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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 2, Año 1882
    
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Cuaderno VI. Junio, 1883

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Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)

NOTICIAS

     Se han entregado á la imprenta del Sr. Tello los cuadernos del tomo I de Cortes de los Estados de Aragón. Los Usajes de Barcelona, con su texto original latino y catalán auténtico, van traducidos al castellano y anotados con las variantes más notables de los códices antiguos que sirven para fijar ó determinar el sentido genuino de aquel código, donde se refleja ya el genio legislativo de las Cortes de Cataluña.

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     El Sr. Gayangos ha ofrecido á la Academia un ejemplar de los volúmenes, primorosamente encuadernados, en que se divida The Chronicle of James I, King of Aragon, surnamed Conqueror, written by himself, que acaban de publicarse en Lóndres. Esta versión inglesa de la Crónica del Rey Conquistador, que ha hecho Mr. John Forster, está ilustrada con una introducción, preciosas notas, apéndice, glosario é índice general, debidos á la pluma del expresado académico Sr. Gayangos.

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     La Academia ha oido con sentimiento la noticia dada por el Sr. Saavedra del fallecimiento de D. Luis Roca y Florejachs, ocurrido en la ciudad de Lérida, donde era nuestro correspondiente. El mismo Sr. Saavedra hizo un elogio del finado, grandemente [370] apreciado por la solidez y extensión de sus variados talentos, especial por lo mucho que hizo progresar la historia ilerdense.

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     El académico correspondiente D. Celestino Pujol y Camps, repartido á cada uno de los individuos de la Academia un ejemplar del Nomenclátor geográfico-histórico de la provincia de Gerona, desde la más remota antigüedad hasta el siglo XV, escrito por dicho señor en unión del correspondiente D. Pedro Alsius.

     Esta obra ha sido premiada en el certamen celebrado en 1882 por la Asociación literaría de Gerona. Presenta por orden alfabético los nombres geográficos de la provincia, marcando con oportunos textos su alteración al través de los siglos; de suerte, que por ellos se viene á deducir el que primitivamente tuvo cada localidad.

     El referido Sr. Pujol y Camps ha presentado y leído el primero de los artículos que consagra á la colección de monedas ibéricas, inéditas y de sumo interés. La Academia acordó que tanto artículo como los siguientes, con sus láminas respectivas, salgan á luz en el BOLETÍN, esperando que semejantes investigaciones no serán las últimas que nuestro docto correspondiente haga redundar en beneficio de la numismática española.

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     El Sr. Fita ofreció á la consideración de la Academia la fotografia de una inscripción romana de buena época, que M. Gourdon ha descubierto en la iglesia de Escuñau, pueblo del valle de Arán. La inscripción se reduce, conforme la ha publicado M. Gourdon, á las líneas siguientes:

     Sobre este epígrafe hizo el Sr. Fita varias observaciones, encaminadas á demostrar que en el valle de Arán, donde nace el Garona, así como al otro lado de los Pirineos en toda la antigua comarca ibérica que aquel río cierra, perseveran vestigios [371] epigráficos del vascuence, mal disimulados ó harto transparentes debajo del barniz celto-romano.

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     Van á reanudarse dentro de breve plazo los trabajos críticos que con notable desinterés llevó muy adelante la Revista de Ciencias históricas, interrumpida en su publicación hace algún tiempo. Su director, D. Salvador Miquel y Sampere, nuestro socio correspondiente, ha manifestado á la Academia el empeño que abriga de proseguir sin soltar de la mano los estudios relativos á la historia é idioma del noble país euskaro.

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     La Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, en su último número, correspondiente al mes de Mayo, publica el ara votiva que ha encontrado en las inmediaciones de Ponferrada y hecho trasladar al Museo provincial de León el distinguido anticuario don Manuel Buelta. Mide el ara 80 centímetros de largo por 31 de ancho. Su epígrafe, según la Revista, dice así:

                L POMP           
EIVS · PA
T E R N V
MAMDIC
AE · V · M
        S

     La diosa Mamdica, á quien Lucio Pompeyo Paterno dedicó este ex-voto, no había sido hasta el presente conocida por lápidas españolas. Con ella se compagina la diosa «Degante», venerada en Cacabelos del Bierzo, en donde se halló otra lápida de su invocación, que asimismo publicó la Revista de Archivos y Bibliotecas. (372)      El Sr. D. Luis Jiménez, nuestro correspondiente en Talavera de la Reina, ha dado noticia de una laja sepulcral de mármol blanco, que estuvo en su poder y se halló en dicha ciudad. [372]

                     VRALOP[en]           
TILI·A·L·E[lia]
MATRON[a.p]
D · S · F · C

     Uralo Pentili a(nnorum L) Elia Matrona p(atri) d(e) s(uo) f(aciendum) c(uravit).

     A Úralo hijo de Pentilio, de 50 años de edad, costeó este sepulcro su hija Elia Matrona.

     Las letras de pequeño tamaño y de caracter elegantísimo, estaban apretadas unas contra otras. El mármol pereció calcinado trece años ha.

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     En la villa é inmediaciones de Jérica, partido de Segorbe, ha encontrado el Sr. Ferrer Julve, cinco inscripciones romanas que acaba de publicar en el número de la Revista de Castellón, correspondiente al 1.º de Mayo. Una de ellas, que persevera en la partida del Cascajar, propiedad de D. Jaime Marqués y Ángel, puede servir de ilustración á otra monumental (Hübner, 3.997), que todavía existe en muy buen estado en la calle del Arrabal y enfrente de la casa Ayuntamiento. De las diez y seis, registradas por el sabio profesor alemán, como propias de Jérica, solamente cuatro (3.991, 3.996, 3.997, 4.001) ha podido ver el Sr. Ferrer y Julve, que con razón, lamenta el extravío de las doce restantes. «Sensible es, dice al terminar su docto artículo, que no haya quien cuide restos tan venerandos, y que por incuria, más que por malicia se pierdan esos testimonios auténticos, que contribuyen á ilustrar el origen de los pueblos y á enriquecer la historia patria.»

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Informes

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I. Nueva edición del Arte Cisoria, por don Enrique de Villena.

     Examinada con la atención que se merece la obra intitulada «Arte Cisoria de D. Enrique de Villena, con varios estudios sobre su vida y obras y muchas notas y apéndices,» que D. Felipe Benicio Navarro dió á luz en Barcelona en 1879, y nuestro Director me mandó á informe para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, ofréceseme desde luégo decir que pocas veces ocurre que la reproducción de obras de los pasados tiempos se haga con la fidelidad y esmero, y sobre todo, con la oportuna y varia erudición que avaloran la presente.

     Fútil y somero debió parecer á algunos escritores el libro de Don Enrique, no faltando entre ellos quien le motejara de afeminado y pueril por haber reducido á preceptos y establecido reglas fijas para el servicio de la mesa de príncipes y magnates; mas si se tiene en cuenta que el conocimiento exacto de usos y costumbres de otras edades, hasta en sus más mínimos detalles, es hoy día objeto especial de los eruditos, y poderoso auxiliar para la historia, preciso será convenir en que el Arte Cisoria es un libro útil é importante.

     Vástago ilustre de la Casa Real de Aragón, y tan desgraciado en sus cosas como el infante Don Juan Manuel, el príncipe Don Carlos de Viana, el mismo Don Alonso el Sabio y cuantos asi en España como en otras naciones pretendieron hermanar la politica y las letras, Don Enrique desde Torralba ó Iniesta, lugares [374] de su señorío, ilustró su siglo con varias obras, ya literarias, ya científicas, entre las cuales descuella el presente tratado, recopilando en él cuanto en España y en el extranjero se había hasta entonces escrito acerca del Arte Scisoria; porque si bien se inspiró en las Partidas y en las Ordenaciones de la Casa Real de Aragón, obras ambas en que la materia está tratada, aunque de paso, es evidente que también aprovechó lo que en Flandes y Borgoña, Italia y Francia se había escrito en el siglo anterior. Verdad es que la falta casi total de citas y autores extranjeros, y el haber intitulado su libro Arte de cortar del cuchillo (373), pudiera hacernos presumir que dicha enseñanza era enteramente nueva en Castilla; mas no sería difícil probar que Don Enrique tuvo á la vista obras francesas é italianas, de las que tomó lo más principal. Como quiera que esto sea, nueva ó no, bien puede sentarse, sin temor de contradicción, que Don Enrique la vulgarizó entre nosotros, sujetándola á reglas fijas, muchas de las cuales han subsistido hasta nuestros días.

