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Eduardo Toda
I.
La misión arqueológica
egipcia La ciencia egiptológica ha nacido en época muy reciente: data de la primera década de nuestro siglo, cuando empezaron los estudios para descifrar la significación de los extraños caracteres grabados en las piedras de las grandes ruinas que se encontraban esparcidas por ambas orillas del Nilo. No es esto decir que en época
anterior á la nuestra dejara de apreciarse el valor de las
antigüedades que cubren el suelo egipcio. Buscaban los anticuarios las
estatuas osirianas para colocarlas en los museos, como los médicos
sacaban las momias de sus sepulcros y las reducían á polvo, al
que suponían secretas virtudes medicinales. Ilustres viajeros, desde
GERMÁNICO, de quien nos habla TÁCITO, tan dispuesto á los
azares de la guerra como inclinado á los ocios ilustrados de la paz,
hasta los sabios del Instituto que seguían al ejército de
NAPOLEÓN, recorrieron el Egipto deseosos de contemplar sus pasadas
grandezas; y en alguna ocasión entusiastas admiradores de la tierra de
los Faraones, como PABLO LUCAS, visitaron sus monumentos y publicaron en Europa
copias de inscripciones jeroglíficas cuyos caracteres parecen informes
Al lado de esa limitada apreciación de la antigua grandeza egipcia, se desencadenaron todas las pasiones que la codicia, el odio y el interés engendran en el hombre. Cuantas dominaciones extranjeras pesaron sobre Egipto desde la época macedónica, contribuyeron á la ruina de los monumentos de aquel país, procurando con igual constancia la extinción de su vida nacional. Los griegos, los romanos, los coptos y los árabes se cebaron en las desiertas ciudades y las abandonadas necrópolis, hasta convertir unas y otras en informe montón de ruinas. La causa de los mayores daños
que las gentes invasoras trajeron al país fué la creencia de que
los sepulcros egipcios contenían ricos tesoros. Los desengaños
recibidos por los violadores de los cementerios no han servido de
enseñanza para nadie, habiendo seguido á través de los
tiempos la manía de abrir sepulturas y desenterrar momias sin provecho
ni resultado para los que á tan duro trabajo se entregaron en los
arenales líbicos. No hay Pirámide que no haya sido violada: por
cada tumba de las que todavía se conservan en el Alto Egipto y se
encuentra intacta, se hallan mil vacías y robadas. Los griegos ó
los romanos, deseosos de ver si el túmulo de Licht encerraba
algún tesoro, hicieron en la piedra una cortadura que supone enorme
gasto de dinero y un ímprobo trabajo. Las tradiciones árabes
recuerdan que KARAKUSH, eunuco griego al servicio de SALADINO, aconsejó
á este príncipe la demolición de las pirámides de
Guizeh, que guardaban las riquezas de los antiguos Faraones: el esfuerzo y
coste de la apertura de la de CHEOPS fueron tan grandes, que temiendo el
Sería prolijo detallar las grandes devastaciones de los monumentos egipcios. No habían estas terminado, cuando en 1851 MARIETTE descubría el Serapeum en los arenales de Sakara, pues en aquella época muchos excavadores, uno de ellos español por cierto, revolvían la necrópolis memphita buscando antigüedades para vender á los extranjeros que visitaban el Egipto. Se impuso la necesidad de guardar las riquezas que quedaban, preservando en lo posible las grandes ruinas y recogiendo los pequeños monumentos en un Museo; y así lo comprendió el Khedive ABBAS bajá, al ordenar en 1858 al mismo MARIETTE que fundara el establecimiento de Bulaq y organizara un servicio para el descubrimiento y conservación de las antigüedades de Egipto. El comercio de objetos arqueológicos quedó desde entonces severamente prohibido en el país. Los trabajos ejecutados desde aquella época por los dos directores que el Museo egipcio ha tenido, MARIETTE y MASPERO, han sido colosales, superando sus resultados á las mejores esperanzas que la ciencia histórica pudiera fundar en los descubrimientos arqueológicos de aquella región. Salieron de nuevo á la luz del día templos que, como los de Edfú, habían desaparecido bajo las ruinas de sucesivos pueblos edificados sobre sus columnas: se hallaron millares de inscripciones epigráficas de gran importancia: los sepulcros dieron todos los elementos necesarios para reconstituir la vida íntima del antiguo Egipto; y finalmente, hasta en oscuros hipogeos fueron halladas las momias de los más celebrados monarcas de las dinastías tebanas. Al recorrer hoy las salas de Bulaq, setenta siglos de la historia egipcia pasan ante la vista del asombrado viajero. Sin embargo, la prohibición
absoluta de hacer excavaciones y vender antigüedades, dictada por el
Director del Museo, produjo por de pronto funestos resultados. Carecía
el Gobierno egipcio de elementos suficientes para guardar las dilatadas ruinas
que cubren ambas orillas del Nilo, no siendo posible, por ejemplo, que
