publicidad

 

Página principal
    Estudios poéticos
     de D. Marcelino Menéndez y Pelayo ; con una carta-prólogo del Señor Marqués de Valmar ...
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente

[154]

            
ArribaAbajo

La joven cautiva

Oda de Andrés Chénier escrita en la prisión de San Lázaro

L'epi naissant mrit, de la faux respecté...

 
                                            «Sazónase la espiga,
Respétala la hoz;
No teme al viñadero
El pámpano lozano,
Y bebe del rocío
Dulce y sabroso frío
Que suave templa el estival calor.
 
   »Yo, hermosa cual la espiga,
joven como la vid,
Aunque es mi vida triste,
De penas agitada,
Y siempre abrumadoras
Pasan mis largas horas,
Aun no quiero morir.
 
»Que con enjutos ojos
Y con serena faz
Caiga el estoico altivo
En brazos de la muerte;
Yo espero, y mi quebranto
Consuelo con el llanto,
Y la cabeza doblo
Si ruge el huracán. [155]
 
»Levántola si pasa
Su soplo destructor;
Que si hay amargos días
También hay dulces horas;
¿Qué miel tras su dulzura
No deja la amargura?
¿Qué mar nunca ha sentido
Del Bóreas el furor?
 
»Mora en mi blando seno
Fecunda la ilusión;
En vano de una cárcel
Los muros me detienen;
Dame alas la esperanza,
Cual ruiseñor se lanza
Ya libre de las redes
Del fiero cazador.
 
   »¿Por qué inocente debo
Tan joven, ¡ay!, morir?
Tranquila yo me duermo,
Despiértome tranquila;
Ni en sueño ni en vigilia
Con agudo tormento
Viene el remordimiento
Mi corazón a herir.
 
»Vanse los ojos todos
De verme el parabién,
Cuando abandono el lecho
Al despuntar el día,
Y en esta mansión lúgubre
Mi aspecto sonriente
Serena toda frente
Que abate el padecer.
 
   »De este camino hermoso
Lejos estoy del fin;
Apenas he pasado.
Los árboles primeros; [156]
Apenas he tocado
La copa centelleante,
Sentada un solo instante
De la vida al festín.
 
   »Estoy en primavera,
Quiero las mieses ver,
Quiero como los años
Seguir mis estaciones,
Quiero acabar el día,
Vi sólo el alba hermosa,
Soy cual la blanca rosa
Adorno del vergel.
 
   »Espera, negra muerte,
Aléjate de mí;
Hiere al triste que gime
De espanto y de vergüenza;
A mí el Amor me ofrece
jardines deleitosos
Y cantos armoniosos;
Aun no quiero morir.»
 
   Así burlando el tedio
De mis pesados días,
Mi lira resonaba
La voz de una cautiva,
Y las amables quejas
De su boca sencilla
Al yugo de los versos
Mi labio sometía.
 
   Testigos armoniosos
De mi prisión prolija,
Al estudioso amante
De dulces armonías
Harán tal vez que inquiera
Quién la beldad sería. [157]
 
   En su voz y en su frente
La gracia sonreía,
Y cual ella, temieron
Ver acabar su vida
Aquellos que vivieron
Cerca de la Cautiva.

Santander, 10 de diciembre de 1875. [158]

 
 
ArribaAbajo

Imitación del Himno a Grecia de Lord Byron

(Canto III del D. Juan)

The isles of Greece, the isles of Greece...

 
Cícladas islas de la hermosa Grecia
Que el mar Egeo con sus ondas baña,
Donde surgiera la materna Delos,
               Cuna de Apolo.
 
La ardiente Safo, del amor maestra,
En vuestras playas su laúd tañía; (233)
Aquí de Alceo resonó el divino
               Plácido canto.
 
De vuestros campos en la verde alfombra
Manto de flores primavera tiende;
Aún lanza Febo sobre vuestras cumbres
               Vívido rayo.
 
