  El audaz
Historia de un radical de antaño
Benito Pérez Galdós
  Capítulo I
Curioso diálogo entre un fraile y un ateo en el
año de 1804
I
El padre Jerónimo de Matamala, uno
de los frailes más discretos del convento de franciscanos de
Ocaña, hombre de genio festivo y arregladas costumbres, dejó la
esculpida y lustrosa silla del coro en el momento en que se acababa el rezo de
la tarde, y muy de prisa se dirigió a la portería, donde le
aguardaba una persona, que había mostrado grandes deseos de verlo y
hablarle.
Poco antes un lego, que desempeñaba
en aquella casa oficios nada espirituales, había trabado una viva
contienda con el visitante. Empeñábase éste en ver al
padre Matamala, contrariando las prescripciones litúrgicas que a aquella
hora exigían su presencia en el coro; se esforzaba el lego en probar que
tal pretensión era contraria a la letra y espíritu de los
sagrados cánones, y oponía la inquebrantable fórmula del
terrible
non possumos a las súplicas del
forastero, el cual, fatigado y con muestras de gran desaliento, se apoyaba en
el marco de la puerta. Hablaba con descompuestos ademanes y alterada voz;
contestábale el otro con rudeza, orgulloso de ejercer autoridad aunque
no pasara de la entrada; y el diálogo iba ya a tomar proporciones de
altercado, tal vez la cuestión estaba próxima a descender de las
altas regiones de la discusión para expresarse en hechos, cuando
apareció fray Jerónimo de Matamala, y abriendo los brazos en
presencia del desconocido, exclamó con muestras de alborozo:
-¡Martín, querido
Martín, tú por aquí! ¿Cuándo has llegado?...
¿De dónde vienes?
Contestole con frases afectuosas el
viajero, y ambos entraron.
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Al avanzar por el claustro pudo el lego
notar que hablaban con mucho calor; que el visitante no había dejado de
ser displicente; que continuaba con el mismo aspecto de hastío y
desdén, y que el padre Matamala se mostraba en extremo cariñoso y
solícito con él.
El forastero (conviene darle a conocer
antes que refiramos, textualmente, como es nuestro propósito, el
acalorado diálogo que ambos personajes sostuvieron en la huerta del
convento) era un joven llamado Martín Martínez Muriel; y no
será aventurado asegurar que intervendrá con frecuencia en la
mayor parte de los hechos de esta puntual historia. Había nacido en un
pueblo de la áspera y fragosa sierra que se extiende en el centro de la
Península, y de la cual, con las corrientes de los ríos y las
ramificaciones de las montañas, parece emanar y difundirse por todo el
suelo el genio de las dos Castillas. A la edad en que lo conocemos (no podemos
afirmar que hubiera llegado a los treinta años; pero, a juzgar por su
fisonomía, no necesitaba largas jornadas para llegar a ellos),
había tenido una vida tan borrascosa, eran tantas y tan prodigiosas sus
aventuras, que refiriéndolas llenaríamos este volumen. Algunas,
sin embargo, hemos de sacar del olvido en que yacen a causa de los desdenes de
la Historia.
Hijo de un hombre cuya vida fue serie no
interrumpida de desventuras, aquel joven las compartió todas por una
excesiva severidad del destino de su familia. Fueron sus primeros años
agitados y tristes, porque de la casa habían huido las alegrías
mucho tiempo antes; y siendo niño tuvo que hacer esfuerzos de hombre y
de héroe para sobrellevar la vida. Semejante escuela no podía
menos de robustecer su voluntad para lo sucesivo, dándole una iniciativa
de que carecen los que no conocen las enseñanzas de la contrariedad.
Adquirió un valor moral que rara vez nace y crece en el teatro de la
dicha, y al mismo tiempo todos sus actos, lo mismo que su lenguaje y modales,
adquirieron un sello de seriedad algo torva, favoreciendo en él el
ejercicio de una cualidad innata de su espíritu, que en los desahogos
íntimos de su ambición sintetizaba esta palabra: mandar.
Muriel había nacido para mandar,
para dirigir, para legislar, y como el Destino no puso en su mano las riendas
de un Estado, ni la disciplina de un ejército, ni la soberanía de
un pueblo, ofreció su vida toda una contradicción misteriosa,
aunque no muy rara vez en esta edad. Los enigmas indescifrables que a veces
presentan a nuestra observación ciertos caracteres que hallamos en la
jornada de la existencia, proceden de una contradicción horrorosa
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entre la aptitud y la vida. No se explican de otro modo algunas
catástrofes individuales anatematizadas por el Derecho y la
Religión, y ante las cuales, absortos y conmovidos, no nos atrevemos a
dar nuestro fallo. Luchando con el tiempo y las circunstancias, los caracteres
se ven en singularísimos trances que los trastornan profundamente.
Volvamos a su vida. Su padre, hijo de
labradores, no había podido nunca substraerse a los golpes de una suerte
adversa. Había heredado una escasa fortuna territorial; pero ni
sacó de ella gran provecho ni pudo enajenarla, por estar afecta a un
señorío. Era hombre emprendedor, se sentía con facultades
no comunes para el comercio, y al fin, dominado por la idea de su
engrandecimiento pecuniario, idea en que la avaricia tenía parte muy
pequeña, abandonó el suelo nativo, traspasando sus inmuebles a
otro colono, y se marchó a Andalucía. Allí casó con
la hija de un comerciante en situación nada próspera;
entró en el comercio con fe; pero sus primeros pasos en una carrera en
que el éxito parece depender de misteriosa y voluble deidad, fueron
fatales. Regresó a Castilla, administró las fincas de un
caballero segoviano que le pagó cruelmente, y esto, lejos de sacarlo de
apuros, aumentó el catálogo de sus desgracias; porque su probidad
se puso en duda, y hubo proceso, del cual salió con honor, aunque
dejando sus ahorros en las garras de los leguleyos.
Deseoso nuevamente de probar fortuna en el
comercio, volvió a Andalucía, dejando a su familia en Castilla:
se embarcó para América y volvió a los tres años
con muy escasas ganancias. Seis años de una prosperidad trabajosa, en
que los reveses fueron pocos y ligeros, dieron algún desahogo a la
familia Muriel, que vivía ya sin ilusiones. Pero de pronto un suceso
doloroso vino a perturbarla de nuevo: la esposa, carácter
firmísimo y tierno que había logrado aplacar el funesto ardor
aventurero de Muriel, murió joven aún, dejando dos hijos de muy
diferente edad: el uno nacido en los primeros años de matrimonio, y el
otro en el último, poco antes de que la noble alma de la que le dio el
ser saliera de este mundo. Desde entonces las desdichas no conocieron
obstáculo ni dique: desbordáronse sobre la familia, produciendo,
como primer triste resultado, la separación voluntaria del padre y el
hijo más viejo. Pusiéronle pleito los parientes de la difunta, y
aunque no vieron resuelta la cuestión, ni creemos que se haya resuelto
todavía, perdieron cuanto tenían, siendo preciso que cada cual se
buscase la vida como Dios mejor le diera a entender.
Fue D. Pablo a Granada, donde a fuerza de
recomendaciones
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logró administrar las grandes fincas del
conde de Cerezuelo, y encargarse al mismo tiempo de activar un pleito que este
noble señor tenía en la Cancillería de aquella ciudad.
Pero los pleitos marchaban entonces con más embarazo que ahora y se
embrollaban con más facilidad. No fue lo peor la dilación ni el
embrollo, sino que unos amigos oficiosos de Cerezuelo, administradores a
quienes Muriel había substituido, se dieron tal arte, que hicieron
aparecer a éste como falsificador de un documento, acusándole
además de haber desfigurado otro en extremo favorable a los derechos de
su protector. Muriel fue exonerado de sus poderes administrativos y encerrado
en la cárcel; este nuevo proceso tenía todo el horror de lo
criminal sin carecer de las complicaciones dilatorias de la justicia civil. Era
una muerte lenta, una inquisición, que no mataba, pero que deshonraba
con calma, con método, digámoslo así, día por
día; escribiendo una infamia en cada hoja de un protocolo interminable;
añadiendo en cada hora una sospecha, una declaración capciosa, un
testimonio falso al catálogo de vergüenzas arrojadas sobre la
frente del hombre justo; quitándole una a una todas las
simpatías, todos los afectos, desde la amistad más decidida hasta
la compasión más desdeñosa, dejándole al fin en
espantosa soledad física y moral, sin más mundo que la
cárcel para el cuerpo y su conciencia para el espíritu. La suerte
de aquel hombre íntegro, que no tenía más defecto que
carecer de sentido práctico y ser inclinado a dejarse arrastrar por la
imaginación, había empleado en su daño todos los
sinsabores de la vida. No lo faltaba más que la deshonra, y ésta
fue el triste epílogo de sus desventuras.
II
En esta vida de contratiempos y luchas
creció el desdichado Martín, que fue triste en su niñez y
grave antes de ser hombre. Su padre, que había descubierto en él
facultades intelectuales dignas de ser cultivadas, le destinó a las
letras y al foro, no inclinándole a la carrera eclesiástica
porque desde la infancia había mostrado gran repulsión a los
hábitos. Más le gustaba la milicia; pero no era posible, por la
falta de recursos y su origen plebeyo, hacerle entrar en el camino de las
glorias militares. Dejole su padre en Sevilla, y allí algunas travesuras
cometidas le atrasaron en sus estudios. Pero lo que más
contribuyó a extraviarle, decidiendo al mismo tiempo su carácter
definitivo o influyendo
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hondamente en el resto de su vida, fueron
las amistades que contrajo en aquella ciudad.