Con tales excavaciones secretas, naturalmente ocurrió que muchos objetos desaparecían en el acto de ser hallados, y otros fueron destruídos. Los bronces, los barros, las piedras y estatuas de pequeñas dimensiones eran llevadas al Cairo, y allí vendidas á comerciantes griegos ó á viajeros en general ignorantes del mérito y valor de tales antigüedades. Rompíanse y destrozábanse las cajas de momias, las lápidas funerarias y demás objetos de difícil transporte, para así facilitar su venta en fragmentos que pudieran ocultarse. Inútil es decir que los papirus desaparecían míseramente, y el árabe que encontraba un rollo lo rompía en varios trozos, para tener mayor número de compradores. En nuestros días no se ha
extinguido aún entre, los fellahs egipcios la idea de que todo sepulcro
intacto encierra un tesoro: lo buscan con afán, y probablemente á
la hora de la muerte suspiran por no haberlo hallado, suponiendo que no
destruyeron suficiente número de sepulturas, pero que otros más
felices darán con la codiciada fortuna. Al lado de esta
preocupación ha nacido modernamente otra: la de buscar inscripciones
jeroglíficas escritas sobre madera ó piedra, por las cuales piden
precios exorbitantes. La
El sentido práctico de MASPERO le sugirió la idea de acabar en lo posible con esas depredaciones, asociando á la obra de conservación de las antigüedades que realiza el Museo á todos los fellahs árabes y beduinos dedicados á explotar las ruinas de Egipto. En 1883 propuso el Director de Bulaq al Gobierno del Cairo, y este dió fuerza de ley á su proyecto, una medida autorizando á todos los residentes en el país, sean indígenas ó extranjeros, para excavar en las antiguas ciudades y necrópolis. Exígese para ello que se presente una petición en regla á la Dirección de Antigüedades, expresando el sitio donde se proyecta hacer las excavaciones, y el tiempo que se calcula han de durar. En vista de ella, el Museo concede la autorización solicitada, bajo las condiciones de que cuantos objetos sean encontrados se depositen en lugar seguro hasta agotar lo contenido en el sitio que se registre. Se divide luego el hallazgo en dos partes iguales, permitiendo al excavador elegir la que prefiera; y si todos los objetos conviniesen al Director, se tasan á los precios corrientes en los Museos, aquellos que debieran ser propiedad del que los descubriera, pagando a este en el acto la suma de dinero convenida. Este sistema ha producido excelentes
resultados, pues cuando los árabes se convencieron de que las
autoridades de Bulaq obraban de buena fe y hacían el reparto con
justicia, acudieron en demanda de autorizaciones para trabajar en las
necrópolis, y rara vez han ocultado los objetos en ellas descubiertos.
Desde luego no los mutilan ni destrozan, sabiendo que siempre tienen comprador
seguro en el mismo Museo del Cairo; y además el previo conocimiento del
lugar donde trabajan, permite vigilarlos con
Otro de los deberes del servicio de conservación de antigüedades en Egipto consiste en la visita anual á los principales monumentos del Alto Nilo, con objeto de inspeccionarlos y dictar las medidas de reparación que su poca solidez haga necesarias. Merced á disposiciones adoptadas á tiempo en estos últimos años, ha podido detenerse la destrucción de la segunda torre izquierda que precede la entrada á la gran sala de columnas del templo de Karnac. Es de creer que los trabajos de consolidación hechos en 1883 y 1884 serán suficientes para evitar la ruina de aquella enorme, masa de piedra, cuya caída seria inevitable causa de la pérdida de todo el edificio, el más hermoso é importante de cuantos se conservan en Egipto. Finalmente, la Dirección de Antigüedades cuida con preferencia del descubrimiento de las ruinas que los vientos del desierto habían cubierto de arena, y de las cuales se había perdido hasta el recuerdo del lugar donde se hallaban. Merced á esto se han conseguido encontrar las necrópolis de Akmin, Gebel Ein, Edfú y Esneh: se han descubierto preciosas tumbas pertenecientes al largo período histórico comprendido desde la IV Dinastía hasta la época tebana, en Guizeh, Sakara, Abydos, Abd el Gurnah. y Assuán: sobresale de entre los escombros que lo ocultaron durante veinte siglos el famoso templo de Luxor, y se llenan las salas del Museo de Bulaq con importantes objetos que, utilizados por la historia, servirán para reconstituir sobre base más segura todo el edificio de la vida egipcia, desde los tiempos casi fabulosos de MINIS hasta el final de la dominación ptolemáica. Para atender al cumplimiento de
estas obligaciones, el Director de Museos emprende todos los años un
viaje al Alto Egipto, llegando generalmente hasta la primera catarata del Nilo,
en las fronteras de la Nubia. Dispone para ello de un antiguo y cómodo
vapor de ruedas, el
Bulaq, dedicado hace ya más de
veinticinco años á este servicio; y todos los inviernos, que en
Egipto no son tales, sino templadas primaveras, se organiza una
expedición
