  - XV -
Cartas cantan
«Queridísima Virtudes: ¡Cómo
me habrás puesto, allá a tus solas! ¡Qué
cosas habrás pensado de mí! Al despedirme de
ti en Sevilla, muchas promesas; y después, si te he
visto no me acuerdo. No te lo digo porque sea verdad, sino
porque imagino que lo dirás tú cuando me tienes
en la memoria. Ni es verdad eso, ni siquiera de su casta...
Es decir, verdad es que te prometí escribirte a menudo,
y verdad que no lo he hecho hasta hoy; pero no es verdad
que me haya olvidado de ti, ni podría serlo aunque
yo hubiera querido y tú te hubieras empeñado
en ello también. Yo me acuerdo de ti todos los días
y a todas horas: lo que hay es que con los mejores propósitos
de escribirte «mañana» cada vez que apago la luz para
dormirme, viene el diablo con una trampa de las suyas en
cuanto me despierto... y hasta la otra. Porque tú
pensarás que en una soledad como la de Peleches, hasta
por recurso de distracción debiera ser yo muy diligente
en escribirte, y que cuando no lo hago ni siquiera para entretener
el fastidio que debe de estar consumiéndome, señal
es de que no me acuerdo ni de la Virgen de tu nombre. Pues
ahí está, Virtudes de mi alma, tu grandísima
equivocación: en suponer que yo me aburro en esta
soledad ni poco ni mucho, ni siquiera un solo instante. Lejos
de aburrirme, son tantas las distracciones que tengo, que
me falta tiempo para todo, hasta para escribirte; solamente
me sobra para conocer mi pecado y sentir sus mordeduras en
la conciencia. ¡Esta sí que es la pura verdad!
»Hoy,
no porque está el día lluvioso y no se puede
salir, sino porque ya lo tenía decidido con toda resolución,
te voy a consagrar la mañana entera, y aun la tarde,
si fuere menester, para escribirte una carta que valga por
todas las que te debo, y un poquito más a cuenta de
las posibles faltas sucesivas; porque ya sabes que somos
pecadoras y que caemos a cada paso, por mucho cuidado que
pongamos al andar.
»Pues verás tú, Virtudes,
lo que pasa: yo sabía lo que era Peleches por lo que
había oído a papá: un lugar muy alto
y despejado, y en lo más llano de él, nuestra
casa, la única casa en todo Peleches, con grandes
vistas a la mar y hermosos campos por los otros lados: lo
que a mí me gusta sobre todas las cosas del mundo,
como tú sabes muy bien; pero, amiga de mi alma, ¡qué
diferencia de lo pintado a lo vivo! Maravillada me quedé
al ver con mis propios ojos el incomparable panorama que
papá me fue enseñando desde los balcones de
esta casa al día siguiente de llegar, de noche y obscura
como boca de lobo; de manera que todo cuanto iba viendo aquella
madrugada, era nuevo para mí. ¡Qué mar! ¡qué
montes! ¡qué vega! ¡qué puerto! No me cansaba
de contemplarlo, ni me canso hoy, ni me cansaría jamás,
aunque me pasara la vida contemplándolo.
»Por aquí,
no me había engañado la ilusión: para
pintar, para pasearme por mar y por tierra, para sentir,
para soñar... para todo y mucho más, daba lo
que tenía delante. Pero, amiga, quién te dice
que, a lo mejor de mis entusiasmos, ahí viene la etiqueta
de las gentes villavejanas... ¿Te he hablado algo de Villavieja?...
Espérate que repase lo escrito... No... Pues Villavieja
es el pueblo, la villa a que corresponde el sitio de Peleches:
Peleches en lo más alto, y Villavieja en lo más
bajo, pero casi unidos por una calle muy mala y un paseo
regular. Villavieja es un poblachón negro y antiguo,
sucio y desmantelado, con mucha gente desocupada, unos señores
muy raros, unas señoritas muy cursis y otras muy estrafalarias.
También hay personas muy apreciables; pero pocas.
Pues a lo que iba: sin darnos tiempo para sacudirnos el polvo
del camino, ¡zas! una nube de visitas; y enseguida otra...
¡Ay, Virtudes de mi corazón! ¡qué fatigas aquellas...
y qué tipos de señoritas, y de señoras...
y aun de señores! De lo que hicieron y dijeron y las
galas que traían, no te quiero hablar aquí,
porque no puedo: es materia demasiado larga; y además,
para que la pintura resulte fiel, hay que remedar voces y
movimientos, gesticulaciones y otras cosas muy importantes.
Quédese todo ello para pintado al natural cuando nos
veamos, y conténtate con saber ahora que cuando me
vi enredada entre tanta visita y con la obligación
de pagarlas una a una, y hasta con ciertas amenazas sordas
de festivales solemnes y de reuniones particulares, me espanté
como si toda la mar y toda la villa, hecha escombros, se
me vinieran encima. Pero me tranquilizaron papá y
unos señores muy buenos que andan aquí con
nosotros, asegurándome que aquello pasaría
en media semana, y que en otra media quedaría pagado
en lo que valía.
»Y así sucedió afortunadamente.
Hecha nuestra última visita, vivimos libres e independientes
como el aire que respiramos en estas alturas; y tan ocupadas
tenemos las horas, que, según te dije al principio,
hasta para escribirte me ha faltado tiempo; y verás
como no hay exageración en lo que te digo. Sabes que
tengo la pasión del campo, la pasión de la
mar, la manía de andar mucho, y el vicio de embadurnar
lienzos y papeles, por no decirte que tengo el vicio de pintar;
pues para saborear y dar fomento a estos vicios y pasiones,
hay aquí no solamente los medios abundantes que ofrece
la Naturaleza, sino ciertos recursos accesorios, pero de
grandísima importancia, que me ha proporcionado la
casualidad. Hay, por ejemplo, quien conoce este paisaje senda
a senda y palmo a palmo, y tiene, como yo, el vicio de andar
por él; hay quien pinta y dibuja admirablemente; hay
un barquito de paseo, un balandro... un yacht primoroso que
está a mi disposición, y quien le gobierna
con una destreza y una serenidad, que te pasmarían...
hasta hay, por haber de todo, quien oiga con corazón
de artista algo de lo que yo toco al piano, y aun cante,
con hermosa voz, parte de ello, acompañado por mí.
Con esto no podía contar yo, racionalmente, al venir
a Villavieja; y mucho menos con que el incansable guía,
el andarín entusiasta de la Naturaleza, y el pintor
y el diestro piloto, y el dueño del hermoso yacht,
y el aficionado a la buena música, estuvieran reunidos
en una sola persona, un mozo que no pasará de veintiocho
años. Pásmate ahora más: este mozo es
farmacéutico; y ¡pásmate más todavía!
se llama Leto de nombre y Pérez de apellido; es decir,
Leto Pérez, boticario de Villavieja, como le pondrán
en los sobres de las cartas. ¿No parece mentira?... También
nos acompaña mucho, casi tanto como él, un
señor de muy buena sombra, don Claudio Fuertes y León,
comandante retirado y administrador y apoderado de papá
aquí. Pero éste, aunque es muy bueno, y fino
y cariñoso, y con caídas deliciosas, es ya
un señor mayor, y además, con un miedo a los
paseos marítimos, que nos hace morir de risa. Figúrate
que él es de Astorga... A estos dos sujetos y a don
Adrián el boticario, padre de Leto (un viejecillo
todo negro de arriba abajo, menos la cabeza que es gris,
y la carita trigueña, muy bueno, ¡buenísimo!),
que nos acompaña un rato hasta la hora de cenar, está
reducida nuestra sociedad en Peleches. Pues con ella sola
y lo que Dios ha esparcido con tanta abundancia y hermosura
alrededor de este «solar de mis mayores», como dice papá,
resultan maravillas de placer... Por supuesto que a ti que
te espanta la soledad, y te entristece el ruido de las arboledas,
y te hechiza el de la calle, y te embriaga el vaho de los
salones, ha de parecerte inconcebible lo que te afirmo; pero
te advierto que no trato de que me envidies, sino de que
sepas lo que me pasa. Recuerda, para que te cueste menos
trabajo creerme, en cuántas cosas he andado yo al
revés de las demás. Por ejemplo (y te le cito
porque me le has citado tú bien a menudo, como de
lo más asombroso de mis rarezas): yo entré
en el colegio, por gusto mío tanto o más que
de mi padre, a la edad en que algunas colegialas dejan ya
de serlo; y todo el afán que tuviste tú, y
de ordinario se tiene entre vosotras, por vestirse de largo,
le tuve yo por continuar vestida de corto, y si no de corto
precisamente (porque a ciertas alturas de la vida hubiera
sido eso una ridiculez además de una grande inconveniencia),
de entre día y noche siquiera, a modo de crepúsculo
indeciso, que no te obliga a nada y en cambio te deja libre
entre la muchedumbre anónima, con los sentidos muy
espabilados: vamos, una ganga para verlo todo sin ser vista
de nadie. Así fue que cuando por primera vez me vestí
de señorita disponible, ya estabas tú de vuelta
buen rato hacía. De las cosas del mundo por dentro,
no conozco sino lo que vosotras me habéis contado;
otro poquito más que he atisbado por las rendijas
al pasar, principalmente con mis Mary, aquella institutriz
inglesa que despidió papá de muy buena gana
al entrar yo en el colegio, y había tomado un año
antes; lo poco que he aprendido con el trato de las amistades
de casa, y lo que se ve o se trasluce en las páginas
de algunos libros y entre renglones de otros. Con estos antecedentes
a la vista y lo que sabes de mis gustos e inclinaciones,
¿podrá chocarte lo más mínimo que con
los enumerados elementos de diversión que hay en Peleches,
y a ti te matarían de pesadumbre, me pase yo las horas
sin sentirlas?
»Mis contrariedades correspondientes llegué
a tener dentro de ello, no te creas, y aun empecé
a sentirlas un poco, porque los amigos no son de hierro,
y papá no está ya, por falta de costumbre,
para abusar de ciertas valentías; pero todo se fue
venciendo con la mayor facilidad y hasta con ventajas para
mí; pues me he avezado a andar sola cuando no tengo
quien me acompañe por estos despejados alrededores,
y sola voy también con Leto en su yacht, cuando papá
no se encuentra de humor para venirse con nosotros. Esto
de sola con Leto, no lo tomes al pie de la letra; porque
Leto siempre va acompañado de su marinero, un tal
Cornias, un tipo muy original y muy simpático, aunque
es bizco de los dos ojos. Por de contado que esta tercera
persona indispensable en el barco para ayudar en la maniobra
a su piloto, maldita la falta haría allí para
otra cosa, sino por el bien parecer; y si tú conocieras
a Leto como le conozco yo, pensarías de la misma manera.
