  El amigo de la muerte
Cuento fantástico
Pedro Antonio de Alarcón
[Nota preliminar: Edición digital a partir de la edición de las OO. CC., Madrid, Fax, 1943
y cotejada con la edición crítica de Laura de los Ríos (Madrid, Cátedra, 1984, 4ª ed.)].
  - I -
Méritos y servicios
Éste era un pobre muchacho, alto, flaco, amarillo, con buenos ojos negros, la frente despejada
y las manos más hermosas del mundo, muy mal vestido, de altanero porte y humor
inaguantable... Tenía diecinueve años, y llamábase Gil Gil.
Gil Gil era hijo, nieto, biznieto, chozno, y Dios sabe qué más, de los mejores zapateros de
viejo de la corte, y al salir al mundo causó la muerte a su madre, Crispina López, cuyos padres,
abuelos, bisabuelos y tatarabuelos honraron también la misma profesión.
Juan Gil, padre legal de nuestro melancólico héroe, no principió a amarlo desde que supo que
llamaba con los talones a las puertas de la vida, sino meramente desde que le dijeron que había
salido del claustro materno, por más que esta salida le dejase a él sin esposa; de donde yo me
atrevo a inferir que el pobre maestro de obra prima y Crispina López fueron un modelo de
matrimonios cortos, pero malos.
Tan corto fue el suyo, que no pudo serlo más, si tenemos en cuenta que dejó fruto de
bendición... hasta cierto punto. Quiero significar con esto que Gil Gil era sietemesino, o, por
mejor decir, que nació a los siete meses del casamiento de sus padres, lo cual no prueba siempre
una misma cosa... Sin embargo, y juzgando sólo por las apariencias, Crispina López merecía ser
más llorada de lo que la lloró su marido, pues al pasar a la suya desde la zapatería paterna,
Lavalle en dote, amén de una hermosura casi excesiva y de mucha ropa de cama y de vestir, un
riquísimo parroquiano -¡nada menos que un conde, y conde de Rionuevo!-, quien tuvo durante
algunos meses (creemos que siete), el extraño capricho de calzar sus menudos y delicados pies
en la tosca obra del buen Juan, representante el más indigno de los santos mártires Crispín y
Crispiniano, que de Dios gozan...
Pero nada de esto tiene que ver ahora con mi cuento, llamado El amigo de la muerte.
Lo que sí nos importa saber es que Gil Gil se quedó sin padre, o sea sin el honrado zapatero,
a la edad de catorce años, cuando ya iba él siendo también un buen remendón, y que el noble
conde de Rionuevo, compadecido del huerfanito, o prendado de sus clarísimas luces, que lo
cierto nadie lo supo, se lo llevó a su propio palacio en calidad de paje, no empero sin gran
repugnancia de la señora condesa, quien ya tenía noticias del niño parido por Crispina López.
Nuestro héroe había recibido alguna educación -leer, escribir, contar y doctrina cristiana-; de
manera que pudo emprenderla, desde luego, con el latín, bajo la dirección de un fraile jerónimo
que entraba mucho en casa del conde...; y en verdad sea dicho, fueron estos años los más
dichosos de la vida de Gil Gil; dichosos, no porque careciese el pobre de disgustos (que se los
daba y muy grandes la condesa, recordándole a todas horas la lezna y el tirapié), sino porque
acompañaba de noche a su protector a casa del duque de Monteclaro, y el duque de Monteclaro
tenía una hija, presunta universal y única heredera de todos sus bienes y rentas habidos y por
haber, y hermosísima por añadidura..., aunque el tal padre era bastante feo y desgarbado.
Rayaba Elena en los doce febreros cuando la conoció Gil Gil, y como en aquella casa pasaba
el joven paje por hijo de una muy noble familia arruinada -piadoso embuste del conde de
Rionuevo-, la aristocrática niña no se desdeñó de jugar con él a las cosas que juegan los
muchachos, llegando hasta darle, por supuesto en broma, el dictado de novio, y aun a cobrarle
algún cariño cuando los doce años de ella se convirtieron en catorce, y los catorce de él en
dieciséis.
Así transcurrieron tres años más.
El hijo del zapatero vivió todo este tiempo en una atmósfera de lujo y de placeres: entró en
la corte, trató con la grandeza, adquirió sus modales, tartamudeó el francés (entonces muy de
moda) y aprendió, en fin, equitación, baile, esgrima, algo de ajedrez y un poco de nigromancia.
Pero he aquí que la Muerte vino por tercera vez, y ésta más despiadada que las anteriores, a
echar por tierra al porvenir de nuestro héroe. El conde de Rionuevo falleció ab intestato, y la
condesa viuda, que odiaba cordialmente al protegido de su difunto, le participó, con lágrimas en
los ojos y veneno en la sonrisa, que abandonase aquella casa sin pérdida de tiempo, pues su
presencia le recordaba la de su marido, y esto no podía menos de entristecerla.
Gil Gil creyó que despertaba de un hermoso sueño, o que era presa de cruel pesadilla. Ello es
que cogió debajo del brazo los vestidos que quisieron dejarle, y abandonó, llorando a lágrima
viva, aquel que ya no era hospitalario techo.
Pobre, y sin familia ni hogar a que acogerse, recordó el desgraciado que en cierta calleja del
barrio de las Vistillas poseía un humilde portal y algunas herramientas de zapatero encerradas
en un arca; todo lo cual corría a cargo de la vieja más vieja de la vecindad, en cuya casa había
encontrado el mísero caricias y hasta confituras en vida del virtuoso Juan Gil... Fue, pues, allí:
la vieja duraba todavía; las herramientas se hallaban en buen estado, y el alquiler del portal le
había producido en aquellos años unos siete doblones, que la buena mujer le entregó, no sin
regarlos antes con lágrimas de alegría.
Gil decidió vivir con la vieja, dedicarse a la obra prima y olvidar completamente la equitación,
las armas, el baile y el ajedrez... ¡Pero de ningún modo a Elena de Monteclaro!
Esto último le hubiera sido imposible.
Comprendió, sin embargo, que había muerto para ella, o que ella había muerto para él, y antes
de colocar la fúnebre losa de la desesperación sobre aquel amor inextinguible, quiso dar un adiós
supremo a la que era hacía mucho tiempo alma de su alma.
Vistióse, pues, una noche con su mejor ropa de caballero y tomó el camino de la casa del
duque.
A la puerta había un coche de camino con cuatro mulas ya enganchadas.
Elena subía a él seguida de su padre.
-¡Gil! -exclamó dulcemente al ver al joven.
-¡Vamos! -gritó el duque al cochero, sin oír la voz de ella ni ver al antiguo paje de Rionuevo.
Las mulas partieron a escape.
El infeliz tendió los brazos hacia su adorada, sin tener ni aun tiempo para decirle ¡adiós!
-¡A ver! -gruñó el portero-; ¡hay que cerrar!
Gil volvió de su atolondramiento.
-¡Se van! -dijo.
-Sí, señor: ¡a Francia! -respondió el portero secamente, dándole con la puerta en los hocicos.
El ex paje volvió a su casa más desesperado que nunca, desnudóse y guardó la ropa; se vistió
lo peor que pudo; cortóse los cabellos; se afeitó un ligero bozo que ya le apuntaba, y al día
siguiente tomó posesión de la desvencijada silla que Juan Gil ocupó durante cuarenta años entre
hormas, cuchillas, leznas y cerote.
Así lo encontramos al empezar este cuento, que, como ya queda dicho, se titula El amigo de
la muerte.
  - II -
Más servicios y méritos
Acababa el mes de junio de 1724.
Gil Gil llevaba dos años de zapatero; mas no por esto creáis que se había resignado con su
suerte.
Tenía que trabajar día y noche para ganarse el preciso sustento, y lamentaba a todas horas el
deterioro consiguiente de sus hermosas manos; leía cuando le faltaba parroquia, y ni por
casualidad pisaba en toda la semana el dintel de su escondido albergue. ¡Allí vivía solo, taciturno,
hipocondríaco, sin otra distracción que oír de labios de la vieja alguna que otra descripción de
la hermosura de Crispina López o de la generosidad del conde de Rionuevo!
Ahora, los domingos, la cosa variaba completamente. Gil Gil se ponía sus antiguos vestidos
de paje, muy conservados el resto de la semana, y se iba a las gradas de la iglesia de San Millán,
la más próxima al palacio de Monteclaro, y donde su inolvidable Elena oía misa en mejores
tiempos.
Allí la esperó un año y otro, sin verla aparecer. En cambio, solía encontrar estudiantes y pajes
que trató cuando niño, y que le ponían ahora al corriente de cuanto sucedía en las altas esferas
que ya no frecuentaba..., y por ellos precisamente estaba enterado de que su adorada seguía en
Francia... ¡Por supuesto, nadie sospechaba en aquellos barrios que nuestro joven fuese en otros
un pobre remendón, sino que todos lo creían poseedor de algún legado del conde de Rionuevo,
quien manifestó en vida demasiada predilección al joven paje, para que se pudiera creer que no
había pensado en asegurar su porvenir!
Así las cosas, y por la época que hemos citado al empezar este capítulo, hallándose Gil Gil
un día de fiesta a la puerta del susodicho templo, vio llegar dos damas lujosamente vestidas y con
gran séquito, las cuales pasaron lo bastante cerca de él para que reconociese en una de ellas a su
fatal enemiga la condesa de Rionuevo.
Iba nuestro joven a esconderse entre la multitud, cuando la otra dama se levantó el velo, y...
¡oh, ventura...! Gil Gil vio que era su adorada Elena, la dulce causa de sus acerbos pesares.
El pobre mozo dio un grito de frenética alegría y se adelantó hacia la beldad.
Elena lo reconoció al momento, y exclamó con igual ternura que dos años antes:
-¡Gil!
La condesa de Rionuevo apretó el brazo a la heredera de Monteclaro, y murmuró, volviéndose
a Gil Gil:
-Te he dicho que estoy contenta con mi zapatero... ¡Yo no calzo de viejo!... Déjame en paz.
Gil Gil palideció como un difunto y cayó contra las losas del atrio.
Elena y la condesa penetraron en el templo.
Dos o tres estudiantes que presenciaron la escena se rieron a todo trapo, aunque no la
entendieron completamente.
Gil Gil fue conducido a su casa.
Allí le esperaba otro golpe.
La vieja que constituía toda su familia había muerto de lo que se llama muerte senil.
Él cayó en cama con una fiebre cerebral muy intensa, y estuvo, como quien dice, a las puertas
de la muerte.
Cuando volvió en sí, se encontró con que un vecino de aquella calle, más pobre aún que él,
lo había cuidado durante su larga enfermedad, no sin verse obligado, para costear médico y
botica, a vender los muebles, las herramientas, el portal, los libros y hasta el traje de caballero
de nuestro joven.
