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    Comentarios de la guerra de España e historia de su rey Felipe V, El Animoso
     Vicente Bacallar y Sanna ; edición y estudio preliminar de D. Carlos Seco Serrano
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Año de 1727

Mudados de semblante los intereses de las principales potencias de Europa en el curso del año 1726 por los tratados de Viena y Hannover, cada uno esperaba ver en el principio de éste hacia dónde reventaba la tempestad que ambas alianzas trabajaban a formar. Inclinada la nación inglesa regularmente a la desconfianza por los que gobiernan, no podía tolerar la estrecha unión que reinaba con Francia, separándose de la que se había conservado hasta entonces con el Emperador. Vituperábase altamente este proceder, y esto dio lugar a muchos escritos contra el Ministerio. Siendo del interés de Su Majestad Británica el justificar en su Parlamento los motivos de esta mutación, y hacer evidente la justicia de ella, convocó a esta Junta para el 28 de enero.

Expúsose en ella el estado de la nación, del comercio y de los perniciosos designios de las cortes de Viena y Madrid, y la urgente necesidad de concurrir unánimes para la defensa del gobierno anglicano de la religión, y de la libertad de sus vasallos; mas esto no sosegó los ánimos, antes exasperó a muchos, tratando de quimeras la supuesta consternación de la corte, cuando el conde de Strafford, par de la Gran Bretaña, dijo que le parecía de la última importancia se examinasen el gran número de cartas, memoriales y papeles que se habían recibido del marqués de la Paz, del conde de Morville, milord Stanhope y del marqués de Pozo Bueno -éste acababa de retirarse de Londres por orden del Rey Católico, dejando una memoria en que insistía sobre la restitución de Gibraltar-. Leídas estas cartas, el lord Bathurst declaró primeramente que la alianza de Prusia era vacilante; que no se podía contar mucho sobre la de Francia; que los holandeses, siendo tan interesados, y en algún modo más que los ingleses, en el comercio de las Indias, y, por consiguiente, en la abolición de la compañía de Ostende, era preciso concurriesen a la garantía de Gibraltar, y obligarles a repartir el peso de la guerra.

Después, pasando a lo que concernía a España, expuso no se debía aventurar un rompimiento abierto con esta Corona sin fuertes razones; que si al duque de Ripperdá se le habían soltado muchas expresiones indecentes, nadie ignoraba el ímpetu e indiscreción de este ministro; que los soberanos tenían derecho de negar o reprobar las imprudencias, como lo había ejecutado el Rey Católico, y que de lo contrario sería menester tener siempre las armas en la mano, por los temerarios discursos que a veces aventuran sus ministros; que podían hacer reflexión se había tratado al Emperador con poco decoro, y que el embajador de España acumulaba en su memoria al Ministerio inglés las turbaciones de que estaba amenazada la Europa; que se hablaba también en ella de una promesa positiva, hecha por el Rey, de volver Gibraltar a España; que no siendo verisímil se atreviese un ministro público a anticipar cosa semejante sin fundamento, era necesario saber si se había hecho tal promesa, o algo que la indicase, en el tratado de Madrid; y finalmente, que más valía una composición que precipitarse en una guerra cuyas consecuencias son siempre inciertas y podían ser fatales; y terminando su discurso, dijo que no era español ni francés, pero que mientras tuviese la honra de concurrir en la Cámara, siempre había de hablar con libertad por el bien de la patria, concluyendo con esta reflexión: Si en la guerra que queremos emprender somos superiores, ¿qué ganaremos? Nada. Y si somos balidos, ¿qué aventuramos? Todo.

Este discurso no quedó sin respuesta; milord Townshend, secretario de Estado, lo refutó; pero milord Bingley tomó la defensa de aquél, haciendo una dilatada enumeración de los daños que podían resultar. Mas otros pares, agregándose al partido de la corte, hicieron plausibles las razones de Townshend, y, por último, quedó superior; bien que no impidió a diez y ocho señores firmar y hacer protocolizar una protesta contra la aprobación de aquellos que iban a favor de la corte.

Las noticias que cada día se recibían de los grandes preparativos de guerra que en España se hacían, y de las tropas que se juntaban en Andalucía, había obligado al Gobierno anglicano a enviar una escuadra, bajo el mando del almirante Wager, a fin de transportar tres regimientos de infantería para reforzar la guarnición de Gibraltar; pero habiéndose sabido posteriormente, por algunos navíos venidos del puerto de esta ciudad, que se juntaban tropas en las cercanías de ella, dispuso se embarcasen otros tres regimientos y diez compañías de guardias inglesas, con gran número de embarcaciones cargadas de municiones y de todo lo necesario para la defensa de un dilatado sitio. En fin, por los repetidos avisos, la nación entera se interesó en la conservación de una plaza tan importante para su comercio. El clero y la mayor parte de las comunidades, con emulación presentaban memoriales, ofreciendo cuanto dependía de ellos. La ciudad de Londres se distinguió particularmente en esta ocasión; y el Rey, por un efecto de su benignidad, mandó se dispusiese una comida para regalar al corregidor, regidores y todos los individuos del Común Consejo, haciendo los honores de ella los ministros de Su Majestad y grandes oficiales de la Corona. Los gastos del banquete importaron mil y quinientas libras esterlinas, y la alegría de los convidados, celebrando esta fiesta, fue tan completa que se agotaron mil doscientas botellas de vino y se tiraron al aire hasta cincuenta docenas de vasos.

Mientras resonaba en Londres la alegría de los brindis, la corte pensaba seriamente, después de haber provisto a la seguridad de Gibraltar, a ponerse en estado de defensa, e impedía cualesquier desembarco en Escocia y demás parajes, donde se podía intentar alguna invasión en aquel reino; igualmente en repeler los satíricos escritos que se esparcían contra el Gobierno. El Graftsman, que cada semana sale en Londres, apareció con una advertencia que anunciaba se vendían en el pósito de Westmunster, y en el oficio de las representaciones, las libertades del pueblo anglicano establecidas por el Gran Decreto. A éste se siguieron otros libelos contra la conducta y proyectos de la corte, en que se expresaban sus autores en los términos más agrios, y entre otros el Escribano Ocasional, que la voz pública atribuía al vizconde de Bollingbrok, en el que se atacaba especialmente al caballero Roberto Walpole. El diario del Mist se aplicó en criticar la averiguación de los motivos, etc., publicado por orden del Gobierno; y otro en que el autor, con el nombre de Caleb de Amberes, explicaba bajo una alegoría maligna todas las mutaciones y revoluciones que había experimentado el Gran Decreto concedido por el rey Juan, y se miraba como la base de los derechos y privilegios de la nación inglesa.

Estos escritos no quedaron sin respuestas. El caballero Walpole respondió al Escritor Ocasional en un estilo no menos satírico, justificándose de las variaciones en materias políticas que su adversario le imputaba, y se explica del tenor siguiente, en un paraje: «No es al Emperador ni a los reyes de Francia y España ni a cualesquier otro potentado por quienes debemos empeñarnos, ni a ninguno de ellos que debemos constantemente apoyar y socorrer. El poder está entre los príncipes de la Europa como el flujo y reflujo continuo; cuando lo vemos subir con demasiada rapidez hacia un paraje y que amenaza nuestros justos derechos y privilegios, es allí nuestro enemigo, y el verdadero objeto de nuestros pavores. No se debe inferir que, porque hemos socorrido y ayudado a levantar al emperador Carlos VI, estemos obligados a permitirle de elevarse tanto como quisiera, a costa y sobre las ruinas de nuestra nación. La misma política que nos sugirió hacer lo uno, nos enseña debernos impedir lo otro, y se puede creer que, como este monarca experimentó en un tiempo que nuestro socorro le fue útil, probará en una coyuntura contraria cuán temible es nuestra oposición a sus designios.»

En vista de estos libelos es fácil discurrir la agitación que reinaba en la nación -cuyas deudas subían a más de cincuenta millones de libras esterlinas-, atribuyendo al Rey que, con el pretexto aparente de una invasión quimérica, quería abrogarse un poder despótico y hacer servir a este designio la confianza y deferencia del Parlamento. Este monarca y sus ministros no ignoraban cosa alguna de cuanto se decía sobre este artículo; por lo mismo, sus operaciones eran mas circunspectas, y a fin de no fortificar semejantes sospechas, se buscaban los medios de minorar en el interior del reino las cargas del Estado, sostener el comercio y conservar a Gibraltar y Puerto Mahón, cuya importancia conocía la nación, y a que concurría gustosa; pero en cuanto al Emperador, cuya discordia con el rey de Inglaterra se aumentaba cada día por el supuesto proyecto formado de excitar de acuerdo con la Czarina una revolución en la Gran Bretaña, no tenía el mismo asenso, y se temía justamente las consecuencias de los discursos nada decentes de Su Majestad Británica para darla crédito.

Estos discursos no tardaron en penetrar a Viena, y el señor Palm, ministro de esta corte, los acompañó con la arenga que el rey Jorge hizo en la abertura de su Parlamento. Advirtiendo en ella al César la falta de verdad, juzgó de su interés desimpresionar a la nación inglesa de esto y del pretendido artículo secreto de su alianza con España. Para hacer evidente, pues, la ilusión, mandó se imprimiese el tratado de Viena, ordenando al mismo tiempo al conde de Sintzendorf expusiese los justos agravios de Su Majestad Imperial en una memoria que fue presentada al Rey británico por el señor Palm, en la cual se negaba cuanto este príncipe había expuesto a su Parlamento. La sinceridad alemana fue mal recibida, y atrajo al ministro imperial la orden de retirarse de la corte. Despachóse incontinente al señor de San Saphorin un correo, haciéndole saber lo que acababa de ocurrir en Londres, con orden de declarar públicamente era inútil pretendiesen los ministros del Emperador ocultar hechos evidentes, y de que se tenían pruebas convincentes; pero sus razones no fueron mejor recibidas que las del señor Palm, y el secretario del gran mariscal de la corte le significó la de retirarse, igualmente que al barón de Huldenberg, enviado de Hannover, y al señor Harrison, residente de Inglaterra, en el término de dos días, y de los Estados hereditarios cuanto antes.

