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Miguel A. Caro
Recibidos por la Academia los volúmenes que componen las Noticias historiales de las conquistas de Tierra-firme en las Indias, Occidentales, escritas por Fr. Pedro Simón; la Historia general de las conquistas del Nuevo Reino de Granada, por el Dr. Lucas Fernández de Piedrahita, y la Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, por D. J. Manuel Groot, en testimonio de reconocimiento al Sr. D. Medardo Rivas, editor y remitente desde Bogotá, y de alta consideración al académico correspondiente D. Miguel A. Caro, acordó publicar en el BOLETÍN el siguiente discurso que encabeza la segunda de las referidas obras: El célebre historiador inglés Tomás
Babington Macaulay, principia su artículo sobre Lord Clive (escrito en
1840), admirándose con candoroso nacionalismo, de que la historia de la
conquista y subyugación de la India oriental por los ingleses, no haya
despertado jamás en Europa, ni en Inglaterra misma, el interés
con que cautiva los ánimos la historia de la conquista y
colonización de América por los españoles. Pocos
habrá que ignoren el nombre del vencedor en México y en Otumba y
que no hayan oído hablar de los caudillos que avasallaron el suelo de
los Incas; pero apenas
Y no acierta á comprender Macaulay esta preferencia que da el público á las conquistas españolas de América sobre las invasiones inglesas de la India, cuando considera que la población sometida por los ingleses era diez veces mayor que la de los indios americanos, y había alcanzado un grado de civilización material superior á la que tenían los mismos españoles cuando acometieron la conquista del Nuevo Mundo. En otro de sus ensayos, en que se refiere á la Guerra de sucesión en España, reconoce el mismo insigne escritor que España, en el siglo en que guerreaba á un tiempo en Europa y en América era la más poderosa y fuerte, al par que la más sabia y amaestra potencia del mundo; pero en la ocasión citada, tratándose de un paralelo entre el valor de la nación que no vió ponerse el sol en s dominios y el del pueblo insular que amenaza á todos con el tridente, el avisado crítico, á pesar de serlo, y mucho, el autor de los mencionados ensayos, no quiso ver, ó su orgullo nacional le vendó los ojos para que no viese, que el consabido sufragio del público leyente de todos los países en favor de la historia de nuestra América, comparada con la usurpación de la India Oriental, siendo como es voto general y unánime, no ha de graduarse de caprichoso y necio; antes hay que reconocer que se apoya en razones poderosas, y al crítico en casos tales no incumbe ensayar refutaciones de la opinión universal, sino desentrañar y cubrir los motivos y fundamentos que la explican. La conquista de América ofrece al historiador preciosos
materiales para tejer las más interesantes relaciones; porque ella
presenta reunidos los rasgos más variados que acreditan la grandeza y
poderío de una de aquellas ramas de la raza latina que mejores
títulos tienen á apellidarse
romanas: el espíritu avallasador y
el valor impertérrito siempre y donde quiera: virtudes heróicas
al lado de crímenes atroces: el soldado vestido de acero, que da y
recibe la muerte con igual facilidad, y el misionero de paz
Lo que es de notar, y lo que no observa Macaulay, es que las
glorias de la conquista han crecido y abiértose camino, no por esfuerzos
de la misma raza conquistadora encaminados á ensalzarlas y pregonarlas,
antes á pesar de la emulación de los extraños, como era de
esperarse, y también de la indolencia y aun las renegaciones de los
propios, que es género de oposición con que de ordinario no
tropezaron las glorias de otras naciones. Los primeros
Así cantaba en 1806 el más brioso, el más popular de los poetas españoles de aquel tiempo; y esas valientes estancias en que protestaba que los españoles de entonces no eran los mismos españoles del siglo XVI, del siglo de la grandeza de España, corrían en España con aplauso. Los tres siglos de servidumbre siguieron sonando lo mismo en los ensayos históricos del célebre literato y estadista peninsular Martínez de la Rosa (Guerra de las Comunidades de Castilla), que en los escritos patrióticos de nuestro insigne Camilo Torres (Memorial de agravios). Dijérase que españoles europeos y americanos no contentos desde los albores de 1810 con despedazarnos y desacreditarnos recíprocamente, sólo nos dábamos la mano en el común empeño de ahogar las tradiciones de nuestra raza, y que con desdén altivo, y aun con lágrimas que hacíamos alarde de verter164 (y que si alguno las vertió realmente, mejor se hubieran empleado en llorar pecados propios), aspirábamos á borrar, si posible fuese, los orígenes de la civilización americana.
