 Segunda parte
Al Sr. D. Alejandro Pidal y Mon
 Dos artículos del Sr. Pidal sobre las cartas anteriores93
 - I -
No hace muchos años que los eruditos y laboriosos
investigadores de los tesoros literarios que encierran nuestras
bibliotecas, paraban su atención, solicitada por tan
extraño espectáculo, en un joven, casi un niño,
que con un infolio en pergamino o con algún empolvado
manuscrito delante, tomaba de cuando en cuando apuntes en
unas cuartillas de papel con aquella naturalidad desembarazo
que acusan largos hábitos y gran familiaridad en el
trato y manejo de tan venerandas antigüedades. La asiduidad
con que concurría a su puesto, el carácter
de letra de los manuscritos que estudiaba, el idioma en que
estaban escritos los libros que pedía, unido con su
tierna edad e infantil aspecto, despertaban de tal modo la
curiosidad de los observadores, que en breve se esparció
el rumor de que un nuevo erudito, ratón de biblioteca
y tragador de polvo y de polilla, iba a salir a luz en la
patria de los Gallardos, Calderones, Gayangos y Duranes.
Justificaba tal apreciación el relato de varias anécdotas
que corrían entre los aficionados. Contábase
el caso acaecido a uno de nuestros literatos más encargado
de comentar los poetas españoles del siglo decimoctavo,
y en cuyas laboriosísimas investigaciones no había
podido dar con el códice manuscrito de cierto fraile
poeta, viéndose obligado a consignarlo así
en la obra, e inclinándose al parecer de que tales
versos no existían; cuando días después
recibió una carta suscrita por desconocido nombre
en la que se le indicaba la biblioteca, la sala, el armario,
el estante y el legajo en que los tales desconocidos versos
dormían el sueño del olvido. Maravillose, al
parecer, nuestro literato; corrió al sitio que se
le indicaba, con gran desconfianza y temor de ser juguete
de una broma, y halló en el mismo punto señalado
las obras del poeta, inquirió diligente las señas
de la casa del Colón de aquellas desconocidas rimas,
y fuele a visitar agradecido. No le halló en ella,
y decidió esperarle. Introdujéronle en una
reducida habitación colmada de papeles y libros, y
cuál no sería su asombro cuando, pensando hallarse
con una hombre proyecto, cuyas canas justificasen su sabiduría
bibliográfica, se encontró cuando, de vuelta
ya nuestro erudito, penetró por fin en su habitación,
con un joven imberbe, vestido con una chaquetilla y con más
trazas de jugador de marro o de las cuatro esquinas, que
de espolvoreador de archivos y desenterrador de códices
apolillados. Entablaron conversación animada sobre
puntos oscuros de nuestra literatura, y horas después,
según es fama, salía el insigne literato haciendo
cruces de ver compendiada tanta erudición en tan cortos,
aunque tan bien aprovechados años. Estos relatos
y otros, como la noticia de que en un solemne certamen abierto
por una rica casa editorial, y del que fueron jueces nuestros
notabilidades literarias más ilustres, sólo
se habían considerado dignas de premio dos obras,
y abiertos los pliegos en que venía el respectivo
nombre de su autor, se encontraron los jueces con que ambos
trabajos llevaban el mismo nombre, que no era otro que el
de nuestro joven, vinieron a aumentar nuestros ya vivos deseos
de conocerle, deseos mezclados con el temor de que fuese
el tal joven uno de esos prodigios de memoria en quienes
la casi total ausencia de entendimiento abona la teoría
de que una facultad se desarrolla siempre a expensas de las
otras, y justifica el dicho vulgar de que la memoria es el
talento de los tontos. Conocímosle por fin una noche
en unas modestas veladas literarias, en que no para hacer
aparatosos alardes de postizos conocimientos, sino para estudiar
y dilucidar detenidamente las cuestiones más importantes
que nos ofrece la historia científica y política
de nuestra patria, nos reuníamos algunos jóvenes,
deseosos de aprender, y algunos ancianos de nombre ilustre
en la república de las letras. Tratábase aquella
noche de la decadencia de España en el reinado del
último representante de la causa de Austria, y de
su renacimiento en el del primer representante de la casa
de Borbón; y habiendo hecho uso de la palabra personas
ilustradísimas que habían estudiado de propósito
el tema, y algún sabio encanecido en el estudio de
la historia patria, parecía ya agotado el asunto,
cuando el que esto escribe rogó al joven recién
presentado, que hasta entonces había permanecido silencioso,
que dijese algo de su cosecha sobre el particular, aunque
ya nada nuevo pudiese, al parecer, decirnos. Excusose con
natural modestia al principio; pero vista nuestra insistencia,
usó de la palabra incontinenti, y sin afectación
ni pretensiones, y en un estilo claro y llano, y con un lenguaje
castizo, desarrolló con tal novedad, profundidad y
extensión el tema, demostrando tal copia de erudición,
tan serena crítica y tanto ingenio, que desde entonces
quedó para nosotros inconcuso no sólo que el
joven en cuestión, además de una erudición
vastísima, hija de largos y concienzudos estudios,
poseía profundos conocimientos científicos,
puesto todo al servicio de un entendimiento sólido
y elevado, sino que la tan decantada decadencia literaria
de España en el reinado de Carlos II, y su tan ponderado
renacimiento en el de Felipe V, era uno de tantos lugares
comunes, sin fundamento, inventados por la pasión
y propalados por la ignorancia, como corren de boca en boca
por los labios de los eruditos a la violeta del presente
siglo. Pocos días después, en el despacho
del director de La España Católica, escuchábamos
atentos unos cuantos aficionados a la literatura unas magníficas
composiciones poéticas debidas al mismo joven. Eran
unas versiones escrupulosamente hechas de los clásicos
griegos y latinos y de los más afamados poetas italianos,
ingleses, franceses, portugueses y lemosines, y aquel mismo
día, y en la misma España Católica,
veía la luz el primer artículo de aquella larga
serie de estudios acerca de los jesuitas españoles
en Italia, que tanto llamaron la atención de los críticos,
y en los que tan soberanamente se demostraba lo atroz del
desafuero cometido contra el saber, no menos que contra la
justicia, la virtud y la religión, por aquel acto
que ha calificado la historia con el nombre de bárbaro por boca de los mismos corifeos de la impiedad, que acaso
por eso no vacilan en repetirlo. Por aquellos días
también adquirimos completas noticias de casi todos
sus trabajos, publicados ya unos, inéditos otros y
algunos por acabar todavía, y cuya sola enumeración
asusta, pues fuera bastante cualquiera de ellos a ocupar
la vida de un hombre, si habían de ser desempeñados
con la conciencia que su asunto requería y con la
que evidentemente los había él desempeñado
todos. Tales eran los Estudios poéticos a que antes
nos hemos referido; los Estudios clásicos, de que
forma parte La novela entre los latinos, precioso opúsculo
que deja agotada la materia y que presentó el autor
como tesis doctoral al recibir este grado en la Facultad
de Letras; el Ensayo bibliográfico y crítico
sobre los traductores españoles de Horacio; el Bosquejo
de la historia científica y literaria de los jesuitas
españoles desterrados a Italia por Carlos III, de
que ya hemos hecho mención; los Estudios críticos
sobre escritores montañeses, inaugurados con el tomo
referente a Trueba y Cosío, la Biblioteca de traductores
españoles, que ha merecido el nombre de «tesoro de
erudición biográfica y bibliográfica»;
La historia de la estética en España; y finalmente,
La historia de los heterodoxos españoles desde Prisciliano
hasta nuestros días, digno pendant de La historia
de los herejes italianos, que con gloria suya y de la Iglesia
ha dado luz el inmortal César Cantú. Tales
y tantas obras, fundamentales las más de ellas, nos
llenaron de admiración ante el mero desarrollo de
sus planes. Planes asombrosos por la vastedad de su extensión,
por el número y novedad de sus datos, por la naturaleza
y copia de sus fuentes, por lo ordenado de su método
y por la unidad de su pensamiento. Y sin embargo, debemos
decirlo, y lo diremos, nada de todo esto nos sorprendió
tanto como la absoluta imposibilidad en que nos vimos de
darle alguna noticia nueva, algún dato desconocido,
alguna fuente ignorada, algún argumento o consideración
importante, olvidado en el desarrollo de sus temas. Siempre
que le apuntábamos el nombre de algún autor,
el título de algún libro, las aseveraciones
de algún crítico, la fuente de algún
estudio, siempre nos confundía saliéndonos
al paso, atajándonos en nuestra indicación
y completando todo aquello que le decíamos con nuevos
hechos y razones, que nos probaban, que no sólo conocía
aquel escritor o aquella obra, sino que los conocía
a fondo y sabía distinguir, tanto en materia de erudición
como de doctrina, lo bueno de lo malo que en ellos se hallaba.
Y lo más notable de este saber y de esta erudición
era que, como se echaba de ver en seguida, no habían
sido adquiridos por segunda mano y en libros de referencia,
sino en sus propias fuentes, bien fuesen éstas españolas
o extranjeras, manuscritas o impresas, raras o comunes, antiguas
o modernas; fuentes cuyo detenido análisis, así
como el de sus comentaristas, traductores y plagiarios, nos
hacía bajo el punto de vista filosófico de
su doctrina, histórico de sus hechos, literario de
su estilo, bibliográfico de su edición y hasta
bibliománico de sus ejemplares, si éstos eran
raros. Así, sin exageración ninguna de nuestra
parte, conocimos nosotros hace tres años al joven
D. Marcelino Menéndez Pelayo, natural de la provincia
de Santander y de edad ¡de diez y siete años! Y dicho
esto, vamos, con el respeto que nos merece y con la desconfianza
de nuestras propias fuerzas que el caso nos impone, a juzgar
su última producción, verdadera improvisación
literaria, con algunas de cuyas aseveraciones nos atrevemos
a no estar completamente conformes. Titúlase esta
producción Polémicas, indicaciones y proyectos
sobre la ciencia española, y dala comienzo un prólogo
tan bien escrito como bien pensado del Sr. D. Gumersindo
Laverde Ruiz, bien conocido en la república de las
letras, paisano del autor, y cuya delicada salud le obliga
a calificar esta última producción de su bien
tajada pluma de su «testamento literario.» Es el Sr. Laverde
y Ruiz el porta-estandarte, por decirlo así, de los
concienzudos entusiastas de la ciencia española, que,
indignado ante el voluntario olvido en que la profunda ignorancia
de los modernos sabios deja sumidos los tesoros de la sabiduría
patria, para correr a rendir humilde tributo de admiración
y de homenaje ante las más triviales y chavacanas
producciones de la ciencia extranjera, ha dedicado su vida
a la investigación y recuento de nuestros sabios teólogos,
filósofos, eruditos y naturalistas, y de sus más
notables producciones y descubrimientos más importantes,
dándonos, como resultado de sus trabajos, la evidencia
de nuestra superioridad científica, y como causa de
nuestra actual decadencia el desconocimiento de nuestros
grandes hombres y de los monumentos que produjeron, señalando,
al mismo tiempo el modo de remediarla por medio de estudios
críticos y de catálogos bibliográficos,
y sobre todo, por la resurrección de nuestras antiguas
universidades y la creación de cátedras para
los diversos ramos de la ciencia española. Gastó
en esta noble cruzada sus juveniles fuerzas el Sr. Laverde,
produciendo curiosísimos y eruditísimos trabajos;
pero al cabo, «pasáronse los años», «marchitáronsele
las ilusiones», «disipáronse sus esperanzas terrenales»,
«aumentaron sus desengaños», «desfallecieron a una
su cuerpo y su espíritu», hasta el punto de retirarse
a exhalar su último suspiro en el suelo bendito en
que reposan las cenizas de sus abuelos»; pero sin arriar
por eso su bandera, antes bien, manteniéndola enhiesta
y tremolándola sobre los jóvenes adictos de
la ciencia española. Cuando he aquí que la
Providencia le envía, cuando ya «enfermo y dolorido,
nada le es dado hacer para unir la predicación al
ejemplo», al joven Menéndez Pelayo, que, como dice
Laverde, «él solo vale por un ejército», y
ante refuerzo tan inesperado, se le ensancha el pecho, se
le enardece el corazón, y como si ya no le aterrara
la muerte, que pálida y callada se le aproxima, arroja
el español ¿qué importa? exclamando: Non onmis
moriar. Si yo me voy, «queda en pie V., joven alentado, corazón
sano, cabeza potentísima, para continuar la tradición
de mis ideas y proyectos, y conducirlos todos a feliz término
y remate.» Y en verdad que el resto de la obra que estamos
examinando justifica plenamente sus esperanzas y consuelo.
Constituye su núcleo, como se echa de ver por el
título, algunas polémicas sobre la existencia
de la ciencia española, varias indicaciones sobre
los medios de generalizar su conocimiento, y el proyecto
de una obra fundamental acerca de los heresiarcas españoles,
que no es otro que la introducción y el índice
de dicha obra, compuesta por el autor y que en breve verá
la luz, según tenemos entendido. Con decir que el
libro que vamos examinando es, a pesar de haber sido escrito
al correr de la pluma, para las columnas de un periódico,
y sin más plan que las exigencias de la polémica,
un manantial inagotable de erudición española,
un tratado crítico de nuestra cultura intelectual,
y un libro amenísimo escrito en lenguaje castizo y
lleno de sal ática ad usum de los Don Hermógenes
del krausismo, tenemos dicho todo cuanto de él se
puede decir en conjunto, concluyendo por añadir que
todo escritor español, más aún, católico,
no puede prescindir de tenerlo sobre su bufete, si ha de
contestar fácil y victoriosamente a los enemigos de
nuestra fe, que niegan sistemáticamente la cultura
intelectual de España, como prueba evidentísima
de las tinieblas en que se sumen las naciones, donde sin
rival impera señora y reina absoluta de los corazones
y de los entendimientos la Fe católica revelada por
Dios y por su Santa Iglesia. Motivó las cartas que
forman este libro una de tantas proposiciones como la soberbia
pedantería racionalista, que desprecia a bulto y montón
los tesoros de la Edad Cristiana, para prosternarse estática
ante la última exhumación de alguna necedad,
fiambre ya de muchos siglos, arroja desde lo alto de las
cátedras que ha tomado por asalto, merced, antes que
a nada, al abandono de la juventud católica, más
gustosa, por regla general, y hasta ahora, de encerrarse
en el cómodo pero estéril circulo de las declamaciones,
exageraciones y pesimismos políticos, que de trepar
por la áspera pero gloriosa cumbre del estudio y de
la meditación, por donde tan airosamente asciende
nuestro Menéndez Pelayo proposiciones que arrojan
también desde las columnas de las revistas que forman
ya, comparadas con los periódicos, los estudios serios
de estas generaciones tan raquíticas de espíritu
como de cuerpo para quienes sería empresa inverosímil
atreverse con uno de esos libros con que se desayunaban nuestros
mayores. La tal proposición era más grave
por ser hija de uno de los pocos escritores concienzudos
que cuenta la secta, laborioso y de talento nada común.
El Sr. Azcárate. Pero ¿qué pueden ver los ojos
del entendimiento, por poderosos que de suyo sean, cuando
los ciega la tupida venda que la pasión amarró
sobre ellos? Así fue que el Sr. Azcárate afirmó
que por falta de libertad en la ciencia, España había
perdido por completo su actividad científica durante
tres siglos. Pocos más a propósito para destrozar
esta afirmación que Menéndez Pelayo. Para el
que niegue el movimiento no hay mejor razón que moverse.
