  Ir por lana...
- I -
Nutrida de carnes, sana de color, ancha de caderas,
roma de nariz, alta de pecho, alegre de mirada y frisando
en los veintidós, Fonsa, hija de un viejo matrimonio
cargado de trabajo, de arrugas y privaciones, era quien se
llevaba la palma entre todas las mozas de su lugar. Rondábanla
por la noche y bailábanla a porfía los domingos
en el corro los mozos más gallardos; poníanle
arcos de flores a la ventana durante la velada de San Juan,
y la hacían, en fin, objeto de cuantas manifestaciones
es susceptible la rústica galantería montañesa.
Pero Fonsa no era feliz, a pesar de todo. Su único
hermano había marchado a América poco tiempo
hacía, y dos amigas y convecinas que servían
en Santander, se habían presentado en el pueblo con
vestido de merino de lana y botas de charol. Lo primero la
tenía en constante esperanza de ser señora;
lo segundo la hizo reparar más de lo conveniente en
que ella aún vestía bayeta y percal, y que,
descalza casi siempre, se pasaba lo más del año
cavando la tierra y sufriendo la inclemencia del sol y del
frío. Por eso se dijo una vez, a su modo, por supuesto:
«Mi hermano me ha prometido hacerme una señora principal,
pero mañana u otro día; y de aquí allá,
ya hay lugar para morirse de hambre. Yo podía, para
entretener mejor el tiempo, irme a servir a Santander, donde
dicen mis compañeras que se divierten mucho y comen
y se visten bien y trabajan poco».
Y a Fonsa empezó
a quitarle el sueño el condenado gusanillo de la ambición,
que está haciendo y ha hecho en la Montaña
más estragos que el oidium, la epizootia y el cólera
juntos.
Los padres de la ilusa muchacha, tan pobres de criterio
como de bienes de fortuna, soñaban como ella en riquezas
y señoríos, y miraban con repugnancia la escasa
tierra que labraban, como si no fuese capaz de prestarles
lo necesario para cubrir sus cortísimas necesidades;
así fue que, al conocer las pretensiones de Fonsa,
en lugar de darle un par de moquetes por atreverse a aspirar
a la lana y al charol de sus amigas, sin saber antes cómo
lo habían ganado, y a abandonar a los pobres viejos
al rigor de los trabajos campestres, superiores a sus ya
cansadas fuerzas, aceptaron el plan como una inspiración
de Dios, aunque con la condición precisa, porque los
viejos eran honrados a carta cabal, de que Fonsa había
de entrar a servir en casa conocida y de prencipios, donde
se mirara por ella con interés.
La aspirante a sirvienta
propuso en seguida a sus padres la familia de cierta doña
Remedios que pasaba los veranos en aquella aldea, bien para
servir en su casa, bien para que le buscase otra de su confianza.
Y tan racional pareció la idea de Fonsa a su padre,
que en seguida fue éste a la taberna, compró
un pliego de papel y se plantó en casa de un mozalbete
que tenía en el barrio fama de gran pendolista.
-Vengo
-le dijo-, al auto de que me escribas una carta para doña
Remedios, la de Santander.
El mozalbete dejó el enorme
mazo con que encambaba un rodal, entró en casa, volvió
a salir con un tintero de cuerno en la mano, y, puesto de
rodillas delante del poyo del portal, escribió sobre
el papel que le dio el padre de Fonsa lo siguiente, que éste
le dictó rascándose la cabeza:
«Señora
doña Remedios:
Para servir a usté y de toda
mi satisfación: sabrá usté primeramente
cómo la mi muchacha y nusotros deseamos que la muchacha
pase a servir a casa de usté, o a persona de la comenencia
de usté, porque la muchacha, como usté sabe,
es honra, y nusotros, vamos al decir, y perdone la franqueza,
semos muy hombres de bien por mar y por tierra y por el reondel
del orbe. Si usté tiene a bien que la muchacha sirva
en casa de usté, o en casa de su comenencia de usté,
avisará tan aina como ésta llegue a ojos de
usté; y si, pinto el caso, no llegara, avisará
tamién pa ver de ponerle otra al mesmo tenor.
Y con
esto no canso más; quédese usté con
Dios, y mandar con franqueza. La mujer güena, gracias
a Dios.
Portada. La muchacha es docilota y sofría,
está en güenas carnes y es avispá de por
suyo; güen genial y mejor voluntá.
Y no cansando
más por ahora, pa servir a usté y finezas a
la señora familia, me repito. Y con esto tendrá
usté el honor de saber que es su vasallo con respeto
y servidumbre y fineza,
Celigonio Calostros». El pendolista
arañó la pared para sacar polvos, cubrió
con ellos la carta y la cerró con pan mascado; púsola
el sobrescrito, y dándosela al tío Celedonio,
llevóla éste a la estafeta del lugar.
Ocho
días después contestó doña Remedios
diciendo que había encontrado una casa de su confianza,
en la cual podía servir Fonsa.
Entonces llamó
tío Celedonio a su hija, y la habló en estos
términos: «A Santander vas a dir, probe sí,
pero con muchísima honra. Si sé que te sales
de la casa onde te meta doña Remedios, sin el aquél
de su permiso, y si, pinto el caso, faltas al respeto a tus
amos o levantas los ojos del suelo cuando te reprendan, malos
lichones me jalen si no voy a la ciudá y te traigo
a casa entre ceviles. Y si, llevá de malas compañías,
faltas al temor de Dios y te das a picos pardos, Nuestra
Señora de las Angustias te ampare, porque yo te descuartizo».
Oído con respeto este sermón, Fonsa arregló
su pequeño equipaje, cerróle en un arca de
pino, y con ella sobre la cabeza salió de su pueblo
dos días después, acompañada de su madre.
La cual hizo solemne entrega de su hija a doña Remedios,
quien, a su vez, entregó la muchacha a la familia
a que había de servir.
Volvió a oír
Fonsa de boca de su madre el mismo sermón que le echó
en el pueblo su padre, y convencida la pobre vieja de que
dejaba asegurado el porvenir de su hija, compró un
rosco de vasallón y se volvió tranquila a comerle
con su marido al amor de los tizones, y a continuar bregando
con los terrones y las vacucas.
- II -
Empezó Fonsa
su servicio rompiendo mucha vasija y empleando toda su escasa
inteligencia en aprender su modesta, pero trascendental obligación.
Hacía los recados en un periquete, porque la asustaban
el ruido y el movimiento de las calles, y en ninguna parte
se hallaba tranquila más que en el rincón de
la cocina. No quería salir los días de fiesta,
porque «no se amañaba» con las diversiones de la ciudad;
y recordando los bailes y los cantares de su lugar, se llevaba
la tarde suspirando y hasta llorando, acurrucada en el balcón
del comedor.
Pasaba la pena negra cada vez que iba a la
fuente, porque le pasmaba el extenso semicírculo de
criadas que, sentadas sobre sus respectivas herradas, esperaban
la vez para coger. Aquellas mujeres hablaban a gritos, reñían
casi siempre entre grotescos ademanes y contorsiones, y no
era su más rara ocupación desollar la opinión
de sus amos, sacando a relucir secretos sorprendidos a la
familia, y no pocas invenciones calumniosas. Según
aquel congreso de ingratas y desleales, todas sus amas eran
roñosas, todos sus señores impertinentes, todos
sus señoritos dulces y afables, y todas sus señoritas gazmoñas y fastidiosas. Hablaban el pejino, es decir,
con el tonillo acentuado característico del pueblo
bajo de Santander; y hasta la peor ataviada de todas ellas
vestía casabeca, aunque muy sucia, y tenía
el pelo en rodete. Fonsa, con el acento de su lugar, había
dicho, aludiendo al botijo que tenía en la mano, que
llevaba media hora esperando y que tuvía estaba vacíu. Estas expresiones valieron a la pobre muchacha una rechifla
espantosa, haciéndole saber, para en adelante, algunas
fregonas compasivas, que debió haber dicho «entodavía está vacido». También la advirtieron que el
nombre de Fonsa era aldeano, y que en la ciudad se decía
Eldifonsa. Todo esto, más la circunstancia de andar
la sencilla moza con justillo y en mangas de camisa y gastar
el pelo en moño, había hecho que la llamasen
sus colegas de la fuente arlotona y ordinaria. Por supuesto
que las cultas fregatrices eran, sin excepción, tan
aldeanas como Fonsa; pero llevaban algún tiempo más
que ella en la ciudad, y bien sabido es que no hay peor cuña
que la de la misma madera.
