  Año de 1727
Mudados de semblante los intereses de
las principales potencias de Europa en el curso del año 1726 por los
tratados de Viena y Hannover, cada uno esperaba ver en el principio de
éste hacia dónde reventaba la tempestad que ambas alianzas
trabajaban a formar. Inclinada la nación inglesa regularmente a la
desconfianza por los que gobiernan, no podía tolerar la estrecha
unión que reinaba con Francia, separándose de la que se
había conservado hasta entonces con el Emperador. Vituperábase
altamente este proceder, y esto dio lugar a muchos escritos contra el
Ministerio. Siendo del interés de Su Majestad Británica el
justificar en su Parlamento los motivos de esta mutación, y hacer
evidente la justicia de ella, convocó a esta Junta para el 28 de
enero.
Expúsose en ella el estado de la
nación, del comercio y de los perniciosos designios de las cortes de
Viena y Madrid, y la urgente necesidad de concurrir unánimes para la
defensa del gobierno anglicano de la religión, y de la libertad de sus
vasallos; mas esto no sosegó los ánimos, antes exasperó a
muchos, tratando de quimeras la supuesta consternación de la corte,
cuando el conde de Strafford, par de la Gran Bretaña, dijo que le
parecía de la última importancia se examinasen el gran
número de cartas, memoriales y papeles que se habían recibido del
marqués de la Paz, del conde de Morville, milord Stanhope y del
marqués de Pozo Bueno -éste acababa de retirarse de Londres por
orden del Rey Católico, dejando una memoria en que insistía sobre
la restitución de Gibraltar-. Leídas estas cartas, el lord
Bathurst declaró primeramente que la alianza de Prusia era vacilante;
que no se podía contar mucho sobre la de Francia; que los holandeses,
siendo tan interesados, y en algún modo más que los ingleses, en
el comercio de las Indias, y, por consiguiente, en la abolición de la
compañía de Ostende, era preciso concurriesen a la
garantía de Gibraltar, y obligarles a repartir el peso de la guerra.
Después, pasando a lo que
concernía a España, expuso no se debía aventurar un
rompimiento abierto con esta Corona sin fuertes razones; que si al duque de
Ripperdá se le habían soltado muchas expresiones indecentes,
nadie ignoraba el ímpetu e indiscreción de este ministro; que los
soberanos tenían derecho de negar o reprobar las imprudencias, como lo
había ejecutado el Rey Católico, y que de lo contrario
sería menester tener siempre las armas en la mano, por los temerarios
discursos que a veces aventuran sus ministros; que podían hacer
reflexión se había tratado al Emperador con poco decoro, y que el
embajador de España acumulaba en su memoria al Ministerio inglés
las turbaciones de que estaba amenazada la Europa; que se hablaba
también en ella de una promesa positiva, hecha por el Rey, de volver
Gibraltar a España; que no siendo verisímil se atreviese un
ministro público a anticipar cosa semejante sin fundamento, era
necesario saber si se había hecho tal promesa, o algo que la indicase,
en el tratado de Madrid; y finalmente, que más valía una
composición que precipitarse en una guerra cuyas consecuencias son
siempre inciertas y podían ser fatales; y terminando su discurso, dijo
que no era español ni francés, pero que mientras tuviese la honra
de concurrir en la Cámara, siempre había de hablar con libertad
por el bien de la patria, concluyendo con esta reflexión:
Si en la guerra que queremos emprender somos
superiores, ¿qué ganaremos? Nada. Y si somos balidos,
¿qué aventuramos? Todo.
Este discurso no quedó sin
respuesta; milord Townshend, secretario de Estado, lo refutó; pero
milord Bingley tomó la defensa de aquél, haciendo una dilatada
enumeración de los daños que podían resultar. Mas otros
pares, agregándose al partido de la corte, hicieron plausibles las
razones de Townshend, y, por último, quedó superior; bien que no
impidió a diez y ocho señores firmar y hacer protocolizar una
protesta contra la aprobación de aquellos que iban a favor de la
corte.
Las noticias que cada día se
recibían de los grandes preparativos de guerra que en España se
hacían, y de las tropas que se juntaban en Andalucía,
había obligado al Gobierno anglicano a enviar una escuadra, bajo el
mando del almirante Wager, a fin de transportar tres regimientos de
infantería para reforzar la guarnición de Gibraltar; pero
habiéndose sabido posteriormente, por algunos navíos venidos del
puerto de esta ciudad, que se juntaban tropas en las cercanías de ella,
dispuso se embarcasen otros tres regimientos y diez compañías de
guardias inglesas, con gran número de embarcaciones cargadas de
municiones y de todo lo necesario para la defensa de un dilatado sitio. En fin,
por los repetidos avisos, la nación entera se interesó en la
conservación de una plaza tan importante para su comercio. El clero y la
mayor parte de las comunidades, con emulación presentaban memoriales,
ofreciendo cuanto dependía de ellos. La ciudad de Londres se
distinguió particularmente en esta ocasión; y el Rey, por un
efecto de su benignidad, mandó se dispusiese una comida para regalar al
corregidor, regidores y todos los individuos del Común Consejo, haciendo
los honores de ella los ministros de Su Majestad y grandes oficiales de la
Corona. Los gastos del banquete importaron mil y quinientas libras esterlinas,
y la alegría de los convidados, celebrando esta fiesta, fue tan completa
que se agotaron mil doscientas botellas de vino y se tiraron al aire hasta
cincuenta docenas de vasos.
Mientras resonaba en Londres la
alegría de los brindis, la corte pensaba seriamente, después de
haber provisto a la seguridad de Gibraltar, a ponerse en estado de defensa, e
impedía cualesquier desembarco en Escocia y demás parajes, donde
se podía intentar alguna invasión en aquel reino; igualmente en
repeler los satíricos escritos que se esparcían contra el
Gobierno. El
Graftsman, que cada semana sale en Londres,
apareció con una advertencia que anunciaba se vendían en el
pósito de Westmunster, y en el oficio de las representaciones, las
libertades del pueblo anglicano establecidas por el Gran Decreto. A éste
se siguieron otros libelos contra la conducta y proyectos de la corte, en que
se expresaban sus autores en los términos más agrios, y entre
otros el
Escribano Ocasional, que la voz
pública atribuía al vizconde de Bollingbrok, en el que se atacaba
especialmente al caballero Roberto Walpole. El diario del
Mist se aplicó en criticar la
averiguación de los motivos, etc., publicado por orden del Gobierno; y
otro en que el autor, con el nombre de
Caleb de Amberes, explicaba bajo una
alegoría maligna todas las mutaciones y revoluciones que había
experimentado el Gran Decreto concedido por el rey Juan, y se miraba como la
base de los derechos y privilegios de la nación inglesa.
Estos escritos no quedaron sin
respuestas. El caballero Walpole respondió al Escritor Ocasional en un
estilo no menos satírico, justificándose de las variaciones en
materias políticas que su adversario le imputaba, y se explica del tenor
siguiente, en un paraje: «No es al Emperador ni a los reyes de Francia y
España ni a cualesquier otro potentado por quienes debemos
empeñarnos, ni a ninguno de ellos que debemos constantemente apoyar y
socorrer. El poder está entre los príncipes de la Europa como el
flujo y reflujo continuo; cuando lo vemos subir con demasiada rapidez hacia un
paraje y que amenaza nuestros justos derechos y privilegios, es allí
nuestro enemigo, y el verdadero objeto de nuestros pavores. No se debe inferir
que, porque hemos socorrido y ayudado a levantar al emperador Carlos VI,
estemos obligados a permitirle de elevarse tanto como quisiera, a costa y sobre
las ruinas de nuestra nación. La misma política que nos
sugirió hacer lo uno, nos enseña debernos impedir lo otro, y se
puede creer que, como este monarca experimentó en un tiempo que nuestro
socorro le fue útil, probará en una coyuntura contraria
cuán temible es nuestra oposición a sus designios.»
En vista de estos libelos es
fácil discurrir la agitación que reinaba en la nación
-cuyas deudas subían a más de cincuenta millones de libras
esterlinas-, atribuyendo al Rey que, con el pretexto aparente de una
invasión quimérica, quería abrogarse un poder
despótico y hacer servir a este designio la confianza y deferencia del
Parlamento. Este monarca y sus ministros no ignoraban cosa alguna de cuanto se
decía sobre este artículo; por lo mismo, sus operaciones eran mas
circunspectas, y a fin de no fortificar semejantes sospechas, se buscaban los
medios de minorar en el interior del reino las cargas del Estado, sostener el
comercio y conservar a Gibraltar y Puerto Mahón, cuya importancia
conocía la nación, y a que concurría gustosa; pero en
cuanto al Emperador, cuya discordia con el rey de Inglaterra se aumentaba cada
día por el supuesto proyecto formado de excitar de acuerdo con la
Czarina una revolución en la Gran Bretaña, no tenía el
mismo asenso, y se temía justamente las consecuencias de los discursos
nada decentes de Su Majestad Británica para darla crédito.
Estos discursos no tardaron en penetrar
a Viena, y el señor Palm, ministro de esta corte, los
acompañó con la arenga que el rey Jorge hizo en la abertura de su
Parlamento. Advirtiendo en ella al César la falta de verdad,
juzgó de su interés desimpresionar a la nación inglesa de
esto y del pretendido artículo secreto de su alianza con España.
Para hacer evidente, pues, la ilusión, mandó se imprimiese el
tratado de Viena, ordenando al mismo tiempo al conde de Sintzendorf expusiese
los justos agravios de Su Majestad Imperial en una memoria que fue presentada
al Rey británico por el señor Palm, en la cual se negaba cuanto
este príncipe había expuesto a su Parlamento. La sinceridad
alemana fue mal recibida, y atrajo al ministro imperial la orden de retirarse
de la corte. Despachóse incontinente al señor de San Saphorin un
correo, haciéndole saber lo que acababa de ocurrir en Londres, con orden
de declarar públicamente era inútil pretendiesen los ministros
del Emperador ocultar hechos evidentes, y de que se tenían pruebas
convincentes; pero sus razones no fueron mejor recibidas que las del
señor Palm, y el secretario del gran mariscal de la corte le
significó la de retirarse, igualmente que al barón de Huldenberg,
enviado de Hannover, y al señor Harrison, residente de Inglaterra, en el
término de dos días, y de los Estados hereditarios cuanto
antes.
Las recíprocas y públicas
denegaciones de ambas cortes de Viena y de Londres, anunciaban un
próximo rompimiento, y es así que mutuamente se prepararon a la
guerra. Ya había dado el César disposiciones en Flandes para la
seguridad de estos países, con especialidad para la de Ostende;
providenció del mismo modo a la defensa de los demás Estados,
destinando varios cuerpos de tropas para el Rhin e Italia, debiendo mandar
aquéllas el príncipe Eugenio, y éstas el conde Guido de
Staremberg; y según la lista que entonces se publicó de las
tropas de Su Majestad Imperial, constaban, así de caballería como
de infantería, cerca de doscientos mil hombres.
