  Año de 1702
Aún permanecían las Cortes
de Cataluña, donde la provincia había conseguido del Rey
más de lo que podía esperar. Aún mayores cosas
pretendía para buscar pretextos a la queja. Aguardaban a un tiempo las
mercedes del Rey y las promesas del archiduque Carlos. Creáronse
marqueses y condes, armáronse caballeros en más número del
que era justo; propasó al mérito la liberalidad del Rey, por si
podía hacer sólida la dudosa fe de aquellos vasallos. A 14 de
enero juró el Rey sus Leyes, Fueros y Privilegios; también la
provincia juró de guardar fidelidad y obediencia, no con
intención de cumplirlo. Los de ánimo natural infiel, con
facilidad se absuelven del juramento, porque no le creen acto de
religión, sino política ceremonia que pueden violar cuando se les
antoja.
El almirante de Castilla, que ya
abrigaba perniciosos dictámenes a la pública quietud, los
ocultaba con el disimulo mayor, escribía al duque de Pareti a Viena con
el mayor artificio, cubriendo de celo las cláusulas con que informaba de
lo que los austríacos querían saber. Quejábase ser casi
todos los nobles de Cataluña enemigos del Rey, aun habiendo éste
excedido en la clemencia y la liberalidad, por su genio benigno y por error de
sus consejeros, que, como medrosos de los catalanes, los habían querido
ganar con beneficios y los perdían. Que él hubiera sido de
contrario dictamen, hubiera bien fortificado la provincia y puesto en ella
cuatro mil caballos. Que había mucho que temer aún de los
castellanos, ofendidos de habérseles negado las Cortes, concedidas a
Barcelona; por eso era preciso gran cuidado con la Andalucía, desarmada
y sin gente, de cuyas costas era capitán general el marqués de
Leganés, poco afecto a los franceses; los cuales, con arte y no sin
altos designios de quedar siempre superiores, dejaban la España como la
habían hallado, sin tropas ni fortificadas las plazas, y con todo eso
habían determinado que pasase a Italia el Rey y dejase el reino
indefenso y en el mayor riesgo que podía padecer.
Tenía estrechez el almirante con
el duque desde que éste fue en Milán gran canciller y
aquél gobernador, y se conservó siempre esta amistad. Estas
cartas mostró primero en Viena el duque de Moles, y se enviaron copiadas
a Inglaterra y Holanda para que les sirviesen de luz y aliento a la
confederación que en fin se concordó en Londres entre la Casa de
Austria, el rey Guillelmo y la república de Holanda. Adhirieron a ella
el duque de Hannover, el Palatino, y Urico de Braswick. Ofrecieron tropas
auxiliares el sajón, los círculos de Franconia y Suevia y muchos
príncipes de Alemania; pero pagándoselas o vendiendo los
regimientos enteros, como es allá costumbre, o tomando por ellos una
determinada suma cada año.
El duque de Baviera, con veinte mil
hombres, estaba acantonado en las cercanías del Danubio con las tropas
de su hermano José Clemente, elector de Colonia; mostraban ser neutrales
y defender sólo su libertad, pero en secreto adherían a la Casa
de Francia, con cuyo dinero se hicieron las primeras levas, pero no se
declaraba todavía el bávaro, hasta poder emplear bien sus armas
en daño del Emperador.
Los electores de Maguncia y
Tréveris también afectaban neutralidad, y secretamente
favorecían la causa del César, porque aseguraron darle sus tropas
en caso de necesidad. Este era el dictamen de los más de los
príncipes de Alemania, que siempre dependen del que ciñe la
imperial corona.
Los pactos de la gran Liga fueron
éstos:
Que se haría la guerra a la
Monarquía de España hasta echar de su Trono a Felipe de
Borbón, teniendo como en depósito los reinos o provincias que
ganarían los príncipes de la misma confederación, quedando
en poder del Emperador lo que se conquistaría en el Rhin y la Italia; lo
que el Flandes y Francia, en el de los holandeses, y que todos los puertos de
mar ocuparían los ingleses, aun en Indias, prohibiendo a toda
nación el comercio de ellas mientras no se hiciese la paz, y
permitiéndole limitado, aún a la Holanda; que en las armadas
navales había de gastar por dos tercios la Inglaterra, por una la
Holanda, y que en los ejércitos de tierra pagarían la tercera
parte los ingleses. Que todos los gastos de la guerra, en cualquier
éxito, los pagaría al fin de ella la Casa de Austria, y que se
nombraría de acuerdo rey a la España, parte o toda
conquistada.
Aún no habían declarado
por rey a Carlos, archiduque de Austria, pero todos sabían no
podía ser otro, pues por eso se hacía la guerra, no queriendo
empeñarse en el reconocimiento y cargarse de estos gastos más
hasta ver los primeros pasos de la fortuna después de empezadas las
hostilidades. Así, a costa ajena, emprendió la Casa de Austria la
mayor guerra que se ha visto en muchos siglos, no tanto fiada en las armas
cuanto en la afición de los pueblos a su familia.
Gravemente opreso de una caída de
caballo el rey Guillelmo, y agravándose una inveterada tisis,
murió en Londres en 29 de marzo; príncipe esclarecido, valeroso,
sagaz, disimulado y secreto; pero tirano, porque sin derecho alguno
ocupó el Trono de Inglaterra después de la muerte de su mujer. No
se le conocía amor a religión alguna; todas las sujetaba a la
razón de Estado: por eso no conocía para el fin medio malo,
porque todos los aprobaba su falsa y ciega política. No le agitaban
tanto el ánimo los vicios como la ambición de reinar y de la
mundana gloria. Era áspero y lo ejecutaba todo con blandura
(¡tanto había enseñado a sus pasiones que se rindiesen a su
política!). Estimaba tanto la fama póstuma, que, aun muriendo,
dio instrucciones, de cómo se había de proseguir la guerra; o era
querer dilatar el imperio más allá de la vida.
A 4 de mayo se proclamó en
Londres Reina la princesa Ana Stuardo, hija de Jacobo II, mujer del
príncipe Jorge de Dinamarca, el cual ni desde el tálamo de la
Reina pudo subir al trono, porque le trataban en Londres como persona privada;
nunca príncipe padecía mayor desdoro, porque no tenía
menor acción por su mujer que la que dio el rey Guillelmo de Nasao,
porque María y Ana eran hermanas. Así saben distinguirse entre
los mortales los hombres de alto espíritu y de profundo consejo.
No se entibiaron por eso en Inglaterra
las militares prevenciones, porque la Reina las emprendía con mayor
tesón, afectándole aún, porque creían que la
debilidad de su sexo podía padecer alguna inconstancia. Confirmó
en el imperio de las armas al duque de Malbrugh, cuya mujer, grata mucho antes
a la Reina, no dejaba descaecer el favor. Renovó los pactos de la Liga;
y reconoció por rey de España a Carlos, archiduque de Austria,
que llamaron tercero de este nombre. Lo propio hicieron los holandeses y
demás príncipes de la Liga, pero se renovaron las condiciones. En
la Monarquía se reservaron para sí los ingleses a Menorca, con
Puerto Mahón, Gibraltar y Ceuta, y casi la tercera parte de las Indias;
y la otra tercera parte, con una barrera a su arbitrio en Flandes, se
ofreció a los holandeses; al Emperador, el Estado de Milán, pero
incorporado en los Estados hereditarios como feudo imperial; lo demás de
la Monarquía española y lo que quedaba de la América se
dejaba al rey Carlos.
Esta era una quimérica
división. Los mismos que la establecían entendieron que no
podía tener efecto, porque era casi imposible echar de toda la
Monarquía al rey Felipe, sin deprimir y sujetar antes a la Francia, que
había tomado el empeño de defenderle. Ni aun sola España
es conquistable, defendiéndola sus moradores; y no ignoraban que
tenía en los pueblos de los reinos de Castilla asentado su partido el
Rey; pero les pareció preciso a los coligados despedazar siquiera con la
pluma este solio y mudarle dueño, para manifestar lo firme del
empeño y de la intención.
En la Italia era donde se
enardecía la guerra. Viendo el príncipe Eugenio la imposibilidad
de tomar a Mantua, aplicó el ánimo a Cremona, donde estaba el
mariscal de Villarroy. Un sacerdote de la ciudad, cuya baja fortuna le hizo
discurrir en arbitrios indecentes a su estado, descubrió a los alemanes
que un viejo conducto de agua, ya ciego y de ningún uso, se
extendía desde el campo hasta su casa, que estaba junto a la muralla, y
que por él era fácil entrar, sin advertirlo, la gente que
quisiesen. No se despreció la propuesta y, alentándole más
con promesas que con dinero, le ordenaron limpiase el conducto y que en el
remate de él, por donde debían entrar, hincase un palo que
serviría de seña para abrir de noche la tierra. Ejecutólo
puntualmente, y se introdujeron por el conducto a la ciudad, de noche,
seiscientos hombres escogidos, que, abriendo la puerta más vecina y
matando las centinelas, dieron paso a seis mil hombres que conducían el
príncipe Eugenio y el de Comerci, apoderándose de la muralla;
pero como no había guía para saber ocupar los baluartes y era
oscura la noche, hubo un poco de dilación perniciosa.
Resolviéronse a atacar el primer bastión que encontrasen, y la
misma resistencia de las centinelas avisó de la novedad a la plaza;
acudieron los más vigilantes del primer cuerpo de guardia, y se
empezó un combate que, aunque breve (porque luego fueron pasados a
cuchillo), puso en armas toda la guarnición, que acudió a sus
puestos. Llenóse de confusión la ciudad, y medio vestido
salió de su casa, desarmado, el mariscal de Villarroy, creyendo ser
disensión entre los ciudadanos y las tropas. Empezóse la
más dura, difícil y sangrienta acción; porque, por todas
partes divididos los enemigos, y por todo el presidio, ni aquéllos
sabían por dónde andaban, ni éstos adónde
debían acudir. Esto fue causa de grandes yerros, porque se herían
entre sí los de una misma facción. A la densa oscuridad de la
noche añadía horror la nube de la pólvora disparada, y sin
orden militar alguno, ni formar línea, sabían los hombres mejor
buscar la muerte que pelear. El duque de Villarroy dio en mano de los enemigos;
conociéronle a la voz y le hicieron prisionero; amenazáronle con
la muerte si llamaba gente a socorrerle, y una manga de soldados,
sacándole por la puerta que ocupaban los alemanes, le llevaron a su
campo. Don Diego de la Concha, gobernador de la plaza, hizo retirar muchos
pasos a los enemigos; pero, cargado de la muchedumbre de ellos, murió
gloriosamente; hallaron al otro día su cadáver, que aún
conservaba en la mano derecha la espada, y se le contaron tantas heridas que
parecía imposible haberlas podido recibir todas vivo.
