  Al primer vuelo
José María de Pereda

  - I -
Antecedentes
«No tiene escape. Denme ustedes un aire
puro, y yo les daré una sangre rica; denme una sangre
rica, y yo les daré los humores bien equilibrados;
denme los humores bien equilibrados, y yo les daré
una salud de bronce; denme, finalmente, una salud de bronce,
y yo les daré el espíritu honrado, los pensamientos
nobles y las costumbres ejemplares. In corpore sano, mens
sana. Es cosa vista... salvo siempre, y por supuesto, los
altos designios de Dios.»
Palabra por palabra, éste
era el tema de muchas, de muchísimas peroraciones,
casi discursos, del menor de los Bermúdez Peleches,
del solar de Peleches, término municipal de Villavieja.
Le daba por ahí, como a sus hermanos les había
dado por otros temas; como a su padre le dio por la manía
de poner a sus hijos grandes nombres, «por si algo se les
pegaba».
Tres varones tuvo y una hembra. Se llamaron los
varones Héctor, Aquiles y Alejandro, y la hembra Lucrecia.
Pero no le salió por este lado al buen señor
la cuenta muy galana que digamos. Héctor, encanijado
y pusilánime, no contó hora de sosiego ni minuto
sin quejido. Aquiles, no mucho más esponjado que Héctor,
despuntó por místico en cuanto tuvo uso de
razón, y emprendió, pocos años después,
la carrera eclesiástica. Lucrecia, de mejor barro
que sus dos hermanos mayores en lo tocante a lo físico,
al primer envite de un indiano de Villavieja, de esos que
se van apenas venidos, dijo que sí; y con tal denuedo
y tan emperrado tesón, que a pesar de ser el indiano
mozo de pocas creces, ínfima prosapia y mezquino caudal,
y a despecho de los humos y de las iras del Bermúdez
padre, la Bermúdez hija se dejó robar por el
pretendiente, se casó con él a los pocos días,
y le siguió más tarde por esos mares de Dios,
afanosa de ver mundo y resuelta a alentar a su marido en
la honrosa tarea de «acabar de redondearse» en el mismo tabuco
de Mechoacán en que había dejado, trece meses
antes, depositados los gérmenes de una soñada
riqueza.
Alejandro, el Bermúdez nuestro, tuvo tanto
de su homónimo, el de Macedonia, como sus hermanos
Héctor y Aquiles de los dos famosos héroes
de La Iliada; aunque, en honor de la verdad y escrupulizando
mucho las cosas, algo vino a sacar, ya que no del insigne
conquistador, de su padre, pues llegó a ser tuerto
como el gran Filipo. Por lo demás, fue el varón
más fornido de la casa, y el más sano y animoso.
Eligió la carrera de Derecho, y le envió su
padre a la Universidad, mientras Aquiles estudiaba Teología
en el Seminario, y se sabía, por lo que propalaba
la familia del mejicano, que Lucrecia estaba en Mechoacán
engordando a más y mejor con la alegría de
ver acrecentarse, de hora en hora, el caudal de su marido.
Héctor, hecho una miseria, se quedó en Peleches
al cuidado de su padre. El cual, con esta cruz sobre la de
sus muchos años, y el martirio, cada día más
insufrible, de la prevaricación de su hija, se murió
muy pronto. Con esta muerte, como con la de su yedra el muro
vacilante, la vida de Héctor, insostenible por sí
sola, se puso a punto de acabarse. Acudió a su lado
el seminarista, enteco por naturaleza y extenuado por los
ayunos y las maceraciones; y solos, tristes y doloridos los
dos en el caserón de Peleches, muriéronse en
pocos meses uno tras otro, después de testar en común
a favor de Alejandro; y no por aborrecimiento a Lucrecia,
bien lo sabe Dios, sino por acumular los caudales libres
de la familia en el único encargado de perpetuar el
ilustre apellido, y en la persuasión de que la hembra
iba en próspera fortuna, no tenía más
que un hijo y podía pasarse muy bien sin las legítimas
de sus dos hermanos.
Ello fue que Alejandro se vio dueño
y señor de las tres cuartas partes del haber de sus
padres, que, aunque no eran cosa del otro jueves, reunidas
en un solo montón daban para mucho en manos de un
hombre hacendoso como él, por instinto, y que ya para
entonces había aprendido, de labios de un profesor
suyo, hombre anémico y dado un poquito a la crápula,
aquello de mens sana... en virtud de los milagros del aire
puro, corriente y libre, que, por cierto, no los había
hecho muy señalados en la familia de los Bermúdez
del solar de Peleches, como podía certificarlo el
Alejandro mismo.
No tentándole gran cosa los libracos
de su carrera, resolviose a dejarla en el punto en que la
tenía cuando los tristes acontecimientos de Peleches
le obligaron a trasladarse a su casa solar; pero como se
había dejado por allá, en vías de buen
arreglo, cierto asunto que nada tenía que ver con
la heredada hacienda ni con los afanes universitarios, encomendando
el caserón nativo y todas sus pertenencias, muebles
e inmuebles, al cuidado de una persona de su confianza, y
sin pagarse mucho, por entonces, de los libres y salutíferos
aires patrios, aunque a reserva de volver a henchirse de
ellos tan pronto como lo necesitara, tornose a la ciudad,
que era Sevilla.
El asunto que con tal fuerza le solicitaba
allí, era una huérfana bien acaudalada y no
de mal ver, aunque algún tanto desquiciada de una
cadera, y con la cual llegó a casarse un año
después. Con los dos caudales juntos y sus excelentes
instintos de traficante, emprendió negocios que le
dieron un buen lucro y le apegaron más y más
a la tierra de su mujer. La cual, a los ocho meses de haberle
hecho padre venturoso de una hermosa niña, que se
bautizó con el nombre de Nieves, se murió.
Por entonces perdió el ojo izquierdo Alejandro Bermúdez
Peleches; y, según relato de personas bien enteradas,
lo perdió a consecuencia de una inflamación
que le sobrevino de tanto llorar... y de tanto frotarlo,
mientras lloraba, con la mano mal depurada de cierto menjunje
cáustico que había preparado él para
un enjuague vinícola de los muchos que hacía
en su bodega.
Aunque después de curado de las penas
de las dos pérdidas, en el mismo orden cronológico
en que habían ocurrido la de la esposa y la del ojo,
se vio joven y robusto y rico, no sintió las menores
tentaciones de volver a casarse, entre otros motivos, por
el muy noble y honroso de no dar una madrastra a su hija,
que se criaba como un rollo de manteca al cuidado de una
juiciosa y madura ama de gobierno, después de haberla
dejado de su mano la nodriza. Pero, en cambio, y echando
de ver que de su parte no había motivos racionales
para otra cosa, entabló gustosísimo una frecuente
correspondencia con su hermana, que a ello le tentaba desde
la ciudad de Méjico, a la cual había trasladado
su marido el campo de sus operaciones mercantiles, que, por
lo vastas y lucrativas, no cabían ya en el tenducho
de Mechoacán. Lucrecia, según sus cartas a
Alejandro, no estaba resentida con él por las disposiciones
testamentarias de sus hermanos mayores. Lo conceptuaba natural:
los había disgustado a todos por una calaverada que
por casualidad le había salido bien. Lo conocía
al fin, y se complacía en confesarlo. Además,
le sobraba dinero, le sobraban riquezas para ellos dos y
un hijo solo que tenían, sin esperanzas de tener otro,
porque ya habían pasado más de seis años
sin barruntos de él, y era un engordar el suyo, que
no cesaba. El aire, los frijoles, el mamey, las enchiladas,
el quitil... hasta el pulque con que se desayunaba muchos
días para matar el gusanillo, todo lo de allí
le caía como en su molde propio, y le abría
el apetito y se convertía en substancia apenas engullido.
Deploraba su gordura solamente por lo que la molestaba para
sus quehaceres domésticos, pues para andar por la
calle tenía volanta. Jamás salía a pie.
Su marido era un buen hombre que se esmeraba en complacerla
y estimarla a medida que iba ella engordando y enriqueciéndose
él, y ni él ni ella pensaban volver a Villavieja
ínterin no pudieran ser allí los señores
más ricos de toda la provincia; y esto, no por pujos
de vanidad, sino por el honrado deseo de que se descubrieran
reverentes delante de su marido, muchos mentecatos que le
habían tenido en poco en la villa por ser hijo de
quien era y caberle en la maleta todos sus caudales. Según
iban las cosas, no envejecerían los dos sin ver realizados
sus propósitos. Entre tanto, se daban buena vida,
se trataban con distinguidas y honradas gentes, y el niño
Ignacio, Nacho, Nachito, iba creciendo. ¡Nachito! Era una
bendición de Dios por guapo, por agudo, por gracioso...
¡Qué criatura, Virgen de Guadalupe!
Todas estas cosas
se las contaba la gorda Lucrecia al tuerto Alejandro en un
lenguaje bárbaramente desleído en una tintura
medio guachinanga, medio tlascalteca, señal evidente
de que la hembra de los Bermúdez Peleches hablaba
ya en mejicano como los jándalos montañeses
hablan en andaluz.
-Debe estar hecha una tarasca -pensaba
su hermano, sonriéndose, cada vez que acababa de leer
una de estas cartas-. Pero es buenota como el pan, y varonil
como ella sola.
Después la contestaba larga y minuciosamente
sobre su modo de vivir, sus esperanzas y proyectos; los proyectos
y esperanzas de Lucrecia; consejos sanos y observaciones
cuerdas acerca de la obesidad prematura en sus relaciones
con el método de vida, calidad y cantidad de los alimentos...
Nacho. A este niño precoz le dedicaba siempre un largo
párrafo. Nacho crecería, Nacho tendría
que estudiar, Nacho sería mozo, Nacho sería
un hombre; y ¡ay de él! si mientras recorría
este sendero largo y escabroso, no se cuidaba nadie de educarle
como era debido para que el espíritu no se corrompiera
dentro de un cuerpo mal oxigenado. «No tiene escape, Lucrecia.
Dame tú un aire puro, y yo te daré una sangre
rica; dame una sangre rica, y yo te daré los humores
bien equilibrados; dame tú...» Y así sucesivamente,
toda la retahíla que ya conoce el lector.
Luego,
y por final de la carta, hablaba de su hija, de su Nieves.