Deplorable es, y lástima profunda inspira, la situación de una raza enervada que por único consuelo hace ostentación de los nombres de sus progenitores ilustres. ¿De qué ha servido á los modernos italianos decir al mundo con palabras y no con hechos que descienden de los Césares y Escipiones? Pero es doloroso también, síntoma asimismo de degeneración y de ruina, y rasgo de ingratitud mucho más censurable que la necia vanidad, la soberbia y menosprecio con que un pueblo cualquiera, aunque por otra parte esté adornado de algunas virtudes, apenas se digna tornar á ver á su cristiana y heróica ascendencia. El nacionalismo que se convierte en una manía nobiliaria es un vicio ridículo; pero el antipatriotismo es peor. A la España de ambos mundos en el presente siglo ha aquejado esa dolencia: esa «conformidad ruín con el desden extranjero, en sujetos descastados que desprecian la tierra y la raza de que son, por seguir la corriente y mostrarse excepciones de la regla.» «El abatimiento, el desprecio de nosotros mismos», añade el orador cuyas palabras estamos trascribiendo165, «ha cundido de un modo pasmoso, y aunque en los individuos y en algunas materias es laudable virtud cristiana, que predispone á resignarse y someterse á la voluntad de Dios, en la colectividad es vicio que postra, incapacita y anula cada vez más al pueblo que lo adquiere.» ¿Y por dónde empezó la tentación de despreciarnos en comparación con el extranjero, si no fué por esas declamaciones contra los tres siglos, es decir, contra nuestra propia historia? ¿Y de dónde nació esa peligrosa y fatal desconfianza en nosotros mismos, sino del hábito contraído de insultar la memoria de nuestros padres, ó de ocultar sus nombres, como avergonzados de nuestro origen? Natural y facilísimo es el tránsito de lo primero á lo segundo, como es lógico é inevitable el paso de la falta cometida al merecido castigo. Muy lejos estamos de desconocer los méritos
contraídos á fines del pasado siglo ó principios de este
por el diligente rebuscador Muñoz, por el sabio y virtuoso historiador
Navarrete y, en conjunto,
En efecto, luego que las colonias inglesas de la América del Norte hubieron consumado su emancipación y entrado en el goce del self-government, no faltaron naturales del país, de buenas y acaudaladas familias inglesas, que estuviesen adornados de una educación clásica, y á los recursos materiales que demanda la independencia literaria reuniesen la vocación y capacidad necesarias para el estudio de extensas y variadas investigaciones históricas. Los anales de su tierra nativa eran para ellos campo estrecho é infecundo; no hallaban allí ni las uniformes corrientes tradicionales que marcan el rumbo á la filosofía de la historia, ni los animados episodios y sucesos particulares que constituyen la poesía de la historia; y así, mal que les pesase renunciar á la escena nativa, convirtieron las miradas al Mediodía, y cautivada su atención por el descubrimiento y conquista de la América Española, á esta región histórica se trasladaron, y á ilustrarla consagraron con éxito afortunado sus vigilias; siguiendo en esta mi ración intelectual la costumbre de las razas del Norte que estimuladas por la necesidad dejaron muchas veces sus nebulosos asientos, é invadieron los países meridionales en demanda de climas más benignos y de tierras más fértiles y hermosas. Washington Irving, abre la carrera trazando la historia de los
compañeros de Colón. Prescott, explorando casi ciego (ejemplo
memorable de energía moral y mental) inmenso acopio de documentos, en
gran parte manuscritos, ilustra á un mismo tiempo la historia de la
Península y la de las colonias, con sus admirables trabajos sobre los
Reyes Católicos y Felipe II, sobre
la
Conquista de México y la del
Perú. Y tanto halago tuvieron para
los
Y no se crea que estos tributos valiosísimos que los
literatos septentrionales han rendido á la olvidada musa de nuestra
