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[105] Cuaderno IIElogio de D. Valentin CardereraNECROLOGÍA. (Continuacion.) (102) Entre los románticos consagrados á rehabilitar la Edad, media, contábanse muchos que se habían alistado bajo la enseña de la nueva escuela movidos de su acendrada fe cristiana, porque creían ver el triunfo de ésta en los elogios entusiastas, tributados á las maravillas que ella produjo en los pasados tiempos. De este número era Carderera, que, como indicamos al principio, fué siempre verdadero creyente, sin ostentacion, pero sin cobardía. Se imaginó él acaso, con disculpable candor, que todos los nuevos corifeos del romanticismo transpirenáico, continuando la generosa empresa de Chateaubriand, que restituyó á la Francia el Dios que habia perdido, se ceñirían á procurar el desagravio de la cultura cristiana calumniada y escarnecida, y no se descarriarían en busca de otros nortes. Ignoraba que una grande y poderosa reaccion, devolviendo á la Francia del siglo XIX todo lo que de ella había recibido la Alemania bajo el predominio de las ideas cartesianas en los siglos XVII y XVIII, estaba consumando en la esfera de la filosofía, de las letras y de las artes, una revolucion que iba á derrocar esa misma veneranda mole de la estética cristiana, tan trabajosamente reconstruida, para sustituir á su culpo el de un [106] nuevo naturalismo, más peligroso que el directamente inspirado desde el Renacimiento acá por la contemplacion asidua, si no profunda, de las creaciones del genio pagano. No sospechaba Carderera que la falange de los románticos traía en pos de sí la de otros nuevos demoledores de su amada Edad media. ¿Quién le hubiera dicho que Goethe y Lessing, y sus secuaces de la vecina Francia, marchaban secreta é indisolublemente unidos con los Schelling, Hegel y demás corifeos del idealismo objetivo, en cuya bandera empezaba á leerse la glorificacion del panteismo helénico? Lleno de santo ardor, y figurándose sin duda que, por ser la tierra de allende el Rhin la cuna predilecta del misticismo visionario, la patria de Jacobo Boheme, de Reuchlm, Fludd y Angelus Silesius, iba ella á enarbolar resuelta y noblemente la enseña de la restauracion del arte de los siglos medios, y que todo el Occidente seguiría tan generoso impulso, ya casi se contemplaba nuestro pintor-arqueólogo miembro de una vasta hermandad europea organizada para la grande obra regeneradora; y si algun temor asaltaba su ánimo, no era seguramente el de un lento retroceso al sensualismo pagano, sino más bien el de que se pudieran reproducir en las regiones donde se da acogida, aun á despecho del comun seso, á las más exaltadas fantasías, los antiguos delirios de la teosofía y de los iluminados, y algo semejante á las descabelladas revelaciones de los hermanos de la rosa-cruz (Rosen-Kreutz). ¿Diremos, por ventura, que Carderera fuese un ciego y fanático detractor de los recuerdos y monumento, de la antigua cultura gentílica? Nada sería más opuesto á la verdad. Ya hemos apuntado que admiraba la forma clásica griega y romana, si bien tributaba respetuoso acatamiento á la ciencia revelada, poniéndola muy por encima de la humana especulativa, y ahora completamos nuestra idea añadiendo que para él la superioridad del arte cristiano sobre el pagano más selecto, residia principalmente en la expresion del sentimiento religioso, signo indefectible de una inspiracion divina, ó sea sobrenatural, que no tuvieron la suerte de alcanzar los más celebrados artistas étnicos. La maravillosa correspondencia, tan inexplicable y [107] misteriosa de la forma artística con la divina esencia de la religion revelada al hombre, era para Carderera la razon más perentoria de la superioridad del arte cristiano sobre el gentílico. En esta libre eleccion, en esta razonada preferencia habían de informarse, digámoslo así, todos lo actos de la larga y meritoria existencia de nuestro artista-filósofo, como pintor y como arqueólogo. Pero era principalmente el arqueólogo el que descollaba, y puede en cierto modo decirse que el pintor, en aquella ocupadísima vida, estuvo constantemente al servicio del anticuario. La primera obra en que se dió á conocer como tal, fue el catafalco, de estilo gótico florido, que trazó y dirigió para las solemnes exequias que hizo la grandeza de España al rey D. Fernando VII en la iglesia de San Jerónimo de esta corte. El templo en que habían de celebrarse los suntuosos sufragios reclamaba, felizmente para Carderera, aquel estilo arquitectónico. Bajo aquella bóveda de tracería ojival del siglo XV, un catafalco greco-romano ó vignolesco, ó de forma híbrida del Renacimiento, hubiera parecido á los inteligentes de aquella época una herejía arquitectónica, tan monstruosa como el famoso transparente incrustado en el trasaltar de la gran basílica toledana. Se vivía en dias de reaccion contra el pseudo-clasicismo de los reinados de Carlos III y Carlos IV, y los eruditos de la nueva escuela tradicionalista, exclusivistas é intolerantes, no concedían que en un templo gótico hubiera sido lícito jamás erigir un monumento cuyas líneas no estuviesen en perfecta correspondencia con las líneas generales del edificio. La tolerancia que hoy profesamos, y que nos inclina á aceptar como preciosos testimonios del sentimiento estético de cada edad todas las discordes construcciones que hacen de nuestras seculares catedrales interesantísimos museos, no existía entónces. No sabemos si por aquellos dias participaría Carderera de la falsa creencia de ser el estilo ojival, vulgarmente denominado gótico, el único adaptable á las construcciones del culto cristiano, pues tan deficientes eran entónces las nociones sobre el arte nacido en el seno de la Edad media al servicio de la religion del Crucificado, que ni las construcciones bizantinas ni las de forma latina, ni las románicas [108] se tenían para nada en cuenta. Como quiera, nuestro artista-arqueólogo, utilizando sus recuerdos de Poblet y Montearagon, y los ejemplos de las construcciones de la dinastía aragonesa del siglo XV, que había estudiado en Nápoles y Sicilia, supo dar con una de las formas más genuinas de la arquitectura española en la época de su mayor florecimiento, de tal modo, que ni la crítica más exigente y descontentadiza hubiera tenido nada que censurar en aquella feliz concepcion. Formaba ésta, segun el vago recuerdo que de ella conservamos, un magnifico monumento sepulcral de planta octógona, en cuyas haces lucian gallardos arcos ojivales de delicada crestería, bajo gabletes engalanad con sus frondarios y grumos, y separados unos de otros por esbeltos estribos, adosados á los cuales custodiaban el fúnebre recinto sendos heraldos en graciosas y nobles actitudes. Coronábalo un hermoso cimborio, que los enhiestos pináculos de los estribos; circuían como un plantel de gráciles cipreses, y la majestuosa mole, que aunque de madera y lienzo pintado, fingía una sólida construccion de granito y piedra blanca, descollaba sobre un espacioso basamento en el centro del crucero, llenando con sus bien proporcionados miembros aquel augusto recinto de tan ingente elevacion. La obra fué grandemente celebrada: pero la satisfaccion que del aplauso público recibió el autor, debió en lo sucesivo quedar para él tristemente compensada con el disgusto de ver la severa arqueología convertida en vulgivaga pelandusca, y la noble arquitectura religiosa de Poblet y Montearagon, de San Cugat del Vallés y Santa María de las Puellas, de la Cartuja de Miraflores y de nuestras venerandas Catedrales, al servicio de los confiteros y zapateros de la corte, decorando sus anaquelerías. La aficion á lo gótico degeneró en verdadera manía, y no hubo industrial de mediano fuste que, no alardeara de hombre de buen gusto transformando su obrador ó su tienda en monumento arquitectónico, con arquerías apuntadas, parteluces prismáticos, claraboyas lobuladas, conopios, gabletes, pináculos, marquesinas, umbelas, estatuillas, gárgolas, bichas quiméricas, etc. etc.; pero ¡con qué adaptacion, con qué oportunidad con qué sistema, y sobre todo [109] con qué dibujo!. Restos, y no pocos, quedan aún en las casas de comercio de esta coronada villa, de aquel deplorable gótico que hoy llamamos de confitería... ¿Haremos de esto un cargo á Carderera, por haber sido él el primero que en la España de 1833 tributó el serio y razonado homenaje de su veneracion al arte genuino de la Edad media española? Tanto valdría hacer responsables á Hartzenbusch, al Duque de Rivas y á García Gutierrez, restauradores de este genuino arte dramático, de los mamarrachos literarios perpetrados por la indocta caterva de sus imitadores. No tenemos noticia de ninguna otra obra de construccion ideada por Carderera, si bien de su extraordinaria aptitud como trazador colegimos que cualquiera otra que hubiese emprendido, le habría acreditado de excelente arquitecto. Semejante en esto á los grandes artistas del siglo de Leon X, todas las artes plásticas le habían revelado sus secretos, y bien manifiesto hizo este privilegiado don recibido de la naturaleza el raro acierto con que acerca de todas ellas discurría, no ya en el mero campo de su desarrollo histórico, sino en la más difícil esfera de sus leyes estéticas y de su ejecucion técnica. El amor de Carderera á la Edad media, nutrido con las vigorosas impresiones que en él produjeron las doctrinas y los ejemplos, recibía nuevo pábulo en las reuniones de artistas y literatos románticos de que era teatro la morada de D. José de Madrazo, padre del que esto escribe, rica en objetos de arte de toda especie, esto es, en colecciones de cuadros, estampas, dibujos originales y libros, que alcanzaron verdadera celebridad. Allí trató Carderera á Lista, Ochoa, Larra, Espronceda, Ventura de la Vega, Serafin Calderon, José Bermudez de Castro, Breton, Gil y Zárate, etc. De aquellas reuniones salió la idea de publicar un periódico que fuese como el portaestandarte de la nueva escuela. Y entónces salió á luz, dirigido y redactado por los más decididos de aquella falange -pues no todos se declararon románticos desde luego- El Artista, verdadero despertador del genio español moderno, antes aletargado, en cuyas columnas se dió á conocer Carderera como historiador de las tres artes plásticas, publicando muchos [110] artículos en que se contiene cuanto hasta entónces había aprendido y meditado sobre el desarrollo de la arquitectura, de la escultura y de la pintura en España, durante la Edad media y el Renacimiento. Como historiógrafo del arte, su primera profesion de pintor le daba sobre todos sus colegas, los anticuarios, una ventaja inmensa, realzada además por una portentosa memoria. En aquel tiempo en que, aun no se había descubierto, no ya la fotografía, pero ni siquiera el daguerreotipo, un arqueólogo que no supiera valerse por sí mismo del lápiz ó del pincel, tenía que hacer necesariamente estudios muy incompletos, y para llegar a comprender los diferentes estilos y dar á sus observaciones alguna clasificacion, había de emplear prolijas anotaciones é interminables procedimientos, sometiéndose siempre á datos inciertos ó del todo erróneos, como procedentes de artistas no educados para el dibujo arqueológico. Carderera, por el contrario, se servía indistintamente de todos los medios gráficos conocidos, y auxiliado de su fidelísima retentiva, con la cual terminaba la copia del objeto aun sin tenerlo delante, atesoraba