publicidad

 

Página principal
    Guzmán de Alfarache. Segunda parte
     Mateo Alemán
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente


ArribaAbajo

Capítulo VI

Sale bien con el hurto Guzmán de Alfarache, dale a Aguilera lo que le toca y vase a Génova con su criado Sayavedra


La esperanza, como efectivamente no dice posesión alguna, siempre trae los ánimos inquietos y atribulados con temor de alcanzar lo que se desea. Sola ella es el consuelo de los afligidos y puerto donde se ferran, porque resulta della una sombra de seguridad, con que se favorecen los trabajos de la tardanza. Y como con la segura y cierta se dilatan los corazones, teniendo firmeza en lo por venir, así no hay pena que más atormente que si se ve perdida, y muy poquito menos cuando se tarda.

Cuántos y cuán varios pensamientos debieron de tener mis dos encomendados en este breve tiempo, que como ni les di más luz y los dejé con la miel en la boca, debieron de vacilar y dar con la imaginación más trazas que tiene un mapa, unos por una parte y otros por otra. ¡Cuáles andarían y con qué cuidado, deseando los fines prometidos, que no se les debieron de hacer poco dudosos!

Ya, cuando vieron amanecer el sol del día dellos tan deseado y de mí no menos, y Aguilera me trujo el libro borrador que le pedí, busqué una hoja de atrás, donde hubiese memorias de ocho días antes, y en un blanco que hallé bien acomodado puse lo siguiente: «Dejóme a guardar don Juan Osorio tres mil escudos de oro en oro, los diez de a diez y los más de a dos y de a cuatro. Más me dejó dos mil reales, en reales.» Luego pasé unas rayas por cima de lo escrito y a la margen escrebí de otra letra diferente: «Llevólos, llevólos.» Con esto cerramos nuestro libro y díselo.

Mas le di diez doblones de a diez y díjele que, abriendo el escritorio, sacase ciento del gato y metiese aquéllos en su lugar. Dile más dos bervetes, uno en que decía: «Estos tres mil escudos en oro son de don Juan Osorio»; y el otro: «Aquí están dos mil reales de don Juan Osorio, su dueño.» Advertíle que si dentro del gato hubiese algún otro bervete, lo sacase y dejase sólo el mío, y el de los dos mil reales lo metiese dentro de un talego, en que me dijo haber otros diez y siete mil, poco más o menos, que no sabía lo justo, porque cada día se iban echando dineros en él, y que advertiese que aqueste de la plata estaba en un arcón de junto a el escritorio y tenía por señas el talego una grande mancha de tinta junto a la boca.

Con esto se fue Aguilera, llevando de orden que aquella noche sin falta lo dejase puesto cada cosa en su lugar, según se lo había dicho. El siguiente día, después de comer, me fui a la tienda del mercader muy disimulado, mi criado detrás, nuestro paso a paso. Cuando allá llegamos y él me vio, se alegró mucho, creyendo que ya le llevaba lo que le vine a pedir.

Conformidad teníamos ambos en engañar; mas eran muy diferentes de las mías las trazas que él debía de tener pensadas. Cuando nos hubimos ya saludado, le dije:

-Aqueste criado vendrá por la mañana con un talego y un papel mío. Mande Vuestra Merced que se le dé todo buen despacho.

El hombre, como debía de ir más caballero en su malicia que receloso de la mía, creyó que le decía que por la mañana le llevarían el dinero y díjome:

-Todo se hará como Vuestra Merced lo manda.

Fuime la puerta fuera y, a menos de veinte pasos andados, di la vuelta y díjele:

-Después que de aquí salí, se me ha ofrecido a el pensamiento que importa llevar luego ese dinero para cierto efeto. Mándemelo dar Vuestra Merced.

El hombre se alteró y dijo:

-¿Qué dinero es el que Vuestra Merced manda que dé?

Y díjele:

-Todo, señor, todo; porque todo lo he menester.

Él entonces dijo:

-¿Cuál todo tengo de dar?

Volvíle a decir:

-El oro y la plata.

-¿Qué oro y plata? -me respondió.

Y respondíle:

-La plata y oro que Vuestra Merced acá tiene mío.

-¿Yo de Vuestra Merced oro ni plata? -me dijo-. Ni tengo plata ni oro ni sé lo que se dice.

-¿Cómo no sé lo que me digo? -le respondí alborotado-. ¡Bueno es eso, por mi vida!

-¡Mejor es esotro -dijo él-, pedirme lo que no me dio ni tengo suyo!

-¡Mire Vuestra Merced lo que dice! -le volví a decir-, que para burlas bastan, y son éstas muy pesadas para quien le falta gusto.

-¡Eso está bueno! -me dijo-. Las de Vuestra Merced lo son. Váyase enhorabuena, suplícole.

-¿Que me vaya dice? Antes no deseo ya otra cosa. Mándeme dar Vuestra Merced aquese dinero.

-¿Cuál dinero tengo yo de Vuestra Merced que me pide, para que se lo dé?

-Pídole -dije- los escudos y reales que le dejé a guardar el día pasado.

-Vuestra Merced -me respondió- nunca me dejó escudos ni reales ni tal tengo suyo.

Y díjele:

-Pues acaba en este momento de confesarme delante de todos estos caballeros, cuando le dije que vendría mañana mi criado por ellos, que se los daría, ¿y agora que vuelvo yo, me los niega en un momento?

-Yo no niego a Vuestra Merced nada -me dijo-, porque no tengo recebido algo que poder volver.

-Yo le truje a Vuestra Merced habrá ocho días mi hacienda -le dije- y se la di que me la guardase y la tiene recebida. Mándemela luego dar, porque no es mi voluntad tenerla más un momento en su poder.

-En mi poder no tengo un cuatrín ajeno; váyase con Dios, no sea el diablo que nos engañe a todos.

-A mí fue a quien ya engañó, en darle a Vuestra Merced mi hacienda.

Y con una cólera encendida, que parecía echar fuego por todo el rostro, dije:

-¿Qué quiere decir, no darme mi dinero? Aquí me lo ha de dar luego de contado, sin faltar un cuatrín, o mire cómo ha de ser.

Mostróse tan turbado y temeroso viéndome tan colérico y resuelto, que no supo qué responder. Y como sonriéndose, haciendo burla de mis palabras, decía que me fuese con Dios o con la maldición, que ni me conocía ni sabía quién era ni cómo me llamaba ni qué le pedía.

-¿Agora no me conoce ni sabe quién soy, para levantarse con mi hacienda? Pues aún tiene justicia Milán, que me hará pagar en breve tres pies a la francesa.

El hombre más negaba, diciendo andar yo errado, que podría ser haberlo dado a guardar en otra parte, porque ni tenía dinero mío ni me lo debía, no obstante ser verdad que yo le dije que se lo quise dar a guardar; empero que no había vuelto con él, que me fuese a quejar a la justicia enhorabuena y, si algo me debiese, que llano estaba para pagármelo.

Con esta resolución largué los pliegues a la boca, lanzando por ella espuma, y a grandes gritos dije:

-¡Oh, traidor, falso! ¡Justicia del cielo y de la tierra venga sobre ti, mal hombre! Así me quieres quitar mi hacienda delante de los ojos, dejándome perdido. La vida me has de dar o mi dinero. Vengan aquí luego mis tres mil escudos, digo. No ha de aprovecharos el negarlos, que os los tengo de sacar del alma o me los habéis de poner en tabla, en oro y plata, como de mí lo recibistes.

Alborotóse la casa con los que allí habían estado presentes a el caso desde el principio. Juntóse con ellos de los que pasaban por la calle y de otros vecinos, tanto número de gente llamándose con el alboroto los unos a los otros, que ya nos ahogaban y no nos entendíamos. Andábanse preguntando todos qué voces eran o sobre qué reñíamos. Aquí y allí lo contaban ciento y cada uno de su manera, y nosotros allá dentro que nos hundíamos con la reyerta.

En esto llegó un bargelo, que es como alguacil en Castilla, pero no trae vara, y haciendo lugar por medio de la gente, llegó donde estábamos, que ya nos ardíamos. Yo cuando vi justicia presente -aunque no sabía quién fuese más de ser justicia- vi mi pleito hecho y dije luego:

-Señores, ya Vuestras Mercedes han visto lo que aquí ha pasado y de la manera que aqueste mal hombre me niega mi hacienda. Su mismo criado diga la verdad y, si lo negaren, dígalo su mismo libro, donde se hallará escrito lo que de mí recibió y en qué partidas, de la manera que se las entregué, para que se nos conozca bien quién es cada uno y cuál dice verdad. ¿Yo había de pedir lo que no le di? Dentro de un gato suyo metió en aquel escritorio tres mil escudos de a dos y de a cuatro y, por señas más verdaderas y ciertas, hay entremedias diez escudos de a diez, que todos hacen los tres mil a el justo. Y en un talego que puso a guardar dentro de aquel arca, en que me dijo que habría entonces hasta diez y siete mil reales poco más o menos con los míos, metió los dos mil que le di. Si no fuere como lo digo, que se quede con ello y me quiten la cabeza como a traidor, con tal que luego se averigüe mi verdad, en presencia de Vuestras Mercedes, antes que tenga lugar de poderlo trasponer en otra parte.

Y señalando a el bargelo, dije:

-Véalo Vuestra Merced, véalo y vea quién trata falsedad y engaño.

El mercader dijo entonces:

-Yo lo consiento, tráiganse mis libros, véanse todos y cuanto dinero tengo en toda mi casa. Si tal así pareciere, yo quiero confesar que dice verdad y ser el que miento.