Cuando la hija del pobre Celigonio
Calostros se retiraba a casa con la herrada en la cabeza,
al paso que bendecía a Dios porque, según las
trazas, le había procurado para servir la única familia buena que había en Santander, suspiraba de
pena al considerar todo lo que tenía que aprender
para colocarse a la altura de sus correctoras de estilo.
Así se pasó algún tiempo. Poco a poco
la rolliza aldeana fue perdiendo la corteza que oscurecía
el claro color natural de su cara; la esmerada y nutritiva
alimentación que le daban en casa de sus amos redondeábala
más y más cada día; se ajustaba con
todas sus fuerzas la cintura y estudiaba con cuidado el modo
de vestir de sus comprofesoras para cuando sus medios le
permitiesen adquirir el anhelado traje de lana y las botas
de charol. Sus dos paisanas le decían que estaba ya
más vistosa que en la aldea, y que se iba afinando.
Un día, al volver de la fuente, se le acercó
un joven chupando un puro de a cuarto y vestido con el traje
de estos artesanos, es decir, heterogéneo en sus piezas,
pero poco limpio.
-¿Necesita usted, prenda -dijo a Fonsa
mirándola con terneza-, que la ayuden a llevar la
herrada?
-¿Qué se le importa al demontres del?...
-respondió la interpelada con acento y gesto más
duros que los aros de su herrada.
-No se ofenda usted, buena
moza, que lo pregunto con el corazón más tierno
y la más fina voluntad.
-Que le digo que me deje
en paz y no me prevoque... ¡Cuidao que tien que ver!
-Repito,
joven, que no quiero faltarla a usted, porque sépase
usted que no es ésta la primera vez que mis ojos se
han quedado ciegos al ver los resplandores de ese cuerpecito
tirano.
-Sí, sí; mucho de palique, y aticuenta
que na.
-Este palique se prueba si se agradece. -¡Bah,
bah! Quítese day y no me consuma la pacencia, que
tengo más cacer coir esas pampirolás del diañu.
No ¡pus si una juera a hacer caso de to lo que la ladran
a la oreja!...
-Me parece que cuando uno viene con honradez...
-¡Como no venga! -¿Y por qué no, morena? -Morena
o no morena, Fonsa Calostros me llamo con toa la honra de
la honría más relumbrante... y si me tomó
el sol y no soy tan blanca como las de la ciudá, sallando
maíces fue en la mies de mi lugar... ¡Esta si que
me gusta!... ¡Pus pue que se le figure al birriagas de este
hombre que yo tengo a menos el ser morena!
-Si algo he dicho
que la ofenda, perdonar la falta, que de buena intención
fue la palabra. Pero sepa usted, Alifonsa, que ahora que
sé cómo usted se llama, siento que la miro
con mucha mayor estimación.
-¡Otra que te vas! Como
si fuera a pasarme el deo con esa compresación...
¡Ea, no se arrime tanto!
-No merece usted que se la quiera.
-Ni falta que me hace, pa que usté lo sepa. -Es
usted una ingrata.
-Y usté un lenguatón mal
enseñao.
-Ya se arrepentirá usted algún
día de haber recibido tan mal mis finezas.
-¡Ya me
voy arrepintiendo! Pus si yo juera a creer... ¡Madre de mi
corazón! Valiérame más un cólico
cerrao que me llevara en un periquete. Güenos son los
hombres de la ciudá, trapaceros y embusterones.
-En
la ciudad hay de todo, Alifonsa; y aunque me esté
mal el decirlo, soy un artesano honrado que sabe obsequiar
finamente a una joven tan interesante como usted.
-De manera
es que como una no debe, vamos al decir, corresponder al
respetive de lo primero que la cantan...
-Por eso yo la
pido a usted su correspondencia para cuando mis finos obsequios
la prueben que no he querido engañarla.
-Eso ya es
otra cosa... Velay. Ya espienzo yo ahora a cogerle un poco
de ley, siquiera por el aquel de la formalidá.
-En
cuanto a lo demás, aquí me tiene usted; y creo
que, mejorando lo presente, no soy del todo mal personal.
-Tocante a eso, hijo del alma, no hay una mujer menos reparona
que Lifonsa; y aunque fuera más feo de lo que es...
-No creo que lo soy tanto, Alifonsa. -Vamos al decir, que
es usté chumpao de cara, y tiene así un demontres
de hocico de juriacagüevos; y dimpués es mal
empernao de patas y malaspenas acanza a la talla... Pero,
como yo digo cancia mí: sea el hombre honrao, que
lo demás no vale dos anfileres.
-¿Es decir, no dándome
por ofendido de la semelitura que acaba usted de hacer de
mi personal, que usted corresponde a mis finezas?
-¡Ca!
Entodavía no.
-Pero a lo menos no me negará
usted su conversación cuando se la pida.
-Tocante
a eso... puei que no... Y, mire, no me jeringue más,
que pasucu a pasucu hemos allegao al portal de mi casa, y
puei que la señora nos haiga echao ya el ojo.
-Entonces
no canso más. ¿Y se puede saber en qué piso
sirve usted?
-En el segundo. -Pues ahora me retiro satisfecho...
Por supuesto, con la condición de...
-¿Condición
y tou, eh? Pus ándese con chunfleterías así,
y verá si le echo encima toa el agua de la herrá
y le hago dirse echando centellas.
-Vamos, no he dicho nada
entonces. Quedar con Dios hasta... ¿hasta cuándo?
-Hasta que me dé a mí la gana. -Corriente,
y no hay que ofenderse, Alifonsa. Conque, a más ver.
Y tras esto se separaron Fonsa
y su cortejante. Fonsa, bufando como una gata montés,
subió las escaleras de su casa; su derretido galán
siguió calle adelante, recorrió otras muchas
y no se detuvo hasta que encontró al ciego de la bandurria. En Santander hay siempre un ciego que toca admirablemente
este instrumento, y una mujer que le sirve de guía
y le acompaña además con la guitarra.
-A las
nueve en punto en la calle de San Francisco -dijo al ciego
lacónicamente el mozo que le buscaba.
-No puede ser
a las nueve: tengo una boda a esa hora.
-Pues a las ocho
y media.
-Corriente. ¿Serenata o paseo? -Serenata. -¿Cómo
se llama?
-Alifonsa. -¿Doncella, zagala o cocinera? -¿En
qué piso?
-En el segundo. -Está bien. -Ahí
va real y medio.
-No doy serenatas por menos de media peseta.
-No hace cuatro días la has dado por diez cuartos.
-Es que se ha subido el pan de entonces acá. Además,
el nombre de aquélla era María.
-¿Y qué?
-Que casi todas las coplas las tengo arregladas a él
por ser el más corriente; y las que no, se amañan
en seguida diciendo Mariquita o Mariuca u otra cosa así.
Créelo, es nombre muy socorrido. Al paso que Alifonsa...
Vamos, te aseguro que tengo que hacer las coplas casi que
de nuevo.
-Todo eso es pantomina y floreo para dorar la
píldora; pero como yo no soy hombre que dejo de hacer
una fineza por una insinificanza más o menos, ahí
van los dos reales.
-Salú te dé Dios. ¿Y has
de ir tú conmigo?
-Pues claro: enfrente de su portal
te esperaré: allí me verá ésta.
-No hay necesidá de que te vea, porque yo, en cuanto
doble la esquina, empiezo a echar el pasacalle, y ya me sentirás
para decirme dónde han de ser los cantares. Conque
vete descuidado.
-Pues adiós. -Adiós. Aquella
misma noche, mientras Fonsa fregaba una cacerola, se dejó
oír en la calle, al son de una bandurria bien tañida,
este cantar entonado a dúo por las voces de un hombre
y de una mujer:
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«En ese piso segundo
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vive la reina tirana |
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de un corazón
que la adora
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y estos cantares la manda». |
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Fonsa siguió
fregando. Pero a este cantar siguió este otro:
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«Alifonsa de mi vida,
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prenda de mi corazón, |
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asómate
a la ventana,
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que debajo espero yo». |
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El cual cantar dio
a entender a Fonsa que si la música no iba con ella,
le faltaba muy poco. Otras dos copias, en las que entraba
también el nombre de Alifonsa, persuadieron a ésta
de que a nadie más que a ella se dirigía el
obsequio. Entonces abrió el balcón de la cocina,
se asomó a él y vio, a la luz de una cerilla
que encendieron en la calle, la cara de su cortejante; y
aunque esta nueva circunstancia no le dejaba la menor duda
del objeto de la serenata, el siguiente cantar que se oyó
abajo al asomarse ella al antepecho acabó de confirmarlo:
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«Emperatriz de las Indias
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quisiera nombrarla yo |
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a la hermosa
cocinera
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que se ha asomado al balcón». |
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Fuese que
empezaban a hacer alguna mella en el pecho cerril de Fonsa
las finezas de su adorador, o bien que la música por
sí sola la fascinase, lo cierto es que la obsequiada
mocetona se estuvo al balcón cerca de media hora escuchando
la serenata.
