  Año de 1718
Con un leve golpe, siguiendo el dictamen
de Alberoni, despertó el Rey Católico al enemigo, porque la
recuperación de Cerdeña no traía las consecuencias que
eran precisas al haber nuevamente desenvainado la espada, aun abultadas en la
ponderación del cardenal para confirmar al Rey en la opinión de
la guerra. Nada perdió el Emperador con Cerdeña; nada ganó
el vencedor. Lo desarmado de aquel reino, el desengaño de los nobles y
el descontento de los pueblos facilitó su rendición. Las tropas
no tuvieron en qué mostrar su brío, pero la felicidad del
éxito estimuló al cardenal a seguir, como decía, el
favorable viento de la fortuna.
No admitía consejo alguno;
inútil la prudencia de los españoles, y la experiencia de los
ministros se despreciaba con escándalo; con vanidad de saber más
que todos, escuchaba a pocos Alberoni, o no escuchaba; superior aún a su
esperanza su dicha, admitió aquella perniciosa vanidad de dilatar su
nombre, aun con más eficacia, porque le concebía oscuro. Estos
creían eran los más firmes materiales para la mundana gloria, y
para adelantar la de la nación española.
El Rey perseveraba enfermo; este cuidado
ocupaba todo a la Reina, y se prometió la Monarquía
víctima del hombre más violento -como los émulos de
Alberoni decían-, cuyas desproporcionadas ideas tomaban un empeño
que no podían sostener, para el cual prevenía un grande
armamento. Disponíanse naves de guerra, comprábanse otras sin
intermisión, mandaba reclutar toda España, en Génova y en
Liorna; fundíase gran número de piezas en Pamplona, de que
había mucha falta en España, y desde la misma ciudad se
conducían de continuo millares de bombas y balas a Cataluña;
trabajábanse gran cantidad de vestuarios para tropas, labrábanse
armas, municiones y se tenían al sueldo número considerable de
navíos extranjeros para transporte, con queja de las naciones, que les
impedía el comercio.
El único ministro de quien
Alberoni se valía era don José Patiño; no le podía
hallar más a propósito ni más expedito, porque para
mantener su autoridad lo facilitaba todo y lo conseguía, aunque
decían sus émulos que no despreciaba medio alguno para el fin, y
que en él la palabra no tenía aquella firmeza que ha menester la
de un ministro, porque es sustituido en vez del Rey, cuyas palabras deben ser
inviolables.
Nunca se vieron en España
preparativos tan grandes; ni Fernando, el Católico, que tantas
expediciones ultramarinas hizo, ni Carlos V, ni Felipe II, que hicieron muchas,
han formado una más adornada de circunstancias y de preparativos. La
nota de ellos iba en varias copias por la Europa, asombrada de que pudiese un
reino cansado de tan prolija y tan varia guerra ser capaz de gastos tan
inmensos. Verdaderamente Alberoni dio a ver las fuerzas de la Monarquía
española cuando sea bien administrado el Erario, siendo indubitable que
gastos tan excesivos en tan breve tiempo, ningún Rey Católico ha
podido hacerlos, y esto, no habiendo echado nuevas contribuciones al reino.
Esta obstinación de su poder la debía el Rey a la
dirección del cardenal, que le hubiera sido útil si más
prudente; porque creyó poder asistir a todo el mundo, o padeció
el engaño de creer que no se le opondrían los príncipes
que no estaban directamente interesados en esta guerra, para sostener la cual
no perdonó diligencia.
Como se persuadía la
proseguiría el Emperador con el turco, envió al príncipe
Ragotzi, que residía en Andrinópoli, al coronel don Santiago
Boisiniene para ofrecer a aquel príncipe bastantes socorros de dinero
si, como él había ofrecido, le daba el Gran Sultán un
cuerpo de treinta mil hombres para entrar por la Transilvania. Creía con
esto no sólo hacer una gran diversión al Emperador, pero alentar
al Sultán para que no hiciese la paz, cuyo tratado adelantaban los
ministros de Inglaterra y Holanda que estaban en Constantinopla; pero ya, como
consternados los turcos la deseaban, ni podía Ragotzi cumplir lo
ofrecido, ni el coronel Boisiniene hacía en Andrinópoli
más que escandalizar al mundo, porque decían los émulos de
Alberoni y el Emperador que había enviado la España un ministro a
la Puerta Otomana para una secreta coligación, ofreciendo sostener la
guerra contra el Emperador en Italia, como el turco lo hiciese en
Hungría, y pagar las tropas que se diesen a Ragotzi, para que, renovando
la rebelión, atacase a los Estados austríacos; que este tratado
había tenido su principio en París con el príncipe de
Chelamar, embajador del Rey Católico, cuando Ragotzi estuvo en aquella
corte, con quien había tenido varias conferencias en el convento de los
camandulenses, y que aún se proseguía este tratado con un agente
de Ragotzi y un tesorero suyo, habiéndose enviado por Marsella armas y
dinero. Todo esto ponderó por escrito el Pontífice al conde de
Gallasch, embajador austríaco en Roma, y esparció copias no
sólo por el Sacro Colegio, pero aún por la Europa.
El príncipe de Chelamar se
excusó de esta impostura con una carta muy bien escrita al cardenal
Aquaviva, negó el hecho y aseguró no haber hablado a Ragotzi
más que muy de paso en las antecámaras del Rey
Cristianísimo, y en la casa donde se celebraba una academia; no conocer
los sujetos que le citaban, ni haber tenido de su soberano tal encargo.
Al fin, se esforzó disuadir al
mundo, y quedó dudosa la materia; cierto es que el coronel Boisiniene no
tenía más comisión ni credenciales que para el
príncipe Ragotzi, que es católico romano, y podía el rey
de España, estando en guerra con la Casa de Austria, ayudar a
aquél a recobrar sus Estados sin entrar en si era justo o no la
confiscación, ni la piedad del rey Felipe, quien, aunque lo quisiese
Alberoni, nunca hubiera firmado despacho de tener comunicación o
procurar alianza con el turco, porque es ley fundamental de los Reyes
Católicos nunca hacer la paz con los mahometanos, y esta guerra
permanece, desde el rey don Pelayo, por más de siete siglos, sin hacer
jamás ni treguas con ellos, como cada día las hacen el Emperador
y otros príncipes católicos.
No faltaban teólogos ni ministros
que defendían era lo propio coligarse con los turcos que con los
herejes; que con estos era ya usual la liga de España y otros
príncipes católicos, y que no debía hacer mayor horror el
otomano, pues todos eran igualmente enemigos de la Iglesia, que había
llamado a aquél alguna vez, contra la violencia de los emperadores. El
rey Felipe nunca quiso dar oídos a esta teología, cuya doctrina
no nos toca examinar; cierto es que es más escandalosa la amistad con el
mahometano que con el hereje, porque éste es cristiano, y como no
disiente en todo, es más fácil su reconciliación con la
Romana Iglesia. También es cierto que el coronel Santiago Boisiniene, de
orden del Rey Católico, se vio, antes de pasar a Ragotzi, con Clemente
XI, que siempre juzgó quedaría desautorizada la potestad
pontificia y violados muchos privilegios eclesiásticos si dominaba
enteramente en Italia el imperio impetuoso y despótico de los
alemanes.
En Roma se daba crédito a cuanto
se oía contra el cardenal Alberoni, porque desde la empresa de
Cerdeña le cargaba el Pontífice epítetos injuriosos a su
honor. Con todo eso, por no acabar de romper la amistad con el Rey
Católico, le dio las bulas del obispado de Málaga, a que el Rey
le había propuesto, y un breve, que se pudiese hacer consagrar de
cualquier obispo, sin asistencia de otros; pero habiendo luego, por muerte del
cardenal don Manuel Arias, vacado el arzobispado de Sevilla, fue Alberoni
propuesto por el Rey. El Pontífice negó estas bulas, aun
después de admitida la dejación de Málaga; celebró
los consistorios después de esto, sin procurar canonizar a Alberoni; y
viendo los ministros del Rey de España que perjudicaba a su derecho,
porque debía admitir el Papa a cualquiera propuesto por el Rey, como no
tuviese las nulidades o defectos que prescriben los cánones, hizo don
Juan de Herrera -auditor de Rota español- una protesta al Papa en 11 de
febrero, por sustitución del cardenal Aquaviva, alegando estar
vulnerados con esta repugnancia de dar las bulas, los derechos del Rey
Católico y sus prerrogativas, concedidas y confirmadas por tantos Sumos
Pontífices. Que era claro atentado no expedir bulas a proposiciones del
Rey en los primeros consistorios, y que así le quedaba acción no
sólo a hacerse mantener sus derechos, pero a usar de aquellos medios que
permiten los cánones para resistir a la violencia.,
El Papa se excusaba con que
también aquéllos, y muchas bulas pontificias, prohibían en
tan pocos días pasar de un obispado a otro, y que no había
necesidad de dispensarlo. No debemos entrar en las razones del
Pontífice, pero creyó el mundo que en esto había parte de
contemplación al Emperador, porque era Alberoni el blanco de sus iras y
se deseaba su abatimiento.
El rey Felipe se dio de esto por
ofendido; mandó saliesen todos sus súbditos de Roma; que no se
tuviese más comercio con aquella corte, y que no se tomasen bulas de
Dataría; y sacó al nuncio Aldrobandi de sus reinos, no porque
tuviese de él queja particular, sino porque era consecuente el haberse
manifestado mal satisfecho del Pontífice, el cual no estaba bien con su
nuncio porque se creía engañado de sus persuasiones y promesas
por haber dado el capelo a Alberoni, de que tanto se arrepentía; y
así no le permitió entrar en Roma, y se retiró a su casa
en Bolonia.
Éstas, que llamaba Alberoni
venganzas del Pontífice, o temores, los despreciaba con inmodestia y se
gloriaba su vanidad de ser objeto de la ira de los príncipes y de hacer
figura en el teatro del mundo; mantenía con tesón las ideas de la
guerra, aunque había asegurado falsamente a Inglaterra y a Francia que
el rey de España se contendría en la sola recuperación de
Cerdeña; no le daba crédito la Inglaterra, recelosa de tan gran
armamento, y así, envió a Madrid al coronel Stanop, para que,
viéndose con el señor Bubb, embajador británico en aquella
corte, no sólo indagasen a qué se enderezaban tantas prevenciones
de guerra, pero aún tenían facultad de proponer un ajuste entre
aquella corte y la del Emperador, no sólo porque veía el rey
Jorge armados otros príncipes, sino porque, en virtud de la alianza del
año pasado, le pedía el César socorros.
