  Capítulo V
Deja Guzmán de Alfarache los estudios, vase a
vivir a Madrid, lleva su mujer y salen de allí desterrados
Pues de bachiller en teología
salté a maestro de amor profano, ya se supone que soy licenciado, y como
tal podré con su buena licencia decir lo que conozco dél, y como
tan buen praticante suyo. Si lo quisiésemos difinir, habiendo tantos
dicho tanto, sería volver a repetir lo millares de veces dicho. Es el
amor tan todo en todo, tan contrario en sus efectos, que, aunque más
dél se diga, quedará menos entendido; empero diremos dél
algo con los muchos. Es amor una prisión de locura, nacida de ocio,
criada con voluntad y dineros y curada con torpeza. Es un exceso de codicia
bestial, sutilísima y penetrante, que corre por los ojos hasta el
corazón, como la yerba del ballestero, que hasta llegar a él,
como a su centro, no para. Huésped que con gusto convidamos y, una vez
recebido en casa, con mucho trabajo aun es dificultoso echarlo della. Es
niño antojadizo y desvaría, es viejo y caduco, es hijo que a sus
padres no perdona y padre que a sus hijos maltrata. Es dios que no tiene
misericordia, enemigo encubierto, amigo fingido, ciego certero, débil
para el trabajo y como la muerte fuerte. No tiene ley ni guarda razón.
Es impaciente, sospechoso, vengativo y dulce tirano. Píntanlo ciego,
porque no tiene medio ni modo, distinción o elección, orden,
consejo, firmeza ni vergüenza, y siempre yerra. Tiene alas por su ligereza
en aprehender lo que se ama y con que nos lleva en desdichado
fin. De manera que sólo aquello que a ciegas aprueba, con ligereza lo
solicita y alcanza. Y siendo sus efectos tales, para la ejecución dellos
quiere que falte paciencia en esperar, miedo en acometer, policía en
hablar, vergüenza en pedir, juicio en seguir, freno en considerar y
consideración en los peligros.
Amé con mirar y tanta fue su
fuerza contra mí, que me rindió en un punto. No fue necesario
transcurso de tiempo, como algunos afirman y yerran. Porque como después
de la caída de nuestros primeros padres, con aquella levadura se
acedó toda la masa corrompida de los vicios, vino en tal ruina la
fábrica deste reloj humano, que no le quedó rueda con rueda ni
muelle fijo que las moviese. Quedó tan desbarat[ad]o, sin algún
orden o concierto, como si fuera otro contrario en ser muy diferente del
primero en que Dios lo crió, lo cual nació de la inobediencia
sola. De allí le sobrevino ceguera en el entendimiento, en la memoria
olvido, en la voluntad culpa, en el apetito desorden, maldad en las obras,
engaño en los sentidos, flaqueza en las fuerzas y en los gustos
penalidades. Cruel escuadrón de salteadores enemigos, que luego cuando
un alma la infunde Dios en un cuerpo, le salen al encuentro pegándosele,
y tanto, que con su halago, promesas y falsas apariencias de torpes
gustos la estragan y corrompen, volviéndola de su misma
naturaleza. De manera que podría decirse del alma estar compuesta de dos
contrarias partes: una racional y divina y la otra de natural
corrupción. Y como la carne adonde se aposenta sea flaca, frágil
y de tanta imperfeción, habiéndolo dejado el pecado inficionado
todo, vino a causar que casi sea natural a nuestro ser la imperfeción y
desorden. Tanto y con tal extremo, que podríamos estimar por el mayor
vencimiento el que hace un hombre a sus pasiones. Mucha es la fortaleza del que
puede resistirlas y vencerlas, por la guerra infernal que se hacen siempre la
razón y el apetito. Que, como él nos persuade con aquello que
más conforma con la naturaleza nuestra, con lo que más
apetecemos, y esto sea de tal calidad que nos pone gusto el tratarlo y deseo en
el conseguirlo; y por el contrario, la razón es como el maestro, que,
para bien corregirnos, anda siempre con el azote de la reprehensión en
la mano, acusándonos lo mal que obramos: hacemos como los niños,
huimos de la escuela con temor del castigo y nos vamos a las casas de las
tías o de los abuelos, donde se nos hace regalo.
Desta manera siempre o las más
veces queda, que no debiera, la razón avasallada de nuestro apetito. El
cual, como tiene ya sobre nosotros adquirida tanta posesión y
señorío, siendo el del torpe amor tan vehemente, tan poderoso,
tan proprio de nuestro ser, tan uno y ordinario nuestro, tan pegado y conforme
a nuestra naturaleza, que no es más propria la respiración o el
vivir, síguese de necesidad ser lo más dificultoso de reprimir y
el enemigo más terrible y el que con mayor poder y fuerzas nos acomete,
asalta y rinde. Y aunque sea notoria verdad que teniendo la razón, como
tiene, su antiguo y preeminente lugar, suele algunas veces impedir con su mucha
sagacidad y valor que una repentina vista -aunque traiga pujanza de causas
poderosas que la favorezcan a el mal- pueda con facilidad robar de improviso la
voluntad, sacando a un hombre de sí; empero, por lo que
tengo dicho, como el apetito y voluntad sean tan certeros, tan señores y
enseñados a nunca obedecer ni reconocer superior, es facilísimo
que, teniéndolos amor de su parte, haga cualesquier efectos, de la
manera y según que mejor le pareciere. Y también porque siendo,
como lo es, todo bien apetecible de su misma naturaleza y todo lo que se obra
es en razón del bien que se nos representa o hallamos en ello, siempre
deseamos conseguirlo, llegándolo a nosotros. Y si nos fuese posible,
querríamos con el mismo deseo convertirlo en sustancia nuestra.
Resulta desto no ser forzoso ni
necesario para que uno ame que pase distancia de tiempo, que siga discurso ni
haga elección; sino que con aquella primera y sola vista concurran
juntamente cierta correspondencia o consonancia, lo que acá solemos
vulgarmente decir una confrontación de sangre, a que por particular
influjo suelen mover las estrellas. Porque, como salen por los ojos los rayos
del corazón, se inficionan de aquello que hallan por delante semejante
suyo, y volviendo luego al mismo lugar de donde salieron, retratan en él
aquello que vieron y codiciaron. Y por parecerle a el apetito prenda noble,
digna de ser comprada por cualquier precio, estimándola por de infinito
valor, luego trata de quererse quedar con ella, ofreciendo de su voluntad el
tesoro que tiene, que es la libertad, quedando el corazón cativo de
aquel señor que dentro de sí recibió. Y en el mismo
instante que aqueste bien o aquesta cosa que se ama, se considera luego que
aplica el hombre su entendimiento a tenerlo por sumo bien, deseándolo
convertir en sí, se convierte en él mismo.
Síguese desto que aquellos mismos
efetos que puede causar por largos tiempos, ganándose por
continuación o trato, también se puedan causar en el instante que
se causa esta complacencia del bien que nos figuramos. Porque como no sabemos
o, por hablar lenguaje más verdadero, no queremos irnos a
la mano y, por la corrupción de nuestra naturaleza, flaqueza de la
razón, cativerio de la libertad y débiles fuerzas, deslumbrados
desta luz, vamos desalados, perdidos y encandilados a meternos en ella,
pareciéndonos decente y proprio rendirnos luego, como a cosa natural, y
tanto, como lo es la luz del sol, el frío de la nieve, quemar el fuego,
bajar lo grave o subir a su esfera el aire, sin dar lugar a el entendimiento ni
consentir a el libre albedrío que, gozando de sus previlegios, usen su
oficio, por haberse sujetado a la voluntad, que ya no era libre, y en cambio de
contrastarla, le dan armas contra sí. Esto mismo le sucede a la
razón y entendimiento con la misma voluntad. Que, cuando en la primera
edad, en el estado de inocencia, eran señores absolutos los que
gobernaban con sujeción y tenían en paz toda la fábrica,
quedaron esclavos obedientes después del primer pecado y por ministros
de aquella tiranía; luego son favorecidos del ciego y depravado
entendimiento y, sedientos de su antojo, se abalanzaron de pechos por el suelo
a beber las aguas de sus gustos; corren como halcones con capirotes ya por lo
más levantado de los aires, ya por lo espeso de los bosques, no
conociendo el venidero peligro ni temiendo el daño cierto. Así
nunca reparan en distancia de tiempo que se les ponga delante, por la cual
causa es el amor impaciente y hizo tales efectos en mí.
Volvíme a casar segunda vez muy
con mi gusto y tanto, que tuve por cierto que nunca por mí se comenzara
el tocino del paraíso y que fuera el hombre más bienaventurado de
la tierra. Nunca me pasó por la imaginación
considerar entonces que aquel sacramento lo debiera procurar para sólo
el servicio y gloria de Dios, perpetuando mi especie, mediante la
sucesión; sólo procuré la delectación. Menos di
lugar a el entendimiento que me aconsejase de lo que él bien
sabía, ni le quise oír; cerré los ojos a todos,
despedí a la razón, maltraté a la verdad, porque me dijo
que casando con hermosa era de necesidad haber de ofrecérseme cuidados,
por haber de ser común. Últimamente, de mal aconsejado,
conseguí con mi gusto un mal bien deseado: cegáronme dotes
naturales, diéronme hechizos, gracia y belleza, tan proprio de mi esposa
y sin algún artificio. Yerra el que piensa que pueda parecer algo bien
con ajena compostura, pues lo ajeno se lo da y luego se lo vuelve, vuelve lo
feo a quedarse con su fealdad.
Tuve días muy alegres: que los
que no gozan de suegra, no gozan de cosa buena. Tratábame como a
verdadero hijo, buscando por cuantas vías podía mi regalo. No
trujo huésped bocado bueno a casa, que no me alcanzase parte, ni ella lo
pudo haber, que no me lo comprase. Y como mi esposa trujo poca dote,
tenía para hablar poca licencia y menos causa de pedirme
demasías. Era moza, y tanto, que pude hacerla de mi voluntad.
Tomé parientes que se honraban de mí por las ventajas que me
reconocían. Que a quien los toma mejores, nunca le falta señores
a quien servir, jueces a quien temer y dueños a quien ser forzosos
tributarios. Mi suegra lo era mía y mi cuñada mi esclava, mi
esposa me adoraba y toda la casa me servía. Nunca jamás, como
aquel breve tiempo, me vi libre de cuidados. No eran otros los míos que
comer, beber, dormir, holgar, y sin ser ni de solo un maravedí pechero,
me bailaban delante todos, las bocas llenas de risa. Era danza de ciegos y yo
lo estaba más, que los guiaba.
Dicen de Circes, una ramera, que con sus
malas artes volvía en bestia los hombres con quien
trataba; cuáles convertía en leones, otros en lobos,
jabalíes, osos o sierpes y en otras formas de fieras, pero juntamente
con aquello quedábales vivo y sano su entendimiento de hombres, porque a
él no les tocaba. Muy al revés lo hace agora estotra ramera,
nuestra ciega voluntad, que, dejándonos las formas de hombres, quedamos
con entendimiento de bestias. Y como ya otra vez dije, nunca se vio mudanza de
fortuna que no se acompañase de daños nunca presumidos ni
pensados y siempre se nos finge a los principios blandísima y suave,
para mejor despeñarnos con mayor pena. Pues la que se siente más
es, en la falta de los bienes, acordarse de los muchos poseídos.
