  Tipos y paisajes
José María de Pereda
[Nota preliminar: Edición digital a partir de la
de Madrid, Impta. de T. Fontanet, 1871 y cotejada con la
edición crítica de Salvador García Castañeda
(OO.CC., Santander, Tantín, 1989, t. I, pp. 265-537).]
  Prólogo, advertencia, preludio... o lo que ustedes
quieran
El asunto es que algunos de mis paisanos, muy pocos, afortunadamente,
han creído hallar en más de una página
de mis Escenas montañesas motivo suficiente para que
se sobrexcite y alarme su amor patrio; y que yo, que me guardaría
muy bien de rebelarme contra el fallo del más incompetente
crítico, a quien se le antojase apreciar aún
en menos de lo poco que vale mi chirumen, como buen montañés,
amante fervorosísimo de mi bella patria, no puedo,
ni debo... ni quiero prescindir de oponer algunos reparos
a los escrúpulos patrióticos de los mencionados
señores, antes de darles a conocer esta segunda serie
de Escenas, en las cuales, juzgándolas con el criterio
con que juzgaron a las primeras, han de hallar nuevas causas
de resentimiento contra mi pluma, y, por consiguiente, contra
la intención que la ha guiado.
El cargo que se me
hace (y, por cierto, entre piropos que siento no merecer)
es la friolera de haber agraviado a la Montaña, presentando
a la faz del mundo muchos de sus achaques peculiares, y hasta
en son de burla algunos; es decir, con delectación
pecaminosa.
Confieso que no ha podido hacérseme una
imputación más cruel, ni más injusta,
ni que más me lastime. Cruel, porque lo fuera, aun
siendo muy notoria la perversidad del alma de un hijo, acusarle
de ser capaz de hallar deleite en burlarse de su propia madre;
injusta, por lo que vamos a ver.
De dos maneras puede representarse
a los hombres: como son, o como deben ser. Para lo primero,
basta el retratista; para lo segundo, se necesita el pintor
de genio, de inspiración creadora. Concedo sin esfuerzo
que el mérito de éste es superior, en absoluto,
al de aquél; pero que, tratándose de dar a
conocer a un individuo, haya de representársele como
debe ser y no como es, no lo concedo aunque me aspen.
Retratista
yo, aunque indigno, y esclavo de la verdad, al pintar las
costumbres de la Montaña, las copié del natural;
y como éste no es perfecto, sus imperfecciones salieron
en la copia.
A este modo de pintar es a lo que se ha llamado,
por algunos montañeses, delito de lesa patria.
Un
pintor del riñón de Castilla se decide un día
a copiar en el lienzo a su país; pero tiende por él
la vista, y observa que el suelo es árido y monótono;
que no le cruza un mal arroyo, ni le sombrea un árbol,
ni le limita una montaña; teme que la representación
de aquella sábana de tierra calcinada y de cardos
agostados infunda un sentimiento de repulsión en el
ánimo del observador del cuadro, y que por éste
se adquiera mala idea de la poesía del famoso granero
de España; y sin pararse en barras, copia, de todo
lo que ve, un grupo de casas que no ofrecen mal aspecto,
dos recodos de una era, media docena de borregos y una mula,
y echa por enmedio un río como el Missisipí
que baja de unas montañas como los Andes, y adorna
las orillas con sauces y naranjos, y tapiza el suelo con
flores y césped, y hasta le puebla de zagales, cuyos
modelos busca en un abanico. En seguida escribe debajo: «Panorama
de Amusco», y expone el paisaje al público como un
cuadro de costumbres castellanas. ¿Sería este sistema
de retratar la naturaleza más patriótico que
el mío? Sería lo que ustedes quieran; pero
el sentido común siempre vería en un cuadro
tal, con semejante rótulo, un embuste ridículo,
una mentira bien ociosa.
Otro caso. Un señor, que
sería el tipo de la hermosura si no tuviera un ojo
huero, y una verruga en la nariz, y un lobanillo en la frente,
y una cicatriz en los labios, va a retratarse; pero el retratista,
por amor al modelo, o por adularle quizá, no reproduce
en el lienzo ni el ojo huero, ni la verruga, ni el lobanillo,
ni la cicatriz: antes al contrario, pinta dos ojos como dos
luceros, y hasta exagera la corrección de los demás
detalles de la cara. Concluida así la obra, quiere
sorprender con ella a los deudos y amigos del retratado:
examínanla atentamente, admiran todos la belleza del
modelo; pero ninguno de ellos le conoce. ¿Puede el retratado,
sin ser tonto de remache, deleitarse contemplando la supuesta
imagen suya?
Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera
tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas
poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas
y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos
galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la Galatea;
quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra,
hubiera arrojado de él al tío Merlín,
y puesto por tema de discusión, en vez del que allí
se ventiló bajo la impresión de una suspicacia
casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual
égloga de Virgilio o artículo del Código
Penal, como para una asamblea de académicos escrupulosos
o de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir
a la familia del tío Nardo vendiendo hasta las tejas
para echar a América al niño Andrés
con la esperanza de verle tornar un día rico e influyente,
sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses
que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones,
hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando
sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros
con longaniza; supongamos también que, en vez del
sencillo mayorazgo Seturas, hubiera presentado un patriarca
venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las
maravillas de la botánica y de la astronomía,
deteniéndose extáticos, ante la majestad de
su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados
borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir
como base del carácter del campesino montañés
el puntillo y la suspicacia, causa de tantos males en este
país, donde todos los días es una verdad el
paso de Las Aceitunas del buen Lope de Rueda le hubiese poblado
de hombres infalibles y longánimos, sin más
tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las
del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar
de Cafetera y de la nuera del tío Bolina, y de otros
personajes ejusdem farinae que andan por el libro, hubiera
presentado algo parecido a los marineritos que bailan en
el teatro la tarantela napolitana, y a las bateleras del
demimonde en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que
yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje
con todos los primores que caben en la naturaleza y en la
humanidad, y de sacar a la plaza pública esa creación
con el título de Escenas Montañesas: ¿qué
hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores
a quienes dedico estas líneas? De fijo: «Hombre, esto
es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés
como nosotros de turcos.»
Supongamos, si no, que, sin añadir
en el retrato una sola belleza a las que tiene el original,
me hubiera limitado a presentar las más libres de
toda mácula local y, por ende, semejantes en todo
a las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto
de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho
mis escrupulosos censores: «No encontramos en este libro
a nuestro vecino, ni a nuestro concejo, ni la escuela en
que aprendimos a leer, ni las fiestas de nuestros santos
patronos, ni la rioja de nuestras tabernas, ni a los pescadores
de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni
las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra
hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también
en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres
lo mismo pueden llamarse montañesas que manchegas.»
Y en ambos casos habrían desdeñado el libro,
y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los
rincones de la Montaña, ni a sus personajes se les
hubiesen abierto todas las cocinas montañesas, como
a gente de la casa, señal infalible de que es bueno
el retrato en cuanto al parecido, por más que, como
obra mía, no luzca primores de arte.
Pero supongamos
ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta a las suposiciones!),
que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las
imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro
existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención
del mundo, me limité a cumplir estrictamente mi cometido
de retratista escrupuloso; todavía me dicen: «Si creías
que no podía hacerse de la Montaña un retrato
de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la
retrataste, ¿para qué expusiste al público
el retrato?»
La retraté, señores míos,
cediendo a una tentación más fuerte que mi
voluntad; la misma que obliga al poeta a cantar a la naturaleza,
y al músico a robarle sus dispersas armonías;
impulso irresistible, incontrarrestable, quizá más
que el que lanzó a algunos de vosotros hasta el otro
lado del Atlántico en busca de soñados torrentes
de acuñadas peluconas. Y le expuse al público,
porque no juzgué ni juzgo a ningún español
tan mentecato, que fuese ni sea capaz de creer a su país
exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío,
ni tan tonto que, si se los concediera, se forje la ilusión
de que el vecino no los ha visto; le expuse al público,
porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la
compasión, algunos la risa, y los más, el escasísimo
interés que haya podido prestarles el esmero, ya que
no la destreza del pintor, y porque el más grave de
ellos es, a Dios gracias, mucho más leve que el más
insignificante de los consignados en la estadística
viciosa de cualquier otra provincia de España; le
expuse al público como se expone un cuadro de fotografías
que ni son obscenas ni injurian a nadie: para que las vea
aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible;
le expuse al público, en fin, en la confianza de que,
aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan
quisquillosos... tan montañeses como ustedes, podría
responder, en abono de mi intención inmejorable: «Creo,
con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios
y picardías como las de tío Merlín,
desdichas y miserias como las de la familia del Tuerto, preocupaciones
funestísimas como las de la de tío Nardo, etc.,
etc., y poniendo a su lado estimables cualidades y méritos
que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor
el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble
virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo
a los que, como yo, entre himnos entusiásticos a sus
bellezas, dedican una cariñosa censura a muchas de
sus curables imperfecciones, que a los que transigen con
todas ellas a trueque de que nadie las vea.»