Las mismas diligencias hacía la
Francia; no estaba fuera de sospechas el Regente, porque como veía que
el Parlamento y los magnates del reino llevaban mal lo despótico de su
regencia, y en la Bretaña habían sucedido algunos rumores,
recelaba fuesen fomentados de Alberoni, y así envió a Madrid al
marqués de Noncre para que, de acuerdo con Stanop, propusiesen la paz
con el Emperador.
Esforzábanse estos ministros
cuanto era imposible, mas ya Alberoni se había endurecido en el
empeño; daba con altanería las respuestas, y conocían no
quería desistir de la guerra. No se descuidaba el ministro del rey de
Sicilia, abad del Maro, con quien hablaba Alberoni más oscuro.
Aún afectando confianza, tenía hecha la intención: contra
la Sicilia, y al mismo tiempo propuso una liga a su Rey; de él no dejaba
también de desconfiar el Emperador, y para ponerle mal con él y
que de necesidad adhiriese al de España, queriéndole hacer
instrumento que él mismo entregase aquel reino, le propuso con el mayor
artificio la liga, con estas condiciones:
Que España atacaría al
reino de Nápoles, pondría una escuadra de navíos en el
Mediterráneo y daría doce mil infantes y tres mil caballos para
que, uniéndolos a sus tropas, invadiese el rey de Sicilia al ducado de
Milán, cuyos derechos le cedería la España.
Que mantendría la guerra hasta
que todo el estado se rindiese, y que para los gastos de ella daría el
Rey Católico un millón de reales de a ocho, como el rey de
Sicilia pusiese luego aquel reino en depósito en manos del rey Felipe,
cuya propiedad le quedaría cuando todo el Estado de Milán
estuviese conquistado.
Estas proposiciones las hizo Alberoni al
abad del Maro; las mandó repetir por el marqués de Villamayor,
ministro de España en Turín, y las dejó con astucia
transpirar para que, viéndole tratar liga con España, se hiciese
sospechoso al Emperador, a los reyes de Inglaterra y Francia y aun a los
príncipes de Italia, porque nada deseaban menos que ver crecer al duque
de Saboya con el Estado de Milán, y más los genoveses, que le
tuvieran más íntimamente vecino y no se podrían ya
defender de él, perseverando los recelos de que deseaba Saona y el
Final.
El rey de Sicilia, cuya perspicacia de
entendimiento era la más feliz, acompañada de una singular
astucia, conoció los fondos de la intención del cardenal, y
aunque le era más útil Milán que Sicilia, vio que tiraban
a engañarle empeñándole en una guerra que no podía
mantener, bien que le cumpliesen la palabra, porque no extendiéndose su
poder a poner en campaña más que quince mil hombres, ni con los
otros quince mil que la España ofrecía podía resistir el
poder del Emperador, desembarazado de la guerra del turco, porque se
había ya elegido a Pasarovitz para lugar del Congreso con el otomano, y
envió la Inglaterra al señor de Suton para mediador de esta
tregua, que se trataba de veinticuatro años. Habían
también enviado a Venecia al procurador Runcini para su
plenipotenciario, y elegido el Emperador los suyos, que eran el conde Slich y
el general Virmont, con que ya veía el rey de Sicilia que era infalible
esta tregua, como al fin quedó concordada, y el Emperador desembarazado
para cualquier guerra.
Esto, y el ver que también se
trataba una alianza entre el César, la Inglaterra y la Francia, contra
los designios de España, hizo que respondiese a Alberoni en esta
forma:
Que el rey de España luego
daría un millón de pesos, y cada mes dos mil doblones para los
gastos de la guerra, y los quince mil, efectivos.
Que atacarían los
españoles al reino de Nápoles, donde la mitad del presidio de las
plazas que conquistase había de ser de piamonteses.
Que lo propio se haría en las que
conquistaría en el Estado de Milán, a donde, después de
rendido el reino de Nápoles, debían pasar veinte mil hombres.
Ya el cardenal conoció que esto
era desconfiar de él y no querer la alianza; y pareciéndole
más fácil pasar a las demás ideas, conquistar la Sicilia
antes que el mismo Duque la cediese al Emperador o le ayudase a conquistarla.
El rey Felipe se mantuvo en el sistema de atacarla, más con tanto
secreto, que nadie le pudo penetrar; bien que el abad del Maro, por conjeturas,
siempre escribía a su amo cuidase mucho de la Sicilia, porque
éste era el objeto de Alberoni. El duque de Saboya ya veía que no
la podía, defender porque sólo tenía en ella siete mil
hombres; pero mandó el conde de Mafei que fortificase de nuevo las
plazas, y juzgó conveniente correr el riesgo antes que entregarla de su
propia voluntad al Emperador, ni admitir sus tropas, porque para este
último paso siempre había tiempo, y pensó venderla a buen
precio, para lo cual envió al marqués de Santo Tomás a
Viena, y por confirmar más al Emperador, pidió para mujer del
príncipe del Piamonte, su hijo, una de las archiduquesas hijas del
Emperador José; no determinó cuál de las dos, porque
sabía que la primera se trataba de casar, por medio del Padre Juan
Bautista Salerno, jesuita, con Federico Augusto, príncipe electoral de
Sajonia, que, instruido del mismo Salerno, había ya abrazado la
religión católica y abjurado la herejía que desde Lutero
había seguido esta Casa, y por este servicio hecho a la Iglesia, fue
premiado después este jesuita con la púrpura.
* * *
Nada ignoraba Alberoni, y para
fortificar su sistema, sabiendo que se trataba en Londres una liga contra sus
designios, procuró alentar la guerra del Norte para embarazar al
Emperador; envióse secretamente un oficial a Mosavia, y que éste
mismo tratase (aunque después envió otro) con el rey de Suecia,
ofreciendo socorros de dinero si hacía una guerra que fuese de
distracción a las armas de la Casa de Austria. Trabó
correspondencia con el conde Vilio, agente del rey de Polonia en Venecia, que
ofrecía la amistad de su amo, y al fin no dejó pieza sin tocar
para poner la Europa en guerra, empeñando en ella al César.
Estas diligencias todas fueron
inútiles, porque el Czar no tenía motivo para traer sus amas a
Alemania, y estaba en guerra con la Suecia, cuyo Rey, aunque tenía que
recuperar en el Imperio de los Estados de Bremen y Verden, esto era
difícil, ya poseídos del rey de Inglaterra, y así
había convertido sus armas contra el de Dinamarca, cuya guerra no
hacía eco a la que la España había menester; con que estas
negociaciones del Norte le fueron inútiles, porque no le faltaban al
Emperador artes y poder para apartar de sí el cuidado de esta guerra:
trataba con blandura y amistad a los que la podían mover.
Concilióse el ánimo del Czar, mandando pasar preso a
Nápoles a su hijo primogénito el príncipe Alejo, que del
rigor de su padre huía, aunque era su cuñado, que había
tenido por mujer a una hermana de la Emperatriz. Esto le fue muy grato al Czar,
porque le facilitó el haber a sus manos a su hijo, que poco
después murió en una prisión, no sin graves sospechas de
haber sido a violencias de un veneno.
De quien más cultivaba la amistad
el Emperador era del rey de Inglaterra, como quien sólo podía
frustrar los designios de la España, que ya habiendo formado una
competente escuadra, sólo otra de Inglaterra se le podía oponer,
y con efecto mandó ya prevenir el Rey británico una de veinte y
seis navíos, exponiendo al Parlamento la necesidad que de ella
había, porque permaneciendo oscura la intención del Rey
Católico, recelaba fuese en auxilio del pretendiente de aquella Corona,
con acuerdo del Pontífice, que tenía en sus Estados refugiado a
Jacobo, a quien reconocía por rey de la Gran Bretaña, y que
había dispuesto su casamiento con la princesa Clementina Sobieski.
Había ya el rey Jacobo, con
poderes dados al duque de Ormont, contraído este matrimonio, y bajaba
con su madre y hermana esta princesa a encontrar con su marido, que
había salido de Pesaro a este efecto. Sentía mucho este
casamiento el rey Jorge, porque era interés de su Casa se extinguiese la
de Stuard, y se quejó mucho con el Emperador que hubiese consentido a
este tratado y permitido saliese de sus Estados la princesa.
No parecía propio del Emperador
embarazar estas bodas, y más siendo Clementina su parienta, ni era
decente a un príncipe católico impedir un sacramento de la
Iglesia, del cual podía resultar la propagación y
conservación de una familia real tan antigua y esclarecida como la de
Stuard; pero todo lo venció la razón de Estado y el temor que se
tenía a las armas de España, y como todavía se hallaba
esta princesa en sus Estados, mandó seguirla, y alcanzada en Inspruck,
ordenó arrestarla y ponerla en un convento, para que no se consumase
este matrimonio; esto dio escándalo a los católicos, pero no
admiración, porque ya puestos los intereses de la Casa de Austria en
manos del rey de Inglaterra, era preciso obedecerle.
Todo esto era contra la España;
más lo era la Liga que en Londres se trataba entre el César, la
Inglaterra y la Francia. Había pasado a aquella corte el barón de
Penterider, por el César, y por el Cristianísimo, el abad de
Dubois, primer secretario de Estado, hombre íntimo del Regente, y que
había padecido en tiempo de Luis XIV grandes persecuciones y trabajos.
Tratábase todo con Diego Stanop, secretario de Estado, y el más
favorecido del Rey, y estos tres ministros, que tenían en su mano la
voluntad de sus amos, gloriándose de legisladores del mundo dieron la
ley a la Europa; dividieron los reinos a su modo, estudiando, como
decían, el equilibrio de las potencias. Quedaron de acuerdo en los
artículos Stanop y el abad Dubois, pero no los mostraron a Penterider
porque antes querían volver a intentar que admitiese el Rey
Católico proposiciones de paz y establecerla general.
El Emperador protestó que no
consentía a ella si no le mostraban los artículos, y así,
se le enviaron con tanto secreto que pudiese el inglés y el
francés negar que en Viena se habían visto, escritos en forma que
parecían favorables a la España. Ordenaron los propusiesen al rey
Felipe los cuatro ministros que por la Inglaterra y Francia estaban en Madrid,
con los cuales tuvo varias conferencias el cardenal Alberoni.
La suma de los capítulos era
ésta:
Que para sosegar las controversias
repugnantes a la paz de Baden y a la neutralidad de Italia, restituiría
el Rey Católico la Cerdeña al Emperador.
