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    La isla posible
     Carmen Alemany Bay, Remedios Mataix, José Carlos Rovira, con la colaboración de Pedro Mendiola Oñate, (eds.)
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Gauchos en islas penitenciarias: el hijo mayor de Martín Fierro, Juan Cuello, Hormiga Negra...

Jesús Peris Llorca

Universitat de València

     «Grábenlo como en la piedra / cuanto he dicho en este canto; / y aunque yo he sufrido tanto, / debo confesarlo aquí: / el hombre que manda allí / es poco menos que un santo», declara el hijo mayor de Martín Fierro en unos versos (815) que han sido citados infinidad de veces para atestiguar las tremendas diferencias que existen entre los gauchos que las dos partes del poema de José Hernández ponen en pie y hacen cantar «al compás de la vigüela». «Y si atienden mis palabras dice en otra sextina en que completa la moralidad que debe extraerse de su relato / no habrá calabozos llenos. / No olviden esto jamás: / manéjense como buenos; / aquí no hay razón de más, / más bien las puse de menos» (816). La larga relación de las penalidades sufridas en la prisión no tiene por objeto denunciarlas, ni tampoco la celeridad con que se produce el encierro del hijo mayor de Fierro sin que haya nada que pruebe su delito. De lo que se trata ahora es de advertir a los lectores sobre lo que les espera si no se manejan como buenos. El error cometido por la justicia con el gaucho que habla aparece entonces como una excepción, un azar venturoso que le ha permitido conocer los rigores que el sistema reserva para aquellos que transgreden sus normas, y transmitirlo a tiempo a todos los que gozan tranquilamente de la libertad, sin saber valorarla por no tener clara la noción de su falta. «Hijas, esposas, hermanas, / cuantas quieran a un varón, / díganles que esa prisión / es un infierno temido, / donde no se oye más ruido / que el latir del corazón» (817). A pesar de que nada en el [498] comportamiento del protagonista de este relato puede justificar su encierro, esta circunstancia no es en absoluto generalizable. En los demás, depende sólo de ellos, y de que las abnegadas mujeres que los rodean sepan aconsejarlos bien, asirlos al camino recto, garantía de que el sistema no pondrá en marcha sus rigores.

     No deja de ser curiosa esta incoherencia evidente entre el relato autobiográfico y su moraleja. El hijo mayor parte en su canto del horizonte de expectativas creado en los lectores por la Ida, de su discurso de exposición de agravios, para reconducirlo a las nuevas condiciones de escritura y a los efectos de lectura que se pretenden. Pero, al hacerlo, el nuevo discurso no deja de exhibir sus fisuras, de escenificar ese recorrido escribiendo el punto de partida y de llegada simultáneamente. La situación de arbitrariedad de la legislación rural que la primera parte del poema denunciaba, se hace evidente en el arranque de las desventuras del hijo mayor, pero se desplazan por completo de la moraleja, haciendo entonces evidente el gesto de ese escamoteo, la operación de velado neutralizador que la Vuelta opera sobre el relato de la Ida, cerrando su sentido, invirtiéndolo incluso, en el momento mismo en que la ficción gauchesca se dispone a ingresar en el canon, en el Parnaso nacional argentino, como condición de posibilidad de ese ingreso, pero sin poder dejar de decir la violencia ejercida para ello sobre el discurso otro, la voz de Martín Fierro oída antes, el discurso del otro que fue Hernández en 1872.

     Según Pablo Subieta, en 1881, la Penitenciaría «no habría cumplido su alta misión moral si Hernández no la hubiese hecho conocer en el ritmo de sus versos» (818). ¿Cuál es, entonces, esta «alta misión moral», que resultaría tan transparente de su lectura? «Piensen todos y comprendan / el sentido de mis quejas», dice el texto (819). El sentido de las quejas es dar a conocer la alta misión de la Penitenciaría, que no parece ser otra que la de disuadir a los potenciales criminales de atentar contra la legalidad. «El porqué tiene ese nombre / naides me lo dijo a mí, / mas yo me lo explico ansí; / le dirán Penitenciaria / por la penitencia diaria / que se sufre estando allí» (820). Es un lugar de expiación por tanto, pero su sentido íntegro, el de la disuasión, solo puede cumplirlo si alguien la hace conocer, si se logra hacer pública la labor callada e incesante que se realiza del otro lado de sus muros. Y aquí es donde empieza la parte de trabajo de José Hernández, el lugar de las ficciones que escenifican la utopía del Estado y que, además, como en el caso de la gauchesca, convierten esa utopía en tradicional.

     Pensemos además que toda La Vuelta de Martín Fierro presenta de alguna manera la misma estructura que el alegato del hijo mayor. Fierro expía sus culpas ahora lo son en su estancia entre los indios, que tan apetecible se le había hecho en el cierre de la Ida, en un gesto que negaba la civilización, que la desjerarquizaba con respecto a su afuera, con respecto a las tolderías. Ahora son un infierno que le hacen sentir al protagonista que su lugar está del otro lado, en la civilización (821), y que debe buscarlo y construírselo mediante el trabajo (822). Esa será la [499] enseñanza que transmitirá a sus hijos y a Picardía, en los celebérrimos consejos que concluyen el poema y que, como señala Josefina Ludmer, suponen la constitución del estado en el espacio del género (823). Expiación, y difusión disuasoria de la propia experiencia son los dos movimientos de los relatos del padre y del hijo, que dan sentido al poema del regreso; dos movimientos que suponen todo un programa sobre una función posible de la literatura en las vísperas de la modernización de la Argentina, de la constitución del Estado. El texto penitenciario es aquel que hace posible la máxima, enunciada por Michel Foucault según la cual «la pena debe obtener sus efectos más intensos de aquellos que no han cometido la falta» (824) mediante la escenificación de la vida recta y justa y de las consecuencias legales de abandonarla, aquel que da legitimidad a la institución penitenciaria mediante la ficcionalización narrativa de sus saludables efectos, y los prolonga convirtiéndolos en preventivos. Es, a un tiempo ficción legitimadora, y parte de la propia institución, actuando desde sus orillas; da espesor imaginario a la Penitenciaría, y es, ella misma, penitenciaria o más exactamente, disciplinaria, su correlato y su reverso a un tiempo. No parece entonces excesiva la consideración que el Martín Fierro tiene de texto fundador. Las ficciones literarias fundan instituciones, desde el momento en que naturalizan, en que presentan como actual lo ideológico, en que otorgan verosimilitudes y estatutos de realidad.

     Como es bien sabido, el 28 de noviembre del mismo año de 1879, comenzaba a publicarse en La Patria argentina el folletín Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez. Se iniciaba así la vida urbana de las ficciones gauchescas, que, retomando diferentes motivos del género, se iba a prolongar de manera masiva durante varias décadas, proporcionando correlatos míticos a la ciudad modernizada, tan pronto mitos de anterioridad áurea opuestos a las convulsiones del presente, como espacio simbólico en que tomaban cuerpo de manera oblicua los nuevos conflictos que esa modernización generaba.

     En su fundamental estudio sobre Eduardo Gutiérrez, Jorge B. Rivera observa cómo «elige a través del folletín a esa masa urbana y aluvial, y con ello decide su estilo; comienza satisfaciendo, por ejemplo, la afición por lo maravilloso, pero termina ofreciendo como contrapartida [...] la imagen de un mundo conflictual, que se debate entre los polos estabilidad-inestabilidad» (825). Esta afirmación es constatable en sus relatos gauchescos, en que la narración de las aventuras de un héroe arrastrado por la injusticia fuera de la ley acaba escribiendo, de manera ambigua y por tanto conflictiva en sí misma el flujo de violencia en diferentes direcciones que configura y de la que surge la violencia popular en las sociedades modernizadas. «El héroe popular del salto modernizador escribe Josefina Ludmer a propósito de Juan Moreira y de sus escándalos sería esa pura fuerza de confrontación, un dirigible, porque combina violencia con posiciones contrapuestas» (826). [500] El paso de las ficciones del género gauchesco a la prosa moderna del folletín, su inserción en los nuevos modos de distribución, de circulación moderna de la cultura, su enunciación desde la inestable figura en sí misma del escritor profesional en trance de aparición, desde su precaria autoridad, y destinada a un público masivo que se va ir configurando como opinión pública, esto es, la ubicación de aquellas ficciones en un espacio problemático en sí mismo, atravesado por diferentes tensiones y conflictos de autoridad, origina la reapertura de los conflictos que la utopía penitenciaria de La Vuelta de Martín Fierro había cerrado, y la apertura también de un nuevo debate que ahora no versará sobre definición de la palabra gaucho y el uso de su cuerpo, sino sobre la definición de su imagen mítica e histórica si es que ambas cosas pueden deslindarse y su rentabilización discursiva e ideológica.

     La literatura gauchesca, la primitiva y la moderna que el folletín de Gutiérrez inaugura, suponen todo un tratado sobre la ley y el delito, sobre la identidad del criminal y de aquellos que pueden legalmente establecer esa condición. ¿Contienen esos relatos imágenes de la institución penitenciaria que puedan dialogar con la que pondera el hijo mayor de Martín Fierro? ¿Pueden considerarse, de algún modo, los textos de Gutiérrez textos penitenciarios en el sentido en el que hemos podido afirmarlo de La Vuelta de Martín Fierro?

     En 1880, Eduardo Gutiérrez publicaba Juan Cuello, un folletín a mitad de camino entre su serie gauchesca y su serie histórica centrada en los tiempos de la dictadura de Juan Manuel de Rosas. El protagonista, durante esa época, pasa a la ilegalidad por pretender y raptar la novia de uno de los capitanes mazorqueros. Se convierte en un pequeño caudillo, y, al mando de una pequeña «gavilla» de prófugos como él, pone en jaque durante bastante tiempo a los terribles mazorqueros, logra liberar a diferentes unitarios y como corresponde al género, sobre todo unitarias a punto de ser degollados por los esbirros de Rosas, e incluso diseña un plan para terminar con la vida del dictador que sólo el azar puede frustrar. Es decir, este relato no presenta ninguna ambigüedad, dado que la autoridad que se ejercita en él es la de Juan Manuel de Rosas, considerada ilegítima por Eduardo Gutiérrez y por la imagen canónica de la historia que surge de la batalla de Pavón. Bien al contrario, Cuello se alía con los fundadores de la autoridad presente al combatir contra los mismos enemigos, al ponerse, en diferentes momentos, a su servicio (827).

     Y sin embargo, cuando, al final del relato, Cuello es capturado por las autoridades federales y se produce su ajusticiamiento público, el narrador realiza las siguientes consideraciones sobre los diferentes modos de administrar justicia: «No pretenderíamos abogar por la supresión de la pena de muerte en un país donde existiesen los medios de garantir a la sociedad contra tentativas o crímenes futuros por la completa seguridad de los reos, pero una vez que tenemos Penitenciaría, la pena de muerte es una monstruosidad» (828). La función de la Penitenciaría parece ser, así, el confinamiento de los criminales para proteger a la sociedad de la posibilidad de su reincidencia. Y obsérvese que se sitúa [501] en plano de igualdad con la pena de muerte, que queda, desde ese momento, redefinida. Las dos sanciones tienen por objeto, según este narrador, no tanto expiar unos crímenes pasados, sino evitar los futuros. Siguiendo a Michel Foucault, nos encontramos en la crisis de la penalidad basada en el suplicio, una época, entonces, precisamente premoderna, como corresponde a unos momentos fundacionales.

