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    Tipos y paisajes
     José María de Pereda
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Los chicos de la calle


- I -

Los seres que con este nombre se designan vulgarmente en Santander tienen más de seis años y no pasan de doce; andan en bandadas, como los gorriones, y, como éstos, son dañinos y objeto de general antipatía.

Usan un remendado pantalón de indefinible género, una camisa que siempre es vieja, y a las veces blusa: nada de zapatos y muy poco de gorra.

Son alumnos de la escuela de balde; y aunque concurren a ella dos o, a lo sumo, tres veces al mes, llevan siempre al costado, y pendiente de un hiladillo azul, una cartera o bolsa de lienzo manchada de tinta, que contiene un Amigo de los niños; una pluma reseca y abierta de puntos; un pliego de papel rayado para planas de segunda o, cuando más, de cuarta, la mitad de ellas en blanco y la otra mitad escritas, todas éstas corregidas por el maestro con la calificación de «pésimo» entre unas cuantas crucecitas que significan otros tantos palmetazos, ya cobrados; y, por último, un cuaderno, de hechura casera, para cuentas, con forro de papel de estraza.

El destino de estas criaturas es vivir al aire libre, fijarse en todo cuanto ven, atropellar lo más respetable, atravesarse donde más estorban... hacer, en fin, todo lo contrario de lo que conviene a los demás.

Empiezan sus proezas al amanecer, porque es de advertir que los angelitos madrugan tanto como el sol. Revuelven los basureros, y son objeto de su predilección los recortes de papel y de telas de color, los pedazos de cuerda, cacerolas de latón y todo objeto sonoro, y las ratas. ¡Las ratas! Un hallazgo de esta clase es una ganga para ellos: cogerlas vivas, la mayor de sus satisfacciones.

Los recortes de color les sirven de papel-moneda: juegan con ellos al pinto-blanco, y el que gana diez o doce pedazos sabe que tiene un cuarto seguro en cuanto los saca a la plaza, es decir, en cuanto propone su venta a cualquier camarada. Las cuerdas les son indispensables: a un chico de la calle nunca le falta algo que amarrar, y, en último caso, se hace con ellas un látigo que siempre es de gran utilidad en sus manos. Las cacerolas de latón sirven para hacer ruido empujándolas con el pie de calle en calle, o para colgárselas del rabo al primer perro que se halle durmiendo al sol. Las ratas muertas, atadas a una cuerda, son de lo mejorcito para dar sustos a los transeúntes, echándoselas, a la descuidada, entre los pies: metérselas en la cesta a la fregona que vuelve de la compra, es para los granujas un lance de primer orden; encajárselas en la pechera de la camisola a un niño decente y vestidito a la moda, es poner una pica en Flandes, y si la pobre criatura se accidenta de susto, muchísimo mejor. Con las ratas vivas tienen mayor efecto estas hazañas, porque las sorpresas son mayores. Pero no es por esto sólo por lo que los chicos prefieren a las ratas muertas las vivas: a una de éstas, después de haber recorrido con ella las calles y los mercados, se la lleva al Muelle, se la hace nadar a todo lo largo de él en las aguas de la bahía; y cuando está hinchada como una pelota y sin fuerzas para nadar, se la conduce a una plazuela, y allí, colgada por el rabo, se la asa viva, se ven los gestos que hace cuando le llega el fuego a los hocicos, cómo se le contrae la piel, cómo sube la llama a medida que gotea sobre los tizones la grasa de la víctima, y se observa minuciosamente cómo van siendo cada vez más débiles y tardíos sus desesperados quejidos de dolor... Esta satisfacción no puede proporcionársela a los tiranuelos una rata muerta.

A las horas de entrar en la escuela huyen de su puerta como el diablo de la cruz, y se desparraman por las calles para no llamar la atención de la policía; rondan los almacenes del comercio y recogen el azúcar derramado sobre las losas, o lo extraen con una astilla por las hendiduras de las cajas.

Ayudan algunas misas en San Francisco y se pirran por las recortaduras de la sacristía; se disputan la campanilla para acompañar al Viático por las calles, y ufan, es decir, trincan; más claro, roban las lágrimas de los blandones.

Acuden a todos los bautizos, y acorralan, persiguen e insultan, llamándole pelón por las calles, al padrino que no les tira al robo algunos puñados de monedas.

Se introducen en las cuadras de los mesones de Santa Clara, y arrancan a los machos las cerdas de la cola para hacer aparejos de pescar.

En la plaza de la verdura afanan, al paso, huevos y castañas; y encaramándose unos sobre otros, despegan los carteles impresos de las esquinas.

Se fijan en toda persona que se cae en la calle, o que revele en su fisonomía o en su actitud ser víctima de algún suceso extraordinario; la rodean, la siguen, la abochornan con su escandalosa curiosidad; y si los reprende, la silban, y si es muy tímida por naturaleza, la vuelven loca.

Ellos se encargan, aullando de placer, de ejecutar a todos los perros que lleguen al Muelle condenados a morir ahogados. Los arrojan al agua junto a la Capitanía del puerto, y los conducen a pedradas hasta el Merlón, si la infeliz víctima no espira, como suele suceder, a medio camino. A los angelitos les parece demasiado sencillo, para acabar con un perro, el conocido sistema de echarle al agua con un canto al pescuezo.