Dio la vuelta comigo, con mi mujer y
toda su familia. Mi suegro, que haya buen siglo, aunque mesonero, era un buen
hombre. Que no todos hacen sobajar las maletas ni alforjas de los
huéspedes. Muchos hay que no mandan a los mozos quitar a las bestias la
cebada ni a los amos les moderan la comida, que son cosas ésas que tocan
más a mujeres, por ser curiosas. Y si algo desto hay, no tienen ellos la
culpa ni se debe presumir esto de mi gente, por ser, como eran todos, de los
buenos de la Montaña, hidalgos como el Cid, salvo que por desgracias
y pobreza vinieron en aquel trato. Lo cual se prueba bien con lo
siguiente. Porque, como él fuese tan honrado, tan amigo de amigos,
inclinado a hacer bien, fió a un su compañero en cierta renta de
diezmos. Algunos quisieron decir que la cebada y trigo la gastó en su
casa, pero no lo creo, pues tan mal salió dello; salvo si no se
perdió por pasar adelante con su honra, que, según decían
después mi suegra, mujer y cuñada, fue hombre muy amigo de bien
comer y que su mesa siempre tuviese abundancia, sus cubas generosos vinos y su
persona bien tratada. Fue usufrutuario de su vida, que hay hombres cuyo Dios
está en su vientre.
Yo conocí en Sevilla un hombre
casi su semejante, aunque de poca honra, el cual trataba de sólo
trasladar sermones y le pagaban a medio real por pliego. El cual, como lo
hubiese menester para que me trasladase cierto proceso dentro de mi casa y se
tardase mucho en volver a trabajar después de mediodía,
diciéndole yo que cómo se había detenido tanto, me
respondió que había ido muy lejos a comer. Pues, como yo le viese
un hombre hecho pedazos, con más rabos que un pulpo, sin zapatos,
calzas, capa ni sayo y tan pobre, pareciéndome que podría o
debía comer en la taberna, le dije: «¿Pues no hay bodegones
por aquí cerca, sin ir tan lejos?» Y respondióme:
«Señor, sí hay; empero ninguno dellos tiene lo que yo como,
ni lo dan en otro que adonde voy.» Quise por curiosidad saber qué
comía y díjome: «Yo soy pobre hombre, como lo que gano y
gano lo que puedo, para vivir mejor. En el bodegón adonde voy, saben ya
que me tienen de dar una libreta de carnero merino castrado y para con
él una salsa de oruga hecha con azúcar. Con esto paso el
invierno; que el verano con una poca de ternera me basta.»
Digo de mi cuento que, como el
compañero de mi suegro, faltase y [él] a cabo de pocos
días falleciese, cuando se cumplió el plazo de la paga, vinieron
a ejecutar a mi suegra por ella. Llevaron cuanto en toda la casa hallaron, que
no faltó sino llevarnos a vueltas dello a mí y a mi mujer; empero
¡tanto monta!, pues dieron con las personas de patitas en la calle.
Vímonos desbaratados, como quien escapa robado de cosarios.
Recogímonos como pudimos a casa de un vecino. Y, como habían de
dar los acreedores el mesón a quien mejor se lo pagase, no faltaron para
él opositores. Que quien es de tu oficio, ése es tu enemigo.
Nunca en los tales falta invidia: siempre les pesa del acrecentamiento del
otro. Aquel mesón estaba de antes bien acreditado. Fueron echando pujas,
queriéndolo cada cual para sí, sobre las de mi suegra, que
también lo pretendía por su arrendamiento, como mujer que
allí se había criado, y a sus hijas, y por su buena gracia estaba
en él aparroquiada. Quedamos con él a pesar de ruines; mas tan
subido de precio y por sus cabales, que apenas alcanzábamos un pan y
sardinas, que toda la ganancia se la chupaba la renta, como una espongia, y
tanto, que perecíamos con el oficio de hambre.
Cuando me vi tan apurado quise revolver
sobre mí, valiéndome de mi filosofía, comenzando a cursar
en Medicina como hijo de sastre; pero no pude ni fue posible, aunque
continué algunos días y se me daba muy bien, por los
famosísimos principios que tenía de la metafísica. Que
así se suele decir que comienza el médico de donde acaba el
físico y el clérigo de donde el médico. Todo mi deseo era
si pudiera sustentarme hasta graduarme; mas era en vano. Aunque,
para poderlo hacer, permití en mi casa juego, conversaciones y otras
impertinencias, que todas me dañaron. Huí del perejil y
nacióme en la frente. Mas parecióme que nada de aquello pudiera
tocar a fuego y que bastaba la sola golosina y fuera como los cominos, que,
colgados en un taleguillo en el palomar, a sólo el olor vinieran las
palomas; empero sucedióme lo que a el confitero, que al sabor de lo
dulce acudían las moxcas y se lo comían. A los principios
disimulélo un poco, y poco basta consentir a una mujer para que se
alargue mucho. Todo andaba de harapo. Comíamos, aunque limitadamente;
mas ya las libertades entraban muy a lo hondo, perdían pie.
Desmandábanseme ya, faltando el miedo y respeto. Mi reputación se
anegaba, nuestra honra se abrasaba, la casa se ardía y todo por el comer
se sufría. Callaba mi suegra, solicitaba mi cuñada, y, tres al
mohíno, jugaban al más certero. Yo no podía hablar, porque
di puerta y fui ocasión y sin esto pereciéramos de hambre.
Corrí con ello, dándome siempre por desentendido, hasta que
más no pude.
Los estudiantes podían poco, que
nunca sus porciones tienen fuerzas para sufrir ancas y no había en todos
ellos alguno que, rigiendo la oración, se hiciera nominativo, a quien se
guardara respeto y acudiera con lo necesario. Pues mal comer, poco y tarde y
por tan poco interés dar tanto, que siempre había de verme puesto
en acusativo, como la persona que padece, no quise. Hice mi cuenta: «Ya
no puede ser el cuervo más negro que sus alas. El
daño está hecho y el mayor trago pasado; empeñada la
honra, menos mal es que se venda. El provecho aquí es breve, la infamia
larga, los estudiantes engañosos, la comida difícil. No
sólo conviene mudar los bolos, empero hacerlo con mucha brevedad. Malo
de una manera y peor de la otra. Vamos a lo que nos fuere más de
provecho, donde, ya que algo se pierda, no seamos el alfayate de la esquina,
que ponía hasta el hilo de su casa. No ha de arronjarse todo con la
maldición: quédenos algo que algo valga, siquiera lo necesario a
la vida, comer y vestido. Salgamos de aqueste valle de lágrimas antes
que vengan las vacaciones, donde todo calme. Dejemos esta gente non santa, de
quien lo que más en grueso se puede sacar es un pastel de a real o dos
pellas de manjar blanco y, cuando dan para ello, no se van de casa hasta
comerse la mitad. Si sus madres les envían un barril de aceitunas
cordobesas, cumplen con darnos un platillo y nos quiebran los ojos con dos
chorizos ahumados de la montaña. No, no, eso no, que nos tiene
más de costa.»
Yo sabía ya lo que pasaba en la
corte. Había visto en ella muchos hombres que no tenían otro
trato ni comían de otro juro que de una hermosa cara y aun la tomaban en
dote; porque para ellos era una mina, buscando y solicitando casarse con
hembras acreditadas, diestras en el arte, que supiesen ya lo que
les importaba y dónde les apretaba el zapatillo. Vía
también las buenas trazas que tenían para no quedar obligados a
lo que debieran, que, cuando estaba tomada la posada, o dejaban caer la
celogía o ponían en la ventana un jarro, un chapín o
cualquier otra cosa, en que supiesen los maridos que habían de pasarse
de largo y no entrasen a embarazar. A mediodía ya sabían que
habían de tener el campo franco. Entraban en sus casas, hallaban las
mesas puestas, la comida buena y bien prevenida y que no habían de
calentar mucho la silla, porque quien la enviaba quería venirse a
entretener un rato. Y a las noches, en dando las Avemarías,
volvían otra vez, dábanles de cenar, íbanse a dormir
solos, hasta que se les hiciese horas a sus mujeres de irse con ellos a la
cama. Y acontecía detenerse hasta el día, porque iban a visitar a
sus vecinas. En resolución, ellos y ellas vivían con tal
artificio que, sin darse por entendidos de palabra, sabían ya lo que
había cada uno de poner por la obra. Y estos tales eran respetados de
sus mujeres y de las visitas, a diferencia de otros, que sin máscara ni
rodeo pasaban por ello y aun lo solicitaban, llamando y trayendo consigo a los
convidados, comiendo en una mesa y durmiendo en una cama juntos.
Yo conocí uno que, porque un
galán de su mujer se amancebó con otra, se fue a él y
diciéndole que por qué faltas que le hubiese hallado había
dejádola, le dio de puñaladas, aunque no murió dellas.
Estos tales van al bodegón por la comida, por el vino a la taberna y a
la plaza con la espuerta. Pero los más honrados basta que dejen la casa
franca y se vayan a la comedia o al juego de los trucos, cuando acaso les
faltan las comisiones. No hiciera yo por ningún caso lo que algunos, que
cuando en presencia de sus mujeres alababan otros algunas buenas
prendas de damas cortesanas, les hacían ellos que descubriesen
allí las suyas, loándoselas por mejores. Mas en cuanto una
tácita permisión sin género de sumisión, ésa
ya yo estaba dispuesto a ella.
Cogí mi hatillo, que todo era el
del caracol, que cupo en una caja vieja bien pequeña y, metida en un
carro, sentados encima della nos venimos a Madrid, cantando «Tres
ánades, madre». Venía yo a mis solas haciendo la cuenta:
«Comigo llevo pieza de rey, fruta nueva, fresca y no sobajada:
pondréle precio como quisiere. No me puede faltar quien, por suceder en
mi lugar, me traiga muy bien ocupado. Un trabajo secreto puédese
disimular a título de amistad, ahorrando la costa de casa. Y ganando yo
por otra parte, presto seré rico, tendré para poner una casa
honrada donde reciba seis o siete huéspedes que me den lo necesario
bastantemente, con que pasaremos. Yo tengo todas aquellas partes que importan
para cualquier negocio que de mí quieran fiar. Para fuera soy
solícito y para en casa sufrido. Iré cobrando crédito y,
en teniendo colmada la medida de mi deseo, alzaréme a mayores,
pondré mi trato, sin que sea necesario tener otros achaques.»
Venía mi esposa con el mejor vestido de los que tenía y un
galán sombrerillo con sus plumas y, fuera dellas, ¡maldito el
caudal!, ni aun cañones, que [no] teníamos otros, ecepto la guitarra.
