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    Sonetos del siglo XV al XVII
     edición de Ramón García González
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Sonetos del siglo XV al XVII


ArribaAbajoPrólogo

Todos los poetas que figuran en esta Antología están por haber escrito sonetos y pertenecen a la época llamada del «Siglo de Oro».

En ella se encuentran algunos que consiguieron tanta fama como los Lope, Quevedo, Góngora y un largo etc., pero que no fueron capaces de superar el paso de los siglos. Algunos por el olvido de aquellos que pudieron o por envidia de los que teniendo los manuscritos los ocultaron o destruyeron.

Aquellos que consiguieron dedicación aparte de esta Antología, algunos no lo fueron por su calidad, sino por la cantidad de sonetos que produjeron y que me permitió hacerlo individualmente.

Sin embargo, el objetivo más importante de esta Antología es dar a conocer la gran cantidad de poetas que acompañaron a los más famosos, unos siendo muy apreciados entre sus propios colegas y otros porque fueron capaces de alcanzar en aquella época la fama.

Desde el poeta que se supone escribió el primer soneto, hasta el último del siglo XVII, es fácil encontrarlos en esta Antología.

Para mayor comodidad se ha estructurado el índice de esta Antología por autores. Los que no están incluidos en esta obra, es fácil encontrarlos en capítulo individual dada la cantidad de sonetos que tiene cada uno de los que aquí no figuran.

Al margen de encontrar a la mayoría de todos los poetas que figuran en esta Antología en los libros publicados entre los siglos XVI y XVII, también han sido muchos de ellos encontrados en las comedias de algunos autores dramáticos, que siguiendo la norma de Lope de Vega incluían algún soneto en sus comedias.

Desde los Reyes que reinaron en esta época (Felipe II, Felipe IV); Cardenales, Obispos y Canónigos, hasta los más infortunados escritores, todos han dejado como legado literario de su época algún soneto.

Muchos de los sonetos que empiezan y acaban por el mismo endecasílabo, es debido a un concurso de sonetos que organizó Lope de Vega, para conmemorar las fiestas del Santo Patrón de Madrid, San Isidro. Ejemplo:

Empiezan: «Los campos de Madrid, Isidro santo...»

Acaban: «sembrando aquí sus lágrimas, el fruto.»

También se encuentra recogido en este trabajo el primer soneto que se conoce dedicado al soneto, de Baltasar de Alcázar.

Este trabajo es el fruto de haber dedicado toda una vida a recoger sonetos para mi «Biblioteca del soneto» de todos los tiempos. Y aunque la época moderna ha dado grandes sonetistas, el Siglo de Oro tiene sin dudar los mas grandes especialistas del género.

Muchos de los sonetos de esta Antología están dedicados a Lope de Vega o al Doctor Juan Pérez de Montalbán. No deben de sorprender al lector ya que los dos tenían una verdadera corte de admiradores entre los poetas de su tiempo.

Como final diré que en esta Antología figuran poetas de todos los sitios del mundo donde el castellano es usado como herramienta de comunicación entre los seres humanos, tanto españoles como de los pueblos al otro lado del océano que hablan nuestra misma lengua.






ArribaAbajoAbarca de Bolea, Ana

Casbas de Huesca. Huesca. 1623 - Fines del siglo XVII

Religiosa.




Soneto a la muerte del príncipe Baltasar


   Lapidario sagaz, duro diamante
labra, resiste firme al golpe fiero,
tíñelo en sangre y pierde aquel primero
rigor a la labor menos constante.

   Contra Carlos el mal no era bastante,  5
que queda al golpe cual diamante entero,
tíñelo en sangre amor, y el mal severo,
sujeta con amor aun hijo amante.

   El mal lo agrava y el amor lo aflige,
aquél pide remedio, éste no tiene,  10
y quien conoce aquél a éste no alcanza.

   No rige el mal, que amor de madre rige,
y Carlos por amor a perder viene
la vida en flor, y España la esperanza.




ArribaAbajoAbarca de Bolea y Castro, Luis

Huesca. Siglo XVII

Poeta. Marqués de Torres, Conde de las Almunias, Caballero del Hábito de Santiago.



   Tus brillantes, y tersas narraciones,
han de ser de los Doctos aplaudidas,
porque están con ornato enriquecidas,
de rumbosas, y agudas locuciones.

