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Javier de Salas
Excmo. Sr.: La Academia, que conoce el acierto de su presidencia en la distribución de los trabajos, comprenderá sin esfuerzo que sólo por apremiantes ocupaciones del Sr. General Arteche y de otros señores, podría llegar hasta mí el honroso encargo de informar acerca de una obra que bajo el título Estudios de arte é historia militar, presenta su autor el comandante de Ejército, capitán de Ingenieros y profesor en la Academia de este Cuerpo, D. Carlos Banus y Comas. Deploro la circunstancia que priva á la
corporación de oír en estos momentos la palabra siempre erudita y
autorizada, mayormente en este caso, del distinguido y respetable
académico, privando á la vez al autor del realce, que su obra por
muchos títulos merece, y hubiera obtenido de la censura á que
estaba llamada: y aunque abrigo la seguridad de que ha de ser tenida en cuenta
esta obligada sustitución para no imputar á la obra la
deficiencia del informe, deber mío era buscar un medio que,
restableciendo
Por tal modo se convierte mi encargo en la ponencia de una Comisión; y de la pérdida de todos saco ganancia con la lectura de una obra importante, y con la autoridad en que se ampara mi dictamen desde el párrafo siguiente. El Sr. Banus divide su obra en tres partes contenidas en sendos tomos en 8.º, aunque la caja nutrida de letra compacta del tipo nueve, cuadraría mejor en tamaño doble. Política de la guerra, lleva por segundo título el tomo I. En la introducción, gallardamente escrita como toda la obra, lamenta que la profesión militar no tenga por base una instrucción más amplia, porque no ve razón ninguna para que el militar ignore los principios más rudimentarios de Literatura, Lógica é Historia natural, que se exigen para las otras carreras. La base de un buen ejército consiste en tener oficiales instruídos y que se dediquen sin cesar al estudio de las ciencias militares, cimentado en las ciencias exactas, y apoyado por la historia, con la cual se relaciona el arte militar tan íntimamente, que no es posible su estudio sin recurrir á aquella. Recomienda el de las principales campañas llevadas a cabo por los capitanes más famosos, porque si el poeta busca su inspiración en Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare, Calderón Göthe, el militar ha de buscarla en Alejandro, César, Aníbal, Gonzalo de Córdoba, Federico de Prusia y Napoleón. Encarece la necesidad de que se acostumbre al ejército á conocer el mérito real de nuestras glorias militares, de tanto valor por lo menos como las que brillan en la historia de otras naciones; y sin embargo, mientras los nombres de Turena, Condé, Malborough y Montecuculi son conocidos de casi todos los militares, muchos apenas saben como se llamaba el Gran Capitán, qué campañas llevó á cabo el Duque de Alba, quién fué Alejandro Farnesio, y bastantes los que ignoran la existencia de los Leiva, Pescara, Urbina, Colonna y Dávila.
