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Mr. Masson redimuerto Mi distinguido paisano y amigo: Picó Mr. Masson en el cebo; ya le tenemos en campaña. Si yo no conociera un poquito (aunque de oídas) el carácter de mi adversario extrañaría una contestación tan descomedida, contradictoria y poco meditada en asunto que requiere moderación y estudio. Empieza por decir el señor de la Revilla en el último número de la Revista Contemporánea, que mi carta rotulada Mr. Masson redivivo está escrita con ira, furia y no sé qué más cosas, y que tiene un carácter personalísimo81. No sé qué ultrajes, furias o personalidades ha visto allí el señor de la Revilla. Le he llamado crítico ingenioso y agudo, he hablado de su claro entendimiento, y me parece que todo esto (dicho con la mayor sinceridad del mundo) ha de sonar a elogio. ¿Qué más quiere el señor de la Revilla? ¿Que le llamemos más filósofo que Descartes, más poeta que Byron, mejor crítico que Villemain, o Sainte-Beuve o Jeffrey? ¿Que tengamos por obras inmortales, asombro de los nacidos, las Dudas y tristezas, el Curso de literatura o las revistas críticas que en diversos periódicos ha dado a la estampa? ¿Que reconozcamos su competencia hasta en cuestiones que no ha saludado, como la de la Filosofía española? ¿Qué es pues, lo que quiere el señor de la Revilla? Han de ser los artículos polémicos un continuo sahumerio del autor refutado? ¡Cuánto, según esto, deberán de escandalizarle las contiendas literarias de los humanistas del Renacimiento, que se decían en seco los más atroces improperios! Convengo en que la cultura moderna exige más cortesía y miramientos; pero, ¿he faltado a ellos por ventura? ¿He proferido alguna expresión que desdore su crédito moral? Si lo que digo de los oradores de Ateneo y de las discusiones de omni re scibili es aplicable en algún modo al señor de la Revilla, el público y la propia conciencia han de decírselo. Si dicen que sí, y él se enoja, ¿qué culpa tengo yo, ni por qué he de ser víctima de sus arrebatos y furores?
Lo que hay en mi pobre artículo son verdades como el puño, que mi contrincante ha tomado por donde queman, asta el punto de salir desaforado y lanza en ristre contra un oscuro bibliófilo, procedente de una ciudad de provincia y poco o nada conocido en la república de las letras, sobre todo en el barrio que han tomado por asalto el señor de la Revilla y sus amigos. Y para confundir y aniquilar a semejante pigmeo, ignoto estudiantillo y principiante, emplea todo un artículo titulado con mucho énfasis La Filosofía española, y en él se defiende y defiende a su amada Revista (solidaria sin duda de sus ideas y opiniones, por lo cual hice bien en atacarla), y hasta la redacción de esta encaja una nota al pie de ciertos cuadros de la enseñanza que se da en las Universidades alemanas (muy sustanciosos sin duda para quien asista a esos cursos, pero inútiles o poco menos para los españoles quienes adelantan harto poco con saber que el profesor Nahlowsky explica este verano la teoría del sentimiento en la Universidad de Czernowich quejándose de la recelosa y estrecha suspicacia que se abstiene de estudiar la civilización de otros pueblos, cuando precisamente la que no se estudia poco ni mucho es la española. Pero como ni los exabruptos del señor de la Revilla ni las notas de la Revista Contemporánea me hacen perder la tranquilidad ni el aplomo, voy a contestar al nuevo Mr. Masson, cuyo artículo (adviértase esto), infinitamente más destemplado y furibundo que el mío, está escrito en un tono autoritario y dictatorial verdaderamente delicioso. Yo no tengo el mal gusto de enfadarme como el señor de la Revilla, ni me reputo agraviado por estas cosas, pues bien sé que flechas de pluma no hieren cuando se tiran a bulto y desatentadamente. Tengo por honra grandísima el que el señor de la Revilla me llame neo-católico, inquisitorial, defensor de instituciones bárbaras y otras lindezas. Soy católico, no nuevo ni viejo, sino católico a machamartillo, como mis padres y abuelos, y como toda la España histórica, fértil en santos, héroes y sabios bastante más que la moderna. Soy católico apostólico romano sin mutilaciones ni subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad ni a la heterodoxia en cualquiera forma que se presenten, ni rehuir ninguna de las lógicas consecuencias de la fe que profeso, pero muy ajeno, a la vez, de pretender convertir en dogmas las opiniones filosóficas de este o el otro doctor particular, por respetable que sea en la Iglesia. Estimo cual blasón honrosísimo para nuestra patria el que no arraigase en ella la herejía durante el siglo XVI, y comprendo, y aplaudo, y hasta bendigo la Inquisición como fórmula del pensamiento de unidad que rige y gobierna la vida nacional a través de los siglos, como hija del espíritu genuino del pueblo español, y no opresora de él sino en contados individuos y en ocasiones rarísimas. Niego esas supuestas persecuciones de la ciencia, esa anulación de la actividad intelectual, y todas esas atrocidades que rutinariamente y sin fundamento se repiten, y tengo por de mal gusto y atrasadas de moda lucubraciones como la del señor de la Revilla. No necesitábamos, en verdad, ir a Alemania, ni calentarnos mucho los cascos para aprender todo eso. Ya lo sabían los bienaventurados liberales del año 20. Por lo demás, no me quitan el sueño los calificativos de enemigo implacable de la civilización y de la patria que me prodiga el señor de la Revilla. Creo que la verdadera civilización está dentro del catolicismo, y que no es enemigo de la patria el que sale mejor o peor a su defensa. El señor de la Revilla dice que nunca ha pertenecido a la escuela hegeliana. En hora buena: me interesan poco sus transformaciones filosóficas. Hoy pasa por neo-kantiano, pero no niega sus tendencias al positivismo. Lo averiguado y cierto es que siempre ha militado en las filas de la impiedad, con una u otra bandera. No sé de qué católicos ha hablado con respeto el señor de la Revilla; sería sin duda de los llamados católicos viejos, que tienen tanto de católicos como yo de turco, siendo en realidad unos protestantes nuevos. Y también es peregrina ocurrencia la del señor de la Revilla al asegurar que no hace caso de ciertos ataques, y no necesita de ciertas defensas, y empeñarse en ellas dos líneas antes. Dice que, al censurar de extranjerada a su Revista, no he pensado lo que digo, y debí leer los índices para convencerme de que eran más los escritos de autores españoles que los de extranjeros. Sin hacer grande esfuerzo de pensamiento, leí a su tiempo dichos índices y aún examinó la colección entera, y por eso dije lo que vio el señor de la Revilla. Muy pocas veces (éstas fueron mis palabras) he tenido la dicha de encontrar algún artículo, párrafo o línea, castellanos por el pensamiento o por la frase. Claro es que, al decir pocas veces, exceptuaba un artículo del Sr. Valera, otros dos del Sr. Escosura, poesías varias del Sr. Campoamor, etc., etc., pero del resto digo que no es español ni en el pensamiento ni en la forma, por más que sean españoles (sin duda por equivocación) sus autores, pues nadie me hará creer que son castellanas las ideas ni el estilo de los señores Montoro, del Perojo y tantos otros bien conocidos del señor de la Revilla. Y considero semejante Revista