historia colonial, hayan procedido de circunstancias violentas, de caprichos y
aberraciones que los divorciasen de su abolengo, de aquel antipatriotismo que
sabe engendrar el desprecio de las cosas propias, pero que no por eso mueve
á ilustrar con paciente y sagaz investigación las ajenas, porque
ningún vicio es inspirador de virtudes. No se piense, por ejemplo, que
los citados escritores anglo-americanos fuesen despreciadores ni despreciados
de los ingleses, ni estuviesen reñidos con el público ilustrado
de Inglaterra. «Los americanos, siempre celosos de su independencia -dice
un atento observador de las costumbres de aquel pueblo,- y aborrecedores de las
instituciones británicas, se muestran sobremanera
Ni renunciaron dichos historiadores anglo-americanos á
su orgullo de raza, ni se desentendieron del todo de sus preocupaciones
nacionales, ni de sus errores de secta, siempre que ocurre la ocasión de
mostrar sus sentimientos personales á vueltas de la narración
histórica. ¡Cuán á las claras no se ostenta Prescott
protestante en su historia de Felipe II! ¡Cuán cordialmente no
simpatiza con los herejes perseguidos por el Santo Oficio! Cuando compara los
hijos del Mediodía, conquistadores del hemisferio americano-austral, con
la raza anglo-sajona, que se derramó sobre el Norte del mismo nuevo
continente, ¡con qué filial satisfacción no traza el elogio
del aventurero septentrional para levantarlo de algún modo, si lo fuese
dado, sobre el conquistador español! «El principio de
acción en estos hombres (los del Norte),
La elocuencia patriótica de estas frases es tal, que raya en exaltación tribunicia, y en algunas alusiones agresiva. No esperen las sombras de nuestros abuelos parcial inclinación ni favor gratuito de este tribunal severo. No habrá aquí ocultación ni disimulación alguna para sus faltas públicas ni privadas. Su avaricia y crueldad se pondrán de manifiesto, y aun los perfiles de sus vicios se retocarán tal vez con vívidos colores. Nihil occultum remanebit. Empero el narrador americano, en medio de sus preocupaciones de raza y de secta, alcanza un grado de imparcialidad suficiente para hacer justicia; goza de cierta independencia de pensamiento familiar á los que se acostumbran á vivir entre recuerdos lo que fué; si á veces abulta no poco los cargos, las virtudes que descubre conmoverán también su corazón generoso, le arrancarán elogios fervientes, la verdad guiará su pluma en el escabroso proceso, y en vez de dictar filial sentencia dejará que los lectores la pronuncien, comunicándoles previamente cuantos datos ha recogido, para que pueda cada cual fallar según su leal, saber y entender, con pleno conocimiento de causa. Por eso debemos recibir, como marcados con la estampa de la
más pura imparcialidad, los testimonios que ofrece en favor de aquellos
á quienes Quintana llamó, y muchos con él,
bárbaros y malvados.
¿Quién era el conquistador? ¿Eran todos los aventureros
gente vulgar, criminal y vagabunda? Más bien pertenecían al tipo
de caballero andante de siglos heróicos. «Era un mundo de
ilusiones el que se abría á sus esperanzas, porque cualquiera que
fuese la suerte que corriesen, lo que contaban al volver tenía
Y sin embargo de la verdad que envuelve esta última
consideración, el conquistador propiamente dicho puede considerarse como
el brazo secular, como la parte material de la conquista
«Los esfuerzos hechos para convertir á los
gentiles, dice con noble ingenuidad Prescott, son un rasgo
característico y honroso de la conquista española. Los puritanos,
con igual celo religioso, han hecho comparativamente menos por la
conversión de los indios, contentándose, según parece, con
haber adquirido el inestimable privilegio de adorar á Dios á su
modo. Otros aventureros que han ocupado el Nuevo Mundo, no haciendo por
sí mismos gran caso de la religión, no se han mostrado muy
solícitos por difundirla entre los salvajes. Pero los misioneros
españoles, desde el principio hasta el fin, han mostrado profundo
