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    Comentarios de la guerra de España e historia de su rey Felipe V, El Animoso
     Vicente Bacallar y Sanna ; edición y estudio preliminar de D. Carlos Seco Serrano
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Año de 1702

Aún permanecían las Cortes de Cataluña, donde la provincia había conseguido del Rey más de lo que podía esperar. Aún mayores cosas pretendía para buscar pretextos a la queja. Aguardaban a un tiempo las mercedes del Rey y las promesas del archiduque Carlos. Creáronse marqueses y condes, armáronse caballeros en más número del que era justo; propasó al mérito la liberalidad del Rey, por si podía hacer sólida la dudosa fe de aquellos vasallos. A 14 de enero juró el Rey sus Leyes, Fueros y Privilegios; también la provincia juró de guardar fidelidad y obediencia, no con intención de cumplirlo. Los de ánimo natural infiel, con facilidad se absuelven del juramento, porque no le creen acto de religión, sino política ceremonia que pueden violar cuando se les antoja.

El almirante de Castilla, que ya abrigaba perniciosos dictámenes a la pública quietud, los ocultaba con el disimulo mayor, escribía al duque de Pareti a Viena con el mayor artificio, cubriendo de celo las cláusulas con que informaba de lo que los austríacos querían saber. Quejábase ser casi todos los nobles de Cataluña enemigos del Rey, aun habiendo éste excedido en la clemencia y la liberalidad, por su genio benigno y por error de sus consejeros, que, como medrosos de los catalanes, los habían querido ganar con beneficios y los perdían. Que él hubiera sido de contrario dictamen, hubiera bien fortificado la provincia y puesto en ella cuatro mil caballos. Que había mucho que temer aún de los castellanos, ofendidos de habérseles negado las Cortes, concedidas a Barcelona; por eso era preciso gran cuidado con la Andalucía, desarmada y sin gente, de cuyas costas era capitán general el marqués de Leganés, poco afecto a los franceses; los cuales, con arte y no sin altos designios de quedar siempre superiores, dejaban la España como la habían hallado, sin tropas ni fortificadas las plazas, y con todo eso habían determinado que pasase a Italia el Rey y dejase el reino indefenso y en el mayor riesgo que podía padecer.

Tenía estrechez el almirante con el duque desde que éste fue en Milán gran canciller y aquél gobernador, y se conservó siempre esta amistad. Estas cartas mostró primero en Viena el duque de Moles, y se enviaron copiadas a Inglaterra y Holanda para que les sirviesen de luz y aliento a la confederación que en fin se concordó en Londres entre la Casa de Austria, el rey Guillelmo y la república de Holanda. Adhirieron a ella el duque de Hannover, el Palatino, y Urico de Braswick. Ofrecieron tropas auxiliares el sajón, los círculos de Franconia y Suevia y muchos príncipes de Alemania; pero pagándoselas o vendiendo los regimientos enteros, como es allá costumbre, o tomando por ellos una determinada suma cada año.

El duque de Baviera, con veinte mil hombres, estaba acantonado en las cercanías del Danubio con las tropas de su hermano José Clemente, elector de Colonia; mostraban ser neutrales y defender sólo su libertad, pero en secreto adherían a la Casa de Francia, con cuyo dinero se hicieron las primeras levas, pero no se declaraba todavía el bávaro, hasta poder emplear bien sus armas en daño del Emperador.

Los electores de Maguncia y Tréveris también afectaban neutralidad, y secretamente favorecían la causa del César, porque aseguraron darle sus tropas en caso de necesidad. Este era el dictamen de los más de los príncipes de Alemania, que siempre dependen del que ciñe la imperial corona.

Los pactos de la gran Liga fueron éstos: Que se haría la guerra a la Monarquía de España hasta echar de su Trono a Felipe de Borbón, teniendo como en depósito los reinos o provincias que ganarían los príncipes de la misma confederación, quedando en poder del Emperador lo que se conquistaría en el Rhin y la Italia; lo que el Flandes y Francia, en el de los holandeses, y que todos los puertos de mar ocuparían los ingleses, aun en Indias, prohibiendo a toda nación el comercio de ellas mientras no se hiciese la paz, y permitiéndole limitado, aún a la Holanda; que en las armadas navales había de gastar por dos tercios la Inglaterra, por una la Holanda, y que en los ejércitos de tierra pagarían la tercera parte los ingleses. Que todos los gastos de la guerra, en cualquier éxito, los pagaría al fin de ella la Casa de Austria, y que se nombraría de acuerdo rey a la España, parte o toda conquistada.

Aún no habían declarado por rey a Carlos, archiduque de Austria, pero todos sabían no podía ser otro, pues por eso se hacía la guerra, no queriendo empeñarse en el reconocimiento y cargarse de estos gastos más hasta ver los primeros pasos de la fortuna después de empezadas las hostilidades. Así, a costa ajena, emprendió la Casa de Austria la mayor guerra que se ha visto en muchos siglos, no tanto fiada en las armas cuanto en la afición de los pueblos a su familia.

Gravemente opreso de una caída de caballo el rey Guillelmo, y agravándose una inveterada tisis, murió en Londres en 29 de marzo; príncipe esclarecido, valeroso, sagaz, disimulado y secreto; pero tirano, porque sin derecho alguno ocupó el Trono de Inglaterra después de la muerte de su mujer. No se le conocía amor a religión alguna; todas las sujetaba a la razón de Estado: por eso no conocía para el fin medio malo, porque todos los aprobaba su falsa y ciega política. No le agitaban tanto el ánimo los vicios como la ambición de reinar y de la mundana gloria. Era áspero y lo ejecutaba todo con blandura (¡tanto había enseñado a sus pasiones que se rindiesen a su política!). Estimaba tanto la fama póstuma, que, aun muriendo, dio instrucciones, de cómo se había de proseguir la guerra; o era querer dilatar el imperio más allá de la vida.

A 4 de mayo se proclamó en Londres Reina la princesa Ana Stuardo, hija de Jacobo II, mujer del príncipe Jorge de Dinamarca, el cual ni desde el tálamo de la Reina pudo subir al trono, porque le trataban en Londres como persona privada; nunca príncipe padecía mayor desdoro, porque no tenía menor acción por su mujer que la que dio el rey Guillelmo de Nasao, porque María y Ana eran hermanas. Así saben distinguirse entre los mortales los hombres de alto espíritu y de profundo consejo.

No se entibiaron por eso en Inglaterra las militares prevenciones, porque la Reina las emprendía con mayor tesón, afectándole aún, porque creían que la debilidad de su sexo podía padecer alguna inconstancia. Confirmó en el imperio de las armas al duque de Malbrugh, cuya mujer, grata mucho antes a la Reina, no dejaba descaecer el favor. Renovó los pactos de la Liga; y reconoció por rey de España a Carlos, archiduque de Austria, que llamaron tercero de este nombre. Lo propio hicieron los holandeses y demás príncipes de la Liga, pero se renovaron las condiciones. En la Monarquía se reservaron para sí los ingleses a Menorca, con Puerto Mahón, Gibraltar y Ceuta, y casi la tercera parte de las Indias; y la otra tercera parte, con una barrera a su arbitrio en Flandes, se ofreció a los holandeses; al Emperador, el Estado de Milán, pero incorporado en los Estados hereditarios como feudo imperial; lo demás de la Monarquía española y lo que quedaba de la América se dejaba al rey Carlos.

Esta era una quimérica división. Los mismos que la establecían entendieron que no podía tener efecto, porque era casi imposible echar de toda la Monarquía al rey Felipe, sin deprimir y sujetar antes a la Francia, que había tomado el empeño de defenderle. Ni aun sola España es conquistable, defendiéndola sus moradores; y no ignoraban que tenía en los pueblos de los reinos de Castilla asentado su partido el Rey; pero les pareció preciso a los coligados despedazar siquiera con la pluma este solio y mudarle dueño, para manifestar lo firme del empeño y de la intención.

En la Italia era donde se enardecía la guerra. Viendo el príncipe Eugenio la imposibilidad de tomar a Mantua, aplicó el ánimo a Cremona, donde estaba el mariscal de Villarroy. Un sacerdote de la ciudad, cuya baja fortuna le hizo discurrir en arbitrios indecentes a su estado, descubrió a los alemanes que un viejo conducto de agua, ya ciego y de ningún uso, se extendía desde el campo hasta su casa, que estaba junto a la muralla, y que por él era fácil entrar, sin advertirlo, la gente que quisiesen. No se despreció la propuesta y, alentándole más con promesas que con dinero, le ordenaron limpiase el conducto y que en el remate de él, por donde debían entrar, hincase un palo que serviría de seña para abrir de noche la tierra. Ejecutólo puntualmente, y se introdujeron por el conducto a la ciudad, de noche, seiscientos hombres escogidos, que, abriendo la puerta más vecina y matando las centinelas, dieron paso a seis mil hombres que conducían el príncipe Eugenio y el de Comerci, apoderándose de la muralla; pero como no había guía para saber ocupar los baluartes y era oscura la noche, hubo un poco de dilación perniciosa. Resolviéronse a atacar el primer bastión que encontrasen, y la misma resistencia de las centinelas avisó de la novedad a la plaza; acudieron los más vigilantes del primer cuerpo de guardia, y se empezó un combate que, aunque breve (porque luego fueron pasados a cuchillo), puso en armas toda la guarnición, que acudió a sus puestos. Llenóse de confusión la ciudad, y medio vestido salió de su casa, desarmado, el mariscal de Villarroy, creyendo ser disensión entre los ciudadanos y las tropas. Empezóse la más dura, difícil y sangrienta acción; porque, por todas partes divididos los enemigos, y por todo el presidio, ni aquéllos sabían por dónde andaban, ni éstos adónde debían acudir. Esto fue causa de grandes yerros, porque se herían entre sí los de una misma facción. A la densa oscuridad de la noche añadía horror la nube de la pólvora disparada, y sin orden militar alguno, ni formar línea, sabían los hombres mejor buscar la muerte que pelear. El duque de Villarroy dio en mano de los enemigos; conociéronle a la voz y le hicieron prisionero; amenazáronle con la muerte si llamaba gente a socorrerle, y una manga de soldados, sacándole por la puerta que ocupaban los alemanes, le llevaron a su campo. Don Diego de la Concha, gobernador de la plaza, hizo retirar muchos pasos a los enemigos; pero, cargado de la muchedumbre de ellos, murió gloriosamente; hallaron al otro día su cadáver, que aún conservaba en la mano derecha la espada, y se le contaron tantas heridas que parecía imposible haberlas podido recibir todas vivo.