Le creo capaz de las más heroicas abnegaciones. No
te rías; porque te juro que es de lo más singular
que se ha visto este sujeto. Primeramente es un gran mozo,
no por la talla, que no pasa de la regular, ni por lo aparatoso
ni relumbrante, sino por lo varonil y lo que puede llamarse
bien hecho de pies a cabeza; guapo, muy guapo, de hermosos
ojos, preciosa barba, pelo abundante, cutis algo tomado por
el sol y el aire, pero jugoso... de hombre sano... en fin,
un hombre, lo que se llama un hombre en toda regla. Esto
es lo primero que se echa de ver en Leto Pérez...
si él no sabe que se le mira; porque si lo sabe, ya
es otro. Y ésta es una de las singularidades de este
chico: se empeña (o mejor dicho, se empeñaba,
porque últimamente ya no se empeña tanto) en
que es una persona enteramente insignificante en hechos,
en dichos y en pensamientos; y esta idea le amilana, le acoquina...
vamos, hasta le desmorona. No puede llevarse a mayor extremo
la modestia, de todo corazón. Te he dicho que dibuja
y pinta acuarelas admirablemente; pues ha sido preciso que
se lo afirme yo con insistencia, para que llegue a creerlo
un poco y se atreva a dibujar o a pintar delante de nosotros.
Algo parecido sucede con lo poco que canta, con una hermosa
voz de barítono; y otro tanto con su conversación:
ya no se corta delante de mí... ¡y si vieras qué
bien habla y con qué expresión tan interesante,
cuando se deja ir confiado en sus propias fuerzas! Al principio
era delicioso hablando conmigo: aunque en la mirada inteligente
se le conocía que no ignoraba dónde estaba
la salida de su apuro, siempre salía por lo peor y
lo más desairado. Tan atolondrado se ponía.
¡Y qué manera tan deliciosa tenía a veces de
enmendar lo que él llamaba sus gansadas! Te asombrarías
de lo candoroso y noblote que es, si te contara el caso de
cierto clavel que a mí se me cayó de la boca
y recogió él del suelo; cómo le volvió
a tirar porque ya no me servía; cómo y cuándo
y de qué manera tan original volvió a buscarle
y le guardó como oro en paño, y cómo
llegué yo a descubrirlo todo. Por supuesto que no
me di por ofendida con la inocentada, ni había motivos
para ello. Esto le alentó algo; y puede decirse que
desde entonces data la relativa serenidad con que se conduce
delante de nosotros.
»Pero donde hay que verle es en su
balandro primoroso, regalo de un inglés espléndido
que vivió en Villavieja dos años, y llegó
a entusiasmarse con las raras prendas de este chico. ¡Allí
sí que es otro hombre, Virtudes! Allí no conoce
a nadie, ni se intimida por nada. Él es señor
y rey de la escena y del escenario. Lo mismo que el jinete
con su caballo brioso, parece que se identifica él
en la mar con el esbelto barquichuelo que la domina. Allí
es Leto, en cuerpo y alma, en pleno señorío
de sí mismo y tal como Dios quiso que fuera. No se
temen peligros a su lado; y viéndole sonreír,
con la noble e inteligente mirada puesta en todo, me dejaría
llevar en aquella cáscara de nuez hasta los confines
del mundo sin el menor recelo...
»Y hagamos un alto aquí,
porque me asalta de repente una sospecha reparando en el
calor de lo que dejo escrito sobre el hijo del boticario
de Villavieja, y recordando lo maliciosa que eres tú.
Aunque no lo fueras, te reconocería cierto derecho
ahora para dudar del desinterés de mis elogios; porque
yo misma, con ser como soy, cuando he visto en algún
libro entretenerse a la heroína en semejantes ponderaciones
de un galán circunvecino, al punto me he dicho: «cogidita
te tengo, clavadita me estás.» Ya ves si soy franca,
Virtudes. Pues te equivocarías si tal pensaras de
mí con relación a este mozo, por lo mucho que
te le ensalzo. Ni barruntos hay siquiera de lo que pudieras
presumir, ni trazas de que a él le haya pasado por
las mientes la menor idea de esa especie, ni razón
para que pase tampoco por las mías... Empiezo a vivir
ahora; acabo de salir, como quien dice, del nido, con hambre
de libertad y de espacio en que gozarla sin estorbos; ¡y
había de?... ¡qué locura, Virtudes! Simpatía
profunda; estimación grandísima; amistad sincera,
eso sí, porque todo se lo merece... Lo positivo, lo
cierto, es que si se me preguntara hoy por quien tuviera
en su voluntad el don de arreglar las cosas al capricho de
la mía, qué es lo que más ambiciono,
respondería sin titubear y con el corazón en
la lengua: «que no tenga fin esta vida que ahora traigo.»
Y nada más ni nada menos, Virtudes; créasme
o no me creas.
»Y vamos a otra cosa. Mi primo Nacho debe
de estar aquí dentro de quince o veinte días:
nos ha escrito ya su llegada a Inglaterra. Con este motivo
le hemos arreglado su gabinete del mejor modo que nos ha
sido posible con los pocos recursos que hay a mano. Yo creo
que ha quedado muy bien; pero a papá todo le parece
poco para ese sobrino...
»Como él es tan menudito
de formas y parece, por el estilo de sus cartas, la misma
languidez en carne y hueso, me temo mucho que no sirva maldita
la cosa para la vida que hacemos aquí. Si resulta
esto verdad, y por miramientos de cortesía tenemos
que acomodarnos nosotros a su modo de andar... ¡entonces
sí que me voy a divertir! Hoy por hoy, me apuran un
poco estas dudas. Esto no es decirte que sienta la venida
de mi primo; pero si me dijera que por su gusto renunciaba
a venir, o que lo aplazaba hasta el otro verano, puede que
me alegrara la noticia. ¿Me quieres más franca?
»Pienso
comenzar muy pronto una larga tanda de baños de ola:
no porque los necesite, sino por probar de todo lo bueno
que hay aquí; y la playa esta es de las mejores del
mundo, en opinión de los villavejanos que no la usan
nunca para eso... ni para cosa alguna.
»Se espera dentro
de unos días la llegada de El Atlante, un vaporcillo
costero, el único barco que entra en este puerto y
da que hacer a su aduana. Viene cada seis u ocho meses a
cargar el carbón de piedra que se ha ido acopiando
en una mina de ello que tiene un sujeto de aquí. Dicen
que la entrada de ese vapor es siempre un acontecimiento
en Villavieja, y la única ocasión en que se
ven villavejanos en el muelle y sus inmediaciones. Es curioso,
¿verdad? Por eso te lo cuento, y también porque no
tengo cosa mejor que contarte, por ahora.
»Con motivo tan
poderoso y la promesa formal de ser más diligente
para escribirte en lo sucesivo, termino aquí esta
carta ofreciéndote su extensión y las franquezas
de que va henchida, como ejemplos que estás obligada
a imitar cuando me contestes; sobre todo el de la franqueza.
Con ella y el acopio que habrá en casa, ¿qué
mejor novela para mí que la carta que me escribas?
»En espera de ella, te abraza con toda su alma tu amiga
»NIEVES.
»Agosto 5 de 18...» «G. P. SHAPCOAT ESQ.» »119,
Grave Street-Liverpool.
». . . . . . . . . . . . . . .
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»Tal es la historia fiel de los sucesos, limpia y descarnada
de todo comentario. Con la idea que tiene usted formada,
y bien formada, de mi carácter, ¿no le parece inverosímil
el papel de galán que hago yo en ella, e imposible
que haya logrado acomodarme a él? No en vano le he
pronosticado a usted varias veces, hablando de la imperturbable
quietud de Villavieja, que la primera novedad que ocurriera
aquí había de ser muy extraña. Pues
ya se han cumplido mis pronósticos... El milagro se
obró como se obran casi todos los de su especie: con
un poco de casualidad y otro poco de... ¡qué carape!
me voy convenciendo de que, la mayor parte de las veces,
la culpa de las propias debilidades estriba en los resabios
ajenos; en la falta de compensaciones mutuas; en el empeño
tonto de tomarle a uno por su lado más inútil
para el destino que se le quiere dar. Lo contrario de lo
que ha sucedido aquí. Ya le he hecho a usted la pintura
física y moral de Nieves: pues imagínese usted
ahora a esa criatura tan linda, tan inteligente, de alma
noble y esforzada, y de corazón limpio y sano como
una bolita de oro, con los mismos gustos y las propias aficiones
que yo; supóngala empeñada en que pinto mejor
que Velázquez, que canto como un ruiseñor,
que soy el más diestro piloto del mundo, y que no
tengo precio para dirigir y disponer expediciones campestres;
añada usted que me hace su maestro, su guía
inseparable, su confidente y su amigo más íntimo,
y añada usted también que es persuasiva por
la fuerza de su talento clarísimo, y otro tanto por
la virtud de su belleza; y ¡qué carape, hombre! o
ha de ser uno un adoquín, o ha de creer y entregarse:
entonces o nunca. Y cuando se ha dado este paso, se concluye
mirando hacia dentro, metiendo la sonda en el meollo, desmenuzando
lo que hay allá, viéndolo con ojos de aumento,
estudiándolo con calma, estimándolo con cariño
y dándose por muy satisfecho del hallazgo, por mezquino
que sea; satisfacción que trae consigo cierta seguridad,
cierta confianza que antes no había en las propias
fuerzas morales... Todo esto creo yo que es muy disculpable
y hasta natural en la mísera condición humana.
Cada cosa pide su elemento propio para vivir y desenvolverse.
Las ideas del hombre están en el mismo caso: se educan,
se fortalecen y aun se iluminan con el concurso de ciertos
agentes externos que parecen providenciales en determinados
casos de la vida. -¡Carape si se me ocurren cosas bonitas
ahora!- El quid está en que esos agentes salgan de
su escondite y la quieran tomar con uno, como la han tomado
conmigo en esta ocasión... y Dios se lo pague, por
el buen servicio que me han hecho. Bien se está en
el limbo de la insignificancia; pero se está mejor,
porque se vale mucho más, donde yo me encuentro ahora;
no en la región de los soles, porque no soy águila,
pero sí donde se ve claro y no se anda a tientas.