A este propósito trascribe notables palabras del erudito general Almirante, sobre los famosos tercios españoles; encomia algunos rasgos característicos de la especial índole de aquellos soldados, que faltos de paga en vísperas de la batalla de Pavía, no sólo se prestaban á combatir sin retribución, sino que se obligaron á, vender hasta las camisas para que se pagase á los tudescos; y aun que reconoce y censura su indisciplina, nunca tan de relieve co la de los italianos y flamencos, sobre todo la de los alemanes, dirige contra los que hoy la exageran sin recordar á la vez rasgos como el citado, las siguientes notables palabras: «Si alguno de aquellos heróicos soldados hubiera resucitado para ser testigo de ciertas escenas contemporáneas, difícil le hubiera sido comprender por qué se juzgan con tanta severidad los motines de hace tres siglos y producen frutos ópimos ciertos actos, que á pesar de ser conocidos con distinto nombre, no pueden presentarse como modelos de disciplina militar.» A cambio de tal disparo, que pluguiera á Dios no alcanzara á nadie en lo sucesivo, cierra la introducción con estas halagüeñas frases: «Los descendientes de aquellos soldados, que supieron alcanzar tan alto renombre, no debemos olvidar que todavía conservamos las cualidades que les distinguieron; la sobriedad, la constancia en soportar las fatigas, el valor en los combates, la abnegación y el heroismo de que ha dado tantas pruebas el soldado español.» Y con estas otras resume su propósito: «Al
escribir estos artículos nos proponemos generalizar los conocimientos
del arte militar, dar á conocer siquiera ligeramente la historia de
nuestras guerras y nuestros grandes capitanes, y contribuir en lo que nos
permitan los escasísimos conocimientos que poseemos, al movimiento
intelectual que afortunadamente parece iniciarse en el ejército
español. «El conjunto de conocimientos relativos á la
guerra es, en su sentido más lato, la definición que presenta del
arte militar. Divídelo en dos partes, comprendiendo en la primera la
creación de los ejércitos; su
organización, movilización y concentración;
tácticas particulares; estudio del terreno y política de la
guerra, ó sea lo que llama Jomini
la Filosofía de la guerra. Subdivide
la segunda
Antes de proseguir sus estudios aborda la cuestión tan debatida sobre si hay arte de la guerra, ó ciencia de la guerra; y para ello dilucida la diferencia entre la ciencia y el arte, creyendo que en las liberales tiene la personalidad del artista capital importancia, lo que en las ciencias no sucede. «Si Rubens ó Murillo, dice, hubieran pintado dos cuadros sobre el mismo asunto, un inteligente en pintura distinguiría sin vacilar la obra del primero de la del segundo; pero si el principio de la gravitación hubiera sido descubierto por otro sabio distinto de Newton, su enunciado sería el mismo.» Varias otras consideraciones le llevan á la conclusión de que «hay arte y no ciencia militar; y de tal modo, que Napoleón al formular el plan de la campaña de 1800, es á juicio suyo tan artista como Virgilio al escribir el famoso Quos ego de su Eneida.» Otra cuestión presenta sobre la distinción que
existe entro el arte militar y el arte de la guerra. El primero reune los
elementos que ha de emplear el segundo; y para hacer gráfica la
teoría, cita la comparación que establece el general mejicano
Sostenes Rocha, en estos términos: «El arte de la guerra es al
arte militar lo que la acción á la palabra.» Para encarecer
su importancia dice con Proudhon: «Todo en la historia de la humanidad
supone
Para estimular al estudio del arte militar recuerda que no solamente los grandes capitanes sino genios como Alejandro, César y Napoleón, necesitaron del estudio; trascribe sentenciosas palabras de Balmes contra la pereza, y dirige estas otras de Federico de Prusia á los que creen cumplir su oficio asistiendo á una guerra sin haber hecho antes el menor estudio de preparación. «El pensamiento, ó mejor dicho, la facultad de combinar las ideas, es tan sólo lo que distingue al hombre de la bestia de carga: una acémila que hubiera hecho diez campañas con el principe Eugenio, no habría por esto aprendido táctica. Marchar cuando se marcha, detenerse cuando se ordena, acampar cuando se acampa, comer cuando se come, batirse cuando se combate: esta es la guerra para la gran mayoría de los oficiales que la hacen.» Juiciosísimas y atinadas consideraciones añade á estas palabras, sobre las modificaciones introducidas en el armamento, que cada día obligan á diverso modo de combatir, no pudiéndose lo raro sin el estudio un éxito como el obtenido por Alemania en su última guerra contra Francia, y recuerda á nuestro ejército el aforismo de Vegecio: Exercitus labore proficit, Otio consenescit. De estos preliminares pasa á la política de la
