  Libro III
Donde refiere todo el resto de su mala vida, desde que
a España volvió hasta que fue condenado a las galeras y estuvo en
ellas
  Capítulo I
Despedido Guzmán de Alfarache del
capitán Favelo, diciéndole ir a Sevilla, se fue a Zaragoza, donde
vio el arancel de los necios
Cuando con algún fin quiere
acreditar alguno su mentira, para traer a su propósito testigos, busca
una fuente, lago, piedra, metal, árbol o yerba con quien la prueba, y
luego alega que lo dicen los naturales. Desta manera se les han levantado
millares de testimonios. Él es
el que miente y cárgaselo a ellos. Yo aquí haré al
revés, porque no mintiendo diré su mentira, y no porque yo afirme
que lo sea, sino porque lo parece, y debe de ser verdad, pues Apolonio Tianeo
lo toma por su cuenta y dice haber visto una piedra, que llaman
pantaura, reina de todas las piedras, en
quien obra el sol con tanta virtud, que tiene todas aquellas que tienen todas
las piedras del mundo, haciendo sus mismos efectos. Y de la manera que la
piedra imán atrae a sí el acero, esta pantaura trae todas las
otras piedras, preservando de todo mortal veneno a quien consigo la tiene.
Con ésta se pudiera bien
comp[a]rar la riqueza, pues hallarán en ella cuantas virtudes tienen las
cosas todas. Todas las atrae a sí, preservando de todo veneno a quien la
poseyere. Todo lo hace y obra. Es ferocísima bestia. Todo lo vence,
tropella y manda, la tierra y lo contenido en ella. Con la riqueza se doman los
ferocísimos animales. No se le resiste pece grande ni pequeño
[en] los cóncavos de las peñas debajo del agua, ni le huyen las
aves de más ligerísimo vuelo. Desentraña lo más
profundo, sobre que hacen estribo los montes altísimos, y saca secas las
imperceptibles arenas que cubre la mar en su más profundo
piélago. ¿Qué alturas no allanó?
¿Cuáles dificultades no venció? ¿Qué
imposibles no facilitó? ¿En qué peligros le faltó
seguridad? ¿A cuáles adversidades no halló remedio?
¿Qué deseó que no alcanzase o qué ley hizo que no
se obedeciese? Y siendo como es un tan po[n]zoñoso veneno, que no
sólo, como el basilisco, siendo mirado, mata los cuerpos, empero con
sólo el deseo, siendo cudiciada, infierna las almas; es juntamente con
esto atriaca de sus mismos daños: en ella está su contraveneno,
si como de condito eficaz quisieren aprovecharse della.
La riqueza de suyo y en sí no
tiene honra, ciencia, poder, valor ni otro bien, pena ni gloria, más de
aquella para que cada uno la encamina. Es como el camaleón, que toma la
color de aquella cosa sobre que se asienta. O como la naturaleza del agua del
lago Feneo, de quien dicen los de Arcadia que quien la bebe de
noche enferma, y sana si la bebe después del sol salidos. Quien hubiere
adolecido atesorando de noche secretamente con cargo de su conciencia, en
saliendo la luz del sol, conocimiento verdadero de su pecado, será
sano.
Ni se condena el rico ni se salva el
pobre por ser el uno pobre y el otro rico, sino por el uso dello. Que si el
rico atesora y el pobre codicia, ni el rico es rico ni el pobre, pobre, y se
condenan ambos. Aquella se podrá llamar suma y verdadera riqueza, que
poseída se desprecia, que sólo sirve al remedio de necesidades,
que se comunica con los buenos y se reparte por los amigos. Lo mejor y
más que tienen es lo que menos dellas tienen, por ser tan ocasionadas en
los hombres. Ellas de suyo son dulces y golosos ellos: la manzana corre peligro
en las puyas del erizo.
La Providencia divina, para bien mayor
nuestro, habiendo de repartir sus dones, no cargándolos todos a una
banda, los fue distribuyendo en diferentes modos y personas, para que se
salvasen todos. Hizo poderosos y necesitados. A ricos dio los bienes temporales
y los espirituales a los pobres. Porque, distribuyendo el rico su riqueza con
el pobre, de allí comprase la gracia y, quedando ambos iguales,
igualmente ganasen el cielo. Con llave dorada se abre, también hay
ganzúas para él. Pero no por sólo más tener se
podrá más merecer; sino por más despreciar. Que sin
comparación es mucho mayor la riqueza del pobre contento, que la del
rico sediento. El que no la quiere, aquese la tiene, a ese le sobra y solo
él podrá llamarse rico, sabio y honrado. Y si el cuerdo echase la
cuerda y quisiese medir lo que ha menester con lo que tiene,
nuestra naturaleza con poco se contenta y mucho le sobraría; empero, si
como loco alarga la soga y quiere abrazar lo que tiene con lo que desea, hincha
Dios esa medida, que con cuanto el mundo tiene será pobre. Para el de
mal contento es todo poco; mucho le faltará, por mucho que tenga. Nunca
el ojo del codicioso dirá, como no lo dicen la mar y el infierno:
«Ya me basta.» Rico y prudente serías cuando tan concertado
fueses que quien te conociese se admirase de lo poco que tienes y mucho que
gastas, y no causase admiración en ti lo poco que puedes y lo mucho que
otros tienen.
Vesme aquí ya rico, muy rico y en
España; pero peor que primero. Que, si la pobreza me hizo atrevido, la
riqueza me puso confiado. Si me quisiera contentar y supiera gobernar, no me
pudiera faltar; empero, como no hice uno ni supe otro, por el dinero puse a
peligro el cuerpo y en riesgo el alma. Nunca me contenté, nada me
quietó; como no lo trabajaba, fácilmente lo perdía: era
como la rueda de la zacaya, siempre henchía y luego vaciaba.
Estimábalo en poco y guardábalo menos, empleándolo siempre
mal. Era dinero de sangre: gastábalo en sepulturas para cuerpos muertos,
en obras muertas y mundanos vicios. En tal vino a parar, pues ello se fue con
la facilidad que se vino. Perdílo y perdíme, como lo verás
adelante. Huyendo del mal que me pudiera suceder, salí de Barcelona por
sendas y veredas, de lugar en lugar y de trocha en trocha. Dije que caminaba
para Sevilla. Di escusas, inventé votos y mentiras, no
más de para desmentir espías y que de mí no se supiese ni
por el rastro me hallasen. Las mulas eran mías, el criado nuevo y bozal
en mis mañas. Íbame por donde quería, según me lo
pidía el gusto y primero se me antojaba; «hoy aquí,
mañana en Francia», sin parar en alguna parte, y siempre trocando
de vestidos, pues a parte no llegué donde lo pudiese diferenciar, que no
lo hiciese: que todo era cien escudos más o menos.
Desta manera caminé por aquella
tierra toda hasta venir a dar en Zaragoza con mi persona. Que no me dio
pequeño contento aportar en aquella ciudad tan principal y generosa.
Como la mocedad instimulaba y el dinero sobraba y las damas della incitaban, me
fui deteniendo allí algunos días. Que todos y muchos más
fueran muy pocos para considerar y gozar de su grandeza.
Tan hermosos y fuertes edificios, tan
buen gobierno, tanta provisión, tan de buen precio todo, que casi daba
de sí un olor de Italia. En sola una cosa la hallé muy
estraña y a mi parecer por entonces a la primera vista muy terrible.
Hízoseme dura de digerir y más de poderse sufrir, porque no
sabía la causa. Y fue ver cómo, conociendo los hombres la
condición de las mujeres, que muy pequeña ocasión les
basta para hacer de sus antojos leyes, formando de sombras cuerpos, las
quisiesen obligar a que, perdiendo el decoro y respeto que a sus defuntos
maridos deben, las dejen ellos puestas de pies en la ocasión o en el
despeñadero, de donde a muchas les hacen saltar por fuerza.
Íbame paseando por una espaciosa
calle, que llaman el Coso, no mal puesto ni poco picado de una
hermosa viuda, moza y al parecer de calidad y rica. Estúvela mirando y
estúvose queda. Bien conoció mi cuidado; mas no se dio por
entendida ni hizo algún semblante, como si yo no fuera ni allí
ella estuviera. Dile más vueltas que da un rocín de anoria, que
no somos menos los que solicitamos locuras tales; empero ni ella se mostra[b]a
esquiva o desgraciada ni yo le hablé palabra, hasta que a mi parecer,
enfadada de verme necio de tan callado, creo diría entre sí:
«¿Quién será este tan pintado pandero, que me ha
tenido a terrero de puntería dos horas y no ha disparado ni aun abierto
la boca?»
Quitóse de allí.
Aguardé que volviese a salir, con determinación de perder un
virote, para emendar el avieso; empero ¡a esotra puerta! Fuime a la
posada y preguntéle al huésped, a el descuido y dándole
señas, quién sería o si la conocía, y
respondióme:
-Aquesa señora es una viuda, no
una, sino muchas veces muy hermosa.
Quise saber en qué modo, y
díjome:
-Tiene muchas hermosuras, que cualquiera
bastaba en otra. Es hermosa de su rostro, como por él se deja ver. Eslo
también de linaje, por ser de lo mejor de aquesta ciudad. También
lo es en riqueza, por haberle quedado mucha suya y de su marido. Y sobre toda
hermosura es la de su discreción.
Vi tan llena la medida, que luego
temí que había de verter y dije a el huésped:
-¿Cómo sus deudos
consienten, si tan principal es, que una señora, y tal, esté con
tanto riesgo? Porque juventud, hermosura, riqueza y libertad
nunca la podrán llevar por buenas estaciones. ¡Cuánto mejor
sería hacerla volver a casar que consentirle viudez en estado tan
peligroso!
Y díjome:
-No lo puede hacer sin grande
pérdida, pues el día que segundare de matrimonio, perderá
la hacienda que de su marido goza, que no es poca, y siendo viuda, será
siempre usufrutuaria de toda.
Entonces dije:
-¡Oh dura gravamen! ¡Oh
rigurosa cláusula! ¡Cuánto mejor le fuera hacer con esa
señora y otras tales lo que algunos y muchos acostumbran en Italia, que,
cuando mueren, les dejan una manda generosa, disponiendo que aquello se
dé a su mujer el día que se casare, que para eso se lo deja,
sólo a fin que codiciosas della tomen estado y saquen su honor de
peligro.