En cuanto al
estilo más o menos irónico, más o menos
alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna
colección de elegías ni de sermones de Ánimas;
a más de que cada hombre tiene el que Dios le concedió,
y yo, al usar el que bajo este título me pertenece,
malo y todo, le he creído preferible, por mío,
al mejor de los prestados.
Y aquí debiera poner fin
a este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que
lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto
de escribirle, dedicándola un instante a más
placentera ocupación. Sírvame, pues, en este
momento, no del todo inoportuno, para dar un público
testimonio de mi gratitud profunda a mi querido amigo Antonio
de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro,
embelleció sus innumerables defectos al ser admitido,
no de mala gana, en la república literaria española;
al inimitable autor de las Escenas Matritenses; al insigne
poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch;
al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso
por el mundo, el monumento literario Ayer, Hoy y Mañana,
y a otros escritores no menos discretos, y a la prensa periódica
en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de
inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino
porque las considero como otras tantas manos cariñosas
que estrecharon la mía al acercarme por primera vez
a una región donde la censura de los doctos enerva
y el desdén mata.
Otra deuda no menos sagrada, que
también quiero pagar, tengo con el público,
especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi
buena intención y dispensándome los pecados
de inexperiencia o de incapacidad, acogió las Escenas
con una benevolencia que yo jamás me hubiera atrevido
a esperar.
¡Quiera Dios que, al dar a luz esta segunda serie,
no se arrepientan, público y escritores, de haberme
aplaudido la primera!
Enero de 1871.
  Dos sistemas
- I -
Se fue a la Habana en 1801, en el sollado de un bergantín,
entre otros cien muchachos, también montañeses,
también pobres y también aspirantes a capitalistas.
Unos de la fiebre amarilla, en cuanto llegaron; otros de
hambre, otros de pena y otros de fatigas y trabajos más
tarde, todos fueron muriendo poco a poco. Él solo,
más robusto, más animoso o más afortunado,
logró sobreponerse a cuantos obstáculos se
atravesaban delante de sus designios.
Treinta años
pasó en la oscuridad de un roñoso tugurio,
sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con
el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos.
Una sola idea extraña a la que le preocupaba, que
con ésta se hubiese albergado en su cerebro, le hubiera
quizá separado de su camino.
Creo que fue Balmes
quien dijo que el talento es un estorbo cuando se trata de
ganar dinero. Nada más cierto. La práctica
enseña todos los días que, sin ser un monstruo
de fortuna, nadie la conquista luchando a brazo partido con
ella, si le distrae de su empeño la más leve
preocupación de opuesto género. De aquí
que no inspiren compasión los sufrimientos del hombre
que aspira a ser rico por el único afán de
serlo. En el placer que le causa cada moneda que halla de
más en su caja, ¿no está bien remunerado el
trabajo que le costó adquirirla? ¡Ay del desdichado
que busca el oro como medio de realizar empresas de su ingenio!
No le tenía muy pronunciado el mozo en cuestión,
por dicha suya. Así fue que, dándosele una
higa porque a sus oídos jamás llegara una palabra
de cariño ni a su pecho una pasión generosa,
echó un día una raya por debajo de la columna
de sus haberes, y se halló dueño absoluto de
un caudal limpio, mondo y lirondo, de cincuenta mil duros;
sumó después los años que él
contaba, y resultaron cuarenta y cinco.
-¡Alto! -se dijo
entonces-; reflexionemos ahora.
Y reflexionó. He
aquí la sustancia de sus reflexiones:
En la situación
en que se hallaba podía, dando más latitud
a sus especulaciones, aumentar considerablemente el caudal;
pero se exponía también a perderle: además,
le habían conocido allí ciruelo, y no le prestarían
la consideración a que se juzgaba acreedor. Lo contrario
le sucedería en su pueblo natal, donde pasaría
por un Nabab, llevándose el respeto y las atenciones
de sus paisanos; pero ¡eran éstos tan pobres! Iban
a saquearle sin piedad. Por otra parte, habiendo muerto ya
sus padres, a quienes en vida socorrió largamente,
¿qué atractivo podían tener para él
los bardales de su aldea? Establecerse en Santander ya era
distinto: esta ciudad, que al cabo era su país, le
brindaba con ocasiones de especular, si quería; de
figurar, en primer término, entre los encopetados
señores, y sobre todo, de casarse con una señorita
joven y fina, único lujo de ilusiones que se había
permitido su imaginación en los treinta años
de cadena, sufridos detrás del mostrador.
Como buen
montañés, sentía muy vivo en su pecho
el santo amor a la patria, y no vaciló, conste en
honra suya, para adoptar una resolución definitiva.
Ésta fue la de trasladarse, por de pronto, a Santander
con cuanto le pertenecía; y al efecto, escribió
pidiendo los necesarios informes acerca del estado de la
plaza.
Ateniéndose con fe a la contestación,
que procedía de persona de reconocida formalidad,
invirtió su dinero en azúcar y en café;
fletó un bergantín, cargóle, y después
se embarcó en él, resuelto a hundirse con su
caudal en el Océano, si estaba escrito que el fruto
de tantas privaciones no había de llegar a seguro
puerto.
Pero lejos de hundirse, hizo uno de los viajes más
rápidos que se hacían entonces: cincuenta días
tardó, nada más, desde el castillo del Morro
al de San Martín.
Personas que, al fondear el buque
enfrente de la Monja, le vieron de pie sobre la toldilla
de popa, contemplando afanoso el panorama que se desenvolvía
ante sus ojos, aseguran que era bajo de estatura, ancho de
espaldas y de pies planos y juanetudos; el color de su cara,
moreno pálido y algo reluciente; los pómulos
destacados, los ojos pequeños y hundidos, los labios
gruesos y mal cerrados, y las cejas espesas; la cabeza, en
conjunto, redonda como un queso de Flandes, pero de mayor
diámetro que el más grande de éstos;
el pelo corto, espeso y áspero; la barba rapada a
navaja, menos un mechón, entre mosca y perilla, que
le colgaba del labio inferior, y una especie de barboquejo
de largos pelos que le defendía el cuello de la camisa
de los punzantes cañones de la sobarba. Sobre el pelo
llevaba un jipijapa, y arrollado al pescuezo, un pañuelo
de seda de cuadros rabiosos. Vestía levita negra de
Orleans, y pantalón y chaleco de dril blanco, destacándose
sobre el último gruesa cadena de oro, y calzaba holgados
zapatos de charol.
Y es cuanto tengo que decir al lector
acerca de don Apolinar de la Regatera, desde que salió
impúbero de la choza paterna, hasta que llegó
de retorno de la Habana, casi viejo, a la bahía de
Santander.
Hallábase este mercado a la sazón
a plan barrido, como decirse suele, en punto a azúcares
y cafés. Súpose en breve lo del arribo de estos
artículos por el bergantín fletado por don
Apolinar; llovieron demandas sobre éste, y sin dejarle
desembarcar siquiera, arrebatáronle el cargamento
al precio a que quiso cederle.
De este modo el caudal de
Regatera, mejorando, como los vinos, con el mareo, salió
de la Habana como un millón, y al desembarcar en el
muelle de Santander apenas podía revolverse en setenta
talegas.
El salto, pues, a tierra, de don Apolinar hizo
más ruido en el pueblo que el que han hecho en el
mundo los saltos más célebres, desde el de
Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico
y los de Leotard en los trapecios de su invención.