Urgentes necesidades del servicio detuvieron á últimos de 1885 la salida del vapor de los muelles del Museo, en donde generalmente está anclado, y no pudieron terminar los preparativos de viaje hasta el día 7 de Enero de 1886, a las doce de cuya mañana el Bulaq largaba las amarras y penosamente subía contra la corriente del río encerrada entre las pilas del grandioso puente de hierro de Kasr el Nil. Formaban la expedición científica las personas siguientes: GASTÓN MASPERO, Director general de Museos de Egipto, Profesor de lengua y arqueología egipcias en el Colegio de Francia, y miembro del Instituto. G. WILBOUR, egiptólogo americano que con notable sagacidad y paciencia prosigue, aumenta y corrige los trabajos del sabio alemán LEPSIUS, cuyos libros y apuntes más importantes adquirió á su fallecimiento. E. GRÉBAUD, Director de la Escuela francesa de Egiptología establecida en el Cairo. U. BOURIANT, conservador adjunto del Museo egipcio de Bulaq. Mis relaciones personales con el profesor MASPERO me valieron su cariñosa invitacion para unirme á los expedicionarios, recibiendo á bordo del Bulaq la más franca y cordial acogida. Sería vano reseñar cuán agradable fué el viaje hecho con tan ilustrados egiptólogos. En las horas, que, en otras condiciones habrían sido largas y posadas, transcurridas en la cubierta del vapor mientras este se deslizaba pausadamente sobre el río, no decayó por un instante el interés de las conversaciones, cuyo obligado tema era la antigua civilización del pueblo que recorríamos. En los puntos de parada formamos una pequeña caravana para visitar templos ó recorrer necrópolis, y de las explicaciones allí oídas adquirí provechosas enseñanzas para el estudio de los monumentos que mi creciente admiración iba descubriendo en los vastos arenales del desierto africano. Por las noches la cámara de popa, en donde se instaló una numerosa y nutrida biblioteca, era punto de reunión para coordinar los apuntes tomados durante el día. En Luxor se reunió con
nosotros el Sr. J. H. INSINGER, joven
La expedición, dirigida por MASPERO, recorrió las ruinas de Memphis y Sakara, las Pirámides de Licht, las tumbas de Beni Hassan, las cuevas de Assiut y los templos de Déndera, deteníendose algunos días en las llanuras de Tebas con motivo de las excavaciones del templo de Luxor y el hallazgo del sepulcro de SON NOTÉM, descubierto cerca de Deir el Medineh. Yo seguí con el Bulaq hasta la Nubia, volví luego á Luxor, y el día 5 de Marzo me despedí de mis compañeros, regresando al Bajo Egipto para volver á Europa, después de once años de casi no interrumpida ausencia. II.
Descubrimiento del sepulcro de Son
Notém Al acabar el mes de Enero del año próximo pasado se hallaba la expedición científica en Luxor. El Bulaq ancló junto á un desmoronado muelle, de construcción greco-romana, que hace veinte siglos debió edificarse para proteger el vecino templo de AMEN-HOTPU III, cuyos cimientos lame y destruye la corriente del Nilo, y los expedicionarios se entregaron con entusiasmo á desescombrar el pavimento del inmediato templo de RAMSÉS II, en uno de cuyos intercolumnios se acababa de descubrir un bellísimo monolito con la figura del gran monarca. A las cinco de la tarde del
día 1.º de Febrero, en el momento de volver de una excursión
á las vecinas ruinas de Karnac, se nos presentó un beduino de
aspecto miserable, enrojecido por el sol y mal cubierto el cuerpo por rota
camisa de sucio percal blanco. Venía á participarnos el
descubrimiento que pocas horas
Aquel beduino se llamaba SALÁM ABÚ DUHI, y era vecino de Gurnah. Asociándose á otros tres amigos suyos, solicitó permiso para hacer excavaciones en la parte de necrópolis inmediata al pueblo de su residencia, que le fué concedido sin dificultades, por no existir en aquellos sitios monumentos de importancia, y después de siete días de trabajo entre las ruinas halló el pozo del nuevo sepulcro, que por estar cubierto con los escombros de otras tumbas, escapó á las depredaciones de cuantos en épocas anteriores han saqueado los cementerios de Egipto. Un rais ó guardián del Museo, despachado desde nuestro vapor, fué inmediatamente al sitio del hallazgo para evitar que durante la noche se sustrajera objeto alguno ni destrozaran las momias sus mismos descubridores, cediendo á la imbécil manía de registrarlas en busca de alhajas y tesoros. Sabida con oportunidad la noticia del descubrimiento, era necesario tomar las debidas precauciones que aseguraran la conservación de los cadáveres y del ajuar funerario, hasta que el Museo pudiera hacerse cargo de la tumba. En la madrugada del siguiente
día MASPERO, BOURIANT, INSINGER y yo nos dirigimos al lugar indicado por
el mismo ABÚ DUHI. La canoa del vapor nos llevó á la
orilla izquierda del Nilo, y como su quilla varase en los bancos de lodo
situados á unos 30 metros de la ribera, fué preciso colocarnos en
hombros de los marineros hasta alcanzar la tierra firme. Llevábamos
provisiones para el día, útiles de trabajo y una máquina
fotográfica de pequeñas dimensiones, todo lo cual fué
acomodado á los lomos de los burros, pacientes animales que son de gran
utilidad para esta clase de expediciones. A caballo cruzamos la verde llanura
tebana extendida desde el río hasta el mismo pié de los colosos
de Memnón, y nos detuvimos un momento ante los magníficos restos
de aquellas dos estatuas erigidas en el confín del desierto para
proteger la entrada del palacio de AMENHOTPU III, y más tarde adoradas
como Dioses cuando el paganismo helénico vió en
