia
Nuestra raza latina sentiría,
Y que nombres por ti no pronunciables,
Porque en tu hermosa lengua mal sonaran,
El habla de los Dioses enturbiando,
Tu nombre borrarían? Orgullosos
Allá arrastren sus ondas imperiales
El Danubio y el Rhin antes vencidos.
Yo prefiero las plácidas corrientes
Del Tíber, del Cefiso, del Eurotas,
Del Ebro patrio o del dorado Tajo. (275)
¡Ven, libro viejo; ven, alma de Horacio, (276)
Yo soy latino y adorarte quiero;
Anímense tus hojas inmortales!
 
   Que Régulo otra vez alce la frente
Y el beso esquive de la casta esposa,
Y el pueblo aparte que su paso impide,
Y a los tormentos inmutable torne;
Que entre las ruinas del vencido mundo [189]
Caiga el atroz Catón, nunca domado;
Que Druso a los Vindélicos aterre,
Como el ave de Jove fulminante
Desciende sobre tímida bandada;
Que las torres de Ilión maldiga Juno,
Dos veces humilladas en el polvo,
De Laomedón por la perfidia insana,
Por el inicuo juez y la extranjera;
Que de Palas la égida sonante (277)
A los Titanes otra vez resista;
Que las Danaides el acero empuñen
Y en sangre tiñan los nupciales lechos;
Que el níveo toro, a la de cien ciudades
Creta, conduzca la robada Ninfa;
Que los corceles del rugiente trueno
Lance el Saturnio por el aire vago,
Y se estremezca desquiciado el orbe,
Mas nunca el pecho del varón constante.
 
   ¡Ven, libro viejo, ven, roto y ajado!
Quiero embriagarme de tu añejo (278) vino,
A Baco ver entre escarpados montes,
A Fauno amante de ligeras ninfas,
A Hermes facundo y al intonso Cintio.
Quiero vagar por los amenos bosques,
Donde la abeja susurró de Tíbur,
Y en los brazos de Lidias y Gliceras
Posar la frente, al declinar la tarde, [190]
Orillas de la fuente de Blandusia;
O ante la puerta de la dura Lyce,
Que el Aquilón con ímpetu sacude,
Amansar su rigor y su soberbia; (279)
O volar con la nave de Virgilio
Que hacia las playas áticas camina
Y guarda la mitad del alma tuya.
 
   ¡Suenen de nuevo, Horacio, tus lecciones!
Canta la paz, la dulce medianía,
El Eheu Fugaces que cual sueño vuela,
El Carpe diem que al placer anima,
El Rectius vives que enaltece el alma;
Canta de amor, de vinos y de juegos,
Canta de gloria, de virtudes canta.
¡Siempre admirable! Recorrer contigo
Quiero las calles de la antigua Roma,
Con Damasipo conversar y Davo,
Reírme de epicúreos y de estoicos,
Viajar a Brindis, escuchar a Ofelo,
Sentarme en el triclinio de Mecenas,
Y aprender los preceptos soberanos
Que dictaste festivo a los Pisones.
 
   Vengan dáctilos, yambos y pirriquios,
Caldeados en tu fragua creadora.
¡Que se entrelacen en vistoso juego
Y dancen cual las ninfas desceñidas (280)
Que con rítmico pie baten la tierra! [191]
La antigüedad con poderoso aliento
Reanime los espíritus cansados,
Y este hervir incesante de la idea,
Esta vaga, mortal melancolía
Que al mundo enfermo y decadente oprime
Sus fuerzas agotando en el vacío,
Por influjo de nieblas maldecidas
Que abortó el Septentrión, ante su lumbre
Disípense otra vez. ¡Torne el radiante
Sol del Renacimiento a iluminarnos;
Cual vencedor de bárbaras tinieblas
Otro siglo lució sobre el Oriente, (281)
Los pueblos despertando a nueva vida,
Vida de luz, de amor y de esperanza!
Helenos y latinos agrupados,
Una sola familia, un pueblo solo,
Por los lazos del arte y de la lengua
Unidos, formarán. Pero otra lumbre
Antes encienda el ánima del vate;
Él vierta añejo vino en odres nuevos,
Y esa forma purísima pagana
Labre con mano y corazón cristianos.
 
