  Año de 1718
Con un leve golpe, siguiendo el dictamen
de Alberoni, despertó el Rey Católico al enemigo, porque la
recuperación de Cerdeña no traía las consecuencias que
eran precisas al haber nuevamente desenvainado la espada, aun abultadas en la
ponderación del cardenal para confirmar al Rey en la opinión de
la guerra. Nada perdió el Emperador con Cerdeña; nada ganó
el vencedor. Lo desarmado de aquel reino, el desengaño de los nobles y
el descontento de los pueblos facilitó su rendición. Las tropas
no tuvieron en qué mostrar su brío, pero la felicidad del
éxito estimuló al cardenal a seguir, como decía, el
favorable viento de la fortuna.
No admitía consejo alguno;
inútil la prudencia de los españoles, y la experiencia de los
ministros se despreciaba con escándalo; con vanidad de saber más
que todos, escuchaba a pocos Alberoni, o no escuchaba; superior aún a su
esperanza su dicha, admitió aquella perniciosa vanidad de dilatar su
nombre, aun con más eficacia, porque le concebía oscuro. Estos
creían eran los más firmes materiales para la mundana gloria, y
para adelantar la de la nación española.
El Rey perseveraba enfermo; este cuidado
ocupaba todo a la Reina, y se prometió la Monarquía
víctima del hombre más violento -como los émulos de
Alberoni decían-, cuyas desproporcionadas ideas tomaban un empeño
que no podían sostener, para el cual prevenía un grande
armamento. Disponíanse naves de guerra, comprábanse otras sin
intermisión, mandaba reclutar toda España, en Génova y en
Liorna; fundíase gran número de piezas en Pamplona, de que
había mucha falta en España, y desde la misma ciudad se
conducían de continuo millares de bombas y balas a Cataluña;
trabajábanse gran cantidad de vestuarios para tropas, labrábanse
armas, municiones y se tenían al sueldo número considerable de
navíos extranjeros para transporte, con queja de las naciones, que les
impedía el comercio.
El único ministro de quien
Alberoni se valía era don José Patiño; no le podía
hallar más a propósito ni más expedito, porque para
mantener su autoridad lo facilitaba todo y lo conseguía, aunque
decían sus émulos que no despreciaba medio alguno para el fin, y
que en él la palabra no tenía aquella firmeza que ha menester la
de un ministro, porque es sustituido en vez del Rey, cuyas palabras deben ser
inviolables.
Nunca se vieron en España
preparativos tan grandes; ni Fernando, el Católico, que tantas
expediciones ultramarinas hizo, ni Carlos V, ni Felipe II, que hicieron muchas,
han formado una más adornada de circunstancias y de preparativos. La
nota de ellos iba en varias copias por la Europa, asombrada de que pudiese un
reino cansado de tan prolija y tan varia guerra ser capaz de gastos tan
inmensos. Verdaderamente Alberoni dio a ver las fuerzas de la Monarquía
española cuando sea bien administrado el Erario, siendo indubitable que
gastos tan excesivos en tan breve tiempo, ningún Rey Católico ha
podido hacerlos, y esto, no habiendo echado nuevas contribuciones al reino.
Esta obstinación de su poder la debía el Rey a la
dirección del cardenal, que le hubiera sido útil si más
prudente; porque creyó poder asistir a todo el mundo, o padeció
el engaño de creer que no se le opondrían los príncipes
que no estaban directamente interesados en esta guerra, para sostener la cual
no perdonó diligencia.
Como se persuadía la
proseguiría el Emperador con el turco, envió al príncipe
Ragotzi, que residía en Andrinópoli, al coronel don Santiago
Boisiniene para ofrecer a aquel príncipe bastantes socorros de dinero
si, como él había ofrecido, le daba el Gran Sultán un
cuerpo de treinta mil hombres para entrar por la Transilvania. Creía con
esto no sólo hacer una gran diversión al Emperador, pero alentar
al Sultán para que no hiciese la paz, cuyo tratado adelantaban los
ministros de Inglaterra y Holanda que estaban en Constantinopla; pero ya, como
consternados los turcos la deseaban, ni podía Ragotzi cumplir lo
ofrecido, ni el coronel Boisiniene hacía en Andrinópoli
más que escandalizar al mundo, porque decían los émulos de
Alberoni y el Emperador que había enviado la España un ministro a
la Puerta Otomana para una secreta coligación, ofreciendo sostener la
guerra contra el Emperador en Italia, como el turco lo hiciese en
Hungría, y pagar las tropas que se diesen a Ragotzi, para que, renovando
la rebelión, atacase a los Estados austríacos; que este tratado
había tenido su principio en París con el príncipe de
Chelamar, embajador del Rey Católico, cuando Ragotzi estuvo en aquella
corte, con quien había tenido varias conferencias en el convento de los
camandulenses, y que aún se proseguía este tratado con un agente
de Ragotzi y un tesorero suyo, habiéndose enviado por Marsella armas y
dinero. Todo esto ponderó por escrito el Pontífice al conde de
Gallasch, embajador austríaco en Roma, y esparció copias no
sólo por el Sacro Colegio, pero aún por la Europa.
El príncipe de Chelamar se
excusó de esta impostura con una carta muy bien escrita al cardenal
Aquaviva, negó el hecho y aseguró no haber hablado a Ragotzi
más que muy de paso en las antecámaras del Rey
Cristianísimo, y en la casa donde se celebraba una academia; no conocer
los sujetos que le citaban, ni haber tenido de su soberano tal encargo.
Al fin, se esforzó disuadir al
mundo, y quedó dudosa la materia; cierto es que el coronel Boisiniene no
tenía más comisión ni credenciales que para el
príncipe Ragotzi, que es católico romano, y podía el rey
de España, estando en guerra con la Casa de Austria, ayudar a
aquél a recobrar sus Estados sin entrar en si era justo o no la
confiscación, ni la piedad del rey Felipe, quien, aunque lo quisiese
Alberoni, nunca hubiera firmado despacho de tener comunicación o
procurar alianza con el turco, porque es ley fundamental de los Reyes
Católicos nunca hacer la paz con los mahometanos, y esta guerra
permanece, desde el rey don Pelayo, por más de siete siglos, sin hacer
jamás ni treguas con ellos, como cada día las hacen el Emperador
y otros príncipes católicos.
No faltaban teólogos ni ministros
que defendían era lo propio coligarse con los turcos que con los
herejes; que con estos era ya usual la liga de España y otros
príncipes católicos, y que no debía hacer mayor horror el
otomano, pues todos eran igualmente enemigos de la Iglesia, que había
llamado a aquél alguna vez, contra la violencia de los emperadores. El
rey Felipe nunca quiso dar oídos a esta teología, cuya doctrina
no nos toca examinar; cierto es que es más escandalosa la amistad con el
mahometano que con el hereje, porque éste es cristiano, y como no
disiente en todo, es más fácil su reconciliación con la
Romana Iglesia. También es cierto que el coronel Santiago Boisiniene, de
orden del Rey Católico, se vio, antes de pasar a Ragotzi, con Clemente
XI, que siempre juzgó quedaría desautorizada la potestad
pontificia y violados muchos privilegios eclesiásticos si dominaba
enteramente en Italia el imperio impetuoso y despótico de los
alemanes.
En Roma se daba crédito a cuanto
se oía contra el cardenal Alberoni, porque desde la empresa de
Cerdeña le cargaba el Pontífice epítetos injuriosos a su
honor. Con todo eso, por no acabar de romper la amistad con el Rey
Católico, le dio las bulas del obispado de Málaga, a que el Rey
le había propuesto, y un breve, que se pudiese hacer consagrar de
cualquier obispo, sin asistencia de otros; pero habiendo luego, por muerte del
cardenal don Manuel Arias, vacado el arzobispado de Sevilla, fue Alberoni
propuesto por el Rey. El Pontífice negó estas bulas, aun
después de admitida la dejación de Málaga; celebró
los consistorios después de esto, sin procurar canonizar a Alberoni; y
viendo los ministros del Rey de España que perjudicaba a su derecho,
porque debía admitir el Papa a cualquiera propuesto por el Rey, como no
tuviese las nulidades o defectos que prescriben los cánones, hizo don
Juan de Herrera -auditor de Rota español- una protesta al Papa en 11 de
febrero, por sustitución del cardenal Aquaviva, alegando estar
vulnerados con esta repugnancia de dar las bulas, los derechos del Rey
Católico y sus prerrogativas, concedidas y confirmadas por tantos Sumos
Pontífices. Que era claro atentado no expedir bulas a proposiciones del
Rey en los primeros consistorios, y que así le quedaba acción no
sólo a hacerse mantener sus derechos, pero a usar de aquellos medios que
permiten los cánones para resistir a la violencia.,
El Papa se excusaba con que
también aquéllos, y muchas bulas pontificias, prohibían en
tan pocos días pasar de un obispado a otro, y que no había
necesidad de dispensarlo. No debemos entrar en las razones del
Pontífice, pero creyó el mundo que en esto había parte de
contemplación al Emperador, porque era Alberoni el blanco de sus iras y
se deseaba su abatimiento.
El rey Felipe se dio de esto por
ofendido; mandó saliesen todos sus súbditos de Roma; que no se
tuviese más comercio con aquella corte, y que no se tomasen bulas de
Dataría; y sacó al nuncio Aldrobandi de sus reinos, no porque
tuviese de él queja particular, sino porque era consecuente el haberse
manifestado mal satisfecho del Pontífice, el cual no estaba bien con su
nuncio porque se creía engañado de sus persuasiones y promesas
por haber dado el capelo a Alberoni, de que tanto se arrepentía; y
así no le permitió entrar en Roma, y se retiró a su casa
en Bolonia.
Éstas, que llamaba Alberoni
venganzas del Pontífice, o temores, los despreciaba con inmodestia y se
gloriaba su vanidad de ser objeto de la ira de los príncipes y de hacer
figura en el teatro del mundo; mantenía con tesón las ideas de la
guerra, aunque había asegurado falsamente a Inglaterra y a Francia que
el rey de España se contendría en la sola recuperación de
Cerdeña; no le daba crédito la Inglaterra, recelosa de tan gran
armamento, y así, envió a Madrid al coronel Stanop, para que,
viéndose con el señor Bubb, embajador británico en aquella
corte, no sólo indagasen a qué se enderezaban tantas prevenciones
de guerra, pero aún tenían facultad de proponer un ajuste entre
aquella corte y la del Emperador, no sólo porque veía el rey
Jorge armados otros príncipes, sino porque, en virtud de la alianza del
año pasado, le pedía el César socorros.
Las mismas diligencias hacía la
Francia; no estaba fuera de sospechas el Regente, porque como veía que
el Parlamento y los magnates del reino llevaban mal lo despótico de su
regencia, y en la Bretaña habían sucedido algunos rumores,
recelaba fuesen fomentados de Alberoni, y así envió a Madrid al
marqués de Noncre para que, de acuerdo con Stanop, propusiesen la paz
con el Emperador.
Esforzábanse estos ministros
cuanto era imposible, mas ya Alberoni se había endurecido en el
empeño; daba con altanería las respuestas, y conocían no
quería desistir de la guerra. No se descuidaba el ministro del rey de
Sicilia, abad del Maro, con quien hablaba Alberoni más oscuro.
Aún afectando confianza, tenía hecha la intención: contra
la Sicilia, y al mismo tiempo propuso una liga a su Rey; de él no dejaba
también de desconfiar el Emperador, y para ponerle mal con él y
que de necesidad adhiriese al de España, queriéndole hacer
instrumento que él mismo entregase aquel reino, le propuso con el mayor
artificio la liga, con estas condiciones:
Que España atacaría al
reino de Nápoles, pondría una escuadra de navíos en el
Mediterráneo y daría doce mil infantes y tres mil caballos para
que, uniéndolos a sus tropas, invadiese el rey de Sicilia al ducado de
Milán, cuyos derechos le cedería la España.
Que mantendría la guerra hasta
que todo el estado se rindiese, y que para los gastos de ella daría el
Rey Católico un millón de reales de a ocho, como el rey de
Sicilia pusiese luego aquel reino en depósito en manos del rey Felipe,
cuya propiedad le quedaría cuando todo el Estado de Milán
estuviese conquistado.
Estas proposiciones las hizo Alberoni al
abad del Maro; las mandó repetir por el marqués de Villamayor,
ministro de España en Turín, y las dejó con astucia
transpirar para que, viéndole tratar liga con España, se hiciese
sospechoso al Emperador, a los reyes de Inglaterra y Francia y aun a los
príncipes de Italia, porque nada deseaban menos que ver crecer al duque
de Saboya con el Estado de Milán, y más los genoveses, que le
tuvieran más íntimamente vecino y no se podrían ya
defender de él, perseverando los recelos de que deseaba Saona y el
Final.
El rey de Sicilia, cuya perspicacia de
entendimiento era la más feliz, acompañada de una singular
astucia, conoció los fondos de la intención del cardenal, y
aunque le era más útil Milán que Sicilia, vio que tiraban
a engañarle empeñándole en una guerra que no podía
mantener, bien que le cumpliesen la palabra, porque no extendiéndose su
poder a poner en campaña más que quince mil hombres, ni con los
otros quince mil que la España ofrecía podía resistir el
poder del Emperador, desembarazado de la guerra del turco, porque se
había ya elegido a Pasarovitz para lugar del Congreso con el otomano, y
envió la Inglaterra al señor de Suton para mediador de esta
tregua, que se trataba de veinticuatro años. Habían
también enviado a Venecia al procurador Runcini para su
plenipotenciario, y elegido el Emperador los suyos, que eran el conde Slich y
el general Virmont, con que ya veía el rey de Sicilia que era infalible
esta tregua, como al fin quedó concordada, y el Emperador desembarazado
para cualquier guerra.
Esto, y el ver que también se
trataba una alianza entre el César, la Inglaterra y la Francia, contra
los designios de España, hizo que respondiese a Alberoni en esta
forma:
Que el rey de España luego
daría un millón de pesos, y cada mes dos mil doblones para los
gastos de la guerra, y los quince mil, efectivos.
Que atacarían los
españoles al reino de Nápoles, donde la mitad del presidio de las
plazas que conquistase había de ser de piamonteses.
Que lo propio se haría en las que
conquistaría en el Estado de Milán, a donde, después de
rendido el reino de Nápoles, debían pasar veinte mil hombres.
Ya el cardenal conoció que esto
era desconfiar de él y no querer la alianza; y pareciéndole
más fácil pasar a las demás ideas, conquistar la Sicilia
antes que el mismo Duque la cediese al Emperador o le ayudase a conquistarla.
El rey Felipe se mantuvo en el sistema de atacarla, más con tanto
secreto, que nadie le pudo penetrar; bien que el abad del Maro, por conjeturas,
siempre escribía a su amo cuidase mucho de la Sicilia, porque
éste era el objeto de Alberoni. El duque de Saboya ya veía que no
la podía, defender porque sólo tenía en ella siete mil
hombres; pero mandó el conde de Mafei que fortificase de nuevo las
plazas, y juzgó conveniente correr el riesgo antes que entregarla de su
propia voluntad al Emperador, ni admitir sus tropas, porque para este
último paso siempre había tiempo, y pensó venderla a buen
precio, para lo cual envió al marqués de Santo Tomás a
Viena, y por confirmar más al Emperador, pidió para mujer del
príncipe del Piamonte, su hijo, una de las archiduquesas hijas del
Emperador José; no determinó cuál de las dos, porque
sabía que la primera se trataba de casar, por medio del Padre Juan
Bautista Salerno, jesuita, con Federico Augusto, príncipe electoral de
Sajonia, que, instruido del mismo Salerno, había ya abrazado la
religión católica y abjurado la herejía que desde Lutero
había seguido esta Casa, y por este servicio hecho a la Iglesia, fue
premiado después este jesuita con la púrpura.
* * *
Nada ignoraba Alberoni, y para
fortificar su sistema, sabiendo que se trataba en Londres una liga contra sus
designios, procuró alentar la guerra del Norte para embarazar al
Emperador; envióse secretamente un oficial a Mosavia, y que éste
mismo tratase (aunque después envió otro) con el rey de Suecia,
ofreciendo socorros de dinero si hacía una guerra que fuese de
distracción a las armas de la Casa de Austria. Trabó
correspondencia con el conde Vilio, agente del rey de Polonia en Venecia, que
ofrecía la amistad de su amo, y al fin no dejó pieza sin tocar
para poner la Europa en guerra, empeñando en ella al César.
Estas diligencias todas fueron
inútiles, porque el Czar no tenía motivo para traer sus amas a
Alemania, y estaba en guerra con la Suecia, cuyo Rey, aunque tenía que
recuperar en el Imperio de los Estados de Bremen y Verden, esto era
difícil, ya poseídos del rey de Inglaterra, y así
había convertido sus armas contra el de Dinamarca, cuya guerra no
hacía eco a la que la España había menester; con que estas
negociaciones del Norte le fueron inútiles, porque no le faltaban al
Emperador artes y poder para apartar de sí el cuidado de esta guerra:
trataba con blandura y amistad a los que la podían mover.
Concilióse el ánimo del Czar, mandando pasar preso a
Nápoles a su hijo primogénito el príncipe Alejo, que del
rigor de su padre huía, aunque era su cuñado, que había
tenido por mujer a una hermana de la Emperatriz. Esto le fue muy grato al Czar,
porque le facilitó el haber a sus manos a su hijo, que poco
después murió en una prisión, no sin graves sospechas de
haber sido a violencias de un veneno.
De quien más cultivaba la amistad
el Emperador era del rey de Inglaterra, como quien sólo podía
frustrar los designios de la España, que ya habiendo formado una
competente escuadra, sólo otra de Inglaterra se le podía oponer,
y con efecto mandó ya prevenir el Rey británico una de veinte y
seis navíos, exponiendo al Parlamento la necesidad que de ella
había, porque permaneciendo oscura la intención del Rey
Católico, recelaba fuese en auxilio del pretendiente de aquella Corona,
con acuerdo del Pontífice, que tenía en sus Estados refugiado a
Jacobo, a quien reconocía por rey de la Gran Bretaña, y que
había dispuesto su casamiento con la princesa Clementina Sobieski.
Había ya el rey Jacobo, con
poderes dados al duque de Ormont, contraído este matrimonio, y bajaba
con su madre y hermana esta princesa a encontrar con su marido, que
había salido de Pesaro a este efecto. Sentía mucho este
casamiento el rey Jorge, porque era interés de su Casa se extinguiese la
de Stuard, y se quejó mucho con el Emperador que hubiese consentido a
este tratado y permitido saliese de sus Estados la princesa.
No parecía propio del Emperador
embarazar estas bodas, y más siendo Clementina su parienta, ni era
decente a un príncipe católico impedir un sacramento de la
Iglesia, del cual podía resultar la propagación y
conservación de una familia real tan antigua y esclarecida como la de
Stuard; pero todo lo venció la razón de Estado y el temor que se
tenía a las armas de España, y como todavía se hallaba
esta princesa en sus Estados, mandó seguirla, y alcanzada en Inspruck,
ordenó arrestarla y ponerla en un convento, para que no se consumase
este matrimonio; esto dio escándalo a los católicos, pero no
admiración, porque ya puestos los intereses de la Casa de Austria en
manos del rey de Inglaterra, era preciso obedecerle.
Todo esto era contra la España;
más lo era la Liga que en Londres se trataba entre el César, la
Inglaterra y la Francia. Había pasado a aquella corte el barón de
Penterider, por el César, y por el Cristianísimo, el abad de
Dubois, primer secretario de Estado, hombre íntimo del Regente, y que
había padecido en tiempo de Luis XIV grandes persecuciones y trabajos.
Tratábase todo con Diego Stanop, secretario de Estado, y el más
favorecido del Rey, y estos tres ministros, que tenían en su mano la
voluntad de sus amos, gloriándose de legisladores del mundo dieron la
ley a la Europa; dividieron los reinos a su modo, estudiando, como
decían, el equilibrio de las potencias. Quedaron de acuerdo en los
artículos Stanop y el abad Dubois, pero no los mostraron a Penterider
porque antes querían volver a intentar que admitiese el Rey
Católico proposiciones de paz y establecerla general.
El Emperador protestó que no
consentía a ella si no le mostraban los artículos, y así,
se le enviaron con tanto secreto que pudiese el inglés y el
francés negar que en Viena se habían visto, escritos en forma que
parecían favorables a la España. Ordenaron los propusiesen al rey
Felipe los cuatro ministros que por la Inglaterra y Francia estaban en Madrid,
con los cuales tuvo varias conferencias el cardenal Alberoni.
La suma de los capítulos era
ésta:
Que para sosegar las controversias
repugnantes a la paz de Baden y a la neutralidad de Italia, restituiría
el Rey Católico la Cerdeña al Emperador.
Que ratificaría la renuncia al
reino de Francia por los Borbones de España y la de España por
los de Francia.
Que reconocería el Emperador por
rey de las Españas e Indias al rey Felipe y sus descendientes,
renunciando los derechos a esta Corona.
Que el Rey Católico haría
el mismo reconocimiento y renuncia a favor del Emperador en los Estados de
Italia que poseía, y el Final, que había vendido a los genoveses,
y aún cedería el derecho de reversión que se había
reservado en la Sicilia cuando la entregó al duque de Saboya.
Que consentiría y
reconocería el Emperador por sucesores de los Estados de Toscana y Parma
al primogénito de la reina de España, Isabel Farnés,
extinta la línea varonil de los príncipes que los poseían;
pero que habían de quedar éstos feudos imperiales, y Liorna, como
ahora, puerto franco, y que llegando el caso de la sucesión de un
infante de España, se le entregaría la plaza de Puerto
Longón.
Que serían incompatibles estos
Estados con la Monarquía de España, y que se les pondría,
desde luego, un presidio de seis mil suizos, y mientras que éstos
venían, de ingleses.
Que consentiría a la
disposición que se había de hacer del reino de Sicilia aun contra
el tratado y la cesión de Utrech a favor del duque de Saboya, y que el
derecho de reversión se pasaría al reino de Cerdeña,
destinada, en vez de la Sicilia, a este príncipe.
Que se haría un tratado
particular entre el Emperador y el Rey Católico, concediendo indulto
general a todos los que hubiesen adherido a uno u otro partido, con
restitución de sus bienes, títulos y dignidades.
Este proyecto fue mal recibido de
Alberoni, y ponderado como indecoroso al Rey, porque parece que le obligaban
por fuerza a admitirle con una superioridad y arrogancia como quien daba la
ley, y sin estar antes consultado en la corte de España. Esta
circunstancia le hacía gran fuerza al rey Felipe, y aunque parece que a
la Reina se la facilitaba la sucesión de Toscana y Parma, era con el
acíbar de quedar feudos imperiales, en que se conocía que las
potencias mediadoras tiraban a engrandecer al Emperador.
No pareció entonces esta
condición digna de llevarse, ni se podía admitir sin consultarlo
con el Gran Duque y el duque de Parma, que la repugnaron fuertemente. Este
último envió a Alberoni los papeles en que se demuestra
claramente ser Parma y Plasencia feudo de la Iglesia, y extendidas las razones
contra el Imperio, que pretendía lo contrario. El Gran Duque
expresó con más viveza su resentimiento, no sólo porque la
plena libertad que goza la Toscana es emanada de la que tenía su
República, cuanto por la dura condición de sufrir presidio
forastero y ver excluida de la sucesión a su hija, la viuda Palatina,
que se había restituido a Florencia, y a quien tenía particular
afecto.
Era verdaderamente su ánimo
llamar un infante de España a la sucesión, tomándole como
heredero de María de Médicis, mujer de Enrique IV, o como hijo de
la reina Isabel Farnés, que tenía más inmediato el
derecho. Había manejado con arte y felicidad este negocio en Florencia
el padre fray Ascanio, de la Orden de Predicadores, que hacía los
negocios del Rey Católico, hombre sagaz, sabio y aplicado. No dejaba de
encontrar sus dificultades en la voluntad de algunos ministros afectos al
Imperio, pero el Gran Duque estaba siempre por la Casa de España, y le
había el Rey Católico ofrecido que el modo y las circunstancias
se dejarían a su arbitrio.
Estas condiciones, y las de creer que el
rey Felipe padecía ultraje en admitir los propuestos artículos,
los hizo despreciar, y dio el cardenal a los ministros extranjeros una
respuesta seca y poco obligante. Con esto se confirmaron en su alianza los tres
referidos potentados, y a toda prisa se acabó de armar la escuadra que a
cargo del almirante Binghs había de pasar al Mediterráneo.
Quejóse en Londres de este armamento el marqués de
Monteleón, ministro del Rey Católico, y le fue respondido que
aquella escuadra estaba destinada a mantener la neutralidad de Italia,
empleándola contra quien quisiese turbarla.
Esta noticia no la ignoró
Alberoni; dio Monteleón cuenta exactamente y expresó que no se
lisonjease el Rey Católico con que estas eran sólo amenazas,
porque los intereses del rey Jorge podían patrocinar los del Emperador.
Esta es la más fuerte crítica contra la conducta de Alberoni,
porque si creía que eran sólo insinuaciones las de la Inglaterra
y la Francia, padeció la desgracia de mal instruido en los intereses de
los príncipes, y no conoció el formal estado del mundo, si
creía hablaban de veras, e imaginar poder sola la España resistir
a tres poderosos príncipes era inconsideración, porque
debía conocer las fuerzas marítimas con que tomaba el
empeño, inferiores a las de Inglaterra, ni las tropas que podía
enviar el Rey Católico a cualquier empresa podían recibir
aumento, ocupado por los ingleses el mar e inundada de alemanes la tierra,
porque tenía el Emperador en Alemania ochenta mil hombres ociosos, y era
el árbitro de la Italia, a cuyos príncipes hacía
contribuir grandes sumas de dinero con sola una carta del gobernador de
Milán.
Estaba bien prevenido el conde Daun, y
fortificadas las plazas del reino de Nápoles, donde prevenía un
campo volante con las tropas que por el Trieste había recibido.
Había también pasado el marqués de Lita, gobernador de
Tortona, con dos mil hombres a la Luneguiana, presidiando a la U-la y Lavenza,
y concurría también el duque de Módena a cerrar los pasos
por donde podían penetrar los españoles a la Lombardía si
hacían desembarco en el puerto de la Especia, de lo que había
mandado prevenir a los genoveses el Emperador.
Éstos respondieron que no
tenían fuerzas para oponerse a príncipe tan poderoso como el Rey
Católico, y que ofrecían la más sincera neutralidad.
También bajaban tropas al ducado de Milán, destacadas de la
Hungría; se aumentaron los presidios y se abastecieron de víveres
las plazas. El cardenal se reía de todas estas precauciones, porque
creyó sorprender la Sicilia y, llevado del ardor de su empeño, se
lisonjeó que, como aquel reino no era parte de los Estados del
Emperador, no le defenderían los aliados.
Este modo de discurrir era el más
arrojado, porque ya había visto en las presentadas proposiciones de paz
que se destinaba la Sicilia al Emperador, y así era preciso defenderla,
y con esta ocasión dominarla, pues aunque se había altamente
quejado en Londres y en París de esta nueva disposición contra el
tratado de Utrech el rey de Sicilia, se le respondió que esto importaba
al equilibrio de la Europa. Quísose entonces unir con la España
por redimir esta vejación, pero esto lo propuso con tanta oscuridad y
reserva, que no tuvo el cardenal tiempo de ajustar el tratado con un
príncipe tan difícil como Víctor Amadeo, y más que
ya tenía hecho el ánimo contra la Sicilia, y creía que,
ocupada ésta, mudarían de viso las cosas, y modificarían
el proyecto los aliados, porque conocerían la dificultad de emprender
una guerra contra una isla presidiada de treinta mil españoles, y se
figuraba que la conquistaría en ha meses, como a Cerdeña, porque
deseaban los sicilianos sacudir el yugo del actual dominante y admitir el de
los españoles, que le habían experimentado suave por más
de tres siglos.
No los gobernaba el nuevo
príncipe con tiranía, pero como, en lo económico era tan
exacto, no se distraían las rentas reales con la profusión que en
tiempo de los Reyes Católicos, y había en todo una regla que,
aunque justa, era odiosa a los vasallos, porque la relajación humana no
quería príncipe advertido, sino negligente, y a esto llamaban
benignidad.
Todos los reyes Católicos lo
habían sido en Sicilia, porque la vastidad del Imperio español
hacía menos aplicado el cuidado a cada reino en particular, y más
a los que el mar separaba; el mismo cúmulo de reinos hacía floja
y remisa la dominación española; el descuido la hacía
parecer liberal. Es en sí verdaderamente generosa y poco interesada;
pero es inaplicada también, y de sus descuidos se constituían los
logros de los súbditos distantes, no habiéndose sabido servir de
Italia y Flandes más que para destruirse y despoblarse, lo que se cree
sucede también con Indias. Por esto no era tan bien visto en Sicilia el
duque de Saboya, porque atendía más y gobernaba con formalidad
mayor, haciendo observar sus decretos con una severidad que parecía
tiranía, y era justicia.
Comoquiera, los sicilianos es cierto que
estaban siempre convidando a los españoles; pero no conoció los
tiempos ni la situación de aquella isla el cardenal Alberoni, porque
tenía muchas plazas fuertes que tomar y estaba a este tiempo el
Emperador desembarazado y dueño de Nápoles, por donde, por la
corta distancia del faro, podía desde Rijoles socorrer con barquillos y
falucas las plazas, pues todas las más fuertes son marítimas, y
una que por un mes se resistiese, daba tiempo a poner en forma la
oposición e introducir la guerra, la cual no podía el Rey
Católico mantener sin armada superior a cuantas podían tener los
aliados.
Estas eran evidencias que no quiso
advertir el cardenal, porque no admitía su ambición de gloria
consejo, ni comunicaba con viviente alguno sus ideas, creyendo que el secreto
era el alma del negocio, y no fiando de nadie para iluminarle en lo que
entendía. En estos errores suelen caer los genios sumamente reservados y
que se glorían de incomprensibles, no porque no sea el secreto el
fundamento de las grandes resoluciones, pero es menester elegir ministros a
quienes fiarlas, porque por lo mismo que son grandes, traen consigo tan
difíciles circunstancias, que no las puede entender uno solo, y
más empresas monárquicas, que de tan distintos oficios
dependen.
* * *
Después de ideado, amó
tanto su propio empeño el cardenal, que no supo desistir de él; y
fiando, como decía, gran parte de la obra a la fortuna, mandó
que, juntándose en Barcelona tropas y naves que en toda España
había prevenido, entregando dos pliegos sellados a los comandantes, hizo
partir esta armada el día 18 de junio, mandada por el jefe de escuadra
don Antonio Castañeta, buen piloto, pero poco experimentado en la
guerra; mas tocábale el mando por su antigüedad. A éste iban
subalternos los jefes de escuadra don Fernando Chacón, marqués
Esteban Mari, y don Baltasar de Guevara. Constaba la armada de veinte y dos
navíos de línea, tres navíos mercantiles, armados en
guerra; cuatro galeras, a cargo del jefe de escuadra don Francisco
Grimáu, en que también iba otro jefe de escuadra, don Pedro
Montemayor; una galeota mallorquina y trescientos cuarenta bastimentos de
transporte con dos balandras. Éstos llevaban de tropas treinta y seis
batallones completos, cuatro regimientos de dragones y seis de
caballería, que componían treinta mil hombres, mandados por don
Juan Francisco de Vete, marqués de Lede; gente veterana y escogida, y
tropas cuales Monarca alguno no tenía mejores, disciplinadas, con
dieciocho años continuos de guerra, que se habían hallado en
todas las funciones de las que hemos escrito.
Había en estos ocho batallones de
guardias españolas y valonas gente esforzada, que cada soldado
podía ser oficial. También se embarcaron cien piezas de
cañón de batir, cuarenta morteros, una cantidad inmensa de
pólvora y municiones, con mil quinientos mulos para el tren de la
artillería; seiscientos artilleros, y hasta mil quinientos que en la
artillería servían; una compañía de sesenta
minadores y cincuenta ingenieros subordinados a don Próspero Berboon,
ingeniero mayor, hombre en esta facultad de los más insignes de su
siglo; pertrechos de guerra innumerables y cuantos instrumentos son precisos
para ella.
Nunca se ha visto armada más bien
abastecida; no faltaba la menudencia más despreciable, y ya
escarmentados de lo que en Cerdeña había sucedido, traían
ciento cincuenta y cinco mil fajinas y quinientos mil piquetes para trincheras;
se pusieron víveres para todo este armamento para cuatro meses.
Todo se debió al cuidado de don
José Patiño, que aunque no tenía más despacho que
de intendente general de Tierra y Marina, le había conferido tan plena
autoridad el cardenal con cartas misivas, que la tenía sobre toda la
expedición y las operaciones que se habían de hacer en ella, y
era árbitro del dinero y caudales destinados para esta empresa, y
tenían instrucciones Castañeta y Lede de nada hacer sin su
dictamen, y aun en caso de discordia, seguir el de Patiño y, en fin, de
obedecer cuantas órdenes en nombre del Rey diese.
Esto era haberle fiado el todo, y aunque
era don José Patiño hombre capaz, celante, inteligente y
desinteresado, era uno y no lo podía ejecutar todo, ni entenderlo, y
como el cardenal era de genio despótico, y creía que él
solo podía gobernar la Monarquía, transfirió su autoridad
en uno, y creyó que lo podía todo hacer y comprender. Este era
desorden, porque los demás no se hacían cargo de sus propios
oficios, creyendo estaban al de Patiño. A los jefes se entregaron
pliegos; se habían de abrir en determinados lugares; el primero se
abrió en Cerdeña, en la bahía de Caller; allí se
tomaron otras tropas que se incluyen en el referido número, y se
embarcó el teniente general don José Armendáriz.
Partió todo el armamento a 28 de
junio de Caller, y el día 30 dio vista a Sicilia, llevando la proa a San
Vito, donde se había destinado el desembarco. Un temporal la
sotaventó, sin desunirla. El primero día de julio hizo punta a la
Parte de Monelo, pero no pareció a propósito aquella playa,
aunque está dos millas de Palermo, y continuó el viaje hasta dar
fondo en el cabo Salento, cuatro leguas distante de la capital de aquella isla;
la misma tarde se desembarcó la mayor parte de la infantería y se
acampó en las alturas de San Elías, donde hubo escasez de agua.
Al otro día se feneció el desembarco de todas las tropas, y se
abrió el otro pliego y se declaró capitán general de aquel
ejército y virrey de Sicilia al marqués de Lede; el día 3
se marchó cuatro millas, y se acampó en la torre del Agua de
Corsarios; aquí vinieron muchos caballeros de Palermo, y los diputados
de la ciudad, a ofrecerla al Rey Católico, pidiendo sólo
manutención de sus privilegios.
El conde Mafei, que allí
gobernaba, dejó luego esta capital, y dejando alguna guarnición
en el castillo, se retiró con mil quinientos hombres a Siracusa. Gran
parte de la nobleza fue a encontrar el marqués de Lede al campo de Mala
Espina, desde donde marcharon cuatro compañías de granaderos de
guardias españolas, y ocuparon la Puerta Nueva de la ciudad y el
Palacio; estos mismos, después, se acercaron a Castelamar, presidiada de
cuatrocientos sesenta infantes piamonteses, y por la parte de la marina le
bloquearon también dos compañas de granaderos del regimiento de
Saboya y Guadalajara; otra compañía de guardias españolas
ocuparon el fuerte del Muelle y la Linterna. Se intimó la
rendición a Castelamar; respondió con honra su gobernador,
caballero Marelli. Se tomó un navío nuevo de sesenta y cuatro
piezas que había en el muelle de Palermo, a cuya bahía
pasó la armada española.
Los piamonteses trabajaban una
pequeña media luna entre el fuerte de la Flecha y San Pedro; los
españoles pusieron por eso doscientos hombres en las casas inmediatas, y
adelantaron otros a un ribazo, para hacer fuego sobre los trabajadores. En este
día 5 se declararon tenientes generales al caballero de Lede, a don Juan
Chacoli, a don Antonio Pinatelo, marqués de San Vicente, al conde de
Montemar y a don Feliciano Bracamonte; y al otro día, mariscales de
campo al señor Dupui, al conde de Sueveghen, al marqués de
Rebés y al conde de Roidovilles; después, al señor de
Vaucop.
La noche del día 7 y 8 se
trabajó en una pequeña paralela para cubrir la batería
dirigida al franco y cara del baluarte de San Pedro que mira a la ciudad, pues,
ocupada ésta, no se necesitaba de quitar el fuego opuesto para tomar la
brecha. Se destacó don Lucas Espínola con el marqués de
Villadarias, con los regimientos de dragones de Batavia y Frisa y quinientos
infantes en derechura a Mecina, y en los dos cuerpos siguió
después toda la caballería y dragones, y a la testa de cada una
iban un teniente general y un mariscal de campo.
La infantería se envió por
mar, destinando el lugar del desembarco entre la torre del Faro y Melazo;
alguna quedó en Palermo contra el castillo, y el día 13,
después de seis horas de batería, se rindió a
discreción. Esto llevó muy mal el rey de Sicilia, y se
formó proceso al gobernador; pero no era fortificación que
tenía resistencia. Quedó un campo volante de tres mil hombres a
cargo del conde de Montemar, a quien también se le dio orden de bloquear
a Trápana; bajaron luego las milicias del país a unirse con las
tropas españolas, y aquéllas se enfurecieron tanto con los
piamonteses, que en Cantanieta mataron los paisanos cuarenta de ellos.
La ciudad de Catania se apoderó
de su castillo, aclamando al rey Felipe, e hizo prisionera la poca
guarnición que en él había: las de Tápana y Termini
hacían algunas salidas, pero las contuvo el conde de Montemar metiendo
su campo volante en el valle de Mazara. Mecina erala más difícil
empresa; tenía de presidio dos mil quinientos piamonteses, y al dar
vista a la ciudad la armada española, se conmovió el pueblo de
género contra ellos, que, abandonando los baluartes, se retiraron a la
ciudadela, guarneciendo los castillos de las cumbres del monte y del Salvador.
Sin dilación del país cubierto, obedeció al Rey
Católico. Las galeras de aquel reino, mandadas por cabos saboyardos, se
refugiaron a Malta.
Para empezar las operaciones por la
parte de Palermo se movieron, como se ha dicho, a cargo del conde de Montemar,
contra Termini; llegaron el día 26, y por mar desembarcaron las
municiones en la playa de San Cosme y San Damián, guarneciendo a la
ermita con una compañía de granaderos del regimiento de
Valladolid; luego se empezaron los trabajos para la trinchera y componer una
batería de morteros, y a 31 de junio se perficionó la paralela.
Desde el llano de Santa Ana se batía la plaza baja del baluarte de los
Balbases y parte de la cara del de Villarroel; con esto hizo llamada la noche
del día 4 de agosto el castillo, y se rindió a discreción,
quedando prisioneros trescientos hombres.
Don José Vallejo y el
marqués de Villa Alegre partieron a bloquear a Siracusa, de donde
salieron dos navíos ingleses fletados del conde Mafei, con cuatrocientos
hombres, para Augusta, los cuales, sacando cuatro compañías de
infantería que de esta ciudad quedaban, dieron fuego a las minas que
tenían hechas para volar el castillo, que no hicieron mucho efecto.
Desamparada la ciudad, la ocuparon los españoles, y repararon el
castillo.
Habíanse de las galeras de aquel
reino escapado todos los sicilianos que en ellas servían, y sólo
quedaba mal abastecida la chusma de algunos oficiales piamonteses. Para
guarnecerlas envió Mafei doscientos hombres a Malta, para donde
partió también con su escuadra don Baltasar de Guevara, para
pedirlas al gran maestre de San Juan o sacarlas con violencia de aquel puerto,
si era posible.
Esto último no era fácil
intentarlo, porque las protegía el cañón de la plaza; el
gran maestre Perellós se excusó a entregarlas, diciendo no era
juez de las diferencias de los príncipes, y que no podía negar
refugio a quien le buscaba en su puerto. Que, como era neutral, dejaba a las
galeras en su plena libertad, pero si perseveraban en él hasta la
decisión de la guerra de Sicilia, las entregaría al dueño
de ella. Esta respuesta tomó muy mal el rey Felipe, y se prohibió
a la isla de Malta el comercio con Sicilia, negándola los granos que
acostumbraba dejar extraer, mas después que las abrigó de la
escuadra inglesa, que llegó, como veremos, dejó el gran maestre
salir las galeras, que se fueron a Nápoles, y de allí a
Villafranca de Niza, no habiéndolas querido entregar a otro que a don
Miguel Regio.
Este destacamento de navíos que
ordenaron el marqués de Lede y don José Patiño,
empezó a enflaquecer las fuerzas de la armada; las restantes naves
entraron en el puerto de Mecina, donde hallaron dos navíos del rey de
Sicilia, que no tuvieron tiempo de escapar, pero no podían los
españoles valerse de ellos, porque los defendía la ciudadela y el
fuerte del Salvador. Bien recibidas de los mecineses, llegaron todas las tropas
españolas, y luego se dio principio al sitio de la ciudadela; pero, como
embarazaban los ataques los castillos de la montaña Matagrifón,
Gonzaga y Castalazo, se atacaron antes éstos, y en pocos días se
rindieron a discreción. En el primero había doscientos
hombres.
En este estado dieron aviso los
ministros de Italia a los jefes españoles que ya navegaba las aguas del
Mediterráneo la armada inglesa, mandada por el almirante Jorge Binghs.
Había salido esta escuadra desde 14 de junio de sus puertos; constaba de
veinte navíos de guerra, todos de línea; el mayor, que era el
navío
Brafieur, tenia noventa piezas; había
dos de ochenta y de setenta y siete; los demás eran de sesenta, y el
menor, que era el
Rochester, tenía cincuenta
cañones. El
Guastlant y
Grifin eran de fuego;
Blasilik y
Blast, de bombas.
No eran grandes estas fuerzas; pero les
pareció a los ingleses que bastaban, porque ya habían enviado de
antemano un oficial de marina a Cádiz y otro a Barcelona, con pretexto
de negociantes, para que se informasen por menor del armamento marino del Rey
Católico; y así, estaban los ingleses tan rectamente informados,
que sabían el nombre y el número de piezas de cada navío y
de su tripulación.
Cuando la armada inglesa llegó a
las alturas de Alicante, despachó Binghs a Madrid un oficial suyo, que
le servía de secretario, con cartas para el coronel Stanop, en que le
decía hallarse con su escuadra en el Mediterráneo, y que
tenía instrucciones de su Soberano para tomar las medidas, más
proporcionadas al ajuste entre el Rey Católico y el Emperador, y en caso
de reservarlo y persistir aquél en turbar la neutralidad de Italia y los
Estados de éste, que tenía orden de embarazarlo con las fuerzas
de aquella armada. Stanop lo participó al cardenal Alberoni, que indujo
al Rey a permitir se le diese en su nombre una respuesta la más sobre
sí y orgullosa, porque le respondió a Stanop que podía
ejecutar el almirante Binghs las órdenes de su amo como le
pareciese.
Esta sequedad no dejó de picar al
inglés, y tomó el rumbo de las costas de Nápoles, ya hecho
el ánimo a ejercer toda hostilidad. A este tiempo pasó de Londres
a París el secretario Diego Stanop, para dar la última mano al
tratado de la Triple Alianza, que se firmó en Londres a 2 de agosto.
Tenía por apéndice el que
entre sí hicieron el Emperador, el rey Jorge y el Cristianísimo,
del modo como oponerse a la España, y quedó concordado que
pondría las tropas el Emperador, la armada naval la Inglaterra, y la
Francia concurriría con un equivalente considerable en dinero.
Envióse al conde Cadogan al Haya para disponer que los Estados Generales
de las Provincias Unidas entrasen en esta Liga. Hizo este ministro los mayores
esfuerzos para persuadirlos, y los mismos hacía por lo contrario el
marqués de Berreti Landi, embajador del Rey Católico. El
inglés proponía la antigua amistad de las dos naciones, la
unión de sus intereses de religión y Estado, la gloria de entrar
a la parte de dar a la Europa equilibrio, y la infracción de la
neutralidad por parte de los españoles, y sobre todo el ejemplar de la
Francia, en que la Casa de Borbón, contra sí misma,
posponía los derechos de la sangre a la pública utilidad y
quietud.
