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    Sonetos del siglo XV al XVII
     edición de Ramón García González
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ArribaAbajoAndrés, Juan Francisco

Aragón. Zaragoza. Siglo XVII

Cronista de Su Majestad en el Reino de Aragón.




Epigrama


   El Ebro en su corriente cristalina,
célebre Alcino, tus discretas sales,
pues, con tus agudezas, sus caudales,
no envidiarán la fuente Cabalina.

   Tu voz resuene dulce, peregrina,  5
en los climas remotos Boreales,
porque de tu elocuencia los raudales
al mayor Lauro, Febo los destina.

   El Clarín resonante de la fama
aplauda sus cadencias ingeniosas,  10
cuando el sonoro Pindo las aclama.

   Y exentas de las sombras envidiosas,
de Daphne las corone inmortal Rama,
para que brillen siempre victoriosas.




A la muerte del doctor Juan Pérez de Montalbán


   El Monte excelso que la blanca Aurora
con trémulos cambiantes argentaba,
cuya sublime cumbre dibujaba
los dos collados donde Apolo mora;

   fúnebre eclipse su esplendor desdora,  5
tanto que cuantas plantas albergaba
oscura densidad las emboscaba,
hurtando a Febo la porción que ignora;

   pero en vano se oponen sombras frías
a empañar de su cima los verdores,  10
si han de brillar amenas lozanías;

   y mal pueden ceder a los horrores,
pues a pesar del tiempo, y de los días
de sus cenizas nacerán las flores.




A don Vicencio Juan de Lastanosa


   Cuanto a tu ingenio toda España deba,
contarán tus Medallas conocidas,
si antes la oscuridad desconocidas
juzgó, hasta que tu pluma las resuelva.

   Nuevos aplausos a los doctos mueva  5
la edición de las luces escondidas,
a tus ansias debiendo esclarecidas
el lucimiento que su autor reprueba.

   A cuál debamos más no fácilmente
se podrá discernir: aquél oculta  10
su propio nombre artificiosamente;

   Tú, porque del retiro le resulta
mayor gloria, divulgas diligente
las sutilezas de su lima oculta.




A Raimundo de Peñafort


   Peña fuerte es Raimundo en su apellido,
y rey del mundo el nombre le publica;
aquél su fortaleza santa explica,
y éste cuanto hay mortal muestra rendido.

   El elemento más embravecido,  5
cuado el mato en las ondas su fe aplica,
el viento mansamente en él se implica,
hasta haberle en la playa conducido.

   Triunfó del mar airado y de los vientos,
y cuando sus preceptos obedecen,  10
muestra el mundo menor sus movimientos.

   En unos y otros los prodigios crecen,
pues penden de su voz dos elementos,
y lo hombres escuchan, y ensordecen.




A la santa paciencia


   Del fuego abrasador la llama ardiente,
no examina en Laurencio lo inflamado,
que el calor de las ascuas no ha quemado,
porque en su pecho, incendio mayor siente.

   La actividad de Orencio no consiente,  5
que le refríe del cristal lo helado,
porque el hielo, en pavesas transformado,
confiesa el vencimiento claramente.

   Laurencio se acredita de animoso
en las llamas, y Orencio en los cristales,  10
rayos brilla el amor afectuoso.

   Que venzan elementos desiguales,
no es mucho, cuando en parto prodigioso,
la Paciencia les dio fuerzas iguales.




ArribaAbajoAnguita y Monguia, Pedro

España. Siglo XVII

Poeta y doctor.




Soneto


   La Madre Augusta, el Príncipe nacido,
felicidad fatal de que adolece;
toda la eternidad que en él se acrece,
ya pensó el hado que la había vivido.

   Recobrose con gozo más crecido,  5
y en la Real vida el susto convalece,
desengañado de que no fenece
lo eterno, aunque en un punto conseguido.

   O cuánto la Agustísima Mariana,
vivó de gloria en el instante sólo,  10
que dio una Majestad a España tierna.

   Mas si armó contra sí la Parca vana,
viva, viva feliz la edad de Apolo
que no la ha de acabar, quien la hace eterna.




ArribaAbajoAngulo y Pulgar, Martín

España. Siglo XVII

Poeta.




Al doctor Juan Pérez Montalbán


Acróstico


   DOCTO Monte de Musas, cuyo seno
In auras miro ausentes, Peregrino!
Verás, si, terminando su camino,
Ahora paras en su valle ameno;

   No admires, no, si en tierra lo terreno  5
PÉREZ es, que, en su cumbre, lo divino
DE una bien , y de otra fama dino
Mas que de flor, está de glorias lleno.

   O tú! feliz le admira, en monumento
Nunca oprimido, aunque de pesadumbre  10
Tanta; y sus coros luego, que cantando

   Alegres, tejían siempre, en suave acento,
Las Musas, que, variando ya costumbre,
VAN al MONte, TAL vez (y VAN) llorando.




A la muerte de Lope de Vega


   Nadie te alabe, Lope, que tú solo
te sobras a ti mismo de alabanza,
cuya elegante voz sonora alcanza
a las instancias de uno y otro polo.

   Sea tu nombre eterno Mauseolo,  5
no sujeto del tiempo a la mudanza;
goza la fama con igual bonanza
del Volga helado al cálido Pactolo.

   No añaden luz al sol artificiales
antorchas, que encender puede oficiosa  10
la fiel solicitud de los mortales.

   Cualquier posteridad te será ociosa,
que mal alumbran rayos materiales
a quien con propio resplandor reposa.




ArribaAbajoAngulo y Velázquez, Isidro

España. Siglo XVII

Poeta.




Soneto


   ¿Vives, o no? que la razón no acierta
(Gran Majestad) a discurrirte, altiva
que tienes mucho grande, para vida,
y tienes mucho hermoso, para muerta.

   ¿Qué vives, dudo? no; tu vida es cierta;  5
no ha de ser siempre la grandeza esquiva;
si el llegar a lo más es, quien derriba,
tuyo es lo más, pues como será incierta.

   De grande peligrabas; no es lo menos;
de mayor mejoraste; mucho ha sido;  10
pero más es de excelsa, estar segura.

   O aclame ardor de números muy llenos
tu mejoría, si en lo más temido,
tubo, que mejora tanta hermosura.




ArribaAbajoAragón y Mendoza, Jacinto

España. Siglo XVII

Poeta. Secretario del eminentísimo cardenal Gil de Albornoz, y que lo ha sido de guerra del estado de Milán.




Al doctor Juan Pérez de Montalbán


   Segundo Fénix que dejó engendrado
la ceniza de Lope esclarecida;
tú que diste al Parnaso nueva vida,
viendo el Sol de las Musas eclipsado.

   Ya en tu tránsito duro ha peligrado  5
la pompa del Teatro envanecida;
tarde se mirará convalecida,
de este desastre fúnebre del Hado.