En los primeros años del siglo
presente, lo mismo que en los últimos del anterior, se habían
extendido, aunque circunscritas a muy estrecha esfera, las ideas volterianas.
La revolución filosófica, tarda y perezosa en apoderarse de la
masa general del pueblo, hizo estragos en los tres principales centros de
educación, Madrid, Sevilla y Salamanca, y es seguro que las escuelas
literarias de estos dos últimos puntos, escuelas de pura
imitación, no fueron ajenas a este movimiento. Pero donde más y
mejor prendió el fuego del volterianismo fue en Andalucía, cuya
raza, impresionable y fogosa, es inclinada a la rebeldía, así
política como intelectual, y se deja conmover fácilmente por las
ideas innovadoras. La tradición y la historia guardan el recuerdo de
caracteres viriles, alucinados por diabólico espíritu de
protesta, tales como Gallardo, Marchena y Blanco White, hijos los tres de
Andalucía y primeros héroes y víctimas de nuestras
discordias religioso-políticas.
Por mucho rencor que la posteridad guarde
al Gobierno de Godoy, no puede menos de conceder que fue tolerante en materias
de libertad intelectual, y que siempre le hallaron poco dispuesto a secundar
las bárbaras aspiraciones de la teocracia. Entonces era fácil
procurarse los libros más contrarios a nuestro antiguo genio castizo; y
los que entendían alguna lengua extranjera, podían satisfacer
fácilmente su curiosidad sin temor de que el Santo Oficio les molestara
ni de que el brazo secular les persiguiera. Cundió el volterianismo y la
democracia platónica de Rousseau. Como la exageración
acompaña siempre fatalmente a todo movimiento revolucionario, no
faltaron en esta corriente invasora las doctrinas del más bestial y
ridículo ateísmo, de aquel dios llamado Ibrascha, a quien
tributó culto D. José Marchena en la Conserjería de
París en 1793.
La raza holgazana de los abates
encontró en esto un motivo de entretenimiento; y el cultivo de la
poesía pastoril y amatoria, pagana, fría y no repudiada por
nadie, no dejó de contribuir a la realización de aquel
contrabando de ideas. Toda irrupción literaria lleva en sí el
germen de una irrupción filosófica.
No escaparon del estrago algunos
clérigos de audaz imaginación, mal comprimida por el sacramento,
a los que se unió tal cual regular; pero estos casos no eran frecuentes,
sobre todo en los últimos. Por lo común, aunque algunas ideas
vagas cundieron por toda la sociedad, la idea revolucionaria no salió de
círculos muy reducidos, y acaso a
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esta concentración
debió la enorme violencia con que se manifestaba en determinados
individuos. Tal vez por no haberse difundido, haciendo de este modo imposible
la controversia, pudo el ateísmo hacer tantos estragos en algunas nobles
inteligencias. El espíritu de protesta, que al principio fue puramente
religioso, pasó después a ser social. En esta protesta no
cabía la transacción. Sus negociaciones eran categóricas y
rotundas. En dos puntos concentraba todo su odio: en la nobleza y en el
clero.
La imaginación arrebatada del joven
Muriel fue una tierra fecundísima en que las nuevas ideas germinaron con
asombroso desarrollo. El espíritu revolucionario, explosión de la
conciencia humana, se mostró en él rudo, implacable, radical, sin
la depuración que después han traído el estudio y el mejor
conocimiento del hombre. La abolición de privilegios, la negación
del derecho divino, la soberanía nacional, los derechos del hombre. He
aquí los grandes problemas planteados en aquellos días. El que
conozca la sociedad de entonces disculpará la exageración. Fuerza
es que se la disculpemos a Muriel, que al acoger aquellas ideas
experimentó el único goce de su espíritu. Su nacimiento,
su vida, sus desgracias, ¿no eran otras tantas circunstancias
atenuantes? La felicidad en las naciones, como en los pueblos, nunca es
innovadora.
Profesaba a la nobleza un odio
vivísimo; pero no pasó de ser un resentimiento platónico,
digámoslo así, un rencor puramente ideal, aprendido en los libros
y no en la vida. El tiempo y las circunstancias pudieran haberlo atenuado o
destruido. Pero no: el tiempo y las circunstancias confirmaron y aumentaron
aquel odio. Entretanto abandonó sus estudios escolásticos, sin
que por eso dejara de entregarse noche y día a la lectura de sus
queridos libros. Devoraba cuantos describieran y comentaran la
revolución francesa. Las grandezas asombrosas y los inmensos horrores de
aquella época producían en su ánimo estupefacción
semejante a la que produciría el presenciar las primeras conmociones de
la sociedad humana en los más remotos tiempos, tales como Babel o el
Diluvio, tragedias espantosas. Compartían su espíritu el
entusiasmo y el asombro; en su mente el hecho horrible se sublimaba al contacto
de la noble idea: perdíase en una contemplación sin fin, durante
la cual se le representaban en la fantasía los caracteres y los hechos
de la pavorosa catástrofe; y cuando concluían sus éxtasis,
era para dar lugar a una inquietud extraordinaria. Iba y venía
reconcentrado y solo; algunos le tenían por demente, y él se
juzgaba viviendo en un desierto. Muriel
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no se parecía en
nada a la sociedad de su tiempo, pues hasta los pocos que como él
pensaban eran de muy diferente manera. En él estaba como en
depósito la idea que más tarde había de expresarse en
hechos. Mientras no llegara este momento, aquel joven era una excentricidad y
una rareza. Si el tiempo no hubiera venido a darle razón, habría
pasado siempre por un loco, y, en tal caso, escribir su vida sería
locura mayor que la suya. Pero el tiempo ha justificado su carácter, y
la personificación de aquellas ideas que tan pocos profesaban entonces,
es una tarea que el arte no debe desdeñar.
III
En tal situación de espíritu
se hallaba Muriel cuando supo que su padre estaba preso en Granada, en
compañía de su hermanito, chicuelo de nueve años. Ambos
sin fortuna, sin hogar, solos, abandonados, perseguidos, aquel anciano y aquel
niño inocente no tenían más asilo que la cárcel,
abierta para ellos por la maldad y la envidia. No es de este lugar referir los
padecimientos de los seres infelices, de tan diversa edad, y condenados a
repartirse el breve espacio de un calabozo; el uno con los ojos constantemente
fijos en el suelo, el otro con la vista clavada en la reja, al través de
cuyos hierros se veía un pedazo de cielo; el primero buscando un hoyo en
que reposar, el segundo constantemente atraído por el espacio, por la
vida.
Muriel vivía pobremente en Sevilla;
se alimentaba de milagro, no bastando sus tareas de escribiente en casa de
cierto curial para sacarle de miseria, mucho más porque era tan
pródigo como pobre, y antes abría la mano para dar que para
recibir sus mezquinas ganancias. Con el comer corría parejas el vestir,
y su vida era una serie de apreturas, cuyo fin no distinguía en el
porvenir. Cuando supo lo que ocurría en Granada, cuando supo que su
padre y hermano se morían en una prisión a causa de un proceso en
que la envidia y codicia de sus enemigos habían desempeñado el
principal papel, la primera determinación que tomó en su violento
arrebato de cólera fue dirigirse inmediatamente a Madrid, con
intención de mover cuantos resortes estuvieran a su alcance para sacar a
su padre de la cárcel. Él tenía amistad muy íntima
con un clérigo sevillano, poeta incurable de aquella escuela, bastante
contaminado por las nuevas ideas, persona de amenas costumbres, y que inspiraba
respeto a cuantos lo trataban. Como
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era voz pública que se
carteaba con varios personajes de la Corte, pidiole Muriel su
protección, la cual no le negó el canónigo. Además
recogió cuantas cartas pudo de otros individuos, y se fue a Madrid,
esperando que le ayudara también en sus propósitos un religioso
de Ocaña, pariente de su madre, y al que había conocido en el
poco tiempo que residió en la Corte, mientras su padre estaba en
América. De este fraile se contaba que tenía gran amistad con
graves y encopetados señores.
Fue Muriel a la capital, y allí sus
tormentos no son para referidos. En ninguna parte le hacían caso. Iba y
venía de palacio en palacio, de casa en casa, sufriendo desaires las
pocas veces que se le recibía. La pobreza que su persona revelaba, la
estrechez en que vivía, obligándole a acompañarse de
personas bien poco cultas, contribuyeron al descalabro de su pretensión,
que era considerada como una locura sin ejemplo. Había sido recomendado
a un petimetre famoso, que era el dios de las ruidosas tertulias de Pepita
Tudó; y este joven, ser ridículo y despreciable, hizo objeto de
burlas al pobre, pretendiente, obligándole a pasar mil sonrojos.
