  - VII -
Visitas
Lo anunciado a este propósito por don
Claudio Fuertes y León en casa de don Alejandro Bermúdez,
se cumplió casi al pie de la letra. A las once de
la mañana, precisamente en el instante en que esa
hora sonaba en la torre de la Colegiata, se sentaban en el
estrado de Peleches Rufita González y su madre, las
«parientas» de la casa, con todos los útiles de visitar
encima: guantes, abanico, sombrilla y tarjetero, y los trapos
mejores del baúl.
-Nosotras -decía Rufita
después de los acostumbrados saludos; porque es de
saberse que su madre apenas desplegaba los labios sino para
sonreír continuamente y decir a todo «justo»-, teníamos
noticias exactas de su venida a Peleches este verano, no
solamente por don Claudio que tanto nos distingue porque
nos aprecia muchísimo, sino por la misma tía
Lucrecia que nos lo escribió por el último
correo, al darnos parte de que vendría también
mi primo carnal, Nachito, a conocernos a todos sus parientes...
vamos, a ustedes y a nosotras, ya que no podía venir
ella por haber engordado una barbaridad, ni tampoco el tío
Cesáreo, que tiene que estar siempre a su lado, porque
no se puede valer de por sí sola, de puro gorda que
está... Por supuesto que de esta venida del primo,
muy corrida por aquí, y de saberse también
que se ha carteado conmigo... ¡uff! han sacado los murmuradores
horror de cosas: que si hay planes arreglados, ¡vea usted!;
que si debe vivir con nosotras, porque es hijo de un hermano
de mi madre; que si vivirá en Peleches, aunque es
sobrino de ustedes solamente por parte de la suya; que si,
por sus caudales atroces, estaría mejor arriba que
abajo, por otros particulares que conoce bien la pobre tía
Lucrecia y no habrá olvidado tampoco el tío
Cesáreo, más propio y hasta más decente
sería vivir abajo que arriba... Vamos, lo de siempre
que la murmuración mete la pata en negocios ajenos...
Pero nosotras, gracias a Dios... ¡y a buena parte vienen
a hacer leña!... ¿eh, mamá?... nosotras bien
conocemos que para alojar a una persona de la importancia
de Nachito, no somos todo lo... vamos, todo lo principales
y ricas que se requiere, por más que en educación
y en sentimientos no tengamos que envidiar a las señoras
más encumbradas; y por lo mismo que conocemos esto,
no nos chocaría que mi primo se encontrara más
a gusto en Peleches... ¡Ah! pues deje usted, que no falta
quien dice que viene a casarse con usted, Nieves... usted
sabrá si es cierto, ¡ja, ja, ja! Verdaderamente que
no tendría nada de particular que así resultara
después de conocerla a usted, tan elegante y tan bonita...
Ya ve usted, comparada con una pobre villavejana como yo...
¡ja, ja, ja! la elección no podía ser dudosa...
¡ja, ja, ja!... Pues a lo que iba al principio, porque las
palabras se enredan, se enredan... Sabiendo nosotras que
venían ustedes, nos dijimos (se entiende, mamá
y yo): ¿y qué hacemos? La cortesía y el parentesco
de familia nos mandan que los visitemos; pero otras razones
que tampoco son de olvidar, nos dicen: hay que dormirlo y
rumiarlo bien, porque si con el mejor de los deseos que una
lleve a esa casa, le dan a una un disgusto gordo por todo
pago, ¡zambomba! Conque en esto, consultamos el caso ayer
mismo con don Claudio; y, naturalmente, nos aconsejó
que viniéramos, respondiendo él de que seríamos
bien recibidas... ¡Pues no faltaría más! como
nos dijo el señor de Fuertes: «¿qué tienen
ustedes que ver con lo que en otros tiempos hubo o no hubo
entre los de arriba y los de abajo, siendo ya eso puchero
de enfermo y ustedes unas señoras en toda regla, que
no van a pedir a nadie media peseta para los panecillos del
almuerzo?» Conque al saber que ustedes habían llegado
anoche, nos dijimos: vamos a saludarlos y a ofrecerles la
casa y nuestros respetos, porque arrieros somos... y casi
parientes además; y esta mañana nos echamos
encima lo primero que tuvimos a mano... Porque nos gusta
mucho a mamá y a mí andar decentes, eso sí,
pero sencillitas, muy sencillitas, como ustedes pueden ver...
lo que no quita que tengamos siempre de reserva alguna cosilla
de más lujo, por si acaso truena gordo a lo mejor...
Al revés que otras de aquí, que se llevan el
cofre entero cada vez que se echan a la calle, ¡uff! Porque
ustedes no pueden figurarse la bambolla que hay en Villavieja,
y los humos que gastan y el tono que se dan ciertas gentes...
Vamos, cuatro zarrapastras, Dios me lo perdone, que estarían
mejor barriendo las escaleras o acarreando sardinas desde
el muelle... ¡Ya verán ustedes, ya verán! sobre
todo usted, Nieves, si no trae bien atascados los baúles
y no saca un vestido nuevo cada día a la Glorieta
o a los Arcos... ¡ja, ja, ja! y si le saca, que luego se
le copian y la miran de reojo y la despellejan viva. Son
atroces, ¡ja, ja, ja!... Que diga mamá si empondero
ni tanto así... Porque, hija, ¡nos tienen sacudida
cada patada en la boca del estómago!...
Y así
durante quince minutos, sin que nadie pudiera meter baza
en la conversación. Para Nieves, la garrulidad de
Rufita era de una novedad asombrosa: estaba como fascinada
escuchándola; pero más fascinada todavía
viendo la multitud de cosas que movía a un tiempo:
la lengua, la cabeza, los ojos, el abanico, la sombrilla,
los pies y las asentaderas. En cambio, su madre apenas movía
cosa alguna más que los labios para sonreír,
el abanico muy poco a poco, y la lengua para decir de tarde
en tarde: «justo.» Don Alejandro estaba poco menos suspenso
que su hija delante de aquel espectáculo; pero no
tan tranquilo como ella, porque le tenía en ascuas
el temor a ciertas y determinadas alusiones de Rufita González.
Cerca ya del mediodía se levantaron las dos; y eso
porque se oyeron rumores de nuevos visitantes que entraban
en el pasillo.
-Sobre el particular del primo Nacho -dijo
Rufita despidiéndose-, repetimos a ustedes que, por
nuestra parte, no habrá camorra ni cosa que se le
parezca. Si él quiere quedarse en Peleches, que se
quede; si quiere venirse con nosotras, que se venga. No estará
tan bien alojado como aquí, ni tendrá tan guapa
mesonera, ¡ja, ja, ja! pero le daremos cariño largo
y lo mejor de lo de casa; y... algo es algo, ¡ja, ja, ja!
De todos modos, no es puñalada de pícaro todavía,
y pueden ustedes ir formando su composición de lugar
para cuando volvamos a vernos. Porque hemos de volver a vernos,
¿no es verdad? Por lo pronto, cuando nos paguen ustedes la
visita... y muchísimas veces más, como es natural
entre personas de familia. ¿No es verdad, don Alejandro?
¡Ja, ja, ja! Adiós, Nieves. (Un par de besos.) Toda
de usted, señor don Alejandro... Despídete,
mamá, y vámonos. (Se despide la mamá
como puede, y salen las dos.) A la puerta del estrado se
cruzaron con las Escribanas que entraban, muy arrebatadas
de calor y un tanto airadas de semblante. Antes de salir
de casa se habían picado las chicas por diferencias
de opinión sobre lo que debían de ponerse para
hacer aquella visita. Al fin se vistió cada una de
ellas como mejor le pareció; pero todo el camino fueron
tiroteándose a media voz unas a otras. Aún
duraba la resaca cuando se cruzaron con las parientas de
«los de Peleches» a la puerta misma del salón. Por
eso y por la mala ley que las tenían, más que
de saludo fueron de mordisco las palabras y los gestos con
que las pagaron sus muestras de cortesía.
Se sentaron
todas después de muchos remilgos de exagerada etiqueta,
y la Escribana madre fue quien habló la primera. Se
habían creído obligadas a dar la bienvenida
y ofrecer sus respetos a los señores de Peleches,
no solamente por la posición que ocupaban ellas en
la sociedad de Villavieja, «aunque humilde, de alguna importancia»,
sino por lo íntimo de las relaciones que siempre hubo
entre su difunto marido y la casa de Bermúdez. (Puro
embuste.) Por otra parte, había entre las personas
«propiamente decentes» de allí, verdadera necesidad
de cultivar un poco el trato de las gentes bien nacidas y
de buena educación, porque «ustedes no saben cómo
se va poniendo esto de día en día... ¡atroz!
¡les digo a ustedes que atroz!» Y no estaba la culpa precisamente
en el empeño de las de abajo en subirse muy arriba,
sino en algunas que por haberse tenido siempre por de lo
más cogolludo, no podían sufrir que otras tan
buenas como ellas, por donde quiera que se miraran, se pusieran
a su lado; y no pudiendo asombrarlas ni siquiera deslucirlas
en tanto así... ni competir con ellas, si bien se
miraba, en dinero, ni en elegancia, ni en educación,
se dejaban pudrir entre cuatro paredones viejos, o andaban
al revés de todo el mundo. Y claro estaba: los sitios
que dejaban desocupados ellas «en la buena sociedad», los
iban ocupando «otras atrevidas del zurriburri»; se hacía
de ese modo «una mezcolanza atroz», y luego, las gentes que
no entendían mucho de estas cosas, a todas las medían
por un mismo rasero. Quería la Escribana madre que
Nieves lo tuviera todo muy en cuenta para que no se dejara
engañar «por la pinta» y supiera «a quién se
arrimaba». Éste era un favor que ella quería
hacerla con el buen deseo de evitarla muchos disgustos...
Por de pronto, no citaba nombres; pero los citaría
si Nieves lo creyera necesario...
La mayor de las hijas,
pensando que caería bien allí un escrupulillo
forzado, una atenuación irónica a lo dicho
por la madre, apuntó cuatro palabras en este sentido;
pero enseguida se las tachó con otra ironía
la escribanilla segunda; replicó la primera con una
pulla a su hermana; intervino la menor con una zumbita mortificante
para las otras dos, y volvieron a salirles a las tres los
rosetones encarnados en las mejillas, a temblarles la voz
y los labios, y en las manos los abanicos, que crujían
y se despedazaban entre los dedos convulsos... La Escribana
madre, bien conocedora de aquellos síntomas, para
conjurar la tempestad, más o menos sorda, que barruntaba,
reía a carcajada seca los dichos de sus hijas, queriendo
que los tomaran por chistes Nieves y don Alejandro, que se
miraban atónitos delante de aquella singular escena.