   Madrugaron la Muerte, y la Fortuna
a disfrutarte, ensangrentando fiera  10
una la Rueda, y otra la Guadaña.

   Juntas troncaron la mayor columna,
que sustentó la peregrina Esfera,
del mejor espectáculo de España.




ArribaAbajoAragonés, Joseph

Valencia. Siglo XVII

Poeta. Notario. Casó con doña Jerónima Ribera en 1647




Con dicciones valencianas y castellanas


   Valencia insigne, patria venturosa,
de valor, y de ciencia coronada
si de Minerva Cátedra afamada
de Palas plaza ilustre, y belicosa.

   Festiva forma una corona hermosa  5
igual a la de Alcides celebrada,
y a tal Historiador; apasionada
corona liberal, premia gustosa.

   De Orti conserva la inmortal memoria,
pues nota puntual, sutil explica  10
la honra, que en Tomás Fénix te aclama.

   Consagra esta obra rica a eterna gloria,
pues la del Turia al Nilo la publica
la sonorosa trompa de la Fama.




ArribaAbajoAranguren, Francisco de

España. Siglo XVII

Poeta.




Soneto


   Subió Mariana a la mayor Alteza,
y de subir peligra, o frágil vida,
que en la misma grandeza esté embebida,
la ocasión de arriesgarse la grandeza.

   Dichoso el riesgo fue, puesto que empieza  5
a ser el riesgo gloria más crecida;
porque acredita el verse deslucida,
que subir más no pueda una belleza.

   En su esfera enfermó la luz ardiente;
pero no fue enfermar, pues atesora  10
con el peligro luz más excelente.

   Que si esto empeña el lustre, que la dora,
ya se levanta más resplandeciente,
siendo de un tierno sol brillante Aurora.




ArribaAbajoArce, Pedro de

España. Siglo XVII

Poeta. Caballero del Hábito de Santiago, y Aposentador de Casa y Corte de Su Majestad.




A don Agustín de Salazar y Torres


   Del uno y otro Griego Valeroso,
las heroicas hazañas que, describe,
a la inmortalidad las apercibe
el Sabio Homero en plecto armonioso.

   Heroicas Obras de Héroes más glorioso,  5
que eterno en el aplauso siempre vive,
hoy logra el tiempo, y este honor recibe,
del Docto Vera, en celo generoso.

   Dulces reliquias su amistad traslada
de las inadvertencias del olvido  10
a la veneración de la memoria;

   hoy resuena la Lira celebrada
del Castellano Apolo esclarecido
por él, que en esta fama halló su gloria.




ArribaAbajoArellano, Marcos de

España. Siglo XVII

Poeta.




Soneto


   El Español altivo que desea
aumentar en la Fe del Soberano
desnude ya el estoque Toledano
que perderse su España es cosa fea.

   El que en techo patrio se recrea  5
ponga el herrado Pino ya en su mano,
paseando las Popas a pie llano
el piélago seguro de marea.

   Que nunca ha de faltar el Pan y Vino
pues la tierra produce en abundancia  10
y el Apóstol encarga a esta defensa.

   Porque es negocio y caso de importancia
y servicio que se hace al Uno y Trino
y a nuestro Rey Felipe en contra ofensa.




ArribaAbajoArguijo, Juan de

Sevilla, 1560- Sevilla, 1623

Poeta español, gran artífice del soneto, que practicó a lo largo de su acomodada vida. Procurador en Cortes.

Su obra en sonetos está dedicada la mayor parte de ella a la los personajes pertenecientes a la Mitología.




Soneto


   De ciega oscuridad y horror cubierta
está la tierra, en tanto que el hermano
de la silvestre diosa sale ufano
del rojo Oriente por la ebúrnea puerta.

   Ante sus ojos ve la muerte cierta  5
el piloto en el piélago inhumano
mas dando el viento a sus deseos la mano
en vida trueca la esperanza muerta.

   Tras la importuna guerra se consigue
para dichosos años paz segura.  10
Tú, pues en medio de tus males fía;

   que al fin es cosa cierta que se sigue
tras la tormenta, guerra, noche oscura,
buen tiempo, dulce paz, alegre día.




A las ruinas de Itálica


   Esta, a la rubia Ceres consagrada
parte fecunda de la madre tierra,
que el sustento común al orbe encierra
de tanta espiga en la preñez dorada,

   fue ciudad al comercio dedicada,  5
que la quietud y la verdad destierra,
duro después teatro de la guerra
que toda en sangre la dejó bañada.

   Del primitivo asunto restaurado,
gracias rinde en el fruto repetido  10
al circular precepto de los meses;

   también siéndole el tiempo agradecido
no más hierro la hiera que el arado,
no más peso la oprima que sus mieses.




A Narciso


   Crece el insano ardor, crece el engaño
del que en las aguas vio su imagen bella;
y él, sola causa en su mortal querella,
busca el remedio y acrecienta el daño.

   Vuelve a verse en la fuente ¡caso extraño!:  5
del agua sale el fuego, mas en ella
templarlo piensa, y la enemiga estrella
sus ojos cierra al fácil desengaño.

   Fallecieron las fuerzas y el sentido
al ciego amante amado, que a su suerte  10
la costosa beldad cayó rendida.

   Y ahora, en flor purpúrea convertido,
el agua, que fue principio de su muerte,
hace que crezca, y prueba a darle vida.




A Arión Músico


   Mientras llevado de un delfín piadoso
corta Arión el mar, suspende el viento,
y las agua enfrena el blando acento
de la cítara y canto artificioso.

   Las Nereidas, dejando el espumoso  5
albergue, al dulce son de su instrumento
tejen en concertado movimiento
festivo coro en el teatro ondoso.

   Tetis, Nereo y Doris con espanto
oyeron su armonía. Ni faltaste,  10
grande Neptuno, y tú, Glauco, saliste.

   ¡Oh, fuerza ilustre del suave canto!,
si la fiera codicia no ablandaste,
ondas, vientos, delfín, dioses venciste.




A Rómulo que mató a su hermano Remo


   Las armas tomó apriesa el esforzado
Quirino, de su hermano mal seguro;
y en la nueva ciudad el primer muro
con la sangre fraterna fue manchado.

   Primero dividido que fundado  5
sintió el pueblo en su daño el hierro duro,
presagio cierto del rigor futuro
que amenazaba el disponer del hado.

   No consintió a sus ojos ver presente
algún igual al ánimo ambicioso;  10
ni sufrió compañero la corona.

   Al natural amor venció impaciente
el amor de reinar, más poderoso,
pues a su mismo hermano no perdona.




A Fabio contra Aníbal Africano


   Mientras quede Cartago las banderas
triunfar intentan del valor romano,
y espera victorioso el africano
pisar del vago Tiber las riberas;

   tú, grande dictador, entre las fieras  5
trompas, con lento pie y segura mano,
sin sangre alguna derribaste el vano
orgullo de las armas extranjeras.