Las recíprocas y públicas denegaciones de ambas cortes de Viena y de Londres, anunciaban un próximo rompimiento, y es así que mutuamente se prepararon a la guerra. Ya había dado el César disposiciones en Flandes para la seguridad de estos países, con especialidad para la de Ostende; providenció del mismo modo a la defensa de los demás Estados, destinando varios cuerpos de tropas para el Rhin e Italia, debiendo mandar aquéllas el príncipe Eugenio, y éstas el conde Guido de Staremberg; y según la lista que entonces se publicó de las tropas de Su Majestad Imperial, constaban, así de caballería como de infantería, cerca de doscientos mil hombres.

La atención de este príncipe en lo concerniente a la guerra, no disminuía en nada el ardor de sus ministros en las negociaciones de que estaban encargados en el Imperio y en el Norte, procurando persuadir que los empeños del rey de Prusia tomados con su amo, estaban por efectuarse, y esto no inquietaba poco a los demás aliados de la liga de Hannover. Por otra parte, se resistían los electores eclesiásticos y algunos príncipes católicos a concurrir con la corte de Viena, por no concordar los intereses de la religión y quietud de Alemania con el aumento de poder que se meditaba conceder al rey de Prusia; bien que la situación vacilante de este príncipe daba a entender quería abrazar el partido más ventajoso. No obstante, ofrecieron los electores al César su contingente, el cual, unido con las tropas imperiales, podía formar un ejército formidable; pero estos príncipes necesitaban dinero, y las liberalidades de la corte de Madrid sobre que se contaba en Viena para pagar los subsidios, tardaban, cuando el duque de Bornonville llegó el día 22 de enero con mucho esplendor, muchos proyectos y promesas, entretanto que sucedía el arribo incierto de los galeones.

Los más bellos proyectos se eclipsan si no hay dinero con que poder ponerlos en ejecución. Esta situación crítica en que se hallaba la corte de Viena, no presentándola sino obstáculos al éxito de sus designios, parece debía manifestar alguna inclinación a las proposiciones de paz que, por medio del nuncio, ambos reyes de Francia e Inglaterra le hacían; pero no acostumbrada a minorar de su altivez, o acaso esperanzada en los fondos que prometía el duque de Bornonville, aumentaba sus instancias acerca de los Estados del Imperio, para determinarlos a declararse contra los aliados de Hannover, buscando al mismo tiempo los medios posibles de estorbar las negociaciones de éstos en el Norte; y para salir con el intento, no se descuidó en publicar que la Francia, después de haber sabido meter en sus intereses a los reyes de Inglaterra y Prusia, quería valerse de esta ocasión para encender una guerra en el interior de Alemania, dividiendo así los miembros de con el jefe, para debilitarlos y servir después a sus fines particulares.

Públicas estas voces en Ratisbona, el ministro de Francia, el señor de Chavigny, presentó, por orden de su corte, una declaración al directorio de Maguncia, según costumbre, a fin de que se comunicase a los tres colegios de la Dieta; pero el príncipe de Furstemberg, principal emisario del Emperador, se opuso a ella, pretendiendo ser instruido antes de las intenciones de Su Majestad Imperial. Esto no impidió al ministro francés insinuar en las conversaciones particulares que tenía con los de la Dieta la irregularidad de este proceder, y sugerir discursos que pasaban prontamente de Ratisbona a las diferentes cortes del Imperio, a donde se recibían sin disgusto y perjudicaban en extremo a los intereses del César, con especialidad en los círculos de Suabia, Alto y Bajo Rhin.

Entretanto recibió el príncipe de Furstemberg un decreto de Su Majestad Imperial, el cual, confirmando cuanto sus ministros habían declarado acerca de los perniciosos designios de los alíados de Hannover, sirvió al mismo tiempo para dar a conocer al Imperio los paternales cuidados de este monarca en prevenir sus consecuencias funestas. Después permitió el principal comisario se llevase a la dictadura pública la declaración de la Francia; y para sostener a la vista de todo el Imperio cuanto se había anticipado por esta Corona, hizo el expresado comisario público el referido decreto, la memoria que el rey Jorge presentó al señor Palm y la carta que sobre este asunto escribió el conde de Sintzendorf.

El señor Le-Heup, ministro británico en Ratisbona, y, por consiguiente, testigo de la animosidad que semejantes procederes ocasionaban, no se asustó mucho; como obraba de acuerdo con el de Francia, presentó al otro día que apareció el decreto imperial una declaración en todo conforme a la del señor de Chavigny, en que se expresaba en los términos más agrios. Ofendidos los ministros cesáreos de esta pieza, y mirándola como injuriosa al Emperador, obtuvieron de la Dieta no sólo que no se protocolizase, sino que el secretario de la legación de Maguncia se la volviese a dicho ministro. Esto se hubiera ejecutado luego a no haberse éste ausentado de Ratisbona; pero de regreso a esta ciudad, el secretario de la legación pasó a su casa para ejecutar la orden. Prevenido el señor Le-Heup en lo que debía suceder, para evitar el desaire envió a su secretario, a fin de que esperase en la escalera de su casa la legación de Maguncia. Apenas apareció ésta, cuando aquél le leyó en alta voz una esquela cuyo contenido era que, informado su amo de la comisión, le quería excusar el trabajo de cumplir con ella y la mortificación de recibir del señor Le-Heup una respuesta que no sería agradable al Directorio de Maguncia.

El secretario de la legación quiso pasar adelante, diciendo al de este ministro que venía a ejecutar las órdenes del Imperio, y no en particular las del Directorio de Maguncia. «No importa -respondió el otro-, es inútil paséis adelante; no hay otra cosa que comunicaros», volviéndole la espalda. Expuesto lo ocurrido en la Dieta, y hecho público por la Dictadura, se significó al ministro británico una orden del Emperador para que saliese de Ratisbona en dos días, y en quince de las tierras del Imperio. Esta determinación confirmó al público de que la guerra no podía estar lejos.

* * *

Mientras pasaban en Alemania todas estas disensiones, la reina de España, que tanto había trabajado para asegurar la sucesión de los Estados de Parma y Plasencia, igualmente que el gran ducado de Toscana, al serenísimo infante don Carlos su hijo, y no sin encontrar grandes obstáculos, ya por parte del César, que temía, con razón, las consecuencias a de es establecimiento, ya por la del Pontífice, el cual se creía en derecho de disponer de aquéllos como feudos de la Iglesia; en fin, ya por la del Gran Duque, que, no veía gustoso le designasen un sucesor durante su vida y quitarle la libertad de elegir aquel que le fuese más agradable; parecía, digo, a esta princesa deberse esperar tranquilamente la muerte de los dos soberanos que colocaban al infante en sus respectivos Estados por dueño de ellos; pero los arcanos de la divina Providencia no siempre se concilian con las medidas que la prudencia humana suele tomar. Habiendo muerto casi de repente, la noche del 25 al 26 de febrero, Francisco Farnesio, duque de Parma, tío y padrastro de la Reina Católica, Antonio Farnesio, hermano de este príncipe, que podía casarse y tener hijos, le heredó. Esta mutación de soberano en el pequeño Estado de Parma, la causaba grande en los proyectos de España para el establecimiento de don Carlos.

La corte de Viena, que miraba su unión con ésta como insubsistente, recibió secretamente gran gozo, porque el César había consentido con indecible repugnancia en tener vecino tan peligroso para sus Estados de Italia como a un infante de España, y le era grato que, sin dar a Su Majestad Católica ningún motivo de quejas, quedasen estos Estados en la Casa de Farnesio, de la cual no tenía que temer. No sucedía lo propio en los demás príncipes de Italia, los cuales se alegraban tener en medio de ellos una potencia capaz de contrapesar la de tan gran monarca como es el Emperador. No obstante, esperábase en España con algún fundamento, que si el príncipe Antonio se determinaba a casar, moriría, como su hermano, sin posteridad, y aunque ambas cortes de Viena y Madrid observasen las diferentes medidas que la muerte del duque de Parma les obligaba a tomar, con todo, reunían sus esfuerzos para empeñar a la Suecia de acuerdo con la Czarina; y a esto trabajaba el César con grande ardor.

España no estaba más sosegada: dos meses hacía que se trabajaba sin interrupción en los preparativos del sitio de Gibraltar, cuya trinchera se abrió finalmente la noche del 22 al 23 de febrero, y no sin haber precedido varias conferencias acerca de él. Muchos eran de opinión se dirigiesen los ataques contra esta ciudad por la punta de Europa, cuyas endebles fortificaciones prometían favorable suceso; lo cierto es que fue la primaria intención de la corte; pero el conde de las Torres, hombre cerrado en su dictamen, y a quien todo allanaba su valor y experiencia, jamas quiso diferir a tan prudente parecer, lisonjeándose que, dando principio al sitio de esta fortaleza por donde lo concluyó el mariscal de Tessé en 1704, le sería fácil conseguir la rendición de esta importante plaza. Si el efecto hubiese correspondido a la idea, no se puede dudar venciera prontamente todas las dificultades que se fueron multiplicando, lo que no tuvo arbitrio después de reconocido el engaño.

Reunido todo el ejército en las cercanías de San Roque, en número de quince a dieciséis mil hombres, mandó el conde de las Torres al teniente general conde de Montemar, juntamente con el mariscal de campo marqués de Castropiñano y el brigadier conde de Mariani, pasasen a reconocer la plaza y sus inmediaciones, hasta llegar a la torre llamada de los genoveses, lo que ejecutaron en el día 30 de enero, sin el menor embarazo de los ingleses. El 13 de febrero se presentaron los españoles a tiro de cañón de la plaza, empezando este día a tirar una paralela hacia el mar y hacer otros preparativos para el sitio de Gibraltar, entretanto llegaba la artillería, municiones y todo género de instrumentos para mover tierra, en cuya expectativa el conde de las Torres dio las más acertadas disposiciones para abrir la trinchera sin ser inquietado por los ingleses.

El día antes, habiendo este general hecho comenzar después de otros muchos trabajos una batería a medio tiro de cañón de la ciudad, el coronel Clayton, teniente gobernador de esta fortaleza, le escribió que, siendo este trabajo contrario a los tratados que subsistían entre las dos naciones, creía deberle avisar que, si no lo suspendía, tomaría las convenientes medidas para impedir sus atentados. La respuesta del conde de las Torres no fue menos arrogante pues respondió que habiendo trabajado hasta entonces sobre el territorio perteneciente a España, porque el de la ciudad no tenía otro distrito que el de sus fortificaciones, y apoderada ésta de las torres del Molino y del Diablo, que no eran de su jurisdicción, podía contar que si no las abandonaba inmediatamente tomaría otras providencias, supuesto que, para hacer el sitio de Gibraltar, no era necesario formar los ataques de tan lejos, como reconocería en la ocasión.