¡Qué hermosísima estaba, cómo crecía
de hora en hora, qué revoltosa era y qué gracia
le hacía, sobre sus grandes ojos azules, aquel fruncir
de entrecejo a cada repentina impresión que recibía,
lo mismo de disgusto que de placer! Su pelo era rubio como
el oro viejo, y el matiz de sus carnes el del más
puro nácar, con unas veladuras de color de rosa en
las mejillas, en los labios húmedos y en las ventanas
de la nariz, que daba gloria verla. Saldría algo,
pero algo muy singular, de aquella miniaturita de mujer.
Él tenía ya sus planes formados, sus cálculos
hechos para más adelante. En esos cálculos
entraba, y por mucho, el venerable solar de Peleches, con
sus vastos horizontes y sus aires salutíferos... pero
a su debido tiempo, en su día correspondiente... No
había que confundir las cosas, que atropellar los
sucesos. Todo vendría por sus pasos contados, y todo
vendría bien con la ayuda de Dios y sus buenas intenciones.
A Peleches no había vuelto él más que
una vez, y muy deprisa, desde la muerte de sus hermanos,
porque estaba muy lejos, y los negocios mercantiles y los
cuidados de la niña le amarraban a Sevilla de día
y de noche; pero no por eso le perdía de vista. A
la hora menos pensada daría una vuelta por allí,
o todas las que fueran necesarias para el mejor logro de
sus acariciados planes. Entre tanto, en buenas manos andaba
todo ello, para tranquilidad suya y prestigio de sus hidalgos
progenitores.
Con este continuo hablar, Alejandro de su
Nieves y Lucrecia de su Nachito, llegó a empeñarse
entre los dos hermanos una verdadera puja de alabanzas de
los respectivos vástagos; y picada Lucrecia en su
puntillo de madre del niño más hermoso del
mundo, envió a su hermano un retrato del prodigio,
vestido de ranchero, con su listado jorongo, sus amplias
calzoneras y su sombrero jarano. ¡No se veía al infeliz
debajo de las enormes alas y de la pesadumbre de los pliegues!
«¿A mí con esas?» se dijo Alejandro; y retrató
a Nieves vestida de andaluza con mantón de grandes
flecos, y rosas en la cabeza. Salió hecha una lástima
la preciosa criatura; pero su padre lo vio de muy distinto
modo y mandó el retrato a Lucrecia, que, como había
llevado a mal los peros que su hermano se atrevió
a poner al pintoresco vestido de Nacho, se despachó
a su gusto en la lista de reparos al atalaje de su sobrina.
Entonces convinieron ambos en que los chicos se retrataran
«al natural». Hízose así, y enseguida el cambio
de los retratos entre la gorda Lucrecia y el tuerto Alejandro.
Por cierto que hubo una coincidencia bien singular en las
dos cartas, conductoras de las respectivas tarjetas, que
se cruzaron en el Océano. Cada una de ellas contenía
en posdata esta pregunta: «Y tú, ¿por qué no
me envías tu retrato?» Preguntas que obtuvieron en
su día las correspondientes respuestas.
La de Lucrecia
fue en estos términos:
-Por no asustarte. Y la de
Alejandro en estos otros:
-Porque desde el contratiempo
que sabes, no me conocerías.
También iban
en posdata estas respuestas. En el cuerpo de las cartas sólo
se trataba de las impresiones recibidas por cada firmante
en la contemplación del retrato, «al natural», del
hijo del otro, siendo muy de notar que cada padre extremaba
las ponderaciones de su correspondiente sobrino, y ninguno
de los dos mentía, porque es la pura verdad que Nacho
y Nieves eran tal para cual, y, según decía
Lucrecia a su hermano, «como nacidos el uno para el otro,
a pesar de llevarle mi Nachito cuatro años a tu Nieves».
Pues el dicho trajo cola, y cola larga; porque aposentó
en las mientes de Alejandro una idea que jamás había
pasado por ellas. Nieves tenía entonces seis años
cumplidos; Nacho, diez mal contados: cuando ella tuviera
veinte, él tendría veinticuatro. De molde.
Nieves era monísima, y llegaría a ser una arrogante
moza; Nacho era guapo de verdad, y prometía ser un
mozo gallardo. De perlas. Nieves era rica; su primo, tanto
o más que ella; los dos eran ramas, por un lado, de
un mismo e ilustre tronco; y por el otro, allá se
andaban también, porque si el padre de Nacho era hijo
de pobres y obscuros menestrales de Villavieja, la madre
de Nieves procedía directamente de un bodegonero de
Triana y de una lavandera de Carmona. Esto no se lo había
confesado él a ninguno de su casta; pero era la pura
verdad y había que tomarlo en cuenta en aquel caso.
Después, todo quedaba en la familia, realizado el
naciente proyecto; y según los tiempos corrían
y lo entornado que andaba el mundo, por dudosa que resultara
la formalidad del mejicanillo, érale a él conocido
al cabo, y lo conocido, por malo que fuera, siempre sería
preferible a lo bueno sin conocer.
Pensó mucho, muchísimo,
en estos particulares, y en la primera carta que escribió
a su hermana la dijo: «podemos seguir tratando de eso, si
te parece», después de repetirla el dicho y de glosarle
con cierta discreción a su manera.
Y de ello se trató
largo y tendido entre los dos hermanos con entero y cabal
beneplácito del marido de Lucrecia, la cual engordó
de pronto cosa de ocho libras más, porque también
los pensamientos agradables y las esperanzas risueñas
se convertían en substancia para aquel corpazo tan
agradecido.
Andando los meses, la niña sevillana
aprendió a leer, y entonces el muchachuelo mejicano,
que ya sabía escribir, la dedicó una carta
para poner a prueba su destreza en la lectura, y en unos
términos tan zalameros y dulzones, que se pegaban
hasta de la vista. Nieves leyó la carta sin la menor
dificultad, porque la letra era primorosa, pero no la entendió;
y por no entenderla y por antojársele que sabía
a melaza, le dio empacho y la metió en grandes ganas
de saber escribir, para decirle a su primo que la escribiera
de otro modo o dejara de escribirla.
-Es el estilo de allá,
-la dijo su padre para templarla un poco e ir preparándola
el estómago.
Pasó más tiempo, y Nieves,
en cuanto aprendió a escribir, cumplió su palabra.
En una carta escrita con reglero, letra muy desigual y peor
ortografía, puso a Nacho para pelar: «No te esquiribiré
má -le dijo entre otras cosas-, si tú no canveas
de modo... Aver. Te pasas de fino, higo, y tó te sale
pringoso de puro arrope que lechas... Aver. Aquí tenemo
jotro ablá que no sabe tanto a jigo pasao... Aver.»
Nacho se enmendó algo, no en aquellos días,
sino años después, cuando ya cursaba Leyes,
y su prima, cendolilla de quince mayos, había ingresado
en un colegio. La enmienda completa del mejicano era imposible,
porque en aquel modo de escribir entraba Nacho entero y verdadero:
así hablaba, así andaba y así comía.
De estampa continuaba bien, muy bien; algo desmadejadillo
y perezoso, pero guapo, muy guapo; y como seguía el
cambio de retratos, no ya entre los padres, sino entre los
hijos directamente, si la sevillana había perdonado
al primo muchos pecados de estilo en virtud de aquellas otras
dotes físicas, también el mejicano, en vista
de las extraordinarias de su prima, había sabido dispensarla
el matraqueo de sus guasas, y con mayor facilidad las incurables
faltas de ortografía. De intereses, como la espuma
los dos. Si a don Alejandro le salían redondos los
negocios en que se metía, a su cuñado no le
cabía ya el dinero en casa, según expresión
de Lucrecia, ni a ella las carnes sobre el cuerpo. Era mucho
engordar el suyo; y lo peor de todo, que no podía
saber cuándo ni en qué pararía aquella
marea de grasa, porque el apetito iba también en auge,
y más bravo se le ponía cuanto más alimento
se le daba. Por de pronto nada le dolía; y fuera de
no poder calzarse, ni vestirse, ni acostarse por sí
sola, andaba como un reló. También la tenía
con algún cuidado el temor de que su gordura llegara
a impedirla el proyectado viaje a la tierra nativa, cuya
ocasión podía tocar ya con los dedos a poco
que alargara el brazo, porque si a aquellas horas el caudal
de su marido no daba para comprar a peso de oro toda Villavieja
con sus inherentes y aledaños, no distaría
de ello media talega...
Corrieron tres años más,
al cabo de los cuales Nacho recibió la investidura
de licenciado en Derecho, y Nieves quebrantó los cerrojos
de su clausura para no volver jamás a ella. Nuevo
cambio de retratos entonces. El de Nachito con las hopalandas
y el birrete del oficio, y el de su prima con todos los atalajes
y arrequives de una mujer hecha y derecha. Le caía
muy bien la vestidura aquélla al mejicanillo. Luciría
en estrados informando en una causa ruidosa, ante un público
de ociosos, más o menos criminales también,
y de señoras distinguidas. No era el tipo del letrado
grave, con cara de estuco y alma de papel sellado, revelada
en unos ojuelos de vidrio, al compás de una voz campanuda
y hueca, que va sacando, uno a uno, como del fondo del estómago,
resobados sofismas de taracea que se hubieran insaculado
allí después de usados por otros cien jurisperitos
de igual corte. Nada de eso: Nacho, con sus ojos dulces y
expresivos, su barbita sedosa, sus facciones correctas y
finísimas, y su actitud elegante, podría no
valer en el fondo un puñado de alfileres, porque chascos
mucho más gordos dan ciertos diamantes falsos; pero,
a la vista, era el tipo del abogado nuevo, del abogado artista,
que no anda por los caminos trillados de las clásicas
y vetustas tradiciones forenses, sino por las cumbres espinosas
y arriesgadas de los nuevos problemas jurídicos; de
los que no usan los libros de la profesión para ejercerla;
de los que van a la Audiencia, no a alegar, sino a demoler;
no a invocar textos y razones del acervo común, sino
a enredarse en teorías frenopáticas dentro
de un laberinto de disquisiciones antropológicas,
para acabar declarando loca de remate a toda la humanidad
que anda fuera de los manicomios, con el heroico fin de salvar
del patíbulo, por loco irresponsable, al distinguido
criminal a quien defiende, convicto y confeso y reincidente
además.
Por supuesto que no son de la cosecha de
Nieves estas señas que aquí se dan de su primito.
No ahondaban tanto sus malicias todavía. Ella miraba
la imagen por el único lado accesible a su vista juvenil
y algo deslumbrada por los primeros resplandores del mundo
a cuyas puertas acababa de llegar, recién salida de
las del colegio; y mirándola por ese lado y de tal
modo, se limitó a pensar de su primo lo que cabe en
estas sencillísimas palabras.
-No está mal
así.