Menéndez Pelayo no se movió; pero a un solo
signo de su pluma brotaron por encanto, como evocadas del
fondo de sus olvidados sepulcros, legiones de sabios de todas
clases que florecieron en España durante esos tres
siglos, y cuyos nombres la fama, pasando callada sobre las
cunas de sus ingratos hijos, repite todavía por los
lejanos países que conservan, como cicatrices honrosas,
los recuerdos de nuestra potente gloria. Pero Menéndez
Pelayo no se contentó con hacer desfilar esta procesión
interminable por ante los ojos del escritor krausista; hizo
más: hizo que cada uno de ellos le fuese enseñando,
por decirlo así, su hoja de servicios, sus méritos,
para él totalmente desconocidos. ¡Qué asombro!
se nos concedía algunos teólogos; pero se creía
que teólogos era cosa así como sacristanes,
no hombres que pasaron su vida pensando en Dios y avalorando
sus infinitas perfecciones; se nos otorgaban algunos místicos,
como quien dice, algunos beatos, ponderando todo lo más
su lenguaje, pero sin reconocer su intuición poderosa,
a la luz de la cual descubrieron los arcanos de la eternidad
en medio de las efusiones del amor divino; se confesaban
nuestros poetas, novelistas y dramaturgos; pero como válvula
que la conspiración tenebrosa contra nuestra libertad
dejó abierta a las expansiones inevitables de la inteligencia,
no como fruto natural y lozano del árbol frondoso
de nuestro ingenio, que engalanó con sus flores la
imagen de la verdad que en nuestros altares se veneraba.
¡Pero filósofos! ¡pero naturalistas! ¿por dónde?
Vedlos ahí; ahora pasan, con su genio profundo y
filosófico verdaderamente español, con su erudición,
con sus verdades. ¿No os asombráis, racionalistas?
Lo comprendo, pero prosternaos ahora y adorad, porque pasan
también con sus errores. Con sus errores, sí;
son esos errores que el buen sentido nacional dejó
morir sobre el para ellos estéril suelo de la patria,
y que vosotros adoráis, hoy que os los presentan con
papel dorado y con etiqueta francesa y alemana, como las
novísimas revelaciones de lo absoluto. Ahí
los tenéis, la duda de Cartesio, el escepticismo de
Hume, el sensualismo de Locke, el empirismo de Bacon, el
panteísmo de Espinosa. Ahí los tenéis,
adoradlos. Vives, Gómez Pereira, Sánchez, Huarte,
Servet, os los presentan; inscribid sus nombres en las lápidas
del templo, que el día que se realice el ideal de
la humanidad en el archipiélago de la Oceanía,
elevaréis a la lenteja. ¿No podéis? Lo comprendo;
sus errores no eran errores trascendentales. Todos eran errores
sometidos a la fe. La Iglesia no los perseguía; no
podéis por lo tanto glorificarlos; sólo hay
aquí una víctima de la intolerancia, Servet;
pero no lo ha quemado la inquisición, le achicharró
el libre examen. ¡Qué desgracia! Y después
de los filósofos como Báñez, Soto, Téllez,
Vázquez, Rodrigo de Arriaga, Henao, Toledo, Bernaldo
de Quirós, Pererio, Molina, Suárez, Sepúlveda,
Fonseca, Pedro Juan Núñez, Cardillo de Villalpando,
Martínez de Brea, Gouvea, Montes de Oca, Luis de Lemus,
Pedro Monzó, Simón Abril, Vicente Mariner,
Luis Vives, Foxo Morcillo, Núñez, Herrera,
el Brocense, Sánchez, Gómez Pereira, Vallés,
Isaac Cardoso, Huarte, Doña Oliva Sabuco de Nantes,
Pedro de Valencia, Quevedo, Caramuel, Nieremberg, Tosca,
Nájera, Feijóo, Hervás y Panduro, Forner,
Viegas, Andrés, Eximeno, Martínez, Piquer,
Ceballos, Valcárcel, Rodríguez, Pérez
y López, Castro, y Arteaga, vendrán los políticos,
como Foxo Morcillo, Mariana, Furio Seriol, Rivadeneyra, Santa
María, Márquez, Navarrete, Quevedo, y Saavedra,
que escribieron con más libertad bajo reyes como Felipe
II e inquisidores como Torquemada, que pueda hoy escribir
periodista alguno de oposición en materias de gobierno,
cuyos libros, como dice Menéndez Pelayo, escritos
casi todos con gran libertad de ánimo, y llenos algunos
de las más audaces doctrinas políticas, no
fueron (ni uno sólo, entiéndase bien) prohibido
por el Santo Oficio, ni recogido por mandamiento real, a
pesar de que en ellos o en los trabajos que de ellos derivaban
se sostuviera públicamente, no ya que fuera lícito
matar al tirano, sino que el gobierno democrático
era mejor que el monárquico y aristocrático,
como se propuso sostener en sus conclusiones, publicadas
en 1634, el Padre Agustín de Castro, de la Compañía
de Jesús. ¡Hasta tal punto estaba sofocada por la
tiranía del Estado, como afirma el Sr. Azcárate
y su escuela, la actividad o libertad científica en
España durante estos tres siglos! Hacemos gracia
a nuestros lectores de la interminable tarea de escritores
de ciencias sociales y económicas que la implacable
erudición del Sr. Menéndez Pelayo obliga a
desfilar ante los ojos del escritor krausista, así
como la de los orientalistas, hebraizantes, humanistas, griegos
y latinos, arqueólogos, historiadores y naturalistas,
si bien su corazón hubo de ablandarse cuando le llegó
el turno a la consabida válvula, o sea a los grandes
astros de nuestra literatura, contentándose sólo
al fin con cerrar esta gloriosa columna con algunos sabios
originales, como el benedictino Ponce de León, que
imaginó el arte de enseñar a hablar a los sordo-mudos;
y con poner término a su carta con una instancia a
los gobiernos y academias para que fomenten los estudios
patrios, si no quieren ver realizada la tremenda profecía
de Valera con que acaba y dice así, «Quizá
tengamos que esperar a que los alemanes se aficionen a nuestros
sabios, como ya se aficionaron a nuestros poetas, para que
nos convenzan de que nuestros sabios no son de despreciar.
Quizá tendrá que venir a España algún
docto alemán para defender contra los españoles
que hemos tenido filósofos eminentes.» Esta última
parte de la profecía del Sr. Valera ha salido fallida:
el alemán no hace falta. Y no por falta de españoles
(si es que basta para serlo haber nacido en España)
que niegan la existencia de nuestros filósofos, pues
apenas vio la luz pública la carta del Sr. Menéndez
Pelayo, cuando, como si se sintiera herido en las entretelas
de su corazón, enristró la pluma el señor
Revilla, joven de claro y agudo ingenio, de gran facundia
y no vulgares conocimientos, aunque afeado todo por un sabor
volteriano que ofende, y por las tenebrosas enseñanzas
de sus sibilíticos maestros. El Sr. Revilla ha sido
primero krausista; después conoció lo vacuo
de esos idealismos panteístas, y fue positivista.
«Hoy, como dice el señor Menéndez Pelayo, pasa
por neo-kantiano; pero lo cierto es que siempre ha militado
en las filas de la impiedad, con una u otra bandera.» Sea
de esto lo que fuere, el Sr. Revilla escribió un artículo
en la Revista Contemporánea con motivo de la entrada
en la Academia del Sr. Núñez de Arce, refutando
al Sr. Valera, y censurando a los Sres. Laverde y Menéndez
Pelayo, por sus afirmaciones sobre la ciencia española;
artículo que viene a ser una paráfrasis de
la proposición del Sr. Azcárate, sazonada con
todos aquellos naturales ornatos de la escuela, o sean las
consabidas declamaciones sobre el despotismo, la superstición,
la intolerancia, y finalmente, la INQUISICIÓN, «coco
de niños y espantajo de bobos», como la llama Menéndez
Pelayo; socorrido «Deus ex machina que les viene como llovido
en las situaciones apuradas», para resolver los más
intrincados problemas de nuestra historia, ornatos que califica
con extremada agudeza el Sr. Pelayo de «Sinfonía patriótica
sobre motivos inquisitoriales.» En este artículo
asevera el señor de la Revilla que «en la historia
científica de Europa no somos nada (los españoles)»,
que la tan «decantada filosofía es un mito», y que
«en la historia de la filosofía puede suprimirse sin
gran menoscabo la parte relativa a España.» Oportet
hœresœs esse, dijo San Pablo, y repite oportunamente con
este motivo el Sr. Laverde en su prólogo-carta al
Sr. Pelayo. Si el señor de la Revilla no hubiese escrito
las anteriores frases, no hubiera escrito tampoco Menéndez
Pelayo su incomparable refutación en la carta que
lleva por título Mr. Masson Redivivo, y en la que,
comparando al señor de la Revilla con el escritor
enciclopedista que tan injustamente trató a España
en aquel monumento de la ignorancia del siglo XVIII, cierra
con su «eco póstumo», y le prueba por activa y por
pasiva, con hechos y razones, que somos mucho en la historia
científica de Europa, que no son un mito los filósofos
españoles y que no puede suprimirse, sin gran menoscabo
de la historia de la filosofía, la parte relativa
a España; y no es lo peor que le pruebe esto, sino
el modo y manera con que se lo prueba, poniendo tan de relieve
las contradicciones y las inconsciencias de los modernos
sabios, que el lector no sabe qué admirar más,
si la erudición que atesora o si la gracia y el chiste
con que la presenta en confirmación evidente de lo
hueco y vacío de las declamaciones de los sabios que
construyen su propia ciencia, como inteligencias que son
abiertas a todo viento de doctrina. Pero como si los Sres.
Azcárate y Revilla no se bastaran por sí solos
para despojar a España de sus más esclarecidas
glorias, testimonio vivo de la benéfica influencia
de su religión, acudió a la palestra, bien
que indirectamente, no ya un discípulo aventajado
de la secta, como los dos citados, «sino un hierofante, un
Pontífice máximo, un Patriarca del krausismo,
jefe reconocido de cofradía, personaje conspicuo,
varón integérrimo y severísimo, especie
de Catón revolucionario, grande enemigo de la efusión
de sangre, y mucho más de la lengua castellana.» «Todos
le conocemos», añade el Sr. Pelayo, ¿Y quién
no le conocerá ante semejante retrato trazado de mano
maestra, por más que el Sr. Menéndez no quiere
nombrarle, «porque al cabo ha sido discípulo suyo,
y le debe, entre otros inestimables bienes, el de afirmarse
más y más cada día en las sanas creencias
y en la resolución de hablar claro... per contrapositionem
a las enseñanzas y estilo del referido maestro?»
Éste, pues, «eximio metafísico», ha puesto un
prólogo «largo, grave, majestuoso, sibilino, y un
tanto soporífero, al libro de cierto positivista yankee, traducido nada menos que directamente del ¡inglés!
por una «persona muy honorable (¡manes de Cervantes, sed
sordos!)» y en el cual después de aplaudir un libro
que dice que «la ciencia nació en Alejandría» y que los Santos Padres fueron hombres ignorantísimos,
sin instrucción ni criterio, llama a la mística,
sublime cópula entre el Oriente y la Grecia, y nos
habla en un idioma que, como dice Menéndez Pelayo,
debe ser «castellano de Morería o latín de
los Estados-Unidos», de la solidaria continuidad y dependencia
de unas determinaciones individuales con otras que permiten
inducir la existencia de un todo y medio natural que constituye
interiores y particulares centros, donde la actividad se
concreta con límite peculiar cuantitativo y sustantiva
cualidad en íntima composición de esencia factible
o realidad formable y poder activo formador. Este escrito,
que presenta a los católicos en perspectiva la justicia
de la espada, y que aplaude las persecuciones religiosas
de Alemania, después de hablar con evidente ignorancia
de nuestra historia del fanatismo de la clerecía en
España, a la que llama con desdén Patria de
los dominicos y de los jesuitas, asegura que, «mientras los
demás pueblos europeos convertían mediante
el Renacimiento y la Reforma a propia libre reflexión
su espíritu y se despertaban a la observación
diligente y profunda, nosotros quedábamos adheridos
y como petrificados en las viejas imposiciones dogmáticas»;
«error histórico imperdonable, aunque, como dice Menéndez
Pelayo, se explica bien en un sabio que no lee libros viejos
y construye su propia ciencia.» Pero a bien que, si el maestro
no sabe, aquí está el discípulo que
le enseñe, si no con el merecido acompañamiento
de palmeta, con cada cogida capaz de poner espanto en el
más imperturbable constructor de ciencias, mediante
la propia libre reflexión de su espíritu, abierto
a todo viento de doctrina y libre de todo yugo o imposición
dogmática; y es lo cierto que, si él no aprende,
los demás aprendemos que los oráculos del krausismo
en España son una casta de impíos, con cuya
impiedad sólo compite su ignorancia, siendo ambas
sólo superadas por el inaguantable barbarismo de su
lenguaje. Dejemos pues, a un lado al maestro, y volvamos
a su antiguo discípulo el señor de la Revilla,
que con más ingenio y más literatura (causa
sin duda de lo poco que pernoctó en la escuela), volvió
a la carga en otro articulo, en el que, ampliando sus aseveraciones
anteriores, y confirmándolas de nuevo, se desata en
toda clase de invectivas contra la «generación educada
en las bibliotecas con estudios de cal y canto»; contra los
neo-católicos, inquisitoriales, defensores de instituciones
bárbaras; que tales son, a los ojos de los defensores
del moderno germanismo, los paladines sostenedores del buen
nombre y de las glorias tradicionales de nuestra patria.
Y comprendemos perfectamente la ira del señor de
la Revilla, no contra la generación (¿dónde
está por desgracia?) sino contra los individuos educados
en las Bibliotecas, con estudios de cal y canto. Al señor
de la Revilla le gustan más, y tiene razón,
las generaciones de católicos educadas en la redacción
de algún periódico donde sólo aprenden
a declamar contra el liberalismo y la civilización
moderna, sin pararse a investigar las razones y causas, y
alcance y sentido de su justa condenación, y donde
sólo aprenden a lanzar excomuniones a troche y moche
sobre todo el que se permite no seguir las exageraciones
de su carácter o de su mal humor; generaciones que
cuando llega el caso y ven alzarse enfrente de sí
enemigos serios de la religión y de la patria, se
encuentran desprovistos de armas científicas y doctrinales
con que combatirlos, y tienen que limitarse a huecas declamaciones
de un vago sentimentalismo, o reducirse a un silencio vergonzoso.
Contra esta generación no le va del todo mal a la
generación que, como dice el Sr. Menéndez Pelayo,
«disputa en el Ateneo de Omni re scibili, y se propone transformar
el Cristianismo ni más ni menos que si se tratase
de remendar unos calzones viejos»; contra la que siguiera
las huellas del Sr. Pelayo, ya sería otra cosa. Ésta
no declamaría lugares comunes, razonaría con
arreglo a la lógica, no negaría los hechos
que ignorase, aduciría los pertinentes evidenciándolos
y explicándolos, no se encerraría en vanas
excomuniones y demostraría con documentos lo fuera
de las vías de la razón y de la verdad que
iban los enemigos de la religión y de España.