En los portales de la vecindad juegan a la pelota a dos paredes, y hacen de éstas su libro de memorias. En ellas escriben todas sus grandes impresiones del día: es decir, los nuevos motes de sus amigos, lo más grave que a éstos les haya ocurrido recientemente, y algunas otras menudencias que a mí no me es lícito copiar aquí. También retratan, a su modo, a los policías más populares de la ciudad, añadiendo a la efigie observaciones curiosas, y hasta pretenden reproducir las escenas que más les hayan admirado en el teatro o en el circo.

Por no perder tiempo, cuando, consumada una fechoría, se trasladan, para emprender otra, a distinto punto de la ciudad, mientras andan y discuten van rayando con yeso los tableros de las tiendas, abriendo las puertas que están cerradas y tocando marchas en los cristales de los escaparates. Si hay lodo en las calles, es de rigor que borren con él cuanto letrero o muestra, recién pintados, hallen al paso.

Es de su incumbencia exclusiva aclimatar los juegos nuevos y conservar el orden de sucesión establecido para los viejos.

Ocho días antes de Semana Santa recorren las calles formados en pelotones imponentes y batiendo, con entusiasmo feroz, mazos y carracas, cuyo estrépito aturde al vecindario.

El domingo de Ramos transforman la población en un bosque ambulante de laureles: montan sobre un ramo al camarada que juzguen más a propósito para el caso, y, conduciéndole a hombros, cantan todos a coro:


    «Bendito sea el que viene
en el nombre del señor;
bendito sea el que viene,
aquí viene el Salvador.»

El día de la Candelaria recorren las calles en igual forma, pero llevan romero en lugar de laurel, y en vez del romance del día de Ramos, cantan con la misma música de éste...


    «Cuando la Candelora llora
el invierno bota afora;
cuando se ríe está
por venir.»

Aman con delirio los precipicios y las grandes alturas; y no pudiendo, por falta de permiso, montarse sobre la torre de la catedral, se columpian en las cadenas del warf del Merlón y se encaraman en las pilas de madera del muelle de Maliaño.

Poseen, como los monos, el instinto de la imitación, y remedan en las calles lo que han visto hacer en la plaza de toros a los acróbatas, a los osos o a Cúchares. Merece citarse un ejemplo a este propósito:

Cuando se inauguró el ferrocarril de Santander a Bárcena, recuerdo haber visto a estos chicos jugar a los trenes, imitándolos con una precisión pasmosa. Colocábanse diez o doce de ellos en fila, apoyadas la cabeza y las manos de los de atrás en las espaldas de los de adelante. El que formaba el primero hacía de locomotora, y tenía la habilidad de imitar maravillosamente los silbidos y resoplidos de esta máquina. El segundo hacía de maquinista. Diferentes portales, señalados de antemano en la calle en que se jugaba, eran otras tantas estaciones. Formado el tren, el chico maquinista levantaba la gorra del chico-locomotora, el cual, como si realmente tuviera una válvula destapada, comenzaba a pitar que se las pelaba, y pitando continuaba hasta que la gorra caía otra vez sobre su cabeza, siendo de advertir que había tal relación entre la voluntad del maquinista y la suya, que los pitidos seguían los movimientos de la gorra con la misma precisión que siguen a los de la mano de un maquinista verdadero los del silbato de la máquina que guía. Después de este requisito, el tren se ponía en marcha poco a poco, y a vuelta de muchos resoplidos, paraba en cada estación, previos los pitidos de rúbrica, y con el mismo ceremonial tornaba a la estación en que se había formado.

Tienen una afición, que raya en locura, a los espectáculos públicos; a los volatines especialmente. Los toros les gustarían mucho más; pero como son muy caros y se ejerce a las entradas de la plaza una vigilancia de todos los diablos, no se atreven a pensar en colarse «de mogollón». Cuando se acercan las corridas y ha llegado el ganado, se van todas las tardes a verle a los prados de la Albiricia, le acompañan al abrevadero al lado de los pastores, averiguan el nombre de éstos, saben cuáles son los toros de cada corrida, y a la cuarta o quinta visita, andan por el prado a media vara de los bichos. Indagan en qué fonda o posada paran los toreros, rondan su habitación, cuando la conocen, y mirando a las ventanas por si se asoman los, para ellos, héroes entre todos los héroes habidos y por haber, se pasan horas enteras. A la de la corrida se van al arrastradero; y allí, metidos hasta las rodillas en un charco de sangre, pugnan y sudan el quilo por arrancar a los toros y caballos que salen arrastrados de la plaza, una banderilla del morrillo o media docena de cerdas de la cola; menos aún, por tocar con los pies la cabeza de estos animales; por ver un poquitín el interior de la plaza en el momento en que salen o entran las engalanadas mulas, cuya suerte envidian.