Cuando se retiró de él, después
de oír el último cantar, se encontró
con que se le había resquemado la cena, con que lo
había olido la señora y con que ésta
la estaba llamando a gritos diez minutos hacía. Semejante
falta fue la primera que cometió Fonsa en casa de
sus amos, y también la primera que oyó en ella
la dura reprensión que le echó la señora.
Aquella noche durmió muy mal entre los recuerdos
de la serenata y los de la subsiguiente reprimenda: los primeros
le sabían a miel; pero los segundos le hacían
dar en la cama cada revolcón que temblaba la casa.
- III -
Pasó más tiempo. Durante él
habló Fonsa varias veces con su atento obsequiante,
o mejor dicho, novio; perdió el miedo que le causaban
antes la gente y el bullicio de la calle y las pejinas de
la fuente; adquirió, por regalo de su señora,
una casabeca, y por anticipo sobre su soldada, un vestido
de percal rameado y unas botas de lienzo de color de tórtola
con trencillas verdes; bailó cuatro tardes en el Reganche;
adquirió algunas amigas íntimas entre aquellas
mismas criadas veteranas que tanto respeto la infundían
al principio, y se convenció de que, a pesar de sus
remilgos y casabecas, eran tan bestias como ella; aprendió
en su escuela a reírse a gritos sin saber de qué,
y a estarse una hora, con la herrada llena sobre la cabeza,
diciendo tonterías a otra que tal en medio de la acera;
fue tres veces tarde a casa, y llevó por estas tres
faltas graves tres sermones en tiple de la señora;
volvió a ésta tres respuestas nada reverentes,
y por la última de ellas fue conminada con la pena
de ser puesta de patitas en la calle si reincidía
en semejante falta; habló con sus amigas de este asunto,
y quedó convencida de que su ama era gruñona,
y además roñosa, porque le trancaba los garbanzos,
el azúcar y el chocolate; se atrevió a buscar
dos veces casa sin el consentimiento de su familia; se permitió
algunas burlas de las aldeanas que llegaban a servir a la
ciudad en las mismas condiciones en que había llegado
ella poco antes; trocó su aire antiguo de marcha,
rígido y empinado como el mango de una escoba, por
un exagerado contoneo, soltó el moño tradicional
de su recia cabellera para reemplazarle por el moderno rodete,
y fijó bien en la memoria las palabras abuja, endimpués,
bujero, cudiado, sastinfecho, bolpe, juegar y otras por el
estilo del lenguaje fino fregonil, y algunas muletillas de
igual procedencia, como ¡Ya baja! ¡A la vuelta lo venden
tinto! ¡Cómo no, morena!... Soy de Orozco y no te
conozco, las cuales encajaba a cada momento, pegasen o no
pegasen; y con todos estos adelantos se creyó completamente
cepillada y pulida, pero no satisfecha, porque aún
no tenía lo que más ambicionaba en la tierra:
botas de charol y vestido de merino de lana.
Llegó
en esto el día del Santo patrono de su pueblo, y obtuvo
permiso de su ama para ir a pasar la fiesta con su familia.
Presentóse entre sus antiguas relaciones con aire
de taco y, como el jándalo famoso del rastrillo, alardeó
de haber olvidado hasta el nombre de los más comunes
aperos de labranza, como si hiciera siglos que los había
perdido de vista; chilló como una perra apedreada
cada vez que tuvo que saltar un charco, y aparentó,
brincando con muchos dengues de morrillo en morrillo, no
saber andar ya por las callejas; se compadeció de
los enfelices que tenían que pasar la vida destripando
terrones y comiendo borona; se desdeñó de bailar
el periquín en la romería, pretextando que
ya no sabía más que al punteao de la ciudad;
reprendió a cuantas personas la llamaban Fonsa, advirtiéndoles
que debían decir Eldifonsa; llamó a su vez
Celipas y Enestasias a las llamadas Lipas y Tanasias, y volvió
a salir de su pueblo a las treinta y seis horas de haber
entrado en él, dejando medio duro a su padre y asegurando
a las amigas de quienes se dignó despedirse que le
repuznaba la ordinariez de la aldea.
Otra vez en Santander,
continuó progresando en la escuela fregonil y adquiriendo
cada día una nueva amistad en fuentes y plazuelas,
haciéndose más y más susceptible a las
reprensiones de su ama y dándole a cada hora un nuevo
motivo de enojo.
Entre tanto, no llevaba más que
siete meses de servicio, y el saldo de su cuenta no le alcanzaba
para comprar el vestido de merino y las botas de charol que
la traían a mal traer, especialmente desde que frecuentaba
el trato de una moza que se distinguía entre todas
las de su categoría por la variedad de sus trajes
y por la frecuencia con que cambiaba de amos.
La tal moza
había mostrado siempre una decidida inclinación
hacia Fonsa, y no sosegó hasta que se hizo su inseparable
compañera de plazas, fuentes y paseos. Ella se tomaba
la molestia de arreglar el prendido y los cuatro trapos del
vestido de la sencilla cocinera, cada vez que salían
juntas; ella le corregía el estilo, así en
el decir como en el andar; ella le procuraba las disculpas
que había de dar en casa cuando suponía que
habían de reñirla por su tardanza; ella le
prometía colocaciones a porrillo para cuando se decidiera
a enviar enhoramala a su ama; ella, en fin, se mostraba tan
cariñosa y tan placentera y servicial con Fonsa, que
ésta concluyó por quererla de todas veras y
por seguirla a todas partes como una borrega.
En una ocasión
se hallaban juntas en la Plaza de la Verdura. Fonsa miraba
y admiraba, como de costumbre, el vistoso traje de su amiga,
y ésta se dejaba admirar hasta con delectación
y como si se propusiera excitar la envidia de aquélla.
-¡Cómo mil diaños te las amañas tú
-dijo de pronto Fonsa- para echarte todos estos amenículos?
Yo estoy agorra que agorra, y he espenzao tamién,
por consejo vuestro, a ordeñar la compra, y así
y todo no me acanza la ganancia pa mercar un par de medias.
-Pues ya te he dicho otras veces -contestó la interpelada
que yo he dado siempre con buenos amos.
-¡Buenos amos!...
¡y has parao un mes en la casa que más!
-Eso no quita...
Y luego dispués, yo te diré... me tocó
la lotería.
-¡La lotería!... Entonces voy
a echar yo.
-Es que puede que a ti no te toque, y entonces
pierdes lo que eches.
-Y ¿por qué echestes tú?
-Porque... porque sabía que me iba a tocar. -Y ¿cómo
lo sabías?
-Porque me lo dijo la adivina.
-¡Madre
de Dios!... ¡la adivina!... Si yo me atreviera...
-Y ¿por
qué no te has de atrever?
-Porque dicen que es pecao.
-¿Quién lo dice? -El señor cura de mi pueblo...
y además el Catecismo, que bien claro lo canta: «el
que usa de chapucerías o cosas pertiniciosas».
-¡Otra!
pero ése será el Catecismo de tu pueblo; aquí
no rige.
-¿Pus qué rige aquí? -El Obispo;
y el diablo me lleve si le he oído una palabra contra
las adivinas.
-Entonces, ¿yo puedo ir a que me echen las
cartas?
-Claro que sí. ¿Crees en la adivina? -Como
en los Avangelios. ¡Y buenas ganas que se me han pasao de
ir a verla desde que estoy en Santander!
-Pues, hija, ahora
tienes güena preporción.
-¿Ahora mesmo? -No
hay incominiente.
-Pus andando se va.
- IV -
Fonsa, temblando
de emoción, se puso a las órdenes de su amiga
y salió con ella de la plaza; tomaron por la calle
de la Lealtad, y, torciendo por otras callejuelas, entraron
en un portal oscuro, angosto y lóbrego, del que arrancaba
una escalera carcomida y tortuosa. Subieron una docena de
peldaños y se detuvieron delante de una puerta tan
miserable como la escalera. Llamó la amiga de Fonsa
y salió a abrir un ser que no me atrevo a calificar
de mujer porque no se ofenda el «bello sexo». Era una mole
de carne mugrienta y asquerosa, mal cubierta con algunos
trapos tan sucios como la carne; arrastraba en los hinchados
pies unos soletos, y tenía, en lo que llamaremos cara,
dos a manera de ojos ribeteados de sangre; una, como nariz,
atascada de rapé, y alrededor de una abertura, que
pudiera ser la boca, sucia y profunda, como el foso de una
letrina, crecían rígidas y dispersas algunas
cerdas grises.