El teniente del Rey, que quedó
con el mando del presidio cuando aún dudosa la luz le mostraba los
enemigos, mandó juntar toda su gente en la plaza que hay entre el
castillo y la ciudad, y viendo no estaban perdidos los baluartes que caen a
ella, los guarneció con más gente y formó en batalla la
que le quedaba; así, ya puesto en orden, acometió a los enemigos,
desordenados y fatigados del trabajo y vigilia, gran parte heridos, y en paraje
que no sabían retirarse hasta que la luz iluminó a todos. No por
eso cesó lo cruel y lo sangriento, porque, protegidos los alemanes de
las casas y calles que habían cortado, mantenían con tesón
la batalla. Acudió la nobleza toda, y los más distinguidos en el
pueblo, a dar socorro a las armas del Rey, y se vio por todas partes el
príncipe Eugenio cercado de enemigos; pero siempre tenía la
comunicación con la puerta que ocupó al entrar, hacia donde se
retiraban lentamente, porque hubiera sido la fuga su total ruina. En esta
retirada adquirió más gloria que en el atrevimiento de venir.
Hubiera podido salir antes, pero daba tiempo a que llegase Carlos de Lorena, a
quien había ordenado acudiese con otro cuerpo de seis mil hombres
después que amaneciese.
Había de pasar el de Lorena un
puente, donde habían los franceses al cabo de él hecho de tierra
y fagina un castillo, que le tenían guarnecido; y mientras el
príncipe de Lorena perdió el tiempo en ganarle, el señor
de Prasin rompió el puente y fortificó los vados. Esto
imposibilitó el paso al príncipe Carlos, y el socorro a los
alemanes, que estaban peleando todavía en Cremona, hasta que viendo el
príncipe Eugenio que ya se ponía el sol, sacó de la plaza
su gente, seguida en vano del enemigo. Tuvieron en esta acción los
alemanes más atrevimiento que fortuna; los presidiarios no poca gloria,
inferiores en número y cogidos de improviso.
Picado el mariscal de Tessé de la
intentada sorpresa de Cremona,. acometió de repente a los reales
enemigos, puestos en Puente Molino, y aunque no deshizo las trincheras
enteramente, no se retiró sin haber hecho en los alemanes grande
estrago. Luego convirtió las armas contra el general Trausmandorf, que
estaba acampado entre Mantua y Castillón, y se resistió con
brío, mas fue vencido. Siguieron los franceses hasta el puente de
Languel a los fugitivos, que le habían, por equivocación -mal
entendida la orden- cortado los alemanes; así, no pudiendo escapar,
quedaban al arbitrio del vencedor prisioneros o muertos. Los más
atrevidos, que quisieron pasar el río, hallaban otro género de
muerte en la precipitosa violencia de las aguas. El día fue glorioso
para Tessé; mostró valor y conducta, y quedó levemente
herido: también a su hijo le aconteció esta gloria, siendo uno de
los que se distinguieron en la acción en la que se señalaron
heroicamente el señor de Bretorner y el de Jurhambren.
Fenecidas las Cortes de Cataluña,
les pareció a los franceses debía el rey Felipe pasar a ver los
Estados de Italia. No eran de este dictamen los más de los consejeros
españoles; pero adhirieron al de los franceses el duque de
Medina-Sidonia, el conde de San Esteban del Puerto y el secretario del Despacho
Universal, don Antonio de Ubilla, que habían de pasar con el Rey, y se
determinó el viaje.
Dejóse por gobernadora a la Reina
con un Consejo privado de Gabinete, que se componía del cardenal
Portocarrero y de los presidentes de los Consejos, don Manuel Arias, los duques
de Medinaceli y Montalto y el marqués de Villafranca. Servía en
la ausencia del conde de San Esteban la mayordomía mayor de la Reina el
conde de Montellano, a quien se dio la presidencia de Ordenes, y la plaza de
caballerizo mayor de la Reina al marqués de Almonacid; estos dos
últimos le servían también de consejeros en el viaje a
Madrid. Ordenó el Rey que al pasar la Reina por Zaragoza abriese el
solio de las Cortes, permitidas al reino de Aragón sin más causa
que por haberse permitido a Cataluña, y aunque podían servir de
doctrina los inconvenientes que de éstas resultaron, fue preciso
confirmarse en el error, o por no confesarle, o por quitar este motivo de queja
a los aragoneses.
Llegó a Zaragoza la Reina,
convocó los brazos, o los que llamaban estamentos del reino, y quiso
llamar al duque de Montalto, presidente del Supremo de Aragón, para
presidir en Cortes. Opúsose el reino, alegando el fuero de que no
podía presidir en ellas sino persona leal o príncipe de la real
sangre. Mientras se disputaba esta duda, presidiendo la Reina en el solio,
confirmó en 26 de abril las Leyes o Privilegios del reino, y
éste, anticipadamente, ofreció un donativo; hubo menester arte
para conseguirle, en que trabajaron no poco Montellano y Almonacid, y
más que todos el marqués de Camarasa, actual virrey de aquel
reino. Ofreciéronse tantas dificultades por lo innumerable de los
fueros, que no atreviéndose ni a romperlos ni a observarlos la Reina,
prorrogó las Cortes; era la intención o no fenecerlas o que lo
hiciese el Rey a la vuelta de Italia. Dejándolas en este estado, se
encaminó a Madrid, donde fue recibida con singular aplauso y
alegría del pueblo.
El Rey, embarcado en el navío
San Felipe, que era el principal de la
escuadra, que gobernaba el conde de Etré, salió de Barcelona el
primer día de mayo, y con próspero viento llegó brevemente
a Nápoles. Después, a 29 del mismo mes, hizo la entrada
pública, acompañado de tres cardenales: Francisco de
Médicis, Jaime Cantelmo y Todos Santos Jason; veinte obispos, la ciudad
y los tribunales en forma, con toda la nobleza.
De este viaje del Rey a Italia
escribió un libro su secretario del Despacho Universal, don Antonio de
Ubilla, marqués de Ribas, con exactísima relación de todo,
y así sería superfluo repetirlo. El Pontífice envió
por legado al cardenal Carlos Barberini, pero no la investidura del reino de
Nápoles por contemplación a los austríacos. Paso de Roma
el duque de Uceda, y con el duque de Escalona, virrey del reino, fueron
admitidos alguna vez al Consejo secreto, que se componía del duque de
Medina Sidonia y el conde de San Esteban.
Nada se hizo ni singular ni provechoso
en aquel reino. Minoróse el derecho de la harina para agradar al pueblo,
y lo que para éste fue de poco o ningún alivió, era
perjudicial a los que tenían censos sobre esta gabela. Las mercedes que
a algunos se hicieron dejaron envidiosos a los demás, y aunque no se
tenía por leal al príncipe de Montesarcho, para confiarle y
divertir de su maligna intención, fue creado grande de España.
Dejó esto sumamente irritado a don Mariano Caracciolo, príncipe
de Avelino, que no lo había podido conseguir y creía merecerlo
más, por haber servido con singularidad su casa en la primera
rebelión de aquel reino; con todo eso siguió al Rey a
Milán e hizo aquella campaña, aspirando a lo que jamás
pudo lograr, y así concibió aversión a los intereses del
Rey, no poco perniciosa, como veremos en su lugar.
A este tiempo se conjuraron contra la
vida del Rey los príncipes de Petaña y Trebísacia y cierto
Budiani, secretario del residente de Venecia; se creyó fuese autor de
esta trama al cardenal Grimani; los más bien informados no la creyeron
perfecta conjura, sino ofrecéseles que esto se podía ejecutar
fácilmente: viendo al Rey con pocas guardias, y éstas dispuestas
con negligencia en el palacio, hablaron muchas veces en ello; Budiani lo
confió al conde Pepuli, bolonés; éste le reveló al
Rey, que sin turbarse, nada conmovido de noticia tan relevante, encargó
la averiguación del negocio al duque de Escalona, después que el
Rey hubiese partido; dobláronse las guardias y, disponiendo con
más vigilancia las centinelas en las puertas del palacio, no se hizo
demostración alguna.
A su tiempo empezó a instruir el
proceso el virrey; prendió bajo otro pretexto los reos, y apretado en la
cárcel Budiani, dijo que había tenido esta conversación
por modo de decir con Trebisacia, no con ánimo de ejecutarlo ni
concebida como conjura, sino propuesto como posible, al ver el descuido con que
se guardaba el Rey, y que censurando esta negligencia lo había dicho al
conde Pepuli como en risa, que no se había llamado para
disposición de esto ni a consejo a persona alguna ni tratado con nadie;
de Petaña no constó ni haber concurrido a esta
conversación; Trebisacia, que también se mandó prender,
con ánimo más firme lo negó todo; dijo que había
hablado muchas veces con Budiani y Pepuli de varias cosas, y aun del Rey, pero
como eran conversaciones vanas y accidentales, no se acordaba de ellas;
reconviniéronle con lo que había dicho Budiani; persistió
en negar, y nunca se pudo instruir el proceso con bastantes pruebas que podamos
llamarla conjura; pero lo que bastó a echar de los dominios del Rey a
Budiani y a enviar a un presidio de África a Trebisacia. Muchos creyeron
que esta idea tenía profundas raíces y no pocos cómplices,
y prevenida su ejecución para el día que se había de
embarcar el Rey, nombraban a muchos, lo que aseguran, lo que sospechan; por eso
se escondió entre tantas invenciones la verdad. Hemos tenido en las
manos el resumen del proceso y no consta más de lo referido.
***
El Rey, después de haber estado
un mes en Nápoles, se embarcó para el Final, de donde pasó
a Milán y luego al campo; mandaba las tropas, por estar prisionero el
mariscal de Villarroy, Luis de Borbón, duque de Vandoma, que
había determinado quitar el bloqueo a Mantua. Tenía el
príncipe Eugenio fortificada una línea desde Ustiano a Burgo
Fuerte, roto con varios fosos el campo, y abiertos los canales del agua para
que no pudiese en todo aquel terreno pelear la caballería, y más
habiendo fortificado a Ustiano con atención. Por eso fue éste el
primer objeto de los franceses, y aunque habían levantado trincheras en
las riberas del río los alemanes, las batió el duque con veinte
piezas de cañón; después la forzó con espada en
mano, y echando dos puentes se resistió Ustiano muy poco.
Pasó el príncipe Eugenio a
Burgo Fuerte, y dejando todo el campo a los franceses, tomando éstos a
Caneto, Castel-Gofredo y Goyto, se quitó el bloqueo de Mantua. Dejando a
las espaldas el río Mincio, en el cual erigió tres puentes,
plantó el príncipe Eugenio sus reales entre el Po y Burgo Fuerte,
para que le pudiesen llegar víveres y provisiones de guerra.
Juntáronse todas las tropas francesas y españolas para que
tuviese numeroso ejército el Rey, y pasando a él, le
encontró el duque de Saboya. Los cumplimientos fueron pocos, porque los
españoles y parte de los franceses contuvieron al Rey en una etiqueta
poco grata al Duque, por lo que no quedaron más unidos los
ánimos.