Se los halla infaliblemente junto al despacho de billetes del teatro, y piden a cuantas personas se acercan a tomar localidad, dos cuartos que les faltan siempre para completar el valor de una entrada. Los que con este recurso la adquieren, un poco tarde siempre, llegan a la cazuela pidiendo plaza a todo el mundo y pisando muy recio. Ya sentados, se mueven más que las ardillas, porque todo les llama la atención. La frase más insignificante en boca del gracioso les hace reír a carcajadas, y piden con estrépito que se repita. Cuando oyen aplaudir a los demás, ellos silban como cien huracanes, no porque desaprueben los aplausos, sino porque el silbido es la gran expresión de su entusiasmo, lo mismo en el teatro que en la plaza. Saborean con delicia todas las situaciones de un melodrama (género por el que se pelan); y tal les abstrae el gozo, que se olvidan del lugar en que se hallan y del público que los rodea. Sólo les escuece el deseo de saber si tal camarada, que es algo distraído, está, como ellos, bien al tanto de lo que pasa en el escenario. El tal camarada suele distar de ellos todo el diámetro de la cazuela. Mas ¿para qué les dio Dios una voz extensa y penetrante. Aprovechan, pues, una situación en que se oiría volar una mosca en el teatro, y entablan a grito pelado un diálogo como el siguiente:

-¡Ay que Dios!... ¡Rajuca!

-¡Queeé!

-¡Miale, miale!... ¡ése que arrastra a la dama!

-¿Qué casulla tiene, eh?

-¿Sabes quién es?

-El marido de la marquesa que salió endenantes.

-¡Quiá!... El que hizo la otra noche de general y luego le llevaron a la horca.

-¡Si aquél era más gordo!

-¡Cómo no fuera!... ¡si lo sabré yo!... ¡Le he visto más veces al balcón! Vive en casa de Chiripa, que tiene su padre posada de comediantes. Güena va la comedia, ¿eh?

-¡De mi-flor!

-¿Tienes algo de pan?

-No; precebias.

-Arría un par de ellas.

-En abajándose el telón.

Son, por lo general, poco aficionados a la mar; prefieren hacer sus correrías por las alamedas o por el campo: en primavera y en verano, para acechar nidos, pescar grillos o robar huertas; en invierno, para cazar con liga pardillos y jilgueros.

He dicho que no son aficionados a la mar estos diablejos, y debo añadir la razón. En la mar y en el terreno que le pertenece, no hay más cheche que el raquero, con el cual no pueden competir. Este, de quien no trato ahora porque ya he tenido el honor de dedicarle algunas páginas en mis Escenas Montañesas, tiene menos ingenio, menos travesura que ellos; pero, en cambio, tiene más entraña, y una correa, que ni las de un toro de Colmenar: se pasa un par de meses en la cárcel y se duerme todo un invierno sobre las duras y húmedas losas del Muelle sin exhalar una queja ni coger un constipado; y sobre todo, acomete él solo la empresa raquera más difícil y arriesgada, y antes deja en ella los dientes que la presa. Los «chicos de la calle» saben muy bien que el más templado de todos ellos, su jefe como si dijéramos, el famoso Coneja, a quien conozco mucho, las mayores pruebas porque ha pasado, sin llorar, han sido dormir dos noches, no consecutivas, bajo las maderas de Cañadío, y permanecer diez horas en el cuarto de los perros6. ¿Y qué proezas ha hecho él solo? Poco más de nada: entrar en una huerta de Cajo, torcer el pescuezo a un pollo y robar dos docenas de manzanas. Para eso le guipó el amo, dejó el pollo y las manzanas para hacer menor su responsabilidad, y, llorando de susto, volvió a saltar las tapias sin llevarse consigo una mala camuesa.

Debe, pues, quedar consignado:

1.- Que estos chicos, tan osados y dañinos en pandilla, uno a uno son inofensivos borregos.

2.- Que nada les intimida ni les detiene en sus incesantes campañas más que los raqueros del Muelle, que son indomesticables e irresistibles por naturaleza y por educación.




- II -

He apuntado algunos de los rasgos característicos de la vida malhechora de mis personajes, omitiendo otros, porque, sobre ser de la naturaleza de los referidos, son tantos que no cabrían en un libro.

Debo ahora cambiar el cuadro de faz y presentársele al lector por la del martirio; y abrigo la esperanza de que de este modo concluirá por compadecer de todo corazón, como las compadezco yo, a esas pobres criaturas.

Persíguelas implacable a todas partes la vara del polizonte. Estos hombres, insensibles a cuanto les rodea, sólo dan señales de actividad y de inefable regocijo cuando se trata de dejar su junco flexible marcado en las nalgas de los revoltosos chicos.

Cuando éstos juegan a la pelota o a la birla, tienen un par de centinelas de vista que a cada paso les interrumpen la diversión con el grito alarmante de ¡agua!, señal infalible de que la policía se acerca.

Otras veces, en medio de la escena más deliciosa, se les aparece una mujer descalza y mal ataviada, por lo común en cinta: es la madre de uno de ellos. Coge a su hijo por donde le alcanza, y así le arrastra, administrándole de vez en cuando injurias y puntapiés, hasta la escuela. Abre la puerta, llama al maestro y le hace entrega del objeto con estas palabras:

-Ahí está: mátemele usted...

El pedagogo administra a buena cuenta un par de bofetones al chico, y más tarde cumple en él casi todo el mandato de su madre.

Ellos son los primeros arrojados a la calle, sin formación de proceso, cuando hay alboroto en algún espectáculo público; los que llevan los coscorrones del perrero en las funciones de la catedral y los únicos a quienes se niega la entrada en ella.

La mayor parte de los días no comen, bien porque han llegado tarde a casa, o porque no se han atrevido a acercarse a ella temiendo un castigo bárbaro por el siete que se hicieron en la blusa o en los pantalones, jugando, con sus camaradas; es decir, por el único de sus pecados digno de perdón.

