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    Memorias originales del Príncipe de la Paz. Artículo segundo
     Mariano José de Larra
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Memorias originales del príncipe de la Paz

Artículo segundo


Mariano José de Larra


[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, n.º 329, sábado 24 de septiembre de 1836, Madrid; paginación en color azul.]



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En nuestro artículo anterior hemos indicado que los hombres perdonan más fácilmente el crimen que la fortuna. No somos nosotros quien lo decimos: verdad es harto conocida. La rápida elevación del príncipe de la Paz debió granjearle, pues, muchos y poderosos enemigos; la marcha de los acontecimientos del siglo contribuyó no poco a envolverle en la ruina de las viejas creencias; pero es fuerza ser imparcial, y no pedir a la débil humanidad más de lo que buenamente pueda dar de sí: la posición de un ministro de Carlos IV a fines del siglo pasado, y en la España de entonces, no era seguramente la de un jefe popular de revolución. Hacer por tanto un crimen al príncipe de la Paz de haber sido ministro de un déspota, y de haberse opuesto a la propaganda de la revolución francesa, es juzgar al hombre de entonces según las ideas del día. El grito de la revolución lanzado a orillas del Sena y eco del norte de América no tuvo ni podía tener en las demás naciones de Europa la mejor acogida; no hallándose los demás pueblos en la situación peculiar de la Francia, manifestose en todos, más o menos, una oposición no tanto debida a los naturales esfuerzos de sus Gobiernos como a las costumbres mismas de los gobernados. Pruébanlo así entre nosotros los donativos verdaderamente voluntarios con que se anticipó la España a los deseos del Gobierno de Carlos IV y que excedieron con mucho a los que produjo en Francia misma el entusiasmo revolucionario. Espérese además en buena hora de los filósofos y de los escritores, de los tribunos de los pueblos, el empuje reformador; exigir empero de los reyes y de sus ministros que se derriben a sí mismos en favor de principios innovadores es desconocer completamente la naturaleza de las cosas. Cuando aun en el día, y después del vuelo que han tomado las ideas de reforma, se ve constantemente a esos mismos tribunos del pueblo plantear, una vez llegados al poder, sistemas de resistencia contra los propios principios populares que los han elevado, querer que el favorito de Carlos IV se hubiera constituido en la España de 1790 agente de la revolución francesa es querer imposibles. La libertad no se da, se toma. Todo gobierno encierra por otra parte en sí un principio de statu quo sin el cual dejaría de ser gobierno, pues le faltaría el principio de la propia conservación. Ni la naturaleza de las cosas, ni el corazón humano, ni la política podían prestarse a semejantes exigencias; por tanto, sólo queda una manera racional de juzgar al príncipe de la Paz; es fuerza trasladarse a los tiempos en que ejerció su influencia, considerarle únicamente ministro de un gobierno monárquico absoluto, pues que éste es un hecho innegable, y en tal concepto examinar si en calidad de tal su administración fue acertada o desacertada, ominosa para el país, tiránica o benéfica, estéril o productiva. Y descendiendo después del ministro al hombre, considerar si los actos públicos de su vida, si su manera de existir y de usar de su favor y de su riqueza fue criminal y de escándalo para el país por su influencia en las públicas costumbres.

Cuantos escritores españoles y extranjeros han hablado del príncipe de la Paz, copiándose unos a otros, han tratado de presentarle bajo una luz poco favorable; quien le presenta como un coplero, una especie de bardo o trovador que conquistó el favor de una corte muelle con indignos manejos y serviles bajezas. Achácanle los desastres de la guerra con la Francia de 1793 a 1795, y los de la posterior con la Inglaterra en los años siguientes. Designado por Napoleón para una especie de trono improvisado sobre las ruinas del Portugal, ofrécenle a sus lectores como habiendo tenido gran parte en el viaje de Bayona y en la real abdicación forzada de la familia real de España. Achacole la voz pública proyectos de más temeraria ambición; díjose que había aspirado al trono español, y que para ello había malquistado, educado mal y aun calumniado al príncipe heredero, Fernando VII después, que entonces era el objeto de los deseos de la nación, porque así las naciones como los individuos están a veces sujetos a no saber lo que se desean.

El abate Pradt, el general Foy, el biógrafo Arnault, Jouy, el canónigo Escoiquiz y el mismo Muriel, de quienes aquéllos se hicieron eco, han adoptado esas ideas y las han propalado. El silencio de don Manuel Godoy no hizo más que corroborarlas. Así que don Manuel Godoy debía comenzar por explicar la causa de tan singular silencio. Parécenos que lo hace en sus Memorias con tino y gran color de verdad. Ya hemos dicho que no nos erigimos en jueces; no nos creemos competentes para ello; sólo somos expositores de hechos. A la generación presente, a la juventud del día, ya separada de los acontecimientos, y menos interesada en ellos que nuestros padres, toca pesar las razones del proscripto.

Después de explicada la causa de su silencio, el príncipe pasa a dar la clave de su elevación. Seguramente éste era en sus Memorias el punto más delicado y que más ansiará la expectación pública ver aclarado; pero don Manuel Godoy, con una delicadeza extremada y propia de un español de los tiempos de Calderón, pasa rápidamente sobre esta circunstancia, y después de haber dado una explicación por lo menos verosímil, y de todo punto decorosa, se apresura a entrar en el descargo de sus actos administrativos.