Por fortuna para todos, entró don Ventura Gálvez,
el párroco de Villavieja, hombre de pocas teologías,
pero de mucha moral, risueño, sencillote y bondadoso
como él solo. Era ya viejo, aunque bien conservado,
y el único resto de lo que fue Cabildo de la Colegiata
de Villavieja antes del Concordato que los suprimió.
Quedóse allí como coadjutor de la nueva parroquia,
y a los pocos años ascendió a párroco.
Le estimaba mucho don Alejandro, y le dio un abrazo apretadísimo.
Tuteaba a las Escribanas, porque eran hijas suyas de confesión
y pertenecían además a una de las congregaciones
que dirigía él, y les dijo algunas cuchufletas
en cuanto las vio allí muy emperejiladas. Con esto
se conjuró la tormenta que amagaba estallar. Llevando
don Alejandro la conversación al terreno de don Ventura,
habló éste del estado en que se hallaba la
Colegiata: bastante bueno. Según los inteligentes,
porque él no lo era, el templo, sin ser un monumento
de gran importancia, valía la pena de ser atendido,
aun sin considerarle, como le consideraba él ante
todo, como casa de Dios. Era relativamente moderno, de estilo
greco-romano, bien lo sabía el señor Bermúdez;
y aunque no rico por su ornamentación, de cierta grandiosidad
aparente... Para Villavieja, como la Catedral de Toledo.
Los dos coadjutores (que ya vendrían a ver a don Alejandro,
quizá en aquel mismo día) le ayudaban con celo
y hasta con entusiasmo, y resultaban de ese modo bastante
esmeradas y solemnes las funciones del culto. Para el vecindario
que tenía Villavieja, en rigor, en rigor, se necesitaba
mayor personal que el que tenía la parroquia; pero
habida cuenta de los tiempos que corrían, no se estaba
mal del todo.
Gracias a los buenos sentimientos de los villavejanos,
en el templo no se carecía de nada de lo principal...
con excepción del órgano, que a lo mejor no
sonaba, de puro viejo y remendado. Se trataba de adquirir
otro, y ya se habían tanteado voluntades con bastante
buen éxito... Don Cesáreo, el marido de doña
Lucrecia, había ofrecido una cantidad considerable,
y mayor, si fuere necesaria. Dios era la Suma Bondad y cuidaba
de todos, particularmente de los villavejanos, entre los
cuales no arraigarían nunca las malas ideas... Últimamente
había caído allí una semillita de cizaña...
cosa de nada; pero que, como todo lo malo, fructificaría
si no se exterminaba a tiempo: el hijo de un tabernero mal
aconsejado; un chilindrín presuntuoso, un tal Maravillas,
que con el polvo de las aulas, o de los garitos, en la ropa,
se había echado a predicar entre la gente menuda unas
doctrinas endemoniadas, que corrían el peligro de
tomar algún arraigo, por lo mismo que no eran entendidas
ni del predicador ni de los oyentes. Por eso había
que vivir alerta. ¡Semejante mequetrefe, ignorantón
y atrevido! Últimamente andaba empeñado en
la obra, que llamaba él redentora, de publicar un
periódico, que se imprimiría en la capital,
porque allí, en Villavieja, no había imprenta
todavía... ¡Tendría que leer lo que dijera
ese periódico escrito por un trastuelo que discurría
y pensaba como Maravillas, en una población de tan
sanas ideas como Villavieja!
Se habló mucho de esto;
se fueron las Escribanas, y entraron, casi unos tras otros,
el juez de primera instancia, el abogado Canales, Codillo
con sus hijas, el médico don Cirilo, las Corvejonas
y algunos notables más de la villa. Apenas se cabía
en el testero del estrado donde recibían los señores
de Peleches; y a estas apreturas y al respeto que infundían
allí los personajes graves, se debió, para
suerte de los de casa, que ni las Corvejonas ni las de Codillo
estuvieran en el lleno de sus papeles, como habían
estado en los suyos respectivos las Escribanas y Rufita González,
y se marcharon pronto.
Cuando se sentaron a la mesa, muy
corrida ya la una de la tarde, los de Peleches, Nieves sentía
quebrantos en el cuerpo, como si hubiera rodado por una montaña;
y además estaba medio asustada con las cosas de aquellas
mujeres tan parleteras, tan maldicientes y tan feroces. Le
aterraba la idea de un trato frecuente con ellas, y pidió
por misericordia a su padre que la librara de ese suplicio.
Don Alejandro se reía de buena gana de estos temores
de su hija, y la entretuvo mucho explicándole la verdadera
substancia de aquellas cosas que la asustaban por no conocerlas
tan bien como él. Desmenuzolas convenientemente; separó
a un lado lo que en ellas había de malo por resabios
de localidad y faltas de verdadera educación, y a
otro lo que era sano y noble, honradísimo y muy estimable
en el fondo, y demostró a su hija, sin gran esfuerzo,
que, cultivando por este lado y con sumo tino y con poca
frecuencia el trato de aquellas personas, hasta llegaría
a quererlas. De todas suertes, ella había ido a Peleches
para hacer una vida a su gusto, sin agravio ni ofensa de
los demás, y esa vida haría allí.
Por
la tarde continuaron las visitas, que subían a Peleches
sudando el quilo, porque aquel día achicharraba el
sol. Dígalo la Indiana madre, que se presentó
con vestido de terciopelo, el mayor lujo de todos los cofres
de la villa, arreglado por cuarta o quinta vez del que le
regaló su Martín al casarse con ella.
Cerca
ya del anochecer y cuando en Peleches no se esperaba a nadie,
llegaron los Vélez de la Costanilla. Eran tres, lo
único que quedaba ya de los Butibambas de Villavieja:
un señor don Gonzalo, alto, huesudo y pálido,
con la cabeza calva y la cara muy rasurada, tieso corbatín
y levita negra muy ceñida, bastante pasada de moda
y de uso. Juanita Vélez, doncella cuarentona, larga
y enjuta, por el estilo de su padre, lacia de pelo, de buenos
ojos y muy regulares facciones, vestida de finas telas, pero
muy antiguas; presuntuosamente simple el corte de su atalaje,
pero también algo anticuado; y, por último,
Manrique, el menor de los Vélez, hermano de Juanita,
un giraldón desvaído y soso, con la boca muy
grande y los dientes amarillos, mucho pie, largas piernas
y bastante nuez. Era abogado por lujo, y por lujo consumía
su juventud encerrado en el caserón de la Costanilla,
por hábito de tener en poco a las gentes de Villavieja.
Aquella visita fue pesada y melancólica, y además
muy molesta para Nieves, que estuvo incesantemente entre
las miradas de los dos hermanos: las de Juanita, inquisidoras
y mordicantes, y las de Manrique, voraces y hasta desvergonzadas.
Se cruzaron pocas palabras entre los tres; y de esas pocas,
las de Nieves fueron monosílabos; las de Juanita,
impertinencias, y las de Manrique, sandeces. Don Gonzalo,
que leía La Época, habló un poco con
don Alejandro de las audacias de los partidos extremos y
de la decadencia de la aristocracia española por influjo
necesario de las nuevas corrientes, de las que no se apartaba
lo que debía y a lo cual la obligaban sus gloriosas
tradiciones y la altísima misión que le estaba
encomendada por la Historia, y hasta por la Providencia divina...
Esto le llevó como una seda a trazar un croquis de
su vida en aquel centro minúsculo en que bullían
y se agitaban, en las debidas proporciones, los mismos instintos
malos y las mismas concupiscencias que en las grandes capitales.
A Dios gracias, había logrado conservar hasta la fecha
todo su prestigio y en la misma fuerza en que le había
heredado de sus mayores. No concebía, en su clase,
la vida de otro modo, ni podía acomodarse a ciertas
artimañas y componendas con las clases inferiores,
como hacían otros... porque así les iba mejor.
Era cuestión de dignidad nativa, y no había
que disputar sobre ello.
No pensaba en semejante cosa el
tuerto Bermúdez, que le escuchaba sin pestañear
y bostezando a ratos; y eso que podía jurar que lo
de las artimañas y las componendas con las clases
inferiores, iba con él porque era rico y del solar
de Peleches, y vivía en Sevilla, y tenía negocios
y amigos de muchas castas en varias partes, incluso Villavieja;
sabía también que los Vélez de la Costanilla
le detestaban con cuanto le pertenecía, y que si venían
a visitarle entonces era sólo por darse lustre y venderle
la fineza; sabía además que el resoplado Vélez,
con todos aquellos pujos de idealismo aristocrático,
era, so capa, el mayor y más funesto intrigante que
había en Villavieja, con excepción del otro,
de Carreño, el de la Campada, que allá salía
con él en intrigas y en agallas; y sabía, por
último, que era relativamente pobre y pobre vanidoso,
vivía retraído y envidioso y maldiciente, lo
mismo que sus hijos e igual que todos sus fidalgos progenitores.
Lejos de pensar en contradecirle en nada el campechano Bermúdez,
a todo le dijo «amén» por ser ese el camino más
derecho para llegar al fin de la visita, que era lo que más
deseaba entonces.
Túvole al sonar las nueve de la
noche; y los Vélez de la Costanilla se despidieron
y se marcharon con el mismo insípido ceremonial con
que se habían presentado en el solar de Peleches.
En cuanto se vio Nieves a solas con su padre, le dijo:
-Creo que estoy mala, papá, y que si vienen más
visitas esta noche, me muero.
-Y yo también -respondió
don Alejandro, recorriendo el salón a grandes pasos
para desentumecerse-. Pero no tengas cuidado, que no vendrán;
y si vinieran, perderían el viaje y el tiempo, porque
voy a dar órdenes para que se cierren las puertas,
como si nos hubiéramos muerto o zambullido ya en la
cama... Pero dime antes: de todas las visitas que nos han
hecho hoy, ¿cuál te ha parecido la más molesta?
-La última -respondió Nieves sin vacilar-.
Ésta de los Vélez. ¡Ay, qué estampas
de escaparate! Siquiera las otras...
-Justo, resultan divertidas.
