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    Autobiografía y cartas (hasta ahora inéditas) de la ilustre poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda
     con un prólogo y una necrología por D. Lorenzo Cruz de Fuentes
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Autobiografía y cartas (hasta ahora inéditas) de la ilustre poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda

[7]

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Al que leyere

     Ajena por completo a nosotros toda idea de lucro cuando en 1907 sacábamos a luz por vez primera los hasta entonces ocultos documentos literarios de la más insigne poetisa española, no cuidamos de trompetear su aparición por medio de los grandes rotativos, seguros, como estábamos, de que habían de ser acogidos con admiración y aplauso de los hombres doctos, pues ellos venían a satisfacer la natural curiosidad de conocer hasta lo más recóndito del pensamiento de la inspirada Tula, y a colocar, pudiéramos decir, la última piedra en el monumento, que la posteridad ha levantado a su memoria. Pero el éxito superó al cálculo; el libro se impuso por la novedad, por la extrañeza que al mundo literario produjo la no sospechada existencia de aquella autobiografía y de aquellas cartas amorosas, llenas de pasión y de fuego, cual las pudiera haber escrito la mismísima Safo, y reveladoras de un estado de conciencia y de sentimientos ignorado hasta entonces; si bien la sana crítica, reposada e intensiva, había tropezado [8] alguna vez en el análisis con ese elemento, que se le escapaba como suave aroma, sin dejar huellas seguras de su procedencia.

     A ese estado de conciencia aludíamos en el prólogo de la primera edición, al aseverar que aquel desaliento y tedio, de que van impregnadas muchas de sus poesías líricas no eran hijos del prurito de imitar a los vates melenudos de su época, que se pasaron la vida plañiendo en verso, sino que eran amargos frutos del desengaño amoroso, que revelan en su contenido esas mismas cartas, cuya afirmación no se opone a la tesis sustentada por un crítico eminente de que la naturaleza altamente romántica de la franca india, manifestada desde sus primeros años, fuera la causa remota de ese estado de sus sentimientos, de lo que hay elocuentes muestras en la autobiografía; antes al contrario, se completan y avaloran recíprocamente de tal modo, que no puede darse la una sin la otra. La simpática Tula nació romántica, y por serlo, era en su niñez pesimista, huraña, propensa a la tristeza, amiga de la soledad, cualidades que no hubieran tenido desarrollo si su vida hubiese corrido por cauces bonancibles; pero contrariada en lo más intenso de sus ideales, en la más pura de sus ilusiones, padeció crisis tremenda del espíritu ocasionada por el choque de pasiones, que dio a sus poesías aquel tinte vago, pero perceptible, de melancolía, que no se explicaban sus contemporáneos, ni hubo de entender la posteridad, [9] hasta que salieron a luz sus cartas, que son lo mejor de sus poesías.

     Por eso fue considerado el libro La Avellaneda en su primera aparición como tributo verdaderamente regio a la literatura española, y obra curiosa y sugestiva, que constituía un suceso, y de gran bulto, para la historia de las letras, y mereció que plumas tan bien cortadas como las de Altamira y Rodríguez Marín le dedicasen sendos artículos; el primero en la revista España, de Buenos Aires, reproducido en Cultura Española, de agosto de 1908; y el segundo en el periódico ABC, correspondiente al 6 de enero de 1909, reputándolo como de interés insuperable para conocer el alma de la gran poetisa, que, si nacida en Cuba, es eminentemente española por la fuerza de expresión y galanura de su brillante estilo, caracteres de la raza y de la lengua de Cervantes. Y el insigne polígrafo Menéndez y Pelayo, cuya pérdida aún lloran las letras patrias, al anotar su Historia de la Poesía Hispano-americana (1), le llamó libro curiosísimo que pronto se convertirá en una rareza bibliográfica, y añadió que había en él «datos muy importantes para la psicología de la poetisa, que en parte confirman y en parte rectifican la idea, que, por tradición de los que la conocieron, se tiene de ella»; en cuyas frases aludía, sin duda, a lo que él mismo había dejado sentado años atrás en el prólogo al tomo II de su Antología de poetas hispano-americanos, presintiendo [10] con la intuición propia del genio la existencia de aquellos manuscritos, que vinieran algún día a dar la prueba plena de que lo mejor que había en la poesía de Tula eran los sentimientos de mujer. He aquí las palabras del sabio crítico que conviene recordar:

     «Quizá su mérito absoluto no haya sido tratado, siempre tan alto como debe serlo por la vulgar prevención o antipatía contra la literatura femenina, prevención que sea cualquiera su fundamento u origen, resulta irracional y absurda cuando recae en obras de valor tan alto, que nadie piensa en preguntar el sexo de quien las hizo. Lo cual no quiere decir tampoco que tratándose de doña Gertrudis Gómez de Avellaneda vayamos a dar por buenos aquellos insulsos apotegmas, que en su tiempo y aún después han tenido la suerte de ser tan repetidos, como suelen serlo todas las necedades con aparato de ingeniosas: ¡Es mucho hombre esta mujer! ¡No es una poetisa, es un poeta!» «La Avellaneda era mujer y muy mujer, y precisamente lo mejor que hay en su poesía son sentimientos de mujer, así en las efusiones del amor humano como en las del amor divino. Lo que le hace inmortal, no sólo en la poesía lírica española, sino en la de cualquier país y tiempo es la expresión, ya indómita y soberbia, ya mansa y resignada, ya ardiente e impetuosa, ya mística y profunda, de todos los anhelos, tristezas, pasiones, desencantos, tormentos [11] y naufragios del alma femenina. Lo femenino eterno es lo que ella ha expresado y es lo característico de su arte: la expresión robusta, grandilocuente, magnífica, prueba que era grande artista y espíritu muy literario, quien acertó a encontrarla, pero no espíritu que hubiese cambiado de sexo, ni renegado de la envoltura en que Dios quiso encerrarlo. Faltaría algo a nuestra lírica moderna, si la Avellaneda no hubiese traído a ella con tanto brío y tanta sinceridad esta nota originalísima, sin romper con ninguna convención literaria ni social, pero sorteándolas hábilmente.»

     Pero en ese concierto general de elogios hubo una nota discordante, dada por un cronista de la corte, muy castizo escritor por cierto, quien sin dejar de reconocer como un acontecimiento literario la aparición de las cartas, poco celebrado aquí, donde no hay afición a picotear de los enredos amorosos de las gentes de pluma, dejó correr la suya con sobrada ligereza al pretender describir con tibios y vulgarísimos colores la personalidad artística de la inspirada autora del Baltasar, presentándola como el tipo corriente de otras señoras de su época aficionadas a hacer versos, y de la que restan breves recuerdos, a cuyas humoradas y dislates hubo de contestar para refutarlos en discreto artículo, titulado ¡Paz a los muertos! (2), el capitán de Carabineros don Manuel Gómez de Avellaneda, sobrino carnal de la insigne [12] Tula. Y como el agriado e impulsivo cronista arremetiera también contra la grata memoria del caballeroso don Ignacio de Cepeda, a quien califica de ingrato y no digno del honor, que al amarle tiernamente le concedía la poetisa, encontró en don José A. Jiménez (3) un contradictor severo, que puso de relieve su ignorancia sobre hechos y personas a quienes ofendía; ignorancia vencible, y por tanto culpable (decimos nosotros), de la cual se hubiese curado fácilmente leyendo la Necrología, donde quedó probado con luz meridiana que la personalidad del señor Cepeda tenía de por sí bastante relieve para pasar a la posteridad, aún no habiendo existido las precitadas relaciones amorosas.

     Cuando esto ocurría en la Península, la Prensa de la República de Cuba nos traía los ecos agradables de la función celebrada en La Habana en homenaje a la gran poetisa, con motivo de haber donado su busto, labrado en mármol, al Ateneo y Círculo de aquella capital el diplomático don Manuel S. Pichardo, de la cual daba cuenta en los términos más lisonjeros el periódico La Lucha, en su número del viernes 11 de diciembre de 1908, bajo el sugestivo epígrafe La apoteosis de Tula; fiesta espléndida y suntuosa, fiesta intelectual, y, sobre todo, patriótica, por la que la joven República quiso hacer resaltar su propia personalidad histórica, y en la que llevó la voz de la raza el fogoso orador Alfredo Zayas, Vicepresidente entonces [13] electo de aquel Estado, quien llegó a afirmar que la Avellaneda había venido a tomar posesión de España en nombre de las letras y de la poesía cubanas; frase hiperbólica, soltada en el calor de la improvisación, aún a trueque de contradecir lo sostenido en el principio de su discurso, de que había ido formándose como artista con la enseñanza de aquellos maestros inmortales, que se llamaron Nicasio Gallego, Alberto Lista y Nicomedes Pastor Díaz.

     Tal resonancia tuvo aquella fiesta, de tal modo despertó en toda la isla el entusiasmo por la Avellaneda (un tanto adormecido al cabo de los años pasados desde el homenaje del teatro Tacón), que la Prensa antillana comenzó a pedir la traslación de sus restos a la tierra que le vio nacer, sobre cuyo asunto hubo un acuerdo del Consejo Provincial de Puerto Príncipe, bajo el motivo, no cierto por ventura, de que yacían olvidados acá en España, especie absurda que se encargaron de refutar varios periódicos, entre ellos Heraldo de Madrid, El Liberal, de Sevilla (4), y El Noticiero Sevillano. Las venerables cenizas de la insigne Tula reposan en decoroso sepulcro marmóreo, junto a las de su marido don Domingo Verdugo, en el sitio donde a ella plugo que descansaran, a orillas del poético Guadalquivir, en el Cementerio de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla (5), según disposición expresa de su testamento, otorgado [14] en Madrid el 27 de agosto de 1872, ante el notario don Mariano García Sancha (6).

     Esos antecedentes, las alabanzas al libro La Avellaneda, de que arriba hacemos indicaciones sucintas, la demanda constante de ejemplares, no satisfecha por haberse agotado los de 1907, y la propicia circunstancia de celebrarse este año el centenario del natalicio de la genial artista, gloria común de Cuba y de España, para lo que se proyectan certámenes y fiestas en toda la gran Antilla (7), nos han movido a preparar esta segunda edición de sus cartas y de su autobiografía, con el convencimiento íntimo de que servirán, en la modesta esfera que nosotros podemos, para enaltecer más y más su esclarecido mérito, dilatando los ámbitos de su fama, y en la creencia firmísima de que serán eternamente modelos del bien decir, mientras haya nación que hable la armoniosa lengua castellana. Va enriquecida la colección con trece cartas, que si no han traído nuevo interés sobre las cuarenta ya publicadas, sirven por modo admirable para robustecer el encadenamiento de las ideas, enlazando lo que antes pudo parecer suelto o sin sentido, en aquella correspondencia muy difícil de coordinar por carecer de fechas la mayoría de los manuscritos.