   ¡Esa la ley será de la armonía!
Así León sus rasgos peregrinos
En el molde encerraba de Venusa;
Así despojos de profanas gentes
Adornaron tal vez nuestros altares, [192]
Y de Cristo en basílica trocose
Más de un templo gentil purificado.
¡Adiós, adiós, monarca de la lira! (282)
En vano el Septentrión hordas salvajes
De nuevo lanzará; sobre las ruinas (283)
Triunfante se ha de alzar el libro viejo,
De mal papel e innúmeras erratas,
Que con amor en mis estantes guardo.

Santander, 28 de diciembre de 1876. [193]

 
 
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A Epicaris

   Yace en la mente del Señor oculta
De la hermosura la fecunda idea,
Que nuevas formas incesantes crea
Y, a par que las acendra, las sepulta.
  
   Océano insondable y sin riberas
Que alimenta la vida con sus aguas;
Encendido volcán en cuyas fraguas
Del existir se inflaman las lumbreras.
 
   Todo nació de allí, y en raudo vuelo,
Girando en torno de la luz fulgente,
Cual pabellón inmenso y esplendente
Tendió sus alas el etéreo cielo.
 
   Y luego obedeciendo a la armonía
Que se encarnaba en la materia oscura,
Surgieron a bordar su vestidura
Orbes de luz, de la extensión vacía.
 
   Y el modelo inmortal de la belleza,
Al traducirse en la celeste forma,
Al astro prefijó número y norma
Y un rayo le prestó de su grandeza.
 
   Ese invisible espíritu potente,
Oculto engendrador, alma del mundo,
Que derrama doquier soplo fecundo
Y es de la vida inextingible fuente,
 
   Penetró de la tierra por las venas,
Y la llama encendió de sus entrañas,
El centro fecundó de las montañas
Y animó de los mares las arenas; [194]
 
   En partes cien el polvo congregado,
Toda existencia el orbe producía,
Y a par de la existencia la armonía, (284)
El ritmo universal de lo creado.
 
   Ritmo que guía al huracán tronante
Y la tormenta y la quietud dirige,
Y el vuelo errante de las aves rige
Y los murmullos de la mar sonante;
 
   Que del iris extiende los colores
Y la luz del relámpago rojiza,
Y los sedientos campos fertiliza,
Y exhálase en aromas de las flores;
 
   Que en la piedra, en el bruto y en la planta
Las huellas imprimió de su destino,
Y en el hombre encendió fuego divino
Que a la fuente del ritmo le levanta.
 
   Por eso quiere el pensamiento humano
Sin velo percibir lo inteligible,
Y a la cumbre llegar inaccesible,
Foco de la belleza soberano.
 
   Cuanto sus ojos miran, es espejo
Roto y quebrado de la pura idea,
Con sus fragmentos otro mundo crea,
Del mundo superior débil reflejo.
 
   Y otro mundo después... Mas nunca llega
A realizar el sueño de su mente;
De su razón los límites presiente,
Y el mundo material su vista ciega.
 
   Entonces condensando la hermosura,
Que en los seres contempla dividida,
En un símbolo externo le da vida,
Y encarna al fin su concepción oscura. [195]
 
   Y le tributa adoración e incienso,
Rinde a sus pies las obras de su mano,
Y enlaza en pensamiento soberano
La belleza mortal al tipo inmenso.
 
   Una mujer... De allí la mente alzada
Nuevas bellezas rápida eslabona,
Y entreteje magnífica corona
Para adornar las sienes de su amada.
 
   Roba a la Aurora perlas y fulgores,
Detiene al sol en su abrasado vuelo,
Concentra el ritmo de la tierra y cielo,
Olas, estrellas, vientos bramadores...
 
   Y al ver en cifra la beldad primera,
Levanta el hombre su inspirado acento,
Y responde (285)al armónico concento
Que rige y mueve la celeste esfera.
 