como empresa anti-católica, anti-nacional y anti-literaria, pues lo que hoy importa no es propagar en malas traducciones arreglos y extractos la ciencia extranjera, que esa por todos lados entra y es de fácil adquisición, sino trabajar algo por redimir del olvido la española, cuya existencia es muy cómodo negar cuando no se la estudia ni se la conoce. En cuanto a los chistes de mal gusto que el señor de la Revilla me reprende, ya sabía yo que no hay más chistes cultos ni delicados que los de la Puerta del Sol o los del Casino. ¿Qué chistes, sino frailunos y de sacristía, ha de decir un neo-católico de provincias, falto de esa chispa cortesana que tanto enaltece al señor de la Revilla? Tras estos preliminares, el señor de la Revilla entra en materia, dando una en el clavo y ciento en la herradura, aunque a él, ofuscado por la pasión y el orgullo, se le antoja lo contrario. Dice que yo no niego por completo su aserto respecto a la inferioridad de los españoles en las ciencias exactas, físicas y naturales. Esto que para el señor de la Revilla es curioso, maldita la curiosidad que tiene, pues ni implica contradicción, ni favorece a mi adversario en nada. Desde mi primera carta vengo diciendo que hay relativa inferioridad en este punto, mas no absoluta pobreza, y el señor de la Revilla, en vez de admirarse de ello, hubiera hecho bien en contestar a las proposiciones siguientes, que en diversas partes he sostenido y razonado: 1.º La intolerancia religiosa no influyó poco ni mucho en las ciencias que no se rozaban con el dogma. No hubo prohibiciones de libros útiles, ni persecuciones de sabios (sino en casos raros, y eso por otras causas), ni nada, en fin, que impidiese nuestro progreso en dichos ramos del saber. El señor de la Revilla no se ha acordado de destruir ni aún de mentar mi argumentación en este punto. Él sabrá la razón... y yo también la sé. 2.º Los talentos de segundo orden en las ciencias, los expositores, indagadores, etc., son dignos de muy honrosa memoria en la historia de las mismas; y nunca será completa la que no abrace sus tareas y descubrimientos. Sostuve esta verdad en la carta a que el señor de la Revilla contesta haciéndose cargo de la fuerza del argumento, pero procurando eludirle con un sofisma de tránsito, que no deslumbraría a un mal principiante de lógica. Dice que en la historia literaria suponen poco los autores de segundo orden, y deduce que lo mismo acontecerá en la científica. Pues cabalmente sucederá todo lo contrario, porque en las obras de índole estética no se toleran medianías, según aquello de Horacio:
que saben basta los chicos de la escuela; al paso que en las destinadas a un fin útil, cuales son las científicas, caben los esfuerzos de todo hombre investigador y laborioso, lo cual advirtió también el Venusino en el muy sabido pasaje cuyo final he recordado. El señor de la Revilla insiste en creer que los sabios nacen y viven como los hongos, y para él nada son ni significan los modestos científicos (hágote sustantivo por la gracia de Dios: ¡resabios krausistas!) que les allanan el camino, ni los que siguen sus huellas y explican, explanan o completan su doctrina. Sería ciertamente lucida la historia de la ciencia que escribiese el señor de la Revilla. Él no sabe ver más que cosas grandes y como el puño: lo demás son puerilidades y miserias. El desdén soberano con que trata de cuantos en España han cultivado la ciencia, teniéndolos por dignos de todo olvido y menosprecio porque no le parecen genios, me recuerda el caso de aquel jándalo fachendoso que tiraba con desgaire el pañuelo al entrar en su pueblo, añadiendo: «Camarada, no le levante, que diez llevo perdidos desde Reinosa.» Al señor de la Revilla debe de importarle muy poco perder los pañuelos, o séase la ciencia española, porque, en su entender, todo lo que no sea Galileos, Kepleros y Newtones es cosa de ninguna monta. A bien que ahora vamos a tener cosecha de ellos, gracias a la Revista Contemporánea. El que las historias de la ciencia no hablen o hablen poco de los españoles, nada tiene de extraños. Son en su mayor parte obra de autores extranjeros que no conocen el desarrollo de nuestra actividad intelectual, muy difícil de estudiar hoy por la rareza de los libros que produjo y hasta por la falta de Diccionarios bibliográficos que indiquen sus títulos y paradero. Siempre fuimos pródigos en hazañas y cortos en escribirlas, y no es maravilla que los de fuera desdeñen lo que con soberbia ignorancia niegan los de casa. Pero aún en esas historias escritas con falta de noticias en esta parte, hallamos celebrados a algunos españoles. En casi todos los anales de la botánica se habla con elogio de Acosta, Hernández82, Laguna, García de Orta, Monardes y los demás que he recordado en otras cartas. Apenas hay historia de la astronomía y de las matemáticas en que no suenen las Tablas Alfonsinas y otros monumentos del saber de nuestros antepasados de diversos siglos. La historia de la Medicina (y esto no lo niega el señor de la Revilla) está llena de nombres españoles, y sin gran esfuerzo pudieran citarse aquí como famosos y consignados en libros corrientes los de infinitos matemáticos, químicos, metalurgistas y geopónicos. Debe pasar un mal rato el señor de la Revilla cada vez que ve mentado a un español en libros de ciencia: a tal punto le arrastra el odio ciego que las cosas de su patria le inspiran, sólo porque esta patria es y ha sido católica. Valor se necesita para olvidar la escuela náutica y matemática de Sagres, fundada por un portugués y dirigida por un mallorquín, las cartas hidrográficas planas de los catalanes, el famoso Atlas de la Biblioteca de París, y la carta de Juan de la Cosa, la primera que se hizo de los mares americanos: y no he querido omitirla, puesto que es de un paisano mío. Con habilidad (llamémosla así) impropia de polémicas serias, dice el señor de la Revilla que, por confesión mía, únicamente dos descubrimientos (fuera de los marítimos) se deben a los españoles: las cartas esféricas y el nonius. En ninguna parte he dicho semejante cosa: cité esos dos exempli gratia, como hubiera podido citar otros veinte, vg.: el de la circulación de la sangre, debido a Miguel Servet; el del suco nérveo hecho por Doña Oliva Sabuco de Nantes; el de que los colores no residen en los objetos sino que son la misma lux refracta, reflexa ac disposita, consignado por Issac Cardoso con estas mismas palabras, en su Philosophia libera, donde también se apartó de la escolástica respecto a otros puntos físicos y psicológicos; el del platino, dado a conocer por Ulloa en 1748; el de infinitos ejemplares de los reinos vegetal y animal; el de algunos medicamentos como el palo santo o guayaco, la raíz de China, y la corteza de la quina; y si a libros extranjeros hubiéramos de creer, el del ácido nítrico y el de la destilación alcohólica, atribuidos hasta ahora a Raimundo Lulio. Pero como la ciencia española no necesita engalanarse con ajenas plumas, a un español, grande amigo nuestro y gran bibliófilo, se ha debido la demostración de lo contrario, como a otro sabio español, gloria de la moderna literatura catalana, se debe la más completa aclaración respecto al verdadero invento de Blasco de Garay. Así procede la erudición, no negando ni condenando en redondo como la ciencia de los