rápidamente en sus carteras todos los datos de forma, de color, de materia y de magnitud, y los demás accidentes y pormenores que demandaba la diminuta ciencia arqueológica de aquella época, todavía poco exigente. Era tal la costumbre que desde sus correrías artísticas por Italia -especialmente por los templos de Nápoles- había contraido de tomar apuntes á escape, que para dibujar y acuarelar un monumento cualquiera, así se tratara de un sepulcro tan cuajado de relieves y calados como los de la Cartuja de Miraflores, ó de un edificio tan exornado como la fachada de la Universidad de Salamanca, ó de un conjunto tan complicado como el claustro plateresco de Santa María la Real de Nájera, no había menester más tiempo que el que empleaba el sol en su carrera de oriente á ocaso. A veces, en un solo día trasladaba á sus cartones, con la prisa del que mete en sus alforjas los despojos recogidos en un campo de batalla donde aun suena el estampido del cañon, las líneas y colores más importantes de cuatro ó cinco monumentos, ya arquitectónicos, ya de escultura ó pintura. Bastábale una leve silueta, una [111] ligera mancha, una simple nota, para recordar luego con sus más esenciales pormenores el objeto reproducido. Cuando no le era posible tomar en su álbum todos los datos precisos, se contentaba con trazar cuatro rayas en un papel cualquiera -aunque fuese en un sobre de carta:- lo demás, ya que entónces no se trataba de un estudio científico y técnico, sino de una primera impresion, su memoria se lo sugería. Porque no debe olvidarse una especie que antes hemos apuntado, á saber, que en aquel tiempo, un monumento artístico se estimaba bien estudiado y reproducido con sólo que se diese una idea aproximada de su estructura externa. «Carderera (dice su amigo Merimée) recorría la Península en medio de los horrores de la guerra civil, explorando los insignes monumentos y gloriosos recuerdos de la historia patria que parecían un día imperecederos, sin que los peligros, las fatigas y las privaciones fuesen parte á moderar su entusiasmo y á contener su admirable actividad, ilustrando al vulgo acerca de las bellezas amenazadas por su ciego delirio, y acerca de los gloriosos recuerdos que encerraban, exhortándole á conservarlos. Más de una vez tuvo la suerte de evitar su ruina, y cuando sus esfuerzos no lograban contener tan furiosos instintos de devastacion, conseguía al ménos suspenderlos por breves instantes para reproducir con el lápiz lo que muy pronto iba á reducirse á escombros. Así conservó Carderera objetos preciosos, cuya pérdida hubiera sido irreparable, y así reunió en tan expuestos y fatigosos viajes un tesoro de dibujos tomados del natural, tanto más interesantes cuanto que ha desaparecido una gran parte de los objetos y monumentos que representan.» Carderera, añadiremos nosotros, tomaba las vistas de los monumentos amenazados por la piqueta demoledora, con el mismo ardor con que el enamorado se extasía ante el semblante de la desgraciada víctima que ama, puesta ya en manos de su verdugo: y aquél arrojo era en él doblemente meritorio, porque no nació arrojado. ¿Cuántas veces, á pesar de su carácter tímido y pusilánime, no se puso a riesgo de que le llevaran preso, creyéndole espía, por haberle sorprendido, ora dibujando un antiguo castillo [112] convertido en edificio militar, ora trepando por los pulverulentos escombros de una derruida muralla para tomarla vista de una curiosa portada defendida por sagrada clausura? ¿Cuántas no le encontraron los sacristanes y monaguillos metiéndose, como conejo en la madriguera, por los huecos de los lucillos, llenos de telarañas, para acomodarse á horcajadas sobre los bultos yacentes de los sepulcros, y trasladar allí á su cartera las figuras de aquellas damas y guerreros, interpelados en su sueño secular al través del frío mármol de sus tumbas por el ansioso arqueólogo? Aquellos viajes artísticos, comenzados en Italia y continuados en Cataluña, Aragon y Castilla en diferentes épocas, después de haber ingresado en la Real Academia de San Fernando en 10 de Julio de 1832, como académico de mérito, fueron la principal ocupacion de nuestro anticuario. Eran unos puramente voluntarios; otros, impuestos á su reconocida capacidad, probidad y celo, de orden superior. De ellos salieron las obras que más fama le han granjeado, y los actos de su vida más honrosos para su nombre. Fruto de esos viajes, y de una vasta erudicion adquirida en los más selectos libros de arte y de historia, ya allegados por él, ya registrados en las públicas bibliotecas -sin cuya preparacion las meras correrías resultan infecundas,- fueron: la mencionada serie de artículos sobre Bellas Artes que publicó en el periódico El Artista; su grande y clásica obra de la Iconografía española; su preciosa aunque abreviada Historia de la pintura en Aragon, incluida por vía de prólogo en la nueva edicion anotada de la obra de Jusepe Martinez; multitud de artículos interesantísimos, dados á luz en diversos periódicos y revistas de Madrid y de las provincias; una curiosa y bien meditada Memoria sobre el retrato, traje y escudo de armas de Cristóbal Colon, escrita por encargo de la Academia de la Historia en 1848, poco después de su ingreso en ella como individuo de número (103), varios trabajos inéditos, entre los cuales recordamos un Ensayo sobre los monumentos, sepulcros y panteones reales de España; [113] una considerable Coleccion de noticias, documentos y estudios para la historia del grabado en nuestra Península; abundantes adiciones al Diccionario de profesores de las bellas artes de Cean Bermudez; unos apuntes sobre el lujo y la indumentaria de la corte durante la dinastía austriaca; y por último, una valiosísima coleccion de trasuntos de monumentos arquitectónicos -iglesias, monasterios, claustros, retablos, panteones, castillos, murallas, palacios, edificios de todo género- y aun de escultura y pintura, con la cual llenó acaso más de cien carteras: tesoro inapreciable que causa admiracion y tristeza á la par: admiracion, porque no se concibe cómo pudo un solo hombre ejecutar tan considerable número de dibujos y acuarelas en una suma de tiempo invertido en que llegará escasamente á cuatro ó cinco años; y tristeza, porque considerando las joyas artísticas que en esas carteras se hallan acopiadas, y las muchísimas que de entónces acá han desaparecido de la haz de nuestra España, rica como ninguna nacion cuando la motejaban de esclavizada á su antigua fe, mientras se recorre aquella interminable copia de acuarelas y de dibujos, reproducciones de prodigios artísticos, para siempre perdidos, siente uno encendérsele el rotro de vergüenza y hervirle en el pecho la indignacion ante los dolorosos efectos de la lenta y mansa barbarie devastadora á que nos hemos entregado los presuntuosos redentores de la infeliz esclava. ¡Ah, no parece sino que en nuestra inexplicable insania teníamos por incompatibles el progreso y la libertad con los testimonios de las antiguas y venerandas creencias católicas y monárquicas! Hasta qué punto ha sido destructora y funesta aquella locura, claramente nos lo revelan esas carteras, piezas impagables del proceso que la España culta de hoy pudiera abrir contra la España, obcecada de ayer, para escarmiento de la tolerante España futura. A la considerable lista de tan beneméritos trabajos, debemos agregar un crecido número de eruditísimos informes redactados por Carderera en los largos años que desempeñó, con sin igual celo, el cargo de vocal de la Comision central de monumentos, creada en 1845, en la cual, custodio siempre alerta del tesoro artístico de la nacion, no [114] cesó un punto de denunciar los actos de vandalismo ó de incuria que dolorosamente han venido mermándole, obteniendo en muchas ocasiones de la ilustracion del Gobierno medidas reparadoras. Bien puede decirse que él fué siempre el alma de tan útil institucion, salvaguardia preciosa sin la cual los más gloriosos timbres de la bella arquitectura española de la Edad media habrían mucho tiempo há desaparecido. De él aprendimos los que en el seno de aquella, y sobre la brecha de la aportillada cerca, continuamos hoy luchando y defendiendo el profanado santuario; su ejemplo, que tantas veces fué nuestro estímulo, es ahora el más grato recuerdo de nuestra intima y poco conocida historia, y el tema más frecuente de los coloquios que amenizan nuestras sesiones. Aquellos importantes servicios, cuya loa no deja de corresponderle de pleno derecho, por más que redundasen en elogio y crédito de la digna Comision mencionada, ya en el período de su existencia privativa, ya en el de su incorporacion á la Real Academia de San Fernando, en la cual reside hoy, son los actos para los cuales decíamos que le dieron especial aptitud sus viajes artísticos por la Península, honrando su nombre tánto cuanto sus publicaciones. No ménos honrosa había sido para él, en época anterior, esto es, en 1836, al llevarse á cabo la primera desamortizacion eclesiástica, la comision que el Gobierno le confió de contribuir con su reconocida pericia en el conocimiento de los autores, á la formacion de un gran Museo Nacional en el ex-convento de la Trinidad de Madrid, y de crear además museos provinciales, donde pudiera estudiarse el arte español en las diferentes regiones en que habia tenido su cuna y su desarrollo. Este pensamiento, que entrañaba todo el mérito de que pudiera blasonar un corsario a quien le asaltase la generosa idea de hacer pública manifestacion de la riqueza por él apresada en una nave entrada al abordaje, había sido celebrado por los artistas y aficionados de buena fe, que miraban los proyectados museos como tablas de salvacion en el gran naufragio que, por efecto de las medidas desamortizadoras, sufrian los monumentos de escultura y pintura, y de todas artes decorativas en España: así que con el mayor [115] entusiasmo cooperaban á ponerlo por obra los profesores y las Academias llamados por el Gobierno para recoger las joyas artísticas de los conventos y casas religiosas que el de Estado suprimía. Desgraciadamente, detrás de los resueltos campeones que llenos de santo ardor recorrían las provincias con tan plausible objeto, se ocultaban codiciosos especuladores, que con hábil estrategia y sin más títulos que cierta importancia política (suficiente en nuestra tierra para lograrlo todo), habían conseguido ponerse al frente de los nuevos institutos, y que, árbitros de la eleccion de los cuadros, estatuas, bajo-relieves y demás objetos de arte que habían de figurar en ellos, destinaban á la enseñanza del público los desprovistos de mérito y valor, y se reservaban para sus improvisadas colecciones, adquiriéndolas por tercera mano y al desprez en simuladas ventas, las verdaderas alhajas de la sacrílega cosecha. Ajeno Carderera, como los otros profesores comisionados -Castelaro, Zabaleta, etc.