 La patria de Raimundo Sabunde
Un inconnu célèbre. Recherches historiques
et critiques sur Raymond de Sebonde, par l'Abbé D.
Reulet. Paris, V. Palmé; 1875, 324 pp.
 - I -
Leí meses ha en el Polybiblion (revista bibliográfica
católica) un articulito o compte-rendu en que por
incidencia, y cual de cosa sabida y notoria, se hablaba de
la patria provenzal de R. Sabunde, con referencia a una monografía
del abate Reulet, autor de este descubrimiento. Causome no
poco pesar la nueva, pues admirando como admiro al autor
del Liber creaturarum, no podía yo llevar con paciencia
que no se nos despojase de esta gloria filosófica,
haciendo tolosano al que por catalán tuvieron y juzgaron
todos los doctos, desde el abad Trithemio acá. Pero
como tengo natural propensión a creer todas las malas
noticias, di aserto, con ligereza sobrada (lo confieso),
a la indicación del Polybiblion, y aún la repetí
en dos pobres ensayos míos, por creer entonces oportuno
no hacer hincapié en títulos dudosos o controvertibles,
sino en los ciertos y averiguados de nuestra ciencia. Después
he tenido ocasión de leer la del abate Reulet; y visto
que no prueba lo que intenta, ni por asomos, creome en la
obligación de hacer entera penitencia de mi pecado.
No es otro el fin ni otra la causa de haberse escrito estas
líneas. A ninguno de mis escasos lectores parecerá
nuevo ni peregrino el nombre de Sabunde. Por grande que sea
el olvido en que yacen los monumentos de nuestro pasado científico,
no quiero ni debo suponer que este olvido se extienda a la
Teología Natural. El atrevido propósito de
su autor, aunque los méritos de la ejecución
no correspondieran, bastaría para librar de la oscuridad
su nombre. En el último y decadente periodo de la
escolástica, cuyo imperio se dividían místicos
y nominalistas, apareció en Tolosa un profesor barcelonés
que, sin pertenecer a ninguna de las banderías militantes
ni ajustarse al método y forma universalmente adoptados
en las aulas, antes puesta la mira en la reforma del método
y de toda enseñanza, como si obedeciera a la poderosa
voz del Renacimiento que comenzaba a enseñorearse
del arte, concibió la traza de un libro único,
no fundado en autoridades divinas ni humanas, que sin alegar
textos de ningún doctor, llevase a la inteligencia
de todos; libro fundado en la observación y en la
experiencia, y sobre todo en la experiencia de cada cual
dentro de sí mismo. «Nulla autem certior cognitio
quam per experientiam, et maxime per experientiam cujuslibet
intra seipsum.» Trazó, pues, una Teología Natural en que la razón fuese demostrando y leyendo, cual
si escritos estuviesen en el gran libro de las criaturas,
todos los dogmas de la religión cristiana. El plan
era audaz y no libre de peligros, que a las veces evitó
mal Sabunde; pero la concepción misma es indicio claro
de su vigorosísimo entendimiento. Al desarrollarla
mostrose potente en la argumentación, abundante en
los recursos, y hasta inspirado y facundo a veces en el estilo,
libre a la continua de arideces escolásticas. El
libro había nacido en tiempo y sazón convenientes,
y su éxito fue brillante, aunque más bien fuera
que dentro de las escuelas. Difundido en abundantes copias
por Francia, Italia y Alemania, llegó a ser estampado
por los tórculos de Deventer en1484 (si es que no
existe edición anterior, como algunos sospechan),
y entre los últimos años del siglo XV y todo
el XVI aparecieron más de doce ediciones del primitivo
texto, sin que fuera obstáculo la prohibición
que del Prólogo de Sabunde hizo el Concilio de Trento.
Suprimiose el prólogo, y la obra siguió imprimiéndose
sin otra mudanza. Y como su extensión y lo incorrecto
de su latín retrajesen a muchos de su lectura, acudieron
dos elegantes humanistas admiradores de Sabunde, Pedro Dorland
y Juan Amós Comenio, con sendos extractos rotulados
Viola animae y Oculus fidei. Y por si algo faltaba a la mayor
difusión y renombre de la doctrina de Raimundo, un
caballero gascón, antítesis viva del piadoso
catedrático del siglo XV, se entretuvo en verter la
Teología Natural en encantadora prosa francesa, que
aquel escéptico caballero hablaba y escribía
como pocos o ninguno la han vuelto a escribir y hablar. No
satisfecho con esto, tomó pie del libro de Sabunde
para su más extenso y curioso ensayo, que con título
de Apología (aunque de todo tiene menos de esto) anda
desde entonces en manos de todos los aficionados a ingeniosas
filosofías y a desenfados de estilo. El Liber creaturarum,
que por tales caminos había llegado a la cumbre de
la celebridad, mantúvose desde entonces en estimación
honrosa, y si no muy leído, continuó siendo
muy citado, a veces con oportunidad escasa. De la patria
del autor nadie dudaba, hasta que el abate Reulet publicó
su paradoja intitulada, como dicho queda, Un célebre
desconocido. Veamos si hace fuerza su alegato.
 - II -
Aunque el escrito de que voy a hablar no tiene más
de 316 páginas en dozavo, fácilmente pudiera
reducírsele a menor volumen con sólo suprimir
algunas de las infinitas amplificaciones y redundancias en
que se complace su autor. Es el estilo del abate Reulet elegante,
pero desleído y falto de nervio, abundando además
en ornamentos amenidades de dudoso gusto. Pero no conviene
hacer hincapié en los defectos de un libro que tiene
partes recomendables y demuestra haber sido trabajado con
amore e interés hacia el asunto. Divídese en
dos partes, concernientes, la primera a Sabunde, la segunda
a su libro. En la Biblioteca de Tolosa se guarda un precioso
códice del Liber creaturarum. Por la descripción
del abate Reulet vemos que el tal manuscrito es un volumen
de 280 hojas en 4.º con profusión de adornos y miniaturas.
Los títulos de los capítulos están en
letra colorada, y en la foliatura síguese la numeración
romana. La inscripción filial dice a la letra: «Et
sic explicit Liber Creaturarum (seu Naturae) seu Liber de
Homine... inchoatus et inceptus in alma universitate venerabilis
studii Tholosani, anno Domini millesimo quadriagentesimo
tricesimo quarto et completus et terminatus in eadem universitate
anno 1436 in mense Februarii, undecima die, quae fuit dies
sabbati, etcétera.» La importancia de este documento
salta a la vista. Hasta hoy ignorábamos la fecha precisa
en que fue escrito el Libro de las Criaturas. Cónstanos
hoy que se empezó en 1434, y que su autor le puso
término en el mes de Febrero de 1436. Pero aún
no ha acabado la nota fina del códice tolosano. «Hic
liber est Berengarii Operarii, auctoritate regis notarii,
Tholosae habitatoris, extractus a consimili copia magistri
Alrici de Rupe, etiam notarii ibidem: et correctus per ambos
jam dictos notarios subscriptos cum originali libro manu
reverendi magistri Ramundi Sibiude (sic) in sacra pagina,
in artibus et in medicina magistri... finitus corrigi die
mercurii Cinerum, XIII mensis Februarii, anno ab incarnatione
D. mill. quadringentesimo tricesimo sexto. Cujus quidem compilatoris
vita functi penultima Aprilis eodem anno, etc.» Otra revelación
inesperada. Raimundo Sabunde murió en Abril de 1436,
dos meses después de haber dado cima a su Teología
Natural. La contradicción aparente entre las fechas
del libro y de la copia ha sido discretamente salvada por
el abate Reulet, mediante la diferencia entre el cómputo
eclesiástico que Sabunde, como profesor, debió
seguir, y el vulgar que forzosamente adoptaban los notarios.
Éstos debieron de acabar la confrontación de
su copia en 13 de Febrero de 1437. La autoridad de semejante
traslado, que para nosotros hace veces de original, no puede
ser más decisiva, y merece bien de las letras el abate
Reulet por este su único descubrimiento, aunque entusiasmado
con él ha querido darle más valor del que realmente
tiene, y convertirle en arma para su antiespañola
pretensión. Veamos cómo. La primera dificultad
que acerca de Sabunde se ofrece, es su nombre, que ha sido
escrito de todas estas maneras: Sebeide, Sabunde, Sebundius,
Sabundanus, Sebundus, Sebon, St.-Sebeide, y en cinco o seis
formas más. La más antigua autorizada parece
la de los notarios tolosanos, que escriben Sibiude. No me
parece de grande importancia tal cuestión, aunque
Reulet la discute en forma y largamente, explicando a su
manera los cambios y trastrueques que en el nombre de Raimundo
hicieron copistas y editores, guiados generalmente por razones
eufónicas. Pero conviene advertir que en España
nunca hemos llamado al filósofo catalán Sabeydem ni Sant-Sebeide, por más que nos cuelgue este milagro
su biógrafo y añada que tan exóticos
nombres se ajustan a las conveniencias de nuestra lengua.
Sabunde o Sebunde se ha escrito siempre del lado acá
del Pirineo, y a nada conducen los rasgos de sprit que con
esta ocasión se permite el clérigo francés.
Llegamos al nudo de la cuestión, al capítulo
de la patria. El abad Trithemio, que en 1494 publicó
su catálogo de escritores eclesiásticos, afirma
en él que Sabunde era natione Hispanus. Sinforiano
Champier, en los primeros años del siglo XVI lo repite.
Montaigne hace correr de gente en gente la misma aserción.
El docto Maussac, en los prolegómenos al Pugio Fidei de Fr. Ramón Martí, impreso en 1651, adelanta
más: llama a Sabunde natural de Barcelona y profesor
en Tolosa. Desde entonces todos los críticos e historiadores
de la filosofía han repetido estos datos. El abate
Reulet se levanta a contradecirlos, y, con toda la jactancia
francesa (aquí de bastante mal gusto) anuncia que
las pretensiones del libro van a sucumbir ante los derechos
del Garona. ¿Y qué derechos son esos? ¿Ha parecido
la partida de bautismo de Sabunde?¿Se ha encontrado la indicación
de su patria en algún registro de la Universidad de
Tolosa? ¿Hay el más insignificante documento que disculpe
tales fanfarronadas? No hay más que la rotunda afirmación
del abate Reulet, escritor de 1875, contra el testimonio
del abad Trithemio en 1498, cuando aún debían
vivir gentes que conocieron a Sabunde. ¿Y cómo ha
querido invalidar semejante prueba el apologista de la causa
francesa? Fantaseando con escasa formalidad crítica
un cuadro de novela en que el abad Trithemio aparece en su
celda hojeando el Libro de las Criaturas, para redactar el
artículo concerniente a Sabunde, a quien llamó
español, ¿a que no saben mis lectores por qué?
Porque en un manuscrito citado en una Historia del Languedoc
se habla de un magister Hispanus, médico del conde
Raimundo de Tolosa ¡en 1242! Y ya se ve, el pobre Trithemio
tomó el rábano por las hojas, confundiendo
a un filósofo del siglo XV con un médico oscuro
del XIII, del cual hay noticia en un manuscrito. ¿Y qué
prueba tenemos de que Trithemio hubiera visto semejante manuscrito?
Y suponiendo que le viera, ¿por qué hemos de suponerle
capaz de un yerro tan enorme e inexplicable? ¿Puede llamarse
a este modo de razonar procedimiento crítico? Que
Trithemio, aunque laborioso y muy erudito, era a veces ligero.
