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    Comentarios de la guerra de España e historia de su rey Felipe V, El Animoso
     Vicente Bacallar y Sanna ; edición y estudio preliminar de D. Carlos Seco Serrano
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Año de 1708

Después de destrozada y dividida en varias gentes la Monarquía de España, aún la faltaba en el Mediterráneo y la Italia que perder; éstas eran las dos islas de Sicilia y Cerdeña.

Gobernaba la primera el marqués de los Balbases, aunque las armas corrían por cuenta de don Francisco Pío de Moura, príncipe de San Gregorio, su yerno. No dejó de haber en ella alguna conjura, que fue apagada a tiempo con el suplicio de cuatro capitanes españoles. Era la trama entre gente baja y de ninguna autoridad, y la descubrieron fácilmente los ministros de Roma, porque eran las inteligencias con los que allí tenían los austríacos; vínose al castigo sin recelo, y se aquietó el reino, bien que, por la sedición pasada del pueblo de Palermo contra los franceses, pasó a Mecina su residencia el marqués de los Balbases.

No dejaba de padecer su oculto incendio Cerdeña, donde era a este tiempo virrey don Pedro de Portugal y Colón, marqués de Jamaica, hombre sumamente avisado, ingenioso, astuto e inteligente, inclinado al negocio y a atesorar riquezas. No había muchos meses que había sucedido al marqués de Valero, y comprendió luego, no sólo los genios de los sardos, sino también sus particulares inclinaciones. Esto decimos contra los que creen haya sido engañado del marqués de Villazor y del conde de Monte Santo, de los cuales entendió el desafecto, pero no podía más, ni juzgó podía sacar la cara contra ellos sin tropas, que no las había en el reino, y por eso las pidió reiteradamente de la Francia y de España; pero Amelot despreció no el riesgo, sino el reino, porque decía importaba muy poco a la Monarquía, y que servía más de gasto que de útil, si se había de presidiar. Esto lo contradecían en el Consejo del Gabinete del Rey Católico los ministros españoles, pero como no había más tropas que enviar si no las daba la Francia, era árbitro de esta resolución Amelot, y ofreció a Jamaica admitiría el Rey sus disculpas cuando por falta de tropas perdiese aquel reino, porque, previendo el peligro a que estaba expuesto, protestaba no poderle sin ellas defender. Parecióle que con sus mañas y artes le conservaría a lo menos el tiempo de su gobierno, y así procuró atraer a sí al conde de Monte Santo y confiarle. Pero a éste, en el arte de fingir y disimular, no le excedía Jamaica, y se mantenía en ambos partidos, con tal artificio, que correspondió la suerte al deseo. Había muchas veces entregado al marqués de Valero, y aun a Jamaica, cartas que su hermano, el conde de Cifuentes, le escribía, solicitándole a la conjura; pero no las mostraba todas, y reservó las más importantes. Sacrificó algunos emisarios, protegió a otros, y así era tenido en París y Madrid por leal, en Barcelona, por austríaco; sabía cuáles eran de su partido, y no se fiaba de ellos hasta la ocasión, porque a muchos adheridos a su casa los tenía por seguros; guardábase mucho de los que conocía afectos al rey Felipe, y aunque en ellos había hombres de mucha autoridad, la minoraba con Jamaica, a quien quería persuadir que la de su casa era la mayor, y la que sólo podía defender el reino, que ya veía se había de perder, porque lo más de la nobleza era indiferente, y no había tropas que contuviesen el temor de los pueblos al primer amago de guerra, no acostumbrados por espacio de cuatrocientos años a ella.

Había hecho un proyecto para ganar la Cerdeña el conde de Cifuentes, exponiendo las utilidades que de esto resultarían por su situación, su fertilidad y puertos. Fue aprobado en Viena y Barcelona, y no desaprobado en Londres, como no se diesen tropas de desembarco ni tuviese larga demora la armada. Mientras ésta venía del Mediterráneo, mandó el rey Carlos a Cifuentes cultivase en aquel reino las inteligencias, porque se gloriaba de tener muchas, y que no le faltaría su hermano, el conde de Monte Santo.

Adonde echó la primera centella fue a la Gallura; envió algunos frailes sardos por emisarios, que se hallaban en Barcelona, y les entregó varias cartas. Después pasaron con cincuenta hombres a Córcega don Gaspar de Mojica y otro, Borrás Calaritano. Estos echaron las primeras raíces de la rebelión en Tempio, villa capital de la Gallura, la más fuerte provincia de todo el reino, y de gente armigera, parte del marquesado de Orani, que posee el duque de Híjar. Algunos caballeros y hombres principales de aquel lugar se hicieron autores de la rebelión, y se quedó de acuerdo en aclamar en aquella provincia al rey Carlos el día 20 de enero. Después de sorprendida la torre de Longonsardo y ocupado Castillo Aragonés, que ofrecía entregarle un hombre llamado Lucas Manconi, al cual la falta de medios le hacía discurrir en estos desvaríos.

Por uno de los mismos conjurados, que fue don Esteban Serafino, supo el marqués de Jamaica todo el negocio, y envió, para apagar este pequeño fuego, al conde de Monte Santo, que no lo ignoraba, porque Lucas Manconi le envió con su hijo unas cartas del conde de Cifuentes, que no las mostró a Jamaica, con otras de mayor importancia. Fue el conde a la Gallura con despacho de alternos del virrey, y no dejó de causar admiración el que se fiase este grave negocio a un hombre claramente desafecto al Rey Católico; pero Jamaica entendió ganarle haciendo confianza de él, y lo erró, porque hecho dueño de la materia el conde, detuvo en el reino a los rebeldes, los hizo presentar judicialmente ante el virrey, con palabra de no ser molestados, y se les dio por arresto la ciudad de Caller. Los que no quisieron fiarse del conde, huyeron a Barcelona, y se vengó en ellos asolándoles las casas y confiscando sus bienes, más en pena de no someterse que del delito. Con esto dio apariencias de castigarlos, y se sosegó la Gallura, sobresanada la llaga, porque, conservados los rebeldes, defirieron para mejor ocasión el ponerse en campaña, y cuando lo juzgaron a propósito volvieron, huyendo de Caller, aunque estaban sobre su palabra.

Entonces, de orden del Rey se envió por vicario general del virrey a la Gallura al gobernador de los cabos de Caller, don Vicente Bacallar, que, trayendo. a su devoción la provincia, obligó a los rebeldes a retirarse a Córcega, y los que quedaron no podían ser de consecuencia alguna ni daban cuidado. Toda esta rebelión no bastaba a perder el reino, porque para eso era preciso rendir a Caller, y aunque a estos rebeldes no les faltaban protectores en muchas ciudades, la capital daba la ley, y ésta dista de la Gallura cincuenta leguas; ni podían atreverse a ella los gallureses, por ser los más gente pobre y de ninguna autoridad en aquel reino.

Formando don Vicente Bacallar el proceso contra los reos, descubrió los fondos de la rebelión de Tempio, y halló sus raíces en Caller, y por eso escribió al virrey que importaba mucho sacar luego del reino y enviar a Francia al marqués de Villazor, al conde de Monte Santo, a don Antonio Genovés, marqués de la Guardia; a don Miguel de Cerbellón, marqués de Conquistas, y a don Gaspar Carnicer, maestre racional del Real Patrimonio, porque no hallase la armada enemiga los parciales, en que fiaba, que aunque quedaban otros, eran de menor autoridad y se amedrentarían. Que don Vicente, al mismo tiempo cogidos de repente y a la misma hora, sacaría en los barcos más prontos algunos caballeros le Sasser, Alguer, Castillo Aragonés y Tempio, y que así purgado el reino de los parciales austríacos, estaba seguro, si no traía la armada mucha gente de desembarco. Al marqués de Jamaica le faltó brío para ejecutar esto o le pareció se perdería el reino más presto, y así se descuidó del todo, y viendo que no se le enviaban de España tropas, determinó entregar a Caller a la primera vista que diesen los enemigos, y capitular su libertad.

Estas reflexiones le hicieron adherir más al conde de Monte Santo, y escribió al Rey a su favor, que le hizo Grande de España a su suegro, el marqués de Villazor, que era lo que tanto deseaba; ni esta honra le hizo agradecido, ni por ella recordó el conde, porque la misma le ofreció el rey Carlos si con su autoridad promovía sus intereses, entregándose aquel reino.

En este estado, pareció en sus costas, a 9 de agosto, la armada enemiga, mandada por el almirante Lake. Traía cuarenta naves de guerra y dos balandras; pero sin más gente de desembarco que un regimiento que llamaban de Clariana, nuevamente formado en Barcelona. Venía destinado por virrey el conde de Cifuentes, y tenía Lake orden de tentar la rendición de Caller sólo desde el mar, sin permitir más desembarco que del referido regimiento; y que si no salían verdaderos los ofrecimientos del conde de Cifuentes, bombease la ciudad por todas partes y se restituyese a Barcelona, enviando con un navío presos al Final a Cifuentes, a don Francisco Pez y a don Juan Valentín, autores de la meditada rebelión en la Gallura, que venían con él. Éstos ofrecieron que bajarían sus parciales con dos mil hombres de armas a facilitar el desembarco de las tropas en Caller, y así lo avisó al gobernador de los cabos de Caller el virrey, cuando le dio noticia de haber parecido la armada. Éste, luego dispuso su gente de forma que no sólo los rebeldes de la montaña no podían salir de la provincia, pero ni aun de un monte que llaman Limbara, adonde se habían refugiado, y aseguró a Jamaica que no serían de consecuencia alguna para Caller, añadiendo que, aunque esta ciudad se perdiese, se pasase el virrey con los nobles que le quisieran seguir a Sasser, que, sin duda, se mantendría el reino, porque había enviado al Castillo Aragonés un hombre de su satisfacción, llamado don José Deo, y sobre Alguer vigilaba don Miguel Ruiz, hombre leal, enemigo del gobernador don Alonso Bernardo de Céspedes, a quien disponía prender, porque no ignoraba su intención.

A 12 de agosto se vio la armada en la bahía de Caller, entre los promontorios de Carbonara y Pula, que forcejeaba para acercarse al puerto, aun con viento contrario; llenóse de confusión la ciudad, y nadie meditó la defensa. Era comisario general de la artillería el conde de Mariani, milanés. Iba éste a cumplir con su obligación. y buscando en los baluartes los artilleros, no halló ninguno, porque como éstos dependían del maestro de la Casa de la Moneda, que era don Gaspar Carnicer, y los más tenían oficio en ella, estaban ya prevenidos de cómo se habían de contener en la ocasión; a otros los tenía corrompidos el marqués de la Guardia y el de Monte Santo, por medio de algunos allegados a su casa; y así se vieron despoblados los baluartes, aun cuando ya las naves enemigas estaban bajo el tiro de cañón.