La atención de este
príncipe en lo concerniente a la guerra, no disminuía en nada el
ardor de sus ministros en las negociaciones de que estaban encargados en el
Imperio y en el Norte, procurando persuadir que los empeños del rey de
Prusia tomados con su amo, estaban por efectuarse, y esto no inquietaba poco a
los demás aliados de la liga de Hannover. Por otra parte, se
resistían los electores eclesiásticos y algunos príncipes
católicos a concurrir con la corte de Viena, por no concordar los
intereses de la religión y quietud de Alemania con el aumento de poder
que se meditaba conceder al rey de Prusia; bien que la situación
vacilante de este príncipe daba a entender quería abrazar el
partido más ventajoso. No obstante, ofrecieron los electores al
César su contingente, el cual, unido con las tropas imperiales,
podía formar un ejército formidable; pero estos príncipes
necesitaban dinero, y las liberalidades de la corte de Madrid sobre que se
contaba en Viena para pagar los subsidios, tardaban, cuando el duque de
Bornonville llegó el día 22 de enero con mucho esplendor, muchos
proyectos y promesas, entretanto que sucedía el arribo incierto de los
galeones.
Los más bellos proyectos se
eclipsan si no hay dinero con que poder ponerlos en ejecución. Esta
situación crítica en que se hallaba la corte de Viena, no
presentándola sino obstáculos al éxito de sus designios,
parece debía manifestar alguna inclinación a las proposiciones de
paz que, por medio del nuncio, ambos reyes de Francia e Inglaterra le
hacían; pero no acostumbrada a minorar de su altivez, o acaso
esperanzada en los fondos que prometía el duque de Bornonville,
aumentaba sus instancias acerca de los Estados del Imperio, para determinarlos
a declararse contra los aliados de Hannover, buscando al mismo tiempo los
medios posibles de estorbar las negociaciones de éstos en el Norte; y
para salir con el intento, no se descuidó en publicar que la Francia,
después de haber sabido meter en sus intereses a los reyes de Inglaterra
y Prusia, quería valerse de esta ocasión para encender una guerra
en el interior de Alemania, dividiendo así los miembros de con el jefe,
para debilitarlos y servir después a sus fines particulares.
Públicas estas voces en
Ratisbona, el ministro de Francia, el señor de Chavigny,
presentó, por orden de su corte, una declaración al directorio de
Maguncia, según costumbre, a fin de que se comunicase a los tres
colegios de la Dieta; pero el príncipe de Furstemberg, principal
emisario del Emperador, se opuso a ella, pretendiendo ser instruido antes de
las intenciones de Su Majestad Imperial. Esto no impidió al ministro
francés insinuar en las conversaciones particulares que tenía con
los de la Dieta la irregularidad de este proceder, y sugerir discursos que
pasaban prontamente de Ratisbona a las diferentes cortes del Imperio, a donde
se recibían sin disgusto y perjudicaban en extremo a los intereses del
César, con especialidad en los círculos de Suabia, Alto y Bajo
Rhin.
Entretanto recibió el
príncipe de Furstemberg un decreto de Su Majestad Imperial, el cual,
confirmando cuanto sus ministros habían declarado acerca de los
perniciosos designios de los alíados de Hannover, sirvió al mismo
tiempo para dar a conocer al Imperio los paternales cuidados de este monarca en
prevenir sus consecuencias funestas. Después permitió el
principal comisario se llevase a la dictadura pública la
declaración de la Francia; y para sostener a la vista de todo el Imperio
cuanto se había anticipado por esta Corona, hizo el expresado comisario
público el referido decreto, la memoria que el rey Jorge presentó
al señor Palm y la carta que sobre este asunto escribió el conde
de Sintzendorf.
El señor Le-Heup, ministro
británico en Ratisbona, y, por consiguiente, testigo de la animosidad
que semejantes procederes ocasionaban, no se asustó mucho; como obraba
de acuerdo con el de Francia, presentó al otro día que
apareció el decreto imperial una declaración en todo conforme a
la del señor de Chavigny, en que se expresaba en los términos
más agrios. Ofendidos los ministros cesáreos de esta pieza, y
mirándola como injuriosa al Emperador, obtuvieron de la Dieta no
sólo que no se protocolizase, sino que el secretario de la
legación de Maguncia se la volviese a dicho ministro. Esto se hubiera
ejecutado luego a no haberse éste ausentado de Ratisbona; pero de
regreso a esta ciudad, el secretario de la legación pasó a su
casa para ejecutar la orden. Prevenido el señor Le-Heup en lo que
debía suceder, para evitar el desaire envió a su secretario, a
fin de que esperase en la escalera de su casa la legación de Maguncia.
Apenas apareció ésta, cuando aquél le leyó en alta
voz una esquela cuyo contenido era que,
informado su amo de la comisión, le
quería excusar el trabajo de cumplir con ella y la mortificación
de recibir del señor Le-Heup una respuesta que no sería agradable
al Directorio de Maguncia.
El secretario de la legación
quiso pasar adelante, diciendo al de este ministro que
venía a ejecutar las órdenes del
Imperio, y no en particular las del Directorio de Maguncia. «No
importa -respondió el otro-, es inútil paséis adelante; no
hay otra cosa que comunicaros», volviéndole la espalda. Expuesto
lo ocurrido en la Dieta, y hecho público por la Dictadura, se
significó al ministro británico una orden del Emperador para que
saliese de Ratisbona en dos días, y en quince de las tierras del
Imperio. Esta determinación confirmó al público de que la
guerra no podía estar lejos.
* * *
Mientras pasaban en Alemania todas estas
disensiones, la reina de España, que tanto había trabajado para
asegurar la sucesión de los Estados de Parma y Plasencia, igualmente que
el gran ducado de Toscana, al serenísimo infante don Carlos su hijo, y
no sin encontrar grandes obstáculos, ya por parte del César, que
temía, con razón, las consecuencias a de es establecimiento, ya
por la del Pontífice, el cual se creía en derecho de disponer de
aquéllos como feudos de la Iglesia; en fin, ya por la del Gran Duque,
que, no veía gustoso le designasen un sucesor durante su vida y quitarle
la libertad de elegir aquel que le fuese más agradable; parecía,
digo, a esta princesa deberse esperar tranquilamente la muerte de los dos
soberanos que colocaban al infante en sus respectivos Estados por dueño
de ellos; pero los arcanos de la divina Providencia no siempre se concilian con
las medidas que la prudencia humana suele tomar. Habiendo muerto casi de
repente, la noche del 25 al 26 de febrero, Francisco Farnesio, duque de Parma,
tío y padrastro de la Reina Católica, Antonio Farnesio, hermano
de este príncipe, que podía casarse y tener hijos, le
heredó. Esta mutación de soberano en el pequeño Estado de
Parma, la causaba grande en los proyectos de España para el
establecimiento de don Carlos.
La corte de Viena, que miraba su
unión con ésta como insubsistente, recibió secretamente
gran gozo, porque el César había consentido con indecible
repugnancia en tener vecino tan peligroso para sus Estados de Italia como a un
infante de España, y le era grato que, sin dar a Su Majestad
Católica ningún motivo de quejas, quedasen estos Estados en la
Casa de Farnesio, de la cual no tenía que temer. No sucedía lo
propio en los demás príncipes de Italia, los cuales se alegraban
tener en medio de ellos una potencia capaz de contrapesar la de tan gran
monarca como es el Emperador. No obstante, esperábase en España
con algún fundamento, que si el príncipe Antonio se determinaba a
casar, moriría, como su hermano, sin posteridad, y aunque ambas cortes
de Viena y Madrid observasen las diferentes medidas que la muerte del duque de
Parma les obligaba a tomar, con todo, reunían sus esfuerzos para
empeñar a la Suecia de acuerdo con la Czarina; y a esto trabajaba el
César con grande ardor.
España no estaba más
sosegada: dos meses hacía que se trabajaba sin interrupción en
los preparativos del sitio de Gibraltar, cuya trinchera se abrió
finalmente la noche del 22 al 23 de febrero, y no sin haber precedido varias
conferencias acerca de él. Muchos eran de opinión se dirigiesen
los ataques contra esta ciudad por la punta de Europa, cuyas endebles
fortificaciones prometían favorable suceso; lo cierto es que fue la
primaria intención de la corte; pero el conde de las Torres, hombre
cerrado en su dictamen, y a quien todo allanaba su valor y experiencia, jamas
quiso diferir a tan prudente parecer, lisonjeándose que, dando principio
al sitio de esta fortaleza por donde lo concluyó el mariscal de
Tessé en 1704, le sería fácil conseguir la
rendición de esta importante plaza. Si el efecto hubiese correspondido a
la idea, no se puede dudar venciera prontamente todas las dificultades que se
fueron multiplicando, lo que no tuvo arbitrio después de reconocido el
engaño.
Reunido todo el ejército en las
cercanías de San Roque, en número de quince a dieciséis
mil hombres, mandó el conde de las Torres al teniente general conde de
Montemar, juntamente con el mariscal de campo marqués de
Castropiñano y el brigadier conde de Mariani, pasasen a reconocer la
plaza y sus inmediaciones, hasta llegar a la torre llamada de los genoveses, lo
que ejecutaron en el día 30 de enero, sin el menor embarazo de los
ingleses. El 13 de febrero se presentaron los españoles a tiro de
cañón de la plaza, empezando este día a tirar una paralela
hacia el mar y hacer otros preparativos para el sitio de Gibraltar, entretanto
llegaba la artillería, municiones y todo género de instrumentos
para mover tierra, en cuya expectativa el conde de las Torres dio las
más acertadas disposiciones para abrir la trinchera sin ser inquietado
por los ingleses.
El día antes, habiendo este
general hecho comenzar después de otros muchos trabajos una
batería a medio tiro de cañón de la ciudad, el coronel
Clayton, teniente gobernador de esta fortaleza, le escribió que,
siendo este trabajo contrario a los tratados que
subsistían entre las dos naciones, creía deberle avisar que, si
no lo suspendía, tomaría las convenientes medidas para impedir
sus atentados. La respuesta del conde de las Torres no fue menos arrogante
pues respondió que
habiendo trabajado hasta entonces sobre el
territorio perteneciente a España, porque el de la ciudad no
tenía otro distrito que el de sus fortificaciones, y apoderada
ésta de las torres del Molino y del Diablo, que no eran de su
jurisdicción, podía contar que si no las abandonaba
inmediatamente tomaría otras providencias, supuesto que, para hacer el
sitio de Gibraltar, no era necesario formar los ataques de tan lejos, como
reconocería en la ocasión.
Ambos comandantes sabían a
qué atenerse, y cada uno pensó por su lado a la defensa y ataque.