Está bien; pero ¿quién prueba que lo haya sido
en este caso? En reglas de crítica, y tratándose
de un autor del siglo XV, la palabra de los contemporáneos
o inmediatamente posteriores vale y hace fuerza, mientras
no haya datos en contrario. Tampoco los hay para destruir
la afirmación de Maussac respecto a la patria barcelonesa de Sabunde. Maussac sabía demasiado para confundir
a Sabunde con S. Raimundo de Peñafort. Anchas tragaderas
debe de tener el que consienta en atribuir tal desatino al
ilustrador del Pugio fidei. Por lo demás, es cómodo,
ya que no muy ingenioso, este medio de explicarlo todo y
desembarazarse de las dificultades. ¿Quién ha dicho
a Reulet que Maussac no tuvo datos o documentos que hoy desconocemos,
para poner en Barcelona, y no en otra ciudad de España,
la cuna de Sabunde? ¿Los ha presentado él buenos ni
malos para hacer a su héroe hijo de Tolosa? ¿No confiesa
que todos los analistas tolosanos guardan acerca de él
alto silencio, y que la tradición local asimismo calla?
Pruebas de hecho no alega ninguna el abogado de Francia;
conjeturas una sola, que le parece fortísima, pero
que es débil y deleznable por descansar en un falso
supuesto: la lengua. Dista mucho, en verdad, de ser clásico
el latín del Libro de las Criaturas; pero muy de ligero
ha procedido Reulet al asentar que está lleno de galicismos.
Razón tiene cuando estima por de ningún valor
el texto de Montaigne: «Ce livre est basti d'un espagnol
baragouiné en terminaisons latines», si por español se entiende el castellano; pero tal interpretación
sería aquí absurda. ¿Cómo se le ha de
ocurrir a nadie que Sabunde, catalán del siglo XV,
hablase castellano? ¿No es esto olvidar del todo la historia
literaria de la península? Dícenos el abate
Reulet que él sabe el español (sic) y que no
ha encontrado castellanismos en la Teología Natural.
¿Y cómo los había de encontrar, si Sabunde
fue barcelonés? ¿Ignora el respetable clérigo
que los barceloneses, lo mismo ahora que en el siglo XV,
no tienen por lengua materna el castellano, sino el catalán,
es decir, una lengua de oc, hermana del provenzal, hermana
de la lengua de Tolosa, donde se escribió el Libro
de las Criaturas en un latín bastante malo, que abunda
en catalanismos por ser catalán el autor, y en provenzalismos porque había residido mucho tiempo en Tolosa, y en
repeticiones y desaliños y redundancias como todos
los libros de profesores no literatos, y más en el
siglo XV? Déjese, pues, el abate Reulet de traer
a cuento la lengua española, frase malsonante y nunca
oída de nuestros clásicos que se preciaron
siempre de escribir en castellano. Tan española es
la lengua catalana como la castellana o la portuguesa. Lo
que conviene averiguar es si son realmente galicismos las
frases de Sabunde que con dudosa exactitud filológica
apellida así el crítico, sin distinguir tampoco
el francés del Norte del del Mediodía. ¿Por
qué han de ser francesas y no catalanas, o castellanas,
o italianas, o de cualquiera otra lengua romance, expresiones
tan sencillas como éstas: Volo quod omnes dicant bonum
de me; Hoc est clavis et secretum totius cognitionis? ¿No
son españolas de buena ley estas otras: Quiero que
todos digan bien de mí. Ésta es la llave y
el secreto de todo conocimiento? ¿No se puede y debe decir
en catalán: Aquesta es la clau de tot coneixement,
y en toscano Questa é la chiave ed il segredo, etc.?
¿Estará el galicismo en el uso frecuente de la partícula
quod por ut? Pero ¿quién no sabe que éste es
resabio general de la escolástica? En otro caso habría
que declarar francés al mismo Santo Tomás de
Aquino. De este tenor son casi todas las pruebas alegadas
por Reulet; algunas hasta contraproducentes. El necesse est
quod in homine, etc. sigue mejor el giro castellano Necesario
es que en el hombre haya algo que siempre dure, que el de
la francesa Il est necessaire. El despreciativo de ipso nullum
computum facimus es provenzalismo o italianismo, pero no
buen francés del Norte aunque haya pasado al lenguaje
familiar. La repetición de los pronombres personales,
sobre todo del nos, aunque contraria a la índole suelta
y generosa de las lenguas peninsulares, está en los
hábitos académicos y profesorales: nosotros
dijimos, nosotros creemos. En las palabras que como francesas
cita, anda aún más desacertado el abate Reulet.
Brancha es traducción del catalán branca y
no del francés branche, como bladum lo es de blé
(trigo). ¿Y no es algo inocente poner como galicismos las
expresiones unus cattas (un gato), omnes culpabiles (todos
los culpables), addiscere ad legendum (aprender a leer)?
Argumento que prueba demasiado nada prueba. Sabunde, como
todos los malos latinos, tendía a la construcción
directa y atada, con poco o ningún hipérbaton,
por oraciones de sum, es, fui y primeras de activa. Esto
es lo que su biógrafo llama construcción francesa,
cuando realmente es el modo de decir propio de todo el que
escribe con dificultad una lengua, atento sólo a la
claridad y enlace lógico de las ideas. Con todos
estos poderosísimos argumentos mezcla el buen clérigo
sabrosas burlas a propósito del énfasis castellano,
que nos hace llamar batallas a todas las escaramuzas (vg.
la escaramuza de Pavía, la de San Quintín,
la de Bailén, las de Zaragoza, etc.). Con todo lo
cual, si su tesis no gana mucho, a lo menos el autor logrará
fama de hombre de sprit o de chispa, como decimos por acá.
Dios dé buena manderecha, y mejor gusto y novedad
en sus gracias. De todo lo expuesto se deduce que el abate
Reulet no ha alegado razón chica ni grande que invalide
la autoridad de Trithemio. Seguimos, pues, contando a Sabunde
en el le número de nuestros filósofos. Los
documentos, sólo con documentos, no con vanas conjeturas,
se destruyen.
 - III -
Si en la primera parte de este artículo no he podido
menos de decir mucho mal de la memoria de Reulet, depárame
en cambio grata tarea el retazo de su libro en que expone
y juzga las producciones de Sabunde: y digo mal las producciones,
puesto que una sola salió de su pluma, o a lo menos
una sola nos queda, conforme demuestra con buenas razones
nuestro abate. La Viola animae, compendio del Liber Creaturarum,
en seis diálogos de elegante latín y sabroso
estilo, obra es del brabanzón Pedro Dorland, y así
lo indican los versos laudatorios que, a usanza del tiempo
acompañan a la Violeta en la impresión de Milán
de 1517. Y fuera de la diferencia de estilo entre este libro
y el de las Criaturas, acaban de persuadirnos de la verdad
los elogios que el compendiador hace de Sabunde, y que en
boca de éste fueran impropios y desmesurados. En la
Violeta, pues, (que en 1616 fue trasladada al castellano
por Fr. Antonio de Ares con rótulo de Diálogos
de la naturaleza del hombre), lo que a Sabunde pertenece
no es la forma, sino la doctrina: lo propio acontece con
el Oculus fidei, compendio más árido y menos
feliz, que en 1661 estampó en Amsterdam el sociniano
Juan Amós Comenio. Sólo por un inexplicable
yerro de José Escalígero ha podido atribuirse
a Sabunde el Pugio fidei del insigne orientalista catalán
Fr. Ramón Martí, obra de erudición rabínica
maravillosa, cuando del autor de la Teología Natural ni siquiera consta (y puede muy bien dudarse) que supiera
hebreo. El único escrito de Sabunde, aparte de su
obra magna, fueron, pues, las Quaestiones Controversae citadas
por Trithemio, sin que de ellas quede otra memoria. Tampoco
es imposible que hubiese compuesto Quodlibetos, como Josías
Simler y Possevino afirman. Limpio ya de malezas el terreno,
procede estudiar el Libro de las Criaturas, primero por el
lado bibliográfico, y luego al modo crítico.
Halo intentado no sin fortuna el erudito francés,
aunque la parte bibliográfica peque de ligera y sucinta,
mucho más si la cotejamos con el excelente estudio
que en la Revista de Instrucción pública (año
1857) estampó el modesto y malogrado bibliotecario
de Oviedo, Sr. Suárez Bárcena. Las ediciones
citadas (aunque sin descripción bibliológica)
por Reulet llegan a diez y seis, o mejor dicho a quince,
pues la existencia de la primera de Deventer, 1480, es muy
incierta, y sólo se afirma por una referencia del
Lexicon de Ebert, quien acaso la confundió con otra
hecha en la misma ciudad en 1484. Lo mismo las ediciones
incunables que las impresas en la primera mitad del siglo
XVI, insertan el prólogo, y son por ende las más
apreciables. Ni Reulet indica ni yo he podido averiguar la
fecha de la más antigua de las expurgadas; pero el
prólogo falta ya en la de Venecia, 1581, que poseo.
Todos los textos impresos, incluso el moderno de Solsbach
(1852), adolecen de alteraciones y faltas (no siempre tan
sustanciales como Reulet imagina), cotejados con los códices
del siglo XV (en la Biblioteca Nacional de París hay
tres), y especialmente con el de Tolosa. Urge, pues, una
reimpresión esmerada y completa del Liber Creaturarum,
y a los españoles nos toca hacerla. Mengua sería
que mientras los libros de jineta y de caza salen del polvo,
permanecieran en él los más gloriosos testimonios
de nuestra intelectual cultura. Todavía no anda en
castellano la Teología Natural que Montaigne en el
siglo XVI tradujo al francés y puso sobre su cabeza.
Sabunde entre nosotros es principalmente conocido por los
Diálogos de Fr. Antonio de Ares (libro muy raro) y
por la versión de un rifacimento italiano, vulgarizada
pocos años ha en la Librería Religiosa. En
ocasión más oportuna hablaremos de Sabunde,
considerado como filósofo.
 Apéndice
Contestación de D. Alejandro Pidal y Mon a la carta
In dubiis libertas
«Encontrando demasiado tirante el arco
por una parte, probé a doblarle por la otra, quizá
con exceso.» |
| (CARTA DE PELAYO. La España, 21 Abril
77.) |
|
Sr. D.
Marcelino Menéndez Pelayo. Querido amigo: La carta
de usted, a que contesto, cayó sobre mí como
una bomba, rompiome en mis propias manos la pluma con que
había empezado a refutar el extenso artículo
del racionalista Sr. Perojo, publicado en el último
número de la Revista Contemporánea sobre La
Ciencia Española, y aunque a ninguno cedo en fe y
entusiasmo, juzgueme débil y sin fuerzas, y sobre
todo sin autoridad para contestar a usted como se debía.
El desaliento y la tristeza de que mi ánimo se halla
apoderado con el repugnante espectáculo que diariamente
presencio en las columnas de ciertos periódicos, que
cerradas para todas las grandezas del movimiento católico
y las luchas científicas, sólo se abren a la
calumnia, a la injuria y a la acusación contra sus
hermanos los católicos; las tareas políticas
que tanto absorben la actividad del espíritu distrayéndole
de los libros y asuntos literarios; y sobre todo la previsión
de los grandes males que al renacimiento filosófico
de nuestra patria acarrearían sus ataques de usted
a la escolástica, si no se le oponían, como
fuerte dique que atajara el mal en su nacimiento, la autoridad
científica y doctrinas de algún nombre ilustre
en la república filosófica, hicieron que cuando
volví a tomar la pluma no lo hiciese para responder
a usted, sino para invitar privadamente a los grandes filósofos
escolásticos, a los sabios hijos de Santo Domingo,
a los esclarecidos discípulos de Santo Tomás,
para que saliendo a la palestra contrarestasen los esfuerzos
de usted en contra del renacimiento escolástico en
España. Quizá, si no las mismas, análoga
o semejantes causas les obligaron a deplorar en silencio
que el joven erudito que tan valientes asaltos acababa de
dar a la impiedad y al racionalismo, volviese ahora sus armas
contra la filosofía tomista, única filosofía
cristiana que ha quedado en pie y que reverdece con vigor
después de la inundación del racionalismo..