Todo se eclipsa menos vuestra gloria;
El bronce muere, y se deshace el mármol,
Mas queda el nombre del varón guerrero,
               Prole de Marte.
 
Queda de Lesbos la armoniosa lira,
La voz sublime del Esmírneo ciego,
Y del de Teyo (234) donairoso anciano
               Cítara blanda. [159]
 
Allende el ponto, cuyas iras doman,
Del vago viento en las veloces alas,
De donde nace a donde muere el día
               Vuelan sus cantos.
 
Desde la cima del erguido monte
De Maratón descubriréis el llano,
Y allá... más lejos... el hinchado golfo
               De Salamina.
 
En otro tiempo, sobre aquesta roca,
Un rey de reyes contempló altanero
El hondo mar que ante sus pies hervía
               Lleno de naves.
 
Las ondas cubre innumerable armada,
Llena los campos multitud guerrera,
Hombres sin cuento, de su voz pendientes,
               Callan atónitos.
 
Contolos Jerjes al brillar (235) la Aurora,
Contolos luego al expirar la tarde;
Millones eran al rayar el día,
               Ni uno a la noche.
 
¿Dónde los fuertes, los guerreros dónde,
Que amenazaban dominar la tierra?
El eco sólo responderle pudo
               Ronco gimiendo.
 
¿Dónde hoy, oh patria, tus preclaros hijos
Armipotentes en la lid sañuda?
¿Por qué no suena en las tendidas playas
               Grito de guerra?
 
Yace en el polvo la olvidada lira,
Y ya no late el corazón robusto;
¿Cuándo de gloria y libertad el himno
               Libre resuena? [160]
 
¡Ay! ¿Qué me resta en mi dolor inmenso?
Llanto y vergüenza por la patria esclava,
Bañad en lloro las que a Grecia oprimen
               Duras cadenas.
 
¡Ah, ni vergüenza en vuestra faz, ni lloro!
Descubre, ¡oh tierra! tu profundo seno,
Y tres siquier de los trescientos brota...
               Tres Espartanos...
 
Como el fragor de los torrentes zumba
El de las sombras vigoroso grito:
«Alzad vosotros la dormida frente...
               Uno tan sólo...»
 
Todos calláis. -Nuevos cantares suenen,
Llenad las copas de espumante néctar, (236)
Bélicos himnos el feroz entone
               Tártaro errante.
 
¿En vuestra afrenta dormiréis tenaces?
¿Por qué no suena el belicoso canto?
¿Por qué no emprende la falange altiva
               Pírrica danza?
Para fijar el pensamiento alado,
Cadmo inventó los perennales signos;
De los Argivos conserváis las letras,
               No sus laureles. (237)
 
Llenad las copas de espumante néctar,
Bebed de Samos el ardiente vino,
Que Anacreonte celebrara un día
               Plácidamente.
 
Cantó Anacreón el amor y el vino,
Cual del tirano Policrates siervo; [161]
Mas era heleno Policrates; cuna
               Diérale Samos.
 
¡Del Quersoneso vengador tirano,
Rompe los hierros que nos ligan hora;
Cargue tu brazo la pesada lanza,
               Fuerte Milciades!
 
Llenad las copas de espumante vino;
Allá en las rocas de la antigua Suli
Quedan los restos de potente raza
               Siempre guerrera.
 
Quizá hallaremos entre aquellos bravos
Quien nos conduzca a la tremenda liza,
Y tinto en sangre el fulminante hierro
               Lleve al combate.
 
No de los francos esperéis la ayuda,
Que reyes tienen de venales almas;
Libres os hagan, para siempre libres,
               Vuestros aceros.
 
Llenad las copas de espumante vino,
Vírgenes dancen en la selva umbría;
Yo admiro el brillo de sus negros ojos,
               Nidos de amores.
 
Mas ¡ay! ¿será que tan hermosos pechos
Deban un día amamantar cautivos?
¿Será que ciña tan hermosos brazos
               Férrea cadena?
 