Sea cual fuere la verdad, preguntaremos al lector si, puestos en iguales circunstancias que el antiguo guardia de la real persona, hubiera habido muchos que hubieran hecho voluntaria dimisión de la carrera que la fortuna les abría. Después de hecha esta pregunta, y de convenir en que el número de los héroes y de los santos es infinitamente pequeño en este miserable mundo, pasaremos a otra cosa.

Su posición para con la revolución francesa, en su apogeo cuando don Manuel Godoy obtuvo el Ministerio, era harto difícil.

Sin embargo, en los dos primeros tomos que anunciamos de sus Memorias, don Manuel Godoy trata de probar que la conducta que observó fue la que debió, la que no pudo menos de observar. Que ni precipitó la guerra ni la esquivó; que en ella, a pesar del mal estado en que encontró al país, laureles y glorias se adquirieron que sostuvieron el buen nombre español; que esa guerra no costó esfuerzos gravosos a la nación; que conoció la hora y el momento en que, además de ser inútil y funesta aquella lucha, torcía su objeto, y que trató la paz no el primero, ni paz vergonzosa para nosotros, pues que la primera voz de paz vino de la República francesa, y pues que no nos costó ni una aldea habiendo sido la España el único pueblo de Europa que al ajustar sus paces con la Francia no sufrió ningún desfalco en sus fronteras.

Que posteriormente no quiso ser agente de las miras de la Gran Bretaña y, habiendo de luchar con ésta o con la Francia, prefirió la amistad de la República, salvando nuestro suelo de las desgracias sobrevenidas a los Estados de Italia por su ciega obediencia a la Inglaterra; que nunca tomó sobre sí la responsabilidad de actos tan graves, sino que consultó el voto de los pueblos y el examen de los consejos del monarca.

Que el crédito en ambas guerras fue realzado y mantenido por la sencillez y la lealtad de sus operaciones y promesas.

Que no hubo durante su administración ni persecuciones ni grandes castigos; que trató de reprimir el primero en España el colosal poder de la Inquisición, como lo logró; que, amigo de las luces, de la ciencia y de las artes, les dispensó protección; y en realidad, al llegar aquí no podemos menos de llamar la atención de nuestros lectores para recordarles un punto importante. Don Manuel Godoy encontró estos ramos en la mayor decadencia, y si protegió o no su renacimiento, díganlo por nosotros cien nombres ilustres que en ellos se distinguieron y lograron en su tiempo mercedes y distinciones.

Sabida es la protección que dispensó a Moratín; sabido es que a su época van unidos los nombres de Meléndez y Jovellanos, y otros infinitos que en ramos diversos presentaron un verdadero renacimiento en España; y seamos imparciales, recorramos las obras de los escritores de su tiempo y será forzoso confesar que reinaba una amplitud para la imprenta con que en tiempos muy posteriores nos hubiéramos contentado aun los más descontentadizos.

No es menos interesante para lectores españoles la copia de documentos importantes y fidedignos con que don Manuel Godoy autoriza sus Memorias.

En cuanto al estilo, confesaremos que tiene el mérito de descubrir al hombre; desigual en gran manera y viciado en general por la larga expatriación, hemos notado con todo que siempre que habla el corazón, que siempre que el autor, inspirado de la amargura de su situación, vuelve los ojos a esta patria que tan tristemente lo ha juzgado, corren de su pluma páginas tiernísimas, elocuentes, ciceronianas; en vano se buscarían ya en ellas galicismos ni defectos gramaticales; evidente prueba de que el entusiasmo es la gran regla del escritor, y el único maestro de lo bello y de lo sublime.

Esa misma desigualdad constituye la originalidad de las Memorias. Es imposible, leyéndolas, no dudar muchas veces, no juzgar algunas en favor del proscripto, no asustarse del poder de la opinión y de las consecuencias de ésta, si una vez se ha torcido o maleado; es difícil no derramar algunas lágrimas sobre la suerte de un hombre que si hubiese sido calumniado, como pretende probar, nadie después de él tendría derecho a creerse desgraciado.

Nosotros ansiamos la conclusión de la publicación de estas interesantes Memorias, que tanta luz van a dar a la historia del reinado de Carlos IV, poco conocido y mal apreciado; y en el ínterin, sin prejuzgar nada acerca de la culpabilidad del acusado, sin negar la perniciosa influencia que semejantes elevaciones colosales tienen en la moral de un pueblo, sin decir que el príncipe de la Paz fuese un grande hombre, antes creyéndole inferior a las difíciles circunstancias al frente de las cuales se halló, nosotros, sin embargo, aconsejamos a nuestros lectores que lean las Memorias antes de confirmar o de alterar sus juicios. El derecho de ser oído lo tiene todo el mundo; acordémonos generosamente de que ése es el único de que la suerte no ha podido despojarle. Triste resto de la grandeza pasada; miserable derecho, cuando no hay otro, y terrible ejemplo a la par de las vicisitudes humanas.

El Español, n.º 329, 24 de septiembre de 1836. Sin firma.





[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 576-580; Artículos de crítica literaria y artística, ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid, Espasa-Calpe, 1975, pp. 252-259; Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 530-532.]






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