     En 1766, en la oficina de Antonio Marín, y á expensas de la Biblioteca Real de San Lorenzo del Escorial, salió á luz por la vez primera el libro de Don Enrique de Aragón, señor, y no como allí equivocadamente se lo llama, marqués de Villena. Cuidó de la impresión un monje de dicha casa, á la sazón su bibliotecario; pero salió aquélla tan plagada de errores, y tan desprovista de notas aclaratorias del texto, que bien se necesitaba que un editor versado en paleografía y conocedor del romance castellano en el siglo XV, se encargara de darla nuevamente á la estampa, glosada y convenientemente ilustrada: tarea algún tanto difícil, por no existir más que un solo códice, y que el Sr. Navarro ha sabido llevar á cabo de una manera harto satisfactoria, según queda dicho y podrá conocer el lector.

     En efecto, después de reproducir con la mayor fidelidad el texto del códice escurialense, texto oscuro y harto difícil, por razón [375] del hipérbaton latino, á que Don Enrique fué en extremo aficionado, como puede verse en los Trabajos de Ercoles y otras obras suyas, así como por el uso frecuente de palabras y frases que más bien que castellanas parecen aragonesas ó provenzales, el Sr. Navarro introduce una serie de notas y apéndices, á cual más curiosas y eruditas, encaminadas todas á ilustrar el Arte Cisoria, como, por ejemplo, las relativas al «estilo favorito de Don Enrique,» á la «pronunciación del romance castellano á principios del siglo XV,» y sobre todo, á la «descripción y análisis de cuantos platos y manjares componían entonces el sabroso menú de una mesa principal,» todo ello tomado del libro de Ruberto ó Ruperto de Nola, quien no fué catalán, sino napolitano, como lo indica su apellido, ni tampoco cocinero del Rey Católico Don Fernando, como dice el Sr. Navarro, sino de otro Don Hernando, llamado «el primero,» que reinó desde el año 1458 hasta el de 1494 (374). Maestro de cocina del Rey Don Hernando de Nápoles se llama el mismo Ruperto en la primera de las cuatro ediciones de su Arte de cocina, impresa en Toledo, corte á la sazón del Ernperador Carlos V, el año de 1525, por el mes de Noviembre, siendo la segunda de Logroño, 1529; la tercera de Toledo, 1544, y la cuarta y última de Toledo, 1577, en 8.º

     A las notas y apéndices sigue un glosario bastante extenso, así como tres tablas: una general, otra analítica y otra que suponemos [376] onomástica, y que el Sr. Navarro denomina osomática (?) en dos distintos lugares, con lo cual queda completo el aparato histórico, filológico y culinario con que el nuevo editor ha enriquecido y engalanado la obra de Don Enrique de Villena. Del glosario, en especial, no puede decirse otra cosa sino que está cuidadosamente hecho, con conocimiento de las lenguas castellana catalana en el siglo XV, así como del latín de la Edad Media, que tanto contribuyó á la formación paulatina y lenta de nuestro idioma nacional. Algunas omisiones, sin embargo, hemos advertido de palabras y modismos derivados del arábigo y africano, que en vano hemos buscado en dicho glosario, como por ejemplo, la palabra alhaxixa, usada por Don Enrique en la página 20, que por estar mal definida y peor explicada en el Diccionario de nuestra lengua castellana, y traer, por decirlo así, larga historia, merecía bien, por su origen y circunstancias, algún comentario, aunque breve. Tanto vale en arábigo Haxixa como yerba y hoja, especialmente la del cáñamo (cannabis), cuya simiente, confeccionada con opio, quizá también con la llamada «alegria,» tiene la propiedad de enloquecer y embriagar al que de ella usa, Haxixa-l-fokará , ó «yerba de los faquines,» llamaban los árabes orientales á la que el fanático Xeje-l-giebel, ó Xeque de la Montaña (375), solía administrar á sus discípulos y sectarios siempre que quería animarlos al combate ó prepararlos para arriscada empresa, como la de matar á reyes y ministros á la luz del día y en medio de armados satélites; siendo tal y tamaña la deletérea influencia de aquel brebaje, que á la simple señal de su temido jefe, los ismaelitas, que así se llamaban sus sectarios, se arrojaban á un punto de elevada torre, ó se atravesaban con acerado puñal el corazón, á la manera de los anocas de la India. Haxaxiun, y en el caso oblicuo haxaxin, se llamaban, pues, los tomadores de la haxixa; y como quiera que su principal oficio era ejecutar ciegamente los mandatos de su jefe, y [377] matar alevosamente los que él designaba como sus enemigos, de aquí que la palabra haxaxin se hiciese sinónima de «matador homicida, asesino», y se trasmitiese á todos los idiomas neo-latinos.

     Marmol, en su Descripción de África, libro IV, folio 242, dice: «Los tunecís acostumbran comer una cierta confacion de yerba llamada el Haxix, que vale muy cara entre ellos, la qual tiene tanta fuerça que en comiéndola alegra la persona, etc.» Don Diego de Mendoza en su Guerra de Granada, libro III, folio 83: « Sacó el alguacil una conficion, que suelen los moros usar para salir de sí quando han de pelear, y á vezes tambien para emborracharse, hecha de simiente de cáñamo, fuerte para dormir sueño pesado á la manera de la que llaman los alarabes alhaxin.» Y, por último, en una carta que el licenciado Alonso del Castillo escribió al morisco Aben Farrag ó Fernando de Farrá,que todo es uno, á 15 de Abril de 1570, persuadiéndole que la rebelión de las Alpujarras era obra de malsines y salteadores mal avenidos con la dominación de los cristianos, califica á aquellos sus paisanos de «hombres que no tienen vergüenza de emborracharse, ora con vino, ora con alhaxin, que es más barato.»

     Por las anteriores citas y otras muchas de escritores nacionales y extranjeros que pudiera aducir si no temiera alargar este informe y molestar con una cuestión incidental la atención de la Academia, se vendrá en conocimiento que la haxixa, ya sea electuario, ya bebida, pues de ambas maneras se confeccionaba en España durante el siglo XV, era de uso frecuente y vulgar entre moros y cristianos (376).

     Prosiguiendo ahora con el examen de la nueva edición del Arte Cisoria tal cual la ha dado á luz D. Felipe Benicio Navarro, cúmpleme manifestar que, á parte de alguna que otra ligerísima imperfección, como la de llamar Fray en lugar de Frey al insigne historiador de las ordenes militares de Calatrava y Alcántara Francisco Rades y Andrade; suponer que Gonzalo Fernández [378] de Oviedo escribió su libro de la Cámara del príncipe Don Juan por mandado de Felipe II, siendo así que fué el Emperador, quien se le encargó para su hijo, el Príncipe, en 1535; aparte, digo, de estas, que más parecen descuidos ú errores tipográficos, el que suscribe no vacila en declarar que el editor del Arte Cisoria ha llenado todos y cada uno de los requisitos para este género de publicaciones; que la edición es bella y esmerada y está además exornada con un retrato de Don Enrique, grabado en madera por el editor mismo.

     Ahora bien; sentadas estas premisas, ¿reune ó no la obra del Sr. Navarro las condiciones precisas de originalidad, relevante mérito y utilidad para las bibliotecas públicas, que el Gobierno de S. M. considera indispensables para conceder su protección a los autores? En sentido del informante la cuestión está resuelta porque si bien la obra, estrictamente hablando, no puede ser llamada original, preciso es confesar que sale de nuevo á luz tan engalanada con eruditas notas y apéndices, que es lo mismo que si resucitase, con toda su frescura al cabo de cuatro siglos. Mérito le hay y grande en reproducir el texto con fidelidad y esmero, é ilustrarle con oportunas observaciones; y en cuanto á su utilidad para las bibliotecas públicas nadie podrá negarla. Así, pues, el informante tiene el honor de proponer que, reuniendo la obra del Sr. Navarro todas y cada una de las condiciones exigidas en dicho Real decreto, nuestra Academia la recomiende al Gobierno de S. M. para la adquisición de ejemplares con destino á las bibliotecas provinciales, de Universidades ó Institutos del reino. La Academia con superior criterio resolverá lo que estime más conveniente.

Madrid, 25 de Mayo de 1883.

PASCUAL DE GAYÁNGOS.     