Pero ¡qué más? ¿No ve usted mi lenguaje? ¿No
ve usted mi estilo? ¡Leto filosofando! ¡Leto metafísico!
¡Leto sentimental! ¿Quiere usted novedad más extraña
ni milagro más patente, para un lugarón como
Villavieja? ¿Se han cumplido o no mis pronósticos?
»Pero supongamos que está usted de acuerdo conmigo
en este punto, y que da por bueno el modo de obrarse el prodigio:
«Corriente», piensa usted enseguida, «ya veo que porque quiso
ella, Nieves Bermúdez, la bella, la inteligente, la
rica, la discreta, la de alma noble y corazón de oro;
porque lo quiso, en fin, una mujer como no se ha visto en
Villavieja ni volverá a verse en los siglos de los
siglos, tú, Leto mísero, te levantaste y andas;
pero ¿adónde vas?» ¡Carape si es usted malicioso!
¿Qué sé yo adónde voy? Voy a todas partes
y a ninguna, y ando porque me va bien así, porque
me gusta andar. No vale confundir la luz con el astro que
la produce: ¡bueno fuera que no pudiera amarse la una sin
codiciar al otro! ¿Habría locura mayor? Pues tan grande
como ella la cometería yo si mis devociones cayeran
del lado de las sospechas de usted. Lo quiero advertir en
tiempo: soy un admirador agradecido, no un enamorado: lo
primero le es lícito a cualquiera; para lo segundo
se necesita un atrevimiento que no cabe en mí, ni
cabrá jamás, porque no hay razones para que
quepa. ¿Cómo he de desconocer yo que lo que por más
entra en la inclinación de Nieves hacia mí,
es la identidad de aficiones que existe entre los dos? Sin
esa coincidencia, yo sería para la hija de don Alejandro
Bermúdez un villavejano más; a lo sumo, el
hijo del boticario don Adrián, antiguo y buen amigo
de su padre. ¿Ni por qué había de ser otra
cosa mejor? Tampoco pretendo llevar mis escrúpulos
hasta el extremo de suponer que Nieves me agasaja solamente
porque me necesita; pues si tan delgado lo hiláramos
en el mundo, ¿adónde iríamos a parar, ni en
qué pondríamos nuestros afectos que los creyéramos
bien colocados? La estimación entre dos personas,
por algo ha de empezar; y por cierto que no siempre este
algo es de tan buena ley como el que ha engendrado la amistad
con que me honra la hija de don Alejandro Bermúdez.
Puestas las cosas en este punto, el único en que deben
ponerse, el hecho final resulta (que es adonde yo me dirigía):
la luz se hizo y el milagro se obró en mí.
¿Lo quiere usted más claro? Pues le juro que temo
enturbiarlo si insisto en esclarecerlo.
»Por lo demás,
¡qué carape! en casos tan excepcionales como éste,
las sospechas de cierto género son casi de necesidad.
¡Si a mí mismo me asaltan algunas veces! Ya se ve:
en el ir y venir de las ideas, en el menguar y en el crecer
de los entusiasmos, los límites y los terrenos se
confunden, y se hace un amasijo allá, tan enmarañado
y tan rebelde, que para deshacerle no basta en ocasiones
toda la fuerza analítica del discurso. Pudiera citar
a usted muchos ejemplos de ello. Vaya uno de muestra, por
de pronto: Nieves tiene un primito mejicano, con quien se
ha de casar según se dice; y el retrato de este primito,
que está para llegar a Peleches de un día a
otro, ocupa en el estudio de Nieves un lugar de preferencia.
Por ese retrato sé yo que el primito es muy guapo;
y por lo que me han contado, que es muy rico y muy bueno.
De todo ello me alegraba yo en los primeros días de
conocerle: nada más natural, ¡qué carape!...
como lo es hoy, porque sigo estimándole en todo lo
que merece por las trazas, que son superiores, como he dicho;
sólo que en algunas ocasiones, desde que sé
que está para llegar, lo mismo es acordarme del retrato
o ponerme a contemplarle, que ya me tiene usted con cierto
disgustillo de ver guapo al galancete, y de saber que es
rico y bondadoso... vamos, que me nace en el corazón
algo, como deseo vago de que el primo no asome por acá
en todos los días de su vida, y de que, si asoma,
resulte picado de viruelas, y tonto por añadidura
y pobre por remate. ¿Ha visto usted barbaridad semejante?
Tan enorme me parece a mí y tan fuera de toda disculpa,
que por sentirla escarbándome las mientes, ya estoy
abominando de ella. «¿Quién eres tú, gaznápiro»,
me digo, «para atreverte a esas cosas? Si es guapo, si es
rico, si es despierto y honrado, y Nieves le quiere, y en
quererle y en hacerle su marido cifra su felicidad, ¿a ti
qué te importa? ¿Así la pagas las distinciones
con que te honra y la estimación que te da? ¿Te abrieron
de par en par las puertas de Peleches para eso? ¿Está
bien que entrando por ellas como amigo honrado, pretendas
quedarte adentro como amo y señor de los señores
mismos? ¡Tú, obscuro villavejano, prosaico farmacéutico,
gusanejo vil de la tierra, atreverte al sol mismo que con
su calor te dio la vida! ¿Dónde se ha visto cosa semejante?...
Paga, paga, tus deudas de esclavo, barriendo los suelos donde
ella pise, y avergüénzate de haber levantado
los ojos tan arriba.» ¡Carape qué cosas tan tremendas
me digo en esas ocasiones; y cómo me zumban los oídos
con el sonrojo, solamente con imaginarme que pudieran haberme
leído tan malos pensamientos en la cara! Y todo por
la arrastrada confusión de ideas; por el feo vicio
que una tiene de afinar con el análisis las que mejor
le parecen. Una pregunta, un gesto, una mirada, que no son
la mirada, el gesto y la pregunta de todos los días,
ya nos da que cavilar, que pesar y que medir para un buen
rato... hasta que viene el sentido común dando la
medida exacta de las cosas y poniendo a cada una de ellas
en su correspondiente punto de vista; y se acaba la alucinación.
»He dicho a usted que me parecen las regiones de la luz
que ahora habito, mejores que el limbo de antes, y lo son
real y efectivamente, pero esto no impide que si se dejara
a mi arbitrio el volver o no las cosas a lo que fueron sin
quedar de las actuales el menor rastro de su paso en la memoria
ni en el corazón, vacilara yo mucho antes de decidirme.
Bueno, saludable, hermoso es lo presente; pero cada vez que
considero que puede tener su fin a la hora menos pensada;
que los moradores de Peleches desaparecen de aquí;
que el palación se cierra y vuelve a dormitar silencioso
en sus alturas, ¡ay, qué triste de color lo veo todo!
¡qué negro me parece el solar de los Bermúdez;
qué turbio el mar; qué largas las horas, y
qué insulsa la vida! En estas lobregueces de la fantasía,
acepto al mejicanito rico, docto y sin viruelas, si con él,
por amo y señor de la señora y ama de Peleches,
quedan las costumbres de allí en el mismo ser y estado
en que ahora se hallan; con lo que le doy a usted una prueba
bien evidente de que mis entusiasmos no pasan de los límites
racionales que les corresponden; de que mis ambiciones se
cifran en el goce de la luz, no en la absurda codicia del
astro luminoso; en vivir como ahora vivo, en una palabra.
»Y vea usted lo que son las cosas: cifrando en este método
de vida todos mis goces, esos buenos señores de Peleches
creen prestarme un gran servicio aliviándome de vez
en cuando de lo que ellos juzgan pesada carga para mí.
¡Pesada carga conversar con Nieves, recoger sus impresiones
de artista y de mujer observadora, y sus confidencias siempre
originales y espontáneas y tan pintorescas como todo
lo que brota de su luminoso pensamiento! Con un pretexto
cualquiera se hace un alto en el programa y se nos licencia
temporalmente a don Claudio Fuertes y a mí. Ahora
estamos en uno de esos paréntesis fastidiosos, o compases
de espera, como los llama el comandante, que los deplora
bastante menos que yo. Llevo tres días sin ver a los
señores de Peleches más que un ratito al anochecer;
y como las horas desocupadas se me hacen siglos y el tiempo
está hermoso y los entretenimientos viejos del Casino
no me satisfacen, el yacht lo paga.
»Sobre esto del yacht,
sólo le he dicho a usted que Nieves se perece por
andar en él, y que su padre, menos aficionado que
ella a esta diversión, cuando no quiere o no puede
acompañarla, tolera muy gustosa que vaya sola conmigo
y con el famoso Cornias; pero nada le he hablado de lo intrépida
que es allí; de cómo se le revela el placer
de que va poseída en el ardor de la mirada y en la
gallardía de sus posturas; ni de cómo me tienta
y seduce con palabras o con gestos más tentadores
que ellas, a que fuerce y obligue al balandro a hacer lo
que yo no quiero que haga, ni debe de hacer cuando lleva
una carga tan preciosa... ¡Y el demonio del barquichuelo,
como si lo conociera, hombre! Hasta al mismo Cornias se le
antoja que parece otro cuando va Nieves dentro de él.
¡Carape, cómo se gallardea entonces, y con qué
gracia escora y hace hablar al aparejo, y se desliza y gatea!
En fin, una pura monada. Verdad que siempre fue una maravilla
en estos particulares; pero así y todo, cabe mejorarse,
y bien sabe usted lo que influyen en el aspecto de las cosas
la distancia, la clase y el punto de la luz que las ilumina.
«Al fin», me digo yo en estos casos, «la largueza de mi incomparable
amigo halló su merecido premio; ya tiene la joya un
empleo digno de su gran valor.» Y entonces, amigo mío,
no me remuerde la conciencia por ser dueño de lo que
no merezco, y hasta me felicito de no haber opuesto mayores
resistencias que las que opuse a la rumbosa dádiva
de usted. ¡Bien empleada está ahora! Así me
la conserve Dios muchos años.