Cuando a la corte llegamos, luego a el
instante, antes de bajar los pies en el suelo, corrió la fama de la
bienvenida. Hizo reseña con su hermosura. Llegósele la gente, y
el que más por entonces mostró desearnos acomodar
fue un ropero rico de la calle Mayor, que, preguntándonos de
dónde veníamos y adónde caminábamos, cuando le dije
que allí no más y que no teníamos posada cierta,
profesando querernos hacer amistad, nos llevó a la de una su conocida,
donde nos hicieron todo buen acogimiento: no por el asno, sino por la diosa. El
buen ropero dijo que vendríamos muy cansados de la mala noche y del
camino y, pues no teníamos quien luego nos trujese lo necesario,
descuidásemos dello, que con su criado lo enviaría.
Hízonos aquel día traer de comer gallardamente de casa de un
figón que allí lo tenía siempre bien prevenido, y veislo
aquí donde viene a la tarde, donde ya, después de cumplimientos y
comedimientos, le pregunté que cuánto había gastado.
Respondióme ser todo una miseria, que deseaba servirme cuando se
ofreciese ocasión en cosas de más calidad y que de aquélla
no había que hacer caso. Hízose como del corrido en que se le
tratase dello, empero yo porfiaba en que había de recebir el costo; que
fuese lo que es amistad, amistad, y el dinero, dinero. Así me vino a
decir que todo había costado solos ocho reales. Díselos. Mas,
porque no saliesen de casa, comencé a usar de mi oficio, que, tomando la
capa, dije que me importaba ir a visitar a cierto amigo. Dejélos en
buena conversación en el aposento de la huéspeda y fuime a pasear
hasta la noche. Cuando volví, ya estaba la mesa puesta, la cena guisada
y todo tan bien prevenido, como si para ello le hubiera quedado a mi mujer
mucho dinero. No le hablé palabra ni pregunté de dónde
había venido ni quién lo había enviado, tanto porque no me
convenía, cuanto porque la huéspeda dijo que habíamos de
ser aquella noche sus convidados. Fuelo también el señor de la
ropería y desde aquella cena quedamos muy grandísimos amigos.
Veníanos a visitar,
llevábanos a holguras, a cenar al río, a comer en quintas y
jardines, las tardes a comedias, dándonos aposento y muy buena
colación en él, con que fuemos pasando un poco de
tiempo. Y aunque verdaderamente hacía el hombre cuanto podía y
nada nos faltaba, ya se me hacía poco, porque había quien lo
quería sacar de la puja. Yo sabía que las mujeres de buen parecer
son como harina de trigo: de la flor, de lo más apurado y sutil della se
saca el pan blanco regalado que comen los príncipes, los poderosos y
gente de calidad; el no tal, que sale del moyuelo, del corazón y algo
más moreno, come la gente de casa, los criados, los trabajadores y
personas de menos cuenta; y del salvado se hace pan para perros o lo dan a los
puercos. La hermosa y de buena cara, luego que llega en alguna parte donde no
es conocida, lo primero se llevan los mejores del pueblo, los principales ricos
dél y los que son señores o más valen. Luego entran,
cuando ya éstos están hartos, los plebeyos, los hijos de vecinos
y gente que con un cantarillo de arrope por vendimias, una carga de leña
por Navidad, una cestilla de higos por el tiempo, pagan salario para todo el
año, como al médico y barbero. Mas, en pasando destos, anda
ladrada de los perros, no hay zapatero de viejo que no les acometa ni queda
cedacero que no las haga bailar al son de la sonaja.
Ya le había dado un vestido de
azabachado negro, guarnecido de terciopelo, con un manteo de grana, guarnecido
con oro. Teníamos cama, bufete y sillas. Y, no supe de dónde, se
habían comprado cuatro buenos guadamecíes. La casa estaba que,
con pocos trastos más, pudiéramos matar por nosotros. La
huéspeda nos desollaba, pareciéndole que también
había de meter sopa y mojar en la miel por sólo la
permisión que ponía de su parte. Y aquesto no era lo que yo
buscaba ni me venía bien a cuento. Tampoco el señor; porque
solicitaba la cátedra otro mejor opositor de más
provecho. Y, aunque conozco que procedía en su trato como ropavejero de
bien, es caso muy distinto del mío, que hoy daré por tres lo que
mañana no por diez. El tiempo es el que lo vende y no es a
propósito que sea hombre de bien uno, si yo lo he menester para otro.
Porque importa poco que sea buen músico el sastre para hacer un vestido,
ni el médico que trata de mi salud, que sea famoso jugador de ajedrez.
Dinero y más dinero era el que yo entonces buscaba, que no bondades ni
linajes.
Lo que no era de mucho provecho me
causaba mucho enfado. No solamente me contentaba con el sustento y vestido
necesario, sino con el regalo extraordinario. Que comprasen a peso de oro la
silla que se les daba, la conversación que se les tenía, el buen
rostro que se les hacía, el dejarlos entrar en casa y sobre todo la
libertad que les quedaba en saliendo yo della. Y esto no podía hacer
nuestro buen hombre. Queríanos llevar por el canto llano, que
comenzó cuando al principio nos conoció, como si fuera
imposición de censo perpetuo, que había siempre de pasar de una
misma forma. Ya yo sabía quién con exceso de ventajas era
más benemérito y más a mi cuento; empero poníaseme
sólo por delante la diferencia que hace
tienes a
quieres, haberle yo de ir a dar a entender
que gustaría de su amistad. Bien sabía y me constaba que la
deseaba; mas era estranjero y no se atrevía. Pues acometerle yo fuera
estimarnos en poco; dejar a el otro también fuera locura. Porque mejor
es pan duro, que ninguno. Ni osaba tomar ni dejar. Desta manera fui algunos
días pasando diestramente, hasta ver el mío. Acudía de
ordinario a las casas de juego, ya jugando, ya siendo tomajón, pidiendo
a mis amigos y conocidos del tiempo pasado, y lo que me daban o juntaba
esperaba ocasión y, cuando el ropero estaba en casa, dábaselo a
mi mujer para el gasto, por no darle a entender mi flaqueza y que
consentía sus visitas por el sustento y, en
apartándose de allí, luego a mi mujer le pedía dineros
para jugar y volvíamelos a dar y aun otros muchos. De manera que siempre
fui para con él señor de mi voluntad, sin darle alguna entrada
por donde pudiera perdérseme respeto.
Andaba el estranjero por su parte
bebiendo vientos, haciendo grandísimas diligencias por ganarnos la
voluntad, y nosotros cada uno entre sí por tener la suya, conociendo las
ventajas que se habían de seguir; mas, como yo por mi parte recataba mi
casa de algún desastre, temí no la hollasen dos a la par. Que ni
sufrió dos cabezas un gobierno ni se anidaron bien dos pájaros
juntos en un agujero. Y tampoco mi mujer se atrevía, por no juntar
cuadrillas ni ser común de tres, hasta que ya, viendo lo bien que a
cuento nos venía y que cuanto el ropero aflojaba la cuerda, el
extranjero apretaba más en su negocio, que andaban los presentes, joyas,
dineros y banquetes en buen punto, alcéme a mayores, diciendo que no me
hallaba en disposición de pagar posada pudiendo sustentar casa.
Con esto apartamos el rancho y puse mi
tienda. El estranjero me hacía mil zalemas y yo a el ropero la cara de
perro. Tanto cuanto el uno me llevaba tras de sí, procuraba ir
sacudiendo a el otro de mí, hasta que ya cansado dél, vine a
decirle que, si me había pasado a casa sola, era por sólo ser el
señor della y andar a mi gusto, si vestido o si desnudo. Que me hiciese
merced en visitarme a tiempos que le pudiese bien recebir, y no cuando tuviese
forzosa ocupación en mis negocios. Porque yo ni mi mujer podíamos
estar siempre dispuestos ni emballestado[s], esperando visitas. El hombre lo
sintió de manera que nunca más volvió a cruzarme los
umbrales, ecepto por tercerías de su amiga,
huéspeda que había sido nuestra, y allá se vían en
achaque de visita, de mil a mil años, cuando podía escaparse.
Acá nuestro estranjero, como anduvo tan manirroto y liberal, fueme
forzoso mostrarme de buen semblante, porque iba de portante y, según
llevaba el paso, presto saliéramos de muda. Y así fue. Porque,
como mi mujer le fuese haciendo buen rostro, viéndose sola, estimaba
él en tanto cualquier pequeño favor, que la pagaba con peso de
oro. Dímonos por amigos, convidóme a su casa y, pidiéndome
licencia, envió a la mía muchos y muy buenos platos, de los
manjares que sirvieron a n[u]estra mesa. Y con secreta orden a los criados que
los llevaban, que no los volviesen y que allá los dejasen, aunque todos
eran de plata. No me pesaba dello; empero pesábame que tan al
descubierto se hiciese, pues no hay hombre tan leño que no entienda que,
cuando aquesto se hace, no es a humo de pajas ni por sus ojos bellidos.
Galana cosa es que un poderoso regale a
mi mujer y que no haya yo de conocer el fin que lleva. Holgábame yo:
todos hacen lo mismo. No dice verdad quien dice que le pesa, que, si le pesara,
no lo consintiera. Si me holgaba dello y consentía que mi mujer lo
recibiera; si la dejé salir fuera y gusté que, cuando volviese,
viniese cargada de la joya, del vestido nuevo, de las colaciones, y mi
desvergüenza era tanta, que las comía y con todo lo más
disimulaba: lo mismo hacen ellos. No quieran o piensen cargarme las cabras y
salirse afuera, que les prometo que los entiendo y los entienden. Y aun es lo
peor que cuando me vían ir por la calle muy galán con el cintillo
en el sombrero de piezas y piedras finísimas, me decían a las
espaldas y aun tan recio que pude bien oírlo: «¡Bellos
pitones lleva Guzmán, bien se le lucen!» Y algunos
de los que me lo decían quizás me lo envidiaban y otros no se los
vían; pero víanselos a ellos.
Nuestro estranjero compró nuestra
libertad y tenía tanta, que ya en mi posada no se hacía otra sino
la suya. Pero yo siempre sustenté mis trece, llevándolo en
amistad, haciéndome del honrado. Como la espuma crecían los
bienes en mi casa, colgaduras de invierno y verano, tapices de Bruselas,
brocateles adamascados, camas de damasco, pabellones, colchas, alfombras,
almohadas del estrado y otros muebles dignos de un señor. Pues la mesa
que tuve y casa que sustenté no creo que bastaran dos mil ducados a el
año. Y cuando me daba gusto volver loco a el patrón cuando
habíamos comido -que lo solía hacer algunas veces, en especial
días de fiesta- mandaba yo sacar sobremesa la guitarra y decíale
a mi mujer:
-Por tu vida, Gracia, que nos cantes un
poco.
Que de otra manera por maravilla la
tomaba en mi presencia en cantar. Que, aunque sabía que yo lo
entendía y nada ignoraba, guardábame siempre mucho aquel decoro,
recatábase cuanto podía de que yo viese cosa de que me afrentase
y quedase obligado a la demonstración del sentimiento.