   Con armonioso adorno las compones,  5
dándoles de conceptos dulces vidas,
donde contemplo con primor unidas,
Humanas, y Divinas atenciones.

   Galán a un mismo tiempo, y entendido,
fertilizas del Ebro las corrientes,  10
dejándole tu Lira suspendido.

   Vive Feliz, edades Excelentes,
y exento de los riesgos del olvido,
tus prendas le veneren, Eminentes.




A Alonso Pérez, padre del doctor Juan Pérez de Montalbán


   Virtud ha sido tuya, que mejora
el dolor que de Padre experimenta
este afecto que próvido calienta
una ceniza que lo fue a deshora.

   Cuando la noche vale por Aurora,  5
corrida está la educación atenta,
y al ejemplo sintiéndose violenta
la juventud desprecia lo que ignora.

   Aunque te admito con semblante ajeno
de los que el alma no reparte enojos,  10
bebiéndose hasta el último veneno.

   No siente los cordeles menos flojos
el ansia impía de un sufrir sereno,
que no llora el valor hacia los ojos.




ArribaAbajoAcevedo, Alonso de

Plasencia. Cáceres. 1550 - Siglo XVII

Fue canónigo en Valencia.

Poeta que en 1615, en Roma, hizo este soneto en alabanza a Jáuregui por su traducción de la Aminta de Tasso.



   Nació, junto al Erídano abundoso,
Aminta, en su ribera esclarecida;
noble zagal, cuya niñez florida
sintió de Amor el arco riguroso.

   Este, con Tirsis, un pastor famoso,  5
pasaba en amistad su triste vida,
y en voz se lamentaba repetida
con su toscano plectro numeroso.

   Mas vino de la bética ribera
un joven de gallardo ingenio y brío;  10
y Aminta, por el docto sevillano,

   dejó su patria y amistad primera,
y ya en el Betis, en estilo hispano,
canta, olvidado de su lengua y río.




ArribaAbajoAgreda y Vargas, Diego de

España. Siglos XVI - XVII




A Lope de Vega


   En Hércules, Atlante el grave peso
puso que el cielo sólo del confía,
temiendo si en otro hombro le ponía
de la pesada máquina el exceso.

   De vos puede contarse este suceso,  5
oh fértil Vega donde el cielo envía
tanto divino néctar y ambrosía
que tenéis al Parnaso sacro en peso.

   Las nueve hermanas y el divino Apolo
teniéndoos en el mundo han descuidado  10
de mostrar su furor santo y profundo.

   Y en vos como el de Arabia único y solo
el peso de sus ciencias han cargado
haciéndoos un nuevo Hércules del mundo.




ArribaAbajoAgüera, Miguel de

España. Siglo XVII

Poeta.




A la muerte del doctor Montalbán


   Este que miras bulto inanimado,
con señas de mortal, siendo divino,
cuyo ingenio, por claro y peregrino
fue de propios, y extraños celebrado;

   este que fue de muchos envidiado,  5
postrado yace a fuerza del destino,
que parece que el cielo le previno
en corta edad el premio dilatado.

   Este que en vida fue de Apolo llama,
y adviertes en ceniza convertido,  10
aunque eterna será siempre su fama.

   Es Montalbán, que no podrá el olvido
secarse del laurel la verde rama
que en sus libros las Musas le han ceñido.




A la muerte de Lope de Vega


   Ese que admiras polvo inanimado,
deshecho nudo, corazón partido,
lino cortado, estambre destejido,
barro para quebrar, vidrio quebrado.

   Roto edificio, alcázar derribado,  5
anegado bajel, muro rompido,
seco jardín, clavel descolorido,
mortal cuaderno y libro deshojado.

   Fue caja, fue depósito, fue Atlante
de un diamante, que al sol hizo ventaja;  10
adora sus cenizas, caminante.

   Que aunque no está el diamante en la mortaja,
mientras que no gozares del diamante,
templarás el dolor con ver la caja.




ArribaAbajoAguilar, Gaspar de

Valencia, 1581-1623

Poeta y comediógrafo español. Acudió a la Academia de los Nocturnos con el nombre poético de «Sombra»




Soneto a San Vicente Ferrer


(Ramillete de la Huerta de Valencia)


   Juan ofreció el jazmín, que es el dechado
de la virginidad maravillosa;
Diego, menor, la trascendente rosa;
Bernardo, amante, el alelí morado.