Al cabo de dos meses, Gil Gil, cubierto de harapos, hambriento, debilitado por la enfermedad,
sin un maravedí, sin familia, sin amigos, sin aquella vieja a quien amaba ya como a una madre,
y, lo que era peor que todo, sin esperanzas de volver a acercarse a su amiga de los primeros años
de la juventud, a su soñada y bendecida Elena, abandonó el portal (asilo de sus ascendientes y
ya propiedad de otro zapatero) y tomó a la ventura por la primera calle que encontró, sin saber
adónde iba, ni qué hacer, ni a quién dirigirse, ni cómo trabajar, ni para qué vivir...
Llovía. Era una de esas tristísimas tardes en que parece que hasta los relojes tocan a muerto;
en que el cielo está cubierto de nubes y la tierra de lodo; en que el aire, húmedo y macilento,
ahoga los suspiros dentro del corazón del hombre; en que todos los pobres sienten hambre, todos
los huérfanos frío y todos los desdichados envidia a los que ya murieron.
Anocheció, y Gil Gil, que tenía calentura, acurrucóse en el hueco de una puerta y se echó a
llorar con infinito desconsuelo...
La idea de la muerte ofrecióse entonces a su imaginación, no entre las sombras del miedo y
las convulsiones de la agonía, sino afable, bella y luminosa, como la describe Espronceda.
El desgraciado cruzó los brazos contra su corazón como para retener aquella dulce imagen que
tanto descanso, tanta gloria y tanta dicha le ofrecía, y, al hacer este movimiento, sintió que sus
manos se posaban sobre una cosa dura que tenía en el bolsillo.
La reacción fue súbita; la idea de la vida, o de la conservación, que corría atribulada por el
cerebro de Gil Gil huyendo de la otra idea que hemos enunciado, asióse con toda su fuerza a
aquel inesperado accidente que se le presentaba en el borde mismo del sepulcro.
La esperanza murmuró en su oído mil seductoras promesas que le indujeron a sospechar si
aquella cosa dura que había tocado sería dinero o una enorme piedra preciosa, o un talismán...;
algo, en fin, que encerrase la vida, la fortuna, la dicha y la gloria (que para él se reducían al amor
de Elena de Monteclaro), y, diciendo a la muerte: Aguarda..., se llevó la mano al bolsillo.
Pero, ¡ay!, la cosa dura era el barrilillo de ácido sulfúrico, o, por decirlo más claramente, de
aceite vitriolo, que le servía para hacer betún, y que último resto de sus útiles de zapatero, se
hallaba en su faltriquera por una casualidad inexplicable.
De consiguiente, allí donde el desgraciado creyó ver un áncora de salvación, encontraron sus
manos un veneno, y de los más activos.
-¡Muramos, pues! -se dijo entonces.
Y se llevó el bote a los labios...
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Y una mano fría como el granizo se posó sobre sus hombros, y una voz dulce, tierna, divina,
murmuró sobre su cabeza estas palabras:
-¡HOLA, AMIGO!
  - III -
De cómo Gil Gil aprendió medicina en una hora
Ninguna frase pudiera haber sorprendido tanto a Gil Gil como la que acababa de escuchar:
-¡Hola, amigo!
É1 no tenía amigos.
Pero mucho más le sorprendió la horrible impresión de frío que le comunicó la mano de
aquella sombra, y aun el tono de su voz, que penetraba, como el viento del polo, hasta la médula
de los huesos.
Hemos dicho que la noche estaba muy oscura...
El pobre huérfano no podía, por consiguiente, distinguir las facciones del ser recién llegado,
aunque sí su negro traje talar, que no correspondía precisamente a ninguno de los dos sexos.
Lleno de dudas, de misteriosos temores y hasta de una curiosidad vivísima, levantóse Gil del
tranco de la puerta en que seguía acurrucado y murmuró con voz desfallecida, entrecortada por
el castañeteo de sus dientes:
-¿Qué me queréis?
-¡Eso te pregunto yo! -respondió el ser desconocido, enlazando su brazo al de Gil Gil con
familiaridad afectuosa.
-¿Quién sois? -replicó el pobre zapatero, que se sintió morir al frío contacto de aquel brazo.
-Soy la persona que buscas.
-¡Quién!... ¿Yo?... ¡Yo no busco a nadie! -replicó Gil queriendo desasirse.
-Pues ¿por qué me has llamado? -repuso aquella persona, estrechándole el brazo con mayor
fuerza.
-¡Ah!... Dejadme...
-Tranquilízate, Gil, que no pienso hacerte daño alguno... -añadió el ser misterioso-. ¡Ven! Tú
tiemblas de hambre y de frío... Allí veo una hostería abierta, en la que cabalmente tengo que
hacer esta noche... Entremos y tomarás algo.
-Bien...; pero ¿quién sois? -preguntó de nuevo Gil Gil, cuya curiosidad empezaba a
sobreponerse a los demás sentimientos.
-Ya te lo dije al llegar: somos amigos... ¡Y cuenta que tú eres el único a quien doy este
nombre sobre la tierra! ¡Úneme a ti el remordimiento!... Yo he sido la causa de todos tus
infortunios.
-No os conozco... -replicó el zapatero.
-¡Sin embargo, he entrado en tu casa muchas veces! Por mí quedaste sin madre al tiempo de
nacer; yo fui causa de la apoplejía que mató a Juan Gil; yo te arrojé del palacio de Rionuevo; yo
asesiné un domingo a tu vieja compañera de casa; yo, en fin, te puse en el bolsillo ese bote de
ácido sulfúrico...
Gil Gil tembló como un azogado; sintió que la raíz del cabello se le clavaba en el cráneo, y
creyó que sus músculos crispados se rompían.
-¡Eres el demonio! -exclamó con indecible miedo.
-¡Niño! -contestó la enlutada persona en son de amable censura-. ¿De dónde sacas eso? ¡Yo
soy algo más y mejor que el triste ser que nombras!
-¿Quién eres, pues?
-Entremos en la hostería y lo sabrás.
Gil entró apresuradamente; puso al desconocido ser delante del humilde farol que alumbraba
el aposento, lo miró con avidez inmensa...
Érase una persona como de treinta y tres años, alta, hermosa, pálida, vestida con una larga
túnica y una capa negra, y cuyos luengos cabellos cubría un gorro frigio, también de luto.
No tenía ni asomos de barba, y, sin embargo, no parecía mujer. Tampoco parecía hombre, a
pesar de lo viril y enérgico de su semblante.
Lo que realmente parecía era un ser humano sin sexo, un cuerpo sin alma, o más bien un alma
sin cuerpo mortal determinado. Dijérase que era una negación de personalidad.
Sus ojos no tenían resplandor alguno. Recordaban la negrura de las tinieblas. Eran, sí, unos
ojos de sombra, unos ojos de luto, unos ojos muertos... Pero tan apacibles, tan inofensivos, tan
profundos en su mudez, que no se podía apartar la vista de ellos. Atraían como el mar; fascinaban
como un abismo sin fondo; consolaban como el olvido.
Así fue que Gil Gil, a poco que fijó los suyos en aquellos ojos inanimados, sintió que un velo
negro lo envolvía, que el orbe tornaba al caos y que el ruido del mundo era como el de una
tempestad que se lleva el aire...
Entonces, aquel ser misterioso dijo estas tremendas palabras:
-Yo soy la Muerte, amigo mío... Yo soy la Muerte, y Dios es quien me envía... ¡Dios, que te
tiene reservado un glorioso lugar en el cielo! Cinco veces he causado tu desventura, y yo, la
deidad implacable, te he tenido compasión. Cuando Dios me ordenó esta noche llevar ante su
tribunal tu alma impía, le rogué que me confiase tu existencia y me dejase vivir a tu lado algún
tiempo, ofreciéndole entregarle al cabo tu espíritu limpio de culpas y digno de su gloria. El Cielo
no ha sido sordo a mi súplica. ¡Tú eres, pues, el primer mortal a quien me he acercado sin que
su cuerpo se torne fría ceniza! ¡Tú eres mi único amigo! Oye ahora, y aprende el camino de tu
dicha y de tu salvación eterna.
Al llegar aquí la Muerte, Gil Gil murmuró una palabra casi ininteligible.
-Te he comprendido... -replicó la Muerte-. Me hablas de Elena de Monteclaro.
-¡Sí! -respondió el joven.
-¡Te juro que no la estrecharán otros brazos que los tuyos o los míos! ¡Y, además, te repito
que he de darte la felicidad en este mundo y la del otro! Para ello bastará con lo siguiente: Yo,
amigo mío, no soy la Omnipotencia... ¡Mi poder es muy limitado, muy triste! Yo no tengo la
facultad de crear. Mi ciencia se reduce a destruir. Sin embargo, está en mis manos darte una
fuerza, un poder, una riqueza mayor que la de los príncipes y emperadores... ¡Voy a hacerte
médico; pero médico amigo mío, médico que me conozca, que me vea, que me hable! Adivina
lo demás.
Gil Gil estaba absorto.
-¿Será verdad? -exclamó cual si luchara con una pesadilla.
-Todo es verdad, y algo más que te iré diciendo... Por ahora sólo debo advertirte que tú no eres
hijo de Juan Gil. Yo oigo la confesión de todos los moribundos, y sé que eres hijo natural del
conde de Rionuevo, tu difunto protector, y de Crispina López, que te concibió dos meses antes
de casarse con el infortunado Juan Gil.
-¡Ah, calla! -exclamó el pobre niño, tapándose el rostro con las manos.
Luego, herido de una súbita idea, exclamó con indescriptible horror:
-¿Conque tú matarás a Elena algún día?
-Tranquilízate... -respondió la divinidad-. ¡Elena no morirá nunca para ti! Así, pues,
¡responde!... ¿Quieres o no quieres ser mi amigo?
Gil contestó con esta otra pregunta:
-¿Me darás en cambio a Elena?
-Te he dicho que sí.
-¡Pues ésta es mi mano! -añadió el joven alargándosela a la Muerte.
Pero otra idea más horrible que la anterior le asaltó en aquel momento.
-¡Con estas manos que estrechan la mía -dijo- mataste a mi pobre madre!
-¡Sí! ¡Tu madre murió!... -respondió la Muerte-. Entiende, sin embargo, que yo no le causé
dolor alguno... ¡Yo no hago sufrir a nadie! Quien os atormenta hasta que dais el último suspiro
es mi rival la Vida, ¡esa vida que tanto amáis!
Gil se arrojó en brazos de la Muerte por toda contestación.
-Vamos, pues -dijo el ser enlutado.
-¿Adónde?
-A La Granja, a comenzar tus funciones de médico.
-Pero ¿a quién vamos a ver?
-Al ex rey Felipe V.
-¡Cómo! ¿Felipe V va a morir?
-Todavía no; antes ha de volver a reinar, y tú vas a regalarle la corona.
Gil inclinó la frente, abrumado bajo el peso de tantas nuevas ideas. La Muerte lo cogió del
brazo y lo sacó de la hostería.
No habían llegado a la puerta, cuando oyeron a su espalda gritos y lamentaciones.
El dueño de la hostería acababa de morir.