- á este agio inmoral, y no sospechando tampoco que el pensamiento de los museos Nacional y provinciales iba á malograrse en gran parte con el desórden consiguiente á una administracion caótica que ni tomaba razon cabal de la procedencia de los objetos reunidos en ellos, ni se curaba de completar las diminutas noticias suministradas por los agentes de aquella precipitada ó irreflexiva incautacion, desempeñaba su cometido con fe, y á su celo y diligencia se debió, por las apremiantes advertencias y los oportunos avisos que dirigió á la Academia de San Fernando y al conde de Quinto, nombrado Director del Museo Nacional de la Trinidad, que este museo retuviese la más considerable parte de las joyas artísticas sacadas de los conventos y monasterios de Castilla la Vieja, que á él le había correspondido recoger. La seleccion de los cuadros que debían exponerse al público, su colocacion en los salones y claustros del espacioso ex-convento, su restauracion y los demás preliminares de la apertura del nuevo instituto, que se verificó en 1841, siendo Regente del Reino el duque de la Victoria, fueron operaciones casi exclusivamente dirigidas por el docto académico-arqueólogo. Otras comisiones no ménos honrosas le obligaron á [116] hacer nuevos viajes, de todos los cuales sacaba partido al propio tiempo para aumentar el precioso arsenal de datos reunidos en sus carteras, y enriquecer con oportunas adquisiciones su coleccion de cuadros, su coleccion de estampas -principalmente retratos- y su selecta biblioteca. Por el Real Patrimonio se le encargó que hiciese una visita de inspeccion, y un proyecto de restauracion de los Reales Alcázares de Sevilla, donde ciertos alardes de iniciacion en la arquitectura muslímica, temerarios é inconsultos, incoados utilizando en mal hora la aficion de los andaluces á los colorines, amagaban trocar las primorosas tarbeas que para el rey D. Pedro decoraron alarifes mudejares del siglo XIV, en salas de moderna horchatería. Verificó el sabio académico su viaje, á la reina del Bétis, y trajo de allí, con la seguridad del remedio de aquel atropello arqueológico, nueva copia de datos para sus estudios y publicaciones recogidos como á tenazon, pero con fidelidad admirable (segun hemos tenido ocasion de comprobar despues nosotros mismos), en una como algarada artística, á que le brindó aquel delicioso suelo de Andalucia, donde, embriagados con el aroma de los naranjales, que los hace bajar del cielo empíreo, todavía en las noches de primavera hablan de amores los ángeles con las hijas de los hombres (104). El de nuestro artista por las provincias de Jaen, Córdoba, Sevilla y Granada, no fué menos fructuoso que el que catorce años antes había hecho por las provincias de Burgos, Valladolid, Palencia y Salamanca. Una nueva comision encomendada por el mismo Real Patrimonio a su notoria idoneidad -verdaderamente proverbial entre la aristocracia madrileña, dócil y sumisa al merecido prestigio de los duques de Villahermosa, Mecenas de nuestro artista anticuario- le tuvo largo tiempo ocupado en examinar, clasificar y catalogar las cuantiosas y ricas colecciones de indumentaria militar ó instrumentos y máquinas de guerra del la Armería Real. Este honroso cargo no le obligaba á emprender nuevos viajes, pero [117] sí á consultar con gran frecuencia las carteras donde tenía depositadas las memorias de sus fructuosas correrías por Italia y España. Honores, distinciones, títulos académicos recompensaban entretanto su incansable laboriosidad y sus merecimientos, cada dia mayores y más manifiestos. Desde el año 1841 formaba parte de la Real Academia de la Historia, donde entró como individuo supernumerario. Solicitábase entónces el ingreso en las Academias, y no se desdeñaban de pretenderlo los más afamados ingenios. Del mismo modo que en 1832 había presentado á la Real Academia de San Fernando su solicitud, exponiendo el plausible deseo de pertenecer á ella y exhibiendo sus títulos, solicitó en 1841 ser admitido en la de la Historia, y para justificar su aspiracion presentó un notable Ensayo histórico sobre retratos de hombres célebres. Vióse precisado, á los pocos días de obtener su nombramiento, y antes de tomar posesion de su plaza, á trasladarse á París para preparar la publicacion de su obra magna sobre la Iconografía española, ocupacion que le entretuvo allí y en Lóndres hasta el año 1844, y en Abril de este año entró á ocupar su puesto de académico supernumerario, leyendo una curiosísima Reseña histórico-artística de los monumentos sepulcrales de España en sus diversas épocas (105) -Las mercedes que luego recibió, entre las cuales debemos contar la de caballero de la real y distinguida órden de Cárlos III, la de pintor de cámara honorario de S. M. y la de caballero gran cruz de la órden americana de Isabel la Católica; los testimonios de consideracion que obtuvo de varias academias y corporaciones extranjeras, que le mandaron sus diplomas de correspondiente, fueron justo premio de sus grandes servicios, de sus meritísimas tareas, de sus continuas vigilias y esfuerzos en favor del progreso intelectual de su patria y el beneficio del adelantamiento de la ciencia arqueológica, en que se interesa todo el mundo culto. [118] Instalado en una espaciosa habitacion del piso segundo del palacio de Villahermosa, su antiguo y constante protector, vivía Carderera, en cuanto á su trato personal, como un estudiante, y en cuanto á la riqueza de objetos de arte de que se había rodeado, como un príncipe. Su aficion á coleccionar cuadros, estampas, dibujos originales, libros y obras de bellas-artes, que desde su residencia en Italia fué tomando proporciones de verdadera manía, y su abandono respecto de la mise en scène de aquella riqueza, habían dado por resultado que la morada de nuestro docto académico presentase el aspecto de una suntuosa almoneda, donde, velados por el polvo que tánto exalta la sensibilidad nerviosa de los coleccionistas pulcros y gurruminos, y afeados por el desórden de los muebles y por las manchas y jirones de las sillerías, que son pecadillos inveterados é incorregibles en el ajuar de todo solteron, formaban contraste y se disputaban la preferencia segun los gustos, las tablas del XV, flamencas é italianas, los espléndidos lienzos de las escuelas de Venecia y de Amberes, los trípticos bizantinos de marfil, los esmaltes de Limoges, la cerámica de Palissy, láminas de repujado florentino, arquetas incrustadas de Francia y Alemanía, retazos de estofas de Persia y de brocado español del XVI, retratos de hermosas y célebres damas, puestos en fila junto á la aristocrática cornisa, dignos de la famosa coleccion de bellezas que reunió en su palacio de Mantua el Duque Vicente Gonzaga; mesas y consolas doradas del tiempo de Luis XIII y Luis XV, soportando el noble peso de cien carteras atestadas de estampas de gran precio; y en las piezas inmediatas, la estantería rebosando libros raros (la mayor parte mal encuadernados, pero no pocos con traje de gala costoso y regio); los armarios reventando con la carga de multitud de carteras de todos tamaños, cartapacios, cartones, cartulinas y rollos; los caballetes, sosteniendo, espatarrados y á duras penas, pesadísimos marcos de vistosa talla churrigueresca: aquí un gran brasero con caja claveteada de macizo bronce, allá una raquítica estufa torcida y derrengada, más allá un maniquí a medio vestir; y luego la mesilla de alas con los restos del frugal almuerzo de hombre más herbívoro que carnívoro: y despues la mesa de [119] escribir, vieja y deslustrada, con su epidérmis de caoba saltada á pedazos: que no sólo había allí mucho y bueno para los elegantes golosos de cosas artísticas, sino tambien algo y malo para la lardosa caterva de los prenderos. Los personajes que trataban á Carderera y solían visitarle, ni extrañaban aquel desórden conociendo su idiosincrasia, indiferente á lo minucioso, ordenado y confortable, ni se retraían de pasar en su estudio largas horas porque, se encontrasen sobre su mesa de escribir la taza rota con el engrudo que empleaba para encolar los dibujos Y los grabados desprendidos de los libros, ó la bandeja de hoja de lata abollada, dejando chorrear el baño de cloruro en que lavaba las márgenes de las estampas adquiridas en los baratillos. Con mucha frecueucia grandes y titulados, y hombres distinguidos de todas las jerarquías sociales, fiaron sus retratos á los pinceles del artista-anticuario, no menos hábiles en la diestra que los manejaba por alternar con la pluma del escritor ó con los ingredientes de la química casera del quitamanchas. Allí, en aquel revuelto Cluny, entre aquellos restos de la opulencia e las pasadas edades, pintó él soberbios retratos, que recordamos con placer: los de los duques de Villahermosa, de medio cuerpo, él, dignísimo prócer de noble y amable gesto; ella, nobilísima dama de delicadas y aristocráticas facciones; -otro de la misma duquesa, de cuerpo entero, con finas medias tintas á la Van Dyck;- el del conde de Toreno, admirable por la verdad con que fijó en el lienzo las características facciones de aquel célebre orador é historiador que parecía vaciado en el troquel de los ministros britanos del tiempo de Jorge IV; -el del famoso jurisconsulto D. Manuel Cambronero, Ciceron del foro español: -los de los dos jóvenes esposos D. Cárlos Solano y Doña Teresa de Villalpando, hoy marqueses de Monsalud, con elegante traje de máscara; etc. -Allí tambien ejecutó preciosos cuadros de composicion, ya históricos, ya religiosos, ya alegóricos: Colon á su regreso de América para S. M. la Reina doña María Cristina: -para el referido duque de Villahermosa, un lindo retablo cuyo asunto no tenemos presente; -para el Infante D. Sebastian Gabriel, un pequeño tríptico de cobre, [120] en el cual Carderera hizo para el centro la Concepcion Inmaculada, y sus amigos D. Cárlos Luis de Ribera y don Federico de Madrazo, las imágenes de Santa Cristina y San Sebastian en los compartimentos de los lados; -y sin determinada aplicacion, aunque luego lo adquirió el Gobierno, el conocido lienzo emblemático de la Prudencia y la Hermosura, en que se mostró fiel á los recuerdos del seductor naturalismo de Palma el Viejo y del Vecellio. Con gran frecuencia el estudio del pintor se convertía en gabinete de reunion de arqueólogos ó bibliófilos, porque el dueño se veía muy amenudo asediado por la juventud ganosa de ciencia, que libaba en sus carteras, como las abejas en los vergeles, la sustancia para hacer sus panales: ó por los rebuscadores de libros viejos que Iban á proponerle cambalaches, y que, yendo á su casa por lana, solían salir trasquilados. Hay que confesar que un arsenal de ciento treinta carteras, donde había más de treinta mil retratos, setenta mil grabados y dos mil dibujos de antiguos maestros, y donde las paredes de tres ó cuatro piezas estaban acorazadas con una biblioteca de miles de volúmenes; eran una formal tentacion para proporcionarse en los dias de lluvia ó de nieves, agradables giras artísticas y literarias dentro de la habitacion de D. Valentín Carderera, sin los percances que suelen ocurrir en los sports de caza, pesca y carreras de caballos. Él mismo experimentaba la irresistible atraccion de tan grata morada, así que durante el dia no la abandonaba nunca sino para entregarse á su predilecto sport, que era la caza de libros, ó bien para acudir á las sesiones de la Comision central de monumentos, á defender con denuedo la conservacion de aquéllos, santa vocacion de toda su vida. En la caza de libros era Carderera montero eminente: cuando Gayangos, Serafin Calderon, Eugenio Moreno Lopez, Muñoz Romero y los demás aficionados madrugaban para encontrarse los primeros en la rancheria á que les brindaba el anuncio del Diario de Avisos, ya Carderera se hallaba allí dominando el campo. Al entrar ellos por la puerta, él estaba ya apoderado del botin reunido en pirámide en el suelo: y en cuclillas sobre el monton, con más resistencia en las corvas que si las tuviese