   Domingo, noble, el lirio aventajado;  5
Antonio, fuerte, la azucena hermosa;
Tomás, sutil, la nepta provechosa;
Lorenzo, mártir, el clavel leonado.

   Jacinto, el arrayán de su esperanza;
Pablo, la maravilla de su celo;  10
Francisco, el trébol, que humildad promete.

   Con estas flores, dignas de alabanza,
hizo el grande Vicente, para el Cielo,
como era valenciano, un ramillete.




Soneto


   Hurta a Abril la mano artificiosa
del tiempo la hermosura soberana,
y de aquellos despojos que le gana
compone el rostro de Belisa hermosa.

   A sus mejillas da encarnada rosa  5
con que oscurece a Venus y a Diana;
con la azucena, de su frente ufana
descubre la hermosura milagrosa.

   Del tornasol le forma los cabellos,
del lirio azul las venas transparentes,  10
de la alegre mosqueta los colores,

   del hermoso clavel los labios bellos,
del nevado jazmín los blancos dientes.
¡Quién fuese abeja de tan bellas flores!




Soneto


   Del sol que en vuestros ojos resplandece
sale una luz que turba mi sosiego,
de cuyo resplandor se engendra luego
un nuevo ardor que de continuo crece.

   Cualquier de estos efectos permanece,  5
aunque yo tengo por mayor el fuego,
que como ha tanto tiempo que estoy ciego
tropiezo en cualquier cosa que se ofrece.

   Por eso estoy, mi Tirsi, retirado
por ver que ha tropezado el alma mía;  10
pero pues no cayó, no ha sido afrenta.

   No os espantéis de verme tan postrado,
porque yendo sin vos, que sois mi guía,
en todo caeré sino en la cuenta.




Soneto


   Cuando con mayor gusto florecía
la fértil primavera del contento,
un dulce y amoroso sentimiento
el ciego amor en mis entrañas cría.

   Y es porque ha sido madre el alma mía  5
de más sublime y alto pensamiento
y porque de su alegre nacimiento
es que ha llegado el venturoso día.

   Y aunque de la ocasión tanto me aparto,
con ser el apartarme peligroso,  10
mayor vida, señora, me segura.

   Por no morir cual víbora en el parto,
del monstruo tan horrendo y espantoso
que ha engendrado en mi alma tu hermosura.




A don Gaspar Mercader


   A Cortes los Planetas se han juntado
por darte, don Gaspar, blasón famoso,
Júpiter, por tu bello rostro hermoso,
te da el ser de los hombres respetado.

   Saturno, por tu término encumbrado,  5
te da la compostura, y el reposo,
Marte, por tu semblante belicoso,
te da su estoque y te lo ciñe al lado.

   Mercurio, por tu ingenio, inteligencia;
Venus, por tu afición, suerte amorosa;  10
Diana, por tu honor, honra excesiva,

   y Apolo, por El Prado de Valencia,
que tanto ilustras con tu verso y prosa,
circuye de laurel tu frente altiva.




Al nacimiento de Cristo


   Pues sois, Eterno Padre, el hortelano,
de este guardado defendido huerto,
que cultiva con orden y concierto,
vuestra divina poderosa mano.

   Recibid este fruto soberano  5
del árbol de mi fe, pues sabéis cierto
que es del tronco divino, que un injerto
puso en el tronco del linaje humano.

   Recibidle, Señor, porque conviene
que el reino oscuro de Luzbel se asombre  10
de nuestro grande eterno regocijo.

   Pues sin trocar ninguno el ser que tiene,
vos vendréis a tener por hijo a un hombre,
y yo vendré a atener a Dios por hijo.




Contra la gloria del amor


   El alma que en las cosas celestiales
pone su voluntad y pensamientos,
tiene de amor las glorias y tormentos,
como ella es inmortal por inmortales.

   Juzga ser sus efectos naturales  5
las tristezas, angustias, sentimientos,
y que los gustos, gozos y contentos
no pueden ser en ella temporales.

   Por gloria eterna la de amor alaba,
pero cuando se parte de este suelo  10
no lleva rastro de ella en la memoria.

   Advierte al fin que aquella que se acaba,
gloria no puede ser, pues la del cielo,
si se acabara, no sería gloria.