  - IV -
Digresión que no hace al caso
Desde que Gil Gil salió de la hostería empezó a observar tal cambio en sí mismo y en la
naturaleza toda, que, a no ir asido a un brazo tan robusto como el de la Muerte, indudablemente
hubiera caído anonadado contra el suelo.
Y era que nuestro héroe sentía lo que no ha sentido ningún otro hombre ¡el doble movimiento
de la Tierra alrededor del sol y en torno de su propio eje!
En cambio, no percibía el de su propio corazón.
Por lo demás, cualquiera que hubiese examinado a la esplendorosa luz de la luna el rostro del
ex zapatero, habría echado de ver que la melancólica hermosura que siempre lo hizo admirable
había subido de punto de una manera extraordinaria... Sus ojos, de un negro aterciopelado,
reflejaban ya aquella paz misteriosa que reinaba en los de la personificación de la Muerte. Sus
largos y sedosos cabellos, oscuros como las alas del cuervo, adornaban una fisonomía pálida
como el alabastro de las tumbas, radiosa y opaca a un mismo tiempo, cual si dentro de aquel
alabastro ardiese una luz funeral que se filtrara tenuemente por sus poros. Su gesto, su actitud,
su ademán, todo él se había transfigurado, adquiriendo cierto aire monumental, eterno, extraño
a toda relación con la naturaleza, y que indudablemente, dondequiera que Gil se presentase, lo
haría superior a las mujeres más insensibles, a los poderosos más soberbios, a los guerreros más
esforzados.
Andaban y andaban los dos amigos hacia la Sierra, unas veces por el camino y otras fuera de
él.
Siempre que pasaban por algún pueblo o caserío, lentas campanadas, vibrando en el espacio
en son de agonía, anunciaban a nuestro joven que la Muerte no perdía su tiempo; que su brazo
alcanzaba a todas partes, y que, no por sentirlo él sobre su corazón como una montaña de hielo,
dejaba de cubrir de luto y de ruinas todo el haz de la dilatada Tierra.
Grandes y peregrinas cosas iba contándole la Muerte a su protegido.
Enemiga de la Historia, complacíase en hablar pestes acerca de su pretendida utilidad, y para
demostrarlo presentaba los hechos tales como acontecieron y no como los guardan monumentos
y cronicones.
Los abismos de lo pasado se entreabrían ante la absorta imaginación de Gil Gil, ofreciéndole
revelaciones importantísimas sobre el destino de los imperios y de la humanidad entera,
descubriéndole el gran misterio del origen de la vida y el no menos temeroso y grande del fin a
que caminamos los mal llamados mortales, y haciéndole, por último, comprender a la luz de tan
alta filosofía, las leyes que presiden al desenvolvimiento de la materia cósmica y a sus múltiples
manifestaciones en esas formas efímeras y pasajeras que se llaman minerales, plantas, animales,
astros, constelaciones, nebulosas y mundos.
La Fisiología, la Geología, la Química, la Botánica, todo se esclarecía a los ojos del ex
zapatero, dándole a conocer los misteriosos resortes de la vida, del movimiento, de la
reproducción, de la pasión, del sentimiento, de la idea, de la conciencia, de la reflexión, de la
memoria y de la voluntad o el deseo.
¡Dios, sólo Dios, permanecía velado en el fondo de aquellos mares de luz!
¡Dios, sólo Dios, era ajeno a la vida y a la muerte; extraño a la solidaridad universal; único
y superior en esencia; sólo como sustancia; independiente, libre y todopoderoso como acción!
La Muerte no alcanzaba a envolver al Criador en su infinita sombra. ¡Sobre Él era! Su eternidad,
su inmutabilidad, su impenetrabilidad, deslumbraron la vista de Gil Gil, el cual inclinó la cabeza,
y adoró y creyó, quedando sumido en mayor ignorancia que antes de bajar a los abismos de la
Muerte...
  - V -
Lo cierto por lo dudoso
Eran las diez de la mañana del 30 de agosto de 1724 cuando Gil Gil, perfectamente
aleccionado por aquella potestad negativa, penetraba en el palacio de San Ildefonso y pedía
audiencia a Felipe V.
Recordemos al lector la situación de este monarca en el día y hora que acabamos de citar.
El primer Borbón de España, nieto de Luis XIV de Francia, aceptó el trono español cuando
no podía soñar con sentarse en el trono francés. Pero fueron muriendo otros príncipes, tíos y
primos suyos, que le separaban del solio de su tierra nativa y, entonces, a fin de habilitarse para
ocuparlo, si moría también su sobrino Luis XV (que estaba muy enfermo y sólo contaba catorce
años de edad), abdicó la corona de Castilla en su hijo Luis I, se retiró a San Ildefonso.
En tal situación, no sólo mejoró algo de salud Luis XV, sino que Luis I cayó en cama
gravísimamente atacado de viruelas ¡hasta el extremo de temerse ya por su vida!... Diez correos,
escalonados entre La Granja y Madrid, llevaban cada hora a Felipe noticias del estado de su hijo,
y el padre ambicioso, excitado además por su célebre segunda esposa. Isabel Farnesio (mucho
más ambiciosa que él), no sabía qué partido tomar en tan inesperado y grave conflicto.
¿Iba a vacar el trono de España antes que el de Francia? ¿Debía manifestar su intención de
reinar de nuevo en Madrid, disponiéndose a recoger la herencia de su hijo?
Pero ¿y si no moría éste? ¿No sería insigne torpeza haber descubierto a toda Europa el oscuro
fondo de su alma? ¿No era esterilizar el sacrificio de haber vivido siete meses en la soledad? ¿No
fuera renunciar para siempre a la dulce esperanza de sentarse en el ansiado trono de San Luis?
¿Qué hacer, pues? ¡Esperar equivalía a perder un tiempo precioso!... La Junta de Gobierno lo
aborrecía y le disputaba toda influencia en las cosas del Estado... Dar un solo paso podía
comprometer la ambición de toda su vida y su nombre en la posteridad...
¡Falso Carlos V las tentaciones del mundo le asaltaban en el desierto, y pagaba harto cara, en
aquellas horas de incertidumbre, la hipocresía de su abdicación!
Tal era la circunstancia en que nuestro amigo Gil Gil se anunciaba al meditabundo Felipe,
diciéndose portador de importantísimas noticias.
-¿Qué me quieres? -preguntó el Rey sin mirarlo cuando lo sintió dentro de la cámara.
-Señor, míreme vuestra majestad -respondió Gil Gil con desenfado-. No tema que lea sus
pensamientos, pues no son un misterio para mí.
Felipe V se volvió bruscamente hacia aquel hombre, cuya voz, seca y fría como la verdad que
revelaba, había helado la sangre en su corazón.
Pero su enojo se estrelló en la fúnebre sonrisa del Amigo de la Muerte.
Sintióse, pues, poseído de supersticioso terror al fijar sus ojos en los de Gil Gil, y llevando
una mano trémula a la campanilla de la escribanía que adornaba la mesa, repitió su primera
pregunta:
-¿Qué me quieres?
-Señor, yo soy médico... -respondió el joven tranquilamente-, y tengo tal fe en mi ciencia que
me atrevo a decir a vuestra majestad el día, la hora y el instante en que ha de morir Luis I.
Felipe V miró con más atención a aquel niño cubierto de harapos, cuyo rostro tenía tanto de
hermoso como de sobrenatural.
-Habla... -dijo por toda contestación.
-¡No tan así, señor Rey! -replicó Gil con cierto sarcasmo-. ¡Antes hemos de convenir en el
precio!
El francés sacudió la cabeza al oír estas palabras, como si despertase de un sueño; vio aquella
escena de otro modo, y casi se avergonzó de haberla tolerado.
-¡Hola! -dijo, tocando la campanilla-. ¡Prended a este hombre!
Un capitán apareció, y puso su mano sobre el hombro de Gil Gil.
Éste permaneció impasible.
El Rey, volviendo a su anterior superstición, miró de reojo al extraño médico... Levantóse
luego trabajosamente, pues la languidez que sufría hacía algunos años se había agravado aquellos
días, y dijo al capitán de guardias:
-Déjanos solos.
Plantóse, por último, enfrente de Gil Gil, cual si quisiera perderle el miedo, y le preguntó con
fingida calma:
-¿Quién diablos eres, cara de búho?
-¡Soy el Amigo de la Muerte! -respondió nuestro joven sin pestañear.
-Muy señora mía y de todos los pecadores... -dijo el Rey con aire de broma a fin de disfrazar
su pueril espanto-. ¿Y qué decías de nuestro hijo?
-Digo, señor -exclamó Gil Gil dando un paso hacia el Rey, quien retrocedió a su pesar-, que
vengo a traeros una corona...; no os diré si la de España o la de Francia, pues éste es el secreto
que habéis de pagarme. Digo que estamos perdiendo un tiempo precioso, y que, por consiguiente,
necesito hablaros pronto y claro. Oídme, por tanto, con atención. Luis I está agonizando... Su
enfermedad es, sin embargo, de las que tienen cura... Vuestra majestad es el perro de la fábula...
Felipe V interrumpió a Gil Gil:
-¡Di!... ¡Di lo que gustes! Deseo oírlo todo... ¡De todas maneras voy a tener que ahorcarte!...
El Amigo de la Muerte se encogió de hombros y continuó:
-Decía que vuestra majestad es el perro de la fábula. Teníais en la cabeza la corona de España;
os bajasteis para coger la de Francia; se os cayó la vuestra sobre la cuna de vuestro hijo; Luis XV
se ciñó la suya, y vos os quedasteis sin la una y sin la otra...
-¡Es verdad! -exclamó Felipe V, si no con la voz, con la mirada.
-Hoy... -continuó Gil Gil recogiendo la mirada del Rey-; hoy, que estáis más cerca de la
corona de Francia que de la de España, vais a exponeros al mismo azar... Luis XV y Luis I, los
dos Reyes niños, están enfermos. Podéis heredar a ambos; pero necesitáis saber con algunas
horas de anticipación cuál de los dos va a morir antes. Luis I está de más peligro; pero la corona
de Francia es más hermosa. De aquí vuestra perplejidad... ¡Bien se conoce que estáis
escarmentado! ¡Ya no os atrevéis a tender la mano al cetro de San Fernando, temeroso de que
vuestro hijo se salve, la historia os escarnezca y vuestros partidarios de Francia os abandonen!...
Más claro: ¡ya no os atrevéis a soltar la presa que tenéis entre los dientes, temeroso de que la otra
que veis sea una nueva ilusión o mero espejismo!
-¡Habla..., habla! -dijo Felipe con ansiedad, creyendo que Gil había terminado-. ¡Habla! ¡De
todos modos has de ir de aquí a una mazmorra, donde sólo te oigan las paredes!... ¡Habla!...
¡Quiero saber qué dice el mundo acerca de mis pensamientos!
El ex zapatero sonrió con desdén.