   No te venció de la opinión contraria
el opuesto rumor a tu alabanza:  10
que fácilmente lo desprecia el sabio.

   ¡Oh prudente esperar, oh voluntaria
constancia, por quien Roma ver alcanza
a Aníbal roto y vencedor a Fabio!




A Orfeo


   Desiertas selvas, monte yerto y frío
de Rodope, que al cielo tocar osas;
vosotras de Estrimón ondas hermosas
a quien vencer presume el llanto mío.

   Seréis testigos largo tiempo, fío,  5
de mi dolor y quejas lastimosas
que en vano esparzo al aire, y con piadosas
voces al rey del lago oscuro envío.

   Así cantando llora el Tracio amante,
y a los tiernos acentos enmudece  10
el viento, y la agua su corriente enfrena.

   Y enternecidas truecan el semblante
las fieras -¡corto alivio!- mientras crece
del ya perdido bien la justa pena.




A Orfeo despedazado


   A ti en los dulces versos numerosos,
¡Oh primer padre de la lira, Orfeo!
Lloró por largo tiempo de Nereo,
cuando contiene el término espacioso.

   A ti lloró Estrimón, a ti el fragoso  5
Ródope, y altas cimbres del Pangeo,
a ti las ninfas del sagrado Alfeo
obligadas del canto generoso.

   Tus divididos miembros, no estimados
del bacanal furor que osadamente  10
los esparció por el ingrato suelo;

   como a precioso don en sus sagrados
senos Ebro recoge, ya la prudente
cabeza Lesbos, y la lira el cielo.




A Dido


   La tirana codicia del hermano,
impía ocasión del fin de tu Siqueo,
huiste fiel por el airado Egeo,
Elisa, hasta el término africano.

   Donde reliquias del ardor troyano  5
encendieron en ti nuevo deseo;
y entregaste en infausto Himeneo
al Teucro engañador la fe y la mano.

   Despreciaste, en tu daño presurosa,
la merecida fama, que destruyes  10
con el engaño que obstinada quieres.

   ¡Oh en ambas bodas poco venturosa!
Muriendo el uno, perseguida huyes;
huyendo el otro, desdeñada mueres.




- VI -


   Julia, si de la Parca el furor ciego
permitiera en tu vida más tardanza,
no viera Roma en su mayor pujanza
de las guerras domésticas el fuego;

   que semejante en el piadoso ruego  5
a las Sabinas, la furiosa lanza
redujeras, repuesta la venganza
a paz alegre y a común sosiego.

   Al detenido daño y armas fieras
tu acelerada muerte abrió camino  10
rota la fe, que violentada estaba.

   Tú sola el istmo de estas ondas eras:
mas acabó la fuerza del destino
vida, que tantas muertes excusaba.




- VII -


   Detén un poco la cobarde espada,
cruel Pompilio, ingrato, y considera
la justa empresa que a tu brazo espera,
y largos siglos ha de ser llorada.

   ¿Posible es que se ve tu mano armada  5
contra el gran Tulio, a quien librar debiera
en igual recompensa de la fiera
muerte, a tu ingratitud encomendada?

   ¡Oh cuán poco aprovecha la memoria
del recibido bien; que al obstinado  10
ninguna cosa de su error le muda!

   Desciendo el golpe sobre la alta gloria
de la latina lengua; derribado
deja el valor y la elocuencia muda




- VIII -


   Del gran Pompeyo el enemigo fuerte
llega en oscura noche al pobre trecho,
do Amicas con seguro y libre pecho
ni teme daño, ni recela muerte.

   Ya que llamar segunda vez advierte,  5
rogando deja el mal compuesto lecho;
y en frágil barca el peligroso estrecho
corta, présago de siniestra suerte.

   Brama furioso el mar sintiendo el peso
que sostiene; y al tímido piloto  10
César anima y dice: «Rema, amigo,

   y olvida el miedo de infeliz suceso;
aunque más se contrasten Euro y Noto
la fortuna de César va contigo».




- IX -


   En duro escollo expuesta al mar insano
la no culpada hija de Cefeo,
mueve a piedad el reino de Nereo,
remedio a su dolor pidiendo en vano.

   Cuando, rompiendo el aire con liviano  5
vuelo, se muestra el vencedor Perseo
que con el gran despojo meduseo
orna glorioso la triunfante mano.

   De la doncella el llanto y la hermosura
enviaron a un tiempo al pecho fuerte  10
de lástima y amor agudas flechas:

   del mar la libra y de la bestia dura
trocando en vida la temida muerte.
Y en nupciales cantares las endechas.




- X -


   En la pequeña luz de Sesto pone
desde el puerto los ojos, y atrevido
rompe Leandro el mar, que embravecido,
a sus intentos con furor se opone.

   Mas él, cuidando que le muerte abone  5
su grande amor, se ofrece al conocido
peligro, y de las ondas ya vencido,
a amansallas en vano se dispone.

   «Ondas, dijo muriendo, si consiente
vuestro furor de un triste amante el ruego,  10
sed por un rato a mi dolor piadosas;

   frenar el curso a la veloz corriente:
mostraos benignas sólo mientras llego
y cuando vuelva me anegad furiosas».




- XI -


   Presenta ufano a César victorioso
el tirano de Menfis inclemente
la temida cabeza, que al Oriente
tuvo al son de las armas temeroso.

   No pudo dar el corazón piadoso  5
enjutos ojos, ni serena frente
al don funesto; mas gimió impaciente
de tal crueldad, y repitió lloroso:

   «Tú, gran Pompeyo, en la fatal caída
serás ejemplo de la humana gloria;  10
y cierto aviso de su fin incierto.

   ¡Cuánto se debe a tu virtud crecida!
¡Cuán costoso en tu muerte es mi victoria!
Vivo te aborrecí, te lloro muerto».




- XIII -


   Baña llorando el ofendido lecho
de Colatino la consorte amada,
y en la tirana fuerza disculpada,
si no la voluntad, castiga el hecho.

   Rompe con hierro agudo el casto pecho,  5
y abre camino al alma, que indignada
baja a la oscura sombra, do vengada
aun duda si su ofensa ha satisfecho.

   Venció el paterno llanto endurecida,
y de su esposo el ruego, que no basta,  10
menospreció, con un mortal desvío.

   «Ceda al debido honor la dulce vida,
que no es bien, dijo, que otra menos casta
ose vivir con el ejemplo mío.»




- XIV -


   La sima horrible con espanto mira
en su gran plaza Roma, y el dudoso
portento, grave al pueblo victorioso
no enseñado a temer, suspenso admira.

   En tanta confusión turbado aspira  5
a buscar el remedio, y presuroso
consulta si de Jove poderoso
se pudiese aplacar la justa ira.

   Asegura el oráculo invocado
de daño al pueblo si a la grande cueva  10
lo más ilustre ofrece de su gloria.

