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    La ciencia española : polémicas, indicaciones y proyectos
     por el doctor Marcelino Menéndez Pelayo
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ArribaAbajoSegunda parte

Al Sr. D. Alejandro Pidal y Mon



ArribaAbajoDos artículos del Sr. Pidal sobre las cartas anteriores93


ArribaAbajo- I -

No hace muchos años que los eruditos y laboriosos investigadores de los tesoros literarios que encierran nuestras bibliotecas, paraban su atención, solicitada por tan extraño espectáculo, en un joven, casi un niño, que con un infolio en pergamino o con algún empolvado manuscrito delante, tomaba de cuando en cuando apuntes en unas cuartillas de papel con aquella naturalidad desembarazo que acusan largos hábitos y gran familiaridad en el trato y manejo de tan venerandas antigüedades.

La asiduidad con que concurría a su puesto, el carácter de letra de los manuscritos que estudiaba, el idioma en que estaban escritos los libros que pedía, unido con su tierna edad e infantil aspecto, despertaban de tal modo la curiosidad de los observadores, que en breve se esparció el rumor de que un nuevo erudito, ratón de biblioteca y tragador de polvo y de polilla, iba a salir a luz en la patria de los Gallardos, Calderones, Gayangos y Duranes.

Justificaba tal apreciación el relato de varias anécdotas que corrían entre los aficionados. Contábase el caso acaecido a uno de nuestros literatos más encargado de comentar los poetas españoles del siglo decimoctavo, y en cuyas laboriosísimas investigaciones no había podido dar con el códice manuscrito de cierto fraile poeta, viéndose obligado a consignarlo así en la obra, e inclinándose al parecer de que tales versos no existían; cuando días después recibió una carta suscrita por desconocido nombre en la que se le indicaba la biblioteca, la sala, el armario, el estante y el legajo en que los tales desconocidos versos dormían el sueño del olvido. Maravillose, al parecer, nuestro literato; corrió al sitio que se le indicaba, con gran desconfianza y temor de ser juguete de una broma, y halló en el mismo punto señalado las obras del poeta, inquirió diligente las señas de la casa del Colón de aquellas desconocidas rimas, y fuele a visitar agradecido. No le halló en ella, y decidió esperarle. Introdujéronle en una reducida habitación colmada de papeles y libros, y cuál no sería su asombro cuando, pensando hallarse con una hombre proyecto, cuyas canas justificasen su sabiduría bibliográfica, se encontró cuando, de vuelta ya nuestro erudito, penetró por fin en su habitación, con un joven imberbe, vestido con una chaquetilla y con más trazas de jugador de marro o de las cuatro esquinas, que de espolvoreador de archivos y desenterrador de códices apolillados. Entablaron conversación animada sobre puntos oscuros de nuestra literatura, y horas después, según es fama, salía el insigne literato haciendo cruces de ver compendiada tanta erudición en tan cortos, aunque tan bien aprovechados años.

Estos relatos y otros, como la noticia de que en un solemne certamen abierto por una rica casa editorial, y del que fueron jueces nuestros notabilidades literarias más ilustres, sólo se habían considerado dignas de premio dos obras, y abiertos los pliegos en que venía el respectivo nombre de su autor, se encontraron los jueces con que ambos trabajos llevaban el mismo nombre, que no era otro que el de nuestro joven, vinieron a aumentar nuestros ya vivos deseos de conocerle, deseos mezclados con el temor de que fuese el tal joven uno de esos prodigios de memoria en quienes la casi total ausencia de entendimiento abona la teoría de que una facultad se desarrolla siempre a expensas de las otras, y justifica el dicho vulgar de que la memoria es el talento de los tontos.

Conocímosle por fin una noche en unas modestas veladas literarias, en que no para hacer aparatosos alardes de postizos conocimientos, sino para estudiar y dilucidar detenidamente las cuestiones más importantes que nos ofrece la historia científica y política de nuestra patria, nos reuníamos algunos jóvenes, deseosos de aprender, y algunos ancianos de nombre ilustre en la república de las letras. Tratábase aquella noche de la decadencia de España en el reinado del último representante de la causa de Austria, y de su renacimiento en el del primer representante de la casa de Borbón; y habiendo hecho uso de la palabra personas ilustradísimas que habían estudiado de propósito el tema, y algún sabio encanecido en el estudio de la historia patria, parecía ya agotado el asunto, cuando el que esto escribe rogó al joven recién presentado, que hasta entonces había permanecido silencioso, que dijese algo de su cosecha sobre el particular, aunque ya nada nuevo pudiese, al parecer, decirnos.

Excusose con natural modestia al principio; pero vista nuestra insistencia, usó de la palabra incontinenti, y sin afectación ni pretensiones, y en un estilo claro y llano, y con un lenguaje castizo, desarrolló con tal novedad, profundidad y extensión el tema, demostrando tal copia de erudición, tan serena crítica y tanto ingenio, que desde entonces quedó para nosotros inconcuso no sólo que el joven en cuestión, además de una erudición vastísima, hija de largos y concienzudos estudios, poseía profundos conocimientos científicos, puesto todo al servicio de un entendimiento sólido y elevado, sino que la tan decantada decadencia literaria de España en el reinado de Carlos II, y su tan ponderado renacimiento en el de Felipe V, era uno de tantos lugares comunes, sin fundamento, inventados por la pasión y propalados por la ignorancia, como corren de boca en boca por los labios de los eruditos a la violeta del presente siglo.

Pocos días después, en el despacho del director de La España Católica, escuchábamos atentos unos cuantos aficionados a la literatura unas magníficas composiciones poéticas debidas al mismo joven. Eran unas versiones escrupulosamente hechas de los clásicos griegos y latinos y de los más afamados poetas italianos, ingleses, franceses, portugueses y lemosines, y aquel mismo día, y en la misma España Católica, veía la luz el primer artículo de aquella larga serie de estudios acerca de los jesuitas españoles en Italia, que tanto llamaron la atención de los críticos, y en los que tan soberanamente se demostraba lo atroz del desafuero cometido contra el saber, no menos que contra la justicia, la virtud y la religión, por aquel acto que ha calificado la historia con el nombre de bárbaro por boca de los mismos corifeos de la impiedad, que acaso por eso no vacilan en repetirlo.

Por aquellos días también adquirimos completas noticias de casi todos sus trabajos, publicados ya unos, inéditos otros y algunos por acabar todavía, y cuya sola enumeración asusta, pues fuera bastante cualquiera de ellos a ocupar la vida de un hombre, si habían de ser desempeñados con la conciencia que su asunto requería y con la que evidentemente los había él desempeñado todos. Tales eran los Estudios poéticos a que antes nos hemos referido; los Estudios clásicos, de que forma parte La novela entre los latinos, precioso opúsculo que deja agotada la materia y que presentó el autor como tesis doctoral al recibir este grado en la Facultad de Letras; el Ensayo bibliográfico y crítico sobre los traductores españoles de Horacio; el Bosquejo de la historia científica y literaria de los jesuitas españoles desterrados a Italia por Carlos III, de que ya hemos hecho mención; los Estudios críticos sobre escritores montañeses, inaugurados con el tomo referente a Trueba y Cosío, la Biblioteca de traductores españoles, que ha merecido el nombre de «tesoro de erudición biográfica y bibliográfica»; La historia de la estética en España; y finalmente, La historia de los heterodoxos españoles desde Prisciliano hasta nuestros días, digno pendant de La historia de los herejes italianos, que con gloria suya y de la Iglesia ha dado luz el inmortal César Cantú.

Tales y tantas obras, fundamentales las más de ellas, nos llenaron de admiración ante el mero desarrollo de sus planes. Planes asombrosos por la vastedad de su extensión, por el número y novedad de sus datos, por la naturaleza y copia de sus fuentes, por lo ordenado de su método y por la unidad de su pensamiento.

Y sin embargo, debemos decirlo, y lo diremos, nada de todo esto nos sorprendió tanto como la absoluta imposibilidad en que nos vimos de darle alguna noticia nueva, algún dato desconocido, alguna fuente ignorada, algún argumento o consideración importante, olvidado en el desarrollo de sus temas. Siempre que le apuntábamos el nombre de algún autor, el título de algún libro, las aseveraciones de algún crítico, la fuente de algún estudio, siempre nos confundía saliéndonos al paso, atajándonos en nuestra indicación y completando todo aquello que le decíamos con nuevos hechos y razones, que nos probaban, que no sólo conocía aquel escritor o aquella obra, sino que los conocía a fondo y sabía distinguir, tanto en materia de erudición como de doctrina, lo bueno de lo malo que en ellos se hallaba.

Y lo más notable de este saber y de esta erudición era que, como se echaba de ver en seguida, no habían sido adquiridos por segunda mano y en libros de referencia, sino en sus propias fuentes, bien fuesen éstas españolas o extranjeras, manuscritas o impresas, raras o comunes, antiguas o modernas; fuentes cuyo detenido análisis, así como el de sus comentaristas, traductores y plagiarios, nos hacía bajo el punto de vista filosófico de su doctrina, histórico de sus hechos, literario de su estilo, bibliográfico de su edición y hasta bibliománico de sus ejemplares, si éstos eran raros.

Así, sin exageración ninguna de nuestra parte, conocimos nosotros hace tres años al joven D. Marcelino Menéndez Pelayo, natural de la provincia de Santander y de edad ¡de diez y siete años!

Y dicho esto, vamos, con el respeto que nos merece y con la desconfianza de nuestras propias fuerzas que el caso nos impone, a juzgar su última producción, verdadera improvisación literaria, con algunas de cuyas aseveraciones nos atrevemos a no estar completamente conformes.

Titúlase esta producción Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la ciencia española, y dala comienzo un prólogo tan bien escrito como bien pensado del Sr. D. Gumersindo Laverde Ruiz, bien conocido en la república de las letras, paisano del autor, y cuya delicada salud le obliga a calificar esta última producción de su bien tajada pluma de su «testamento literario.»

Es el Sr. Laverde y Ruiz el porta-estandarte, por decirlo así, de los concienzudos entusiastas de la ciencia española, que, indignado ante el voluntario olvido en que la profunda ignorancia de los modernos sabios deja sumidos los tesoros de la sabiduría patria, para correr a rendir humilde tributo de admiración y de homenaje ante las más triviales y chavacanas producciones de la ciencia extranjera, ha dedicado su vida a la investigación y recuento de nuestros sabios teólogos, filósofos, eruditos y naturalistas, y de sus más notables producciones y descubrimientos más importantes, dándonos, como resultado de sus trabajos, la evidencia de nuestra superioridad científica, y como causa de nuestra actual decadencia el desconocimiento de nuestros grandes hombres y de los monumentos que produjeron, señalando, al mismo tiempo el modo de remediarla por medio de estudios críticos y de catálogos bibliográficos, y sobre todo, por la resurrección de nuestras antiguas universidades y la creación de cátedras para los diversos ramos de la ciencia española.

Gastó en esta noble cruzada sus juveniles fuerzas el Sr. Laverde, produciendo curiosísimos y eruditísimos trabajos; pero al cabo, «pasáronse los años», «marchitáronsele las ilusiones», «disipáronse sus esperanzas terrenales», «aumentaron sus desengaños», «desfallecieron a una su cuerpo y su espíritu», hasta el punto de retirarse a exhalar su último suspiro en el suelo bendito en que reposan las cenizas de sus abuelos»; pero sin arriar por eso su bandera, antes bien, manteniéndola enhiesta y tremolándola sobre los jóvenes adictos de la ciencia española.

Cuando he aquí que la Providencia le envía, cuando ya «enfermo y dolorido, nada le es dado hacer para unir la predicación al ejemplo», al joven Menéndez Pelayo, que, como dice Laverde, «él solo vale por un ejército», y ante refuerzo tan inesperado, se le ensancha el pecho, se le enardece el corazón, y como si ya no le aterrara la muerte, que pálida y callada se le aproxima, arroja el español ¿qué importa? exclamando: Non onmis moriar. Si yo me voy, «queda en pie V., joven alentado, corazón sano, cabeza potentísima, para continuar la tradición de mis ideas y proyectos, y conducirlos todos a feliz término y remate.»

Y en verdad que el resto de la obra que estamos examinando justifica plenamente sus esperanzas y consuelo.

Constituye su núcleo, como se echa de ver por el título, algunas polémicas sobre la existencia de la ciencia española, varias indicaciones sobre los medios de generalizar su conocimiento, y el proyecto de una obra fundamental acerca de los heresiarcas españoles, que no es otro que la introducción y el índice de dicha obra, compuesta por el autor y que en breve verá la luz, según tenemos entendido. Con decir que el libro que vamos examinando es, a pesar de haber sido escrito al correr de la pluma, para las columnas de un periódico, y sin más plan que las exigencias de la polémica, un manantial inagotable de erudición española, un tratado crítico de nuestra cultura intelectual, y un libro amenísimo escrito en lenguaje castizo y lleno de sal ática ad usum de los Don Hermógenes del krausismo, tenemos dicho todo cuanto de él se puede decir en conjunto, concluyendo por añadir que todo escritor español, más aún, católico, no puede prescindir de tenerlo sobre su bufete, si ha de contestar fácil y victoriosamente a los enemigos de nuestra fe, que niegan sistemáticamente la cultura intelectual de España, como prueba evidentísima de las tinieblas en que se sumen las naciones, donde sin rival impera señora y reina absoluta de los corazones y de los entendimientos la Fe católica revelada por Dios y por su Santa Iglesia.

Motivó las cartas que forman este libro una de tantas proposiciones como la soberbia pedantería racionalista, que desprecia a bulto y montón los tesoros de la Edad Cristiana, para prosternarse estática ante la última exhumación de alguna necedad, fiambre ya de muchos siglos, arroja desde lo alto de las cátedras que ha tomado por asalto, merced, antes que a nada, al abandono de la juventud católica, más gustosa, por regla general, y hasta ahora, de encerrarse en el cómodo pero estéril circulo de las declamaciones, exageraciones y pesimismos políticos, que de trepar por la áspera pero gloriosa cumbre del estudio y de la meditación, por donde tan airosamente asciende nuestro Menéndez Pelayo proposiciones que arrojan también desde las columnas de las revistas que forman ya, comparadas con los periódicos, los estudios serios de estas generaciones tan raquíticas de espíritu como de cuerpo para quienes sería empresa inverosímil atreverse con uno de esos libros con que se desayunaban nuestros mayores.

La tal proposición era más grave por ser hija de uno de los pocos escritores concienzudos que cuenta la secta, laborioso y de talento nada común. El Sr. Azcárate. Pero ¿qué pueden ver los ojos del entendimiento, por poderosos que de suyo sean, cuando los ciega la tupida venda que la pasión amarró sobre ellos?

Así fue que el Sr. Azcárate afirmó que por falta de libertad en la ciencia, España había perdido por completo su actividad científica durante tres siglos.

Pocos más a propósito para destrozar esta afirmación que Menéndez Pelayo. Para el que niegue el movimiento no hay mejor razón que moverse.