Lo cierto es que, si bien me animaron a la pelea, suministrándome
armas defensivas con que acudir a los flacos de mi coraza,
me dejaron a mí solo el empeño, a mí,
siempre impotente para medirme con usted, pero mucho más
en la presente ocasión y en el presente estado de
mi ánimo; estado de postración y abatimiento,
más propicio para el recogimiento y la meditación
que para la lucha. Pero sea como quiera, heme aquí
casi sin libros también, pues plúgome no abrir
casi ninguno, no porque pueda sin ellos, como usted, inundar
con prodigiosa erudición estas páginas, sino
por falta de ánimo y de tiempo, y por hacer más
explicable mi torpeza. Heme aquí, repito, como David,
enfrente del gigante Goliat; como David, sin fuerzas, pero
armado de la honda escolástica, cuyos disparos, bien
que por más certera y ruda mano dirigidos, dieron
ya en tierra con otros gigantes que salieron a desafiar a
tan alta filosofía desde los campos del Renacimiento,
de la Reforma y de la Enciclopedia. Bien se me alcanza que
rechazará usted este papel que, con justicia sin embargo
en la ocasión presente, le atribuyo de enemigo de
la filosofía de Santo Tomás, recordándome
que si en sus cartas a Laverde le colmó ya de elogios,
en ésta a que contesto, con ser su objeto probar que
el vivismo no era inferior al tomismo, califica usted a este
de «el más firme valladar que en España hallan
las invasiones racionalistas», asegurando que lo «aquejaba
el temor de haber hablado con irreverencia del tomismo, tan
luminoso, tan sublime y tan sesudo sistema», rogándome
que «no considerase esta carta como escrito antitomista»,
pues usted, aunque sin serlo TODAVÍA, «venera, respeta
y acata el tomismo como el más fervoroso de sus adeptos»,
conviniendo que «el ángel de las escuelas tiene por
patria al mundo y a la humanidad por discípulo.»
Pero si bien es cierto que usted nos es enemigo sustancial
y sistemático del tomismo, no lo es menos que las
preocupaciones humanistas a que usted se confiesa un tanto
accesible, le asaltaron de tal manera en esa Florencia, «en
esa moderna Atenas», como usted la llama, «donde aún
vagan las sombras de Lorenzo el Magnífico y de Angelo
Poliziano», que sin detenerse a contemplar sobre ellas la
sombra más augusta por cierto del ilustre Savonarola,
se entregó usted a sus naturales inclinaciones, dejándose
llevar de las corrientes apacibles de la literatura renaciente,
hasta dar más importancia a la forma que al fondo;
nota característica que domina en su carta de usted
y que es el eco que a través del baluarte de su fe
y de su ciencia resuena en su trabajo, eco producido por
el grito de rebeldía que ahoga en la sociedad la carne,
reivindicando sus derechos sobre el espíritu, espíritu,
y carne vueltos, si no a su primitiva concordia, a su ordenada
subordinación en los grandes días de la Edad
Media. «Obra santa y grande» llama usted a la obra del Renacimiento;
y he aquí, amigo mío, la clave de sus erradas
equivocaciones. La obra del Renacimiento ni fue grande ni
santa, como no fue santa ni grande la obra de la Reforma.
La grandeza y la santidad fueron los caracteres de la verdadera
Reforma y del verdadero Renacimiento, que tuvieron lugar,
aquélla en el siglo XVI, por medio de los grandes
teólogos escolásticos reunidos en Trento; éste
en el siglo XIII, por medio de aquel irresistible movimiento
de condensación, depuración y adelanto que
se apodera de todas las inteligencias y corazones en todas
las esferas de la vida y del que, como causa y efecto a la
vez, aparece como dominándole, impulsándole
y dirigiéndole la gran figura del teólogo y
filósofo escolástico Santo Tomás de
Aquino. Y como éste es el nudo vital de sus apreciaciones
y como el foco de donde irradian los tiros que en la carta
de usted dirige a la ciencia y a la literatura de la edad
cristiana por excelencia, creo más conducente al asunto,
y al fin que me propongo, herir con mano firme y de una vez
en el corazón de sus doctrinas, que irme de rama en
rama y de espina en espina para abatir el árbol peligroso
que usted ha levantado y que a pesar de mi flaqueza confío
en que ha de venir al suelo en cuanto aplique a su robusto
tronco la acerada segur de la incontrastable lógica
escolástica. Y para proceder con método, fijemos
bien de antemano el sentido histórico de la palabra
Renacimiento. Es indudable que merced a los restos de las
primitivas revelaciones conservados por la tradición
más o menos desfigurados, y a los poderosos esfuerzos
de la razón humana en todo su vigor natural, se habían
elevado antes del cristianismo en medio de las aberraciones
del espíritu, esclavo incondicional de la carne en
los antiguos días, monumentos de imperecedera grandeza
en casi todos los ramos del saber humano. La personalidad
humana, posesionada ya de la conciencia de su propio valer,
se había proclamado a sí misma enfrente de
la tiranía de la madre naturaleza, entre cuyos brazos
se perdía y como se anegaba después de la revuelta
ocasionada por el pecado original, el hombre racional y libre.
Platón y Aristóteles en filosofía, Homero
y Demóstenes en la palabra, Fidias y Praxiteles en
las artes, habían elevado la meta del progreso posible
en la antigüedad, sustrayendo con mano firme y vigorosa
la individualidad humana, en cuyo conocimiento basaban la
sabiduría, a la absorbente presión de la totalidad
panteísta en que perdida la luz de la revelación
se había anegado el hombre, al verse débil
y solo ante las ir imponentes manifestaciones de una naturaleza
exuberante y virgen. Pero si la razón natural, en
sus condiciones más propicias para su total desarrollo,
les había permitido fijar con caracteres inmortales
los eternos fundamentos de toda obra intelectual, esa misma
razón, privada de la luz sobrenatural que da la gracia,
no les habría impedido caer en todos los crímenes
y vicios que solicitan y tientan a todo ser racional en este
valle de miserias. Así es que el progreso intelectual,
falto del apoyo y de la luz del progreso moral, empezó
a caer por la pendiente de la decadencia con dirección
a la sima de la barbarie. Entonces vino el Cristianismo,
y esta doctrina celestial cuyo fin está contenido
en aquellas palabras casi divinas caídas de los labios
del Apóstol: instaurare omnia in Christo, empezó
por restaurar lo más esencial, las almas, que restauró
no con las ciencias y las letras, sino con las virtudes.
Las ciencias y las letras que se bautizaron entonces, se
bautizaron ya viejas. Eran catecúmenos decrépitos.
Las artes decapitaron a Júpiter para colocar sobre
sus hombros la cabeza de Jesucristo, y el Cristianismo, que
necesitaba salir de las catacumbas, no pudiendo habitar en
los santuarios de la abominación, improvisó
sus templos en las basílicas. Lo principal estaba
ya conseguido. El camino del cielo estaba expedito para las
almas. Pero el Cristianismo es divino, y como divino fecundo
con fecundidad que todo lo abarca. Así fue que, una
vez restauradas las almas en Cristo, emprendió la
restauración de todo lo demás, y en medio de
las vicisitudes humanas, y a través de luchas y de
azares, conservando siempre el elemento natural y operando
siempre sobre lo existente, mejorando sin destruir, lo pacificó
y lo transfiguró todo, restaurándolo todo en
Cristo; y completando la antigua filosofía con las
verdades de la revelación, formó la teología
escolástica, y combinado el elemento socialista del
Paganismo culto con el elemento individualista del Paganismo
bárbaro, formó el organismo político,
jurídico y económico de la Cristiandad, y utilizando
los adelantos que en el metro y la rima habían hecho
los antiguos y hasta las alegorías paganas, dándoles
su verdadero sentido trascendental e inspirándolo
todo en el espíritu de la nueva ley que nos dio la
Divina comedia, y hasta las piedras mismas informadas por
la divina aspiración, se escalonaron hacia el cielo
formando en el espacio, como si las sostuvieran las alas
de la fe con los arcos ojivos de la catedral, el templo verdaderamente
cristiano. Y no nos venga la erudición demostrando
el proceso de la mecánica, la genealogía de
la ornamentación, la génesis del simbolismo;
que no ignoramosque además de ser esto prueba de lo
mismo que sostenemos, Dios se vale de causas naturales para
sobrenaturales efectos, que la historia vieja de la humana
libertad es la apoteosis de la Providencia divina; y ciertamente
cuando el primer déspota infame eligió para
primer suplicio de su primer esclavo la cruz, no sospechaba
que conspiraba de antemano a la exaltación de esa
misma cruz, que de suplicio del esclavo había de convertirse
en árbol de libertad, cuya savia fuese la sangre de
un Dios, siendo su fruto la redención del universo.
El hecho es que el ideal cristiano estaba patente. La hora
de su realización marcada en el plan divino se había
ido preparando por medio y a despecho de los mismos hombres
y de los mismos enemigos eternos de Dios. Pero Dios, por
no sé qué ley histórica que respetuosamente
reverencio, pero que humanamente deploro, nunca nos permite
realizar por completo los ideales; abre los pliegues de su
manto misterioso para dejárnoslos entrever, y luego
nos los cierra como si quisiera enseñarnos que su
realización absoluta sólo es posible en el
cielo. Todos los monumentos ideales de la humanidad están
incompletos, lo mismo los poemas que las catedrales, que
las grandes empresas de los héroes del cristianismo.
Parece que el pecado original que destruyó aquel magnífico
plan del universo armónico se cierne sobre todas las
obras de los hombres; su concepción es maravillosa,
su ejecución empieza bajo magníficos auspicios
pero a lo mejor sobreviene la catástrofe, y la obra
queda interrumpida. Esto le sucedió a la Edad Cristiana
a través de invasiones y de peligros, en medio de
luchas y de tinieblas: entrevió el ideal de todas
las cosas atraídas hacia su perfección por
la cruz en que Rey del Universo redimido se levantaba Nuestro
Señor Jesucristo. Con los pies sumidos en el lodo
que salpica la tierra, pero fija la vista en el cielo, presentaban
unánimes aquellas generaciones todas las cosas a su
Dios, idealizándolas y trasfigurándolas a la
luz de su ideal divino. Casi lo habían conseguido
ya, cuando sobrevino la ineludible catástrofe. Cerró
Dios los entreabiertos pliegues de su manto. Bajó
el hombre sus miradas hacia la tierra, y al grito de ¡arriba! que había resonado en todos les corazones exaltados
por el ideal celeste, sucedió el grito de ¡abajo! que hizo resonar en su centro la torpe voz de las groseras
realidades. Y como todo lo que se verifica en la historia,
a la consecución de este tristísimo fin conspiró
con el plan de Dios, que le permitía, el abuso que
el hombre hizo de su libertad propia en todas las esferas
de su acción y las infernales maquinaciones del abismo.
El Paganismo, esto es, la idolatría, o sea la adoración
del demonio con el culto del vicio en que nos sumió
el pecado original destronado por la redención de
las almas, más tarde de la sociedad, y por último
de las ciencias, de las letras y de las artes, se había
refugiado en el misterioso seno de las heregías durante
el tiempo de la fe en la Edad Cristiana; pero apenas vio
que la humanidad bajaba a la tierra sus ojos antes fijos
en el cielo, la llamó con su cántico de sirena
por la voz de las letras renacidas; tomó posesión
del cuerpo de los ídolos aún no despojados
de las cabezas postizas de los santos, se infiltró
en brazos de la forma en el fondo de las obras científicas,
de la cabeza de los sabios que teorizaban el vicio para no
avergonzarse de cometerlo, se corrió al brazo de los
reyes, ansiosos de esgrimir las dos espadas que les presentaba
el cesarismo pagano y si no pudo sentar su trono en el tabernáculo,
subió las gradas del altar, y con la venia de los
mismos pontífices tomo posesión de los retablos.