Traía además carta para el prior de la Merced, el cual no
dejó de mostrarse algo propicio; pero como un día Muriel, en el
curso de una familiar conversación, dejase escapar algunas apreciaciones
poco ortodoxas y de un marcado olor revolucionario, amoscose el padre, retirole
su protección, y, más que en servirle, empleó su
valimiento en contrariarle. El conde de Cerezuelo no lo quiso recibir, porque
cedía a las influencias de sus satélites, empeñados en la
completa perdición y deshonra del antiguo administrador. También
había llevado epístola para un grave, estirado y almidonado
alcalde de Casa y Corte; más éste se mostraba muy afable y no
hacía nada. ¿Cómo prestar oídos a la exigencia de
un joven pobre, obscuro, advenedizo y misántropo en un asunto en que
estaba interesada una poderosa familia? Comprendió al cabo Muriel que la
lucha era imposible. Recorrió todas las oficinas y covachuelas,
tocó todos los registros de nuestra complicadísima
administración. Nada era posible lograr. El Estado en masa estaba en
contra suya. Coger una montaña y echársela a cuestas hubiera sido
más fácil que salir adelante en aquella empresa. Su
desesperación no conoció límites cuando llegó a
entender que empleando la venalidad conseguiría su deseo. Viendo de
cerca la maquinaria mohosa y podrida de nuestra administración judicial
y civil, conoció que desde el Príncipe de la Paz hasta el
último rábula resolvían todas las cuestiones a gusto del
interesado y mediante
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una cantidad proporcional. La
corrupción era general y crónica. Comprábanse los destinos
y la justicia era objeto de granjería. Él, a ser rico, hubiera
comprado a España entera. En aquellos días su rencor era tan
profundo, que sin escrúpulo de conciencia se hubiera vendido a
Napoleón, a los ingleses, al demonio. Hubiera visto con júbilo
desplomarse todo aquel alcázar de corrupción, sepultando entre
sus ruinas a Carlos IV, a María Luisa, a Godoy, a Escoiquiz, a Fernando,
a los frailes, a la nobleza, al clero, a la magistratura. Ya en una esfera
puramente ideal había pronunciado sentencias contra todo esto. Pero al
ver de cerca las cosas, conociendo la ignorancia y frivolidad de la alta clase,
la degradación de los regulares, en quienes no resplandecía ya ni
un destello del antiguo misticismo, la infame corruptela que gangrenaba el
cuerpo político, su saña se enconó, y de aquel
espíritu lleno de tribulaciones se apoderó al fin por completo lo
que era a la vez un sentimiento y una idea: la revolución.
Tal era la situación de Muriel,
cuando un acontecimiento inesperado vino a poner fin a su lucha,
llenándole a la vez de tristeza. Su padre murió en la
cárcel de Granada. Sintió con esto el joven, al par de la pena,
una especie de alivio. Parecía que su agitada inteligencia necesitaba
descanso, y aquella muerte que arrancaba de la tierra el alma del varón
justo para llevarla a su verdadero sitio, le parecía más bien un
beneficio que un agravio. Dios había tomado a su cargo el asunto y lo
había resuelto. Muriel, que no estaba seguro de creer en Dios,
pensó mucho en esto.
Marchó entonces a Andalucía
con intento de recoger a su hermano, y aquí nos hallamos con un
incidente imprevisto, que no es fácil podamos explicar ahora. Su hermano
no estaba allí. Investigando sobre los sucesos de esta historia, hemos
averiguado que, conociendo el anciano que su fin estaba próximo, quiso
escribir a su hijo, de quien en la prisión había recibido varias
cartas. Dijéronle que su hijo había muerto, y no sabemos si se
pensó engañarle o si efectivamente las personas que tal dijeron
creían que Martín había desaparecido del mundo. Si fue lo
primero, ignoramos los móviles; mas tal vez en el curso de esta
narración se esclarezca un asunto que originó en el moribundo la
determinación que vamos a referir. Lo que está fuera de duda es
que éste, viendo que aquel niño iba a quedar sin amparo en el
mundo, ideó, llevado de su buen corazón, un plan que juzgaba el
más razonable en aquellos momentos. Creyó que no debía
pedir protección sino al que aparecía
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como autor de
su desventura, al propio conde de Cerezuelo. Fija esta idea en su mente, y
considerando que, después de haberle causado tanto daño, el conde
no podía guardar rencor a aquella criatura, resolvió
enviárselo. Contaba con herir la cuerda de la conmiseración en su
antiguo protector, que no podía llevar su saña más
allá de la tumba. Además, el conde no era inhumano; las personas
a cuyas sugestiones había cedido, no se opondrían a que amparara
al hijo de la víctima, niño infeliz, que era el mejor testimonio
de las crueldades cometidas con su padre. Muriel contaba hasta con los
remordimientos de sus enemigos para esperar aquel resultado, y al mismo tiempo
recordaba que el ilustre prócer tenía una hija, de cuya
sensibilidad el pobre preso había formado muy alto concepto.
Estas consideraciones le afirmaron en su
propósito, y dominado por una idea que tiene explicación en su
inmensa bondad, escribió al conde una carta, de la cual hemos
oído referir algunos párrafos, sin que nunca hayamos podido
haberla a mano. En esta carta patética, en que se reflejaba la
turbación de espíritu del buen hombre, estaba escrita su
única disposición testamentaria. Murió al día
siguiente de escribirla, y una persona, más compasiva con él
entonces que lo fue en vida, se apoderó del muchacho y lo envió a
Alcalá, donde habitualmente residía el conde.
Grande fue la sorpresa de Martín
cuando al llegar a Granada supo lo que había pasado. No podía
explicarse la determinación de su padre, ni conocía los
móviles que pudieron inclinarle a obrar de aquel modo. En su
confusión, quiso volver inmediatamente a Castilla, pero se lo
impidió una grave y repentina enfermedad, contraída a causa de la
hondísima alteración de su ánimo y de la considerable
fatiga de su cuerpo.
Exánime y trastornado, estuvo
cuarenta días en un hospital, y hasta la misma caridad cuidaba con
algún desvío aquel cuerpo calenturiento y moribundo, en el cual
se creía que no podía habitar sino un alma extraviada. En sus
delirios creyó ver cercana la muerte; y ésta, en realidad, no
andaba lejos. La idea de aquel Dios que se había complacido en olvidar
iluminó su inteligencia en momentos de amargura. Aspiraba al descanso
eterno, y la idea de la justicia de ultratumba era la única luz que
iluminaba aquella conciencia turbada por la negación. Su fe, sacudida
por el análisis, se fortaleció en lo relativo a la creencia en un
Dios justo y bueno, porque en su noble espíritu no cabía el
materialismo soez que hace del hombre una máquina más perfecta
que las que hacen los ingenieros. Restableció todo
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lo
divino y todo lo eterno; y el ídolo, caído a impulso de la
filosofía, volvió a ocupar en el cielo vacante su trono inmortal.
El ateo se complacía en deslumbrar sus ojos con la luz que
esparcía por los mundos aquel altísimo ser. No lo negaba: pero su
creencia era vaga y obscura, sin que en ella hubiera nada de la entidad
personal de que había oído hablar a los teólogos. Su fe en
este punto no era otra cosa que el último refinamiento de la duda. En
creer lo que creía, con el único objeto de buscar consuelo en la
justicia de ultratumba, había algo de egoísmo. Más que fe,
aquello era esperanza.
Por lo demás, ni el dolor ni la
proximidad de la muerte atenuaron en él el odio a la sociedad de su
tiempo y a sus instituciones fundamentales. Convaleciente, débil y
dominado por tenaz hipocondría, se ocupaba en imaginar vastos planes de
destrucción. Sentíase crecer: inmensos ejércitos le
obedecían. Temblaba la sociedad convulsa y herida bajo sus pies.
Invocaba no sé qué fuerzas desconocidas y ocultas en el seno de
la sociedad misma, y traía a la memoria la combustión horrible
que, inflamando al pueblo francés, revolvió y depuró sus
elementos. Ante la majestad de la idea de depuración, no le mortificaba
ver los maderos de un patíbulo en que purgase sus faltas la Humanidad
extraviada y corrompida.
Restablecido al fin por completo, no
pensó más que en trasladarse a la Corte. Una fuerza secreta le
impulsaba hacia allá. La miseria que había observado en su viaje
anterior no le desanimaba. Creía, sin saber por qué, en la
existencia de un incógnito problema por resolver; había en
él cierta propensión a dejar de ser ideólogo, a obrar en
cualquier sentido, a hacer algo que sacara al exterior aquella balumba de
ardientes deseos que, comprimidos y encerrados, le producían malestar
horrible. Ésta fue la causa principal de su determinación, si
bien existían otras de índole puramente externas, tales como
recoger a su hermano y exigir a Cerezuelo el pago de cierta cantidad que su
padre nunca pudo hacer efectiva, a pesar de ser enteramente ajena al motivo de
la prisión.
Púsose en marcha, y no quiso dejar
de visitar a su paso por Ocaña al padre Jerónimo de Matamala, el
único que le había servido antes con algún interés,
aunque sin fruto. Llegó al convento, y después del ligero
altercado que hemos referido, entró y habló ligeramente con su
amigo, diciendo uno y otro lo que fielmente vamos a reproducir.
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IV
Hallábanse en la huerta del
convento, sentados en un banco de piedra. Caía la tarde, y los
últimos rayos del sol hacían proyectar oblicuamente la sombra de
los grandes chopos, trazando largas y paralelas fajas en el suelo. Era la
huerta un inmenso rectángulo formado por elevados muros, sin más
comunicaciones con el exterior que una enorme portalada, por la cual, en el
momento a que nos referimos, entraban dos asnos cargados con la colecta y
conducidos por un buen lego que, sin compasión, y profiriendo tal cual
terno, los arreaba. Enorme y frondosísimo olmo extendía su
follaje obscuro muy cerca de la tapia y dando sombra a una noria, cuyo rumor,
producido al perezoso girar de una paciente mula, era un arrullo que convidaba
a la somnolencia. La vista y el oído reposaban dulcemente ante el efecto
a la vez óptico y acústico de los círculos sin fin
descritos por el humilde animal y de la periódica y regular caída
del agua, arrojada a compás por los canjilones. Cavaba con mucho denuedo
un padre en uno de los cuadros, de cuyos apelmazados terruños
surgían las hojas exuberantes, retorcidas, verdeazuladas de las coles
que allí se desarrollaban con frondosidad que tenía algo de
voluptuosa. No se oía más que el ruido de la noria, el golpe de
la azada, el canto de algún labriego que por el camino cercano pasaba, y
los precipitados pasos de alguna res ansiosa de llegar al hogar. El viento era
tan tenue que apenas movía los últimos y más endebles
penachos de los chopos, plantados en uno de los lados del rectángulo. Ni
una nube empañaba el cielo. No hacía ni frío ni calor. La
uniformidad, la calma, la monotonía convidaban a fijar la mente en un
solo pensamiento.