Fuelo apretando más en esto y
díjome:
-Señor caballero, ¿no ha
oído decir Vuestra Merced: «en cada tierra su uso»? Aquesto
corre aquí, como esotro en Italia. Cada cuerdo en su casa sabe
más que el loco en el ajena.
Volvíle a decir:
-Si acá no hay más ley de
aquesa y se dejan gobernar de las de «yo me entiendo», no las
apruebo; que por eso también se dijo: «Al mal uso, quebrarle la
pierna.» La ley santa, buena y justa se debe fundar sobre
razón.
-Esa me parece a mí que la diera
muy bien quien supiera della más que yo -me respondió el
huésped-; empero la que a mí me parece tener alguna fuerza, que
debió mover los ánimos, no fue que la viuda no se
casase, mas que siendo viuda no viviese necesitada, y quitarles la
ocasión que por el no tener faltasen a su obligación y el usar
mal de lo que se instituyó para bien. La culpa es dellas y la pena
dellos.
El hombre no me satisfizo. Hice luego
discurso, pensando lo que son mujeres, que, si por mal se llevan, son malas; y
si por bien, peores y de ninguna manera se dejan conocer. Son el mal y el bien
de su casa. Corriendo trompican y andando caen. Su nombre traen consigo: mujer,
de
mole, por ser blanda, ecepto de
condición. Figuráronseme -y perdónenme la humilde
comparación- como la paja, que, si en el campo en su natural y en los
pajares la dejan, se conserva con el agua y con los vientos; empero, si en
algún aposento quieren estrecharla, rompe las paredes. No han de sacar
della más de aquel zumo que quisiere dar de sí, como la naranja,
o ha de amargar sin ser de provecho. No saben tener medio en lo que tratan y
menos en amar o aborrecer, ni lo tuvieron jamás en pedir y desear.
Siempre les parece poco lo mucho que reciben y mucho lo poco que dan. Son por
lo general avarientas.
Empero con todas estas faltas,
desdichada de la casa donde sus faldas faltan. Donde no hay chapines, no hay
cosa bien puesta, comida sazonada ni mesa bien aseada. Como el aliento humano
sustenta los edificios, que no vengan en ruina y caigan, así la huella
de la mujer concertada sustenta la hacienda y la multiplica. Y como el tocino
hace la olla y el hombre la plaza, la mujer, la casa.
No es aqueste lugar para tratar sus
virtudes; vengo a las mías, que aquel tiempo eran
más que las del tabaco. Estúveme un rato entreteniendo con el
huésped, que me hacía relación de muchas cosas de aquella
ciudad, sus previlegios y libertades, de que iba tan gustoso y tenía tan
suspendido con su buena plática, que no me hacía falta otro buen
entretenimiento. ¡Mis pecados, que lo hicieron!
Yo había salido de la mar con un
grande romadizo y no se me había quitado. Saqué de la faltriquera
un lienzo para sonarme las narices y, cuando lo bajé, mirélo,
como suele ser general costumbre de los hombres. El traidor del huésped,
como era decidor y gracioso, díjome luego:
-Señor, señor, huya, huya,
escóndase presto.
Pobre de mí, pues, como estaba
ciscado, a cada paso parecía que me ponían a los cuatro vientos.
Apenas me lo dijo, cuando en dos brincos me puse tras de una cortina de la
cama. Él, que no sabía mi malicia, parecióle aquello
inocencia y riéndose me volvió a decir:
-No tiene gota en los pies. A fe que es
bien ligero. Salga Vuestra Merced acá. Quiso Dios que no fue nada. Ya es
ido. Bien puede salir seguro.
Salí de allí sin color, el
rostro ya difunto. Maravíllome mucho, según mi temor y
turbación, con semejante susto cómo no me arronjé por las
ventanas a la calle. Salí perdido y aun casi corrido; empero
procurélo disimular, por no levantar alguna polvareda que no me viniese
a cuento. Preguntéle qué había sido aquello, y
díjome:
-Sosiéguese Vuestra Merced y
mándeme dar luego un par de sueldos.
Dile un real en los aires y, como lo vi
sosegado, riéndose con mucho espacio, le volví a
preguntar para qué lo había pedido y qué había
pasado. Él, entonando más la risa, el rostro alegre, me dijo:
-Yo, señor, tengo aquí una
procuración, sostituida de los administradores del hospital, para cobrar
cierto derecho de los que a mi posada vienen y lo deben. De aquí
adelante podrá Vuestra Merced andar por todo el mundo con mi
cédula, sin que se le haga más molestia ni le pidan otra cosa.
Con este real está ya hecho pago de la entrada y tiene licencia para la
salida.
Cuando esto me decía, estaba yo
de lo pasado y con lo presente tan confuso, que se me pudiera decir lo que a
cierta señora hijadalgo notoria que, habiendo casado con un cristiano
nuevo, por ser muy rico y ella pobre, viéndose preñada y afligida
como primeriza, hablando con otra señora, su amiga, le dijo: «En
verdad que me hallo tal, que no sé lo que me diga; en mi vida me vide
tan judía.» Entonces la otra señora con quien hablaba le
respondió: «No se maraville Vuestra Merced, que trae el
judío metido en el cuerpo.»
A fe que yo estaba de manera entonces,
que, si la risa y trisca del huésped no me sacara presto de la duda,
creo que allí me cayera muerto. Alentóme su aliento,
alegróme su alegría y, viéndolo tan de trisca, le
dije:
-Ya cuerpo de mí, pues tengo
pagada la pena, quiero saber cuál fue mi culpa, que habrá sido
rigurosa sentencia de juez condenarme por el cargo que nunca me hizo ni me
recibió descargo. Que aún podría ser que, oídas las
partes, me volviesen mi dinero. Y si acaso pequé, razón
será saber en qué, para poder adelante corregirme.
-Por parecerme Vuestra Merced caballero
principal y discreto, le quiero leer el arancel que aquí tengo para la
cobranza de las penas con que son castigados los que incurren en ellas.
El real es de la entrada para el muñidor. Espere Vuestra
Merced un poco, en cuanto vuelvo con él.
Fuese y trujo consigo un libro grande,
que dijo ser donde asentaba las entradas de los hermanos, y sacando dél
unos pliegos de papel, que tenía sueltos, comenzóme a leer unas
ordenanzas, de las cuales diré algunas que me quedaron en la memoria,
con protestación que hago de poner después con ellas las que
más me fueren ocurriendo, y decían así:
ARANCEL DE NECEDADES
«Nós, la Razón,
absoluto señor, no conociendo superior para la reformación y
reparo de costumbres, contra la perversa necedad y su porfía, que tanto
se arraiga y multiplica en daño notorio nuestro y de todo el
género humano; para evitar mayores daños, que la
corrupción de tan peligroso cáncer no pase adelante, acordamos y
mandamos dar y dimos estas nuestras leyes a todos los nacidos y que adelante
sucedieren, por vía de hermandad y junta para que como tales y por
Nós establecidas, las guarden y cumplan en todo y por
todo, según aquí se contiene y so la pena dellas.
»Otrosí, porque lo que
primero se debe y conviene prevenir para la buena expedición y
ejecución de justicia son oficiales de legalidad y confianza, tales
cuales convenga para negocio tan importante y grave, nombramos y
señalamos por jueces a la Buena Policía, Curiosidad y Solicitud,
nuestros legados, para que, como Nós y representando nuestra persona
misma, puedan administrar justicia, mandando prender, soltando y castigando,
según hallaren por derecho. Y Nós desde aquí
señalamos por hermanos mayores desta liga los que fueren celosos, cada
uno en su lugar y el que lo fuere más que los otros. Nuestro fiscal
será la Diligencia y el muñidor la Fama.
»Primeramente, a los que fueren
andando y hablando por la calle consigo mesmos y a solas o en su casa lo
hicieren, los condenamos a tres meses de necios, dentro de los cuales mandamos
que se abstengan y reformen, y, no lo haciendo, les volvemos a dar cumplimiento
a tres términos perentorios, dentro de los cuales traigan
certificación de su emmienda, pena de ser tenidos por precitos. Y
mandamos a los hermanos mayores los tengan por encomendados.
»Los que paseándose por
alguna pieza ladrillada o losas de la calle fueren asentando los pies por las
hiladas o ladrillos y por el orden dellos, que, si con cuidado hicieren, los
condenamos en la misma pena.
»Los que, yendo por la calle, por
debajo de la capa sacaren la mano y fueren tocando con ella por las paredes,
admítense por hermanos y se les conceden seis meses de
aprobación, en que se les manda se reformen, y si lo hicieren costumbre,
luego el hermano mayor les dé su túnica y las demás
insignias, para ser tenidos por profesos.
»Los que jugando a los bolos,
cuando acaso se les tuerce la bola, tuercen el cuerpo juntamente,
pareciéndoles que, así como ellos lo hacen lo
hará ella, en su pecado morirán: declarámoslos por
hermanos ya profesos. Y lo mismo mandamos entenderse con los que semejantes
visajes hacen, derribándose alguna cosa. Y con los que llevando
máxcaras de matachines o semejantes figuras van por dentro dellas
haciendo gestos, como si real y verdaderamente les pareciese que son vistos
hacerlos por fuera, no lo siendo. Y con los que los contrahacen sin sentir lo
que hacen o, cortando con algunas malas tijeras o trabajando con otro
algún instrumento, tuercen la boca, sacan la lengua y hacen visajes
tales.
»Los que cuando esperan a el
criado habiéndolo enviado fuera, si acaso se tarda, se ponen a las
puertas y ventanas, pareciéndoles que con aquello se darán
más priesa y llegarán más presto, los condenamos a que se
retraten, reconosciendo su culpa, so pena que no lo haciendo se
procederá contra ellos como se hallare por derecho.