Cada uno de nosotros nos
entendíamos y los unos a los otros, no dándonos por entendidos ni
dello jamás tratábamos. Al buen señor le gastábamos
muchos de los bellos escudos. Yo me trataba como un príncipe. Rodaban
por la casa las piezas de plata, en los cofres no cabían las bordaduras
y vestidos de varias telas de oro y seda, los escritorios abundaban de joyas
preciosísimas. Nunca me faltó qué jugar, siempre me
sobró con qué triunfar. Y con esto gozaban de su libertad.
Porque, como yo sintiese que no convenía entrar en casa -lo cual
sabía por ver que tenía cerrada la puerta-, pasaba de largo hasta
parecerme hora. Y, viendo que la tenían abierta, era señal que
pasaban el tiempo en buena conversación: entrábame
allá y parlábamos todos.
¿Ves toda esta felicidad, esta
serenidad y fresco viento? ¿Ves aquesta fortuna favorable,
risueña y franca? Pues no sucedió menos, que como todo lo
más en que tuve malos medios. Ni creo que alguno pueda escaparse sin
borrascas tales de cuantos navegaren este océano. A la fama de tanta
hermosura y de tanta licencia, la tomaron algunos príncipes y caballeros
que olieron la boda. Paseos van, recabdos vienen; aunque nunca, según
creo, se les hizo amistad ni se dio causa con que nuestro dueño se
ofendiese. Con todo eso, viéndose perseguido y conquistado de otros
más poderosos en hacienda, linaje y galas, andaba celosísimo,
perdía el juicio. Quiso a los principios esforzarse a competir con
ellos, haciendo franquezas extraordinarias, con dádivas de mucho precio,
que importaron millares de ducados; mas cuando vio que no podía pleitear
contra tanto poder ni resistir a tanta fuerza sin hacérsela nadie, sin
causa y sin más de su consideración, se fue retirando de sol a
una sombra. ¡Qué de veces consideraba yo este necio, qué
despepitado iba en seguimiento de una torpeza, con tan estraña costa y
tanto sobresalto! Reíame dél y de su poco entendimiento, como si
una de las criadas de mi casa llegara pidiéndole cualquiera cosa de
mucho valor, se la diera con mucho gusto y, si acaso llegara un pobre a pedirle
medio real por Dios, lo negara.
Todos tuvimos nuestro pago. El
señor a quien servimos, por enriquecernos quedó pobre; nosotros
por mal gobierno no fuimos ricos y juntos dimos en el suelo. El hombre
comenzó a huir y los otros a perseguir. Que cuanto tienen de
señores los que lo son, tanto tienen de libres en lo que pretenden.
Sobre todo quieren que por su sola persona se les postre todo viviente.
Quisiérales yo decir o preguntar: «¿Señor,
qué te debo, qué me das, de qué me vales, para que quieras
que te sirva con obras, palabras y pensamientos?» Y sobre
todo, ya con lo que malpagan, también maltratan con una sequedad, con
una soberbia, como si fuera deuda por que me pudieran ejecutar.
Su licencia fue tanta, su trato tal, que
a pocos días dimos en manos de la justicia. Supo lo que pasaba un
ministro grave y hizo como cuando asentó el león
compañía con los más animales, que, habiendo cazado un
ciervo, lo adjudicó todo para sí. Desta manera se levantó
con ello y para hacerlo con un poco de buen color, comenzó con un poco
de estruendo, como que nos quería hacer una causa. Yo, cuando lo supe,
acudí a él, formando quejas de semejante agravio,
haciéndome de los godos. Y él, que otra cosa no deseaba, me hizo
todo buen acogimiento, sentóme a par de sí, preguntáme de
qué tierra era. Díjele que de Sevilla.
-¡Oh -dijo-, de Sevilla, la mejor
tierra de todo el mundo!
Comenzóme a tratar della,
engrandeciéndome sus cosas, como si de aquello me resultara honra o
provecho. Preguntóme que quiénes habían sido allí
mis padres. Y cuando se los nombré dijo haber sido sus grandes amigos y
conocidos. Refirióme cierto pleito que, siendo él allí
juez, había sentenciado en su favor, y díjome que tenía
por cierto aún ser mi madre viva, porque la conoció mucho en sus
mocedades. Tanto me dijo, que sólo le faltó hacerme su deudo muy
cercano.
Harto lo esperaba yo, cuando tan
particulares cosas me decía y señas me daba, y entre mí
decía: «¡Todo lo pueden los poderosos!» Y
acordéme de cierto juez que, habiendo usado fidelísimamente su
judicatura y siendo residenciado, no se le hizo algún cargo de otra cosa
que de haber sido humanista. Lo cual, como se le reprehendiese mucho,
respondió: «Cuando a mí me ofrecieron este cargo,
sólo me mandaron que lo hiciese con rectitud y así
lo cumplí. Véase toda la instrución que me dieron y
dónde se trata en ella de que fuese casto y háganme dello
cargo.» De manera que, porque no lo llevan dicho expresamente, les parece
que no van contra su oficio, aunque barran todo un pueblo. Como lo hizo cierto
juez que, habiendo estrupado casi treinta doncellas y entre ellas una hija de
una pobre mujer, cuando vio el daño hecho, le fue a suplicar que ya,
pues la tenía perdida, se la diese, por que no se divulgase su deshonra.
Y sacando él un real de a ocho de la bolsa, le dijo: «Hermana, yo
no sé de vuestra hija. Veis ahí esos ocho reales. Decidlos de
misas a San Antonio de Padua, que os la depare.» Ahora bien, mas yo no
sé a quién esto le parece bien; pierdo el seso del poco castigo
que se hace por delitos tan graves.
Mandóme ir a mi casa,
ofreciéndose de hacerme mucha merced y que tendría mucha cuenta
con lo que se me ofreciese. Que bastaba ser de Sevilla y hijo de tales padres,
para que con muchas veras acudiese a mis negocios. Con esto me volví, y
a pocos días, estábamos a solas mi mujer y yo, bien descuidados,
veis aquí una noche que andaba de ronda, se llegó a nuestra
puerta y haciendo llamar a ella preguntaron por mí, pidiendo para su
merced un jarro de agua. Entendíle la sed que traía.
Supliquéle con instancia que me hiciera merced en beberla sentado.
Él no deseaba otra cosa. Entró y, dándole una silla, le
sirvieron una poca de conserva, con que bebió. Comenzó la
conversación de que venía cansadísimo y que había
visto aquella noche mujeres muy hermosas, empero que ninguna tanto como la
mía. Dijo que la loaban mucho de buena voz. Yo le dije que pidiese la
vihuela y, pues dello gustaba su merced, que cantase alguna cosa. Hízolo
sin algún melindre, pareciéndonos a entrambos que sería de
mucha importancia tener granjeado un tan buen personaje por amigo, para lo que
allí se nos pudiese ofrecer. El hombre quedó pasmado de verla y
oírla y, cuando se quiso ir, me mandó que lo visitase a menudo.
Despidióse y quedámonos tratando de cosas pasadas y cómo
para las venideras nos venía tan a buen propósito aquel favor,
con quien seríamos tenidos y temidos.
Yo lo visité algunas veces y uno
de los días que iba más descuidado de cosa que me lo pudiera dar,
me dijo que, pues él estaba vivo, ¿por qué no
quería con su calor tratar de alguna comisión que me fuese
honrosa y provechosa? Respondíle que le besaba las manos por merced
semejante, mas que, por no cansarlo, no habiendo en algo servido, no trataba
dello. Entonces, vendiéndome las amistades de mis padres -aunque
más era por ganar la de mi mujer-, me ofreció una
comisión, diciendo que me sería muy provechosa. Dile por ello las
gracias, que fueron principio de todas mis desgracias. Porque dentro de dos
días me puso los papeles en la mano, con orden a que fuese a hacer
cierta cobranza por el Consejo de la Hacienda, la cual sacó
pidiéndola para mí de un su grande amigo que asistía en
aquel tribunal, diciendo serlo yo mucho suyo y persona benemérita, digna
de cosas muy graves, cual se vería por la buena satisfación que
daría de mi persona y negocios. Cuando la tuve despachada, salí
de mi casa bien contra mi voluntad, porque llevaba ochocientos maravedís
de salario. Y para quien como yo estaba tan mal acostumbrado a buena mesa, no
tenía para comenzar a comer con ellos, cuanto más para poder
ahorrar que traer o enviar a mi casa. Empero érame ya forzoso hacerlo.
Callé y tomélo, por escusar mayores daños. Partíme
y perdíme. Porque le pareció a el señor que con mercedes
ajenas había de ganar esclavos que le sirviesen y que de aquellos
ochocientos maravedís pudiera repartir con mi mujer,
sustentándose ambas casas, y aquello nos bastaba por paga, con que no
sólo había de ser franco de pecho y de todo derecho, empero que
no se había de mirar a el sol ni recebir visita más de la
suya.
Quiso ser tan juez de mis cosas y
apretarlas tanto, que morían de hambre, iban cada día vendiendo
las alhajas para el sustento. No le pareció buena cuenta ni aun
razonable a mi huéspeda ser mucha la sujeción y poca la
provisión. Comenzó a rozarse la prima. También falseaba la
tercera, que era una su grande amiga, porque pensó sacar
deste mercado muy buenas ferias. Y cuando el señor sintió la mala
consonancia, pareciéndole que con mi presencia se remediaría
todo, hizo que no me diesen más prorrogaciones y que me mandasen venir a
dar cuenta de lo hecho. Hiciéronlo y volví de mejor gana de la
con que fui, porque volví empeñado y hallé mi casa
gastada. Él creyó que mi presencia fuera parte para el remedio de
su gusto; y salióle al revés, porque con mi presencia
creció el gasto y la libertad para poderlo hacer. Hallóse
rematado, sin saber cómo mejor negociar. Y pareciendo que ninguna cosa
ya haría tanto al caso como el rigor, para cogernos por seca, cruzadas
las manos y que con lágrimas le fuésemos a pedir misericordia,
trató con sus compañeros de hacernos desterrar y así nos
lo notificaron.
Yo hice mi cuenta: «Este
señor lo pretende ser tanto, que quiere que yo le sustente la casa y el
gusto, vendiendo lo que con muchas afrentas y trabajos he adquirido. Pues
quedar no puedo, si me falta la libertad con que ganarlo, menos mal será
obedecer. Que, aunque para nosotros es duro, para él será
doloroso. Si nos quebramos un ojo, le sacamos a él dos, pues le falta la
cuenta que hizo y le sale a el revés el pensamiento.» Demás
desto, al fin de aquel año se cumplían los diez en que
había de pagar a mis acreedores. Vínome todo a cuenta. Ya yo
sabía estar mi madre viva. Hice alquilar un coche para nuestras personas
y dos carros para llevar la hacienda y gente, dejando la corte y cortesanos.
Pareciéndonos de más importancia los peruleros, calladamente me
vine a Sevilla.