interés por el bienestar espiritual de los naturales. Bajo sus auspicios
se levantaron magníficas iglesias, se fundaron escuelas para la
instrucción elemental, y se adoptaron todos los medios racionales para
difundir el conocimiento de las verdades religiosas, al mismo tiempo que cada
uno de los misioneros penetraba
Tales son los rasgos característicos de la conquista, trazados por un distinguidísimo escritor extranjero y disidente. Dos enseñanzas muy útiles para los hispano-americanos se desprenden de las obras de Prescott: la primera, que la conquista y colonización de las Indias ofrece riquísima materia para que el historiador ejercite en ella su pluma y dé fruto que (según la frase de Cervantes) llenen al mundo de maravilla y de contento; y la segunda, que para escribir dicha historia no faltarán datos al que los busque en las crónicas impresas y en relaciones y carlas inéditas de aquellos antepasados nuestros, más cuidadosos de dejar fiel constancia de los hechos, cumpliendo así con la obligación que á ellos les incumbía, que lo hemos sido nosotros, en el siglo que corre, de desempeñar la nuestra, ordenando esos materiales y aprovechándolos con arreglo á las exigencias de la crítica moderna. Si de algo debe quejarse el historiador, dice Prescott, es más bien del embarras de richesses. Obligación hemos dicho que es la nuestra de aprovechar
esos materiales, porque la historia colonial no puede ser para nosotros objeto
de mera curiosidad histórica ó científica como para los
extranjeros,
Podemos contemplar la historia colonial bajo el aspecto social ó bajo el aspecto político, y en uno y otro caso hallaremos en ella los antecedentes lógicos de nuestra historia contemporánea. En el primer concepto la conquista y colonización de estos países ofrece á nuestra consideración el espectáculo de una raza vencida, que en parte desaparece y en parte se mezcla con un victoriosa; un pueblo que caduca y otro que, en su lugar, se establece, y del cual somos legítimas ramas; en una palabra, la fundación y desenvolvimiento de la sociedad á que pertenecemos. Ya en 1827, terminada apenas la guerra de emancipación,
aún vivos y frescos los odios que ella engendró, el ilustre autor
de la
Alocución á la poesía,
á quien nadie tachará de sospechoso en materia de patriotismo,
estampaba esta declaración digna de memoria: «No tenemos la menor
inclinación á vituperar la conquista.
Atroz ó no atroz, á ella debemos
el origen de nuestros derechos y de nuestra existencia, y mediante ella
vino á nuestro suelo aquella parte de la civilización europea que
pudo pasar por el tamiz de las preocupaciones y de la tiranía de
España170.»
Los romanos
Políticamente hablando, el grito de independencia
lanzado en 1810 puede considerarse como una repetición afortunada de
tentativas varias (aunque menos generales y no felices, porque no había
llegado la hora señalada por la Providencia), que datan de la
época misma de la conquista172. «La conquista de los indígenas, dice Prescott, no es
más que un primer paso,
á que se sigue la derrota de los
españoles rebeldes (como si dijésemos
insurgentes) hasta que se establece la
supremacía de la Corona de un modo decisivo.» Y cosa singular:
luego que se afianzó por siglos en América la dominación
de los Reyes de Castilla, cuando volvió á sonar el grito de
independencia, fueron otra vez
españoles de origen los que alzaron
esa bandera, y no solo tuvieron que combatir á los expedicionarios de
España, sino á las tribus indígenas, que fueron entonces
el más firme baluarte del gobierno colonial. Séanos lícito
preguntar: el valor tenaz de los indios de Pasto, los araucanos de Colombia,
que todavía en 1826 y 1828 desafiaban y exasperaban á un Bolivar
y un Sucre, y lo que es más, y aun increible, que todavía en 1840
osaban desde sus hórridas guaridas vitorear de nuevo á Fernando
VII, ¿es gloria de la raza española ó ha de adjudicarse
con mejor derecho á las tribus americanas?»