-¡Cárcel! ¡Horca!... -exclamó-. ¡He aquí todo lo que los reyes sabéis! Pero yo no me asusto.
Escuchadme otro poco, que voy a concluir. Yo, señor, necesito ser médico de cámara, obtener
un título de duque y ganar hoy mismo treinta mil pesos... ¿Se ríe vuestra majestad? ¡Pues los
necesito tanto como vuestra majestad saber si Luis I morirá de las viruelas!
-¿Y qué? ¿Lo sabes tú? -preguntó el Rey en voz baja, sin poder sobreponerse al terror que le
causaba aquel muchacho.
-Puedo saberlo esta noche.
-¿Cómo?
-Ya os he dicho que soy amigo de la muerte.
-¿Y qué es eso? ¡Explícamelo!
-Eso... ¡Yo mismo lo ignoro! Llevadme al palacio de Madrid. Hacedme ver al Rey reinante,
y yo os diré la sentencia que el Eterno haya escrito sobre su frente.
-¿Y si te equivocas? -dijo el de Anjou acercándose más a Gil Gil.
-¡Me ahorcáis!..., para lo cual me retendréis preso todo el tiempo que os plazca.
-¡Conque eres hechicero! -exclamó Felipe por justificar de algún modo la fe que daba a las
palabras de Gil Gil.
-¡Señor, ya no hay hechizos! -respondió éste-. El último hechicero se llamó Luis XIV, y el
último hechizado, Carlos II. La corona de España, que os mandamos a París hace veinticinco
años envuelta en el testamento de un idiota, nos rescató de la cautividad del demonio en que
vivíamos desde la abdicación de Carlos V. Vos lo sabéis mejor que nadie.
-Médico de cámara..., duque... y treinta mil pesos... -murmuró el Rey.
-¡Por una corona que vale más de lo que pensáis! -respondió Gil Gil.
-¡Tienes mi real palabra! -añadió con solemnidad Felipe V, dominado por aquella voz, por
aquella fisonomía, por aquella actitud llena de misterio.
-¿Lo jura vuestra majestad?
-¡Lo prometo! -respondió el francés-. ¡Lo prometo si antes me pruebas que eres algo más que
un hombre!
-¡Elena..., serás mía! -balbuceó Gil.
El Rey llamó al capitán y le dio algunas órdenes.
-Ahora... -dijo-, mientras se dispone tu marcha a Madrid, cuéntame tu historia y explícame
tu ciencia.
-Voy a complaceros, señor; pero temo que no comprendáis ni la una ni la otra.
....................................................................................................................................................
Una hora después el capitán corría la posta hacia Madrid al lado de nuestro héroe, quien, por
de pronto, ya había soltado sus harapos y vestía un magnífico traje de terciopelo negro, adornado
con encajes vistosísimos; ceñía espadín, y llevaba sombrero galoneado.
Felipe V le había regalado aquella vestimenta y mucho dinero, después que se hubo enterado
de su milagrosa amistad con la Muerte.
Sigamos nosotros al buen Gil Gil por mucho que corra, pues podría acontecer que se
encontrara en la cámara de la Reina con su idolatrada Elena de Monteclaro, o con la odiosa
condesa de Rionuevo, y no es cosa de que ignoremos los pormenores de unas entrevistas tan
interesantes.
  - VI -
Conferencia preliminar
Serían las seis de la tarde cuando Gil Gil y el capitán se apeaban a las puertas de palacio.
Un gentío inmenso inundaba aquellos lugares, sabedor del peligro en que se encontraba la
vida del joven Rey.
Al poner nuestro amigo el pie en el umbral del alcázar dio de manos a boca con la Muerte,
que salía con paso precipitado.
-¿Ya? -preguntó Gil Gil lleno de susto.
-¡Todavía no! -respondió la siniestra deidad.
El médico respiró con satisfacción.
-Pues ¿cuándo? -replicó al cabo de un momento.
-No puedo decírtelo.
-¡Oh! Habla...¡Si supieras lo que me ha prometido Felipe V!
-Me lo figuro.
-Pues bien: necesito saber cuándo muere Luis I.
-Lo sabrás a su debido tiempo. Entra... El capitán ha penetrado ya en la regia estancia. Trae
instrucciones del Rey padre... En este momento te anuncian como el primer médico del mundo...
La gente se agolpa a la escalera para verte llegar... ¡Vas a encontrarte con Elena y con la condesa
de Rionuevo!...
-¡Oh, dicha! -exclamó Gil Gil.
-Las seis y cuarto... -continuó la Muerte, tomándose el pulso, que era su único e infalible
reloj-. Te esperan... Hasta luego.
-Pero dime...
-Es verdad... ¡Se me olvidaba! Escucha: si cuando veas al rey Luis estoy en la cámara su
enfermedad no tiene cura.
-¿Y estarás? ¿No dices que vas a otro lado?
-No sé todavía si estaré... Yo soy ubicua, y si recibo órdenes superiores, allí me verás, como
donde quiera que me halle...
-¿Qué hacías ahora aquí?
-Vengo de matar un caballo.
Gil Gil retrocedió lleno de asombro.
-¿Cómo? -exclamó-. ¡También tienes que ver con los irracionales!...
-¿Qué es eso de irracionales? ¿Acaso los hombres tenéis verdadera razón? ¡La razón es una
sola, y ésa no se ve desde la Tierra!
-Pero dime -replicó Gil-: los animales..., los brutos..., los que aquí llamamos irracionales,
¿tienen alma?
-Sí y no. Tienen un espíritu sin libertad e irresponsable... Pero, ¡vete al diablo! ¡Qué preguntón
estás hoy! Conque, adiós... Me encamino a cierta noble casa..., donde voy a hacerte otro favor.
-¡Un favor a mí! ¡Dímelo claramente! ¿De qué se trata?
-De frustrar cierta boda.
-¡Ah!... -exclamó Gil Gil, concibiendo una horrible sospecha-. ¿Será acaso...?
-Nada más te puedo decir... -contestó la Muerte-. Ve adentro, que se hace tarde,
tarde,
Déjate llevar y lo pasarás mejor! Tienes mi promesa de que llegarás a ser completamente
dichoso.
-¡Ah! ¡Conque somos amigos! ¿No piensas matarnos ni a mí ni a Elena?
-¡Descuida! -replicó la Muerte con una tristeza y una solemnidad, con una ternura y una
alegría, con tantos y tan distintos efectos en la voz, que Gil renunció, desde luego, a la esperanza
de comprender aquella palabra.
-¡Espera! -dijo, por último, viendo que el ser enlutado se alejaba-. Repíteme aquello de las
horas, pues no quiero equivocarme... Si estás en la habitación de un enfermo, pero no lo miras,
significa que el paciente muere de aquella enfermedad...
-¡Cierto! Mas si estoy de cara a él, fenece dentro del día... Si yazgo en su mismo lecho, le
quedan tres horas de existencia... Si lo encuentras entre mis brazos, no respondas sino de una
hora... Y si me ves besarle la frente, reza un credo por su alma.
-¿Y no me hablarás ni una palabra?
-¡Ni una! Carezco de permiso para revelarte de esa manera los propósitos del Eterno. Tu
ventaja sobre los demás hombres consiste solamente en que soy visible para ti. Conque adiós,
¡y no me olvides!
Dijo, y se desvaneció en el espacio.
  - VII -
La cámara real
Gil Gil penetró en la regia morada ni arrepentido ni contento de haber entablado relaciones
con la personificación de la Muerte.
Mas no bien pisó las escaleras del palacio y recordó que iba a ver a su idolatrada Elena, todas
sus ideas lúgubres desaparecieron, como huyen las aves nocturnas al despuntar el día.
Con lucido acompañamiento de palaciegos y de otros personajes de la nobleza, atravesó Gil
Gil galerías y salones, dirigiéndose a la cámara real, y por cierto que todos admiraban la extraña
hermosura y tierna juventud del famoso médico que Felipe V enviaba desde La Granja como
última apelación del humano poder para salvar la vida de Luis I.
Allí estaban las dos Cortes: la de Luis y la de Felipe.
Eran éstas, por decirlo así, los poderes rivales, que hacía una semana vivían en constante
guerra; eran los antiguos servidores de la primera rama de Borbón y los nuevos que el Regente
de Francia, Felipe de Orleáns el Generoso, había agrupado alrededor del trono de España para
evitar que el ambicioso ex duque de Anjou saltase desde él al trono de su abuelo; eran, en fin,
los cortesanos del dócil niño que yacía moribundo, y los de su bella esposa, la indomable hija del
Regente, la renombrada duquesa de Montpensier.
Los allegados a Isabel de Farnesio, madrastra de Luis I, deseaban que éste muriese para que
los hijos del segundo matrimonio de Felipe V se hallasen más cerca de la corona de San
Fernando.
Los partidarios de la joven Orleáns, de la Reina hija, deseaban que el enfermo se salvase, no
por amor a los mal avenidos esposos, sino en odio a Felipe V, a quien no querían ver reinar
nuevamente.
Los amigos del desgraciado Luis temblaban a la idea de que muriese, porque, habiéndole
inducido ellos a sacudir la tutela en que lo tenía el solitario de La Granja, sabían muy bien que
al volver éste al trono lo primero que haría sería desterrarlos o prenderlos.
El palacio era, pues, un laberinto de encontrados deseos, de opuestas ambiciones, de intrigas
y recelos, de temores y esperanzas.
Gil Gil penetró en la cámara buscando con la vista a una sola persona: a su inolvidable Elena.
Cerca del lecho del Rey vio al padre de ésta, al grande amigo del difunto conde de Rionuevo,
al duque de Monteclaro, en fin, el cual hablaba con los arzobispos de Santiago y de Toledo, con
el marqués de Mirabal y con don Miguel de Guerra, los cuatro más encarnizados enemigos de
Felipe V.
El duque de Monteclaro no reconoció al antiguo paje, compañero de infancia de su
encantadora hija.
En otro lado, y no sin cierta impresión de miedo, el Amigo de la Muerte vio, entre las damas
que rodeaban a la joven y hermosa Luisa Isabel de Orleáns, a su implacable y eterna enemiga:
la condesa de Rionuevo.
Gil Gil pasó casi rozando con su vestido al ir a besar la mano a la Reina.
La condesa no reconoció tampoco al hijo natural de su marido.
En esto se levantó un tapiz detrás del grupo que formaban las damas, y apareció, entre otras
dos o tres, que Gil Gil no conocía, una mujer alta, pálida, hermosísima...
Era Elena de Monteclaro.
Gil Gil la miró intensamente y la joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía,
cual si contemplara el espectro de un difunto adorado: cual si tuviese ante sus ojos, no a Gil, sino
su sombra envuelta en la mortaja; cual si viese, en fin, un ser del otro mundo.
¡Gil en la Corte! ¡Gil consolando a la Reina, a aquella princesa altiva y burlona que todo lo
desdeñaba! ¡Gil, con aquel lujoso traje, mirado y considerado de toda la nobleza!...