»Pero a todo esto,
¿hago yo bien o mal en entretenerle a usted con estas fantasías
que me tienen como niño con zapatos nuevos? ¿Qué
juicio formará usted de ellas y de mí? Por
el amor de Dios, no se ría, y considere que estando
obligado a referirle los sucesos, como se los he referido
al principio de la carta, no podía dejarlos sin la
salsa de lo que añado al relato, so pena de quedar
usted sumido en más hondas confusiones, o de tomarme
por un solemnísimo embustero; porque, verdaderamente,
el caso de arriba resultaría increíble sin
la explicación de abajo, para todo el que me haya
conocido como usted me conoció. Lo que a mí
me ha faltado, y de aquí nacen mis temores, son uñas
para arrancar de mis adentros la entraña del asunto,
tan limpia de adherencias y piltrafas, que llegara usted
a verle con la misma claridad que yo le veo. ¡Ay, carape!
como yo tuviera esas uñas metafísicas, ¡qué
colores le hubieran resultado al cuadro ese y qué
tranquila estaría ahora mi conciencia de narrador!
Pero es lo que sucede siempre: pasan las cosas; va usted
sintiéndolas y estimándolas una a una, y confiándolas
de igual modo al dictamen o al afecto del amigo, y todas
ellas van pareciendo naturales y corrientes, y ordenándose
y acomodándose sin reparos, ni asombros ni aspavientos
de nadie; pero devórelas usted solo; almacénelas
adentro, y a la hora menos pensada, suelte el acopio entero
y verdadero para que se vea y se estime en su legítimo
valor: ya parecen cosas diferentes, y hasta resulta montaña
lo que quiso usted que resultara granito de salbadera, o
al revés... Por supuesto, voy hablando de lo que me
pasa a mí de ordinario, para venir a parar a que lo
que ha de asombrarle a usted, sin llegar a entenderlo claro,
viéndolo derramado en esta carta, le hubiera asombrado
menos y lo habría apreciado mejor siendo testigo presencial
de los sucesos.
»De todas maneras, ríase o no se
ría de la confidencia, guárdela usted y téngala
siempre como prenda segura del entrañable afecto que
le profesa su mejor y más agradecido amigo
LETO PÉREZ.
Agosto 10 de 18...»
  - XVI -
Gacetilla
En una ocasión, dando los de Peleches
unas vueltas, de pura cortesía, en la Glorieta a la
salida de misa mayor, observó Nieves algo de extraño
en el continente de las villavejanas; algo como forzado que
las desfiguraba a todas de la misma manera y por un mismo
patrón, si pudiera decirse así. Consultó
la observación con Leto que iba a su lado, y Leto
la dijo:
-Fíjese usted bien, particularmente en la
Escribana mayor, que es la que más lo exagera... ¿No
cae usted?
-No caigo. -Pues consiste en que han dado todas
en la gracia de imitarla a usted en el modo de andar y en
el de vestir.
Nieves se hizo cruces. Aquella misma tarde
se encontró Leto con las Escribanas yendo él
hacia la botica y ellas hacia la Glorieta. Nada tenía
esto de particular; pero sí lo tuvo el que al pasar
Leto codo con codo con la Escribana mayor, dijo ésta
en voz airada volviendo la cara hacia él, que había
saludado muy cortésmente:
-¡Escandaloso! El pobre
chico se quedó viendo visiones. ¿Por qué tal
improperio? ¿Dónde, cuándo ni cómo había
escandalizado él?... ¡Carape con el dicho... y en
mitad de la calle, y a quemarropa!.. Y aunque hubiera escandalizado,
¿qué le importaba a ella?... ¡Vaya con la grandísima!..
Pero ¿no era creíble también que la palabrota
que parecía un insulto a él, fuera simplemente
una de las dichas por la Escribana en el calor de la riña
sorda en que iría empeñada con sus hermanas,
como de costumbre?... En fin, no lo entendía; y después
de todo, ¿qué más le daba?
Leto, con la vida
que traía últimamente, andaba muy atrasado
de noticias. El sabía que a poco de llegar de Sevilla
los de Peleches y de darse Nieves a ver, los chicos de la
crema villavejense trataron de dar a la sevillanita una «velada
de honor» en el Casino; sabía que Mona Codillo y Celia
Tejares (la Indiana mayor) se prestaban a tocar a cuatro
manos las tres piezas que tocaban siempre allí y en
el salón del ayuntamiento; y sabía, por último,
que había disponible una metralla de más de
diez Poemitas y Meditaciones para acompañar al estruendo
de la música; algunos levisacs ribeteándose
de nuevo, y hasta media docena de fraques en remojo; pero
ignoraba que desde que se había notado en los Bermúdez
el propósito de aislarse en su castillón de
Peleches, y, lo que era aún peor, desde que se les
había visto excluir de sus «altivos desdenes» a «un
soldadote incivil, a un boticario chocho y al gandulón
de su hijo», es decir, «a lo más ínfimo y despreciable
de Villavieja», las cosas habían mudado de aspecto:
las chicas se negaban en redondo, las unas a tocar, las otras
a concurrir; los chicos, que tal vez aspiraran a ser tertulianos
de Peleches y caballeros rompe-lanzas de la fermosa castellana,
comenzaron a cerdear; y aunque hubo algunos menos quisquillosos
que querían entrar con todas a trueque del festival,
Maravillas les apagó los fuegos, demostrándoles
a su modo que «sólo al genio del hombre debían
de tributarse festejos, no a una quimera teológica
ni a la vanidad de un poderoso que se complacía en
humillarlos.» Que los festejara el lacayo miserable (Leto,
clavado) que les barría los suelos de rodillas por
el mendrugo que le daban. Todo esto, solamente por lo de
los primeros días; porque en cuanto se supo que Nieves
andaba sola por las escabrosidades y umbrías de Peleches,
Y llegó a vérsela, sola también, por
la bahía con el hijo del boticario, los aspavientos
no tuvieron límites, y se indignaron las mujeres,
que, al mismo tiempo, se afanaban por imitarla en el corte
de los vestidos y en la manera de andar.
Bien ciego y bien
sordo necesitó estar Leto entonces para no ver ni
oír lo que se hizo y se dijo en Villavieja contra
la «desvergonzada andaluza, el estúpido Macedonio»
(había cundido el mote, por lo visto), y contra él,
contra Leto, «el majagranzas enfatuado y corruptor escandaloso»
de las buenas costumbres de allí. Porque las Escribanas
y las de Codillo, y Rufita González, pero principalmente
las Escribanas, eran las que lo cernían en tertulias
y en paseos, y las que escupían de medio lado y se
tapaban las narices en mitad de la calle en cuanto oían
nombrar a los Bermúdez o cosa que les perteneciera;
lo que no impedía que cuando los tenían delante
se despepitaran buscándoles el saludo.
La Escribana
mayor, que tenía, por lo visto, sus motivos particulares
para ir a la cabeza de aquella conjuración de mujeres
y de mozuelos desocupados (porque de aquí no pasó
la riada), pescó un día a tiro a Maravillas
y le dijo que no tendrían agallas ni pundonor él
y cuantos con él andaban en el fregado de un periódico
en letras de molde, si no le echaban cuanto antes a la calle,
pero lleno de metralla contra ciertos malos ejemplos que
corrompían las honestas costumbres de ciertos pueblos
honrados, y contra los traidores escandalosos que ayudaban
a los de fuera en la corrupción de los propios. Maravillas
cantó sus ansias civilizadoras y sus «convicciones
positivistas», en demostración de sus grandes deseos
de complacer a la Escribana; pero a renglón seguido
expuso las dificultades viles y mecánicas que había
para realizarlos: una de ellas el desánimo de sus
colaboradores para dar el dinero que se necesitaba.
-Por
eso no quede-dijo la otra en ademán trágico
de aficionado casero: -nosotras somos ricas; y por el bien
y por la honra de Villavieja, daremos hasta las enaguas.
Maravillas la estrechó la mano en silencio, y se
largó prometiendo que El Fénix Villavejano
no se haría esperar mucho.
Nada de esto ni de otro
tanto más sabía Leto aquella tarde; como no
sabía que habiendo husmeado estas cosas los Vélez
desde su palomar de la Costanilla, y manifestado por aquellos
días el entristecido Manrique propósitos de
intimar el trato de los Bermúdez para realizar un
determinado plan que había ideado y declaró
a su hermana, ésta le dijo, irguiéndose pálida
y seca, como una tibia muy grande:
-Te juro que arderá
este palacio por las cuatro esquinas, en cuanto tú
me traigas a él una cuñada de esa traza.
Por
lo cual había renunciado Manrique Vélez, a
casarse con Nieves Bermúdez.
  - XVII -
Mar afuera
Le digo a usted, ¡carape! que éste es
un problema que marea. Vengan aquí todos los sabihondos
de la tierra, y pruébenme que cabe dentro del sentido
común el que un hombre con barbas se pase media noche
en claro, por el disgusto de no haber subido a Peleches en
cuarenta y ocho horas. ¡Qué han de probar? Y mucho
menos si yo les digo: «reparen ustedes que el hombre de mi
ejemplo no tiene obligaciones que cumplir allí, ni
debe una peseta al padre, ni está enamorado de la
hija, ni Cristo que lo fundó; que no es más
que un tertuliano de la casa y un amigo que pasea a menudo
con los señores de ella, no desde el principio de
los tiempos, sino de dos meses acá; que si no ha concurrido
a las dos últimas tertulias del anochecer, es porque
a esas mismas horas ha tenido ocupaciones de importancia
en la botica de su padre, que le da el pan de cada día;
que ese hombre jamás ha conocido el mal humor, ni
tomado en serio cosa alguna de tejas abajo y de puertas afuera;
que rebosa de vida y de salud, y que nada teme, ni nada debe,
ni nada envidia... Por último, ese hombre existe en
carne y hueso; y soy yo, Leto Pérez, el hijo del boticario
de Villavieja, y boticario también.» Y entonces los
sabios me contestarían, por poco sabios que fueran:
«pues Leto Pérez, el hijo del boticario de Villavieja,
no tiene sentido común.» Y no le tengo, ¡carape! no
le tengo, y a eso iba; pues sí le tuviera, no me sucedería
lo que me sucede; porque a un hombre de sentido común
no puede sucederle eso más que en un caso, y yo niego
ese caso; y no solamente le niego, sino que la suposición
de él me parece el más enorme de los absurdos,
y además una irreverencia... ¡qué digo irreverencia?
un sacrilegio. De donde se deduce claramente que me quedé
corto cuando, escribiendo al inglés, le dije que entre
ser lo que ahora soy y volverme a lo que fui, vacilaría...
¡Vacilar, carape! a ciegas me agarro a lo de ayer. Ayer era
yo el hombre más descuidado y venturoso de la tierra;
y hoy me carga a lo mejor cada murria que me parte. ¡Qué
más? ¡Hasta el mismo oficio de que vivo empieza a
caérseme de las manos! Es una mala vergüenza
confesarlo; pero es la pura verdad. Nada, ¡carape! que, según
van poniéndose las cosas, como si yo hubiera nacido
hace dos meses. De esa fecha para atrás, el limbo...
