  Capítulo VI
Sale bien con el hurto Guzmán de Alfarache,
dale a Aguilera lo que le toca y vase a Génova con su criado
Sayavedra
La esperanza, como efectivamente no dice
posesión alguna, siempre trae los ánimos inquietos y atribulados
con temor de alcanzar lo que se desea. Sola ella es el consuelo de los
afligidos y puerto donde se ferran, porque resulta della una sombra de
seguridad, con que se favorecen los trabajos de la tardanza. Y como con la
segura y cierta se dilatan los corazones, teniendo firmeza en lo por venir,
así no hay pena que más atormente que si se ve perdida, y muy
poquito menos cuando se tarda.
Cuántos y cuán varios
pensamientos debieron de tener mis dos encomendados en este breve tiempo, que
como ni les di más luz y los dejé con la miel en la boca,
debieron de vacilar y dar con la imaginación más trazas que tiene
un mapa, unos por una parte y otros por otra. ¡Cuáles
andarían y con qué cuidado, deseando los fines
prometidos, que no se les debieron de hacer poco dudosos!
Ya, cuando vieron amanecer el sol del
día dellos tan deseado y de mí no menos, y Aguilera me trujo el
libro borrador que le pedí, busqué una hoja de atrás,
donde hubiese memorias de ocho días antes, y en un blanco que
hallé bien acomodado puse lo siguiente: «Dejóme a guardar
don Juan Osorio tres mil escudos de oro en oro, los diez de a diez y los
más de a dos y de a cuatro. Más me dejó dos mil reales, en
reales.» Luego pasé unas rayas por cima de lo escrito y a la
margen escrebí de otra letra diferente: «Llevólos,
llevólos.» Con esto cerramos nuestro libro y díselo.
Mas le di diez doblones de a diez y
díjele que, abriendo el escritorio, sacase ciento del gato y metiese
aquéllos en su lugar. Dile más dos bervetes, uno en que
decía: «Estos tres mil escudos en oro son de don Juan
Osorio»; y el otro: «Aquí están dos mil reales de don
Juan Osorio, su dueño.» Advertíle que si dentro del gato
hubiese algún otro bervete, lo sacase y dejase sólo el
mío, y el de los dos mil reales lo metiese dentro de un talego, en que
me dijo haber otros diez y siete mil, poco más o menos, que no
sabía lo justo, porque cada día se iban echando dineros en
él, y que advertiese que aqueste de la plata estaba en un arcón
de junto a el escritorio y tenía por señas el talego una grande
mancha de tinta junto a la boca.
Con esto se fue Aguilera, llevando de
orden que aquella noche sin falta lo dejase puesto cada cosa en su lugar,
según se lo había dicho. El siguiente día, después
de comer, me fui a la tienda del mercader muy disimulado, mi criado
detrás, nuestro paso a paso. Cuando allá llegamos y él me
vio, se alegró mucho, creyendo que ya le llevaba lo que le vine a
pedir.
Conformidad teníamos ambos en
engañar; mas eran muy diferentes de las mías las trazas que
él debía de tener pensadas. Cuando nos hubimos ya saludado, le
dije:
-Aqueste criado vendrá por la
mañana con un talego y un papel mío. Mande Vuestra Merced que se
le dé todo buen despacho.
El hombre, como debía de ir
más caballero en su malicia que receloso de la mía, creyó
que le decía que por la mañana le llevarían el dinero y
díjome:
-Todo se hará como Vuestra Merced
lo manda.
Fuime la puerta fuera y, a menos de
veinte pasos andados, di la vuelta y díjele:
-Después que de aquí
salí, se me ha ofrecido a el pensamiento que importa llevar luego ese
dinero para cierto efeto. Mándemelo dar Vuestra Merced.
El hombre se alteró y dijo:
-¿Qué dinero es el que
Vuestra Merced manda que dé?
Y díjele:
-Todo, señor, todo; porque todo
lo he menester.
Él entonces dijo:
-¿Cuál todo tengo de
dar?
Volvíle a decir:
-El oro y la plata.
-¿Qué oro y plata? -me
respondió.
Y respondíle:
-La plata y oro que Vuestra Merced
acá tiene mío.
-¿Yo de Vuestra Merced oro ni
plata? -me dijo-. Ni tengo plata ni oro ni sé lo que se dice.
-¿Cómo no sé lo que
me digo? -le respondí alborotado-. ¡Bueno es eso, por mi vida!
-¡Mejor es esotro -dijo
él-, pedirme lo que no me dio ni tengo suyo!
-¡Mire Vuestra Merced lo que dice!
-le volví a decir-, que para burlas bastan, y son éstas muy
pesadas para quien le falta gusto.
-¡Eso está bueno! -me
dijo-. Las de Vuestra Merced lo son. Váyase enhorabuena,
suplícole.
-¿Que me vaya dice? Antes no
deseo ya otra cosa. Mándeme dar Vuestra Merced aquese dinero.
-¿Cuál dinero tengo yo de
Vuestra Merced que me pide, para que se lo dé?
-Pídole -dije- los escudos y
reales que le dejé a guardar el día pasado.
-Vuestra Merced -me respondió-
nunca me dejó escudos ni reales ni tal tengo suyo.
Y díjele:
-Pues acaba en este momento de
confesarme delante de todos estos caballeros, cuando le dije que vendría
mañana mi criado por ellos, que se los daría, ¿y agora que
vuelvo yo, me los niega en un momento?
-Yo no niego a Vuestra Merced nada -me
dijo-, porque no tengo recebido algo que poder volver.
-Yo le truje a Vuestra Merced
habrá ocho días mi hacienda -le dije- y se la di que me la
guardase y la tiene recebida. Mándemela luego dar, porque no es mi
voluntad tenerla más un momento en su poder.
-En mi poder no tengo un cuatrín
ajeno; váyase con Dios, no sea el diablo que nos engañe a
todos.
-A mí fue a quien ya
engañó, en darle a Vuestra Merced mi hacienda.
Y con una cólera encendida, que
parecía echar fuego por todo el rostro, dije:
-¿Qué quiere decir, no
darme mi dinero? Aquí me lo ha de dar luego de contado, sin faltar un
cuatrín, o mire cómo ha de ser.
Mostróse tan turbado y temeroso
viéndome tan colérico y resuelto, que no supo qué
responder. Y como sonriéndose, haciendo burla de mis palabras,
decía que me fuese con Dios o con la maldición, que ni me
conocía ni sabía quién era ni cómo me llamaba ni
qué le pedía.
-¿Agora no me conoce ni sabe
quién soy, para levantarse con mi hacienda? Pues aún tiene
justicia Milán, que me hará pagar en breve tres pies a la
francesa.
El hombre más negaba, diciendo
andar yo errado, que podría ser haberlo dado a guardar en otra parte,
porque ni tenía dinero mío ni me lo debía, no obstante ser
verdad que yo le dije que se lo quise dar a guardar; empero que no había
vuelto con él, que me fuese a quejar a la justicia enhorabuena y, si
algo me debiese, que llano estaba para pagármelo.
Con esta resolución largué
los pliegues a la boca, lanzando por ella espuma, y a grandes gritos dije:
-¡Oh, traidor, falso!
¡Justicia del cielo y de la tierra venga sobre ti, mal hombre! Así
me quieres quitar mi hacienda delante de los ojos, dejándome perdido. La
vida me has de dar o mi dinero. Vengan aquí luego mis tres mil escudos,
digo. No ha de aprovecharos el negarlos, que os los tengo de sacar del alma o
me los habéis de poner en tabla, en oro y plata, como de mí lo
recibistes.
Alborotóse la casa con los que
allí habían estado presentes a el caso desde el principio.
Juntóse con ellos de los que pasaban por la calle y de otros vecinos,
tanto número de gente llamándose con el alboroto los unos a los
otros, que ya nos ahogaban y no nos entendíamos. Andábanse
preguntando todos qué voces eran o sobre qué
reñíamos. Aquí y allí lo contaban ciento y cada uno
de su manera, y nosotros allá dentro que nos hundíamos con la
reyerta.
En esto llegó un bargelo, que es
como alguacil en Castilla, pero no trae vara, y haciendo lugar por medio de la
gente, llegó donde estábamos, que ya nos ardíamos. Yo
cuando vi justicia presente -aunque no sabía quién fuese
más de ser justicia- vi mi pleito hecho y dije luego:
-Señores, ya Vuestras Mercedes
han visto lo que aquí ha pasado y de la manera que aqueste mal hombre me
niega mi hacienda. Su mismo criado diga la verdad y, si lo negaren,
dígalo su mismo libro, donde se hallará escrito lo que de
mí recibió y en qué partidas, de la manera que se las
entregué, para que se nos conozca bien quién es cada uno y
cuál dice verdad. ¿Yo había de pedir lo que no le di?
Dentro de un gato suyo metió en aquel escritorio tres mil
escudos de a dos y de a cuatro y, por señas más verdaderas y
ciertas, hay entremedias diez escudos de a diez, que todos hacen los tres mil a
el justo. Y en un talego que puso a guardar dentro de aquel arca, en que me
dijo que habría entonces hasta diez y siete mil reales poco más o
menos con los míos, metió los dos mil que le di. Si no fuere como
lo digo, que se quede con ello y me quiten la cabeza como a traidor, con tal
que luego se averigüe mi verdad, en presencia de Vuestras Mercedes, antes
que tenga lugar de poderlo trasponer en otra parte.
Y señalando a el bargelo,
dije:
-Véalo Vuestra Merced,
véalo y vea quién trata falsedad y engaño.
El mercader dijo entonces:
-Yo lo consiento, tráiganse mis
libros, véanse todos y cuanto dinero tengo en toda mi casa. Si tal
así pareciere, yo quiero confesar que dice verdad y ser el que
miento.