A un espejo de una dama


   En ese cristal puro y transparente,
dichoso espejo contemplar pudiera
la viva luz, la imagen verdadera
de mi querido sol resplandeciente.

   Mas tu temida respetada frente,  5
resplandece en la luna de manera,
que en mis turbados ojos reverbera
con el reflejo de su rayo ardiente.

   Pues eres claro y la razón es clara,
si te mira Belisa en ella inspira  10
la justa claridad de mi querella.

   De suerte que mostrándole su cara
le muestra mi razón, que si la mira,
podría ser enamorarse de ella.




A un desengaño


   Muero pensando en mi dolor presente
y procuro remedio al mal instante,
pero en mi vida soy tan inconstante,
que a cualquier ocasión vuelvo la frente.

   Cuando me aparto y pienso estar ausente  5
de mi peligro estoy menos distante,
siempre voy con mis yerros adelante,
sin que de tantos daños escarmiente.

   En tus manos ¡oh noble desengaño!,
fío las vanidades que en mi pecho  10
con tantas muestras de verdad desvío.

   Porque si tú me libras de este daño,
podré decir con honra de este hecho
que sólo debo a ti poder ser mío.




Soneto a la devoción


   «El verde campo de la humana suerte
brota un aparra al cielo consagrada,
que al árbol santo de la fe abrazada
ningún aire del mundo la pervierte.

   Ni el duro golpe del contrario fuerte  5
puede en su corazón hallar entrada,
pues nace con la fe más sublimada,
que tuvo ningún mártir en la muerte.

   Tanto, que si en el cielo al Sol detuvo
el fuerte Josué, por las extrañas  10
maravillas de Fe que en él se han visto,

   mayor grado de Fe la Virgen tuvo,
pues con ella detuvo en sus entrañas
al grande Sol de la justicia, Cristo.




ArribaAbajoAguilar, Juan Bautista

España. Siglo XVII

Poeta.




Epitafio


   Una esperanza, yace aquí burlada,
no muerta, que aunque a polvo reducida,
nunca (si el dueño es muerte) tuvo vida,
porque como fue mía, fue soñada.

   Creyó de Amor la flecha imaginada,  5
y nada cierto fue, sino la herida,
pues empezó en el gusto, prevenida,
y acabó en el dolor, desesperada.

   ¡Ese mortal despojo, o Caminante!
eterno es, que para mi ventura,  10
sólo en ser mármol dura la belleza.

   Atiéndele si sabes ser amante,
porque dure suspenso en su hermosura,
lo que yo he sepultado en su dureza.




Soneto


   No a ti te culpo Amor, no Dios vendado,
mis quejas contra Ti se han dirigido,
que Tú eres ciego Dios, y no ha podido
hacer quien ciego es, tiro acertado.

   Laura cruel, es quien ha ocasionado  5
mi Corazón así se vea herido,
sorda a mis penas Ella, ha conseguido
en hielo de un desdén, viva abrasado.

   ¿Por qué Tirana, di, hacer que vea
en mi Pecho un volcán sino me amas?  10
¿Por qué un incendio anhelas que Yo sea?

   Ya sé porque así mi Pecho inflamas,
porque en Desdén, y Amor, quieres se crea,
somos los dos un Etna, en Nieve, y Llamas.




ArribaAbajoAguilar y Acuña, Manuel

España. Siglo XVII

Poeta y Amigo de Lope de Vega.




A San Isidro


   Los campos de Madrid, Isidro santo,
hoy a vuestra labor agradecidos,
a vuestro altar ofrecen sus vestidos
guarnecidos de rosas y amaranto.

   ¡O rústico de sabios mil espanto,  5
confusión de desvelos tan perdidos,
que alcanzaste secretos escondidos,
que encubre Dios a los soberbios tanto!

   Si me dijera el mundo, que en la tierra
vivió Isidro en pobreza y desconsuelo,  10
dando al valle de lágrimas tributo.

   Yo le responderé, dichosa guerra,
que si lloró y sudó, cogió en el cielo,
sembrando aquí sus lágrimas, el fruto.




ArribaAbajoAhumada, Bernardino de

España. Siglo XVII

Caballero del Hábito de Santiago.




