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-57- Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quixote Hechas, pues, estas preuenciones, no quiso aguardar mas tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretandole a ello la falta que el pensaua que hazia en el mundo su tardança, segun eran los agrauios que pensaua deshazer, tuertos que endereçar, sinrazones que emendar151, y abusos que mejorar, y deudas que satisfazer. Y assi, sin dar parte a persona alguna -fol. 4v- de su intencion y sin que nadie le viesse, vna mañana, antes del dia, que era vno de los calurosos del mes de Iulio, se armó de todas sus armas, subio sobre Rozinante, puesta su mal compuesta zelada, embraçó su adarga, tomó su lança, y, por la puerta falsa de vn corral, salio al campo con grandissimo contento y alboroço de ver con quánta facilidad auia dado principio a su buen desseo. Mas apenas se vio en el campo quando le assaltó vn pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiziera dexar la començada empresa; y fue, que le vino a la memoria que no era armado cauallero, y que, conforme a ley de caualleria, ni podia ni deuia tomar armas con ningun cauallero; y, puesto que lo fuera, auia de lleuar armas blancas, como nouel cauallero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerço -58- la ganasse. Estos pensamientos le hizieron titubear en su proposito; mas, pudiendo mas su locura que otra razon alguna, propuso de hazerse armar cauallero del primero que topasse, a imitacion de otros muchos que assi lo hizieron, segun el auia leydo en los libros que tal le tenian. En lo de las armas blancas, pensaua limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuessen mas que vn armiño152; y con esto se quietó y prosiguio su camino, sin lleuar otro que aquel que su cauallo queria, creyendo que en aquello consistia la fuerça de las auenturas. Yendo, pues, caminando nuestro flamante auenturero, yua hablando consigo mesmo153, y diziendo: «¿Quién duda, sino que en los venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escriuiere no ponga, quando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: “Apenas auia el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa -fol. 5r- tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados paxarillos con sus harpadas154 lenguas auian saludado con dulce y meliflua armonia la venida de la rosada Aurora, que, dexando la blanda cama del zeloso marido, por las puertas y balcones del manchego orizonte a los mortales se mostraua, quando el famoso cauallero don Quixote de la Mancha, dexando las ociosas plumas, subio sobre su famoso cauallo Rozinante, y començo a caminar por el antiguo y -59- conocido campo de Montiel155.”» Y era la verdad que por el caminaua; y añadio diziendo: «Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel adonde saldran a luz las famosas hazañas mias, dignas de entallarse en bronzes, esculpirse en marmoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡O tu, sabio encantador, quien quiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruegote que no te oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno mio en todos mis caminos y carreras!» Luego boluia diziendo, como si verdaderamente fuera enamorado: «¡O princesa Dulcinea, señora deste cautiuo coraçon!, mucho agrauio me auedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso156 afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plegaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto coraçon, que tantas cuytas por vuestro amor padece.» Con estos yua ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le auian enseñado, imitando en quanto podia su lenguaje. Con157 esto caminaua tan despacio, y el sol entraua tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuuiera. Casi todo aquel dia caminó sin acontecerle cosa que de contar fuesse, de lo qual se desesperaua, porque -fol. 5v- quisiera topar luego luego158, con quien hazer experiencia del valor de su fuerte braço. Autores ay que dizen que la primera auentura que le auino fue la del puerto Lapice159, otros dizen que la de los molinos -60- de viento; pero lo que yo he podido aueriguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que el anduuo todo aquel dia, y al anochecer, su rozin y el se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriria algun castillo o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiesse remediar su mucha hambre y160 necessidad, vio, no lexos del camino por donde yua, vna venta, que fue como si viera una estrella que no161 a los portales, sino a los alcaçares de su redencion le encaminaua. Diose priessa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecia. Estauan acaso a la puerta dos mugeres moças, destas que llaman del partido162, las quales yuan a Seuilla con vnos harrieros que en la venta aquella noche acertaron a hazer jornada; y como a nuestro auenturero todo quanto pensaua, veia o imaginaua, le parecia ser hecho y passar al modo de lo que auia leydo, luego que vio la venta se le representó que era vn castillo con sus quatro torres y chapiteles de luziente plata, sin faltarle su puente leuadiza y honda caua, con todos aquellos aderentes que163 semejantes castillos se pintan. Fues(s)e llegando a la venta que a el le parecia castillo, y a poco trecho della detuuo las riendas a Rozinante, esperando que algun enano se pusiesse entre las almenas, a dar señal con alguna trompeta de que llegaua cauallero al castillo. Pero como vio que se tardauan y -61- que Rozinante se daua priessa por llegar a la caualleriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos -fol. 6r- destraydas164 moças que alli estauan, que a el le parecieron dos hermosas donzellas o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estauan solazando. En esto sucedio acaso que vn porquero, que andaua recogiendo de vnos rastrojos vna manada de puercos, que, sin perdon, assi se llaman, tocó vn cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quixote lo que desseaua, que era que algun enano hazia