     Una vez definida la pena de muerte como una monstruosidad, no deja de ser interesante el modo en que justifica la superioridad de la Penitenciaría, después de establecer la identidad de su fin: en el espectáculo de la ejecución «el criminal ha desaparecido en el banquillo en el orden de las impresiones humanas [...] para contemplar sólo el solemne y último episodio del hombre en lucha con la muerte», y eso es muy poco rentable porque pone en peligro la efectividad del castigo, porque lo fía al resultado de esa lucha, y «si [...] el valor indomable se muestra asombrando la imaginación de los espectadores, un sentimiento de compasión y tal vez de admiración se produce por los reos y el espectáculo de las ejecuciones viene a dar así un resultado contrario en su momento más solemne y decisivo» (829), que es, por cierto, lo que sucede en el caso de Juan Cuello. Es decir, y de nuevo en palabras de Foucault, no se trata de que haya que «castigar menos, sino castigar mejor» (830), o más exactamente aquí, evitar mejor la proliferación futura del crimen.

     Llama la atención que esta «moral que debemos sacar» se extraiga de la ejecución de un enemigo acérrimo de la mazorca. Se separa el alineamiento histórico, que le hace al narrador fustigar implacablemente durante todo el relato a Rosas y a sus mazorqueros, de la discusión sobre el estado, lo que permite considerar a Cuello simultáneamente como un paladín popular filounitario y como un problema de orden público. Esto nos habla de la capacidad simbolizadora que, en 1880, tenía ya la ficción gauchesca para dilucidar problemas y conflictos del presente, pero también de la solidaridad que se establece en ocasiones entre la autoridad del discurso y otras autoridades contiguas, entre la instancia que detenta el poder en el interior del relato, que posee la voz y distribuye papeles, y la que detenta el poder en el Estado, concebida como lugar, como hueco, como función, más allá de su identidad concreta, a estos efectos contingente.

     Sólo un año después, en 1881, otro folletín de Eduardo Gutiérrez, nos ofrece una imagen bien distinta de la Institución Penitenciaria, de su funcionamiento y de su finalidad: se trata de Hormiga Negra, «el alegre viviente del pabellón número cuatro de la Penitenciaría», como se nos presenta en el arranque mismo del relato.

     En efecto, los lectores de este folletín conocen antes al «hombre bueno y humilde», que pasea fumando un cigarrillo negro por el jardín de la prisión, que trabaja en sus talleres y que se muestra además «profundamente agradecido» al director por sus atenciones y su comprensión (831) (le permite llevar el pelo algo más largo que al resto de los reclusos en atención a una profunda cicatriz que tiene en la cabeza), que al temido y sanguinario cuchillero que fue en el pasado, y las andanzas que le condujeron directamente hasta la prisión. El silencio y la reclusión perpetuas a que tuvo que enfrentarse el hijo de Martín Fierro han sido sustituidas por un horario reglado, una distribución racional del tiempo [502] de los reclusos, un programa de inserción laboral, y hasta una adecuada economía de premios y castigos que no pueden dejar de dar resultados espectaculares.

     «El penado que se porta bien le había dicho el señor O'Gorman con su habitual dulzura pasea por los jardines de cuando en cuando y fuma también algunos Domingos. El que se porta mal, es en cambio castigado con una reclusión severa y si esto no basta, está para corregirlo, en último caso, la celda sin luz y sin más alimento que el pan y el agua» (832). La ordenanza de la prisión es sencilla. El cumplimiento de las penas se hace flexible y se adapta al comportamiento y la evolución del preso, considerado casi como un enfermo. La finalidad no es sólo confinar a los criminales fuera de la sociedad para evitar que le inflijan nuevos daños, como había teorizado en Juan Cuello, sino que se va un paso más allá. Se trata de recuperar en la medida de lo posible a los penados para la sociedad, de reintegrarlos al sistema de producción (y «Hormiga Negra fue modelo de sumisión y de labor») (833), de corregir sus conductas desviadas y patológicas. Lo que ahora se enuncia es la utopía de la prisión moderna, su nuevo discurso legitimador, que, como en el caso del anterior, combina un cierto grado de «humanismo», con un propósito reformista que perfecciona los efectos del sistema Penitenciario.

     Al final del relato, cuando el narrador retoma las alegres andanzas de Hormiga Negra en la prisión, queda patente la recuperación completa de un individuo que, si bien había dado muestras durante toda la acción de una conducta más que desviada, no había dejado de mostrar, por ejemplo, en sus fugaces tareas asalariadas, una buena predisposición para el trabajo (834). La Penitenciaría, con el importante concurso de los consejos del señor O'Gorman, rescata esas cualidades antes esbozadas, y corrige las desviaciones. Pule el carácter y lo convierte en un sujeto ciertamente aprovechable para el sistema. Así, cuando abandona la prisión una vez cumplida su condena, lo edificante de su ejemplo no es que se dedique a proclamar las penalidades sufridas en su interior, sino que su conducta refleja lo saludable de sus efectos. No sólo aparta de su mente los deseos de venganza que le produce comprobar los destrozos que han sufrido sus propiedades durante su ausencia, sino que se apresta a comenzar de nuevo, trabajando con «un anhelo imponderable» (835).

     Muy pronto, sus convencinos, maravillados de la transformación producida, dejan de llamarle Hormiga Negra para denominarlo «el hombre hormiga», «a causa de sus desvelos por trabajar de todos modos», no sólo desplazándolo en el interior de la polisemia de su apodo los gauchos literarios siempre están al borde del desplazamiento significativo sino haciéndole perder las mayúsculas del nombre propio, como el precio que hay que pagar en el momento de su ingreso en la sociedad. Martín Fierro y sus hijos se perderán por los cuatro puntos cardinales. Aquí el relato cesa, en la confianza absoluta de un futuro próspero, en nada excepcional en el espacio social armónico en que parece cerrarse la novela. [503]

     Esa es al menos la impresión que debe extraerse al leer desde el marco, esta feliz peripecia penitenciaria que logra lo que el protagonista había intentado en vano por sí mismo en diferentes ocasiones: hacerle sentar la cabeza. No sólo entonces el caos deja paso al orden en el desenlace sino que el narrador ha sentido la necesidad de adelantar a sus lectores en el arranque que al final el orden va a triunfar. Rescata el recuerdo del caos desde el orden, y además lo escribe antes. La magnitud de las atrocidades que su relato incluya darán la medida del triunfo de la institución penitenciaria.

     Otra cosa es, no cabe duda, que esa explicitación previa del triunfo del orden legitime y permita toda una absoluta carnavalización de la violencia de la que incluso el narrador observador distanciado pero divertido parece en ocasiones participar: «La vieja ya no gritaba dice por ejemplo al relatar los efectos que causa en doña Ramona la enorme tunda que está recibiendo. Parecía un lechón próximo a entregar el rosquete» (836). La retórica del folletín de Eduardo Gutiérrez impide el cierre, y convierte este relato, como Juan Cuello, en la puesta en escena de unas tensiones que la propuesta de cierre, por mucho que lo pretenda, no consigue eliminar en toda su operatividad. Se trata de textos proteicos, ambiguos, contradictorios, que dejan leer las tensiones, de manera «involuntaria», como afirma Rivera (837), escenificándolas en el discurso mucho más que relatándolas, dejándolas leer en los intersticios que deja la precariedad de la armonía, o la reconducción al orden que se proponen en sus desenlaces, mucho más que en su exposición explícita. Hay que leer a menudo en contra de los excursos neutralizadores con que el narrador pretende conjurarlas.

     La voz narradora, así, se erige en autoridad al tratar de cerrar esa proliferación de sentidos, muchas veces contrapuestos, y que hará posibles lecturas más o menos subversivas de estos folletines. Y lo hace, reproduciendo así en el interior de ese espacio el poder autoritario del Estado. Lo remeda, es el estado en el interior del discurso, y no es mucho entonces, que en ese gesto del cierre explicite una propuesta de estado y de su funcionamiento. La autoridad narrativa de estos relatos conflictivos y abiertos, es en sí misma una autoridad penitenciaria. Tiene la función que en los distintos textos atribuye a la prisión, confinar lo irreductible, reconducir lo heterodoxo. Ese gesto de cierre, al fracasar en el plano del discurso, no deja de socavar también la utopía penitenciaria, narrativamente precaria que formulaban (de hecho, y como afirma Nicolás Rosa, «no hay progresión psicológica ni moral» que justifique este desenlace) (838).

     Frente a las sólidas aseveraciones que concluyen el regreso de Martín Fierro en el cierre mismo del género gauchesco, estos folletines son textos penitenciarios frustrados. [504] El ingreso en el folletín, en la novela género polifónico, en una ciudad ausente para la que, sin embargo, se escriben estos textos, y a la que se alude una y otra vez de manera oblicua, reabre también aquí la polisemia de las ficciones gauchescas (839). Paralelamente, y de manera simultánea, en el reverso de esta trama de utopías penitenciarias, de islas donde deportar, como lo fue esta isla de Tabarca, de islas que hacen posible un provechoso y fructífero retiro, como lo es Tabarca en estos días, en el tránsito acelerado a través de los diferentes modelos que reparte Michel Foucault en varios siglos, en este trabajo con los desechos, en estas propuestas para incluir la Transgresión en la Ley, para reducirla, es posible leer no sólo el momento de la constitución definitiva del Estado que se estaba produciendo dentro y fuera de estos textos, sino también la violencia simbólica que la hace posible, la exorcización y la reducción trabajosa de la polisemia, su paso por la Penitenciaría, el gesto de clausurar discursivamente unos conflictos que no dejan sin embargo de leerse también en (o contra) el trazado de la paz y de la administración del orden del ochenta. [505]





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El miedo de perder a Eurídice. La novela como isla del deseo en los mares de la intertextualidad

Paul Quinn

Universidad de Alcalá

                                                                                               Estamos hechos, y esto se comprende claramente en la noche, para colmar los vacíos que la muerte paulatina de las cosas va abriendo en la masa de la realidad.           

(Salvador Elizondo, El hipogeo secreto)

 
     Are cada Venus su nevada cera.

