  Segunda parte de la vida de Guzmán de
Alfarache
Atalaya de la vida humana
Mateo Alemán
  [Preliminares]
Por mandado do Supremo Conselho de Sancta
Inquisiço, vi e examinei este livro, intitulado
Segunda parte de Guzmo de Alfarache, Atalaya de la
vida humana, e com as emendas que lhe fiz no fica tendo cousa alguma
contra nossa santa fe e bôs costumes; antes me parece que, além do
muito engenho e eloquência que nelle mostra o auctor, lhe cabe com muita
razo o nome de
Atalaya, porque assi como da atalaia se
descobrem os perigos e se dá notícia delles aos navegantes e
caminheiros, no para cair nelles, seno para os fugir, assi se pode avisar com
este livro o curioso leitor, para com elle se prevenir contra muitos males que
vo pelo mundo, os evitar e se defender delles. Dada em o collégio de
Santo Augustino de Lisboa, a sete de septembro de 1604.
FREI ANTÓNIO FREIRE.
Vista a informaço, pode-se imprimir
este livro intitulado
Segunda parte de Guzmo de Alfarache, e depois
de impreso torne a este Conselho para se conferir com o original, e se dar
licença para correr e sem ella no correrá. Em Lisboa, a nove de
septembro de 1604.
MARCO TEIXEIRA. RUI PIREZ DA VEIGA.
  Privilégio
Eu, el Rei, faço saber aos que este alvará virem que
Mateo Alemo, ora estante nesta cidade, me enviou dizer por sua petiço
que elle compos a segunda parte do livro intitulado
Guzmo de Alfarache, atalaia da vida humana, o
qual imprimio nesta cidade con licença do Santo Oficio; e me pedia lhe
fizesse mercê concederlhe privilégio para por tempo de dez anos
nenha pessoa o possa imprimir nem mandar imprimir nem trazer de fora do reino.
E vista sua petiço, por lhe fazer mercê, ei por bem que por tempo
de dez anos impressor nem livreiro algum nem outra pessoa de qualquer calidade
que seja no possa imprimir nem mandar imprimir nesta cidade nem trazer do fora
do reino o dito livro, salvo as pessoas que para isso tivierem seu poder. E
qualquer impressor, livreiro ou outra pessoa que imprimir ou mandar imprimir ou
trazer de fora do reino o dito livro durante o dito tempo de dez anos,
perderá para elle, Mateo Alemo, todos os volúmes que lhe forem
achados; e além disso encorrerá em pena de cincoenta cruzados,
ametade pera captivos e a outra ametade pera quem o acusar. E mando a todas as
justiças, oficiaes e pessoas à que o conhecimento deste
pertencer, que cumpro e guardem como nella se contém. O qual ei por bem
que valha como carta, posto que o efeito delle aja de durar mais
de un ano, sem embargo da ordenaço em contrário. Sebastiao
Pereira a fez em Lisboa, a cuatro de dezembro de mil seiscentos e quatro;
Durante Correa o fez escrever.
REI.
  A don Juan de Mendoza
Marqués de San
Germán, Comendador del Campo de Montiel, Gentilhombre de la
Cámara de el Rey Nuestro Señor, Teniente General de las Guardas y
Caballería de España y Capitán General de los Reinos de
Portugal
Preguntándole a un filósofo
por qué aconsejaba que ninguno se mirase a el espejo con luz de vela,
respondió que porque, reverberando aquel resplandor en el rostro, lo
hacía muy más hermoso y era engaño. Advirtió en
esto a los príncipes que no se fiasen mucho de las alabanzas de los
oradores, porque con su estilo suave y elegante hermoseaban más las
cosas. Conocerá Vuestra Excelencia, siendo notorio a todos -demás
de ser costumbre mía dejar siempre vacíos que otros llenen,
temiendo más la reprehensión del exceso que culpa de corto-,
cuán al contrario camino en este propósito, pues la mucha
notoriedad me hará pasar en silencio sus grandezas, y las que tocare
será como de paso y por la posta, siéndome tan importante hablar
dellas.
Costumbre ha sido usada, y hoy se pratica
en los actos militares, elegir los combatientes padrinos de quien ser honrados,
amparados y defendidos de las demasías, para que igualmente
se guarde la justicia en las estacadas o palenques donde se han de tratar sus
causas o venirse a juntar con sus contrarios. Ya es conocida la razón
que tengo en responder por mi causa en el desafío que me hizo sin ella
el que sacó la segunda parte de mi
Guzmán de Alfarache. Que, si decirse
puede, fue abortar un embrión para en aquel propósito,
dejándome obligado, no sólo a perder los trabajos padecidos en lo
que tenía compuesto, mas a tomar otros mayores y de nuevo para
satisfacer a mi promesa. Espérame ya en el campo el combatiente;
está todo el mundo a la mira; son los jueces muchos y varios;
inclínase cada uno a quien más lo lleva su pasión y
antojo; tiene ganados de mano los oídos, informando su justicia, que no
es pequeña ventaja. Él pelea desde su casa, en su nación y
tierra, favorecido de sus deudos, amigos y conocidos, de todo lo cual yo
carezco.
Para empresa tan grande, salir a combatir
con un autor tan docto, aunque desconocido en el nombre, verdaderamente lo
temí, hasta que los rayos del sol de Vuestra Excelencia vivificaron mi
helada sangre, alentando mis espíritus, dándome confianza que,
deslumbrando con ellos los ojos, no solamente de mi contrario, mas a la misma
invidia y murmuración ganaré sin alguna duda la victoria.
¿Quién osará
representarme la batalla ni esperarme a ella, cuando sobre mis timbres,
principio deste libro, viere resplandecer el esclarecido nombre de Vuestra
Excelencia, que lo sale patrocinando? ¿Cuál no se me
rendirá con las ventajas que llevo, siendo de las mayores que se han
conocido hasta hoy en príncipe?
Si sangre, díganlo las casas de
Castro, cabeza de los Mendozas y Velascos, de los Condestables de Castilla, de
quien Vuestra Excelencia es hijo y nieto. Y desto lo dicho basta. Si armas,
notorio nos es y ninguno ignora que, asistiendo Vuestra Excelencia los
años de su infancia en los estudios de Alcalá de Henares,
donde tantas premisas dio de su florido ingenio, viéndose
ya mancebo se pasó a Nápoles, llevado de la inclinación y
valor militar. Y siendo allí temido por su esfuerzo, respetado por su
valor y seguido por la notoria privanza con el virrey su tío, pospuestas
estas prendas, que fueran de otros muchos estimadas, tuvo en más el
bullicio de las armas en la guerra, que los deleites, paseos y privanzas en la
paz; pues dejándolo, se fue a Flandes en seguimiento de la milicia, que
tanto allí ejercitaban. Y con una pica, sin sueldo, sin algún
entretenimiento ni mando, gustó de ser un particular soldado, buscando
las ocasiones en que señalar su ánimo valeroso. Hasta que,
ofreciéndose las guerras con Francia, pasó a Milán a
servir en las del Piamonte y Saboya, donde gobernando la caballería y
después todas las fuerzas que su Majestad tenía en aquellas
partes, alcanzó señaladas vitorias, mostrando tanto valor y
prudencia, cuanto admirable gobierno. Que, conocido por Monsiur de Ladiguera,
que con poderosísimo ejército y muchas cabezas principales
obtenía la parte de Francia, temió siempre llegar a las manos. Y
cuanto una vez lo intentó sobre la Carboneda, hallándose
aventajado en el número de soldados, Vuestra Excelencia con muchos menos
lo desbarató y rompió, ganándole la mayor vitoria que se
vio hasta entonces. Y de allí adelante, atemorizados con el sangriento
estrago, no se atrevieron más a socorrer plaza.
Y tanto cuanto en la guerra era temido
siempre, lo era en la paz y juntamente obedecido y amado, como se
conoció en las ocasiones, pues dentro en Ginebra se cumplían sus
mandatos de la manera que se hiciera en su proprio ejército, viniendo a
su llamado los del gobierno de aquella ciudad, cosa ni vista ni oída de
otro algún valeroso capitán o príncipe.
Siendo esto así, se decía de
sus soldados que tanto cuanto sobrepujaban a los más en valor y esfuerzo
eran religiosos, inclinados a toda virtud, por el buen ejemplo que
tenían en Vuestra Excelencia, que los gobernaba.