Que ratificaría la renuncia al
reino de Francia por los Borbones de España y la de España por
los de Francia.
Que reconocería el Emperador por
rey de las Españas e Indias al rey Felipe y sus descendientes,
renunciando los derechos a esta Corona.
Que el Rey Católico haría
el mismo reconocimiento y renuncia a favor del Emperador en los Estados de
Italia que poseía, y el Final, que había vendido a los genoveses,
y aún cedería el derecho de reversión que se había
reservado en la Sicilia cuando la entregó al duque de Saboya.
Que consentiría y
reconocería el Emperador por sucesores de los Estados de Toscana y Parma
al primogénito de la reina de España, Isabel Farnés,
extinta la línea varonil de los príncipes que los poseían;
pero que habían de quedar éstos feudos imperiales, y Liorna, como
ahora, puerto franco, y que llegando el caso de la sucesión de un
infante de España, se le entregaría la plaza de Puerto
Longón.
Que serían incompatibles estos
Estados con la Monarquía de España, y que se les pondría,
desde luego, un presidio de seis mil suizos, y mientras que éstos
venían, de ingleses.
Que consentiría a la
disposición que se había de hacer del reino de Sicilia aun contra
el tratado y la cesión de Utrech a favor del duque de Saboya, y que el
derecho de reversión se pasaría al reino de Cerdeña,
destinada, en vez de la Sicilia, a este príncipe.
Que se haría un tratado
particular entre el Emperador y el Rey Católico, concediendo indulto
general a todos los que hubiesen adherido a uno u otro partido, con
restitución de sus bienes, títulos y dignidades.
Este proyecto fue mal recibido de
Alberoni, y ponderado como indecoroso al Rey, porque parece que le obligaban
por fuerza a admitirle con una superioridad y arrogancia como quien daba la
ley, y sin estar antes consultado en la corte de España. Esta
circunstancia le hacía gran fuerza al rey Felipe, y aunque parece que a
la Reina se la facilitaba la sucesión de Toscana y Parma, era con el
acíbar de quedar feudos imperiales, en que se conocía que las
potencias mediadoras tiraban a engrandecer al Emperador.
No pareció entonces esta
condición digna de llevarse, ni se podía admitir sin consultarlo
con el Gran Duque y el duque de Parma, que la repugnaron fuertemente. Este
último envió a Alberoni los papeles en que se demuestra
claramente ser Parma y Plasencia feudo de la Iglesia, y extendidas las razones
contra el Imperio, que pretendía lo contrario. El Gran Duque
expresó con más viveza su resentimiento, no sólo porque la
plena libertad que goza la Toscana es emanada de la que tenía su
República, cuanto por la dura condición de sufrir presidio
forastero y ver excluida de la sucesión a su hija, la viuda Palatina,
que se había restituido a Florencia, y a quien tenía particular
afecto.
Era verdaderamente su ánimo
llamar un infante de España a la sucesión, tomándole como
heredero de María de Médicis, mujer de Enrique IV, o como hijo de
la reina Isabel Farnés, que tenía más inmediato el
derecho. Había manejado con arte y felicidad este negocio en Florencia
el padre fray Ascanio, de la Orden de Predicadores, que hacía los
negocios del Rey Católico, hombre sagaz, sabio y aplicado. No dejaba de
encontrar sus dificultades en la voluntad de algunos ministros afectos al
Imperio, pero el Gran Duque estaba siempre por la Casa de España, y le
había el Rey Católico ofrecido que el modo y las circunstancias
se dejarían a su arbitrio.
Estas condiciones, y las de creer que el
rey Felipe padecía ultraje en admitir los propuestos artículos,
los hizo despreciar, y dio el cardenal a los ministros extranjeros una
respuesta seca y poco obligante. Con esto se confirmaron en su alianza los tres
referidos potentados, y a toda prisa se acabó de armar la escuadra que a
cargo del almirante Binghs había de pasar al Mediterráneo.
Quejóse en Londres de este armamento el marqués de
Monteleón, ministro del Rey Católico, y le fue respondido que
aquella escuadra estaba destinada a mantener la neutralidad de Italia,
empleándola contra quien quisiese turbarla.
Esta noticia no la ignoró
Alberoni; dio Monteleón cuenta exactamente y expresó que no se
lisonjease el Rey Católico con que estas eran sólo amenazas,
porque los intereses del rey Jorge podían patrocinar los del Emperador.
Esta es la más fuerte crítica contra la conducta de Alberoni,
porque si creía que eran sólo insinuaciones las de la Inglaterra
y la Francia, padeció la desgracia de mal instruido en los intereses de
los príncipes, y no conoció el formal estado del mundo, si
creía hablaban de veras, e imaginar poder sola la España resistir
a tres poderosos príncipes era inconsideración, porque
debía conocer las fuerzas marítimas con que tomaba el
empeño, inferiores a las de Inglaterra, ni las tropas que podía
enviar el Rey Católico a cualquier empresa podían recibir
aumento, ocupado por los ingleses el mar e inundada de alemanes la tierra,
porque tenía el Emperador en Alemania ochenta mil hombres ociosos, y era
el árbitro de la Italia, a cuyos príncipes hacía
contribuir grandes sumas de dinero con sola una carta del gobernador de
Milán.
Estaba bien prevenido el conde Daun, y
fortificadas las plazas del reino de Nápoles, donde prevenía un
campo volante con las tropas que por el Trieste había recibido.
Había también pasado el marqués de Lita, gobernador de
Tortona, con dos mil hombres a la Luneguiana, presidiando a la U-la y Lavenza,
y concurría también el duque de Módena a cerrar los pasos
por donde podían penetrar los españoles a la Lombardía si
hacían desembarco en el puerto de la Especia, de lo que había
mandado prevenir a los genoveses el Emperador.
Éstos respondieron que no
tenían fuerzas para oponerse a príncipe tan poderoso como el Rey
Católico, y que ofrecían la más sincera neutralidad.
También bajaban tropas al ducado de Milán, destacadas de la
Hungría; se aumentaron los presidios y se abastecieron de víveres
las plazas. El cardenal se reía de todas estas precauciones, porque
creyó sorprender la Sicilia y, llevado del ardor de su empeño, se
lisonjeó que, como aquel reino no era parte de los Estados del
Emperador, no le defenderían los aliados.
Este modo de discurrir era el más
arrojado, porque ya había visto en las presentadas proposiciones de paz
que se destinaba la Sicilia al Emperador, y así era preciso defenderla,
y con esta ocasión dominarla, pues aunque se había altamente
quejado en Londres y en París de esta nueva disposición contra el
tratado de Utrech el rey de Sicilia, se le respondió que esto importaba
al equilibrio de la Europa. Quísose entonces unir con la España
por redimir esta vejación, pero esto lo propuso con tanta oscuridad y
reserva, que no tuvo el cardenal tiempo de ajustar el tratado con un
príncipe tan difícil como Víctor Amadeo, y más que
ya tenía hecho el ánimo contra la Sicilia, y creía que,
ocupada ésta, mudarían de viso las cosas, y modificarían
el proyecto los aliados, porque conocerían la dificultad de emprender
una guerra contra una isla presidiada de treinta mil españoles, y se
figuraba que la conquistaría en ha meses, como a Cerdeña, porque
deseaban los sicilianos sacudir el yugo del actual dominante y admitir el de
los españoles, que le habían experimentado suave por más
de tres siglos.
No los gobernaba el nuevo
príncipe con tiranía, pero como, en lo económico era tan
exacto, no se distraían las rentas reales con la profusión que en
tiempo de los Reyes Católicos, y había en todo una regla que,
aunque justa, era odiosa a los vasallos, porque la relajación humana no
quería príncipe advertido, sino negligente, y a esto llamaban
benignidad.
Todos los reyes Católicos lo
habían sido en Sicilia, porque la vastidad del Imperio español
hacía menos aplicado el cuidado a cada reino en particular, y más
a los que el mar separaba; el mismo cúmulo de reinos hacía floja
y remisa la dominación española; el descuido la hacía
parecer liberal. Es en sí verdaderamente generosa y poco interesada;
pero es inaplicada también, y de sus descuidos se constituían los
logros de los súbditos distantes, no habiéndose sabido servir de
Italia y Flandes más que para destruirse y despoblarse, lo que se cree
sucede también con Indias. Por esto no era tan bien visto en Sicilia el
duque de Saboya, porque atendía más y gobernaba con formalidad
mayor, haciendo observar sus decretos con una severidad que parecía
tiranía, y era justicia.
Comoquiera, los sicilianos es cierto que
estaban siempre convidando a los españoles; pero no conoció los
tiempos ni la situación de aquella isla el cardenal Alberoni, porque
tenía muchas plazas fuertes que tomar y estaba a este tiempo el
Emperador desembarazado y dueño de Nápoles, por donde, por la
corta distancia del faro, podía desde Rijoles socorrer con barquillos y
falucas las plazas, pues todas las más fuertes son marítimas, y
una que por un mes se resistiese, daba tiempo a poner en forma la
oposición e introducir la guerra, la cual no podía el Rey
Católico mantener sin armada superior a cuantas podían tener los
aliados.
Estas eran evidencias que no quiso
advertir el cardenal, porque no admitía su ambición de gloria
consejo, ni comunicaba con viviente alguno sus ideas, creyendo que el secreto
era el alma del negocio, y no fiando de nadie para iluminarle en lo que
entendía. En estos errores suelen caer los genios sumamente reservados y
que se glorían de incomprensibles, no porque no sea el secreto el
fundamento de las grandes resoluciones, pero es menester elegir ministros a
quienes fiarlas, porque por lo mismo que son grandes, traen consigo tan
difíciles circunstancias, que no las puede entender uno solo, y
más empresas monárquicas, que de tan distintos oficios
dependen.