  Capítulo VI
Llegaron a Sevilla Guzmán de Alfarache y su
mujer. Halla Guzmán a su madre ya muy vieja, vásele su mujer a
Italia con un capitán de galera, dejándolo solo y pobre. Vuelve a
hurtar como solía
Como los que se escapan de algún
grave peligro, que pensando en él siempre aún les parece no verse
libres, me acuerdo muchas veces y nunca se me olvida mi mala vida -y más
la del discurso pasado-, el mal estado, poca honra, falta de respeto que tuve a
Dios todo aquel tiempo que seguí tan malos pasos. Admirándome de
mí, que fuese tan bruto y más que el mayor de los hombres, pues
ninguno de todos los criados en la tierra permitieran lo que yo: haciendo
caudal de la torpeza de mi mujer, poniéndola en la ocasión,
dándole tácita licencia y aun expresamente mandándole ser
mala, pues le pedía la comida, el vestido y sustento de la casa,
estándome yo holgando y lomienhiesto. ¡Terrible caso es y que
pensase yo de mí ser hombre de bien o que tenía honra, estando
tan lejos della y falto del verdadero bien! ¡Que por tener para jugar
seis escudos, quisiese manchar los de mis armas y nobleza, perdiendo lo
más dificultoso de ganar, que es el nombre y la opinión!
¡Que, profanando un tan santo sacramento, usase de manera dél que,
habiendo de ser el medio para mi salvación, lo hiciese camino del
infierno, por sólo tener una desventurada comida o por un
triste vestido! ¡Que me pusiese a peligro que a espalda vuelta y aun
rostro a rostro, me lo pudiesen dar por afrenta, obligándome a perder
por ello la vida!
Que un hombre no pueda más, que
lo sepa y disimule, o por el mucho amor o por el mucho dolor o por no dar otra
campanada mayor, no me admira. Y no solamente pudiera no ser esto vicio; mas
virtud y mérito, no consintiéndolo ni dando favor o entrada para
ello. Mas que, como yo, no sólo gustaba dello, mas que, si necesario
era, les echaba, como dicen, la capa encima, no sé si estaba ciego, si
loco, si enhechizado, pues no lo consideraba, o cómo, si lo
consideré, no le puse remedio, antes lo favorecía. ¡Oh
loco, loco, mil veces loco! ¡Qué poco se me daba de todo, sin
reparar en lo mal que se compadecían honra y mujer guitarrera ni que
diese solaz a otros que a mí con ella! Suelen los hombres para obligar a
las damas darlas músicas y cantarles en las calles; pero mi mujer
enamoraba los hombres yéndoles a tañer y a cantar a sus casas.
Bien claro está de ver que tales gracias de suyo son apetecibles.
¿Pues cómo, convidando con ellas, no me las habían de
codiciar? ¿Qué juicio tiene un hombre que a ladrones descubre sus
tesoros? ¿Con qué descuido duerme o cómo puede nunca
reposar sin temor que no se los hurten? ¡Que fuese yo tan ignorante, que,
ya que pasaba por semejante flaqueza, viniese por interés a dar en otra
mayor, loar en las conversaciones en presencia de aquellos que
pretendían ser galanes de mi esposa, las prendas y partes buenas que
tenía, pidiéndole y aun mandándole que descubriese algunas
cosas ilícitas, pechos, brazos, pies y aun y aun... -quiero callar, que
me corro de imaginarlo- para que viesen si era gruesa o delgada, blanca, morena
o roja! ¡Que ya todo anduviese de rompido, que aquello que en otro tiempo
abominaba, con el uso y frecuentación se me hiciese fácil y
entretenimiento! ¡Que le consintiese visitas y aun se las trujese a casa
y, dejándolas en ella, me volviese a ir fuera, y sobre todo quisiese
hacerlos tontos a todos, para que me diesen a entender que
creían ser aquello bueno y lícito, siendo depravado y malo!
¡Que la hiciese salir a solicitar comisiones y buscarme ocupaciones a
casa de personajes que la codiciaban, y que me diese por desentendido de la
infamia con que a su casa volvía con ellas o sin ellas! ¡Que,
dándole tantos banquetes, joyas, dineros y vestidos quisiera yo creyesen
se los daban a humo muerto y por sus ojos bellidos, por amistad sola, sencilla,
sin doblez y sin otra pretensión! ¿Qué puedo responderme o
qué podía esperarse de mí, que no sólo lo
consentía, mas juntamente lo causaba?
Tuvo mucha razón el que,
viéndome algo medrado en Madrid, en la cárcel y en mi presencia
dijo: «Veisme a mí aquí, que ha tres años que estoy
preso por ladrón, por falsario, por adúltero, por maldiciente,
por matador y otras mil causas que me tienen acumuladas, que con todas ellas
muero de hambre; y el señor Guzmán, con sólo dar a su
mujer una poca de licencia, vive libre, descansado y rico.»
¿Qué podréis creer que sentí? ¡Oh maldita
riqueza, maldito descanso, maldita libertad y maldito sea el día que tal
consentí, ya fuese por amor, por necesidad, por privanza o algún
otro interés! Mas para que se conozca el paradero que tiene lo que
así se granjea y el desdichado fin de tales gustos, contaré mis
desdichas, discurso de mi amarga vida y en mi mal empleada.
Caminábamos a Sevilla, como
dicen, al paso del buey, con mucho espacio, porque se le mareaba en el coche
una falderilla que llevaba mi mujer, en quien tenía puesta su felicidad
y era todo su regalo, que es cosa muy esencial y propria en un dama uno destos
perritos y así podrían pasar sin ellos como un médico sin
guantes y sortija, un boticario sin ajedrez, un barbero sin guitarra y un
molinero sin rabelico. Cuando allá llegamos, con el deseo
de aquellos peruleros y de ver nuestra casa hecha otra de la
Contratación de las Indias, barras van, barras vienen, que pudiera toda
fabricarla de plata y solarla con oro, ya me parecía verlos asobarcados
con barras, las faltriqueras descosidas con el peso de los escudos y reales,
todo para ofrecer a el ídolo. Con aquello me vengaba del que nos enviaba
desterrados y entre mí le decía: «¡Oh traidor, que
por donde me pensaste calvar te dejé burlado! A tierra voy de Jauja,
donde todo abunda y las calles están cubiertas de plata, donde, luego
que llegue, nos vendrán a recebir con palio y mandaremos la
tierra.» Con estos y otros tales pensamientos, a el emparejar con San
Lázaro, se me refrescó en la memoria cuanto allí me
pasó cuando de Sevilla salí. Vi la fuente donde bebí, los
poyos en que me quedé dormido, las gradas por donde bajé y
subí. Vi su santo templo y deste acá fuera dije: «¡Ah
glorioso santo! Cuando de vos me despedí, salí con
lágrimas, a pie, pobre, solo y niño. Ya vuelto a veros y me veis
rico, acompañado, alegre y hombre casado.» Representóseme
de aquel principio todo el discurso de mi vida, hasta en aquel mismo punto.
Acordéme de la ventera y venta, donde me dieron aquella buena tortilla
de huevos y el machuelo de Cantillana; mas ya lo había dejado a la mano
derecha. Entré por aquella calzada real. Dimos vuelta por el campo,
cercando la ciudad hasta el mesón de los carros, donde por fuerza los
míos habían de parar. Y como todos aquellos eran pasos muchas
veces andados en mi niñez y tierra conocida donde recebí el ser,
alegróseme la sangre, como si a mi madre misma viera.
Reposamos allí aquella noche, no
muy bien; mas a la mañana me levanté con el sol
para buscar posada y despachar mi ropa del aduana y también a procurar
si por ventura hubiera quien de mi madre nos dijese. Mas, por buena diligencia
que hice, no fue de provecho ni della tuve rastro. Creí hallarlo todo
como lo había dejado, mas aun sombra ni memoria dello había. Que
unos mudados, ausentes otros y los más muertos, no había piedra
sobre piedra. Dejélo hasta más de propósito, por la priesa
que tenía entonces de acomodarme. Y andando buscando adónde, vi
una cédula sobre la puerta de una casa en los barrios de San
Bartolomé. Pedí que me la enseñasen, vila y
parecióme buena por entonces. Concertéla por meses y, pagando
aquél adelantado, hice pasar a ella toda mi ropa. Descansamos dos
días, comiendo y durmiendo, hasta que ya le pareció a Gracia que
no era justo haber llegado a ciudad tan ilustre, de tanta fama por todo el
mundo, y dejar de salir a pasearla. Fuime a Gradas. Concertéle un
escudero de quien se acompañase, por que supiese andar las calles y
fuese adonde más gustase, sin rodear o perderse ni andar preguntando, y
en más de quince días no dobló el manto, que mañana
y tarde siempre salía y nunca se cansaba ni hartaba de ver tantas
grandezas. Porque, aunque se había hallado bien todo el tiempo que
residió en Madrid y le parecía que hacía la corte ventajas
a todo el mundo, con aquella majestad, grandezas de señores, trato
gallardo, discreción general y libertad sin segundo, hallaba en Sevilla
un olor de ciudad, un otro no sé qué, otras grandezas, aunque no
en calidad -por faltar allí reyes, tantos grandes y titulados-, a lo
menos en cantidad. Porque había grandísima suma de riquezas y muy
en menos estimadas. Pues corría la plata en el trato de la gente, como
el cobre por otras partes, y con poca estimación la dispensaban
francamente.
A pocos días llegó la
cuaresma y vio la semana santa de la manera que allí la celebran, las
limosnas [que] se hacen, la cera que se gasta. Quedó
pasmada y como fuera de sí, no pareciéndole que aquello pudiera
ser y exceder mucho en las obras a lo que antes le habían dicho con
palabras. Ya en este tiempo y pocos días después que a la ciudad
llegué, con mucha solicitud, por señas y rodeos vine a saber de
mi madre y se pudo decir haberla hallado por el rastro de la sangre. Pues
tratando mi mujer con otras amigas damas y hermosas, preguntando por ella, vino
a saber cómo asistía en compañía de una hermosa
moza, de quien se sospechaba ser madre por el buen tratamiento que le
hacía y respeto con que la trataba. Mas verdaderamente no lo era ni tuvo
más que a mí. Lo que acerca desto hubo sólo fue que, como
se viese sola, pobre y que ya entraba en edad, crió aquella muchacha
para su servicio. Y salióle acaso de provecho y así se
valían las dos como mejor podían. Yo, cuando supe della hice
mucha instancia para traerla comigo, por la mala gana con que dejaba su
mozuela, tanto por haberla criado, cuanto por no venir a manos de nuera. Y
siempre que se lo rogaba, me respondía que dos tocas en un fuego nunca
encienden lumbre a derechas; que no era tanto el dolor que con la soledad
padecía un solo, cuanto la pena que recibe quien tiene
compañía contra su gusto, que, pues, nunca nuera se llevó
a derechas con su suegra, que mejor pasaría mi mujer sola comigo que con
ella. Mas el amor de hijo pudo tanto, que la hice venir en mi deseo.