Su entrada en Santander, a la vez que un negocio, fue un
triunfo. La plaza le saludó con todos los honores,
batiendo a su paso el cobre de las cajas más repletas,
y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El
vulgo se conmovió también con tanto ruido,
y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso
otro nombre que el de el indiano del azúcar.
- II -
No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó
de buena gana la consideración que se le daba por
aquella plutocracia de tradicional severidad, y se propuso
utilizar el arma para llegar más pronto con su auxilio
al fin a que se dirigía.
Merced a tan favorable coyuntura,
no tardó en conocer perfectamente el terreno que pisaba.
Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles
muy irregulares, donde el confort no se conocía ni
se echaba de menos. Los hombres de quienes tomaba su prestigio
e importancia la plaza famosa del mar cántabro no
levantaban media línea más que él, ni
procedían de otro origen más preclaro: indianos
más o menos antiguos; sencillos en sus gustos, vulgares
en sus formas, afanosos, pero nobles, en su profesión,
ricos casi todos, e ignorantes sin casi, como se dejaba ver
en la sencillez primitiva de la población cuyo sostén
y principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran
muy orgullosos, más que orgullosos, ásperos,
desabridos; pero también es cierto que este resabio
sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más
o menos, y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando
se trataba de un caudal bien cimentado, de lo que podía
certificar él mismo.
Sin riesgo, pues, de deslucirse,
antes con muchas probabilidades de preponderancia, podía
terciar como uno de tantos en aquel juego en que, con un
poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.
Formada
su resolución, hizo una visita a su pueblo, distribuyó
algunos miles de reales entre sus paisanos, y se volvió
a la ciudad donde tan importante papel hacía y quedaba
algo que, aparte de su proyecto citado, le escarabajeaba
en la moliera y tal vez en el corazón.
Este algo
era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca
como la azucena, fina como una seda y sosa como un espárrago.
Viola don Apolinar cuando su padre le llevó a comer
a su casa; halló en ella el tipo de sus ilusiones...
y no quiso saber más. Pidió su mano, concediéronsela
los papás, desde luego, y todos los que querían
a la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste
era un joven jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía
desde mucho atrás las huellas a la beldad en cuestión,
habiendo recibido de ella más de tres sonrisas y de
trescientas miradas, lo cual no era poco en un carácter
semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba
en el bolsín, y el padre de su ídolo, que sabía
esto... y lo otro también, no sosegaba un punto. Júzguese
del placer con que oiría las proposiciones del nuevo
pretendiente. En cuanto a la pretendida, no mostró
hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca
que no: era el candidato indiano rico, y los novios de esta
madera siempre fueron aquí de moda; y yendo a la moda
una mujer, va muy a gusto, aunque lleve a cuestas un borrego.
Casado don Apolinar, alquiló tres partes de una casa
próxima al Muelle: el piso principal, el entresuelo
y el almacén; el primero para habitación, el
segundo para escritorio y el tercero para depósito
de mercancías.
El entresuelo es el que nos importa,
y éste es el que vamos a examinar, tal cual se hallaba
algunos meses después de ingresar el indiano Regatera
en el gremio mercantil.
Era un salón angosto, largo
y bajo de techo. A la derecha de la puerta de entrada había
un doble atril de castaño; a la izquierda, otro más
alto, de pino pintado de color de chocolate; junto al primero,
dos banquetas, una forrada de badana verde, con tachuelas
doradas alrededor del asiento, y otra sin forrar; junto al
segundo, otra banqueta, también de madera limpia,
y una especie de facistol de la altura de un hombre; entre
los dos atriles, es decir, enfrente de la puerta, una mesa
de castaño, rodeada de un listón de media pulgada
de alto, y con un grande agujero en un ángulo, el
cual agujero servía de boca a una manga de lona que
por debajo del tablero de la mesa colgaba hasta cerca del
suelo; a un extremo del salón, inmediatamente detrás
del banquillo de las tachuelas, una puerta recién
hecha, con gruesos clavos de apuntada cabeza, cerrada, sobre
dos pernos enormes, con un colosal candado de hierro, amén
de la llave que, a juzgar por el tamaño del ojo de
la cerradura que se veía debajo de aquél, debía
pesar dos libras cumplidas: cuando esta puerta, siempre por
la mano de don Apolinar, se abría rechinando, a la
luz de un cabo de vela de sebo que el indiano llevaba a prevención,
se distinguía en el centro de una pieza de seis pies
en cuadro una mole de hierro que, aplicando a una hoja de
cierta guirnalda mal grabada que le servía de adorno
la punta de un clavo trabadero, y después de haber
dado seis vueltas a una llave especial y de soltar cuatro
candados, se dejaba abrir por la parte superior, mostrando
entonces por entrañas, montones de talegas repletas
de oro y cartuchos de todas clases de monedas, menos de cobre,
pues éstas yacían en saquillos de arpillera
fuera de la caja, aunque dentro de la mazmorra también.
Por todo adorno en las paredes del escritorio había
un Plan de matrículas, otro de Señales de la
Atalaya, una cuartilla de papel con los Días de correo
a la semana, y una percha de cabretón. Añádanse
a estos detalles media docena de sillas de perilla, arrimadas
a los gruesos muros de la caja, y paren ustedes de contar.
La banqueta forrada la ocupaba don Apolinar, y la inmediata
su amanuense, a cuyo cargo se hallaban también el
copiador de cartas y el de letras, más la presentación
y cobro de éstas, sacar el correo, abrir y cerrar
el escritorio, correr las hojas, etc., etc. La mesa del centro
era para contar dinero, el cual se echaba por el agujero
a la manga adyacente, que iba a desembocar al saco previamente
colocado debajo. El otro atril, la banqueta y el facistol
correspondientes eran para el viejo tenedor de libros.
Dos
palabras acerca de este tipo, cuyo molde se perdió
muchos años hace. Era su cargo el término anhelado
de una carrera de treinta años de pinche, durante
la cual, como es fácil de comprender, todo se concluía
en el aspirante: el humor, el apetito, la salud... todo,
menos la paciencia y el pulso. Este hombre no reía,
ni hablaba, ni pisaba recio desde el momento en que entraba
en el escritorio. Entonces se quitaba a pulso el sombrero,
y a pulso le sustituía en la cabeza con un gorro de
terciopelo negro; a pulso se ponía los manguitos de
percalina; a pulso y con respetuosa parsimonia abría
los libros, y a pulso mojaba la pluma, y sentaba las partidas,
y ataba y desataba los legajos que le entregaba en silencio
el principal, a cuyo cargo estaba la obligación de
volverlos a recoger. Ordinariamente no fumaba; pero si tenía
este vicio, fumaba cuatro medios cigarrillos al día,
dos por la mañana y dos por la tarde, uno de ellos
al medio y otro a la conclusión de la tarea, la cual
tenía para él términos inalterables.
No la cercenaba ni un segundo al empezar; pero si al ser
las doce en su reloj de plata, por la mañana, o las
seis por la tarde, le faltaba una palabra, una sola letra
para concluir el renglón o período que escribía,
alzaba la pluma, la limpiaba sobre el manguito izquierdo,
y así quedaba el asunto hasta la próxima sesión.
Ni un instante más ni menos de lo justo; ni una plumada
siquiera en asuntos de la jurisdicción de otra mesa.
En cuanto a los libros, eran suyos, exclusivamente suyos,
y el principal mismo tenía que pedirle por favor que
se los abriera para examinar el estado de alguna cuenta.
¿Tocarlos otra mano que la suya? ¡Jamás! La contemplación
de aquellas letras perfiladas, de aquellas columnas inmensas
de números casi de molde, de aquel rayado azul y rojo,
era su orgullo, el único deleite de su alma al abrir
las extensas páginas de sus dos infolios de marquilla.
Un borrón sobre ellas, y su naturaleza, probada al
rigor de un método inalterado de treinta años,
se hubiera quebrado como débil caña.
Con un
hombre así y los demás elementos materiales
inventariados de su escritorio contaba don Apolinar de la Regatera como auxiliares de su instinto mercantil en la nueva
campana que había abierto.
