  Año de 1732
Pacificada ya la Europa con la
colocación del serenísimo infante don Carlos, parece que nada era
capaz de alterar su quietud, cuando se recibió al principio de este
año la impensada y extraña novedad de haber llegado el duque de
Ripperdá a la Mauritania. Desde su huida del alcázar de Segovia
se mantenía viviendo retirado en sus Estados en Holanda; su corta
mansión en Inglaterra acredita la poca aceptación que
encontró en aquel reino, y por libertarse de los continuos desaires que
recibía en él, resolvió pasar a su país, donde se
proponía mejor acogimiento. Saliéndole siniestra la esperanza,
solicitó pasar a Francia; pero la estrecha unión de esta Corona
con la de España siendo un obstáculo invencible, pensó en
la de Rusia, cuya pretensión no tuvo mejor éxito. En fin,
abandonado y reducido únicamente puede decirse al trato familiar de los
queridos y fieles compañeros de su fuga, no tardó en formar
proyectos de venganza, que le sugirió la altivez de su genio.
Residía a la sazón en La
Haya un embajador del rey de Mequínez, con quien tomó el duque de
Ripperdá conocimiento, y dejándose seducir con los halagos de la
fortuna que le propuso el moro, lisonjeado sin duda el espíritu
ambulativo de este infeliz ministro de poder ejecutar ciertos designios que
meditaba, se determinó a pasar a África, y allí,
arrastrado de su desesperación, abrazar el mahometismo.
Habiéndose presentado al rey de Marruecos, le expuso los motivos que le
habían inducido para abandonar el servicio de España,
declarándole la resolución en que estaba de vivir en adelante,
bajo la protección de tan digno Monarca. Este príncipe, que por
fama conocía a Ripperdá, le recibió con señales de
la mayor estimación, y poco después le estableció por uno
de sus primeros ministros. Llegando estas noticias a la corte de Sevilla al
principiar el año, no dieron poco en que entender a los Reyes
Católicos, mayormente con la esparcida voz de que el duque,
después de haber abrazado el mahometismo, para más bien
cautivarse la benevolencia del príncipe moro, le había aconsejado
despachase de improviso un cuerpo considerable de tropas a Ceuta, haciendo ver
con diversas razones la facilidad con que se haría dueño de esta
plaza, en la cual pretendía Ripperdá tener muchos adherentes.
De estas voces, que se publicaron, no se
aprovechó la corte de España para disimular ciertos designios
recónditos que la obligaban a hacer fuertes preparativos, así de
navíos como de tropas, con el pretexto de que el rey de Marruecos
quería seguir los perniciosos consejos del renegado Ripperdá,
meditando la sorpresa de Ceuta. La flota española, que de regreso de
Italia se mantenía aún armada en los puertos de la
Monarquía, tuvo orden de proveerse de todo lo necesario para un viaje de
cuatro meses, sin poderse penetrar a qué parte se dirigía; y
aunque los ministros de las potencias extranjeras residentes en Sevilla, se
dieron indecibles movimientos para indagarlo, solicitando saber para qué
empresa estaba destinado el expresado armamento, jamás lo pudieron
conseguir.
Entretanto que llegaba la
estación propicia, para manifestar al mundo la pureza de las intenciones
del Rey Católico, y hacer evidente la justicia con que procedía
en todas sus acciones, mandó que sin dilación se pusiese en
práctica lo acordado con la Inglaterra en el tratado de Sevilla.
Habiéndose convenido en que se ventilarían y decidirían
los puntos que en el artículo IV del tratado de Sevilla quedaron
reservados, nombrándose para este efecto comisarios autorizados de una y
otra parte, Su Majestad Católica nombró a don Francisco Manuel de
Herrera, del Consejo de Guerra e Indias, a don Mateo Pablo Díaz,
después marqués de Torre-Nueva, y a don José de la
Quintana, ambos de este Consejo. El Rey británico, que al parecer se
resistía, por prever las consecuencias de esta junta, se resolvió
finalmente a ejecutar lo mismo (pero no fue hasta que hubo de saber cómo
España había enviado cantidad de armas a Indias, cuya novedad le
causó algún recelo), nombrando al señor Benjamín
Keene, su ministro en esta corte, y a los señores Juan Godar y Arthur
Stor, ambos miembros del Parlamento. Determinado el lugar de la Lonja de
Sevilla, se abrió el Congreso el día 30 de abril, y hecha la
permuta de sus respectivos poderes, se dio principio a las conferencias,
señalando dos días en cada semana, uno para tratar las
pretensiones de España, y otro para las de Inglaterra.
El punto que desde luego se puso en el
tablero fue el Asiento de Negros, o la compañía del Mar del Sur,
cuyas cuentas no se habían aún reglado desde el año de
1713, en que comenzó. Después de bien examinadas y liquidadas
todas sus circunstancias, tanto por el navío del Permiso cuanto sobre
los sellos que deben llevar los fardos de mercaderías que pasan a
Indias, se encontró que se propasaban mucho en ello los ingleses. En
visa de esto, los comisarios españoles fundaron con la mayor solidez sus
pretensiones sobre que una y otra parte observase a la letra el espíritu
del Tratado, a lo que los ingleses habían faltado. Esto dio motivo a
varias alteraciones y debates; pero a las eficaces razones de los
españoles no pudieron oponerlas sino muy endebles, por lo que hubieron
de ceder, como en efecto se acordaron varios puntos a favor de España,
quedando firmados en el libro de acuerdos.
Pasando de este punto a otros, los
comisarios ingleses hacían los mayores esfuerzos para conseguir sus
pretensiones; mas éstas siempre rebatidas por los españoles,
hicieron ver el abuso e irregularidad con que los súbditos de la Gran
Bretaña proceden en su comercio en las Indias, de manera que los
comisarios ingleses desesperaron de poder obtener cosa alguna favorable a su
intento: y es así, que después de haberse continuado las
conferencias por algún tiempo, quedaron suspensas, y aún el Rey
británico, con el regreso del Católico a Madrid, no se
atrevió a insinuar a este príncipe se prosiguiese lo empezado,
por conocer patentemente que toda esta negociación redundaba en ventaja
de los españoles, y no siendo de su interés renovarla, se
estancó hasta el año de 1739, como se dirá en su lugar, de
la cual resultó la guerra entre las dos naciones.
* * *
Dijimos más arriba que por
más diligencias que hicieron los ministros extranjeros, residentes en
Sevilla, para saber contra quien se enderezaba este formidable armamento, no lo
pudieron alcanzar; sin embargo ninguna potencia se asustó más que
la república de Génova, mayormente cuando vio comparecer delante
de su puerto seis navíos de guerra españoles, cuyo comandante
solicitó luego se le hiciese un saludo mayor que el acostumbrado, sin
explicar el motivo; y no obstante el haberse pedido este honor con
altanería, no se concedió hasta después de un gran consejo
que a este fin se tuvo en la regencia. El comandante pidió
después se le consignasen los dos millones de pesos que tenía la
corte de España en el Banco de San Jorge, y que al presente
debían servir para el serenísimo infante don Carlos:
también condescendió el Gobierno de Génova en ello,
mandando se llevasen a bordo de los navíos.
Las grandes sospechas que habían
concebido la corte imperial de los armamentos españoles, se
desvanecieron con los repetidos correos, que llegaron a Viena desde Sevilla y
Londres con despachos que aseguraban no se dirigía esta flota contra
ninguna de las potencias aliadas de Su Majestad Católica; y el duque de
Liria tuvo especial orden del rey Felipe para certificar a los ministros del
César que dicho armamento estaba destinado contra las costas de
Berbería, a fin de sosegar a este príncipe sobre las
consecuencias que podía acarrear; pues ya había dado
disposiciones para el resguardo de los reinos de Nápoles y Sicilia,
nombrando generales y tropas que estaban para pasar a aquellos reinos. No se
tuvo a bien en la corte de Sevilla comunicar a nadie que estaba la expresada
flota destinada contra Orán, dependiendo del secreto el feliz
éxito de la empresa: no quiso el Rey Católico exponerla por no
tener suerte de infinidad de otras que se malograron por la demasiada
confianza; y es así que tuvo el fin propuesto con esta acertada
conducta.
Del dinero que se extrajo del Banco de
Génova, hizo enviar Felipe V al infante don Carlos medio millón,
y lo restante se despachó a Alicante, donde debían reunirse las
naves y tropas para esta misteriosa expedición. Por abril ya
habían llegado a la playa de esta ciudad los navíos de guerra y
la mayor parte del ejército de tierra con sus oficiales, y desde el
antecedente mes se había puesto embargo a todas las embarcaciones
extranjeras, que se encontraron en los puertos de la Monarquía; de
manera que, reunidas con las de esta Corona, pasaban de seiscientas; y se puede
decir, sin hipérbole, que nunca se vio el mar Mediterráneo
cubierto de tanta variedad de banderas juntas, cuyo aspecto encantaba la vista
a los expugnadores, cuando después a los moros infundió una
general consternación, creyendo, al ver pasar esta flota por delante de
Orán, que se había unido toda la Cristiandad contra ellos.
Fabricáronse en Barcelona dos
puentes volantes, con los cuales se podía cómodamente transportar
dentro y fuera de los navíos la artillería sin embarazo de otras
embarcaciones. Nombróse por capitán general del ejército
al conde de Montemar, a quien se le destinó un cuerpo de
veintiséis mil cuatrocientos hombres, sin contar una
compañía de escopeteros de Tarifa, otra compañía de
guías, compuesta de treinta hombres, todos naturales de Orán, con
su capitán, don Cristóbal Galiano, y su teniente don José
del Pino con una más de voluntarios de reino de Murcia, compuesta de
cincuenta hombres y gran número de aventureros, entre los cuales se
contaron más de treinta titulados y oficiales de distinción. Todo
el aparato de este armamento se ejecutó con tanta presteza, que en
brevísimo tiempo se vio pronto para hacerse a la vela. La
artillería destinada para esta expedición fueron ciento y diez
cañones de varios calibres; sesenta morteros, con gran cantidad de
pertrechos de guerra; víveres, municiones, y, en fin, todo lo necesario
para esta empresa, no habiéndose escaseado cosa alguna.
Luego que llegó a África
la fama del formidable armamento de España, se receló se
dirigiesen contra su costa y no sin fundamento, porque no les dejaban duda sus
continuadas piraterías. La regencia de Argel se preparó
inmediatamente a la defensa, solicitando para su república socorros del
Gran Señor, bajo cuya protección está; y del rey de
Marruecos para Orán, cuya plaza, aunque entonces gobernada por un rey
particular, sin embargo, la amparaba este príncipe, y también
aquella regencia, por estar en los confines de uno y otro Estado. Ésta
reforzó con un grueso destacamento su guarnición, y aquél
ejecutó lo mismo en sus ciudades marítimas, con especialidad
Tetuán y Salé, ordenando a la mayor parte de su caballería
recorriese la costa para impedir cualesquier desembarco.