«¡Ah! ¡Sin duda es un sueño!» -pensó la encantadora Elena.
-Venid, doctor... -dijo en esto el marqués de Mirabal-: Su majestad ha despertado.
Gil hizo un penoso esfuerzo para sacudir el éxtasis que embargaba todo su ser al verse
enfrente de su adorada, y se acercó a la cama del virulento.
El segundo Borbón de España era un mancebo de diecisiete años, flaco, largo y raquítico,
como planta que crece a la sombra.
Su rostro (que no había carecido de cierta finura de expresión, a pesar de la irregularidad de
sus facciones) estaba ahora espantosamente hinchado y cubierto de cenicientas pústulas.
Parecía un tosco boceto de escultura modelado en barro.
Tendió el Rey niño una angustiosa mirada a aquel otro adolescente que se acercaba a su lecho,
y al encontrarse con sus mudos y sombríos ojos, insondables como el misterio de la eternidad,
dio un ligero grito y ocultó el semblante bajo las sábanas.
Gil Gil, en tanto, miraba a los cuatro ángulos de la habitación buscando a la Muerte.
Pero la Muerte no estaba allí.
-¿Vivirá? -le preguntaron en voz baja algunos cortesanos, que habían creído leer una
esperanza en el rostro de Gil Gil.
Iba a decir que sí, olvidando que su opinión debía darla solamente a Felipe V, cuando sintió
que le tiraban de la ropa.
Volvióse, y vio cerca de sí a una persona vestida toda de negro, que se hallaba de espaldas al
lecho del Rey...
Era la Muerte.
«Morirá de esta enfermedad, pero no hoy» -pensó Gil Gil.
-¿Qué os parece? -le preguntó el arzobispo de Toledo, sintiendo, como todos, aquel invencible
respeto que infundía el rostro sobrehumano de nuestro joven.
-Dispensadme... -respondió el ex zapatero-. Mi opinión queda reservada para el que me
envía...
-Pero vos... -añadió el marqués de Mirabal-, vos, que sois tan joven, no podéis haber
aprendido tanta ciencia... Indudablemente, Dios o el diablo os la ha infundido... Seréis un santo
que hace milagros o un mago amigo de las brujas...
-Como gustéis... -respondió Gil Gil-. De un modo o de otro, yo leo en el porvenir del príncipe
que yace en ese lecho; secreto por el cual dierais alguna cosa, pues resuelve la duda de si mañana
seréis el privado de Luis I o el prisionero de Felipe V.
-¡Y qué! -balbuceó el de Mirabal, pálido de ira, pero sonriendo levemente.
En esto reparó Gil Gil en que la Muerte, no contenta con acechar al Monarca, aprovechaba
su permanencia en la cámara real para sentarse al lado de una dama..., casi en su misma silla...,
y mirarla con fijeza.
La sentenciada era la condesa de Rionuevo.
«¡Tres horas!» -pensó Gil Gil.
-Necesito hablaros... -seguía diciéndole, entretanto, el marqués de Mirabal, a quien se le había
ocurrido, nada menos que comprar su secreto al extraño médico.
Pero una mirada y una, sonrisa de Gil, que adivinó los pensamientos del marqués,
desconcertaron a éste de tal modo que retrocedió un paso.
Aquella mirada y aquella sonrisa eran las mismas que habían dominado por la mañana a
Felipe V.
Gil aprovechó aquel momento de turbación de Mirabal para dar un gran paso en su carrera y
fijar su reputación en la corte.
-Señor... -dijo al arzobispo de Toledo-. La condesa de Rionuevo, a quien veis tranquila y sola
en aquel rincón... (ya sabemos que la Muerte sólo era visible a los ojos de Gil), morirá antes de
tres horas. Aconsejadle que disponga su espíritu para el supremo trance.
El arzobispo retrocedió espantado.
-¿Qué es eso? -preguntó don Miguel de Guerra.
El prelado contó a varias personas las profecías de Gil Gil, y todos los ojos se fijaron en la
condesa, que, efectivamente, empezaba a palidecer horriblemente.
Gil Gil, entretanto, se acercaba a Elena.
Elena estaba en medio de la cámara, de pie sobre el mármol del pavimento, inmóvil y
silenciosa como una noble escultura.
Desde allí, fanatizada, subyugada, poseída de un terror y de una felicidad que no podían
definirse, seguía todos los movimientos del amigo de su infancia.
-Elena... -murmuró el joven al pasar a su lado.
-Gil... -contestó ella maquinalmente-. ¿Eres tú?
-¡Sí, soy yo! -replicó él con idolatría-. Nada temas...
Y salió de la habitación.
El capitán lo esperaba en la antecámara.
Gil Gil escribió algunas palabras en un papel, y dijo al fiel servidor de Felipe V:
-Tomad... y no perdáis un momento. ¡A La Granja!
-Pero... ¿y vos? -replicó el capitán-. Yo no puedo dejaros. Estáis preso bajo mi custodia.
-Lo estaré bajo mi palabra... -respondió Gil con nobleza-. No puedo seguiros.
-Mas... el Rey...
-El Rey aprobará vuestra conducta.
-¡Imposible!
-Escuchad, y veréis cómo tengo razón.
En este momento se oyó en la cámara real un fuerte murmullo.
-¡El médico! ¡Ese médico!... -salieron gritando algunas personas.
-¿Qué ocurre? -preguntó Gil Gil.
-La condesa de Rionuevo se muere... -dijo don Miguel de Guerra-. ¡Venid! Por aquí... Ya
estará en la cámara de la Reina...
-Id, capitán... -murmuró Gil Gil-. Yo os lo digo.
Y apoyó estas palabras con una mirada y un gesto tales que el soldado partió sin replicar
palabra.
Gil siguió a Guerra y penetró en la camara de la esposa de Luis I.
  - VIII -
Revelaciones
-¡Oye! -dijo una voz a Gil Gil cuando caminaba hacia el lecho en que yacía la condesa de
Rionuevo.
-¡Ah! ¿Eres tú? -exclamó nuestro joven, reconociendo a la Muerte-. ¿Ha expirado ya?
-¿Quién?
-La condesa...
-No.
-Pues ¿cómo la abandonas?
-No la he abandonado, amigo mío, sino que, como ya te he dicho, yo estoy a un mismo tiempo
en todas partes y bajo diversas formas.
-Bien...; ¿qué me quieres? -preguntó Gil con cierto disgusto al oír aquella sentencia.
-Vengo a hacerte otro favor.
-¡Así será él! Habla.
-¿Sabes que vas faltándome al respeto? -exclamó la Muerte con mucha sorna.
-Es natural... -respondió Gil-. La confianza..., la complicidad...
-¿Qué es eso de complicidad?
-¡Nada!... Aludo a una pintura que vi cuando niño. Representaba a la Medicina. En una cama
yacían dos personas, o, por mejor decir, un hombre y su enfermedad. El médico había entrado
en la habitación con los ojos vendados y armado de un garrote, y una vez cerca de la cama había
empezado a dar palos de ciego sobre el enfermo y sobre la enfermedad... No recuerdo
precisamente quién fue antes víctima de los golpes... Creo que fue el enfermo.
-¡Donosa alegoría! Pero vamos a cuentas...
-Sí..., vamos..., que todos se extrañan de verme así, tan solo, parado en medio de la cámara.
-¡Déjalos! Creerán que meditas o que aguardas la inspiración. Óyeme un momento. Tú sabes
que lo pasado me pertenece de derecho, y que puedo referírtelo... No así lo por venir...
-¡Adelante!
-¡Un poco de paciencia! Vas a hablar por última vez con la condesa de Rionuevo, y es de mi
deber contarte cierta historia.
-Es inútil. Yo perdono a esa mujer.
-¡Se trata de Elena, majadero! -exclamó la Muerte.
-¡Cómo!
-Digo se trata de que seas noble y puedas casarte con ella.
-¡Noble lo soy ya!... El Rey Felipe V me hace duque.
-Monteclaro no se contentará con un advenedizo... Necesitas ascendientes.
-¿Y qué?
-Ya te tengo dicho que eres el último vástago de los Rionuevo.
-¡Sí!..., pero... adulterino.
-¡Te equivocas! ¡Natural... y muy natural!
-Sea..., pero ¿quién prueba eso?
-Es precisamente lo que voy a decirte.
-Habla.
-Oye, y no me interrumpas. La condesa es la tremenda esfinge de tu vida...
-Ya lo sé...
-¡Ella tiene en su mano toda tu felicidad!
-¡Lo sé también!
-Pues ha llegado la ocasión de arrancársela.
-¿De qué manera?
-Verás. Como tu padre te amaba tanto...
-¡Ah! ¿Me amaba mucho? -exclamó Gil Gil.
-¡Te he dicho que no me interrumpas! Como tu padre te amaba tanto, no se fue de este mundo
sin pensar muy seriamente en tu porvenir.
-¡Pues qué! ¿No murió ab intestato el conde?
-¿De dónde sacas eso?
-Así consta en todas partes.
-¡Pura invención de la condesa para apoderarse de todo el dinero del conde y dejar luego por
heredero a cierto sobrino!...
-¡Oh!
-¡Calma, que todo puede arreglarse! Tu padre poseía una declaración de Crispina López, otra
de Juan Gil y además una justificación facultativa en toda forma que acreditaban perfectamente
que tú eres hijo natural del conde de Rionuevo y de Crispina López, concebido cuando los dos
eran solteros. Esto mismo confesó tu padre a la hora de la muerte ante un cura y un escribano que
yo vi allí, y que conozco perfectamente... Por cierto que el cura... Pero esto no puedo decírtelo.
En fin, el caso es que el conde te nombró su único y universal heredero, cosa que podía hacer con
tanta mayor facilidad cuanto que no tenía ningún pariente próximo ni lejano. Ni paró aquí la
solicitud con que aquel buen padre echaba los cimientos de tu felicidad futura desde el borde
mismo del sepulcro...
-¡Oh, padre mío! -murmuró Gil Gil.
-Escucha. Tú sabes la grande amistad que unía de muy antiguo al honrado conde con el duque
de Monteclaro, compañero suyo de armas durante la Guerra de Sucesión...
-Sí, la sé.
-Pues bien -continuó la Muerte-: tu padre, adivinando el amor que profesabas a la encantadora
Elena, dirigió al duque, pocos momentos antes de expirar, una larga y sentida carta en que se lo
declaraba todo, le pedía para ti la mano de su hija y le recordaba tantas y tan señaladas pruebas
de amistad como se habían dado en todo tiempo...
-¿Y esa carta? -preguntó Gil con extraordinaria vehemencia.
-Esa carta sola hubiera convencido al duque, y ya serías su yerno... hace muchos años...
-¿Qué ha sido de esa carta? -volvió a preguntar el joven, trémulo de amor y rebosando de ira.
-Esa carta te hubiera ahorrado el entrar en relaciones conmigo... -continuó la Muerte.
-¡Oh!... ¡No seas cruel!... ¡Dime que la carta existe!
-Ésa es la verdad.