* * *
Después de ideado, amó
tanto su propio empeño el cardenal, que no supo desistir de él; y
fiando, como decía, gran parte de la obra a la fortuna, mandó
que, juntándose en Barcelona tropas y naves que en toda España
había prevenido, entregando dos pliegos sellados a los comandantes, hizo
partir esta armada el día 18 de junio, mandada por el jefe de escuadra
don Antonio Castañeta, buen piloto, pero poco experimentado en la
guerra; mas tocábale el mando por su antigüedad. A éste iban
subalternos los jefes de escuadra don Fernando Chacón, marqués
Esteban Mari, y don Baltasar de Guevara. Constaba la armada de veinte y dos
navíos de línea, tres navíos mercantiles, armados en
guerra; cuatro galeras, a cargo del jefe de escuadra don Francisco
Grimáu, en que también iba otro jefe de escuadra, don Pedro
Montemayor; una galeota mallorquina y trescientos cuarenta bastimentos de
transporte con dos balandras. Éstos llevaban de tropas treinta y seis
batallones completos, cuatro regimientos de dragones y seis de
caballería, que componían treinta mil hombres, mandados por don
Juan Francisco de Vete, marqués de Lede; gente veterana y escogida, y
tropas cuales Monarca alguno no tenía mejores, disciplinadas, con
dieciocho años continuos de guerra, que se habían hallado en
todas las funciones de las que hemos escrito.
Había en estos ocho batallones de
guardias españolas y valonas gente esforzada, que cada soldado
podía ser oficial. También se embarcaron cien piezas de
cañón de batir, cuarenta morteros, una cantidad inmensa de
pólvora y municiones, con mil quinientos mulos para el tren de la
artillería; seiscientos artilleros, y hasta mil quinientos que en la
artillería servían; una compañía de sesenta
minadores y cincuenta ingenieros subordinados a don Próspero Berboon,
ingeniero mayor, hombre en esta facultad de los más insignes de su
siglo; pertrechos de guerra innumerables y cuantos instrumentos son precisos
para ella.
Nunca se ha visto armada más bien
abastecida; no faltaba la menudencia más despreciable, y ya
escarmentados de lo que en Cerdeña había sucedido, traían
ciento cincuenta y cinco mil fajinas y quinientos mil piquetes para trincheras;
se pusieron víveres para todo este armamento para cuatro meses.
Todo se debió al cuidado de don
José Patiño, que aunque no tenía más despacho que
de intendente general de Tierra y Marina, le había conferido tan plena
autoridad el cardenal con cartas misivas, que la tenía sobre toda la
expedición y las operaciones que se habían de hacer en ella, y
era árbitro del dinero y caudales destinados para esta empresa, y
tenían instrucciones Castañeta y Lede de nada hacer sin su
dictamen, y aun en caso de discordia, seguir el de Patiño y, en fin, de
obedecer cuantas órdenes en nombre del Rey diese.
Esto era haberle fiado el todo, y aunque
era don José Patiño hombre capaz, celante, inteligente y
desinteresado, era uno y no lo podía ejecutar todo, ni entenderlo, y
como el cardenal era de genio despótico, y creía que él
solo podía gobernar la Monarquía, transfirió su autoridad
en uno, y creyó que lo podía todo hacer y comprender. Este era
desorden, porque los demás no se hacían cargo de sus propios
oficios, creyendo estaban al de Patiño. A los jefes se entregaron
pliegos; se habían de abrir en determinados lugares; el primero se
abrió en Cerdeña, en la bahía de Caller; allí se
tomaron otras tropas que se incluyen en el referido número, y se
embarcó el teniente general don José Armendáriz.
Partió todo el armamento a 28 de
junio de Caller, y el día 30 dio vista a Sicilia, llevando la proa a San
Vito, donde se había destinado el desembarco. Un temporal la
sotaventó, sin desunirla. El primero día de julio hizo punta a la
Parte de Monelo, pero no pareció a propósito aquella playa,
aunque está dos millas de Palermo, y continuó el viaje hasta dar
fondo en el cabo Salento, cuatro leguas distante de la capital de aquella isla;
la misma tarde se desembarcó la mayor parte de la infantería y se
acampó en las alturas de San Elías, donde hubo escasez de agua.
Al otro día se feneció el desembarco de todas las tropas, y se
abrió el otro pliego y se declaró capitán general de aquel
ejército y virrey de Sicilia al marqués de Lede; el día 3
se marchó cuatro millas, y se acampó en la torre del Agua de
Corsarios; aquí vinieron muchos caballeros de Palermo, y los diputados
de la ciudad, a ofrecerla al Rey Católico, pidiendo sólo
manutención de sus privilegios.
El conde Mafei, que allí
gobernaba, dejó luego esta capital, y dejando alguna guarnición
en el castillo, se retiró con mil quinientos hombres a Siracusa. Gran
parte de la nobleza fue a encontrar el marqués de Lede al campo de Mala
Espina, desde donde marcharon cuatro compañías de granaderos de
guardias españolas, y ocuparon la Puerta Nueva de la ciudad y el
Palacio; estos mismos, después, se acercaron a Castelamar, presidiada de
cuatrocientos sesenta infantes piamonteses, y por la parte de la marina le
bloquearon también dos compañas de granaderos del regimiento de
Saboya y Guadalajara; otra compañía de guardias españolas
ocuparon el fuerte del Muelle y la Linterna. Se intimó la
rendición a Castelamar; respondió con honra su gobernador,
caballero Marelli. Se tomó un navío nuevo de sesenta y cuatro
piezas que había en el muelle de Palermo, a cuya bahía
pasó la armada española.
Los piamonteses trabajaban una
pequeña media luna entre el fuerte de la Flecha y San Pedro; los
españoles pusieron por eso doscientos hombres en las casas inmediatas, y
adelantaron otros a un ribazo, para hacer fuego sobre los trabajadores. En este
día 5 se declararon tenientes generales al caballero de Lede, a don Juan
Chacoli, a don Antonio Pinatelo, marqués de San Vicente, al conde de
Montemar y a don Feliciano Bracamonte; y al otro día, mariscales de
campo al señor Dupui, al conde de Sueveghen, al marqués de
Rebés y al conde de Roidovilles; después, al señor de
Vaucop.
La noche del día 7 y 8 se
trabajó en una pequeña paralela para cubrir la batería
dirigida al franco y cara del baluarte de San Pedro que mira a la ciudad, pues,
ocupada ésta, no se necesitaba de quitar el fuego opuesto para tomar la
brecha. Se destacó don Lucas Espínola con el marqués de
Villadarias, con los regimientos de dragones de Batavia y Frisa y quinientos
infantes en derechura a Mecina, y en los dos cuerpos siguió
después toda la caballería y dragones, y a la testa de cada una
iban un teniente general y un mariscal de campo.
La infantería se envió por
mar, destinando el lugar del desembarco entre la torre del Faro y Melazo;
alguna quedó en Palermo contra el castillo, y el día 13,
después de seis horas de batería, se rindió a
discreción. Esto llevó muy mal el rey de Sicilia, y se
formó proceso al gobernador; pero no era fortificación que
tenía resistencia. Quedó un campo volante de tres mil hombres a
cargo del conde de Montemar, a quien también se le dio orden de bloquear
a Trápana; bajaron luego las milicias del país a unirse con las
tropas españolas, y aquéllas se enfurecieron tanto con los
piamonteses, que en Cantanieta mataron los paisanos cuarenta de ellos.
La ciudad de Catania se apoderó
de su castillo, aclamando al rey Felipe, e hizo prisionera la poca
guarnición que en él había: las de Tápana y Termini
hacían algunas salidas, pero las contuvo el conde de Montemar metiendo
su campo volante en el valle de Mazara. Mecina erala más difícil
empresa; tenía de presidio dos mil quinientos piamonteses, y al dar
vista a la ciudad la armada española, se conmovió el pueblo de
género contra ellos, que, abandonando los baluartes, se retiraron a la
ciudadela, guarneciendo los castillos de las cumbres del monte y del Salvador.
Sin dilación del país cubierto, obedeció al Rey
Católico. Las galeras de aquel reino, mandadas por cabos saboyardos, se
refugiaron a Malta.
Para empezar las operaciones por la
parte de Palermo se movieron, como se ha dicho, a cargo del conde de Montemar,
contra Termini; llegaron el día 26, y por mar desembarcaron las
municiones en la playa de San Cosme y San Damián, guarneciendo a la
ermita con una compañía de granaderos del regimiento de
Valladolid; luego se empezaron los trabajos para la trinchera y componer una
batería de morteros, y a 31 de junio se perficionó la paralela.
Desde el llano de Santa Ana se batía la plaza baja del baluarte de los
Balbases y parte de la cara del de Villarroel; con esto hizo llamada la noche
del día 4 de agosto el castillo, y se rindió a discreción,
quedando prisioneros trescientos hombres.
Don José Vallejo y el
marqués de Villa Alegre partieron a bloquear a Siracusa, de donde
salieron dos navíos ingleses fletados del conde Mafei, con cuatrocientos
hombres, para Augusta, los cuales, sacando cuatro compañías de
infantería que de esta ciudad quedaban, dieron fuego a las minas que
tenían hechas para volar el castillo, que no hicieron mucho efecto.
Desamparada la ciudad, la ocuparon los españoles, y repararon el
castillo.
Habíanse de las galeras de aquel
reino escapado todos los sicilianos que en ellas servían, y sólo
quedaba mal abastecida la chusma de algunos oficiales piamonteses. Para
guarnecerlas envió Mafei doscientos hombres a Malta, para donde
partió también con su escuadra don Baltasar de Guevara, para
pedirlas al gran maestre de San Juan o sacarlas con violencia de aquel puerto,
si era posible.
Esto último no era fácil
intentarlo, porque las protegía el cañón de la plaza; el
gran maestre Perellós se excusó a entregarlas, diciendo no era
juez de las diferencias de los príncipes, y que no podía negar
refugio a quien le buscaba en su puerto. Que, como era neutral, dejaba a las
galeras en su plena libertad, pero si perseveraban en él hasta la
decisión de la guerra de Sicilia, las entregaría al dueño
de ella. Esta respuesta tomó muy mal el rey Felipe, y se prohibió
a la isla de Malta el comercio con Sicilia, negándola los granos que
acostumbraba dejar extraer, mas después que las abrigó de la
escuadra inglesa, que llegó, como veremos, dejó el gran maestre
salir las galeras, que se fueron a Nápoles, y de allí a
Villafranca de Niza, no habiéndolas querido entregar a otro que a don
Miguel Regio.
Este destacamento de navíos que
ordenaron el marqués de Lede y don José Patiño,
empezó a enflaquecer las fuerzas de la armada; las restantes naves
entraron en el puerto de Mecina, donde hallaron dos navíos del rey de
Sicilia, que no tuvieron tiempo de escapar, pero no podían los
españoles valerse de ellos, porque los defendía la ciudadela y el
fuerte del Salvador. Bien recibidas de los mecineses, llegaron todas las tropas
españolas, y luego se dio principio al sitio de la ciudadela; pero, como
embarazaban los ataques los castillos de la montaña Matagrifón,
Gonzaga y Castalazo, se atacaron antes éstos, y en pocos días se
rindieron a discreción. En el primero había doscientos
hombres.
