  - XXI -
Al día siguiente
Durante las primeras horas de
la alta noche, Nieves se despertó muchas veces: aun
dormida oía aquel borboteo de la mar relatando el
suceso a todo el mundo y reclamando la presa que le habían
arrebatado de las fauces; pero estaba en la flor de la vida,
a la edad en que las heridas no ahondan tanto como duelen;
su quebranto físico era grande, porque el batallar
del día había sido de prueba; y al cabo, la
rindió un sueño reparador y tranquilo del que
no despertó hasta bien entrada la mañana.
Pero el bendito de su padre no pegó el ojo en toda
la santa noche. ¡Lo que él se revolvió en aquella
cama buscando posturas para ahuyentar las quimeras que le
desvelaban! ¡Los espacios que él recorrió con
la imaginación en tantas, tan largas y tan calladas
horas! En ocasiones, hasta se dolía de haber permitido
tomar tan altos vuelos a «la loca de su casa».
-No tanto,
¡canástoles! no tanto -se decía-, que tan malo
es pasarse como no llegar. Que hay algo, no tiene duda; pero
¿por qué hemos de echar las corrientes hacia ese lado
y no hacia otro? ¡La condenada malicia humana que jamás
se arrepiente ni se enmienda!... No estoy conforme, no, señor,
ni puedo estarlo. Hay que buscar por otra parte, y con juicio,
y con equidad... y con lógica...
Y se daba de nuevo
a cavilar; pero por donde quiera que echara sus cavilaciones,
siempre, tenían el mismo paradero. Había tomado
ya un vicio su máquina de discurrir; y en cuanto se
ponía en movimiento, un poco más acá
o un poco más allá, caía hacia el lado
de siempre. Y este vicio era una idea que se le había
metido entre los cascos en fuerza de indagar precedentes,
amontonar supuestos y analizar indicios. No creía
haber descubierto el caso limpio y morondo; pero sí
su progenie, su parentesco. Comprobado este hallazgo, no
era imposible encontrar lo que buscaba y cuyo valor positivo
no era otro, estaba bien seguro de ello, que el misterio
en que se lo envolvían. De todas suertes, existiera
o no, halláralo o no lo hallara, de los desbroces
hechos ya en aquel terreno había resultado una enseñanza
para él, que no debía ser olvidada: había
pecado, estaba pecando de optimista en determinadas cosas
muy delicadas de por sí; y por grande que fuera su
confianza en la virtud de ciertos principios fisiológicos,
eran mayores los riesgos que se corrían en el caso
actual, a la menor equivocación. Y en la duda, abstenerse.
Lo primero que había que hacer, era un cambio de costumbres
en su casa: más disciplina, más hogar, menos
égloga. Bueno era el aire puro y libre; pero no en
tanta cantidad ni a todas horas; bueno el ejercicio de las
fuerzas físicas, buenas la holgura y la despreocupación
campestres; pero con discreción y sin menoscabo de
otras leyes y de otros respetos muy atendibles y muy racionales.
Por suerte de don Alejandro, aquel cambio de costumbres podía
hacerse, se haría forzosamente sin necesidad de que
se traslucieran sus sospechas ni sus arrepentimientos, ni
se ofendieran pundonores ni delicadezas de nadie: con la
venida de su sobrino Nacho. Desde el momento en que Nacho
se alojara en Peleches, hasta por cortesía estaban
obligados él (don Alejandro Bermúdez) y su
hija a acomodar sus costumbres a los gustos del forastero,
que de fijo los tendría muy diferentes de los que
venían privando allí. Por su cuenta, Nacho
no tardaría una semana en llegar a Peleches; de un
momento a otro esperaba carta suya que se lo confirmara,
desde Madrid.
-Y en viniendo
él -concluyó Bermúdez, volviéndose
hacia el otro lado, todo cambiará de aspecto y marchará
como una seda por donde debe marchar... Sí, señor,
¡canástoles! aunque el demonio se empeñe en
otra cosa, que no se empeñara, porque no hay razón
de fuste para que se empeñe.
Llegó el día,
moviose la gente del solariego caserón, púsose
a su faena cada cual, apareció Nieves en escena a
media mañana; y tan en su centro acostumbrado, en
tan completa serenidad, tan semejante a sí misma la
halló su padre, que sintió como remordimientos
de haber caído en las aprensiones que le tenían
sin sosiego veinticuatro horas hacía. «¡Ah, pícaras
suspicacias! -se decía viéndola trajinar y
revolverse tranquila, descuidada y risueña.¡Condenadas
flaquezas del meollo, que así arrastráis por
los suelos los más hidalgos propósitos y las
esperanzas mejor puestas!... Sin embargo -añadió
por final de su confiteor-, no se ha perdido todo en esta
batalla innoble y deshonrosa para mí, puesto que he
sacado de ella una enseñanza que no se paga con dinero,
ni con la mala noche que me ha costado... Porque la enseñanza
queda, ¡vaya si queda, canástoles!... Porque lo que
no ha sido, pudo, puede y podrá ser».
Como esta evolución
del ánimo de Bermúdez se le reflejó
en la cara, y se la tornó risueña y apacible,
y fueron también risueñas y apacibles
sus palabras, Nieves renunció al propósito
con que se había levantado de revelarle el secreto,
en la mejor forma que pudiera, si continuaba el pobre
hombre en las torturas de la víspera.
Todo iba, pues,
a pedir del deseo en aquel día; y para que nada le
faltase a don Alejandro, hasta recibió carta de Nachito;
de Nachito, que anunciaba su salida de Madrid al día
siguiente. Se detendría cuatro en la capital; y enseguida,
de un tirón, a Peleches. Sacó Bermúdez
la cuenta por los dedos, temblones de gusto... Era jueves...
Al anochecer del martes le tendría allí...
¡Canástoles, qué fortuna!... A Nieves con la
noticia...
Estaba en el saloncillo muy descuidada; se la
espetó de golpe su padre, y como un golpe en la espinilla
la recibió.
A don Alejandro se le alargó la
cara medio palmo.
-Mujer -la dijo plantado delante
de ella, con la carta en una de las manos, caídas
al desgaire-, va ya picando en historia este delicado
particular. Si no son cuatro, no bajan de tres con ésta
las veces que has recibido las noticias de tu primo como
el diablo la presencia de la cruz; y ¡qué quieres
que te diga?... me disgusta, me... vamos, que no me parece
bien, porque no es justo... en fin, ¡qué canástoles!
que hasta me desazona un poco...
También se desazonó
un poquito Nieves con esta reprimenda de su padre, a juzgar
por el ceño que puso y otras señales que se
le notaron; pero se dominó pronto y respondió
con entereza, aunque en calma:
-Es que das tú tanta
importancia a eso que llamas delicado particular, que todo
te parece poco para él. A ti te entusiasma; pues a
mí no: ya te lo he dicho en otras ocasiones. Esto
no es un pecado, papá. ¿Quieres que reciba esas noticias
dando brinquitos y batiendo las palmas? Pues te engañaría
si hiciera eso. ¿Me quieres hipocritilla y mentirosa, o me
quieres llana y a la buena de Dios? ¿Me has visto alguna
vez más entusiasmada que ahora con tu sobrino? Pues
si me quieres sincera y llana y nada hago ahora que, en rigor
de verdad, pueda saberte a nuevo, ¿por qué te enfadas
conmigo cuando no recibo esas noticias con la alegría
que tú?
-¡Si no me enfado, hija mía! -replicó
don Alejandro dulcificando el tono de sus palabras y la expresión
de su semblante-, lo que se llama propiamente enfadarme...
ni siquiera te pido que te alborotes de alegría; y
me conformo con mucho menos: con que no te causen disgusto
estas noticias. Pues ni eso poco me concedes: ya ves
que no puedes concederme menos... y es natural, muy natural,
que lo sienta; y sintiéndolo, que te lo diga; lo cual
no debe extrañarte, porque también tú
me querrás sincero antes que falso... ¿No es así,
Nieves?... En este supuesto, todavía tengo que decirte
más, y te digo que es cierto que nunca te vi entusiasmada
con tu primo; pero que también es verdad que lo de
ese disgustillo de que te acabo de hablar, es cosa nueva
en ti: desde que estamos en Peleches.
-Como que antes de
estar en Peleches nosotros no se había tratado de
su venida.
-¿De manera que vienes a confesarme explícitamente
-dijo don Alejandro volviendo a nublársele un poco
la cara-, que te disgusta la venida de tu primo?
-Precisamente
la venida por sí sola, no, repuso Nieves sin
amilanarse con la consecuencia sacada de sus palabras por
su padre.
-Pues ¿qué es lo que te disgusta entonces?
-preguntó Bermúdez seriamente interesado ya
en la conversación.
Nieves, luchando con resolución
contra ciertas dificultades fáciles de presumir, que
hallaba en la empresa en que se había empeñado,
respondió, jugueteando con la tijerita con que cortaba
las hilachas del bordado en que se entretenía:
-Me
disgusta... o mejor dicho, no me gusta, algo que tiene que
ver, o que puede tenerlo, con la venida esa.
-Y ¿cuál
es ese algo? Será cosa nueva también, como
el disgusto.
-No por cierto. -Y ¿cómo no te ha disgustado
antes de ahora?
-Porque la veía más de lejos,
y no me apuraba.
-Pues no te entiendo, hija mía.
Nieves pinchó con la tijera muchas veces el bordado,
que ninguna culpa tenía de sus apuros, y se calló;
pero su padre no se satisfizo con tan poco, y añadió
a lo dicho:
-Si me hicieras el favor de explicarte... Porque
el caso lo merece.
-¡Yo lo creo! -respondió Nieves
sin titubear.
-Pues entonces... -Quería yo decir
-repuso ella algo a rastras-, que si esa venida no fuera
más que... venir por venir... vamos, una venida como
otra cualquiera...