Esto consternó más al virrey, y descubrió claramente la conjura. Acudieron a su palacio los nobles de más autoridad, y entre ellos el marqués de Villazor, el conde de Monte Santo, el marqués de la Guardia, don Domingo Branchifort, conde de San Antonio, siciliano, y otros muchos, que más le iban a persuadir la rendición de la plaza, viendo imposible la defensa, que a asistirle a ella; a la cual se ofrecieron prontos y con sincero ánimo don Félix Masones, conde de Montalvo, y su primogénito, don José; don Dalmáu Sanjust, conde de San Lorenzo, y sus hijos don Francisco Manca, conde de San Jorge, y don Félix Nin, conde del Castillo. Éste, más vigoroso que otro alguno, estrechaba al virrey a que mandase lo que se había de ejecutar; pero, no siendo Jamaica hombre de guerra, se embarazó en las órdenes, y ya no le obedecían los pocos soldados de cuatro compañías de infantería que había en Caller.

Dos capitanes, que fueron don Andrés Alberto, español, y don Antonio Pereyra, portugués, adhirieron secretamente a los conjurados, y alentaban el tumulto, para que se abriesen las puertas, ayudados del sargento mayor de la plaza, don Antonio Díaz, portugués. Diose orden para que viniese la caballería del país, y la revocó el conde de Monte Santo, que era general de ella, y a éste obedecieron, porque va veían que prevalecía su autoridad y su deseo.

El almirante inglés envió una lancha con cartas para el virrey y magistrado de la ciudad; su contexto era breve e injurioso a la Francia. Pedía con amenazas la rendición de Caller, cuyos privilegios concedidos hasta el tiempo del rey Carlos II confirmaría Carlos III. El magistrado envió su carta a Jamaica, diciendo se confirmaría con su dictamen, ofreciéndose a la defensa; pero ya aquél consultaba el modo de la rendición con el conde de Monte Santo, el arzobispo de Caller, don Bernardo Cariñena, y el conde de San Antonio. No había sido declarado austríaco el arzobispo; pero no se había descuidado en dar a entender a los austríacos su genial afecto al rey Carlos. Era su ánimo verdaderamente indiferente, y sólo aspiraba a que le dejasen gozar de su mitra quieto, y así vivía con todos. El virrey sólo pretendía que le dejasen ir con su equipaje libre a España, y lo demás que miraba a la utilidad de la ciudad, dijo que pertenecía al magistrado, y añadió que se debía dar libertad a cualquiera que se quisiese salir del reino. Así lo significó en voz al conde de Monte Santo, al cual le dio autoridad para que tratase con los enemigos y sacase estas condiciones. No se descuidó éste, y para vender caro el servicio al rey Carlos no expuso al almirante inglés tan llano el ajuste, porque Jamaica había tomado un día de plazo para responder, y Monte Santo callaba los poderes que tenía éste para capitular, y porque pareciese más difícil aconsejó que, sin aguardar respuesta del virrey, se bombease aquella noche la plaza.

Otros dijeron que este dictamen de él había salido de una junta que se tuvo en casa del arzobispo, donde asistió don Francisco Esgrechio, cabeza del magistrado; don Gaspar Carnicer y el conde de San Antonio; expediente tomado para no quedar tan desairada la ciudad, rindiéndose sin hostilidad alguna. Dieron éstos el modo de desembarco en la falda de San Elías, y ofrecieron que los del arrabal que llaman de la Marina abrirían la puerta que llaman de Villanueva, para que la ocupasen luego las nuevas tropas, con lo cual se imposibilitaba a Caller la defensa de la ciudad. Ésta sólo pedía confirmación de sus privilegios y libertad por seis meses a los que se quisiesen salir del reino, sujetándose a la confiscación de sus bienes si pasaban a los dominios del rey Felipe.

Esto se envió a decir al almirante Lake con don Jerónimo Sanjust, que fue luego a bordo de la nave comandante, y el elegido por su íntima adhesión a la casa de Villazor; con el cual, sin el riesgo de ser descubierto, envió a decir el conde de Monte Santo a su hermano, el de Cifuentes, lo que entonces se le ofrecía, porque era tal su arte que hasta en los extremos quería parecer leal.

Creía el pueblo que estaba ya ajustada la rendición y dormía seguro, cuando despertó, despavorido, a cuatro horas de la noche, al ruido y estruendo de algunas granadas reales que mandó disparar Lake. Turbóse, confusa, la ciudad, que no estaba acostumbrada a semejantes riesgos, y por la puerta que llaman del Buen Camino salió en tropel, abandonando sus casas la nobleza. Todos dejaron al virrey, menos don José Masones y el conde del Castillo, aún habiéndose retirado aquél, fuera del recinto, al que llaman baluarte del Viento. Desembarcó el regimiento de Clariana en el lugar prefinido; abrióse la puerta de Villanueva, y otros sediciosos abrieron la del muelle y entregaron el fortín que le guarda.

Sucedió esto antes que amaneciese el día 13 de agosto. No había aún capitulado el virrey en forma, y ya tenía perdida la ciudad y el castillo, porque los soldados que guardaban las puertas del último recinto las abrieron, y dio su palabra Lake de que se cumpliría lo ofrecido, aunque no se habían hecho capitulaciones. Después arrestaron a Jamaica en su propio palacio, porque corrió voz de que salía por el camino de Artizó a encontrarse con el gobernador de Caller, como se lo persuadía eficazmente el conde del Castillo, entregándole las cartas del dicho gobernador. Parecióle a Jamaica que no se podía mantener en parte alguna sin tropas, y se entregó a Lake, que, con un navío de guerra, le envió a Alicante. Lo propio hizo de los que salieron, que fueron pocos, y sólo se reducían al conde del Castillo, don José Masones y dos capitanes de infantería. De los ministros togados, solamente salió don Antonio de Navas, español; los demás (aunque muchos de mala gana) ejercieron sus empleos bajo la orden del conde de Cifuentes, que juró luego el de virrey, y se explicaron, con los premios, los más desleales al rey Felipe, porque luego le hizo Grande al marqués de Villazor; al marqués de la Guardia le eligió por gobernador de los cabos de Caller y Gallura; se confirmó por procurador real al de las Conquistas; a don Gaspar Carnicer se le dio la plaza de consejero de Aragón, y se crearon títulos a don Francisco Pez y a don Juan Valentín. Despachó Cifuentes cartas circulares a todo el reino, y se le rindió sin resistencia. Entregó la plaza de Alguer su gobernador, don Alonso Bernardo, y porque se resistían don Miguel y don Antonio Ruiz, fueron presos y se enviaron cargados de cadenas a Caller.

Se sublevó Castillo Aragonés, y fue obligado a salir de la plaza el que había puesto en ella el gobernador don Vicente Bacallar, que habiendo tenido esta noticia y que estaba ya todo el reino a la obediencia del rey Carlos, excepto la tierra que pisaba, se salió de la Gallura y, embarcándose secretamente en Puerto Torres, se pasó a Bonifacio y luego a Madrid, donde fue creado marqués de San Felipe, en premio de su fidelidad. Por la misma razón fue también honrado con el empleo de gentilhombre de Cámara el conde del Castillo; a don José Masones se le confirió el título de marqués de Isla Rosa. Tan fácilmente y sin hostilidad alguna se perdió el reino de Cerdeña, con dos cartas del almirante Lake, que solamente con cerrar las puertas de Caller estaba defendido; pero como no había tropas, pudo el pueblo asentir a las sugestiones de los que, para particulares fines, a estímulos de su ambición, desean mudar dominio.

Pasó después la armada, dejando en Caller el regimiento de Clariana, a las costas de Sicilia, por si vencía con la misma facilidad. Tocó aprisa el desengaño, del que resultó no poca gloria al marqués de los Balbases y al príncipe de San Gregorio. Tomó Lake el rumbo de España, y de paso intentó ganar a Menorca y el castillo de San Felipe, que guardaba a Puerto Mahón, uno de los más espaciosos y seguros del Mediterráneo; era su gobernador don Diego Dávila, que sucedió a don Jerónimo de Nueros, de quien injustamente desconfiaron don Francisco Ronquillo y el marqués de Gourmay, Amelot, y fue llamado a la corte. Había de presidio quinientos franceses y doscientos españoles; no traía gente de desembarco la armada, pero se armaron dos mil marineros y bajaron por tierra a la isla, ocuparon la Ciudadela y pasaron al castillo; fingieron de abrir trinchera, y mandando desembarcar cuanta gente era posible, hasta los timoneros, creyó el temor de los que dentro estaban que los sitiaba un ejército, y sin más hostilidad que su aprensión, instaron al gobernador los franceses, que hiciese llamada. Asintió torpemente Dávila; entregó el castillo y pasó la guarnición a Cartagena; el coronel francés fue degradado, y reformado el regimiento. Dávila fue preso y acusado de haberse sin razón rendido; conoció su error, y, desesperado, arrojándose por un balcón de la torre en que estaba, se hizo pedazos, vengando en sí mismo su culpa.

Los ingleses, ni por reiteradas instancias del rey Carlos, dejaron esta pequeña isla y su puerto, necesario para su comercio del Mediterráneo y de Levante. El Emperador pasó la queja a Londres; pero no fue escuchado, porque se fundaba la respuesta en los mismos pactos de la liga, que los puertos quedarían en secuestro a los ingleses, que ya empeñados en no soltar a Mahón, no contestaron más sobre la demanda, y así se vieron en dos pequeñas islas dos dueños, importándole no poco a la reina Ana dar algunas señas de utilidad a su reino, cansado de insoportables gastos, que, por superiores a las rentas, se impuso nuevo tributo sobre las mercaderías de Indias y los campos de labranza. Con esto, pudo el Parlamento conceder para la guerra de Cataluña y Portugal el subsidio de un millón y ciento y cincuenta mil libras esterlinas; poco menos se daban a los príncipes de Alemania, y quinientas mil al duque de Saboya, sin las expensas continuas de dentro del reino, para armamento de mar y tierra, que igualaban a las sobredichas sumas, tomadas a daño de las compañas y bancos de los tratantes. Este esfuerzo era preciso por no desistir del empeño y restaurar el ejército de Cataluña, que estaba desde la batalla de Almansa destruido.