En este estado dieron aviso los
ministros de Italia a los jefes españoles que ya navegaba las aguas del
Mediterráneo la armada inglesa, mandada por el almirante Jorge Binghs.
Había salido esta escuadra desde 14 de junio de sus puertos; constaba de
veinte navíos de guerra, todos de línea; el mayor, que era el
navío
Brafieur, tenia noventa piezas; había
dos de ochenta y de setenta y siete; los demás eran de sesenta, y el
menor, que era el
Rochester, tenía cincuenta
cañones. El
Guastlant y
Grifin eran de fuego;
Blasilik y
Blast, de bombas.
No eran grandes estas fuerzas; pero les
pareció a los ingleses que bastaban, porque ya habían enviado de
antemano un oficial de marina a Cádiz y otro a Barcelona, con pretexto
de negociantes, para que se informasen por menor del armamento marino del Rey
Católico; y así, estaban los ingleses tan rectamente informados,
que sabían el nombre y el número de piezas de cada navío y
de su tripulación.
Cuando la armada inglesa llegó a
las alturas de Alicante, despachó Binghs a Madrid un oficial suyo, que
le servía de secretario, con cartas para el coronel Stanop, en que le
decía hallarse con su escuadra en el Mediterráneo, y que
tenía instrucciones de su Soberano para tomar las medidas, más
proporcionadas al ajuste entre el Rey Católico y el Emperador, y en caso
de reservarlo y persistir aquél en turbar la neutralidad de Italia y los
Estados de éste, que tenía orden de embarazarlo con las fuerzas
de aquella armada. Stanop lo participó al cardenal Alberoni, que indujo
al Rey a permitir se le diese en su nombre una respuesta la más sobre
sí y orgullosa, porque le respondió a Stanop que podía
ejecutar el almirante Binghs las órdenes de su amo como le
pareciese.
Esta sequedad no dejó de picar al
inglés, y tomó el rumbo de las costas de Nápoles, ya hecho
el ánimo a ejercer toda hostilidad. A este tiempo pasó de Londres
a París el secretario Diego Stanop, para dar la última mano al
tratado de la Triple Alianza, que se firmó en Londres a 2 de agosto.
Tenía por apéndice el que
entre sí hicieron el Emperador, el rey Jorge y el Cristianísimo,
del modo como oponerse a la España, y quedó concordado que
pondría las tropas el Emperador, la armada naval la Inglaterra, y la
Francia concurriría con un equivalente considerable en dinero.
Envióse al conde Cadogan al Haya para disponer que los Estados Generales
de las Provincias Unidas entrasen en esta Liga. Hizo este ministro los mayores
esfuerzos para persuadirlos, y los mismos hacía por lo contrario el
marqués de Berreti Landi, embajador del Rey Católico. El
inglés proponía la antigua amistad de las dos naciones, la
unión de sus intereses de religión y Estado, la gloria de entrar
a la parte de dar a la Europa equilibrio, y la infracción de la
neutralidad por parte de los españoles, y sobre todo el ejemplar de la
Francia, en que la Casa de Borbón, contra sí misma,
posponía los derechos de la sangre a la pública utilidad y
quietud.
El marqués Berreti Landi, por lo
contrario, ponderaba la ambición de la Casa de Austria y cuánto
les importaba a los holandeses no engrandecerla, porque aspiraba a la
depresión de sus vecinos, como se dejaba conocer en que aún no
había dado cumplimiento al ajuste de la barrera. Mostró que los
coligados ni formaban ni querían equilibrio, porque con darle al
Emperador la Sicilia le acrecentaban el poder y le rendían esclava a la
Italia, con lo cual serían sus armas tan formidables, que no
hallarían resistencia. Que la neutralidad había sido violada por
el Emperador, como había muchas veces explicado, abusando de la
paciencia del Rey Católico, hasta que llegaron los agravios a punto tan
insufrible que era desdoro de la Majestad tolerarlos. Que no era la Inglaterra
la que obraba, sino un rey alemán, por los propios intereses de la Casa
de Hannover y para mantener lo usurpado al rey de Suecia. Que tampoco era la
Francia, ni el Rey, que sólo tenía ocho años, el que
movía las armas contra Felipe de Borbón, Rey Católico,
sino el duque de Orleáns, despótico en la Regencia, o por odio a
su sobrino, o porque buscaba en el Emperador y el rey Jorge protectores a
más altas ideas. Que el rey de España nada invadiría que
no hubiese sido suyo, y ya que en este último tratado, queriendo
tiranizar la Europa los que se llamaban legisladores, rompían el de
Utrech, adjudicando al Emperador la Sicilia, que la España no estaba
obligada a mantenerle, sino a defender aquel reino, porque se había
despojado de él para darle a un príncipe que no le embarazaba,
pero no para exaltara su enemigo.
Los holandeses no querían volver
a tomar las armas y destruir su comercio por la Casa de Austria, que tan mal
los había pagado; mantenían ardientes quejas con el Emperador, y
conocían con evidencia que la Inglaterra y la Francia volvían a
una guerra voluntaria por privado interés de las dominantes, no de sus
súbditos; y resolvieron hablar con ambos ministros oscuramente.
La respuesta dada a Cadogan fue que no
podían entrar en confederación alguna con el Emperador antes de
rematar el negocio de la barrera y dar la última mano al tratado de
Ambers. Al marqués Berreti dijeron asegurase al Rey Católico de
su constante amistad, y que le suplicaban componer amigablemente las
diferencias con el Emperador. Cadogan concibió esperanzas de esta
respuesta, creyéndola sencilla; dio noticia de ella a su corte y a la
del Emperador, y pasó a Ambers a hablar al marqués de Prie,
gobernador de Flandes, que partió a este efecto de Bruselas.
Tratóse de la composición
de la barrera, que con palabras la facilitaron los alemanes; pero obraban de
mala fe, mal entendida de los ingleses, que dieron por sentado el ajuste y, en
su consecuencia, que la Holanda adhería a la alianza. Diego Stanop, que
estaba en París, padeció también este engaño, y
creyendo que tanto poder unido pondría miedo al Rey Católico,
pidió un pasaporte para ir a Madrid no, queriendo partir sin él,
porque ya sabía las órdenes que su amo había dado al
almirante Binghs, y recelaba que le detuviesen en Madrid si llegaba la noticia
de alguna hostilidad.
* * *
El cardenal Alberoni entendió la
desconfianza, pero dio el pasaporte por no negar tan visiblemente los
oídos a un razonable ajuste. Estaba entonces el Rey Católico en
El Escorial, donde fue Stanop recibido; tuvo algunas conferencias con Alberoni,
al cual sorprendió la noticia de que habían entrado en alianza
los holandeses, aunque el marqués Berreti había escrito lo
contrario. Todo el tiempo que estuvo averiguándolo dio esperanza de
ajuste; pero después, conociendo el engaño, picado de la
hostilidad de la armada inglesa, que después referiremos, esperanzado de
recobrar la Sicilia por los progresos que iban haciendo las tropas, y animado
de que no le faltarían caudales, porque acababan de llegar de Indias los
galeones muy interesados, y traían doce millones de pesos, se
obstinó en el dictamen de la guerra y determinó romper las
conferencias con Stanop; pidióle éste la última
resolución, y fue la respuesta
que sólo podía el Rey
Católico convenir en la paz, quedando por la España Sicilia y
Cerdeña, y que el Emperador satisfaciese al duque de Saboya con un
equivalente, como también los daños ocasionados a los
príncipes de Italia, de donde retiraría las tropas que excediesen
a un cierto número, y que no se hablaría de la sucesión de
Toscana y Parma, ni de infeudar estos Estados del Imperio.
Distribuyó estas condiciones en
ocho artículos, y en el último pidió se retirase la armada
inglesa a sus puertos. Stanop, que a los primeros días de su arribo
había concebido esperanzas de ajuste y las había dado a las
cortes de los aliados, quedó abrasado de esta respuesta, y en nombre de
los príncipes de la Liga dejó un papel al cardenal en que
decía que si el Rey Católico no admitía el tratado en el
término de tres meses, suministrarían los aliados del Emperador
los socorros en él ofrecidos; y que si contra ellos sus vasallos o
negociantes intentaban hostilidad o mandaba hacerla, que le harían luego
la guerra y dispondrían en otro príncipe la sucesión de
Toscana y Parma; y que suspendería el Emperador las armas en estos tres
meses, si hacía lo propio la España.
Estas proposiciones encendieron
también el ánimo del cardenal, y se aplicó más a la
guerra. Para justificarla, se dio de todo cuenta a los holandeses por medio del
ministro español, en una carta con grande artificio escrita, y entre
otras cosas decía:
Que la Inglaterra y la Francia
habían sido la causa de la guerra de Sicilia, porque habían dado
el aviso secreto de que se trataba de cederla el duque de Saboya al Emperador.
Esta proposición ya no llegaba a tiempo, porque no era fácil
sembrar cizaña entre los aliados, tan firmes en su empeño que
aún admitían en alianza al duque de Saboya. Había este
príncipe quedado consternado de la invasión contra Sicilia, que
nunca creyó, y se echó todo en manos del Emperador, el cual
ofreció defender la Sicilia, pero quedarse con ella. Pedía el
Duque un equivalente en el Estado de Milán, y a eso tiraban las quejas
que daban sus ministros en Londres y en París. Fue la respuesta que si
dejaba sus tropas auxiliares con las del Emperador, se le daría la
Cerdeña.
Esto era de sumo desagrado al Duque,
porque siempre había inmensa diferencia de reino a reino. Le achicaban
el poder con obligarle a mantener el que le daban; no quería hacer la
cesión de la Sicilia, esperando el éxito de las cosas, y sin esto
no le querían admitir en la alianza. Los coligados no querían
tampoco sacar sus tropas de las plazas, entregándolas a los
españoles, porque no esperaban recompensa, y era ponerse de la parte
más flaca. Nunca ha padecido mayor vejación su alto
entendimiento, que por muchas vueltas que daba recurriendo a sus naturales
mañas, halló las puertas cerradas y vio que era preciso cooperar
con sus propios enemigos a su ruina, por no padecerla mayor.