»Los que brujulean los naipes con
mucho espacio, sabiendo cierto que no por aquello se les han de pintar o
despintar de otra manera que como les vinieron a las manos, los condenamos a lo
mesmo. Y por causas que a ello nos mueven, se les da licencia que, sin que
incurran en otra pena, sigan su costumbre, con tal condición, que cada
vez que viere a el hermano mayor o pasare por su puerta, haga reconocimiento
con descubrirse la cabeza.
»Los que cuando están
subidos en alto escupen abajo, ya sea por ver si está el edificio a
plomo, ya para si aciertan con la saliva en alguna parte que señalan con
la vista, los condenamos a que se retraten y reformen dentro de un breve
término, pena de ser habidos por profesos.
»Los que yendo caminando preguntan
a los pasajeros cuánto queda hasta la venta o si está lejos el
pueblo, por parecerles que con aquello llegarán más presto, los
condenamos en aquella misma pena, dándoles por penitencia la del camino
y la que van haciendo con los mozos de las mulas y venteros. Lo cual se ha de
entender teniendo firme propósito de la emmienda.
»Los que orinando hacen
señales con la orina, pintando en las paredes o dibujando en el suelo,
ya sea orinando a hoyuelo, se les manda no lo hagan, pena que, si perseveraren,
serán castigados de su juez y entregados a el hermano mayor.
»Los que cuando el reloj toca,
dejando de contar la hora, preguntan las que da, siéndoles más
decente y fácil el contarlas, lo cual procede las más veces de
humor colérico abundante, mandamos a los tales que tenga[n] mucha cuenta
con su salud y, siendo pobres, que el hermano mayor los mande recoger al
hospital, donde sean preparados con algunas guindas o naranjas agrias, porque
corren riesgo de ser muy presto modorros.
»Los que, habiendo poco que comer
y muchos comedores, por hablar se divierten a contar cuentos, gustando
más de ser tenidos por lenguaces, decidores y graciosos, que de quedarse
hambrientos, por ser tintos en lana y batanados, los remitimos con los
incurables y mandamos que se tenga mucha cuenta con ellos, porque están
en siete grados y falta muy poco para ser necesario recogerlos.
»Los que por ser avarientos o por
otra cualquier causa o razón que sea, como [no] nazca de fuerza o
necesidad -que no se deben guardar leyes en los tales casos-,
cuando van a la plaza, compran de lo más malo, por más barato,
como si no fuese más caro un médico, un boticario y barbero todo
el año en casa, curando las enfermedades que los malos mantenimientos
causan, condenámo[s]los en desgracia general de sí mismos,
declarándolos, como los declaramos, por profesos, y les mandamos no lo
hagan o que serán por ello castigados de los curas, del sacristán
y sepolturero de su parroquia, más o menos, conforme a el daño
causado de su necedad.
»Los que las noches del verano y
algunas en el invierno se ponen con mucho espacio, ya sea en sus corredores y
patios, ensillados, ya en ventanas o en otras algunas partes, enfrenados, y de
las nubes del aire fueren formando figuras de sierpes, de leones y otros
animales, los declaramos por hermanos; empero, si aquel entretenimiento lo
hicieren para dar en sus casas lugar o tiempo a lo que algunos acostumbran por
sus intereses, para ver el signo de Tauro, Aries y Capricornio, lo cual es
torpísimo caso y feo, condenámoslos a que, siendo tenidos por
tales hermanos, no gocen de los previlegios dellos, no los admitan en sus
cabildos ni se les dé cera el día de su fiesta.
»Los que llevando zapatos negros o
blancos, ya sean de terciopelo de color, para quitarles el polvo que llevan o
darles lustre, lo hicieren con la capa, como si no fuese más noble y de
mejor condición y costosa y, por limpiarlos a ellos, la dejan a ella
sucia y polvorosa, los condenamos por necios de vaqueta y, siendo nobles, por
de terciopelo de dos pelos, fondo en tonto.
»Los que habiéndose pasado
algunos días que no han visto a sus conocidos, cuando acaso se hallan
juntos en alguna parte, se dicen el uno a el otro: '¿Vivo está
Vuestra Merced?' '¿Vuestra Merced en la tierra?', no obstante que sea
encarecimiento, los nombramos por hermanos, pues tienen otras más
proprias maneras de hablar, sin preguntar si está en la tierra o vivo el
que nunca fue a el cielo y está presente, y les mandamos poner a los
tales una señal admirativa y que no anden sin ella por el tiempo de
nuestra voluntad.
»Los que, después de
oída misa y cuando rezan las avemarías, a la campana de alzar o
en otra cualquier hora que en la iglesia se hace señal, en acabando sus
oraciones, dicen: 'Beso las manos a Vuestra Merced', aunque se suponga ser en
rendimiento de gracias, habiendo dado la cabeza dellos los buenos días o
noches, los condenamos por hermanos, y les mandamos que abjuren, a pena de la
que siempre traerán consigo, siendo señalados con su necedad,
pues en más estiman un 'beso las manos' falso y mentiroso -que ni se las
besan ni se las besarían, aunque los viesen obispos, y más las de
algunos que las tienen llenas de sarna o lepra, y otros con unas uñas
caireladas, que ponen asco mirarlas-, que un 'Dios os dé buenas noches'
o 'buenos días'. Y lo mismo les mandamos a los que responden con esta
salva cuando estornuda el otro, pudiéndole decir: 'Dios os dé
salud'.
»Los que buscando a uno en su casa
y preguntando por él, se les ha respondido no estar en ella y haber ido
fuera, vuelven a preguntar: '¿Pues ha salido ya?', dámoslos por
condenados en rebeldes contumaces, pues repiten a la pregunta que
ya les tienen satisfecha.
»Los que habiéndose llevado
medio pie o, por mejor decir, los dedos dél en un canto y con mucha
flema, llenos de cólera, vuelven a mirarlo de mucho espacio, los
condenamos en la misma pena y les mandamos que la quiten o no la miren, pena
que se les agravará con otras mayores.
»Los que sonándose las
narices, en bajando el lienzo lo miran con mucho espacio, como si les hubiese
salido perlas dellas y las quisiesen poner en cobro, condenámoslos por
hermanos y que cada vez que incurrieren en ello den una limosna para el
hospital de los incurables, porque nunca falte quien otro tanto por ellos
haga.»
Cuando aquí llegó, me
pareció que sólo le faltó la campanilla. Diome tanta risa
y el papel era tan largo, que no le dejé pasar adelante y
preguntéle:
-Ya, señor huésped, que me
ha hecho amistad en avisarme para saber corregirme, dígame agora: ese
hospital que dice, ¿dónde está, quién lo administra
o qué renta tiene?
Respondióme:
-Señor, como son los enfermos
tantos y el hospital era incapaz y pobre, viendo ser los sanos pocos y los
enfermos muchos, acordóse que trocasen las estancias, y así es ya
todo el mundo enfermería.
-Pues los discretos y cuerdos -le
pregunté-, ¿dónde tendrán alojamiento que puedan
estar seguros del contagio?
A esto me respondió:
-Uno solo se dice que sea sólo el
que no ha enfermado; pero hasta este día no se ha podido saber
quién sea. Cada cual piensa de sí que lo es; mas no para que los
más estén satisfechos dello. Lo que por nueva cierta puedo dar es
que dicen haberse hallado un grandísimo ingeniero, el cual se ofrece a
meter en un huevo a cuantos deste mal de todo punto se hubieren
hallado limpios y que juntamente con sus personas meterá sus haciendas,
heredamientos y rentas y que andarán tan anchos y holgados, que apenas
vendrán a juntarse los unos con los otros.
Ya no lo pude sufrir y dije:
-Malicia es ésa y no menos grande
que la casa de los necios.
Empero, bien considerado, conocí
su verdad, viendo que somos hombres y que todos pecamos en Adán. La
conversación pasara más adelante y el arancel se acabara de leer
si la noche no viniera tan apriesa. Porque me picaba mucho la viuda y
quería dar una vuelta, para ver qué mundo corría por
aquellos barrios. Empero, dejando para el siguiente día lo que
aquél no dio lugar, pedí un vestidillo galán que
tenía y, mi espada debajo del brazo, salí por la ciudad a buscar
mis aventuras.
Íbame paseando por la calle muy
descuidado que hubiera quien ganármela pudiese, aunque le diera siete a
ocho, y al trasponer de una esquina, en unas encrucijadas, encontréme
con dos mozuelas, de muy buen talle la una, y la otra parecía su criada.
Lleguéme a ellas y no me huyeron. Detúvelas y paráronse.
Comencé a trabar conversación y sustentáronla con tanto
desenfado y cortesanía que me tenían suspenso. A cuanto a la
señora le dije me tuvo los envites, no perdiéndome surco ni
dejándome carta sin envite. Comencéme a querer desvolverme de
manos, y como a lo melindroso hacía la hembra que se defendía;
empero de tal manera, con tal industria, buena maña y grande sutileza
que, cuanto en muy breve espacio truje ocupadas las manos por su rostro y
pechos, ella con las suyas no holgaba. Que, metiéndolas por mis
faltriqueras, me sacó lo poco que llevaba en ellas. Con aquel
encendimiento no lo sentí ni me fuera posible, aun en caso
que fuera con cuidado. Porque nunca en tales tiempos hay memoria ni
entendimiento; sólo se ocupa la voluntad.
Ella, en el mismo punto, cuando tuvo su
hacienda hecha y sacándome importancia hasta cien reales, dijo:
-Mira, hermanito, déjame agora,
por tu vida, y haz lo que te dijere, por amor de mí. Aguárdame a
la vuelta desta calle por donde venimos, que la segunda casa es la mía.
No vamos más de por una poca de labor a una casa cerca de aquí y
al momento seré contigo. Luego volveremos y entrarás en mi casa,
que no estamos más de yo y mi criada solas, y verás cómo
te sirvo de la manera que mandares, y oirásme cantar y tañer, de
manera que digas que no has visto mejores manos en tu vida en una tecla. Ponte
aquí a esta vuelta, para que no te sientan ir comigo, que aún soy
mujer casada y de buena opinión en el pueblo. No querría
perderla; pero parécesme de tal calidad, que cualquiera cosa se puede
arriscar por ti.