     Otra novedad trae esta edición, que seguramente agradecerán sus lectores; la vera efigies de Tula en plena juventud. Hay varios retratos suyos, de los que conocemos el que aparece en el cuadro [15] del Senado, que representa la coronación de Quintana, en cuyo acto leyó una poesía doña Gertrudis; el también pintado al óleo por Esquivel, que posee el Marqués de Flores Dávila en su casa de Madrid; dos estampas, grabada la una en la litografía de Diana, y otra en la de Lope, de las que hay ejemplares en la Biblioteca Nacional; y el que posee en miniatura el señor Duque de T'Serclaes Tilly, hecho en Cádiz por Moral el otoño de 1839, y reproducido por el periódico ABC. Este último es el que hemos preferido para que figure en la presente edición. También se publica el retrato del señor Cepeda, si bien no es de la época a que este libro hace referencia, sino de cuarenta años después.

     Deseo, lector, que la presente edición sea de tu agrado. [16] [17] [18] [19]



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Informe de la Real Academia

Dictamen de la Real Academia Española, siendo Ponente el excelentísimo señor don Francisco Rodríguez Marín

     «Por designación del excelentísimo señor Director de esta Academia he examinado el libro intitulado La Avellaneda.- Autobiografía y cartas de la ilustre poetisa hasta ahora inéditas, con un prólogo y una necrología, por don Lorenzo Cruz de Fuentes (Huelva, 1907), quien, como Catedrático del Instituto General y Técnico de Huelva, solicita que esta obra le sirva de mérito en su carrera.

     Contiene tal libro, entre los dos mencionados trabajos del señor Cruz y a continuación de una franca autobiografía de la insigne poetisa, documento de valor verdaderamente inestimable, hasta cuarenta cartas de la misma, dirigidas, como aquella, en los años 1839, 40, 43, 45, 47, 50 y 54 a don Ignacio de Cepeda y Alcalde, joven osunés a quien amó con mucha vehemencia luego que se conocieron y trataron en Sevilla, en cuya Universidad cursaba sus estudios. Tenía él entonces [20] veintitrés años, y ella los veintitrés que decía y dos más, que por venial y común pesadilla mujeril ocultaba y ocultó siempre. Estas interesantísimas cartas, que sólo podrían serlo más si se conocieran, y con ellas hubieran salido a la luz pública las de su inspirador y destinatario, contienen (sobre todo, las muy apasionadas de los años 1839 y 1840) la luminosa explicación de una recóndita particularidad biográfica, que causó extrañeza a los críticos de antaño, y que aun los de nuestros días no habían acertado a explicarse satisfactoriamente. Nadie, hasta ahora, había llegado a saber qué misterioso acontecimiento determinó y fijó el carácter de la Avellaneda: sus primeros biógrafos notaron con extrañeza aquella honda melancolía, aquel no disimulado tedio, que rebosa de muchas de sus composiciones poéticas. «Al lado de las ideas nobles y de la elevación de espíritu que distinguen a nuestra poetisa -escribía en 1841 su prologador don Juan Nicasio Gallego-, se notan ciertos suspiros de desaliento, desengaño y saciedad de la vida, que harán creer al lector que son fruto de la edad madura, de esperanzas frustradas, de ilusiones desvanecidas por una larga experiencia. ¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos encontramos con una señorita de veinticinco años, en extremo agraciada, viva y llena de atractivos!»

     Más cerca dar en el hito anduvo, aun escribiendo muchos años después, en 1869, nuestro [21] doctísimo compañero don Juan Valera, quien habiendo comparado a la Avellaneda con la célebre Victoria Colonna y manifestado que «ambas cantan y ensalzan en su primera juventud a algún sujeto mortal, por quien sentían el más vivo afecto», inclinábase a creer que aquella se había visto obligada «a conservar con frecuencia su ideal en abstracto y en vago por no poderle fijar, ni concretar, ni determinar en persona alguna de las que ha encontrado por el mundo».

     A desatar todas las dudas, a poner en claro de una vez para siempre la causa principal de aquella tristeza y de aquel hastío, ocurre la publicación preciosa de cartas íntimas, en donde la autora, con gentil sinceridad de enamorada, mostró su alma toda; aquella alma grande y poética que, en frase de nuestro inolvidable compañero y amigo don Marcelino Menéndez y Pelayo, «aunque sea honra imperecedera de América por su origen, pertenece enteramente a Europa por su educación y desarrollo y ocupa en justicia uno de los primeros lugares del Parnaso español de la era romántica». Desde hoy, pues, gracias a la cultura y a la diligencia del señor Cruz de Fuentes, que ha dispuesto para la estampa este epistolario, anotándolo con esmero y escribiendo un muy discreto prólogo y un buen artículo necrológico del dicho don Ignacio, no se dudará quién era Él, el adorado Él a quien la inmortal poetisa se refirió a menudo, y [22] señaladamente en aquella ingeniosísima composición, cuyas hermosas quintillas, leídas una vez, no se van jamás de la memoria:

                                      Y trémula, palpitante,           
en mi delio extasiada,
miré una visión brillante,
como el aire perfumada,
como las nubes flotante.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
   ¿Qué ser divino era aquel?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah! Nombre tiene... ¡Era Él!

     «Lo ligeramente expuesto basta para estimar que es de verdadera importancia el servicio que don Lorenzo Cruz de Fuentes ha prestado a nuestras buenas letras y a la cultura nacional con la publicación del mencionado libro, lo cual puede y debe servirle de mérito en su carrera con arreglo a las disposiciones legales vigentes». [23] [24] [25]



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Prólogo de la primera edición

     Las obras de doña Gertrudis Gómez de Avellaneda están ya juzgadas definitivamente por la crítica literaria, y el nombre ilustre de su inspirada autora ocupa lugar preeminente entre los más esclarecidos poetas que brillaron en el Parnaso español, y como el primero entre las poetisas que hablaron la lengua de Cervantes. No seré yo quien repita aquí sandia y torpemente lo que con tan profundo conocimiento de la materia y por elegante modo dejaron consignado en luminosos artículos periodísticos, en cartas laudatorias o en eruditos prólogos, varones tan preciaros como don Juan Nicasio Gallego, don Alberto Lista, don Nicomedes Pastor Díaz, don Juan Valera, don Pedro Antonio Alarcón, don Severo Catalina y el Duque de Frías, por no citar más, que sobresalen en la república de las letras, unos como poetas, otros como críticos, otros como novelistas, y todos como maestros consumados del bien decir.

     Pero con tener el público un perfecto conocimiento del soberano arte de la Avellaneda desde [26] que salieron a luz los cinco tomos de sus obras literarias (8), que nos la presentan ceñida su frente de la triple corona de novelista, de poeta lírico y de autor dramático, todavía nos es posible conocerla bajo un nuevo aspecto, por todos ignorado, como modelo en el estilo epistolar, merced a unos manuscritos, que paran hoy en nuestro poder, transmitidos por el que fue su propietario, el ilustrísimo señor don Ignacio de Cepeda y Alcalde; quien, mirando en mí, no seguramente el más hábil de sus amigos, sino a uno de los más devotos y sinceros, quiso confiarme el honroso encargo, que yo acepté, agradecido, como un halago de la fortuna, de dar a los moldes de la imprenta tan preciosas reliquias. Hasta aquí habíamos apreciado los altísimos méritos de la ilustre hija de Puerto Príncipe, de la insigne Tula, como familiarmente era llamada, por los escritos dedicados a ver la luz pública, en los que quiso ella darse a conocer al mundo literario como artífice de la palabra y del pensamiento; mas ahora han de ser avaloradas también esas sus bellas cualidades de escritora correctísima, espontánea como pocas, y de muy profunda pensadora, aun en aquellas producciones que trazó su pluma, condenadas al nacer por su autora a ser rotas o quemadas sin remisión alguna, cruel sentencia que, por suerte, no llegó a cumplirse. Éstas son la autobiografía y las cartas que publicamos, inspiradas en la más ardiente y noble pasión amorosa que puede concebirse, y dirigidas, [27] con el sigilo de que tanto gustan los enamorados, al que fue sagrado objeto de sus más puros y dulces amores, a su ídolo, a su Dios, como repetida vez le llama.

     Corría el año 1839, cuando la señorita Gertrudis Gómez de Avellaneda, que ya había acreditado el pseudónimo La Peregrina, con que firmaba algunas de sus producciones poéticas, conoció en Sevilla, entre la buena sociedad que le aplaudía y le admiraba, a don Ignacio de Cepeda, joven entonces de veintitrés años, hijo de noble familia ursaonense, estudiante de la Facultad de Derecho, tipo de hermosura varonil, culto sin presunción, elegante sin amaneramiento, bondadoso y afable por naturaleza, y, para que nada le faltase para llenar las aspiraciones del más exigente corazón femenino, era rico por su casa, que poseía cuantiosos bienes de fortuna en la dicha ciudad, en Osuna, en Villalba del Alcor y en Almonte. Con estas raras cualidades, difíciles de reunir en un solo sujeto, no es de extrañar que la eminente poetisa, que también se hallaba en la exuberancia de la juventud, empezando por ser su amiga más sincera, no tardase en ver prendida en su pecho la llama del amor, y que aceptase como un don del cielo a aquel su amigo, que satisfacía los estímulos de su corazón de fuego, y en el cual se armonizaban y sintetizaban las realidades de la vida con los ensueños de mujer, que en su portentosa imaginación se había forjado. [28]

     Pero esas ilusiones, ese férvido entusiasmo de que están, no llenas, sino rebosantes las cartas de aquella época, fueron para la genial cubana como el heno, verde a la mañana, seco a la tarde, o cual gentil amapola tronchada al nacer por rudo arado. La revolución operada en su espíritu fue súbita y dolorosa: el ídolo cayó de su profanado altar y se destruyó el culto. ¿Cuál fue la cansa de tanta desventura? No lo sabemos a ciencia cierta. Los celos tal vez; la pasión absorbente, avasalladora, que no conocía límites, de la franca india, como graciosamente se llamaba a sí propia la simpática Tula; y la templanza sostenida del señor Cepeda ante el temor instintivo de entregarse con armas y bagaje a aquella inteligencia poderosa, que algún día podría anularle con su superioridad indiscutible, debieron hacer el milagro. El hecho es, que en los primeros meses del año 1840, pierden las cartas su tinte apasionado, para reducirse paulatinamente a una correspondencia entre dos amigos muy íntimos, muy queridos, pero nada, más que amigos, cuando antes lo habían sido; y que esa transformación de afectos costó a la poetisa una de esas crisis morales, que forman época en la vida del individuo, dejando en el alma huellas, imborrables. «En un rapto de mal humor -decía- he rasgado dos actos de mi drama (9). En otro rapto de mal humor hice trizas el vestido que debía ponerme esta noche... no será extraño, que en otro me arroje por el balcón... Adiós, ten compasión [29] de una mujer, que pudo ser algo en el mundo y que ya es nada. Amame o mátame... no hay para mí otra alternativa. ¡Tantos días sin verte!... ¿tienes de hielo el corazón?... ¿qué significa esto?... ¿Te pesa ya mi amor?... Acaso te pese, pero no tanto como a mí la vida.» (10)