contemporáneos, sino distinguiendo y apurando cada cosa. Los nombres mismos de infinitas plantas pregonan la gloria de los botánicos españoles: Queria, Minuartia, Meletia, Monarda, Ovieda, Ortegia, Salvadora, Barnadegia, Mutisia... ¿eran calmucos o daneses los naturalistas en cuyo honor se titularon así estas especies? Y si hasta en los nombres está consignada su memoria, ¿cómo ha de faltar en los libros de historia de la ciencia? ¿Y por ventura son para relegados al olvido los descubrimientos médicos de Luis Mercado en lo relativo a las intermitentes (en cuyo estudio se adelantó a Morton y a Torti), y las observaciones de Solano de Luque sobre el pulso? No amontonaré nombres propios, puesto que no agrada esto al señor de la Revilla, sin duda porque es más cómodo para él no citarse más que a sí propio y a sus amigos. Pero sí le diré que hipótesis muy célebres (por más que él lo niegue), vg., la del fuego, como unidad dinámica, claramente presentada por Vallés en su Philosophia sacra, y la del P. Feijóo sobre los terremotos considerándolos como fenómenos eléctricos, son de origen español; que Valverde figura al lado de Vesalio entre los primeros anatómicos; que hasta fines del siglo pasado fue de autoridad suma en punto a metalurgia el libro de Alonso Barba, a quien no se desdeñaron de traducir ingleses, alemanes y franceses; que los astrónomos españoles del siglo XVI, entre ellos Alfonso de Córdova y Juan de Rojas83 (de quienes no puede decirse que están ignorados, puesto que los cita Moutucia en su conocidísima Historia de las Matemáticas), eran estimados por de los más eminentes de Europa, y venían los extraños a recibir sus enseñanzas; que Núñez puede estimarse, al igual de Vieta, padre del Álgebra, y que no está tan averiguado como el señor de la Revilla supone con ligereza imperdonable, que sean de segundo orden todos los científicos españoles, por la sencilla razón de que ni el señor de la Revilla ni nadie que sepamos se ha tomado la molestia de probarlo. Trabajen y averigüen estas cosas los doctos en las ciencias positivas (sin duda en oposición a la negativa, muy común en estos tiempos), pesen y quilaten ellos los méritos respectivos de nuestros sabios y de los extranjeros, y cuando éstos doctos matemáticos, físicos, químicos y naturalistas (bibliófilos además, circunstancia precisa para estar en autos) hayan sentenciado en pro o en contra, yo acataré su decisión porque, si soy implacable con la universalidad superficial y el saber aparente, nadie me gana en respeto al especialismo profundo y tolerante y al saber sólido y verdadero. Pero lo que desde luego puede afirmarse mediante el sentido común y la ligera noticia que de tales cosas puede tener un profano, es que la ciencia alcanzó un desarrollo muy noble en España, produciendo infinidad de libros más o menos útiles (sobre lo cual no ha de decidir el señor de la Revilla sin examinarlos antes uno a uno, si tiene competencia para ello) y multitud de descubrimientos y observaciones parciales consignables, y consignados ya algunos, en cualquiera historia formal, todo lo cual es título de gloria bastante para que se hable de ciencia española, no pomposa sino justamente, y en el tono de piedad filial con que debemos hablar todos de nuestra patria, sin atribuirle ajenas glorias, pero procurando investigar y poner en su punto las verdaderas, sin adularla, pero guardándonos de dirigirle a tontas y a locas infundadas injurias. Y convénzase el señor de la Revilla de que no hay historia de la ciencia sin España, porque la ciencia no se compone sólo de dos teorías y de tres o cuatro hipótesis y de uno o dos principios fundamentales, sino de una larga serie de cabos sueltos, que suponen el trabajo y el esfuerzo de pueblos y generaciones enteras, esfuerzos que deben quedar registrados en la historia, si esta ha de ser completa, enlazada, útil y fructuosa. Y repito que es excusada y sofística la comparación con el arte literario, porque si en este montan poco cien poemas malos o medianos pues que ningún fruto directo saca la humanidad de las tareas poéticas realizadas con escaso numen, de trabajos científicos de segundo orden saca la humanidad incalculables ventajas. Poco aprovecharemos a nadie el señor de la Revilla ni yo con lanzar sendos tomitos de poesías líricas al mundo; maldito si la posteridad ha de descalabrarse investigando nuestras vidas y milagros, ni nos ha de levantar estatuas y monumentos; al olvido iremos como tantos otros dignos de mejor suerte; pero ¿cómo ha de olvidarse nunca al que descubre un cuerpo simple, o un fenómeno fisiológico, o estudia por primera vez un mineral o una planta, o demuestra algún ignorado teorema? Y diré, para terminar esta materia, que más honra aún país, y más actividad científica demuestra en él, la circunstancia de que haya producido doscientos sabios modestos y útiles que un solo genio, porque el genio le da Dios (así lo creemos los neos y oscurantistas), al paso que el trabajo y la constancia y el estudio, previas ciertas condiciones, dependen en gran parte de la voluntad humana. Olvidábaseme advertir que no está aplicado con bastante propiedad el nombre de descubrimientos al de las cartas esféricas y al del nonius, que deben calificarse de invenciones, lo mismo que la del telégrafo eléctrico, vislumbrado por Fernán Pérez de Oliva, y llevado en parte a ejecución por el físico catalán Salvá en los primeros años de este siglo, el arte de enseñar a los sordo-mudos, debido al benedictino Fr. Pedro Ponce y al aragonés Juan Pablo Bonet, el de enseñar a los ciegos, expuesto por el Maestro Alejo de Venegas en su Tratado de ortografía, impreso en 1531, y tantas otras que fuera prolijo enumerar84. Dice el señor de la Revilla que en la defensa de la filosofía española no ando muy afortunado, y que le doy lecciones pueriles, como la de advertirle que Foxo Morcillo y Gómez Pereira se llamaban así, y no Morcillo y Pereira, según él los nombra. En primer lugar, lo de los nombres es en mi artículo un paréntesis, que no influye poco ni mucho en la argumentación. En segundo, esta cuestión de los nombres no es tan impertinente como al señor de la Revilla le parece. Hay en nombres y apellidos formas consagradas por el uso, y que no conviene alterar para no exponer al lector a confusiones. Al decir Cervantes y Calderón, todos entendemos que se trata del autor de El Ingenioso Hidalgo y del de La vida es sueño; pero nadie nos entenderá si al primero le llamamos Saavedra o al segundo don Pedro de la Barca, o Henao, o Barreda o Riaño, por más que llevase todos estos apellidos. Y es tal la tiranía de la costumbre (fundada siempre en algo) respecto a este particular, que nos causaría suma extrañeza oír llamar Vega a secas a Lope, o Mendoza al Marqués de Santillana, mucho más cuando la nueva forma, tras de inusitada, induce a errores, como en el caso de Gómez Pereira. E hice esta observación (disculpable en un pobre bibliófilo que no está a la altura de la ciencia moderna), porque he notado que hasta en la manera de citar los títulos de los libros y los nombres de los autores, se conoce el grado de familiaridad que con ellos tiene el señor crítico. También le parece excusado al señor de la Revilla el que yo insistiese en la distancia que separa a Huarte a doña Oliva, de Vives, Suárez y Foxo, y dice (con