El marqués Berreti Landi, por lo
contrario, ponderaba la ambición de la Casa de Austria y cuánto
les importaba a los holandeses no engrandecerla, porque aspiraba a la
depresión de sus vecinos, como se dejaba conocer en que aún no
había dado cumplimiento al ajuste de la barrera. Mostró que los
coligados ni formaban ni querían equilibrio, porque con darle al
Emperador la Sicilia le acrecentaban el poder y le rendían esclava a la
Italia, con lo cual serían sus armas tan formidables, que no
hallarían resistencia. Que la neutralidad había sido violada por
el Emperador, como había muchas veces explicado, abusando de la
paciencia del Rey Católico, hasta que llegaron los agravios a punto tan
insufrible que era desdoro de la Majestad tolerarlos. Que no era la Inglaterra
la que obraba, sino un rey alemán, por los propios intereses de la Casa
de Hannover y para mantener lo usurpado al rey de Suecia. Que tampoco era la
Francia, ni el Rey, que sólo tenía ocho años, el que
movía las armas contra Felipe de Borbón, Rey Católico,
sino el duque de Orleáns, despótico en la Regencia, o por odio a
su sobrino, o porque buscaba en el Emperador y el rey Jorge protectores a
más altas ideas. Que el rey de España nada invadiría que
no hubiese sido suyo, y ya que en este último tratado, queriendo
tiranizar la Europa los que se llamaban legisladores, rompían el de
Utrech, adjudicando al Emperador la Sicilia, que la España no estaba
obligada a mantenerle, sino a defender aquel reino, porque se había
despojado de él para darle a un príncipe que no le embarazaba,
pero no para exaltara su enemigo.
Los holandeses no querían volver
a tomar las armas y destruir su comercio por la Casa de Austria, que tan mal
los había pagado; mantenían ardientes quejas con el Emperador, y
conocían con evidencia que la Inglaterra y la Francia volvían a
una guerra voluntaria por privado interés de las dominantes, no de sus
súbditos; y resolvieron hablar con ambos ministros oscuramente.
La respuesta dada a Cadogan fue que no
podían entrar en confederación alguna con el Emperador antes de
rematar el negocio de la barrera y dar la última mano al tratado de
Ambers. Al marqués Berreti dijeron asegurase al Rey Católico de
su constante amistad, y que le suplicaban componer amigablemente las
diferencias con el Emperador. Cadogan concibió esperanzas de esta
respuesta, creyéndola sencilla; dio noticia de ella a su corte y a la
del Emperador, y pasó a Ambers a hablar al marqués de Prie,
gobernador de Flandes, que partió a este efecto de Bruselas.
Tratóse de la composición
de la barrera, que con palabras la facilitaron los alemanes; pero obraban de
mala fe, mal entendida de los ingleses, que dieron por sentado el ajuste y, en
su consecuencia, que la Holanda adhería a la alianza. Diego Stanop, que
estaba en París, padeció también este engaño, y
creyendo que tanto poder unido pondría miedo al Rey Católico,
pidió un pasaporte para ir a Madrid no, queriendo partir sin él,
porque ya sabía las órdenes que su amo había dado al
almirante Binghs, y recelaba que le detuviesen en Madrid si llegaba la noticia
de alguna hostilidad.
* * *
El cardenal Alberoni entendió la
desconfianza, pero dio el pasaporte por no negar tan visiblemente los
oídos a un razonable ajuste. Estaba entonces el Rey Católico en
El Escorial, donde fue Stanop recibido; tuvo algunas conferencias con Alberoni,
al cual sorprendió la noticia de que habían entrado en alianza
los holandeses, aunque el marqués Berreti había escrito lo
contrario. Todo el tiempo que estuvo averiguándolo dio esperanza de
ajuste; pero después, conociendo el engaño, picado de la
hostilidad de la armada inglesa, que después referiremos, esperanzado de
recobrar la Sicilia por los progresos que iban haciendo las tropas, y animado
de que no le faltarían caudales, porque acababan de llegar de Indias los
galeones muy interesados, y traían doce millones de pesos, se
obstinó en el dictamen de la guerra y determinó romper las
conferencias con Stanop; pidióle éste la última
resolución, y fue la respuesta
que sólo podía el Rey
Católico convenir en la paz, quedando por la España Sicilia y
Cerdeña, y que el Emperador satisfaciese al duque de Saboya con un
equivalente, como también los daños ocasionados a los
príncipes de Italia, de donde retiraría las tropas que excediesen
a un cierto número, y que no se hablaría de la sucesión de
Toscana y Parma, ni de infeudar estos Estados del Imperio.
Distribuyó estas condiciones en
ocho artículos, y en el último pidió se retirase la armada
inglesa a sus puertos. Stanop, que a los primeros días de su arribo
había concebido esperanzas de ajuste y las había dado a las
cortes de los aliados, quedó abrasado de esta respuesta, y en nombre de
los príncipes de la Liga dejó un papel al cardenal en que
decía que si el Rey Católico no admitía el tratado en el
término de tres meses, suministrarían los aliados del Emperador
los socorros en él ofrecidos; y que si contra ellos sus vasallos o
negociantes intentaban hostilidad o mandaba hacerla, que le harían luego
la guerra y dispondrían en otro príncipe la sucesión de
Toscana y Parma; y que suspendería el Emperador las armas en estos tres
meses, si hacía lo propio la España.
Estas proposiciones encendieron
también el ánimo del cardenal, y se aplicó más a la
guerra. Para justificarla, se dio de todo cuenta a los holandeses por medio del
ministro español, en una carta con grande artificio escrita, y entre
otras cosas decía:
Que la Inglaterra y la Francia
habían sido la causa de la guerra de Sicilia, porque habían dado
el aviso secreto de que se trataba de cederla el duque de Saboya al Emperador.
Esta proposición ya no llegaba a tiempo, porque no era fácil
sembrar cizaña entre los aliados, tan firmes en su empeño que
aún admitían en alianza al duque de Saboya. Había este
príncipe quedado consternado de la invasión contra Sicilia, que
nunca creyó, y se echó todo en manos del Emperador, el cual
ofreció defender la Sicilia, pero quedarse con ella. Pedía el
Duque un equivalente en el Estado de Milán, y a eso tiraban las quejas
que daban sus ministros en Londres y en París. Fue la respuesta que si
dejaba sus tropas auxiliares con las del Emperador, se le daría la
Cerdeña.
Esto era de sumo desagrado al Duque,
porque siempre había inmensa diferencia de reino a reino. Le achicaban
el poder con obligarle a mantener el que le daban; no quería hacer la
cesión de la Sicilia, esperando el éxito de las cosas, y sin esto
no le querían admitir en la alianza. Los coligados no querían
tampoco sacar sus tropas de las plazas, entregándolas a los
españoles, porque no esperaban recompensa, y era ponerse de la parte
más flaca. Nunca ha padecido mayor vejación su alto
entendimiento, que por muchas vueltas que daba recurriendo a sus naturales
mañas, halló las puertas cerradas y vio que era preciso cooperar
con sus propios enemigos a su ruina, por no padecerla mayor.
De ellos procedía el daño
de perder la Sicilia, porque nunca la hubiera invadido el Rey Católico
si no viera que la destinaban los aliados al Emperador, pues aunque los
españoles tuvieron idea de recobrarla, era en cambio del ducado de
Milán, que querían conquistar para el Duque; por eso le
convidaron a una liga particular, como dijimos. Revolcándose entre
espinas Víctor Amadeo, y sabiendo que el Emperador había dado
orden al virrey de Nápoles de defender a Sicilia, mandó a sus
gobernadores en Mecina, Siracusa, Melazo y Trápana, admitiesen como
auxiliares a las tropas alemanas; pero que mantuviesen el gobierno de las
plazas. Detuvo prisionero en su propia casa al marqués de Villamayor,
ministro de España, hasta que se diese libertad al conde de Lascaris,
que lo era del Duque en Madrid.
Aplicando el mayor cuidado, dio fondo en
Nápoles la armada inglesa. En los agasajos y obsequios que hizo el conde
Daun al almirante Binghs, explicaba la necesidad de su auxilio. Luego le
pidió escoltase gente a Rijoles; no se llegó a ello, y pasaron
tres mil hombres; y como el día 7 llegó la orden de su amo de
atacar a la armada española, hizo vela hacia el faro de Mecina.
Despachó un oficial al marqués de Lede, pidiéndole dos
meses de tregua y expresando venía para componer tan peligrosa disputa.
El marqués respondió no poder condescender a la suspensión
de armas, porque no tenía orden ni instrucción para ello.
Ya sabía el inglés que no
lo había de conseguir, porque traía, desde la respuesta que le
dio la corte, el desengaño; pero quiso dar esta otra aparente
justificación al mundo, y enviar un explorador para saber dónde y
cómo estaban ancoradas las naves españolas, cuyos destacamentos
en no ignoraba, porque desde Siracusa daba el general Wessel, que estaba en
Rijoles, todas las noticias del conde Mafei. La mañana del día 9
de agosto descubrió la torre del Faro a los ingleses, con la proa
dirigida a su entrada, y al amanecer dio fondo a vista de dicha torre del Faro
en el cabo de las Mirtelas.
Las naves españolas estaban dadas
fondo en el estrecho, y recelando de la intención de los ingleses como
eran ya pocas, porque faltaba, como se ha dicho, la escuadra de Guevara,
parecióles conveniente -todo de orden de Patiño- salir de lo
angosto hacia el cabo de Spartivento, para unirse a las que faltaban, porque
habían de volver por allí, y en el ínterin descubrir
más la intención del inglés, porque creía el
marqués de Lede que volvería aquel mismo oficial declarando
absolutamente el ánimo de Binghs, que no entendió estar obligado
a eso, y en el beneficio de la noche procuró penetrar el Faro en el
alcance de los españoles. El día 10, por la mañana,
pasó el estrecho, saludándole las naves de transporte que
allí estaban dadas fondo. Algunas cargadas de víveres para la
armada, se llevó consigo el comandante inglés.
Aún le creían amigo,
porque habiéndose el marqués de Lede quejado con el referido
oficial enviado del almirante Binghs que hubiese escoltado tropas del
Emperador, respondió que esto no era acto de hostilidad, sino de
protección a quien se amparaba en la bandera del Rey británico.
No se puede negar algún género de engaño en el
inglés y alguna cándida credulidad en los españoles,
porque asegurados que venía aquella escuadra a embarazar la guerra, no
se pasearía inútilmente por estos mares; y más que los
ingleses abrazaban con gusto esta ocasión de destruir la armada
española, porque no quieren ver por mar muy armado al Rey
Católico, no sólo por los perpetuos celos del comercio, pero
aún por no perder la alta actual prerrogativa de ser dueños de
ambos mares.
Dos fragatas ligeras de los
españoles avisaron a su jefe que venía en su seguimiento el
inglés con solas las gavias (éste fue otro disimulo); y una
corbeta suya avisó a éste que ya no estaban lejos los
españoles, que no viendo hacer fuerza de velas del inglés, se
atravesaron mantenidos a la capa, como quien sabía de cierto que no eran
aquéllos enemigos, hasta que, viéndoles venir a proa directa,
tomaron el rumbo hacia el cabo de Spartivento sin cargar de velas, por no
mostrar desconfianza ni temor.
En la simplicidad de esta conducta
consistió todo el daño, porque don Antonio de Gastañeta
esperó a la capa a los enemigos superiores en fuerzas, y perdió
tres días, en los cuales podía haberse retirado a Malta o dado la
vuelta a Cerdeña, porque ni el inglés desampararía
aquellos mares ni, perdida la oportunidad, era fácil irle siguiendo. Dio
por disculpa que así lo había mandado Patiño, y que
guardaba sus órdenes. Éste decía que le había
mandado salir del estrecho para salvarse, que no tenía forma de
avisarle, ni aun noticia que enviar, y que una vez fuera del Faro tocaba a la
prudencia de Gastañeta gobernarse.
No entramos en la cuestión si
debía la armada española retirarse a sus puertos, luego ejecutado
el desembarco; porque este fue error del cardenal Alberoni no mandarlo, fiado
quizá en que la armada del Rey Católico podía resistir a
la inglesa lisonjeado del número, sin advertir que, verdaderamente, no
había en aquellas más que ocho navíos de guerra; los
demás eran viejos, y mercantiles, armados con más piezas de
cañón que la construcción de la nave sufría.
Ni aunque la calidad de las naves y el
número fuese igual a los de los ingleses se debía aventurar una
acción, porque éstos no tienen otro oficio y aventajan en el mar,
en pericia y destreza, en gran parte a los españoles en este siglo.
Retiráronse a Spartivento los españoles; les faltó el
viento antes que a los ingleses, que llevaban su derrota en el nordeste, por
cuya circunstancia, o por la variedad de las corrientes, o por maniobras,
amanecieron el día 11 mezclados e interpolados los navíos de
ambas escuadras.
El español mandó remolcar
los suyos de línea acercándolos, a
San Felipe del Real, que era el comandante;
las galeras de España, aunque en calma, pudieron hacer hostilidad; no la
quisieron empezar, y fueron tomando la costa. Refrescó un poco el
tiempo, y hallándose la escuadra del marqués de Mari, que formaba
la retaguardia, muy separada del cuerpo de Gastañeta y muy a la tierra
con los navíos de su división, solicitó salir de la
ensenada y juntarse al comandante, pero no pudo.
Los ingleses continuaban su rumbo con
disimulo, haciendo fuerza de velas para dejar atrás cortados los
navíos de Mari y ganarlos el viento, que lo consiguieron, porque estaban
más a la mar. Logrando de esta buena disposición seis
navíos ingleses, volvieron la proa contra Mari, que aún
tenía sus navíos separados, y como estaba aterrado, tomó
el partido de echarse a la costa de Abola, donde pasaron sus navíos,
combatiendo con siete navíos ingleses de línea todo el tiempo que
permitió la situación de haber puesto la proa a tierra, y no
pudiendo resistir más a fuerza tan superior, procuró salvar los
equipajes poniéndolos en la arena y abarrancando las naves, de las
cuales algunas se quemaron por sí mismas, y otras pudieron sacar los
ingleses después de varadas.
El marqués de Mari saltó a
tierra con muchos ofíciales; lo restante de la escuadra inglesa fue a
atacar el cuerpo principal de la española, compuesta de los
navíos nombrados
San Felipe el Real, el
Príncipe de Asturias,
San Fernando,
San Carlos,
Santa Isabel,
San Pedro y las fragatas
Santa Rosa, la
Perla, la
Juno y el
Volante, que unidas tenían la proa a
Cabo Passaro. Tumultuariamente quisieron poner la línea, pero no
pudieron. Cinco navíos de los ingleses atacaron a los de los
españoles que quedaban más atrás; y como estos iban uno a
uno, los fueron tomando los ingleses, no sin la resistencia de que era capaz
tan desigual combate. Con el resto de las naves se adelantó Binghs, a
las dos de la tarde, y cargó contra la comandante de España, con
siete navíos y un burlote de fuego.
Dos naves de línea
combatían las primeras. Sufrió dos descargas
San Felipe, sin disparar, hasta que los dos
ingleses le dieron el costado. Entonces respondió con sus andanas, de
forma que, antes que pasasen de ellas, habían recibido los ingleses dos
descargas, y a fuerza de velas se adelantaron a repararse del daño. La
comandanta inglesa continuó su curso, arrimándose con su
almiranta, que mandaba el contraalmirante Delabal, y otros dos navíos de
línea, por la popa de
San Felipe, que sufrió las descargas
sin poder emplear un tiro; volvieron las dos naos primeras que le atacaron con
los bordos, rendidas a ceñir sus costados, y le dieron sus cargas
correspondiendo a ellas, y se retiraron un poco por ambas aletas de San Felipe,
acribillándole con descargas de metralla, balas de fierro y plomo
chicas, de suerte que no le dejaron aparejo pendiente, ni de labor o obenque,
ni de brandal, que no cayese la mayor parte sobre la cubierta, ni vela entera.
Dos navíos ingleses se le acercaron más por la parte de estribor
para abordarle, pero no lo hicieron, porque todavía daba, aunque
maltratado,
San Felipe sus arribadas y orzadas, con una
de las cuales hizo perder el curso del abordo a un burlote que le arrimaron
para incendiarle, que con su bauprés le desbarató todo el
guardapolvo del corredor alto y parte del espejo de la popa.
Habiéndole muerto ya a
Gastañeta doscientos hombres, con todo daba sus descargas, y
recibió otra vez el burlote protegido de las naves de Binghs, cuya amura
tapó con la aleta de la parte de estribor de
San Felipe, y le dio una descarga a tiempo
que hallándose don Antonio Gastañeta al pie de la mesana, le
alcanzó una bala que le atravesó la pierna de parte a parte y
quedó clavada en el tobillo de la derecha. Continuaba con todo a
resistirse en el mismo lugar; y dividiendo una bala de cañón por
medio de la barriga a un hombre, le dieron unos pedazos del cuerpo en el pecho
y cara a Gastañeta, de género que cayó por esta violencia
y por la sangre que de las heridas vertía. Entonces le retiraron a
curarle con el capitán don Pedro Dexpois, herido de un astillazo en las
espaldas; cortó una bala la driza de la bandera al tiempo de arriarla, y
se rindió la comandante española.
Tres navíos de línea
habían atacado al Príncipe de Asturias, que mandaba don Fernando
Chacón, que se resistió valerosamente hasta que, desbaratado el
buque y obras fuera del agua, muerta la mayor parte de la guarnición,
rotos todos los palos mayores, vergas, gavia y mesana, todo el velamen del
aparejo y desbaratada toda la ovecanduria y la jarcia, herido de un astillazo
en la cara, se rindió. Lo mismo hizo la fragata
Santa Rosa, que mandaba don Antonio
González, después de haber peleado tres horas contra cinco
navíos; igual tiempo combatió don Antonio Escudero, que mandaba
el
Volante, contra tres ingleses, y aunque
tenía su buque seis balazos a la lengua del agua, por donde
recibió tanta que empezaba a hundirse, los oficiales y marineros
arriaron la bandera y se rindieron sin quererlo consentir el
capitán.
Tantas horas peleó también
Juno, quedando enteramente fracasada y muerta
la mayor parte del equipaje. Como iban atacándolos sucesivamente los
ingleses, una después de otra tres naves atacaron a la
Perla, que mandaba don Gabriel de Aldrete;
defendíase valerosamente, y con el favor que le dio don Baltasar de
Guevara, que volvía de Malta, por el barlovento de los demás
navíos de España y el
Sudo: éste pudo escapar a don Gabriel
a dicha isla; la fragata la
Sorpresa, que mandaba don Miguel de Sada,
aunque era de la división de la escuadra de Mari, como estaba más
avanzada la atacaron los enemigos y, después de casi deshecha, la
rindieron. Lo propio sucedió al amanecer del día 12 a la nave
Santa Isabel, que mandaba don Andrés
Regio, atacada de cuatro navíos ingleses.
Los navíos españoles
más adelantados se pudieron retirar a Malta y Cerdeña. A tiempo
que estaba combatiendo con los ingleses
San Felipe, llegó de Malta, como se ha
dicho, don Baltasar de Guevara con dos navíos de línea, y
poniendo la popa a él pudo atravesarse entre los dos navíos que
daban a
San Felipe los costados, y hacer fuego a uno
y a otro, hasta que viendo que arrió la bandera el
San Felipe, dirigió la proa sobre el
navío del almirante Binghs, que le seguía por popa, y,
dándole el costado le hizo fuego.
Ejecutó lo mismo la nave
San Juan, que seguía en las mismas
aguas a la de Guevara, y se retiraron ambas con el beneficio de la noche hacia
poniente; por donde, con su abrigo, escaparon las naos
San Luis y
San Juan, después de haber combatido
la almiranta inglesa. Las galeras de España que mandaba Grimau, como no
podían defender las naves se retiraron a Palermo; de los navíos
de Mari sacaron los ingleses el
Real y las fragatas
San Isidro y
El Águila; se quemaron la
Esperanza, un burlote y dos balandras; los
que se salvaron fueron los referidos
San Luis,
San Juan,
San Fernando, el
Puercoespín, la
Tolosa;
San Juan el Chico, la
Flecha y una galeota a bombas.
Para repararse los ingleses de los
daños padecidos, se entretuvieron cuatro días cincuenta millas a
la mar; después entraron furiosos, con los navíos rendidos, en
Siracusa los días 16 y 17 de agosto.
Esta es la derrota de la armada
española, voluntariamente padecida en el golfo de Ariaich, canal de
Malta, donde sufrió un combate sin línea ni disposición
militar, atacando los ingleses a las naves españolas a su arbitrio,
porque estaban divididas. No fue batalla, sino un desarreglado combate que
redunda en mayor desdoro de la conducta de los españoles, aunque
mostraron imponderable valor, más que los ingleses, que nunca quisieron
abordar por más que lo procuraron los españoles. El comandante
inglés dio libertad a los oficiales prisioneros, y envió uno de
los suyos al marqués de Lede, excusando aquella acción como cosa
accidental, y no movido de ellos sino de los españoles, que tiraron el
primer cañonazo; cierto es que la escuadra de Mari disparó los
primeros cuando vio que se le echaron encima para abordarle.
El marqués de Monteleón,
ministro de España en Londres, se quejó altamente de esta
operación y escribió al señor Gratz, secretario de Estado,
un papel sumamente resentido de hostilidad tan impensada, no habiendo atacado
los Estados del Emperador el Rey Católico, a quien tantos actos de
amistad debían los, ingleses y su comercio; y como esto era ya haber de
hecho movido con simulación a su soberano la guerra, no podía
usar más de su empleo hasta recibir órdenes de su corte,
posteriores a esta noticia. La respuesta, que también se le dio por
escrito, fue después de tres semanas, porque esperaba una
relación exacta del hecho, aunque ya habían tenido noticia de
él, y de la que llamaban victoria, por un expreso de Nápoles.
En este intermedio llegó la carta
del general Binghs, escrita con soberbia, en el propio desprecio que
hacía de su gloria; el estilo era sucinto, como refiriendo cosa de menor
entidad, y dijo que había visto fuera del Faro, tomando el borde largo,
la flota española, compuesta de veinte y seis naves de guerra, entre
grandes y pequeñas; dos burlotes, cuatro galeotas de bombas y siete
galeras. Que destacó a los navíos
Kent,
Soberbio,
Grafton y
Leofort para alcanzar a los españoles.
Que el día 11, viéndose estos acercar a los ingleses, algunos
navíos con las galeras tomaron la costa, y que destacó al
capitán Walton entre el navío
Cantorver, para seguirlos, y que, ya a tiro,
un navío español hizo una descarga contra el
Argile, mandado del capitán Norbury,
que con el resto de su armada siguió al comandante español. Que a
aquellos cuatro navíos que seguían a los que se iban retirando,
les dio orden de no tirar contra los españoles sino en caso en que ellos
prosiguiesen en hacer fuego; y que, viendo que proseguían en hacerle, el
Kent había atacado a
San Carlos, el
Leofort a
Santa Rosa, el
Grafton al
Príncipe de Asturias, que le
dejó después que sobrevinieron
Breda y el capitán, y que todos
rindieron a los navíos españoles, contra quienes peleaban.
Que después
Kent y el
Soberbio atacaron a
San Felipe con otros dos navíos;
mantuvieron una especie de combate, siempre huyendo, hasta las tres de la
tarde, en que el
Kent se acercó a la popa de
San Felipe y le dio una gran descarga, pero
habiendo sotaventado el
Soberbio, le atacó a sobreviento, para
abordarle; mas habiendo
San Felipe dado un golpe de timón,
huyó el bordo, y que al fin el
Soberbio le obligó a rendirse.
Que un contraalmirante español
había hecho su descarga contra el
Blarfleur, pero que luego tomó el
viento, y que se fue con otro navío de sesenta piezas. Que el almirante
les había seguido hasta la noche, pero que habiendo tenido poco viento
se escaparon, y que él volvió a la flota. Que la nave
Esek tomó a la
Juno y el
Montaipu y
Ruperto a la
Anna-Volante. Que el vicealmirante Coronavail
siguió al
Grafton para sostenerle, pero corría
poco viento y se acercaba la noche; por esto pudieron escapar los
españoles, a quienes perseguían. Que el contraalmirante Delabal y
el
Kene Real habían seguido dos
navíos, bajo viento, y que uno de ellos fue rendido, como lo hizo Walton
al que montaba el contraalmirante marqués de Mari. Que este
marqués se salvó con su planta y sus mejores efectos, y los
demás navíos que con él estaban los habían los
ingleses apresado, quemado o echado a fondo.
Que de las veintiuna naves de su armada
inglesa no se había perdido alguna; sólo había sido
Grafton un poco maltratado. Al fin, que los
españoles habían perdido veintitrés naves, una galeota, un
burlote y otro bastimento con cinco mil trescientos noventa hombres de
equipaje, setecientas veintiocho piezas de cañón, y que de todo
su grande armamento sólo les quedaban a los españoles quince
naves y las galeras, y que se habían llevado las presas a Puerto
Mahón, habiendo quedado Su Majestad Británica dueño del
mar.
Esta relación no es muy distinta
de la que los españoles daban; es arrogante, como lo fue la respuesta
del secretario Gratz a Monteleón; dijo que la acción del
almirante Binghs no debía parecer extraña, porque ya le
había prevenido el conde Stanop al Rey Católico que si no se
contenía en las hostilidades, se lo impedirían los de la Liga, y
que el atacar la Sicilia era romper la neutralidad de Italia y obrar contra el
proyecto de los aliados presentado a Su Majestad Católica, a quien se le
había dado de tiempo tres meses para admitirle, con prevención
que si en ellos no se abstenía de la guerra, que la impedirían
los aliados.
A este papel dio otra respuesta
Monteleón, y unió copia de una carta de Alberoni que le
escribió, en que se explicaba contra el almirante con términos
ofensivos, porque sobre llamarla acción indigna y hecha con mala fe,
decía haber recibido del conde Daun gruesas sumas de dinero. Que no se
debía defender neutralidad ya cuatro años rota por los
austríacos. Que los sucesos de la guerra y los accidentes eran varios, y
que toda humana felicidad estaba expuesta a ellos; y que así,
creía que el Rey británico, con su prudencia y moderación,
no aprobaría lo hecho por el almirante Binghs.
No dio otra respuesta la corte de
Londres, aunque el cardenal Alberoni, habiéndole enviado a
Monteleón la que dio en 15 de septiembre el secretario Gratz,
escribió otra carta con términos injuriosos y violentos, como era
su genio, y mandó al marqués de Monteleón saliese de
Londres; el cual, poco después, pasó al Haya; con el
marqués Berreti mostró a los Estados Generales las razones del
Rey Católico, y dio copia de las referidas cartas. El rey de
España sacó de sus dominios a los cónsules ingleses, e
hizo represalia de todos los efectos de aquella nación; mandó se
armasen corsarios, a los cuales perdonó la parte que tocaba al Real
Erario de las presas, para alentar a los armadores; lo propio hicieron los
ingleses, el Emperador y el rey de Sicilia, con que se llenaron los mares de
piratas, con daño del comercio de todos y ningún útil de
los soberanos.
No desalentó este infausto suceso
a las tropas españolas, que estaban sobre Mecina, donde se habían
retirado a abrir trinchera contra la ciudadela, por tener dispuestas las tropas
al desembarco que los ingleses podían hacer, pero se bombardeaba la
ciudad y el castillo del Salvador; después se aplicaron los sitiadores a
construir las baterías, que a 10 de septiembre ya disparaban. En 11 se
abrió otra trinchera de diez cañones, detrás de la iglesia
de Santa Cruz, contra el revellín. Por la puerta del Socorro, que da al
mar, recibían los sitiados tropas alemanas, cuantos el marqués
Andorno, piamontés, pedía; enviaba a Rijoles los heridos, y
mudaba con gente fresca los cansados; por eso pudo en el revellín
levantar luego una trinchera de fajinas, por poder jugar el fusil contra los
trabajadores españoles que formaban la paralela, que por esta
razón, para perficionarla, costó mucha sangre. El gobernador
sacó de la ciudadela todos los sicilianos, entre los cuales el coronel
Guisani, algunos caballeros panormitanos y algunos mecineses; dos capitanes y
dos tenientes los envió a Calabria.
La noche del día 12 se
concluyó la paralela; en el 18 se dio asalto al camino cubierto; no fue
grande la defensa, y le ocuparon los españoles, donde fortificados,
tiraron una línea por la otra parte de la ciudadela que mira al mar
grueso, por plantar una batería a la parte del jardín, que es la
menos fuerte, y ver si se podía impedir la comunicación en las
barcas de Calabria. Contra estos trabajadores se acercaron cuatro naves
inglesas haciendo fuego. Sostuvieron el puesto los españoles y
pasó con la caballería el marqués de Lede; contra las
naves dispararon las baterías del puerto Salvo, de Puerta Perpetusa, del
llano de las Carretas y del bastión de don Blascos, y se apartaron los
ingleses.
La noche del 20 hizo la plaza una
salida; más vigorosa fue la del 22, en que quinientos alemanes se
acercaron primero con silencio a las trincheras; traían
prevención de cera, pez y azufre, a los cuales sostenía un
regimiento. No lograron más que una sangrienta acción, que fue
dilatada y favorable a los españoles, porque la mayor parte de los que
salieron quedaron en el campo.
Al otro día, en que estaba de
trinchera don Juan Caracholi, rompió el alba con muy concertada
música de oboes, cornetas y trompetillas; esta era arrogancia
española, porque a estos instrumentos siguieron sesenta cañones
que batían en brecha la ciudad. Hubo una hora de tregua que éste
pidió para enterrar los difuntos. A los 27 ya estaba el revellín
arruinado, y habiéndose alojado en el foso los españoles,
rompieron los sitiadores el segundo puente, y se acogieron a la primera
retirada para batir, la cual era precisa antes de ser dueños los
sitiadores del revellín, que se atacó por mar sobre puentes
llanos, fundados en cubas vacías y vigas. Esto era sumamente arriesgado,
porque estaban en descubierto, expuestos a todas las piezas de la ciudadela y
del Salvador.
La acción más sangrienta
fue la del 29, porque a la media noche resolvieron los españoles atacar
cuatro trincheras que habían hecho los sitiados, una tras de otra, a
espaldas, de la ciudadela, por la parte del mar, para evitar no ser cogidos en
medio en el asalto general, estar flanqueados de las contraguardias por
seguridad de su comunicación y del modo de retirarse, como
también para ocupar una batería de seis piezas de
cañón que habían hecho los piamonteses, porque no
adelantasen los españoles los aproches hacia aquel mar y no penetrasen
al llano de San Rainero y quitasen enteramente la comodidad de acercarse barcos
de Calabria, de donde todas las noches recibían los sitiados socorros de
gente y víveres por manos del general Wessel, que, como dijimos, estaba
en Rijoles, y emanada del conde Daun, había dado una orden a los 1.500
alemanes que dentro estaban con el general Valais, que no rindiese la plaza
aunque quisiesen los piamonteses.
Seiscientos granaderos salieron a
defender esta batería. Los españoles, para cogerlos en medio, con
falucas desembarcaron por la otra parte de ella; la acción fue viva y
prolija, porque unos y otros iban suministrando gente fresca a la pelea; pero
como los tudescos y piamonteses estaban cogidos en medio de los
españoles, padecieron mucho y no podían apenas retirarse. Al
mismo tiempo atacaron a los trincherones, no todos bien defendidos, porque
había muchos a que atender. Después pasaron tan adelante los
españoles, que llegaron hasta la torre de la Linterna, que está
en el llano de San Rainero, entre la ciudadela y el Salvador.
Habíanse ya ocupado los
atrincheramientos, y mandó el marqués de Lede retirar los que
tanto se habían adelantado, porque estaban entre dos fuegos. No se
consiguió esto fácilmente, porque iban persiguiendo a los que se
retiraban con tan ciego valor, que cinco granaderos españoles, siguiendo
a los enemigos, se metieron dentro de las puertas de la ciudadela; creyó
ésta que seguían tropas, y estaba ya la guarnición para
hacer llamada, pero viendo que no eran más de cinco hombres, cerrando la
puerta los detuvieron prisioneros, a los cuales, en premio a su valor, dio
luego libertad el marqués Andorno.
En esta ocasión perdieron los
españoles 300 hombres y algunos oficiales; muchos más murieron de
los enemigos, de los cuales quedaron cuarenta prisioneros, con un mariscal de
campo, un teniente coronel, cuatro capitanes y otros subalternos, los
más alemanes. Al otro día se dio una suspensión de armas
de tres horas para enterrar los difuntos, y en el espacio de ellas salió
de la ciudadela el marqués de Entraives Tierines para tratar de la
rendición, que al 30 de septiembre se ejecutó, precediendo las
capitulaciones que salió libre la guarnición que era de 3.500
hombres, con sus armas, por la puerta de los Griegos, con bandera desplegada y
tambor batiente, para embarcarse a Rijoles. Se entregó también el
castillo del Salvador y las dos naves que en el puerto estaban; se
permitió al conde Ricio, y a otros que no eran militares, salir de la
ciudadela para Calabria, y se restituyeron los prisioneros de parte a
parte.
Esta victoria persuadió
enteramente a los sicilianos que quedarían los españoles
dueños de aquel reino, que era lo que tan ardientemente deseaban. Se
celebró esta noticia con extraordinario júbilo en la corte del
Rey Católico, porque parecía compensaba en parte la
pérdida de la armada naval, y hacía inútil la victoria de
los ingleses para el fin del cardenal Alberoni, que con esto se
fortificó en su sistema y acaloró cuanto pudo la guerra enviando
gruesas sumas de dinero cual nunca se ha visto salir de España en poder
de los ministros de Italia, para socorro y subsistencia del ejército de
Sicilia, adonde desde Roma, Génova y Liorna se enviaban continuamente
municiones y reclutas; pues aunque dominaban el mar los ingleses y guardaban
aquellas costas, no podían en una isla embarazar el arribo de una o dos
embarcaciones, que guardando una collada en tiempo favorable, se metían
en un puerto.
Sin perder tiempo el marqués de
Lede, dos días después de la rendición de la ciudadela de
Mecina, destacó para Melazo el regimiento de Castilla y las brigadas de
Milán y de Borgoña, con alguna caballería, y dejando
gobernador en Mecina al teniente general don Lucas Spínola con dos mil
hombres de guarnición, siguió con el resto de las tropas.
Había entrado ya en Melazo refuerzo de alemanes hasta tres mil, que
ocupaban la ciudad baja; el castillo y la parte de la ciudad murada la
tenían los saboyardos.
Estaba ya de antemano bloqueada de los
españoles, pero en la noche del 13 y 14 de octubre desembarcaron con el
general Carrafa hasta ocho mil alemanes, porque aunque de la parte de Levante
había una batería española que lo podía impedir,
pero no por poniente, porque Melazo hace una lengua de tierra de doce millas
que forma su promontorio, aunque es muy angosta, con que tenían
comodidad los alemanes para desembarcar, porque la ciudad baja está
bañada de dos aguas por Poniente y Levante. Así formaron un campo
de ocho mil hombres en aquella poca tierra, dando la derecha al mar y la
siniestra a la plaza, dejando en el centro de la línea el convento de
San Pipino, a la cual defendía con gran atrincheramiento de tierra y
fajina, de donde se podía batir el campo español, cuya
línea abrazaba la plaza por una y otra parte del mar.
Había el marqués de Lede
con los oficiales generales de un regimiento de caballería llegado la
noche del día 14 al campo con la infantería irlandesa, dejando
orden le siguiesen las guardias walonas más presto que lo restante del
ejército. Al otro día, que era 15 de octubre, antes del amanecer,
se formaron los alemanes en batalla delante de su trinchera. Eran once
batallones, con uno de piamonteses y mil caballos; éstos los mandaba el
general conde de Veterani, y a todos el general Carrafa. Hicieron acercar
contra la siniestra de los españoles las galeras de Nápoles, y
por la derecha algunos navíos ingleses, para molestarlos con su
artillería, y más abajo, dos millas lejos, había algunas
embarcaciones y falucas fingiendo un desembarco. Al alba atacaron los alemanes
los puestos avanzados, que estaban defendidos de varios piquetes de regimientos
españoles, los cuales se defendieron cuanto fue posible; pero cargados
de fuerza superior, quedaron todos muertos o prisioneros, y entre ellos el
mariscal de campo barón Zuevegen.
Con este buen principio atacaron la
siniestra de la línea y el centro, que ocupaban los regimientos de
Castilla, Milán, Guadalajara, Aragón y Utrech; la defensa fue
vigorosa, pero fue mayor el acometimiento de los alemanes, porque venciendo con
continuos asaltos la resistencia, hicieron retirar a los españoles y
ocuparon el terreno. Dos veces le recobraron; la tercera le volvieron a perder,
y penetró la caballería alemana hasta el acampamento, con
ánimo de atacar por las espaldas de la derecha la infantería
española, mientras la alemana atacó el flanco. Pero la
caballería no pudo perficionar su designio, porque el regimiento de
Milán se le atravesó, y dando una descarga entera, oponiendo
después las bayonetas, embarazó a la caballería.
A este tiempo la infantería
alemana, después de haber forzado la siniestra, atacó el centro
de la línea creyendo haber vencido, a tiempo que las guardias
españolas, dejando su campamento de la siniestra, marchaban en cuerpo de
batalla a ocupar los puestos avanzados. Al principio fueron rechazados, y
puestos en huida sus piquetes; pero avanzaron después con la brigada
irlandesa para entretener el ímpetu de los alemanes, descargando la
fusilería por el flanco de sus batallones, y dejándolos siempre a
la derecha para poder atacar los costados por el centro. Dados ya los pasos
convenientes de esta marcha, los españoles se echaron con vigor,
convirtiendo las armas, dando media vuelta, porque ya tenían cortados a
los enemigos, a quienes con el mayor brío atacaron los regimientos de
caballería Farnés, que mandaba el duque de Atri, el de Salamanca,
los dragones de Batavia y Lusitania, aunque el terreno estaba plantado de
viña.
Dieron tres gruesas descargas los
alemanes, que hicieron gran daño en esta caballería, más
arrojada con la vertida sangre de muchos oficiales y entre ellos el duque de
Atri, que quedó herido en un brazo. Al fin, por todas partes
ceñidos, los que se habían creído vencedores se empezaron
a desordenar, de género que huyeron hacia la plaza tan descompuestos,
que con el alfanje y bayoneta les hacían huir sin resistencia, matando,
los españoles que siguieron hasta las puertas de la ciudad.
Defendían los dos batallones alemanes los puestos, avanzados, que
habían ocupado al principio, pero atacados por las guardias
españolas los desampararon y se retiraron con tanto desorden a sus
trincheras, que avanzándose las guardias a tiempo que los primeros
vencidos se retiraban a la ciudad, hicieron tanto fuego sobre ellos, que muchos
se vieron obligados a echarse al mar por la izquierda de la línea
española, el cual miserable refugio buscaron los que no estaban
más a tiempo de entrar en la plaza.
Los más se anegaron o fueron en
el agua heridos, porque los españoles acudieron a la orilla sufriendo el
fuego de la galeras; la caballería alemana, que, como dijimos, no pudo
penetrar las espaldas de la línea, quedó cortada, y así
padecía gran daño, por todas partes ceñida de enemigos, al
quererse retirar.
Este fuerte combate duró tres
horas; los españoles acabaron antes la munición que
traían, y concluyeron la acción con la bayoneta. Perdieron los
alemanes tres mil infantes, y de trescientos caballos de los saboyardos que
salieron, ni uno volvió a la plaza. Quedaron mil prisioneros, entre
ellos el conde Veterani, con cincuenta y ocho oficiales; perdieron dos banderas
y muchos estandartes.
De los españoles murieron mil
cincuenta hombres, y ciento cincuenta quedaron al principio prisioneros.
Hallóse en el mayor fuego de guerra el marqués de Lede, a cuyo
lado hirieron gravemente en el costado a su hermano el caballero de Lede. Se
portaron con gran valor don José de Armendáriz y el conde de
Glimes; los mariscales de campo don Jerónimo de Solis, el conde de
Roydeville, el señor de Rebes, los coroneles don Francisco de
Éboli, don Francisco Miguel Coello, don Manuel de Sada, don José
Almazán, que quedó mortalmente herido, con su teniente coronel y
sargento mayor, y aun el coronel don Francisco Doetiguen, que también
recibió una herida mortal; don Lucas Patiño, el coronel del
regimiento de Ibernia, que como más antiguo mandaba la brigada
irlandesa, que con su teniente coronel y tres capitanes quedaron heridos; el
duque de Atri, que sacó, como se ha dicho, una herida en un brazo.
De los alemanes quedaron en el campo
español heridos mortalmente los capitanes Laudreti, Hevi y Berri, de los
regimientos de Salazo, Toldo y Walte; y prisioneros, el general conde Veterani,
como se ha dicho; los capitanes Bracil, Fitegeral, Gramont, Kulkel, de los
regimientos de Tiste, Staremberg, Lorena y Vessel, y el sargento mayor Varol,
con diez tenientes.
Esta victoria, poco esperada de la
arrogancia alemana, añadió brío y puso en gran
crédito a los españoles, porque era la primera acción en
Sicilia clara y en campaña. Quejóse mucho con el general Carrafa
de esta pérdida el conde Daun; fue la respuesta que no eran aquellos
mismos españoles, los que él había vencido en Gaeta. Luego
que acabó la acción llegaron al campo las guardias walonas, la
brigada de Saboya y otros cuerpos de infantería, caballería y
dragones; que si hubiesen dos horas antes llegado, se perderían ocho mil
alemanes, que combatieron contra seis mil españoles, que eran los que
estaban en el bloqueo de la plaza, y los cuerpos que primero se destacaron de
Mecina, a los cuales se añadieron los que trajo consigo, como se ha
referido, el marqués de Lede.
Acabó de llegar el
ejército español delante de sus trincheras, y fortificó
las suyas el alemán enviando más gente, que por tierra pasaba a
Calabria, destacada de Hungría. Poco satisfecho Daun del general
Carrafa, le sacó de Melazo y envió al general Zumiunghen, porque
la guerra de Sicilia la había puesto el Emperador a cargo del virrey de
Nápoles, de donde llegaban continuos socorros de víveres y
dinero.
Tanta gente cargó en aquella
tierra, que no pudiendo subsistir la caballería, se volvió a
Nápoles, y como ya entraba el invierno padecían muchas borrascas
las embarcaciones destinadas a Melazo, y aún tardaban, de lo que se
podían temer llegar las provisiones, lo que puso al ejército
alemán en suma consternación y falta de lo necesario; pero se
habían tan fuertemente atrincherado, que desconfió el
marqués de Lede de poder atacar en sus formas la plaza antes de romper
las trincheras enemigas, cuya empresa le persuadían muchos de los
oficiales generales, y llegó a tanto la variedad de dictámenes,
que ya le acusaban de flojo e irresoluto.
Como creció el número de
alemanes de Melazo de diez y seis mil infantes y dos mil caballos, hicieron los
españoles línea de contravalación en la que el ingeniero
mayor, teniente general Verboon, consumió sumas inmensas de dinero, cuya
falta alguna vez se hacía sentir en el ejército, porque todo
había de pasar por letras de Italia y no había bancos que
sufriesen estas remesas, por lo cual se aventuraron gruesos caudales en falucas
y barcos desarmados.
Manteníase bloqueada de la
caballería española Siracusa, donde estuvo el conde Mafei, hasta
que llegase el barón S. Remi, a quien envió el rey de Sicilia
para mantener las plazas a orden suya, hasta que viese si podía en Viena
y Londres sacar algo más que el reino de Cerdeña por equivalente
de Sicilia; pero viendo que aún le podía faltar lo que le
ofrecían, si no adhería luego a la Triple Alianza, vino forzado
en ella y admitió a Cerdeña, rey de la cual fue reconocido en
Viena a 5 de noviembre, y cedió la Sicilia, de la cual hizo virrey el
Emperador al duque de Monteleón; más para satisfacerse con este
acto positivo de dominio que porque pudiese tener tan pronto efecto, no
poseyendo en ella más que tres plazas marítimas, cuando toda la
isla estaba por los españoles, que habían agregado a su
caballería la más escogida de la de país, y se
servían de ella para guardar muchos pasos y ayudar al bloqueo de
Siracusa y Trapana, y aún a correr las marinas, desde Melazo a Mecina,
donde don Lucas Espínola las hizo reparar luego las brechas y las puso
en estado de defensa.