   Curcio, de acero y de valor armado,
se arroja dentro; y deja con tal prueba
libre la patria, eterna tu memoria.




- XV -


   Aquel fuerte varón de tantos años
vio contra sí constante la fortuna;
el que supo sagaz de la importuna
Circe vender los mágicos engaños.

   El que en nuevas regiones y en extraños  5
mares, temer no supo vez alguna;
el que, bajando a la infernal laguna,
libre volvió de los eternos daños.

   Los ojos cubre y cierra los oídos
de las sirenas a la vista y canto.  10
Y se manda ligar a un mástil duro.

   Y negando al objeto los sentidos,
la engañosa belleza y fuerte encanto
huyendo vence, y corta el mal seguro.




- XVI -


   Viví, y en dura piedra convertida,
labrada por la mano artificiosa
de Praxiteles, Niobe hermosa
vengo segunda vez a tener vida.

   A todo me volvió restituía,  5
mas no al sentido, la arte poderosa;
que no lo tuve yo, cuando furiosa
los altos dioses ofendí atrevida.

   ¡Ay triste!, cuán en vano me consuelo,
si ardiente llanto espira el mármol frío,  10
sin que mi antigua pena el viento cure.

   Pues ha querido el riguroso cielo,
para que sea eterno el dolor mío,
que faltándome el alma, el llanto dure.




- XVII -


   Con una lumbre en la mayor del día
corre la llena plaza atentamente,
Diógenes, mostrando entre la gente
buscaba alguna cosa que no vía.

   Mas el confuso pueblo, que atendía,  5
la causa pide; y el varón prudente
«Hombre brusco», responde, y diligente
con nuevo ahínco vuelve a su porfía.

   ¡Qué maravilla que buscase a un hombre
el sabio entre aquel número perdido,  10
que imitaba las fieras las costumbres;

   si en los que ahora tienen este nombre,
y en mejor tiempo, oh mal poco sentido,
lo hallarán apenas muchas lumbres!




- XVIII -


   De Alejandro al trasunto, muda historia
que animó en bronces artificiosa mano,
dos fijó sus columnas el tebano,
César mira, envidioso de su gloria.

   Viendo que en corta edad larga victoria  5
ganó del orbe el macedón ufano,
de sus años lamenta el curso vano,
que aun no ha dado principio a su memoria.

   «Tú, ilustre joven, dice, sólo viste
glorioso fin de tu alto pensamiento;  10
tú al mundo grande, a ti pequeño el mundo.

   ¿Quién a la excelsa cumbre que subiste
podrá llegar? Ni ¿cuál osado intento
presume a tu valor segundo?».




- XIX -


   De la fenisa reina importunado
el teucro huésped, le contaba el duro
Estrago, que abrasó el troyano muro,
y echó por tierra el Ilion sagrado.

   Contaba la traición y no esperado  5
engaño de Sinón falso y perjuro,
el derramado fuego, el humo oscuro,
y Anquises en su hombres reservado.

   Contó la tempestad que, embravecida,
causó a sus naves lamentable daño,  10
y de Juno el rigor no satisfecho.

   Y mientras Dido escucha enternecida
las griegas armas y el incendio extraño,
otro nuevo y mayor le abrasa el pecho.




- XX -


   Vuelta en ceniza Troya, y su tesoro
en despojo del dolope extranjero,
el codicioso Polimnester fiero
la muerte ordena el tierno Polidoro.

   ¿A qué no obligarás, hambre del oro  5
sacrílega codicia del dinero,
si quebrantas el inviolable fuero
del sagrado hospedaje y real decoro?

   Con justa indignación reprueba el suelo
la culpa avara del cruel tirano,  10
que poco gozará tales despojos.

   Nueva venganza le previene el cielo;
porque de una mujer la débil mano
hará que su castigo vea sin ojos.




- XXI -


   Prime el Etna ardiente a los osados
Encélado y Tifón, que el claro asiento
de Júpiter con vano atrevimiento
conquistar intentaron confiados.

   Donde sus pensamientos castigados  5
con pena digna de tan loco intento,
en las cavernas yacen, con violento
rayo de la alta cumbre derribados.

   Vio el cielo la ambición que impetuosa,
cual fuego a lo más alto se avecina;  10
y con el fuego castigarla quiso;

   porque la tierra advierta temerosa
como de la soberbia en su ruina
no queda sino el humo como aviso.




- XXII -


   Con prodigioso ejemplo de osadía
un hombre miró en la romana puente,
resistir solo de la etrusca gente
el grueso campo que pasar quería.

   Ni la enemiga furia le desvía,  5
ni de la vida el cierto fin presente;
con su valor dejar no le consiente
la temeraria empresa en que insistía.

   Oigo del roto puente el son fragoso,
cuando al Tigre el varón se precipita  10
armado, y sale de él con nueva gloria.

   Y al mismo punto escucho del gozoso
pueblo las voces, que aclamando grita:
«Viva Horacio; de Horacia es la victoria».




- XXIII -


   ¿A quién me quejaré de aquel engaño,
árboles mudos en mi triste duelo?
¡Sordo mar! ¡Tierra extraña! ¡Nuevo cielo!
¡Fingido amor! ¡Costoso desengaño!

   «Huye el pérfido autor de tanto daño,  5
y quedo sola en peregrino suelo,
do no espero a mis lágrimas consuelo;
que no permite alivio mal tamaño.

   Dioses, si entre vosotros hizo alguno
de un desamor ingrato amarga prueba,  10
vengadme, os ruego, del traidor Teseo».

   Tal se queja Ariadna en importuno
lamento al cielo; y entretanto lleva
el mar su llanto, el viento su deseo.




- XXIV -


   Del vencedor huyendo, a Lesbos deja
Pompeyo, roto en la farsalia guerra;
con su esposa se embarca, y a la tierra
que inunda el Nilo, por su mal se aleja.

   Que el hado riguroso que le aqueja,  5
y al extranjero reino le destierra,
en la seguridad que busca encierra
el fin que dio a Cornelia eterna queja.

   Fiera tormenta en el buscado puerto
el gran Pompeyo halla en vez de abrigo  10
¿Quién las mudanzas de la suerte ignora?

   ¿Quién no recelará el suceso incierto,
si da la muerte el obligado amigo,
si el enemigo vencedor le llora?




- XXV -


   Sobre el sepulcro del ilustre griego,
que honró con sus cenizas el Sigeo
mejor que a Caria el rico Mausoleo;
Alejandro paró, y exclamó luego:

   «¡Oh gloria de la Grecia!, claro fuego,  5
cuya llama las nieblas del Leteo
no bastan a encubrir, ni su trofeo
robar podrá jamás olvido ciego.

   A ti, dichoso joven, guardó el cielo,
porque eterno tu nombre al mundo fuera,  10
del grande Homero la divina historia.