El teniente del Rey, que quedó con el mando del presidio cuando aún dudosa la luz le mostraba los enemigos, mandó juntar toda su gente en la plaza que hay entre el castillo y la ciudad, y viendo no estaban perdidos los baluartes que caen a ella, los guarneció con más gente y formó en batalla la que le quedaba; así, ya puesto en orden, acometió a los enemigos, desordenados y fatigados del trabajo y vigilia, gran parte heridos, y en paraje que no sabían retirarse hasta que la luz iluminó a todos. No por eso cesó lo cruel y lo sangriento, porque, protegidos los alemanes de las casas y calles que habían cortado, mantenían con tesón la batalla. Acudió la nobleza toda, y los más distinguidos en el pueblo, a dar socorro a las armas del Rey, y se vio por todas partes el príncipe Eugenio cercado de enemigos; pero siempre tenía la comunicación con la puerta que ocupó al entrar, hacia donde se retiraban lentamente, porque hubiera sido la fuga su total ruina. En esta retirada adquirió más gloria que en el atrevimiento de venir. Hubiera podido salir antes, pero daba tiempo a que llegase Carlos de Lorena, a quien había ordenado acudiese con otro cuerpo de seis mil hombres después que amaneciese.

Había de pasar el de Lorena un puente, donde habían los franceses al cabo de él hecho de tierra y fagina un castillo, que le tenían guarnecido; y mientras el príncipe de Lorena perdió el tiempo en ganarle, el señor de Prasin rompió el puente y fortificó los vados. Esto imposibilitó el paso al príncipe Carlos, y el socorro a los alemanes, que estaban peleando todavía en Cremona, hasta que viendo el príncipe Eugenio que ya se ponía el sol, sacó de la plaza su gente, seguida en vano del enemigo. Tuvieron en esta acción los alemanes más atrevimiento que fortuna; los presidiarios no poca gloria, inferiores en número y cogidos de improviso.

Picado el mariscal de Tessé de la intentada sorpresa de Cremona,. acometió de repente a los reales enemigos, puestos en Puente Molino, y aunque no deshizo las trincheras enteramente, no se retiró sin haber hecho en los alemanes grande estrago. Luego convirtió las armas contra el general Trausmandorf, que estaba acampado entre Mantua y Castillón, y se resistió con brío, mas fue vencido. Siguieron los franceses hasta el puente de Languel a los fugitivos, que le habían, por equivocación -mal entendida la orden- cortado los alemanes; así, no pudiendo escapar, quedaban al arbitrio del vencedor prisioneros o muertos. Los más atrevidos, que quisieron pasar el río, hallaban otro género de muerte en la precipitosa violencia de las aguas. El día fue glorioso para Tessé; mostró valor y conducta, y quedó levemente herido: también a su hijo le aconteció esta gloria, siendo uno de los que se distinguieron en la acción en la que se señalaron heroicamente el señor de Bretorner y el de Jurhambren.

Fenecidas las Cortes de Cataluña, les pareció a los franceses debía el rey Felipe pasar a ver los Estados de Italia. No eran de este dictamen los más de los consejeros españoles; pero adhirieron al de los franceses el duque de Medina-Sidonia, el conde de San Esteban del Puerto y el secretario del Despacho Universal, don Antonio de Ubilla, que habían de pasar con el Rey, y se determinó el viaje.

Dejóse por gobernadora a la Reina con un Consejo privado de Gabinete, que se componía del cardenal Portocarrero y de los presidentes de los Consejos, don Manuel Arias, los duques de Medinaceli y Montalto y el marqués de Villafranca. Servía en la ausencia del conde de San Esteban la mayordomía mayor de la Reina el conde de Montellano, a quien se dio la presidencia de Ordenes, y la plaza de caballerizo mayor de la Reina al marqués de Almonacid; estos dos últimos le servían también de consejeros en el viaje a Madrid. Ordenó el Rey que al pasar la Reina por Zaragoza abriese el solio de las Cortes, permitidas al reino de Aragón sin más causa que por haberse permitido a Cataluña, y aunque podían servir de doctrina los inconvenientes que de éstas resultaron, fue preciso confirmarse en el error, o por no confesarle, o por quitar este motivo de queja a los aragoneses.

Llegó a Zaragoza la Reina, convocó los brazos, o los que llamaban estamentos del reino, y quiso llamar al duque de Montalto, presidente del Supremo de Aragón, para presidir en Cortes. Opúsose el reino, alegando el fuero de que no podía presidir en ellas sino persona leal o príncipe de la real sangre. Mientras se disputaba esta duda, presidiendo la Reina en el solio, confirmó en 26 de abril las Leyes o Privilegios del reino, y éste, anticipadamente, ofreció un donativo; hubo menester arte para conseguirle, en que trabajaron no poco Montellano y Almonacid, y más que todos el marqués de Camarasa, actual virrey de aquel reino. Ofreciéronse tantas dificultades por lo innumerable de los fueros, que no atreviéndose ni a romperlos ni a observarlos la Reina, prorrogó las Cortes; era la intención o no fenecerlas o que lo hiciese el Rey a la vuelta de Italia. Dejándolas en este estado, se encaminó a Madrid, donde fue recibida con singular aplauso y alegría del pueblo.

El Rey, embarcado en el navío San Felipe, que era el principal de la escuadra, que gobernaba el conde de Etré, salió de Barcelona el primer día de mayo, y con próspero viento llegó brevemente a Nápoles. Después, a 29 del mismo mes, hizo la entrada pública, acompañado de tres cardenales: Francisco de Médicis, Jaime Cantelmo y Todos Santos Jason; veinte obispos, la ciudad y los tribunales en forma, con toda la nobleza.

De este viaje del Rey a Italia escribió un libro su secretario del Despacho Universal, don Antonio de Ubilla, marqués de Ribas, con exactísima relación de todo, y así sería superfluo repetirlo. El Pontífice envió por legado al cardenal Carlos Barberini, pero no la investidura del reino de Nápoles por contemplación a los austríacos. Paso de Roma el duque de Uceda, y con el duque de Escalona, virrey del reino, fueron admitidos alguna vez al Consejo secreto, que se componía del duque de Medina Sidonia y el conde de San Esteban.

Nada se hizo ni singular ni provechoso en aquel reino. Minoróse el derecho de la harina para agradar al pueblo, y lo que para éste fue de poco o ningún alivió, era perjudicial a los que tenían censos sobre esta gabela. Las mercedes que a algunos se hicieron dejaron envidiosos a los demás, y aunque no se tenía por leal al príncipe de Montesarcho, para confiarle y divertir de su maligna intención, fue creado grande de España. Dejó esto sumamente irritado a don Mariano Caracciolo, príncipe de Avelino, que no lo había podido conseguir y creía merecerlo más, por haber servido con singularidad su casa en la primera rebelión de aquel reino; con todo eso siguió al Rey a Milán e hizo aquella campaña, aspirando a lo que jamás pudo lograr, y así concibió aversión a los intereses del Rey, no poco perniciosa, como veremos en su lugar.

A este tiempo se conjuraron contra la vida del Rey los príncipes de Petaña y Trebísacia y cierto Budiani, secretario del residente de Venecia; se creyó fuese autor de esta trama al cardenal Grimani; los más bien informados no la creyeron perfecta conjura, sino ofrecéseles que esto se podía ejecutar fácilmente: viendo al Rey con pocas guardias, y éstas dispuestas con negligencia en el palacio, hablaron muchas veces en ello; Budiani lo confió al conde Pepuli, bolonés; éste le reveló al Rey, que sin turbarse, nada conmovido de noticia tan relevante, encargó la averiguación del negocio al duque de Escalona, después que el Rey hubiese partido; dobláronse las guardias y, disponiendo con más vigilancia las centinelas en las puertas del palacio, no se hizo demostración alguna.

A su tiempo empezó a instruir el proceso el virrey; prendió bajo otro pretexto los reos, y apretado en la cárcel Budiani, dijo que había tenido esta conversación por modo de decir con Trebisacia, no con ánimo de ejecutarlo ni concebida como conjura, sino propuesto como posible, al ver el descuido con que se guardaba el Rey, y que censurando esta negligencia lo había dicho al conde Pepuli como en risa, que no se había llamado para disposición de esto ni a consejo a persona alguna ni tratado con nadie; de Petaña no constó ni haber concurrido a esta conversación; Trebisacia, que también se mandó prender, con ánimo más firme lo negó todo; dijo que había hablado muchas veces con Budiani y Pepuli de varias cosas, y aun del Rey, pero como eran conversaciones vanas y accidentales, no se acordaba de ellas; reconviniéronle con lo que había dicho Budiani; persistió en negar, y nunca se pudo instruir el proceso con bastantes pruebas que podamos llamarla conjura; pero lo que bastó a echar de los dominios del Rey a Budiani y a enviar a un presidio de África a Trebisacia. Muchos creyeron que esta idea tenía profundas raíces y no pocos cómplices, y prevenida su ejecución para el día que se había de embarcar el Rey, nombraban a muchos, lo que aseguran, lo que sospechan; por eso se escondió entre tantas invenciones la verdad. Hemos tenido en las manos el resumen del proceso y no consta más de lo referido.

***

El Rey, después de haber estado un mes en Nápoles, se embarcó para el Final, de donde pasó a Milán y luego al campo; mandaba las tropas, por estar prisionero el mariscal de Villarroy, Luis de Borbón, duque de Vandoma, que había determinado quitar el bloqueo a Mantua. Tenía el príncipe Eugenio fortificada una línea desde Ustiano a Burgo Fuerte, roto con varios fosos el campo, y abiertos los canales del agua para que no pudiese en todo aquel terreno pelear la caballería, y más habiendo fortificado a Ustiano con atención. Por eso fue éste el primer objeto de los franceses, y aunque habían levantado trincheras en las riberas del río los alemanes, las batió el duque con veinte piezas de cañón; después la forzó con espada en mano, y echando dos puentes se resistió Ustiano muy poco.

Pasó el príncipe Eugenio a Burgo Fuerte, y dejando todo el campo a los franceses, tomando éstos a Caneto, Castel-Gofredo y Goyto, se quitó el bloqueo de Mantua. Dejando a las espaldas el río Mincio, en el cual erigió tres puentes, plantó el príncipe Eugenio sus reales entre el Po y Burgo Fuerte, para que le pudiesen llegar víveres y provisiones de guerra. Juntáronse todas las tropas francesas y españolas para que tuviese numeroso ejército el Rey, y pasando a él, le encontró el duque de Saboya. Los cumplimientos fueron pocos, porque los españoles y parte de los franceses contuvieron al Rey en una etiqueta poco grata al Duque, por lo que no quedaron más unidos los ánimos.