-¡Entray, buenas mozas! -dijo con voz de
trueno a las recién llegadas.
Y éstas siguieron
al extraño ser por una especie de caverna donde se
respiraba una atmósfera que debía parecerse
mucho a la de las guaridas de las fieras.
A Fonsa le temblaban
las piernas y le palpitaba el corazón. Lo que estaba
viendo no se parecía en nada a cuanto ella se había
imaginado sobre los hechiceros de las coplas y las viejas
de los cuentos que sabía. Por eso, si hasta entonces
había creído en el poder de las adivinas, desde
aquel momento las suponía capaces de competir con
el mismo demonio.
La vieja se detuvo en un sitio donde la
habitación era un poco más ancha y menos oscura.
No había allí más muebles que un banquillo
cojo de madera de pino y una mesa de la misma clase, sobre
la cual se sostenía, adherido a sus propias lágrimas,
un cabo de vela de sebo. En un rincón de la misma
pieza había un jergón sucio y desgarrado. El
suelo y las paredes estaban cubiertos de roña, lamparones
y telarañas.
Fonsa no podía orientarse en
aquel antro asqueroso, ni siquiera darse cuenta de los objetos
que la rodeaban. Por eso no se fijó en que su amiga
habló muy callandito algunas palabras con la vieja.
Ésta, cuando hubo oído a su discreta interlocutora
y después de mirar a Fonsa con un gesto que la hizo
estremecer, llevó la diestra mano a su enorme seno,
extrajo de él un papel sucio y arrugado, un mendrugo
de pan tan sucio como el papel, y una baraja mucho más
asquerosa que el pan y el envoltorio. Tomó de éste
entre el índice y el pulgar una buena porción
de rapé que sorbieron con avidez sus narices, llevó
a la boca el mendrugo y puso la baraja sobre la mesa.
-¿A
quién echo las cartas? -preguntó.
-A ésta
-contestó, señalando a Fonsa, su amiga.
-Corta
-dijo la adivina presentando la baraja.
Fonsa, temblando
como un azogado, hizo de la baraja dos montones.
-Se me
figura que voy a decirte algo bueno, moza -murmuró
la mujerona reuniendo la baraja-. Y cuidado que lo que yo
digo se cumple como el Evangelio; y aquí está
tu amiga que no me dejará mentirosa. ¿Eh?
-No, señora,
no; ya le he dicho que todo se me cumplió al respetive
de lo prometido.
-Es que yo no soy como esas embaucadoras
de tres al cuarto, que andan por la plaza engañando
a las inocentes con una mala baraja sin virtud. Yo puedo
decir con vanidad y con orgullo que heredé estas cartas
de una adivina que las compró a costa de su alma,
en una noche de truenos, a un espíritu que se le metió
por la chimenea.
Fonsa, al oír esto, pensó
que la tragaba la tierra; cerró los ojos, y admiró
aquel monstruo que tales armas usaba.
-Y ahora que sabes
-añadió la adivina-, lo que puedo, guárdate
muy bien de no poner en planta mis consejos, pues no te perdonaría
Dios si los desecharas.
Tras esto, y cuando conoció
que Fonsa estaba completamente fascinada y aturdida y dispuesta
a dudar, antes que de su poder, de la misericordia de Dios,
comenzó a tender las cartas en la mesa y a hacer sobre
ellas, a medida que iban saliendo de la baraja, comentarios
de este jaez:
-Oros arriba, bastos abajo: ni bueno ni malo.
Oros, más oros; copas boca abajo: tú tienes
deseos. Rey de copas: de lo que no está a tus alcances.
Oros otra vez, el as: dinero te hace falta. Otro rey con
túnica: vestido apeteces. Espadas ahora: por la guerra.
No, que salen bastos, por la aldea: trabajos en ella; no
te convienen. Más oros todavía: tendrás
el vestido. Más oros, la sota... y muchas galas y
primores. El caballo detrás: un caballero se prendará
de ti que te llenará de riquezas. Sota de copas: una
mujer barrunta, morena de color. Bastos atravesados: sin
fuerza ni poder. Más oros: la fortuna te persigue.
Cinco y cuatro nueve, y siete diez y seis, y trece de los
lados veintinueve... y ahora la sota de bastos: joven será
y con un bastón. Más oros: rico otra vez.
Y así prosiguió hasta que se acabó la
baraja. Volvió en seguida a reunirla y tornó
a desparramarla acompañándose con la propia
jerga, y así continuó hasta tres veces.
Fonsa
estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto.
Pero aún se aplanó más cuando la adivina
le hizo el resumen de sus investigaciones cabalísticas
en estos términos.
-Un caballero bien parecido y
muy principal se prendará de ti, y esto te lo hará
saber a la hora menos pensada por medio de una mujer morena
con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo
de la nariz y vestida de oscuro, con un pañuelo a
la cabeza. El caballero hará tu suerte si no te niegas
a nada de lo que te ordene ni de lo que disponga la mujer
que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto
el vestido de merino y las botas de charol que deseas, y
estarás muy poco tiempo sirviendo, porque tú
has nacido para mayores puestos. No dirás nada de
todo esto a tu familia, ni a tus amos, ni a nadie, mientras
no empiece a cumplírsete. Apurre ocho cuartos y vete,
bendita de Dios, que algún día me darás
las gracias.
Con mano trémula sacó Fonsa de
la faltriquera las monedas que le pedía la adivina;
y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los hubiera
tenido a su disposición. ¡Por cuatro monedas viles
de cobre una fortuna!
Hecho el pago de los ocho cuartos,
salieron de la zahurda las dos amigas, acompañándolas
hasta la puerta la especie de fiera que la habitaba.
Fonsa,
cuando a la calle salió, no vio la luz del sol, ni
la gente que encontraba, ni el camino que seguía:
toda su poca razón estaba ocupada en desmenuzar las
risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.
Así volvieron a la Plaza de la Verdura, donde la
amiga de Fonsa hizo una seña muy expresiva a cierta
mujer que se hallaba vagando, como sin objeto determinado,
entre las banastas de frutas y repollos.
La mujer se acercó
en seguida a las dos muchachas, y Fonsa al verla dio un respingo.
Había encontrado en ella todas las señas que
la adivina le había dado de la persona que debía
anunciarle su felicidad.
-¿A dónde va lo bueno? -dijo
la recién llegada a las dos amigas.
-Pues aquí
voy con Eldifonsa -respondió la mentora de ésta
recalcando mucho el nombre.
-¿Eldifonsa has dicho? -Sí,
señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea
pocos meses hace...
-¿Y que sirve en casa de...? -Doña
Liboria, que vive en la calle de San Francisco...
-¡La misma,
hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo
que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa...
¡Y vaya si tienes todas las señas que me han dado!
-Entonces las dejo a ustedes solas para que hablen más
a satisfacción -dijo la pícara fregona disponiéndose
a marcharse-. Mira, Eldifonsa -añadió-, la
señora es de toda mi confianza, y lo que ella te diga
ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios,
y usted lo pase bien, doña Rosaura.
Y se fue la muy
pícara.
Fonsa se quedó con la llamada doña
Rosaura, sin saber lo que le pasaba. Tantas coincidencias
juntas eran para dar al traste con otra razón menos
dormida que la suya.
-Tengo que hablarte de parte de un
caballero que te estima -dijo de sopetón doña
Rosaura.
Oír esto y caérsele a Fonsa la cesta
que llevaba al brazo, fue todo uno.
-¿Conque de parte de
un caballero... que me estima? -tartamudeó al cabo
la inocente borrega, pellizcándose las uñas.
-Cabal -insistió doña Rosaura, estudiando
minuciosamente los efectos del aturdimiento de su víctima.
-Y güeno, ¿y qué? -añadió ésta
deseando saber algo más.
-Pos, hija de Dios, bien
claro está: cuando pasan rábanos... y la ocasión
dicen que es calva. El caballero desea verte; principal,
ya es bien principal, y por lo que hace a campechano, no
hay nada que pedirle; y según las trazas, está
muy prendado de ti... Posupuesto, hija mía, que yo
en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél
que se presta a servir a un amigo a quien se deben favores.