En España se divulgó por
cosa cierta, que el mismo rey de Marruecos había resuelto de ir
personalmente al sitio de Ceuta, para prevenir las ideas de los
españoles, según el consejo que le sugirió
Ripperdá. No podemos negar fuese importante en esta ocasión, y el
único que podía seguir este príncipe; pues a haberle
practicado, se les hubiera frustado a los españoles su designio sobre la
plaza de Orán; pero sea que desconfiase el moro de las promesas del
renegado, como sucede regularmente, o que conociese la imposibilidad de
conseguir el intento de esta empresa, la dilató hasta ver hacia donde se
dirigían las armas católicas. A este tiempo llegó a la
corte de Sevilla la noticia de que una galera mandada por don Miguel Regio
había apresado, después de un reñido combate, a un
navío argelino, que corseaba entre las costas del Rosellón y
Cataluña, llevando a su bordo dieciséis cañones y diez
pedreros. Hiciéronse esclavos ciento diez y seis hombres de la
tripulación; pero el capitán y ocho oficiales con tres renegados
se salvaron en la lancha.
Esta pequeña ventaja no
dejó de estimular y avivar el embarco, y estando ya las escuadras
prontas para hacerse a la vela, declaró el Rey Católico sus
intenciones en un edicto, que se remitió de Sevilla al Consejo Real de
Castilla, a fin de que se publicase; lo que se ejecutó en Madrid a
mediados de junio, precisamente cuando la armada se hizo a la vela.
De Alicante salió ésta el
día 15 del propio mes, bajo las órdenes del teniente general don
Francisco Cornejo, y la custodia de doce navíos de guerra, siete
galeras, dos bombardas para echar bombas, y gran número de jabeques o
galeotas armadas, observando la orden siguiente: la vanguardia se
componía de cuatro navíos, el
San Felipe, como capitana, a cuyo bordo
estaba el referido don Francisco Cornejo, el
San Diego, la
Galicia y
Santiago. En el centro iba el grueso de la
armada, según el orden señalado a cada embarcación, y los
navíos el
Hércules y el
Júpiter cerraban la retaguardia,
marchando con estos las siete galeras a fin de recoger cualquiera nave que
llegara a extraviarse; pero aunque el viento se mostrase favorable al salir del
puerto, después se mudó contrario, por lo que fue preciso
volverse a la costa de España, manteniéndose toda la armada por
espacio de cinco días en el cabo de Palos. De allí
despachó el conde do Montemar una galeota con un ingeniero y una
compañía de granaderos para reconocer la posición de los
moros, y el paraje donde se debía efectuar el desembarco; cuya
averiguación hecha, y reconocido en sumo silencio, volvió a dar
cuenta de todo al general, quien dispuso aprovecharse luego de la propicia
ocasión que le ofrecía el descuido de los bárbaros.
Serenados ya los temporales,
prosiguió la flota su rumbo para Orán, cuya plaza avistó
en breve; y como importaba disfrazar la idea, el general comandante de la
armada hizo señal a los navíos de guerra el
Conquistador y la
Andalucía para que con las naves de
transporte que escoltaban diesen fondo en la cala de Arcés, distante de
Orán siete leguas hacia Levante. Ejecutada así esta
disposición y advertida por los moros, creyeron éstos se
dirigía el desembarco por aquella parte, mientras el resto de la armada
continuaba la derrota en el orden ya referido, costeando aquella ría a
tiro de cañón pasando delante de Orán y sus castillos,
teniendo cada nave desplegado el pabellón de su nación.
Advirtiéronse hasta tres cuerpos de tropa, que podían constar de
diez o doce mil hombres, y habiendo sobrevenido una nueva borrasca se hizo el
desembarco imposible hasta el 29 de junio. Sosegada ya la mañana de este
día, el general conde de Montemar dio orden para que se ejecutase en el
paraje llamado de las Aguadas (favorecido del fuego de los navíos y
galeras) distante legua y media hacia el Poniente del castillo de Mazarquivir.
Dispusiéronse quinientas lanchas en línea defendidas por los
navíos de guerra y galeras, que se pusieron a los costados, bajo el
mando de los capitanes de alto bordo don Juan Navarro, el conde de Bena y don
Francisco Liaño. El desembarco de las tropas fue encomendado a los
tenientes generales marqueses de Villadarias y Santa Cruz, los condes de
Marcillac y Suveguen, con los mariscales de campo condes de Maceda y Cecil,
marqués de la Mina y don Alejandro de La Motte. Habiendo reconocido el
general conde de Montemar que en la playa no había moros que pudiesen
impedir el desembarco, aunque se dejaron ver algunos pelotones de ellos, pero
de poca consideración para el caso, mandó que sin
detención alguna se efectuase el total desembarco.
Tres mil hombres, la mayor parte
granaderos, le dieron principio, formándose sobre una línea, y
cubiertos por delante y los costados con los caballos de frisa.
Consecutivamente fue desembarcando lo restante de la tropa, y conforme lo
ejecutaba se iba extendiendo y avanzando la línea, con cuyo motivo
dispuso el general un cuadrilongo, en que quedaban reparadas las alas como el
frente con los caballos de frisa, y se adelantaron como unos ciento y cincuenta
pasos. Entonces se presentaron algunas partidas de moros, y aunque de lejos,
con el continuo fuego no dejaron de molestar a los cristianos; para contener,
pues, a los infieles se destacaron del frente de los batallones algunos
piquetes de a quince hombres con sargentos, que lograron ahuyentarlos, pero
poco después, habiendo bajado a llanura como dos mil moros a caballo y
algunos a pie, se pusieron a tiro de fusil de los piquetes avanzados sobre una
pequeña elevación a la derecha del ejército; mas jugando
oportunamente su artillería el navío
La Castilla, como asimismo las galeras, se
retiraron a mayor distancia, a que no contribuyó poco el haberse llevado
una bala su estandarte principal, de cuyo movimiento se aprovechó el
conde de Montemar para concluir el desembarco y marchar tierra adentro, no
obstante el no haber descansado la tropa, guiada ésta por el teniente
general marqués de Gracia-Real.
Viendo la morisma inútil su
esfuerzo para impedir a los españoles el tomar tierra en África,
solicitó con la mayor parte de su tropa hacerse fuerte junto a una
fuente de agua dulce, la única que había en aquellos parajes; y
de haber conseguido el intento, sin duda hubiera logrado la victoria más
completa, y borrara la omisión en que anduvo de no embarazar el
desembarco, que le era tan fácil con la gente que tenía; mas
advirtiendo el capitán general la idea bien fundada de los
bárbaros, destacó luego dieciséis compañías
de granaderos y cuatrocientos caballos, aquéllas a la orden del mariscal
de campo don Lucas Patiño, y éstos a la del marqués de la
Mina, para cortarles la retirada, y ocupar al mismo tiempo un puesto elevado y
ventajoso que cubría la derecha del ejército; y aunque la
casualidad de hallarse cerca una tropa del regimiento del príncipe, que
acababa de desembarcar, no permitió fuesen cortados los moros, porque
los cargó, los dos referidos destacamentos avanzaron con tal intrepidez
hacia la fuente, no obstante el peligro que había de acercarse a ella,
por lo escabroso del terreno, que lograron hacer retirar con
precipitación a los infieles.
Habiendo mandado el conde de Montemar se
formase un reducto entre las márgenes del mar y la falda de la
montaña llamada del Santo, a fin de asegurar la comunicación con
la flota y cubrir el desembarco de los víveres y pertrechos,
esperó a los enemigos, que se dejaron ver en gran número,
coronando todas las montañas circunvecinas. Mientras esto se ejecutaba,
los escopeteros trabaron una escaramuza con algunos moros, los cuales,
reforzándose, cargaron a los cristianos y los obligaron a retirar por
falta de munición. El conde de Marcillac, que cubría con tropa
aquella obra, advirtiendo lo que sucedía destacó al
capitán don Manuel Aparicio con cincuenta dragones para detener a los
bárbaros, pero tuvo la desgracia de perder la vida. Esta impensada
acción se encendió de tal suerte, que considerando el conde de
Montemar que cuando se vuelve la espalda a los moros cobran mayor brío,
se vio obligado a sostener la pelea, a cuyo fin dio orden para que todo el
ejército se pusiera en movimiento. El terreno era impracticable para
cualquiera acción; sin embargo, dispuso el general que se atacara a los
infieles por la izquierda, y que al mismo tiempo el centro y la derecha
subiesen por el frente, que era una cuesta suave, y por donde bajaban los
moros. El ejército de éstos pasaba de veinte mil hombres, sin
contar dos mil turcos de la guarnición de Mazarquivir, que no pudieron
volver a entrar en esta fortaleza, por haber ocupado los cristianos la
montaña del Santo, a pesar del continuo fuego e ímpetu de los
enemigos, al subir la escabrosa cuesta, y en donde el conde de Marcillac hizo
prodigios de valor. No pudiendo este general subir la montaña a caballo,
ni permitirle tampoco lo recio de su cuerpo ni sus achaques subirla a pie, hizo
que le llevasen cuatro granaderos walones en hombros, y distribuyendo dinero a
los de este cuerpo, que estaban bajo de su mando, para animarlos,
contribuyó infinitamente al éxito de aquel día,
manteniendo la pelea con tesón por espacio de tres horas.
Siguiendo los granaderos el
empeño mandados por el referido conde, y sostenidos de cuatro batallones
de guardias walonas, a cargo del marqués de Villadarias, con otra tropa
que iba de resguardo, fueron desalojando a los moros hasta echarlos de la alto
del barranco, y de allí de montaña en montaña, mientras
don Alejandro de La Motte, con otro cuerpo de granaderos ocupó la del
Santo, que domina el castillo de Mazarquivir. Todo esto sucedió con la
mayor felicidad, no obstante la gran resistencia de los bárbaros y la
ventaja del puesto que ocupaban a modo de anfiteatro. El resto del
ejército, sumamente fatigado por la falta de víveres y agua, no
pudo seguir a los enemigos y se mantuvo en el paraje llamado de los
Galápagos, que había ganado.
Esta gloriosa función
costó poco a los españoles, pues se asegura no pasaron de treinta
los muertos, y de ciento y cincuenta los heridos. La pérdida de los
infieles no se pudo saber, por su regular costumbre de llevarse los muertos,
cuya superstición suele ser funesta, porque a veces sucede que pierden
la vida por salvar los cadáveres. Don Alejandro de La Motte se
mantenía en la montaña del Santo, dominante a Mazarquivir, y
viéndose noventa turcos que le presidiaban sin esperanza de socorro, le
entregaron por capitulación y pasaron a Mostagán, cuyo feliz
suceso hizo juzgar lograrían los cristianos la misma victoria con los
demás castillos de Orán.