Creíla todo cuanto me dijo; por
tan cierto lo tuve, como en las manos. Hice lo que me mandó;
púseme tras la esquina y desde las ocho y media de la noche hasta las
once dadas no me quité del puesto, paseando. Todo se me antojaban bultos
y que venían; mas así me pudiera estar hasta este día, que
nunca más volvió. Cuando ya vi ser tarde, sospeché que
tendría su galán y que, habiendo ido a su casa, no la
dejaría volver. Culpábala y no mucho, que lo mismo me hiciera yo,
si por mis puertas entrara. Vi que no había sido más en su mano,
y dije: «'Aún serán buenas mangas después de
Pascua'. Esto aquí nos lo tenemos y cierto está. Un día
viene tras otro.» Dejéle señalada la puerta y pasé
con mi estación adelante, donde me llevaban los deseos. Cuando
allá llegué, todo estaba muy sosegado, que ni memoria de persona
parecía por toda la calle ni en puerta o ventana.
Estuve mirando y asechando por una parte
y otra. Di vueltas, hice ruido, tosí, desgarré; mas
como si no fuera. Ya después de buen rato, cuando cansado de pasear y
esperar me quise volver a la posada, desesperado de cosa que bien me sucediese,
salió a una ventana pequeña un bulto, a el parecer y en la habla
de mujer, cuyo rostro no vi ni, cuando lo viera, pudiera dar fe dél, por
hacer tan oscuro. Comencéle a decir mocedades -o necedades, que no eran
ellas menos- y díjome no ser ella con quien yo pensaba que hablaba, sino
criada suya, fregona de las ollas. Sea quien hubiere sido, tan bien hablaba, de
tal manera me iba entreteniendo, que me olvidé por más de dos
horas, pareciéndome un solo momento.
Veis aquí, si no lo habéis
por enojo, cuando a cabo de rato sale un gozque de Bercebut, que debía
de ser de alguna casa por allí cerca, y comenzónos a dar tal
batería, que no me fue posible oír ni entender más alguna
palabra. La ventana estaba bien alta, la mujer hablaba paso, corría un
poco de fresco. Tanto ladraba el gozque y tal estruendo hacía, que,
pensándolo remediar, busqué con los pies una piedra que tirarle
y, no hallándola, bajé los ojos y devisé por junto de la
pared un bulto pequeño y negro. Creí ser algún guijarro.
Asílo de presto; empero no era guijarro ni cosa tan dura. Sentíme
lisiada la mano. Quísela sacudir y dime con las uñas en la pared.
Corrí con el dolor con ellas a la boca y pesóme de haberlo hecho.
No me vagaba escupir. Acudí a la faltriquera con esotra mano para sacar
un lienzo; empero ni aun lienzo le hallé. Sentíme tan corrido de
que la mozuela me hubiese burlado, tan mohíno de haberme así
embarrado, que, si los ojos me saltaban del rostro con la cólera, las
tripas me salían por la boca con el asco.
Quería lanzar cuanto en el cuerpo
tenía, como mujer con mal de madre. Tanto ruido hice, tanto dio el perro
en perseguirme, que a la mujer le fue forzoso recogerse y cerrar su ventana y a
mí buscar adonde lavarme. Arrastré los dedos por las paredes como
más pude y mejor supe. Fuime con mucho enojo a la posada, con
determinación de volver la noche siguiente a los mismos pasos, por si
acaso pudiera encontrarme con aquella buena dueña que nos vendió
el galgo.
  Capítulo II
Sale Guzmán de Alfarache de Zaragoza; vase a
Madrid, adonde hecho mercader lo casan. Quiebra con el crédito, y trata
de algunos engaños de mujeres y de los daños que las
contraescrituras causan, y del remedio que se podría tener en
todo
Luego que a casa llegué, me fui
derecho a el pozo y, fingiendo quererme refrescar, porque mi criado no sintiera
mi desgracia, le hice sacar dos calderos de agua. Con el uno me lavé las
manos y con el otro la boca, que casi la desollé y no estaba bien
contento ni satisfecho de mí. En toda la noche no pude cobrar
sueño, considerando en la verdad que la mujer me había confesado,
que me acordaría de sus manos para en toda mi vida.
Ved si la dijo, pues aún hago
memoria dellas para los que de mí sucedieren. Yo aseguro que no se hizo
tanta de las de la griega Helena ni de la romana Lucrecia. Cuando daba en esto,
la conversación de la otra me destruía. Quería olvidarlo
todo y acudía por el otro lado la memoria del guijarro;
alterábaseme otra vez el estómago. ¿Qué ha de ser
esto desta noche? ¿Cuándo habemos de acabar con tantos? Que si de
una parte me cerca Duero, por otra Peñatajada.
Decía, considerando entre
mí: «Si aquesta pequeña burla, no más
de por haberlo sido, la siento tanto, ¿cómo lo habrán
pasado mis parientes con la pesada que les hice? ¿Cuando aquesto
así duele, qué hará con guindas?»
Ya lo pasaba en esto, ya en lo que
había de hacer el siguiente día, cómo y de qué me
había de vestir; si había de arrojar la cadena del día de
Dios, de las fiestas terribles; por dónde había de pasear,
qué palabras me atrevería [a] decir para moverla, o qué
regalo le podría enviar con que obligarla.
Luego volvía diciendo:
«¿Si mañana hallase aquella mozuela, qué le
haría? ¿Pondríale las manos? No. ¿Quitaréle
lo que llevare? Tampoco. Pues tratar su amistad, menos.» Pues
decíame yo a mí: «¿Para qué la quiero buscar?
Ya conozco las buenas y diestras manos que trae por la tecla. Váyase con
Dios. Allá se lo haya Marta con sus pollos. Que a fe que si le sobrara,
que no se pusiera en aquel peligro.»
Mirábame a mí,
conocíame, volvía considerando a solas:
«¿Cuáles quejas podrá dar el carnicero lobo del
simple cordero? ¿Qué agua le pone turbia, para que tanto
dél se agravie? No puedo traer en una muy valiente acémila el
oro, plata, perlas, piedras y joyas, que traigo robadas de toda Italia,
¡y acuso a esta desdichada por una miseria que me llevó,
quizá forzada de necesidad! ¡Oh condición miserable de los
hombres, qué fá[ci]lmente nos quejamos, cuán de poco se
nos hace mucho y cómo muy mucho lo criminamos! ¡Oh majestad
immensa divina, qué mucho te ofendemos, qué poco se
no[s] hace y cuán fácilmente lo perdonas! ¡Qué
sujeción tan avasallada es la que tienen los hombres a sus pasiones
proprias! Y pues lo mejor de las cosas es el poderse valer dellas a tiempo, y
conozco que se debe tener tanta lástima de los que yerran, como invidia
de los que perdonan, quiéromela tener a mí. Allá se lo
haya: yo se lo perdono.»
Así me amaneció. Ya la luz
entraba escasamente por unas juntas de ventanas, cuando también por
ellas pareció haber entrado un poco de sueño. Dejéme
llevar y traspúseme hasta las nueve, sin decir esta boca es mía.
No tanto me holgué por haber dormido, como de quedar dispuesto a poder
velar la noche siguiente, sin quedar obligado a pagar por fuerza el censo en lo
mejor de mi gusto, si acaso acertara otra vez a cobrarlo.
Levantéme satisfecho y deseoso.
Fuime a misa, visité la imagen de Nuestra Señora del Pilar, que
es una devoción de las mayores que hoy tiene la cristiandad.
Gasté aquel día en paseos. Vi mi viuda, que saliendo a la
ventana, se puso en el balcón a lavar las manos. Quisiera que aquellas
gotas de agua cayeran en mi corazón, para si acaso pudieran apagar el
fuego dél. No me atreví a hablar palabra. Púseme a una
esquina. Miréla con alegres ojos y rostro risueño. Ella se
rió y, hablando con las criadas que allí estaban dándole
la toalla con la fuente y jarro, sacaron las cabezas afuera y me miraron.
Ya con esto me pareció hecho mi
negocio. Atiesé de piernas y pecho y, levantado el pescuezo, dile dos o
tres paseos, el canto del capote por cima del hombro, el sombrero puesto en el
aire y llevando tornátiles los ojos, volviendo a mirar a cada paso, de
que no poco estaban risueñas y yo satisfecho. Tanto me alargué,
tan descompuesto anduve, como si fuera negocio hecho y corriera la casa por mi
cuenta, y a todo esto estuvo siempre queda, sin quitarse de la ventana.
Paseábanla muchos caballeros de
muy gallardos talles y bien aderezados; empero, a mi juicio, ninguno como yo. A
todos les hallé faltas, que me parecían en mí ventajas y
sobras. A unos les faltaban los pies, y piernas a otros; unos eran altos, otros
bajos, otros gordos, otros flacos, los unos gachos y otros corcovados. Yo
sólo era para mí el solo, el que no padecía
ecepción alguna y en quien estaba todo perfeto y sobre todo más favorecido, porque a ninguno mostró el semblante
que a mí. Acercóse la noche, levantóse de la ventana,
volvió la vista hacia donde yo estaba y entróse adentro.
Fuime a la posada, rico y pensativo en
lo que había de hacer. Quiso venir el huésped a tenerme
conversación; pero, como ya de nada gustaba más de mis
contemplaciones, díjele que me perdonase, que me importaba ir fuera.
Cené y, tomando mi espada, salí de casa en demanda de mi
negocio.
Veréis cuál sea la mala
inclinación de los hombres, que con haber hecho aquel discurso en favor
de la mujer que me llevó aquella miseria, me picaban tábanos por
hallarla y di cien vueltas aquella noche por la propria calle,
pareciéndome que pudiera ser volver a verla otra vez en el mismo puesto,
sin saber por qué o para qué lo hacía, mas de así a
la balda, hasta hacer hora. Ya, cuando vi que lo era, fuime mi calle adelante,
y a el entrar en la del Coso, por una encrucijada casi frontera de la casa de
mi dama, devisé desde lejos dos cuadrillas de gente, unos a la una parte
y otros a la otra.