-Eso es. -Pues aún te faltan otros ejemplares de
primera: los Carreños de la Campada, rivales de los
Vélez de la Costanilla, que acabas de conocer... y
lo que Dios nos tenga destinado, hija mía; porque
al paso que vamos hoy, no es fácil adivinar lo que
sucederá mañana. De todas suertes, la batalla
ha de durar pocos días... Recuerda lo que don Claudio
nos dijo.
-Sí; pero ¿y los del pago? -Esos no te
apuren: se toman a nuestra comodidad, o no se toman... o
se corta por donde convenga; y que arda Troya si es preciso.
A nosotros, ¿qué? Por de pronto, cenaremos para cobrar
fuerzas; y con eso y el descanso de la cama, amanecerá
Dios mañana y medraremos... ¡Catana! ¡Catana!...
Se presentó la rondeña a los pocos momentos,
con una carta en la mano, y mientras se la alargaba a su
señor, la dijo éste:
-Que se cierren los portones
de la calle y que nos preparen la cena a escape... ¿Quién
ha traído esta carta?
-Un mandaero. -¿Espera la
respuesta?
-No, zeñó. Abriola don Alejandro,
que ya había entrevisto al pendolista en la bastarda
algo temblona del sobre; leyó la firma ante todo,
y dijo a Nieves:
-De quien yo me presumía por la
letra.
-¿De quién, papá? -Del famoso farmacéutico.
A ver qué se le ocurre al bueno de don Adrián.
«SR. D. ALEJANDRO BERMÚDEZ PELECHES. »Mi amigo,
señor y dueño: hallándome imposibilitado
de salir hoy de ésta su casa por la torcedura de un
pie (cosa de poca importancia); ausente mi hijo desde que
se fue esta mañana a hacer una de las suyas, y no
queriendo ser el último de sus buenos amigos en dar
a ustedes la bienvenida, se la mando en estos renglones.
»Mientras llega la ocasión de dársela de palabra,
tengo un señalado placer en repetirle que soy de usted
verdadero amigo y seguro servidor Q. S. M. B.
»ADRIÁN
PÉREZ.»
-Así habían de hacerse todas
las visitas -dijo Nieves-, para que no resultaran pesadas.
-Pues precisamente es la de este perínclito boticario
de las pocas, si no la única, que yo hubiera recibido
hoy con verdadero placer. Tanto, que mañana mismo
he de ir yo a verle.
-¡Ay, papá! -exclamó
Nieves alarmada de veras-. ¿Y si vienen visitas estando yo
sola?
-Ya se elegirá una hora conveniente -respondió
su padre para tranquilizarla-. Y a mayor abundamiento, te
llevaré conmigo, y tomaremos el aire de paso, y estiraremos
los tendones; y si vienen visitas, que vengan; y si se amoscan...
mejor... ¡canástoles! ¡Viva la libertad de Peleches!
Y se fueron al comedor, triscando como dos chiquillos después
de salir de clase.
  - VIII -
En el casino
El de Villavieja tenía bien poco
que ver y mucho menos que admirar. Esto ya se sabe por referencia
de don Claudio Fuertes; pero una cosa es saberlo de oídas,
y otra muy diferente verlo con los ojos de la cara; subir
por su escalera angosta, entre la tienda de Periquet y el
Bazar del Papagayo; sentir estremecerse los peldaños
desnivelados, debajo de los pies; abocar al vestíbulo
mal oliente, obscuro, casi tenebroso de día, con algunas
perchas desiguales y una bastonera de listones, larga y estrecha;
echarse a la ventura por cualquiera de los dos pasadizos
que arrancan de allí, uno a la derecha y otro a la
izquierda, con el suelo esponjoso y temblón, de puro
viejo, y ver aquí un cuarto lleno de cajones vacíos,
de quinqués desvencijados, de montones de periódicos
de desecho y de vasijas quebradas; más allá
un tabuco con honores de secretaría, conteniendo un
estante de pino con papeles y algunos libros de cuentas,
cuatro sillas ordinarias y una mesa con tapete verde, cartapacio
de badana y escribanía de azófar; un saloncillo
después con una mesa larga con media docena de periódicos
encima y buen número de sillas alrededor, un armariote
entre dos huecos de la pared con algunos libros maltratados
y varias colecciones de la Gaceta, un reló de caja
en un testero, y en el de enfrente un calendario debajo de
un gran anuncio encuadrado de los chocolates de Matías
López, y dos quinqués, con reflectores de latón,
colgados del techo sobre la mesa. Todo aquello era el «gabinete
de lectura». Frontero a él, es decir, en el otro extremo
del corredor y con luces a la plaza, el gran salón:
la mejor pieza del Casino; salón de tertulia, de tresillo,
de billar y de café al mismo tiempo, y de baile cuando
llegaba el caso. Entonces se arrimaban a la pared las sillas
de paja y las cuatro butacas descoyuntadas y bisuntas que
ordinariamente andaban de acá para allá al
capricho de los desocupados; se amontonaban las mesitas y
los veladores en el cuarto obscuro ya conocido, y en la leonera y otro cuarto más por el estilo, que había
a su lado, o en la cocina, y se convertía la mesa
de billar en mesa de ambigú vistosamente adornada,
en la cual se destacaban y lucían mucho las pilas
de azucarillos y las bebidas refrigerantes en la cristalería
de Periquet; se encendían las dos docenas de velas
correspondientes a otras tantas palomillas de quita y pon
que había a lo largo de las paredes y en cada cara
de los dos pies derechos del medio; y con esto y unas colgaduras
de tul de tres colores en las puertas, y unas guirnaldas
de flores contrahechas, serpeando poste arriba en los dos
mencionados, y con quemarse allí unas pastillas del
Serrallo, o medio real de alhucema, resultaba el salón
muy oriental y hasta espléndido, en opinión
de los más descontentadizos y exigentes villavejanos.
La mesa de billar, por razón de la luz que necesitaban
de día los jugadores, estaba en una de las cabeceras
del salón, cerca de uno de los tres balcones que daban
a la plaza. Los tresillistas, por alejarse todo lo posible
del ruido que de ordinario se hacía en la mesa y alrededor
de ella, entre jugadores, choque de bolas, cántico
del pinche, matraqueo del bombo, que era de hojalata, y comentarios
y disputas de mirones y tertulianos, ocupaban la cabecera
opuesta, a más de treinta pasos de distancia, porque
el salón era enorme. Tenía el servicio de la
casa, desde tiempo inmemorial, ajustado a una tarifa votada
en junta general de socios, con asistencia del contratista,
un cafetero establecido en la calle trasera, en un local
de muy mala traza; pero, según fama, cumplía
bien sus compromisos, y hasta gozaban de mucho crédito
sus géneros, su diligencia, y particularmente sus
limonadas en la estación de verano.
Y no había
otra cosa digna de mencionarse en el Casino de Villavieja.
Aquella tarde, o más bien, aquel anochecer, había,
como de costumbre a tales horas, poca gente en el gran salón.
En las mesas de tresillo, nadie; en los veladores inmediatos,
lo mismo; en el sofá de gutapercha jironeada y en
las cuatro butacas contiguas a él, Maravillas y dos
«chicos de la redacción», hablando u oyendo leer,
muy por lo bajo, a uno de ellos unos papelucos. Cerca de
la mesa de billar, tomando café arrimados a un velador,
el fiscal y dos amigos; y jugando chapó, con el estrépito
de siempre, el Ayudante de Marina y Leto Pérez el
farmacéutico: el primero sin corbata y con el cuello
y el chaleco desabotonados; el segundo lo mismo, y además
en mangas de camisa; licencias muy justificadas en aquella
ocasión, porque tal era el calor que hacía,
que «se asaban los pájaros», al decir del hijo del
boticario sin apartarse mucho de lo cierto.
A pesar de este
calor y de la peste que daban los dos reverberos de petróleo
colgados sobre la mesa, recientemente encendidos, aunque
a media luz todavía por recomendación del conserje,
muy encarecida al muchacho que apuntaba; a pesar de esto,
y de llevar más de dos horas jugando, ni el Ayudante
ni Leto mostraban señales de cansancio. Particularmente
Leto, parecía endurecerse y animarse con la pesadumbre
del calor y los esfuerzos de la brega. Le faltaba tiempo
para todo: apenas se detenía su bola, largaba el tacazo
y tomaba la contraria casi al vuelo; agarrado a la baranda,
veía correr las tres, porque a no estar en mano una
de ellas, a las tres ponía en movimiento disparatado,
y las seguía y arreaba con los ojos; y como siempre
hacía algo, cuando no lo hacía todo, palos,
carambola, pérdida y dos billas, con un estruendo
espantoso (porque el paño tenía heridas y recosidos,
y las bolas desconchados, y sonaban sobre el tablero como
si llevaran clavos de resalto), las sacaba de las troneras
y plantaba los palos antes que el pinche acabara de cantar
el golpe. Al Ayudante le daba siete tantos y la salida, si
la quería; y así y todo le llevaba de calle,
porque no había defensa posible contra un modo de
jugar como el de Leto. Y cuidado que el Ayudante jugaba bien;
pero como no lograra pegar al otro a la baranda, cosa perdida.
Con una cuarta de taco que pudiera meter en la mesa el farmacéutico,
golpe hecho por donde menos podía esperarse. Para
una fuerza inicial como llevaba su bola, no había
nada seguro en la mesa, ni en las inmediaciones las más
de las veces. El Ayudante desfogaba sus contrariedades llamándole
san Bruno, y chiripero, y leñador y otras cosas parecidas.
Leto le concedía que le salía bastante más
de lo que tiraba; pero no que estuvieran bien aplicados los
calificativos aquellos. Y sobre eso porfiaban a cada instante
y apelaban al juicio de los mirones, ¡y daba Leto cada carcajada
y decía cada cosa!...
Porque aunque todo lo tomaba
con calor, rara vez se incomodaba. Tenía eso de bueno,
por de pronto; amén de la estampa, que no era mala
por ningún lado que se la mirase. Al contrario, reparando
mucho en ella y sabiendo mirar, había momentos en
que resultaba hasta hermosa. Leto era fornido, sin ser basto
ni mucho menos; ágil y bien destrabado de miembros,
de mirar noble e inteligente, sano color y correctas facciones;
la barba, de un matiz castaño obscuro, nutrida, suave
y bien puesta; el pelo semejante a la barba; los dientes
sanos y blanquísimos; la boca no grande y fresca,
y el cuello, que entonces estaba al descubierto, limpio,
blanco y redondo como una pieza de mármol. Pues siendo
así al pormenor, sólo en determinados momentos,
como se ha dicho, resultaba, en conjunto, hermoso en el sentido
estético de la palabra. La razón de este contrasentido,
que pocos trataban de investigar (uno de ellos don Claudio
Fuertes, que tan conocido le tenía, y, sin embargo,
se le pintó a don Alejandro de la manera indecisa
que se vio en su carta), la hallaría un fisiólogo
de tres al cuarto con sólo reparar cómo jugaba
y discutía y razonaba y se conducía en todo,
con relación a los que le oían o le miraban,
el hijo de don Adrián Pérez, y la irá
conociendo el lector según le vaya tratando.