En el Consejo de Guerra se dudó si se había de sitiar a Brixello o a Guastala; contra ésta se determinó el sitio, y luego se hizo en el Po un nuevo puente. El pabellón real se puso en la llanura de Casal. A 19 de junio, pasando 500 alemanes el Oglio y el Atesis intentaron arruinar el nuevo puente: defendíale el teniente general Albergoti, y aunque fue improvisada la invasión, peleó con tanto valor el regimiento de don Guillén de Moncada, marqués de Aytona, y otros españoles, que fueron con gran pérdida rechazados los enemigos. En esta acción se singularizó con su compañía don Jerónimo de Solís y Gante, nieto del conde de Montellano.

Tenía el príncipe Eugenio 30.000 hombres; no se le puede negar la gloria de resistir con ellos a 80.000 españoles y franceses, aunque divididos en varias partes y plazas, como lo podía la necesidad; nadie creía que pudiese subsistir en Italia, pero fue tal su pericia militar y constancia de ánimo, que hizo fácil lo que parecía imposible.

El príncipe de Vaudemont era el que más vecino a los enemigos se había acampado, observando al general Visconti, que con cuatro regimientos de caballería alemana, habiendo vadeado el Tasonio, estaba en Santa Vitoria; pero con tal descuido, que más que a guardar el puesto, atentos los alemanes al juego y a la gula, dieron oportunidad al duque de Vandoma a que enviando con grande secreto 2.000 hombres, acometiese a los enemigos, que fueron fácilmente deshechos y vencidos, porque los cogieron no sólo desordenados, pero paciendo libres por aquel prado los caballos; juntáronse los que pudieron para resistir al ímpetu de don Cristóbal de Moscoso, conde de las Torres; don Mercurio Pacheco, conde de San Esteban de Gormaz; del conde de Marsin, marqués de Crechi; el señor de Boncourt y Rabel, que fueron los que primero cargaron sobre los enemigos. Visconti peleó valerosamente, pero ya herido, y mal ordenados los suyos, huyó con felicidad.

Esta dicha aconteció a pocos, porque estaba tan crecido el Tasonio, que no se pudo en todas partes vadear y en ninguna sin peligro. Dos mil hombres perdieron en esta ocasión los alemanes; esto ocasionó la negligencia. Porque no se le disminuyese el ejército, sacó el príncipe Eugenio las guarniciones que en algunas plazas tenía, y se acampó en Luzzara, bien fortificado y ceñido de una difícil trinchera. El teniente general Albergoti ocupó a Reggio, que halló sin presidio, por arte del duque de Módena, para que no padeciese la ciudad los estragos de la resistencia. También dejó a Módena y se retiró a Boloña, a ejemplo del duque de la Mirándula, que había entregado sus Estados a los franceses. Así jugaba con los príncipes de Italia la fortuna.

El príncipe de Vaudemont tomó a Vasconcello, que le facilitaba unirse con el ejército del Rey, que mandaba el duque de Vandoma; esto puso en gran cuidado al príncipe Eugenio, y antes que se juntasen los dos ejércitos de los franceses, determinó atacar al del Rey, bien que era por la mitad inferior en la caballería, recelando también que ocupasen los, franceses a Luzzara, donde tenía sus almacenes, y todo el repuesto de víveres y municiones. Por esto era la intención del Rey sitiarla, dando si fuese menester la batalla porque los alemanes estaban acampados en su llanura y a un tiro de cañón de los muros.

Unió la suerte los dictámenes de ambos ejércitos para venir a las manos, porque el Rey determinó atacar las trincheras del príncipe y éste al ejército del Rey. Fiábanse los franceses en el mayor número de tropas; los alemanes, en que los habían de coger de improviso; y así, en el silencio de la noche, cada uno, ignorando la resolución de su contrario, partió a buscarle. Distaban los ejércitos cuatro leguas; y como de acuerdo, en el término de la noche dimidiaron la distancia, marchando con igual solicitud, y creían encontrar al enemigo desprevenido, mas con una gran diferencia: que marchaban los alemanes ordenados y los franceses sin orden, juzgando estarían los enemigos en su trincheras. Iban en dos columnas de muy corta Iban en dos columnas de muy corta frente; precedía a la manguardia la mitad de la caballería y la otra mitad cerraba el ejército, porque el sitio no permitía que cubriesen los lados, no tanto por lo rudo del terreno cuanto por lo desaliñado del bosque, poco frondoso y cortado, para sacar leña.

Los que batían por una y otra parte el campo, se encontraron, estando aún dudosa la luz de la mañana; de ellos empezó la lid; acudió la caballería, los alemanes cargaron sobre la derecha de los franceses, que, desordenados, hubieran quedado vencidos si no los socorriese toda la caballería de la manguardia. Con esto se retiraron unos y otros al cuerpo del ejército, porque no bien explicada la luz, la sombra del bosque prohibía descubrir todo el campo, y cada uno ignoraba en qué forma y por dónde marchaba el enemigo, y no había orden de los generales de empezar la batalla; esto fue al amanecer del día 15 de agosto.

Con este accidente aceleró los pasos el príncipe Eugenio; no hizo novedad el duque de Vandoma, ni aun ordenó las tropas; estaba desayunándose muy despacio, y le hubieran cogido los enemigos descompuesto, si en alta voz el marqués de Crechi no le avisase del riesgo; entonces mandó poner el ejército en batalla. Estaba ya alto el sol, y habiendo suspendido un poco la marcha los alemanes, por no entrar en la acción fatigados, era ya más de mediodía cuando empezó la acción, habiendo sido los primeros movimientos del príncipe Eugenio con tal ímpetu, que se desordenaron las primeras filas de los franceses, no pudiendo ser socorridas de la caballería, porque con arte, el príncipe -que no la tenía numerosa- dio la batalla en el lugar más escabroso y por varias partes cortado. Esto impedía que jugasen las bayonetas, y tuviesen gran frente las primeras filas, con que toda la obra estaba cometida a la fusilería, ni podían hacer grande efecto los cañones de campaña, porque no había lados en que extenderse, y por la izquierda de los franceses corría el Po, dejando un poco a las espaldas de Luzzara.

El Rey inflamó con su presencia los ánimos, tan adelantado a las filas y bajo del tiro, que no bastando ruegos, casi con violencia le detuvieron los suyos. Enardecidos ambos ejércitos, bajaron, para estrecharse más, una pequeña declinación que hacía el campo; adelantóse el centro de los alemanes, guiados del príncipe Eugenio y de Comerci, contra el de los franceses, con tanto ímpetu que padecieron mucho éstos; y como ni unos ni otros podían volver atrás por lo alto del terreno, se estrecharon tanto que sólo servían las bayonetas. Murieron gloriosamente, alentando los suyos, el príncipe de Comerci, de los alemanes, y el marqués de Crechi, de los franceses, a los cuales socorrió con mayor número de infantería y con su persona el duque de Vandoma,.tanto que estaban opresos de la muchedumbre los alemanes. Entonces hubo menester el príncipe Eugenio todo su arte militar y su valor; porque estrechando cuanto pudo las primeras filas, mandó que los últimos, sin volver la cara ni dejar de pelear, volviesen a subir aquella poca ladera que habían bajado, y que se uniesen a los escuadrones que estaban a la derecha ociosos, hasta formar del cuerno derecho y del centro un solo cuerpo, y dejando solos dos batallones que impedían cómodamente la subida a los franceses, tomando un poco dio de improviso casi con todas las tropas contra la izquierda de sus contrarios, que estaba muy separada del centro porque había en medio una grande cortadura.

Hasta que los socorrió el duque de Vandoma padecieron mucho los franceses, y no se derramó allí poca sangre; pero dividiendo éstos en dos caras el centro con poco giro, llegaron a socorrer a los suyos, que habían retrocedido muchos pasos; la caballería les fue de grande alivio, aunque no podía toda pelear; y tanto esforzó su valor el duque de Vandoma, que no sólo recobraron los franceses el terreno que habían perdido, pero pusieron en grande aprieto a los alemanes, hiriéndolos por el flanco, porque los franceses que peleaban en el centro habían ya vencido aquella pequeña ladera, y explicando en la llanura más las filas, peleaba más gente.

Los alemanes estuvieron obligados a hacer dos frentes; con todo, perdieron casi todo el campo por el centro y la derecha; sólo les quedaba en él intacta la izquierda, que no había podido pelear con la derecha de los enemigos por lo desigual y difícil del terreno y del interpuesto bosque. Heroicamente pelearon ambos ejércitos, cuya ira duró más que el día, ni las primeras sombras impidieron la batalla, y para que no cesase ésta con ventaja de los franceses, se esforzó a mantener el campo el príncipe Eugenio, y por más de una hora de noche se quedó formado, aún después que las tinieblas impidieron el combate. Todos permanecieron aquella noche en el campo sobre las armas; por eso quedó indecisa la victoria, celebrada a un mismo tiempo de ambas partes; como suya la participó el Rey Católico con el duque de Béjar a la Reina; lo propio hicieron, con oficiales de distinción, a sus cortes el príncipe Eugenio y el duque de Vandoma; estos correos se despacharon la noche misma. Al otro día se hallaron ambos ejércitos en orden de batalla; pero habían los alemanes mudado la artillería, puesta en lugar que incomodaba mucho a los franceses, y como nadie quedó enteramente dueño del campo, hubo una pequeña tregua para enterrar a los muertos.

El Rey, viendo que no daban otra batalla los alemanes, volvió las armas contra Luzzara, que la ganó luego, porque sin otra acción general no la podían socorrer los enemigos, aunque veían perder en esta plaza sus almacenes. Por esto se aplicaron la victoria los españoles y franceses, porque la consecuencia de ella fue tomar a Luzzara; que había sido la primera intención del Rey, ni con la batalla lo había podido impedir el príncipe Eugenio. Éste decía haberla ganado, porque perseveró cuatro días en el campo batiendo con su artillería al ejército enemigo, y que había peleado con inferior número de tropas, oponiendo treinta a cincuenta mil. Quedáronse los alemanes en las riberas del Po, y el Rey, para ceñirlos con sus tropas, mandó hacer una línea desde Guastala a Módena; mas fue en vano, porque también se había fortificado el príncipe Eugenio con otra desde la Mirándula al Ferrarés, para poder invernar sobre el Pánaro; y no se retiraba, no sólo por no estar adelantada la estación, sino porque había tenido en Mantua inteligencia, y pretendía sorprenderla; esto se desvaneció, porque el que meditaba ser traidor a los franceses, revelando al Rey el secreto, lo fue después a los alemanes.