-Ya estoy -observó don Alejandro
rascándose la coronilla con un dedo-. Pero eso es
volver adonde estábamos antes... Lo que yo necesito
es que me expliques el algo especialísimo que trae
consigo esa venida.
Aquí volvió Nieves a pinchar
el bordado con la tijera, y además se puso a balancear
con la otra mano el bastidor que tenía sobre las rodillas.
Su padre entonces, lleno ya de alarmante curiosidad, arrimó
una silla a la de su hija y se sentó pidiendo, casi
por el amor de Dios, una respuesta. Nieves le contestó,
armándose de la mayor firmeza que pudo:
-Mira, papá,
yo hablaría contigo de muy buena gana sobre ese asunto,
y muy despacio, porque lo merece bien, como tú has
dicho; pero no me atrevo, no sé... Soy una mozuela
sin experiencia y sin arte... Tengo acá mi modo de
ver y mis ideas... pero nada más: en mis adentros
y a solas, me lo explico y lo siento bien; y si me pongo
a explicártelo a ti, temo decir lo que no debo y callarme
lo que debiera decir... Es falta de costumbre... y de valor.
¿No te parece esto muy natural?...
-Muy natural -confirmó
su padre, que ya estaba en ascuas, arrimándose más
a ella-; muy natural y disculpable en una niña tan
bien educada como tú; pero como el punto es de importancia,
de muchísima importancia, y una de las cosas que con
más empeño te he enseñado yo es a que
te acostumbres a ver en tu padre al mejor de tus amigos,
espero que has de vencer enseguida esos reparos, para que
acabe yo de entenderte; y si lo crees necesario, hasta te
lo suplico... Conque ya te escucho, hija mía. Habla,
¡habla por el amor de Dios!
Y habló de esta manera
Nieves, con mayor frescura de la que ella se había
imaginado:
-Una vez, en Sevilla, te empeñaste en
saber si me interesaba mucho o poco la venida de Nacho a
vivir con nosotros aquí. Fue unos días antes
de ponernos en camino. ¿Te acuerdas?
-Sí que me acuerdo:
adelante.
-Pero me lo preguntaste de un modo tan particular,
que me aturdí. Tú tomaste aquel aturdimiento
mío como mejor te pareció, y así quedaron
las cosas... ¿No es cierto, papá?
-Puede que lo sea...
¿Y qué más?
-Por algo que te dejaste decir
entonces -continuó Nieves con voz bastante insegura,
pero con bien hecha resolución-, y otras señales
que yo conocía desde mucho tiempo atrás, sospeché
que entre mi tía Lucrecia y tú había...
ciertos planes que tenían mucho que ver con la venida
de mi primo a España... Con franqueza, papá:
¿los había o no los había? ¿los hay o no los
hay a la hora presente?
Respingó sobre la silla don
Alejandro al sentirse acometido tan de golpe y tan de lleno
por aquella pregunta, y, después de unos instantes
de silencio, preguntó él, a su vez:
-Y si
yo te dijera que los hay, ¿qué me responderías
tú?
Sin vacilar respondió Nieves: -Que esos
planes tienen la culpa de que yo no me entusiasme con la
noticia que me has dado.
-¡Canástoles! -exclamó
aquí Bermúdez, saltando otra vez sobre la silla-.
¿así estamos ahora?
-¿Cuándo hemos estado
de otro modo, papá? -repuso Nieves que por momentos
iba alentándose-: ¿cuándo me has oído
cosa en contrario?
-Mujer, tanto como en contrario, no te
diré; pero creerte enterada y perfectamente consentida,
eso sí.
-Enterada, pase; pero consentida, no, papá:
registra bien la memoria.
-¡Canástoles! harto consiente
quien se calla y deja hacer... Tanto más, cuanto que
llegué a creer que vosotros, por vuestra parte, estabais
proyectando lo mismo que nosotros.
-Pues ese ha sido tu
error.
-Admitido; pero ¿por qué no me has sacado
tú de él?
-Porque ni tiempo me diste para
ello la única vez que hubiera venido al caso, como
viene ahora.
-Pero observo que ahora te apura, y antes no
te apuraba. ¿Por qué así?
-Ya te lo he dicho:
porque lo veo muy de cerca ya.
El pobre don Alejandro no
cabía en la silla, de inquieto y de nervioso que le
ponía aquel desencanto que sufrían sus candorosas
ilusiones. Algunos recelillos habían arraigado en
su magín, tiempo hacía, de que el asunto no
caminara, por el lado de Nieves, al paso a que deseaba llevarle
él; pero aquellas repugnancias expuestas con tanta
entereza y a tales horas, rebasaban mucho de la línea
de sus cálculos. Del montón de reflexiones
que le llenaron atropelladamente el cerebro, sacó
estas pocas, que le parecieron las más llanas y más
propias del momento:
-Demos de barato, hija mía,
que yo he estado viviendo en una equivocación continua
sobre ese particular, con el mejor y más honrado propósito,
y ten entendido que te quiero demasiado para que, con cálculos
o sin ellos, llegara yo nunca a desatender tus repugnancias
en asuntos de tanta entidad; porque una cosa es que lo que
se cree útil y conveniente y beneficioso para ti,
se persiga y se acaricie, y otra muy distinta la imposición
forzosa de ello, que en mí no cabrá jamás;
en este supuesto, ¿qué mal hallas en la venida de
ese pobre chico, ni a qué te compromete, para que
tanto la temas?
-La temo, papá -respondió
Nieves al instante-, porque barrunto que Nacho viene para
algo más que conocernos, y porque le creo enterado
por su madre de esos propósitos vuestros que se conocen
ya hasta en casa de Rufita González... ¿No se lo has
oído mas de una vez? ¿Quién se lo ha dicho
sino tú tío, el padre de Nacho, o la tía
Lucrecia... o Nacho mismo? Porque para supuesto, me parece
excesiva la matraca de esa simple en cuanto me ve.
-¡Vete
tú a saber!... ¿Te ha insinuado él algo a ti?
-Lo suficiente para darme otra prueba de que está
bien enterado; y no me ha hablado con mayor claridad, porque
en ese punto siempre le he tenido yo a raya. Pues bien: figúratele
ya en Peleches con esas intenciones y muy pagado de lo mucho
que se le desea; y considérame a mí con las
manos atadas por los respetos que tengo que guardar a los
proyectos consentidos y ensalzados por ti. Con todo esto
y lo pegajoso y azucarado que él es, no hay remedio,
papá: o tiene que darme a mí muy malos ratos,
o tengo que dárselos yo a él peores. De cualquier
modo, la cosa no es divertida.
-¡Canástoles! -saltó
don Alejandro entonces-. Es que tú das por hecho que
ese chico ha de serte molesto y aborrecible; y ¿por qué
no ha de resultar todo lo contrario después que le
trates?
-Porque es imposible eso, -respondió Nieves
con un acento de convicción tan absoluta, que dejó
suspenso a su padre.
-¡Imposible! -replicó éste
después de observar con gran fijeza a Nieves que parecía
algo pesarosa de su arranque-. Y ¿por qué ha de serlo?
¿Qué motivos hay para que lo sea? Hasta ahora todo
te parecía simpático en él. La mayor
tacha que le ponías era su lenguaje; y no porque te
sonara mal, sino por extrañarte el sonido. ¡Bien poca
cosa tenías que tacharle! Pues de ayer acá,
todo ha cambiado en el pobre chico, como si para mirarle
te pusieran un velo negro delante de los ojos. ¿Es verdad
esto? ¿sí o no? Respóndeme, hija mía,
pero acordándote de que te has alabado hace un momento
de ser llana y a la buena de Dios.
-Otra exageración
tuya, papá -dijo Nieves eludiendo la respuesta terminante
que se la pedía-. No es ese el caso.
-Corriente -añadió
Bermúdez tomando nueva postura en la silla-. Pasemos
también por eso, y quédense las cosas donde
y como tú quieres ponerlas. Pero bueno o malo, blanco
o negro, ya está tu primo llegando a las puertas de
Peleches: ¿qué hacemos con él? ¿se las cerramos?
¿le dejamos entrar?
-Tampoco se trata de eso, papá:
repáralo bien.
-¡Otra te pego! Pues ¿de qué
se trata, hija mía?
-Se trata de responder a una
pregunta que me hiciste al principio. Querías saber
por qué no me alegraba yo con la noticia que me diste,
y ya lo sabes. No se trata de otra cosa.
-Perdona, hija
del alma -repuso Bermúdez con una sonrisilla muy amarga-.
Me has explicado, a tu modo, las repugnancias o disgusto,
o lo que sea, que te produce la noticia que te he dado; pero
el por qué, la causa generadora de todo ello, te has
guardado muy bien de declarármela.
Algo vivo y muy
sensible debió herir en los adentros de Nieves esta
salida de su padre, porque no halló reparo que ponerle
ni serenidad bastante para suplir con un ademán o
un gesto la falta de una palabra.
-¡Ay, Nieves! -la dijo
Bermúdez entonces moviendo desalentado la cabeza-:
tampoco yo soy lo que fui en el modo de mirar ciertas cosas;
también tengo, de poco acá, mi correspondiente
velo que me cambia los colores. ¡Si supieras qué fantasmas
veo algunas veces, y con qué claridad en otras! Por
de pronto, veo que no he vivido solamente en el error que
me citaste, sino en otros muchos; y voy temiendo que uno
de los mayores ha sido el de traerte aquí tan de prisa
y con los fines con que te traje.
-Pues si eso ha sido un
error tuyo -saltó Nieves emocionada, nerviosa, con
la sinceridad de lo que decía bien reflejada en sus
ojos-, a tiempo estás de enmendarle. Volvámonos
desde mañana, desde hoy, si es posible, a Sevilla.