El coronel Clayton retiró luego las tropas empleadas en las referidas
torres, mandando disparar un cañonazo con bala sobre nuestros
trabajadores, y poco después una descarga de cañones, con lo que
se empezaron las hostilidades de una y otra parte. Pronto todo para abrir la
trinchera, se ejecutó, como ya se ha dicho, la noche del 22 al 23. Cinco
batallones de infantería con sus banderas, una brigada de ingenieros con
mil y quinientos trabajadores y lo demás concerniente, al mando del
teniente general más antiguo, don Lucas Spínola, el mariscal de
campo don Rodrigo Peralta y el brigadier marqués de Torre-Mayor,
conducidos todos por el capitán general conde de las Torres, desde el
campo hasta el pie del corte del peñasco del monte de Gibraltar, dieron
principio a ella, según el plan proyectado, y no sin pérdida de
gente. Al amanecer, empezando los enemigos a hacer fuego de su fusilería
desde la cumbre del peñasco, arrojaron al mismo tiempo cantidad de
piedras, bombas y granadas, y poco después, acercándose dos
navíos de guerra con una balandra a la playa de Levante, y otros dos a
la de Poniente, cañonearon y bombardearon nuestras tropas, de tal modo,
que cruzaban sus fuegos con los del muelle viejo, sin contar los morteros, que
duraron todo el día. La pérdida, aunque fuese grande, no
correspondió, sin embargo, a tanto fuego; el marqués de
Torre-Mayor salió herido.
Como no había precedido
declaración de guerra contra la Inglaterra, cuyo embajador
residía en Madrid con afectada aceptación de la corte, la tropa
española acantonada de San Roque y lugares de sus cercanías, con
la seguridad que inspira una profunda paz, no fue difícil a los
oficiales distinguidos de ambas naciones española y anglicana obtener
las respectivas licencias de sus generales para pasear el campo y la ciudad,
con tal que su número no excediese de dos personas al salir o entrar en
una y otro. Habiéndose presentado los marqueses de Castelar (don Lucas
Patiño) y de Bay a la puerta de Gibraltar, advirtieron al entrar, no sin
grande admiración, que la custodia de ella estaba confiada a una tropa
cuyos soldados, los más, eran desertores de sus regimientos.
Informáronse de los motivos de su deserción, y cómo siendo
desleales podían estar en un puesto de tanta importancia.
Ahí verán ustedes,
respondió uno de ellos, después de haberse sincerado -porque en
semejante coyuntura todos tienen sobrada razón-
cómo los ingleses saben atender al
mérito de la tropa: no obstante, conservamos un afecto grande para
nuestros coroneles, y si a ustedes acompañase número suficiente,
o volviesen mientras estemos aquí, con la necesaria gente,
pudiéramos poneros en posesión de este puesto. Fuese
jactancia o jocosidad, no hay duda que a haberse puesto en estado de practicar
el aviso, se hubieran superado las invencibles dificultades que ocurrieron en
esta desgraciada empresa.
Serias reflexiones hicieron ambos
marqueses sobre este inesperado encuentro: ambos valerosos, y con los impulsos
que estimula el honor heredado, ninguno podía conducir la estratagema
como ellos. Conferenciaron sobre el caso; pero ¿cómo poder
hacerlo aprobar del conde de las Torres, hombre inflexible y entero en su
resolución, de que nunca se apartaba? Sabíase que su idea era
formar el sitio según las reglas del arte, y hubiera creído
disminuir su gloria valiéndose del ardid y de la astucia; esta propicia
ocasión se sepultó en el silencio, por saber con harto fundamento
no la admitiría. Si se me objeta que dichos desertores no podían
cumplir con lo ofrecido, o temerosos se retractasen, respondo que el
único medio de apoderarse de esta fortaleza, no teniendo armada naval,
era, despreciando el peligro, arrimar el petardo y a costa de tres o cuatro mil
hombres entrar en la plaza, obligando a la guarnición a poner las armas
en tierra, supuesto que la principal fuerza de ella consistía en la
montaña y en el muelle; aquélla, para batir la campaña, y
éste, el mar.
Esta anécdota me ha parecido de
bastante consecuencia para no omitirla; porque siendo el general uno, y los
pareceres muchos, aquel que se cree menos adaptable suele ser el más
fácil de conseguir. ¿A cuántos la aspereza de genio fue
funesta al Estado y a la tropa? Muchos ejemplos pudiera producir aquí, y
entre otros el de la sorpresa de Veletri, que por desatender avisos
importantes, puso en eminente peligro a la sacra persona del rey de las dos
Sicilias y a todo el ejército; pero aún no ha llegado el caso de
tratar esta materia, y no debemos anticipar hechos: volvamos a nuestra
narración.
Poco después de haberse sabido en
Madrid la abertura de la trinchera, milord Stanhope partió de la corte
para volver a Inglaterra; pero, precaviendo antes de su partida las
consecuencias de la resolución, que sin duda se tomaría en
Madrid, de arrestar a todas las naves inglesas que se hallaban en los puertos
de la Monarquía, dio este ministro aviso a sus comandantes para que sin
dilación se pusiesen a la vela; orden que se ejecutó con tanta
felicidad, que apenas se encontró una cuando llegó la de la
corte; mas se procedió contra los efectos, mandando se embargasen en
todos los dominios del Rey Católico.
* * *
La noticia del sitio de Gibraltar no
tardó a divulgarse por toda la Europa. Las dificultades casi
insuperables en la conquista de esta plaza, junto a los demás
inconvenientes que resultaban de esta empresa, habían dejado al
público en la opinión de que la corte de Madrid no pensaba en tal
designio; pero, ya evidenciado, se hizo la conversación de todos los
políticos. El capitán Hanock fue quien llevó esta nueva a
Inglaterra, en donde llegó el 12 de marzo; súpose por él
cómo habían arribado desde el día 3 de febrero a
Gibraltar, igualmente que el coronel Clayton, las tropas que estaban a bordo de
los navíos del contralmirante Hopson, y que la guarnición se
asustaba poco de los esfuerzos del general de las Torres. No obstante, la
conservación de esta fortaleza interesaba tanto a la nación
inglesa, que el Gobierno se preparó a enviar nuevos socorros, que
marcharon, sucesivamente, bajo la escolta de un navío de guerra que
restituía a Marruecos un embajador de África, y en el cual se
embarcó el conde de Portmore, su gobernador propietario, aunque de edad
de setenta años, con gran número de voluntarios.
Las medidas que la corte de Londres
tomaba para impedir a los españoles el éxito propuesto en esta
empresa eran en algún modo superfluas, porque el conde de las Torres
encontraba a cada instante nuevas dificultades por la situación del
terreno, que no le dejaban sino un pequeñísimo espacio para
conducir los jiquezaques de la trinchera, mientras los ingleses, que
habían practicado varias cortaduras, o pequeñas plazas de armas
en forma de anfiteatro sobre la montaña que dominaba los trabajos de los
españoles, incomodaban a éstos tanto más, cuanto no
podían evitar la carnicería que causaba en ellos el incesante
fuego de la plaza. Sacrificadas las tropas sin humana esperanza de suceso,
empezaron a murmurar contra su general, y de las seguridades que daba a Sus
Majestades de poner dentro de poco tiempo esta plaza a su obediencia.
En esta inteligencia, y sobre la
facilidad con que el conde de las Torres había demostrado infalible la
conquista de Gibraltar, los Reyes se determinaron a esta expedición, no
obstante de estar el Real Erario exhausto; pero habiendo llegado la flota -a
pesar de los ingleses, que corseaban los mares para apresarla- al puerto de
Cádiz el 5 de marzo, cuya circunstancia causó júbilo
universal, se pensó en los medios de continuar el sitio con vigor. Este
socorro no podía llegar más a proposito: despacháronse
incontinente correos a varias cortes, y no avivó poco la buena voluntad
de los príncipes del Norte, que no entraban en la Liga de Viena sino
para aprovecharse del tesoro que traía la flota, valuada en dieciocho
millones de pesos.
La Inglaterra, en extremo sentida de
verse frustrada de sus efectos, y del secuestro que sus individuos
tenían en España, usó de represalias, publicándote
el 8 de abril una declaración acerca de esto. Después de esta
resolución, la guerra pareció enteramente declarada entre las dos
Monarquías, y como la acritud entre el Emperador y rey Jorge, desde la
memoria presentada por el señor Palm, crecía cada día, se
miraban ya las hostilidades comenzadas delante de Gibraltar como el preludio de
una guerra general; no obstante de dar a entender la corte de Viena que
desaprobaba la determinación de España en esta empresa. Lo cierto
es que el misterio que sobre esto había entre ambas cortes, nunca se
penetró hasta que lo refirió el duque de Ormond.
Este señor, tan ilustre por su
nacimiento y empleos considerables, que obtuvo bajo el reinado de la reina Ana,
como por sus desgracias desde la muerte de esta princesa, conservando muchos
amigos en Inglaterra, había informado secretamente a la corte de
España -donde residía desde algunos años- que el disgusto
contra el Gobierno británico era general; que cada día el partido
del pretendiente se fortificaba, no buscando más que la ocasión
propicia de causar una revolución que pudiese colocar a este
príncipe en el trono de sus padres; en fin, que a poco que se produjesen
a los jacobitas los medios necesarios para el éxito de semejante
proyecto, era verisímil tendría el suceso deseado. De los
expedientes más aptos que proponían los amigos del duque de
Ormond para desacreditar al rey Jorge y a sus ministros y enajenarlos del
público, ninguno había como apoderarse de Gibraltar, supuesto que
toda la nación inglesa, mirando la conservación de esta fortaleza
como de la última importancia, no dejaría de señalar su
resentimiento contra todos aquellos a quienes se atribuiría su
pérdida.
Para preparar, pues, los ánimos
contra las máximas de política que observaban los ministros de
Inglaterra, era conveniente hacerles perder la confianza que tenían
puesta en la Francia, disponiendo ésta de manera que no tomase
resolución alguna en hacer causa común por la empresa de este
sitio, hasta estar rendida dicha plaza, para cuyo tiempo se prometían
los parciales del pretendiente que todo sucedería a medida de su deseo;
y es así que la nueva de este sitio había causado una
fermentación tan grande en Londres, que llegó la osadía de
este gran populacho hasta derribar la noche del 22 al 23 de marzo la estatua
ecuestre del Rey, colocada en la plazuela de Grosvenor, cerca de Hyde-Park.
Hallóse la pierna izquierda arrancada y puesta sobre el pedestal; la
espada y bastón de comandante llevada, y el pescuezo tajado, como si se
le hubiese querido cortar la cabeza; habíase fijado también un
injurioso pasquín sobre el pedestal.