Los que presentes había
dijeron:
-Acabado es el pleito. Justificados
están. La verdad se verá bien clara y presto, en lo que ambos
dicen.
El mercader mandó a su cajero
sacase su libro mayor y, cuando lo trujo, dije:
-¡Oh, traidor, no está en
ese libro, sino en el manual!
Pidió el manual de la caja y,
cuando lo vi, volví a decir:
-No, no, no son aquí menester
tantos enredos, engañándonos con libros; que no digo ésos.
No hay para qué roncear; en el que se asentaron las partidas no es tan
grande. Un libro es angosto y largo.
Entonces dijo Aguilera:
-En el de memorias debe de querer decir,
según da señas dél, que no hay otro en esta casa de
aquella manera.
Y sacándolo allí,
dijo:
-¿Es por ventura éste?
-Éste sí, éste
sí, él es, véase lo que digo, no hay para qué
asconderlo ni encubrirlo, aquí se hallará la verdad.
Anduvieron hojeando un poco y, cuando
reconocí las partidas y letra, dije:
-Vuestras Mercedes vean lo que
aquí dice, lean estas partidas que me tiene testadas y adicionadas a la
margen; pues no le ha de valer tampoco por ahí, que mi dinero me tiene
de dar.
Vieron todos las partidas y ser como yo
lo decía, y el mercader estaba tan loco que no sabía qué
decir, más de jurar mil juramentos que tal no sabía cómo
ni quién lo hubiera escrito.
Yo les dije:
-Yo mismo lo escrebí, mi letra
es; pero la del margen es diferente y falsamente puesto y testadas, que no me
han vuelto nada. Y en aquel escritorio, si no lo ha sacado, allí
están mis escudos.
Hacía unos estremos como un loco
furioso, de manera que creyeron ser sin duda verdad cuanto decía. Y
procurándome sosegar, decían que me apaciguase, que no importaba
estar testadas las partidas ni escrito a la margen habérmelos vuelto, si
en lo demás era según lo decía.
Díjeles luego:
-¿Qué mayor verdad
mía o qué mayor indicio de su malicia puede haber que decir poco
ha que no le había dado blanca y hallarlo aquí escrito, aunque
testado? Si lo recibió, ¿por qué lo niega? Y si no lo
recibió, ¿cómo está escrito aquí?
Ábrase aquel escritorio, que dentro estarán mis doblones y los
diez de a diez entremedias dellos.
Porfiaba el mercader y
deshacíase, diciendo con varios juramentos y obsecraciones que todo era
maldad y que se lo levantaba, porque doblones de a diez, uno ni más
había en toda su casa.
Tanto porfiaron y el bargelo tanto
instó en que diese las llaves del escritorio, porque las
resistía, no queriéndolas dar, que le juró, si no se las
diese, que se lo sacaría de casa, hasta dar noticia de todo a el
capitán de justicia -que allí es como en Castilla
un corregidor-, para que, depositado, se supiese la verdad.
Finalmente las dio, y en
abriéndolo d[i]je:
-Allí en aquella gaveta los
metió en un gato pardo rodado.
Abrieron la gaveta y sacaron el gato, y,
queriendo contar el dinero para ver si estaba justo, salió el bervete y
dije:
-Lean ese papel, que ahí
dirá lo que hay dentro y cúyo es.
Leyéronlo y decía ser de
don Juan Osorio. Contáronlo y hallaron justos los tres mil escudos con
los diez de a diez que yo decía. Ya en este punto quedó el
mercader absolutamente rematado, sin saber qué decir ni alegar,
pareciéndole obra del demonio, porque hombre humano era imposible
haberlo hecho. Demás que si yo tuve mano para ponérselos
allí, con mayor facilidad se los pudiera, sin esto, haber llevado.
Estaba sin juicio y daba gritos que todo era mentira, que se lo levantaban, que
aquel dinero era suyo y no ajeno; que, si el diablo no puso allí
aquellos doblones, que no los puso él; que me prendiesen porque
tenía familiar.
Yo decía:
-Préndanme muy enhorabuena, con
tal que me deis mi dinero.
Dábale terribles voces,
diciéndole:
-¡Ah, engañador!
¿Aún tenéis lengua con que hablar, viéndose la
maldad tan evidente? Abran aquel arcón, que allí está la
plata y dentro la puso.
-No hay tal -decía él-,
que la plata que allí hay toda es mía y lo son los tres mil
escudos.
-¿Cómo son vuestros -le
dije-, si acabáis de confesar que no teníades doblones de a diez?
Que Dios ha permitido que se os olvidase de haberlos recebido, para que yo no
perdiese mi hacienda. El que ha de negar lo ajeno, ha de mirar lo que
dice. Cuando aquí llegué, me dijistes delante de
aquestos caballeros que mañana me daríades mi hacienda y, luego
que os la volví a pedir, delante dellos mismos, me la negastes.
Ábrase aquel arca, sáquese todo, sépase quién es
cada uno y cómo vive.
Abrieron el arca y, cuando vi el talego,
aunque había otros con él, de más y menos dineros,
largando el brazo lo señalé con el dedo:
-Ese de la mancha negra es.
En resolución, se halló
verdad cuanto les había dicho, y más quedaron certificados
cuando, trastornando aquel talego para contar los dineros, hallaron el otro
bervete que decía estar allí míos dos mil reales. Yo
gritaba:
-Mal hombre, mal tratante, enemigo de
Dios, falto de verdad y de conciencia, ¿y cómo, si
teníades mis dineros, de la manera que todo el mundo lo ha visto y sabe,
me borrábades lo escrito? ¿Cómo decíades que nada
os había dado? ¿Cómo que no me conocíades ni
sabíades quién era ni cómo me llamaba? Ya
¿qué tenéis que alegar? ¿Tenéis más
falsedades y mentiras que decir? ¿Veis como Dios Nuestro Señor ha
permitido que os hayáis tanto cegado, que ambos bervetes no tuvistes
entendimiento para quitarlos ni esconder la moneda? ¿Veis como ha vuelto
su Divina Majestad por mi mucha inocencia y sencillez con que os di a guardar
mi hacienda creyendo que siempre me la diérades, y que quien me
aconsejó que os la diese debió de ser otro tal como vos y
echadizo vuestro para quedaros con ella?
Cuantos estaban presentes quedaron con
esto que vieron y oyeron tan admirados, cuanto enfadados de ver semejante
bellaquería, satisfechos de que yo tenía razón y justicia.
Eran en mi favor la voz común, las evidencias y experiencias vistas y su
mala fama, que concluía, y decían todos:
-Mirad si había de hacer de las
suyas. No es nuevo en el bellaco logrero robar haciendas ajenas. ¿No
veis como a este pobre caballero se le quería levantar con lo que le dio
en confianza? Que, si no fuera por su buena diligencia, para siempre se le
quedara con ello.
El mercader, que a sus oídos
oía estas y otras peores palabras, no tenía tantas bocas o
lenguas para poder satisfacer con ellas a tantos, ni era posible abonarse.
Quedó tal, que ni sabía si soñaba o si estaba dispierto.
Paréceme agora que se pellizcaría las manos y los brazos para
recordar o que le pasaría por la imaginación si había
perdido las dos potencias, entendimiento y memoria, y le quedaba la sola
voluntad, según lo que había pasado. Él -como dije-
tenía mal nombre, que para mi negocio estaba probado la mitad. Y aquesto
tienen siempre contra sí los que mal viven: pocos indicios bastan y la
hacen plena.
Con esto y con lo que juraron los que
allí estaban de los primeros, que, pidiéndole yo mi dinero, dijo
que otro día me lo daría, o a mi criado, y cómo luego que
volví por él me lo negó. Su criado juró cómo
llegué a su tienda y en su presencia le rogué que me guardase
tres mil escudos, pero que no sabía si se los di, que a lo escrito se
remitía, porque muchas veces faltaba de la tienda y no sabía
más de lo dicho. Mi criado juró su verdad, que por su mano los
había contado y entregado a el mercader en presencia de otros hombres
que no sabía quién eran, porque como forastero no los
conoció. Y con la evidencia cierta de todo cuanto dije y ver testadas
las partidas, estar la moneda señalada, tener cada talego su bervete de
cúyo era, confirmó los ánimos en mi favor,
volviéndose con él sin dejarle dar disculpa ni querérsela
oír. Ni él tenía ya espíritu para hablar. Porque
con su mucha edad y ver una cosa tan espantosa, que no acababa de sospechar
qué fuese, se quedó tan robado el color como si estuviera
defunto, quedando desmayado por mucho espacio. Ya creyeron ser fallecido; mas
volvió en sí como embelesado, y tal, que ya me daba
lástima. Empero consolábame que si se finara me hiciera menos
falta que su dinero.
No hubo persona de cuantos allí
se hallaron que no dijese que se me diesen mis dineros. Yo, como sabía
que no bastaba decirlo el vulgo para dármelos, que sólo el juez
era parte para podérmelos adjudicar, preveníme de cautela para lo
de adelante y, cuando todos a voces decían: «Suyo es el dinero,
dénselo, dénselo», respondía yo: «No lo
quiero, no lo quiero; deposítense,
deposítense.» Con esta mayor justificación el bargelo que
allí se halló presente sacó el dinero de mal poder y lo
puso depositado en un vecino abonado. De donde con poco pleito en breves
días me lo entregaron por sentencia, quedándose mi mercader sin
ellos y condenado en costas, demás de la infamia general que le
quedó del caso.
Después que vi tanto dinero en
estas pobres y pecadoras manos, me acordé muchas veces del hurto que
Sayavedra me hizo, que, aunque no fue tan poco que para mí no me hubiera
hecho grande falta, si aquello no me sucediera tampoco lo conociera ni con este
hurto arribara; consolábame diciendo: «Si me quebré la
pierna, quizá por mejor; del mal el menos.» A todos nos vino bien,
pues yo de allí adelante quedé con crédito y hacienda,
más de lo que me pudieron quitar; Sayavedra quedó remediado y
Aguilera remendado.