Los corredores le importunaban
poco, pues sabían que de un hombre semejante se sacaba
escasa utilidad. Efectivamente, don Apolinar, que no se fiaba
ni de su sombra, gustaba de hacer los negocios por su mano;
y así, no solamente los discutía a su antojo,
sino que, no parándose en la fe de una muestra aislada,
iba «a la pila», y allí se hartaba de palpar, oler
y paladear el género, hasta que le hallaba a su entera
satisfacción. Entonces, si el negocio era de «clavo
pasado», le abarcaba solo; pero si presentaba la más
pequeña duda, le dividía en lotes y, aplicándose
uno a sí mismo, se consagraba una semana a conquistar
amigos que cargasen con los restantes, mancomunidad en que
él entraba con frecuencia a solicitud de algunos de
los mismos reclutados. De este modo, si perdía, la
pérdida no podía ser grande; y si se ganaba,
eso más habría en la caja. Ganar poco y a menudo,
y abarcar algo menos de lo que pudiera; pisar sobre terreno
conocido, dejando siempre «cubierta la retirada»; llevar
a la Habana frutos de Castilla y a Castilla frutos coloniales,
o vender los unos y los otros en la plaza misma, si se presenta
ocasión ventajosa; cobrar en moneda sonante y de buena
ley; hundirla en los abismos de la mazmorra... y dejar el
mundo y las cosas como se hallasen; y «Antón Perulero,
cada cual a su juego, y a Cristo por redentor le crucificaron».
Tales eran sus máximas; tal era su ciencia. He aquí
ahora su estilo:
«Muy señor mío y mi dueño:
Por la presente, acúsole recibo de la muy atenta y
favorecida del tantos de los corrientes, atento a cuyo contenido
diré:
Fue en mi poder la letra que adjunta acompañaba
de su mismo puño, a los ocho días vista y cargo
de estos señores Cascarilla Hermanos y Compañía,
por valor de
Rs. 12.576 con 31 mrs. de vellón. Mencionados
señores han dicho ser corriente referida letra, por
lo que hago a usted abono en su cuenta de expresada cantidad,
que en su día, y Dios mediante, será efectiva,
sin cuyo requisito valgan en mi favor todas las salvedades
de costumbre.
Subsiguientemente me impongo de que me dice
usted: «Tal y tal /(y copiaba aquí cerca de una carilla
de la carta de su corresponsal).» A lo que respondo refiriéndome
a la mía del tantos, en que decía que: «Esto
y lo otro (y reproducía íntegro un párrafo
de su carta citada).»
El mercado de caldos sigue encalmado,
si bien las aceites arribaron ayer a una poca de estima,
motivado a que, como era día de correo, se supo que
la cosecha de aceituna en el literal de Sevilla amagaba de malogro.
Azúcares. Este dulce en favor, máximen los
mascabados y el blanco Bombita y el Guanaja. Harinas. Este
polvo un tanto desconcertado, según el viso que va
presentando la sementera en Castilla, al respective de los
últimos temporales.
Por el correo de la próxima
semana venidera daré a usted nuevas noticias, si el
caso lo requiriese. Por hoy sólo tengo que repetirme
de usted, como siempre, y para cuanto guste, suyo afectísimo
seguro servidor Q. B. S. M.»
Esto, dictado por don Apolinar,
lo escribía su amanuense con la más desastrosa
ortografía, sobre un ancho papel verdoso sin membretes
ni garambainas.
- III -
Pasáronse muchos años,
durante los cuales vio Regatera acrecentarse incesantemente
su caudal; y fue dos veces Alcalde, y Cónsul, y hasta
Prior del Tribunal de Comercio, y cuanto podía ambicionar
entonces, por afán de lustre, un hombre como él.
Habíale concedido Dios un hijo, para colmo de su satisfacción;
y este hijo, después de ir a la escuela y tomar algunas
nociones de latín con los padres Escolapios, fue,
velis nolis, cuando tuvo quince años, agregado al
atril principal del escritorio, con el objeto de que fuera
instruyéndose en el ramo, para que algún día
sustituyese a su padre en la dirección de la casa
que éste había colocado a tanta altura.
Cuando
el chico llegó a cumplir los veinte, pasaba en el
ánimo del rico indiano algo que le hacía soñar
más de lo conveniente. Oía, aunque muy a lo
lejos, ciertos rumores extraños, y aspiraba en el
aire reposado y tranquilo de la plaza efluvios de un olor
que le era desconocido. Leía que en el extranjero
viajaban al vapor hombres y mercancías, y que alguna
plaza española se había dejado seducir ya por
la tentación innovadora. Verdad es que Santander,
excepción hecha de las diligencias que años
antes se habían establecido, se hallaba en la misma
patriarcal tranquilidad en que la dejó él para
ir a América y la halló a su vuelta; que su
comercio seguía tan rutinario como entonces; que en
su exterioridad no revelaba, ni al más avaro, que
servía de albergue a una comunidad de capitalistas
cuya justa reputación de tales daba ya la vuelta al
mundo; y, en fin, que la procesión de carretas cargadas
de harina que diariamente asomaba la cabeza por Becedo, lejos
de disminuir en longitud, llegaba con la cola hasta Reinosa;
pero que afuera pasaba algo, y algo muy grave, era evidente;
que ese algo amenazaba la quietud tradicional de Cantabria,
estaba bien a la vista. Y ¿qué sucedería en
el caso probable de una invasión? No podía
él adivinarlo, porque no conocía al enemigo.
Era, pues, indispensable conocerle para resistirle si se
podía, o para aliarse a él si valía
la pena; y
-¡Vete con mil demonios a ver qué es
eso! -dijo un día a su heredero.
Y éste marchó,
bien recomendado, a Francia, Inglaterra y Alemania, a instruirse
en todo cuanto cupiera en la jurisdicción de un comerciante
«a la extranjera».
Seis años se estuvo por allá
el joven Regatera; y a su vuelta, presentándose con
patillas muy largas, cuellos hiperbólicos y fumando
en pipa, le recibió don Apolinar con una ansiedad
indecible. El ruido extraño había ido en ese
tiempo creciendo, y los efluvios impregnando toda la atmósfera
de la plaza; el enemigo avanzaba rápido, y hasta se
dejaba ver en ella, y don Apolinar y los suyos eran notoriamente
el blanco de la saña del invasor: el terreno se hundía
bajo sus pies, y en todas partes estaban estorbando. Como
a los cómicos viejos que hacen papeles de galán,
se les toleraba a veces en obsequio a lo que habían
sido; pero lejos de excitar el entusiasmo sus esfuerzos,
inspiraban compasión.
Sus trajes, sus costumbres,
su estilo, todo en ellos empezaba a ser raro; y el pueblo
mismo, tan fiel hasta entonces a las exigencias del carácter
de los viejos señores, ocultaba sus ruinas, lavaba
su cara, ensanchaba sus calles y se entregaba alegre y ufano
al intruso. Decididamente no era la generación de
don Apolinar, encanecida y achacosa, la que había
de luchar contra aquel torbellino, ni de soportar siquiera
su vertiginoso empuje sin perecer en él. De aquí
la ansiedad con que Regatera recibió a su hijo al
volver éste de «esos mundos de Dios», como decía
el pobre hombre cuando hablaba del paradero del expedicionario.
Ni el polvo del camino, como quien dice, le dejó
limpiarse.
-Esta es mi fortuna limpia y saneada: cinco millones
y medio, en buques, mercancías y onzas de oro. No
eres lerdo ni calavera; pero de nada servirá tu prudencia
si los demás te empujan; no me inspira fe vuestro
porvenir, porque eso es más fuerte que todos vosotros;
y como sería muy triste que después de pasar
la vida amontonando talegas tuviera, de viejo, que comer
de limosna, retiro del fondo el pico para mí, y te
dejo el resto, que no es flojo. Buen provecho te haga y allá
te las arregles, que, al cabo, para ti había de ser.
Dijo don Apolinar, y, enternecido, traspasó a las
manos de su hijo el cetro de su adorado imperio.
- IV -
El
modesto escritorio quedó radicalmente transformado
desde el momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó
de él. La caoba, la gutapercha y el aterciopelado
papel sustituyeron al castaño, a la badana y a la
deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y paredones.
Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez
de la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse
en el elegante improvisado gabinete, cerca del boureau señorial,
un esbelto cofre-fort. Seis dependientes ágiles, alegres
y tan elegantes como el principal, se distribuyeron en las
respectivas funciones, incluso la de tenedor de libros, que
dejó vacante el viejo de marras, mal avenido con los
«títeres intrusos». Barómetros de todas formas,
tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos
y mapas de todas las regiones del mundo, llenaban las paredes;
prensas para todo cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente
ocupaban los rincones, y el voluptuoso sofá tapizado
brindaba con su comodidad a cuantos esperaban el pago de
una letra o la contestación de un simple recado. Todas
las demás minuciosidades del escritorio guardaban
perfecta armonía con este tono. En el gabinete del
jefe, pero fuera de su alfombrada tarima, se había
colocado una butaca para don Apolinar, que, por afición,
por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo
y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría
en todas partes), la ocupaba casi todo el día, durmiendo
a ratos, oyendo a veces y preguntando a menudo sobre lo que
veía y escuchaba.
Giraba la casa bajo la razón
de Hijo de don Apolinar de la Regatera, no por respeto cariñoso
a la memoria del padre, sino en consideración al valor
que su nombre de guerra tenía en el comercio de España
y de toda América.
La calma, la reflexión
hasta la pesadez, habían sido la expresión
característica del espíritu mercantil del indiano;
la vivacidad, la inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo
eran del de su hijo, como creía observar el primero
hasta en los actos más triviales de las tareas del
segundo.
-¿Londres? -decía lacónicamente un
corredor entrando.
-¿Mucho? -le respondía el joven
comerciante sin levantar la vista de su pupitre.
-Setecientas,
ocho, once: aceptadas.
-¿A...? -Redondo. -Por París.
-¿Corto? -¿Vista? -Fecha. -¿Cambio? -Veinte. -Se andará.
¿Primeras Riosecana y Flor de Arriba?
-¿Para?
-Al quince: a diez y nueve y medio y diez y nueve y cinco
octavos. Treinta mil.
-Sobre buena, diez y nueve y diez
y nueve y cuartillo; dos meses, dos y medio: tres por ciento.
-Lo veré. ¿Nada más? -Por aquí no.
Y se iba el agente y no le miraba siquiera el comerciante;
y el que había encanecido siéndolo se quedaba
in albis.
En la correspondencia brillaba el propio laconismo.
He aquí un modelo de los más explícitos
que constaban, a media tinta, en el volumen no sé
cuántos del copiador mecánico, o de prensa:
«Muy Sr./m: En m/poder s/grata I.º act.l; y silenciando puntos
de conformidad, paso a decirle he desplegado de ella £ m/.8
d/v c/Butifarra y C.º, de Barc.na, por
Rvon. 10.560,86 que,
s. m. p., paso al crédito de s/c.
Impuestos de s/proposición
estos Sres. Carpancho Herm.s que examinarán, contestándole
directamente s/particular.
Para el mercado, me remito a la
adjunta Revista, que desearé le aproveche.
De V.
afmo. s.s. q. b. s. m.»
Y por firma había llevado
esta carta un garabato que lo mismo podía decir Hijo
de don Apolinar de la Regatera, que Padre del sacristán
de la Parroquia. No tardó
el viejo indiano en advertir que este sistema eléctrico
no era exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la
clase», y de que no se aplicaba sólo a los detalles
mecánicos del escritorio, sino que servía de
base al flamante espíritu mercantil.
Se había
hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar a Castilla
de un puerto de mar, y se había demostrado que este
puerto debía ser el de Santander, uniendo la comunicación
entre ambas regiones con una línea férrea,
en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros del
país. El plan era vasto y costosísimo; pero
como debía ser reproductivo en extremo, se había
aceptado con regocijo.
Llegó la ocasión de
acometer la empresa, y don Apolinar vio con susto a su hijo
trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas de
papel pintado. Poco después ofrecían al accionista
una prima considerable por la cesión de sus títulos,
pero esperando sacar de ellos en el día de mañana utilidades más pingües, desechó la oferta.
El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero,
quieto en la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además,
el porvenir del comercio eran las sociedades de crédito.
En consecuencia se formó una, y de ella fue el principal
accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las onzas
amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto
le envió a la caja de la sociedad, que le abrió
en el acto una cuenta corriente. A los pocos días
de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable
oferta de prima a los tenedores y la consabida resistencia
de éstos, en espera siempre de mejor ocasión.
Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas,
habiendo tornado ya el gusto al papel, formaron capítulo
aparte y echaron a la plaza nuevas resmas de otra sociedad
que se creaba para esto y para lo de más allá.
Tragóse también este cebo como pan bendito,
cubrióse el cupo en breve, solicitáronse con
prima las acciones y quedóse con las muchas que tenía
el joven Regatera esperando «el día de mañana».
Hubo también esta vez envidiosos de la suerte de
los accionistas primitivos, y «allá va, dijeron, esa
lluvia de papeles de una sociedad de crédito que fundamos
para explotar aquello, y lo otro y lo de más acá».
Y también se cubrió el cupo, y también
se ofreció la acostumbrada prima, y también
la rehusó nuestro comerciante, metido como el que
más en esta cuarta asociación anónima.
Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente
la primada, surgían proyectos de nuevas sociedades
detrás de cada esquina, no parándose nadie
en el objeto a que decían destinarse, porque no habían
de llegar a constituirse siquiera.
Algo de esto quería
hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar.
Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza,
diose a vender harinas que aún no se habían
molido, trigos que no se habían sembrado.
El negocio
era bueno si en el día prefijado para la entrega el
precio de la mercancía era más bajo que el
estipulado; pero si sucedía lo contrario, calculen
ustedes lo que podía costarle la arriesgada operación.
Después no se contentó con esto: importándoles
a él y al comprador muy poco la formalidad material
de la entrega de lo vendido, suponían una a fecha
y precio convenidos, y se comprometían a abonarse
respectivamente la diferencia de más o de menos, según
que jugaran al alza o a la baja, partiendo del tipo prefijado.
-Pero, hombre -decía en estos casos el viejo Regatera-:
para eso, más te valdría jugarlo a una carta
o a cara o cruz; a lo menos abreviarías la agonía
que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender
de una casualidad la mitad de tu fortuna.
Y el hijo se sonreía
con desdén, y el padre se aterraba.
Porque no perdiendo
ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que de
aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal;
que su hijo los había trocado por cifras que cada
día iban perdiendo una parte considerable de su valor
real; que tenía los cartapacios atestados de este
papel y de otros, representando grandes sumas sin más
garantía que las firmas de los respectivos deudores,
tan empapelados con el acreedor de quien ellos, a su vez,
tenían no flojo montón de obligaciones; presumía
que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para
él que una sola piedra que se desprendiese del inseguro
edificio le haría desmoronarse hasta los cimientos.
-¿No te asusta esta situación? -decía a su
hijo.
-Al contrario: me deleita -respondía el iluso.
-¿Pero y tu dinero? -Aquí está centuplicado.
-En papeles. -Que valdrán mañana montes de
oro; y en prueba de la fe que en ello tengo, acabo de comprar
más acciones de la sociedad Tal...
-Acciones que,
como todas las que tienes, valen hoy un treinta por ciento
menos de lo que te costaron.
-Pero como han de subir necesariamente
en su día, compro más para ganar más.
-¿Y si no suben? -¡Bah! -Y si, concediéndote que
se cumplan tus esperanzas, te ocurriese en el ínterin
un apuro de los que te acarrean a cada paso tu juego favorito
de las diferencias y otros por el estilo, ¿qué sería
de ti?
-¿Y los recursos del crédito? -¡Si tienes
echado a la plaza cien veces más del que puedes sufrir!
-Juzgando con el viejo criterio mercantil, yo lo creo.
-¡El viejo criterio!... el viejo... ¡ingratos! ¡El viejo
os amontonó esos caudales que apenas veo por ninguna
parte; el viejo criterio os legó con ellos un crédito
bien fundado, que estáis destruyendo miserablemente!
-Para edificar. -¿En dónde? -En todas partes: hemos
creado un pueblo; hemos dado la vida al cadáver del
país entero.
-Habéis echado la casa por la
ventana, y nada más.
-Aun así, por generosa
fuera justificable nuestra conducta.
-No hay generosidad
en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de no
tener que salir después a mendigar un mendrugo de
ella.