Por atrevimiento insigne se debe referir el del caballero Davia, boloñés, que servía al Emperador. Con cuatrocientos caballos, vestidos él y los soldados con el vestido uniforme a uno de los regimientos de caballería de Francia, pasó por las espaldas del campo de Vandoma, y desde el Parmesano marchó hasta Pavía, tomó contribuciones de la ciudad, las que con gran prisa pudo, y algunas más sacó de los cartujos, usando del rigor por lo que inspiraba la fama de sus riquezas.

Adelantóse hasta Milán, y al abrir las puertas ocupó una; saqueó las casas más vecinas, y rompiendo el depósito de un dinero que procedía de una gabela, no dejó un maravedí, y porque le embarazaba el vellón, lo fue derramando por las calles a los muchachos haciéndolos aclamar al Emperador. Hasta entonces le habían creído francés, y cuando advirtió que se comenzaba a juntar contra él parte del pueblo, salió de la ciudad, y tomando el camino del Bergamasco, aunque con algún giro, se restituyó a su campo. Esto sintieron mucho los franceses, que con su indignación hicieron más célebre la temeridad.

***

Menos segura estaba la España de lo que el Rey la creía; desarmado el reino, descontentos del ministerio los vasallos y discorde el Palacio, porque el conde de Montellano, con el favor de la Reina y de la princesa Ursini, adelantaba su poder opuesto a las ásperas máximas del cardenal Portocarrero, queriendo suavizar los ánimos para apagar tantas quejas e introducir el amor al Rey. De este blando dictamen eran la Reina y la princesa, pero el cardenal, apoyando a los franceses, mantenía su antigua autoridad, y había hecho venir de Francia a Juan Orry, para intendente general del Real Erario, al cual se permitió tanta autoridad que declinó la del Consejo de Hacienda; porque sin contemplación alguna, pretendía Orry enmendar los inveterados abusos y usurpaciones de las rentas reales. Esta era una dilatada providencia y el negocio más delicado, porque los usurpadores de las alcabalas eran hombres de la mayor autoridad en el reino.

Había Ferdinando el Católico mandado a sus sucesores deslindar este punto, pero la flojedad de los austríacos nunca tuvo valor de descontentar a tantos, ni aplicarse al útil de la Monarquía. Quiso hacerlo Felipe II, que era hombre áspero y sin compasión, pero sus teóricas embarazaban la práctica de lo más conveniente. También descuidó de esto la contemplación de los ministros de Hacienda, o el miedo, porque los magnates y los que llamamos grandes habían llegado en tiempo de los austríacos a una autoridad increíble y depresión de la demás nobleza, que no había pedido llegar a aquel grado o por estar lejos del príncipe, o por no haber logrado los casuales accidentes que alguna vez engrandecen las casas.

Juan Orry todo lo emprendió sin humanos respetos, y llegó a una despótica autoridad, que eclipsaba la de todos, y aun el cardenal se empezaba ya a doler de su arrogancia y, competido de Montellano, regía los negocios de Estado. El almirante, cuyas artes eran las más propias para el Palacio, se empezaba ya a introducir con la Reina y la princesa, ayudado de Montellano, que era su amigo; esto dio los celos más fuertes al cardenal, porque ya sabía que aquél era su irreconciliable contrario, y para apartarle de la corte inspiró en el Rey se debía enviar por sucesor del marqués de Casteldosríus a la embajada de Francia, porque a aquél, después de haberle hecho grande de España, se le había dado el virreinato del Perú.

Esto lo compuso con reflexiones políticas, y que se debía apartar el almirante de España, y enviarle adonde no pudiese hacer mal alguno. Asintió el Rey a este dictamen, y queriendo saber el gusto de su abuelo, vino en ello el Rey Cristianísimo, cuyo magnánimo corazón y modo el más obligante, creía atraer así un hombre que no ignoraba había sido del partido austríaco. Con esto se nombró por embajador al almirante. Nada le hirió más; creyóse ultrajado, comparándole con el antecesor, que aunque era de la familia Semanat, muy ilustre en Cataluña, le parecía que no igualaba a su alta esfera. Cierto es que hombres tan grandes como el almirante ha muchos años que no habían ido a esta Embajada como ministros ordinarios, pero ya ahora eran diversas las circunstancias, siendo una misma Casa de Borbón la que regía ambos cetros. No sólo agitaba al almirante su vanidad, sino su temor, porque receló que bajo de algún pretexto mandase el Rey echar mano de él y sepultarle en la Bastilla; parecíale indecoroso explicar tanto miedo, y para engañar al Rey admitió el empleo fijando al tiempo su remedio y a las que no ignoraba próximas disposiciones de guerra, las cuaba noticias había adquirido por Diego de Mendoza, embajador de Portugal en España, y para dar más dilación, pidió plazo a su partida con pretexto de tomar dinero y facultad real para empeñar por muchos años sus Estados, sin que nadie pudiese penetrar cuán lejos estaba de obedecer.

No había pocos magnates en España tan adversos como el almirante al presente Gobierno; pero no estaban tan observados ni perseguidos del cardenal Portocarrero, ni tenían contra sí mismos la fama de tan grande autoridad, que fue la que perdió al almirante, no sólo porque le temían los que gobernaban, sino porque aun para alentar a sus coligados le decantaban su parcial los austríacos, que enviaron a Londres una nota de los grandes de España que adherían a su partido, y por cabeza de ellos estaba el almirante.

Esta memoria se esparcía con arte, la cual era falsa, porque ninguno hasta entonces había dado señas de infidelidad, y todas eran presunciones y conjeturas de Diego de Mendoza, porque oía tantas quejas contra el Gobierno y las escribía a Portugal, donde tomaban estas noticias el príncipe de Armestad, que hacía veces de ministro cesáreo en Lisboa, y el canciller Montuvin, que lo era allí de Inglaterra, los cuales habían reducido el ánimo del rey don Pedro a la neutralidad, y trabajaban por incluirle en la Liga, no solamente porque necesitaban de aquel puerto para sus designios, sino también porque les parecía que aquella era la puerta más fácil para la España, que era la principal idea de la guerra.

Confirmóse en Inglaterra por general de las tropas Malebourg, nuevamente creado duque. A Peterbourg se envió a las Indias con una buena escuadra, y se nombró para pasar a España con una considerable armada al duque de Ormont; juntáronse naves de mercaderes que pasaban el archipiélago, y algunos corsarios y se hizo el número de 150 velas, no porque fuese necesario tanto armamento contra las costas de España, desprevenidas y sin nave alguna, sino porque importaba a la pompa y a poner terror a los reinos. Aunque el mando de las tropas de desembarco le tenía Ormont, pasó el príncipe Jorge de Armestad a embarcarse en esta armada, porque de consentimiento de los aliados se le había cometido la disposición de la guerra, ya porque le creían práctico en España, y ya porque había fomentado en ella algunas inteligencias.

Esta poderosa armada pareció en los mares de Andalucía a tiempo que mandaba sus costas, como capitán general, don Francisco del Castillo, marqués de Villadarias, y todas sus tropas eran 150 hombres veteranos y 30 caballos; los que presidiaban a Cádiz no llegaban a 300; no había almacenes, ni armas para dar a las milicias urbanas, ni más disposición de guerra que pudiera haber en la paz. Esto conmovió mucho a la España, turbó la corte, pero no el ánimo de la Reina, la cual, aunque estaba el Rey ausente, ayudada del dictamen de la princesa de los Ursinos y del conde de Montellano, convocó a los ministros del Gabinete, y habló con tanta eficacia y modo el más obligante, que no hubo quien no expusiese sus haberes y su vida en defensa del reino.

No omitió esta aparente demostración de fidelidad el almirante, a quien, por medio de la princesa, rogó la Reina fuese a defender la Andalucía con entera y absoluta autoridad de vicario general Negóse a esto, no porque no lo deseaba para estar al pie de la obra, ver de qué parte pendía la fortuna y adherir a la más propicia; pero quería ser rogado, para que no se le imputase jamás por traición cualquier siniestro acaecimiento, sino por desgracia. Daba por excusa no querer ir a perder su honra sin tropas, ni disposición alguna de defensa. La Reina la admitió poco satisfecha, y determinó que el mismo Villadarias se encargase de la defensa; entonces rogó el almirante para que le enviaran, y se valió del conde de Montellano; pero éste, no queriendo hacerse cargo de elección tan arriesgada, porque ya desconfiaba de él, mantuvo a la Reina en la resolución tomada.

El cardenal Portocarrero, don Manuel Arias y otros, hicieron un voluntario donativo para los gastos precisos de aquella guerra. La ciudad de Sevilla y la nobleza toda de Andalucía hicieron los mayores esfuerzos a la defensa; introdujéronse víveres en Cádiz con la posible prontitud, armáronse las milicias, la mayor parte con armas propias, y se experimentó en los pueblos la fidelidad mayor y eficaz deseo de defender la Corona.

A 24 de agosto dio fondo fuera de la bahía de Cádiz la armada de los coligados; no tenían seguridad alguna las naves, pero se extendieron por la costa. Algunas echaron una áncora, otras bordeaban lentamente. El primero que saltó entierra fue el príncipe Armestad, diciendo con arrogancia: Juré entrar por Cataluña a Madrid; ahora pasaré por Madrid a Cataluña. Esparció luego con los mismos paisanos (engañándolos simplemente) varias cartas al marqués de Villadarias y a don Félix Vallaró, que mandaba la caballería, con quien había tenido amistad en Cataluña; el duque de Ormont también escribió a don Escipión Brancacio, gobernador de Cádiz. El tenor de estas cartas era solicitarlos a una infamia, entretejiendo con amenaza las promesas, y exaltando el poder incontrastable de la liga.

Esto hizo ningún efecto en la fidelidad de los jefes; antes se dieron por ofendidos de imaginarlos capaces de una ruindad. Vallaró entregó su carta a Villadarias; ésta, la suya y la del gobernador de Cádiz, se enviaron a la Reina.

En Rota desembarcaron 500 ingleses; luego la rindió su gobernador vilmente, y tomó el partido de los enemigos; diole el título de marqués el príncipe de Armestad en nombre del Emperador; este ciego y acelerado premio era querer atraer a los demás. Otro regimiento desembarcó en el Puerto de Santa María, ciudad no fortificada y donde cometieron los más enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes.