Tal vez por eso no parecía muy
deseoso de hablar el joven, y dirigía la vista al suelo como
abstraído. Pero el fraile, que era sumamente decidor, pugnaba por avivar
la conversación siempre que su amigo la dejaba languidecer.
-Pues si quieres que te diga la verdad con
franqueza, querido Martín -dijo-, yo creo que haces mal en ir ahora a
Madrid. Vuélvete a tu Sevilla, donde mal que bien puedes vivir. Pero en
la Corte... tú no eres abogado, tú no eres médico,
tú no eres militar, tú no eres fraile, tú no eres
clérigo, tú no eres petimetre, tú ni siquiera eres
abate... Y a propósito: ¿por qué no solicitas un beneficio
simple y te
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ordenas de menores, y te buscas una renta sobre
cualquier diócesis? Ésta de Toledo no las tiene malas.
-¡Yo solicitar! -exclamó
Muriel con expresión de desprecio-. Solicitar es comprar, es corromper
al Estado entero, desde el alcalde de Casa y Corte y el corregidor perpetuo con
juro de heredad, hasta el pinche de las cocinas del Rey y el limpiabotas de
Godoy. Yo no solicito, porque soy pobre.
-Déjate de burlas, hijo, que es
buena idea la que te he indicado sobre el cómo y cuándo de
hacerte abate. Ese cargo no te estorba: es la carrera de los que no hacen nada;
quedas libre para dedicarte a tus estudios, para leer los diarios y escribir en
ellos si te acomoda. Pero, ¡ah!, Martincillo, si tu quisieras seguir mis
consejos... si tú entraras en nuestra santa Orden. Hazte fraile y
verás. Rétirate del mundo, donde no hallarás más
que penas. ¿Te parece que aún no has tenido bastantes?
-Si yo me propusiera burlarme de la
sociedad, de seguro haría lo que usted me dice -contestó Muriel
sin mirar al padre-. A veces he tenido tentaciones de buscar la soledad y el
retiro; pero ahora lo que deseo es presenciar los hechos del mundo y tomar
parte en ellos. La soledad me mata.
-¡Pues si vieras qué buena en
la soledad! -dijo el padre con expresión contemplativa -. No es
necesario que renuncies por eso completamente al mundo. Por el contrario
-añadió, dando a sus palabras cierto tono de positivismo-; desde
aquí, y sin ser molestado por nadie, puedes influir en él y hasta
ser poderoso. Desengáñate, hijo. La felicidad en la tierra
está en estas santas casas. Tranquilidad y bienestar, ¿qué
más puedes desear?
-Falta saber, padre, si eso durará
mucho -replicó Muriel, que trazaba cuidadosamente algunas rayas en la
tierra, con la punta de su bastón, observando con gran cuidado lo que
hacía, como si aquello fuera un dibujo admirable-. Yo preveo el
día en que todos ustedes salgan por ahí a buscarse la vida como
voy yo ahora.
-¡Jesús y el seráfico!
-exclamó el fraile-. Yo creí que con la edad se te curarían
esas herejías. Nosotros que somos el amparo y el sostén del
hombre; nosotros que le enseñamos a vivir y a ser bueno... Esas ideas
que han venido de fuera nos van a dar que hacer... Pero, ¡ay!,
Martincillo: eso no sienta bien en un joven como tú, de corazón y
de ingenio. Pase que los que quieren encubrir sus criminales intentos con
palabras filosóficas... Sobre todo, hijo mío, ya que tienes esas
ideas, no las publiques. Cállate y aprende
-20-
a vivir en el
mundo... ¿No ves que así el mundo te despreciará y
serás perseguido?
-Yo no puedo disimular -dijo Muriel
borrando rápidamente todas las rayas que había trazado-. Expreso
lo que siento, y no puedo renunciar a este placer, por ser el único que
tengo.
-Mal camino, hijo. Yo sé -dijo el
buen religioso bajando la voz-, yo sé que si nos metemos a averiguar
ciertas cosas, encontraremos sapos y culebras; pero yo tengo experiencia y
opino que el mundo debe dejarse como está. Sigue mi consejo. Deja esas
ideas. Mira que son peligrosas, y algún día podrás ser
perseguido y con razón. Ahora con el Gobierno de ese vil favorito, la
religión santísima está bien defendida; pero deja que suba
al trono nuestro muy deseado príncipe Fernando, y verás adonde
van a parar los filósofos.
-Si no viene todo al suelo mientras reine
el deseado Príncipe -exclamó con cierta expresión
profética el joven-. Será más tarde o más temprano,
pero que se viene al suelo es indudable.
-¿Qué? -dijo vivamente el
padre, creyendo que la tapia no estaba segura.
-Ustedes, los privilegios, los mayorazgos,
los diezmos, el Rey, Godoy y todo este modo de gobernar que hay ahora. Esto es
tan indudable, que es preciso estar ciego para no verlo.
-Ríete de eso: lo que tiene por
base la santa religión y este amor que hay aquí a los reyes...
Aquí han hablado de Constituciones y cosas como las que hay en esos
pueblos de allá... Pero eso no cuaja en esta tierra de la lealtad. Somos
demasiado buenos para eso.
Es de advertir que fray Jerónimo de
Matamala era hombre de instrucción y claro talento, y había sido
de los que primero dieron oído a las nuevas ideas. Educado en Salamanca,
fue uno de los más afamados poetas de aquella insulsa escuela, donde se
le conocía con el pastoril nombre de Liseno. Como fray Diego
González y el padre Fernández, no se desdeñaba de cultivar
la poesía amatoria, fingiéndose pastor y creando un tipo de mujer
a quien dirigía sus versos. Esto era costumbre y nadie se escandalizaba
por ello. Pero a fines de siglo las ideas de indisciplina filosófica y
política cundieron por las aulas salmantinas. Fray de Matamala, que fue
de los primeros en quienes hizo efecto la invasión, se contuvo
más por cálculo que por fe: guardábase muy bien de mostrar
lo que había aprendido, matando en flor en su entendimiento la naciente
protesta.
-21-
Sabía muy bien lo que eran los derechos del
hombre, y conocía todos los argumentos del ateísmo;
conocía a Rousseau y aun algo más; pero afectaba una ignorancia
absoluta de tan peligrosas materias. Esto parecía pasar por
hipocresía; pero nosotros creemos que aquello no era sino miedo.
Quería engañarse a sí mismo, quería olvidar lo que
había aprendido, y le parecía que olvidándolas, aquellas
ideas dejarían de existir. Cerraba los ojos ante el abismo, esperando de
este modo, si no evitarlo, vivir tranquilo hasta que llegara la
catástrofe.
Instalado en Ocaña, Matamala
sostenía correspondencias muy activas con varios personajes de la Corte,
por lo cual vivían sobre ascuas sus cofrades, sospechosos de que tomaba
parte en alguna intriga política. Al buen franciscano no le faltaban
entretanto mil recursos para desvanecer estas sospechas.
-Bien; dejemos este asunto -dijo,
afectando una compunción que no sentaba mal a sus hábitos
sacerdotales-. Yo te profeso un afecto entrañable; yo fui amigo de tu
padre, que gloria haya... pero no renovaré tu sentimiento. Vamos al
caso. Aunque no quieres seguir mis consejos, quiero servirte, y hoy mismo le
voy a escribir a un señor de Madrid, amigo mío, para que te
proporcione algún trabajo, y te ayude en eso que vas a pedirle al conde
de Cerezuelo. Pero, hijo, sé bueno. Cree en Dios. No pierdas por lo
menos el respeto exterior que se debe a sus ministros. Esto es lo importante.
Sé respetuoso con los grandes señores, con los personajes de
ilustre prosapia.
-Sí -contestó el joven con
desdén-; cuando les veo entregados a todos los vicios, ignorantes,
llenos de preocupaciones, holgazanes, indiferentes al bien de estos reinos y de
la sociedad. Poseen todas las riquezas de que no es dueño el clero.
Comarcas enteras se esquilman en sus manos y se acumulan de generación
en generación, siempre en la cabeza de un primogénito inepto, que
no sabe más que alborotar en los bailes de las majas, hacer versos
ridículos en las academias o lidiar toros en compañía de
gente soez. No encontraréis entre ellos personas de algún valer,
con muy contadas excepciones. Los colonos se mueven de hambre sobre el terreno,
los derechos señoriales hacen que sea ficticia toda propiedad que no sea
la de grandes familias; y en cada generación aumenta el número de
pobres, por los segundones que se van segregando del tronco de las familias
nobiliarias para entrar en la gran familia de la miseria.
-¡Santo Dios y el seráfico
patriarca! -exclamó el fraile,
-22-
tapándose los
oídos-. No hables más. ¡Qué pestilencial doctrina!