Aunque hizo celebrar mucho en Madrid el
cardenal Alberoni la feliz y ventajosa acción de Melazo, por las
disposiciones de aquellas trincheras y varios avisos conoció que la
guerra de Sicilia iba larga, y que era obra de muchos años, porque el
Emperador reforzaba cada día su ejército y el del Rey
Católico se disminuía; por eso ordenó al marqués de
Lede conservar mucho aquellas tropas y no entrar en acción general
voluntariamente, sino en caso preciso, de asaltar las trincheras de Melazo si
parecía conveniente. El duque de Orleáns, que ya había
hecho el sistema de estrechar la amistad con Inglaterra y el Emperador, no
sólo contribuía con caudales, pero prohibió a los
franceses el servicio de España, tanto por mar como por tierra, llamando
a todos con un edicto, y previno almacenes en los fines de Navarra y
Cataluña, arrimando algunas tropas con manifiesta deliberación de
atacar los reinos de España.
Muchos creían, y aún los
mismos franceses, que esto era una engañosa apariencia, para satisfacer
a sus aliados, pero ya obraba el duque de veras y con animosidad contra el rey
Felipe, dando a entender al Consejo de la Regencia y a los príncipes de
la sangre, que esto era por su propio bien y porque tuviese los Estados de
Parma y Toscana, como en el tratado de la Cuádruple Alianza se le
ofrecían. La verdad era estar picado de que el cardenal Alberoni le
quería sublevar los pueblos y quitarle la regencia, y aún al Rey
de su poder, y ponerle, como decía el cardenal, en seguro, desconfiando
del duque. No faltaban en Francia hombres de todas esferas que así lo
entendían, y por medio del príncipe de Chelamar trataba una
conjura contra el duque, no contra el Rey ni el reino. Los sujetos que entraban
en ella no nos consta con evidencia, porque este secreto sólo le
tenía Alberoni y Chelamar.
Hallábase en París don
Vicente Portocarrero, hermano del conde de Montijo, que pasaba a Madrid, y de
él se valió Chelamar, como persona de la mayor confianza, para
poner unos pliegos en manos de Alberoni. La seguridad de la ocasión y lo
prolijo de su escritura hizo que Chelamar no la velase con la cifra. Alguna
espía en la propia secretaría del embajador o los recelos del
duque, que eran los más vigilantes, hicieron creer que llevaba consigo
Portocarrero papeles de importancia, y en Poitiers, asaltado de una manga de
soldados en una posada, dentro de su propia cama, fue despojado de todos sus
papeles y de los pliegos que el embajador le había entregado, al cual,
aunque le dieron esperanzas de restituírselos y el señor Blane,
uno de los secretarios de Estado, le llamó para eso, le condujo
después con gente armada a la casa de su habitación, le
arrestó en ella con guardias de vista y buscando todos los retretes
encargó y selló todos los papeles de oficio y los que dejaron el
duque de Alba y el marqués de Casteldosríus.
En una representación por escrito
de 10 de diciembre, se quejó con el Rey Cristianísimo altamente
el príncipe de Chelamar, de que se había con él dos veces
violado el derecho de las gentes en la intercepción de sus Cartas y en
el arresto de su persona y secretario, con el embargo de los papeles.
Ponderó la ofensa como injusta y extraña, y confesó
enviaba al Rey su amo algunos proyectos de personas afectas al Rey
Cristianísimo y al reino, y sin poner en ejecución su contenido,
sino dando esta noticia al Rey Católico.
El mismo duque de Orleáns, contra
quien todo esto se ponderaba, era el que recibía esta
representación y deliberaba sobre ella, por la niñez del Rey; y
así hizo poco efecto. Sus papeles quedaron embargados; los privilegios
que Portocarrero llevaba, nunca se restituyeron, y en 12 de diciembre se le dio
orden que al otro día saliese cuarenta leguas de la corte, hasta que
llegase la del Soberano. Así lo ejecutó, y se quedó en
Blois. Como el Regente había participado a todos los ministros
extranjeros esta resolución, diciendo era el príncipe de Chelamar
motor y principal instrumento de una conjura contra el Rey y el reino,
aquél escribió también a los mismos no había hecho
más que participar a su amo un proyecto de hombres celantes y
apasionados del Rey, para librar el reino del despótico y tirano dominio
del Regente; éste hizo imprimir dos cartas del embajador dirigidas a
Alberoni en el pliego que interceptó a don Vicente Portocarrero, en que
se leían cláusulas que manifestaban la conjura, aunque no
declarando a punto fijo el objeto de ella, porque le decía que si era
menester dar fuego a la mina y llegar a los hierros era preciso anticiparse
antes que tomasen más cuerpo los abusos y el poder. Citaban las cartas
otras ya escritas sobre el mismo asunto, y notadas con unas letras o
números, las memorias que incluían, las cuales no imprimió
ni sacó a luz el Regente.
Es constante que esta conjura o designio
no era contra el Rey ni el Estado; sólo se enderezaba a juntar Cortes
generales y a minorar la autoridad del duque de Orleáns o
quitársela enteramente. Había ya descubierto esta
intención el Rey Católico en una carta que desde 3 de septiembre
escribió al Rey su sobrino y la mandó entregar por su embajador
en París, en que se quejaba de la alianza de Francia con su mayor
enemigo, que era el Emperador, y que algunos, prevaliéndose de su menor
edad, querían con violencia aumentar sus propios intereses; daba a
conocer los perjuicios de esta guerra, que la Francia movía contra un
príncipe de la propia Casa Real, y en fin, aunque no nombraba al
Regente, todas las flechas se enderezaban a este blanco.
Otra, casi del mismo tenor,
escribió a todos los Parlamentos de la Francia en 4 de septiembre, e
hizo imprimir un manifiesto a 6 del mismo mes, dirigido a los Estados Generales
de aquel reino, de los cuales se declaraba protector, y ponía patentes
las razones de minorar la autoridad del duque y los riesgos que ésta
amenazaba. Después se imprimió en España una instancia o
súplica de los Estados Generales de Francia, como implorando la
protección y la fuerza del rey Felipe para librarlos, como decía,
de un violento despotismo del Regente. A 9 de noviembre hizo el mismo Rey una
declaración muy resentida de la guerra que se le movía, y muy
llena de amor y compasión por la nación francesa; por lo cual,
aunque se le hiciesen hostilidades, permitía todavía el comercio
y ser tratados los franceses como españoles, dándoles un
año de tiempo para retirar sus efectos a los que quisiesen salirse de
sus reinos con libertad de quedar en ellos sin ser molestados.
Después hizo otra
declaración en 25 de diciembre, en que firmaba no creía que los
franceses, por pretexto alguno, tomasen contra su persona y reino las armas,
después de haber derramado los tesoros de su sangre y caudales para
socorrerle y mantenerle en el trono.
Todos estos violentos pasos e
inconsideradas escrituras que disponía y mandaba publicar Alberoni, no
tuvieron más efecto que irritar más al Regente, perseverar en su
sistema y determinar la guerra contra la España; y tanta fuerza o
libertad dio a su ira, que mandó prender a muchos de los que
creía o le constaba eran parciales del Rey Católico, y autores de
la ideada sublevación de los pueblos contra su persona, porque no
ignoraba no ser contra el Rey; pero este nombre le servía para honestar
sus resoluciones. Prendió al duque de Humena, hijo natural del rey Luis
XIV, y a su mujer y a otros. Con muchos no se atrevió, porque era
conciliarse enemiga toda la Francia.
Nunca creyó la España, ni
el mundo, ni sus propios enemigos, que tendría antes de la paz general
aliada contra sí la Francia, que era la que llevó todo el
empeño de mantener al rey Felipe en el trono, y tanto por eso
había padecido; y así, se renovaron los odios contra los
franceses, aunque el cardenal Alberoni se lisonjeaba que nadie tomaría
las armas contra el rey Felipe, y que al verle se pasarían a su partido.
Por eso tuvo idea de hacer entrar al Rey armado en la Cataluña de
Francia, quedándose en la raya como llamando a los franceses; pero
tenía bien pagadas y contentas las tropas el duque Regente, y
esparcía que quería el cardenal mandar ambas monarquías, y
venir a Francia tutor de su rey Luis XV en nombre del rey Felipe, a quien
creía pertenecerle la regencia, como primer príncipe de la
sangre.
Estas reflexiones inspiraban
también en sus aliados, para que temiesen más a la España,
que con el pretexto de la tutela quería unir ambos reinos; lo que
Alberoni pensaba no lo podemos saber, porque un hombre tan reservado no
expondría manifiesta su idea, pero es constante que aspiraba por medio
de la intentada sublevación a hacer elegir curador del rey de Francia al
de España.
* * *
En este año parió la Reina
Católica en 13 de marzo una infanta, a quien se la dio por nombre
María Ana. El Rey padeció recelos de principios de
hidropesía, no sin una profunda tristeza, y su aprensión la daba
a los vasallos. Se resolvió por eso a hacer testamento; si
voluntariamente o inducido de Alberoni, es secreto muy oscuro; cierto es, que
dejaba curadora a la Reina, con sólo el consejo y dictamen del cardenal
Alberoni, mientras duraba la menor edad del príncipe de Asturias. Los
españoles padecieron el desconsuelo mayor, no sólo porque ya
concibieron el grave peligro en la salud del Rey, pero por ver que, en
cualquier funesto accidente, no se libraban del violento gobierno del
cardenal.
Hubo en Madrid, con el mayor secreto,
algunas secretas conferencias entre los primeros magnates; y Dios, con mejorar
la salud del Rey, libró la España de la intestina inquietud que
la amenazaba. Cuanto era de su parte la fomentaba el duque de Sant-Agnan,
embajador de Francia. El marqués de Nancre, ya mucho tiempo había
sido llamado a París; aunque Saint-Agnan se había desaparecido,
dilataba el salir de la corte, hasta que Alberoni, mal satisfecho de lo que
aquél censuraba su conducta, le hizo dar orden saliese luego de
España.
La noche del día 10 de diciembre
murió en las trincheras que había levantado contra Federico
Alá, en Noruega, Carlos XII, rey de Suecia, herido de una bala de sacre
que disparaban del castillo, mientras de éste con fuegos artificiales
querían descubrir los aproches suadeses. Esta improvisa muerte
desconcertó en parte las medidas del cardenal Alberoni. Ofrecíale
éste socorro si movía el sueco la guerra en Alemania, como la
tenía ideada al principio de la otra campaña. En efecto, se
hallaron en los papeles del barón Ghertz, su primer ministro (que fue
después degollado en Estocolmo) un tratado ajustado con el señor
de Osternan, plenipotenciario del Czar, donde quedaron de acuerdo que
éste pasaría con un ejército de 80.000 hombres contra
Polonia, para volver a entronizar al rey Estanislao, y que bajaría a
Alemania con un ejército de cuarenta mil el sueco, sustentando este
empeño contra cualquier príncipe que quisiese oponérsele;
y que acabada esta empresa, le ayudaría el Czar contra el duque de
Hannover a recobrar los Estados de Bremen y Verden, y mantener las armas contra
la Inglaterra si ésta usaba de su poder.
Alberoni tenía ofrecido al sueco
socorros, como dijimos, y no había perdido las esperanzas que en caso de
ver el otomano que se mezclaba el Emperador en esta guerra, moverla él,
para recobrar lo perdido en Hungría, porque Ragotzi no estaba
desesperanzado de obtener de la Puerta Otomana volver a mover las armas,
aún en tan reciente paz. Todas estas ideas se le desvanecieron al
cardenal, pero no su firmeza de ánimo.
La Emperatriz en 13 de mayo dio a luz a
la archiduquesa María Teresa, mal compensada con una hembra la
pérdida del hijo que el pasado año había parido, lo que
puso en suma tristeza y aprensión la corte, porque ver al Emperador,
después de tantos años casado, sin sucesión varonil,
suscitaba algunos disgustos en los príncipes del Imperio, perjudiciales
a la autoridad y quietud del Emperador, que nada aflojando de sus
magníficas ideas, proseguía en tejer a la Italia los grillos,
alojando sus tropas en los Estados de los príncipes de ella y fatigando
el dominio de la Iglesia con tránsitos continuos de soldados para
Nápoles, arrepentido de las que había hecho pasar por mar, que le
costaba mucho y perdió en una borrasca algunas.
Eran inútiles los lamentos del
Pontífice, porque los oficiales alemanes daban la mayor libertad a su
gente pareciéndoles ser prerrogativa de la mucha autoridad la licencia y
el desacato. No se atrevía el Gobierno de Roma ni a quejarse, por no dar
mayor ocasión a la insolencia que adelantaban los mismos cardenales
parciales del Emperador, para manifestársele obsequiosos, y no eran
pocos. Uno más tuvo este año de su partido, porque el cardenal
Francisco Judice, a quien el Rey Católico había hecho bajar sus
armas, puso las del Emperador y se declaró de su partido, sacando un
manifiesto en que pretendía justificarse, y daba, entre otras razones,
que siendo el reino de Nápoles, de donde era natural, del Emperador, y
habiéndole despedido de su servicio el Rey Católico y embargado
sin motivo las rentas del arzobispado de Monreal que tenía en Sicilia,
estaba en su libertad, y que debía seguir el partido de los napolitanos.
Esto lo juzgó el mundo variamente, como todas las demás cosas en
que entra, usurpándole el oficio de juez, el afecto, el genio y la
pasión.
  Año de 1719
Crecía cada día la mala
satisfacción entre las dos cortes de España y Francia.
Mantenía esta desunión el cardenal Alberoni, que se consideraba
muy en desgracia del duque de Orleáns y lo vendía al Rey
Católico por servicio; había hecho ya vanidad de la
ostentación, de género que obligó, habiendo ya declarado
la Inglaterra a España la guerra, a que la declarase formalmente la
Francia en 9 de enero, y el día antes se había publicado en
París un manifiesto en que se daban las razones de mover las armas
contra el Rey Católico; decía que aunque los soberanos no
están obligados a dar cuenta más que a Dios de sus operaciones,
pero que cuando importa a su gloria o la tranquilidad pública, es bien
informar al mundo de su justicia. Que había tomado esta empresa por el
propio bien de la España, que no conocía sus actuales intereses,
y era preciso mantenerla sin imputar esta infracción de tratados a la
religiosidad del rey Felipe, sino al considerado empeño de sus
ministros.
Que esto era manejar los intereses de la
España, que tanto a la Francia la costaban que se vio ésta en
términos de volver a llamar a París al rey Felipe si no hubiese
tenido la Providencia ocultos remedios; bien que en la paz de Utrech, tratando
de los intereses del Emperador y la España, no se hiciesen más
que ajustes provisionales y no decisivos, porque el Emperador no había
concurrido a nada ni quería admitir reconciliación con la
España aun después de la pérdida de Landau y Friburg y los
tratados de Rastad y Bada, que eran los que tanto deseaba Luis XIV y los hizo
proponer al conde de Gros y al príncipe Eugenio, enviando
particularmente para eso al conde de Luch a Viena. Que el Rey Católico
había escrito en 16 de mayo del año 13 a su abuelo que no
podía durar la paz si no le reconocía rey de España el
archiduque, y que en otra de 31 de enero del año de 14 escribía
que había renunciado a Flandes, Nápoles y Milán a la Casa
de Austria; Sicilia, al duque de Saboya; Gibraltar y Menorca, a los ingleses;
que estaba pronto a ceder lo de Cerdeña al duque de Baviera, y que
así debía el archiduque conocerle Soberano de lo que de la
Monarquía le quedaba; que entonces era claro que el Rey Católico
se contentaba de ella, así desmembrada, y que lo propio debiera ahora
hacer; que la España había querido turbar su Estado con secretas
conjuraciones; que para asegurarse de ellas, había sido precisado
consentir a una alianza, no sólo perjudicial a la España, pero
útil, porque se le presentaba un ajuste en que ganaba más de lo
que podía esperar, y nada perdía de lo que creyó
poseer.
Que para perfeccionar esto eran precisas
las armas después de avisado del rigor de ellas el Rey Católico,
y aún dándole a ver la utilidad de las proposiciones, siendo una
de ellas que el Cristianísimo alcanzaría para el rey de
España a Gibraltar; que todas habían sido despreciadas, creyendo
que ir contra la neutralidad de Italia y Sicilia no era de cuenta de los
aliados.
El Rey Católico mandó
publicar otro manifiesto en 19 de febrero, dando los motivos por qué no
había admitido el trato de la Cuádruple Alianza. Decía
estar ya rescindido el contrato de la neutralidad de Italia, porque le
había violado muchas veces el Emperador; que también lo estaba la
cesión de Sicilia, porque nada había observado de sus pactos el
duque de Saboya. Que se le había propuesto un tratado por unos
príncipes que pretendían dar la ley a toda Europa por modos tan
imperiosos como quitando la soberanía a quien Dios la había
concedido.
Quejábase de la Inglaterra,
después de haberla prometido tanto beneficio en el comercio, de la que
llamaba traición de Binghs y mala fe; ponderaba la ambición de la
Casa de Austria y la interesada amistad con el rey Jorge. En fin, con quien
más se ensangrentaba era contra el Regente.
Estos papeles y otro que sirvió a
Alberoni en su defensa, tirando una impropia línea de comparación
entre él y el Regente, tocante al Ministerio, con palabras injuriosas y
ofensivas contra el duque, exaltó su ira al grado más superior, y
fundando una personal enemistad contra Alberoni, avivó las artes y la
guerra. Determinó hacerla contra Cataluña y la Navarra, y se
enderezaron tropas a la Guyenna, mientras bajaba el duque Berwick, que aunque
estaba en París porque no se había resuelto la empresa, hubo
sobre eso una Junta de guerra en que concurrieron los más
experimentados, si no los más lisonjeros. La voluntad del duque de
Berwick hizo confiar al de Orleáns, sin que le hiciese fuerza ser
Berwick duque de Liria en España, grande de primera clase y tener a su
hijo primogénito casado con la hermana del duque de Veraguas; cierto es
que de mala gana tomó este encargo, y restituyó el Toisón
al Rey Católico, que no le quiso; pero dependía enteramente de la
Francia, a quien debía su ser, y aunque no fue de dictamen de atacar a
Fuenterrabía, ese fue el del duque de Orleáns, por más
fácil, porque le abría el camino a la Vizcaya, cuyos puertos
podía ocupar, y después hacer al Rey Católico la amenaza
de entregarlos a los ingleses, que con esta intención ofrecieron
concurrir a esta guerra, enviando una escuadra a los Pasajes.
El duque Regente, para ser
árbitro de ella, no quiso que le ayudasen los ingleses; se quedó
de acuerdo en que ellos atacarían otra parte de España. Alberoni,
que nada dejaba de penetrar, viendo frustradas las esperanzas de la guerra del
Norte en la Alemania con la muerte del rey de Suecia, y que los ofrecimientos
de Ragotzi eran aéreos, aunque embarazado en la peligrosa y
difícil guerra de Sicilia, discurrió introducirla en Escocia. No
sabía por dónde empezar tan gran máquina, y se dio el caso
que, o cansado el Pontífice de tener en sus Estados al rey Jacobo de
Inglaterra, o interesándose por él, insinuó al Rey
Católico, por medio del cardenal Aquaviva, y escribiendo al padre
Daubanton que sería dar fuertes celos y alguna diversión a los
ingleses el llamar a España a Jacobo; el cardenal Alberoni abrazó
esta oportunidad; como era amigo de empresas ruidosas, quiso que antes de pasar
este príncipe se le enviase un confidente suyo con quien tratar el modo
como dar más celos al rey Jorge.
El rey Jacobo mandó al duque de
Ormont, que estaba en Francia, que pasase a Madrid. Ejecutólo luego, lo
que dio en rostro a los ingleses y holandeses, y aun éstos se quejaron
con el rey Felipe, diciendo podía irritar más tan gran
demostración al rey de la Gran Bretaña, y aun hacer tomar otras
medidas a los Estados Generales. Alberoni desmentía con falsas
expresiones su idea, asegurando que sólo huía Ormont de la
Francia porque sabía lo quería prender el Regente, y que se
había refugiado en España, pero no entrado en la corte; que las
de Londres y París usaban del artificio de estas quejas para acumular
mayores crímenes a los ministros del Rey Católico.
Mientras esto decía Alberoni a
los ministros españoles que servían en las cortes extranjeras
para que lo publicasen, provenía un formidable armamento en Cádiz
y en los puertos de Galicia, deteniendo naves para transporte y pasando armas
de Vizcaya y Barcelona. El pretexto era el mejor, porque se habían
embarcado con cantidad de tropas alemanas en San Pedro de Arenas para Melazo, y
como se mantenían atrincherados ambos ejércitos sin osar atacarse
unos a otros, creía el mundo (y lo creían los aliados) que
enviaba este socorro a los suyos el Rey Católico.
Algo empezaron a dudar cuando vieron que
en 8 de febrero desapareció el rey jacobo de Roma. Envió algunos
de los suyos con apariencia de su propia persona por Bolonia al Estado de
Milán, para Francia; otros envió por el camino de Génova;
pero el Rey, en una corbeta francesa, prevenida en Neptuno secretamente del
cardenal Aquaviva, pasó a España y fue recibido del Rey
Católico con las mayores demostraciones de amistad y atención, y
magníficamente regalado. Esto hizo desvanecer la opinión de que
estaba preso en Milán, porque en Voguera habían arrestado dos de
aquellos criados suyos que de industria hablaban con misterio, con lo cual
creyeron tener en las manos al Rey. Así lo participaron aquellos
ministros a Viena y a París, y milord Stairs a Inglaterra; así lo
había participado don Francisco Colmenero, gobernador del castillo de
Milán, al enviado de Inglaterra, que residía en Génova, y
éste a su corte; pero burló a todos la bella disposición
de este viaje, sobre lo cual exclamó con palabras violentas el conde de
Cadogan en El Haya, dando a conocer el artificioso engaño de los
españoles, y que el Rey Católico, cuando fingía querer la
paz, encendía la guerra; mostró un género de manifiesto
que salió en Escocia firmado del rey Felipe en 2 de febrero, en que
decía emplearía todas sus fuerzas para restituir al Trono al rey
Jacobo.
Este papel fue apócrifo; le
inventaron los parciales de la Casa Stuarda para mover los pueblos y esperanzar
los de su partido, previniéndolos a tomar las armas, porque no faltaba
en Escocia quien sabía el secreto o, por lo menos, no ignoraba haber
pasado el duque de Ormont a España, y al que espera, cada pequeño
incendio le propone abultado su deseo.
El cardenal Alberoni, despreciando los
riesgos que esta empresa tenía, hizo que Ormont partiese de Bilbao a La
Coruña, donde se habían de unir las naves que salieron de
Cádiz, que eran dos de guerra de sesenta cañones y una fragata de
veinte, mandadas por don Baltasar de Guevara, que escoltaba los bastimentos de
transporte en que había cinco mil hombres, cantidad grande de municiones
y treinta mil fusiles. Iban en ellos cinco ingleses del partido jacobita,
hombres de distinción, disfrazados, y estas veinticuatro velas salieron
de Cádiz a 10 de marzo.
Prevenido de antemano el rey Jorge,
sacó un tallón, diciendo que Jaime Budlet, duque de Ormont, se
había embarcado en España para sublevar la Irlanda, y que
ofrecía diez mil libras esterlinas al que lo cogiese vivo o muerto. Esto
previno los ánimos de los traidores y los leales. Esta escuadra de
España estaba en trozos, dirigida a varias partes. Mil hombres, los
más irlandeses católicos, llegaron a Escocia, a Polelum, Garoloch
y Kintail, con los milores mariscal Scafort y Tullibardina, desembarcando en
aquella playa los días 16 y 17 de abril. Traían tres mil fusiles
para armar paisanos, aderezos para quinientos caballos y municiones. Ocho
días después pasó a Bracaam Scafort, de donde había
escrito cartas circulares a sus amigos y vasallos para venir armados a
asistirle, y a la ciudad de Imurnesa, para que fuese sin contradicción
recibido. Estos hombres ocuparon unos castillos de poca entidad y algunos
puestos; agregándoseles hasta dos mil paisanos, número
infinitamente menor al que esperaban.
No se les declararon más del
partido del rey Jacobo, no porque dejaba de haberlos, porque la nota que en
Madrid presentaron de los que les aguardaban, llamándolos con solicitud,
era más numerosa y de personas de distinción que no nombramos,
porque tuvieron la fortuna de no ser descubiertos, y es fácil que se
abultase este número para determinar el ánimo del Rey
Católico a la empresa, hecha tumultuariamente y con poca refleja de
Alberoni, porque eran pocas tropas las que envió para mantener una
guerra civil contra un Rey bien armado, y a quien se dispusieron a socorrer
luego sus aliados y la Holanda, de donde marcharon dos mil hombres,
uniéndose en los puertos de Francia todas las naves de transporte
posibles para embarcar cuatro a cinco mil hombres, porque marchaban hacia
Ostende seis batallones del Emperador, y el duque de Orleáns
hacía prevenir en Brest una escuadra de naves de guerra para unirse a la
de Inglaterra, que mandaba el almirante Norris.
Estos socorros debían estar
previstos de Alberoni, pues aunque sólo pretendiese turbar la quietud
del rey Jorge y empeñar en nuevos gastos sus aliados, envió tan
poca gente, que no podía mantener viva la rebelión; marcharon
luego tropas inglesas para defender la Escocia, navegando hacia Kaitnes, con
ánimo de introducir la sedición en Sonter-Land después de
ocupar el castillo de Dumrobin.
Los ministros reales, invigilando sobre
aquel reino, encontraron en Korke, en un soterráneo de una casa,
cantidad de fusiles y alfanjes, que debían servir a los sublevados.
Pocos se agregaron al milord Tullibardina, acampado contra el fuerte Kingrail,
que ocuparon y guarnecieron con sesenta hombres. Estaba en estas costas con dos
navíos del Rey el capitán Voyle y, uniendo algunas naves
mercantiles con gente, se acercó al castillo, que está a la
orilla del mar, y como éste se defendía, acercó sus naves
el inglés. Con el favor de la noche batió el castillo,
echó en lanchas su gente a tierra y le atacó, y resistióse
la guarnición con valor; pero estando dos millas lejos el campo de
Tullibardina, no pudo ser socorrido, porque los rebeldes, en las tinieblas de
la noche, no se atrevieron a moverse de la trinchera que habían
levantado, creyendo que aquella guerra era fingida de tropas del Rey, para que
desamparasen su campo. Al fin se rindió el castillo, donde tenían
los sublevados cuatrocientos barriles de pólvora, municiones y harina de
repuesto. Todo, y la fortaleza, quemaron los ingleses, y se volvieron a
embarcar.
Los rebeldes, para moverse, aguardaban
las noticias en que habían cometido con el duque de Ormont, de la
sublevación de Inglaterra e Irlanda, porque en ambos reinos
habían de hacer el desembarco los españoles, como si fuesen
treinta mil. Esto mantenía en inacción a los escoceses del
partido jacobita.
Un navío español, con otro
patache de transporte, echó gente a tierra en la parte septentrional de
la Escocia, a tomar lengua si sabían algo del duque de Ormont, y no
pudiendo lograr noticia, volvieron a embarcarse. Salió el almirante
Norris con diez naves, buscando la escuadra española, que en el cabo de
Finisterre padeció tan furiosa borrasca por doce días, que se
separó toda, echando los caballos al mar; muchas naves de transporte
naufragaron; cuatro entraron en Lisboa; ocho, en Cádiz; dieciocho, en
los puertos de Galicia, donde se salvaron, fracasados, tres navíos de
guerra; de los de transporte, pocos pudieron servir.
El Rey Católico pagó las
que no fueron capaces de aconche, y retiró sus tropas por tierras de
Portugal, porque así lo permitió el rey don Juan,
instándole el ministro de España, marqués de Capicelatro.
Las naves de guerra de Galicia, con el duque de Ormont, salieron de Vigo y
Pontevedra, intentaron sublevar la Bretaña, que sabían estaba
descontenta del gobierno del duque de Orleáns, y el conde de Bonamaur,
francés, se ofrecía, entre otros, por cabo de la sedición;
pero no tuvo efecto, porque aunque la provincia creía estar ajada y
oprimida, no tuvo valor a la rebelión, ni cabos que la alentasen, porque
la mayor parte de la nobleza estuvo por el Regente. No se podían
internar los rebeldes de Escocia a la parte meridional, porque no
parecía el duque de Ormont, y todo el reino estaba quieto, por lo cual,
sin hacer progreso alguno, atacados de pocas tropas del Rey, quedaron
derrotados. Muchos se salvaron con los cabos principales; otros quedaron
prisioneros y llevados en triunfo a Londres.
Este éxito tuvo esta
expedición; así, pródigo del dinero y sangre de la
España, Alberoni todo lo intentaba y nada le podía salir bien,
porque quería contrastar el poder de tres príncipes grandes con
solos los caudales de España que había agotado, consumiendo no
sólo los del Rey, pero de particulares. Bien es verdad que el meter la
guerra en casa a los ingleses lo embarazó la desgracia del temporal, y
por su causa no haberse podido introducir en Escocia más tropas
españolas, que sostuviesen a los malcontentos, que el regimiento de
León, que de repente hizo embarcar en los Pasajes el príncipe de
Campo Florido.
Los descontentos de Francia con el
gobierno del Regente y temores de que en su tutela enfermase de muerte el Rey
niño, tampoco pudieron jugar las armas ni declararse del todo, porque
don Blas de Loya, a cuyo cargo estaba salir de los puertos de Laredo y
Santander con dos navíos cargados de armas y patentes para algunos
caballeros de la Bretaña, nunca salió de los puertos, pretextando
el mal temporal, que muchos llamaron miedo, por no tener el mayor
crédito de valor en las tropas este oficial. Llegóse a esto el
que, poniendo de mala fe con Alberoni al coronel Boisiniene, le fue mandado
retirar como preso a Burgos.
Túvose por cierto que Boisiniene
tenía la comisión y el secreto de ganar a muchos de los que
venían en el ejército de Berwick para que se pasasen al rey
Felipe y mantener la correspondencia con los principales franceses de la
Bretaña, que estaban esperando armas, patentes y órdenes del Rey
Católico para la sublevación; pero, cortada la
comunicación, iban con el arresto de Boisiniene, y las esperanzas de los
bretones con la detención y miedo de Loya, que nunca tuvo ánimo
de embarcarse; muchos de ellos, descubiertos ya, se arrojaron al peligro del
mar por huir el evidente de caer en las manos del Regente, y en una
pequeña embarcación arribaron a Santander, y de aquí a
Madrid, donde se quejaron agriamente de la mala conducta y poca
resolución de don Blas de Loya. De este modo se mofaba con las
desgracias y con la fatalidad de los subalternos el ardimiento del cardenal, y
se desvanecían sus intentos. De estas malas resultas salió que se
enviase preso al castillo de Alicante al duque de Veraguas, porque éste
se correspondía con el de Berwick, y aún suponían que con
el de Orleáns.
* * *
En Sicilia mantenía las
trincheras de Melazo con gran penuria y escasez de víveres el general
barón Zumiunghen, sin poder atacar a los españoles, que
habían hecho unas líneas invencibles. En el ejército
había encontrados pareceres, porque muchos oficiales generales eran de
opinión que atacase el marqués de Lede a los enemigos antes que
se reforzasen, porque el ministro de Génova había dado aviso que
se prevenía en Vado un gran convoy de quince mil hombres, mandados por
el general Merci y escoltados por las naves de guerra de la escuadra
inglesa.
El marqués de Lede creyó
insuperables las trincheras enemigas y no poder empeñarse en el sitio de
Melazo, porque como no le podía quitar la comunicación del mar,
este mismo socorro que esperaba la plaza hacía imposible su
rendición, porque con las tropas que habían de llegar y las que
estaban, tendrían los alemanes veinticuatro mil hombres, número
superior al ejército español, de donde faltaban los que
servían de presidio a Mecina, a Palermo y Términi, y los que
bloqueaban a Siracusa y Trapana. Y aunque los ministros españoles que
servían en Italia habían enviado cantidad de reclutas, y de la
gente que despidió Venecia habían formado dos regimientos que se
iban enviando a Sicilia con el de Lombardía, que se sacó de
Longón, y las tropas que se pudieron sacar de Cerdeña, no bastaba
esta gente a formarle al marqués de Lede un campo igual al que
tenían los alemanes, porque este rumor de las tropas que se esperaban
había puesto en consternación a Palermo, y escribían de
Nápoles que era la intención hacer desembarco en aquella playa, y
así fue precisado el marqués de Lede a hacer otro destacamento
para asegurar aquella capital, que gobernaba el marqués Dubui, porque
había sido llamado al campo el conde de Montemar, al cual había
casi siempre destacado, teniendo el marqués de Lede lejos de sí,
porque era uno de los que se oponían a la que llamaba flojedad del
marqués, y aborrecía la inacción.
El marqués tenía
órdenes de la corte de conservar el ejército, porque Alberoni, ya
que no pudo tomar a Sicilia por sorpresa, quería dilatar aquella guerra
para esperar el beneficio del tiempo, cansar a los aliados y hacerse necesario
al Rey, porque en la forma que estaba entablada, sólo él
podía seguir aquella empresa, ni otro más que su absoluto modo de
obrar podía sacar dinero para tantas urgencias, porque ya habían
entrado también los franceses a la Navarra, y había determinado
el Rey Católico salir con las tropas que le quedaban a encontrarlos,
más con la esperanza de traerlos a sí quede oponerse con las
armas,
Partió, al fin, de Vado con las
tropas el general Merci, y llegó a Nápoles a 24 de abril. No pudo
luego pasar a Sicilia, porque se habían de juntar víveres y
municiones y avisar al general Zumiunghen de las operaciones que debía
hacer el desembarco. En 23 de mayo partió de Vaya, escoltado en ocho
naves inglesas y en más de doscientas velas de transporte; traía
consigo doce mil infantes, dos compañías de húsares, dos
regimientos de corazas y uno de dragones.
Estas tropas, parte se embarcaron en la
ribera de Génova, parte pasaron a Nápoles por el Trieste, y
más de la caballería que salió de Milán fue por
tierra. El día 26 de mayo, al anochecer, la flota de los alemanes dio
vista a las costas, el rumbo hacia el faro y las proas a Estrómboli.
Siguió esta navegación hasta el cabo de Orlando, de donde vino el
bordo, y se puso a la capa el 27, en la altura de Patti. Allí
llegó el general Zumiunghen y se hizo Consejo de guerra. De Mecina,
viendo estas operaciones, se destacó caballería y granaderos por
Sanagati y torre del Faro, para impedir el desembarco; para la armada se
había acordonado en el golfo de Oliveire la noche del 27, y a 18 millas
de Melazo, entre Pati y Oliveire.
Con esta noticia sola tuvieron los
alemanes la gloria de que levantase el sitio el marqués de Lede, porque
podía ser cogido en medio de las tropas que llegaban y de la
guarnición de Melazo, y quería tener el resguardo de las
montañas y la comunicación con el mar meridional. Esta noche
entró de trinchera el dicho Montemar, y se empezaron a dejar las
líneas desfilando con alguna precipitación, de género que
se dejaron en el campo los enfermos, recomendados con una carta al conde de
Merci; dos mil sacos de harina y otros víveres.
En el campo había ocho
cañones; tres en el parque y cinco en las líneas, los cuales se
enviaron a Mecina; la marcha se tomó por el camino de Barceloneta al
largo del río; después tomaron la vanguardia los cinco batallones
de las trincheras, y en la retaguardia quedaron cinco compañías
de granaderos, y los oficiales avisando las partidas avanzadas; todo se
ejecutó sin que lo sintiesen los enemigos; pero una chica partida del
regimiento de Castelar, que no oyó el aviso, quedó después
prisionera.
Unido el ejército,
prosiguió su marcha; llevaba en 1a retaguardia los granaderos mandados
del marqués de Restes. Cubríalos por la siniestra la
caballería, mandada por el marqués de San Vicente. Con esta
orden, el ejército se retiró a Rodi y Casal de Castro, dejando
parte de la caballería en Pozo de Gotto y Barceloneta, y lo grueso del
ejército se acampó a lo largo del río Rodi. La
mañana del día 28 salió la guarnición de Melazo y
ocupó las trincheras de los españoles. Tomó el hospital
con los enfermos y los víveres que se habían dejado. Con esto
descansó la victoria y se hicieron salvas en la plaza, dando con ellas y
con las concertadas señales aviso al conde de Merci de lo que
había sucedido. Los alemanes, dejando su trincherón de Melazo, se
acamparon fuera, bajo el tiro del cañón, corriendo sus partidas
hasta Merci y fuego de los Arcos. La mañana del 28, el conde de Merci,
en el seno vecino a Oliveire, cerrado de dos grandes promontorios llamados
Santa María de Tindaro y el cabo de Caraba, hizo su desembarco; luego
ocupó a Fati, ciudad abierta, y yéndose a unir con la
guarnición de Melazo, todos aquellos lugares vecinos prestaron la
obediencia.
La misma noche determinaron atacar a los
españoles en Rodi por dos partes, pero el marqués de Lede, no
pareciéndole estar en aquel campo seguro, hizo una marcha muy larga y se
acampó en Francavilla, para cubrir, según decía, todo el
país, acudir a cualquier parte que los enemigos se encaminasen, y tener
la retirada en todo accidente a Palermo.
Viendo malogrado su designio Merci,
acampó su ejército con el ala derecha al mar; la siniestra, a
Homeri; luego mandó prevenir fajinas y gaviones para el sitio de Mecina,
y el primer día de junio, valiéndose de los barcos que
tenía allí de transporte, hizo un destacamento de tres mil
hombres contra la isla de Lípari. Tenía su castillo quinientos
españoles de guarnición, que se retiraron a él. Los
habitadores retiraron las mujeres y niños al cabo de Orlando;
después, al continente de Sicilia, y no pudiendo Lípari ser
socorrida, se rindió con su castillo prisionera de guerra la
guarnición. El marqués de Lede envió a llamar sus
destacamentos para reformar el ejército. Se destacaron trescientos
caballos con el coronel conde de Pezuela, a cargo del brigadier caballero de
Aragón, para observar en la altura de San Pedro de Patti los alemanes,
que habían destacado quinientos caballos a Saponara, y cogieron a su
duque, que estaba enfermo. Algunos dijeron que era ficción para dejarse
tomar de los alemanes, con quienes estaba de acuerdo.
El marqués de Lede, del campo de
Francavilla fue solo a Mecina, donde hizo reparar el fortín de los
capuchinos, y para mantener a la devoción del Rey Católico la
ciudad, la quitó las gabelas por tres años, y ésta hizo un
donativo para las presentes ocurrencias. Todo el reino de Sicilia se
armó contra los alemanes, a cuyos piquetes mataban a traición.
Publicó un edicto el conde de Merci, en que mantendría el
Emperador los privilegios a aquel reino, y quitaba catorce años de las
gabelas si le prestaba la obediencia. El día 2 de junio, el
marqués de Lede reconoció los pasos de Ibiza, Saponara y
Calvaruzo, donde dejó algunas veteranos con caballería del
país. La brigada de Castilla, con dos regimientos de caballería,
los puso en la Escaleta; la de Saboya, en Taurmina. Envió al
marqués de San Vicente a Catanea; al conde de Montemar, a Palermo, para
dar disposición de víveres para Mecina; y el ejército, a
esta ciudad. Se la entró bastimentos a lomo de mulos, porque estaba
poseído de los enemigos el mar. Por esta parte era difícil
traerlos a Palermo; por eso ocupó Montemar a Castel-Brolo, en la costa
de Tramontana, por donde los enviaba por agua, y sólo tenían que
andar por tierra a Francavilla ocho leguas.
El día 17 de junio se puso en
marcha el general Merci con todo su ejército desde el río
Rofolino en dos columnas, para ocupar las alturas de las tres fuentes. Una
columna marchaba por lo largo del río, otra por el camino de Castro
Real. Las partidas avanzadas de los españoles se iban retirando, que era
el destacamento del conde de Pezuela, cuatro compañas de granaderos de
las guardias y los cincuenta carabineros y la infantería que ocupaban a
Fondaco. El día 19 se prosiguió su marcha, empezando a bajar por
la montaña que domina el río de Francavilla, haciendo que tres
columnas tomasen las opuestas alturas a esta ciudad. Observaba a los enemigos
el capitán de carabineros don Juan de Ezpieta, con lo cual el
marqués de Lede se puso en batalla en su campo de Francavilla, que
había bien fortificado, aunque no habían a este tiempo llegado
todos los destacamentos que llamó el día 20 al amanecer.
Prosiguieron los alemanes a bajar por
cuatro distintas partes al río a la parte de los capuchinos, y una
columna mandada del general Schendorf, como iba llegando a llano, tomó
la marcha de la montaña que dominaba la siniestra de los
españoles, ocupada por el brigadier don Pedro de Tancour con el
regimiento de Ibernia y ocho piquetes. Con otros cinco piquetes ocuparon la
mitad de la colonia el coronel don Sebastián de Eslava; éste
hacía frente al grueso de los enemigos. El marqués de Lede
reforzó a Tancour con el segundo batallón de Castilla, pero los
alemanes le apretaron tanto que, perdiendo mucha gente, se retiraba. Viendo
esto el marqués de Lede, hizo avanzar al abierto que está entre
esta montaña y los capuchinos los batallones de Utrech y Borgoña,
y ordenó a Eslava mantener cuanto pudiese aquel puesto, lo cual
ejecutaba con la mayor bizarría, sostenido de dos compañas de
granaderos de las guardias valonas, mandadas por el barón de Venelt y el
señor de Bay, que mostraron el mayor valor; pero como los alemanes, con
una intrepidez singular, los cargaban y hacían tanto fuego sobre el ala
derecha española, se iba Eslava retirando.
Lede hizo guarnecer el sitio con el
batallón de Ibernia, sostenido del de las guardias valonas, al mismo
tiempo que los enemigos bajaban de la altura. A la una de la tarde, el grueso
del ejército alemán, que estaba en el río, atacó
con gran denuedo y resolución la derecha española; fue rechazado
por tres veces de los piquetes y de las guardias españolas con un
regimiento de dragones que estaba en aquel puesto; pero, avanzando los
alemanes, que ya con muerte de muchos españoles y de Tancour, los
habían echado de todas las alturas, se vieron obligados los que
querían adelantados defender el ala siniestra, a retirarse al cubierto
de la derecha de los capuchinos, siempre peleando, mandados por don Juan
Caracholi, que recibió una herida mortal, y don Domingo
Luqués.
Los piquetes, atacados por todas partes,
se retiraron a su cuerpo, haciendo oposición en los capuchinos a diez
batallones de los alemanes, que atacaron con vigor imponderable aquel puesto.
Los batallones de Utrech y Borgoña, con las guardias valonas, ocuparon
el puente; allí pusieron su mayor esfuerzo los alemanes, pero siempre
con infelicidad. La columna que bajó cara a los capuchinos dio varios
asaltos, pero fue siempre con gran pérdida rechazada, de género
que volvía la espalda. Enardecido Merci, acudió con los
oficiales; no tuvo mejor fortuna, y quedó gravemente herido. La
siniestra del alemán no atacó en forma a la derecha
española, contentándose de sostener cuanto podía los que
volvían rechazados del centro, donde estaba el más vivo fuego de
la acción: el que de ellas se apartaba de los alemanes, venía
combatido de los granaderos y dragones que había mandado el
marqués de Lede salir de la línea con los regimientos de Flandes
y Andalucía, y ocupar las márgenes bajas del río. No las
atacaron los dragones y granaderos a caballo alemanes, porque éstos
guardaban la falda del monte y el camino de la Mora, manteniéndose con
gran valor al fuego de dos batallones, aunque algo desordenados.