Enseguida se puso a contemplar su propio retrato
con bastante mayor avidez que el de su primo. Nada más
puesto en razón. Por vez primera se veía en
verdaderos hábitos de mujer, sin el menor vestigio
del cascarón de la niña ni de la librea de
la colegiala; y había mucho que mirar y que considerar
en aquella nueva fase de su vida.
  - II -
La tesis de Don Alejandro
De grandes emociones fue para
Nieves el día del estreno de aquellos hábitos
para ir a retratarse con ellos; pero no tan hondas como las
que sintió su padre en el momento de verla aparecer
a la puerta de su gabinete, calzándose los guantes
y diciéndole al mismo tiempo: «cuando quieras, papá»,
con una sonrisilla de ojos y de media boca (porque la otra
media la tenía ocupada con una penquita de albahaca)
que venía a significar: «¿qué te parece de
tu hija con estos flamantes atavíos?» Hasta entonces,
en el colegio o fuera del colegio, con los vestidos un poco
más largos o un poco más cortos, siempre había
sido Nieves para su padre una niña, más alta
o más baja, más hecha o menos hecha; pero una
niña al cabo, «la niña», como él la
llamaba hablando con su ama de llaves o con el primero que
se le ponía por delante; la niña, con los gustos
y los deseos y descuido propios y naturales de la edad del
candor y de la inocencia; pero ¡canástoles! desde
aquel momento crítico, con aquel talle ceñido
y sutil que ponía de relieve formas, anchuras y redondeces
jamás notadas por él; con aquel mirar receloso
por debajo del ala del sombrero, medio borgoñón,
medio macareno, y aquel crujir de faldas y asomar, rozando
el borde de la fimbria, de unos pies como almendras azucaradas,
y aquel resbalar de la luz sobre las ondas de sus cabellos
rubios... ¡canástoles! era muy otra cosa. En todo
aquello había mucha más canela de la que se
había él figurado, y cabía más
de otro tanto si se quería suponer. En aquella cabecita
graciosa se reflejaban pensamientos de cierta especie, y
en aquel cuerpo saleroso, latidos... ¡y vaya usted a saber!
Pero, señor, ¿en dónde había tenido
el ojo bueno hasta entonces? Porque aquello no podía
ser la obra repentina, el milagro de algunos jirones de tela
y unos cuantos cintajos de más. No, ¡canástoles!
aquello allá estaba de por sí, más adentro
o más afuera; pero allá estaba... No tenía
duda: para estimar una estatua en todo su merecido valor,
había que verla colocada en su pedestal. ¡Canástoles,
canástoles, si daba que rumiar el caso, para un hombre
de los planes y de las ideas que él tenía en
el meollo!
-Pues vamos andando, hija del alma -contestó,
como distraído, a la insinuación de Nieves,
sin dejar de mirarla con su único ojo, muy abierto,
ni de pensar lo que pensaba-. Te cae bien, bien de verdad,
el atalaje ese que te pones por primera vez... ¡No, no, y
llevar le llevas con una soltura!... ¡Canástoles con
la chiquilla!... A ver, a ver por detrás... No te
pares, no: sigue, sigue andando... ¡Mejor que mejor! ¡Canástoles
con la criatura de antes de ayer!... A la calle ahora...
Eso es... así se anda... como el sol y la luna...
¡Ajá!
Y la criatura aquella salía ya patio
adelante entre la fuente y los rosales de las macetas, que
en aquel momento solemne la saludaban, la una con sus rumores
más blandos, y las otras con su fragancia más
exquisita, mientras, desde la galería del piso, la
vieja ama de llaves, rondeña de pura casta, la echaba
saetas, lo mismo que si pasara la Virgen en la procesión
de Viernes Santo.
El retrato salió bien, como tenía
que salir con aquel modelo tan a propósito y aquel
fotógrafo tan acreditado. Nunca don Alejandro lo había
puesto en duda. Pero ¡qué le importaba a él
en aquellos instantes el retrato de su hija? Lo que le importaba
era lo otro, lo otro, ¡canástoles! lo que en su concepto
no daba espera, y por lo cual lo puso «sobre el tapete» en
cuanto volvieron a casa los dos y tomaron un respiro.
-Repito
lo dicho, hija del alma -comenzó diciendo-: estás
de perlas vestidita de mujer; vamos, como si hubieras nacido
así...
-Si no he perdido la cuenta -respondió
Nieves-, me lo llevas dicho como treinta veces en menos de
dos horas.
-Y estarás en lo cierto, si es que no
te has quedado corta en la cantidad -replicó su padre
sin maldita la intención de bromearse-; porque es
tema ese que no se me aparta del magín desde que asomaste
por aquella puerta, pocas horas hace. Es cosa muy natural:
ya ves tú, te dejo aquí colegialilla, como
quien dice, y te encuentro hecha una real moza dos pasos
más allá. Soy tu padre; tú eres mi única
hija: ¡qué canástoles ha de preocuparle a uno
si no son esas cosas tan agradables y tan?... En fin, que
estoy en lo mío estando en esas cavilaciones y con
esos recreos del ánimo... Pero aguárdate un
poco, que no voy a tomar punto de ello en esta ocasión
para acabar de aburrirte con otra rociada de chicoleos...
¡Pues tendría que ver la ocurrencia, canástoles!
¡Ja, ja, ja! No, hija, no: cada cosa pide su sazón
y su tiempo; y una idea salta porque la empuja otra que quiere
saltar también; y así, de idea en idea, cuando
uno menos se lo sueña se halla con que ha formado
un rosario de ellas que no tiene fin, y se ha visto y se
ha revuelto entre los cascos medio mundo... ¿Eh?... ¿Te vas
enterando tú?
-Ni esto -respondió Nieves señalando
con la uña del dedo pulgar la mitad de la yema del
índice de su diestra.
-Pues ya irá saliendo
el caso poco a poco -dijo su padre echándose a reír
y apoyando ambas manos sobre los respectivos muslos-; ya
irá saliendo... Con que mucho ojo ahora, para que
no se te pase por alto el hilo.
Nieves, a todo esto, no
sabía si reírse o si apenarse, porque lo cierto
era que nunca había oído ni visto a su padre
hablar de aquel modo ni de aquellas trazas; y así
sucedía que tan pronto enseñaba los dientecillos
prietos y esmaltados, como fruncía el entrecejo o
carraspeaba sin necesidad; pero sin apartar la mirada, entre
curiosa y tímida, del ojo sano y algo cobardón
de su padre.
-¡Por vida del ocho de bastos! -exclamó
éste interrumpiendo de pronto su descosido relato-.
¡A que estoy yo dándote que cavilar y hasta que temer
con estos recovecos y estas parsimonias, lo mismo que si
pensara en salirte a lo mejor con alguna historia del otro
mundo? ¡Ja, ja, ja! Pues estaría bueno eso, ¡canástoles!
Nada, hija, nada: todo se reduce a una especie de recuento
de cosas y de planes que yo pensaba hacerte dentro de unos
días, y se me ha antojado hacértele ahora mismo,
desde que he notado que no necesitas el aprendizaje ni de
esos pocos días siquiera para desempeñar en
regla tu nuevo papelito de señorita formal... Y ahí
tienes la razón de los treinta y tantos piropos que
te llevo echados en un periquete... Esperaba verte con cierta
inseguridad al principio... ¿eh? con cierto encogimiento,
y hasta... En fin, al asunto, ¡qué canástoles!
que todavía, por el empeño de huir del perejil,
se me va a plagar de ello la frente. Al caso, pues, he dicho;
y el caso, sin más rodeos, es éste: hay dos
modos... dos principales, entiéndelo bien, de colarse
por las puertas del mundo: el uno de sopetón, y el
otro por sus pasos contados. Yo soy partidario de este modo,
y hasta le considero de necesidad, como el conocer letra
a letra el silabario para aprender a leer de corrido y como
se debe. ¿Estás tú? Pues bueno. Tú sales
del limbo ahora; te coge una modista que lo entiende, te
emperejila y engalana a uso de mujer que es hija de un padre
rico y bien relacionado en la tercera capital de España,
y me dice a mí: «ahí está esa alhaja,
preparadita para brillar entre las más resplandecientes.
Dela usted el pase, y adentro con ella...» «Poco a poco»,
respondo yo entonces, no a la modista, sino a ti, que lo
has oído: «a la parte de allá de esa puerta
hay mucho bueno; pero también mucho malo: lo uno y
lo otro tienta y seduce por igual, y todo ello anda revuelto
y salta a los ojos voraces, hecho una ensalada. Hay, por
consiguiente, que aprender a mirar, y que educar y fortificar
el estómago antes de colarse ahí con la posible
seguridad de que no se nos dé gato por liebre a lo
mejor del cuento...» ¿Estás tú? Pues aplica
ahora el símil a la realidad del caso nuestro, y te
digo: mira, Nieves, yo, en tu lugar, a tu edad, en tu posición,
con tus racionales esperanzas de una larga y regalona vida,
tan regalona como decorosamente quepa en una mujer honrada
y de buena y cristiana educación, no comenzaría
a gustar los placeres lícitos del mundo por lo más
revuelto y lo mayor, sino por lo más tranquilo y más
pequeño; no me expondría a corromper mis buenos
instintos con los aires viciados y los ejemplos peligrosos
de la vida social de las grandes ciudades, sino que me prepararía
debidamente con otros aires más puros y otros ejemplos
más... vamos, más... ¡Canástoles! pongámoslo
en plata y acabemos: quisiera yo, Nieves de mi alma, que,
ante todo, nos fuéramos, pero en seguidita, por una
temporada tan larga como pudieras resistirla tú, a
Peleches, al solar de tus mayores, donde yo nací y
deseo morir, cuanto más tarde, por supuesto; a Peleches,
digo, donde no has estado nunca, porque la fuerza de las
cosas lo ha querido así, no porque a mí se
me haya pasado por alto la necesidad, como te consta por
lo que me has oído lamentarlo a cada instante. ¡Oh,
y cómo había de lucirnos en el cuerpo y en
el alma esta determinación llevada a cabo en ocasión
y en época tan oportunas! Sin obligaciones escolares
tú; desligado yo de las trabas de mis negocios apremiantes,
porque, en previsión de este caso, he ido arreglando
las cosas a mi gusto con el sosiego y el pulso necesarios;
libre tú, libre yo, con el tiempo y el dinero de sobra
en aquella comarca tan alegre y tan saludable... Peleches,
por sí, no es gran cosa para divertirse una mocita
como tú; pero a dos pasos está la villa donde
hay un poco de todo lo que hay aquí, hasta gentes
bien educadas, con su correspondiente sociedad y respectivas
diferencias de nivel, pero sencillo y noble y aun patriarcal
si se quiere; y además de ello, pintorescas y sanas
costumbres populares, horizontes admirables y ambiente salutífero.