¡Oh, Martincillo!, es preciso que te enmiendes. Tú no tienes
instinto de conservación. ¡Yo que deseo verte hecho un hombre de
pro; yo que voy a inclinarte a que busques apoyo en la nobleza!...
-¡Apoyo en la nobleza! -contestó Muriel con vehemencia-. La detesto de muerte. La
aborrecía antes de saber lo que era. Conocida, nada puede dar idea de mi
odio. La aborrezco más que a los frailes.
-¡Jesús, por los sacrosantos
clavos! No blasfemes.
-¡Blasfemar! ¿Y por
qué? -continuó con creciente agitación-. Decir que todos
ustedes son holgazanes, glotones, sibaritas, dueños de la mitad del
territorio, disolutos, hipócritas: ¿decir esto es blasfemar?
¿Quién ofende a Dios: ustedes que son como son, o yo que lo
digo?
Muriel se expresó con alguna
violencia, y había alzado un tanto la voz. El religioso se
escandalizó; encendiose su rostro, mirando azorado a un lado y a otro,
temeroso de que alguno de los padres que paseaban por la huerta hubiera
oído las infernales palabras de aquel réprobo.
-Ustedes han de desaparecer; irán
arrastrados por una tempestad, que trastornará otras muchas cosas. Los
privilegios tienen que venir a tierra. Temblarán los nobles en sus
palacios y los frailes en sus claustros. Los primeros tendrán que
repartir su fortuna por igual entre sus hijos, creando así una clase
poderosa, intermedia entre la grandeza y el pueblo, que será la que
más influya en la nación; y ustedes se verán reducidos a
la cristiana pobreza con que fueron instituidos, pasando sus inmensas riquezas
a ser patrimonio de la nación.
-¡Nuestros bienes! ¡Tú
estás loco! -exclamó atortolado el padre, como quien escucha una
gran novedad, un despropósito inconcebible, lo más disparatado
que pudiera imaginarse.
-Dios os ha mandado ser pobres, y vosotros
os habéis hecho ricos.
-Nosotros tenemos lo que nos han dado.
¿Pero tú sabes lo que has dicho? ¿La conciencia no te
arguye de ser tan irrespetuoso con las cosas de Dios?
-Es que yo no creo en Dios, padre -dijo
Muriel con una seguridad que hizo temblar a fray Jerónimo, el cual
miró a un lado y otro, agitado y confuso, temiendo otra vez que hubiera
oído la blasfemia alguno de los frailes que allí cerca
distraía el ocio con la lectura de algún piadoso libro.
-¡Jesús, qué horror!
¡Vade retro, Satanás! -exclamó,
-23-
cerrando los ojos y pronunciando entre dientes una
oración.
-Es decir -continuó el joven-, yo
creo en mi Dios, en un Dios a mi manera. Yo no creo en un Dios vengativo y
suspicaz que ustedes han hecho a imagen y semejanza del hombre.
-Querido Muriel -dijo Matamala,
reponiéndose del susto y abriendo los ojos-, estás comprendido en
los anatemas de la santa Iglesia. Si yo fuera débil, ahora mismo te
arrojaría de esta santa casa, que estás profanando con tu
presencia. Pero yo espero traerte al buen camino. Tú serás bueno.
San Agustín era como tú. Oirás la voz del Señor, y
te convertirás. Tú amarás todo lo que ahora detestas;
amarás a los nobles, protectores de las industrias y ejemplo de buenas
costumbres; amarás a los reyes, imágenes de Dios en la tierra,
que administran la justicia y se desvelan por el bienestar de sus leales
vasallos; amarás a los frailes, pobres, humildes criaturas, que
enseñan la buena doctrina, combaten los errores y consuelan a los
afligidos.
-Si fuera como usted dice, padre, yo
amaría todas esas cosas. Si los nobles no ofrecieran en su conducta el
ejemplo de todos los vicios; si yo viera en ustedes hombres de caridad,
enemigos de las riquezas, en vez de hombres ociosos, ignorantes y
fanáticos; si viera en la Corte y en el Gobierno hombres dignos que no
tuvieran por único propósito esquilmar a la nación en
provecho propio, yo les amaría.
V
Como se ve, Muriel no perdonaba a ninguna
de las instituciones de que habló las faltas de sus individuos. Era
inexorable, como lo era la revolución entonces. Dominado por su idea, no
conocía la transacción. Creía que era posible reformar
destruyendo; no conocía la enormidad de las fuerzas del enemigo;
ignoraba que lo que se intentaba aniquilar era inmensamente más poderoso
que los razonamientos de dos o tres individuos; que aquello tenía la
fuerza de los hechos, de un hecho colosal, consagrado por los siglos y aceptado
por la nación entera. Además no comprendía que si la idea
vence alguna vez a la fuerza, no es fácil que venza a los intereses. La
transformación con que él soñaba era obra lenta y
difícil. Sólo intentarla costó después mucha
sangre.
Fray Jerónimo, que había
vuelto a rezar, dijo al terminar
-24-
su breve oración, y
trazándose sobre el cuerpo la señal de la cruz:
-Yo rezaré por ti, pecador
empedernido. Y entretanto voy a hacer por tu bien todo lo que está en la
facultad de un pobre fraile.
-Yo, aunque pienso así, padre
Matamala -dijo Muriel-, no soy ingrato; no aborrezco a las personas, salvo
alguna que otra, a quien detesto con todo corazón.
-Bien -dijo el fraile, deseoso de que
aquella conversación se acabara, aunque parecía dispuesto a
perdonar a su amigo todas sus herejías-. Bien: yo escribiré esta
noche misma a una persona de Madrid, a quien estimo. Verás cómo
ese señor, que es poderoso y modesto, consigue para ti lo que deseas.
Pero haz por ocultarle tus ideas, ¿entiendes? El te dirá lo que
debes hacer; y si por su conducto no logras nada de Cerezuelo, da el asunto por
concluido.
-¿No le conocía usted la
otra vez?
-No. ¡Qué lástima! Si
entonces hubiéramos tenido esa palanca...
-¿Y quién es?
¿Cómo se llama?
-Es persona, como te he dicho, modesta,
pero de gran poder. Su nombre no suena como el de otras; pero a cencerros
tapados... Te advierto que es enemigo de Godoy, y tal vez en eso consiste que
pueda tanto. Ya, ya me agradecerás, Martincillo, esta
recomendación que te hace amigo del Sr. D. Buenaventura Rotondo y
Valdecabras.
-Ese nombre no me es desconocido -dijo
Muriel recordando.
-Sí, le habrás oído
nombrar -añadió Matamala temiendo que su amigo tuviera ya
noticias de aquel personaje, y que estas noticias fueran malas-. Ya le
escribiré explicándole lo que deseas. ¡Ah! Te advierto que
es hombre rico. Pero oye una cosa: conviene que disimules tus opiniones,
porque, aunque él no es gazmoño... esta enterado de todo eso... y
nada de cuanto digas le cogerá de nuevo.
-¿Y ese señor es abogado,
comerciante?...
-Eso es, se dedica al comercio; suele
prestar dinero; y la verdad es que ha hecho fortuna.
-¿Y es gran amigo de usted?
-¡Ya lo creo! Nos escribimos con
mucha frecuencia... Esto te lo digo acá para
inter nos. Querido Martincillo, si la otra vez
no pude hacer nada por ti, lo que es ahora... Yo iré también
pronto a Madrid.
-Diga usted, ¿Cerezuelo sigue
viviendo en Alcalá?
-Sí; allí se ha encerrado y
no hay quien le saque
-25-
de escondrijo. Su hija es la que vive en
Madrid. Ya tendrás noticias de ella: una muchacha bastante orgullosa y
desenvuelta. Cuando ese basilisco no influye en el ánimo de su padre,
éste es un hombre razonable y humano... Pero no quiero detenerte
más -concluyó el fraile levantándose-; ya es de noche.
Vete, Martín. Se va a cerrar la puerta del convento.
Muriel se levantó
también.
-¡Ah! Dame las señas de la
casa en que vas a vivir -dijo el fraile.
-Voy a vivir con el pobre, aunque siempre
feliz, Leonardo.
-¿Sigue tan calavera?
-Siempre lo mismo; pero siempre bueno.
-Espero veros pronto, tanto a ti como a
él. Yo también tengo que hacer algo en la Corte -manifestó
el fraile, abriendo, con ayuda del lego, la gran puerta del convento.
-Adiós, padre -dijo Muriel-. Hasta
luego.
-Adiós, Martincillo -exclamó
el religioso, abrazándole con afectada ternura-. Hasta luego.
Se despidieron. Muriel le dio nuevamente
las gracias por la recomendación, hizo el religioso ardientes protestas
de solicitud, y se separaron. El lego, reconciliado con el forastero
después de la favorable acogida que a éste dispensó un
fraile tan respetable como el padre Jerónimo Matamala, le hizo al verle
salir una profunda reverencia.
Para que nuestros lectores comprendieran
la importancia del diálogo que hemos referido y el valor que tiene en
esta historia, sería preciso que conociesen la carta que fray
Jerónimo Matamala escribió a la persona a quien iba recomendado
su joven amigo. Por ahora no nos es posible dar a conocer ese documento, que
revela cuáles eran las relaciones del sagaz franciscano con algunas
personas de la Corte; mas en los siguientes capítulos, la oportuna
aparición del Sr. D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras podrá dar
alguna luz sobre el particular.