Los que presentes había dijeron:

-Acabado es el pleito. Justificados están. La verdad se verá bien clara y presto, en lo que ambos dicen.

El mercader mandó a su cajero sacase su libro mayor y, cuando lo trujo, dije:

-¡Oh, traidor, no está en ese libro, sino en el manual!

Pidió el manual de la caja y, cuando lo vi, volví a decir:

-No, no, no son aquí menester tantos enredos, engañándonos con libros; que no digo ésos. No hay para qué roncear; en el que se asentaron las partidas no es tan grande. Un libro es angosto y largo.

Entonces dijo Aguilera:

-En el de memorias debe de querer decir, según da señas dél, que no hay otro en esta casa de aquella manera.

Y sacándolo allí, dijo:

-¿Es por ventura éste?

-Éste sí, éste sí, él es, véase lo que digo, no hay para qué asconderlo ni encubrirlo, aquí se hallará la verdad.

Anduvieron hojeando un poco y, cuando reconocí las partidas y letra, dije:

-Vuestras Mercedes vean lo que aquí dice, lean estas partidas que me tiene testadas y adicionadas a la margen; pues no le ha de valer tampoco por ahí, que mi dinero me tiene de dar.

Vieron todos las partidas y ser como yo lo decía, y el mercader estaba tan loco que no sabía qué decir, más de jurar mil juramentos que tal no sabía cómo ni quién lo hubiera escrito.

Yo les dije:

-Yo mismo lo escrebí, mi letra es; pero la del margen es diferente y falsamente puesto y testadas, que no me han vuelto nada. Y en aquel escritorio, si no lo ha sacado, allí están mis escudos.

Hacía unos estremos como un loco furioso, de manera que creyeron ser sin duda verdad cuanto decía. Y procurándome sosegar, decían que me apaciguase, que no importaba estar testadas las partidas ni escrito a la margen habérmelos vuelto, si en lo demás era según lo decía.

Díjeles luego:

-¿Qué mayor verdad mía o qué mayor indicio de su malicia puede haber que decir poco ha que no le había dado blanca y hallarlo aquí escrito, aunque testado? Si lo recibió, ¿por qué lo niega? Y si no lo recibió, ¿cómo está escrito aquí? Ábrase aquel escritorio, que dentro estarán mis doblones y los diez de a diez entremedias dellos.

Porfiaba el mercader y deshacíase, diciendo con varios juramentos y obsecraciones que todo era maldad y que se lo levantaba, porque doblones de a diez, uno ni más había en toda su casa.

Tanto porfiaron y el bargelo tanto instó en que diese las llaves del escritorio, porque las resistía, no queriéndolas dar, que le juró, si no se las diese, que se lo sacaría de casa, hasta dar noticia de todo a el capitán de justicia -que allí es como en Castilla un corregidor-, para que, depositado, se supiese la verdad.

Finalmente las dio, y en abriéndolo d[i]je:

-Allí en aquella gaveta los metió en un gato pardo rodado.

Abrieron la gaveta y sacaron el gato, y, queriendo contar el dinero para ver si estaba justo, salió el bervete y dije:

-Lean ese papel, que ahí dirá lo que hay dentro y cúyo es.

Leyéronlo y decía ser de don Juan Osorio. Contáronlo y hallaron justos los tres mil escudos con los diez de a diez que yo decía. Ya en este punto quedó el mercader absolutamente rematado, sin saber qué decir ni alegar, pareciéndole obra del demonio, porque hombre humano era imposible haberlo hecho. Demás que si yo tuve mano para ponérselos allí, con mayor facilidad se los pudiera, sin esto, haber llevado. Estaba sin juicio y daba gritos que todo era mentira, que se lo levantaban, que aquel dinero era suyo y no ajeno; que, si el diablo no puso allí aquellos doblones, que no los puso él; que me prendiesen porque tenía familiar.

Yo decía:

-Préndanme muy enhorabuena, con tal que me deis mi dinero.

Dábale terribles voces, diciéndole:

-¡Ah, engañador! ¿Aún tenéis lengua con que hablar, viéndose la maldad tan evidente? Abran aquel arcón, que allí está la plata y dentro la puso.

-No hay tal -decía él-, que la plata que allí hay toda es mía y lo son los tres mil escudos.

-¿Cómo son vuestros -le dije-, si acabáis de confesar que no teníades doblones de a diez? Que Dios ha permitido que se os olvidase de haberlos recebido, para que yo no perdiese mi hacienda. El que ha de negar lo ajeno, ha de mirar lo que dice. Cuando aquí llegué, me dijistes delante de aquestos caballeros que mañana me daríades mi hacienda y, luego que os la volví a pedir, delante dellos mismos, me la negastes. Ábrase aquel arca, sáquese todo, sépase quién es cada uno y cómo vive.

Abrieron el arca y, cuando vi el talego, aunque había otros con él, de más y menos dineros, largando el brazo lo señalé con el dedo:

-Ese de la mancha negra es.

En resolución, se halló verdad cuanto les había dicho, y más quedaron certificados cuando, trastornando aquel talego para contar los dineros, hallaron el otro bervete que decía estar allí míos dos mil reales. Yo gritaba:

-Mal hombre, mal tratante, enemigo de Dios, falto de verdad y de conciencia, ¿y cómo, si teníades mis dineros, de la manera que todo el mundo lo ha visto y sabe, me borrábades lo escrito? ¿Cómo decíades que nada os había dado? ¿Cómo que no me conocíades ni sabíades quién era ni cómo me llamaba? Ya ¿qué tenéis que alegar? ¿Tenéis más falsedades y mentiras que decir? ¿Veis como Dios Nuestro Señor ha permitido que os hayáis tanto cegado, que ambos bervetes no tuvistes entendimiento para quitarlos ni esconder la moneda? ¿Veis como ha vuelto su Divina Majestad por mi mucha inocencia y sencillez con que os di a guardar mi hacienda creyendo que siempre me la diérades, y que quien me aconsejó que os la diese debió de ser otro tal como vos y echadizo vuestro para quedaros con ella?

Cuantos estaban presentes quedaron con esto que vieron y oyeron tan admirados, cuanto enfadados de ver semejante bellaquería, satisfechos de que yo tenía razón y justicia. Eran en mi favor la voz común, las evidencias y experiencias vistas y su mala fama, que concluía, y decían todos:

-Mirad si había de hacer de las suyas. No es nuevo en el bellaco logrero robar haciendas ajenas. ¿No veis como a este pobre caballero se le quería levantar con lo que le dio en confianza? Que, si no fuera por su buena diligencia, para siempre se le quedara con ello.

El mercader, que a sus oídos oía estas y otras peores palabras, no tenía tantas bocas o lenguas para poder satisfacer con ellas a tantos, ni era posible abonarse. Quedó tal, que ni sabía si soñaba o si estaba dispierto. Paréceme agora que se pellizcaría las manos y los brazos para recordar o que le pasaría por la imaginación si había perdido las dos potencias, entendimiento y memoria, y le quedaba la sola voluntad, según lo que había pasado. Él -como dije- tenía mal nombre, que para mi negocio estaba probado la mitad. Y aquesto tienen siempre contra sí los que mal viven: pocos indicios bastan y la hacen plena.

Con esto y con lo que juraron los que allí estaban de los primeros, que, pidiéndole yo mi dinero, dijo que otro día me lo daría, o a mi criado, y cómo luego que volví por él me lo negó. Su criado juró cómo llegué a su tienda y en su presencia le rogué que me guardase tres mil escudos, pero que no sabía si se los di, que a lo escrito se remitía, porque muchas veces faltaba de la tienda y no sabía más de lo dicho. Mi criado juró su verdad, que por su mano los había contado y entregado a el mercader en presencia de otros hombres que no sabía quién eran, porque como forastero no los conoció. Y con la evidencia cierta de todo cuanto dije y ver testadas las partidas, estar la moneda señalada, tener cada talego su bervete de cúyo era, confirmó los ánimos en mi favor, volviéndose con él sin dejarle dar disculpa ni querérsela oír. Ni él tenía ya espíritu para hablar. Porque con su mucha edad y ver una cosa tan espantosa, que no acababa de sospechar qué fuese, se quedó tan robado el color como si estuviera defunto, quedando desmayado por mucho espacio. Ya creyeron ser fallecido; mas volvió en sí como embelesado, y tal, que ya me daba lástima. Empero consolábame que si se finara me hiciera menos falta que su dinero.

No hubo persona de cuantos allí se hallaron que no dijese que se me diesen mis dineros. Yo, como sabía que no bastaba decirlo el vulgo para dármelos, que sólo el juez era parte para podérmelos adjudicar, preveníme de cautela para lo de adelante y, cuando todos a voces decían: «Suyo es el dinero, dénselo, dénselo», respondía yo: «No lo quiero, no lo quiero; deposítense, deposítense.» Con esta mayor justificación el bargelo que allí se halló presente sacó el dinero de mal poder y lo puso depositado en un vecino abonado. De donde con poco pleito en breves días me lo entregaron por sentencia, quedándose mi mercader sin ellos y condenado en costas, demás de la infamia general que le quedó del caso.

Después que vi tanto dinero en estas pobres y pecadoras manos, me acordé muchas veces del hurto que Sayavedra me hizo, que, aunque no fue tan poco que para mí no me hubiera hecho grande falta, si aquello no me sucediera tampoco lo conociera ni con este hurto arribara; consolábame diciendo: «Si me quebré la pierna, quizá por mejor; del mal el menos.» A todos nos vino bien, pues yo de allí adelante quedé con crédito y hacienda, más de lo que me pudieron quitar; Sayavedra quedó remediado y Aguilera remendado.