señal de su venida; y assi, con estraño contento, llegó a la venta y a las damas. Las quales, como vieron venir vn hombre de aquella suerte armado, y con lança y adarga, llenas de miedo se yuan a entrar en la venta; pero don Quixote, coligiendo por su huyda su miedo, alçandose la visera de papelon, y descubriendo su seco y poluoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dixo: «No fuyan las vuestras mercedes ni165 teman desaguisado alguno, ca a la orden de caualleria que professo non toca ni atañe fazerle a ninguno, quanto mas a tan altas donzellas como vuestras presencias demuestran.» Mirauan[le]166 las moças, y andauan con los ojos buscandole el rostro, que la mala visera le encubria; mas como se oyeron llamar donzellas, cosa tan fuera de su profession, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quixote vino a correrse y a dezirles: -62-«Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez, ademas, la risa que de leue causa procede; pero non vos lo digo porque os acuytedes ni mostredes mal talante, que el mio non es de al167 que de seruiros.» El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en ellas la risa, y en el el enojo, y passara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacifico; el qual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas -fol. 6v- tan desiguales como eran la brida, lança, adarga y coselete, no estuuo en nada en acompañar168 a las donzellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la maquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente, y assi le dixo: «Si vuestra merced, señor cauallero, busca posada, amen del lecho, porque en esta venta no ay ninguno, todo lo demas se hallará en ella en mucha abu[n]dancia.» Viendo don Quixote169 la humildad del alcayde de la fortaleza, que tal le parecio a el el ventero y la venta, respondió: «Para mi, señor castellano, qualquiera cosa basta, porque
Penso el huesped que el auerle llamado castellano auia sido por auerle parecido de los -63- sanos de Castilla171, aunque el era andaluz, y de los de la Playa de San Lucar, no menos ladron que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje172; y, assi, le respondio: «Segun esso, las camas de vuestra merced seran duras peñas, y su dormir, siempre velar; y, siendo assi, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choça ocasion y ocasiones para no dormir en todo vn año, quanto mas en vna noche.» Y, diziendo esto, fue a tener el173 estribo a don Quixote, el qual se apeó con mucha dificultad y trabaxo, como aquel que en todo aquel dia no se auia desayunado. Dixo luego al huesped que le tuuiesse mucho cuydado de su cauallo, porque era la mejor pieça que comia pan en el mundo. Mirole el ventero, y no le parecio tan bueno como don Quixote dezia, ni aun la mitad; y acomodandole en la caualleriza, boluio a ver lo que su huesped mandaua, al qual estauan desarmando las donzellas, que ya se auian reconciliado con el; las quales, aunque le auian quitado el peto y el espaldar, jamas -fol. 7r- supieron ni pudieron desencaxarle la gola, ni quitalle174 la contrahecha zelada que traia atada con vnas cintas verdes, y era menester cortarlas por no poderse quitar los ñudos; mas el no lo quiso consentir en ninguna manera, y, assi, se quedó toda aquella noche con la zelada puesta, que era la mas graciosa y estraña figura que se pudiera pensar. Y al desarmarle, como el se imaginaua que aquellas traydas y lleuadas175 que -64- le desarmauan eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dixo con mucho donayre:
»O Rozinante; que este es el nombre, señoras mias, de mi cauallo, y don Quixote de la Mancha el mio; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro seruicio y pro me descubrieran, la fuerça de acomodar al proposito presente este romance viejo de Lançarote ha sido causa que sepais mi nombre antes de toda sazon; pero tiempo vendra en que las vuestras señorias me manden, y yo obedezca, y el valor de mi braço descubra el desseo que tengo de seruiros.» Las moças, que no estauan hechas a oyr semejantes retoricas, no respondian palabra; solo le preguntaron si queria comer alguna cosa. «Qualquiera yantaria yo», respondio don Quixote, «porque a lo que entiendo me haria mucho al caso.» A dicha acerto a ser viernes aquel dia, y no auia en toda la venta sino vnas raciones de vn pescado que en Castilla llaman abadexo, y en Andaluzia bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si, -65- por ventura, comeria su merced truchuela; que no hauia otro pescado que dalle178 a comer. «Como aya muchas truchuelas179», respondio -fol. 7v- don Quixote, «podran seruir de vna trucha; porque esso se180 me da que me den ocho reales en senzillos, que en vna pieça de a ocho. Quanto mas que podria ser que fuessen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabron. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede lleuar sin el gouierno de las tripas.» Pusieronle la mesa a la puerta de la venta por el fresco, y truxole el huesped vna porcion del mal remojado y peor cozido bacallao, y vn pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenia puesta la zelada y alçada la visera181, no podia poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daua y ponia, y ansi182, vna de aquellas señoras seruia deste menester. Mas al darle de beuer, no fue possible, ni lo fuera, si el ventero no horadara vna caña, y, puesto el vn cabo en la boca, por el otro le yua echando el vino; y todo esto lo recebia en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la zelada. Estando en esto, llegó acaso a la venta vn castrador de puercos, y assi como llegó, sono su siluato de cañas quatro o cinco vezes, con lo qual acabó de confirmar don Quixote que estaua en algun famoso castillo, y que le seruian -66- con musica, y que el abadexo eran truchas, el pan candeal183, y las rameras damas, y el ventero castellano del castillo; y con esto daua por bien empleada su determinacion y salida. Mas lo que mas le fatigaua era el no verse armado cauallero, por parecerle que no se podria poner legitimamente en auentura alguna, sin recebir la orden de caualleria. -67- -fol. 7r [8r]- Donde se cuenta la graciosa manera que tuuo don