Llevé a mi casa mis dineros con
todo el regocijo que podéis pensar, guardélo y arropélo,
porque no se arromadizase. Y con ser esto así, aún mi criado no
lo acababa de creer, ni tocándole las manos. Parecíale todo
sueño y no posible haber salido con ello. Santiguábase con ambas
manos de mí, porque aunque cuando en Roma me conoció supo mi vida
y tratos, teniéndome por de sutil ingenio, no se le alcanzó que
pudiera ser tanto y que las mataba él en el aire, pudiendo ser muchos
años mi maestro y aun tenerme seis por su aprendiz.
Entonces le dije:
-Amigo Sayavedra, ésta es la
verdadera ciencia, hurtar sin peligrar y bien medrar. Que la que por el camino
me habéis predicado ha sido
Alcorán de Mahoma. Hurtar una saya y
recebir cien azotes, quienquiera se lo sabe: más es la data que el
cargo. Donde yo anduviere, bien podrán los de vuestro tamaño
bajar el estandarte.
De allí a dos días vino
Aguilera por su parte una noche, aunque si no fuera por Sayavedra, yo hiciera
con boda y bodigos el alto de Vélez, mas, porque no me tuviese sobre
ojos en mala reputación y quedase con algún mal conceto de
mí, diciendo que quien mal trato usa con otro también lo
usaría con él, no quise por lo menos aventurar lo más.
Díjome que su amo estaba
muriéndose del enojo, loco de imaginar cómo pudo ser aquello y
aun le pasó por la imaginación no ser otra cosa que obra del
demonio. Descontéle cien escudos de los que había recebido ya de
su mano, por los diez doblones, y dile lo que a el justo le cupo, conforme a el
concierto. Después acometí a darle a Sayavedra su parte, con la
de la ganancia de los quinientos escudos, y dijo que allí lo
tenía cierto para cuando lo hubiese menester, que, pues él no
tenía dónde, lo guardase yo hasta mejor comodidad.
Estuvimos en Milán otros diez o
doce días; aunque siempre como asombrados y temerosos, por lo cual
fuimos de acuerdo salir de allí para Génova, no dando nunca
cuenta de nuestro viaje a persona de las del mundo, ni alguno supo de nuestra
boca dónde íbamos, por lo que pudiera suceder. Antes
dábamos el nombre para otra parte muy diferente, fabricando negocio a
que decíamos importarnos mucho acudir.
Íbame yo paseando por una de las
calles de Milán, adonde había tantas y tan variadas cosas y
mercaderías, que me tenían suspenso, y acaso vi en una tienda una
cadena que vendían a un soldado, a mis ojos la cosa más bella que
jamás vieron. Diome tanta codicia, que ya por comprarla, si acaso no se
concertasen, o para mandar hacer otra semejante, me llegué a ellos y
estúvela mirando, sin dar a entender mi deseo. Y codiciéla tanto,
que luego en aquel espacio breve, teniéndola por fina, se me
ofreció traza como llevármela de camino y sin pesadumbre.
Atento estuve al concierto, y tan vil
era el precio de que se trataba, que creí ser de sola su hechura; mas,
como no se concertasen, comencé luego mi enredo preguntando lo que
valía y lo que pesaba. El mercader se rió de oírme y
dijo:
-Señor, esto no se vende a peso;
sino así como está, un tanto por toda.
En sola esta palabra conocí ser
falsa y pareciéndome mucha bajeza por cosa tan poca gastar
almacén y traza que pudiera después acomodarse mejor en
ocasión grave y de importancia, demás que no se debe arriscar por
poco mucho, y, si por ventura yo allí segundaba, diera indicios de haber
sido embeleco el pasado, concertéme con él y paguésela con
tanto gusto como si fuera pieza de valor.
Y no la estimaba en menos, por lo que
con ella interesaba. Que se me representó serme de importancia para lo
de adelante. Y luego acordé hacer otra de oro fino de la misma hechura y
traza. Fuime a un platero. Hízola tal y tan semejante, que puestas ambas
en una mano era imposible juzgarlas, ecepto en el sonido y peso, porque le
falsa era más ligera un poco y de sonido campanil; que el oro lo tiene
sordo y aplomado. Túvome de toda costa seiscientos y
treinta escudos, poco más o menos, y holgara más de que fueran
mil, que tanto más me había de valer la otra.
Compré juntamente dos cofrecitos
pequeños en que cupiesen a el justo, uno para cada una, en que
llevarlas. Y porque aún todavía todas las coyunturas de mi cuerpo
me dolían, pareciéndome tener desencasadas las costillas, de la
noche buena que me dio el señor mi tío, que la tenía
escrita en el alma y aún la tinta no estaba enjuta, viéndome de
camino para Génova, dile a Sayavedra parte del mi pensamiento, no
contándole lo pasado, más de que, cuando por allí
pasé siendo niño, me hicieron cierta burla, porque no me vieron
en el punto que quisieran para honrarse comigo.
Y en el alma me pesó de haberle
dicho aun esto, porque no me hallara en mentira de lo que le había dicho
antes. Mas no reparó en ello. Díjele juntamente con ello:
-Si tú, Sayavedra, como te
precias fueras, ya hubieras antes llegado a Génova y vengado mi agravio;
mas forzoso me será hacerlo yo, supliendo tu descuido y faltas. Y porque
también será bien chancelar aquella obligación y pagar
deudas, porque la buena obra que me hicieron quede con su galardón bien
satisfecha. Demás que para desmentir espías conviene hacer lo que
tu hermano y tú hicistes, mudar de vestidos y nombres.
-Paréceme muy bien -dijo
Sayavedra-, y digo que quiero heredar el tuyo verdadero, con que poderte imitar
y servir. Desde hoy me llamo Guzmán de Alfarache.
-Yo, pues -dije-, me quiero envestir el
proprio mío que de mis padres heredé y hasta hoy no lo he gozado,
porque un don, o ha de ser del Espíritu Santo para ser admitido y bien
recebido de los otros, o ha de venir de línea recta; que los dones que
ya ruedan por Italia, todos son infamia y desvergüenza, que no hay hijo
[de] remendón español que no le traiga. Y si corre
allá como acá, con razón se les pregunta:
«¿Quién guarda los puercos?» Yo me llamo don Juan de
Guzmán y con eso me contento.
Entonces dijo Sayavedra con grande
alegría:
-¡Don Juan de Guzmán,
vítor, vítor, vítor, a quien tan buena pantorrilla le
hace, aquese sea su nombre! ¡Mal haya el traidor que lo manchare! Quien
te lo quitare, hijo, la mi maldición te alcance.
Hice sacar lo necesario para un manteo y
sotana de rico gorbarán, con que salimos nuestro camino de
Génova.
  Capítulo VII
Llega Guzmán de Alfarache a Génova,
donde, conocido de sus deudos, lo regalaron mucho
Largo tiempo conservará la vasija
el olor o sabor con que una vez fuere llena. Si el curso del mío, las
ocasiones y casos, amor y temor no abrieren los ojos a el entendimiento, si con
esto no recordare del sueño de los vicios, no me puedo persuadir que
puedan fuerzas humanas. Y aunque con estratagemas, trazas y medios, pudiera ser
alcanzarlo, no a lo menos con tanta facilidad, que no sea necesario largo
discurso, con que haga su eleción el hombre, destinguiendo lo
útil de lo dañoso, lo justo de lo injusto y lo malo de lo bueno.
Y ya, cuando a este punto llega, anda el negocio de condición que quien
se quisiere ayudar a salir del cenagal, nunca le faltarán buenas
inspiraciones del cielo, que favoreciendo los actos de virtud los esfuerza, con
que, conocido el error pasado, enmienden lo presente y lleguen a la
perfeción en lo venidero.
Mas los brutos, que como el toro cierran
los ojos y bajan la cabeza para dar el golpe, siguiendo su voluntad, pocas
veces, tarde o nunca vendrán en conocimiento de su desventura. Porque
como ciegos no quieren ver, son sordos a lo que no quieren
oír ni que alguno les inquiete su paso. Huelgan irse paseando por la
senda de su antojo, pareciéndoles larga, que no tiene fin o que la vida
no tiene de acabarse, cuya bienaventuranza consiste sólo en aquella
idolatría.
Son gente de ancha vida, de ancha
conciencia, quieren anchuras y nada estrecho. Saben bien que hacen mal y hacen
mal por no hacer bien. Danse para lo que quieren por desentendidos y no ignoran
que se les va gastando la cuerda, estrechándose la salida y que al cabo
hay eternos despeñaderos. Mas como vemos a Dios las manos enclavadas y
dolorosas, parécenos que le lastimará mucho cuando quiera
lastimarnos.
Dicen los tontos entre sí:
«Nada nos duele, salud tenemos, dinero no falta, la casa está
proveída: durmamos agora, holgúemonos lo poco que nos cabe,
tiempo hay, no es necesario caminar tan apriesa quitándonos la vida que
Dios nos da.» Dilátanlo una hora y pasa un día;
pásase otro día, vase la semana, el mes corre, vuela el
año, y no llega este «cuando», que aun si llegase bien
sería, no llegaría tarde. Aquesta es la deuda de quien se dijo
que se cobra en tres pagas; empero págase la pena, cuando se nos hace
cierta, cruel y presto.
¿Quién considera un
logrero, que, olvidado de Dios, no piensa que lo hay, sino en aquella vil
ganancia? ¿Quién ve un deshonesto, que con aquel torpe apetito
adora lo que más presto aborrece y allí busca su gloria donde
conoce su tormento? ¿Un glotón, un soberbio, hijo de Lucifer,
más que Diocleciano cruel, acostumbrado a martirizar inocentes,
agraviando justos y persiguiendo a los virtuosos? ¿Un murmurador sin
provecho, que, pensando hacer en sí, deshace a los otros y escarba la
gallina siempre por su mal? Son los murmuradores como los ladrones y fulleros.