Gramáticos, legistas, artistas y monarcas llevaron
a cabo la descristianación de las artes, de las letras,
de las ciencias y de la política en ese periodo que
se conoce en la historia con el nombre de Renacimiento. La
religión no se podía descristianizar, pero
podía forzársela a habitar en aquellos templos
que no había querido ocupar cuando abandonando las
catacumbas había tomado posesión de las basílicas.
Y lo que no se puede se intenta. El Paganismo, fingiendo
avergonzarse de sí mismo como los estoicos se avergonzaban
de los epicúreos, intentó posesionarse de la
religión con el nombre de la Reforma y destruir sus
dogmas proclamando el cesarismo en política, el sensualismo
en las costumbres, el fatalismo en la conciencia, el racionalismo
en el entendimiento, el paganismo, en fin; y en brazos de
estos vientos que asolaron la mitad de Europa, se meció
el monstruo de la Revolución, que en vez del Papa-Rey
quiere el César ateo, que ofrece en la Roma de los
ídolos víctimas humanas en holocausto a Luzbel,
el ángel de la revuelta que cree llegada ya por fin
la hora suprema de su revancha contra Dios. Tal fue la obra
del Renacimiento, que, causa a la vez que pretexto y ocasión
de la Reforma, inició la Restauración del paganismo
que abiertamente hoy proclama la Revolución cosmopolita.
Así, pues, conste que entiendo por Renacimiento el
movimiento pagano que, predominando sobre el elemento cristiano
en la Edad Media, tuerce el camino de la civilización
cristiana presentándola como ideal en artes, ciencias,
letras, política, costumbres y religión la
sociedad que cae al otro lado de la cruz. Todo el que trate
de aprovechar los elementos de aquella sociedad depurándolos
y convirtiéndolos para hacerlos servir en su respectiva
esfera al ideal cristiano, no es renaciente. Eslo, por el
contrario, todo el que aunque conserva la significación
cristiana, la busca su expresión ideal en las fórmulas
del Paganismo. No entiendo por Renacimiento el hablar mejor
el latín ni el griego, el esculpir mejor que los artistas
de la Edad Cristiana. Entiendo por Renacimiento el anteponer
en absoluto Homero a la Biblia y Platón a San Pablo;
representar a la Virgen María con la formas de Venus,
y proclamar la omnipotencia del César sobre la libertad
de reinos y repúblicas, asilos de las libertades locales
y regidas por el navío almirante que dejando al respectivo
piloto el interior gobierno de cada nave, las conduce en
ordenada escuadra al fin último de hombres y naciones
juntamente. Y para entendernos de una vez, llamo Renacimiento
a lo que la historia se lo llama, a la invasión del
Paganismo que con la venida de los griegos arrojados de Constantinopla,
hace de la Europa cristiana, que acudía a las alturas
de la gloria, la Europa pagana primero, protestante después
y revolucionaria por último, que hoy miramos abismarse
en la insondable sima de la barbarie. Y sentado esto, claro
es que para mí, como tampoco para usted seguramente,
no puede ser obra grande ni santa la obra del Renacimiento.
Que a la manera de todas las herejías y de todos los
males en la historia haya sido causa ocasional de bienes,
no lo niego. Que en determinadas esferas, en la filológica por ejemplo, haya producido incontestables ventajas, lo aseguro
con completa seguridad; pero que estos bienes y ventajas
compensen de tal modo sus extravíos, ni menos los
justifiquen hasta el punto de considerar el Renacimiento como una obra santa, lo rechazo con toda convicción,
y estoy seguro de que entendido el Renacimiento así,
tampoco usted lo admite. Aunque usted seguramente no, no
faltará quien exclame, al leer mi opinión sobre
ambos momentos de la historia, toda esa serie de lugares
comunes de épocas bárbaras y de tinieblas,
de superstición y de ignorancia, con que se atrevieron
a bautizar a la Edad Media los pedantescos renacientes. Usted
mejor que yo sabe el valor y significación de esas
palabras en boca de humanistas y protestantes, volterianos
y secuaces de la revolución que nos deshonra; y usted
mejor que yo también sabe a qué ha quedado
reducidas después de los trabajos de Chateaubriand,
Schelegel, Lenoir, Caumont, Guizot, Thierry, Ozanam, Montalembert,
Müller, Leo, Vogt, Hurter, Ranke y tantos otros como
han puesto de manifiesto las incontestables grandezas de
aquella edad, que no podrá nunca suspender las almas
enamoradas de los ideales griegos y romanos. No, la verdad
es que el Renacimiento Pagano, es decir, Renacimiento del
paganismo, no hacía falta, a mi ver, dando por supuesto
la maldad y el error que el cristianismo había destruido
y aniquilado, sustituyéndole como religión
y como doctrina; y Renacimiento clásico, esto es,
renacimiento de la ciencia, de las letras, de la política
y de las artes de las épocas paganas, no hacía
falta tampoco si se habría de comprar a tanta costa,
por las siguientes razones: 1.ª Porque ya se venía
verificando desde mucho antes, o mejor, porque no habiéndose
perdido nunca por completo el caudal, se iba aumentando poco
a poco, depurándolo, purificándolo e incorporándolo
a la ciencia cristiana. 2.ª Porque mejor que volviendo a
él por medio de parodias ridículas por lo impotentes
y por serviles imitaciones de sus obras literarias y artísticas,
se volvían como habían empezado a volver los
grandes hombres de la Edad Cristiana, acudiendo a las fuentes
perennes del saber y a los inagotables veneros de la inspiración
abiertos por Dios en el gran libro de la naturaleza, para
recorrer cuyas páginas tenían sus hombres la
luz preclara de la fe, en lugar de la antorcha vacilante
de la razón que sólo habían tenido los
paganos. 3.ª Porque siendo la forma como irradiación
suprema del fondo de que es expresión y manifestación
completa, la forma literaria y artística completa de los errores paganos no podía convenir sino deshaciéndola
de nuevo para informar sus elementos con la doctrina opuesta
para expresión de las verdades cristianas. Y 4.ª
Porque era, como lo confesaron los mismos que lo intentaban,
materialmente imposible la vuelta a una sociedad muerta,
cuyas claves literarias nos eran desconocidas y cuyos resortes
artísticos nos estaban vedados. La historia confirma
ampliamente estos aserciones de la razón. El verdadero
renacimiento del saber y de la virtud, del bien, de la belleza
y de la verdad, cuyos elementos guardó la Iglesia
en sus altares, depositarios de la gracia, en sus dogmas,
y en sus claustros y archivos conservadores de la tradición
y fieles comisarios de las letras, lo verificaron personificándolo,
a despecho de los combates de la barbarie pagana y del paganismo
bárbaro, Santo Domingo y San Francisco en las costumbres,
Santo Tomás en la ciencia, San Buenaventura en la
mística, Rogerio Bacon y Vicente de Beauvais en las
ciencias, Dante en la literatura y Gioto en el arte, precedidos,
acompañados y seguidos de aquella pléyade de
santos sabios, místicos y artistas que hicieron del
siglo XIII el gran siglo de la Edad Cristiana. De tal modo,
que a no ser por la consabida catástrofe la civilización
hubiera llegado a su plenitud sobre la tierra, en esos mismos
siglos XIV, XV y XVI en que a pesar de haber sobrevenido,
todavía nos dieron una Santa Catalina de Sena, un
Savonarola, un Fray Angélico y los directores del
Concilio tridentino, en los que tanto por el hábito
que vestían como por la ciencia con que iluminaban
los senderos de su virtud, de su religión y de su
arte se veía, a través del Renacimiento y la
Reforma, como la verdadera Reforma y el verdadero Renacimiento
del mundo estaban en aquellos hombres del siglo XIII, cuyas
religiones profesaban, cuyos escritos estudiaban para aplicarlos,
y cuya obra magna colocaban en el mismo siglo de León
X junto con las Sagradas Escrituras al uno y otro lado de
la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y mientras tanto,
los que se llaman renacientes cuando en realidad debieran
llamarse desenterradores, poseídos de un vértigo
suicida, y sin mirar a dónde, habían conducido
a los griegos de Constantinopla el abandono de la unidad
y con ella del espíritu y de las letras cristianas,
acogen con trasportes de exaltación y de locura cada
fugitivo que escapando de la cimitarra de Mahometo, aborda
a Italia trayéndoles la peste entre los pliegues de
sus afeminadas vestiduras, entonan cánticos alrededor
de cada manuscrito que aparece, y se forman en procesión
para honrar cada estatua que se descubre. Las letras y las
ciencias que profesaron un San Agustín y un Santo
Tomás, son calificadas de bárbaras. Época
de barbarie se llama a la Edad Cristiana, religión
de los bárbaros al Cristianismo, gótica con
desprecio a la arquitectura religiosa; y mientras al culto
de Jesucristo sucede el de Platón y a los divinos
rostros de las vírgenes y los ángeles los rostros
de las rameras en los altares, y a la gran ciencia escolástica
el aristotelismo no purificado, el averroísmo, el
neoplatonismo divinizado y un eclecticismo más repugnante
que el de la escuela de Alejandría. Y el cesarismo
renace en toda su desnudez, y los nombres cristianos se abandonan
por bárbaros, latinizando los prenombres o tomando
en su lugar los paganos, y se llama Júpiter a Dios,
diosa a la Virgen, Padres conscriptos a los cardenales, augures
a los obispos y asnos a los monjes. Savonarola es quemado
vivo por los adoradores del Renacimiento, y Lutero acecha
el momento de tomar por asalto como Mahometo la Constantinopla
romana, arrojando sobre el Occidente una nube de bárbaros
no menos temible que la que acaba de caer sobre el Oriente,
ambas semejantes a las que habían arrasado en el siglo
V la antigua sociedad pagana. No creo que usted me tache
de exageración estas líneas, su asombrosa erudición
de usted anotará seguramente con la memoria y la imaginación
estas páginas mejor que yo pudiera hacerlo en muchos
días revolviendo libros y papeles. Pero por si alguno
que no posea no ya la colosal erudición de usted,
pero ni aún la pobre y cada vez más arruinada
que yo supe juntar, creyera exageradas estas líneas,
tachándolas de vanas y huecas declamaciones, cúmpleme
recordarle aquí las obras de aquellos renacientes,
la mayor parte eclesiásticos, como Ficino, quedaba
culto a Platón, manteniendo siempre encendida delante
de su imagen una lámpara; que llamaba al Criton su
segundo evangelio, y parodiando el evangelio de San Juan
aplicaba las palabras referentes al Verbo de Dios a Juan
de Médicis, reservando a Lorenzo del mismo nombre
las palabras relativas al Padre Eterno; de aquel Ficino que
ayudaba a morir al gran Cosme de Médicis, al Padre
de las letras renacidas, leyéndole las obras de Platón,
cuya lectura prefiere aquel pagano a los últimos consuelos
del sacerdote. Del ilustre renaciente Pomponio Leto, que
se arrodillaba todos los días ante un altar erigido
a Rómulo; que fundó una de aquellas academias
en que se sacrificaba anualmente un macho cabrío en
el aniversario de la fundación de Roma, y que se negaba
a leer obra alguna en latín posterior a la decadencia
del imperio, incluso los Santos Padres y la Biblia. De aquel
Besarión que anunciaba la muerte de su maestro el
impío Gemisto, diciendo que ya podía emprender
en el cielo con los espíritus celestes la mística
danza de Baco; de aquel Policiano que se quejaba de que se
prefiriesen los salmos de David a sus propias composiciones;
de aquel Bembo que escribía a Sadoleto que no leyese
las epístolas de San Pablo para que su latín
bárbaro no corrompiera su gusto con aquellas futilidades
indignas de hombres serios; de aquel Beroaldo, que canta
sus amores sacrílegos, y sus hijos sacrílegos
también, en versos que juntamente con su piedad alaba
Bembo; de aquel Sannazaro que no pronuncia el nombre de Jesús
porque no era latino; de aquel Sadoleto que a pesar de su
austera piedad recita de memoria los versos más impúdicos
de Bautista el Mantuano; de aquellos Guichardini y Maquiavelo
que consideraban la religión como un gran medio de
gobierno y de represión por el imperio que ejercía
sobre los tontos, a pesar de que la religión y la
Iglesia habían acarreado la ruina y la deshonra de
Italia, y cuyas obras protegían aquellos pontífices
del Renacimiento que llamaban inteligencia hermosa a Lutero,
que se valían de la excomunión para proteger
la propiedad literaria de Ariosto, que se despojaban de la
púrpura y se coronaban de laurel para improvisar versos
latinos ante la exhumación de una estatua de la antigüedad,
y que se coronaban de modo que hubiera podido preguntarse
si era el Pontífice de la religión pagana el
que iba a coronarse, pues a las alegorías e inscripciones
gentílicas se unían los elogios de cardenales
como Bembo, que decía al tribunal apostólico
que León X había sido elegido por el favor
de los dioses inmortales, llamando diosa Lauretana a la Virgen
de Loreto y haciendo escribir al Papa mismo cartas en que,
llamándose a la Santísima Virgen diosa, se
pedía el auxilio de un monarca por los hombres y por
los dioses. Y todo esto, mientras acaso en el fondo de misteriosos
antros se realizaban ya las últimas consecuencias
del Renacimiento pagano, inscribiendo su nombre Pomponio
Leto como Pontífice máximo del Paganismo renacido,
y tejiéndose la corona de lauro que apareció
suspendida sobre la puerta de la habitación del médico
de Adriano VI al día siguiente de la inesperada muerte
de este Papa enemigo del Renacimiento, corona en torno de
la cual se leía: «Al libertador de la patria, el Senado
y el pueblo romano.» No quiero alargar más esta carta,
que al fin y al cabo va dirigida a usted, recordándole
cómo, a pesar de todos estos errores, la obra del
Renacimiento literario fue incompleta, pues si la adoración
de todo lo pagano pudo rehabilitar los vicios del Paganismo,
el arte griego no pudo resucitar a impulso de aquel falso
movimiento de galvanismo extraño a todas las energías
de la vida. El mismo idioma latino perdió su precisión
filosófica en los escritores renacientes, sin haber
adquirido, por propia confesión, la elegancia y la
fluidez de los grandes escritores clásicos, cuyo uso,
norma del lenguaje según ellos, y cuya pronunciación
les fueron totalmente desconocidos. Pero aunque comprendo
que como literato sostenga usted la superioridad del latín
del Renacimiento sobre el latín de la Edad Media,
no lo comprendo si lo sostiene usted como filósofo.