Conducidme a los mármoles de Sunio,
Donde acompañen mi gemir las ondas;
Yo entonaré, cual moribundo cisne,
               Canto süave.
 
Nunca esta tierra habitarán esclavos,
Arme las diestras el fulmíneo acero,
Caiga en pedazos, de espumante vino
               Rota la copa. [162]
 
 
ArribaAbajo

A Venus

Oda portuguesa de Francisco Manuel (Filinto)

 
Si ofrecí a tu deidad, piadosa Venus,
El corazón cautivo en lazos de oro;
Si lágrimas de amor, madre y señora,
          Derramé en tus altares;
 
Si fiel esclavo, en tu sonoro templo,
Entoné sin cesar himnos alados,
Entre fragantes vaporosas nubes
          De quemados aromas;
 
Si en otro tiempo descendiste afable
Con alma risa, halagadora y blanda,
A consolar en un divino beso
          Tus fieles amadores;
 
Acuérdate del hijo de Ciniras,
Por quien las selvas sin cesar corriste.
¡Oh cuántas veces, al vibrar su arco,
          Se estremeció tu pecho!
 
Del Simois hablen los piadosos olmos,
Que encorvados sus ramas enlazaban
Para ocultar los férvidos abrazos
          Del bienhadado Anquises.
 
Vio sin cendal el Fribio tu belleza;
A Anacreonte la vocal paloma,
En galardón de un himno, le cediste,
          Cual voluntaria sierva. [163]
 
Y yo que desde antiguo busco amante
En tu marmórea, inmóvil escultura,
Tu dulce hablar y movimiento airoso,
          La lumbre de tu vista;
 
Yo que a tu hijo y a su arpón agudo
Di sin recelo desarmado el pecho;
Yo que a tus ninfas de mi eolia lira
          Cedí todas las cuerdas,
 
¿Por qué no logro descubrir tus formas,
Cual en Pafos te muestras, cuando en torno
Del cinto poderoso te sonríen
          Las mal ceñidas Gracias?
 
Mas, ¿no soy digno...? Acreceré mis dones,
Suspenderé en tu templo ricos votos,
Y escribiré en sus postes inmortales:
          «Esclavitud eterna.»
 
Doblando las rodillas, importuno
Tu mente ablandaré. Que así fue digno
Ese escultor rebelde a tus caricias,
          Cuando te oró postrado,
 
Que olvidada del loco menosprecio
Aliento dieses a su mármol frío...
Y se animó la piedra... azules venas
          Entre la piel resaltan;
 
La boca se enrojece, arden los ojos,
Se encorva y mueve el bien torneado brazo;
De la lengua la voz atropellada
          Anuncia al fin la vida.
 
¡Yo devaneo! El dardo enrojecido,
Que Eros divino en mis entrañas clava,
En lágrimas de míseros amantes
          Templado le tenía... [164]
 
¡Venus, Venus! ¡Oh Diosa de ternura,
De blanda compasión perenne fuente,
Señora de benévolas florestas,
          De enamoradas sombras!
 
Desciende a mí de las olimpias sedes,
Hazme feliz con tu divino acento,
Con tu presencia endiosa, dulce madre,
          A este tu ardiente siervo.
 
No temas la sonrisa maliciosa
De las otras deidades. Si la temes,
Transfórmate en Anarda; por Ciprina
          Suele tenerla el orbe.
 
Ella tiene las áureas muelles trenzas
Que Adonis tantas veces por los bosques
Te coronó con húmedas verbenas
          Y bien olientes flores...
 
Dame que pueda, en tu disfraz iluso,
De sus labios beber la amante risa,
Y a las púdicas rosas de su cara
          Llegar mi ardiente boca...
 
Pero, ¿qué extraño son se oye en el templo?...
¡Qué encanto en mis sentidos...! ¡Ya las aras
Mayor perfume espiran! ¡Alto asombro!
          Más clara arde la llama.