Puede que hasta te lo agradezca yo mucho... Créeme,
papá, porque te lo digo de todo corazón...
-¡Eso es! -dijo Bermúdez casi aplanado ya-, huidos...
¡huidos, Nieves!... ¿Y de qué... o de quién,
hija mía? ¿Del pobre mejicanillo? Tiene muy poca sombra
ese para infundirte tanto miedo. Algún otro coco habrá
de mayor talla por ahí... sabe Dios en dónde.
Pero ¿qué te importa a ti que le haya o no le haya?
dirás tú. Y con muchísima razón.
A mí ¿qué me importa, ni qué motivos
hay, ni quién soy yo para que me importe?
El pobre
don Alejandro se conmovía por momentos; y Nieves,
que se lo notaba en la voz, acabó de perder la poca
serenidad que le quedaba, y rompió a llorar de firme
con la cara entre las manos. Acudió su padre a consolarla,
y ella entonces le echó los brazos al cuello.
-¡Pobre
papá! -le decía entre besos y lágrimas-,
tú no mereces que yo te dé un mal rato... y
sin causa ni motivo... porque no los hay... yo te lo aseguro...
Es que sucedió lo que temía... que no sé
dar a esas cosas serias su propio valor... cuando quiero
explicarlas; y no hay más... Yo no haré sino
lo que a ti te agrade... ¿Te parece mucho dejarme libre la
voluntad en esos planes vuestros?... Pues ni eso te pediré.
Y te juro que nunca trataré de imponerte la mía,
aunque me fuera en ello la vida entera... ¡Qué más
he de decirte? ¿Lo encuentras poco todavía... para
perdonarme... y para quererme como siempre me has querido?
¡Virgen María!... ¡Papá del alma!... ¡Si tú
supieras!...
Bermúdez no podía contestar a
Nieves con palabras, porque no hallaba medio de articular
la más sencilla. Suplía esta deficiencia pasajera
apretando o aflojando los abrazos a su hija; y así
se entendieron los dos tan guapamente.
Por remate de la
escena, que fue larga, logró decir con regular firmeza
don Alejandro mientras enjugaba las lágrimas de Nieves
con el pañuelo.
-¡Ea, se acabó esto, canástoles!
Y ahora, a su cuarto la niña para refrescarse la cara,
y sobre todo los ojos, que se nos han puesto como dos puños...
¡Y unos ojos tan bonitos!... ¡Por vida de!... ¡Vaya, vaya!...
Se nos va a lo mejor el santo al cielo; se deja uno ir detrás
a lo tonto, y luego suceden estas cosas tan desagradables...
¡Canástoles!... ¡como si no hubiera tiempo de sobra
en la vida para irse diciendo los secretillos más
guardados, poco a poco y cuando mejor nos convenga! ¿No es
así, hija del alma?... Conque a recogerse y refrescarse
un poquito.
Nieves, que estaba deseándolo, complació
bien fácilmente a su padre; el cual, al verse solo
y al reconocer su herida, observó que con el final
de la reciente escena había desaparecido el clavo,
pero dejando la punta dentro.
Cerca del anochecer, llegó
don Claudio Fuertes. Mandole pasar don Alejandro a su gabinete,
y allí se estuvieron encerrados los dos hasta la hora
de cenar; porque Nieves se acostó muy temprano; y
con este pretexto, despidió Catana desde la puerta,
cumpliendo las órdenes de su señor, a los dos
Pérez cuando llamaron a ella a la hora acostumbrada
de todas las noches.
Don Adrián sorprendido y Leto
atolondrado, bajaron hasta muy cerca de la botica sin decirse
una palabra. Allí fue donde el boticario padre enderezó
estas pocas al farmacéutico hijo:
-Verdaderamente
es raro, ¡caray! sí, señor... es raro. Ni siquiera
de cumplido, hombre: «pasen ustedes un momento... avisaré
a don Alejandro...» para hacerle el homenaje de amigos...
eso es... Pues nada, Leto... portazo, ¡caray! ¿Se habrá
sabido aquello? ¿Habremos caído en desgracia?... Si
es de cuidado lo de ella... por lo mismo; y si no lo es,
igualmente... Vamos, que no hallo razón para el...
llamémosle desaire, eso es, inmerecido... Y no
me duele por desaire, no, señor: me duele como síntoma,
como síntoma de un enojo... eso es, del señor
don Alejandro... ¡Caray! con lo que yo le estimo y le...
¿Lo ves tú de otro modo, Leto?
-Falta saber -dijo
éste-, si a don Claudio le ha pasado lo mismo que
a nosotros; y eso lo sabré mañana, si no lo
averiguo esta misma noche.
-Me parece bien pensado, hijo;
muy bien pensado... eso es.
-Y si resulta que no ha habido
portazo para él, démonos usted y yo por muertos
en Peleches.
-¡Caray, caray!
  - XXII -
Un incidente grave
En buen grado de tensión estaban
las impaciencias de Leto para dejadas así hasta el
día siguiente, sin el riesgo de un estallido! En cuanto
entró en la botica le dijo a su padre:
-Me voy a
buscar a don Claudio.
Y se fue. Le buscó en el Casino:
no estaba allí. En su casa: tampoco. Anduvo por los
sitios en que solía vérsele paseando algunas
veces: ni la menor huella de él.
-Pues está
en Peleches sin remedio -se dijo consternado-. Mi desgracia
es indudable.
Enderezó los pasos hacia la botica;
y al entrar en la plazuela, vio, entre las sombras del fondo,
junto a la desembocadura de la Costanilla, un bulto negro
que se movía hacia él.
-Es la silueta de don
Claudio, -pensó dirigiéndose a su encuentro.
Lo era efectivamente. Se reconocieron; y dijo al instante
Leto:
-He andado buscándole a usted por todo Villavieja.
-Y yo venía dudando -dijo a su vez el comandante-,
si colarme ahora en la botica para hablar con usted delante
de don Adrián, o dejarle recado para que se viera
conmigo en mi casa.
-¿Luego tiene usted algo grave que decirme?
-observó Leto casi afónico y temblándole
todas las entrañas.
-Tanto como grave -repuso Fuertes-,
no; pero algo que les conviene saber a ustedes por más
de un concepto, sí.
-«A ustedes» -pensó el
mozo repitiendo con cierta fruición estas palabras
de don Claudio-. Luego no va conmigo solo el cuento; y no
yendo conmigo solamente, puede ser otro cuento distinto del
que tanto miedo me da. A salir de dudas-. Pues hágame
usted el favor -dijo a su amigo, lo bastante bajo para que
no lo oyera nadie más que él-, de referirnos
lo que haya, sea malo o pésimo, pues bueno, ni casi
regular, no lo espero; porque desde el portazo que se nos
dio esta noche en Peleches, estamos mi padre y yo que no
nos llega la camisa al cuerpo...
-Lo presumía -respondió
Fuertes-, y por eso no me ha chocado oírle a
usted decir que anduvo buscándome por toda la villa...
Porque yo estaba dentro cuando ustedes llegaron, y sabía
lo que había de suceder, si llegaban, desde un rato
antes por haber oído el recado que dio don Alejandro
a Catana... Situaciones que el demonio prepara y no puede
uno remediar. Al caso.
Y comenzó a referir a Leto
lo que afirmó ser «lo único» que él
sabía. Según el relato aquél, Nieves
y su padre habían tenido una escena un poco desagradable
con motivo de la próxima llegada del mejicanillo.
Discordancias radicales en el modo de estimar cada uno de
los dos aquel suceso. A Nieves, nerviosa y algo trasmudada
desde el tremendo de la antevíspera, que continuaba
ignorando su padre, se le habían escapado ciertas
franquezas que cayeron sobre las suspicacias de don
Alejandro como la pólvora sobre el fuego. Porque don
Alejandro andaba muy suspicaz desde aquel día, como
le constaba a Leto muy bien. Se había dado en él
un caso que no dejaba de ser frecuente: el de hallar algo
en que no pensaba, buscando otra cosa muy distinta; y lo
que había encontrado sin buscarlo, era el fuego en
que habían caído las franquezas de su hija;
o si lo quería más claro Leto, las franquezas
de Nieves le demostraron, no solamente que su hallazgo no
era ilusorio ni soñado, sino que el mal estaba ya
hecho y con hondas raíces en la víctima. Bermúdez
no había llegado con sus sospechas más que
hasta el arranque del camino que conducía a ese mal:
no era difícil presumir el efecto que le habría
causado el descubrimiento, teniendo, como tenía, sus
cálculos hechos y sus ilusiones acariciadas, con otros
derroteros muy distintos. A él, a don Claudio, le
había confiado sus cuitas, para pedirle informes,
si podía dárselos; algo de luz clara con que
guiarse en la lóbrega sima en que habla caído
tan de repente; porque no podía contarse con lo que
espontáneamente declarara Nieves entonces, ni convenía
apurarla más en el estado de exaltación en
que se hallaba. Más adelante ya se vería. Fuertes
se había guardado, muy bien de decir a don Alejandro
lo que pensaba acerca de tan delicado particular: al contrario,
puso todo su empeño en convencerá su amigo
de que estaba alarmado sin fundamento alguno. Tarea inútil:
don Alejandro quedaba en sus trece y resuelto a poner de
su parte todos los medios que considerara prudentes para
combatir el mal como debía combatirle. ¿Qué
medios eran ellos? No lo sabía aun con certeza; pero
no tardaría en saberlo. Él no culpaba, no quería
mal a ninguno; porque la mayor parte de las veces se causaban
los daños más graves con los propósitos
más honrados; pero se hallaba en una situación
de ánimo tan apurada, en un temple tan singular de
espíritu, que temía cometer, en presencia de
las personas que eran el principal motivo de su disgusto,
algún acto que le pesara después. En este pasaje
del diálogo se había dado a Catana la orden
de no recibir a Leto ni a su padre. «Esto, por de pronto»
-había dicho enseguida don Alejandro-, «y bien sabe
Dios que me duele en el alma. Iremos tirando con paliativos
así, lo que se pueda; y después... ya se verá.