De todo ello te puedes henchir, hija mía, sin el menor
riesgo de que te perjudique ni en la salud física
ni en la moral: antes al contrario, caerá como fecundante
rocío sobre la hermosa primavera de tu vida, y dando
mayor firmeza y desarrollo a lo mucho bueno que ya tienes,
hará que sea mejor que ello todavía lo que
vayas acopiando. Ya sabes la fe que tengo yo en ciertos principios
de higiene, aun puestos en práctica en los sitios
y ocasiones menos a propósito para acreditarlos. No
tiene escape, Nieves: dame un aire puro, y yo te daré
una sangre rica; dame una sangre rica, y yo te daré
los humores bien equilibrados; dame los humores bien equilibrados,
y yo te daré una salud de bronce; dame, finalmente,
una salud de bronce, y yo te daré el espíritu
honrado, los pensamientos nobles y las costumbres ejemplares.
In corpore sano, mens sana. Es cosa vista... salvo siempre,
y por supuesto, los altos designios de Dios. Me lo has oído
muchas veces; y no podrás negarme que durante tu niñez,
a falta del aire libre de mi tierra, te has sorbido la mitad
del que corre a caño suelto en los paseos más
desahogados de Sevilla. Pues si la receta no falla ni en
naturalezas míseras y enclenques y de mal enderezados
pensamientos, ¡qué prodigios no obrará en la
tuya, que es modelo de naturalezas ricas, nobles y bien equilibradas?
Miel sobre hojuelas, hija mía... Para concluir de
una vez: véate yo en Peleches alegre y satisfecha
y triscando como suelta cabritilla, aclimatada a aquellos
lugares y aquellas costumbres medio bravías y medio
urbanas, y de tu cuenta dejo el señalarme entonces
el día y la hora para hacer tu presentación
al mundo ruidoso de las grandes capitales... Con el temple
de las armas que hayas adquirido de ese modo, que te entren
moscas aquí... ni en San Petersburgo... Y éste
es el caso, mondo y lirondo.
Dicho esto, afirmó otra
vez don Alejandro las manos en los correspondientes muslos,
y con el ojo bueno clavado en los de Nieves, y la cara muy
risueña, se dispuso a recibir la contestación.
Que no se hizo esperar mucho, porque precisamente le estaba
retozando a Nieves en los labios y en los ojos y en todo
el cuerpo, vuelta a su ordinaria tranquilidad mucho antes
de que diera fin el pintoresco discurso de su padre.
-¡Valiente
caso! -dijo echándose a reír de todas veras.
-¿Por ahí le tomas? -exclamó su padre muy
gozoso también, aunque no poco sorprendido.
-Y ¿por
dónde si no? -replicó su hija-. ¡Pues si he
estado a pique más de dos veces, en estos últimos
días, de pedírtelo como un gran favor! ¿No
conoces bien mis gustos?
-¡Canástoles!... De manera
que todo lo que te he estado predicando...
-Sermón
perdido, papá del alma... ¡Y cuidado que te había
salido bien! ¡Qué lástima!
-¡Aduladora! Pues
mira, aunque mis sudorcillos me había costado, por
bien perdido le doy.
-¡Eso es ser rumboso!... ¿Y no tienes
que pedirme algún otro favor por el estilo?
-Mujer
-respondió Bermúdez después de dudar
unos instantes y rascándose un poco la cabeza con
un dedo-, tanto como favor, no diré; pero otro ratito
de plática amistosa, nada más que amistosa,
del corte de la presente, puede que sí.
-¿Sobre Peleches
también? -preguntó Nieves frunciendo un poco
el entrecejo monísimo.
-Precisamente sobre Peleches,
tomado como punto principal de la plática, no.
-Y
¿ha de ser ahora mismo la plática esa?
-Tampoco -respondió
don Alejandro, volviendo a dudar y a rascarse-. Dentro de
unos días, si se me ocurre y viene a pelo; porque
te advierto, para tu tranquilidad, que no es asunto de vida
o muerte para ti ni para mí... Hablar por hablar,
como el otro que dijo, y cosas de señor mayor... porque
ya voy subiendo los cincuenta y cinco arriba, hija del alma,
y hay que tenerlo todo presente a estas alturas, y mirar
a muchos lados, por si a lo mejor se le van a uno los pies...
y sanseacabó el viaje de repente, ¡canástoles!
-Vaya -dijo aquí Nieves con un gestecillo muy gracioso-,
hazte el ancianito ahora y ponme triste a mí.
-¡Eso
sí que fuera una gansada de órdago! -exclamó
Bermúdez formalmente indignado contra sí mismo-,
y sin maldita la necesidad; porque, hoy por hoy, siento retozarme
en el corazón la vida de los treinta años...
Es la pura verdad, créemela por éstas que son
cruces. Dije eso... por decir.
-Pues por decir dije yo lo
otro, inocente de Dios, -respondió Nieves a su padre
dándole un beso en la mejilla correspondiente al ojo
huero.
-Pelillos a la mar entonces, -concluyó, casi
llorando de gusto, el buen Bermúdez Peleches, y pagando
el beso de la hija con otro muy resonado.
-¿De modo -añadió
ésta quedándose delante de la silla que antes
había ocupado-, que no hay más asuntos que
tratar por ahora entre los dos?
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque tengo que hacer en otra parte de la casa... Ya ves
tú, la señora de ella, y lo mejor del día
gastado en conversación...
-¡Canástoles, lo
que voy a salir yo ganando con un ama de gobierno tan hacendosa
como tú!... Pues respondiendo a tu pregunta, digo
que no hay más asuntos.
-Hasta luego entonces. -Hasta
siempre, hija del alma... ¡Ah! por si se me olvida después:
ya sabes que el primer ejemplar de tu retrato ha de ser para
los de Méjico. El suyo, a la hora presente, debe de
estar ya si toca o llega.
Se dio por enterada Nieves con
un movimiento de cabeza sin volver la cara, y salió
de la estancia. Su padre salió también, pero
con rumbo opuesto, y se encerró en su despacho, en
el cual escribió una muy extensa carta, que mandó
más tarde al correo, con sobre dirigido «Al Sr. D.
Claudio Fuertes y León, comandante retirado, en Villavieja».
  - III -
El ojo de Bermúdez Peleches
El retrato de Nacho
llegó a Sevilla, días andando, con una carta
del flamante jurisperito para Nieves, y otra de su madre
para don Alejandro, y la fotografía de Nieves salió
para Méjico con una carta de ésta para su primo,
y otra de su padre para Lucrecia.
Lo de esta hembra denodada
había llegado ya a su grado máximo. Para escribir
lo poco que escribía a su hermano, tenía que
ingeniarse metiendo la barriga debajo de la mesa, y aun así
apenas alcanzaba con la mano al papel. Era una boya que no
cabía ya en ninguna parte, ni concebía otra
postura, relativamente cómoda, que la de las boyas,
flotando, la cual era irrealizable, tan irrealizable como
su viaje a España, si Dios no hacía el milagro
de enflaquecerla una tercera parte cuando menos, en lo que
faltaba de primavera, para poder embarcarse en los primeros
meses del verano. Poniéndose en lo peor de lo probable,
era cosa resuelta ya que viniera Nacho solo a conocer a su
familia de España, y a dar, de paso, un vistazo a
lo más importante de los Estados Unidos y de Europa.
Tal era el proyecto acordado allá, y se realizaría
a mediados del verano. También Nacho hablaba de ello
a su primita; pero ¿en qué términos?
Esto
es lo que deseaba averiguar don Alejandro; porque es de saberse
que Nieves, de dos años atrás, no leía
a su padre las cartas que la escribía su primo, ni
tampoco los borradores de las que ella le escribía
a él. Los dos hermanos Bermúdez Peleches continuaban
en perfecto acuerdo sobre cierto plan forjado desde que los
respectivos hijos eran pequeñuelos. Pero ¿conocían
los hijos los proyectos de sus padres? ¿Los tenían
por buenos y los habían aceptado con gusto? Don Alejandro
podía jurar que de sus labios no había salido
una palabra dirigida a Nieves, con intento de descubrírselos.
Su hermana Lucrecia aseguraba lo propio con relación
a su hijo. ¿Sería verdad? Y siéndolo, ¿habría
nacido la misma idea entre los dos primos, a fuerza de cartearse
y de cambiarse los retratos... o por obra de ciertos diablejos
desocupados que se divierten trayendo y llevando por los
aires e ingiriendo en este oído y en el otro el rumor
de las confidencias más secretas, y hasta el polvillo
de los pensamientos mejor guardados? En su concepto, era
llegada la hora, medio anunciada días atrás
a su hija, de tratar con ella de este peliagudo caso. La
fortuna se la puso a tiro, en el acto de colocar Nieves el
retrato de su primo en un elegante marco de peluche rojo,
y tomó pretexto de ello para entrar en materia...
-Te repito -la dijo-, que le está de molde el vestido
ese.
Nieves, sin volver la cara hacia su padre, alejó
el retrato que tenía puesto ya en el marco; y después
de contemplarle unos instantes con los ojos un poco fruncidos,
plegó otra vez el brazo y respondió con la
mayor indiferencia mientras dejaba el cuadro sobre el mueble
más próximo:
-No está mal así.
Lo propio que ya había dicho otra vez, como se recordará,
y sin que nadie se lo preguntara.
Con igual frescura y la
misma indiferencia, respondió al largo y malicioso
interrogatorio con que su padre la estuvo asediando un buen
rato.
-Y ¿qué tal de estilo? -llegó a preguntarla-.
¿Se ha corregido algo de aquellas melopeas guachinanguitas
desde que yo no leo sus cartas?... Porque bien sabes tú
que, de dos años acá lo menos, ya no me las
enseñas como me las enseñabas antes... ¡Picarona!
Ni por esas. Nieves no se puso colorada ni se apuró
lo más mínimo. Respondió lisa y llanamente
que allí estaban las cartas, si quería leerlas,
y que si no le había enseñado las recibidas
durante los dos últimos años, consistía
en que precisamente era ese el tiempo corrido desde que ella
había caído en la cuenta de que no tenía
substancia maldita la retórica de su primo.
¡Canástoles!