Menéndez Pelayo no se movió; pero a un solo signo de su pluma brotaron por encanto, como evocadas del fondo de sus olvidados sepulcros, legiones de sabios de todas clases que florecieron en España durante esos tres siglos, y cuyos nombres la fama, pasando callada sobre las cunas de sus ingratos hijos, repite todavía por los lejanos países que conservan, como cicatrices honrosas, los recuerdos de nuestra potente gloria.

Pero Menéndez Pelayo no se contentó con hacer desfilar esta procesión interminable por ante los ojos del escritor krausista; hizo más: hizo que cada uno de ellos le fuese enseñando, por decirlo así, su hoja de servicios, sus méritos, para él totalmente desconocidos. ¡Qué asombro! se nos concedía algunos teólogos; pero se creía que teólogos era cosa así como sacristanes, no hombres que pasaron su vida pensando en Dios y avalorando sus infinitas perfecciones; se nos otorgaban algunos místicos, como quien dice, algunos beatos, ponderando todo lo más su lenguaje, pero sin reconocer su intuición poderosa, a la luz de la cual descubrieron los arcanos de la eternidad en medio de las efusiones del amor divino; se confesaban nuestros poetas, novelistas y dramaturgos; pero como válvula que la conspiración tenebrosa contra nuestra libertad dejó abierta a las expansiones inevitables de la inteligencia, no como fruto natural y lozano del árbol frondoso de nuestro ingenio, que engalanó con sus flores la imagen de la verdad que en nuestros altares se veneraba. ¡Pero filósofos! ¡pero naturalistas! ¿por dónde?

Vedlos ahí; ahora pasan, con su genio profundo y filosófico verdaderamente español, con su erudición, con sus verdades. ¿No os asombráis, racionalistas? Lo comprendo, pero prosternaos ahora y adorad, porque pasan también con sus errores.

Con sus errores, sí; son esos errores que el buen sentido nacional dejó morir sobre el para ellos estéril suelo de la patria, y que vosotros adoráis, hoy que os los presentan con papel dorado y con etiqueta francesa y alemana, como las novísimas revelaciones de lo absoluto.

Ahí los tenéis, la duda de Cartesio, el escepticismo de Hume, el sensualismo de Locke, el empirismo de Bacon, el panteísmo de Espinosa. Ahí los tenéis, adoradlos. Vives, Gómez Pereira, Sánchez, Huarte, Servet, os los presentan; inscribid sus nombres en las lápidas del templo, que el día que se realice el ideal de la humanidad en el archipiélago de la Oceanía, elevaréis a la lenteja.

¿No podéis? Lo comprendo; sus errores no eran errores trascendentales. Todos eran errores sometidos a la fe. La Iglesia no los perseguía; no podéis por lo tanto glorificarlos; sólo hay aquí una víctima de la intolerancia, Servet; pero no lo ha quemado la inquisición, le achicharró el libre examen. ¡Qué desgracia!

Y después de los filósofos como Báñez, Soto, Téllez, Vázquez, Rodrigo de Arriaga, Henao, Toledo, Bernaldo de Quirós, Pererio, Molina, Suárez, Sepúlveda, Fonseca, Pedro Juan Núñez, Cardillo de Villalpando, Martínez de Brea, Gouvea, Montes de Oca, Luis de Lemus, Pedro Monzó, Simón Abril, Vicente Mariner, Luis Vives, Foxo Morcillo, Núñez, Herrera, el Brocense, Sánchez, Gómez Pereira, Vallés, Isaac Cardoso, Huarte, Doña Oliva Sabuco de Nantes, Pedro de Valencia, Quevedo, Caramuel, Nieremberg, Tosca, Nájera, Feijóo, Hervás y Panduro, Forner, Viegas, Andrés, Eximeno, Martínez, Piquer, Ceballos, Valcárcel, Rodríguez, Pérez y López, Castro, y Arteaga, vendrán los políticos, como Foxo Morcillo, Mariana, Furio Seriol, Rivadeneyra, Santa María, Márquez, Navarrete, Quevedo, y Saavedra, que escribieron con más libertad bajo reyes como Felipe II e inquisidores como Torquemada, que pueda hoy escribir periodista alguno de oposición en materias de gobierno, cuyos libros, como dice Menéndez Pelayo, escritos casi todos con gran libertad de ánimo, y llenos algunos de las más audaces doctrinas políticas, no fueron (ni uno sólo, entiéndase bien) prohibido por el Santo Oficio, ni recogido por mandamiento real, a pesar de que en ellos o en los trabajos que de ellos derivaban se sostuviera públicamente, no ya que fuera lícito matar al tirano, sino que el gobierno democrático era mejor que el monárquico y aristocrático, como se propuso sostener en sus conclusiones, publicadas en 1634, el Padre Agustín de Castro, de la Compañía de Jesús.

¡Hasta tal punto estaba sofocada por la tiranía del Estado, como afirma el Sr. Azcárate y su escuela, la actividad o libertad científica en España durante estos tres siglos!

Hacemos gracia a nuestros lectores de la interminable tarea de escritores de ciencias sociales y económicas que la implacable erudición del Sr. Menéndez Pelayo obliga a desfilar ante los ojos del escritor krausista, así como la de los orientalistas, hebraizantes, humanistas, griegos y latinos, arqueólogos, historiadores y naturalistas, si bien su corazón hubo de ablandarse cuando le llegó el turno a la consabida válvula, o sea a los grandes astros de nuestra literatura, contentándose sólo al fin con cerrar esta gloriosa columna con algunos sabios originales, como el benedictino Ponce de León, que imaginó el arte de enseñar a hablar a los sordo-mudos; y con poner término a su carta con una instancia a los gobiernos y academias para que fomenten los estudios patrios, si no quieren ver realizada la tremenda profecía de Valera con que acaba y dice así, «Quizá tengamos que esperar a que los alemanes se aficionen a nuestros sabios, como ya se aficionaron a nuestros poetas, para que nos convenzan de que nuestros sabios no son de despreciar. Quizá tendrá que venir a España algún docto alemán para defender contra los españoles que hemos tenido filósofos eminentes.»

Esta última parte de la profecía del Sr. Valera ha salido fallida: el alemán no hace falta.

Y no por falta de españoles (si es que basta para serlo haber nacido en España) que niegan la existencia de nuestros filósofos, pues apenas vio la luz pública la carta del Sr. Menéndez Pelayo, cuando, como si se sintiera herido en las entretelas de su corazón, enristró la pluma el señor Revilla, joven de claro y agudo ingenio, de gran facundia y no vulgares conocimientos, aunque afeado todo por un sabor volteriano que ofende, y por las tenebrosas enseñanzas de sus sibilíticos maestros. El Sr. Revilla ha sido primero krausista; después conoció lo vacuo de esos idealismos panteístas, y fue positivista. «Hoy, como dice el señor Menéndez Pelayo, pasa por neo-kantiano; pero lo cierto es que siempre ha militado en las filas de la impiedad, con una u otra bandera.»

Sea de esto lo que fuere, el Sr. Revilla escribió un artículo en la Revista Contemporánea con motivo de la entrada en la Academia del Sr. Núñez de Arce, refutando al Sr. Valera, y censurando a los Sres. Laverde y Menéndez Pelayo, por sus afirmaciones sobre la ciencia española; artículo que viene a ser una paráfrasis de la proposición del Sr. Azcárate, sazonada con todos aquellos naturales ornatos de la escuela, o sean las consabidas declamaciones sobre el despotismo, la superstición, la intolerancia, y finalmente, la INQUISICIÓN, «coco de niños y espantajo de bobos», como la llama Menéndez Pelayo; socorrido «Deus ex machina que les viene como llovido en las situaciones apuradas», para resolver los más intrincados problemas de nuestra historia, ornatos que califica con extremada agudeza el Sr. Pelayo de «Sinfonía patriótica sobre motivos inquisitoriales.»

En este artículo asevera el señor de la Revilla que «en la historia científica de Europa no somos nada (los españoles)», que la tan «decantada filosofía es un mito», y que «en la historia de la filosofía puede suprimirse sin gran menoscabo la parte relativa a España.»

Oportet hœresœs esse, dijo San Pablo, y repite oportunamente con este motivo el Sr. Laverde en su prólogo-carta al Sr. Pelayo. Si el señor de la Revilla no hubiese escrito las anteriores frases, no hubiera escrito tampoco Menéndez Pelayo su incomparable refutación en la carta que lleva por título Mr. Masson Redivivo, y en la que, comparando al señor de la Revilla con el escritor enciclopedista que tan injustamente trató a España en aquel monumento de la ignorancia del siglo XVIII, cierra con su «eco póstumo», y le prueba por activa y por pasiva, con hechos y razones, que somos mucho en la historia científica de Europa, que no son un mito los filósofos españoles y que no puede suprimirse, sin gran menoscabo de la historia de la filosofía, la parte relativa a España; y no es lo peor que le pruebe esto, sino el modo y manera con que se lo prueba, poniendo tan de relieve las contradicciones y las inconsciencias de los modernos sabios, que el lector no sabe qué admirar más, si la erudición que atesora o si la gracia y el chiste con que la presenta en confirmación evidente de lo hueco y vacío de las declamaciones de los sabios que construyen su propia ciencia, como inteligencias que son abiertas a todo viento de doctrina.

Pero como si los Sres. Azcárate y Revilla no se bastaran por sí solos para despojar a España de sus más esclarecidas glorias, testimonio vivo de la benéfica influencia de su religión, acudió a la palestra, bien que indirectamente, no ya un discípulo aventajado de la secta, como los dos citados, «sino un hierofante, un Pontífice máximo, un Patriarca del krausismo, jefe reconocido de cofradía, personaje conspicuo, varón integérrimo y severísimo, especie de Catón revolucionario, grande enemigo de la efusión de sangre, y mucho más de la lengua castellana.» «Todos le conocemos», añade el Sr. Pelayo, ¿Y quién no le conocerá ante semejante retrato trazado de mano maestra, por más que el Sr. Menéndez no quiere nombrarle, «porque al cabo ha sido discípulo suyo, y le debe, entre otros inestimables bienes, el de afirmarse más y más cada día en las sanas creencias y en la resolución de hablar claro... per contrapositionem a las enseñanzas y estilo del referido maestro?»

Éste, pues, «eximio metafísico», ha puesto un prólogo «largo, grave, majestuoso, sibilino, y un tanto soporífero, al libro de cierto positivista yankee, traducido nada menos que directamente del ¡inglés! por una «persona muy honorable (¡manes de Cervantes, sed sordos!)» y en el cual después de aplaudir un libro que dice que «la ciencia nació en Alejandría» y que los Santos Padres fueron hombres ignorantísimos, sin instrucción ni criterio, llama a la mística, sublime cópula entre el Oriente y la Grecia, y nos habla en un idioma que, como dice Menéndez Pelayo, debe ser «castellano de Morería o latín de los Estados-Unidos», de la solidaria continuidad y dependencia de unas determinaciones individuales con otras que permiten inducir la existencia de un todo y medio natural que constituye interiores y particulares centros, donde la actividad se concreta con límite peculiar cuantitativo y sustantiva cualidad en íntima composición de esencia factible o realidad formable y poder activo formador. Este escrito, que presenta a los católicos en perspectiva la justicia de la espada, y que aplaude las persecuciones religiosas de Alemania, después de hablar con evidente ignorancia de nuestra historia del fanatismo de la clerecía en España, a la que llama con desdén Patria de los dominicos y de los jesuitas, asegura que, «mientras los demás pueblos europeos convertían mediante el Renacimiento y la Reforma a propia libre reflexión su espíritu y se despertaban a la observación diligente y profunda, nosotros quedábamos adheridos y como petrificados en las viejas imposiciones dogmáticas»; «error histórico imperdonable, aunque, como dice Menéndez Pelayo, se explica bien en un sabio que no lee libros viejos y construye su propia ciencia.»

Pero a bien que, si el maestro no sabe, aquí está el discípulo que le enseñe, si no con el merecido acompañamiento de palmeta, con cada cogida capaz de poner espanto en el más imperturbable constructor de ciencias, mediante la propia libre reflexión de su espíritu, abierto a todo viento de doctrina y libre de todo yugo o imposición dogmática; y es lo cierto que, si él no aprende, los demás aprendemos que los oráculos del krausismo en España son una casta de impíos, con cuya impiedad sólo compite su ignorancia, siendo ambas sólo superadas por el inaguantable barbarismo de su lenguaje.

Dejemos pues, a un lado al maestro, y volvamos a su antiguo discípulo el señor de la Revilla, que con más ingenio y más literatura (causa sin duda de lo poco que pernoctó en la escuela), volvió a la carga en otro articulo, en el que, ampliando sus aseveraciones anteriores, y confirmándolas de nuevo, se desata en toda clase de invectivas contra la «generación educada en las bibliotecas con estudios de cal y canto»; contra los neo-católicos, inquisitoriales, defensores de instituciones bárbaras; que tales son, a los ojos de los defensores del moderno germanismo, los paladines sostenedores del buen nombre y de las glorias tradicionales de nuestra patria.

Y comprendemos perfectamente la ira del señor de la Revilla, no contra la generación (¿dónde está por desgracia?) sino contra los individuos educados en las Bibliotecas, con estudios de cal y canto. Al señor de la Revilla le gustan más, y tiene razón, las generaciones de católicos educadas en la redacción de algún periódico donde sólo aprenden a declamar contra el liberalismo y la civilización moderna, sin pararse a investigar las razones y causas, y alcance y sentido de su justa condenación, y donde sólo aprenden a lanzar excomuniones a troche y moche sobre todo el que se permite no seguir las exageraciones de su carácter o de su mal humor; generaciones que cuando llega el caso y ven alzarse enfrente de sí enemigos serios de la religión y de la patria, se encuentran desprovistos de armas científicas y doctrinales con que combatirlos, y tienen que limitarse a huecas declamaciones de un vago sentimentalismo, o reducirse a un silencio vergonzoso.

Contra esta generación no le va del todo mal a la generación que, como dice el Sr. Menéndez Pelayo, «disputa en el Ateneo de Omni re scibili, y se propone transformar el Cristianismo ni más ni menos que si se tratase de remendar unos calzones viejos»; contra la que siguiera las huellas del Sr. Pelayo, ya sería otra cosa. Ésta no declamaría lugares comunes, razonaría con arreglo a la lógica, no negaría los hechos que ignorase, aduciría los pertinentes evidenciándolos y explicándolos, no se encerraría en vanas excomuniones y demostraría con documentos lo fuera de las vías de la razón y de la verdad que iban los enemigos de la religión y de España.

Lean nuestros lectores la segunda carta que el señor Menéndez Pelayo dedica, no ya a Mr. Masson Redivivo, sino a Mr. Masson Redimuerto, y encontrarán de sobra justificado su título con las inestimables páginas que emplea en probar que la intolerancia religiosa no influyó en poco ni en mucho en las ciencias que no se rozaban con el dogma; que los expositores e investigadores que florecieron en nuestra patria son dignos de honrosa memoria; que el que en las historias de la ciencia se hable poco de los españoles, no reconoce otra causa que el ser sus autores extranjeros, y el que siempre fueron los españoles pródigos en hazañas y cortos en escribirlas; que a españoles se deben las invenciones del nonius, de las cartas esféricas, de la circulación de la sangre, del suco nérveo, de que los colores son la lux refracta, reflexa ac disposita; del Platino, de los rudimentos del telégrafo eléctrico, de infinidad de plantas y minerales; así como de hipótesis geológicas, de descubrimientos médicos, del arte de enseñar a los mudos y del de enseñar a los ciegos; y en cuanto a la filosofía, que no sólo hubo filósofos eminentes, sino que éstos constituyeron escuelas a las que se afiliaron nombres ilustres de otros países, y que no fue el éxito, sino la fama del éxito, lo que les faltó a estos filósofos, de los cuales se puede decir que «más se olvidaron sus nombres que sus doctrinas.»