¿En quién, como en Vuestra
Excelencia, se podrá hallar tan junto tanto, sangre, armas, prudencia,
gobierno y admirable industria? Pues retirándose a el Estado de
Milán y no pudiéndolo hacer por el ordinario paso, que lo
impedía la peste, pasó con todo su ejército armado, y
marchando en orden por el valle de Valesanos, tierra de esguízaros, y
estaban en aquella ocasión a devoción de Francia, cosa que
jamás los hombres vieron, ni los mismos esguízaros, confederados
con el Rey Nuestro Señor se lo han permitido, sino que, desarmados, en
tropas de docientos en docientos, y no más, vayan pasando.
Déjense tantas vitorias y sucesos
felices para las crónicas famosas que los esperan, que bien se
podrá decir serán las más afortunadas que hasta ellos de
otro príncipe alguno se hayan oído. Digan estos reinos la
felicidad en que se hallan, que, si fuese posible, comprarían su
asistencia con inestimable precio, por la rectitud, humanidad, justicia y amor
con que son defendidos y gobernados.
Alargarme más en esto es engolfarme
y dificultar la salida, pareciendo cosa increíble concurrir tanto en tan
juveniles años. Pues acudiendo a lo dicho, no ha hecho falta en el
servicio y corte de su rey, asistiendo en ella, siendo preferido y honrado como
uno de los más señalados.
Pues ¿quién duda que quien
abrió paso por tan indómita gente lo haga también por
entre la tan política y bien morigerada, para que mi libro corra y le
den el lugar que, yendo favorecido de tan poderoso príncipe, merece? A
quien guarde Nuestro Señor augmentando sus vitorias y nombre, con que
más y mejor le sirva.
MATEO ALEMÁN
  Letor
Aunque siempre temí sacar a luz
aquesta segunda parte, después de algunos años acabada y vista,
que aun muchos más fueran pocos para osar publicarla, y que sería
mejor sustentar la buena opinión que proseguir a la primera, que tan a
brazos abiertos fue generalmente de buena voluntad recebida, dudé poner
en condición el buen nombre, ya porque podría no parecer tan bien
o no haber acertado a cumplir con mi deseo, que de ordinario donde mayor
cuidado se pone suelen los desgraciados acertar menos.
Mas, viéndome ya como el mal mozo,
que a palos y coces lo levantan del profundo sueño, siéndome
lance forzoso, me aconteció lo que a los perezosos, hacer la cosa dos
veces. Pues, por haber sido pródigo comunicando mis papeles y
pensamientos, me los cogieron a el vuelo. De que, viéndome, si decirse
puede, robado y defraudado, fue necesario volver de nuevo al trabajo, buscando
caudal con que pagar la deuda, desempeñando mi palabra.
Con esto me ha sido forzoso apartarme lo
más que fue posible de lo que antes tenía escrito. Pecados tuvo
Esaú, que, cansado en seguir y matar la caza, causasen llevarle Jacob la
bendición.
Verdaderamente habré de confesarle
a mi concurrente -sea quien dice o diga quien sea- su mucha erudición,
florido ingenio, profunda ciencia, grande donaire, curso en las letras humanas
y divinas, y ser sus discursos de calidad que le quedo invidioso y
holgara fueran míos. Mas déme licencia que diga con los que dicen
que, si en otra ocasión fuera désta se quisiera servir dellos, le
fueran trabajos tan honrados, que cualquier muy grave supuesto pudiera
descubrir su nombre y rostro; mas en este propósito fue meter en
Castilla monedas de Aragón. Sucedióle lo que muchas veces vemos
en las mujeres, que miradas por faiciones cada una por sí es de tanta
perfeción, que, satisfaciendo a el deseo, ni tiene más que
apetecer ni el pincel que pintar; empero, juntas todas, no hacen rostro
hermoso. Y anduvo discreto haciendo lo que acostumbran los que salen embozados
a dar lanzada, confiados en su diestreza; mas, como de suyo son suertes de
ventura, si aciertan se descubren, y si la yerran, para siempre se niegan. En
cualquier manera que haya sido, me puso en obligación, pues arguye que
haber tomado tan excesivo y escusado trabajo de seguir mis obras nació
de haberlas estimado por buenas. En lo mismo le pago siguiéndolo.
Sólo nos diferenciamos en haber él hecho segunda de mi primera y
yo en imitar su segunda. Y lo haré a la tercera, si quisiere de mano
hacer el envite, que se lo habré de querer por fuerza, confiado que
allá me darán lugar entre los muchos. Que, como el campo es
ancho, con la golosina del sujeto, a quien también ayudaría la
codicia, saldrán mañana más partes que conejos de soto ni
se hicieron glosas a la bella en tiempo de Castillejo.
Advierto en esto que no faciliten las
manos a tomar la pluma sin que se cansen los ojos y hagan capaz a el
entendimiento; no escriban sin que lean, si quieren ir llegados a
el asumpto, sin desencuadernar el propósito. Que haberse propuesto
nuestro Guzmán, un muy buen estudiante latino, retórico y griego,
que pasó con sus estudios adelante con ánimo de profesar el
estado de la religión, y sacarlo de Alcalá tan distraído y
mal sumulista, fue cortar el hilo a la tela de lo que con su vida en esta
historia se pretende, que sólo es descubrir -como atalaya- toda suerte
de vicios y hacer atriaca de venenos varios un hombre perfeto, castigado de
trabajos y miserias, después de haber bajado a la más
ínfima de todas, puesto en galera por curullero della.
Dejemos agora que no se pudo llamar
«ladrón famosísimo» por tres capas que hurtó,
aun fuesen las dos de mucho valor y la otra de parches, y que sea muy ajeno de
historias fabulosas introducir personas públicas y conocidas,
nombrándolas por sus proprios nombres. Y vengamos a la obligación
que tuvo de volverlo a Génova, para vengar la injuria, de que
dejó amenazados a sus deudos, en el último capítulo de la
primera parte, libro primero. Y otras muchas cosas que sin quedar satisfechas
pasa en diferentes, alterando y reiterando, no sólo el caso, mas aun las
proprias palabras. De donde tengo por sin duda la dificultad que tiene querer
seguir discursos ajenos; porque los lleva su dueño desde los principios
entablados a cosas que no es posible darles otro caza, ni aunque se le
comuniquen a boca. Porque se quedan arrinconados muchos
pensamientos de que su proprio autor aun con trabajo se acuerda el tiempo
andando, la ocasión presente, como a el rey don Fernando de Zamora para
la infanta doña Urraca, su hija.
Esto no acusa falta en el entendimiento,
que no lo pudo ser pensar otro mis pensamientos; mas dice temeridad, cuando se
sale a correr con quien es necesario dejarlo muy atrás o no venir a el
puesto.
Si aquí los frasis no fueren tan
gallardos, tan levantado el estilo, el decir suave, gustosas las historias ni
el modo fácil, doy disculpa, si necedades la tienen, ser necesario
mucho, aun para escrebir poco, y tiempo largo para verlo y emendarlo. Mas
teniendo hecha mi tercera parte y caminando en ella con el consejo de Horacio
para poderla ofrecer, que será muy en breve, no se pudo escusar este
paso, como el que lo es tan forzoso a los fines que pretendo. Recibe mi
ánimo, que ha sido de servirte, que no siempre corre un tiempo, influyen
favorables las estrellas ni acuden a Calíope los caprichos.
  El alférez Luis de Valdés a Mateo
Alemán
Elogio
Como si no fuesen hermanas las armas y las
letras, así me querrá decir algún bachiller que siga la
milicia y deje los elogios, pareciéndole negocio muy diferente. Pues ya
le podría señalar no uno, pero Césares muchos y tan
diestros en las letras, como bien disciplinados en las armas. Y para quitarles
la ocasión, que no digan me adelanto en usurpar oficio de orador,
teniéndome por demasiadamente atrevido, me iré apartando de su
peligroso estilo, adular y ostentar, acogiéndome a lo seguro de mis
trincheas en referir la verdad, tan propio en un soldado como la espada y el
coselete. Seré un eco, ya que no cronista, de lo que vi, oí,
traté y supe, dondequiera que me hallé, que ha sido en muchas y
diferentes naciones. Cumpliré con mi deseo sin poder ser calumniado,
hallándome para mí desinteresado y libre; que siempre amor,
interés o miedo corrompieron la justicia. Mas como sea tan justo
premiarse los trabajos, animando a los virtuosos con un grito siquiera, como en
la guerra, dándole por paga un agradecimiento, que siendo verdadero es
un verdadero tesoro, he querido, viendo tan dormidos a tantos,
tomar la pluma por ellos, aunque menos obligado al común parecer, en
razón de mi profesión; mas al mío, ninguno me la gana.