De ella se hizo cargo en Londres a Galloway, y aunque se excusaba con la orden del marqués de las Minas, que era el general y a quien había dado el rey Carlos el mando del ejército, no pudo por entonces ajustar bien con la Reina sus dependencias, aunque no cayó de la gracia. Fue nombrado para sustituirle Diego de Stanop, a quien se le dio también el carácter de enviado de la Reina al rey Carlos. Levantáronse para Cataluña cuatro regimientos en Escocia, y se tomaron del Palatinado siete mil hombres; otros cinco mil de los príncipes de Germanía, y algunos italianos. Los del contrario partido a la corte llevaban mal estos gastos, cuando estaba la Inglaterra amenazada de invasión, porque el rey Jacobo III -llamado el Caballero de San Jorge o, como los ingleses decían, el Pretendiente- había pasado a Dunquerque, donde, bajo el mando del jefe de escuadra, el señor de Forubin, se prevenían veintiséis naves de línea y otras diez fragatas, con muchos fusiles, pertrechos y municiones, y siete mil hombres veteranos, cuyo comandante era el señor de Gazé. Era la idea hacer en Escocia un desembarco, a donde llamaban con instancia al rey Jacobo, y para esto habían venido a París dos de los primeros magnates de aquel reino.

Antes que en Inglaterra, penetraron esta expedición en Holanda, y para socorrer a sus aliados previnieron naves y pusieron tropas en Malbourgh, porque se divulgó la voz de que quería el francés atacar la Zelandria, y temían ser engañados con la verdad.

La Reina, toda aplicada a su seguridad, mandó que no saliesen tropas del reino; envió muchos regimientos a Escocia, y puso en ella tantos ingleses que le pareció estar segura. Ordenó al almirante Jorge Binghs que invigilase con una escuadra de veinte y cinco naves sobre las costas de Dunquerque, y dispuso tantos navichuelos de aviso en el canal, que no pasaba día sin noticia. Todas las naves se previnieron en los puertos, y se trabajaba de noche con teas encendidas; se aplicó al fin el cuidado a proporción del peligro, que se creía grande, porque Jacobo tenía parciales aun en Inglaterra, y los escoceses estaban de acuerdo con la Irlanda. Cuando el Rey estaba para embarcarse en Dunquerque, enfermó de viruelas; no era la calentura muy ardiente, y quería partir con ellas; pero se lo prohibió el rey de Francia. Instó otra vez, dando por razón que se prevenían cada día más los ingleses, y que ya se había visto en las costas de Francia el almirante Binghs; al fin partió el día 17 de marzo, sin embarazarlo la armada enemiga, que se había retirado con arte al puerto de Brilla, y luego se puso a la vela para seguir a Fourbin, que le precedía el solo término de quince horas. Tomó el rumbo de la Escocia, no ignorando era contra ella la expedición, porque ya se decía que milord Abelli había ofrecido a Jacobo diez mil hombres de armas.

Mudósele el viento a la armada francesa junto a Escocia, que no dejó acercar las naves, cuando ya Binghs le había tenido en el canal favorable, y había dejado por un lado los franceses, a los cuales no quiso atacar hasta que tomase bien el barlovento; el tiempo era favorable a Fourbin para ir a Irlanda, como lo instaba Jacobo; pero lo contradecía la orden del Rey Cristianísimo, porque en las instrucciones sólo le mandaba ir a Escocia, y, no pudiendo lograr este desembarco, volver a Francia la persona del Rey, porque con sólo ella hacía guerra a los ingleses, teniéndolos en continuos movimientos con innumerables gastos. Tenía Fourbin viento en popa para volver a Dunquerque, y así dio al aire todas las velas; lo propio hizo Binghs siguiéndole, y alcanzó algunas naves de la retaguardia a tiro de cañón; pero la noche separó una y otra armada, y la de Francia tomó sus puertos, restituyendo al Rey a su antiguo hospedaje, tan dolorido, que le vieron llorosos los ojos muchas veces. Esta malograda expedición avigoró el ánimo de la reina Ana para la guerra, y aunque dentro de su reino no la faltaban cuidados, los más desafectos se mostraron más leales, viendo no había podido el Rey desembarcar, y con el castigo de pocos, se sometieron los escoceses que se habían retirado a las montañas.

* * *

Desde 19 de abril del año pasado había conducido de Wolfembutel a Bamberga el conde de Poar a la princesa Isabela Cristina de Brunswick, destinada para esposa del rey Carlos, donde, en manos del arzobispo de Maguncia, abjurada la secta protestante, abrazó la religión católica romana. Pasó a Viena y fue hospedada en casa del Emperador, hasta que, bien educada en el sagrado rito, pudiese ir a Barcelona, a donde habían dudado enviarla por los felices progresos de las armas del rey Felipe, y no exponerla a las contingencias de la guerra.

El rey Carlos, impaciente y enamorado con razón de su esposa, por ser una de las más célebres hermosuras de su tiempo, aunque sólo había visto su retrato, envió por ella con las mayores instancias. Habíase determinado que partiese el día 9 de marzo; pero, como también había de pasar a Lisboa la archiduquesa María Ana de Austria, hermana del Emperador y mujer ya del rey de Portugal, querían enviarlas juntas; pero se reparó luego que los príncipes italianos no tendrían dificultad en tratar a la archiduquesa como reina, pero sí a la mujer de Carlos, porque éste no estaba reconocido por rey en Italia, sino solamente por el duque de Saboya, y para embarcarse era preciso pasar por los Estados de Venecia y Génova, y así, para evitar este desaire a la princesa Isabel, se mudó de idea.

El día 23 de abril se desposó por poderes del rey Carlos con el Emperador; fue el ministro el cardenal de Sajozeith, que le dio a la nueva Reina el sacramento de la confirmación, y el día 26 del mismo mes partió para el Tirol, servida de Lotario Carlos, obispo de Osnabruck; el día 15 de mayo llegó a Trento; pasó a Brescia incógnita, porque, no habiendo los venecianos querido tratarla como reina, rehusó todo obsequio; por Milán pasó a San Pedro de Arenas, arrabal de Génova, y tampoco fue tratada como deseaba, ni admitió las galeras de la República que la ofrecieron; el día 13 de julio partió en la armada inglesa que mandaba el almirante Lake, y a 2 de agosto llegó a Barcelona, adonde fue recibida con las mayores demostraciones de júbilo por el Rey su esposo, nuevamente enamorado de su belleza y de las altas calidades de modestia, prudencia y virtudes morales que la servían de adorno, habiendo tan de veras abrazado la piedad de la religión católica, que parecía había sido educada desde su infancia en ella.

* * *

No pudiendo ya sufrir más el largo sitio de la plaza de Orán y faltándole víveres y municiones, se rindió a los africanos; pero la lejanía hizo despreciar esta pérdida, aunque era mayor de lo que los franceses ponderaban en la corte del rey Felipe, donde vivía de asiento la discordia, y ayudaba a que echase ésta raíces el duque de Orleáns, declarado enemigo de la princesa Ursini, a la cual quería de nuevo echar del palacio; pero como no la podía apartar de la Reina, eran inútiles sus esfuerzos, aunque se habían conjurado con los de contrario partido a la princesa, que no eran pocos. Su madre, la Palatina, lo solicitaba en París por medio de la señora de Maitenon y del Delfín, que, cansado de oír tantas quejas de los españoles, asentía al dictamen del duque.

El rey de Francia no se resolvió a enviarla a llamar por no disgustar a la Reina, dando crédito a las cartas de Amelot, favorables a la princesa, con quien se había estrechamente coligado para resistir al poder del duque de Orleáns, que, con tener las armas en las manos, era casi demasiado, y pretendía reglarlo todo a su arbitrio, aunque el Rey no le dejaba tratar más que en cosas de guerra. Ésta la quería hacer a su modo el duque, y lo procuraba Amelot, de quien, y de la princesa, dependían las asistencias para el ejército, sin las cuales todas las ideas eran inútiles. Esta discordia hubiera acabado con la España si no la hubiese preservado una oculta providencia, porque parece que tiraban todos a su ruina.

Había traído a sí el duque muchos magnates españoles, como eran el duque de Montalto y el de Montellano, el marqués de Mancera y otros, adversos a la princesa. No querían éstos más que el bien del Rey; pero el duque le posponía a sus particulares fines, como los más de los mortales, que se sirven a sí mismos gloriándose de que sirven al Rey. Esta es una infelicidad de los más de los príncipes, con no pequeña injuria de los vasallos.

El reino de Valencia le gobernaba el caballero de Asfelt. Habíase vuelto a Francia el duque de Berwick, que había sido llamado para el ejército del Delfinado, y quedó árbitro de la guerra el de Orleáns, que había procurado apartasen a Berwick porque le daba alguna sujeción su dictamen y su presencia. No lejos de Fraga, en Torrente, se juntó el ejército, y parte de él se destacó, con el conde de Stain, hacia Castillón de Farfaña, para juntarse con el duque de Noailles, que tenía intención de poner su campo en Urgel. El señor de Mombasar ocupó las montañas, y los regimientos de Asturias y Pamplona, a Benaberre, por ser dueños del puente y del valle de Benseque. Para mandar su ejército había el rey Carlos llamado al conde Guido Staremberg, porque era sólo entonces Stanop el jefe de las tropas de Cataluña, habiendo muerto el conde de Noyelles, no sin alguna sospecha de veneno, teniéndola el rey Carlos de que estaba el conde corrompido del oro de los franceses.

Los alemanes cortaron la llanura a Tarragona con una bien fortificada línea; y aunque estaba tan adelantado el tiempo, y ya en campaña las tropas del rey Felipe desde 10 de mayo, no parecía el ejército austríaco, aun habiéndose divulgado la voz de que el duque de Orleáns pensaba sitiar a Tortosa y, echando un puente en Flix, pasar el Ebro; pero se lo impidió lo poco firme del terreno, por lo más pantanoso, y se hizo un puente de barcas en Mora; pusiéronse doce batallones de la otra parte del río, y se mandó venir a Asfelt de Valencia con sus tropas y el destacamento del conde de Arenes. A 27 de mayo llegó a Barcelona Staremberg, y se acampó en Montblanc; el duque de Orleáns se adelantó a Cinestar, y el de Noailles al Ter. No pudo ocupar el puente, porque le defendía el príncipe Enrique de Armestad. No trajo la armada de Lake gente de desembarco, porque la había menester la reina Ana para guardar su casa; y así, sólo tenía el rey Carlos diez mil hombres, estando por la frente acometido de los españoles, y por un lado, de los franceses hacia Girona.