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II. Riqueza histórica y lingüística de los Tumbos y Becerros

     Messieurs: Obéissant aux désirs de l'Académie, qui sont des ordres pour moi, j'ai l'honneur de soumettre á votre jugement si éclairé les quelques notes où j'ai réunis de mon mieux les renseignements sommairement donnés par moi á l'Académie dans sa séance de vendredi dernier, 12 novembre, sur les Tumbos ou Becerros hispano-latins, ainsi que les motifs puissants qui militent en faveur de leur prompte publication. La souveraine utilité, j'oserais presque dire la nécessité de cette publication, surtout en ce qui concerne les documents appartenant à la première période de la reconquête (ab ann. 718 ad ann. 1200) n'a vraiment pas besoin d'être démontrée: elle s'impose au plus simple bon sens. Les preuves accumulées dans les pages suivantes ont donc moins pour but de porter la conviction dans les esprits convaincus d'avance, que de faire naître au fond des cSurs espagnols le regret motivé qu'une telle publication n'ait pas encore été faite, et que notre chère Espagne se soit laissée ainsi prévenir par presque toutes les antres nations civilisées.

     Je le disais vendredi dernier, et je lo répète aujourd'hui avec la conviction de rester en deçà de la vérité, c'est dans les chartes de tout genre et dans les recueils qu'on en a formés que vit toute entière l'Espagne des anciens jours. Les chroniques contemporaines d'Albelda, d'Alphonse III et de Sampire, dégagées des quelques interpolations qu'on leur a plus tard imposées, nous donnent, il est vrai, les faits généraux de son histoire, mais ce n'est là, il faut bien l'avouer que l'esquisse pâle et une, tracée au crayon sur un maigre canevas d'une des plus glorieuses périodes que, dans son existence de quatorze siècles la nation espagnole ait jamais traversées. Les fils d'or et de soie qu'une main habile doit mettre en Suvre pour substituer le tableau á l'esquisse sont cachés au fond de ces Tumbos. C'est là qu'il faut les chercher, si [380] l'on veut terminer l'Suvre commencée par les antiques chroniqueurs, et voir enfin, après un travail bien long sans doute, mais dont les charmes abrègent singulièrement la durée, l'histoire vraie, parce qu'elle est complète de l'Espagne du haut-moyen áge; histoire politique, municipale, législative, économique et littèraire; histoire décrite par les acteurs eux-mêmes, sans fard ec sans déguisement, parce qu'ils ne soupçonnent même pas que leurs paroles puissent jamais aller frapper les oreilles de la postérité. A l'appui des affirmations que vous venez de lire, permettez-moi, Messieurs et savants confrères, de réveiller dans la mémoire de chacun de vous le souvenir des preuves que vous connaissez aussi bien et mieux que moi.

     La chronique d'Albelda, contemporaine d'Alphonse III, le plus grand de cette longue série de rois héroïques que toutes les nations de l'Europe chrétienne vous envient á bon droit, Pélage Alphonse le Catholique, Alphonse le Chaste, Ramire I, Ordoño I, Ordoño II, Ramire II, Ordoño III, raconte en quelques lignes comment Alphonse reconquit, repeupla et réorganisa les Champs, Gothiques et toute l'ancienne Galice depuis les sources de l'Ebre, en passant par Zamore édifiée par ce prince, jusqu'à Coïmbre. En dépit de ce témoignage d'un contemporain, on se refusait à croire à cette conquête, à cette restauration politique et religieuse de la civilisation chrétienne dans ces vastes contrées; et Florez lui même, trompé par los documents apocryphes d'Oviédo s'obstinait à ne voir dans ce trop court récit que l'histoire d'une gigantesque razzia identique, quant à l'absence de tout résultat durable, à celle qui avait conduit un des prédécesseurs de notre héros, le roi Alphonse le Chaste, jusqu'à Lisbonne. Or qu'arrive-t-il un siècle après Florez? L'Acadèmie portugaise de l'histoire publia ses Monumenta Portugaliæ, et, dans la partie de ce magnifique ouvrage, aujourd'hui interrompu, peut-être sans retour, où les Tumbos ont versé leurs richesses, nous voyons reconstruite année par année, mois par mois, et presque jour par jour, la glorieuse histoire de cette reconquête parfaitement authentique. Nous voyons les rois de Léon visiter en compagnie de leur cour cette partie de leurs états; les évêques, dont on s'obstinait à faire des évêques in partibus infidelium, administrer réellement les évêchés de [381] Porto, de Viseu, de Braga, d'Evora, de Coïmbre, fonder des monastères et attirer par leurs bonnes Suvres sur leur personne l'admiration et la reconnaissance des chrétiens de Galice ou de Léon, qui ont repeuplé ces cités. Nous y voyons les frères ou les parents les plus proches de ces mêmes rois (Ramire II sous les régnes enchevêtrés d'Alphonse IV et de Sancho Ordonez, Bermude sous celui de son cousin Ramire III) y faire l'apprentissage de ce pouvoir suprème dont ils seront revêtus un jour á Léon; et enfin, les petits-fils des premiers émigrants chrétiens rappeler avec un légitime orgueil dans leurs donations aux églises ou aux monastères, que les biens dont ils disposent ont été gagnés par leurs ancêtres en combattant sous le drapeau d'Alphonse III. Mais supposons un moment que la monumentale publication de l'Académie de l'Histoire de Lisbonne n'existe encore qu'en projet: le Tumbo de Celanova, que nous pouvons feuilleter et lire dans l'Archivo historico de Madrid peut y suppléer. Il nous donne en effet dans les Confessions d'un Agustin de bas étage, d'abord défroqué, puis revenu á la résipiscence, l'histoire publique et privée d'une famille galicienne, des rois de Léon, et des provinces léonaises du Portugal reconquis dans toute la durée du siècle écoulé entre l'avénement d'Alphonse III, ou mieux son entrée en Portugal, jusqu'àu règne de Ramire III (377).

     Rappellons-nous aussi que lo savant Risco n'a pu reconstituer dans Leon y sus Reyes le règne d'Alphonse V, resté jusq'à lui une terre inconnue, terra incognita, qu'à l'aide des chartes de Léon, curieusement étudiées par cet écrivain. C'est dans ces mêmes chartes que j'ai découvert (apràs Risco, auquel rien ou presque rien n'échappe) un épisode curieux du règne de Bermude II: les séditions dont Léon et son territoire furent le théátre au premier bruit répandu par un imposteur de la mort de ce prince en [382] Galice; épisode qui nous montre Bermude plus actif et plus énergique qu'on ne le suppose habituellement (378). C'est encore grâce au Becerro de Léon, que nous savons ce dont on avait quelque peu douté, non seulement que les maures furent réellement défaits par Alphonse III à Polboraria, mais que cette défaite fut si complète, que trente sept ans plus tard elle servait de point de repère pour fixer la date d'événements d'une moindre importance (379).

     L'Histoire municipale de l'Espagne, des rois de Léon et d'Oviédo ne nous est guères connue que par ces mêmes Tumbos. Que saurions-nous de la fondation d'Oviédo, de la restauration de Lugo, de Léon, d'Orense, de Burgos, etc., etc., sans les chartes et donations publiées par Florez, Risco, les éditeurs des Monumenta Portugaliæ, ete.? Que saurions-nous de la vie sociale et administrative de ces villes une fois fondées sans les chartes de Fuéros (380), sans celles qui nous ont conservé les plaids, arrangements ou sentences, intervenus devant les tribunaux, ou rendues par les juges, dont le Tumbo manuscrit de Léon (381) m'a, à lui seul, fourni plus de vingt spécimens, sans parler de ceux plus nombreux encore renfermés dans la Collection des Monumenta Portugaliæ? C'est enfin par ces mêmes documents et par eux seuls que nous sont révélées les rélations réciproques des diverses classes des populations, urbaines, ecclésiastiques et laïques, nobles ou prolétaires, Chrétiens, Juifs et Sarrasins (382). Et entr'autres découvertes quelque peu inattendues, on y rencontre à [383] chaque pas la preuve de la tolérance parfaite dont, á cette première période de la reconquête, les Juifs, ou pour employer les langage ordinaire des chartes de Léon, les Hébreux jouissaient dans toute l'étendue des royaumes chrétiens du Nord-Ouest espagnol. Les documents rabbiniques, recueillis par mon ami et savant collègue, le P. Fidel Fita dans les archives de Sainte Marie de Léon, corroborés par les chartes hispano-latines du Becerro de cette même Eglise (383), en sont une preuve sans réplique pour le royaume léonais, sans parler du Fuéro des Juifs et des Chrétiens de la capitale de ce royaume publié par Risco, où quant aux droits réciproques, les Juifs sont mis sur un pied presque complet d'égalité avec les Chrétiens. En Galice nous retrouvons ces mêmes Juifs associés avec les Seigneurs, commercant sous leur protection et habitant sous le même toit que leurs patrons (384). On y découvre aussi á chaque pas la preuve que le Forum Judicum et la Collectio canonum étaient sous les rois de Léon et les comtes de Castille les seuls codes civil et ecclésiastique ayant force de loi, absolument comme sous les rois de Tolède.