Todos le somos deudores y justamente
merece de todos dignas alabanzas, pues lo conocemos por el primero que hasta
hoy con estilo semejante ha sabido descomulgar los vicios con tal suavidad y
blandura, que siendo para ellos un áspid ponzoñoso, en dulce
sueño les quita la vida. Ofrecer píldoras de acíbar para
descargar la cabeza, muchos médicos lo hacen, y pocos o ningún
enfermo han gustado de mascarla ni tocarla con la lengua y adulzarla de modo
que, poniendo deseos de comerla, causando general golosina, sólo Mateo
Alemán le halló el punto, enseñando sus obras cómo
sepamos gobernar las nuestras, no con pequeño daño de su salud y
hacienda, consumiéndolo en estudios. Y podremos decir dél no
haber soldado más pobre, ánimo más rico ni vida más
inquieta con trabajos que la suya, por haber estimado en más filosofar
pobremente, que interesar adulando. Y como sabemos dejó de su voluntad
la Casa Real, donde sirvió casi veinte años, los mejores de su
edad, oficio de Contador de resultas de su Majestad el rey Felipe II, que
está en gloria, y en otros muchos muy graves negocios y visitas que se
le cometieron, de que siempre dio toda buena satisfación, procediendo
con tanta rectitud, que llegó a quedar de manera pobre que, no pudiendo
continuar sus servicios con tanta necesidad, se retrujo a menos
ostentación y obligaciones.
Empero, si por aquí careció
de bienes de fortuna, no le faltan dotes en el alma, que son de mucho mayor
estimación y precio, y ninguno podrá preciarse de más
glorias. Oigan las lenguas de los hombres y las verán pregonar sus
alabanzas, no menos en España, donde no es pequeña maravilla
consentir profeta de su nación, mas en toda Italia, Francia, Flandes y
Alemania, de que puedo deponer de oídas y vista juntamente, y que
jamás oí mentar su nombre sin grandioso epítecto, hasta
llamarle muchos «el español divino». ¿Quién
como él en menos de tres años y en sus días vio sus obras
traducidas en tan varias lenguas, que, como las cartillas en Castilla, corren
sus libros por Italia y Francia? ¿Qué autor
escribió, que al tiempo y cuando quiso sacar sus trabajos a luz, apenas
habían salido del vientre de la emprenta, cuando -como dicen- entre las
manos de la comadre no quedasen ahogadas y muertas? Y las que salieron vivas,
que alcanzaron a gozar de alguna vida, ¿cuáles, como las de
nuestro autor, salieron con tan ligeras alas, que hiriendo las de la fama la
hiciesen volar con tal velocidad por todo el mundo, sin dejar tan remota
provincia donde con ellas no hayan llegado y se les haya hecho famoso
recebimiento? ¿De cuáles obras en tan breve tiempo se vieron
hechas tantas impresiones, que pasan de cincuenta mil cuerpos de libros los
estampados y de veinte y seis impresiones las que han llegado a mi noticia que
se le han hurtado, con que muchos han enriquecido, dejando a su dueño
pobre? ¿A quién, sino para él, halló cerradas las
puertas la murmuración, o quién supo tan bien hacer huir la
malicia?
Si esto es así o si para las
evidentes matemáticas es necesaria prueba de testigos, dígalo el
mejor del mundo, la universidad insigne de Salamanca, donde celebrándolo
allí los mejores ingenios della, les oí a muchos que, como a su
Demóstenes los griegos y a Cicerón los latinos, puede la lengua
castellana tener a Mateo Alemán por príncipe de su elocuencia,
por haberla escrito tan casta y diestramente con tantas elegancias y frasis.
Bien lo sintió ser así un religioso agustino, tan discreto como
docto, que sustentó en aquella universidad, en un acto
público, no haber salido a luz libro profano de mayor provecho y gusto
hasta entonces, que la primera parte deste libro.
Testifica esta verdad el valenciano que,
negando su nombre, se fingió Mateo Luján, por asimilarse a Mateo
Alemán. Y aunque lo pudo hacer en el nombre y patria, en las obras no le
fue posible, sin que se descubriese su malicia y haberlo hecho movido de
codicia del interés que se le pudo seguir: no sería poco, pues en
el mismo año que salió lo compré yo en Flandes impreso en
Castilla, creyendo ser ligítimo, hasta que, a poco leído,
mostró las orejas fuera del pellejo y fue conocido.
Dejemos esto y dígase de los que,
admirados de tanta profundidad, lo quisieron ahijar a diferentes padres tan
doctos y supuestos tan graves, que anduvieron buscándole cada uno el de
más vivo ingenio, más docto y de singular elocuencia, de quien
tuvo concepto que pudiera hacer obra tan peregrina y admirable. Que todo arguye
y cambia en mayor gloria de su verdadero autor.
Ya saldrán de su duda cuando hayan
visto su
San Antonio de Padua, que por voto que le hizo
de componer su vida y milagros tardó tanto en sacar esta segunda parte.
Verán cuán milagrosamente trató dellos, y aun se
podía decir de milagro, pues yéndolo imprimiendo y faltando la
materia, supe por cosa cierta que de anteanoche componía lo que se
había de tirar en la jornada siguiente, por tener ocupación
forzosa en que asistir el día necesariamente. Y en aquellas breves horas
de la noche le vieron acudir a lo forzoso de sus negocios, a contar y escoger
papel para dar a los impresores, a componer la materia para ellos y a otras
cosas importantes a su persona y casa, que cualquiera destas ocupaciones
pedían un hombre muy entero. Y lo que desta manera escribió, que
fue todo el tercero libro -no obstante que todo él enteramente es en lo
que más mostró el océano de su ingenio, pues en él
hallarán un riquísimo tesoro de varias historias,
moralizadas y escritas con su elegancia, que es con lo que más puedo
encarecerlo-, es el esmalte que se descubre más en aquella joya, como lo
dicen cuantos della pudieron alcanzar parte.
¿Qué diré, pues,
agora desta segunda de su
Guzmán de Alfarache y tiempo en que la
compuso, que parece imposible, por apartarse de la que antes había
hecho, por habérsela querido contrahacer con la relación que
della tuvieron? Ésta dará testimonio de sí, enfrenando a
los atrevidos que con tanta temeridad se quieren despeñar vanamente. Si
todo lo dicho es verdad; si lo aprueban los doctos, no negándolo el
vulgo; si lo confiesa el mundo, porque halla cada uno lo que su gusto le pide,
que por tan dificultoso lo pinta Horacio; si debajo de nombre profano escribe
tan divino, que puede servir a los malos de freno, a los buenos de espuelas, a
los doctos de estudio, a los que no lo son de entretenimiento y, en general, es
una escuela de fina política, ética y euconómica, gustosa
y clara, para que como tal apetecida la busquen y lean, ¿qué le
doy? ¿Qué hago en esto más de pagarle lo que tan
justamente se le debe?
¡Oh Sevilla dichosa, que puedes
entre tus muchas grandezas y como una de las mayores engrandecerte con tal
hijo, cuyos trabajos y estudios indefesos, igualándose a los más
aventajados de los latinos y griegos, han merecido que las naciones del
universo, celebrando su nombre, con digno lauro le canten debidas alabanzas!