El hombre honrado, rico y de buena vida
no hurta, porque vive contento con la merced que Dios le ha hecho. Con su
hacienda pasa, della come y se sustenta. Suelen decir los tales: «Yo,
señor, tengo lo necesario para mí y aun puedo dar a otros.»
Hacen honra desto, diciendo sobrarles que poder dar.
El fullero ladrón hurta, porque
con aquello pasa; como no lo tiene, trata de quitarlo a otros, dondequiera que
lo halla. Desta manera, el noble tiene para sí la honra que ha menester
y aun para poder honrar a otros, y el murmurador se sustenta de la honra de su
conocido, quitándole y desquilatándole della cuanto puede, porque
le parece que, si no lo hurta de otros, no tiene de dónde haberlo para
sí.
¡Gran lástima es que
críe la mar peces lenguados y produzca la tierra hombres deslenguados!
Pues un hipócrita, de los que dicen que tienen ya dada carta de pago a
el mundo y son como los que juegan a la pelota, dan con ella en el suelo de
bote, para que se les vuelva luego a la mano y, dándoles de voleo,
alarguen más la chaza o ganen quince. Desventurados dellos, que,
haciendo largas oraciones con la boca, con ella se comen las haciendas de los
pobres, de las viudas y huérfanos. Por lo cual será
Dios con ellos en largo juicio. Suele ser el hipócrita como una escopeta
cuando está cargada, que no se sabe lo que tiene dentro y, en
llegándole muy poquito fuego, una sola centella despide una bala que
derriba un gigante. Así con pequeña ocasión descubre lo
que tiene oculto dentro del alma. Derrenegad siempre de unos hombres como unos
perales enjutos, magros, altos y desvaídos, que se les cae la cabeza
para fingirse santos. Andan encogidos, metidos en un ferreruelo raído,
como si anduviesen amortajados en él. Son idiotas de tres altos y
quieren con artificio hacernos creer que saben. Hurtan cuatro sentencias, de
que hacen plato, vendiéndolas por suyas. Fingen su justicia por la de
Trajano; su santidad, de San Pablo; su prudencia, de Salamón; su
sencillez, de San Francisco, y debajo desta capa suele vivir un mal vividor.
Traen la cara marcilenta y las obras afeitadas, el vestido estrecho y ancha la
conciencia, un «en mi verdad» en la boca y el corazón lleno
de mentiras, una caridad pública y una insaciable avaricia secreta.
Manifiéstanse ayunos, así de manjares como de bienes temporales,
con una sed tan intensa que se sorberán la mar y no quedarán
hartos. Todo dicen serles demasiado y con todo no se contentan. Son como los
dátiles: lo dulce afuera, la miel en las palabras y lo duro adentro en
el alma. Grandísima lástima se les debe tener por lo mucho que
padecen y lo poco de que gozan, condenándose
últimamente por sola una caduca vanidad en ser acá estimados. De
manera que ni visten a gusto ni comen con él; andan miserables,
afligidos, marchitos, sin poder nunca decir que tuvieron una hora de contento,
aun hasta las conciencias inquietas y los cuerpos con sobresalto. Que, si lo
que desta manera padecen, como lo hacen por sólo el mundo y lo exterior
en él para sólo parecer, lo hicieran por Dios para más
merecer y por después no padecer, sin duda que vivirían aun con
aquello alegres en esta vida y alegres irían a gozar de la eterna.
Digamos algo de un testigo falso, cuya
pena deja el pueblo amancillado y a todos es agradable gustando
de su castigo por lo grave de su delito. ¡Que por seis maravedís
haya quien jure seis mil falsedades y quite seiscientas mil honras o
interés de hacienda, que no son después poderosos a restituir!
¡Y que de la manera que los trabajadores y jornaleros acuden a las plazas
deputadas para ser de allí conducidos a el trabajo, así acuden
ellos a los consistorios y plazas de negocios, a los mismos oficios de los
escribanos, a saber lo que se trata, y se ofrecen a quien los ha menester! No
sería esto lo peor, si no los conservasen allí los ministros
mismos para valerse dellos en las ocasiones y para las causas que los han
menester y quieren probar de oficio. No es burla, no encarecimiento ni miento.
Testigos falsos hallará quien los quisiere comprar; en conserva
están en las boticas de los escribanos. Váyanlos a buscar en el
oficio de N. Ya lo quise decir; mas todos lo conocen. Allí los hay como
pasteles, conforme los buscaren, de a cuatro, de a ocho, de a medio real y de a
real. Empero, si el caso es grave, también los hay hechizos, como para
banquetes y bodas, de a dos y de a cuatro reales, que depondrán, a
prueba de moxquete, de ochenta años de conocimiento. Como lo hizo en
cierta probanza de un señor un vasallo suyo, labrador, de corto
entendimiento, el cual, habiéndole dicho que dijese tener ochenta
años, no entendió bien y juró tener ochocientos. Y aunque,
admirado el escribano de semejante disparate, le advirtió
que mirase lo que decía, y respondió: «Mirá vos
cómo escrebís y dejad a cada uno tener los años que
quisiere, sin espulgarme la vida.» Después, haciéndose
relación deste testigo, cuando llegaron a la edad, parecióles
error del escribano y quisiéronle por ello castigar; mas él se
desculpó diciendo que cumplió en su oficio, en escrebir lo que
dijo el testigo. Que, aunque le advirtió dello, se volvió a
ratificar diciendo tener aquella edad, que así lo pusiese. Hicieron los
jueces parecer el testigo personalmente, y preguntándole que por
qué había jurado ser de ochocientos años,
respondió: «Porque así conviene a servicio de Dios y del
Conde, mi señor.» Testigos falsos hay: las plazas están
llenas, por dinero se compran y, el que los quisiere de balde, busque parientes
encontrados, que por sustentar la pasión dirá contra toda su
generación, y déstos nos libre Dios, que son los que más
nos dañan.
Dejémoslos y vengamos a los de mi
oficio y a la cofadría más antigua y larga. Porque no quiero que
digas que tuve para los otros pluma y me quise quedar en el tintero, dejando
franca mi puerta. Que a fe que tengo de dar buenas aldabadas en ella y no
quedarme descansando a la sombra ni holgando en la taberna.
Un ladrón ¿qué no
hará por hurtar? Digo ladrón a los pobres pecadores como yo; que
con los ladrones de bien, con los que arrastran gualdrapas de terciopelo, con
los que revisten sus paredes con brocados y cubren el suelo con oro y seda
turquí, con los que nos ahorcan a nosotros no hablo, que somos
inferiores dellos y como los peces, que los grandes comen a los
pequeños. Viven sustentados en su reputación, acreditados con su
poder y favorecidos con su adulación, cuyas fuerzas rompen las horcas y
para quien el esparto no nació ni galeras fueron fabricadas, ecepto el
mando en ellas de quien podría ser que nos acordásemos algo en su
lugar, si allá llegáremos, que sí llegaremos con el favor
de Dios.
Vamos agora llevando por delante los que
importa que no se queden, los tales como yo y mi criado. No se ha de dar
puntada en los que roban la justicia, pues no los hay ni lo tal se sabe. Mas
por ventura si alguno lo ha hecho, ya se lo dijimos en la primera parte. No del
regidor, de quien también hablamos, que no es de importancia ni de
sustancia su negocio, pues fuera de sus estancos y regatonerías, todo es
niñería.
Dirán algunos: «Tal eres
tú como ellos, pues quieres encubrir sus mentiras, engaños y
falsedades. Que, si se preguntase qué hacienda tiene micer N.,
dirían: 'Señor, es un honrado regidor.' ¿No más de
regidor? ¿Pues cómo come y se sustenta con sólo el oficio,
que no tiene renta, sustentando tanta casa, criados y caballos?»
Bueno es eso, bien parece que no lo
entendéis. Verdad es que no tiene renta, pero tiene renteros, y ninguno
lo puede ser sin su licencia, pagándole un tanto por ello, lo cual se le
ha de bajar de la renta que pone, rematándosela por mucho menos.
¿Por qué no dices lo que
sabes desto y que, si alguno se atreve a hablar o pujar contra su voluntad, lo
hacen callar a coces y no lo dejarán vivir en el mundo, porque como
poderosos luego les buscan la paja en el oído y a diestro y a siniestro
dan con ellos en el suelo, y que son como las ventosas, que, donde sienten que
hay en qué asir, se hacen fuertes y chupan hasta sacar la sustancia, sin
que haya quien de allí las quite, hasta que ya están llenas? Di
¿cómo nadie lo castiga?
Porque a los que tratan dello les
acontece lo que a las ollas que ponen llenas de agua encima del fuego, que
apenas las calienta, cuando rebosa el agua por encima y mata la lumbre.
¿Has entendídome bien? O porque tienen ángel de guarda,
que los libra en todos los trabajos del percuciente.
Di también -pues no lo dijiste-
que si a los tales, después de ahorcados les hiciesen las causas,
dirían contra ellos aquellos mismos que andan a su lado y agora con el
miedo comen y callan. Di sin rebozo que, por comer ellos de balde o barato,
carga sobre los pobres aquello y se les vende lo peor y más caro. Acaba
ya, di en resolución, que son como tú y de mayor daño, que
tú dañas una casa y ellos toda la república.
¡Oh qué gentil consejo que
me das ése, amigo mío! ¡Tómalo tú para ti!