Lean nuestros lectores la segunda carta que el señor
Menéndez Pelayo dedica, no ya a Mr. Masson Redivivo,
sino a Mr. Masson Redimuerto, y encontrarán de sobra
justificado su título con las inestimables páginas
que emplea en probar que la intolerancia religiosa no influyó
en poco ni en mucho en las ciencias que no se rozaban con
el dogma; que los expositores e investigadores que florecieron
en nuestra patria son dignos de honrosa memoria; que el que
en las historias de la ciencia se hable poco de los españoles,
no reconoce otra causa que el ser sus autores extranjeros,
y el que siempre fueron los españoles pródigos
en hazañas y cortos en escribirlas; que a españoles
se deben las invenciones del nonius, de las cartas esféricas,
de la circulación de la sangre, del suco nérveo,
de que los colores son la lux refracta, reflexa ac disposita;
del Platino, de los rudimentos del telégrafo eléctrico,
de infinidad de plantas y minerales; así como de hipótesis
geológicas, de descubrimientos médicos, del
arte de enseñar a los mudos y del de enseñar
a los ciegos; y en cuanto a la filosofía, que no sólo
hubo filósofos eminentes, sino que éstos constituyeron
escuelas a las que se afiliaron nombres ilustres de otros
países, y que no fue el éxito, sino la fama
del éxito, lo que les faltó a estos filósofos,
de los cuales se puede decir que «más se olvidaron
sus nombres que sus doctrinas.» Pero, ¿qué digo?
lean nuestros lectores esta carta, lean todo el libro; que
en él encontrarán, además de estas cartas,
tres capítulos titulados de Re Bibliographica en que
propone tres medios para reparar la ignorancia hoy generalmente
sentida respecto a nuestra historia científica. Fomentar
la composición de monografías bibliográficas
y de monografías expositivo-críticas, y crear
seis cátedras nuevas en los doctorados de las facultades,
con otras instituciones encaminadas al mismo propósito.
¿Sabéis cuáles son estas instituciones? Escuchadlo,
«espíritus fuertes, libres de imposiciones dogmáticas
y esclavos del primer charlatán que los embauque,
tétricos y cejijuntos krausistas, discutidores de
ateneo, traductores aljamiados, alegres gacetilleros, generación
novísima de dramaturgos y novelistas fisiológicos, escuchadlo: son los frailes. En él encontrarán
además abundante copia de noticias y datos bibliográficos,
curiosas observaciones histórico-críticas,
párrafos tan elocuentísimos y tan magistralmente
escritos como el relativo a los místicos españoles,
juicios filosóficos tan notables como el del Vivismo,
y profesiones de fe católicas y españolas tan
magníficas como la siguiente, que, como modelo en
el género, trasladamos, para, contento de los verdaderos
sabios y asombro y risa de los que se lo llamen sin serlo:
«Soy católico, dice con acento firme sereno el señor,
Menéndez Pelayo, contestando a las imputaciones del
señor de la Revilla, no nuevo ni viejo, sino católico
a machamartillo, como mis padres y abuelos, y como toda la
España histórica, fértil en santos,
héroes y sabios, bastante más que la moderna.
Soy católico, apostólico, romano, sin mutilaciones
ni subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad
ni a la heterodoxia, en cualquiera forma que se presenten,
ni rehuir ninguna de las lógicas consecuencias de
la fe que profeso; pero muy ajeno, a la vez, de pretender
convertir en dogmas las opiniones filosóficas de éste
o el otro doctor particular, por respetable que sea en la
Iglesia. »Estimo, cual blasón honrosísimo
para nuestra patria, el que no arraigase en ella la herejía
durante el siglo XVI, y comprendo, y aplaudo, y hasta bendigo
la Inquisición como fórmula del pensamiento
de unidad que rige y gobierna la vida nacional a través
de los siglos, como hija del espíritu genuino del
pueblo español y no opresora de él, sino en
contados individuos y en ocasiones rarísimas. Niego
esas supuestas persecuciones a la ciencia, esa anulación
de la actividad intelectual y todas esas atrocidades que
rutinariamente y sin fundamento se repiten, y tengo por de
mal gusto atrasadas de moda lucubraciones como la del señor
de la Revilla. No necesitamos, en verdad, ir a Alemania ni
calentarnos mucho los cascos para aprender todo eso. Ya lo
sabían los bienaventurados liberales del año
20.» Y en él encontrarán por fin un capítulo
VII, relativo a los heterodoxos españoles, del que
no se puede decir una palabra, pues es necesario leerlo para
formar cabal juicio de su mérito extraordinario, tanto
por los conocimientos que revela, como por la fe ilustrada
y el patriotismo sensato que respira. Todo esto, y mucho
más que omitimos, encontrarán nuestros lectores
en este epistolario, en que, dirigiéndose a su paisano
y amigo el Sr. Laverde, ha triturado tan por completo a los
Sres. Azcárate, Salmerón y Revilla, eminencias
de la ciencia racionalista en España, reduciéndolos
de tal modo al silencio, que el primero se ha visto precisado
a decir que en los tres siglos de falta de actividad científica
a que se refería, no, incluía al siglo XVI,
sino al XIX; y al último, a pesar de su indisputable
talento y de sus grandes medios, sólo se le ha ocurrido
abandonar el campo con una salida tan impertinente como desventurada
diciendo que no quería continuar la polémica,
para evitar que a su costa se fabricasen reputaciones ilegítimas, añadiendo en otro lugar que el Sr. Menéndez
Pelayo es un neo indigesto y atrabihario, notable sólo
por su apego a las más rancias preocupaciones, y su
odio a toda idea de libertad y de progreso. Palabra que,
aparte aquello de reputaciones ilegítimas, que no
tiene precio, se parecen bastante a las que el pavo de la
fábula arrojaba al cuervo, viéndose en la imposibilidad
de seguir su vuelo. Y examinando ya, aunque muy superficialmente,
el trabajo del Sr. Menéndez Pelayo, otro día,
y en otro artículo, expondremos nuestro diferente
modo de pensar en algunos de los interesantísimos
puntos que en él trata con tan indisputable superioridad
este nuevo atleta de la Religión católica y
de la ciencia patria, de quien se puede decir que si sigue
estudiando con la misma aplicación y provecho y Dios
le concede larga vida, será con el tiempo la personificación
majestuosa de la ciencia española que se levanta en
el último tercio del siglo XIX, para derramar sobre
los hijos espurios de la patria que corren tras los fuegos
fatuos de la impiedad extranjera, los raudales de luz que
el sol de la verdad católica arrojó en tiempos
más felices sobre el glorioso suelo español.
ALEJANDRO PIDAL Y MON.
 - II -
Pocos son los días que, por una u otra razón,
no recordemos una chistosa aunque amarga y profunda caricatura
que vio la luz no ha mucho tiempo en un periódico
ilustrado del extranjero. Representaba esta caricatura tres
cucañas de esas que, con un premio en lo alto, levantan
en forma de un palo, untado de sebo, en las plazas de nuestros
lugares en los días de fiesta y de regocijo. Por la
primera, trepaba un robusto mozo en presencia de un numeroso
público que le animaba con sus voces y ademanes para
que llegase a desatar el premio, y un rótulo decía
debajo en caracteres rojos: Cucaña francesa. Por la
segunda ascendía otro individuo, y la gente lo veía
subir silenciosamente, aunque atenta, y otro rótulo
de letras blancas decía al lado: Cucaña inglesa. Por la última se esforzaba en subir un tercero, y
la gente que por allí había, en vez de ayudarle
en su ascensión o de verle subir tranquilamente, procuraba
desanimarle con gritos y silbidos, y hasta había algunos
que se colgaban de sus pies para echarle abajo. Esta tercera
y última cucaña ostentaba en caracteres negros
este lema: Cucaña española. Y así es,
en efecto. Apenas despunta en nuestra patria una notabilidad
en cualquier arte o ciencia, y se apresta a trepar con brío
por las ásperas cumbres de la gloria, cuando le sale
al encuentro la ruin envidia, que, como herencia, nos legaron,
con su sangre, los moros, para hacer estériles sus
esfuerzos introduciendo en su ánimo el desaliento
y la confusión. Y luego los mismos que esto hacen
se quejan de nuestra falta de sabios y de artistas. Estos
mismos días vimos en un periódico de esta corte
amargas quejas y lamentos porque los estudios históricos
no florecían en España, y en el mismo periódico
y por aquellos mismos días se censuraba agriamente
el que la Academia de la Historia, respondiendo a los fines
de su instituto hubiera elegido para académico a uno
de nuestros más ilustres epigrafistas, infinitamente
más conocido en el extranjero que en España,
al sabio hijo de San Ignacio, el P. Fidel Fila. No, no nos
faltan, ciertamente, sabios; lo que falta en España,
por desgracia, es público que los estudie y gobiernos
que los protejan. ¿No tenemos bien a la vista numerosos
ejemplos de hombres doctísimos, cuyas obras, que corren
impresas por el extranjero, apenas son conocidas en España?
Citemos, entre mil que pudiéramos, tres ejemplos:
D. Aureliano Fernández-Guerra, verdadera gloria nacional,
sabio historiador e ilustradísimo literato, cuyos
trabajos encomian los sabios alemanes con admiración
y con respeto, tiene, entre sus colosales trabajos históricos,
propios de un benedictino, escrita una obra histórico-geográfica
referente a épocas y lugares importantísimos
de España. Fragmentos de esta obra han visto ya la
luz en Alemania. En España no se ha podido publicar,
porque el Sr. Fernández-Guerra, modesto empleado que
fue en la dirección de Obras públicas, no podía
costear la edición de una obra que, de seguro, en
España no se habría vendido. D. Pascual Gayangos,
cuyo nombre es familiar a todo literato en Inglaterra y Francia,
recorre hoy los archivos de España, es verdad, pensionado...
¿por el gobierno español, o por encargo de alguna
rica casa editorial? No; por encargo del Gobierno inglés,
que, más atento que los nuestros a sus grandes intereses
intelectuales, tan íntimamente relacionados con los
morales y materiales, desea conocer los documentos referentes
a su historia que encierran los archivos españoles.
El difunto marqués de Pidal, de cuyas condiciones
personales no hemos de decir una sola palabra, pero cuyo
nombre, conocido de antiguo en la república de las
letras, y la circunstancia de haber encontrado en los archivos
de la Inquisición documentos inéditos importantísimos,
parece que debía despertar la curiosidad sobre una
obra histórica relativa al punto más importante
de nuestra historia, tuvo que regalar la edición que
hizo de Las alteraciones de Aragón durante el reinado
de Felipe II, mientras M. Magnabal, que la tradujo al francés,
vendió en el extranjero con profusión la misma
obra. Estas reflexiones, que casi sin querer se nos vienen
a los puntos de la pluma, atraídas por sucesos recientes,
tienen aquí un lugar oportuno, tratándose del
joven español, D. Marcelino Menéndez Pelayo.
Apenas vio la luz pública nuestro artículo
referente a este ilustradísimo joven, en La España del sábado último, cuando algunas personas
se apresuraron a tacharlo de hiperbólico, fundadas
en que, si no hubiese exageración en lo que decíamos,
el Sr. Menéndez Pelayo sería mucho más
conocido; error manifiesto e imperdonable en personas que
conocen nuestro modo de ser. Hubiera nacido en Francia o
en Alemania el Sr. Pelayo, y tendría fuerza el argumento;
hubiera él sentado plaza en las filas del armonismo, del neo-kantismo, o del positivismo; escribiera en tono dogmático
y sibilino párrafos en jerga de la moderna germanía,
o frecuentase el Ateneo, el Casino de la prensa o el salón
de Conferencias del Congreso, y ya sería otra cosa.
La Correspondencia nos tendría al pormenor hasta de
sus más íntimos detalles; pero tratándose
de un individuo de la generación que se educa con
estudios de cal y canto; tratándose de un ultramontano,
que es ultramontano porque sabe, y que no vocifera en los
clubs, ni excomulga desde los periódicos, ¿quién
se ha de acordar de él como no sean los que, aunque
de lejos, siguen el movimiento del verdadero progreso intelectual
de nuestra patria? Y los que esto hacen, se encuentran con
que, lejos de ponderar con exceso los merecimientos de Menéndez
Pelayo, los hemos expuesto con moderación manifiesta,
por temor a la inverosimilitud que de su cotejo con la edad
de su poseedor resulta. Pero más audaces (sin duda
por la autoridad que les asiste) pregonáronlos filósofos
ilustres, como fray Zeferino González, y Caminero;
literatos y críticos, como Laverde y Ruiz, y Milá
y Fontanals; y escritores, como el P. Mir, el cual asegura
«que contrasta a maravilla el verdor de sus años con
la grandeza del ingenio, la madurez del juicio y su erudición
inmensa y bien aprovechada», «que sus obras honrarían
a cualquier autor, cuya cabeza hubiera encanecido en el estudio,
y cuya pluma se hubiese ejercitado largos años en
escribir sobre las cuestiones más arduas y difíciles»,
asegurando Laverde que «ha dado muestras de estar cortado
por el patrón de los Nebrijas, Vives y Brocenses»,
y que «el caudal de doctrina y de noticias (muchas harto
nuevas), la madurez y penetración de juicio, la destreza
polémica, el orden amplio y desembarazado, y la soltura,
originalidad y abundancia de estilo que ostenta en sus Cartas,
hácenlas dignas de ponerse con los dechados del género
en nuestra lengua», considerando «maravilloso en un joven
de veinte años tal conjunto de cualidades, que pocas
veces aparecen reunidas», y llamándole «émulo
de Burgos» por sus Estudios poéticos; todo lo cual
autorizó a Caminero para considerarle ya como «una
gloria nacional», y para que el P. Zeferino, en cartas que
tenemos a la vista, declare que, «atendidos su extraordinaria
erudición, su criterio recto y, bastante seguro, podrá
ser con el tiempo una gloria del Catolicismo y de España
y una espada temible a los adversarios de la patria y de
la Iglesia.» ¿Qué tiene, pues, de extraño
que nosotros, que después de todo no hemos hecho más
que relatar sucesos y mencionar hechos incontrovertibles,
rindamos tributo a tales merecimientos, haciendo por fin
nuestras estas palabras de Laverde relativas a Menéndez
Pelayo: «Niéguenle su admiración con afectada
superioridad la ruin envidia y la vanidosa pedantería;
yo no sé reprimirla ni quiero disimularla; hallo en
abandonarme a ella especial fruición mezclada de noble
y legítimo orgullo?» Y dicho esto, fácilmente
se comprenderá la natural repugnancia y embarazo con
que entramos en la segunda parte de nuestro estudio, descartada
ya la primera, que consistía en dar a conocer a nuestros
lectores a Menéndez Pelayo y la victoria que sobre
los ejércitos racionalistas había obtenido.
Pero si el nombre y las condiciones de Menéndez Pelayo
nos imponen cierto justo temor al oponer a algunas de sus
afirmaciones doctrinales otras nuestras, aliéntanos
en tan difícil empresa la firme y arraigada convicción
que abrigamos de la bondad y la justicia de la causa que
defendemos. ¿Hay filosofía española? ¿Fue
ésta la mayor manifestación de nuestro genio?
En la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos,
¿debemos volver los ojos, para reparar tanto daño,
a la filosofía española? He aquí, con
la mayor claridad que es dado a nuestra tosca pluma, planteados
los tres problemas más fundamentales relativos a la
existencia, importancia y valía de la ciencia española en su parte filosófica o especulativa. Procedamos
con método y procuremos fijar bien los términos
de cada cuestión. ¿Hay filosofía española?