Era mi madre, deseaba regalar y darle
algún descanso. Que, aunque siempre se me representaba con aquella
hermosura y frescura de rostro con que la dejé cuando
della me fui, ya estaba tal, que con dificultad la conocieran. Halléla
flaca, vieja, sin dientes, arrugada y muy otra en su parecer. Consideraba en
ella lo que los años estragan. Volvía los ojos a mi mujer y
decía: «Lo mismo será désta dentro de breves
días. Y cuando alguna mujer escape de la fealdad que causa la vejez, a
lo menos habrá de caer por fuerza en la de la muerte.» De
mí figuraba lo mismo; empero, en estas y otras muchas y buenas
consideraciones que siempre me ocurrían, hacía como el que se
detiene a beber en alguna venta, que luego suelta la taza y pasa su camino.
Poco me duraban. Túvelas en pie siempre; nunca les di asiento en que
reposasen. Porque las que había en la posada estaban ocupadas de la
sensualidad y apetito.
A instancia mía se vinieron a
juntar suegra y nuera. Mi madre ya la conocistes y, si no de vista, por sus
famosas obras, pudiérasele sujetar cualquiera otra de muy gallardo
entendimiento, así por serlo el suyo como por la dotrina con que fue
criada y sobre todo las experiencias largas de sus largos años.
Dábale buenos consejos: que no admitiese mocitos de barrio, que
demás de infamar, decía dellos que son como el agua de por San
Juan, quitan el provecho y ellos no lo dan; acaban en sus casas de comer, no
tienen qué hacer, viénense a la nuestra, quieren que los
entretengan en buena conversación, estánse allí toda la
tarde, tres necios en plata y un majadero en menudos, no con más
fundamento que ser del barrio. De pajes de palacio y estudiantes decía
lo mismo: son como cuervos, que huelen la carne de lejos y de otra cosa no
valen que para picarla y pasearla. Decíale que hiciese cruces a su
puerta para los casados: que de ningún enemigo podría resultarle
algún otro mayor daño, porque las mujeres con el celo hacen
muchos desconciertos y, cuando más no pueden, se van a un juez y con
cuatro lágrimas y dos pucheritos alborotan el pueblo y descomponen el
crédito.
Tan ajustada la tenía y tales
leciones le daba, como aquella que del vientre de su madre nació
enseñada. Sacábala siempre tras de sí, no
dejando estación por andar, fiesta por ver ni calle por pasear. Cuando
venían a casa, unas veces volvían con amadicitos, otras con
alanos, y dellos escogían los que más a mi madre le
parecían de provecho, que como tan baquiana en la tierra, todo lo
conocía, y como sabia, todo lo tracendía. Decía de los
caballeritos que ni por lumbre: porque por el
yo
me lo valgo, mi alcorzado y copete, mi lindeza lo
merece, aun creían que les habían de convidar con ello y
hacerles una reverencia. Harto hizo y trabajó porque no la conociesen
los de la plaza de San Francisco, temiéndose de su trato. Pues, en
comenzando los escribanos de la justicia, no paraban hasta el que asiste al
cajón, a quien les parecía debérseles todo de derechos.
Empero no pudieron escaparse dellos, que por bien o por mal, por fieros y
amenazas, como absolutos y disolutos -digo algunos- hacen más
tiranías que Totile ni Dionisio, como si no hubiese Dios para ellos.
La flota no venía, la ciudad
estaba muy apretada, cerradas las bolsas y nosotros abiertas las bocas,
muriendo de hambre, vendiendo y comiendo y sobre todo pechando. Íbamos
mal, porque aun con esto a cada repelón destocaban la muchacha, por cada
niñería nos hacían mil fieros. No había
pícaro que no se nos atreviese, unos con «mi señor don
Fulano» y otros con «don Zutano». Mi mujer andaba temerosa y
muy cansada de tanta suegra, porque comigo estuvo siempre con tanta libertad
y se hallaba con ella sujeta, sin ser señora de su
voluntad. Si la una hablaba, la otra rezongaba. De cada pulga fabricaban un
pueblo. Levantábase tal tormenta, que por no volverme a ninguna de las
partes tomaba la capa en viendo los delfines encima del agua; salíame
huyendo a la calle y dejábalas asidas de las tocas. Tanto se indignaba
mi mujer que no volviese por ella, pareciéndole que, a tuerto [o] a
derecho, ayude Dios a los nuestros, que con razón o sin ella me
había de poner contra mi madre; mas no era lícito. Fueme cobrando
tal odio, aborrecióme tanto que, hallándose con la ocasión
de cierto capitán de las galeras de Nápoles, que allí
estaban, trocó mi amor por el suyo y, recogiendo todo el dinero, joyas
de oro y plata con que nos hallábamos entonces, alzó velas y
fuese a Italia, sin que más della supiese por entonces.
Yo había oído decir que
aquel era verdaderamente loco que buscaba su mujer habiéndosele ido, o
que a el enemigo se le había de hacer la puente de plata por donde
huyese. Parecióme que solo me iría mejor que mal
acompañado. Que, aunque sea verdad que todo lo consentía y dello
comía, ya me cansaba, porque cada cual me acosaba. ¡Ved la fuerza
del uso! Como siempre me crié sujeto a bajezas y estuve acostumbrado a
oír afrentas, niño y mozo, también se me hacían
fáciles de llevar cuando era hombre. Mi mujer se me fue; merced me hizo,
porque, fuera de la obligación de consentirla, estaba libre del pecado
cotidiano. Yo no la eché; por su gusto se ausentó. Seguirla era
imposible, por el riesgo que corría si a Italia volviera.
Recogíme con mi madre. Fuimos vendiendo para comer las alhajas que nos
quedaron; mas, como nos quedaron más días que alhajas, al cabo de
poco nos dieron alcance. San Juan y Corpus Christi cayeron para mí en un
día. Faltó qué vender, dinero con que
comprar. Halléme roto, sin qué me vestir ni otro remedio con que
lo ganar, sino con el antiguo mío. Salíame las noches por esas
encrucijadas y, cuando a mi casa volvía, venía cubierto con dos o
tres capas, las que con menos alboroto y riesgo podía cativar. A la
mañana, ya entre los dos, amanecían hechas rodillas.
Dábamoslas a vender en Gradas o buscábamos modo como mejor salir
dellas.
No le contentó este trato a mi
madre, por no haberlo jamás usado y por no verse afrentada en su vejez.
Así acordó de volverse a su tienda con la mozuela que antes
tenía. La cual, así se alegró cuando la vio en su casa,
como si por sus puertas entrara todo su remedio. Yo me acomodé con otras
camaradas para pasar la vida, en cuanto se llegase otro mejor tiempo.
Servíales de dar trazas, ayudábales con mi persona en las
ocasiones. Íbamos por las aldeas y pueblos comarcanos. Nunca faltaba por
los trascorrales algunas coladas, que con las canastas mismas
trasponíamos en los aires. Teníamos en los arrabales y en Triana
casas conocidas, adonde sin entrar en la ciudad hacíamos alto y
después, poco a poco, lavado y enjuto, lo íbamos metiendo, ya por
las puertas o por cima de los muros, después de media meche, cuando la
justicia estaba retirada. Para los vestidos de paño y seda que
resgatábamos, teníamos roperos conocidos a quien lo
dábamos a buen precio, sin que perdiésemos blanca del costo. Y
una vez entregados, ya sabían bien que aquellos eran bienes castrenses,
ganados en buena guerra y que los habían de disfrazar para que nunca
fuesen conocidos, o su daño. Que no teníamos más
obligación que darle la mercadería enjuta y bien acondicionada,
puesta las puertas adentro de sus casas, libres de aduana y de todos derechos,
y allá se lo hubiesen. La ropa blanca tenía buena
salida, por la buena comodidad que se ofrecía las noches en el
baratillo; ganábase de comer honrosamente y de todo salíamos
bien.
Una temporada del invierno fueron las
aguas tan continuas, que nadie salía de su casa ni daba lugar a que se
la visitásemos. Andábamos estrechos de dineros. Como pasando por
una calle viese que se había caído toda la delantera de una casa,
pregunté cúya era. Dijéronme ser de una señora
viuda. Fue a su casa y díjele que, pues allí no había
morador, me diese licencia para entrarme dentro y se la guardaría. Ella,
temerosa de que no se me cayese toda encima, dijo que mirase bien lo que
hacía, porque se venía por el suelo. Y respondíle que no
importaba, porque allí había un aposento alto, seguro, en que
poderme recoger, que los pobres no tenían qué temer ni qué
perder, pues aun traen sobrada la vida. Diome licencia de muy buena gana y
dentro de cuatro días ya no le había dejado por quitar puerta ni
cerradura. Otro día me fui a la plaza de San Salvador y hice pregonar
que quien quisiese comprar cuatro mil o cinco mil tejas, que yo se las
vendería. No se hallaba entonces una por ningún precio. Vinieron
a mí desalados tres o cuatro albañíes, y a cuál
primero las había de comprar, no faltó sino acuchillarse.
Concertélas a cinco maravedís y, llevándolos a mi casa,
les enseñé los tejados, diciendo ser yo el mayordomo y que mi ama
quería hacer la casa de terrados. A vueltas de los míos,
también les enseñé algunos de los vecinos paredaños
de donde las habían de quitar. Diéronme seiscientos reales a
buena cuenta de lo que montasen hasta cinco mil y quedaron de venir para otro
día. Cuando tuve mi dinero cobrado, fuime a la señora de la casa
y díjele que por qué consentía tan grande lástima,
que su mayordomo había vendido ya las puertas todas y las
tejas de los tejados. Ella se alborotó, diciendo que no tenía
mayordomo ni sabía quién tal pudiese haber hecho. Yo entonces le
dije:
-Pues para que Vuestra Merced vea
quién lo hace, ya me han mandado salir della y hoy me mudo a otra parte,
porque mañana por la mañana vendrán a quitar y a llevar
las tejas. Mande Vuestra Merced enviar o ir allá y verán lo que
pasa.
Con esto me despedí della y otro
día desde lejos, puesto a una esquina, me puse a ver el alboroto, que
fue muy para ver: los unos a destejar, la buena señora por defender su
hacienda. En resolución, dio querella del albañí pobre y,
no sólo no quitó las tejas, empero le pagó las puertas.
Con esto pasé algunos días encerrado en casa, con muy gentil
brasero, hasta que ya no me buscaban, pasado aquel primero movimiento.