   Que si de aquella pluma el alto vuelo
faltara, un mismo túmulo cubriera
tu mortal suerte, y tu inmortal memoria.




- XXVI -


   El que soberbio a no temer se atreve
la varia fuerza del mudable hado,
y en alegre fortuna confiado
de los dioses creyó el aplauso leve.

   Ejemplo tome de mi gloria breve,  5
en cuyo fin dejó el egipcio armado
al claro Nilo; y vino el scita osado,
que el puro Tanais, y el Oronta bebe.

   Troya fui, de los dioses obra ilustre,
honor del Asia, hermosa, rica y fuerte,  10
madre de reinos, y del mundo espanto.

   Cayó mi gloria y de su antiguo lustre
sólo han quedado ¡oh miserable suerte!
Cenizas viles y afrentoso llanto.




- XXVII -


   Castiga el cielo a Tántalo inhumano,
que en impía mesa su rigor provoca,
medir queriendo en competencia loca,
saber divino con engaño humano.

   Agua en las aguas busca, y con la mano  5
el árbol fugitivo casi toca;
huye el copioso Erídano a su boca,
y en vez de fruta aprieta el aire vano.

   Tú, que espantado de su pena, admiras,
que el cercano manjar en largo ayuno  10
al gusto falte y a la vista sobre:

   ¿Cómo de muchos Tántalos no miras
ejemplo igual? Y si codicias uno
mira al avaro en sus riquezas pobre.




- XXVIII -


   Ofrece el juego la engañada diestra
ante el rey enemigo el esforzado
Scévola, y de aquel yerro no culpado
con denuedo espantoso el pesar muestra.

   Del fuerte corazón la insigne muestra  5
el ofendido rey miró turbado,
y aquella mano respetó admirado,
que supo errando a tantas ser maestra.

   «No castiguéis, le dijo, valeroso
mancebo, el fuerte brazo, cuyo engaño  10
me dio la vida, y a dártela me mueve.

   Hoy Roma, con tu intento generoso,
verá que, libre de tan cierto daño,
más a tu yerro que a tus fuerzas debe.»




- XXIX -


   Mientras, llevado de un delfín piadoso,
pasa Arión el mar, suspende el viento
y las aguas enfrena el blando acento
de la cítara y canto artificioso.

   Las Nereidas, dejando el espumoso  5
albergue, al dulce son de su instrumento
tejen en concertado movimiento
festivo coro en el teatro undoso.

   Tetis, Nereo y Doris con espanto
oyeron su armonía; ni faltaste,  10
grande Neptuno, y tú, Glauco, saliste.

   ¡Oh inmensa fuerza del suave canto!
Si la fiera codicia no amansaste,
aguas, vientos, delfín, dioses, venciste.




- XXX -


   Si sobre su cabeza ve pendiente
de un sutil hilo la desnuda espada;
si cada punto espera ver llegada
la postrera hora, y mira el fin presente:

   ¿Qué mucho que despida de su frente  5
Damocles la corona, y al estimada
púrpura menosprecie, que obligada
a tal temor, ya a tal peligro siente?

   En aparente bien cubierto daño
descubrió del imperio codicioso,  10
y en caduco placer tormento fiero:

   hazaña fue de un claro desengaño;
que el cetro renunciase el ambicioso,
y dijese verdad el lisonjero.




- XXXI -


   Pudo quitarte el nuevo atrevimiento,
bello hijo del sol, la dulce vida;
la memoria no pudo, que extendida
dejó la fama de tan alto intento.

   Glorioso, aunque infelice pensamiento,  5
disculpó la carrera mal regida;
y del paterno carro la caída
subió tu nombre a más ilustre asiento.

   En tal demanda, al mundo aseguraste
que de Apolo eras hijo, pues pudiste  10
del alcanzar la empresa a que aspiraste.

   Término ponga a su lamento triste,
Climene, si la gloria que ganaste
excede al bien que por osar perdiste.




- XXXII -


   «Victorioso laurel, Dafne esquiva,
en cuyas verdes hojas la memoria
de tu desdén y de mi triste historia
quiere el amor que eternamente viva:

   La antigua palma y la abundosa oliva,  5
a ti de hoy más inclinarán su gloria;
tú ceñirás en premio de victoria
del fuerte vencedor la frente altiva.»

   Dijo el crinado Apolo, y a la dura
corteza asido, la contempla, y luego  10
repite: «¡Dafne fiera! ¡Mármol frío!

   Del rayo ardiente vivirás segura;
que no es bien que consienta ajeno fuego
quien pudo resistir el fuego mío.»




- XXXIII -


   Osaste alzar el peligroso vuelo,
Ícaro, vanamente confiado
en mal seguras alas; y olvidado
del sano aviso, te acercaste al cielo.

   Donde el ardor del que gobierna Delo,  5
deshaciendo tus plumas, castigado
te arrojó al mar, a quien tu nombre has dado,
y sepultura a ti en el hondo suelo.

   Por más cierto camino el sabio viejo
de tal peligro discurrió ligero,  10
y a Febo dedicó el cumano templo.

   ¡Oh si guardar supieras su consejo
y no quedara en tu castigo duro
de las rendidas alas el ejemplo!




- XXXIV -


   A ti, de alegres vides coronado,
Baco, gran padre domador de Oriente,
he de cantar; a ti, que blandamente
templas la fuerza del mayor cuidado;

   ora castigues a Licurgo airado,  5
o a Penteo en tus aras insolente;
ora te mire la festiva gente
en sus convites dulce y regalado.

   O ya de tu Ariadna al alto asiento
subas ufano la inmortal corona;  10
ven fácil, ven humano al canto mío:

   Que si no desmerece el sacro aliento,
mi voz penetrará la opuesta zona,
y al Tibre envidiará, el Hispalio río.




- XXXVI -


   Después que en tierno llanto desordena
Citerea la voz por el violento
fin de su Adonis, y con triste acento
el bosque Idalio a su dolor resuena,

   y en flor sobre el acanto y azucena  5
hermosura, trueca el mísero y sangriento
joven, modera el grave sentimiento,
y el ímpetu a sus lágrimas enfrena;

   y no hallando a su tristeza medio
vuelve al usado ornato, y reflorece  10
del ya sereno rostro la luz pura.

   Así el pesar con la razón decrece,
desesperado el bien; que tal vez cura
a un grande mal la falta de remedio.




- XXXVII -


   Sube gimiendo con mortal fatiga
el grave peso que en sus hombros lleva
Sisifo al alto monte, y cuando prueba
pisar la cumbre, a mayor mal se obliga.

   Cae el fiero peñasco, y la enemiga  5
suerte cruel su duro afán renueva;
vuelve otra vez a la difícil prueba,
sin que de su trabajo el fin consiga.

   No iguala aquélla a la desdicha mía;
pues algún tiempo alivia en su tormento  10
los hombros, a tal carga desiguales.