En el Consejo de Guerra se dudó
si se había de sitiar a Brixello o a Guastala; contra ésta se
determinó el sitio, y luego se hizo en el Po un nuevo puente. El
pabellón real se puso en la llanura de Casal. A 19 de junio, pasando 500
alemanes el Oglio y el Atesis intentaron arruinar el nuevo puente:
defendíale el teniente general Albergoti, y aunque fue improvisada la
invasión, peleó con tanto valor el regimiento de don
Guillén de Moncada, marqués de Aytona, y otros españoles,
que fueron con gran pérdida rechazados los enemigos. En esta
acción se singularizó con su compañía don
Jerónimo de Solís y Gante, nieto del conde de Montellano.
Tenía el príncipe Eugenio
30.000 hombres; no se le puede negar la gloria de resistir con ellos a 80.000
españoles y franceses, aunque divididos en varias partes y plazas, como
lo podía la necesidad; nadie creía que pudiese subsistir en
Italia, pero fue tal su pericia militar y constancia de ánimo, que hizo
fácil lo que parecía imposible.
El príncipe de Vaudemont era el
que más vecino a los enemigos se había acampado, observando al
general Visconti, que con cuatro regimientos de caballería alemana,
habiendo vadeado el Tasonio, estaba en Santa Vitoria; pero con tal descuido,
que más que a guardar el puesto, atentos los alemanes al juego y a la
gula, dieron oportunidad al duque de Vandoma a que enviando con grande secreto
2.000 hombres, acometiese a los enemigos, que fueron fácilmente
deshechos y vencidos, porque los cogieron no sólo desordenados, pero
paciendo libres por aquel prado los caballos; juntáronse los que
pudieron para resistir al ímpetu de don Cristóbal de Moscoso,
conde de las Torres; don Mercurio Pacheco, conde de San Esteban de Gormaz; del
conde de Marsin, marqués de Crechi; el señor de Boncourt y Rabel,
que fueron los que primero cargaron sobre los enemigos. Visconti peleó
valerosamente, pero ya herido, y mal ordenados los suyos, huyó con
felicidad.
Esta dicha aconteció a pocos,
porque estaba tan crecido el Tasonio, que no se pudo en todas partes vadear y
en ninguna sin peligro. Dos mil hombres perdieron en esta ocasión los
alemanes; esto ocasionó la negligencia. Porque no se le disminuyese el
ejército, sacó el príncipe Eugenio las guarniciones que en
algunas plazas tenía, y se acampó en Luzzara, bien fortificado y
ceñido de una difícil trinchera. El teniente general Albergoti
ocupó a Reggio, que halló sin presidio, por arte del duque de
Módena, para que no padeciese la ciudad los estragos de la resistencia.
También dejó a Módena y se retiró a Boloña,
a ejemplo del duque de la Mirándula, que había entregado sus
Estados a los franceses. Así jugaba con los príncipes de Italia
la fortuna.
El príncipe de Vaudemont
tomó a Vasconcello, que le facilitaba unirse con el ejército del
Rey, que mandaba el duque de Vandoma; esto puso en gran cuidado al
príncipe Eugenio, y antes que se juntasen los dos ejércitos de
los franceses, determinó atacar al del Rey, bien que era por la mitad
inferior en la caballería, recelando también que ocupasen los,
franceses a Luzzara, donde tenía sus almacenes, y todo el repuesto de
víveres y municiones. Por esto era la intención del Rey sitiarla,
dando si fuese menester la batalla porque los alemanes estaban acampados en su
llanura y a un tiro de cañón de los muros.
Unió la suerte los
dictámenes de ambos ejércitos para venir a las manos, porque el
Rey determinó atacar las trincheras del príncipe y éste al
ejército del Rey. Fiábanse los franceses en el mayor
número de tropas; los alemanes, en que los habían de coger de
improviso; y así, en el silencio de la noche, cada uno, ignorando la
resolución de su contrario, partió a buscarle. Distaban los
ejércitos cuatro leguas; y como de acuerdo, en el término de la
noche dimidiaron la distancia, marchando con igual solicitud, y creían
encontrar al enemigo desprevenido, mas con una gran diferencia: que marchaban
los alemanes ordenados y los franceses sin orden, juzgando estarían los
enemigos en su trincheras. Iban en dos columnas de muy corta Iban en dos
columnas de muy corta frente; precedía a la manguardia la mitad de la
caballería y la otra mitad cerraba el ejército, porque el sitio
no permitía que cubriesen los lados, no tanto por lo rudo del terreno
cuanto por lo desaliñado del bosque, poco frondoso y cortado, para sacar
leña.
Los que batían por una y otra
parte el campo, se encontraron, estando aún dudosa la luz de la
mañana; de ellos empezó la lid; acudió la
caballería, los alemanes cargaron sobre la derecha de los franceses,
que, desordenados, hubieran quedado vencidos si no los socorriese toda la
caballería de la manguardia. Con esto se retiraron unos y otros al
cuerpo del ejército, porque no bien explicada la luz, la sombra del
bosque prohibía descubrir todo el campo, y cada uno ignoraba en
qué forma y por dónde marchaba el enemigo, y no había
orden de los generales de empezar la batalla; esto fue al amanecer del
día 15 de agosto.
Con este accidente aceleró los
pasos el príncipe Eugenio; no hizo novedad el duque de Vandoma, ni aun
ordenó las tropas; estaba desayunándose muy despacio, y le
hubieran cogido los enemigos descompuesto, si en alta voz el marqués de
Crechi no le avisase del riesgo; entonces mandó poner el ejército
en batalla. Estaba ya alto el sol, y habiendo suspendido un poco la marcha los
alemanes, por no entrar en la acción fatigados, era ya más de
mediodía cuando empezó la acción, habiendo sido los
primeros movimientos del príncipe Eugenio con tal ímpetu, que se
desordenaron las primeras filas de los franceses, no pudiendo ser socorridas de
la caballería, porque con arte, el príncipe -que no la
tenía numerosa- dio la batalla en el lugar más escabroso y por
varias partes cortado. Esto impedía que jugasen las bayonetas, y
tuviesen gran frente las primeras filas, con que toda la obra estaba cometida a
la fusilería, ni podían hacer grande efecto los cañones de
campaña, porque no había lados en que extenderse, y por la
izquierda de los franceses corría el Po, dejando un poco a las espaldas
de Luzzara.
El Rey inflamó con su presencia
los ánimos, tan adelantado a las filas y bajo del tiro, que no bastando
ruegos, casi con violencia le detuvieron los suyos. Enardecidos ambos
ejércitos, bajaron, para estrecharse más, una pequeña
declinación que hacía el campo; adelantóse el centro de
los alemanes, guiados del príncipe Eugenio y de Comerci, contra el de
los franceses, con tanto ímpetu que padecieron mucho éstos; y
como ni unos ni otros podían volver atrás por lo alto del
terreno, se estrecharon tanto que sólo servían las bayonetas.
Murieron gloriosamente, alentando los suyos, el príncipe de Comerci, de
los alemanes, y el marqués de Crechi, de los franceses, a los cuales
socorrió con mayor número de infantería y con su persona
el duque de Vandoma,.tanto que estaban opresos de la muchedumbre los alemanes.
Entonces hubo menester el príncipe Eugenio todo su arte militar y su
valor; porque estrechando cuanto pudo las primeras filas, mandó que los
últimos, sin volver la cara ni dejar de pelear, volviesen a subir
aquella poca ladera que habían bajado, y que se uniesen a los
escuadrones que estaban a la derecha ociosos, hasta formar del cuerno derecho y
del centro un solo cuerpo, y dejando solos dos batallones que impedían
cómodamente la subida a los franceses, tomando un poco dio de improviso
casi con todas las tropas contra la izquierda de sus contrarios, que estaba muy
separada del centro porque había en medio una grande cortadura.
Hasta que los socorrió el duque
de Vandoma padecieron mucho los franceses, y no se derramó allí
poca sangre; pero dividiendo éstos en dos caras el centro con poco giro,
llegaron a socorrer a los suyos, que habían retrocedido muchos pasos; la
caballería les fue de grande alivio, aunque no podía toda pelear;
y tanto esforzó su valor el duque de Vandoma, que no sólo
recobraron los franceses el terreno que habían perdido, pero pusieron en
grande aprieto a los alemanes, hiriéndolos por el flanco, porque los
franceses que peleaban en el centro habían ya vencido aquella
pequeña ladera, y explicando en la llanura más las filas, peleaba
más gente.
Los alemanes estuvieron obligados a
hacer dos frentes; con todo, perdieron casi todo el campo por el centro y la
derecha; sólo les quedaba en él intacta la izquierda, que no
había podido pelear con la derecha de los enemigos por lo desigual y
difícil del terreno y del interpuesto bosque. Heroicamente pelearon
ambos ejércitos, cuya ira duró más que el día, ni
las primeras sombras impidieron la batalla, y para que no cesase ésta
con ventaja de los franceses, se esforzó a mantener el campo el
príncipe Eugenio, y por más de una hora de noche se quedó
formado, aún después que las tinieblas impidieron el combate.
Todos permanecieron aquella noche en el campo sobre las armas; por eso
quedó indecisa la victoria, celebrada a un mismo tiempo de ambas partes;
como suya la participó el Rey Católico con el duque de
Béjar a la Reina; lo propio hicieron, con oficiales de
distinción, a sus cortes el príncipe Eugenio y el duque de
Vandoma; estos correos se despacharon la noche misma. Al otro día se
hallaron ambos ejércitos en orden de batalla; pero habían los
alemanes mudado la artillería, puesta en lugar que incomodaba mucho a
los franceses, y como nadie quedó enteramente dueño del campo,
hubo una pequeña tregua para enterrar a los muertos.
El Rey, viendo que no daban otra batalla
los alemanes, volvió las armas contra Luzzara, que la ganó luego,
porque sin otra acción general no la podían socorrer los
enemigos, aunque veían perder en esta plaza sus almacenes. Por esto se
aplicaron la victoria los españoles y franceses, porque la consecuencia
de ella fue tomar a Luzzara; que había sido la primera intención
del Rey, ni con la batalla lo había podido impedir el príncipe
Eugenio. Éste decía haberla ganado, porque perseveró
cuatro días en el campo batiendo con su artillería al
ejército enemigo, y que había peleado con inferior número
de tropas, oponiendo treinta a cincuenta mil. Quedáronse los alemanes en
las riberas del Po, y el Rey, para ceñirlos con sus tropas, mandó
hacer una línea desde Guastala a Módena; mas fue en vano, porque
también se había fortificado el príncipe Eugenio con otra
desde la Mirándula al Ferrarés, para poder invernar sobre el
Pánaro; y no se retiraba, no sólo por no estar adelantada la
estación, sino porque había tenido en Mantua inteligencia, y
pretendía sorprenderla; esto se desvaneció, porque el que
meditaba ser traidor a los franceses, revelando al Rey el secreto, lo fue
después a los alemanes.