     Ce que je viens de dire des villes est tout aussi vrai des campagnes. Là encore, si l'on veut se faire une idée juste et précise de la façon dont les provinces arrachées aux maures étaient repeuplées de chrétiens; quels étaient les devoirs réciproques du colon et de son seigneur, du service libre que les premiers devaient au second, des diverses productions du sol, de l'irrigation des terres, et de la richesse du pays, c'est aux donations, actes d'achat ou de vente, conservés en original ou transcrits dans les Becerros qu'il faut s'adresser, et la réponse sera assez complète [384] pour satisfaire la curiosité la plus exigeante (385). Parfois même ces documents trop négligés nous montrent la charité chrétienne sanctifiant les Suvres de l'industrie agricole, comme dans cette donation faite aux religieux de Sainte Marie du Val de Vimine. (Rec. de Léon, f.º 204 v.) en date du 27 Fevrier 978, où le donateur stipule que les religieux pourront user deux jours et demi et deux nuits des eaux d'un canal d'irrigation, mais que le Dimanche, ils les mettront à la disposition des cultivateurs pauvres (386).

     On avait prétendu qu'au Xe siècle les chrétiens d'Espagne étaient si pauvres qu'ils ne connaissaient même pas l'usage de la monnaie. Or le dépouillement des chartes déjà publiées dans les recueils de Yepès, de Berganza, d'Escalona, de Florez, de Sota, de Thomas Gonzalez, ou dans les Monumenta Portugaliæ, toutes tirées des Tumbos ou Becerros, m'a fourni d'innombrables preuves, que nos recherches récentes dans les Tambos mss. ont singulièrement multipliées, de la grande et très-grande richesse métallique de l'Espagne chrétienne á cette époque et aux siècles suivants (387), et de la partie très-large qu'on faisait de ces richesses [385] aux pauvres par la fondation d'hôpitaux (388) aux prisonniers faits par les Maures en payant leur rançon (389).

     J'abuse vraiment de votre patience, Messieurs, et cependant ce que je note ici en courant n'est qu'une faible partie des richesses de tout genre accumulées dans les cartulaires espagnols.

     Vous savez quel démenti le travail de M. Villa-Amil sur les Bibliothèques de Galice, et celui que j'ai publié sur les Bibliothèques espagnoles du haut-moyen âge ont donné à l'assertion d'un très-savant homme sur l'absence de toute bibliothèque dans l'Espagne chrétienne, sur l'ignorance même da véritable sens de ce mot parmi vos glorieux ancêtres. Je ne reviendrai donc sur cette question définitivement résolue que pour vous annoncer que l'exploration du Becerro de Léon nous a fait retrouver une nouvelle et riche Bibliothèque, celle que Cixila II, évéque de Léon, donnait au monastère des Saints Cosme et Damien d'Abeliare, le 5 novembre 927 (390). Elle renfermait entr'autres livres, la Bible en trois volumes, la Cité de Dieu de Saint-Augustin, les Satyres de Juvénal, l'Enéïde de Virgili, les Poésies de Prudence, de'Alcimus Avitus, d'Alcuin et d'Adelelme, les Suvres de Saint-Eugène de Tolède, les Etymologies de Saint-Isidore, trois livres de Chroniques, etc., etc. D'autre part nous avons en le bonheur de tenir entre les mains les débris de quelques uns des manuscrits de lettre gothique ayant fait partie de l'antique Bibliothèque de la cathédrale de Léon. L'un de ces débris appartenait á un recueil des Comédies de Plaute, l'autre des Satyres d'Horace, un troisième à celui des Poésies de Saint-Paulin de Nole, et un quatrième à [386] celui des Poésies d'Eugène de Tolède. Le dernier feuillet mutilé d'un exemplaire détruit du Liber Comitis, conservé en ces mêmes archives de Sainte Marie, porte á son revers le testament autographe de l'évêque Pélage de Léon, par lequel ce prélat donne sous certaines conditions ce manuscrit á son église.

     Quant aux richesses que ces mêmes Becerros tiennent en reserve pour les philologues, elles son immenses. Pour vous en donner une idée il me suffira de vous dire que le seul dépouillement du Tumbo de Léon m'a mis en possession de plus de deux cents textes portant chacun, enchassés dans les phrases latines dont il se compose, un, deux et parfois jusqu'à quatre mots de la langue vulgaire parlée dans les pays espagnols du Nord-Ouest dans le cours du haut-moyen âge. Ces textes, réunis chronologiquement, me donnent l'état civil de chaque mot depuis sa naissanee et sa forme la plus antique, jusqu'à sa forme la plus moderne en passant par toutes les formes intermédiaires. Ils tranchent ainsi historiquement bien des questions étymologiques mal résolues, ou restées insolubles jusqu'ici.

     Madrid, 13-15 novembre 1880.

JULES TAILHAN S. J.     

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III. Obras de D. Amós Escalante

     La autoridad de nuestro Director me ha señalado el deber, que cumplo de muy buen grado, de manifestar á la Academia lo que siento y juzgo acerca de los libros últimamente recibidos. Su autor, D. Amós Escalante, por modestia sin duda, lo ha publicado bajo el pseudónimo de Juan García; nombre y apellido, que por lo comunes asemejan al proverbial incierto Juan Fernández; nombre y sobrenombre que dejan al lector dudoso, si ya no le inrcitan á investigar cuáles sean los verdaderos, que tan somera y descuidadamente se esconden. [387]

     Después del recibo de estas obras, la Academia ha agasajado al Sr. Escalante con el título de miembro correspondiente; distinción que manifiesta el buen concepto, que generalmente merece el notable escritor; y aunque ese juicio, certero siempre, y para mí sobremanera respetable, pudiera excusarse de emitir singular y desautorizada opinión, está por encima de todo un precepto, que debo cumplir, mayormente cuando en mi examen sólo he hallado motivos para hacer coro á lo que mis dignos compañeros sienten de ambos impresos. Únicamente surge de aquí la conveniencia de abreviar este informe, puesto que muchos de los que me oyen conocen los libros mejor que yo, y que sería intemperancia molestar la atención de la Academia con observaciones prolijas.

     Intitúlase la primera obra Del Ebro al Tiber, y consta de 410 páginas y tres hojas más de índice en 8.º, regularmente impresa en esta corte, año de 1864, en el establecimiento de Cristóbal González. La segunda, con el título de Costas y Montañas, estampada también en Madrid y con más lujo el año último de 1871, oficina de M. Tello, contiene 719 páginas en 8.º y dos hojas de rectificaciones y erratas. Diré con el laconismo posible, lo que he llegado á pensar de cada uno de los dos libros.

     Del Ebro al Tíber, es un viaje ligero y ameno desde Santander hasta las puertas de Roma, emprendido por mar hasta Bayona, y continuado por tierra, atravesando el centro de Francia, la Saboya y los Alpes, y recorriendo buena parte del Milanesado, del Lombardo-Véneto y de la Italia yacente al norte del Tíber. Con pinceladas maestras, que entretienen é instruyen, da á conocer el viajero lo que más llama la atención á un explorador de sentimientos elevados y tiernos, así en Bayona y sus contornos amenos, como en las renombradas Orleans, Bourges y Lyon sobre el Ródano; cruza después el Mont-Cenis, describe y cuenta lo que cree digno de observarse en Turín, Novara, Milán, Venecia, Florencia, Génova y otras ciudades de Italia, deteniéndose con fruición patriótica en Pavía, Brescia, Verona y Parma, evocando memorias antiguas y modernas, que enlazan los fastos de aquella Península y de la nuestra. No pierde ocasión alguna de relacionar nuestra historia con la de aquellos pueblos siempre admirables por la poesía y por el arte, y empeñados en frecuentes luchas [388] territoriales y políticas, ora dando origen á pequeñas autonomías, como las de Mónaco y San Marino, ó poderosas repúblicas marítimas, como las de Génova y Venecia; ora confundiéndose ó dividiéndose en ligas extrañas; ora, en fin, aspirando á la difícil unidad.