Llevé a mi casa mis dineros con todo el regocijo que podéis pensar, guardélo y arropélo, porque no se arromadizase. Y con ser esto así, aún mi criado no lo acababa de creer, ni tocándole las manos. Parecíale todo sueño y no posible haber salido con ello. Santiguábase con ambas manos de mí, porque aunque cuando en Roma me conoció supo mi vida y tratos, teniéndome por de sutil ingenio, no se le alcanzó que pudiera ser tanto y que las mataba él en el aire, pudiendo ser muchos años mi maestro y aun tenerme seis por su aprendiz.

Entonces le dije:

-Amigo Sayavedra, ésta es la verdadera ciencia, hurtar sin peligrar y bien medrar. Que la que por el camino me habéis predicado ha sido Alcorán de Mahoma. Hurtar una saya y recebir cien azotes, quienquiera se lo sabe: más es la data que el cargo. Donde yo anduviere, bien podrán los de vuestro tamaño bajar el estandarte.

De allí a dos días vino Aguilera por su parte una noche, aunque si no fuera por Sayavedra, yo hiciera con boda y bodigos el alto de Vélez, mas, porque no me tuviese sobre ojos en mala reputación y quedase con algún mal conceto de mí, diciendo que quien mal trato usa con otro también lo usaría con él, no quise por lo menos aventurar lo más.

Díjome que su amo estaba muriéndose del enojo, loco de imaginar cómo pudo ser aquello y aun le pasó por la imaginación no ser otra cosa que obra del demonio. Descontéle cien escudos de los que había recebido ya de su mano, por los diez doblones, y dile lo que a el justo le cupo, conforme a el concierto. Después acometí a darle a Sayavedra su parte, con la de la ganancia de los quinientos escudos, y dijo que allí lo tenía cierto para cuando lo hubiese menester, que, pues él no tenía dónde, lo guardase yo hasta mejor comodidad.

Estuvimos en Milán otros diez o doce días; aunque siempre como asombrados y temerosos, por lo cual fuimos de acuerdo salir de allí para Génova, no dando nunca cuenta de nuestro viaje a persona de las del mundo, ni alguno supo de nuestra boca dónde íbamos, por lo que pudiera suceder. Antes dábamos el nombre para otra parte muy diferente, fabricando negocio a que decíamos importarnos mucho acudir.

Íbame yo paseando por una de las calles de Milán, adonde había tantas y tan variadas cosas y mercaderías, que me tenían suspenso, y acaso vi en una tienda una cadena que vendían a un soldado, a mis ojos la cosa más bella que jamás vieron. Diome tanta codicia, que ya por comprarla, si acaso no se concertasen, o para mandar hacer otra semejante, me llegué a ellos y estúvela mirando, sin dar a entender mi deseo. Y codiciéla tanto, que luego en aquel espacio breve, teniéndola por fina, se me ofreció traza como llevármela de camino y sin pesadumbre.

Atento estuve al concierto, y tan vil era el precio de que se trataba, que creí ser de sola su hechura; mas, como no se concertasen, comencé luego mi enredo preguntando lo que valía y lo que pesaba. El mercader se rió de oírme y dijo:

-Señor, esto no se vende a peso; sino así como está, un tanto por toda.

En sola esta palabra conocí ser falsa y pareciéndome mucha bajeza por cosa tan poca gastar almacén y traza que pudiera después acomodarse mejor en ocasión grave y de importancia, demás que no se debe arriscar por poco mucho, y, si por ventura yo allí segundaba, diera indicios de haber sido embeleco el pasado, concertéme con él y paguésela con tanto gusto como si fuera pieza de valor.

Y no la estimaba en menos, por lo que con ella interesaba. Que se me representó serme de importancia para lo de adelante. Y luego acordé hacer otra de oro fino de la misma hechura y traza. Fuime a un platero. Hízola tal y tan semejante, que puestas ambas en una mano era imposible juzgarlas, ecepto en el sonido y peso, porque le falsa era más ligera un poco y de sonido campanil; que el oro lo tiene sordo y aplomado. Túvome de toda costa seiscientos y treinta escudos, poco más o menos, y holgara más de que fueran mil, que tanto más me había de valer la otra.

Compré juntamente dos cofrecitos pequeños en que cupiesen a el justo, uno para cada una, en que llevarlas. Y porque aún todavía todas las coyunturas de mi cuerpo me dolían, pareciéndome tener desencasadas las costillas, de la noche buena que me dio el señor mi tío, que la tenía escrita en el alma y aún la tinta no estaba enjuta, viéndome de camino para Génova, dile a Sayavedra parte del mi pensamiento, no contándole lo pasado, más de que, cuando por allí pasé siendo niño, me hicieron cierta burla, porque no me vieron en el punto que quisieran para honrarse comigo.

Y en el alma me pesó de haberle dicho aun esto, porque no me hallara en mentira de lo que le había dicho antes. Mas no reparó en ello. Díjele juntamente con ello:

-Si tú, Sayavedra, como te precias fueras, ya hubieras antes llegado a Génova y vengado mi agravio; mas forzoso me será hacerlo yo, supliendo tu descuido y faltas. Y porque también será bien chancelar aquella obligación y pagar deudas, porque la buena obra que me hicieron quede con su galardón bien satisfecha. Demás que para desmentir espías conviene hacer lo que tu hermano y tú hicistes, mudar de vestidos y nombres.

-Paréceme muy bien -dijo Sayavedra-, y digo que quiero heredar el tuyo verdadero, con que poderte imitar y servir. Desde hoy me llamo Guzmán de Alfarache.

-Yo, pues -dije-, me quiero envestir el proprio mío que de mis padres heredé y hasta hoy no lo he gozado, porque un don, o ha de ser del Espíritu Santo para ser admitido y bien recebido de los otros, o ha de venir de línea recta; que los dones que ya ruedan por Italia, todos son infamia y desvergüenza, que no hay hijo [de] remendón español que no le traiga. Y si corre allá como acá, con razón se les pregunta: «¿Quién guarda los puercos?» Yo me llamo don Juan de Guzmán y con eso me contento.

Entonces dijo Sayavedra con grande alegría:

-¡Don Juan de Guzmán, vítor, vítor, vítor, a quien tan buena pantorrilla le hace, aquese sea su nombre! ¡Mal haya el traidor que lo manchare! Quien te lo quitare, hijo, la mi maldición te alcance.

Hice sacar lo necesario para un manteo y sotana de rico gorbarán, con que salimos nuestro camino de Génova.




ArribaAbajo

Capítulo VII

Llega Guzmán de Alfarache a Génova, donde, conocido de sus deudos, lo regalaron mucho


Largo tiempo conservará la vasija el olor o sabor con que una vez fuere llena. Si el curso del mío, las ocasiones y casos, amor y temor no abrieren los ojos a el entendimiento, si con esto no recordare del sueño de los vicios, no me puedo persuadir que puedan fuerzas humanas. Y aunque con estratagemas, trazas y medios, pudiera ser alcanzarlo, no a lo menos con tanta facilidad, que no sea necesario largo discurso, con que haga su eleción el hombre, destinguiendo lo útil de lo dañoso, lo justo de lo injusto y lo malo de lo bueno. Y ya, cuando a este punto llega, anda el negocio de condición que quien se quisiere ayudar a salir del cenagal, nunca le faltarán buenas inspiraciones del cielo, que favoreciendo los actos de virtud los esfuerza, con que, conocido el error pasado, enmienden lo presente y lleguen a la perfeción en lo venidero.

Mas los brutos, que como el toro cierran los ojos y bajan la cabeza para dar el golpe, siguiendo su voluntad, pocas veces, tarde o nunca vendrán en conocimiento de su desventura. Porque como ciegos no quieren ver, son sordos a lo que no quieren oír ni que alguno les inquiete su paso. Huelgan irse paseando por la senda de su antojo, pareciéndoles larga, que no tiene fin o que la vida no tiene de acabarse, cuya bienaventuranza consiste sólo en aquella idolatría.

Son gente de ancha vida, de ancha conciencia, quieren anchuras y nada estrecho. Saben bien que hacen mal y hacen mal por no hacer bien. Danse para lo que quieren por desentendidos y no ignoran que se les va gastando la cuerda, estrechándose la salida y que al cabo hay eternos despeñaderos. Mas como vemos a Dios las manos enclavadas y dolorosas, parécenos que le lastimará mucho cuando quiera lastimarnos.

Dicen los tontos entre sí: «Nada nos duele, salud tenemos, dinero no falta, la casa está proveída: durmamos agora, holgúemonos lo poco que nos cabe, tiempo hay, no es necesario caminar tan apriesa quitándonos la vida que Dios nos da.» Dilátanlo una hora y pasa un día; pásase otro día, vase la semana, el mes corre, vuela el año, y no llega este «cuando», que aun si llegase bien sería, no llegaría tarde. Aquesta es la deuda de quien se dijo que se cobra en tres pagas; empero págase la pena, cuando se nos hace cierta, cruel y presto.