(Juan José Arreola, Palindroma)



Preludio órfico

     En el descenso de Orfeo hacia Eurídice, el arte es el poder por el cual la noche se abre, se vuelve intimidad acogedora, unión y acuerdo de la primera noche. Para Orfeo, Eurídice es el extremo que la creación artística puede alcanzar. Es el punto profundo oscuro hacia el cual parecen tender el arte, el deseo, la muerte, la noche: el punto de la ausencia, del vacío original. Orfeo debe llevar este punto a la luz del día, debe darle forma, figura y realidad. Puede atraerlo pero sólo alejándose de él. Sin embargo, Orfeo olvida esta obra que debe cumplir y la olvida precisamente porque «[...] la exigencia de su movimiento no consiste en que haya obra, sino que alguien se enfrente a ese punto, capte su esencia allí donde esa esencia aparece, donde es esencial y esencialmente apariencia: en el corazón de la noche» (840). [506]

     Como Orfeo, la obra de Julieta Campos aparece marcada por Eros y Thanatos, por la relación entre el deseo y la muerte (841). Por una parte, esta relación tiene un carácter antagónico: el deseo intenta colmar los vacíos, las grietas que se abren en el seno de la realidad. De ahí que El miedo de perder a Eurídice sea una escritura y una lectura dentro de ella, prolongadas ad infinitum por el terror de enfrentarse a la muerte. Que Orfeo no tenga ningún miedo de perder a Eurídice, nos dice una y otra vez Julieta Campos, que siga aplazando su posesión de ella para que haya texto, para que haya novela (842). Citando El banquete de Sócrates nos recuerda la autora que «es necesario, para que haya deseo, que al que desea le falte la cosa que desea» (843) (pág. 135).

     Pero, por otra parte, el deseo no deja de entrar en una especie de unión o cópula con la muerte. El éxtasis es, en cierto sentido y empleando un galicismo, una pequeña muerte. Como señala Severo Sarduy:

                En toda la riqueza metafórica que posee el español para designar el acto sexual y sus momentos, nada evoca la idea de una «muertecita». Por supuesto, nuestra mitología erótica está llena de expresiones como «morir de placer», etc. Pero nada, me parece, relaciona eyaculación y muerte. (844)           

     De ahí que Bataille perciba, en el momento de la crisis, la continuidad que nos une a la muerte, continuidad que se desvanece después (845). Este instante crítico no es sino:

           [...] la congelación del presente, la anulación del tiempo, la plenitud eterna del gozo en ápice delicioso. (846)           

     Instante, que en el clímax de la novela de Julieta Campos aparece como el «deseo infinito» que «en el deleite extáctico del amor se aplaza, sin abolirse» (pág. 164):

                El abrazo de los cuerpos consagra un rito arcaico, sabio y terrible. Es un gesto que ritualiza el olvido, que introduce a los oficiantes en otro tiempo, sagrado, donde todo queda abolido salvo la cosmogonía del más remoto principio (pág. 165).           

     De este modo, el éxtasis, la muerte y la mirada convergen en la «efímera eternidad de un instante» (pág. 165). [507]



El nacimiento del deseo engendra la palabra-isla

     Junto con el mito de Orfeo, Julieta Campos invoca el de Venus, y el nacimiento de la diosa es el nacimiento del deseo:

                Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus, con los pies mojados por las ondas (pág. 13).           
     La isla nace de la espuma del mar, de los fragmentos germinativos lanzados por el aire al mar [...] surge la isla como la imagen de Afrodita en el sueño de Hesíodo, emergiendo de la espuma del mar, engendrada por el sexo emasculado del dios Urano, su padre (pág. 76).

     Si el miedo engendra el deseo, éste a su vez, engendra la palabra-isla-pareja, de ahí el prólogo de la novela:

                En el principio fue el deseo. El deseo engendró el Verbo, que engendró a la pareja, que engendró a la Isla [...]. Surgió del caos como un milagro, como la palabra emerge del silencio (pág. 7).           

     He aquí una de las claves de la poética de Julieta Campos. De acuerdo con la tradición hebrea, la palabra, el Verbo, cobra valor taumatúrgico: puede «[...] hacer la luz en medio del caos. A Orfeo le es dado introducir esa claridad en el reino de las tinieblas, pero la grandeza de su misión lo conduce a un trágico término» (847).

     La palabra, pues, aparece como una isla resplandeciente en el viaje al fin de la noche, al corazón de las tinieblas. Y es, precisamente, el símbolo de la isla el que impregnará esta navegación textual e intertextual por los archipiélagos del deseo, en gran medida, a través de las fantasías del personaje-autor-lector, Mr. N.

     Mr. N. (¿Mr. Narrador? ¿Capitán Nemo? ¿Monsieur Nadie como Ulises ante el cíclope?) es un profesor de francés «exiliado» en México D.F. Todas las tardes acude a un café, «el palacio de Minos» donde, sentado a una mesa frente a dos amantes reales/imaginarios, lee a Julio Verne, garabatea una isla en una servilleta y compone su Diario de Viaje o Islario. Su lectura de Verne (848), isleño de nacimiento y creador de un sinfín de islas (849), no deja de ser una lectura intertextual. Hay que leer a Verne como si fuera un «palimpsesto» que esconde varias escrituras invisibles (pág. 106). Intertextualidad que, a su vez, del mismo modo que el deseo, se prolonga indefinidamente: [508]

           [...] todo Verne es la historia de una historia de amor postergada al infinito, jamás contada, como si ese alargamiento de la expectativa, ese diferir en un estiramiento infinito la tensión del deseo generara el más incisivo de todos los disfrutes: el de anticipar sin llegar a consumarlo, el máximo éxtasis (pág. 122).           

     Inevitablemente, ese «diferir» infinito nos remite al derrideano juego ilimitado de los significantes que están buscando un significado desesperadamente (850). Lo que queda es la huella, o suma de todas las relaciones posibles, sean aisladas o no, que habitan en y constituyen el signo (851), el cual encuentra su expresión física en el grafema (852).

     En la novela de Julieta Campos, esta huella toma la forma de una isla dibujada por Mr. N. sobre una servilleta de papel, mientras que el grafema se manifiesta en el espacio tipográfico del texto. El dibujo de la isla provoca una proliferación de conjeturas y enumeraciones que el personaje va anotando en un borrador (853), Diario de Viaje o Islario. Rescatando un oficio medieval, es un descubridor de islas pero de tierra firme (pág. 61), que navega sin sextante, astrolabio ni brújula (pág. 142) por libros y manuscritos. En este mar intertextual van apareciendo las islas reales, geográficas y las imaginarias las de Verne, Defoe, William Golding, Scheherezade, Poe, Cervantes, Homero y de ahí ad infinitum que simultáneamente van poblando la página en blanco, desnudez perturbadora (pág. 130), del vacío de la realidad, mediante la tipografobia.

     La tipografobia, elemento clave en la poetización de la novela (854), marca dos cambios decisivos en la evolución artística. De un lado, representa gráficamente un cambio técnico: los recursos de impresión y la organización de los blancos de la página son los equivalentes rítmico-oculares de la melodía acústica clásica «en una nueva edad presidida por la generalización y multiplicación impuesta en la comunicación escrita» (855). De otro, este primer cambio corresponde a una segunda modificación de orden filosófico:

           [...] la escritura, la inscripción sensible, siempre fueron consideradas por la tradición occidental como el cuerpo y la materia, exteriores al espíritu, al aliento, al verbo, al logos. (856)           

     Subvertir este orden jerárquico supone sustituir el significante «transparente» significante reducido a la condición secundaria de ser única y sencillamente una vía directa al significado por el grafema textual. Privilegiar la palabra impresa sobre su referente [509] conduce a la opacidad, opacidad que implica que debemos dirigir nuestra atención a la superficie del texto a los gráficos y variaciones tipográficas sin minarlo con «profundidades» (857).

     Parece evidente que el juego deconstructivo de diferencias entre presencia y ausencia cristalizado en la mirada de Orfeo corresponde a esta dialéctica entre palabra hablada y palabra escrita, concepto y signo, profundidad y superficie textual, texto como objeto intencional y libro como objeto real (858).

     En El miedo de perder a Eurídice, esa dialéctica se plasma en el espaciamiento que pone de manifiesto la materialidad del papel, en virtud del contraste entre el espacio vacío y el texto (859). En otras palabras, la presencia tenue de los signos se encuentra amenazada por la ausencia aplastante, el silencio ensordecedor de la página que la rodea.

     Por el lado izquierdo de la página aparecen citas, textos separados unos de otros por espacios en blanco aparentemente desvinculados como islas en una mar cuya costa está marcada, «atalayas, islas desde donde se mira esos textos que van puntuando la escritura toda» (860). Paralelamente, por el lado derecho se configura un bloque de escritura «[...] (que a ratos avanza tormentosamente tapando las citas, como un mar que anega las islas), un continente donde un texto se desarrolla» (861).

     Mr. N., al recorrer las islas, acaba volviendo al punto de partida, como podemos leer en sus apuntes:

                Isla: imagen del deseo. Archipiélago: proliferación del deseo. Todas las islas formuladas por los hombres y todas las islas que se localizan en los mapas configuran un solo archipiélago: el archipiélago del deseo (pág. 142).           

     Este archipiélago está habitado, pues, por la pareja original, Adán y Eva que, de acuerdo con la técnica de enumeración empleada por Julieta Campos, se convierte en la pareja real/imaginaria que observa Mr. N. en el «Palacio de Minos» y en todas las parejas (págs. 11-12; 60). Geográficamente, los amantes aparecen en el Edén, en el lago del bosque de Chapultapec, en Manhattan, en Creta, en Rodas, en Venecia y en la «isla mecánica» o feria donde culmina la novela. Metafóricamente, la isla es el espacio de su amor (pág. 13), metalenguaje utópico del deseo (pág. 132-133): [510]

                Todos se han ido. La isla se ha quedado vacía. Somos tú y yo la isla [...]. Esto es el amor: esa intimidad absoluta e infinita (pág. 163).           

Pero, es un amor frágil, expuesto a los peligros que lo rodean:

                La isla, como la pareja, es una realidad transitoria. La isla acaba por desaparecer, cuando un día se desploman sobre ella los muros de agua que le habían servido de protección. La pareja se extingue cuando uno de los dos empieza a soñar con otra isla (pág. 54).           


Autor y lector en la isla del deseo

     Escribir es un «a-isla-miento» (862), «soledad temible» (pág. 40), es decir, un referir un mentar una isla desde una primera letra, que es una persona. Por otro lado, sólo se mienta se recuerda la isla. Se la escribe desde fuera de ella, habiéndola perdido o nunca poseído el paraíso perdido «[...] en situación de exilio, situación incomprensible que permite examinarlo todo, avivarlo todo, hurgar en todo y no comprender nada [...] sólo porque hay algo que no se define, por miedo, y que está irreductiblemente en otra parte» (863).