-¿Conque existe?
-Sí.
-¿Quién la tiene?
-La misma persona que la interceptó.
-¡La condesa!
-La condesa.
-¡Oh!... -exclamó el joven, dando un paso hacia el lecho de agonía.
-Espera -dijo la Muerte-. No he concluido aún. La condesa conserva también el testamento
de su marido, que casi me arrebató de las manos...
-¿A ti?
-Digo a mí porque el conde estaba ya medio muerto. En cuanto al cura y al escribano, yo te
diré dónde viven, y creo que declararán la verdad.
Gil Gil meditó un momento.
Luego, mirando fijamente al fúnebre personaje:
-Es decir...-exclamó-, que si logro apoderarme de esos documentos...
-Mañana puedes casarte con Elena.
-¡Oh, Dios! -murmuró el joven dando otro paso hacia el lecho.
Allí se volvió de nuevo hacia la Muerte.
Los cortesanos no comprendían lo que pasaba en el corazón de Gil Gil. Creíanle solo, o
luchando con la visión milagrosa a que debía su peregrina ciencia; pero era tal el terror que ya
les inspiraba, que ninguno se atrevía a interrumpirlo.
-Dime -añadió el ex zapatero dirigiéndose a su tremenda compañía-, y ¿cómo es que la
condesa no ha quemado esos papeles?
-Porque la condesa, como todos los criminales, es supersticiosa: porque temía arrepentirse
algún día; porque adivinaba que esos papeles podrían ser en tal situación su pasaporte para la
eternidad... En fin: porque es un hecho constante que ningún pecador borra las huellas de sus
crímenes, temeroso de olvidarlos a la hora de la muerte y de no poder retroceder por sus mismos
pasos hasta encontrar la senda de la virtud. Te repito, pues, que esos papeles existen.
-De modo que en consiguiéndolos Elena será mía... -insistió Gil Gil, dudando siempre que la
Muerte pudiera procurarle la felicidad.
-Aún habría que vencer otro obstáculo... -respondió la Muerte.
-¿Cuál?
-Que Elena está prometida por su padre a un sobrino de la condesa, al vizconde de Daimiel.
-¡Cómo! ¿Ella le ama?
-No; pero es lo mismo, puesto que hace dos meses contrajeron esponsales...
-¡Oh!... ¡Conque todo es inútil! -exclamó Gil con desesperación.
-¡Lo hubiera sido sin mí! -replicó la Muerte-. Pero ya te dije a las puertas de este palacio que
trataba de frustrar una boda...
-¡Cómo! ¿Has matado al vizconde?
-¡Yo!... -exclamó la Muerte con cierto terror sarcástico-. ¡Dios me libre!... Yo no lo he
matado... Él se ha muerto.
-¡Ah!
-¡Chito!... Nadie lo sabe todavía... Su familia cree en este instante que el pobre joven está
durmiendo la siesta. Conque... ¡a ver cómo te portas! Elena, la condesa y el duque se hallan a dos
pasos de ti... ¡Ahora, o nunca!
Y así diciendo, la Muerte se acercó al lecho de la enferma.
Gil Gil siguió sus pasos.
Muchas de las personas que se hallaban en el aposento, entre ellas el duque de Monteclaro,
sabían ya el vaticinio de Gil respecto a que antes de tres horas moriría la condesa de Rionuevo;
así es que al verlo casi cumplido, pues de buena y alegre que se hallaba la dama pocos momentos
antes, habíase convertido de pronto en un tronco inerte, que agitaban por intervalos violentas
convulsiones, empezaron todos a mirar a nuestro amigo con supersticioso terror y fanática
idolatría.
La condesa, por su parte, no bien distinguió a Gil, tendió hacia él una mano trémula y
suplicante, mientras con la otra hacía seña de que los dejasen solos.
Alejáronse todos del lecho, y Gil se sentó al lado de la moribunda.
  - IX -
El alma
Aunque la condesa de Rionuevo, la terrible enemiga de Gil Gil, hace tan odioso papel en
nuestra historia, no era, como muchos habrán quizá imaginado, una mujer vieja o fea, o fea y
vieja a un mismo tiempo... La naturaleza física es también hipócrita algunas veces.
La ilustre moribunda, que a la sazón tendría treinta y cinco años, se hallaba en toda la plenitud
de una magnífica hermosura. Era alta, recia y muy bien formada. Sus ojos, azules como la mar,
pérfidos como ella, encubrían hondos abismos bajo su apariencia lánguida y suave. La frescura
de su boca, la morbidez de sus facciones revelaban que ni el dolor ni la pasión habían trabajado
nunca aquella insensible belleza. Así es que al verla ahora caída y paciente, dominada por el
terror y vencida por el sufrimiento, el alma menos compasiva hubiera experimentado cierta rara
piedad muy parecida al susto o al espanto.
Gil Gil, que tanto odiaba a aquella mujer, no dejó de sentir esta complicada impresión de
lástima y asombro, y cogiendo maquinalmente la hermosa mano que le tendía la enferma,
murmuró con más tristeza que resentimiento:
-¿Me conocéis?
-¡Salvadme! -respondió la moribunda sin escuchar la pregunta de Gil Gil.
En esto se deslizó por detrás de las cortinas un nuevo personaje, y vino a colocarse entre los
dos interlocutores, apoyando su codo en la almohada y la cabeza sobre una mano.
Era la Muerte.
-¡Salvadme! -repitió la condesa, a quien la intuición del miedo le había ya revelado que
nuestro héroe la aborrecía-. Vos sois hechicero... Dicen que habláis con la Muerte... ¡Sálvadme!
-¡Mucho teméis el morir, señora! -respondió el joven con despego, soltando la mano de la
enferma.
Aquella estúpida cobardía, aquel terror animal que no dejaba paso a ninguna otra idea, a
ningún otro afecto,a idea, a ningún otro afecto, Gil, por cuanto le dio la medida del espíritu
egoísta de la autora de todos sus males.
-¡Condesa! -exclamó entonces-. ¡Pensad en vuestro pasado y en vuestro porvenir! ¡Pensad en
Dios y en vuestro prójimo!... ¡Salvad el alma, supuesto que el cuerpo ya no os pertenece!
-¡Ah, voy a morir! -exclamó la condesa.
-¡No..., condesa..., no vais a morir!
-¡No voy a morir! -gritó la pobre mujer con una alegría salvaje.
El joven continuó con la misma seriedad:
-¡No vais a morir, porque nunca habéis vivido!... Al contrario, ¡vais a nacer a la vida del alma,
que para vos será un sufrimiento eterno, como para los justos es una eterna bienaventuranza!
-¡Ah! ¡Conque voy a morir! -murmuró la enferma nuevamente, derramando lágrimas por la
primera vez de su vida.
-¡No, condesa, no vais a morir! -replicó otra vez el médico con indecible majestad.
-¡Ah! ¡Tenedme compasión! -exclamó la pobre mujer recobrando la esperanza.
-No vais a morir -prosiguió el joven-, supuesto que lloráis. El alma nunca muere, y el
arrepentimiento puede abriros las puertas de una eterna vida...
-¡Ah, Dios mío! -exclamó la condesa, rendida por aquella cruel incertidumbre.
-Hacéis bien en llamar a Dios. ¡Salvad el alma!, os repito... ¡Salvad el alma! Vuestro cuerpo
hermoso, vuestro ídolo de tierra, vuestro sacrílego existir han concluido para siempre. Esta vida
temporal, estos goces del mundo, aquella salud y aquella belleza, y aquel regalo y aquella fortuna
que tanto procurasteis conservar; los bienes que usurpasteis; el aire, el sol; el mundo que hasta
aquí habéis conocido, todo lo vais a perder; todo ha desaparecido ya; todo será mañana para vos
polvo y tinieblas, vanidad y podredumbre, soledad y olvido: sólo os queda el alma, condesa...
¡Pensad en vuestra alma!
-¿Quién sois? -preguntó sordamente la moribunda, fijando en Gil Gil una atónita mirada-. Yo
os he conocido antes de ahora... Vos me aborrecéis... Vos sois quien me matáis... ¡Ah!...
En este instante la Muerte colocó su mano pálida sobre la cabeza de la enferma, y dijo:
-Concluye, Gil: concluye..., que la hora eterna se aproxima.
-¡Ah! ¡Yo no quiero que muera! -respondió Gil-. ¡Aún puede enmendarse, aún puede remediar
todo el mal que ha hecho!... ¡Salva su cuerpo, y yo te respondo de salvar su alma!
-Concluye, Gil; concluye -repitió la Muerte-, que la hora eterna va a sonar.
-¡Pobre mujer! -murmuró el joven con piedad a la condesa.
-¡Me compadecéis! -dijo la agonizante con inefable ternura-. Nunca he agradecido..., nunca
he amado..., nunca he sentido lo que por vos siento... ¡Compadecedme!... ¡Decídmelo!... ¡Mi
corazón se ablanda al escuchar vuestra voz entristecida!
Y era verdad.
La condesa, exaltada por el terror en aquel supremo trance, atribulada por los remordimientos,
temerosa del castigo, desposeída de cuanto había constituido su orgullo y sus aficiones sobre la
tierra, empezaba a sentir los primeros suspiros de un alma que hasta entonces había permanecido
escondida y silenciosa allá en los últimos ámbitos de su mente; alma siempre insultada, pero rica
en paciencia y heroísmo; alma, en fin, comparable a la triste hija de padres criminales y viciosos
que piensa, calla, se oculta de su vista y llora en rincones de la casa, hasta que un día, al primer
síntoma de arrepentimiento que nota en ellos, recobra el valor, corre a sus brazos, y les deja oír
su voz pura y divina, cántico de alondra, música del cielo, que parece saludar el amanecer de la
virtud después de las tinieblas del pecado...
-¡Me preguntáis quién soy! -respondió Gil comprendiendo todo esto-. ¡Ya no lo sé yo! Era
vuestro mortal enemigo; pero ahora ya no os odio. ¡Habéis oído la voz de la verdad..., la voz de
la muerte..., y vuestro corazón ha respondido! ¡Dios sea loado! ¡Yo venía a este lecho de dolor
a pediros la felicidad de mi vida..., y ya me iría gustoso sin ella porque creo haber labrado vuestra
felicidad..., porque he salvado vuestra alma! ¡Jesús divino: he aquí que he perdonado las injurias
y hecho el bien a mi enemigo!... Estoy satisfecho...; soy feliz...; no pido más.
-¿Quién eres, misterioso y sublime niño? ¿Quién eres tú, tan bueno y tan hermoso, que vienes
como un ángel a la cabecera de mi lecho de agonía, y me haces tan dulces mis últimos
momentos? -preguntó la condesa, cogiendo con ansia las manos de Gil Gil.