Todo esto acreditaba los secretos
proyectos del duque de Ormond. Prometiósele asistir al pretendiente, y
luego se informó a la corte imperial de cuanto pasaba, y de las medidas
que la España se proponía tomar. Hallando aquélla alguna
posibilidad, o a lo menos de ocupar bastante al Rey británico para no
pensar a turbar la Alemania, adoptó no sólo el proyecto, sino que
también apresuró la ejecución. El caballero de Sintzendorf
fue encargado de este cuidado, y con el pretexto de ir a servir en calidad de
voluntario en el ejército español delante de Gibraltar,
pasó a España, pero para ocultar enteramente el paso que daba el
Emperador y no desmentir la memoria que el señor Palm había
expuesto, afectó no tener parte alguna en la resolución que
tomaba España de atacar a Gibraltar, antes sí reprobarla
públicamente.
No se puede dudar que el abad de
Montgon, que había pasado a París a principio de este año,
dirigiese su comisión con especialidad a retardar lo más que le
fuese posible las reiteradas instancias de la Inglaterra, y en esta idea
entretenía con incesante aplicación al cardenal de Fleury, en la
seguridad que daba el conde de las Torres a los Reyes de que la plaza de
Gibraltar se rendiría en breve, haciendo cargo a Su Eminencia que esta
fortaleza importaba tanto a la España como Calés en otro tiempo a
la Francia; que el rey católico Felipe II le había procurado en
la paz de Chateau-Cambresi; que era del honor de la Majestad de Felipe V el ser
dueño en sus Estados; que los ingleses jamás habían
querido condescender a los equivalentes propuestos para la restitución
de esta plaza, y que Sus Majestades Católicas esperaban esta
señal de su afecto, que sería el principal móvil para la
reunión de ambas Coronas.
La carta que en asunto a esto
recibió el arzobispo de Amida, don Domingo Guerra, confesor de la Reina,
confirmaba cuanto el abad de Montgon había anticipado al cardenal de que
no estorbase el sitio de Gibraltar; y como no podía menos de serle
grata, se la comunicó. El prelado prometió no precipitar nada,
aunque no podía dispensarse -dijo- a lo menos de dar a entender se
disponía a cumplir fielmente los empeños tomados con la
Inglaterra; mas no obstante, los Reyes Católicos podían contar en
que llevaría las cosas con toda la lentitud posible; pero que el conde
de las Torres hiciese igualmente sus esfuerzos para cumplir sus promesas, que
dudaba tuviesen efecto.
De gran gozo fueron para la corte de
España estas promesas del cardenal de Fleury, y lisonjeándose del
suceso, en su consecuencia el marqués de la Paz, sirviéndose del
ministerio del nuncio Aldobrandini, hizo saber en Francia que aunque el Rey
Católico estaba en derecho de secuestrar los efectos de la flota
pertenecientes a los franceses, sin embargo no lo ejecutaría, por
mantenerse el real ánimo de Su Majestad siempre inclinado a la paz, y
que esto no embarazaría las negociaciones de que el nuncio estaba
encargado, con tal que quisiese el Cristianísimo entrar en ellas de
buena fe, y que estos intereses nunca serían confundidos con los de los
ingleses.
Con este motivo se repitieron nuevas
órdenes al conde de las Torres para avivar el sitio de Gibraltar; pero a
las seis semanas de principiado, estaba poco más adelantado que en los
primeros días. El ejército padecía miserablemente, y se
debilitaba en punto de hacer temer, con especialidad después del arribo
del conde de Portmore con las tropas inglesas, que la guarnición fuese
bastante numerosa para hacer levantar el sitio. Testigos los generales
españoles de la inutilidad de los esfuerzos del conde de las Torres,
creyeron deber dar cuenta al marqués de Castelar, entonces ministro de
la Guerra, de la infeliz situación a que se hallaba reducida la tropa, y
el marqués don Próspero Verboom, ingeniero general y oficial
experimentado a quien la dirección del sitio había sido confiada,
se vio precisado a dejar el ejército por haber reñido
abiertamente con el conde de las Torres, representándole con viveza
sacrificaba, sin remedio ni esperanza de conseguir su intento, las tropas que
estaban a sus órdenes.
Con todo, la corte persistía en
querer sostener una empresa tan difícil; y como el hombre se lisonjea
salir con lo que desea, se daba más crédito a las
quiméricas ideas y seguridades del suceso, con que el conde de las
Torres llenaba sus relaciones, que a todo lo que los oficiales, generales y
particulares escribían de lo contrario. Una prevención tan
difícil de vencer obligó al marqués de Castelar a
responder a estos últimos que no podía hacer conocer al Rey su
dictamen, pero que si persistían en la misma idea, el único
partido que les aconsejaba tomar era poner su sentir por escrito, firmarlo en
común y después dirigírselo, que con esta condición
consentiría en presentarlo a Sus Majestades.
Por más ocupada que fuese la
corte en la conquista de Gibraltar, no dejaba de pensar a aprovecharse de su
nueva alianza con la emperatriz de Rusia. Esperábase sacar grandes
ventajas de ella, no solamente en las fuerzas considerables que esta princesa
podía suministrar al Emperador de Romanos en caso de guerra, sino
también por lo tocante al comercio, y la facilidad de extraer de la
Moscovia los maderos propios para la construcción de los navíos,
de que había suma falta en España. Queriéndose, pues,
cultivar la amistad y unión que acababa de formarse entre esta
Emperatriz y Sus Majestades, se nombró por embajador extraordinario y
plenipotenciario en la corte de Petersbourg al duque de Liria, quien
partió a principios de marzo para ir a residir en ella. Debiendo este
ministro tomar su camino por Génova, los Reyes le encargaron observase
lo que pasaba en la corte de Viena y en la de los diversos príncipes de
Italia desde la muerte del duque de Parma, haciendo por descubrir la
intención de éstos sobre las consecuencias que podía
acarrear y sobre el establecimiento que se proyectaba hacer al infante don
Carlos.
* * *
Aunque la duplicada alianza que ambas
Casas reales de España y Portugal habían resuelto hacer se
hubiese concluido casi en el mismo tiempo que se efectuó el regreso de
la infanta, no había habido, sin embargo, embajada solemne de una ni
otra parte, observada en igual caso para hacer la demanda de las respectivas
princesas. Sin duda había causado la tardanza de esta formalidad la poca
edad de los futuros esposos, especialmente la de la infanta de España.
Esta razón debía subsistir para esta princesa aun cerca de tres
años; pero Sus Majestades Católica y Fidelísima no dejaron
de nombrar a los marqueses de los Balbases y de Abrantes, el primero para pasar
a Lisboa y hacer la demanda de la infanta de Portugal doña María
Bárbara para el príncipe de Asturias, y el otro para venir a
Madrid a ejecutar lo mismo con la infanta de Castilla doña María
Ana Victoria para el príncipe del Brasil. Estos dos ministros pasaron
luego a las expresadas cortes, en donde hicieron su entrada con tanta
magnificencia como esplendor.
El júbilo que produjo el motivo
de la embajada y arribo del marqués de Abrantes en la corte, se
aumentó con la noticia que recibieron Sus Majestades, de que los moros
habían enteramente levantado el sitio de Ceuta el 17 de abril,
después de treinta y cuatro años de hostilidad contra esta plaza.
El brigadier don Gaspar de Antona, teniente de Rey de esta ciudad, despachado
por el conde de Charny, gobernador de ella, fue quien trajo esta nueva, y por
la relación que presentó al Rey de lo que ocurrió en esta
ocasión, se supo que la retirada de los infieles, aunque bastantemente
precipitada, se había hecho, sin embargo, con tanta precaución de
su parte, cuanto no se había encontrado en su campo sino cinco piezas de
cañón y tres morteros.
Atribuyóse esta resolución
de los bárbaros a la muerte de Muley Ismael, rey de Mequínez, y a
las disensiones suscitadas entre los muchos hijos que dejó este
príncipe. El día siguiente mandó el gobernador saliesen
mil hombres a la orden del referido teniente de Rey para apoderarse de los
reductos, destruir las trincheras, quemar las casas del alcaide y el serrallo:
lo que se ejecutó en breve, con más de diez mil barracas.
La satisfacción que este suceso
causó se acrecentó algunos días después por la que
se recibió de haber llegado felizmente los tres restantes navíos
de la Flota, que un recio temporal había separado, y se creía
fuesen apresados por alguna escuadra inglesa; pero sabido que, a pesar de la
actividad de esta nación, estaban asegurados en los puertos de Galicia,
no quisieron los Reyes dejar sin recompensa la prudente conducta de los jefes,
aumentando al teniente general don Antonio Castañeta mil ducados de
sueldo, y una pensión de mil y quinientos a su hijo; el jefe de escuadra
don Antonio Serrano fue promovido al grado de teniente general de sus armadas
navales.
* * *
Los preparativos que a todas partes se
hacían para entrar en campaña, no impedían las
negociaciones de paz entre las cortes de Viena y Versailles, porque una y otra
la deseaban en realidad. En cuanto a las potencias marítimas, aunque
parecían resueltas a la guerra, no tenían interiormente designio
que su alianza con la Francia favoreciese las ideas de esta Corona contra la
Casa de Austria. Esto hubiera sido destruir en la Europa el equilibrio tan
deseado, y, sin embargo, tan vacilante, que quieren conservar en ella. El
único fin de estas potencias era hacer abolir una compañía
perjudicial a sus vasallos, y asegurar al comercio de éstos las ventajas
que se les habían concedido. Esto esperaban de su unión con
Francia, y no aminorar la potencia austríaca.
La corte de Viena, a quien la
conservación de esta compañía era preciosa, exasperada en
ver que con toda su solicitud no podía vencer la inflexibilidad de la
Inglaterra y Holanda sobre este artículo, buscó los medios de
superarla por la intervención del cardenal de Fleury, dando a entender a
este primer ministro se proporcionarían sus buenos oficios para procurar
la reconciliación de Sus Majestades Católicas con el Rey su
sobrino. En este concepto, los ministros imperiales habían
empeñado al nuncio Grimaldi de hacer a los embajadores de Francia y
Holanda en Viena ciertas aberturas para una buena composición entre el
César y los aliados de Hannover, y aunque no se habían admitido,
ambos partidos, que dividían la Europa, no dejaban de buscar nuevos
medios convenientes a las presentes coyunturas para conservar la paz.