Enfurecido Merci, echaba más
tropas a la acción; pero como este puesto de los capuchinos estaba
ocupado de las guardias españolas, mandadas por don José
Armendáriz y el marqués de Villadarias, oficiales de mayor brio y
honra, no era fácil romper esta línea, sostenida de las guardias
valonas, los batallones de Utrech y Borgoña, que les tocó aquel
puesto. Los generales Zumiunghen y Schendorf se empeñaron ambos
valerosamente varias veces en este acontecimiento, siempre con infelicidad, sin
reparar que era insuperable el campo español, porque el ala derecha
estaba cubierta del río y de una línea presidiada, como hemos
dicho, de tropas tan bravas; en medio había un convento de capuchinos
fortificado y guarnecido de escogidos batallones; el ala siniestra estaba
animada a Francavilla, cubierta de varias viñas y paredes, con que no
podía ser por todas partes atacado el campo, ni pelear la
caballería. En esto último tuvo Merci ventaja, porque si hubiera
podido entrar a la acción la caballería española, no la
tenían los alemanes para oponérsele. Por eso resolvió
atacar el campo el alemán, fiándolo todo al valor de su
infantería, que hizo maravillas; pero encontró otro no menos
fuerte. La noche dio fin a la ira de Merci, que se retiró herido, pero
no desengañado, donde mostró más valor que prudencia,
porque si durara más el día, el Emperador, en una que no fue
batalla, perdía todo su ejército, y fue felicidad no haber
perdido más que cinco mil hombres, muchos oficiales, entre ellos el
príncipe de Holstein y el general Rokor; los heridos pasaron de mil y
quinientos. Los españoles perdieron dos mil hombres, al teniente general
don Juan Caracholi, al señor de Tancour, don Francisco de Ayala y hasta
cien oficiales; quedó herido el caballero de Lede en una espalda, y don
Pedro Seatahufort, con no pocos oficiales de las guardias españolas y
valonas.
Al otro día ocupó el
general Merci las montañas que los españoles poseían,
fortificando las gargantas de ellas, porque no pudiese ser atacado. Muchos
oficiales generales decían que debía el marqués de Lede
hacer seguir al enemigo aquella misma noche, porque, guiado de la
caballería del país, podía ocupar los puestos, por donde
le fuese difícil bajar al llano para Melazo, ni tomar el camino de
Mecina o abrirse paso al mar; pero ni los alemanes se retiraron con el desorden
que los españoles creían, ni dejó el conde de Merci de
tener su ejército junto a la medianoche, aunque sin más
provisiones que seis días de pan que llevaba el soldado en la mochila;
pero tenían los oficiales su bagaje en paraje seguro, cubierto de dos
regimientos de caballería y otros dos de infantería, y así
pudo en los días 22 y 23 fortificarse e ir adelantando su vanguardia
hacia el mar, habiendo su caballería ocupado el puesto que está
entre los jardines y la torre que se hizo para recibir los víveres de
Calabria, porque de Trapana se hacían continuas conductas de
víveres y se retiraban los heridos.
Muchos culparon a Lede de que en esta
ocasión pudo haber acabado con los alemanes si los hubiera seguido.
Pasó a aquel reino el general Merci para curarse, y quedó
Zumiunghen con el mando. El día 2 de julio, después de dos veces
rechazados, tomaron los alemanes a Taurmina; los paisanos les facilitaron la
entrada por una puerta, por no padecer los estragos de la guerra, o por
inteligencia, como se creyó, de algunos clérigos del lugar. El
castillo de Mola, que presidiaba con doscientos hombres el teniente general del
regimiento de Saboya, Pastor, se defendió con un imponderable
brío, aun batido con dos cañones de veinticuatro y sufrido muchas
granadas reales incendiarias.
Llegaron al campo del marqués de
Ledo los regimientos de caballería de Borbón y Milán, que
venían de Palermo, y unidos al de Flandes y Barcelona, se destacaron
para Mascari, observando al ejército enemigo, que se enderezaba a
Mecina. Volvió de Palermo el conde de Montemar con el regimiento de
Brabante y los batallones de Lombardía, Landini y uno de suizos, para
reforzar el ejército.
También aumentaron el suyo los
alemanes con la gente que volvió de Lípari y la que sacaron de
Siracusa, introducida por Taurmina y Santa Tecla, donde tenían
intención de poner su campo después de haber fortificado el paso
de las Tres Fuentes, que facilitaba la comunicación con Melazo, de donde
estrechaban el campo español e incomodaban las tropas; pero el conde de
Pezuela, con trece compañas de granaderos que mandaba el coronel don
Patricio Landini, y trescientos dragones de su regimiento, desalojó a
los alemanes de las Tres Fuentes, después de un choque muy sangriento.
Estos sólo tenían la intención de adelantarse, y
así, desamparando a Taurmina, el bloqueo de Mola, y dejando a la
Escaleta, marchando por la Forca bajaron por la ribera del río Agro y
tomaron el camino de Mecina, acampándose ocho millas distante de la
ciudad de San Esteban, sin que se lo embarazase el marqués de Lede, como
podía, según aseguraban muchos oficiales.
Ya con esto estaba amenazada Mecina,
siendo cierto que los enemigos, antes de bajar por el Agro, estaban en
cuarteles casi no comunicables, y atacados por su retaguardia o flanco derecho,
no podían ser socorridos sino a mucha costa, pues para eso habían
de bajar cuestas bien difíciles; pero al marqués de Lede le
parecía no moverse de su campo de Francavilla, y así hizo
inútiles las ventajas que tuvo en él, pues, después de
cantar la victoria los españoles, vencido el ejército enemigo, se
halló éste capaz de marchar extendido por las montañas y
en un mes abrirse varios pasos por la mar, ocupar a San Esteban y aun
adelantarse hasta Dromo, tres millas de Mecina. Estas disposiciones daba desde
Calabria el general Merci, que luego que mejoró sus heridas
volvió al campo para emprender el sitio. Los españoles volvieron
a ocupar a Taurmina, y don Lucas Espínola, gobernador de Mecina, se
prevenía a la defensa. Estas noticias las pintó el genio y el
afecto varias en la corte de España. Reconoció el cardenal la
variedad de los dictámenes, y que el conde de Montemar, don Lucas
Espínola, don Próspero Verboon y otros oficiales generales se
oponían al marqués de Lede, cuya conducta era de su
aprobación, y así determinó sacar a Verboon y a Montemar
de Sicilia, y que por ellos fuesen las dos galeras del cargo de don Pedro
Montemayor, con las cuales había de pasar de España a Italia el
rey Jacobo de Inglaterra.
Quería el cardenal
desembarazarse, porque veía era otro obstáculo a la paz; pues la
primera condición sería sacarle de los dominios del Rey
Católico. Esto instaban los holandeses, que se mantenían
neutrales, aunque habían ya ofrecido entrar en la Cuádruple
Alianza, dando tres mil hombres para esta guerra si el en término de
tres meses no hacía la paz el Rey Católico. Para esto enviaron a
Madrid al barón de Eloster, que no fue recibido con aquella urbanidad
que los holandeses esperaban, porque el cardenal creyó que
traería modificados los artículos ya propuestos, y éste
sólo le instaba que se admitiese el de Londres, al cual tenía
Alberoni tanto horror, y con poco que de él se hubiese mudado, sin duda
se convendría al ajuste, que hacía cada día más
difícil, porque había explicado al marqués Anníbal
Scotti, ministro extraordinario de Parma en París, el duque de
Orleáns, que nunca dejaría las armas si no salía de los
dominios de España Alberoni; por el rey Jacobo decía lo propio la
Inglaterra; y así, se halló embarazado el rey Felipe en el
pretexto de insinuarle volviese a Roma.
La fortuna abrió camino. Estaba,
como dijimos, arrestada en Inspruck la princesa Clementina. Sobieski, mujer del
rey Jacobo, y había el Emperador mandado pasase a la ciudad de Olao, en
Silesia, donde estaba su padre. La princesa, que no había determinado
más que seguir a su marido, dispuso huirse, lo que ejecutó en
esta forma. A los 15 de abril partieron de Sclestad, en Alsacia, el
señor de Miscet con su mujer, ambos irlandeses, acompañados del
señor de Guidon, mayor del regimiento Dillon, y los señores
Uhogan y Toole, todos irlandeses; llegaron incógnitos a Inspruck; Guidon
tomó nombre de conde de Cernet, flamenco; los demás pasaban por
sus camaradas y criados. El pretexto era bajar a ver la Italia. La princesa,
avisada de que aquellos venían para patrocinar su fuga de orden de su
padre, en término de un día halló modo de ejecutarla,
porque saliendo de la casa en que estaba disfrazada en hábito plebeyo, y
sola, con dos camisas debajo del brazo, burló el conocimiento de las
guardias, y siguiendo a lo largo a uno que la guiaba al lugar donde la
esperábanlos demás, marchó treinta y dos leguas sin parar,
fingiéndose hija del supuesto conde de Cernet.
Esta fuga no supieron los ministros de
Inspruck hasta después de dos días. Despacharon varios correos
para seguirla, con órdenes de arrestarla, y uno dio con ella en aquella
posada campestre; pero conocido de los de su comitiva, le convidaron a beber, y
dándole vino compuesta de un fortísimo beleño, le
emborracharon, y dejándole dormido, prosiguió la princesa su
viaje hasta Boloña, donde la encontró la condesa Maar, y en Roma
fue recibida con demostraciones de suma benignidad del Pontífice. El
Emperador, por dar satisfacción al rey Jorge, sacó de sus Estados
al príncipe Sobieski, que suponía autor de esta fuga. Este
gustoso aviso, que con expreso se dio al rey Jacobo, le hizo salir de
España, quitando al rey Felipe el sinsabor de insinuárselo.
Hizo de buena gana estos excesivos
gastos Alberoni, porque se quitaba un gran embarazo, y más ocupado con
la nueva guerra que hacía la Francia en Navarra la Baja. A 21 de abril,
antes que bajase el duque de Berwick, pasó el Bidasoa el marqués
de Silli con veinte mil hombres, cerca de Vera, en la provincia de
Guipúzcoa; luego ocupó el castillo de Beovia, después la
ermita, de San Marcelo, a Castelfolit, el fuerte de Santa Isabel y, lo que fue
más dañoso, los Pasajes, donde tenía un buen arsenal y
ricos almacenes de guerra el Rey Católico, muchos cañones y seis
buques de guerra por acabar. Todo lo quemaron los franceses,
aprovechándose muy poco de cuanto habían encontrado, aunque el
daño que hicieron pasaba de dos millones.
A 2 de mayo, tomando un pequeño
fuerte poco distante de Fuenterrabía, quedó embestida la plaza;
las guarniciones de los fuertes que habían tomado quedaron prisioneras.
Bajó el duque de Berwick al ejército, y halló esparcidos
unos papeles impresos en Madrid en 7 de abril, cuyo título era:
Declaración de Su Majestad Católica
sobre la resolución que ha tomado de ponerse a la cabeza de sus tropas
para favorecer los intereses de Su Majestad Cristianísima y de la
nación francesa.
Todos eran partos del resentido
entendimiento de Alberoni, como lo habían sido los demás papeles
en este asunto escritos, que tanto irritaron al duque Regente, ni este
último era el más templado, porque ponía su autoridad en
duda y le llamaba no absolutamente Regente, sino que pretendía serlo, y
esta prerrogativa le daba el Rey Católico, que llamaba a la
deserción a las tropas francesas, no sólo ofreciéndolas
premios, pero el agradecimiento del Rey Cristianísimo cuando saliendo de
la menor edad llegase a reinar.
El duque de Berwick envió un
ejemplar de estos papeles al Rey Cristianísimo; el duque de
Orleáns le oyó con desprecio, y respondió, en nombre del
Rey, que ya conocía el autor de él; que no había tomado
las armas contra el Rey ni la España, que tanto a la Francia le
costaban; sí, que sólo tenía por objeto un gobierno
extranjero que oprimía a la nación y abusando de la confianza de
su soberano quería renovar una guerra general; que estas armas no
pretendían sino que, a despecho de su ministro, fuese el Rey
Católico reconocido por tal de toda la Europa y confirmado en el Trono;
que si el rey de España improperaba a la Francia de haberse unido con
sus enemigos, éstos eran los que él había atacado, y le
ofrecía una paz ventajosa; que a solo su ministro, enemigo de la paz, se
debía imputar la resistencia del Rey, las conspiraciones contra la
Francia y los escritos injuriosos a la Majestad del Cristianísimo en la
persona de su tío el duque de Orleáns, que era el depositario de
ella. Que estaban más los que parecían enemigos del Rey
Católico en sus propios intereses que su ministro, que por satisfacer su
particular ambición quería empeñarle en una guerra que le
salía infausta. Que la ternura y amor que mostraba el Rey
Católico a los franceses, era sólo de palabra, porque no
podía haber mayor hostilidad que querer introducir en un reino la guerra
civil, la convocación de los Estados, la deserción y la
rebeldía; que por la renuncia se había hecho ya el Rey
Católico príncipe extranjero para la Francia; que con actos
solemnes había reconocido aquella Regencia, y la quería de nuevo
reconocer si faltaba a sus aliados; que el Rey Católico hacía
injuria a sus franceses, creyéndolos capaces de deserción, y que
él sólo les mandaba combatiesen por la paz, esperando en la
nobleza española para obtenerla y librar al Rey de un yugo extranjero
perjudicial a su gloria y a sus intereses. Que sus enemigos estaban prontos a
hacer la paz, sobre que la asegure, no la palabra de un ministro que desprecia
la fe pública y que se ha explicado no conseguirían de él
más que una paz fingida, sino la palabra real y la buena fe de una
nación que, aun cuando no tuviese un Rey de la Casa de Francia, era
digna de particular aprecio.
* * *
El rey Felipe salió de su corte
acompañado de la Reina, aunque estaba preñada. Iba también
el príncipe de Asturias y el cardenal, que dispuso se quedase en Madrid
el ayo del príncipe, duque de Populi, a quien tenía
aversión porque no era de su dictamen; la naturaleza, la ingenuidad y la
prudencia del duque no podía ser de la aprobación de Alberoni, el
cual, poco después, habiendo sabido que en una conversación
había dicho el duque no haría el regente de Francia la paz si no
sacaba el Rey de sus dominios al cardenal, éste, mal dueño de
sí mismo, hizo que se le quitasen al duque de Populi sus empleos y que
saliese desterrado de la corte. Por motivo igualmente leve hizo poner en un
castillo a don Pedro de Zúñiga, duque de Nájera.
Estos engaños padecía el
Rey, mal informado, porque, tiranizados sus oídos del cardenal,
sólo a él escuchaba.
Nombróse capitán general
del ejército que se enderezaba al socorro de Fuenterrabía, al
príncipe Pío, haciéndole pasar de Barcelona. Se
habían con dificultad juntado quince mil hombres que marchaban a
Navarra, pero era ya tarde, porque desde los 27 de mayo tenía Berwick la
trinchera abierta contra Fuenterrabía. Habían bajado otras tropas
del Rosellón, y llegado al campo el príncipe de Conti para servir
de aventurero en él. A 5 de junio ya se batía en brecha; hicieron
los españoles una regular defensa mientras el Rey se iba acercando a la
laza, pero cuando ya no estaba más que dos millas de ella tuvo noticia
que se había rendido a 18 de junio, habiendo hecho la llamada el
comandante don José Emparan, después de haber sido muerto de una
bomba el gobernador. Pudo el Rey apresurar su viaje y la marcha de las tropas,
pero no quería el cardenal ni el príncipe Pío exponer la
persona del Rey a una empresa imposible, por ser tan inferiores en
número los españoles. Con todo eso, el Rey, sin sabida del
cardenal, mandó apresurar su ejército, pero como las
montañas por donde había de pasar eran tan difíciles, no
pudo llegar a tiempo de ponerse el Rey a vista de las tropas francesas, que era
lo que deseaba, esperando que su presencia facilitase la deserción; y
como miraba al cardenal como impedimento de su designio explicólo su
indignación con palabras que podían significar haber caído
de su gracia; pero la Reina le mantuvo en ella porque aún estaba
persuadida que las disposiciones del cardenal eran las más acertadas,
para el bien de la Monarquía.
Los franceses embarcaron en tres
fragatas inglesas ochocientos hombres, mandados por el caballero de Guire, y
llegando a 12 de junio a la playa de Santoña, cañonearon las
baterías que los españoles habían hecho, guarnecidas de
setecientos miqueletes catalanes. Por la noche desembarcaron a un cuarto de
legua; los franceses ocuparon la vecina montaña de donde al amanecer
bajaron a la villa, y huyendo las milicias urbanas que la defendían,
prestando la obediencia, ocuparon los enemigos los fuertes y las
baterías. Estaba entre ellos el coronel Stanop que había
propuesto esta expedición a Berwick, porque ya sabía que
había enviado el Rey Católico a Santoña a don Carlos
Grillo, para dar calor a la construcción de unos navíos que
estaban por acabar; tres quemaron los franceses, y los materiales para
construir otros siete, llevando cincuenta piezas de cañón. Obraba
en esta empresa con animosidad Stanop, a quien había enviado el Rey
británico para observar si hacían de veras la guerra los
franceses, de donde se colige, que por sus intereses particulares no
hacía otra cosa que los mandados de Inglaterra el Regente.
Esto aumentaba las sospechas en el Rey
Católico. El duque de Berwick mandó atacar a San
Sebastián; la ciudad se rindió a 2 de agosto, la ciudadela a 17,
mucho antes de lo que los franceses lo esperaban. Esta guarnición, la de
Fuenterrabía y la de la pequeña isla de Santa Clara, que
también se habían rendido, pasaron a Pamplona, porque Berwick con
los españoles era franco, galante y liberal, pues ni ellos ni estas
plazas se defendieron hasta darle lugar a no serlo.
La provincia de Guipúzcoa presto
obedeció a los franceses, pidiendo sólo, en los tratados de paz,
la Francia y la Inglaterra pactasen la conservación de sus antiguos
privilegios y libertad, prevención poco decorosa a aquel país y
que le pareció mal a Berwick, quien le respondió que esta guerra
no era más que para obligar al Rey a la paz, y no admitió tampoco
contribuciones. Partió luego para el Rosellón; con esto
creció el cuidado del Rey de España, creyendo le atacarían
a Pamplona; por eso la presidió con diez mil hombres; pero viendo ya
marchar las tropas francesas de la Navarra, se retiró a la corte y
mandó que el príncipe Pío, con el restante del
ejército, marchase a Cataluña, que estaba amenazada de los
franceses; porque sobre acercarse tropas al Rosellón, se enviaba gran
cantidad de víveres y municiones a Colibre, que llegaron muy pocas,
porque en una furiosa tempestad naufragaron los más de los barcos de
transporte.
Esto impidió el sitio de Rosas,
de género que, ocupados los franceses en la toma de pequeños
castillejos en la de Urget, ocupando también a Castel Ciudad, se
acuartelaron; pues ya le parecía a la Francia que en aquella
campaña podía desengañarse de sus falsas ideas Alberoni.
Porque había perdido el Rey Católico en tres meses dos provincias
con sus plazas, y padeciendo costosos daños de más de tres
millones de pesos en los Pasajes y en Santoña, que era el principal
designio de los ingleses, suspirando siempre porque España no tenga
navíos para aprovecharse así de los tesoros de las Indias con los
suyos.
Estos malos sucesos y el haber tenido el
rey Felipe la noticia que estaban los alemanes en Sicilia sitiando a Mecina sin
que hubiesen los españoles podido embarazarlo, le hizo entrar en la
reflexión que le había puesto Alberoni en empeños de que
no podía salir, y empezó a enajenar el ánimo de este
ministro, que no dejando de conocer alguna mudanza en el Rey, apelaba al favor
de la Reina, que también estaba cansada de sostener la despótica
voluntad de aquel hombre, a quien, por su bajo origen, miraba interiormente con
desprecio.
Alberoni, viendo todo el mundo conjurado
contra él, haciendo rostro a las amenazas de la fortuna se esforzaba a
mantenerla. Todo el arte era apartar del Rey a cuantos podían influir
consideraciones que avivasen la reflexión, y tenerle falto de noticias.
Por eso había mandado a los ministros que servían en las cortes
extranjeras que ni a los secretarios del Despacho Universal las comunicasen, y
sólo a él en derechura se escribiese, para que estrechado
más el Rey a mendigar avisos de lo que pasaba, ni aún pudiesen
los secretarios dárselos, porque éstos de oficio le presentan las
cartas de los ministros, que no deja el Rey de leerlas, porque es
difícil en materia de Estado minutarlas; por eso las quería
Alberoni en su poder, porque dejando la formalidad de llevarlas al Rey,
sólo le decía lo que no embarazaba a su idea, conociendo la
oportunidad y la sazón.
Esto lo hizo también por quitar
al marqués de Grimaldo la ocasión de hablar más
frecuentemente con el Rey, temiendo que en la sinceridad de Grimaldo peligrase
su gigante autoridad; por eso en las jornadas que el Rey hacía a
Valsaín, Aranjuez o El Escorial, sólo se servía del
secretario universal de Guerra, marqués de Tolosa, para dar las
órdenes de Guerra; que las de Estado sólo las fiaba a su pluma
propia o a la de un secretario suyo particular.
Este era desorden nunca visto en una
Monarquía, porque los ministros no tenían respuesta de oficio, y
vivían con la desconfianza de que nada llegaba a oídos del Rey, y
aún se hallaban embarazados en el obedecer a quien no era declarado
primer ministro ni tenía oficio alguno por donde jurídicamente
podía mandar.
En este riesgo vivían cuantos
ejecutaban sus órdenes, y aunque lo revalidaba todo el tácito
consentimiento del Rey, era trabajo creer que en algún tiempo, cayendo
Alberoni de la gracia, fuese preciso, sufriendo algún cargo, reconvenir
a su soberano con razones, porque las del súbdito no tienen más
eficacia que la que les da la compasión o benignidad del
príncipe.
Conocían los ministros que no
debían obedecer sin réplica órdenes perjudiciales al bien
de la Monarquía, pero la soberbia de Alberoni había degenerado en
fiereza, y no sufría que le replicasen; porque nada contenido en la
circunspección y moderación de ánimo precisa en el que
gobierna, prorrumpía en palabras ofensivas, con modo tal, que muchos
hombres dignos de la mayor atención, salían ajados de su
presencia. El mismo peso de los negocios detenía o confundía los
expedientes, ni era un hombre solo capaz de darle a cuanto ocurría en
tan varias líneas, y así, ni respondía muchas veces a lo
que se le consultaba, ni la respuesta, si la daba, era categórica y
formal, y como no le bastaba el tiempo a evacuarlo todo, no tenía
registro alguno al pie de la letra de lo que ordenaba, y así
salían muchas órdenes encontradas y repugnantes.
Brilló entonces la constante
fidelidad de los españoles; decían algunos que menores trabajos
habían padecido en tan dilatada guerra, que en estas violencias de un
extranjero. Conocía Alberoni que estos desórdenes estaban
desaprobados del celo y la prudencia del confesor del Rey, el padre Guillermo
Daubanton; no ignoraba, por conjeturas, que éste imponía al Rey
en el conocimiento de la ruina de su Estado y la obligación de
repararla, y así, determinó aplicar sus esfuerzos a sacarle de
España, y llamó a ella otro jesuita español, que
había treinta años que estaba en Italia, llamado Francisco de
Castro, muy conocido de la Reina y que la había acompañado con el
padre Veleti, jesuita también, su confesor, hasta Pamplona; éste
pensaba introducir en la gracia del Rey, para echar a Daubanton.
Era el padre Castro de apreciables
calidades, virtuoso y político; se le hacía injuria en creer
sujetarla esclavo su dictamen al de Alberoni pero éste, para salir del
día, sólo quería apartar a Daubanton y probar nueva
fortuna.
A este tiempo, también
turbó la cabeza del cardenal y puso en aprensión la España
la invasión de los ingleses en Galicia. A 10 de octubre entró en
la bahía de Vigo con una escuadra inglesa el vicealmirante Michelles;
traía hasta cuatro mil hombres de desembarco, mandados por el vizconde
Chacon; a tres leguas de la villa desembarcó los granaderos, y los puso
en batalla. Los paisanos, desde las alturas, hacían bastante fuego, con
poco efecto, porque era de lejos. Acabó de desembarcar toda la gente, y
la guarnición que estaba en la ciudad, elevando las piezas y quemando
las cureñas, se retiró a la ciudadela; intimóle la
rendición a la ciudad el inglés, y por no padecer los estragos de
la guerra le envió las llaves; entró en ella el brigadier Homovod
con dos regimientos, y presidió también el fuerte de San
Sebastián, que habían los españoles abandonado.
Púsose una batería de
bombas a la ciudadela, e hizo gran daño; después de cuatro
días se desembarcó el cañón, y antes de batir se
intimó al gobernador no se le daría cuartel si se le abría
brecha. Rindióse a 21 de octubre; salió la guarnición
libre, y los ingleses saquearon aquellos almacenes, que estaban llenos de los
pertrechos que habían dejado las naves destinadas, como se ha dicho, al
desembarco de Escocia, cuando la tempestad las volvió a las costas de
España. Halláronse seis mil antiguos mosquetes y cantidad de
pólvora; lleváronse las piezas de cañón que en la
ciudad había, pocas de bronce; también llevaron dos navíos
destinados al corso y otros cuatro mercantiles.
Esta noticia, recibida por la corte, dio
más cuidado, porque se creyó que seguirían otras tropas de
desembarco; y así, se mandaban pasar bajo la mano del marqués de
Risbourgh las que estaban en Extremadura y Castilla. Acudieron las milicias del
país a ocupar los puestos, porque no se internasen los ingleses en la
provincia, pero aquéllos no habían venido más que para
hacer hostilidades, y así se contentaron de saquear los lugares abiertos
de la marina, y se volvieron a embarcar. Esta expedición nada
tenía de heroico. Perdieron sin fruto los ingleses alguna gente, y se
conoció más un espíritu de venganza por el desembarco de
Escocia, que cumplir con lo ofrecido de atacar la España, de acuerdo con
el duque de Orleáns.
Había ya formado su línea
de contravalación el general Merci contra la ciudadela de Mecina, a la
cual se había reducido en 19 de agosto don Lucas Spínola,
cerrando a Terranova, después que la defendió cuanto pudo, porque
ya estaban perdidos los castillos de Matagrifón y Castelazo, mal
defendidos de sus comandantes, que en cortos días con igual defensa los
entregaron, quedando la guarnición prisionera de guerra.
En la noche del día 19 tiraron
los alemanes una paralela desde la cortina que del bastión de Don Blasco
va a la ciudadela, hacia Santa Teresa, en el mimo paraje que los
españoles construyeron la batería llamada de Mariani. Con esta
noticia juntó nuevo Consejo de guerra el marqués de Lede; los
dictámenes fueron varios; el conde de Montemar, que aún estaba en
Sicilia, y en el campo, dio el mismo parecer que había dado en los
antecedentes Consejos del día 22, 27 y 29 de julio, que se
reducían a que se marchase a toda costa a socorrer a Mecina, y ahora a
la ciudadela.
El marqués de Lede se
resolvió marchar a dicho socorro, dando las providencias para que se
pudiese subsistir la caballería, que estaba en mal estado por falta de
forrajes, y se habían introducido en las tropas españolas muchas
y peligrosas enfermedades, causadas de las mutaciones de aquel reino, que las
padece crueles, aunque no muy dilatadas. Se envió a ocupar el campo de
Rometa, y se mandaron encaminar las harinas a Castro Real y Barcelona. Daba el
marqués de Lede algunas razones a su lentitud, y entre otras la falta de
medios; cierto es que muchas veces la había, porque los caudales que el
Rey Católico tenía en Italia no podían pasar a Sicilia con
la prontitud que era menester, por falta de letras, porque nadie se
quería cargar de meter en su barco un dinero que, si le cogían
los enemigos, estaba hasta el bastimento perdido.
Había también habido
algún desperdicio en Sicilia con la confusión de la guerra, y
faltaba don José. Patiño, que desde el mes de abril había
salido de Sicilia para España. Los banqueros de aquella isla, ni
podían anticipar tantos caudales ni querían aventurar los que
tenían, porque era claro que, perdida Mecina, no le quedaba al Rey de
España plaza alguna, y no se podía mantener en el reino. Esto
desalentaba a los paisanos, y toda la tierra que cubrían las plazas
contribuía y estaba a devoción del Emperador, con que, ya en caso
desesperado, no tenía el marqués de Lede otro partido que tomar
que venir a las manos. Esto no era fácil, porque habían
fortificado sus puestos los alemanes y proseguía el sitio con vigor; al
fin, el marqués de Lede puso su campo en Rometa, reconoció el
sitio y halló que no se podían atacar los enemigos sin una
sangrienta y aventurada acción; repetíanse los Consejos de
guerra, y persistían muchos oficiales y el conde de Montemar en el
dictamen de atacar las líneas de Merci antes que llegasen ocho mil
hombres que se habían últimamente embarcado en Vado, mandados por
el general Bonneval, pues hallándose los enemigos en su derecha a San
Miguel, y su izquierda a la mar, un pequeño campo entre Castel Gonzaga y
baluarte del Secreto, fortificada 1a montaña de la Galera, y guarnecida
con mil hombres, y lo propio Montesanto en la caída hacia el campo. Y
que como desconfiaban de la ciudad de Mecina, tenían dentro seis mil
infantes, discurría Montemar que no constando el ejército de los
enemigos de más de dieciocho mil hombres, no podían tener en el
campo más de diez mil, porque se hacía cargo de dónde
estaban los demás, y teniendo el marqués de Lede catorce mil
hombres, quería que las milicias con dos batallones, los menos fuertes,
marchasen a las cercanías de la montaña de la Galera con un
comandante capaz de ocuparla, si los enemigos la abandonasen, y bajar por ella
a Montesanto, para entretener a los que estaban allí, y no abandonando
la Galera mantenerse en observación para ocupar los enemigos en guardar
aquel puesto, con el grueso de los infantes marchar a San Esteban o Landeria y
entrar a atacar al enemigo por la frente a tiempo que la caballería,
dragones y escogidas milicias del país atacasen por la parte de la
marina con la mayor inmediación a la infantería, no
debiéndose acometer por la derecha de los enemigos, porque estaba
favorecida de la artillería de Castel Gonzaga y los puestos de la Galera
y Montesanto; ni absolutamente por la izquierda porque estaba extendida hasta
la orilla del mar y abrigada con los cañones de las galeras del rey de
Nápoles. Que la ciudadela aún no había perdido la estrada
encubierta, que tenía cuatro mil hombres de guarnición; y que
avisado del día y la hora, don Lucas Spínola podía hacer
una salida con dos mil quinientos hombres al mismo, tiempo, no dudando que,
atacando por todas partes al campo alemán, se movería el pueblo
de Mecina.
Este parecer dio Montemar en 9 de
septiembre en el campo de la Metta, pero no le pareció al marqués
de Lede seguirle, porque imaginó insuperables las líneas de los
enemigos con tan poca infantería española, habiendo dejado en
Francavilla tres mil hombres y teniendo un grueso destacamento en Palermo;
firme en que si perdía aquella ocasión no tenía tropas con
que mantenerse en el reino, y era su instrucción dilatar, como hemos
dicho, cuanto pudiese la guerra. Muchos, entonces y después, culparon
esta lentitud de Lede, inflamados los ánimos de los españoles,
con la confianza de haber observado el miedo que les habían cobrado los
alemanes, habiéndose puesto en precipitada fuga más de una vez
grandes partidas de tudescos al descubrir una o dos compañas de
caballería española. Por el tanto maliciaron algunos que estas
detenciones del marqués de Lede no tenían su principio en el
natural ardimiento del rey Felipe y su ministro.
Con todo esto aguantó en Rometa
hasta que se perdió la estrada encubierta de la ciudadela de Mecina, que
fue los últimos de septiembre, defendida de los españoles con
valor, que admiraron los propios enemigos, porque fueron muchas veces
rechazados y les costó gran sangre el alojarse. Después de esta
pérdida se retiró el marqués de Lede a Bronte.
El día 8 de octubre, estando
asaltando los alemanes en revellín de la ciudadela, entró en el
faro el convoy de Bonneval, que a 28 de septiembre había partido de
Vado. Traía ocho mil seiscientos infantes, setecientos caballos, gran
número de mulos para la artillería, cuarenta piezas de
cañón de batir y treinta morteros, cuatro mil barriles de
pólvora y mucha cantidad de otras municiones. También iba segundo
comandante el general Lucini; con este socorro acaloró más los
ataques a la ciudadela el conde de Merci, que andaban tibios, porque
había perdido en este sitio más de tres mil hombres con tan
vigorosas salidas y defensa que hacían los españoles, conducidos
con acierto y vigilancia de don Lucas Spínola, don Luis de Aponte y
otros oficiales de valor y experiencia.
Palmo a palmo defendían los
sitiados, aunque habían perdido más de mil y quinientos hombres y
estaba cansada la guarnición. Con todo, abierta la brecha al cuerpo de
la plaza, sostuvieron nueve asaltos antes que hiciesen la llamada, que fue a 18
de octubre, después de tres meses de sitio. Se hubiera don Lucas
Spínola mantenido un mes más, si esperara ser socorrido y hubiera
tenido municiones, pues aunque los enemigos dijeron que habían hallado
trescientos quintales de pólvora, no había cien, ni ellos
pudieron negar la gloria de esclarecido defensor a don Lucas, a quien el
día 19 se dieron las capitulaciones más honoríficas que se
acostumbran en la guerra, extendidas en cuarenta artículos, y
pasó la guarnición al campo español, la mayor parte por
mar.
El marqués de Lede se
volvió a retirar a su antiguo campo, bajo de Etna, en un fuerte,
forrajeando cuanto había entre Mecina y Palermo, por si los alemanes
intentaban pasar por tierra a aquella capital. Esta entera rendición de
Mecina quitó gran parte de país a los españoles; y como
había el Emperador nombrado virrey de aquel reino al duque de
Monteleón, pasó éste luego a Mecina, de lo que se
experimentaron no pocos inconvenientes, partido el mando político y
militar donde lo encadenado de las dependencias mantenía en
disensión los jefes.
En esta victoria parecía
consistir todo el reino de Sicilia; voló la noticia a Viena y
exaltó la esperanza del Emperador, no sólo a poseer aquel reino,
pero a insinuar a sus aliados que costándole tanto dinero y sangre de
sus tropas y no habiéndole voluntariamente entregado el rey Felipe, no
estaba obligado a mantener lo que por él había ofrecido en el
tratado de Londres. La Francia y la Inglaterra respondieron que estaba
capitulado no alterarle por suceso alguno, fausto o infausto, de la guerra.
Éstas que parecían
respuestas imperiosas y dar la ley, desagradaban sumamente al Emperador; pero
pedía la necesidad contemplar a los que se habían declarado
amigos con esperanza de que si poseía la Sicilia por fuerza de sus armas
como se lo ofrecía el conde de Merci, podía dilatar las
condiciones favorables a la España, que consistían en la renuncia
a aquel trono y el reconocimiento de sucesión a Toscana y Parma.
En la renuncia había determinado
no dejar el título de Rey Católico, del cual no sólo
usaba, pero cuando se ofrecía creaba grandes de España, porque le
era pesado irse despojando de aquella prerrogativa o señal de
acción a la Monarquía española, que tanta guerra y trabajo
le costaba; ni veía de buena gana que todavía pusiese en sus
dictados el duque de Saboya ser rey de Sicilia, porque también se
intitulaba rey de Cerdeña; pero su ministro en Viena fingía no
entender este desagrado del Emperador, y había muchos meses que instaba
le ganasen a su amo la Cerdeña por fuerza de armas. Había ya
determinado esta expedición la corte de Viena, con acuerdo de sus
aliados. La Inglaterra no quería concurrir en más que en convoyar
con la escuadra que tenía en el Mediterráneo, tropas. La Francia
ofrecía sus galeras, y con efecto, creyendo se ejecutaría esta
empresa, las hizo pasar a Génova mandadas por el bailío de la
Platería. Tenía prevenidos el Emperador ocho mil hombres a cargo
de Bonneval para eso, y todo tren de artillería; y hasta doce mil, con
las provisiones y víveres, daba el duque de Saboya. A este efecto
previno en Génova gran cantidad de granos.
Esta empresa no era tan llana como se la
figuraban los alemanes, porque estaba Cerdeña guarnecida de más
de cuatro mil hombres de buenas tropas. Era su gobernador general don Gonzalo
Chacón, y de caballería lo era el vizconde del Puerto, hombre
esforzado y vigilante, que puso aquel castillo en la mejor defensa.
Envió el ministro, que residía en Génova, cantidad de
municiones, y estaban las tres plaza de aquel reino prevenidas para una larga
resistencia. Las cosas de Sicilia no pedían esta distracción de
armas del Emperador, y clamaba incesantemente Merci se le enviasen las tropas
destinadas a Cerdeña, contra la cual siempre había tiempo; y
ganada la Sicilia no se podía mantener aquella isla, porque
cargaría contra ella toda la guerra.
Estas justas consideraciones hicieron
desvanecer la empresa, y pasó Bonneval a Mecina, como hemos dicho,
porque el Emperador quería antes asegurar sus cosas que las ajenas; y
veía que de necesidad había de alargar la Cerdeña el Rey
Católico, acosado de tantos y tan poderosos enemigos y gobernada su
Monarquía por un hombre aborrecido singularmente del rey de Inglaterra y
el regente de la Francia, contra quienes no había perdido diligencia, ni
la corte de Viena estaba lejos de creer, aunque vanamente, que Alberoni
había conspirado contra la vida del Emperador; a los menos creyeron
tenía inteligencia con monseñor Cini, consejero áulico,
que a instancia del Emperador había sido preso en Turín y enviado
al castillo de Milán.
A esta sazón también se
fulminaba un riguroso proceso en Viena contra el conde Nimsech, cuñado
del conde de Altam, que era muy favorecido del Emperador. Se había
puesto a cuestión de tormento al abad Tedeschi, pero en todo eso no
habían concurrido las maliciosas artes de Alberoni, porque
después se averiguó ser el delito de Nimsech revelar al abad
Tedeschi, y éste al ministro de Saboya, secretos de Estado que
sabía por su oficio de consejero áulico, y otros que con arte
podían penetrar de su cuñado. Cini tenía culpa semejante
por la mala conducta que había observado en Venecia, y se
desengañó la corte de Viena que hasta allá no
habían podido llegar las artes de Alberoni. Verdaderamente no
debía aborrecerle el Emperador, porque por la utilidad que le
había resultado de su conducta, más parecía ministro
cesáreo que del Rey Católico. Estaba, empero, en suma en
desgracia del regente y del duque de Parma, su soberano, a quien después
que fue cardenal no tenía tan perfecta atención como era
justo.
Conocía el Duque lo descabellado
de aquel Gobierno, los progresos de las armas austríacas, el absoluto
dominio que iban tomando en Italia con apariencias de ser cada día
mayor, y persuadía a la corte de España la paz, pero se
había ya empedernido el ánimo de Alberoni, y hacía vanidad
de la ostentación. Hízose preciso a los que aborrecían la
guerra y temían peligrar en ella, apartar este hombre de los
oídos del Rey. Tomó esto a su cargo el duque de Orleáns, y
por medio del marqués Anníbal Scotti, que era el que más
temía y peligraba, hizo entrar en este dictamen al duque de Parma.
Hallóse acaso en París
milord Peterbourgh, que por su gusto, como muchas veces acostumbraba,
había de bajar a Italia. Era su genio ingerirse en todos los negocios, y
bien conocido esto del Regente, le encargó que se viese con el duque de
Parma y se determinase a la última disposición de echar de
España a Alberoni, asegurándole que sin esta condición
nunca vería la paz, tan deseada de todos y necesaria, no sin sospechas
del Emperador que el duque de Parma fomentase la guerra. A Peterbourgh no le
pareció conveniente ir a Plasencia, por no dar sospechas a los curiosos,
y en Novi, lugar del Genovesado, tuvo de acuerdo una conferencia con un
ministro de Parma; este secreto entonces le penetraron pocos. Al fin, armados
de grandes papelones, que descubrían la vida y conducta de Alberoni, que
le mandó dar el duque de Orleáns, pasó a Madrid el
marqués Anníbal Scotti con carácter de enviado del duque
de Parma a aquella corte. También éste le dio las instrucciones
necesarias, y escribió cartas confidenciales de su puño al Rey
Católico y a la Reina.
Todos los instrumentos se
reducían a ponderar al Rey el reconocimiento de la ruina de su
Monarquía, la necesidad de la paz y la imposibilidad de hacerla,
teniendo mano en el gobierno Alberoni, no sólo por su conocida
pertinacia, sino porque creían los enemigos que no serían
sólidas y firmes las convenciones, estando a los oídos del Rey un
ministro a quien creían de tan mala fe, y que no reputaba cosa
abominable el faltar a la palabra.
* * *
No costó poco trabajo a Scotti
tener una larga y secreta audiencia con los Reyes, porque Alberoni, que tan
sospechoso y tan lleno de recelos vivía (lo que a todo ministro le
sucede), aplicaba el mayor cuidado a que nadie hablase con el Rey;
conocía estar perseguido de todos, y con especialidad de todas las
potencias enemigas de España. Había visto declinar en parte la
satisfacción que antes tenía el Rey de su conducta, y leía
en el semblante de la Reina algún enfado de toda la autoridad que le
había dado. Estaba entre sí imaginando el retirarse
voluntariamente; retiróse, pero no tenía adónde, porque no
era obispo de Málaga ni arzobispo de Sevilla.
El Rey, que ya había hecho sobre
el presente estado de las cosas sería y repetida reflexión,
ayudada de las que insinuaba el confesor, se acabó de determinar leyendo
los papeles del duque de Orleáns y las cartas del de Parma; y
viéndose casi precisado a no proseguir la guerra empezada, saliendo con
la Reina y el príncipe el día 5 de diciembre al Pardo,
dejó un decreto en manos de don Miguel Durán, marqués de
Tolosa, secretario del Despacho Universal, parte de Guerra y Marina, escrito de
su propia mano, con orden se le notificase al cardenal; era su tenor que
estando obligado a procurar a sus vasallos las ventajas de una Paz general,
para la cual se buscaban los medios que la hiciesen sólida y duradera, y
queriendo para eso quitar todos los obstáculos que pueden retardar una
obra en que tanto interesa el bien público, como también por
otros justos motivos, había resuelto apartar de los negocios en que
tenía el manejo al cardenal Alberoni, y al mismo tiempo ordenarle salir
de Madrid en término de ocho días, y de los reinos de
España en tres semanas, con prohibición de no mezclarse
más en cosa alguna del gobierno, ni parecer en la corte ni en otro lugar
en que el Rey, la Reina u otro príncipe de la Casa Real se pudiesen
encontrar.
Esto hirió altamente a la
soberbia del cardenal, cuanto menos esperado; creía sería
más honrada su caída, en caso de apartarle de los negocios,
porque siendo uno de los prelados de España, era imaginable le mandasen
retirar a Málaga, de donde le quedaban las bulas, aunque había
renunciado; pero el Rey y la Reina entraron en el conocimiento del daño
que les ocasionaba la desgraciada conducta de este hombre, que no salió
como se pensaba. No faltó quien le suministrase al Rey tenía
motivos para prenderle, y construido el proceso informativo, enviarle a Roma;
pero no le pareció poner las manos en lo sagrado de la púrpura,
fiando que lo haría Su Santidad cuando le tuviese más cerca,
porque lo contrario era entrar en grandes empeños si se entregaba o no
al Pontífice, en caso que los cargos no perteneciesen a materia
espiritual. Pidió el cardenal se le permitiese una vez hablar al Rey o
la Reina; negósele, y se le concedió escribir; creyeron muchos
que el Rey no leyó esta carta, y le mandó responder que
obedeciese. También se le ordenó que entregase los papeles que
tenía, pertenecientes a los interiores manejos, los caudales que
tenía el Rey y la cuenta de cómo se habían distribuido, y
cuántos habían estado a su disposición. Todo lo
obedeció, aunque sus émulos decían que no había
entregado más papeles que los insubstanciales, reservando los mejores,
ni cuenta de los caudales tan clara como era preciso, ni a la verdad era
posible darla.