-¡Yo soy el Amigo de la Muerte!... -respondió el joven-. No extrañéis, pues, que serene
vuestro corazón. Yo os hablo en nombre de la Muerte, y por eso me habéis creído. Yo he venido
a vos delegado por aquella divinidad piadosa que es la paz de la tierra, que es la verdad de los
mundos, que es la redentora del espíritu, que es la mensajera de Dios, que lo es todo, menos el
olvido. El olvido está en la vida, condesa, no en la muerte. Recordad... y me conoceréis.
-¡Gil Gil! -exclamó la condesa, perdiendo el sentido.
-¿Se ha muerto? -preguntó el médico a la Muerte.
-No. Aún le queda media hora.
-Pero... ¿hablará todavía?
-¡Gil!... -suspiró la moribunda.
-Acaba... -añadió la Muerte.
El joven se inclinó sobre la condesa, cuyo hermoso semblante resplandecía con una belleza
nueva, inmortal, divina; y de aquellos ojos, donde el fuego de la vida se quebraba en lánguidas
y melancólicas luces; de aquella boca anhelante y entreabierta que la fiebre coloreaba; de aquellas
manos suaves y ardorosas; de aquel blanco cuello que se extendía hacia él con infinita angustia,
recibió tan elocuente expresión de arrepentimiento y ternura, tan íntima caricia y frenético ruego,
tan infinita y solemne promesa, que, sin vacilar un instante, apartóse del lecho, llamó al duque
de Monteclaro, al arzobispo y a otros tres nobles de los muchos que había en la cámara, y les
dijo:
-Escuchad la confesión pública de un alma que vuelve a Dios.
Los personajes susodichos se acercaron a la moribunda, arrastrados más por el inspirado
rostro que por las palabras de Gil Gil.
-Duque -murmuró la condesa al ver a Monteclaro-, mi confesor tiene una llave... Señor...
-continuó volviéndose al arzobispo-, pedídsela... Este niño, este médico, este ángel, es hijo
natural reconocido del conde de Rionuevo; mi difunto esposo, quien, al morir, os escribió una
carta, duque, pidiéndoos para él la mano de Elena. Con esa llave... en mi alcoba... todos los
papeles... ¡Yo lo ruego!... ¡Yo lo mando!...
Dijo, y cayó sobre la almohada sin luz en los ojos, sin aliento en los labios, sin color en el
semblante.
-Va a expirar... -exclamó Gil Gil-. Quedad con ella, señor... -añadió, dirigiéndose al
arzobispo-. Y vos, señor duque, escuchadme.
-Aguarda... -dijo la Muerte al oído de nuestro joven.
-¿Qué más? -respondió éste.
-¡No la has perdonado!...
-¡Gil Gil!... ¡Tu perdón!... -tartamudeó la moribunda.
-¡Gil Gil! -exclamó el duque de Monteclaro-. ¿Eres tú?
-Condesa, ¡que Dios os perdone como yo os perdono!... ¡Morid en paz! -dijo con religioso
acento el hijo de Crispina López.
En esto se inclinó la Muerte sobre la condesa y puso los labios en su frente...
Aquel beso resonó en el pecho de un cadáver.
Una lágrima fría y turbia corrió por el rostro de la muerta.
Gil enjugó las suyas y respondió al de Monteclaro:
-Sí, señor duque; yo soy.
El arzobispo rezaba fúnebres oraciones a la cabecera del lecho.
Entretanto, la Muerte había desaparecido.
Eran las doce de la noche.
  - X -
Hasta mañana
-Buscad esos papeles, señor duque -dijo Gil Gil-, y hacedme la merced de hablar con Elena.
-¡Venid, señor doctor, venid! El Rey se muere... -exclamó don Miguel de Guerra
interrumpiendo al Amigo de la Muerte.
-Seguidme, señor duque... -dijo el joven con gran respeto-. Han dado las doce, y puedo
comunicaros una noticia muy importante, no sé si buena o mala. Esto es: puedo deciros si Luis
I morirá o no morirá durante el día que principia en este momento.
En efecto; ya había empezado el día 31 de agosto, en que Luis I debía entregar su espíritu al
Criador.
Gil Gil tuvo la certeza de ello al ver que la Muerte se hallaba de pie, en medio de la cámara,
con los ojos fijos en el regio enfermo.
-Hoy muere el Rey... -dijo Gil Gil al oído de Monteclaro-. Esta noticia es el regalo de boda
que hago a Elena. Si conocéis el valor de tal regalo, guardadlo en secreto, y sírvaos de regla de
conducta con Felipe V.
-Elena está prometida a otro... -replicó el duque.
-El sobrino de la condesa de Rionuevo ha muerto esta tarde -interrumpió Gil Gil.
-¡Oh! ¿Qué es esto que nos pasa? -exclamó el duque-. ¿Quién eres tú, a quien yo conocí niño,
y que ahora me espantas con tu poder y tu ciencia?
-La Reina os llama... -dijo en este momento una dama al duque de Monteclaro, el cual
permanecía absorto.
Aquella dama era Elena.
El duque se acercó a la Reina, dejando solos en medio de la cámara a los dos amantes.
No solos, pues a tres pasos de ellos estaba la Muerte.
Elena y Gil Gil quedaron de pie mirándose, sin acertar a decirse una palabra, como asustados
de verse, como si temieran que su mutua presencia fuese un sueño del que despertarían al
tenderse la mano o al lanzar el más leve suspiro.
Ya otra vez, aquella tarde, al encontrarse en aquel mismo sitio, ambos experimentaron, en
medio de su inefable alegría, cierta secreta angustia, semejante a la que sentirían dos amigos que,
al cabo de mucho tiempo de total ausencia, se reconociesen en una cárcel, al clarear el día del
suplicio, cómplices sin saberlo de un delito fatal o víctimas ambos de idéntica persecución...
También pudiera decirse que el doloroso júbilo con que se reconocieron Gil y Elena fue
semejante al amargo placer con que el cadáver de un marido celoso (si los cadáveres sintiesen)
sonreiría dentro de la tumba al oír abrir una noche la puerta del cementerio y comprender que era
el cadáver de su esposa el que llevaban a enterrar...
«-¡Ya estás aquí! -diría el pobre muerto-; ¡ya estás aquí!... Hace cuatro años que cuento solo
las noches y los días, pensando en lo que harías en el mundo, tú, tan hermosa y tan ingrata, que
te quitarías el luto al año de mi muerte. ¡Mucho has tardado!... Pero ya estás aquí. Si entre
nosotros no es ya posible el amor, en cambio tampoco son posibles las infidelidades, y
muchísimo menos el olvido... ¡Nos pertenecemos negativamente! Aunque nada nos une, estamos
unidos, puesto que nada nos separa. A los celos, a la incertidumbre, a las zozobras de la vida ha
sustituido una eternidad de amor o de recuerdos. ¡Todo te lo perdono!»
Estas ideas, si bien dulcificadas un tanto por la suavidad de los caracteres de Gil y Elena, por
la inocencia de ella, por la alta inteligencia de él y por la elevada virtud de ambos, lucían en el
alma de los dos amantes como fúnebres antorchas, a cuya luz veían un porvenir ilimitado de
pacífico amor, que nadie podría turbar ni destruir, a menos que todo lo que les pasaba fuese un
fugitivo sueño.
Miráronse, pues, mucho tiempo con fanática idolatría.
Los ojos azules de Elena se abismaban en los oscuros ojos de Gil Gil, como el alto cielo envía
inútilmente sus claridades a las tinieblas de nuestras noches, mientras que los ojos negros de Gil
Gil se perdían en la insondable diafanidad de los celestes purísimos ojos de Elena, como la vista
y la idea, y hasta el sentimiento, se fatigan inútilmente cuando miden la inmensidad de los
espacios infinitos.
Así hubieran permanecido no sabemos cuánto tiempo, creemos que toda la eternidad, si la
Muerte no hubiera llamado la atención a Gil Gil.
-¿Qué me quieres? -murmuró el joven.
-¿Qué he de querer? -respondió la Muerte-. ¡Que no la mires más!
-¡Ah! ¡Tú la amas! -exclamó Gil con indecible angustia.
-Sí... -contestó la Muerte con dulzura.
-¡Piensas arrebatármela!
-¡No! Pienso unirte a ella.
-Un día me dijiste que no la estrecharían otros brazos que los tuyos o los míos... -murmuró
Gil Gil con desesperación-. ¿De quién va a ser antes?
¿Mía o tuya? ¡Dímelo!
-¡Tienes celos de mí!
-¡Haces mal!... -replicó la Muerte.
-¿De quién va a ser antes? -repitió el joven cogiendo las heladas manos de su amigo.
-No te puedo responder. Dios, tú y yo, nos la disputamos... Pero no somos incompatibles.
-¡Dime que no piensas matarla!... ¡Dime que me unirás a ella en este mundo!...
-¡En este mundo! -repitió la Muerte con ironía-. Será en este mundo... Yo te lo prometo.
-¿Y después?
-Después... será de Dios.
-¿Y tuya? ¿Cuándo?
-Mía... ¡Lo ha sido ya!
-Me vuelves loco. ¿Elena vive?
-¡Lo mismo que tú! -replicó la Muerte.
-Pero... ¿vivo yo?
-Más que nunca.
-¡Habla, por piedad!
-Nada tengo que decirte... Todavía no podrías comprenderme. ¿Qué es el morir? ¿Te lo has
explicado? ¿Qué es la vida? ¿Te la has explicado alguna vez? Pues si ignoras el valor de esas
palabras, ¿a qué me preguntas si estás muerto o vivo?
-Pero ¿las entenderé alguna vez? -exclamó Gil Gil desesperado.
-Sí... Mañana... -respondió la Muerte.
-¡Mañana! No te comprendo.
-Mañana serás esposo de Elena.
-¡Ah!
-Y yo seré quien os apadrine... -continuó la Muerte.
-¡Tú! ¿Piensas acaso matarnos?
-Nada de eso. Mañana serás rico, noble, poderoso, feliz... ¡Mañana también lo sabrás todo!
-¿Conque me amas? -exclamó Gil Gil.
-¿Si te amo? -replicó la Muerte-. ¡Ingrato! ¿Cómo lo dudas?
-Pues hasta mañana... -dijo Gil Gil, dando la mano a la terrible divinidad.
Elena seguía de pie delante de Gil Gil.
-Hasta mañana... -respondió ella, como si hubiese oído aquella frase, como si respondiese a
otra secreta voz, como si adivinase los pensamientos del joven.
Y se volvió lentamente y salió de la cámara real.
Gil se acercó al lecho del Rey.
El duque de Monteclaro, colocóse al lado de nuestro amigo, y le dijo a media voz:
-Hasta mañana... Si muere el Rey, mañana se verificará vuestro enlace con mi hija. La Reina
acaba de participarme la muerte del vizconde de Rionuevo... Yo le he anunciado vuestras bodas
con Elena y las aplaude con todo su corazón. Mañana seréis el primer personaje de la corte si
efectivamente baja hoy al sepulcro Luis I.
-¡Pues no lo dudéis, señor duque! -respondió Gil Gil con acento sepulcral.
-Entonces ¡hasta mañana! -repitió solemnemente Monteclaro.