Siendo esto así, los nuevos Gobiernos americanos, tan
celosos desde un principio en reclamar á título de herencia el
derecho de patronato concedido por la Santa Sede á los Reyes
Católicos, debieron igualmente haber tomado á su cargo las
consiguientes obligaciones, y ver de despertar el espíritu nacional y de
adelantar -por supuesto en forma pacífica, en sentido cristiano- la obra
de la conquista, que no llevada á término, quedó
interrumpida con la guerra de emancipación. ¡Cuán profunda
tristeza causa la idea de que en vez de haber dilatado la civilización
su radio, en muchas partes ha perdido terreno; que a cruz de misiones, antes
florecientes, no abre ya sus brazos anunciando redención; que
¿Qué han hecho nuestras Gobiernos para fomentar
los estudios históricos? ¿Háse fundado y dotado alguna
Academia de la Historia? ¿De las recientes cuantiosas erogaciones que en
algunas Repúblicas se hacen para sostener la instrucción popular
ha salida alguna pequeña suma para pensionar á algún
erudito historiógrafo, ó para sacar á luz algunos
manuscritos, como la parte inédita de la crónica de Simon, que se
conserva en nuestra Biblioteca pública? Pongamos aquí puntos
suspensivos en la esperanza de que el tiempo dará menos
melancólica respuesta á las preguntas precedentes. El Gobierno de
Chile ha sido el menos olvidadizo en este punto, y á eso se debe en gran
parte el vuelo que ha alcanzado allí ese género de estudios
universitarios: hay premios periódicos para
Memorias históricas; se hace
escrupulosa censura de textos y se adoptan los mejores para la enseñanza
del ramo, y las respectivas asignaturas se desempeñan por personas de
notoria competencia. En suma, el repertorio de obras históricas aunque
ninguna de ellas, por razones que no es del caso apuntar, alcance la nota de
perfección clásica, que señalan las de Prescott, es
variado y extenso; y en general, el chileno sabe la historia de su patria. Y
obsérvese, en conformidad con lo que dejamos expuesto, cuán bien
confronta y se aduna esa tendencia á mirar atrás, ese
interés por la historia colonial, con los sentimientos
patrióticos mas enérgicos, con el más ardiente celo
Esfuerzos particulares no han faltado, no, en las otras Repúblicas, más dignos de loa y de aprecio por las mismas impropicias circunstancias que los acompañaron, que fecundos en resultados; esfuerzos aislados, faltos de apoyo y resonancia, más bien que pasos de un progreso colectivo y regular. En la patria del ilustre Alaman (cuyo nombre merece bien recordarse al principio de estas rápidas indicaciones) la Conquista de México del historiador anglo-americano halló un docto adicionador en el finado don José Fernando Ramirez, y allí mismo el Sr. D. Joaquín García Icazbalceta, tan cumplido caballero como investigador infatigable y escritor castizo y elegante, ha dado á luz en tres grandes tomos en 4.º, impresos en gran parte con sus propias manos, en edición nítida y correcta, preciosos documentos por él colegidos, con preliminares biográficos y copiosas tablas alfabéticas. Pero, como dice el diligente colector, la doble tarea de reunir material y aprovecharlos es superior á las fuerzas de un hombre solo, y él empleó sus mejores días en la primera parte de la labor, no sin dejar, eso si, preparado el terreno con ilustraciones y trabajos sueltos á quien haya más tarde de coronar el edificio. Con algunos literatos como Icazbalceta, mucho, muchísimo habríamos avanzado en tales exploraciones, y poco ó nada tendríamos en ello que envidiar á las naciones más adelantadas. No es poco lo que se ha trabajado en el Perú, y de ello es una muestra el Diccionario de Mendiburu, aunque (dicho sea con el respeto debido á una nación desgraciada), en muchas obras como la citada se nota cierta falta de precisión y atildamiento, si ya no es que de deliberado propósito algún escritor ingenioso, para amenizar los hechos, los altere so capa de Tradiciones, tarea á las veces más peligrosa que inocente en sociedades que no han fijado su historia. La Historia antigua de Venezuela por el académico
Baralt, es sólo un discurso histórico de suelto y exquisito
estilo. Y aquí pedimos perdón á los autores de otras obras
ó ensayos, que las dimensiones de este escrito no permiten citar con el
merecido elogio, para mencionar finalmente las dos obras modernas más
«Si ha de escribirse algún día la historia de nuestro país -dice el citado Sr. García Icazbalceta- es necesario que nos apresuremos á sacar á luz los materiales dispersos que aún pueden recogerse, antes que la injuria del tiempo venga á privarnos de lo poco que ha respetado todavía. Sin este trabajo previo no hay que aguardar resultados satisfactorios. «No queda excluida de estos trabajos preliminares (y así lo entiende y lo ha practicado el autor de las anteriores líneas), la reimpresión de obras antiguas, que por su rareza ocupan un lugar inmediato al de las manuscritas. MIGUEL A. CARO.
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