El Rey no quiso hacer examen más
riguroso de papeles ni dinero, aunque lo deseaba el marqués
Anníbal Scotti, que en nombre de su amo le pidió al cardenal los
papeles de su pasado ministerio de Parma; también entregó los
más inútiles, diciendo había ya enviado al Duque los
demás. Toda esta represa la hizo de algunos papeles para tener armas
(según después se conoció), no sólo para defenderse
de los cargos que creía le podía el Papa hacer, sino aún
para descubrir secretos de Estado cuando le importase a su crédito y a
la buena opinión de su conducta pasada; empezaba desde entonces a
estudiar y prevenir aquellas artes que reparasen la presente desgracia;
pidió al Rey pasaporte y escolta por la seguridad de su persona, y
aún expresó que sin él no podía pasar por la
Francia, por los precedentes disgustos, ni embarcarse sin otro del rey de
Inglaterra.
El Rey le dio el suyo y una escolta, y
le insinuó iba seguro hasta Italia, por lo cual escribió al rey
de Francia se le concediese. El cardenal luego trató de poner en salvo
sus papeles, por varias partes y caminos extraviados. Nadie le vio antes de
partir, más que ministros extranjeros. Muchos de los españoles
creían no haber tenido día más feliz que aquel en que le
vieron dejar la España, porque le habían concebido un fatal
aborrecimiento. Otros muchos fueron de tan contrario dictamen que juzgaron que
en este sólo hombre había perdido mucho la Monarquía
española, y el Rey ministro que no pensaba en otra cosa que en su real
servicio, en la recuperación de lo perdido y crédito de sus
armas, pareciéndoles que en esta ocasión no hubiera salido del
Gobierno; y no se le puede negar la gloria de que los tres enemigos
irreconciliables de España, que lo eran a la sazón el Emperador,
el duque de Orleáns y la Inglaterra, se conspiraron en sacar a este
hombre de España, diciendo por el tanto los españoles afectos al
cardenal, que no lo harían esto por el bien de la nación, aunque
el Regente, el inglés y el Emperador ponderaban que debía hacerse
así por la conservación de la paz.
A 11 de diciembre salió el
cardenal de la corte para Aragón; un oficial le alcanzó en
Lérida, pidiéndole de orden del Rey algunos papeles que no se
hallaban, y para eso las llaves de sus cofres, que entregó puntualmente.
Halláronse algunas escrituras de las que el Rey buscaba, pero no las
más esenciales. También se le halló una letra de cambio de
25.000 doblones, que hizo pedazos en presencia del oficial. Prosiguió su
viaje, y antes de llegar a Girona fue atacado de unos miqueletes, y a no llevar
tan buena escolta, le hubieran cogido y hecho pedazos, porque estaban muy mal
con él los catalanes, porque durante su ministerio se había
conquistado a Barcelona y sujetádose lo más de aquel país.
En este encuentro le mataron un criado y dos soldados del Rey. El cardenal,
saliendo de su calesa, llegó a pie a Girona disfrazado, entró en
Francia con pasaporte del Cristianísimo, y un oficial del regimiento de
la Corona le fue acompañando hasta Antibo. Dudóse si era quererle
hacer este honor por hidalguía el Regente, o asegurarse de su persona
para que con nadie comunicase, porque creían los príncipes y
aún muchos ministros españoles que todo esto era fingido, que no
había caído de la gracia del Rey, y que sólo se le
apartaba de la gracia de España para hacer la paz, pero que
volvería luego.
Esto mismo insinuaba con términos
oscuros en sus cartas el cardenal a sus amigos, principalmente a los que
tenía en Génova, donde pensaba hacer su mansión, y se le
prevenía un cuarto en el convento de los padres claustrales. El Rey daba
bastantes muestras para que creyesen había enteramente caído de
su gracia, porque no sólo tomó el dinero que él
había dejado en poder de la Casa de los Pittis, pero aún en otras
partes, y en Génova se hizo recobrar el que el cardenal por letras
había enviado; eran sin duda caudales del Rey enviados para la guerra,
porque Alberoni no tenía rentas para acumular tanto dinero.
Sospechaban algunos que tenía
gran cantidad en poder de un gentilhombre, llamado Francisco María
Grimaldo, persona de quien podía fiar por su antigua amistad, y la
experiencia que Alberoni tenía de la integridad del sujeto, y haberle
hecho algún beneficio. Este punto es para nosotros oscuro, porque
Grimaldo lo negaba acérrimamente; ni en los libros de los Bancos de San
Jorge parecía; uno y otro era poca prueba para el desengaño,
porque ni Francisco María Grimaldo había de confesarlo, ni
poniendo en varias cabezas el dinero, y dándole varios giros, se
podía probar su dueño; ni probándolo había medio
como lo recobrase el Rey; porque la casa de San Jorge es una república
aparte, donde están seguros los caudales de cualquiera por la buena fe
que en esto se observa.
El Rey se explicó con todos sus
ministros que servían en las cortes extranjeras de lo indignado que
estaba contra Alberoni; y en prueba de que había hecho muchas como sin
su noticia, pidió las cartas originales que Alberoni les había
escrito desde el año 16, y copias de las de los ministros a Alberoni,
con cuenta de los caudales que de su orden habían administrado. Al
ministro que residía en Génova se le ordenó invigilase en
los pasos y operaciones del cardenal. Prohibiósele el verle, y del tenor
de las órdenes se le dio a entender quedaba pendiente algún
interés del Rey en las operaciones de este hombre. Se proveyó
luego el arzobispado de Sevilla; se alzó el destierro al duque de
Populi, y se le restituyeron sus empleos, y se puso en libertad a los duques de
Veraguas y Nájera. Todo era haber desaprobado el Rey, mejor informado,
lo que Alberoni había hecho. Este fue un nuevo ejemplar de los
innumerables ministros de príncipes, que subieron y bajaron en todos
tiempos, aunque éste quedaba en tal escalón con la
púrpura, que nunca podía bajar mucho.
Habíanse retirado los franceses,
donde sólo quedaban algunos regimientos acuartelados en tierras de
España, y los presidios de los castillos que habían tomado; a su
abrigo tomaron las armas contra el Rey más de dos mil catalanes que
infestaban el país abierto; ocupaban los caminos y, siempre huyendo de
las tropas del Rey, robaban y ejecutaban sus acostumbradas crueldades. Uno de
los rebeldes que estaban en Italia, pasó con patente del
Cristianísimo a ponerse a la cabeza de ellos. Las ciudades y las
poblaciones no tuvieron parte en esta sublevación: todo era de gente
baja y facinerosa, más pobre con la quietud, que por eso
aborrecían. En ausencia del príncipe Pío mandaba el
principado don Francisco Gastano de Aragón, teniente general; no
habían aún vuelto de Navarra las tropas, y así duró
este desorden hasta que se restituyó el príncipe Pío a
Cataluña, que luego salió a campaña para recuperar la
pérdida.
Iba por intendente de este
ejército don José Patiño, al cual creían todos
apeado de su autoridad, porque se la había dado demasiada Alberoni, y
había sido el instrumento de sus principales operaciones; cargaban
entonces sus enemigos contra Patiño, que los tenía muchos;
acusábanle de la profusión de inmensos tesoros, y que, no
habiendo despedido a tiempo la armada naval de Mecina, había sido la
causa de haberse perdido; porque don Antonio Gastañeta, para
disculparse, cargaba todo contra él, y se renovaban estas acusaciones
ahora que le imaginaban caído. Nada de esto ignoraba el Rey, porque
tenía cerca de sí quien se lo ponderaba; pero no quiso poner en
juicio formal la materia hasta más indagación, y se
mantenía con Patiño indiferente.
La ausencia del cardenal volvió a
estrechar con el Rey al marqués de Grimaldo, por quien corrían
los negocios de Estado, y otros los principales de la Monarquía. El Rey
puso las dependencias regulares en los tribunales que tocaba, y dio más
gratos oídos a la paz. Estaba todavía en Madrid el barón
de Closter, y habían los Estados Generales de los Países Bajos
obtenido de los aliados otro término de tres meses más, para que
la España admitiese el tratado de Londres; y así, despacharon un
extraordinario con una carta al rey Felipe, la más bien ponderada, para
inclinarse a la paz. La respuesta, por no perder el método hasta
aquí observado, toca al siguiente año, porque éste
expiró sin que en el breve término que quedaba de él desde
la salida del cardenal se pudiesen componer cosas tan grandes, aunque luego que
éste dejó la España entraron los aliados en esperanza de
que estaba concluida la guerra, porque contra ella fuertemente trabajaba en
Madrid el duque de Parma, por medio de su ministro Anníbal Scotti; y el
abad Dubois se entendía ya con el confesor del Rey Católico, para
persuadirle la paz.
La quería el Rey ardientemente;
pero no de aquella forma propuesta, y sin mejorar algún artículo,
porque sentía mucho restituir la Cerdeña. Quería que al
Emperador le costase la Sicilia dar un equivalente al duque de Saboya, y no
sujetar feudatarios del Imperio los Estados de Toscana y Parma. Los aliados no
querían mudar una letra de lo ya convenido entre ellos, y esto era lo
que embarazaba al Rey Católico, combatido presentemente del dolor de
haber muerto el infante don Felipe en 29 de noviembre, a los siete años
cumplidos de su edad. De esto se tomaba pretexto para no admitir en
España el padre Francisco de Castro, que ya se enderezaba a ella, porque
era hechura de Alberoni y no quería el Rey mudar de confesor, como el
cardenal alguna vez se lo había insinuado.
Castro llegó después a
Alicante, pero no se le permitió pasar a Madrid, diciendo cesaba el
motivo a que le llamaban, que era a ser maestro del infante don Felipe. Contra
el cardenal tuvo el Rey nuevo y más grande motivo de indignación,
porque, olvidado de sí mismo y de cuanto al Rey debía,
escribió desde Francia una carta al duque Regente en que hablaba de
él con poca veneración de aquel príncipe, usando de
términos ofensivos a la Majestad, y para hacer más negra e
indigna la operación quiso comprar la protección del Regente con
ofrecer revelarle las personas que contra él se habían conjurado
en Francia, y muchos secretos de la España importantes a su seguridad.
El Regente despreció tan vil ofrecimiento, y todo llegó a noticia
del Rey Católico: el modo se ignora.
Muchos creyeron había el Regente
enviado copia de la carta al Rey; de esto no nos consta, pero sí de que
al Rey daba esta razón más de indignación contra Alberoni,
que negaba no haber tal carta escrito. No la hemos visto, pero sí alguna
minuta de ella enviada de Francia, cuyo resumen también se vio en las
cortes de París, Viena, Londres, y en muchas de Italia; y muchos fueron
de parecer que esta carta fue mandada hacer y prohijada al cardenal, que
siempre se ha mantenido con inclinación a los intereses de
España.
  Año de 1720
A la carta que los Estados Generales
escribieron al Rey Católico, como dijimos, se dio la más urbana y
benigna respuesta en 4 de enero, para obligarlos a que se empeñasen con
los aliados a admitir el proyecto de paz, que se envió al marqués
Berreti, para presentarle a aquel Gobierno; estos eran sus
artículos:
Que se restituirían a la
España las plazas tomadas en Europa y en América.
Que se evacuaría la Sicilia, y
las tropas españolas serían transportadas a gastos de los
aliados, con armas, artillería y municiones a España.
Que restituirían todos los
navíos y buques tomados en esta guerra, principalmente en la
acción de 11 de agosto del año de 18, en los mares de Siracusa, y
el navío del señor de Martinitz, que se había retirado a
Brest con dinero y efectos de la España.
Que la cesión de Sicilia al
Emperador sería con el derecho de reversión, como se había
dado al duque de Saboya.
Que se restituiría Puerto
Mahón y Gibraltar al Rey.
Que quedaría a España la
Cerdeña y se restituirían las plazas de Orbitelo y Puerto
Hércules.
Que los Estados de Toscana y Parma no
estuviesen sujetos al Imperio como feudos.
Que la sucesión se
extendería a las hembras, y que pasaría desde luego el infante
don Carlos a Toscana, donde, ni en Parma, no había de haber presidio
alguno.
Que se debiese solicitar la
restitución de los Estados de Castro y Roncillón, que posee el
Papa en perjuicio de la Casa de Farnés, porque en la investidura de
Pablo III, en la erección de aquel ducado, las mujeres venían
nombradas a la sucesión, en falta de varones, y aun los hijos naturales
de la dicha Casa.
Que la dominación y el comercio
de las Indias occidentales se debían arreglar según el tratado de
Utrech.
Que el Rey Católico se reservaba
en el Congreso otros puntos pertenecientes a los vasallos, y que
nombraría sus plenipotenciarios cuando se hubiesen concordado en el
lugar.
Los Estados Generales enviaron copia de
este proyecto a París, donde los ministros de los aliados, en 19 de
enero, tuvieron sobre esto una junta, y declararon habían visto con
dolor estos artículos que destruían el tratado de Londres y
París, que servían de basa inmutable a la paz, sin los cuales no
se podía ejecutar, y declararon proseguirían en la guerra si
expiraba el término dado al Rey Católico.
Los holandeses despacharon luego un
expreso a Madrid, para que su ministro esforzase sus oficios a que el rey
Felipe se conviniese. El conde Stanop envió también a Madrid al
secretario Schaub. No se descuidó el Regente con el padre Daubanton, ni
el marqués Anníbal Scotti con la Reina: y con el marqués
de Grimaldo. Al fin, tantas persuasiones vencieron el ánimo del rey
Felipe, que hizo un decreto en que, dando por motivo el bien público y
la quietud de sus vasallos, adhería y aceptaba el Tratado, firmado
primero en Londres en 2 de agosto de 1718, y después ratificado en
París.
Este decreto y los poderes de
plenipotenciario para formar solemnemente esta adhesión se enviaron al
duque de Orleáns, a quien encargó su confianza el Rey
Católico para cumplirle la palabra de interponerse a la ejecución
de la restitución de Gibraltar y Puerto Mahón, porque se le
había insinuado que había ofrecido el rey Jorge restituir la
primera, y que se trataría del modo de recibir un equivalente por la
segunda.
En esta resistencia que mostró el
Rey Católico a la paz, hizo ver que no obraba por sí solo
Alberoni en los movimientos pasados, y que su amo no estaba poco acalorado en
los mismos; pero desde su allanamiento depuso el Regente su ira, viose
satisfecho con la expulsión de Alberoni y con la entera confianza del
rey Felipe, y así se puso de acuerdo con la España, ofreciendo
sus más eficaces oficios para lo que deseaba. El marqués Berreti,
con poderes del Rey Católico, firmó esta adhesión al
referido tratado en El Haya, a los 17 de febrero, con los ministros de los
aliados que allí sé hallaban: por el Emperador, el conde Leopoldo
de Vium Disgratz; por la Francia, el señor Florián de Morville;
por la Inglaterra, el conde de Cadogan. Estos artículos son los mismos
que he le fueron propuestos; y referimos el año antecedente.
A esto se seguía la
convocación del Congreso, pero se suscitaron muchas dificultades, y la
mayor era la evacuación de la Sicilia y Cerdeña, porque los
aliados querían por preliminares de la paz la ejecución del
Tratado, y mientras esto se discurría nació otra mayor
dificultad; que habiéndose hecho publicar la promesa de la Francia a la
España sobre lo de Gibraltar, el Parlamento de Inglaterra no
quería consentir a la restitución de esta plaza, aunque el rey
Jorge se inclinaba a esto, o porque hubiese contraído alguna
obligación con la palabra dada a la Francia, o porque conocía ser
de poco útil y no de pequeño gasto aquella plaza a los ingleses,
como ha mostrado la experiencia, contra las esperanzas que habían
concebido cuando la ganaron.
El Cristianísimo, que
tenía resuelto la demolición de las fortificaciones que
habían ganado en Guipúzcoa y la Navarra baja, mandó
suspenderla, aunque llegando con sus tropas el príncipe Pío a
Cataluña a los primeros días de enero, iba avanzando para sacar a
los franceses de la Gonza de Tremp, donde se hallaba con alguna gente el
marqués de Voñas, y como éste era inferior en fuerzas se
retiró a la Cerdeña, con más precipitación que era
lícito a los que se gloriaban vencedores, y se incorporó con las
tropas que mandaba el marqués de Firmancon, que se componían de
once batallones, quinientos granaderos y dos mil quinientos veteranos, sacados
de los presidios del Rosellón; añadíanse a éstos
más de dos mil arcabuceros de campaña y miqueletes, los
más rebeldes de su soberano, que, ya temiendo el rigor del
príncipe Pío, se habían abrigado de las tropas de
Francia.
Ocupaban éstos los caminos
reales, pero los españoles pasaron, aunque trabajosamente por la mucha
nieve, el que llaman coll de Queralt, y atacando los enemigos, los pusieron en
confusión, retirándose hasta el cañón de Mont-Luis,
y dejaron a los españoles toda la Cerdeña franca. Desde
Puigcerdá se hizo un destacamento a cargo del teniente general don
Tiberio Carrafa para atacar, dándose las manos con las tropas de Vich y
Girona, los cuarteles que tenían los franceses en Ripoll,
Camprodón y Aulot, que no aguardaron el combate y se retiraron a
Francia. Luego el príncipe Pío pasó a Castel, ciudad ya de
antemano bloqueada, y la noche del día 22 de enero abrió la
trinchera contra la torre Blanca; dos días después
capituló la guarnición, que era sólo de cincuenta hombres,
y quedó prisionera de guerra. Quedaba el castillo, que a los 29 se
rindió. Esto, aunque parece cosa de poca importancia, era de suma
entidad para sosegar los rebeldes de Cataluña, a los cuales pudo
después el príncipe Pío perseguir con mayor comodidad,
bien que los cabos principales se pasaron a dominio del Rey
Cristianísimo.
* * *
El cardenal Alberoni, desde Francia,
tuvo forma para que en Génova sus amigos pidiesen una galera a la
República que le trajese desde Antibo, de donde sin tocar en
Génova pasó a Sestri de Levante, lugar del Genovesado;
halló aquí cartas del duque de Parma en que se le insinuaba no
entrase en aquel Estado, y lo propio hizo el Pontífice, y más le
hizo presentar por los ministros del cardenal Lorenzo Fiesco, arzobispo de
Génova, una carta del cardenal Pauluci, en que le ordenaba el
Pontífice no valerse del breve que le había concedido, para que
le pudiese cualquier obispo consagrar. Esto tiraba a que no querían las
dos cortes de Roma y España que fuese obispo de Málaga, y se
estudiaba en aquélla el modo cómo quitarle el obispado, pero, no
le había sin que precediese cargo formal y sentencia.
Todas estas demostraciones pusieron en
aviso al cardenal, y en la inteligencia de que no sólo había
él enteramente caído de la gracia del Rey, pero que le
hacían algunos cargos; y ya se reservaba más en la casa en que
vivía, y por medio de sus confidentes envió secretamente a
Génova lo más precioso que tenía en su poder y algunos
papeles, de los cuales entregó al canónigo Bertamín de
Plasencia, su grande amigo. Había tomado pasaporte del gobernador de
Milán, conde de Colloredo, para pasar por dominios del Emperador el
Estado del Papa, pero ya con estas disposiciones, que significaban
armársele no conocidos riesgos, resolvió quedarse en Sestri.
El Rey Católico, que no
había querido poner las manos en la púrpura y detenerle en sus
reinos, mejor informado de las operaciones del cardenal, creyó no
debían quedar muchos excesos sin castigo, y con acuerdo del duque de
Parma pidió al Pontífice se asegurase de la persona del cardenal,
y le envió materiales para construir el proceso; porque ni aun el
informativo había querido el Rey empezar. El Pontífice se
valió del cardenal José Renato Imperial, genovés, para que
escribiese al Senado de Génova se arrestase la persona del cardenal
Alberoni, y escribió al dicho Imperial un papel en que le decía
que por las relevantísimas razones que a su tiempo se sabrían,
importaba sumamente a la Iglesia, a la Santa Sede, al Sacro Colegio, y que
aún se podía decir con verdad, a la religión
católica y a la cristiana república, que luego se asegurasen de
la persona del cardenal Alberoni, para hacerle inmediatamente pasar al castillo
de San Ángel, y proceder contra él con aquellas resoluciones que
fuesen justas, y añadió que mandase al padre Maineri, religioso
de la Congregación de los Ministros Agonizantes, pasase luego a
Génova con esta comisión, y entregase un Breve de Su Santidad
sobre el propio asunto.
Ejecutólo puntualmente el
cardenal Imperial, dándole oportunidad favorable para esto el que el
actual dux de Génova era de su propia casa y su amigo, llamado Ambrosio
Imperial, a quien, y al Gobierno, escribió una carta bien expresiva
enviando copia del papel que le había escrito el Pontífice para
que fuese el cardenal Alberoni arrestado y tenido en esta custodia, hasta que
el Papa enviase por él. Con estos despachos llegó el día
24 de febrero el padre Maineri a Génova, y entregando luego al Dux sus
cartas, éste juntó los colegios, aunque era día de fiesta,
donde hubo reñida disputa, porque no le faltaban a Alberoni entre
aquellos senadores algunos amigos. Por pluralidad de votos, viendo asegurar al
Pontífice que esta prisión importaba a la religión
católica, se mandó arrestar en la propia casa en que vivía
en Sestri, poniéndole por guarda una compañía de soldados,
con el coronel Mogavi siempre a la vista.
Este arresto de pareció al
Gobierno provisional, porque no determinó entregar la persona del
cardenal si no le constase ser reo convencido en materia de religión;
por eso, respondiendo el Gobierno en carta del secretario Juan Vicente Ventura
al cardenal Imperial, insinuó necesitaba saber individualmente los
cargos que al cardenal se le hacían, para ver si era digno de ser
entregado sin violar el derecho de la hospitalidad. El día 2 de marzo,
el padre Maineri presentó al Dux copia del Breve pontificio, porque el
original no le dio hasta el día 8, en que también llegó la
respuesta del cardenal Imperial, que contenía lo mismo que el Breve. Se
reducían los cargos a tres puntos:
Que había empleado el dinero de
las bulas de la Santa Cruzada y otros subsidios eclesiásticos en guerra
contra príncipes católicos. Que la había movido en tiempo
que la tenía el Emperador contra el turco, causando tantos daños
a la Europa y a la Italia; y que había, por particulares intereses,
prohibido a los súbditos de España de tomar bulas de la
Dataría de Roma por los beneficios que confería el
Pontífice.
Y estos cargos, examinados por el
Gobierno de Génova en la Junta del que llaman Concellato, parecieron
insubsistentes y que no llenaban la expectativa y la gran máquina de
delitos que habían concebido por la primera aserción del
Pontífice en el papel escrito al cardenal Imperial y en el breve que
entregó el padre Maineri; y creyendo no bastaban a violar el derecho de
las gentes y el de la hospitalidad, habiéndose Alberoni como refugiado
al Estado de la República, le pusieron en libertad, y escribiendo una
carta al Pontífice muy reverente y obsequiosa en que narraba los motivos
de esta resolución por no haber hallado en los que el Papa había
significado bastante material a la infracción de las leyes y a las del
derecho de las gentes y de la pública libertad, a la cual tenía
el cardenal Alberoni derecho, una vez acogido a la soberanía de esta
República, que por su propio decoro le debía observar el de la
hospitalidad, que se le había concedido aun en atención a su
sagrada púrpura.
No sólo con esta respuesta
indignaron los genoveses al Pontífice, pero aún al Rey
Católico. El marqués de San Felipe, su ministro en Génova,
había hecho fuertes representaciones para que no se sacase al cardenal
del arresto, porque tenía en ello interés su Soberano, y que se
le entregasen cuantos papeles tenía en su poder el cardenal,
pertenecientes al pasado Ministerio que ejerció en España. No le
hicieron fuerza al Gobierno de Génova estas instancias, ya tenaz en su
sistema, y respondieron con más pompa de palabras y afectado obsequio al
Rey Católico que con ejecuciones; porque se le quitaron al cardenal las
guardias, y se le insinuó saliese del Genovesado, porque no
querían empeños con príncipes que se iban poco a poco
declarando, porque a las instancias del Rey Católico se unieron las del
Cristianísimo y británico, por medio de sus ministros que
residían en Génova.
También escribió al
Gobierno el rey Felipe un despacho bien expresivo; pero ni llegó a
tiempo, ni los genoveses -muchos del partido de Alberoni- quisieron mudar
dictamen; y tan precipitados fueron en quitarle la libertad como en
dársela. Dieron por excusa al rey Felipe que le habían recibido
porque venía con su pasaporte y de otros príncipes. Que no
habían usado con él más que con otro cualquiera que se
refugiaba a sus tierras, y que después que habían sabido, ya muy
tarde, que estaba en desgracia del Rey, le habían mandado salir de
ellas.
Alberoni, viéndose perseguido de
todos, imploró patrocinio del Emperador, que no se lo quiso otorgar, aun
ofreciendo aquél descubrirle secretos que le importaban; pero le
toleró, sin darse por entendido de que se había refugiado el
cardenal a algunos feudos de Lombardía, porque saliendo con gran secreto
de Sestri, y enviando algunos criados suyos por otros parajes para
engañar las conjeturas, pasó a uno de los feudos imperiales,
abrigado de sus amigos y conocidos, que los tenía muchos en
Lombardía; y de género se robó a los ojos y a la noticia
del mundo, que raros sabían con certidumbre dónde se hallaba, y
muchos creían que escondido en Génova.
El Rey Católico pidió a
los genoveses satisfacción de esta que imaginaba ofensa o poca
atención a una representación hecha en su nombre; y lo propio
notaba el Pontífice, que se puso de acuerdo con el rey de España
en vengarse de aquella República; ésta, para sincerarse,
nombró enviado extraordinario a España a Francisco María
Balbi, y se disponía de enviar otro gentilhombre sin carácter a
Roma. Pero el cardenal Pauluci declaró, en nombre del Pontífice,
que no sería admitido, como ni lo fue Balbi del Rey Católico, que
mandó en sus fronteras y puertos de mar no se le permitiese entrar en
sus reinos cuando ya estaba previniéndose a partir, y ordenó que
su ministro en Génova esparciese esta noticia sin participarla de
oficio, en lo que mostró el Rey benignidad, porque le quitó a
Balbi el desdoro de retroceder.
El cardenal Alberoni, antes de salir de
Sestri, escribió una carta al cardenal Pauluci en 20 de marzo, y al
decano del Sacro Colegio, el cardenal Fulvio Atali, en que hablando con la
mayor veneración del Sumo Pontífice, daba las disculpas a los
cargos que no ignoraba se le hacían, creyendo que sólo eran los
tres ya mencionados en el breve del Papa y carta del cardenal Imperial.
Mostraba en el contexto de estas cartas, casi con evidencia, no haber sido
autor de la guerra de Italia, antes haberla repugnado, y daba los motivos de
todo lo que el Rey Católico había ordenado a sus súbditos
contra la Dataría de Roma, excusándose de no haber tenido parte
en esto y en cuanto se le acriminaba; y traía por testigos muchos
ministros del rey de España, y a su confesor, el padre Daubanton.
También en estas cartas y otras
que sacó después, sin poner el lugar en que estaba oculto,
prevenía disculpas a los cargos que se le podían hacer, y
revelaba muchos secretos de oficio, y los mandó imprimir; pero los
crímenes que se le imputaban eran de más superior
inspección, aunque no nos consta del fundamento que la acusación
tenía o si todo era calumnias; cierto es que habiendo sido hecho
inquisidor general de España el obispo de Barcelona, don Diego de
Astorga, se le dio la comisión de formar el proceso informativo sobre
Alberoni, cuyas culpas abultaba el vulgo de los españoles: más,
la verdad, por odio que a su persona tenían.
El duque de Parma era el principal
instrumento de todo lo que contra Alberoni se ejecutaba, y mantenía viva
la indignación del rey Felipe, quien quisiera no haber contribuido a
emplear tan mal la púrpura, como decía, o que le privasen ahora
de ella. Esto mismo deseaba el Pontífice; pero el Sacro Colegio era casi
abierto protector del cardenal, porque la hacía para semejantes casos
causa propia; y así, en Roma no tenía verdadera
persecución, como en España creían, ni había en
quien emplearla, porque Alberoni se mantenía escondido sin que con
certidumbre se penetrase dónde estaba, y cuando presumía que se
podía transpirar, se mudaba a otro paraje, disfrazado en hábito
de seglar, y con solo un criado, porque había entrado en la sospecha que
le buscaba el rey Felipe para entregarle al Pontífice, y que el ministro
de Génova hacía cuantas diligencias eran posibles para haberle a
las manos.
En este suceso de Alberoni nos hemos
ceñido a referir lo público, porque no nos es lícito
revelar algo más secreto, ni son parte esencial de los COMENTARIOS los
particulares acaecimientos de un mal individuo, aunque tanta figura haya hecho
en España, porque de un hombre privado no se deben referir más
operaciones ni mis lances que los que tienen relación e interés
público o conexión con los príncipes.
* * *
Los alemanes, que estaban en Mecina
resueltos a sacar del reino a los españoles, pasaron por mar a
Trápana, y cuando el marqués de Lede con su ejército
estaba en Alcamo, aquéllos se acamparon en Santa Ninfa. Todo era
enderezarse a Palermo o a dar una batalla, porque Merci quería ganar la
Sicilia antes que los españoles, en virtud del Tratado admitido por el
Rey Católico, la dejasen; sin reparar que se le daba con certidumbre lo
que buscaba con riesgo, y porque si perdía una acción general
podían mudar las cosas de semblante, porque el Emperador tenía
muchas cosas a que entender, y el rey de Inglaterra empezaba ya a estar
impaciente que se le dilatase la investidura de Bremen y Werdem. Conocía
que era arte de la corte de Viena para tenerle dependiente, y esto llevaba mal
la soberbia de los ingleses. No estaba la Francia tampoco en estado de
proseguir la guerra, porque un nuevo Banco Real, y el de la
compañía de Mississipí, había recogido todo el
dinero del reino con varios edictos, y por él daban Papeles de Banco que
no tenían su curso, ni en él, para convertirlos en dinero, ni
aún en el mercado y las tiendas.
Estos Arbitrios había inspirado
al Regente un tal Lauus, inglés, que ha muchos años andaba por el
mundo, porque no podía, por un homicidio, volver a su patria. Este era
hombre de sublime ingenio y de la más profunda inteligencia en el
negocio, pero de la voluntad más depravada, lleno de mala fe y de todo
género de engaño. Los hombres más ricos se habían
reducido a pobres en toda la Francia y, encadenados los inconvenientes uno con
otro, eran imponderables la desolación, los lamentos y miserias de aquel
reino. Esta narración ha menester más volúmenes que son
estos COMENTARIOS, ni es de mi asunto escribir lo que en Francia pasaba si no
tiene conexión con la España, y sólo lo hemos de paso
tocado, para dar a ver la constitución del mundo y cuán vidrioso
era dar aliento con una victoria al Rey Católico, para que dilatase
evacuar a Sicilia.
Había dado al marqués de
Lede facultad de hacer una suspensión de armas, por si ganando tiempo se
pudiese abrir el Congreso de Paz antes que saliesen de aquel reino los
españoles. El Emperador no quería tratar de ella si antes no
evacuaban a Sicilia y Cerdeña, y no teniendo las órdenes
generales de Lede y Merci, aunque se trató de ajuste y pasaron oficiales
de una parte a otra, no quisieron los alemanes convenir en la suspensión
de armas el día 7 de abril, y se movieron del campo de Santa Ninfa hacia
Alcamo, donde estaban los españoles acampándose sólo tres
leguas distantes. El marqués de Lede se mudó a Valguarnera, pero
viendo que los enemigos por la derecha podían tomarle las espaldas y no
era lugar de tener segura la subsistencia, marchó hasta Monreal.
Merci ocupó el campo de Alcamo, y
cuando supo que los españoles entraban en Palermo, tomó su
marcha, y el día 23 de abril bajó por la montaña vecina a
la ciudad y se acampó en la llanura a tiro de cañón del
ejército enemigo, con la izquierda a Monte Peregrino, que ocupó
luego; a la derecha, la montaña llamada la Escala, de Carini. Los
españoles tenían su derecha al fuerte del muelle de Palermo, y la
izquierda, a boca de Falco, bien atrincherado el frente y ocupadas y
fortificadas algunas casas. A este tiempo se hallaba con su escuadra el
almirante Binghs, dada fondo al Escaro de Mondelo; tenía hasta cuarenta
embarcaciones de transporte cargadas de artillería, municiones y
víveres para el ejército alemán.
El día 26 destacó dos
navíos de guerra y una balandra y cañones. Dos puestos que al pie
de Monte Peregrino tenían con cien hombres ocupados los españoles
a la marina, luego los desampararon con alguna pérdida. El día
29, al amanecer, los alemanes atacaron una casa al pie del monte, que ocupaban
quinientos españoles muy avanzada de su línea. La noche
antecedente había adelantado Merci seis batallones de dicho monte, y con
el favor de las sombras pudieron ocupar las alturas de aquel puesto, desde las
cuales, haciendo un gran fuego, se trabó una corta disputa; porque
viendo los quinientos españoles que se movía el ejército
contrario a sostener a los suyos, se retiraron hasta un reducto que
había Lede mandado hacer, donde se formaron y mantuvieron batidos de
cinco piezas de cañón de campaña.
Merci mandó atacarlos de los
granaderos, sostenidos de otra infantería, y aquella aunque
pequeña acción, fue bien ejecutada por una y otra parte; pero, al
fin, fueron los alemanes rechazados con pérdida, porque no era
fácil romper el reducto. Intentaba Merci apoderarse de los puestos que
tenían ocupados los españoles enfrente de su línea, para
tomar después el muelle, pero ganando el reducto mudó de idea y
se volvió a acampar más cerca del enemigo.
El día 30 se empezaron a
cañonear los ejércitos; trabóse alguna escaramuza, en que
se retiraron escarmentados los coraceros de la guardia de Merci, y ya se
movían las alas de las líneas para acometer, cuando en una faluca
despachada de Génova llegó al marqués de Lede orden de su
amo de cesar toda hostilidad y evacuar los reinos de Sicilia y Cerdeña.
Diósele para esto poder amplio con su instrucción, y luego
avisó al general Merci, que ya estaba puesto en batalla. Pareció
un milagro de la Providencia evitar tanto estrago, porque hubiera sido una de
las batallas más crueles de esta guerra, según las disposiciones
de los ánimos, ya enconados, y ambiciosos de la mundana gloria. Eran las
fuerzas iguales, y se peleaba a vista de la capital, creyendo cada uno que en
aquel día se decidiría tan dilatada cuestión. Los
palermitanos hacían desde las murallas plegarias y rogativas por los
españoles, aguardando la batalla: cuando vieron retirarse las tropas y
se publicó la causa, no hubo demostración de queja y dolor que no
hiciesen.
Los generales se juntaron para tratar
del modo de la evacuación de los reinos, y se concordó en
veintiocho artículos. Era la suma de ellos una suspensión de
armas por mar y tierra, hasta que llegasen tropas de España.
Que evacuarían a Palermo las
tropas españolas dentro de cinco días, con todos sus fuertes, y
que marcharían los españoles a Termini conservando aquella plaza
hasta la entera evacuación, y el confín de ella, ocupando los
lugares de Bautina, Veintimilla, Giminia, Montemayor, Caltabuturo, Petralia,
Vicari, Polici, la Rochela, Rocapelamo y Cacamo, y que a medida que se
embarcarían las tropas se irían evacuando estas aldeas.
Que los enfermos y heridos, con sus
médicos, cirujanos y asistentes, quedarían, hasta curarse, en los
hospitales en que se hallaban, con una guardia de veinte hombres
españoles, dándoles lo necesario por su dinero.
Que podían quedar en Palermo los
ministros de la Intendencia, comisarios de Guerra, tesoreros y contadores,
hasta ajustar sus cuentas y dar providencia al embarco.
Que cualquiera que sirviese en el
ejército español pudiese sacar sus familias y bienes muebles de
aquel reino.
Que sus almacenes de víveres
quedasen por los españoles.
Que las tropas que estaban divididas por
el reino tuviesen libre pasaje y alojamiento en la marcha para embarcarse.
Que evacuado Palermo, se
retirarían las tropas de Girgenti.
Que lo propio harían las de
Augusta con sus armas, pertrechos y municiones de guerra, las que bloqueaban a
Siracusa y estaban en otras partes del reino.
Que las tropas españolas
debían ser conducidas a las costas de España con sus armas,
caballos y bagajes.
Que cualquiera que quisiese seguir el
partido del Rey, pudiese salir del reino.
Que se le darían transportes
bastantes para las tropas, pagándoles el Rey Católico, y escolta
de navíos ingleses, según el número a que conviniese el
general Binghs.
Que se embarcarían las tropas en
dos o tres partidas, poniendo el número a proporción del
bastimento.
Que los españoles se
llevarían los cañones, morteros, armas y cuantos pertrechos de
guerra habían traído, dejando los que en el reino habían
hallado.
Que los navíos y galeras que del
Rey Católico se hallasen en los puertos de aquel reino pudiesen
libremente salir.
Que se restituirían de una parte
a otra los prisioneros.
Que se daría seis meses de
término a cualquiera que quisiese vender sus efectos para seguir el
partido del Rey Católico.
Estos eran los principales puntos,
más extendidos y con cláusulas que quitasen todas las dudas.
Fueron firmados estos capítulos del general Merci, marqués de
Lede y el almirante Binghs. Por el reino de Cerdeña se concordó
en veinticuatro artículos la evacuación; casi eran del mismo
tenor, y en artículo separado ofreció el plenipotenciario del
Emperador dejaría a aquel reino, en común y en particular, todos
sus privilegios; y aunque la cesión fue hecha al Emperador, se declaraba
la condición de haberle de ceder al duque de Saboya. Con efecto
pasó a Cerdeña, para recibir el reino el comisario imperial don
José de Médicis, príncipe de Otayano, a quien se
entregó en virtud de estos capítulos y de la orden que
tenía del Rey, don Gonzalo de Chacón; y aquél barón
de S. Remi, que tomó posesión por el duque de Saboya y se
quedó el virrey y capitán general. Las tropas españolas
que allí estaban pasaron luego a España; lo propio hicieron las
de Sicilia, que por todo agosto ya estaban en Barcelona. Salieron de este reino
veinte mil hombres de buenas tropas; cuatro mil, de Cerdeña. Este fin
tuvo tan costosa expedición.
* * *
Luego se trató, entre las
potencias que habían de concurrir a la paz, de elegir el lugar del
Congreso. Quedaron de acuerdo en que fuese Cambray; pero aún no se
habían nombrado plenipotenciarios para él, porque querían
los príncipes tenerlo todo ajustado, y aún permanecían las
mayores dificultades; ni el Emperador, después de poseída la
Sicilia, quería la paz, por no ceder con más solemnidad los
derechos de la Monarquía de España, y por el recelo que los
príncipes todos en el Congreso le limitasen el poder sobre la Italia,
porque los soberanos de ella hacían secretas instancias sobre que se
pusiese en esto remedio, pues de otra manera era dejarlos esclavos.
El rey Jorge quería deslindar
algunas dependencias con el Emperador antes de entrar en el Congreso, para
estar más libre, como decía, a hacer justicia. La corte de Viena
las quería tener indecisas, para tener dependiente al rey de Inglaterra,
y estas políticas dilataban la paz. La Francia no tenía
interés en diferirla, pero no la apresuraba porque el Regente no
podía perfeccionar sus ideas.
Sólo el rey de España
instaba para la conclusión de la paz, porque, de su parte, había
ejecutado cuanto había ofrecido; pero creían era todo
afectación, porque estaban los españoles formando un grande
armamento en Cádiz y las costas de Andalucía, adonde mandó
el Rey Católico pasar las tropas que tenía en España,
reemplazándolas de las que de Sicilia iban llegando.
Preveníanse naves bajo el mando
del jefe de escuadra don Carlos Grillo, que había sido declarado
teniente general, y galeras bajo el de don José de los Ríos, con
otros muchos barcos de transporte, y se conducían a Cádiz
cañones, armas, pertrechos y gran cantidad de víveres. Esto tuvo
en nueva expectación a la Europa. Era digno de admiración que sin
descansar un instante, no evacuado todavía el reino de Sicilia, entrase
el rey Felipe en nuevas ideas que dieron recelo a la Francia, Inglaterra y
Portugal. Y aquí se volvieron a desengañar otra vez de que el
genio del Rey Católico, tan inclinado a la guerra, no tenía
necesidad de quien se la aconsejase, si la juzgaba justa, y que no
pararía hasta recuperar lo que era suyo.
Con estos recelos, determinaron los
aliados no adelantar los pasos a la paz hasta que se viese el designio de los
españoles, porque la fama abultaba el armamento, aún, al parecer,
mayor que el que se hizo para Sicilia. Era entretenimiento oír delirar
los mejores políticos, y pretexto de precaución adelantarse los
temores a exceso indigno. Dudaban los ingleses de otra conspiración
contra el reino, hecha en Roma a impulsos del Pontífice, y más
estando ya próximo a tener sucesión el rey Jacobo Stuard, porque
estaba la Reina en cinta. Y no carecía Londres de alguna
confusión por las variedades de las acciones del Banco de Mardelstr, que
habiéndose aumentado a precio jamás visto, bajaron al más
ínfimo, con notable perjuicio de infinitos que habían perdido
allí sus caudales, engañados.
Había pasado el rey Jorge a
Hannover, para componer privadas diferencias con los príncipes de
Alemania y del Norte, y se creía dilataba con arte la vuelta de Londres,
hasta que cesase aquella confusión, y esperaba ver el paradero de las
armadas de España que estaban en movimiento. Despacharon varios correos
a Gibraltar y Mahón; reforzáronse las guarniciones y se
abastecieron las plazas. Esto lo dispuso la regencia de Londres, aún
ausente el Rey, porque sus enemigos esparcieron con artificio que se
entendía con el rey Felipe, y se dejaría perder a Gibraltar para
salir con aire de la palabra dada al regente de Francia.
El rey de Portugal, aunque asegurado del
ministro de España que no era contra sus Estados el nuevo armamento,
insensiblemente abasteció de todo lo necesario sus plazas fronteras, y
no ignoraba por menor el número de tropas, de las cuales poco antes
había pasado reseña. El duque Regente, que contra sí
tenía la Francia toda por lo aniquilado del comercio, el universal
retiro del dinero a las reales arcas y Banco, también admitió la
sospecha que pudiese la España otra vez intentar la sublevación
de la Francia, viéndola turbada, sin medios y abatida; y aunque don
Patricio Laules, que hacía los negocios del Rey Católico en
París se esforzaba a sosegar los recelos del Gobierno, se fingían
olvidados; pero permanecían en el corazón del duque que, ya
empeñado en su despotismo, hacía las mayores demostraciones para
que no le creyesen temeroso.
Desterró a todo el Parlamento de
París a Pontuiso; quitó muchos empleos, y haciendo acercar tropas
a la corte, se mantenía en su dictamen, más apoyado de las armas
que de la razón, porque quería obligar al Parlamento a firmar un
nuevo edicto que sobre la bula
Unigenitus se había hecho,
después de tantos rumores que costó aquella pontificia
constitución, mal admitida de los franceses y rechazada de los
más como vulnerativa de los privilegios de la Iglesia galicana, o porque
vivía aquel disfrazado jansenismo que no pudo apagar el vigilante celo
de Luis XIV.
Viendo estos recelos de la Europa el Rey
Católico, que turbaban la paz general, estuvo precisado a declarar, con
un papel del marqués de Grimaldo al ministro de Inglaterra que
residía en Madrid, que no se movían aquellas armas contra su
Soberano ni príncipe alguno de los de la Cuádruple Alianza. Ni
esto quitó la aprensión, y no se adelantaba la paz ni se
nombraban plenipotenciarios, aunque el Rey Católico había ya
nombrado a don Francisco de Benavides, conde de San Esteban del Puerto, y al
marqués Berreti.
Después nombró el
Emperador al conde de Vium Disgratz y al barón de Penteriter; el
Cristianísimo, al señor de S. Conster y al señor de
Morville; la Inglaterra, a milord Certeced y milord Pobort, sin que ninguno de
los plenipotenciarios de los demás príncipes se moviesen.