   Sufro peso mayor con tal porfía,
que un punto no perdona al pensamiento
la importuna memoria de mis males.




- XXXVIII -


   Con presto curso y con veloz denuedo
sigue Apolo la hija de Peneo;
hurtó el uno las alas al deseo,
y al otro le prestó sus pies el miedo.

   «¿Por qué te alejas si alcanzar te puedo?,  5
le dijo, de mi amor oh digno empleo?
¿Piensas, cual Aretusa de su Alfeo,
huir de mí, que al vago viento excedo?

   Alentó la carrera; y ya vencida
cuidó tener de Dafne la dureza;  10
tanto se le acercó el amante ciego.

   Mas del piadoso padre socorrida,
trocando en árbol su mortal belleza,
burló sus brazos y avivó su fuego.




- XXXIX -


   «Tú, de la noche gloria y ornamento,
errante luna, que oyes mis querellas,
y vosotras, clarísimas estrellas,
luciente honor del alto firmamento.

   Pues han subido allá de mi lamento  5
el son y de mi fuego las centellas,
sienta vuestra piedad, ¡oh luces bellas!
Si la merece, mi amoroso intento.»

   Esto diciendo, deja el patrio muro
el desdichado Píramo, y de Nino  10
corre al sepulcro donde Tisbe espera.

   ¡Pronóstico infeliz! ¡Presagio duro
de infaustas bodas, si ordenó el destino
que un túmulo por tálamo escogiera!




- XL -


   El triste fin, la suerte infortunada,
-ajeno premio de la fe constante-
del uno y otro miserable amante,
a quien perdió una noche y una espada.

   Encierra en sobre oscura está labrada  5
piedra, tú, peregrino caminante,
repara el grave caso, y con semblante
pío suspende el curso a tu jornada.

   Que darás tiernas lágrimas no dudo
a las cenizas, donde aun dura ardiente  10
el fuego que causó desdicha tanta.

   Debida compasión al mal que pudo
trocar color en la cercana fuente,
y el de su fruto en la silvestre planta.




- XLI -


   Pues ya del desengaño la luz pura
descubre el vano error de mi cuidado,
y del camino que escogí engañado,
me redice a otra senda mal segura;

   ¿Cómo no rompo el lazo, que en tan dura  5
prisión me tiene gravemente atado?
¿Por qué tardo? ¿Qué espero, sepultado
del ciego olvido en la región oscura?

   ¡Afrentoso temor, tarda pereza
que estorbáis la victoria al desengaño!  10
Ríndase a su valor vuestra porfía.

   No se diga, culpando mi flaqueza;
«Al que atrevido se arrojó en su daño,
para seguir el bien faltó osadía».




- XLIII -


   Si pudo de Anfión el dulce canto
juntar las piedras del tebano muro;
si con suave lira osó seguro
bajar el Tracio al reino del espanto;

   si la voz regalada pudo tanto  5
que abrió las puertas de diamante duro,
y un rato suspendió de aquel oscuro
lugar la pena y miserable llanto;

   y si del canto la admirable fuerza
enternece los fieros animales,  10
si enfrena la corriente de los ríos:

   ¿Qué nueva pena en mi dolor se esfuerza
pues con lo que descrecen otros males
se van acrecentando más los míos?




- XLV -


   Este soberbio monte y levantada
cumbre, ciudad un tiempo, hoy sepultura
de la grandeza, cuya fama dura
contra la fuerza de la suerte airada.

   Ejemplo cierto fue en la edad pasada,  5
y será fiel testigo a la futura,
del fin que ha de tener la más segura
pujanza, vanamente confiada.

   Mas en tanta ruina nueva gloria
no os pudo fallecer, ¡oh celebrados  10
de la antigua Cartago ilustres muros!

   Que mucho más creció vuestra memoria,
porque fuisteis del tiempo derribados,
que si permaneciérades seguros.




- XLVI -


   No los mármoles rotos que contemplo,
reliquias nobles de la gran Cartago,
ni de Numancia el miserable estrago,
ni los despojos del efesio templo:

   no de Sagunto el fin, único ejemplo  5
de la lealtad y de su injusto pago
decrecen mi dolor, ni satisfago
con su memoria el mal que nunca templo.

   Bien que prueba tal vez la fantasía,
mas en vano, aliviar su desventura  10
con el desastre de sucesos tales;

   mas la razón advierte que confía
en remedio engañoso, si procura
con los ajenos consolar sus males.




- XLVII -


   Vierte alegre su copia en que atesora
bienes la primavera; da colores
al campo, y esperanza a los pastores
del premio de su fe la bella Floa:

   pasa ligero el sol adonde mora  5
el Cancro abrasador, que en sus ardores
destruye campos y marchita flores,
y el orbe de su lustre descolora.

   Llega el húmedo otoño, cuya puerta
Baco de dulces dones vestir quiere:  10
sigue el invierno y su rigor extrema.

   ¡Oh variedad común! ¡Mudanza cierta!
¿Quién habrá que en sus males no te espere?
¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?




- XLVIII -


   Ya el joven fuerte que con muestra hermosa
y con doradas armas refulgente,
librar intenta la romana gente
de la profunda sima peligrosa;

   abrevia la carrera presurosa,  5
que no sufre tardanza el impaciente
amor de gloria, y con alegre frente
se arroja en la caverna prodigiosa.

   ¡Dichoso tú! que contra infaustos hados
tantas vidas comprando con la muerte,  10
no recibió tu pensamiento engaño.

   Yo, que en más hondo abismo de cuidados
me arrojé, ¿qué esperar podré en mi suerte,
si a nadie causó bien mi mortal daño?




- XLIX -


   No temas, ¡oh bellísimo troyano!,
viendo que, arrebatado en nuevo vuelo,
con corvas uñas te levanta al cielo
la feroz ave por el aire vano.

   ¿Nunca has oído el nombre soberano  5
del alto Olimpo, la piedad y el celo
de Júpiter, que da la pluvia la suelo
y arma con rayos la tonante mano,

   a cuyas sacras aras humillado
gruesos toros ofrece el teucro en Ida,  10
implorando remedio a sus querellas?

   El mismo soy. No al águila eres dado
en despojo; mi amor te trae, olvida
tu amada Troya y sube a mis estrella.




- L -


   Pudo con diestra lira y dulce canto
bajar Orfeo a la región oscura,
y dl dolor que eternamente dura
la fuerza suspender y el triste llanto.

   Del divino concento pudo tanto  5
la fuerza, y de su fe constante y pura,
que a recobrar su prenda mal segura
halló entrada en los reinos del espanto.

   Venturoso amador, si no rompiera
el precepto fatal, y conservara  10
el bien que con tan largo afán conquista.

   Mas ordena, ¡ay dolor!, la suerte fiera
que cuando con la dulce voz ganara,
vuelva a perder con la atrevida vista.