¿Quieres por ventura sacar las brasas con la mano del gato? Dilo, si lo
sabes; que lo que yo supe ya lo dije y no quiero que comigo hagan lo que dices
que con los otros hacen. Basta que contra la decencia de su calidad y
mayoría me alargue más de lo lícito, sin que de nuevo
quieras obligarme a espulgarles las vidas, no siendo de provecho. Si acá
en Italia corre de aquesa manera, gracias a Dios que me voy a España,
donde no se trata de semejante latrocinio.
Bien sé yo cómo se pudiera
todo remediar con mucha facilidad, en augmento y de consentimiento de la
república, en servicio de Dios y de sus príncipes; mas
¿heme yo de andar tras ellos, dando memoriales, y, cuando más y
mejor tenga entablado el negocio, llegue de través el señor don
Fulano y diga ser disparate, porque le tocan las generales y dé con su
poder por el suelo con mi pobreza? Más me quiero ir a el
amor del agua lo poco que me queda.
Por decir verdades me tienen
arrinconado, por dar consejos me llaman pícaro y me los despiden.
Allá se lo hayan. Caminemos con ello como lo hicieron los pasados, y
rueguen a Dios los venideros que no se les empeore. Diré aquí
solamente que hay sin comparación mayor número de ladrones que de
médicos y que no hay para qué ninguno se haga santo,
escandalizándose de oír mentar el nombre de ladrón,
haciéndole ascos y deshonrándolos, hasta que se pregunte a
sí mesmo, por aquí o por allí, qué ha hurtado en
esta vida, y para esto sepa que hurtar no es otro que tener la cosa contra la
voluntad ajena de su dueño.
No se me da más que ya no lo sepa
como que lo dé con su mano, si es por más no poder o por
allí redimir la vejación. Comencélo desde la niñez,
aunque no siempre lo usé. Fui como el árbol cortado por el pie,
que siempre deja raíces vivas, de donde a cabo de largos años
acontece salir una nueva planta con el mismo fruto. Ya presto veréis
cómo me vuelvo a hacer mis buñuelos. El tiempo que dejé de
hurtar, estuve violentado, fuera de mi centro, con el buen trato; agora doy a
el malo la vuelta.
Cuando muchado, estaba curtido y cursado
en alzar con facilidad y buena maña cualquiera cosa mal puesta.
Después, ya hombre, a los principios me parecía estar gotoso de
pies y manos, torpe y mal diestro; mas en breve volví en mis carnes.
Continuélo de manera, preciábame dello tanto como
de sus armas el buen soldado y el jinete de su caballo y jaeces. Cuando
había dudas, yo las resolvía; si se buscaban trazas, yo las daba;
en los casos graves, yo presidía. Oíanse mis consejos como
respuestas de un oráculo, sin haber quien a mis precetos contradijese ni
a mis órdenes replicase. Andaban tras de mí más
praticantes que suelen acudir al hospital de Zaragoza ni en Guadalupe.
Usábalo a tiempo y con intermitencias, como fiebres. Porque cuando todo
me faltaba, esto me había de sobrar. En la bolsa me lo hallaba, como si
lo tuviera colgado del cuello en la cadenita del embajador mi señor, que
aún la escapé de peligro mucho tiempo. Era tan proprio en
mí como el risible, y aun casi quisiera decir era indeleble, como
caráter, según estaba impreso en el alma. Pero, cuando no lo
ejercitaba, no por eso faltaba la buena voluntad, que tuve siempre prompta.
Salimos de Milán yo y Sayavedra
bien abrigados y mejor acomodados de lo necesario, que cualquiera me juzgara
por hombre rico y de buenas prendas. Mas cuántos hay que podrían
decir: «Comé, mangas, que a vosotras es la fiesta.» Tal
juzgan a cada uno como lo ven tratado. Si fueres un Cicerón, mal vestido
serás mal Cicerón; menospreciaránte y aun
juzgaránte loco. Que no hay otra cordura ni otra ciencia en el mundo,
sino mucho tener y más tener; lo que aquesto no fuere, no corre.
No te darán silla ni lado cuando
te vieren desplumado, aunque te vean revestido de virtudes y ciencia. Ni se
hace ya caso de los tales. Empero, si bien representares, aunque seas un
muladar, como estés cubierto de yerba, se vendrán a recrear en
ti. No lo sintió así Catulo, cuando viendo Nonio en un carro
triunfal, dijo: «¿A qué muladar lleváis ese carro de
basura?» Dando a entender que no hacen las dinidades a los viciosos. Pero
ya no hay Catulos, aunque son muchos los Nonios. Cuando fueres alquimia, eso
que reluciere de ti, eso será venerado. Ya no se juzgan almas ni
más de aquello que ven los ojos. Ninguno se pone a considerar lo que
sabes, sino lo que tienes; no tu virtud, sino la de tu bolsa; y de tu bolsa no
lo que tienes, sino lo que gastas.
Yo iba bien apercebido, bien vestido y
la enjundia de cuatro dedos en alto. Cuando a Génova llegué, no
sabían en la posada qué fiesta hacerme ni con qué
regalarme. Acordéme de mi entrada, la primera que hice, y cuán
diferente fui recebido y cómo de allí salí entonces con la
cruz a cuestas y agora me reciben las capas por el suelo.
Apeámonos, diéronme de
comer, estuve aquel día reposando, y otro por la mañana me
vestí a lo romano, de manteo y sotana, con que salí a pasear por
el pueblo. Mirábanme todos como a forastero, y no de mal talle.
Preguntábanle a mi criado que quién era.
Respondía: «Don Juan de Guzmán, un caballero
sevillano.» Y cuando yo los oía hablar, estirábame
más de pescuezo y cupiéranme diez libras más de pan en el
vientre, según se me aventaba.
Decíales que venía de
Roma. Preguntábanle si era muy rico, porque me vían llegar
allí muy diferente que a otros. Porque los que van a la corte romana y a
otras de otros príncipes acostumbran ser como los que van a la guerra,
que todo les parece llevarlo negociado y hecho, con lo cual suelen alargarse a
gastar por los caminos y en la corte misma, hasta que la corte les deja de tal
corte, que todo su vestido lo parece de calzas viejas. Después vuelven
cansados, desgustados y necesitados, casi pidiendo limosna. Pasan gallardos y,
como los atunes, gordos, muchos y llenos; mas, después que desovan,
vuelven pocos, flacos y de poco provecho.
Preguntábanle también si
había de residir allí algunos días o si venía de
paso. A todo respondía que era hijo de una señora viuda rica,
mujer que había sido de cierto caballero ginovés y que
había venido allí a esperar unas letras y despachos para volverse
otra vez a Roma y en lo ínterin gustaba de ver a Génova, porque
no sabía cuándo sería su vuelta o por dónde ni si
tendría tiempo de poderla volver a ver.
Era la posada de las mejores de la
ciudad y adonde acudían de ordinario gente principal y noble.
Allí estuvimos holgando y gastando, sin besar ni tocar en cosa de
provecho. Empero, con estar parados, ganábamos mucha tierra. No
está siempre dando el reloj; que su hora hace y poco a poco aguarda su
tiempo. Algunas veces los huéspedes y yo jugábamos de poco, sin
valerme de más que de mi fortuna y ciencia, sin ser necesaria la
tercería de Sayavedra. Que aquello no solía salir sino con
el terno rico, a fiestas dobles. Que, cuando la pérdida o
ganancia no había de ser de mucha consideración, era muy acertado
andar sencillo. Empero deste modo iba continuamente con pie de plomo,
conociendo el naipe: si no me daba y acudía mal, dejábalo con
poca pérdida; mas, cuando venía con viento favorable, nunca
dejé de seguir la ganancia hasta barrerlo todo.
Como ganase un día poco
más de cien escudos y hubiese halládose a mi lado un
capitán de galera, de quien sentí haberse aficionado a mi juego y
holgádose de la ganancia, y que no andaba tan sobrado que se hallase
libre de necesidad, volví la mano y dile seis doblones de a dos, que
seis mil se le hicieron en aquella coyuntura. Tiempos hay que un real vale
ciento y hace provecho de mil. Quedóme tan reconocido, cual si la gracia
hubiera sido mayor o de más momento.
Sucedióme muy bien, porque desde
que dél entendí a lo cierto su dolencia, se me representó
mi remedio, y hallé haber sido aguja de que había de sacar una
reja. Mi hacienda hice. De balde compra quien compra lo que ha menester. A los
más de la redonda también repartí algunos escudos, por
dejarlos a mi devoción y contentos a todos.
Con lo cual, viéndome afable,
franco y dadivoso, me acredité de manera que les compré los
corazones, ganándoles los ánimos. Que quien bien siembra, bien
coge. Yo aseguro que cualquiera de todos cuantos comigo trataban pusiera su
persona en cualquier peligro para defensa de la mía. Y quedaba yo tan
ufano, tan ligera la sangre y dulce, que se me rasaban los ojos de
alegría.
Este capitán se llamaba Favelo,
no porque aqueste fuese su nombre proprio, sino por habérselo puesto
cierta dama que un tiempo sirvió, y siempre lo quiso conservar en su
memoria, de su hermosura y malogramiento, cuya historia me contó, de
la manera con que della fue regalado, su discreción, su
bizarría. Todo lo cual, con el cebo de falsas aparencias, quedó
sepultado en un desesperado tormento de celos, necesidad y brutal trato. Nunca
de allí adelante dejó mi amistad y lado. Supliquéle se
sirviese de mi persona y mesa y, aunque aquesta no le faltaba, lo acetó
por mi solo gusto.
Siempre lo procuré conservar y
obligar. Llevábame a su galera, traíame festejando por la marina,
cultivándose tanto nuestro trato y amistad, que si la mía fuera
en seguimiento de la virtud, allí había hallado puerto; mas todo
yo era embeleco. Siempre hice zanja firme para levantar cualquier edificio.
Comunicábamonos muy particulares casos y secretos; empero que de la
camisa no pasasen adentro, porque los del alma sólo Sayavedra era
dueño dellos.