Pero, ¿qué digo? lean nuestros lectores esta carta, lean todo el libro; que en él encontrarán, además de estas cartas, tres capítulos titulados de Re Bibliographica en que propone tres medios para reparar la ignorancia hoy generalmente sentida respecto a nuestra historia científica. Fomentar la composición de monografías bibliográficas y de monografías expositivo-críticas, y crear seis cátedras nuevas en los doctorados de las facultades, con otras instituciones encaminadas al mismo propósito. ¿Sabéis cuáles son estas instituciones? Escuchadlo, «espíritus fuertes, libres de imposiciones dogmáticas y esclavos del primer charlatán que los embauque, tétricos y cejijuntos krausistas, discutidores de ateneo, traductores aljamiados, alegres gacetilleros, generación novísima de dramaturgos y novelistas fisiológicos, escuchadlo: son los frailes.

En él encontrarán además abundante copia de noticias y datos bibliográficos, curiosas observaciones histórico-críticas, párrafos tan elocuentísimos y tan magistralmente escritos como el relativo a los místicos españoles, juicios filosóficos tan notables como el del Vivismo, y profesiones de fe católicas y españolas tan magníficas como la siguiente, que, como modelo en el género, trasladamos, para, contento de los verdaderos sabios y asombro y risa de los que se lo llamen sin serlo:

«Soy católico, dice con acento firme sereno el señor, Menéndez Pelayo, contestando a las imputaciones del señor de la Revilla, no nuevo ni viejo, sino católico a machamartillo, como mis padres y abuelos, y como toda la España histórica, fértil en santos, héroes y sabios, bastante más que la moderna. Soy católico, apostólico, romano, sin mutilaciones ni subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad ni a la heterodoxia, en cualquiera forma que se presenten, ni rehuir ninguna de las lógicas consecuencias de la fe que profeso; pero muy ajeno, a la vez, de pretender convertir en dogmas las opiniones filosóficas de éste o el otro doctor particular, por respetable que sea en la Iglesia.

»Estimo, cual blasón honrosísimo para nuestra patria, el que no arraigase en ella la herejía durante el siglo XVI, y comprendo, y aplaudo, y hasta bendigo la Inquisición como fórmula del pensamiento de unidad que rige y gobierna la vida nacional a través de los siglos, como hija del espíritu genuino del pueblo español y no opresora de él, sino en contados individuos y en ocasiones rarísimas. Niego esas supuestas persecuciones a la ciencia, esa anulación de la actividad intelectual y todas esas atrocidades que rutinariamente y sin fundamento se repiten, y tengo por de mal gusto atrasadas de moda lucubraciones como la del señor de la Revilla. No necesitamos, en verdad, ir a Alemania ni calentarnos mucho los cascos para aprender todo eso. Ya lo sabían los bienaventurados liberales del año 20.»

Y en él encontrarán por fin un capítulo VII, relativo a los heterodoxos españoles, del que no se puede decir una palabra, pues es necesario leerlo para formar cabal juicio de su mérito extraordinario, tanto por los conocimientos que revela, como por la fe ilustrada y el patriotismo sensato que respira.

Todo esto, y mucho más que omitimos, encontrarán nuestros lectores en este epistolario, en que, dirigiéndose a su paisano y amigo el Sr. Laverde, ha triturado tan por completo a los Sres. Azcárate, Salmerón y Revilla, eminencias de la ciencia racionalista en España, reduciéndolos de tal modo al silencio, que el primero se ha visto precisado a decir que en los tres siglos de falta de actividad científica a que se refería, no, incluía al siglo XVI, sino al XIX; y al último, a pesar de su indisputable talento y de sus grandes medios, sólo se le ha ocurrido abandonar el campo con una salida tan impertinente como desventurada diciendo que no quería continuar la polémica, para evitar que a su costa se fabricasen reputaciones ilegítimas, añadiendo en otro lugar que el Sr. Menéndez Pelayo es un neo indigesto y atrabihario, notable sólo por su apego a las más rancias preocupaciones, y su odio a toda idea de libertad y de progreso.

Palabra que, aparte aquello de reputaciones ilegítimas, que no tiene precio, se parecen bastante a las que el pavo de la fábula arrojaba al cuervo, viéndose en la imposibilidad de seguir su vuelo.

Y examinando ya, aunque muy superficialmente, el trabajo del Sr. Menéndez Pelayo, otro día, y en otro artículo, expondremos nuestro diferente modo de pensar en algunos de los interesantísimos puntos que en él trata con tan indisputable superioridad este nuevo atleta de la Religión católica y de la ciencia patria, de quien se puede decir que si sigue estudiando con la misma aplicación y provecho y Dios le concede larga vida, será con el tiempo la personificación majestuosa de la ciencia española que se levanta en el último tercio del siglo XIX, para derramar sobre los hijos espurios de la patria que corren tras los fuegos fatuos de la impiedad extranjera, los raudales de luz que el sol de la verdad católica arrojó en tiempos más felices sobre el glorioso suelo español.

ALEJANDRO PIDAL Y MON.




ArribaAbajo- II -

Pocos son los días que, por una u otra razón, no recordemos una chistosa aunque amarga y profunda caricatura que vio la luz no ha mucho tiempo en un periódico ilustrado del extranjero. Representaba esta caricatura tres cucañas de esas que, con un premio en lo alto, levantan en forma de un palo, untado de sebo, en las plazas de nuestros lugares en los días de fiesta y de regocijo. Por la primera, trepaba un robusto mozo en presencia de un numeroso público que le animaba con sus voces y ademanes para que llegase a desatar el premio, y un rótulo decía debajo en caracteres rojos: Cucaña francesa. Por la segunda ascendía otro individuo, y la gente lo veía subir silenciosamente, aunque atenta, y otro rótulo de letras blancas decía al lado: Cucaña inglesa. Por la última se esforzaba en subir un tercero, y la gente que por allí había, en vez de ayudarle en su ascensión o de verle subir tranquilamente, procuraba desanimarle con gritos y silbidos, y hasta había algunos que se colgaban de sus pies para echarle abajo. Esta tercera y última cucaña ostentaba en caracteres negros este lema: Cucaña española.

Y así es, en efecto. Apenas despunta en nuestra patria una notabilidad en cualquier arte o ciencia, y se apresta a trepar con brío por las ásperas cumbres de la gloria, cuando le sale al encuentro la ruin envidia, que, como herencia, nos legaron, con su sangre, los moros, para hacer estériles sus esfuerzos introduciendo en su ánimo el desaliento y la confusión.

Y luego los mismos que esto hacen se quejan de nuestra falta de sabios y de artistas.

Estos mismos días vimos en un periódico de esta corte amargas quejas y lamentos porque los estudios históricos no florecían en España, y en el mismo periódico y por aquellos mismos días se censuraba agriamente el que la Academia de la Historia, respondiendo a los fines de su instituto hubiera elegido para académico a uno de nuestros más ilustres epigrafistas, infinitamente más conocido en el extranjero que en España, al sabio hijo de San Ignacio, el P. Fidel Fila.

No, no nos faltan, ciertamente, sabios; lo que falta en España, por desgracia, es público que los estudie y gobiernos que los protejan.

¿No tenemos bien a la vista numerosos ejemplos de hombres doctísimos, cuyas obras, que corren impresas por el extranjero, apenas son conocidas en España?

Citemos, entre mil que pudiéramos, tres ejemplos:

D. Aureliano Fernández-Guerra, verdadera gloria nacional, sabio historiador e ilustradísimo literato, cuyos trabajos encomian los sabios alemanes con admiración y con respeto, tiene, entre sus colosales trabajos históricos, propios de un benedictino, escrita una obra histórico-geográfica referente a épocas y lugares importantísimos de España. Fragmentos de esta obra han visto ya la luz en Alemania. En España no se ha podido publicar, porque el Sr. Fernández-Guerra, modesto empleado que fue en la dirección de Obras públicas, no podía costear la edición de una obra que, de seguro, en España no se habría vendido.

D. Pascual Gayangos, cuyo nombre es familiar a todo literato en Inglaterra y Francia, recorre hoy los archivos de España, es verdad, pensionado... ¿por el gobierno español, o por encargo de alguna rica casa editorial? No; por encargo del Gobierno inglés, que, más atento que los nuestros a sus grandes intereses intelectuales, tan íntimamente relacionados con los morales y materiales, desea conocer los documentos referentes a su historia que encierran los archivos españoles.

El difunto marqués de Pidal, de cuyas condiciones personales no hemos de decir una sola palabra, pero cuyo nombre, conocido de antiguo en la república de las letras, y la circunstancia de haber encontrado en los archivos de la Inquisición documentos inéditos importantísimos, parece que debía despertar la curiosidad sobre una obra histórica relativa al punto más importante de nuestra historia, tuvo que regalar la edición que hizo de Las alteraciones de Aragón durante el reinado de Felipe II, mientras M. Magnabal, que la tradujo al francés, vendió en el extranjero con profusión la misma obra.

Estas reflexiones, que casi sin querer se nos vienen a los puntos de la pluma, atraídas por sucesos recientes, tienen aquí un lugar oportuno, tratándose del joven español, D. Marcelino Menéndez Pelayo.

Apenas vio la luz pública nuestro artículo referente a este ilustradísimo joven, en La España del sábado último, cuando algunas personas se apresuraron a tacharlo de hiperbólico, fundadas en que, si no hubiese exageración en lo que decíamos, el Sr. Menéndez Pelayo sería mucho más conocido; error manifiesto e imperdonable en personas que conocen nuestro modo de ser.

Hubiera nacido en Francia o en Alemania el Sr. Pelayo, y tendría fuerza el argumento; hubiera él sentado plaza en las filas del armonismo, del neo-kantismo, o del positivismo; escribiera en tono dogmático y sibilino párrafos en jerga de la moderna germanía, o frecuentase el Ateneo, el Casino de la prensa o el salón de Conferencias del Congreso, y ya sería otra cosa. La Correspondencia nos tendría al pormenor hasta de sus más íntimos detalles; pero tratándose de un individuo de la generación que se educa con estudios de cal y canto; tratándose de un ultramontano, que es ultramontano porque sabe, y que no vocifera en los clubs, ni excomulga desde los periódicos, ¿quién se ha de acordar de él como no sean los que, aunque de lejos, siguen el movimiento del verdadero progreso intelectual de nuestra patria? Y los que esto hacen, se encuentran con que, lejos de ponderar con exceso los merecimientos de Menéndez Pelayo, los hemos expuesto con moderación manifiesta, por temor a la inverosimilitud que de su cotejo con la edad de su poseedor resulta.

Pero más audaces (sin duda por la autoridad que les asiste) pregonáronlos filósofos ilustres, como fray Zeferino González, y Caminero; literatos y críticos, como Laverde y Ruiz, y Milá y Fontanals; y escritores, como el P. Mir, el cual asegura «que contrasta a maravilla el verdor de sus años con la grandeza del ingenio, la madurez del juicio y su erudición inmensa y bien aprovechada», «que sus obras honrarían a cualquier autor, cuya cabeza hubiera encanecido en el estudio, y cuya pluma se hubiese ejercitado largos años en escribir sobre las cuestiones más arduas y difíciles», asegurando Laverde que «ha dado muestras de estar cortado por el patrón de los Nebrijas, Vives y Brocenses», y que «el caudal de doctrina y de noticias (muchas harto nuevas), la madurez y penetración de juicio, la destreza polémica, el orden amplio y desembarazado, y la soltura, originalidad y abundancia de estilo que ostenta en sus Cartas, hácenlas dignas de ponerse con los dechados del género en nuestra lengua», considerando «maravilloso en un joven de veinte años tal conjunto de cualidades, que pocas veces aparecen reunidas», y llamándole «émulo de Burgos» por sus Estudios poéticos; todo lo cual autorizó a Caminero para considerarle ya como «una gloria nacional», y para que el P. Zeferino, en cartas que tenemos a la vista, declare que, «atendidos su extraordinaria erudición, su criterio recto y, bastante seguro, podrá ser con el tiempo una gloria del Catolicismo y de España y una espada temible a los adversarios de la patria y de la Iglesia.»

¿Qué tiene, pues, de extraño que nosotros, que después de todo no hemos hecho más que relatar sucesos y mencionar hechos incontrovertibles, rindamos tributo a tales merecimientos, haciendo por fin nuestras estas palabras de Laverde relativas a Menéndez Pelayo: «Niéguenle su admiración con afectada superioridad la ruin envidia y la vanidosa pedantería; yo no sé reprimirla ni quiero disimularla; hallo en abandonarme a ella especial fruición mezclada de noble y legítimo orgullo?»

Y dicho esto, fácilmente se comprenderá la natural repugnancia y embarazo con que entramos en la segunda parte de nuestro estudio, descartada ya la primera, que consistía en dar a conocer a nuestros lectores a Menéndez Pelayo y la victoria que sobre los ejércitos racionalistas había obtenido.

Pero si el nombre y las condiciones de Menéndez Pelayo nos imponen cierto justo temor al oponer a algunas de sus afirmaciones doctrinales otras nuestras, aliéntanos en tan difícil empresa la firme y arraigada convicción que abrigamos de la bondad y la justicia de la causa que defendemos.

¿Hay filosofía española? ¿Fue ésta la mayor manifestación de nuestro genio? En la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos, ¿debemos volver los ojos, para reparar tanto daño, a la filosofía española?

He aquí, con la mayor claridad que es dado a nuestra tosca pluma, planteados los tres problemas más fundamentales relativos a la existencia, importancia y valía de la ciencia española en su parte filosófica o especulativa.

Procedamos con método y procuremos fijar bien los términos de cada cuestión. ¿Hay filosofía española? Si por filosofía entendemos aquel conocimiento de verdades relativas a Dios, el mundo y el hombre, que con determinadas limitaciones nos da la ciencia filosófica, claro está que no puede haber filosofía española, ni alemana, ni francesa, porque ni la verdad tiene patria, ni los conceptos de Dios, del hombre y del mundo se pueden encerrar en los estrechos límites de una nacionalidad cualquiera.

Si en vez de considerar la filosofía bajo el punto de vista de su organismo científico, la consideramos bajo el punto de vista de su desarrollo histórico, claro es que, allí donde haya habido filósofos habrá habido filosofía, y en este punto el Sr. Menéndez Pelayo ha puesto la ceniza en la frente a los Sres. Azcárate, Sanz del Río, Salmerón y Revilla, como dijimos ya en otra parte.