     El Sr. Escalante se muestra en su viaje poseedor de variedad de conocimientos, diestro en manejar este ramo de amena literatura, hábil en combinar relaciones, cuadros y episodios y dota de facultades propias para dar feliz cima á su felicisima concepción.tudiadamente ha eludido al caer en la manía de la época, limitándose á la política de salón y de las damas. Así es que, tropezando en su itinerario con personajes distinguidos, como María de Orleans, el conde de Cavour, Luisa Teresa de Borbón, etc., habla de ellos con la imparcialidad del historiador, sin ceder a la pasión que subyuga á los hombres de partido. Conócese en todas las ocasiones, que hay más amor á la justicia, á la verdad y á la razón, que apartidamiento de escuela y apego á las contiendas sistemáticas.

     Vedle en las tertulias de Turin inquiriendo curioso y atinado sobre la lengua, ideas, costumbre y vida de aquella sociedad: oidle cómo describe la alegría espontánea y comunicativa de lo milaneses, que encuentra perceptible en el aire, en las plantas y hasta en las piedras: miradle, por último, cuál discurre sorprendido y melancolico en Venecia, filósofo en el Tesino, ascético contemplativo en el San Bernardo, y habréis de convenir conmigo en que el escritor atesora dotes sobrados para atraerse benévolo á los lectores y para merecer el aprecio de los cuerpos sabios. Y no obstante las bellezas, gracia, oportunidad y atractivos sin número del viaje de que os hablo, está escrito en la forma epistolar, sin pretensiones, con espontánea y natural facilidad, como quien mueve la pluma á impulsos de un corazón sano, de una conciencia recta, de un propósito benéfico hacia sus semejantes.

     Otra cosa es, sin embargo, el segundo libro Costas y Montañas, y al establecer esta diferencia, no aludo, ni por pienso, á que le falten las condiciones estimables del primero: al contrario, me fundo en que revela convicción de llegar más adelante en el [389] camino de la perfección literaria. Fué aquel su primer ensayo, y siete años trascurridos en la meditación y en el estudio, hablan de ofrecer una nueva obra, basada en mejor plan; más formal y extensa, con secciones, apéndices, notas, y hasta con mejores tipos y papel. Adiestrado el Sr. Escalante, más nutrido y animoso, pensó en hacer un libro de superior importancia; y lo ha hecho, en efecto, sin omitir una sola de aquellas bellezas, ni en el fondo, ni en el modo, ni en el estilo, ni en las demás cualidades características; antes bien desarrollándolas y perfeccionándolas.

     Pocas millas de costa recorre el explorador: desde Castro Urdiales á San Vicente de la Barquera; no abarca tampoco muchas leguas de montañas: desde Torrelavega, lindero de la frontera cántabra, hasta las Peñas de Europa en Asturias. Y en tan breve recinto ha sabido encontrar materia bastante copiosa y agradable para descripciones encantadoras, para entretener ó instruir al lector, sin que de la lectura se canse ni distraiga. El libro de Costas y Montañas es de aquellos, que una vez abiertos no se acierta á cerrarlos, hasta haber devorado sus páginas, henchidas de panoramas topográficos, de cuadros históricos, de narraciones que embelesan, de noticias que ilustran; páginas abrillantadas, llenas de animación y vigor tales, que identifican á los que leen ó escuchan con los pensamientos delicados del inflamado descriptor.

     Reparando en la verdad de las escenas, en la sencillez con que se presentan y en lo espontáneo de la frase, no cabe imaginar que se ha escrito una novela de pura imaginación, de las que ingenios aptos hacen en pocos días, de sencilla tarea, no: la obra de que me ocupo demuestra en cada cuadro ó episodio un estudio detenido de nuestras crónicas y leyendas, un caudal de conocimientos poco común, una colección riquísima de materiales y apuntes; una consagración, en fin, al propósito del autor. Asi lo confirman abundantes referencias á historiadores y geógrafos antiguos y modernos, reiteradas muestras de erudición científica y literaria, el justo alarde de familiaridad con el lenguaje técnico de las proposiciones é industrias, y la soltura con que se pasea por el país descubierto al entusiasmado viajero.

     ¿Quién no siente animado y vivo el bosquejo de la playa alegre de Castro, cuajada, de mujeres que tan variados caracteres [390] representan y tan caprichosas condiciones descubren? ¿Cómo dejar de admirar el retrato del buen amigo, del amigo leal y sincero, aunque áulico, en la persona de Luis Quixada? ¿Cabe una escena mejor concluida, que la de las pescaderas ambulantes y sedentarias de Santander, con gritos que se oyen, semblantes que gesticulan y riñas que espantan?

¡Santander! Amada casa del escritor, á la cual ha consagrado todo su cariño filial, bordándola una flor estimable, que será deleite de las gentes de letras y guardarán todas las bibliotecas.

     El cuadro del indiano montañés, en que admirablemente se delinean las aspiraciones de aquella juventud, las etapas del emigrante, los temores de la madre, el compromiso de la escasa hacienda, los vaivenes y el término, acaso fatal, del afortunado cubano ó perulero, es superior á todo encarecimiento, y bastaría para dar la medida de la talla del autor.

     La imparcialidad exige una declaracion, que parece con lo hasta aquí manifestado. El Sr. Escalante, como si aspirase á regenerador del lenguaje castellano, no repara en tomarse licencia en el uso de las palabras. Recuerdo las de ineruditas, bolisar, barreada, peoniles, etc., no autorizadas por el Diccionario académico. ¿Es por ello censurable? Mi opinión particular lo absuelve: que á personas de su imaginación, de tan buen gusto, y de romancismo tan genial, les es permitido ese género de creaciones, hechas según la índole de nuestra lengua, que, aceptadas por otros ingenios, suelen generalizarse después, enriqueciendo el habla castellana. No hay que confundir estas libertades con el prurito de importarnos voces innecesarias y mal traducidas, que ha infiltrado en nuestros tiempos la mucha lectura de escritos extranjeros y el desconocimiento de nuestro clásicos.

     Me excedo ya de los límites que había trazado á este informe: voy á concluir. En los libros del Sr. Escalante sobresalen cualidades estimables: gran modestia en el pensar y en el decir, y hasta en el título de las obras. Descúbrese aptitud para diferentes géneros de literatura en que se muestra tan hombre de sociedad como filósofo, en el que así maneja la critica de las bellas artes, como tiene el arrojo de intrépido viajero y la paciencia de escudriñador de empolvados archivos; y por último, preside á [391] ambos escritos un sentimiento de moralidad y de amor patrio, que aunque no fueran lo provechosos que son, jamás producirían el menor daño: ventaja no despreciable cuando tanto se publica que pervierte los buenos instintos, que perturba la razón y que enloquece á los hombres más juiciosos. Mucho puede esperarse de nuestro nuevo compañero, si continúa el camino que ha emprendido. Por todo, me atrevo á proponer á la Academia que acepte el juicio favorable, que de los libros del Sr. Escalante he formado, ó lo corrija, como puede y sabe.

     Madrid 22 de Febrero de 1872.

FERMÍN CABALLERO.     

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IV. Colección de Obras inéditas ó poco conocidas para servir á la historia del Rio de la Plata

     Cumpliendo con el encargo del señor Director, he examinado con detenimiento un opúsculo de 24 páginas, titulado: Colección de Obras, Documentos y Noticias inéditas ó poco conocidas, para servir á la Historia Física, Política y Literaria del Río de la Plata, publicada por Andrés Lomas.

     El referido opúsculo, como lo indica el corto número de sus hojas, sólo es el proyecto de la Colección que anuncia en 1869 y de las obras que deben componerla. Muchas, según sus títulos, corresponden á la historia del dominio español en el Uruguay, Paraguay y Río de la Plata; algunas no creo que sean conocidas en España; y es, por lo tanto, de desear que la Academia las adquiera á medida que vaya saliendo á luz la Colección á que acabo de referirme.

     Madrid 5 de Mayo de 1871.

JACOBO DE LA PEZUELA.     [392]

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V. Antigüedades prehistóricas de la provincia de Huelva

     Excmo. señor: Por segunda vez se dirige D. Recaredo de Garay y Anduaga á la Academia de la Historia, dándole cuenta de sus descubrimientos de Arqueología prehistórica en la provincia de Huelva. Dedicado al laboreo de las minas de cobre que forman la principal riqueza de ese país, ha ido encontrando en los criaderos metalíferos la huella de las generaciones sin número que unas tras otras han rogado con su sudor los abundantes veneros del rojo metal, tan útil ahora, como en otro tiempo precioso; y extendiendo sus investigaciones á los campos inmediatos, ha sacado á luz las sepulturas de los mineros más antiguos de la antiquisima Tharsis.