El caso
es, a la presente, que Leto llevaba de calle al Ayudante;
que el Ayudante se picaba; que Leto se defendía a
su manera; que el fiscal y sus colaterales les embrollaban
el pleito para enzarzarlos más en él; que el
pinche dio una vuelta a los tornillos de los reverberos,
porque ya no se veía lo necesario para jugar la última
mesa comenzada del último partido; y que en este estado
de cosas se marcharon los dos amigos de Maravillas; se sentó
éste junto al velador más próximo al
billar por el lado de cabaña, y «variando de conversación»,
preguntó el fiscal al mozo farmacéutico que
engredaba la suela de su taco en aquel instante, después
de haberse limpiado el sudor de la frente con una manga de
su camisa, si había ido a visitar al Macedonio.
-Y
¿quién es el Macedonio? -preguntó a su vez
Leto candorosamente.
-Me parece que bien claro está
-replicó el otro muy serio-. El señor de Bermúdez
Peleches.
-No veo yo esa claridad... -Hombre -añadió
el fiscal repantigándose en su silla y metiendo los
pulgares por las sisas del chaleco-: un Alejandro que tiene
por hermanos a un Héctor y un Aquiles, no puede ni
debe ser otro de menor talla que el de Macedonia, el Magno,
que llamamos la Historia y yo. Además, según
mis noticias, es tuerto como su ilustre padre, el jumista
Filipo. Otro rasgo de familia...
Se celebró mucho
la ocurrencia por todos los presentes, incluso Maravillas,
que por aquella vez no usó la sonrisita a que le obligaba
de continuo su papel de librepensador propagandista; por
todos, menos por Leto, que se quedó mirando de hito
en hito al fiscal... hasta que de pronto soltó una
carcajada.
-¡Carape! -exclamó enseguida-, que está
de molde el apodo.
-Gracias, muchacho -dijo muy serio el
fiscal.
-Vamos, que quedará como otros muchos. -No
lo dije por tanto; y hasta lo sentiría, porque tengo
los mejores antecedentes de ese caballero, y en especial,
de su hija. Dicen que es cosa excelente... Pero ¿en qué
quedamos? ¿ha ido usted o no ha ido a verlos?
-¡Yo!... ¿a
qué santo?
-Al santo de que ha ido media Villavieja...
¡Canario, cómo se conoce que tienen guita larga!
-Pues mire usted... (Allá va eso, Ayudante... Vaya
usted contando: la carrerita del medio, carambola y billa...
Aguarde usted, que también el mingo se va a colar...
¡Se coló!... Dos y seis, ocho; y seis, catorce. Apunta,
muchacho.) Pues iba a decir que, sin que yo tenga personalmente
nada que ver con ellos, ni los conozca siquiera más
que de oídas, es lo cierto también que, por
una casualidad, no estuve ayer en Peleches de punta en blanco,
y que por poco más de lo mismo, no he subido hoy allá.
-¡No le dije yo? A ver eso, hombre. -Y ¿qué ha de
verse? Lo que le dije al principio: que nada tengo que hacer
en Peleches, y que por eso no he ido.
-Como decía
usted que por una casualidad...
-(Apunta eso más,
muchacho... y no se queme, Ayudante. Ya sabe que soy un segador
chiripero.) Lo decía por mi padre.
-Ahora lo entiendo
menos.
-Mi padre es muy amigo de don Alejandro desde que
éste andaba por acá. Ayer se torció
un pie.
-¿Quién? ¿don Alejandro? -No, señor:
mi padre.
-Corriente. -Torciéndose un pie... poca
cosa... ya está casi bien. (¡De maestro, señor
Ayudante, de maestro! Pérdida con tres palos, y cubierto
yo; y además pegado como una ostra... ¡Carape!...
Vamos, un tanto más para usted...) Pues torciéndose
un pie mi padre en un hoyo de la botica, no pudo subir ayer
a Peleches a saludar a ese señor; y no pudiendo subir,
le escribió una esquelita a última hora de
la tarde, al ver que yo no volvía.
-¿De dónde?
-De voltejear por afuera. Porque él había
pensado que hiciera yo la visita en su lugar... (Otro golpe
bueno, Ayudante. A ese paso, me la lleva usted. Pero ya nos
veremos un poco más allá. Estamos veinticuatro
por diez y ocho... ¿no es así? Me faltan doce... cuestión
de un golpe o dos... ¡Ajá!... Apúntame esos
cinco tantos por de pronto.) Al volver ya de noche, me lo
contó mi padre con lo de la torcedura, que ocurrió
después de salir yo de casa donde le dejé arreglándose
para subir.
-¿Adónde? -A Peleches... ¡Y quería
que yo le acompañara!... Como ha querido hoy que subiera
a decirles que todavía continuaba él sin poder
salir de la botica...
-Y bien querido. -¡Quite usted allá,
hombre!... ¡Pues soy yo a propósito para esas embajadas
y esos!... Todavía ayer, si hubiera estado en casa,
por complacer a mi padre y no tener disculpa de fuste para
lo contrario... ¡pero hoy, estando él ya para subir
de un momento a otro, y después de la carta de anoche!...
(¡Carape!... se me pasó la bola... Vaya otro respirito
más para la agonía de usted, Ayudante.)
-Pero
¿por qué se resiste usted tanto a complacer a su padre
en un asunto tan hacedero y llano y hasta gustoso?
-Por
demás lo sabe usted, fiscal: porque no sirvo yo para
esas cosas... vamos, que me pego a la pared lo mismo que
un animalejo.
-Pamemas. Diga usted que le gusta lo cómodo,
y acabemos...
-Que es la pura verdad, hombre: que soy así.
-Para lo que le conviene. -¡Lo mismo que Dios está
en los cielos!
Esto lo dijo Leto preparándose a jugar
por la baranda de arriba; y al oírlo Maravillas, le
soltó desde enfrente una sonrisita de las más
acentuadas de las suyas. Leto la pescó en el aire,
y casi se sintió mortificado; pero estaba más
atento que a esas cosas, a la jugada que acababa de prepararle
un descuido de su contrario.
-Así se los ponían
a Fernando séptimo -dijo el fiscal, repitiendo una
frase tradicional en los billares, en idénticos casos;
es decir, cuando queda la bola contraria entre la del jugador
y los palos y en línea recta, para fusilar.
-¿Se
tira esto? -preguntó Leto al Ayudante repitiendo otra
frase de billar.
-Y con mucho cuidado -contestó el
Ayudante, dándose por muerto.
-Pues allá va.
Se oyó un estrépito formidable; y no quedó
nada, lo que se llama nada, sobre la mesa, porque los cinco
palos fueron a estrellarse en la cara de Maravillas; la bola
de Leto saltó tras ellos, con diferente rumbo por
suerte de Tinito el sabio; y las otras dos, por haber chocado
la del Ayudante con el mingo que estaba en cabaña,
desaparecieron en las troneras, después de rebotar
unos instantes de baranda en baranda, como si las persiguieran
centellas.
Maravillas se quedó como espantado y sin
maldita la gana de sonreírse; Leto aseguraba que lo
había hecho sin intención, pero con trazas
de darlo por bien hecho a poco que lo pusiera en duda el
apaleado; el Ayudante pedía que se le apuntara el
golpe a él porque la bola que saltó había
sido la de Leto, y los demás coreaban la porfía
como lo reclamaba la pintoresca situación... De pronto
callaron tirios y troyanos, y se vio a los jugadores arrojar
los tacos, abotonarse apresuradamente camisas y chalecos,
volverse Leto de espaldas, recoger de encima de una banqueta
su americana, y, muy acelerado, embutir el cuerpo en ella.
Porque es el caso que acababan de aparecer en el salón
el comandante don Claudio Fuertes y otras dos personas que,
por todas las señales, debían ser don Alejandro
Bermúdez y Nieves, o, como dijo a sus colaterales
el fiscal, después del primer vistazo a los forasteros
y en su manía de poner motes a todo bicho viviente,
«el Macedonio con la más guapa de las hijas de Darío».
Por todo arreo llevaba Nieves una túnica lisa de
color de barquillo, muy ajustada al airoso talle, y un sombrerito
de paja del tono del vestido, de los guantes y de la sombrilla;
y por todo adorno del traje, dos toques o notas verde mar:
una en el sombrero y otra en la cintura. Calcúlese
el relieve que adquiriría aquella figura tan esbelta,
tan fina, tan pulcra y tan elegante, sobre los fondos sucios
y denegridos del gran salón del Casino de Villavieja.
Don Claudio avanzó con sus acompañados hasta
la mesa de billar, y les fue presentando, uno a uno, todos
sus amigos agrupados allí.
Cuando le tocó
el turno a Leto, don Alejandro le dio un fortísimo
apretón de manos, y Nieves, mirándole con gran
interés, le aseguró que tenía grandísimo
gusto en conocerle. Leto, con la lengua trabada y las mejillas
ardiendo, pensó que le daba algo.
-Hemos estado en
la botica -le dijo Bermúdez-, donde he tenido el placer
de abrazar a mi buen amigo don Adrián, y nos ha hablado
largamente de usted. Por eso, y por ser hijo de quien es,
nos alegramos tanto de hallarle aquí. Además,
yo le conocí a usted así de chiquitín.
¡Canástoles con el estirón que ha dado desde
entonces acá!
Hablando, hablando, se supo que el
padre y la hija habían salido de Peleches a las seis
de la tarde y bajado por la Costanilla. Habían entrado
en la Colegiata, donde Nieves, después de rezar sus
devociones, había visto cuanto era digno de verse
y la fue enseñando don Ventura, con su paciencia y
amabilidad acostumbradas. Después habían entrado
en la botica. Allí descansaron y hablaron largamente.