Por atrevimiento insigne se debe referir
el del caballero Davia, boloñés, que servía al Emperador.
Con cuatrocientos caballos, vestidos él y los soldados con el vestido
uniforme a uno de los regimientos de caballería de Francia, pasó
por las espaldas del campo de Vandoma, y desde el Parmesano marchó hasta
Pavía, tomó contribuciones de la ciudad, las que con gran prisa
pudo, y algunas más sacó de los cartujos, usando del rigor por lo
que inspiraba la fama de sus riquezas.
Adelantóse hasta Milán, y
al abrir las puertas ocupó una; saqueó las casas más
vecinas, y rompiendo el depósito de un dinero que procedía de una
gabela, no dejó un maravedí, y porque le embarazaba el
vellón, lo fue derramando por las calles a los muchachos
haciéndolos aclamar al Emperador. Hasta entonces le habían
creído francés, y cuando advirtió que se comenzaba a
juntar contra él parte del pueblo, salió de la ciudad, y tomando
el camino del Bergamasco, aunque con algún giro, se restituyó a
su campo. Esto sintieron mucho los franceses, que con su indignación
hicieron más célebre la temeridad.
***
Menos segura estaba la España de
lo que el Rey la creía; desarmado el reino, descontentos del ministerio
los vasallos y discorde el Palacio, porque el conde de Montellano, con el favor
de la Reina y de la princesa Ursini, adelantaba su poder opuesto a las
ásperas máximas del cardenal Portocarrero, queriendo suavizar los
ánimos para apagar tantas quejas e introducir el amor al Rey. De este
blando dictamen eran la Reina y la princesa, pero el cardenal, apoyando a los
franceses, mantenía su antigua autoridad, y había hecho venir de
Francia a Juan Orry, para intendente general del Real Erario, al cual se
permitió tanta autoridad que declinó la del Consejo de Hacienda;
porque sin contemplación alguna, pretendía Orry enmendar los
inveterados abusos y usurpaciones de las rentas reales. Esta era una dilatada
providencia y el negocio más delicado, porque los usurpadores de las
alcabalas eran hombres de la mayor autoridad en el reino.
Había Ferdinando el
Católico mandado a sus sucesores deslindar este punto, pero la flojedad
de los austríacos nunca tuvo valor de descontentar a tantos, ni
aplicarse al útil de la Monarquía. Quiso hacerlo Felipe II, que
era hombre áspero y sin compasión, pero sus teóricas
embarazaban la práctica de lo más conveniente. También
descuidó de esto la contemplación de los ministros de Hacienda, o
el miedo, porque los magnates y los que llamamos grandes habían llegado
en tiempo de los austríacos a una autoridad increíble y
depresión de la demás nobleza, que no había pedido llegar
a aquel grado o por estar lejos del príncipe, o por no haber logrado los
casuales accidentes que alguna vez engrandecen las casas.
Juan Orry todo lo emprendió sin
humanos respetos, y llegó a una despótica autoridad, que
eclipsaba la de todos, y aun el cardenal se empezaba ya a doler de su
arrogancia y, competido de Montellano, regía los negocios de Estado. El
almirante, cuyas artes eran las más propias para el Palacio, se empezaba
ya a introducir con la Reina y la princesa, ayudado de Montellano, que era su
amigo; esto dio los celos más fuertes al cardenal, porque ya
sabía que aquél era su irreconciliable contrario, y para
apartarle de la corte inspiró en el Rey se debía enviar por
sucesor del marqués de Casteldosríus a la embajada de Francia,
porque a aquél, después de haberle hecho grande de España,
se le había dado el virreinato del Perú.
Esto lo compuso con reflexiones
políticas, y que se debía apartar el almirante de España,
y enviarle adonde no pudiese hacer mal alguno. Asintió el Rey a este
dictamen, y queriendo saber el gusto de su abuelo, vino en ello el Rey
Cristianísimo, cuyo magnánimo corazón y modo el más
obligante, creía atraer así un hombre que no ignoraba
había sido del partido austríaco. Con esto se nombró por
embajador al almirante. Nada le hirió más; creyóse
ultrajado, comparándole con el antecesor, que aunque era de la familia
Semanat, muy ilustre en Cataluña, le parecía que no igualaba a su
alta esfera. Cierto es que hombres tan grandes como el almirante ha muchos
años que no habían ido a esta Embajada como ministros ordinarios,
pero ya ahora eran diversas las circunstancias, siendo una misma Casa de
Borbón la que regía ambos cetros. No sólo agitaba al
almirante su vanidad, sino su temor, porque receló que bajo de
algún pretexto mandase el Rey echar mano de él y sepultarle en la
Bastilla; parecíale indecoroso explicar tanto miedo, y para
engañar al Rey admitió el empleo fijando al tiempo su remedio y a
las que no ignoraba próximas disposiciones de guerra, las cuaba noticias
había adquirido por Diego de Mendoza, embajador de Portugal en
España, y para dar más dilación, pidió plazo a su
partida con pretexto de tomar dinero y facultad real para empeñar por
muchos años sus Estados, sin que nadie pudiese penetrar cuán
lejos estaba de obedecer.
No había pocos magnates en
España tan adversos como el almirante al presente Gobierno; pero no
estaban tan observados ni perseguidos del cardenal Portocarrero, ni
tenían contra sí mismos la fama de tan grande autoridad, que fue
la que perdió al almirante, no sólo porque le temían los
que gobernaban, sino porque aun para alentar a sus coligados le decantaban su
parcial los austríacos, que enviaron a Londres una nota de los grandes
de España que adherían a su partido, y por cabeza de ellos estaba
el almirante.
Esta memoria se esparcía con
arte, la cual era falsa, porque ninguno hasta entonces había dado
señas de infidelidad, y todas eran presunciones y conjeturas de Diego de
Mendoza, porque oía tantas quejas contra el Gobierno y las
escribía a Portugal, donde tomaban estas noticias el príncipe de
Armestad, que hacía veces de ministro cesáreo en Lisboa, y el
canciller Montuvin, que lo era allí de Inglaterra, los cuales
habían reducido el ánimo del rey don Pedro a la neutralidad, y
trabajaban por incluirle en la Liga, no solamente porque necesitaban de aquel
puerto para sus designios, sino también porque les parecía que
aquella era la puerta más fácil para la España, que era la
principal idea de la guerra.
Confirmóse en Inglaterra por
general de las tropas Malebourg, nuevamente creado duque. A Peterbourg se
envió a las Indias con una buena escuadra, y se nombró para pasar
a España con una considerable armada al duque de Ormont;
juntáronse naves de mercaderes que pasaban el archipiélago, y
algunos corsarios y se hizo el número de 150 velas, no porque fuese
necesario tanto armamento contra las costas de España, desprevenidas y
sin nave alguna, sino porque importaba a la pompa y a poner terror a los
reinos. Aunque el mando de las tropas de desembarco le tenía Ormont,
pasó el príncipe Jorge de Armestad a embarcarse en esta armada,
porque de consentimiento de los aliados se le había cometido la
disposición de la guerra, ya porque le creían práctico en
España, y ya porque había fomentado en ella algunas
inteligencias.
Esta poderosa armada pareció en
los mares de Andalucía a tiempo que mandaba sus costas, como
capitán general, don Francisco del Castillo, marqués de
Villadarias, y todas sus tropas eran 150 hombres veteranos y 30 caballos; los
que presidiaban a Cádiz no llegaban a 300; no había almacenes, ni
armas para dar a las milicias urbanas, ni más disposición de
guerra que pudiera haber en la paz. Esto conmovió mucho a la
España, turbó la corte, pero no el ánimo de la Reina, la
cual, aunque estaba el Rey ausente, ayudada del dictamen de la princesa de los
Ursinos y del conde de Montellano, convocó a los ministros del Gabinete,
y habló con tanta eficacia y modo el más obligante, que no hubo
quien no expusiese sus haberes y su vida en defensa del reino.
No omitió esta aparente
demostración de fidelidad el almirante, a quien, por medio de la
princesa, rogó la Reina fuese a defender la Andalucía con entera
y absoluta autoridad de vicario general Negóse a esto, no porque no lo
deseaba para estar al pie de la obra, ver de qué parte pendía la
fortuna y adherir a la más propicia; pero quería ser rogado, para
que no se le imputase jamás por traición cualquier siniestro
acaecimiento, sino por desgracia. Daba por excusa no querer ir a perder su
honra sin tropas, ni disposición alguna de defensa. La Reina la
admitió poco satisfecha, y determinó que el mismo Villadarias se
encargase de la defensa; entonces rogó el almirante para que le
enviaran, y se valió del conde de Montellano; pero éste, no
queriendo hacerse cargo de elección tan arriesgada, porque ya
desconfiaba de él, mantuvo a la Reina en la resolución
tomada.
El cardenal Portocarrero, don Manuel
Arias y otros, hicieron un voluntario donativo para los gastos precisos de
aquella guerra. La ciudad de Sevilla y la nobleza toda de Andalucía
hicieron los mayores esfuerzos a la defensa; introdujéronse
víveres en Cádiz con la posible prontitud, armáronse las
milicias, la mayor parte con armas propias, y se experimentó en los
pueblos la fidelidad mayor y eficaz deseo de defender la Corona.
A 24 de agosto dio fondo fuera de la
bahía de Cádiz la armada de los coligados; no tenían
seguridad alguna las naves, pero se extendieron por la costa. Algunas echaron
una áncora, otras bordeaban lentamente. El primero que saltó
entierra fue el príncipe Armestad, diciendo con arrogancia:
Juré entrar por Cataluña a Madrid;
ahora pasaré por Madrid a Cataluña. Esparció luego
con los mismos paisanos (engañándolos simplemente) varias cartas
al marqués de Villadarias y a don Félix Vallaró, que
mandaba la caballería, con quien había tenido amistad en
Cataluña; el duque de Ormont también escribió a don
Escipión Brancacio, gobernador de Cádiz. El tenor de estas cartas
era solicitarlos a una infamia, entretejiendo con amenaza las promesas, y
exaltando el poder incontrastable de la liga.
Esto hizo ningún efecto en la
fidelidad de los jefes; antes se dieron por ofendidos de imaginarlos capaces de
una ruindad. Vallaró entregó su carta a Villadarias; ésta,
la suya y la del gobernador de Cádiz, se enviaron a la Reina.
En Rota desembarcaron 500 ingleses;
luego la rindió su gobernador vilmente, y tomó el partido de los
enemigos; diole el título de marqués el príncipe de
Armestad en nombre del Emperador; este ciego y acelerado premio era querer
atraer a los demás. Otro regimiento desembarcó en el Puerto de
Santa María, ciudad no fortificada y donde cometieron los más
enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no
se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes.