     De aquí nacieron el pesimismo, la tristeza, el desengaño y la melancolía, que impregnaron su alma tierna y apasionada desde sus años juveniles y de que van saturadas muchas de las poesías líricas engendradas por su fecundo numen. Bien lo echa de ver sin acertar con la explicación el eximio poeta y profundo crítico señor Gallego (11), «Al lado -dice- de las ideas nobles y de la elevación de espíritu, que distinguen a nuestra poetisa, se notan ciertos suspiros de desaliento, desengaño y saciedad de la vida, que harán creer al lector (como nosotros lo creíamos al ver algunas muestras en un periódico de Cádiz) que son fruto de la edad madura, de esperanzas frustradas, de ilusiones desvanecidas por una larga y costosa experiencia. ¡Cuál fue, pues, nuestro asombro cuando nos encontramos con una señorita de veinticinco años, en extremo agraciada, viva y llena de atractivos!... Posible es que la señorita Avellaneda tenga fundadas razones para estar disgustada, hasta el punto de pintarse consumida de tedio (tal es el asunto de uno de sus más bien torneados sonetos) (12), cuando su condición social, sus pocos años y sus dotes personales debieran lisonjearle infinito; pero [30] es harto más probable que esté algún tanto contagiada de la manía del siglo y sea más ficticio que real el desaliento que nos pinta en algunas de sus composiciones. Acaso tendrán en esto no pequeña influencia las horas desusadas que dedica a su estudio, y suelen ser desde la una a las cuatro de la mañana.

     Y en parecida equivocación no pudo menos de incurrir por falta de datos el gran estilista, el sabio maestro de las letras patrias, don Juan Valera, al juzgar en notabilísimo artículo (13) con la altura de miras, que le era propia, las producciones líricas de la Avellaneda, de la cual asegura con sobrado fundamento, que en ese género -«no tiene ni tuvo nunca rival en España, y sería menester, fuera de España, retroceder hasta la edad más gloriosa de Grecia, para hallarle rivales en Safo y en Corina, si no brillase en Italia, en la primera mitad del siglo XVI, la bella y enamorada Victoria Colonna, Marquesa de Pescara»-; pero abunda en la misma opinión del señor Gallego, de que nuestra poetisa se había contagiado del menosprecio del mundo y de los hombres, -«sentimiento propio de este siglo y fuente de rica y elevada aunque amarga inspiración»-; y al establecer un paralelo entre ambas poetisas, afirma de la española, que «se había visto obligada acaso a conservar con frecuencia su ideal en abstracto y en vago, por no poderlo fijar, ni concretar, ni determinar en persona alguna de las que ha encontrado por el mundo»-, [31] mientras que la italiana tuvo en su marido, el heroico Marqués de Pescara, vencedor en cien batallas, il suo bel sole, el motivo perenne de sus apasionados versos.

     De hoy más podrá asegurarse, sin miedo de caer en evidente error, que ese desdén misantrópico, ese desaliento y tedio de la vida, que cual tenue sombra envuelve a casi todas las poesías líricas de la Avellaneda, no nacieron de su prurito de imitar a los vates melancólicas, muy de moda en aquella era, antes bien, fueron los óptimos, aunque amargos frutos de un estado psicológico, determinado por el choque de pasiones, que en tempestad tumultuosa se desencadenaron en su pecho, y que el ídolo que adoraba, deshecho y profanado en 1840, y renacido a los siete años como el fénix de sus cenizas, no era un ser extraterrenal, abstracto, ni quimérico, sino vivo, animado, de carne y hueso como los demás hombres, y de altiva frente,

                                «Que alumbrada parecía           
por resplandores del alma.»

     Para nadie será ya un secreto, que don Ignacio de Cepeda era el afortunado mortal, por quien sonaron los acentos más delicados de la apasionada lira de la Avellaneda; ora cante en bien pulidas estrofas el placer de haber hallado el tierno objeto de sus amores, [32]

                                                  Reflejaba su mirada           
          el azul del cielo hermoso;
          no cual brilla en la alborada,
          sino en la tarde, esmaltada
          de tornasol misterioso.
          . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
          Yo, en profundo arrobamiento,
          de su hálito los olores
          cogí en las alas del viento,
          mezclado con el aliento
          de las balsámicas flores.
          . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Porque era, no hay duda, tu imagen querida,
que el alma inspirada logró adivinar...
aquella que en alba feliz de mi vida
miré para nunca poderla olvidar.
Por ti fue mi dulce suspiro primero;
por ti mi constante, secreto anhelar...
y en balde el Destino, mostrándose fiero,
tendió entre nosotros las olas del mar (14);

ora llore en sentidísimas endechas su ausencia y definitivo apartamiento,

                                       No existe lazo ya: todo está roto:           
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cayó tu cetro, se embotó tu espada...
Mas, ¡ay!, ¡cuán triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada,
y en honda y vasta soledad me miro. [33]
¡Vive dichoso tú! ¿Más si algún día
ves este adiós, que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía,
generoso perdón, cariño tierno (15).

     A la primera época, de las dos que dejamos indicadas, pertenece la autobiografía escrita a ruegos del señor Cepeda, o lo que parece más verosímil, por propia iniciativa de su autora, que quiso dar a conocer su pasado al hombre a quien ya había entregado su corazón. Aparecen en ella consignados con notable ingenuidad los recuerdos de la niñez y de la primera juventud, su venida a España y a Sevilla, y hasta secretos del hogar doméstico, por lo que exigía en el primer párrafo, que llamaríamos prólogo, que el fuego devorase aquel papel inmediatamente que fuera leído, y que nadie más tuviese noticia de su existencia; y como dudando de que se hubieran cumplido tan duras condiciones, decía a los pocos días en carta al señor Cepeda (16): «Respecto al cuadernillo, que di a usted, sabe usted mis condiciones. Están en él consignadas las personas por sus nombres y encierra confianzas, que sólo a usted pudiera yo haber hecho, pues soy sumamente reservada en asuntos domésticos. Por todo esto no estaré tranquila hasta saber que ha sido quemado por usted mismo: lo ruego y lo exijo.» Igual advertencia hace en algunas de sus cartas que corresponden al año 1839, y en las que fueron escritas en la segunda época de relaciones amorosas, o [34] sea el otoño de 1847, cuando, ya viuda de su primer marido, la eminente poetisa, volvió a tratar de cerca al señor Cepeda, que se detuvo en Madrid larga temporada al emprender su viaje, no de recreo, sino de instrucción, por diversas cortes europeas.

     Unas y otras, así como la autobiografía, fueron guardadas con esmero y cariño, como oro en paño, por su ilustre propietario, no ciertamente por vanidad que nunca conoció esa pasión, sino por grato recuerdo de sus años juveniles; y así, no consintió jamás en que fueran publicadas en vida suya, limitándose a dar su permiso para que saliera a luz después de su muerte. «Si podían servir para enaltecer más y más el mérito de la insigne escritora y satisfacer la curiosidad de querer conocer hasta el último punto sus más íntimos pensamientos» -como me decía en carta de 16 de julio de 1902-, contestando a mi amistoso requerimiento de que no quedasen condenados a perpetuas tinieblas manuscritos tan preciados. Comprendiéndolo así la Ilustrísima señora doña María de Córdova y Govantes, viuda del señor Cepeda, ha querido rendir un homenaje de cariño a la venerenda memoria de su esclarecido esposo, costeando la presente edición, que seguramente le agradecerán los amantes de las buenas letras, y a la que se ha creído oportuno agregar por el autor de estas líneas una Necrología del señor Cepeda, que por sus talentos y sus méritos fue digno objeto [35] del amor de una de las primeras poetisas españolas.

     Hora será ya de terminar este desmedrado prólogo, para que los lectores (si alguno paró mientes en él) puedan saborear las hermosas páginas que dejó trazadas la pluma de la inspirada escritora. [36] [37] [38] [39]



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Autobiografía

de la señora doña Gertrudis Gómez de Avellaneda

«23 de julio a la una de la noche (17).                

     Es preciso ocuparme de usted (18); se lo he ofrecido; y, pues, no puedo dormir esta noche, quiero escribir; de usted me ocupo al escribir de mí, pues sólo por usted consentiría en hacerlo.

     La confesión, que la supersticiosa y tímida conciencia arranca a una alma arrepentida a los pies de un ministro del cielo, no fue nunca más sincera, más franca, que la que yo estoy dispuesta a hacer a usted. Después de leer este cuadernillo, me conocerá usted tan bien, o acaso mejor que a sí mismo. Pero exijo dos cosas. Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que sea leído. Segunda: que nadie más que usted en el mundo tenga noticia de que ha existido.

     Usted sabe que he nacido en una ciudad del centro de la isla de Cuba (19), a la cual fue empleado mi papá el año de nueve y en la cual casó algún tiempo después con mi mamá, hija del país (20). [40]

     No siendo indispensables extensos detalles sobre mi nacimiento para la parte de mi historia, que pueda interesará usted, no le enfadaré con inútiles pormenores, pero no suprimiré tampoco algunos que pueden contribuir a dar a usted más exacta idea de hechos posteriores.

     Cuando comencé a tener uso de razón, comprendí que había nacido en una posición social ventajosa: que mi familia materna ocupaba uno de los primeros rangos del país, que mi padre era un caballero y gozaba toda la estimación que merecía por sus talentos y virtudes, y todo aquel prestigio que en una ciudad naciente y pequeña gozan los empleados de cierta clase. Nadie tuvo este prestigio en tal grado: ni sus antecesores, ni sus sucesores en el destino de comandante de los puertos, que ocupó en el centro de la isla; mi padre daba brillo a su empleo con sus talentos distinguidos, y había sabido proporcionarse las relaciones más honoríficas en Cuba y aun en España.

     Pronto cumplirán diez y seis años de su muerte, mas estoy cierta, muy cierta, que aún vive su memoria en Puerto Príncipe, y que no se pronuncia su nombre sin elogios y bendiciones: a nadie hizo mal, y ejecutó todo el bien que pudo. En su vida pública y en su vida privada siempre fue el mismo: noble, intrépido, veraz, generoso e incorruptible.