Con decir que hasta el yacht me impone condiciones para hacerse
querer de mí... ¿Se ha visto otra? Pues así
es. O con ella a bordo, o que nones. Y en estos remilgos,
seis días de holgueta el muy tunante... Pero por esto
no paso, porque sería ya de lo inaudito... Hoy se
me han hinchado las narices, y te voy a dar tres tazas, por
lo mismo que no quieres caldo...»
Por este arte despotricaba
en sus adentros Leto Pérez bajando una mañana
hacia el muelle, sin corbata ni chaleco, con una ancha boina
en la cabeza y, por todo ropaje exterior, una americanilla
y unos pantalones de lienzo. Como arreglaba la marcha al
compás de los pensamientos, andaba con relativa lentitud,
algo cabizbajo y con las manos en los bolsillos.
Cornias
aparejaba el yacht, atracado a la escalerilla.
-¡Aviva!-
le dijo en cuanto pisó el primer peldaño, -para
ver si podemos desabocar con la vaciante y el terralillo
que nos quedan.
Enseguida bajó y se puso a ayudar
a Cornias para acabar primero. Terminada la faena, le previno:
-A desatracar para franquearnos. Cornias, con la agilidad
y presteza de un mono, empezó a cumplir la orden desanudando
la estacha de proa para largarla.
-¡Espera!-le dijo de pronto
Leto, con una inflexión de voz que revelaba algo de
extraño para Cornias.
Suspendió éste
la tarea y miró a Leto, que estaba a popa y sobre
las puntas de los pies, como fascinado, con los ojos fijos
en la blanca silueta de Nieves que acababa de aparecer en
lo alto del Miradorio.
-¡Ay, carape!- se dijo: -con esto
no contaba yo ahora. ¿Habrá visto el yacht aparejado
desde allá arriba? ¿Vendrá acá?... Por
las trazas, sí... ¡Pues buenas están las mías
para recibirla, carape!... Pero, bien mirado, no estoy sucio
ni roto... ¿Y si no nos ha visto, ni viene a lo que yo presumo?
¿Espero?... ¿Me largo?... ¡Largarme! ¡Tendría que
ver! ¿Podría, aunque quisiera? ¡Pues no están
vibrándome las fibras todas como si de pronto me hubiera
henchido de la salud que me faltaba?... ¡Carape, carape,
hombre, qué cosas éstas tan extrañas!...
Ya no la veo... ¿Por qué no serán transparentes
los breñales que me la tapan ahora? ¿Por dónde
echará? ¡Por dónde, por dónde! ¿Tienes
más que ir a verlo, simplón, cuanto más
que estás deseándolo?... Eso sí; pero
¿cómo lo tomará? ¿A bien? ¿A mal? ¡Ay, qué
arrastradas desconfianzas estas mías, que no acaban
de curárseme! A la una... a las dos... ¡Cornias! -dijo
en voz alta-, atraca otra vez... y aguárdate así,
que vuelvo enseguida.
Saltó a la escalera, la subió
en dos zancadas, atravesó el muelle y el andén
en muy pocas más, tomó el camino del Miradorio;
y al dominar el primer recuesto se halló cara a cara
con Nieves que venía por el entrellano a todo andar
también, algo sofocadita y un poco anhelante; pero
muy mona, ¡muy mona!
La pobrecilla temía llegar tarde:
había visto desde allá arriba el grimpolón
azul, y por él había presumido que estaba el
Flash atracado al muelle; y estando atracado al muelle, sería
para salir a navegar por alguna parte... «Pues buena ocasión»,
se había dicho entonces. «Puede que Leto quiera llevarme»;
y hala, hala, hala... ¡qué ira le daba aquel pedazo
de camino tan escondido del muelle, donde era inútil
hacer una seña o dar una voz! ¡Y si entre tanto se
largaba el yacht? ¡Y ella que tenía tantas ganas de
darse otro paseo en él! Desde el último, once
días lo menos... y dos sin subir Leto a Peleches,
ni dejarse ver por ninguna parte. ¿Había estado enfermo?
¿estaba enfadado, resentido de alguna cosa? ¡Qué injusto
sería en ello! En Peleches, todos, todos le estimaban
mucho y le estaban muy agradecidos.
Bien poco le quedaba
que hacer a Leto en aquella escena que tanto le imponía
desde lejos. Todo se lo daba hecho Nieves; todos los caminos
le abría ella; y ¡con qué dulzura de mirar,
con qué timbre de voz tan melodioso, con qué
volubilidad tan espontánea y hechicera! Había
que ser un leño para no atreverse, con aquel estímulo
que le parecía sobre humano, a ser un poco sincero
y expresivo también; y se atrevió a serlo.
Dijo el por qué de no haber subido a Peleches en dos
días. ¡Él enfadado, él ofendido! ¡Eso
si que era no conocerle!.. ¡cuando precisamente las horas
de esos días se le habían hecho siglos! Para
entretener el tiempo mejor hasta la noche, en que pensaba
volver a la tertulia de Peleches, había resuelto pasar
la mañana en la mar; y estando ya desatracando el
yacht para franquearse, la había visto a ella bajar
por el Miradorio, y había salido a su encuentro para
ponerse a sus órdenes, por si no había visto
el balandro aparejado, o no venía con ánimos
de embarcarse en él. ¡Carape, si recalcó lo
de las horas largas, y estuvo valeroso y ocurrente en otras
finezas semejantes el hijo del boticario! Y Nieves, tan ufana
con ellas y tan agradecida. ¡Que le preguntaran entonces
si la cruz de su nueva vida le pesaba, y si, para descargarse
de ella, quería volver al limbo por que suspiraba
poco antes!
Pero ¿por qué andaba Nieves por allí
a aquellas horas? También se atrevió Leto a
preguntárselo, caminando ya los dos hacia el muelle;
y resultó que Nieves y su padre, después de
dar un largo paseo en dirección a la mina, se habían
sentado a leer en la Glorieta: don Alejandro un periódico,
y ella aquel libro que traía debajo del brazo; don
Alejandro se cansó muy pronto de leer, y se volvió
a casa con propósito de destinar toda la mañana
a despachar su correspondencia atrasada; ella se quedó
leyendo, y advirtió a su padre que pensaba darse después
una vuelta por el Miradorio, como hacía muchas veces.
Desde el Miradorio había columbrado el palo del balandro
con su grimpolón azul, y las pícaras tentaciones
habían hecho lo demás.
-De manera, Leto -dijo
en conclusión y deteniéndose para decirlo-,
que ese paseo va a ser de contrabando, porque papá
no sabe nada de él. Téngalo usted muy en cuenta
y dígame qué tiempo se necesita para darle
por la mar... porque ha de ser por la mar el paseo de hoy,
o no me embarco.
-Pues por la mar será si usted quiere
-respondió Leto, hechizado ante el aire resuelto de
la animosa sevillana-, y podemos estar de vuelta antes del
mediodía.
-Corriente -repuso Nieves después
de meditar unos instantes, con el entrecejo fruncido. -Y
dígame usted ahora, en conciencia de buen amigo y
hombre honrado: ¿hago yo bien o mal en estas cosas?
-¿En
qué cosas? -la preguntó Leto algo sorprendido.
-En venirme sola a correr aventuras de esta especie... Es
pregunta que me he hecho a mí misma muchas veces,
y una no más a papá.
-Y ¿qué le ha
respondido a usted su papá? -volvió a preguntarla
Leto, entrando en más hondas aprensiones.
-Ya ha
visto usted cuántos paseos he dado sin él en
el balandro, con muchísimo gusto suyo... Algo le inquietan
los peligros del barco, por su poco juicio; pero como yo
no los temo y usted es buen piloto, con tal de que yo me
divierta... En lo demás, él es de opinión
de que no se viene aquí a guardar etiquetas, ni a
hacerse esclavo de miramientos vanos.
-Muy bien pensado.
-Eso creo yo también; pero ¿y ciertas gentes? ¿pensarán
lo mismo?
-¿Se fía usted de mí, Nieves? -Como
de mi padre: se lo juro a usted.
-Pues entonces, ¿qué
le importa a usted el juicio de esas ciertas gentes? Haga
usted su gusto y ríase de ellas.
-¿Lo cree usted,
Leto?
-De todo corazón. -Pues no se hable más
de esto.. -Y dígame usted. ¿está el día
a propósito para salir a la mar?
-¿Lo intentaría
yo si no lo estuviera, Nieves? Y dígame usted a mí:
¿no se incomodará don Alejandro conmigo cuando sepa
que sin su permiso he consentido en hacer eso que tan poco
le gusta a él?
-No, señor, con tal de que
estemos de vuelta antes de que él pueda alarmarse
con mi tardanza.
-Eso corre de mi cuenta. Son las nueve
menos cuarto... a poco más de las once puede usted
estar en Peleches... porque no hemos de llegar a la Isla
de Cuba... digo, cuento con que no se te antojará
a usted.
-¡Me hace gracia la ocurrencia!... ¿Y si se me
antojara, Leto?
-¡Si se le antojara a usted?... También
eso me hace gracia a mí. Pues tenga usted la bondad
de que no se le antoje, por de pronto... ¿Se cansa usted
con el paso que llevamos?
-¡Bah! -Es que no hay tiempo
que perder si hemos de salir con la vaciante y antes de que
salte la brisa. Por eso me he permitido...
-¿Quiere
usted que corra más todavía?
-No hay necesidad:
ya estamos a dos pasos del muelle.
-¿Quién es ese
tipejo que se pasea en él?
-Un tal Maravillas: algunas
veces anda por aquí, para que crean las gentes que
estudia en el gran libro de la naturaleza: es filósofo
y ateo.
-¡Jesús! -Sí, señora: un chico
atroz. Ahora le trae al retortero la idea de publicar un
periódico, y no acaba de publicarle.
-¡Con qué
sonrisilla nos mira!...
-De puro ateo y compasivo que es;
sólo que el mejor día le va a borrar alguno
la sonrisilla esa de un bofetón... digo, me parece
a mí... ¡Ajá!... ya estamos... Hoy no basta
la mano, porque son muchos los escalones descubiertos y están
algo resbaladizos: tenga usted la bondad de tomar mi brazo...
¡Atraca bien, Cornias, y ten firme!... Poco a poco, Nieves...