En medio de la verdura de aquel pintoresco llano, y junto al brazo derecho del Nilo, cuya corriente mengua y se extingue durante la mitad del año, se levantan las miserables chozas de un aduar de fellahs. Nada tan extraño como un pueblo árabe del Alto Egipto. Vistas á lo lejos sus casas parecen palomares, y lo son en realidad, pues todos sus techos se alzan coronados por enormes conos de tierra, llenos de agujeros en donde anidan las palomas silvestres. Las habitaciones de aquellos infelices labradores están hechas de adobe; son planas, cuadradas, pequeñas, con muros gruesos que en verano intercepten el calor de fuera, pero sucias y asquerosas hasta lo indecible. Parece mentira que la vida humana pueda conservarse en aquel ambiente siempre fétido, y sin embargo se encuentran por allá gentes ancianas que de seguro nunca usaron otra agua fuera de la necesaria para beber. Los musulmanes vecinos al desierto, antes de comenzar su rezo diario hacen con arena las abluciones prescritas por el Profeta. Otro aduar, no ya de fellahs, sino de beduinos, se encuentra á la vista de los colosos de Memnón: es Sheik Abd el Gurnah. Sus habitantes son pastores de oficio, rateros de ocasión y excavadores de antigüedades cuando han vendido los ganados en alguna feria, y no tienen ocupación ó necesitan dinero. En este último caso, provistos de una azada y una espuerta, van tranquilamente, á las tumbas egipcias vecinas al lugar, y por mas que en tiempos pasados fueron todas abiertas, escarban entre los escombros en busca de estatuitas ó amuletos olvidados. A veces su trabajo no es enteramente estéril, pues para cualquier objeto menudo con que tropiecen, pronto encuentran comprador entre los viajeros que recorren el Nilo. En alguna ocasión han hecho de esta suerte hallazgos muy importantes: baste recordar que eran de Gurnah los dos hermanos ABD EL RASSUL, que descubrieron en 1876 y explotaron hasta 1881, el hipogeo donde estaban enterrados los Reyes de las Dinastías tebanas. Media hora escasa de marcha nos
llevó desde Gurnah al pié de
Fácilmente se distingue que aquellas abandonadas soledades fueron la gran necrópolis de una ciudad inmensa. Las ruinas cubren materialmente el suelo, alzándose entre ellas los agrietados y negros lienzos de muralla como informes y mudos fantasmas que presiden aquel espectáculo de desolación y muerte. Vasos y ánforas, estatuas y estelas, yacen esparcidos en fragmentos por los suelos, confundidos con los jirones de amarillas telas que fueron sudarios de las momias. Y aun más choca y repugna ver los restos humanos esparcidos por la arena, los destrozados cráneos cuya órbita conserva el apagado ojo del difunto, las mandíbulas que todavía guardan en su cavidad la lengua: asquerosos residuos de la vida, sirviendo ahora de pasto á las hienas y de festín á los chacales del desierto. Desde el barranco se veía un grupo de beduinos esperando en las inmediaciones del nuevo sepulcro. Las extrañas figuras de aquellas gentes, desnudas é inmóviles, aparecían en relieve sobre las calcinadas ruinas de las tumbas, cual si fueran negras estatuas de mármol olvidadas por el cortejo de un antiguo entierro. Eran los excavadores de Gurnah que habían hecho el descubrimiento del hipogeo y que esperaban nuestra llegada para recibir la recompensa debida. Por sus explicaciones supimos que hacia una semana trabajaban en aquel lugar de la necrópolis, habiendo seguido cuatro ó cinco pistas falsas antes de encontrar el pozo intacto que conducía al sepulcro. Junto á, este hallaron además otra cámara mortuoria, violada hacía muchos siglos, y que los escombros vecinos y las arenas del desierto cubrieron por completo ocultándola á la vista. De la nueva tumba desapareció
enteramente la
mastaba ó capilla funeraria,
exterior que en los cementerios egipcios señalaba el
Este pozo tenía unos 4 metros de profundidad; estaba abierto en la blanca roca caliza que forma la cordillera líbica, y la orientación de sus lados correspondía perfectamente á los cuatro puntos cardinales. Nos extrañó su poca profundidad, pues es casi regla general, tanto en la necrópolis tebana como en la memphita, que los pozos midan entre 10 y 20 metros. En las paredes Norte y Sur había pequeños agujeros hechos á distancia regular en la piedra para facilitar el descenso de los obreros. En el fondo del pozo, mirando á Poniente, se veía la entrada de una estrecha galería, que bajaba en plano inclinado con una extensión de 2 metros. La arena se acumuló en aquel sitio, y como los beduinos no se tomaron la molestia de extraerla, hubimos de pasar el corredor arrastrándonos penosamente. Daba acceso esta galería á una cámara ancha de 3 metros, larga y alta de 5, tallada en la roca viva de la montaña, y desnuda de todo adorno. Quizás los constructores del sepulcro proyectaron destinar aquella sala para cámara mortuoria; pero no pudieron realizar tal idea por la mala calidad de una gran vena de piedra desigual y quebradiza, que la atraviesa en toda su longitud. Entonces cortaron otro pozo, profundo de un metro, junto al muro de Occidente, y á su extremidad abrieron otra galería en dirección á la derecha, hasta encontrar, á distancia de 3 ó 4 metros, mejor calidad de piedra para esculpir y pintar las escenas funerarias que son indispensable decorado de los sepulcros egipcios. No sin emoción hallamos en el fondo de este último corredor la entrada de la cámara funeraria, en cuyo marco de piedra permanecía intacta la puerta de madera cerrada por el sacerdote que depositara en aquel recinto el último cadáver. Era, pues, evidente que teníamos delante uno de los raros hipogeos que en la necrópolis tebana han escapado á las depredaciones de los romanos, los coptos y los árabes. Veíase en la parte superior
