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Memorias originales del Príncipe de la PazArtículo primero Mariano José de Larra [Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, n.º 327, jueves 22 de septiembre de 1836, Madrid; paginación en color azul.] -[pág. 1]- -[pág. 2]- -[pág. 3]- -[pág. 4]- En los tiempos antiguos y antes de la invención de la imprenta, la historia, viviendo a la ventura de rebuscos o de eventuales hallazgos, más se podía considerar como un espejo mal azogado que sólo representaba a trozos objetos informes, que como un intérprete fiel y un juez severo de los hechos pasados. Apoyada en la tradición, las más veces fabulosa o exagerada, prestábase fácilmente a la falsedad y a la adulteración a que la quisiesen sujetar las pasiones de los pocos que en recoger y transmitir anales se ocupaban. Posteriormente, el orgullo de las testas coronadas hubo de conocer la importancia de la pluma para conservar a la posteridad sus grandes hechos o sus intrigas políticas, y cada rey mantuvo cronistas con el objeto de clasificar y glosar su reinado; pero fácil es conocer la poca confianza que a los pueblos debían merecer tales compilaciones, hechas a expensas de un rey por personas allegadas o agradecidas y a quienes sólo podía el elogio ser lícito. Con pocas excepciones, la historia vino a ser no un cuadro fiel de las costumbres, de las necesidades, de las revoluciones de los pueblos, sino un retrato, favorecido como todo retrato y de tamaño colosal, de cada príncipe o magnate, que reasumía en sí propio la importancia toda de sus gobernados. De tal suerte llegó a adquirir este carácter, que aun en tiempos modernos en que la tendencia de las ideas es muy otra, y en que han variado esencialmente los principios, en que se ha reconocido por fin que los reyes no son delegados de la divinidad sino apoderados del pueblo, todavía conserva la historia sus regios atavíos y su especialidad insultante para la generalidad de los hombres. Aun en manos muy hábiles, la historia es apenas todavía la cronista de los pueblos: primera cortesana en los palacios, y la última por lo visto que los ha de abandonar, tarda en comprender su verdadera misión, y cree haber transmitido a la posteridad los hechos y las costumbres de una nación cuando ha referido los caprichos o los usos de un príncipe. Pero los tiempos han corrido, y la invención de la imprenta a la disposición de todo el mundo ha sido un puerto contra el naufragio para clases y generaciones enteras: hecha industria lucrativa, todo el que no ha tenido otro oficio, todo el que se ha creído con ojos para ver, con oídos para oír, todo el que se ha figurado tener las cualidades de testigo (cualidades más difíciles de poseer de lo que parece para no ser testigo a la manera de las paredes, dentro de las cuales pasan los acontecimientos), todo el que ha sentido dentro de sí o la pereza de obrar o la insuficiencia de producir cosas dignas de ser por otros escritas, ha asido de una pluma, y ha exclamado: «Yo, que no hago nada, escribiré lo que hacen los demás; escribiré lo que sobre ellos pienso, y hasta escribiré lo que yo hago, cuando no hago nada». De aquí multitud de libros, de novelas históricas, de historias novelescas, de viajes impresionales y de impresiones viajeras que atormentan al mundo moderno y le ahogan y le sofocan, como las demasiadas mantas que se echan sobre un constipado; de aquí la multitud de «observaciones», «relaciones», «reflexiones» y «ojeadas», sin contar con el sinnúmero de anuncios que empiezan con «De», como: «De los acontecimientos de la guerra de tal», «de la conjuración de cual», «de la oportunidad», etc., etc.; de aquí ese torrente sin diques de memorias de la contemporánea, del contemporáneo, del ayuda de cámara, del médico, del barbero, del portero, de la mujer, del padre, del hijo, del hermano, del sobrino y de los amigos y de los enemigos del hombre que ha hecho, que ha sonado, que ha intrigado, que ha mandado algo; memorias de su cocinero, de su repostero, de su querida y de su viuda, acerca de la manera que tienen los hombres grandes de ponerse la corbata, de salir a paseo, de dormir, de estar despiertos; memorias de los que le han visto a todas horas, y de los que no le han visto a ninguna. De aquí, en fin, para la pobre historia otro escollo, no menos peligroso que el que en el principio de este artículo le hemos encontrado en los tiempos antiguos. Entonces necesitaba de una linterna de Diógenes para buscar un hombre y un dato, y ahora necesita de todas las linternas del buen gusto y del sano criterio para desechar hombres y datos. Voces por un lado con una relación, voces por otro con la contraria; multitud de folletos y memorias, supuestos materiales para la historia, y en realidad verdaderos albañales que corren hacia un río para perderse en él, ensuciándole y entrabando su curso, y sólo por azar algún limpio manantial que le tributa su pura y cristalina corriente. Si hemos comparado a la historia antigua con un espejo mal azogado, que sólo a trozos representa objetos informes, ahora podemos comparar a la historia moderna con una inmensa luna colocada en un salón de máscaras y en donde mezclados rebullen y se codean, se obstruyen y confunden en un disparatado conjunto de colores chocantes y chillones, sin juego ni armonía, reyes y vasallos, ricos y pobres, víctimas y verdugos, tiranos y tiranizados: ruido horrible y desapacible en que se aúnan y mueren la verdad y la mentira, la calumnia y la reparación, la algazara del orgullo y el sollozo del pobre, el piano del magnate y el rabel del pastor, la gira del fastuoso convite y el gemido del hambre, el aullido de la envidia, el grito de la ambición y el desesperado lamento del virtuoso aborrecido o del mérito sofocado. He aquí el sonido de la celebrada trompa de la historia, encargada de transmitir la verdad a la posteridad, de quien