En las fuentes públicas se les niega por las fregonas el derecho de beber un trago de agua en el caño, cuando a él se acercan sedientos y fatigados.

Lo que en los niños «decentes» se castiga en la calle con una reprensión ligerísima, les cuesta a ellos un par de puntapiés o un trancazo, y todo el mundo se cree con el derecho de tirarles con una banqueta, de romperles un brazo o de abrirles la cabeza... de matarlos, si es preciso.

La prensa local los denuncia a todas horas a las iras de la autoridad, y los llama granujas, pilletes, canalla y otros primores por el estilo, y pide para ellos zurriagazos, encierro y hasta banderillas de fuego.

El noventa y cinco por ciento de los chicos atropellados por carros y caballerías, y de los ahogados en verano en las Higueras o San Martín, pertenecen al grupo de los de este cuadro.

De ellos son los que en el crudo invierno, arrojados de casa donde no se los compadece porque no se los ama, tiritan de frío desnudos y descalzos, y sufren, acurrucados en el quicio de una puerta, los rigores de una fiebre.

Todos ellos, al tornar de noche a sus hogares, tras un día de inquietudes y fatigas, tal vez heridos y, de fijo, mal alimentados, saben, por una cruel experiencia, que les espera, después de muchos golpes y maldiciones, un duro pedazo de pan para acallar el hambre y un no muy blando jergón para reposo del cuerpo.

Ellos son, en fin, ¡desventurados! los que nunca han sabido cuánto consuelan y purifican el alma la dulce y sabia tutela de un padre y los besos, las oraciones y los cuidados de una madre cariñosa.




- III -

Estas criaturas, cuya viveza, cuya osadía, cuyo ingenio precoz harían esperar a cualquiera algo, muy bueno o muy malo, pero algo extraordinario para cuando fueran hombres, tienen, sin embargo, el fin más vulgar, prosaico y triste que imaginarse pueda.

A los trece años de edad están todos aprendiendo mal un oficio; a los diez y seis se emancipan de la tutela paterna, es decir, fuman, votan y beben delante de su padre y le niegan el derecho de castigarlos y hasta el de reprenderlos; a los veinte unos pocos van, por la suerte, al servicio de las armas; otros pocos, muy pocos, empiezan a ser industriales aplicados y virtuosos, pero vulgares, y casi todos los restantes se casan. A los veinticinco años tienen éstos seis hijos, poca salud, mucha miseria y bastantes vicios; a los treinta representan cincuenta y cinco, tienen cuatro hijos más, muchísima aversión al trabajo, ninguna paz en casa y la mitad de la prole vagando, como ellos vagaron, por las calles de la población.

Desde esta edad hasta la de los sesenta años, distribúyalos el lector a su gusto entre las garras del hambre, el hospital, la cárcel... y el cementerio.

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Blasones y talegas


- I -

De la empingorotada grandeza y el coruscante lustre de sus antepasados, he aquí lo que le restaba, catorce años hace, al señor don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada.

Un casaquín de paño verde con botones de terciopelo negro.

Un chaleco de cabra, amarillo.

Un corbatín de armadura.

Dos cadenas de reló con sonajas, sin los relojes.

Un pantalón de paño negro, muy raído.

Un par de medias-botas con la duodécima remonta.

Un sombrero de felpa asaz añejo, y

Un bastón con puño y regatón de plata.

Esto para los días festivos Y grandes solemnidades.

Para los días de labor:

Otro casaquín, incoloro, que soltaba la estopa de los entreforros por todas las costuras y poros de su cuerpo.

Otro corbatín, de terciopelo negro, demasiadamente trasquilado.

Otro chaleco, de mahón, de color de barquillo.

Otro pantalón, «de pulga», con más p asadas que un pasadizo.

Otro sombrero de copa, forrado de hule.

Unas zapatillas de badana; y

Un par de abarcas de hebilla para cuando llovía.

Como ornamentos especiales y prendas de carácter:

Una capa azul, con cuello de piel de nutria y muletillas de algodón; y

Un enorme paraguas de seda encarnada, con empuñadura, contera y argolla de metal amarillo.

Como elementos positivos y sostén de lo que antecede y de algo de lo que seguirá:

Una casa de cuatro aguas con portalada y corral, de la que hablaremos luego más en detalle.

Una faja o cintura de vicios y retorcidos castaños alrededor de la casa.

Un solar contiguo a los castaños por el Sur, dividido desde tiempo inmemorial en tres porciones, prado, huerto y labrantío, por lo que se empeñaba don Robustiano en que tenía tres solares, y que ellos daban origen a su apellido; un solar, repito, mal cultivado y circuido de un muro apuntalado a trechos, y todo él revestido de una espesa red de zarzas, espinos y saúco.

Algunos carros de tierra en la mies del pueblo; y

Un molino harinero, de maíz, zambo de una rueda, que molía a presadas y por especial merced de las aguas pluviales, no de las de un mal regato, pues todos los de la comarca le negaban últimamente sus caudales.

Item, como objetos de ostentación y lustre:

Un sitial blasonado junto al altar mayor de la Iglesia parroquial.

Y un rocín que rara vez habitaba bajo techado, por tener que buscarse el pienso de cada día en los camberones y sierras de los contornos.