Era la principal idea ganar a Cádiz; esto lo intentaron acercándose de Rota a Matagorda, una de las fortificaciones exteriores más importantes; creyéronlo fácil y acometieron en vano seiscientos hombres; con esto juzgaban que expugnando este castillo (que está en el continente fuera de la isla) se quitaban un grande impedimento para entrar en el Puerto. Levantaron trinchera y le batieron, pero no podían proseguir los aproches por el fuego del mismo castillo y del fuerte del Puntal,. que está en el ángulo de la isla de León, tan insinuado en el mar que guarda el puerto y muchas millas del mar afuera.

Más oposición hicieron las galeras de España y Francia, mandadas por el conde de Hernán Núñez, que estaban dentro del puerto, y herían directamente las trincheras, fáciles de arruinar, porque estaban fundadas en arena. Bajaron hasta dos mil ingleses a defenderlas, pero fue más para repararlas, porque los castillos que levantaron en la proa las galeras deshacían de día todos los trabajos de la noche.

No se atrevieron los enemigos a penetrar la tierra, porque el marqués de Villadarias, aunque tenía tan poca gente, levantando polvoreda de día y haciendo varios y distantes fuegos por la noche, fingía acampamento de un ejército y acercaba partidas de caballería, mezclando la veterana con la del país, para contener en la orilla a los enemigos, nunca informados de lo que pasaba en tierra, porque sobre no haber logrado desertor alguno, se mantenían tan fieles los naturales que huían de los ingleses; y si alguna vez podían hablar con algún paisano, éste, con arte y amor al Rey, exageraba los preparativos de defensa, imposibilitando ser bien admitidos en parte alguna de la España. En una de estas acciones murió don Félix Vallaró, casi desesperado, arrojándose al mayor peligro, porque le había dicho Villadarias que allá estaba su amigo Armestad.

Conocer tan constantes a los españoles puso en aprensión a los ingleses, y ver que tropas, favorecidas de la sombra de la noche, atacaban con imponderable valor las trincheras, que no pudiéndolas reparar a la luz por el cañón de los defensores, determinaron dejar la empresa y se retiraron con tanta precipitación hacia Rota, que seguidos de las milicias del país, padecieron no poco estrago. Quiso la retaguardia oponerse, y fue vencida; con esto, tumultuariamente volviendo las espaldas y echando las armas sólo buscaban lanchas en que acogerse a los navíos. Llegó a la orilla una multitud de ellas, pero no bastantes a recibir los que con pánico temor se arrojaban al mar desesperados; muchas se fueron a pique, cargadas de más gente que podían llevar, sin orden ni obediencia; era la confusión el mayor peligro. Seiscientos ingleses quedaron muertos, sin los que se anegaron. Recobróse Rota, y dejaron en tierra al gobernador, que, preso después por el marqués de Villadarias, le mandó ahorcar. Con esta noticia desampararon a Santa María, después de saqueada con barbaridad.

Viendo cuán difícil era mantenerse en tierra, determinaron las naves forzar la cadena del puerto, formada de encadenadas vigas y maderos, y echados a pique, inmediatos a ella, por de fuera dos grandes navíos viejos, llenos de piedras, que de tal manera embarazaban la garganta del puerto, que era imposible romperla, como lo experimentaron, aunque a velas llenas, con viento en popa, dos navíos que se dejaron ir impetuosamente contra la cadena, porque sobre resistirse la fuerte conjetura de ésta los cañonazos de las fortificaciones exteriores y de la ciudad, desarbolaban las naves. Por dos veces intentaron esta violencia y le maltrataron tanto los navíos, que no les costó poco trabajo repararlos para poder navegar.

Desesperado el duque de Ormont de poder salir con la empresa, juntando antes Consejo de Guerra y Marina, determinó desistir de ella, contra el dictamen del príncipe de Armestad, con quien hubo una pesada disputa, no sin palabras que provocaban al duelo. Argüíale el comandante inglés de su nimia credulidad y de haber informado falsamente a los príncipes de la Liga sobre el gran número de parciales que tenía en España el archiduque; pues en todo este tiempo no sólo no pareció uno, pero conocían con evidencia cuán de veras se tomaba la defensa. El príncipe de Armestad decía que las obras grandes no se hacían en pocas horas; que se debía desembarcar toda la gente, y marchando por tierra al puente de Suazo, tomado éste, apoderarse de la isla de León y en ella levantar trinchera contra la ciudad; que podía sitiarse perfectamente y rendirla aún por hambre, porque no estaba abastecida. Que se debían desde tierra batir las galeras y echarlas a pique, y poner mejores baterías contra Matagorda, para ser dueños del puerto y, en fin, ir tomando a Sevilla y las ciudades de Andalucía, con la seguridad que otra tanta gente como había en los navíos no tenía de soldados toda la España. Que para declararse los parciales, era menester ostentar más fuerzas de las que hasta ahora se habían manifestado, porque nadie quería buscar cierto su peligro.

El duque de Ormont hizo junta particular de pilotos y capitanes de navíos, preguntando si podía en aquellos mares estar la armada sin puerto y sin peligro el tiempo que era menester para ganar la tierra y las fortalezas que impedían poderla poner en seguro. Respondieron que aquélla era la costa más brava y tempestuosa de España, donde el océano bajaba impetuoso al Mediterráneo, enderezándose al Estrecho. Que no se podían fiar sólo en las áncoras las naves, y más si corriese furioso el poniente; y así, que era cierto el riesgo, sí grande la dilación. Que entrar en el puerto forzando la cadena era imposible sin rendir antes a Matagorda y el Puntal y que aun después de eso padecería mucho la armada por los baluartes de la ciudad.

De este mismo dictamen fueron los más de los holandeses; algunos hablaban con sinceridad, otros por adulación a Ormont, el cual, fundado en estos pareceres, levantó el áncora el último día de agosto, y partió, dirigiendo la proa al cabo de San Vicente. Dio sus quejas y sus protestas el príncipe de Armestad, y escribió agriamente contra el jefe inglés a Londres y Viena; casi le notaba de traidor y de inteligencia con el francés. Ni Ormont descuidó de sí, porque dio razón de su conducta y la infelicidad del éxito era un género de aprobación, y cargó a Armestad de embustero y crédulo; porque no se habían hallado los parciales austríacos, que decantaban, ni adherido español alguno a su partido más que el gobernador de Rota por necesidad y fragilidad de ánimo, después de ser prisionero; que se habían declarado toda la Andalucía y las Castillas por su Soberano, y que en término de pocos días se había juntado muchedumbre de gente armada, que aunque imperita, la práctica del país la hacía formidable, y que en defensa de su propia tierra cada uno sabía ser soldado; por eso no había querido aventurar las. tropas, internándolas en el país, ni era fácil tomar a Cádiz con ocho mil hombres, resuelto su gobernador a defenderla hasta el extremo; que sin eso no podían entrar las naves en el puerto, y que, en fin, la expedición se fundaba en las que suponía inteligencias Armestad, tan al contrario experimentadas, que el almirante de Castilla había sido el primero a ofrecer sus haberes a la Reina para defender la Andalucía, y que así, no le había parecido proseguir una guerra donde los alemanes hacían inútilmente gastar a sus alíados.

Estas razones de Ormont prevalecieron a las de Armestad entre los ingleses y holandeses, pero no en Viena, donde entró alguna desconfianza que no querían aquéllos hacer la guerra de veras.

Desengañado el almirante de Castilla de que se perdiese entonces la Andalucía, como esperaba, pertinaz en su error, y rendido al temor de su desgracia, resolvió buscar otro expediente contra ella, haciéndose más infeliz con el remedio; porque determinó, engañando al Rey, tomar refugio en Portugal. De nadie fió esta resolución más que de Diego de Mendoza, embajador de aquella Corona, y para ejecutarlo mejor fingió la jornada para Francia. Llevóse por camaradas a don Pascual Enríquez, hijo de su hermano, el marqués de Alcañiz; al conde de la Corzana, a quien envió a llamar desde Asturias, y a dos jesuitas, el padre Casneri y el padre Álvaro Cienfuegos; juntó gran cantidad de dinero y joyas, despidióse de la Reina y de la corte y partió como para Francia, dejando las letras credenciales y las instrucciones y un correo que le alcanzase con ellas, porque había menester de esta circunstancia su ficción.

El secreto fue toda la felicidad de su idea, porque a nadie lo descubrió. A tres jornadas llegó el correo que con estos papeles esperaba; nadie supo lo que traía, y así pudo fingir ira y enojo, diciendo a los suyos que había recibido una nueva orden, ni la propaló hasta que, llegando a paraje en que se dividen los caminos para Portugal y Francia, dijo que le había la Reina mandado pasar antes a Lisboa para asegurar en la amistad a aquel Rey, y así, a grandes jornadas, llegó a Zamora, y engañando con este pretexto al gobernador, entró en los términos del reino de Portugal. Entonces, juntando sus camaradas, quitó el velo a su bien observado disimulo, y dio las causas para haber buscado refugio.

Dijo que no faltaba al Rey, pero que se retiraba de sus reinos hasta que, mejor informado de lo que lo estaba de sus enemigos, conociese su inocencia. Que la embajada de Francia se la habían dado meditando su ruina y su opresión, siendo autores de este engaño el cardenal Portocarrero, don Manuel Arias y sus allegados. Que era lícito al vasallo mostrar desde el asilo la pureza de su intención y sus quejas, siendo éstas de la mayor entidad por lo que habían ultrajado su persona y dado crédito a las invenciones y falsedades de sus enemigos, notándole de constante parcialidad a los austríacos, la cual ellos decantaban, para adelantar su partido con el ejemplo, habiendo publicado el príncipe de Armestad que la expedición contra Cádiz se había fundado, más que en las armas, en la amistad que con él tenía, y en su inteligencia: que nada de esto ignoraba el Rey, avivada su desconfianza por las artes de sus émulos, y que así no se podía fiar de un Príncipe irritado, pareciéndole cosa extraña e impropia que fuese sincera la confianza de hacerle su ministro en Francia, entre tantos recelos que de él tenía la corte, pues se le había quitado el empleo de caballerizo mayor, apartado de todo manejo y tratado con desprecio; que ésta, más que declinación de fortuna, eran claros preliminares de una desgracia que no tenía remedio si se trataba con descuido. Que la ley natural quería, desde la seguridad del refugio, volviendo por sí y por su honor, manifestar al mundo y al Rey sus razones. Que se había llevado aquellos amigos para consuelo de sus trabajos y consejeros en sus dudas.