Era la principal idea ganar a
Cádiz; esto lo intentaron acercándose de Rota a Matagorda, una de
las fortificaciones exteriores más importantes; creyéronlo
fácil y acometieron en vano seiscientos hombres; con esto juzgaban que
expugnando este castillo (que está en el continente fuera de la isla) se
quitaban un grande impedimento para entrar en el Puerto. Levantaron trinchera y
le batieron, pero no podían proseguir los aproches por el fuego del
mismo castillo y del fuerte del Puntal,. que está en el ángulo de
la isla de León, tan insinuado en el mar que guarda el puerto y muchas
millas del mar afuera.
Más oposición hicieron las
galeras de España y Francia, mandadas por el conde de Hernán
Núñez, que estaban dentro del puerto, y herían
directamente las trincheras, fáciles de arruinar, porque estaban
fundadas en arena. Bajaron hasta dos mil ingleses a defenderlas, pero fue
más para repararlas, porque los castillos que levantaron en la proa las
galeras deshacían de día todos los trabajos de la noche.
No se atrevieron los enemigos a penetrar
la tierra, porque el marqués de Villadarias, aunque tenía tan
poca gente, levantando polvoreda de día y haciendo varios y distantes
fuegos por la noche, fingía acampamento de un ejército y acercaba
partidas de caballería, mezclando la veterana con la del país,
para contener en la orilla a los enemigos, nunca informados de lo que pasaba en
tierra, porque sobre no haber logrado desertor alguno, se mantenían tan
fieles los naturales que huían de los ingleses; y si alguna vez
podían hablar con algún paisano, éste, con arte y amor al
Rey, exageraba los preparativos de defensa, imposibilitando ser bien admitidos
en parte alguna de la España. En una de estas acciones murió don
Félix Vallaró, casi desesperado, arrojándose al mayor
peligro, porque le había dicho Villadarias que allá estaba su
amigo Armestad.
Conocer tan constantes a los
españoles puso en aprensión a los ingleses, y ver que tropas,
favorecidas de la sombra de la noche, atacaban con imponderable valor las
trincheras, que no pudiéndolas reparar a la luz por el
cañón de los defensores, determinaron dejar la empresa y se
retiraron con tanta precipitación hacia Rota, que seguidos de las
milicias del país, padecieron no poco estrago. Quiso la retaguardia
oponerse, y fue vencida; con esto, tumultuariamente volviendo las espaldas y
echando las armas sólo buscaban lanchas en que acogerse a los
navíos. Llegó a la orilla una multitud de ellas, pero no
bastantes a recibir los que con pánico temor se arrojaban al mar
desesperados; muchas se fueron a pique, cargadas de más gente que
podían llevar, sin orden ni obediencia; era la confusión el mayor
peligro. Seiscientos ingleses quedaron muertos, sin los que se anegaron.
Recobróse Rota, y dejaron en tierra al gobernador, que, preso
después por el marqués de Villadarias, le mandó ahorcar.
Con esta noticia desampararon a Santa María, después de saqueada
con barbaridad.
Viendo cuán difícil era
mantenerse en tierra, determinaron las naves forzar la cadena del puerto,
formada de encadenadas vigas y maderos, y echados a pique, inmediatos a ella,
por de fuera dos grandes navíos viejos, llenos de piedras, que de tal
manera embarazaban la garganta del puerto, que era imposible romperla, como lo
experimentaron, aunque a velas llenas, con viento en popa, dos navíos
que se dejaron ir impetuosamente contra la cadena, porque sobre resistirse la
fuerte conjetura de ésta los cañonazos de las fortificaciones
exteriores y de la ciudad, desarbolaban las naves. Por dos veces intentaron
esta violencia y le maltrataron tanto los navíos, que no les
costó poco trabajo repararlos para poder navegar.
Desesperado el duque de Ormont de poder
salir con la empresa, juntando antes Consejo de Guerra y Marina,
determinó desistir de ella, contra el dictamen del príncipe de
Armestad, con quien hubo una pesada disputa, no sin palabras que provocaban al
duelo. Argüíale el comandante inglés de su nimia credulidad
y de haber informado falsamente a los príncipes de la Liga sobre el gran
número de parciales que tenía en España el archiduque;
pues en todo este tiempo no sólo no pareció uno, pero
conocían con evidencia cuán de veras se tomaba la defensa. El
príncipe de Armestad decía que las obras grandes no se
hacían en pocas horas; que se debía desembarcar toda la gente, y
marchando por tierra al puente de Suazo, tomado éste, apoderarse de la
isla de León y en ella levantar trinchera contra la ciudad; que
podía sitiarse perfectamente y rendirla aún por hambre, porque no
estaba abastecida. Que se debían desde tierra batir las galeras y
echarlas a pique, y poner mejores baterías contra Matagorda, para ser
dueños del puerto y, en fin, ir tomando a Sevilla y las ciudades de
Andalucía, con la seguridad que otra tanta gente como había en
los navíos no tenía de soldados toda la España. Que para
declararse los parciales, era menester ostentar más fuerzas de las que
hasta ahora se habían manifestado, porque nadie quería buscar
cierto su peligro.
El duque de Ormont hizo junta particular
de pilotos y capitanes de navíos, preguntando si podía en
aquellos mares estar la armada sin puerto y sin peligro el tiempo que era
menester para ganar la tierra y las fortalezas que impedían poderla
poner en seguro. Respondieron que aquélla era la costa más brava
y tempestuosa de España, donde el océano bajaba impetuoso al
Mediterráneo, enderezándose al Estrecho. Que no se podían
fiar sólo en las áncoras las naves, y más si corriese
furioso el poniente; y así, que era cierto el riesgo, sí grande
la dilación. Que entrar en el puerto forzando la cadena era imposible
sin rendir antes a Matagorda y el Puntal y que aun después de eso
padecería mucho la armada por los baluartes de la ciudad.
De este mismo dictamen fueron los
más de los holandeses; algunos hablaban con sinceridad, otros por
adulación a Ormont, el cual, fundado en estos pareceres, levantó
el áncora el último día de agosto, y partió,
dirigiendo la proa al cabo de San Vicente. Dio sus quejas y sus protestas el
príncipe de Armestad, y escribió agriamente contra el jefe
inglés a Londres y Viena; casi le notaba de traidor y de inteligencia
con el francés. Ni Ormont descuidó de sí, porque dio
razón de su conducta y la infelicidad del éxito era un
género de aprobación, y cargó a Armestad de embustero y
crédulo; porque no se habían hallado los parciales
austríacos, que decantaban, ni adherido español alguno a su
partido más que el gobernador de Rota por necesidad y fragilidad de
ánimo, después de ser prisionero; que se habían declarado
toda la Andalucía y las Castillas por su Soberano, y que en
término de pocos días se había juntado muchedumbre de
gente armada, que aunque imperita, la práctica del país la
hacía formidable, y que en defensa de su propia tierra cada uno
sabía ser soldado; por eso no había querido aventurar las.
tropas, internándolas en el país, ni era fácil tomar a
Cádiz con ocho mil hombres, resuelto su gobernador a defenderla hasta el
extremo; que sin eso no podían entrar las naves en el puerto, y que, en
fin, la expedición se fundaba en las que suponía inteligencias
Armestad, tan al contrario experimentadas, que el almirante de Castilla
había sido el primero a ofrecer sus haberes a la Reina para defender la
Andalucía, y que así, no le había parecido proseguir una
guerra donde los alemanes hacían inútilmente gastar a sus
alíados.
Estas razones de Ormont prevalecieron a
las de Armestad entre los ingleses y holandeses, pero no en Viena, donde
entró alguna desconfianza que no querían aquéllos hacer la
guerra de veras.
Desengañado el almirante de
Castilla de que se perdiese entonces la Andalucía, como esperaba,
pertinaz en su error, y rendido al temor de su desgracia, resolvió
buscar otro expediente contra ella, haciéndose más infeliz con el
remedio; porque determinó, engañando al Rey, tomar refugio en
Portugal. De nadie fió esta resolución más que de Diego de
Mendoza, embajador de aquella Corona, y para ejecutarlo mejor fingió la
jornada para Francia. Llevóse por camaradas a don Pascual
Enríquez, hijo de su hermano, el marqués de Alcañiz; al
conde de la Corzana, a quien envió a llamar desde Asturias, y a dos
jesuitas, el padre Casneri y el padre Álvaro Cienfuegos; juntó
gran cantidad de dinero y joyas, despidióse de la Reina y de la corte y
partió como para Francia, dejando las letras credenciales y las
instrucciones y un correo que le alcanzase con ellas, porque había
menester de esta circunstancia su ficción.
El secreto fue toda la felicidad de su
idea, porque a nadie lo descubrió. A tres jornadas llegó el
correo que con estos papeles esperaba; nadie supo lo que traía, y
así pudo fingir ira y enojo, diciendo a los suyos que había
recibido una nueva orden, ni la propaló hasta que, llegando a paraje en
que se dividen los caminos para Portugal y Francia, dijo que le había la
Reina mandado pasar antes a Lisboa para asegurar en la amistad a aquel Rey, y
así, a grandes jornadas, llegó a Zamora, y engañando con
este pretexto al gobernador, entró en los términos del reino de
Portugal. Entonces, juntando sus camaradas, quitó el velo a su bien
observado disimulo, y dio las causas para haber buscado refugio.
Dijo que no faltaba al Rey, pero que se
retiraba de sus reinos hasta que, mejor informado de lo que lo estaba de sus
enemigos, conociese su inocencia. Que la embajada de Francia se la
habían dado meditando su ruina y su opresión, siendo autores de
este engaño el cardenal Portocarrero, don Manuel Arias y sus allegados.
Que era lícito al vasallo mostrar desde el asilo la pureza de su
intención y sus quejas, siendo éstas de la mayor entidad por lo
que habían ultrajado su persona y dado crédito a las invenciones
y falsedades de sus enemigos, notándole de constante parcialidad a los
austríacos, la cual ellos decantaban, para adelantar su partido con el
ejemplo, habiendo publicado el príncipe de Armestad que la
expedición contra Cádiz se había fundado, más que
en las armas, en la amistad que con él tenía, y en su
inteligencia: que nada de esto ignoraba el Rey, avivada su desconfianza por las
artes de sus émulos, y que así no se podía fiar de un
Príncipe irritado, pareciéndole cosa extraña e impropia
que fuese sincera la confianza de hacerle su ministro en Francia, entre tantos
recelos que de él tenía la corte, pues se le había quitado
el empleo de caballerizo mayor, apartado de todo manejo y tratado con
desprecio; que ésta, más que declinación de fortuna, eran
claros preliminares de una desgracia que no tenía remedio si se trataba
con descuido. Que la ley natural quería, desde la seguridad del refugio,
volviendo por sí y por su honor, manifestar al mundo y al Rey sus
razones. Que se había llevado aquellos amigos para consuelo de sus
trabajos y consejeros en sus dudas.