De Cinestar se destacó a don Francisco Caetano con ochocientos caballos y dos mil infantes para ocupar a Falset, que le presidiaban novecientos alemanes con quinientos caballos. Salieron éstos del castillo para oponerse; trabóse una pequeña batalla, y luego huyó sin jugar armas la caballería austríaca. La infantería peleó valerosamente una hora, pero al fin fue de los españoles vencida; la mayor parte quedó prisionera, y ocuparon los vencedores a Falset. En esta acción se distinguieron don Miguel Sello, el conde de Glimes, Cereceda, los marqueses de Lambert y Sandricurt. Se envió a reconocer a Tortosa a don José Vallejo, que lo ejecutó puntualmente, y volvió con gran cantidad de ganados que quitó a los enemigos. La mayor dificultad que tenía Tortosa era llegar a ella, por lo angosto de los pasos, donde no tenía refugio el vencido. Habíase de subir artillería por collados asperísimos, municiones y víveres para tiempo indeterminado, porque estaba bien fortificada la plaza y prevenida a sufrir el sitio desde la batalla de Almansa.

Diez mil catalanes guardaban los pasos, gente a propósito para esto, acostumbrada a las selvas y a andar descalzos o con alpargatas por los riscos. Estas dificultades no amedrentaron al duque de Orleáns, aunque el ejército desaprobaba la empresa. El 10 de junio marchó la mayor parte de las tropas hacia Bitem con el señor de Davaré; otra, con el señor de Giofreville, más allá de Tortosa, pasando el Ebro, para que quedase bloqueada. Un destacamento, como formando con Giofreville una paralela (dejando el río a la derecha), se acercó a la plaza y echó un puente. Opusiéronse los catalanes a estas marchas, pero fue en vano, porque ni sabían disputar los pazos ni se formaban; daban, en pequeñas divididas partidas, una descarga y huían; cien granaderos hacían volver la espalda a un millar de ellos. El duque de Orleáns siguió con lo restante de la gente, y a 12 de junio ya tenía el ejército extendida la derecha al camino que va a Tarragona; la izquierda se dilató hasta el puente, y por donde la ciudad está como defendida del bosque, se alojaron sin dificultad los españoles, cuya caballería corría hasta el mar, por quitar a la plaza los socorros que querían introducir diez naves inglesas.

Staremberg estaba con su ejército en la llanura de Tarragona; había en él gran número de catalanes, que los llamaban carabineros de campaña, y sólo servían de consumir víveres. Los franceses ocuparon el convento de capuchinos de Tortosa, y tomaron los alemanes que los enemigos tenían de reserva. Asfelt envió artillería por el Ebro en barcas, y para comunicarse con sus tropas mandó erigir el duque de Orleáns otro puente, que a 20 de junio ya estaba concluido. La noche de este día se abrió la trinchera, y tiróse una paralela que abrazaba el convento de carmelitas; y para que no lo impidiese la plaza, se fingió un asalto. Aunque el cañón enemigo jugaba con felicidad, perficionaron los franceses sus obras; plantóse la artillería en dos órdenes, y en una los morteros; después se quisieron aumentar, y costó mucha sangre; entonces murió el coronel Moncanao, francés, hombre del mayor brío. Una bomba quemó el convento de carmelitas, donde estaba la mayor fuerza de la plaza. Tres horas duró el fuego, y consumió el edificio. La misma noche hicieron los sitiados una salida en dos partidas por ambos extremos de la trinchera; fue la acción viva y sangrienta; llegaron las baterías y las defendió valerosamente el regimiento de Barois, el de guardias, el de Rosellón Viejo y Milán. Quedaron prisioneros algunos del regimiento de la Reina Ana, y muertos muchos; la pérdida de los sitiadores fue igual. En uno de estos días, acabando de decir una blasfemia un soldado español que jugaba con otros, una bomba le quitó la cabeza, con escarmiento de los demás.

Mandando la trinchera el duque de Havré con el mariscal de campo, duque de Sarno y el brigadier Lambert, hicieron de la plaza otra salida la noche del día 30; duró poco el combate, pero fue cruel; nada de los trabajos deshicieron los sitiados, y se retiraron con pérdida. Esta noche movió su campo Staremberg de Valo a Reus, para dar alguna aprensión a los sitiadores; pero éstos no la tuvieron y prosiguió el sitio, aunque con gran trabajo y dilación, por lo duro del terreno, lleno de peñas, mucho más frecuentes cuanto más cerca de la plaza.

Era preciso traer de lejos la tierra, y así costaba mucha sangre los aproches, y mucha más los ramos que se formaban contra el camino encubierto. La noche del día 1 de junio fue tanto el estrago, que ya no querían los soldados trabajar, y lo hicieron heroicamente los oficiales, tomando la zapa. Cayeron muchos, pero se perficionó en aquella noche la obra, que la visitó muchas veces intrépidamente el duque de Orleáns, repugnándolo los ruegos de los suyos. Todo el trabajo era infructuoso, porque faltaban cañones de batir, que por agua se traían desde Miravet, y por eso se destacó con seiscientos hombres al señor de Giofreville para asegurar los caminos que infestaban los catalanes, y para echarlos del Hospitalet se envió a Cereceda, que socorrió a tiempo a don Francisco Areciaga, el cual, con sólo treinta hombres, mantuvo un puedo atacado de cuatrocientos sesenta catalanes, y nunca vencido.

Ya se batía en brecha contra el baluarte de la derecha, los fuegos de los lados y la cortina; pero más terror ponía en los habitadores el estrago de las bombas. La noche del día 6 de julio avisaron con cohetes de su riesgo a los suyos; éste puso en mayor esperanza a los sitiadores. Como estaban las trincheras guarnecidas de palos y fajinas, se prendió fácilmente fuego a una parte, volando del fogón de un cañón la llama, de suerte adelantada en lo árido de la materia, que estando lejos de la agua corrió riesgo de llevarse el fuego las trincheras, si el regimiento de Normandía, despreciando el propio peligro, no le hubiera atajado con pérdida de mucha gente.

El día 9 de julio se dio el asalto al camino encubierto; fue atroz la disputa por los fuegos artificiales de pez y betún que se desplomaban, ardientes, de los muros; de donde echaban también cantidad de piedras y granadas; nada les embarazaba a los españoles, y se llegó a las bayonetas. Gobernó esta acción don Antonio de Villarroel con grande arte y valentía, que lució más en lo obstinado de la defensa, quedando bien ensangrentada la arena. Viendo que por una hora no se adelantaban los suyos, asistió el mismo, duque de Orleáns con heroica intrepidez y añadió gente; venció, al fin, y se acogió en el deseado paraje; pero no muy seguramente, porque no lo permitía el fuego de los sitiados, que luego asaltaron a los sitiadores, y se renovó más feroz la disputa; pero sin dejar de pelear, se alojaron y se retiraron los defensores.

Tuvieron en la plaza Consejo de guerra, y el día 10 hicieron llamada; se formaron las capitulaciones, y al fin de ellas no quiso venir en lo acordado el duque si no se le entregaba juntamente el castillo de Arés y la torre de San Juan, que está junto al mar.

Vino en lo primero el gobernador de la plaza, pero sobre la torre no tenía jurisdicción; diéronsele honrosas capitulaciones, y se entregó Tortosa, con la cual se tenía más en freno a los rebeldes del reino de Valencia, que se habían unido a los catalanes. Mordió la fama al gobernador por poco defendida, pues podía aún mantenerla una semana, que bastaba para que el duque levantase el sitio, porque no tenía víveres ni municiones para dos días más, por maliciosa traición a su persona, que le hacían la princesa Ursini y Amelot, para que perdiese el crédito y le sacase el Rey Cristianísimo de España -tan monstruosas como esto son las cortes, donde el primer ídolo es el propio interés-. No concurrió la prudencia a hacer feliz esta empresa, porque en ella el duque atropelló mil dificultades, no sin riesgo; toda la gloria se debía a la fortuna y al valor. Los que juzgaban por el éxito, engrandecían el duque; sus émulos le notaron de temerario e inconsiderado; al fin, la gloria de vencer no se la debernos quitar.

* * *

Importaba al duque de Saboya mantener viva la guerra, y así determinó atacar al Delfinado por Granoble. Opúsosele el marqués de Villars, cuando el Duque estaba acampado en el valle de Moriana y había hecho un destacamento, adelantando seis mil hombres con el general Scolemberg, a quien ordenó que por el collado de Robe bajase al valle de Oluges. Todo se ejecutó felizmente, asegurando los caminos los barbetas, que tenía muy a su devoción el Duque. Los franceses, fortificando a Exilles y Fenestellas, ocuparon a Sezana y el monte de Ginebra; mandaba estas tropas el señor de Muret.

No se le escondió a Villars que quería el Duque sorprender a Briançon, pues con ese cerraba los pasos para el Piamonte y los abría al Delfinado, y así mandó al señor de Artañán que ocupase el collado de Briançon y, fortificando lo angosto de las sendas, imposibilitase al Duque su designio; con esto también aseguraban a Muret. El Duque se acercó a Sezana; acometióle Villars, vencióle y fue obligado a retirarse; no fue grande la pérdida, pero le desbarató sus ideas. Entonces convirtió el Duque las armas contra Exilles y Fenestellas; la primera plaza la ganó con poco trabajo, pero con mayor la segunda, porque tenía mil presidiarios; defendiéronse cuanto fue posible, pero al fin quedaron prisioneros. Lo demás de la campaña, que no fue dilatada por lo frío del paraje, se pasó en acciones de poca entidad, porque lo escabroso del terreno no permitía venir muchas veces a las manos.

Esta guerra confirmaba en su servidumbre a la Italia, donde ya explicaban los alemanes lo áspero de su genio. Gemían sus príncipes y sus repúblicas, pero en vano, porque estaban por todas partes ceñidos de tropas y a ellos les faltaban, no teniendo valor ni aun para la queja (tanto los asombraba el poder de los austríacos).

El Pontífice pensó alguna vez sacudir el yugo que a sus Estados amenazaba, pero no halló aprobación en los cardenales, porque los más eran de la facción del Imperio, y los neutrales no amaban la inquietud de la guerra. Don Horacio Albani, hermano del Pontífice, dividió sus hijos en ambas facciones de Francia y Alemania para afianzar la seguridad de su Casa, que la estaba construyendo sin mucho ruido, y atesorando riquezas. El cardenal Grimani y el embajador cesáreo, marqués de Prié, llenaban la corte romana de amenazas. Los herejes inflamaban esta guerra contra el Pontífice, más por odio particular que por interés, porque ni los ingleses, holandeses y protestantes de Germanía le tenían en que el Emperador ajase y destruyese la Italia. Pidió paso a sus tropas de Nápoles para el Milanés; acordósele con nunca observadas condiciones, porque había el virrey de Nápoles, conde de Daun (que sucedió a Martinitz) ordenado oprimir de intento a los vasallos del Papa, y a imitación de lo que hizo el príncipe Eugenio en Milán, había confiscado los bienes y la renta de los beneficios eclesiásticos de los que estaban ausentes, prohibiendo para Roma toda extracción de dinero, ni aun por bulas, y para buscar pretextos se quejaba de que había presidiado el Pontífice a San Ciprián, frontera de Nápoles, con cuatrocientos hombres, y erigido dos fortines. Envió Daun quinientos caballos, que pasaron después a Ferrara. Con este apoyo suscitó sus antiguos derechos el duque de Módena y todas eran trazas para amedrentar a los romanos.