De otra manera habló a sus criados, y con menos razones les dio libertad o para proseguir con él el viaje hasta Lisboa o para volverse a España. Ni todo esto pudo proferir sin asomársele lágrimas a los ojos; habíasele rendido el corazón el golpe de la desgracia, y se quejaba con una tristeza de semblante tan irregular, que tiñó de sus afectos a los que le escucharon. Alentóle el padre Álvaro y ofreció seguirle en cualquier fortuna; los demás callaron y, menos algunos criados, todos le siguieron hasta Lisboa, donde se le señaló una casa de campo del duque de Cadaval. El rey don Pedro le recibió con benignidad; el almirante habló poco y no muy desembarazado; dijo que buscaba en la generosidad de aquel Príncipe su refugio, huyendo de la cruel calumnia de sus émulos, hasta que su Soberano estuviese bien informado, a quien no pensaba faltar, sino manifestarle su inocencia.

El embajador de España, marqués de Capicciolatro, le publicaba rebelde y le trataba como tal, y persuadió secretamente a su sobrino, don Pascual Enríquez, que se volviese a España, como lo ejecutó huyendo de su tío, contra quien, llegando a Madrid, depuso cuanto en forma judicial se le preguntó por el juez diputado a formar el proceso contra el almirante. La Reina le recibió con agrado y tuvo una carta muy agradecida de su padre, el marqués de Alcañizas, que vivía en Ríoseco. El almirante sacó un manifiesto que propiamente era una sátira contra el Gobierno, pero siempre protestó observar la debida fidelidad al Rey, cuya benignidad imploraba. Restituyó el dinero que se le dio de ayuda de costa para el viaje; engañándose a sí mismo con el fabuloso cuidado de su honra, queríala restaurar cuando la perdía, y, esclavo de sus afectos y de su soberbia, se dejó llevar de una vanidad que degeneró en abatimiento, porque luego trató con los ministros de los príncipes, enemigos del Rey Católico, y nombraba al archiduque Carlos de Austria con estilo que sólo era rebeldía, porque dos reyes de España no podía reconocer. Concluida la causa, le declaró el Rey por rebelde, aunque no lo pregonó, y le mandó confiscar los bienes.

Este primer rebelde, como por su alta esfera en Castilla ocasionó en todos tanto reparo, sirvió a muchos de pésimo ejemplo, y a no pocos ignorantes que después faltaron al Rey, de irracional disputa, como si el más alto grado de nobleza tuviese autoridad de hacer lícita una infamia, antes a proporción de sus quilates debe cuidar más de su obligación. Esto puso en mayor desconfianza al Rey, porque las casas de primera magnitud en Castilla todas tenían inclusión con la del almirante; ninguno tenía más allegados y dependientes por su autoridad, su riqueza y artificiosa afabilidad, no sin agudeza de ingenio, travieso y de feliz explicación.

Mientras la armada inglesa y holandesa, doblado el cabo de San Vicente, navegaba con proa incierta esperando la flota que venía de la América (porque ya había tenido noticia que no podía distar mucho de los mares de España y era su regular puerto Cádiz), había ya aquélla llegado a Galicia y, advertida por sus navichuelos de avisos, enviados a reconocer los mares, que estaba la armada enemiga esperándolos, tomaron el puerto de Vigo el día 22 de septiembre, aun repugnándolo el virrey de Galicia, príncipe de Brabanzón, por lo poco seguro de aquel paraje.

Una nave aportó en Sanlúcar, cinco en Santander, tres de las cuales pertenecían a los franceses, que con veintitrés naves de guerra bajo el mando del señor de Ciaterno, escoltaban las españolas mandadas por don Manuel de Velasco. Extendiéronse por la ría hasta Redondela, y le servían de antemural las naves francesas, dadas fondo en forma de defender la boca del puerto, en el cual se construyó una cadena de fuertes leños y hecha como una estacada; fortificaron la garganta del puerto cuanto fue posible. Éste le guardaban dos antiguas torres, llamadas Rade y Corbeiro, pero consumidas de los siglos, que a pocos cañonazos podían resistir.

Presidiáronse de gente de la flota y se mandaron venir las milicias urbanas para coronar la ribera, y llenar, si no de soldados, de gente, los baluartes y muros de la ciudad. Había la fortuna hasta entonces explicádose propicia, y ya en España y en el puerto cuanto de Indias se traía, en pocos días se podía todo poner en tierra; pero una intempestiva y fatal cuestión convirtió en desgracia la dicha.

Pretendió el comercio de Cádiz que nadie se podía desembarcar en Galicia; que eran aquéllos sus privilegios, y que se debían conservar seguras en el puerto, cargadas, las naves, hasta que se fuesen los enemigos. Sobre esto no fue tan breve como pedía la necesidad 1a expedición del negocio en el Consejo de Indias, ya por la natural lentitud y madurez española, ya porque eran varios los pareceres; por fin, sin determinar absolutamente la duda, se envió a don Juan de Larrea para que sacase luego de las naves el oro y la plata; ni esto se ejecutó antes de cumplido ya un mes que habían llegado al puerto. No se dio prisa a sacar las mercaderías, cuando, éstas excedían a la plata en valor. Ya había la armada enemiga alcanzado la noticia que estaba en Vigo la flota, y a 22 de octubre, con viento favorable, llegó a aquella costa: desembarcó cuatro mil hombres, y plantando baterías contra las torres del puerto, las ocupó con poco trabajo, desamparadas de los que las presidiaban, siendo imposible defenderlas ni ser su fábrica capaz de resistir la batería. Como era favorable el viento, dos naves a un tiempo, a velas llenas, armadas de los acostumbrados picos la proa, rompieron con facilidad la cadena. Entraron al puerto las que seguían, despreciando los cañonazos de los baluartes de la ciudad, que, no sin fruto, incesantemente disparaban.

Disputaron la entrada con valor diez naves de guerra francesas -las demás se habían vuelto, a sus puertos- y se trabó una batalla cruel, con tanto tesón de una y otra parte, que, mezclados los leños, casi era inútil el cañón. Peleábase con fuegos de inhumano artificio, ollas, camisas y bolas de betún ardiente. Deseaban los franceses venir al borde, porque estaban más bien guarnecidos de gente de guerra; pero los ingleses toda la lid acometieron al fuego, y siendo en número superiores, no podían diez naves defenderse de tanta multitud de leños enemigos, que suplían siempre los maltratados. Los de la flota procuraron internarse más en la ría por si podían tener socorro de tierra y echar a ella los fardos de las mercaderías; pero los ingleses habían ocupado la orilla, y a fusilazos embarazaban a los españoles sus faenas, permaneciendo a pecho descubierto contra la artillería de estas naves, que se defendían valerosamente.

Las que estaban más protegidas de los baluartes de la ciudad y más vecinas a ella, desembarcaron tumultuariamente algunas mercaderías con poco logro, parque mal guardadas en la confusión, el mismo paisano llamado a defenderlas, las robaba. No se puede describir día más cruel, ni más lastimoso, por el innumerable género de muertes que padecieron aquellos infelices, ceñidos de inevitables peligros en espacio tan estrecho. Los que siguieron las naves de la flota hasta lo más bajo de la ría, vencidos ya los franceses que hacían frente, pretendían apagar el incendio por la ambición de la presa, porque don Manuel de Velasco, a quien no desamparó el valor, sino la fortuna, mandó quemarlas; esto mismo hicieron los franceses, echándose al mar la gente que salvarse pudo. Los enemigos ya no cuidaban sino de apagar las llamas, aunque veían que la mayor parte de las mercaderías se habían echado al mar. Muchos perecieron buscando en el centro del fuego las riquezas; éstos y los que murieron en la batalla fueron ochocientos ingleses y holandeses; quinientos quedaron heridos, y una nave de tres puentes, inglesa, incendiada, pero tomaron trece naves de españoles y franceses, entre ellas siete de guerra y seis de mercaderías, aunque muy maltratadas y medio quemadas algunas; las demás las echaron a pique o las entregaron a la llama en el ardor del combate. Murieron en él dos mil españoles y franceses, y pocos dejaron de estar heridos.

Valerosamente se portaron los jefes de la armada inglesa y holandesa; Ormont Halemundo y Colemberg fueron vistos por su mano pelear en el más estrecho riesgo. No menos esforzados, aunque menos felices, fueron el señor de Ciaterno y Velasco. Se gloriaron aquéllos que el valor de lo apresado subía a la suma de cuatro millones de pesos; más de ocho es cierto que perdió el comercio de Cádiz, donde quedaban ocultamente incluidos los mismos enemigos; y así, no era todo ajeno lo que tomaron y echaron a perder. El Rey perdió más que todos, no sólo en no quedarle navío para Indias y en lo que había de percibir de las aduanas si se introducían todas las mercaderías, sino porque fue preciso después valerse de navíos franceses para el comercio de la América, que fue la ruina de sus intereses y de los de sus vasallos.

Al otro día de la sangrienta batalla hicieron bajar al mar los enemigos gran número de buzos con poco efecto, porque la artillería de la ciudad lo impedía, y volviendo a embarcar su gente, llenando de flámulas y gallardetes los árboles, cantaban con flautas y pífanos la victoria. Así dirigieron la proa a sus puertos, dejando llena de tristeza y horror aquella tierra; luego bucearon los españoles, y se recobró lo que aún no había corrompido el agua. De esta desgracia nacieron infinitos pleitos en toda la Europa, porque toda estaba interesada.

Al Rey Católico le alcanzó en Génova esta noticia, donde estaba magníficamente hospedado de aquella República en el burgo de San Pedro de Arenas. Con esto apresuró su viaje para España, embarcándose en las galeras de Francia: era su intención ir a Barcelona, pero furioso el mar y contrario el viento, le obligó a desembarcar en Antibo. Siendo la estación tan poco a propósito para navegar, era perder mucho tiempo esperar a que se mudase en favorable, y así emprendió el viaje por tierra, y en breves días llegó a Barcelona. Luego, con particular decreto, cesó el gobierno de la Reina, aunque a largas jornadas se encaminaba el Rey a Madrid, adonde no pudo llegar antes que feneciese el año de 1702.




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Año de 1703

No negaba el Rey claramente concluir las Cortes de Aragón, pero lo difería, que era un modo no injurioso de negarlo. De esto se dolía el reino, y no de que había merecido menos que Cataluña; estas quejas, nunca satisfechas, se entregaron más al disimulo que al olvido.

El Rey entró en Madrid el día 27 de enero, recibido del pueblo con el acostumbrado aplauso y alegría. Lo interior de la corte y la parte de ella más principal ardía en odios y artificios que inspiraban la ambición; vino con el Rey el cardenal de Etré, embajador de Francia, con ideas de mayor autoridad que podía tener defendiendo la suya el cardenal Portocarrero, y don Manuel Arias; ni era poca la que tenía el conde de Montellano con el favor de la Reina y de la princesa Ursini, que ya comenzaba a explicar su poder, ingiriéndose en los negocios más graves y usando las artes posibles para conservar amante del Rey a la Reina, a la cual enteramente poseía.