Ambos comandantes sabían a qué atenerse, y cada uno pensó por su lado a la defensa y ataque. El coronel Clayton retiró luego las tropas empleadas en las referidas torres, mandando disparar un cañonazo con bala sobre nuestros trabajadores, y poco después una descarga de cañones, con lo que se empezaron las hostilidades de una y otra parte. Pronto todo para abrir la trinchera, se ejecutó, como ya se ha dicho, la noche del 22 al 23. Cinco batallones de infantería con sus banderas, una brigada de ingenieros con mil y quinientos trabajadores y lo demás concerniente, al mando del teniente general más antiguo, don Lucas Spínola, el mariscal de campo don Rodrigo Peralta y el brigadier marqués de Torre-Mayor, conducidos todos por el capitán general conde de las Torres, desde el campo hasta el pie del corte del peñasco del monte de Gibraltar, dieron principio a ella, según el plan proyectado, y no sin pérdida de gente. Al amanecer, empezando los enemigos a hacer fuego de su fusilería desde la cumbre del peñasco, arrojaron al mismo tiempo cantidad de piedras, bombas y granadas, y poco después, acercándose dos navíos de guerra con una balandra a la playa de Levante, y otros dos a la de Poniente, cañonearon y bombardearon nuestras tropas, de tal modo, que cruzaban sus fuegos con los del muelle viejo, sin contar los morteros, que duraron todo el día. La pérdida, aunque fuese grande, no correspondió, sin embargo, a tanto fuego; el marqués de Torre-Mayor salió herido.

Como no había precedido declaración de guerra contra la Inglaterra, cuyo embajador residía en Madrid con afectada aceptación de la corte, la tropa española acantonada de San Roque y lugares de sus cercanías, con la seguridad que inspira una profunda paz, no fue difícil a los oficiales distinguidos de ambas naciones española y anglicana obtener las respectivas licencias de sus generales para pasear el campo y la ciudad, con tal que su número no excediese de dos personas al salir o entrar en una y otro. Habiéndose presentado los marqueses de Castelar (don Lucas Patiño) y de Bay a la puerta de Gibraltar, advirtieron al entrar, no sin grande admiración, que la custodia de ella estaba confiada a una tropa cuyos soldados, los más, eran desertores de sus regimientos. Informáronse de los motivos de su deserción, y cómo siendo desleales podían estar en un puesto de tanta importancia. Ahí verán ustedes, respondió uno de ellos, después de haberse sincerado -porque en semejante coyuntura todos tienen sobrada razón- cómo los ingleses saben atender al mérito de la tropa: no obstante, conservamos un afecto grande para nuestros coroneles, y si a ustedes acompañase número suficiente, o volviesen mientras estemos aquí, con la necesaria gente, pudiéramos poneros en posesión de este puesto. Fuese jactancia o jocosidad, no hay duda que a haberse puesto en estado de practicar el aviso, se hubieran superado las invencibles dificultades que ocurrieron en esta desgraciada empresa.

Serias reflexiones hicieron ambos marqueses sobre este inesperado encuentro: ambos valerosos, y con los impulsos que estimula el honor heredado, ninguno podía conducir la estratagema como ellos. Conferenciaron sobre el caso; pero ¿cómo poder hacerlo aprobar del conde de las Torres, hombre inflexible y entero en su resolución, de que nunca se apartaba? Sabíase que su idea era formar el sitio según las reglas del arte, y hubiera creído disminuir su gloria valiéndose del ardid y de la astucia; esta propicia ocasión se sepultó en el silencio, por saber con harto fundamento no la admitiría. Si se me objeta que dichos desertores no podían cumplir con lo ofrecido, o temerosos se retractasen, respondo que el único medio de apoderarse de esta fortaleza, no teniendo armada naval, era, despreciando el peligro, arrimar el petardo y a costa de tres o cuatro mil hombres entrar en la plaza, obligando a la guarnición a poner las armas en tierra, supuesto que la principal fuerza de ella consistía en la montaña y en el muelle; aquélla, para batir la campaña, y éste, el mar.

Esta anécdota me ha parecido de bastante consecuencia para no omitirla; porque siendo el general uno, y los pareceres muchos, aquel que se cree menos adaptable suele ser el más fácil de conseguir. ¿A cuántos la aspereza de genio fue funesta al Estado y a la tropa? Muchos ejemplos pudiera producir aquí, y entre otros el de la sorpresa de Veletri, que por desatender avisos importantes, puso en eminente peligro a la sacra persona del rey de las dos Sicilias y a todo el ejército; pero aún no ha llegado el caso de tratar esta materia, y no debemos anticipar hechos: volvamos a nuestra narración.

Poco después de haberse sabido en Madrid la abertura de la trinchera, milord Stanhope partió de la corte para volver a Inglaterra; pero, precaviendo antes de su partida las consecuencias de la resolución, que sin duda se tomaría en Madrid, de arrestar a todas las naves inglesas que se hallaban en los puertos de la Monarquía, dio este ministro aviso a sus comandantes para que sin dilación se pusiesen a la vela; orden que se ejecutó con tanta felicidad, que apenas se encontró una cuando llegó la de la corte; mas se procedió contra los efectos, mandando se embargasen en todos los dominios del Rey Católico.

* * *

La noticia del sitio de Gibraltar no tardó a divulgarse por toda la Europa. Las dificultades casi insuperables en la conquista de esta plaza, junto a los demás inconvenientes que resultaban de esta empresa, habían dejado al público en la opinión de que la corte de Madrid no pensaba en tal designio; pero, ya evidenciado, se hizo la conversación de todos los políticos. El capitán Hanock fue quien llevó esta nueva a Inglaterra, en donde llegó el 12 de marzo; súpose por él cómo habían arribado desde el día 3 de febrero a Gibraltar, igualmente que el coronel Clayton, las tropas que estaban a bordo de los navíos del contralmirante Hopson, y que la guarnición se asustaba poco de los esfuerzos del general de las Torres. No obstante, la conservación de esta fortaleza interesaba tanto a la nación inglesa, que el Gobierno se preparó a enviar nuevos socorros, que marcharon, sucesivamente, bajo la escolta de un navío de guerra que restituía a Marruecos un embajador de África, y en el cual se embarcó el conde de Portmore, su gobernador propietario, aunque de edad de setenta años, con gran número de voluntarios.

Las medidas que la corte de Londres tomaba para impedir a los españoles el éxito propuesto en esta empresa eran en algún modo superfluas, porque el conde de las Torres encontraba a cada instante nuevas dificultades por la situación del terreno, que no le dejaban sino un pequeñísimo espacio para conducir los jiquezaques de la trinchera, mientras los ingleses, que habían practicado varias cortaduras, o pequeñas plazas de armas en forma de anfiteatro sobre la montaña que dominaba los trabajos de los españoles, incomodaban a éstos tanto más, cuanto no podían evitar la carnicería que causaba en ellos el incesante fuego de la plaza. Sacrificadas las tropas sin humana esperanza de suceso, empezaron a murmurar contra su general, y de las seguridades que daba a Sus Majestades de poner dentro de poco tiempo esta plaza a su obediencia.

En esta inteligencia, y sobre la facilidad con que el conde de las Torres había demostrado infalible la conquista de Gibraltar, los Reyes se determinaron a esta expedición, no obstante de estar el Real Erario exhausto; pero habiendo llegado la flota -a pesar de los ingleses, que corseaban los mares para apresarla- al puerto de Cádiz el 5 de marzo, cuya circunstancia causó júbilo universal, se pensó en los medios de continuar el sitio con vigor. Este socorro no podía llegar más a proposito: despacháronse incontinente correos a varias cortes, y no avivó poco la buena voluntad de los príncipes del Norte, que no entraban en la Liga de Viena sino para aprovecharse del tesoro que traía la flota, valuada en dieciocho millones de pesos.

La Inglaterra, en extremo sentida de verse frustrada de sus efectos, y del secuestro que sus individuos tenían en España, usó de represalias, publicándote el 8 de abril una declaración acerca de esto. Después de esta resolución, la guerra pareció enteramente declarada entre las dos Monarquías, y como la acritud entre el Emperador y rey Jorge, desde la memoria presentada por el señor Palm, crecía cada día, se miraban ya las hostilidades comenzadas delante de Gibraltar como el preludio de una guerra general; no obstante de dar a entender la corte de Viena que desaprobaba la determinación de España en esta empresa. Lo cierto es que el misterio que sobre esto había entre ambas cortes, nunca se penetró hasta que lo refirió el duque de Ormond.

Este señor, tan ilustre por su nacimiento y empleos considerables, que obtuvo bajo el reinado de la reina Ana, como por sus desgracias desde la muerte de esta princesa, conservando muchos amigos en Inglaterra, había informado secretamente a la corte de España -donde residía desde algunos años- que el disgusto contra el Gobierno británico era general; que cada día el partido del pretendiente se fortificaba, no buscando más que la ocasión propicia de causar una revolución que pudiese colocar a este príncipe en el trono de sus padres; en fin, que a poco que se produjesen a los jacobitas los medios necesarios para el éxito de semejante proyecto, era verisímil tendría el suceso deseado. De los expedientes más aptos que proponían los amigos del duque de Ormond para desacreditar al rey Jorge y a sus ministros y enajenarlos del público, ninguno había como apoderarse de Gibraltar, supuesto que toda la nación inglesa, mirando la conservación de esta fortaleza como de la última importancia, no dejaría de señalar su resentimiento contra todos aquellos a quienes se atribuiría su pérdida.

Para preparar, pues, los ánimos contra las máximas de política que observaban los ministros de Inglaterra, era conveniente hacerles perder la confianza que tenían puesta en la Francia, disponiendo ésta de manera que no tomase resolución alguna en hacer causa común por la empresa de este sitio, hasta estar rendida dicha plaza, para cuyo tiempo se prometían los parciales del pretendiente que todo sucedería a medida de su deseo; y es así que la nueva de este sitio había causado una fermentación tan grande en Londres, que llegó la osadía de este gran populacho hasta derribar la noche del 22 al 23 de marzo la estatua ecuestre del Rey, colocada en la plazuela de Grosvenor, cerca de Hyde-Park. Hallóse la pierna izquierda arrancada y puesta sobre el pedestal; la espada y bastón de comandante llevada, y el pescuezo tajado, como si se le hubiese querido cortar la cabeza; habíase fijado también un injurioso pasquín sobre el pedestal.