Vióse en muchos lugares de Italia y en Roma un manifiesto que con arte hicieron los alemanes; daba las razones por que se debía despojar al Pontífice de la prerrogativa de que fuesen feudos de la Iglesia las dos Sicilias. Que no debía el rey de Nápoles pagar el sólito reconocimiento o tributo, y que se le debían quitar los Estados de Aviñán y Benevento como usurpados de Clemente VI y Pío II; que no tenía valor ninguno la transacción entre Carlos V y Clemente VII sobre la elección de los obispos, que pertenecía enteramente al Rey. Que se había de extinguir la alternativa entre ellos y la Curia romana, a quien no tocaba dar beneficio alguno en los dominios reales, sí sólo a los prelados, sin que pudiese aquélla imponer pensiones ni tomar el Papa dinero por bulas. Que se había de suprimir el tribunal de la Nunciatura en Nápoles y el que tiene a su cargo las Obras Pías y las mandas para la fábrica de la iglesia de San Pedro, reservando a los obispos el administrarlas.

Todo esto no se había decretado en Barcelona ni en Nápoles, pero lo amenazaban los tudescos, y dispusieron que en la Dieta de Ratisbona se declarase no tener la Iglesia acción alguna a los Estados de Aviñón y Benevento, y que se adjudicase Mantua al Emperador sin oír la parte, porque aún vivía el Duque, que murió muy poco después en Padua.

Como los alemanes daban muestras de quererse acuartelar en el Ferrarés, mandó el Pontífice juntar sus tropas y llamó a sus súbditos que servían en los ejércitos de otros príncipes. Obedecieron pocos, porque cualquiera desea servir a un príncipe grande. Levantáronse en Aviñón dos regimientos, que pasaron con las galeras pontificias; fortificóse a Ferrara, y todo era un aparato inútil de guerra, de que hacían burla los alemanes, porque no podía el Pontífice juntar tropas que los resistiesen. Pasó el príncipe Eugenio de Saboya a Viena, y fue llamado a Milán el conde Daun, a quien sucedió en el virreinato de Nápoles el cardenal Vicente Grimani, hombre áspero, turbulento y poco atento al Sumo Pontífice, como debía por muchos títulos serlo; partió sin despedirse, y esto le dio aprensión, porque parecía declarar la guerra.

La hacía el Emperador a la Iglesia, pero no la confesaba. Todo lo aplicaban los alemanes a la necesidad de asegurarse en Italia, y al desorden de los soldados, mal reprimidos de industria o adversos a la Santa Sede, porque había en los regimientos de los príncipes de Alemania gran cantidad de herejes, y muchos cuerpos de tropas lo eran enteramente; las de Sajonia y Hesse Casel, Hannover y de los círculos de Suevia y Franconia.

El Papa nombró por general de sus tropas al conde Marsilli; fortificó las fronteras de Nápoles y juntó quince mil hombres. Los alemanes propusieron ajuste, como se decidiese en Ratisbona la duda de si eran Parma y Ferrara feudos imperiales. El emperador escribió a todos los cardenales del Sacro Colegio, menos a los de la contraria facción, justificando que debía declarar la guerra al Pontífice si no desistía de tener por feudos a Ferrara y Parma; empezó sus razones ocupando a Comachio, para apretar más a Ferrara. Esto era ya despojar de sus Estados a la Iglesia, con el pretexto de un pretendido alto dominio que sobre Comachio tiene el César, alegando que nada, sin la Junta de los Príncipes del Imperio y su consentimiento, pudo dar a la Iglesia Carlomagno de los Estados imperiales, porque los derechos a lo alienado no se perdían ni con la benigna tolerancia de tantos siglos. Todo era infundirle más terror al Pontífice, a quien mantenían algo las persuasivas del cardenal de la Tremoglie por la Francia, y el duque de Uceda por la España: ofreciéronle quince mil hombres si hacía con ambos reyes Liga ofensiva y defensiva; ya sabía que no se los habían de dar, pero le sostenían con esperanzas para hacer alguna distracción a las armas austríacas. No entendió luego esta política el Pontífice, y creyó poder tener un ejército de treinta mil hombres si se le daban los que le prometían, y esperaba traer a la Liga algunos príncipes de Italia.

Para confiarle mejor, envió el Rey Cristianísimo a Roma por embajador extraordinario al mariscal de Tessé; por España pasó, sin carácter, el marqués de Monteleón, que era enviado del rey Felipe en Génova, para que ayudase al duque de Uceda, cuya quebrada salud no era capaz de grande aplicación, ni la tuvo asidua a los negocios de España después que se perdió el reino de Nápoles, y él la esperanza de poder lograr aquel virreinato, al que aspiró siempre. De sujetos que le trataban íntimamente sabemos que desde entonces enajenó su ánimo del Rey Católico y adhirió secretamente a los austríacos, pero con tal cautela que lo penetraban pocos, porque le veían ministro del Rey y con no vulgar aplauso en la corte, donde enteramente se ignoraba la perversa intención del duque.

A las juntas que por las dos Coronas se hacían en Roma asistían el referido duque, el mariscal de Tessé, el cardenal, de la Tremoglie, el decano de la Sacra Rota don José Molines, y el marqués de Monteleón; pero el Papa había menester tropas y no discursos ni consejos. Moderaban su ánimo su hermano y sobrinos, a quienes no convenía la guerra, porque se gastaba el dinero, y aunque se sacó del tesoro de Sant-Angel, mucho de lo suyo gastaba el Papa, y aplicaba a la causa pública algunos arbitrios que producían dinero. Determinó sitiar a Comachio, pero vio la imposibilidad, habiéndose fortificado aún más de lo preciso los alemanes, que sorprendieron a Ostellato para internarse mejor en los Estados pontificios, donde ejecutaban los herejes tan horrendas y sacrílegas insolencias, que osaron matar a un sacerdote estando celebrando el sacrificio de la misa, y en las heridas le metieron por desprecio las hostias consagradas que estaban en el copón, por ver, decían, si Dios, que en ellas estaba, le volvía la vida. El Emperador despreciaba estas quejas, y respondía que esto no era guerra, y que la había prohibido contra el Pontífice; que era insolente militar licencia de los soldados, que mandaría castigar, pero que podía restituir a Comachio por no dejar indecisas las razones del duque de Módena, a cuya familia lo había dado Federico III.

Diciendo esto se adelantaban las armas, porque también tomó a Bondeho y detuvo prisionera la guarnición, y con todo eso aseguraban sus ministros en Roma que no era guerra, bien que luego tomó también a Stellata y se acampó junto a Ferrara el conde Daun; retiráronse las tropas pontificias. Con esto estaba Ferrara bloqueada, y devastada cruelmente toda la tierra de Boloña. Tomó cuarteles en los Estados pontificios el alemán, corriendo la caballería hasta Imola y Faenza. Consternóse Roma; cerráronse de ella tres puertas, y se introdujo presidio.

Los franceses y españoles no le daban al Papa nada más que palabras, cuando los alemanes, ya más vecinos, obligaron a Marsilli a retirarse a Pésaro.

Defendía con treinta mil hombres el río Mosa el príncipe Eugenio; con setenta mil marchaba el duque de Malburgh contra el de Borgoña y Vandoma. Éste se le dio a aquél por consejero, pero el sistema del duque de Borgoña era conservar el ejército, y nunca exponerle a una batalla, porque no tenía otro la Francia. De aquí nacieron algunas disensiones, siendo de contrario dictamen Luis de Vandoma, cuyo genio ardiente y desembarazado tocaba en lo temerario, alentado de que constaba el ejército de los franceses de ochenta mil veteranos. El inglés se adelantó a Lovaina, y tenía como por antemural el río Ischia. Ambos ejércitos querían ocupar su fértil llanura, pero madrugó más el inglés, se alojó en ella y se fortificó, echando también dos puentes al Dile. Con cuatro mil hombres sorprendió a Gante el duque de Borgoña. Retiróse el presidio al castillo que llaman de Sas de Gante, pero al fin se rindió después, por falta de víveres. Igualmente feliz, el mariscal de la Mota tomó a Brujas.

Avisado de esto Malburgh, se movió a vigilar sobre Meninga. Entraron los aliados en aprensión del poder del ejército francés, y se llamó al príncipe Eugenio, que vino con toda la caballería, pero la situación del ejército de los aliados no podía embarazar sus progresos al duque de Borgoña si pasaba la Esquelda, y aún corría peligro Malburgh de ser vencido, obligado en aquel paraje a una batalla. Por esto partió de improviso el día 9 de julio, y pasando por Ath el Dender, acercándose a Odenarda, y sorprendiendo las centinelas avanzadas del francés, y la gran guardia, echó dos puentes a la Esquelda y luego empezaron a pasar sus tropas.

Había el duque de Borgoña, ignorante de esto, enviado por Graven al general de Virón con treinta escuadrones, para que pagase el Rey, mientras con lo restante del ejército seguía el duque; pero llegó a tiempo que había casi pasado la vanguardia de los enemigos. Informado el francés de esto, mandó atacarlos, pero no podía Virón hacer más que cansarlos con escaramuzas. Los ingleses y alemanes las sostenían mientras pasaba la infantería. El duque de Borgoña marchó a rienda suelta a socorrer a Virón; la infantería no pudo apresurar tanto sus pasos, pero acudieron los oficiales con el duque de Vandoma y el de Betri; el terreno estaba cortado de canales, y tan angosto que no se podía dar batalla explicando en la debida forma las tropas, y así, era tan estrecha la pelea que ni en la boca del fusil servía la bayoneta, ni la tomaban los soldados con la mano. Los franceses padecían mayor estrago, porque como entonces toda su fuerza estaba en la caballería, y ésta no podía combatir, tenían gran ventaja los ingleses, además de que estaban los franceses sobre una margen de arena muy alta y ruda, que les impedía los necesarios movimientos. Por momentos estaban a la acción nuevas tropas alemanas, y aunque llegó ya la manguardia de los franceses, defendían sus enemigos la orilla del río con más felicidad, por estar más bien situados y porque no podía extenderse en línea el francés por lo estrecho del paraje.