Déjeme usted pasar primero al balandro... Deme usted
su mano ahora... Muy bien... Ya estás botando, Cornias;
y en el aire... ¡Listo el foque para hacer cabeza!... Pase
usted a su sitio de costumbre, Nieves, que es el más
seguro... Eso es... Avante vamos... ¡Listo el aparejo!
Se
izó todo el trapo en un momento; y con el terralillo
que aún duraba, aunque en la agonía, y la vaciante,
comenzó el Flash a navegar hacia fuera. Como el impulso
del aire era tan leve y el agua no oponía resistencia,
la quilla se deslizaba sin el cortejo de espumas y rumores
que Nieves echaba muy en falta.
-Ya vendrá a su tiempo,
y en abundancia -la dijo Leto-, porque el día está
que ni de encargo para esas cosas... si usted no se arrepiente.
-¿Me cree usted capaz de arrepentirme- le preguntó
ella mirándole fijamente y con expresión de
asombro-, después de desearlo tanto?
-Como nunca
se ha visto usted en ello... replicó Leto, pesaroso
de haber apuntado la sospecha.
-Aquí, no; pero ya
le he dicho a usted que en otras partes, sí; y aunque
ésta fuera la primera vez, ¿tan poca confianza tiene
usted en la fuerza de mis resoluciones?
-En cuanto dependan
de la voluntad de usted, no -dijo Leto-; pero como en cosas
de la mar hasta los más avezados a ella no cortan
siempre por donde señalan...
-Pues luego va a verse,
señor marino, si hay aquí o no hay valor para
cortar por donde se ha señalado. Mientras tanto, le
prohíbo a usted aventurar juicios sobre el particular.
Leto casi se ruborizó por falta de una sutileza galante
con que responder a la reprimenda sabrosísima de Nieves.
-¡Qué bonito acopio ha hecho usted hoy! -la dijo
porque no se acabara la conversación y aludiendo
a la media guirnalda de yerbas y flores que llevaba Nieves
sobre el pecho.
-¿Usted ha visto -respondió ella
bajando la cabecita para mirarlas y acariciándolas
al mismo tiempo con la mano-, qué helechos más
primorosos? De tres clases y a cual más fina... Pues
¿y estos penachitos de farolillos carmesí?... ¿Cómo
me dijo usted el otro día que se llamaban?
-Brezos.
-Es verdad, brezos: ¡qué preciosos! Pues ¿y estas
otras florecitas azules que estaban a su lado? ¡Cosa más
fina y delicada!... Vea usted qué bien componen con
todo ello estas margaritas silvestres tan blancas, con el
centro dorado... ¡Qué primor de campiña!
Hablando
Leto con Nieves de éstas y otras cosas parecidas,
con entero descuido, porque la marcha igual y monótona
del barco no le exigía gran atención, muy a
menudo la llevaba puesta, más que en las palabras
que dirigía a su linda interlocutora, en el batallar
de los pensamientos que le infundía la presencia de
aquella criatura, confiada a su pericia y a su lealtad en
aquel chinarrito del mundo, entre el cielo y la mar, en medio
de la augusta quietud de la Naturaleza. Cuanto de honda y
humana poesía palpitaba bajo la costra del humilde
boticario, se conmovía y agigantaba entonces, llenándole la
mente de luz y el pecho de desconocidas sensaciones; y hubiera
sido cosa digna de verse estampada en un papel, la imagen
interior del vehemente y desapercibido Leto, perdido entre
las evoluciones de su pensamiento, y por el ansia de analizarlos
todos, volar de los más rastreros a los más
altos, de los más grandes a los más pequeños;
trastrocar las especies muy a menudo, y apurarse por lo nimio
y vulgar después de haberse mecido sereno en las alturas
de lo sublime. Así, por ejemplo, tras de parecerle
una herejía haber creído posible trocar por
el limbo insulso de su pasado, el dulce presente con todas
las contrariedades y amargores que necesariamente había
de traerle aparejado, le sonrojaba de pronto la idea mezquina
de verse allí, tan cerca de Nieves, vestido como un
ganapán... quizá en el mismo instante en que
Nieves, mirándole a hurtadillas, le veía mucho
más hombre y más apuesto que nunca, con aquellos
limpios, holgados y simples atavíos.
Duraron estas
cosas tan entretenidas para Leto, y también para la
sevillanita probablemente, poco más de un cuarto de
hora; hasta que el balandro desabocó, y comenzó
a sentir Nieves esas inexplicables impresiones, mezcla extraña
de pavor y de alegría, que se apoderan de los novicios
entusiastas como ella, al verse de pronto mecidos por
las ondas salobres de aquel abismo sin medida.
-Ya estamos
fuera -la dijo Leto que leía esas impresiones en su
cara-. Los síntomas no pueden ser mejores: calma cernida.
Observe usted esa especie de muro de niebla que hay en el
horizonte: es lo que llaman ceja los marinos; la mejor señal,
en verano, de que va a echar tieso, es decir, a soplar luego
una brisa fresca y bien entablada, como lo demuestra también
este poco de trapisonda que hace balancear al barco y restallar
las velas abandonadas a su propio peso... ¡Cornias! atesa
acolladores y quinales, que trabaja demasiado el palo...
De manera que nos hallamos en las mejores condiciones para
poner a prueba las del yacht... o para volvernos al puerto
dentro de diez minutos, en popa, si usted se halla arrepentida
de haber llegado hasta aquí... Con toda franqueza,
Nieves.
Con toda franqueza y hasta con entusiasmo, se ratificó
la animosa sevillana en sus deseos de llevar adelante su
acariciado proyecto. Cierto que las embarcaciones en que
ella había salido a la mar dos veces en Andalucía,
eran mayores, bastante mayores que el Flash; pero ¿y qué?
Lo que se perdía en holgura se ganaba en gozar más
de cerca los lances del paseo. Conque adelante.
-Pues adelante
-repitió Leto muy regocijado-, y no se hable más
del asunto... ¡Listo, Cornias! que ya viene la brisa picando.
Ha tardado menos de lo que yo esperaba, y me alegro; así
empezaremos primero para acabar más pronto... porque
usted está algo de prisa, Nieves, ¿no es verdad?
-Esté o no esté -respondió Nieves con
donosa formalidad-, el paseo ha de ser en toda regla. Conque
aténgase usted a eso, y a nada más que eso...
¿Estamos?
¡Carape, cómo electrizaban a Leto aquellas
monaditas de la sevillana! De pronto la dijo:
-¿Ve usted
aquel rizadillo gris que tiene la mar allá lejos y
viene avanzando hacia nosotros? Pues es el polvo que levanta
la brisa en el camino que trae... ¡A qué paso viene!
Enseguida, dirigiéndose a Cornias, gritó:
-Ya está ahí... Caza escotas, que vamos en
vuelta de fuera, y a ceñir... Y usted, Nieves -dijo
volviéndose hacia ella-, agárrese bien a la
brazola, y no se descuide un instante, porque esto no es
la bahía... Y perdóneme si desde ahora no la
hago los honores de la casa como yo quisiera, porque este
caballerito es algo ligero de cascos y voy a necesitar muy
a menudo poner los cinco sentidos en él.
En esto,
sintiendo el Flash en su aparejo las primeras rachas
de la brisa, se inclinó sobre el costado de babor;
y Leto dijo entonces: -¡A la buena bordada!
Y comenzó
el balandro a navegar, ciñendo y escorando; pero no
como en la bahía, en plano perfectamente horizontal,
sino entre balances y cabezadas, que iban acentuándose
a medida que refrescaba la brisa y la mar se rizaba, cubriéndose
de carneros y garranchos.
Nieves se sobrecogió algo
con las primeras arfadas, que llegaron a meter el carel debajo
del agua revoltosa y espumante; pero la inalterable serenidad
de Leto y aquella su honda y tenaz atención al aparejo,
a la caña, a todo el organismo del barco y a su rumbo,
y algunas miradas a ella de vivo y cariñoso interés,
la tranquilizaron bien pronto, y hasta llegó a encontrar
muy divertido aquel incesante cuneo, que la hacía
el efecto de un columpio.
Tenía razón Leto
al decir a Nieves que no le pidiera cortesías en cuanto
empezara el barco a navegar: diez minutos después
de decirlo, ya no estaba en casa; ya estaba fuera de sí
mismo, de su naturaleza carnal y propia; ya era como el espíritu,
el alma del barco que regía; el ser activo e inteligente
se había infundido en la armazón y las lonas
del yacht; no pensaba ni observaba ni sentía Leto
Pérez como hombre, sino como barco; venía a
ser a modo de yacht inteligente, o un ser racional con formas
de balandro: lo que se quiera.
Bien claro le leía
Nieves esta trasfiguración en los ojos y en las actitudes,
y se embebecía contemplándole así, segura
de no ser observada por él, que llevaba toda la mar,
toda la brisa y el barco entero y verdadero metidos en la
cabeza.
De vez en cuando, pero siempre muy a tiempo, hacía
una salidita a lo suyo, mirando o hablando breves palabras
a Nieves, como Leto mortal, vivo y efectivo; cosa que la
complacía mucho, porque no la gustaba verse allí
tan sola como en ocasiones creía verse.
-¿Va usted
bien? -la preguntaba.
Y volvía a ser barco en seguida...
-Buen andar llevamos -pensaba para sus maderas-; pero no
todo lo que debemos. Hay que arribar un poco... un poquito
más... Ya metimos el carel... Lo menos echamos seis
millas... Orza ahora un poco para que adricemos y vayamos
con más desahogo, aunque con menos velocidad... ¡Bien,
bien!... Ahí están esos condenados, en regata
conmigo... (Alto). Mire usted los delfines, Nieves, en rebaños,
dándola a usted escolta de honor, y haciendo, volatines
fuera del agua para que usted los admire. ¡Cómo quieren
lucir su ligereza pasándonos por la proa a lo mejor!
Nieves los admiraba, y hasta los temía al verlos
surgir del abismo junto al carel, volteando como pedazos
de rueda negra con aguzadas cuchillas de acero enclavadas
en la llanta.
-No hay cuidado -la dijo-, que son unos animalejos
enteramente inofensivos, y además bobos.
Y con esto
volvió a infundir su espíritu en el organismo
de su barco y a pensar por él:
-Este andar no es
para sangre marinera, con esta mar y esta brisa; hay que
arribar otra vez, aunque los garranchos abundan... Cuestión
de achicar, si es necesario. Dos garranchos a bordo. (Alto.) Cuidadito los pies, Nieves... y agarrarse... ¿Puede usted
volver un poquito más la cabeza a la izquierda?