guerra que define; busca la etimología de esta palabra en la sajona
ger ó
wer; clasifica las guerras en ofensivas y
defensivas, campales y de sitio, marítimas, coloniales, interiores y
exteriores, de conquista, nacionales, de propaganda, de intervención, de
utilidad, de honor, dobles, civiles, de hegemonía y de secesión,
según las causas políticas ó sociales que las motivan
ó el teatro en que se desarrollan; las examina y explica con
facilísima expresión y seguro criterio; las considera bajo el
punto de vista de su legalidad, para llamarlas justas ó injustas; y mal
satifecho de apoyar sus apreciaciones con la opinión de tratadistas
insignes, renombrados escritores, juristas famosos y capitanes ilustres que
así manejaron la pluma como la espada, aduce en cada caso ejemplos
oportunos sacados de la historia, que con el convencimiento llevan al
ánimo enseñanza y honesto deleite. Porque todo ello se expone,
con estilo sobrio y natural; y á vuelta de castizos giros y correctas
Véase en prueba de ello lo que dice al tratar de las guerras viles: «Necesita, pues, el general en jefe de un ejército, obrar con muchísimo tacto y prudencia para combinar oportunamente la severidad y aun la dureza, con la templanza y la benignidad. Otra dificultad grave tendrá que vencer, y será debida a las exigencias de la opinión pública, que tanto pesa en las actuales formas de gobierno. Los estratégicos de café, que en nuestro país son muy numerosos, inventan multitud de planes de campaña, sin tener en cuenta ni la naturaleza del país, ni el estado de los ejércitos; pero el que tiene por teatro de operaciones una mesa, por obstáculos del terreno unos vasos y por ejércitos algunas cucharillas, ¿qué no es capaz de llevar á cabo?» El autor, que hasta aquí se ha mostrado tratadista
didáctico, de erudición nada vulgar, pone de relieve sus
facultades y vastos conocimientos al buscar en la naturaleza y comprobar con la
historia, la dura ley de la guerra. Los agentes atmosféricos obrando
continuamente sobre los minerales y disgregándolos, las aguas
arrastrando á considerables distancias los detritus, las moles
graníticas convertidas en arena por la acción de los siglos y de
los elementos; á los fenómenos de sedimentación que
tienden á nivelar la superficie terrestre, oponiéndose el calor
central que produce considerables relieves y depresiones; los continentes que
desaparecen, las islas que surgen del seno de los mares, las montañas
que se levantan, los valles que se hunden, las costas que avanzan ó se
retiran, se elevan ó se deprimen, en una palabra la destrucción y
recomposición, que el movimiento, ley general de la materia, opera
incesantemente por choques en el mundo inorgánico, le sirven para probar
la lucha, y de gradación para examinar con espíritu
analítico la que se verifica en el orgánico entre los seres del
reino vegetal y animal hasta llegar al hombre, que no por aparecer dominando
á todos se exime el rey de la creación de ser estudiado como el
escalón más elevado de la escala zoológica. Aislado y
primitivo, como cazador ó pastor le ve en
Mal satisfecho con la demostración de que el hombre no puede sustraerse á tan dura ley, lo comprueba revolviendo la historia de pueblos y naciones desde la antigua Grecia y Roma hasta nuestros días, en tan erudito discurso que ni me es posible seguirle, ni mi conciencia me permite estropeárselo con un extracto, ni una reseña daría muestra del movimiento de su frase, como no la da del agua viva de espumante catarata la que tranquilamente recogiera el acompasado, monótono y raquítico arcaduz. No consintiendo su índole la inserción de un solo párrafo, ni de la totalidad la índole de un informe, he de concretarme á trascribir las palabras con que lo