Usted me hará el favor de entretener a esos señores,
con la mejor disculpa que su discreción le dicte,
alejados de aquí por unos días, si no le parece
que abuso de su bondad».
-Esto es lo que hay en substancia,
Leto -le dijo don Claudio en conclusión-. No sé
si refiriéndoselo a usted como se lo he referido,
falto o no falto a la confianza depositada en mí por
don Alejandro; pero sé que no es usted hombre que
se conforma con parvidades en tragos de esta naturaleza;
y, sobre todo, sé que en ninguna sima más honda,
ni en arca mejor cerrada que usted, puede guardarse este
secreto. Ahora, refiera usted de él lo que mejor le
parezca a su señor padre, como yo pensaba hacerlo,
para que se cumplan las órdenes de nuestro amigo,
sin contratiempos como el de esta noche para ustedes...
y ánimo ¡voto al chápiro! que más amargo
y más duro fue lo de anteayer, y se portó usted
como un hombre.
El pobre muchacho, con las manos en los
bolsillos y la cabeza caída sobre el pecho, no dijo
una palabra. El comandante, después de contemplarle
unos momentos con expresión compasiva, le puso blandamente
la mano sobre la espalda y le preguntó, con esa aspereza
cariñosa, tan propia de los hombres que han educado
sus afectos entre los rigores de la ordenanza militar:
-¿Duele,
amigo?
Irguiose entonces el valiente mozo, y le respondió,
oprimiéndole una mano con las dos suyas:
-¡Ay, señor
don Claudio! si después de salvarse Nieves me hubiera
quedado yo en el fondo, de la mar, ¡qué fortuna para
ellos y para mí!
Y sin poder averiguar el comandante
si aquel relucir extraño de los ojos de Leto eran
lágrimas o no, le vio caminar a largos pasos hacia
la botica, y sin entrar en ella, subir a casa por el portal
contiguo.
Don Claudio Fuertes entonces, hiriendo el suelo
con un pie antes de echar a andar, exclamó entre dientes
con verdadero coraje:
-¡Y qué mejor empleada que
en ti, voto al demonio?
Leto subió en derechura a
su cuarto con el doble fin de serenarse un poco y de
pensar lo que debía referir a su padre, entre
todo lo que el comandante le había referido a
él. Fue tarea de tres cuartos de hora escasos.
Al cabo de ese tiempo, bajó a la botica a menos
de media serenidad y con el relato en hilván. No le
permitió mayores lujos su pícaro temperamento.
Poco fue lo que dijo a su padre, encerrados los dos en el
despacho de la trastienda, como explicación del portazo
de Peleches; pero de tal modo y con tal arte de voz, de miradas
y de greñas, que dejó al pobre boticario más
aturdido de lo que estaba.
-De manera, hijo -observó
don Adrián, dale que dale al codo, pero muy suave
y lentamente, con el gorro sobre las cejas y la carita rechupada-,
que por fas o por nefas... eso es, pues propiamente luz,
no resulta del relato: por fas o por nefas, repito, esa nube
no ha cogido a nadie más que a nosotros... a nosotros
dos, eso es. ¡Caray si es duro eso de pensar! Aflige, Leto,
aflige... contrista, sí, señor, verdaderamente;
apenas considerarlo, ¡caray! porque si uno sospechara cuando
menos... si a la dureza, eso es, del castigo, correspondiera
la... vamos, la falta; pero si por más que reflexiono,
que repaso la... Hombre, ¿a ti te dice algo la conciencia?...
Pero ¡qué te ha decir... supongo yo? ¿Por qué
camino andamos hijo y padre... eso es, con esos señores,
que no sea llano y descubierto, caray? Si se nos llamara,
es un suponer, a residencia, podría uno... Pero ni
eso, Leto: ni eso que es tan... de justicia... ¿Habrá,
hijo, de por medio algún informe, eso es... algún
informe alevoso? Porque verdaderamente, ¡caray! sin una razón
así, no se penetra... Por último, hijo del
alma: hagámonos superiores mientras pasen esos pocos
días que dice el señor don Claudio... y Dios
dirá, eso es; Dios dirá luego... Pero por lo
pronto, duele, sí, señor... ¡caray, si duele!
Mala noche pasó el pobre boticario a vueltas con
sus inútiles investigaciones mentales; peor que Leto,
mucho peor; porque éste, al fin, logró encontrar
en medio de sus escozores y espasmos, ya que no un calmante
de ellos, un remedio para sufrir hasta con gusto sus rigores;
y fue que de pronto cayó en una idea en que hasta
entonces no había caído de lleno, a causa de
tener la sensibilidad fuera de quicio por la fuerza de sus
aprensiones extremadamente pesimistas. Él había
sentido con lo dicho por don Claudio, que era un estorbo
en Peleches, y un motivo de perturbación para ciertos
planes de don Alejandro Bermúdez. Así, considerándolo
en montón; pero estudiándolo mejor después;
separando las cosas y examinándolas una por una,
acordose de que los enojos del señor de Peleches contra
él, dimanaban, según don Claudio, de ciertas
franquezas de Nieves que le habían confirmado en las
sospechas que ya tenía. ¡Santo Dios, lo que él
vio, lo que él sintió en aquellos momentos!
¡Qué efusiones tan hondas, jamás experimentadas!
¡qué terrores tan nuevos y tan sublimes! ¡qué
recelos tan extraños!
Póngasele el sol de
repente en las manos a un hombre que le haya estado adorando
sin otro fin que adorarle. Pues en una situación por
el estilo se vio Leto al dar a las franquezas de Nieves la
única interpretación que podía darlas
por la virtud de los hechos y la fuerza de la lógica.
El peso de la mole le aplastaba, la luz resultaba fuego;
pero ¡qué martirios, qué torturas, qué
muerte tan adorables! Porque él se daba por muerto,
como dos y tres eran cinco. Que no estorbaba a Nieves en
ninguna parte; que Nieves le había entendido la metáfora
del aire y del sol y del humilde puesto para tomarlos, y
que lejos de ofenderse con el símil, hasta le había
reprendido a él porque no colocaba su banqueta en
primera fila, bien sabido se lo tenía, y bien justipreciado
en las entretelas de su corazón; pero que el sol descendiera
de su trono para... ¡Dios clemente! ¡Cómo no había
de execrarle el señor don Alejandro Bermúdez?
Por otra senda bien distinta esperaba él aquella
execración; pero ya que había llegado y pues
que era de necesidad que llegara, bien venida fuera por donde
había venido. Cierto que el abismo resultaba
así más hondo para él que de la
otra manera; pero, en cambio, menos frío y solitario;
y eso salía ganando en definitiva.
Así entretuvo
las largas horas de aquella noche y las del día que
la siguió. Poco más o menos, como las entretenía
su padre en la botica y en la cama, y los señores
de Peleches en su empingorotado caserón.
Se cruzaban
poquísimas palabras entre la hija y el padre; no por
enojos mutuos, sino porque temían entrar en conversación.
Ella, ya en plena posesión de sí misma y sabiendo
por Catana la orden dada por su padre contra los dos Pérez
de la botica, le preguntó, muy serena, al tercer día
del percance gordo:
-¿Sabes tú por qué no
han vuelto por aquí esos señores?
-¿Qué
señores? -preguntó a su vez don Alejandro,
descubriendo en su turbación que por demás
sabía de qué sujetos se trataba.
-Don Adrián
y su hijo, -respondió Nieves con la mayor tranquilidad.
Bermúdez se quedó lo que se llama cortado;
amagó una respuesta evasiva, y lo puso peor. Su hija
no pudo menos de sonreírse al verle tan apurado, y
le dijo muy templada:
-Mejor pago merecían de ti:
créeme.
Esto ocurría al irse cada cual a su
agujero después de la sobremesa.
A media tarde recibió
el correo don Alejandro; y en el correo, nueva carta de su
sobrino Nacho, fechada la víspera en la ciudad. Debía
llevar en ella, por su cuenta, dos días y medio. ¿Le
anunciaría ya la salida para Peleches?... ¡Pues en
temple estaba el horno para aquella clase de rosquillas!
¡Canástoles, qué lío! Leyó la
carta, que era breve, y se le cayó de las manos convulsas.
«Según noticias de buen origen -decía el mejicanillo-,
que acabo de recibir, mi alojamiento en Peleches podría
originar grandes contrariedades a mi prima, cuyos entretenimientos
y placeres, autorizados y consentidos sin duda alguna por
usted, son incompatibles con la presencia continua de un
extraño que hasta pudiera suscitar recelos de cierta
especie en el afortunado conquistador de los entusiasmos
de Nieves. Como no tenía la menor idea de estas cosas
y se aproxima la hora de emprender la marcha que le anuncié
a usted en mi carta anterior, le pido la merced de una declaración
explícita sobre lo indicado, para saber a qué
atenerme antes de salir de aquí, o para no salir con
ese rumbo, si hasta este sacrificio fuere necesario en bien
de ustedes, y particularmente de mi encantadora prima».
Don Alejandro Bermúdez permaneció un buen
rato como descoyuntado sobre la silla en que se sentaba,
con la cabeza gacha y mirando la carta, que estaba a sus
pies, hasta con el ojo huero.
De pronto se sintió
poseído de una comezón irresistible; recogió
de una zarpada el funesto papel; y estrujándole con
los dedos temblones, salió de su gabinete a todo andar
en busca de Nieves que estaba en el saloncillo.
-Entérate
de esa carta que acabo de recibir -la dijo poniéndola
en su regazo-. Otra prueba más de lo injusto que estoy
siendo con tus buenos amigos, y dime, después que
te enteres de ella, qué contestación he de
darla.