  Al libro et al auctore, fatto da un suo amico
|
|
Sotto una bella et poetica
fintione |
|
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|
con troppo ingegno e arte
fabricata, |
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|
|
non manco degna d'esser
celebrata, |
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|
|
che la
Metamorphosis di Nasone, |
|
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|
la vita scelerata d'un poltrone |
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|
|
vedrai con alto stil fabuleggiata, |
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|
acció che la virtù sia
cercata, |
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|
|
lasciato il vitio, d'ogni mal
cagione. |
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|
|
Proccacia, come accorto
uccelatore, |
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|
|
col battuto e pentito prigioniero |
|
|
|
pigliar ogni cattivo il saggio
auctore, |
|
|
|
le cui lodi cantara volontiero: |
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|
|
ma per lor moltitudine e
splendore, |
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|
|
bisogna che le canti un altro
Homero. |
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|
  Fratris custodii lupi, lusitani, ordinis sanctissimae
trinitatis, de libri utilitate
|
Epigramma
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|
Sunt duo quae pariter virtus perfecta
requirit: |
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|
|
Quod prave nunquam, quod bene semper
agas. |
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|
Haec tibi si cupias ullo ne tempore
desint, |
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|
|
Auctoris geminum perlege, lector,
opus. |
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|
|
Antoni nunquam ponat tua dextera
librum |
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|
Nec tibi Guzmani pagina displiceat. |
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|
Si referas divi mores, infanda
prophani |
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|
Si scelera abiicias, omnia puncta
feres. |
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|
Reddite Matthaeo grato pro munere
grates, |
|
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|
Quo duce conspicuum fit pietatis
iter. |
|
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|
Planius hoc fiet, postquam ex incudibus
auctor |
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|
Sustulerit plenos utilitate libros. |
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|
  Del mismo
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Soneto
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La Vida de Guzmán, mozo perdido, |
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|
por Mateo Alemán historïada, |
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es una voz del cielo al mundo dada |
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que dice: «Huid de ser lo que éste ha
sido.»
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Señal es del peligro conocido |
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adonde fue la nave zozobrada, |
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con que la sirte queda señalada |
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por donde a tantos males ha venido. |
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|
El delicado estilo de su pluma |
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advierte en una vida picaresca |
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|
cuál deba ser la honesta, justa y buena. |
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Esta ficción es una breve suma, |
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|
que, aunque entretenimiento nos parezca, |
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|
de morales consejos está llena. |
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|
  Ad Matthaeum Alemanum de suo
Guzmano
|
tetrad)i/stixon [tetradístichon]
|
Ruy Fernández de Almada
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Vilibus exemplis Pharii quid grandia
caelant? |
|
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|
Planaque cur simulant abditiore
typo? |
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Nempe vetant Sophiae mysteria prodere
vulgo |
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Intimiusque animo pressa figura
manet. |
|
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|
His ducibus, Guzmane, geris, ceu Proteus
alter, |
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|
Plana sub obscuro, magna minore
typo. |
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Ergo cum scite,
Matqai=e [matthaîe],
matqh/mata [mathémata]
dones, |
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Te sibi
ma/taion [mátaion]
Hispalis alma canat. |
|
|
  Ioannis Riberii Lusitani ad auctorem
|
Encomiastichon
|
|
Laus, Matthaee, tibi superest post fata
perennis, |
|
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Quam nullo minuet tempore tempus
edax. |
|
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|
Orbe pererrato virtutem extenderce
factis, |
|
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|
Pactum ingens, opus est Martis et artis
opus. |
|
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|
Fortunam maior variam superare
labore, |
|
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Herculeis maior viribus iste
labor. |
|
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|
Maius opus, maior labor est coluisse
Minervam: |
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|
Maior et ex proprio condere Marte
libros. |
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Heroas decorare solent duo nomina, Mars,
Ars: |
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Munera tu pariter Martis et Artis
habes. |
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Mars dedit invictum, quo tendis ad ardua,
pectus; |
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|
Excoluit mentem docta Minerva
tuam. |
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|
Ingenii monumenta tui super aethera
nota |
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|
Testantur larga praestita dona
manu. |
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Multa Hispana canit Musa; atqui nullus
Ibera |
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Dogmata pinxit adhuc
fe/rteros e)n meqo)dw| [phérteros en
methódo].
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Testis hic est codex modico qui venditur
aere: |
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Attalicas superant, quas dabit emptus,
opes. |
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Cuius ab aspectu morsus compressit
inanes. |
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|
Invidia, heu multis iniuriosa
nimis. |
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|
Zoile, transverso calamo qui vulnera
figis, |
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|
I procul; en contra numina bella
paras?
|
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|
Contra Mercurium, Phoebum contraque
Minervam, |
|
|
|
Mortalis poterit tela movere
manus? |
|
|
|
Quisquis avarus ades, redimis qui sanguine
gemmas, |
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Gemma tibi parvo venditur aere,
veni. |
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Hauris ab effossa pretiosa pericula
terra: |
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Hic liber arcanas fundet et addet
opes. |
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Decolor est dives, fulvo quod pallet in
auro: |
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Non sunt divitiae delitiaeque
simul. |
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At liber hic auri venis qui pulcher
abundat, |
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Nunc tibi delitias divitiasque
dabit. |
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Aureus hic certe gemma est pretiosa
libellus; |
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Quis tenui gemmam respuas aere
datam? |
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  El licenciado Miguel de Cárdenas Calmaestra a
Mateo Alemán
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Soneto
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Que entre las armas del heroico Aquiles |
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templen su lira el griego y mantüano, |
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y entone el verso el cordobés Lucano |
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para las disensiones más civiles; |
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que con sentencias graves y sutiles |
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alumbre al mundo el orador romano, |
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y entre la fértil pluma del toscano, |
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sabia Helicona, tu licor destiles, |
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hazaña es alta y mucha gallardía, |
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aunque los hizo fáciles y prestos |
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la ocasión, los sujetos y la historia. |
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Pero que de la humilde picardía |
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Mateo Alemán levante a todos éstos, |
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ejemplo es digno de immortal memoria. |
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  Libro I
Donde cuenta lo que le sucedió desde que
sirvió a el embajador, su señor, hasta que salió de
Roma
  Capítulo I
Guzmán de Alfarache disculpa el proceso de su
discurso, pide atención y da noticia de su intento
Comido y reposado has en la venta.
Levántate, amigo, si en esta jornada gustas de que te sirva yendo en tu
compañía; que, aunque nos queda otra para cuyo dichoso fin voy
caminando por estos pedregales y malezas, bien creo que se te hará
fácil el viaje con la cierta promesa de llevarte a tu deseo. Perdona mi
proceder atrevido, no juzgues a descomedimiento tratarte desta manera, falto de
aquel respeto debido a quien eres. Considera que lo que digo no es para ti,
antes para que lo reprehendas a otros que como yo lo habrán
menester.
Hablando voy a ciegas y dirásme
muy bien que estoy muy cerca de hablar a tontas, pues arronjo la piedra sin
saber adónde podrá dar, y diréte a esto lo que
decía un loco que arronjaba cantos. Cuando alguno tiraba, daba voces
diciendo: «¡Guarda, hao!, ¡guarda, hao!, todos me la deben,
dé donde diere.» Aunque también te digo que como tengo las
hechas tengo sospechas. A mí me parece que son todos los
hombres como yo, flacos, fáciles, con pasiones naturales y aun
estrañas. Que con mal sería, si todos los costales fuesen tales.
Mas como soy malo, nada juzgo por bueno: tal es mi desventura y de
semejantes.
Convierto las violetas en
ponzoña, pongo en la nieve manchas, maltrato y sobajo con el pensamiento
la fresca rosa. Bien me hubiera sido en alguna manera no pasar con este mi
discurso adelante, pues demás que tuviera escusado el serte molesto, no
me fuera necesario pedirte perdón, para ganarte la boca y conseguir lo
que más aquí pretendo; que aún muchos y quizá todos
los que comieron la manzana lo juzgarán por impertinente y superfluo;
empero no es posible. Porque, aunque tan malo cual tienes de mí formada
idea, no puedo persuadirme que sea cierta, pues ninguno se juzga como lo
juzgan. Yo pienso de mí lo que tú de ti. Cada uno estima su trato
por el mejor, su vida por la más corregida, su causa por justa, su honra
por la mayor y sus eleciones por más bien acertadas.
Hice mi cuenta con el almohada,
pareciéndome, como es verdad, que siempre la prudente
consideración engendra dichosos acaecimientos; y de acelerarse las cosas
nacieron sucesos infelices y varios, de que vino a resultar el triste
arrepentimiento. Porque dado un inconveniente, se siguen dél infinitos.