¿Quién considera un logrero, que, olvidado de Dios, no piensa que lo hay, sino en aquella vil ganancia? ¿Quién ve un deshonesto, que con aquel torpe apetito adora lo que más presto aborrece y allí busca su gloria donde conoce su tormento? ¿Un glotón, un soberbio, hijo de Lucifer, más que Diocleciano cruel, acostumbrado a martirizar inocentes, agraviando justos y persiguiendo a los virtuosos? ¿Un murmurador sin provecho, que, pensando hacer en sí, deshace a los otros y escarba la gallina siempre por su mal? Son los murmuradores como los ladrones y fulleros.

El hombre honrado, rico y de buena vida no hurta, porque vive contento con la merced que Dios le ha hecho. Con su hacienda pasa, della come y se sustenta. Suelen decir los tales: «Yo, señor, tengo lo necesario para mí y aun puedo dar a otros.» Hacen honra desto, diciendo sobrarles que poder dar.

El fullero ladrón hurta, porque con aquello pasa; como no lo tiene, trata de quitarlo a otros, dondequiera que lo halla. Desta manera, el noble tiene para sí la honra que ha menester y aun para poder honrar a otros, y el murmurador se sustenta de la honra de su conocido, quitándole y desquilatándole della cuanto puede, porque le parece que, si no lo hurta de otros, no tiene de dónde haberlo para sí.

¡Gran lástima es que críe la mar peces lenguados y produzca la tierra hombres deslenguados! Pues un hipócrita, de los que dicen que tienen ya dada carta de pago a el mundo y son como los que juegan a la pelota, dan con ella en el suelo de bote, para que se les vuelva luego a la mano y, dándoles de voleo, alarguen más la chaza o ganen quince. Desventurados dellos, que, haciendo largas oraciones con la boca, con ella se comen las haciendas de los pobres, de las viudas y huérfanos. Por lo cual será Dios con ellos en largo juicio. Suele ser el hipócrita como una escopeta cuando está cargada, que no se sabe lo que tiene dentro y, en llegándole muy poquito fuego, una sola centella despide una bala que derriba un gigante. Así con pequeña ocasión descubre lo que tiene oculto dentro del alma. Derrenegad siempre de unos hombres como unos perales enjutos, magros, altos y desvaídos, que se les cae la cabeza para fingirse santos. Andan encogidos, metidos en un ferreruelo raído, como si anduviesen amortajados en él. Son idiotas de tres altos y quieren con artificio hacernos creer que saben. Hurtan cuatro sentencias, de que hacen plato, vendiéndolas por suyas. Fingen su justicia por la de Trajano; su santidad, de San Pablo; su prudencia, de Salamón; su sencillez, de San Francisco, y debajo desta capa suele vivir un mal vividor. Traen la cara marcilenta y las obras afeitadas, el vestido estrecho y ancha la conciencia, un «en mi verdad» en la boca y el corazón lleno de mentiras, una caridad pública y una insaciable avaricia secreta. Manifiéstanse ayunos, así de manjares como de bienes temporales, con una sed tan intensa que se sorberán la mar y no quedarán hartos. Todo dicen serles demasiado y con todo no se contentan. Son como los dátiles: lo dulce afuera, la miel en las palabras y lo duro adentro en el alma. Grandísima lástima se les debe tener por lo mucho que padecen y lo poco de que gozan, condenándose últimamente por sola una caduca vanidad en ser acá estimados. De manera que ni visten a gusto ni comen con él; andan miserables, afligidos, marchitos, sin poder nunca decir que tuvieron una hora de contento, aun hasta las conciencias inquietas y los cuerpos con sobresalto. Que, si lo que desta manera padecen, como lo hacen por sólo el mundo y lo exterior en él para sólo parecer, lo hicieran por Dios para más merecer y por después no padecer, sin duda que vivirían aun con aquello alegres en esta vida y alegres irían a gozar de la eterna.

Digamos algo de un testigo falso, cuya pena deja el pueblo amancillado y a todos es agradable gustando de su castigo por lo grave de su delito. ¡Que por seis maravedís haya quien jure seis mil falsedades y quite seiscientas mil honras o interés de hacienda, que no son después poderosos a restituir! ¡Y que de la manera que los trabajadores y jornaleros acuden a las plazas deputadas para ser de allí conducidos a el trabajo, así acuden ellos a los consistorios y plazas de negocios, a los mismos oficios de los escribanos, a saber lo que se trata, y se ofrecen a quien los ha menester! No sería esto lo peor, si no los conservasen allí los ministros mismos para valerse dellos en las ocasiones y para las causas que los han menester y quieren probar de oficio. No es burla, no encarecimiento ni miento. Testigos falsos hallará quien los quisiere comprar; en conserva están en las boticas de los escribanos. Váyanlos a buscar en el oficio de N. Ya lo quise decir; mas todos lo conocen. Allí los hay como pasteles, conforme los buscaren, de a cuatro, de a ocho, de a medio real y de a real. Empero, si el caso es grave, también los hay hechizos, como para banquetes y bodas, de a dos y de a cuatro reales, que depondrán, a prueba de moxquete, de ochenta años de conocimiento. Como lo hizo en cierta probanza de un señor un vasallo suyo, labrador, de corto entendimiento, el cual, habiéndole dicho que dijese tener ochenta años, no entendió bien y juró tener ochocientos. Y aunque, admirado el escribano de semejante disparate, le advirtió que mirase lo que decía, y respondió: «Mirá vos cómo escrebís y dejad a cada uno tener los años que quisiere, sin espulgarme la vida.» Después, haciéndose relación deste testigo, cuando llegaron a la edad, parecióles error del escribano y quisiéronle por ello castigar; mas él se desculpó diciendo que cumplió en su oficio, en escrebir lo que dijo el testigo. Que, aunque le advirtió dello, se volvió a ratificar diciendo tener aquella edad, que así lo pusiese. Hicieron los jueces parecer el testigo personalmente, y preguntándole que por qué había jurado ser de ochocientos años, respondió: «Porque así conviene a servicio de Dios y del Conde, mi señor.» Testigos falsos hay: las plazas están llenas, por dinero se compran y, el que los quisiere de balde, busque parientes encontrados, que por sustentar la pasión dirá contra toda su generación, y déstos nos libre Dios, que son los que más nos dañan.

Dejémoslos y vengamos a los de mi oficio y a la cofadría más antigua y larga. Porque no quiero que digas que tuve para los otros pluma y me quise quedar en el tintero, dejando franca mi puerta. Que a fe que tengo de dar buenas aldabadas en ella y no quedarme descansando a la sombra ni holgando en la taberna.

Un ladrón ¿qué no hará por hurtar? Digo ladrón a los pobres pecadores como yo; que con los ladrones de bien, con los que arrastran gualdrapas de terciopelo, con los que revisten sus paredes con brocados y cubren el suelo con oro y seda turquí, con los que nos ahorcan a nosotros no hablo, que somos inferiores dellos y como los peces, que los grandes comen a los pequeños. Viven sustentados en su reputación, acreditados con su poder y favorecidos con su adulación, cuyas fuerzas rompen las horcas y para quien el esparto no nació ni galeras fueron fabricadas, ecepto el mando en ellas de quien podría ser que nos acordásemos algo en su lugar, si allá llegáremos, que sí llegaremos con el favor de Dios.

Vamos agora llevando por delante los que importa que no se queden, los tales como yo y mi criado. No se ha de dar puntada en los que roban la justicia, pues no los hay ni lo tal se sabe. Mas por ventura si alguno lo ha hecho, ya se lo dijimos en la primera parte. No del regidor, de quien también hablamos, que no es de importancia ni de sustancia su negocio, pues fuera de sus estancos y regatonerías, todo es niñería.

Dirán algunos: «Tal eres tú como ellos, pues quieres encubrir sus mentiras, engaños y falsedades. Que, si se preguntase qué hacienda tiene micer N., dirían: 'Señor, es un honrado regidor.' ¿No más de regidor? ¿Pues cómo come y se sustenta con sólo el oficio, que no tiene renta, sustentando tanta casa, criados y caballos?»

Bueno es eso, bien parece que no lo entendéis. Verdad es que no tiene renta, pero tiene renteros, y ninguno lo puede ser sin su licencia, pagándole un tanto por ello, lo cual se le ha de bajar de la renta que pone, rematándosela por mucho menos.

¿Por qué no dices lo que sabes desto y que, si alguno se atreve a hablar o pujar contra su voluntad, lo hacen callar a coces y no lo dejarán vivir en el mundo, porque como poderosos luego les buscan la paja en el oído y a diestro y a siniestro dan con ellos en el suelo, y que son como las ventosas, que, donde sienten que hay en qué asir, se hacen fuertes y chupan hasta sacar la sustancia, sin que haya quien de allí las quite, hasta que ya están llenas? Di ¿cómo nadie lo castiga?

Porque a los que tratan dello les acontece lo que a las ollas que ponen llenas de agua encima del fuego, que apenas las calienta, cuando rebosa el agua por encima y mata la lumbre. ¿Has entendídome bien? O porque tienen ángel de guarda, que los libra en todos los trabajos del percuciente.

Di también -pues no lo dijiste- que si a los tales, después de ahorcados les hiciesen las causas, dirían contra ellos aquellos mismos que andan a su lado y agora con el miedo comen y callan. Di sin rebozo que, por comer ellos de balde o barato, carga sobre los pobres aquello y se les vende lo peor y más caro. Acaba ya, di en resolución, que son como tú y de mayor daño, que tú dañas una casa y ellos toda la república.