  - XI -
Gil vuelve a ser dichoso, y acaba la primera parte de este cuento
Al día siguiente, el 1 de septiembre de 1724, a las nueve de la mañana, paseábase Gil Gil por
una sala del palacio de Rionuevo.
Aquel palacio le pertenecía, puesto que ya era conde y estaba legitimado en virtud del
testamento y demás papeles de su padre, que el duque de Monteclaro y el arzobispo de Toledo
encontraron en el lugar que dijo la condesa.
Además, la noche antes un mensajero le había entregado de parte de Felipe V, quien al fin se
decidía a volver al trono de San Fernando, un título de médico de cámara, el nombramiento de
Duque de la Verdad y treinta mil pesos en oro.
En fin: al otro día debía verificarse su matrimonio con Elena de Monteclaro.
Por lo que respecta a la Muerte, Gil Gil la había perdido completamente de vista desde la
mañana anterior que salió de palacio llevándose el alma de Luis I.
Sin embargo, nuestro joven recordaba que la implacable deidad le había ofrecido apadrinarlo
en su casamiento con Elena, y ved la razón de que se paseara tan pensativo.
-¡He aquí -decía- que ya soy noble, rico y poderoso! ¡Heme aquí dueño de la mujer que
idolatro!... Y, sin embargo, no soy feliz. Anoche, al mirar a Elena, y luego en mi última plática
con la Muerte, he creído entrever no sé qué pavorosos misterios. ¡Yo necesito romper mis
relaciones con el siniestro numen que me ha protegido!... Será una ingratitud... ¡Que lo sea! ¡Ya
tendrá con el tiempo ocasión de vengarse! No... ¡No quiero ver más a la Muerte!... ¡Soy tan
feliz!...
El nuevo duque púsose a excogitar la manera de no tener amistad con la Muerte sino en la
última hora de su vida.
Es un hecho -continuaba- que yo no me moriré hasta que Dios quiera. ¡La Muerte, por sí y
ante sí, no puede hacerme ningún daño, dado que no está en sus facultades acelerar mi
fallecimiento ni el de Elena! La cuestión, por tanto, es no verla, no oírla a todas horas. Su voz
me espanta, sus revelaciones me desconsuelan, sus discursos me inspiran desprecio a la vida y
a las cosas. ¿Cómo haré yo para que no siga siendo mi pesadilla? ¡Ah, qué idea!... La Muerte no
se presenta sino donde tiene algo que matar... ¡Viviendo en el campo..., sin ver gente..., solo con
Elena..., mi enemiga me dejaría en paz hasta que, por decreto del Altísimo, fuese directamente
a buscarnos a uno de los dos! Y entretanto, para no verla tampoco en Madrid, viviré con los ojos
vendados...
Entusiasmado con este último pensamiento nuestro joven radió de alegría como si acabara de
salir de una larga enfermedad y se creyese asegurado sobre la tierra hasta la consumación de los
siglos.
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A la tarde siguiente, a las seis, Gil Gil y Elena de Monteclaro contrajeron matrimonio en una
hermosa quinta situada al pie del Guadarrama y perteneciente al nuevo conde y duque.
A las seis y media regresó a Madrid la comitiva, y quedaron solos nuestros desposados en un
frondosísimo jardín.
El antiguo Gil Gil no había vuelto a ver a la Muerte.
Y aquí pudiera terminar la presente historia, y, sin embargo, aquí es donde verdaderamente
principiará a ser interesante y clara.
  - XII -
El sol en el ocaso
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Amaba y era amada; adoraba y era adorada. Siguiendo la ley
de la naturaleza, las almas de los dos amantes al confundirse
la una con la otra, hubieran dejado de existir en la embriaguez
de la pasión si las almas pudieran morir. |
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(LORD BYRON.) |
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Gil y Elena se amaban, se pertenecían, eran libres, estaban solos.
Los recuerdos de su infancia, los latidos de su corazón, la voluntad de sus padres, la fortuna,
el nacimiento, la bendición de Dios, todo los unía, todo los enlazaba.
Los que se vieron con placer desde muy niños; los que se prendaron recíprocamente de su
belleza cuando adolescentes; los que habían llorado a unas mismas horas los tormentos de la
ausencia, Gil y Elena, Elena y Gil;encia, Gil y Elena, Elena y Gil; por predestinación, perdían al
fin, en hora tan mística y solemne, su individualidad mísera y solitaria para confundirse en un
porvenir inmenso de ventura, como dos ríos nacidos en una misma montaña, y alejados uno de
otro en su tortuoso curso, se reúnen y se identifican en la soledad infinita del Océano.
Era por la tarde, pero no parecía la tarde de un solo día, sino la tarde de la existencia del
mundo, la tarde de todo el tiempo transcurrido desde la Creación.
El sol declinaba melancólicamente hacia el ocaso. Las esplendorosas luces de Poniente
doraban la fachada de la quinta, filtrándose a través de los lujosos y verdes pámpanos de una
extensa parra, especie de dosel que cobijaba a los dos nuevos esposos. El aire sosegado y tibio,
las últimas flores del año, las aves inmóviles en las ramas de los árboles, toda la naturaleza, en
fin, asistía muda y asombrada a la muerte de aquel día, a aquella puesta del sol, como sí debiera
ser la última que presenciasen los humanos; cual si el astro-rey no hubiera de volver al día
siguiente tan generoso y alegre, tan pródigo de vida y juventud como se había presentado tantas
mañanas consecutivas durante tantos miles de siglos...
Diríase que en aquel punto el tiempo se había parado; que las horas, rendidas de su continua
danza, se habían sentado a descansar sobre la hierba y se contaban las patéticas historias amor
y de la muerte, como jóvenes pensionistas que, fatigadas de jugar, hacen corro en el jardín de un
convento y se refieren las aventuras de su niñez y los delirios de su adolescencia.
Diríase también que en aquel momento terminaba un período de la historia del mundo; que
todo lo criado se daba una despedida eterna: el pájaro, a su nido; el céfiro, a las flores; los
árboles, a los ríos; el sol, a las montañas; que la íntima unión en que todos habían vivido,
prestándose mutuamente color o fragancia, música o movimiento, y confundiéndose en una
misma palpitación de la existencia universal, habíase interrumpido para siempre y que en
adelante cada uno de aquellos elementos quedaría sometido a nuevas leyes e influencias.
Diríase, en fin, que en aquella tarde iba a disolverse la asociación misteriosa que constituye
la unidad y la armonía de los orbes; asociación que hace imposible la muerte de la más fútil de
las cosas creadas; que transforma y resucita continuamente la materia; que de nada prescinde; que
todo se lo identifica; que todo lo renueva y embellece.
Más que nada y más que nadie poseídos de esta suprema intuición y de esta alucinación
extraña, Gil y Elena, inmóviles también, también silenciosos, cogidos de la mano, atentos a la
augusta tragedia de la muerte de aquel día, último de sus desventuras, mirábanse con hondo afán
y ciega idolatría, sin saber en qué pensaban, olvidados del universo entero, extáticos y
suspendidos, como dos retratos, como dos estatuas, como dos cadáveres.
Quizá creían estar solos sobre la tierra; quizá creían haberla abandonado...
Desde que desaparecieron los testigos de su casamiento; desde que expiró el rumor de sus
pasos a lo lejos del camino; desde que el mundo los abandonó completamente, nada se habían
dicho, ¡nada!, absortos en la delicia de mirarse.
¡Allí estaban, sentados en un banco de césped; rodeados de flores y verdura; con un cielo
infinito ante los ojos; libres y solitarios como dos gaviotas paradas en medio de los desiertos del
Océano sobre un alga mecida por las olas!
Allí estaban, embebidos en su mutua contemplación; avaros de su misma dicha; con la copa
de la felicidad en la mano; sin atreverse a llevar los labios a ella, temerosos de que todo fuera un
sueno, o no codiciando mayor ventura por miedo de perder la que ya sentían...
¡Allí estaban, en fin, ignorantes, vírgenes, hermosos, inmortales, como Adán y Eva en el
Paraíso antes del pecado!
Elena, la doncella de diecinueve años, se hallaba en toda la plenitud de su peregrina
hermosura, o, por mejor decir, hallábase en aquel fugitivo momento de la juventud de la mujer,
en que, poseedora ya de todos sus hechizos, conocedora de su propia naturaleza, colmada de
bendiciones del cielo y de promesas de felicidad, puede sentirlo todo y aún no ha sentido nada,
es mujer y niña al mismo tiempo... Rosa entreabierta al generoso influjo del sol, que ha
desplegado ya todas sus hojas, muestra todos sus encantos y recibe los halagos del céfiro, pero
que aún conserva aquella forma, aquel color y aquel perfume que sólo guardan los púdicos
pimpollos.
Elena era alta, de formas esbeltas y esculturales, toda bella, artística y seductora. Su redonda
cabeza, coronada de cabellos rubios, dorados hacia las sienes y castaños en lo más recio de sus
ondas, se adelantaba valientemente sobre un cuello blanco y torneado como el de Juno. Sus ojos
azules parecían reflejar lo infinito del pensamiento increado. De aquellos ojos podía decirse que,
por mucho que se los miraba, nunca se acababa de verlos. Tenían algo del cielo, además del color
y de la pureza.
Y era así: en la mirada de Elena había una luz de eternidad, de espíritu puro, de pasión
inmortal, que no pertenecía a la tierra. Su tez, blanca y pálida como el agua al anochecer, ofrecía
la transparencia del nácar, pero no reflejaba el rubor de la sangre: sólo alguna delgada vena, de
color celeste, interrumpía tan serena y apacible blancura. Dijérase que Elena era de mármol.
Su rostro de ángel tenía, empero, boca de mujer. Aquella boca, bermeja como la flor del
granado, húmeda y brillante como la cuna de las perlas, estaba, si puede decirse así, anegada en
un vapor tibio y voluptuoso como el suspiro que la mantenía entreabierta. Hubiérase, pues,
podido comparar también a Elena a la estatua labrada por Pigmalión, cuando, por primera vez
y para besar al artista, movió los hechiceros labios...
Elena, en fin, vestía de blanco, lo cual aumentaba la deslumbradora magnificencia de su
hermosura. Sin embargo, era una de esas mujeres que los atavíos nunca logran disfrazar.
Acontecía con ella lo que con las nobles Minervas paganas, que dejan adivinar, a través de sus
vestiduras, las purísimas formas de la belleza olímpica. La acabada y suprema beldad de la nueva
esposa se revelaba también en todo su esplendor, aun bajo la seda y los encajes. Parecía como
que su cuerpo radiaba entre los pliegues del vestido blanco, al modo que las náyades y las
nereidas iluminan con sus bruñidos miembros el fondo de las olas.
Tal era Elena la tarde de sus bodas con Gil Gil...
Y tal la miraba Gil Gil: ¡tal era suya!
  - XIII -
Eclipse de luna
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Nunca pusieran fin al triste lloro |
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los pastores, ni fueran acabadas |
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