«La belleza de una obra científica es naturalmente
púdica, ha dicho un filósofo de este siglo,
y esquiva todo ornamento que no sea la propiedad en los vocablos
y el orden de su disposición en el discurso.» ¡Qué
bueno fuera que Santo Tomás, por ejemplo, en vez de
aquel estilo cuya densidad metálica ensalzaba Gratry
y cuya exactitud precisa enamoraba a Balmes, que decía
que Santo Tomás pesaba las palabras como metal precioso,
estilo que comparaba Lacordaire con los «lagos límpidos»,
y con los «cielos trasparentes», porque dejan ver la verdad
en sus mayores profundidades, como aquellos dejan ver los
peces y las estrellas, y que el P. Secchi compara por su
celeste serenidad «con el mismo verbo de Dios», usara un
estilo de Renacimiento, en que después de invocar
a los dioses y a las musas, sacrificara a la triste parodia
de una frase de Cicerón, la precisión de una
palabra técnica de la que pendiera la inteligencia
de un misterio divino de la religión católica!
No, las lenguas no son ni pueden ser Fetiches, objeto eterno
e impasible de la adoración de las generaciones que
pasan; la lengua tiene que ser, ante todo, fiel expresión
de nuestros pensamientos y a una nueva religión y
a una nueva ciencia un nuevo idioma. Sólo que así
como la religión católica no destruía
la naturaleza, ni la sociedad, ni la ciencia, sino que las
purificaba y dirigía; así la Iglesia no destruyó
el latín, antes bien hizo de él su propia lengua,
menos armoniosa acaso a los oídos de un retórico,
pero más propia para explicar los sublimes principios
de la metafísica cristiana informada por los misterios
divinos de la religión católica. Vives, el
mismo Vives, a quien usted tanto respeta, lo dijo, si no
mienten los autores, en estas tres científicas palabras:
«A christianis christiane.» Que lejos de considerar como
bárbaras, como hacían los renacientes italianos,
las letras sagradas, decía que los escritores cristianos
eran iguales con frecuencia en elegancia y belleza, y a veces
superiores, a los antiguos. Deshecha, a mi parecer, esta
clave fundamental del error, o mejor de la preocupación
que avasalla hoy su ingenio, seducido por los brillantes
recuerdos de una literatura que usted posee y en cuyos senos
ha penetrado usted tan adelante, merced al gran conocimiento
de las lenguas sabias de la antigüedad que usted tiene,
réstame sólo recordar que si bien es cierto
que, además de la soberbia, de la codicia y de la
lujuria del heresiarca y de sus corifeos, fue efecto también
la protesta de la envidia salvaje de los herejes, pudiéndose
considerar la Reforma como brutal retroceso del grosero espíritu
germánico contra el espíritu latino cultivado
y brillante en aquellos días, no es menos cierto que
la Reforma encontró pretexto y causas a la vez en
el malhadado Renacimiento, que le dio ocasión con
sus vicios y fuerza con sus elementos, que le preparó
el terreno descristianizando las muchedumbres y que le franqueó
la entrada en la cristiandad, siendo causa de que no se le
pusiera pronto y enérgico remedio, y de que los sabios
renacientes, más fuertes en Platón que en los
Santos Padres, no esgrimieran armas contundentes contra el
monstruo de la herejía, hasta que de España,
sobre todo, vinieron aquellos grandes escolásticos,
hijos fieles de Santo Tomás, que más apartados
del movimiento renaciente combatieron a la Reforma con las
bien templadas armas de la Edad Media. Lutero, discípulo
del humanista Trebonius, asombro, según Melanchthon,
de la academia de Erfurth por sus conocimientos renacientes,
que le hacen ensañarse joven aún contra la
barbarie escolástica, y despreciar las Sagradas Escrituras
hasta el punto de confesar que a los veinte años no
había oído una línea, y que hasta cuando,
herido por el rayo, abandonó la vida mundanal por
el convento, lleva debajo del brazo, como preciosas reliquias,
a Plauto y a Virgilio; Lutero, encanto de la universidad
de Wittemberg, foco del humanismo en Alemania, que haciendo
coro a Hutten, a Reuchlin y a Erasmo en sus burlas sangrientas
contra la Edad Cristiana, contra la escolástica y
contra las órdenes religiosas, esa trinidad odiada
por el Renacimiento, la Revolución y la Reforma, se
deshace en elogios de las bellas letras, del latín
y del griego renacientes; Lutero, que ante la Roma de los
Médicis siente retorcerse en sus entrañas el
torcedor de la envidia, que le hace deprimir lo que ambiciona,
y que como aventurero que en día de saco entra a sangre
y fuego en una ciudad para gozarse con sus riquezas y placeres
y destruir las que no puede utilizar, arrojando el nombre
de sus vicios a la frente ensangrentada de sus víctimas,
clama contra los vicios paganos que cuidadosamente guarda
entre los pliegues de su hábito para adorarlos en
Alemania; Lutero, que mientras esmalta sus sermones con los
nombres adorados del Renacimiento, quema con las Sagradas
Escrituras las obras de Santo Tomás, tan odiadas de
los renacientes, y que muestra proclamar la emancipación
del pensamiento, la emancipación de la carne y la
emancipación del estado, esto es, el racionalismo,
el sensualismo y el cesarismo, los tres principios fundamentales
del Paganismo que rehabilitó el Renacimiento, se desata
en diatribas contra Santo Tomás y la iglesia tomística,
como llama a la iglesia católica; prueban evidentemente
lo que ya dijo Erasmo del Renacimiento y la Reforma: «Ego
posui ovum, Lutherus exclusit.» Y no se olvide usted que
Erasmo es, a la vez que juez durísimo en la materia,
prueba incontrastable de lo que afirmo. Erasmo era la personificación
del Renacimiento por excelencia. No es pedante como Pomponio
Leto, ni ignorante como Pomponazzi; no es pagano como Ficino;
aunque para él vale más saber griego que saber
todo lo demás, y aunque no se cansa de atacar a la
escolástica, a los frailes y a la Edad Media, y aunque
el pobre Lutero, según él, no ha cometido más
pecados que atentar contra la tiara de los pontífices
y contra la panza de los monjes, se conserva, al menos exteriormente,
dentro del campo católico, y sin embargo usted recuerda
aquel dicho común tan elocuente que atestigua la casi
identidad de estas dos personificaciones y de estos dos movimientos:
«Aut Erasmus lutherizat, aut Lutherus erasmizat.» No, no
cabe negarlo. Los críticos modernos más amantes
del Renacimiento y más enemigos de la Reforma lo confiesan;
por más que no hace mucho que el original Letamendi
haya llamado al Renacimiento la Grecia en gracia de Dios
frase que hubiera seguramente indignado a los renacientes
italianos, más cuidadosos y amantes que de la gracia
de Dios, de las gracias y de los dioses. Pero aún
disculpando a los renacientes, no se puede negar que en ellos
encontró aún a pesar suyo sus auxiliares la
herejía, sin contar los que la siguieron, que no fueron
en menor número, pues como el conde Alberto de Carpi
escribía a Erasmo, que lo reconocía también,
«entre los alemanes todos tos amantes de las bellas letras
se han convertido en fautores de Lutero.» Como en Italia,
aparte aquellos espíritus inconscientes y tímidos
que siempre se detienen en las premisas, los demás
se habían entregado al Paganismo por completo, no
puede negarse, so pena de negar la historia, lo que con frase
elocuente confiesa un partidario del Renacimiento en nuestros
días: «Que la tea de la Reforma se encendía
en la antorcha del Renacimiento.» Por las mismas razones
que nos prueban de dónde nos vino la enfermedad, se
prueba de dónde nos vino el remedio. A la sociedad
cristiana paganizada no le quedaban más que tres caminos:
o morir pagana como Cosme de Médicis en brazos de
Platón; o precipitarse en brazos de Lutero con Melanchton;
o volver los ojos a la fe de los grandes días del
Cristianismo, como el magnifico Lorenzo volvía en
sus últimos instantes los moribundos ojos, apartándolos
de las maravillas neopaganas que decoraban su estancia, al
tosco Crucifijo de madera que le presentaba la diestra del
mártir tomista Savonarola. Europa siguió este
último camino, y Europa se salvó, recordando
que allá en el siglo XIII, en el momento más
crítico de su existencia, cuando por todas partes
la cercaban peligros, Santo Tomás la salvó
con su doctrina de los errores aristotélicos, averroístas
y escolásticos, del cesarismo pagano, del fatalismo
oriental, del antimonarquismo universitario, del racionalismo
y panteísmo claustral, del kabalismo judaico y del
misticismo de los herejes. Volvió los ojos a esta
doctrina con la que Juan de Montenegro había vencido
a los griegos en el concilio de Florencia, y Torquemada había
brillado en Basilea, y Fr. Diego de Deza había comprendido
a Colón, y Cayetano había asombrado a Italia
y a Alemania, y Vitoria había restaurado las universidades
europeas; y llamando en su auxilio a los grandes tomistas
alemanes como Getino, polacos como Stono, ingleses como Fischer,
italianos como Tomás de Vio, clamó con ronco
acento hacia España, donde el Renacimiento propiamente
tal no había penetrado apenas, donde el estudio de
las lenguas sabias se utilizaba imprimiendo la Poliglota
complutense en vez de las obras impúdicas de la antigüedad
pagana, donde en lugar de Erasmo brillaba Vives, y donde,
como efecto a la vez que como causa de todo esto, se cultivaba
el estudio de Santo Tomás; y España entonces
abrió los claustros gloriosos de sus conventos y sus
universidades, y envió contra el monstruo de la Reforma
aquel batallón sagrado de teólogos tomistas
que pelearon en Trento derrotando al protestantismo para
siempre con la doctrina de Santo Tomás de Aquino,
que a cada paso se consultaba, deteniendo las deliberaciones
hasta conocer su opinión, a pesar del desprecio con
que la cubría el Renacimiento; plagiándole