evasiva sofística, aunque inocente) que los colocó en la misma línea de imprenta, no de categorías. Pues qué ¿en el mero hecho de citar a estos cinco filósofos en los términos que lo hizo, no dio a entender bastantemente que los tenía a todos por de primer orden y los estimaba como la flor y nata de esa decantada filosofía española? ¿Por qué citó a Huarte y a doña Oliva, y no a otros? ¿Por qué se dejó en el tintero a Alfonso de Córdova, Rodrigo de Arriaga, Gabriel Vázquez, Domingo de Soto, Báñez, Fray Juan de Santo Tomás, Ángel Manrique, Marsillo Vázquez, Pererio, Molina, Miguel de Palacios, Francisco de Vitoria, Fonseca, Toledo, los dos Sánchez, Servet, Gouvea, Valdés, Sepúlveda, Pedro Juan Núñez, Montes de Oca, Luis de Lemus, Cardillo de Villalpando, Pedro de Valencia, Mariana, Vallés, Caramuel, Nieremberg, Martínez, Piquer, Ceballos, Pérez y López y tantos otros? ¿Por qué calló el gran nombre de Raimundo Lulio? Sin pecar de malicioso, puede afirmarse que el señor de la Revilla se acordó de Huarte y doña Oliva porque escribieron en romance y son de los filósofos peninsulares más conocidos, habiendo de sus obras ediciones modernas muy comunes. El señor de la Revilla manifiesta grandes simpatías hacia Huarte, y yo le felicito por ello. Bueno es que se vaya aficionando a lecturas españolas, aunque no escoja, para principiar, a un filósofo de los de primera marca. ¿Ve el señor de la Revilla cuán notable es el libro de Huarte con no contarle entre los mejores los aficionados a estas cosas? Pues juzgue lo que serán los filósofos que no conoce: ex ungue leonem. Tenga calma el señor de la Revilla, y lea mucho de pensadores españoles, que su clarísimo entendimiento ha de llevarle a reconocer la verdad, o por lo menos a respetarla, ya que le falte valor para confesar su antiguo yerro. Y si le interesan los discípulos de Huarte, no deje de leer la filosofía sagaz y Anatomía de ingenios, escrita en el siglo XVII por el catalán Esteban Pujasol, y el Discernimiento de ingenios, que en el XVIII publicó el Padre Ignacio Rodríguez, el primero de cuyos libros contiene ideas tan nuevas, atrevidas y peregrinas como el celebrado Examen del médico de San Juan de Pie de Puerto. Mas, a pesar de sus aficiones huartistas, obstínase por ahora el señor de la Revilla en el quod dixi, dixi, y truena contra mí, sin duda porque dudó de su infalibilidad crítica; pecado imperdonable para los amantes de la tolerancia y de la libertad del pensamiento. Pero como yo tengo la mala costumbre de decir las cosas muy claras aún a sabios como el señor de la Revilla,
según cantó allá nuestro paisano Jorge Pitillas, repito ahora lo que a su tiempo dije y explané largamente, y lo que el señor de la Revilla ha tenido buen cuidado de no mentar en su contestación, sin duda por miedo de quemarse, es a saber: que niego y continuaré negando su competencia en esta cuestión, mientras no dé pruebas de conocer algo más que de oídas la filosofía española. E insisto en este punto, porque no veo en el señor de la Revilla trazas de enmienda, puesto que su llamada contestación a mi artículo deja las cosas tan mal como se estaban, y a él le coloca en situación más falsa y peligrosa que antes, haciendo patentes la ligereza con que habló primero y la terquedad insigne con que ahora se aferra a lo dicho, sin reparar en la calidad de las armas que emplea para sostener una malísima causa. Y si al señor de la Revilla le parece todo esto personalidades, tenga en cuenta que aquí son indispensables y precisas, y que en nada hieren su buena fama, a no ser que pretenda ser omniscio o tener ciencia infusa, lo cual no sospecho de su perspicaz discernimiento. Dice el señor de la Revilla que, para probar la existencia de la filosofía española cito a todos los que se han ocupado DE ella, lo cual califica de desahogo de bibliófilo. Perdone el señor de la Revilla: no los cité para eso, sino para demostrar que no somos usted y yo solos los creyentes en la existencia de la filosofía ibérica. Ahí está mi carta que no me dejará mentir. Entre eso y lo que el señor de la Revilla dice hay bastante diferencia. Aquí vendría bien la usada cortesía de que el señor de la Revilla no me había entendido; pero como yo me pago poco de fórmulas y sé que el señor de la Revilla me entiende perfectamente, como yo a él, diré sin rebozo (y si es personalidad, no le ofenda) que no quiso entenderme, porque así le convenía. Y sepa el señor de la Revilla (aunque nada quiere saber de boca mía) que, aún empleado como argumento de autoridad, ese catálogo sería de gran fuerza: 1.º Por contener nombres ilustres y de primera importancia científica y bibliográfica; 2.º Por haber entre ellos sectarios de todas las escuelas filosóficas desde las más radicales hasta las más ortodoxas, lo cual excluye hasta la sospecha de ser el nombre de filosofía española bandera de secta o de partido; 3.º Por haber florecido los autores allí citados en muy diversos tiempos y naciones, lo cual excluye asimismo toda idea de confabulación y acuerdo. Por eso, y porque no soy tan inmodesto que prescinda de la autoridad de los que me han precedido, me permití aquel desahogo que tan mal ha sentado al señor de la Revilla y tan triste idea le ha hecho formar de la generación educada en las bibliotecas con estudios de cal y canto. Quizá esa generación (que aún está por ver) no competirá
con la dorada juventud que hoy puebla los Ateneos y habla con sublime aplomo de transformar el Cristianismo, como si se tratase de remendar unos calzones viejos; pero de seguro tendrá la buena condición de no tratar cuestiones que no entienda, ni entretenerse en denigrar y escarnecer por sistema cuanto hicieron y pensaron nuestros abuelos. El señor de la Revilla, que me tiene a mí (aunque indigno) por de esa generación, dice que será divertida, a juzgar por la muestra. Es posible que yo no divierta al señor de la Revilla; en cambio, él me divierte mucho, muchísimo, y sentiría verme privado de sus donosas y eruditísimas lucubraciones acerca de la Filosofía española. En todos estos preliminares, que en rigor pudieran calificarse de pólvora en salvas, gasta el señor de la Revilla muy cumplidas las tres primeras páginas de su artículo. Y cuando podíamos creer que iba a entrar en materia y a decirnos grandes cosas, después de anunciarnos que va a hablar por partes y a tratar la única cuestión seria que apunté en mi artículo, sale con lo siguiente: Cuando hemos dicho que la filosofía española es un mito, no hemos querido decir que no haya filósofos españoles, sino que no existe una creación filosófica española que haya formado una verdadera escuela original, de influencia en el pensamiento europeo, comparable con las producidas en otros países. Y a renglón seguido, y como si no lo hubiera dicho bastante claro, torna a remachar lo que él llama argumento, y es sólo una escapatoria por los cerros de Úbeda, diciendo que, para que haya filosofía nacional es preciso que constituya escuela y tradición en un país; y no contento con esto, dice más abajo que ha de llevar su influencia más allá de los límites estrechos de la patria; cuyas condiciones (puramente externas y accidentales y que no afectan al mérito de las doctrinas) son, en concepto del señor de la Revilla, indispensables para que se pueda hablar de Filosofía española. Pues