¡Oh qué gentil consejo que me das ése, amigo mío! ¡Tómalo tú para ti! ¿Quieres por ventura sacar las brasas con la mano del gato? Dilo, si lo sabes; que lo que yo supe ya lo dije y no quiero que comigo hagan lo que dices que con los otros hacen. Basta que contra la decencia de su calidad y mayoría me alargue más de lo lícito, sin que de nuevo quieras obligarme a espulgarles las vidas, no siendo de provecho. Si acá en Italia corre de aquesa manera, gracias a Dios que me voy a España, donde no se trata de semejante latrocinio.

Bien sé yo cómo se pudiera todo remediar con mucha facilidad, en augmento y de consentimiento de la república, en servicio de Dios y de sus príncipes; mas ¿heme yo de andar tras ellos, dando memoriales, y, cuando más y mejor tenga entablado el negocio, llegue de través el señor don Fulano y diga ser disparate, porque le tocan las generales y dé con su poder por el suelo con mi pobreza? Más me quiero ir a el amor del agua lo poco que me queda.

Por decir verdades me tienen arrinconado, por dar consejos me llaman pícaro y me los despiden. Allá se lo hayan. Caminemos con ello como lo hicieron los pasados, y rueguen a Dios los venideros que no se les empeore. Diré aquí solamente que hay sin comparación mayor número de ladrones que de médicos y que no hay para qué ninguno se haga santo, escandalizándose de oír mentar el nombre de ladrón, haciéndole ascos y deshonrándolos, hasta que se pregunte a sí mesmo, por aquí o por allí, qué ha hurtado en esta vida, y para esto sepa que hurtar no es otro que tener la cosa contra la voluntad ajena de su dueño.

No se me da más que ya no lo sepa como que lo dé con su mano, si es por más no poder o por allí redimir la vejación. Comencélo desde la niñez, aunque no siempre lo usé. Fui como el árbol cortado por el pie, que siempre deja raíces vivas, de donde a cabo de largos años acontece salir una nueva planta con el mismo fruto. Ya presto veréis cómo me vuelvo a hacer mis buñuelos. El tiempo que dejé de hurtar, estuve violentado, fuera de mi centro, con el buen trato; agora doy a el malo la vuelta.

Cuando muchado, estaba curtido y cursado en alzar con facilidad y buena maña cualquiera cosa mal puesta. Después, ya hombre, a los principios me parecía estar gotoso de pies y manos, torpe y mal diestro; mas en breve volví en mis carnes. Continuélo de manera, preciábame dello tanto como de sus armas el buen soldado y el jinete de su caballo y jaeces. Cuando había dudas, yo las resolvía; si se buscaban trazas, yo las daba; en los casos graves, yo presidía. Oíanse mis consejos como respuestas de un oráculo, sin haber quien a mis precetos contradijese ni a mis órdenes replicase. Andaban tras de mí más praticantes que suelen acudir al hospital de Zaragoza ni en Guadalupe. Usábalo a tiempo y con intermitencias, como fiebres. Porque cuando todo me faltaba, esto me había de sobrar. En la bolsa me lo hallaba, como si lo tuviera colgado del cuello en la cadenita del embajador mi señor, que aún la escapé de peligro mucho tiempo. Era tan proprio en mí como el risible, y aun casi quisiera decir era indeleble, como caráter, según estaba impreso en el alma. Pero, cuando no lo ejercitaba, no por eso faltaba la buena voluntad, que tuve siempre prompta.

Salimos de Milán yo y Sayavedra bien abrigados y mejor acomodados de lo necesario, que cualquiera me juzgara por hombre rico y de buenas prendas. Mas cuántos hay que podrían decir: «Comé, mangas, que a vosotras es la fiesta.» Tal juzgan a cada uno como lo ven tratado. Si fueres un Cicerón, mal vestido serás mal Cicerón; menospreciaránte y aun juzgaránte loco. Que no hay otra cordura ni otra ciencia en el mundo, sino mucho tener y más tener; lo que aquesto no fuere, no corre.

No te darán silla ni lado cuando te vieren desplumado, aunque te vean revestido de virtudes y ciencia. Ni se hace ya caso de los tales. Empero, si bien representares, aunque seas un muladar, como estés cubierto de yerba, se vendrán a recrear en ti. No lo sintió así Catulo, cuando viendo Nonio en un carro triunfal, dijo: «¿A qué muladar lleváis ese carro de basura?» Dando a entender que no hacen las dinidades a los viciosos. Pero ya no hay Catulos, aunque son muchos los Nonios. Cuando fueres alquimia, eso que reluciere de ti, eso será venerado. Ya no se juzgan almas ni más de aquello que ven los ojos. Ninguno se pone a considerar lo que sabes, sino lo que tienes; no tu virtud, sino la de tu bolsa; y de tu bolsa no lo que tienes, sino lo que gastas.

Yo iba bien apercebido, bien vestido y la enjundia de cuatro dedos en alto. Cuando a Génova llegué, no sabían en la posada qué fiesta hacerme ni con qué regalarme. Acordéme de mi entrada, la primera que hice, y cuán diferente fui recebido y cómo de allí salí entonces con la cruz a cuestas y agora me reciben las capas por el suelo.

Apeámonos, diéronme de comer, estuve aquel día reposando, y otro por la mañana me vestí a lo romano, de manteo y sotana, con que salí a pasear por el pueblo. Mirábanme todos como a forastero, y no de mal talle. Preguntábanle a mi criado que quién era. Respondía: «Don Juan de Guzmán, un caballero sevillano.» Y cuando yo los oía hablar, estirábame más de pescuezo y cupiéranme diez libras más de pan en el vientre, según se me aventaba.

Decíales que venía de Roma. Preguntábanle si era muy rico, porque me vían llegar allí muy diferente que a otros. Porque los que van a la corte romana y a otras de otros príncipes acostumbran ser como los que van a la guerra, que todo les parece llevarlo negociado y hecho, con lo cual suelen alargarse a gastar por los caminos y en la corte misma, hasta que la corte les deja de tal corte, que todo su vestido lo parece de calzas viejas. Después vuelven cansados, desgustados y necesitados, casi pidiendo limosna. Pasan gallardos y, como los atunes, gordos, muchos y llenos; mas, después que desovan, vuelven pocos, flacos y de poco provecho.

Preguntábanle también si había de residir allí algunos días o si venía de paso. A todo respondía que era hijo de una señora viuda rica, mujer que había sido de cierto caballero ginovés y que había venido allí a esperar unas letras y despachos para volverse otra vez a Roma y en lo ínterin gustaba de ver a Génova, porque no sabía cuándo sería su vuelta o por dónde ni si tendría tiempo de poderla volver a ver.

Era la posada de las mejores de la ciudad y adonde acudían de ordinario gente principal y noble. Allí estuvimos holgando y gastando, sin besar ni tocar en cosa de provecho. Empero, con estar parados, ganábamos mucha tierra. No está siempre dando el reloj; que su hora hace y poco a poco aguarda su tiempo. Algunas veces los huéspedes y yo jugábamos de poco, sin valerme de más que de mi fortuna y ciencia, sin ser necesaria la tercería de Sayavedra. Que aquello no solía salir sino con el terno rico, a fiestas dobles. Que, cuando la pérdida o ganancia no había de ser de mucha consideración, era muy acertado andar sencillo. Empero deste modo iba continuamente con pie de plomo, conociendo el naipe: si no me daba y acudía mal, dejábalo con poca pérdida; mas, cuando venía con viento favorable, nunca dejé de seguir la ganancia hasta barrerlo todo.

Como ganase un día poco más de cien escudos y hubiese halládose a mi lado un capitán de galera, de quien sentí haberse aficionado a mi juego y holgádose de la ganancia, y que no andaba tan sobrado que se hallase libre de necesidad, volví la mano y dile seis doblones de a dos, que seis mil se le hicieron en aquella coyuntura. Tiempos hay que un real vale ciento y hace provecho de mil. Quedóme tan reconocido, cual si la gracia hubiera sido mayor o de más momento.

Sucedióme muy bien, porque desde que dél entendí a lo cierto su dolencia, se me representó mi remedio, y hallé haber sido aguja de que había de sacar una reja. Mi hacienda hice. De balde compra quien compra lo que ha menester. A los más de la redonda también repartí algunos escudos, por dejarlos a mi devoción y contentos a todos.

Con lo cual, viéndome afable, franco y dadivoso, me acredité de manera que les compré los corazones, ganándoles los ánimos. Que quien bien siembra, bien coge. Yo aseguro que cualquiera de todos cuantos comigo trataban pusiera su persona en cualquier peligro para defensa de la mía. Y quedaba yo tan ufano, tan ligera la sangre y dulce, que se me rasaban los ojos de alegría.

Este capitán se llamaba Favelo, no porque aqueste fuese su nombre proprio, sino por habérselo puesto cierta dama que un tiempo sirvió, y siempre lo quiso conservar en su memoria, de su hermosura y malogramiento, cuya historia me contó, de la manera con que della fue regalado, su discreción, su bizarría. Todo lo cual, con el cebo de falsas aparencias, quedó sepultado en un desesperado tormento de celos, necesidad y brutal trato. Nunca de allí adelante dejó mi amistad y lado. Supliquéle se sirviese de mi persona y mesa y, aunque aquesta no le faltaba, lo acetó por mi solo gusto.

Siempre lo procuré conservar y obligar. Llevábame a su galera, traíame festejando por la marina, cultivándose tanto nuestro trato y amistad, que si la mía fuera en seguimiento de la virtud, allí había hallado puerto; mas todo yo era embeleco. Siempre hice zanja firme para levantar cualquier edificio. Comunicábamonos muy particulares casos y secretos; empero que de la camisa no pasasen adentro, porque los del alma sólo Sayavedra era dueño dellos.