Volvíme a retirar adentro y,
parado a una puerta, consideraba: «Yo soy forastero. Esta señora
tiene las prendas y partes que todo el mundo conoce. Pues a fe que no
está la carne en el garabato por falta de gato. No es mujer ésta
para no ser codiciada y muy servida. Éstos aquí no están
esperando a quien dar limosna. Yo no sé quién son o lo que
pretenden, si son amigos y todos una camarada, o si alguno dellos es interesado
aquí. Si me cogen por desgracia en medio, no digo yo manteado,
acribillado y como del coso agarrochado, por ventura me dejaran muerto. La
tierra es peligrosa, los hombres atrevidos, las armas aventajadas, ellos
muchos, yo solo. Guzmán, ¡guarte no sea nabo! Y si
son enemigos y quieren sacudirse, yo no los he de poner en paz; antes he de
sacar la peor parte, ya sea por aquí, ya por allí.
Volvámonos a casa, que es lo más cierto. Más a cuento me
viene mirar por mis baúles y salirme de lugar que no conozco ni soy
conocido. Que a quien se muda, Dios le ayuda.»
Di la vuelta en dos pies y en cuatro
trancos llegué a mi posada. Recogíme a dormir con mejor gana y
menos penas que la noche pasada. Que verdaderamente no hay así cosa que
más desamartele, que ver visiones. Desta manera me determiné a
salir de allí el siguiente día y así lo hice.
Víneme poco a poco acercando a
Madrid, y, cuando me vi en Alcalá de Henares, me detuve ocho
días, por parecerme un lugar el más gracioso y apacible de
cuantos había visto después que de Italia salí. Si la
codicia de la Corte no me tuviera puestas en los pies alas, bien creo que
allí me quedara, gozando de aquella fresquísima ribera, de su
mucha y buena provisión, de tantos agudísimos ingenios y otros
muchos entretenimientos. Empero, como Madrid era patria común y tierra
larga, parecióme no dejar un mar por el arroyo. Allí al fin
está cada uno como más le viene a cuento. Nadie se conoce, ni aun
los que viven de unas puertas adentro. Esto me arrastró, allá me
fui.
Estaba ya todo muy trocado de como lo
dejé. Ni había especiero ni memoria dél. Hallé
poblados los campos; los niños, mozos; los mozos, hombres; los hombres,
viejos, y los viejos, fallecidos; las plazas, calles, y las calles muy de otra
manera, con mucha mejoría en todo. Aposentéme por entonces muy a
gusto, y tanto, que sin salir de la posada estuve ocho días en
ella divertido con sólo el entretenimiento de la
huéspeda, que tenía muy buen parecer, era discreta y estaba bien
tratada.
Hízome regalar y servir los
días que allí estuve con toda la puntualidad posible. En este
tiempo anduve haciendo mi cuenta, dando trazas en mi vida, qué
haría o cómo viviría. Y al fin de todas ellas vence la
vanidad. Comencé mi negocio por galas y más galas. Hice dos
diferentes vestidos de calza entera, muy gallardos. Otro saqué llano
para remudar, pareciéndome que con aquello, si comprase un caballo, que
quien así me viera, y con un par de criados, fácilmente me
compraría las joyas que llevaba. Púselo por obra. Comencé
a pavonear y gastar largo. La huéspeda no era corta, sino gentil
cortesana. Dábame cañas a las manos en cuanto era mi gusto.
Aconteció que, como frecuentasen
mi visita muchas de sus amigas, una dellas trujo en su compañía
una muchachuela de muy buena gracia, hermosa como un ángel y, con ser
tan por estremo hermosa, era mucho más vellosa. Hícele el amor;
mostróse arisca. Dádivas ablandan peñas. Cuanto más
la regalé, tanto más iba mostrándoseme blanda, hasta venir
en todo mi deseo. Continué su amistad algunos días, en los cuales
nunca cesó, como si fuera gotera, de pedir, pelar y repelar cuanto
más pudo, tan sutil y diestramente cual si fuera mujer madrigada, muy
cursada y curtida; empero bastábale la dotrina de su madre.
Pidióme una vez que le comprase un manteo de damasco carmesí, que
vendía un corredor a la Puerta del Sol, con muchos
abollados y pasamanos de oro, y no querían por él menos de mil
reales. Pareciéndome aquello una excesiva libertad (porque, aunque me
tenía un poco picado, no lo había hecho tan mal con ella que ya
no le hubiese dado más de otros cien escudos y que, si así me
fuese dejando cargar a su paso, en tres boladas no quedara bolo enhiesto), no
se lo di. Enojóse: no se me dio nada. Sintióse: dime por no
entendido. Indignáronse madre y hija: callé a todo, hasta ver en
qué paraba. No me vinieron a visitar ni yo las envié a llamar.
Entraron en consejo con mi huéspeda, que fueron todas el lobo y la
vulpeja y tres al mohíno.
Veis aquí, cuando a
mediodía estaba comiendo muy sin cuidado de cosa que me lo pudiera dar,
donde veo entrar por mi aposento un alguacil de corte. «¡Ah cuerpo
de tal! Aquí morirá Sansón y cuantos con él son. Mi
fin es llegado», dije. Levantéme alborotado de la mesa y el
alguacil me dijo:
-Sosiéguese Vuestra Merced, que
no es por ladrón.
-«Antes no creo que puede ser por
otra cosa» -dije entre mí-. ¿Ladrón dijistes?
Creí que lo decía por donaire y por esa causa quería
prenderme.
Turbéme de modo, que ni acertaba
con palabra ni sabía si huir, si estarme quedo. Teníanme tomada
la puerta los corchetes, la ventana era pequeña y alta de la calle. No
pudiera con tanta facilidad arronjarme por ella, que primero no me cogieran y,
cuando pudiera escapar de sus manos, me matara. Últimamente, con toda mi
turbación, como pude le pregunté qué mandaba. Él,
con la boca llena de risa y muy sin el cuidado que yo estaba,
metiendo la mano en el pecho sacó dél un mandamiento en que me
mandaban prender los alcaldes por lo que ni comí ni bebí.
«Por estrupo»
-diréis-. «Válgate la maldición por hembra, y a
mí, si sé lo que te pides y no mientes como cien mil
diablos.» Juréle ser falsedad y testimonio. El alguacil,
riéndose, me dijo que así lo creía; empero que no
podía exceder del mandamiento ni soltarme. Que tomase la capa y me fuese
con él a la cárcel. Vime desbaratado. Yo tenía los
baúles cuales ya podrás imaginar. Mis criados no eran conocidos.
Estaba en posada, donde me habían hecho la cama y quizá para
tener achaque de robarme. Si allí los dejaba, quedaban como en la calle,
y, si los quería sacar, no sabía dónde ponerlos. Pues ir a
la cárcel es como los que se van a jugar a la taberna en la
montaña, que comienzan por los naipes y acaban borrachos con el jarro en
las manos. Pensando ir por poco, pudiera ser salir por mucho.
Estaba que no sabía lo que
hacerme. Aparté a solas a el alguacil. Roguéle que por un solo
Dios no permitiese mi perdición. Díjele que aquella hacienda
quedaba en riesgo y perdida; que diese traza cómo no se me hiciese
agravio, porque me robarían y que sólo aquese había sido
el intento de aquella gente. Era hombre de bien, que no fue pequeña
ventura, discreto, cortesano; sabía mi verdad, como quien conocía
bien a la parte. Prometí de pagárselo muy a su gusto.
Díjome que no tuviese pena, que haría lo que pudiese por
servirme. Dejó allí los criados en mi guarda y salió a
buscar a la parte, que habían con él venido y estaban en el
aposento de la huéspeda. Fue y volvió con unos y otros
medios.
Amenazólas que, si no lo
hacían, había de jurar en mi favor la verdad y
descubrir la bellaquería, si no se contentaban con lo que fuese bueno.
Ellas, que vieron su pleito mal parado, lo dejaron todo en sus manos y
concertónos en dos mil reales, que le fue por juramento a la madre que
le había de pagar el manteo con el doblo y no la tendría
contenta. Mas yo sé que lo quedó, porque no se lo debía.
Paguéselos y, yéndonos a el oficio del escribano, se bajaron de
la querella.
Costóme todo hasta docientos
ducados y en media hora lo hicimos noche; mas no tuve aquélla en la
posada ni más puse pie de para sacar mi hacienda y al punto alcé
de rancho. Fuime a la primera que hallé, hasta que busqué un
honrado cuarto de casa con gente principal. Compré las alhajas que tuve
necesidad y puse mis pucheros en orden.
Cuando andaba en esto, encontréme
una mañana con el mismo alguacil en las Descalzas y, después de
haber ambos oído una misma misa, nos hablamos y juréle por el
Sacramento que allí estaba que tal cargo no tuve aquella mujer, y
díjome:
-Caballero, no es necesario ese
juramento para lo que yo sé, cuanto más para lo que aquí
es muy público. Yo conozco aquella mozuela, y con esta demanda que puso
a Vuestra Merced son tres las querellas que ha dado en esta Corte por el mismo
negocio. Dio la primera ante el vicario de la villa, de un pobre caballero de
epístola, que vino aquí a cierto negocio. Era hijo de padres
honrados y ricos. El cual, por bien de paz, les dejó en las uñas
hasta la sotana y se fue, como dicen, en camisa. Después lo pidieron
otra vez en la villa, querellándose a el teniente de un catalán
rico, de quien también pelaron lo que pudieron; pero éste jurada
se la tiene, que no le dejará la manda en el testamento. Agora se
querelló, a los alcaldes, de Vuestra Merced, y si no fuera por parecerme
de menor inconveniente pagarles aquel dinero que consentirse ir preso dejando
su hacienda desamparada, verdaderamente no lo consintiera,
hiciera mi oficio; empero del mal el medio. Que, aunque sin duda Vuestra Merced
saliera libre, no pudiera ser con tanta brevedad, que no pasase algún
tiempo en pruebas y respuestas. Con esto escusamos prisiones, grillos, visitas,
escribanos, procuradores, daca la relación, vuelve de la
relación. Que todo fuera dilación, vejación y desgusto.
Más barato se hizo de aquella manera y con menos pesadumbre.