También a Nieves, que ya se había alarmado
no poco al ver el continente de su padre, le tembló
la carta entre las manos: primero por zozobra, y después
por indignación. Ésta le prestó fuerzas;
y con la ayuda de ellas pudo decir a su padre, devolviéndole
al mismo tiempo la carta de su primo:
-Esto es una infamia,
y nada más.
-¿De quién? -la preguntó
su padre dando diente con diente.
-De Rufita González:
apostaría la cabeza -respondió Nieves sin vacilar-.
Ya sabes el empeño que tiene en que su primo vaya
a vivir con ellas.
-Es posible que no te equivoques -dijo
Bermúdez menospreciando aquel detalle del asunto-;
pero ¿por qué sabe Rufita González esas cosas?
mejor dicho, ¿por qué han de ser ciertas esas cosas
que?... Tampoco es esto: ¿por qué lo que yo me sospechaba
viene a confirmarlo Rufita González, o quien sea el
que haya dado la noticia a que se refiere tu primo? Este
es el caso, Nieves: éste es el caso de importancia
para mí. Niega ahora mis supuestos y llámame
injusto, y, sobre todo, dime qué contestación
he de dar yo a ese pobre muchacho.
-Si has de darle la que
merece -respondió Nieves con gesto despreciativo-,
no hay que calentar mucho la cabeza para discurrirla.
-A
ver.
-Rufita González -prosiguió Nieves muy
entera-, podrá haber cometido una infamia, disculpable
en su mala educación, dando las noticias que le ha
dado a tu sobrino; pero ¿con qué disculpará
él la trastada de haberte venido a ti con el cuento
sin más ni más? ¿Te parece eso a ti rasgo de
hombre de fuste, ni siquiera de persona decente?
-Poco a
poco -repuso don Alejandro tomando con entera decisión
y completa buena fe la defensa de su sobrino-. Para fallar
sobre ese caso, hay que ponerse en lugar de tu primo. Está
para llegar a nuestra casa, y se le dice que va a servir
de estorbo en ella en el sentido, que a él le duele
mucho, porque cabe que traiga el infeliz sus planes muy acariciados...
Pues, mujer, qué menos ha de hacer en tales casos
una persona sensible y delicada, que preguntar, para evitarse
un portazo en las narices: ¿estorbo o no estorbo? ¿voy o
no voy? Y digo, ¡una persona que viene desde un extremo del
mundo, solamente para eso! ¿Te parece que tiene vuelta el
argumento, Nieves? Pues no la tiene, aunque otra cosa se
te figure. De todas maneras, no se trata aquí de ese
particular que, por ahora, es secundario. Mi tema es otro
bien distinto, que más tarde o más temprano
había de ventilarse entre los dos, y quisiera yo ventilar
ahora mismo, puesto que la oportunidad se nos ha venido a
las manos. ¿Estás pronta a complacerme, hija mía?
Nieves, pasando y repasando maquinalmente la aguja con que
bordaba, por el cendal finísimo que cubría
su bordado, y la vista perdida en el aire, dio a entender
con un gesto y una leve sacudida de sus hombros, que lo mismo
le daba.
-Pues a ello -prosiguió su padre optando,
por lo que prefería-. Anteayer, aquí mismo
y a estas mismas horas, tuvimos una escena que nos dolió
mucho a los dos, por un motivo muy emparentado con el de
hoy... Yo te acusé entonces, y tú ni confesaste
claro ni negaste, ni tampoco te defendiste; pero dijiste
y otorgaste con tu silencio lo suficiente para que yo pudiera
formar juicio de todo, como le formé; y teniéndole
por bien fundado, tomé una resolución que tú
has calificado de injusta pocas horas hace. ¡Es tan distinto
del mío tu punto de vista! Pero es el caso que el
otro día nos anduvimos tú y yo, por salvar
ciertos respetillos, con paños calientes y figuritas
retóricas, y que hoy piden las circunstancias que
dejemos esos respetillos a un lado y llamemos las cosas por
sus nombres para acabar de entendernos... ¿No te parece así?...
-Como quieras, -volvió a decir Nieves con el mismo
ademán y el mismo gesto de antes, pero algo más
descolorida y emocionada.
-Pues allá va en plata
de ley -añadió Bermúdez, no muy sereno
tampoco-. Entre ese muchacho y tú ha llegado a desenvolverse
un... vamos, un afecto, digámoslo así, más...
más hondo, más fuerte que el de la amistad...
-¿Qué muchacho? -preguntó Nieves, casi sin
voz y temblorosa, con ánimo de alejar un poquito más
la respuesta que se la pedía tan en crudo.
-El hijo
de don Adrián... Leto, vamos.
-No sé yo -dijo
aquí la pobre niña aturrullada y convulsa-,
cómo responderte a eso; porque no está bien
claro...
-A ver si puedo yo ir ayudándote un poquito
-interrumpió Bermúdez con un gesto, como si
mascara ceniza-. Tú eres una jovenzuela sin experiencia
y sin malicias; y él un mozo que, aunque no largo
de genio, al fin ha rodado por las universidades; se ha visto
agasajado en Peleches y muy estimado por ti, que no eres
costal de trigo; y ¡qué canástoles! hoy una
palabrita y seis mañana, habrá ido insinuándose
y atreviéndose poco a poco, hasta despertar en ti...
-¡Él? -exclamó Nieves, reviviendo de pronto
por la virtud de aquella injusta suposición de su
padre.
-Él, sí -insistió éste
con verdadera saña-. ¿De qué te asombras?
-De que seas capaz de creer eso que dices, -respondió
Nieves más serena ya-. ¡Él, que es la humildad
misma! Se le había de presentar hecho y aceptado por
nosotros todo cuanto tú supones, y no había
de creerlo. Te juro que no me ha dicho jamás una sola
palabra de esas, y que ni le creo capaz de decírmela.
-Pues entonces, ¿qué hay aquí? -Y ¿lo sé
yo acaso, papá? Tú mismo le has traído
a casa; tú mismo me has ponderado mil veces sus prendas
y sus talentos; si yo me ha confiado a él y le he
tomado por guía en unas ocasiones, y por maestro y
confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplácito
ha sido. Tratándole con intimidad y a menudo, como
le he tratado delante de ti, casi siempre, he visto que vale
mucho más de lo que juzgábamos de él,
y que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor
esperanza de que se lo agradezcamos. Todo esto sé
de él. ¿Tiene algo de particular que yo lo sepa con
gusto y que me complazca con el trato de un mozo de tan raros
méritos? Pues no hay más, papá, y en
eso se estaba cuando me anunciaste la venida del otro.
-Y
ahí está el dedo malo precisamente -replicó
Bermúdez arañándose las palmas de las
manos con las respectivas uñas-. Resultó el
contraste, y ¡pum!... a la cárcel Nacho.
-Yo no me
opuse a que viniera, recuérdalo... y recuerda también
lo que te prometí.
-¿Qué fue lo que me prometiste?
porque, a la verdad...
-Te prometí que dejándome
libre la voluntad para... esas cosas, jamás me empeñaría
en imponértela a ti, aunque me fuera en ello la vida.
Pues hoy te repito la promesa, y sin esfuerzo, papá,
créemelo. Yo empiezo a vivir ahora, y me encanta esta
libertad que gozo a tu lado y entre pocos y buenos amigos.
¡Cómo han de caber en mí otros planes tan contrarios,
ni siquiera tentaciones de hacerlos?
-Concedido que no me
engañas en eso que dices... ni en nada, porque la
condición de veraz tampoco quiso negártela
Dios; pero no basta para remate de este condenado pleito.
Por lo mismo que careces de experiencia para discernir ciertos
achaques del alma, es de necesidad que yo estreche un poco
más los argumentos para saber a qué atenerme
sobre el particular de que tratamos. No tienes planes de
cierta especie, ni la menor idea de imponerme tu voluntad
ni tus caprichos: corriente; pero suponte ahora que yo te
digo: es indispensable, absolutamente indispensable, cambiar
de vida, de estado... en fin, hija, casarse, porque, de otro
modo, ahorcan. Aquí tienes dos aspirantes: tu primo
Nacho y Leto. Elige.
-Pues a Leto, -eligió Nieves
sin vacilar.
-¡Muy bien! -dijo su padre dando pataditas
en el suelo para desahogar la inquietud que le consumía-.
Pues ahora te pongo delante al propio boticario ese, y al
mejor mozo y más rico y más honrado y decente
de Sevilla, y te vuelvo a decir: elige.
-A Leto, -insistió
Nieves.
-¡Canástoles! -exclamó don Alejandro
en los últimos extremos ya de la congoja que le ahogaba-:
¡qué aberraciones, hombre! Pues ahora te mando elegir
entre el propio desastrado farmacéutico y el Príncipe
de Asturias, si le hubiera, y soltero y galán...
el Emperador de todas las Rusias y del Universo mundo...
-Pues también a Leto... -¡Y afirmabas que no había
planes ni!...
-¡Pero si vas tú dándomelos
hechos, papá!...
-Pues arderá Troya, hija...
y por los cuatro costados, antes que las cosas vayan por
donde no deben de ir.
Mascullando estas palabras se apartó
de Nieves sin detenerse a observar el estrago causado en
ella por sus nunca vistas destemplanzas.
En parecido temple
de nervios le halló poco tiempo después don
Claudio Fuertes. Cabalmente llevaba encargo de don Adrián,
muy encarecido y casi llorado, de interceder por ellos, de
suavizar asperezas, y propósito muy bien hecho de
complacer al bendito boticario, por creerlo conveniente y
hasta de justicia.
¡En mal hora lo intentó! -No
solamente -le dijo don Alejandro, hecho un erizo-, mantengo
la resolución tomada el otro día contra ellos,
sino que la adiciono con el propósito firme de que
en todos los días de su vida vuelvan a poner los pies
en mi casa. Que lo tengan entendido así.