Acá entre nosotros corrían cosas de amores: el paseo que di, el favor que me dio, la vez que la hablé y cosas a éstas semejantes, que no llegasen a fuego. Que no los amigos todos lo han de saber todo. Los llamados han de ser muchos; los escogidos pocos, y uno solo el otro yo.

Era este Favelo de muy buena gracia, discreto, valiente, sufrido y muy bizarro, prendas dignas de un tan valeroso capitán, soldado de amor y por quien siempre padeció pobreza; que nunca prendas buenas dejaron de ser acompañadas della. Yo, como sabía su necesidad, por todas vías deseaba remediársela y rendirlo. Tan buena maña me di con él y los más que traté, que a todos los hacía venir a la mano y a pocos días creció mi nombre y crédito tanto, que con él pudiera hallar en la ciudad cualquiera cortesía. Con esto por una parte, mis deseos antiguos de saber de mí, por no morir con aquel dolor, habiendo andado por aquellas partes -en especial considerando que con las buenas mías y las de la persona pudiera quien se fuera tenerse por honrado emparentando comigo-, y los de perversa venganza que me traían inquieto, a pocas vueltas hallé padre y madre y conocí todo mi linaje. Los que antes me apedrearon, ya lo hacían quistión sobre cuál me había de llevar a su casa primero, haciéndome mayor fiesta.

En sólo el día primero que hice diligencia me vine a hallar con más deudos que deudas, y no lo encarezco poco. Que ninguno se afrenta de tener por pariente a un rico, aunque sea vicioso, y todos huyen del virtuoso, si hiede a pobre. La riqueza es como el fuego, que, aunque asiste en lugar diferente, cuantos a él se acercan se calientan, aunque no saquen brasa, y a más fuego, más calor. Cuántos veréis al calor de un rico, que, si les preguntasen «¿Qué hacéis ahí?», dirían «Aquí no hago cosa de sustancia». Pues, ¿danos alguna cosa, sacáis algo de andaros hecho quitapelillo, congraciador, asistente de noche y de día, perdiendo el tiempo de ganar de comer en otra parte? «Señor, es verdad que de aquí no saco provecho; pero véngome aquí al calor de la casa del señor N., como lo hacen otros.» Los otros y vos decíme quién sois, que no quiero que os quejéis que os llamo yo necios.

Ahora bien, acercáronseme muchos, cada cual ofreciéndose conforme a el grado con que me tocaba, y tal persona hubo que para obligarme y honrarse comigo alegó vecindad antigua desde bisabuelos.

Quise por curiosidad saber quién sería el buen viejo que me hizo la burla pasada y, para hacerlo sin recelo ajeno, pregunté si mi padre había tenido más hermanos y si dellos alguno estaba vivo, porque siempre creí ser aquél tío mío. Dijéronme que sí, que habían sido tres, mi padre y otros dos: el de en medio era fallecido, empero que el mayor de todos era vivo y allí residía. Dijéronme ser un caballero que nunca se había querido casar, muy rico y cabeza de toda la casa nuestra. Diéronme señas dél, por donde lo vine a conocer. Dije que le había de ir a besar las manos otro día; mas, cuando se lo dijeron y mi calidad, aunque ya muy viejo, mas como pudo con su bordón, vino a visitarme, rodeado de algunos principales de mi linaje.

Luego lo reconocí, aunque lo hallé algo decrépito por la mucha edad. Holguéme de verlo y pesábame ya hallarlo tan viejo; quisiéralo más mozo, para que le durara más tiempo el dolor de los azotes. Yo hallo por disparate cuando para vengarse uno de otro le quita la vida, pues acabando con él, acaba el sentimiento. Cuando algo yo hubiera de hacer, sólo fuera como lo hice con mis deudos, que no me olvidarán en cuanto vivan y con aquel dolor irán a la tierra. Deseaba vengarme dél y que por lo menos estuviera en el estado mismo en que lo dejé, para en el mismo pagarle la deuda en que tan sin causa ni razón se quiso meter comigo.

Hízome muchos ofrecimientos con su posada; empero aun en sólo mentármela se me rebotaba la sangre. Ya me parecía picarme los murciélagos y que salían por debajo de la cama la marimanta y cachidiablos como los pasados. No, no, una fue y llevósela el gato ya, dije. Sólo Sayavedra me podrá hacer otra; empero no por su bien. Empero después dél, a quien me hiciere la segunda, yo se la perdono.

Hablamos de muchas cosas. Preguntóme si otra vez o cuándo había estado en Génova. «¿Esas tenéis? -dije-. Pues por ahí no me habéis de coger.» Neguéselo a pie juntillo; sólo le dije que habría como tres años, poco menos, que había por allí pasado, sin poder ni quererme detener más de a hacer noche, a causa de la mucha diligencia con que a Roma caminaba en la pretensión de cierto beneficio.

Díjome luego con mucha pausa, como si me contara cosas de mucho gusto:

-Sabed, sobrino, que habrá como siete años, poco más o menos, que aquí llegó un mozuelo picarillo, al parecer ladrón o su ayudante, que para poderme robar vino a mi casa, dando señas de mi hermano que está en gloria, y de vuestra madre, diciendo ser hijo suyo y mi sobrino. Tal venía y tal sospechamos dél, que, afrentados de su infamia, lo procuramos aventar de la ciudad y así se hizo con la buena maña que para ello nos dimos. Él salió de aquí huyendo, como perro con vejiga, sin que más lo viésemos ni dél se supiese muerto ni vivo, como si se lo tragara la tierra. De la vuelta que le hice dar me acuerdo que se dejó la cama toda llena de cera de trigo: ella fue tal como buena, para que con el miedo de otra peor huyese y nos dejase. Y pues quería engañarnos, me huelgo de lo hecho. Ni a él se le olvidará en su vida el hospedaje, ni a mí me queda otro dolor que haberme pesado de lo poco.

Refirióme lo pasado con grande solemnidad, la traza que tuvo, cómo no le quiso dar de cenar y sobre todas estas desdichas lo mantearon. Yo pobre, como fui quien lo había padecido, pareció que de nuevo me volvieron a ello. Abriéronseme las carnes, como el muerto de herida, que brota sangre fresca por ella si el matador se pone presente. Y aun se me antojó que las colores del rostro hicieron sentimiento, quedando de oírlo solamente sin las naturales mías. Disimulé cuanto pude, dando filos a la navaja de mi venganza, no tanto ya por la hambre que della tenía por lo pasado, cuanto por la jatancia presente, que se gloriaba della. Que tengo a mayor delito, y sin duda lo es, preciarse del mal, que haberlo hecho.

Pudriendo estaba con esto y díjele:

-No puedo venir en conocimiento de quién puede haber sido ese muchacho que tanto deseaba tener parientes honrados. En obligación le quedamos, cuando acaso sea vivo y escapase con la vida de la Roncesvalles, que entre tanta nobleza nos escogió para honrarse de nosotros. Y si a mi puerta llegara otro su semejante, lo procuraría favorecer hasta enterarme de toda la verdad, que casos hay en que aun los hombres de mucho valor escapan de manera que aun de sí mismos van corridos, y ese rapaz, después de conocido, lo hiciera con él según él hubiera procedido consigo mismo. Porque la pobreza no quita virtud ni la riqueza la pone. Cuando no fuera tal ni a mi propósito, procuráralo favorecer y de secreto lo ausentara de mí y, cuando en todo rigor mi deudo no fuera, estimara su eleción.

-Andad, sobrino -dijo el viejo-, como nunca lo vistes, decís eso; yo estoy contentísimo de haberlo castigado y, como digo, me pesa, si dello no acabó, que no le di cumplida pena de su delito, pues tan desnudo y hecho harapos quiso hacerse de nuestro linaje. Pues que no trujo vestido de bodas, llévese lo que le dieron.

-En ese mismo tiempo -dije- yo estaba con mi madre allá en Sevilla y no son tres años cumplidos que la dejé. Nací solo, no tuvieron mis padres otro.

Aun aquí se me salió de la boca que tuve dos padres y era medio de cada uno; mas volvílo a emendar, prosiguiendo:

-Dejóme de comer el mío; aunque no tanto que me alargue a demasías, ni tan poco que bien regido me pudiera faltar. No me puedo preciar de rico ni lamentar pobre. Demás que mi madre siempre ha sido mujer prudente, de gran gobierno, poco gastadora y gran casera.

Holgáronse de oírme los presentes y no sabían en qué santuario ponerme ni cómo festejarme, ni se tenía por bueno el que no me daba su lado derecho y entre dos el medio.

Entonces dije comigo mismo entre mí: «¡Oh vanidad, cómo corres tras los bien afortunados en cuanto goza de buen viento la vela; que si falta, harán en un momento mil mudanzas! ¡Y cómo conozco de veras que siempre son favorecidos aquellos todos de quien se tiene alguna esperanza que por algún camino pueden ser de algún provecho! ¡Y por la misma razón qué pocos ayudan a los necesitados y cuántos acuden favoreciendo la parte del rico! Somos hijos de soberbia, lisonjeros; que, si lo fuéramos de la amistad y caritativos, acudiéramos a lo contrario. Pues nos consta que gusta Dios que como proprios cada uno sienta los trabajos de su prójimo, ayudándole siempre de la manera que quisiéramos en los nuestros hallar su favor.»