Acá entre nosotros corrían
cosas de amores: el paseo que di, el favor que me dio, la vez que la
hablé y cosas a éstas semejantes, que no llegasen a fuego. Que no
los amigos todos lo han de saber todo. Los llamados han de ser muchos; los
escogidos pocos, y uno solo el otro yo.
Era este Favelo de muy buena gracia,
discreto, valiente, sufrido y muy bizarro, prendas dignas de un tan valeroso
capitán, soldado de amor y por quien siempre padeció pobreza; que
nunca prendas buenas dejaron de ser acompañadas della. Yo, como
sabía su necesidad, por todas vías deseaba remediársela y
rendirlo. Tan buena maña me di con él y los más que
traté, que a todos los hacía venir a la mano y a pocos
días creció mi nombre y crédito tanto, que con él
pudiera hallar en la ciudad cualquiera cortesía. Con esto
por una parte, mis deseos antiguos de saber de mí, por no morir con
aquel dolor, habiendo andado por aquellas partes -en especial considerando que
con las buenas mías y las de la persona pudiera quien se fuera tenerse
por honrado emparentando comigo-, y los de perversa venganza que me
traían inquieto, a pocas vueltas hallé padre y madre y
conocí todo mi linaje. Los que antes me apedrearon, ya lo hacían
quistión sobre cuál me había de llevar a su casa primero,
haciéndome mayor fiesta.
En sólo el día primero que
hice diligencia me vine a hallar con más deudos que deudas, y no lo
encarezco poco. Que ninguno se afrenta de tener por pariente a un rico, aunque
sea vicioso, y todos huyen del virtuoso, si hiede a pobre. La riqueza es como
el fuego, que, aunque asiste en lugar diferente, cuantos a él se acercan
se calientan, aunque no saquen brasa, y a más fuego, más calor.
Cuántos veréis al calor de un rico, que, si les preguntasen
«¿Qué hacéis ahí?», dirían
«Aquí no hago cosa de sustancia». Pues, ¿danos alguna
cosa, sacáis algo de andaros hecho quitapelillo, congraciador, asistente
de noche y de día, perdiendo el tiempo de ganar de comer en otra parte?
«Señor, es verdad que de aquí no saco provecho; pero
véngome aquí al calor de la casa del señor N., como lo
hacen otros.» Los otros y vos decíme quién sois, que no
quiero que os quejéis que os llamo yo necios.
Ahora bien, acercáronseme muchos,
cada cual ofreciéndose conforme a el grado con que me tocaba, y tal
persona hubo que para obligarme y honrarse comigo alegó vecindad antigua
desde bisabuelos.
Quise por curiosidad saber quién
sería el buen viejo que me hizo la burla pasada y, para hacerlo sin
recelo ajeno, pregunté si mi padre había tenido más
hermanos y si dellos alguno estaba vivo, porque siempre creí ser
aquél tío mío. Dijéronme que sí, que
habían sido tres, mi padre y otros dos: el de en medio era fallecido,
empero que el mayor de todos era vivo y allí residía.
Dijéronme ser un caballero que nunca se había querido casar, muy
rico y cabeza de toda la casa nuestra. Diéronme señas dél,
por donde lo vine a conocer. Dije que le había de ir a besar las manos
otro día; mas, cuando se lo dijeron y mi calidad, aunque ya muy viejo,
mas como pudo con su bordón, vino a visitarme, rodeado de algunos
principales de mi linaje.
Luego lo reconocí, aunque lo
hallé algo decrépito por la mucha edad. Holguéme de verlo
y pesábame ya hallarlo tan viejo; quisiéralo más mozo,
para que le durara más tiempo el dolor de los azotes. Yo hallo por
disparate cuando para vengarse uno de otro le quita la vida, pues acabando con
él, acaba el sentimiento. Cuando algo yo hubiera de hacer, sólo
fuera como lo hice con mis deudos, que no me olvidarán en cuanto vivan y
con aquel dolor irán a la tierra. Deseaba vengarme dél y que por
lo menos estuviera en el estado mismo en que lo dejé, para en el mismo
pagarle la deuda en que tan sin causa ni razón se quiso meter
comigo.
Hízome muchos ofrecimientos con
su posada; empero aun en sólo mentármela se me rebotaba la
sangre. Ya me parecía picarme los murciélagos y que salían
por debajo de la cama la marimanta y cachidiablos como los pasados. No, no, una
fue y llevósela el gato ya, dije. Sólo Sayavedra me podrá
hacer otra; empero no por su bien. Empero después
dél, a quien me hiciere la segunda, yo se la perdono.
Hablamos de muchas cosas.
Preguntóme si otra vez o cuándo había estado en
Génova. «¿Esas tenéis? -dije-. Pues por ahí
no me habéis de coger.» Neguéselo a pie juntillo;
sólo le dije que habría como tres años, poco menos, que
había por allí pasado, sin poder ni quererme detener más
de a hacer noche, a causa de la mucha diligencia con que a Roma caminaba en la
pretensión de cierto beneficio.
Díjome luego con mucha pausa,
como si me contara cosas de mucho gusto:
-Sabed, sobrino, que habrá como
siete años, poco más o menos, que aquí llegó un
mozuelo picarillo, al parecer ladrón o su ayudante, que para poderme
robar vino a mi casa, dando señas de mi hermano que está en
gloria, y de vuestra madre, diciendo ser hijo suyo y mi sobrino. Tal
venía y tal sospechamos dél, que, afrentados de su infamia, lo
procuramos aventar de la ciudad y así se hizo con la buena maña
que para ello nos dimos. Él salió de aquí huyendo, como
perro con vejiga, sin que más lo viésemos ni dél se
supiese muerto ni vivo, como si se lo tragara la tierra. De la vuelta que le
hice dar me acuerdo que se dejó la cama toda llena de cera de trigo:
ella fue tal como buena, para que con el miedo de otra peor huyese y nos
dejase. Y pues quería engañarnos, me huelgo de lo hecho. Ni a
él se le olvidará en su vida el hospedaje, ni a mí me
queda otro dolor que haberme pesado de lo poco.
Refirióme lo pasado con grande
solemnidad, la traza que tuvo, cómo no le quiso dar de cenar y sobre
todas estas desdichas lo mantearon. Yo pobre, como fui quien lo había
padecido, pareció que de nuevo me volvieron a ello. Abriéronseme
las carnes, como el muerto de herida, que brota sangre fresca por ella si el
matador se pone presente. Y aun se me antojó que las
colores del rostro hicieron sentimiento, quedando de oírlo solamente sin
las naturales mías. Disimulé cuanto pude, dando filos a la navaja
de mi venganza, no tanto ya por la hambre que della tenía por lo pasado,
cuanto por la jatancia presente, que se gloriaba della. Que tengo a mayor
delito, y sin duda lo es, preciarse del mal, que haberlo hecho.
Pudriendo estaba con esto y
díjele:
-No puedo venir en conocimiento de
quién puede haber sido ese muchacho que tanto deseaba tener parientes
honrados. En obligación le quedamos, cuando acaso sea vivo y escapase
con la vida de la Roncesvalles, que entre tanta nobleza nos escogió para
honrarse de nosotros. Y si a mi puerta llegara otro su semejante, lo
procuraría favorecer hasta enterarme de toda la verdad, que casos hay en
que aun los hombres de mucho valor escapan de manera que aun de sí
mismos van corridos, y ese rapaz, después de conocido, lo hiciera con
él según él hubiera procedido consigo mismo. Porque la
pobreza no quita virtud ni la riqueza la pone. Cuando no fuera tal ni a mi
propósito, procuráralo favorecer y de secreto lo ausentara de
mí y, cuando en todo rigor mi deudo no fuera, estimara su
eleción.
-Andad, sobrino -dijo el viejo-, como
nunca lo vistes, decís eso; yo estoy contentísimo de haberlo
castigado y, como digo, me pesa, si dello no acabó, que no le di
cumplida pena de su delito, pues tan desnudo y hecho harapos quiso hacerse de
nuestro linaje. Pues que no trujo vestido de bodas, llévese lo que le
dieron.
-En ese mismo tiempo -dije- yo estaba
con mi madre allá en Sevilla y no son tres años cumplidos que la
dejé. Nací solo, no tuvieron mis padres otro.
Aun aquí se me salió de la
boca que tuve dos padres y era medio de cada uno; mas volvílo a emendar,
prosiguiendo:
-Dejóme de comer el mío;
aunque no tanto que me alargue a demasías, ni tan poco que bien regido
me pudiera faltar. No me puedo preciar de rico ni lamentar pobre. Demás
que mi madre siempre ha sido mujer prudente, de gran gobierno, poco gastadora y
gran casera.
Holgáronse de oírme los
presentes y no sabían en qué santuario ponerme ni cómo
festejarme, ni se tenía por bueno el que no me daba su lado derecho y
entre dos el medio.
Entonces dije comigo mismo entre
mí: «¡Oh vanidad, cómo corres tras los bien
afortunados en cuanto goza de buen viento la vela; que si falta, harán
en un momento mil mudanzas! ¡Y cómo conozco de veras que siempre
son favorecidos aquellos todos de quien se tiene alguna esperanza que por
algún camino pueden ser de algún provecho! ¡Y por la misma
razón qué pocos ayudan a los necesitados y cuántos acuden
favoreciendo la parte del rico! Somos hijos de soberbia, lisonjeros; que, si lo
fuéramos de la amistad y caritativos, acudiéramos a lo contrario.
Pues nos consta que gusta Dios que como proprios cada uno sienta los trabajos
de su prójimo, ayudándole siempre de la manera que
quisiéramos en los nuestros hallar su favor.»