-26-
  Capítulo II
El señor de Rotondo y el abate Paniagua
I
Tenía Muriel un amigo que era
segundón de familia nobilísima. Desheredado por la ley, que
acumulaba todas las riquezas y todas las glorias de una familia en un
primogénito; sin más fortuna que su valor y su ingenio,
había abandonado la casa paterna, olvidando completamente a su hermano.
Como no había recibido instrucción alguna, Leonardo, que
así se llamaba, no pudo aspirar a suplir con el valor intelectual la
falta de recursos. Además se inclinaba por temperamento a la vida
holgazana; y como su pobreza y su falta de posición lo libraban de las
responsabilidades que la sociedad exige a los poderosos, entregose a la
cómoda ocupación de no hacer nada. Pocos han realizado como
él la evangélica máxima de no cuidarse del día de
mañana. Su familia era extremeña, y él se había
establecido en Sevilla, donde hacía versos, lidiaba toros, frecuentando
todos los círculos en que había gente de buen humor.
La mayor parte de sus amigos eran
estudiantes, si bien los libros no fueron nunca para él contagiosos; y
en materia de doctrinas, aunque de ninguna entendía gran cosa, se
deleitaba con las revolucionarias, como si en ellas encontrara un fondo de
justicia que las preocupaciones de su época y de su clase no le
impedían ver. Pero, por lo general, no se preocupaba mucho de sus
filosofías. La algazara y las aventuras con caracteres de libertinaje
eran las condiciones elementales de su vida, que era una vida de estudiante sin
estudios. Reunido constantemente con jóvenes de la clase popular,
Leonardo había olvidado que era noble, si bien alguna vez la vanidad
innata se mostraba por un resquicio de su carácter, y entonces
solía describir su escudo con una prolijidad que promovía grandes
burlas entre sus compañeros.
Estrecha amistad le unía con
Muriel, que le había perdonado el ser noble. Juntos vivieron en Sevilla
bastante tiempo, y la suerte, que algo le tenía reservado, quiso que
juntos viviesen después en Madrid; porque Leonardo, que
-27-
con
motivo de un lance desagradable había tenido que huir de
Andalucía, se
estableció, como él decía,
en la Corte, y allí estaba cuando llegó Muriel, a quien
alojó en su casa. Ésta, que era el segundo piso de un
inválido edificio de la calle de Jesús y María, en que
habitaban multitud de familias, ofrecía a los dos amigos las comodidades
de un palacio, a pesar de la estrechez de su recinto. Vivían solos en
compañía de dos personas, de quienes nos será
lícito hablar un poco, aunque su papel en esta historia no sea de gran
importancia. Era la primera una especie de ama de gobierno o patrona de
huéspedes, que se hallaba en el ocaso de la edad y de la gloria, y
vivía en una lamentación continua, recordando los venturosos
días en que su esposo tocaba el violín e improvisaba madrigales
en las más frecuentadas tertulias de Madrid. Doña
Visitación procuraba sofocar los dolores y soledades de su marchita
viudez por medio de un continuado y estrecho trato con todos los santos y
santas de la corte celestial, y la vida devota ofrecía ancho campo a su
espíritu para distraerle de sus pertinaces melancolías. La otra
persona que habitaba la casa era un criado a quien llamaban Alifonso, el cual
desempeñaba las funciones de barbero y peluquero, hacía de comer
cuando doña Visitación se extasiaba en la iglesia más de
lo ordinario y tenía además habilidad no común para todos
los recados, que exigieran astucia y agudeza de ingenio, revelando en esto la
educación frailuna que había recibido. Ensanchábase
además la vasta esfera de los conocimientos de Alifonso con su aptitud
maravillosa para suplir la carencia absoluta de sastre, que era peculiar en la
casa de un pobre como Leonardo. No se sabe dónde adquirió el
mancebo tan extraordinaria destreza; pero es lo cierto que componía las
casacas de su amo y hacía como nuevas las más viejas y
raídas, prodigio en que la tijera y la química obraban de
común acuerdo. Una particularidad digna de ser notada es que doña
Visitación y Alifonso se aborrecían de muerte: antipatía
mortal, profunda, eterna, les dividía. Eran irreconciliables como la
noche y el día. La vieja había llegado a creer que el travieso
doméstico era el demonio disfrazado de aquella forma para su tormento,
opinión que consultó varias veces con su confesor sin obtener
respuesta categórica, por no ser fuerte este venerable en el tratado
de re daemoniorum. Detenidas y eruditas
investigaciones hechas después que subió al cielo doña
Visitación han dado a conocer que la causa de aquella antipatía
había sido el siguiente suceso. La vieja se fue muy temprano a la
iglesia en cierto día de gran ceremonia,
-28-
dejando en la
cocina una gran cazuela donde se guisaba corpulento jamón que le
habían regalado unos extremeños. Alifonso lo sacó con
mucho donaire, y puso en su lugar el violín del difunto y nunca olvidado
esposo de doña Visitación, reliquia que la viuda conservaba con
respeto religioso y fanático, cual si fuera parte integrante de la
persona que con tanta gloria lo usó en vida.
Cuando la santa mujer volvió de su
rezo, cuando entró en la cocina, cuando se acercó a la cazuela,
cuando asió el mango del violín creyendo era el hueso del
jamón (pues era corta de vista), cuando destapó, vio y
tocó, cerciorándose de tamaña profanación, su furor
llegó al grado de violencia de la tragedia griega; sus nervios se
alteraron y cayó con un síncope de que no había ejemplo en
su borrascosa vida. Aquella noche, en su agitado y calenturiento sueño,
vio la irritada sombra de su esposo, tocando en el malhadado instrumento, que
lanzaba lúgubres quejidos, y a su lado a Alifonso con rabo y cuernos,
teniendo en su mano el jamón, que apoyaba en el hombro para remedar,
tocando con un asador, los movimientos del airado fantástico
músico. Desde entonces, a la supersticiosa mente de doña
Visitación se adhirió con invencible fuerza la idea de que
Alifonso no era otra cosa que el demonio mismo vestido de carne humana para su
tormento.
Éstas son las dos personas que
compartían las pobrezas de Leonardo, el cual, con su escasísima
renta, que cobraba tarde y mal, sostenía la casa y daba
habitación y alimento a su desdichado amigo.
II
Leonardo consagraba su vida y su tiempo a
lo que entonces se designaba con una palabra un poco malsonante hoy, pero que
emplearemos por necesidad,
a cortejar. No indica precisamente esta voz
corrompidas costumbres ni licencioso libertinaje. Más general, expresa
la ocupación, en cierto modo insulsa, de los que aman por pasatiempo y
por una especial necesidad de espíritu en que la pasión tiene muy
poca parte. Leonardo, pues, cortejaba, siguiendo la corriente poderosa de la
juventud de su tiempo, que no conocía ocupaciones de otra especie, que
no tenía libros en que estudiar, ni cátedras o tribunas donde
discutir. El último tercio del siglo XVIII y los primeros años
del presente fueron la época de las caricaturas. La de D. Juan no
-29-
había de faltar en aquella sociedad, que Goya y D.
Ramón de la Cruz retrataron fielmente y con mano maestra.
Leonardo, pobre, caído desde la
altura de su noble origen a la miseria de su humilde existencia, se ocupaba en
enamorar escofieteras y tal cual petimetra de la clase media, perdida a prima
noche en los laberintos de Maravillas o Lavapiés. Pero la indigencia no
podía desmentir su alta prosapia, y ésta se manifestaba en un
presuntuoso deseo de llevar su derecho de conquista a una sociedad más
distinguida. En tan atrevida aspiración, deparole el Cielo o el infierno
una misteriosa y recatada beldad en cierta novena de San Antonio, a que
asistía con hipócrita fervor; y aquí comenzó al par
que una serie de amorosas glorias y platónicos deleites, la serie de sus
grandes apuros económicos.
Era en extremo curioso entonces ver el
afán con que Alifonso componía la casaca de su amo,
dándole un corte que, si bien la dejó algo rabicorta, la
asimilaba a las que en aquellos días eran de moda entre los currutacos.
Al mismo tiempo cogía los puritos a las medias y galonaba la chupa;
robaba con mucha gracia a sus compañeros de profesión algunas
esencias con que perfumar los pañuelos de Leonardo, condición
indispensable para ser caballero entonces, y, por último, planchaba y
pulía el arrugado sombrero, haciéndole pasar por joven, sobre
todo si la noche se encargaba de ocultar sus tornasoladas tintas y tapar otras
muchas inveteradas fealdades. Con este atavío, el galanteador
salía a la calle hecho un
marqués, sobre todo de noche, pudiendo
así retardar lo más posible el desengaño de la dama, y
ocultar la desnudez efectiva de quien no tenía más tesoros que
los de su fácil afecto.
Cuando Muriel llegó, Alifonso hubo
de hacer un nuevo alarde de su fecundo genio, pues los vestidos del joven
filósofo no eran los más a propósito para presentarse
delante de una persona como D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras. Sujetose a
prolongado tormento la única casaca que poseía;
empleáronse las prodigiosas lejías que habían rejuvenecido
las chupas de Leonardo, y el sombrero gimió bajo las planchas del
hábil confeccionador, por lo cual, y mientras duraron tan complicadas
operaciones, tuvo Martín que guardar un encierro de cuatro días,
viéndose imposibilitado de visitar a la persona a quien había
sido recomendado.