«Que Fulana me gusta y no puedo hablarla en la calle por
el bien parecer»; que veo yo a Fulana y la digo de parte
de esa persona que esto, que lo otro y lo de más allá,
como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque
tú dirás.
-Y a usted, ¿qué le paece?
-preguntó Fonsa con voz insegura, después de
meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces
con los dedos los tres lados sueltos de su delantal.
-¿Que
qué me paece a mí? -respondió la supuesta
embajadora, penetrando con su mirada hasta el último
rincón de la flaca mollera de la sirvienta-. Pues
a mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes
aprovechar la ocasión que se te presenta de salir
de miserias. ¡Vaya! ¡pues no faltaba más! Una moza
tan bizarra como tú, vestida todavía con cuatro
pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase
gastan lana y charol y paecen unas señoras prencipales.
¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto a las orejas
de Fonsa, era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda
al abismo.
-Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al
decir, desea hacer mi suerte sólo por el aquel del
beneficio? -objetó la moza luchando con sus últimos
escrúpulos.
-Eso no se pregunta -replicó doña
Rosaura, afectando resentimiento-... Pero ¿de qué
tierra vienes tú, mujer, que todavía te paras
en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco
conoces el mundo!
-¡Ay, doña Rosaura, que dicen que
está perdío!
-Cuatro gazmoñas que desean
echarse a perder, y ni así se acuerda nadie de ellas.
-Con too y con eso; ¡si tuviera yo aquí a mi padre
para pedirle consejo!...
-¡Líbrete Dios de ello!
-exclamó la consejera con una viveza como si hubiera
pisado lumbre-. A los padres siempre les ciega el cariño
que tienen a los hijos, y por el afán de apartarlos
del mal, los privan del bien muy a menudo. Desengáñate,
Eldifonsa: si quieres aprovechar la ganga que se te ofrece,
no solamente no has de decir una palabra sobre el asunto
a tu familia ni a tus amos, y has de guardar el secreto hasta
en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en
todo lo que te ordene, a la persona que te busca.
Esta última
condición, por ser la misma que le impuso la adivina,
acabó de aturdir a Fonsa. Creyó a puño
cerrado que se hallaba bajo una influencia sobrenatural,
y dando al traste con su último reparo, entregóse
a discreción a la voluntad de doña Rosaura.
Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró
a preguntarla:
-¿Cuándo te toca salir? -Yo salgo
todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.
-Mejor sería hasta un poco después de anochecido;
pero, en fin... Hoy es sábado; espérame mañana
por la tarde a las cuatro en este mismo sitio, vestida con
la mejor ropa que tengas.
-¿A dónde vamos a dir?
-Aonde yo te lleve. Y te vuelvo a advertir que te dejes
manejar de mí y del caballero, si no quieres que se
lo lleve todo la trampa; y ni en sueños se te escape
nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao
también con no darte por conocida mía cuando
vayas con alguno, sobre todo con la señora.
-Entonces,
hasta mañana... y mira que si faltas, contra ti harás.
-No faltaré, doña Rosaura. -Ya me darás
las gracias algún día.
-¡Dios lo quiera!
Y las dos mujeres se separaron. Fonsa, hechas las compras
que se le habían encargado, volvió a casa dos
horas después de lo que debía, oyó por
esta falta tempestades de su ama y estuvo a pique de ser
despedida por algunas respuestas descaradas que devolvió.
Pasó todo el día y la mayor parte de la noche
preocupada y luchando con el recuerdo de los consejos de
su padre, con el de los augurios de la adivina y con el de
las proposiciones de doña Rosaura. A veces temía
algo que no veía claro, y medio se decidía
a no asistir; pero las raras coincidencias de la víspera,
aquellas promesas de fortuna hechas por la monstruosa vieja
y puestas por la otra mujer a dos dedos de la realidad, no
eran para desechadas sin levantar antes por lo menos la punta
del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas reflexiones,
y amaneció el día siguiente, llegó la
una de la tarde, comieron sus amos a las dos y media, fregó
la vasija, vistióse lo mejor que pudo a las tres,
y a las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de la Verdura
saludando a doña Rosaura, a cuyo lado marchó
en seguida por la calle de Atarazanas adelante, y llegaron
a la Cuesta del Hospital... y se eclipsaron en una de sus
afluentes callejuelas.
- V -
Aquí hay un paréntesis
de algunas horas. Fonsa no vuelve a presentarse en escena,
en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy
entrada la noche. Entonces se la vio, a la escasa luz de
los faroles, caminar calle abajo hecha una exhalación,
tomar por el Arco de la Reina, entrar por Puerta-la-Sierra
en la calle de San Francisco y llegar al portal de su casa.
Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama
la advertencia de que al día siguiente sería
despedida, supuesto que sus faltas, lejos de corregirse,
iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse
rápida a su alcoba; rompió un cristal de la
puerta al cerrarla con furia; cambió su traje de gala
por el de diario; fue a la cocina y se empeñó
en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones,
y sazonó las alubias con azúcar y echó
media libra de pimentón en la compota. Al conocer
tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró
de coraje y maldijo en sus adentros a la adivina, a doña
Rosaura y a la pícara que se las había dado
a conocer. Porque es de advertir que Fonsa, a pesar de su
roma inteligencia, había empezado a sospechar que
era la víctima de una infame combinación preparada
contra ella; siendo lo peor del lance que ya no podía
retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde
de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa
acababa de darle corriendo ciega tras la confirmación
de las risueñas profecías.
En vano buscó
más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras
del sueño; este caballerito sólo dispensa sus
favores a los muy felices o a los muy perdidos, y Fonsa,
aunque no pertenecía al grupo de los segundos, estaba
aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así
es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con
sus recuerdos y, sobre todo, con el de los pobres viejos
que en tanto tenían su acrisolada honradez. Y tal
la carcomía y la impresionaba éste, que llegó
a ponerse febril. Entonces se te presentó la cara
del tío Celigonio más avinagrada y más
contraída que nunca; vio la mano del viejo campesino
levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta sintió
sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo.
Aparecíansele también en su delirio la casa
de la adivina, y su amiga, y un millar de barajas dispersas,
y un señor que la echaba onzas y más onzas
sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían
después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía
culebras que se convertían en vacas y subían
por la Cuesta del Hospital detrás de doña Rosaura,
que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa
y cola de lagarto; después asomaba un señor
por una bocacalle, daba un silbido, se espantaban las vacas
y la corneaban a ella, que salía de un portal muy
largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de lana
y botas de charol; después se quería levantar,
y venía su padre con un garrote lleno de nudos y la
molía las costillas; luego pasaba la adivina sorbiendo
tabaco y royendo un mendrugo, y se comía a su padre
de un bocado, y le daba un beso a ella, y de aquel beso salían
barajas, barajas, barajas y muchísimas botas de charol
que recogía en la falda del vestido; después
se ponía a probárselas encima del campanario
de su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola
una copla al son de la bandurria y llorando al mismo tiempo
a moco tendido. En esto arreció el viento, zarandeó
el campanario y la despidió por los aires. Vuela,
vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado
bajando más de tres días, al cabo de los cuales
llegó al suelo... y volvió en sí. Restregóse
los ojos, vio la luz del crepúsculo de la mañana,
orientóse por completo, suspiró con la más
negra pena y se levantó.
No bien hubo desempeñado
las primeras faenas de su cargo y se desayunó, le
puso la señora la cuenta en la mano y la plantó
en la escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas,
y las lloró con el corazón; pero se abstuvo
de implorar misericordia, porque reconoció todas sus
culpas y se penetró de que su ama no había
de creer en su arrepentimiento.
Una vez en la calle, y puesto
que, por entonces, no tenían remedio sus pesares,
se dedicó a recorrer tiendas, y compró el suspirado
vestido, las anheladas botas y aun algunas prendas más,
y todavía le quedó dinero sobrante. En la mañana
del día anterior no le hubiera sido posible adquirir
ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta. Convengamos
en que los pronósticos de la adivina no fueron del
todo descabellados.
Con sus nuevas galas en la arquilla,
que llevaba consigo, se encaminó a la Plaza de la
Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí
encontró, al llegar, a doña Rosaura. Requemósele
un poco la sangre a su vista, y aun quiso decirle cuatro
frescas; pero tales trazas se dio la caritativa mediadora,
que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida...
y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.
Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada
había sido despedida, y avisó inmediatamente
a tío Celedonio para que le sirviera de gobierno,
añadiéndole que Fonsa no se le había
presentado aún a participarla el suceso, lo cual no
le daba muy buena espina.