Llegaron a las cercanías de Cambray los del Rey Católico, para
desengañar al mundo cuán de buena fe trataba la paz, aunque
veían prevenía sus armas para nueva expedición.
Haberse unido las cortes de Roma y
España contra el cardenal Alberoni de ellas la buena inteligencia, a que
cooperaba no poco el duque de Parma, que dando el Pontífice esperanzas
de mejor ajuste, se resolvió a enviar a España nuncio al
arzobispo de Rodas, monseñor Aldrobandini, llamándole de la
nunciatura de Venecia. Este era florentín, y muy afecto a la Casa de
Parma, con la cual familia Aldrobandini, ilustre en Toscana, había
tenido antigua inclusión. No se había la España olvidado
del cardenal Alberoni ni de la desatención de que cargaban a los
genoveses, contra los cuales clamaba a España el Pontífice de que
había quedado desairado, por tomar el empeño del Rey contra
Alberoni. El Gobierno de Génova creía haber cumplido con ambos
príncipes con quererles enviar el ministro, que no admitieron, y aunque
habían hecho muchas diligencias para que el rey Felipe dejase entrar en
sus reinos a Francisco María Balbi, viendo la constante repugnancia del
Rey se aquietaron, creyendo haber hecho cuanto cabía en lo posible,
porque para componerse con la España se valieron del duque de Parma,
enviando privadamente a Plasencia a Juan Bautista Morando, que, aunque no
trató inmediatamente con el Duque, por medio del conde Ignacio Roca, muy
favorecido del Duque, tuvo poco favorable respuesta, porque se excusó
éste de entrar en interposiciones con el rey de España,
justamente indignado contra el Gobierno con la dilación de siete
meses.
Creyeron muchos ya apagada esta
centella; pero el Rey Católico ordenó a su ministro de
Génova hiciese, en los términos más fuertes, nueva
instancia para que le diesen los genoveses satisfacción de la libertad
concedida a Alberoni, y la diesen también al Sumo Pontífice, sin
la cual no admitiría el Rey alguna. Esta instancia, para parecer
más expresiva, la hizo el ministro por escrito, con términos muy
aprovechados del Pontífice, y resultó que luego los genoveses
hicieron pasar a Roma ministro extraordinario con carácter de enviado a
Constantin Balbi, exponiéndose a que no fuese admitido. Esto vendieron
por obsequio al Rey Católico, y que se le había dado
carácter, porque el primero que quisieron enviar había de ir sin
él. Al Rey respondieron con palabras de mayor veneración, pero
sólo palabras porque nada resolvieron; repetían las ya muchas
veces oídas excusas, y volvieron a pedir fuese admitido (para
sincerarse) el nombrado ministro a la España.
Con esto, y con haber determinado tentar
otra vez la interposición del duque de Parma, imaginaron no tener
más que hacer. Alberoni, desde su retiro, nada ignoraba; volvió a
escribir al cardenal Pauluci, sin declarar el lugar, quejándose le
trataban como al más vil y facineroso reo, y que ni le era lícito
publicar dónde estaba, porque se le insidiaba la vida, y que el duque de
Parma hacía las más exactas diligencias para prenderle y
entregarle, por lo cual suponía habían pasado a conferir con el
duque algunos oficiales del rey Felipe desde Longón. Creía el
cardenal que el confesor del Rey avivaba esta llama, y era aprensión,
porque la modestia y rectitud del padre Daubanton no era capaz de venganza,
aunque inspirase en el Rey las más justas reflexiones. Cierto es que se
adelantó su autoridad de género que creían los
españoles que tenían la mayor parte en el gobierno los jesuitas,
y se atribuyó al confesor la resolución de enviar tropas a
África.
* * *
Estaba Ceuta veintiséis
años había sitiada de tropas del Rey de Marruecos, y aunque la
impericia de los moros no nada había adelantado contra la plaza,
habiendo ya pasado a servir a los infieles algunos franceses, hugonotes,
ingenieros y oficiales, fortificaron de género las trincheras y los
aproches, que estaba más apretada la plaza y más imposibilitada
de hacer ventajosas surtidas. Su ejército se componía de
más de veinte mil hombres, aguerridos con la escuela de sitio tan
dilatado, aunque pocas funciones habían tenido en los veintiséis
años, pues a fuerza de minas los hacían volar y apartar de los
españoles.
Con la última conducta de tropas
de Sicilia llegó el marqués de Lede a Barcelona, y
llamándole luego a la corte, fue creado Grande de España de
segunda clase. Se le aprobó con esto cuanto en Sicilia había
hecho, y más con haberle nombrado capitán general para la
expedición de África, para la cual se juntaban tropas en
Málaga, Cádiz y Tarifa; pero ningún cuerpo de los que de
Sicilia habían venido, para dejarlos descansar, y ejercitar los que en
España habían quedado.
Muchos de los oficiales generales fueron
nombrados también a esta empresa, porque eran de la satisfacción
de Lede. Habíase justificado de algunas imposturas y calumnias don
José Patiño, y llamado a la corte, se le reintegró en la
Intendencia General de Marina, limitándole a este empleo la autoridad; y
viendo lentas las prevenciones para la expedición, que ninguno la
tenía mejor que Patiño, se le ordenó pasase a
Cádiz. Con esto se pudo poner en varias conductas a la vela el
ejército, embarcado en distintos parajes a últimos de octubre, y
escoltado de la escuadra de naves que mandaba don Carlos Grillo, de las galeras
del cargo de don José de los Ríos, y de otras tres naves de la
religión de San Juan, a las cuales pidió el Rey le sirviesen en
este paraje hasta el desembarco, como lo ejecutaron, dándoles el Rey
provisiones por el tiempo que se podían entretener.
Estaba Ceuta sitiada desde el año
de 1694 que la embistió el bajá Alí Beneb Dalat con
cuarenta mil moros; este sitio le hacía el marrueco no sólo para
quitarse el embarazo de aquella plaza, pero para entretener y entregar al
peligro algunos moros mal afectos y parciales de su hijo, con quien
había tenido guerras civiles. Aquel campo le destinaba más para
suplicio que para teatro de gloria, porque nada adelantaron los sitiadores en
veintiséis años, en cuyo espacio de tiempo habían muerto
más de cien mil moros.
Como era la idea del rey de Marruecos no
sólo militar, sino política, resolvió no dejar la empresa,
y tanto se fortificaron en ella los sitiadores, que a las faldas del monte que
llaman Bullones fabricaron casas para los principales jefes, a
proporción de su grado, y plantando el campo tras de las trincheras, en
una lengua de tierra bañada de una y otra parte de las aguas del mar,
habían plantado huertas y sembraban en los vecinos campos cuanto
cubría su cañón y su ejército, de forma que
habían hecho una población acomodada para el sitio tan dilatado;
las trincheras estaban con su foso y reductos, y fabricada parte de ellas de
las ruinas de la antigua Ceuta, muy extendida en su izquierda al mar, y la
derecha, al monte.
Ocupaban la lengua de tierra de mar a
mar, donde habían tirado cuatro paralelas con comunicación de una
a otra en lo más angosto, frente de la plaza, porque era la lengua el
paso para tierra. Adentro tenían piezas de cañón, y
más era una fortificación contra Ceuta para embarazar las
salidas, que verdadero sitio, porque nunca habían batido en brecha. Por
el mar la entraban a la plaza continuos socorros de gente, municiones y
víveres. Esto costaba mucho al Rey Católico, y determiné
hacer levantar el sitio, observando después las disposiciones del
país, para meditar los progresos que se debían hacer o retirar
las tropas. A 14 de noviembre estaban ya todas desembarcadas en Ceuta, con
algunos días de descanso; esta noche se mandó a don José
de los Ríos hiciese fuego por la mañana sobre la siniestra de los
moros y por sus espaldas, fingiendo con lanchas un desembarco para
distraerlos.
Había mandado el marqués
de Lede hacer algunas bocas en el camino encubierto para que por ellas y las
puertas pudiese a un tiempo salir el ejército hasta los ataques del
enemigo, dividiendo las tropas en varias partes. El día 15, al amanecer,
salieron éstas en cuatro columnas de a seis y siete batallones cada una,
uniéndose a los que estaban en la plaza, porque las que de España
habían pasado nuevamente no excedían de dieciséis mil
hombres; precedían los granaderos y muchos gastadores, para arruinar las
trincheras, porque prontamente pudiese la infantería penetrar al campo
enemigo, el cual estaba de sus mismas trincheras cubierto, sin que se pudiese
por otra parte atacir, porque éstas ocupaban ambas orillas del mar; cada
columna tenía un cuerpo de caballería por retaguardia a la
derecha.
Con un tiro de cañón se
dio la señal, y empezó a disparar don José de los
Ríos, ejecutando con acierto lo que se le había mandado. Esto
desordenó los moros, acometidos con tanto ímpetu de los
españoles en sus atrincheramientos, que fueron puestos en la mayor
confusión; defendiéronse poco, cargando sobre ellos tanta gente,
y de paralela en paralela se retiraron hasta unirse a su campo, donde
había hasta unos veinte mil hombres.
Vencidas y penetradas las trincheras, se
puso de la otra parte en batalla el ejército español cuanto
permitía la estrechez del lugar. También la frente del campo
estaba fuerte con fosos y cortaduras; pero los españoles las fueron a
poco venciendo, y de altura en altura hacían retroceder a los moros, que
se resistían y peleaban con bravura, sostenidos de dos mil negros de la
guardia del rey de Marruecos, que llevaron el peso de la batalla, y
hacían frente mientras se retiraban los muertos y heridos; y por esta
razón no se pudo saber a punto fijo su número.
Duró la acción cuatro
horas, hasta que se pusieron los infieles en precipitada fuga, parte por el
camino que va a Tetuán, y otros por el de Tánger, donde
tenían otro pequeño campo de caballería, del cual se
tomaron las tiendas. Lo escabroso del terreno no permitió cortar a los
que huían, y así se quedó el ejército en aquel
campo, donde halló veintinueve piezas de cañón, cuatro
morteros, mucha cantidad de víveres y municiones y se tomaron cuatro
estandartes y una bandera. Del ejército español quedaron muertos
algunos oficiales y más de cien hombres; doble número hubo de
heridos, entre los cuales, gravemente en la cara, el caballero de Lede, y en un
lado, el mariscal don Carlos de Arizaga. Algunos oficiales y soldados moros
quedaron prisioneros; los muertos que se hallaron en el campo no llegaban a
quinientos; se demolieron luego sus fuertes y atrincheramientos, y se
logró hacer levantar un sitio tan prolijo y molesto.
El Rey Católico presentó
en persona tres estandartes a la Virgen de Atocha; uno envió con expreso
al Pontífice, y le escribió una carta muy obsequiosa y reverente.
Los ingleses empezaron luego a tener recelos por su comercio, si se apoderaba
el Rey Católico de las costas de África en el Estrecho, y ya
discurrían el modo cómo atajar las ideas del rey Felipe, si acaso
tenía otra más que libertar la plaza, no siendo ni habiendo sido
en todos tiempos menos perjudiciales a las conquistas de la Iglesia los herejes
que los gentiles y mahometanos.
En este año se encendió un
ejecutivo y rigoroso contagio en la Provenza; empezó por Marsella,
adonde trajo mercaderías infectas una nave francesa que venía de
Esmirna y Alejandría; cogió aquella ciudad extenuada, sin
víveres ni dinero, y la pobreza ayudó al estrago, porque murieron
más de sesenta mil personas; se extendió después a Aix y
otros lugares, hasta veinte y seis poblaciones. Enviáronse tropas a
guardar el Ródano, y el duque de Saboya hizo lo propio en el Varo. Antes
de fenecer este año pasaban los muertos de cien mil.
  Año de 1721
Después de la accesión del
Rey Católico a la Cuádruple Alianza y evacuación de
Sicilia y Cerdeña, nada parece que faltaba a la paz, porque no
había guerra; pero estaba aquélla muy lejos, pendientes
aún muchas diferencias no sólo entre el Emperador y el Rey
Católico, sino entre éste y la Inglaterra, y aun con la Francia,
que dilataba entregar las plazas de Fuenterrabía y San Sebastián,
de las cuales no se había hecho mención alguna en los
últimos tratados, pretendiendo tres potencias grandes a porfía
destruir la España, con máscara de la pública utilidad.
Todos iban a perficionar sus ideas antes de la paz, y conociéndose
necesarios para ella, y aun garantes, en cuanto recíprocamente se
habían de ofrecer al Emperador y el rey Felipe, la Francia y la
Inglaterra no querían soltar la usurpada tijera de la mano, porque sobre
darles mayor autoridad, esperaban algún útil de la
dilación.
El rey de Inglaterra no había
aún conseguido las investiduras del ducado de Bremen y Werden en la
forma que les deseaba, y el Emperador le hacía penar, para tenerle asido
a su favor en las controversias que sabía se habían de suscitar
cuando diese la Toscana al infante de Castilla don Carlos, según lo
estipulado; con que deseando estos dos príncipes, el Emperador y el
inglés, fenecer cada uno antes sus dependencias, ninguna se
concluía, y con pelillos y reparos insustanciales se dilataban las
recíprocas renuncias de Emperador a la España y del Rey
Católico a lo que el Emperador poseía en la Italia y Flandes;
porque este negocio se trataba en Londres con los ministros de las potencias
interesadas, y había el rey de España a este efecto enviado a
aquella corte, sin carácter, pero con credenciales, al teniente general
don Jacinto Pozo Bueno, gobernador de Pamplona.
El duque de Orleáns regente de la
Francia, que se gobernaba por los dictámenes del abad Dubois,
generalmente adverso a la España, no perdiendo de vista sus antiguas
ideas y expectativa a la Corona de Francia si muriese Luis XV, no quería
descontentar al Emperador, y estaba tan de acuerdo con la Inglaterra, que se
tenían mutuamente ofrecido dilatar el Congreso cuanto a cada uno de
ellos conviniese; y más, que el duque, viendo tan favorable oportunidad
de casar bien sus hijas, las princesas de Montpensier y Baujolais, había
muy de lejos, por el padre Daubanton, confesor del rey de España,
escudriñado si tendría buen éxito su proposición,
queriendo dar una al príncipe de Asturias y otra al infante don Carlos,
y que, en trueque, tomaría para el rey de Francia la infanta de
España.
Esta idea, muy a sus principios, fue con
gran secreto comunicada al marqués de Grimaldo, secretario del Despacho
Universal de Estado, y ministro de la mayor confianza del Rey. Hacía
negocio, con el misterio de secreto, el duque de Orleáns; y queriendo
exagerar conveniente el tratado para la España, fingía recelos
que le turbarían la Inglaterra y el Emperador si lo penetraban; y
mientras las respuestas no venían decisivas, ni entregaba las plazas que
de la España tenía, ni enviaba sus plenipotenciarios al Congreso,
aun habiendo más de seis meses llegado a las vecindades de Cambray el
conde de San Esteban y el marqués Berreti, plenipotenciario del Rey
Católico, que tenían sonrojo de estar en Cambray solos, debiendo
acudir antes a recibirlos los de Francia, por celebrarse el Congreso en su
reino; y aunque se disponía a partir el señor de S. Conster,
nunca llegaba este caso, y estaban muy remotos del viaje los de Inglaterra y
Alemania.
El pretexto de la dilación era
que todavía no se habían recíprocamente entregado los
actos de las mencionadas renuncias, que era el fundamento de la paz, y de usar
en el Congreso los títulos y dictados que a cada uno de los
príncipes pertenecían, porque el Emperador no quería
soltar el de Católico, con pretexto que poseía parte de la
Monarquía de España, y había ya reconocido Rey de ella al
rey Felipe (que así le llamaban los imperiales por no decir
Católico). Tenaces sutilezas del amor propio y de la soberanía,
porque no creían los príncipes que los títulos y dictados
dan derecho más del que pueden dar las armas, sino porque los lisonjea
tan prolija pompa de voces que les abulta la majestad; común delirio de
los mortales que, no satisfechos de ser mucho, quieren ser lo que no son.
No descuidaban en Inglaterra y
París de imponer en lo que les importaba al duque de Parma, porque
influyese en lo que proponían, y le ofrecieron firme patrocinio contra
las violencias que usaba el Emperador en Italia, y el gobierno de Milán
en los Estados del Duque sobre los límites del Po, y paso de tropas a la
Lunegiana y Masa, que presidiaba el Emperador con gran cuidado. El duque de
Parma, hombre prudentísimo, fingía, abstracción de la
España y de su Gobierno, aunque influyese en la Reina lo que
convenía para su quietud, y que el principal objeto había de ser
sólo perficionar la obra de asegurar la Toscana para su hijo
primogénito. A vueltas de esto, algo se quería introducir fuera
de su oficio el marqués Anníbal Scotti; y aunque ya había
en el Palacio muchos parmesanos, el Gobierno permaneció, después
de echado Alberoni, sólo en el Rey.
Enviábanse algunas particulares
consultas al presidente de Castilla, don Luis de Mirabal, y al comisario
general de la Cruzada, don Francisco Antonio Ramírez de la Piscina; pero
lo más esencial pasaba por el padre Guillermo Daubanton y el
marqués de Grimaldo, y más después que había
caído de la gracia y del empleo don Miguel Fernández
Durán, marqués de Tolosa, el cual, por la inclusión que
tenía con la casa de don Juan Prieto, con cuya hermana, viuda del
marqués de Gallegos, había casado Tolosa, se juzgó
interesado en el asiento de víveres para el ejército de
África, donde, por ser de mala calidad, habían perecido
más de cuatro mil soldados, y al retirarse las tropas se llenaron de
enfermos todos los hospitales de Andalucía, de género que se
temió alguna infección. Tomó el Rey rigurosa cuenta de los
autores de esta desgracia, y las casas de Prieto y Gallegos padecieron una
multa considerable; otros oficiales e intendentes pasaron por riguroso examen;
se formó el proceso y se quitaron muchos empleos.
No era reo de esta maldad el
marqués de Tolosa, pero se le probó entraba en el asiento como
partícipe, cosa muy opuesta a su ministerio de secretario del Despacho
Universal de Guerra y Marina, cuyos empleos confirieron: el de Guerra a don
Baltasar Patiño, marqués de Castelar, hombre en esta materia
inteligentísimo, y el de Marina a don Andrés Pez, presidente de
Indias. Poco después murió Tolosa de pesadumbre, o de
tósigo, como dijeron muchos.
El Rey había defendido mucho al
marqués de Tolosa en tiempo de Alberoni, y esto le confirmó en
una natural desconfianza, habiendo padecido tantos engaños. Retardaba,
escrupulizando, el despacho, y manteniéndose casi siempre fuera de
Madrid; no faltaban quejosos, ni en el aula celos del mundo, porque Grimaldo no
dejó tomar pie en la gracia y entera confianza del Rey a Castelar, aun
con el apoyo de la Reina, porque verdaderamente el ánimo del Rey era a
Grimaldo, propenso por su blandura, sinceridad e indiferencia, estudiando no
apoyar su dictamen en las consultas que subía al Despacho, sino muy
instado del Rey, y aun mandado, diciendo que siempre el dictamen del Rey
había visto ser el más acertado y prudente.
Este desinterés y demudez de
afectos aprobaba el Rey, y por oírle de oficio y que diese su parecer,
le creó consejero de Estado con retención de la secretaría
que administraba. Esto explicó el favor sobre los demás
secretarios, y cesó en parte la política guerra, no
pareciéndoles a los envidiosos oportuna. El mantenerse en la
aceptación del Rey el padre Daubanton y el marqués de Grimaldo
ponían siempre de peor calidad la fortuna del cardenal Alberoni, que
aún vivía como sepultado en unas casas de campo de los feudos
imperiales puestos entre el Estado de Milán y el de Génova. No le
faltaban ocultos protectores, y no ignoraba la corte de Viena dónde se
hallaba, pero se daba por desentendida, sabiendo que el Rey Católico y
el Papa deseaban mucho haberle a las manos, y esto le hacía recelar que
les importaba, y así le toleró en aquellos feudos, aun no siendo
Alberoni acepto al Emperador.
El pontífice Clemente XI
conservaba tan tenazmente su indignación, que quería quitarle el
capelo; pero los cargos que se le fulminaban en España no eran bastantes
para tan ruidoso castigo; se le pretendía probar que había
subrepticiamente y con engaño como arrancado el capelo de manos de Su
Santidad; pero esta prueba era sumamente difícil, porque habían
precedido empeños del Rey y la Reina, y es cierto que destinaba contra
el turco las fuerzas que contra Cerdeña se emplearon, a no haber el
Emperador, con la intempestiva prisión de don José Molines,
provocado al rey Felipe a la guerra.
Querían hacerle cargo de que
había enviado ministros a la Puerta Otomana, y suponían que el
coronel Boisiniene, francés, a quien envió a Ragotzi; y habiendo
éste a la vuelta pasado por Génova, el marqués de San
Felipe, ministro de España, por haber sus papeles y su persona, con
agasajo y dinero le persuadió que fuese a Madrid, e hizo que se le
juntase por camarada un oficial del Rey para que no le perdiese de vista; pero
los papeles de Boisiniene no contenían más que el despacho de
enviado a Ragotzi y una instrucción muy regular ofreciendo a aquel
príncipe dinero para ayudar a recobrar la Transilvania de manos del
Emperador, y alentar los rebeldes de Hungría; lícitos ardides de
la guerra, o los ha hecho lícitos el ser en todo comunes, porque todos
los practican, aunque fuese indiscretamente a favor del turco; y por Alberoni
se traía ejemplo de haber mandado Gregorio IX a los templarios,
caballeros hierosolimitanos y prelados de Oriente no obedeciesen al emperador
Ferdinando III cuando pasó a la conquista de Jerusalén, porque
estaba el Pontífice mal con el Emperador, le había excomulgado y
movido guerra en la Pulla, mientras estaba empleado en la Suria contra
Saladino, distrayéndole de obra tan santa aún después de
haber recobrado el Santo Sepulcro.
Así tratan a veces los
príncipes sus intereses de Estado, posponiendo a todo; con que ni el Rey
Católico ni Alberoni faltaban a la religión, como querían
suponer en Roma, por haber enviado un ministro al príncipe Ragotzi,
católico, que es lo que se le respondió a un manifiesto que
sacó el Emperador sobre este asunto. Y por lo que mira al Papa,
oí asegurar a Boisiniene haber estado primero en Roma y dado noticia a
Su Santidad de la comisión que llevaba al príncipe Ragotzi para
divertir las armas del Emperador. De qué sentir fuese el Papa no lo
podemos decir; lo cierto es que no querían al alemán en Italia,
porque dicen de su caballo que se parece al del turco, que no nace hierba donde
pisa. Ninguna de estas ideas produjo más efecto que formar aparente
causa a Alberoni, que la juzgó insustancial la Junta de Cardenales
deputada a este efecto; pero no se atrevían a absolverle porque estaban
contra él empeñados el Rey y el Pontífice, y con mucho
disimulo el duque de Orleáns, que nunca le perdonó el insolente
trato que contra él había usado cuando mandaba la
España.
* * *
Entre sus mayores persecuciones y desde
sus ocultos retiros, volvió Alberoni a salir a la luz del mundo cuando
menos lo esperaba, porque a 19 de marzo murió el Sumo Pontífice
Clemente XI, habiendo gobernado la Silla Apostólica veinte años;
varón ajustado y ajeno de intereses, como lo manifiestan las cortas
riquezas que atesoró su casa, aún menores de las que se
creían. Su carácter de flojo e inconstante se descubrió en
los graves negocios que en su pontificado se le ofrecieron, combatido del poder
de la Casa de Borbón y la de Austria, nunca resistido al último
con quien hablaba, porque no lo persuadía tanto la razón ajena
como la flojedad propia; pero esta dejación se dudó sí era
natural o necesaria para mantenerse en tantas turbulencias con unos y con
otros. Sentía muy de veras el no poder concordar entre sí las
potencias católicas, y aún algunas veces le vieron explicar estos
sentimientos con lágrimas; y, con la precisión de haber de ceder
al que más podía, se vio algunas veces precisado también a
faltar a lo que había ofrecido, por no poderlo cumplir. Por todo esto se
le compuso aquel dístico:
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Promittis, promissa negas, deflesque
negata: |
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His tribus admissis, quis neget esse
Petrum? |
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Era hombre elocuente y peritísimo
en la lengua latina; tanto, que sus homilías y oraciones, que se dieron
después a la luz pública en dos tomos, no son inferiores
aún a las obras más elegantes y doctas que en semejantes asuntos
escribieron los Santos Padres. Algunos creyeron que había dado muchas
plumadas en su juventud a las elegantísimas y públicas
sátiras del Setano, autor incógnito, porque éste es nombre
supuesto. Lo personal venía bien con la dignidad que representaba, y
todas las demás prendas del ánimo con las inquietudes que
padeció la Europa en todo su Pontificado.
Al fin, con esta muerte se le
mudó a Alberoni todo el teatro; dudóse en el Sacro Colegio si se
había de convocar al cardenal Noalles y al dicho Alberoni; a
aquél le obstaba estar en desgracia de la Santa Sede, por no haber
admitido la bula
Unigenitus, contra la controversia de la
prohibición de los libros de Prete Besnel; a éste, el estar
procesado y fugitivo, y lo que es más, tan oculto que no se podía
presentar personalmente a la convocatoria.
Con poco contraste se resolvió a
favor de ambos. Los cardenales eran jueces y hacían causa propia, y
prudentemente habían de hacer alguna nulidad que diese ocasión a
la desgracia de un cisma. Convocóse a Noalles, y no acudió por su
vejez, como otros; la convocatoria de Alberoni, pasándola por manos del
cardenal Fiesco, arzobispo de Génova, se fijó en las puertas de
la catedral, y un tal abad Vielato, gentilhombre genovés, amigo de
Alberoni, le entregó la carta del Sacro Colegio, e indulto para que
asistiera al cónclave que empezaría el día 30 de marzo; y
duraría el indulto hasta diez días después de elegido el
nuevo Pontífice. Semejante citatoria se envió al obispo de
Briñano, para que se fijase en las puertas de la parroquia de Sestri, de
Levante, lugar de donde había Alberoni desaparecido; pero habiendo
recibido la que encaminó Vielato, el cardenal partió,
según se dijo, que no nos consta, de Castillón de la Estriberia,
en el Mantuano, y tomó para Roma caminos extraviados, porque
creía que el duque de Parma le tenía puesto gente emboscada para
prenderle. Esto le motivó ver que oficiales de Longón
frecuentaban a Plasencia, y el mismo gobernador de la plaza, don Diego
Manrique; siendo pública la voz que salió de ella, por ver si
podía prender a Alberoni, y había estado en Génova para
tomar lengua. En fin, su fortuna le dio salvo a Roma, y fue admitido en el
cónclave, donde algunos cardenales no le trataban, y otros, con mucho
desapego.
Había enviado embajador al Sacro
Colegio el Emperador al conde Kinschi, porque el cardenal Miguel Federico
Althan, que hacía los negocios del Imperio, estaba en el
cónclave. Lo propio sucedía al cardenal Aquaviva, que
hacía los de España; y así, mandó el Rey pasar de
Florencia a fray Salvador Ascanio, dominico, para que, asistiendo en la
secretaría del cardenal, cuidase de ello; pero como estaban a su cargo
los de Toscana, y el Gran Duque estaba gravemente abatido de su edad y sus
achaques, se mandó apresurar su viaje a Roma al agente de España
don Félix Cornejo, para que fray Salvador pudiese restituirse a
Florencia.
Los negociados del cónclave no
son de nuestro asunto, aunque entraban a la parte de la guerra contra
España, porque el Emperador, con sus parciales, quería se
eligiese al cardenal Francisco Pinateli, napolitano; pero no adherían
franceses y españoles, ni el escuadrón que llamaban de los
celantes, que hacían número mayor, aunque de España no
había llegado el cardenal Carlos de Borja, ni Luis de Belluga, por mucho
que el Rey Católico les mandó apresurar su viaje y dio crecida
ayuda de costa. De los franceses faltaron algunos, por embarazo de las
cuarentenas, porque todavía perseveraba el contagio de Provenza, y se
había extendido no sólo a Aix y Tolón, pero aún a
algunos lugares del Lenguado.
Embarazada todavía la Europa en
la indecisión de la paz, buscaban los celantes un neutral, y estaban ya
los más en el primer escrutinio por el cardenal Fabricio Paulachi, al
cual dio la exclusiva, en nombre del Emperador, su ministro el cardenal Althan,
que sorprendió a todos por no esperada, ni el cardenal tenía de
su Soberano esta orden ni lo hubiera hecho si viese que salía elegido
por los de la facción austríaca.
Se despachó a Viena, y de
allí se supo que aún al Emperador le cogió de nuevo, pero
sostuvo lo hecho por su ministro, porque pintó con tales colores el
hecho, que introduciendo ya desconfianza en el Emperador, confirmó la
exclusiva; medios que tomó Dios, porque quería sustituir a la
Silla de San Pedro al cardenal Miguel Ángel Conti, romano, que fue
elegido sin que hubiese pensado en serlo, y se adoró Sumo
Pontífice a 8 de mayo, concurriendo todas las facciones, porque
pareció sumamente neutral y varón de conocida bondad, de una
familia ilustrísima, y que cuenta en ella no sólo muchos capelos,
pero tiaras.
Había sido nuncio en Portugal, de
donde sacó la púrpura, y no había por dónde
príncipe alguno desconfiase de su neutralidad, y más, conocido su
genio apacible y ajustado, y lo que le impedía el trabajar, que eran sus
grandes y habituales enfermedades, que era lo que más estimaban los
cardenales, porque se mantenía la esperanza en los que aspiraban al
Pontificado, y mandarían más absolutos los que serían
elegidos a los primeros empleos.
El cardenal Alberoni mejoró su
fortuna, porque el nuevo Pontífice le permitió viviese en Roma
como retirado, pero no le dio capelo, porque los cargos estaban pendientes, y
había llegado poco después a aquella corte el cardenal Belluga,
que tenía orden del Rey Católico para que instase que se hiciese
justicia sobre ellos, y no gracia. Belluga, hombre de vida austera y religioso,
y sumamente celante, cargaba sobre las costumbres de Alberoni, fundado en lo
que se le imputaba en ellas de poco conforme al sacerdocio y a la dignidad de
la púrpura; pero los romanos no hacían cargo de esto. No me
atrevo a decir que estas acusaciones fuesen verdaderas, pero como tales las
tenía el rey de España y el cardenal Belluga, que de otra manera,
con conciencias tan delicadas, no insistieran en su castigo, ni el despreciar
estos cargos en Roma suena desprecio a las virtudes, sino no juzgarlos
bastantes, aun siendo ciertos, a quitar un capelo.
También tuvo el venturoso
accidente que fuese elegido secretario de Estado el cardenal Jorge
Spínola, genovés, hombre sumamente político y avisado, no
enemigo de Alberoni -porque los genoveses, menos el cardenal imperial, no lo
eran-, y así se fue difiriendo el negocio hasta que se aplacase el
ánimo del Rey Católico, que era lo que deseaba el
Pontífice, y había para esto interpuesto los oficios del mismo
cardenal Belluga, que no admitió, desde luego, el encargo, porque
sabía cuánta indignación perseveraba en la corte de
España contra Alberoni.
Los genoveses, que pretendían no
deber dar ya más satisfacción al Pontífice por haber
faltado el que se dio por ofendido, meditaban retirar a Constantin Balbi de
Roma, que aún no había logrado audiencia del pasado ni del nuevo
Pontífice; pero el ministro de España, que residía en
Génova, instó que su amo quería se satisfaciese a Su
Santidad, porque el Pontífice siempre era el mismo, aunque se mudasen
sujetos. Con esto pretendía obligar al Pontífice a que
contemplase al Rey en lo de Alberoni y que caminasen de acuerdo, y más
no habiéndose admitido a audiencia alguna al enviado de la
República, Francisco María Balbi, que ya había pasado a
España con permisión del Rey, insinuada por el marqués de
San Felipe al gobernador. Las palabras eran oscuras, porque dijo significase al
Gobierno podía enviar a Balbi a España, que sería
admitido. Antes de saber esto nombraron a Hipólito Mari para que pasase
a Plasencia a implorar el favor del duque de Parma, a efecto de ser Balbi
admitido; después no le hubieran enviado, a no haber el marqués
puesto por condición de ir su ministro a España, el ir Mari a
Plasencia y permanecer Balbi en Roma, porque quería el Rey no
sólo su satisfacción, pero la del Pontífice.
Esto mismo decía el cardenal
Aquaviva en Roma, todo lo cual sirvió para entretener la causa de
Alberoni; pero no para no dar audiencia a Constantin Balbi, como la corte de
España quería, hasta que el Rey la diese al ministro de
Génova.
El cardenal Spínola, secretario
de Estado, como buen genovés dispuso que diese Su Santidad audiencia a
Balbi, sin esperar consentimiento de la corte de Madrid, que no lo llevó
bien, pero disimuló, porque aún estaba pendiente el negocio
principal, que era el capelo de Alberoni. Hizo Balbi una oración a Su
Santidad, llena de especiosas y sumisas palabras, pero nada más, porque
los puntos que quedaron pendientes y dilatados no tuvieron más ajuste,
menos el hacerse absolver el dux Ambrosio Imperial en secreto, y los senadores
que habían entrado en el monasterio de San Felipe, que llaman el Nuevo.
De lo de Bonin no se trató más, ni de lo que los romanos
habían propuesto de pagar los réditos que tenían los
genoveses en el Banco del Santo Espíritu, en trigo, para que tuviese
éxito el del Estado pontificio.
Con todo esto, el Rey Católico no
daba audiencia a Francisco María Balbi, pretendiendo de los genoveses
positiva satisfacción, sin explicar cuál fuese. Estos
habían enviado ya al duque de Parma a Hipólito de Mari, para que
interpusiese aún oficios con el Rey para que fuese Balbi bien admitido;
pero más exasperaron el ánimo del Duque que le inclinaron a
favorecerles, porque no se detuvo Mari más que dos días en
Plasencia, y parecía un mero cumplimiento, y sin necesidad, porque
creían que Balbi sería luego admitido.
El Duque quedó casi ofendido de
esta seca manera de pedir, y como por complacer el ministro de Génova,
marqués de San Felipe; en fin, fuesen influjos del Duque o que Balbi no
quería hablar al Rey en la forma satisfactoria que se le había
prescrito por papel del marqués de Grimaldo, se dilataba la audiencia
con gran sentimiento de los genoveses, que se creían engañados o
del Rey o del marqués de San Felipe, porque decían no
debía ser admitido en España si no lo había de ser a la
audiencia del Rey.
Así pasó todo este
año, sin que la consiguiese ni se atreviesen los genoveses a hacerle
volver sin ella. Cuantos medios aplicaron fueron en vano; ni el duque de
Orleáns se quiso meter en esto, ocupado en exigir de la España lo
que más le convenía, y dilatando enviar sus plenipotenciarios al
Congreso hasta que lo consiguiese. Mostraba empeño de que los ingleses
restituyesen a Gibraltar, pero el Parlamento se oponía; ni el rey Jorge
confesaba que había dado palabra de esto, porque la interna
disensión de los partidos no estaba extinta, antes clamaban agriamente
contra muchos del Gobierno, que habían dejado quebrar el Banco de las
acciones de Indias, subiéndolas a inmoderada ganancia, de lo que
resultó perderse los caudales, bajando de golpe a nada, en lo que
culpaban a muchos que con la autoridad del mando se habían
aprovechado.
El Rey inquirió contra ellos;
huyó el tesorero del Banco a Flandes, y estaban con suma
agitación los ánimos, y no dejaba de dar fomento al recelo de la
corte haber en Roma la princesa Sobieski, mujer del rey Jacobo, parido un
príncipe, y aún corría voz que le habían enviado
gruesos donativos desde la Inglaterra los de su partido; pero esto no nos
consta, ni del regalo hecho en esta acción por manos del cardenal
Aquaviva a la Reina (que así la llamaban en Roma), de lo cual se
dolían mucho los ministros ingleses en Italia, pero jamás
supieron la verdad, aunque como tal trataba sus sospechas el señor de
Abenante, ministro británico en Génova, hombre impetuoso y que
daba a las materias mucho cuerpo, y como era generalmente austríaco,
procuraba fomentar la discordia entre la España y la Inglaterra.
Estaba allá ésta
compuesta, y se ratificó el asiento de los negros, y la Inglaterra
mandó restituir a España cuantos navíos se apresaron en la
función de Sicilia, en los mares de Siracusa. También
restituyó la España los que tenía, de represalia,
mercantiles, y en esto fue a perder mucho, porque los navíos
españoles estaban ya todos podridos en Mahón, y el mejor y
más nuevo, que era San Felipe, se había accidentalmente quemado
en el mismo puerto. De otros habían vendido las jarcias y
gúmenas, y hubo poco o nada que restituir, pero todo lo pasó el
Rey Católico por ver el fin de este negocio de Toscana, que
únicamente ocupaba la corte; y conociendo los demás
príncipes, lo dilataban hasta componerse a su modo; con todo, se
hicieron las renuncias entre el Emperador y el Rey Católico, y se
ratificaron, cambiando las ratificaciones en Londres, siendo aquella corte
más árbitra que medianera.
De esto dependía todo el mal de
la España, porque no lo permitían los intereses del rey Jorge,
como duque de Hannover, disminuirle del Emperador ni enconarle, y así
por los suyos y las investiduras que pedía de Bremen y Werden,
sacrificaba las que se habían de haber ya dado de la Toscana al infante
don Carlos, según los tratados de la Cuádruple Alianza. El
Emperador no las negaba, pero no las concedía; antes admitía con
gusto las quejas de Cosme III, gran duque de Toscana, que se dispusiese de sus
Estados sin su noticia, y las de la viuda palatina Ana María Luisa, que
no se la dejaba el gobierno de ellos si sobreviviese al príncipe Juan
Gastón, único hijo del Gran Duque, hombre más maltratado
de sus desórdenes que de su edad.
Estimaba el Emperador cualquier
repugnancia que mostrasen los toscanos de estas disposiciones de
sucesión, y las fomentaba, porque, arrepentido de lo que ofreció,
buscaba pretextos para no cumplirlo, y los ministros españoles que en su
Consejo de Italia tenía, le aconsejaban esto, temiendo que el ver otra
vez españoles en Italia fuese crisis fatal para el dominio del Emperador
en ella.
Los consejeros alemanes insistían
en que se cumpliese lo estipulado con sus debidas precauciones, y deseaban la
paz para echar de Viena a los españoles, que, no ignorando esto, lo
dilataban, porque necesitase el Emperador de ellos, con cuyo consejo
regía los reinos que de la Monarquía de España
había tomado, ni les faltaba a estos ministros, principalmente al
arzobispo de Valencia y a los catalanes, animosidad contra el rey Felipe,
porque los que una vez han sido rebeldes jamás deponen el rencor contra
su Soberano, y adulaban verdaderamente al Emperador los que más
acérrimamente votaban contra el rey de España, cuyo nombre le era
odioso, porque le parecía que le quitaba una Corona que la tenían
los austríacos por suya, y como parte de ella temía el Emperador
en Italia el nombre sólo de españoles; en Toscana le era ingrato,
y hubiera estimado una declarada contradicción del Gran Duque y aun
testamento contrario a la disposición de la Cuádruple Alianza;
pero el gran duque Cosme era propenso a los españoles, y más
heredando un infante de la familia de Borbón, que no carecía de
derecho a sus Estados, por María de Médicis, mujer de Enrique IV.
No pensaba en hacer testamento, pero quería que el rey de España
desistiese de presidiar sus Estados, como acordado en el tratado de Londres, y
aún no perfecto por no haberse cumplido lo de las investiduras.
Dio gran sobresalto a la España
la grave y peligrosa enfermedad que padeció el Gran Duque, quedando
heredero el príncipe Juan Gastón, adversísimo a los
españoles, inclinado a los tudescos, aunque, con la flojedad de su
negligente genio, sólo aplicado a la ociosidad y a la entera
abstracción de negocios, y aun apartado de la sociedad civil.
Era naturalmente adverso al padre fray
Salvador Ascanio, que hacía los negocios de España, aun por la
misma razón que era acepto a su padre; y así, era menester,
muriendo éste, que tratase aquellas dependencias uno que le fuese a lo
menos indiferente. Por esto mandó el Rey Católico al
marqués de San Felipe, su ministro en Génova, que luego pasase a
Florencia si moría el Gran Duque, y se encargase de aquellos negocios,
que eran los que merecían entonces toda la aplicación de la
corte, porque la Reina quería a toda costa hacer soberano a su hijo
primogénito.
No se dio el caso de pasar el
marqués, porque mejoró el Gran Duque, y hubo tiempo de proseguir
con quietud las negociaciones de las investiduras, de las cuales se trataba
lentamente; no con tanta lentitud las suyas el duque de Orleáns, porque
tenía ya ajustadas las bodas que meditó, restituidas las plazas
de San Sebastián y Fuenterrabía a la España, y lo que
había el marqués de Castel Rodrigo tomado en la Cerdeña a
la Francia.
Se publicó a un tiempo la boda de
Luis XV, rey de Francia, y María Ana de Borbón, infanta de
España. Tenía el Rey once años, y la infanta cuatro, y
pasó formalmente a pedirla a la corte de Madrid, en nombre del Rey
Cristianísimo, el duque de San Simón. Fue convenido
pasaría luego la infanta a París, para ser criada a aquella moda
y educada de las señoras francesas, que bajarían a la raya de
España a recibirla, hasta donde la acompañarían las
españolas; y se dio este encargo de conducirla hasta Irún al
marqués de Santa Cruz, donde se había de recibir la princesa de
Montpensier, Luisa Isabela de Orleáns, hija del duque, de edad de doce
años, ajustada ya de casar con Luis Fernando de Borbón,
príncipe de Asturias, que tenía catorce, la cual ya había
capitulado en París, habiendo por el príncipe y el Rey
Católico firmado las capitulaciones el duque de Osuna, embajador que era
extraordinario en París, y don Patricio Laules, teniente general de los
ejércitos del Rey, que hacía allá los negocios de
España, al cual, para este efecto, se le dio carácter de
embajador. Luego partió para España el duque de Osuna y la
princesa de Montpensier a 18 de noviembre. Los Reyes Católicos
acompañaron a su hija hasta Burgos, y allá aguardaron la nuera,
que venía servida de la familia que había de recibir la infanta
en la raya.
Parecieron al mundo intempestivos estos
matrimonios y hecho con ambiciosa arte del duque de Orleáns el del Rey,
a quien se le daba una mujer que no podía serlo hasta que pansen por lo
menos diez o doce años, y todo este tiempo, mantenía sus
esperanzas a la Corona; lograba casar su hija con el heredero de España
y fortificar relevante alianza en todo caso; atribuyóse esta idea al
abad Dubois, ya cardenal, pero se le hacía al duque injuria, cuyo
sutilísimo ingenio no perdonaba diligencia a su interés.
Creían muchos que aprendió el duque del cardenal, y era al
contrario; sólo se servía de él como mecánico
instrumento, apto y a propósito para sus ideas, porque para el fin no
despreciaba medio alguno el cardenal, el cual era ya arzobispo de Cambray y
primer ministro del Regente. Cierto es que por su mano se trataron estos
casamientos, porque era él quien se correspondía con el padre
Daubanton, que a poca persuasiva venció al Rey, amantísimo de su
familia, y quiso la Reina colocar en solio tan alto a su hija.
Los españoles sintieron mal del
casamiento del príncipe, tan anticipado a su edad, porque se enervaban
las fuerzas que la naturaleza necesitaba para el incremento y robustez, siendo
sumamente delicado de complexión. Por eso el Rey le tuvo separado de su
mujer con cuanta vigilancia era posible, y más que era también la
princesa delicada, y en tan tierna edad, incapaz de que se consumase el
matrimonio. Los críticos añadían a la queja que Francisca
María Borbón, madre de la princesa y mujer del duque de
Orleáns, era hija ilegítima del rey Luis XIV, y aunque legitimada
en el año de 1681, no quería en la Casa Real de España
esta nota la delicadez de los políticos, no habiendo necesidad; pero
juzgó el Rey Católico que la había, por atraer a sí
con nuevos vínculos el feroz descariñado ánimo del duque
de Orleáns, que le había sido no pocas veces enemigo, y
tenía en su poder todo el de la Francia y todas sus riquezas, hasta
ahora inútiles, porque no parecía nada de lo que en su interior
meditaba.