de la puerta una pintura en la piedra
Es decir, el Sol poniente que va á dormir con su madre la Noche. Delante de la barca había un hombre de pie, con los brazos tendidos en actitud de adorar, con la inscripción siguiente:
Detrás de la barca veíase una mujer, en actitud igual á la de su compañero, con esta inscripción:
La puerta era de madera blanca, tallada en forma cuadrilonga algo irregular, y sostenida por un montante ó barra añadido á su lado izquierdo, que se introducía dentro de dos agujeros hechos en las piedras del arco y del dintel. A su mitad estaba clavada la cerradura de madera, idéntica á la que aún hoy usan los fellahs de Egipto, y tenía el pasador también de madera corrido y sellado con la imagen de Annubis sobre una marca de barro. La puerta medía metro y medio de altura. La parte exterior de esta puerta
estaba pintada con un fondo de color amarillo, sobre el cual se dibujó
un cuadro dividido en
Y junto á los otros personajes había esta leyenda:
En el segundo registro de las pinturas de la puerta se veía el Dios Ptah-Sokar-Osiris con cabeza de gavilán cubierta por la diadema osiriana, sentado en el trono de leones que siempre ocupan las divinidades egipcias. Su nombre estaba escrito al lado, seguido de sus principales títulos:
La imagen de la simpática Diosa hermana de Osiris y madre de los cuatro Genios funerarios, se veía de pié, al lado del Dios, acompañada por esta sencilla inscripción:
Y delante de las dos divinidades que juzgaban y protegían á los difuntos al dirigirse á la mansión eterna, hallábanse de pié siete personas con las manos tendidas en demanda de protección. El texto jeroglífico escrito á su lado nos da á conocer sus nombres: Urgía salir del estrecho corredor, en donde la atmósfera, elevada á una temperatura de 48º, era casi asfixiante, y además deseábamos todos con impaciencia abrir cuanto antes aquel sepulcro. Copiadas con cuidado las anteriores inscripciones, y hechos los calcos de las pinturas, se rompieron los costados de piedra de la puerta para salvar su madera, que fué cuidadosamente, transportada al buque del Museo. III.
Inventarios é historia del
sepulcro El deseo de salvar la puerta de
madera, que podíamos considerar como ejemplar único en el mundo,
nos hizo romper el dintel de piedra que contenía parte de las anteriores
inscripciones. Penetramos en la cámara mortuoria, cuyo aspecto era en
realidad imponente. El suelo estaba cubierto de cadáveres; nueve de
ellos encerrados en sus cajas de sicomoro y once tendidos sobre la arena. En
los rincones se veían amontonados vasos de barro cocido, panes, frutas,
muebles, y secas y ajadas guirnaldas de flores. Arrimados á la pared
había dos carros funerarios, probablemente
Procedimos con método, disponiendo en primer lugar que los empleados egipcios del Museo y los beduinos de Gurnah trasladaran todos los cadáveres, muebles y ofrendas del sepulcro, á nuestro buque anclado en Luxor. Así salieron de nuevo á la luz del día aquellos despojos de la muerte encerrados durante más de treinta siglos en las sombras del olvido; y por más que nuestra atención procuró rodearlos de todos los posibles cuidados en su travesía por el desierto y la llanura tebana, no pudimos evitar que la natural incuria de los indígenas hiciera perder algunos y estropeara otros. Un magnífico taburete pintado con brillantes colores y atrevido dibujo, se hizo añicos antes de llegar al Bulaq. Encargóme luego el profesor MASPERO que en la cubierta del barco hiciera el inventario de todos los objetos recogidos en el sepulcro. Allí trazadas con lápiz tomé rápidamente varias notas que tengo á la vista al escribir estas líneas, y que forman el catálogo de las momias entonces descubiertas, junto con los muebles y efectos de su propiedad. De los veinte cadáveres que había en el sepulcro, los nueve encerrados en sus cajas de madera estaban perfectamente conservados, y pudieron ser conducidos al vapor sin ninguna dificultad. No así los once restantes, que tirados sin cuidado alguno por el suelo, quizás también mal momificados y peor sujetos por las bandas de tela rotas en pedazos, se deshicieron entre las manos de los árabes que intentaron levantarlos. Pedí conservar únicamente sus cabezas por el interés etnográfico que pudieran tener los cráneos. Las momias que entraron á bordo pertenecían á las siguientes personas:
Estos son los nombres que leímos en las inscripciones puestas sóbre los féretros decorados con el mayor lujo que guardaban las momias. Además se recogieron dos cajas pequeñas pintadas de amarillo y sin constar en ellas nombre alguno: sin duda encerraban fetos ó cadáveres de niños recién nacidos. Los muebles, las estatuas funerarias y las inscripciones del sepulcro nos dieron los nombres de los demás individuos allí enterrados. Sus momias eran pobres, mal hechas, sin cartonajes ni decorado alguno. Parecían miembros de una familia que había sufrido reveses de fortuna. Eran los siguientes:
El ajuar funerario de todos los
anteriores cadáveres era muy considerable. Como objetos más
importantes señalamos los dos carros mortuorios antes mencionados, y que
son raros hasta el
Al mismo personaje pertenecía también un lecho mortuorio que hallamos en el sepulcro. Era de madera pintada de blanco, con el dibujo de dos serpientes corriendo por el marco de la madera que debía sostener el cadáver. Formaban sus piés dos cabezas y dos patas de león, y tenía las siguientes dimensiones: largo, 2 metros; ancho, 80 centímetros; alto, 40 centímetros. Una mesita blanca y dos taburetes pintados de colores completaban el ajuar del sepulcro. Todo debió pertenecer á SON NOTÉM, no apareciendo ningún objeto que pudiera atribuirse á los demás cadáveres. También es de suponer fuesen de aquel personaje los demás objetos de uso particular que se enterraban con el muerto, por la creencia existente entre los egipcios de que luego podrían ser utilizados en la otra vida. Hallamos los siguientes: Un bastón de madera, con el nombre de SON NOTÉM grabado junto al puño. Una medida, también de madera, larga de 52 ½ centímetros. Corresponde al codo egipcio de Tebas. Dos pares de sandalias de paja. Un bloque irregular de piedra
caliza, plano y delgado, en una de cuyas caras había escrito en
caracteres hieráticos el principio de una novela. Este objeto es en
extremo interesante, pues viene á completar el texto de un papirus
existente en el Museo de Berlín,
Las estatuas abundaban en aquella tumba: cuatro grandes y tres algo menores, todas de piedra, estaban encerradas en sus correspondientes sarcófagos, los cuales tenían una inscripción con el nombre de SON NOTÉM. Sin duda alguna representaban los dobles ó segundos cuerpos en que el alma del difunto debía encarnarse si por cualquier accidente se destruía su momia. Hallamos además una cantidad considerable de shbiti ó estatuas funerarias figurando los criados de la momia, que debían responder al llamamiento que esta les hiciera en la región inferior del cielo egipcio para ayudarla á regar las tierras, sembrar los granos y limpiar los canales en los campos de Aalu. Estaban esas estatuas hechas en piedra calcárea, barro, porcelana y madera, y, excepto una, todas llevan una inscripción jeroglífica con el nombre de su propietario. Conté las siguientes:
Por un milagro de
conservación que solo en Egipto puede realizarse, dadas las especiales
condiciones de su clima y de su suelo, hallamos en el sepulcro los panes de
harina amasados hace treinta siglos, que el tiempo secó sin poder
pulverizar ni destruir: huevos, dátiles, la fruta
dum que hoy apenas se produce, granos de
trigo, lino y comestibles allí depositados en la creencia ingénua
Mas de cuarenta cajas de madera pintada se veían en el sepulcro. Quizás algunas sirvieron para conducir la comida del último banquete ofrecido por las momias á los acompañantes de su entierro, y otras, destinadas á guardar las estatuas y las ofrendas de la tumba. Sin embargo, todas estaban vacías. Una de ellas, de grandes dimensiones, carecía de inscripciones. Otras cinco, algo menores, llevaban los nombres de SON NOTÉM, EI NEFER TI, ISIS, KHONSÚ y TAMAK. Treinta y cinco cajas más pequeñas pertenecían á los demás ocupantes del sepulcro. Finalmente, recogimos algunas pequeñas cestas tejidas con mimbre y paja; diversos platos de barro, blanqueados sus bordes con una faja de cal, que contenían los panes y bizcochos de las ofrendas; ánforas comunes de variada forma, indudablemente depositadas en la tumba con agua, leche y vino; y doce diminutos vasos, perfectamente decorados, con el nombre de SON NOTÉM entre las pinturas. En su conjunto tienen gran importancia todos los objetos recogidos en aquel sepulcro, porque mientras unos son únicos en el Museo de Bulaq, otros forman tipos diferentes necesarios para el conocimiento de la vida y del arte egipcios en aquella época remota. Importa ahora explicar por
quién y en qué tiempo fué construído aquel
sepulcro, lo cual no ofrece duda alguna teniendo á la vista los textos
jeroglíficos, las momias y el ajuar de su fúnebre morada. Desde
luego la lista de los personajes hasta aquí mencionados supone ya una
numerosa familia, por cuyos cargos se deduce que pertenecía á la
casta sacerdotal. El título de
auditores de invocaciones en la morada de la
Verdad que tienen SON NOTÉM, KHONSÚ, HABEKENT y TARO se
daba, en efecto, á ciertos sacerdotes del templo del Ammón
tebano, que el rey destinaba á vigilar y guardar el vecino valle, hoy
llamado Bab el Moluk, en donde