»Lo que como hidalgo y hombre de
bien puedo a Vuestra Merced asegurar es que he servido a Su Majestad con esta
vara casi veinte y tres años, porque va ya en ellos. Y que de todos
cuantos casos he visto semejantes a éste, no he sabido de tres en
más de trecientos, que se hayan pedido con justicia; porque nunca quien
lo come lo paga o por grandísima desgracia. Siempre suele salir horro el
dañador y después lo echan a la buena barba. Siempre suele
recambiar en un desdichado, de quien pueden sacar honra y dineros o marido a
propósito para sus menesteres. Él es como la seca, que el
daño está en el dedo y escupe debajo del brazo. La causa es
porque o luego el delincuente huye o es persona tal a quien sería de
poca importancia pedirlo. Estas mozuelas ándanse por esas calles o en
casa de sus amigas o en las de sus padres. Entra en la cocina el mozo, tiene
lugar de hablarlas y ellas de responderle. Ambos están de las puertas
adentro. Sóbrales el tiempo, no les falta gana, llega la ocasión
y dejan asentada la partida. Y como sucede las más veces aquesto con
gente pobre y luego él, en oliendo el tocino, se sale de
casa y no parece, cuando los padres lo alcanzan a saber, para no quedarse sin
el fruto de sus trabajos, danle una fraterna y ellos mismos andan
después a ojeo y la echan a la mano a persona tal, que saquen costo y
costas de su mercadería. Y así viene quien menos culpa tiene a
lavar la lana.
Entonces le pregunté:
-Pues dígame Vuestra Merced,
suplícole, si nunca los tales casos acontecen sino a solas,
¿quién hay que jure con verdad, si ella no da gritos para que se
vea la fuerza y acude gente que los halle a entrambos en el acto?
Respondióme:
-No es necesario ni en tales casos piden
a el testigo que diga si los vio juntos, que sería infinito. Basta que
depongan que los vieron hablar y estar a solas, que la besó, que los
vieron abrazados o de las puertas adentro de una pieza, o tales actos que se
pueda dellos presumir el hecho. Porque con esto y la voz que ella misma se pone
de haber sido forzada, hallándola ya las matronas como dice, bastan para
prueba. Yo vi en esta corte un caso muy riguroso y el mayor que Vuestra Merced
habrá oído. Aquí estuvo una dama muy hermosa y forastera,
la cual venía ladrada de su tierra, no con otro fin que a buscar la
vida. Tratóse como doncella y en ese hábito anduvo algunos
días. Pretendióla cierto príncipe y, habiéndole
hecho escritura por ochocientos ducados, en que con él concertó
su honor, diciendo quererlos para su casamiento, no pagándoselos a el
plazo, ejecutó y cobró. Después de allí a pocos
años, que no pasaron cuatro, siendo favorecida de cierto personaje, hizo
un escabeche, con que, habiendo tratado con cierto estranjero, querelló
dél. Y alegando el reo contra ella la escritura original y la paga del
interés, lo condenaron y pagó. Allá dijo que no hubo, que
sí hubo. En resolución, la mujer en cada lugar cobraba dos
y tres veces lo que no vendía, y desta manera pasaba.
Vuestra Merced no se tenga por mal servido en lo hecho, porque libró muy
bien. Que a fe que los testigos decían ensangrentados, aunque no lo
quedó ella.
Despedímonos y fuese. Yo
quedé admirado de oír semejante negocio. De allí me fui
deslizando poco a poco en la consideración de cuán santa,
cuán justa y lícitamente había proveído el Santo
Concilio de Trento sobre los matrimonios clandestinos. ¡Qué de
cosas quedaron remediadas! ¡Qué de portillos tapados y paredes
levantadas! Y cómo, si la justicia seglar hiciera hoy otro tanto en
casos cual el mío, no hubiera el quinto ni el diezmo de las malas
mujeres que hay perdidas. Porque real y verdaderamente, hablándola entre
nosotros, no hay fuerza, sino grado. No es posible hacerla ningún hombre
solo a una mujer, si ella no quiere otorgar con su voluntad. Y si quiere,
¿qué le piden a él?
Diré lo que verdaderamente
aconteció en un lugar de señorío en el Andalucía.
Tenía un labrador una hija moza, de quien se enamoró un mancebo,
hijo de vecino de su pueblo, y, habiéndola gozado, cuando el padre della
lo vino a saber, acudió a una villa, cabeza de aquel partido, a
querellarse del mozo. El alcalde tuvo atención a lo que decían y,
después de haber el hombre informádole muy a su placer del caso,
le dijo: «¿Al fin os querelláis de aquese mozo, que
retozó con vuestra muchacha?» El padre dijo que sí, porque
la deshonró por fuerza.
Volvió el alcalde a preguntar:
«Y decidme, ¿cuántos años tiene él y
ella?» El padre le respondió: «Mi hija hace para el agosto
que viene veinte y un años y el mozuelo veinte y tres.»
Cuando el alcalde oyó esto,
enojado y levantándose con ira del poyo, le dijo: «¿Y con
eso venís agora? ¡Él de veinte y tres y ella de veinte y
uno! Andá con Dios, hermano. ¡Ved qué gentil
demanda! Volvedos en buen hora, que muy bien pudieron herlo.»
Si así se les respondiese con una
ley en que se mandase que mujer de once años arriba y en poblado no
pudiese pedir fuerza, por fuerza serían buenas. No hay fuerza de hombre
que le valga, contra la que no quiere. Y cuando una vez en mil años
viniese a ser, no se había de componer a dinero ni mandándolos
casar -salvo si no le dio ante testigos palabras dello-, no había de
haber otro medio que pena personal, según el delito, y que saliese a la
causa el fiscal del rey, para que no pudiese haber ni valiese perdón de
parte. Yo aseguro que desta manera ellos tuvieran miedo y ellas más
vergüenza. Porque quitándoles esta guarida, desconfiadas, no se
perderían. Si fue su voluntad, ¿qué piden? Si no tienen,
que no engañen.
Aquí entra luego la piedad y
dice: «¡Oh!, que son mujeres flacas, déjanse vencer, por ser
fáciles en creer y falsos los hombres en el prometer: deben ser
favorecidas.» Esto es así verdad; empero, si supiesen que no lo
habían de ser, sabríanse mejor guardar. Y aquesta confianza suya
las destruye, como la fe sin obras, que tiene millares en los infi[e]rnos.
Ninguna se fíe de hombre. Prometen con pasión y cumplen con
dilación y sin satisfación. Y la que se confiare, quéjese
de sí, si la burlare.
Prenden a un pobreto, como yo he visto
muchas veces revolverse dos criados en una casa, y, estando ella como gusano de
seda de tres dormidas con quien ha querido, cuando el amo los halla juntos,
prende a el desdichado que ni comió nata ni queso, sino sólo el
suero que arronjan a los perros. Tiénenlo en la cárcel, hasta que
ya desesperado lo hacen que se case con ella, porque lo condenan en pena
pecuniaria, que, vendidos él y todo su linaje, no alcanzan
para pagarla. Cuando se ve perdido y cargado de matrimonio, quítale a
bofetadas lo que tiene. Vanse uno por aquí y el otro por allí.
Él se hace romero y ella ramera. Ved qué gentil casamiento y
qué gentil sentencia. ¡Oh! si sobre aquesto se reparase un poco,
no dudo en el grande provecho que dello resultase.
Pagué lo que no pequé,
troqué lo que no comí. Puse mi casa, recogíme con lo que
tenía, porque temía no me sucediese con otra huéspeda lo
que con la pasada. Y porque también recelaba que aquel collar y cinta
que me había enviado el tío, siendo piezas de tanto valor,
pudieran ser por la fama descubiertas, quíseme retirar a solas a mi casa
y en parte donde con secreto pudiese deshacerlo. Así lo hice.
Desclavé las piedras a punta de cuchillo, quité las perlas, puse
cada cosa de por sí. Metí en un grande crisol todo el oro, no de
una vez, que no cupo, sino en seis o siete, y así lo fundí,
yéndolo aduzando con un poco de solimán, que yo sabía un
poquito del arte. Y teniendo un riel prevenido, lo fue de mi espacio haciendo
barretas.
Parecióme cordura que por sus
hechuras no quedase deshecha la mía, y tuve por mejor perderlas que
perderme. Híceme tratante con aquellas piedras, informándome muy
bien primero del valor dellas y de cada una, haciéndolas engastar en
cruces, en sortijas, en arracadas y otras joyas, donde mejor se podían
acomodar, diferenciado el engaste. De manera que con el oro mismo y las
proprias piedras hice diferentes piezas, que unas vendidas, otras fiadas a
desposados, y rifadas muchas, perdí muy poco de lo que de otra manera se
pudiera ganar y con menos pesadumbre de riesgo.
Mi caudal crecía, porque ya me
había hecho muy gentil mohatrero. Crédito no me faltaba, porque
tenía dinero. Dábanse junto a mi casa unos solares para edificar.
Parecióme comprar uno, por tener una posesión y un rincón
proprio en que meterme, sin andar cada mes con las talegas de las
alcomenías a cuestas, mudando barrios. Concertéme, paguélo
en reales de contado y cargáronme dos de censo perpetuo en cada un
año. Labré una casa, en que gasté sin pensarlo ni poderme
volver atrás más de tres mil ducados. Era muy graciosa y de mucho
entretenimiento. Pasaba en ella y con mi pobreza como un Fúcar. Y
así acabara, si mi corta fortuna y suerte avarienta no me salieran a el
encuentro, viniéndose a juntar el tramposo con el codicioso.
Como mi casa estaba tan bien puesta, mi
persona tan bien tratada y mi reputación en buen punto, no faltó
un loco que me codició para yerno. Parecióle que todo yo era de
comer y que no tenía dentro ni pepita que desechar. Aun ésta es
otra locura, casar los hombres a sus hijas con hijos de padres no conocidos.
Mirá, mirá, tomá el consejo de los viejos: «A el
hijo de tu vecino mételo en tu casa.» Sabes qué
mañas, qué costumbres tiene, si tiene, si sabe, si vale; y no un
venedizo, que pudieran otro día ponérselo desde su casa en la
horca, si acaso lo conocieran.
Era también mohatrero como yo,
que siempre acude cada uno a su natural. Tanto se me vino a pegar, que me
llegó a empegar. Casóme con su hija y otra no tenía.