Mientras llegó la carta
a la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó
de la estafeta, y halló quien se la leyera, y le lavó
su mujer la camisa fina, y secó ésta, se pasaron
ocho días, al cabo de los cuales entró el pobre
aldeano en Santander, resuelto a llevarse a su hija a machacar
terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían
completamente.
Dos días antes había sido colocada
Fonsa en una casa que le proporcionó su amiga, aquella
buena pieza que la llevó a ver a la adivina. Allí
la encontró su padre; y aunque le repitió doña
Remedios que no la había visto desde que fue despedida
y que no le gustaban las noticias que de su comportamiento
le había dado la familia a que acababa de servir,
como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija,
y como ésta, entre protestas, lágrimas y disculpas,
le entregó enterito el saldo de su cuenta, tío
Celedonio se dio por muy satisfecho y se volvió a
la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba
en grande y que nada tenía que temer por ella. Quedóse,
pues, otra vez en Santander la temeraria muchachona, libre
de la tutela de doña Remedios y descuidada, por entonces,
en cuanto a sospechas y recelos de su familia.
Durante los
seis días que vivió con doña Rosaura
consiguió ésta hacerla transigir con muchos
escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué
género de prosperidad era el que le habían
dispuesto entre la adivina y sus agentes, y no deliró,
como la noche de marras, al conocer tan triste verdad; en
una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin
cierto disgusto, pero se resignó a ella. Doña
Rosaura quiso más aún y obró en consecuencia.
No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicios
en casa de sus nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:
-Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase; ya tienes ropas
como la más peripuesta y estás afinada que
pasmas; tienes que dejar de ser cocinera y tratar de ser
doncella.
-¡A güen tiempo
te acuerdas! -respondió Fonsa con una sinceridad admirable.
-Nunca es tarde para eso, chica. -Vaya un arte de doncella
que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir como
se debe a las señoras, ni amañarse con toas
esas zarandajas del oficio.
-Todo eso se aprende en tres
días. Y por de pronto, vas a dejar de ir al Reganche los domingos y te vas a venir conmigo al Relajo, para que
empieces a tratar gentes de mundo.
-¡Al Relajo! ¡Pero si
en mi vida he bailao por lo fino!
-Ya te enseñarán
allí mismo.
El Relajo, El Crimen, La Chaqueta al
hombro, El Infierno, etc., son otros tantos salones de baile
que han gozado, y aún gozan muchos de ellos, gran
boga en Santander entre las fregonas más desastradas
y los aficionados a este género desastroso. Cómo
en esos salones se baila y cómo se conduce en ellos
la concurrencia, lo dicen bien gráficamente los títulos
de las mismas sociedades.
Fonsa entró un domingo
con su amiga en el Relajo; y se aturdió por de pronto
al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando
como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga
estridente y bajo una atmósfera de tabaco y aceite
de candil. Poco a poco se fue orientando; y como era frescachona
y rolliza, cosas bastante raras en aquel agosto nauseabundo,
pronto se halló solicitada por un sinnúmero
de caballeros que aspiraban a la honra de bailarla. Quiso
eximirse diciendo que no sabía bailar; pero lo puso
peor así: todos se brindaron a enseñarla. Una
chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes salones:
primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy
envidiable; y segundo, porque enseñarla a bailar es
lo mismo que estar autorizado para estrujarla, resobarla
y exprimirla. Fonsa cayó en manos, mejor dicho, en
brazos de un maestro que había sido en Madrid estudiante
de medicina catorce años seguidos sin haber llegado
jamás a bachiller. Después bailó con
un corneta de la guarnición, y, por último,
con un corista del teatro, a quien le faltaban la campanilla
y media nariz.
-¿Qué tal? -le preguntó la
amiga al salir del baile.
-¡Manífico, chica! -respondió
Fonsa-. Al escomenzar me dio algo de vergüenza; pero
en seguida la perdí toa... Mucho rempujón y
muchísimo pellizco me han dao, eso sí; pero
también te aseguro que me he divertío de lo
güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el
valseo y las habaneras ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güena
deferiencia va de esto al Reganche!... Vendremos todos los
domingos, ¿eh?
La amiga, como era de esperar, aplaudió
tan buenos propósitos.
Para abreviar: Fonsa perseveró
tanto en ellos, que antes de tres semanas fue despedida de
la casa en que servía, y en vano trató de entrar
en otras en calidad de doncella. Su vida agitada la impedía
cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable
la sujeción y mezquino el sueldo que ésta le
proporcionaba. Declaróse, pues, libre, y se instaló
en casa de doña Rosaura. No aspiraba ésta a
otra cosa.
Así vivió dos meses, entregada
de lleno a las emociones del baile y a otras aún de
peor calidad; hízose popular en los salones del Relajo,
del Crimen y del Infierno, y continuó progresando
en esta senda, hasta que no tuvo el diablo por dónde
desecharla.
Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba:
vino a Santander, obligóla a irse con él al
pueblo, la arrimó allí un par de palizas de
padre y muy señor mío, y la hizo trabajar en
las más rudas faenas de la labranza. Pero Fonsa no
era ya capaz de soportarlas, y un día, muy tempranito:
hizo un lío con su mejor ropa y desapareció
de la aldea. Buscáronla sus padres con el ahínco
que ustedes pueden imaginarse, pero todo fue en vano: Fonsa
no volvió a aparecer para los pobres viejos, que se
murieron algún tiempo después rogando a Dios
por ella.
¿Adónde había ido? ¿Cuál
fue su paradero?
No contándose segura en Santander,
adonde volvió cuando se escapó de casa, largóse
a Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en mayor
escala y vivir más a cubierto de la persecución
de su familia. Entregóse en la corte a todo género
de licencias; perdió muy pronto las pocas gracias
que debía a la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda
y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón
de basura en un rincón de una plazuela, y allí
se recogió al amanecer su rígido cadáver.
  Al amor de los tizones
Porque hace música, y literatura, y política,
y sorbe tes dansants y chocolates bulliciosos, y juega al
encarté... y a la banca en los salones, piensa la
gente del «gran mundo» que ella sola sabe sacar partido de
las largas noches del invierno. Llenas están las columnas
de la prensa periódica de almibaradas revistas y hasta
de poemas garapiñados que me lo hacen creer así.
Pero la gente susodicha y sus melifluos infatigables salmistas
se equivocan de medio a medio, como voy a demostrarlo con
hechos, que son argumentos sin vuelta ni revés; y
con hechos que no han de proceder de la vida y milagros de
la benemérita clase media que, por horror innato a
su propia medianía, vive en perpetuo remedo aristocrático;
ni tampoco de los anales de los sabañonudos gremios
horteril, especiero y consortes, rebaño que ya viste
frac, toma sorbete y baila con guantes los domingos, y forcejea
y suda por eclipsar el brillo social de la clase media. Para
que el éxito de mi tarea sea más completo,
he de buscar los hechos prometidos en una esfera mucho más
distante, en grado descendente, de la en que reside la encopetada
jerarquía que, por no saber en qué dar, da
con frecuencia en vestirse de estación, y de nube,
y de astro... y de no sé cuántas cosas más;
he de buscarlos, repito, entre los más sencillos aldeanos
del más apartado rincón de la Montaña,
contando, por supuesto, con que sabrán otorgarme su
indulgencia aquellos señores del buen tono por el
crimen de lesa etiqueta que cometo al oponerles, siquiera
por un instante, un parangón tan grosero, tan inculto,
tan cerril.
Y hecha esta importante salvedad, dejo al arbitrio
del más escrupuloso lector la elección del
pueblo... ¿Ese? Corriente.
Treinta casas tiene; se divide
en tres barrios, y en cada uno de ellos hay un acabado modelo
de lo que yo necesito: una hila.
Fijémonos en cualquiera
de las tres, a la casualidad: en la del tío Selmo
Lombío.
Selmo, o Anselmo Lombío, es un pobre
labrador que a duras penas cosecha maíz para todo
el año; por consiguiente, no es siquiera lo que se
llama un hombre acomodado. Pero no ha conocido jamás
el mal humor, no tiene vicios ni cosa que se le parezca,
ni, lo que siente mucho, hijos que le pidan pan, no obstante
llevar más de treinta años unido en legítimo
matrimonio a tía Ramona Maizales, cuyo carácter
parece cortado por el mismo patrón que el suyo.