No ignoraba el Rey el descontento de los
españoles, que no habían tenido parte alguna en estos
casamientos; por lo menos no se juntó Consejo de Estado para ellos, ni
casi había consejeros que juntar, y para confundir las
melancólicas ponderaciones con bullicios y mercedes, se hicieron grandes
fiestas cuando entró la princesa de Asturias en Madrid, y se
formó la casa del príncipe, eligiendo el Rey para mayordomo mayor
al duque de Populi, que había sido su ayo; al conde de San Esteban del
Puerto, por caballerizo mayor, y al conde de Altamira, sumiller de corps, y se
le señalaron por gentilhombres de Cámara al duque de
Gandía, al marqués de los Balbases y al marqués del Surco,
que fue también su primer caballerizo. Mayordomos de semana fueron el
conde de Sasateli y el conde de Arenales. A la princesa se dio por camarera a
doña Luisa de Gante, viuda del duque de Montellano, y se la nombraron:
mayordomo mayor, al marqués de Valero, aunque estaba virrey en
Méjico; mayordomo de semana, al conde de Anguisola, placentino;
caballerizo mayor, al marqués de Castel Rodrigo; primer caballerizo, al
hijo del marqués de San Juan, que también fue mayordomo; damas, a
la duquesa de Liria, a la marquesa de Moya y a la marquesa de Torrecusa.
Señoras de honor, a doña N. Amézaga, a doña N.
Quadra. Así, entre júbilos y festejos en las dos cortes de
España y Francia, feneció este año.
  Año de 1722
Pocos materiales para los COMENTARIOS
dan los hechos de este año, muy conforme al pasado en la
indecisión de las cosas tratadas lentamente con arte, menos del Rey
Católico, por su realidad de ánimo y buena fe. Todas eran falsas
apariencias de paz y guerra; aquélla nadie la promovía, porque no
había dejado de dar recelos la complicación de los modos entre la
misma Casa de Borbón con los referidos casamientos, y el que se
prevenía de la princesa de Baujalois, cuarta hija del duque de
Orleáns, con el infante don Carlos, primer hijo del segundo
tálamo del Rey Católico. Tenía aquélla poco
más de seis años; el infante, siete, y parecía que tantos
intempestivos matrimonios encerraban gran misterio o más estrecha
alianza. De esto nació la voz de una liga entre Francia y España,
admitidos a ella la Holanda y el rey de Cerdeña, que juzgaron irritados
contra el Emperador; los holandeses, porque se había en Ostende formado
una compañía de Comercio para las Indias Orientales, con gran
perjuicio de la Holanda y contra la paz de Munster. Y el rey de Cerdeña
porque, después de tan largas esperanzas, dilatadas con arte de los
austríacos, se le negó para su hijo por esposa a la archiduquesa
María Amelia, segunda hija del emperador José, y se dio al
príncipe electoral de Baviera, Carlos Alberto, de lo que estaba
sumamente picado el rey de Cerdeña, y así casó a su hijo
Carlos Emmanuel, príncipe del Piamonte, con Ana Cristiana, hija del
palatino de Salusbachi, y celebró grandes fiestas.
Mas ni esta voz de la liga tenía
fundamento, ni el duque de Orleáns, cuyo único objeto era la
Corona de Francia, quería emplear las fuerzas del reino, ni tanto
atesorado dinero, por interés de un infante de España, aunque le
estimase. para su yerno; porque su idea tenía más altos fines,
para los cuales era menester tener amigos, no contrarios ni despechados, los
que le podían ayudar, contra el derecho de la Casa de España, a
coronarse rey de Francia si faltaba Luis XV, cuya delicada salud abultaba las
esperanzas del duque, que poseía al Rey y al reino con despotismo mal
tolerado de los franceses, aún amantes de las cenizas de Luis XIV; y
como estaba vecino el Rey a salir de la menor edad, con pretexto de instruirle
quería estar algunas horas solo con él, sin que asistiesen ni su
ayo, el mariscal de Villarroy, ni su maestro, el obispo de Fréjus.
Villarroy defendía su derecho exaltando su empleo más de lo que
juzgaba conveniente el duque, y así se le mandó saliese luego de
la corte a su gobierno de León.
Poco después, dejando un papel al
Rey, se retiró el obispo; pero se le mandó volver y
obedeció. Huían todos de oponerse al duque, y no querían
intervenir con él a un Gobierno que le juzgaban infeliz para la Francia
y aventurado para el Rey, porque del duque y de su elegido instrumento, el
cardenal Dubois, no se tenía el concepto que era menester para que se
aquietasen los leales.
Todo esto era indirectamente contra la
España, porque el duque de Orleáns, embarazado de sus propios
arcanos pensamientos, no atendía a los intereses de la España,
aunque las palabras eran las más afectuosas, ni el rey de
Cerdeña, tan gran político y observador de los tiempos, se dejaba
llevar de su ira, antes mantenía siempre ministro en Viena y
exponía esperar del Emperador se le rehiciese y recompensase el
daño de haber perdido la Sicilia, de la cuál era corta
compensación la Cerdeña; y que así se le diesen las
Langas, feudos imperiales puestos entre el Genovesado y Saboya, que se
adhirieron con el Final al Estado de Milán, y el feudo de Espino, que
había el Emperador confiscado a los Imbreas de Génova, pero el
Emperador no pensaba en estas recompensas, o sólo le dijeron le
venderían el feudo de Espino, como después se ejecutó.
El Emperador tomaba por pretextos los
recelos de esta soñada liga para las prevenciones de defensa que
hacía en Italia, completando los regimientos que tenía en
Milán y Mantua, y fortificando aquel castillo con obras exteriores, y
aun fundiendo piezas de cañón y municiones de guerra, de
género que quitaba todas las apariencias de la paz. Las prevenciones que
mandaba hacer en Nápoles y Sicilia tenían el especioso pretexto
del armamento del turco, abultado mucho más allá de la verdad,
que daba grandes recelos a la isla de Malta; tanto, que el gran maestre del
Orden de San Juan llamó a su defensa un gran número de caballeros
de todas naciones, y su embajador en Roma, el bailío Juan Bautista
Spínola, pedía socorros de dinero al Pontífice, y porque
los pidió aun a la España, incurrió en la
indignación del Emperador, que por motivo alguno quería ver
españoles en Italia, porque el Rey Católico liberalmente
ofreció socorrer a la religión con ocho naves de línea y
seis mil hombres de desembarco, como las naves tuviesen los puertos del
Emperador por refugio en caso de necesidad.
Ni la Religión de Malta osaba
aceptar este socorro sin licencia del Emperador, ni éste ofreció
sus puertos sin muy dilatada respuesta y unas condiciones que dejaba conocer el
desagrado de que armas españolas avistasen a los reinos de Italia;
porque creía se valdrían de este motivo para poner pie en la
Toscana y conservar la gente en la isla Elba. Y así, los ministros
austríacos ofrecían tropas al Papa, cuidadoso de que los turcos
acometiesen por la costa del Adriático; pero los romanos más
temían a los alemanes que a los turcos, porque contra éstos
hallarían muchos en su defensa, y para sacar después a los
alemanes no habría quien socorriese al Pontífice, no habiendo
príncipe en Italia que sacase contra el Emperador la cara, ni estaban
sus erarios para esto. Faltaban unión y fuerzas, y así, abatidos,
sufrían aún, sin alivio de la queja, la esclavitud no sólo
de contribuciones, pero de un despotismo sin igual y mayor que tuvieron todos
los emperadores de Occidente.
Como es consecuente a la felicidad de la
lisonja el número de parciales, apenas le quedaban a la España y
la Francia en Italia, y por dondequiera se encontraban emisarios del Emperador,
muchos no encargados ni con comisión alguna, sino arbitrariamente,
pareciéndoles ganaban autoridad y respeto declarándose por el
Emperador aun hombres de tan baja e ínfima fortuna que no podían
hacer mal ni bien, ni esperaban que llegase a oídos del Emperador su
nombre.
Donde más esto se
reconocía era en Toscana, llena de emisarios, espías y parciales
de la Casa de Austria, que inspiraban en aquellos pueblos el amar la libertad,
y que la conseguirían con ayuda del Emperador, si ellos se declaraban
contra lo establecido en la Cuádruple Alianza, que no le convenía
al Emperador romper de
proprio motu, pero sí con el
más leve pretexto, y que ninguno podía ser mayor que la declarada
resistencia de los pueblos a la disposición de que recavese la
sucesión en un infante de España. Los hombres leves y de ligera
consideración adherían a este dictamen; pero los serios,
experimentados y entendidos le veían impracticable de sostener ni con la
protección del Emperador, la cual ya la conocían fraudulenta, y
que era traerlos al lazo por sus propios pies, y así despreciaban estas
sugestiones y esperaban otro género de libertad en que entrase en Italia
a balancear en algo el poder de los austríacos un príncipe
español, que siendo duque de Toscana y Parma, con la adherencia del Rey
Católico se hiciese respetar mucho más que lo eran cada una de
por sí la Casa de Médicis y Farnesio, porque insinuaba el Rey
Católico que aplicaría todo su poder a engrandecer este
príncipe no sólo con hacerle restituir al duque de Parma el
condado de Castro y Ronziglioni, que le usurpaba el Papa, sino
añadiéndole otros Estados.
Otra tuvieron los toscanos insustancial
sugestión a favor del príncipe Ferdinando de Baviera, hijo
segundo del duque Maximiliano Emmanuel, casado con María Ana Carolina de
Neoburg, hija del príncipe palatino del Rhin, Guillelmo, ya difunto, de
Ana María Francisca de Sajonia Lawembourg, que casó en segundas
bodas con el príncipe don Juan Gastón, hijo único y
heredero del gran duque Cosme, por donde la mujer del príncipe
Ferdinando venía a ser entenada del príncipe Juan Gastón,
y aunque éste estaba separado de su mujer, que no quiso bajar a Italia y
no se había jamás correspondido con los príncipes de la
Toscana, María Ana Carolina ahora escribió a su padrastro con
ocasión de que bajaron a Italia el príncipe electoral de Baviera
y su hermano Ferdinando, y pasaron a Florencia para ver a su tía, la
princesa Violante, viuda del gran príncipe de Toscana, difunto, y a su
hermano, el príncipe Teodoro de Baviera, obispo de Ratisbona, que estaba
en los Estados de Siena.
La venida de estos príncipes la
juzgaban muchos misteriosa, y no faltaba quien la aplicase a dirección
del Emperador, ya unido con la Casa de Baviera; pero es constante que en esto
no tuvo parte, aunque también lo es que el príncipe Ferdinando
procuraba introducirse en el ánimo de los florentines con fiestas y
bullicios, no sin algunas dádivas a personas con quienes tenía
mayor conocimiento.
No había en Florencia quien no
creyese que todo era arte para insinuarse en las voluntades, de lo que tomaron
sombra el Gran Duque y aun su hijo, de los cuales no recibieron más que
los inexcusables agasajos, no sin alguna queja de haber sido pocos, pues a los
príncipes toscanos les era desagradable cuanto les turbaba la quietud, y
más si comprendían que era aquello galantearles la
sucesión del Estado.
La princesa María Ana Carolina,
en la carta que escribió tratándole de padre al príncipe
Juan Gastón, le recomendaba a su marido, con cláusulas de esperar
que en cuanto dependiese de su parte adelantaría su fortuna, y
más no teniendo persona más allegada. El Gran Duque mandó
a su hijo no responder a esta carta; de lo que formaron queja los
príncipes bávaros, y con pretexto de ver la Italia pasaron a Roma
y Nápoles, a la vuelta para Alemania, sólo de paso a Florencia,
habiéndolos su padre mandado restituirse a su casa, porque no ignoraba
los recelos que esto había engendrado en España, estimulado el
Rey fuertemente de los ministros que en Italia le servían, y más
del duque de Parma, que había concebido sumas sospechas.
El Emperador, aunque no tenía
parte en los designios de los príncipes bávaros, de todo cuanto
era enajenar de la España los ánimos de los toscanos sacaba
algún rayo de esperanza de no cumplir lo tratado, porque los
españoles que en Viena le servían en el Consejo de Italia le
aseguraban no equivalía la Sicilia al peligro que corrían los
Estados de Milán y Nápoles, si los españoles, bajo de
cualquier pretexto, ponían pie en Italia, y más poseyendo un
infante de España la Toscana y el Estado del duque de Parma, cuyo
soberano, Francisco Farnesio, aunque no tenía más de cuarenta y
cuatro años, estaba casado con una mujer de cincuenta y dos.
Por eso aplicó la corte de Viena
toda su arte, aun por medio de la de Roma, para que se casase el
príncipe Antonio Farnés, hermano del Duque, y menor un año
de edad, pero extremadamente grueso y, en concepto de muchos, inhábil a
la generación, y consistía en los dos individuos toda la Casa; el
Duque, aunque por algunos domésticos sinsabores no corría bien
con su hermano, no disintió jamás del casamiento; pero no
quería alargar lo que éste le pedía, que era una
porción de Estado, para vivir con decencia y saber cuál
sería el patrimonio de sus hijos, si se daba el caso que el Duque los
tuviese de otra mujer, sobreviviendo a ésta.
Tan encontradas ideas no dejaban
efectuar el casamiento del príncipe, y era tan maligno el pensamiento de
los ministros austríacos, que creían gustaba el Duque de que se
extinguiese su familia porque heredase el infante don Carlos, hijo de la Reina;
pensamiento inicuo e improbable en el bien ajustado ánimo del Duque,
príncipe entendido, capaz y de bellas máximas, aunque en los
príncipes no lucen porque el corto poder se opone a las bellas ideas de
la especulativa.
El Congreso de Cambray, porque
había de determinar el modo de esta sucesión del infante don
Carlos, era el objeto de la universal expectación, y allí nada se
hacía más que gastar en inútiles magnificencias, convites
y celebridades, respectivamente, cada ministro, por los días del nombre
y cumpleaños de sus Soberanos. La artificiosa dilación del
Emperador nadie la dejaba de conocer, pero le contemplaban las cortes de
Inglaterra y Francia, y en la de España no estaba el Gobierno tan
puntual y aplicado como era justo en coyunturas tan críticas, porque el
Rey adolecía de una flaqueza de espíritu en la cabeza que le
inhabilitaba a grande aplicación, y aunque suplían mucho el padre
Daubanton y el marqués de Grimaldo, únicos por los del Despacho,
no podían dos hombres solos regir una Monarquía tan vasta, y
faltaba el Consejo de Estado, del cual había muchos años que el
Rey no se servía, ni había más que tres consejeros, que
eran el duque de Arcos, don Miguel Francisco de Guerra y el marqués de
Grimaldo; con los dos primeros nada se consultaba; faltaba, por la muerte del
marqués de Bedmar, la presidencia de Órdenes, y el primer
ministro de Guerra por la de don Andrés de Pez, la presidencia de Indias
y el ministro de Marina; más a su quebrada salud que a su oficio
atendía el presidente de Hacienda, marqués de Campo Florido, con
que todo iba lento y sin despacho; retirado el Rey a la nueva Granja que
mandó construir con grandes expensas en el sitio de Valsaín,
donde se consagró una iglesia a San Ildefonso, que dio el nombre al
nuevo palacio, adonde no se permitía fuese alguno sin especial licencia
del Rey, y la obtenían pocos. Los ministros extranjeros iban cuando lo
pedía la necesidad, y en el nuevo Sitio sólo se permitía
estar de asiento el marqués Anníbal Scotti, enviado ordinario del
duque de Parma, que no entraba en el manejo monárquico, pero algunas
cosas pasaban por su interposición, las que no estaban ya prevenidas,
por doña Laura Piscatori, ama de la Reina, la cual no se mezclaba en el
gobierno, viendo que por la inaplicación del Rey se le atribuía
todo, y no quería cargarse del odio de los españoles, mirando lo
futuro y la conveniencia de sus hijos, contentándose, de promover la
soberanía del infante don Carlos en los Estados de Toscana y Parma.
Las naciones, adelantando los hechos,
interpretando mal algunos avisos de España, publicaban que el Rey estaba
dementado, y referían casos en que lo sería indubitablemente si
fuesen ciertos, ni se dejaba de creer en la misma España y en Madrid,
porque le veían huir de la corte y estar siempre en El Escorial o en
Valsaín, de género que ya el marqués de Grimaldo recelaba
cargarse de todo, como el Rey quería, porque no se le atribuyese lo que
a muchos no salía a gusto, siendo imposible satisfacer la
ambición de todos; por eso aconsejó al Rey fuese llamado al
Gabinete del Despacho el príncipe de Asturias, lo cual se ejecutó
algunas veces, con gran placer de los españoles, pero no duró
este método, porque el Rey estaba casi siempre solo con la Reina, y sus
hijos estaban en El Escorial cuando el Rey en Valsaín, Madrid o
Aranjuez. Buscar tanto la soledad aumentaba la opinión del desconcierto
de la cabeza del Rey, mas era atraso del Despacho, porque todo pasaba por manos
de Grimaldo, quedándose en Madrid los demás secretarios, y era
tanta la mole de los negocios que deseaban expediente, que Grimaldo, para
ayudarle, hizo llamar al Escorial a don José Rodrigo, secretario del
Universal Despacho por lo Eclesiástico, Gobierno y Justicia.
El duque de Orleáns, que nada de
esto ignoraba, había hecho pasar a Madrid al señor de Chavigny,
enviado de Génova, para informarle del estado de la corte con más
exactitud que lo hacía el señor de Moulierer, a su parecer. Con
gran arte, el duque proponía que el Rey dejase la mecánica del
gobierno a su hijo el príncipe de Asturias, pareciéndole que
siendo éste su yerno e inspirando en la princesa su mujer las
máximas que al duque le conviniesen, mandaría más en
España, de la cual nunca se aseguraba, midiendo con lo adverso de su
ánimo el de los españoles, y dándoles siempre en el rostro
la Ley Sálica, en caso que faltase Luis XV, que por el derecho claro a
favor del Rey o de sus hijos si se había de conformar las disposiciones
de aquella Ley, por eso adhería a que se renovasen siempre renuncias, no
bastándole tantas celebradas en París, Madrid y Utrech.
El cardenal Dubois era el instrumento
proporcionado a las ideas del duque, no el autor, como muchos creían,
porque de vastas ideas monárquicas y sutilezas de corte sabía
más, con grandes ventajas, el duque que el cardenal; pero, éste
ejecutaba mejor las disposiciones de aquellos designios, porque era siempre
arrojado sin escrúpulos para quien no había medio reputado por
malo si conducía al fin, y en caso de dejar el rey de España el
Gobierno, convidaba él mismo al duque de Orleáns para ir por
embajador a España.
Gran parte ignoraba de esto el Rey, y la
Reina, no bien avisada del conde de Landi, ministro de Parma en París,
pareciéndola muy secreto favorecido del duque de Orleáns
Chavigny, dispuso con el Rey que éste volviese a París y que se
quedase Moulerier, de quien tenía poca confianza el duque, por parecerle
no adhería ciegamente a sus dictámenes. No tenía el Rey
repugnancia a dejar gran parte del gobierno, vistas las representaciones de los
Consejos, que se quejaban alguna vez de la falta del Despacho con la mayor
veneración y como indirectamente; pero la Reina lo resistía
tenazmente, el padre Daubanton, que en esto no adhirió a alguna
insinuación del duque de Orleáns, el cual no proponía
más razones que las que publicaban con más evidencia la
inhabilidad accidental del Rey al gobierno, porque con eso miraba a todo y a
tener pretexto de salir de Francia o buscar en ella refugio, si la fortuna le
volvía las espaldas, cuando el Rey Cristianísimo tomase la
posesión del Trono, como lo hizo en este año por haber salido de
la menor edad, según las leyes de aquel reino.
Ungido en Rems, como es costumbre, y
tomadas en apariencias las riendas del gobierno, con él se quedó
el duque de Orleáns e hizo declarar primer ministro al cardenal Dubois,
el cual, para hacer cosa grata a la Francia y a la España, se
aplicó a que se abriese el Congreso de la Paz, y que por fin diese la
minuta de las investiduras de Toscana y Parma el Emperador, a favor del infante
don Carlos, como lo hizo, pero muy diminutas y no en todo conformes al
capítulo quinto de la Cuádruple Alianza; porque ni
extendía claramente la sucesión a todos los hijos de la Reina, ni
absolvía al infantes de ir a Viena a prestar el juramento de fidelidad y
tomar la investidura actual, cuando llegase el caso de heredar, y apretando las
cláusulas de feudalidad en cuanto suelen ceñir a los
príncipes feudatarios del Imperio, de menores calidades y circunstancias
que un infante de España.
Enviadas por manos del duque de
Orleáns estas investiduras a Madrid, el Rey las consultó con el
presidente de Castilla, marqués de Mirabal, con facultad que las
consultase con los ministros que más a propósito le pareciesen, y
fueron reprobadas, declarando el Rey no las admitiría en aquella forma,
y que retiraría sus plenipotenciarios de Cambray. Esto se
escribió con algún calor a Londres y París, quienes para
garantir el quinto capítulo del Tratado hicieron fuertes instancias, y
respondió el Emperador no podía mudar cláusula alguna sin
el asenso de la Dieta de Ratisbona, con lo cual tomaba más tiempo, y en
el ínterin fortificaba mejor las plazas de Italia. Concibió
alguna idea de formar armada marítima para el Mediterráneo, para
mandar la cual eligió a milord Forbis, inglés, que estaba en
Viena llamado a este efecto; pero todo fueron vanas ideas, no habiendo hallado
los necesarios fondos para la armada ni el número de marineros
necesarios en sus reinos.
No ignoraban esto los austríacos,
pero querían dar a entender que el Emperador se armaba por mar y tierra,
porque no creyesen podían conseguir cosa alguna de aquella corte con
amenazas, aun cuando proseguía en estar armado al turco, porque
habiéndose rebelado algunos pueblos del rey de Persia, entraba el
moscovita a río revuelto a ocupar algunas plazas y puertos en el mar
Caspio, y esto daba algún recelo al otomano; pero a un mismo tiempo su
armamento le daba al Emperador y a los venecianos, aún no persuadidos de
la buena fe con que el turco ofrecía guardar los últimos tratados
de Passarovitz.
Importábale al Emperador
aún abultar los recelos que tenía de la Puerta Otomana, porque a
vueltas de esto prevenía contribuciones de los propios vasallos
italianos, las plazas marítimas de Italia en el reino de Nápoles
y Sicilia, y aún los presidios de Toscana que poseía, porque
corrió en la Europa la falsa voz que pasaría a Italia el infante
don Carlos con la princesa de Orleáns, madame de Baujalois, destinada a
ser su esposa, la cual, acompañada del caballero de Orleáns, hijo
natural del duque, su padre, bajó a España y se la
señaló por camarera mayor la condesa de Lemos.
Esta venida del infante don Carlos a
Italia, no tenía fundamento, ni lo habían pensado en
España, estando aún lejos de componer los artículos de las
investiduras, y no habiendo caudales prontos para tantas expensas, ni era
razón, viviendo todavía los individuos de la Casa de
Médicis y dos de la de Farnesio, plantarles en la cara un sucesor que
podía, sin mucha dificultad, dejar de serlo. No faltaban italianos que
persuadían esto al Rey, pero otros ministros, consultados en ello, lo
resistían fuertemente, no sólo por las inútiles expensas,
pero aún porque en pocas partes de Italia podía estar seguro de
las armas del Emperador, y más viniendo a ella sin su
consentimiento.
  Año de 1723
Más abultadas que verdaderas
turbulencias agitaron la Inglaterra en los fines del pasado año y
principios de éste, porque se descubrió una conjura contra el rey
Jorge, o la dieron nombre de tal. Prendióse al obispo de Rochester y al
abogado Laire; pero, desterrado aquél y degollado éste, todo
calmó. No es de mi asunto escribir lo particular de esta conjura, ni los
fomentos de ella; lo cierto es que se le dio más cuerpo que
tenía, y hubo mucha aceptación en los temores. Todo importaba
para quedar armado el Rey y dominante el partido de la corte, que publicando
tenían parte en la conspiración los católicos de Irlanda e
Inglaterra, se les cargó un grueso tributo, no sólo por
política, sino por ambición de empobrecerlos; verdaderamente no
tuvieron parte en esta idea mal enredada los que allí llaman papistas,
ni príncipe alguno, como querían persuadir a los ingleses los
imperiales, para ponerlos mal con los españoles y franceses; pero se
averiguó que ni el Rey Católico ni el Cristianísimo
alcanzaron la conjura, que se gloriaba de haber descubierto, estando acaso en
Roma, el señor de Havenat, ministro británico en Génova,
en cuyo puerto hizo apresar un navío inglés que se destinaba al
corso con bandera española, la cual no había todavía
enarbolado, y por esto no hubo empeño alguno; porque el que podía
haber con la República, los ingleses le quitaban sólo con
amenazas, y aún más se les figuró que aquel navío
se armaba para conducir a Inglaterra al rey Jacobo, que estaba verdaderamente
ignorante de esta trama, mal concebida entre algunos descontentos de Londres.
Todo esto, que no parece a nuestro asunto, lo hemos brevemente referido porque
era otro embarazo a los intereses de España, y de todo se aprovechaba el
Emperador para tomar tiempo.
Darle poco cuidado esta
conspiración lo mostró el rey de Inglaterra en que, dejando a
Londres, pasó a Hannover por particulares intereses y dar la
última mano a las investiduras de Bremen y Werden, que le dilataba el
Emperador. Dejaron correr los ministros imperiales la falsa voz de que
había de tener conferencia con el rey Jorge, con ocasión que
pasó el Emperador a Bohemia a coronarse y hacer jurar herederas sus dos
hijas, en caso de no tener varón, e hizo pasar allí al
primogénito del duque de Lorena, Francisco Esteban, que lo quedó
por muerte de Leopoldo Clemente, su hermano mayor, destinado esposo a la
archiduquesa María Teresa, primera hija del Emperador; y aunque este
tratado no era público, nadie dudaba que las distinciones que el
Emperador hacía al príncipe de Lorena fuesen dirigidas a este
fin, y por eso no se pudo dar satisfacción a las quejas que de ellas
formó el infante don Manuel de Portugal, que estaba en el servicio del
Emperador lisonjeado con tan altas esperanzas, y se ausentó de Praga por
no verse tratado con mucha desigualdad.
Era idea del Emperador hacer elegir Rey
de Romanos al que fuese su yerno, pero todo lo hizo suspender la novedad de
hallarse la Emperatriz encinta cuando menos se esperaba, circunstancia que
también retardó el dar las investiduras que se pedían para
el infante de España, porque había el Emperador concebido nuevas
ideas, si tenía un sucesor.
Esta sospecha avigoraba el ánimo
de la Francia y la Inglaterra para que luego deliberase sobre ellas; porque el
verle con la próxima posibilidad de tener un hijo le quitaba muchos
amigos, y más los que podían aspirar a la Corona imperial, que
veían, con envidia, casi hereditaria en la Casa de Austria. Al efecto de
que el rey Jorge apretase más la conclusión de este negocio, se
envió por el Rey Cristianísimo, sin carácter, a Hannover,
ministro extraordinario al señor de Chavigny, hechura del cardenal
Dubois y su confidente, el cual partió aprisa, antes que al cardenal se
le agravase la peligrosa enfermedad de unas internas úlceras que le
impedían la orina, no sin el embarazo de la piedra, por lo cual,
buscando el remedio, encontró el día 6 de agosto con la muerte,
que sobrevino a la operación de abrirle; y faltó con esto en la
corte, si no el primer móvil, el mejor instrumento para él,
porque al duque de Orleáns le importaba poco sacrificarle a las comunes
iras, ni se embarazaba con ellas el cardenal mientras le duraba el poder.
Cierto es que celebró con fausto
acaecimiento esta muerte la Francia toda, y mientras los ociosos
políticos discurrían en el sucesor del primer ministro, ya le
había tomado para sí el duque de Orleáns, y recogido
exactamente los papeles del cardenal, que no quiso que otros los viesen, porque
el secreto sólo en los dos consistía, ni hallaba persona a quien
fiar el peso de los negocios y la precisa continua comunicación con el
Rey, que, aunque muy a los principios de la mocedad, podían hacerle
impresión las siniestras sugestiones contra el duque, que jamás
fió tanto a su fortuna y su autoridad que no viviese con continuos
recelos.
Para el despacho se sirvió de los
mismos oficiales que tenía el cardenal, y perseveró el mismo
sistema; pero para muchas cosas le hacía falta, porque ya todo se
atribuía al duque, y se conservaban más vivos los odios.
Importábale salir de este embarazo de la paz, y dispuso que se
contentase el Rey Católico de un papel del rey de Inglaterra, en que le
aseguraba aplicar cuantos medios fuesen posibles para que se le restituyese
Gibraltar después de la paz, como no se hablase de Mahón.
Para esto se valió del
marqués de Grimaldo, porque ya el padre Guillelmo Daubanton, confesor
del Rey, había muerto el día 1 de agosto, con gran
edificación, en el Noviciado de Madrid; porque luego que se
sintió malo, se restituyó a él desde Valsaín, por
morir en propia casa de San Ignacio, con tantas demostraciones de religiosa
piedad, que se imprimió en muchos, y más con la carta en que daba
aviso de su muerte, como es costumbre de su Religión, el padre Francisco
Granados, rector del Noviciado, a los superiores de la provincia de Toledo, y
en ella ponderó sus virtudes, tales que hacen gloriosa su memoria. Fue
un religioso sabio y ajustado, de genio apacible y buen corazón para con
todos. Nada pagado de los primeros empleos que tuvo en la Compaña, y de
la primera aceptación en la corte, era siempre su trato llano y humilde.
Mereció siempre una suma confianza del Rey desde su tierna edad, que le
oía con veneración y afecto: por lo cual hicieron juicio los que
lo observaban más adentro, que el Rey había perdido en este
hombre un gran consuelo en su escrupulosa conciencia, y la Monarquía de
España un ministro siempre aplicado a la mayor regularidad dentro y
fuera del Palacio, y deseosísimo en todo del acierto.
* * *
Y volviendo adonde íbamos, quien
verdaderamente consiguió que el Rey se contentase de las promesas del
rey Jorge, fue el ministro inglés en Madrid, que tenía gran
cabida con el marqués de Grimaldo. Y ya allanado este punto, si se
concedían en la debida forma las investiduras la paz estaba llana,
porque ni los intereses de la Italia en común, ni los de
príncipes de ella en particular la podían embarazar, ni otras
privadas pretensiones de unos y otros vasallos por los perdidos bienes, porque
de cualquier manera, o se determinasen restituir o no, era igual respecto a los
príncipes, aunque no respecto a los súbditos, nada considerados
cuando se trata del público interés.
Esta es la infeliz condición de
los hombres privados, que se sacrifican con casi certidumbre de ser poco
(alguna vez nada) atendidos; ni podían serlo todos en esta paz, porque
era preciso para esto que el Emperador restituyese al duque de San Pedro el
Estado de Savioneta; al marqués de Stepala, Ula, y otros feudos en
Italia a los que habían seguido el partido de España; y esto no
era de su satisfacción, porque o le servían a la extensión
de su poder, o a mantener muchos españoles de su partido, que
tenían gruesas pensiones sobre estos Estados: ni aun muchos soberanos se
libraban de esta infelicidad, porque no quería el Emperador se le
hablase de la restitución de Mirándula a Pico, que se
había retirado a España, y vendido la Cámara Imperial este
Estado al duque de Módena, ni de la restitución de Monferrato,
que se había dado al duque de Saboya, ni la de Mantua, que
pertenecía legítimamente al duque de Guastala, ni del de Comachio
al Papa, y aunque con éste tenían siempre abiertos los tratados
los ministros imperiales en Roma, y el nuncio Grimaldo en Viena, todos eran
artes de los austríacos para entretener al Pontífice imponiendo
intolerables condiciones, no sólo de mantener presidio imperial, pero
aún de que se había de conceder la cruzada en todos los Estados
que en la Italia poseía el Emperador, lo cual excedía en gran
parte el útil que le daba Comachio y su lago.
Ya tenía el Emperador ajustado
que la Inglaterra y la Francia no se metiesen en esto, y se dejase a su
arbitrio, que haría justicia; pero los españoles lo llevaban mal,
porque querían cercenar a Mantua entregándola a quien
pertenecía, mas solos en el Congreso no serían admitidos, aunque
se había el Rey Católico declarado de proteger al duque de
Mirándula y al de San Pedro, y para esto se proponía se le diese
el ducado de Masa pagando el Emperador su valor a la Casa Cibo, que le
quería vender, porque el actual duque de Cibo no tenía hijos, y
en él se extinguía su línea, y con esto, reparado el
daño al duque de San Pedro, se podía el Emperador quedar con
Savioneta.
En esta idea tenía el Rey
Católico no sólo la intención de quitar de la vecindad de
Toscana un soberano, todo subordinado a la Casa de Austria, y poner en un
confidente suyo como era Francisco María Spínola, duque de San
Pedro, pero aún imposibilitar que los genoveses comprasen a Masa, porque
era conocido perjuicio al comercio de Florencia y Liorna, que por el camino que
mandó abrir el gran duque Cosme III pasaba sus mercadurías a
Lombardía y por el Po se distribuían a toda ella hasta
Turín y Venecia; y como era preciso por esta nueva senda pasar por
tierras de Masa, si los genoveses compraban el Estado se hacía
inútil aquel camino, y necesitaban los toscanos enviar sus
mercadurías por Génova, con gran perjuicio de sus intereses, y
más que los genoveses no querían admitir ropas de Levante que
hubiesen tocado en Liorna, ni ya, por nuevo edicto sacado este año,
concedían puerto franco a cuantas mercadurías venían por
Levante, desde Civita-Vechia por Poniente, desde el río Varon y Niza,
porque querían obligar con esto a los comerciantes del Norte y Levante,
que sin tocar en otra parte del mar Ligústico viniesen derechamente a
Génova.
Para facilitar esto determinaron en el
Gran Consejo hacer un lazareto en la Especie, y enviaron con algunos ingenieros
a Francisco Mari para que, según la planta que se le daba, en el lugar
destinado empezase a abrir las zanjas, cosa que al rey de España
desagradaba mucho, pero no lo podía remediar, porque esto, que tiraba al
comercio, tenia el especioso pretexto del bien público, apartando la
cuarentena y el venteo de las ropas de Levante o sospechosas de la ciudad
capital, y retirándolo a un seno de mar muy espacioso y verdaderamente
cómodo para lazareto, que a vueltas de él se concedería a
sus mercadurías el puerto franco, dando despachos de Génova, y
con esto se brindaba a los negociantes extranjeros a acudir a la Especie, que
es una bahía capaz y segura, y en mejor situación que
Génova para exitar a todas partes sus mercadurías.
* * *
En éste estado de cosas, todas
indecisas, adoleció gravemente en un profundo letargo y retención
de orina el gran duque Cosme III, y no hubo ministro en Italia que no
despachase correo extraordinario a su soberano, porque se creyó que su
muerte ocasionaría grandes novedades, y los ministros de España
recelaban que bajo pretexto de ofrecerle su protección al sucesor,
moviese el Emperador sus armas al bloqueo de Florencia, pues las tenía
prontas no sólo en el Estado de Milán, con marcha de pocos
días, pero aún en la Lunegiana y Orbitelo, donde había
numeroso presidio para este caso.
Fundábanse estos recelos en que
se había dado orden en Milán a algunos regimientos de estar
prontos a la marcha al primer aviso, y el conde Carlos Borromeo, como vicario
imperial, había enviado, con pretexto de componer unas diferencias en
Luca, al conde Stampa, a que pasando y deteniéndose en Florencia, viese
el estado de la enfermedad del Gran Duque, y se le dieron cartas para los
gobernadores de los presidios y para el virrey de Nápoles, para que
enviasen las asistencias de gente y dinero que el conde Stampa pediría.
No se sabían con certidumbre todas estas previsiones, pero se
sospechaban aún mayores, y que el conde haría acercar tropas a
Toscana, si aquel soberano falleciese.
Con esta aprensión fue en
Florencia muy mal recibido; y más, que abultaba estas voces y estas
sospechas el padre Salvador Ascanio, que hacía los negocios del Rey
Católico en Florencia, diciendo a los ministros no permitiesen novedad
alguna por parte del Emperador, que su amo no la haría.
En efecto, con esta invención
avisó el padre Ascanio al marqués de San Felipe, ministro de
España en Génova, para que no pasase a Florencia, aunque muriese
el Gran Duque, como tenía la orden para este caso, porque importaba no
hacer novedad, y más, sucesor tan medroso y desafecto a España.
El marqués conoció ser esto lo que entonces convenía; y
aunque el duque de Parma le insinuó que importaba pasase luego que se
diese el caso de la muerte, determinó no ejecutarlo con el Rey, y
avigoró el dictamen del padre Ascanio, de género que le
ordenó por entonces no pasar, aunque muriese el Gran Duque; porque el
Rey, ofreciendo por su parte no hacer novedad, instaba a las potencias garantes
que interpolase al Emperador para que no la hiciese, y así, lo
ejecutaron tan eficazmente que fue obligada la corte de Viena a desaprobar el
viaje del conde Stampa a Florencia y mandar no se hiciese movimiento alguno de
tropas ni otra operación que alterase el estado de las cosas; y
más, que tenía el Gran Duque sucesor y no se daba el caso de
extinción de línea.
Stampa fue mandado retirar, y el
Emperador se contentó asegurar al príncipe Juan Gastón no
permitiría se le hiciese violencia, si alguna meditaban los
españoles. Con esto se sosegaron los ánimos de todos, bien que
antes de retirarse Stampa dio en la Lunegiana algunas disposiciones que
manifestaban querer los austríacos asegurar bien que no fuese
sorprendida Liorna o Puerto Ferraio, cuyo gobernador se había, sin
razón, quejado que el de Longón prevenía la
artillería de su plaza y doblaba las centinelas, pues éste
sólo podía mirar a la defensiva. Sinceróse el gobernador,
y parecían sus temores inútiles, porque ni había en
Longón gente para empresa alguna, ni había que emprender
más que atajar cualquier movimiento de los alemanes, que estaban
más vecinos y en mayor número, tanto que los tres batallones que
en Longón había eran incapaces de operación alguna
más que defensiva en su plaza.
Dio largo plazo la enfermedad del Gran
Duque para tomar de una parte y otra las acertadas medidas a que la quietud de
la Italia obligaba y, por resolución, fue fenecida su vida.
Expiró, en fin, el día 31 de octubre por la noche:
príncipe verdaderamente religioso, pío y sumamente ajustado, en
quien jamás se pudo notar vicio alguno ni inmoderación de
afectos. Rigió con gran quietud sus pueblos, y con notable amor; era su
continua limosna tan gravosa a su erario, que fue preciso socorrerle con
tributos, no necesarios en un príncipe que jamás tuvo guerra,
sí sólo la de algunas contribuciones al Emperador.
No hizo solemnemente testamento en tan
críticos tiempos, porque no quería verse obligado a elegir
sucesor después de Juan Gastón y su hija, la viuda Palatina, a la
cual había declarado heredera en un testamento antiguo; dejóla
doce mil escudos romanos de alimentos en una disposición singular y
privada, cuyo papel entregó al arzobispo de Pisa, e hizo otros legados
píos que no cumplió el sucesor, no sin gran fundamento.
Halláronse unos pareceres sobre
la sucesión, y declaró el marqués Ranucini que
mandó guardar el que era favorable al infante de España; pero
todo lo suprimió el nuevo gran duque Juan Gastón, desafecto
naturalmente a España, y en lo de la sucesión a todos, por su
genio austero y desapegado, por su vida insociable y desarreglada, aunque en
vicios directamente más perjudiciales a su salud que a su alma, que le
redujeron a estado que poco se podía esperar de su vida, con que los
príncipes, atentos a esta sucesión, volvían a entrar en
nuevos cuidados, no habiéndose todavía concluido el negocio de
las investiduras.
No dejaba el Emperador, con artificio,
de dar a la hermana del Gran Duque esperanzas que sería en todo caso
gobernadora de aquel Estado, y ella se empezaba a mostrar más humana con
el partido de España, porque no se la hiciese oposición, y trajo
a su dictamen en la apariencia al Gran Duque, quien ya no se manifestaba tan
contrario, sin más fin que dejarle vivir en paz. Por eso se le hizo por
su hermana el proyecto de declarar heredero al infante de España, si en
su menor edad, llegando a suceder, tuviese por gobernadora del Estado a dicha
princesa. Esto lo promovía vivamente el duque de Orleáns; pero
como caminan tan a ciegas los hombres, sin certidumbre en cuanto imaginan, y
son tan caducas las ideas como la vida, la noche del día 2 de diciembre,
precediendo un deliquio de breves instantes, murió de repente el duque
de Orleáns, sin haber alguno tenido noticia de su accidente antes que de
su muerte, más que un familiar suyo, que al verle caer de una silla fue
por un vaso de agua y le halló difunto.
Sucedió esto en el palacio del
Rey, en el cuarto del mismo duque de Orleáns, cuyo cadáver fue
llevado a su casa; y apenas llegó al Rey la noticia, dada por don Luis
Enrique, duque de Borbón, cuando luego le fue conferido por el Rey el
primer Ministerio, sin más aprobación que la de su maestro el
obispo de Frixus, que se halló presente y no pudo dejar de asentir a
ello, porque era en presencia del mismo duque, que dijo al Rey debía
elegir un príncipe de la sangre, no dudando recaería en su
persona, que era el primero después del duque de Chatres, hijo del de
Orleáns, que tenía pocos años. Mandó luego recoger
el duque de Borbón los papeles del de Orleáns que se hallaron en
el cuarto que tenía en palacio; los de su casa no se buscaron por
respetos al sucesor, que tuvo con Borbón algunos sinsabores, aunque
después sobresanados.
Era asentada opinión en Francia
que el duque de Orleáns tenía muchos millones ganados en los
arbitrios del Banco de Misissipí, pero no se hallaron, o su heredero los
supo ocultar con gran maña, porque aunque estuviesen en las plazas
extranjeras de Holanda, Inglaterra, Génova o Roma bajo otro nombre, era
muy difícil sepultar una verdad que tantos la sabrían y
debrían, y debía constar en los libros del duque y de los que en
Francia dieron su nombre para el depósito de este dinero, que era suma
desproporcionada a cualquier particular, según se creía; porque
daban en decir los más entendidos en el comercio de la Francia, que
faltaban trescientos millones de libras tornesas, y por muchas que hubiese
robado Lauus y otros a quienes quiso enriquecer y para que le tolerasen, no era
presumible que el duque dejase asolar la Francia sin interés propio,
porque su alto entendimiento y sagacidad le hacía incapaz de ser
engañado.
Creían los superficiales en esta
muerte que había perdido el Rey Católico mucho, faltando quien
promoviese sus intereses; pero los más entendidos creían que
había perdido el Emperador un amigo a quien contemplaba con secreto
tratado de que le ayudase en su casa a la sucesión de Francia, para
excluir la Casa de España. Esta muerte del duque nada varió el
sistema del mundo, y los plenipotenciarios franceses de Cambray tuvieron
confirmación de sus instrucciones, porque aún era interés
de la Francia la paz, por hallarse sin más ideas que su quietud, que la
necesitaba, molestada de tanto dispendio en el quimérico Banco del
Misissipí, y del contagio de la Provenza, que en este año se le
restituyó el comercio enteramente por haber cesado ya desde el pasado
toda sospecha, aunque en España todavía se daban a las ropas de
Marsella algunos días de cuarentena, de lo que se quejaban agriamente
los franceses, nación más pronta y de menor refleja en sus
operaciones.