Así, para que los fines no se yerren, como casi siempre sucede, conviene
hacer fiel examen de los principios, que hallados y elegidos, está hecha
la mitad principal de la obra y dan de sí un resplandor que nos descubre
de muy lejos con indicios naturales lo por venir. Y aunque de suyo son en
sustancia pequeños, en virtud son muy grandes y
están dispuestos a mucho, por lo cual se deben dificultar cuando se
intentan, procurando todo buen consejo. Mas ya resueltos una vez, por acto de
prudencia se juzga el seguirlos con osadía, y tanto mayor, cuanto fuere
más noble lo que se pretende con ellos.
Y es imperfección y aun liviandad
notable comenzar las cosas para no fenecerlas, en especial si no las impiden
súbitos y más graves casos, pues en su fin consiste nuestra
gloria. La mía ya te dije que sólo era de tu aprovechamiento, de
tal manera que puedas con gusto y seguridad pasar por el peligroso golfo del
mar que navegas. Yo aquí recibo los palos y tú los consejos en
ellos. Mía es la hambre y para ti la industria como no la padezcas. Yo
sufro las afrentas de que nacen tus honras.
Y pues has oído decir que aquese
te hizo rico, que te hizo el pico, haz por imitar a el discreto yerno que sabe
con blandura granjear del duro suegro que le pague la casa, le dé mesa y
cama, dineros y esposa con quien se regale, abuelos que como esclavos y
truhanes críen, sirvan y entretengan a sus hijos. Ya tengo los pies en
la barca, no puedo volver atrás. Echada está la suerte, prometido
tengo y -como deuda- debo cumplirte la promesa en seguir lo comenzado.
El sujeto es humilde y bajo. El
principio fue pequeño; lo que pienso tratar, si como buey lo rumias,
volviéndolo a pasar del estómago a la boca, podría ser
importante, grave y grande. Haré lo que pudiere, satisfaciendo al deseo.
Que hubiera servido de poco alborotar tu sosiego habiéndote dicho parte
de mi vida, dejando lo restante della.
Muchos creo que dirán o ya lo han
dicho: «Más valiera que ni Dios te la diera ni así nos la
contaras, porque siendo notablemente mala y distraída, fuera para ti
mejor callarla y para los otros no saberla.» Lejos vas de la verdad, no
aciertas con la razón en lo que dices ni creo ser sano el fin que te
mueve; antes me causa sospecha que, como te tocan en el aj y aun con
sólo el amagarte, sin que te lleguen te lastiman. Que no
hay cuando a el disciplinante le duela y sienta más la llaga que se hizo
él proprio, que cuando se la curan otros.
O te digo verdades o mentiras. Mentiras
no (y a Dios pluguiera que lo fueran, que yo conozco de tu inclinación
que holgaras de oírlas y aun hicieras espuma con el freno); digo
verdades y hácensete amargas. Pícaste dellas, porque te pican. Si
te sintieras con salud y a tu vecino enfermo, si diera el rayo en cas de Ana
Díaz, mejor lo llevaras, todo fuera sabroso y yo de ti muy bien
recebido. Mas para que no te me deslices como anguilla, yo buscaré hojas
de higuera contra tus bachillerías. No te me saldrás por esta vez
de entre las manos.
Digo -si quieres oírlo- que
aquesta confesión general que hago, este alarde público que de
mis cosas te represento, no es para que me imites a mí; antes para que,
sabidas, corrijas las tuyas en ti. Si me ves caído por mal reglado, haz
de manera que aborrezcas lo que me derribó, no pongas el pie donde me
viste resbalar y sírvate de aviso el trompezón que di. Que hombre
mortal eres como yo y por ventura no más fuerte ni de mayor maña.
Da vuelta por ti, recorre a espacio y con cuidado la casa de tu alma, mira si
tienes hechos muladares asquerosos en lo mejor della y no espulgues ni murmures
que en casa de tu vecino estaba una pluma de pájaro a la subida de la
escalera.
Ya dirás que te predico y que
cuál es el necio que se cura con médico enfermo. Pues quien para
sí no alcanza la salud, menos la podrá dar a los otros.
¿Qué condito cordial puede haber en el colmillo de la
víbora o en la puntura del alacrán? ¿Qué nos
podrá decir un malo, que no sea malo?
No te niego que lo soy; mas
aconteceráme contigo lo que al diestro trinchante a la mesa de su amo,
que corta curiosa y diligentemente la pechuga, el alón, la cadera o la
pierna del ave y, guardando respeto a las calidades de los convidados a quien
sirve, a todos hace plato, a todos procura contentar: todos comen, todos quedan
satisfechos, y él solo sale cansado y hambriento.
A mi costa y con trabajos proprios
descubro los peligros y sirtes para que no embistas y te despedaces ni encalles
adonde te falte remedio a la salida. No es el rejalgar tan sin provecho, que
deje de hacerlo en algo. Dineros vale y en la tienda se vende. Si es malo para
comido, aplicado será bueno. Y pues con él empozoñan
sabandijas dañosas, porque son perjudiciales, atriaca sería mi
ejemplo para la república, sí se atoxigasen estos animalazos
fieros, aunque caseros y al parecer domésticos, que aqueso es lo peor
que tienen, pues figurándosenos humanos y compasivos, nos fiamos dellos.
Fingen que lloran de nuestras miserias y despedazan cruelmente nuestras carnes
con tiranías, injusticias y fuerzas.
¡Oh si valiese algo para poder
consumir otro género de fieras! Éstos que lomienhiestos y
descansados andan ventoleros, desempedrando calles, trajinando el
mundo, vagabundos, de tierra en tierras, de barrio en barrios, de casa en
casas, hechos espumaollas, no siendo en parte alguna de algún provecho
ni sirviendo de más que -como los arrieros en la alhóndiga de
Sevilla- de meter carga para sacar carga, llevando y trayendo mentiras,
aportando nuevas, parlando chismes, levantando testimonios, poniendo
disensiones, quitando las honras, infamando buenos, persiguiendo justos,
robando haciendas, matando y martirizando inocentes. ¡Hermosamente
parecieran, si todos perecieran! Que no tiene Bruselas tapicería tan
fina, que tanto adorne ni tan bien parezca en la casa del príncipe, como
la que cuelgan los verdugos por los caminos.
Premios y penas conviene que haya. Si
todos fueran justos, las leyes fueran impertinentes; y si sabios, quedaran por
locos los escritores. Para el enfermo se hizo la medicina, las honras para los
buenos y la horca para los malos. Y aunque conozco ser el vicio tan poderoso,
por nacer de un deseo de libertad, sin reconocimiento de superior humano ni
divino, ¿qué temo, si mis trabajos escritos y desventuras
padecidas tendrán alguna fuerza para enfrenar las tuyas, produciendo el
fruto que deseo? Pues viene a ser vano y sin provecho el trabajo que se toma
por algún respeto, si no se consigue lo que con él se
pretende.
Mas como ni el retórico siempre
persuade ni el médico sana ni el marinero aporta en salvamento,
habréme de consolar con ellos, cumplidas mis obligaciones,
dándote buenos consejos y sirviéndote de luz, como
el pedreñal herido, que la sacan dél para encenderla en otra
parte, quedándose sin ella. De la misma forma el malo pierde la vida,
recibe castigos, padece afrentas, dejando a los que lo ven ejemplo en
ellas.
Quiero volverme a el camino, que se me
representa en este lugar lo que a los labradores y aun a los muy labrados
cortesanos, cuando pasan por la Ropería, si acaso alzan los ojos a
mirar, que luego se arriman a ellos. Unos les tiran y otros estiran,
allí los llevan y acullá los llaman y no saben con cuáles
ir seguramente. Porque, pareciéndoles que todos engañan y
mienten, de ninguno se fían y andan muy cuerdos en ello. Yo sé
muy bien el porqué y lo que venden lo dice a voces. Ahora bien,
démosles lado, dejémoslos pasar, siquiera por las amistades que
un tiempo me hicieron en comprarme prendas que nunca compré,
dándome dineros a buena cuenta de lo que les había de vender y
enseñándome a hacer de la noche a la mañana ropillas de
capas, vendiendo los retazos para echar soletas.
O lo que suele suceder a el descuidado
caminante que, sin saber el camino, salió sin preguntarlo en la posada
y, cuando tiene andada media legua, suele hallarse a el pie de una cruz, que
divide tres o cuatro sendas a diferentes partes; y, empinándose sobre
los estribos, torciendo el cuerpo, vuelve la cabeza, mirando quién le
podrá decir por dónde ha de caminar; mas, no viendo a quien lo
adiestre, hace consideración cosmógrafa, eligiendo a poco
más o menos la que le parece ir más derecha hacia la parte donde
camina.