Item más. Tenía don Robustiano una hija, la cual hija era alta, rubia, descolorida, marchita, sin expresión ni gracia en la cara, ni el menor atractivo en el talle. No contaba aún treinta años, y lo mismo representaba veinte que cuarenta y cinco. Pero, en cambio, era orgullosa, y antes perdonaba a sus convecinos el agravio de una bofetada que el que la llamasen a secas Verónica, y no doña Verónica.

Por ende, al verse colocada por mí en el último renglón del catálogo antecedente, tal vez enforcarme por el pescuezo le hubiera parecido flojo castigo para la enormidad de mi culpa; pero yo me habría anticipado a asegurarla, con el respeto debido a su ilustre prosapia, que si en tal punto aparece no es como un objeto más de la pertenencia de su hidalgo padre, sino como la segunda figura de este cuadro, que entra en escena a su debido tiempo y cuando su aparición es más conveniente a la mayor claridad de la narración.

En el ropero de esta severa fidalga, he dicho mal, en su carcomida percha de roble, había ordinariamente:

Un vestido de alepín de la reina, bastante marchito de color.

Un chal de muselina de lana rameado; y

Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.

Con estas prendas, más un par de zapatos, con galgas el en los pies, un marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica, junto a su padre, el sitial blasonado de la iglesia los días festivos, durante la misa mayor.

Ordinariamente no usaba, ni tenía más que un vestido de estameña del Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.

Y con esto queda anotado cuanto a nuestros personajes les quedaba que de público se supiese.

Penetrando ahora en la vida privada para conocer también algo de ella, conste que tenían un Año cristiano y la ejecutoria, envuelta, por más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero daban pasto a su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda fomentaban más y más su vanidad solariega.

Así nutrían el espíritu.

En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura, con escrúpulos de carne y un torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de darles el poco jugo que los dos tenían.

Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi implacables rentas que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse aliquando el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica, dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas, alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los dos ilustres señores a escondidas y con grandes precauciones.

He dicho que el Año cristiano y la ejecutoria constituían el pasto y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en concepto del solariego, más edificante y trascendental. Consistía en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos, empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de su escudo de armas: por qué, verbigracia, el león era pasante y no rampante, por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante mal hecho, etc. etc... Y desde tal punto iba descendiendo, poco a poco, por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban, claras, evidentes y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente. Decía así:


«Antes que nobles nacieran,
Antes que Adán fuera padre,
Por noble era insigne ya
La casa de Tres-Solares.»

Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron marzazgas, martiniegas, yantares y fonsaderas; no pagaron nunca derechos al Rey «e le fablaban sin homenaje». Uno de ellos fue trinchante, en época posterior, de la mesa real, y más acá, acompañando otro a su Alteza a una cacería, tuvo ocasión de prestarle su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas para obsequiar a un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dio origen a la colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una a cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos por dos de la vista baja, o sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque de Osuna, sobre si a aquél correspondía o no poner seis plumas en vez de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fue Regidor perpetuo de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta zapateras que se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las campanas a vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para recibir en ella ciertos días a algún pariente suyo, se vio en el pueblo constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia, lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho. ¿Y privilegio de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención de plantíos y de reparto de camberas, o prestaciones... y tantísimas cosas por el estilo?... «Pero, ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido), «a otros tiempos otras costumbres. Cundieron los francmasones; la impía, la infame filosofía del francés invadió los pueblos y cegó a los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución; aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto a la plebe cuatro emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades, nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución; y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión..., el escándalo universal.»

Todo esto y mucho más, decía don Robustiano a sus convecinos, revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango. Por supuesto, que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover, y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de grandezas, que, puestas en el mercado, no valdrían a la sazón medio celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se quedaba tan satisfecho.

La misma relación hacía con frecuencia a su hija durante las largas noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las grandezas de sus progenitores! ¡Vaya sí gozaba y si se le ensanchaba el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más encopetada princesa!

Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres a don Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada y derecha talla por el balcón principal, o solana, de su casa, si llovía, o por el solar si hacía bueno, echando de paso a la calleja las piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.

Verónica, entretanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre o bajaba al huerto a sallar medía docena de berzas cuando estaba segura de que nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría al instante, porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza, recelosa y huraña.

Sabía leer mal y escribir peor, gracias a que su padre se lo había enseñado en casa, pues éste no quiso que su hija, cuando niña, asistiera a la escuela del lugar, donde necesariamente había de rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de sus toscos convecinos.

Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al corro, donde la gente moza baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una hila, ni una deshoja. Para que formara una idea del primero, la acompañó varias veces a que le viera por encima de las tapias del solar, en cuanto a las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por los relatos exagerados que, respecto a la descompostura y licencia, le hacía don Robustiano.

De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de la juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos e inocentes confidencias, sin haberse reído una sola vez con expansión; sin poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor, sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.

La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por dentro, no se abría, sino en las ocasiones indispensables, o cuando llamaba a ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera, que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don Robustiano, que no honraba con ella por no desprestigiar su grandeza ni aun a su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica con intimidad, amoldóse por entero a su criterio, y tomando su voz por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oír a esta mujer y murmurar a su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única tarea que no cansaba a la solariega doncella. Que no amó jamás; es decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón fue siempre extraño a semejante necesidad, además de que su posición era lo menos a propósito para creársela. En los mozos del pueblo, como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto a pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había a sus alcances, ni a proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de su corral, ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre, pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños; éstos vegetaban con sol y aire, ella con el escaso pan de cada día, los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás a cansarse buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas, apegada a las suyas postizas, como el árbol a la tierra, dejaba pasar sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.

Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus antepasados, o por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien es cierto que no amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.

Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y escudos de armas; pero jamás citaba a las familias, sino por el nombre del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «los de...»7 y sabido era que se refería a la familia del señor Fulano de Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba a algunas de ellas, por tradición, cordiales simpatías, y a otras, también por herencia, odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su puerta. No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas a San Juan, iba a visitar tal o cual santuario, o a espolvorearse un poco en la feria de acá o de allá o a la capital, rodease media provincia, si era preciso, por no tocar en casa de los de A o de B, como en su concepto mandaba la buena cortesía, si las tales casas se hallaban en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de recibir en la suya visitas de tal calibre.

Por eso, cada vez que, después de oírse ruido de herraduras en la calleja contigua, llamaba alguien a su portalada, salía corriendo Verónica, y decía, fingiendo la voz:

-¡No está en casa!

Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran las chancletas por debajo de la portalada.

Si el que llamaba no se alejaba en el acto, añadía con zozobra:

-¡Y no vendrá en todo el mes!

Y si aun insistía el de afuera, concluía la de adentro con espanto:

-¡Y está sola la casa... y se llevó la llave don Robustiano!

En seguida se retiraba, y su padre, que observaba el suceso con un ojo por el ventanillo o cuarterón de la puerta del estragal, le decía con febril ansiedad:

-¡Ahora arriba; y silencio, aunque echen la puerta al suelo!

Y el pobre señor sufría angustias de muerte cada vez que se hallaban en trances semejantes, porque es de advertir que su carácter era afable y expansivo, y su corazón noble y hospitalario; pero el orgullo, el pícaro orgullo de raza, el ardiente celo por el lustre de su estirpe, eran más fuertes que él, y no podía resignarse a mostrar aquel roñoso polvo de su grandeza, aquella angustiosa desnudez de sus hogares preclaros, a los, en su concepto, más esponjados rivales suyos en timbres y pergaminos.

La verdad es que las grandezas interiores de la casa de don Robustiano mejor estaban para apuntaladas que para vistas... Y a propósito: esta ocasión es la más oportuna para dedicar a aquélla el párrafo que le tenemos prometido. Vaya, pues.

Dividíase el edificio en tres partes: baja, principal y alta. En la primera se hallaban las cuadras, el anchísimo soportal y la bodega. La segunda estaba, a su vez, dividida por un largo carrejo en dos porciones iguales, una al Sur y otra al Norte. Constaba aquélla de tres piezas, dos de las cuales eran dormitorios y la restante un gran salón llamado de Ceremonias por la familia, y sépase por qué. Según don Robustiano, allí recibían sus mayores los homenajes de sus súbditos; allí trataban y pactaban de potencia a potencia con los señores de aquende y de allende en los apurados conflictos que surgían a cada instante por cuestiones de etiqueta o de administración; allí, en fin, se verificaban todos los actos domésticos que más sublimaban el recuerdo histórico de los ascendientes preclaros de don Robustiano. Por eso consagraba éste al salón de Ceremonias un respeto casi religioso: no entraba en él en mangas de camisa, ni escupía sobre su suelo, ni consentía que se abriese más veces que las puramente indispensables. Por lo demás, no le quedaban otras señales de sus pasados altos destinos que dos retratos ahumados y sin fisonomía ni traje perceptibles a la simple vista, aunque el solariego aseguraba que eran las veras efigies de dos de sus abuelos; un sillón de vaqueta, blasonado; tres sillas cojas, de lo mismo; una mesa apolillada, de nogal, con gruesos relieves, y las ensambladuras del techo manchadas y corroídas por las goteras. Tal es la historia del salón de Ceremonias, y tal era el salón mismo. De las dos piezas inmediatas a él, hay muy poco que hablar: estaban tan desnudas y deslucidas como el salón, y es cuanto se puede decir, no contenían más que las camas, de alto y pintarrajeado testero, eso sí; la percha de Verónica, una silla de encina por cada cama, un Crucifijo y una mala estampa de Santa Bárbara encima de la de don Robustiano, y otra percha para la ropa y sombreros de éste.