ahora voy a dar gusto al señor de la Revilla mostrándole, no una, sino varias creaciones filosóficas que forman tradición y escuela e influyen en España y fuera de ella. Y se habría ahorrado el señor de la Revilla mucho mal camino y muchos tropiezos si hubiese comenzado por aquí, en vez de adoptar el tono de un artículo de La Iberia y llamarme neo y retrógrado sin venir a cuento. Para que el señor de la Revilla vea que no abuso de las ventajas que con ceguedad notoria se empeña en proporcionarme, prescindiré del senequismo, por ser doctrina más bien moral que metafísica, y porque tal vez pertenezca nuestro crítico al número de los que se niegan a reconocer la influencia del genio nacional en las obras de los hispano-romanos. Pero lo que no negará es la grandísima importancia histórica de esa transformación del estoicismo, que en la Edad media influye sobremanera, llegando a bautizar con el nombre del filósofo cordobés no pocos libros ajenos y de origen cristiano, como el De quatuor virtutibus de San Martín Bracarense; que en el siglo XV domina sin rival en las inteligencias de nuestros primeros renacientes (D. Alonso de Cartagena, Pedro Díaz de Toledo, el marqués de Santillana, Juan de Lucena, Fernán Pérez de Guzmán, el rey de Aragón Alfonso V, etc.); que en el XVI y en el XVII llega a su apogeo dentro y fuera de España con Justo Lipsio, Montaigne, Quevedo, Saavedra Fajardo, Gracián, Núñez de Castro, Baños de Velasco, Fernández de Heredia, Ruiz Montiano, Fernández Navarrete, el portugués Antonio López de Vega y otros ciento, expositores unos, comentadores y defensores otros, y moralistas los más, a la manera del filósofo de Córdoba; que en el siglo XVIII inspira buena parte de sus paradojas y atrevidos pensamientos a Rousseau, y provoca en Francia de parte de Diderot y de Lagrange defensas tan extremadas como las que por entonces hacían en Italia los jesuitas españoles Serrano y Lampillas. Hago caso omiso de esta doctrina que siempre ha tenido secuaces de bulto en España y en otros países. Dejo también el averroísmo, o teoría del intelecto uno, porque de seguro me negará el señor de la Revilla que sea escuela filosófica española, aunque Averroes fuera tan cordobés como Séneca; pero de seguro, también, me confesará el predominio incontestable de esta filosofía arábigo-hispana en las escuelas de Occidente desde el siglo XII; predominio que (entre paréntesis) de nadie recibió más duros golpes que del mallorquín Raimundo Lulio, viniendo a sucumbir casi, bajo los recios anatemas del valenciano Luis Vives en los días del Renacimiento. Tampoco significará nada para el señor de la Revilla, como parte de nuestra historia filosófica, ese panteísmo judaico-hispano, personificado en Avicebrón (Ben Gabirol) mejor que en Moisés ben Mayemon (Maymónides) aunque malamente apellidado maimonismo, sistema tan real y poderoso, que, no sólo inspira en el siglo XVI a Miguel Servet y a Giordano Bruno (confundiéndose en ellos con reminiscencias neo-platónicas) y se amalgama en el XVII con el cartesianismo y el método geométrico en los libros de Benito Espinosa, e influye en otro panteísta, también de origen hebraico-portugués, aunque menos conocido, David ben Pinhas, sino que en el presente vive, y palpita más o menos modificado en el fondo de muchos sistemas alemanes. De estas tres creaciones del pensamiento ibérico admitirá el señor de la Revilla el mérito y la importancia, y dirá que formaron tradición y escuela en la Península y fuera de ella, porque, como no fueron católicos sus autores, sino paganos, musulmanes o judíos, no hay riesgo en alabarlos; pero tendrá buen cuidado de advertir que Séneca, Avicebrón, Averroes y Maymónides fueron españoles sólo por el hecho de haber nacido en España, sin considerar que grande debió de ser el elemento español en Séneca cuando a este siguieron e imitaron con preferencia nuestros moralistas de todos tiempos, y cuando aún hoy es en España su nombre el más popular de los nombres de filósofos y una especie de sinónimo de la sabiduría, lo cual indica que sus doctrinas y hasta su estilo tienen alguna esencial y oculta conformidad con el sentido práctico de nuestra raza y con la tendencia aforística y sentenciosa de nuestra lengua, manifiesta en sus proverbios y morales advertencias, de expresión concisa y recogida como los apotegmas de Séneca, que pugnan con el genio de la lengua latina y la cortan seca y abruptamente; y sin reparar, en cuanto a Averroes y a Maymónides, que al primero refluye todo el genio filosófico de los árabes españoles, como al segundo toda la labor intelectual de los hebreos peninsulares, razas ambas sumamente modificadas por las condiciones de nuestro suelo y clima, y partícipes de las condiciones y leyes históricas del pensamiento nacional; leyes y condiciones por las cuales puede explicarse hasta cierto punto la inclinación al panteísmo, manifiesta lo mismo en los filósofos hispano-árabes y judíos que en todos los herejes españoles antitrinitarios, hayan sido o no filósofos, como Prisciliano, Gundisalvo, Miguel Servet, Alfonso Lincurio, Marchena y Martínez Pascual, porque el pensamiento español es lógico hasta en sus aberraciones. Pero no cante victoria el señor de la Revilla, que aún hay, a falta de una, otras tres creaciones filosóficas españolas, con influencia en el mundo, con escuela y tradición dentro y fuera de casa, con todos los caracteres, en fin, que su merced exige (sin necesidad algunos) para que haya filosofía que en rigor pueda llamarse nacional. Y estas escuelas son el lulismo, el vivismo y el suarismo, de los cuales voy a decir cuatro palabras, suficientes para mostrar el encadenamiento de su tradición científica, remitiendo a quien desee más noticias a los libros (muy pocos por desgracia) que tratan algo de esto, y mejor aún, a las obras de los mismos filósofos, que ahí están muriéndose de risa en los estantes de las bibliotecas, y que cualquiera puede leer, si sabe latín y tiene curiosidad de aprender lo que en su alta sabiduría desdeñan los señores del Ateneo y de la Revista Contemporánea. Y comenzando por el buen Ramón Lull, a quien el pueblo católico venera en los altares como a mártir de la fe, y a quien, cual a heroico obrero de la ciencia, debieran venerar los sabios incrédulos o creyentes, y como gloria inmortal del nombre patrio, los españoles todos; nadie, sin presunción y ligereza notorias, osará llamar estimable ingenio de segundo orden al gran filósofo del siglo XIII, inteligencia de las más colosales, profundas y sintéticas de todos tiempos, padre y constructor de un sistema armónico tan sencillo como ingenioso, que no me detendré a exponer aquí porque ya lo ha hecho brillantemente el señor Canalejas; sistema que, a la manera del de Hegel, engarza con hilo realista el mundo de la Metafísica y el de la Lógica, los principios del ser y del conocer, tendiendo a reducir las discordancias y resolver las aninomias, para que, reducida a unidad la muchedumbre de las diferencias (como dijo el más elegante de los lulianos), venza y triunfe y ponga su silla en todo, no como unidad panteística, sino como última razón de cuanto existe, aquella generación infinita, aquella Expiración cumplida, en quien la esencia y la existencia se compenetran, fuente de luz y foco de sabiduría y de grandeza. ¿No llena todas las