Todo esto acreditaba los secretos proyectos del duque de Ormond. Prometiósele asistir al pretendiente, y luego se informó a la corte imperial de cuanto pasaba, y de las medidas que la España se proponía tomar. Hallando aquélla alguna posibilidad, o a lo menos de ocupar bastante al Rey británico para no pensar a turbar la Alemania, adoptó no sólo el proyecto, sino que también apresuró la ejecución. El caballero de Sintzendorf fue encargado de este cuidado, y con el pretexto de ir a servir en calidad de voluntario en el ejército español delante de Gibraltar, pasó a España, pero para ocultar enteramente el paso que daba el Emperador y no desmentir la memoria que el señor Palm había expuesto, afectó no tener parte alguna en la resolución que tomaba España de atacar a Gibraltar, antes sí reprobarla públicamente.

No se puede dudar que el abad de Montgon, que había pasado a París a principio de este año, dirigiese su comisión con especialidad a retardar lo más que le fuese posible las reiteradas instancias de la Inglaterra, y en esta idea entretenía con incesante aplicación al cardenal de Fleury, en la seguridad que daba el conde de las Torres a los Reyes de que la plaza de Gibraltar se rendiría en breve, haciendo cargo a Su Eminencia que esta fortaleza importaba tanto a la España como Calés en otro tiempo a la Francia; que el rey católico Felipe II le había procurado en la paz de Chateau-Cambresi; que era del honor de la Majestad de Felipe V el ser dueño en sus Estados; que los ingleses jamás habían querido condescender a los equivalentes propuestos para la restitución de esta plaza, y que Sus Majestades Católicas esperaban esta señal de su afecto, que sería el principal móvil para la reunión de ambas Coronas.

La carta que en asunto a esto recibió el arzobispo de Amida, don Domingo Guerra, confesor de la Reina, confirmaba cuanto el abad de Montgon había anticipado al cardenal de que no estorbase el sitio de Gibraltar; y como no podía menos de serle grata, se la comunicó. El prelado prometió no precipitar nada, aunque no podía dispensarse -dijo- a lo menos de dar a entender se disponía a cumplir fielmente los empeños tomados con la Inglaterra; mas no obstante, los Reyes Católicos podían contar en que llevaría las cosas con toda la lentitud posible; pero que el conde de las Torres hiciese igualmente sus esfuerzos para cumplir sus promesas, que dudaba tuviesen efecto.

De gran gozo fueron para la corte de España estas promesas del cardenal de Fleury, y lisonjeándose del suceso, en su consecuencia el marqués de la Paz, sirviéndose del ministerio del nuncio Aldobrandini, hizo saber en Francia que aunque el Rey Católico estaba en derecho de secuestrar los efectos de la flota pertenecientes a los franceses, sin embargo no lo ejecutaría, por mantenerse el real ánimo de Su Majestad siempre inclinado a la paz, y que esto no embarazaría las negociaciones de que el nuncio estaba encargado, con tal que quisiese el Cristianísimo entrar en ellas de buena fe, y que estos intereses nunca serían confundidos con los de los ingleses.

Con este motivo se repitieron nuevas órdenes al conde de las Torres para avivar el sitio de Gibraltar; pero a las seis semanas de principiado, estaba poco más adelantado que en los primeros días. El ejército padecía miserablemente, y se debilitaba en punto de hacer temer, con especialidad después del arribo del conde de Portmore con las tropas inglesas, que la guarnición fuese bastante numerosa para hacer levantar el sitio. Testigos los generales españoles de la inutilidad de los esfuerzos del conde de las Torres, creyeron deber dar cuenta al marqués de Castelar, entonces ministro de la Guerra, de la infeliz situación a que se hallaba reducida la tropa, y el marqués don Próspero Verboom, ingeniero general y oficial experimentado a quien la dirección del sitio había sido confiada, se vio precisado a dejar el ejército por haber reñido abiertamente con el conde de las Torres, representándole con viveza sacrificaba, sin remedio ni esperanza de conseguir su intento, las tropas que estaban a sus órdenes.

Con todo, la corte persistía en querer sostener una empresa tan difícil; y como el hombre se lisonjea salir con lo que desea, se daba más crédito a las quiméricas ideas y seguridades del suceso, con que el conde de las Torres llenaba sus relaciones, que a todo lo que los oficiales, generales y particulares escribían de lo contrario. Una prevención tan difícil de vencer obligó al marqués de Castelar a responder a estos últimos que no podía hacer conocer al Rey su dictamen, pero que si persistían en la misma idea, el único partido que les aconsejaba tomar era poner su sentir por escrito, firmarlo en común y después dirigírselo, que con esta condición consentiría en presentarlo a Sus Majestades.

Por más ocupada que fuese la corte en la conquista de Gibraltar, no dejaba de pensar a aprovecharse de su nueva alianza con la emperatriz de Rusia. Esperábase sacar grandes ventajas de ella, no solamente en las fuerzas considerables que esta princesa podía suministrar al Emperador de Romanos en caso de guerra, sino también por lo tocante al comercio, y la facilidad de extraer de la Moscovia los maderos propios para la construcción de los navíos, de que había suma falta en España. Queriéndose, pues, cultivar la amistad y unión que acababa de formarse entre esta Emperatriz y Sus Majestades, se nombró por embajador extraordinario y plenipotenciario en la corte de Petersbourg al duque de Liria, quien partió a principios de marzo para ir a residir en ella. Debiendo este ministro tomar su camino por Génova, los Reyes le encargaron observase lo que pasaba en la corte de Viena y en la de los diversos príncipes de Italia desde la muerte del duque de Parma, haciendo por descubrir la intención de éstos sobre las consecuencias que podía acarrear y sobre el establecimiento que se proyectaba hacer al infante don Carlos.

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Aunque la duplicada alianza que ambas Casas reales de España y Portugal habían resuelto hacer se hubiese concluido casi en el mismo tiempo que se efectuó el regreso de la infanta, no había habido, sin embargo, embajada solemne de una ni otra parte, observada en igual caso para hacer la demanda de las respectivas princesas. Sin duda había causado la tardanza de esta formalidad la poca edad de los futuros esposos, especialmente la de la infanta de España. Esta razón debía subsistir para esta princesa aun cerca de tres años; pero Sus Majestades Católica y Fidelísima no dejaron de nombrar a los marqueses de los Balbases y de Abrantes, el primero para pasar a Lisboa y hacer la demanda de la infanta de Portugal doña María Bárbara para el príncipe de Asturias, y el otro para venir a Madrid a ejecutar lo mismo con la infanta de Castilla doña María Ana Victoria para el príncipe del Brasil. Estos dos ministros pasaron luego a las expresadas cortes, en donde hicieron su entrada con tanta magnificencia como esplendor.

El júbilo que produjo el motivo de la embajada y arribo del marqués de Abrantes en la corte, se aumentó con la noticia que recibieron Sus Majestades, de que los moros habían enteramente levantado el sitio de Ceuta el 17 de abril, después de treinta y cuatro años de hostilidad contra esta plaza. El brigadier don Gaspar de Antona, teniente de Rey de esta ciudad, despachado por el conde de Charny, gobernador de ella, fue quien trajo esta nueva, y por la relación que presentó al Rey de lo que ocurrió en esta ocasión, se supo que la retirada de los infieles, aunque bastantemente precipitada, se había hecho, sin embargo, con tanta precaución de su parte, cuanto no se había encontrado en su campo sino cinco piezas de cañón y tres morteros.

Atribuyóse esta resolución de los bárbaros a la muerte de Muley Ismael, rey de Mequínez, y a las disensiones suscitadas entre los muchos hijos que dejó este príncipe. El día siguiente mandó el gobernador saliesen mil hombres a la orden del referido teniente de Rey para apoderarse de los reductos, destruir las trincheras, quemar las casas del alcaide y el serrallo: lo que se ejecutó en breve, con más de diez mil barracas.

La satisfacción que este suceso causó se acrecentó algunos días después por la que se recibió de haber llegado felizmente los tres restantes navíos de la Flota, que un recio temporal había separado, y se creía fuesen apresados por alguna escuadra inglesa; pero sabido que, a pesar de la actividad de esta nación, estaban asegurados en los puertos de Galicia, no quisieron los Reyes dejar sin recompensa la prudente conducta de los jefes, aumentando al teniente general don Antonio Castañeta mil ducados de sueldo, y una pensión de mil y quinientos a su hijo; el jefe de escuadra don Antonio Serrano fue promovido al grado de teniente general de sus armadas navales.

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Los preparativos que a todas partes se hacían para entrar en campaña, no impedían las negociaciones de paz entre las cortes de Viena y Versailles, porque una y otra la deseaban en realidad. En cuanto a las potencias marítimas, aunque parecían resueltas a la guerra, no tenían interiormente designio que su alianza con la Francia favoreciese las ideas de esta Corona contra la Casa de Austria. Esto hubiera sido destruir en la Europa el equilibrio tan deseado, y, sin embargo, tan vacilante, que quieren conservar en ella. El único fin de estas potencias era hacer abolir una compañía perjudicial a sus vasallos, y asegurar al comercio de éstos las ventajas que se les habían concedido. Esto esperaban de su unión con Francia, y no aminorar la potencia austríaca.

La corte de Viena, a quien la conservación de esta compañía era preciosa, exasperada en ver que con toda su solicitud no podía vencer la inflexibilidad de la Inglaterra y Holanda sobre este artículo, buscó los medios de superarla por la intervención del cardenal de Fleury, dando a entender a este primer ministro se proporcionarían sus buenos oficios para procurar la reconciliación de Sus Majestades Católicas con el Rey su sobrino. En este concepto, los ministros imperiales habían empeñado al nuncio Grimaldi de hacer a los embajadores de Francia y Holanda en Viena ciertas aberturas para una buena composición entre el César y los aliados de Hannover, y aunque no se habían admitido, ambos partidos, que dividían la Europa, no dejaban de buscar nuevos medios convenientes a las presentes coyunturas para conservar la paz.