Este cuidado contra la Francia
avivó el que se debía tener contra Portugal, por haberse
encendido un mal epidémico en Lisboa, de lo que murieron más de
cuarenta mil personas, pero de inferior calidad; creyóse peste, pero no
fue más que una intemperie de sequedad, no purificando el aire de las
lluvias, que había muchos meses faltaban, y de alguna mala calidad de
víveres, que hizo precisamente comestibles la falta de granos, la cual
duró poco, porque acudieron de todas partes naves cargadas de ellos, de
Francia y Levante. En España hubo también alguna penuria, pero
luego fue socorrida de la vigilante ambición de los mercaderes
italianos, que no pierden ocasión a su logro. Nacióle en este
año otro hijo al rey de Portugal, del cual fue padrino el rey de
España y la Reina viuda de Carlos II, que todavía estaba en
Bayona. Diéronse los poderes del rey de España al marqués
de Capicelatro, su embajador en Lisboa; y a pocos días murió el
recién nacido infante.
  Año de 1724
Con la más ruidosa y no esperada
novedad empezó este año, habiendo hecho el rey Felipe, en el
día 14 de enero, renuncia de todos sus reinos y señoríos
en el príncipe de Asturias Luis I, su primogénito,
retirándose a vivir con la Reina privadamente, y depuesta toda real
pompa y aún las guardias, a la quinta de San Ildefonso, en
Valsaín, donde había él mismo fabricado un palacio y
mandado componer deliciosos jardines. Despidió toda su familia para que
pasasen a servir al nuevo Rey, y se reservó para su mantenimiento
seiscientos mil ducados y lo que fuese menester a concluir los jardines del
palacio; edificó una suntuosa iglesia, y la doró y adornó
realmente.
Detúvose para asistirle el
marqués de Grimaldo, y por único mayordomo y caballerizo al
señor de Valux, francés, que era su antiguo mayordomo de semana.
Con la Reina quedaron dos damas, cuatro camaristas y dos señoras de
honor. Toda la familia, incluyendo los de escalera abajo, se redujo a sesenta
personas; y en la caballeriza quedaron pocos tiros de mulas y caballos de
montar, porque ya el Rey hasta el gusto de la caza iba perdiendo, amando
sólo la soledad y el retiro.
Con el instrumento de la renuncia
pasó el marqués de Grimaldo al Escorial el día 14, donde
estaba el príncipe, y se leyó ante toda su corte, no sin
lágrimas, y aun del mismo príncipe, por las razones y
cláusulas con que estaba concebida, dando por motivo que, habiendo el
Rey considerado de algunos años a esta parte la nada de las cosas
mundanas y los padecidos trabajos, queriéndose retirar a pensar
sólo en su salvación, dejaba con absoluta entera renuncia sus
reinos a su hijo primogénito, jurado príncipe de España,
de cuyas bellas calidades y prudencia se prometía el desempeño de
la obligación en que Dios le constituía nuevamente.
Prevenía en la misma renuncia
que, muriendo el príncipe Luis sin hijos, pasase el reino a su hermano
el infante don Fernando, y así por los demás hijos por
sucesión, y en caso de menor edad de don Fernando u otro sucesor,
viviendo el rey Felipe, formaba una regencia de los presidentes de los
Consejos, del arzobispo de Toledo y del inquisidor general, y del consejero de
Estado más antiguo, hasta que el Rey inmediato tuviese catorce
años. Obligaba al rey Luis y sus sucesores a cumplir los testamentos que
hiciese el rey Felipe y su mujer la reina Isabel, y a pagar las deudas de la
Corona, que eran casi tres millones de pesos, y a contribuir cualquier cosa que
viviendo pidiesen, bajo cuyas condiciones sólo fuese válida la
renuncia, la cual hizo el Rey tan deliberado, que hizo voto de no ocupar
más el trono ni reinar.
Era sumamente edificativo el papel de
aviso que el Rey mandó pasar a los consejeros; más lo era una
carta que de su puño escribió a su hijo, con documentos santos y
píos que edificaron el mundo, la cual fue traducida en muchos idiomas;
fuera prolijo ponerla aquí a la letra; sólo diré que el
más penitente anacoreta no la podía escribir más expresiva
y ajustada a los preceptos evangélicos; tanto, que los críticos
desearon en ella se entretejiesen documentos políticos entre los
morales. Recomendaba a la Reina y a los infantes, y poniendo el ejemplo del
santo rey Don Fernando y San Luis, rey de Francia, les exhortaba a la
perfección; también expresaba en ella que la Reina se
había resignado con gusto a esta resolución, y creyeron muchos
estaba esta cláusula puesta para atajar la censura de que la hubiese
tomado sin su conocimiento, porque no hay ejemplar en las historias de
semejante voluntario retiro de un príncipe casado y de solos treinta y
nueve años de edad, y la Reina de treinta y uno, con probabilidad de
tener otros muchos hijos; y así, fue preciso incluir a la Reina en la
determinación, sin cuyo consentimiento es cierto que no se tomó,
mas no probaba esto haberle dado gustosa; pero siempre prueba un raro ejemplo
de virtud y conyugal amor de convenirse al decreto del marido, tan arduo, que
sola una superior vocación le puede hacer llevadero, descendiendo del
Trono a vida privada, y de la soberanía a la dependencia, dejando gran
parte que la cabía del mando en la voluntad del Rey, a un
príncipe que no era su hijo, a quien entregaba los suyos sin concluirse
el negocio de Toscana, que había sido el principal objeto de tantos
años de negociaciones, con notable dispendio de la Monarquía.
Este reparo se venía a la cara
contra el Rey y los políticos tenían el hecho por intempestivo en
vísperas de un Congreso de paz no abierto todavía por las
dilaciones que el Emperador interponía a dar las disputadas
investiduras, aunque ya había dado palabra a los últimos del
precedente año de darlas, y así lo dejó en París
ajustado el barón de Penteriter, que pasó desde Cambray a este
efecto; pero cuando el Rey hizo la renuncia, que fue el día 10 de enero,
aún no se habían dado, porque éstas salieron de Viena el
día 7, que no hubo tiempo de saberlo, ni se hubieran aquel día
expedido si hubiese el Emperador previsto y penetrado esta gran
resolución, la cual tuvieron en las cortes del Norte y en algunas de
Italia por política y no espiritual, adelantándose a creer que
era para habilitarse a la Corona de Francia en caso de la muerte de Luis XV;
discurso tan improbable, cuanto lo es que un hombre de treinta y nueve
años deje lo que posee, aspirando a suceder a un niño de catorce,
porque esta era la edad del Rey Cristianísimo, sano y robusto, sin
apariencias de fundar muy remotas esperanzas; que ni las debía tener el
Rey Católico, aun cuando el de Francia fuese decrépito, no
sólo en virtud de tantas renuncias, sino también de la manifiesta
oposición de tantas potencias, volviendo a los principales motivos que
suscitaron la sangrienta y pertinaz guerra que hemos escrito.
Ni conocían bien el genio del Rey
los que esto discurrían, porque ni su delicada escrupulosa conciencia
era capaz de faltar a lo prometido, ni su aversión a los negocios, ni la
falta de sus fuerzas para grande aplicación le podían estimular a
los inmensos trabajos de regir una para él nueva Monarquía de
franceses, dividida precisamente en facciones en caso de faltar el actual
dominante, pues aunque los parlamentos y los más ancianos padres de la
patria estuviesen por la Ley Sálica, que favorecía al rey Felipe,
los príncipes de la sangre y sus adheridos estarían por el
inmediato al Trono entre ellos, que era el duque de Orleáns, mozo y
soltero, por lo cual los que le seguían miraban más vecina la
posibilidad del solio que si le ocupase el rey Felipe, que, a más del
príncipe de Asturias, tenía otros tres varones, si no los que
podían tener dos individuos conocidamente fecundos.
Estas razones, que convencían a
los más reflexivos, avivaron el ingenio para discurrir otras que
hubiesen dado impulso a tan grande hecho, porque raros se persuadían a
que era mera razón del espíritu, abstraído de cosas
mundanas y todo entregado a la contemplación de lo eterno, ya porque
pocos criados en las brillanteces del Trono conciben estas ideas austeras y
melancólicas, ya porque no es incompatible la Corona con la santidad y
perfección de costumbres, antes medio oportunísimo para servir
mucho a Dios y ejercitar con superior heroísmo todas las virtudes, y
más constituido el Rey en un estado en que estaba dividido de sí
mismo por la contraída unión con su mujer, no siendo siempre
seguras todas las ideas de elegirse un estado a su arbitrio, dejando aquel en
que Dios le había constituido, porque los caminos para la
perfección son muchos, y el estado que nos es más repugnante
puede ser el mejor.
Estas razones tenían
réplica, porque puede ser, según la condición del
corazón humano, el acto mayor y sin igual dejarlo todo, y más una
Monarquía como la de España; y así, los hombres
píos y de dócil corazón lo atribuían a
sólida virtud y temor de errar en el gobierno.
Los enemigos del Rey y algunos ministros
que residían en aquella corte escribieron que estaba enteramente incapaz
de gobernar, y que por hacérselo dejar con honra, habían fingido
toda aquella renuncia y papeles que hicieron firmar del Rey sin saber lo que
era. Esto tenía mucha improbabilidad, porque era por dar falsario al
marqués de Grimaldo, que había extendido la renuncia, y a los
testigos, y cargarse el marqués de ser suyas, y no del Rey, las mercedes
que se publicaron y las disposiciones que se dieron en el mismo día de
la renuncia; y esto no lo hubiera pasado la Reina, que era quien mejor
sabía el estado de la salud del Rey, y tenía algún riesgo
de mal atendida si se probaba que hubiese cooperado a hacer firmar al Rey lo
que no entendía; porque se dieron en este mismo día por el Rey
muchos toisones: al marqués de Grimaldo, al de Valux, al marqués
de Anníbal Scotti, enviado del duque de Parma, y hasta a doce
personajes, sin duda beneméritos, pues el Rey los juzgó capaces
de esta honra.
Se dio la presidencia de Indias al
marqués de Valero; la de Órdenes, al conde de Santisteban del
Puerto, que estaba en Cambray, y se hicieron otras muchas provisiones militares
de empleos vacantes, y la guardia de los alabarderos, al príncipe de
Maserano; fue nombrado ayo del infante don Felipe el marqués del Surco,
don Fernando de Figuera, y se señaló al príncipe, para el
Gabinete, al marqués de Mirabal, gobernador de la presidencia de
Castilla; al arzobispo de Toledo, don Diego de Astorga y Céspedes; al
inquisidor general, obispo de Pamplona, don Juan de Camargo; al marqués
de Valero, al marqués de Lede, al conde de Santisteban del Puerto y a
don Miguel Francisco Guerra, todos sujetos de conocida bondad y experiencia en
los negocios; y para dar providencia de todos, se pusieron hombres de todas
facultades, y se le dio al marqués de Grimaldo por sucesor, en la
Secretaría del Despacho Universal de Estado, a su primer oficial don
Juan Bautista de Orendain, y en la de Indias y Marina, a don Antonio
Sopeña; se dieron las futuras de los empleos en la Casa Real a los que
las tenían en la del príncipe, porque todos los criados del Rey y
la Reina pasaron a servir los nuevos amos en el propio empleo.
Es temeridad creer que todo esto se
había ejecutado sin acuerdo y conocimiento del Rey, haciéndoselo
firmar ignorante o incapaz de saber lo que hacía. Hemos procurado,
aunque ausentes, indagar esto, como punto tan esencial para estos COMENTARIOS
para la verdad del hecho; y hallamos, refiriéndonos al año 22 de
ellos, que el Rey padecía, sobre profundísimas
melancolías, una debilidad de cabeza que le era imposible la grave y
continua aplicación al gobierno de tan vasto Imperio; era naturalmente
implicado y le atediaban los negocios, porque le obligaban a resolverlos, cosa
pesadísima a su delicada conciencia, a su genio sospechoso y de todos
desconfiado -y aun de sí mismo y de su propio dictamen-, y aunque le
había dejado por sucesor el padre Daubanton al padre Gabriel
Bermúdez, jesuita, de la provincia de Toledo, hombre docto y de virtud,
éste se cargaba menos de lo que hacía el padre Daubanton, y
así quedaba más cargado el Rey, porque el padre Bermúdez
no quería atender más que a las cosas meramente de su oficio de
confesor.
La mayor felicidad y expedición
del padre Daubanton, desimpresionando al Rey de vanos e insubsistentes
escrúpulos, le entretenían y aliviaban en parte; y así,
viviendo, no permitió al Rey esta resolución, aun viniendo
solicitada del duque de Orleáns, como dijimos; el padre Bermúdez
le aliviaba menos de su natural estrechez de conciencia, y así luchaba
el Rey más con sus propios temores de errar, no pudiéndose vencer
a fiarse totalmente de uno ni de muchos, por lo cuál había
considerable atraso en los negocios de mayor entidad; pudiera resolverlos el
marqués de Grimaldo, pero tampoco quería hacerse cargo de todo
sin clara y explícita deliberación del Rey, cuya
melancolía crecía más al paso que se aumentaban sus
temores e inacción, de lo que incurrió en desesperar de poder
cumplir con su oficio sin peligro de error, ni de poderlo hacer todo; y como su
radicada virtud y piedad no daba lugar a sufrir dudas en su salvación,
con tedio de tan espinosa ocupación para su ánimo, ya ocupado de
temores y sospechas, y para su cabeza, ya débil, lo dejó alegre e
intrépidamente todo fiado en la bondad y prudencia del príncipe
su hijo, que con el consejo de los que para el Gabinete le dejaba,
regiría bien la Monarquía y tendrían los vasallos el
alivio de más pronta expedición.
Conoció verdaderamente el Rey su
espiritual y corporal enfermedad, y no hallando disuasión para esto en
el padre Bermúdez, que era del propio dictamen, y en la Reina, que
conocía la necesidad en que el mismo Rey se había puesto, se lo
dejaron ejecutar, porque, verdaderamente, con acuerdo, reflexión y
conocimiento pleno, lo ejecutó y quedó contento de ejecutarlo,
sin haber conocido señal alguna de arrepentimiento, como publicaban los
maldicientes, porque la virtud del Rey era más sólida que lo que
muchos creían; pues aseguraban sus confesores no haberle jamás
hallado pecado mortal, y el que tenía cuando partió de Francia,
afirmaba que no había perdido la gracia bautismal. Muchas virtudes
pudiéramos asegurar del Rey por aserción de hombres fidedignos
que le trataban familiarmente o sirviendo a su persona o siendo sus confidentes
ministros; pero la que más resplandecía en el Rey era la verdad y
la castidad conyugal, aun combatida de lances no sólo fortuitos, pero
con cuidado expuestos de quien le importaba ganar la voluntad del Rey aun por
tan ilícitos medios.
Tenía la rectitud en balanza tan
bien ponderada, que tardaba a ejecutar lo mismo que deseaba porque no le
engañase su afecto; ni sin consulta de muchos teólogos
ejecutó jamás cosa en que podía intervenir
escrúpulo; y era en esto tan nimio, que tropezaba en menudencias, y
repitiendo consultas, resolvía más tarde. Era su genio belicoso y
fuerte, amante de los soldados, a quienes confirió los más
grandiosos empleos, hasta darles los dos virreinatos de Indias y los mejores
gobiernos, y aun todos los del continente de España, no sin gran
razón, porque habían sido los que a costa de su sangre le
habían mantenido en las sienes la Corona; y tenía tan exacta
noticia de todos los oficiales, que no proveyó empleo militar sin
método muy regular y asentado mérito, aunque con el Rey le
perdía el que no vivía ajustado, sin escándalo.
Tachábanle sus mal afectos que
olvidaba tarde y no perdonaba las ofensas. En esto de perdonar se arreglaba por
los ministros; y siendo infalible que no hay en las Historias Rey que haya
experimentado más traidores públicos y ocultos, ni más
rebeldes en número y calidad de personajes, no ha sacado gota de sangre
en tantos reos de infidencia que han estado presos en las cárceles de
España, ni ha querido se procediese contra ellos con la fórmula
de juicio, y perdonó infinitos, luciendo más esta virtud de
perdonar al enemigo en lo que por sus plenipotenciarios significó al
Emperador en Cambray, dándole noticia de esta renuncia y
asegurándole rogaría siempre a Dios por sus prosperidades y para
que tuviese sucesión varonil, para ser propugnáculo de nuestra
Santa Religión, contra tantos enemigos que la combaten. La Reina, por
asentir al gusto de su marido, se sujetó a la vida privada y se
vistió luego a la española, renunciando todo género de
galas y tomando un vestido de saya.
Pasó luego el príncipe de
Asturias a Madrid y fue proclamado Rey, aunque los más de los
jurisperitos, y los mismos del Consejo Real, veían que no era
válida la renuncia, no hecha con acuerdo de sus vasallos, que
tenían acción a ser gobernados por aquel príncipe a quien
juraron fidelidad, no habiendo impotencia legítima para dejar el
gobierno ni decrépita edad que no pudiese tolerar el trabajo. Otras
muchas razones daban los legistas, pero nadie replicó, pues al Consejo
Real no se le preguntó sobre la validación de la renuncia, sino
se le mandó que obedeciese el decreto, y muchos de los españoles,
y la mayor parte de los magnates, le oyeron con gusto, porque ya tenían
Rey español y sumamente amado por su afabilidad, liberalidad y
benignísimo trato, y, sobre todo, amante con el mayor exceso de su
nación española, casi con aversión a las demás
comparativamente.
* * *
En fin, por el rey Luis I se alzó
el pendón con la acostumbrada solemnidad el día 9 de febrero.
Admitió toda la familia de su padre, y a la suya se dejó el
sueldo y se dio futura de los empleos. Lo propio se ejecutó con la
familia de la princesa, y no hubo más novedad en la Monarquía y
en todo el sistema de ella, sino mudar en el Trono personas, sin que se
advirtiese otra mutación, y más, que el nuevo dominante todo lo
consultaba con su padre, de forma que todavía quedaba en Valsaín
el oráculo no sólo para las cosas más principales, pero
aún para las mercedes, de donde fue advertido al rey Luis se moderase en
ellas, porque había hecho algunas que tocaban en algún exceso,
dando pensiones y futuras; de género que aquéllas fue preciso
moderarlas, sobre lo cual se ordenaba al gobernador del Consejo Real invigilase
mucho, porque se quitaba el Rey, con vulgarizar los honores, el premio a que
aspiraban sujetos de mayores servicios de los que a río revuelto
habían pescado en esta coyuntura; bien que otras mercedes hizo
dignamente empleadas.
El Real Erario era lo que más
embarazo daba a los nuevos ministros, porque se halló la
Tesorería agotada, y se divulgó que días antes de la
renuncia había mandado pasar el rey Felipe cuatrocientos mil ducados que
había en aquellas reales arcas. De esto no nos hemos podido certificar,
porque don Fernando Verdes Montenegro, tesorero general de la Guerra, no
contestaba en este punto, y tenía sus resguardos, con que hacía
servicio del silencio, viendo que todavía se mantuvo en Valsaín,
y que el marqués de Grimaldo tenía casi la misma autoridad, con
menor riesgo, porque no parecía ya su firma, y el Rey -aunque con su
dictamen- respondía inmediatamente a su hijo.
Viendo estas mudanzas don Juan del
Río, marqués de Campo Florido, presidente de Hacienda y
secretario del Despacho Universal de ella con la general superintendencia, y
que era el papel más principal en el Gabinete el marqués de
Mirabal, presidente de Castilla, hizo dejación de todos sus empleos, que
no le fue en Valsaín admitida; antes le insinuó el rey Felipe se
daría por servido en que continuase en ellos; hizo segunda
dejación, y se le admitió.
Nombróse por presidente de
Hacienda a don Juan Blasco Orozco, presidente de la Sala de Alcaldes, y por
secretario del Despacho Universal de Hacienda y absoluto superintendente de
ella a don Fernando Verdes Montenegro, y Tesorería General se dio a don
Nicolás Hinojosa, que ya lo había sido.
Todas estas mutaciones en el gobierno de
Hacienda y nuevos gastos de dos Casas Reales hacían escasear el dinero;
y así, se discurrió en reforma de tropas, y más,
creyéndose adelantada la paz; porque en estos mismos días
habían llegado las investiduras para el infante don Carlos de los
Estados de Toscana y Parma, con las cláusulas más amplias, no
sólo de cuanto actualmente poseían ambos príncipes, pero
alargada la sucesión a todos los hijos de la Reina por sucesión
regular de varones, aunque fue preciso que antes saliesen garantes la Francia y
la Inglaterra de que en su caso había de tomar las investiduras de la
actual posesión dentro de un año el infante.
Hizo el Rey su hermano las mayores
demostraciones de júbilo por este suceso, y fue en público a dar
gracias a Atocha. El infante pasó luego a ver a sus padres a
Valsaín, adonde fue, antes de ir a Madrid, el mariscal de Tessé,
embajador extraordinario de Francia, que no pudo sacar del rey Felipe
más que un benigno reconocimiento; en lo demás se remitió
a la corte, donde le dieron, para tratar sus negocios, por ministro al
marqués de Mirabal, presidente de Castilla, porque entre los del
Gabinete se había dividido el oír y referir los negocios
extranjeros, y tocaron al presidente los de Francia, entonces bien
difíciles y secretos.
Publicóse que su mayor
comisión era tomase el Rey a bien que, dando la infanta de España
por mujer a José Luis, príncipe del Brasil, primogénito
del rey de Portugal, tomase otra el Rey Cristianísimo, para acelerar la
sucesión, si fuese posible, pues a la infanta la faltaban nueve o diez
años para poderla tener, y que admitiéndola por esposa el
príncipe del Brasil, tomaría el rey de Francia para suya a la
infanta María Magdalena de Portugal, su hermana, que tenía trece
años, y casi igual a la edad del Rey, y la infanta de España a la
del príncipe, que sólo tenía diez años, tomando a
su cargo la Francia todo el tratado y la conclusión de él. Estaba
a este tiempo el marqués de Monteleón en Madrid, y sus
émulos publicaban que él era de este dictamen para malquistarle
con el rey Luis, que tomaba muy mal estas voces.
Dudóse si se enviaría a
Italia al infante don Carlos. No hubo ministro español que a ello
asintiese, pero lo instaba Monteleón, cuyo voto venía con el
apoyo de la reina Isabel, que lo deseaba mucho, por parecer adelantaba mucho en
la materia; y como la dirección de lo más importante
todavía estaba en San Ildefonso, determinándolo todo el rey Luis
con parecer de su padre y del marqués de Grimaldo -que era lo propio que
a gusto de la Reina-, tuvieron orden los ministros que residían en
París y Londres de proponer a aquellos Soberanos la intención del
Rey sobre el infante don Carlos.
Nada parecía más natural
que declararle Gran Príncipe después de obtenidas las
investiduras. Con todo, ni esto quisieron consentir, cuanto más a que
viniese a Italia; porque, consultado el Emperador sobre esto, lo
resistía todo, sin haber menester de las instancias que contra esto
hacía en Viena el ministro de Toscana, porque nada sentía
más el Gran Duque que ver se acercaba, no sólo a su Trono, pero
aún a los confines de él, el infante de España, cuyo
nombre aborrecía mortalmente, y más, que era contra lo que
había ordenado de que se diese el título de Gran Princesa a su
hermana, la viuda Palatina, a favor de la cual disponía su
testamento.
Tampoco eran de dictamen de consentir en
lo que el Rey Católico quería las cortes de París y
Londres; ésta menos, por más allegada a los intereses del
Emperador; la de Francia se hubiera inclinado, si salían bien sus
negociaciones en Madrid a Tessé; pero éste adelantaba poco,
porque se les había acabado a los españoles la
subordinación a la Francia, y trataba con el gobernador del Consejo
Real, marqués de Mirabal, genialmente adverso a las máximas de
los franceses.
Ni esto lo quería el rey de
España someter al Congreso de Cambray, porque le parecía que
allí todo se retardaba más de lo que deseaba la Reina, siempre
instada del marqués de Monteleón, que deseaba volver a Italia con
el especioso título de plenipotenciario. Los reyes de Francia e
Inglaterra, por templar en algo el ardor de esta negativa, dispusieron que se
tratase en Cambray de dar la última mano al artículo sexto del
tratado de Londres sobre la sucesión de Toscana y, principalmente,
sobreponer en ella guarnición de esguízaros, como se había
convenido.
El Emperador no pudo negar su
consentimiento, porque no había por dónde dilatarlo más, y
así lo dio a entender al Gran Duque por su ministro, ofreciéndole
que procuraría no le fuesen estas guarniciones de molestia ni de
gravamen a sus rentas. Esto era dorar la píldora, porque ya veía
el Gran Duque que era desaire de su soberanía y una tácita
esclavitud de sus pueblos, expuestos al arbitrio de gente de guerra, hambrienta
de las riquezas y delicias de la Italia, tan desemejante a la Helvetia. Este
artículo quedó en Cambray nuevamente concordado, y se pasó
a las formales conferencias y reconocidos por mediadores los reyes
Cristianísimo y británico.
Los primeros pasos fueron dar
recíprocamente sus pretensiones el Emperador y el Rey Católico;
aquéllas las quisieron directamente de Viena los mediadores, y las del
rey de España fueron admitidas para enviarlas al Emperador,
inútilmente, porque se oponían con las del César, que por
preliminar declaraba que no se le hablase de Italia ni de la restitución
de Mantua y otros Estados que tenían en ella los que se
pretendían dueños. Esto no se podía ventilar sino en
Ratisbona y en el Consejo Áulico, que asentada la sucesión de
Toscana, de todo lo demás no se trataba en cuanto a Italia en el tratado
de Londres; ni el rey de España, en virtud de su renuncia, tenía
derecho a entrometerse en la Italia, ni le pertenecían los intereses de
sus príncipes ni los del duque de Parma, porque éste era punto de
jurisdicción inseparable del Consejo Áulico; pues con Parma
sólo había disputa de confines sobre las tierras que baña
el Po.
Insistía, con todo, el Rey
Católico en que se debía restituir la Italia a su primer estado,
porque era interés del infante cuanto poseería la Toscana, y que
así se habían de restituir a quien tocaban los Estados de Mantua,
Mirándula, Monferrato, Sabioneta y otros feudos de menor nombre, y que
se habían de prohibir las contribuciones y señalar por comisarios
neutrales los límites del Estado de Milán y Parma, en las riberas
del Po, y que no se consintiese a la venta del ducado de Masa sino bajo, la
condición de no innovar cosa alguna el nuevo comprador, que se
disponía fuesen los genoveses; cláusula que mira a perjudicar el
comercio de Toscana.
Nada de todo esto quería
oír el Emperador, y protestó que llamaría sus
plenipotenciarios, porque era la Italia la niña de sus ojos y sus Indias
inagotables, pues por ella lograba el dinero de España, que hacía
un giro preciso hasta Germania; exprimiendo ésta a los italianos, no
sólo con las abiertas contribuciones que a su arbitrio el Emperador
pedía, pero con la dependencia de toda la Italia de aquella corte,
adonde por mil modos venía a parar el dinero.
No quería el Emperador achicar su
poder, restituyendo a Mantua, ni dar el dinero que le había costado al
duque de Módena la Mirándula, ni podía quitar de manos del
rey de Cerdeña el Monferrato sin una guerra formal, donde no
tenía interés, ni éstos eran ejemplos conformes a lo que
pretendían sacar de la Santa Sede por la restitución de Comachio,
y más, cuando era menester hablar más moderadamente, por regir la
Iglesia católica un Pontífice integérrimo y santo que se
dejaría con gusto martirizar por la inmunidad eclesiástica y
defensa de lo que a la Sede Apostólica pertenece.
Había muerto en 10 de marzo el
Pontífice Inocencio XIII, y después de algunos debates en el
cónclave -porque la facción de los Albanis, con gran
número de creaturas del Pontífice Clemente XI, pretendía
elevar una de ellas a la suprema Sede-, en fin, asistiendo el divino
Espíritu, salió, sin que nadie lo esperase, elegido el día
29 de mayo para Sumo Pontífice el cardenal Vicente María Ursini,
religioso dominico, y aunque ilustre por la antigüedad de su
clarísima sangre, más le ilustraban sus profundas virtudes, que
predicaba más con el ejemplo que con la voz. Era hombre de vida austera
y religiosa, de quien no se podía esperar ni contemplación a
príncipes ni cosa que no fuese, según dictamen, la más
perfecta; era acérrimo defensor de la Iglesia, y aunque el Emperador
había despreciado casi la temporal potestad del Pontífice, como
verdadero católico tenía sumo respeto a lo espiritual, y
mandó se tratase de lo de Comachio con más blandura y arte; por
esto no quería abrir camino a otras restituciones, por si podía
sacar del Pontífice la bula de la Santa Cruzada para sus reinos de
Italia, como lo tenía ajustado con su antecesor; pero su muerte
dejó el tratado imperfecto.
Estas reflexiones le mantenían,
para no dar oídos con el Congreso de lo que podía moderar su
despótica autoridad en Italia, de lo que se quejaban los
españoles después de haber facilitado por su parte cumplir cuanto
en el tratado de Londres quedó ajustado, y en primer capítulo de
la accesión del Rey Católico a él; porque se obligaron sus
plenipotenciarios al conde de Provana, que lo era del rey de Cerdeña, de
restituir en tres meses, en especie o su equivalente en dinero, la
artillería que los españoles sacaron de Cerdeña y hallaron
en ella, cuando la ocuparon el año de 17; y aunque sobre dineros
cobrados en Sicilia podía pretender el Rey Católico más
que igual compensación, el modo de pagar esta artillería se
cometió en Génova a los diputados del rey de España, que
fueron el marqués de San Felipe y el marqués de Santa Cruz,
vizconde del Puerto, que estaba aún en rehenes por ella en Turín;
y por parte del rey de Cerdeña fueron diputados el conde de S. Nazar,
gobernador de Alejandría, y el conde de Groz, ministro de dicho soberano
en Génova.
Luego admitieron los piamonteses el
precio (aunque bajo) que ofrecieron los españoles, porque temiendo
Víctor Amadeo que se turbase el Congreso de Cambray, quiso sacar el
dinero que pudo, y dio de mala gana, para la solución, tres meses de
tiempo; lo tomaron con arte los diputados españoles, para que el Rey le
tuviese de ver las disposiciones de Cambray y arreglar a ellas su
deliberación, y aunque fuese en el corto interés de estos veinte
mil doblones; porque sólo se reflexionaba, aunque tarde, que al Rey
Católico todos le daban de prometido, pero le tomaban de contado.
No dejaba de entenderlo la sutileza y
honra de los españoles; pero ya la corte había tomado
empeño de hacer soberano al infante don Carlos, y todo se
posponía a este, más que dictamen, anhelo; y aunque los ministros
del rey Luis se quisiesen moderar, todavía el rey Felipe,
valiéndose del marqués de Grimaldo y del padre Bermúdez,
era el árbitro del Gobierno, y de éstos eran hechuras los
consejeros del rey Luis; aunque todos de sana intención, no se
atrevían a disgustar al rey Felipe, ni estaban a tiempo de mudar
sistema, antes consintieron en que se volviese a enviar al marqués de
Monteleón a las cortes de los príncipes garantes, para apretar al
Emperador a que cumpliese todo el tratado, y se resolviese a dejar partir a
Italia al infante don Carlos, puestas antes las guarniciones de suizos en las
plazas, como quedaba convenido.
Para que Monteleón tuviese
interés en lo que iba a solicitar, le dieron la plenipotencia para
Italia, adonde había de residir después de ajustado todo, y ya
sin dificultad reconocido el infante Gran Príncipe de Toscana; y con
estas instrucciones partió de Madrid a 28 de julio. Había
también de pasar al Haya, para ajustar la liga de las Provincias Unidas
con la Francia y la España, en caso de mover guerra al Emperador,
reconociéndolas con haber por ellas sacado la cara el Rey
Católico con la Francia, para embarazar la compañía de
Ostende, que era la espina que tenían hincada en el corazón los
holandeses; y para sacarla no estaban lejos de una liga con España, pero
no la habían determinado ni ofrecido; nada se ignoraba en Viena.
Con todo eso, se permanecía con
arrogancia y altanería contra las proposiciones que dieron en el
Congreso los plenipotenciarios de España. También en ella
tuvieron entera repulsa las que dieron los del Emperador, y se pusieron ambos
príncipes tan discordes, que ya la Europa desconfió de la paz, y
en ambos reinos se hacían manifiestos preparativos para la guerra,
porque el Rey Católico aumentó diez hombres por
compañía en todas sus tropas, que era un aumento de doce mil, y
el Emperador mandó completar sus cuerpos, que era reclutar más de
treinta mil hombres; previno para dilatada defensa las plazas de Italia, y se
trabajó con calor en perficionar la de Pizigiton.
* * *
Muchos eran los capítulos en que
se discordaba; lo principal que sentía el Emperador era querer la
España que restituyese a quien pertenecían las plazas de los
soberanos, que tenía en su poder. Estaba también picado de que se
introdujese la España en quitar la compañía de Ostende
para lisonjear los holandeses con el pretexto que iban por el mar del Sur a sus
Indias y cometían perniciosos contrabandos. Añadíase a
esto insistir nuevamente el Rey Católico que luego se fijasen los
límites de los Estados del duque de Parma, con restitución de lo
que se le había usurpado en el Po por la parte de Cremona, y
también otro pedazo de tierra por la vía de Mantua, porque
había de poseer el infante cuanto poseía el duque de Parma al
tiempo que se estipuló el tratado de Londres.
Pedía también el Emperador
los privilegios de Cataluña y Aragón, y quitar al Rey
Católico la facultad de dar Toisones, porque ya no le quedaba cosa de la
sucesión de los duques de Borgoña y condes de Flandes,
instituidores de esta Orden. Fuera largo referir las pretensiones que cada
día de parte a parte se forjaban, con la antigua máxima de pedir
mucho para lograr algo; pero ya está el mundo muy sabio para
engañar con ella, y mientras se disputan menudencias, se corrompe alguna
vez la oportunidad de lograr lo más importante; si hay necesidad o prisa
de hacer la paz, como la tenía el rey de España, por asegurar la
sucesión de Toscana e introducir en ella de una vez guarnición
antes que faltase el Gran Duque, amenazado claramente de hidropesía y
asma.
Las potencias garantes sólo
instaban se cumpliese el tratado de Londres; no negaban esto los dos Monarcas
opuestos, pero la inteligencia y el modo era difícil de ajustar, porque
el Emperador creía convenirle la dilación y no temía que
el rey de Inglaterra hablase de veras con tanta dependencia del Imperio por sus
Estados de Germania. También creía se rompería la buena
inteligencia entre la España y la Francia, no sólo por la voz de
que no llegaría a efectuarse el casamiento del Rey Cristianísimo
con la infanta de España, pero porque sucedió un accidental
disgusto entre el rey Luis y su mujer, que obligó a aquél -primer
consejo de su padre, y con acuerdo de algunos ministros- a retirar la Reina
desde el paseo al Palacio de Madrid, no dejándola de él salir, ni
de las piezas en que dormía, ni hablar con más personas que la
camarera mayor, condesa viuda de Altamira, y el mayordomo mayor, marqués
de Valero; ninguna dama, y sólo pocas camaristas escogidas, y no de la
mayor estimación de la Reina.
* * *
Este género de prisión o
reclusión dio gran golpe en el mundo, sin mancillar el honor de la
Reina, que tenía sólo quince años; y así, los
más preciados adivinos políticos creían tener esta
pública y descariñada resolución más arcanos
motivos y razones de Estado, por no poder deshacerse de la Reina cuando de
Francia se restituyese la infanta. Alentaba esta sospecha el asegurar muchos
palaciegos que no se había consumado este matrimonio, aunque el rey Luis
se hubiese en un mismo tálamo unido con la Reina más había
de ocho meses. Mas todo esto no tenía fundamento, ni las culpas de la
Reina eran más que pueriles inadvertencias, y creer que era
lícito romper la seriedad y gravedad de la etiqueta española, tan
aborrecida de las otras naciones, acostumbradas a vivir no con tanta
circunspección.
Estos desórdenes y vivezas de la
Reina eran perjudiciales a su salud, y desairadas en la majestad con llaneza,
aunque inocentes, extrañas en lo atento y serio de la nación.
Fomentaban estas libertades algunas lisonjeras camaristas, poco dóciles
a las órdenes de la camarera mayor, mujer de alta sangre y virtud,
criada desde su mocedad con una modestia y circunspección que no daba
lugar más que a admirarla y venerarla mucho.
Estas severas leyes del Palacio
español han tolerado las reinas con gran resignación y ejemplo, y
se tenía presente la modestia, gravedad y consumada virtud con que
vivía la reina Isabel, mujer del rey Felipe; y todo daba más
resalto a las vivezas, al parecer intolerables, de una Reina niña que no
comprendía los inconvenientes de aflojar ni declinar de aquel alto
decoro y sostenimiento que compete a la Majestad.
Habíase despedido de servirla, y
vuelto a Valsaín, el mayordomo mayor, marqués de Santa Cruz, que
previó estos desórdenes, y lo mismo pensaba hacer la condesa de
Altamira, que informó secretamente de lo que pasaba, por cumplir con su
obligación. No olvidando la suya el Rey, aunque tan joven, con suma
fortaleza y superioridad de ánimo resolvió castigar a la Reina
con esta pública demostración y desapego, quedándose en el
palacio del Buen Retiro, y con papeles circulares dio cuenta de los motivos que
para esto había tenido a los consejeros, a los ministros extranjeros y a
los suyos que servían en otras cortes.
El embajador de Francia, mariscal de
Tessé, sintió mucho este accidente y trabajó para
componerlo, pero no pudo, hasta que llegó el plazo que había el
Rey determinado interiormente, según estuviese informado de la
resignación de la Reina, y qué mella la había hecho en el
ánimo este castigo; mas como era tan tierna e inocente, detestó
luego sus conocidos errores y labró más aquella publicidad que
las precedentes amonestaciones. Sacó el Rey de Palacio trece camaristas,
las más lisonjeras o menos dóciles a los avisos de la camarera
mayor; algunas de ellas quedaron sin honores ni gajes ni entrada en el Palacio;
era su delito alentar a la Reina a ser despótica en la etiqueta de su
Palacio.
También se despidió una
señora de honor, a quien se cargaba alguna omisión o nimia
complacencia de dar lugar a las niñeces de la Reina, quizá porque
la parecieron sustancialmente inculpables, y precisos efectos de tan tierna
juventud. El día 4 de julio padeció la Reina este retiro; el
día 10 la mandó el Rey sacar de él, y encontrándola
en el que llaman Puente Verde, no permitiendo que la Reina le besase la mano,
la abrazó, y puesta en su carroza, la llevó al palacio en que el
Rey vivía, prosiguiendo en la interior y exterior unión, para que
olvidase lo pasado, y aún, tratándola como niña, al otro
día la regaló con un diamante de alto precio. Con esta pronta
reconciliación se rearguyó de falsos a los políticos y
adelantados juicios de los que presumen penetrarlo todo, y se dio a conocer lo
leve de los motivos por lo corto de la pena.
Pero ni esto libró de la
crítica a tan justa acción, porque se tenía la
exterioridad del castigo por exorbitante, no siendo de entidad la culpa.
Aún lo juzgaban así en Francia, pero el Rey Cristianísimo
y la madre de la Reina aprobaron al rey Luis su resolución, y la duquesa
viuda de Orleáns escribió a la Reina su hija una carta
discretísima extraordinaria, y con moderación reprensiva, ladeada
toda a favor del Rey y persuadida a que se arreglaría en adelante al
gusto de su real esposo y suegro y a la formalidad de la etiqueta, que la
hacía más respetable, y que, en fin, no había otro medio
para ser feliz.
* * *
Viendo el Emperador que de esto no
había nacido desunión entre las Coronas, declinó algo de
su altiva idea, dio oídos a moderar las proposiciones, porque todos los
príncipes oían con desagrado tanta arrogancia, y había
sucedido en aquel Congreso un lance que probaba con evidencia la inmoderada
altivez del Emperador, porque pretendía se le declarase preeminente y
con indisputable preferencia a todos los príncipes de Europa. Penteriter
manejaba esto con arte, y por empezar por lo más fácil,
pidió al conde de Provana, ministro de Cambray del rey de
Cerdeña, que se contentase de declararlo así por escrito
Este ministro, que carecía de
amigos en el Congreso, y no podía rastrear cosa alguna, por captarse la
voluntad de Penteriter, hizo una declaración, que ni su amo ni
príncipe alguno podía disputar la preeminencia al Emperador.
Queriendo el ministro austríaco valerse de este papel para tentar el
ánimo de los demás, le propaló, de lo que todos formaron
tal queja, que el Rey Cristianísimo y británico pasaron las suyas
al duque de Saboya; y aunque algunos creían haber sido esto con su
acuerdo, la verdad es que fue sin su participación, y mera acción
del conde de Provana, al cual sacó su Soberano de Cambray, le
desterró a una villa, y en su lugar envió al conde de Mafei, que
era su ministro en París.
El Emperador no se dio por entendido, y
dejó correr a Provana su adversa fortuna; antes mandó que aquel
papel se rasgase en el Congreso, como se ejecutó, cediendo prudentemente
a la común repugnancia y oposición; porque fue opinión de
muchos que esta idea no fue del Emperador, sí sólo de Penteriter.
No hemos podido saber sobre esto la verdad, porque no faltó quien dijese
que había sido pensamiento del arzobispo de Valencia, que no le pudo
adelantar porque falleció el día 21 de julio, en Viena, de
hidropesía, y vacó la presidencia de Italia; circunstancia en
algo favorable a la paz, a que tanto repugnaba el arzobispo por sus propios
intereses y por odio implacable que tenía al rey de España, donde
se aflojó mucho la persecución contra los que siguieron el
partido austríaco, y se había dado licencia para que se
restituyese a España la marquesa del Carpio, mujer del duque de Alba,
con sus nietos, hijos del conde de Gálvez y de su hija única y
heredera de todos los Estados, aunque el conde se quedó con su mujer en
el partido del Emperador.
* * *
Entre tantas políticas
turbulencias que agitaban la corte, la sorprendió y llenó de
imponderable dolor la muerte del rey Luis, que de enfermedad de viruelas mal
curadas o malignas, expiró la mañana del último día
de agosto con demostraciones de una resignación más que vulgar en
edad tan floreciente, dejando tan sublime Trono. Hizo testamento, volviendo a
su padre lo que le había renunciado, y encargándole mucho cuidase
de la viuda Reina, que enfermó de dolor. Asistieron a esta
disposición el presidente de Castilla, el inquisidor general y el
arzobispo de Toledo, con exclusión de los demás consejeros del
Gabinete.
Mucho se sintió la España
de esta pérdida, por las adorables prendas del Rey, que sobre ser de
gentil aspecto y bien detallado, tenía un trato amabilísimo, y
como se había criado con los españoles, se empezaba a rozar y
familiarizar con los grandes, a los cuales favorecía en el exterior
mucho más que su padre. Era sumamente liberal, magnánimo e
inclinado a complacer a todos; ni la libertad de Rey le había
contaminado la voluntad, con sólo tener diecisiete años, pues no
se le descubría vicio alguno; antes grande aplicación al
despacho, y deseo de aprender y acertar. Comprendía muy bien, pero no
tenía edad para resolver, y su más allegado era don Juan Bautista
Orendain, secretario del Despacho Universal de Estado; estaba inclinado a la
pintura, y designaba medianamente. Bailaba con el mayor primor, y era
gentilísimo.
Díjose que, aunque con más
recato, no había dejado de tener algunas travesuras inocentes propias de
la edad, hasta salirse algunas noches de Palacio acompañado de
sólo una o dos personas de su satisfacción, sin más
motivos que los de la curiosidad pueril de ver y observar lo que en la crianza
de Palacio, atareado siempre a las lecciones de varias facultades, no
había podido hacer, dando este género de desahogo a aquella como
opresión de ánimo en que los maestros y ayos le habían
tenido; y aun se añadió también que el desreglamento en la
fruta y otras golosinas de muchachos, le había hecho maliciosas y
mortales las viruelas.
* * *
Había el rey Felipe, en la
renuncia hecha a su hijo, en caso de la muerte del rey Luis en menor edad de
sus hijos, o sin ellos, formado como una regencia y nombrado los sujetos o, por
mejor decir, los que ocuparen las presidencias; pero el marqués de
Mirabal, presidente de Castilla, no puso esto en ejecución, y quiso le
escuchase el Rey: consultó ser todavía señor natural y
propietario de la Corona y ponderó la obligación que de justicia
y conciencia ten&iacut |