Estaba rico. Era moza de muy buena gracia. Prometi[ó]me con ella tres
mil ducados. Dije de sí.
Él, como era vividor, sólo
buscaba hombre de mi traza, que supiese trafagar con el dinero. Y en aquesto
tuvo razón, porque mucho más vale un yerno pobre que sepa ser
vividor, que rico y gran comedor. Mejor es hombre necesitado de dineros, que
dineros necesitados de hombre.
Aqueste se aficionó de mí.
Tratáronse los conciertos y efetuáronse las bodas. Ya estoy
casado, ya soy honrado. La señora está en mi casa muy contenta,
muy regalada y bien servida. Pasáronse algunos días, y no fueron
muchos, cuando, llevándonos mi suegro un domingo [a] comer a su casa,
después de alzadas mesas, que nos quedamos los tres a solas,
díjome así:
-Hijo, como ya con los años he
pasado por muchos trabajos y veo que sois mozo y estáis a el pie de la
cuesta, para que lleguéis a lo alto della descansado y no volváis
a caer desde la mitad, os quiero dar mi parecer, como quien tanto es interesado
en vuestro bien; que de otra manera, no tenía para qué daros
parte de lo que pretendo. Lo primero habéis de considerar que, si un
maravedí sacardes del caudal con que tratáis, que se os
acabará muy presto, cuando sea muy grueso. También habéis
de hacer cómo con vuestro buen crédito paséis adelante. Y,
si habéis de ser mercader, seáis mercader, poniendo aparte todo
aquello que no fuere llaneza, pues no se negocia ya sino con ella y con dinero:
cambiar y recambiar. Yo procuraré iros dando la mano cuanto más
pudiere siempre. Y porque, lo que Dios no quiera, si alguna vez diere vuelta el
dado y no viniere la suerte como se desea, purgaos en salud, preveníos
con tiempo de lo que os puede suceder. Otorgaránse luego
dos escrituras y dos contraescrituras. La una sea confesando que me
debéis cuatro mil ducados, que os presté, de la cual os
daré luego carta de pago como la quisierdes pintar. Y ambas las
guardaremos para si fueren menester; aunque mucho mejor sería que tal
tiempo nunca llegase ni lo viésemos por nuestra puerta. La otra
será: yo haré que os venda mi hermano quinientos ducados que
tiene de juro en cada un año y haráse desta manera. No
faltará un amigo cajero, que por amistad haga muestra del dinero, para
que pueda el escribano dar fe de la paga, o ahí lo tomaremos y nos lo
prestarán en el banco a trueco de cincuenta reales. Y cuando se haya
otorgado la escritura de venta, vos le volveréis a dar a él poder
en causa propria, confesando que aquello fue fingido; mas que real y
verdaderamente siempre los quinientos ducados fueron y son suyos.
Parecióme muy bien, por ser cosa
que pudiera importar y nunca dañar. Hízose así como lo
trazó el maestro y como aquel que de bien acuchillado sabía
cómo se había de preparar el atutia, pues ya tenía el
camino andado y con la misma traza se había enriquecido.
Desta manera fui negociando algún
tiempo, siendo siempre puntual en todo. Y como la ostentación suele ser
parte de caudal por lo que a el crédito importa, presumía de que
mi casa, mi mujer y mi persona siempre anduviésemos bien tratados y en
mi negociación ser un reloj. Era la señora mi esposa de la mano
horadada y taladrada de sienes. Yo por mi negocio le comencé a dar mano
y ella por el suyo tomó tanta, que con sus amigas en banquetes, fiestas
y meriendas, demás de lo exorbitante de sus galas y vestidos, con otros
millares de menudencias, que como rabos de pulpos cuelgan de cada cosa
déstas, juntándose con la carestía que
sucedió aquellos primeros años y la poca corresponsión que
hubo de negocios, ya me conocí flaqueza, ya tenía váguidos
de cabeza y estaba para dar comigo en el suelo. Faltaba muy poco para dejarme
caer a plomo.
Nadie sabe, si no es el que lo lasta, lo
que semejante casa gasta. Si en este tiempo se hiciera la ley en que dieron en
Castilla la mitad de multiplicado a las mujeres, a fe que no sólo no se
lo dieran, empero que se lo quitaran de la dote. Debían entonces de
ayudarlo a ganar; empero agora no se desvelan sino en cómo acabarlo de
gastar y consumir.
Hacienda y trato tenía yo solo
para ser brevemente muy rico, y con la mujer quedé pobre. Como
sólo mi suegro sabía tan bien como yo el
debe y
ha de haber de mi libro, no me faltaba el
crédito, porque todos creyeron siempre que aquellos quinientos ducados
eran míos. Con aquella sombra cargué cuanto más pude,
hasta que, no pudiendo sufrir el peso, me asenté como edificio
falso.
Llegábase ya el tiempo de las
pagas, que, aunque siempre corre, para los que deben vuela y es más
corto. Vime apretado. No podía sosegar ni tener algún reposo.
Fuime a casa de mi suegro a darle cuenta de mi cuidado. Él me
alentó cuanto más pudo, diciendo que no desmayase, pues
teníamos el remedio a las manos, de puertas adentro de nuestra casa.
Tomó la capa y fuímonos
mano a mano los dos a el oficio de un escribano de provincia, grande amigo
suyo, y llevándolo a Santa Cruz, que es una iglesia que está en
la misma plaza, frontero de la cárcel y de los oficios,
allí le hicimos en secreto relación del caso. Y dijo mi
suegro:
-Señor N., este negocio le ha de
valer a Vuestra Merced muchos ducados, y en la pesadumbre pasada que yo tuve
bien sabe que no me llevó blanca ni derechos algunos de los que me
tocaban en cuanto el pleito duró. Mi yerno debe por otra escritura,
primera que la mía, mil ducados, y está presentada y hechas
diligencias en otro oficio; empero queremos que todo pase ante Vuestra Merced y
en esta consideración ha de tratarnos como a sus amigos y servidores.
Que yo quiero, no sólo [no] dejar de satisfacer esta merced, empero
aquí mi hijo, el día que saliere, dará para guantes
docientos escudos y yo quedo por su fiador.
El escribano dijo:
-Haráse todo de la manera que
Vuestra Merced fuere servido. Preséntese luego esa escritura de los
cuatro mil ducados y concertaremos la décima con un amigo a quien
daremos cuenta desta pretensión, para que lo haga por cualquiera cosa
que le demos, y lo más déjese a mi cargo.
Mi suegro presentó su
obligación y lleváronme preso. Ejecutóme toda la hacienda.
Salió luego mi mujer con su carta de dote, con que ocuparon tanto
paño, que faltaba mucho para cumplir el vestido. Porque,
habiéndose ambos echado sobre la casa, obligaciones y muebles, no
quedó ni se halló en qué hincar el diente, que joyas y
dineros ya los teníamos puestos en cobro. Cuando me vieron mis
acreedores preso, acudió cada uno, embargándome por lo que le
tocaba, presentando sus escrituras y contratos ante diferentes escribanos;
empero, saliento a esto el nuestro, pidió que como a originario se
habían todos de acumular a el que pasaba en su oficio, por
ser el más antiguo y donde primero se pidió. Así lo
mandaron los alcaldes, viendo ser cosa justificada.
Como vieron el mal remedio que con mis
bienes tenían, acudieron luego a embargar los quinientos ducados de
renta. Salió su dueño y defendiólos. Dijo el tío de
mi mujer ser suyos. Comenzóse a trabar sobre todo un pleitecillo que
pasaba de mil y quinientas hojas, así escrituras de obligaciones como
testamentos, particiones, poderes y otra multitud grande que se vino a juntar
de papeles. Cada uno que lo pedía para llevarlo a su letrado, como
había de pagar a el escribano tantos derechos, temblaba.
Pagábanlo unos; empero había otros que, viendo el pleito mal
parado y metido a la venta la zarza, no lo querían y deseaban que se
diesen medios en la paga, por no hacer más costas y echar la soga tras
el caldero.
Vían que ya una vez puesto en
aquello, no habían de salir con ello; antes me ayudaban a negociar, por
ser el daño inremediable de otra manera. Pedí esperas por diez
años. Fuéronmelas concediendo algunos. Juntóseles luego mi
suegro y, como cargó a su parte la mayor, hicieron a los menos pasar por
lo que los más; con que salí de la cárcel, quedando el
escribano el mejor librado.
Deste bordo, aunque me puse braguero,
fue de plata. Quedéme con mucha hacienda de los pobres que me la fiaron
engañados en mi crédito. Hice aquella vez lo que solía
hacer siempre; mas con mucha honra y mejor nombre. Que, aunque verdaderamente
aquesto es hurtar, quédasenos el nombre de mercaderes y no
de ladrones. En esto experimenté lo que no sabía de aqueste
trato. Estas tretas hasta entonces nunca las alcancé. Parecióme
cautela dañosísima y digna de grande remedio. Porque con las
contraescrituras no hay crédito cierto ni confianza segura, siendo lo
más perjudicial de una república, por causarse dellas la mayor
parte de los pleitos, con las cuales muchos vienen de pobres a quedar muy
ricos, dejando a los que lo eran perdidos y por puertas. Y siendo la
intención del buen juez averiguar la verdad entre los litigantes para
dar a cada uno su justicia, no es posible, porque anda todo tan
marañado, que los que del caso son más inocentes quedan los
más engañados y por el consiguiente agraviados.
La causa es porque, cuando quien trata
el engaño, comienza dando traza en su cautela, es lo primero que hace
tomarle a la verdad los pasos y puertos, de manera que nunca se averigüe,
con lo cual, faltando esta luz, queda ciego el juez y sale triumfando la
mentira del que no tiene justicia. Yo sé que no faltará quien
diga que son las contraescrituras importantes para el comercio y trato; pero
sé que le sabré decir que no son. Quien quisiere ayudar a otro
con su crédito, déselo como fiador y no como encubridor de su
malicia.