Esta opinión no estaba mal
fundada, pues aunque había tropas suficientes para defenderlos, la
consternación general que se apoderó de sus ánimos, al ver
pasar tan grande armamento delante de los muros de Orán, como ya queda
referido, con cada nave tremolando su pabellón, hizo creer que toda la
Cristiandad se había congregado para su perdición; con cuyo
motivo, sin aguardar a los españoles, cada uno de los habitadores
pensó en libertar sus efectos. La noche que precedió a la
rendición de Mazarquivir hubo un falso alarma, movido de algunos
soldados que, disparando sus fusiles, mataron a un oficial, y quedaron algunos
soldados heridos. A la mañana siguiente, habiéndose reconocido no
haber vestigio de moros y sabido por un doméstico del cónsul de
Francia en Orán, que todas las tropas infieles, con el Bey a su frente,
se habían retirado la noche antecedente con lo más precioso de
sus alhajas, abandonando la ciudad y sus fortines, destacó el general
conde de Montemar una partida de soldados, para informarse de la veracidad del
aviso, mientras se dispuso la tropa para seguirla.
Puesta en marcha, se encaminó
hacia aquella plaza, que encontró desierta, como también el
palacio del Bey, donde se halló gran parte de sus muebles que su
precipitada fuga no le permitió llevarse. Los almacenes de la ciudad
estaban llenos de víveres y municiones; encontráronse en ella y
sus castillos ciento treinta y ocho piezas de artillería, las ochenta y
siete de bronce y las demás de hierro; siete morteros; provisiones y
municiones en abundancia; bajo el fuerte de San Felipe, seis piezas de
campaña, y en el puerto una gruesa galeota, con cinco bergantines.
Después de esta conquista, toda la armada española vino a dar
fondo en el golfo de Orán y en el puerto de Mazarquivir.
Así volvió a recuperar la
Corona de España esta importante plaza, circundada de buenos muros, y
defendida de cinco fortines o castillos, situados sobre las inmediatas
eminencias, entre los cuales se considera por inexpugnable el de Santa Cruz,
por estar situado sobre peña viva, la cual no permite batirle ni
minarle. Con la ventaja de esta conquista, se añadía la de poner
un freno a la desvergüenza de los africanos, cuyas frecuentes
correrías infestaban los mares y playas de las costa de España,
en sumo perjuicio de su comercio y habitadores.
Muchas reflexiones nos produce la
consternación en que estaba esta canalla, la cual, sin atender a la
defensa de sus castillos, cuando retirándose parte a ellos, y haciendo
transportar sus provisiones y pertrechos, podía haber dado lugar a que
la regencia de Argel los hubiese socorrido poderosamente; pero sólo
ocupada en el cuidado de ponerse en salvo con sus familias y efectos, dejaron a
los españoles con la posesión de su dominio, no poco admirados de
no haber encontrado más resistencia. Hubo quien dijo entonces, que si
estos, embarcándose prontamente, después de bien presidiados los
castillos, hubiesen intentado la conquista de Argel por tierra, que era
indubitable, así por la falta de tropas como por el descuido; porque
cuando se supo en dicha ciudad que la expedición de los cristianos se
enderezaba contra Orán, por temor de que ésta no cayese en sus
manos, estimuló a la regencia a poner la mayor atención en
defenderla, enviando toda la gente que pudo juntar para su conservación,
dejando la suya desamparada.
Confieso que la empresa era algo
temeraria; pero también es verisímil se hubiera conseguido, a
tener alguna tropa de repuesto en Alicante, para incontinente reemplazar la que
hubiese pasado a esta expedición; y cuando no se lograra el intento, a
lo menos sí el de cegar o inutilizar su puerto, e incendiar la ciudad.
La ocasión no podía ser más propicia; todo
concurría para el éxito de la empresa: los tiempos favorables;
buen armamento, cual no se había visto otro sobre el mar; víveres
y municiones en abundancia, y, sobre todo, el ánimo y valor de la tropa,
que era toda veterana y escogida. Las armas católicas estaban respetadas
treinta leguas al contorno de su conquista; porque temerosos sus habitadores de
la esclavitud, llevaban a Orán todo género de comestibles,
sometiéndose al Monarca español; otros se retiraban con sus
ganados a los desiertos. Los más opulentos mercaderes de la ciudad de
Argel pensaban seriamente a retirarse con sus caudales, y en esa capital
reinaba una general confusión, según lo participaban los
cónsules europeos a sus cortes; pero no debía convenir por
entonces, pues así Dios lo dispuso. Si a Carlos V hubiera asistido
coyuntura tan oportuna cuando emprendió reprimir su orgullo en el
año de 1541, quizá no llegaría el caso de que sus
piraterías se ejercitasen con tanto descoco, atreviéndose hasta
los navíos de guerra, bien que siempre con escarmiento de su altivez;
pero la estación que infelizmente eligió este gran Monarca, fue
la más tempestuosa del año, y sus operaciones se redujeron a
pelear contra los elementos. Si los príncipes cristianos, interesados
todos en extinguir tan infame república, no concurren unánimes a
su ejecución, es de temer se haga con el tiempo una segunda Cartago,
cuyos robos exaltándola, puso a la potencia romana en el mayor
conflicto.
En fin, dueños los
españoles de la plaza y fortalezas, el primer cuidado del general
Montemar fue hacer consagrar diferentes mezquitas, para que en ellas se
celebrasen diariamente las misas y demás oficios divinos. Cumplida esta
obligación cristiana, se despachó al mariscal de campo
marqués de la Mina con la nueva de suceso tan próspero, el cual,
habiendo llegado a Sevilla el día 8 de julio, la participó a Sus
Majestades. Las públicas rogativas que en todas las iglesias de la
Monarquía se hacían, se convirtieron luego en acciones de gracias
por el feliz éxito de la mencionada expedición.
Arrepentidos ya los moros del vergonzoso
abandono de la plaza de Orán, no omitieron tentativa para recuperarla;
animáronse recíprocamente, y volviendo a las cercanías de
la fortaleza, inquietaron los puestos avanzados de los españoles,
arrojándose con ferocidad sobre los destacamentos que iban a cubrir el
forraje. Entonces practicaron una estratagema que no dejó de salirles
bien, acercándose una partida de quinientos hombres, que se echaron con
un furor bárbaro sobre nuestros forrajeadores. Avisado el conde de
Montemar de esta novedad, quiso remediarla enviando un fuerte destacamento,
para que los sostuviese; pero el duque de San Blas, que se hallaba allí
como mariscal de logia, a fin de hacer mudar las grandes guardias, con su
pequeño destacamento se echó sobre los moros, que huyeron con
precipitación; y pareciendo al referido duque fuese en ellos
cobardía, los siguió con tesón, y por su desgracia fue a
dar en una emboscada de dos mil bárbaros, que le hicieron retroceder
hasta meterle en el campo; costóle la vida su sobrada osadía, y
con él murieron también el brigadier Van der Cruysen, tres
coroneles, quince oficiales subalternos, y algunos cien hombres, y muchos
quedaron esclavos.
Sentido de este adverso suceso,
resolvió el duque de Montemar hacer una generosa venganza, atacando a
los moros en cualesquiera parte que los encontrase. El día 21 de julio
mandó este general saliesen tres destacamentos a la orden del mariscal
del campo conde de Cecile y del brigadier don Felipe Ramírez, compuestos
de mil infantes e igual número de caballos. Habiendo reconocido ambos
oficiales una tropa fuerte de infieles sobre una colina la acometieron, pero
volviendo éstos las espaldas, no fue posible alcanzarlos, y se ocuparon
las circunvecinas alturas, reduciéndose todo el hecho de aquel
día a ligeras escaramuzas, sin que hubiese más heridos por parte
de los cristianos que el barón de Santygnon, capitán de guardias
walonas.
Dos días después
destacó el capitán general cuatro mil infantes y mil caballos, a
las órdenes del marqués de Villadarias, el paraje llamado los
Pozos de Pedro Pérez; mandó
igualmente que las galeras fuesen hacia Mostagán, con intención
de echar de esta ciudad al bey de Orán, que con buen número de
negros se mantenía en ella enviando continuadamente desde allí
partidas, para inquietar al ejército español. Llamábase
este bey Mustafá (algunos dicen Hacén), tenía ochenta
años, y era el mismo que había tomado a los españoles la
plaza de Orán en el año de 1708. Llamábanle los cristianos
Bigotillos, porque tenía grandes
bigotes.
El proyecto del duque de Montemar, bien
concertado y era muy del caso, pero no pudo efectuarse por no haber llegado la
escuadra que debía contribuir al logro de la empresa, a motivo de los
vientos contrarios, que duraron por espacio de algunos días; y el
marqués de Villadarias se vio obligado a volver al campo; a este mismo
tiempo llegó a la corte la orden para que el ejército se
restituyese a España. Obedeciendo el mandato, providenció
inmediatamente el general a la custodia de Orán, sus fortalezas, y
Mazarquivir, dejando en ellas de presidio dieciséis batallones, que
formaban un cuerpo de ocho mil hombres, y un regimiento de
caballería.
El día primero de agosto se hizo
a la vela toda la flota con viento favorable, y en poco tiempo llegó a
la costa de España, desembarcándose la tropa en los diferentes
puertos de la Monarquía, según su destino. El conde de Montemar
llegó el 13 del propio mes a Sevilla, donde la recepción fue
correspondiente al tamaño del servicio que acababa de hacer a la Patria,
y para manifestarle públicamente cuan satisfechas estaban Sus Majestades
Católicas de su conducta, le honraron con el collar del Toisón,
igualmente que a don José Patiño, como promotor de esta empresa.
Nombróse por gobernador de Orán y sus dependencias al
marqués de Santa Cruz, hombre de relevantes prendas y circunstancias,
bien conocidas, así en lo militar y político como en las
letras.
Poco antes que partiese la flota de
Orán, llegó a Ceuta, huyendo de los moros, un cierto Jacobo
Vandenbos familiar del duque de Ripperdá, y teniéndole el
gobernador por espía, le mandó arrestar; después de
haberle examinado, dio cuenta a la corte y en respuesta tuvo la orden para que
lo remitiese con una buena escolta a Sevilla, donde llegó el 29 de
julio. Allí declaró más de lo que se quería saber
(pero esto no impidió se quedase mucho tiempo preso), diciendo
que el duque de Ripperdá estaba para
marchar con treinta y seis mil hombres y un tren considerable de
artillería para formar el sitio de Ceuta, prometiendo al rey de
Marruecos o Mequínez, ponerle en posesión de ella dentro de seis
meses, y si no que perdería la cabeza. Luego, sin perder tiempo se
dieron órdenes al gobernador de Ceuta, para que invigilase más
que nunca a la defensa de la plaza, y se declaró a Ripperdá por
traidor, despojándole de sus dignidades y título.