hasta sus palabras mismas para ponerlas en los decretos del
concilio, a pesar de estar escritas en latín bárbaro
según los pedantescos renacientes, y cuya obra magistral,
la Suma, se colocó en pleno siglo XVI con las Sagradas
Escrituras en la cima más culminante de la cristiandad
verdaderamente renacida. En tanto Lutero, ejecutando la
sentencia que contra unas y otras había fulminado
el Renacimiento, las quemaba constituyéndose en su
verdugo, y tanto él como todos sus secuaces, considerando
a los renacientes o como adversarios de escaso mérito
y valor o como auxiliares, sólo decían al atacar
los alcázares del Cristianismo: «Tolle Thomam et dissipabo
ecclesiam Dei.» A lo que los doctores cristianos, defendiéndolos,
contestaban, arrojando de sus manos a los adoradores de Platón:
«Consulamus divum Thomam.» Que tanto en uno como en otro
campo, venidos ya a las manos y metidos en lo más
recio de la pelea, se procuraba para herir en el corazón
despojar al enemigo de su pavés, y si buscaban para
esgrimir las armas más templadas los enemigos de la
cristiandad, la cristiandad del siglo XVI no encontraba escudo
más resistente para defenderse ni arma de mejor temple
para atacar que la doctrina de Santo Tomás, forjada
en los grandes días de la Edad Media por aquel gigante
de la escolástica. Aún considerando a los
renacientes incompletos que pelearon por la verdad, los papas
que los habían preferido a los tomistas debieron recordar
aquella fábula del pastor que trocó su fuerte
y poderoso mastín por diez gozques pequeños,
creyendo resguardar mejor su rebaño, y que cuando
vino el lobo, tuvo que buscar de prisa su mastín porque
los ladradores gozquecillos no impedían el destrozo
de sus ovejas. Si usted, que es uno de los hombres que más
respeto y admiro, no sólo por su erudición
asombrosa en tan cortos años reunida, sino por su
crítica atinada y lucido criterio, se detiene, dejando
aparte toda pasión de polémica y toda impresión
de momento y de lugar, a considerar estas razones, no dudo
ni por un instante que, aparte tales diferencias, convendrá
usted conmigo en lo sustancial, confesándome sin rebozo
que la mayor parte de los cargos que usted hizo al tomismo
fueron alardes de ingenio y de erudición con que usted
quiso, parodiando los actos académicos de otros días,
probar que se podían defender los excesos del Renacimiento,
acaso con cierta secreta satisfacción del amor propio
envanecido, producida por la íntima convicción
de que entre los que cultivamos las letras no había
ninguno capaz de deshacer su tesis de usted aún teniendo
de su parte el auxilio de la razón y el testimonio
de la historia. Yo, después que usted me confiese
lo primero, no tengo reparo en confesarle lo segundo. Así
es que en vez de pelear contra usted, lo que hago es un llamamiento
a su sentido moral, para que no abusando más de la
broma, sin deslustrar el mérito de Vives y las grandezas
del Renacimiento español, que soy el primero en proclamar,
contribuya usted con su recto juicio y su prodigiosa ilustración
al glorioso Renacimiento cristiano a que, después
de tres siglos de Reforma, de Enciclopedia y de Revolución,
estamos asistiendo en nuestros días. Si usted, atento
a la voz de este llamamiento amistoso, no ve en estas páginas
una tesis que combatir, ni en esta discusión un juego
de retóricos, y encerrándose dentro de sí,
y posponiendo sus tentaciones literarias y su arsenal de
erudición a su deber filosófico, trata usted
de restablecer toda la verdad en la cuestión presente,
trocándose de mi adversario en mi maestro, nada me
quedará ya más que hacer sino soltar la pluma,
para batir con más facilidad las palmas al ver cómo
usted me enseña las paradas y respuestas que tienen
las estocadas y tajos con que usted me maltrató en
su epístola. ¡Qué carta entonces la de usted,
amigo mío! ¡Qué, gran vindicación de
la Edad Media! ¡Qué panegírico de la escolástica
y del tomismo! ¡Qué flagelación de los excesos
del Renacimiento! ¡Qué análisis tan profundo
del Renacimiento español, tan distinto del italiano!
Como abogado del diablo en la causa de beatificación
de la Edad Cristiana, que al ver que por torpeza de sus defensores
va a quedar sin honor el varón justo a quien tuvo
por exigencias de su papel que atacar, restablece en su réplica
la verdad sobre las virtudes de su alma y sobre la santidad
de su vida; así usted en esta carta deshará
con mayor crítica y erudición los cargos que
amontonó usted en su acusación primera. De
seguro empezará usted acusándome de que no
supe leer su epístola, en la que además de
los elogios ya citados sobre Santo Tomás y su doctrina,
me recuerda usted que «hablaba como bibliógrafo español»
y no como filósofo al ponderar autores antiescolásticos;
que a la escolástica llamó usted «no una sino
las dos terceras partes de nuestra filosofía»; que
a pesar de que «el neotomismo cobra de día en día
fuerzas mayores en España, y que sus secuaces son
tan respetables por su número como por su saber»,
«sería una herejía científica considerar
inútil una reimpresión más de las obras
de Santo Tomás en nuestra patria», a pesar «de haber
sido tantas veces reproducidas por la estampa, de ser tan
conocidas que se encuentran en todas las bibliotecas y en
todas las manos, y cuando en todo el orbe cristiano se trabaja
sin cesar sobre sus admirables escritos y en cien formas
se le expone y se le reproduce»; que aunque usted «no es
todavía tomista, quizá lo será mañana», pues aunque, hoy por hoy, «es vivista», «el vivismo no es
adverso al tomismo, ni mucho menos», antes bien lo considera
«como un hermano mayor», razón por la que usted «lo
venera, respeta y acata como puede hacerlo el más
fervoroso de sus adeptos.» Que si habló usted del
bárbaro estiércol de la escolástica,
debajo del cual se hallaba oro según Leibnitz, añadió
usted que Leibnitz «se equivocaba en lo del estiércol
como todos los de su época», y que si bien dice usted
que aplaude las invectivas del Renacimiento contra la barbarie
de la escuela, a renglón seguido tiene usted cuidado
de añadir «que no es usted partícipe de la
preocupación en otro tiempo general contra el lenguaje
y estilo de los escolásticos», porque «sabe que, habiéndose
encontrado con un latín decadente y de malas condiciones
para la filosofía, crearon una lengua y un estilo
especiales analíticos y precisos», en la que «escribieron
con vigor y con fuerza», y que aunque Santo Tomás
de Aquino sobresalga más «como pensador que como artista,
no ha de ser usted el que haga observaciones literarias tratándose
de un Santo Tomás de Aquino»; que al ponderar la obra
de Vives no halla usted mayor elogio para él que compararla
con la obra de Santo Tomás, y que al ensalzar los
tomistas del Renacimiento no encuentra usted alabanza más
grande que llamarles «dignos discípulos de Santo Tomás
de Aquino.» Que tiene usted buen cuidado en advertir que
por lo general «no fueron tomistas los escolásticos
que sucumbieron a la Reforma»; y finalmente, que aunque «suscribe
usted con todo el entusiasmo de que es capaz a los elogios
que yo hice de los tomistas españoles, que constituyen
una de las páginas más brillantes de nuestra
historia científica», le aqueja a usted «el temor
de haber hablado con irreverencia de luminoso, sublime y
fecundo tomismo», por lo que encarecidamente me ruega «no
considere su carta como un escrito antitomista, sino como
«palabras ligeras» con que usted, «encontrando demasiado
tirante el arco por una parte, probó a doblarlo por
la otra quizás con exceso»; y después de darme
esta lección preliminar para que «aprecie su posición
de usted respecto al tomismo», me irá usted enseñando
los quites propios de cada acusación con estas o parecidas
palabras. Al cargo de que el tomismo no es la verdad total,
porque ésta se encuentra en la deseada armonía
de Platón y Aristóteles, y Santo Tomás
sólo tuvo en cuenta a Aristóteles, y Aristóteles
incompleto, pues no le conoció en sus fuentes como
le conocieron los renacientes, usted contesta diciendo que
Santo Tomás tuvo en cuenta a Platón, como se
echa de ver en los elementos platónicos que se hallan
en sus obras, y que tomó no sólo de Platón
mismo, sino de San Agustín y demás padres de
la Iglesia griega y latina que le siguieron y de los místicos
que le estudiaron; que lo que tomó de Aristóteles
principalmente fue el método,como lo que Santo Tomás
tuvo que hacer fue más que un tratado crítico
de Aristóteles, una creación filosófica
nueva en vista de los problemas suscitados por estos genios
de la filosofía, y una refutación de sus errores,
tal como entonces emponzoñaban a la cristiandad, le
fue más útil conocerlo como lo conoció
entonces, completado con menos errores y comentarios para
bien de la cristiandad y de la filosofía; y esto sin
olvidar que escritores muy graves sostienen que Santo Tomás
leyó a Aristóteles en griego, y sin olvidar
que a instancia suya lo tradujo el famoso Wiliermo de Moerbeka,
renombrado orientalista. Que al cargo «de que la escuela
con Averroes y antes de Averroes había sido un semillero
de herejes como Scoto Erigena, Berengario, Abelardo y Roscelin»,
usted contesta que estos herejes salieron en tiempo y al
lado de la escolástica, pero no de ella, sino a pesar
de ella, como todas las herejías salieron de las verdades
dogmáticas y de la Escritura, pero no producidas por
éstas, sino a pesar y con ocasión de éstas;
y de la escuela salieron los que los derrotaron, como San
Francisco, San Anselmo y San Bernardo, Guillermo de Champeaux,
Hugo y Ricardo de San Víctor, Alberto Magno, Alejandro
de Hales, Enrique de Gante, y finalmente Santo Tomás
que los enterró bajo el inmenso peso de su gloria.