se dice que aquélla es luz y ejemplo, norte y guía. Así ofusca para ver la demasiada como la poca luz, y la verdad entre tal multitud de datos contradictorios no hallará menos obstáculos para establecerse que en las épocas en que no tenía a su disposición una sola trompa por donde resonar. La mentira a la orden del día y al alcance de todos desde la vulgarización de la imprenta tiene las pasiones en su favor, y la haría de los partidos interesados en ataviarla y lanzarla rica de argumentos y sofismas a la cabeza del vulgo crédulo y poco perspicaz. Traslúcense, sin embargo, a los ojos de los más estas triviales reflexiones, y la duda de lo cierto y de lo incierto mina por el pie multitud de libros escritos para hacer fortuna a costa del escándalo, envolviendo desgraciadamente en el común desprecio hasta la razón y la justicia, cuando entre el clamor general de mentidos testimonios vienen a presentar a la severa opinión publica sus contradichos alegatos. Una de las pocas obras, sin embargo, que habrán de merecer una honrosa excepción, y que deben al menos ser detenidamente examinadas, es la que anunciamos en el epígrafe de este artículo. Don Manuel Godoy, de quien se puede decir lo que de don Álvaro de Luna dice su cronista; don Manuel Godoy, grande ejemplo y escarmiento de privados, es un personaje histórico harto importante en los fastos modernos de España para que su voz pueda pasar oscuramente confundida en el ruido general del siglo vocinglero en que vivimos. Su portentosa cuanto rápida elevación, la colosal influencia que en la suerte de nuestra patria ha ejercido durante muchos años, y las gravísimas inculpaciones de que ha sido objeto, hacían desear que rompiese un silencio con el cual autorizaba tácitamente cuanto de su administración se ha dicho. Y cuando se medita que aquel magnate que llegó a absorber en sí mismo el poder de un rey, que vio bullir en rededor de sus pórticos y antecámaras una corte compuesta de lo mejor de España; que el hombre que salió de un cuartel para hollar con sus botas de montar las regias alfombras que entapizaban los escalones del trono; cuando se reflexiona que aquel guardia a quien ascendió a su lecho una nieta de Luis XIV a la faz de una corte aristocrática, que aquel subalterno a quien el genio del siglo pensó en colocar en un trono, es el mismo que en el día, apeado de sus brillantes trenes, lanzado de su propio palacio, desnudado de sus galas y veneras, arrojado por la fuerza de la opinión a las márgenes de un río extranjero, se presenta a las puertas de la patria en modesto traje, con un humilde sombrero redondo en aquella cabeza que cubrieron coronas ducales, y con unos cuadernos impresos en la mano, no ya para rescatar las perdidas grandezas sino para reconquistar el nombre de ciudadano español, que catorce millones de hombres poseen sin esfuerzo alguno, para demandar justicia, para hacerse simplemente escuchar; cuando se reflexiona en tan espantosa peripecia, es imposible negarse al deseo, a la curiosidad de oír, y sólo entonces se concibe el interés extraordinario que deben inspirar al público las Memorias de ese hombre todavía más extraordinario, así por su elevación como por su caída. Y decimos extraordinario por su caída porque, conocido el corazón humano, es preciso confesar que don Álvaro de Luna perdiendo en uno vida y privanza es menos digno de lástima que aquél que fue condenado por el destino a sobrevivir a su desgracia y a verse privado de todo después de haberlo gozado todo. Mero canal por donde las grandezas y los tesoros han pasado sin dejar en sus paredes más que el desengaño; desengaño semejante al cieno que posa el agua al recorrer el cauce que su corriente socava. El antiguo Príncipe de la Paz, árbitro de España, y don Manuel Godoy, extranjero y particular en París, es la personificación del alma destinada a ver el cuerpo crecer, robustecerse, llegar a su apogeo y sucumbir a la ley común de la decrepitud y la decadencia; don Manuel Godoy, condenado a ser espectador del Príncipe de la Paz caído, es el hombre a quien se le concediera el funesto privilegio de contemplarse a sí mismo después de muerto. Horrendo castigo por cierto, si fue delincuente, y ante el cual debe expirar todo rencor, ante el cual la justicia misma de los hombres debe velarse el rostro, contemplando el alcance de su severidad. Y horrible ejemplo también si no fue delincuente, y si la alta posición en que se encontró, suscitando enemigos que mejor perdonan el crimen que la fortuna, pudo ser la causa principal de su desgracia. No nos toca a nosotros decidir tan importante cuestión; la lectura de las Memorias del Príncipe y los demás datos que la opinión pública tiene a la vista son los autos de este gran pleito entre el favorito y la sociedad. La opinión pública es quien debe hacer recaer su fallo. A nosotros, meros articulistas de un periódico, sólo nos toca dar cuenta a nuestros lectores del objeto de la obra, de la posición del que la presenta a aquel supremo tribunal, de los puntos principales que abraza, de los documentos en que se apoya y del poco o mucho mérito literario que puede encerrar, tarea que hubiéramos llevado a cabo en un artículo solo, si las reflexiones que la publicación de estas Memorias nos ha sugerido no nos hubieran obligado ya a traspasar los límites consentidos a semejante objeto por un diario como el nuestro. En otro número trataremos de dar cima a la labor que nos hemos impuesto lo mejor que los pocos conocimientos que nos adornan nos den a entender. El Español, n.º 327, 12 de septiembre de 1836. Sin firma. [Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 571-575; Artículos de crítica literaria y artística, ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid, Espasa-Calpe, 1975, pp. 245-252; Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 527-529.]
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