Animados los infieles con el regreso de
la flota a España, resolvieron tentar alguna vigorosa empresa contra sus
enemigos, y a fines de agosto el bey Mustafá (o
Bigotillos), el cual, no obstante su edad
avanzada, conservaba el mayor vigor, compareció a la frente de doce mil
hombres, con intención de sorprender el castillo de San Andrés,
persuadido que esta conquista podía facilitarle la recuperación
de Orán. En efecto, embistió con gran furia al mencionado
castillo, pero su gobernador hizo un fuego tan a tiempo y tan cruel con su
artillería, y la guarnición con su fusilería, que
obligó al Bey a tomar la fuga con sus bárbaros, dejándose
más de dos mil muertos. No pudiendo los moros llevarse los
cadáveres ni enterrarlos por el horror y confusión de la huida,
hicieron alto a cierta distancia, y levantando bandera blanca, enviaron a un
arráez, rogando a los españoles diesen sepultura a sus muertos:
lo que ya estaba prevenido por el recelo de que se inficionase el aire.
Cuanto confesó el referido Jacobo
Vandenbos en Sevilla, se halló verdadero; pues con efecto, ansioso el
rey de Marruecos de la conquista de Ceuta, juntó un ejército de
treinta mil hombres, la mayor parte negros, y dio el mando a cierto Alí
Den, bajá, su confidente (renegado y apóstata de cierta
religión que excusamos nombrar), recomendando la dirección del
sitio a Ripperdá, el cual ardía en el deseo de señalar el
principio de su valimiento con alguna acción ruidosa. Sabido por el
gobernador de Ceuta don Antonio Manso que el ejército enemigo
venía acercándose, pensó seriamente a su defensa, y
teniendo noticias ciertas por los moros de paz, que la vanguardia de los
infieles estaba muy distante del grueso de su tropa, y que no pasaba su
número de cinco a seis mil hombres, inclusos setecientos caballos,
juntó a la hora misma un Consejo de guerra, en el cual expuso cuanto
había sabido de los bárbaros, y que el mejor expediente, a su
parecer, era hacer una vigorosa salida para sorprender aquel destacamento,
antes que se reforzase con el remanente de su ejército.
Aprobada la proposición del
gobernador, se resolvió ejecutar el proyecto al alba del día
siguiente, que fue el 17 de octubre, y arreglado el orden del ataque, se
estableció en que había de hacerse con cuatro columnas, cada una
por su lado, compuestas de doce compañías de granaderos, y de
seis piquetes, el todo mandado respectivamente por los coroneles conde de
Mahoni, don José Masones, don Juan Pingarrón y don Basilio de
Gante, bajo la conducta del brigadier don José Aramburu. El cuerpo que
debía formar y ejecutar esta expedición constaba de cinco mil
hombres, sin contar quinientos presidiarios, a los cuales el gobernador
concedió un perdón general, para animarlos a la empresa.
Dispuesto así, salieron los referidos destacamentos al amanecer, y
llegaron con tal celeridad al campo enemigo, que los infieles se vieron a un
tiempo atacados y batidos, y en tanta confusión que no supieron lo que
se hacían. Sin embargo, volviendo sobre sí, y cobrando
ánimo en aquel extremo, intentaron defender sus trincheras con la mayor
desesperación, perdiendo la vida todos los que no quisieron
abandonarlas; porque conforme crecía la resistencia en los moros, se
esforzaban los cristianos a conseguir una señalada victoria.
Animados, pues, éstos de tan
noble ardor, juzgaron los jefes no se debía contener en los
límites del terreno señalado; y mandando siguiesen la derrota,
llegaron hasta el Serrallo, paraje distante una legua de Ceuta. El general
Alí-Den, que allí se hallaba acampado, salió en camisa de
su cama para entregarse a la fuga, y uniéndose con la confusión
en que estaba ya su infantería, ésta quedó enteramente
deshecha, tomando la una parte el camino de Tetuán, y la otra el de
Tánger. Esta gente, toda bisoña y levantada de prisa, sólo
pensó, viéndose acometida con tanto valor, en huir, y los menos
ágiles, apoderados del terror, se dejaban sacrificar sin defenderse y
aun sin moverse. A la verdad, la caballería hizo mayor defensa, pero la
pagó con horrenda mortandad, que ejecutó en ella el incesante
fuego de la fusilería de los cristianos; y por último
siguió a los demás fugitivos, abandonando el campo de batalla. La
artillería, que los infieles dejaron, consistía únicamente
en dos piezas de bronce de grueso calibre, y de un mortero. Careciéndose
de lo necesario para conducirlos a Ceuta, se clavaron, echándolos en un
barranco; su campo fue saqueado, sus trincheras quemadas, y se restituyeron los
españoles a la plaza, llevándose cuatro banderas, y entre ellas
la del bajá. Condujéronse igualmente gran número de
esclavos, ricos vestidos, muchas armas, caballos, hermosos arneses y dinero.
Según el cálculo que después se hizo, quedaron más
de tres mil moros muertos en esta acción, y de los cristianos
sólo cuatro oficiales subalternos y catorce soldados, pero fue mayor el
número de los heridos, que llegó hasta ciento cincuenta.
Algunos navíos armados
protegieron oportunamente el ataque; pues por la parte de la marina, el fuego
que hicieron contribuyó mucho a la confusión de los
bárbaros. Un coronel dinamarqués, llamado el conde de Wedel, cuya
curiosidad llevó a Ceuta, manifestó en aquel día con
admiración de todos su espíritu, valor y conducta, y entre los
aventureros, el conde de Aranda, a quien el Rey Católico remuneró
su valor, confiriéndole el regimiento de Mallorca. Reparóse en
una carta de un mercader inglés, establecido en Tetuán (la que se
halló en los papeles del bajá Alí Den, que se tomaron),
que éste pedía se pagasen las municiones de guerra, suministradas
a los moros por sus correspondientes de Inglaterra. ¿Quién puede
mirar sin horror una conducta tan reprensible? ¿Cómo, sin atender
a que éstos son enemigos comunes de los cristianos, ni a la alianza, que
por el tratado de Sevilla concedía tan grandes ventajas a los
súbditos de la Gran Bretaña, prestasen éstos fuerzas
contra un monarca que acababa de hacerles tantas mercedes? ¿Cuál
es el gobierno en el mundo que no reprimiría semejante abuso? Fatalidad,
que no sucede sino en los países democráticos, cuyos vasallos, en
desprecio de la autoridad soberana, no buscan más que su interés
personal.
Casi al mismo tiempo que las tropas del
rey de Marruecos habían intentado la sorpresa de Ceuta, las de la
regencia de Argel emprendieron la de Orán, pero con éxito
igualmente infeliz. El día 11 del propio mes de octubre una partida de
argelinos pretendió apoderarse por asalto del castillo de Santa Cruz,
adonde había sólo cien hombres de guarnición; un sargento
con algunos soldados en un puesto avanzado, quedaron sacrificados a sus manos;
pero advertido en Orán el suceso, tendió con oportunidad un
cuerpo de quinientos voluntarios, el cual, echándose sobre los infieles,
favorecidos del fuego de la artillería de los circunvecinos castillos,
logró derrotarlos, con pérdida considerable de su parte. Para
precaverse en adelante de semejante sorpresa, mandó el marqués de
Santa Cruz, su gobernador, se construyese un trincherón entre este
castillo y el de San Gregorio, para conservarla comunicación y que las
tropas hiciesen frecuentes salidas sobre los enemigos, con lo que no
escarmentados éstos, se consiguió destruir gran número de
ellos.
Pocos días antes de esta
acción, acaeció otra con motivo de atacar los moros el referido
castillo. El caso fue introducir un socorro dentro, bajo el comando del
caballero Wogan, que lo logró con valor, pero al retirarse fue herido y
le sucedió en el mando el teniente coronel marqués de Turbilli,
que no se portó menos, pues aunque se vio acometido de los enemigos con
un furor bárbaro y que por una orden mal entendida se puso la tropa en
confusión, retirándose parte de ella bajo la artillería
del castillo, y la otra al fortín llamado Alberton, sin embargo, el
capitán Wiltz, del regimiento de dragones de Belgia, conteniendo a los
moros con solos treinta hombres, aunque la mayor parte quedó
sacrificada, pudo hacer su retirada en buena orden, finalizando gloriosa la
desgracia.
No obstante la resistencia que en todas
ocasiones encontraban, parece que su empeño para restaurar esta plaza
crecía con la dificultad, y en el gobernador marqués de Santa
Cruz motivos para solicitar de Su Majestad nuevos socorros, que se aprontaron
con celeridad en Barcelona y otros puertos. Presentáronse el día
3 de noviembre delante de Orán nueve navíos argelinos, uno de
setenta cañones, cuatro de cuarenta, hasta cincuenta, y los restantes de
treinta hasta treinta y seis. Favorecidos del viento, después de haber
bordeado algunos días, entraron todos en el puerto de Orán, no
obstante el continuo fuego de las fortalezas; pero con el aviso de que un
convoy preparado en Barcelona estaba poco distante, resolvieron hacerse al mar.
Con efecto, bien instruidos los moros, o por los ingleses, o por sus piratas,
el expresado convoy salió el día 10 de noviembre de las costas de
España, y consistía en seis navíos de guerra a cargo del
conde de Bene, con diferentes embarcaciones de transporte, al que se unieron
dos naves maltesas. La tropa que llevaban era cuatro batallones y ochocientos
granaderos, el regimiento de infantería de Aragón, y nueve
compañas del de Ultonia. Con viento favorable, en dos días de
navegación llegaron con felicidad a Orán, con cuyo arribo
quedó reforzada la guarnición de otra tanta gente como la que
tenía.
Entretanto que llegaba este tan deseado
socorro, los moros estrechaban fuertemente los castillos de Santa Cruz y de San
Felipe, a los cuales dieron varios asaltos, pero siempre fueron rechazados, y
nunca escarmentados, conociendo que al fin sería preciso rendirlos. El
gobernador, que comprendía muy bien el peligro y la bien fundada
esperanza de los bárbaros que con un ejército formidable
tenían casi cercada la plaza por todos lados, resolvió en fuerza
de la urgencia y de las órdenes, que no concedían espera, hacer
una salida para castigar su orgullo, a cuyo fin tuvo un gran Consejo de guerra,
en el cual propuso ejecutarla inmediatamente, señalándose el
día 21 de noviembre.
Después de bien presidiados los
castillos y ordenando todo lo necesario para cualquier acontecimiento, dispuso
el marqués de Santa Cruz fuese la salida de ocho mil hombres, y que se
formase la tropa entre el castillo de San Felipe y el de San Andrés.
Antes de ejecutar el ataque, se mandó al brigadier marqués de
Valdecañas, que con un destacamento acometiese a los enemigos por la
derecha, y al marqués de Tay con otro por la izquierda, con el fin de
divertir sus fuerzas. Lo restante de la tropa formó un cuadro, compuesto
de seis batallones, dejando otro en medio con cuatro cañones de
campaña para acudir donde la necesidad lo pidiera. En esta
disposición se marchó al enemigo, el cual empezó a hacer
fuego por su derecha; pero viéndose también acometido por la
izquierda, desamparó sus trincheras, retirándose hasta tiro de
fusil, en cuyo sitio mantuvo algún tiempo el empeño. Los
españoles combatieron allí con indecible valor, y también
con suerte indecisa, por muchas horas; pero al fin, batidos los mahometanos,
abandonaron su puesto, poniéndose en fuga; los cristianos fueron
marchando en su alcance tres cuartos de legua, formados en cuadro, haciendo
horrorosa carnicería en ellos, y allí se apoderaron de cuatro
piezas de cañón.