El cardenal, más diligente en
esta parte que ninguno, mirándola como el apoyo principal para
mantenerse en el puesto que ocupaba, se daba indecibles movimientos. Con este
motivo tuvo varias conferencias con los ministros de las potencias
marítimas, proponiendo diversos temperamentos; pero las que tuvo con el
barón de Fonseca, embajador del César, fueron más
frecuentes; unas veces para trocar los Estados que se destinaban al infante don
Carlos en Italia, con otros equivalentes en Flandes; otras, para una tregua de
algunos años, o a lo menos para una convención que suspendiese
todo acto de hostilidad, durante cierto tiempo limitado, a fin de dar a los
coligados de Viena y Hannover el de examinar sus diferentes pretensiones y
arreglarlas amigablemente en un congreso. Hasta aquí no encontraba el
cardenal grandes dificultades; pero la abolición de la
compañía de Ostende, principal obstáculo que se
debía vencer, parecía tan duro en Viena como incompatible con el
decoro de la Majestad Imperial. Los nuncios, que con ardor trabajaban en este
negocio, se lo participaron; y viendo esta Eminencia su solicitud infructuosa,
se dirigió al duque de Lorena, Leopoldo I, cuyos buenos oficios le
fueron de tanta utilidad que este príncipe pudo obtener del
César, cuando no la abolición total de dicha
Compañía, a lo menos una suspensión, dejando al cardenal
el cuidado de atender en algún modo a sus intereses sobre este
artículo.
* * *
El sitio de Gibraltar, que por su
duración comenzaba a imitar al de Troya, continuaba siempre, no obstante
la imposibilidad de apoderarse de esta plaza. Esparcíanse en toda la
Europa cartas, que daban del conde de las Torres, y del ejército, donde
la división y enfermedades reinaban, una idea nada ventajosa; y aunque
este general se quejaba amargamente de la inejecución de las promesas
que se le habían hecho así sobre el número de tropas como
sobre los navíos de guerra que se le debían enviar, no dejaba de
lisonjear a Sus Majestades la conquista de esta fortaleza. Habíase
puesto en la cabeza el quimérico proyecto de alcanzar, por medio de una
mina, a hacer saltar la montaña que sirve de defensa a Gibraltar, a fin
de sepultar la ciudad bajo las ruinas de tantas peñas, o a lo menos
facilitarse una entrada en esta plaza; lo que en ningún modo
podía ser, porque de haber jugado la mina, resultaba en daño de
los españoles y dejaba la montaña más escarpada. Por lo
mismo, los ingleses, que conocían la imposibilidad de semejante
designio, se lo dejaban seguir con tranquilidad, aplicándose
únicamente a destruir el ejército español en la trinchera,
cuya deserción no contribuía menos que su fuego a minorarle cada
día; y la famosa mina, último recurso de la imaginación
guerrera del conde de las Torres, no sirvió sino para renovarnos la
memoria de la caverna de Montesinos.
Es extraño a esta obra una
relación circunstanciada de este sitio; espero no la exigirá el
lector, benigno e instruido; porque las acciones de valor no tuvieron lugar en
esta empresa, pues todo se redujo a plantar baterías, repararlas,
levantar trincheras para ponerse a cubierto del fuego de los enemigos, desaguar
las líneas, perfeccionar la comunicación de unas a otras conforme
se advertía el defecto; disparar muchos cañonazos,
haciéndose con este motivo la más de la artillería
inútil; en una palabra, todo se redujo, vuelvo a repetir, a componer el
daño que el fuego de la plaza causaba en nuestros trabajos, sin
experimentar la menor ventaja; y lo peor fue que una tropa tan valerosa como la
que se empleó en esta infeliz expedición, se sacrificase
inútilmente por satisfacer una vana e inepta presunción en
detrimento de las armas del Rey.
Mientras subsistía el
empeño delante de esta plaza, los ingleses hacían las más
vivas instancias al cardenal de Fleury a fin de no malograr la propicia
estación que ofrecía el tiempo para entrar en campaña. No
pudiendo este purpurado resistir a tanta solicitación, para ostentar la
fidelidad de sus promesas tuvo varias conferencias con los mariscales de
Berwick y Villars sobre las operaciones de la guerra; pero todo esto era
ficción en él: o ya fuese por atención a España o
ya por no turbar el pacífico y respetable principio de su Ministerio,
cuya dulzura alteraba con el ruido de las armas, no se puede dudar que en esta
ocasión hizo un gran servicio a la Europa, porque a haber empezado las
hostilidades contra España o contra los Estados del César, la
guerra se hacía universal, y por su prudente conducta, dirigida en esta
ocasión por los desvelos del abad de Montgon, logró disipar la
tempestad. No obstante, para mejor entretener la ilusión, mandó
juntar un ejército en la frontera de España; otro, en el
Delfinado, para unirse con el del rey de Cerdeña, y un tercero, en
Alsacia. La Inglaterra y Holanda obraban de buena fe, y su diligencia era
extrema; decíase que el rey Jorge mandaría en persona el
ejército que se juntaba en su electorado de Hannover, y se
compondría de ochenta mil hombres.
Los armamentos por el lado de Rusia no
eran menos considerables. El cuerpo de tropas que esta potencia debía
dar al Emperador, compuesto de diez y seis regimientos de infantería y
diez de dragones, bajo las órdenes del general Lascy, debía
juntarse todo en Breslau, en Silesia, y empezaba a ponerse en movimiento. La
flota rusiana consistía en cincuenta y seis navíos de
línea, veinte y tres fragatas y gran número de galeras. El
Emperador, jefe de la Liga de Viena, no se olvidaba de poner sus vastos Estados
al abrigo de cualesquiera invasiones. Sus tropas, buenas y numerosísimas
(cerca de doscientos mil hombres), eran mandadas por hábiles generales,
sea en Italia, en el Rhin o en Flandes. Diéronse órdenes de
reparar y poner en estado de defensa las plazas de Ostende y Luxembourg, como
las más expuestas, y las que con fundamento se discurría
podrían ser el objeto de las primeras tentativas de los aliados.
No obstante la apariencia de una
próxima guerra, las negociaciones no se interrumpían, así
por parte del Emperador como por la de Francia; y entonces se verificó
la máxima de si
vis pacem, para bellum. El rey de
Portugal ofreció su mediación para conciliar la España con
la Inglaterra, pero esta última le agradeció los buenos oficios,
sobre que se había entablado una negociación general en esta
materia.. Habíase convenido en Francia entre el cardenal de Fleury, los
embajadores de Inglaterra y Holanda, con el barón de Fonseca, ministro
del César, y el nuncio de Su Santidad, en doce artículos que se
remitirían a Viena para ser aprobados de este Monarca.
Túvose sobre este asunto una
conferencia en su corte en casa del conde de Sintzendorf, a la cual asistieron
el duque de Richelieu y el embajador de los Estados Generales, y por la tarde
se juntaron otra vez en casa del príncipe Eugenio con el duque de
Bornonville. Éste, por sus contradicciones sobre cada artículo,
no decidía cosa alguna. Los ministros imperiales, por su parte, formaban
en el examen de las proposiciones muchas dificultades sobre su contenido,
representando era necesario dar ciertas explicaciones acerca de esto a la
España y Rusia, y esperar la respuesta de estas potencias antes de poder
determinarse. No obstante, después de muchas conferencias, y haberse
moderado lo que parecía menos soportable, Su Majestad Imperial
aceptó el 21 de mayo las proposiciones de los aliados de Hannover, y se
firmaron el 31 del mismo en París, asignándose la ciudad de
Cambray para el congreso, que después se mudó en la de
Soissons.
* * *
La calma que subsiguió en todas
partes a las turbulencias de que la Europa estaba amenazada, no reinaba en el
Imperio de Rusia. El crédito a que había llegado el
príncipe Menzikoff bajo el reinado de Pedro 1, y crecido desde que la
emperatriz Catalina había subido al Trono, en punto que la hija de este
ministro estaba destinada para casar con el joven príncipe Pedro,
heredero de la Corona, había excitado contra él tantos enemigos
como envidiosos.
El odio contra los validos procede tanto
de la indignación de aquellos que de. sean el favor sin poderlo
conseguir, cuan. to del abuso que suponen en los ministros. El príncipe
Menzikoff, de oficial pastelero, había llegado a las mayores dignidades.
Disponía a su arbitrio, bajo el reinado de la emperatriz Catalina, de
todos los empleos y de la Real Hacienda; el favor que poseía y sus
riquezas le hicieron odioso. Murmurábase abiertamente contra esta
princesa de haber puesto toda su confianza en un hombre que, a su parecer, la
merecía tan poco. El desenfreno de los grandes del Imperio, movido del
deseo de derribar una potencia para ellos odiosa, hizo llevar la audacia hasta
intentar contra la vida de la misma Emperatriz, mudar el Gobierno y orden de la
sucesión y dar al Imperio rusiano una nueva forma.
Advertida Su Majestad Imperial por
Menzikoff de la conspiración, hizo arrestar a varios señores, y
estableció una comisión para juzgar delito tan atroz. Los reos
fueron sentenciados a diversos géneros de suplicio, el que se
conmutó a los unos en la pena de destierro y privación de bienes
y honores, ejecutándose la sentencia de muerte solamente en los jefes;
pero no fue hasta el siguiente reinado, porque este descubrimiento
precedió pocos días al fin de la vida de esta princesa. La
quebrantada salud que experimentaba un año había, juntamente con
el sentimiento que le causó la noticia de la conjura formada para
destronarla y encerrarla en un convento, la condujo finalmente el sepulcro,
habiendo muerto el 17 de mayo, de edad de treinta y ocho años,
después de poco más de dos de reinado, desde el fallecimiento de
Pedro el Grande, su esposo, acaecido el 29 de enero de 1725. De varios hijos
que tuvo de este príncipe no quedaron sino dos princesas, de las cuales,
la mayor, casada con el duque de Holstein, murió poco después de
sobreparto; la segunda, llamada Elisabeta, es la que hoy reina en el Imperio
Rusiano con tanta prudencia como gloria.
La hermosura, cuyo imperio es tan
poderoso, había puesto en el Trono a Catalina Alexiwna:
habiéndola visto casualmente el czar Pedro I en casa del príncipe
Menzikoff, se enamoró y casó después con ella de secreto
en 1707, pero su matrimonio no se declaró hasta el de 1711. La
elevación de los pensamientos y cualidades del corazón igualaban
con el esplendor de los encantos de esta princesa, y supo atraerse la
estimación con el cariño de su augusto esposo. Manifestó
bien cuán acreedora era a uno y otro, con la prudencia en los consejos
que dio a este Monarca, en la funesta situación a que los turcos le
habían reducido cerca del río Pruth el año de 1711; y los
rusianos no tuvieron dificultad en publicar que su Soberano le era deudor de su
libertad y de la del Imperio. También, para reconocer la constancia de
su afecto, la hizo coronar en Moscow el primero de mayo de 1724 con toda la
pompa y magnificencia posible; instituyó la Orden de Santa Catalina; y,
en fin, para asegurar la posesión de sus Estados, después de su
muerte a una esposa tan amada, hizo una ordenanza por la cual,
reservándose el derecho de elegir su sucesor, preparaba de antemano los
espíritus de sus vasallos a recibir y seguir el reglamento que meditaba
hacer a su favor.