de bien templado acero, con los anteojos calados y con la vista [121] de un Argos para los más imperceptibles movimientos de los que andaban á su alrededor, revolviendo aquella congerie de libros, grandes y pequeños, en pasta y en pergamino, encuadernados y sin encuadernar, con estampas y sin ellas, éste quiero, éste no quiero, con prontitud vertiginosa iba haciendo su apartadijo, dejando rara vez olvidado algo que pudiera halagar su incurable bibliofagía. Sucedía á veces que algun buscon de buen olfato, que se había acercado á la suculenta presa, despertaba los celos del tigre apoderado de ella alargando la mano hácia un libro de valor: entonces, con la rapidez del rayo caía la zarpa de Carderera sobre el bocado que aquél pretendía hacer suyo antes de que le hubiese tocado, y el intruso, defraudado, corrido, se retiraba limpiándose el hocico. Era preciso ver á nuestro gloton de papel viejo en aquellos trances solemnes para comprender hasta qué punto el hombre de índole más dulce y pacífica se hace atrevido, hasta temerario ó iracundo, cuando se le contraría en la pasion que le domina. Gayangos llamaba el salto del tigre, á las terribles acometidas de Carderera en los momentos críticos de ver disputada su caza. La monteria de libros rancios olía verificarse por las mañanas, y del traje con que á ella iba era una cierta carpeta, que el buen humor del eminente arabista y bibliófilo á quien acabamos de citar hizo proverbial, juntamente con la gorreta que usaba Carderera dentro de casa en invierno, cuya visera verde y rectangular, de descomedido tamaño, parecia la pantalla de un velon catalan. -La tal gorreta debía ser de tejido indestructible, porque duró hasta el fin de la vida de su dueño, y éste la había lucido en 1832 en una expedicion artística desde Toledo al castillo del Tejar de Higares, propiedad del marqués de Cerralvo, que, siendo yo estudiante, hicimos él, mi hermano Federico y yo, en sendos borricos, y que quedó grotescamente perpetuada en una caricatura al lápiz que dibujó mi mencionado hermano en una hoja de su cartera de viaje: hoja de que yo me apoderé, y que, á la vuelta de medio siglo, todavía me causa risa y me trae al olfato el olor á tomillo del altozano de Higares, cuando entre mis papeles tropiezo con ella. Tambien para cumplir sagrados deberes dejaba su [122] halagüeña morada: deberes que le imponian la patria y la religion. Carderera era piadoso y caritativo, y en los postreros años de su existencia, cuando ya no se curaba de adquirir más libros y estampas, cuando ya descansaba en nosotros, sus compañeros de las Academias de San Fernando y de la Historia, y en cierta manera sus discipulos, del cuidado de vigilar por la riqueza monumental de España, y cuando ya los vibrantes toques del clarin y el ronco estruendo del tambor no le llamaban á formar en la plazuela para acudir á lo que donosamente se llamaba la defensa de la patria: sus únicas ausencias eran motivadas por las solemnidades del culto, en que tomaba parte con edificante devocion, no avergonzándose de llevar al cuello el santo escapulario y de empuñar su hacha de cera como siervo del Santísimo en la Iglesia de San Antonio del Prado: o por los impulsos de la hermosa caridad, que, callada y sigilosamente, le llevaba á socorrer el hambre del prójimo á á lo desvanes y buhardillas. -Mientras estuvo en edad de servir á la nacion con disfraz de soldado, no dejaron de molestarle, como nos molestaron á todos, para que empuñase el fusil de miliciano; pero Carderera no tomó nunca en serio semejantes funciones, y hasta cierta providencial negligencia en él característica, le favoreció para vengarse de aquella pesada servidumbre, porque el fusil para él fué siempre escopeta, y nunca se propuso llamarlo de otro modo. Desempeñó, pues, aunque forzado, el papel de heroe de la patria, pero lo hizo de la manera más chusca del mundo. Solo de verle con uniforme se disipaban las tristezas. La somera instruccion dada á los milicianos nacionales no le entró jamás en el cuerpo: llevar él el paso en las formaciones, dar á los objetos del arreo militar sus verdaderos nombres, manejar arma segun la táctica, montar la guardia en regla... ¡imposible! Con la mejor voluntad caía en actos de formal indisciplina, porque no podía él concebir que para defender al país en un conflicto supremo fuera indispensable vestir de máscara y moverse como un autómata, y cargar el fusil para hacer fuego en varios y determinados tiempos, ni se le pasó jamás por las mientes que pudiera él verse en la precision de matar á nadie. -En una ocasion, el difunto duque de la Roca, Comandante del 6.º batallon, en que [123] ambos nos hallábamos incrustados como milicianos forzosos, nos llevó á hacer el ejercicio fuera de la Puerta de Recoletos, al descampado que había entónces donde hoy se levanta el populoso barrio de Salamanca. Carderera pertenecía á la 6.ª de fusileros, y yo á la de granaderos, donde formaba al lado de mi amigo Santiago de Masarnau, que me servía de maestro, digno y formal Chiron de un Aquíles de pega. Llegamos á una explanada, donde pareció bien al Comandante dar descanso á su hueste: sonó voz de ¡alto!, á la que siguió luego la de á derecha é izquierda, armas en pabellon; y Carderera, que hacía aquel dia su estreno, al ver que la gente del batallon se diseminaba por aquellos campos, con su fusil sobre el hombro á manera lanzon se vino corriendo á buscarnos á Masarnau y á mí, muy alegre y risueño, creyendo que el ejercicio había terminado y que cada cual podía irse á su casa. -¡Ea! ¡tomen ustedes sus escopetas y vámonos! Nos gritó al llegar á nosotros: no hagan Vds. lo que estos holgazanes, que se quedan aquí a tomar el sol! -El cabo furriel de su compañía, que era un patriota muy ordenancista y severo, venía corriendo tras él, figurándose que Carderera se desertaba. y nos costó mucho trabajo persuadirle de que el supuesto desertor era un ciudadano inmaculado que aun no estaba en los trotes de la heroica institucion nacional. D. Valentin Carderera llevaba hasta el límite de lo inverosímil su negligencia en todo lo que no era asunto de arte ó de arqueología. Ya hemos indicado que, aun en sus postreros años, el trato que se daba era el de un humilde estudiante,: además de ser su mesa frugal, todas las comodidades de la vida á que el hombre se apega en la ancianidad, le parecían frivolidades y puro lujo. Ni necesitaba muelle butaca para dormitar despues de comer, ni echaba de menos una buena lámpara para leer de noche: á sus ochenta años aguantaba como un estóico, lo misino el tufo de un quinqué sin tubo, que las corcovas de un sillon averiado y despojado de su rehenchido. Mientras duraron sus bríos, que no le abandonaron sino muy tarde, fué amante del trato social en las nocturnas reuniones, y hasta hizo sacrificios por el bien parecer: es decir, hasta llegó á presentarse en los salones de la [124] fábrica de Cristales (106), donde habitaba la familia de Madrazo, que él consideraba como su propia familia, ó en los palacios de la aristocracia, cuyo elegante comercio era su principal atractivo, ya en los saraos espléndidos, ya en la intimidad de la tertulia, vestido con sencilla distincion, y siempre con el buen humor del hombre de conciencia tranquila, considerado y apreciado por su bello carácter y por su talento. Entónces mismo, aquellos sacrificios no pasaban de cierta raya, ni vencían su natural propension al desprecio de las formas; así que, muy á mentido hubo de perdonársele, en gracia de su bien adquirida celebridad, que no fuesen enteramente correctos los elementos indumentarios de su porte exterior. Á Carderera se le perdonaba todo, incluso el que se acercase á aspirar el fresco abril de una pulcra y perfumada duquesita, escapándosele por la bocamanga los puños de tres ó cuatro camisolines de distintas promociones, y con la correspondiente gradacion de tintas, endosados uno sobre otro á guisa de capas de hojaldre. Y ¿cómo no? La hermosa marquesa de Pescara, Victoria Colonna, la mujer más delicada y más idealista del siglo de Leon X, ¿no se recreaba horas enteras en la conversacion de Miguel Angel, que ni para acostarse se quitaba las botas? El hombre de genio, preocupado con la consideracion de aquel norte ó fin primario que es su aspiracion, ó el objeto cardinal de su mision en la tierra, no se da tiempo ni vagar para atender á lo pequeño de la vida, que tambien es de necesidad en el mundo, y que constituye toda la ocupacion, más aun, la disculpa de la existencia de muchos seres vulgares, importunos y enfadosos por su amor á toda clase de fórmulas y rúbricas. También las moscas son necesarias, aunque nos sean molestas. La abstraccion en que los grandes hombres viven, explica las aberraciones en que de ordinario caen, sus distracciones; sus manías, y hasta sus aparentes rasgos de insensatez ó de locura. Carderera era el hombre más distraido del universo, pero para las cosas de poco momento, nunca para nada [125] que se rozase con las importantes materias de su incansable estudio y predileccion. ¿Era un verdadero genio Carrera? ¿Era un grande hombre, en la formal acepcion de esta palabra? -Nosotros medimos á los hombres por el raso luminoso que decían en pos de sí, no por la sombra que proyectan durante su mísera peregrinacion terrena. Ahora bien: es tan grande la luz que nuestro artista-arqueólogo ha irradiado en la esfera intelectual de la España moderna con sus obras, especialmente con su Iconografía española, monumento clásico de erudicion artística, histórica, arqueológica, biográfica, genealógica, sagrada y profana: con sus escritos sobre la historia de las tres artes, arquitectura, pintura y escultura, en nuestra patria, y con sus notabilísimos trabajos académicos, salvadores de la riqueza monumental de la Península, que difícilmente podrá nacion alguna citar otro hombre en su línea que le haya prestado tanta, es decir, que le haya hecho mayores servicios. Hemos trazado la breve noticia biográfica que nos propusimos consagrar á la memoria del artista eximio, del ilustre anticuario, del docto y celoso académico que inició en la España de nuestros dias el culto de lo grande y de lo bello en el estudio de aquel fecundo, y hasta su tiempo ignorado, período de nuestra historia, que lleva el nombre de Edad media. Muy deliberadamente nos hemos abstenido de seguir el artificioso y falso sistema que convierte las necrologías en apoteósis. Hemos bosquejado al hombre eminente, tal cual era, con sus grandes calidades y con sus, disculpables defectos... Sin embargo, no hemos hecho de él un retrato acabado, y vamos á completarlo. -Carderera no se jactaba, ni se jactó nunca aun en la época de su ardorosa juventud, de esprit-fort y descreído; no cayó en la grosera vulgaridad de echarla de ateo, como tantos otros que presumen acreditarse de genios de grande alcance negando lo que la Revelacion divina ha enseñado al mundo. Creía en su venerable ancianidad lo mismo que le enseñaron á creer de niño: la omnipresencia de Dios, su omnipotencia, su incomprensible amor, su tremenda justicia, su providencia infinita. Las admirables Meditaciones del Doctor Challoner y la Razon del Cristianismo Genoude fueron el último pasto de su espíritu seriamente católico.