     Sin embargo, mamá no fue dichosa con él; acaso porque no puede haber dicha en una unión [41] forzosa, acaso porque siendo demasiado joven y mi papá más maduro, no pudieron tener simpatías. Mas siendo desgraciados, ambos fueron por lo menos irreprochables. Ella fue la más fiel y virtuosa de las esposas, y jamás pudo quejarse del menor ultraje a su dignidad de mujer y de madre.

     Disimúleme usted estos elogios: es un tributo que debo rendir a los autores de mis días, y tengo cierto orgullo cuando al recordar las virtudes, que hicieron tan estimado a mi padre, puedo decir: soy su hija.

     Aún no tenía nueve años cuando le perdí (21). De cinco hermanos que éramos, sólo quedábamos a su muerte dos: Manuel y yo; así es que éramos tiernamente queridos, con alguna preferencia por parte de mamá hacia Manolito y por papá hacia mí. Acaso por esto, y por ser mayor que él cerca de tres años, mi dolor en la muerte de papá fue más vivo que el de mi hermano. Sin embargo, ¡cuán lejos estaba entonces de conocer toda la extensión de mi pérdida!

     Algunos años hacía que mi padre proyectaba volverse a España y establecerse en Sevilla; en los últimos meses de su vida esta idea fue en él más fija y dominante. Quejose de no dejar sus huesos en la tierra nativa, y pronosticando a Cuba una suerte igual a la de otra isla vecina (22), presa de los negros, rogó a mamá se viniese a España con sus hijos. Ningún sacrificio de intereses, decía, es demasiado: nunca se comprará cara la ventaja de [42] establecerte en España. Éstos fueron sus últimos votos, y cuando más tarde los supe deseé realizarlos. Acaso éste ha sido el motivo de mi afición a estos países y del anhelo con que a veces he deseado abandonar mi patria para venir a este antiguo mundo.

     Quedó mamá joven aún, viuda, rica, hermosa (pues lo ha sido en alto grado), y es de suponer no le faltarían amantes, que aspirasen a su mano. Entre ellos Escalada (23), teniente coronel del regimiento que entonces guarnecía a Puerto Príncipe, joven también, no mal parecido, y atractivo por sus dulces modales y cultivado espíritu. Mamá le amó, y antes de los diez meses de haber quedado huérfanos, tuvimos un padrastro. Mi abuelo (24), mis tíos y toda la familia llevó muy a mal este matrimonio; pero mi mamá tuvo para esto una firmeza de carácter que no había manifestado antes, ni ha vuelto a tener después. Aunque tan niña, sentí herido de este golpe mi corazón; sin embargo, no eran consideraciones mezquinas de intereses las que me hicieron tan sensible a este casamiento: era el dolor de ver tan presto ocupado el lecho de mi padre y un presentimiento de las consecuencias de esta unión precipitada.

     Afortunadamente sólo un año estuvimos con mi padrastro, pues aunque una Real orden inicua y arbitraria nos obligaba a permanecer bajo su tutela, la suerte nos separó. Su regimiento fue mandado a otra ciudad, y mamá no se resolvió a dejar [43] su país y sus intereses para seguirle. Ocho años duró esta separación; sólo dos o tres meses cada año iba Escalada a Puerto Príncipe con licencia, y se portaba entonces muy bien con mamá y con nosotros. Por tanto, ¡éramos felices! Aunque tenía mamá otros hijos de sus segundas nupcias, su cariño para con nosotros era el mismo. A Manuel, sobre todo, siempre le ha querido con una especie de idolatría, y a mí lo bastante para no poder formar la menor queja. Dábaseme la más brillante educación que el país proporcionaba, era celebrada, mimada, complacida hasta en mis caprichos, y nada experimenté que se asemejase a los pesares en aquella aurora apacible de mi vida.

     Sin embargo, nunca fui alegre y atolondrada como lo son regularmente los niños. Mostré desde mis primeros años afición al estudio y una tendencia a la melancolía. No hallaba simpatías en las niñas de mi edad; tres solamente, vecinas mías, hijas de un emigrado de Santo Domingo, merecieron mi amistad. Eran tres lindas criaturas de un talento natural despejadísimo. La mayor de ellas tenía dos años más que yo, y la más chica dos años menos. Pero ésta última era mi predilecta, porque me parecía, aunque más joven, más juiciosa y discreta que las otras. Las Carmonas (que éste era su apellido) se conformaban fácilmente con mis gustos y los participaban. Nuestros juegos eran representar comedias, hacer cuentos, rivalizando a quien los hacía más bonitos, adivinar [44] charadas y dibujar en competencia flores y pajaritos. Nunca nos mezclábamos en los bulliciosos juegos de las otras chicas con quienes nos reuníamos.

     Más tarde, la lectura de novelas, poesías y comedias llegó a ser nuestra pasión dominante. Mamá nos reñía algunas veces de que siendo ya grandecitas, descuidásemos tanto nuestros adornos, y huyésemos de la sociedad como salvajes. Porque nuestro mayor placer era estar encerradas en el cuarto de los libros, leyendo nuestras novelas favoritas y llorando las desgracias de aquellos héroes imaginarios, a quienes tanto queríamos.

     De este modo cumplí trece años. ¡Días felices, que pasaron para no tornar más!... Cepeda, mañana continuaré escribiendo. Estoy fatigada y la pluma es malísima, ¿qué hará usted ahora? Dormir acaso, ¡ojalá!»



«25 por la mañana.          

     Hoy no le veré a usted verosímilmente, pues según su sistema, creo no irá a la ópera, a la cual iré yo. Creo, empero, que el motivo de no ir usted, no será hallarse malo, pues me molestaría infinito esta suposición, creyendo que mis impertinentes instancias de anoche para que fuese usted a Cristina (25), fuese la causa de ello. Voy a continuar mi relación y procuraré abreviarla.

     Mi familia me trató casamiento con un caballero [45] del país, pariente lejano de nosotros. Era un hombre de buen (aspecto) personal y se le reputaba el mejor partido del país. Cuando se me dijo que estaba destinada a ser su esposa, nada vi en este proyecto que no me fuese lisonjero. En aquella época comenzaba a presentarme en los bailes, paseos y tertulias, y se despertaba en mí la vanidad de mujer. Casarme con el soltero más rico de Puerto Príncipe, que muchas deseaban, tener una casa suntuosa, magníficos carruajes, ricos aderezos, etc., era una idea que me lisonjeaba. Por otra parte, yo no conocía el amor sino en las novelas que leía, y me persuadí desde luego que amaba locamente a mi futuro. Como apenas le trataba y no le conocía casi nada, estaba a mi elección darle el carácter que más me acomodase. Por de contado me persuadí, que el suyo era noble, grande, generoso y sublime. Prodigole mi fecunda imaginación ideales perfecciones, y vi en él reunidas todas las cualidades de los héroes de mis novelas favoritas. El valor de un Oroondates, el ingenio y la sensibilidad apasionada de un Saint-Preux, las gracias de un Lindor y las virtudes de un Grandisón. Me enamoré de este ser completo, que veía yo en la persona de mi novio. Por desgracia, no fue de larga duración mi encantadora quimera; a pesar de mi preocupación, no dejé de conocer harto pronto, que aquel hombre no era grande y amable sino en mi imaginación; que su talento era muy limitado, su sensibilidad [46] muy común, sus virtudes muy problemáticas. Comencé a entristecerme y a considerar mi matrimonio bajo un punto de vista menos lisonjero. En aquella época, mi futuro tuvo precisión de ir a La Habana, y su ausencia, que duró diez meses, me proporcionó la ventaja de poder olvidar mis compromisos. Como no veía a mi novio, ni casi se me hablaba de él, apenas, rara vez, me acordaba vagamente, que existía en el mundo. La amistad ocupaba entonces toda mi alma. Adquirí una nueva amiga en una prima, que, educada en un convento, comenzó entonces a presentarse en sociedad. Era una criatura adorable; yo, que no amaba a ninguna de mis otras primas, me incliné a ella desde el primer momento en que la vi.

     He notado en el curso de mi vida, que si bien alguna vez se ha engañado mi corazón, más frecuentemente ha tenido un instinto feliz y prodigioso en sus primeros impulsos. Rara vez he encontrado simpatías en aquellas personas que a primera vista me han chocado, y muchas he adivinado, en dicha primera vista, el objeto de mi futuro afecto.

     Mi prima (26) obtuvo, desde luego, mi simpatía y no tardó en ocupar un lugar distinguido en mi amistad. Únicamente Rosa Carmona la rivalizaba, pues ninguna de las otras dos Carmonas fueron de mí tan queridas como ella. Cuando estábamos todas reunidas, hablábamos de modas, de bailes, de novelas, de poesías, de amor y de amistad. [47] Cuando Rosa, mi prima y yo estábamos solas, solíamos ocuparnos de objetos más serios y superiores a nuestra inteligencia. Muchas veces nuestras conversaciones tenían por objeto los cultos, la muerte y la inmortalidad. Rosa tenía mucho juicio en cuanto decía, y yo admiraba siempre la exactitud de sus raciocinios. En cuanto a mi prima, era como yo, una mezcla de profundidad y ligereza, de tristeza y alegría, de entusiasmo y desaliento. Como yo, reunía la debilidad de mujer y la frivolidad de niña con la elevación y profundidad de sentimientos, que sólo son propios de los caracteres fuertes y varoniles. ¡Yo no he encontrado en nadie mayores simpatías!

     Siendo las cinco jóvenes, no feas, y gozando reputación de talento, fuimos bien pronto las señoritas de moda en Puerto Príncipe. Nuestra tertulia, que se formó en mi casa, era brillantísima para el país. En ella se reunía la flor de la juventud del otro sexo y las jóvenes más sobresalientes. Todos los forasteros de distinción que llegaban a Puerto Príncipe, solicitaban ser introducidos en nuestra sociedad, y nos llevábamos todas las atenciones en los paseos y bailes. Atrajimos la envidia de las mujeres, pero gozábamos la preferencia de los hombres, y esto nos lisonjeaba.

     Volvió en eso mi novio, pero yo no le vi sin una especie de horror. Desnudo del brillante ropaje de mis ilusiones, pareciome un hombre odioso y despreciable. Mi gran defecto es no poder [48] colocarme en el medio y tocar siempre los extremos. Yo aborrecía a mi novio tanto como antes creí amarlo. Él no pudo apercibir mi mudanza, porque jamás habíale yo mostrado mi afecto. Mis ilusiones nacieron y acabaron allá en el secreto de mi corazón, porque, tan tímida como apasionada, no concebía yo entonces que se pudiera, sin morir de vergüenza, decir a un hombre: yo te amo. Como no debía casarme hasta los diez y ocho años, y sólo tenía quince, y como mi novio me visitaba muy poco, aquel matrimonio me ocupaba menos de lo que debía. Mirábalo remoto, gozaba lo presente y no interrogaba al porvenir.