Veo presentes tantos y tan varios
gustos, estirando de mí todos, queriéndome llevar a
su tienda cada uno y sabe Dios por qué y para qué lo hace. Pide
aquéste dulce, aquél acedo, uno hace freír las aceitunas,
otro no quiere sal ni aun en el huevo. Y habiendo quien guste de comer los pies
de la perdiz tostados a el humo de la vela, no falta quien dice que no
crió Dios legumbre como el rábano.
Así lo vimos en cierto ministro
papelista, largo en palabras y corto de verdades, avariento por excelencia. El
cual, como se mudase de una posada en otra, después de llevada la ropa y
trastos de casa, se quedó solo en ella, rebuscándola y quitando
los clavos de las paredes. Acertó a entrar en la cocina, donde
halló en el ala de la chimenea cuatro rábanos añejos, que
como tales los dejaron perdidos y sin provecho. Juntólos y atólos
y con mucho cuidado los llevó a su mujer, y con cara de herrero le dijo:
«Así se debe de ganar la hacienda, pues así se deja perder.
Como no lo trujistes en dote, de todo se os da nada. ¿Veis esta
perdición? Guardá esos rábanos, que dinero costaron, y
volvedlos a echar a mal, perdida, que yo lo soy harto más en consentir
que por junto se traiga un manojo a casa.» La mujer los guardó y
aquella noche, por no tenerla negra con pendencia, los hizo servir a la mesa. Y
comiéndolos el marido, dijo: «Ahora, por Dios, hermana, que sobre
todos los gustos tiene lugar principal el de los rábanos añejos,
que cuanto más lacios, mejor saben. Si no, probad uno
déstos.» Y haciéndole fuerza, la obligó a comerlo,
contra toda su voluntad y con asco.
Gentes hay que no se contentan con loar
aquello que dicen aplacerles, ya sea por lo que fuere, sino que quieren que los
otros lo hagan y que a su pesar sepa bien y se lo alaben y juntamente con esto
que vituperen el gusto ajeno, sin considerar que son los gustos varios, como
las condiciones y rostros, que si por maravilla se hallaren dos que se
parezcan, es imposible hallarlos en todo iguales.
Así habré de hacer
aquí lo que me aconteció en una comedia, donde por ser de los
primeros, vine a ser de los delanteros y, como tras de mí hubiese otros
no tan bien dispuestos, me decían que me hiciese a un lado y, en
meneándome un poco, se quejaban otros a quien hacía
también estorbo. Los unos y los otros me ponían a su modo, porque
todos querían ver, de manera que, no sabiendo cómo acomodarme
acomodándolos, hice orejas de mercader; púseme de pie derecho y
cada uno alcanzase como mejor pudiese.
Querrían el melancólico,
el sanguino, el colérico, el flemático, el compuesto, el
desgarrado, el retórico, el filósofo, el religioso, el perdido,
el cortesano, el rústico, el bárbaro, el discreto y aun la
señora Doña Calabaza que para sola ella escribiese a lo fruncido
y que con sólo su pensamiento y a su estilo me acomodase. No es posible;
y seráme necesario, demás de hacer para cada uno su diferente
libro, haber vivido tantas vidas cuantos hay diferentes pareceres. Una sola he
vivido y la que me achacan es testimonio que me levantan.
La verdadera mía iré
prosiguiendo, aunque más me vayan persiguiendo. Y no faltará otro
Gil para la tercera parte, que me arguya como en la segunda de lo que nunca
hice, dije ni pensé. Lo que le suplico es que no tome tema ni tanta
cólera comigo que me ahorque por su gusto, que ni estoy en tiempo
dello ni me conviene. Déjeme vivir, pues Dios ha sido
servido de darme vida en que me corrija y tiempo para la emmienda.
Servirán aquí mis penas para escusarte dellas,
informándote para que sepas encadenar lo pasado y presente con lo
venidero de la tercera parte y que, hecho de todo un trabado contexto, quedes
cual debes, instruido en las veras.
Que sólo éste ha sido el
blanco de mi puntería y descubro el de mi pensamiento a los que se
sirvieren de excusarme del trabajo. Empero sea de manera que se puedan gloriar
del suyo, que tengo por indecente negar un autor su nombre, apadrinando sus
obras con el ajeno. Que será obligarme escrebir otro tanto, para no ser
tenido por tonto cargándome descuidos ajenos. Esto se quede, porque no
parezca dicho con cuidado ni más de por haber venido a
propósito.
Mas volviendo a el nuestro, digo que
cada uno haga su plato y pasto de lo que le sirviéremos en esta mesa,
dejando para otros lo que no le supiere bien o no abrazare su estómago.
Y no quieran todos que sea este libro como los banquetes de Heliogábalo,
que se hacía servir de muchos y varios manjares; empero todos de un solo
pasto, ya fuesen pavos, pollos, faisanes, jabalí, peces, leche, yerbas o
conservas. Una sola vianda era; empero, como el manna, diferenciada en gustos.
Aunque los del manna eran los que cada uno quería y esotros los que les
daba el cocinero, conforme a la torpe gula de su amo.
Con la variedad se adorna la naturaleza.
Eso hermosea los campos, estar aquí los montes, allí
los valles, acullá los arroyos y fuentes de las aguas. No sean tan
avarientos, que lo quieran todo para sí. Que yo he visto en casa de mis
amos dar libreas y a el paje pequeño tan contento con la suya, en que no
entró tanta seda, como el grande que la hubo menester doblada por ser de
más cuerpo.
Determinado estoy de seguir la senda que
me pareciere atinar mejor a el puerto de mi deseo y lugar adonde voy caminando.
Y tú, discreto huésped que me aguardas, pues tienes tan clara
noticia de las miserias que padece quien como yo va peregrinando, no te
desdeñes cuando en tu patria me vieres y a tu puerta llegare
desfavorecido, en hacerme aquel tratamiento que a tu proprio valor debes. Pues
a ti sólo busco y por ti hago este viaje; no para hacerte cargo
dél ni con ánimo de obligarte a más de una buena voluntad,
que naturalmente debes a quien te la ofrece. Y si de ti la recibiere,
quedaré con satisfación pagado y deudor, para rendirte por ella
infinitas gracias.
Mas el que por oírmelas
está deseoso de verme, mire no le acontezca lo que a los más que
curiosos que se ponen a escuchar lo que se habla dellos, que siempre oyen mal.
Porque con oro fino se cubre la píldora y a veces le causará risa
lo que le debiera hacer verter lágrimas. Demás que, si quisiere
advertir la vida que paso y lugar adonde quedo, conocerá su
demasía y daráme a conocer su poco talento. Póngase
primero a considerar mi plaza, la suma miseria donde mi desconcierto me ha
traído; represéntese otro yo y luego discurra qué
pasatiempo se podrá tomar con el que siempre lo pasa -preso y
aherrojado- con un renegador o renegado cómitre. Salvo si soy para
él como el toro en el coso, que sus garrochadas, heridas y
palos alegran a los que lo miran, y en mí lo tengo por acto
inhumano.
Y si dijeres que hago ascos de mi
proprio trato, que te lo vendo caro haciéndome de rogar o que hago
melindre, pesaráme que lo juzgues a tal. Que, aunque es notoria verdad
haber servido siempre a el embajador, mi señor, de su gracioso, entonces
pude, aunque no supe, y, aunque agora supiese, no puedo, porque tienen mucha
costa y no todo tiempo es uno. Mas, para que no ignores lo que digo y sepas
cuáles eran mis gracias entonces y lo que agora sería necesario
para ellas, oye con atención el capítulo siguiente.
  Capítulo II
Guzmán de Alfarache cuenta el oficio de que
servía en casa del embajador, su señor
Del mucho poder y poca virtud en los
hombres nace no premiar tanto servicios buenos y trabajos personales de sus
fieles criados, cuanto palabras dulces de lenguas vanas, por parecerles que lo
primero se les debe por lo que pueden, y así no lo agradecen, y de lo
segundo se les hace gracia, porque no lo tienen y compran sus faltas a peso de
dineros. Es mucho de sentir que les parezca que contradice la virtud a su
nobleza y, sintiendo mal della, no la tratan. Y también porque como se
haya de conseguir por medios ásperos, contrarios a su sensualidad, y con
su mucho poder, nunca se les apartan del oído y lados lisonjeros,
viciosos y aduladores.