   Del vivir en el sueño arrebatado
Buscaba yo también, señora mía,
Cual luz de la existencia la armonía,
El ritmo universal de lo creado.
 
   Y no calmaron mi incesante anhelo
Del arte griego las ficciones suaves,
Ni docta ciencia con discursos graves
Logró arrancar el tenebroso velo.
 
   Yo vi discordia que doquier estalla,
En el mar, en los cielos, en la tierra;
Vi el apetito y la razón en guerra,
Todos los elementos en batalla.
 
   Mas vi principios de belleza en todo
Y quise penetrar su oculta esencia;
Reconocí su influjo y su presencia
Hasta en el seno del informe lodo. [196]
 
   Y un símbolo busqué para en sus alas
Alzarme al trono de la suma idea,
Y contemplar, aunque en reflejo sea,
De la hermosura las perennes galas.
 
   Tú fuiste, amada, el símbolo elegido
Para encamar mi pensamiento vago,
Pues de tus ojos el celeste halago
Rompió la niebla en que yací dormido.
 
   Yo en ellos vi, como en espejo puro
Nunca empañado por terreno aliento,
La imagen de mi propio pensamiento,
Ya más alto y tenaz, menos oscuro.
 
   Vi la belleza en tu gallarda forma
Traducirse por fin, libre de velos,
Y el saber de la tierra y de los cielos
Dar a tu rostro perfección y norma.
 
   Y como el griego artífice eminente, (286)
Al contemplar el mármol que labrara,
Ardió en amor de la hermosura rara,
Cifra de la grandeza de su mente,
 
   Yo, mi dulce Epicaris, extasiado
Ante la gracia que en tu faz reía,
En ti adoré la plácida armonía,
El ritmo universal de lo creado.

Santander, 1874. [197]

 
 
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Sáficas

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- I -

Una fiesta en Chipre

(Imitación de la poesía griega y latina)

EL SACERDOTE

Cantad, mancebos, a Afrodita Cipria,
Cantad, doncellas, al Amor su hijo;
Humo de incienso a la región etérea
             Ya se levanta.
 
¡Lejos, profanos! nuestro canto empiece,
Se alce sublime a celebrar la gloria
De aquella diosa que en Gnido (287)impera,
             Reina de Pafos.
 
Al blando ritmo de la griega musa
Herid las siete resonantes cuerdas
De la áurea lira, que pulsara en Lesbos
            Mísera Safo.
 

CORO DE MANCEBOS

¡Madre Afrodita! ¡tu sagrado numen
En dulce fuego al universo inflama!
Tú las semillas de potente vida
             Lanzas al orbe. [198]
 
Caen de la tierra en el fecundo seno,
Y se produce en la extensión inmensa
Generación de voladoras aves
            Hijas del viento.
 
Todo se anima, y tu presencia sienten
El rudo tronco y el peñasco altivo,
Y hasta la cima del Pelión cubierta
             Siempre de nieve.
 
Inspira leve susurrando el aura
Sueño de amor en la estación florida,
Y vierte Cintio en la campiña amena
             Plácida lumbre.
 
Y Eros veloz, que revolante sigue
El áureo carro de su madre hermosa,
Con sus arpones sin cesar enciende
             Fuego de amores.
 
Siéntele el rey de las umbrosas selvas
Y a la leona con rugido llama,
Y tras la vaca el anhelante toro
             Corre mugiendo.
 
Llenan los bosques con alegres trinos
Aves prendidas en el blando lazo,
Y las caricias de su amor oculta
             Trémula rama.
 
Y hasta los monstruos que la mar encierra
Ríndense, Cipria, al seductor hechizo,
Y el Ceto inmenso y el de fina escama
             Rombo preciado.
 
Todo obedece a las eternas leyes,
Y Amor propaga las especies todas.
Salud, ¡oh Reina! nuestros votos oye
             Plácidamente. [199]
 
Arda el incienso en tu marmóreo templo,
Suene la voz del sacerdote augusto,
Y a Chipre mira con amantes ojos,
             Madre Erycina.
 