-En todo caso, ¿quién se opone a la corriente?...
-La prudencia, el viejo criterio. -No pudo resistirla y
abandonó el campo.
-A una generación más
joven, para que con sus bríos y nuestra experiencia
utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no
sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos
que en este desconcierto que a ti te arrolla, marchan con
pie firme al término que se han propuesto.
-Ya veremos
qué camino es el mejor, si el de ellos o el mío.
-Lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición;
el otro, todo lo contrario.
Y en esto, yo no sé qué
aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo las cumbres
de Reinosa, bajaron al valle, y a su contacto se bamboleó
la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas
las del edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas
aún a la argamasa rancia que sabían batir los
viejos comerciantes. El temor de una catástrofe produjo
un pánico indescriptible. Hasta entonces las de este
género se contaban en Santander como hechos fenomenales,
y el temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño
todavía a los menos aprensivos y más asegurados.
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían
de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían
hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto
en ellas se había depositado; suceso que, como es
lógico, se dejó sentir en todas las carteras
de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes
del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante
vino el desequilibrio natural, y por consiguiente, el desencadenamiento
de la tempestad, que a los primeros embates dio en tierra
con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo
cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí
fue el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el
maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba
a los removidos sillares que trataba de sostener; allí
fue el buscar el barro que representaba y por el cual se
había trocado en mejores días, y allí
fue el negarse los que le tenían a dar una mala paletada
de él por todo el inútil fascinador amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más
furiosa la tormenta y más desamparado el edificio,
crujió todo él y al cabo se desplomó
con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas
hasta el último ochavo, y algo más, del hijo
de don Apolinar de la Regatera.
Éste, que creyó
poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver entre
sus escombros destacarse incólume la parte que había
encomendado su seguridad al viejo cemento, sintió
en su pecho tan vivamente la elocuencia del contraste, aquella
palpable confirmación de su sistema, que reventó
en el acto, de despecho, de pena, de desesperación...
y de viejo.
- V -
Hijo del egoísmo el tal sistema,
había reinado muchísimos años sobre
la plaza sin extenderla un palmo, sin fijar un adoquín
en sus angostas calles y sin salir del paso de sus recuas
de mulos; pero atesorando enormes positivos caudales que
llevaban la abundancia desde el hogar del propietario al
sotabanco del bracero. Hijo el otro del entusiasmo, lanzóse
a la calle, destruyó lo viejo, removió la tierra,
reparó, creó y combinó; y hubo un instante
en que pareció anegarse el país en la abundancia;
en que el confort llegó hasta el fregadero y creyó
el más pobre que había caído de pie
en mitad de la famosa Jauja; pero no se echó de ver
que los recursos que desatentadamente iba creando el delirio
de la ambición, no podían con el peso de las
necesidades que de los mismos se desprendían; que,
como muchas sustancias de la naturaleza, el crédito,
en dosis prudentes, es elemento de la vida, y en exageradas
proporciones tósigo violento; y sucedió el
marasmo a la efervescencia, la penuria a la abundancia, el
duelo a la alegría y el remordimiento a tanta ilusión
deslumbradora.
Sin embargo, pródigo el hijo de don
Apolinar, aún le sirve de alivio, en medio de su desgracia,
la contemplación de la obra que contribuyó
a su ruina, y mira, con cierto orgullo justificable, la parte
que de sus actuales bellezas y comodidades le debe su pueblo.
Avaro el padre, en idéntica situación, en su
tiempo, nada encontraría que poner enfrente de su
imaginación sino el recuerdo desesperante de su perdido
tesoro.
Lo cierto es que con los generosos instintos del
uno y la reflexiva parsimonia del otro, podía haberse
hecho una mezcla de peregrinos resultados; pero también
es verdad que si el hombre se colocara una vez siquiera en
el justo medio de la razón, esa vez haría traición
a una de las más esenciales condiciones de su naturaleza:
el equivocarse en la mitad, por lo menos, de todo lo que
cavila y ejecuta.
  Para ser un buen arriero...
(Cuadro que pica en histórico)
- I -
Blas del Tejo
y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña,
y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de
toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia,
un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula
era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca
con huerto, de dos novillas y de una carreta.
Paula y Blas
convinieron un día en que si sus respectivas herencias
se convirtiesen en una sola propiedad y se añadiesen
a ésta algunas reses en aparcería y algunas
tierras a renta, se podría pasar con todo ello una
vida que ni la del archipámpano de Sevilla.
Y Blas
y Paula se casaron para realizar el cálculo, y pronto,
como eran honrados, hallaron quien les diese en renta veinte
carros de prado y otros tantos de labrantío, más
un par de vacas en aparcería.
Blas era gordinflón,
bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.
Paula no era más alta que Blas, y allá se
le iba en carnes y en malicias.
Cogían maíz
para ocho meses, partían con el amo una novilla cada
año y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad.
Paula tenía siempre colgados en la vara, sobre la
cama, un jubón de cúbica negra, una saya de
estameña del Carmen con randa de panilla, y un pañuelo
de espumilla para los días de fiesta. Blas, por su
parte, nunca estaba sin unos calzones y una chaqueta de paño
fino, y un sombrero serrano para las grandes solemnidades.
Blas no probaba el vino más que para celebrar los
días de fiesta, y en estos casos nunca pasaba de medio
cuartillo, y Paula se escandalizaba cuando oía decir
que algunas de sus vecinas empeñaban las ropas o vendían
el maíz para beber aguardiente.
Paula y Blas no tenían
hijos, ni siquiera trazas de tenerlos, como decía
la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos.
Juntos iban a trabajar al campo; juntos al mercado cuando
le había en la villa inmediata; juntos a misa, y hasta
bailaban juntos en el corro más de cuatro veces; pues
aunque eran casados eran jóvenes, no debían
nada a nadie, tenían buen humor y los hijos no habían
de echarles en cara esa pequeña debilidad.
Blas solía
decir: «Yo no sé qué demonches tien esta Paula:
ella no es del todo bien encará ni se pasa de lista;
pero la verdá es que yo no la cambiaría por
la mejor moza del lugar».
Paula decía, a su vez:
«Blas es mal empernao, desconcertao de espalda, pica más
en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se
me cae de satisfacción cuando le miro».
Blas y Paula
se jactaban a cada instante de que jamás había
habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente
en el lugar que en aquella casa nunca se había oído
una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni
se había derramado una lágrima.
Paula no comprendía
que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz
que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior
a todas las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido
beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se
le antojaran. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni
cosa que se le pareciera.
Blas no había ocultado
nunca a su mujer que envidiaba a todos los hombres que podían,
sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco a cada
comida, y echar una siesta de tres o cuatro horas sobre media
docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues,
amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que
la carencia de estos regalos bastase a quitarle su buen humor
habitual.
Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio
dichoso, tan dichoso como se puede ser en este pícaro
mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan
extraña la paz del espíritu.
- II -
Así
estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al
corral vio que entraba en él un señor, caballero
en un rocín, a todos pelos de alquiler, con maleta
a la grupa y espolique al costado.
-¿Vive aquí Blas
del Tejo? -preguntó a Blas el caballero.
-Para servir
a Dios y a usté -respondió Blas descubriéndose
la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de
ojos y narices.
Apeóse el preguntante; quitó
la maleta al jaco; dio unas monedas al espolique, que se
largó con el cuadrúpedo haciendo cortesías
y muy agradecido, y volvió a preguntar el mismísimo
señor al mismísimo Blas:
-¿Se llama tu mujer
Paula Turuleque?
-Y además Rodero de la Peña
-gritó Paula, que atisbaba la escena desde el ventanillo
de la cocina, saliendo de un brinco al corral.
-Perfectamente
-añadió el recién llegado.
-Pues yo
soy vuestro tío.
-¡Mi tío! -exclamaron admirados
Blas y Paula.
-¡Pero, señor -añadió
Blas-, si nosotros no tenemos padre ni madre ni perruco que
nos ladre!
-¡Se te figurará a ti! Tu mujer debe haber
oído hablar a su difunta madre de un hermano...
-Sí,
señor -interrumpió precipitadamente Paula-:
mi madre (que en gloria esté) me habló muchas
veces de un hermano suyo que se fue, de muchachuco, a la
otra banda, pero también decía que se había
muerto a los pocos años.