     Lola (la segunda de las Carmonas) y mi prima, entablaron relaciones de amor casi al mismo tiempo, y esta circunstancia, al parecer sencilla para mí, tuvo, no obstante, una notable influencia. Ellas amaban y eran amadas con entusiasmo, yo era la confidente de ambas. Entonces se operó en mí una mudanza repentina y extraña. Hícenle huraña y caprichosa: las diversiones y el estudio dejaron de tener atractivos para mí. Huía de la sociedad y aún de mis amigas; buscaba la soledad para llorar sin saber por qué, y sentía un abismo en mi corazón. Yo no era ya el objeto más amado de dos de mis amigas: ellas gozaban en otro sentimiento una felicidad, que yo no conocía. ¡Yo sentía celos y envidia! Pensando en aquella ventura, que mi imaginación engrandecía, invocaba al objeto que podía dármela: ¡aquel objeto ideal que [49] formé en los primeros sueños de mi entusiasmo! Creía verle en el Sol y en la Luna, en el verde de los campos y en el azul del cielo: las brisas de la noche me traían su aliento, los sonidos de la música el eco de su voz: ¡Yo le veía en todo lo que hay de grande y hermoso en la Naturaleza!; ¡deliraba como con una calentura!

     Sin embargo, aquella situación no estaba destituida de encantos. Yo gozaba llorando, y esperaba realizar algún día los sueños de mi corazón.

     ¡Cepeda! ¡Cuánto me engañaba!... ¿Dónde existe el hombre que pueda llenar los votos de esta sensibilidad tan fogosa como delicada? ¡En vano lo he buscado nueve años!; ¡en vano! He encontrado hombres; hombres, todos parecidos entre sí: ninguno ante el cual pudiera yo postrarme con respeto y decirle con entusiasmo: tú serás mi Dios sobre la tierra, tú el dueño absoluto de esta alma apasionada. Mis afecciones han sido por esta causa débiles y pasajeras. Yo buscaba un bien que no encontraba y que acaso no existe sobre la tierra. Ahora ya no le busco, no le espero, no le deseo: por eso estoy más tranquila.

     Esta tarde o mañana continuaré escribiendo. ¡Adiós!»



«25 por la tarde.               

     Fue introducido en nuestra tertulia un joven que apenas conocía; una antigua enemistad, transmitida de padres a hijos, dividía las dos familias [50] de Loynaz y Arteaga. El joven pertenecía a la primera y mamá a la segunda; por consiguiente, ninguna relación existió hasta entonces entre nosotros. Un primo mío había sido el primero que rompiera la valla, uniéndose en amistad con un Loynaz. Las familias, que en un principio llevaron muy a mal dicha amistad, por fin se desentendieron, y Loynaz, prevaliéndose de ella, solicitó visitarme. Mamá lo rehusó algún tiempo, pero tanto instó mi primo, tanto ridiculicé yo aquella enemistad rancia y pueril, que al fin cedió, y Loynaz tuvo entrada en casa. No tardó en granjearse la benevolencia de mamá y en ser el más deseado de la tertulia. Aunque muy joven, su talento era distinguido, su figura bellísima y sus modales atractivos.

     Mis compromisos y la enemistad de nuestras familias eran dos motivos poderosos para alejar de él toda esperanza respecto a mí; pero sin tomar el aire de un amante, él supo mostrarme una preferencia, que me lisonjeaba. Nuestras relaciones eran meramente amistosas, y toda la tertulia las consideraba así. En cuanto a mí, no me detenía en examinar la naturaleza de mis sentimientos: leía con Loynaz poesías, cantaba dúos al piano con él, hacíamos traducciones, y no tenía yo tiempo para pensar en nada, sino en la dicha que era para mí la adquisición de un tal amigo.

     Por el verano nos fuimos al campo, a una posesión próxima a la ciudad, y llevé conmigo a Rosa [51] Carmona, que, desde que mi prima tenía amante, había llegado a ser mi amiga predilecta. Loynaz, mis primos y muchos amigos de ambos sexos, iban a visitarnos con frecuencia. ¡Tuve días deliciosos! Sin embargo, entonces mismo se me ofrecieron motivos de inquietud y de penas. Yo estaba encantada con Loynaz, pero me hallaba muy lejos de creerle el hombre según mi corazón. Encontrábale más talento que sensibilidad, y en su carácter un fondo de ligereza que me disgustaba. Como amante, no llenaba él mis votos, mas le miraba como amigo y me había aficionado infinito a su trato. Rosa me hizo entrar en aprensión. Empeñase en persuadirme, que nuestra pretendida amistad no era más que un amor disfrazado, y por lo mismo más peligroso. Recordábame sin cesar mis compromisos y hacía de mi novio elogios, que hasta entonces no le había yo oído. Ponderando las ventajas de aquel matrimonio, me intimidaba al mismo tiempo con suponerlo inevitable, porque sólo con escándalo y afligiendo a mi familia, decía ella, podría yo romper un empeño tan serio y tan antiguo.

     A fuerza de decirme que yo amaba a Loynaz, llegó a persuadírmelo; pero como siempre conocía yo que no era él quien podía comprenderme y que no me inspiraba ni estimación, ni entusiasmo, aquel amor no me hacía dichosa cual yo deseaba, y en vez del orgullo que debe sentir un corazón que encuentra lo que busca, yo sentía [52] aquella especie de humillación que nos causa la persuasión de habernos aficionado a un objeto, que no nos merece.

     Volvimos a la ciudad en el mes de septiembre a asistir a las bodas de mi prima, que se casó entonces con el hombre que amaba. Sus amores y los de Lola Carmona habían comenzado al mismo tiempo, como ya he dicho, y al mismo tiempo casi se casaron ambas, aunque de un modo bien diferente. Mi prima vio aprobada su elección por toda la familia; Lola, contrariada por la suya, se casó depositada y se marchó inmediatamente a La Habana con su marido. Así me vi privada de una de mis amigas.

     Acompañé al campo a los recién casados, y cuando volví un mes después, encontreme una gran mudanza. Loynaz había sido despedido de casa, y, bajo el pretexto de que quería marcharse con su marido, mamá había fijado para dentro de tres meses mi matrimonio, que antes señalara para el cumplimiento de mis diez y ocho años. El novio a todo se prestaba: ni me amaba (según he creído siempre) ni me aborrecía. Deseaba establecerse con una niña de su familia, que tuviese inocencia y alguna hermosura. Mi abuelo (27) había dicho que yo era la que buscaba, y que me daría además todo su quinto (28) (que ciertamente no era despreciable), si me casaba con aquel hombre. Esto le había decidido a él y esto era lo que le movía.

     Al llegar yo y saber las novedades ocurridas, [53] quedé anonadada, y sin saber a qué atribuirlas. Pero no tardé en saberlo todo y en sufrir el primero y más terrible de mis desengaños.

     Es tarde, Cepeda, continuaré luego.»



«A la una de la noche.                

     He visto a Curro (29) en el teatro, a usted no, tampoco lo esperaba. ¿Pero habrá de continuar usted un género de vida semejante? No es cierto que el solo disgusto de la sociedad le inspire a usted esa especie de misantropía; no, no es posible. Se necesita haber padecido mucho, haber sido la víctima de la sociedad para aborrecerla en ese grado. Usted que no tiene motivos positivos para estar quejoso de ella; usted puede conocer sus vicios e injusticias, y no entregarse a ella con la imprudencia de la inexperiencia y la sencillez; pero no es posible que sin poderosísimos motivos huya usted de ella tan obstinadamente a los veintitrés años. Si no la sociedad, la música por lo menos pudiera atraer a usted a la ópera. Yo, que he padecido sin duda penas más reales que las que usted pueda tener, yo que conozco tanto como usted, por lo menos, el mundo y la sociedad, no siento esa misantropía; y aunque no vea ni a la sociedad ni al mundo al través del encantado prisma de las ilusiones, aún conozco que necesito del uno y de la otra: ¿qué secreto es, pues, ése que usted me oculta? ¡Ingrato! Usted se apodera de mi confianza y [54] me rehúsa la suya: ¡usted se llama mi amigo y disimula usted conmigo! Escuche usted. No le demando a usted sus secretos, no; yo los respeto; pero pídale usted a Dios que no los haya yo adivinado.

     Si la idea que desde anoche me persigue no es una aprensión mía; si la vida retirada que usted hace tiene el motivo que sospecho... yo seré siempre su amiga de usted, pero conoceré que usted no lo es mío. Más; conoceré que es usted capaz de arterías y pequeñas falsedades, conoceré que usted no me ha comprendido, y... ¡qué sé yo!, veré en usted un hombre como todos los demás. De anoche acá usted ha decaído tanto en mi opinión, que... (¿por qué no he de decirlo todo?) que casi temo aumentar con el nombre de usted la lista de mis desengaños. Yo perderé, si así fuere, yo perderé una ilusión, una última ilusión que me ha lisonjeado algunos días; pero usted perderá más: sí. Porque, ¿dónde hallará usted otra amiga como yo? Usted no sabe, no puede saber, cuán puro, cuán desinteresado, cuán tierno es el afecto que me inspira. Pero, ¿adónde voy a parar?; ¡yo me contradigo! No, caro Cepeda, no perderá usted mi amistad mientras ella tenga para usted algún valor; pero yo le suplico a usted en nombre del cielo y de la sinceridad de mi alma, yo le conjuro a usted, que si esta amistad perjudica a intereses del corazón más caros, que si teme usted excite ella celos y origine disgustos a un objeto querido, [55] no se valga usted de pretextos para evitarlos. Oiga usted. Es demasiado noble y pura nuestra amistad para que sufra las sombras del misterio: yo no podré tolerarlo ciertamente; pero si la manifestación de ella puede ofender al amor, el amor es primero: la amistad debe ser sacrificada, y lo será: yo lo exijo. Mi corazón no variará por esto y en él siempre ocupará Cepeda un lugar distinguido (30).

     Mañana continuaré mi historia, y acaso la concluiré; pero no la tendrá usted tan pronto, porque mañana no nos veremos. Es preciso evitar un trato tan frecuente, porque su sociedad de usted me haría disgustar de cualquier otra, y yo no deseo estrechar el círculo de mis goces, sino ensancharlo lo posible. Adiós, hasta mañana, es decir, hasta mañana en este papel, pues repito que voy a probar, si me es ya necesaria absolutamente la sociedad de usted, estando tantos días como posible me sea sin verle.»



«26 por la mañana.               