La necrópolis del vecino valle de los Reyes fué destinada á guardar los venerados restos de los monarcas que más engrandecieron el país después de la dominación de los Hicsos ó Pastores. Abandonada desde hacía mucho tiempo la construcción de Pirámides con destino á mausoleos reales, los representantes de las dinastías tebanas que fundara AMOSIS buscaron la eterna paz del sepulcro en profundas cuevas y anchas galerías abiertas en el seno de la montaña detrás de Deir el Bahari. Allí la famosa reina HATASÚ, hija de THUTMOS II, edificó el magnífico templo cuyas ruinas excitan la admiración de los viajeros, deseando que fuesen adoradas las divinidades de la muerte junto al recinto en que los cuerpos de los reyes debían esperar su transmigración al cielo. Y era natural que para custodiar tan preciados tesoros, para servir el templo y vigilar la necrópolis, se buscara una familia de sacerdotes ilustres entre los que entonces más se distinguían en Tebas, como lo era también que los miembros de esta familia hicieran abrir su sepulcro cerca del lugar que por su cargo debían habitar constantemente. Su primer propietario fué SON
NOTÉM, que aparece como fundador de la familia y poseedor del cargo,
desempeñado á su muerte por su hijo KHONSÚ. Las personas
enterradas en el hipogeo debieron pertenecer á tres generaciones
diferentes, explicándose que los últimos cadáveres fuesen
tan pobremente momificados por las revueltas que asolaron Tebas al extinguirse
la última dinastía de los Ramesidas, y que sin duda redujeron los
descendientes de SON NOTÉM á la miseria. Además con la
desaparición
Es ya más difícil precisar los grados de parentesco que acercaban á aquellos individuos, pues se trata de una familia muy numerosa y que ciertamente hubo de tener otro hipogeo en la necrópolis cercana á Gurnah. El que nosotros descubrimos solo guardaba veinte cadáveres, y sin embargo tenía objetos mortuorios pertenecientes á personas cuyas momias no estaban en el sepulcro. Las inscripciones de las paredes señalan además los nombres de varios parientes que asisten al entierro de SON NOTÉM ó van á rendirle el homenaje funerario ordenado por los ritos religiosos, y su lista, unida á la de nombres que constan en las leyendas de la puerta, de las cajas y de los vasos, permite reconstituir casi por completo aquella antigua familia egipcia. Hé aquí esta curiosa serie de nombres, que podemos considerar como lista de los descendientes de SON NOTÉM hasta que se extinguió su familia, o sin rango ni clase fué á confundirse con el pueblo:
KHONSÚ, su hijo. PARA HOTEP, su hijo. TRU NEFER, su hija. KHA BEKHET.
RAMÉS. AN HOTEP. RANENÚ. ISIS. MESÚ.
TAIU, su hija. HABEKENT.
KENT URT, su hija.
TRITU NEFER. RA SKHÚ. TAMAK. HATHOR. TAAN ENSET. HABEKENT, profeta de Ammón.
LOSÚ, su hija. TAASH SEPTÚ, su hija. TARO.
BUNEKHEFT. RASKHÚ. HOTPÚ. TAA ASH ENES. JHA HOTEP NEFER REMPET. AMÉN NAKHTÚ. MESS RUTHER. En esta numerosa familia se encontraban personas de distintas razas. Desde luego se comprende que es imposible estudiar los cadáveres cubiertos con las vendas de las momias; pero las cabezas que fueron recogidas en el mismo sepulcro me han permitido observar que la generalidad de los individuos á que pertenecían eran de raza egipcia, es decir cobriza, con el cráneo estrecho por delante y abierto en los huesos temporales y occipital; y solo uno de ellos era de un etíope, muy desarrollado, y con la mandíbula saliente que caracteriza la raza negra. IV.
Inscripciones y pinturas de la
entrada Da acceso á la sala mortuoria
de SON NOTÉM un estrecho corredor, largo de 2 metros, que baja en suave
pendiente desde la primera cámara al sepulcro. La puerta de madera
destinada á cerrarlo fué puesta á la parte de fuera de
este corredor, que forma
Empezando por la puerta, he de describir las pinturas é inscripciones de su hoja interior, ya que antes reseñé las que vimos en la otra hoja al abrir el sepulcro. La adjunta lámina está interpretada por la hábil mano del Sr. RIUDAVETS de una fotografía que saqué de dicha puerta á bordo del Bulaq, y representa tan fielmente el original, que no he creído necesario transcribir en caracteres ordinarios la segunda y más larga leyenda jeroglífica que contiene. Está dividida en dos partes. En la superior se ven á la izquierda las figuras de SON NOTÉM y de su mujer EI NEFER TI sentados delante de una mesa que tiene un tablero de ajedrez. Es un dato curioso para las investigaciones del origen de este juego, evidentemente egipcio, y del cual se conocen representaciones aún más antiguas en otros sepulcros de Tebas. Junto á esta mesa hay otra algo mayor, ricamente provista de ofrendas de todas clases. En ella se confunden las simbólicas flores del lothus y del papirus, los panes consagrados á los difuntos y las carnes con que deben alimentarse estos en el cielo; y á su pié se ven alineadas las ánforas de distintas formas rebosando buen vino y leche blanca de la sagrada vaca de Heliópolis. En el espacio que queda libre entre las cabezas de las dos figuras y el extremo superior de la puerta se leen los siguientes jeroglíficos que están medio borrados, pero que ofrecen fácil interpretacion:
Casi es ocioso recordar que el antiguo egipcio nunca creyo que la mujer le era inferior en casta, en inteligencia ni en derechos dentro de la familia. Aquella sociedad fué monógama hasta que con las influencias extranjeras contrajo hábitos de lujo y vicios PARTE INTERIOR DE LA PUERTA DE
MADERA.