Habiéndose retirado los moros a
una pequeña elevación, teniendo por delante un barranco,
destacaron de este sitio su caballería, para contener y cargar a los
españoles, mientras su infantería rehecha se disponía a lo
mismo, y ambas acometiendo a un tiempo con ímpetu a los cristianos que
se hallaban desordenados, con motivo de la precipitada huida del enemigo, se
introdujo confusión en ellos, volviendo la espalda sin formación
alguna; de cuyo movimiento irregular se prevalieron los infieles,
arrojándose con furor sobre los españoles, los cuales hubieran
sin duda perecido todos a no haber acudido el gobernador marqués de
Santa Cruz, con lo restante de la guarnición (que se mantenía en
armas) para desembarazarlos del peligro, como en efecto lo logró; pero
fue con el doloroso precio de perder su vida en lo fuerte de la acción,
por el honor de las armas católicas y satisfacer la ambición de
sus émulos; asimismo pereció en ella el coronel don José
Pinel, perdiendo la libertad el marqués de Valdecañas, con otros
muchos oficiales de distinción.
Al tiempo de esta batalla aún no
estaba desembarcada toda la gente que de España iba de refuerzo, por la
contrariedad de los vientos que habían sobrevenido, y haciéndolo
en la misma mañana, don Guillermo de Lascy, con cuatrocientos hombres
del regimiento de Ultonia, y el primer batallón del de Aragón,
con su coronel don Manuel de Sada, teniendo noticia de lo que pasaba en el
campo, determinaron pasar al socorro; y desde la orilla del mar, dejando los
soldados sus mochilas, se encaminaron al campo de batalla.
Después de legua y media de
marcha, y apenas formados, se encontraron con mil y quinientos caballos de los
moros, los cuales, queriendo cortar la retirada al ejército cristiano,
los cargaron antes que pudiesen juntarse con los suyos, cuya idea, si la
hubiesen podido conseguir los infieles, se tenía por sin remedio la
perdición de Orán; pero estas tropas nuevamente desembarcadas,
inflamadas de un celo verdaderamente heroico, hicieron tres descargas tan a
propósito y tan consecutivas, que lograron derrotar al frente de aquel
escuadrón, y después, unidos con otros cuerpos, pudieron no
sólo detener el ímpetu de los demás bárbaros, sino
que los ahuyentaron; rehechos los españoles en este paraje y a poca
distancia de donde sucedió el desorden, se volvieron a formar, e
hicieron una retirada ordenada, para ocupar las trincheras que los moros
habían construido y abandonado contra el castillo de San Felipe. No
podemos dar una relación muy circunstanciada de esta batalla, porque
nadie ignora el modo de pelear del moro, siempre en continuo movimiento; nunca
combate a pie firme ni con orden; sábese que carga con extraordinaria
aceleración a su enemigo, que huye de la propia manera y se rehace sin
trabajo, con que no se puede juzgar de la ventaja que se tiene sobre ellos, si
no por su inacción.
Dos días después del
ataque se presentaron otra vez intrépidos delante de Orán, nada
al parecer amedrentados de la pérdida que habían padecido en la
precedente acción, pero una segunda salida los deshizo enteramente.
Intentaron los infieles este nuevo ataque persuadidos a que la muerte del
gobernador hubiese disminuido el ánimo de la guarnición de manera
que no se atreviese a oponerse a su esfuerzo; mas quedaron aturdidos al verse
atacados con tanto valor y no menos furia que antes por el destacamento que
salió de la plaza, bajo el mando del coronel conde de Berheaven, el que
los puso en la más consternada fuga, y persiguiéndolos hizo una
horrenda matanza. A esto se siguió el entrar en su campo, destruyendo
sus trabajos, quemando sus barracas y clavando su artillería, que se
echó en un barranco delante del castillo de Santa Cruz.
Lograda así la destrucción
de esta canalla, la tropa española se retiró triunfante a la
plaza.
Es cierto que el Rey Católico
consiguió en estas dos salidas infinita gloria, pero fue con la sensible
pérdida de muchos valerosos oficiales, y en particular de su general,
sin contar ochocientos hombres muertos en el campo de batalla y mayor
número de heridos y prisioneros. Perdieron los bárbaros sin
comparación mucha más gente, pues se asegura que el número
de sus muertos pasase de diez mil, perdiendo a más de esto su
artillería y gran parte de sus municiones. Túvose por cierta la
voz que se esparció de que el bey Mustafá con dos parientes suyos
habían quedado heridos mortalmente; pero la verdad es que desde aquel
día abandonaron los moros el sitio de Orán, retirándose
detrás de sus montañas, de forma que los españoles
pudieron atender con seguridad a reparar las brechas hechas por los infieles en
el fuerte de Santa Cruz. Apenas supieron las tropas del rey de Marruecos la
victoria que habían conseguido los españoles en Orán,
cuando abandonaron también sus tentativas sobre Ceuta,
retirándose de las cercanías de ella.
En atención a tantas ventajas
como las tropas católicas obtuvieron en África, ordenó el
Rey se ejecutase en todas las iglesias de España acciones de gracia, y
para significar lo mucho que estimaba al marqués de Santa Cruz, quiso
piadosamente remunerar su mérito con beneficios a su Casa. Corrieron
voces de que el expresado marqués había quedado esclavo, y Su
Majestad mandó inmediatamente se rescatase a costa de su Real Erario;
pero habiéndose sabido que su muerte era cierta, la marquesa su mujer,
que estaba preñada, salió luego de Orán para Sevilla, en
donde logró de la clemencia real una pensión de tres mil escudos,
una encomienda para su primogénito, una compañía de
caballos para el segundo y otra de infantería para el tercero, con
seguridades de que se les tendría presentes en adelante, según
fuesen creciendo en edad. Nombróse al teniente general marqués de
Villadarias para sustituir al difunto en el gobierno de la plaza de Orán
(cuyo empleo había ejercido hasta entonces don Bartolomé
Ladrón, como mariscal de campo más antiguo), adonde se enviaron
nuevos refuerzos para la conservación de esta conquista.
* * *
La común opinión de los
políticos publica que la verdadera y primaria intención de la
corte de España en juntar los referidos armamentos de tropas y
navíos fuese dirigida contra los reinos de Nápoles y Sicilia, en
caso de que no hubiese el Emperador querido condescender a la actual
posesión de los ducados de Parma y Plasencia, y a la sucesión
eventual del Gran Ducado de Toscana por el infante don Carlos, y que para no
dejar inutilizados los gastos de flota tan grande, y en inacción tan
competente tropa, se había resuelto enviarla a la conquista de
Orán. En fin, sea lo que fuere, para no interrumpir la serie de los
sucesos de esta expedición, hemos dejado al real infante, don Carlos en
la ciudad de Liorna, de donde se preparaba a principios de este año para
pasar a Florencia, pero habiéndole sobrevenido una fiebre ardiente (como
ya se ha dicho) el 13 de enero, fue preciso suspender el viaje.
Creíase en Roma que el infante
Duque hubiese de ir a esta capital para tomar de mano del Pontífice la
investidura de los Estados de Parma y Plasencia; por tanto, queriendo sostener
los supuestos derechos a estos Ducados, concertó en una
congregación el ceremonial que debía observarse con este
príncipe, en caso de que fuese a Roma en calidad de duque de Parma, o
bien que le despachase a Su Santidad un embajador, porque siempre se
presumía aquella corte de que la protesta de monseñor Oddi
haría su efecto y que un príncipe tan católico como el
serenísimo infante, había de preferir los intereses de la Santa
Sede a los derechos del Imperio; y entre tanto se resolvió enviar a Su
Alteza Real una patente en forma de pasaporte, para que libremente pudiese ir a
recibir dicha investidura; pero bien instruido el infante de la corte, no
usó en manera alguna de tal pasaporte, antes resolviendo pasar a
Florencia para verse con el Gran Duque, dirigió su camino por Pisa a
dicha ciudad, adonde llegó el día 5 de marzo. Allí fue
recibido como el heredero presuntivo del Gran Duque y reconocido y jurado gran
príncipe de Toscana por el Senado de Florencia, que manifestó
imponderable gozo por el arribo de este príncipe.
Poco después se despachó a
la corte imperial el conde de Salviati con título de enviado
extraordinario y plenipotenciario del serenísimo infante, para pedir la
dispensación de edad al Emperador (pues no tenía la prefijada por
las Leyes del Imperio para los Ducados de Parma y Plasencia),
revelándose de la tutela, y tomar por sí la administración
de estos Estados, como asimismo la investidura en virtud de los empeños
contraídos entre Sus Majestades Cesárea y Católica.
Extraordinaria pareció esta
demanda, y dio lugar a varias consultas sobre lo que pretendía el conde
Salviati. Después de una madura deliberación, el Consejo Imperial
respondió al ministro del infante Duque en los términos
siguientes:
Que Su Alteza Real no podía obtener los
diplomas de la dispensa e investiduras sin primero entregar las sumas
establecidas por las Leyes del Imperio, debiendo entretanto abstenerse de tomar
el título de gran príncipe de Toscana. Con esta
resolución del Consejo Áulico, escribió el César
una carta a la duquesa Dorotea, viuda de Parma y tutora del infante,
prohibiéndola de reconocer a este príncipe en esta cualidad, y
poco después otra al Senado de Florencia, mandándole destruir
cuanto se había efectuado el 24 de junio, cuando los Estados de Toscana
prestaron juramento de fidelidad al expresado infante, reconociéndole
por futuro heredero del Gran Duque. La duquesa Dorotea respondió al
César en términos generales, diciendo no se apartaría de
su obligación siempre que se tratase de obedecer las órdenes de
Su Majestad Imperial, pero el Senado de Florencia, para eximirse de cualquier
mal suceso, encontró modo de excusarse.
A la vista de este proceder de la corte
imperial, y creyendo la de España fuese pretexto para no expedir la
dispensación de edad, el desembolso de las cantidades establecidas para
semejantes casos, dio orden al referido infante de que sin dilación
alguna pasase a Parma a tomar posesión de aquellos Ducados, sin
más esperar el diploma imperial: lo que ejecutó Su Alteza Real,
saliendo de Florencia para Parma, adonde llegó el 12 de octubre.
Después de haber tomado posesión de este Ducado con las
acostumbradas formalidades, pasó al de Plasencia, y ejecutó lo
mismo en 22 del propio mes.