Si por filosofía entendemos aquel conocimiento de
verdades relativas a Dios, el mundo y el hombre, que con
determinadas limitaciones nos da la ciencia filosófica,
claro está que no puede haber filosofía española,
ni alemana, ni francesa, porque ni la verdad tiene patria,
ni los conceptos de Dios, del hombre y del mundo se pueden
encerrar en los estrechos límites de una nacionalidad
cualquiera. Si en vez de considerar la filosofía
bajo el punto de vista de su organismo científico,
la consideramos bajo el punto de vista de su desarrollo histórico,
claro es que, allí donde haya habido filósofos
habrá habido filosofía, y en este punto el
Sr. Menéndez Pelayo ha puesto la ceniza en la frente
a los Sres. Azcárate, Sanz del Río, Salmerón
y Revilla, como dijimos ya en otra parte. Pero la existencia
de filósofos en un país, ¿autoriza para bautizar
con su nombre a un organismo científico, cuando no
se considera el aspecto histórico de la ciencia? Más
claro: ¿se puede decir, en lenguaje técnico, filosofía
alemana y filosofía española? Distingo: si
los caracteres generales o dominantes de todos los filósofos
de aquel país coinciden en una nota característica,
sí; si no, no. El término filosofía
alemana, en rigor, es malo (siempre bajo el punto de vista
filosófico, no histórico), porque comprende
bajo una común denominación filosofías
tan distintas y aún opuestas como las de Leibnitz,
y Hegel; y sólo se le admite en cuanto, bajo este
nombre, comprendernos el conjunto de los sistemas que, a
partir de Kant y hasta Krause, vienen más o menos
informados por la nota común y característica
del idealismo panteísta. En este sentido, propiamente
hablando, no se puede decir que hay filosofía española;
pues la única nota característica de gran importancia
que une a casi todos nuestros filósofos y sistemas
es la del Catolicismo; pero esta nota, considerada sólo,
por decirlo así, negativamente, es muy vaga y no basta
para dar carácter a una filosofía. Para que
el Catolicismo imprima este carácter, no basta que
en ella se salve el Catolicismo quo ad substantiam; es necesario,
como dice elocuentemente el sabio filósofo español
Fray Zeferino González, «que el principio católico
se revele y palpite en el fondo de la solución no
sólo de todos los grandes sino hasta de los secundarios
problemas filosóficos, es necesario que el principio
católico informe y vivifique el organismo filosófico
hasta en sus derivaciones más remotas y en sus miembros
todos, a la manera que el alma informa y vivifica y extiende
su acción hasta las extremidades y partes menos principales
del cuerpo.» Así, pues, podremos decir, contra lo
que creen los racionalistas, que en España hubo filósofos
ilustres y originales, fundadores de sistemas tan célebres
como el senequismo, el isidorianismo, el averroísmo,
el maimonismo y principalmente el lulismo (no admitimos el
suarismo como sistema filosófico distinto del tomismo)
y el vivismo, podremos decir que estos últimos sistemas
representan las tendencias del genio nacional en dos momentos
distintos de su historia; podremos decir que sería
incompletísima toda historia de la filosofía
que no tuviese en cuenta estos y los anteriores sistemas
que florecieron en España; pero no podemos decir que,
con nombrar la filosofía española, hemos indicado
una tendencia importante, ya porque fuese común a
los filósofos, como cuando al decir alemana nos referimos
al idealismo panteísta, que en su momento más
importante domina; ya porque fuera única y universalmente
reconocida su trascendencia, como cuando decimos francesa
nos referimos al cartesianismo, única y trascendental,
aunque con bien infausta trascendencia, filosofía
original y propia que poseen los franceses. ¿Fue la filosofía
la mayor manifestación de nuestro genio? Entendiendo
por filosofía los sistemas puramente filosóficos
a que hemos aludido, no; pues por eminentísimos que
fueran, que lo fueron mucho, nuestros filósofos, y
por variados y completos que fueran sus sistemas, más
brillaron todavía nuestros teólogos y nuestros
literatos, sin que por eso pretendamos nosotros disminuir
en lo más mínimo el mérito que en ellos,
con mayor fundamento que nosotros, reconoce el Sr. Menéndez
Pelayo. En la ruina de toda verdadera filosofía,
a que asistimos, ¿debemos volver los ojos a la filosofía
española? Entendiendo por filosofía española
el senequismo, el averroísmo, el maimonismo, el lulismo
y el vivismo, claro es que no; y la razón es obvia:
el error total sólo con la verdad total se destruye,
y para nosotros la verdad total ni se contiene en esos sistemas
incompletos unos, erróneos otros, y otros, a nuestro
humilde parecer, un tanto kabalísticos o un tanto
eclécticos. No faltará seguramente alguno
que, al leer nuestras respuestas, no acierte a comprender
cómo salen de nuestra pluma semejantes afirmaciones,
ni pueda concordarlas con todo lo que anteriormente llevamos
dicho; pero su asombro cesará fácilmente cuando
le hayamos manifestado el resto de nuestra opinión
sobre el asunto, con lo que se da fácil solución
a todas estas dudas. Si alguna filosofía merece el
nombre de filosofía en absoluto, el nombre de perennis
philosopha que dijo Leibnitz, y el nombre de filosofía
española en particular, no es otra que la grande y
sublime filosofía escolástica, tal como la
fijó la diestra inmortal del doctor angélico
Santo Tomás de Aquino. España, fiel a la tradición
de las escuelas cristianas de Sevilla y de las mozárabes
de Córdoba, vio con pena arribar a sus costas al averroísmo,
el gran corruptor de la filosofía de las escuelas,
y vio, a ruegos de uno de sus mayores Santos, venir escrita
especialmente para ella misma la Suma contra gentiles de
Santo Tomás de Aquino. Los hijos de Santo Domingo
de Guzmán, maestros en esta filosofía, esparcieron
su conocimiento en España, cuna de su Orden, y cuando
la cristiandad llamó a concilio a sus sabios, España
asombró a la cristiandad, convocada en Trento, con
el número y calidad de sus filósofos y teólogos.
La filosofía escolástica, esta filosofía
a la que Leibnitz llamaba filosofía española,
no tenía nombre particular, porque no era una idea
ni sistema parcial, una invención particular; era
la verdad toda, y completada por la teología, que
explicaba a su vez, formaba un todo vivo y compacto, un verdadero
organismo científico, al que venía estrecho
el nombre de filosofía, y al que hubiera sido menoscabar
bautizarle con un nombre particular que no fuera el de filosofía
del Ángel de las Escuelas. Y no porque no tuviera
nombre indígena como el vivismo o el lulismo, ni pudiera
llamarse a secas filosofía, dado que estaba completada
con la teología, formando completo y acabado organismo,
hemos de negarle el carácter de filosofía española,
dado que la profesaron nuestros mayores sabios, se enseñó
en nuestras más célebres universidades, se
informó con ella nuestra literatura, nuestro derecho
y hasta nuestras artes. Considerada así la cuestión,
tenemos ya respuestas que dar a las anteriores preguntas,
muy diferentes de las que dimos antes. ¿Hubo filosofía
española? Sí, la hubo, mayor que en alguna
otra parte, salvo Italia, patria de Santo Tomás. ¿Fue
ésta la mayor manifestación de nuestro genio?
Sí; que nunca alcanzó España gloria
más grande que la que le dieron sus teólogos
escolásticos en el siglo XVI. En la ruina de toda
verdadera filosofía a que asistimos, ¿debemos volver
los ojos a la filosofía española? Sí,
porque esta filosofía es la perennis philosopha de
que nos hablaba Leibnitz, la única verdadera, la única
completa, la única católica, entendiendo por
católica, no la que salva el Catalicismo quo ad substantiam,
en cuanto no se opone a él, sino la que informa el
Catolicismo, como informa el alma intelectual al cuerpo humano
hasta en sus más apartados e imperceptibles átomos.
Pero ya estamos oyendo decir a algún admirador del
señor Menéndez Pelayo, que nosotros pecamos
exagerando lo mismo que el Sr. Menéndez Pelayo confiesa,
pues tanto enfrente del Sr. Azcárate, como del señor
de la Revilla, ha proclamado como filosofía española,
al par de las otras, la filosofía escolástica,
y que los nombres con que les abrumó pertenecen la
mayor parte de ellos a adeptos de esa filosofía.
Así es, en efecto; pero si bien es cierto que el señor
Menéndez Pelayo encarece enfrente de los racionalistas
a la escolástica, considerándola como la tercera
parte de la filosofía española, asegurando
que es nuestra por derecho de conquista, y llamándola
«uno de los sistemas más completos, luminosos y prepotentes
que han ejercitado el entendimiento humano», también
lo es (aparte otros pecadillos sobre que volveremos luego)
que para el Sr. Menéndez Pelayo el escolasticismo
«no es el sistema primero ni único de la filosofía
cristiana», sino «un campo del que en ocasiones le aparta
algo de aquella santa ira que dominaba a los humanistas del
Renacimiento», para volver los ojos a «la falange brillantísima
de peratéticos clásicos y de esos otros pensadores
eclécticos e independientes que pudieron escribir
en su bandera el lema de ciudadanos libres en la república
de las letras», y para entusiasmarse con el «siglo aquel»
en que, entre otras muchas cosas, no «solían escasear
las acerbas invectivas contra la barbarie de la escolástica»,
y que «ofrecía el espectáculo de independencia
y agitación filosófica que caracteriza a España
en aquella era en que todos los sistemas a la sazón
existentes toman representantes en nuestra tierra, y sobre
todos ellos se alzaba el atrevido vuelo de esos espíritus
osados e inquietos los unos, sosegados y majestuosos los
otros, agitadores todos, cada cual a su manera, sembradores
de nuevos gérmenes y nuncios de ideas y teorías
que proféticamente compendiaban los varios y revueltos
giros del pensamiento moderno.» Y como si esto no bastase,
no es menos cierto que lo mismo el Sr. Menéndez Pelayo
que su paisano y amigo el señor Laverde, se entusiasman
con Vives, que es para el señor Laverde un segundo
Santo Tomás de Aquino, y con la resurrección
de cuya doctrina sueñan, exclamando el señor
Menéndez Pelayo: «¡Qué útil fuera una
resurrección de la doctrina vivista en esta época
de anarquía filosófica!» Para rebatir estos
asertos usaremos de nuestra razón y nuestro criterio;
pero, seguros de no hallarlos mejores en otra parte, nos
atendremos a los mismos datos que los señores Laverde
y Menéndez Pelayo nos proporcionan. Luis Vives es
a los ojos de Laverde un filósofo ecléctico que «combino el oro que extrajo de la escolástica
decadente con lo más acendrado de otros sistemas»,
que «cristianizó la filosofía renaciente»,
del que «procede toda la filosofía moderna anterior
a Kant, lo mismo en lo bueno que en lo malo»; de quien «la
Europa entera es discípula ingrata», y al que «España
debe estimar como la más elevada personificación
de su genio científico», y ver en su sistema «el molde
más a propósito, por lo conciliador y comprensivo
para reducir a unidad armónica las diferentes teorías
de nuestros doctores, y de esta manera dar cuerpo visible
a la filosofía nacional». Y
para Menéndez Pelayo, Vives es «el más prodigioso
de los obreros del Renacimiento», «renovador del Método
antes que Bacon y Descartes, iniciador del psicologismo escocés,
conciliador y prudente aún en la obra de demolición
que había emprendido», que «tronó contra las
sofisterías de la escolástica»; y clamó
como ninguno contra la barbarie de la escuela»; y que sustituyó
con un sistema completo al antiguo», siendo punto de partida
«de un movimiento tan poderoso como el que arranca de Descartes»;
siendo fruto del vivismo, el «peripatetismo clásico,
o aristotelismo puro sin mezcla de averroísmo ni escolasticismo»,
«el ramismo español, tendencia de oposición
dura y sistemática a Aristóteles», «el onto-psicologismo de Foxo Morcillo», «defensor de las ideas innatas», «el cartesianismo
ante-cartesiano», «el escepticismo de Sánchez», «el
empirismo sensualista de Huarte y doña Oliva» «y pensadores
independientes y ciudadanos libres de la república
de las letras», y cuya influencia traspasó los límites
de la patria, y de la cual «nacieron la filosofía
de Bacon», «el cartesianismo» y «la filosofía escocesa»,
debiendo por lo tanto colocarse su nombre «más arriba
que los de Descartes, Kant y Hegel, porque se ha bautizado
con los pomposos nombres de baconismo, cartesianismo y escuela
escocesa diversos girones del manto de Vives.» De propósito
hemos subrayado muchas palabras de las que anteceden, para
que, fijándose en ellas, pueda conocer cualquiera,
por medianamente versado que se halle en ciencias filosóficas,
el carácter y significación de Luis Vives;
y cuenta que nada hemos dicho de nuestra cosecha; nos hemos
limitado a entresacar algo de lo mucho y bueno que de él
dicen sus entusiastas admiradores los Sres. Laverde y Menéndez
Pelayo. Nosotros (juzgando sólo por los datos de
estos señores) le admiramos también como un
sabio, muy superior a Bacon y a Descartes, sembrador, no
ya de ideas, sino de sistemas a granel, como le llama Campoamor;
pero por lo mismo, nos limitamos a admirarle y no queremos
resucitar su sistema. Si al árbol se le conoce por
sus frutos, como dice el Evangelio, ¿qué deberemos
pensar de un árbol cuya fruta son el empirismo baconiano,
la duda cartesiana, el psicologismo escocés, el aristotelismo
no purificado por los escolásticos, el anti-aristotelismo,
las ideas innatas y hasta el escepticismo y el sensualismo?
Sin duda que su nombre será de gran peso para probar
al Sr. Azcárate y al Sr. Revilla que hubo filósofos
españoles muy ilustres, muy originales, muy fecundos;
que los filósofos extranjeros más célebres
no hicieron más que plagiarles echando a perder sus
invenciones; es más: que, dado el tiempo en que florecieron,
hicieron mucho bien, ya conteniendo y encauzando las asoladoras
corrientes que devastaban los campos de la ciencia, ya fustigando
inveterados abusos; pero... ¡resucitar su doctrina! ¡declararse
vivista hoy! ¡pretender que la filosofía española sea el vivismo!... Por los clavos de Cristo, que aún
hay tomistas en España. No; ni el lulismo, por más
respeto que nos merezca; ni el suarismo, que como sistema
filosófico no puede distinguirse fundamentalmente
del tomismo; ni el vivismo, por importancia que le concedamos,
pueden, ni aspirar al título de filosofía española
por excelencia, ni a resucitar como remedio definitivo y
como arma irresistible contra las modernas filosofías
que algunos de ellos engendraron. En vano pretenderá
el Sr. Menéndez engalanarlos con ajenas galas, presentando
como discípulo de Vives a Melchor Cano, que es tomista de pura raza, ni elevar a las nubes el congruismo, sistema
teológico acerca de la gracia incapaz de competir
con el que sobre la misma cuestión ofrece el tomismo.
En vano censura a los neo-escolásticos que prefieren
Liberatore o Sanseverino a Sánchez o a Huarte. No
es posible que lo desconozca. La religión única
informó la única filosofía y resultó
el escolasticismo tomista, que es la filosofía cristiana
por excelencia, que, completada por la Revelación,
forma, como hemos dicho, un organismo vasto, profundo y elevado,
que se llama la teología escolástica, en que
tan alto rayaron los colosales ingenios que florecieron en
España, cuyas doctrinas y cuyos nombres es necesario
recordar para proclamar la existencia de la ciencia española;
para demostrar que esta ciencia fue la más alta manifestación
de nuestro genio, y para asegurar que en la ruina de toda
verdadera filosofía a que asistimos, debemos volver
los ojos a esta ciencia, como remedio a tanto daño.