A la muerte de don Juan Pérez de Montalbán


   No ultrajes, caminante, lo secreto
de esta pira, devoto el paso mueve,
no pises su decoro menos leve;
porque paga obediencias de sujeto.

   De este Varón que yazca lo perfeto,  5
aun insensible paga lo que debe,
en sí la tierra de atención se embebe,
y el mármol se aligera de respeto.

   Aun el polvo por suyo se eterniza,
y en fe de tanta merecida palma  10
los horrores mortales autoriza.

   Y alienta sólo tan segura calma
la verdad, con que espera su ceniza
que a de volver a unirse con el alma.




ArribaAbajoAlabaña, Tomás de

España. Siglo XVII

Poeta. Caballero de Cristo y Ayuda de Cámara de la Majestad Católica de Felipe IV, el Grande Rey de uno y otro Mundo.




A la muerte del insigne y en toda Europa aplaudido Juan Pérez de Montalbán, heroico alumno de Apolo


   En esta irrevocable despedida,
que los fueros apura de la ausencia,
que tierna llora (Montalbán) la ciencia,
que triste gime sin tu luz la vida.

   No menos arde fiel por escondida,  5
que en tanta de virtudes eminencia
poros halla en el mármol su influencia,
por donde sabiamente se liquida.

   Aunque a los vientos de vulgar mudanza
el envidioso Piélago se altere,  10
gozas en la tormenta la bonanza.

   De tu fin el destino desespere,
porque un grande saber sin destemplanza
es pedazo de Dios, y nunca muere.




ArribaAbajoAlcaraz, Rodrigo de

España. Siglo XVII

Poeta.




A los Reyes Católicos


   De Hesperia invictas armas habían dado
templo a su fama en crudas guerras, cuando
de los ilustres Césares Fernando
e Isabel la piedad dio aun mayor grado.

   A la que en pura luz tuvo el sagrado  5
origen, siempre Reina, un claro bando
instituyeron, que su gloria honrando,
la aclame libre del primer pecado.

   Prestas responden al decreto augusto
villas, ciudades, y con vivo anhelo  10
los corazones rinden a María.

   Cual don reciben, que en aplauso justo
su nombre y gloria midan con el cielo,
de donde nace a donde muere el día.




ArribaAbajoAlcázar, Baltasar del

Sevilla. 1530 - Sevilla. 1606

Poeta, alcalde, administrador y músico.




Al amor


   Di, rapaz mentiroso, ¿es esto cuanto
me prometiste presto y a pie quedo?
¿Andar mirando entre esperanza y miedo,
cercado de respetos, hecho un tanto?

   Sustos, celos, favores, risa y llanto  5
dalos, Amor, a quien se lame el dedo;
los que me diste a mí te vuelvo y cedo,
no quiero tomar más cosa de espanto.

   Bien siento las heridas y que salgo
de tu poder para ponerme en cura,  10
porque tengo aun abiertas las primeras.

   Y juro por la fe de hijodalgo
de si mi buen propósito me dura
de no partir de hoy más contigo peras.




A Cristo


   Cansado estoy de haber sin Ti vivido,
que todo cansa en tan dañosa ausencia.
Mas, ¿qué derecho tengo a tu clemencia,
si me falta el dolor de arrepentido?

   Pero, Señor, en pecho tan rendido  5
algo descubrirás de suficiencia
que te obligue a curar como dolencia
mi obstinación y yerro cometido.

   Tuya es mi conversión y Tú la quieres;
tuya es, Señor, la traza y tuyo el medio  10
de conocerme yo y de conocerte.

   Aplícale a mi mal, por quien Tú eres,
aquel eficacísimo remedio
compuesto de tu sangre, vida y muerte.




A la esperanza vana



- I -

   Cruel arpía en amoroso traje,
fuerza que levantar haces las peñas,
pródiga en tus palabras halagüeñas,
siendo el mentir tu natural lenguaje;

   funesta cruz, plantada en el pasaje,  5
con que tus tristes hechos nos enseñas,
guía que precipitas y despeñas
a todos los que siguen tu viaje;

   Orión turbulento en la bonanza
de engañosa sierran dulce canto,  10
cometa claro, de gran mal presagio;

   fingida risa, paliado llanto,
tus atributos son, vana esperanza,
por quien padezco mísero naufragio.