Lo que de Barcelona supe la primera vez
que allí estuve y agora de vuelta de Italia en estos dos días, es
que ser uno mercader es dignidad, y ninguno puede tener tal título sin
haberse primero presentado ante el Prior y Cónsules, donde lo abonan
para el trato que pone. Y en Castilla, donde se contrata la máquina del
mundo sin hacienda, sin fianzas ni abonos, mas de con sólo
buena maña para saber engañar a los que se fían dellos,
toman tratos para que sería necesario en otras partes mucho caudal con
que comenzarlos y muy mayor para el puesto que ponen. Y si después falta
el suceso a su imaginación, con el remedio de las contraescrituras
quedan más bien puestos y ricos que lo estaban de antes, como lo habemos
visto en muchos cada día.
Llévanse con su quiebra
detrás de sí a todos aquellos que los han fiado, los cuales
consumen lo poco que les queda en pleitos. Y si acaso son oficiales o
labradores, el señor pierde también su parte, pues faltan los que
ayudan en los derechos de sus alcabalas, y la república, la obra y
trabajo destos hombres, que, como embarazados en litigios, no acuden a sus
ministerios. Menor daño sería que unos pocos y malos no fuesen
ricos, que no que abrasasen y destruyesen a muchos buenos. No habiendo
contraescrituras, cada cual podría fiar seguramente, porque
tendría noticia de la hacienda cierta que tiene aquel a quien se la da,
sin que después le salgan otros dueños. Y porque podría
ser que se tratase algún tiempo del remedio desto, diré los
efetos de semejante daño brevemente -si acaso no se deja de hacer porque
yo lo dije. Que muchas cosas pierden buenos efectos porque no se conozcan
ajenos dueños en ellas y lo quieren ser en todo solos aquellos que las
hacen ejecutar. Empero dígalo yo y nunca se remedie. Cumpla yo mis
obligaciones y mire cada uno por las que tiene, que discreción y edad no
les falta. No les falte gana de remediar lo que importare al servicio de Dios y
de su rey, siendo bien universal de la república.
Todas aquellas veces que el mercader
pobre se quiere meter a mayor trato, pide para su crédito a un su
pariente o amigo le dé algún juro de importancia o hacienda en
confianza. De lo cual hace contraescritura, en que confiesa que, no obstante
que aquello parece suyo, real y verdaderamente no lo es, y que se lo
volverá siempre, cada y cuando que se lo pida. Con esto halla quien le
fíe su hacienda. Ved quién somos, pues para los negros de Guinea,
bozales y bárbaros, llevan cuentecitas, diles y
caxcabeles; y a nosotros con sólo el sonido, con la sombra y resplandor
destos vidritos nos engañan.
Si el trato sale bien, bien:
vuélveseles a sus dueños lo que recibieron dellos; y si mal,
hácenlo trampa y pleito de acreedores. Todo va con mal. El que dio la
hacienda en confianza, vuelve a cobrarla con la contraescritura y los
demás quédanse burlados. Cuando no quiere alguno pagar lo que
debe, antes de llegar el plazo en que ha de pagar la deuda, vende o traspasa su
hacienda en confianza, con alguna contraescritura. Y sucede que, cuando llega
el plazo, es ya muerto el deudor que hizo la cautela, y el verdadero acreedor
no puede cobrar. Porque aquel de quien se hizo confianza, encubre y calla la
contraescritura, quédase con todo y va el difunto a
porta inferi.
Para engañar con su persona, si
quiere tratar de casarse con mucha dote, hace lo mismo: busca haciendas en
confianza y como después de casado crecen las obligaciones y no pueden
con el gasto, cobra lo suyo su dueño y quedan los desposados padeciendo
necesidad. Luego, conocido el engaño, falta el amor y algunas y aun
muchas veces llegan a las manos, porque la mujer no consiente que se venda su
hacienda o no quiere obligarse a las deudas del marido.
Todo lo cual tendría
facilísimo remedio, mandando que no hubiese tales contraescrituras ni
valiesen, deshaciéndose las hechas, con que cada uno volviese a tomar en
sí lo que desta manera tiene dado. Sabríase a el cierto la
hacienda que tiene cada cual, si se le puede fiar o confiar;
escusaríanse de los pleitos la mitad, por ser desta naturaleza y tener
de aquí su principio los más de los que se siguen por
Castilla.
  Capítulo III
Prosigue Guzmán de Alfarache con el suceso de
su casamiento, hasta que su mujer falleció, que volvió a su
suegro la dote
¿Habéis bien considerado
en qué labirinto quise meterme? ¿Qué me importa o para
qué gasto tiempo, untando las piedras con manteca? ¿Por ventura
podrélas ablandar? ¿Volveré blanco a el negro por mucho
que lo lave? ¿Ha de ser de algún fruto lo dicho? Antes creo que
me quiebro la cabeza y es gastar en balde la costa y el trabajo, sin sacar
dello provecho ni honra. Porque dirán que para qué aconseja el
que a sí no se aconseja. Que igual hubiera sido haberles contado tres o
cuatro cuentos alegres, con que la señora doña Fulana, que ya
está cansada y durmiéndose con estos disparates, hubiera
entretenídose.
Ya le oigo decir a quien está
leyendo que me arronje a un rincón, porque le cansa oírme. Tiene
mil razones. Que, como verdaderamente son verdades las que trato, no son para
entretenimiento, sino para el sentimiento; no para chacota, sino para con mucho
estudio ser miradas y muy remediadas. Mas, porque con la purga no hagas ascos y
la dejes de tomar por el mal olor y sabor, echémosle un poco de oro,
cubrámosla por encima con algo que bien parezca.
Vuélvome al punto de donde hice
la digresión. Ya me alcé a mayores con lo más que pude,
que fue mucho menos de lo que yo quisiera y había menester. Porque para
grande carga es necesario grandes fuerzas. Que los que sobre arena fundan
torres, muy presto dan con el edificio en tierra. Los que se hubieren de casar,
ellos han de tener qué comer y ellas han de traer qué cenar. No
son dote cuatro paredes y seis tapices, cuando para la primera entrada tengo de
gastar en joyas y aderezos aquello con que busco mi vida. Gástase lo
principal y quédome después con la necesidad: porque quien compra
lo que no ha menester vende lo que ha menester. ¿De qué fruto es
para un pobre hombre negociante seis pares de vestidos a su esposa, en que
consume todo el caudal que tiene? ¿Por ventura podrá
después tratar con ellos?
Estaba la señora mi mujer mal
acostumbrada y poco prática en miserias. En casa de su padre lo
había pasado bien y con mucho regalo, y en mi poder no menos
hacíansele los trabajos muchos y duros. Con lo poco que me quedó
volví a dar mis mohatras, con aquella libertad
sicut erat in principio. Yo fiaba y mi
suegro compraba, y a el contrario, como caían las pesas; empero nunca la
mercadería salía de casa. Lo más ordinario era oro hilado,
algunas veces plata labrada, joyas de oro, encajando bien las hechuras y con
ello algunas bromas de que no se podía salir y habíamos comprado
a menos precio.
Ganábase con que menos malpasar.
Todo era poco, por serlo también el caudal, y así poco a poco nos
los íbamos comiendo y consumiendo; empero a la dote no se tocaba.
Siempre andaba en pie, por ser posesiones a quien jamás mi mujer
consintió que se llegase, ni aun por lumbre. Dábamos la hacienda
fiada por cuatro meses con el quinto de ganancia. El escribano -que lo
teníamos a propósito y conocido, como lo habíamos
menester- daba siempre fe del entrego de las mercaderías.
Tomábalas luego en sí el corredor, que era nuestra tercera
persona y una misma comigo y con el escribano. Llevábalas en su poder y
dentro de dos horas llevaba el dinero a su dueño, con aquello menos en
que decía que lo vendía; y quedábasenos en casa,
recebía su carta de pago y a Dios con todos.
Teníamos por costumbre valernos
de un ardid sutilísimo, para que no se nos escapasen algunos por los
aires, alegando hidalguía o alguna otra ecepción que les valiese
o de que se pudiesen aprovechar. Cuando habíamos de dar una partida,
reconocíamos la dita y, siendo persona de quien sabíamos que
tenía de qué pagar y que la tomaba por socorrer de presente
alguna necesidad, se la dábamos llanamente; aunque algunas veces
aconteció faltarnos destas ditas algunas que teníamos por las
mejores y más bien saneadas. Y cuando no era bien conocida ni para
nosotros a propósito, pedíamosle fiador con hipoteca especial de
alguna posesión. Y aunque supiésemos claramente no ser suya o que
tenía un censo para cada día y que no había teja ni
ladrillo que no fuese deudor de un escudo, no se nos daba dello un cuarto.
Esto mismo era lo que buscábamos.
Porque les hacíamos confesar en la escritura que aquella posesión
era suya, realenga, libre de todo género de censo perpetuo ni al quitar,
no hipotecada ni obligada por otra deuda. Y con esto, cuando el día del
plazo no pagaban, ya teníamos alguacil de manga con quien
estábamos concertados que nos habían de dar un tanto de cada
décima que les diésemos. Al punto se la cargábamos encima,
ejecutándolos.
Cuando alguna vez acaso se
querían oponer o hacían algunas piernas para no pagar, luego le
saltaba la del monte: hacíamos el pleito, de civil, criminal;
buscábamosle algún sobrehueso; sabíamos el censo que
tenía sobre la casa, con que dábamos con el hombre de barranco
pardo abajo por el estelionato. Desta manera jugábamos a el cierto y sin
esta prevención jamás efetuábamos partida por algún
caso. Si ello era lícito, ya yo me lo sabía; mas corríamos
como corren, teníamos callos en las conciencias; ni sentíamos ni
reparábamos en poco más o menos.
Yo bien sé que todo el tiempo que
desto traté verdaderamente nunca me confesé y, si lo hice, no
como debía ni más de para cumplir con la parroquia, porque no me
descomulgasen. ¿Queréislo ver? Pues considerad si allí
prometía la restitución, cuando lo tuviese y mejor
pudiese, y juntamente la emienda de la vida, si entonces corrían quince,
veinte y más obligaciones, y nunca fui a decir ni a hacer diligencia con
los obligados en ellas, diciéndoles cómo aquella
contratación fue ilícita y usuraria, que por descargo de mi
conciencia, y para digname |