No somos solos, por fortuna, los que así pensamos;
el P. Zeferino en sus Apuntamientos sobre una Biblioteca
de teólogos españoles, regocijándose
ante la idea de que se iba a formar una sociedad literaria
con objeto de publicar una Biblioteca de filósofos
españoles, objeto a sus ojos «patriótico, digno
y elevado», por «no ser él de los que miran con injustificado
desdén la filosofía española», ni de
los que «afirman que no merece figurar al lado de la de las
otras naciones», ni «asentir al dictamen de los que parecen
estar persuadidos de que la filosofía española
carece de todo mérito y originalidad», se pregunta,
sin embargo, «si no sería más conveniente,
más útil y hasta más patriótico
publicar una Biblioteca de teólogos españoles»;
y se decide por la afirmativa, porque «cualquiera que sea
la opinión que se adopte sobre la importancia absoluta
o relativa de la filosofía española, es innegable
que el movimiento filosófico realizado en la Península
Ibérica no puede ponerse en parangón con el
movimiento teológico que comunica especial brillo
a la historia eclesiástica de España, y siempre
será preciso reconocer que la importancia de la filosofía
en España es muy inferior a la de la teología
española, la cual se puede decir, con razón,
que ocupa un lugar, no sólo preferente y distinguido,
sino acaso el primero en la historia de las ciencias teológicas,
«porque la verdad es, añade el sabio dominico, que
si España puede presentar algunos filósofos
más o menos recomendables y distinguidos, no puede
presentar escritores que rayen tan alto en filosofía
como rayaron en teología Torquemada, los dos Sotos,
Cano, Carranza, Molina, Suárez, Vázquez, Alfonso
de Castro, Pérez de Ayala, Báñez, Lemos,
Valencia, con tantos otros que dieron gloria inmortal a nuestra
patria. «Sin duda alguna, continúa el obispo de Córdoba,
que una Biblioteca de teólogos españoles que,
arrancando de San Isidoro y Tajón y pasando por Juan
de Torquemada, con otros teólogos de los siglos XIV
y XV, y después por los grandes teólogos del
siglo XVI para terminarse en el siglo XVII, ya que no se
quiera continuar hasta el XVIII con el oratoriano Calatayud,
sería un monumento literario digno de la gran nación
que en siglos anteriores figuró al frente de las demás.»
Así, pues, no vacilaremos en repetirlo, aunque sea
enfrente de adversarios tan temibles por lo eruditos como
los Sres. Laverde y Pelayo. Proclamen en buen hora la superioridad
científica de España sobre las demás
naciones; afirmen una y otra vez que la intolerancia religiosa
y la Inquisición favorecieron, en vez de coartar,
el liberrin vuelo de la ciencia; aseveren que el genio español
es de suyo filosófico y profundo, sin estar tocado
de la ligereza francesa, de la nebulosidad alemana, ni de
la lentitud inglesa; exhiban como nacionales glorias, en
testimonio de esta verdad, los nombres ilustres de Séneca, de Lulio, de Vives, y hasta los de Averroes y Maymónides;
vindiquen el nombre de Vives del olvido que sobre él
pretenden esparcir los discípulos de Sanz del Río;
celebren su genio poderoso, su maravilloso saber, su buen
juicio, sus sanos propósitos; recuerden, para justificarle,
la decadencia a que por entonces habían llegado algunas
ramas desgajadas del tronco vigoroso de la escolástica;
pero no traten, por Dios, de sincretizar en un eclecticismo
vivista todas las escuelas españolas, reivindicando
como glorias de España el empirismo de Bacon, la duda
de Descartes, el psicologismo escocés, ni los demás
errores o verdades incompletas que sucedieron al abandono
de la escolástica; y sobre todo, no traten de hacer
olvidar, presentando a Vives como superior a Soto, a Suárez,
o a Melchor Cano, y al vivismo como superior al tomismo,
que la doctrina de Santo Tomás, único organismo
completamente científico y católico, fue, si
no por casualidad de su nacimiento, por derecho de conquista, la filosofía española, como la llamó
Leibnitz, la que hizo brillar a Juan de Torquemada en Basilea,
la que predicó Vicente de Ferrer en toda Europa, la
que fomentó Cisneros y restauró Francisco de
Victoria, el Sócrates de la teología española;
la que inspiró a Diego de Deza, el protector de Cristóbal
Colón; la que inmortalizó a Carranza, el gran
campeón del Concilio de Trento; a Domingo Soto, el
encargado por los Padres del mismo Concilio de redactar sus
decisiones y decretos; a Pedro Soto, el restaurador de las
universidades de Dilingen y Oxford, el primer teólogo
de Pío IV en el Concilio Tridentino, que le calificó
«de príncipe de los teólogos», y que pareció,
según dice Palavicini que quedaba sumido en la oscuridad
con la muerte de una de sus mayores lumbreras; las que profesó
Melchor Cano, que pensando como Santo Tomás, escribía
como Cicerón; la que formó a Báñez
y a Lemos, a Salmerón y a Láinez, a Pérez
Ayala y a Juan de Santo Tomás y al gran Suárez,
que lejos de proponerse separarse de Santo Tomás,
le siguió en su filosofía y pretendió
no apartarse de él en sus innovaciones teológicas;
la que se enseñó en nuestras universidades
de Salamanca y Alcalá; la que dio dirección
y guía a nuestros místicos como Santa Teresa
y Fray Luis de Granada, y la que inspiró a nuestros
artistas, dándonos, entre otras obras maestras, el
gran lienzo de Zurbarán, en el que el Emperador de
las Españas y el clero secular y regular español
y la nobleza de Castilla asisten de hinojos al Triunfo de
Santo Tomás de Aquino. ¡Que no procuren hacerlo olvidar,
por Dios; antes bien, dediquen su maravilloso saber y su
incontestable talento a recordarlo; que sólo así
podrá renacer en España el estudio de la teología
filosófica, de la filosofía escolástica
y, con ella, nuestra grandeza intelectual, moral y política;
sólo así volverá a florecer, como floreció
en otros tiempos, la ciencia española! ALEJANDRO
PIDAL Y MON.
 In dubiis libertas
Florencia 13 de Abril de 1877. Sr. D. Alejandro Pidal
Mon. Mi bueno y docto amigo: En Roma tuve ocasión
de leer los dos brillantes artículos que usted ha
dedicado a mi pobre librejo acerca de La Ciencia española.
De inmodesto pecara yo si no dijera que me parecen en alto
grado hiperbólicos los elogios que usted, a manos
llenas, ha derramado sobre aquel pobre trabajo, que si alguna
consideración merece, ha de alcanzarla tan sólo
por el fin a que se endereza y como anuncio de ulteriores
tareas, que, de cierto, no le supera en mucho. Pero de ingrato
se me tacharía, con razón, si no diese a usted
alguna muestra de mi agradecimiento por la lluvia de flores
con que ha tenido a bien regalarme. Por eso escribo estas
líneas, y añado a ellas, a modo de postdata,
algunas observaciones sobre el segundo artículo, en
que usted, a vuelta de mil encomios, manifiesta aguda y sabiamente
su discordancia de parecer en alguno de los puntos que directa
o incidentalmente he tocado en mi libro. Superfluo me parece
advertir que en esta polémica no me mueve otro interés
que el de la ciencia española, por cuya mayor difusión
y esclarecimiento trabajo. Por fortuna, los puntos en que
disentimos no son capitales. En lo sustancial estamos conformes,
y no juzgo imposible que en lo demás lleguemos a entendernos.
Harto conocía yo, al tiempo en que escribí
aquellas cartas, el vigor y pujanza actual del tomismo entre
nosotros. Entonces, como ahora, confesaba y confieso que
esa restaurada escuela es en España el más
firme valladar contra las invasiones del racionalismo. Pero
como a éste se le puede combatir de muchos modos,
y no era lo más oportuno en aquella discusión,
puramente histórica, afectar exclusivismos de escuela,
no quise hacer hincapié en el tomismo, ni empeñarme
de propósito en demostrar a los adversarios que España
había dado grandes expositores de la doctrina del
egregio Aquinate; cosa generalmente sabida y que ellos no
negaban, por lo cual hubiera tenido escasa fuerza el argumento.
A los que me preguntaban por creaciones filosóficas
nacionales, por escuelas y sistemas peninsulares, claro es
que no podía responderles con una filosofía
extraña de origen, aunque nuestra por derecho de conquista,
como ya tuve cuidado de advertir. Bajo el aspecto histórico
nacional, único que yo entonces consideraba, pesa
y significa más Averroes que los expositores de Santo
Tomás. Aquí tiene usted explicada una de las
causas de lo que en mí pudo parecer ligereza o desdén
respecto al tomismo. Yo hablaba entonces como bibliógrafo
español, nada más. Los tomistas no me servían
para el caso; era necesario presentar filósofos de
grande originalidad de pensamiento, bien o mal encaminada,
que de esto hablaremos luego. Por eso acudí a Séneca,
a Averroes, a Maymónides, a Lulio, a Vives, a Foxo,
a Suárez y a algunos más, sin desdeñar,
no obstante, la escolástica, a la cual algunos de
ellos pertenecieron, y de la cual dije que era, no una, sino
dos terceras partes de nuestra filosofía. Pero de
estas dos partes hice gracia a los contrarios, e insistí
en la tercera, en la más curiosa y menos estudiada
hasta ahora, en la de los pensadores independientes. Y precisamente
por lo menos estudiada me fijé en ella. Yo veía
que el neo-tomismo cobraba de día en día mayores
fuerzas, y que sus sectarios, tan respetables por el número
como por el saber, eran muy capaces de ilustrar, docta y
concienzudamente, los anales de su escuela. Justo, era, pues,
dejarles el campo libre y no meter la hoz en mies ajena.
Pero advertía en ellos, al mismo tiempo, cierto espíritu,
sobrado exclusivo, que los llevaba a seguir y ensalzar tan
sólo las obras y doctrinas del Ángel de las
Escuelas, con veneración laudable, sí, pero,
según mal pobre entender, dañosa por lo extremada.
Proyectábase una edición de las obras de Santo
Tomás, tantas veces reproducidas por la estampa, tan
conocidas, que se encuentran en todas las bibliotecas, en
todas las manos. Y esto, cuando en Italia, patria del Santo,
y en Francia, y en Alemania, y en todo el orbe cristiano,
se trabaja sin cesar sobre sus admirables escritos, y en
cien formas se los expone y reproduce. Y mientras se pensaba
en esta empresa magna, a nadie se le ocurría, sino
a mi docto y entrañable amigo Laverde, no ya publicar
una biblioteca de filósofos ibéricos, sino
reimprimir el más insignificante opúsculo de
cualquiera de nuestros pensadores. Tenemos una reimpresión
completa, aunque no muy esmerada, de las obras de Suárez;
pero no se ha hecho en España, sino en París.
Tenemos una buena traducción del Guía de los
extraviados o Director de los que dudan, de Maymónides;
pero no la ha hecho ningún español, sino el
francés Munck. Al mismo y a otros compatriotas suyos
debemos el conocimiento de la Fuente de la vida, de Avicebrón.
El Filósofo autodidacto o Régimen del solitario,
de Aben Thofail, está traducido al latín, al
inglés y al alemán; pero no al castellano.
El Cuzary, de nuestro gran pensador y poeta Jehuda-Ha-Levi,
hemos de buscarle en la vieja y rara versión de Jacob
de Avendaña, En todos los países civilizados
se han hecho ediciones completas de Séneca, menos
en España. De San Isidoro no han reproducido las prensas
españolas, en lo que va de siglo, un solo tratado.
A Raimundo Lulio hay que estudiarle en la vetusta edición
maguntina, que, tras de incompleta, es rara y de difícil
manejo. Pues no digamos nada de los filósofos posteriores
al Renacimiento... No piense usted por esto que yo juzgase
inútil (blasfemia científica sería)
una reimpresión de Santo Tomás hecha en España.
Pero hoy por hoy importa más a nuestra crédito
científico popularizar nuestros sabios, que los extranjeros,
aunque, como el Ángel de las Escuelas, sean de los
que tienen por patria el mundo y la humanidad por discípula.
Todo esto pensaba yo, y encontrando demasiado tirante el
arco por una parte, probó a doblarle por la otra,
quizá con exceso. Exceso digo, no respecto al mérito
de nuestros filósofos, que cada día reconozco
mayor que cuanto yo acierto a encarecer, sino exceso respecto
a la alteza del tomismo, que tal vez ofendí (si ofensa
cabe) con palabras ligeras o indiscretas. En ello influyeron
además otras causas que tampoco ocultaré. No
soy tomista; quizá lo seré mañana. Lo
cual no quiere decir que yo tenga pretensiones filosóficas,
que en un pobre bibliófilo fueran absurdas. Pero sé
que cada hombre está obligado a tener más o
menos su filosofía, no sólo práctica,
sino especulativa. Ahora bien; esa filosofía, por
lo que a mi toca, no es otra que el criticismo vivista. Pero
como éste no es adverso al tomismo, ni mucho menos,
aunque sí distinto, de aquí que venere, respete
y acate yo la doctrina tomista, como puede hacerlo el más
fervoroso de sus adeptos. Es más: sospecho que el
no haber llegado yo a ella, depende más de mi debilidad
de entendimiento que de otra razón alguna. También
pueden influir en ello ciertas preocupaciones literarias
o humanísticas de que no es preciso tratar ahora,
y a las cuales quise aludir con lo de la santa ira. Ocasión
tendré de volver a este punto. Si usted ha seguido
con paciencia todo el relato anterior, habrá comprendido
las causas de mi posición (si tal puede llamarse)
respecto al tomismo. Ahora entraré a examinar parte
por parte las discretas y amistosas reflexiones que vienen
apuntadas en su artículo. Fijándose en un
punto claro y luminoso, pregunta usted: «¿Hay filosofía
española?» y, distinguiendo, contesta: «Bajo el punto
de vista de su organismo científico, no hay filosofía
española, ni alemana, ni de ningún otro país:
la verdad no tiene patria.» Hasta aquí vamos conformes.
«Bajo el punto de vista de su desarrollo histórico,
donde haya filósofos habrá filosofía.»
Tampoco en esto cabe duda, aunque siempre es necesario que
entre estos filósofos medie algún lazo más
o menos íntimo. Yo creo que le hay siempre entre los
pensadores de un mismo pueblo, y en tal concepto ninguno
carece de filosofía nacional, más o menos influyente
y desarrollada. Y si nunca oímos hablar de filosofía
rusa, ni de filosofía escandinava, será, o
porque estos y otros países no han tenido pensadores
de primero ni de segundo orden, o porque nadie se ha cuidado
de investigar sus relaciones y analogías, o porque
estas investigaciones no han entrado en el general comercio
científico. De otra suerte, es imposible que filósofos
de un mismo pueblo y raza no ofrezcan uno y aún muchos
puntos de semejanza en el encadenamiento lógico de
sus ideas. Y sigue usted preguntando: «¿Se puede decir en
lenguaje técnico filosofía alemana, filosofía
española?» Y la contestación es: «Si los filósofos
coinciden en una nota característica, sí; si
no, no.» Por eso, en concepto de usted y en el mío
también, es exacto el nombre de filosofía alemana,
aplicado a los sistemas germánicos que han aparecido
desde Kant hasta nuestros días, y no a la doctrina
de Leibnitz, ni a la de Wolfio, ni a ninguna otra anterior.
Tiene usted asimismo por exacto el término de filosofía
francesa aplicado al cartesianismo exclusivamente, y yo añado
que en este sentido es también legítimo el
nombre de filosofía escocesa, con que se designa el
psicologismo de Reid, Dugald-Stewart y Hamilton, y nunca
el escepticismo de Hume, aunque éste naciera en Escocia.
Pero en cuanto a España, no descubre usted más
nota característica que una a sus filósofos,
que el Catolicismo, nota de suyo harto vaga y no suficiente
para justificar el nombre de filosofía española.
En rigor, la cuestión de los nombres importa poco,
pues una vez admitida la existencia confesado el mérito
de nuestros filósofos, de alguna manera hemos de designar
el conjunto de sus especulaciones, puesto que no aparecen
aisladas ni independientes unas de otras. Mas, por lo que
importe, conviene aclararla. Y se aclara con dos preguntas
sencillísimas: ¿Existe la filosofía griega?
¿Es exacto este nombre? A lo que yo entiendo, no hay medio
humano de reducir a esa violenta unidad aquella variedad
y riqueza de sistemas. ¿Cuál toma usted por tipo del
genio filosófico de la Grecia? Y aún limitándose
a los dos principales, ¿llamará usted filosofía
griega a la platónica, y negará este nombre
a la aristotélica, o viceversa? O más bien,
¿reconocerá usted que el ingenio filosófico
de los helenos no ha de buscarse en una ni en otra de sus
escuelas, sino en el conjunto de todas y en su desarrollo
histórico? Sin duda que en esto último; y
por eso es legítimo el término de filosofía
griega, y no menos legítimo aunque no tan usado, el
de filosofía española. Inexactos fueran uno
y otro, si indicasen series de fenómenos aislados,
sin más enlace que el de lugar y el de tiempo. Mas
no sucede en estos dos casos. Nadie lo duda en cuanto a Grecia;
y por lo que toca a España, vese claro el organismo
de su historia científica, a poco que en ella se penetre.