     A lo largo de la obra de Julieta Campos la isla, y por ende los elementos que la rodean, aparecen como un símbolo ambiguo, movedizo. En Muerte por agua (1965) (864) es refugio que se metamorfosea en la casa y en la memoria de los tres personajes que intentan rescatar el pasado del olvido... de la muerte. Del mismo modo, en Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina (1974) (865) surge la imagen de la isla caribeña por excelencia, Cuba, vista desde otras islas (866), y de la Habana, ciudad natal de Julieta Campos y recuerdo nostálgico. Refugio, protección, infancia y nostalgia del paraíso perdido, empero, la isla puede volverse un lugar hostil, emblema de aislamiento, soledad y muerte (867). Como la visión de Eurídice, como el amor, como la vida misma, puede nacer y desvanecerse en un instante (868). Esta ambivalencia, además, caracteriza la identidad del autor doblemente marcada por la presencia y la ausencia.

     El escritor, Robinson Crusoe por excelencia, huérfano de Dios (869), se encuentra ante la página en blanco que es espejo del vacío, página que debe colmar con la escritura engendrada por el deseo. Por ello, Julieta Campos se convierte explícitamente en la voz del autor implícito, náufrago entre los otros náufragos/personajes que pueblan el archipiélago novelístico. Este autor implícito, que inicia la novela a la manera de los narradores de los [511] cuentos folklóricos «Yo voy a contar una historia» (pág. 11), intenta controlar el relato, colocando un dique ante la marea textual. Irrumpe en la historia para recordarnos constantemente, casi desesperadamente, que se puede partir de cero y recomenzar el relato (pág. 60, 63 y 135), que la historia puede ser contada de otra manera (pág. 153).

     ¿Pero por qué ese afán de interrumpir, de obstaculizar, de volver a empezar? La respuesta parece hallarse precisamente en una de esas intervenciones:

                Las alternativas de una historia de amor son infinitas: siempre se puede partir de cero y recomenzar y cada relato, en la improbabilidad, en la ebullición de su artificio, negará otra vez la blancura de la ausencia, el equilibrio de lo inane (pág. 60).           

     Efectivamente, todo el relato no es sino el aplazamiento del fin, del silencio, del vacío, de la muerte. Incluso, al final de la novela el «Post-Scriptum» ofrece tres desenlaces posibles, virtuales. Mr. N. al acudir como todos los días al «Palacio de Minos» «[...] sin saber que todo ha terminado, que la historia ha concluido, que la obra en la que actuaba ya no está en cartelera [...] (pág. 167)» encuentra (1) un anuncio que advierte que el café está cerrado por reformas, o (2) el local sellado y clausurado, o (3) «un terreno baldío, sin huellas de demolición, derrumbe o incendio» (ibidem). Si (1) o (2), compra un boleto para visitar la Isla del Coral, feria instalada en medio del lago. Paradójicamente, si (3), entra, se sienta, dibuja una isla en una servilleta y se pone a soñar la historia de una isla, la historia de un amor. No obstante, el lector desea un final (870) que dé sentido a la totalidad del texto, y ese cierre se articula en las enigmáticas últimas palabras:

                Persiste un intenso fervor de rosas rojas (pág. 169).           

     Consciente de los deseos del lector, pues, el autor afirma su presencia en el texto, pero solamente a costa de convertirse en otro signo más. La identidad del escritor entra en tela de juicio:

                Me temo que soy un accidente [...]. Porque mi voluntad apenas representa aquí el pobre papel de un relevo que recibe y entrega: traduzco y, al traducir, me escribo, y, fuera de la página que escribo, habito ese ninguna parte que se chupa como un embudo a las imágenes fílmicas [...] como todo el mundo estoy a cada rato en un tris de no ser nadie (pág. 46).           

     Mise en abyme de la autora de carne y hueso, este narrador se encuentra, a su vez, reflejado en la figura del autor/lector Mr. N., y en los múltiples narradores de sus lecturas que van desde Homero hasta Neruda.

     En cuanto al lector, el autor intenta seducirle desnudando el cuerpo textual mediante la autorreferencia poética y tipográfica. A su vez, el lector desea acariciar el texto de goce (871), [512] pero si quiere actualizarlo, recuperarlo, entrar en el juego y emprender el viaje semiótico, también se verá obligado a convertirse en otro signo más, a encarnarse, de la misma forma que el autor, en ese profesor de francés que acumula obsesivamente escrituras y lecturas.

     Y por fin, como la pareja original, autor y lector se encuentran en la novela, isla del deseo en los mares de la intertextualidad. [513]





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Las otras ficciones fundacionales: Venezuela 1936-1941

Raquel Rivas Rojas

King's College London / Universidad Simón Bolívar

     Si el concepto de isla tiene que ver con una concepción de límites, es sobre límites que vamos a construir esta aproximación al imaginario venezolano de los años treinta. Los límites que circunscriben el imaginario nacional en un momento de crisis y que tienden hacia dos objetivos encontrados. Por un lado, las tentativas de reconstruir el relato nacional sobre la recuperación de los vínculos con el pasado para elaborar proyectos nacionales viables en un futuro inmediato. Por otro, la construcción de relatos que hagan evidentes los límites de una representación que, en su búsqueda de legitimidad en el relato histórico, ha perdido el rumbo y ya no sabe cómo volver a ocupar un lugar central dentro de la narrativa de lo nacional.

     Cuando en 1935 muere el dictador Juan Vicente Gómez, que había gobernado a Venezuela durante 27 años, un impulso de renovación se adueña de todas las mentalidades y el «salto modernizador» (Ludmer, 1994: 7), en su sentido político, comienza a generar las clausuras de temporalidades características de un fin de siglo que parecía estar llegando tarde. En el campo cultural el afán reconstructor se expresa en una urgencia por generar y poner a circular a través de las ficciones un reacomodo del imaginario nacional que sustituya al que había colapsado con el final de la dictadura. Este empeño produjo un efecto fundacional semejante al impulso que trajo consigo el final de la guerra de Independencia (Alonso, 1990: 54). En uno y otro momento, los intelectuales pretendieron recobrar el papel de ductores de una sociedad en situación de crisis y fragmentación. El sector letrado se dedicó, entonces, a reorganizar los relatos que definirían el carácter específico de los sujetos que podían transitar legítimamente por el espacio nacional y por contraste también los signos de los sujetos excluidos de ese territorio. Se trataba de establecer nuevos límites para la isla-nación.

     No era, sin embargo, un impulso homogéneo. Por el contrario, como signo del desorden simbólico imperante, lo que caracterizó este momento percibido como fundacional fue la explosión de diversos modos de construir los límites de la isla-nación que se pretendía representar. [514] En el terreno específico de la novela esta pugna cobra un relieve particular, porque se trata de ficciones que se elaboran, en su mayoría, sobre el terreno común de lo que se ha llamado la novela criollista o regionalista. Un terreno que, sin embargo, está lejos de resultar homogéneo. La novela criollista debe lidiar, en primer término, con la historia misma del género dentro de la institución literaria. Una historia que se articula a la función letrada de generar sujetos e identidades acordes con el proyecto modernizador republicano. En segundo lugar, la novela criollista enfrenta las amenazas que pusieron en duda -en la primera mitad del siglo XX- la institución literaria misma, desde la emergencia de los medios masivos. La era de la reproductibilidad técnica, más allá de generar respuestas radicales dentro de la institución literario -como las respuestas organizadas desde las vanguardias históricas- colocó a la institución literaria en particular y al campo cultural «elitesco» en general en un margen cada vez más evidente. Una situación de separación y desvinculación que hizo colapsar el discurso letrado tradicional frente a la emergencia de nuevas formas de codificación de los relatos identitarios que dejaron de pasar por la narrativa de la nacionalidad.

     Frente a estas amenazas la novela criollista opta por elaborar el relato de su propio colapso institucional. Tal relato puede tomar la forma de un universo coherente tematizado en el enfrentamiento con las fuerzas amenazantes, como sucede en las novelas de Rómulo Gallegos, Canaima (1935) y Pobre Negro (1937). Pero puede también organizarse sobre la narrativa de la dispersión y el desarraigo como sucede en las novelas Mene (1936) de Ramón Díaz Sánchez y Tierra talada (1936) de Ada Pérez Guevara. Estas novelas de la dispersión parecen dialogar con los textos de Gallegos para poner en evidencia una tensión que abre fisuras en un imaginario de lo nacional que ya no confía en los relatos lineales ni en los dispositivos unificadores del discurso de la modernización.



I

     Las novelas de Gallegos se elaboran sobre la tentativa de articular el inmenso territorio desmembrado de la patria a un proyecto nacional en el que tengan cabida las aspiraciones de algunos de los sectores en ascenso. Es así que Canaima puede ser leída como la novela en la que se tematiza la legitimidad del ascenso social de sectores medios no vinculados a las castas tradicionales. Pero más allá de la representación del ascenso, esta novela de Gallegos pasa revista a las amenazas que se agazapan en el territorio nacional no urbano y entre sus sujetos no sometidos a las normas letradas. La ficción se permite la representación de los elementos desatados de una naturaleza no domesticada y de la mentalidad de los grupos populares considerados como irracionales, para puntualizar los territorios de la fuga que deben someterse a estabilización dentro del mundo coherente del relato regionalista tradicional. Un macro-relato cuyo lugar de enunciación se construye sobre un uso particular del discurso histórico que puntualiza las catástrofes que la visión letrada percibe en la historia nacional (Jameson, 1993: 38). Una vez representadas las amenazas y tensiones de un territorio en el que impera la dispersión y el flujo -como lo es el territorio minero y cauchero de Guayana- el texto ofrece una solución ficcional en la que se reconfigura el mapa imaginario de la nación legitimando un tipo de desplazamiento: el del sujeto mestizo que se somete a las leyes de la familia patriarcal y de los valores letrados; al tiempo que se excluye a todos los sujetos errantes que la ficción ha [515] mostrado como producto de una riqueza ilegítima -los mineros, por ejemplo- o de una relación no productiva con el medio, como los indígenas y las mujeres.

     En el caso de Pobre negro, el proyecto fundacional se sostiene de manera más evidente sobre el discurso histórico y sus catástrofes. A través de una lectura de los sucesos de la Guerra Federal, la novela recupera los temas de la tradición letrada del siglo XIX al ubicar los males nacionales en el espacio de la violencia y cancelar esta salida por la vía de la reivindicación del lugar del intelectual y de la educación sistemática dentro del proyecto modernizador de la nación. En Pobre negro se organiza la unidad nacional -del mismo modo que en Canaima- sobre el dispositivo homogeneizador del mestizaje. Este dispositivo permite la exclusión sistemática de los sujetos amenazantes que no se integran al proyecto modernizador. En el camino de la elaboración de este relato de la nación que articula Pobre negro queda conjurada la amenaza del desorden por la vía de condenar a la exclusión la cultura del cimarronaje y la violencia, para imponer la solución ficcional del orden letrado y lograr la domesticación imaginaria del cimarrón.