-¡Yo
lo creo! ¿Para que?
-Para que vea usted a Peleches desde
aquí.
Volvióse Nieves como Leto quería,
y exclamó al punto:
-¡Ay, qué bien se ve!
Pero ¡qué en alto y qué lejos está y
qué iluminada la casa por el sol! Parece que nos está
mirando con las ventanas... ¿Nos verá alguien desde
allí, Leto?
-Al balandro, como un papel de cigarro,
puede; pero a nosotros, dificilillo es a la simple vista...
Agárrese usted, Nieves, que hay mucha trapisonda y
son muy fuertes los balances. Aquí no se puede decir,
como en bahía, que el barco paladea el agua; sino
que la escupe y la abofetea y la embiste, ¿no es verdad?...
y hasta riñe con ella, que, como usted puede observar,
no se muerde la lengua tampoco... Vea usted allá lejos
unas lanchas corriendo un largo... Son boniteras, de fijo...
Así se pesca el bonito, a la cacea.
Poco después
preguntó a Nieves, en cuya cara, más pálida
que de costumbre, no se leía otra expresión
que la de una curiosidad intensísima, si se daba por
satisfecha con la prueba, o quería apurarla más.
-Hasta ahora -respondió Nieves intrépida,
-no ha metido el yacht más que una tabla; y usted
me tiene dicho que puede con tres.
-Dos, Nieves... -Tres,
Leto: lo recuerdo bien.
-Conmigo, sí; pero llevándola
a usted, no me atrevo.
-¿Teme usted dar la voltereta? -Eso
nunca; pero hay otros peligros...
-Pues las tres tablas
quiero. Ya estoy acostumbrada a los balances, y esto me va
pareciendo delicioso.
Leto, a reserva de engañarla
con un artificio bien disimulado, la prometió complacerla,
porque no tenía fuerza de voluntad para contrariarla.
-Pues a ello -dijo-, y agárrese usted bien que voy
a preparar la arribada.
Apartó su atención
de Nieves, y la puso toda en el yacht.
-La verdad es -pensaba-,
que la ocasión es de oro para hacer eso y aun otro
tanto más; pero ¡carape!... no señor, no señor:
tiento, tiento, que no llevas a bordo sacos de paja... Y
lo está deseando el maldito. ¡Qué luego sintió
la caña! ¡Allá vas! Ya está sorbido
el carel... ¡Hola, hola! garranchitos a mí por la
proa, ¿eh? Toma ese hachazo por el medio... y ese par de
rociones para duchas... ¡Carape con la recalcada!... Una
tabla... Esto ya es andar... y embarcar agua también...
Pues otro poquito más de caña ahora... para
probar... ¡nada más que para probar!... Ya está
la segunda. (Alto). Vaya usted contando, Nieves: dos tablas...
-Una y media -respondió Nieves al punto-. Hasta tres...
-¡No sea usted tentadora! Dejémoslo en las dos, y
crea usted que es bastante.
-¿Hay miedo, Leto? -¡Tendría
que ver!
-Pues lo parece. -Vea usted los delfines otra
vez... Los puede usted alcanzar con la mano. ¿Serán
capaces de pretenderlo, los muy sinvergüenzas? Pues
al ver lo que se arriman y se presumen... Las gaviotas...
Mire usted esa nube de ellas escarbando con las alas en el
mar: allí hay un banco de sardinas...
-Lo que usted
quiere -dijo Nieves pasando su mirada firme de los delfines
y de las gaviotas a Leto-, es distraerme a mí del
punto que estábamos tratando; pero no le vale... ¡Las
tres tablas, Leto!
Leto empezó a creer que no había
modo de resistirla ni de engañarla...
-Pues las tres
tablas -dijo-; pero ¡muchísimo cuidado, Nieves!
Y
se dispuso a complacerla, comenzando por olvidarla para
no ser más que barco inteligente.
-Hay que volver
a empezar -se decía-; y para esto, mejor era haberlo
hecho del primer tirón, porque la brisa arrecia y
la trapisonda crece... El carel... ¡por vida de la arfada!...
De ésta, va a ser el pozo un baño de pies...
Más caña... ¡Uf!... ¡qué sensible y
qué retozón está hoy el condenado! En
cuanto se le tocan las cosquillas, ya no le cabe en la mar...
Una tabla... y un garrancho. Después hablaremos de
estas rociadas, amigo Cornias... ¡Buena cabezada! Gracias
que dimos en blando... La arribada ahora... Dos tablas, y
sin carnero a bordo... ¡y qué andar, carape! Que nos
alcancen galgos ni las toninas siquiera... Pues toma más,
ya que te gusta... ¡así! que no has de desarbolar
por ello ni por otro tanto encima... Y eso que parece que
te duele el aparejo, por lo que gime y se cimbrea y
se tumba... ¡Ay, carape! que esto tiene su borrachera como
el vino... ¡Si me dejara llevar de ella!... Pero, en fin,
hasta las tres tablas, siquiera, que debemos... falta una...
¡Toma más, bebe más, que más puedes!
¡Vaya si puedes!... Hay que repetir la arribada con mayor
energía... ¡Allá va!... ¡Ah, carape, que se
me fue la mano!...
Salió el barco como una exhalación,
levantando lumbres del agua; saltaron a bordo grandes chorros
de ella; oyose un grito horripilante, y desapareció
Nieves entre las espumas que revolvía el yacht por
la banda sumergida.
-¡Divino Dios! -clamó entonces
Leto en un alarido que no parecía de voz humana-.
¡Vira, Cornias!
Y se lanzó al mar detrás de
Nieves.
  - XVIII -
Bajo el tambucho
Creo que se nos desmaya, Cornias... Era
de esperar... El horror, el frío... ¡Desgraciada
de ella... desgraciado de mí... desgraciados
de todos, si esto ocurre antes de llegar tú a recogernos!
Ya no podía más... me faltaban palabras para
alentarla; fuerzas para sostenerla... y para sostenerme yo
mismo. ¡Qué situación, Cornias! ¡Qué
cuarto de hora tan espantoso! Anda más de prisa...
Ten firme... Aquí, sobre este banco... ¡Santo Dios!
¡si me parece que sueño!... Arrolla la colchoneta
por esa punta para quesirva de almohada... Así...
Ahora convendría reaccionarla; pero ¡cómo?...
Con qué tenemos; pero ¡cómo? vuelvo a
decir... Destapa ese otro banco y saca cuantas ropas haya
dentro del cajón... ¡En el aire!... Yo, al armario
de las bebidas alcohólicas... ¡Inspiración
de Dios fue el conservarlas aquí!... ¡Y se resiste
la condenada vidriera!... Pues por lo más breve...
¿para qué sirven los puños?... Hágase
polvo este cristal, y el armario entero si es preciso...
Este ron de Jamaica es lo más apropiado... Una copa
también... Ampara tú esto de los balances,
sobre la mesa... pero dame primero una toalla de esas para
secarme las manos, que chorrean agua... ¡Qué ha de
suceder con esta chaqueta que es una esponja?... ¡Fuera con
ella!... Vete echando ron en la copa... Venga ahora... Pero
aguárdate que la enjugue antes la cara... ¡Dios de
Dios! ¡que yo no pueda hacer aquí lo que es más
necesario... casi indispensable!... aflojarla estas ropas
empapadas... quitárselas de encima. ¡Si me fuera dado
ver y no ver; maniobrar con los ojos cerrados!... La copa
enseguida... Ron en las sienes... en las ventanillas de la
nariz... entre los labios... ¡Pero si con ese talle tan oprimido
no pueden funcionar los pulmones!... Yo bien veo dónde
está la abertura de la coraza... pero ¡no sería
una profanación poner las manos ahí?... ¡No
se me caerían de las muñecas?... Y hay que
hacer algo por el estilo, y sin tardanza... Por la espalda
si acaso... justo: la misma cuenta sale... Tu cuchillo, Cornias...
Ayúdame a ponerla boca abajo... ¡Dios me dé
uno suficiente!... Por si acaso, el filo hacia arriba...
Ya está cortada la tela del vestido... Ahora las trencillas
del corsé... y estos cinturones... Esta es obra más
fácil... Trae aquel impermeable y tiéndele
encima de ella y de mis manos, que no tienen ojos... Así...
Ya queda el tronco libre de ligaduras... a volverla ahora
de costado... ¿Ves cómo respira con menos dificultad?...
Más ron enseguida... ¡en el aire, Cornias! Le siente
en los labios... Ten la copa un instante mientras la incorporo
yo... Así... ¡Nieves!... ¡Nieves!... Dame la copa
tú. ¡Nieves!... un sorbito de esta bebida para entrar
en calor... A ver, poquito a poco... Allá va... ¡Lo
paladea, Cornias, lo paladea... y entreabre los ojos! ¡Sea
Dios bendito!... Otro sorbo más, Nieves, hasta apurar
la copa, aunque le repugne a usted: es esencia de vida...
¡Ajá!... Prepara otra, Cornias, por si acaso... Mira,
hombre, ¡todavía conserva en el pecho parte de las
flores que se había prendido esta mañana!...
Sobre que se están cayendo... Toma. No las tires:
guárdalas en ese armario abierto... por si pregunta
por ellas... ¿Se siente usted mejor, Nieves? ¿Quiere usted
otro poco de la misma bebida para acabar de reaccionarse?...
¡Mira, Cornias, qué fortuna en medio de todo! Ya vuelve
en sí... ya está en sus cabales... ¡Bendito
sea Dios!
El pudor, que es el sentimiento más afinado en
la naturaleza de la mujer, fue lo primero que vibró
en la de Nieves al recobrar ésta el dominio de su
razón. Notó la flojedad del cuerpo de su vestido,
mirose, le vio desentallado, reparó en el impermeable
que la cubría los hombros; Y con una mirada angustiosa
preguntó a Leto la causa de ello.
-Lo he rasgado
yo -respondiola el mozo, tan ruborizado como la interpelante-,
porque era de necesidad abrir por algún lado para
que usted respirara con desahogo.... y elegí ese lado
de atrás por parecerme menos... vaya, menos... y aun
eso se hizo, al llegar al corsé, bajo el impermeable
que no se le ha vuelto a quitar a usted de encima. ¿Es cierto,
Cornias?
Cornias dijo que sí; y Nieves bajó
la cabeza, estremeciose, y se arropó con el impermeable.