Aquella es la leche que mamaron,
paños en que los envolvieron. Hiciéronlo su centro natural con el
uso, y con el mal abuso se quedaron. De aquí nacen los gastos
demasiados, las prodigalidades, las vanas magnificencias, que sobre tabla se
pagan muy presto de contado, con suspiros y lágrimas: el dar antes a un
truhán el mejor de sus vestidos, que a un virtuoso el
sombrero desechado. Y porque también es dádiva recíproca,
trueco y cambio que corre, visten ellos el cuerpo a los que revisten el suyo de
vanidad. Favorecen con regalos a los que los halagan con halagos de palabras
tiernas y suaves, de buen sonido y consonancia. Compran con precio su gusto,
por lo cual corre su alabanza justamente de la boca de semejantes, dejando
abierta la puerta por su descuido, para que los buenos publiquen sus
demasías, que real y verdaderamente se debiera tener por vituperio.
No quiero con esto decir que carezcan
los príncipes de pasatiempos. Conveniente cosa es que tengan
entretenimientos; empero que den a cada cosa su lugar. Todo tiene su tiempo y
premio. Necesario es y tanto suele a veces importar un buen chocarrero, como el
mejor consejero. No me pasa por el pensamiento atarles las manos a hacer
mercedes, pues, como tengo dicho, nunca el dinero se goza sino cuando se gasta,
y nunca se gasta cuando bien se dispensa y con prudencia.
¡Ya, ya, por mis pecados, de uno y
otro tengo experiencia! Bien puedo deponer, como aquel que ha traído los
atabales a cuestas, pues el tiempo que serví al embajador, mi
señor, como has oído, yo era su gracioso. Y te prometo que fuera
muy de menor trabajo y menos pesadumbre para mí cualquiera otro
corporal.
Porque para decir gracias, donaires y
chistes, conviene que muchas cosas concurran juntas. Un don de naturaleza, que
se acredite juntamente con el rostro, talle y movimiento de cuerpo y ojos, de
tal manera, que unas prendas favorezcan a otras y cada una por
sí tengan un donaire particular, para que juntas muevan el gusto ajeno.
Porque una misma cosa la dirán dos personas diferentes: una de tal
manera, que te quitarán el calzado y desnudarán la camisa, sin
que con la risa lo sientas; y otra con tal desagrado, que se te hará la
puerta lejos y angosta para salir huyendo y, por más que procuren
éstos esforzarse a darles aquel vivo necesario, no es posible.
Requiérese también
lección continua, para saber cómo y cuándo, qué y
de qué se han de formar. También importa memoria de casos y
conocimiento de personas, para saber casar y acomodar lo que se dijere con
aquello de quien se dijere. Conviene solicitud en inquirir, lo más digno
de vituperar, y más en los más nobles, vidas ajenas.
Porque ni los visajes del rostro, libre
lengua, disposición del cuerpo, alegres ojos, varias medallas de
matachines ni toda la ciencia del mundo será poderosa para mover el
ánimo de un vano, si faltare la salsa de murmuración. Aquel
puntillo de agrio, aquel granito de sal, es quien da gusto, sazón y pone
gracia en lo más desabrido y simple. Porque a lo restante llama el vulgo
retablo, artificio con poco ingenio.
También es de importancia,
oportunidad y tiempo en quien las quiere decir; que, fuera dél y sin
propósito, no hay gracia que lo sea ni siempre se quieren oír ni
se podrán decir. Pídanle al más diestro en ellas que las
diga y, si le cogen al descuido, le dejarán helado.
Aquesto le aconteció a Cisneros,
un famosísimo representante, hablando con Manzanos -que también
lo era y ambos de Toledo, los dos más graciosos que se conocieron en su
tiempo-, que le dijo: «Veis aquí, Manzanos, que todo
el mundo nos estima por los dos hombres más graciosos que hoy se
conocen. Considerad que con esta fama nos manda llamar el Rey, Nuestro
Señor. Entramos vos y yo y, hecho el acatamiento debido, si de turbados
acertáremos con ello, nos pregunta: '¿Sois Manzanos y Cisneros?'
Responderéisle vos que sí, porque yo no tengo de hablar palabra.
Luego nos vuelve a decir: 'Pues decidme gracias.' Agora quiero yo saber
qué le diremos.» Manzanos le respondió: «Pues,
hermano Cisneros, cuando en eso nos veamos, lo que Dios no quiera, no
habrá más que responder sino que no están
fritas.»
Así que no a todos ni de todo ni
siempre podrán decirse ni valdrán un cabello sin
murmuración. Esto sentía yo por excesiva desventura, hallarme
obligado a ser como perro de muestra, venteando flaquezas ajenas. Mas como era
el quinto elemento, sin quien los cuatro no pueden sustentarse y la repugnancia
los conserva, continuamente andaba solícito, buscando lo necesario a el
oficio que ya profesaba, para ir con ello ganando tierra y rindiendo los gustos
a el mío. Que no es la menor ni menos esencial parte captar la
benevolencia, para que celebren con buena gana lo que se dice y hace.
De modo que aquellas prendas que me
negó naturaleza, las había de buscar y conseguir por maña,
tomando ilícitas licencias y usando perjudiciales atrevimientos,
favorecido todo de particular viveza mía, por faltarme letras. Pues
entonces no tenía otras que las de algunas lenguas que
aprendí en casa del cardenal, mi señor, y aun ésas estaban
en agraz, por mis verdes años.
Considerad, pues, agora de todo lo dicho
¿qué puedo aquí tener y qué me falta, sin libertad
y necesitado? En aquellos tiempos, en la primavera de mis floridos años,
todo iba corriente, todo parecía bien y a todo me acomodaba. Por ello y
otras cosas anejas a ello me traían vestido, era el regalado, el de la
privanza, el familiar, el dueño de mi amo y aun de todos los interesados
en ser sus amigos y llegados.
Yo era la puerta principal para entrar
en su gracia, el señor de su voluntad. Yo tenía la llave dorada
de su secreto: habíame vendido su libertad, obligábame a
guardárselo, tanto por esto como por caridad, por ley natural y amor que
le tenía; que siempre conoció de mí gran sufrimiento en
callar. Figúraseme agora que debía de ser entonces como la
malilla en el juego de los naipes, que cada uno la usa cuando y como quiere.
Diferentemente se aprovechaban todos de mí: unos de mis hechos,
por su propio interese, y otros de mis dichos, por su solo gusto;
y sólo mi amo se tiraba comigo en dichos y hechos.
Esto he venido a decir, porque de
mí no se sienta que quiero contravenir a que los príncipes tengan
en sus casas hombres de placer o juglares. Y no sería malo cuando los
tuviesen tanto para su entretenimiento, cuanto para recoger por aquel arcaduz
algunas cosas, que no les entraría bien por otro. Y éstos,
acontecen ocasiones en que suelen valer mucho, advirtiendo, aconsejando,
revelando cosas graves en son de chocarrerías, que no se atrevieran
cuerdos a decirlas con veras.
Graciosos hay discretos, que dicen
sentencias y dan pareceres que no se humillaran sus amos a pedirlos a otros de
sus criados, aunque les importaran mucho y fueran ellos grandísimos
estadistas para poderles aconsejar; ni lo consintieran dellos, por no
confesarse ignorantes a sus inferiores o que saben menos que ellos; que aun
hasta en esto quieren ser dioses. Y estos criados tales eran los papagayos que
deseaba tener Júpiter enjaulados. Que no es de agora el daño ni
nació ayer despreciar los consejos de los tales los poderosos.
Tanta es en ellos la ambición,
que quieren agregar a sí todas las cosas, haciéndose
dueños y señores absolutos de lo espiritual y temporal, de malo y
bueno, sin que alguno en algo se les aventaje. De tal manera, que les parece
que con solo su aliento dan a los otros gracia, y, no haciendo algo, quieren
ser alabados de que por ellos tienen vida, honra, hacienda y aun entendimiento,
que es la última blasfemia donde puede llegar su locura en
este caso.