Quixote en armarse cauallero Y assi, fatigado deste pensamiento, abreuió su venteril y limitada cena. La qual acabada, llamó al ventero, y, encerrandose con el en la caualleriza, se hincó de rodillas ante el, diziendole: «No me leuantaré jamas de donde estoy, valeroso cauallero, fasta que la vuestra cortesia me otorgue vn don que pedirle quiero, el qual redundará en alabança vuestra y en pro del genero humano.» El ventero, que vio a su huesped a sus pies y oyo semeja[n]tes razones, estaua confuso mirandole sin saber qué hazerse ni dezirle, y porfiaua con el que se leuantase, y jamas quiso, hasta que le huuo de dezir que el le otorgaua el don que le pedia. «No esperaua yo menos de la gran magnificencia184 vuestra, señor mio», respondió don Quixote, «y assi os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana, en aquel dia, me aueys de armar cauallero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplira lo que tanto desseo, para poder, como se deue, yr por todas las quatro partes185 del mundo -68- buscando las auenturas en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caualleria y de los caualleros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.» El ventero, que, como está dicho, era vn poco socarron, y ya tenia algunos barruntos de la falta de juyzio de su huesped, acabó de creerlo quando acabó de oyrle186 semejantes razones, y, por tener que reyr aquella noche, determinó de seguirle el humor; y, assi, le dixo que andaua muy acertado en lo que desseaua y pedia187, y que tal prosupuesto era propio y natural -fol. 7v [8v]- de los caualleros tan principales como el parecia y como su gallarda presencia mostraua; y que el, ansi mesmo188, en los años de su mocedad, se auia dado a aquel honroso exercicio, andando por diuersas partes del mundo buscando sus auenturas, sin que huuiesse dexado los percheles de Malaga, islas de [Riaran]189, Compas de Seuilla, Azoguejo de Segouia, la Oliuera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de San Lucar, Potro de Cordoua y las Ventillas de Toledo190, y otras diuersas partes, donde auia exercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haziendo muchos tuertos, requestando muchas viudas, deshaziendo algunas donzellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dandose a conocer por quantas audiencias y tribunales ay casi en toda España; y que, a lo vltimo, se auia venido a recoger a aquel su castillo, donde viuia con su hazienda y con las agenas, recogiendo en el -69- a todos los caualleros andantes, de qualquiera calidad y condicion que fuessen, solo por la mucha aficion que les tenia, y porque partiessen con el de sus aueres en pago de su buen desseo. Dixole tambien que en aquel su castillo no auia capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaua derribada para hazerla de nueuo; pero que, en caso de necessidad, el sabia que se podian velar donde quiera, y que aquella noche las podria velar en vn patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios seruido, se harian las deuidas ceremonias, de manera que el quedasse armado cauallero, y tan cauallero, que no pudiesse ser mas en el mundo. Preguntole si traia dineros; respondio don Quixote que no traia blanca, porque el nunca auia leydo en las historias de los caualleros andantes que ninguno los huuiesse traydo. A esto dixo el ventero que se engañaua; que, -fol. 9r- puesto caso que en las historias no se escriuia, por auerles parecido a los autores dellas191 que no era menester escreuir192 vna cosa tan clara y tan necessaria de traerse, como eran dineros193 y camisas limpias, no por esso se auia de creer que no los truxeron; y assi, tuuiesse por cierto y aueriguado que todos los caualleros andantes, de que tantos libros estan llenos y atestados, lleuauan bien herradas las bolsas por lo que pudiesse sucederles, y que assi mismo194 lleuauan camisas y vna arqueta pequeña llena de vnguentos para curar las heridas que -70- recebian, porque no todas vezes en los campos y desiertos, donde se combatian y salian heridos, auia quien los curasse, si ya no era que tenian algun sabio encantador por amigo, que luego los socorria, trayendo por el ayre, en alguna nuue, alguna donzella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al punto quedauan sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno huui[e]ssen tenido; mas que, en tanto que esto no huuiesse, tuuieron los passados caualleros por cosa acertada que sus escuderos fuessen proueydos de dineros y de otras cosas necessarias, como eran hilas y vnguentos para curarse; y quando sucedia que los tales caualleros no tenian escuderos, que eran pocas y raras vezes, ellos mesmos195 lo lleuauan todo en vnas alforjas muy sutiles, que casi no se parecian, a las ancas del cauallo, como que era otra cosa de mas importancia; porque, no siendo por ocasion semejante, esto de lleuar alforjas no fue muy admitido entre los caualleros andantes, y por esto le daua por consejo, pues aun se lo podia mandar como a su ahijado, que tan presto lo auia de ser, que no caminasse de alli adelante sin dineros y sin las preuenciones referidas196, y que veria quan bien se hallaua con ellas, -fol. 9v- quando menos se pensase. Prometiole don Quixote de hazer lo que se le aconsejaua con toda puntualidad. Y, assi, se dio luego orden como velasse las armas en vn corral grande que a vn lado de la venta estaua, -71- y, recogiendolas don Quixote todas, las puso sobre vna pila que junto a vn pozo estaua. Y, embraçando su adarga, asio de su lança, y con gentil continente se començo a passear delante de la pila, y quando començo el passeo començaua a cerrar la noche. Conto el ventero a todos quantos estauan en la venta la locura de su huesped, la vela de las armas y la armazon de caualleria que esperaua. Admiraronse197 de tan estraño genero de locura, y198 fueronselo a mirar desde lexos, y vieron