Ésta, sin embargo, quiso
anticiparse, tal vez deseosa de conocerle, y una mañana, cuando menos se
la esperaba, se presentó en la casa de la calle de Jesús y
María en busca de Muriel. Era el Sr. de Rotondo persona de mediana
-30-
edad, amable, pero con cierto agrado empalagoso, que más
parecía obra de un detenido estudio que espontánea cualidad de su
carácter. Vestía con extremada pulcritud, y en su andar, como en
sus miradas, había siempre expresión de recelo. Cauteloso o
asustado siempre, no se atrevía a dar un paso sin mirar antes donde
ponía el pie. Su vista al entrar en un sitio recorría las
paredes, escudriñaba las puertas, parecía querer penetrar en el
interior de lo más reservado y oculto, y al sentarse, sus manos
tanteaban el asiento, como si temiera ser víctima de alguna burla o
asechanza. Pero en ninguna ocasión se ponía en ejercicio su
desconfianza observadora tan activamente como mientras conversaba con alguien.
El Sr. de Rotondo no perdía sílaba, ni modulación, ni
gesto, ni ligera contracción facial, nada. Su atención era
provocativa, y por su parte él hablaba despacio, como no queriendo decir
palabra alguna que no fuera precedida de una seria meditación. En
general, ni su presencia, a pesar de ser persona siempre acicalada y compuesta,
ni su conversación, a pesar de ser hombre culto y con cierto gracejo,
despertaban ningún sentimiento afectuoso. No se podía mirar sin
recelo a quien era el recelo mismo. Al presentarse ante Muriel, hízole
varias cortesías con muy artificiosa finura, y después de pasear
su mirada por cuantos objetos había en la habitación, tomó
una silla, y asegurándose con cuidado de su solidez, se sentó en
ella, entablando con el joven la siguiente conversación.
III
-Mi amigo -dijo Rotondo- el reverendo fray
Jerónimo de Matamala me habla largamente de usted en su última
carta. Aquí estoy para servir a usted en lo que pueda.
-Yo lo agradezco -contestó
Martín-, tanto más cuanto que otra vez estuve en Madrid con
pretensiones parecidas y no hallé ninguna persona que se interesara por
mí.
-¡Oh, no hay que esperar nada de esa
gente! -dijo Rotondo bajando la voz y como si temiera ser oído-.
Aquí hay una falta muy grande de amor al prójimo. Y lo que usted
pretende, ¿qué es?
-Que el conde de Cerezuelo me pague cierta
cantidad que a mi padre debía desde antes de la prisión de
éste. El
-31-
proceso no afecta en nada a esta deuda, motivada
por haber anticipado mi padre...
-Ya, ya... -dijo D. Buenaventura,
demostrando que la historia del desdichado D. Pablo no le era desconocida.
-No creo que esto se me niegue ahora. Yo
he de ir a Alcalá muy pronto en busca de mi hermano, a quien quiero
apartar de esa maldita familia, y espero conseguir...
-Cerezuelo está enfermo y dominado
por la melancolía. La separación de su hija, más
aficionada a la vida bulliciosa de la Corte que a las soledades de
Alcalá, le contraría mucho. Si usted pudiera lograr la
protección y la recomendación de su hija...
-Me han dicho que es el ser más
orgulloso y despótico que ha nacido.
-Es más que eso: es cruel.
Fáltale la delicada sensibilidad propia de su sexo, y su trato desagrada
a cuantas personas no se ocupan en galantearla, aspirando a domar por el amor
aquel carácter inflexible y refractario a todas las ternuras.
-Entonces no creo que pueda
favorecerme.
-Hay que esperar poco de la gente noble
-dijo don Buenaventura, prestando atención a la voz de Alifonso, que
reñía con doña Visitación en el cuarto inmediato-.
La gente noble, insubstancial y frívola para todo lo que es el servicio
y mejora del reino, no lo es para oprimir al pobre.
-¡Oh, está bien dicho; es muy
exacto! -exclamó el joven, que no esperaba declaración semejante
en el amigo íntimo del padre Matamala.
-Los privilegios se han de acabar
aquí, como se acabaron en Francia, y, o mucho me engaño, o ese
día no está lejos.
Muriel se admiró de encontrar tan
revolucionario a quien se había figurado como un señor muy beato,
enemigo, como la mayor parte, de las cosas
extranjeras.
-Debe usted dirigirse al mismo Cerezuelo
-continuó el visitante-, pues aunque influyen en su ánimo los
clérigos y frailes de que está llena siempre su casa...
-¡Clérigos y frailes!
-exclamó Martín, más asombrado cada vez del poco respeto
que su nuevo amigo mostraba hacia las
instituciones venerandas.
-Sí -añadió el otro
mirando en derredor con cierta zozobra, como si fuera muy grave lo que pensaba
decir-. Sí, la carcoma de la sociedad. ¡Oh, cuándo
será el día...! Ya sé yo que usted es filósofo; que
usted ha desechado ciertas preocupaciones.
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-Yo me hallo en una situación muy
especial -repuso Martín-; tengo motivos muy positivos para aborrecer
ciertas cosas.
-Usted será, por lo tanto, hombre
de acción -dijo D. Buenaventura, dirigiendo toda la atención de
su mirada hacia el rostro del joven, con ansia de leer allí sus deseos y
propósitos.
-¡Hombre de acción!
¿Pues qué...? -exclamó Muriel como si hubiera escuchado
una revelación-. ¿Será posible aquí otra cosa que
la humillante paciencia y una deshonrosa conformidad con nuestro destino?
-¡Oh! ¡Quién sabe! Tal
vez. La sociedad está muy agitada... Ya usted ve cómo está
el mundo -dijo Rotondo-. Sin embargo, conviene esperar... Ese amado
Príncipe inspira mucha esperanza.
Mientras pronunciaba estas últimas
palabras, dichas al parecer con el único objeto de sostener la
conversación por pura cortesía, D. Buenaventura mostraba en su
actitud y en sus miradas la mayor zozobra. Dirigía la vista a la puerta
con visible inquietud, alterándose en cuanto sonaba el menor ruido. Un
repentino y estrepitoso repique de la campanilla de la puerta le produjo fuerte
excitación, y se levantó agitado y nervioso, exclamando con
ira:
-¡Esto es insoportable! Me han de
perseguir en todas partes. No puedo dar un paso sin que me siga un
espía.
Muriel, sorprendido de aquel inesperado
arrebato, procuró serenar a su nuevo amigo.
-Cálmese usted -le dijo-. Mientras
esté en nuestra casa, no podrá hacérsele daño
alguno.
-¡Ay de ellos si se atreven a
tocarme! Su único objeto es seguirme a dondequiera que voy, enterarse de
mis acciones, ver con quién hablo y con quién me trato.
¡Oh! ¡Pero me tienen miedo!
Martín era todo confusiones en
presencia de aquel hombre exasperado e inquieto, que hablaba con tanto calor y
se creía rodeado de espías y satélites. Entretanto, un
individuo extraño entraba en la casa, y preguntando no sé por
quién, procuraba enterarse, en animado diálogo con Alifonso, de
los nombres, edad y oficio de las personas allí residentes. No tuvo el
astuto barbero la precaución o la malicia de callar, y dijo el nombre de
su amo, con lo cual, satisfecho, se marchó el curioso, dejando a D.
Buenaventura, que todo lo oía desde la sala, en el colmo de la
rabia.
-¿Siempre lo mismo! -exclamó
cuando el ruido de los pasos del espía se perdió en lo más
bajo de la escalera-. Ya saben que estoy aquí, ya le conocen a usted.
¡Oh! ¡Ni
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un momento de libertad! Sr. D. Martín,
yo necesito hablar con usted; es preciso que hablemos largo, largo, largo.
Y al decir esto estrechaba la mano del
joven, revelando en sus ojos profundas intenciones, con tal ademán de
misterio y en tono tan grave, que la fogosa imaginación de Muriel no
aceptó la espera, y preguntó con viveza:
-¿De qué?
-Ya lo sabrá usted
-añadió Rotondo algo aplacado de su furor-. Es preciso que nos
veamos en otro sitio; en mi casa, en cierta casa... Mañana a las diez,
en la calle de San Opropio, número 6... ¿Nos veremos?
¿Irá usted?
-Sí; sin falta. A las diez.
-Pues adiós.
Despidiose afectuosamente el señor
de Rotondo y se marchó, dejando al pobre Martín más
confuso que cuando le decía: «¿Usted será hombre de
acción?». En verdad, el joven más sentía gozo que
pena al verse repentinamente ligado a una persona que se quejaba de tan
obstinadas persecuciones. Hostigábale en sumo grado la curiosidad por
saber cuál sería el grave asunto que iba a confiarle al
día siguiente aquel hombre singular, que en su corta visita había
revelado un mundo de ideas y acciones a la ardiente fantasía del buen
volteriano. Aquel hombre conspiraba. ¿Cuáles eran sus planes?