Montellano disentía en un todo de las máximas austeras de Portocarrero y Arias, y aunque sólo era presidente de Ordenes -pues había ya vuelto el mayordomo mayor de la Reina, conde de San Esteban-le quedaron a Montellano los honores y la entrada en el cuarto de la Reina; con esto se alimentaba el favor, y disponía la princesa que el Rey, separadamente, le consultase las más graves materias.

El cardenal de Etré, por necesidad que se tenía de la Francia más que por genio del Rey, resolvía lo más principal, y dispuso que nada despachase en su casa Portocarrero, y que llevase todo al Consejo del Gabinete. Esto le empezó a conmover, y más cuando vio que no era su voto atendido; hablaba mal ya de los franceses, y que no debían usurpar el mando a los es pañoles, sin advertir que era su adulación quien los había introducido al gobierno, y que declinaba su autoridad por donde pensó ensalzarla. Etré, sin atender a estos respetos, obraba impetuosamente y pretendió le visitase en su casa el presidente de Castilla. El Rey se inclinaba a esto, porque le parecía que, siendo cardenal, forastero y embajador, no perjudicaba a las preeminencias de aquel empleo. Don Miguel Arias mostró gran firmeza en sostenerlas, exponiendo al Rey sus razones y suplicándole que si en esto se hallaba mal servido, le exonerase del cargo. El Rey nunca quiso interponer su decreto, y Etré se quejó de esta que le parecía demasiada circunspección del presidente, al rey de Francia, que juzgando la cosa de poco momento para tanto empeño, le ordenó no tratase más de eso y dejase las etiquetas y formalidades de los tribunales como las hallaba.

Esto espinó los ánimos, y aunque la princesa no era amiga de Portocarrero ni de Arias, se conjuró con ellos contra Etré, con quien había tenido una disputa, porque pretendía libre la entrada en el cuarto de la Reina. La princesa, como camarera mayor, guardando las leyes de la etiqueta del palacio español lo prohibía, lo que alteró mucho el ánimo del cardenal, porque se había lisonjeado venía no sólo a hacer la primera, pero la única figura en la corte; por eso, aunque era francés le era también molesta la grande autoridad que Juan Orry tenía sobre la Hacienda Real. Este, aunque, como dijimos, era impetuoso y pertinaz en su dictamen, puso en buena forma el Real Erario y le reintegró en muchas rentas que le tenían usurpadas, ejecutando sobre las alcabalas lo que no se habían atrevido a hacer muchos reyes, aunque lo ordenase en su testamento Fernando el Católico; porque el descuido de los ministros de Hacienda o el poder de los que las habían usurpado, dejó inveterar el abuso. Desde que se concedieron a los reyes por toda Castilla la Vieja en las Cortes de Burgos y se ampliaron para ambas Castillas en las de Alcalá al rey don Alonso el Onceno, vendieron muchas alcabalas los reyes, empeñaron otras por tiempo limitado, algunas dieron por remuneración de servicios y por equivalente de pretensiones contra la Corona, otros las poseían sin más derecho que un abuso envejecido por siglos, con la buena fe que sólo esto les daba acción para mantenerlas. Juan Orry, aplicando antes al Real Erario todas las alcabalas, mandó que cada uno trajese los instrumentos justificativos de su posesión, formó una Junta en que se examinaban las razones del Rey y de las partes y se administró exactamente justicia, restituyéndolas a cuantos tenían legítimo derecho, y quedándose el Rey con las que claramente le habían usurpado.

***

El rey de Portugal, después de haber firmado la liga que dijimos, escribió al Emperador y a los ingleses que aquélla sólo se reducía a defensiva de sus Estados y a no permitir paso para la España, que era una mera neutralidad que no impedía la buena inteligencia ni el comercio. Con esta ocasión envió el Emperador por su embajador extraordinario a Portugal al conde de Vesteink, y supo introducirse tanto en la gracia del Rey, que tuvo forma de proponerle no sólo que dejase la neutralidad, pero que entrase, en la Gran Liga ofensivamente, pues siendo la guerra que por la Extremadura se hiciese la que más vivamente hería el corazón de España, reconocerían los aliados este beneficio como de su mano, dejándole dueño de Extremadura y de Galicia, que serían las primeras conquistas, y de Buenos Aires en Indias. Que nada gastaría en la guerra aunque levantase veinte mil hombres, porque lo pagarían los alíados, de que le resultaba el beneficio de que entrase tanto dinero en el reino y ejercitase en el arte militar sus gentes. Estos ofrecimientos confirmaban los ingleses y holandeses. No se acababa de determinar el Rey, aunque el embajador austríaco le había ganado el ánimo, y el dictamen de su confesor. El almirante de Castilla, que, con el conde de la Corzana había abrazado claramente el partido austríaco, facilitaba la conquista de España como cosa infalible y de ningún trabajo, no sólo por lo desarmado de ella, sino por el gran partido que tenía la Casa de Austria en la primera nobleza y los pueblos. Ni dejaba de esparcir las mismas reflexiones el padre Álvaro Cienfuegos, hombre de sublime ingenio y de natural eficacia en las palabras. No faltaban en Portugal otros que persuadían al Rey lo contrario; pero importó mucho para determinarle lo que de Madrid escribió su embajador Diego de Mendoza, hombre adverso a los españoles, poco amigo de la quietud y embebido de especies vastas y de ideas superiores al poder de su Soberano.

El primer paso que el Rey dio a impulsos de los que querían la guerra, fue leer las cartas de Mendoza en una junta particular que hizo, a la cual admitió a los embajadores de Alemania, Inglaterra y Holanda como para ser oídos, y éstos consiguieron que interviniese también el almirante. El tenor de las cartas era éste: que estaban las cosas de España en el estado más infeliz, sin fuerzas para sostener la guerra; sin armas ni tropas, ultrajada la nobleza e igualmente descontenta como los pueblos; dividido en bandos el Palacio y los que gobernaban; aborrecidos los franceses, adverso ya a ellos el cardenal Portocarrero, desconfiado el Rey de los magnates, quejosa la Andalucía de haberse el Rey en Vigo apoderado de sus caudales, sin puntual examen de si eran de sus enemigos o de sus vasallos, despreciando la consulta del duque de Medinaceli, presidente de Indias, que, irritado de esto, había dejado el empleo. Que estaba el reino de Aragón quejoso por haberle negado las Cortes que se concedieron a Cataluña, donde se contaban pocos leales, y que si se daba tiempo a que la España se armase, padecería Portugal, desprevenido, las primeras opresiones. Que toleraban mal los príncipes un neutral, y que ya rota la alianza con España, se había cargado de otro riesgo, porque era preciso haberla religiosamente observado o declarársele enemigo. Que el dominio del mar lo tenían los ingleses y holandeses, y que de ellos no podía defender el francés al Brasil y las Indias Orientales, ni aun a Lisboa si la invadiesen, porque, sobre no tener el francés tantos fuerzas marítimas, sostenía sólo la guerra en Italia, en el Rhin y en Flandes. Que estaban empeñados los aliados en perficionar la obra, y que no, tardaría en declararse por ellos el duque de Saboya, quejoso y atento a su utilidad. Que caería infaliblemente el Trono de España si se le internase la guerra por Extremadura, y que no podía esperar Portugal, de confirmarse poderosas estas dos Coronas, sino un eterno temor: que cuando cayese el Trono de España no podía dejarle de tocar algún deshecho fragmento de máquina tan vasta, pues no había otro medio de dilatar los Imperios que con la ruina de los confinantes, y que estando tan ceñido el de Portugal, no se debía perder la oportunidad de extenderse por la Galicia y Extremadura, porque no la hallaría semejante.

Esto persuadía en sus bien compuestas cartas Mendoza, cuyo dictamen tuvo muchos secuaces, porque habían los aliados con dinero corrompido a muchos, y los alemanes, al descuido, se dejaban entender que casarían al archiduque Carlos con la infanta de Portugal.

De contrario parecer era el duque de Cadaval, príncipe de la real sangre, serio y prudente. Dijo que no tenía fuerzas el reino para emprender una guerra sin necesidad, que constaba sólo de seis provincias destacadas, por accidente, de la España, con solas tres plazas fronteras; que si éstas se perdiesen o arruinasen y se devastase con hostilidades la tierra, sería irreparable el daño. Que para la propia defensa se debía aventurar todo, pero no por intereses ajenos, con soñadas utilidades que dependían de la fortuna; que fuese Borbón o austríaco, uno sería siempre el rey de España, las mismas sus máximas contra Portugal, a quien no daría parte de sus reinos, y más aquellos que le servían de antemural. Que había más que temer de los austríacos si volviesen a ocupar el solio, porque de su dominio se había apartado el que siendo duque de Berganza se coronó Rey, y aunque aquella fue ofensa hecha a la Majestad, que siempre es la misma, estaba demás el acordarse que se hizo a la propia familia. Que no se debía aventurar la posesión cierta y la quietud por ideados aumentos y promesas que no quiere cumplir la soberbia del vencedor, ni puede la infelicidad del vencido. Que eran las ligas de muchos príncipes necesariamente poco duraderas y fementidas, y que siempre quedaba peor el menos poderoso; siendo cierto que la vastidad de los reinos de España no se podía ganar toda en muchos años a fuerza de guerra, sosteniendo el empeño la Francia, cuyo poder, por su situación, por sus naturales fuerzas y admirable armonía con que la gobernaba el actual Rey, era igual al de los aliados, sin contar el invencible que adquiría la España, bien regida y ejercitada en la guerra, que la haría cruel contra Portugal el envejecido odio de los castellanos, y más sin razón provocados, porque no la había alguna para romper la paz hecha con la reina María Ana de Austria, en nombre de su hijo Carlos II. Que las maliciosas insinuaciones de casar al archiduque Carlos con la infanta de Portugal eran artes de corte, para dar otro color más al engaño, porque esta princesa tenía solos ocho años, y muchos más el archiduque, que si era un gran príncipe por su real linaje, no se le conocía más Estados que los que le podía dar la fortuna, y que no era razón entrar en el reino de Portugal a aventurarse en la ajena, y que si no le socorrían con muchas tropas, no podría hacer la guerra, y con ellas exponía su libertad a una necesaria servidumbre, y la pureza de la religión católica a que la contaminasen en los pueblos tantos herejes.