- LI -


   Cuando en horror medroso y ciego espanto
por los teucros discurre Alecto airada,
y el impío acero de la griega espada
hace crecer con frigia sangre el Janto.

   Entre las quejas y confuso llanto  5
de la mísera gente descuidada,
alza la voz Casandra, arrebatada
de profético aliento y furor santo.

   «En tus cenizas, dice, ¡oh patria cara!,
se guarda el fuego cuya llama ardiente  10
hará costosa a Grecia esta victoria:

   otra renacerá de ti más clara
Troya, por quien tu nombre eternamente
vuelva a vivir en más dichosa historia.»




- LII -


   El jabalí de Arcadia, el león Nemeo,
el toro a los cien pueblos pavoroso,
cayeron a mis pies, y victorioso
de la hidra me vio el lago Lerneo.

   El can de tres gargantas y Tifeo,  5
fieras guardas del claustro tenebroso,
no burlaron mi intento generoso
ni le valió caer al fuerte Anteo.

   Ejemplos de mi ilustre vencimiento
son Aceloo, Busiris y Diodemes,  10
y el rey a quien huir Hesperia mira.

   Mas ¿por qué ufano mis historias cuento
cautivo en tu prisión? ¡Cuánto más puedes
si me rendiste, oh bella Deyamira!




- LIII -


   Enrique, cuatro veces el estío
robó al florido campo sus colores,
y al verano otras tantas vertió flores
por los márgenes verdes de este río.

   Después que lisonjero desvarío,  5
surcando el falso mar de los amores,
corrí fortuna, y roto entre clamores
dados en vano, se anegó el navío.

   Libre a tierra salí, besé la arena,
y los despojos de la undosa furia  10
pagué, cumpliendo el voto, al sacro templo.

   ¿Qué me llama otra vez la faz serena
del mar? Vuelva por mí mi propia injuria,
y de la ajena basta en ti el ejemplo.




- LIV -


   Labra Artemisa el grande mausoleo,
que los altos pirámides afrenta
del egipcio soberbio, y no contenta
busca a su ilustre fe mayor trofeo.

   Del tierno y casto pecho en nuevo empleo  5
hacer sepulcro al muerto esposo intenta,
cuyas cenizas, de su amor sedienta,
bebe con ansias de inmortal deseo.

   «Mal podrá, dice, la enemiga muerte
de ti, dulce Mauseolo, dividirme,  10
ni en largo olvido sepultar tu gloria.

   Que de su injuria basta a defenderme
mi pecho, más que el bronce y mármol firme,
y eternizar mi amor y su memoria.»




- LV -


   Mira con cuanta priesa se desvía
de nosotros el sol, al mar vecino
y aprovecha, Fernando, en tu camino
la luz pequeña de este breve día.

   Antes que en tenebrosa noche fría  5
pierdas la senda, y de buscalla el tino,
y aventurado en manos del destino
vages errando por incierta vía.

   Hágante ajenos casos enseñado
y el miserable fin de tantos pueda  10
con fuerte ejemplo apercibir tu olvido.

   Larga jornada, plazo limitado
tienes, veloz el tiempo corre; y queda
sólo el dolor de haberlo mal perdido.




- LVI -


   El gran señor del Asia, y venerado
padre de tantos reyes, ¡suerte fiera!,
falta sepulcro, y yace en la ribera
sin cabeza y sin nombre el cuerpo helado.

   Y cuando se ve en Troya derramado  5
más fuego que contiene la alta esfera,
falta al desnudo tronco la postrera
llama, y sólo le baña el ponto airado.

   En ti admiramos de la humana suerte
la inconstancia, ¡oh ejemplo sin segundo!,  10
en ti las vueltas de la incierta vida.

   ¿Cuál voz habrá que dignamente acierte
a lamentar su fin? ¿Cuándo vio el mundo
ni grandeza mayor, ni igual caída?




- LVII -


   De la astuta Licori a los umbrales
te vio saliendo el sol, ¡oh Fabio amigo!,
creció en su luz el día, y fue testigo
de su lamento y quejas desiguales.

   Oyó también el Héspero tus males,  5
la blanca luna se dolió contigo;
mas el ingrato dueño, tu enemigo,
ni aun de corta piedad mostró señales.

   ¿Cuál otro galardón en tal porfía,
inútil yedra de su puerta, esperas?  10
¿Hasta cuando tu propio engaño adoras?

   Huye la fiera Circe y cruel arpía,
que alegre en ver que por su causa mueras,
riendo está lo mismo que tú lloras.




- LVIII -


   A tu divina frente, ¡oh poderoso
Niño!, una venda con trabajo y arte
tejí de oro y colores, donde parte
retraté de tu triunfo más glorioso.

   Allí se muestra atado al victorioso  5
carro el gran Febo, que la luz reparte,
preso Mercurio, encadenado Marte,
y Vulcano con muestras de celoso.

   Ni se pudo librar con los reales
insignias Jove; mal pudiera Psique  10
resistir, si a estos rinde la fiereza.

   Agravan mi prisión mayores males,
siendo fuerza que a un niño sacrifique
mi firme amor, y a un ciego mi belleza.




- LIX -


   Aunque en furiosas ondas se resuelva
el mar, y conmovida en sus cimientos
gima la tierra, y los contrarios vientos
talen la cumbre de robusta selva;

   aunque la ciega confusión envuelva  5
en discordia mortal los elementos,
y con nuevas señales y portentos
la máquina estrellada se disuelva.

   No desfallece, ni se ve oprimido
del varón justo el ánimo constante  10
que su mal como ajeno considera;

   y en la mayor adversidad sufrido
la airada suerte con igual semblante
mira seguro, y alentado espera.




- LX -


   Contienden por morir en importuna
porfía Orestes y el focense amigo,
Niso se ofrece al rútulo enemigo,
y sigue de su teucro la fortuna.

   En la fe de Damón sospecha alguna  5
no sufre Pitias, aunque ve el castigo,
ni rehúsa bajar Teseo contigo,
Pirotoo, fiel a la infernal laguna.

   Póloux con Cástor parte el don divino,
y porque el Orco satisfecho quede,  10
muriendo compra la fraterna vida.

   Teme vivir el joven Prenestino
faltando Caspio. Tales cosas puede
de la amistad la fuerza no vencida.




- LXI -


   Otras dos veces del furioso Noto
probé las iras en el mar turbado,
y no volver jamás a tal estado,
arrepentido, prometí y devoto.

   De la deshecha jarcia y leño roto  5
di los despojos al altar sagrado,
y apenas pisé el puerto deseado
cuando olvidé el peligro y rompí el voto.

   Y ahora, que continua y fiera lucha
mar y vientos se esfuerzan en mi daño,  10
y sus enojos aplacar porfío,

   mis sordas voces sin piedad escucha
el justo cielo. ¡Oh inútil desengaño!
¡Cuán tarde llegas al remedio mío!