que, con sossegado ademan, vnas vezes se passeaua, otras, arrimado a su lança, ponia los ojos en las armas, sin quitarlos por vn buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero199 con tanta claridad de la luna, que podia competir con el que se la prestaua; de manera, que quanto el nouel cauallero hazia era bien visto de todos. Antojosele en esto a vno de los harrieros que estauan en la venta yr a dar agua a su requa, y fue menester quitar las armas de don Quixote, que estauan sobre la pila, el qual, viendole llegar, en voz alta le dixo: «¡O tu, quien quiera que seas, atreuido cauallero, que llegas a tocar las armas del mas valeroso andante que jamas se ciño espada, mira lo que hazes y no las toques, si no quieres dexar la vida en pago de tu atreui[mi]ento!» No se curó el harriero destas razones, y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud; antes, trauando de las correas, las arrojó -72- gran trecho de si. Lo qual visto200 por don Quixote, alçó los ojos al cielo, y puesto el pensamiento, a lo que parecio, en su señora Dulzinea, dixo: -fol. 10r-«Acorredme, señora mia, en esta primera afrenta que a este vuestro auassallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro fauor y amparo.» Y, diziendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alçó la lança a dos manos, y dio con ella tan gran golpe al harriero en la cabeça, que le derribó en el suelo tan maltrecho, que, si segundara con otro, no tuuiera necessidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogio sus armas y tornó a passearse con el mismo reposo que primero. Desde alli a poco, sin saberse lo que auia passado, porque aun es[ta]ua aturdido el harriero, llegó otro con la mesma intencion de dar agua a sus mulos, y, llegando a quitar las armas para desembaraçar la pila, sin hablar don Quixote palabra, y sin pedir fauor a nadie, solto otra vez la adarga, y alçó otra vez la lança, y sin hazerla pedaços, hizo mas de tres la cabeça del segundo harriero, porque se la abrio por quatro. Al ruydo acudio toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quixote, embraçó su adarga, y, puesta mano a su espada, dixo: «¡O señora de la fermosura, esfuerço y vigor del debilitado coraçon mio, aora es tiempo que bueluas los ojos de tu grandeza a este tu cautiuo -73- cauallero, que tamaña auentura está atendiendo!» Con esto cobró, a su parecer, tanto animo, que si le acometieran todos los harrieros del mundo no boluiera el pie atras. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, començaron desde lexos a llouer piedras sobre don Quixote, el qual, lo mejor que podia, se reparaua con su adarga, y no se osaua apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daua vozes que le dexassen, porque ya les auia dicho como era loco, y que por loco se libraria aunque los matasse a todos. Tambien don Quixote -fol. 10v- las daua, mayores, llamandolos de aleuosos y traydores, y que el señor del castillo era vn follon y mal nacido cauallero, pues de tal manera consentia que se tratassen los andantes caualleros, y que si el huuiera recebido la orden de caualleria, que el le diera a entender su aleuosia: «Pero de vosotros, soez y baxa canalla, no hago caso alguno. ¡Tirad, llegad, venid y ofendedme en quanto pudieredes201; que vosotros vereys el pago que lleuays de vuestra sandez y demasia!» Dezia esto con tanto brio y denuedo, que infundio vn terrible temor en los que le acometian, y, assi, por esto, como por las persuasiones del ventero, le dexaron de tirar, y el dexó retirar a los heridos, y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sossiego que primero. No le parecieron bien al ventero las burlas -74- de su huesped, y determinó abreuiar y darle la negra orden de caualleria luego, antes que otra desgracia sucediesse. Y assi, llegandose a el, se desculpó de la insolencia que aquella gente baxa con el auia vsado, sin que el supiesse cosa alguna, pero que bien castigados quedauan de su atreuimiento. Dixole, como ya le auia dicho, que en aquel castillo no auia capilla, y para lo que restaua de hazer tampoco era necessaria; que todo el toque de quedar armado cauallero consistia en la pescoçada y en el espaldarazo, segun el tenia noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de vn campo se podia hazer, y que ya auia cumplido con lo que tocaua al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplia, quanto mas que el auia estado mas de quatro. Todo se lo creyo don Quixote [y dixo]202 que el estaua alli pronto203 para obedecerle, y que concluyesse con la mayor breuedad que pudiesse; porque si fuesse otra vez acometido, y se viesse armado cauallero, no pensaua dexar persona viua en el castillo, eceto aquellas que el le mandasse, a quien por -fol. 11r- su respeto dexaria. Aduertido y medroso desto el castellano, truxo luego vn libro donde assentaua la paja y ceuada que daua a los harrieros, y con vn cabo de vela que le traia vn muchacho, y con las dos ya dichas donzellas, se vino adonde don Quixote estaua, al qual mandó hincar de rodillas, y, leyendo en su manual, como que dezia alguna deuota oracion, en mitad de la -75- leyenda alçó la mano y diole sobre el cuello vn buen204 golpe, y tras el, con su mesma espada, vn gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaua. Hecho esto, mandó a vna de aquellas damas que le ciñesse la espada, la qual lo hizo con mucha desemboltura y discrecion, porque no fue menester poca para no rebentar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya auian visto del nouel cauallero les tenia la risa a raya. Al ceñirle la espada, dixo la buena señora: «Dios haga a vuestra merced muy venturoso cauallero y le de ventura en lides.» Don Quixote le preguntó como se llamaua, porque el supiesse de alli adelante a quien quedaua obligado por la merced recebida, porque pensaua darle alguna parte de la honra que alcançasse por el valor de su braço. Ella respondio con mucha humildad que se llamaua la Tolosa, y que era hija de vn remendon natural de Toledo, que viuia a las tendillas