Pero la existencia de filósofos en un país, ¿autoriza para bautizar con su nombre a un organismo científico, cuando no se considera el aspecto histórico de la ciencia? Más claro: ¿se puede decir, en lenguaje técnico, filosofía alemana y filosofía española? Distingo: si los caracteres generales o dominantes de todos los filósofos de aquel país coinciden en una nota característica, sí; si no, no. El término filosofía alemana, en rigor, es malo (siempre bajo el punto de vista filosófico, no histórico), porque comprende bajo una común denominación filosofías tan distintas y aún opuestas como las de Leibnitz, y Hegel; y sólo se le admite en cuanto, bajo este nombre, comprendernos el conjunto de los sistemas que, a partir de Kant y hasta Krause, vienen más o menos informados por la nota común y característica del idealismo panteísta.

En este sentido, propiamente hablando, no se puede decir que hay filosofía española; pues la única nota característica de gran importancia que une a casi todos nuestros filósofos y sistemas es la del Catolicismo; pero esta nota, considerada sólo, por decirlo así, negativamente, es muy vaga y no basta para dar carácter a una filosofía. Para que el Catolicismo imprima este carácter, no basta que en ella se salve el Catolicismo quo ad substantiam; es necesario, como dice elocuentemente el sabio filósofo español Fray Zeferino González, «que el principio católico se revele y palpite en el fondo de la solución no sólo de todos los grandes sino hasta de los secundarios problemas filosóficos, es necesario que el principio católico informe y vivifique el organismo filosófico hasta en sus derivaciones más remotas y en sus miembros todos, a la manera que el alma informa y vivifica y extiende su acción hasta las extremidades y partes menos principales del cuerpo.»

Así, pues, podremos decir, contra lo que creen los racionalistas, que en España hubo filósofos ilustres y originales, fundadores de sistemas tan célebres como el senequismo, el isidorianismo, el averroísmo, el maimonismo y principalmente el lulismo (no admitimos el suarismo como sistema filosófico distinto del tomismo) y el vivismo, podremos decir que estos últimos sistemas representan las tendencias del genio nacional en dos momentos distintos de su historia; podremos decir que sería incompletísima toda historia de la filosofía que no tuviese en cuenta estos y los anteriores sistemas que florecieron en España; pero no podemos decir que, con nombrar la filosofía española, hemos indicado una tendencia importante, ya porque fuese común a los filósofos, como cuando al decir alemana nos referimos al idealismo panteísta, que en su momento más importante domina; ya porque fuera única y universalmente reconocida su trascendencia, como cuando decimos francesa nos referimos al cartesianismo, única y trascendental, aunque con bien infausta trascendencia, filosofía original y propia que poseen los franceses.

¿Fue la filosofía la mayor manifestación de nuestro genio?

Entendiendo por filosofía los sistemas puramente filosóficos a que hemos aludido, no; pues por eminentísimos que fueran, que lo fueron mucho, nuestros filósofos, y por variados y completos que fueran sus sistemas, más brillaron todavía nuestros teólogos y nuestros literatos, sin que por eso pretendamos nosotros disminuir en lo más mínimo el mérito que en ellos, con mayor fundamento que nosotros, reconoce el Sr. Menéndez Pelayo.

En la ruina de toda verdadera filosofía, a que asistimos, ¿debemos volver los ojos a la filosofía española?

Entendiendo por filosofía española el senequismo, el averroísmo, el maimonismo, el lulismo y el vivismo, claro es que no; y la razón es obvia: el error total sólo con la verdad total se destruye, y para nosotros la verdad total ni se contiene en esos sistemas incompletos unos, erróneos otros, y otros, a nuestro humilde parecer, un tanto kabalísticos o un tanto eclécticos.

No faltará seguramente alguno que, al leer nuestras respuestas, no acierte a comprender cómo salen de nuestra pluma semejantes afirmaciones, ni pueda concordarlas con todo lo que anteriormente llevamos dicho; pero su asombro cesará fácilmente cuando le hayamos manifestado el resto de nuestra opinión sobre el asunto, con lo que se da fácil solución a todas estas dudas.

Si alguna filosofía merece el nombre de filosofía en absoluto, el nombre de perennis philosopha que dijo Leibnitz, y el nombre de filosofía española en particular, no es otra que la grande y sublime filosofía escolástica, tal como la fijó la diestra inmortal del doctor angélico Santo Tomás de Aquino.

España, fiel a la tradición de las escuelas cristianas de Sevilla y de las mozárabes de Córdoba, vio con pena arribar a sus costas al averroísmo, el gran corruptor de la filosofía de las escuelas, y vio, a ruegos de uno de sus mayores Santos, venir escrita especialmente para ella misma la Suma contra gentiles de Santo Tomás de Aquino. Los hijos de Santo Domingo de Guzmán, maestros en esta filosofía, esparcieron su conocimiento en España, cuna de su Orden, y cuando la cristiandad llamó a concilio a sus sabios, España asombró a la cristiandad, convocada en Trento, con el número y calidad de sus filósofos y teólogos.

La filosofía escolástica, esta filosofía a la que Leibnitz llamaba filosofía española, no tenía nombre particular, porque no era una idea ni sistema parcial, una invención particular; era la verdad toda, y completada por la teología, que explicaba a su vez, formaba un todo vivo y compacto, un verdadero organismo científico, al que venía estrecho el nombre de filosofía, y al que hubiera sido menoscabar bautizarle con un nombre particular que no fuera el de filosofía del Ángel de las Escuelas.

Y no porque no tuviera nombre indígena como el vivismo o el lulismo, ni pudiera llamarse a secas filosofía, dado que estaba completada con la teología, formando completo y acabado organismo, hemos de negarle el carácter de filosofía española, dado que la profesaron nuestros mayores sabios, se enseñó en nuestras más célebres universidades, se informó con ella nuestra literatura, nuestro derecho y hasta nuestras artes.

Considerada así la cuestión, tenemos ya respuestas que dar a las anteriores preguntas, muy diferentes de las que dimos antes.

¿Hubo filosofía española? Sí, la hubo, mayor que en alguna otra parte, salvo Italia, patria de Santo Tomás. ¿Fue ésta la mayor manifestación de nuestro genio? Sí; que nunca alcanzó España gloria más grande que la que le dieron sus teólogos escolásticos en el siglo XVI. En la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos, ¿debemos volver los ojos a la filosofía española? Sí, porque esta filosofía es la perennis philosopha de que nos hablaba Leibnitz, la única verdadera, la única completa, la única católica, entendiendo por católica, no la que salva el Catalicismo quo ad substantiam, en cuanto no se opone a él, sino la que informa el Catolicismo, como informa el alma intelectual al cuerpo humano hasta en sus más apartados e imperceptibles átomos.

Pero ya estamos oyendo decir a algún admirador del señor Menéndez Pelayo, que nosotros pecamos exagerando lo mismo que el Sr. Menéndez Pelayo confiesa, pues tanto enfrente del Sr. Azcárate, como del señor de la Revilla, ha proclamado como filosofía española, al par de las otras, la filosofía escolástica, y que los nombres con que les abrumó pertenecen la mayor parte de ellos a adeptos de esa filosofía.

Así es, en efecto; pero si bien es cierto que el señor Menéndez Pelayo encarece enfrente de los racionalistas a la escolástica, considerándola como la tercera parte de la filosofía española, asegurando que es nuestra por derecho de conquista, y llamándola «uno de los sistemas más completos, luminosos y prepotentes que han ejercitado el entendimiento humano», también lo es (aparte otros pecadillos sobre que volveremos luego) que para el Sr. Menéndez Pelayo el escolasticismo «no es el sistema primero ni único de la filosofía cristiana», sino «un campo del que en ocasiones le aparta algo de aquella santa ira que dominaba a los humanistas del Renacimiento», para volver los ojos a «la falange brillantísima de peratéticos clásicos y de esos otros pensadores eclécticos e independientes que pudieron escribir en su bandera el lema de ciudadanos libres en la república de las letras», y para entusiasmarse con el «siglo aquel» en que, entre otras muchas cosas, no «solían escasear las acerbas invectivas contra la barbarie de la escolástica», y que «ofrecía el espectáculo de independencia y agitación filosófica que caracteriza a España en aquella era en que todos los sistemas a la sazón existentes toman representantes en nuestra tierra, y sobre todos ellos se alzaba el atrevido vuelo de esos espíritus osados e inquietos los unos, sosegados y majestuosos los otros, agitadores todos, cada cual a su manera, sembradores de nuevos gérmenes y nuncios de ideas y teorías que proféticamente compendiaban los varios y revueltos giros del pensamiento moderno.»

Y como si esto no bastase, no es menos cierto que lo mismo el Sr. Menéndez Pelayo que su paisano y amigo el señor Laverde, se entusiasman con Vives, que es para el señor Laverde un segundo Santo Tomás de Aquino, y con la resurrección de cuya doctrina sueñan, exclamando el señor Menéndez Pelayo: «¡Qué útil fuera una resurrección de la doctrina vivista en esta época de anarquía filosófica!»

Para rebatir estos asertos usaremos de nuestra razón y nuestro criterio; pero, seguros de no hallarlos mejores en otra parte, nos atendremos a los mismos datos que los señores Laverde y Menéndez Pelayo nos proporcionan.

Luis Vives es a los ojos de Laverde un filósofo ecléctico que «combino el oro que extrajo de la escolástica decadente con lo más acendrado de otros sistemas», que «cristianizó la filosofía renaciente», del que «procede toda la filosofía moderna anterior a Kant, lo mismo en lo bueno que en lo malo»; de quien «la Europa entera es discípula ingrata», y al que «España debe estimar como la más elevada personificación de su genio científico», y ver en su sistema «el molde más a propósito, por lo conciliador y comprensivo para reducir a unidad armónica las diferentes teorías de nuestros doctores, y de esta manera dar cuerpo visible a la filosofía nacional».

Y para Menéndez Pelayo, Vives es «el más prodigioso de los obreros del Renacimiento», «renovador del Método antes que Bacon y Descartes, iniciador del psicologismo escocés, conciliador y prudente aún en la obra de demolición que había emprendido», que «tronó contra las sofisterías de la escolástica»; y clamó como ninguno contra la barbarie de la escuela»; y que sustituyó con un sistema completo al antiguo», siendo punto de partida «de un movimiento tan poderoso como el que arranca de Descartes»; siendo fruto del vivismo, el «peripatetismo clásico, o aristotelismo puro sin mezcla de averroísmo ni escolasticismo», «el ramismo español, tendencia de oposición dura y sistemática a Aristóteles», «el onto-psicologismo de Foxo Morcillo», «defensor de las ideas innatas», «el cartesianismo ante-cartesiano», «el escepticismo de Sánchez», «el empirismo sensualista de Huarte y doña Oliva» «y pensadores independientes y ciudadanos libres de la república de las letras», y cuya influencia traspasó los límites de la patria, y de la cual «nacieron la filosofía de Bacon», «el cartesianismo» y «la filosofía escocesa», debiendo por lo tanto colocarse su nombre «más arriba que los de Descartes, Kant y Hegel, porque se ha bautizado con los pomposos nombres de baconismo, cartesianismo y escuela escocesa diversos girones del manto de Vives

De propósito hemos subrayado muchas palabras de las que anteceden, para que, fijándose en ellas, pueda conocer cualquiera, por medianamente versado que se halle en ciencias filosóficas, el carácter y significación de Luis Vives; y cuenta que nada hemos dicho de nuestra cosecha; nos hemos limitado a entresacar algo de lo mucho y bueno que de él dicen sus entusiastas admiradores los Sres. Laverde y Menéndez Pelayo.

Nosotros (juzgando sólo por los datos de estos señores) le admiramos también como un sabio, muy superior a Bacon y a Descartes, sembrador, no ya de ideas, sino de sistemas a granel, como le llama Campoamor; pero por lo mismo, nos limitamos a admirarle y no queremos resucitar su sistema.

Si al árbol se le conoce por sus frutos, como dice el Evangelio, ¿qué deberemos pensar de un árbol cuya fruta son el empirismo baconiano, la duda cartesiana, el psicologismo escocés, el aristotelismo no purificado por los escolásticos, el anti-aristotelismo, las ideas innatas y hasta el escepticismo y el sensualismo?

Sin duda que su nombre será de gran peso para probar al Sr. Azcárate y al Sr. Revilla que hubo filósofos españoles muy ilustres, muy originales, muy fecundos; que los filósofos extranjeros más célebres no hicieron más que plagiarles echando a perder sus invenciones; es más: que, dado el tiempo en que florecieron, hicieron mucho bien, ya conteniendo y encauzando las asoladoras corrientes que devastaban los campos de la ciencia, ya fustigando inveterados abusos; pero... ¡resucitar su doctrina! ¡declararse vivista hoy! ¡pretender que la filosofía española sea el vivismo!... Por los clavos de Cristo, que aún hay tomistas en España.

No; ni el lulismo, por más respeto que nos merezca; ni el suarismo, que como sistema filosófico no puede distinguirse fundamentalmente del tomismo; ni el vivismo, por importancia que le concedamos, pueden, ni aspirar al título de filosofía española por excelencia, ni a resucitar como remedio definitivo y como arma irresistible contra las modernas filosofías que algunos de ellos engendraron.

En vano pretenderá el Sr. Menéndez engalanarlos con ajenas galas, presentando como discípulo de Vives a Melchor Cano, que es tomista de pura raza, ni elevar a las nubes el congruismo, sistema teológico acerca de la gracia incapaz de competir con el que sobre la misma cuestión ofrece el tomismo.

En vano censura a los neo-escolásticos que prefieren Liberatore o Sanseverino a Sánchez o a Huarte. No es posible que lo desconozca. La religión única informó la única filosofía y resultó el escolasticismo tomista, que es la filosofía cristiana por excelencia, que, completada por la Revelación, forma, como hemos dicho, un organismo vasto, profundo y elevado, que se llama la teología escolástica, en que tan alto rayaron los colosales ingenios que florecieron en España, cuyas doctrinas y cuyos nombres es necesario recordar para proclamar la existencia de la ciencia española; para demostrar que esta ciencia fue la más alta manifestación de nuestro genio, y para asegurar que en la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos, debemos volver los ojos a esta ciencia, como remedio a tanto daño.

No somos solos, por fortuna, los que así pensamos; el P. Zeferino en sus Apuntamientos sobre una Biblioteca de teólogos españoles, regocijándose ante la idea de que se iba a formar una sociedad literaria con objeto de publicar una Biblioteca de filósofos españoles, objeto a sus ojos «patriótico, digno y elevado», por «no ser él de los que miran con injustificado desdén la filosofía española», ni de los que «afirman que no merece figurar al lado de la de las otras naciones», ni «asentir al dictamen de los que parecen estar persuadidos de que la filosofía española carece de todo mérito y originalidad», se pregunta, sin embargo, «si no sería más conveniente, más útil y hasta más patriótico publicar una Biblioteca de teólogos españoles»; y se decide por la afirmativa, porque «cualquiera que sea la opinión que se adopte sobre la importancia absoluta o relativa de la filosofía española, es innegable que el movimiento filosófico realizado en la Península Ibérica no puede ponerse en parangón con el movimiento teológico que comunica especial brillo a la historia eclesiástica de España, y siempre será preciso reconocer que la importancia de la filosofía en España es muy inferior a la de la teología española, la cual se puede decir, con razón, que ocupa un lugar, no sólo preferente y distinguido, sino acaso el primero en la historia de las ciencias teológicas, «porque la verdad es, añade el sabio dominico, que si España puede presentar algunos filósofos más o menos recomendables y distinguidos, no puede presentar escritores que rayen tan alto en filosofía como rayaron en teología Torquemada, los dos Sotos, Cano, Carranza, Molina, Suárez, Vázquez, Alfonso de Castro, Pérez de Ayala, Báñez, Lemos, Valencia, con tantos otros que dieron gloria inmortal a nuestra patria.