Y hay otro grave daño y es que
quieren que, como en capilla de milagros, colguemos en su vanidad los despojos
de nuestros males. Que si andamos, les ofrezcamos las muletas de cuando
estuvimos agravados y tullidos con pobreza; si escapamos de trabajos, les vamos
a sacrificar la mortaja que la fortuna nos tenía cortada, cirios y
figuras de cera, declarando ser el milagro suyo, y colguemos en su templo las
cadenas con que salimos a puerto del cativerio de nuestras miserias.
No fuera esto tan culpable si
sólo aconteciera lo dicho en casos virtuosos, pues el agradecimiento es
debido a todo beneficio, y manifiéstase tenerlo cuando, dando a Dios las
gracias dello, se publica también la virtud en el que la obra, pues
pusieron su industria, ocuparon su persona, gastaron el favor, aprovecharon la
ocasión, ganaron el tiempo y gastaron su dinero.
Mas aun en torpezas y vicios quieren
también exceder y ser solos ellos, como se vio en cierto titulado, tan
amigo de mentir a todo ruedo, sin que alguno se le aventajase, que, diciendo en
una conversación haber muerto un ciervo con tantas puntas, que realmente
se le conoció ser mentira, le salió a el paso con mucho donaire
otro caballero anciano, deudo suyo, y dijo: «No se maraville Vuestra
Señoría deso, que pocos días ha que yo maté otro en
ese monte mismo, que tenía dos puntas más.» El señor
se santiguaba, diciéndole: «No es posible.» Y como enojado
contra el caballero, le dijo: «No me diga Vuestra Merced eso, que no es
cosa jamás vista ni lo quiero creer, si el creer es
cortesía.» El caballero, con un conocido atrevimiento, fiado en su
ancianidad y parentesco, descompuesta la voz, dijo: «Pese a tal,
señor N., conténtese Vuestra Señoría con tener
sesenta cuentos de renta más que yo, sin también querer
mentir más que yo. Déjeme con mi pobreza mentir como
quisiere, pues no lo pido a nadie ni le defraudo su honra ni
hacienda.»
Otros graciosos hay, naturalmente
ignorantes o simples, por cuya boca muchas veces acontece hablarse cosas
misteriosas y dignas de consideración, que parece permitir Dios que las
digan y que con ello también a lo que conviene callen, las cuales, aun
siendo desta calidad, tienen mucho donaire diciéndolas.
Esto aconteció en un simple de su
nacimiento, de quien gustaba mucho un príncipe poderosísimo, que,
como con secretas causas hubiese depuesto a un grave ministro suyo y, viendo
entrar a este simple, le preguntase lo que había de nuevo por la Corte,
respondió: «Que habéis hecho muy mal en despedir a N. y que
ha sido contra toda razón y justicia.» Parecióle a el
príncipe -por tener su causa justificada- que aquélla hubiera
sido simpleza de su boca y díjole: «Aqueso tú lo dices, que
debía de ser tu amigo; que no porque lo hayas oído decir a
ninguno.» El simple le respondió: «¡Mi amigo! Par Dios
que mentís; que más mi amigo sois vos. Yo no digo nada, que por
ahí lo dicen todos.» Pesóle a el príncipe que
hubiese quien fiscalease sus obras ni examinase su pecho, y por saber si
trataba dello alguna gente de sustancia le replicó: «Pues dices
que lo dicen tantos y que eres mi amigo, dime de uno a quien lo has
oído.» El simple se reparó un poco y, cuando pensaba el
príncipe que recorría la memoria para señalarle persona,
le respondió con descompuesta ira: «La Santísima Trinidad
me lo dijo: ved a cuál de las tres personas queréis prender y
castigar.» Al príncipe le pareció negocio del cielo y no
volvió a tratar más dello.
Hay otro género de graciosos, que
sólo sirven de danzar, tañer, cantar, murmurar, blasfemar,
acuchillar, mentir y ser glotones; buenos bebedores y malos vividores, cada uno
por su camino y alguno por todos. Y de tal manera gustan dellos, que les
darán favor para todo, siendo gravísimo pecado. A éstos y
por esto les dan joyas de precio, ricos vestidos y puños de
doblones, lo que no hicieran a un sabio virtuoso y honrado, que tratara del
gobierno de sus estados y personas, ilustrando sus nombres y magnificando su
casa con glorioso nombre.
Antes, cuando acontece que los tales
acuden a ellos con casos de importancia, los menosprecian, deshaciendo sus
avisos. Pues ya sus gobernadores, letrados de su casa, deseosos de
ambición, que ciegos de pasión, si han de dar su parecer, aunque
saben que aquello conviene, lo contradicen porque parezca que algo hacen y
porque les pesa que otro se adelante con lo que pudieran ellos ganar gracias.
Así no son admitidos, por no haber salido el trunfo de su mano y porque
no diga el otro: «Yo se lo dije.» Con esto se quedan muchas cosas
faltas de remedio. Y si son casos tales, que puede seguírseles dello
interese notorio, dicen al dueño, con sequedad notable, por no dar paga
ni gracias del beneficio: «Ya sabíamos acá eso y tiene mil
inconvenientes.» Pues ¡maldito sea otro que tiene más de no
haber dado ellos primero en ello! Y con el viento de su vanidad y violencia de
su codicia lo despiden.
Hacen primero como los boticarios, que
destilan o majan la yerba y, en sacando la sustancia, dan con ella en el
muladar. Entéranse primero del negocio como pueden y, dando de mano a el
verdadero autor, después lo disponen de modo que lo ponen de lodo y,
vendiéndolo por suyo, sacan previlegio dello. Son como las vasijas de
vientre grande y boca estrecha. Entienden las cosas mal, hinchen el
estómago de cuanto les dicen; pero, aunque más les digan y
más les den y estén llenos, como no lo supieron entender, tampoco
se dan a entender.
Desta manera se pierden los negocios,
porque no pudo éste quedar tan enterado en lo que le trataron, como el
propio que se desveló muchas noches, acudiendo a las objeciones de
contra y favoreciendo las de pro. ¡Buen provecho les haga!
En eso me la ganen, que no les arriendo la ganancia.
Mi amo holgaba de oírme,
más que por oírme. Y como buen jardinero, recogía las
flores que le parecían convenientes para el ramillete que deseaba
componer y dejaba lo restante para su entretenimiento. Conversaba comigo de
secreto lo que decían otros en público. Y no sólo comigo;
antes, como deseaba saber y acertar, solicitaba las habilidades de hombres de
ingenio, favorecíalos y honrábalos, y si eran menesterosos,
dábales lo que buenamente podía y vía que les faltaba por
un modo discreto, sin que pareciese limosna, dejándolos contentos,
pagados y agradecidos.
Acostumbraba de ordinario sentar dos o
tres déstos a su mesa, donde se proponían cuestiones graves,
políticas y del Estado, principalmente aquellas que mayor cuidado le
daban. Desta manera, sin descubrirse, recebía pareceres y desfrutaba lo
más esencial dellos. Lo mismo hacía con oficiales y gente
ciudadana honrada, que, sustentándoles amistad, sabía dellos los
agravios que recebían, el reparo que podían tener, de qué
ánimo estaban; y después, con su buen juicio disponía
según le convenía y en pocos casos erraba.
Era muy discreto, compuesto, virtuoso,
gentil estudiante y amigo de tales. Tenía las calidades que pide
semejante plaza. Mas en medio della, en lo mejor de todo estaba sembrado y
nacido un «pero». Manzana fue nuestra general ruina y pero la
perdición de cada particular.
Era enamorado. Que no hay carne tan
sana, donde no haya corrupción y se hallen miserias y enfermedades. La
suya era querer bien y aun con exceso. Y en materia semejante cada uno juzga
como le parece. Aunque muchos políticos dijeron que no se podía
dar hombre cumplidamente perfeto sin haber sido enamorado, según lo
sintió un gracioso labrador, pregonero en su pueblo. El
cual, habiéndose pregonado muchas veces un jumento que a otro labrador
se le había perdido, como no pareciese -porque lo debieron de hurtar
gitanos, que si es necesario para desparecerlos y que no los conozcan, los
tiñen verdes- y el dueño le pidiese con mucho encarecimiento que
lo volviese a pregonar el domingo después de misa mayor, y que, si
pareciese, le daría un ceboncillo que tenía, el traidor
pregonero, movido de la codicia, lo hizo según se lo pidió; y
estando todo el pueblo junto |