Llegó la noche y cesó la batalla; en el mismo lugar en que peleaba se quedó Malburgh. El francés se retiró al confín de la selva, a distancia de tiro de fusil, pero vencido, porque no pudo echar a los enemigos de las orillas del río y porque perdió doble gente. Los alemanes perdieron dos mil hombres. Antes que amaneciese el día 12 le llegó todo su ejército al duque de Borgoña; y luego, al favor de la sombra, pasando en Gante los ríos, se acampó detrás del gran Canal, extendida la derecha a Brujas y la izquierda a Gante; y porque no faltase la comunicación entre Brujas y Neoport, sorprendió a Plasental, pequeño castillo situado al extremo del canal de Brujas, donde empieza el de Neoport. Así se comunicaban también Gante y Dunquerque. Temió ser sorprendido, del señor de la Mota el gobernador de Ostende, y llenó de agua la ciudad. Mucho celebraron haber pasado el río los aliados, permaneciendo un ingrato rumor contra la fama del duque de Borgoña, que lo había permitido. De este hecho dio cuenta por extenso al Rey Cristianísimo el duque de Vandoma, y del descuido tan pernicioso a sus intereses, porque muchos días antes había sido Vandoma de dictamen de pasar la Esquelda y atacar a los enemigos. Algunos creyeron en el duque de Borgoña siniestra intención y afectado descuido, no queriendo vencer por obligar a la paz a su abuelo; pero esto es difícil de averiguar.

El duque de Berwick sacó veinte y cinco mil hombres del Rhin y los juntó al ejército del de Borgoña. El día 14 pasó Malburgh el río Lisa y ocupó las alturas de Varentón y Comines, y con esto puso en contribución el país de Artois y casi hasta Arrás; su campo tenía a Meminga la siniestra, y la derecha de Rousellar; a los que a él pasaban desde Odenarda incomodaba mucho la guarnición de Tournay, a la cual añadió gente el duque de Berwick. Lo propio hizo con Ipré y se pasó a Lilla. Ocuparon las líneas de Comines los alemanes e ingleses, que estaban ya desamparadas del francés.

Por una y otra parte se encendían las hostilidades contra la Flandes, fatigada de agravios y contribuciones. Juntóse con Malburgh el príncipe Eugenio, y pasaron a Bruselas ciento y diez piezas de artillería por el canal de Brujas; aún estaba oculto el designio, pero corría voz de que se intentaría el sitio de Lilla, donde se encerró el mariscal de Bouflers. Con sus marchas también amenazaba a Mons Malburgh, y por eso puso Berwick su campo entre esta plaza y Nivelli. A 5 de agosto se juntó al grande ejército el conde de Tilly; trájose de Bruselas gran cantidad de víveres, y ya no había duda de que se enderezaba todo contra Lilla. Para guardar las plazas que dejaban los ingleses atrás, se mandó al príncipe hereditario de Hesse Casel que con un cuerpo de tropas se acampase en Bruselas.

A 14 de agosto se presentó a vista de Lilla el príncipe Eugenio, que era quien mandaba el sitio, y no pudo sin gran sangre ocupar los puestos, porque el mariscal de Bouflers le disputaba cualquier palmo de tierra, y perdió antes de tomarlos mil trescientos hombres; doce mil tenía la plaza de guarnición, y mil y quinientos caballos. Nada le faltaba para una larga y vigorosa defensa, sino víveres. Malburgh observaba el ejército del duque de Borgoña, que estaba en Maldeguén, a quien se juntó Berwick con cuarenta mil hombres sacados de las plazas más vecinas al mar. El día 14 atacaron los sitiadores el castillo de Cantelech, situado en la alta ribera del río Dola, sin el cual no podían formar la línea, pero fueron rechazados. Intentaron cortar un dique que había formado Bouflers, para inundar el campo enemigo a su tiempo si se extendía a la parte inferior de la ciudad; la noche del día 16 envió la gente necesaria para esta obra, pero habiendo sido avisado de las centinelas Bouflers, hizo una emboscada de cinco mil hombres que, acometiendo de improviso a los que vinieron, mataron de ellos dos mil, y los demás se retiraron.

Estas primeras desgracias endurecieron más el ánimo de Eugenio, y prosiguió el sitio. A los 20 de agosto ya tenía formada la línea de circunvalación, abierta trinchera y plantadas las baterías. A 5 de septiembre, el duque de Borgoña envió el bagaje a Tournay y Valencenas; y Condé, desembarazando el ejército, marchó a Marchea, que es una altura que tiene sujeta la parte inferior del río, cuyo puente ocupaban los ingleses, y habiendo sido acometidos le perdieron. Esto hacía el francés por si podía traer a una batalla al duque de Malburgh, que no pensaba en esto y había fortificado bien su campo adelantando un gran trincherón en Templemato y Entier, y tenía ocupadas ambas orillas del río; este trincherón y puestos fortificados ganaron los franceses, y plantaron baterías contra el campo enemigo; pero no se podían acercar a él, porque Malburgh, para asegurar a los sitiadores, se había fortificado con fosos y empalizadas, extendida la derecha hacia Seclin, detrás de un lago tan cenagoso, que era imposible pasarle; otro eligió por antimural de la izquierda en Fretin, junto a Marque, y estaban de género dispuestos los reales, que era temeridad atacarlos, y así, se cansaba en vano el francés provocándole a una batalla.

Atento sólo a su sitio el príncipe Eugenio, la noche del día 1 de septiembre atacó el foso de la puerta de la Magdalena, y fue tres veces rechazado con gran pérdida, pero a la cuarta ocupó dos ángulos sobresalientes, y antes que se pudiesen los vencedores alojar, prendió fuego Bouflers a tres minas que allí había hecho y volaron los alemanes y holandeses al aire. Salió luego de la plaza un regimiento de granaderos, y echó de aquel lugar a los que quedaron. Esta función fue tan sangrienta y costosa, que ya se quejaban los holandeses de haber emprendido sitio tan difícil y prolijo. El príncipe Eugenio se obstinaba más en su empeño, y no le hacían fuerza estas representaciones, ni la pérdida de la gente. Pidió más regimientos al duque de Malburgh, para formar los aproches, porque por los desertores había sabido que los sitiados habían levantado una trinchera que abrazaba los baluartes de la Magdalena y San Andrés; tenía alguna dificultad traer víveres al ejército de los aliados, y más después que el duque de Borgoña se acampó en las alturas de Odenarda y con varias partidas embarazaba los caminos, enviando a este efecto un gran destacamento que se pusiese entre Ath y Odenarda. Con el marqués de Seneterra pasó otro a Nall; pero el mayor le gobernaba el conde de la Mota, de Brujas y Ostende, porque rotos los canales se prohibía a los holandeses enviar armas y víveres a Bruselas, y no podían volver las barcas que ya habían pasado.

Ambicioso de gloria, o estimulado de la dificultad, Eugenio, la noche del día 19, dio el asalto al camino encubierto con ocho mil hombres, que fueron no pocas veces rechazados del valor de los defensores, y se retiraron, dejando muertos dos mil. La noche del día 21 volvió al mismo asalto con quince mil soldados escogidos que envió Malburgh, y no tuvo entonces mejor suerte, porque habían cobrado tanto horror los sitiadores, que ya no obedecían a los oficiales -tan vivo y tan tremendo, era el fuego de la plaza, y con tanta vigilancia y esfuerzo la defendía su gobernador.

Mandó el príncipe dar beberaje a las tropas en mayor porción que la acostumbrada, para que el ardor del vino hiciese despreciar el peligro. Con esto, mandó se diese un general asalto a las fortificaciones exteriores, y principalmente a una tijera bien construida, que estaba junto a la puerta de la Magdalena; no acometieron al camino encubierto, que estaba a una y otra parte contra las fortificaciones exteriores; la tijera no la tenía; y como sobre ella estaba un bastión que la dominaba, y otros a los lados, era ardua y difícil la empresa, aunque las brechas estaban a propósito para ser asaltadas, porque se batía con cien cañones. Tres veces echó fuera del muro la guarnición a sus enemigos, nuevamente rebeldes al precepto, y amedrentados de tanto estrago.

Viendo esto el príncipe Eugenio, se encaminó él primero con una compañía de granaderos al mayor peligro, para dar el cuarto asalto, que fue tan impetuoso que no cabe la ponderación en la pluma, pues al ejemplo del príncipe, todos los oficiales ocuparon la primer fila. Disputóse acérrimamente, y ocuparon los sitiadores el ángulo externo que sobresalía de en medio de la tijera; fue el príncipe levemente herido de un fusilazo en la frente, sobre la ceja izquierda, y murieron allí más de dos mil hombres, la mayor parte oficiales atrevidos y esforzados. Ni aún con haber ganado este poco sitio estaban libres del peligro, porque la cortina del muro, que estaba un poco detrás de la tijera, y los dos bastiones de los lados, disparaban incesantemente.

El día 22, con no menor sangre, se alojaron los sitiadores en el labio exterior del foso, y procuraban llenarle de fajinas. El príncipe se retiró a sus tiendas para curarse, porque el aire le encrudecía la herida y acudía humor, y así les faltó a los sitiadores un gran jefe. Padecía hambre el ejército, y ya casi no podía venir más que de Inglaterra socorro, porque el conde de la Mota cerraba los pasos aunque no con gran vigilancia, y así se encargó al de Albemarle el que introdujese ochocientos carros de víveres en el campo del duque de Malburgh, lo que ejecutó con tanta destreza y felicidad, que pasando por caminos extraviados y venciendo siempre las partidas avanzadas de los franceses con continuadas escaramuzas, llegó a su campo, que ya no tenía pan de munición; era preciso levantar el sitio y aun recibir la batalla, o darla al duque de Borgoña, que la deseaba. Aquí se culpó mucho el descuido del conde de la Mota. Con igual valor introdujo a la plaza socorro, rompiendo un cuartel de la línea por la noche el caballero de Luxembourg, que con el idioma alemán engañó a las guardias avanzadas; no pudo entrar toda la pólvora, porque a uno de los sacos de piel en que venía se prendió fuego y se descubrió ser enemigos.

Tomaron los sitiadores las armas; la parte que había pasado las trincheras entró en Lilla, y la que quedó fuera se retiró a Doay. Hizo el caballero de Luxembourg con la gente nuevamente introducida una salida contra las trincheras, de las cuales no pudo arruinar alguna, porque los sitiadores vigilaban en ellas y habían ocupado algunos caminos encubiertos de las exteriores fortificaciones; después, con gran dispendio de sangre, las ganaron todas y adelantaron sus baterías al cuerpo de la plaza, hallándose presente ya el príncipe Eugenio, por estar mejorado de su herida.