¡y se lo decía tan fresca y tan!... Pues para fingimiento
y embustería, ya pasaba de la raya aquello; y si le
hablaba en verdad, le quedaba por andar todo el camino para
llegar adonde se dirigían él y su hermana desde
tiempos bien lejanos. ¡Por vida de!...
Tocó enseguida
otro registro nuevo: Peleches. Cómo era aquella casa,
qué habitaciones tenía, cuál de ellas
sería más a propósito para Nacho y cuál
para ella, para Nieves, según lo que aconsejaba el
buen sentido... y también las circunstancias. (Esto
de las circunstancias lo subrayó muy fuerte, hasta
temblarle un poco la voz y los párpados del ojo bueno.)
Nieves bajó entonces un tantico los suyos; y mientras
daba golpecitos con los dedos de su diestra en el cristal
del retrato de su primo, con la otra mano deshojaba, sin
percatarse de ello, una de las flores del manojito que llevaba
prendido sobre el pecho. Por allí dolía, según
las señales que no pasaron inadvertidas para el ojo
de Bermúdez. Pues ¡duro allí, canástoles,
hasta que sangrara! Y se ensañó el buen hombre,
fantaseando cuadros domésticos, idílicos y
bucólicos; pero ¡cosa rara! cuanto más clamoreaba
la zampoña de Virgilio y Garcilaso, más indiferente
y fresca iba mostrándose Nieves. ¡Cómo demonios
era aquello? Acabó por perder la paciencia y los estribos,
y se tiró a fondo con estas preguntas:
-En fin y
remate de todo este fregado, hija mía: a ti ¿te interesa
algo o no te interesa la venida de tu primo? ¿te da igual
que viva con nosotros o con los parientes de Villavieja?
¿que coja ley a la casa y a las personas de Peleches o que
no se le dé un ochavo de cominos por ellas? ¿que se
marche aburrido a los ocho días de llegar, o que no
se deje arrancar de allí ni con azadones y agua hirviendo?
¿que sea un borreguito de mieles para ti, o que no le merezcas
mayor estima que un costal de paja? Responde y entendámonos.
Como el ojo de Bermúdez flameaba algo y su hablar
era vehemente y su acento un poco duro, Nieves, con estos
síntomas y bajo el peso abrumador de tantas y tan
delicadas preguntas, quiso responder, pero con la debida
cordura, y no supo. Atarugose mucho; sofocola el trance inesperado,
y acabó por no saber de qué lado sentarse ni
en qué sitio fijar la vista de sus turbados ojos.
-Entendido, hija mía, entendido -exclamó al
punto su padre, que no desperdiciaba síntoma ni detalle-.
Entendido de pe a pa, como si los mismísimos angelitos
del cielo me lo cantaran al oído. Entendido -añadió
levantándose de la silla en que se sentaba-, y no
se hable una palabra más. ¡Ah, qué torpe y
qué simple y qué bárbaro fui empeñándome
en que se me pusiera en las palmas de las manos lo que no
debe ser mirado sino con los ojos de allá dentro!...
¡Qué sabes tú de esas cosas tan quebradizas,
tan escondidas y tan hondas, ni con qué vergüenza
te atreves a echarles la zarpada brutal para revolverlas
y profanarlas?... Perdóname, hija mía, siquiera
por la honrada intención que tuve al ponerte en el
apuro en que te puse. Quédate con tu secreto que te
acredita de juiciosa, y no se hable más de esto hasta
que tú lo desees. A mí con lo callado me basta.
Un beso ahora para sellar las paces, y adiós.
Se
adivinan la temperatura del beso y la calidad de la sonrisa
con que despidió Nieves a su padre.
El cual, andando
hacia su despacho, resumía y salpimentaba de este
modo los frutos de su terminada indagatoria:
-Se ve y se
palpa. No cabe la menor duda. Está en inteligencia
perfectísima con su primo; y no por sugestiones extrañas
ni por consejos oficiosos de nadie, sino por nacimiento espontáneo,
o providencial, de esa idea o de ese sentimiento en la cabeza
o en el corazón de entrambos; circunstancia que dobla
el interés y el valor de la cosa. Nachito, según
las incesantes afirmaciones de su madre, no tiene tacha en
su moral; y según lo declaran bien palpablemente sus
retratos, tampoco la tiene en su físico. De caudal,
no se hable: será una mina de oro acuñado.
Nachito, con estas condiciones y prendas tan ventajosas,
hoy por hoy, entiéndase esto bien, hoy por hoy, reina
en el corazón y en la cabeza de su prima. La cabeza
y el corazón de Nieves, hoy por hoy... hoy por hoy,
digo, están como dos tablitas de cera virgen: lo que
en ellas se imprima, allí se quedará por los
siglos de los siglos, si no se borra con la impresión
de otro muñequito nuevo que estampe alguna mano alevosa.
Un padre, de los ramplones de tres al cuarto, no hubiera
parado mientes en este particular delicadísimo; y
por lo mismo que veía a su hija precozmente desarrollada
en lo físico y en lo intelectual; por lo mismo que
la veía transformada, de la noche a la mañana,
en mujer, y en mujer donairosa, elegante y llamativa, con
todos los elementos a propósito para brillar y divertirse
honradamente en el mundo, «al mundo con ella antes con antes»,
se habría dicho; y en el mundo la habría zambullido
de golpe y porrazo... ¡Ah, padre bobalicón y mal aconsejado!
¡Quién es capaz de predecir lo que será de
los pensamientos y de las inclinaciones y hasta de los caprichos
de tu hija, respirando un ambiente que jamás ha respirado,
y sin armas para defenderse en una región que nunca
ha visto, llena de tentaciones y de estímulos que
han de cebarse en su desapercibida naturaleza, como los mosquitos
en el almíbar? Y si tienes en algo lo que lleva ya
estampado en sus tablitas de cera, ¡quién te asegura
a ti que no será borrado por la impresión de
otra cosa, y que esta nueva impresión no resultará
llaga maligna y enfermedad incurable? Pues bien: yo, aunque
con un ojo solo, he guipado más que tú, que
tienes los dos servibles, en ese delicado particular; y porque
vi a Nieves precoz y que tenía algo que guardar en
su almario, algo muy bien estampado en sus tablitas de cera,
precisamente por eso, en lugar de meterla ahora en las bullangas
del mundo y sus esplendores engañosos, me la llevo
a las soledades de Peleches, donde corre el aire libre y
puro, y hay luz sin estorbos y naturaleza en toda su grandiosidad,
para que nutra la sangre y fortalezca el espíritu,
y se endurezca la cera y no se borre a tres tirones lo que
en ella hay estampado; a Peleches, ciego, a Peleches, donde
ni en ambiente ni en costumbres se hallará, aunque
se busque de intento, cosa que pueda tentar a la inexperta
doncella para torcer y malear la índole de sus ideas
ni la dirección de sus juiciosos pensamientos. Y si
al fin de la jornada resulta que no merece su primo los que
ella le viene consagrando, tanto mejor para que lo conozca
así y no la mate ni la alucine la pesadumbre... o
el despecho del desengaño. Esto es jugar a pulso y
con tino y delante de la cara de Dios; esto es, en suma,
llevar las precauciones y el celo y el tacto hasta donde
humanamente pueden llevarse. Con ello cumplo como hombre
avisado y como padre cariñoso; y así me encuentro
satisfecho, lo que se llama satisfecho hasta la hartura...
¡Canástoles! y a la porra lo demás.
Pues bueno:
si las exploraciones de don Alejandro Bermúdez Peleches
en los profundos de la conciencia de su hija, tan alarmantes
por lo aparatosas, las hubiera hecho, con su llaneza habitual,
Virtudes, por ejemplo, la íntima de Nieves en el colegio,
Nieves, por derecho y a la buena de Dios y con el laconismo
que ella usaba, habría satisfecho la curiosidad de
Virtudes en la siguiente forma, palabra más o menos:
-Desde que sé leer y escribir, tengo yo sospechas
de que papá y mi tía Lucrecia quieren que sirvan
para algo las cartas y los retratos que nos mandamos tan
a menudo Nachito y yo. Chiquitín era él, y
ya me requebraba. Se lo reprendí muchas veces, no
precisamente porque me requebraba, sino por el modo de requebrarme.
¡Me decía unas cosas tan pegajosas! Figúrate
que hasta me llamaba huerita, porque soy rubia. Él
tomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro;
y papá, que entonces leía las cartas, las que
iban y las que venían, celebraba mucho estas peleas
y me aseguraba que, con el tiempo, irían teniendo
más substancia los donaires de mi primo, y que entonces
ya me gustarían. Por de pronto me ponía en
las nubes su hermosura, y me leía las cartas en que
su madre le ponía sobre el sol, por el cuerpo y por
el alma. No tenía pero ni por dentro ni por fuera.
A mí lo mismo me daba. Crecimos los dos: él
entró en la Universidad y yo en el colegio. Como pollo
guapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo,
algo se había corregido en lo meloso, pero todavía
se pegaba. En el colegio hay que entregar y que recibir abiertas
las cartas, para que se entere de su contenido la Madre que
entiende en esas cosas. Pues a mí me las recibían
y me las entregaban cerradas, por encargo terminante de papá:
con esto, y con haberme advertido él que no interrumpiera
mi correspondencia con Nachito a pesar de mis ocupaciones
de colegiala, me afirmé más en creer que algo
se andaba buscando en el empeño de que nos carteáramos
a menudo y en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito,
según iba creciendo y estudiando, iba ahondando, aunque
no mucho, en los asuntos de sus cartas; pero a mí
me seguía sonando todo ello a música de gomoso,
y por ese lado me despachaba con él. Así llegamos
los dos, Nacho al fin de su carrera y yo a salir del colegio,
sin haberme dicho él nunca cosa alguna en serio y
formalmente, y sin echarla yo de menos ni extrañarme
de que no me la dijera. Que continúa siendo guapo
y hombre de bien y es muy rico, y va a venir a España
para vivir con nosotros y conocer a su familia... no me pesa
nada de ello. Que viene con intenciones declaradas de que
resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres
y el mío... eso será lo que sea y según
yo esté de humor, y me llene él o no me llene.
Que, estando así las cosas, le desfiguran las viruelas,
o resuelve no venir ni acordarse más del santo de
mi nombre... pues tal día hará un año.
Sentiré lo de las viruelas, como se siente una desgracia
en un amigo que es pariente además; pero en cuanto
a lo otro, una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.