Resintióse en extremo la corte
imperial con el aviso de cuanto había ejecutado el infante en calidad de
duque de Parma y Plasencia, en desprecio de los estatutos y decretos
imperiales, mirándose como una falta de respeto al Jefe supremo del
Imperio, por no haber precedido la dispensación de edad, ni el diploma
para la actual investidura. Despacháronse incontinente nuevas
órdenes a los Estados de aquellos Ducados, como feudos imperiales, y al
Senado de Florencia, prohibiendo absolutamente que al infante no se le diese el
título de gran príncipe de Toscana. Este proceder de los
imperiales daba a conocer bastantemente que el César no podía
disimular los armamentos de España, y que su temor, fundado o no (es lo
que no podemos asegurar), era que no se hicieron sólo contra la
África, para la conquista de Orán y defensa de Ceuta, sino
también contra los Estados de Su Majestad Cesárea en Italia, por
lo mismo se había dilatado responder a la petición del conde de
Salviati, hasta saber de positivo hacia dónde se dirigían los
armamentos de España. A la verdad, este príncipe no estaba
entonces desprevenido, y mano a mano con esta Corona, podía en la
ocasión presente frustrarla su empeño, cuya resulta no hubiera
sido favorable para el serenísimo infante don Carlos, mayormente no
teniendo que temer del turco, con quien acababa de renovar el tratado de
Passarowitz por otros veinte años.
Resuelto, pues, el César a
vengarse del ultraje que pretendía se había hecho a su dignidad,
mandó reclutar sus tropas, y que antes de febrero del año
siguiente todos los regimientos de infantería fuesen compuestos de dos
mil quinientos hombres, dio igualmente otras disposiciones que indicaban un
próximo rompimiento, aunque no era verisímil llevase las cosas a
extremo, por no atraerse contra sí a las principales potencias de la
Europa, siendo agresor, mas sí sólo se revocase lo ejecutado en
Toscana y Parma con el infante, y a esto se dirigía todo su enojo.
El duque de Liria, embajador de
España, y el señor Robinson, ministro de Inglaterra, hicieron con
este motivo fuertes representaciones al Emperador, a fin de que condescendiese
con las instancias de aquella corte, y aprobase la posesión tomada de
los Estados de Parma y Plasencia por el infante duque. En las conferencias que
tuvo el ministro inglés con los de la corte imperial, propuso varios
medios para componer estas diferencias y obviar los disturbios que
podían seguirse de la resolución del César, pero no
había apariencia de que mudase este príncipe de dictamen, si la
muerte improvisa de Augusto Segundo, rey de Polonia, acaecida en los principios
del año de 1733, como se dirá en su lugar, no le hubiera obligado
a ello; por tanto, mandó se suspendiese la marcha de diez mil hombres,
que debían pasar a Italia. El Rey británico interpuso sus buenos
oficios, y por ellos se consiguió la dispensa y diploma de la
investidura, porque los negocios de Polonia llamaban a mayor atención y
se tuvo a bien de sacrificar lo menos para conservar lo más, aunque no
se logró el fin; pues la sobrada tardanza en satisfacer al Rey
Católico, dio motivo para que este príncipe uniese sus fuerzas
con las de los enemigos del Emperador y vengase a su turno la mala fe que se
atribuía al César, quitándole una preciosa parte de sus
vastos dominios, como se dirá en adelante.
Antes de terminar este tomo, no debemos
pasar en silencio la muerte del rey Víctor Amadeo, acaecida por
noviembre de este año. Después de haber este príncipe
contrarrestado el poder del Emperador y de la Francia, y engrandecido sus
Estados a costa de uno y otro, y hecho reconocerse Rey en toda la Europa,
acabó sus días en una prisión. Ya se expuso en la
página 463 y siguientes el modo y el motivo por qué
renunció la Corona de Cerdeña a favor de su hijo Carlos Manuel;
pero apenas pasado un mes, después de su abdicación, cuando
arrepentido -dícese- se manifestó inquieto, pensativo, y en una
continua agitación, que nada era capaz de distraerle. Bien
conocía la condesa de San Sebastián, su mujer, la causa de esta
mutación; y la inquietud de su esposo, lisonjeando su ambición
con la esperanza de subir al Trono, que había cedido al príncipe
del Piamonte su hijo, se proponía inclinarle a volver a él,
cuando Víctor Amadeo la previno sobre el asunto. Sabido por este
príncipe que ya convenidos el Emperador y la España por los
buenos oficios de la Gran Bretaña, tocante al litigio de las sucesiones
y de la introducción del infante don Carlos en Italia, no tenía
que temer del resentimiento de estas dos potencias, si hubiese permanecido en
el Trono, tomó la firme resolución de volver a empuñar el
cetro, y se lo participó a la condesa, tomando de acuerdo ciertas
medidas para no malograr el intento, pero siendo éstas infructuosas, se
valió de otro ardid.
Fiada esta ambiciosa mujer del
crédito en que estaba su familia en la corte del rey Carlos Manuel, a
quien Víctor Amadeo la había recomendado, participó a toda
ella, con el mayor sigilo, los designios de su real esposo, sin disimular las
ventajas que la resultarían si volviese a la Corona. Algunos prestaron
gratos oídos, prometiendo servirla; pero otros, prefiriendo su
obligación a sus promesas, entregaron las cartas al soberano.
Víctor Amadeo, igualmente, hacía cuenta de tener muchos
parciales, a cuyo fin escribió a diversos grandes de la corte para
sondear sus intenciones, mas tuvo el sentimiento de no encontrar sino a fieles
vasallos. No perdiendo ánimo, puso toda su confianza en la tropa;
sabía que estaba estimado de ella y que los principales oficiales le
debían su fortuna, y, por consiguiente, concurrirían tanto mejor
a sus designios. Sus tentativas fueron también inútiles, y las
cartas presentadas al rey Carlos Manuel.
Sentido este Monarca del estado en que
veía a su padre y que el dolor de haber renunciado una Corona (a que
nadie le había obligado) le inclinase así a perturbar todo el
Estado, se resolvió, para calmar el espíritu de este
príncipe, a tener una entrevista con él, para la cual
partió con la Reina su esposa para Chambery; pero en lugar de sosegar el
ánimo de este príncipe, no experimentó de su parte sino
asperezas, y fue insensible a todas las respetuosas sumisiones de su hijo, a
quien habló siempre como Rey. En fin, no pudiendo este Monarca conseguir
cosa alguna con el Rey su padre, le dejó para pasar al cuarto de la
condesa de San Sebastián, con la cual tuvo una dilatada
conversación. Exhortó a esta señora a que disipase la
inquietud de su padre, persuadiéndole no se metiese ya en los negocios
de Estado, ofreciéndola por este servicio grandes ventajas, así
para ella como para su hijo (habido en su primer matrimonio), y aun para sus
hermanos; después, saliendo de su cuarto, la dijo:
Mi padre me hizo Rey; por tanto, quiero reinar;
todo lo podéis sobre su espíritu; haced que se sosiegue; si no
está gustoso en esta ciudad, puede escoger el paraje que gustare en mis
Estados.
Preténdese que esta señora
prometió al rey Carlos Manuel cuanto la pidió, pero no mantuvo su
palabra. Lisonjeada con el halago de una corona, puso todo su conato para
conseguirla, aumentando el sentimiento e inquietud de Víctor Manuel.
Apenas había salido el rey Carlos de Chambery, cuando dijo a los que se
hallaban presentes:
Quiero reinar, y en breve se me verá con la
diadema en la cabeza. Para estar más a mano de efectuar su
proyecto, le pareció deber acercarse a Turín, y con pretexto de
que el aire de Chambery era nocivo a su salud, escribió a su hijo,
suplicándole tuviese a bien fuese a vivir en Montcallier, palacio poco
distante de la corte.
No bien había llegado el rey
Carlos a Turín, cuando recibió la carta de su padre, y estando
para responderle, supo que este príncipe, con la condesa de San
Sebastián, habían arribado ya a Montcallier. Conocidas las
disposiciones del padre por el hijo, éste juzgó era muy
conveniente se mantuviese en las cercanías de su capital, porque con
esto le era fácil hacerle observar; pero las ideas de Víctor
Amadeo eran bien diferentes. Lisonjeábase que la proximidad de
Turín le facilitaría los medios de hacerse propicia la
guarnición de esta capital y conciliarse al gobernador mediante las
prácticas que meditaba. Haciendo los mayores esfuerzos para salir con su
intento, no disimulaba ya querer absolutamente quitar la Corona a su hijo, el
cual, bien informado de esta verdad, mandó se juntasen todos los
consejeros de Estado y los grandes del Reino, y consultados sobre la urgencia
del peligro, concluyeron unánimes se debía arrestar, como
también a la condesa su esposa.
Lo cierto es que ya era tiempo de tomar
esta resolución. El rey Víctor Amadeo había mandado al
marqués del Borgo viniese a Montcallier, donde le pidió su acto
de abdicación, dándole doce horas de término para
traérselo, y entre tanto se presentó delante de la ciudadela de
Turín, para entrar en ella y animar a la guarnición, a fin de que
le ayudase en su empresa. Por otra parte, temíase llamase en su socorro
a los extranjeros, en cuyo caso se hubiera originado una guerra civil en el
Reino.
No obstante todo lo expuesto, el rey
Carlos no podía determinarse a seguir el dictamen de su Consejo, y no
sin hacerse la mayor violencia, firmó trémulo el decreto para su
arresto. En consecuencia, dióse orden al teniente general conde de la
Perusa, que con un destacamento de tres mil hombres pasase a Montcallier y
prendiese a este príncipe y lo condujese a Rívoli, y a la condesa
su esposa a la fortaleza de Cevi, de donde después de la muerte de este
príncipe fue transferida a un convento.
¿Quién reconocerá
en este corto dibujo al rey Víctor, príncipe cuya política
superó tantos trabajos a que la variedad de sus tratados le
precipitaron, unas veces haciendo la guerra al Emperador y otras a sus propios
hijos? A la verdad, su abdicación no estaba sin ejemplo. Muchos
emperadores romanos han renunciado el Imperio, y sin retroceder tanto, se ha
visto a Carlos V cederle a su hermano Fernando, y la Monarquía
española a Felipe Segundo su hijo, aunque no tardó a
arrepentirse. Uno de los cortesanos habiéndole dado la enhorabuena al
año de haber abdicado sus Coronas y deseándole larga vida, le
respondió
que positivamente un año había que
se arrepentía de ello, llevado sin duda del celo que le
asistía, previendo la guerra de su hijo contra la Santa Sede, en el
pontificado de Paulo IV, y es así que el mismo día que
renunció la Corona, después de un bien estudiado discurso
dirigido a la asamblea que concurrió para reconocer y besar la mano al
nuevo rey Felipe, se retiró a su estancia, seguido de algunos de sus
validos: pero éstos, deseando ver tan ostentosa función, le
dejaron en su cuarto, volviéndose al de Felipe, y este gran Monarca,
arrimándose a la chimenea y con el pie atizando la lumbre, rodó
un leño que estaba en el fuego, y mandando ponerlo en su lugar, se
admiró de no encontrar a nadie y verse tan de repente abandonado de
todos; incidente que le dio motivo para muchas reflexiones.