En Séneca están apuntados ya los principales
caracteres del genio filosófico nacional. Dos de ellos,
el espíritu crítico y el sentido práctico,
llaman desde luego la atención del lector más
distraído. Séneca es uno de los tres grandes
maestros de la raza ibérica; todos nuestros moralistas
descienden de él en línea recta. Séneca,
gentil en verdad, pero a quien San Jerónimo llama
noster, y pone en el catálogo de viris illustribus
al lado de los primeros cristianos, preludia nuestra filosofía
ortodoxa. La heterodoxa (tomado el vocablo en su más
lato sentido) presenta siempre un carácter distintivo,
el panteísmo. Porque hay una filosofía panteísta,
española, resuelta y clara, que se anuncia por primera
vez en Prisciliano, asombra el mundo en Averroes y en Maymónides,
con todas las escuelas árabes y judías que
preceden y siguen al uno y al otro; pasa a Francia con el
español Mauricio; se vislumbra en Fernando de Córdoba,
que en pleno siglo XV formula el principio ontológico
de lo uno, en que se resuelven el ser y la nada; inspira
en el siglo XVI al audaz y originalísimo Miguel Servet,
alcanza su última expresión en el XVII, bajo
la pluma de Benito Espinosa, cuya filiación hebraico-española
es indudable. Si el panteísmo está en el fondo
de toda la filosofía española no católica,
e informa lo mismo el averroísmo y el avicebronismo,
que el misticismo quietista, de Molinos, persigue como un
fantasma a todo español que se aparta de la verdadera
luz, en cambio la filosofía española ortodoxa
y castiza de todos tiempos conviene en ser crítica
y armónica, y cuando no llega a la armonía,
tiende al sincretismo. Obsérvelo usted en todos nuestros
pensadores de las grandes épocas. San Isidoro condensa
y sincretiza la ciencia antigua. Raimundo Lulio forma un
sistema del todo armónico, y levanta el espíritu
crítico contra la enseñanza averroísta.
Luis Vives es la crítica del Renacimiento personificada.
Foxo Morcillo, en su tentativa de conciliación platónico-aristotélica,
fórmula el desideratum del armonismo. Todas las escuelas
nacidas al calor de la doctrina de Vives, son críticas
por excelencia; sobre todo la valenciana. De todo lo cual
deduzco que al principio ya formulado por varios escritores,
«la filosofía española es esencialmente dogmática
y creyente», principio que usted juzga demasiado elástico,
debe añadirse este otro: «la filosofía española
ortodoxa es crítica y armónica: la filosofía
española heterodoxa es panteísta y como tal,
cerrada y exclusiva.» Tales son, salvo error, las notas características
de la filosofía ibérica. Harto más difíciles
de señalar y más controvertibles son las de
la italiana, y nadie duda de su existencia, por lo menos
desde que Mamiani publicó su libro del Rinnovamento.
No hemos de reñir por averiguar si la manifestación
filosófica es la más brillante de nuestro genio,
y si es igual o superior a la teológica y a la artística.
Yo las creo iguales, cada cual en su esfera, y pienso que
se completan mutuamente. Y pienso más: que hasta hoy
no se ha entendido bien la historia de nuestra literatura,
por no haberse estudiado a nuestros teólogos y filósofos.
«¿En la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos,
debemos volver los ojos a la filosofía española?»
«No, contesta usted: «si por filosofía española
entendemos esos sistemas, incompletos unos, erróneos
otros, porque el error total sólo con la verdad total
se destruye.» Y aquí siento disentir de usted, y precisamente
por las mismas razones. La verdad total no la ha alcanzado
el tomismo ni ninguna filosofía, como filosofía,
pero debemos aspirar a ella. ¿Y dónde encontrar mejor
dirección que en el armonismo de la filosofía
española, sobre todo en Foxo Morcillo? Él no
hizo más que indicar la concordia; pero tuvo en cuenta
los dos términos del problema. El aristotelismo, aunque
sea el aristotelismo tomista, no nos da más que uno.
¿Porqué hemos de pararnos en el tomismo? ¿Cree usted
que si Santo Tomás hubiera conocido a Platón
y a Aristóteles en sus fuentes, como los conocieron
los sabios del Renacimiento, se hubiera detenido donde se
detuvo? En suma: «El tomismo es la verdad toda.» En su parte
teológica, concedo. En su parte filosófica,
niego. Es una gran parte de la verdad, pero no toda. La verdad
total está en la deseada armonía de Platón
y Aristóteles, polos eternos del pensamiento humano.
¿Por ventura se agotó en Santo Tomás el entendimiento
humano? Dice usted que la perennis philosophia de Leibnitz
es la escolástica. Yo creo que son sólo aquellos
principios fundamentales e inmutables, leyes comunes a toda
inteligencia y que, más o menos, yacen en el fondo
de todo sistema no panteísta. Dudo mucho que Leibnitz,
que llamaba bárbaro estiércol a la escolástica,
aunque en ella encontrase oro, viera allí otra cosa
que materiales aprovechables para nuevas construcciones.
Equivocábase en lo primero, como todos los de su siglo;
pero, en rigor, ¿qué es la escolástica? ¿dónde
principia y dónde acaba? ¿Es escolástica la
ciencia compilatoria de Casiodoro y de Boecio, la de San
Isidoro, la de Beda o la de Alcuino? Pues más vale
conocer la antigüedad en sus fuentes que en alterados
extractos. ¿Es escolástico el panteísmo de
Scoto Erigena? ¿Lo es el antitrinitarismo de Roscelino, o
el racionalismo de Abelardo, o alguna otra de las infinitas
herejías que brotaron en las escuelas de la Edad Media?
¿Son escolásticos los místicos educados con
el libro falsamente atribuido a Dionisio Areopagita? ¿Sonlo
los averroístas con su panteística teoría
del entendimiento uno? ¿Dónde está la verdadera
escolástica? En el tomismo, dice usted. Pero entonces
se enojarán los escolistas y los ockamistas, si alguno
queda, y se enojarían también los suaristas,
a no ser por el fervor architomista que en estos últimos
años ha entrado a los en otro tiempo disidentes jesuitas.
«España vio con pena arribar a sus costas al averroísmo,
al gran corruptor de la filosofía de las escuelas.»
A pesar de esto, no deja Averroes de ser una gloria muy española.
Y lo cierto es que la escuela, sin Averroes y antes de Averroes,
estaba harto corrompida, y había sido un semillero
de herejes: testigos, Scoto Erigena, Berengario, Roscelin,
Abelardo y muchos más. El averroísmo, con traer
un nuevo elemento de impiedad, fue útil por la reacción
poderosa que provocó, y de la cual nacieron el tomismo y el lulismo. Subraya usted algunas frases mías relativas
a la escolástica. Dije que «no era el sistema primero
ni único de la filosofía cristiana.» Y, en
efecto, no es el único ni el primero, so pena de excluir
de la filosofía cristiana a todos los padres de la
Iglesia griega94 que fueron más o menos platónicos,
y a San Agustín, que lo fue también. Repito
que una cosa es la filosofía tomista y otra su teología.
Sólo ésta puede llamarse el sistema primero
y único, por no ser otra cosa que la teología
cristiana metódicamente expuesta. Pero al servicio
de esta teología, y formando o no un organismo con
ella, pueden aplicarse otras filosofías diversas de
la de Aristóteles. Que yo aplaudo las invectivas
del Renacimiento contra la barbarie de la escuela. ¿Y por
qué no? La barbarie literaria es censurable donde
quiera, lo mismo en los escolásticos antiguos que
en los krausistas modernos. No participo de la preocupación,
en otro tiempo general, contra el lenguaje y estilo de los
escolásticos. Sé que se encontraron con una
lengua como el latín, decadente por una parte, y por
otra de malas condiciones para la filosofía, sobre
todo por su carencia de artículos. Sé que crearon
una lengua y un estilo especiales, de perversas condiciones
estéticas, pero analíticos y precisos. Sé
que algunos escribieron, si no con elegancia y agrado, con
vigor y fuerza. Pero en muchos maestros y en el servum pecus de los discípulos, ¿quién negará que
hubo barbarie, y barbarie espantosa? Yo los disculpo; pero
no los aplaudo. ¿Quién dudará que es mejor
escribir como Platón que como Alejandro de Hales o
como Escoto? Y a pesar de las muchas defensas que de él
he visto, todavía no he logrado persuadirme que el
estilo de Santo Tomás sea un gran modelo. El Santo
(y dispénseme usted esta blasfemia) tenía más
de pensador que de artista. En la prosa didáctica
muestra Santo Tomás grandes cualidades, reflejo de
su grande alma; pero no igualdad, ni corrección, ni
gusto. Quizá no eran posibles en su tiempo. Mas no
he de ser yo quien haga observaciones literarias, tratándose
de un Santo Tomás de Aquino. Censura usted más
adelante varias frases de Laverde y mías relativas
a Luis Vives. Pero yo no veo en ninguna de esas frases motivo
de escándalo, y procuraré demostrarlo, aunque
brevemente, examinándolas una por una. Luis Vives
es un filósofo ecléctico. Sí, por cierto,
como lo es todo filósofo digno de tal nombre, máxime
cuando nace en épocas de transición, en épocas
críticas. Ecléctico en cuanto admite la verdad,
venga de donde viniere; ecléctico en cuanto no sobrepone
a la propia razón y al propio criterio la razón
de los maestros y el criterio de una escuela determinada;
ecléctico en cuanto no acata la autoridad sino en
las cosas que son de fe: ecléctico en cuanto profesa
el gran principio In necessariis unitas, in dubiis libertas;
ecléctico porque no desdeña ninguno de los
elementos y tendencias del pensamiento humano, sino que los
comprende y armoniza todos, como están comprendidos
y armonizados en la conciencia; ecléctico en cuanto
no declara guerra a Platón en nombre de Aristóteles,
como los escolásticos, ni a Aristóteles en
nombre de Platón, como la escuela de Florencia. Pero
no ecléctico a la manera de los franceses, pretendiendo
conciliar la verdad y el error en una síntesis; que
esto sólo fuera lo peligroso y censurable. Combinó
el oro que extrajo de la escolástica decadente con
lo más ACENDRADO DE OTROS SISTEMAS. Esta bella frase
encierra otra verdad innegable. ¿Quién puede olvidar
que la escolástica estaba decadente, pero muy decadente,
en los días de Vives y en los próximamente
anteriores? Ya no producía Tomases ni Escotos. Estaba
representada por aquellos doctores que disputaban sobre la
diferencia de estas dos frases Vidi Papam y Papam vidi; por
los averroístas de Padua, impíos brutales y
negadores de la inmortalidad del alma; por aquellos catedráticos
de prima de teología que razonaban de esta suerte:
«Nuestra fe está fundada en Santo Tomás, y
Santo Tomás en Aristóteles; luego decir mal
de Aristóteles es ir contra nuestra santa fe95. Las
tan renombradas Universidades yacían en general y
manifiesta decadencia. La de Salamanca apenas dio más
señal de vida, en el último tercio del siglo
XV, que la herejía del escolástico Pedro de
Osma. La de París, si hemos de juzgar por lo que cuenta
Vives, que estudió en ella, era un foco de ignorancia
y de barbarie. Y aún algo más tarde decía
graciosamente D. Diego de Mendoza: «No sé por qué
Aristóteles, en sus libros De animalibus, dijo que
no había asnos en Francia, cuando vemos tantos bachilleres
como se hacen en París cada año.» Tal era sin
excepción (puesto que nada montan algunas individualidades,
como el Cardenal Cayetano) el estado de la enseñanza
escolástica cuando escribió Vives. Y, sin embargo,
Vives tuvo el buen juicio de no confundir el escolasticismo
en una general censura, de guardar sus mayores anatemas para
los averroístas, de atacar, no a los aristotélicos
de veras, sino a los pseudo-aristotélicos. Tomó
de otros sistemas distintos del tomismo, sistemas que Santo
Tomás no pudo poner a contribución porque en
su siglo no se conocían. Utilizó Vives doctrinas
platónicas; utilizó todo el saber de Aristóteles,
que no se conoció íntegro y puro hasta los
días del Renacimiento; aprovechose de toda aquella
ciencia antigua, cuya noticia sólo había llegado
a Santo Tomás, de segunda mano, en incorrectas traducciones,
cuando no en resúmenes y extractos. La ciencia de
la Edad Media es muy respetable, pero su erudición
valía poquísimo. Cristianizó la filosofía
renaciente. En lo de cristianizar no veo mal alguno, y el
término filosofía renaciente no quiere decir
otra cosa que filosofía del renacimiento. Esta filosofía
era de origen griego, como toda filosofía, y Luis
Vives la cristianizó, de la misma manera que Santo
Tomás había cristianizado el pseudo-peripatetismo
que corría en su tiempo. Así como el Angélico
Doctor apartó las espinas del averroísmo, el
gran filósofo de Valencia salvó su sistema
de diversos escollos, huyendo cuidadosamente del neo-platonismo
teosófico de Marsilio Ficino, que era por entonces
el mayor peligro, y de las extravagancias gentílicas
de aquellos gramáticos que se habían dado a
resucitar en crudo la doctrina del alma del mundo, la unidad
eleática, o el atomismo de Leucipo. De
Vives procede la filosofía moderna, así en
lo bueno como en lo malo, pero lo malo procede ocasionalmente como proceden del dogma las herejías. Si no hubiera
un dogma de la Trinidad, no habría herejes anti-trinitarios.
Si no hubiera un misticismo puro y sano, no habría
místicos heréticos, como los quietistas y otros.
De la misma manera (si licet parvis componere magna), si
Vives no hubiese formulado las leyes del procedimiento experimental,
recomendando su uso en los casos en que debe aplicarse, no
hubiera venido Bacon proclamando como único, o poco
menos, este procedimiento, extendiéndole a todo, anulando
la ciencia pura y encerrándose en el empirismo; ni
hubiera venido, como legítima consecuencia, el brutal
materialismo del siglo pasado, ni el positivismo que ahora
nos aqueja. Esto es evidente. Pero como el procedimiento
experimental no deja de ser legítimo aunque de él
se abuse, maldita la responsabilidad que le corresponde a
Vives por los yerros de sus discípulos. Que Vives
es la más elevada personificación de la España
científica, me parece indudable. Si ese calificativo
está reservado para el filósofo más
original y de más hondo influjo en el pensamiento
europeo, ¿quién podrá disputárselo al
polígrafo de Valencia? No en modo alguno los tomistas;
no Suárez, a pesar de su maravillosa Metafísica,
de la cual dijo Vico que encerraba cuanto hay que saber en
materia de filosofía; no el mismo Ramón Lull,
entendimiento sintético de primer orden, pero no iluminado
por aquella ciencia antigua que dio alas a Vives; no Moisés
ben Mayemon, no Avicebrón, padre de todo el panteísmo
moderno; no León Hebreo, de quien desciende toda la
estética platónica del siglo XVI; no Séneca,
el gran moralista, ni ninguna otra de las grandes figuras
de nuestra historia científica. La filosofía
española dogmática y creyente al par que crítica
y armónica sólo alcanza su cabal desarrollo
en Vives y Foxo Morcillo. Pero Vives, por la universalidad
de la doctrina, ha eclipsado el nombre de su discípulo.