La parte Norte constaba del mismo número de piezas que la del Sur; pero una estaba ya sin tillado cuando Verónica vino al mundo; la otra se quedó sin techo pocos años después, merced a una invernada cruel que entró por el tejado, llevándose detrás los cabrios, las latas, las tejas y el pedazo de desván correspondiente; la otra, sala de comer y de tertulia en los buenos tiempos, había perdido la mitad del muro exterior, quedando en su lugar un boquete que tenía que tapar don Robustiano todos los otoños a fuera de rozo, morrillos y barro de calleja, únicas reparaciones asequibles a sus fondos, por el cual boquete se empeñaban en meter la cabeza todas las iras del invierno. Felizmente, la cocina, que se hallaba en terreno neutral a una de las extremidades del carrejo, había quedado servible y respetada de los temporales. De manera que don Robustiano no había tenido más remedio que irse replegando poco a poco a la parte del Sur, a medida que la del Norte se arruinaba. Al fin y al cabo, el pobre señor, disponiendo aún de media casa, y de media casa enorme, apenas podía revolverse en ella, y eso que su ajuar estaba reducido a la última expresión. Para comprender este, al parecer, contrasentido, hay que observar que en cada salón de los citados se podía dar una batalla. Del desván no quiero hablar, pues tal se hallaba, que hasta una mirada le conmovía. No obstante, debe citarse un tesoro que encerraba, un tesoro, en concepto de don Robustiano: dos piezas roñosas de una armadura de un su ascendiente que peleó en San Quintín. Yo juraría que eran dos grandes vasos o cangilones de noria; pero cuando el solariego decía lo contrario, sabido se lo tendría. Dentro del corral (que, como es de ene, estaba al Sur y contiguo a la casa), había un pabellón habitable, aunque muy pequeño, que don Robustiano llamaba la glorieta. Allí tenía el solariego todos sus papeles de familia y escasísimos libros de abolengo en una alacena embutida en la pared, junto a una mesa de castaño, sobre la que había una carpeta de badana y un tintero de estaño. Enfrente del pabellón había una teja-vana que servía de leñera, y al lado de ésta un pozo con el correspondiente lavadero.

Añada el lector a todo lo que queda dicho un largo balcón a cada fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre cada puerta, y media torre almenada, cubierta de hiedra en el ángulo del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera, por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni debo acordarme, el palacio.

Hemos dicho que de higos a brevas hacía don Robustiano un viaje a la capital, o a alguna feria o santuario de la provincia, y es conveniente añadir cómo le hacía, pues este cómo le comía a él la atención mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.

Concebido el proyecto cuatro o cinco meses antes de realizarle, le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le rumiaba con lo que comía, y sólo a vueltas de muchas semanas de brega se atrevía a aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios suspiros, como aquel que se decide a acometer una empresa heroica y descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica del vestido de gala de su padre, costura a costura, botón a botón, pelo a pelo; pasada al calzoncillo; remiendo a la espalda del chaleco; zurcido a la pechera de la camisa; refuerzo a un ojal; cepillo y saliva a esta mancha; estirón y puñetazo a aquella arruga. reposición de jaretas..., y para todo ello, en atención a la transparencia y esencial debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos como si se anduviera con telas de araña o panes de dorar. Esto, por lo que hace a Verónica.

Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de tocino; las ponía al sol dos o tres días, y cuando ya las hallaba flexibles y a su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza a pieza todas las de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de celemín. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente había de servirle de paje, o espolique, se encargaba de rascar con un par de garojos el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre a su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria a fuerza de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.

Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje; daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba, colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno de espolique, vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al corral. Allí se embridaba al caballo; daba don Robustiano, por vía de prueba, un par de tirones a las cinchas y, calzando una espuela en el pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya en actitud de montar:

-Cuidado con olvidarte de los requisitos de costumbre; sobre todo a la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo llevarme detrás la silla al desmontar, ¡a fe que haría la triste figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo a los pies de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que te he repetido mil veces.

Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas o sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación o advertencia familiar a su amo; pero que se guardara muy bien de hacerlo y de no observar la más rigurosa compostura cuando atravesasen barriadas o caminos reales. Sólo en casos muy apurados, le concedía el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese el previo señor don, exigencia en la cual no hubiera hallado nada que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso Don Pelayo, Infanzón de la Vega.

¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda a la altura del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible a todo cuanto a su lado ocurriese, atento sólo a devolver los saludos que le dirigían los transeúntes, hundido hasta la cintura entre la capa arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese de permitirse tanto lujo de vigor. A una vara del estribo izquierdo marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro, al mismo trote pausado y monótono del rocín.

En tal guisa, parándose a respirar a la sombra de este castaño, bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá, llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver a casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, o poco menos.

Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las alforjas llenas. Don Robustiano las atracaba de lechugas o de cualquier otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.

Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la expedición y a propósito de ella, eran del siguiente jaez: -¿Por qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche: hasta sacaron la cabeza para verme mejor. -Creí conocer a una dama que viajaba en jamugas. -Me pareció, a lo lejos, bastante deteriorada la casa de los de Tal. -De los siete que comimos en la mesa redonda, tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me parecieron gentuza de poco más o menos... Por cierto que ahora se gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: el marqués que comía a mi derecha tenía uno. -En el pueblo de Cual se está levantando un palacio: supuse que le harían los de X..., pero se me dijo que le fabricaba, ¡pásmate!, un rematante de arbitrios...

Si el viaje había sido a Santander, los comentarios subsiguientes, aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba contar que, merced a su destreza, el caballo galopó muy erguido al salir por la Alameda, a consecuencia de lo cual todo el señorío que en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron, entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto, debía de ser el Intendente.

Creo que el lector con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que, dicho sea de paso, no debe chocar a nadie que se fije un poco en las condiciones morales del solariego.

«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en la mies por la cizaña y el pan de cuco, y en el hogar por el orín y la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido que humillarla delante de ningún villano en solicitud de un mendrugo para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se ostentaba virgen, sin el menor injerto de leña grosera; aún la piqueta revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada...; en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y en ello fundaba su mayor vanidad.