«Sin duda alguna, continúa el obispo de Córdoba, que una Biblioteca de teólogos españoles que, arrancando de San Isidoro y Tajón y pasando por Juan de Torquemada, con otros teólogos de los siglos XIV y XV, y después por los grandes teólogos del siglo XVI para terminarse en el siglo XVII, ya que no se quiera continuar hasta el XVIII con el oratoriano Calatayud, sería un monumento literario digno de la gran nación que en siglos anteriores figuró al frente de las demás.»

Así, pues, no vacilaremos en repetirlo, aunque sea enfrente de adversarios tan temibles por lo eruditos como los Sres. Laverde y Pelayo. Proclamen en buen hora la superioridad científica de España sobre las demás naciones; afirmen una y otra vez que la intolerancia religiosa y la Inquisición favorecieron, en vez de coartar, el liberrin vuelo de la ciencia; aseveren que el genio español es de suyo filosófico y profundo, sin estar tocado de la ligereza francesa, de la nebulosidad alemana, ni de la lentitud inglesa; exhiban como nacionales glorias, en testimonio de esta verdad, los nombres ilustres de Séneca, de Lulio, de Vives, y hasta los de Averroes y Maymónides; vindiquen el nombre de Vives del olvido que sobre él pretenden esparcir los discípulos de Sanz del Río; celebren su genio poderoso, su maravilloso saber, su buen juicio, sus sanos propósitos; recuerden, para justificarle, la decadencia a que por entonces habían llegado algunas ramas desgajadas del tronco vigoroso de la escolástica; pero no traten, por Dios, de sincretizar en un eclecticismo vivista todas las escuelas españolas, reivindicando como glorias de España el empirismo de Bacon, la duda de Descartes, el psicologismo escocés, ni los demás errores o verdades incompletas que sucedieron al abandono de la escolástica; y sobre todo, no traten de hacer olvidar, presentando a Vives como superior a Soto, a Suárez, o a Melchor Cano, y al vivismo como superior al tomismo, que la doctrina de Santo Tomás, único organismo completamente científico y católico, fue, si no por casualidad de su nacimiento, por derecho de conquista, la filosofía española, como la llamó Leibnitz, la que hizo brillar a Juan de Torquemada en Basilea, la que predicó Vicente de Ferrer en toda Europa, la que fomentó Cisneros y restauró Francisco de Victoria, el Sócrates de la teología española; la que inspiró a Diego de Deza, el protector de Cristóbal Colón; la que inmortalizó a Carranza, el gran campeón del Concilio de Trento; a Domingo Soto, el encargado por los Padres del mismo Concilio de redactar sus decisiones y decretos; a Pedro Soto, el restaurador de las universidades de Dilingen y Oxford, el primer teólogo de Pío IV en el Concilio Tridentino, que le calificó «de príncipe de los teólogos», y que pareció, según dice Palavicini que quedaba sumido en la oscuridad con la muerte de una de sus mayores lumbreras; las que profesó Melchor Cano, que pensando como Santo Tomás, escribía como Cicerón; la que formó a Báñez y a Lemos, a Salmerón y a Láinez, a Pérez Ayala y a Juan de Santo Tomás y al gran Suárez, que lejos de proponerse separarse de Santo Tomás, le siguió en su filosofía y pretendió no apartarse de él en sus innovaciones teológicas; la que se enseñó en nuestras universidades de Salamanca y Alcalá; la que dio dirección y guía a nuestros místicos como Santa Teresa y Fray Luis de Granada, y la que inspiró a nuestros artistas, dándonos, entre otras obras maestras, el gran lienzo de Zurbarán, en el que el Emperador de las Españas y el clero secular y regular español y la nobleza de Castilla asisten de hinojos al Triunfo de Santo Tomás de Aquino.

¡Que no procuren hacerlo olvidar, por Dios; antes bien, dediquen su maravilloso saber y su incontestable talento a recordarlo; que sólo así podrá renacer en España el estudio de la teología filosófica, de la filosofía escolástica y, con ella, nuestra grandeza intelectual, moral y política; sólo así volverá a florecer, como floreció en otros tiempos, la ciencia española!

ALEJANDRO PIDAL Y MON.






ArribaAbajoIn dubiis libertas

Florencia 13 de Abril de 1877.

Sr. D. Alejandro Pidal Mon.

Mi bueno y docto amigo: En Roma tuve ocasión de leer los dos brillantes artículos que usted ha dedicado a mi pobre librejo acerca de La Ciencia española. De inmodesto pecara yo si no dijera que me parecen en alto grado hiperbólicos los elogios que usted, a manos llenas, ha derramado sobre aquel pobre trabajo, que si alguna consideración merece, ha de alcanzarla tan sólo por el fin a que se endereza y como anuncio de ulteriores tareas, que, de cierto, no le supera en mucho. Pero de ingrato se me tacharía, con razón, si no diese a usted alguna muestra de mi agradecimiento por la lluvia de flores con que ha tenido a bien regalarme. Por eso escribo estas líneas, y añado a ellas, a modo de postdata, algunas observaciones sobre el segundo artículo, en que usted, a vuelta de mil encomios, manifiesta aguda y sabiamente su discordancia de parecer en alguno de los puntos que directa o incidentalmente he tocado en mi libro.

Superfluo me parece advertir que en esta polémica no me mueve otro interés que el de la ciencia española, por cuya mayor difusión y esclarecimiento trabajo. Por fortuna, los puntos en que disentimos no son capitales. En lo sustancial estamos conformes, y no juzgo imposible que en lo demás lleguemos a entendernos. Harto conocía yo, al tiempo en que escribí aquellas cartas, el vigor y pujanza actual del tomismo entre nosotros. Entonces, como ahora, confesaba y confieso que esa restaurada escuela es en España el más firme valladar contra las invasiones del racionalismo. Pero como a éste se le puede combatir de muchos modos, y no era lo más oportuno en aquella discusión, puramente histórica, afectar exclusivismos de escuela, no quise hacer hincapié en el tomismo, ni empeñarme de propósito en demostrar a los adversarios que España había dado grandes expositores de la doctrina del egregio Aquinate; cosa generalmente sabida y que ellos no negaban, por lo cual hubiera tenido escasa fuerza el argumento. A los que me preguntaban por creaciones filosóficas nacionales, por escuelas y sistemas peninsulares, claro es que no podía responderles con una filosofía extraña de origen, aunque nuestra por derecho de conquista, como ya tuve cuidado de advertir. Bajo el aspecto histórico nacional, único que yo entonces consideraba, pesa y significa más Averroes que los expositores de Santo Tomás.

Aquí tiene usted explicada una de las causas de lo que en mí pudo parecer ligereza o desdén respecto al tomismo. Yo hablaba entonces como bibliógrafo español, nada más. Los tomistas no me servían para el caso; era necesario presentar filósofos de grande originalidad de pensamiento, bien o mal encaminada, que de esto hablaremos luego. Por eso acudí a Séneca, a Averroes, a Maymónides, a Lulio, a Vives, a Foxo, a Suárez y a algunos más, sin desdeñar, no obstante, la escolástica, a la cual algunos de ellos pertenecieron, y de la cual dije que era, no una, sino dos terceras partes de nuestra filosofía. Pero de estas dos partes hice gracia a los contrarios, e insistí en la tercera, en la más curiosa y menos estudiada hasta ahora, en la de los pensadores independientes.

Y precisamente por lo menos estudiada me fijé en ella. Yo veía que el neo-tomismo cobraba de día en día mayores fuerzas, y que sus sectarios, tan respetables por el número como por el saber, eran muy capaces de ilustrar, docta y concienzudamente, los anales de su escuela. Justo, era, pues, dejarles el campo libre y no meter la hoz en mies ajena. Pero advertía en ellos, al mismo tiempo, cierto espíritu, sobrado exclusivo, que los llevaba a seguir y ensalzar tan sólo las obras y doctrinas del Ángel de las Escuelas, con veneración laudable, sí, pero, según mal pobre entender, dañosa por lo extremada. Proyectábase una edición de las obras de Santo Tomás, tantas veces reproducidas por la estampa, tan conocidas, que se encuentran en todas las bibliotecas, en todas las manos. Y esto, cuando en Italia, patria del Santo, y en Francia, y en Alemania, y en todo el orbe cristiano, se trabaja sin cesar sobre sus admirables escritos, y en cien formas se los expone y reproduce. Y mientras se pensaba en esta empresa magna, a nadie se le ocurría, sino a mi docto y entrañable amigo Laverde, no ya publicar una biblioteca de filósofos ibéricos, sino reimprimir el más insignificante opúsculo de cualquiera de nuestros pensadores. Tenemos una reimpresión completa, aunque no muy esmerada, de las obras de Suárez; pero no se ha hecho en España, sino en París. Tenemos una buena traducción del Guía de los extraviados o Director de los que dudan, de Maymónides; pero no la ha hecho ningún español, sino el francés Munck. Al mismo y a otros compatriotas suyos debemos el conocimiento de la Fuente de la vida, de Avicebrón. El Filósofo autodidacto o Régimen del solitario, de Aben Thofail, está traducido al latín, al inglés y al alemán; pero no al castellano. El Cuzary, de nuestro gran pensador y poeta Jehuda-Ha-Levi, hemos de buscarle en la vieja y rara versión de Jacob de Avendaña, En todos los países civilizados se han hecho ediciones completas de Séneca, menos en España. De San Isidoro no han reproducido las prensas españolas, en lo que va de siglo, un solo tratado. A Raimundo Lulio hay que estudiarle en la vetusta edición maguntina, que, tras de incompleta, es rara y de difícil manejo. Pues no digamos nada de los filósofos posteriores al Renacimiento...

No piense usted por esto que yo juzgase inútil (blasfemia científica sería) una reimpresión de Santo Tomás hecha en España. Pero hoy por hoy importa más a nuestra crédito científico popularizar nuestros sabios, que los extranjeros, aunque, como el Ángel de las Escuelas, sean de los que tienen por patria el mundo y la humanidad por discípula.

Todo esto pensaba yo, y encontrando demasiado tirante el arco por una parte, probó a doblarle por la otra, quizá con exceso. Exceso digo, no respecto al mérito de nuestros filósofos, que cada día reconozco mayor que cuanto yo acierto a encarecer, sino exceso respecto a la alteza del tomismo, que tal vez ofendí (si ofensa cabe) con palabras ligeras o indiscretas.

En ello influyeron además otras causas que tampoco ocultaré. No soy tomista; quizá lo seré mañana. Lo cual no quiere decir que yo tenga pretensiones filosóficas, que en un pobre bibliófilo fueran absurdas. Pero sé que cada hombre está obligado a tener más o menos su filosofía, no sólo práctica, sino especulativa. Ahora bien; esa filosofía, por lo que a mi toca, no es otra que el criticismo vivista. Pero como éste no es adverso al tomismo, ni mucho menos, aunque sí distinto, de aquí que venere, respete y acate yo la doctrina tomista, como puede hacerlo el más fervoroso de sus adeptos. Es más: sospecho que el no haber llegado yo a ella, depende más de mi debilidad de entendimiento que de otra razón alguna. También pueden influir en ello ciertas preocupaciones literarias o humanísticas de que no es preciso tratar ahora, y a las cuales quise aludir con lo de la santa ira. Ocasión tendré de volver a este punto.

Si usted ha seguido con paciencia todo el relato anterior, habrá comprendido las causas de mi posición (si tal puede llamarse) respecto al tomismo. Ahora entraré a examinar parte por parte las discretas y amistosas reflexiones que vienen apuntadas en su artículo.

Fijándose en un punto claro y luminoso, pregunta usted: «¿Hay filosofía española?» y, distinguiendo, contesta: «Bajo el punto de vista de su organismo científico, no hay filosofía española, ni alemana, ni de ningún otro país: la verdad no tiene patria.» Hasta aquí vamos conformes. «Bajo el punto de vista de su desarrollo histórico, donde haya filósofos habrá filosofía.» Tampoco en esto cabe duda, aunque siempre es necesario que entre estos filósofos medie algún lazo más o menos íntimo. Yo creo que le hay siempre entre los pensadores de un mismo pueblo, y en tal concepto ninguno carece de filosofía nacional, más o menos influyente y desarrollada. Y si nunca oímos hablar de filosofía rusa, ni de filosofía escandinava, será, o porque estos y otros países no han tenido pensadores de primero ni de segundo orden, o porque nadie se ha cuidado de investigar sus relaciones y analogías, o porque estas investigaciones no han entrado en el general comercio científico. De otra suerte, es imposible que filósofos de un mismo pueblo y raza no ofrezcan uno y aún muchos puntos de semejanza en el encadenamiento lógico de sus ideas.

Y sigue usted preguntando: «¿Se puede decir en lenguaje técnico filosofía alemana, filosofía española?» Y la contestación es: «Si los filósofos coinciden en una nota característica, sí; si no, no.» Por eso, en concepto de usted y en el mío también, es exacto el nombre de filosofía alemana, aplicado a los sistemas germánicos que han aparecido desde Kant hasta nuestros días, y no a la doctrina de Leibnitz, ni a la de Wolfio, ni a ninguna otra anterior. Tiene usted asimismo por exacto el término de filosofía francesa aplicado al cartesianismo exclusivamente, y yo añado que en este sentido es también legítimo el nombre de filosofía escocesa, con que se designa el psicologismo de Reid, Dugald-Stewart y Hamilton, y nunca el escepticismo de Hume, aunque éste naciera en Escocia. Pero en cuanto a España, no descubre usted más nota característica que una a sus filósofos, que el Catolicismo, nota de suyo harto vaga y no suficiente para justificar el nombre de filosofía española.

En rigor, la cuestión de los nombres importa poco, pues una vez admitida la existencia confesado el mérito de nuestros filósofos, de alguna manera hemos de designar el conjunto de sus especulaciones, puesto que no aparecen aisladas ni independientes unas de otras. Mas, por lo que importe, conviene aclararla. Y se aclara con dos preguntas sencillísimas: ¿Existe la filosofía griega? ¿Es exacto este nombre? A lo que yo entiendo, no hay medio humano de reducir a esa violenta unidad aquella variedad y riqueza de sistemas. ¿Cuál toma usted por tipo del genio filosófico de la Grecia? Y aún limitándose a los dos principales, ¿llamará usted filosofía griega a la platónica, y negará este nombre a la aristotélica, o viceversa? O más bien, ¿reconocerá usted que el ingenio filosófico de los helenos no ha de buscarse en una ni en otra de sus escuelas, sino en el conjunto de todas y en su desarrollo histórico?