-Corriente -diría entonces la curiosilla Virtudes,
deseando conocer hasta el último escondrijo del almario
de su amiga-. Nada te inquieta, nada te apura, y vives en
la mayor tranquilidad, por lo que toca a tu primo el mejicano;
pero a la edad en que te hallas, con la salud y la belleza
que posees, recién salida de la prisión del
colegio, lo adorada que te ves de tu padre, tan rico y tan
complaciente y tan campechano, ¿qué demonio es el
que más te tienta ahora?... Porque alguno ha de tentarte,
o es mentira que el demonio no sosiega. ¿Cuál es tu
mayor ambición por de pronto? ¿qué es lo que
con mayores ansias apeteces y deseas?
Sin titubear hubiera
respondido Nieves:
-Aire, luz, independencia, ruido de arboledas
y música de pajarillos. Sé que hay grandes
ciudades llenas de maravillas, para admiración y recreo
de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de
nuestra clase brillan y gozan entre los placeres de su mundo.
Todo eso está bien donde está; pero hoy no
me tienta, porque no lo echo de menos todavía. Si
me metieran entre ello, lo aceptaría sin grandes repugnancias;
pero puesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta
más ahora, y sin temor de que me engañe el
pensamiento, porque bien sabes tú que siempre fui
muy inclinada hacia ese lado. Y no hay más.
Y no
lo había, realmente, en los adentros de la pobre muchacha,
tan mal comprendida por su padre en ese particular... y en
algún otro, pues no debe olvidarse que el arrechucho
gordo de don Alejandro Bermúdez Peleches nació
de haberla visto, de súbito, vestida de mujer, con
unos fulgores y unos centelleos y un poder incendiario que
le metían miedo; y hay que dejar bien declarado, hasta
por obra de justicia, que no había en la naturaleza
física de Nieves el menor detalle que no estuviera
en cabal armonía con el sosegado equilibrio y la honrada
disciplina de su conciencia moral.
Efectivamente: ese equilibrio
y ese sosiego y esa honrada disciplina, y no otras cosas
más feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de sus
rasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca,
la blancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante
de los contornos de su busto, la finura de su talle y el
aplomo reposado y la gallardía de su andar.
No era
alta ni daba en cara por hermosa; pero sí por interesante en sumo grado. La única nube que obscurecía
a menudo la transparente claridad de su semblante, era un
repentino fruncimiento de su lindo entrecejo; pero este detalle,
como efecto mecánico de una extremada sinceridad de
pensamientos y de impresiones, no daba a la expresión
de su mirada el menor acento de dureza. Era sana como un
coral, muy ingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba
un poco, tocaba regularmente el piano y leía con gusto
los buenos libros de imaginación. No era una artista;
pero sentía y saboreaba el arte a su manera.
¡Y el
bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan
a la vista en aquel libro tan abierto!
Pensando como se
ha visto, llegó Bermúdez a su despacho; y manoseando
la correspondencia que el ama de llaves había dejado
sobre su pupitre mientras andaba él a caza de los
secretos de Nieves, topó con una carta que traía
el sello de la administración de correos de Villavieja.
Alegrose mucho de ello, y se sentó para leerla con
toda comodidad, porque prometía, por el bulto, ser
bastante larga.
Abriola, y lo era en efecto. La firmaba
don Claudio Fuertes y León, y decía lo que
podrá ver el lector, si es curioso, en el siguiente
capítulo.
  - IV -
De lo que escribió desde Villavieja Don Claudio
Fuertes y León, a Don Alejandro Bermúdez Peleches
Mi amigo y señor: quedan en ejecución y serán
cumplidas conforme a los deseos de usted, las órdenes
que se sirvió darme en su favorecida carta última,
lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando
en sus tres gratas anteriores, «en previsión», como
usted decía, «de lo que pudiera suceder el día
menos pensado». La noticia de que, al cabo, sucederá
con entera certidumbre y en fecha no lejana, que también
me fija usted, me ha servido de grandísima satisfacción.
Quédame, sin embargo, el temor de que le engañen
a usted algo los deseos en cuanto comience a realizarlos
en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo de tantos años
de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudades
más hermosas y florecientes de él. Cuando menos,
es muy de recelar que, si no usted, porque ha nacido aquí
y lo conoce bien y lo ama, pues lo arraigó en su corazón
siendo niño, la señorita Nieves, que se halla
en muy distinto caso, se aburra a los cuatro días;
y en aburriéndose ella, ayúdeme usted a sentir.
Pero a esto me replicará usted que me meto en lo que
no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por
el atrevimiento.
»Cuando venga usted verá que se
ha sacado todo el partido posible del deteriorado palación,
y que no pegan del todo mal, después de las reparaciones
hechas en él, aunque de prisa y corriendo y con los
pocos y malos elementos que aquí hay, el piano y los
demás muebles, trapos y cachivaches que usted me ha
ido remitiendo, en los lugares que ocupan, según sus
minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envío
una nota bien detallada y comprensiva de todas las mejoras
efectuadas en Peleches bajo mi dirección, para gobierno
de usted antes de salir de Sevilla. Celebraré que
le satisfaga.
»Dicho esto, paso a cumplir lo más
peliagudo de todas las comisiones que he tenido el gusto
de recibir de usted desde el día en que me honró
con el cargo de apoderado suyo en este término municipal.
Díceme usted que le envíe abundantes noticias,
que sean así como a modo de pintura fiel de Villavieja
en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porque
hace muchos años que la ha perdido usted de vista
y desea, cuando a ella vuelva, no pisar como en terreno desconocido.
Con la seguridad de hacerlo mal, pero con el propósito
firme de servirle a usted fielmente, allá va, a la
buena de Dios, la pintura que me encomienda; y «si sale con
barbas, san Antón...»
»Si le dijera a usted que Villavieja
estaba en el propio ser y estado en que usted la dejó
tantos años hace, le engañaría a usted
y adularía a Villavieja; porque, en rigor de verdad
y cumpliendo la ley de su destino, tiene de peor que entonces
el estrago del tiempo transcurrido, y el de las miserias
y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni un ladrillo,
ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estaba
temblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba
firme y erguido entonces, se tambalea ahora preparándose
para caer, o escarbando para echarse, como en casos parecidos
se dice por acá. De pueblos de secano que tuvieron
grande importancia en tiempos remotos y hoy son montones
de ruinas solitarias o poco más, abundan los ejemplos;
y hay razón para que abunden, porque entonces se guerreaba
y se vivía de cierto modo, y los lugares más
altos y más inaccesibles o de más fácil
defensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revés
de lo que acontece hoy por exigencias de nuestro modo de
vivir; pero ejemplos de puertos de mar, de poblaciones costeñas,
que vayan de mal en peor desde medio siglo acá, no
conozco más que uno, el de Villavieja. No parece sino
que se le dio el castigo con el nombre que se le puso. A
este propósito le diré a usted que he registrado
los archivos municipales, los eclesiásticos y hasta
desvanes particulares con el fin de averiguar algo sobre
la fundación de esta villa y el origen y fecha de
su nombre, y que nada he conseguido. Con decirle a usted
que ni siquiera figura en el mapa de España que hay
aquí en la escuela pública, está dicho
todo. Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros
históricos donde tanto debieran abundar, le dicen
los doctos villavejanos: «eso y más de otro tanto
destruyó la francesada.» «Corriente, se les replica;
pero ¿en qué consiste lo del mapa? ¿por qué
no figura este puerto en él?» A estas preguntas responden
que también eso es obra de los franceses, por rencores
de otros tiempos, es decir, de los tiempos de «la francesada».
Aquí anda «la francesada» todavía tan fresca
y tan rozagante como si hubiera pasado por Villavieja antes
de ayer. Replíqueles usted que el mapa ese y otros
tales no están hechos en Francia, sino en España.
Lo negarán en redondo, porque no conciben en los españoles
que no sean villavejanos, talentos tan considerables; y si
alguna excepción le admiten, sostendrán que
la omisión se ha hecho, se hace y se hará en
ese mapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia
de la gente de Madrid. El caso es que se ignora por qué
se bautizó esta villa, al nacer, con el calificativo
de vieja, o si se le dio más tarde a título
de mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre,
o la maldición o lo que sea, le cae a maravilla.
»Tiénese, y tengo yo también, por causa principalísima
de este mortecino estado de cosas, la inextinguible y tradicional
enemiga que existe, como usted sabe, entre los Carreños
de la Campada y los Vélez de la Costanilla, los dos
principales barrios, según usted recordará,
bajo y alto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias
que tuvieron cierta relativa importancia fuera de aquí,
y aquí mucho prestigio siempre, han podido, y aun
hoy, que han venido muy a menos, podrían hacer o conseguir
que otros hicieran algo bueno y beneficioso para la localidad;
pero precisamente les ha dado la calentura por ahí;
es decir, por estorbar, por destruir los de arriba cuanto
proyectan o discurren los de abajo, y viceversa; y de este
modo, unos por otros se va quedando la casa por barrer. Añádase
a esto que Villavieja nunca ha podido agenciarse un valedor
en Madrid ni en la capital de la provincia; que la carretera
nacional pasa a media legua de distancia de la villa, sea
porque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando
la trazaron, o porque nos concedieron escasísima importancia;
que la provincia no ha querido construir ese pequeño
ramal de empalme, y que este municipio no ha logrado mejorar
debidamente la áspera senda que hace sus veces, porque
siempre que lo ha intentado, no con gran empeño, ha
nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla,
de que el intento era cosa de los de la Costanilla o de los
de la Campada, y se le ha llevado el demonio con las artes
de costumbres; añádanse, repito, y ténganse
presentes estos hechos y algunos más de su misma traza,
que no necesito mencionar, y hasta resultará una justificación
de la conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos,
tan apegados a su cáscara y tan satisfechos y enamorados
de ella, verdaderamente se duda si el estado material de
la villa es obra de la dejadez del habitante, o si el habitante
es así porque haya encarnado en su naturaleza, como
espíritu, la catadura singular de la villa.
»Alguien
se forjó la esperanza de que con la moda del veraneo
entre las gentes ricas del interior, y las excelentes condiciones
de esta playa, tan abrigada y espaciosa, no faltaría
quien se fijara en ella, empezando de ese modo y por ahí
una era de relativo florecimiento para la villa y su puerto.
¡Buenas y gordas! Vino, seis años hará, una
familia de muy lejos, con dinero abundante y dispuesta a
bañarse y a pasar aquí una larga temporada.
Por de pronto, le costó Dios y ayuda encontrar hospedaje,
y ese malo. Al día siguiente estuvieron a punto de
ahogarse la señora y sus dos hijas, por no haber hallado
a ningún precio quien se prestara a servirlas de bañero,
y no saber ellas dónde se metían. Al hijo mayor,
joven de veinte años, le desplumaron aquella misma
noche en el Casino; y al otro día se largaron todos
por donde habían venido, después de haberles
sacado el redaño el posadero. Claro está que
no han vuelto por aquí, ni alma nacida tampoco.