Yo era el ídolo allí de mis parientes. Había comprado de una almoneda una vajilla de plata, que me costó casi ochocientos ducados, no con otro fin que para hacer mejor mi herida. Convidélos a todos un día, y a otros amigos. Híceles un espléndido banquete, acariciélos, jugamos, gané y todo casi lo di de barato. Y con esto los traía por los aires. Quién les dijera entonces a su salvo: «Sepan, señores, que comen de sus carnes, en el hato está el lobo, presente tienen el agraviado, de quien se sienten agradecidos. ¡Ah! si le conociesen y cómo le harían cruces a las esquinas, para no doblárselas en su vida. Porque les va mullendo los colchones y haciendo la cama, donde tendrán mal sueño y darán más vueltas en el aire que me hicieron dar a mí sobre la manta, con que se acordarán de mí cuanto yo dellos, que será por el tiempo de nuestras vidas. Ya mi dolor pasó y el suyo se les va recentando. Si bien conociesen al que aquí está con piel de oveja, se les haría león desatado. Bien está, pues pagarme tienen lo poco en que me tuvieron y lo que despreciaron su misma sangre. Gran añagaza es un buen coram vobis, gallardo gastador, galán vestido y don Juan de Guzmán. Pues a fe que les hubiera sido de menos daño Guzmán de Alfarache con sus harrapiezos, que don Juan de Guzmán con sus gayaduras.»

Muchas caricias me hacían; mas yo el estómago traía con bascas y revuelto, como mujer preñada, con los antojos del deseo de mi venganza, que siempre la pensada es mala. Estudiábala de propósito, ensayándome muy de mi espacio en ella, y en este virtuoso ejercicio eran entonces mis nobles entretenimientos, para mejor poder después obrar. Que fuera gran disparate haber hecho tanto preparamento sin propósito, y es inútil el poder cuando no se reduce al acto. Paso a paso esperaba mi coyuntura. Que cada cosa tiene su «cuando» y no todo lo podemos ejecutar en todo tiempo. Que demás de haber horas menguadas, hay estrellas y planetas desgraciados, a quien se les ha de huir el mal olor de la boca y guardárseles el viento, para que no pongan a el hombre adonde todos le den.

Así aguardé mi ocasión, pasando todos los días en festines, fiestas y contentos, ya por la marina, ya por jardines curiosísimos que hay en aquella ciudad y visitando bellísimas damas. Quisiéronme casar mis deudos con mucha calidad y poca dote. No me atreví, por lo que habrás oído decir por allá y huyendo de que a pocos días habíamos de dar con los huevos en la ceniza. Mostréme muy agradecido, no acetando ni repudiando, para poderlos ir entreteniendo y mejor engañando, hasta ver la mía encima del hito. Que cierto entonces con mayor facilidad se hiere de mazo, cuando el contrario tiene de la traición menos cuidado y de sí mayor seguridad.




ArribaAbajo

Capítulo VIII

Deja robados Guzmán de Alfarache a su tío y deudos en Génova, y embárcase para España en las galeras


Nunca debe la injuria despreciarse ni el que injuria dormirse, que debajo de la tierra sale la venganza, que siempre acecha en lo más escondido della. De donde no piensan suele saltar la liebre. No se confíen los poderosos en su poder ni los valientes en sus fuerzas, que muda el tiempo los estados y trueca las cosas. Una pequeña piedra suele trastornar un carro grande, y cuando a el ofensor le parezca tener mayor seguridad, entonces el ofendido halla mejor comodidad. La venganza ya he dicho ser cobardía, la cual nace de ánimo flaco, mujeril, a quien solamente compete. Y pues ya tengo referido de algunos y de muchos que han eternizado su nombre despreciándola, diré aquí un caso de una mujer que mostró bien serlo.

Una señora, moza, hermosa, rica y de noble linaje, quedó viuda de una caballero igual suyo, de sus mismas calidades. La cual, como sintiese discretamente los peligros a que su poca edad la dejaba dispuesta cerca de la común y general murmuración -que cada uno juzga de las cosas como quiere y se le antoja y, siendo sólo un acto, suelen variar mil pareceres varios, y que no todas veces las lenguas hablan de lo cierto ni juzgan de la verdad-, pareciéndole inconveniente poner sus prendas a juicio y su honor en disputa, determinóse a el menor daño, que fue casarse.

Tratábanle dello dos caballeros, iguales en pretender, empero desiguales en merecer. El uno muy de su gusto, según deseaba, con quien ya casi estaba hecho, y el otro muy aborrecido y contrario a lo dicho, pues, demás de no tener tanta calidad, tenía otros achaques para no ser admitido, aun de señora de muy menos prendas. Pues como con el primero se hubiese dado el sí de ambas las partes, que sólo faltaba el efeto, viendo el segundo su esperanza perdida y rematada, su pretensión sin remedio y que ya se casaba la señora, tomó una traza luciferina, con perversos medios para dar un salto con que pasar adelante y dejar a el otro atrás.

Acordó levantarse un día de mañana y, habiendo acechado con secreto cuándo se abriese la casa de la desposada, luego, sin ser sentido, se metió en el portal, estándose por algún espacio detrás de la puerta, hasta parecerle que ya bullía la gente por la calle y todas las más casas estaban abiertas. Entonces, fingiendo salir de la casa, como si hubieran dormido aquella noche dentro della, se puso en medio del umbral de la puerta, la espada debajo del brazo, haciendo como que se componía el cuello y acabándose de abrochar el sayo. De manera que cuantos pasaron y lo vieron, creyeron por sin duda ser él ya el verdadero desposado y haber gozado la dama.

Cuando tuvo esto en buen punto, se fue poco a poco la calle adelante hasta su posada. Esto hizo dos veces, y dellas quedó tan público el negocio y tan infamada la señora, que ya no se hablaba de otra cosa ni había quien lo ignorase en todo el pueblo, admirados todos de tal inconstancia en haber despreciado el primer concierto de tales ventajas y hecho eleción del otro, que tan atrasado y con tanta razón lo estaba.

Pues como se divulgase haberlo visto salir de aquella manera, medio desnudo, cuando llegó a noticia del primero, tanto lo sintió, tanto enojo recibió y su cólera fue tanta, que, si amaba tiernamente deseándola por su esposa, cruelmente aborreció huyéndola. Y no sólo a ella, mas a todas las mujeres, pareciéndole que, pues la que estimó en tanto, teniéndola por tan buena, casta y recogida, hizo una cosa tan fea, que habría muy pocas de quien fiarse y sería ventura si acertase con una.

Consideró sus inconstancias, prolijidades y pasiones y juntamente los peligros, trabajos y cuidados en que ponían a los hombres. Fue pasando con este discurso en otros adelante, que favorecido del cielo hicieron que, trocado el amor de la criatura en su Criador, se determinase a ser fraile, y así lo puso en obra, entrándose luego en religión.

Cuando a noticia de la señora llegó este hecho y la ocasión por lo que se decía en el pueblo y que ya no era en algún modo poderosa para quitar de su honor un borrón tan feo, sintiólo como mujer tan perdida, que tanto perdió junto, la honra, marido, hacienda y gusto, sin esperarlo ya más tener por aquel camino ni su semejante, sin poder jamás cobrarse. Fue fabricando con el pensamiento la traza con que mejor poder salvar su inocencia ejemplarmente, pareciéndole y considerándose tan rematada como su honestidad y que de otro modo que por aquel camino era imposible cobrarlo, pagando una semejante alevosía con otra no menos y más cruel.

Revistiósele una ira tan infernal y fuele creciendo tanto, que nunca pensó en otra cosa sino en cómo ponerlo en efeto. Líbrenos Dios de venganzas de mujeres agraviadas, que siempre suelen ser tales, cuales aquí vemos esta presente. Lo que primero hizo fue tratar de meterse monja -que aun si aquí parara, hubiera mejor corrido- y, dando parte de sus trabajos y pensamiento a otra muy grande amiga suya del proprio monasterio, lo efetuó con mucho secreto.

Luego fue recogiendo dentro del convento todo el principal menaje de su casa, joyas y dineros, anejándole por contratos públicos lo más de su hacienda. Esto hecho, estuvo esperando que se le volviese a tratar del casamiento de aquel caballero su enemigo, el cual a pocos días volvió a ello, dando por disculpa el amor grande que le tenía, por cuya causa desesperado usó de aquellos medios para poder conseguir lo que tanto deseaba. Mas, pues conocía su culpa y haber sido causa del yerro, quería soltar la quiebra ofreciéndose por su marido.

Ella, que otra cosa no deseaba para que su intención saliese a luz y resplandeciese su honor con ello, respondió que, pues el negocio ya no podía tener otro algún mejor medio, acetaba éste. Mas que había hecho un voto, el cual se cumplía dentro de dos meses, poco más, en que no le podría dar gusto, que, si el suyo lo fuese dilatarlo por este tiempo, que lo sería para ella. Empero que si luego quisiese tratar de verlo efetuado, había de ser con la dicha condición y juntamente con esto hacerlo muy de secreto, y tanto cuanto más fuese posible, hasta que pasado el término se pudiese manifestar.

Acetólo el caballero, hallándose por ello el hombre más dichoso del mundo y, prevenido lo necesario, se hicieron con mucho silencio los contratos con que fueron desposados. Estuvieron juntos muy pocos días, entretenido él con la esperanza cierta del bien cierto que ya poseía, y no menos ella con la de su venganza.