que no tenían los egipcios en la época tebana. El marido amaba á su mujer y la ennoblecía llamándola su hermana; el hijo tenía siempre buen cuidado de hacer constar junto á su nombre el de la madre que le había dado el sér. El registro inferior de la puerta está ocupado por 11 columnas de jeroglíficos escritos en lineas verticales, cuya lectura empieza por la derecha. Su texto contiene simplemente la reproducción del capítulo I y el título del capítulo XVII del ritual funerario que los egiptólogos modernos designan bajo el nombre de Todtenbuch ó Libro de los Muertos. Este libro es un breviario ó resumen de oraciones y exorcismos que todos los difuntos debían aprender de memoria para ir al cielo, y contiene además la reseña de las ceremonias que debían efectuarse para la momificación y el entierro de los cadáveres. Hé aquí la traducción de esta leyenda de la puerta: Si en la tierra se aprende de memoria esta parte del libro, y se escribe en el sepulcro, mediante su eficacia el difunto podrá entrar y salir libremente de la tumba. Nadie se lo impedirá. Tendrá alimentos y bebidas en abundancia, y carnes del altar de Osiris. Podrá ir á cultivar los campos de Aalú, en los cuales recogerá trigo y cebada, gozando la misma prosperidad que tenía en la tierra. Hará lo que le plazca, como los Dioses que forman la cohorte de Mat (la barca solar). -Ahora empiezan las fórmulas y ceremonias por cuyo poder el difunto abandona la tumba y desciende á la divina región subterránea entre los manes que habitan el buen Amenti, saliendo al día y tomando todas las formas que le agraden para distraerse, pasear y reposar en la Sala de los goces, ó salir al mundo como alma viviente. El Osiris auditor de invocaciones en la morada de la Verdad SON NOTÉM majerú (justo de voz) y su hermana la dama EI NEFER TI. Esta palabra majerú, que suele constantemente aplicarse á los difuntos en estado de perfección, ha sido con frecuencia mal interpretada. Significa que la momia tiene la voz justa para la plegaria, así dando á entenderse que los antiguos egipcios creían no solo en la virtud de conocer las oraciones, sino en la necesidad de modularlas con cierto canto y ritmos previamente establecidos.
El corredor de la tumba está orientado de Norte á Sur. Las dos paredes y el techo que lo confinan muestran la piedra perfectamente pulida, sobre la cual los artistas empezaron á desarrollar varias escenas de la muerte y la resurrección en la inmortalidad de Osiris. En el muro meridional está pintado un cuadro con dos leones sentados, que tienen sobre sus cabezas el signo jeroglífico del horizonte, y debajo de ellos continúa la anterior inscripción de la puerta, copiándose el capítulo XVII del Todtenbuch. Se ha omitido su sentencia inicial, que dice: Palabras del difunto: Yo soy Tum, sér único en el celeste río. El texto dice: En el opuesto muro de la galería hay un cuadro figurando un gato armado con enorme cuchillo que ataca á una serpiente. La inscripción que tiene debajo continúa el texto ainerior. Dice así:
Esta inscripción no concluye.
Al ponerla á la entrada del sepulcro se quiso, sin duda, cumplir con uno
de los preceptos del ritual que manda escribir las oraciones en la morada de
los muertos; pero los artistas atendieron solo al punto de vista decorativo
Antes de entrar en la sala mortuoria su propietario escribe dos invocaciones á los dioses pidiéndoles que le acojan bajo su protección. Dice la primera:
La segunda invocación dice:
Léese además otra invocación dirigida á los Dioses pidiendo ofrendas del banquete funerario. Dice:
En el techo del corredor está representado el signo jeroglífico del horizonte, de cuyos extremos salen los dos senos de Nut, la
noche, madre de los Dioses. Encima brilla el rojo disco del Sol. La inscripción que acompaña este cuadro es un himno al Sol naciente, escrito de la siguiente manera:
Una pequeña leyenda que rodea al disco del Sol contiene sus títulos. Dice:
Este corredor da entrada al sepulcro por la pared del Sur. V.
Muro del Sur Siendo SON NOTÉM un rico funcionario á quien estaba encomendada la custodia de los hipogeos reales en la necrópolis tebana, no debe sorprender la suntuosidad, especialmente en pinturas, con que se hallaba decorada su tumba. Son notables aquellos extensos cuadros de la doctrina osiriana, y muy curiosos los textos de inscripciones jeroglíficas que llenan los espacios entre las figuras de los muros y del techo. La detenida explicación de adornos y leyendas dará completa idea de aquel rico sepulcro. Empecemos por el muro del Sur, en
cuya mitad se abre la
El primer cuadro de la izquierda se divide en dos partes sobrepuestas. En la de arriba SON NOTÉM de pié con las manos levantadas se acerca á los Dioses que guardan las puertas del cielo, pidiéndoles permiso para entrar en la eternidad. Debajo se ve á su mujer EI NEFER TI en la misma actitud, y ambos esposos dirigen una bella invocación á Osiris, que, escrita en jeroglíficos, se lee junto á ellos. Dice el marido:
La mujer pronuncia las siguientes palabras:
Delante de los difuntos están los Dioses guardianes del cielo, graves y serenos, sentados sobre la medida de la justicia, un cuchillo en la mano con el filo levantado para acometer á los intrusos que se aventuren en el camino de Occidente. Puestos en dos filas unos encima de otros, todos tienen detrás una inscripción que nos explica el nombre de la puerta del cielo que cada uno guardaba, así formando una Curiosa página de mitología egipcia. El primer Dios, contando desde la derecha, tiene la cabeza de pájaro Ibis. Su leyenda dice:
El segundo Dios, puesto debajo del primero, tiene la cabeza de león. Dice:
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