El cardenal, más diligente en esta parte que ninguno, mirándola como el apoyo principal para mantenerse en el puesto que ocupaba, se daba indecibles movimientos. Con este motivo tuvo varias conferencias con los ministros de las potencias marítimas, proponiendo diversos temperamentos; pero las que tuvo con el barón de Fonseca, embajador del César, fueron más frecuentes; unas veces para trocar los Estados que se destinaban al infante don Carlos en Italia, con otros equivalentes en Flandes; otras, para una tregua de algunos años, o a lo menos para una convención que suspendiese todo acto de hostilidad, durante cierto tiempo limitado, a fin de dar a los coligados de Viena y Hannover el de examinar sus diferentes pretensiones y arreglarlas amigablemente en un congreso. Hasta aquí no encontraba el cardenal grandes dificultades; pero la abolición de la compañía de Ostende, principal obstáculo que se debía vencer, parecía tan duro en Viena como incompatible con el decoro de la Majestad Imperial. Los nuncios, que con ardor trabajaban en este negocio, se lo participaron; y viendo esta Eminencia su solicitud infructuosa, se dirigió al duque de Lorena, Leopoldo I, cuyos buenos oficios le fueron de tanta utilidad que este príncipe pudo obtener del César, cuando no la abolición total de dicha Compañía, a lo menos una suspensión, dejando al cardenal el cuidado de atender en algún modo a sus intereses sobre este artículo.

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El sitio de Gibraltar, que por su duración comenzaba a imitar al de Troya, continuaba siempre, no obstante la imposibilidad de apoderarse de esta plaza. Esparcíanse en toda la Europa cartas, que daban del conde de las Torres, y del ejército, donde la división y enfermedades reinaban, una idea nada ventajosa; y aunque este general se quejaba amargamente de la inejecución de las promesas que se le habían hecho así sobre el número de tropas como sobre los navíos de guerra que se le debían enviar, no dejaba de lisonjear a Sus Majestades la conquista de esta fortaleza. Habíase puesto en la cabeza el quimérico proyecto de alcanzar, por medio de una mina, a hacer saltar la montaña que sirve de defensa a Gibraltar, a fin de sepultar la ciudad bajo las ruinas de tantas peñas, o a lo menos facilitarse una entrada en esta plaza; lo que en ningún modo podía ser, porque de haber jugado la mina, resultaba en daño de los españoles y dejaba la montaña más escarpada. Por lo mismo, los ingleses, que conocían la imposibilidad de semejante designio, se lo dejaban seguir con tranquilidad, aplicándose únicamente a destruir el ejército español en la trinchera, cuya deserción no contribuía menos que su fuego a minorarle cada día; y la famosa mina, último recurso de la imaginación guerrera del conde de las Torres, no sirvió sino para renovarnos la memoria de la caverna de Montesinos.

Es extraño a esta obra una relación circunstanciada de este sitio; espero no la exigirá el lector, benigno e instruido; porque las acciones de valor no tuvieron lugar en esta empresa, pues todo se redujo a plantar baterías, repararlas, levantar trincheras para ponerse a cubierto del fuego de los enemigos, desaguar las líneas, perfeccionar la comunicación de unas a otras conforme se advertía el defecto; disparar muchos cañonazos, haciéndose con este motivo la más de la artillería inútil; en una palabra, todo se redujo, vuelvo a repetir, a componer el daño que el fuego de la plaza causaba en nuestros trabajos, sin experimentar la menor ventaja; y lo peor fue que una tropa tan valerosa como la que se empleó en esta infeliz expedición, se sacrificase inútilmente por satisfacer una vana e inepta presunción en detrimento de las armas del Rey.

Mientras subsistía el empeño delante de esta plaza, los ingleses hacían las más vivas instancias al cardenal de Fleury a fin de no malograr la propicia estación que ofrecía el tiempo para entrar en campaña. No pudiendo este purpurado resistir a tanta solicitación, para ostentar la fidelidad de sus promesas tuvo varias conferencias con los mariscales de Berwick y Villars sobre las operaciones de la guerra; pero todo esto era ficción en él: o ya fuese por atención a España o ya por no turbar el pacífico y respetable principio de su Ministerio, cuya dulzura alteraba con el ruido de las armas, no se puede dudar que en esta ocasión hizo un gran servicio a la Europa, porque a haber empezado las hostilidades contra España o contra los Estados del César, la guerra se hacía universal, y por su prudente conducta, dirigida en esta ocasión por los desvelos del abad de Montgon, logró disipar la tempestad. No obstante, para mejor entretener la ilusión, mandó juntar un ejército en la frontera de España; otro, en el Delfinado, para unirse con el del rey de Cerdeña, y un tercero, en Alsacia. La Inglaterra y Holanda obraban de buena fe, y su diligencia era extrema; decíase que el rey Jorge mandaría en persona el ejército que se juntaba en su electorado de Hannover, y se compondría de ochenta mil hombres.

Los armamentos por el lado de Rusia no eran menos considerables. El cuerpo de tropas que esta potencia debía dar al Emperador, compuesto de diez y seis regimientos de infantería y diez de dragones, bajo las órdenes del general Lascy, debía juntarse todo en Breslau, en Silesia, y empezaba a ponerse en movimiento. La flota rusiana consistía en cincuenta y seis navíos de línea, veinte y tres fragatas y gran número de galeras. El Emperador, jefe de la Liga de Viena, no se olvidaba de poner sus vastos Estados al abrigo de cualesquiera invasiones. Sus tropas, buenas y numerosísimas (cerca de doscientos mil hombres), eran mandadas por hábiles generales, sea en Italia, en el Rhin o en Flandes. Diéronse órdenes de reparar y poner en estado de defensa las plazas de Ostende y Luxembourg, como las más expuestas, y las que con fundamento se discurría podrían ser el objeto de las primeras tentativas de los aliados.

No obstante la apariencia de una próxima guerra, las negociaciones no se interrumpían, así por parte del Emperador como por la de Francia; y entonces se verificó la máxima de si vis pacem, para bellum. El rey de Portugal ofreció su mediación para conciliar la España con la Inglaterra, pero esta última le agradeció los buenos oficios, sobre que se había entablado una negociación general en esta materia.. Habíase convenido en Francia entre el cardenal de Fleury, los embajadores de Inglaterra y Holanda, con el barón de Fonseca, ministro del César, y el nuncio de Su Santidad, en doce artículos que se remitirían a Viena para ser aprobados de este Monarca.

Túvose sobre este asunto una conferencia en su corte en casa del conde de Sintzendorf, a la cual asistieron el duque de Richelieu y el embajador de los Estados Generales, y por la tarde se juntaron otra vez en casa del príncipe Eugenio con el duque de Bornonville. Éste, por sus contradicciones sobre cada artículo, no decidía cosa alguna. Los ministros imperiales, por su parte, formaban en el examen de las proposiciones muchas dificultades sobre su contenido, representando era necesario dar ciertas explicaciones acerca de esto a la España y Rusia, y esperar la respuesta de estas potencias antes de poder determinarse. No obstante, después de muchas conferencias, y haberse moderado lo que parecía menos soportable, Su Majestad Imperial aceptó el 21 de mayo las proposiciones de los aliados de Hannover, y se firmaron el 31 del mismo en París, asignándose la ciudad de Cambray para el congreso, que después se mudó en la de Soissons.

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La calma que subsiguió en todas partes a las turbulencias de que la Europa estaba amenazada, no reinaba en el Imperio de Rusia. El crédito a que había llegado el príncipe Menzikoff bajo el reinado de Pedro 1, y crecido desde que la emperatriz Catalina había subido al Trono, en punto que la hija de este ministro estaba destinada para casar con el joven príncipe Pedro, heredero de la Corona, había excitado contra él tantos enemigos como envidiosos.

El odio contra los validos procede tanto de la indignación de aquellos que de. sean el favor sin poderlo conseguir, cuan. to del abuso que suponen en los ministros. El príncipe Menzikoff, de oficial pastelero, había llegado a las mayores dignidades. Disponía a su arbitrio, bajo el reinado de la emperatriz Catalina, de todos los empleos y de la Real Hacienda; el favor que poseía y sus riquezas le hicieron odioso. Murmurábase abiertamente contra esta princesa de haber puesto toda su confianza en un hombre que, a su parecer, la merecía tan poco. El desenfreno de los grandes del Imperio, movido del deseo de derribar una potencia para ellos odiosa, hizo llevar la audacia hasta intentar contra la vida de la misma Emperatriz, mudar el Gobierno y orden de la sucesión y dar al Imperio rusiano una nueva forma.

Advertida Su Majestad Imperial por Menzikoff de la conspiración, hizo arrestar a varios señores, y estableció una comisión para juzgar delito tan atroz. Los reos fueron sentenciados a diversos géneros de suplicio, el que se conmutó a los unos en la pena de destierro y privación de bienes y honores, ejecutándose la sentencia de muerte solamente en los jefes; pero no fue hasta el siguiente reinado, porque este descubrimiento precedió pocos días al fin de la vida de esta princesa. La quebrantada salud que experimentaba un año había, juntamente con el sentimiento que le causó la noticia de la conjura formada para destronarla y encerrarla en un convento, la condujo finalmente el sepulcro, habiendo muerto el 17 de mayo, de edad de treinta y ocho años, después de poco más de dos de reinado, desde el fallecimiento de Pedro el Grande, su esposo, acaecido el 29 de enero de 1725. De varios hijos que tuvo de este príncipe no quedaron sino dos princesas, de las cuales, la mayor, casada con el duque de Holstein, murió poco después de sobreparto; la segunda, llamada Elisabeta, es la que hoy reina en el Imperio Rusiano con tanta prudencia como gloria.

La hermosura, cuyo imperio es tan poderoso, había puesto en el Trono a Catalina Alexiwna: habiéndola visto casualmente el czar Pedro I en casa del príncipe Menzikoff, se enamoró y casó después con ella de secreto en 1707, pero su matrimonio no se declaró hasta el de 1711. La elevación de los pensamientos y cualidades del corazón igualaban con el esplendor de los encantos de esta princesa, y supo atraerse la estimación con el cariño de su augusto esposo. Manifestó bien cuán acreedora era a uno y otro, con la prudencia en los consejos que dio a este Monarca, en la funesta situación a que los turcos le habían reducido cerca del río Pruth el año de 1711; y los rusianos no tuvieron dificultad en publicar que su Soberano le era deudor de su libertad y de la del Imperio. También, para reconocer la constancia de su afecto, la hizo coronar en Moscow el primero de mayo de 1724 con toda la pompa y magnificencia posible; instituyó la Orden de Santa Catalina; y, en fin, para asegurar la posesión de sus Estados, después de su muerte a una esposa tan amada, hizo una ordenanza por la cual, reservándose el derecho de elegir su sucesor, preparaba de antemano los espíritus de sus vasallos a recibir y seguir el reglamento que meditaba hacer a su favor.