Sin duda que en esto último; y por eso es legítimo el término de filosofía griega, y no menos legítimo aunque no tan usado, el de filosofía española. Inexactos fueran uno y otro, si indicasen series de fenómenos aislados, sin más enlace que el de lugar y el de tiempo.

Mas no sucede en estos dos casos. Nadie lo duda en cuanto a Grecia; y por lo que toca a España, vese claro el organismo de su historia científica, a poco que en ella se penetre. En Séneca están apuntados ya los principales caracteres del genio filosófico nacional. Dos de ellos, el espíritu crítico y el sentido práctico, llaman desde luego la atención del lector más distraído.

Séneca es uno de los tres grandes maestros de la raza ibérica; todos nuestros moralistas descienden de él en línea recta. Séneca, gentil en verdad, pero a quien San Jerónimo llama noster, y pone en el catálogo de viris illustribus al lado de los primeros cristianos, preludia nuestra filosofía ortodoxa. La heterodoxa (tomado el vocablo en su más lato sentido) presenta siempre un carácter distintivo, el panteísmo.

Porque hay una filosofía panteísta, española, resuelta y clara, que se anuncia por primera vez en Prisciliano, asombra el mundo en Averroes y en Maymónides, con todas las escuelas árabes y judías que preceden y siguen al uno y al otro; pasa a Francia con el español Mauricio; se vislumbra en Fernando de Córdoba, que en pleno siglo XV formula el principio ontológico de lo uno, en que se resuelven el ser y la nada; inspira en el siglo XVI al audaz y originalísimo Miguel Servet, alcanza su última expresión en el XVII, bajo la pluma de Benito Espinosa, cuya filiación hebraico-española es indudable.

Si el panteísmo está en el fondo de toda la filosofía española no católica, e informa lo mismo el averroísmo y el avicebronismo, que el misticismo quietista, de Molinos, persigue como un fantasma a todo español que se aparta de la verdadera luz, en cambio la filosofía española ortodoxa y castiza de todos tiempos conviene en ser crítica y armónica, y cuando no llega a la armonía, tiende al sincretismo. Obsérvelo usted en todos nuestros pensadores de las grandes épocas. San Isidoro condensa y sincretiza la ciencia antigua. Raimundo Lulio forma un sistema del todo armónico, y levanta el espíritu crítico contra la enseñanza averroísta. Luis Vives es la crítica del Renacimiento personificada. Foxo Morcillo, en su tentativa de conciliación platónico-aristotélica, fórmula el desideratum del armonismo. Todas las escuelas nacidas al calor de la doctrina de Vives, son críticas por excelencia; sobre todo la valenciana. De todo lo cual deduzco que al principio ya formulado por varios escritores, «la filosofía española es esencialmente dogmática y creyente», principio que usted juzga demasiado elástico, debe añadirse este otro: «la filosofía española ortodoxa es crítica y armónica: la filosofía española heterodoxa es panteísta y como tal, cerrada y exclusiva.» Tales son, salvo error, las notas características de la filosofía ibérica. Harto más difíciles de señalar y más controvertibles son las de la italiana, y nadie duda de su existencia, por lo menos desde que Mamiani publicó su libro del Rinnovamento.

No hemos de reñir por averiguar si la manifestación filosófica es la más brillante de nuestro genio, y si es igual o superior a la teológica y a la artística. Yo las creo iguales, cada cual en su esfera, y pienso que se completan mutuamente. Y pienso más: que hasta hoy no se ha entendido bien la historia de nuestra literatura, por no haberse estudiado a nuestros teólogos y filósofos.

«¿En la ruina de toda verdadera filosofía a que asistimos, debemos volver los ojos a la filosofía española?» «No, contesta usted: «si por filosofía española entendemos esos sistemas, incompletos unos, erróneos otros, porque el error total sólo con la verdad total se destruye.» Y aquí siento disentir de usted, y precisamente por las mismas razones. La verdad total no la ha alcanzado el tomismo ni ninguna filosofía, como filosofía, pero debemos aspirar a ella. ¿Y dónde encontrar mejor dirección que en el armonismo de la filosofía española, sobre todo en Foxo Morcillo? Él no hizo más que indicar la concordia; pero tuvo en cuenta los dos términos del problema. El aristotelismo, aunque sea el aristotelismo tomista, no nos da más que uno. ¿Porqué hemos de pararnos en el tomismo? ¿Cree usted que si Santo Tomás hubiera conocido a Platón y a Aristóteles en sus fuentes, como los conocieron los sabios del Renacimiento, se hubiera detenido donde se detuvo? En suma: «El tomismo es la verdad toda.» En su parte teológica, concedo. En su parte filosófica, niego. Es una gran parte de la verdad, pero no toda. La verdad total está en la deseada armonía de Platón y Aristóteles, polos eternos del pensamiento humano. ¿Por ventura se agotó en Santo Tomás el entendimiento humano?

Dice usted que la perennis philosophia de Leibnitz es la escolástica. Yo creo que son sólo aquellos principios fundamentales e inmutables, leyes comunes a toda inteligencia y que, más o menos, yacen en el fondo de todo sistema no panteísta. Dudo mucho que Leibnitz, que llamaba bárbaro estiércol a la escolástica, aunque en ella encontrase oro, viera allí otra cosa que materiales aprovechables para nuevas construcciones. Equivocábase en lo primero, como todos los de su siglo; pero, en rigor, ¿qué es la escolástica? ¿dónde principia y dónde acaba? ¿Es escolástica la ciencia compilatoria de Casiodoro y de Boecio, la de San Isidoro, la de Beda o la de Alcuino? Pues más vale conocer la antigüedad en sus fuentes que en alterados extractos. ¿Es escolástico el panteísmo de Scoto Erigena? ¿Lo es el antitrinitarismo de Roscelino, o el racionalismo de Abelardo, o alguna otra de las infinitas herejías que brotaron en las escuelas de la Edad Media? ¿Son escolásticos los místicos educados con el libro falsamente atribuido a Dionisio Areopagita? ¿Sonlo los averroístas con su panteística teoría del entendimiento uno? ¿Dónde está la verdadera escolástica? En el tomismo, dice usted. Pero entonces se enojarán los escolistas y los ockamistas, si alguno queda, y se enojarían también los suaristas, a no ser por el fervor architomista que en estos últimos años ha entrado a los en otro tiempo disidentes jesuitas.

«España vio con pena arribar a sus costas al averroísmo, al gran corruptor de la filosofía de las escuelas.» A pesar de esto, no deja Averroes de ser una gloria muy española. Y lo cierto es que la escuela, sin Averroes y antes de Averroes, estaba harto corrompida, y había sido un semillero de herejes: testigos, Scoto Erigena, Berengario, Roscelin, Abelardo y muchos más. El averroísmo, con traer un nuevo elemento de impiedad, fue útil por la reacción poderosa que provocó, y de la cual nacieron el tomismo y el lulismo.

Subraya usted algunas frases mías relativas a la escolástica. Dije que «no era el sistema primero ni único de la filosofía cristiana.» Y, en efecto, no es el único ni el primero, so pena de excluir de la filosofía cristiana a todos los padres de la Iglesia griega94 que fueron más o menos platónicos, y a San Agustín, que lo fue también. Repito que una cosa es la filosofía tomista y otra su teología. Sólo ésta puede llamarse el sistema primero y único, por no ser otra cosa que la teología cristiana metódicamente expuesta. Pero al servicio de esta teología, y formando o no un organismo con ella, pueden aplicarse otras filosofías diversas de la de Aristóteles.

Que yo aplaudo las invectivas del Renacimiento contra la barbarie de la escuela. ¿Y por qué no? La barbarie literaria es censurable donde quiera, lo mismo en los escolásticos antiguos que en los krausistas modernos. No participo de la preocupación, en otro tiempo general, contra el lenguaje y estilo de los escolásticos. Sé que se encontraron con una lengua como el latín, decadente por una parte, y por otra de malas condiciones para la filosofía, sobre todo por su carencia de artículos. Sé que crearon una lengua y un estilo especiales, de perversas condiciones estéticas, pero analíticos y precisos. Sé que algunos escribieron, si no con elegancia y agrado, con vigor y fuerza. Pero en muchos maestros y en el servum pecus de los discípulos, ¿quién negará que hubo barbarie, y barbarie espantosa? Yo los disculpo; pero no los aplaudo. ¿Quién dudará que es mejor escribir como Platón que como Alejandro de Hales o como Escoto? Y a pesar de las muchas defensas que de él he visto, todavía no he logrado persuadirme que el estilo de Santo Tomás sea un gran modelo. El Santo (y dispénseme usted esta blasfemia) tenía más de pensador que de artista. En la prosa didáctica muestra Santo Tomás grandes cualidades, reflejo de su grande alma; pero no igualdad, ni corrección, ni gusto. Quizá no eran posibles en su tiempo. Mas no he de ser yo quien haga observaciones literarias, tratándose de un Santo Tomás de Aquino.

Censura usted más adelante varias frases de Laverde y mías relativas a Luis Vives. Pero yo no veo en ninguna de esas frases motivo de escándalo, y procuraré demostrarlo, aunque brevemente, examinándolas una por una.

Luis Vives es un filósofo ecléctico. Sí, por cierto, como lo es todo filósofo digno de tal nombre, máxime cuando nace en épocas de transición, en épocas críticas. Ecléctico en cuanto admite la verdad, venga de donde viniere; ecléctico en cuanto no sobrepone a la propia razón y al propio criterio la razón de los maestros y el criterio de una escuela determinada; ecléctico en cuanto no acata la autoridad sino en las cosas que son de fe: ecléctico en cuanto profesa el gran principio In necessariis unitas, in dubiis libertas; ecléctico porque no desdeña ninguno de los elementos y tendencias del pensamiento humano, sino que los comprende y armoniza todos, como están comprendidos y armonizados en la conciencia; ecléctico en cuanto no declara guerra a Platón en nombre de Aristóteles, como los escolásticos, ni a Aristóteles en nombre de Platón, como la escuela de Florencia. Pero no ecléctico a la manera de los franceses, pretendiendo conciliar la verdad y el error en una síntesis; que esto sólo fuera lo peligroso y censurable.

Combinó el oro que extrajo de la escolástica decadente con lo más ACENDRADO DE OTROS SISTEMAS. Esta bella frase encierra otra verdad innegable. ¿Quién puede olvidar que la escolástica estaba decadente, pero muy decadente, en los días de Vives y en los próximamente anteriores? Ya no producía Tomases ni Escotos. Estaba representada por aquellos doctores que disputaban sobre la diferencia de estas dos frases Vidi Papam y Papam vidi; por los averroístas de Padua, impíos brutales y negadores de la inmortalidad del alma; por aquellos catedráticos de prima de teología que razonaban de esta suerte: «Nuestra fe está fundada en Santo Tomás, y Santo Tomás en Aristóteles; luego decir mal de Aristóteles es ir contra nuestra santa fe95.

Las tan renombradas Universidades yacían en general y manifiesta decadencia. La de Salamanca apenas dio más señal de vida, en el último tercio del siglo XV, que la herejía del escolástico Pedro de Osma. La de París, si hemos de juzgar por lo que cuenta Vives, que estudió en ella, era un foco de ignorancia y de barbarie. Y aún algo más tarde decía graciosamente D. Diego de Mendoza: «No sé por qué Aristóteles, en sus libros De animalibus, dijo que no había asnos en Francia, cuando vemos tantos bachilleres como se hacen en París cada año.» Tal era sin excepción (puesto que nada montan algunas individualidades, como el Cardenal Cayetano) el estado de la enseñanza escolástica cuando escribió Vives. Y, sin embargo, Vives tuvo el buen juicio de no confundir el escolasticismo en una general censura, de guardar sus mayores anatemas para los averroístas, de atacar, no a los aristotélicos de veras, sino a los pseudo-aristotélicos.

Tomó de otros sistemas distintos del tomismo, sistemas que Santo Tomás no pudo poner a contribución porque en su siglo no se conocían. Utilizó Vives doctrinas platónicas; utilizó todo el saber de Aristóteles, que no se conoció íntegro y puro hasta los días del Renacimiento; aprovechose de toda aquella ciencia antigua, cuya noticia sólo había llegado a Santo Tomás, de segunda mano, en incorrectas traducciones, cuando no en resúmenes y extractos. La ciencia de la Edad Media es muy respetable, pero su erudición valía poquísimo.

Cristianizó la filosofía renaciente. En lo de cristianizar no veo mal alguno, y el término filosofía renaciente no quiere decir otra cosa que filosofía del renacimiento. Esta filosofía era de origen griego, como toda filosofía, y Luis Vives la cristianizó, de la misma manera que Santo Tomás había cristianizado el pseudo-peripatetismo que corría en su tiempo. Así como el Angélico Doctor apartó las espinas del averroísmo, el gran filósofo de Valencia salvó su sistema de diversos escollos, huyendo cuidadosamente del neo-platonismo teosófico de Marsilio Ficino, que era por entonces el mayor peligro, y de las extravagancias gentílicas de aquellos gramáticos que se habían dado a resucitar en crudo la doctrina del alma del mundo, la unidad eleática, o el atomismo de Leucipo.

De Vives procede la filosofía moderna, así en lo bueno como en lo malo, pero lo malo procede ocasionalmente como proceden del dogma las herejías. Si no hubiera un dogma de la Trinidad, no habría herejes anti-trinitarios. Si no hubiera un misticismo puro y sano, no habría místicos heréticos, como los quietistas y otros. De la misma manera (si licet parvis componere magna), si Vives no hubiese formulado las leyes del procedimiento experimental, recomendando su uso en los casos en que debe aplicarse, no hubiera venido Bacon proclamando como único, o poco menos, este procedimiento, extendiéndole a todo, anulando la ciencia pura y encerrándose en el empirismo; ni hubiera venido, como legítima consecuencia, el brutal materialismo del siglo pasado, ni el positivismo que ahora nos aqueja. Esto es evidente. Pero como el procedimiento experimental no deja de ser legítimo aunque de él se abuse, maldita la responsabilidad que le corresponde a Vives por los yerros de sus discípulos.

Que Vives es la más elevada personificación de la España científica, me parece indudable. Si ese calificativo está reservado para el filósofo más original y de más hondo influjo en el pensamiento europeo, ¿quién podrá disputárselo al polígrafo de Valencia? No en modo alguno los tomistas; no Suárez, a pesar de su maravillosa Metafísica, de la cual dijo Vico que encerraba cuanto hay que saber en materia de filosofía; no el mismo Ramón Lull, entendimiento sintético de primer orden, pero no iluminado por aquella ciencia antigua que dio alas a Vives; no Moisés ben Mayemon, no Avicebrón, padre de todo el panteísmo moderno; no León Hebreo, de quien desciende toda la estética platónica del siglo XVI; no Séneca, el gran moralista, ni ninguna otra de las grandes figuras de nuestra historia científica. La filosofía española dogmática y creyente al par que crítica y armónica sólo alcanza su cabal desarrollo en Vives y Foxo Morcillo. Pero Vives, por la universalidad de la doctrina, ha eclipsado el nombre de su discípulo.