De ellos procedía el daño
de perder la Sicilia, porque nunca la hubiera invadido el Rey Católico
si no viera que la destinaban los aliados al Emperador, pues aunque los
españoles tuvieron idea de recobrarla, era en cambio del ducado de
Milán, que querían conquistar para el Duque; por eso le
convidaron a una liga particular, como dijimos. Revolcándose entre
espinas Víctor Amadeo, y sabiendo que el Emperador había dado
orden al virrey de Nápoles de defender a Sicilia, mandó a sus
gobernadores en Mecina, Siracusa, Melazo y Trápana, admitiesen como
auxiliares a las tropas alemanas; pero que mantuviesen el gobierno de las
plazas. Detuvo prisionero en su propia casa al marqués de Villamayor,
ministro de España, hasta que se diese libertad al conde de Lascaris,
que lo era del Duque en Madrid.
Aplicando el mayor cuidado, dio fondo en
Nápoles la armada inglesa. En los agasajos y obsequios que hizo el conde
Daun al almirante Binghs, explicaba la necesidad de su auxilio. Luego le
pidió escoltase gente a Rijoles; no se llegó a ello, y pasaron
tres mil hombres; y como el día 7 llegó la orden de su amo de
atacar a la armada española, hizo vela hacia el faro de Mecina.
Despachó un oficial al marqués de Lede, pidiéndole dos
meses de tregua y expresando venía para componer tan peligrosa disputa.
El marqués respondió no poder condescender a la suspensión
de armas, porque no tenía orden ni instrucción para ello.
Ya sabía el inglés que no
lo había de conseguir, porque traía, desde la respuesta que le
dio la corte, el desengaño; pero quiso dar esta otra aparente
justificación al mundo, y enviar un explorador para saber dónde y
cómo estaban ancoradas las naves españolas, cuyos destacamentos
en no ignoraba, porque desde Siracusa daba el general Wessel, que estaba en
Rijoles, todas las noticias del conde Mafei. La mañana del día 9
de agosto descubrió la torre del Faro a los ingleses, con la proa
dirigida a su entrada, y al amanecer dio fondo a vista de dicha torre del Faro
en el cabo de las Mirtelas.
Las naves españolas estaban dadas
fondo en el estrecho, y recelando de la intención de los ingleses como
eran ya pocas, porque faltaba, como se ha dicho, la escuadra de Guevara,
parecióles conveniente -todo de orden de Patiño- salir de lo
angosto hacia el cabo de Spartivento, para unirse a las que faltaban, porque
habían de volver por allí, y en el ínterin descubrir
más la intención del inglés, porque creía el
marqués de Lede que volvería aquel mismo oficial declarando
absolutamente el ánimo de Binghs, que no entendió estar obligado
a eso, y en el beneficio de la noche procuró penetrar el Faro en el
alcance de los españoles. El día 10, por la mañana,
pasó el estrecho, saludándole las naves de transporte que
allí estaban dadas fondo. Algunas cargadas de víveres para la
armada, se llevó consigo el comandante inglés.
Aún le creían amigo,
porque habiéndose el marqués de Lede quejado con el referido
oficial enviado del almirante Binghs que hubiese escoltado tropas del
Emperador, respondió que esto no era acto de hostilidad, sino de
protección a quien se amparaba en la bandera del Rey británico.
No se puede negar algún género de engaño en el
inglés y alguna cándida credulidad en los españoles,
porque asegurados que venía aquella escuadra a embarazar la guerra, no
se pasearía inútilmente por estos mares; y más que los
ingleses abrazaban con gusto esta ocasión de destruir la armada
española, porque no quieren ver por mar muy armado al Rey
Católico, no sólo por los perpetuos celos del comercio, pero
aún por no perder la alta actual prerrogativa de ser dueños de
ambos mares.
Dos fragatas ligeras de los
españoles avisaron a su jefe que venía en su seguimiento el
inglés con solas las gavias (éste fue otro disimulo); y una
corbeta suya avisó a éste que ya no estaban lejos los
españoles, que no viendo hacer fuerza de velas del inglés, se
atravesaron mantenidos a la capa, como quien sabía de cierto que no eran
aquéllos enemigos, hasta que, viéndoles venir a proa directa,
tomaron el rumbo hacia el cabo de Spartivento sin cargar de velas, por no
mostrar desconfianza ni temor.
En la simplicidad de esta conducta
consistió todo el daño, porque don Antonio de Gastañeta
esperó a la capa a los enemigos superiores en fuerzas, y perdió
tres días, en los cuales podía haberse retirado a Malta o dado la
vuelta a Cerdeña, porque ni el inglés desampararía
aquellos mares ni, perdida la oportunidad, era fácil irle siguiendo. Dio
por disculpa que así lo había mandado Patiño, y que
guardaba sus órdenes. Éste decía que le había
mandado salir del estrecho para salvarse, que no tenía forma de
avisarle, ni aun noticia que enviar, y que una vez fuera del Faro tocaba a la
prudencia de Gastañeta gobernarse.
No entramos en la cuestión si
debía la armada española retirarse a sus puertos, luego ejecutado
el desembarco; porque este fue error del cardenal Alberoni no mandarlo, fiado
quizá en que la armada del Rey Católico podía resistir a
la inglesa lisonjeado del número, sin advertir que, verdaderamente, no
había en aquellas más que ocho navíos de guerra; los
demás eran viejos, y mercantiles, armados con más piezas de
cañón que la construcción de la nave sufría.
Ni aunque la calidad de las naves y el
número fuese igual a los de los ingleses se debía aventurar una
acción, porque éstos no tienen otro oficio y aventajan en el mar,
en pericia y destreza, en gran parte a los españoles en este siglo.
Retiráronse a Spartivento los españoles; les faltó el
viento antes que a los ingleses, que llevaban su derrota en el nordeste, por
cuya circunstancia, o por la variedad de las corrientes, o por maniobras,
amanecieron el día 11 mezclados e interpolados los navíos de
ambas escuadras.
El español mandó remolcar
los suyos de línea acercándolos, a
San Felipe del Real, que era el comandante;
las galeras de España, aunque en calma, pudieron hacer hostilidad; no la
quisieron empezar, y fueron tomando la costa. Refrescó un poco el
tiempo, y hallándose la escuadra del marqués de Mari, que formaba
la retaguardia, muy separada del cuerpo de Gastañeta y muy a la tierra
con los navíos de su división, solicitó salir de la
ensenada y juntarse al comandante, pero no pudo.
Los ingleses continuaban su rumbo con
disimulo, haciendo fuerza de velas para dejar atrás cortados los
navíos de Mari y ganarlos el viento, que lo consiguieron, porque estaban
más a la mar. Logrando de esta buena disposición seis
navíos ingleses, volvieron la proa contra Mari, que aún
tenía sus navíos separados, y como estaba aterrado, tomó
el partido de echarse a la costa de Abola, donde pasaron sus navíos,
combatiendo con siete navíos ingleses de línea todo el tiempo que
permitió la situación de haber puesto la proa a tierra, y no
pudiendo resistir más a fuerza tan superior, procuró salvar los
equipajes poniéndolos en la arena y abarrancando las naves, de las
cuales algunas se quemaron por sí mismas, y otras pudieron sacar los
ingleses después de varadas.
El marqués de Mari saltó a
tierra con muchos ofíciales; lo restante de la escuadra inglesa fue a
atacar el cuerpo principal de la española, compuesta de los
navíos nombrados
San Felipe el Real, el
Príncipe de Asturias,
San Fernando,
San Carlos,
Santa Isabel,
San Pedro y las fragatas
Santa Rosa, la
Perla, la
Juno y el
Volante, que unidas tenían la proa a
Cabo Passaro. Tumultuariamente quisieron poner la línea, pero no
pudieron. Cinco navíos de los ingleses atacaron a los de los
españoles que quedaban más atrás; y como estos iban uno a
uno, los fueron tomando los ingleses, no sin la resistencia de que era capaz
tan desigual combate. Con el resto de las naves se adelantó Binghs, a
las dos de la tarde, y cargó contra la comandante de España, con
siete navíos y un burlote de fuego.
Dos naves de línea
combatían las primeras. Sufrió dos descargas
San Felipe, sin disparar, hasta que los dos
ingleses le dieron el costado. Entonces respondió con sus andanas, de
forma que, antes que pasasen de ellas, habían recibido los ingleses dos
descargas, y a fuerza de velas se adelantaron a repararse del daño. La
comandanta inglesa continuó su curso, arrimándose con su
almiranta, que mandaba el contraalmirante Delabal, y otros dos navíos de
línea, por la popa de
San Felipe, que sufrió las descargas
sin poder emplear un tiro; volvieron las dos naos primeras que le atacaron con
los bordos, rendidas a ceñir sus costados, y le dieron sus cargas
correspondiendo a ellas, y se retiraron un poco por ambas aletas de San Felipe,
acribillándole con descargas de metralla, balas de fierro y plomo
chicas, de suerte que no le dejaron aparejo pendiente, ni de labor o obenque,
ni de brandal, que no cayese la mayor parte sobre la cubierta, ni vela entera.
Dos navíos ingleses se le acercaron más por la parte de estribor
para abordarle, pero no lo hicieron, porque todavía daba, aunque
maltratado,
San Felipe sus arribadas y orzadas, con una
de las cuales hizo perder el curso del abordo a un burlote que le arrimaron
para incendiarle, que con su bauprés le desbarató todo el
guardapolvo del corredor alto y parte del espejo de la popa.
Habiéndole muerto ya a
Gastañeta doscientos hombres, con todo daba sus descargas, y
recibió otra vez el burlote protegido de las naves de Binghs, cuya amura
tapó con la aleta de la parte de estribor de
San Felipe, y le dio una descarga a tiempo
que hallándose don Antonio Gastañeta al pie de la mesana, le
alcanzó una bala que le atravesó la pierna de parte a parte y
quedó clavada en el tobillo de la derecha. Continuaba con todo a
resistirse en el mismo lugar; y dividiendo una bala de cañón por
medio de la barriga a un hombre, le dieron unos pedazos del cuerpo en el pecho
y cara a Gastañeta, de género que cayó por esta violencia
y por la sangre que de las heridas vertía. Entonces le retiraron a
curarle con el capitán don Pedro Dexpois, herido de un astillazo en las
espaldas; cortó una bala la driza de la bandera al tiempo de arriarla, y
se rindió la comandante española.