¿Por qué le perseguían? ¿De qué grande idea,
de qué gigantesca empresa quería hacerlo partícipe? Estas
cuestiones, que en tropel se ofrecían al entendimiento de Martín,
obteniendo de él mismo mil respuestas diversas, no podían menos
de impulsar su ánimo hacia aquel hombre desconocido. Todo lo peligroso
atraía a Muriel. Todo aquello que fuese extraordinario, aventurero, lo
fascinaba. En el fondo de su naturaleza existía latente y comprimida una
actividad poderosísima que necesitaba espaciarse y aplicarse, buscando
con afán la vida exterior como el modo más propio de aquel
inquieto y siempre ávido espíritu. En él había
desde mucho tiempo antes un ardiente y secreto deseo de probar la fuerza de su
pensamiento en el yunque de la vida práctica: entreveía hechos
colosales, pero vagos, de que él era principal y vigoroso motor; mas
nunca había llegado a hacerse cargo de los medios que pudiera emplear
para dejar de ser ideólogo. Así es que, cuando las circunstancias
le ofrecían probabilidades, aunque fueran remotas y muy
problemáticas, de llegar a aquella realidad tan deseada, su inquietud no
tenía límites: se avivaba la perenne excitación de su
cerebro, y se complacía en dar proporciones enormes al hecho vagamente
concebido y ardorosamente esperado. Por eso la
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promesa grave y
misteriosa de aquel hombre no bien conocido aún, picó vivamente
su curiosidad despertando en él el vivo interés de lo
maravilloso. ¿Quién sería? ¿Conspirar, preparar
alguna explosión revolucionaria, que transformara la sociedad y echara
al suelo el caduco edificio del derecho divino? ¿Sería una simple
cuestión personal de Rotondo? ¿Qué parte tenían en
aquel asunto las audaces ideas que él, filósofo indisciplinado,
consideraba como su único tesoro? La curiosidad le punzaba, como un
apremiante escozor del espíritu. Pero en su temperamento, esperar era la
peor de las torturas, y su imaginación se anticipó a satisfacer
aquella curiosidad forjando mil desvaríos.
IV
Aquel mismo día Alifonso y
doña Visitación, poco después de salir la visita, eran
víctimas del mal humor del enamorado Leonardo, el cual, irritado porque
no había visto en la misa de doce de la Trinidad a la persona por quien
tan puntualmente y con tanta contrición asistía al oficio divino,
creía, como suelo acontecer en los amantes incorregibles, que todos los
seres vivientes tenían la culpa de aquella contrariedad inaudita. En
vano el festivo barbero se esmeraba en barnizar los zapatos de su amo con una
solicitud demasiado servil; en vano obedecía sus ordenes con cristiana
paciencia. Leonardo no cesaba de reñirle profiriendo ternos de varios
calibres, que erizaban el cabello de doña Visitación,
dándole materia para que por tres días seguidos se estuviera
lamentando de vivir con aquellos herejes. El amartelado joven no tenía
consuelo, y dominado por el pesimismo que se apodera de los amantes cuando
experimentan un ligero revés, sea de entrevista, sea de carta, lo que
menos se figuraba era que doña Engracia (pues tenía este nombre)
se había muerto; que había sido envenenada, o gemía en las
cárceles de la Inquisición, puesta allí por la
bárbara mano del intolerante sacerdote que tanto influía en el
ánimo de su madre. No es de este momento el informar al lector de
quién era doña Engracia, ni quién su madre, tipo
arqueológico que el siglo decimoctavo, por una singular complacencia,
había prestado al decimonono, ni quién el amigo espiritual y
consejero áulico de esta veneranda señora. Por ahora baste decir
que Leonardo hubiera llegado al último grado de la desesperación,
si un ángel tutelar, un nuncio de felicidad no se presentara a deshora
en la casa, quitándole de pronto sus
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melancolías y
haciéndolo el más dichoso mortal de la tierra.
Nuestros lectores no conocen a D. Lino
Paniagua, uno de los abates más ociosos y al mismo tiempo más
útiles del reinado del Sr. D. Carlos IV. Si le conocieran, ya
podían asegurar que sólo en su trato hallarían suficientes
documentos históricos para juzgar la sociedad matritense, de aquellos
días. No es difícil hacerse cargo de lo que era aquel hombre
incomparable, que no desapareció de la tierra hasta el año 1833,
en que con el alma de Fernando VII se fue para siempre de España el
absolutismo con muchas de sus cosas inherentes; no es difícil,
repetimos, hacerse cargo de la poderosa entidad social que convenimos en
designar con el nombre del abate Paniagua. Algo existe hoy entre nosotros que
nos le recuerda. La publicidad propia de la época en que vivimos ha
hecho de la prensa un órgano eficaz que satisface a multitud de
pequeñas necesidades sociales. Hay en la prensa una parte llamada
gacetilla, donde las luchas de la política no logran penetrar; parte
destinada a que todas las clases de la sociedad escriban su palabra y graben
sus impresiones, como esos voluminosos libros en blanco, colocados en sitios de
peregrinación para que todo viajero, alegre o triste, jovial o aburrido,
deje una señal de su paso. La vida social tiene un álbum
gigantesco e inacabable en la gacetilla. ¿Quién habrá
entre nosotros que no haya puesto en él un renglón, una frase, un
garabato? El que da un baile, el que ha perdido un perro, el que se casa, el
que nace, el que se muere, el que escribe un libro, el que lo lee, el que va a
viajar, el que vuelve, todos están allí. Ningún individuo,
a no ser un hipocondríaco, refractario a la luz de su época, como
lo es el búho a la del sol, escapa a la investigación insaciable
de la gacetilla; y aun ese mismo hipocondríaco escribirá en ella
el párrafo más siniestro, si ansioso de la soledad de la tumba,
tiene un día un mal pensamiento y se suicida. Lo que pasa con las
personas ocurre también con los hechos. La función que más
boga alcanza en los teatros, el sermón que más ha gustado en la
última novena, la calle que se proyecta construir, el cuento que con
más éxito circula de boca en boca, las nieves que han
caído en tal o cual punto, las telas que están en moda, el atroz
incendio ocurrido en alguna ciudad de los Estados Unidos, la pendencia que
ensangrentó las heroicas calles de las Vistillas, la grandiosa
insurrección de las cigarreras, la marcialidad de los regimientos que
desfilaron en la última parada, todos los accidentes de la vida
colectiva se expresan allí, formando día tras día como un
registro
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universal, en que los movimientos, las palpitaciones, los
gestos, aun los más insignificantes de la sociedad, quedan anotados con
la exactitud de la calcografía o del daguerrotipo. Pues bien; en la
época en que venimos refiriéndonos no existían estos
órganos impresos de la vida común, que mantienen perpetua
relación entre todos y cada uno. Había, sin embargo, ciertas
entidades, pertenecientes a la especie humana, que hacían el papel de
aquellos conductos de que hemos hablado, y eran providenciales precursores de
la gacetilla moderna, del mismo modo que los correos peatones han precedido al
telégrafo eléctrico. La legislación eclesiástica se
había apresurado a llenar el vacío que en la sociedad
existía, suministrándole aquellos diligentes órganos;
había creado una clase parásita con objeto de consumir el exceso
de la cuantiosa renta del clero, y como no le dio ocupación secular ni
canónica, esta clase se consagró a menesteres no siempre dignos,
como traer y llevar recados, dirigir las modas, enseñar música y
cantarla en las tertulias, componer versos ridículos, disponer el
ceremonial de un bautizo, de una boda, de un entierro: buscar amas de
cría y bordar en cañamazo, cuando las circunstancias lo
exigían. Dentro del tipo general del abate había una variedad
considerable, pues mientras algunos eran hombres licenciosos y corrompidos, que
se valían de su traje, convencionalmente respetable, para penetrar con
ambigüedad en los estrados, como dice D.
Ramón de la Cruz, otros eran unos pobres diablos, inofensivos a la moral
pública, si es que ésta no se vulneraba con la protección
de secretos e inocentes amores, que a veces traían grandes cismas a las
familias.
El abate Paniagua era de estos
últimos. Su extraordinaria aptitud para los recados de importancia, su
memoria vastísima, en la cual guardaba como en rico archivo todos los
santos, festividades, ya fijas, ya movibles, todas las ferias, plenilunios,
solsticios y equinoccios, hacían que fuese de gran utilidad a las
familias. Tenía anotados en el registro de su cabeza el precio de los
comestibles, el nombre de los predicadores que subían al púlpito
en todas las iglesias de Madrid, los días de vigilia, el número
de cintas que se ponían a las escofietas, la cantidad de purgas que
tomara tal o cual señora para curar su inveterada dolencia, los
días o meses que a otra le faltaban para llegar al ansiado instante de
su alumbramiento, y otras muchas curiosísimas cosas, que le daban el
valor de un verdadero tesoro. Era Almanaque y Guía, y su complacencia no
conocía límites; servía con desinterés por
satisfacer una irresistible necesidad
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de su naturaleza, que le
inclinaba a aquel oficio de saberlo y contarlo todo. Así es que no
había casa en la Corte donde D. Lino no tuviera entrada; pues por un
privilegio reservado sólo a los abates, tenía estrecho lazo con
todas las clases. La aristocracia le abría sus salones, la clase media
sus estrados y el pueblo le daba agasajo en sus miserables zahúrdas.
Ningún elemento social podía renunciar a la útil amistad
de aquel hombre enciclopédico que al entrar en el hogar doméstico
llevaba todo el mundo exterior, el mundo de la calle en su cerebro. Él,
por su parte, siempre fue hombre sin ambición: consumía su renta
sin aspirar nunca a acrecentarla, y parecía feliz desempeñando el
papel que su época le había encargado. Era hombre tímido,
y en los círculos que frecuentaba era tratado con agasajo, pero sin
verdadero afecto. Cierta benevolencia un poco humillante, algo parecida a la
que inspiraban algunos bufones, le bastaba. Jamás aspiró a ser
objeto de un grande amor ni de un profundo respeto, pues él mismo
conocía que la índole de sus funciones no era la más
propia para ocupar un puesto digno, ni aun en aquella sociedad frívola
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