Vives fue el más prodigioso de los artífices
del Renacimiento, y como la obra del Renacimiento era grande
y santa, y no debe confundirse con las excentricidades de
Pomponio Leto o de cualquier otro pedante, cábele
gloria, no pequeña, por ello. Artífices del
Renacimiento, y no tomistas, habían sido los que trabajaron
en la Políglota Complutense. Mientras dos judíos
conversos, tres humanistas y un griego fugitivo de Constantinopla
levantaban aquel monumento, los tomistas disputaban sobre
suposiciones y restricciones. Artífices del Renacimiento
fueron los que cuidaron de las primeras ediciones de los
Santos Padres. Cuando el escolástico Pomponazzi, que
en pleno Renacimiento ignoraba el griego y escribía
perversamente el latín, dudó de la inmortalidad
del alma, no se levantó para responderle ningún
tomista (que yo sepa), sino un artífice del Renacimiento,
un humanista, un peripatético clásico, muy
de segundo orden, Agustín Nipho. Cuando arreciaba
la gran tormenta de la Reforma, nacida en los claustros escolásticos de Alemania, no en las escuelas de Letras humanas de Italia,
encontró, cual valladar firmísimo, los libros
De veritate fidei christianœ, de Vives, y los De libero arbitrio,
de Sepúlveda, hombres uno y otro del Renacimiento.
Al cabo, y como reacción contra el protestantismo,
despertó con nueva pujanza la escolástica,
pero despertó influida, muy influida, por el Renacimiento.
¿Se concibe antes del siglo XVI un libro como el de Melchor
Cano? ¿Se parecen Victoria ni Soto a los escolásticos
del siglo XIV ni a los del XIII? ¡Oh! Qué gran bien
hizo el Renacimiento desterrando la barbarie de la escuela!
Los nuevos escolásticos no fueron ya bárbaros,
por lo menos con aquella barbarie pertinaz y repugnante de
los anteriores; no se entretuvieron en sofisterías,
a lo menos deliberadamente y con insistencia; fueron grandes
filósofos, grandes teólogos, dignos discípulos
de Santo Tomás. Y todo, gracias a los artífices
del Renacimiento. Hora es de hacerles justicia, ya que por
medio siglo ha sido moda repetir contra ellos las declamaciones
de aquel fanático, elocuente y desdichado demagogo
tomista, Fr. Jerónimo Savonarola. De todos esos humanistas,
muy pocos, y ninguno de primera talla, si se exceptúa
a Melancton, cayeron en el protestantismo, al paso que éste
alistó falanges enteras entre la gente universitaria,
que los otros llamaban bárbara. No fueron tomistas,
por lo general, aunque alguno hubo, y de primera nota. Todo
su saber teológico no salvó a Carranza de luteranizar,
aunque de buena fe, en la cuestión de la fe y las
obras. Vives renovó el método antes que Bacon
y Descartes. Pero como la reforma del método era necesaria,
aplausos y no censura merece nuestro autor. Dice usted, amigo
mío, que si el árbol se conoce por los frutos,
¿qué hemos de pensar de un árbol, cuya fruta
son el aristotelismo no purificado por los escolásticos,
el anti-aristotelismo, las ideas innatas, el empirismo baconiano,
el cartesianismo. el psicologismo escocés, y hasta
el sensualismo, y el escepticismo? Vayamos por partes. El
aristotelismo clásico. ¿Valía más leer
a Aristóteles en aquellas infames traducciones latinas
que corrían en la Edad Media, que estudiarle en su
original griego? ¿Cómo habían de purificar
los escolásticos a Aristóteles, si no le conocían
más que a medias? ¿Qué hubiera dicho el Estagirita
de sus comentadores que solían trabajar sobre un ilegible
texto latino, vertido de otro árabe, que tampoco era
traducción directa? El Aristóteles escolástico,
purificado o sin purificación, recuerda aquello de
| Criada de las criadas | | | | De
las criadas de Aurora... | | |
|
Los peripatéticos clásicos
buscaron el agua en su fuente, e hicieron muy bien. Merced
a ellos murió el averroísmo, que sólo
vivía por la ignorancia filológica (digámoslo
así) de los escolásticos. El tomismo era impotente
para acabar con aquella plaga de panteístas y naturalistas
que se escudaban con el nombre de Aristóteles, porque
ni los tomistas de aquel tiempo solían saber griego,
ni tomaban parte en el movimiento literario de entonces.
Pero así que apareció el legítimo Aristóteles,
Averroes quedó confinado a la escuela de Padua, donde
arrastró lánguida vida algún tiempo
más; pero sin influjo en el pensamiento europeo.
El peripatetismo clásico, que hizo tan gran bien,
no cayó, por otra parte en ninguno de los pecados
reales y positivos de Aristóteles. Ni afirmó
la eternidad del mundo, ni manifestó dudas sobre la
inmortalidad del alma. Al contrario, se esforzó en
defender a su maestro, mostrando que no se encontraban en
él tales errores. Para evitarlos tampoco necesitaron
recurrir al «Aristóteles purificado» de la ciencia
escolástica, a la cual se mostraron indiferentes,
cuando no hostiles. Bastábales ser católicos
para no ser panteístas ni materialistas. El anti-aristotelismo
o ramismo español, es otra tendencia del todo inocente.
No se encamino más que a la lógica y a la física,
y casi siempre con acierto. Hicieron varias innovaciones
dialécticas, atacaron la autenticidad de algunas partes
del Organon, y clamaron mucho y bien en pro de la legítima
libertad filosófica. El onto-psicologismo de Foxo
Morcillo, defensor de las ideas innatas, también es
fruta sana, porque las ideas innatas las entiende Foxo a
la manera de San Agustín, autoridad tan respetable
como la del mismo Santo Tomás. La doctrina de las
ideas innatas en el terreno filosófico es discutible;
pero tal como la sostiene Foxo, no es ninguna herejía.
Ni puede decirse que es fruta del árbol de Vives,
pues éste, no enseña el innatismo, doctrina
que Foxo añadió con otras al caudal recibido
de su maestro. En éste predominó la tendencia
psicológica; en Foxo la platónica y ontológica,
que es lo que da originalidad y carácter propio a
sus especulaciones. En cuanto al empirismo baconiano, ya
he indicado cómo y por qué nace del vivismo.
El procedimiento de inducción y el experimentalismo fueron conocidos y practicados por los griegos, sobre todo
por Aristóteles, a quien malamente se ha acusado de
ignorarlos. Los escolásticos los olvidaron un poquito,
sin que pueda hacerse otra excepción que la de Rogerio
Bacon, y quizá; la de Alberto el Magno. Vives los resucitó,
señaló sus límites, dictó sus
leyes, y merced a ello, adelantaron prodigiosamente en los
tres últimos siglos las ciencias naturales, las históricas
y todas las de aplicación, que digámoslo en
puridad, no andaban muy medradas con el escolasticismo.
El sensualismo en ninguna manera es doctrina de Vives, ni
puede lógicamente deducirse de sus principios. Tampoco
la he dado yo por tal, limitándome a decir que Huarte
y doña Oliva, campeones de ese sistema entre nosotros,
tienen alguna relación con Vives. Mas no la tienen
como sensualistas, sino como sutiles y delicados observadores
psicológicos. El análisis de las pasiones,
hecho por doña Oliva, se parece mucho a ciertos capítulos
del tratado De anima et vita, y buena parte de las sagaces
y agudas observaciones de Huarte sobre la variedad de los
ingenios y de los estudios que convienen a cada uno, están
fundadas en conceptos de la obra De disciplinis. Lo cual
no es decir que Huarte carezca de originalidad, antes la
tiene grandísima, al exponer a su modo el recíproco
influjo de lo moral y de lo físico, la doctrina de
los temperamentos, la de los climas, y los principios y bases
de la frenología y de la craneoscopia. En algunas
de estas enseñanzas tiende al materialismo, por lo
cual la Inquisición mandó borrar en su libro
algunas frases, además de aquel singular capítulo
en que cometió la inocentada de describir el temperamento
de Jesucristo. Pero de nada de esto es responsable Vives,
en cuyas obras no hay una sola frase que pueda torcerse en
sentido materialista. Cúlpese sólo al ingenio
raro y paradógico, aunque agudo y encumbrado, de aquel
docto médico aragonés. Del cartesianismo ante ni post cartesiano no debe responder Vives sino hasta cierto
punto. Real y verdaderamente él no parte de la duda
metódica, aunque aconseja muchas veces suspender el
juicio. Quien la pone por base es Foxo Morcillo en su tratado
De vi et usu dialecticœ. Empieza por prescindir de todos
los conocimientos adquiridos; sienta un principio, el de
la existencia, principio ontológico, no puramente
psicológico como el entimema de Descartes, principio
subjetivo, que no es más que una afirmación
de conciencia. Pero el de Foxo es objetivo, lo cual salva,
a mi modo de ver, la dificultad, y no encierra la ciencia
en un estéril y peligroso yoísmo. No está
el mal del cartesianismo en la duda, estado ficticio y transitorio,
que equivale en estos filósofos a la usada declaración
de «prescindiremos de toda autoridad no fundada en razón,
en aquellas materias que Dios entregó a las disputas
de los hombres», declaración que con unas u otras
palabras se lee al frente de casi todos nuestros libros de
filosofía, inclusos los de algunos escolásticos,
como Rodrigo de Arriaga. Aunque la duda sea metódica,
como lo es en Foxo y en Descartes, no veo gran mal en ello.
El quid del cartesianismo está más adelante,
en el entimema. Hay un singular hereje español que
proclamó la duda, aún tratándose de
las verdades reveladas. Mas para salir de tal estado, no
recurrió al cogito, ni al principio del ser, ni al
de la existencia, sino a una luz interior y sobrenatural
que Dios comunica a sus elegidos. Puesto ya en tal camino,
negó todo valor a la ciencia humana, y se encerró
en un misticismo antitrinitario y semi-panteísta.
Mas ¿qué tienen que hacer las ideas y especulaciones
de Juan de Valdés con las de Vives, espíritu
práctico por excelencia? Sólo por un lazo tenuísimo
pueden unirse. En cuanto a la construcción ontológica de Foxo, que procede, en el libro suyo que he citado, por
método geométrico, nada veo que merezca censura,
nada que pueda tacharse de inductivo al espinosismo. Los
demás que llamó cartesianos antes de Descartes,
sonlo, no en la base de su sistema, sino en doctrinas particulares,
especialmente físicas y psicológicas. No eran,
en verdad, dogmas las opiniones de los escolásticos
antiguos sobre estos puntos, y la prueba es que no las siguen
los escolásticos modernos. De Vives procede la filosofía
escocesa. Sí, por cierto, y en todas sus partes; ¿mas
cuándo ni por qué razón ha sido peligrosa
la escuela escocesa? Tímida e incompleta tal vez pueda
llamársela, pero ¿dañosa? ¿Es censurable por
ventura la observación psicológica? ¿Hemos
de rechazar, como criterio, el común sentido, la conciencia
en toda su amplitud, que decía el introductor en Cataluña
de esta escuela? ¿Qué mayor barrera puede oponerse
a los extravíos y exageraciones idealistas, al predominio
de una sola facultad o tendencia? ¿No es una gloria para
Vives haber distinguido con lucidez suma los dos momentos
del juicio, señalando el carácter necesario,
infalible y universal del juicio, que él llama naturale y que los escoceses apellidan espontáneo? El mal de
la doctrina escocesa está en ser puramente psicológica
y lógica, en carecer de metafísica. Por horror
a los sistemas germánicos de lo absoluto, negó
Hamilton la filosofía de lo incondicionado, sin sospechar
que tal negación había de ser arma terrible,
a la vuelta de pocos años, en manos de los positivistas,
que, por boca de Stuart-Mill, le han acusado de contradicción
flagrante. Pero ni de esta contradicción ni de aquellas
negaciones tiene que responder Vives, porque no se detuvo
en el psicologismo, sino que coronó el edificio de
su sistema con una metafísica, con una prima philosophia.
También tiene usted por fruta dañada los pensadores
independientes y ciudadanos libres de la República
de las Letras. Pero usted sabe muy bien que estos audaces
ingenios eran al mismo tiempo católicos fervorosos
y empezaban y acababan sus libros con protestas, absolutas
y sin restricciones, de sumisión a la Iglesia católica,
y limitaban siempre sus audacias a materias controvertibles.
Así entendido, el título de ciudadano libre
de la República de las Letras es el más hermoso
y apetecible que puede darse, y yo por mí, no le trocaría
por ningún otro, ni siquiera por el de tomista, que
al cabo indica adhesión a una escuela determinada.
Los principios y tendencias del vivismo dan, según
yo entiendo, ese libérrimo derecho de ciudadanía.
Poco diré del escepticismo de Sánchez. A decir
verdad, sólo procede de Vives por la tendencia crítica,
aunque exagerada y fuera de quicio. Pero no hemos de engañarnos
sobre el carácter de este escepticismo. Sánchez
es buen católico; de tejas arriba no duda de nada.
Su escepticismo es de tejas abajo. En ocasiones parece un
devaneo literario, por la forma ligera y un poco francesa
en que vienen envueltos sus anatemas contra toda ciencia,
y hasta contra la posibilidad de saber nada. Montaigne se
contentaba con dormir en la almohada, de la duda; pero Sánchez
es violento y agresivo, lo resuelve todo, o más bien
no resuelve nada, con su eterno ¿Quid? y se burla de la necedad
humana, asomada constantemente al pozo de Demócrito.
No niega, sin embargo, como Hume, el principio de causalidad,
ni rechaza, como los pirrónicos, el testimonio de
la experiencia. Realmente era observador sagaz, y en sus
comentarios, o más bien refutaciones semi-burlescas
de algunos tratados psicológicos de Aristóteles,
notó y corrigió con buen juicio errores graves
de la ciencia antigua. Si en esto y en algunas observaciones
sobre la incertidumbre de las ciencias parece discípulo
de Vives, en lo demás es un insurrecto. Resulta de
toda esta disquisición, en verdad harto prolija, que
fueron sanos en el árbol todos los frutos vivistas,
aunque, llevados algunos a tierra extraña, se pudrieron
o se malearon, cosa naturalísima. Y que el vivismo
no es responsable en modo alguno de ciertas consecuencias,
harto lo prueba la misma enumeración que de sus frutos
venimos haciendo; pues, ¿cómo un mismo sistema había
de pecar a la vez de «aristotélico y de antiaristotélico,
de baconista y de cartesiano, de partidario de las ideas
innatas y de sensualista?» ¿No fuera esto absurdo? La verdad
es que no peca por ninguno de estos capítulos, sino
que encierra en una vasta síntesis lo mejor y más
sólido de todos, sin las exageraciones ni el exclusivismo
de ninguno. Por eso, y porque no contiene ningún error
grave, que sepamos, y porque es creación del todo
española, queremos resucitarle y nos decimos vivistas.
Y como este sistema salva el catolicismo quoad substantiam,
y no tiene la pretensión de ser la «filosofía
católica», sino la «filosofía española»,
pide, y alcanzará de seguro, el derecho de vivir,
crecer y multiplicarse al lado de su hermano mayor el tomismo
y a la sombra de la Iglesia, por lo menos con la misma razón
que el tradicionalismo, por ejemplo, sistema sensualista
y de consecuencias altamente peligrosas y alguna vez censuradas.
Por cierto que de ningún vivista, a pesar de ser tan
dañosos los frutos del árbol, se podrá
citar una proposición tan malsonante como aquella:
«La razón y el absurdo se aman con amor invencibles.»