Hacíase un día en San
Augustín una fiesta y, como las tales lo eran para nosotros,
acudí a ella y sentíle a un hidalgo bulto de dineros en la
faltriquera, debajo de la espada, y a el pasar por un paso estrecho
levantésela un poco, y metiendo la garra, dile tumbo en ella sin que
real se me escapase. Mas la inquietud me impedía poder sacar la mano
llena, que venía colmada, y fue forzoso caérseme mucha parte
dellos en el suelo. Pues, como estaba ladrillado el claustro y hiciesen a el
caer mucho ruido, dejélos caer todos y, metiendo la mano en mi
faltriquera, allí en un punto saqué della un lienzo y, dando
voces a la gente que se desviase, porque por sacar aquel lienzo se me
había derramado aquel dinero, todos hicieron lugar, y el buen
señor a quien se los había robado, movido de caridad, oyendo mis
lástimas, que decía irlos a pagar a un mercader, se bajó
comigo a el suelo y me los ayudó a recoger, sin que faltase blanca. Dile
las gracias por ello y fuime muy contento a mi casa. De aquí le
nació el pico a el garbanzo: este hurtillo fue mi
perdición, siendo el último que hice y el que más caro de
todos me costó. Porque, aunque algunas veces me habían tenido
preso por semejantes heridas, de todas había salido a buen puerto. Con
dineros negociaba cuanto quería y allí no se trata de otra cosa,
sino de buscar de comer cada uno; mas esta vez no me valieron trunfos que los
había ya renunciado.
Como me vi con dineros, quise prevenir,
primero que se gastasen, de dónde valerme de otros. Porque, siempre que
con mi habilidad podía socorrer la necesidad, no buscaba pesadumbres. Yo
me hallaba con algunos bolsos de los que había cortado y algunas
piececillas que dentro dellos había cogido. Di a guarnecer uno, el mejor
que me pareció y, metiéndole dentro seis escudos en tres doblones
de oro, cincuenta reales en plata, un dedal de plata y cuatro sortijas, lo
llevé a mi madre y se lo enseñé muy de espacio y aun se lo
di por escrito, que lo fuese decorando, sin que se le pudiese olvidar letra,
por lo que importaba la buena memoria. Y bien instruida en lo que
después había de hacer, me fui a la celda de cierto famoso
predicador, en opinión de un santo, y díjele:
-Padre mío, yo soy un pobre
forastero, vine a esta ciudad y estoy en ella muy necesitado. Deseo de
acomodarme, si hallase alguna casa honrada donde tuviese una poca de quietud en
el alma, que sólo eso pretendo y no repararía en el salario,
porque con un honesto vestido y una limitada comida para poder pasar, no tengo
ni quiero más granjería. Y aunque me veo tan afligido y roto, que
por mal vestido no hallaré quien de mí se quiera servir y pudiera
muy bien valerme, socorriendo mi necesidad en esta ocasión, tengo por
mejor padecerla esperando en el Señor, que condenar mi alma ofendiendo a
su divina majestad en usurpar a nadie su hacienda. No permita el Señor
que bienes ajenos me saquen de trabajos corporales, dejándome
dañada la conciencia. Yo salí esta mañana de mi casa para
ir a buscar dónde trabajar, con qué comprar un pan que comer, y
me hallé aquesta bolsa en medio de la calle. Quise ver qué
tenía dentro y, cuando sentí ser dineros, la volví a
cerrar con temor de mi flaqueza, no me obligase a hacer cosa
ilícita. Vuestra paternidad la reciba y, pues el domingo ha de predicar,
la publique: podría ser que pareciese su dueño y tener della
más necesidad que yo. Ayúdele Dios con ella, que no quiero
más bienes de aquellos con que su divina majestad mejor ha de ser de
mí servido.
El fraile, cuando me oyó y vio
tan heroica hazaña, creyó de mí ser algún santo,
sólo le faltó besarme la ropa, y con palabras del cielo me
dijo:
-Hermano mío, dadle a Dios muchas
gracias, que os ha dado claro entendimiento y sciencia de lo poco que valen los
bienes de la tierra. Confiad que quien os ha comunicado ese tal
espíritu, también os dará lo que le cuesta menos y tiene
dada su palabra. El que a los gusanillos, a las más desventuradas y
tristes gusarapas y sabandijuelas no falta, también os acudirá
con todo aquello de que os viere necesitado. Esta es obra sobrenatural y
divina, que pone admiración a los hombres y da motivo a los
ángeles que le alaben, por haber criado tal hombre. Don suyo es,
reconocédsela y dadle por todo alabanzas, perseverando en la virtud. Yo
haré lo que me pedís y volvé por acá un día
de la semana que viene, que yo confío en el Señor que os ha de
hacer mucho bien y merced.
Cuando aquesto me decía daba
lanzadas en el corazón, porque, considerada su santidad y sencillez con
mi grande malicia y bellaquería, pues con tan mal medio lo quería
hacer instrumento de mis hurtos, reventáronme las lágrimas.
Creyó el buen santo que por Dios las derramaba y también como yo
se puso tierno. Esto se quedó así hasta el domingo, que fue
día de Todos los Santos. Y cuando fue a predicar, gastó la mayor
parte de su sermón en mi negocio, encareciendo aquel acto, por haber
sucedido en un sujeto de tanta necesidad. Exagerólo tanto, que
movió a compasión a cuantos allí se hallaron para hacerme
bien. Así le acudieron con sus limosnas que me las diese. Luego lunes
por la mañana, mi madre fue a la portería. Preguntó por
aquel padre, diciendo tener con él un caso importantísimo. Y como
la vio el portero tan angustiada, se lo llamó al momento.
Cuando se vio con él, asióle de las manos y de los
hábitos, echándose de rodillas por el suelo, hasta querer besarle
los pies y díjole que la bolsa era suya, que se la diese por un solo
Dios. Diole las señas de todo, como quien bien las tenía
estudiadas. Y el fraile se la entregó, conociendo ser verdaderas. Cuando
mi madre la vio en sus manos, abrióla y, sacando un doblón de los
tres que dentro tenía, se lo dio a el padre, que me lo diese de
hallazgo, y cuatro reales para dos misas a las ánimas de purgatorio, a
quien dijo que la tenía encomendada. Cobró con esto su bolsa y
llevómela luego a la posada sin faltar ni un alfiler de toda ella, que
aun con cuidado le metí dentro un papelillo dellos, por que pareciese
todo ser cosa de mujer.
Después de pasado esto, de
allí a dos días, miércoles por la tarde, fui a visitar a
mi fraile, que ya me tenía un cofre lleno de vestidos, que pudiera bien
romper diez años, y dineros que gastar por algunos días.
Diómelo con alegre rostro y mandóme que volviese otro día,
que tenía una buena comodidad que darme. Fuime y volví cuando me
había dicho y después de preguntarme si sabía escrebir y
que lo enteré de mi habilidad, me dijo que cierta señora que
tenía su marido en las Indias, buscaba una persona tal, que le
administrase su hacienda en la ciudad y en el campo, que si era cosa de mi
gusto, le avisase para que tratase dello. Yo, luego después de darle las
gracias, dije:
-Padre mío, lo que toca el
trabajo de mi persona, la solicitud y fidelidad que se debe, sólo eso
podré ofrecer; empero no soy desta tierra ni tengo quien me conozca. Si
esa señora me tiene de fiar su hacienda, querrá juntamente quien
a mí me fíe y no lo tengo. Sólo este
inconveniente hallo. Vea vuestra paternidad lo que fuere servido que haga.
Él respondió que
sería mi fiador y por aquello no lo dejase. Acetélo de buena
voluntad, viendo ir por aquel camino mi negocio bien guiado. Que no hay cosa
tan fácil para engañar a un justo como santidad fingida en un
malo.
  Capítulo VII
Después de haber entrado Guzmán de
Alfarache a servir a una señora, la roba. Préndenlo y
condénanlo a las galeras por toda su vida
Tanta es la fuerza de la costumbre,
así en el rigor de los trabajos, como en las mayores felicidades, que,
siendo en ellos importantísimo alivio para en algo facilitarlos, es en
los bienes el mayor daño, porque hacen más duro de sufrir el
sentimiento dellos cuando faltan. Quita y pone leyes, fortaleciendo las unas y
rompiendo las otras; prohíbe y establece, como poderoso príncipe,
y consecutivamente a la parte que se acuesta, lleva tras de sí el
edificio, tanto en el seguir los vicios, cuanto en ejercitar virtudes. En tal
manera que, si a la bondad se aplica, corre peligro de poderse perder
fácilmente y, juntándose a lo malo, con grandísima
dificultad se arranca. No hay fuerzas que la venzan y tiene dominio sobre todo
caso. Algunos la llamaron segunda naturaleza, empero por experiencia nos
muestra que aún tiene mayor poder, pues la corrompe y destruye con
grandísima facilidad. Si amargo apetece, con tal artificio lo conserva y
enduza, que, como si tal no fuese, lo vuelve suave. Y acompañada con la
verdad es el monarca más poderoso y su fortaleza
inexpugnable. ¿Quién sino ella hace al pobre pastor asistir en
los desiertos campos, en la hondura de los valles, en las cumbres de los
empinados montes y sierras, contra las inclemencias del riguroso invierno,
sufriendo tempestades, continuas pluvias, vientos y aires, y en el verano,
riguroso sol que tuesta los árboles, abrasa las piedras y derrite los
metales? Y siendo su fuerza tanta, que hace domesticarse las fieras más
fieras y ponzoñosas, refrenando sus furias y mitigando sus venenos, el
tiempo la gasta, con él se labra y sólo a él se sujeta.
Porque para con él son sus telas de araña, hechas contra un
elefante; que si ella es poderosa, él es prudente y sabio. Y como el
ingenio suele sobrepujar a todas humanas fuerzas, así el tiempo a la
costumbre. Sigue la noche a el día, la luz a las tinieblas, a el cuerpo
la sombra. Tienen perpetua guerra el fuego con el aire, la tierra con el agua y
todos entre sí los elementos. El sol engendra el oro, da ser y vivifica.
Desta manera sigue, persigue y fortalece a la costumbre. Hace y deshace,
obrando sabiamente con silencio, según y por el orden mismo que
acostumbra ella con las continuas gotas cavar las duras piedras. Es la
costumbre ajena y el tiempo nuestro. Él es quien le descubre la hilaza,
manifestando su mayor secreto, haciendo con el fuego de la ocasión
ensaye de sus artes; con experiencia nos enseña los quilates de aquel
oro y el fin adonde siempre van sus pretensiones encaminadas, y
quien comigo no tuvo alguna misericordia, pues en breve hizo público lo
que siempre con instancia procuré que fuese oculto.
Todo lo dicho se verificó bien de
mí, en proprios términos y casos. ¡Oh cuántas veces,
tratando de mis negocios, concertando mis mercaderías, dando mis logros,
fabricando mis marañas por subir los precios, vendiendo con exceso,
más al fiado que al contado, el rosario en la mano, el rostro igual y
con un «en mi verdad» en la boca -por donde nunca salía-,
robaba públicamente de vieja costumbre! Y descubriólo el tiempo.