    Ya en 10 de Febrero del presente año comunicó el Sr. Garay descubrimiento de mazos de diorita que, según su acertada conjetura, sirvieron para arrancar de su yacimiento la mena de cobre; como era propio de una época en que siendo este metal, por su rareza y utilidad, de gran precio, no debía razonablemente aplicarse á la ruda faena de golpear los duros filones.

     Después ha proseguido el Sr. Garay con igual ó mejor afán en el mismo estudio, y con fecha 4 de Octubre comunica el hallazgo de hachas y cuchillos de cobre puro, afilados en la piedra, y anillos de lo mismo; todo fundido imperfectamente, tosco en labor, rudo en la forma. También el oro, decano de los metales, y la plata, de no mucha menor antigüedad, se han dejado ver entre los restos que el Sr. Garay ha exhumado.

     Del primero ha descubierto un anillo, que aunque considera votivo, no se ve dificultad para que pueda ser de personal ornato, y del último metal son unas armilas de alambre que, por su ductilidad, se puede adaptar al diámetro de cualquier brazo ó muñeca, ó aplicarse, para decorarlo, á un objeto de madera ó de otro metal, siendo, por tanto, innecesario traer á la memoria, como lo hace el autor de la comunicación, los anillos-monedas de la edad prehistórica que se ven el Museo de Estocolmo. [393]

     La Academia recordará que en el informe sobre el libro del Sr. Góngora, entre cuyos firmantes tuvo la honra de contarse uno de los que suscriben, se hizo notar, como de gran importancia, el descubrimiento de objetos de cobre puro en algunos dólmenes situados al Poniente del partido de Baza. Los anillos allí descubiertos son, no semejantes, sino idénticos en todas sus condiciones á los de las sepulturas de Huelva. Con razón, pues, conjetura el Sr. Garay que en España, ó en Andalucía al menos, á la edad de piedra sucedió una edad del cobre, de duración suficiente antes de la del bronce, para dejar vestigios que en las naciones del Norte no han quedado, porque la transición de la piedra al bronce fuera más tardía y más repentina, como venida de país extranjero. Y es natural que, lo mismo que sucedía en la América del Norte á la llegada de Hernán Cortés, hubiese un tiempo en que, tanto ó más fácilmente que el oro nativo se utilizase en la Bética el cobre que en el mismo estado se manifiesta en algunas vetas, y que la oxidación de la superficie de las armas y herramientas revelase la existencia del metal en las otras minas, que lo dieran á su vez con más abundancia.

     Esto es una muestra de lo mucho que importa el cultivo de los estudios prehistóricos, base de una verdadera ciencia arqueológica, por cuanto tiende á reconstituir un estado histórico desconocido por medio de la observación y comparación de las reliquias que el tiempo ha respetado. Estos estudios son difíciles por la preparación que necesitan en otros ramos del saber muy variados, son penosos por las tareas ímprobas y no pequeño dispendio que las nuevas investigaciones acarrean, y son un tanto expuestos á hacer resbalar á los que las cultivan por la pendiente peligrosa de hipótesis y consecuencias poco meditadas. Por eso se dirigen ahora rudos ataques á estos y á otros estudios de ciencias naturales que con ellos algún tanto se enlazan, como si fueran responsables de ciertas doctrinas materialistas que quieren fundar en los mismos varios escritores contemporáneos; y la pasión de escuela llega hasta negar á la arqueología prehistórica todo interés que no sea local y muy reducido. Injusto es, á la verdad, ese juicio, y producto sólo del poco detenimiento con que se hojean volúmenes creyendo así leerlos. Si el materialismo viene hoy [394] armado de prehistóricas enseñanzas, no es culpa de estas, sino simple fenómeno accidental, porque en la perpetua lucha de las dos escuelas fundamentales de la Filosofía, la materialista echa mano siempre de las ciencias más nuevas, y como más nuevas, imperfectas, para poder completarlas á su capricho y oponerlas á la creciente é invasora oleada de su rival espiritualista, que toma pié para combatirla en las mismas ciencias mejor conocidas, ó del todo organizadas. Conviene, pues, atacar los problemas históricos, como los problemas científicos, con tanto más empeño cuanto más oscuros parezcan, ó más contradicen las ideas corrientes ó las nociones más recibidas; porque en el fondo de esa contradicción y de esa oscuridad ha de hallarse la síntesis armónica que resuelva todas las dificultades.

     Y ¿cuáles son las más serias que la Arqueología prehistórica ofrece? Por una parte la perspectiva de un estado más ó menos salvaje de los europeos primitivos, lo cual echa abajo los poemas medio bíblicos, medio mitológicos, que andaban mejor acreditados acerca de los orígenes de nuestra población occidental; pero estos orígenes no eran incontestables, ni la nueva faz del asunto es en modo alguno absurda en sí misma, ni menos peregrina que la enseñada, para tiempos también prehistóricos, por los cultivadores de otra ciencia igualmente ridiculizada, la Filología.

     La otra dificultad iniportante es la fabulosa extensión á que parece alcanzar el periodo de la existencia de la humana especie. Pero es necesario observar que la cronología prehistórica no asegura sino el orden de los sucesos y no su duración absoluta; y que acerca de ésta, los autores más atrevidos, como el mismo Lyell, se encierran prudentemente en un juicio condicional, y dicen que si tal capa de tierra se formó con la misma velocidad que tal otra contemporánea, la antigüedad de tal objeto es de tantos siglos, reflexión muy oportuna para ir introduciendo el orden en este género de conocimientos, sin afirmar definitivamente nada.

     Si hay otras dificultades que tanto alarman á los timoratos del espiritualismo, no pertenecen á la ciencia, nace de los que toman pié en lo menos claro de ella, como son los cráneos, en cortísimo número hallados, y poco completos, para descarriarse por donde á su imaginación mejor les place. No está exento de este último [395] defecto el Sr. Garay, si bien en más tolerable sentido, cuando de unos trozos de metal y de unos cascos de vasijas fantasea para nuestra patria progresos superiores á los de otros climas de Europa; pero esto es hijo del entusiasmo, cualidad indispensable al que quiera andar el escabroso campo de los estudios graves. Para sostener este noble impulso, para premiar los importantes trabajos una y otra vez presentados á la Academia ó en la prensa literaria, y para promover los descubrimientos que puede prometer tan celoso aficionado, los que suscriben someten á la consideración de la Academia la conveniencia de recibir, en calidad de correspondiente, al Sr. D. Recaredo de Garay y Anduaga, autor de la comunicación que motiva el informe con que han molestado más de lo regular la atención de sus colegas.

     La Academia, como siempre, resolverá lo más acertado.

     Madrid 22 de Diciembre de 1870.

                      EDUARDO SAAVEDRA                                                         CAYETANO ROSELL.     

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VI. Os Musicos portuguezes

     En cumplimiento del encargo que se sirvió hacerme el señor Director de esta Real Academia, he examinado la obra que bajo el título de Os Musicos Portuguezes acaba de dar á luz en Porto el diligente D. Joaquin de Vasconcellos. Consta de dos volúmenes en 8.º francés, de 280 á 312 páginas, y tiene por objeto, según textualmente afirma su autor «la reconstrucción de la historia de la música» en el suelo lusitano, antes de ahora del todo olvidada ó desdeñosamente vista por los eruditos.

     Pónese el Sr. Vasconcellos al frente, bajo el título de Ideias preliminares, una introducción encaminada á dar á conocer el intento que le ha movido á escribir la obra. Nació el pensamiento de ésta de un pensamiento patriótico: Vasconcellos, educado en Alemania, volvió á su patria en 1865, trayendo á ella el amor de la música, arte que, en su sentir, caracteriza los tiempos modernos. Tal vez porque este amor le llevara á ciertas exageraciones [396] que le hicieron ser visto con mortificadora prevención, tal vez porque anhelara justificar en el concepto de sus compatriotas, con el recuerdo de otros días de menor cultura, aquella manera de pasión que le dominaba, comenzó á interrogar los tiempos pasados, no sin que le salieran al encuentro muy á menudo el silencio y el menosprecio. No es sin duda, Vasconcellos uno de aquellos hombres, que ceden al primer contratiempo: la contradicción y el desdén encendieron su amor propio y su patriotismo; y lo que acaso había sido en el primer momento ofensa de su orgullo, trocóse luego en aguijón poderoso, que le impulsó en el anhelo de mostrar á sus compatriotas cuán reprensible era el abandono de las glorias artísticas de la nación portuguesa, entre las cuales tenía para él muy señalado lugar el Arte de la Música.