Tres navíos de línea
habían atacado al Príncipe de Asturias, que mandaba don Fernando
Chacón, que se resistió valerosamente hasta que, desbaratado el
buque y obras fuera del agua, muerta la mayor parte de la guarnición,
rotos todos los palos mayores, vergas, gavia y mesana, todo el velamen del
aparejo y desbaratada toda la ovecanduria y la jarcia, herido de un astillazo
en la cara, se rindió. Lo mismo hizo la fragata
Santa Rosa, que mandaba don Antonio
González, después de haber peleado tres horas contra cinco
navíos; igual tiempo combatió don Antonio Escudero, que mandaba
el
Volante, contra tres ingleses, y aunque
tenía su buque seis balazos a la lengua del agua, por donde
recibió tanta que empezaba a hundirse, los oficiales y marineros
arriaron la bandera y se rindieron sin quererlo consentir el
capitán.
Tantas horas peleó también
Juno, quedando enteramente fracasada y muerta
la mayor parte del equipaje. Como iban atacándolos sucesivamente los
ingleses, una después de otra tres naves atacaron a la
Perla, que mandaba don Gabriel de Aldrete;
defendíase valerosamente, y con el favor que le dio don Baltasar de
Guevara, que volvía de Malta, por el barlovento de los demás
navíos de España y el
Sudo: éste pudo escapar a don Gabriel
a dicha isla; la fragata la
Sorpresa, que mandaba don Miguel de Sada,
aunque era de la división de la escuadra de Mari, como estaba más
avanzada la atacaron los enemigos y, después de casi deshecha, la
rindieron. Lo propio sucedió al amanecer del día 12 a la nave
Santa Isabel, que mandaba don Andrés
Regio, atacada de cuatro navíos ingleses.
Los navíos españoles
más adelantados se pudieron retirar a Malta y Cerdeña. A tiempo
que estaba combatiendo con los ingleses
San Felipe, llegó de Malta, como se ha
dicho, don Baltasar de Guevara con dos navíos de línea, y
poniendo la popa a él pudo atravesarse entre los dos navíos que
daban a
San Felipe los costados, y hacer fuego a uno
y a otro, hasta que viendo que arrió la bandera el
San Felipe, dirigió la proa sobre el
navío del almirante Binghs, que le seguía por popa, y,
dándole el costado le hizo fuego.
Ejecutó lo mismo la nave
San Juan, que seguía en las mismas
aguas a la de Guevara, y se retiraron ambas con el beneficio de la noche hacia
poniente; por donde, con su abrigo, escaparon las naos
San Luis y
San Juan, después de haber combatido
la almiranta inglesa. Las galeras de España que mandaba Grimau, como no
podían defender las naves se retiraron a Palermo; de los navíos
de Mari sacaron los ingleses el
Real y las fragatas
San Isidro y
El Águila; se quemaron la
Esperanza, un burlote y dos balandras; los
que se salvaron fueron los referidos
San Luis,
San Juan,
San Fernando, el
Puercoespín, la
Tolosa;
San Juan el Chico, la
Flecha y una galeota a bombas.
Para repararse los ingleses de los
daños padecidos, se entretuvieron cuatro días cincuenta millas a
la mar; después entraron furiosos, con los navíos rendidos, en
Siracusa los días 16 y 17 de agosto.
Esta es la derrota de la armada
española, voluntariamente padecida en el golfo de Ariaich, canal de
Malta, donde sufrió un combate sin línea ni disposición
militar, atacando los ingleses a las naves españolas a su arbitrio,
porque estaban divididas. No fue batalla, sino un desarreglado combate que
redunda en mayor desdoro de la conducta de los españoles, aunque
mostraron imponderable valor, más que los ingleses, que nunca quisieron
abordar por más que lo procuraron los españoles. El comandante
inglés dio libertad a los oficiales prisioneros, y envió uno de
los suyos al marqués de Lede, excusando aquella acción como cosa
accidental, y no movido de ellos sino de los españoles, que tiraron el
primer cañonazo; cierto es que la escuadra de Mari disparó los
primeros cuando vio que se le echaron encima para abordarle.
El marqués de Monteleón,
ministro de España en Londres, se quejó altamente de esta
operación y escribió al señor Gratz, secretario de Estado,
un papel sumamente resentido de hostilidad tan impensada, no habiendo atacado
los Estados del Emperador el Rey Católico, a quien tantos actos de
amistad debían los, ingleses y su comercio; y como esto era ya haber de
hecho movido con simulación a su soberano la guerra, no podía
usar más de su empleo hasta recibir órdenes de su corte,
posteriores a esta noticia. La respuesta, que también se le dio por
escrito, fue después de tres semanas, porque esperaba una
relación exacta del hecho, aunque ya habían tenido noticia de
él, y de la que llamaban victoria, por un expreso de Nápoles.
En este intermedio llegó la carta
del general Binghs, escrita con soberbia, en el propio desprecio que
hacía de su gloria; el estilo era sucinto, como refiriendo cosa de menor
entidad, y dijo que había visto fuera del Faro, tomando el borde largo,
la flota española, compuesta de veinte y seis naves de guerra, entre
grandes y pequeñas; dos burlotes, cuatro galeotas de bombas y siete
galeras. Que destacó a los navíos
Kent,
Soberbio,
Grafton y
Leofort para alcanzar a los españoles.
Que el día 11, viéndose estos acercar a los ingleses, algunos
navíos con las galeras tomaron la costa, y que destacó al
capitán Walton entre el navío
Cantorver, para seguirlos, y que, ya a tiro,
un navío español hizo una descarga contra el
Argile, mandado del capitán Norbury,
que con el resto de su armada siguió al comandante español. Que a
aquellos cuatro navíos que seguían a los que se iban retirando,
les dio orden de no tirar contra los españoles sino en caso en que ellos
prosiguiesen en hacer fuego; y que, viendo que proseguían en hacerle, el
Kent había atacado a
San Carlos, el
Leofort a
Santa Rosa, el
Grafton al
Príncipe de Asturias, que le
dejó después que sobrevinieron
Breda y el capitán, y que todos
rindieron a los navíos españoles, contra quienes peleaban.
Que después
Kent y el
Soberbio atacaron a
San Felipe con otros dos navíos;
mantuvieron una especie de combate, siempre huyendo, hasta las tres de la
tarde, en que el
Kent se acercó a la popa de
San Felipe y le dio una gran descarga, pero
habiendo sotaventado el
Soberbio, le atacó a sobreviento, para
abordarle; mas habiendo
San Felipe dado un golpe de timón,
huyó el bordo, y que al fin el
Soberbio le obligó a rendirse.
Que un contraalmirante español
había hecho su descarga contra el
Blarfleur, pero que luego tomó el
viento, y que se fue con otro navío de sesenta piezas. Que el almirante
les había seguido hasta la noche, pero que habiendo tenido poco viento
se escaparon, y que él volvió a la flota. Que la nave
Esek tomó a la
Juno y el
Montaipu y
Ruperto a la
Anna-Volante. Que el vicealmirante Coronavail
siguió al
Grafton para sostenerle, pero corría
poco viento y se acercaba la noche; por esto pudieron escapar los
españoles, a quienes perseguían. Que el contraalmirante Delabal y
el
Kene Real habían seguido dos
navíos, bajo viento, y que uno de ellos fue rendido, como lo hizo Walton
al que montaba el contraalmirante marqués de Mari. Que este
marqués se salvó con su planta y sus mejores efectos, y los
demás navíos que con él estaban los habían los
ingleses apresado, quemado o echado a fondo.
Que de las veintiuna naves de su armada
inglesa no se había perdido alguna; sólo había sido
Grafton un poco maltratado. Al fin, que los
españoles habían perdido veintitrés naves, una galeota, un
burlote y otro bastimento con cinco mil trescientos noventa hombres de
equipaje, setecientas veintiocho piezas de cañón, y que de todo
su grande armamento sólo les quedaban a los españoles quince
naves y las galeras, y que se habían llevado las presas a Puerto
Mahón, habiendo quedado Su Majestad Británica dueño del
mar.
Esta relación no es muy distinta
de la que los españoles daban; es arrogante, como lo fue la respuesta
del secretario Gratz a Monteleón; dijo que la acción del
almirante Binghs no debía parecer extraña, porque ya le
había prevenido el conde Stanop al Rey Católico que si no se
contenía en las hostilidades, se lo impedirían los de la Liga, y
que el atacar la Sicilia era romper la neutralidad de Italia y obrar contra el
proyecto de los aliados presentado a Su Majestad Católica, a quien se le
había dado de tiempo tres meses para admitirle, con prevención
que si en ellos no se abstenía de la guerra, que la impedirían
los aliados.
A este papel dio otra respuesta
Monteleón, y unió copia de una carta de Alberoni que le
escribió, en que se explicaba contra el almirante con términos
ofensivos, porque sobre llamarla acción indigna y hecha con mala fe,
decía haber recibido del conde Daun gruesas sumas de dinero. Que no se
debía defender neutralidad ya cuatro años rota por los
austríacos. Que los sucesos de la guerra y los accidentes eran varios, y
que toda humana felicidad estaba expuesta a ellos; y que así,
creía que el Rey británico, con su prudencia y moderación,
no aprobaría lo hecho por el almirante Binghs.
No dio otra respuesta la corte de
Londres, aunque el cardenal Alberoni, habiéndole enviado a
Monteleón la que dio en 15 de septiembre el secretario Gratz,
escribió otra carta con términos injuriosos y violentos, como era
su genio, y mandó al marqués de Monteleón saliese de
Londres; el cual, poco después, pasó al Haya; con el
marqués Berreti mostró a los Estados Generales las razones del
Rey Católico, y dio copia de las referidas cartas. El rey de
España sacó de sus dominios a los cónsules ingleses, e
hizo represalia de todos los efectos de aquella nación; mandó se
armasen corsarios, a los cuales perdonó la parte que tocaba al Real
Erario de las presas, para alentar a los armadores; lo propio hicieron los
ingleses, el Emperador y el rey de Sicilia, con que se llenaron los mares de
piratas, con daño del comercio de todos y ningún útil de
los soberanos.
No desalentó este infausto suceso
a las tropas españolas, que estaban sobre Mecina, donde se habían
retirado a abrir trinchera contra la ciudadela, por tener dispuestas las tropas
al desembarco que los ingleses podían hacer, pero se bombardeaba la
ciudad y el castillo del Salvador; después se aplicaron los sitiadores a
construir las baterías, que a 10 de septiembre ya disparaban. En 11 se
abrió otra trinchera de diez cañones, detrás de la iglesia
de Santa Cruz, contra el revellín. Por la puerta del Socorro, que da al
mar, recibían los sitiados tropas alemanas, cuantos el marqués
Andorno, piamontés, pedía; enviaba a Rijoles los heridos, y
mudaba con gente fresca los cansados; por eso pudo en el revellín
levantar luego una trinchera de fajinas, por poder jugar el fusil contra los
trabajadores españoles que formaban la paralela, que por esta
razón, para perficionarla, costó mucha sangre. El gobernador
sacó de la ciudadela todos los sicilianos, entre los cuales el coronel
Guisani, algunos caballeros panormitanos y algunos mecineses; dos capitanes y
dos tenientes los envió a Calabria.