- [125] En sus postreros años, cuando ya presentía su muerte y tenía todos sus pensamientos vueltos hácia las cosas santas, sólo se ocupó en vivir como buen cristiano, en acrisolar su conciencia, en frecuentar la casa de Dios rendirle más fervoroso culto, en socorrer el hambre y enjugar las lágrimas de los pobres, y en disponer de sus bienes temporales acertada y piadosamente, consagrando memorias afectuosas á las corporaciones a que había pertenecido á que eran vivos testigos de sus eminentes servicios; y finalmente, en dictar á sus amados sobrinos D. Vicente y D. Mariano Carderera, prevenciones oportunas para que su patria, y principalmente Huesca, su ciudad natal, a quien como buen hijo había ennoblecido fundando en ella un interesantísimo museo de pintura española antigua, obtuviese todo el fruto posible de una nueva dotacion de cuadros de varias escuelas, estampas, dibujos y libros, que le legaba en beneficio de la juventud estudiosa; ofrenda del amor de patria más generoso y santo que puede abrigar el corazon del hombre. D. Valentin Carderera y Solano pasó de esta vida á gozar en la eterna el premio de su acendrada fe y de sus buenas obras, el Jueves Santo 25 de Marzo de 1880, á la avanzada edad de 84 años. PEDRO DE MADRAZO. ____ La larga interrupcion que este BOLETIN ha experimentado para mejor acomodarse en lo sucesivo al objeto que se propuso la Academia en darlo á luz, obliga á reanudar la serie necrológica de los que en días pasados figuraron entre sus individuos, y hoy yacen ausentes de la vida mortal, no de la memoria que les aseguran sus ejemplares merecimientos y el tributo de aplauso y de gratitud que les es debido. En extension adecuada á la reseña que se ha hecho de la vida y estudios de D. Valentin Carderera, debiera hacerse conmemoracion ahora de los que en el breve espacio del año último fallecieron. No era posible adivinar [127] entónces con cuán frecuentes golpes llamaría la muerte á nuestras puertas; ni á la sazon convendría excederse demasiado en los límites de esta atencion, con perjuicio de otras muchas que el interés de la ciencia y los deberes que se nos imponen reclaman al propio tiempo. Por otra parte, nada pudiera añadirse aquí respecto á las particularidades de la existencia de cada uno de tan beneméritos individuos, que no sea de todos conocido; ni parecería conducente al fin de esta publicacion consagrar minucioso exámen á los frutos de su talento, trayéndolos á un juicio de residencia, propio sólo de la posteridad. Contentémonos, pues, con sucintas indicaciones. Siruela, villa importante de la provincia de Badajoz, puede con razon gloriarse de ser la patria de José Moreno Nieto, que nació en ella el año 1823. Extremadura ha sido siempre fecunda en grandes ingenios y hombres de enérgico carácter y corazon; Moreno Nieto, endeble de cuerpo, pero de espíritu vigoroso, suplía la indecision de su voluntad con la incansable perseverancia de un ánimo enteramente consagrado al estudio y la meditacion. Niño grande le llamaba uno de sus mas insignes paisanos y admiradores, y en esta frase está resumido cuanto era y cuanto dejaba de ser en sí. En potencia intelectual, pocos, ninguno le aventajaba; en espontaneidad y prontitud de expresion, juzgábasele un portento. Las ciencias filosóficas y políticas, arte, crítica, filología, todo lo abarcaba, todo, más bien, lo devoraba su pensamiento; y de tal manera y tan de tropel le asaltaban las ideas, que las palabras salían de su boca como un torrente. La pluma, lejos de instrumento, le servía de estorbo; no se distinguió, por tanto, como escritor. Honró, ya de discípulo, ya de profesor, las cátedras de las universidades de Toledo, Granada y Madrid, y en esta capital ejerció los altos cargos de Director y Consejero de Instruccion Pública, de diputado y senador en el Parlamento, y otros no oficiales, como el de presidente del Ateneo Científico y Literario. Contóse en el número de los individuos de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y en el seno de la nuestra pronunció una de mis últimas y más vehementes improvisaciones, cuando su débil naturaleza, postrada al esfuerzo de tan ímprobas [128] fatigas, sucumbió impensadamente el 24 de febrero de 1882, dejando fama perpétua de sabio discutidor, científico eminente, orador egregio, docto arabista y erudito arqueólogo; sencillo en su trato, modestísimo hasta el olvido de sí propio, desprendido de todo interés humano, amigo sincero, estimado de todo el mundo por la candidez de su alma y por sus virtudes. No habían transcurrido seis meses, cuando la Academia recibió la nueva de otra sensible pérdida. El 2 de junio murió en Bélgica, en su castillo de Beauraing, D. Mariano Tellez Giron, duque de Osuna y del Infantado, conde de Benavente, heredero y sucesor de otros muchos estados, que ennoblecían su casa hasta competir con el esplendor del trono; y no era mucho que gozase de tan alto timbre desde los tiempos de aquel valiente Rodrigo de Cisneros, que al exponer su vida en la rota de Zalaca, dejó en manos de Alfonso VI, y en prenda de su heroismo y fidelidad, el precioso giron que para siempre ilustró su nombre. Individuo de número de nuestra Academia desde 1848, y honorario de la de Bellas Artes de San Fernando, el duque de Osuna se dedicó en su juventud á la carrera militar y á la diplomática, ascendiendo en la primera desde cadete á teniente general por los servicios que prestó en la guerra civil del Norte, y desempeñando en la segunda honrosos cargos en las cortes de Inglaterra y Rusia. No hubo distincion insigne que no se le otorgase y de que no fuese merecedor; y si no se labró igual reputacion en la república de las letras, protegió á los que las cultivaban y supo conservar y acrecer con suma aficion y celo los tesoros literarios que heredó de sus opulentos antecesores. Feneció á la edad de sesenta y ocho años. Más anciano, y no ménos respetable por su saber y las relevantes prendas personales que le adornaban, fué D. José Caveda y Nava, que retirado de la vida pública, acabó sus días en Gijon, el 11 de junio del mismo año 82, habiendo nacido en Villaviciosa de Asturias á fines del pasado siglo en 1796. Educóse en el Instituto Asturiano, oyendo las lecciones del célebre Jovellanos, de quien fué constante imitador, porque no sólo ejercitó su pluma en la multitud de materias y opúsculos que dieron asunto á los [129] escritos del autor de la Ley Agraria memorias discursos, informes y estudios de crítica histórica, artística y literaria, poesías y tratados de economía política, industria, comercio y agricultura, sino que modeló su estilo por el del maestro, valiéndose de su diccion fácil y correcta y de su lenguaje esmerado y cadencioso. La coleccion de sus obras forma un catálogo interesante, muchas impresas, que, como el Ensayo histórico sobre los diversos géneros de arquitectura empleados en España, gozan reputacion de clásicas, y no pocas inéditas, alguna de las cuales procuraremos dar á conocer en las páginas de nuestro BOLETIN. Tuvo el Sr. Caveda asiento en las Reales Academias Española, de Bellas Artes y de la Historia, en ésta el 9 de julio de 1847. Su laboriosidad era infatigable, y grandemente meritorios los servicios que en su larga carrera prestó al Estado, ya como jefe de administracion, ya como consejero, como representante de la Nacion y en otros muchos empleos y cargos. Mostrábase, y realmente era ajeno á todo medro personal; raro dón en estos tiempos, como siempre lo ha sido en los hombres de verdadero mérito, que no necesitan humillarse á mendigar los favores de la fortuna. En su postrera edad prefirió la tranquilidad de ánimo y el cuidado de su salud á la agitacion de las pasiones políticas, disfrutando en su patria de la consideracion y afecto de sus amigos y su familia. Resta por último hacer mencion del Sr. D. Jacobo de la Pezuela y Lobo, nacido en Cádiz de nobles padres, en 1811, y muerto en la Habana, adonde se dirigió para remediar el menoscabo de sus rentas y propiedades, en 3 de octubre último. A los veintidos años abrazó la carrera de las armas, vistiendo el uniforme de guardia de corps, ó de la Real Persona, privilegio concedido á los hijos de casas acomodadas. Distinguióse en aquella profesion, bien que fuese más inclinado á la paz del estudio que al bullicio de los campamentos. Por fin, retirado del servicio en 1854, dióse á la vida literaria; y el conocimiento que había adquirido de la isla de Cuba, donde residió algun tiempo, le dictó la Historia y el Diccionario de aquella Antilla, y le conquistó posteriormente la medalla de nuestra Academia en 21 de mayo de 1866. Á todos los actos de ésta [130] concurría puntual, no demorando nunca el cumplimiento de los trabajos que se lo encomendaban. Propúsose, y dejó próxima á su terminacion, una historia de los capitanes generales españoles desde su orígen hasta nuestros días; los suyos no llegaron á ver realizado el afan con que la emprendió, quizá el más activo, por ser el más imposible de sus deseos. Quiera Dios que la prosecucion de este catálogo, destinado á recordar las efemérides de nuestros predecesores en la vida, quede interrumpida por largo tiempo. [131] Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)NOTICIAS. En junta ordinaria del viérnes 15 de Diciembre próximo pasado, y procediéndose á la eleccion de cargos, en cumplimiento de lo que previene el Reglamento de esta Real Academia, fué nombrado Director de ella el Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, quien tomó posesion de su cargo en la sesion inmediata del 22. Fueron tambien reelegidos, para el de Tesorero, el Excmo. Sr. D. Eduardo Saavedra, y para el de individuo adjunto de la Comision de Hacienda, el Excmo. Sr. don Pascual de Gayangos. ____ El Académico Sr. Fita ha presentado á la Academia una Memoria del docto anticuario R. P. Tailhan, relativa á los documentos inéditos de interés histórico hallados por él en los archivos eclesiásticos de Leon y Asturias, la cual lleva por título: Note sur les Becerros el l'utilité de leur publication. _____ La Academia ha recibido, con gran satisfaccion, 25 ejemplares del nuevo libro de su individuo de número Sr. Fabié, titulado Viaje por el Pirineo y la Turena. ____ Nuestro correspondiente en Corao (Oviedo), D. Roberto Frasinelli, se propone hacer excavaciones en terreno particular, en el paraje donde se halla sepultado el rey Don Fruela, y en el cual existen indicios de muy interesantes hallazgos. ____ El Museo Arqueológico de Oviedo se ha enriquecido últimamente con el importante donativo de objetos hecho al mismo por el Sr. D. Braulio Vigon, vecino de Colunga, entre los cuales figuran algunas antigüedades romanas muy estimables. ____ La Comision de Monumentos de Gerona ha participado á esta Academia el descubrimiento hecho en el paraje llamado El Puig de Malabella, de una espaciosa piscina, de construccion romana, con monedas ibéricas y otros objetos de interés arqueológico. ____ [132] Se ha descubierto en el campo donde tuvo su asiento la antigua Complutum, una notable ara votiva romana, que el dueño de aquel terreno, D. José Perez Saffons, ha depositado para instruccion de los estudiosos en el Archivo general central de Alcalá de Henares. ____ El Sr. D. Paulino de Ayala, desde Hormilleja (en la Rioja), da noticia á la Academia de tres calzadas romanas, que partían de Tricio para el interior; de la Mansion Juliana, que dicho señor supone haber identificado, y de varias construcciones y fragmentos de objetos antiguos. ____ El Académico correspondiente en Gerona D. Celestino Pujol, ha ofrecido á la Academia, para su estudio, tres interesantes documentos, cuales son: dos Dietarios autógrafos de Jerónimo de Real de Fonclara, que comprenden los años de 1626 á 1680, uno catalan y otro castellano que comenta las noticias dadas en aquél; y un tercer Dietario del sitio de Gerona en 1809, por Juan Perez Claros, secretario de la Junta de gobierno de aquella plaza. ____ Por la Direccion general de Instruccion pública ha sido comunicada á la Academia la Real órden declarando monumento nacional histórico y artístico la derruida iglesia de Santa Engracia de Zaragoza. ____ Tambien ha recibido la Academia la grata noticia de haber sido exceptuado de la desamortización, como monumento nacional, el famoso claustro de San Francisco de Palma de Mallorca. ____ La Comision recientemente nombrada para la publicacion de las antiguas Córtes de Aragon y Cataluña, terminados ya sus trabajos preliminares, ha dado principio á la impresion de las del segundo de ambos reinos. La que continúa imprimiendo los cuadernos de Córtes correspondientes á las de Leon y Castilla, ha adquirido nuevos datos y documentos, con que quedará terminada la coleccion. ____ De Real órden se ha dispuesto que dos ayudantes del cuerpo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios, pasen en el concepto de auxiliares á prestar sus servicios en la Biblioteca de la Academia. ____ [133]