II

     Frente a estas novelas, que condensan el proyecto del regionalismo tradicional al recuperar la representación de la nación como un todo coherente y sin fisuras, se elaboran ficciones como Mene y Tierra talada en las que el territorio nacional aparece atravesado por líneas de fuga, cruzado por sujetos errantes, dividido en fragmentos en los que cada inflexión del habla es la evidencia de una discontinuidad que no ofrece la opción de los dispositivos unificadores del mestizaje. La modernidad como proceso de disolución es el tema que hila las historias fragmentarias que aparecen en Mene. Allí, Ramón Díaz Sánchez, más allá de construir el primer relato de la explotación petrolera, despliega, sobre algunas de las premisas de la vanguardia narrativa, un repertorio de personajes y relatos que se multiplican en el espacio roto que la modernidad ha habilitado.

     En Mene el diálogo es el vehículo principal para contar la historia del movimiento migratorio de personajes de paso, errantes símbolos de una nación en proceso de cambio que ya no cabe en las representaciones fijas del regionalismo tradicional. El panorama que esta novela despliega a través del repertorio de sus múltiples voces, de sus personajes pasajeros y de sus historias fragmentarias pone en evidencia el carácter centralizador de una narrativa empecinada en elaborar el relato lineal del progreso homogeneizante. Los personajes de Mene, siempre fracasados o al borde del fracaso, se mueven en un espacio marcado en todo momento por signos de jerarquización y esta insistencia en el carácter jerárquico del relato del progreso cuestiona la pretendida justeza de sus propósitos totalizantes.

     De este modo, la ficción muestra la imagen del progreso como un lugar en el que no hay cabida posible para el sujeto nacional. La novedad en el uso de técnicas narrativas sirve, así, en Mene para construir una mirada crítica frente al relato del progreso. La elaboración fragmentaria de sujetos y espacios nacionales permitirá colocar en el imaginario nacional el signo trágico de la riqueza producida por el petróleo. La productividad, que parecía ser la vía del ascenso legítimo en el caso de Canaima no es aquí más que otra cara de la explotación. Pero el propósito de esta novela no es el de ofrecer las soluciones tranquilizadoras de la narrativa tradicional. Muy por el contrario, la ostentosa ausencia [516] de salidas que el texto presenta hace evidente la distancia que lo separa de una tradición positivista habituada al sermón del personaje o el narrador que ofrece la última palabra. No hay soluciones en Mene y esta es su propuesta más inquietante dentro de un sistema discursivo en el que la imaginación letrada ha preferido apostar por la estabilidad.

     En el caso de Tierra talada, el problema del horizonte de lectura, de los límites de la representación, se vuelve un asunto central. Lejos de tratarse de una novela sobre una señorita que se aburre en el llano, Tierra talada es un texto que sistemáticamente pasa revista al repertorio de topos, de lugares comunes de la representación criollista, para mostrar puntillosamente sus límites y dejar al descubierto sus mecanismos.

     Esta relectura de la tradición criollista se va construyendo a partir de una historia aparentemente insignificante -muy propia de las estrategias de enunciación subalternas- que se cuenta desde un lenguaje simple basado en la profusión de diálogos, a partir de escenas fragmentarias que revelan frecuentes saltos en tiempo y espacio. Todas estas características, lejos de permitir colocar esta novela en el cómodo compartimiento del criollismo tradicional, la colocan en ese borde híbrido en el que los procedimientos vanguardistas se usaron para representar sujetos y espacios nacionales. A esto se suma la perspectiva femenina, en un terreno donde la mirada masculina ha sido hegemónica desde los primeros textos criollistas del siglo XIX.

     Tierra talada pone en escena, por un lado, los reducidos límites entre los que se ha confinado la representación de la nación; por otro, el abismal divorcio que existe entre los discursos altisonantes de los civilizadores de todo tipo y las discursividades cotidianas, menudas, de una serie interminable de figuras subalternas que pasan por la ficción en estado de permanente contradicción con el orden supuestamente impuesto desde los espacios hegemónicos. El lugar de la figura femenina en este texto es el de un subalterno más entre una galería de personajes subalternos y la permanente referencia al matrimonio como única salida para el personaje central es un modo de tematizar los límites férreos del discurso hegemónico que fija la errancia de los sujetos en tránsito -potencialmente subversivos- para incorporarlos a la representación de la comunidad imaginada de la nación.

     Junto a la reescritura de los personajes del criollismo, Tierra talada pasa revista también a las escenas clásicas de la novela regionalista: la doma del potro cerrero, las labores de vaquería, el trabajo de la pesca de río. La descripción de estas escenas de la vida del llano se hace siempre desde una perpectiva que resalta y fija los detalles pequeños, insignificantes para la visión tradicional, el dolor de las bestias, el miedo de las mujeres que esperan, la tristeza o alegría del peón revelada en canciones y cuentos de camino.

     Pero no sólo los trabajos masculinos aparecen en escena, en gran medida el énfasis está puesto en los trabajos femeninos. Así, las labores cotidianas, repetitivas -casi nunca representadas en una narrativa que ha privilegiado el lado heroico de la hazaña masculina- se vuelven el centro de la enunciación para enfatizar una y otra vez la enorme distancia que separa los discursos tradicionales y totalizantes de los pequeños discursos que surgen alrededor de las labores cotidianas en las que se revela la miseria, la subordinación y la dispersión.

     Esta elección discursiva no intenta anular los conflictos. Por el contrario, se trata de una mirada que al fijar los puntos de tensión en casos y personajes particulares, se agudiza [517] para mostrar las miserias, ignorancias y pobrezas que sufren los cuerpos concretos que transitan por la patria. El final previsible de esta novela, resuelto por el matrimonio de la protagonista con el hombre de sus sueños, parece reforzar la proposición central de todo el texto que consiste en exponer sistemáticamente los límites de la representación, al tiempo que van mostrándose los espacios de tensión y discontinuidad. La solución misma del matrimonio como lugar de la conciliación y la captura (Sommer, 1991: 30-51) muestra aquí sus flagrantes contradicciones, su carácter de construcción imperativa y violenta. Al tiempo que la alternativa civilizadora de proponer soluciones urbanas para el espacio íntegro de una nación rural se muestra vacía de sentido.



III

     La narrativa de la tierra, que se produjo en el período 1910-40 sobre la herencia del discurso unificador del XIX, se preocupó fundamentalmente por lograr la rearticulación del discurso nacional sobre nuevas bases. Los cuerpos de subalternos domesticados, de mestizos letrados, de errantes capturados fueron convertidos en el centro de la enunciación para funcionar como dispositivos unificadores dentro de un relato que precisaba, ante todo, de coherencia. Un cuerpo capturado representaba una doble unidad: la singularidad y la fijeza frente a la amenaza de la proliferación y la errancia. De estos grandes relatos unificadores la nación surge de nuevo como un todo centralizado, después de superar los escollos de las nuevas amenazas. Pero frente a esta narrativa mayor aparece una literatura menor (Deleuze y Guattari, 1978: 31) que se propone leer a contrapelo el relato de la patria usando aparentemente los mismos temas, los mismos personajes y los mismos argumentos.

     Así, al tiempo que la narrativa tradicional reelabora los relatos cohesionadores para articularlos a un proyecto modernizador letrado de mayor alcance; la literatura menor elabora el relato de la tensión y el contacto (Pratt, 1993: 88) en el que los retazos y pedazos con que se han armado esos grandes discursos quedan a la intemperie. Se expone el tejido fracturado del relato de la nación en un desarrollo argumental que se preocupa más por representar las particularidades de los cuerpos errantes que por elaborar los vínculos entre los fragmentos dispersos del cuerpo de la patria. En este relato de la fragmentación queda expuesto el carácter disperso y discontinuo de las distintas temporalidades que coliden -y que pocas veces coinciden- en un espacio heterogéneo.

     Una duda parece plantearse, así, a partir de la puesta en escena del carácter fragmentario del relato de la nación, porque al final de estas historias desarticuladas queda claro que no hay tal cosa lineal, horizontal y homogénea que pueda llamarse apropiadamente nación. El relato único de la isla-nación se presenta entonces como una violencia discursiva ejercida sobre los fragmentos dispersos de culturas heretogéneas que no se sostienen sobre una lógica causal centralizada (Bhabha, 1990: 293). De este modo, a partir de los mismos temas del regionalismo tradicional condensado en las novelas de Gallegos, que cuidadosamente se encargaron de construir una narrativa que estabilizara los bordes de la nación fracturada, los textos menores como Mene y Tierra talada producen el relato de la tensión y la dispersión que expone los límites de lo representable no para dar cuenta de su unidad sino para poner en evidencia su estallido. [518]



Textos citados

     ALONSO, Carlos J. The Spanish American Regional Novel. Cambridge, Cambridge University Press, 1990.

     BHABHA, Homi K. «DissemiNation: Time, Narrative, and the Margins of the Modern Nation». En: Homi K. Bhabha (ed.) Nation and Narration. Londres, Routledge, 1990, págs. 291-322.

     DELEUZE, Gilles y Félix GUATTARI. Kafka. Por una literatura menor. México, Era, 1978.

     DÍAZ SÁNCHEZ, Ramón. Mene. Madrid, Mediterráneo, 1983. (Primera edición, 1936).

     GALLEGOS, Rómulo. Canaima. Caracas, Monte Ávila, 1977. (Primera edición, 1935).

     GALLEGOS, Rómulo. Pobre negro. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1961. (Primera edición, 1937).

     JAMESON, Fredric. «Americans Abroad: Exogamy and Letters in Late Capitalism». En: Bell, Steven et al. (eds.) Critical Theory, Cultural Politics, and Latin American Narrative. Notre Dame/London, University of Notre Dame Press, 1993, págs. 35-60.

     LUDMER, Josefina. «El Coloquio de Yale: máquinas de leer 'fin de siglo'». En: Josefina Ludmer (comp.). Las culturas de fin de siglo en América Latina. Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora, 1994.

     PÉREZ GUEVARA, Ada. Tierra talada. Caracas, Monte Ávila, 1997. (Primera edición, 1937).

     PRATT, Mary Louise. «Criticism in the Contact Zone: Descentering Community and Nation». En: Bell, Steven et al. (eds.). Op. cit., págs. 83-102.

     SOMMER, Doris. Foundational Fictions. The National Romances of Latin America. Berkeley, University of California Press, 1991. [519]





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Una isla para la Ciudad de los Césares

José Luis Roca Martínez

Universidad de Oviedo

     Pocas historias tan extraordinarias prendieron en muchas mentes exaltadas, bien por un exceso de candor o por malicia, como la persecución de la inalcanzable Ciudad de los Césares. Es el último gran mito de la conquista americana, tuvo larga vida, recorrió prácticamente todo el continente sur para acabar, a fines del siglo XVIII, en la mente del asturiano fray Francisco Menéndez en las cercanías del lago Nahuel Huapí, donde se sumergió para dejar paso a la ficción literaria.