Ambos
profesan y predican, con más fe cada día, la
máxima de que «la gente humana ha nacido para la comunicancia
y parcialidad»; y por ende no transigen con que el pobre,
rendido por el trabajo cotidiano, se limite, por único
consuelo, a tumbarse a roncar sobre una mala cama a la hora
en que se albergan las gallinas. Y en prueba de que no hablan
sólo por el aquél de abrir la boca, no bien
se coge el maíz, y se siega el pelo de la toñá (la yerba de otoño), y se derrotan las mieses, y comienzan
los pelados bardales a llorar gota a gota por las mañanas
el rocío de la noche, ya los tienen ustedes brindando
con su cocina a todo convecino que quiera favorecerla con
su presencia.
Y la gente del barrio, que se guarda muy bien
de desairar el brindis, acude solícita a ella, y hasta
la hace de moda entre la rústica sociedad.
Estarán
ustedes cansados de leer en la grave prensa periódica
de España párrafos como el siguiente:
«Magnífica
estuvo, como todas las anteriores, la recepción que
tuvo lugar anoche en los espléndidos salones de la
encantadora marquesa del Rábano o de la Coliflor,
viéndose aquéllos poblados de cuanto más
bello, elegante y distinguido encierra la buena sociedad
de...».
Y esto lo dice el periodista porque presume, o sabe,
o quiere hacer creer que concurrieron a los salones espléndidos
de la encantadora marquesa del Rábano o de la Colifor,
la seductora baronesa de la Ortiga, la adorable condesa del
Pámpano, las hechiceras señoritas de Azafrán,
la interesante viuda de Mogol, el opulento banquero Potosí,
el ilustre diplomático vizconde del Tornasol, el mimado
poeta Aljófar, el lisonjero folletinista que lo cuenta,
Jarabe, y el artista sublime más en boga en el regio
coliseo, si de Madrid se trata.
Pues bien, pregunten ustedes
por las hilas de tío Selmo en el pueblo en que éste
vive, y le dirán sus convecinos, uno a uno, o a coro
si se prefiere:
-¡Maníficas! ¡de lo mejor!
Lo cual
equivale, allí donde no hay prensa ni revisteros de
salones, al reproducido suelto de los periódicos del
«gran mundo».
Porque a la cocina de tío Selmo concurren,
infaliblemente cada noche y todas las del invierno, amén
de otros eventuales, los siguientes personajes:
Tanasio
Mirojos. Maduro de edad, largo de talla y no muy limpio de
porte, mediano labrador, pero gran carretero. Gusta mucho
de «estar al tanto» de lo que pasa por el mundo, y es un
almacén de cuentos y romances.
Pólito Redondo. Cuadrado de espaldas, angosto de frente, recio de pelo y
barba, cetrino de color y duro de entendimiento. Amaña, es decir, resume todo lo que oye a los demás para
comprender algo de ello; pero al cabo se queda siempre en
ayunas, porque tiene peores amañaduras que entendederas.
Lencio, Cencio, Delencio, Endilencio, o como ustedes quieran,
pues por todo responde menos por Indalecio, como le nombró
en la pila su padrino. Tiene escasos cuarenta y cinco años,
y no fuma, ni vota, ni se enfada nunca; su fuerte es la elocuencia;
y como también es erúdito, resuelve de plano
cuantas dudas científicas, históricas, ortográficas
y etimológicas se le consultan. Pone la pluma como
un maestro de escuela, y no hay cuenta que se le resista,
desde las de medio-partir y partir por entero, hasta las
de cuartos-reales y compañías inclusive.
Gorio
Tejares. Ex-soldado del ejército, ha corrido muchas
tierras, y no se la deja pegar de ningún listo. Trató
con intimidad, durante el servicio, a todos los generales
por quienes se le pregunta. O'Donnell le convidaba a café
y copa tres veces a la semana, y pasando un día con
su regimiento por la Plaza de Palacio, la Reina, que estaba
en el balcón, le echó los galones de sargento.
Pudo haber llegado a capitán, pero le tiraba mucho
el pueblo, y no quiso reengancharse.
El
Polido. Corto de estatura, flaco y torcido de piernas y chupado
de jeta, mal vestido y peor alimentado. Su manía es
hacer creer a los demás, siempre y a todas horas,
que acaba de comer y que revienta de harto.
Tío Ginojo. Más antiguo en el mundo que las viruelas, sordo de
un oído, torpe del otro y sin pizca de memoria: se
duerme en cuanto se sienta.
Silguero. Mozo presumido y seductor
irresistible, bailarín consumado y, sobre todo, gran
entonador de Kiries, Glorias y Credos en misa mayor; habilidad
que constituye su mayor orgullo y le ha valido el honroso
mote, mal pronunciado, de Jilguero, con que se le conoce.
Tía Cimiana. Mujer de Tanasio: «tiene gloria en las
manos» para cortar sayas y jubones, y es por eso la única
costudera del pueblo.
Sabel. Moza robusta y potente, ancha
de encuentros y caderas, alegre de ojos y suelta de lengua.
Chiscona. Digna pareja de Pólito, y no hay que más
que decir de ella.
Clavellina. La antítesis de Sabel,
pequeñita, sonrosada, muy compuesta y algo parada.
Mari-Juana. Mujer de seis pies de talla, flaca y curtida,
es una notabilidad para salar tocino y curar de la palotilla a las chicas pálidas.
Y la Rijiosa. Apreciable mitad
del Polido, con un genio de doscientos mil demonios, pero
con una gracia especial para sembrar a chorco y empozar lino.
Es decir, lo más escogido de la buena sociedad del
barrio.
Las mujeres van a la hila provistas de rueca y mocío de estopa o madeja de cerro. Por una excepción, que
se comprende bien, tía Cimiana suele llevar obra de
aguja y tijera, según se encuentre de atareada. Los
hombres no llevan nada, o, cuando más, un taco de
madera para una llavija, o un haz de mimbres retorcidos para
peales.
Para colocar a todos los tertuliantes, hay en la
cocina del tío Selmo tres grandes bancos de roble,
muy ahumados, que, con el largo poyo de la pared, forman
un espacioso rectángulo, dentro del cual queda la
lumbre, en llar bajo, o sea, en el santo suelo.
No hay,
como ustedes pueden comprender, lacayo que vaya anunciando
a las personas que llegan. Allí se cuela todo el mundo
como Pedro por su casa. De todos modos, sería ociosa
aquella ceremonia, pues mucho antes de que el tertuliante
se anuncie a sí propio en la cocina con el saludo
obligado de «Dios sea aquí», «el Señor nos
acompañe» u otro del mismo laudable género,
se ha dado a conocer perfectamente. Tío Ginojo, por
ejemplo, porque se le oye dar en la calleja una en los morrillos
y ciento en las pozas con sus almadreñas; el Polido,
porque las que calza, no teniendo clavos y siendo muy viejas
y desiguales entre sí, suenan a madera rota; Pólito,
que las gasta con tarugos, porque cuando pisa con ellos,
sus golpes parecen de mazo de encambar; Silguero, por las
tiranas que entona; Mari Juana, por los golpes de tos «que
la ajuegan»; Gorio, por las dianas que silba, etc., etc.
Que las mujeres van a hilar a casa de tío Selmo,
debe haberse presumido desde el mismo instante en que yo
dije que llevan rueca y lino.
Con este dato, adivine el
perspicaz lector por qué se llaman hilas y no soirées ni recepciones las tertulias montañesas del género
y calidad de la que yo voy a describir.
Y cuenta que al
hacerlo me cabe la persuasión de que en ello rindo
un tributo que, en buena justicia, se debe a las rancias
costumbres de mi tierra. Siglos, acaso, hace ya que en ella
están siempre abiertas centenares de cocinas a la
mayor recreación del vecindario. En ellas vienen exhibiéndose
millares de bellezas vigorosas, de ingenios peregrinos, de
tipos y escenas que hubieran envidiado, para su gloria, los
pinceles de Goya y de Theniers; y no obstante, no han logrado
una pluma que los ensalce y los sahume, o siquiera los reviste a la faz del público, hoy que en el gran mundo no
se come una mala raja de salchichón, ni se hace una
cabriola, ni se suelta un vocablo ingenioso, sin que las
cien trompas de la fama cuenten, enaltezcan y sublimen el
suceso desde el folletín de los periódicos
más en boga, y le lleven en alas de éstos hasta
el último confín de la tierra.
De lamentar
es, por otra parte, que la falta de esas plumas privilegiadas
haya de repararse con la mía, indigna por tosca y
mal tajada, de empresa tan difícil; pero si la buena
intención es algo, a la que me guía me amparo
por excusa, y en ella confío para que los apreciados
tertuliantes de tío Selmo Lombío me dispensen
su más amplia y cordial indulgencia al encontrar sus
retratos en las humildes páginas de este libro.