     La despedida de Loynaz y la proximidad de mi casamiento fueron para mí dos golpes tan sensibles como inesperados: pero, ¡cuál quedé al saber la mano de la cual me habían sido asestados!... Rosa, mi amiga, mi confidente Rosa, había persuadido a mamá, que existía una correspondencia amorosa entre Loynaz y yo, que él me inducía a [56] romper mis compromisos, y conociendo ella mejor que nadie la pureza de mis sentimientos y rectitud de mis intenciones, fue bastante vil para aparentar temores de que, arrastrada por la pasión, que me suponía, diese algún paso imprudente e irremediable. ¡Logró completamente su objeto! ¡Cepeda!; ¡y sólo tenía quince años aquella mujer!; ¡qué habrá llegado a ser después!

     Yo no conocía ni el mundo, ni los hombres: era tan inocente e inexperta como en el día que nací; había creído que Rosa me amaba y que era incapaz su corazón de una perfidia. El conocimiento de aquella primera decepción fue para mí un golpe mortal, que cayó de lleno sobre mi alma.

     Pero, ¡admire usted mi candor y sencillez! Rosa logró persuadirme, que sólo mi interés y la ternura de la amistad la habían decidido a aquel paso, y me juró, que sus intenciones eran las más puras y desinteresadas. ¡La creí, y la perdoné!

     Loynaz me escribió, y por primera vez dejó de designar con el nombre de amistad el sentimiento que yo le inspiraba. Refería cómo mamá le había prohibido continuar visitándome y se quejaba de un desaire que no había merecido. «No ignoro, me decía, los compromisos que respecto a usted ha contraído su familia, y usted sabe mejor que nadie con cuánta delicadeza los he respetado, pero, pues no se ha sabido apreciar mi conducta, no quiero por más tiempo violentarme: sepa usted [57] que la amo y que a todo estoy dispuesto, si encuentro en usted iguales sentimientos.»

     Me pareció que había en aquella carta más orgullo que pasión, pero me conmoví sin embargo. Tratando a aquel joven, nunca le hubiera amado, porque su frivolidad, tan visible, era un antídoto colocado felizmente junto a cualquiera dulce emoción que me inspiraba: pero cuando no le vi, cuando le creí desairado injustamente, ofendido y desgraciado por mi causa, mi afecto hacia él tomó una vehemencia, que acaso jamás hubiera tenido de otro modo. Sin embargo, tuve bastante prudencia para dominarme, y en mi contestación le decía, que estaba resuelta a sacrificarme por complacer a mi familia, casándome con un hombre que aborrecía. «No soy insensible a su afecto de usted (le decía al concluir), pero respetaré mis vínculos, y suplico a usted no vuelva a escribirme.» (31).

     No hizo caso de esta súplica: me escribió, dos veces más, cartas muy apasionadas, invitándome a romper un empeño que le hacía infeliz y a mí igualmente, pero no le contesté, y cesó de escribirme.

     A pesar de esta conducta tan prudente y de la resignación con que me prestaba a un enlace aborrecido, sufría mucho de parte de mi familia. Mamá era y es un ángel de bondad, pero el gran defecto suyo es un carácter tan débil, que la constituye juguete de las personas que la cercan. Mis tíos la [58] inducían a tratarme con rigor y continuamente la disponían en mi contra, interpretando odiosamente mis más sencillas operaciones. ¿Y pensará usted que mis tíos deseaban mucho la realización de mi matrimonio? Nada de eso; aparentábanlo así, pero hubiesen dado cualquier cosa por impedir dicho enlace. En primer lugar les pesaban las mejoras, que mi abuelo se disponía a hacerme; en segundo, deseaban para su hija mi novio, y acaso al emplear tanto y tan inmerecido rigor conmigo, no tenían otro objeto sino precipitarme a una resolución atrevida, que secundase sus miras secretas: ¡harto lo lograron!

     Estaba ya en vísperas de mi matrimonio; casa, ajuar, dispensa, todo estaba preparado. Pero hubo un momento en que no me hallé con fuerzas para consumar el sacrificio, uno de aquellos momentos en que se obra sin pensar. Yo dejé furtivamente mi casa y me refugié con mi abuelo, que estaba en una quinta próxima a la ciudad. Me arrojé desolada a sus pies, y le dije que me daría la muerte antes de casarme con el hombre que me destinaban.

     Aquel rompimiento fue ruidoso: toda mi familia se mostró altamente sorprendida e indignada de mi resolución: mis tíos, que en su interior se regocijaban, fueron los primeros en declararse contra mí: sólo en mi abuelo hallé bondad e indulgencia, aunque nadie sintió tanto como él la rotura de un casamiento que él había formado: ¡yo [59] sufría mucho!; no ignoraba que la opinión pública me condenaba; ¡despreciar un partido tan ventajoso! ¡Tener el atrevimiento de romper un compromiso tan serio, tan adelantado, tan antiguo! ¡Dar un golpe mortal a mi familia! Esto pareció imperdonable: se dijo desde luego, que yo era una mala cabeza (mis tíos y mis primas fueron los primeros en decirlo), que mi talento me perdía, y que lo, que entonces hacía, anunciaba lo que haría más tarde, y cuánto haría arrepentir a mamá de la educación novelesca que me había dado. Mi padrastro fue entonces a Puerto Príncipe y se apuró la medida de mis sufrimientos.

     Una especie de fatalidad, que me persigue, hace que siempre se tomen circunstancias y casualidades funestas para hacer parecer más graves mis ligerezas: digo ligerezas, aunque ciertamente no creo lo fuese la de romper un compromiso que mi corazón reprobaba.

     Circunstancias independientes de mí, enteramente independientes, originaron disgustos entre mi abuelo y mi padrastro. Estos llegaron a ser tales, que mi abuelo salió de casa, donde vivía cuando no estaba en el campo, y se fue a la de uno de mis tíos. El público, que sabía la rotura de mi casamiento y no los disgustos posteriores, que hubiera entre Escalada y mi abuelo, no dejó de declarar, que mi abuelo salía de casa altamente indignado conmigo. Mi tío y mis primas que siempre vieron con envidia y temor la predilección, [60] que mi abuelo tenía por mamá y por mí, se aprovecharon de tenerlo en su casa para combatir dicha preferencia, haciéndole creer que era inmerecida. Pintóseme una loquilla novelera y caprichosa: dijeron que mamá me perdía con su excesiva indulgencia y la libertad que me dejaba de seguir mis extravagantes y peligrosas inclinaciones; en fin, no desperdiciaron ningún medio para prevenir en contra de mamá y de mí al pobre viejo paralítico, que sin vigor físico ni moral, era una cera a propósito para recibir todas las impresiones. ¡Consiguieron su objeto!: mi abuelo murió tres meses después de mi rompimiento y apareció un testamento, que anulaba el que había hecho a favor de mamá y de mí, dejando su tercio y su quinto a mi tío Manuel, en cuya casa murió.

     Mi padrastro, para descargarse de la culpabilidad de ser causa de esta mudanza y de los perjuicios de mamá, pregonaba que por la incomodidad, que le causara mi rompimiento, había mi abuelo dejado la casa y variado sus disposiciones a favor de mi tío, echando sobre mí la culpa, que sólo él tenía. Mi tío y mis primas (que no me perdonaban el tener algún mérito, ni aún después que me habían robado el afecto de mi abuelo), decían que el golpe mortal que yo le había dado al pobre anciano, había precipitado su muerte: en fin, todo el mundo decía, que mi locura en romper el matrimonio había privado a mamá del tercio de mi abuelo y a mí misma de su quinto. [61]

     Yo tenía un alma superior a intereses de esta especie, y ¡sábelo Dios!, en las lágrimas que vertí, una sola no fue arrancada por el pesar de perder aquella codiciada herencia. Pero mi corazón estaba desgarrado por las injusticias de que era objeto. Yo tenía el íntimo convencimiento de que mi abuelo no se fuera de casa por causa de mi rompimiento: sabía cuánta indulgencia y cariño había yo hallado en él después de aquella pretendida locura, que se decía haberle exaltado tanto: ningún remordimiento tenía de ser causa de su muerte, pero, no obstante, sentía que me agobiaba el dolor y el arrepentimiento. ¡Cuántas veces lloré en secreto lágrimas de hiel, y pedí a Dios me quitase la existencia! ¡Cuántas envidié la suerte de esas mujeres que no sienten ni piensan; que comen, duermen, vegetan, y a las cuales el mundo llama muchas veces mujeres sensatas! Abrumada por el instinto de mi superioridad, yo sospeché entonces lo que después he conocido muy bien: que no he nacido para ser dichosa, y que mi vida sobre la tierra será corta y borrascosa (32).

     Faltaba una cosa para colmar la medida de mis pesares y la suerte no me la rehusó. Supe, sin poder dudarlo, que Rosa Carmona y Loynaz se amaban. Sólo entonces comprendí los motivos de la anterior conducta de aquella falsa mujer, y el más profundo desprecio sucedió en mi corazón a una amistad indignamente burlada.

     Éstas fueron, ¡oh Cepeda!, estas las primeras [62] lecciones que me dio el mundo. Esto encontré, cuando inocente, pura, confiada, buscaba amor, amistad, virtudes y placeres: ¡inconstancia! ¡perfidia! ¡sórdido interés! ¡envidia! crimen, crimen y nada más. ¿Soy culpable, pues, de no amarle? ¿Puedo tener ilusiones?... Pero vivo como si las tuviera, porque el mundo, amigo mío, se venga cruelmente del desprecio que se le hace. Es preciso aparentar vida en la frente, aún cuando se lleve la muerte en el corazón.

     ¡Cepeda!, ¡querido Cepeda! ¿Será cierto que usted siente como yo cuán poco vale este mundo y sus corrompidos placeres?; ¿no será usted otra nueva decepción para mí?; ¿quién me asegura que no es usted un hipócrita? ¿quién me garantiza su sinceridad?... ¡Cepeda!, ¡Cepeda!, si usted no es el primero de los hombres, forzoso es que sea usted el último, y... lo confieso, vacila mi juicio entre estos dos extremos. Sin embargo, ya ve usted que mi imprudencia me arrastra: este cuaderno es una prueba de ello. Acaso me arrepentiré algún día de haberlo escrito. ¡Qué importa! Será un desengaño más, pero será el último.»



«Por la tarde.               

     Mi única amiga era ya mi prima Angelita; era como yo desgraciada, y como yo lloraba un desengaño. Su marido, aquel amante tan tierno, tan rendido, se había convertido en un tirano. ¡Cuánto [63] sufría la pobre víctima! ¡y con cuán heroica virtud! Mi cariño hacia ella llegó al entusiasmo, y mi horror al matrimonio nació y creció rápidamente. Yo no trataba sino a mi prima, y aquella vida sedentaria, triste y contemplativa, alteró mi salud.

     Púseme tan delgada y enferma, que alarmada mamá me llevó al campo. Allí pasé tres meses de soledad: ¡soledad exterior y soledad del corazón!; no me mejoré, y volvimos a la ciudad. ¡Triste, muy triste fue aquella época de mi vida!; aun me aflige el recordarla. Tenía la esperanza de morir pronto; pero momentos tenía en que me parecían demasiado lentos los progresos de mi mal y sentía impulsos de apresurar yo misma su resultado. Mis principios religiosos y el afecto entrañable que tenía por mamá y mi hermano (33), sofocaban este impulso.