De otra manera habló a sus
criados, y con menos razones les dio libertad o para proseguir con él el
viaje hasta Lisboa o para volverse a España. Ni todo esto pudo proferir
sin asomársele lágrimas a los ojos; habíasele rendido el
corazón el golpe de la desgracia, y se quejaba con una tristeza de
semblante tan irregular, que tiñó de sus afectos a los que le
escucharon. Alentóle el padre Álvaro y ofreció seguirle en
cualquier fortuna; los demás callaron y, menos algunos criados, todos le
siguieron hasta Lisboa, donde se le señaló una casa de campo del
duque de Cadaval. El rey don Pedro le recibió con benignidad; el
almirante habló poco y no muy desembarazado; dijo que buscaba en la
generosidad de aquel Príncipe su refugio, huyendo de la cruel calumnia
de sus émulos, hasta que su Soberano estuviese bien informado, a quien
no pensaba faltar, sino manifestarle su inocencia.
El embajador de España,
marqués de Capicciolatro, le publicaba rebelde y le trataba como tal, y
persuadió secretamente a su sobrino, don Pascual Enríquez, que se
volviese a España, como lo ejecutó huyendo de su tío,
contra quien, llegando a Madrid, depuso cuanto en forma judicial se le
preguntó por el juez diputado a formar el proceso contra el almirante.
La Reina le recibió con agrado y tuvo una carta muy agradecida de su
padre, el marqués de Alcañizas, que vivía en
Ríoseco. El almirante sacó un manifiesto que propiamente era una
sátira contra el Gobierno, pero siempre protestó observar la
debida fidelidad al Rey, cuya benignidad imploraba. Restituyó el dinero
que se le dio de ayuda de costa para el viaje; engañándose a
sí mismo con el fabuloso cuidado de su honra, queríala restaurar
cuando la perdía, y, esclavo de sus afectos y de su soberbia, se
dejó llevar de una vanidad que degeneró en abatimiento, porque
luego trató con los ministros de los príncipes, enemigos del Rey
Católico, y nombraba al archiduque Carlos de Austria con estilo que
sólo era rebeldía, porque dos reyes de España no
podía reconocer. Concluida la causa, le declaró el Rey por
rebelde, aunque no lo pregonó, y le mandó confiscar los
bienes.
Este primer rebelde, como por su alta
esfera en Castilla ocasionó en todos tanto reparo, sirvió a
muchos de pésimo ejemplo, y a no pocos ignorantes que después
faltaron al Rey, de irracional disputa, como si el más alto grado de
nobleza tuviese autoridad de hacer lícita una infamia, antes a
proporción de sus quilates debe cuidar más de su
obligación. Esto puso en mayor desconfianza al Rey, porque las casas de
primera magnitud en Castilla todas tenían inclusión con la del
almirante; ninguno tenía más allegados y dependientes por su
autoridad, su riqueza y artificiosa afabilidad, no sin agudeza de ingenio,
travieso y de feliz explicación.
Mientras la armada inglesa y holandesa,
doblado el cabo de San Vicente, navegaba con proa incierta esperando la flota
que venía de la América (porque ya había tenido noticia
que no podía distar mucho de los mares de España y era su regular
puerto Cádiz), había ya aquélla llegado a Galicia y,
advertida por sus navichuelos de avisos, enviados a reconocer los mares, que
estaba la armada enemiga esperándolos, tomaron el puerto de Vigo el
día 22 de septiembre, aun repugnándolo el virrey de Galicia,
príncipe de Brabanzón, por lo poco seguro de aquel paraje.
Una nave aportó en
Sanlúcar, cinco en Santander, tres de las cuales pertenecían a
los franceses, que con veintitrés naves de guerra bajo el mando del
señor de Ciaterno, escoltaban las españolas mandadas por don
Manuel de Velasco. Extendiéronse por la ría hasta Redondela, y le
servían de antemural las naves francesas, dadas fondo en forma de
defender la boca del puerto, en el cual se construyó una cadena de
fuertes leños y hecha como una estacada; fortificaron la garganta del
puerto cuanto fue posible. Éste le guardaban dos antiguas torres,
llamadas Rade y Corbeiro, pero consumidas de los siglos, que a pocos
cañonazos podían resistir.
Presidiáronse de gente de la
flota y se mandaron venir las milicias urbanas para coronar la ribera, y
llenar, si no de soldados, de gente, los baluartes y muros de la ciudad.
Había la fortuna hasta entonces explicádose propicia, y ya en
España y en el puerto cuanto de Indias se traía, en pocos
días se podía todo poner en tierra; pero una intempestiva y fatal
cuestión convirtió en desgracia la dicha.
Pretendió el comercio de
Cádiz que nadie se podía desembarcar en Galicia; que eran
aquéllos sus privilegios, y que se debían conservar seguras en el
puerto, cargadas, las naves, hasta que se fuesen los enemigos. Sobre esto no
fue tan breve como pedía la necesidad 1a expedición del negocio
en el Consejo de Indias, ya por la natural lentitud y madurez española,
ya porque eran varios los pareceres; por fin, sin determinar absolutamente la
duda, se envió a don Juan de Larrea para que sacase luego de las naves
el oro y la plata; ni esto se ejecutó antes de cumplido ya un mes que
habían llegado al puerto. No se dio prisa a sacar las
mercaderías, cuando, éstas excedían a la plata en valor.
Ya había la armada enemiga alcanzado la noticia que estaba en Vigo la
flota, y a 22 de octubre, con viento favorable, llegó a aquella costa:
desembarcó cuatro mil hombres, y plantando baterías contra las
torres del puerto, las ocupó con poco trabajo, desamparadas de los que
las presidiaban, siendo imposible defenderlas ni ser su fábrica capaz de
resistir la batería. Como era favorable el viento, dos naves a un
tiempo, a velas llenas, armadas de los acostumbrados picos la proa, rompieron
con facilidad la cadena. Entraron al puerto las que seguían,
despreciando los cañonazos de los baluartes de la ciudad, que, no sin
fruto, incesantemente disparaban.
Disputaron la entrada con valor diez
naves de guerra francesas -las demás se habían vuelto, a sus
puertos- y se trabó una batalla cruel, con tanto tesón de una y
otra parte, que, mezclados los leños, casi era inútil el
cañón. Peleábase con fuegos de inhumano artificio, ollas,
camisas y bolas de betún ardiente. Deseaban los franceses venir al
borde, porque estaban más bien guarnecidos de gente de guerra; pero los
ingleses toda la lid acometieron al fuego, y siendo en número
superiores, no podían diez naves defenderse de tanta multitud de
leños enemigos, que suplían siempre los maltratados. Los de la
flota procuraron internarse más en la ría por si podían
tener socorro de tierra y echar a ella los fardos de las mercaderías;
pero los ingleses habían ocupado la orilla, y a fusilazos embarazaban a
los españoles sus faenas, permaneciendo a pecho descubierto contra la
artillería de estas naves, que se defendían valerosamente.
Las que estaban más protegidas de
los baluartes de la ciudad y más vecinas a ella, desembarcaron
tumultuariamente algunas mercaderías con poco logro, parque mal
guardadas en la confusión, el mismo paisano llamado a defenderlas, las
robaba. No se puede describir día más cruel, ni más
lastimoso, por el innumerable género de muertes que padecieron aquellos
infelices, ceñidos de inevitables peligros en espacio tan estrecho. Los
que siguieron las naves de la flota hasta lo más bajo de la ría,
vencidos ya los franceses que hacían frente, pretendían apagar el
incendio por la ambición de la presa, porque don Manuel de Velasco, a
quien no desamparó el valor, sino la fortuna, mandó quemarlas;
esto mismo hicieron los franceses, echándose al mar la gente que
salvarse pudo. Los enemigos ya no cuidaban sino de apagar las llamas, aunque
veían que la mayor parte de las mercaderías se habían
echado al mar. Muchos perecieron buscando en el centro del fuego las riquezas;
éstos y los que murieron en la batalla fueron ochocientos ingleses y
holandeses; quinientos quedaron heridos, y una nave de tres puentes, inglesa,
incendiada, pero tomaron trece naves de españoles y franceses, entre
ellas siete de guerra y seis de mercaderías, aunque muy maltratadas y
medio quemadas algunas; las demás las echaron a pique o las entregaron a
la llama en el ardor del combate. Murieron en él dos mil
españoles y franceses, y pocos dejaron de estar heridos.
Valerosamente se portaron los jefes de
la armada inglesa y holandesa; Ormont Halemundo y Colemberg fueron vistos por
su mano pelear en el más estrecho riesgo. No menos esforzados, aunque
menos felices, fueron el señor de Ciaterno y Velasco. Se gloriaron
aquéllos que el valor de lo apresado subía a la suma de cuatro
millones de pesos; más de ocho es cierto que perdió el comercio
de Cádiz, donde quedaban ocultamente incluidos los mismos enemigos; y
así, no era todo ajeno lo que tomaron y echaron a perder. El Rey
perdió más que todos, no sólo en no quedarle navío
para Indias y en lo que había de percibir de las aduanas si se
introducían todas las mercaderías, sino porque fue preciso
después valerse de navíos franceses para el comercio de la
América, que fue la ruina de sus intereses y de los de sus vasallos.
Al otro día de la sangrienta
batalla hicieron bajar al mar los enemigos gran número de buzos con poco
efecto, porque la artillería de la ciudad lo impedía, y volviendo
a embarcar su gente, llenando de flámulas y gallardetes los
árboles, cantaban con flautas y pífanos la victoria. Así
dirigieron la proa a sus puertos, dejando llena de tristeza y horror aquella
tierra; luego bucearon los españoles, y se recobró lo que
aún no había corrompido el agua. De esta desgracia nacieron
infinitos pleitos en toda la Europa, porque toda estaba interesada.
Al Rey Católico le alcanzó
en Génova esta noticia, donde estaba magníficamente hospedado de
aquella República en el burgo de San Pedro de Arenas. Con esto
apresuró su viaje para España, embarcándose en las galeras
de Francia: era su intención ir a Barcelona, pero furioso el mar y
contrario el viento, le obligó a desembarcar en Antibo. Siendo la
estación tan poco a propósito para navegar, era perder mucho
tiempo esperar a que se mudase en favorable, y así emprendió el
viaje por tierra, y en breves días llegó a Barcelona. Luego, con
particular decreto, cesó el gobierno de la Reina, aunque a largas
jornadas se encaminaba el Rey a Madrid, adonde no pudo llegar antes que
feneciese el año de 1702.
  Año de 1703
No negaba el Rey claramente concluir las
Cortes de Aragón, pero lo difería, que era un modo no injurioso
de negarlo. De esto se dolía el reino, y no de que había merecido
menos que Cataluña; estas quejas, nunca satisfechas, se entregaron
más al disimulo que al olvido.
El Rey entró en Madrid el
día 27 de enero, recibido del pueblo con el acostumbrado aplauso y
alegría. Lo interior de la corte y la parte de ella más principal
ardía en odios y artificios que inspiraban la ambición; vino con
el Rey el cardenal de Etré, embajador de Francia, con ideas de mayor
autoridad que podía tener defendiendo la suya el cardenal Portocarrero,
y don Manuel Arias; ni era poca la que tenía el conde de Montellano con
el favor de la Reina y de la princesa Ursini, que ya comenzaba a explicar su
poder, ingiriéndose en los negocios más graves y usando las artes
posibles para conservar amante del Rey a la Reina, a la cual enteramente
poseía.