Nada
más grato para tía Ramona, nada que más
la recree, que ver llegar al último de sus tertuliantes
y contemplarlos en seguida a todos llenando los tres bancos
de la cocina.
Para solemnizar debidamente momentos tan placenteros,
toma del rincón de la leña la mejor mata de
escajo, y la arroja sobre el montón de gruesos tizones
que empiezan a quemarse en el llar. La vacilante escasa llama
prende las secas apiñadas espinas de la mata, y bien
pronto una columna de fuego sube chisporroteando hasta más
arriba del sarzo del desván, iluminando los rostros
de la hila sobre el fondo negro lustroso de las ahumadas
paredes, con una luz que entusiasmara a Rembrandt, si dado
le fuera resucitar para contemplarla.
Con esta salva se
inaugura cada noche la tertulia. Las mujeres aprovechan la
lumbrada para preparar las ruecas; los hombres sus velortos,
navajas y tacos de madera.
Tío Ginojo, que ocupa
siempre uno de los ángulos del poyo, con el fin de
tener cerca los pies de la jornia, o cenicero, al sentir
la primera bofetada de la llama, saca las manos de los respectivos
bolsillos, mete una brasa en la pipa, le tira tres chupadas
que suenan como tres pistoletazos... y vuelve a su estupor
crónico.
No es raro que la sesión comience
por un rosario, a cuyo final se pida por cada uno de los
muertos del pueblo, que recuerde la memoria de Cencio, que
reza delante.
De todas maneras, es seguro que a la media
hora de constituida la hila, toma, salvas ligeras variantes,
el siguiente rumbo:
-¡Uno de los buenos, tío Tanasio!
-¡Que nos haga de reír! -De ladrones y encantos,
que son más divertíos.
-De lo que él
quiera, ¡condenius, pedigones!
-Si digieris de lo que yo
sepa, digieris más verdá.
(Tanasio es hombre
que gusta hacerse rogar en estos casos, pues cree que de
otro modo desprestigia su ingenio).
-¡Hombre, pues no dice
que!... ¡Si sabe usté más cuentos!
-Pero si
tos vos los he contao ya.
-Menos los que le quedan en el
magín.
-Marrecelo que delguno... Pero, en fin, veremos
a ver si estrujando, estrujando, sale daque cosa.
Silencio
profundo. Tanasio medita. Pólito se soba los dedos,
se rasca la cabeza a dos manos, abre medio palmo de boca
y clava sus ojazos verdes en el narrador. Cencio se dispone
a resolver las numerosas dudas que del cuento puedan surgir.
Silguero se contonea, cruza las piernas y se atusa el pelo
mirando tierno a Clavellina. El ex-soldado se encara con
Sabel. El Polido eructa como si le llegara la cena a la garganta.
Las mujeres, hila que hila. Tío Ginojo se recuesta
contra el poyo, bosteza y mete un pie en el montón
de ceniza.
Al cabo de un rato dice Tanasio: -Con que en
el supuesto, vos contaré el cuento de Arranca-Pinos y Arranca-Peñas.
-Ya se contó anoche. -Enestonces
vos contaré el romance de don Argüeso.
-También
se contó.
-El del Soldado.
-¿Cuál es ése?
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-Estaba una señorita
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sentadita en su balcón; |
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pasó por allí un soldado |
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de muy buena condición... |
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-Se contó antanoche. -Cuando yo vos decía
que toos vos los había contao... ¿Sabéis el
cuento de Rosaura del Guante?»
-Está contao tamién.
-Pus, ojo, que allá va uno que nunca habéis
oído.
Atención general. -Amigos de Dios...
Una palabra, con permiso de Tanasio. Reproduzco íntegra
su narración, porque el estilo de los cuentos populares
de la Montaña tiene un sabor especialísimo
de localidad que yo debo dar a conocer.
Oigan ustedes ahora
a Tanasio.
-Amigos de Dios; éste era un pastor de
tierra de gentiles; y siendo un pastor...
-¿Qué son
gentiles? -pregunta Pólito.
-Pus gentiles -responde
Tanasio algo apurado, mirando a Cencio-, gentiles, a mi modo
de ver, deben ser, así como quien dice... ¿no es verdá,
Cencio?... ¿A que Cencio lo sabe también?
Y Cencio,
con aire de la más hinchada importancia, encaja sin
pararse en barras la siguiente explicación:
-Gentiles
es bien sabido que son unos vivientes que viven en islas
acuáticas, y son gigantes muy robustos de fegura corporal...
y no tienen iglesias ni tampoco señores curas, y se
comen los unos a los otros, si a mano viene.
-¿Lo oyes,
Pólito? Pus eso lo saben hasta los mozucos de la escuela.
-Pero como yo no la he tuvido, por eso lo pregunto. Ahora
ya lo sé pa sinfinito.
-¿Y lo sabes bien? -¡Ni aunque
yo fuera tan torpe!... Pus me paez a mí que la cosa
tien poco que estudiar. Los gentiles son unos seres corporales
que viven en las iglesias y se comen gigantes acuáticos.
-¡Ave María Purísima! -Qué, ¿no es
eso?
-¡Sí, hombre, sí! -Es que por las risas
paecía que no... ¿Y qué es eso de acuático?,
aunque sea mala pregunta. Digo yo que será cosa de
carambelo o de azúcara.
-Acuático -responde
el grave Endelencio- declina de los mares mayores... porque
estas islas de los gentiles están entre aguas de los
mares...
-Pus entonces, las islas serán a manera
de barcas.
-Islas -añade el erudito un poco asustado
ya por la extensión geográfica que van tomando
las dudas- son unos lugares encultos y de mucho matorral;
y tan aina las hay acuáticas, como de tierra firme;
sólo que entonces se llaman islas Celepinas, porque
están en Morería.
Lo mismo queda enterado
Pólito de lo que son islas que quedó de lo
que eran gentiles; pero como no es cosa de pasar la noche
en semejantes explicaciones, se da la duda por aclarada y
continúa Tanasio:
-Siendo un pastor de tierra de
gentiles, este pastor diz que conocía toda herba del
campo y con ellas curaba que tenía que ver. Le dolía
a usté salva la parte: le untaba él con la
herba del caso, y sanaba usté; que el otro tenía
un lubieso: pues, señor, ahí va la herba, y
fuera con él al minuto; que el de más allá
perecía de tercianas: dábale la herba respetive,
y largo las tercianas. De modo y manera es que too el mundo
se valía del pastor pa las melicinas, motivao a lo
que los cerujuanos y los boticarios de veinte leguas a la
redonda no le podían ver. Pus, señor, sépanse
ustedes que este pastor no bajaba al pueblo más que
los domingos; y como era buen mozo y manífico bailador,
dispués del rosario se iba al corro; y diéndose
al corro, no le gustaba jugar a la brisca ni a los bolos;
y no gustándole, se pasaba la tarde baila que te baila
con una misma moza, respetive a lo que tomáronse los
dos mucha ley y conviniéronse en que, malas penas
entrara él en quintas, se habían de casar si
no le tocaba soldao. Bueno. Amigos de Dios, évate
que una tarde estaba el mi pastor en la sierra toca que toca
el caracol, tumbao debajo de una cajiga; encárase
con él un caminante de lo más bien portao que
podía verse, como que llevaba sombrero fino, bastón
de puño de oro, levita y cadena de reló. Apárase
de pronto el caminante, y dícele de esta manera al
pastor: «Oiga usté, buen amigo, ¿me dirá usté
por casualidá onde para un pastor que dicen que anda
por estos lugares y que cura too mal que se le presente?».
«Está uste hablando con él, buen caminante»,
dícele el pastor. Y oyéndolo el otro, salta
y le dice: «¿Quiere usté venirse conmigo y ganará
too lo que pida». «Si no es muy lejos, ya estamos andando».
«A los palacios del rey». «¿Quién está malo
allí». «Una hija mía que quiero como a las
telas del corazón: dos años lleva en la cama,
toos los mejores médicos la han auxiliao, más
de tres mil reales van gastaos con ellos, y la muchacha a
peor, a peor, a peor. Díjome una adivina que usté
sólo me la podía curar, y por buscarle a usté
vengo corriendo tierras». «Y usté, ¿quién es?»,
saltó entonces el pastor. «El rey de los gentiles»,
arrespondió el caminante muy aquello. Amigos, el pastor
que tal oye, vio su suerte hecha y se risolvió a seguir
al rey con el aquel de ganar, por lo menos, seis mil reales
pa librarse del servicio, caso que le tocara quinto. En éstas
y en otras, ayudóle el rey a recoger el ganao pa acabar
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