Al disponerse para salir, llegó don Claudio que había
ido a buscarlos a Peleches media hora antes, creyendo hallarlos
en casa todavía. Desde la botica, y como ya el calor
no molestaba mucho, se fueron los tres hacia el muelle, y
luego por la Campada... y por la Ceca y la Meca. Viniendo
ya cerca de la plaza, de vuelta para Peleches y muy sediento
don Alejandro, recomendole don Claudio las limonadas del
Casino; y por eso y porque Nieves conociera el gran salón,
de tan buenos recuerdos para él, habían subido.
Conque se dispusieron convenientemente dos o tres veladores
lo más lejos que se pudo de los reverberos del billar
que apestaban a petróleo; se pidió perdón
a Nieves porque no olieran a cosa mejor, y se sentaron todos
«en dulce amor y compaña», devorando a Nieves con
los ojos los dos abogadillos; no sabiendo Leto Pérez
dónde fijar los suyos con entera seguridad de no ser
aludido por nadie, para evitarse la angustia de hablar delante
de tan señalados huéspedes, y muy arrepentido
el fiscal de haber puesto motes a aquel señor que,
aunque tuerto, le parecía una excelente persona y
era padre de la chica más guapa que había visto
él de cerca en todos los días de su vida.
  - IX -
La familia del boticario
Las visitas de aquel día
no fueron tantas en Peleches ni tan molestas para sus moradores,
como las del anterior; porque en Villavieja, como en todas
partes, había de todo, y el furor de la cursilería
y de la presunción estrafalaria, había pasado
con la nube de la víspera. Entre los últimos
visitantes abundaron las buenas y honradas intenciones, los
generosos deseos, hasta móviles de gratitud no olvidada
a pesar de los años transcurridos; y en los más
de los ejemplares se entendía bien claro que si llevaban
encima los trapitos de cristianar y las vistosas galas, no
lo hacían por vana ostentación, sino como debido
tributo a la importancia de los señores visitados.
La única nota discordante en aquel conjunto de cosas
bastante bien concordadas y soportables, y hasta entretenidas
a ratos, fue la familia Carreño, o más propia
y gráficamente «los Carreños» de la Campada,
o, como si dijéramos, los Mucibarrenas de Villavieja,
ya que a sus rivales sempiternos, los Vélez de la
Costanilla, se les llamó, a su debido tiempo, los
Butibambas. Para que todo fuera contrapuesto y antagónico
en estas dos dinastías de Villavieja, hasta en el
arte y la traza andaba la una al revés de la otra.
Ya se ha visto que los Vélez eran largos, huesudos,
blancos, solemnes y fríos como estatuas sepulcrales.
Pues los Carreños, como constaba de toda notoriedad
en Villavieja y se vio en los cuatro ejemplares (matrimonio
y dos hijas) presentados en Peleches, eran chaparrudos, cetrinos,
bastos de líneas y facciones, crespos de pelo, mordaces
de lengua e implacables de entraña. De estilo y de
educación, como de estampa y de pelo.
Padres e hijas
despotricaron a porfía durante tres cuartos de hora,
y no dejaron honra limpia ni hueso sano en Villavieja. ¡Cuánto
se felicitaba la Carreño madre (eran primos hermanos
los cónyuges) por la venida de los Bermúdez
a Peleches!
-¡Esto consuela, señor don Alejandro!
-decía abanicándose briosamente el pescuezo
con ronchas bronceadas-. Se ve una entre los suyos, y tiene
con quién hablar y desahogarse... Porque en la soledad
a que la obliga a una el decoro de la clase, se hacen allá
dentro unas talegadas de asco, que da gusto desocuparlas
después entre gentes que la comprendan a una y sepan
estimar las cosas en lo que valen... ¡Si vieran ustedes cómo
se va poniendo esto!... Ya no hay quién lo conozca.
No queda un alma decente: todo es trapajería de ayer
acá... hasta en el ayuntamiento; hasta en los empleados
que nos manda el Gobierno para las oficinas que tiene aquí...
Así es que, no queriendo apolillarme ni que se apolille
nadie de mi casa en un desván, como algunos trastos
viejos que yo me sé (los Vélez de la Costanilla),
les digo a éstas (las hijas): a vivir alegres, y al
sol; pero como si no hubiera en Villavieja más habitantes
que nosotros. ¿Van esas puercas a la Glorieta? Vosotras a
la Chopera. ¿Vienen ellas aquí abajo? Vosotras vais
allá arriba. ¿Ellas hacia el Miradorio? Vosotras a
los Arcos. ¿Ellas muy emperifolladas? Vosotras con lo peor,
en camisa... en cueros vivos si fuera posible. Que lo vean,
que comparen, que aprendan algo; y si les duele, a eso se
tira... y al cuerno las grandísimas tarascas que se
salen de su cascarón... Igual pasa cuando éste
(Carreño) se lía con el ayuntamiento, pongo
por caso, para que se haga o no se haga esto o lo de más
allá: en lugar de aconsejarle que se esté quieto
y deje rodar la bola que a él no ha de pisarle, le
ayudo a que apriete más contra el lucero del alba,
porque el día que se acostumbren ellos a no vernos
y a no sentirnos, como si no quedaran Carreños en
Villavieja, los demonios se lo llevarían todo y aquí
no se podría parar.
Carreño se reía
a carcajadas con estos dichos de su mujer; y como era bastante
más avisado que ella, no los usaba tan crudos; pero
en el alcance de la intención, no la iba en zaga.
Las hijas, cargadas de similores y de cintajos, muy porosas
y verdegueando, con la misma intención de casta rajaban
en un estilo mixto de lo más malo de los otros dos.
-¿Sabes, papá -decía Nieves al suyo después
que se marcharon los Carreños-, que eso de los aires
puros que tanto recomiendas tú, no da siempre los
mejores resultados en lo tocante a buenas ideas?... ¡Mira
que de ayer acá llevamos oídas cosas buenas,
y a gentes bien sanas de cuerpo!
-Yo te diré -contestó
don Alejandro un poco atarugado con la inesperada observación
de su hija-. Mirado el caso por encima y tal como él
mismo se va metiendo por los ojos, parece que tienes razón;
pero atendiendo a lo que debe atenderse; mirando como debe
de mirarse ¿estás tú?... poniendo cada cosa
en su sitio y a su luz correspondiente; midiendo esto y pesando
aquello con la necesaria reflexión; no dando a ciertas...
a ciertas, vamos, a ciertas pequeñeces accesorias,
el valor de un hecho fundamental, ¿eh?... estudiando, en
fin, el punto a conciencia... penetrándole hasta lo
más hondo, como yo le tengo penetrado, lo infalible
de mi axioma se palpa; pero hasta el extremo de que ese mismo
argumento que a ti se te ha ocurrido, le da mayor realce
todavía... como te lo podía demostrar yo ahora,
si la ocasión fuera oportuna o lo reclamara una gran
necesidad... Porque te advierto que la cuestión resulta
algo metafísica, tratada como es debido; y no creo
que te divirtiera gran cosa a raíz de una tanda de
visitas como la que vienes aguantando.
Se ignora si las
racionales dudas de Nieves quedaron desvanecidas con esta
argumentación de su padre; pero es un hecho que la
una y el otro, a pesar de tener citado a don Claudio en Peleches
para el anochecer, tan hartos se vieron de visitas y tan
necesitados de libertad y movimiento, que a las seis de la
tarde se echaron al mundo por la Costanilla abajo, anticipando
la salida dos horas a la convenida con el comandante retirado.
Ya se sabe que después de visitar la Colegiata, hicieron
una larga parada en la botica, y que desde la botica se fueron
a corretear por la villa hasta dar a última hora en
el Casino. Poco importa lo que hicieron en él, y menos
lo que les ocurrió andando al aire libre, que no abundaba
ciertamente aquella tarde; pero hay que decir algo de su
visita a don Adrián Pérez el boticario.
Uno,
y dos, y tres... muchos abrazos se dieron los dos amigos.
Se golpeaban las espaldas con las manos abiertas, se separaban,
mirábanse un momento, se sonreían; y vuelta
a abrazarse y a desabrazarse, y a mirarse y a sonreírse...
y a todo esto, sin dejar de decirse cosas... «¡Caray, cuánto
me alegro! -¡Con qué placer le abrazo, canástoles!
-¡Otro, don Alejandro! -¡Con toda el alma, don Adrián!...
¡Si no pasan días por usted, canástoles! -¡Si
está usted hecho un mozo, caray!... ¡Hala con otro!
-¡Ya se ve que sí, ja, ja!... ¡Qué don Adrián
tan famoso! -¡Vaya con el bueno de don Alejandro! -Pues sí,
señor. -¡Vaya, vaya!...» Y así.
Después
empezó el boticario con Nieves: no a abrazarla, sino
a hacerla mil preguntas y cumplidos y a ponerla en los cuernos
de la luna por «guapa moza», acabando por sacarla parecidos
con cada uno de los Bermúdez que él había
alcanzado, contra la opinión del Bermúdez presente,
que sostenía, con mejores títulos, que era
«toda de los de allá», casi un retrato de su madre.
Convínose en ello, porque, al cabo y al fin, al boticario
igual le daba, y sentáronse el padre y la hija en
las banquetas que don Adrián les arrimó, ofreciéndoles
de paso un refresco de jarabe de moras o de agraz, que había
en la botica, hechos en aquella misma semana... o chocolate
que les bajarían de casa... «con toda franqueza».
Se lo estimaron mucho, pero no quisieron tomar cosa alguna.
Entre tanto, nada se había hablado todavía
de la cojera de don Adrián, que se le notaba, no solamente
al moverse, sino en llevar calzado con una chinela el pie
de que claudicaba algo, y el otro con la bota de todos los
días.
A lo que de él se sabe por don Claudio
Fuertes, hay que añadir que era de regular estatura,
moreno, enjuto, de ojos pequeños, pero listos, risueño
de expresión, y de voz lenta y sin timbre alguno.
Parecía algo socarrón, pero en realidad no
lo era. Lo parecía, porque así resultaba de
la combinación de su flemática y natural sosera,
con la malicia aparente de sus ojuelos de ratón y
lo risueño de su boca.
Lo del pie, por lo que le
preguntó don Alejandro enseguida que se hubo sentado,
había sido poca cosa: alcanzando el tarro del papaver
album para preparar un medicamento, se puso de puntillas;
y al sentar el pie en el suelo otra vez, se le hundió
la mitad de hacia afuera en una rendija grande (que señaló
con la mano). Nada, una ligera distensión que ya estaba
curada con unas compresas de vejeto... tanto, que pensaba
haber subido a Peleches un poco más tarde. Porque
pensar que cumpliera por él su hijo, era pensar los
imposibles... «¡Caray, qué muchacho ese!»