Una noche, después de haber cenado, que se fue a dormir el marido, ella entró en el aposento y, sentada cerca dél, aguardó que se durmiese y, viéndolo traspuesto con la fuerza del sueño primero, lo puso en el último de la vida, porque, sacando de la manga un bien afilado cuchillo, lo degolló, dejándolo en la cama muerto. A la mañana temprano salió de su aposento, y diciendo a la gente de su casa que había su esposo tenido mala noche, que nadie lo recordase hasta que fuese su gusto llamar o ella volviese de misa, cerró su puerta y con buena diligencia se fue al monasterio, donde luego recibió el hábito y fue monja, después de lavada su infamia con la sangre de quien la manchó, dando de su honestidad notorio desengaño y de su crueldad terrible muestra.

Viene muy bien acerca desto lo que dijo Fuctillos, un loco que andaba por Alcalá de Henares, el cual yo después conocí. Habíale un perro desgarrado una pierna y, aunque vino a estar sano della, no lo quedó en el corazón. Estaba de mal ánimo contra el perro, y viéndolo acaso un día muy estendido a la larga por delante de su puerta, durmiendo a el sol, fuese allí junto a la obra de Sancta María y, cogiendo a brazos un canto cuan grande lo pudo alzar del suelo, se fue bonico a él sin que lo sintiese y dejóselo caer a plomo sobre la cabeza. Pues como se sintiese de aquella manera el pobre perro, con las bascas de la muerte daba muchos aullidos y saltos en el aire, y viéndolo así, le decía: «Hermano, hermano, quien enemigos tiene no duerma.»

Ya otra vez he dicho que siempre lo malo es malo y de lo malo tengo por lo peor a la venganza. Porque corazón vengativo no puede ser misericordioso, y el que no usare de misericordia no la espere ni la tendrá Dios dél. Por la medida que midiere ha de ser medido. Hanlo de igualar con la balanza en que pesare a su prójimo. No se puede negar esto; mas también se me debe confesar que yerran aquellos que, sabiendo la mala inclinación de los hombres, hacen confianza dellos, y más de aquellos que tienen de antes ofendidos: que pocos o ninguno de los amigos reconciliados acontece a salir bueno.

Mucho de Dios ha de tener en el alma el que por solo Él perdonare. Pocos milagros habemos visto por este caso y sólo de uno vi en Florencia el testimonio, fuera de los muros de la ciudad en la iglesia de San Miniato, dentro en la fortaleza, que por ser breve y digno de memoria haré dél relación.

Un gentilhombre florentín, llamado el capitán Juan Gualberto, hijo de un caballero titulado, yendo a Florencia con su compañía, bien armado y a caballo, encontró en el camino con un su enemigo grande, que le había muerto a un su hermano. El cual, viéndose perdido y sujeto, se arrojó por el suelo a sus pies, cruzados los brazos, pidiéndole de merced por Jesucristo crucificado que no lo matase. El Juan Gualberto tuvo tal veneración a las palabras que, compungido de dolor, lo perdonó con grande misericordia. De allí lo hizo volver consigo a Florencia, donde lo llevó a ofrecer a Dios en la iglesia de San Miniato y, puesto delante de un crucifijo de bulto, le pidió Juan Gualberto que así le perdonase sus pecados, con la intención que había él perdonado aquel su enemigo. Viose visiblemente cómo, delante de toda la gente de su compañía y otros que allí estaban, el Cristo humilló la cabeza bajándola. Reconocido Juan Gualberto de aquesta merced y cortesía, luego se hizo religioso y acabó su vida santamente. Hoy está el Cristo de la forma misma que puso la humillación y es allí venerado por grandísima reliquia.

Cuando el perdón se hace sin este fundamento, siempre suele dejar un rescoldo vivo que abrasa el alma, solicitándola para venganza. Y aunque cuanto en lo exterior parece ya estar aquel fuego muerto, de tal agua mansa nos guarde Dios, que muchas y aun las más veces queda cubierta la lumbre con la ceniza del engañoso perdón; mas, en soplándola con un poco de ocasión, fácilmente se descubre y resplandecen las brasas encendidas de la injuria.

Por mí lo conozco, que tanto fue lo que siempre me aguijoneaba la venganza, que como con espuelas parecía picarme los ijares como a bestia. ¡Bien bestia!, que no lo es menos el que conoce aqueste disparate. Poníame siempre a los ojos aquel zarandeado de huesos y, reparando en ello, parecía que aún me sonaban como cascabeles. Con esto y con la dulzura que me lo habían contado y malas entrañas con que lo habían hecho, sin pesarles ya de otra cosa, más de haberles parecido poco, me hacía considerar y decir: «¡Oh, hideputa, enemigos, y si a vuestra puerta llegara necesitado, y qué refresco me ofreciérades para pasar mi viaje!»

Causábame cólera y della mucho deseo de pagarme de todos los de la conjuración; y dellos no tanto cuanto del viejo dogmatista como primero inventor y ejecutor que fue della y de mi daño. El tiempo iba pasando y con él trabándose más mis amistades, conociendo y siendo conocido. Tratábase con calor mi casamiento, deseando todos naturalizarme allá con ellos; visitaba y visitábanme; acudían a mi posada mis amigos y yo a la dellos; entraba ya como natural en todas partes y en las casas del juego. En mi posada también solía trabarse, ya perdiendo, ya ganando, hasta una noche que, acudiendo el naipe de golpe, truje a la posada más de siete mil reales, de que dejé tan picados a los contrayentes, que trataron de alargar el juego para la noche siguiente.

No me pesó de que se quisiesen alargar, porque ya yo estaba, como dicen, fuera de cuenta en los nueve meses, que me había dicho el capitán Favelo que se aprestaban las galeras y creía que para pasar a España con mucha brevedad. Esto me traía ya de leva, porque adondequiera que fueran había de ir en ellas; empero no me osaba declarar hasta que hubiesen de salir del puerto. Acetéles el juego, no con otro ánimo que de ir entreteniéndome con ellos largo y estar prevenido para darles, a uso de Portugal, de pancada. Perdí la noche siguiente; aunque no más de aquello que yo quise, porque ya me aprovechaba de toda ciencia para hacer mi hecho. Andábame con ellos a barlovento y siempre sacándole a mi amigo su barato, porque lo había de ser mucho más para mí.

Pocos días pasaron que, viéndolo triste, le pregunté qué tenía. Y respondióme que sólo sentir mi ausencia, porque sin duda sería el viaje dentro de diez días, a lo más largo, que así tenían la orden. Sus palabras fueron perlas y su voz para mí del cielo, como si otra vez oyera decir: «Abre esa capacha», porque con el porte desta pensaba quedar hecho de bellota.

Y apartándolo a solas, en secreto le dije:

-Señor capitán, sois tan mi amigo, estimo vuestras amistades en tanto, que no sé cómo encarecerlo ni pagarlas. Háseme ofrecido con vuestro viaje todo el remedio de mis deseos, que ya en otra cosa no consiste ni lo espero. Y si hasta este punto no tengo dada de mí la razón que a una fiel amistad se debe, ha sido porque, como tan cierto della, no he querido inquietar vuestro sosiego. Mi venida en esta ciudad no ha sido a verla ni por el mucho gusto y merced en ella recebida, cuanto a deshacer cierto agravio que aquí recibió mi padre, siendo ya hombre mayor, de un mancebo español que aquí reside. Obligóle a dejar la patria, porque, corrido y afrentado, no pudiendo a causa de su mucha edad satisfacerse como debiera, tuvo por menor daño hacer ausencia larga, y con este dolor vivió hasta ser fallecido. No tendrá razón de quejarse de mí quien a las canas de mi padre no tuvo respeto, que su proprio hijo lo pierda para él en su venganza. Y porque podría suceder que después de ya satisfecho dél, o con sus deudos o por su dinero, que no le falta, me quisiese hacer algún agravio, querría me diésedes vuestro favor, para que con sólo él y sin riesgo de vuestra persona, pusiésedes en salvo la mía con secreto. Dejaréisme con esto tan obligado, que me tendréis por esclavo eternamente, pues no tengo más honra de cuanta heredé y, si mi padre no la tuvo para dejármela, por habérsela un traidor enemigo quitado, también yo vivo sin ella y me conviene ganarla por mi proprio esfuerzo y manos. Que si mis deudos no lo han hecho, ha sido tanto por no perderse, cuanto porque, como luego se ausentó mi padre, todo se quedó sepultado, pareciéndoles menor inconveniente dejarlo así suspenso, que levantar el pueblo ni más publicarlo.

Atento estuvo Favelo a mis palabras y quisiera que se lo remitiera para que, haciéndose parte, como lo es el verdadero amigo, él mismo me dejara satisfecho. Y aunque para ello me importunó, haciendo grande instancia, no se lo quise admitir, diciéndole no ser conveniente ni justo que, siendo la injuria mía, otro se satisficiese della. Que sólo aqueso me sacó de mi tierra, España, y a ella no volvería en cuanto yo mismo no diese a mi enemigo su pago, de tal manera que conociese a quién y por qué lo hizo. Demás que me hacía notorio agravio en creer de mí que me faltaban fuerzas o ánimo para tales casos y tan del alma. Con lo que le dije quedó tan sosegado, que no me volvió a replicar en ello; empero díjome:

-Si algo valgo, si algo puedo, si mi hacienda, vida y honra fuere para vuestro servicio de importancia, todo es vuestro, y si para el resguardo de lo que os podría suceder queréis que yo y mi gente asistamos a la mira, ved lo que mandáis que haga: todo es vuestro y como de tal podréis en ello disponer a vuestro modo. Y tomo a mi cuenta que, una vez puestos pies en galera, no será