»En
otra ocasión se denunció en este mismo término,
y a la puerta de casa, algo que parecía buena mina
de carbón de piedra: lo olieron unos ingleses y la
compraron por poco dinero. Creímos algunos que por
ese lado iba a hallarse la villa un buen remiendo para su
capa; pero después de algunos trabajos preparatorios
y una explotación somera de la mina, la abandonaron
los explotadores, o mejor dicho, se la vendieron por cincuenta
mil reales a tres sujetos de aquí. Al cabo se quedó
con la empresa uno solo, comprando las representaciones de
los otros dos con un ochenta por ciento de merma. Este sujeto,
un tal Barraganes, rematante de arbitrios, la explota desde
entonces arañando por encima y ocupando en las labores,
sólo a temporadas, cuando más, ocho obreros
cuyo hallazgo le cuesta un triunfo. Para llevar a vender,
donde convenga mejor, lo que se va acopiando de este modo
tan sosegado, viene un vaporcillo de cabotaje cada cuatro
o seis meses; y éste es el único barco que
fondea en este puerto años hace. Los ingleses hicieron
una carreterilla desde la mina al embarcadero, cosa de dos
kilómetros, pero, por desgracia, en dirección
contraria a la general del Estado; afianzaron un poco el
ruinoso muelle con unos cuantos sillares y media docena de
tablones, y eso hemos salido ganando. De estas cosas y otras
que también dejo mencionadas, y algunas que mencionaré
más adelante, ya le enteré a usted en su debido
tiempo, así como del rumbo que gastaba el inglés
principal, lo apegado que estaba a la villa, y lo muchísimo
que la hubiera enseñado, si como se marchó
a los dos años de haber venido, porque la mina les
dio chasco, permanece entre nosotros dos años más
siquiera; pero se lo vuelvo a referir a usted porque, en
mi deseo de darle el cuadro completo, no quiero omitir en
él ninguno de sus componentes principales, aunque
ya le sean conocidos.
»No habrá usted olvidado lo
que pasó con aquel señor catalán que
estuvo aquí no hace mucho con el intento de establecer
una fábrica de salazón y de escabeches, trayendo,
para surtirla de pescado, una escuadrilla de lanchas bien
tripuladas, y contratando rumbosamente las tres que aún
había en el puerto. En cuanto le conocieron las intenciones
los villavejanos más arrimados a la playa, le dieron
tal zambullida en la mar, cogiéndole de improviso
un anochecer, de diciembre, por más señas,
y tal corrida de palos a la salida, que no esperó
ni a mudarse la ropa para huir de Villavieja, lo mismo que
un perro de aguas.
»No quiero citar más ejemplos
de esta clase, por lo mismo que abundan en mi memoria y también
en la de usted; y le advierto que de las mencionadas tres
lanchas pescadoras que había en este puerto cuando
la zambullida y subsiguiente zurribanda al catalán,
no queda ya más que una. Las otras dos se hicieron
astillas en la playa, donde las habían varado para
recorrerlas un poco, con un marejón tremendo de Levante,
cosa rara aquí, que se les fue encima una noche, de
repente. Los dueños se quedaron sin ellas, y los pescadores
que las tripulaban a la parte, tan satisfechos. Así
como así, estaban deseando dejar el oficio que, tras
de peligroso, no les daba de comer por falta de mercado,
en lo cual tenían razón, bastante más
que la que tuvieron para echar a palos de Villavieja al señor
catalán que quiso contratarlos con buen sueldo.
»Ahora
se han agenciado un par de botecillos remendados; y merodeando
aquí y allá con ellos, como merodean otros
tales, a mar llana, van viviendo muertos de hambre. A estos
botes, cosa de media docena en junto, y a una lancha, queda
reducido hoy el material de pesca en un puerto tan considerable
como éste. Y así y todo, anda de sobra el pescado
en la villa, no por lo mucho que viene de la mar, sino por
lo que, de lo poco, sobra para el consumo de la población,
único mercado que tiene por falta de comunicaciones
rápidas con otros.
»El comercio, en general, ha ido
a menos, aunque le parezca a usted mentira. Han quebrado
dos establecimientos de comestibles, de los que usted conoció,
y se ha cerrado otro. Quedan otros tres: uno de ellos en
la Costanilla, otro en la Campada y otro en la plazoleta
del Maravedí. De tabernas no hablo, porque se supone
que abundan.
»También ha habido alguna merma en el
ramo de pañeros. Por de pronto, la antiquísima
y afamada Perla de Ezcaray, ya no existe. Murió el
viejo don Anselmo, que era el alma de la casa, y ha sido
forzoso liquidarla a instancias del yerno del difunto, un
tal Córcoles, logrero y trapisondista de medianeja
reputación. Los demás del gremio, unos arrastrándose
poco a poco y otros como pueden, continúan en sus
covachones de los arcos de la Plaza Mayor.
»Allí
encontrará usted igualmente, y en próspera
fortuna por cierto, al rechoncho Periquet, El Valenciano,
como lo reza el letrero, con sus porcelanas sospechosas,
su cristalería polvorienta, sus rollos de esteras
resobadas y sus innumerables baratijas de relumbrón.
Se le metió en la cabeza que había de dar en
la suya al presuntuoso Bazar del Papagayo, que está
a su vera, y lo ha conseguido sin gran esfuerzo. Este bazar,
de gran fachada y de fondos negros y vacíos si no
de telarañas y de sogas de esparto, de escobas de
palmiche, un poco de herraje basto, otro poco de loza de
Talavera, dos sartas de cencerrillos y otros pocos más
de incongruencias por este arte, tiene, como usted recordará,
un gran papagayo de cartón pintorroteado encima del
letrero que corona su escaparate. Pues Periquet, que no tiene
escaparate, en su empeño de competir en todo con el
bazar, ha colocado encima del letrero de su tenducho embarullado,
pero bien provisto, una cotorra, también de cartón
y también muy pintarrajeada, sosteniéndose
sobre la palabra DE, o mejor dicho, con cada letra de estas
dos en la correspondiente pata. Enseguida descifraron el
jeroglífico los desocupados villavejenses, que hasta
en grupos de seis en seis acudieron los primeros días
para leer en voz alta y a una: «La cotorra de El Valenciano.»
Después soltaban una risotada, miraban hacia el fondo
del bazar contiguo, y se iban haciendo muchos comentarios.
Todo esto halagó en gran manera la vanidad de Periquet,
y, como es de suponer, agravó los sordos rencores
de los propietarios del tendajón, que, siendo villavejanos
de pura raza, se sienten heridos en lo más hondo por
el agravio que les hace su villa nativa ayudando a que los
arruine y vilipendie un intruso y groserote que todavía
usa alpargates y pañuelo a la cabeza, y no sabe leer
ni escribir.
»Lo que no ha podido quitarle La cotorra de
El Valenciano al Bazar del Papagayo, es la tertulia de prima-noche,
lo mismo en invierno que en las demás estaciones del
año, pero principalmente en la de invierno. Allí
acuden puntualísimos, en cuanto comienza a anochecer,
el párroco y los dos coadjutores, el médico
viejo don Cirilo, el procurador Ajete, el abogado Canales,
y Chichas, antiguo y ya retirado tendero de la plazuela del
Maravedí, donde hizo el capitalejo con que ahora vive
de holgueta. Éstos son los tertulianos fijos del bazar.
El médico, el abogado y el párroco, son los
hombres que más saben aquí de cosas de Villavieja,
de antaño y de hogaño; y de esas cosas es de
lo que más se habla en la tertulia, cuando se habla,
porque comúnmente no se habla de nada allí,
ni se ve, porque siempre se está a obscuras. Así
es que infunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando
se pasa de noche por delante de la puerta. Se ve, en aquel
antro tan hondo y tan obscuro y tan silencioso, brillar de
rato en rato una chispa aquí y otra allá, que
son las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros
en ejercicio... y nada más se ve por mucho que se
mire; ni ordinariamente se oyen otros ruidos que algún
carraspeo seco, o el crujido de una silla, o la sonada de
unas narices. En estos casos, aunque se sabe lo honradas
y pacíficas que son las gentes allí congregadas,
al pensar en meter la cabeza dentro le asalta a uno el temor
de que le agarren por ella manos invisibles que le amordacen
y le arrastren más allá, y le lleven, le lleven,
hasta la boca de una sima muy honda en la cual le arrojen
para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones.
Cuando la tertulia se deja oír un poco desde el soportal,
es porque se hacen (rara vez) comentos de alguna noticia
política. Por lo común, el mayor ruido es el
murmullo acompasado y dormilento que producen los relatos
eruditos o doctrinales del médico o del abogado o
de los señores curas. Tienen este bazar y esta tertulia
cierto color venerable y especial, y por eso les consagro
algunos renglones más que a otras cosas de acá,
sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada
que ignore.
»El relojero Chaves murió años
hace; pero queda la relojería donde siempre estuvo,
tres puertas más abajo del bazar, lo mismo que usted
la conoció. Su hijo, es decir, el del relojero, que
es quien está al frente de ella, sabe tal cual su
obligación; y, lo mismo que su padre, hace y vende
jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios,
y cura por el método Le-Roy, muy acreditado aquí.
»La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos,
es la de un sastre riojano que vino a Villavieja hará
cosa de seis años. No lo hace mal, y presta un gran
servicio a los villavejanos que, sin pedir primores ni mucho
menos, nos veíamos y nos deseábamos antes para
vestirnos fuera de aquí; porque pensar que los otros
dos sastres que usted conoció y aún quedan,
salieran de sus medidas con tiritas de papel, de sus perneras
acampanadas y de sus faldones con frunces, era pensar los
imposibles.
»También ha mejorado algo el estilo de
nuestros zapateros; pero poca cosa.
»Vive todavía
Gorrilla el platero, y en su mismo tenducho lóbrego
de la Rinconada de la Colegiata. Allí le verá
usted cuando venga, detrás del vidrio roñoso
(en el que continúan colgados de un alambre horizontal
los mismos tres pares de pendientes de plata y el mismo sonajero
y la misma colección de sortijas usadas), con la cabeza
gacha y la cara tapada por la visera enorme de su gorra de
nutria, medio pelada ya, ocupado en soldar con el soplete
una cosa que siempre parece la misma, con la puerta cerrada
y sin un marchante dentro ni fuera, ni tampoco en las inmediaciones,
yendo o viniendo. ¡Y dicen que vende y que gana, y hasta
que tiene mucho dinero! Lo tendrá; pero dudo que lo
haya adquirido con el oficio.