termina. «La reseña que acabamos de hacer, abreviando todo lo posible, demuestra que la guerra no ha cesado de intervenir en ninguna de las transformaciones que ha sufrido nuestro continente. Religión, cultura, usos, costumbres, forma de gobierno, todo cambia; pero la lucha es un elemento constante en la marcha progresiva de la humanidad. A la civilización griega sucede la romana; á la sociedad antigua é idólatra, la cristiana. Continuas revoluciones y trastornos cambian el modo de ser de los pueblos, las naciones se suceden en su grandeza, y hoy yace abatida la que ayer era dominante, y tales cambios son siempre productos de guerras más ó menos sangrientas. Es, pues, la guerra mal inevitable: la historia lo demuestra, la naturaleza humana lo exige, las infinitas causas que hemos dado á conocer la producen. Pero no se crea que sólo ocasiona á la humanidad males sin cuento, pues luego hemos de probar que mucho debe á ella el progreso, y que es, en multitud de ocasiones, fuente de grandes beneficios.» Y en efecto, los expone procurando demostrar á la vez
que á la
Examina en seguida los medios políticos, diplomáticos, filosóficos y religiosos, propuestos ó ideados para evitar las guerras, desde el consejo anfictiónico griego, y los proyectos de monarquía universal de Alejandro, Carlo-Magno, Carlos I de España y Napoleón, hasta el del reglamento sobre arbitrajes aprobado por el Instituto de derecho internacional de Ginebra, en 1874, sin omitir los innumerables tratados celebrados en Europa, ni los ideados por los filántropos como la Utopia, de Tomás Moro; la Ciudad del Sol, de Campanela; el Proyecto de paz perpetua, de Bernardino de Saint-Pierre; el Pacto social, de Rousseau; el Tribunal de arbitraje, de Jeremías Benthan; el Estado colectivo ó Civitas gentum, de Kant; la Colonia modelo, fundada según las doctrinas de Owen en New-Harmony; los Falansterios, de Fourrier; las Teorías, de Saint-Simón; las Hojas de olivo (Olivés leaves), del herrero Elihn Burrit; el Consejo supremo, del abate Garaude; el Sistema de los vegetarianos; el Congreso internacional de la paz celebrado en Ginebra en 1867, que comenta con sal ática, y los numerosos reunidos antes y después, desde principios de siglo en Nueva York, Londres, Paris y otras ciudades de Europa y Norte de América. Y todo, lo mismo que al tratar del derecho de gentes,
internacional y de la guerra, positivo, convencional y consuetudinario, de las
alianzas, bloqueos, bombardeos, neutralidad, derecho marítimo, propiedad
en el mar, derecho de visita, del corso, bloqueo marítimo, naufragios,
embargos y demás asuntos comprendidos en su interesante obra, no lo hace
sin traer á su texto sentencias ó máximas oportunas, ahora
de la
Biblia ó de las
Leyes departida, ahora de autoridades
reconocidas en el mundo científico y literario. Las citas podrían
contarse con el número de páginas, ó más bien, en
sus páginas parece haberse dado cita los nombres que
Pasma tanta erudición en tan pocos años como
supone su empleo, que así ha de inferir su edad, quien, como yo, no
tenga el gusto de conocerlo personalmente; y crece la admiración al
considerar el tiempo que ha debido invertir en los profundos estudios propios
de su distinguida carrera, y el que ha de emplear en el ejercicio del
profesorado. Si su obra no demostrara la amplitud de su talento,
conoceríasele sólo con leer la parte que dedica á la
marina, y pesar el acierto con que dilucida cuestiones que no por parecer
ajenas de su profesión, dejan de estar por completo sometidas á
sus privilegiadas facultades. Y como una de estas consiste en exponer con
dicción clara y sobria, á veces sentenciosa y siempre salpicada
de apotegmas, que son las condiciones esenciales de su estilo, consigue sin
pretenderlo, que no de otro modo se consigue, amenizar asuntos de serio
estudio, reclutar, si se me permite la palabra, lectores, entre la milicia, y
generalizar en las