     Numerosas son las fuentes historiográficas sobre esta ciudad errante y encantada desde que Sebastián Caboto encuentra en 1526 a dos supervivientes de la expedición de Juan Díaz de Solís Enrique Montes y Melchor Ramírez que le hablan de una sierra con minas de oro y plata gobernadas por el rey Blanco. Desde ese momento las descripciones, crónicas, relaciones, sumarios, declaraciones, dictámenes y arbitrios, en un principio sumamente dispares y vagos, van tomando un decidido sesgo que llevó a los estudiosos como Pedro de Ángelis (872), Ciro Bayo (873), Ricardo Latcham (874), Federico Fernández de Castillejo (875), Enrique de Gandía (876), Stelio Cro (877), Juan [520] Gil (878) y Fernando Ainsa (879), a precisar unánimemente sus orígenes en dos factores: el reflejo de las leyendas áureas (el oro del Perú, el Dorado, las Amazonas, Lin Lin, Trapalanda, el Paititi) (880), creíbles por los logros de Cortés y Pizarro, y las historias de náufragos y desertores (los indios blancos) que ya están como base en el relato del capitán Francisco César.

     Ante tan amplio y complejo panorama y la ocasión de este Congreso me incliné a seleccionar unos textos del siglo XVIII en que el espacio mítico abandona la alta sierra o protegido valle hasta ir localizándose en una isla.

     El Derrotero (881) de Silvestre Antonio de Roxas distingue entre los corpulentos indios Césares, «gente mansa y pacífica», de sus vecinos los Césares Españoles a los que sitúa en un lugar aislado y paradisíaco. Un caudaloso río, con sólo un paso vadeable en cuaresma, separa sus territorios:

                A las partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan muchos minerales de oro y plata, y también cobre: por el sud-oeste y poniente, hacia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte sur, como a dos leguas está el mar que los proveen de pescado y marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las más de las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan Españoles para poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageración lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis manos.           

     La Carta (882) del jesuita Cardiel informa sobre los pobladores magallánicos siguiendo al Padre Mariana y se interroga por qué no fueron descubiertos, a lo que responde con lo sucedido en las Batuecas de España y en la fabulosa Quiriza, de Nuevo México. Aporta otros testimonios como el del Padre Nicolás Mascardi, y es donde por vez primera, según mi parecer, sitúa una gran ciudad en una isla en medio de una laguna: «Un corregidor del Perú, llamado Quirós o Quiroga, cuenta en suma en su relación, que siendo de diez años, estando en Amberes, se embarcó en un navío, y que caminando por las costas de [521] Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un riacho, saltando a tierra, dieron con él, el piloto y todos los de la lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron a una gran laguna; que allí los metieron en una embarcación, y aportaron a una isla en medio de ella, en donde había una gran ciudad e iglesia, donde estuvieron tres días; que no entendían la lengua; y que al partir les dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogían en aquella laguna». Cardiel narra otros testimonios, como la historia de una cautiva que, en muy distantes tierras, vio casas con gente blanca y rubia; «y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendía palabra». Aporta también el testimonio repetido por los indios de una gran laguna con una isla, muy poblada, y que se oye el tañido de las campanas. El jesuita procura razonar algunas de estas noticias y, así ve factible no entender la lengua, pues opina que tanto el corregidor como la cautiva dieron con gente holandesa o inglesa, o con españoles que perdieron su lengua por haber aprendido la de sus madres indias. Su conclusión no es diáfana: cree que estas noticias están «mezcladas con muchas fábulas, mas habiéndose perdido tantos navíos, no puede menos de haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues no hay mentira que no sea hija de algo».

     El Padre Lozano, en su Capítulo (883), se inserta en la tradición jesuítica de Ruiz Montoya y Mascardi y lo que hace es transcribir un papel que le entregó el Padre Rillo en el que habla de tres ciudades (Hoyos, la más populosa, Muelle y Sauces) pobladas por los náufragos del Estrecho de Magallanes, «viniendo a poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los llaman Césares». Las circunda una laguna de muchas leguas, «que les sirve de fortificación y muro contra las invasiones de los Indios caribes», cambian a los Indios «mieses, trigos, legumbres y ropas, por vacas que pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro metal que el de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican rejas de arado, cuchillos, ollas, &a». Su intención catequética le hace albergar alguna esperanza sobre su existencia: «que no se hallan hallado en tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no los hay, como no lo fuera de que no había Canarias, porque no se hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni que no había Indias, el no haberse descubierto hasta los tiempos de Fernando el Católico; ni que no había Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reynado de Felipe II, y esto estando en el riñón de España». Al final Lozano plantea la dualidad entre lo imposible y lo posible, entre «su mentira», que ya advertía Cardiel, y la verdad, entre lo falso y lo verosímil: «Con todo eso yo no lo creo, y sólo envié dicho papel para que se entretuviese en el viage, para lo cual cualquier patraña sirve; pero esta no deja de tener su apariencia de verdad». El camino de la ficción está abierto.

     El Derrotero (884) de Tomás Falkner repite y amplifica el de Roxas. Enumera los ríos y tribus desde la sierra del Tandil hasta los indios. Peguenches, que «corren hasta la Cordillera Nevada, por la parte del poniente y por la parte sur comercian con los Césares o Españoles». Treinta leguas adelante se encuentran los Pulches, indios «muy altos y corpulentos [522] y tienen los ojos muy pequeños: son tan pocos que no llegan a seiscientos, y son también muy parciales y amigos de los Españoles, con quienes desean tener siempre trato». A otras treinta leguas hay un «río grande, muy ancho y muy apacible en sus corrientes; y este río nace en la Cordillera de un valle grande y espacioso y muy alegre, en donde están y habitan los Indios Césares. Es una gente muy crecida y agigantada, tanto, que por el tamaño del cuerpo no pueden andar a caballo sino a pie (885). Estos Indios son los verdaderos Césares; que los que vulgarmente llaman así, no son sino Españoles, que anduvieron perdidos en aquella costa y que habitan junto al río que sale del valle, en las inmediaciones de los Indios Césares; y por la cercanía que tienen a esta nación, les dan vulgarmente el mismo nombre». A seis leguas se halla «el paso, o portezuela por donde llegan los españoles que habitan en la otra parte del río... y como cosa de tres leguas más abajo, se halla el paso por donde vadean los de a caballo, por el tiempo de cuaresma». Este es el espacio natural e incontaminado que circunda y protege a la Ciudad Encantada que describe con hermosos «edificios de templos, y casas de piedra labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España». «También tiene esta ciudad por la parte sur hasta el oriente, dilatadas campañas, donde tienen los vecinos y habitadores sus estancias de ganados mayores y menores, que son muchísimos; y heredades para su recreo, con mucha abundancia de todo género de granos y hortaliza: adornadas dichas heredades, con sus alamedas de diferentes árboles frutales, que cada uno de ellas es un paraíso. Sólo carecen de viñas y olivares, por no tener sarmiento para plantarlos. «Es el mejor temperamento y más benévolo que se halla en toda la América, porque parece un segundo paraíso terrenal, según la abundancia de sus arboledas, ya de cipreses, cedros, pinos de dos géneros; ya de naranjos, robles y palmas, y abundancia de diferentes frutas muy sabrosas: y es tierra tan sana que la gente muere de puro vieja, y no de enfermedades, porque el clima de aquella tierra no consiente achaque ninguno, por ser la tierra muy fresca, por la vecindad que tiene de las sierras nevadas. Solo falta gente Española para poblarla, y desentrañar tanta riqueza, que está oculta en aquel país; por lo que ninguno se admire de cuantos a sus manos llegase este manifiesto, porque todo lo que aquí va referido, no es ponderación, ni exageración alguna, sino la pura verdad de lo que hay y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por mis manos».

     Los elementos seleccionados por Falkner constituyen el cañamazo que irá ampliándose en textos posteriores, ganando terreno lo fantástico, lo literario. De todos ellos, comparto la opinión de Fernando Ainsa (886), que considera la Relación (887) de Ignacio Pinuer como el «documento fundamental de la época... donde no sólo se incorporan los elementos estructurantes de otros mitos y de la utopía, sino que la prosa asume explícitamente la forma de ficción narrativa». Pinuer tiene clara intención de ficcionar desde el momento en que nos advierte desde el primer párrafo de su modo de adquirir y seleccionar las noticias, [523] «como sueños o imaginadas», que escuchaba entre sus mayores; «y haciéndome como que de cierto lo sabía, procuraba introducirme en todas, para lograr lo que deseaba. Tuve la suerte muchas ocasiones, que los sugetos de mayor suposición entre ellos, me revelasen un punto tan guardado y encargado de todos sus ascendientes; porque aseguraban que de él dependía la conservación de su libertad». Su objeto y dedicación es «una ciudad grande de Españoles: mas no satisfecho con sólo lo que estos me decían, seguía el empeño de indagar la verdad. Para ello cotejaba el dicho de los unos con los informes de los otros, y hallándolos iguales, se me aumentaba el deseo de saber a punto fijo el estado de aquella ciudad o reino». Cuenta cómo se entera de la existencia de los Aucahuincas por otros indios fingiendo, «no tener deseos de saber, sino sólo hablar como pasatiempo». Treinta años de servicio y un profundo conocimiento de la lengua nativa le proporcionaron las noticias que desea trasmitir al Monarca. Pinuer se suma a las leyendas del reino de Chile y sostiene que el origen está en una de las siete ciudades desoladas (Angol, Valdivia, Infantes, Loyola, Imperial, Villarica y Osorno, que nunca fue rendida por los araucanos; los osornianos resistieron los asaltos). Se recrea en la descripción de extremas necesidades y hambrunas. Tras «seis o más meses» de asedio se ven obligados a «comerse unos a otros»; el hambre, como última necesidad humana, es el terror de los españoles en América y el estímulo para que los sitiadores renovaran sus esfuerzos. «Pero el valor de los Españoles, con el auxilio de Dios, logró vencerlos, matando cuantos osaron subir por los muros, donde pelearon las mugeres con igual nobleza de ánimo que los hombres; y aunque vencidos los Indios, siempre permanecieron a la vista de la ciudad, juzgando que precisamente los había de rendir el hambre, como tan cruel enemigo». Los españoles se abastecen de cadáveres indios, como último recurso, y se deciden a abandonar la ciudad con lo imprescindible e instalarse en una península cercana, «fuerte por naturaleza», en la que había haciendas, con ganados y granos, y empiezan a fortificarla. Frente a la vaguedad de descripciones anteriores, Pinuer trata de trasmitirnos alguna precisión, si bien la descripción de la península la atribuye a los indios: treinta leguas de longitud y seis a ocho de latitud, delimitada por la Cordillera y dos volcanes y una hermosa y grande laguna; «en ella tienen los Españoles muchas canoas para ejercicio de la pesca, y para la comunicación de tres islas más pequeñas, que hay en medio de dicha laguna o mar... Esta no abraza el contorno de la isla, si sólo la mayor parte de ella, sirviéndole de total muro, un lodazal grande y profundo... Tampoco este lodazal hace total círculo a la isla». En la parte norte hay tierra firme y está fortificada con «un profundo foso de agua, y de un antemural rebellín; y últimamente de una muralla de piedra, pero baja. El foso tiene puente levadizo entre uno y otro muro: grandes y fuertes puertas; y un baluarte, en donde hacen centinela los soldados. Según los indios el puente se levanta todas las noches». Se observa como Pinuer, sin aseveraciones tajantes, pretende seducir al lector y no comprometerse excesivamente; pero sabe que tiene que proporcionar datos, que todo el mundo apetece, y que no se reseñaban en relaciones anteriores, como vestuario, armas, costumbres, gobierno civil y eclesiástico. «Son blancos, barba cerrada, y por lo común estatura más que regular»; «usan sombreros, chupa larga, camisa, calzones, bombachos y zapatos muy grandes; los Indios no saben si usan capa, porque sólo los ven fuera del muro a caballo; se visten de varios colores». Las armas que usan son «lanzas, espadas y puñales, pero no he podido averiguar si son de fierro. Para defensa de la ciudad tienen artillería, lo que se sabe fijamente, porque a tiempos del año la disparan: no [524] tienen fusiles, para su personal defensa usan coletos. También usan otras armas que los Indios llaman laques». «La forma o construcción que tiene la ciudad no he podido indagarlo porque dicen los Indios, que nunca les permiten entrar, pero que las más de las casas son de pared y teja, las que se ven de afuera por su magnitud y grandeza». «Ignoro igualmente el comercio interior, y si usan de moneda o no». Pero no duda en afirmar que tienen gran abundancia de plata labrada y que en sus casas disponen de «asientos de oro y plata». Comercian con ganados, de los que tienen «grandísimas tropas fuera de la isla», y sal, que compran a sus amigos Peguenches. En cuanto a su número cree que es abundantísimo, porque «eran inmortales, pues en aquella tierra no morían los Españoles»; Pinuer ya no se conforma con la longevidad de la que hablaban Roxas y Falkner, sino que les otorga la inmortalidad, idea inherente al Paraíso, que le permite suponer un nuevo asentamiento: «no cabiendo ya en la isla el mucho gentío, se habían pasado muchas familias, de algunos años a esta parte, al otro lado de laguna, esto es, al este, donde han formado otra nueva ciudad. Está a las orillas de la misma laguna, frente de la capital; sírvele de muro por un lado la laguna, y por el otro está rodeada de un gran foso, ignoro si es de agua, con su rebellín, y puerta fuerte, y puente levadizo como la otra. La comunicación de las dos está por mar, por lo que tienen abundancia de embarcaciones. También tienen artillería, y el que en esta manda, está sugeto al Rey de la capital. Nada puedo decir con respecto al orden interior de gobierno de aquel Rey de la capital; pero sé por varias expresiones de los Indios, que es muy tirano». Para documentar tal forma de gobierno y el aislamiento incluye dos historias enlazadas: la de un chilote que, extraviado, llega una noche a la puerta de la ciudad; y el centinela, admirado de que lo hubieran dejado pasar los comarcanos, le dice «en lengua de Indio» que se retire prontamente porque su rey lo mataría, «pues era hombre muy tirano, y que con su gobierno ambicioso tenía a la plebe en la mayor consternación». Pinuer recibe la noticia de la muerte del chilote que relaciona con la aparición de señales en un cerro próximo a la ciudad:

           los Españoles ponen una espada con zapatos; los Indios la quitan, y ponen un machete. Los Españoles ponen una cruz; vienen los Indios, quitan la cruz, y ponen una lanza, toda de palo. Los Españoles ponen redondas piedras como balas, y después de estas amenazas de unos y otros, están constantemente hallando los Indios en aquel propio sitio del cerro, varios papeles, o cartas puestas en una estaca, cosa que tienen a los Indios consternados, pues ni se atreven a quitarlas, ni se apartan de allí, manteniendo en continua vigilancia, temerosos que algún papel de estos salga entre ellos, y dé en manos de nosotros.           

     Estas dos historias le servirán para ligar tiranía y aislamiento, a la vez que dan mayor credibilidad al relato sobre el comportamiento del tirano y su trato con los caciques, con los que hace juntas. «El punto de que con mayor esfuerzo se trata con todos aquellos Indios, es sobre que no permitan llegar ninguno de afuera... y que si alguno lo intentase, que lo maten, sin la menor conmiseración. Lo que hace creer se hallan contentos en su retiro aquellos Españoles, supongo serán los superiores, y que aquellos signos de papeles, &a. serán de la plebe, que oprimida, desea sacudir el yugo». A pesar del cúmulo de noticias indirectas e inseguras, «que de aquella incógnita ciudad he adquirido, a costa de incesantes trabajos», no duda de su existencia, que fundamenta con otros muchos testimonios [525] afirmativos de indios y caciques, militares y colonos; pero incluye dos que prueban las dudas que comenzaban a albergar las autoridades españolas. Los gobernadores Tomás Carminate «respondió que nada creía de aquello», y Juan Gartán, «sin examinar las circunstancias, me dijo que todo lo tenía por fábula». En el mismo año de 1774, Agustín de Jauregui (888) comunicaba al virrey Manuel Amat que «por ahora no hay mayor fundamento para asentir a dichas noticias».

     Instalados en el terreno de la fábula, me parece que lo lógico hubiera sido el fin de la Gran Noticia y que sólo perdurara en la literatura. Al contrario, los documentos y peticiones proliferan, lo que lleva a la Corte de España, en 1781, a encargar al Gobierno de Chile considerar las propuestas del capitán Manuel Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para emprender la conquista de los Césares. Se reúne toda la documentación existente en nueve cuadernos de autos, más uno de 1763 sobre la apertura del camino de Osorno y río Bueno, que se le pasan al fiscal Pérez de Uriondo (889), que emite un extenso, curioso y crédulo informe. Sólo me centraré en aquellos puntos que complementan lo hasta ahora expuesto. Uriondo parte de dos testimonios, el del coronel Joaquín de Espinosa y el del capitán Ignacio Pinuer, que le llevan a no dudar de la existencia de poblaciones de españoles y/o colonias extranjeras «desde los 40 grados hasta el Estrecho de Magallanes y Cabo de Hornos». Las declaraciones de otros testigos, aunque menos puntuales y, en algunos casos, contradictorias, reafirman su creencia. El indio Santiago Pagniqué y el cacique Artillanca sitúan a los españoles en la laguna de Puyequé, que son muchísimos, que tienen su rey y que no quieren sujetarse al rey de España, que tienen mucha plata y oro, «visten de muzgo y colorado, son muy guerreros, tienen ganados y siembran mucho». Francisco Agurto, uno de los testigos más contumaz que aparece en varias declaraciones, cree que los españoles estaban al otro lado de la cordillera; «pero que fuera de estos había al otro lado, a orillas del mar, otros Huincas, o Españoles muy blancos, que eran muchos, y se hallaban allí poblados de navíos perdidos; que eran muy valientes, tenían murallas y no se darían por bien. Que eran muy ricos, y tenían comercio, porque entraban embarcaciones en su puerto. Que esta gente se comunicaba con otros llamados Césares por un camino de risquería, que sólo a pie se podía andar, en que tardaban dos días». Cuanto menos de pintoresco califico el testimonio de la india María que declara «que su madre tenía amistad con unos Españoles que se hallaban inmediatos a su tierra, y que con el motivo de haber caído enferma, la llevó a una islita, en donde había un religioso y una señora de edad: que el religioso tenía los hábitos como los de San Francisco, y la quiso bautizar, y ponerle por nombre Teresa. Que dicho religioso estaba en la isla como misionero, y a ella ocurrían a rezar algunos Indios. Que inmediata a la isla hay una población, situada de la otra banda de la laguna de Puyequé, en la cual hay algunos Indios y muchos Españoles, los que habitan en unos altos, sin permitir entrar a los Indios. Y a distancia de un día de camino, hay otra población, cuyos dueños tienen muchas armas de fuego, y hablan distinta lengua que los primeros, los cuales tienen muy pocas armas de fuego, y sí muchas lanzas. Que mantienen continua guerra con los de la segunda población por causa de sus ganados». [526]

     Pero no se crea que Uriondo es un crédulo ignorante. Conoce la historia, que maneja intencionadamente para dar verosimilitud a su informe, y tiene el interés de concentrar en un único documento la mayor parte de las versiones que circularon principalmente en el reino de Chile.

     Sobre la fiabilidad de los informantes indígenas recuerda los casos de Cristóbal Colón, Blasco Núñez de Balboa, Francisco Pizarro y Diego de Almagro. El primero, «después que habiendo vencido inmensos trabajos, logró descubrir la isla nombrada Guanani, que últimamente se llamó de San Salvador, no tuvo otro comprobante de la existencia de las demás que halló, que el dicho y aserto de los Indios. Cuando Braco Núñez de Balboa descubrió la tierra, en que se fundó la villa de Santa María, la antigua del Daryen, no tuvo otro antecedente para saber de la situación del mar de sur, y de las tierras del Perú que el dicho de un hijo del cacique Careta, apuntándole con el dedo hacia el medio día». «Pizarro, habiendo navegado hasta la tierra de Tumbez, no tuvo otro fundamento para creer la existencia de Cuzco, su riqueza y poderoso imperio, que el dicho de los mismos Indios Tumbezes». «Almagro, para haber tomado a su cargo el descubrimiento y conquista de este reyno de Chile, no tuvo más fundamento que las noticias que le comunicaron en el Cuzco los Indios». Y lo contrario: las engañosas referencias de los amerindios; también intenta rebatir a cuantos consideraban a los Césares como un país imaginario, comparable al Gran Paitití, el Dorado o la Gran Quivira y reconoce que

      el demasiado deseo de nuestros Españoles por las riquezas y metales preciosos, han llegado a fabricar en sus ideas algunos países o poblaciones imaginarias en estas Américas, cuya fantasía se ha apoyado con el embuste de los Indios, que por apartar de sí a los nuestros, han procurado empeñarlos en el descubrimiento y conquista de algún país riquísimo, que fingían hacia tal o tal parte: como sucede en el Perú, donde corre la opinión de que entre aquel reyno, y el Brasil hay un dilatado y poderoso imperio, a quien llaman el Gran Paytití donde dicen se retiró con inmensas riquezas el resto de los Incas... sobre cuyo descubrimiento y hallazgo se han dedicado muchos con esmero, y gastado crecidas cantidades, sin otro fruto que el desengaño. En la provincia de la Guayana, que está al sur de Caracas, se dice así mismo que hay un pueblo, a quien llaman el Dorado, por ser tan rico, que las tejas de las casas son de oro; y al norte del nuevo Méjico, que hay un país denominado la Gran Quivira, reducido a un imperio floridísimo, que se formó de las ruinas del Mejicano, retirándose allí cierto príncipe de la sangre real de Montezuma. Y aunque sobre descubrir esta Gran Quivira, no se han impedido gastos algunos, pero si se han erogado muchos sobre el Dorado, sin que se haya conseguido otro favorable efecto, que el que han tenido las expediciones del Gran Paytití. Y teniendo presentes estos acontecimientos, algunos críticos han colocado las poblaciones de los Españoles, que llaman Césares, entre los países imaginarios, fundando su opinión en antedichos egemplares, y en que no han podido ser hallados.      