En nuestros días hemos visto a
Felipe V ceder la misma Monarquía a don Luis su hijo, pero no se ha
visto que estos príncipes obrasen con iguales motivos que se atribuyen
al rey Víctor Amadeo. De cualquier lado que se mire su conducta, parece
no supo servirse de su política y haberse apartado de las reglas de la
prudencia. ¿No podía casarse de secreto con la condesa de San
Sebastián? Entonces evitaba el baldón de una alianza
desproporcionada, de que podía, sin embargo, hallar bastantes ejemplos
en la historia, y hubiera conciliado la virtud de la condesa, su propia
conveniencia y la honra de la dignidad real.
En cuanto a sus lilas, primero con el
César y después con España, ¿por qué no
dejó obrar al tiempo? No era la primera vez que se vio en el embarazo de
un duplicado empeño y salir con ventaja; el suceso hizo ver que
aún podía lisonjearse de igual felicidad, por el modo con que se
dirigieron los negocios. ¿Adónde estaba aquella firmeza que
siempre manifestó en los mayores peligros? Viósele muy sosegado
en las cercanías del Real Sitio de la Veneria, mientras los franceses,
en el año de 1706, dueños de todos sus Estados, sitiaban a su
capital. Entonces estaba expuesto al resentimiento de Luis XIV, que
quería vengarse de su mala fe. ¿El Emperador y la España
eran tanto de temer que no hubiese podido preservarse de su venganza? Por otra
parte, conservándose en uno u otro partido, aquel a cuyo favor se
hubiera declarado le habría sin duda sostenido. No obstante su
precipitación, no hubo quien no se lastimase de este príncipe, y
su sentimiento era muy natural.
Todos no piensan como Felipe V. Este
príncipe, a motivo de piedad y devoción, había abandonado
su Trono para vivir retirado del mundo, prefiriendo la tranquilidad al fausto y
bullicio de la corte. Débese también añadir que no
volvió a él sino por la muerte del rey don Luis, y lo dio a
conocer bastantemente con el deseo que conservó algunos años de
renunciar segunda vez.
No sería justo abusar por
más tiempo de la paciencia del lector con tantas reflexiones sobre un
hecho que no tiene conexión con lo que me he propuesto en esta obra,
pero son materias que, aunque extrañas a ella, arrebatan tan
naturalmente la pluma a un escritor que, cuando llega a engolfarse en ellas, no
le queda acción para suspender la anatomía sin desmenuzarla, una
vez principiada. Espero me perdone esta digresión.
  Año de 1733
Aunque gozaba la Europa de una paz
general desde la de Utrecht, si se exceptúan algunas disensiones
sobrevenidas con España, motivadas de su unión con el
César y de la colocación del serenísimo infante don Carlos
en Italia; sin embargo, la corte de Viena, por las disposiciones que daba en
toda la extensión de los Estados hereditarios de la Casa de Austria,
manifestó al principio de este año estar en vísperas de
una guerra universal. Recelábase Su Majestad Imperial de la estrecha
amistad de los electores de Sajonia, Baviera y Palatino, que se habían
resistido, constantes, a concurrir en los designios de la archiducal Casa,
haciéndose garantes de la Pragmática-Sanción, y no menos
de los grandes preparativos de guerra del primero, cuyas ideas no era posible
penetrar; pero nadie parece concibió más celos que la
república de Polonia, la cual esperaba en Varsovia el arribo de su Rey
para celebrar una Dieta extraordinaria, y temerosos muchos de sus magnates de
ser vulnerados algunos de sus privilegios a instancia suya, y aun del mismo
primado, mandó el Emperador formar un campo de observación en la
Silesia, y aun se descubrió a formar otro en el Rhin, con ocasión
de los aprestos militares de la Francia, bien que no había por donde
juzgar intentase esta Corona cosa alguna contra el Imperio; a lomenos no se
había penetrado la causa, y lo que se tuvo por accidental se
halló cautela.
Vigilante y activo el Ministerio
francés más que ninguno otro de la Europa en todo lo que a su
patria puede resultar ventaja, y cavilando con incesante aplicación
sobre las vicisitudes del mundo, había sabido por el célebre
cirujano
monsieur Petit, a quien el rey de
Polonia había llamado el año antecedente para curarle de una
enfermedad peligrosa (que cada día iba empeorando), de que este
príncipe no podía vivir mucho tiempo, pues aunque quedó
restablecido de su dolencia, le había propuesto el cirujano un
régimen de vida harto penoso, por lo que sus preceptos fueron
desatendidos, y el Monarca recayó en el accidente que le privó de
la vida. Así acertó el famoso discípulo de Esculapio con
el vaticinio. El aviso que dio éste al Ministerio acerca de la salud de
Augusto XI no fue despreciado, y proporcionándole coyuntura favorable
para hacer revivir las pretensiones del rey Estanislao, se dirigieron sobre
este plan las medidas que se tomaron en Francia para no malograrlas. En
consecuencia, el marqués de Monti, embajador de esta potencia, tuvo
orden de cautivarse la benevolencia de los principales magnates del reino de
Polonia (entre tanto que sucedía la feliz revolución que
debía colocar sobre el Trono al suegro del Rey Cristianísimo) y
cultivar la amistad del primado sin escasear las promesas, y otras cosas, para
lograr el fin. Diéronse, asimismo, órdenes para formar varios
acampamentos en Flandes, Mosela y Alsacia, con el presupuesto de ejercitar la
tropa; pero, interiormente, para que estuviese pronta a cualquiera
ocurrencia.
Tratóse igualmente de renovar las
antiguas alianzas con las potencias extranjeras, y la buena armonía que
reinaba con la España desde el tratado de Sevilla iba echando cada
día más profundas raíces; pero ¿quién
hubiera discurrido que todo esto se dirigía a la elección de
Polonia, que toda la prudencia humana no podía prever? Sólo la
Francia, atenta a los futuros acontecimientos, pudo prevenir a sus enemigos,
así como Luis XIV, en la paz de Riswick (el año de 1697) los
alucinó con el tratado de repartición de la monarquía
española, a fin de conservarla indemne para su nieto Felipe V; nadie
ignora que la expresada paz desarmó a todas las potencias de la Europa,
cuando la Francia, al contrario, por sus ideas particulares, mantuvo
íntegras las considerables fuerzas que tenía en pie. Lo propio
sucedió por la paz de Viena, en el de 1731; ella no alteró en
manera alguna las sabias medidas del duque de Borbón el año de
1726, para mantener siempre pronto un cuerpo formidable de milicias, antes bien
se aumentó, con que de esta prudente circunspección se puede
decir que el golpe fatal que nos hizo pasar tan de repente de la calma
más tranquila que gozaba la Europa a una guerra que parecía
desolarla, se debe únicamente a las recónditas máximas de
la política francesa.
Estas daban bastante inquietud al
César, y mucho más la toma de posesión del
serenísimo infante don Carlos de los Estados de Parma y Plasencia, como
también de que el Senado de Florencia le hubiese reconocido por gran
príncipe de Toscana y jurado en esta cualidad, el día de San Juan
Bautista del año antecedente, sin haber precedido el diploma imperial
para este efecto. No podía aquel Monarca persuadirse sino que todo esto
se dirigía a turbar la quietud de Italia, mas las formidables fuerzas de
España, que acababan de sujetar a su dominio la importante plaza de
Orán, le obligaron a disimular, hasta verse en estado de reprimir la
injuria que pretendía haber recibido.
No ignoraba este príncipe las
justas pretensiones del Rey Católico a los reinos de Nápoles y
Sicilia, y que no se había podido conseguir renunciase sus derechos a
ellos sin manifestar una indecible repugnancia; temía, pues, que las
intenciones de la corte de España fuesen para quitárselos,
buscando pretextos para hacerle la guerra. Es verdad que el Emperador contaba
sobre la garantía de aquellos reinos por el Rey británico
estipulada en el tratado de Viena del año de 1731, pero ella no
impidió a que Su Majestad Cesárea diese órdenes positivas
para aumentar sus tropas, completar las que estaban de guarnición en
Italia y nombrar diez mil hombres a fin de que sin dilación pasasen a
este país, amenazando al infante de echarle de sus Estados, y castigar
al Senado de Florencia por su condescendencia a este príncipe, que se
abrogaba un título que no podía tomar sin el consentimiento del
Imperio.
Igualmente garante el rey de la Gran
Bretaña de los Estados de Parma y Plasencia, por su alianza y
unión con España en el tratado de Sevilla, y recelándose
de que el Emperador pasase de las amenazas a la ejecución, y con este
motivo lo empeñase en una nueva guerra, trabajó con calor para
aplacar el enojo de la corte cesárea, ya que las instancias del
señor Keene, ministro británico en la de Sevilla, no
habían producido efecto sobre el ánimo de Sus Majestades
Católicas acerca de los rescriptos imperiales al Senado de Florencia,
que decía este príncipe ser injuriosos a la dignidad del
serenísimo infante su hijo.
Dispuso, pues, el rey Jorge un nuevo
proyecto de ajuste, que su ministro en Viena, el señor Robinson,
presentó al César el 18 de enero en una Memoria, y decía
que el expediente propuesto por Su Majestad Británica era que la
España hubiese de consentir a que el infante duque de Parma pidiese al
Emperador el título de gran príncipe de Toscana,
pareciéndole que este paso sería suficiente para hacer cesar la
división que con este motivo reinaba entre los dos monarcas. Que Su
Majestad Británica no dudaba estuviese el César en la misma
disposición que ella de conservar en cuanto fuese posible la
pública tranquilidad y prevenir los funestos efectos de la guerra; que,
en consecuencia, el Rey su amo había instruido ya a su ministro en la
corte de Sevilla de representarla del modo más eficaz la necesidad que
había en que Sus Majestades Católicas permitiesen al señor
infante su hijo se dirigiese al Emperador para obtener este título.
El objeto de la dificultad estribaba en
este punto, y no podía menos de serle grato al César el
expediente que proponía el Rey británico con tal que la
requisición se hiciese en la forma debida y no se perjudicasen los
derechos supremos de Su Majestad Imperial y del Imperio; pero exigía
este Monarca el que la corte de España hubiese de arreglarse a lo que se
había estipulado solemnemente y tantas veces en los tratados y otros
actos auténticos; es, a saber, que como en las notas hechas por lo
tocante a la Convención de Florencia (año de 31, y comunicadas al
duque de Liria), ya se había dado a conocer que el título de
Grande Duquesa podía concederse a la Electriz viuda palatina, hermana de
Gran Duque, mediante el diploma imperial, y se requiriese debidamente al
César; pero que esta princesa no podía obtenerle por otra
vía alguna, del propio modo no repugna Su Majestad imperial en admitir
igual expediente acerca del infante don Carlos; antes bien, está pronto
en concederle dicho título luego que se haga la debida
requisición, y para facilitar o allanar cualesquier obstáculos
que pudieran originarse, se juntó a la respuesta de la Memoria
presentada por el ministro británico un formulario de la
requisición que deberá presentarse, y en la cual se ha procurado,
decía la corte imperial, atender en cuanto era posible a la delicadeza
de la España, sin derogar a la autoridad cesárea, ni a la
cualidad de vasallo de que el señor infante no puede despojarse sin
perder todo derecho sobre los Estados que unánimemente se ha convenido
de mirar en adelante
pro indubitatis Sacri Romani Imperii foeudis
masculinis.