Montellano disentía en un todo de
las máximas austeras de Portocarrero y Arias, y aunque sólo era
presidente de Ordenes -pues había ya vuelto el mayordomo mayor de la
Reina, conde de San Esteban-le quedaron a Montellano los honores y la entrada
en el cuarto de la Reina; con esto se alimentaba el favor, y disponía la
princesa que el Rey, separadamente, le consultase las más graves
materias.
El cardenal de Etré, por
necesidad que se tenía de la Francia más que por genio del Rey,
resolvía lo más principal, y dispuso que nada despachase en su
casa Portocarrero, y que llevase todo al Consejo del Gabinete. Esto le
empezó a conmover, y más cuando vio que no era su voto atendido;
hablaba mal ya de los franceses, y que no debían usurpar el mando a los
es pañoles, sin advertir que era su adulación quien los
había introducido al gobierno, y que declinaba su autoridad por donde
pensó ensalzarla. Etré, sin atender a estos respetos, obraba
impetuosamente y pretendió le visitase en su casa el presidente de
Castilla. El Rey se inclinaba a esto, porque le parecía que, siendo
cardenal, forastero y embajador, no perjudicaba a las preeminencias de aquel
empleo. Don Miguel Arias mostró gran firmeza en sostenerlas, exponiendo
al Rey sus razones y suplicándole que si en esto se hallaba mal servido,
le exonerase del cargo. El Rey nunca quiso interponer su decreto, y Etré
se quejó de esta que le parecía demasiada circunspección
del presidente, al rey de Francia, que juzgando la cosa de poco momento para
tanto empeño, le ordenó no tratase más de eso y dejase las
etiquetas y formalidades de los tribunales como las hallaba.
Esto espinó los ánimos, y
aunque la princesa no era amiga de Portocarrero ni de Arias, se conjuró
con ellos contra Etré, con quien había tenido una disputa, porque
pretendía libre la entrada en el cuarto de la Reina. La princesa, como
camarera mayor, guardando las leyes de la etiqueta del palacio español
lo prohibía, lo que alteró mucho el ánimo del cardenal,
porque se había lisonjeado venía no sólo a hacer la
primera, pero la única figura en la corte; por eso, aunque era
francés le era también molesta la grande autoridad que Juan Orry
tenía sobre la Hacienda Real. Este, aunque, como dijimos, era impetuoso
y pertinaz en su dictamen, puso en buena forma el Real Erario y le
reintegró en muchas rentas que le tenían usurpadas, ejecutando
sobre las alcabalas lo que no se habían atrevido a hacer muchos reyes,
aunque lo ordenase en su testamento Fernando el Católico; porque el
descuido de los ministros de Hacienda o el poder de los que las habían
usurpado, dejó inveterar el abuso. Desde que se concedieron a los reyes
por toda Castilla la Vieja en las Cortes de Burgos y se ampliaron para ambas
Castillas en las de Alcalá al rey don Alonso el Onceno, vendieron muchas
alcabalas los reyes, empeñaron otras por tiempo limitado, algunas dieron
por remuneración de servicios y por equivalente de pretensiones contra
la Corona, otros las poseían sin más derecho que un abuso
envejecido por siglos, con la buena fe que sólo esto les daba
acción para mantenerlas. Juan Orry, aplicando antes al Real Erario todas
las alcabalas, mandó que cada uno trajese los instrumentos
justificativos de su posesión, formó una Junta en que se
examinaban las razones del Rey y de las partes y se administró
exactamente justicia, restituyéndolas a cuantos tenían
legítimo derecho, y quedándose el Rey con las que claramente le
habían usurpado.
***
El rey de Portugal, después de
haber firmado la liga que dijimos, escribió al Emperador y a los
ingleses que aquélla sólo se reducía a defensiva de sus
Estados y a no permitir paso para la España, que era una mera
neutralidad que no impedía la buena inteligencia ni el comercio. Con
esta ocasión envió el Emperador por su embajador extraordinario a
Portugal al conde de Vesteink, y supo introducirse tanto en la gracia del Rey,
que tuvo forma de proponerle no sólo que dejase la neutralidad, pero que
entrase, en la Gran Liga ofensivamente, pues siendo la guerra que por la
Extremadura se hiciese la que más vivamente hería el
corazón de España, reconocerían los aliados este beneficio
como de su mano, dejándole dueño de Extremadura y de Galicia, que
serían las primeras conquistas, y de Buenos Aires en Indias. Que nada
gastaría en la guerra aunque levantase veinte mil hombres, porque lo
pagarían los alíados, de que le resultaba el beneficio de que
entrase tanto dinero en el reino y ejercitase en el arte militar sus gentes.
Estos ofrecimientos confirmaban los ingleses y holandeses. No se acababa de
determinar el Rey, aunque el embajador austríaco le había ganado
el ánimo, y el dictamen de su confesor. El almirante de Castilla, que,
con el conde de la Corzana había abrazado claramente el partido
austríaco, facilitaba la conquista de España como cosa infalible
y de ningún trabajo, no sólo por lo desarmado de ella, sino por
el gran partido que tenía la Casa de Austria en la primera nobleza y los
pueblos. Ni dejaba de esparcir las mismas reflexiones el padre Álvaro
Cienfuegos, hombre de sublime ingenio y de natural eficacia en las palabras. No
faltaban en Portugal otros que persuadían al Rey lo contrario; pero
importó mucho para determinarle lo que de Madrid escribió su
embajador Diego de Mendoza, hombre adverso a los españoles, poco amigo
de la quietud y embebido de especies vastas y de ideas superiores al poder de
su Soberano.
El primer paso que el Rey dio a impulsos
de los que querían la guerra, fue leer las cartas de Mendoza en una
junta particular que hizo, a la cual admitió a los embajadores de
Alemania, Inglaterra y Holanda como para ser oídos, y éstos
consiguieron que interviniese también el almirante. El tenor de las
cartas era éste: que estaban las cosas de España en el estado
más infeliz, sin fuerzas para sostener la guerra; sin armas ni tropas,
ultrajada la nobleza e igualmente descontenta como los pueblos; dividido en
bandos el Palacio y los que gobernaban; aborrecidos los franceses, adverso ya a
ellos el cardenal Portocarrero, desconfiado el Rey de los magnates, quejosa la
Andalucía de haberse el Rey en Vigo apoderado de sus caudales, sin
puntual examen de si eran de sus enemigos o de sus vasallos, despreciando la
consulta del duque de Medinaceli, presidente de Indias, que, irritado de esto,
había dejado el empleo. Que estaba el reino de Aragón quejoso por
haberle negado las Cortes que se concedieron a Cataluña, donde se
contaban pocos leales, y que si se daba tiempo a que la España se
armase, padecería Portugal, desprevenido, las primeras opresiones. Que
toleraban mal los príncipes un neutral, y que ya rota la alianza con
España, se había cargado de otro riesgo, porque era preciso
haberla religiosamente observado o declarársele enemigo. Que el dominio
del mar lo tenían los ingleses y holandeses, y que de ellos no
podía defender el francés al Brasil y las Indias Orientales, ni
aun a Lisboa si la invadiesen, porque, sobre no tener el francés tantos
fuerzas marítimas, sostenía sólo la guerra en Italia, en
el Rhin y en Flandes. Que estaban empeñados los aliados en perficionar
la obra, y que no, tardaría en declararse por ellos el duque de Saboya,
quejoso y atento a su utilidad. Que caería infaliblemente el Trono de
España si se le internase la guerra por Extremadura, y que no
podía esperar Portugal, de confirmarse poderosas estas dos Coronas, sino
un eterno temor: que cuando cayese el Trono de España no podía
dejarle de tocar algún deshecho fragmento de máquina tan vasta,
pues no había otro medio de dilatar los Imperios que con la ruina de los
confinantes, y que estando tan ceñido el de Portugal, no se debía
perder la oportunidad de extenderse por la Galicia y Extremadura, porque no la
hallaría semejante.
Esto persuadía en sus bien
compuestas cartas Mendoza, cuyo dictamen tuvo muchos secuaces, porque
habían los aliados con dinero corrompido a muchos, y los alemanes, al
descuido, se dejaban entender que casarían al archiduque Carlos con la
infanta de Portugal.
De contrario parecer era el duque de
Cadaval, príncipe de la real sangre, serio y prudente. Dijo que no
tenía fuerzas el reino para emprender una guerra sin necesidad, que
constaba sólo de seis provincias destacadas, por accidente, de la
España, con solas tres plazas fronteras; que si éstas se
perdiesen o arruinasen y se devastase con hostilidades la tierra, sería
irreparable el daño. Que para la propia defensa se debía
aventurar todo, pero no por intereses ajenos, con soñadas utilidades que
dependían de la fortuna; que fuese Borbón o austríaco, uno
sería siempre el rey de España, las mismas sus máximas
contra Portugal, a quien no daría parte de sus reinos, y más
aquellos que le servían de antemural. Que había más que
temer de los austríacos si volviesen a ocupar el solio, porque de su
dominio se había apartado el que siendo duque de Berganza se
coronó Rey, y aunque aquella fue ofensa hecha a la Majestad, que siempre
es la misma, estaba demás el acordarse que se hizo a la propia familia.
Que no se debía aventurar la posesión cierta y la quietud por
ideados aumentos y promesas que no quiere cumplir la soberbia del vencedor, ni
puede la infelicidad del vencido. Que eran las ligas de muchos príncipes
necesariamente poco duraderas y fementidas, y que siempre quedaba peor el menos
poderoso; siendo cierto que la vastidad de los reinos de España no se
podía ganar toda en muchos años a fuerza de guerra, sosteniendo
el empeño la Francia, cuyo poder, por su situación, por sus
naturales fuerzas y admirable armonía con que la gobernaba el actual
Rey, era igual al de los aliados, sin contar el invencible que adquiría
la España, bien regida y ejercitada en la guerra, que la haría
cruel contra Portugal el envejecido odio de los castellanos, y más sin
razón provocados, porque no la había alguna para romper la paz
hecha con la reina María Ana de Austria, en nombre de su hijo Carlos II.
Que las maliciosas insinuaciones de casar al archiduque Carlos con la infanta
de Portugal eran artes de corte, para dar otro color más al
engaño, porque esta princesa tenía solos ocho años, y
muchos más el archiduque, que si era un gran príncipe por su real
linaje, no se le conocía más Estados que los que le podía
dar la fortuna, y que no era razón entrar en el reino de Portugal a
aventurarse en la ajena, y que si no le socorrían con muchas tropas, no
podría hacer la guerra, y con ellas exponía su libertad a una
necesaria servidumbre, y la pureza de la religión católica a que
la contaminasen en los pueblos tantos herejes.