____ [135] InformesI. Guerras de África en la antigüedad, por el Teniente general D. Crispín X de Sandoval.Las guerras de África en la antigüedad, se titula el nuevo libro del Excmo. Sr. Teniente General D. Crispin Ximenez de Sandoval, cuyo exámen se sirvió encomendarme nuestro digno Director en 21 de Noviembre último para que diese cuenta á esta Real Academia del concepto que pudiera merecerme. Forma un tomo de 420 páginas en 4.º, y va adornado de un mapa de la parte septentrional del África, dibujado por D. Emilio Valverde y Álvarez. El libro reune, á una oportunidad para todos perceptible en las circunstancias actuales, el estudio más concienzudo de las varias luchas á que ha servido de teatro el vasto territorio á que se contrae, tan instructivas, como para el historiador, para el estadista y el hombre de guerra, llamados en él, hoy más que nunca, al planteamiento y resolucion de problemas políticos y militares del mayor alcance. Y que esa ha debido ser la mira preferente del autor, la de advertir, para contigencias futuras, de los riesgos que pudieran correrse en casos semejantes á los señalados en su obra, lo prueba el que, al título, ya trascrito, de ella, añade seguidamente el de Lecciones históricas y de doctrina militar tomadas de los mejores textos conocidos, carácter preceptivo que despues extiende á la política más propia para con pueblos, si próximos geográficamente, muy distantes de nosotros en cultura y aspiraciones. [136] Para, de todos modos, apreciar el mérito del libro del General Sandoval, áun cuando de suponer por el del bellísimo de Aljubarrota, tan justamente celebrado en esta docta corporacion, hay que entrar en el estudio detallado de los varios capítulos que lo componen y de las conclusiones, sobre todo, que deduce, dignas del más detenido exámen por lo que importan o pueden importar á nuestra patria. Ya en el Prólogo establece el principio, en esta Academia inconcuso, de ser la Historia el guía más seguro en las operaciones de la vida, aduciendo, para darle fuerza, textos de los filósofos más distinguidos. Y como se dirige más principalmente á militares, el autor recuerda, en apoyo de su opinion, la autorizadísima del emperador Napoleon, que nos ha sido transmitida por el conde de Las Cases en el Memorial de Santa Elena. «Haced la guerra ofensiva, decía el Capitan del siglo, como Alejandro, Aníbal, César, Gustavo Adolfo, Turena, el príncipe Eugeni y Federico; leed y releed la historia de sus ochenta y ocho campañas y modelaos por ellos: éste es el solo medio de llegar á ser capitan y de sorprender los secretos del arte...» Ya ven los señores Académicos que en este rudo y áspero ejercicio de la guerra entra por mucho el estudio de la historia, que es la experiencia adquirida en el recuerdo de las grandes empresas, y el ejemplo de los que las ejecutaron. Porque el genio de la guerra, que es el conjunto de cualidades, potentes todas y perfectamente equilibradas en el que las posee, ese compuesto admirable en que se funde la materia, las armas, el terreno, con el espíritu generador de las fuerzas morales, el talento, el carácter, el prestigio, tiene por primera de entre ellas la experiencia ajena, como antes he dicho, revelada en los libros. Como nuestro Cárlos V con los Comentarios de Cesar, han recorrido el mundo los grandes capitanes más célebres cargados de la doctrina de Tucidides, Xenofonte, Vegecio, Maquiavelo y tantos otros como se han ocupado en transmitirnos la suya ó la de sus ídolos en la guerra. Napoleon, ese monstruo de fortuna, cual la entendían los antiguos, que ha dejado en el mundo rastro tan luminoso para todo género de inteligencias, se hacía acompañar de una biblioteca en miniatura que él llamaba de campo. Pues bien: [137] para sólo la parte histórica encargó á M. de Bourrienne la adquisicion de los libros que á continuación se enumeran en copia y traduccion de una nota que le entregó el gran Emperador, escrita de su propia mano, Héla aquí: Historia. -Plutarco. -Turena. -Condé. -Villars. -Luxemburgo. -Duguesclin. -Sajonia. -Memorias de los mariscales de Francia. -Presidente Heinault. -Cronología. -Marlborough. -Príncipe Eugenio. -Historia filosófica de las Indias. -De Alemania. -Cárlos XII. -Ensayo sobre las costumbres de las naciones. -Pedro el Grande. -Polibio.-Justino. -Amiano. -Tácito. -Tito Livio. -Thucidides. -Vertot. -Dosima. -Federico II. ¡Cómo no había de fascinar á las muchedumbres, que ciegas de entusiasmo le seguían, quien, genio verdaderamente oriental, cultivaba así su extraordinario talento! Hé aquí por qué y para qué ha compuesto su libro el General Sandoval. ¿Cómo no han de enseñar las experiencias en él acumuladas? ¿Por qué no han de aprovecharse, al verlas cada día más autorizadas con ejemplos recientísimos en el mismo teatro, y con actores en nada diferentes á los que en él se nos representan? Los primeros que el General Sandoval nos pone en estudio, son naturalmente el griego Agatocles y los romanos Régulo y Manlio; aquél, dando el ejemplo, que despues reprodujeron Tarif y Cortés, de destruir sus naves para evitar todo conato de retirada en los suyos, y Régulo, el sublime, tan conocido y celebrado, de preferir la muerte a un momento de pausa en la marcha, ya iniciada, del engrandecimiento de su patria. Pero la desoracia del ilustre romano se debe á un hombre de guerra culto y adiestrado en la incesante contienda de las repúblicas helénicas, y su ejemplo puede tomarse como de una lucha equilibrada, pues que, segun dice, y con razon, un escritor moderno, «de todas las influencias capaces de contribuir á la formacion de un buen ejército, la más eficaz es, sin disputa, la del jefe que lo mande.» Xantipo ordenó á los cartagineses, como hubiera podido hacerlo con los lacedemonios, sus compatriotas; y en la batalla de Túnez puede decirse que volvió á plantearse el problema, poco ántes puesto en estudio por Pirro, entre la legion y la [138] falange, hasta con el mismo aditamento de los elefantes con que el célebre epirota había sorprendido á los romanos en Italia. Á la primera guerra púnica siguió la sublevacion de los mercenarios. Si no era fácil se entendieran galos, españoles, griegos y númidas que, áun con otros de distantes partes, componían por lo regular los ejércitos cartagineses, en cambio, y así lo reconoce Polibio, una vez lanzados por los caminos de la rebelion, se entregarían á los excesos más grandes. Hasta en Europa y en época de la mayor cultura, se han visto ejércitos de una composicion similar, la de los auxiliares que en el siglo XVI llevaban el nombre de Naciones, ejerciendo actos de increible ferocidad contra hombres y objetos dignos de la mayor veneracion. Cartago castigó sin embargo, a los mercenarios como entónces se usaba, con su completo exterminio. No deja de ser instructivo el artículo en que trata ese asunto el General Sandoval, que no desperdicia ocasión para sacar doctrina que pueda aplicarse á cuantos objetos contribuyan al estudio y conocimiento del arte militar. Pero donde á sus aficiones arqueológicas militares, de que tan galana prueba ha dado en varios de sus escritos, reune el criterio eminentemente técnico que resplandece en el de Aljubarrota y las Memorias sobre la Argelia, es en el exámen de la segunda guerra púnica. Despues de once años de una lucha tan excepcional que, á los movimientos ofensivos de uno de los beligerantes en Italia, se resiste con los que el otro ejecuta en España, se encuentran junto á Cartago Aníbal y Escipion, los dos hombres de guerra más ilustres de su tiempo. El sitio de sus operaciones, la presencia allí del héroe cartaginés, llamado de Italia como última esperanza ya de la patria, vencida en sus dos generales Asdrúbal y Sifosx, salvada por el valar incomparable de un puñado de españoles que, como en el Metauro, prefirieron á la vida la honra de su raza; y el aislamiento en que aparecía Cartago, reducida á ocupar escasísimo número de posiciones en su derredor, hacían presentir un desenlace funesto para su cansa en un plazo no largo, quizás inmediato. Y así debió temerlo el mismo vencedor del Trasimeno y Canas, porque, negando á su gobierno autoridad y competencia para la premura que le imponía en su accion militar, anduvo esquivando el combate, [139] hasta que, reforzado por Magon, su hermano, y el númida Tycheo, se situó en Zama como para cortar á Escipion sus comunicaciones con el interior y provocarle á una batalla. El General Sandoval describe la de Zama en los términos mismos que Polibio, la autoridad mayor en la historia de los Escipiones. Y, como á Polibio en este caso, sigue nuestro autor, entre los clásicos griegos y romanos, para cada una de las campañas, que se ha propuesto narrar, á aquel que, por coetáneo y, si es posible, testigo presencial, considera más digno de fe ó más instructivo en el fin militar á que dirige sus investigaciones. Y para que se vea lo escrupuloso que en ese punto y en el de sus estudios geográfico-militares se muestra el General Sandoval, voy á trasladar de su obra dos cortos párrafos, dedicados á examinar la situacion de Zama y los antecedentes que le han guiado para la descripción de la batalla reñida en sus inmediaciones. Dice así en ellos: «lleva indebidamente esta batalla el nombre de Zama, pues que tuvo lugar á bastante distancia de aquella poblacion y muy cerca de la de Naragara; sin que pueda caber duda en esto, por la narracion de Polibio y por lo que convence el razonamiento hecho por Dureau de la Malle para identificar los lugares en su obra La Algerie, Histoire des Guerres de Rosmains, de Byzantins et de Vandales. Despues de todo, la situacion de esa ciudad de Zama, que no debe confundirse con otra de igual nombre que fué la última corte del rey Juba I, no se halla todavía fijada con exactitud, y por eso está sin señalar en el mapa del Depósito de la Guerra de París: Mármol, y otros con él, la identifican con Zamora, pueblo muy distante en la actual provincia de Constantina; algunos pretenden colocarla en una localidad llamada Zuarin, otros en Zag ó en Zuam, pero todos, guiados más que en datos geográficos, en la remota semejanza de