Marcelino Menéndez y Pelayo
Madrid, 26 de octubre de 1891.
Sr. D. Leopoldo Alas.
Mi muy querido amigo: Tengo que dar a V. la más cumplida enhorabuena por el discurso inaugural.
Es de lo más valiente,
sincero y ponderado que he visto en materia de pedagogía novísima.
En algunos puntos no dice todo lo que yo quisiera que dijese, pero la misma
antinomia que hay en el espíritu de su autor da más valor para
mí a lo mucho que concede.
_[fol.
1v]_
Yo he sido siempre muy poco liberal, en el sentido
de que la libertad nunca he podido entenderla como «fin», sino como «condición»
y «medio» de realizar el ideal de vida humana y acercarnos en lo posible al
ideal de vida divina. Por eso los liberales vulgares (especialmente los «economistas»
e individualistas tontos, que tanto abundan en España) me revientan y
me parecen egoístas e inmorales; pero se me ensancha el alma cuando veo
a un liberal como usted coincidir conmigo en lo esencial del terrible _[fol.
2r]_ problema de la enseñanza, que nadie, ni liberal
ni conservador, se atreve a plantear aquí en sus verdaderos términos,
es decir, la absoluta necesidad de la educación religiosa, no ya sólo
para que la vida colectiva no acabe de disolverse, sino, lo que importa más,
para la salvación del alma propia, como quiera que esto se entienda.
El carácter polémico, social, etc., que la apologética
cristiana ha tomado en este siglo, especialmente en Francia, y por Francia en
otras partes, es, a mi juicio, _[fol.
2v]_ una de las causas que más contribuyen a la
falta de intimidad y pureza del sentido religioso que por todas partes se observa.
En lo tocante a los estudios clásicos, no hay que decir que estamos enteramente de acuerdo y que me felicito mucho de que así sea. La lástima es que siendo tantos en el profesorado español los que pensamos así, todos los esfuerzos resulten estériles, por la disparatada organización de nuestra enseñanza.
Suyo buen amigo y condiscípulo.
M. Menéndez y Pelayo.
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