Y movía
un poco la cabeza, y se sobaba el codo izquierdo, haciendo
subir y bajar la manga de la levita con todo el hueco de
la mano derecha aplicada allí.
Por aquel portillo,
es decir, por la dulce e inofensiva lamentación del
boticario, salió a plaza, provocada con verdadero
interés por Bermúdez, la historia de toda la
familia de don Adrián.
Al morir la boticaria, catorce
años hacía, le quedaban cuatro hijos de los
catorce que había tenido en su afortunado matrimonio.
De los cuatro hijos, tres eran hembras. Corriendo el tiempo,
la mayor se casó con el vista de aquella aduana; ascendiéronle
pronto, y por esos mundos andaba el matrimonio cargado de
familia; pero tenían todos qué comer, y eso
consolaba algo. La segunda casó peor: con un villavejano
recién hecho maestro de escuela. No le producía
el oficio allí para lo indispensable; fuéronse
a la ciudad creyendo mejorar de fortuna, y ya se habrían
muerto de hambre sin el mendrugo que él les daba,
quitándole de su mesa. La tercera se casó con
un teniente de la Guardia civil, y también andaba,
como la mayor, de la Ceca a la Meca, y también cargada
de familia.
-La verdad es -concluyó don Adrián
rascándose muy suavemente el codo-, que bien consideradas
las cosas, señor don Alejandro, y tal y cual van,
¡caray! los particulares de otras familias, no les ha caído
a mis hijas la más negra de las fortunas... eso es.
Las tres se me han casado: dos de ellas comen y están
en carrera... eso es... La tercera anda algo atrasadilla
de recursos, es verdad; pero ¡qué caray! es honrado
y mozo su marido... por lo más obscuro amanece a lo
mejor... eso es... y Dios no falta nunca a los buenos...
Eso las digo yo a cada paso: vea usted; y tan contentas...
eso es... y contento yo también, sí, señor,
bastante contento; porque otra cosa no sería regular...
Eso es.
Acabado este punto, se tocó el del hijo.
-Ayer me decía usted en su carta -apuntó don
Alejandro-, que por haber hecho una de las suyas... (creo
que eran éstas las palabras) no había vuelto
a casa a la hora en que me escribía; y hace un momento
se ha referido usted también a él de un modo
semejante.
-¿Y eso le ha metido en cuidado? -le preguntó
el boticario sobándose el codo y sonriendo blandamente.
-No diré que en cuidado -respondió el de Peleches
muy afable-; pero en cierta curiosidad...
-Es natural eso,
¡je, je!... Pues respecto de ese muchacho, ¡caray! yo no
sé qué decirle a punto fijo... a punto fijo...
eso es. Por de pronto, es noblote a no poder más;
y hasta el día de la fecha... en buena hora lo diga,
no me ha dado ningún disgusto... quiero decir, un
verdadero disgusto...
-Pues eso ya es algo, don Adrián.
-¡Caray! ¡vaya si lo es! ¡Y no doy yo pocas gracias a Dios
por ello! No, no: en ese punto, marchamos bien. Pues este
chico, a quien usted debió conocer la última
vez que estuvo aquí, aunque de prisa, así de
pequeñuelo, correteando por la botica... eso es...
porque no salía de ella en todo el santo día
de Dios... parecía un muñequito... ¡tan redondito
y tan blanco!... vamos, un muñequito de porcelana...
¡con unos ojazos negros!... No, y conservar los conserva,
aunque no parecen tan grandes ahora... Verdad que, como le
ha crecido la cara... eso es. Lo que le ha variado algo es
el color: ya no es tan blanco... Y bien mirado, mejor es
así para un hombre como él, tan hecho y tan...
eso es... Y vamos allá: como le vi bien despierto
y de excelente condición, púsele en carrera
con ánimo de que siguiera la de su padre: ya ve usted,
por no dejar morir esto que ha sido la hogaza de la familia,
de una familia tan dilatada como la mía; y hay que
ser agradecido, don Alejandro... eso es. Fuese el chico a
la ciudad; estudió las humanidades, con aprovechamiento,
sí, señor, y con muy buenas notas... ¡caray!
¿por qué no decirlo?... Siendo ya bachiller, se prestó
de buena gana a seguir esta carrera, y le envié a
Madrid... Verdaderamente que el dinero no sobraba en casa;
pero había lo necesario desvalijando un poco la hucha
de mis buenos tiempos de boticario de nota. ¡Y ¿qué
mejor empleo para ello, qué caray!... Un hijo solo,
llamado quizá a ser el sostén de la familia
desde el día en que yo faltara... porque para entonces,
aún le quedaban dos hermanas solteras, y su pobre
madre arrastrando malamente la vida que se le acabó
al siguiente año... ¡Caray! mi señor don Alejandro,
todavía duele allá dentro cuando pasan estos
recuerdos por la cabeza... En fin, que se fue Leto a Madrid...
¿Les he dicho a ustedes que se llama Leto mi hijo?
-No,
señor.
-Pues así se llama: Leto... eso es...
Y por cierto que el nombre es lo peor que tiene el pobre
chico.
-¡Lo peor! ¿Y por qué, don Adrián?
-Porque es feo y hasta un poco... ¿a qué negarlo,
qué caray!... Es feo... y raro, vamos. Pero cosas
allá de su madre y su padrino, a cual más escrupuloso
en la materia... eso es; porque san Leto era el santo de
aquel día, primero de septiembre... Pero ¡caray! dije
yo, aunque esa sea la costumbre en la familia, me parece
a mí que, por una vez, bien se puede quebrantar...
eso es, en gracia siquiera de lo raro del nombre: pongámosle
otro más, para llamarle por él, y así
queda todo arreglado. Que nones, don Alejandro; y, en fin,
que se llama Leto... Eso es.
Declararon los oyentes, de
todo corazón al parecer, que no había en el
nombre nada de feo ni de raro, y, sin convencerse de ello,
continuó don Adrián:
-Tampoco en Madrid dio
un mal paso en su carrera: buenas notas siempre, mucho fruto...
porque aquí, en la botica, le iba descubriendo yo
cuando venía a pasar las vacaciones... y al mismo
tiempo haciéndose un chicazo como un trinquete...
no muy grande; pero bien cortado... eso es, y fuerte... y
guapo, ¡qué caray!... y dócil y risueño
que daba gusto. Pues, señor, que llegó a tomar
el título y que se vino a casa, y que le arrimé
a la botica para que practicara lo que había estudiado,
eso es... porque sin práctica, de nada valen las teorías;
y, amigo de Dios, como una seda desde el primer instante.
Una soltura y un arte... un arte como si en toda su vida
no hubiera hecho otra cosa... Pero, vea usted, ¡qué
caray! no había que pensar en mirar muy de cerca lo
que hacía, porque ya le tenía usted con las
manos trabadas, materialmente trabadas, eso es... vamos,
que hasta era capaz de echarlo todo a perder... por el genio,
por el arrastrado genio.
-¿Lo tenía malo? -¡Quiá!
Corto... ¡o qué sé yo? Desde muchachuelo fue
lo mismo; y ¡si vieran ustedes lo que eso le perjudicó
durante la carrera!... Porque sin esa condición, hubiera
lucido el doble trabajando menos: eso es. Pero yo esperaba
que se le fuera modificando con el tiempo y según
iba él viendo mundo y tratando gentes. ¡Quiá!
En ese punto no ha habido señal de enmienda: al contrario,
si bien se mira.
-Pero ¿tan corto es de genio, don Adrián?
-Tan corto o tan... yo no sé, don Alejandro, no sé
lo que es. Él va a todas partes; él entiende
de todo un poco, y es afable y cariñoso con todo el
mundo... y es inteligente y listo, ¡caray! y placentero y
servicial... eso es; pero al mismo tiempo tiene la manía
de que cuanto a él se le ocurre es pura insignificancia,
y cuanto hace, una chapucería, mientras que le para
y le asombra cuanto piensan y hacen los demás... Le
digo a usted que es raro el caso... ¡muy raro, caray!...
y una lástima, sí, señor, una lástima;
porque yo tengo mis razones para creerlo así, y sin
que me ciegue la pasión de padre... sin que me ciegue,
eso es... Digo que tengo mis razones, y verán ustedes
por qué... Como tiene conmigo bastante confianza,
porque al fin y al cabo soy su padre, en cualquier punto
que tocamos en nuestras conversaciones se deja correr guapamente...
vamos, sin recelo mayor que digamos... eso es... sin recelo;
y el chico, entonces, habla y habla, no mucho, pero bien,
hasta con su poco de calor... y con arte, ¡caray!... con...
vamos, con fe en su idea; y eso que se le conoce que no da
todavía todo lo que tiene; que ve en sus adentros...
eso es, en sus adentros, bastante más que lo que dice...
Pues ¡caray! ocurre que sobre esos mismos puntos le tira
de la lengua el primero que llega a la botica, o le coge
en la calle o en el Casino; y ya es otro hombre diferente:
ya le falta, vamos, aquella seguridad, y aquel mirar sereno,
y aquel orden en los razonamientos... y aquella firmeza de
palabra... y ¿qué sucede? que amilanándose
así, se desconcierta, se confunde, y sale del paso
con una cuchufleta de chicuelo, eso es, cuando no con una
tontería... ¡Caray! a mí no me gusta eso, y
se lo digo así... «Pero, hombre, tente firme en tu
puesto; habla con formalidad, eso es, con el aplomo que tú
sabes cuando quieres...» Pues nada, don Alejandro: me responde
muy serio que está convencido de que no se le ocurre
cosa ni idea que valgan dos cuartos; que es una pura vulgaridad
y un hombre enteramente insignificante, ¡caray! Y de aquí
no hay quien le saque.
-Es raro eso, ¿verdad, Nieves? ¡Y
para lo que hoy se usa!...