-Pues no se murió.
Fue, en verdad, un poco ingrato con su patria y su familia
durante mucho tiempo; pero, al cabo, pensó en ambas
cosas, quiso volver a verlas... y aquí está,
aunque con la pena de saber, por informes que ha adquirido
oportunamente, que sólo quedas tú de su familia.
Conque, con franqueza, ¿me dejáis vivir con vosotros?
Ya veo que la casa no es un palacio ni mucho menos; pero
como nací en ella, no la cambiaría por el de
los reyes de España: además que ya tendremos
tiempo de reformarla o de hacer otra mejor, que todo se consigue
cuando hay dinero, y éste, a Dios gracias, no me falta.
Blas y Paula estuvieron a pique de volverse locos de alegría.
A Paula se le nublaron los ojos, le zumbaron los oídos
y tuvo un momento de soñar que se elevaba por encima
del campanario del lugar sobre una nube de azucarillos claveteada
con bizcochos. Blas, no menos atortolado que su mujer, se
imaginó que se hallaba tumbado panza arriba sobre
una pila de colchones, y que le caía en la boca un
chorro inagotable de vino rancio de la Nava del Rey.
Cuando
se le pasó el mareo, apresuróse a coger la
maleta que su tío tenía pendiente de una mano;
Paula sacó al portal una silla de bañizas,
rayada de encarnado y verde, que había en la casa
para las grandes ocasiones; sentóse en ella el recién
llegado, y los tres, en dulce amor y compañía,
comenzaron a departir sobre asuntos del país y de
la familia, interrumpiendo Blas de vez en cuando la conversación
para quitar, con muchísimo respeto y previa la frase
«aguántese y perdone», alguna mancha de polvo o tal
cual película extraña de la levita de su tío.
Representaba éste sesenta años: era delgado
y pálido y bastante encorvado, y había en su
fisonomía, bondadosa y noble a todas luces, algo que
revelaba padecimientos físicos inveterados. Vestía
un traje sencillo, pero rico y bien cortado, y llevaba en
la cabeza un sombrero de jipi-japa de anchas alas.
Y por
si ustedes no le han conocido bien, entérense del
siguiente retrato que de este personaje hizo Blas a sus vecinos
al día siguiente de su llegada:
-El hombre pica en
vejera, es agobiao de cuerpo, baja la color, muy baja; el
ojo penoso y hundío, mucha ojalera, mucha, a manera
de cerco ceniciento. Trae un demonches de pajero duro como
una peña y blanco que tien que ver, cadena de oro
al pescuezo, corbatín de fleque, carranclán
más fino que el del señor cura y botas relumbrantes,
que se ve la cara en ellas. Es fino de habla y noblote en
su genial, y maneja ochentines como agua.
- III -
Dos meses
hacía que el indiano había llegado a casa de
sus sobrinos.
Trasladados a ella los equipajes que había
dejado en Santander, y hechas algunas reformas indispensables
en la habitación que había elegido en la misma
casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho,
entregado a los potajes que le disponía su sobrina,
si no con gran acierto, con la voluntad y el deseo más
nobles del mundo.
Los dos esposos comían con él
a la mesa y de sus mismos manjares; lo cual, no obstante
(preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas
y Paula un si es no es descontentos y contrariados. El indiano
no era goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba
como un diablo a los amargos, y por tanto, comía aceitunas
y bebía cerveza por todo regalo. Paula, pues, no veía
un azucarillo por un ojo de la cara, ni Blas se hartaba de
vino blanco.
Pero, en cambio, tenían unos aperos
de labranza nuevos y completos, dos vacas más, otro
traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan
de trigo» todos los días. Debo advertir que Blas,
siguiendo aquella famosa máxima del pobre, «antes
reventar que sobre», por aprovechar los medios puros que
tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador
de primera fuerza, a costa de media docena de horribles mareos
que le costó el aprendizaje.
Pues señor, volviendo
al indiano, han de saber ustedes que cada día que
pasaba le dejaba más flaco y más amarillo,
porque el padecimiento que le ocasionaba tal ruinera, una
disentería muy vieja y de fatal carácter, lejos
de aliviársele con los aires de su tierra, iba caminando
con ellos de mal en peor; tan mal, que hasta el mismo Blas
entró en cuidado y le dijo un día a Paula que
si aquel despeño no se contenía, iba a ir el
buen señor a contarlo muy pronto al otro mundo. Y
adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico
del pueblo, que asistía al enfermo.
Y tan fundada
era esta opinión, que a los pocos días de manifestada
por Blas a su mujer, el paciente se halló sin fuerzas
para salir de la cama. El médico, al verle así,
no se anduvo en chiquitas, y de buenas a primeras le dijo
que se preparase en toda regia, porque se las liaba.
Cumplió
el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes
religiosos, y previno que quería hacer testamento,
por lo cual ordenó que se le trajese un escribano.
Mientras éste llegaba, el mísero paciente
aprovechaba la poca tranquilidad de espíritu que tenía
para pensar en la distribución que debía hacer
de su caudal.
-Pero, señor, ¿a quién se lo
dejo yo, vamos a ver? -se decía-. Yo no tengo en el
mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor,
a ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van a
hacer de tanto dinero estas dos bestias? De fijo, dárselo
a cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña,
porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido
común. Y si no se lo dejo a ellos, ¿a quién
se lo dejo? ¿A un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro
por mi alma? No, señor. ¿A los pobres? Pobres son
Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me
han cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por
otra parte, ¿quién me quita a mí de hacer un
legado especial para los pobres, dejando lo demás
a mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, a pesar
de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen
empleo?... Y, por último -pensó el enfermo
poniendo un gesto de hiel y vinagre-, ¿qué me impide
ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de
haber sudado el quilo por adquirirle, no me sirve para detener
un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente
va a ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.
En esto llegó con tres acólitos el escribano,
y bajo su fe testó el enfermo; y tan a tiempo, que
acababa de poner la firma en el testamento y estirar la pata,
fue todo uno.
Al salir del cuarto el escribano se encontró
con Blas que andaba dando vueltas, muy afligido, por el estragal;
y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:
-Resignación,
señor don Blas: los altos juicios de Dios son incomprensibles.
Él, que ha llamado a su seno a su señor tío,
sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando
usted se halle con ánimo más sosegado, me permitiré
anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones,
señor mío, por las cuales le felicitara de
muy buena gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le
embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues,
a aconsejar a usted, mi señor don Blas, resignación
y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.
Blas, que empezaba a pasmarse del señor don que le
encajó el escribano, dejó para otra ocasión
el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas,
porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso
notario dio al traste con su serenidad, y rompió a
berrear como un ternero, colándose en seguida en el
cuarto de su tío para convencerse de que realmente
había espirado éste. Paula había entrado
en él momentos antes que su marido, y también
daba el grito que aturdía el barrio. De manera que,
al reunirse el matrimonio junto a la cama donde se hallaba
el aún caliente cadáver del indiano, no parecía
sino que se iba a hundir la casa.
Decididamente, Blas y
Paula habían tomado cariño al buen señor;
pero noble y desinteresadamente. Conste así en elogio
de estos dos borregos.
- IV -
Cuatro días después
de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente
al indiano, se leyó solemnemente su testamento en
presencia de los herederos. Según él, Blas
y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal
del testador, separadas algunas cantidades señaladas
por éste para los pobres del lugar, misas por su alma,
etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía
la friolera de treinta mil duros.
Al oírlo de boca
del escribano, que leía el testamento, los improvisados
capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de
repente, porque no podían comprender entonces lo que
aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su
vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto
a esta cantidad, sabían cuanto había que saber:
lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines,
en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que
se podía comprar con ella; en qué monedas cabía
en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un
taleguillo de a maquilero para guardarla, etc., etc. Pero,
¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado
ellos en semejante cantidad?... qué digo, ¿cuándo
la habían mencionado siquiera?
Cuando el escribano
los dejó solos y hubieron pasado los efectos más
gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron
a discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla
y de medirla según sus pobres alcances.
-Digo, Paula
-exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando
mucho los ojos-, que treinta mil duros deben ser... deben
ser... ¡Ca!... ¡una barbaridá de dinero!... Deben
ser... Yo creo que no cabrán en la caldera grande,
aunque estén en onzas de oro.