EL SACERDOTE

Vírgenes Ciprias, comenzad el canto;
Soltad los lazos de las negras trenzas,
Y al engendrado del Saturnio Jove,
             Eros divino,
 
Al de las flechas y dorada aljaba,
Al de los dioses y los hombres dueño,
A quien dio a luz en los Idalios bosques
             Bella Citeres,
 
Celebraréis en melodiosos himnos
Que lleve el viento en sus ligeras alas
Al blando lecho donde unido a Psiquis
             Eros reposa.
 

CORO DE DONCELLAS

Eros, enciende en los humanos pechos
Fuego de vida, poderosa llama;
Tú a las eternas del amor presides
             Dulces ternezas.
 
Por ti en el carro de la blanca Aurora,
Por ti en los rayos de Hiperión ardiente,
Por ti en las sombras de la noche oscura
            Vuela un gemido.
 
Lánzale el pecho de la ninfa griega
Por quien suspira el amador errante;
Une sus almas en eterno beso
             Céfiro leve. [200]
 
Suena en las selvas amoroso canto,
Sienten las Dríadas tu divino aliento,
Y las Náyades en su opaca gruta
             Bajo las ondas.
 
El aura gime por las tiernas flores,
Besan las olas la escarpada orilla,
Todo se inflama y al placer convidan
             Tierras y mares.
 
Deja en el Latmos su argentino carro,
Para besar al cazador arcade,
La de los labios de purpúrea rosa
             Febe divina.
 
Rinde Poseidon su tridente agudo,
Sigue veloz a la marina Tetis,
Y da a los reinos del cerúleo ponto
             Nueva progenie.
 
Rinde sus flechas el Latonio Febo,
Rinde Atenea su potente egida,
Rinde el Tonante su temible a reyes
             Rayo trisulco.
 
Hiende las nubes el ligero carro
De aquella diosa que en Gnido impera,
Y revolante la carroza sigues,
             Hijo de Cipria.
 
Hiera tu arpón desamorados pechos,
Arda de amor el corazón amante,
Y suave luz de tu divina antorcha
             Brille en el mundo.
 

CORO DE MANCEBOS

Tierna doncella es semejante a rosa,
Que nace y crece en el jardín cercado,
Y se marchita sin que el tallo corte
             Mano süave; [201]
 
Mas si se une en deleitoso nudo
A aquel mancebo que su amor desea,
Es como vid que se entrelaza al olmo
             Fuerte y robusto.
 
Rendid, doncellas, vuestro pecho tierno;
Amad, vosotras, si el amor queréis;
Destierre Cipria los temores vanos,
Y Eros inflame sin igual placer.
 
CORO DE DONCELLAS
Rendid, mancebos, vuestro pecho altivo;
Amad, vosotros, si el amor queréis;
Destierre Cipria los temores vanos,
Y Eros inflame sin igual placer.
 

EL SACERDOTE

Concede, madre, a su ferviente anhelo
Digna progenie, sucesión gentil;
Grecia los mire en la robusta liza
Fuertes y altivos entre griegos mil;
Lloren sus padres con inmenso gozo
Al ver sus hijos en la olimpia lid;
Sean las hijas cual su madre hermosas,
Sientan de amor el corazón latir.
Y Amor enlace a las doncellas ciprias
Con los mancebos, por edad sin fin,
Como alzando sus pámpanos hermosos
únese al olmo la corintia vid.
 

CORO DE MANCEBOS

Arda el incienso en tu marmóreo templo,
Suene la voz del sacerdote augusto [202]
Y a Chipre mira con amantes ojos,
             Madre Erycina.
 

CORO DE DONCELLAS

Hiera tu arpón desamorados pechos,
Arda de amor el corazón amante,
Y suave luz de tu divina antorcha
             Brille en el mundo.

Santander, abril, de 1875.

 

Arriba

    Estudios poéticos
     de D. Marcelino Menéndez y Pelayo ; con una carta-prólogo del Señor Marqués de Valmar ...
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