pronunciacion; únicamente Pellissier, en su Description de la Regence de Tunis, apoya con varias razones su opinión en favor de Zuam. Y en cuanto al señalamiento del campo de batalla, que tampoco es posible designarlo con entera seguridad, debe leerse un artículo del capitan francés Mr. J. Lewal, inserto en el núm. 8 de la Revue Africaine, Argel, Diciembre de 1857.» Esto en cuanto á la situacion de Zama, que Polibio dice se [140] hallaba a cinco jornadas al S. O. de Cartago y hace pocos meses ha dado por perfectamente conocida un escritor francés en una descripcion altamente poética de la batalla que decidió de la supremacía romana en el litoral del Mediterráneo; que respecto á las fuentes de que se ha servido en su trabajo, dice el General Sandoval: «mucho se ha discutido acerca de esta batalla y del mérito de los dos célebres generales; mas no existiendo sobre ella, otras noticias que las que dan Polibio, Tito Livio y Apiano (los cuales están algo discordes), y ninguna procedente de los cartagineses, porque desgraciadamente se perdió para la historia la relacion escrita por el mismo Aníbal, que parece llegó a ver Polibio, es muy aventurada cualquiera crítica que se pretenda hacer ó cualquiera alteracion en los textos originales que nos trasmitieron aquellos autores. De consiguiente, por apreciables que sean como estudios militares los comentarios del caballero de Folard, dominado siempre por su pasion á las excelencias del arte táctico romano, segun él lo comprendía, las remotas reflexiones de Guischardt, y la más moderna descripcion del teniente coronel Macdongall, nunca pueden sobreponerse á los primitivos relatos históricos.» Ya ve la Academia con qué mesura y precaucion camina el autor de las Guerras de África por la áspera senda de sus investigaciones históricas; no senda, sino dédalo, inextricable á veces, en que tantos se han perdido al tomar por hilo guiador las deducciones, más ó menos lógicas, de otros, ó las que su saber y experiencia, su amor propio quizás, han podido sugerirles. Pues así como para las empresas de los Escipiones, que fueron coronadas con la destruccion de Cartago, se vale el General Sandoval de Polibio, que asistió á ella como maestro y camarada del ilustre debelador de la ciudad fenicia, así en la guerra de Yugurta acude á Salustio, y en las civiles á Hircio, ya que César no pueda suministrarle la relación de sus hechos en África, por no haber llegado á nosotros, si la escribió, esa parte de sus inestimables Comentarios. Ya al recordar aquella jornada, memorable, epílogo del drama de más de un siglo en que se disputó el imperio de Occidente, aparece en la obra del General Sandoval, no sólo revelado, sino [141] en ejecución, su pensamiento de dar á conocer el carácter de las guerras africanas. En las Breves Reflexiones con que termina el capítulo I; con el conocimiento ya de las guerras de Cartago y aquella de Masinisa donde la fe romana, igualmente censurable que en Sagunto, corrió parejas con la púnica, tan decantada por lo pérfida; con el conocimiento, repito, de unas luchas en que, al lado ó enfrente de las legiones, al lado ó enfrente de la falange, tan rivales en su valor técnico cual en los elementos de su composicion, se presentan los que ofrecen el teatro de la lucha y sus habitantes, aquél con su suelo y su clima especiales, y éstos con su carácter y espíritu belicoso, que son el objeto de la obra, el general Sandoval los expone de la manera que va á ver la Academia. «Bajo el punto de vista, dice, exclusivo de la guerra, es innegable que abundan ejemplos que utilizar para el estudio del arte, en su dilatada esfera, en aquellas tan sangrientas y prolongadas luchas en que eran principales contendientes los Estados más poderosos de la época, y figuraron á la cabeza de los ejércitos hombres tan célebres como Régulo Xantipo, Amílcar, Aníbal, Masinisa y los Escipiones. Y por lo que respecta á la especialidad de las guerras de África, esto es, á las circunstancias que le son características, tenemos ya consignadas en este primer capítulo varias expediciones marítimas importantes con numerosas tropas de desembarco sobre aquel continente; hemos seguido las marchas, los trabajos ejecutados en campaña y en sitios de plazas; el aprovechamiento ó descuido de los accidentes del terreno, de las armas y elementos de que se disponía por los beligerantes en las operaciones y batallas; se han dado á conocer las cualidades y propensiones más salientes en el carácter de los pueblos africanos, fáciles de arrastrar á la sublevacion, ligeros en dar y faltar á su palabra; y por último se han presentado en escena esos guerreros númidas tan ágiles y atrevidos en su modo de combatir, mejores para hostilizar que para la resistencia, y teniendo ya por costumbre, que legaron á sus descendierites, el dispersarse en fuga al menor contratiempo, para volver á reunirse á gran distancia del lugar donde sufrían un revés de la fortuna.» Ahí está sintéticamente expuesto el objeto á que se dirige el [142] trabajo de mi digno ó ilustrado compañero el General Sandoval. Porque si llega á demostrar que los africanos de la zona septentrional han conservado esos rasgos característicos que hicieron tan difícil y lenta su sumision, sin llegar, aún así, á ser ésta completa ni incondicional en sus distintas regiones, podrá luego explicar los obstáculos encontrados no hace mucho por nuestros vecinos los franceses para su establecimiento en la Argelia, y los que ahora pueden hallar en el que intentan, por más que otra cosa digan, en la regencia de Túnez, asiento de la antigua provincia cartaginesa y objeto preferente de las invasiones en aquella costa. La guerra de Yugurta es la más instructiva bajo ese punto de vista. Inspirándose, quizás, en el espectáculo, que había presenciado, de la ruina de Numancia, y apoyado en una astucia, modelo acabado de la de su raza, acompañada de un valor verdaderamente heróico, templado en tanto y tanto ejemplo de pericia militar como había recibido á las órdenes de Escipion, no sabemos si proyectó, pero sí que llevó á efecto, una campaña que no deja de tener sus puntos de semejanza con la de la ciudad celtibérica. Igual número de cónsules desacreditados; preocupacion semejante en Roma; tiempo casi el mismo de lucha, rara vez interrumpida, y un nuevo Escipion en aquel Metelo, depuesto por las intrigas de Mario; la prision, por fin, del Númida por la discordia, tan característica en sus compatriotas como en los nuestros. Existe, sin embargo, entre otras, una diferencia que redunda en la mayor gloria de nuestro país. Yugurta sostuvo tanto tiempo la lucha á favor de una astucia política tan eficaz como vil y cobarde fué la venalidad de los cónsules enviados para combatirle. Si Numancia llegó á ser terror de Roma, fué en guerra abierta y generosa, venciendo por el valor y espíritu de independencia innatos en sus hijos, y sucumbiendo ante la disciplina de un enemigo que sólo en ella podía encontrar el éxito de su empresa. Ahora bien: si en el Comentario Crítico que á ese capítulo dedica el General Sandoval apunta la comparacion de Abd-el-Kader con Yugurta, al describir, en el siguiente, las guerras [143] civiles de los romanos en África y la accion militar de Saburra, teniente de Juba, contra los partidarios de César, vuelve á su tema del carácter y manera de pelear de los africanos. «Mostráronse, dice, entónces los númidas lo mismo que en las guerras anteriores, y como se verán en las sucesivas, siempre consecuentes en sus costumbres y manera instintiva de pelear; ligeros y diestros jinetes, tan prontos para amagar como para herir; reacios al órden, á la disciplina y formacion; practicando por regla invariable la dispersion instantánea y la reunion despues pronta é inesperada; y consistiendo su plan constante de batalla en acosar y envolver por los flancos y retaguardia.» Ya vé la Academia cómo va nuestro autor ligando sus razonamientos con los hechos históricos para ir trayendo hasta nosotros el culminante por su perpetuidad de la manera de ser de nuestros vecinos del otro lado del estrecho gaditano. Porque en ese capítulo de la guerra civil entre César y los pompeyanos, y despues en el IV de las sublevaciones y guerras durante la dominacion romana hasta el siglo V, lo mismo con Tacfarinas, el heróico Garamante que, segun la frase de Tácito, «por huir la infamia del cautiverio, murió, no sin venganza, metiéndose por las armas enemigas,» que con Firmus, jefe, tres siglos y medio despues, de los kábilas de la Argelia, y con Gildon, su hermano, se viene observando la sucesión de actos semejantes y conducta igual en los íncolas del África á punto de hacer exclamar al General Sandoval que «las expediciones de los franceses, en nuestra época, contra los kábilas de la Argelia, la manera de batirse éstos y su sumisión, una vez vencidos, parecen reminiscencias de las campañas del conde Teodosio descritas por Amiano Marcelino.» Pero cruzan el estrecho los vándalos al abandonar las risueñas márgenes del Bétis, llamados, como saben perfectamente los señores académicos, por el conde Bonifacio; se esparcen por el litoral sin respetar el convenio que celebraran con el delegado imperial, lo arrollan y persignen hasta Hipona, donde, despues de esfuerzos inútiles, tiene que capitular y embarcarse para Europa. Genserico va seguido de multitud de aliados africanos, ávidos, dice el historiador español, de pillaje y de sacudir la vieja dominacion romana, con lo que, no tan sólo se enseñoreó [144] pronto de gran parte del país, sino que dos años despues sus naves surcaban el Mediterráneo, tomando tierra sus fieros tripulantes en varias de las islas próximas y hasta en la embocadura del Tíber para penetrar en Roma misma como auxiliares de la emperatriz Eudoxia. El establecimiento, con toda, de los vándalos en África fué como el de sus sucesores, los godos, en España, el de un campamento que destruyó luego Belisario para, muy pronto despues, desaparecer de toda la costa el de los imperiales á impulso del huracan islamita que desde la Meca se extendió con velocidad increible á la Persia, el Egipto y hasta las columnas de Hércules, cubriendo la tierra de desolacion y luto. Y en la parte de África a que se contrae el trabajo del General Sandoval, fué, á la tercera vez de intentarla, tan rápida y ejecutiva la conquista, que sólo puede comprenderse por el arraigo también que tomó inmediatamente, hasta sustentarse todavía con su mismo espíritu yemenita y el dogma religioso que la acompañara. «Indicios de comun orígen, dice el General, aunque remoto y tradicional, existían entre los habitantes indígenas y la gran familia ismaelita de los árabes; en los usos y costumbres tenían bastantes puntos de contacto; la vida nómada de muchas de sus pequeñas nacionalidades ó tribus; la sobriedad, la inclinacion á la guerra, y al pillaje se hermanaban en ambas razas, así como en los idiomas de raíz semítica y en los tipos físicos se pretende tambien había cierta conformidad.» «A esos rasgos, añade, característicos de los naturales, agregábase igualmente notable analogía en algunas condiciones del suelo: las arenosas llanuras de la Cirenáica y de la Tripolitana, como todas las planicies meridionales de la Bizacena y de la Numidia, donde crecen las palmeras, donde se crían tan ágiles caballos como sufridas y ligeras castas de camellos, y donde el sol se siente con el mismo ardor que en la península arábiga, se les presentaba