     Curiosamente Uriondo evita hablar de riquezas y acude al testimonio de los indios que «nada han dicho de ponderación que pueda mover la codicia». En cuanto a la variedad de versiones las justifica por la misma naturaleza de los Indios, «que siendo sumamente recelosos, muy tímidos y observantes de sus ritos como leyes inviolables... no es inverosímil persuadirse, que ya que descubren el secreto, para ellos misterioso, y de la [527] mayor gravedad, varíen en una u otra circunstancia»; «que los intérpretes o lenguaraces no hayan entendido bien lo que ellos han querido decir»; o «que los mismos Indios por su rudeza no hayan sabido explicar este punto».

     Otros fundamentos, que Uriondo considera los más sólidos, están en la tradición osorniana y en la ciudad de las Infantas, desaparecida «sin que se pudiese saber el fin que tuvo, ni donde estuvo situada, no hay desde luego razón para que, inclinándonos a la opinión de los críticos, creamos que son fingidas e imaginarias tales poblaciones»; también los naufragios de naves españolas y extranjeras en el estrecho de Magallanes, entre los que recuerda la expedición del Obispo de Plasencia. Pero donde muestra mayor interés y erudición es en la presencia europea (890), sobre todo inglesa:

                Prueba de ello es el continuo desvelo con que esta potencia se ha dedicado a indagar la situación de los puertos, costas y ensenadas de nuestra América meridional, y los viages que practicaron al mar Pacífico los piratas Francisco Drake, el año 1579, entrando al puerto de Valparaíso; Tomás Candish, o Cavendish, el de 1587, dejándose ver en la isla de Santa María y Valparaíso; Ricardo Achines en el de 1593; Oliver de Goort el de 1599; Jorge Spilberg en el de 1615, con seis navíos; Jacobo Lemaire, Guillermo Schouten y Guillermo Fiten el de 1616; Henrique Beaut, que el de 1633 con una escuadra considerable salió de Pernabuco, y entró en el mar del sur, por el Estrecho de Lemaire... Enrique Norgan, el de 1669, Carlos Henrique Clarke, el de 1670; y el de 1680, Bartolomé Charps, Juan Guarlen y Eduardo Valmen saquearon los puertos y lugares abiertos de las costas del Perú y Chile. Y en el presente siglo, Tomás Colb, el año de 1708; Juan Chilperton el de 1720; Eduardo Wernon el de 1740; y el de 1741 el vice Almirante inglés, Jorge Anson; y en fin el viage del comandante Byron, hecho al rededor del mundo, y la descripción puntual que de orden del almirantazgo egecutó del Estrecho, mencionando sus bahías, puertos, ríos y ensenadas, el año de 1764.           

     Entre los testimonios que Uriondo transcribe, uno me atrae particularmente; es el del Prior del convento de San Juan de Dios del presido de Valdivia, que en 1750, en el navío Amable María, a la altura de los 50º de latitud, «descubrió en uno de los cerros de aquel Estrecho, que tenían a la vista, un hombre embozado en una capa azul, que se reconocía serlo por la ropa talar, acompañado de un perro blanco y negro; a quien habiendo llamado a la voz con señas, no respondió palabra».

     El convencimiento de Pérez Uriondo, como el de fray Francisco Menéndez (891) diez años después, son excepcionales. Ya nadie cree en los Césares pero sí que la geografía patagónica seguirá atrayendo poderosamente. La literatura no ha hecho más que comenzar y, entre las muchas obras que generó, deseo concluir recordando dos nombres: Roberto Payró (892) y [528] Hugo Silva (893), representante el uno de las tradiciones rioplatenses y de las chilenas el otro. [529]





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El Inca Garcilaso y las lecciones del naufragio (Comentarios reales, libro I, cap. VIII)

Joaquín Roses

Universidad de Córdoba

     En los años inmediatamente anteriores a su trato voluntario con la Parca, Séneca escribió sus Epístolas a Lucilio. En una de ellas, retomando una máxima de Epicuro, condena a quienes ante la proximidad de la muerte se disponen a iniciar nuevas empresas: «¿Qué cosa hay más vergonzosa que un viejo que comienza a vivir?». Afortunadamente, quien había de morir en 1616 en la misma ciudad que vio nacer a Séneca despreció altivamente esta sentencia. En el siglo XVII, un hombre con más de cincuenta años era ya un viejo. A esa edad publicó el Inca Garcilaso de la Vega su primera obra, la Traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo (1590). Luego vendría La Florida (1605), y con setenta años cumplidos aparece en Lisboa, en los talleres de Pedro Crasbeeck, la Primera parte de los Comentarios reales (1609). Con independencia saludable de la veracidad historiográfica fustigada con cierta razón por Menéndez Pelayo la obra más ambiciosa del Inca funciona como un discurso literario (hasta las obras pretendidamente históricas lo son); un texto complejo que ha venido otorgando a los lectores y a los críticos (personajes que a veces coinciden) innumerables sugerencias.

     Sin detenernos en su peculiar concepción histórica que, por otra parte, hay que determinar en función de unos contextos coetáneos, y no mediante anacrónicas proyecciones de nuestra episteme, los Comentarios reales revelan, de entrada, una elegante calidad expresiva; algo que cualquier lector del Inca podía haber percibido ya veinte años antes, en su traducción de León Hebreo, como bien supo destacar Menéndez Pelayo, quien situó el estilo del texto en español por encima del original italiano. Pero, junto a su depurada índole estilística, la obra nos ofrece en coherencia con la fabulación del Renacimiento un despliegue de la ficción deleitosa que la aproxima notablemente a modalidades narrativas frecuentadas por el propio Inca y rastreables en su biblioteca: las llamadas [530] misceláneas. Como la literatura no exige la presencia simultánea de emisor y receptor, como nos permite hablar más allá de las fronteras inapelables, los Comentarios reales se leyeran como se leyeran en el siglo XVII son para nosotros una lección perenne sobre las transferencias de los universos culturales a los textos, una clave hermenéutica de primer orden para clarificar los procesos y conflictos históricos.

     Desde que se iniciara y consolidara durante todo este siglo que ahora termina el moderno campo crítico sobre el Inca, la bibliografía ha crecido con la desmesura que lo hacían las hortalizas en América, y los Comentarios reales se asemejan a ese monstruoso rábano del Valle de Cuzapa de «tan extraña grandeza que a la sombra de sus hojas estaban atados cinco caballos»; un libro tan intrincado como grueso era el rábano, «que apenas lo ceñía un hombre con los brazos», pero igual que la raíz comestible «tan tierno» que «comieron muchos de él» (894). Como me gustan los rábanos y la literatura, le daré un mordisco al capítulo VIII del libro I de los Comentarios reales, y confío en no tomar el rábano por las hojas. Si así fuera, esperaré pacientemente a que alguien, tras leer las páginas que siguen, exclame para sus adentros: «¡Y un rábano!».

     En los capítulos inmediatamente anteriores al que nos ocupa, el Inca se ha demorado en el examen de algunos topónimos, lo que revela, junto a las «Advertencias acerca de la lengua general de los indios del Perú» que pone al frente de sus Comentarios reales, la obsesión del cuzqueño por la precisión filológica, no tanto por razones lexicográficas, sino por considerar a la palabra instrumento de interpretación de la realidad. El inca como demostró con rigor Alberto Escobar (895) se constituye en intérprete no de un vocablo a otro, sino de un universo cultural a otro, y considera el lenguaje como la primera vía de acceso al mundo, origen, por tanto, de malentendidos y desencuentros si predomina la imprecisión. Coherente con esos principios, dedica tres capítulos (IV-VI) a la deducción, autoridades y matizaciones sobre el nombre «Perú», el nombre que los españoles han dado a su tierra. En el capítulo VII, el Inca sigue indagando sobre los nombres impuestos (es la expresión que utiliza) a otros lugares geográficos, y a propósito de una isla señala:

                La isla Serrana, que está en el viaje de Cartagena a la Habana, se llamó así por un español llamado Pedro Serrano cuyo navío se perdió cerca de ella (y él solo escapó nadando que era grandísimo nadador y llegó a aquella isla, que es despoblada, inhabitable, sin agua ni leña, donde vivió siete años con industria y buena maña que tuvo para tener leña y agua y sacar fuego: es un caso historial de gran admiración, quizá lo diremos en otra parte), de cuyo nombre llamaron la Serrana aquella isla y Serranilla a otra que está cerca de ella, por diferenciar una de otra.           

     En su análisis de los relatos interpolados en los Comentarios reales, Pupo-Walker rastreó las diversas denominaciones empleadas por el autor para referirse a las distintas formas de la narrativa breve. El Inca distingue entre «fábulas» (en recuerdo de las del [531] mundo clásico), «antigüedades» o «fábulas historiales» (relativas al pasado incaico) y «cuentos» o «casos historiales» (referentes a episodios de la Conquista) (896). En el párrafo anterior, estamos ante la última de las modalidades: Garcilaso anuncia el relato de un suceso pretendidamente histórico que en principio denomina «caso historial».

     No tardará mucho en cumplir su promesa. El capítulo VIII del libro I de los Comentarios reales se titula «La descripción del Perú». Se divide en dos partes nítidamente diferenciadas: en los párrafos iniciales encontramos la descripción geográfica del Perú, mediante la exposición más o menos neutra de sus dimensiones, accidentes y límites en los cuatro puntos cardinales; pero la mayor parte del capítulo está reservada al relato sobre el naufragio de Pedro Serrano; es el fragmento que nos interesa y que resumiré brevemente.

     Pedro Serrano, tras naufragar, llega a una minúscula isla desierta. En un primer momento, no encuentra nada en ella que le asegure la supervivencia; pero, al día siguiente, paseando por la isla, halla algo de marisco crudo que le sirve de alimento; luego, con un cuchillo que él siempre llevaba en la cintura, arremete contra varias tortugas, se bebe su sangre, y seca su carne al sol para comerla. En los caparazones vacíos recoge agua de lluvia para poder beber. Una vez cubiertas sus necesidades primarias, aplica su ingenio a sacar fuego frotando unas piedras con su cuchillo; cuando lo consigue, tiene que mantenerlo vivo con hilachas de su camisa, hierba, madera de navíos naufragados, y otros restos marinos, y con las conchas de las tortugas termina construyendo una choza que también defiende el fuego de las llovedizas. A los dos meses, queda completamente desnudo, y no encuentra modo de protegerse del sol. Así transcurren tres años, durante los cuales ve pasar algunos barcos que, pese a sus señales de humo, no lo recogen. El personaje está ya completamente transformado: por un proceso de adaptación al clima, el vello del cuerpo le ha crecido extraordinariamente y la barba y el cabello le pasan de la cintura.

     Al cabo de esos tres años, otro náufrago aparece en la isla. Cuando ambos se ven quedan espantados: Serrano porque cree que ha vi