Cuando de un origen común se
llega al cúmulo de las grandezas, se suele olvidar fácilmente
aquellos que han contribuido a nuestra elevación: su presencia nos
renueva la memoria del estado diferente en que nos han visto, porque hiere el
amor propio y nos exaspera. La emperatriz de Rusia no tuvo esta flaqueza, y por
una magnanimidad muy superior al nacimiento y dignidad, esta princesa
llamó cerca de su persona a la familia del luterano Gluck, que
había cuidado de su educación y subsistencia. Atendió
igualmente a la fortuna de todos aquellos que la componían, y no
cesó, durante la vida del emperador Pedro y la suya, de proteger al
príncipe Menzikoff, a quien debía principalmente su
exaltación. Aplicóse, después de fallecido su esposo, a
formar del todo la Academia Real de las Ciencias, que este príncipe
había establecido sobre el modelo de la de París, a aumentar la
marina y descubrir un camino por el norte de la Tartaria para ir a la China y
facilitar a sus vasallos el comercio de las Indias Orientales y Occidentales.
El capitán Beering fue a quien se empleó para este
descubrimiento.
Al otro día de la muerte de esta
princesa, habiéndose abierto su testamento y leídole el
secretario de Estado Basili Stepanoff, el gran duque Pedro Alexiowitz, de edad,
de once años y medio, hijo del desgraciado czarowitz y nieto de Pedro el
Grande, fue declarado heredero y Emperador. Los prelados, el clero, el Senado,
los príncipes de Menzikoff y Galitzin, los miembros del Consejo Privado
y principales rusianos prestaron sus homenajes al joven monarca,
jurándole y reconociéndole por su legítimo Soberano. Este
príncipe comenzó su reinado en conceder muchas mercedes a varios
particulares y declarar a Menzikoff generalísimo de las fuerzas de
tierra y mar.
Esta mutuación de Gobierno, que
se creyó minoraría el poder y autoridad de este príncipe,
no sirvió sino para aumentarlo. El matrimonio proyectado del Czar con su
hija, debía celebrarse luego que el joven Monarca tuviera la edad
competente, y para asegurarlo se hizo la ceremonia de los desposorios el 6 de
junio. Una alianza tan brillante; los servicios hechos a la corte de Viena en
tiempo de la Emperatriz, de los que el conde de Rabutín había
informado al Emperador de Romanos, su amo; en fin, el puesto distinguido que
ocupaba en el Imperio de Rusia, determinaron a Carlos VI, para empeñarle
más en sus intereses, a darle la ciudad y ducado de Cossel, en
Silesia.
Esta nueva distinción y todas las
que su Soberano le concedía, elevándole al cúmulo de los
honores y dignidades, precedieron muy poco a su caída. Así la
infinita sabiduría de Dios suele permitir en las cortes, para castigar
la ambición de los unos y para servir de ejemplo a los otros, que no
haya casi distancia alguna entre lo sumo de los honores a la de la
humillación y penas.
No me parece disgustará al lector
exponer aquí la relación que a esta corte envió el duque
de Liria, embajador extraordinario a la de Rusia, donde llegó poco
después de esta desgracia; pero primero haré preceder una breve
narración histórica de la vida de este primer ministro, pues
aunque sea trasponer hechos ajenos de esta obra, este género de
relaciones entretiene al lector, y no siempre la ocupación de
éste se fija en los negocios serios y reflexionados. Los episodios
divertidos, cuando suceden a negociaciones arduas, estimulan más la
aplicación; por otra parte, no es indiferente dar a conocer lo que ha
sucedido en las cortes extranjeras, porque todas tienen tal conexión
entre sí, que es difícil el mostrar cuál es la que no ha
experimentado ciertas revoluciones inseparables de la emulación, de la
envidia, de la razón de Estado, y, a veces, por el abuso que hacen
ciertos ministros de su autoridad.
Compendio histórico de la vida del
príncipe Menzikoff
La historia del príncipe
Menzikoff no es más que la de su fortuna, y un ejemplo ilustre de la
mayor elevación y de la caída más profunda; también
será una pintura de moralidad para muchos, especialmente para los que
reflexionan.
Puédese juzgar del nacimiento del
príncipe de Menzikoff por su primer oficio: empezó pregonando
pasteles por las calles de Moscow. Acompañábale voz y
alegría, y cantando su mercadería, paseando la ciudad, sus
canciones contribuían a hacérsela despachar. La casualidad quiso
que al pasar un día cantando, según su costumbre, por debajo de
las ventanas del palacio de Pedro el Grande, atendió éste a lo
sonoro de su voz y agudeza de sus pregones; uno y otro hicieron en este
príncipe un efecto cual no esperaba el pobre pastelero. Ya fuese impulso
de comer pasteles o tener media hora de diversión con el muchacho
pastelero, cuyos modales le habían hecho viva impresión,
mandó el Czar le hiciesen subir. Menzikoff entró en Palacio como
si toda su vida hubiera pisado alfombras, y presentándose sin el
más mínimo embarazo con su tienda portátil, el
príncipe le preguntó cuánto quería por todos sus
pasteles, con el cajón en que estaban. «Yo puedo disponer de mis
pasteles -dijo Menzikoff-, pero en cuanto al cajón, necesito permiso de
mi amo. No obstante -prosiguió-, siendo todo de Vuestra Majestad, espero
no tomará a mal le franquee lo que no le puede negar.» Satisfecho
el Emperador de esta respuesta y del desenfado prudente a las demás
preguntas que le hizo, mandó al conde de Golofkin, su primer ministro,
le tuviese en su casa ínterin conocía sus talentos, para
emplearle según lo juzgase más conveniente.
Despidiéndose Alejandro
(éste era su nombre) de su padre el mismo día, mudó de
traje y condición, haciendo de paje al conde de Golofkin. Mediante esta
especie de empleo, hallábase a menudo delante del Czar, cuyo genio
popular y prevenido de cierta benevolencia por este joven, en el que cada
día descubría más espíritu, le tomó a su
servicio, honrándole con su confianza. Menzikoff iba insensiblemente
respirando el aire de la corte con el de la ambición, aunque ésta
sólo se dirigía a servir a todos. Con este motivo se vio colmado
de todo género de favores, tanto mejor merecidos cuanto no los
solicitaba, y el título de valido del Monarca, tapando la oscuridad de
su nacimiento y borrando la mancha de su condición, le atrajo las
atenciones de toda la corte.
Aunque mi plan no sea sino dibujar al
príncipe en su desgracia y no el escribir todas sus grandes acciones,
sea en el mando de los ejércitos o en el puesto de primer ministro, no
dejaré de interpolar algunas anécdotas que servirán para
hacer conocer quién era, y de qué grado de grandeza fue
precipitado.
Lo que contribuyó a la rapidez de
su fortuna fue el descubrimiento que casualmente hizo de la conspiración
del príncipe de Amilka. Estando en una hostería dos de los
conjurados en un cuarto inmediato al suyo, inflamados con el vapor del vino,
creyéndose bien seguros, se entretenían en su proyecto y
ejecución, nombrando por descuido al príncipe Amilka como jefe de
la conjuración, y algunos de los principales motores de esta empresa.
Oído con atención por Menzikoff este horrible atentado,
corrió a Palacio a dar cuenta al Emperador. Diéronse
órdenes para arrestar incontinente a los dos borrachos, del mismo modo
que al príncipe Amilka y demás cómplices nombrados, cuyo
delito averiguado, recibieron inmediatamente el suplicio merecido, en
número de setenta personas que habían tramado dicha
conspiración.
Este privado jamás supo leer ni
escribir; sólo sabía firmar su nombre; pero después de
haber llegado al cúmulo de los honores, buscó modo de encubrir su
ignorancia -porque hubiera manifestado la falta de educación, y, por
consiguiente, la bajeza de su nacimiento-, sugiriéndole su vanidad la
afectación de leer papeles en público, especialmente en presencia
de quien juzgaba no ser conocido. No obstante, vino tiempo, en que esta
ignorancia le fue propicia. En una especie de Cámara de justicia,
establecida por Pedro I, este valido, principal objeto de ella, fue convencido
por órdenes firmadas de su mano, que se produjeron, de haberse apropiado
sumas inmensas y cometido un sinnúmero de vejaciones. Sobre esto
clamó contra la falsedad de los testimonios, diciendo que no sabiendo
leer ni escribir, no era culpado ni responsable de lo que se le había
hecho firmar.
Sincerado Menzikoff de lo que se le
imputaba, volvió a la estimación de su amo, quien lo elevó
a la dignidad de Kneez o príncipe de Rusia, primer senador,
veld-mariscal y caballero de sus Ordenes; pero es tan difícil moderar
los deseos en una prosperidad grande, que los de Menzikoff no tuvieron ya
límites luego que se vio constituido regente de Rusia por el Czar, el
cual, con pasión de instruirse, estaba de partida para pasear todos los
Estados de la Europa. Preténdese que Menzikoff se valió de esta
coyuntura para acumular riquezas, no obstante poseer tantos Estados en la
Moscovia, pues comúnmente se decía que podía ir desde
Riga, en la Livonia, hasta Derbent, en Persia, sin transitar por otros dominios
que los suyos. En Rusia como en Polonia, los paisanos son como esclavos
dependientes del territorio que cultivan. El Derecho romano los llama
servos addictos glebae. No se juzga
del poder de un señor sino por el número de los vasallos que
tiene. Cualquiera se admirará de las prodigiosas riquezas del
príncipe Menzikoff, cuando se diga tenia en su dominio ciento y
cincuenta mil familias que le pertenecían. Con todo, su codicia y
vanidad no parecían satisfechos de tantos bienes y honores de que estaba
colmado en Rusia.
Todos los príncipes extranjeros,
especialmente los de Alemania y del Norte, solicitaron su amistad. El Emperador
Romano no fue de los últimos: hízole príncipe del Imperio,
y le dio el ducado de Cossel, en Silesia, como queda dicho. Los reyes de
Dinamarca, de Polonia y Prusia lo hicieron caballero de sus Órdenes y
con el recelo de que recibiese este honor con indiferencia, por no producir
nada, no se descuidaron en acompañarle con pensiones considerables, que
fueron pagadas con exactitud. Aquí no hablaremos de los soberbios
regalos que recibió, así en vajilla de oro y plata como en
alhajas y pedrerías, de los diferentes soberanos, en circunstancias en
que necesitaban de su favor cerca de su amo.