- II -

   No siento yo, bellísima María,  15
con no veros dolor, porque deseo
y amor os representan, y así, os veo
y están con vos gozando el alma mía.

   En mi juego con vos con osadía
y gozo por verdad lo que no creo,  20
y en este libre estado que poseo
no hallo quien me turbe el alegría.

   Pero buscan mis ojos sus derecho
y alégranme, con lágrimas y fieros,
que no veros con ellos es mal hecho.  25

   Que, pues fueron autores de quereros,
no he de usurparme yo todo el provecho,
y así, por darles parte, acuerdo veros.


- III -

   La novedad, Amor, en que me pones
no es de discurso honroso ni discreto;  30
no son maduros años buen sujeto
en que poder fundar tus pretensiones.

   Hácesme dar con públicos pregones
noticia al mundo de tu mal conceto,
pues quieren que en mí lean sin respeto  35
lo que es mejor pasallo entre renglones.

   Bástete, Amor, saber que he militado
siguiendo tus banderas y tu imperio,
cuando tuvo disculpa un mal ejemplo.

   No me rompas la ley de jubilado,  40
pues ya las armas deste ministerio
adornan las paredes de tu templo.




Soneto


   Dime, hermoso Baco, ¿quién me aparta
contra mi voluntad de tu servicio
y de aquel gustosísimo ejercicio
que alegre, hinche, traba, mas no harta?

   ¿No me contaste tú por buena sarta,  5
con el pincel colmado al sacrificio?
¿No he gastado en sainetes del oficio
cuanto Pedro devana e hila Marta?

   Pues ¿cómo agora, triste, no te veo?
¿Cómo no vuelvo a ti? ¿Cómo la vida  10
gasto, sin tu licor divino ardiente?

   Dulcísimo peligro es ¡oh Fineo!
Seguir un rojo dios que trae ceñida
siempre de verdes pámpanos la frente.




Soneto


   Amor, no es para mí ya tu ejercicio,
porque cada cosa que importa no la hago;
antes, lo que tú intentas yo lo estrago,
porque no valgo un cuarto en el oficio.

   Hazme, pues, por tu fe, este beneficio:  5
que me sueltes y des carta de pago;
infamia es que tus tiros den en vago;
procura sangre nueva en tu servicio.

   Ya yo con solas cuentas y buen vino
holgaré de pasar hasta el extremo;  10
y si me libras de prisión tan fiera,

   de aquí te ofrezco un viejo mi vecino
que te sirva por mí en el propio remo,
como quien se rescata de galera.




Soneto


   Rindamos, cuerpo, los cansados bríos;
tiempo es que el tiempo los comprima y venza
y que la mísera alma te convenza
a no enlazarla más en yerros míos.

   Los dulces y amorosos desafíos  5
en esta edad que a descender comienza
caúsanos confusión, ira y vergüenza
pues por venir sin tiempo, vienen fríos.

   La voluntad indómita que andaba
corriendo el campo como vencedora,  10
rinda ya la cerviz áspera y brava.

   A la razón, que arrinconada mora,
bastan los años que mando la esclava:
gobierne ya su casa la señora.




Soneto


   Cercada está mi alma de contrarios;
la fuerza, flaca; el castellano, loco;
el presidio, infiel, bisoño y poco;
ninguno los pertrechos necesarios;

   los socorros que espero, voluntarios,  5
porque ni los merezco ni provoco;
tan desvalido que aun a Dios no invoco,
porque mis consejeros andan varios.

   Los combates, continuos, y la ofensa;
los enemigos, de ánimo indomable;  10
rotas por todas partes la muralla.

   Nadie quiere acudir a la defensa...
¿Qué hará el castellano miserable
que en tanto estrecho y confusión se halla?




El alma


   ¿Por qué, sin fruto ¡ay alma! te suspendes
en renovar por horas la memoria
de tu infelice y lamentable historia,
que es atizar el fuego en que te enciendes?

   Pues se te dio discurso, mal aprendes  5
en conocer que tu pasada gloria
huyó como mortal y transitoria,
y que en el cielo está lo que pretendes.

   Busca de hoy más la celestial morada;
que allí la hallarás, libre del triste  10
y general tributo de la muerte,

   tan lejos del estado en que la viste,
su temporal belleza eternizada,
pidiendo para ti la misma suerte.