condiciones de unidad científica la concepción luliana, desde el árbol elemental hasta el divino, mediante el cual se halla luego la solución del árbol de las cuestiones? ¿Qué hay más ingenioso que el artificio de la lógica luliana y el juego de los universales y de los predicados? Después del Órganon aristotélico no se había excogitado cosa semejante. El gran pensamiento de la unidad de la ciencia rige y gobierna todos los trabajos de Raimundo Lulio. Él aplicó su método a la ética, a la cosmogonía, a la teodicea, considerándolas a todas como ramas del mismo tronco. No fue expositor de ninguna filosofía extraña, sino fundador de una escuela, de existencia reconocida en todos los países de Europa, que en Mallorca tuvo hasta nuestro siglo cátedras oficiales y que cuenta entre sus sectarios españoles a Raimundo Sabunde85, Fr. Anselmo de Turmeda, Pedro Dagui, Juan Llobet, Nicolás de Pax, Lavinheta Alonso de Proaza, Arias Montano86, Juan de Herrera, Fr. Luis de León, Pedro de Guevara, Suárez de Figueroa, D. Alonso de Zepeda; escuela que revive en el siglo pasado no sin gloria, representándola en polémica con el P. Feijóo los PP. Fornés, Pascual, Tronchón y Torreblanca, y que aún vive en el presente, coronando la serie de ilustres lulianos el Sr. Canalejas, si hemos de atenernos a estas palabras que conviene mediten el señor de la Revilla y sus compañeros de la Revista Contemporánea porque nada tiene de neo ni de inquisitorial el escritor que las dice: «Si para la educación filosófica de nuestro pueblo es o no camino más llano y fácil el de exponer a Lulio interpretándole latísimamente en el sentido moderno, que el importar enseñanzas extranjeras muy propias de sajones o germanos, pero antipáticas al genio de nuestra raza y a la índole de nuestra inspiración y de nuestra historia, es tesis que hoy no resuelvo, pero que confieso me solicita con energía... En lo político como en lo científico, las nacionalidades constituyen un organismo necesario para que la verdad se produzca en el trascurso de una edad, bajo todas sus fases y en todas sus maneras. ¿No se atenta a esta ley histórica cediendo al deseo de copiar y reproducir lo extraño sin consultar lo propio? ¿No es preferible renovar y rejuvenecer que comentar, cuando el fin se alcanza mejor de aquella manera?» Y si el señor de la Revilla juzga condición indispensable para la existencia de escuela el que lleve su influencia más allá de los límites de la patria, en este caso se halla el lulismo, doctrina bien conocida en el mundo científico, como lo demuestran los nombres del abad Tritemio, Cornelio Agripa, Valerio de Valeriis, el P. Kircher, Giordano Bruno (que llamaba a Lulio hombre divino) Alstedio, Ibo Zalzinger, y otros lulianos extranjeros, grandes admiradores del Ars Magna y del Arbor scientiœ, y secuaces en todo o en parte de las doctrinas del filósofo de Mallorca. Ya tenemos una creación filosófica nacional que llena las condiciones requeridas por el señor de la Revilla. La grande edición de las obras de Lulio se hizo, no en Palma, sino en Maguncia, por diligencia de Zalzinger, y es seguro que Italia y Alemania han dado al lulismo tantos y tan fogosos secuaces como España87. El segundo sistema peninsular influyente, conspicuo y famoso en el mundo, es el suarismo, respecto al cual anda muy fuera del tino el señor de la Revilla, cuando dice que Suárez fue un aventajado discípulo del escolasticismo, como si dijéramos un buen chico, un joven aplicado y estudioso88, dando a entender con ese tono despreciativo, sueños teosóficos y cabalísticos, entonces de moda, y pararon en el panteísmo: ninguno fundó escuela, ni trajo doctrinas nuevas al campo del saber, ni aún llegó a constituir sistema; todos trabajaron en la demolición del edificio escolástico, pero sin levantar nada propio ni duradero. ¡Cuán diversa fue la obra de Vives! No atacó éste el aristotelismo por sistema; no se adhirió sistemáticamente a Platón; juzgó el mayor daño para los progresos de la ciencia auctoritate sola aquiescere et fide semper aliena accipere omnia; enfrente del principio de autoridad colocó el de razón: Tantum mihi habeatur fidei, quantum ratio mea vicerit... Patet omnibus veritas, nondum est occupata; asentó la necesidad de reforma y de progreso en la ciencia, porque nulla ars simul est et inventa et absoluta, y con este criterio examinó las causas de la corrupción de todas las disciplinas, buscándolas, ante todo, en los vicios propios del entendimiento humano (idola tribus de su discípulo Bacon), en la oscuridad voluntaria, en el espíritu de sistema, en la adhesión a la palabra del maestro, en la veneración supersticiosa a la antigüedad, en el abuso de la disputa; censuro con juicio tan elevado y sólido los extravíos del Renacimiento como las sofisterías de la Escolástica, los primeros en el libro De corrupta grammatica, las segundas en el De corrupta dialectica; dijo antes y lo mismo que Bacon, que la filosofía natural sólo podía adelantar experimentis et usu rerum; señaló reglas para corregir el engaño de los sentidos; tronó contra el afán de generalizar sin que precedieran experimenta et observationes variarum rerum in natura, exclamando con profunda verdad: Ignorant quœ jacent ante pedes, scrutantur quœ nusquam sunt; y después de haber visto y considerado con erudición y sagacidad maravillosas cada parte del saber tal como entonces se cultivaba, procedió a trazar un método de renovación de las ciencias, harto más completo, juicioso, armónico y ordenado que el de Verulamio, reputando proprium tanti instrumenti opus intueri omnia, colligere, componere inter se, et universam hanc naturam quasi possesionem suam peragrare. Para enderezar a tan alto fin el entendimiento, comenzó por definir la inducción y la experiencia y señalar sus fueros, no extremándolos como el canciller inglés, y dándoles reglas con igual o mayor acierto: «ex singularibus aliquot experimentis colligit mens universalitatem quœ compluribus deinceps experimentis adjuta et confirmata, pro certa explorataque habetur... Ceterum experientiœ temerariœ sunt ac incertœ, nisi a ratione regantur, quœ adhibenda est illis tamquam clavus gubernator in navi: alioqui ferentur temere et fortuita erit ars omnis, non certa... Quod est in iis cernere, qui solis experimentis ducuntur de quorum ingenio judicium non censet, rem, locum, tempus et reliquas circunstantias inter se conferens, fieri enim convenit ut experientia artem pariat, ars experientiam regat89»; consideraciones que explana después y en varios lugares largamente. La importancia de Vives como metodólogo no ha de ocultársele a nadie que haya leído los libros De tradendis disciplinis. Mas no se limitó a esto la actividad científica del sabio valenciano. En los libros De prima philosophia desarrolló con sentido ecléctico su sistema metafísico, inclinándose alguna vez a Platón, y con más frecuencia a Aristóteles; en los De anima et vita dio maravillosos ejemplos de análisis psicológico; en los tratados lógicos simplificó considerablemente, e intentó reducir a la pureza del Órganon, la dialéctica; en los libros De veritate fidei christianœ; aplicó a la teología su sistema filosófico, con lucidez de entendimiento y delicadeza de análisis asombrosas; sentó los fundamentos de la filosofía de la legislación con el nombre de ars justitiœ; en