- II -

Toribio Mazorcas (a) Zancajos, era en figura, en carácter, en alcurnia y en y dinero el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuese en sus mocedades a probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco a poco la taberna llegó a ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino a la Montaña con ánimo de no volver a salir de ella, y a los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas a él (generalmente se daba una vuelta por la tierruca cada cuatro años). Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver a casarse más a su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de dieciocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle a Andalucía a continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, o casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas a fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios, se decidió... por enviar a Antón (así se llamaba el chico) a Santander a un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto a su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir a ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era una facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que un traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió a no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.

Como éste, y tal vez por la propia causa, no mecía gran cosa con las mozas del aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera, le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante personal, sabían ser «amas de su casa», Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir a parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que a la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado a su estirpe solariega.

Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto a lo físico como a la moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro o en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable a los ojos de un hombre avezado a saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto y era, relativamente a lo que le rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una cosa fina en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo fino es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no piojo resucitado, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar a las gentes sencillas una más que regular consideración, por lo que hace a sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.

Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar a la hija de don Robustiano un verdadero interés.

Tanto, que habló a su padre del asunto; y como la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del palacio, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su noble convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.

Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía a saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, a un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar a casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta a la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente al hijo de Mazorcas.

Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como a la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.

Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:

-Muy buenos días, señora doña Verónica.

Esta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:

-Buenos días, Antón.

Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vio alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver a hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose a llamarla bastante recio:

-¡Doña Verónica!

No hubiera hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo a pique de llegar a carrera. Pero Antón se había resuelto a no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fue dable:

-Tengo que pedir a usted un favor.

Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas y pálidas como la muerte,

-¿Un favor... a mí? -dijo, entre desabrida y asustada.

-A usted, sí, señ... -respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.

Dio nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró a Verónica y después a los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego a cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió a hablar de esta manera:

-Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir a usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiese dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... La verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir a mi gusto y proporcionarles comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir..., que si... yo...

Y aquí volvió a anudársele la garganta.

A Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.

Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:

-Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal en decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado a contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, a mí me dio Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá a mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si a mano viene, declinar a una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar a una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como a los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunstancias del temor de Dios y de la buena ley, a mí, creo que bien puedo, sin ofender a nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad doña Verónica?

-Me parece que sí -tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía adónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.

Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:

-Pues bueno; en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, doña Verónica que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.

Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre, jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron un poco a producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.

Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y, lectores, preciso es confesar que la hija de don Robustiano le iba el rubor a las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!

Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano:

-¡Doña Verónica, dígame usted que sí... o me solivianto!

No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fue cosa de un solo instante.

Pero don Robustiano la vio, y en el acto dedujo, así de su huida como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó a hacer el molinete con su bastón, Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro y, apartándose a un lado, saludó respetuosamente a don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.

Al entrar en ella, y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:

-¡Sol de mi estirpe!, ¿habrá osado mirarte frente a frente ese baldragas?

Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que a su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del Ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un don al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta a un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, o que tal otro se había reído del marabú de su hija o del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien a sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más o eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación a su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada..., ya se ponía trémulo e iracundo, y era capaz de arrojar un sillón a la cabeza del provocador. Por eso odiaba a muerte a Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes, La contigüidad de esta casa a la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo a su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por don Toribio, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego?

Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió a Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.

No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba a quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible a Verónica.

Esta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado a casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.

-Míralos frente a frente -le dijo don Robustiano señalando a los dos retratos de la pared.

Verónica, obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.

-Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto -pensó don Robustiano-. Y añadió en voz alta:

-Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas a decir lo que significa.

Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.

-¡Qué significa todo eso, repito! -añadió don Robustiano.

-Nada, señor padre -contestó al fin la hija tartamudeando.

-¡Ira de Dios! ¿Cómo que nada?

-Nada, señor padre.

-¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?

-Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...

-Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?

-Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura..., y viniendo sola, al llegar a la esquina del solar de Toribio, pasó su hijo y me dio los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera..., cuando va y me llama con la mayor cortesía...

-¡Fuego divino!

-¡Señor, que me asusta su merced!

-¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ese!... ¡Cortesía ese cerdo!...

-Sí señor, con mucha cortesía...

-¡Acaba!

-Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que su riqueza por abajo..., y que yo... y mis prendas...

-¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos..., a ti, a la nieta de cien nobles?

-¡Jesús-María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...

-¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?

-Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué..., porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.

-¡Pero te faltó!

-No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme doña Verónica.

-Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja a que te manifestó algunas pretensiones.

Verónica al oír esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:

-¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!

- ¡Señor -respondió ésta casi llorando-, puedo jurar a su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!

-¡Qué ropa, ni qué pelo, ni qué doscientos mil demonios! Te detuvo, osó mirarte a la cara, hablarte, decirte chicoleos como a una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; a ti, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo!, y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... Verónica, tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna de estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse a mí; tu madre, digo, no te dio ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «charmante femme»8 la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, a la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí...; y cuenta que no te pongo a pan y agua... porque eso no sería penitencia para ti.

Verónica, sin esperar a que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.

Cuéntase que don Robustiano, al quedarse solo, cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y, rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció a las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera demagoga en aquella larga y copetuda familia.




- III -

Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó a sacar en limpio:

Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores a la faz del sol;

Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;

Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;

Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás a considerarle tan al pormenor;

Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella a mazo y escoplo;

Que cuanto más examinaba éstas, más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas, más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y por último,