-Yo no sé, Blas,
si caben o no caben en la caldera -replicaba Paula verdaderamente
fascinada por la idea de semejante masa de riqueza-; lo que
sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!...
más ricos que el señor cura, más ricos
que el médico, más ricos que ese fachendoso
de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar a too
el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos
que toa la riqueza mesma de cuatro leguas a la reonda. Esto
es lo que yo sé, y no quiero saber más.
-¡Calla!
-gritó Blas de pronto, dándose en la frente
un puñetazo, que a habérsele dado en igual
sitio a un becerro, le hubiera dejado redondo-; creo que
vamos a saber a punto fijo cuánto abulta ese dinero.
Yo voy contando duros uno a uno hasta mil... ¿eh?, dempués
otra vez uno a uno hasta mil; luegomente uno a uno hasta
mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de a
mil duros ca una...
-¡Treinta no más, borrico! -contestó
Paula dando un puñetazo a su marido.
-Bueno, lo mesmo
da: siempre resultará que tenemos una pila de duros
que... ¡María Santísima!, se me va la vista
sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo:
grande, grande, grande, como... No sé cómo
es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo
duros a pienso too el año, no acabamos con ella...
¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María
Santísima y de toos los santos y santas de la corte
celestial!
Y Blas, fuera de sí, comenzó a
sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que
se tumbó boca abajo riéndose a carcajada seca,
sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó
por levantarse de repente los dos esposos lanzando berridos
y echando cada lagrimón como una manzana carretona.
-¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón! -gritaba
Paula entre sollozos y tirones de greñas.
-¡No te
cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona!
-contestaba Blas sorbiendo sus propias lágrimas y
echando al aire la chaqueta y las abarcas.
-¡Anda, marranón!
-¡Anda, jabalina! Cuando la calma volvió a apoderarse
de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula,
ésta, después de meditar un largo rato, propuso
a su marido llamar al maestro de escuela que, como hombre
de pluma, era el único que podría sacarlos
de aquella oscuridad en que cada vez se extraviaban más.
-¡Defetivamente, canijo! -respondió Blas con entusiasmo-.Vea
usté y cómo mil demonios no dimos antes en
ello. Y voy a ir yo mesmo por él... aunque, bien mirao,
ya no debía de andar a recaos como un zarramplín
cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la
herencia, no estará del too mal visto lo que voy a
hacer.
Y Blas salió del corral afuera como alma que
lleva el diablo, mientras su mujer se tendió a la
bartola en mitad del estragal, riendo y llorando a la vez
de puro gusto.
- V -
Era el maestro, don Canuto Prosodia,
hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances,
aunque él creía lo contrario, y muy largo en
adular a todo el que podía dar algo.
Vestía
ordinariamente traje oscuro de corte humilde con aspiraciones
a más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo
mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta
larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana que
tiraba a seda. Era gran echador de epístolas los días
feriados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con
los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba
de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía
la intervención en todos los picos de las familias
del lugar; tenía, en fin, mucha mano con ellas...
y mucha cuenta que dar a Dios de los desaguisados que causaba
en el vecindario su torpeza o su malicia. Se la echaba de
sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que ardía
Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en
casa.
Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta
necesidad en la presente historia, y que sólo los
he apuntado porque no me gusta presentar a mis lectores un
personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué
casta de pájaros tienen que codearse.
Pues señor,
volviendo a lo que más nos importa, Blas y don Canuto
Prosodia llegaron a casa del primero cuando aún Paula
no se había levantado del suelo, donde cayó
desconcertada por la alegría al salir su marido en
busca del pedagogo.
-¿Mi señora doña Paula está indispuesta? -dijo don Canuto descubriéndose
y parándose delante de la mujer de Blas.
-¡Qué
endispuesta ni qué canijo! -respondió Paula
levantándose de un respingo-; si tengo más
salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete
cuánto dinero tenemos, y, sobre todo, que no me güeiva
usté a zamarrear con tanta doña ni tanta jeringa.
-A todo señor, todo honor -replicó don Canuto
doblándose a compás-. Pero dejando este punto
por ahora, pasemos al que me trae aquí a solicitud
del señor don Blas, que ha tenido la dignación
de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor
éxito de mi cometido.
Don Canuto, al decir esto,
sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán
un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en ocho
dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco
de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla
sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego
de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada
contra los tintales de algodón que contenía
el tintero, desdobló el papel dejándole reducido
a cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas,
pidió a Paula la tortera, puso ésta horizontalmente
sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su
mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera
y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó
dos veces mirando de hito en hito a los dos esposos que acurrucados
en el suelo contemplaban en silencio al dómine, jadeando
de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado
que pudo, habló lo siguiente:
-Hame dicho el señor
don Blas que asciende la herencia de ustedes a la respetabilísima
cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para
reducirlos a reales, los multiplico por veinte, o, lo que
es lo mismo, por dos, añadiendo luego un cero a la
derecha del producto que esta multiplicación nos arroje.
Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que
seiscientos mil reales.
-¡Echa reales! -dijo Blas sobándose
las manos.
-¡María Santísima! -exclamó
Paula mordiéndose los puños.
-También
me ha dicho Blas -continuó don Canuto- que esa suma
está invertida en América, según reza
el testamento, en fincas y empresas a cargo de un apoderado
del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir
a ustedes los productos de dicho capital, o el capital mismo
si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho,
señor don Blas?
-Hombre, precisamente eso mesmo,
no; pero eso es lo que he querío decir.
-Tanto monta.
-Pero señor don Canuto -exclamó Paula con
impaciencia-, lo que nusotros queremos saber es cuánto
nos corresponde caa día al respetive de esa barbaridá
de dinero.
-A eso vamos, señora mía. Suponiendo
que el capital produzca un seis por ciento, rédito
que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará
en todo un año... ¿Por qué método quieren
ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno
que consiste en establecer la siguiente proporción:
ciento es a capital como tanto es a interés, y despejar
luego la incógnita, que en el caso presente es el
interés, según las reglas establecidas por
los autores; y otro, que llamamos abreviado, consistente
en...
-Déjeme usté de esas andróminas,
señor don Canuto -interrumpió Paula ya quemada-
y sáqueme usté pronto el montante del dinero,
aunque lo saque por el satanincas o por el diaño que
cargue con usté y con esa calma condená que
se le pasea por los gañotes.
Don Canuto bajó
la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde de erudición
con la andanada de Paula, y comenzó a hacer números
con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían
con la vista con ávida curiosidad los giros de la
pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que
éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó
el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja
derecha, tomó entre sus manos el papel en que había
hecho los cálculos, y dijo a los dos herederos, que
seguían arrodillados delante de él y mirándole
sin pestañear:
-Importan anualmente los réditos
del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido,
treinta y seis mil reales, que divididos entre trescientos
sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan
a ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes,
salvo error de pluma o suma.
-Y ¿qué es eso de diario,
señor maestro? -preguntó Paula.
-Diario, señora
mía, es lo mismo que si dijéramos todos los
días; más claro: cada veinticuatro horas tienen
ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.
-¡Carafle!, yo creí que nos correspondía más
-dijo Blas con cierto disgusto mirando a Paula.
-Yo también
-añadió ésta mirando a Blas.
-Pero,
señores, reparen ustedes en que ese diario procede
solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero
y de ustedes.
-¡Ahhh! -exclamaron, respirando con placer,
los dos bolonios herederos.
-El capital es, como quien dice,
una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que
son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio.
Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo
que de la fuente mana espontáneamente, pueden acudir
al depósito, zambullir en él la cabeza y darse
un atracón hasta que revienten o hasta que lo agoten;
resolución que yo no aprobaría, pues esta clase
de fuentes, una vez secas, ya no vuelven a dar, por lo general,
una mala gota.
-Aguárdese usté y perdone -dijo
Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del
chaquetón-. Pinto el caso de que yo tengo una vaca;
la ordeño un día, y me echa en la zapita noventa
y ocho reales y medio; la ordeño otro día,
y me da otro tanto, y todos los días lo mesmo: esta
vaca nunca se seca, y además la vaca es mía.
¿No es así el aquel de la herencia?
-Cab |