Que al cargo de que obreros del Renacimiento y no tomistas
eran los que trabajaban en la Políglota complutense,
se debe contestar diciendo que sobre que falta averiguar
si eran o no tomistas algunos de los que trabajaron en la
Políglota, no se puede en justicia llamar obreros
del Renacimiento, que llamaba a las Escrituras letras bárbaras,
posponiendo su estudio al de Platón y alguno al de
sus propias obras, a los que imprimían tan soberbiamente
en sus primeros tomos la vulgata, tan despreciada por el
Renacimiento y quemada después por la Reforma, sino
más bien obreros que trabalaban por impedir que el
Renacimiento paganizase nuestra patria, y que lo que está
averiguado es, que si no lo fueron no fue porque no pudieran
serlo, pues tomistas eran Agustín Justiniani, autor
de la Octapla, y Santes Pagnini, autor de obras que aún
hoy son muy estimadas de los orientalistas, y que escribieron
al mismo tiempo que se imprimía la Políglota
complutense, mientras venía al seno de la Iglesia
el famoso orientalista Pablo de Santa María, convertido
por la lectura de las obras de Santo Tomás, y su hijo,
y sucesor en el obispado de Burgos, D. Alfonso de Cartagena;
y esto sin contar los grandes orientalistas compañeros
de Santo Tomás en religión y doctrina, como
Fray Hugo y Fray Pedro, enviados por Gregorio IX a conferenciar
con los griegos y que tan brillante papel desempeñaron
en Nicea y Ninfea; como Raimundo Martín, autor de
la obra del Pugio Fidei que plagia un escritor en el Renacimiento,
y sus siete compañeros destinados por el capítulo
de la orden en Toledo para desempeñar cátedras
de estudios orientales como las que por el mismo tiempo abrieron
los hermanos predicadores en Murcia, Játiva y Estella,
como Pablo Cristiano y Puigventor y demás hijos de
Santo Domingo, que San Raimundo de Peñafort asignó
al estudio y enseñanza de estas lenguas; como Fray
Aroldo de Florencia y los dominicos que escribieron contra
errores grœcorum; como los sabios hermanos de Santo Tomás
que, tres siglos antes de que se imprimiese la Políglota
presentaban a Europa una Biblia de cuatro tomos en folio,
fruto de la reunión, comparación y estudio
de gran número de manuscritos antiguos, griegos, hebreos
y latinos; como Guillermo de Moerbeka, que trasladó
del griego al latín varios libros de Aristóteles
a instancia de Santo Tomás de Aquino; como el célebre
Bonanerrio, que escribió en griego el Thesaurus fidei,
obra llena de erudición y de ciencia; como Gofredo
de Walerfodia y como Nicolao de Florencia, y Andrés
Doto y tantos otros dominicos como, en medio de la general
rudeza, cultivaron el griego, el árabe y el hebreo,
no para resucitar las obras impúdicas del arte antiguo,
sino para defender a la religión y a la civilización
europea de los errores orientales que amenazaban hacer del
Oriente un bajo imperio o un estado del Asia, los cuales
merecieran atraer por sus heréticas cavilaciones y
por su fatalismo panteísta la barbarie asoladora de
Omar o el azote cruel de Mahometo. Que al cargo de que Pomponazzi
dudó de la inmortalidad del alma siendo escolástico
y no se levantó a responderle ningún tomista,
sino un peripatético clásico, Nipho, se le
refuta contestando que Pomponazzi fue un aristotélico
renaciente a la sombra de Alejandro de Afrodisia, muy ensalzado
por los protestantes y los racionalistas, que era tan escolástico
que llamaba ilusiones y decepciones falsas y absurdas a las
doctrinas de Santo Tomás, y que sólo consentiría
en aceptar sus doctrinas, imposibles según él,
y en someterse a las sagradas Escrituras, por obedecer a
Platón, «que dice que es una impiedad no creer en
los dioses ni en los hijos de los dioses.» Que a este renaciente
naturalista le contestaron, además de Nipho (que entre
paréntesis era panteísta), Alejandro Achillini,
que aunque averroísta era escolástico; Contarini,
de la ilustre familia veneciana, que fue después cardenal;
Ambrosio, arzobispo de Nápoles, y los tres frailes,
probablemente tomistas, Bartolomé de Pisa, Jerónimo
Banelliere y Silvestre Pereira, sin contar aquel ermitaño
de Nápoles que le denunciaba como hereje e impío,
mientras el ilustre renaciente, el famoso cardenal Bembo
lo defendía delante de la corte romana, sosteniendo
que su libro De inmortalitate no encerraba nada contrario
a la verdad; sin olvidar que mientras Pomponazzi y sus amigos
se quejaban continuamente de los portadores de hábito
que, educados con la doctrina tomista, les perseguían
en sus errores, los obreros del Renacimiento se adherían
a las doctrinas de Pomponazzi, como lo hicieron Simón
Porta, Lázaro Bonamico, Julio César Escalígero,
Santiago Zabarella, Daniel Bárbaro, Simón Porcio,
cuya obra sobre el alma era más digna de un puerco
que de un hombre «según Gessner»; Andrés Cesalpino,
partidario de la generación espontánea; Galeotto
Marcio, protegido por los reyes y los pontífices,
y obligado a retractarse por los tomistas dominicos, y tantos
otros sofistas como florecieron en el Renacimiento al calor
de aquella filosofía, verdadero producto híbrido
de mezclas tan extrañas y cuya personificación
más ilustre es el famoso Juan Pico de la Mirándola,
educado en la corte de Lorenzo de Médicis con aquellas
doctrinas mixtas compuestas de kábala y gnosticismo,
neoplatonismo y judaísmo, revestidas con el brillante
manto de la literatura clásica y adornadas con trofeos
de Aristóteles, Averroes y Epicuro, que le hacen caer
en la herejía, de la que, a semejanza de la sociedad
que simboliza, sólo se levanta cuando, abandonando
sus errores renacientes, muere en brazos de los hermanos
de Santo Tomás de Aquino. Que al cargo de que el
tomismo era incapaz de acabar con el averroísmo, se
contesta con la lectura de las obras de Santo Tomás,
especialmente de la Summa contra gentiles, con la expresión
de los mismos renacientes que dijeron por boca del mismo
Pomponazzi que «Averroes fue talmente zurrado por Santo Tomás,
que no le quedó otro recurso que vomitar contra él
injurias», y por el testimonio de la cristiandad, que celebró
con magníficos y colosales frescos por manos de Gozzoli,
de Gaddi y de Traini el triunfo de Santo Tomás de
Aquino, debajo de cuyos pies victoriosos se revuelca impotente
y vencido, con el Gran comento en la mano, el temible Averroes.
Que al cargo de que los escolásticos olvidaron un
poquito la experimentación, se contesta no sólo
con recordar a Miguel Scoto, Vicente de Beauvais, el gran
Rogerio Bacon, Raimundo Lulio y los alquimistas, y sobre
todo a Alberto el Magno, tan ponderado por sus observaciones
naturalistas por Humboldt, sino con las mismas palabras de
la acusación, pues habiendo sido por lo general la
física escolástica un comentario de Aristóteles,
si Aristóteles no descuidó la experimentación
tampoco la descuidaron los escolásticos, pudiendo
además añadir a guisa de posdata los nombres
de Alejandro Spina, inventor de los anteojos, Domingo Ceva,
que escribió sobre gnomónica, Ignacio Dante,
«uno de los matemáticos más insignes que brillaron
en la corte del gran Cosme de Médicis»; que no sólo
fueron escolásticos, sino hasta tomistas y dominicos,
coronando estos nombres con el de Tomás Campanella,
que sin dejar de ser tomista, se dedicó con ardor
a la experimentación, fundando antes que Bacon, sobre
este procedimiento exclusivo, el estudio de las ciencias
naturales. Que al cargo formulado con las palabras barbarie
de la escuela, sinónimo en su carta de usted de barbarie
literaria, esto es, que Santo Tomás y los grandes
escolásticos de la Edad Media no escribieron un latín
digno de Cicerón y de Virgilio, se debe responder,
además de que la belleza de la forma en una obra filosófica
consiste en la claridad y la precisión más
que en la elegancia de los giros y en lo castizo de las palabras,
de que no es razón juzgar del fondo por la forma y
de que los famosos renacientes que todo lo sacrificaban a
escribir como Cicerón, nunca pudieron conseguirlo,
acusándose mutuamente de su impotente ignorancia y
confesando que mejor que ellos hablarían el latín
los palafreneros de Roma, estas palabras arrancadas por la
manía pedantesca de los renacientes italianos al mismo
Erasmo, tan enemigo de la Edad Cristiana y de los frailes
y tan adorador del latín y del griego: «Es maravilla,
exclama dirigiéndose a los renacientes italianos,
cómo rebajáis a los Santos Padres de la Iglesia,
a los grandes escritores de la Edad Media, a Santo Tomás,
a Escoto, a Durando y demás. No halláis palabras
con que denunciar su BARBARIE, y sin embargo, considerando,
el caso con sangre fría, esos GRANDES HOMBRES que
no hacen alardes de ser elocuentes ni ciceronianos, SON MÁS
CICERONIANOS QUE TODOS VOSOTROS JUNTOS.» Erasmo lo prueba
con las enseñanzas mismas de los clásicos y
la confesión de los renacientes, que califica de gran
escritor (esto es, de ciceroniano) al que habla bien, exigiendo
para merecer este nombre dos condiciones precisas: conocer
a fondo el asunto, y tener corazón y convicción
para expresarlo. «Ahora bien, añadía irritado
Erasmo, probadme que los escritores cristianos no conocen
las cosas que hablan ni tienen el corazón y la convicción
para expresarlas.» Es evidente, el latín escolástico
les parecía bárbaro a los paganos renacientes
porque no comprendían las ideas de que eran expresión,
y así como el latín pagano no podía
servir al cristianismo, al paganismo renaciente no podía
servir de intérprete el latín cristiano. Por
eso nosotros, al oír cómo llaman bárbaro el latín de la Iglesia los renacientes, no podemos
menos de recordar aquel verso de Ovidio: «Barbarus hic ego
sum quia non intelligor ulli.» Erasmo, además de probar
a los renacientes que, según su criterio, también
Cicerón fue un bárbaro, puesto que empleó
palabras desconocidas y nuevas, se burla de los que quieren
hacer nuevos Cicerones con el estudio del latín pagano,
diciéndoles que harán charlatanes, pero no
grandes oradores y escritores como el antiguo cónsul;
y tenía razón Erasmo: si la palabra supone
el pensamiento, el calor y la vida, ¿qué vida y qué
calor podía tener el pensamiento pagano en una sociedad,
a pesar de todo, cristiana, en boca de eclesiásticos
y después de quince siglos de cristianismo? A esto
solo cabe responder que, continuando el Renacimiento pagano,
hubiéramos podido olvidar del todo el cristianismo,
y acaso entonces hubiéramos llegado a escribir como
Cicerón, lo que no valía seguramente la pena
de deshacer la obra de Cristo; pues esto sí que sería
barbarie, y barbarie del peor género. Y contestados
estos cargos, me recordaría usted, en auxilio de mis
palabras sobre el amor que las universidades profesaron al
luminoso tomismo, la historia de la universidad de Alcalá,
fundada por el ilustre Cisneros, y de la cual dice D. Vicente
de Lafuente que «tiene la gloria de haber vivido y muerto
tomista desde su fundación hasta su último
instante», «teniendo la honra de morir abrazada a la Suma»;
y como prueba de que aún en las épocas de más
decadencia científica en nuestra patria, tuvo elocuentes
defensores el tomismo que se opusieron a la invasión
cartesiana, me citaría usted el nombre célebre
de Alvarado, conocido con el pseudónimo de El filósofo
rancio; y en prueba de que la tradición tomista no
se interrumpe en España, a Balmes, educado en el seminario
tomista de Vich, consagrado a Santo Tomás por su madre,
y que sus biógrafos nos presentan meditando sobre
la Summa; y para justificar nuestros elogios a los tomistas
españoles a que usted con tanto entusiasmo suscribe,
nos presentará a nuestros místicos que, como
usted dijo en aquella incomparable carta Perojina «tomaron
los orígenes de su doctrina en la no interrumpida
serie de místicos cristianos, en San Agustín,
en Hugo de San Víctor, Gerson y San Buenaventura,
amamantándose en las obras atribuidas con error al
Areopagita» (elementos todos que se encuentran depurados
y sintetizados en las obras de Santo Tomás), haciéndole
a usted exclamar con evidente justicia que «nuestra mística
sólo difiere de la de la Edad Media en la perfección