de Sancho Bienaya205, y que donde quiera que ella estuuiesse le seruiria y le tendria por señor. Don Quixote le replicó que, por su amor, le hiziesse merced que de alli adelante se pusiesse don, y se llamasse doña Tolosa. Ella se lo prometio, y la otra le calçó la espuela, con la qual le passó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre, y dixo que se llamaua la Molinera, y que era hija de vn honrado molinero de Antequera; a -76- la qual tambien -fol. 11v- rogo don Quixote que se pusiesse don, y se llamasse doña Molinera, ofreciendole nueuos seruicios y mercedes. Hechas, pues, de galope y aprissa206, las hasta alli nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quixote de verse a cauallo y salir buscando las auenturas, y, ensillando luego a Rozinante, subio en el, y abraçando207 a su huesped, le dixo cosas tan estrañas, agradeciendole la merced de auerle armado cauallero, que no es possible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retoricas, aunque con mas breues palabras, respondio a las suyas, y, sin pedirle208 la costa de la posada, le dexó yr a la buen209 hora. -77- La del alua seria quando don Quixote salio de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alboroçado por verse ya armado cauallero, que el gozo le rebentaua por las cinchas del cauallo. Mas viniendole a la memoria los consejos de su huesped cerca de las preuenciones tan necessarias que auia de lleuar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó boluer a su casa y acomodarse de todo, y de vn escudero, haziendo cuenta de recebir a vn labrador vezino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a proposito para el oficio escuderil de la caualleria. Con este pensamiento guió a Rozinante hazia su aldea, el qual, casi conociendo la querencia, con tanta gana començo a caminar, que parecia que no ponia los pies en el suelo. No auia andado mucho, quando le parecio que a su diestra mano, de la espessura de vn bosque que alli estaua, salian vnas vozes -fol. 12r- delicadas, como de persona que se quexaua, y, a penas las huuo oydo, quando dixo: «Gracias doy al cielo por la merced que me haze, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que deuo a mi profession y donde pueda coger el fruto de mis buenos desseos. Estas vozes, sin duda, -78- son de algun menesteroso, o menesterosa, que ha menester mi fauor y ayuda.» Y, boluiendo las riendas, encaminó a Rozinante hazia donde le parecio que las vozes salian. Y, a pocos passos que entró por el bosque, vio atada vna yegua a vna enzina, y atado en otra a vn muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quinze años, que era el que las vozes daua, y no sin causa, porque le estaua dando con una pretina muchos açotes vn labrador de buen talle, y cada açote le acompañaua con vna reprehension y consejo. Porque dezia: «La lengua queda, y los ojos listos.» Y el muchacho respondia: «No lo hare otra vez, señor mio; por la passion de Dios, que no lo hare otra vez, y yo prometo de tener de aqui adelante mas cuydado con el hato.» Y viendo don Quixote lo que passaua, con voz ayrada dixo: «Descortes cauallero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro cauallo y tomad vuestra lança -que tambien tenia vna lança arrimada a la enzina adonde estaua arrimada211 la yegua-, que yo os hare conocer ser de cobardes lo que estays haziendo.» El labrador, que vio sobre si aquella figura llena de armas, blandiendo la lança sobre su rostro tuuose por muerto, y con buenas palabras respondio: -79-«Señor cauallero, este muchacho que estoy castigando, es vn mi criado que me sirue de guardar vna manada de ouejas que tengo en estos contornos, el qual es tan descuydado, que cada dia me falta vna; y porque castigo su descuydo, o vellaqueria, dize que lo hago de miserable, -fol. 12v- por no pagalle la soldada que le deuo, y en Dios y en mi anima que miente.» «¿Miente delante de mi, ruyn villano?», dixo don Quixote. «Por el sol que nos alumbra, que estoy por passaros de parte a parte con esta lança; pagadle212 luego sin mas replica; si no, por el Dios que nos rige que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo213 luego.» El labrador baxó la cabeça, y, sin responder palabra, desató a su criado, al qual preguntó don Quixote que quánto le deuia su amo; el dixo que nueue meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quixote y halló que montauan sesenta214 y tres reales, y dixole al labrador que al momento los desembolsasse, si no queria morir por ello. Respondio el medroso villano que para el passo en que estaua y juramento que auia hecho -y aun no hauia jurado nada215-, que no eran tantos, porque se le auian de descontar y recebir en cuenta tres pares de çapatos que le auia dado, y vn real de dos sangrias que le auian hecho estando enfermo. «Bien está todo esso», replicó don Quixote; «pero quedense los çapatos y las sangrias por los açotes que sin culpa le aueys -80- dado; que si el rompio el cuero de los çapatos que vos pagastes, vos le aueys rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la aueys sacado; ansi216 que, por esta parte, no os deue nada.» «El daño está, señor cauallero, en que no tengo aqui dineros; vengase Andres conmigo a mi casa, que yo se los pagaré vn real sobre otro.» «¿Yrme yo con el», dixo el muchacho, «mas? ¡Mal año, no señor, ni por pienso; porque, en viendose solo, me dessuelle217 como a vn San Bartolome!» «No hara tal», replicó don Quixote; «basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que el me lo jure por la ley de caualleria que ha recebido, le dexaré yr libre y asseguraré -fol. 13r- la paga.» «Mire vuestra merced, señor, lo que dize», dixo el muchacho; «que este mi amo no es cauallero, ni ha recebido orden de caualleria alguna; que es Iuan Haldudo el rico, el vezino del Quintanar.» «Importa poco esso», respondio don Quixote, «que Haldudos puede auer caualleros; quanto mas, que cada vno es hijo de sus obras218.» «Assi es verdad», dixo Andres; «pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada, y