Este dictamen no tuvo aceptación
en el Rey, y, más poseído del temor que de la ambición,
adhirió a la Liga contra España y se firmaron en Londres los
capítulos. Ofrecieron los ingleses el dinero que fuese menester para el
ejército que había de militar en Extremadura, dándole por
jefe a un general portugués, al que se habían de agregar ocho mil
ingleses, y, si fuese menester, hasta doce mil. Los austríacos nada
dieron más que esperanzas; prometieron dar parte de la Extremadura y de
Galicia después de haber conquistado toda la España. De las que
precedieron disposiciones a esta liga, y las que penetró en el
ánimo del rey don Pedro, ya había dado cuenta al Rey
Católico el marqués don Domingo Capicciolatro, su embajador en
Portugal; pero les pareció a los españoles no darse por
entendidos hasta que se publicasen los capítulos de la alianza, bien que
ya había sacado de Madrid el rey de Portugal a su embajador, y el suyo
de Lisboa el rey de España, mientras se hacían reclutas y bajaban
tropas francesas.
A pocos días se publicó
formalmente la guerra por una y otra parte, y por ambas se fortificaron cuanto
era posible y presidiaron las fronteras. Enviáronse a la Extremadura
tropas con el príncipe de Esterclaes; bajaron de Francia doce mil
hombres con el duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra,
hombre de valor, prudente y experimentado, a quien se dio el mando de este
ejército. También se hacían levas en Portugal, y se
nombró por general de la caballería al almirante de Castilla;
agregósele el conde de la Corzana con el mismo grado que tenía en
España; éstos fueron en esta guerra los primeros españoles
que tomaron las armas contra su Rey, y los llamaban en su propio
ejército los primeros rebeldes.
A este tiempo, justamente atemorizado el
Pontífice de los grandes terremotos que sucedieron en sus Estados y en
el reino de Nápoles, con desolación de pueblos enteros y ruina de
muchos y magníficos edificios, parecióle aplacaría en
parte la ira de Dios si exhortase a los príncipes a la paz, y así
envió varios nuncios extraordinarios a las cortes más
principales, sin fruto alguno. Fue a España el arzobispo de Damasco,
Antonio Félix Zondadari, que después se quedó por nuncio
ordinario. Fuéle fácil persuadir al Rey a la quietud; pero como
la España y la Francia sólo se defendían de sus enemigos,
era arduo, persuadir a aquéllos, obstinados en su empeño, y
prosiguió la guerra más vigorosa. Para adelantar la de Italia,
fortificó Guido Staremberg a Ostiglia, ante cuyos muros plantó
los reales, adelantándose con un destacamento a Ostiglia a cubrir a
Mirándula el príncipe de Lorena. Habían los alemanes hecho
diques a las aguas del Po, junto a quien invadió el francés;
dejóle empeñar en el sitio el príncipe Eugenio hasta abrir
trinchera, plantar batería y hacer brecha, y cuando estaba para dar el
asalto el duque de Vandoma, soltaron tan oportunamente los alemanes las aguas e
inundaron el campo de los enemigos con tal ímpetu, que se llevaron las
trincheras, las tiendas y todos los instrumentos y preparativos para el
sitio.
Huyeron los franceses precipitadamente,
mas los seguía el agua; padeció mucho la infantería. Los
que ensalzaron el ardid del príncipe Eugenio censuraban el error de los
franceses en haber atacado a la ciudad por la ribera más inferior y
pantanosa del Po, cuyas aguas dominaban al campo, cuando, si antes hubiesen
tomado a Mirándula, no podía mantenerse en Ostiglia el
Príncipe, ni tenía más retiro que al Estado veneciano, y
empezaría de nuevo la guerra. Este fue el parecer del príncipe de
Vaudemont, pero le despreció Vandoma. El teniente general Albergoti
asaltó el destacamento del príncipe de Lorena con tanta
infelicidad, que fueron los franceses vencidos; hubiera sido mayor el estrago
si don Mercurio Pacheco, conde de San Esteban de Gormaz, hombre de no vulgar
valor, no hubiera resistido con su regimiento de caballería
española el ímpetu de los vencedores. Alternaban la fortuna las
dichas con las desgracias, porque a este mismo tiempo tomó el general
Torralba, español, a Briscello.
Aunque hacía la guerra en Italia
el francés, tenía más altas ideas, pero dependían
de la suerte del duque de Baviera. Había secretamente determinado bajar
contra el Tirol, y en caso de ganarle, tenía orden el duque de Vandoma
de juntar a los bávaros gran parte de sus tropas, empresa que, si la
prosperaba la fortuna, estaban expuestos a gran riesgo los Estados hereditarios
de la Casa de Austria, y corrían los franceses sin dificultad desde el
Rhin hasta el talón de la bota de Italia (que esta es su figura, que
remata en Nápoles). Luego que penetró tan vastas ideas el duque
de Saboya y tan perniciosas a su seguridad, determinó secretamente
apartarse de la liga de España y Francia y adherir a los
austríacos, si se ponía en ejecución, porque le
pareció más heroico disfrutar su desgracia que dejarla
llegar.
Los franceses llevaban esto con gran
secreto; pero las mismas operaciones del bávaro daban a entender, porque
no se podía con otro fin empeñar en la conquista de un
país difícil, estéril, pobre y afecto a su Soberano.
Contra él tenía prevenidos dos ejércitos el Emperador: uno
conducía el conde de Sckilich, para infestar la Baviera, y constaba de
veinte mil hombres; catorce mil introdujo al Palatinado el conde de Stirum; los
prusianos sitiaron a Rhenoberga. Ni aun estando ceñido de enemigos se
amedrentó el duque de Baviera; en cuatro días ganó a
Neoburg, intentó llevar a su partido al círculo de Franconia, o
que se quedase neutral, pero ya los había ganado el César.
Rindióse Rhenoberga por hambre a tiempo que el mariscal de Villars
había pasado el Rhin, aun observado del príncipe Luis de Baden,
que retrocedió con su ejército después de haber presidiado
el fuerte de Kell con cuatro mil hombres. Quedó con un destacamento el
general Sibrach, pero fue vencido de los franceses y seguido hasta un vecino
bosque en que se refugió. No dejó de quitarle mucha gente la
espada del vencedor, y la deserción más.
Apartados estos dos cuerpos de tropas
enemigas, puso Villars en contribución cuanta parte de la
Germanía alcanzaban las suyas, y puso sitio a Kell, batida desde el
día 5 de marzo con ochenta cañones y sesenta morteros; era su
gobernador el conde de Usberg; hizo lo que debía, pero al fin
cedió a la fuerza y ganaron los franceses la plaza en pocos días.
El príncipe de Hesse Casel sitiaba a Trabrach; socórrela el
mariscal de Tallard y levanta el sitio. Creyendo ocupados a los alemanes,
cubría con una línea la Baviera el Duque; pero la forzó
Sckilich y penetró en la provincia, haciendo hostilidades tan
bárbaras que excedían los estilos de la guerra, porque era la que
hacía con mayor animosidad el Emperador, cuyas tropas sitiaron a Riden,
que rindieron con facilidad. Con esto hubieron de incendiar gran parte de la
Baviera hasta el río Inn, donde plantó su campo Sckilich a los 30
de marzo. El duque de Baviera determinó seguirle, y emprendió la
marcha en una noche sumamente fría y cubierta de niebla, y marchando
hasta el alba vio una partida de caballos ligeros de los enemigos que
batían la campaña; deshízolos luego, matando la mayor
parte; los que escaparon dieron a Sckilich noticia que venía con sus
tropas el Duque, y no esperando a que llegase, se retiró con las suyas a
Pasavia, dejando, para asegurar la marcha, ocho mil sajones que disputasen al
Duque la suya, dispuestos en las sendas más angostas; llegando a ellos
los bávaros, se trabó una sangrienta disputa; fueron los sajones
vencidos; quedaron prisioneros trescientos, y muertos cuatro mil; mil
bávaros, y entre ellos el conde Leopoldo del Arco. No
pareciéndole a Sckilich estaba seguro en Pasavia, la desamparó.
No estaban de buen semblante las cosas de los coligados, porque oprimían
la Germania con duros tributos bávaros y franceses, y por el alto Rhin
entró con un ejército Luis de Borbón, duque de
Borgoña, pretendiendo juntarse al del mariscal de Tallard. Los
confederados tenían tres ejércitos, y el mayor le mandaba el
duque de Malbruch, inglés, que marchaba hacia Mastrich; otro, el general
Overcherchez, hacia el Palatinado Alto; otro, el general Cohoorn,
holandés, que iba contra Bona.
Mandó el Rey Cristianísimo
a Villars que por la Selva Negra juntase sus tropas con el bávaro,
porque ya expugnados Kell y Keutringenno, era dueño de las riberas del
Danubio. El bávaro, después de haber hecho no pocas hostilidades
en el Palatinado Inferior, determinó acometer a Stirum. Guardaba el
río Wilso con un fuerte destacamento el barón de Aspech, y
mientras el duque de Baviera marchaba al puente, mandó que le acometiese
el general Vechel, para que, embarazados los austríacos pudiese el Duque
ponerse sobre Amberga. Favoreció la suerte esta idea, porque mientras
peleaba Stirum -que fue poco después vencido y se retiró a
Franconia- convirtió sus armas el bávaro contra Amberga y la
rindió. Marchaba por caminos difíciles, ásperos y no
conocidos Villars, y aunque le envió el duque de Baviera guías,
siempre era ardua la empresa, porque no había podido romper las
líneas de Stolfen, y para asegurar su retaguardia de las tropas de Luis
de Baden, dispuso que plantase su campo en Offemburgo el mariscal de Tallard,
para observarle. Entró primero en el bosque con la manguardia, compuesta
de diez mil franceses, el señor de Blanvil; con poca separación
llevaban la mayor parte de las tropas, y el centro de ellas, los tenientes
generales Legal y Lahé; con diez piezas de cañón les
precedía parte de la caballería, y parte marchaba entre el centro
y la retaguardia, en que estaba Villars; treinta y cuatro mil hombres
componían este ejército. Para embarazarle los pasos, el
príncipe de Fustemberg ocupó algunos collados y eminencias, pero
eran sus fuerzas pocas y nada intentó. El general Noremberg puso tres
mil alemanes con alguna artillería en una pequeña llanura, a la
cual habían de venir precisamente por una senda estrecha los franceses;
disputóseles el paso, con muerte de algunos, pero quedaron vencedores,
y, puestos en huida los enemigos, prosiguieron su marcha y tomaron a Vilinghen;
vencido el monte, descansó algunas horas el ejército, y se
envió antes al señor de Usón con alguna caballería
a encontrar a los bávaros, porque el general Mafei estaba con cuatro mil
de ellos en Fredingue, donde, con recíproco aplauso, se juntaron las
tropas. Fue celebrada la conducta y disciplina militar de Villars y la
obediencia de los franceses, sin deserción alguna, por caminos
ásperos y bosques, siempre con las armas prevenidas.
Esto dio aprensi&oacut |