Don Claudio
Fuertes no halló modo de calmar la iracundia de su
amigo, a quien desconocía en aquel estado, ni siquiera
de hacerle soportable ninguna conversación. Sospechando
que preferiría estar solo, despidiose de él
a poco de haber llegado, y se fue sin poder averiguar qué
nueva mosca había picado al buen señor de Bermúdez
para ponerle tan rencoroso como estaba contra los dos Pérez
de la botica, aunque presumiendo que todo sería obra
de alguna «franqueza» de Nieves, por el estilo de las de
marras.
Diole mucho que cavilar la racional sospecha; vio
las cosas con espíritu sereno y por todas sus caras
a la luz de los antecedentes que tenía, y sacó
en limpio que, saliera pez o rana en definitiva, era de necesidad,
por de pronto, enterar a don Adrián del mal éxito
de sus negociaciones, para que Leto, que se hallaría
presente, lo tuviera entendido en la correspondiente proporción.
Y se fue derecho a la botica donde, por haber hallado a
los dos Pérez solos, les informó, con las debidas
atenuaciones de caridad, de lo mal que andaban sus negocios
en Peleches.
A don Adrián le faltó poco para
desmayarse.
  - XXIII -
La tribulación del boticario
Media hora después,
con la faz macilenta y alargada, el ojo triste, las rodillas
trémulas y la respiración anhelosa, subía
el pobre hombre hacia Peleches. El sobrepeso agregado por
don Claudio a su cruz, se la había hecho insoportable.
No podía vivir así. Formó su resolución
con voluntad heroica; y en cuanto llegó el mancebo
a la botica, y se marchó el comandante, y Leto subió
al piso, cogió él el sombrero y la caña...
y ¡hala para arriba! Podría suceder que no se le franqueara
la puerta al primer golpe: él insistiría una,
dos y ciento y mil veces, hasta que los mismos robles se
ablandaran; o se colaría por los resquicios, o tomaría
la casa por asalto... Que el señor don Alejandro,
al verse con él cara a cara, se la llenaba de oprobios...
¿y qué? Cualquier afrenta, la más dura agresión.
«antes, eso es, que aquellas incertidumbres, ¡caray!
sí, señor; que aquel estado violento, eso es,
en que no podía él vivir».
Iluminaban a Peleches
las últimas tintas sonrosadas, pero frías,
del crepúsculo, cuando el viejo boticario, con la
mano lívida y convulsa, empuñaba el llamador
(un lebrel de hierro dulce con una bolita entre las garras
delanteras) de la puerta de ingreso al piso principal del
caserón de los Bermúdez. Dio tres golpes muy
desconcertados, como los que a él le producía
en el angustiado pecho el acelerado latir de su corazón,
y salió Catana. En cuanto vio a don Adrián
le dijo sin acabar de abrir la puerta:
-El zeñó
no pué...
Pero el boticario se coló en el
vestíbulo por la abertura, y desde allí interrumpió
a la rondeña de esta suerte:
-Ya, ya; pero esa orden
no reza, eso es, conmigo; porque vengo, sí, señor,
con su beneplácito... Tenga usted la bondad de prevenirle,
eso es, de avisarle, que estoy aquí a sus órdenes.
Y por si esto era poco, mientras Catana iba con el recado,
él la siguió de lejos, como si tratara de ponerse
en el rastro de su presa para que no se le escapara por ninguna
parte. Así llegó al extremo del pasadizo que
conducía al estrado. Era indudable que don Alejandro
estaba en su gabinete... hasta creyó percibir su voz
momentos después; su voz algo destemplada, por cierto.
«¡Caray, caray, qué desmayos!»
Volvió a aparecer
Catana. Con un gesto bravío le reprendió su
atrevimiento de colarse hasta allí, y con otro no
más dulce y un ademán adecuado, le mandó
que pasara al gabinete que le señaló con el
índice cobrizo.
Pasó don Adrián entre
vivo y muerto, y se plantó a la puerta con el altísimo
sombrero en una mano y el bastón en la otra, inmóvil,
derecho, rígido. Desde allí vio a don Alejandro
dando vueltas desconcertadas en el fondo del gabinete. En
una de aquellas vueltas se encaró con él, se
detuvo y le dijo, con una sequedad a que no tenía
acostumbrado al excelente farmacéutico de Villavieja:
-Pero ¿qué hace usted ahí? -Esperando, señor
don Alejandro -contestó el pobre hombre con la voz
como un hilo-, a que me dé usted su licencia.
-Según
mis noticias -replicó Bermúdez sin ablandarse
más-, esa licencia la traía usted ya desde
su casa.
-Mi señor don Alejandro -dijo aquí
don Adrián enjugándose el rostro macilento
con su pañuelo de yerbas, y entrando a cortos pasos
en el gabinete, -me he permitido afirmar esa... mentirilla,
eso es, para que se me franquearan, sí, señor,
estas puertas... ¡Mal hecho, caray, mal hecho! Verdaderamente
lo conozco, eso es... pero no había otro modo de lograr,
eso es, una entrevista, una entrevista con usted, mi señor
don Alejandro.
-Y ¿para qué necesita usted, señor
don Adrián, una entrevista conmigo?
-¡Para qué,
mi señor don Alejandro? -preguntó el farmacéutico
relajando todos los músculos de su cara-. ¡Para qué?...
Para mi sosiego... para dormir, para comer... para vivir;
¡caray! para vivir, mi señor don Alejandro... Para
todo eso.
Bermúdez que, por lo que le decían
aquellas palabras y lo que leía en la voz y en el
aspecto lastimoso de aquel hombre a quien tanto había
estimado y estimaba, calculaba la intensidad del daño
que le había hecho con su violenta medida, sintió
muy hondos pesares de no haberla meditado más, y maldijo
la negra fortuna que le conducía a extremos tan rigurosos.
-Siéntese usted, amigo mío -le dijo apiadándose
de él-; repóngase un poco, y dígame
luego cuanto tenga que decirme.
Le arrimó una silla
y se sentó en ella don Adrián. Él permaneció
de pie delante del boticario, y con las manos en los bolsillos.
Don Adrián Pérez, después de colocar
el sombrero en la silla inmediata y de enjugarse otra
vez la carita lacia con el pañuelo, comenzó
a hablar de esta suerte:
-Yo, señor don Alejandro,
me encontré antes de anoche... precisamente antes
de anoche, eso es, cerradas las puertas de esta casa... quiero
decir, nos las encontramos; porque mi hijo venía conmigo:
veníamos juntos, eso es... El caso era de notar por
nuevo... por nuevo, es verdad, pero no por cosa peor; porque
cabía creer que fuera medida, sí, señor,
medida general. ¡Caray, si cabía! Pero no lo fue,
mi señor don Alejandro, ¡no lo fue!; fue medida propia
y particularmente para nosotros; para nosotros dos, eso es:
para mi hijo y para mí. El señor don Claudio
Fuertes tuvo la bondad de informarnos de ello, con tino,
eso sí, y con todo miramiento, porque es persona de
suma delicadeza; como usted sabe muy bien... Nos dio algunas
esperanzas de que, corridos unos días, eso es, mejorarían
las circunstancias... Pero el hecho, mi señor don
Alejandro, estaba en pie; y dolía, dolía...
Preguntamos la razón, eso es; y la ignoraba el buen
amigo... Pasó la noche... sin sueño, por de
contado; y otro día, el de hoy, sin apetito naturalmente...
Ya ve usted, mi señor don Alejandro: el castigo notorio
y la culpa desconocida, ¡caray! en corazones de bien... aflige,
eso es, agobia... Y así todo el día de
hoy, hasta que el señor don Claudio Fuertes, después
de hablar con usted, nos ha venido a advertir, un momento
hace, que nuestro litigio aquí, iba ¡caray! de mal
en peor... Esto fue ya cegar, mi señor don Alejandro,
para los que estábamos a obscuras; eso es, cegar verdaderamente,
¡cegar, y cegar en la agonía!.. Pues, muerte por muerte,
me dije en cuanto me vi solo, démela el amigo irritado,
eso es, si me cree merecedor de ella... Y aquí estoy,
señor don Alejandro.
Eacute;ste dio dos medias vueltas,
conservando una de las manos en el bolsillo y resobándose
con la otra la barbilla; y después, deteniéndose
de nuevo delante de don Adrián, que no apartaba de
él la vista anhelosa, y volviendo a enfundar la mano
en el bolsillo correspondiente, dijo al boticario:
-Continúe
usted, señor don Adrián, todo lo que tenga
que decirme: después hablaré yo, si le parece.
-Pues en dos palabras termino -contestó el boticario
tomando nueva postura en la silla-. Así las cosas,
mi señor don Alejandro, y téngalo usted bien
entendido, eso es, bien entendido, desde luego, por anticipado,
le doy a usted la razón por ser una persona incapaz
de faltar a la justicia... Yo me confieso culpable, y mi
hijo, sí, señor, también se confiesa:
los dos, nos confesamos culpables; los dos le habremos
faltado a usted... no admite duda, cuando, teniéndole
¡caray! por el más cariñoso y noble, eso es,
de los amigos, y el más caballero de los hombres,
nos castiga... Pero ¿por qué? ¿En qué ha consistido
la falta, eso es, o la ofensa? Este es el clavo, mi señor
don Alejandro; éste es mi mate día y noche.