mi sudor y trabajo?» «No niego, hermano Andres», respondio el labrador, «y hazedme plazer de veniros conmigo; -81- que yo juro por todas las ordenes que de cauallerias ay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, vn real sobre otro, y aun sahumados.» «Del sahumerio os hago gracia», dixo don Quixote; «dadselos en reales, que con esso me contento, y mirad que lo cumplays como lo aueys jurado; si no, por el mismo juramento os juro de boluer a buscaros y a219 castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondays mas que vna lagartija. Y, si quereys saber quien os manda esto, para quedar con mas veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quixote de la Mancha, el desfazedor de agrauios y sinrazones, y a Dios quedad; y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.» Y, en diziendo esto, picó a su Rozinante, y en breue espacio se apartó dellos. Siguiole el labrador con los ojos, y quando vio que auia traspuesto del bosque y que ya no parecia, boluiose a su Criado Andres, y dixole: «Venid aca, hijo mio, que os quiero pagar lo que os deuo, como aquel deshazedor de agrauios me dexó mandado.» «Esso juro yo», dixo Andres; «y ¡cómo que andara vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen cauallero, que mil años viua; que, segun es de valeroso -fol. 13v- y de buen juez, viue Roque que si no me paga, que buelua y execute lo que dixo!» «Tambien lo juro yo», dixo el labrador; «pero, -82- por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por220 acrecentar la paga.» Y, asiendole del braço, le tornó a atar a la enzina, donde le dio tantos açotes que le dexó por muerto. «Llamad, señor Andres, aora», dezia el labrador, «al desfazedor de agrauios; vereys como no desfaze aqueste, aunque creo que no está acabado de hazer, porque me viene gana de dessollaros viuo, como vos temiades.» Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuesse a buscar su221 juez para que executasse la pronunciada sentencia. Andres se partio algo mohino, jurando de yr a buscar al valeroso don Quixote de la Mancha y contalle222 punto por punto lo que auia passado, y que se lo auia de pagar con las setenas223. Pero, con todo esto, el se partio llorando y su amo se quedó riendo. Y desta manera deshizo el agrauio el valeroso don Quixote, el qual, contentissimo de lo sucedido, pareciendole que auia dado felicissimo y alto principio a sus cauallerias, con gran satisfacion de si mismo yua caminando hazia su aldea, diziendo a media voz: «Bien te puedes llamar dichosa sobre quantas oy viuen en la tierra, ¡o sobre las bellas bella Dulzinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a vn tan valiente y tan nombrado cauallero como lo es y sera don Quixote de la Mancha. El qual, como todo el mundo sabe, ayer rescibio224 la orden de caualleria, y oy -83- ha desfecho el mayor tuerto y agrauio que formó la sinrazon y cometio la crueldad. Oy quitó el latigo de la mano a aquel despiadado225 enemigo, que tan sin ocasion vapulaua a aquel delicado infante.» En esto, llegó -fol. 14r- a vn camino que en quatro se diuidia, y luego se le vino a la imaginacion las encruzexadas226 donde los caualleros andantes se ponian a pensar quál camino de aquellos tomarian, y, por imitarlos estuuo vn rato quedo, y, al cabo de auerlo muy bien pensado, solto la rienda a Rozinante, dexando a la voluntad del rozin la suya, el qual siguio su primer intento, que fue el yrse camino de su caualleriza. Y auiendo andado como dos millas, descubrio don Quixote vn grande tropel de gente, que, como despues se supo, eran vnos mercaderes toledanos que yuan a comprar seda a Murcia. Eran seys, y venian con sus quitasoles, con otros227 quatro criados a cauallo y tres moços de mulas a pie. Apenas los diuisó don Quixote, quando se imaginó ser cosa de nueua auentura; y, por imitar en todo quanto a el le parecia possible los passos que auia leydo en sus libros, le parecio venir alli de molde vno que pensaua hazer. Y assi, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apreto la lança, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuuo esperando que aquellos caualleros andantes llegassen, que ya el por tales los tenia y juzgaua, y, quando llegaron a trecho -84- que se pudieron ver y oyr, leuantó don Quixote la voz, y, con ademan arrogante, dixo: «Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiessa que no ay en el mundo todo donzella mas hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la simpar228 Dulzinea del Toboso.» Pararonse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decia, y por la figura y por las razones229 luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en que paraua aquella confession que se les pedia, -fol. 14v- y vno dellos, que era vn poco burlon y muy mucho discreto, le dixo: «Señor cauallero, nosotros no conocemos quién sea essa buena señora que dezis; mostradnosla, que si ella fuere de tanta hermosura como significays230, de buena gana y sin apremio alguno confessaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.» «Si os la mostrara», replicó don Quixote, «¿qué hizierades vosotros en confessar vna verdad tan notoria? La importancia está en que, sin verla, lo aueis de creer, confessar, afirmar, jurar y defender; donde no231, conmigo soys en batalla, gente descomunal y soberuia. Que, aora vengays vno a vno, como pide la orden de caualleria, ora todos juntos, como es costumbre y mala vsança de los de vuestra ralea, aqui os aguardo y espero, confiado en la razon que de mi parte tengo.» «Señor cauallero», replicó el mercader, «suplico -85- a vuestra merced, en nombre de todos estos principes que aqui estamos que, por que no encarguemos nuestras conciencias, confessando vna cosa por nosotros jamas vista ni oyda, y mas siendo tan en perjuyzio de las emperatrizes y reynas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea seruido de mostrarnos algun retrato de essa señora, aunque sea tamaño como vn grano de trigo; que por el hilo se sacará el ouillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado. Y