artística, y en un poco de Platonismo, que entró
durante el Renacimiento»; y me recordará usted que
Santa Teresa, si no estudió autores escolásticos,
encontró dirección y guía a las exaltaciones
de su amor espiritual y místico en los tomistas dominicos
que estaban encargados de su dirección espiritual
primero, y en los tomistas carmelitas autores de los Salmanticenses,
que la dirigieron después. Además me dirá
usted cosas que ni siquiera sospecho, y que ha recogido usted
de seguro en sus profundas y vastas investigaciones científicas
en los archivos y bibliotecas del mundo sabio. Y después
de recordarme todo esto, me traerá usted a la memoria,
como desagravio artístico de Santo Tomás, la
influencia de su doctrina en Dante, y por Dante en las escuelas
pictóricas que iniciaron y llevaron a cabo, elevándolo
a su mayor perfección, el progreso artístico
en Italia, y sus famosos himnos, aquellos himnos traducidos
y puestos en música por los poetas y los artistas
religiosos más célebres de la edad contemporánea,
y de los cuales por sólo cuatro versos decía
el poeta Santeuil que daría gustoso todas sus obras;
y la resurrección de sus principios estáticos
en el santo y mártir Savonarola, que aparece en la
orgía artística del Renacimiento como un nuevo
Pedro el Ermitaño, que predica la cruzada de todas
las virtudes contra los vicios renacientes a fin de arrancar
el sepulcro que Dios tiene en los altares, de manos del paganismo
renacido, mientras enfrente de las tiránicas teorías
de Maquiavelo, cuyo libro El Príncipe llamaba el déspota
Federico II el Breviario de los reyes, coloca las doctrinas
políticas de Santo Tomás; y la reacción
que hoy mismo en nuestros días se levanta contra el
realismo grosero de las artes en las obras de Félix,
Taparelli, Jungmann y Marchese, que vuelven a buscar la determinación
y guía de sus investigaciones estéticas en
las obras de Santo Tomás, punto de partida inevitable
de todo progreso filosófico en sí y en su aplicación
a todas las esferas de la ciencia y del arte. Y finalmente,
y para acabar, como a modo de lección práctica
de dialéctica, me enseñará usted cómo
se deshace el ingenioso sofisma con que usted quiso mostrarme
a que extremos puede llegar un ingenio y una erudición
como la de usted cuando, por probar el ingenio o la paciencia
del adversario, se propone sostener una paradoja tan contraria
a la opinión corriente como que Melchor Cano no fue
discípulo de Santo Tomás, sino de Vives. Este
sofisma, que empieza por separar, para oponer, lo que en
este sentido es inseparable, como es la teología de
la filosofía en la escolástica, olvidando que,
aunque distintas en su origen, formaron en los escritos de
Santo Tomás, un perfecto organismo en el que compenetrándose
se completan, siendo por lo tanto imposible ser lógicamente
tomista en teología sin serlo en filosofía,
como se puede ver estudiando la relación de la cuestión
de la gracia con la cuestión de la naturaleza y la
causalidad eficiente, la que liga la cuestión del
sacramento de la Eucaristía con la de la esencia o
concepto de los accidentes, la que encadena la de la naturaleza,
existencia y propagación del pecado original con la
teoría del compuesto humano y de la generación
sustancial del hombre, la que une aprieta estrechamente la
de los actos humanos, la de las virtudes y vicios, la de
las pasiones, la de la voluntad y el libre albedrío
y hasta de la vida eterna con los fundamentos y desarrollos
de su ética y de su psicología, relaciones
que podríamos ir señalando en todos los puntos
de la doctrina de Santo Tomás, y que plenamente confirma
a modo de contraprueba la inevitable y perpetua consecuencia
con que de toda derivación tomista en las cuestiones
teológicas se desprende una derivación filosófica
de las doctrinas de Santo Tomás, como plenamente se
ve en el congruismo que, puesto enfrente de la gracia eficaz
en teología, exigió que se presentase inmediatamente,
como teoría filosófica, el concurso simultáneo
enfrente del principio de la premoción física;
este sofisma que sigue señalando como carácter
principal para filiar las escuelas y los sistemas filosóficos
el estilo literario del autor que los explica y los defiende,
con lo cual se echa por tierra toda la genealogía
filosófica, pues ninguno de los tomistas de hoy escribe
como Santo Tomás y los tomistas del sigloXIII, ni
estos como Aristóteles, ni aún hoy Vera escribe
como Hegel, ni Tiberghien escribe como Krause, ni es posible
que variado el gusto literario con las épocas y generaciories,
pudiera trascender ninguna doctrina filosófica, ni
continuar ninguna escuela, si éstas hubieran de clasificarse
no por sus soluciones científicas, sino por su estilo
literario. Este sofisma, que continúa valiéndose
de la palabra forma como equívoca para diferenciar
la de Santo Tomás de la de Melchor Cano, y que aparentando
referirse sólo al estilo, se refiere en realidad al
método, suponiendo así diferencias donde hay
sólo identidad, como sucede en el método que
usaron Melchor Cano y Santo Tomás, que no es otro
que el método escolástico, que consiste en
proponer la cuestión, presentar los argumentos en
contra, establecer su tesis con las pruebas correspondientes
y contestar a las objeciones. Este sofisma, que pretende
apoyarse en unas palabras de Melchor Cano sobre quién
es superior, si Aristóteles o Platón (cuando
después de todo viene a coincidir con Santo Tomás
en dar la preferencia a Aristóteles con cierta moderación
y completándolo con doctrinas platónicas) (Probanda
vero magis est divi Thomae opinio, ut adhibeatur moderatio
quaedam), para deducir de aquí que no sigue la doctrina
de Santo Tomás, cuando no rechaza en sus obras ni
una sola de sus teorías teológicas ni filosóficas,
antes bien, le vemos citarlas y aprobarlas a cada paso, como
sucede, sobre todo, en su obra Relectiones de sacramentis;
y calificarlo de vivista cuando él mismo dijo, sin
que lo invalide el confesarlo (que es otra de las habilidades
del sofisma), que si Vives señaló con acierto
las causas de la corrupción de las ciencias, no anduvo
tan atinado en proponer los remedios, lo cual (con permiso
del sofisma) quiere decir que, en vez de declararse partidario
de su filosofía, se declara abiertamente su contrario.
Sofisma al cabo que prueba, por lo absurdo y descomunal,
el grado de sutileza de su claro ingenio y la opulencia de
su atesorada erudición, que le ponen a usted en estado
de asentar y casi probar, como cosa cierta y evidente, lo
que es contrario a la realidad y a la común opinión
de todos los doctos. Lo mismo podría decir del suarismo presentado como doctrina distinta de la de Santo Tomás,
que en casi todo lo que no sea relativo a las exigencias
de la doctrina congruista y en alguna otra, como la distinción
entre la esencia y la existencia, es idéntica al tomismo,
habiendo bastante más distancia de ciertos pretendidos
suaristas al gran Suárez que de éste a Santo
Tomás; pero no quiero alargar ya más esta carta,
que por lo pesada e indigesta lo mancha, cubre y llena de
repeticiones, y por lo hinchado del estilo parece una producción
de los pedantescos renacientes. Más valiera que, siguiendo
el método escolástico, hubiera desenvuelto
en dos cuartillas una serie de proposiciones que probadas
a posteriori y lógicamente encadenadas entre sí,
fueran al par que una demostración teórica,
una demostración práctica de las excelencias
del escolasticismo. Pero ¿qué hacer? ya está
escrita, y sin contestar a Perojo, de quien dio usted tan
buena cuenta (y mucho siento no poder aceptar sus elogios,
porque no me creo digno de merecerlos), teniendo a orgullo
reconocer la inmensa superioridad de usted sobre mí,
y dejando a un lado las ya para mi secundarias cuestiones
referentes a la ciencia española, termino con un ruego
que fervientemente le dirijo. No sé lo que contestará
usted a esta carta; pero puede usted darle dos contestaciones:
una que me atrevería a llamar contestación
de erudito; otra que calificaré de contestación
de crítico y de filósofo. La primera consiste
en desenterrar, cosa para usted que tiene toda una biblioteca
en la cabeza sumamente fácil, todas las acusaciones
que el Renacimiento primero, la Reforma después, el
Cartesianismo más tarde, la Enciclopedia en seguida
y el Racionalismo contemporáneo hoy, han formulado
contra la Escolástica. A esta carta podría
yo contestar victoriosamente después de muchos días
de trabajo, de meditación y de consulta; pero como
en el terreno de la erudición nuestras fuerzas son
muy desiguales, me costaría mucho trabajo vencer,
aún teniendo la razón de mi parte. La segunda
consiste en colocarse en el observatorio de la crítica
filosófica e histórica, y dejando aparte toda
pasión y toda paradoja, apreciar los principios fundamentales,
los efectos históricos y los resultados finales de
los sistemas filosóficos en sus relaciones con la
religión, con la política, con las artes, con
las letras, con las ciencias y con la sociedad en que se
formaron. A esta contestación no tendría más
respuesta que dar que mi total aprobación. Estoy seguro
de ello. Lo conozco a usted demasiado para saber que si
usted, cuyo prodigioso saber en edad tan temprana es un misterio
que sólo puede explicarse reconociendo en usted un
talento comprensivo, organizador y sintético que haya
determinado a priori una dirección profunda y vasta
en sus posteriores estudios, una memoria colosal, fácil
y tenaz como que conserva estereotipado paro siempre lo que
fugazmente atravesó por delante de los ojos y de los
oídos, y una aplicación portentosa por la vocación
intelectual y por la resistencia física que supone;
se propone, elevándose sobre toda pasión de
polémica y toda preocupación literaria, determinar
fijamente el valor de la doctrina de Santo Tomás de
Aquino, ha de rendir usted a esta gran manifestación
científica de la verdad católica un homenaje
profundo y completo, como el que espontáneamente ha
rendido usted a la Inquisición española en
su obra de civilización, en el transcurso de sus cartas.
Si así no lo hiciera usted, impotente yo para contrarestar,
sus ataques, sólo me restaría apelar, como
ahora apelo, del erudito que se colocó en un siglo
que no era el nuestro, para esgrimir armas definitivamente
relegadas al panteón del olvido por el fallo de la
crítica histórica, y del erudito, que pertrechado
con interminable arsenal de hechos sueltos y al parecer contrarios,
apedrease el monumento levantado por esos hechos mismos completos
y encadenados, o a pesar de ellos por la historia, al eminente
crítico, teológico, filosófico, histórico
y literario autor de la Historia de los heterodoxos españoles.
ALEJANDRO PIDAL Y MON.
 Instaurare omnia in christo
Carta al Sr. D. Alejandro Pidal y Mon
Mi carísimo
amigo: Gracias mil por la brillante carta con que ha respondido
usted a la mía de Florencia, de Abril de 1877, dándole
más importancia que la que en sí tenía,
y honrando a su autor con excesivos, aunque en boca de usted
harto sinceros, elogios. Gracias también por la claridad
con que usted ha explicado su opinión en los puntos
en que disentíamos (más en apariencia que en
realidad), proporcionándome con esto bien templadas
armas, y abriéndome fácil y expedito camino
para acabar esta amistosa escaramuza, que no quiero llamar
polémica. Seré brevísimo, porque apremia
el tiempo para la publicación de la segunda Ciencia
Española, de la cual serán el mejor remate
y corona las epístolas de usted. Confieso que al
comenzar a leer la última a que contesto, sentí
cierta pena de ver a usted apadrinar las antiestéticas
y peligrosas opiniones de cierta escuela, cuyos descarríos
han merecido más de una vez las censuras de la Iglesia
y de toda sana filosofía, especialmente de aquella
cuyas banderas usted sigue. Dolíame de ver convertido
a usted en tradicionalista, de la noche a la mañana.
Que el abate Gaume (a quien Dios haya perdonado) condenara,
en Le Ver Rongeur, en La Revolución y en cien partes
más, el Renacimiento, y se empeñara |