Harto he molestado a usted, amigo mío, y a los lectores
con estas prolijas y acaso inoportunas observaciones. Hora
es de terminar. Mas no he de hacerlo sin advertir que Melchor
Cano tiene bien poco de tomista, a no ser que por tomista se entienda vestir el hábito de Santo Domingo y seguir
la doctrina de Santo Tomás en lo teológico;
doctrina oficial, digámoslo así, en la Orden
a que pertenecía Melchor Cano. Pero en lo demás,
el autor de la obra De locis theologicis, pertenece a la
pléyade de escritores del Renacimiento. No es tomista en la forma ni en el estilo, porque Santo Tomás escribió
mal, como se escribía en su tiempo, y Melchor Cano
escribe maravillosamente. No es tomista en filosofía,
porque entre Platón y Aristóteles no se atreve
a decidir, y escribe: Divo Augustino summus est Plato, Divo
Thomœ Aristoteles... Mihi quidem nec Augustini nec Thomœ
videtur contemmenda sententia. Lo cual equivale a decir que
en filosofía no desprecia la autoridad de Santo Tomás,
pero tampoco la sigue, ni más ni menos que hacían
los vivistas. Y no vale decir que Melchor Cano fue poco afecto
a Vives, y afirma de él que «señaló
con acierto las causas de la corrupción de las ciencias,
pero que no anduvo tan atinado en proponer los remedios»,
puesto que en realidad él se aprovechó ampliamente
de Vives y de muchos vivistas, como Juan de Vergara, cuyo
libro de las Cuestiones del Templo trasladó en cuerpo
y alma, al tratar de la historia humana. Y nada mejor podía
hacer, puesto que Vergara es el padre de la crítica
histórica entre nosotros. En resumen; todo lo que
en el libro De locis no es teología pura, procede
de fuentes distintas del tomismo. Por eso he llamado y sigo
llamando vivista a Melchor Cano. Su gloria está en
haber puesto al servicio de la teología la ciencia
profana y el criticismo de Vives. Nada diré del congruismo,
cuestión para debatida entre los dominicos y los jesuitas.
Yo he ensalzado el congruismo por ser creación científica
española. El sistema tomista sobre la gracia no lo
es, y por eso no hice particular mención de él.
No censuro a los escolásticos que prefieren Sanseverino
o Liberatore a Sánchez o a Huarte. Puede perdonárseles
el que desconozcan a estos escritores, pero en ningún
modo el que dejen de estudiar a Suárez o a Domingo
de Soto, con preferencia a los renovadores italianos y franceses
del escolasticismo. Sobre esto versaba únicamente
mi censura, que por otra parte no se dirige a los doctísimos
filósofos que hoy son en España cabeza del
movimiento neo-tomista, Harto sé que estos conocen
de perlas el desarrollo anterior de sus doctrinas en nuestra
Península. Pruébamelo el curso de Philosophia
Elementaria de fray Zeferino González, y el áureo
artículo de usted sobre mis desdichadas Cartas. Y
a propósito del ilustre obispo de Córdoba (cuyas
bondades para conmigo, de nuevo y públicamente, y
con toda la efusión de mi alma agradezco), uno mis
votos a los suyos respecto a la Biblioteca de teólogos
españoles, sin que para encarecer su importancia sea
preciso rebajar en un ápice el mérito de nuestros
filósofos. Nequid nimis, amigo mío. Muchos
de los autores que Fr. Zeferino cita, tienen tanta o mayor
importancia como filósofos que como teólogos.
Testigo Suárez, ninguna de cuyas obras teológicas
llega en mérito a su Metafísica. No demos ocasión
a que los racionalistas nos digan en son de triunfo que hemos
tenido teólogos (lo cual, en boca suya, equivale a
sacristanes), y no filósofos. Suscribo, con todo
el entusiasmo de que soy capaz, a los elogios que usted hace
de los tomistas españoles. Constituyen, en efecto,
una de las páginas más brillantes de nuestra
historia científica. Pero tampoco hemos de exagerar
las cosas. Cisneros fomentó muy poco el tomismo; lo
que más poderosamente alentó, fueron los estudios
orientales y escriturarios. Y como era muy buen español,
favoreció asimismo la escuela luliana, manifestando
su deseo de que «se enseñase en todas las escuelas»,
como es de ver en la carta que dirigió a los mallorquines.
En cuanto a los estudios del Renacimiento, que habían
de obtener su más cabal expresión en Vives,
sabida es la benéfica influencia de Fr. Francisco
Ximénez, comparable, en algún modo, a la de
Lorenzo el Magnífico o la de León Décimo.
Nada diré de Carranza, tan respetable por su saber
como por su desdicha. Pero es lo cierto que sus méritos
científicos se reducen para nosotros al opúsculo
«de la residencia de los obispos», a la Summa Conciliorum,
que es una compilación, y a los «comentarios al Cathecismo
christiano», en que hay frases de sabor protestante, como
lo demostró ampliamente Melchor Cano, y vino a confirmarlo
la sentencia de Gregorio XIII, seguida de la abjuración
por el mismo arzobispo, de diversas proposiciones. No creo
que el «tomismo diese dirección y guía a nuestros
místicos.» A lo sumo puede decirse esto de Fr. Luis
de Granada y algún otro ascético de los que
impropiamente se llaman místicos. Los místicos
puros no son tomistas. Es seguro que Santa Teresa había
leído muy pocos tratados escolásticos. En cuanto
a los demás, aunque sea cierto que conocían
bien la Summa como todo el mundo entonces, esto también
que seguían con preferencia a Hugo de San Víctor,
a Gerson, a San Buenaventura, y aún a Suso y a Tauler,
sin olvidar la fuente común de todos que era el libro
De divinis nominibus atribuido al Areopagita. Fuera de esto,
tenían muy bien leído a Platón, y aún
a los neoplatónicos de Alejandría, y a los
de la escuela toscana del Renacimiento. Cuando Malon de Chaide
en «la Conversión de la Magdalena» quiere tratar de
la «hermosura y del amor», no pide enseñanzas a Santo
Tomás sino que acude al Convite de Platón,
y le glosa y comenta. El que haya leído a León
Hebreo sabrá de dónde bebió Cristóbal
de Fonseca gran parte de sus especulaciones sobre el amor
divino. Tan verdad es esto, que en el trabajo que preparo
sobre la «Historia de la Estética en España»,
no he podido menos de considerar a nuestros místicos
como la más brillante personificación del platonismo
del Renacimiento, enlazándolos, no con los tomistas,
sino con los poetas eróticos de entonces. Y no cede
esto en desdoro, sino en gloria suya; porque la doctrina
estética contenida en los diálogos del hijo
de Aristón es tan alta y sublime, que, aún
en nuestros días, el escolástico P. Jungmann
ha escrito un tratado «de la belleza y de las bellas artes,
según los principios de la filosofía socrática
y de la cristiana», considerándolas peco menos que
como idénticas. Ni tampoco creo que contará
usted entre los tomistas al incomparable Fr. Luis de León,
el cual, según refieren sus contemporáneos,
solía decir que «tres sabios había tenido el
mundo; el primero, Adán; el segundo, Salomón,
y el tercero... no Santo Tomás de Aquino, sino Raimundo
Lulio.» Bien clara está la tendencia al «armonismo
luliano» en muchos pasajes de aquellos platónicos diálogos sobre los nombres de Cristo. Como poeta,
se inspira en todo, hasta en la «teoría de los números
pitagóricos», pero pocas veces en el tomismo. Que
Suárez, y antes de él otros jesuitas, y después
todos hasta el siglo pasado, son disidentes y constituyen
una disgregación del tomismo, harto lo han repetido
y ponderado en todas épocas los tomistas puros, especialmente
los dominicos. Hasta qué punto llega esta disidencia,
y si basta a constituir escuela aparte, es lo difícil
de determinar con precisión. En la parte teológica
no cabe duda, y usted lo confiesa, puesto que opone el «congruismo»
al sistema tomista sobre la gracia. En la filosófica
no es menos honda la división. Ni puede decirse que
Suárez es en ella expositor de Santo Tomás,
pues lo que expone directamente es «la Metafísica
de Aristóteles», separándose en muchas cuestiones
de Santo Tomás, planteando otras que a éste
no le pasaron por las mientes, y mostrándose tan original
en desarrollos y conclusiones, que su «ontología»
es uno de los más preciosos monumentos de la ciencia
ibérica. «Pretendió no separarse de Santo Tomás»,
porque todos los escolásticos hacían otro tanto;
pero Santo Tomás, como Aristóteles, como Averroes
y otros grandes nombres, ha sido un pabellón que ha
cubierto todo género de mercancías. Aparte
esto, ¿no pasan por sistemas distintos del «tomismo» el «escotismo»,
el «okamismo» y otros? ¿Pues por qué no ha de serlo
el «suarismo», que es tanto o más independiente que
ellos? Cada una de las infinitas divisiones y subdivisiones
de la filosofía griega tiene un nombre especial, y
a buen seguro que muchas de ellas no difieren tanto entro
sí como la doctrina del Doctor «angélico» y
la del «eximio» jesuita de Granada. «El tomismo es filosofía
española, porque fue enseñado en nuestras universidades.»
Pero no fue la única filosofía enseñada
en ellas, puesto que el lulismo tuvo cátedras aparte,
y las tuvieron los demás sistemas escolásticos,
y, lo que es más, las tuvo «en todo el siglo XVI»
el peripatetismo clásico, lo cual, para gloria de
nuestra nación, dejaron registrado los extranjeros.
Según ellos, en las aulas españolas se enseñaba
a Aristóteles íntegro y en griego. Y sin que
ellos lo dijeran, sabémoslo por los escritos de Pedro
Juan Núñez, fundador de la gloriosa escuela
valenciana, en la cual fue tradicional el culto de la sabiduría
antigua ex ipsi primis fontibus. A Núñez sucedieron
en la misma enseñanza Monzó, Monllor y Serverá.
En Barcelona propagó su método el mismo Núñez;
en Zaragoza, Simón Abril; en Alcalá, Cardillo
de Villalpando, a quien muchos, malamente, juzgan tomista;
en Coimbra, Pedro de Fonseca, lazo de unión entre
los peripatéticos clásicos y los suaristas.
A la sombra de este peripatetismo ilustrado, tolerante y
de acendradas formas literarias, se desarrolló nuestra
libertad filosófica. Merced a él levantaron
la cabeza los ramistas, especialmente en Salamanca; proclamó
Dolese el atomismo en Valencia, siguiéronle Vallés
en Alcalá, y Gómez Pereira en Medina del Campo;
examinó Pedro de Valencia con segura crítica
todas las opiniones de los antiguos sobre el criterio de
la verdad, e hizo Quevedo la apología de Epicuro,
anticipándose a Gassendo. El escolasticismo no contrarió
sistemáticamente este movimiento, antes bien, recibió
su influencia. Siglo y medio dura esta época, la más
gloriosa, en todos conceptos, para España. De los
peripatéticos clásicos salió Gouvea,
el vencedor de Pedro Ramus; salió Sepúlveda,
el adversario terrible de Erasmo y de Lutero. De las demás
disgregaciones del vivismo salieron los fundadores de todos
los sistemas modernos. Usted recordará lo que sucedió
al pararse este movimiento. Llegó un día, allá
a mediados del siglo XVII, en que el escolasticismo se presentó
intolerante, y aspiró a dominar solo en las aulas.
Y entonces, como por encanto, huyó de nuestras Universidades
aquella grandeza, no se estudió la filosofía
en sus fuentes, olvidose la crítica de Vives, faltó
independencia y serenidad en el juicio, diose de mano a las
ciencias auxiliares, y ¡cosa rara! el escolasticismo, alcanzado
el absoluto imperio a que aspiraba, empezó a decaer
rápidamente, se durmió sobre sus laureles y
no produjo ya Sotos, ni Molinas, ni Vázquez, ni Suárez,
sino sumulistas y compendiadores de compendios y disputadores
en el vacío. ¡Y cuándo se durmieron precisamente
cuando se levantaba el cartesianismo y venían en pos
de él Malebranche y Espinosa. La ciencia escolástica,
que en el siglo XVI y en la primera mitad del XVII estaba
al nivel de la ciencia independiente, empezó a quedarse
atrasada. En la España de Carlos II quedaba todavía
mucho arte y mucha ciencia, aunque uno y otra decadentes,
pero no estaban en las universidades. Había que buscarlos
en aquel grupo de críticos históricos que se
reunían en la celda de Fr. Hermenegildo de San Pablo;
grupo formado por Nicolás Antonio, D. Juan Lucas Cortés,
el marqués de Mondéjar y otros; o en las producciones
de algún erudito que conservaba la tradición
antigua, más o menos alterada, o en las de los últimos
místicos, o en el teatro. El escolasticismo de las
aulas sólo despierta con algún brío
cuando asoma en nuestro horizonte científico la estrella
vivista del P. Feijóo. ¡Tan necesaria es una prudente
libertad en las indagaciones del espíritu! Y ahora,
si no temiera prolongar esta carta, mostraría cómo
el espíritu de la doctrina de Vives informa toda nuestra
civilización. Mostraría que a él debemos
lo poco o mucho que hemos trabajado en ciencias naturales;
que de él arranca una reforma en la enseñanza
de la teología y del derecho; que nuestra crítica
histórica, desde Juan de Vergara hasta el presente,
es una aplicación del vivismo; que él dio luz
y guía a los estudios de erudición y humanidades,
y que sin él nuestra literatura clásica del
gran siglo no hubiera tomado el sesgo que llevó y
que la condujo a la gloria. Haría ver que Vives tiene
todas las cualidades buenas del Renacimiento y ninguna de
sus exageraciones; que no es un fanático enemigo de
la Edad Media; que no condena en poco ni en mucho la civilización
cristiana, y que él fue el primero en señalar
las bellezas literarias de autores entonces tenidos por bárbaros.
Pondría en claro que toda restauración total
o parcial de los estudios en España ha sido restauración
vivista, y deduciría de todos estos hechos, y de otros
que puedo alegar y alegaré en su día, la necesidad
de volver a Vives para salvar la ciencia española
del olvido y de la muerte. Pero todo esto, Dios mediante,
hallará oportuno lugar en un libro que con el título
de Exposición e historia del Vivismo pienso escribir.
Libro será malo y rudo como de tosca pluma y pobre
entendimiento, pero útil si llama la atención
de los doctos hacia nuestra pristina y olvidada ciencia.
Siento, amigo mío, tentaciones de romper esta carta.
Ha salido larga, machacona, y llena de repeticiones. Parece
un quodlibeto escolástico de los malos tiempos. No
he escrito nada peor con haber escrito cosas tan malas. ¡Y
pensar que la he escrito en Florencia, en la moderna Atenas,
donde parece que aún vagan las sombras de Lorenzo
el Magnífico y de Angelo Poliziano, uno de mis amores
literarios más íntimos y verdaderos! También
es fatal coincidencia. Mas no es lo peor el estilo, ni el
haber escrito esta carta a pedazos y sin ver un libro. Es
el temor que me aqueja de haber hablado con irreverencia
del tomismo, sistema tan luminoso, tan sublime, tan fecundo.
Es, de otra parte, el recelo de haberme mostrado ingrato
con usted, que es todo bondad para conmigo, y que ha honrado
mis borrones de estudiante con elogios correspondientes sólo
a un trabajo maduro y sazonado, pero elogios que no olvidaré
nunca, porque sé que nacen de una alma nobilísima.
Decididamente rompo la carta... Pero no, porque anda mezclado
el buen nombre de Vives con el asunto. Lo mejor es remitírsela
a usted para que, una vez leída, haga de ella lo que
le plazca. Publíquela usted, si quiere; rásguela
o quémela si no, que nada se perderá en ello.
Pero en ningún caso la considere usted como réplica
a su artículo ni como escrito anti-tomista, sino como
observaciones y notas que tienden a explicar, más
que a defender, mi opinión en ciertos puntos. Suyo
siempre devotísimo. M. MENÉNDEZ PELAYO.
La ciencia española : polémicas, indicaciones y proyectos
por el doctor Marcelino Menéndez Pelayo
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