El día 26 de octubre batieron con sesenta piezas de cañón, y después construyeron otra batería de cuarenta. Ya tenía el sitio sesenta días, y les faltaba a los sitiados los víveres. Estaba abierta en su justa longitud la brecha, y llenado el foso. Todo había costado gran sangre, sin haber el mariscal de Bouflers omitido circunstancia para la defensa, ejecutando cuanto pide el arte y el valor militar. A instancias del pueblo, pidió el 22 capitulación, y ofreció entregar la ciudad, reservándose el castillo. Consintió en esto el príncipe Eugenio, y nada negó de cuanto se le había pedido, diciendo no era razón negar cosa a defensor tan esclarecido. Los artículos fueron setenta y cuatro, y el primero de ellos fue que se conservaría en la ciudad la religión católica.

Retiró Bouflers al castillo seis mil hombres de infantería que le quedaron, y las necesarias municiones. Empezaba nueva guerra, porque el castillo es uno de los mejores de Flandes, ceñido de dos muros y de dos fosos, y guardado de los más bien extendidos baluartes. La caballería pasó a Doay con todos los honores militares. El día 29 se empezó a abrir la trinchera, no con tanta celeridad, porque estaban cansados los sitiadores y faltaba pólvora y balas; mayor penuria había de pan, y así se envió al príncipe de Hesse Casel para que de cualquier forma enviase trigo del país de Artois, porque el que estaba en Ostende, traído de Inglaterra, no le dejaban pasar los franceses, ya mas avisados del escarmiento, y se había extendido el ejército del duque de Borgoña como bloqueando la Esquelda, para que no pudiese subsistir el de los enemigos. Puesto en este extremo Malburgh, era preciso o pasar el río o perecer. Toda la esencia de este hecho consistía en guardarle bien, con lo cual eran casi vanos todos los pasados triunfos de los aliados.

Vino desde París el señor de Chiamillar, ministro de la Guerra, al ejército del duque de Borgoña, y el duque de Baviera pasó a Mons. Juntóse Consejo de guerra, y asistieron a él los duques de Borgoña, Berry, Vandoma, Berwick, el señor de Chiamillar y el conde de Bergueick, ministro del Rey Católico en Flandes. Dividiéronse los dictámenes; al del duque de Borgoña se opuso Vandoma, con libertad más que de vasallo, llevado de su celo y su experiencia, porque las disposiciones no eran las más propias para guardar el río, en que consistía toda la gloria de la campaña y toda la utilidad.

Los más de la junta lo entendían como Vandoma; pero la necesidad o la lisonja imponía silencio, viendo claro el sistema del duque de Borgoña de querer con desgracias obligar a su abuelo a la paz. No lo ignoraban los enemigos, y aunque estrechados en un ángulo de tierra, en que sin batalla habían de perecer con sólo prohibírseles la opuesta orilla del río, no dejaron el sitio del castillo de Lilla. El duque de Baviera no creyó tan contraria política a sus propios intereses en un nieto del Rey Cristianísimo, heredero de la Corona. Sabía el infeliz estado del ejército enemigo, y que ya no les dejaba sacar de la Artesia lo que querían el señor de Cheladet, francés. Los señores de Langueron y Fourbin prohibían los canales por donde desde Ostende pasaban algunos víveres; también estaba roto el que hay desde Neoport a Plasental; y desde éste a Brujas. Ocupaban los franceses los puentes de Slippen y Leffigen, y aunque el duque de Malburgh había enviado al conde de Cadogan con siete mil hombres a ocupar el gran canal que hay desde Ipré a Neoport, el cual, habiendo echado a los franceses del puente, corría hasta Loo, sacando con violencia cuantos víveres era posible, pero luego el duque de Vandoma, rompiendo el canal, inundó las campañas de Neoport y hacía el agua irreparable guerra.

Por todas estas razones entró el duque de Baviera en Brabante con diez mil hombres, o para llamar allá los enemigos, o para tomar a Bruselas; y como aquéllos no querían ni podían salir de su campo, empeñados en Lilla, y sólo por la Esquelda debían romper, para socorrer el hambre, se presentó el duque a vista de Bruselas el día 23 de noviembre. Tenía la plaza dos mil y quinientos holandeses, y no fiaba el bávaro su felicidad tanto a las armas cuanto el amor de aquel pueblo al Rey Católico.

El día 26 batió la cortina del muro que está entre las puertas de Lovaina y Namur; por la noche ocupó el camino encubierto y la parte del foso que no tiene agua, como también una media luna que sobresalía. En este estado cargó sobre el ejército enemigo la dura necesidad de pasar la Esquelda por no perecer de hambre; propúsolo así en una carta que escribió desde Lilla a Malburgh el príncipe Eugenio, aun haciéndose cargo de todas las dificultades, y que serían indubitablemente vencidos; pero que era más glorioso morir con las armas en las manos que de hambre en las trincheras. Que, dejaría muchos batallones para guardar las que se habían erigido contra el castillo, y que él seguiría los pasos de Malburgh para estar presente a los riesgos. No tenía el general inglés otro partido que tomar, y así, extendiendo su ejército en varias partidas a la orilla del río, y echando de noche un puente a Berhem y Laure (puestos mal guardados de los franceses), intentó con gran temor pasarle, y por eso fueron pocos los que llevaban la manguardia, recelando alguna emboscada; pero viendo que nadie se oponía, y que el ejército francés fingía ignorarlo o lo ignoraba, pasó todo el suyo Malburgh a vista de ochenta mil enemigos.

Esta advertida negligencia del duque de Borgoña no la creerán los que estos COMENTARIOS leyeren; y por respeto a tanto príncipe, no ponemos aquí la carta que el duque de Vandoma, transportado de ira y rabia de ver descaecer no sólo la gloria, pero los intereses de la Francia, escribió al Rey Cristianísimo, culpando al duque, y con un desertor envió copias de esta carta al de Malburgh y al príncipe Eugenio, quitando de sí el borrón, por que se reía de las expresiones de sus émulos. El de Borgoña se quejó de la insolencia de Vandoma en tan libres escritos y palabras. Conoció el Rey Cristianísimo la intención de su nieto, pero lo disimuló, siempre sostenido el duque de la señora de Maitenon, ganada por las artes de la duquesa su mujer. Vandoma fue llamado a la corte, y sólo el Delfín estaba de su parte, que como amaba tanto a su hijo el rey Felipe y conocía cuán en su perjuicio era lo que obraba el duque de Borgoña, aun siendo éste su primogénito, abominaba su dictamen.

Se vieron muchas sátiras en París injuriosas al duque, y se dio garrote a un clérigo que esparcía una en el Loure. Sacando el inglés las tropas que tenía en el país de Artois y Frunembanch, aumentó su ejército; tomó de Meminga muchas piezas de cañón y, dejando a Rodelauro, puso el campo a la otra parte de la Esquelda; luego dejó el sitio de Bruselas el bávaro, y se restituyó a Mons. El príncipe Eugenio echó a los franceses, que estaban en los collados de Odenarda. El duque de Borgoña pasó a Doay, y mandó que marchase allá el ejército, adonde se retiraron todos los franceses, y el conde de la Mota, muy glorioso. Con esto estaban todos los caminos y canales abiertos, para traer víveres al campo de los aliados.

Viendo esto el mariscal de Bouflers, y que ya había perdido el camino encubierto y el foso, y tenía la brecha abierta, capituló la rendición de la ciudad de Lilla y salió con todos los honores militares. Costó este sitio más de treinta mil hombres a los aliados y cuatro millones de libras a los holandeses, que tomaron posesión de la ciudad, quedándole sólo el nombre al rey Carlos.

* * *

Esta infausta guerra de Flandes ponía siempre en más infeliz estado a la España, porque le escaseaba la Francia los socorros, atenta solamente a su seguridad. Con todo eso, se mantenían los franceses que con el duque de Orleáns estaban, y se proseguía con calor la guerra contra la Cataluña y Valencia. Gobernaba este reino Asfelt, como ya dijimos, y no le había perdonado a la fortuna el desaire recibido en Denia, y para restaurar lo que allí perdió de su opinión, determinó sitiarla. Pidió tropas para este efecto al duque de Orleáns, que las envió en 4 de octubre con don Francisco Caetano; a las que quedaban se les permitió cuarteles de invierno.

A los primeros días del mes de noviembre dio vista a la plaza con quince mil hombres Asfelt; no gastó mucho tiempo en abrir trinchera ni plantar baterías, porque no disparaban los baluartes, hasta que se empezó a batir en brecha. El día 12, por la tarde, se dio un asalto general a las fortificaciones exteriores, y en dos horas las ganaron los franceses, aunque se resistió cuanto pudo la guarnición, que constaba de mil y quinientos alemanes e ingleses; rindióse la ciudad y se retiraron al castillo; pero habiendo don Pedro Ronquillo ocupado el convento de San Francisco, pocos días antes fortificado de los enemigos, se les prohibió a los sitiados el mar. Reconociendo los ataques, fue Asfelt levemente herido, pero prosiguió con su empresa, aunque los fríos de aquel invierno eran horribles. Perfectos ya los aproches, a los 17 pidió el castillo capitulación, y no se le concedió a la guarnición más que el ser prisionera de guerra, y al pueblo ninguna condición. Esta noticia llevó al rey Felipe don Jerónimo Solís y Gante, de quien dio tan honrados informes Asfelt, que fue elegido brigadier. Alentado con esta victoria, intentó el sitio de Alicante, y sin perder tiempo envió al mariscal de campo don Pedro Ronquillo para que tomase los puestos, lo que así ejecutó el primer día del mes de diciembre. Siguió todo el ejército el día 3, y en el 7 se empezó a abrir trinchera.

La plaza hacía gran fuego, y había levantado y fortalecido un trincherón que incomodaba mucho a los sitiadores. Asaltaron éstos el arrabal murado, y le ganaron. Desde allí se batía el trincherón que cubría el otro arrabal; pero le desampararon los ingleses; en él se alojó luego Ronquillo con todos los granaderos, y se aplicó el mirador al muro sin riesgo, porque estaba lejos el baluarte, que era una simple cortina. Los nobles y hombres principales de la ciudad se salieron y se embarcaron para Mallorca; la plebe instó la rendición al gobernador, don Juan Ricarte, y se capituló, entregando la ciudad. Los presidarios se retiraron al castillo, y hubo tregua de cuatro días; se dejaron salir los soldados de caballería sin caballos y no se le permitió al pueblo capitulación alguna. Era toda la dificultad prohibirles a los sitiados el mar, porque venían veinte naves inglesas a socorrerlos. Por eso se construyeron en la orilla de él dos líneas y se pusieron dos baterías contra el castillo y contra el mar, haciendo más fuerte la de contravalación, porque se temía algún desembarco. Está el castillo puesto en una gran eminencia, y aunque con ramos oblicuos subía la línea a plantar el cañón a tiro, ni ésta podía pasar por donde era necesario, por los peñascos del monte, ni se podía dar asalto a un muro elevado, al cual por largo espacio era preciso subir descubiertos, y fijar el pie en un derrumbadero; por esto determinó Asfelt minar el castillo. Esta obra parecía imposible, porque se había de penetrar un monte cuyas entrañas eran de peña viva y de mármol basto; pero tan duro, que apenas se dejaba labrar. Se había de llevar la mina a estado que, reventando el monte, cayese el muro; había de ser tan larga y ancha que hiciese efecto, y para esto era menester cantidad de pólvora, que no tenían pronta los sitiadores.