Vives fue el más prodigioso de los artífices del Renacimiento, y como la obra del Renacimiento era grande y santa, y no debe confundirse con las excentricidades de Pomponio Leto o de cualquier otro pedante, cábele gloria, no pequeña, por ello. Artífices del Renacimiento, y no tomistas, habían sido los que trabajaron en la Políglota Complutense. Mientras dos judíos conversos, tres humanistas y un griego fugitivo de Constantinopla levantaban aquel monumento, los tomistas disputaban sobre suposiciones y restricciones. Artífices del Renacimiento fueron los que cuidaron de las primeras ediciones de los Santos Padres. Cuando el escolástico Pomponazzi, que en pleno Renacimiento ignoraba el griego y escribía perversamente el latín, dudó de la inmortalidad del alma, no se levantó para responderle ningún tomista (que yo sepa), sino un artífice del Renacimiento, un humanista, un peripatético clásico, muy de segundo orden, Agustín Nipho. Cuando arreciaba la gran tormenta de la Reforma, nacida en los claustros escolásticos de Alemania, no en las escuelas de Letras humanas de Italia, encontró, cual valladar firmísimo, los libros De veritate fidei christianœ, de Vives, y los De libero arbitrio, de Sepúlveda, hombres uno y otro del Renacimiento. Al cabo, y como reacción contra el protestantismo, despertó con nueva pujanza la escolástica, pero despertó influida, muy influida, por el Renacimiento. ¿Se concibe antes del siglo XVI un libro como el de Melchor Cano? ¿Se parecen Victoria ni Soto a los escolásticos del siglo XIV ni a los del XIII? ¡Oh! Qué gran bien hizo el Renacimiento desterrando la barbarie de la escuela! Los nuevos escolásticos no fueron ya bárbaros, por lo menos con aquella barbarie pertinaz y repugnante de los anteriores; no se entretuvieron en sofisterías, a lo menos deliberadamente y con insistencia; fueron grandes filósofos, grandes teólogos, dignos discípulos de Santo Tomás. Y todo, gracias a los artífices del Renacimiento. Hora es de hacerles justicia, ya que por medio siglo ha sido moda repetir contra ellos las declamaciones de aquel fanático, elocuente y desdichado demagogo tomista, Fr. Jerónimo Savonarola. De todos esos humanistas, muy pocos, y ninguno de primera talla, si se exceptúa a Melancton, cayeron en el protestantismo, al paso que éste alistó falanges enteras entre la gente universitaria, que los otros llamaban bárbara. No fueron tomistas, por lo general, aunque alguno hubo, y de primera nota. Todo su saber teológico no salvó a Carranza de luteranizar, aunque de buena fe, en la cuestión de la fe y las obras.

Vives renovó el método antes que Bacon y Descartes. Pero como la reforma del método era necesaria, aplausos y no censura merece nuestro autor. Dice usted, amigo mío, que si el árbol se conoce por los frutos, ¿qué hemos de pensar de un árbol, cuya fruta son el aristotelismo no purificado por los escolásticos, el anti-aristotelismo, las ideas innatas, el empirismo baconiano, el cartesianismo. el psicologismo escocés, y hasta el sensualismo, y el escepticismo?

Vayamos por partes. El aristotelismo clásico. ¿Valía más leer a Aristóteles en aquellas infames traducciones latinas que corrían en la Edad Media, que estudiarle en su original griego? ¿Cómo habían de purificar los escolásticos a Aristóteles, si no le conocían más que a medias? ¿Qué hubiera dicho el Estagirita de sus comentadores que solían trabajar sobre un ilegible texto latino, vertido de otro árabe, que tampoco era traducción directa? El Aristóteles escolástico, purificado o sin purificación, recuerda aquello de


Criada de las criadas
De las criadas de Aurora...



Los peripatéticos clásicos buscaron el agua en su fuente, e hicieron muy bien. Merced a ellos murió el averroísmo, que sólo vivía por la ignorancia filológica (digámoslo así) de los escolásticos. El tomismo era impotente para acabar con aquella plaga de panteístas y naturalistas que se escudaban con el nombre de Aristóteles, porque ni los tomistas de aquel tiempo solían saber griego, ni tomaban parte en el movimiento literario de entonces. Pero así que apareció el legítimo Aristóteles, Averroes quedó confinado a la escuela de Padua, donde arrastró lánguida vida algún tiempo más; pero sin influjo en el pensamiento europeo.

El peripatetismo clásico, que hizo tan gran bien, no cayó, por otra parte en ninguno de los pecados reales y positivos de Aristóteles. Ni afirmó la eternidad del mundo, ni manifestó dudas sobre la inmortalidad del alma. Al contrario, se esforzó en defender a su maestro, mostrando que no se encontraban en él tales errores. Para evitarlos tampoco necesitaron recurrir al «Aristóteles purificado» de la ciencia escolástica, a la cual se mostraron indiferentes, cuando no hostiles. Bastábales ser católicos para no ser panteístas ni materialistas.

El anti-aristotelismo o ramismo español, es otra tendencia del todo inocente. No se encamino más que a la lógica y a la física, y casi siempre con acierto. Hicieron varias innovaciones dialécticas, atacaron la autenticidad de algunas partes del Organon, y clamaron mucho y bien en pro de la legítima libertad filosófica.

El onto-psicologismo de Foxo Morcillo, defensor de las ideas innatas, también es fruta sana, porque las ideas innatas las entiende Foxo a la manera de San Agustín, autoridad tan respetable como la del mismo Santo Tomás. La doctrina de las ideas innatas en el terreno filosófico es discutible; pero tal como la sostiene Foxo, no es ninguna herejía. Ni puede decirse que es fruta del árbol de Vives, pues éste, no enseña el innatismo, doctrina que Foxo añadió con otras al caudal recibido de su maestro. En éste predominó la tendencia psicológica; en Foxo la platónica y ontológica, que es lo que da originalidad y carácter propio a sus especulaciones.

En cuanto al empirismo baconiano, ya he indicado cómo y por qué nace del vivismo. El procedimiento de inducción y el experimentalismo fueron conocidos y practicados por los griegos, sobre todo por Aristóteles, a quien malamente se ha acusado de ignorarlos. Los escolásticos los olvidaron un poquito, sin que pueda hacerse otra excepción que la de Rogerio Bacon, y quizá; la de Alberto el Magno. Vives los resucitó, señaló sus límites, dictó sus leyes, y merced a ello, adelantaron prodigiosamente en los tres últimos siglos las ciencias naturales, las históricas y todas las de aplicación, que digámoslo en puridad, no andaban muy medradas con el escolasticismo.

El sensualismo en ninguna manera es doctrina de Vives, ni puede lógicamente deducirse de sus principios. Tampoco la he dado yo por tal, limitándome a decir que Huarte y doña Oliva, campeones de ese sistema entre nosotros, tienen alguna relación con Vives. Mas no la tienen como sensualistas, sino como sutiles y delicados observadores psicológicos. El análisis de las pasiones, hecho por doña Oliva, se parece mucho a ciertos capítulos del tratado De anima et vita, y buena parte de las sagaces y agudas observaciones de Huarte sobre la variedad de los ingenios y de los estudios que convienen a cada uno, están fundadas en conceptos de la obra De disciplinis. Lo cual no es decir que Huarte carezca de originalidad, antes la tiene grandísima, al exponer a su modo el recíproco influjo de lo moral y de lo físico, la doctrina de los temperamentos, la de los climas, y los principios y bases de la frenología y de la craneoscopia. En algunas de estas enseñanzas tiende al materialismo, por lo cual la Inquisición mandó borrar en su libro algunas frases, además de aquel singular capítulo en que cometió la inocentada de describir el temperamento de Jesucristo. Pero de nada de esto es responsable Vives, en cuyas obras no hay una sola frase que pueda torcerse en sentido materialista. Cúlpese sólo al ingenio raro y paradógico, aunque agudo y encumbrado, de aquel docto médico aragonés.

Del cartesianismo ante ni post cartesiano no debe responder Vives sino hasta cierto punto. Real y verdaderamente él no parte de la duda metódica, aunque aconseja muchas veces suspender el juicio. Quien la pone por base es Foxo Morcillo en su tratado De vi et usu dialecticœ. Empieza por prescindir de todos los conocimientos adquiridos; sienta un principio, el de la existencia, principio ontológico, no puramente psicológico como el entimema de Descartes, principio subjetivo, que no es más que una afirmación de conciencia. Pero el de Foxo es objetivo, lo cual salva, a mi modo de ver, la dificultad, y no encierra la ciencia en un estéril y peligroso yoísmo. No está el mal del cartesianismo en la duda, estado ficticio y transitorio, que equivale en estos filósofos a la usada declaración de «prescindiremos de toda autoridad no fundada en razón, en aquellas materias que Dios entregó a las disputas de los hombres», declaración que con unas u otras palabras se lee al frente de casi todos nuestros libros de filosofía, inclusos los de algunos escolásticos, como Rodrigo de Arriaga. Aunque la duda sea metódica, como lo es en Foxo y en Descartes, no veo gran mal en ello. El quid del cartesianismo está más adelante, en el entimema.

Hay un singular hereje español que proclamó la duda, aún tratándose de las verdades reveladas. Mas para salir de tal estado, no recurrió al cogito, ni al principio del ser, ni al de la existencia, sino a una luz interior y sobrenatural que Dios comunica a sus elegidos. Puesto ya en tal camino, negó todo valor a la ciencia humana, y se encerró en un misticismo antitrinitario y semi-panteísta. Mas ¿qué tienen que hacer las ideas y especulaciones de Juan de Valdés con las de Vives, espíritu práctico por excelencia? Sólo por un lazo tenuísimo pueden unirse.

En cuanto a la construcción ontológica de Foxo, que procede, en el libro suyo que he citado, por método geométrico, nada veo que merezca censura, nada que pueda tacharse de inductivo al espinosismo. Los demás que llamó cartesianos antes de Descartes, sonlo, no en la base de su sistema, sino en doctrinas particulares, especialmente físicas y psicológicas. No eran, en verdad, dogmas las opiniones de los escolásticos antiguos sobre estos puntos, y la prueba es que no las siguen los escolásticos modernos.

De Vives procede la filosofía escocesa. Sí, por cierto, y en todas sus partes; ¿mas cuándo ni por qué razón ha sido peligrosa la escuela escocesa? Tímida e incompleta tal vez pueda llamársela, pero ¿dañosa? ¿Es censurable por ventura la observación psicológica? ¿Hemos de rechazar, como criterio, el común sentido, la conciencia en toda su amplitud, que decía el introductor en Cataluña de esta escuela? ¿Qué mayor barrera puede oponerse a los extravíos y exageraciones idealistas, al predominio de una sola facultad o tendencia? ¿No es una gloria para Vives haber distinguido con lucidez suma los dos momentos del juicio, señalando el carácter necesario, infalible y universal del juicio, que él llama naturale y que los escoceses apellidan espontáneo? El mal de la doctrina escocesa está en ser puramente psicológica y lógica, en carecer de metafísica. Por horror a los sistemas germánicos de lo absoluto, negó Hamilton la filosofía de lo incondicionado, sin sospechar que tal negación había de ser arma terrible, a la vuelta de pocos años, en manos de los positivistas, que, por boca de Stuart-Mill, le han acusado de contradicción flagrante. Pero ni de esta contradicción ni de aquellas negaciones tiene que responder Vives, porque no se detuvo en el psicologismo, sino que coronó el edificio de su sistema con una metafísica, con una prima philosophia.

También tiene usted por fruta dañada los pensadores independientes y ciudadanos libres de la República de las Letras. Pero usted sabe muy bien que estos audaces ingenios eran al mismo tiempo católicos fervorosos y empezaban y acababan sus libros con protestas, absolutas y sin restricciones, de sumisión a la Iglesia católica, y limitaban siempre sus audacias a materias controvertibles. Así entendido, el título de ciudadano libre de la República de las Letras es el más hermoso y apetecible que puede darse, y yo por mí, no le trocaría por ningún otro, ni siquiera por el de tomista, que al cabo indica adhesión a una escuela determinada. Los principios y tendencias del vivismo dan, según yo entiendo, ese libérrimo derecho de ciudadanía.

Poco diré del escepticismo de Sánchez. A decir verdad, sólo procede de Vives por la tendencia crítica, aunque exagerada y fuera de quicio. Pero no hemos de engañarnos sobre el carácter de este escepticismo. Sánchez es buen católico; de tejas arriba no duda de nada. Su escepticismo es de tejas abajo. En ocasiones parece un devaneo literario, por la forma ligera y un poco francesa en que vienen envueltos sus anatemas contra toda ciencia, y hasta contra la posibilidad de saber nada. Montaigne se contentaba con dormir en la almohada, de la duda; pero Sánchez es violento y agresivo, lo resuelve todo, o más bien no resuelve nada, con su eterno ¿Quid? y se burla de la necedad humana, asomada constantemente al pozo de Demócrito. No niega, sin embargo, como Hume, el principio de causalidad, ni rechaza, como los pirrónicos, el testimonio de la experiencia. Realmente era observador sagaz, y en sus comentarios, o más bien refutaciones semi-burlescas de algunos tratados psicológicos de Aristóteles, notó y corrigió con buen juicio errores graves de la ciencia antigua. Si en esto y en algunas observaciones sobre la incertidumbre de las ciencias parece discípulo de Vives, en lo demás es un insurrecto.

Resulta de toda esta disquisición, en verdad harto prolija, que fueron sanos en el árbol todos los frutos vivistas, aunque, llevados algunos a tierra extraña, se pudrieron o se malearon, cosa naturalísima. Y que el vivismo no es responsable en modo alguno de ciertas consecuencias, harto lo prueba la misma enumeración que de sus frutos venimos haciendo; pues, ¿cómo un mismo sistema había de pecar a la vez de «aristotélico y de antiaristotélico, de baconista y de cartesiano, de partidario de las ideas innatas y de sensualista?» ¿No fuera esto absurdo? La verdad es que no peca por ninguno de estos capítulos, sino que encierra en una vasta síntesis lo mejor y más sólido de todos, sin las exageraciones ni el exclusivismo de ninguno. Por eso, y porque no contiene ningún error grave, que sepamos, y porque es creación del todo española, queremos resucitarle y nos decimos vivistas. Y como este sistema salva el catolicismo quoad substantiam, y no tiene la pretensión de ser la «filosofía católica», sino la «filosofía española», pide, y alcanzará de seguro, el derecho de vivir, crecer y multiplicarse al lado de su hermano mayor el tomismo y a la sombra de la Iglesia, por lo menos con la misma razón que el tradicionalismo, por ejemplo, sistema sensualista y de consecuencias altamente peligrosas y alguna vez censuradas. Por cierto que de ningún vivista, a pesar de ser tan dañosos los frutos del árbol, se podrá citar una proposición tan malsonante como aquella: «La razón y el absurdo se aman con amor invencibles.»