Estaba pálida como un lirio, casi amoratada; chorreábale
el agua por cabellos y vestido, y había una verdadera
laguna en el suelo de la cámara; porque Leto, por
su parte, era una esponja inagotable, de pies a cabeza.
-Ahora, Nieves -la dijo éste casi imperativamente,
pero traduciéndosele en la voz y en la mirada la compasión
y el interés de que estaba poseído-, va usted
a hacer, sin un momento de tardanza, lo que debió
de haberse hecho en un lugar de lo poco que yo hice... porque
no me era lícito hacer más: está usted
empapada en agua, está usted fría; y eso no
es sano: hay que quitarse esa ropa... ¡toda la ropa!
enjugarse bien, friccionarse si es preciso, y volverse a
arropar: yo no tengo vestidos que ofrecerla a usted, ni en
estas soledades han de hallarse a ningún precio; pero
tengo algo seco, limpio y muy a propósito para que
pueda usted envolverse en ello y abrigarse... Vea usted una...
dos... tres grandes sábanas de felpa... dos toallas...
unas pantuflas sin estrenar, algo cumplidas de tamaño;
pero donde cabe lo más, cabe lo menos... Otro impermeable...
¿Se acuerda usted de la tarde en que les enseñé
estas prendas visitando ustedes esta cámara? ¡Mal
podía imaginarme yo entonces el destino que les estaba
reservado para hoy! En medio de todo, bendito sea Dios, que
menos es nada... Conque a ello, Nieves... y tome usted antes
otros dos sorbos de ron para rehacerse un poquito más...
No insistiría, porque sé que le repugna este
licor, si tuviera usted quién la ayudara en la tarea
en que va a meterse; pero, desgraciadamente, tiene usted
que arreglarse sola, y hay que cobrar fuerzas... Vamos, otro
sorbito... y tú, Cornias, ¡listo a pasar un lampazo
por estos suelos!... Vea usted bien, Nieves: sobre la mesa
pongo, para que las tenga usted más a la mano, las
sábanas, las toallas y las babuchas... Allí
queda el capuchón impermeable; y la botella del ron
para el uso que la indiqué antes y la recomiendo mucho,
en este armario... Después se pasa usted a aquel otro
banco que está seco, y se acuesta un ratito... Para
su mayor tranquilidad, voy a correr las cortinillas de los
tragaluces... No hay ojos humanos en el yacht capaces de
un atrevimiento semejante; pero usted no tiene obligación
de creerlo... ¿Ve usted? Después de corridas las cortinillas,
queda sobrada claridad para lo que tiene usted que hacer...
¡Ah! por si le ocurre llamar mientras esté sola aquí
adentro: esta puerta de entrada tiene un cuarterón
de corredera: observe usted cómo se abre y se cierra...
Por aquí puede usted pedir lo que necesite... ¡Listo,
Cornias, que apura el tiempo!... Conque ¿estamos conformes,
Nieves? ¿Hay fuerzas? ¿Sí? Pues a ello sin tardar
un instante. Y ¡ánimo! que Dios aprieta, pero no ahoga.
Nieves, que había estado con la mirada fija en Leto,
sin perder una palabra, ni un movimiento, ni un ademán
del complaciente muchacho en su afanoso ir y venir, cuando
le tuvo delante, a pie firme y en silencio pidiéndola
una respuesta, se la dio en una sonrisa muy triste, pero
muy dulce.
Enseguida se llevó ambas manos a la frente
y se estremeció de nuevo, exclamando:
-¡Dios mío,
qué ideas me acometen de pronto, tan negras, tan raras!...
¡qué sobresaltos, qué visiones!... Estoy
como en una pesadilla horrorosa... Mi pobre padre, tan tranquilo
y descuidado en Peleches; yo, sin saberlo él, aquí
ahora, de esta traza, en este mechinal... y un momento hace...
¡Dios eterno!... Leto... yo estoy viva de milagro...
yo he debido de ahogarme hoy.
-No, señora, -respondió
Leto muy formal.
-¡Que no? Pues si no es por usted, primero,
y por la destreza de Cornias enseguida... confesada por usted
mismo cuando le veía acercarse...
-Cornias ha cumplido
con su deber, como yo he cumplido con el mío; pero
usted no podía ahogarse de ningún modo...
-¿Por qué? -Porque... porque no: porque para ahogarse
usted era preciso que antes me hubiera ahogado yo, y después
el yacht con Cornias adentro, y después los peces
de la mar, y la mar misma en sus propias entrañas,
¡y hasta el universo entero!... porque hay cosas que no pueden
suceder ni concebirse, y por eso no suceden... Y ¡por el
amor de Dios! esparza usted ahora esos tristes pensamientos,
como yo esparzo los míos... que son bien tristes también, y
muy mortificantes y muy negros, y conságrese sin perder
minuto a hacer lo que la tengo recomendado; porque no da
espera. Tiempo sobrado nos quedará después
para hablar de eso... y entregarme yo a la Guardia civil
para que, atado codo con codo, me lleve a la cárcel,
y después me den garrote vil en la plaza de Villavieja.
-¡A usted, Leto? -A mí, sí; porque, en buena
justicia, debió de haberme tragado la mar en cuanto
la puse a usted en brazos de Cornias.
-Pero ¿habla usted
en broma o en serio? -le preguntó Nieves, contristada
con el tono y el ademán casi feroces de Leto.
-Pues
¿no ha conocido usted que es broma para distraerla de sus
visiones? -respondió éste fingiendo una risotada
de mala manera, abochornado por su imprudente sinceridad-.
Lo que la repito en serio es que urge quitarse todas esas
ropas mojadas.
-¿Y las de usted? -le dijo a él Nieves
viendo cómo le chorreaba el agua por las perneras
abajo-, ¿ son ropas mojadas?
-Las mías-respondió
Leto,-no hacen daño donde están ahora: somos
antiguos y buenos amigos el agua salada y yo... Además,
ya están casi secas y acabarán de secarse al
aire libre, adonde voy a ponerlas enseguida con el permiso
de usted. Vamos a ir empopados, y cuento con llegar al puerto
en tres cuartos de hora; echemos otro hasta el muelle: la
hora justa desde aquí... Téngalo usted presente
para hacer su toilette... y hasta luego.
Con esto salió
de la cámara, cerró la puerta y voceó
a Cornias, que ya estaba esperándole con la maniobra
aclarada y la sangre helada aún en sus venas con el
recuerdo del espantoso lance que no se le borraría
de la memoria en todos los días de su vida.
Se izaron
las velas, se puso el Flash en rumbo al puerto, y cayó
su piloto, no en su embriagadora obsesión de costumbre
en casos tales, sino en las garras crueles de sus amargos
pensamientos. Volaba el yacht cargado de lonas, arrollando
garranchos y carneros, saltando como un corzo de cresta
en cresta y de seno en seno, circuido de espumas hervorosas,
juguetón, ufano... ¿Y para qué tanta ufanía
y tanta presteza? Para tortura del pobre mozo, que veía
en la llegada al puerto la caída en un abismo sin
salida para él... Mirárase el caso por donde
se mirara, siempre resultaba el mismo delincuente, el mismo
responsable: él, y nadie más que él
fue débil complaciendo a Nieves, sin consentimiento
de su padre, en un antojo tan serio, tan grave, como el de
salir a la mar a hurtadillas y con, el tiempo medido;
fue un mentecato, un majadero, haciendo valentías
en ella, sin considerar bastante los riesgos que corría
el tesoro que llevaba a su lado; fue un irracional, un bárbaro,
rematando sus majaderías con la bestialidad que produjo
el espantoso accidente... No lo había dicho en broma,
no: merecía ser entregado por la Guardia civil a los
tribunales de justicia, y agarrotado después en la
plaza pública, y execrado hasta la consumación
de los siglos en la memoria de don Alejandro Bermúdez
y todos sus descendientes. Y si don Alejandro Bermúdez
y la justicia humana no lo consideraban así, ni el
uno ni la otra tenían sentido común ni idea
de lo justo y de lo injusto... ¡Que Nieves vivía!
¡Y qué, si vivía de milagro, como había
dicho muy bien la infeliz? Su caída había sido
de muerte, con el andar que llevaba el barco; y en esta cuenta
se había arrojado él al mar... Si se obraba
el milagro después, bien; y si no se obraba... ¿qué
derecho tenía él a vivir pereciendo ella, ni
para qué quería la vida aunque se la dejaran
de misericordia? Esto no era rebelarse contra las leyes de
Dios; era sacrificarse a un deber de caridad, de conciencia,
de honor y de justicia. Él la había puesto
en aquel trance; pues quien la hizo que la pagara. Esta era
jurisprudencia de todos los códigos y de todos los
tiempos, y de todos los hombres honrados... ¿Comprometes
la vida ajena? Pues responde con la propia. ¿Qué menos?
Esto entre vidas de igual valor. Pero ¿qué comparación
cabía entre la vida de Nieves y la vida de Leto? ¡La
vida de Nieves! Todavía concebía él,
a duras penas, que por obra de una enfermedad de las que
Dios envía, poco a poco y sin dolores ni sufrimientos,
esa vida hubiera llegado a extinguirse en el reposo del lecho,
en el abrigo del hogar y entre los consuelos de cuantos la
amaban; pero de aquel otro modo, inesperado, súbito,
en los abismos del mar, entre horrores y espantos... ¡y por
culpa de él, de una imprudencia, de una salvajada
de Leto!... Lo dicho: aun después de salvar a Nieves,
quedaba su deuda sin pagar; y su deuda era la vida; y esta
deuda debió habérsela cobrado el mar en cuanto
dejó de hacer falta para poner en salvo la de su pobre
víctima... Todo esto era duro, amargo, terrible de
pensar; pero ¿y lo otro, lo que estaba ya para suceder, lo
que casi tocaba con las manos y a veces se las inducía
a dar contrario rumbo a su yacht? ¡Cuando éste llegara
al puerto, y hubiera que pronunciar la primera palabra, dar
la primera noticia, las primeras explicaciones, aunque por
de pronto se disfrazara algo la verdad que al cabo llegaría
a conocerse?... Don Alejandro, sus servidores y amigos...
la villa entera, la misma Nieves, después de meditar
serenamente sobre lo ocurrido... cada cual a su manera, ¡todos
y todo sobre él!... Merecido, eso sí, ¡muy
merecido! Pero ¿dónde estaban el valor y las fuerzas
necesarias para resist |