aun creo que estamos ya tan de su parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellon y piedra açufre, con todo esso, por complazer a vuestra merced, diremos en su fauor todo lo que quisiere.» «No le mana, canalla infame», respondio don Quixote encendido en colera; no le mana, digo, esso que dezis, sino ambar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcobada, -fol. 15r- sino mas derecha que vn huso de Guadarrama232. Pero ¡vosotros pagareys la grande blasfemia que aueys dicho contra tamaña beldad, como es la de mi señora!» Y, en diziendo esto, arremetio con la lança baxa contra el que lo auia dicho, con tanta furia y enojo, que, si la buena suerte no hiziera que en la mitad del camino tropeçara y cayera Rozinante, lo passara mal el atreuido mercader. Cayo Rozinante, y fue rodando su -86- amo vna buena pieça por el campo, y, queriendose leuantar, jamas pudo: tal embaraço le causauan la lança, adarga, espuelas y zelada, con el peso de las antiguas armas. Y entre tanto que pugnaua por leuantarse y no podia, estaua diziendo: «¡Non fuyais, gente cobarde, gente cautiua, atended; que no por culpa mia, sino de mi cauallo, estoy aqui tendido!» Un moço de mulas de los que alli venian, que no deuia de ser muy bien intencionado, oyendo dezir al pobre caydo tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegandose a el, tomó la lança, y despues de auerla hecho pedaços, con vno dellos començo a dar a nuestro don Quixote tantos palos, que, a despecho y pesar de sus armas, le molio como cibera. Dauanle vozes sus amos que no le diesse tanto, y que le dexasse; pero estaua ya el moço picado y no quiso dexar el juego hasta embidar todo el resto de su colera; y, acudiendo por los demas troços de la lança, los acabó de deshazer sobre el miserable caydo, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre el via, no cerraua la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecian. Cansose el moço, y los mercaderes siguieron su camino, lleuando qué contaren todo el del pobre apaleado. El qual, despues que se vio solo, tornó a prouar si podia leuantarse; pero si no lo pudo -fol. 15v- hazer quando sano y bueno, -87- ¿cómo lo haria molido y casi deshecho? Y aun se tenia por dichoso, pareciendole que aquella era propia desgracia de caualleros andantes, y toda la atribuia a la falta de su cauallo; y no era possible leuantarse, segun tenia brumado todo el cuerpo. -88- Donde se prosigue la narracion de la desgracia de
nuestro cauallero Viendo, pues, que, en efeto, no podia menearse, acordo de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algun passo de sus libros, y truxole su locura a la memoria aquel de Valdouinos y del Marques de Mantua, quando Carloto le dexó herido en la montiña233, historia sabida de los niños, no ignorada de los moços, celebrada y aun creyda de los viejos, y, con todo esto, no mas verdadera que los milagros de Mahoma234. Esta, pues, le parecio a el que le venia de molde para el passo en que se hallaua; y assi, con muestras de grande sentimiento, se començo a bolcar por la tierra, y a dezir con debilitado aliento lo mesmo235 que dizen dezia el herido cauallero del bosque:
Y desta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos versos que dizen:
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este -89- verso, acerto a pasar por alli vn labrador de su mesmo236 lugar y vezino suyo, que venia de lleuar vna carga de trigo al molino, el qual, viendo aquel hombre alli tendido, se llegó a el y le preguntó -fol. 16r- que quién era y qué mal sentia, que tan tristemente se quexaua. Don Quixote creyo, sin duda, que aquel era el Marques de Mantua, su tio, y, assi, no le respondio otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le daua cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa; todo de la mesma237 manera que el romance lo canta. El labrador estaua admirado oyendo aquellos disparates, y, quitandole la visera, que ya estaua hecha pedaços de los palos, le limpio el rostro, que le tenia cubierto238 de poluo, y apenas le huuo limpiado, quando te conocio, y le dixo: «Señor Quixana»239-que assi se deuia de llamar quando el tenia juyzio y no auia passado de hidalgo sossegado a cauallero andante-, «¿quién a puesto a vuestra merced desta suerte?» Pero el seguia con su romance a quanto le preguntaua. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenia alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró leuantarle del suelo, y no con poco trabajo le subio sobre su jumento, por parecer240 caualleria mas sossegada. Recogio las armas, hasta las astillas de la lança, y liolas -90- sobre Rozinante, al qual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hazia su pueblo, bien pensatiuo de oyr los disparates que don Quixote dezia. Y no menos yua don Quixote, que, de puro molido y quebrantado, no se podia tener sobre el borrico, y de quando en quando daua vnos suspiros241 que los ponia en el cielo; de modo, que de nueuo obligó a que el labrador le preguntasse le dixesse qué mal sentia. Y no parece sino que el diablo le traia a la memoria los cuentos acomodados a sus sucessos, porque en aquel -fol. 16v- punto, oluidandose de Valdouinos, se acordo del moro Abindarraez, quando el alcayde de Antequera, Rodrigo de Naruaez, le prendio y lleuó cautivo242 a su alcaydia243. De suerte que, quando el labrador le boluio a preguntar que cómo estaua y qué sentia, le respondio las mesmas palabras y razones que el cautiuo Abenzerrage respondia a Rodrigo de Naruaez, del mesmo modo que el auia leydo la historia en la Diana, de Iorge de Montemayor, donde se escriue, aprouechandose della tan a244 proposito, que el labrador se yua dando al diablo de oyr tanta maquina de necedades; por donde conocio que su vezino estaua loco y dauale245 priessa a llegar al pueblo por escusar el enfado que don Quixote le causaua con su larga arenga. Al cabo de lo qual, dixo: «Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Naruaez, que esta hermosa Xarifa, que he dicho, es aora la