el discurso In pseudo-dialecticos clamó como ninguno contra la barbarie de la escuela, y por último convirtió sus principios a la crítica filosófica en la censura de las obras de Aristóteles, en el librito De initiis, sectis et laudibus philosophiœ; y en otros opúsculos, por los cuales le da Brucker la primacía entre los restauradores de la historia de la filosofía al modo de los antiguos. Tenemos, pues, un sistema completo sustituido al antiguo, con su Metafísica, Lógica, Psicología y Teodicea, en parte muy fundamental nuevas, clara y metódicamente enlazadas. Voy a mostrar ahora el desarrollo de la doctrina vivista en el siglo XVI y siguientes, para que el señor de la Revilla se convenza de su importancia histórica, y acabe de entender que de Vives parte un movimiento tan poderoso como el que arranca de Descartes. Ante todo, conviene advertir que la mayor parte de los filósofos italianos y franceses a que el señor de la Revilla se refiere, son posteriores a Vives, cuyas enseñanzas recibieron, aunque sin aprovecharlas bastante, porque les faltaba el juicio, cualidad capital del pensador valentino, y la tendencia conciliadora y amplio espíritu que asimismo le distinguen. Telesio es el que más se acerca a Vives en estas condiciones; pero no acertó a desarrollar sino bajo un parcial aspecto el criticismo vivista. Mucho más adelantaron en el proceso de esta fecunda doctrina los filósofos españoles, aunque no se haya mostrado justa con ellos la fama. Dejando aparte a los que, como Gélida, Vergari, etc., nada sustancial alteraron la doctrina del amigo o del maestro, vemos surgir de la filosofía crítica cuatro direcciones principales: 1.ª El peripatetismo clásico, muy conforme con tendencia de Vives, que admiraba y seguía en mucha parte a Aristóteles puro y sin mezcla averroísta ni escolástica. Representan esta dirección, a más de otros no tan notables, Sepúlveda, Gouvea, Cardillo de Villalpando, Martínez de Brea y Pedro Juan Núñez (caudillo de la que pudiéramos llamar escuela valenciana)90, después de su conversión del ramismo. 2.ª El ramismo español, tendencia de oposición un poco dura y sistemática a Aristóteles, mitigada por un elemento vivista sobremanera poderoso. Son corifeos de esta secta el salmantino Herrera, el valenciano Núñez en sus primeras obras, otro Núñez (Pedro... Vela) protestante abulense, que publicó en Ginebra una Dialéctica, y fue grande amigo de Pedro Ramus, y con más tenacidad que ninguno el Brocense, cuya filiación vivista puede apreciarse en estas palabras del prólogo de su Minerva: «Multa veteres philosophos latuerunt quœ Plato eruit in lucem, multa post eum invenit Aristoteles, multa ignoravit ille quœ nunc sunt passim obvia: latet enim veritas, sed nihil pretiosius veritate91», que es en sustancia el principio capital del racionalismo de Vives, expuesto en el prefacio De causis corruptarum, artium. 3.ª El onto-psicologismo de Foxo Morcillo, cuya conciliación platónico-aristotélica no es más que un desarrollo admirable de la metafísica vivista, si bien inclinándose más a la doctrina del gran discípulo de Sócrates, señaladamente en la cuestión de las ideas innatas, que entiende a la manera de San Agustín. Por su libro De studii philosophici ratione, modificación de la metodología de Vives, se da la mano Foxo con el grupo siguiente: 4.ª El cartesianismo ante-cartesiano, sostenido en filosofía natural por Dolese, G. Pereira, F. Vallés, Torrejón y Barreda, y en psicología por Vallés y Pereira, aunque en muchas cuestiones discordes. Si Descartes dice en el Discurso del método: «Le premier precepte est de ne recevoir jamais aucune chose pour vraie que je ne la connusse evidemment être telle»; ya el divino Vallés había dicho en el capítulo 64º de la Philosophia sacra: «Necese est ut in rationum, investigatione... etiam de his quœ sibi videntur probabilissima, nisi se ipsos velint (homines) fallere, dubitent.» Como exageración de la tendencia racionalista del vivismo y fenómeno aislado, aparece el libro del portugués Sánchez De multum nobili, prima et universali scientia, quod nihil scitur. También pudiera sostenerse que el empirismo sensualista de Huarte y doña Oliva tiene ciertas, relaciones con la filosofía en cuestión, como dependiente que es de Gómez Pereira y de la Antoniana Margarita. Pero júzguese de esto lo que se quiera, que al cabo no es de esencia, siempre podrá afirmarse que los pensadores independientes (en el buen sentido de la palabra), los ciudadanos libres de la república de las letras, que en España florecen durante el siglo XVI, proceden en su inmensa mayoría del vivismo. Llevó esta escuela su influencia más allá de los límites estrechos de la patria, y de ella nacieron: 1.º La filosofía de Bacon, que tomando por punto de partida los libros De disciplinis, proclamó las excelencias del método experimental (como ya lo había hecho Vallés en las Controversiœ medicœ et philosophicœ), desarrolló la teoría de la inducción, sabida de Aristóteles y no ignorada, ni mucho menos, de Vives y sus discípulos, analizó, de igual manera que el valenciano, las causas de los errores, e insistiendo en un punto menos atendido, aunque no olvidado para Vives, trajo la magna instauratio a las ciencias naturales. 2.º El cartesianismo, desarrollo parcial y exclusivo, lo mismo que el anterior, de otra fase de la doctrina de Vives y sus discípulos. Dice Julio Simón, que el principio de la filosofía para Descartes fue la duda: éste fue todo su método; el porvenir de la filosofía estaba en este principio. Ahora bien; esa famosa duda había sido proclamada como principio de doctrina por Vives, Foxo Morcillo, Sánchez el escéptico, Gómez Pereira, Vallés y otros infinitos. En cuanto al famoso entimema, está en San Agustín, en Ochino, en Gómez Pereira y en cien partes más. El resto de sus principios apenas encierra novedad, como es sabido. Leibnitz lo demostró, y yo no necesito repetirlo. Lo que en su física y en su psicología tomó de Gómez Pereira y de Vallés, nadie lo ignora. Ya su contemporáneo el célebre Daniel Huet, obispo de Avranches, lo puso de manifiesto, en su Censura de la filosofía cartesiana. 3.º La filosofía del P. Buffier y la modesta, prudente y sabia, aunque incompleta, escuela escocesa, que en punto al análisis psicológico tiene sus precedentes en el tratado De anima et vita92, y en cuanto al criterio de verdad, al sense conmon, en este pasaje del libro I De prima philosophia, y en otros que pudieran citarse y a los cuales corresponde bien la tendencia general de las obras filosóficas de Vives: «Quod naturale est, non potest esse ex falso (llama naturale al testimonio de conciencia)... nec potest certius esse veri argumentum, quam omnes naturaliter sic sentire... Nam si magni alicujus et sapientissimi viri auctoritas jure habet momenti plurimum, quanto habebit majus auctoritas generis humani?»; que es, en sustancia, lo que dice Reid: «El asentimiento en virtud del cual todos los hombres se afirman a sí mismos proposiciones verdaderas y universales, es un juicio natural (expresión idéntica a la de Vives, que le distingue del juicio artificial o segundo), instintivo, que debe afirmarse, pero que no se razona.» ¿Y me preguntará ahora el señor de la Revilla si el nombre de Vives debe colocarse al lado de los de Descartes, Kant y Hegel? Sí, por cierto, y