Harto he molestado a usted, amigo mío, y a los lectores con estas prolijas y acaso inoportunas observaciones. Hora es de terminar. Mas no he de hacerlo sin advertir que Melchor Cano tiene bien poco de tomista, a no ser que por tomista se entienda vestir el hábito de Santo Domingo y seguir la doctrina de Santo Tomás en lo teológico; doctrina oficial, digámoslo así, en la Orden a que pertenecía Melchor Cano. Pero en lo demás, el autor de la obra De locis theologicis, pertenece a la pléyade de escritores del Renacimiento. No es tomista en la forma ni en el estilo, porque Santo Tomás escribió mal, como se escribía en su tiempo, y Melchor Cano escribe maravillosamente. No es tomista en filosofía, porque entre Platón y Aristóteles no se atreve a decidir, y escribe: Divo Augustino summus est Plato, Divo Thomœ Aristoteles... Mihi quidem nec Augustini nec Thomœ videtur contemmenda sententia. Lo cual equivale a decir que en filosofía no desprecia la autoridad de Santo Tomás, pero tampoco la sigue, ni más ni menos que hacían los vivistas. Y no vale decir que Melchor Cano fue poco afecto a Vives, y afirma de él que «señaló con acierto las causas de la corrupción de las ciencias, pero que no anduvo tan atinado en proponer los remedios», puesto que en realidad él se aprovechó ampliamente de Vives y de muchos vivistas, como Juan de Vergara, cuyo libro de las Cuestiones del Templo trasladó en cuerpo y alma, al tratar de la historia humana. Y nada mejor podía hacer, puesto que Vergara es el padre de la crítica histórica entre nosotros.

En resumen; todo lo que en el libro De locis no es teología pura, procede de fuentes distintas del tomismo. Por eso he llamado y sigo llamando vivista a Melchor Cano. Su gloria está en haber puesto al servicio de la teología la ciencia profana y el criticismo de Vives.

Nada diré del congruismo, cuestión para debatida entre los dominicos y los jesuitas. Yo he ensalzado el congruismo por ser creación científica española. El sistema tomista sobre la gracia no lo es, y por eso no hice particular mención de él.

No censuro a los escolásticos que prefieren Sanseverino o Liberatore a Sánchez o a Huarte. Puede perdonárseles el que desconozcan a estos escritores, pero en ningún modo el que dejen de estudiar a Suárez o a Domingo de Soto, con preferencia a los renovadores italianos y franceses del escolasticismo. Sobre esto versaba únicamente mi censura, que por otra parte no se dirige a los doctísimos filósofos que hoy son en España cabeza del movimiento neo-tomista, Harto sé que estos conocen de perlas el desarrollo anterior de sus doctrinas en nuestra Península. Pruébamelo el curso de Philosophia Elementaria de fray Zeferino González, y el áureo artículo de usted sobre mis desdichadas Cartas.

Y a propósito del ilustre obispo de Córdoba (cuyas bondades para conmigo, de nuevo y públicamente, y con toda la efusión de mi alma agradezco), uno mis votos a los suyos respecto a la Biblioteca de teólogos españoles, sin que para encarecer su importancia sea preciso rebajar en un ápice el mérito de nuestros filósofos. Nequid nimis, amigo mío. Muchos de los autores que Fr. Zeferino cita, tienen tanta o mayor importancia como filósofos que como teólogos. Testigo Suárez, ninguna de cuyas obras teológicas llega en mérito a su Metafísica. No demos ocasión a que los racionalistas nos digan en son de triunfo que hemos tenido teólogos (lo cual, en boca suya, equivale a sacristanes), y no filósofos.

Suscribo, con todo el entusiasmo de que soy capaz, a los elogios que usted hace de los tomistas españoles. Constituyen, en efecto, una de las páginas más brillantes de nuestra historia científica. Pero tampoco hemos de exagerar las cosas. Cisneros fomentó muy poco el tomismo; lo que más poderosamente alentó, fueron los estudios orientales y escriturarios. Y como era muy buen español, favoreció asimismo la escuela luliana, manifestando su deseo de que «se enseñase en todas las escuelas», como es de ver en la carta que dirigió a los mallorquines. En cuanto a los estudios del Renacimiento, que habían de obtener su más cabal expresión en Vives, sabida es la benéfica influencia de Fr. Francisco Ximénez, comparable, en algún modo, a la de Lorenzo el Magnífico o la de León Décimo.

Nada diré de Carranza, tan respetable por su saber como por su desdicha. Pero es lo cierto que sus méritos científicos se reducen para nosotros al opúsculo «de la residencia de los obispos», a la Summa Conciliorum, que es una compilación, y a los «comentarios al Cathecismo christiano», en que hay frases de sabor protestante, como lo demostró ampliamente Melchor Cano, y vino a confirmarlo la sentencia de Gregorio XIII, seguida de la abjuración por el mismo arzobispo, de diversas proposiciones.

No creo que el «tomismo diese dirección y guía a nuestros místicos.» A lo sumo puede decirse esto de Fr. Luis de Granada y algún otro ascético de los que impropiamente se llaman místicos. Los místicos puros no son tomistas. Es seguro que Santa Teresa había leído muy pocos tratados escolásticos. En cuanto a los demás, aunque sea cierto que conocían bien la Summa como todo el mundo entonces, esto también que seguían con preferencia a Hugo de San Víctor, a Gerson, a San Buenaventura, y aún a Suso y a Tauler, sin olvidar la fuente común de todos que era el libro De divinis nominibus atribuido al Areopagita. Fuera de esto, tenían muy bien leído a Platón, y aún a los neoplatónicos de Alejandría, y a los de la escuela toscana del Renacimiento. Cuando Malon de Chaide en «la Conversión de la Magdalena» quiere tratar de la «hermosura y del amor», no pide enseñanzas a Santo Tomás sino que acude al Convite de Platón, y le glosa y comenta. El que haya leído a León Hebreo sabrá de dónde bebió Cristóbal de Fonseca gran parte de sus especulaciones sobre el amor divino. Tan verdad es esto, que en el trabajo que preparo sobre la «Historia de la Estética en España», no he podido menos de considerar a nuestros místicos como la más brillante personificación del platonismo del Renacimiento, enlazándolos, no con los tomistas, sino con los poetas eróticos de entonces. Y no cede esto en desdoro, sino en gloria suya; porque la doctrina estética contenida en los diálogos del hijo de Aristón es tan alta y sublime, que, aún en nuestros días, el escolástico P. Jungmann ha escrito un tratado «de la belleza y de las bellas artes, según los principios de la filosofía socrática y de la cristiana», considerándolas peco menos que como idénticas.

Ni tampoco creo que contará usted entre los tomistas al incomparable Fr. Luis de León, el cual, según refieren sus contemporáneos, solía decir que «tres sabios había tenido el mundo; el primero, Adán; el segundo, Salomón, y el tercero... no Santo Tomás de Aquino, sino Raimundo Lulio.» Bien clara está la tendencia al «armonismo luliano» en muchos pasajes de aquellos platónicos diálogos sobre los nombres de Cristo. Como poeta, se inspira en todo, hasta en la «teoría de los números pitagóricos», pero pocas veces en el tomismo. Que Suárez, y antes de él otros jesuitas, y después todos hasta el siglo pasado, son disidentes y constituyen una disgregación del tomismo, harto lo han repetido y ponderado en todas épocas los tomistas puros, especialmente los dominicos. Hasta qué punto llega esta disidencia, y si basta a constituir escuela aparte, es lo difícil de determinar con precisión. En la parte teológica no cabe duda, y usted lo confiesa, puesto que opone el «congruismo» al sistema tomista sobre la gracia. En la filosófica no es menos honda la división. Ni puede decirse que Suárez es en ella expositor de Santo Tomás, pues lo que expone directamente es «la Metafísica de Aristóteles», separándose en muchas cuestiones de Santo Tomás, planteando otras que a éste no le pasaron por las mientes, y mostrándose tan original en desarrollos y conclusiones, que su «ontología» es uno de los más preciosos monumentos de la ciencia ibérica. «Pretendió no separarse de Santo Tomás», porque todos los escolásticos hacían otro tanto; pero Santo Tomás, como Aristóteles, como Averroes y otros grandes nombres, ha sido un pabellón que ha cubierto todo género de mercancías.

Aparte esto, ¿no pasan por sistemas distintos del «tomismo» el «escotismo», el «okamismo» y otros? ¿Pues por qué no ha de serlo el «suarismo», que es tanto o más independiente que ellos? Cada una de las infinitas divisiones y subdivisiones de la filosofía griega tiene un nombre especial, y a buen seguro que muchas de ellas no difieren tanto entro sí como la doctrina del Doctor «angélico» y la del «eximio» jesuita de Granada.

«El tomismo es filosofía española, porque fue enseñado en nuestras universidades.» Pero no fue la única filosofía enseñada en ellas, puesto que el lulismo tuvo cátedras aparte, y las tuvieron los demás sistemas escolásticos, y, lo que es más, las tuvo «en todo el siglo XVI» el peripatetismo clásico, lo cual, para gloria de nuestra nación, dejaron registrado los extranjeros. Según ellos, en las aulas españolas se enseñaba a Aristóteles íntegro y en griego. Y sin que ellos lo dijeran, sabémoslo por los escritos de Pedro Juan Núñez, fundador de la gloriosa escuela valenciana, en la cual fue tradicional el culto de la sabiduría antigua ex ipsi primis fontibus. A Núñez sucedieron en la misma enseñanza Monzó, Monllor y Serverá. En Barcelona propagó su método el mismo Núñez; en Zaragoza, Simón Abril; en Alcalá, Cardillo de Villalpando, a quien muchos, malamente, juzgan tomista; en Coimbra, Pedro de Fonseca, lazo de unión entre los peripatéticos clásicos y los suaristas. A la sombra de este peripatetismo ilustrado, tolerante y de acendradas formas literarias, se desarrolló nuestra libertad filosófica. Merced a él levantaron la cabeza los ramistas, especialmente en Salamanca; proclamó Dolese el atomismo en Valencia, siguiéronle Vallés en Alcalá, y Gómez Pereira en Medina del Campo; examinó Pedro de Valencia con segura crítica todas las opiniones de los antiguos sobre el criterio de la verdad, e hizo Quevedo la apología de Epicuro, anticipándose a Gassendo.

El escolasticismo no contrarió sistemáticamente este movimiento, antes bien, recibió su influencia. Siglo y medio dura esta época, la más gloriosa, en todos conceptos, para España. De los peripatéticos clásicos salió Gouvea, el vencedor de Pedro Ramus; salió Sepúlveda, el adversario terrible de Erasmo y de Lutero. De las demás disgregaciones del vivismo salieron los fundadores de todos los sistemas modernos.

Usted recordará lo que sucedió al pararse este movimiento. Llegó un día, allá a mediados del siglo XVII, en que el escolasticismo se presentó intolerante, y aspiró a dominar solo en las aulas. Y entonces, como por encanto, huyó de nuestras Universidades aquella grandeza, no se estudió la filosofía en sus fuentes, olvidose la crítica de Vives, faltó independencia y serenidad en el juicio, diose de mano a las ciencias auxiliares, y ¡cosa rara! el escolasticismo, alcanzado el absoluto imperio a que aspiraba, empezó a decaer rápidamente, se durmió sobre sus laureles y no produjo ya Sotos, ni Molinas, ni Vázquez, ni Suárez, sino sumulistas y compendiadores de compendios y disputadores en el vacío. ¡Y cuándo se durmieron precisamente cuando se levantaba el cartesianismo y venían en pos de él Malebranche y Espinosa. La ciencia escolástica, que en el siglo XVI y en la primera mitad del XVII estaba al nivel de la ciencia independiente, empezó a quedarse atrasada. En la España de Carlos II quedaba todavía mucho arte y mucha ciencia, aunque uno y otra decadentes, pero no estaban en las universidades. Había que buscarlos en aquel grupo de críticos históricos que se reunían en la celda de Fr. Hermenegildo de San Pablo; grupo formado por Nicolás Antonio, D. Juan Lucas Cortés, el marqués de Mondéjar y otros; o en las producciones de algún erudito que conservaba la tradición antigua, más o menos alterada, o en las de los últimos místicos, o en el teatro. El escolasticismo de las aulas sólo despierta con algún brío cuando asoma en nuestro horizonte científico la estrella vivista del P. Feijóo.

¡Tan necesaria es una prudente libertad en las indagaciones del espíritu!

Y ahora, si no temiera prolongar esta carta, mostraría cómo el espíritu de la doctrina de Vives informa toda nuestra civilización. Mostraría que a él debemos lo poco o mucho que hemos trabajado en ciencias naturales; que de él arranca una reforma en la enseñanza de la teología y del derecho; que nuestra crítica histórica, desde Juan de Vergara hasta el presente, es una aplicación del vivismo; que él dio luz y guía a los estudios de erudición y humanidades, y que sin él nuestra literatura clásica del gran siglo no hubiera tomado el sesgo que llevó y que la condujo a la gloria. Haría ver que Vives tiene todas las cualidades buenas del Renacimiento y ninguna de sus exageraciones; que no es un fanático enemigo de la Edad Media; que no condena en poco ni en mucho la civilización cristiana, y que él fue el primero en señalar las bellezas literarias de autores entonces tenidos por bárbaros. Pondría en claro que toda restauración total o parcial de los estudios en España ha sido restauración vivista, y deduciría de todos estos hechos, y de otros que puedo alegar y alegaré en su día, la necesidad de volver a Vives para salvar la ciencia española del olvido y de la muerte. Pero todo esto, Dios mediante, hallará oportuno lugar en un libro que con el título de Exposición e historia del Vivismo pienso escribir. Libro será malo y rudo como de tosca pluma y pobre entendimiento, pero útil si llama la atención de los doctos hacia nuestra pristina y olvidada ciencia.

Siento, amigo mío, tentaciones de romper esta carta. Ha salido larga, machacona, y llena de repeticiones. Parece un quodlibeto escolástico de los malos tiempos. No he escrito nada peor con haber escrito cosas tan malas. ¡Y pensar que la he escrito en Florencia, en la moderna Atenas, donde parece que aún vagan las sombras de Lorenzo el Magnífico y de Angelo Poliziano, uno de mis amores literarios más íntimos y verdaderos! También es fatal coincidencia.

Mas no es lo peor el estilo, ni el haber escrito esta carta a pedazos y sin ver un libro. Es el temor que me aqueja de haber hablado con irreverencia del tomismo, sistema tan luminoso, tan sublime, tan fecundo. Es, de otra parte, el recelo de haberme mostrado ingrato con usted, que es todo bondad para conmigo, y que ha honrado mis borrones de estudiante con elogios correspondientes sólo a un trabajo maduro y sazonado, pero elogios que no olvidaré nunca, porque sé que nacen de una alma nobilísima.

Decididamente rompo la carta... Pero no, porque anda mezclado el buen nombre de Vives con el asunto. Lo mejor es remitírsela a usted para que, una vez leída, haga de ella lo que le plazca. Publíquela usted, si quiere; rásguela o quémela si no, que nada se perderá en ello. Pero en ningún caso la considere usted como réplica a su artículo ni como escrito anti-tomista, sino como observaciones y notas que tienden a explicar, más que a defender, mi opinión en ciertos puntos.

Suyo siempre devotísimo.

M. MENÉNDEZ PELAYO.




    La ciencia española : polémicas, indicaciones y proyectos
     por el doctor Marcelino Menéndez Pelayo
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