¿Cuál es nuestro delito? Sépale yo, sépale
mi hijo, para la debida reparación, eso es; porque
de otro modo, ¿de qué vale el buen deseo, caray? ¿de
qué la voluntad mejor dispuesta? De nada, mi señor
don Alejandro, de nada, ¡caray! de nada. Que no cabe reparación,
eso es; que usted no la admite ni la quiere... que estas
puertas continúan cerradas para nosotros... cerradas,
eso es... Malo, triste, ¡caray! muy triste, muy malo, sí,
señor; pero se sabe el motivo, se reflexiona sobre
él; resulta justo, justa y merecida la pena; y ya
es distinto, eso es; ¡pero muy distinto, caray!.. Y esto
es todo lo que verdaderamente tenía que decir a usted,
sí, señor; nada más, eso es.
Y mientras
don Alejandro Bermúdez daba otras dos vueltas en corto,
él se pasó nuevamente el pañuelo por
toda la cara, reluciente de sudor frío. El de Peleches,
al regreso de su última vuelta, dijo al boticario:
-Empecemos, señor don Adrián, por declararle
a usted, como le declaro, que soy tan amigo de usted
como lo era antes, y que no le estimo menos de lo que le
estimaba.
-Gracias, mi señor don Alejandro -contestó
el boticario desde el fondo de su corazón. Eso ya
consuela mucho, ¡caray si consuela!
-Y declarado esto -continuó
Bermúdez voltejeando a la vez por el gabinete, porque
seguía nervioso y espeluznado-, le declaro además
que no es tan fácil como parece la tarea de decirle
a usted todo lo que desea saber.
-¡Es posible? -Sí,
señor: como que es cierto. Y vamos a ver si consigo
explicarme de modo que usted me comprenda, sin decirle más
que lo que debo. Figúrese usted que el amigo a quien
más usted quiere, resulta inficionado de una peste
¿dejará usted de querer bien a ese amigo por tomar
ciertas precauciones... sanitarias contra él?..
-Conformes
-observó don Adrián abriendo mucho los ojillos
y la boca, como si le sorprendiera la gravedad del ejemplo-.
Conformes, señor don Alejandro: no querría
mal a ese amigo... inficionado, eso es, apestado, mejor dicho,
por alejarle de mi familia; no, señor: medida prudente
y de conciencia... de conciencia, eso es; pero le advertiría
en debida forma... del mejor modo posible, eso es, para que
no extrañara, para que no se doliera... En fin, mi
señor don Alejandro, entiendo el símil; pero
con la debida dispensa de usted, verdaderamente nada me dices
sino que por apestados, eso es, por inficionados de algo,
se nos han cerrado estas puertas, de repente, a mi hijo y
a mí. Que hay peste en nosotros, ya se lo he concedido
a usted antes de todo, sí, señor, concedido;
pero ¿qué peste es ella, mi señor don Alejandro?
Este es el punto... digo, me parece a mí, y el clavo,
sí, señor, muy doloroso.
-Efectivamente -repuso
Bermúdez mordiéndose los labios de inquietud-,
nada resuelve mi ejemplo en el sentido que usted desea. Vaya
otro más al caso. Imagínese que usted no es
don Adrián Pérez, sino don Alejandro Bermúdez;
que siendo don Alejandro Bermúdez, tiene una hija
exactamente igual a la que tengo yo: vamos, que Nieves es
hija de usted; que usted se ha consagrado en cuerpo y alma
al cuidado y a la educación de esa hija; que
desde que su hija era niña, trae usted formados y
acariciados ciertos planes que, una vez realizados, han de
hacer su felicidad, la felicidad de esa hija por todos los
días de su vida; que está usted en la cuenta,
por señales que parecen infalibles, de que su hija
consiente y aprueba y hasta acaricia los mismos planes que
usted; que en esta inteligencia, y para afirmarlos y asegurarlos
mejor, de la noche a la mañana, y de mutuo y
entusiástico acuerdo, dejan ustedes su residencia
de Sevilla, y se plantan, llenas las cabezas de ilusiones,
en este solar de Peleches; que limita usted su trato de intimidad
aquí a tres personas, muy estimadas, muy queridas
de usted: de esas tres personas, una soy yo, don Adrián
Pérez, y la otra, mi hijo, Leto de nombre; usted continúa
abriéndonos su casa y recibiéndonos en ella
con la mayor cordialidad; y nosotros correspondiendo a ese
afecto con otro tan hidalgo como él, e independientemente
de todo esto, usted, Alejandro Bermúdez, llevando
adelante y por sus pasos contados, el plan consabido; que
se deja usted correr así tan guapamente, tranquilo
y descuidado, y que un día, con motivo de un suceso
muy relacionado con ese plan, descubre usted que se le han
llevado los demonios, encarnados para ello en su hija de
usted y en mi hijo; o si lo quiere más claro aún,
en Nieves y en Leto... ¿Me va usted comprendiendo mejor ahora,
señor don Adrián?
Don Adrián, amarillo
y desmoronándose por todas partes, apoyó la
frente entre las dos manos cadavéricas colocadas sobre
el puño del bastón, y no dijo una palabra.
Don Alejandro, hondamente condolido de él, para dulcificarle
en lo posible el amargor de las suyas y acabar de explicarse,
continuó en estos términos:
-Yo no tengo nada
que tachar en Leto, amigo mío, y mucho menos en usted:
por donde quiera que se les considere, valen tanto como nosotros,
más si es preciso; pero yo, como le he dicho, tenía
mis planes; los vi desbaratados de repente y cuando más
seguros los creía; supe la causa de ello; y ¡qué
canástoles! don Adrián, hice, por de pronto,
lo que hubiera hecho usted en mi caso: aislarme del peligro
para pensar a solas, para discurrir sobre él... No
es uno dueño de los primeros movimientos del ánimo;
y la amarga sorpresa me ofuscó. No me detuve a elegir
un pretexto que, sirviendo a mis fines, no le causara mortificaciones
a usted: lo confieso. Además, contaba con que la ráfaga
pasaría pronto, si es que no era una ilusión
de mis sentidos; pero sucedió lo contrario, don Adrián:
lo sospechado resultó evidente, de toda evidencia,
y entonces acabé de cegarme. Este es el caso. Perdóneme
usted lo que le haya alcanzado indebidamente de mi enojo;
y para conseguir ese esfuerzo de su corazón, póngase,
como antes dije, en mi lugar.
Callóse Bermúdez;
y alzando enseguida la cabeza el boticario y levantando poco
a poco los ojuelos hasta él, exclamó entre
acobardado y aturdido:
-Verdaderamente, sí, señor,
-es sorprendente... y espantoso, el caso ese... ¡lo que se llama
espantoso!... Vamos, que necesito haberle oído en
boca de usted, para darle crédito, sí, señor.
Algo así tenía que ser para un castigo como
el impuesto... que es dulce, ¡caray, muy dulce! para la enormidad
de la falta, eso es. Pero, señor, ¿cómo la
ha cometido ese chico? ¿qué espíritu malo le
emborrachó? Porque él es incapaz de atreverse
a tanto, verdaderamente, de por sí: la misma cortedad
andando, eso es, y el respeto, ¡caray! y la gratitud... Es
más: él me ha visto en las angustias de estos
días, sí, señor, y me ha oído
amontonar, eso es, conjeturas y supuestos; y nada, ni una
palabra, ¡él, que es todo franqueza y sencillez!...
Vamos, señor don Alejandro, que lo creo, eso es, pero
que no me lo explico.
Los dos podemos tener razón,
señor don Adrián -replicó Bermúdez
continuando sus paseos en corto-. Cabe perfectamente que
su hijo de usted haya hecho el daño sin propósito
de hacerle, y que ignore a estas horas lo que ha hecho. El
corazón humano es así muy a menudo: para saber
el valor positivo de lo que contiene, necesita, como ciertos
metales, probarse en la piedra de toque. Eso hice yo en mi
casa, don Adrián: someter un afecto, quizá
desconocido del alma que le contenía, a aquella prueba...
Y así le descubrimos los dos. La misma prueba hecha
en casa de usted, hubiera producido idéntico resultado.
-No me atrevo a negarlo ni a ponerlo en duda, señor
don Alejandro: después de lo que usted me ha dicho,
eso es... creo, creo hasta en agüeros... ¡y hasta en
las brujas mismas, caray!
-El caso es, amigo mío,
que el daño existe, para mi desgracia.
-Esa es, mi
señor don Alejandro, la que yo lamento: no la mía,
que ya no me preocupa.
-Y vuelvo a repetirle que no me quejo
de nadie, sino de mi mala fortuna; que no alzo ni bajo ni
estimo en más ni en menos a su hijo de usted, ni le
quito ni le pongo al acudir a ciertos extremos y al expresarme
de cierto modo; pero yo tenía mi rumbo trazado, mis
planes hechos...
-Sí, mi señor don Alejandro:
usted tenía sus planes, ¡muy bien tenidos!... eso
es, y muy bien hechos; planes ¡caray! de toda la vida, que
son, sí, señor, los más estimados; y
si esos planes, supongamos, le hubieran fallado por una causa...
ordinaria y corriente, eso es, y común de todos los
días, usted hubiera formado otros a su gusto; mientras
que de este otro modo, eso es...
-Por consiguiente, señor
don Adrián, no debe chocarle a usted que, sin dejar
de estimarlos a los dos, a usted y a su hijo, en lo que valen,
persista por ahora en mi determinación... Esto no
es cerrar a usted las puertas de mi casa, entiéndalo
usted bien...
-¡Chocarme a mí nada de eso! -exclamó
don Adrián levantándose de la silla, tembloroso
y con los ojos empañados-. ¡Creer que me cierra usted
las puertas de su casa... cuando voy, eso es, a cerrármelas
yo mismo! Porque debo cerrármelas, eso es, y no volver
a llamar a ellas mientras no traiga en las manos, sí,
señor, las pruebas de haber reparado la ofensa inferida
a usted... Y se reparará, sí, señor,
yo lo fío.
-No es fácil, amigo don Adrián.