Concluía el Emperador en esta
misma respuesta al Rey británico, que reposaba sobre la fidelidad de
este príncipe en cumplir con imparcialidad sus empeños acerca de
cada uno de sus aliados; que esperaba tendrían las garantías,
tantas veces reiteradas en su nombre, pleno y entero efecto, y que sobre todo
se lisonjeaba emplearía, de acuerdo con Su Majestad Imperial, los medios
más eficaces para que el negocio de la investidura no se dilatase
más.
Mientras se trabajaba con tanta
atención en terminar todas estas diferencias, sobrevinieron nuevos
motivos de quejas, que el embajador de España, conde de Montijo, tuvo
orden de participar al rey de la Gran Bretaña en una Memoria, cuyo
contenido era la ofensa hecha a la soberanía del Gran Duque, por el modo
con que se pretendía obligar al Senado de Florencia a recibir los
rescriptos dimanados de poco tiempo a esta parte de la corte de Viena; el
procedimiento de esta misma corte, en que apropiaba al Estado de Milán
ciertos derechos y territorios en las orillas del Po, de que gozaba el difunto
duque Francisco de Parma, al tiempo de la Cuádruple Alianza, como
también el haberse prohibido por el gobierno de Milán el
juramento de fidelidad al serenísimo infante, que le debían todos
aquellos que poseían feudos en sus Estados; finalmente, la
declaración hecha con instrumentos públicos, de que la isla de
Ponza pertenece y es de la soberanía y dominio de Su Majestad Imperial,
no obstante los derechos expuestos por los tutores del serenísimo
infante don Carlos, y la posesión que había gozado el difunto
duque Francisco de esta isla. Concluyó esta Memoria el conde de Montijo
reclamando la garantía de Su Majestad Británica.
Admirado este príncipe de los
nuevos estorbos que hacían infructuosas sus solicitudes desde tanto
tiempo, mandó al duque de Newcastle, secretario de Estado, asegurase al
ministro de España de su resolución invariable en satisfacer con
la mayor fidelidad a sus empeños contraídos con Sus Majestades
Católicas; pero que hubiera deseado que los diversos hechos,
títulos y pretensiones de que hacía mención en su Memoria,
fuesen más circunstanciados, para poder juzgar hasta qué grado
estaban perjudicados los tratados en virtud de los cuales reclama la
garantía del Rey británico, a fin de que Su Majestad pudiese
obrar en consecuencia; que en cuanto al modo con que se pretendió
recibiese el Senado de Florencia los rescriptos de la corte de Viena, el Rey no
estaba en manera alguna informado de las circunstancias que ocurrieron
entonces; pero Su Majestad se persuade que los derechos del señor
infante, que con tanta claridad están expresados en los tratados, no
padecerán el menor perjuicio por este incidente. «Advierte
también Su Majestad, le dijo el duque de Newcastle al conde de Montijo,
que aunque las quejas que Vuestra Excelencia da del proceder de la corte de
Viena acerca del Gran Duque, se dirigen principalmente a este príncipe;
sin embargo Su Alteza no ha recurrido aún en este negocio al Rey, y Su
Majestad ignora que el Gran Duque haga instancia alguna en la corte imperial
sobre este asunto, lo que al parecer sería preciso en un caso en que
dicho príncipe podría alegar se han violado sus derechos y
soberanía. No obstante, prosiguió el duque de Newcastle, deseando
siempre el Rey manifestar su atención particular en todo lo que puede
interesar a Sus Majestades Católicas y a su Real Familia,
expedirá inmediatamente órdenes a su ministro en Viena, a fin de
que sepa con individualidad cada una de las circunstancias que pueden tener
conexión con ellas, y si se halla algo en contrario de los tratados de
que Su Majestad es garante, hará sus instancias del modo más
eficaz, para que todo quede reglado según los tratados, de tal suerte
que Sus Majestades Católicas queden satisfechas.»
«Por lo que toca a los derechos y
territorios en la orilla del Po, como a la soberanía de la isla de
Ponza, Vuestra Excelencia convendrá sin dificultad que hasta que el Rey
esté más ampliamente instruido no puede dar otra respuesta por
ahora, sino que Su Majestad se hará informar también en la corte
de Viena de lo que se ha hecho sobre estos artículos, qué
fundamento se tiene, e igualmente si se contravino a los tratados. Entonces el
ministro del Rey empleará todos sus cuidados para que nada se haga
tampoco en perjuicio de los derechos adquiridos al serenísimo infante
por la Cuádruple Alianza.»
El rey de la Gran Bretaña no
perdió el instante de solicitar las instrucciones necesarias de la corte
de Viena sobre todo lo referido, para satisfacer a la de España, a fin
de cortar con el tiempo el enlace de negociaciones que preveía este
príncipe había de acarrear la lentitud con que el Ministerio
imperial procede por lo regular en sus deliberaciones, y de que
resultaría infaliblemente un rompimiento abierto; pero la réplica
de Su Majestad Imperial, respondiendo con una refutación en forma a los
cargos que se la hacían, en lugar de moderar las quejas de los Reyes
Católicos los exasperaron más, pues pretendió aquel
Monarca que el rey de España no tenía fundamento alguno para
atribuirle la inejecución de los tratados, sobre los cuales reclamaba la
garantía de Su Majestad Británica, y esto expuso en una Memoria
que se entregó al señor Robinson, para remitirla a la corte de
Londres. Lo importante de esta pieza nos obliga a comunicarla a nuestros
lectores, porque fue el objeto de las dificultades que no se pudieron vencer y,
finalmente, causó la guerra entre las dos Coronas.
Decíase en ella que no era
menester entrar en un preámbulo muy dilatado acerca de los bienes que
antes pertenecían a la Casa Farnesio en el reino de Nápoles,
porque, por parte del Emperador ni de sus ministros, no había habido
contravención ni denegación de justicia, supuesto que no se trata
por lo respectivo al reino de Nápoles de ejecutar el tratado de la
Cuádruple Alianza en lo que mira al feudo imperial, pero sí en lo
que toca a la sucesión del infante don Carlos a los bienes de la Casa
Farnesio.
El susodicho tratado y, por
consiguiente, las investiduras eventuales expedidas por las
chancillerías del Imperio, no hacen mención más que de los
ducados de Parma y Plasencia, no habiéndose estipulado cosa alguna
acerca del feudo de los bienes situados en el reino de Nápoles, que no
se podían mudar de naturaleza contra las leyes fundamentales del reino,
y que la Casa Farnesio jamás poseyó sino sobre el pie reglado por
dichas leyes y no en cualidad de feudos o bienes relevantes del Sacro Imperio,
sí sólo de la Corona de Nápoles. No teniendo el Imperio
jurisdicción ni derecho de soberanía sobre los bienes y feudos de
la Casa Farnesio situados en el expresado reino, no podía pensar en
conceder la investidura de ella al infante Duque, y, por consiguiente, es
constante y evidente que las palabras de la investidura mencionadas por el
conde de Montijo:
eundem principem Carolum de praedictis
Hetruriae, Parmae Plasentiaeque Ducatibus seu Statibus, omnibusque ipsis
competentibus juribus et pertinentiis ab horum Ducatuum dominiis tempore
praefati foederis Londini subscripti realiter possesis investimus no
conciernen sino a los ducados de Parma, Plasencia y Toscana y los feudos
imperiales a ellos pertenecientes. Con que es contra toda razón el
pretender que bajo la generalidad de las palabras submencionadas de la
investidura imperial, deban ser comprendidos en ellas los feudos del reino de
Nápoles.
Por lo que toca a la isla de Ponza, en
este reino, y hacer evidente el hecho, se ha de saber que dicha isla, antes del
año de 1587 estaba despoblada, y que la Casa Farnesio (Alejandro
Farnesio), que la poseía, como tierra dependiente al reino de
Nápoles, solicitó al rey Felipe II, por medio del virrey de
Nápoles y de su ministro en Roma, se concediese la erección en
condado a la referida Casa Farnesio de dicha isla de Ponza, con facultad de
poder poblarla y gozar de las demás prerrogativas acostumbradas acerca
de los feudos del reino de Nápoles, súplica que fue atendida por
el expresado rey católico Felipe II, con despacho de 15 de septiembre de
1588, bajo de las condiciones de los otros feudos napolitanos. Es de advertir
también que por causa de su situación, como en
consideración a la pobreza de los habitantes de la isla, el Gobierno de
Nápoles no exigió las contribuciones con mucha regularidad; pero
no por esto consintió fuesen exentos de ellas por ningún
título. La misma razón obligó varias veces al propio
Gobierno de presidiarla, con motivo de la guerra o de los piratas, no obstante
la incomodidad que en ella padecían las tropas; y acaso por tanta
complacencia y por el modo con que se percibieron los impuestos,
discurrió la Casa Farnesio pretender a la soberanía imaginaria de
la mencionada isla, y empeñar a la Francia, al tiempo de la
conclusión del tratado de Riswick, solicitase del rey católico
Carlos II hiciese retirar sus tropas de ella. La condescendencia de
España en esta ocasión por el Cristianísimo hace todo el
fundamento del derecho en la Memoria del duque de Liria, expresado en la del
conde de Montijo, sin hacer reflexión que el artículo XXXII de la
paz de Riswick, alegado por este ministro, denota claramente la complacencia
del monarca de España por los buenos oficios de Su Majestad
Cristianísima a favor del duque de Parma, quien no adquiría por
esto derecho alguno, no habiéndose obligado la corte Católica a
no presidiarla cuando fuese menester.
Con efecto se han enviado desde entonces
tropas a la isla de Ponza, según lo requirió la urgencia, y el
Gobierno de Nápoles ejerció siempre, por parte de Su Majestad,
los actos de alta jurisdicción y soberanía como lo ha ejecutado
en todos tiempos, antes y después de la erección de la isla en
feudo y condado, que se tomó por época, lo que prueba el
incontrastable derecho de soberanía del rey de Nápoles, sin que
sea necesario producir una multitud de otros hechos antes y después de
dicha concesión, concluyendo todos sobre la soberanía
jamás abdicada ni interrumpida de los reyes de Nápoles.
Síguese de todo lo referido, que
las quejas del conde de Montijo están destituidas de fundamento, y que
las investiduras eventuales concedidas al infante don Carlos |