aún un poco más arriba, y si no suena tan alto como debiera, es por una grande injusticia histórica, incomprensible para el señor de la Revilla y otros fanáticos adoradores del éxito. Así como el hemisferio de Colón lleva aún hoy el nombre de Américo Vespucio; así se han bautizado con los pomposos nombres de baconismo, cartesianismo, y escuela escocesa diversos girones del manto de Vives, para quien espero que llegue pronto el día de la solemne reparación, hoy retardada sólo por el clamoreo de los sofistas. Esperanza tengo de que retoñe esa escuela, nunca enteramente muerta en España, escuela de Melchor Cano, de Pedro de Valencia, de Isaac Cardoso, de Caramuel, de Feijóo, de Piquer, escuela cuya restauración dos veces se ha intentado en el siglo XVIII y en el presente, frustrándose por lado enemigo entrambas tentativas, la del animoso Forner, portento de doctrina, y la del sabio metafísico Llorens, secuaz de la escuela escocesa, la cual procuró enlazar con la tradición de Vives, en cuya empresa le sorprendió la muerte. Ya está servido el señor de la Revilla a medida de su deseo; ahí tiene, aunque sólo rápidamente bosquejadas, las escuelas y las influencias que tanto deseaba conocer. Aunque de las seis me rechace tres, tiene que reconocer la existencia y nacionalidad de las restantes. Ya ha visto que hay lulistas, suaristas y vivistas dentro y fuera de España: pereiristas no, pues Gómez Pereira no fue caudillo de secta, porque no tenía condiciones para tanto, a pesar de su claro entendimiento, perspicuidad y audacia. Y ¿qué diré del resto del artículo del señor de la Revilla, en el cual no hay una idea de provecho ni una noticia erudita, mostrándose el autor cada vez más desalumbrado y fuera de tino, como quien anda por sendas que no conoce, y a cada paso tropieza? ¿No es ridículo comparar la obra científica de Vives, Gómez Pereira y demás filósofos peninsulares con la misión de San Juan Bautista, que no predicaba una doctrina, precursora ni madre de otra doctrina, sino que anunciaba la venida del Salvador, diciendo: Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos, y bautizaba en el agua para la penitencia, esperando que viniese el que había de bautizar en el Espíritu Santo y en el fuego? ¿Y me pregunta el señor de la Revilla qué me parecería del que intentase propagar y defender el juanismo? ¿Pues qué había de parecerme tal empresa? Un desatino, y más desatinado me parece el símil y más traído por los cabellos el argumento del señor de la Revilla, que sin duda cuenta mucho con la tolerancia de su público especial, cuando tales cosas escribe como si fuesen razones sólidas y macizas (estas palabras mías se le han indigestado, y no es extraño). En cuanto a los místicos, el señor de la Revilla se vale de otra evasiva sofística, distinguiendo entre lo que él llama misticismo y la filosofía mística, que es lo mismo que si distinguiésemos entre el kantismo y la filosofía kantiana. El señor de la Revilla es muy dueño de hacer los distingos que guste y de interpretar las palabras como le plazca; pero el misticismo o la filosofía mística es indudable que ha florecido en España como en ningún otro país del mundo, y todo el que no sea positivista y haya leído Las Moradas, Los Nombres de Cristo y la Subida al Carmelo reconocer si que no hay filosofía más alta y sublime que aquella, y tendrá a Santa Teresa por filósofa tan grande y mayor que Hipatia (de quien después de todo sólo ha quedado la fama), y a Fr. Luis de León y a San Juan de la Cruz por filósofos profundos y excelentísimos, bastante más que Kant, Hegel y sus satélites, con cuyos nombres, sin cesar repetidos, quieren aturdirnos los críticos germanescos. Ya supongo la idea que tendrá el señor de la Revilla de la filosofía, y mal puede admitir en ella el misticismo, la filosofía divina, siendo secuaz de Compte y de Littré. Mas en cuanto a suponer que nadie considera como filósofos a los místicos citados, perdóneme que dude de su honrada palabra. Sin recurrir a neos y oscurantistas, ahí están Rousselot en su libro de Les Mystiques Espagnols, el señor Valera en cien artículos y discursos, el Sr. Canalejas en su juicio del libro francés antes citado, el Sr. Martín Mateos en una serie de artículos publicados en la Revista de la Universidad de Madrid, y el malogrado estético Núñez Arenas en un discurso inaugural de la propia escuela, todos los cuales convienen en estimar como filosofía el misticismo y como filósofos a los místicos españoles. El señor de la Revilla insiste en juzgar por el éxito las doctrinas filosóficas, y dice que, si Platón no hubiese fundado escuela, sería un gran filósofo, pero no un objeto importante en la historia de la Filosofía. Pues si la historia de la Filosofía no habla de los grandes filósofos y de sus doctrinas, ¿de qué ha de hablar? ¿Esperará a que venga el servum pecus para decidir del mérito de los sistemas? Pero bien mirado todo, no es el éxito, sino la fama del éxito, lo que no lograron los filósofos españoles. Más se han olvidado sus nombres que sus doctrinas. Lo dicho de Vives en particular puede aplicarse a todos ellos considerados colectivamente. Las limitadas noticias que tenemos de su influencia en el movimiento intelectual de la edad moderna nos bastan para creer fundadamente que aquella fue poderosa y fecunda. La Ontología, la Teodicea, la Cosmología, la Antropología, la Ética, el Derecho natural, la Estética, todas las esferas de la filosofía les deben copiosas luces; sólo falta que reconozcan la deuda, mucho mayor, sin duda, de lo que por los datos hasta ahora conocidos aparece. Tulit alter honores... Aquí tiene usted, amigo D. Gumersindo, la contestación del señor de la Revilla, contestada sin añadir, ni quitar, ni desfigurar ninguno de sus argumentos, al revés de lo que él ha hecho con los míos. Escrita su réplica en momentos todavía de irritación y cólera, es, bajo todos aspectos, indigna de su reputación y notorio talento; nada prueba, nada resuelve; puede pasar únicamente como evasiva. Un solo argumento fastidiosamente desleído, algunas declamaciones de club patriótico; mucho contar al público lo que yo digo, suprimiendo (cosa es clara) las amenidades contra su persona y con ellas otras cosas que no son para el ingenioso crítico amenidades, sino espinas; un rebajar poniendo por bajo, cuando lo raro y peregrino sería rebajar poniendo por cima; no poco de aquellas sabidas frases: baste con lo dicho... mucho pudiéramos decir... pero ya dijimos... pero no lo diremos... porque el señor Menéndez es neo; he aquí el artículo del señor de la Revilla. Al final anuncia que no discutirá conmigo mientras no vea que empleo más comedidas formas. En cambio, yo que de formas me cuido poco, que no soy catedrático de Literatura como el señor de la Revilla, y que no tengo reputación literaria buena ni mala que aventurar en este lance, discutiré con él en cualquiera forma, aunque use él la peor de todas, la progresista, aunque toque el himno de Riego, y me llame neo y troglodita... y cuanto se le antoje, que por eso no he de ofenderme; pero condición de que dé muestras de haber estudiado la materia y conocer de la filosofía española algo más que vagas generalidades. De usted apasionado amigo y paisano. Santander 19 de Setiembre de 1876.
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