como una coutinuacion de su propia tierra á los infatigables hijos del Hedchaz y el Yémen, brindándoles, además, para poseerla, la famosa fertilidad de los valles y lo mas de sus montañas, y la riqueza de los establecimientos bizantinos del litoral.» Con el fin de las guerras que el General Sandoval llama muy [145] propiamente clásicas, y el de los clásicos sus historiadores, la lección militar que se ha propuesto tiene que tomar rumbo diferente, aunque dirija al mismo, al único objetivo suyo. En cada una de las obras que ha consultado hasta entónces, en la de César como en la de Polibio, en Plutarco como en Amiano Marcelino, en todas las que han servido para conservar la memoria del pueblo-rey, se junta a la narracion de los sucesos más importantes lo que ahora se llama la filosofía de la historia, representada en los militares por consideraciones, sentencias ó avisos que ponen de relieve el genio de los pueblos vencidos, su organismo bélico y sus maneras diferentes de hacerlo eficaz para la defensa nacional. Y nuestro autor, excogitando las ideas y hasta las frases que considera como más elocuentes, en el sentido como en la forma, para conducir á sus lectores á la meta que ha levantado por término de tan árdua labor, va en ella sucesivamente escalonando aquellas consideraciones y sentencias que han de demostrar en este caso la perpetuidad en el carácter, en las costumbres militares y en la aspiracion constante de los pueblos africanos del Septentrion á su independencia y aislamiento. Y esas consideraciones y sentencias, verdaderos avisos, repito, que, al fijar la atención del lector militar sobre ellos, le advierten de la conducta que le conviene seguir, como en el estudio, en la resolucion de los problemas que en un porvenir más ó ménos próximo puede estar llamado á resolver, van además anotados en distinto carácter de letra para que los clave en su memoria como jalones que necesita plantar sucesivamente en direccion de aquella meta á que hace poco me refería. Reunidos esos apotemas, formarían un pequeño estudio militar del mayor interés, de una importancia que han hecho crecer sobremanera nuestra guerra de 1860 y la actual campaña de los franceses en la Argelia y Túnez. En vez de borrarse esos rasgos característicos de la fisonomía moral del pueblo africano con el tiempo y el roce de sus principales y más inteligentes tribus con las nacionalidades cultas que han acudido á su suelo, las mantuvo sin defigurarse ni mezclarse, no parece sino que los ahondó hasta su primitiva traza ó el lineamiento, si así puede decirse, de su orígen. Ha sucedido, [146] en nuestro sentir, aún más. Aquella cultura, por algunos tan decantada, que, arrancando de Bagdag y Damasco, recorrió todo ese camino del litoral africano para alcanzar su apogeo en la española Córdoba, templo de las letras y de las artes en los primeros siglos del islamismo, ha desaparecido de entre nuestros vecinos del otro lado del mar, hasta el punto de que casi, casi, podemos considerarlos como sumidos en la barbarie de sus antepasados prehistóricos. Tales son su ignorancia, sus instintos de crueldad y de repulsion á cuanto constituye hoy la existencia social del mundo civilizado que tienen á su frente, tan próxinio á él y buscando su trato. El General Sandoval describe la invasion musulmana y su fácil establecimiento en África, así como explica su estabilidad, puede decirse que indestructible; valiéndose, para ello, de los datos que le han proporcionado las obras de los arabistas más distinguidos. No es sólo el viaje oficial que verificó con el ilustrado capitan D. Antonio Madera, cuyo talento y luces contribuyeron tanto al éxito de las Memorias sobre la Argelia, el que pudo proporcionarle los conocimientos necesarios para la presente obra: cuatro ó seis expediciones más á aquellos países, inclusa la de la guerra de 1860, tan rica en experiencias; el exámen de todos los archivos de Europa, lo mismo que en el Escorial, en París, Lóndres y Viena, y un estudio incesante de muchísimos años, le han conducido á la formacion de una bibliografía africana, la más rica de las conocidas hasta ahora. Como el libro en cuyo exámen me estoy ocupando, esa bibliografía estaba destinada á yacer en la oscuridad por la modestia de su autor y el retraimiento á que sus dolencias le han reducido; y sin los ruegos de sus amigos y la energía é inteligente iniciativa del General marqués de San Roman, su camarada de siempre, perderíase para las letras una obra que será tan gloriosa para la patria como para el que la ha formado á fuerza de vigilias, de dispendios y talento. Digo esto porque así podrá la Academia formarse una idea, siquier imperfecta, de lo concienzudas que deben ser la narracion de las guerras y dominacion arábigas y las observaciones con que nuestro autor la salpica y comenta, importantísimas [147] todas, así para el objeto casi exclusivo á que se destinan, como para la explicacion de aquellas irrupciones, auxiliares ó enemigas de los musulmanes españoles, rechazadas tan ejecutivamente por nuestros antepasados en Calatañazor, las Navas y el Salado. Las guerras, pues, de los Almoravides, de los Almohades, de Abel-el-Mumen, y la expedicion de San Luis, última de sus tan inútiles como generosas empresas en África, son tratadas con gran criterio por el General Sandoval en el capítulo VII y con la intencion militar que caracteriza toda su obra. No necesito sino leer el epígrafe del capítulo VIII para que la Academia comprenda su importancia. Dice así: «Conclusion. -Ojeada general retrospectiva. -Cotejo de sucesos antiguos y modernos y anotaciones doctrinales deducidas... -Consideraciones finales, militares y políticas, respecto á las empresas de África.» De la revista abreviada que pasa el General Sandoval á los sucesos, latamente historiados en los capítulos anteriores, deduce en ése conclusiones político-militares que, con el cotejo que en seguida presenta de ellos y los modernos más sobresalientes demostrando que «en África más que en ninguna parte pasan los siglos, pero los hombres y las costumbres quedan inmutables,» segun dice un escritor francés, «llama la atencion, estas son sus palabras, hácia dos consideraciones que creemos entrañan todo el interés de la materia, á saber: la concerniente al modo de iniciarse las conquistas, y lo que atañe á que se consoliden ó á que se pierdan.» «El acometerlas, dice más adelante, al empezarlas no es cosa difícil, mas la cuestion está en conocer á dónde y hasta dónde se llevarán; si se cuenta con los medios y recursos que exigirán sus contingencias futuras, y tener la seguridad de poder afrontar las complicaciones que surjan. Por eso, añade, se requiere detenido estudio, profunda meditacion y preparacion muy anticipada, para resolver una empresa formal sin que asalte el temor de tardío arrepentimiento.» De esta conviccion deduce el general Sandoval la inutilidad de la ocupacion de puntos del litoral marroquí el dia que se [148] declarara la guerra al Imperio, ocupacion de que surgiría este, para él, fatal dilema, que á propósito subraya: O el abandono ó la extension indefinida del dominio, si no se quisiera conservar á perpetuidad semejante adquisicion. Pero como antes y despues de esa observacion multiplica los razonamientos y los ejemplos de operaciones desgraciadas en su marcha al interior, resulta que para el General Sandoval, y él mismo lo dice, «en nada puede pensarse sobre adquisicion territorial en África, ó es preciso decidirse porque sea en escala mayor en la conquista y ocupacion de extensas comarcas ó provincias, y por consiguiente consagrando á ello un ejército sin limitacion de fuerza ni de tiempo y sin que espanten los desembolsos.» Esto es tanto como declarar imposible toda empresa en África; y nosotros los españoles no podemos conformarnos con la idea de tal conclusion, porque desde el ensanche dado hace tiempo por los franceses á su ocupacion en la Argelia, desde el reciente establecimiento de sus tropas en Túnez y, sobre todo, ante el peligro, cada dia más inminente, de que, cruzando el Muluya, su frontera con Marruecos, se extiendan por el litoral ó se dirijan rectamente á Fez, España, no puede permanecer indiferente. Un día llegaría á ver rodeados sus establecimientos de la costa africana por esos peligrosísimos vecinos ó por los ingleses que, en tal conflicto, no abandonarían intereses de la cuantía que representa la presencia de sus rivales seculares en la orilla del Estrecho opuesta á Gibraltar; y en uno ú otro caso los perdería nuestra patria, la única nacion, á quien nadie puede disputar la legitimidad de su derecho á ambas. Ante esa eventualidad, no sólo es conveniente, sino que urge apoderarnos del promontorio que forma el pequeño Atlas entre el cabo del Agua, donde termina por Oriente uno de sus ramales enfrente de las Chafarinas y la desembocadura del Sebú en la costa occidental. No disputaré aquí sobre el mayor ó menor alcance que deba darse al dicho del Cardenal Cisneros y á las cláusulas contradictorias del testamento de Isabel la Católica y del de D. Fernando, su marido, acerca de nuestros intereses religiosos y políticos en África; pero á unos y otros se une ahora la satisfaccion del honor nacional y, aún más, la suprema [149] necesidad de nuestra independencia, imposible de mantener más adelante en otras condiciones. Hé ahí la parte del libro del General Sandoval en que se atreve á apartarse de sus autorizadas opiniones el que suscribe este informe. Y cree poderlo hacer con alguna confianza, porque, sea por sospechar, que al fin ha de prevalecer la opinion general, sea por abarcar, entre otras, esa hipótesis, el General Sandoval da en seguida los consejos más sabios sobre la conducta que debe observarse en el caso de ejecutar alguna empresa en África. Tal es el nuevo libro del general Sandoval, trabajo interesantísimo que en nada desmerece del de Aljubarrota, tan celebrado, repito, en esta Real Academia, ni de los otros muchos que han valido á su autor la autoridad de que disfruta en el ejército. Objeto altamente patriótico, verdad histórica ya reconocida, diccion sóbria y elegante en las ocasiones, sobre todo, propias, enseñanza útil, más que nunca, en las actuales circunstancias; todo lo reune la obra para los hombres, particularmente á quienes la patria puede un día confiar sus destinos y el honor de sus armas. Es la quinta esencia de las prácticas de muchos siglos y de la meditacion y la tarea de largos años dedicados casi exclusivamente al estudio de un país tan interesante como el africano próximo á nosotros, y a la prueba moral y material de sus habitantes. Y no tome la Acadentia estos elogios por efecto de una inclinacion amistosa, de un espíritu de compañerismo en el que tal juicio la ofrece hoy, que, aun sin negar esos sentimientos hácia quien tanto los merece por su extraordinario mérito y relevantes servicios, ama todavía más la verdad y no había de ocultarla á esta respetable corporacion, burlando así la confianza que en él ha puesto. ¿Qué mayor garantía, de otra parte, que las Reales órdenes de 11 de enero y 21 de abril últimos, insertas al fin del tomo, disponiendo la formacion del presupuesto y la impresion de la obra por cuenta del Estado? La primera de esas soberanas disposiciones dice, además, que: «en consideracion á los excelentes informes emitidos por el Director general de Infantería y la Junta Superior consultiva de Guerra sobre tan importan |