linda Dulzinea del Toboso, -91- por quien yo he hecho, hago y hare los mas famosos hechos de cauallerias que se han visto, vean ni veran en el mundo.» A esto respondio el labrador: «Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mil, que yo no soy don Rodrigo de Naruaez, ni el Marques246 de Mantua, sino Pedro Alonso, su vezino; ni vuestra merced es Valdouinos, ni Abindarraez, sino el honrado hidalgo del señor Quixana247.» «Yo se quién soy», respondio don Quixote, «y se que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los doze Pares de Francia, y aun todos los Nueue de la Fama248, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada vno por si hizieron, se auentajarán las mias.» En estas platicas y en otras semejantes llegaron al lugar a la hora que anochecia; pero el labrador aguardó a que fuesse algo mas noche, porque no viessen al molido hidalgo tan mal cauallero. Llegada, pues, la hora que le parecio, -fol. 17r- entró en el pueblo y en la casa de don Quixote, la qual halló toda alborotada -y estauan en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quixote-: que estaua diziendoles su ama a vozes: «¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Perez -que assi se llamaua el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres249 dias ha que no parecen el, ni el rozin, ni la adarga, ni la lança, ni las armas. ¡Desuenturada de mil, que me doy a entender, y assi es ello la -92- verdad como naci para morir, que estos malditos libros de cauallerias que el tiene y suele leer tan de ordinario, le han buelto el juyzio; que aora me acuerdo auerle250 oydo dezir muchas vezes, hablando entre si, que queria hazerse cauallero andante e yrse a buscar las auenturas por essos mundos. Encomendados sean a Satanas y a Barrabas tales libros, que assi han echado a perder el mas delicado entendimiento que auia en toda la Mancha.» La sobrina dezia lo mesmo, y aun dezia mas: «Sepa señor maese Nicolas -que este era el nombre del barbero-, que muchas vezes le acontecio a mi señor tio estarse leyendo en estos desalmados libros de desuenturas dos dias con sus noches, al cabo de los quales arrojaua el libro de las manos y ponia mano a la espada y andaua a cuchilladas con las paredes, y, quando estaua muy cansado, dezia que auia muerto a quatro gigantes como quatro torres, y el sudor que sudaua del cansancio dezia que era sangre de las feridas que auia recebido en la batalla, y beuias(s)e luego vn gran jarro de agua fria, y quedaua sano y sossegado, diziendo que aquella agua era vna preciosissima beuida que le auia traydo -fol. 17v- el sabio Esquife, vn grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no auisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tio, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libres; que tiene -93- muchos, que bien merecen ser abrasados como si fuessen de herejes.» «Esto digo yo tambien», dixo el cura, «y a fee que no se passe el dia de mañana sin que dellos no se haga acto publico, y sean condenados al fuego, porque no den ocasion a quien los leyere de hazer lo que mi buen amigo deue de auer hecho.» Todo esto estauan oyendo el labrador y don Quixote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vezino, y assi, començo a dezir a vozes: «Abran vuestras mercedes al señor Valdouinos y al señor Marques de Mantua, que viene mal ferido; y al señor moro Abindarraez, que trae cautiuo el valeroso Rodrigo de Naruaez, alcayde de Antequera.» A estas vozes salieron todos, y como conocieron los vnos a su amigo, las otras a su amo y tio, que aun no se auia apeado del jumento, porque no podia, corrieron a abraçarle. El dixo: «Tenganse todos; que vengo mal ferido por la culpa de mi cauallo. Lleuenme a mi lecho, y llamese, si fuere possible, a la sabia Vrganda, que cure y cate de251 mis feridas.» «¡Mirá en hora maça»252, dixo a este punto el ama, «si me dezia a mi bien mi coraçon del pie que coxeaua mi señor! Suba vuestra merced en buen hora; que, sin que venga essa Vrgada253, le sabremos aqui curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros -94- de cauallerias, que tal han parado a -fol. 15r [18r]- vuestra merced!» Lleuaronle254 luego a la cama, y, catandole las feridas, no le hallaron ninguna; y el dixo que todo era molimiento, por auer dado vna gran cayda con Rozinante, su cauallo, combatiendose con diez iayanes, los mas desaforados y atreuidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra. «Ta, ta», dixo el cura; «¿iayanes ay en la dança? Para mi santiguada, que yo los queme mañana antes que llegue la noche.» Hizieronle a don Quixote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diessen de comer y le dexassen dormir, que era lo que mas le importaua. Hizose assi, y el cura se informó muy a la larga del labrador, del modo que auia hallado a don Quixote; el se lo conto todo, con los disparates que al hallarle y al traerle auia dicho, que fue poner mas desseo en el Licenciado de hazer lo que otro dia hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolas, con el qual se vino a casa de don Quixote. -95- Del donoso y grande escrutinio que el cura y el
barbero hizieron en la libreria de nuestro ingenioso hidalgo El qual aun todavia dormia. Pidio las llaues, a la sobrina, del aposento donde estauan los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana; entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron mas de cien cuerpos de libros grandes muy -fol. 15v [18v]- bien enquadernados, y otros pequeños; y, assi como el ama los vio, boluiose a salir del aposento con gran priessa, y tornó luego con vna escudilla de agua bendita y vn hisopo, y dixo: «Tome vuestra merced, señor Licenciado; rozie este aposento, no esté aqui algun encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las255 que les queremos dar echandolos del mundo.» Causó risa al Licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuesse dando de aquellos libros, vno a vno, para ver de qué tratauan, pues podia ser hallar algunos que no mereciessen castigo de fuego. |