-Y les advierto a ustedes que
lo mismo es en lo poco que en lo mucho. Por ejemplo: está
cantando a media voz... en la botica o en su cuarto, porque
él nunca está de mal humor... Digo que está
cantando, y cantando bien, eso es... cosas de teatro que
oiría en Madrid, creo yo, porque no se parece el cántico
a los de acá... La voz es llena y de hombre, bien
templada... vamos, una buena voz a mi entender: pues llego
yo, o llega cualquiera: ya le tienen ustedes turulato, como
si hubiera cometido un pecado mortal. Eso es... Otro caso
más raro: tiene mucha afición al dibujo y a
la pintura, y sus avíos correspondientes para lo uno
y para lo otro... A lo mejor le ven ustedes encaramado en
el Miradorio, o acurrucado en la vega, o delante de un paredón
viejo, con el pincel en una mano, su cajita de colores en
la otra, un pomito con agua a un lado y su libreta sobre
las rodillas, pinta que pinta. Pues que le diga el más
guapo que le enseñe lo que ha pintado... ¡caray! primero
le enseñará el hígado... Eso es. Que
se arrime alguno a él cuando se halla en estas operaciones:
se pondrá encarnado como la grana, y ya no sabrá
lo que hace...
-¡Conque también pinta? -exclamó
Nieves que escuchaba con suma atención al boticario.
-¡Caray si pinta! -contestó don Adrián sobándose
mucho el codo-; y hasta creo que bien, por lo que he logrado
atisbar yo y lo poco que lo entiendo... Pero aguarden ustedes,
que es posible que tenga alguna cosilla de esas en el cartapacio
de su atril, donde suele guardar las recién acabadas...
Metiose el boticario en la trastienda, renqueando un poquillo;
abrió una puerta que había a la derecha; entró
por ella, y no tardó en volver con unas cartulinas
en la mano. Púsolas en las de Nieves, porque ellas
fueron las que más se adelantaron para cogerlas, y
la dijo:
-Ahí está lo último que ha
hecho. Ustedes, que lo entenderán mejor que yo, podrán
decir si tiene algún mérito.
Nieves
separó las cartulinas y pasó una mirada rápida
sobre ellas, pero ávida y ardiente.
-¡Mira, papá
-le dijo con entusiasmo volviéndose hacia él-,
qué acuarelas tan lindas! ¡Con qué facilidad
y con qué valentía están hechas! ¡Qué
frescura de color!... ¡Ay, don Adrián! -añadió
mirando al boticario que se derretía de placer con
el éxito de aquellas obras de su hijo-. ¡Si viera
usted lo que cuesta hacer estas cosas! ¡Si supiera usted
las fatigas y los años que se pasan para llegar siquiera
a la mitad de este camino!
-Pero ¿dónde demonios
ha aprendido su hijo de usted a pintar, y a pintar de este
modo? -preguntó don Alejandro que todo se volvía
ojo para mirar y admirar las acuarelas.
-¿De manera -dijo
muy suavemente el boticario, soba que te soba el codo-, que
dan ustedes alguna importancia a esas pinturas?
-¡Muchísima!
-respondieron unísonos Nieves y su padre.
-Me alegro,
¡caray! sí, señor, me alegro... Eso es. Pues
Leto, según me ha dicho, aprendió a pintar
así... porque algo ya lo sabía él desde
el Instituto, con un compañero de posada que tuvo
en Madrid, y parece que era pintor de nota... Eso es. Se
querían mucho los dos y aún se escriben de
vez en cuando. El pintor está en Roma ahora.
-¿De
modo que ésta es la gran afición de Leto? -preguntó
Bermúdez.
-¡Quiá!... -respondió el
boticario, echando la cabeza a un lado y casi cerrando los
ojos al recargar el acento de la palabra y de la sonrisa-;
esa afición es la de los ratos perdidos... vamos,
la última de todas. Otra muy distinta es la que materialmente
le cautiva y le trae a mal traer... a mal traer, sí,
señor, ¡caray! ¡Es mucho cuento lo que le emborracha!
-La caza, ¿eh? -No, señor: la mar... Tampoco la
mar propiamente, sino la embarcación con que anda
por ella: su balandro... ¡qué balandro?... su yacht.
-¡Canástoles! -¿Y tiene un yacht... un yacht de
veras? -preguntó Nieves, apartando sus ojos de las
acuarelas para fijar en el boticario su mirada henchida de
curiosidad.
-Un yacht, señorita -respondió
don Adrián en tono muy ponderativo-: un yacht, así,
en puro inglés; y de lujo, ¡caray! lo que se llama
de lujo... eso es: vamos, un yacht de regatas, de primera.
Esos son sus amores verdaderos; lo que más le entusiasma
en el mundo y de lo único que se atreve a hablar con
calor y con fe y sin aturrullarse delante de las gentes...
Ya se ve: no es obra de sus manos ni de su idea, y por consiguiente...
eso es.
-Pero, señor don Adrián -díjole
su amigo chanceándose-: usted se ha corrido mucho,
se ha despilfarrado... porque un yacht de esas condiciones,
no se compra con dos cuartos.
-¡Caray! ¡Yo lo creo!... Pero
no se piense usted que el pobre boticario... ¡Quiá!
¡Pues están los tiempos, gracias a Dios, para esas
sangrías... caray, caray! No, señor. La procedencia
del yacht es otra historia, señor don Alejandro. Verán
ustedes. Leto, como le dije a usted, hace a todo... eso es;
y lo mismo que pinta y navega... porque lo de navegar es
ya viejo en él, anda por montes y barrancas con la
escopeta al hombro, y conoce la comarca yerba a yerba y canto
a canto... eso es. Pues, señor, que se descubrió
aquí una mina pocos años hace; que la compró
una compañía inglesa, y que vino un ingeniero
de allá para explotarla. Este inglés era mozo,
algo arlote como todos los ingleses, y muy campechano y muy
resuelto para todo; que Leto y él se conocieron en
el Casino; que resultó que tenían unas mismas
aficiones, y cata que llegan a hacerse muy amigos. Al inglés
le gustaban las setas; pues ya estaba Leto diciéndole
dónde las había legítimas, sin la menor
sospecha de hongo venenoso, y acompañándole
a cogerlas... eso es: medio día de campo; que berros,
pues en tal parte; y a buscar los berros; que caracoles o
ranas o cualquier otra porquería de las muchas que
devoraba aquel hombre... pues a ello los dos; que esta clase
de caza o que la otra: lo mismo. Leto tenía un bote,
malo por supuesto; pero andaba a fuerza de vela; el inglés
se las pelaba por esa diversión en que era gran maestro...
¡caray, yo lo creo! como que era del Royal-Club de su tierra,
y había ganado no sé cuántos premios
de honor en regatas famosas... eso es... ¡uf! y hombre muy
principal y acaudalado, sí, señor... y buen
mozo... pues golpe al bote a todas horas... y atrocidad va
y atrocidad viene... porque no sé cómo no quedaron
en una de ellas. Eso es. Por otra parte, estaba enamorado
de nuestra bahía, que ya sabe usted que es de lo mejor
del mundo, dicho y confesado por inteligentes extranjeros...
¡caray, si es cosa buena! y estando enamorado de la bahía
y de la afición y el arte de Leto, no pudiendo adquirir
aquí una embarcación a su gusto, hizo traer,
a fuerza de dinero para que llegara pronto, un hermoso yacht
de regatas que él tenía en su país.
Pues, señor, que viene el yacht, y que Leto, al lado
del inglés, aprende a manejarle en cuatro días,
y que se me vuelve medio loco el hijo, ¡caray! de puro gozar
en aquel... vamos, en aquel deleite, eso es, tan nuevo para
él... y échate mar afuera los dos hasta perderse
de vista, y vira acá y vira allá, dando con
los topes en el agua y haciéndome a mí pasar
las de Caín de susto y de congoja, eso es... hasta
que me convencí de que no había tanto riesgo
como aparentaba... En fin, señor don Alejandro, que
Leto y el inglés andaban siempre como la uña
y la carne; que llegó la hora de marcharse a otra
parte el ingeniero, porque la mina salió huera, y
que al marcharse le regaló el yacht a mi hijo, ¡caray!
que quieras que no, con todos sus enseres y cachivaches...
Eso es. Y por eso tiene Leto un yacht tan lujoso. Cada lunes
y cada martes le zarandea por la mar. Ayer salió a
media mañana, con su correspondiente pitanza, por
si acaso... eso es. Pues volvió entre día y
noche, como dije a usted en mi carta. Quise que subiera hoy
a Peleches... pues ¡caray! casi de rodillas me pidió
que no le diera comisiones de esa clase. Subir conmigo, ya
era otra cosa, y hasta lo haría con sumo gusto; pero
solo... ¡es mucho cuento! En eso quedamos al cabo; y entre
si me animaba yo a subir esta tarde o no, llegó su
amigo el Ayudante de Marina, con quien tenía pendiente
un partido de billar... porque ésta es otra de sus
aficiones y el único vicio, eso es, que se le conoce;
y fuéronse al Casino poco antes de llegar ustedes...
Que lo siento en el alma, ¡caray! porque se hubieran conocido
aquí todos, y eso tendríamos adelantado...
Eso es.
-Y es bastante, ¡canástoles! -dijo Bermúdez
revolviéndose en su banqueta-, y hasta sobrado para
meternos en ganas de conocer de cerca a ese mozo tan simpático
y tan... Hombre, se me ocurre una idea: súbanse mañana
los dos a comer con nosotros en Peleches... Ello había
de ser; conque anticipémoslo, y de ese modo quitará
el pobre Leto el escalofrío, como los bañistas
perezosos, de un chapuzón... ¡ja, ja!... ¿No es verdad,
Nieves?
-Me parece una gran idea -respondió ésta
entregando al mismo tiempo a don Adrián las acuarelas-.
Y dígale usted, de mi parte, que cuando vaya nos lleve
algunas obras más de esta clase, para verlas... y
admirarlas... ¡Ay, qué bien lo hace, don Adrián!
¡Quién fuera capaz de la mitad de ello siquiera!
-¿De veras, señorita? -preguntó el boticario
conmovido de gusto.
-¡Y cuidado! -díjole don Alejandro-,
que ésta es del oficio, y su voto, de calidad por
consiguiente...
-¡Caray! de ese modo, ya lo creo... Sí,
señor, eso es. Pues tocante a lo del convite, yo con
alma y vida le doy por aceptado desde luego, mi señor
don Alejandro... Del chico, no sé qué decir
a ustedes: siempre me saldrá, por disculpa, con lo
de costumbre cuando le conviene esconder el bulto: con que
no puede faltar uno de nosotros de aquí, sabiendo,
como sabe, que el mancebo se sobra y se basta, sí,
señor, para el servicio ordinario; porque bien acreditado
lo tiene... eso es... Pero en un caso como éste, puede
que vaya... Irá, sí señor, irá.