-Yo repito que lo es, mi señor don Alejandro... ¡Yo
repito que lo es! Yo conozco a mi hijo; yo sé que
es de noble condición, honrado, sí, señor,
y pundonoroso como él solo... Yo sé que es
incapaz de levantar, eso es, los ojos más arriba de
la talla, digámoslo así, que le pertenece;
que estima y considera la amistad de usted, ciertamente,
por encima, eso es, de toda otra ambición; que no
ignora lo que yo me pago y me enorgullezco de ser... de haber
sido, el amigo más estimado, eso es, del señor
don Alejandro Bermúdez Peleches; mi hijo sabe, finalmente,
que es gusano de la tierra, sí, señor, y tiene
demasiada inteligencia, y rectitud por demás, para
atreverse... con las águilas de las alturas. Eso es.
-Pero don Adrián -díjole Bermúdez mientras
encendía con una cerilla una vela puesta en un candelero
sobre la mesa, porque había anochecido ya-, si no
se trata...
-Por anticipado, desde luego, mi señor
don Alejandro continuó el farmacéutico sin
hacer caso de la interrupción-, le prometo a usted
que mi hijo cumplirá con su deber, como yo cumplo
ahora, y he de cumplir en adelante, con el mío; eso
es. Si tiene también sus planes, que lo dudo, contrarios
a los de usted, yo le diré, sí, señor,
que los destruya; y los destruirá; que no mire jamás
hacia Peleches, eso es; y cegará antes, sí,
señor, que faltar a mi mandato; que se hunda en el
polvo de la tierra; y se hundirá, eso es; se hundirá
hasta los abismos, sí, señor, más tenebrosos
y profundos. Lo fío, porque le conozco, y por ser
además todo ello de justicia... de reparación
debida a usted, verdaderamente, por una parte; y por otra,
de pundonor ¡caray! para nosotros, eso es.
-Repito que usted
extrema las cosas, amigo don Adrián.
-¡Ojalá
fuera verdad! Pero estoy en lo justo, sí, señor,
por mi desgracia, don Alejandro; en lo que debo, eso es,
en lo que debo, en lo que debemos a usted mi hijo y yo, eso
es, como le decía, y en lo que nos debemos a nosotros
mismos. En el mundo, señor don Alejandro, aquí,
en este rinconcito de Villavieja, hay muchos ojos ¡caray!
y muchas lenguas; no todos los ojos ven las cosas por una
misma cara, ni todas las lenguas explican de un mismo modo
lo que los ojos ven. La señorita Nieves es hija del
rico caballero don Alejandro Bermúdez Peleches, y
el padre de Leto es el pobre don Adrián Pérez,
boticario de Villavieja... eso es; y en un paño como
éste ¡caray! pueden entrar muchas tijeras, como haya
ganas de cortar, que nunca faltan... En fin, ya puede usted
comprenderme; y yo, mi señor don Alejandro, que he
conservado con honra durante setenta y cinco años,
eso es, la vida que recibí de Dios, con honra quiero
entregársela el día en que me la reclame, que
bien cercano está ya... Eso es.
Bermúdez ya
no daba vueltas por el gabinete: se había detenido
delante del boticario; y a pie firme y con la cabeza algo
gacha y la mirada de su único ojo clavada en los humedecidos
de él, escuchaba sus ardorosos razonamientos.
-Y
ahora -dijo en conclusión el atribulado farmacéutico,
que ya llevo lo que venía buscando, y aun algo más,
eso es, si bien se mira, y sé a lo que debo atenerme,
si usted me da su permiso me vuelvo a mi casa... para terminar
debidamente lo comenzado a tratar aquí... Pero me
atrevería, por término, eso es, y por remate
de nuestro coloquio, a pedir a usted una gracia... ¡la última,
señor don Alejandro, por no molestar!
-Yo tendré
siempre -le respondió Bermúdez afablemente-,
el mayor gusto en servirle en cuanto pueda, señor
don Adrián: no lo dude usted un momento.
-No lo dudo,
señor don Alejandro -replicó el otro-. Y voy,
en prueba de ello, a la súplica. El camino hasta mi
casa no deja de ser largo y escabroso, y ya ha cerrado la
noche, eso es; ordinariamente, no me las arreglo bien con
las tinieblas; pero en el estado ¡caray! en que me encuentro
ahora... a la verdad, fío poco de mis fuerzas; y una
caída a mis años... ¡caray! ¿Tendría
usted inconveniente en que me acompañara un ratito,
por lo más obscuro nada más, eso es, su criado
Ramón?
-Sí, señor, que le tengo -respondió
Bermúdez dirigiéndose a la alcoba de su gabinete-,
porque quien le va a acompañar a usted, soy yo.
-¡Usted,
señor don Alejandro? -exclamó asombrado el
boticario.
-Yo mismo, señor don Adrián -respondió
Bermúdez desde allá dentro-, en cuanto me calce
las botas. Así como así, no me vendrá mal
orear un poco la cabeza fuera de casa. Don Adrián
sintió la fineza de su amigo, como una lluvia serena
en el estío las plantas mustias.
Apareció
pronto don Alejandro con todos los pertrechos necesarios
para ponerse en marcha, y el boticario le dijo:
-No he intentado
siquiera saludar, eso es, ofrecer mis respetos a la señorita
Nieves, porque verdaderamente es mejor que ignore, eso es,
que yo he hablado con usted.
-Nieves anda otra vez maleando
de la cabeza, y se había tendido sobre la cama un
poco antes de llegar usted. Sin eso, la hubiera usted saludado,
porque no quita lo cortés a lo valiente, señor
don Adrián. Con que cuando usted guste...
Salieron
ambos del gabinete; entró don Alejandro en el de su
hija; volvió a la sala a poco rato, dando al boticario
la noticia de que Nieves estaba mejor, y se fueron los dos
pasillo adelante.
Al desembocar en la plazuela de la Colegiata,
se despidió Bermúdez de su viejo amigo con
un fuerte apretón de manos.
-Ya está usted
en sagrado -le dijo-, y yo me vuelvo a mi escondite.
-Gracias
por todo, ¡por todo, sí, señor! -respondió
el boticario trémulo de voz y conmovido, como si se
despidiera de don Alejandro hasta la eternidad.
Retrocedió
Bermúdez hacia Peleches; y andando cuesta arriba y
meditando, dejó escapar de su pensamiento, y como
si fueran el resumen de sus meditaciones, estas palabras:
-¿Qué apostamos ¡canástoles! a que ese pobre
boticario vale mucho más que yo?
  - XXIV -
«El Fénix villavejano»
Acompañado del propio
Maravillas, que para eso y para dirigir y mejorar a su gusto
la edición, había ido dos días antes
a la ciudad, entraba en Villavieja el paquete de los quinientos
ejemplares, húmedo todavía y exhalando el tufo
que enloquece a los pipiolos y regocija a los veteranos en
la esgrima de la péñola, al mismo tiempo que
subía hacia Peleches don Alejandro Bermúdez.
Tinito el sabio se encaminó a su casa por los callejones
más extraviados, para no ser visto por sus amigos
y colaboradores, pues así convenía para sus
planes; y una vez encerrado en ella y después de encargar
muy encarecidamente que se dijera a cuantos llegaran a preguntar
por él, si alguien llegaba, que no había venido
aún, procedió a romper las ligaduras del paquete
con mano codiciosa y a dividir su contenido en cuatro porciones:
una para cada repartidor de los tres que tenía apalabrados,
y la más pequeña para dejarla de reserva. Era
cosa convenida con «los chicos de la redacción» que
el periódico se repartiría de balde en la villa
entre todas las personas cuya lista se había formado
con la mayor escrupulosidad, sin perjuicio de distribuir
el sobrante entre «lo menos irracional de la masa anónima»
(palabras textuales del propio Maravillas).
El periódico
era de corto tamaño y llevaba por nombre, en letras
muy gordas, el que se ha puesto al frente de este capítulo,
adicionado con esta leyenda: Revista literaria y de altos
intereses sociales, políticos y religiosos. La primera
plana y gran parte de la segunda, iban atestadas de prosa
sarpullida de signos ortográficos, bajo el rótulo
de Nuestros ideales. Después versos, ¡muchos versos!
Una Melancolía, dedicada «a la distinguida señorita
doña I. G.» (la Escribana segunda); un Éxtasis «a M. C.» (Mona Codillo); tres Ovillejos «al ilustrado Fiscal
de este juzgado, mi distinguido y bondadosa amigo don F.
R., en señal de consideración y afecto entrañable»;
unos Cantares tiernos «a la encantadora joven villavejana
A. C.» (Adelfa Codillo); Mis confidencias, «composición
graciosa, a la chispeante señorita R. G.» (Rufita González);
algunas coplas más por este orden, varios sueltos
en prosa, y en prosa también una Variante histórica
a la fábula de Hero y Leandro. Cada poesía
llevaba al pie todos los nombres y apellidos de su autor.
Maravillas firmaba con los suyos el artículo de entrada,
y sólo con iniciales la Variante.
-Y
de todo esto, ¿cuál es lo tuyo, hijo? -le preguntó
el tabernero su padre, que presenciaba, por no atreverse
a cosa mayor, las operaciones de deshacer el fardo y contar
ejemplares para separar los correspondientes a cada lista
de las tres desplegadas sobre la mesa.
-¿Pues no lo ve usted?
-le respondió el sabio poniendo el dedo sobre la firma
del programa y las iniciales de la fábula-. Todo lo
que no son coplas estúpidas y sin substancia: lo que
ha de levantar ronchas. ¡Vaya si levantará!... hasta
estos sueltecitos, que también son míos, y
de pronto no parecen nada: ya lo verá usted.
-Y ¿lo
conocen, lo conocen ya tus amigos, esos de las copias?
Miró
el sabio a su padre con el gesto de más altivo desdén,
y le dijo:
-¡Qué han de conocer esos mentecatos,
ni a título de qué? Lo conocerán mañana
cuando |