Quién y cuántas veces me oyeron y dije: «Prometo a Vuestra
Merced que me tiene más de costo y no gano un real en toda la partida y,
si la doy barato, es porque tengo de dar unos dineros para...» Y daba
otras causas, no habiéndolas para ello más de querer ganar a
ciento por ciento de su mano a la mía. ¡Cuántas veces
también, cuando tuve prosperidad y trataba de mi acrecentamiento -por
sólo acreditarme, por sola vanagloria, no por Dios, que no me acordaba
ni en otra cosa pensaba que solamente parecer bien al mundo y llevarlo tras de
mí, que, teniéndome por caritativo y limosnero, viniesen a
inferir que tendría conciencia, que miraba por mi alma y hiciesen de
mí más confianza-, hacía juntar a mi puerta cada
mañana una cáfila de pobres y, teniéndolos allí dos
o tres horas por que fuesen bien vistos de los que pasasen, les daba
después una flaca limosna y, con aquella nonada que de mí
recebían, ganaba reputación para después mejor alzarme con
haciendas ajenas! ¡Cuántas veces de mi pan partí el medio,
no quedando hambriento, sino muy harto, y con aquella sobra, como se
había de perder o darlo a los perros, lo repartí en pedazos y lo
di a pobres, no donde sabía padecerse más necesidad, sino donde
creí que sería mi obra más bien pregonada! ¡Y
cuántas otras veces, teniendo sangriento el corazón y
dañada la intención, siendo naturalmente pusilánime,
temeroso y flaco, perdonaba injurias, poniéndolas a cuenta de Dios en lo
público, quedándome dañada la intención de secreto!
¡Con secreto lo disimulé y en público dije:
«Sea Dios loado», siendo de mí verdaderamente ofendido, pues
maldita otra cosa que impidió mi venganza sino hallarme inhábil
para ejecutarla, porque viva la tenía dentro del alma!
¡Cuán abstinente me mostré otras veces, qué ayunador
y reglado, no más de por parecerlo, para poder guardar más y
gastar menos! Que, cuando de ajena sustancia comía, cuando de lo del
prójimo gastaba, un lobo estaba en mi vientre: nunca pensaba verme
harto. ¡Qué continuamente visitaba los templos, asistía en
las cárceles por acreditarme con los ministros oficiales dellas, no por
los presos, antes por si alguna vez me viesen preso, que ya me conociesen y
más me respetasen! Si acudí a los hospitales, anduve
romerías, frecuenté devociones, royendo altares, no faltando a
sermón de fama, en jubileo ni a devoción pública, todos
aquellos pasos eran enderezados a cobrar buena fama, para mejor quitar a el
otro la capa.
Pues no se me olvida que hartas veces me
decían y supe de algunas cosas muy secretas, que, por serlo tanto,
cuando después trataba dellas con sus dueños mismos,
aconsejándolos o corrigiéndolos en ellas, entendían de
mí que debía saberlo por divina revelación. Y así
lo daba yo a entender por indirectas, ganando con aquello grandísima
reputación, en especial con mujeres, que tras esto y gitanas corren como
el viento, fáciles en creer y ligeras en publicar, de cuyas bocas iban
esparciéndose más mis alabanzas. Hartas y muchas veces, cuando
algún pobre se quiso valer de mí, como tenía tanta y tal
reputación, pedía limosna públicamente para él a
los que me conocían y, juntando mucho dinero, le daba muy poco,
quedándome con ello: quitaba para mí la nata y dábales el
suero. Si quería hacer alguna bellaquería, lo primero que para
ello procuraba era prevenirme de una muy hermosa y grande capa de coro con que
cubrirla, para mejor disimularla con santidad, con sumisión, con
mortificación, con ejemplo, y asolaba por el pie cuanto
quería.
Si no, vedlo agora con cuánta
facilidad engañé a este santo. Y no fue sólo
este daño el que hice; mas otro mayor se siguió, que fue dejarle
falida la opinión. A lo menos pudiéralo quedar, cuando tan bien
zanjada no la tuviera. Que instrumento había yo sido y causa tuve dada
de harto perjuicio contra su buena reputación. Asentóme con
aquella señora, creyendo de mí que la sirviera con toda fidelidad
según pudo presumirse de los actos que mostré de tanta
perfeción. Diome mucho crédito con el abundante caudal del suyo.
Recibióme con voluntad en su servicio, fióme su hacienda y
familia, diome un muy honrado aposento, regalada cama y todo servicio.
Acaricióme, no como a criado, mas como a un deudo y persona de quien
creía que le haría Dios por mí muchas mercedes.
Pedíame algunas veces le rezase un Avemaría por la salud y buen
suceso de su esposo. Respondíale a todo como un oráculo, con
tanta mortificación, que le hacía verter lágrimas.
Con esto la engañé, la
robé y sobre todo la injurié, ofendiendo su casa. Pues teniendo
en ella para su servicio una esclava blanca, que yo mucho tiempo creí
ser libre, tal en cautelas o peor que yo, me revolví con ella. No
sé cómo nos olimos, que tan en breve nos conocimos. A pocos
días entrado en casa, no había orden para poderla echar de mi
aposento, en son de santa para los demás y por todo estremo disoluta
comigo, como si fuera criada en la casa más pública del mundo, y
con tal sagacidad, que otro que yo entre todos los criados ni su ama misma le
alcanzaron a conocer aquel secreto. Y con él me regalaba tanto, que
siempre abundaba mi caja de colaciones, como si fuera una confitería.
Proveíame de toda ropa blanca, bien aderezada, olorosa y limpia. Su
señora gustaba dello, porque a los dos nos tenía por santos.
Dábame dineros que gastase, sin que yo tampoco supiese al cierto de
dónde los había, quién o cómo se los daba. Bien que
se me traslucían algunas cosas; mas, por no caer de mi punto, no quise
ser curioso en apurarla; y para nunca perderla en cuanto yo allí
estuviese y mejor poder obligarla, íbala sustentando con palabras y
esperanzas, que teniendo con qué, buscaría manera como ahorrarla
y me casaría con ella. Esto le hacía desvelar y enloquecer en mi
servicio. Porque, según el amor que le fingí,
aunque muy astuta, siempre lo tuvo por cierto, como si yo no fuera hombre y
ella esclava.
No sabía mi ama de más
hacienda ni más poseía de aquello que yo le daba. La de la ciudad
estaba en mi mano, y juntamente gobernaba la del campo y toda la esquilmaba.
Porque mi disinio era hacer una razonable pella y dar comigo lejos de
allí a buscar nuevo mundo. Queríame pasar a las Indias y
aguardaba embarcación, como quiera que fuese; mas no lo pude lograr.
Que, conociendo mi ama su cierta perdición, que los caseros le
decían haberme ya pagado, los pastores que vendía los ganados, el
capataz que sacaba los vinos de las bodegas y que de todo no vía blanca,
porque me alzaba con ello, determinóse a comunicarlo a solas con un
hidalgo deudo suyo. Díjole la mala cuenta que daba, que le pusiese
conveniente remedio. Él, sin decirme palabra, ya cuando yo andaba en
vísperas de alzar las eras, muy descuidado y libre de tal suceso,
estando durmiendo la siesta con mucho reposo, dio un alguacil sobre mí,
prendióme y, sin decir por qué ni cómo, sino que
allá me lo dirían, me llevó a la cárcel.
Esto se hizo porque no se alborotase la
casa ni el barrio con algunas libertades mías, cuando supiese por
cúya orden me prendían. Iba yo por el camino suspenso y
mentecapto. Ya juzgaba si fuese requisitoria de Italia, ya si de mis acreedores
en Castilla o si de mis nuevos hurtos no purgados en aquella ciudad. Y aunque
de cualquiera cosa déstas me pesaba, sentía mucho perder aquel
pesebre. Que con el mal nombre faltaría mi estimación y no me
acudirían como antes. Mas ¡paciencia! ¡Gracias a Dios, que
ya esta desgracia sucedió a tiempo que me halló de corona! Que,
como mi madre vivía por sí, poco a poco le iba llevando cuanto
recogía y ella me lo guardaba. Después abrieron mi caja y no
hallaron en ella más que una bula del año pasado y
trastos viejos. Acudieron a la cárcel a pedirme cuenta. Dila tan mala
como se puede presumir de quien sólo cobraba y nunca pagaba. No hay
tales cuentas como las en que se reza. Hiciéronme terrible cargo.
Quedóse la data en blanco. Acudieron al fraile, dándole parte del
caso. Él, como prudente, ni condenó ni absolvió, hasta
darme un oído y juzgar después de informado de ambas partes.
Vínome a visitar a la cárcel. Neguéselo todo a pie
juntillo, afirmando ser falso testimonio que me levantaban y estar tan
inocente, que ninguno lo era más en el mundo de aquel negocio, y
así esperaba en Dios que, como libró a Josef y a Susana, no se
descuidaría de mi verdad ni dejaría perecer mi justicia;
más que todo aquello y castigos mayores merecían mis culpas, por
otras ofensas contra su divina majestad cometidas.
El buen religioso no sabía
qué ni a quién había de dar crédito. Quedó
perplejo y, en caso de duda, se acostó por entonces a la parte del
caído, socorriendo a lo más flaco. Estúvome consolando con
palabras, prometiéndome su solicitud en mi defensa, encomendando mis
negocios al Señor, que me librase y tuviese de su mano.
Despidióse de mí. Fuese al oficio del escribano para quererme
abonar, pidiéndole por caridad que mirase mucho por mi causa, que me
tenía sin duda por varón santo. Mas cuando el escribano le
oyó decir esto, riéndose mucho dello sacó los procesos que
contra mí tenía y, haciéndole relación de las
causas, diciéndole quién yo era, los hurtos que había
hecho y, embelecos de que usaba, corrióse y con toda la sencillez del
mundo, sin creer que me dañaba, le contó el caso que con
él me había pasado y por el orden que me había conocido,
de donde había resultado acreditarme tanto porque no lo tuviesen por
hombre falto que se movía sin causas en mi defensa. Cuando el escribano
le oyó, sintió en el alma mi maldad, que así hubiese
querido burlar a un tan grave personaje. Indinóse contra
mí de manera, con un coraje tan encendido, que si en su mano fuera, me
ahorcara luego. Dejó el oficio, fue a casa del teniente, hízole
relación de palabra y tal que lo puso de su misma tinta. Y afrentado
dello, como si les hubieran dado poder en causa propria, me cogieron a cargo,
haciéndome de aquél otro nuevo y mandándome agravar
prisiones, dijeron a el alcaide que me tuviera en un calabozo.
No me cogió tan desnudo este
día, que me faltasen dineros con que sustentar la tela y hacer la
guerra. Mas es la cárcel de calidad como el fuego, que todo lo consume,
convirtiéndolo en su propria sustancia. Largas experiencias hice della y
por mi cuenta hallo ser un molino de viento y juego de niños. Ninguno
viene a ella que no sea molinero y muela, diciendo que su prisión es por
un poco de aire, un juguete, una niñería. Y acontece a veces
traer a uno déstos por tres o cuatro muertes, por salteador de caminos o
por otros atrocísimos y feos delitos. Ella es un paradero de necios,
escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de
enemigos, república confusa, infierno breve, muerte larga, puerto de
suspiros, valle de lágrimas, casa de locos donde cada uno grita y trata
de sola su locura. Siendo todos reos, ninguno se confiesa por culpado ni su
delito por grave. Son los presos della como la parra de uvas, que, luego que
comienzan a madurar, cargan av |