Yo era el ídolo allí de
mis parientes. Había comprado de una almoneda una vajilla de plata, que
me costó casi ochocientos ducados, no con otro fin que para hacer mejor
mi herida. Convidélos a todos un día, y a otros
amigos. Híceles un espléndido banquete, acariciélos,
jugamos, gané y todo casi lo di de barato. Y con esto los traía
por los aires. Quién les dijera entonces a su salvo: «Sepan,
señores, que comen de sus carnes, en el hato está el lobo,
presente tienen el agraviado, de quien se sienten agradecidos. ¡Ah! si le
conociesen y cómo le harían cruces a las esquinas, para no
doblárselas en su vida. Porque les va mullendo los colchones y haciendo
la cama, donde tendrán mal sueño y darán más
vueltas en el aire que me hicieron dar a mí sobre la manta, con que se
acordarán de mí cuanto yo dellos, que será por el tiempo
de nuestras vidas. Ya mi dolor pasó y el suyo se les va recentando. Si
bien conociesen al que aquí está con piel de oveja, se les
haría león desatado. Bien está, pues pagarme tienen lo
poco en que me tuvieron y lo que despreciaron su misma sangre. Gran
añagaza es un buen
coram vobis, gallardo gastador,
galán vestido y don Juan de Guzmán. Pues a fe que
les hubiera sido de menos daño Guzmán de Alfarache con sus
harrapiezos, que don Juan de Guzmán con sus gayaduras.»
Muchas caricias me hacían; mas yo
el estómago traía con bascas y revuelto, como mujer
preñada, con los antojos del deseo de mi venganza, que siempre la
pensada es mala. Estudiábala de propósito, ensayándome muy
de mi espacio en ella, y en este virtuoso ejercicio eran entonces mis nobles
entretenimientos, para mejor poder después obrar. Que fuera gran
disparate haber hecho tanto preparamento sin propósito, y es
inútil el poder cuando no se reduce al acto. Paso a paso esperaba mi
coyuntura. Que cada cosa tiene su «cuando» y no todo lo podemos
ejecutar en todo tiempo. Que demás de haber horas menguadas, hay
estrellas y planetas desgraciados, a quien se les ha de huir el mal olor de la
boca y guardárseles el viento, para que no pongan a el hombre adonde
todos le den.
Así aguardé mi
ocasión, pasando todos los días en festines, fiestas y contentos,
ya por la marina, ya por jardines curiosísimos que hay en aquella ciudad
y visitando bellísimas damas. Quisiéronme casar mis deudos con
mucha calidad y poca dote. No me atreví, por lo que habrás
oído decir por allá y huyendo de que a pocos días
habíamos de dar con los huevos en la ceniza. Mostréme muy
agradecido, no acetando ni repudiando, para poderlos ir
entreteniendo y mejor engañando, hasta ver la mía encima del
hito. Que cierto entonces con mayor facilidad se hiere de mazo, cuando el
contrario tiene de la traición menos cuidado y de sí mayor
seguridad.
  Capítulo VIII
Deja robados Guzmán de Alfarache a su
tío y deudos en Génova, y embárcase para España en
las galeras
Nunca debe la injuria despreciarse ni el
que injuria dormirse, que debajo de la tierra sale la venganza, que siempre
acecha en lo más escondido della. De donde no piensan suele saltar la
liebre. No se confíen los poderosos en su poder ni los valientes en sus
fuerzas, que muda el tiempo los estados y trueca las cosas. Una pequeña
piedra suele trastornar un carro grande, y cuando a el ofensor le parezca tener
mayor seguridad, entonces el ofendido halla mejor comodidad. La venganza ya he
dicho ser cobardía, la cual nace de ánimo flaco, mujeril, a quien
solamente compete. Y pues ya tengo referido de algunos y de muchos que han
eternizado su nombre despreciándola, diré aquí un caso de
una mujer que mostró bien serlo.
Una señora, moza, hermosa, rica y
de noble linaje, quedó viuda de una caballero igual suyo, de sus mismas
calidades. La cual, como sintiese discretamente los peligros a que su poca edad
la dejaba dispuesta cerca de la común y general murmuración -que
cada uno juzga de las cosas como quiere y se le antoja y, siendo sólo un
acto, suelen variar mil pareceres varios, y que no todas veces las lenguas
hablan de lo cierto ni juzgan de la verdad-, pareciéndole inconveniente
poner sus prendas a juicio y su honor en disputa,
determinóse a el menor daño, que fue casarse.
Tratábanle dello dos caballeros,
iguales en pretender, empero desiguales en merecer. El uno muy de su gusto,
según deseaba, con quien ya casi estaba hecho, y el otro muy aborrecido
y contrario a lo dicho, pues, demás de no tener tanta calidad,
tenía otros achaques para no ser admitido, aun de señora de muy
menos prendas. Pues como con el primero se hubiese dado el sí de ambas
las partes, que sólo faltaba el efeto, viendo el segundo su esperanza
perdida y rematada, su pretensión sin remedio y que ya se casaba la
señora, tomó una traza luciferina, con perversos medios para dar
un salto con que pasar adelante y dejar a el otro atrás.
Acordó levantarse un día
de mañana y, habiendo acechado con secreto cuándo se abriese la
casa de la desposada, luego, sin ser sentido, se metió en el portal,
estándose por algún espacio detrás de la puerta, hasta
parecerle que ya bullía la gente por la calle y todas las más
casas estaban abiertas. Entonces, fingiendo salir de la casa, como si hubieran
dormido aquella noche dentro della, se puso en medio del umbral de la puerta,
la espada debajo del brazo, haciendo como que se componía el cuello y
acabándose de abrochar el sayo. De manera que cuantos pasaron y lo
vieron, creyeron por sin duda ser él ya el verdadero desposado y haber
gozado la dama.
Cuando tuvo esto en buen punto, se fue
poco a poco la calle adelante hasta su posada. Esto hizo dos veces, y dellas
quedó tan público el negocio y tan infamada la señora, que
ya no se hablaba de otra cosa ni había quien lo ignorase en todo el
pueblo, admirados todos de tal inconstancia en haber despreciado el primer
concierto de tales ventajas y hecho eleción del otro, que tan atrasado y
con tanta razón lo estaba.
Pues como se divulgase haberlo visto
salir de aquella manera, medio desnudo, cuando llegó a noticia del
primero, tanto lo sintió, tanto enojo recibió y su cólera
fue tanta, que, si amaba tiernamente deseándola por su esposa,
cruelmente aborreció huyéndola. Y no sólo a ella, mas a
todas las mujeres, pareciéndole que, pues la que estimó en tanto,
teniéndola por tan buena, casta y recogida, hizo una cosa tan fea, que
habría muy pocas de quien fiarse y sería ventura si acertase con
una.
Consideró sus inconstancias,
prolijidades y pasiones y juntamente los peligros, trabajos y cuidados en que
ponían a los hombres. Fue pasando con este discurso en otros adelante,
que favorecido del cielo hicieron que, trocado el amor de la criatura en su
Criador, se determinase a ser fraile, y así lo puso en obra,
entrándose luego en religión.
Cuando a noticia de la señora
llegó este hecho y la ocasión por lo que se decía en el
pueblo y que ya no era en algún modo poderosa para quitar de su honor un
borrón tan feo, sintiólo como mujer tan perdida, que tanto
perdió junto, la honra, marido, hacienda y gusto, sin esperarlo ya
más tener por aquel camino ni su semejante, sin poder jamás
cobrarse. Fue fabricando con el pensamiento la traza con que mejor poder salvar
su inocencia ejemplarmente, pareciéndole y considerándose tan
rematada como su honestidad y que de otro modo que por aquel camino era
imposible cobrarlo, pagando una semejante alevosía con otra no menos y
más cruel.
Revistiósele una ira tan infernal
y fuele creciendo tanto, que nunca pensó en otra cosa sino en
cómo ponerlo en efeto. Líbrenos Dios de venganzas de mujeres
agraviadas, que siempre suelen ser tales, cuales aquí vemos esta
presente. Lo que primero hizo fue tratar de meterse monja -que aun si
aquí parara, hubiera mejor corrido- y, dando parte de sus trabajos y
pensamiento a otra muy grande amiga suya del proprio monasterio, lo
efetuó con mucho secreto.
Luego fue recogiendo dentro del convento
todo el principal menaje de su casa, joyas y dineros, anejándole por
contratos públicos lo más de su hacienda. Esto hecho, estuvo
esperando que se le volviese a tratar del casamiento de aquel caballero su
enemigo, el cual a pocos días volvió a ello, dando
por disculpa el amor grande que le tenía, por cuya causa desesperado
usó de aquellos medios para poder conseguir lo que tanto deseaba. Mas,
pues conocía su culpa y haber sido causa del yerro, quería soltar
la quiebra ofreciéndose por su marido.
Ella, que otra cosa no deseaba para que
su intención saliese a luz y resplandeciese su honor con ello,
respondió que, pues el negocio ya no podía tener otro
algún mejor medio, acetaba éste. Mas que había hecho un
voto, el cual se cumplía dentro de dos meses, poco más, en que no
le podría dar gusto, que, si el suyo lo fuese dilatarlo por este tiempo,
que lo sería para ella. Empero que si luego quisiese tratar de verlo
efetuado, había de ser con la dicha condición y juntamente con
esto hacerlo muy de secreto, y tanto cuanto más fuese posible, hasta que
pasado el término se pudiese manifestar.
Acetólo el caballero,
hallándose por ello el hombre más dichoso del mundo y, prevenido
lo necesario, se hicieron con mucho silencio los contratos con que fueron
desposados. Estuvieron juntos muy pocos días, entretenido él con
la esperanza cierta del bien cierto que ya poseía, y no menos ella con
la de su venganza.