Si otros quehaceres no apremiaran á la Academia, trascribiría algunos párrafos... ¿pero cuáles? Si al proponerme anotar los más salientes encontraba casi tantos como páginas, sin saber los que merecen la preferencia. Reclamaríanla unos por la doctrina, otros por la erudición, por la intención de la frase otros; muchos por la agudeza del ingenio. Dice en uno: «Algunas veces exigen los invasores juramento de fidelidad á los habitantes del país invadido; acto inútil que nada legaliza, pues no puede depender de él la conservación del país. Conduce á la hipocresía todo juramento á la fuerza arrancado, y no debe nunca obligarse á los labios á pronunciar lo que el corazón no siente. No obliga á la conciencia aquello que no es producto espontáneo de la voluntad, y quebranta sus juramentos cuando halla ocasión propicia aquel que los hace reducido por la fuerza»235. Escribe en otro al tratar de los bombardeos. «Es de rigor que cuando un habitante pacífico
sufro una lesión a consecuencia de un bombardeo, levanten los llamados
filántropos el grito al cielo; pero en cambio, les parece la cosa
más natural del mundo que miles de soldados encuentren la muerte
á consecuencia del mismo motivo ú otro semejante. En tales casos
todo se vuelve hablar del inocente que paga por el pecador; y cualquiera
creería que el soldado es un grandísimo criminal y culpable de
que la guerra haya estallado. Si en la guerra no pudieran morir más que
los que la han promovido, pronto estaría terminada; pero lejos de
suceder así, concluída la lucha suelen encontrarse sanos y
salvos, á no ser que padezcan alguna enfermedad más ó
ménos crónica, los apreciables individuos del gobierno y cuerpo
diplomático que más contribuyeron á causarla, y en cambio
han perdido la vida infinidad de soldados, cuyo único delito ha sido que
la suerte los designara para tomar las armas en defensa de la patria. Para los
apreciables individuos miembros
A propósito del mismo asunto se lee más adelante: «Habiendo convenido los franceses en que Paris es el Sancta sanctorum de la civilización moderna, no es extraño que todavía no hayan podido comprender la existencia de un ejército capaz de dirigir contra aquella capital sus proyectiles. Bien es verdad que ellos los dispararon contra Viena en 1805, contra Madrid en 1808, contra Roma en 1849, y contra Saarbruk y Kehl en 1870; pero atreverse á lanzarlos contra la antigua Lutetia, es ya el colmo de la barbarie. Si hubiera existido Providencia para los franceses, es evidente que los modernos vándalos que osaron poner su sacrílega mano sobre el centro de las artes y las ciencias, hubieran recibido un terrible castigo. Los franceses, que al empezar la guerra amenazaban poco menos que á toda Europa, pretendieron luego que olvidando esta su injustificada é inoportuna arrogancia, llorara á lágrima viva al saber el sitio de su capital»237. Notables son por último, las siguientes consideraciones sobre la situación difícil del general en jefe de un ejército. «Antiguamente un general en jefe, estaba expuesto á los caprichos de un soberano ó de sus favoritos ó favoritas; hoy lo que tiraniza á los gobiernos y á los generales es la opinión pública; pero la opinión inconsciente, la opinión de las masas, la opinión de gente ignorante que vocifera, grita y pide batallas decisivas, triunfos completos, campañas rápidas, que no quiere secreto en las operaciones, que exige se le diga por qué los ejércitos no se baten, por qué avanzan, por qué retroceden, por qué se diseminan ó se concentran. Difícil es saber cuál de las dos tiranías es la peor...» No molestaré por más tiempo la benévola
atención de la Academia. Con lo expuesto, y con decir que en los tomos
II y III, más técnicos y preceptivos, se desarrollan las
organizaciones de los.' diversos institutos que componen la milicia, sin
excluir la armada que considera como parte integrante del ejército, se
comprenderá
En obra de tales condiciones, no es extraño que la censura sea encomiástica, ni que el censor obre cual el contraste que para justificar lo elevado de su tasa presentara como la razón más elocuente, algunas perlas de las muchas, no menos bellas, engastadas en la joya. Con esta más, podrán enriquecerse las Bibliotecas militares, y la Academia, si por joya tiene la obra, al verla tan hábilmente esmaltada de la materia propia de su instituto, pudiera dar al autor alguna muestra de lo mucho en que tiene á quien cultiva, con tanto fruto el vasto y anchuroso campo de la Historia. La Academia sin embargo, resolverá lo más acertado. JAVIER DE SALAS. Madrid, 10 de Abril de 1885.
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