     Halló el pensamiento de Vasconcellos eficaz incentivo en 1866 con la publicación de la Biographie Universelle des Musiciens, debida á Murfeis, obra en que se daban, no sin errores, noticias hasta de noventa músicos portugueses. A la contradicción se había unido pues el estímulo. Vasconcellos duplicó sus esfuerzos, crecieron sus investigaciones, y acaudaladas sus noticias con las que allegaba al propio tiempo el ilustrado Platón de Vaxel, que se las cedía generosamente, creyóse ya en situación de dar á conocer á sus descreidos compatriotas hasta cuatrocientos músicos portugueses. El noble deseo de vindicar á su patria, levantando un monumento «singelo á uns nomes ilustres que estaban olvidados na memoria da geracao moderna,» hallábase en parte satisfecho. -Pero ¿bajo cuál forma debía el nuevo investigador presentar el fruto de sus vigilias á los hombres ilus trados?- Siempre será esta cuestión de gran monta, ya que no la más importante que debe resolver todo el que aspira á dar cabo á empresa semejante á la que Vasconcellos echaba sobre sus hombros: la elección determinaría, á no dudarlo, el verdadero criterio del autor, revelaría sus miras, y debería ser fiadora del acierto: Vasconcellos se había presentado en el palenque de las letras con las aspiraciones de filósofo, el mote de libre pensador y el desdén de todo lo que no fuera novedad y progreso; y sin embargo, mientras hablaba con pasión de la historia de las artes y de la civilización portuguesa y condenaba duramente á los que las tenían desdeñadas, decidióse [397] por la forma y ordenación alfabética para dotar á su patria del monumento, con tan vivo afán ambicionado.

     Como es fácil reconocer, el autor de Os Musicos portuguezes había tomado el más trillado camino; pero sin duda el menos propio para llevarle á la codiciada meta. Grandes, inmensos, invencibles serán siempre los inconvenientes de todo Diccionario para lograr una verdadera ordenación científica, mayores y menos superables los obstáculos que oponga á toda exposición, que además de científica, aspire á ser histórica. Fortuita, empírica, inconexa, jamás podrá someterse exposición semejante á un verdadero sistema filosófico, jamás alcanzará á servir de base al pensamiento unitario, que debe irremisiblemente presidir en toda obra de ciencia y de arte; jamás logrará, por último, disipar las tinieblas que envuelvan la materia histórica ó científica, sobre que la especulacion se realice. Debió, sin duda el Sr. Vasconcellos advertir todos estos inconvenientes, todos estos obstáculos que recibían tal vez mayor bulto del mismo alarde de erudición y de filosofismo que había hecho desde su vuelta de Alemania; y acudió á suplir la falta, escribiendo algunas páginas sobre la Historia de la Música en el pueblo lusitano. Pero si alardeó en este empeño de filósofo á la alemana, mostróse por desdicha poco preparado en el estudio de la historia patria; y cegado por el espíritu de la negación, no acertó, no pudo acertar á discernir las leyes más generales, á que debía y debe sujetarse toda Historia de la Música dentro de la Península Ibérica.

     En efecto: presumiendo sin duda que la civilización portuguesa debía ceñirse única y estrictamente al desenvolvimiento de la cultura universal del mundo moderno, sin curarse de otros precedentes, al propio tiempo que invoca el principio fundamental de crítica de «que las manifestaciones de las formas de arte reflejan de un modo indefectible (fatal dice) las revoluciones de la sociedad humana,» somete la historia de la música en Portugal á tres diferentes períodos, que fija de la manera siguiente: 1.º Desde San Ambrosio, en que se da principio al canto con nombre de Ambrosiano, y se inaugura la invasión de los pueblos del Norte á Gregorio Magno (375 y 384 á 593): 2.º De San Gregorio, en que se reforma el canto Ambrosiano, tomando el título de Gregoriano, [398] época en que se consolida el papado á Cacini y Peri, corriendo ya el último tercio del siglo XVI (593 y 600 á 1580): 3.º Desde Cacini y Peri, que dan el primer paso para la música dramática, creando la ópera, mientras se consolida la Reforma de Lutero, á los tiempos presentes (1581 á 1870).

     A la verdad, dada esta división, que el Sr. Vasconcellos impone altamente filosófica y trascendental, no es ya de sentir que se decidiera por la forma alfabética, abandonando toda idea de exposición histórica. El autor de Os Musicos portuguezes, buscando la razón de ser de la historia del arte de la música en su patria dentro de otras civilizaciones, no sin tributar grande admiración á la protesta luterana y con gratuita ofensa del catolicismo, olvidóse de todo ó desconoce por entero los verdaderos fundamentos de la cultura lusitana. Para él nada significan los orígenes de aquella nacionalidad, que tanto ama: ni en los primeros días del cristianismo, ni durante la importante y gloriosa Era de la Iglesia visigoda; ni al verificarse la reconquista del suelo portugués por las armas castellanas; ni al poblarse aquellas regiones por la gente gallega que les llevan una lengua, una religión y una poesía, destinadas á vivir largas edades, halla el Sr. Vasconcellos relación ni analogía, digna de tenerse presente, al trazar la división que dejo mencionada, no pareciendo sino que el territorio lusitano se halla á inmensa distancia de la Península pirenáica, y que no ha formado con ella un solo pueblo, constituyendo realmente una civilización, cuya iniciativa correspondió por largos siglos á las regiones centrales de Iberia.

     ¿Cómo, tratándose de la Historia de cualquiera de las artes de Portugal, ha de admitirse esa especie de divorcio?... Portugal es sólo una parte de la antigua Lusitania, en la España, ulterior de los romanos: durante el imperio visigodo, vivió sujeta ó hermanada á las demás provincias que constituyeron aquella poderosa monarquía, y cuando llegó á trocarse en el tercer Concilio toledano la paz religiosa de España, merced á la convención de Recaredo, entró en la vida del catolicismo, como entraron todas las comarcas, comprendidas desde las Bocas del Ródano al Océano Atlántico. ¿Por qué, pues, desconocer todos estos hechos fundamentales, para entregar al olvido los más culminantes sobre [399] que debe estribar, lo mismo en España que en Portugal la historia de todas las artes, inclusa la música?... No olvidándolos habría podido el Sr. Vasconcellos discernir, no ya sólo las disposiciones generales de los concilios toledanos, que se repitieron en otras provinciales sobre el canto sagrado, sino también los esfuerzos que hicieron muy respetables varones, para perfeccionar la música que en los mismos cantos se empleaba. Hubiérale sido posible conocer que además de los salmos y antífonas, que se cantaban en la Iglesia Occidental desde los tiempos de San Dámaso, celebraba el catolicismo, con mil piadosos himnos, la memoria de sus mártires desde la época del español Prudencio, y que estos himnos, como los salmos y las antífonas eran cantadas por clero y pueblo bajo las bóvedas del templo católico, en todo el año y en toda la extensión del Imperio visigodo: hubiera podido apreciar y aquilatar dignamente los esfuerzos hechos para perfeccionar la música tradicional de la Iglesia, por Máximo y Conancio, Leandro é Isidoro, esfuerzos que se resumieron al fin en Eugenio III de Toledo, legando á la posteridad el canto religioso, que sólo había de tener modificación, quitada en tiempo de Alfonso VI, la antigua liturgia isidoriana.