La noche del día 12 se
concluyó la paralela; en el 18 se dio asalto al camino cubierto; no fue
grande la defensa, y le ocuparon los españoles, donde fortificados,
tiraron una línea por la otra parte de la ciudadela que mira al mar
grueso, por plantar una batería a la parte del jardín, que es la
menos fuerte, y ver si se podía impedir la comunicación en las
barcas de Calabria. Contra estos trabajadores se acercaron cuatro naves
inglesas haciendo fuego. Sostuvieron el puesto los españoles y
pasó con la caballería el marqués de Lede; contra las
naves dispararon las baterías del puerto Salvo, de Puerta Perpetusa, del
llano de las Carretas y del bastión de don Blascos, y se apartaron los
ingleses.
La noche del 20 hizo la plaza una
salida; más vigorosa fue la del 22, en que quinientos alemanes se
acercaron primero con silencio a las trincheras; traían
prevención de cera, pez y azufre, a los cuales sostenía un
regimiento. No lograron más que una sangrienta acción, que fue
dilatada y favorable a los españoles, porque la mayor parte de los que
salieron quedaron en el campo.
Al otro día, en que estaba de
trinchera don Juan Caracholi, rompió el alba con muy concertada
música de oboes, cornetas y trompetillas; esta era arrogancia
española, porque a estos instrumentos siguieron sesenta cañones
que batían en brecha la ciudad. Hubo una hora de tregua que éste
pidió para enterrar los difuntos. A los 27 ya estaba el revellín
arruinado, y habiéndose alojado en el foso los españoles,
rompieron los sitiadores el segundo puente, y se acogieron a la primera
retirada para batir, la cual era precisa antes de ser dueños los
sitiadores del revellín, que se atacó por mar sobre puentes
llanos, fundados en cubas vacías y vigas. Esto era sumamente arriesgado,
porque estaban en descubierto, expuestos a todas las piezas de la ciudadela y
del Salvador.
La acción más sangrienta
fue la del 29, porque a la media noche resolvieron los españoles atacar
cuatro trincheras que habían hecho los sitiados, una tras de otra, a
espaldas, de la ciudadela, por la parte del mar, para evitar no ser cogidos en
medio en el asalto general, estar flanqueados de las contraguardias por
seguridad de su comunicación y del modo de retirarse, como
también para ocupar una batería de seis piezas de
cañón que habían hecho los piamonteses, porque no
adelantasen los españoles los aproches hacia aquel mar y no penetrasen
al llano de San Rainero y quitasen enteramente la comodidad de acercarse barcos
de Calabria, de donde todas las noches recibían los sitiados socorros de
gente y víveres por manos del general Wessel, que, como dijimos, estaba
en Rijoles, y emanada del conde Daun, había dado una orden a los 1.500
alemanes que dentro estaban con el general Valais, que no rindiese la plaza
aunque quisiesen los piamonteses.
Seiscientos granaderos salieron a
defender esta batería. Los españoles, para cogerlos en medio, con
falucas desembarcaron por la otra parte de ella; la acción fue viva y
prolija, porque unos y otros iban suministrando gente fresca a la pelea; pero
como los tudescos y piamonteses estaban cogidos en medio de los
españoles, padecieron mucho y no podían apenas retirarse. Al
mismo tiempo atacaron a los trincherones, no todos bien defendidos, porque
había muchos a que atender. Después pasaron tan adelante los
españoles, que llegaron hasta la torre de la Linterna, que está
en el llano de San Rainero, entre la ciudadela y el Salvador.
Habíanse ya ocupado los
atrincheramientos, y mandó el marqués de Lede retirar los que
tanto se habían adelantado, porque estaban entre dos fuegos. No se
consiguió esto fácilmente, porque iban persiguiendo a los que se
retiraban con tan ciego valor, que cinco granaderos españoles, siguiendo
a los enemigos, se metieron dentro de las puertas de la ciudadela; creyó
ésta que seguían tropas, y estaba ya la guarnición para
hacer llamada, pero viendo que no eran más de cinco hombres, cerrando la
puerta los detuvieron prisioneros, a los cuales, en premio a su valor, dio
luego libertad el marqués Andorno.
En esta ocasión perdieron los
españoles 300 hombres y algunos oficiales; muchos más murieron de
los enemigos, de los cuales quedaron cuarenta prisioneros, con un mariscal de
campo, un teniente coronel, cuatro capitanes y otros subalternos, los
más alemanes. Al otro día se dio una suspensión de armas
de tres horas para enterrar los difuntos, y en el espacio de ellas salió
de la ciudadela el marqués de Entraives Tierines para tratar de la
rendición, que al 30 de septiembre se ejecutó, precediendo las
capitulaciones que salió libre la guarnición que era de 3.500
hombres, con sus armas, por la puerta de los Griegos, con bandera desplegada y
tambor batiente, para embarcarse a Rijoles. Se entregó también el
castillo del Salvador y las dos naves que en el puerto estaban; se
permitió al conde Ricio, y a otros que no eran militares, salir de la
ciudadela para Calabria, y se restituyeron los prisioneros de parte a
parte.
Esta victoria persuadió
enteramente a los sicilianos que quedarían los españoles
dueños de aquel reino, que era lo que tan ardientemente deseaban. Se
celebró esta noticia con extraordinario júbilo en la corte del
Rey Católico, porque parecía compensaba en parte la
pérdida de la armada naval, y hacía inútil la victoria de
los ingleses para el fin del cardenal Alberoni, que con esto se
fortificó en su sistema y acaloró cuanto pudo la guerra enviando
gruesas sumas de dinero cual nunca se ha visto salir de España en poder
de los ministros de Italia, para socorro y subsistencia del ejército de
Sicilia, adonde desde Roma, Génova y Liorna se enviaban continuamente
municiones y reclutas; pues aunque dominaban el mar los ingleses y guardaban
aquellas costas, no podían en una isla embarazar el arribo de una o dos
embarcaciones, que guardando una collada en tiempo favorable, se metían
en un puerto.
Sin perder tiempo el marqués de
Lede, dos días después de la rendición de la ciudadela de
Mecina, destacó para Melazo el regimiento de Castilla y las brigadas de
Milán y de Borgoña, con alguna caballería, y dejando
gobernador en Mecina al teniente general don Lucas Spínola con dos mil
hombres de guarnición, siguió con el resto de las tropas.
Había entrado ya en Melazo refuerzo de alemanes hasta tres mil, que
ocupaban la ciudad baja; el castillo y la parte de la ciudad murada la
tenían los saboyardos.
Estaba ya de antemano bloqueada de los
españoles, pero en la noche del 13 y 14 de octubre desembarcaron con el
general Carrafa hasta ocho mil alemanes, porque aunque de la parte de Levante
había una batería española que lo podía impedir,
pero no por poniente, porque Melazo hace una lengua de tierra de doce millas
que forma su promontorio, aunque es muy angosta, con que tenían
comodidad los alemanes para desembarcar, porque la ciudad baja está
bañada de dos aguas por Poniente y Levante. Así formaron un campo
de ocho mil hombres en aquella poca tierra, dando la derecha al mar y la
siniestra a la plaza, dejando en el centro de la línea el convento de
San Pipino, a la cual defendía con gran atrincheramiento de tierra y
fajina, de donde se podía batir el campo español, cuya
línea abrazaba la plaza por una y otra parte del mar.
Había el marqués de Lede
con los oficiales generales de un regimiento de caballería llegado la
noche del día 14 al campo con la infantería irlandesa, dejando
orden le siguiesen las guardias walonas más presto que lo restante del
ejército. Al otro día, que era 15 de octubre, antes del amanecer,
se formaron los alemanes en batalla delante de su trinchera. Eran once
batallones, con uno de piamonteses y mil caballos; éstos los mandaba el
general conde de Veterani, y a todos el general Carrafa. Hicieron acercar
contra la siniestra de los españoles las galeras de Nápoles, y
por la derecha algunos navíos ingleses, para molestarlos con su
artillería, y más abajo, dos millas lejos, había algunas
embarcaciones y falucas fingiendo un desembarco. Al alba atacaron los alemanes
los puestos avanzados, que estaban defendidos de varios piquetes de regimientos
españoles, los cuales se defendieron cuanto fue posible; pero cargados
de fuerza superior, quedaron todos muertos o prisioneros, y entre ellos el
mariscal de campo barón Zuevegen.
Con este buen principio atacaron la
siniestra de la línea y el centro, que ocupaban los regimientos de
Castilla, Milán, Guadalajara, Aragón y Utrech; la defensa fue
vigorosa, pero fue mayor el acometimiento de los alemanes, porque venciendo con
continuos asaltos la resistencia, hicieron retirar a los españoles y
ocuparon el terreno. Dos veces le recobraron; la tercera le volvieron a perder,
y penetró la caballería alemana hasta el acampamento, con
ánimo de atacar por las espaldas de la derecha la infantería
española, mientras la alemana atacó el flanco. Pero la
caballería no pudo perficionar su designio, porque el regimiento de
Milán se le atravesó, y dando una descarga entera, oponiendo
después las bayonetas, embarazó a la caballería.
A este tiempo la infantería
alemana, después de haber forzado la siniestra, atacó el centro
de la línea creyendo haber vencido, a tiempo que las guardias
españolas, dejando su campamento de la siniestra, marchaban en cuerpo de
batalla a ocupar los puestos avanzados. Al principio fueron rechazados, y
puestos en huida sus piquetes; pero avanzaron después con la brigada
irlandesa para entretener el ímpetu de los alemanes, descargando la
fusilería por el flanco de sus batallones, y dejándolos siempre a
la derecha para poder atacar los costados por el centro. Dados ya los pasos
convenientes de esta marcha, los españoles se echaron con vigor,
convirtiendo las armas, dando media vuelta, porque ya tenían cortados a
los enemigos, a quienes con el mayor brío atacaron los regimientos de
caballería Farnés, que mandaba el duque de Atri, el de Salamanca,
los dragones de Batavia y Lusitania, aunque el terreno estaba plantado de
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