»Y ya que ando tan cerca de
la Colegiata, no quiero irme a otra parte con el relato,
sin presentarle a usted su buen amigo, y mío y de
todo el mundo, don Adrián Pérez, tan entero
y tan campante como si no pasaran años por él,
en su sempiterna farmacia de la Plazoleta y frente por frente
del pórtico del templo, con su levita negra de largos
faldones, desabrochada siempre; su chaleco, negro también,
abotonado hasta el pescuezo, y éste muy liado en una
corbata de tres vueltas, negra igualmente, y de seda, sin
asomo de cuello de camisa por ninguna parte (aunque sí
del cordón del escapulario por debajo del cogote,
muy a menudo, o por encima de la nuez), y su sempiterno gorro
de terciopelo sobre la cabecita (solamente gris todavía,
a pesar de sus setenta y cinco muy corridos), sobándose
a cada instante el codo izquierdo con la mano derecha, hablando
poco, mirando risueño y sin apresurarse, ni asombrarse,
ni conmoverse, ni disgustarse, ni mucho menos enfadarse por
nada. Es, como ha sido siempre, la encarnación viva
de la parsimonia y del bienestar, en la mejor farmacia del
mejor de los pueblos del mejor de los mundos posibles. De
la botica no hay que decir que sigue las leyes de su boticario:
los mismos tarros de porcelana con los propios nombres en
latín abreviado; la misma Virgen de las Mercedes,
patrona especial del establecimiento, en su hornacina de
caoba, encaramada en lo alto y principal de la estantería,
es decir, en el Ojo, el «ojo» a que se endereza la pedrada
del refrán; el mismo pildorero de castaño con
sus enroñecidos trastes de hierro; el mismo cazo para
los cocimientos, la misma tijera para cortar el baldés
de los confortantes de siempre, y hasta el mismo papel emborronado,
de planas, comprado a lance a los chicos de la escuela, para
sus cucuruchos de píldoras y envolturas de medicamentos
en polvo.
»La novedad única (a lo menos para usted)
de esta botica, es el hijo del boticario, y boticario él
también de cinco o seis años acá. Es
un bigardón de los demonios, que tan pronto le parece
a usted blanco como negro, hábil como inepto, aquí
listo y allá simple. Pica en muchas cosas, y aún
no he podido averiguar hacia cuál de ellas le arrastran
sus verdaderas aptitudes. Parece, por de pronto, de buen
acomodar, y ayuda a su padre en la botica con los mejores
deseos.
»Excuso decir a usted que en este rinconcito de
Villavieja es donde mejor ha caído la noticia de la
próxima venida de usted, no porque afirme que ha caído
mal en otras partes, sino porque de la cordialidad con que
le quiere a usted y a cuanto le pertenece este bonísimo
sujeto, respondo con el pellejo, y no me atrevo a tanto con
los demás. Bien sabe usted cómo abundan aquí
la carcoma y los celillos de clase; y aunque todos los Bermúdez,
por dicha suya y desgracia de Villavieja, han sabido aislarse
en su nido de Peleches de las intriguillas y miseriucas de
acá abajo, al cabo es usted Bermúdez, tiene
mucho dinero y raya más alto que nadie entre todos
los villavejanos, aunque no se proponga rayar. En fin, ya
me entiende usted.
»Como la pintura que voy rasgueando no
ha de ser escrupulosa estadística para gobierno de
la dirección de Contribuciones, sino cosa muy diferente,
hago caso omiso de los demás ramos mercantiles e industriales
de la localidad y de la vida que arrastran, amén de
que se adivina fácilmente esa situación precaria
con lo que dejo apuntado en esta misma carta y le tengo dicho
en otras sobre lo a menos que han venido el mercado de los
lunes y la feria de primero de cada mes. Estos recursos,
que fueron para Villavieja minas de plata en otros tiempos
y tanto decayeron después, continúan a esta
fecha de mal en peor. Claro es que la enfermedad alcanza
en proporción debida a la gente de la Aldea, nuestro
barrio de labradores; y ese malestar de este importante gremio,
le verá usted bien reflejado en la vega, tan floreciente
y pomposa años atrás.
»Decía el inglés
de la mina, ingeniero de cuenta y hombre de mucho mundo,
que era muy de notarse que los villavejanos, tan indolentes
y apáticos en cuanto se refería a mejoras y
útiles progresos locales, fueran para todo lo demás
tan animosos, tan regocijados, hasta bullangueros, y tan
susceptibles y quebradizos de piel. Y decía la pura
verdad. Un villavejano de viso se encogerá de hombros
al ver cómo se le hunde medio tejado, y perderá
el sueño si aquella misma noche se le ha demostrado
en el Casino que su levisac atrasa más de dos temporadas
en el reló de la última moda. ¡Oh! en éste
y otros parecidos asuntos son terribles los villavejanos,
sobre todo las hembras. Tenemos mundo, tenemos clases, tenemos
distinguidos y cursis; horas de tono y horas vulgares; y
si no se puede con ricas telas, imitamos con percalinas la
forma y los colores del vestido que, según la revista
de modas que reciben las Escribanas o las de Codillo, llevaba
una gran señora parisiense en cierta recepción
del Elíseo. Para estos apuros y otros semejantes,
hay aquí un contingente regularcito de costureras
con humos de modistas, que se despistojan con el afán
de conseguir que sus exigentes parroquianas no encarguen
sus vestidos a la capital, que dista catorce leguas. Y lo
mismo se desvela y por idéntica causa, el sastre riojano;
porque los hombres elegantes de aquí son punto menos
que las hembras distinguidas.
»Las que más se distinguen
ahora son las mencionadas Escribanas y de Codillo. Las primeras,
llamadas así por ser hijas del difunto escribano Garduño,
que dejó bastante dinero, aunque no lo que suponen
las gentes, son tres y la madre: ésta bajita y gorda,
y aquéllas altas y delgadas, no de mal parecer, pero
tampoco guapas. Se atufan por cualquier cosa, y muchas veces
van riñendo unas con otras por la calle, a media voz,
pero muy sofocadas e iracundas. Las de Codillo, hijas de
don Eusebio Codillo, el dueño del Café de la
Marina, de la calle del Cantón, hoy arrendado a un
murciano, son cinco y muy desiguales entre sí en color,
en estatura y en carnes; pero todas ellas tienen cierto andar,
cierto sonreír y cierto... vamos; y, sobre todo, unos
humos de señoritas principales y acaudaladas, que
meten miedo. A Codillo, que siempre fue una tenaza y una
esponja para el dinero, le da ahora por despilfarrarse con
la familia y hasta por acompañarla vestido de punta
en blanco. Es teniente de alcalde, está viudo, y eso
le salva, porque su mujer era una fiera hasta para amarrar
el ochavo.
»Con menos caudal que estas dos familias y con
los trapitos arreglados en casa, forman en la misma clase,
primeramente, las dos nietas del Indiano, aquel fachenda
que usted conoció ya viejo. El heredero, su hijo Martín,
se comió en dos años la mitad de la herencia,
y con la otra mitad pretendió en lejanas tierras a
una supuesta ricachona, que resultó pobre del todo
después de casada, pero muy vanidosa. Vive ella y
se murió él; y con lo poco que dejó,
bien estiradito y apurado, se dan el gran pisto las tres
hembras de la casa.
»Después de ellas, o a par de
ellas, mejor dicho, las Corvejonas, así llamadas por
ser hijas de don Aniceto Martínez Liendres, Corvejón
de apodo, por herencia de su padre que fue herrador y albéitar,
con igual mote, como usted recordará. Traficó
Aniceto con suerte en ganados; casó bastante bien
con una hija de otro traficante asturiano, y ahí le
tiene usted con su don como una casa; y aunque le han mermado
los caudales en más de la mitad, con unos humos que
no le caben en la chimenea.
»Al lado de las Corvejonas figuran
las Pelagatas... Pero ¡qué jugo va usted a sacar de
la lista que yo forme, si toda esa gente es nueva y desconocida
para usted, sin precedentes de nombre ni de arraigo en toda
la población? Ya las conocerán ustedes cuando
vengan, si conocerlas quieren, lo propio que a las de la
jerarquía subsiguiente, las calificadas de cursis
por las primeras, y, como tales cursis, menospreciadas.
»Entre tanto, sepa usted que, de poco tiempo acá,
anda fluctuando entre las dos categorías, con síntomas
de caer en la primera, la sobrina de su señor cuñado
de usted, el marido de doña Lucrecia. Desde que empezó
a enriquecerse de veras este insigne villavejano, amparó
rumbosamente a la familia que le quedaba aquí, su
madre y una hermana, ésta casada con un labrador del
barrio de la Aldea donde ellos vivían y eran labradores
también. Muriose la vieja, y quedó el matrimonio
joven, con una niña, ya establecido en el casco de
la población y viviendo de sus rentas, o sea de la
pensión del mejicano. Metieron a la niña en
la «enseñanza» de doña Eustoquia; no era un
adoquín, ni fea; desbravose allí bastante;
consiguió luego desbastar y pulir algo a su madre,
que bien lo necesitaba; muriose el padre de un tabardillo,
porque la holganza y el buen pesebre le tenían hecho
un odre y algo picado a la bebida; creció la muchachuela
y se hizo una moza regular y de buen aire; tomole tal cual
a su lado la viuda... y como la espuma hasta hoy. Ambas saben
que viene este verano su sobrino de usted, y afirman que
se hospedará en su casa cuando pare en Villavieja,
y que, como las quiere tanto... «¿quién sabe lo que
podrá suceder?» Conque sírvale a usted todo
ello de gobierno: lo uno, para su satisfacción, y
lo otro, por si ha pensado en preparar cuarto al mejicanillo
en Peleches.
»Hablando ahora en serio otra vez, añado
a lo dicho sobre las mujeres de tono de Villavieja, que tienen
para exhibirse en toda su pomposidad, cuatro bailes de tabla
al año: uno, el más solemne, el tradicional
del Ayuntamiento el día de la Patrona de la villa,
y tres en el Casino, dos de ellos en Carnaval y uno en Pascua
de Resurrección. Todos de sala y con larga cola, no
de vestidos, sino de disgustos: en unas, porque no fueron
invitadas; en las invitadas, porque no debieron serlo muchas
«cursis» que lo fueron. Lo propio sucede cuando en el Casino
hay veladas artístico-literarias y leen los chicos
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