Una noche, después de haber
cenado, que se fue a dormir el marido, ella entró en el aposento y,
sentada cerca dél, aguardó que se durmiese y, viéndolo
traspuesto con la fuerza del sueño primero, lo puso en el último
de la vida, porque, sacando de la manga un bien afilado cuchillo, lo
degolló, dejándolo en la cama muerto. A la mañana temprano
salió de su aposento, y diciendo a la gente de su casa que había
su esposo tenido mala noche, que nadie lo recordase hasta que fuese su gusto
llamar o ella volviese de misa, cerró su puerta y con buena diligencia
se fue al monasterio, donde luego recibió el hábito y fue monja,
después de lavada su infamia con la sangre de quien la manchó,
dando de su honestidad notorio desengaño y de su crueldad terrible
muestra.
Viene muy bien acerca desto lo que dijo
Fuctillos, un loco que andaba por Alcalá de Henares, el cual yo
después conocí. Habíale un perro desgarrado una pierna y,
aunque vino a estar sano della, no lo quedó en el corazón. Estaba
de mal ánimo contra el perro, y viéndolo acaso un día muy
estendido a la larga por delante de su puerta, durmiendo a el sol, fuese
allí junto a la obra de Sancta María y, cogiendo a brazos un
canto cuan grande lo pudo alzar del suelo, se fue bonico a él sin que lo
sintiese y dejóselo caer a plomo sobre la cabeza. Pues como se sintiese
de aquella manera el pobre perro, con las bascas de la muerte daba muchos
aullidos y saltos en el aire, y viéndolo así, le decía:
«Hermano, hermano, quien enemigos tiene no duerma.»
Ya otra vez he dicho que siempre lo malo
es malo y de lo malo tengo por lo peor a la venganza. Porque corazón
vengativo no puede ser misericordioso, y el que no usare de misericordia no la
espere ni la tendrá Dios dél. Por la medida que midiere ha de ser
medido. Hanlo de igualar con la balanza en que pesare a su prójimo. No
se puede negar esto; mas también se me debe confesar que yerran aquellos
que, sabiendo la mala inclinación de los hombres, hacen confianza
dellos, y más de aquellos que tienen de antes ofendidos: que pocos o
ninguno de los amigos reconciliados acontece a salir bueno.
Mucho de Dios ha de tener en el alma el
que por solo Él perdonare. Pocos milagros habemos visto por este caso y
sólo de uno vi en Florencia el testimonio, fuera de los muros de la
ciudad en la iglesia de San Miniato, dentro en la fortaleza, que por ser breve
y digno de memoria haré dél relación.
Un gentilhombre florentín,
llamado el capitán Juan Gualberto, hijo de un caballero titulado, yendo
a Florencia con su compañía, bien armado y a caballo,
encontró en el camino con un su enemigo grande, que le había
muerto a un su hermano. El cual, viéndose perdido y sujeto, se
arrojó por el suelo a sus pies, cruzados los brazos, pidiéndole
de merced por Jesucristo crucificado que no lo matase. El Juan Gualberto tuvo
tal veneración a las palabras que, compungido de dolor, lo
perdonó con grande misericordia. De allí lo hizo volver consigo a
Florencia, donde lo llevó a ofrecer a Dios en la iglesia de San Miniato
y, puesto delante de un crucifijo de bulto, le pidió Juan Gualberto que
así le perdonase sus pecados, con la intención que había
él perdonado aquel su enemigo. Viose visiblemente cómo,
delante de toda la gente de su compañía y otros que allí
estaban, el Cristo humilló la cabeza bajándola. Reconocido Juan
Gualberto de aquesta merced y cortesía, luego se hizo religioso y
acabó su vida santamente. Hoy está el Cristo de la forma misma
que puso la humillación y es allí venerado por grandísima
reliquia.
Cuando el perdón se hace sin este
fundamento, siempre suele dejar un rescoldo vivo que abrasa el alma,
solicitándola para venganza. Y aunque cuanto en lo exterior parece ya
estar aquel fuego muerto, de tal agua mansa nos guarde Dios, que muchas y aun
las más veces queda cubierta la lumbre con la ceniza del engañoso
perdón; mas, en soplándola con un poco de ocasión,
fácilmente se descubre y resplandecen las brasas encendidas de la
injuria.
Por mí lo conozco, que tanto fue
lo que siempre me aguijoneaba la venganza, que como con espuelas parecía
picarme los ijares como a bestia. ¡Bien bestia!, que no lo es menos el
que conoce aqueste disparate. Poníame siempre a los ojos aquel
zarandeado de huesos y, reparando en ello, parecía que
aún me sonaban como cascabeles. Con esto y con la dulzura que me lo
habían contado y malas entrañas con que lo habían hecho,
sin pesarles ya de otra cosa, más de haberles parecido poco, me
hacía considerar y decir: «¡Oh, hideputa, enemigos, y si a
vuestra puerta llegara necesitado, y qué refresco me ofreciérades
para pasar mi viaje!»
Causábame cólera y della
mucho deseo de pagarme de todos los de la conjuración; y dellos no tanto
cuanto del viejo dogmatista como primero inventor y ejecutor que fue della y de
mi daño. El tiempo iba pasando y con él trabándose
más mis amistades, conociendo y siendo conocido. Tratábase con
calor mi casamiento, deseando todos naturalizarme allá con ellos;
visitaba y visitábanme; acudían a mi posada mis amigos y yo a la
dellos; entraba ya como natural en todas partes y en las casas del juego. En mi
posada también solía trabarse, ya perdiendo, ya ganando, hasta
una noche que, acudiendo el naipe de golpe, truje a la posada más de
siete mil reales, de que dejé tan picados a los contrayentes, que
trataron de alargar el juego para la noche siguiente.
No me pesó de que se quisiesen
alargar, porque ya yo estaba, como dicen, fuera de cuenta en los nueve meses,
que me había dicho el capitán Favelo que se aprestaban las
galeras y creía que para pasar a España con mucha brevedad. Esto
me traía ya de leva, porque adondequiera que fueran había de ir
en ellas; empero no me osaba declarar hasta que hubiesen de salir del puerto.
Acetéles el juego, no con otro ánimo que de ir
entreteniéndome con ellos largo y estar prevenido para darles, a uso de
Portugal, de pancada. Perdí la noche siguiente; aunque no más de
aquello que yo quise, porque ya me aprovechaba de toda ciencia
para hacer mi hecho. Andábame con ellos a barlovento y siempre
sacándole a mi amigo su barato, porque lo había de ser mucho
más para mí.
Pocos días pasaron que,
viéndolo triste, le pregunté qué tenía. Y
respondióme que sólo sentir mi ausencia, porque sin duda
sería el viaje dentro de diez días, a lo más largo, que
así tenían la orden. Sus palabras fueron perlas y su voz para
mí del cielo, como si otra vez oyera decir: «Abre esa
capacha», porque con el porte desta pensaba quedar hecho de bellota.
Y apartándolo a solas, en secreto
le dije:
-Señor capitán, sois tan
mi amigo, estimo vuestras amistades en tanto, que no sé cómo
encarecerlo ni pagarlas. Háseme ofrecido con vuestro viaje todo el
remedio de mis deseos, que ya en otra cosa no consiste ni lo espero. Y si hasta
este punto no tengo dada de mí la razón que a una fiel amistad se
debe, ha sido porque, como tan cierto della, no he querido inquietar vuestro
sosiego. Mi venida en esta ciudad no ha sido a verla ni por el mucho gusto y
merced en ella recebida, cuanto a deshacer cierto agravio que aquí
recibió mi padre, siendo ya hombre mayor, de un mancebo español
que aquí reside. Obligóle a dejar la patria, porque, corrido y
afrentado, no pudiendo a causa de su mucha edad satisfacerse como debiera, tuvo
por menor daño hacer ausencia larga, y con este dolor vivió hasta
ser fallecido. No tendrá razón de quejarse de mí quien a
las canas de mi padre no tuvo respeto, que su proprio hijo lo pierda para
él en su venganza. Y porque podría suceder que después de
ya satisfecho dél, o con sus deudos o por su dinero, que no le falta, me
quisiese hacer algún agravio, querría me diésedes vuestro
favor, para que con sólo él y sin riesgo de vuestra persona,
pusiésedes en salvo la mía con secreto. Dejaréisme con
esto tan obligado, que me tendréis por esclavo eternamente, pues no
tengo más honra de cuanta heredé y, si mi padre no la tuvo para
dejármela, por habérsela un traidor enemigo quitado, también yo vivo sin ella y me conviene ganarla por mi proprio
esfuerzo y manos. Que si mis deudos no lo han hecho, ha sido tanto por no
perderse, cuanto porque, como luego se ausentó mi padre, todo se
quedó sepultado, pareciéndoles menor inconveniente dejarlo
así suspenso, que levantar el pueblo ni más publicarlo.
Atento estuvo Favelo a mis palabras y
quisiera que se lo remitiera para que, haciéndose parte, como lo es el
verdadero amigo, él mismo me dejara satisfecho. Y aunque para ello me
importunó, haciendo grande instancia, no se lo quise admitir,
diciéndole no ser conveniente ni justo que, siendo la injuria
mía, otro se satisficiese della. Que sólo aqueso me sacó
de mi tierra, España, y a ella no volvería en cuanto yo mismo no
diese a mi enemigo su pago, de tal manera que conociese a quién y por
qué lo hizo. Demás que me hacía notorio agravio en creer
de mí que me faltaban fuerzas o ánimo para tales casos y tan del
alma. Con lo que le dije quedó tan sosegado, que no me volvió a
replicar en ello; empero díjome:
-Si algo valgo, si algo puedo, si mi
hacienda, vida y honra fuere para vuestro servicio de importancia, todo es
vuestro, y si para el resguardo de lo que os podría suceder
queréis que yo y mi gente asistamos a la mira, ved lo que mandáis
que haga: todo es vuestro y como de tal podréis en ello disponer a
vuestro modo. Y tomo a mi cuenta que, una vez puestos pies en galera, no
será |