Este dictamen no tuvo aceptación en el Rey, y, más poseído del temor que de la ambición, adhirió a la Liga contra España y se firmaron en Londres los capítulos. Ofrecieron los ingleses el dinero que fuese menester para el ejército que había de militar en Extremadura, dándole por jefe a un general portugués, al que se habían de agregar ocho mil ingleses, y, si fuese menester, hasta doce mil. Los austríacos nada dieron más que esperanzas; prometieron dar parte de la Extremadura y de Galicia después de haber conquistado toda la España. De las que precedieron disposiciones a esta liga, y las que penetró en el ánimo del rey don Pedro, ya había dado cuenta al Rey Católico el marqués don Domingo Capicciolatro, su embajador en Portugal; pero les pareció a los españoles no darse por entendidos hasta que se publicasen los capítulos de la alianza, bien que ya había sacado de Madrid el rey de Portugal a su embajador, y el suyo de Lisboa el rey de España, mientras se hacían reclutas y bajaban tropas francesas.

A pocos días se publicó formalmente la guerra por una y otra parte, y por ambas se fortificaron cuanto era posible y presidiaron las fronteras. Enviáronse a la Extremadura tropas con el príncipe de Esterclaes; bajaron de Francia doce mil hombres con el duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra, hombre de valor, prudente y experimentado, a quien se dio el mando de este ejército. También se hacían levas en Portugal, y se nombró por general de la caballería al almirante de Castilla; agregósele el conde de la Corzana con el mismo grado que tenía en España; éstos fueron en esta guerra los primeros españoles que tomaron las armas contra su Rey, y los llamaban en su propio ejército los primeros rebeldes.

A este tiempo, justamente atemorizado el Pontífice de los grandes terremotos que sucedieron en sus Estados y en el reino de Nápoles, con desolación de pueblos enteros y ruina de muchos y magníficos edificios, parecióle aplacaría en parte la ira de Dios si exhortase a los príncipes a la paz, y así envió varios nuncios extraordinarios a las cortes más principales, sin fruto alguno. Fue a España el arzobispo de Damasco, Antonio Félix Zondadari, que después se quedó por nuncio ordinario. Fuéle fácil persuadir al Rey a la quietud; pero como la España y la Francia sólo se defendían de sus enemigos, era arduo, persuadir a aquéllos, obstinados en su empeño, y prosiguió la guerra más vigorosa. Para adelantar la de Italia, fortificó Guido Staremberg a Ostiglia, ante cuyos muros plantó los reales, adelantándose con un destacamento a Ostiglia a cubrir a Mirándula el príncipe de Lorena. Habían los alemanes hecho diques a las aguas del Po, junto a quien invadió el francés; dejóle empeñar en el sitio el príncipe Eugenio hasta abrir trinchera, plantar batería y hacer brecha, y cuando estaba para dar el asalto el duque de Vandoma, soltaron tan oportunamente los alemanes las aguas e inundaron el campo de los enemigos con tal ímpetu, que se llevaron las trincheras, las tiendas y todos los instrumentos y preparativos para el sitio.

Huyeron los franceses precipitadamente, mas los seguía el agua; padeció mucho la infantería. Los que ensalzaron el ardid del príncipe Eugenio censuraban el error de los franceses en haber atacado a la ciudad por la ribera más inferior y pantanosa del Po, cuyas aguas dominaban al campo, cuando, si antes hubiesen tomado a Mirándula, no podía mantenerse en Ostiglia el Príncipe, ni tenía más retiro que al Estado veneciano, y empezaría de nuevo la guerra. Este fue el parecer del príncipe de Vaudemont, pero le despreció Vandoma. El teniente general Albergoti asaltó el destacamento del príncipe de Lorena con tanta infelicidad, que fueron los franceses vencidos; hubiera sido mayor el estrago si don Mercurio Pacheco, conde de San Esteban de Gormaz, hombre de no vulgar valor, no hubiera resistido con su regimiento de caballería española el ímpetu de los vencedores. Alternaban la fortuna las dichas con las desgracias, porque a este mismo tiempo tomó el general Torralba, español, a Briscello.

Aunque hacía la guerra en Italia el francés, tenía más altas ideas, pero dependían de la suerte del duque de Baviera. Había secretamente determinado bajar contra el Tirol, y en caso de ganarle, tenía orden el duque de Vandoma de juntar a los bávaros gran parte de sus tropas, empresa que, si la prosperaba la fortuna, estaban expuestos a gran riesgo los Estados hereditarios de la Casa de Austria, y corrían los franceses sin dificultad desde el Rhin hasta el talón de la bota de Italia (que esta es su figura, que remata en Nápoles). Luego que penetró tan vastas ideas el duque de Saboya y tan perniciosas a su seguridad, determinó secretamente apartarse de la liga de España y Francia y adherir a los austríacos, si se ponía en ejecución, porque le pareció más heroico disfrutar su desgracia que dejarla llegar.

Los franceses llevaban esto con gran secreto; pero las mismas operaciones del bávaro daban a entender, porque no se podía con otro fin empeñar en la conquista de un país difícil, estéril, pobre y afecto a su Soberano. Contra él tenía prevenidos dos ejércitos el Emperador: uno conducía el conde de Sckilich, para infestar la Baviera, y constaba de veinte mil hombres; catorce mil introdujo al Palatinado el conde de Stirum; los prusianos sitiaron a Rhenoberga. Ni aun estando ceñido de enemigos se amedrentó el duque de Baviera; en cuatro días ganó a Neoburg, intentó llevar a su partido al círculo de Franconia, o que se quedase neutral, pero ya los había ganado el César. Rindióse Rhenoberga por hambre a tiempo que el mariscal de Villars había pasado el Rhin, aun observado del príncipe Luis de Baden, que retrocedió con su ejército después de haber presidiado el fuerte de Kell con cuatro mil hombres. Quedó con un destacamento el general Sibrach, pero fue vencido de los franceses y seguido hasta un vecino bosque en que se refugió. No dejó de quitarle mucha gente la espada del vencedor, y la deserción más.

Apartados estos dos cuerpos de tropas enemigas, puso Villars en contribución cuanta parte de la Germanía alcanzaban las suyas, y puso sitio a Kell, batida desde el día 5 de marzo con ochenta cañones y sesenta morteros; era su gobernador el conde de Usberg; hizo lo que debía, pero al fin cedió a la fuerza y ganaron los franceses la plaza en pocos días. El príncipe de Hesse Casel sitiaba a Trabrach; socórrela el mariscal de Tallard y levanta el sitio. Creyendo ocupados a los alemanes, cubría con una línea la Baviera el Duque; pero la forzó Sckilich y penetró en la provincia, haciendo hostilidades tan bárbaras que excedían los estilos de la guerra, porque era la que hacía con mayor animosidad el Emperador, cuyas tropas sitiaron a Riden, que rindieron con facilidad. Con esto hubieron de incendiar gran parte de la Baviera hasta el río Inn, donde plantó su campo Sckilich a los 30 de marzo. El duque de Baviera determinó seguirle, y emprendió la marcha en una noche sumamente fría y cubierta de niebla, y marchando hasta el alba vio una partida de caballos ligeros de los enemigos que batían la campaña; deshízolos luego, matando la mayor parte; los que escaparon dieron a Sckilich noticia que venía con sus tropas el Duque, y no esperando a que llegase, se retiró con las suyas a Pasavia, dejando, para asegurar la marcha, ocho mil sajones que disputasen al Duque la suya, dispuestos en las sendas más angostas; llegando a ellos los bávaros, se trabó una sangrienta disputa; fueron los sajones vencidos; quedaron prisioneros trescientos, y muertos cuatro mil; mil bávaros, y entre ellos el conde Leopoldo del Arco. No pareciéndole a Sckilich estaba seguro en Pasavia, la desamparó. No estaban de buen semblante las cosas de los coligados, porque oprimían la Germania con duros tributos bávaros y franceses, y por el alto Rhin entró con un ejército Luis de Borbón, duque de Borgoña, pretendiendo juntarse al del mariscal de Tallard. Los confederados tenían tres ejércitos, y el mayor le mandaba el duque de Malbruch, inglés, que marchaba hacia Mastrich; otro, el general Overcherchez, hacia el Palatinado Alto; otro, el general Cohoorn, holandés, que iba contra Bona.

Mandó el Rey Cristianísimo a Villars que por la Selva Negra juntase sus tropas con el bávaro, porque ya expugnados Kell y Keutringenno, era dueño de las riberas del Danubio. El bávaro, después de haber hecho no pocas hostilidades en el Palatinado Inferior, determinó acometer a Stirum. Guardaba el río Wilso con un fuerte destacamento el barón de Aspech, y mientras el duque de Baviera marchaba al puente, mandó que le acometiese el general Vechel, para que, embarazados los austríacos pudiese el Duque ponerse sobre Amberga. Favoreció la suerte esta idea, porque mientras peleaba Stirum -que fue poco después vencido y se retiró a Franconia- convirtió sus armas el bávaro contra Amberga y la rindió. Marchaba por caminos difíciles, ásperos y no conocidos Villars, y aunque le envió el duque de Baviera guías, siempre era ardua la empresa, porque no había podido romper las líneas de Stolfen, y para asegurar su retaguardia de las tropas de Luis de Baden, dispuso que plantase su campo en Offemburgo el mariscal de Tallard, para observarle. Entró primero en el bosque con la manguardia, compuesta de diez mil franceses, el señor de Blanvil; con poca separación llevaban la mayor parte de las tropas, y el centro de ellas, los tenientes generales Legal y Lahé; con diez piezas de cañón les precedía parte de la caballería, y parte marchaba entre el centro y la retaguardia, en que estaba Villars; treinta y cuatro mil hombres componían este ejército. Para embarazarle los pasos, el príncipe de Fustemberg ocupó algunos collados y eminencias, pero eran sus fuerzas pocas y nada intentó. El general Noremberg puso tres mil alemanes con alguna artillería en una pequeña llanura, a la cual habían de venir precisamente por una senda estrecha los franceses; disputóseles el paso, con muerte de algunos, pero quedaron vencedores, y, puestos en huida los enemigos, prosiguieron su marcha y tomaron a Vilinghen; vencido el monte, descansó algunas horas el ejército, y se envió antes al señor de Usón con alguna caballería a encontrar a los bávaros, porque el general Mafei estaba con cuatro mil de ellos en Fredingue, donde, con recíproco aplauso, se juntaron las tropas. Fue celebrada la conducta y disciplina militar de Villars y la obediencia de los franceses, sin deserción alguna, por caminos ásperos y bosques, siempre con las armas prevenidas.

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