     Mi padrastro tenía también una salud quebrantada, y lo atribuía al clima. Persuadiose que moriría si no se venía a España, y como no aborrecía la vida como yo, determinó realizarlo. Este proyecto me sacó de mi desaliento; deseaba otro cielo, otra tierra, otra existencia: amaba a España y me arrastraba a ella un impulso del corazón. Disgustada de mi familia materna, anhelaba conocer la de mi padre, ver su país natal y respirar aquel aire, que respiró por primera vez. Tomé, pues, un empeño en decidir a mamá a establecerse en este antiguo mundo. Escalada, por su parte, usaba de toda su influencia a fin de determinarla, pintándola (34) [64] mil ventajas en el cambio. Pero mamá resistía apoyada por sus parientes.

     A pesar de esto, Escalada vino a Puerto Príncipe y empezó a vender tierras y esclavos, y a mandar sobre los Bancos de Francia todo el numerario posible. Luego, creyendo más fácil decidir a mamá si la sacaban de su país y familia, la propuso ir a parar algunos meses en Cuba (35), donde estaba de guarnición su regimiento. Todos secundamos sus esfuerzos, y lo conseguimos.

     Sensible, más sensible de lo que yo creía, me fue el arranque de mi país y la separación de mi prima; pero al llegar a Cuba los objetos nuevos me dieron nueva vida.

     Santiago de Cuba es una ciudad poco más o menos como Puerto Príncipe, y más fea e irregular. Pero su bellísimo cielo, sus campos pintorescos y magníficos, su concurrido puerto y la cultura y amabilidad de sus habitantes, la hacen muy superior bajo cierto aspecto. Tuve en aquella ciudad una aceptación tan lisonjera, que a los dos meses de estar allí ya no era yo una forastera. Jamás la vanidad de una mujer tuvo tantos motivos de verse satisfecha. Yo fui generalmente querida y obsequiada, y jamás podré olvidar los favores, que he debido a los habitantes de Cuba. Entonces volví a tener gusto al estudio y a la sociedad.

     Hice versos que fueron celebrados con entusiasmo; entregueme a las diversiones, en las cuales era deseada y colmada de obsequios. Usted supondrá [65] que no me faltaron aspirantes: tengo algún orgullo en decirlo: los jóvenes más distinguidos del país se disputaban mi preferencia. Ninguno, empero, la consiguió exclusiva. Mi predilecto en un baile era el mejor danzador, en un paseo el que montaba con más gracia un hermoso caballo, en tertulia el que tenía más amena y variada conversación. Ninguna ilusión de amor tuve en Cuba, y, por consiguiente, no saqué de ella ningún desengaño. Acaso por esto la amo tanto.

     Loynaz fue a Cuba cuatro meses después que nosotros, e intentó renovar sus pretensiones. Excusaba sus amores con Rosa diciendo que ella le había en cierto modo comprometido, y me juraba que yo era su primero y único amor; y que su viaje no tenía otro objeto que obtener mi perdón y reconciliarse conmigo. Yo no me negué ni a la una ni a lo otro. Perdonele y le otorgué mi amistad, pero fui inflexible respecto al amor. Antes de volverse al Puerto Príncipe solicitó la promesa de seguir con él correspondencia por escrito, y, mediante que prometió serían sus cartas meramente amistosas, condescendí a su demanda. En efecto, ambos seguimos dicha correspondencia con admirable exactitud hasta su muerte, acaecida a mediados del año 37, cuando él cumplía los veinticinco de su edad y cuando ya estaba yo en España.

     Mi padrastro supo aprovechar también su ascendiente sobre mamá, y yo por mi parte le secundé [66] de tal modo, que al fin logramos determinarla a venir a España. El día 9 de abril de 1836 nos embarcamos para Burdeos en una fragata francesa, y sentidas y lloradas, abandonamos, ingratas, aquel país querido, que acaso no volveremos a ver jamás.

     Perdone usted; mis lágrimas manchan este papel (36); no puedo recordar sin emoción aquella noche memorable en que vi por última vez la tierra de Cuba.

     La navegación fue para mí un manantial de nuevas emociones. «Cuando navegamos sobre los mares azulados, ha dicho Lord Byron, nuestros pensamientos son tan libres como el Océano.» Su alma sublime y poética debió sentirlo así: la mía lo experimentó también. Hermosas son las noches de los Trópicos, y yo las había gozado; pero son más hermosas las noches del Océano. Hay un embeleso indefinible en el soplo de la brisa que llena las velas, ligeramente estremecidas, en el pálido resplandor de la luna que reflejan las aguas, en aquella inmensidad que vemos sobre nuestra cabeza y bajo nuestros pies. Parece que Dios se revela mejor al alma conmovida en medio de aquellos dos infinitos -¡el cielo y el mar!- y que una voz misteriosa se hace oír en el ruido de los vientos y de las olas. Si yo hubiese sido atea, dejaría de serlo entonces.

     También experimentamos tempestades, y puedo decir con Heredia: [67]

                                           «Al despertarse el huracán furioso,           
al retumbar sobre mi frente el rayo
palpitando gocé. . . . . . . . . . . . . . .»

     Por fin, después de malos y buenos tiempos y de sentir todas las impresiones consiguientes a una larga navegación, el primero de junio saludamos con júbilo las risueñas costas de Francia.

     Los días que pasé en Burdeos me parecen ahora un lisonjero sueño. Abríase mi alma en aquel país de luces y de ilustración. No amé, no sufrí, apenas sé si pensaba. Estaba encantada, y mi corazón y mis ojos no me bastaban. Fue forzoso dejar aquella seductora ciudad, y no lo hice sin lágrimas.

     Ningunas simpatías podía yo encontrar en Galicia, y viniendo de una de las primeras ciudades de Francia, La Coruña me pareció inferior a lo que realmente es, pues hoy la creo una de las más bonitas poblaciones de España. Pero el carácter gallego me desagradaba y el clima me sentaba mal. Sin embargo, acaso me hubiese acostumbrado y se disiparía la primera impresión desagradable que sentí al llegar a ella, si motivos inesperados no me hubiesen dado reales y positivos pesares. Adiós, hasta luego.»



«Por la noche.               

     Mi padrastro se había manejado bien con nosotros hasta entonces: entonces se desenmascaró. Estaba en su país y con su familia, nosotros lo habíamos [68] abandonado todo. Su alma mezquina abusó de estas ventajas.

     No molestaré a usted con detalles enojosos de nuestra situación doméstica; bástele saber que no hubo pesares y humillaciones que yo no devorase en secreto. Mamá era muy infeliz, y yo carecía de fuerzas para sufrir sus pesares, aunque llevaba los míos con constancia. Manuel (37) tuvo precisión de marcharse al Extranjero; tan comprometido se vio por mi padrastro. ¡Oh! sería nunca acabar, si quisiera contar por menor las ridiculeces, tiranías y bajezas de aquel hombre, que yo debo y quiero respetar todavía como marido de mi madre. Dios lo sabe, y será algún día juez de ambos.

     En aquella situación doméstica tan desagradable conocí a Ricafort y fui amada de él: también yo le amé desde el primer día que le conocí. Pocos corazones existirán tan hermosos como el suyo; noble, sensible, desinteresado, lleno de honor y delicadeza. Su talento no correspondía a su corazón: era muy inferior por desgracia mía. Conocí pronto esta desventaja: aunque generoso Ricafort parecía humillado de la superioridad que me atribuía: sus ideas y sus inclinaciones contrariaban siempre las mías. No gustaba de mi afición al estudio y era para él un delito que hiciese versos. Mis ideas sobre muchas cosas le daban pena e inquietud. Temblaba de la opinión, y decíame muchas veces: «¿Qué lograrás cuando consigas [69] crédito literario y reputación de ingenio? Atraerte la envidia y excitar calumnias y murmuraciones.» Tenía razón, pero me helaba aquella fría razón.

     Aunque mostraba de mi corazón el concepto más elevado y ventajoso, no se me ocultaba que le desagradaba mi carácter, y me repetía que este carácter mío le haría y me haría a mí misma desgraciada. Yo me esforzaba en reprimirlo y sofocaba mis inclinaciones por darle gusto; pero esta continuada violencia me entristecía, y notándolo él se convencía de que no podría nunca hacerme dichosa. Sin embargo de todo esto, nos amábamos más cada día.

     Mis pesares domésticos llegaron a afectarme tanto, que necesité desahogar mi pecho y se los comuniqué: ¡nunca olvidaré aquel momento! ¡Yo vi sus ojos arrasados de lágrimas! Entonces, con aquel acento, que la falsedad no podrá nunca imitar, me rogó aceptase su corazón y su mano y le diese el derecho de protegerme y vengarme.

     Muchos días vacilé; mi horror al matrimonio era extremado, pero al fin, cedí: mi situación doméstica tan insufrible, mi desamparo, su amor y el mío, todo se unió para determinarme, y cuando le dije que consentía en ser su esposa, tomé la resolución de consagrar mi existencia a hacer la suya dichosa, y quitármela en aquel momento en que no pudiese llenar este objeto. Talento, placeres, todo se aniquiló para mí: sólo deseaba llenar las [70] severas obligaciones que iba a contraer, y hacer cuanto en mi poder estuviese para aligerar a Ricafort las cadenas que le imponía. ¡Oh Dios mío!, ¡por qué no pude hacerlo!... Tú sabes si eran puras mis intenciones y sinceros mis votos! ¿por qué no los escuchaste? Yo no aseguraré, que hubiera amado siempre a Ricafort, ¿porque quién puede responder de su corazón?, pero cierta estoy de que siempre le habría estimado, y que nunca le obligaría a maldecir el día en que se uniera a mi suerte, pues si no puedo responder de mis sentimientos, puedo por lo menos responder de mis acciones. Pero nada de esto debía ser: la funesta debilidad de mi carácter debía trastornarlo todo.

     Nuestra unión no pudo verificarse por de pronto. Él era altivo y yo también: ni uno ni otro queríamos depender de nuestras familias ni un solo día, y gracias a mi padrastro, mis intereses estaban embrollados, y Ricafort no contaba sino con un sueldo mal pagado. Hice proposiciones racionales a mi padrastro que no las admitió: solicité de la Corte el derecho de mayoría pintando mi situación excepcional, pero antes de obtener resultado fue depuesto Ricafort, padre, y el hijo tuvo orden de reunirse a su regimiento. Hice justicia al General (38). Conocía su carácter y franqueza, y no dudaba, que hallaría en él un padre; pero yo tenía demasiado orgullo para entrar en su familia como una mendiga, y resolví no casarme hasta no poder aclarar mis intereses y decir a Ricafort cuáles [71] eran éstos y la mayor o menor seguridad que presentaban.