La insaciable sed de riquezas que le
devoraba iba creciendo cada día, no haciendose escrúpulo para
adquirirlas, de permitir las mayores vejaciones; pero su fortuna estuvo para
abandonarle -en el año de 1720- al regreso del Czar a sus Estados. Los
enemigos que Menzikoff se atrajo tuvieron modo de hacer conocer al Monarca la
tiranía de su ministro, y entre otras, la de haber hecho perecer a un
mercader de pedrerías, quien, volviendo del Mogol, le había
presentado un rubí de un tamaño extraordinario, para comprar, y
del que se apropió. Pedro I se contentó entonces con quitarle el
rubí, y hoy es una de las alhajas de la Corona: la Czarina le lleva los
días de gala. Esto no impidió a sus enemigos de indisponer al
príncipe contra él en punto de inspirarle horror. Es verdad que
Menzikoff había servido útilmente a su amo en el descubrimiento
de varias conspiraciones y en disiparlas, con especialidad la del czarowitz, su
hijo; pero insinuábase al Emperador que este celo no era sino un
artificio para ocultar sus designios. Pedro I, atendiendo a estas acusaciones,
tenía resuelta la perdición de este valido, y hubiera seguido con
efecto a no haber mediado el favor de la emperatriz Catalina para suspenderla;
o, por mejor decir, el cielo no había aún dispuesto su
caída: la muerte del Monarca debía precederla.
No obstante, la declaración del
Czar para que le sucediese la Czarina su esposa, no hubiera tenido efecto a no
haber trabajado con indecible ardor Menzikoff para asegurar la Corona a esta
princesa, facilitándole el éxito, su calidad de veld-mariscal
general de los ejércitos rusianos. Bajo de este reinado volvió,
pues, a tomar toda la autoridad que antes gozaba, disponiendo un tratado con la
corte de Viena, a fin de que sucediese al Trono de Moscovia el gran duque hijo
del infeliz czarowitz y nieto por su madre de la Emperatriz de Romanos, mujer
de Carlos VI. Las condiciones del Tratado fueron que inmediatamente
después de la muerte de la czarina Catalina, el gran duque Pedro
Alexiowitz le sucedería, y que casaría con la hija
primogénita del príncipe Menzikoff. Esto destruye lo que se lee
en la historia de Pedro el Grande, pues se dice en ella que por el testamento
de la emperatriz Catalina, Pedro II debía casa con la hija de Menzikoff,
y que esta disposición fue confirmada al otro día del
fallecimiento de esta princesa en la proclamación del Czar, no
sólo por él mismo, sino también por el Consejo de
Regencia.
Colocado Pedro II en el Trono, no fue
difícil a Menzikoff de apartar y desterrar a Siberia a todos los que
podían declararse a favor de la duquesa de Holstein (madre del actual
gran duque de Rusia, y hermana mayor de la Emperatriz reinante). Agradecido el
joven Monarca a los servicios señalados de Menzikoff, le confirmó
en el puesto de generalísimo de todos los ejércitos del Imperio
Rusiano, y aún le nombró vicario general, lo que hizo murmurar a
todos los grandes, y mucho más cuando supieron el proyecto de casar a su
hija con su Soberano; pero este primer ministro supo quitarles todo medio de
oponerse a sus designios, y los desposorios se celebraron con el mayor
esplendor hasta que tuviese el Czar la edad competente para consumar el
matrimonio.
Confiado el vicario general de Rusia en
que nadie se atrevería a contrapesar su autoridad ni robarle ya su
ascenso, y con el con el seguro de no encontrar quien le resistiese u opusiese,
miraba con grande indiferencia a los príncipes Dolgorukis y al
barón de Osterman, sus rivales, no obstante deberle este último
casi toda su fortuna, y no poca aquéllos. Siendo, pues la ocasión
crítica para manifestar su envidia, y acomodándose al tiempo,
parecían aprobarle en un todo, mientras estaban ocupados en los medios
de derribarle. Ve aquí lo que sucedió, según la
relación del duque de Liria.
Estando el Emperador en Petershoff, el
gremio de los albañiles hicieron a este príncipe (el 17 de
septiembre) un regalo de algunos mil ducados, que envió con un
gentilhombre a la princesa Natalia, su hermana. Pasando este caballero a
ejecutar la orden de su Soberano, encontró al príncipe Menzikoff,
quien, informándose de la comisión, le pidió el dinero que
llevaba -un ministro absoluto es obedecido en todas partes, aunque sea contra
el servicio del Monarca-. La princesa, que no sabía cosa alguna de lo
ocurrido, habiéndose presentado al día siguiente delante del
Czar, su hermano, que la recibió, según acostumbraba, con agrado,
y poco después mudado el semblante en seriedad, procuró
investigar la causa; pero su sorpresa fue grande cuando el Czar la dijo que sin
duda el regalo no había sido de su gusto, puesto que no hablaba de
él. Habiendo respondido esta princesa que ignoraba cuál fuese el
regalo, el gentilhombre fue llamado, y preguntándole el joven Monarca
-con enojo qué uso había hecho del dinero destinado para su
hermana, refirió el encuentro de Menzikoff y cómo se lo
había entregado. Irritado el Emperador, mandó llamar al
príncipe, a quien preguntó con emoción el motivo de este
desacato. El ministro le expuso la urgencia del Estado y lo que
pretendía hacer con esta suma; mas su representación fue mal
recibida, diciendo el Czar con voz áspera y animada, que sin duda
ignoraba fuese su amo, cuyas órdenes debía respetar. Para
aquietarle respondió Menzikoff que estaba pronto a entregar a la
Princesa el dinero y aún un millón, si Su Majestad lo ordenaba.
El ofrecimiento no calmó al Monarca, antes bien le mandó saliese
luego de su presencia.
Los príncipes Dolgorukis y el
barón de Osterman -éste ayo del joven Monarca- esperaban esta
circunstancia para dar fin con el poder del valido, y aprovechándose del
enojo de este príncipe, solicitaron volviese a Petersbourg, donde la
ejecución de sus designios era más fácil y más
segura que en una casa de campo. El Czar siguió su dictamen, y
Menzikoff, mirando lo ocurrido como efecto de la viveza de un joven, que no
tendría consecuencia, le fue siguiendo. Avisado el Monarca, en lugar de
ir al palacio del príncipe Menzikoff, adonde habitaba desde la muerte de
la Emperatriz, pasó a otro, mandando el Consejo que se juntase
incontinente. La resulta de éste fue determinar al Emperador se
deshiciese de un ministro que abusaba de su confianza con tanta temeridad,
dibujándole como un hombre entregado a una ambición y avaricia
sin límites, el cual empleaba, para satisfacer estas dos pasiones,
medios tan injustos como criminales. Las demás quejas contra él
no parecían menos considerables, juzgándose eran de naturaleza de
merecer un severo castigo. El Czar, a quien persuadieron los Dolgorukis y
Osterman, importaba para su seguridad y el decoro de su autoridad que alejase
de la corte a su valido, ordenó al salir del Consejo al teniente general
Soltikoff anunciase al príncipe Menzikoff que lo privaba de todos sus
bienes y honores y dignidades, asimismo mandando entregase el collar de sus
Órdenes y quedase preso en su casa; todos sus bienes fueron
inmediatamente confiscados.
Apenas le fue intimada la orden, cuando
le dio un accidente, que luego se discurrió había muerto; pero ya
restablecido, su mujer e hijos fueron a echarse a los pies del Emperador,
pidiendo la gracia del infortunado ministro, cuya súplica no fue
atendida, ni menos la protección que solicitaron de las princesas,
hermana y tía del Czar. En fin, la princesa Menzikoff estuvo más
de media hora a los pies del barón de Osterman, sin obtener por
sumisión tan grande (y debía parecerla bien dura) la gracia que
pedía.
Habiendo después trabajado el
Senado en el proceso del valido, corrieron voces de que se habían hecho
descubrimientos importantes, pero no parece fueron probados, y el
público no pudo juzgar de los delitos que se imputaban a este
príncipe sino por el rigor del trato, y sospechas a que las desgracias
suelen dar lugar. Halláronse, por el inventario de los efectos que le
pertenecían, en sus dos palacios y sus casas de campo, ochocientos mil
rublos (o pesos gordos) en pedrerías y otras alhajas; noventa marcos de
vajilla de oro; ciento y veinte de vajilla sobredorada; tres servicios de a
veinte y cuatro docenas de platillos de plata cada uno; pinturas y muebles
preciosos y dinero por más de tres millones de rublos, sin contar las
considerables sumas que tenía en varios bancos extranjeros. Hasta
aquí, la relación del duque de Liria.
No quedó al príncipe
Menzikoff, de opulencia tan prodigiosa, sino la fama de haberla adquirido
injustamente. Primero fue desterrado a su tierra de Oranjeboom, cien leguas
más allá de Moscow, con toda su familia; pero después se
le transfirió a la Siberia, en cuyo camino murió la princesa su
mujer, y él allá acabó sus días, como se
dirá luego. A su hija se la obligó a volver un diamante del valor
de veinte y ocho mil rublos, que el joven Monarca la había regalado el
día de sus desposorios, y murió pocos días después
de haber llegado al paraje de su destierro. A su hermana segunda, la fortuna le
fue más favorable, pues en lo sucesivo casó con el hermano del
duque de Biron, pero recayó también en la desgracia. La
emperatriz Ana la concedió en dote los caudales que tenía su
padre en los bancos extranjeros, los cuales no pudo Pedro II conseguir se le
entregasen. El hijo del príncipe Menzikoff, obteniendo su libertad por
la exaltación de la princesa Ana Ivanowna, fue restablecido en la
vigésima parte de los bienes de su difunto padre, y se le
confirió el empleo de capitán de Guardias; hoy se mantiene en la
corte de Rusia con grande aceptación.
Concluyendo la historia del
príncipe Menzikoff y duque de Inghermania, debemos decir que aún
fue más grande en su destierro que no lo había sido a la frente
de los ejércitos y negocios políticos del Imperio. Luego que
llegó a Tobolskoi, capital de la Siberia, el gobernador le envió
quinientos rublos, de orden de la corte, que fueron empleados en proveerse de
lo que juzgó necesario para combatir contra la horrorosa miseria que le
amenazaba el destierro adonde se le conducía, más bien para
cuidar de su triste familia que de su propia persona. Con este dinero
compró, pues, sierras y todo género de instrumentos para arar
semilla de toda especie, redes para pescar y carnes saladas para subsistir
entre tanto que fundase la habitación que meditaba para reparar sus
incomodidades. Lo restante del dinero que le sobró, lo repartió
entre pobres.
Después de cinco meses se marcha
desde Tobolskoi hasta el paraje de su destino, pensó en los medios de
practicarse una vivienda tolerable, a cuyo fin trabajó, asistido de los
ocho criados que se lo habían concedido; y la que se desposó con
Pedro II tuvo a su cuidado la cocina, y su hermana lavar la ropa y coserla. No
se debe pasar en silencio que casi a su arribo a este desierto, le llegaron por
caminos extraviados un toro y cuatro vacas preñadas; un macho, cuatro
ovejas y varios géneros de aves, sin que Menzikoff pudiese adivinar, ni
sus hijos hasta ahora lo han sabido, quién era el autor de esta caridad,
nombre que se debe dar a esta buena obra; pero gozó poco tiempo de
ella.