En segura pobreza


   En segura pobreza vive Eumelo
con dulce libertad , y le mantienen
las simples aves que engañadas vienen
a los lazos y ligas sin recelo.

   Por mejor suerte no importuna al cielo,  5
ni se muestra envidioso a la que tienen
los que con ansias de subir sostienen
en flacas alas al incierto vuelo.

   Muerte tras luengos años no le espanta,
ni la recibe con indigna queja,  10
mas con sosiego grato y faz amiga.

   Al fin, muriendo con pobreza tanta,
ricos juzga sus hijos, pues les deja
la libertad, las aves y la liga.




Narciso


   Crece el insano amor, crece el engaño
del que en las aguas vio su imagen bella;
y él, sola causa en su mortal querella,
busca el remedio y acrecienta el daño.

   Vuelve a ver en la fuente, caso extraño,  5
que della sale el fuego, mas en ella
templarlo piensa; y la enemiga estrella
sus ojos cierra al fácil desengaño.

   Fallecieron las fuerzas y el sentido
al ciego amante amado, que a su suerte  10
la belleza fatal cayó rendida.

   Y ahora en flor purpúrea convertido,
la agua, que fue principio de su muerte,
hace que crezca y prueba a darle vida.




Al Guadalquivir, en una avenida


   Tú, a quien ofrece el apartado polo,
hasta donde tu nombre se dilata,
preciosos dones de reluciente plata,
que envidia el rico Tajo y el Pactolo;

   para cuyo aroma, como a sólo  5
rey de los ríos, entreteje y ata
Palas su oliva con la rama ingrata
que contempla en tus márgenes Apolo;

   Claro Guadalquivir, si impetuoso
con crespas ondas y mayor corriente  10
cubrieras nuestros campos mal seguros,

   de la mejor ciudad, por quien famoso
alzas igual al mar la altiva frente,
respeta humilde los antiguos muros.




La tempestad y la calma


   Yo vi del rojo sol la luz serena
turbarse, y que en un punto desparece
su alegre faz, y en torno se oscurece
el cielo con tinieblas de horror llena.

   El astro proceloso airado suena,  5
crece su furia, y la tormenta crece,
y en los hombros de Atlante se estremece
el alto Olimpo y con espanto truena;

   mas luego vi romperse el negro velo
deshecho en agua, y a su luz primera  10
restituirse alegre el claro día,

   y de nuevo esplendor ornado el cielo
miré y dixe: ¿Quién sabe si le espera
igual mudanza a la fortuna mía?




La avaricia


   Castiga el cielo a Tántalo inhumano,
que en impía mesa su rigor provoca,
medir queriendo en competencia loca
saber divino con engaño humano.

   Agua en las aguas busca, y con la mano  5
el árbol fugitivo casi toca;
huye el copioso Eridano a su boca,
y en vez de fruta toca el aire vano.

   Tú, que espantado de su pena admiras
que el cercano manjar en largo ayuno  10
al gusto falte y a la vista sobre.

   ¿Cómo de muchos Tántalos no miras
ejemplo igual? Y si codicias uno,
mira el avaro, en sus riquezas, pobre.




La constancia


   Aunque en soberbias olas se resuelva
el mar, y conmovida en sus cimientos
gima la tierra, y los contrarios vientos
talen la cumbre en la robusta selva;

   aunque la ciega confusión envuelva  5
en discordia mortal los elementos,
y con nuevas señales y portentos
la máquina estrellada se disuelva,

   no desfallece ni se ve oprimido
del varón justo el ánimo constante,  10
que su mal como ajeno considera;

   y en la mayor adversidad sufrido,
la airada suerte con igual semblante
mira seguro y alentado espera.




A la mudanza de la fortuna


   Yo vi del rojo sol la luz serena
turbarse y que en un punto desparece
su alegre faz, y en torno se oscurece
el cielo, con tiniebla de horror llena.

   El Austro proceloso airado suena,  5
crece su furia, y la tormenta crece,
y en los hombros d e Atlante se estremece
el alto Olimpo, y con espanto truena.

   Mas luego vi romperse el negro velo
deshecho en agua, y a su luz primera  10
restituirse alegre el claro día.

   Y de nuevo esplendor ornado el cielo
miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera
igual mudanza a la fortuna mía?




A Lope de Vega carpio


   Con heroica grandeza el sabio griego
cantó de aquel astuto Peregrino
el luengo discurrir, cuyo camino
tuvo por fin de Itaca el sosiego.

   Y del ilustre Dárdano, que el ruego  5
de Elisa desdeño y a Italia vino,
los varios casos resonó el latino
plecto, que celebró de Troya el fuego.

   Del uno y otro a la sublime gloria
un Peregrino en su fortuna aspira  10
por la voz dulce y cortesano aviso

   del culto Lope, que en su nueva historia
tales sucesos canta con la lira
del Peregrino que lo fue en Anfiso.




Las estaciones


   Vierte alegre la copa en que atesora
bienes la primavera: da colores
al campo, y esperanza a los pastores
del premio de su fe la bella Flora.

   Pasaligero el sol adonde mora  5
el cancro abrasador, que en sus ardores
destruye campos y marchita flores
y el orbe de su lustre descolora.

   Sigue el húmedo otoño, cuya puerta
adornar Baco de sus dones quiere,  10
luego el invierno en su rigor se extrema.

   ¡O variedad común! ¡mudanza cierta!
¿Quién habrá que en sus males no te espere?
¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?




Ulises


   El griego vencedor que tantos años
vio contra sí constante la fortuna;
el que pudo sagaz de la importuna
Circe vencer los mágicos engaños;

   el que en nuevas regiones y en extraños  5
mares temer no supo vez alguna;
el que, bajando a la infernal laguna
libre volvió de los eternos daños,

   los ojos cubre y cierra los oídos
de las sirenas a la vista y canto,  10
y se manda ligar a un mástil duro;

   y anegando al objeto los sentidos,
la engañosa belleza y fuerte encanto
huyendo vence, y corta el mar seguro.




A la toma de Larache


   ¿De do, sobrino Juan, con pedorreras?
-Señora tía, de Cagalarache.
-Sobrino, ¿y cuántos fuisteis a Alfalarache?
-Treinta soldados en tres mil galeras.

   -¿Tanta gente? - Tomásmolo de veras.  5
-¿Desembarcasteis, Juan? -Tarde piache;
que en dando un Santiago de azabache,
dio la playa más moros que veneras.

   -Luego ¿es de moros? -Sí, señora tía;
mucha algazara, pero poca ropa.  10
-¿Hicieron - os los perros algún daño?

   No, que en ladrando con su artillería,
a todos nos dio cámaras de popa.
Salud serían para todo el año.




    Sonetos del siglo XV al XVII
     edición de Ramón García González
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