     En fin, después de muchas vacilaciones y penosas escenas, Ricafort marchó a su destino. Dolorosa me fue, muy dolorosa, esta separación, aunque estaba yo muy lejos de creerla eterna; pero pasados los dos primeros meses, pensé mucho en las diversidades que existían entre Ricafort y yo, me pregunté a mí misma si aquella superioridad que él me suponía, no sería tarde o temprano un origen de desunión, y reflexionando en las contras del matrimonio y las ventajas de la libertad me di el parabién de ser libre todavía. Vino mi hermano por entonces a La Coruña... mucho necesito ahora de la indulgencia de usted, querido Cepeda, porque me avergüenzo todavía de mi ligereza. Vino mi hermano, y desaprobó mi unión. Representome la triste suerte de los militares en las actuales circunstancias (39): hablome con entusiasmo de un viaje, que quería hiciésemos juntos a Andalucía para conocer la familia paterna (de la cual me hizo elogios que hoy conozco inmerecidos) y de lo dichosa que sería yo con mi mayoría pudiendo gozar una vida cómoda e independiente conforme a mis indicaciones: sobre todo me dijo y fue lo que más impresión me hizo, que, si me casaba con Ricafort y le seguía, nos separaríamos él y yo para siempre acaso. ¿Qué diré a usted para justificarme?... Nada, nada es bastante. Fui débil [72] e inconsecuente. Marché con mi hermano a Lisboa: no he vuelto a saber de Ricafort.

     Si se exceptúa el dolor de la separación de mamá, puedo decir que dejé con placer a Galicia. Eran muy pocas las personas que en ella me merecían algún afecto, y no ignoraba yo que tenía muchos enemigos: de este número eran todos los parientes de Escalada. Gracias al cielo no podían herirme en mi honor por mucho que lo desearan, pero daban mil punzadas de alfiler a mi reputación bajo otro concepto. Decían que yo era atea, y la prueba que daban era que leía las obras de Rousseau (40), y que me habían visto comer con manteca un viernes. Decían que yo era la causa de todos los disgustos de mamá con su marido y la que la aconsejaba no darle gusto. La educación que se da en Cuba a las señoritas difiere tanto de la que se les da en Galicia, que una mujer, aún de la clase media, creería degradarse en mi país ejercitándose en cosas que en Galicia miran las más encopetadas como una obligación de su sexo. Las parientas de mi padrastro decían, por tanto, que yo no era buena para nada, porque no sabía planchar, ni cocinar, ni calcetar; porque no lavaba los cristales, ni hacía las camas, ni barría mi cuarto. Según ellas, yo necesitaba veinte criadas y me daba el tono de una princesa. Ridiculizaban también mi afición al estudio y me llamaban la Doctora. Una hermana de Escalada dio de bofetones a una criada de casa, porque interrogada respecto [73] a mí en una casa en que ella había dado tan brillantes informes, tuvo la pobre mujer la extravagancia de decir que yo era un ángel, y que, lejos de ser imperiosa ni exigente, en la casa todas las criadas me querían por mis buenos modos.

     Usted supondrá cuán poco sentiría dejar aquel país y si podré volver a él con gusto, aún cuando tenga la desgracia de que vuelva a él mi familia.

     Luego que rompí mis compromisos y me vi libre, aunque no más dichosa; persuadida de que no debía casarme jamás y de que el amor da más penas que placeres, me propuse adoptar un sistema, que ya hacía algún tiempo tenía en mi mente. Quise que la vanidad reemplazase al sentimiento, y me pareció que valía más agradar generalmente que ser amada de uno solo: tanto más cuanto que éste uno nunca sería un objeto que llenase mis votos. Yo había perdido la esperanza de encontrar un hombre según mi corazón. No busqué ya, pues, ni amor ni amistad: deseaba impresiones débiles y pasajeras que me preservasen del tedio sin promover el sentimiento. Sin embargo, no podía aturdirme por más que me esforzaba. Separada por primera vez de mamá, sin esperanza de volver a ver a Ricafort (al cual amaba aún), sintiendo más que nunca el vacío de mi alma, disgustada de un mundo que no realizaba mis ilusiones, disgustada de mí misma por mi impotencia de ser feliz, en vano era que quisiera aturdirme y sofocar [74] en mí este fecundo germen de sentimientos y dolores.

     Otro desengaño tuve además, y no de los menos dolorosos. Yo amaba mucho a mi hermano: con él había llevado el desinterés hasta un grado que otros me vituperaron: con él había sido siempre afectuosa, condescendiente y delicada. Al verme sola con él por el mundo esperaba que su conducta conmigo correspondiese a la mía: ¡me desengañé muy pronto! Conocí que el hombre abusa siempre de la bondad indefensa, y que hay pocas almas bastante grandes y delicadas para no querer oprimir cuando se conocen más fuertes.

     Hubiera yo querido mudar mi naturaleza. Creí que sólo sería menos desgraciada cuando lograse no amar a nadie con vehemencia, desconfiar de todos, despreciándolo todo, desterrando toda especie de ilusiones, dominando los acontecimientos a fuerza de preverlos, y sacando de la vida las ventajas que me presentase, sin darles, no obstante, un gran precio. Yo me avergonzaba ya de una sensibilidad, que me constituía siempre víctima.

     Más de un año hace que trabajo por conseguir mi objeto, no sé si será trabajo perdido. En este tiempo dos veces he contraído pasajeras relaciones; tan pasajeras, que una de ellas no duró quince días. Mi corazón, no las formó, fue la cabeza únicamente, la necesidad de una distracción, el ejemplo de la sociedad en que vivía: nada más. Fueron empeños de sociedad más bien que de amor. [75]

     Bien en breve me fastidié, y rompí sucesivamente aquellos semiamores sosos con tanta ligereza como los había contraído. No hablaré del proyecto de mi tío Felipe (41) de casarme en Constantina (42) con un mayorazgo del país, y de cómo mi hermano, que tan opuesto era a que yo me casase, tomó un empeño entonces a favor de mi novio. Esto no merece mayores detalles, pues en nada ha influido semejante proyecto ni en mi corazón, ni en mi destino. Pero debo extenderme más en la relación de un compromiso recientemente concluido y que usted no ignora. Es preciso no callar nada y que sepa usted los motivos, que tuve para formarlo y para concluirlo. ¡Los motivos que tuve para formarlo!... embarazada me veré para decirlos: mas no importa. Mi franqueza exige que yo los diga; la delicadeza de usted le ordena olvidarlos tan luego concluya de leer ésta.

     Adiós: necesito un momento de descanso. Además, son las diez y voy a vestirme para ir a buscar a Concha (43) para el Duque (44). Espero que yendo yo tan tarde no encontraré a usted en casa de Concha.»



«A la una de la noche.               

     En efecto, no encontré a usted y he sabido que no estuvo. ¡Mil gracias! Conozco ahora que existe realmente entre los dos una prodigiosa simpatía. [76] Veo que al mismo tiempo hemos tomado una misma resolución. Sí, es preciso: es absolutamente preciso vernos menos frecuentemente. Nos haríamos de otro modo cada vez más insociables y raros. Por tanto, declaro a usted que yo por mi parte voy a huir a usted con esmero. Estamos los dos demasiado tristes y desilusionados para querer estarlo más. Preciso es que busque usted sociedad más alegre y yo lo mismo. Pero no busque usted una amiga sincera: yo reclamo este título ¿entiende usted?; por fin, me resuelvo a quebrantar mi propósito. Sí; yo ofrezco a usted mi amistad. Pero tenga usted entendido, que puedo ser su amiga sin verle diariamente, ni acaso nunca; y que será usted mi amigo, mi único amigo; pero no deseo ni debe usted desear ser mi tertuliano y acompañante. Mañana acabaré esto: no sé cuando se lo daré a usted. Buenas noches: tengo una terrible jaqueca.»



«Hoy 27 por la tarde.               

     Al mismo tiempo que empezó a obsequiarme Méndez Vigo (45) dirigíame otro (46) algunas atenciones. Este otro me agradaba más de lo que yo deseaba. Sentíame inclinada a él por una fuerza extraña y caprichosa y me estremecía al pensar que aún podía amar: tanto más cuanto que, creyendo entonces que existía una enorme diferencia [77] entre los caracteres e inclinaciones de aquel dicho sujeto y yo, prevía en un nuevo amor un nuevo desengaño. Sin embargo, un instinto del corazón parecía advertirme que era llegado el momento en que debía expiar mis pasadas inconsecuencias, y sin saber por qué me sentía dominada.

     Sé cuánto más fuerte se hace una inclinación combatida y no quise combatir la mía, pero no quise tampoco entregarme a ella exclusivamente, porque temía se hiciese de este modo omnipotente. Era, pues, preciso oponer la vanidad al sentimiento y distraer con un pasatiempo el interés demasiado vivo que sentía.

     ¡Cepeda!, yo prescindo de todo para ser sincera: ¡por Dios!, no me juzgue usted con severidad.

     El hombre que me interesaba se desviaba de mí, y el que no me agradaba redoblaba sus atenciones y asiduidades. El primero me causaba con su influencia en mi corazón serias inquietudes y me picaba con su indecisión; el segundo me lisonjeaba y me divertía con su amor de niño y me parecía bien poco peligroso.

     Hice lo que me pareció más conveniente a mi tranquilidad y lo que supuse de menos consecuencia. Admití los afectos del uno y procuré sofocar los que el otro me inspiraba. ¡Ya esta dicho todo! Ahora olvídelo usted.

     No disimularé que el candor de mi joven amante, su amor entusiasta y mil prendas apreciables, que descubría en él, llegaron a conmoverme. [78] ¡Pobre niño! ¡Cuánto me ha amado! ¿Por qué este caprichoso corazón no supo corresponder dignamente?... ¡No lo sé!

     Me inspiraba un afecto sin ilusiones, sin calor: un afecto indefinible que algunas veces me parecía debía semejarse al que una madre siente por su hijo: no se ría usted de esta comparación. ¿En qué consistía que ese joven no me produjese otra clase de amor? Yo no podré decirlo, porque no lo sé a fe mía. No es mal parecido, ni tonto, usted lo sabe, y aun puedo decir, que existen ciertos puntos de simpatía entre nuestro modo de sentir, pero él me amaba a mí como yo amaría, si encontrase un hombre según mis deseos. Pero él no era este hombre: en vano me esforzaba, y a fuerza de decirle que le amaba quería persuadírmelo a mí misma: en vano me reprochaba de caprichosa e ingrata interiormente: ¡en vano! Confesaré a usted lo que entonces no quería confesarme a mí misma: al lado de aque