Ni aun si cayesen algunos lienzos de muralla en lugar tan escabroso era cierto el poder dar el asalto, porque la ruina lo impediría, y así, no eran muchos de este dictamen; sólo sí de bloquear el castillo y rendirle por hambre; pero firme en su opinión Asfelt, bien fortalecido antes el lugar en que había de empezar la mina, y vueltas todas las baterías contra el mar, dio principio a la obra cuando ya fenecía el año, y así, escribiremos su éxito en el que se sigue.

Conociendo Guido, Staremberg cuán mala guerra podía hacer habiendo perdido todo el reino de Valencia y Aragón, y adelantados los españoles a Tortosa, intentó sorprenderla. Sacó de su ejército a todos los granaderos el primer día del mes de diciembre, y con cinco mil hombres y una gran partida de Catalanes, pagó a Tortosa; antes de amanecer el día 4 ocupó una cercana ermita y puso artillería por donde declina el Ebro; ocupó algunas fortificaciones que no tenían aún perficionado el recinto en la puerta de San Juan, y el rumor avisó a la guarnición del peligro en que se hallaba; acudieron luego a la puerta, que pretendían con hachuelas abrir los alemanes, y con efecto la hicieron pedazos; pero no pudieron pisar el lindar, porque dos horas le defendieron con brío los del regimiento de Blaysoisa, francés. Otros asaltaron por la puerta que llaman de Temple, la cual defendió gloriosamente el regimiento de Murcia, con no pequeño estrago de los enemigos.

Con mayor felicidad, los que acometieron por la puerta que llaman del Remolino ocuparon el arrabal y una gran cortadura que le separa de la ciudad; acudió allí luego con lo más del presidio su gobernador, don Adrián Betancourt, y se arrojó sobre los enemigos con tal ímpetu, que a los primeros encuentros quedó muerto, y hubieran flaqueado los defensores si la luz del día no les diese más aliento, porque era tan intrincada aquella acción, que se recibían las más de las heridas de los propios amigos, y no podía, por ser aún de noche, jugar la artillería de la plaza.

Los alemanes ocuparon las casas del arrabal y se previnieron para batir la opuesta cortina, aunque un baluarte hacía tanto fuego que no los dejaba trabajar; pero ocuparon el convento de San Juan y se fortificaron para proseguir los ataques. No les dejó tomar pie el teniente de rey señor de Longcamp, y los atacó con tanta resolución con los granaderos el marqués de Ordoño, que después de una sangrienta disputa, quedaron prisioneros los que ocupaban el arrabal. Se distinguieron en esta acción Longcamp, Ordoño, don Francisco Quirós, don Diego Amarillo, don Pedro Sánchez, don José Felvio, que hicieron retirar a los enemigos al convento de San Juan, donde ya se peleaba lejos de la ciudad.

Contra la torre de las campanas de la iglesia apuntó la artillería don Andrés Patiño, y las piedras que caían maltrataban tanto a los que se querían mantener en las trincheras, que para no quedar obruidos de la mole que se desplomaba, fue preciso desamparalas; pero se peleó hasta la noche, y al favor de las sombras retiró su gente Staremberg, y con la que quedó se restituyó a Barcelona, disgustado de la infeliz expedición que, con su acostumbrada sutileza de ingenio, creyó lograr.

Nada de remarcable hubo este año en Extremadura. Mandaba en ella en jefe el marqués del Bay, que el día 7 de mayo se acampó de la otra parte del campo de Evora. Los portugueses se acamparon en Olivenza. Los españoles eran doce mil infantes y seis mil caballos; con mil y quinientos de ellos se envió a don Antonio de Leyva a hacer varias correrías, que no las olvidaban los enemigos. Toda la guerra de la primer campaña se redujo a afligir los pueblos, a robar ganados y a cansar en vano las tropas, que a 9 de julio se retiraron a cuarteles. La segunda campana empezó por octubre. El portugués se acampó en el Almendral, y los españoles se adelantaron a Villagoina, y, después de saqueada, don José de Armendáriz tomó a Barbacena, en que había cien soldados; no se dejó presidio, y se asoló a Villaquina y la Atalaya, y nada más hicieron las tropas del rey Felipe; las del rey don Juan pasaron hasta Jerez, de donde las echó don Luis de Solís.

Volvió a entrar con mil caballos en los Estados de Portugal don Pedro Serrano; devastó los campos de Moura y pasó, saqueando, hasta Serpa. Don Diego González trajo gran cantidad de ganado. Acudieron en gran número los portugueses, y echaron a los españoles, que hicieron barbaridades en la tierra enemiga, no perdonando ni aun a los sagrados. Incendios, violencias, estupros y robos eran todas hazañas de una y otra parte, y al fin, se vieron obligados los jefes a convenir en que los labradores y pastores gozasen de una general salvaguardia en ambos reinos, y que no hubiese hostilidad sino solamente entre las tropas; pero, como los cabos militares deseaban aprovecharse, duró poco este ajuste, y se empleaba tan bajamente el valor.

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A los fines del año murió en Londres el príncipe Jorge de Dinamarca, marido de la reina Ana de Inglaterra; pero no rey, como dijimos, porque hizo siempre una vida privada, con más amor a los banquetes que a la campaña. Importábale a Malburgh y a todo su partido que no tuviese parte en el gobierno, porque le iba bien con la Reina, a la cual imposibilitaban segundas bodas, ya porque su edad era incapaz de sucesión, y ya por no admitir en Londres príncipe de más alto espíritu, que se valiese de los derechos de la Reina para mandar; ni ésta quería entrar en nuevo sistema de vida, satisfecha de las adoraciones del solio, en el cual no mandaba, sí sólo servía a Malburgh y a los de su facción. También hacía 1a Reina alguna reflexión sobre su hermano, el rey Jacobo, siendo cierto que le deseaba por sucesor de la Corona, aunque en la apariencia adhería a la Casa de Hannover. Era el príncipe Jorge grande almirante de Inglaterra, y aunque sólo tenía del empleo el nombre y el sueldo, no faltaban ambiciosos a la pretensión; confirióse al conde Pembrock con la misma autoridad y con menos emolumentos; rehusó admitirlo, si no se daban a la Marina las asignaciones acostumbradas y se quitaba la subordinación al Consejo de Estado, reservándola sólo al Parlamento. Llevó esto la Reina muy mal, pero vino en ello porque nunca tuvo el Parlamento mayor autoridad que en su reinado. El conde quitó a muchos los empleos, por inhábiles, y eligió otros, aunque con disgusto de los presbiterianos, porque era de contraria facción.

Amenazaban éstos alguna inquietud, y por eso pretendió el Gobierno unir los rígidos y los moderados, aunque esto era difícil. La Cámara Baja favorecía a los primeros, la Alta a los segundos, y quedó en pie la discordia. Ni quieren los nobles extinguirla, porque de conservarse contrarios partidos crece su autoridad y tiene oposición al del Rey, pues si no hubiese más que uno, y éste con beneficios le pudiese vencer el reinante, se haría despótico, y perdería la Inglaterra enteramente la libertad. A esto aspiraba Malburgh, no creyendo que le podía faltar el favor de la Reina, con el cual adelantaba la guerra cuanto le importaba a su ambición.

Todo esto era contra el rey Felipe; y por eso nos hemos dilatado algo en esta narración, que podía parecer fuera de nuestro asunto.




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Año de 1709

No tenían los mortales memoria de tal exceso de frío como el de este año; heláronse muchos ríos tan vecinos al mar, que formaba margen el hielo; secáronse por lo intenso de él los árboles. Toda la Francia y la costa del mar Ligústico padeció este daño; no corría líquida el agua, ni la que se traía en las manos para beber; endurecíanse las carnes, y los pescados en muchas partes, que era preciso cortarlos con hachuela. Morían las centinelas en las garitas, y no hallaba casi reparo la humana industria contra tan irregular inclemencia. Como había expirado con la misma destemplanza el pasado año, no hicieron progreso los sembrados y se introdujo el hambre en los países más fríos, principalmente en la Francia, donde se formaron, de orden del Rey, varias compañas para traer trigo de Levante, que por lo suave del clima padeció menos.

No pocos infortunios agitaban el magnánimo corazón de Luis XIV, nunca rendido, pero cansado de las instancias de sus vasallos, de que no se podía mantener más la guerra. Alentaba estas voces el duque de Borgoña con gran número de nuevos parciales, porque, efectivamente, creían los más de los franceses que caminaban a su ruina. El señor de Chiamillar, ministro de la Guerra, seguía la opinión del duque; tanta falta de dinero dieron a entender al Rey, que se vio obligado a enviar a la Casa de la Moneda las hermosísimas estatuas de plata que adornaban sus palacios, y se publicó un decreto que, reservada la necesaria, todo vasallo redujese en dinero la suya. Obedecieron los primeros los príncipes de la real sangre, el conde de Tolosa y los más allegados al Rey.

No faltaba en la Francia dinero, y nunca había habido más, porque tantos años tenía como libre el comercio de las Indias, que no lograban otras naciones; pero no estaba el Real Erario en buena fe ni crédito alguno, porque los billetes de moneda que se daban en aquella Tesorería no se pagaban a sus destinados plazos, y habían quebrado muchos bancos que por negocio acumularon una inmensa suma de ellos. Estas infelicidades, ponderadas con vivísimos colores por la señora de Maitenon, inclinaron el ánimo del Cristianísimo a querer oír unos tratados de paz que, por medio del conde de Bergueick, querían proponer los holandeses. Ofrecieron con arte razonables proposiciones de palabra, para que se diese casi por vencida la Francia, queriendo entrar en ajustes, que, propuestos por los vencedores, no podían dejar de ser indecorosos a los vencidos. Con gran maña hizo entender esto a Bergueick el pensionario Heinsio, porque, siendo ministro del Rey Católico, creyesen todos que venía la paz como rogada de ambas Coronas, a las cuales abatían más quitándolas el crédito, y con esto desmayaban los súbditos en la defensa, principalmente los castellanos, que eran los que la Liga tenía y los que imaginaba invencibles. No desesperaban los coligados de traer a indecorosos partidos al Rey de Francia, porque sabían cuánto deseaban sus reinos la paz y cuánto secretam