Cuando de un origen común se llega al cúmulo de las grandezas, se suele olvidar fácilmente aquellos que han contribuido a nuestra elevación: su presencia nos renueva la memoria del estado diferente en que nos han visto, porque hiere el amor propio y nos exaspera. La emperatriz de Rusia no tuvo esta flaqueza, y por una magnanimidad muy superior al nacimiento y dignidad, esta princesa llamó cerca de su persona a la familia del luterano Gluck, que había cuidado de su educación y subsistencia. Atendió igualmente a la fortuna de todos aquellos que la componían, y no cesó, durante la vida del emperador Pedro y la suya, de proteger al príncipe Menzikoff, a quien debía principalmente su exaltación. Aplicóse, después de fallecido su esposo, a formar del todo la Academia Real de las Ciencias, que este príncipe había establecido sobre el modelo de la de París, a aumentar la marina y descubrir un camino por el norte de la Tartaria para ir a la China y facilitar a sus vasallos el comercio de las Indias Orientales y Occidentales. El capitán Beering fue a quien se empleó para este descubrimiento.

Al otro día de la muerte de esta princesa, habiéndose abierto su testamento y leídole el secretario de Estado Basili Stepanoff, el gran duque Pedro Alexiowitz, de edad, de once años y medio, hijo del desgraciado czarowitz y nieto de Pedro el Grande, fue declarado heredero y Emperador. Los prelados, el clero, el Senado, los príncipes de Menzikoff y Galitzin, los miembros del Consejo Privado y principales rusianos prestaron sus homenajes al joven monarca, jurándole y reconociéndole por su legítimo Soberano. Este príncipe comenzó su reinado en conceder muchas mercedes a varios particulares y declarar a Menzikoff generalísimo de las fuerzas de tierra y mar.

Esta mutuación de Gobierno, que se creyó minoraría el poder y autoridad de este príncipe, no sirvió sino para aumentarlo. El matrimonio proyectado del Czar con su hija, debía celebrarse luego que el joven Monarca tuviera la edad competente, y para asegurarlo se hizo la ceremonia de los desposorios el 6 de junio. Una alianza tan brillante; los servicios hechos a la corte de Viena en tiempo de la Emperatriz, de los que el conde de Rabutín había informado al Emperador de Romanos, su amo; en fin, el puesto distinguido que ocupaba en el Imperio de Rusia, determinaron a Carlos VI, para empeñarle más en sus intereses, a darle la ciudad y ducado de Cossel, en Silesia.

Esta nueva distinción y todas las que su Soberano le concedía, elevándole al cúmulo de los honores y dignidades, precedieron muy poco a su caída. Así la infinita sabiduría de Dios suele permitir en las cortes, para castigar la ambición de los unos y para servir de ejemplo a los otros, que no haya casi distancia alguna entre lo sumo de los honores a la de la humillación y penas.

No me parece disgustará al lector exponer aquí la relación que a esta corte envió el duque de Liria, embajador extraordinario a la de Rusia, donde llegó poco después de esta desgracia; pero primero haré preceder una breve narración histórica de la vida de este primer ministro, pues aunque sea trasponer hechos ajenos de esta obra, este género de relaciones entretiene al lector, y no siempre la ocupación de éste se fija en los negocios serios y reflexionados. Los episodios divertidos, cuando suceden a negociaciones arduas, estimulan más la aplicación; por otra parte, no es indiferente dar a conocer lo que ha sucedido en las cortes extranjeras, porque todas tienen tal conexión entre sí, que es difícil el mostrar cuál es la que no ha experimentado ciertas revoluciones inseparables de la emulación, de la envidia, de la razón de Estado, y, a veces, por el abuso que hacen ciertos ministros de su autoridad.

Compendio histórico de la vida del príncipe Menzikoff

La historia del príncipe Menzikoff no es más que la de su fortuna, y un ejemplo ilustre de la mayor elevación y de la caída más profunda; también será una pintura de moralidad para muchos, especialmente para los que reflexionan.

Puédese juzgar del nacimiento del príncipe de Menzikoff por su primer oficio: empezó pregonando pasteles por las calles de Moscow. Acompañábale voz y alegría, y cantando su mercadería, paseando la ciudad, sus canciones contribuían a hacérsela despachar. La casualidad quiso que al pasar un día cantando, según su costumbre, por debajo de las ventanas del palacio de Pedro el Grande, atendió éste a lo sonoro de su voz y agudeza de sus pregones; uno y otro hicieron en este príncipe un efecto cual no esperaba el pobre pastelero. Ya fuese impulso de comer pasteles o tener media hora de diversión con el muchacho pastelero, cuyos modales le habían hecho viva impresión, mandó el Czar le hiciesen subir. Menzikoff entró en Palacio como si toda su vida hubiera pisado alfombras, y presentándose sin el más mínimo embarazo con su tienda portátil, el príncipe le preguntó cuánto quería por todos sus pasteles, con el cajón en que estaban. «Yo puedo disponer de mis pasteles -dijo Menzikoff-, pero en cuanto al cajón, necesito permiso de mi amo. No obstante -prosiguió-, siendo todo de Vuestra Majestad, espero no tomará a mal le franquee lo que no le puede negar.» Satisfecho el Emperador de esta respuesta y del desenfado prudente a las demás preguntas que le hizo, mandó al conde de Golofkin, su primer ministro, le tuviese en su casa ínterin conocía sus talentos, para emplearle según lo juzgase más conveniente.

Despidiéndose Alejandro (éste era su nombre) de su padre el mismo día, mudó de traje y condición, haciendo de paje al conde de Golofkin. Mediante esta especie de empleo, hallábase a menudo delante del Czar, cuyo genio popular y prevenido de cierta benevolencia por este joven, en el que cada día descubría más espíritu, le tomó a su servicio, honrándole con su confianza. Menzikoff iba insensiblemente respirando el aire de la corte con el de la ambición, aunque ésta sólo se dirigía a servir a todos. Con este motivo se vio colmado de todo género de favores, tanto mejor merecidos cuanto no los solicitaba, y el título de valido del Monarca, tapando la oscuridad de su nacimiento y borrando la mancha de su condición, le atrajo las atenciones de toda la corte.

Aunque mi plan no sea sino dibujar al príncipe en su desgracia y no el escribir todas sus grandes acciones, sea en el mando de los ejércitos o en el puesto de primer ministro, no dejaré de interpolar algunas anécdotas que servirán para hacer conocer quién era, y de qué grado de grandeza fue precipitado.

Lo que contribuyó a la rapidez de su fortuna fue el descubrimiento que casualmente hizo de la conspiración del príncipe de Amilka. Estando en una hostería dos de los conjurados en un cuarto inmediato al suyo, inflamados con el vapor del vino, creyéndose bien seguros, se entretenían en su proyecto y ejecución, nombrando por descuido al príncipe Amilka como jefe de la conjuración, y algunos de los principales motores de esta empresa. Oído con atención por Menzikoff este horrible atentado, corrió a Palacio a dar cuenta al Emperador. Diéronse órdenes para arrestar incontinente a los dos borrachos, del mismo modo que al príncipe Amilka y demás cómplices nombrados, cuyo delito averiguado, recibieron inmediatamente el suplicio merecido, en número de setenta personas que habían tramado dicha conspiración.

Este privado jamás supo leer ni escribir; sólo sabía firmar su nombre; pero después de haber llegado al cúmulo de los honores, buscó modo de encubrir su ignorancia -porque hubiera manifestado la falta de educación, y, por consiguiente, la bajeza de su nacimiento-, sugiriéndole su vanidad la afectación de leer papeles en público, especialmente en presencia de quien juzgaba no ser conocido. No obstante, vino tiempo, en que esta ignorancia le fue propicia. En una especie de Cámara de justicia, establecida por Pedro I, este valido, principal objeto de ella, fue convencido por órdenes firmadas de su mano, que se produjeron, de haberse apropiado sumas inmensas y cometido un sinnúmero de vejaciones. Sobre esto clamó contra la falsedad de los testimonios, diciendo que no sabiendo leer ni escribir, no era culpado ni responsable de lo que se le había hecho firmar.

Sincerado Menzikoff de lo que se le imputaba, volvió a la estimación de su amo, quien lo elevó a la dignidad de Kneez o príncipe de Rusia, primer senador, veld-mariscal y caballero de sus Ordenes; pero es tan difícil moderar los deseos en una prosperidad grande, que los de Menzikoff no tuvieron ya límites luego que se vio constituido regente de Rusia por el Czar, el cual, con pasión de instruirse, estaba de partida para pasear todos los Estados de la Europa. Preténdese que Menzikoff se valió de esta coyuntura para acumular riquezas, no obstante poseer tantos Estados en la Moscovia, pues comúnmente se decía que podía ir desde Riga, en la Livonia, hasta Derbent, en Persia, sin transitar por otros dominios que los suyos. En Rusia como en Polonia, los paisanos son como esclavos dependientes del territorio que cultivan. El Derecho romano los llama servos addictos glebae. No se juzga del poder de un señor sino por el número de los vasallos que tiene. Cualquiera se admirará de las prodigiosas riquezas del príncipe Menzikoff, cuando se diga tenia en su dominio ciento y cincuenta mil familias que le pertenecían. Con todo, su codicia y vanidad no parecían satisfechos de tantos bienes y honores de que estaba colmado en Rusia.

Todos los príncipes extranjeros, especialmente los de Alemania y del Norte, solicitaron su amistad. El Emperador Romano no fue de los últimos: hízole príncipe del Imperio, y le dio el ducado de Cossel, en Silesia, como queda dicho. Los reyes de Dinamarca, de Polonia y Prusia lo hicieron caballero de sus Órdenes y con el recelo de que recibiese este honor con indiferencia, por no producir nada, no se descuidaron en acompañarle con pensiones considerables, que fueron pagadas con exactitud. Aquí no hablaremos de los soberbios regalos que recibió, así en vajilla de oro y plata como en alhajas y pedrerías, de los diferentes soberanos, en circunstancias en que necesitaban de su favor cerca de su amo.