Es asombradizo, como les he dicho a ustedes, o corto, o no
sé qué; pero ha corrido mundo, tiene luz allá
dentro... justamente; sabe distinguir de colores, y a ustedes
los considera... ¡caray, si los considera!... Y una descortesía
no la comete él con nadie aunque le ahorquen... Ahora,
en cuanto a llevar consigo las pinturas, ya varía...
y de eso sí que no respondo... En fin, se hará
lo posible, eso es... Y un millón de gracias por la
fineza, señores míos.
En esto entró
don Claudio Fuertes, y se habló de otras cosas; y
cuando llegó el momento de salir los tres a voltejear
por la villa, dijo el boticario al comandante retirado:
-Si tocan ustedes en el muelle, enséñeles el
yacht, aunque está fondeado un poco lejos. Ya van
enterados de todo... Eso es.
  - X -
De tiros largos
Así se presentaron en Peleches
al rayar las doce y media, el boticario don Adrián
Pérez y su hijo Leto: el primero radiante de gozo,
y el segundo no tan acoquinado como era de temerse por lo
que de él se sabe. El motivo de esta novedad consistía,
siguiendo la imagen del bañista perezoso, apuntada
por don Alejandro en la botica, en que Leto, antes de la
gran zambullida en el caserón de los Bermúdez,
había ido preparando el equilibrio de las dos temperaturas
con un par de fregoteos bastante regulares. El uno se lo
dio en el Casino; el otro, al salir de misa mayor al día
siguiente, que era de fiesta, es decir, el día mismo
del convite. En el Casino tuvo que picar algo en la conversación
general, aludido de intento por Bermúdez; y más
aún que en la conversación, en la golosina
que irradiaban en aquel antro desabrido, los ojos y la silueta
de la hechicera sevillana; porque Leto, al fin y al cabo,
era mozo de buen gusto, y mujeres de aquel arte que le miraran
a él con el interés bondadoso con que le miraba
Nieves a menudo, no habían pasado ni pasarían
jamás por Villavieja.
Esto por de pronto. Además,
al deshacerse la tertulia y ya despidiéndose de él,
le había dicho don Alejandro con gran encarecimiento,
mientras le apretaba una mano con las dos suyas:
-Mañana,
después que comamos en Peleches, iremos a ver el yacht;
pero de cerca y como debe ser visto. Conste que está
usted notificado.
-«¡Después que comamos... a ver
el yacht!» -repetía el mozo en sus adentros, enredado
en las confusiones más extrañas, mientras respondía
al expresivo Bermúdez cuatro palabras, mal urdidas,
de cortesía-. ¿Qué plural era aquél
de «comamos»? ¿Cuántos y quiénes entraban en
él?
Sin desembrollar este lío, que pasó
por su cabeza como un relámpago, oyó que le
decía Nieves, por despedida también y también
muy afectuosa:
-Y al subir a comer con nosotros, no se le
olviden a usted ciertas acuarelas que deseamos ver.
Esto
ya estaba más claro; pero no todo lo que debía
de estar. Era indudable que su padre se había despachado
a su gusto aquella tarde en la botica.
En cuanto salieron
del Casino los de Peleches, le faltó tiempo a él
para largarse hacia su casa. En dos zancadas llegó;
en breves palabras enteró a su padre de todo lo que
acababa de pasarle, y en pocas más le satisfizo el
boticario la curiosidad, declarándole todo lo ocurrido
aquella tarde en la botica. Por cierto que don Adrián
subió la bocamanga izquierda hasta el codo, y el arco
de las cejas hasta el casquete, a fuerza de rascarse y de
admirarse al ver que Leto, de quien esperaba un estampido,
en lo del convite no puso el menor reparo, y en lo de las
acuarelas se despachó con tres «carapes» seguidos
y unos muy dulces restregones de manos a las barbas.
Al
salir la gente de misa mayor, Leto, como de costumbre, se
quedó, con otros amigos, enfrente del pórtico
echando un pitillo, un párrafo y algunas ojeadas maquinales
a las villavejanas de todos los días; y hablando,
fumando y mirando, vio salir a Nieves con su padre. Bien
le había parecido la noche antes la sevillana en la
penumbra mal oliente del Casino, con el sombrerito de paja
y la túnica de color de barquillo; pero ¡cuidado si
tenía que ver en plena luz meridiana, vestida de obscuro
y con la cara monísima encuadrada en los pliegues
graciosos de su mantilla de pura casta andaluza! No pudo
menos de declarárselo así al fiscal que estaba
a su lado comiéndola con los ojos, ni, al notar que
le recordaba algo con los suyos, quizá lo de las acuarelas,
dejar de acercarse a ella y a su padre para ofrecerles sus
respetos, con la mejor intención, eso sí, pero
bien sabe Dios que con las más fuertes ligaduras de
sus nativas desconfianzas en el espíritu.
Mientras
hablaban los tres, la goma villavejana se chupaba los dedos
y no sabía de qué lado ponerse ni qué
majadería inventar para que Nieves se clavara... ¡lo
mismo que la goma de todas partes! y las hembras peripuestas
la miraban de reojo al pasar a su lado, de los pies a la
cabeza, ¡igual que todas las presuntuosas de todo el mundo!
porque son achaques esos que están en la masa de la
sangre, aun en la de los que usan taparrabo... Posible es
que Nieves no se fijara en los unos ni en las otras, aunque
cueste creerlo por lo que se sabe del prodigioso alcance
de vista que tienen las mujeres guapas para esos lances y
otros parecidos; pero podría apostarse algo bueno
a que en la comparación que hizo mentalmente, después
de mirarle de arriba abajo en menos de dos segundos, del
Leto que tenía delante, vestido de día de fiesta,
con el Leto de la víspera, desaliñado, ardoroso
y con el pelo alborotado y la barba revuelta, aunque ambos
eran buenos mozos, optaba por el segundo; es decir, por el
Leto del billar, en calidad, se entiende, de mujer artista
y esforzada.
En esto salió don Adrián con
la levita nueva, bastón de caña, sombrero de
copa muy alto, y dos dedos de cuello de camisa fuera del
corbatín; se arrimó al grupo y saludó
muy cortés a los señores; apareció el
juez e hizo lo mismo; después Rufita González
con su madre; casi al mismo tiempo Codillo y las tres Indianas,
y enseguida hasta otra docena más de los notables
que habían hecho ya la visita obligada a Peleches.
Los Vélez, escurridos y lacios de vestido y de carnes,
pasaron de largo hacia la izquierda, saludando con una cabezada
muy ceremoniosa. Las chaparrudas Carreñas, hechas
un brazo de mar, pero de mar siniestro y bravo, saludaron
con los abanicos y carraspeando, y se fueron por la derecha.
El grupo seguía creciendo y llegó a ocupar
media plazoleta con los gomosos adyacentes y otros desocupados
de diferentes pelajes. Luego se puso en movimiento todo junto,
aunque cambiando de forma como masa de agua que se acomoda
al cauce que la guía, en dirección a la Costanilla,
camino de Peleches y a la vez de la Glorieta, adonde se dirigían
todos los elegantes de Villavieja entonces, por imperio de
la moda.
En la Glorieta dieron Nieves y su padre unas cuantas
vueltas con las adherencias que traían desde la Colegiata,
y seguidos del propio zaguanete de gomosos, cosa que encendió
las iras de las villavejanas desperdigadas y desatendidas
entonces por sus habituales cortejantes, y les dio motivo
para despellejar viva a la pobre Nieves. Sábese que
quien más apretó la dentellada en aquella puja
de mordiscos fue la Escribana mayor, que, según fama,
se bebía los vientos por el hijo del boticario. Le
había visto al salir de misa y subiendo a la Glorieta,
y en la Glorieta misma, arrimado a la sevillana, y en gran
intimidad con ella algunas veces. ¡El grandísimo pazguato
que jamás tuvo dos palabras al caso para pagarla las
muchas con que ella le había buscado la lengua en
más de cuatro ocasiones! Así es que en cuanto
se retiraron Nieves y su padre a Peleches, que fue muy pronto,
y el boticario y Leto a su botica, se armó en la Glorieta
la de Dios es Cristo entre los galanes villavejanos y las
respectivas damas, que no querían ser plato de segunda
mesa... mientras Maravillas, sentado en el último
banco hacia el mar, solo, quietecito y sosegado, flagelaba
con su eterna sonrisa de compasivo desdén, aquel cuadro
de miserias humanas, fruto natural y lógico del lamentable
resabio de ir a misa y creer en Dios.
Viniendo a lo que
importa, fue el caso que Leto bajó a la villa bastante
satisfecho de su hazaña; que a pesar de estar bien
vestido, cambió de corbata y de chaleco después
de arreglarse el pelo, de cepillarse mucho las barbas y la
ropa y de lavotearse las manos; que al volver a la botica,
donde le aguardaba su padre en conversación con el
mancebo, llamó a Cornias (luego se sabrá quién
era este personaje) y le dio varias órdenes con mucho
encarecimiento; que después fue a su atril, y de un
cartapacio que tenía allí muy escondido bajo
papelotes y libracos, sacó hasta una docena de obras
suyas, entre acuarelas y dibujos, escogidas, muy escogidas,
en su abundante colección; que las envolvió
convenientemente, y que diez minutos después, él
y su padre atravesaban la plazoleta inundada de sol, que
achicharraba, en dirección a Peleches.
-Ya ves, Leto
-le decía muy regocijado su padre, y por lo bajo para
que no se enteraran de la conversación las gentes
que volvían de la Glorieta-, cómo el león
no es tan fiero como le pintan. Muchas veces nos alucinamos...
eso es... nos ofuscamos, por ver y juzgar de lejos las cosas.
Y a ti, ¡caray! te ha pasado mucho de eso. Dígotelo,
porque al fin vas, ¡caray! vas, sí, señor,
y sin grandes resistencias, y hasta llevas esas pinturillas
contigo... ¡bien llevadas, muy bien llevadas! eso es; muy
bien llevadas, por lo mismo que te las han pedido y desean
verlas... Yo pensé... ¡ahí tienes!... que no
te prestarías a ello, porque hasta de mí las
has escondido siempre, por esas rarezas, ¡caray! que nunca
he podido explicarme... eso es... Pero la fuerza de las cosas
ha querido que el león se te vaya a la mano; y, como
te decía antes, no te ha parecido tan fiero como visto
a larga distancia... eso es... y ya te das a partido, ¡caray!
Leto, sonriendo de cierta mane |