Soneto


   Clarísimo Marqués, en quien depende
de su poder el cielo larga muestra,
honor de juventud, guía que adiestra
a cuanto bien de Dios acá se extiende.

   Por el fuego amoroso que así enciende  5
de la divina Clori, el alma vuestra
que recibáis por vuestro a quien os muestra
que no tiene otro bien ni lo pretende.

   El alma ya os la di desde aquel día
que vi partes en vos de tanto gusto,  10
que no me fue posible defendella.

   Lo que pido es que esta alma que fue mía
y es vuestra ya con título tan justo,
que la estiméis, pues que moráis en ella.




Al pintor Francisco Pacheco


   En tanto, nuevo Apeles, que, ocupado
en las ideas, tu ingeniosa mano
les formas cuerpos que, al juicio humano,
vence al original cualquier traslado.

   La Fama, que de ti tiene el cuidado,  5
ligera rompe por el aire vano,
dilatando tu nombre soberano
del Etíope adusto al Scita helado.

   Rinde, pues, caro amigo, al alto Cielo
divinos dones, por la larga suma  10
de partes que te dio dignas de gloria.

   Yo, por la mía, con el bajo vuelo
de esta mi tosca y mal cortada pluma,
celebraré, Pachecho, tu memoria.




Soneto


   Si a vuestra voluntad yo soy de cera,
¿cómo se compadece que a la mía
vengáis a ser de piedra dura y fría?
De tal desigualdad, ¿qué bien se espera?

   Ley es de amor querer a quien os quiera,  5
y aborrecerle, ley de tiranía:
mísera fue, señora, la osadía
que os hizo establecer ley tan severa.

   Vuestros tengo riquísimos despojos,
a fuerza de mis brazos granjeados,  10
que vos nunca rendírmelos quisisteis;

   y pues Amor y esos divinos ojos
han sido en el delito los culpados,
romped la injusta ley que establecisteis.




Soneto con estrambote


   «Haz un soneto que levante el vuelo
sobre el Cáucaso, monte inaccesible,
de estilo generoso y apacible,
lleno de variedad de Cipro y Delo.

   Con perlas, ámbar, oro, grana y yelo  5
(nieve quise decir, no fue posible):
no sea lo esencial inteligible,
pues que no ha de faltarle un Velutelo.

   Luego que este soneto se concluya
cuenta el caudal; si ves que ha mejorado,  10
bueno será, pues hizo algún efecto.

   Mas si, por mi desgracia y por la tuya,
no hallas un bayoco mejorado,
¿para qué será de bueno este soneto?

   Aunque yo te prometo  15
que sé para qué es bueno el cuitadillo;
pero tengo vergüenza de decillo.

   Si quieres conferillo
sin la pasión de padre, allá en tu seno,
tú sabrás, como yo, para qué es bueno».  20




Contra un mal soneto


   Al soneto, vecinos, al malvado,
al sacrílego, al loco, al sedicioso,
revolvedor de caldos, mentiroso,
afrentoso al Señor que lo ha criado.

   Atadle bien los pies, como el taimado  5
no juegue dellos pues será forzoso
que el sosiego del mundo y el reposo
vuelva en un triste y miserable estado.

   Quemadle vivo; muera esta cizaña,
y sus cenizas Euro las derrame  10
donde perezcan al rigor del cielo.

   Eso dijo el honor de nuestra España
viendo un soneto de discurso infame;
pero valióle poco su buen celo.




Primer soneto del soneto que se conoce en letra castellana1


   Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas por buen orden que yo en esto siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.

   Venidos al segundo, yo os prometo  5
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, como una hormiga
al trabajo diario y bien sujeto.

   Pues ved, Inés, que ordena el duro hado:
que, teniendo el secreto ya en la boca  10
y el orden de decillo ya estudiado,

   conté los versos todos y he hallado
que por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, está acabado.




A Gutierre de Cetina



- I -

   Si subiera mi pluma tanto el vuelo
que el deseo igualara que la inclina
a celebrar, carísimo Cetina,
cuanto bien sobre vos derrama el cielo.

   Vierades, en honor del patrio suelo,  5
la clara fama que la rueda empina
del gran hijo de Tetis, como indina,
cubierta a vuestros pies de negro velo;

   mas ya que el hado le negó esta palma
al tardo ingenio, porque tal supuesto  10