La insaciable sed de riquezas que le devoraba iba creciendo cada día, no haciendose escrúpulo para adquirirlas, de permitir las mayores vejaciones; pero su fortuna estuvo para abandonarle -en el año de 1720- al regreso del Czar a sus Estados. Los enemigos que Menzikoff se atrajo tuvieron modo de hacer conocer al Monarca la tiranía de su ministro, y entre otras, la de haber hecho perecer a un mercader de pedrerías, quien, volviendo del Mogol, le había presentado un rubí de un tamaño extraordinario, para comprar, y del que se apropió. Pedro I se contentó entonces con quitarle el rubí, y hoy es una de las alhajas de la Corona: la Czarina le lleva los días de gala. Esto no impidió a sus enemigos de indisponer al príncipe contra él en punto de inspirarle horror. Es verdad que Menzikoff había servido útilmente a su amo en el descubrimiento de varias conspiraciones y en disiparlas, con especialidad la del czarowitz, su hijo; pero insinuábase al Emperador que este celo no era sino un artificio para ocultar sus designios. Pedro I, atendiendo a estas acusaciones, tenía resuelta la perdición de este valido, y hubiera seguido con efecto a no haber mediado el favor de la emperatriz Catalina para suspenderla; o, por mejor decir, el cielo no había aún dispuesto su caída: la muerte del Monarca debía precederla.

No obstante, la declaración del Czar para que le sucediese la Czarina su esposa, no hubiera tenido efecto a no haber trabajado con indecible ardor Menzikoff para asegurar la Corona a esta princesa, facilitándole el éxito, su calidad de veld-mariscal general de los ejércitos rusianos. Bajo de este reinado volvió, pues, a tomar toda la autoridad que antes gozaba, disponiendo un tratado con la corte de Viena, a fin de que sucediese al Trono de Moscovia el gran duque hijo del infeliz czarowitz y nieto por su madre de la Emperatriz de Romanos, mujer de Carlos VI. Las condiciones del Tratado fueron que inmediatamente después de la muerte de la czarina Catalina, el gran duque Pedro Alexiowitz le sucedería, y que casaría con la hija primogénita del príncipe Menzikoff. Esto destruye lo que se lee en la historia de Pedro el Grande, pues se dice en ella que por el testamento de la emperatriz Catalina, Pedro II debía casa con la hija de Menzikoff, y que esta disposición fue confirmada al otro día del fallecimiento de esta princesa en la proclamación del Czar, no sólo por él mismo, sino también por el Consejo de Regencia.

Colocado Pedro II en el Trono, no fue difícil a Menzikoff de apartar y desterrar a Siberia a todos los que podían declararse a favor de la duquesa de Holstein (madre del actual gran duque de Rusia, y hermana mayor de la Emperatriz reinante). Agradecido el joven Monarca a los servicios señalados de Menzikoff, le confirmó en el puesto de generalísimo de todos los ejércitos del Imperio Rusiano, y aún le nombró vicario general, lo que hizo murmurar a todos los grandes, y mucho más cuando supieron el proyecto de casar a su hija con su Soberano; pero este primer ministro supo quitarles todo medio de oponerse a sus designios, y los desposorios se celebraron con el mayor esplendor hasta que tuviese el Czar la edad competente para consumar el matrimonio.

Confiado el vicario general de Rusia en que nadie se atrevería a contrapesar su autoridad ni robarle ya su ascenso, y con el con el seguro de no encontrar quien le resistiese u opusiese, miraba con grande indiferencia a los príncipes Dolgorukis y al barón de Osterman, sus rivales, no obstante deberle este último casi toda su fortuna, y no poca aquéllos. Siendo, pues la ocasión crítica para manifestar su envidia, y acomodándose al tiempo, parecían aprobarle en un todo, mientras estaban ocupados en los medios de derribarle. Ve aquí lo que sucedió, según la relación del duque de Liria.

Estando el Emperador en Petershoff, el gremio de los albañiles hicieron a este príncipe (el 17 de septiembre) un regalo de algunos mil ducados, que envió con un gentilhombre a la princesa Natalia, su hermana. Pasando este caballero a ejecutar la orden de su Soberano, encontró al príncipe Menzikoff, quien, informándose de la comisión, le pidió el dinero que llevaba -un ministro absoluto es obedecido en todas partes, aunque sea contra el servicio del Monarca-. La princesa, que no sabía cosa alguna de lo ocurrido, habiéndose presentado al día siguiente delante del Czar, su hermano, que la recibió, según acostumbraba, con agrado, y poco después mudado el semblante en seriedad, procuró investigar la causa; pero su sorpresa fue grande cuando el Czar la dijo que sin duda el regalo no había sido de su gusto, puesto que no hablaba de él. Habiendo respondido esta princesa que ignoraba cuál fuese el regalo, el gentilhombre fue llamado, y preguntándole el joven Monarca -con enojo qué uso había hecho del dinero destinado para su hermana, refirió el encuentro de Menzikoff y cómo se lo había entregado. Irritado el Emperador, mandó llamar al príncipe, a quien preguntó con emoción el motivo de este desacato. El ministro le expuso la urgencia del Estado y lo que pretendía hacer con esta suma; mas su representación fue mal recibida, diciendo el Czar con voz áspera y animada, que sin duda ignoraba fuese su amo, cuyas órdenes debía respetar. Para aquietarle respondió Menzikoff que estaba pronto a entregar a la Princesa el dinero y aún un millón, si Su Majestad lo ordenaba. El ofrecimiento no calmó al Monarca, antes bien le mandó saliese luego de su presencia.

Los príncipes Dolgorukis y el barón de Osterman -éste ayo del joven Monarca- esperaban esta circunstancia para dar fin con el poder del valido, y aprovechándose del enojo de este príncipe, solicitaron volviese a Petersbourg, donde la ejecución de sus designios era más fácil y más segura que en una casa de campo. El Czar siguió su dictamen, y Menzikoff, mirando lo ocurrido como efecto de la viveza de un joven, que no tendría consecuencia, le fue siguiendo. Avisado el Monarca, en lugar de ir al palacio del príncipe Menzikoff, adonde habitaba desde la muerte de la Emperatriz, pasó a otro, mandando el Consejo que se juntase incontinente. La resulta de éste fue determinar al Emperador se deshiciese de un ministro que abusaba de su confianza con tanta temeridad, dibujándole como un hombre entregado a una ambición y avaricia sin límites, el cual empleaba, para satisfacer estas dos pasiones, medios tan injustos como criminales. Las demás quejas contra él no parecían menos considerables, juzgándose eran de naturaleza de merecer un severo castigo. El Czar, a quien persuadieron los Dolgorukis y Osterman, importaba para su seguridad y el decoro de su autoridad que alejase de la corte a su valido, ordenó al salir del Consejo al teniente general Soltikoff anunciase al príncipe Menzikoff que lo privaba de todos sus bienes y honores y dignidades, asimismo mandando entregase el collar de sus Órdenes y quedase preso en su casa; todos sus bienes fueron inmediatamente confiscados.

Apenas le fue intimada la orden, cuando le dio un accidente, que luego se discurrió había muerto; pero ya restablecido, su mujer e hijos fueron a echarse a los pies del Emperador, pidiendo la gracia del infortunado ministro, cuya súplica no fue atendida, ni menos la protección que solicitaron de las princesas, hermana y tía del Czar. En fin, la princesa Menzikoff estuvo más de media hora a los pies del barón de Osterman, sin obtener por sumisión tan grande (y debía parecerla bien dura) la gracia que pedía.

Habiendo después trabajado el Senado en el proceso del valido, corrieron voces de que se habían hecho descubrimientos importantes, pero no parece fueron probados, y el público no pudo juzgar de los delitos que se imputaban a este príncipe sino por el rigor del trato, y sospechas a que las desgracias suelen dar lugar. Halláronse, por el inventario de los efectos que le pertenecían, en sus dos palacios y sus casas de campo, ochocientos mil rublos (o pesos gordos) en pedrerías y otras alhajas; noventa marcos de vajilla de oro; ciento y veinte de vajilla sobredorada; tres servicios de a veinte y cuatro docenas de platillos de plata cada uno; pinturas y muebles preciosos y dinero por más de tres millones de rublos, sin contar las considerables sumas que tenía en varios bancos extranjeros. Hasta aquí, la relación del duque de Liria.

No quedó al príncipe Menzikoff, de opulencia tan prodigiosa, sino la fama de haberla adquirido injustamente. Primero fue desterrado a su tierra de Oranjeboom, cien leguas más allá de Moscow, con toda su familia; pero después se le transfirió a la Siberia, en cuyo camino murió la princesa su mujer, y él allá acabó sus días, como se dirá luego. A su hija se la obligó a volver un diamante del valor de veinte y ocho mil rublos, que el joven Monarca la había regalado el día de sus desposorios, y murió pocos días después de haber llegado al paraje de su destierro. A su hermana segunda, la fortuna le fue más favorable, pues en lo sucesivo casó con el hermano del duque de Biron, pero recayó también en la desgracia. La emperatriz Ana la concedió en dote los caudales que tenía su padre en los bancos extranjeros, los cuales no pudo Pedro II conseguir se le entregasen. El hijo del príncipe Menzikoff, obteniendo su libertad por la exaltación de la princesa Ana Ivanowna, fue restablecido en la vigésima parte de los bienes de su difunto padre, y se le confirió el empleo de capitán de Guardias; hoy se mantiene en la corte de Rusia con grande aceptación.

Concluyendo la historia del príncipe Menzikoff y duque de Inghermania, debemos decir que aún fue más grande en su destierro que no lo había sido a la frente de los ejércitos y negocios políticos del Imperio. Luego que llegó a Tobolskoi, capital de la Siberia, el gobernador le envió quinientos rublos, de orden de la corte, que fueron empleados en proveerse de lo que juzgó necesario para combatir contra la horrorosa miseria que le amenazaba el destierro adonde se le conducía, más bien para cuidar de su triste familia que de su propia persona. Con este dinero compró, pues, sierras y todo género de instrumentos para arar semilla de toda especie, redes para pescar y carnes saladas para subsistir entre tanto que fundase la habitación que meditaba para reparar sus incomodidades. Lo restante del dinero que le sobró, lo repartió entre pobres.

Después de cinco meses se marcha desde Tobolskoi hasta el paraje de su destino, pensó en los medios de practicarse una vivienda tolerable, a cuyo fin trabajó, asistido de los ocho criados que se lo habían concedido; y la que se desposó con Pedro II tuvo a su cuidado la cocina, y su hermana lavar la ropa y coserla. No se debe pasar en silencio que casi a su arribo a este desierto, le llegaron por caminos extraviados un toro y cuatro vacas preñadas; un macho, cuatro ovejas y varios géneros de aves, sin que Menzikoff pudiese adivinar, ni sus hijos hasta ahora lo han sabido, quién era el autor de esta caridad, nombre que se debe dar a esta buena obra; pero gozó poco tiempo de ella.