El cansancio de viaje tan dilatado, y la
enfermedad que acometió a sus hijos (fueron viruelas), de que la una
murió, como queda dicho, minaron tanto la salud de este desgraciado
ministro, que en fin, postrado de sus aflicciones, rindió la vida en los
brazos de su triste familia, haciéndola la deprecación siguiente,
según refirió la condesa de Biron, su hija, en Petersbourg:
«Hijos míos, ya llegó el último instante. La muerte
no me asusta; ojalá no hubiera que dar cuenta al Soberano Juez sino del
tiempo que he pasado en este destierro. La razón y la religión a
que he atendido tan poco en mi prosperidad, y me han consolado en mi desgracia,
me enseñaron que la misericordia de Dios no es menos infinita que su
justicia. Yo saliera, pues, de este mundo con este consuelo, si no hubiese dado
sino ejemplos de virtud. Hasta ahora vuestros corazones se han preservado de la
corruptela, y vuestra inocencia se conservará mejor en estos desiertos
que en la corte, pero si volvéis a ella no os acordéis más
que de los ejemplos que os he dado aquí.»
Así murió,
magnánimo, quien lo fue en todas sus empresas. Lució en el
Gabinete a la frente de los ejércitos, y la Rusia le es en parte deudora
de su grandeza. No siempre los talentos acompañan al nacimiento, y el
príncipe Menzikoff, sensible ejemplo de esta verdad, hizo ver que la
plebe más ínfima suele producir sujetos de la mayor capacidad. Yo
no pretendo disculpar a este primer ministro de todo lo que se le ha acumulado,
pero se hará evidente en adelante, según lo requiera la serie de
los hechos y conforme los participó el duque de Liria a esta corte, que
entró por más la envidia y emulación que el delito en la
causa sustanciada contra él.
* * *
Sería prolijidad y fastidiar al
lector extenderse más sobre esta materia, la cual dará, sin
embargo, ocasión de reflexionar sobre la inconstancia de la fortuna y
cuán traidora es a los que sacrifican sus desvelos. Ahora continuaremos
las negociaciones de la corte de Francia con la de Viena -que hemos venido
interrumpiendo con motivo de este compendio histórico-, cuyos
preliminares para la pacificación general, aceptados por ésta, se
remitieron a París, como ya se ha dicho. Firmados en esta ciudad por
todos los respectivos ministros, a excepción del de España, por
no haberle entonces de parte de esta Corona, se despachó un correo con
esta plausible noticia a Viena, donde llegó el 9 de junio, y
entregó al duque de Richelieu, embajador de Francia, la carta siguiente
del señor de Walpole, que lo era de Inglaterra, enteramente conforme a
la del cardenal de Fleury, y otra del de Holanda:
París, 1.º de junio de
1727
Muy señor
mío: para acelerar cuanto sea posible la entera conclusión del
negocio que debe restablecer y afirmar la paz en la Cristiandad, haciendo cesar
las divisiones entre las potencias y restaurando entre ellas una buena y
perfecta armonía tan deseada, aquí se ha convenido el enviar a V.
E. la copia de los actos firmados, a fin de que V. E. y el señor
Bruyninx firmen iguales actos con el duque de Bornonville, respecto de que no
hay por ahora en la corte del Rey Cristianísimo persona alguna
autorizada por el Rey Católico, ni en Viena ministro alguno del Rey mi
amo. Para suplir a esta falta de ministros, se ha dispuesto un instrumento que
yo sólo he firmado, añadiendo a él una declaración
por la cual prometo, en virtud de mi plenipotencia, que este instrumento
así firmado por mí será obligatorio por Su Majestad
Británica acerca del Rey Católico, del mismo modo que si se
hubiese firmado juntamente con un ministro de Su Majestad Católica, y
que conforme a esto, el Rey mi amo producirá la ratificación en
tiempo señalado por los artículos preliminares: bien entendido
que el duque de Bornonville, por su parte, firme y entregue a V. Exc.ª
igual acto de parte del Rey Católico, y de la misma manera obligatorio
por Su Majestad acerca del Rey mi amo, etcétera.
La que se dirigía para el
señor Bruyninx, embajador de Holanda, contenía sustancialmente lo
mismo.
Para poner, pues, la última mano
a la grande obra de la paz, no era menester ya sino seguir en Viena el plan que
se había enviado de París. El 13 de junio hubo una conferencia en
casa del príncipe Eugenio, adonde los ministros de España y
Holanda concurrieron. Éste se pasó al principio con bastante
viveza: pretendía absolutamente el duque de Bornonville que el acto
obligatorio, y semejante al que el señor Walpole remitió para el
expresado ministro de España, y contra el cual el suyo debía ser
permutado, fuese formado en lengua española. Esta repugnancia
costó vencer, del mismo modo que la del duque de Richelieu, tocante al
dilatado preámbulo que se hallaba en el frontis de la plenipotencia del
embajador de España, acerca de los diversos hechos que contenía,
y de que los aliados de Hannover no podían convenir,
pretendiéndose se suprimiese a lo menos la mitad de dicho
preámbulo; pero esto dilataba la conclusión del importante
negocio que se trataba, porque era preciso órdenes de España.
* * *
El rey de Inglaterra, a quien la Europa
debía en parte la conservación de su quietud, no gozó
mucho tiempo la satisfacción de oír las alabanzas que se le
daban, habiendo muerto en Osnabrug el día 22 de junio, caminando a sus
Estados de Alemania, en el mismo cuarto donde se pretende había nacido
en el año de 1660, siendo entonces su padre obispo de esta ciudad. El 25
del mismo mes su hijo Jorge II, hoy reinante, fue proclamado en Londres rey de
la Gran Bretaña.
Vencidos los obstáculos que
retardaban la firma de los preliminares, el duque de Bornonville los
remitió a su corte, lisonjeándose se ratificarían sin
dificultad, pero lo contrario sucedió. Sus Majestades Católicas
se manifestaron sorprendidas de este suceso, que les pareció
incompatible con sus intereses y gloria. Tuviéronse sobre el asunto
muchas conferencias en Palacio entre los ministros del Emperador de Holanda y
el marqués de la Paz, en las cuales no se decidía cosa alguna,
porque la enfermedad del Rey lo estorbaba, pero mejorado este príncipe y
cediendo su interés a la paz, aceptó los preliminares, que se
firmaron el 19 de junio, dando órdenes a fin de que se suspendiesen las
hostilidades delante de Gibraltar. El mismo día se despachó un
correo al conde de las Torres para hacerle saber esta resolución, y por
él a milord Portmore, gobernador de la plaza.
Habiendo llegado el referido correo al
campo el 23, y entregado al general el pliego, que le libertaba del embarazo en
que se hallaba de cumplir con sus promesas, y dado cuenta al gobernador,
convinieron recíprocamente en los artículos siguientes:
«I.- Se conviene en una
recíproca suspensión de armas entre el ejército y la plaza
de Gibraltar, ínterin vengan ratificados los tratados.
II.- Se mantendrá la
guarnición dentro de la plaza, sin comunicar con las tropas del
ejército, que se mantendrán igualmente en sus trincheras para su
resguardo.
III.- El coronel de trinchera
podrá entrar en la plaza para observar no se haga trabajo alguno en el
circuito de ella; y lo mismo podrá practicar otro oficial de la
guarnición de igual grado, saliendo de la plaza a reconocer los
ataques.
IV.- Ninguna persona del ejército
y de la guarnición podrá acercarse al Peujel, pues quedará
expuesto a que se le haga fuego de la montaña y de la trinchera.
V.- Tampoco podrá acercarse
persona alguna a la lengua de tierra, sin pasaporte del capitán general
del ejército o del gobernador de la plaza, para entrar o salir,
negándose enteramente al comercio por mar y tierra.
VI.- En consecuencia de esta
convención, han cesado las hostilidades de una y otra parte.»
Así se terminó el famoso
sitio de Gibraltar, que tanto ruido hizo en el mundo. La tropa padeció
en extremo; la artillería, inútil para otra empresa, y los
trabajos, después de cinco meses, poco más avanzados que en los
primeros días; fruto de las inconsideradas reflexiones con que se
procedió en el ataque.
No será fuera de propósito
el exponer los motivos que dieron lugar a esta expedición, que aunque no
tuvo éxito propuesto, no menos era justa; pero ante todas cosas,
ascendamos a su conquista por los ingleses. Entrados éstos en la alianza
del emperador Leopoldo I, se empeñaron en la defensa y garantía
de los derechos de la Casa de Austria a la Corona de España. Habiendo
enviado en el año de 1704 una flota para sostenerlos, se apoderaron de
Gibraltar del mismo modo que de la isla de Menorca, que no conservaron en
nombre del Rey británico o de la nación, supuesto que todos los
progresos que hacían en España las potencias aliadas eran a favor
de la Casa de Austria, conforme al Derecho de las gentes, y naturaleza de este
género de alianzas: de donde se infiere que los ingleses, hasta el 1713,
no pudieron poseer a Gibraltar ni a Puerto Mahón como pertenecientes a
su propiedad; mas sí sólo mantener guarniciones en las
mencionadas plazas para la seguridad de su comercio hasta fin de la guerra, o
que se hubiese reglado éste con el sucesor de Carlos II.
Dejando los ingleses la alianza del
Emperador en el año de 1712, concluyeron el siguiente una con
España y Francia, reservándose la reina Ana de Inglaterra, por
los artículos X y XI del tratado firmado en Utrecht el 13 de julio de
1714, la posesión de Gibraltar y Puerto Mahón. Las condiciones de
esta cesión fueron que los naturales de dicha ciudad, como asimismo de
la isla de Menorca, gozarían plena y entera libertad, así en las
cosas eclesiásticas como en las civiles; que no se daría asilo ni
a los moros ni a los judíos, bajo de ningún pretexto; que no
sería lícito introducir en ellas el gobierno inglés; que
no podrían apoderarse de las cercana tierras pertenecientes a
España, a título de jurisdicción; en fin, que el comercio
no se dirigiría en perjuicio de España contra las convenciones
estipuladas sobre este asunto.
Con estas condiciones se quedaron los
ingleses pacíficos poseedores de Gibraltar y Puerto Mahón, pero
en lo sucesivo formaron el proyecto de anularlas e incorporar estas plazas a lo
restante de sus Estados, inquietando a los católicos sobre el ejercicio
de su religión, permitiendo a los moros su entrada en el puerto, contra
una de las condiciones expresas de la cesión y aún contra las
constituciones y leyes fundamentales del reino; permitiendo el transporte y
comercio de las mercaderías prohibidas, recibiendo a los navíos
de guerra enemigos y piratas, como asimismo a los ladrones y malhechores, y con
esto expuesta Españ |