El cansancio de viaje tan dilatado, y la enfermedad que acometió a sus hijos (fueron viruelas), de que la una murió, como queda dicho, minaron tanto la salud de este desgraciado ministro, que en fin, postrado de sus aflicciones, rindió la vida en los brazos de su triste familia, haciéndola la deprecación siguiente, según refirió la condesa de Biron, su hija, en Petersbourg: «Hijos míos, ya llegó el último instante. La muerte no me asusta; ojalá no hubiera que dar cuenta al Soberano Juez sino del tiempo que he pasado en este destierro. La razón y la religión a que he atendido tan poco en mi prosperidad, y me han consolado en mi desgracia, me enseñaron que la misericordia de Dios no es menos infinita que su justicia. Yo saliera, pues, de este mundo con este consuelo, si no hubiese dado sino ejemplos de virtud. Hasta ahora vuestros corazones se han preservado de la corruptela, y vuestra inocencia se conservará mejor en estos desiertos que en la corte, pero si volvéis a ella no os acordéis más que de los ejemplos que os he dado aquí.»

Así murió, magnánimo, quien lo fue en todas sus empresas. Lució en el Gabinete a la frente de los ejércitos, y la Rusia le es en parte deudora de su grandeza. No siempre los talentos acompañan al nacimiento, y el príncipe Menzikoff, sensible ejemplo de esta verdad, hizo ver que la plebe más ínfima suele producir sujetos de la mayor capacidad. Yo no pretendo disculpar a este primer ministro de todo lo que se le ha acumulado, pero se hará evidente en adelante, según lo requiera la serie de los hechos y conforme los participó el duque de Liria a esta corte, que entró por más la envidia y emulación que el delito en la causa sustanciada contra él.

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Sería prolijidad y fastidiar al lector extenderse más sobre esta materia, la cual dará, sin embargo, ocasión de reflexionar sobre la inconstancia de la fortuna y cuán traidora es a los que sacrifican sus desvelos. Ahora continuaremos las negociaciones de la corte de Francia con la de Viena -que hemos venido interrumpiendo con motivo de este compendio histórico-, cuyos preliminares para la pacificación general, aceptados por ésta, se remitieron a París, como ya se ha dicho. Firmados en esta ciudad por todos los respectivos ministros, a excepción del de España, por no haberle entonces de parte de esta Corona, se despachó un correo con esta plausible noticia a Viena, donde llegó el 9 de junio, y entregó al duque de Richelieu, embajador de Francia, la carta siguiente del señor de Walpole, que lo era de Inglaterra, enteramente conforme a la del cardenal de Fleury, y otra del de Holanda:

París, 1.º de junio de 1727

Muy señor mío: para acelerar cuanto sea posible la entera conclusión del negocio que debe restablecer y afirmar la paz en la Cristiandad, haciendo cesar las divisiones entre las potencias y restaurando entre ellas una buena y perfecta armonía tan deseada, aquí se ha convenido el enviar a V. E. la copia de los actos firmados, a fin de que V. E. y el señor Bruyninx firmen iguales actos con el duque de Bornonville, respecto de que no hay por ahora en la corte del Rey Cristianísimo persona alguna autorizada por el Rey Católico, ni en Viena ministro alguno del Rey mi amo. Para suplir a esta falta de ministros, se ha dispuesto un instrumento que yo sólo he firmado, añadiendo a él una declaración por la cual prometo, en virtud de mi plenipotencia, que este instrumento así firmado por mí será obligatorio por Su Majestad Británica acerca del Rey Católico, del mismo modo que si se hubiese firmado juntamente con un ministro de Su Majestad Católica, y que conforme a esto, el Rey mi amo producirá la ratificación en tiempo señalado por los artículos preliminares: bien entendido que el duque de Bornonville, por su parte, firme y entregue a V. Exc.ª igual acto de parte del Rey Católico, y de la misma manera obligatorio por Su Majestad acerca del Rey mi amo, etcétera.

La que se dirigía para el señor Bruyninx, embajador de Holanda, contenía sustancialmente lo mismo.

Para poner, pues, la última mano a la grande obra de la paz, no era menester ya sino seguir en Viena el plan que se había enviado de París. El 13 de junio hubo una conferencia en casa del príncipe Eugenio, adonde los ministros de España y Holanda concurrieron. Éste se pasó al principio con bastante viveza: pretendía absolutamente el duque de Bornonville que el acto obligatorio, y semejante al que el señor Walpole remitió para el expresado ministro de España, y contra el cual el suyo debía ser permutado, fuese formado en lengua española. Esta repugnancia costó vencer, del mismo modo que la del duque de Richelieu, tocante al dilatado preámbulo que se hallaba en el frontis de la plenipotencia del embajador de España, acerca de los diversos hechos que contenía, y de que los aliados de Hannover no podían convenir, pretendiéndose se suprimiese a lo menos la mitad de dicho preámbulo; pero esto dilataba la conclusión del importante negocio que se trataba, porque era preciso órdenes de España.

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El rey de Inglaterra, a quien la Europa debía en parte la conservación de su quietud, no gozó mucho tiempo la satisfacción de oír las alabanzas que se le daban, habiendo muerto en Osnabrug el día 22 de junio, caminando a sus Estados de Alemania, en el mismo cuarto donde se pretende había nacido en el año de 1660, siendo entonces su padre obispo de esta ciudad. El 25 del mismo mes su hijo Jorge II, hoy reinante, fue proclamado en Londres rey de la Gran Bretaña.

Vencidos los obstáculos que retardaban la firma de los preliminares, el duque de Bornonville los remitió a su corte, lisonjeándose se ratificarían sin dificultad, pero lo contrario sucedió. Sus Majestades Católicas se manifestaron sorprendidas de este suceso, que les pareció incompatible con sus intereses y gloria. Tuviéronse sobre el asunto muchas conferencias en Palacio entre los ministros del Emperador de Holanda y el marqués de la Paz, en las cuales no se decidía cosa alguna, porque la enfermedad del Rey lo estorbaba, pero mejorado este príncipe y cediendo su interés a la paz, aceptó los preliminares, que se firmaron el 19 de junio, dando órdenes a fin de que se suspendiesen las hostilidades delante de Gibraltar. El mismo día se despachó un correo al conde de las Torres para hacerle saber esta resolución, y por él a milord Portmore, gobernador de la plaza.

Habiendo llegado el referido correo al campo el 23, y entregado al general el pliego, que le libertaba del embarazo en que se hallaba de cumplir con sus promesas, y dado cuenta al gobernador, convinieron recíprocamente en los artículos siguientes:

«I.- Se conviene en una recíproca suspensión de armas entre el ejército y la plaza de Gibraltar, ínterin vengan ratificados los tratados.

II.- Se mantendrá la guarnición dentro de la plaza, sin comunicar con las tropas del ejército, que se mantendrán igualmente en sus trincheras para su resguardo.

III.- El coronel de trinchera podrá entrar en la plaza para observar no se haga trabajo alguno en el circuito de ella; y lo mismo podrá practicar otro oficial de la guarnición de igual grado, saliendo de la plaza a reconocer los ataques.

IV.- Ninguna persona del ejército y de la guarnición podrá acercarse al Peujel, pues quedará expuesto a que se le haga fuego de la montaña y de la trinchera.

V.- Tampoco podrá acercarse persona alguna a la lengua de tierra, sin pasaporte del capitán general del ejército o del gobernador de la plaza, para entrar o salir, negándose enteramente al comercio por mar y tierra.

VI.- En consecuencia de esta convención, han cesado las hostilidades de una y otra parte.»

Así se terminó el famoso sitio de Gibraltar, que tanto ruido hizo en el mundo. La tropa padeció en extremo; la artillería, inútil para otra empresa, y los trabajos, después de cinco meses, poco más avanzados que en los primeros días; fruto de las inconsideradas reflexiones con que se procedió en el ataque.

No será fuera de propósito el exponer los motivos que dieron lugar a esta expedición, que aunque no tuvo éxito propuesto, no menos era justa; pero ante todas cosas, ascendamos a su conquista por los ingleses. Entrados éstos en la alianza del emperador Leopoldo I, se empeñaron en la defensa y garantía de los derechos de la Casa de Austria a la Corona de España. Habiendo enviado en el año de 1704 una flota para sostenerlos, se apoderaron de Gibraltar del mismo modo que de la isla de Menorca, que no conservaron en nombre del Rey británico o de la nación, supuesto que todos los progresos que hacían en España las potencias aliadas eran a favor de la Casa de Austria, conforme al Derecho de las gentes, y naturaleza de este género de alianzas: de donde se infiere que los ingleses, hasta el 1713, no pudieron poseer a Gibraltar ni a Puerto Mahón como pertenecientes a su propiedad; mas sí sólo mantener guarniciones en las mencionadas plazas para la seguridad de su comercio hasta fin de la guerra, o que se hubiese reglado éste con el sucesor de Carlos II.

Dejando los ingleses la alianza del Emperador en el año de 1712, concluyeron el siguiente una con España y Francia, reservándose la reina Ana de Inglaterra, por los artículos X y XI del tratado firmado en Utrecht el 13 de julio de 1714, la posesión de Gibraltar y Puerto Mahón. Las condiciones de esta cesión fueron que los naturales de dicha ciudad, como asimismo de la isla de Menorca, gozarían plena y entera libertad, así en las cosas eclesiásticas como en las civiles; que no se daría asilo ni a los moros ni a los judíos, bajo de ningún pretexto; que no sería lícito introducir en ellas el gobierno inglés; que no podrían apoderarse de las cercana tierras pertenecientes a España, a título de jurisdicción; en fin, que el comercio no se dirigiría en perjuicio de España contra las convenciones estipuladas sobre este asunto.

Con estas condiciones se quedaron los ingleses pacíficos poseedores de Gibraltar y Puerto Mahón, pero en lo sucesivo formaron el proyecto de anularlas e incorporar estas plazas a lo restante de sus Estados, inquietando a los católicos sobre el ejercicio de su religión, permitiendo a los moros su entrada en el puerto, contra una de las condiciones expresas de la cesión y aún contra las constituciones y leyes fundamentales del reino; permitiendo el transporte y comercio de las mercaderías prohibidas, recibiendo a los navíos de guerra enemigos y piratas, como asimismo a los ladrones y malhechores, y con esto expuesta Españ