     Fácil y natural hubiera sido al Sr. Vasconcellos el llegar por este camino á los verdaderos orígenes de la nación portuguesa, y no indigno de un filósofo el confesar, á la manera que lo hace su compatriota Herculano, las inmensas deudas que tiene contraidas aquella porción de España con la España central, de que sólo una política desacertada pudo una y otra vez desasirla. Pero apartado ya del único sendero que debía llevarle al conocimiento y posesión de la verdad, no podía el Sr. Vasconcellos ser más justo apreciador de la historia del arte de la música en la España de la Reconquista que lo había sido respecto de la visigoda. Formó en toda la Edad Media parte de la educación del clero y de la nobleza el estudio de la música, comprendida entre las artes liberales, que constituían el quadrivio: primero en las escuelas isidorianas que felizmente sobreviven á la invasión sarracena; después en las monacales que guardan solas por muchos siglos aquella veneranda tradición, más adelante, en las catedrales, inclinadas desde un principio á labrar con preferencia la educación de sus [400] cantores; y finalmente en los estudios generales que desde el siglo XIII en adelante reciben el impulso de reyes tam lustres como Alfonso VIII, Alfonso IX, Fernando III y Alfonso el Sabio... en todas partes alcanzó la enseñanza de la música predilección extremada. Las gentes de clerecía lo mismo que las clases privilegiadas, en cuya educación entraba por mucho, no ya sólo el «tañer estrumentos», sino el cantar y el asonar las canciones que ya otros poetas sus iguales, ya ellos mismos componían, prosiguieron en toda la Edad Media cultivando la música bajo muy diversas relaciones, no rechazado el pueblo de aquella manera de perpetuo concierto, en que se hermanaban y fundían felizmente en una, así las inspiraciones guerreras como las inspiraciones religiosas, doble polo sobre que giraba principalmente la civilización ibera.

     Notable es en realidad que este maravilloso concierto, en que á mediados y á fines del siglo XIII, vemos tomar parte como tales músicos compositores á reyes tan ilustres cual Alfonso X de Castilla y Don Dionís de Portugal, su nieto, con las memorables Cantigas que uno y otro consagran á los loores de la Vírgen; este concierto, cuyo conocimiento y generalidad calificaba, al mediar el siglo XIV, el renombrado Don Juan, hijo del infante Don Manuel, son el instructivo cuanto bello apólogo del Caballero músico y el Zapatero de Perpiñán; este concierto que se trasmitía al siglo XVI, animado ya por la luz de muy doctos doctrinales, entre los cuales, dentro del siglo XV, eran dados á la estampa los de Ramos de Pareja (1482), Marcos Durán (1492) y Guillermo de Podio (1495), no haya llamado la atención del erudito autor de Os Musicos portuguezes, perdiendo así, no ya sólo las fuentes de todo procedimiento histórico que pudiera conducirlo á la posesión de la verdad, sino lo que no es menos importante, la única reforma y base de todo acertado juicio al tratar de las artes de la Edad Media. Cierto es que el mismo Sr. Vasconcellos no esquiva en las Ideias preliminares de su libro la explicación de este singular descarrilamiento: «A reforma do canto, inaugurada pelo bispo de Milão, effetua-se é consolida-se conjuntamente com ó poder temporal do Papa, una das institucões mais criminosas, mais hypocritas, mais odiosas que conta á histoira.» (!!) E á ella, [401] que cabe o peso da mayor parte dos crimes commetidos pela humanidade: por isso se arrastra oje vella, moribunda, encostada á un báculo de vidro, que se chama o sceptro de un rei.» (Pág. XIX.) Vasconcellos, después de poner larga serie de puntos suspensivos, añadía: «Saltemos á 1580.»

     El salto era, en efecto, atrevido: pero mortal. El Sr. Vasconcellos, deja, pues, en la oscuridad más dolorosa la historia de la música en Portugal durante la Edad Media, por más que alguna vez (ya en la ejecución del Diccionario) intente manifestar que no está del todo ayuno en su conocimiento. Tal sucede en los artículos de Don Juan IV y Don Juan V, fundador el primero de una biblioteca musical, y protector el segundo de los músicos portugueses y del culto católico, en que se empleaban. Vasconcellos, tomando ocasión de esta predilección regia, esfuérzase en trazar la historia de la Real Capilla de Portugal, trayéndola desde los tiempos del suevo Teodomiro. A la verdad, no puede adivinarse cómo ata en su mente la sucesión histórica de semejante institución, cortada tantas veces y por tan largos períodos la sucesión histórica; lo notable es, sin embargo, que sólo haya visto el autor de Os Musicos portuguezes esa fuente histórica del arte músico y esa tradición durante los tiempos medios.

     Pero más incomprensible es todavía el que, olvidadas estas sus observaciones propias, sólo haya tenido vista el Sr. Vasconcellos para descubrir por encima de «os criminosos excesos dos ministros do altar, durante una vida indigna de oito seculos,» el nacimiento de la ópera, al calor de la reforma luterana, en 1580. La Academia no podrá menos de admirarse de que un escritor del siglo XIX que hace gala de erudito, de crítico y de filósofo, olvide en tal manera la historia. ¿Qué dirán, en efecto, los escritores italianos de nuestros días, cuando hallen en el discurso preliminar del autor de Os Musicos portuguezes semejantes aseveraciones? La historia de la música teatral presenta una infancia, una juventud, una virilidad, cual presentará una decrepitud, edades propias de toda manifestación de arte, como lo son de la naturaleza humana que lo produce. ¿Será, por tanto, posible despojar al desarrollo histórico del melodrama de estas necesarias condiciones? Los esfuerzos y los aciertos hechos y logrados bajo los [402] auspicios de un Cosme de Médicis y secundados feliz y personalmente por un Lorenzo el Magnífico, en suelo clásico de las artes, patria de Dante y de Petrarca, prueban dentro del siglo XV y en los primeros años del XVI, con cuán poca fortuna ha consultado el Sr. Vasconcellos la historia de la música italiana, llegando de un salto al año de 1580, en que aparecen Peri y Caccini como fruto de la revolución luterana.

     Y no era, no podía ser este olvido favorable, como no lo era el de toda la vida intelectual de toda la Edad Media, á la ejecución de la obra Os Musicos portuguezes. Ya un autorizado maestro español, el Sr. D. Francisco Asenjo Barbieri, ha demostrado en la Revista de España el poco fundamento y justicia con que ha pretendido el Sr. Vasconcellos imponer á la Iberia central la influencia de la música portuguesa durante los siglos XVI y XVII. Pero ¿cómo lo ha pretendido? Con la simple inclusión en su Diccionario de ciertos ingenios portugueses que figuran cual músicos y poetas entre los ingenios españoles. Fuera de que todos los hechos históricos anteriores, coetáneos y subsiguientes á las expresadas centurias, deponen, cuanto á esa soñada influencia, en contra de semejante pretensión, parece por extremo inverosímil cómo se ha ocultado al talento y á la aspiración critica del señor Vasconcellos lo improcedente de su raciocinio. Trátase, en verdad de Gil Vicente, Jorge de Montemayor, Gregorio Silvestre, D. Francisco Manuel de Melo, etc., etc.; y como todos estos y otros muchos poetas y cantores portugueses de los expresados siglos, ó pasaron á la España central en su primera juventud, ó permanecieron fuera de Portugal toda su vida, recibiendo ó proporcionando su educación musical y literaria en la corte de Carlos V y de los Felipes, no se concibe, sino que, en lugar de traer á España enseñanzas, las recibieron en ella; de lo cual es concluyente demostración el olvido casi absoluto, ó absoluto, en la mayor parte de su materno idioma. Es, por tanto, indudable, que por acaudalar su libro con peregrinas noticias ó dar mayor importancia á la cultura de su país, el Sr. Vasconcellos, tan pagado de filósofo y critico, ha olvidado en esta parte de su libro, así las leyes de la lógica como de la justicia histórica.

     No otra cosa le ha sucedido también impulsado por el afán [403] referido, en cuanto al propósito de aumentar el catálogo de Os Musicos portuguezes. Sin detenerme en una inquisición extremada, bástame, para probar esta indicación, recordar que valiéndose el Sr. Vasconellos de unos versos de García Ruende, en que (siguiendo la manera expositiva que habían recibido los ingenieros portugueses de los poetas de la corte de Don Juan II de Castilla), menciona como fallecidos á los trovadores músicos Baena y Badajoz, le basta y sobra para declararlos sin más sus compatriotas. Cosa análoga sucede también con Fr. Thomás de Santa María y Alfonso Lobo, no con más legitimidad convertidos en portugueses. A esta fácil manera de acrecentar el caudal de Os Musicos portuguezes, se une á veces la no escrupulosa resolución de inscribir á sabiendas músicos españoles en el Diccionario. Notable ejemplo de esta observación es sin duda la biografía de Pedro Thalesio, de quien se veía al cabo obligado, á confesar «que era na realidade hespanhol.»

     La Real Academia advertirá, por cuanto llevo observado, que el libro que se ha servido remitirme á examen, adolece fundamental y accidentalmente de notables errores de crítica, que deslumbran y malogran los excelentes y patrióticos deseos de su autor. Provienen los primeros de los principios religiosos y filosóficos de que hace innecesario alarde en sus Ideias preliminares, arrastrándole á un cúmulo de negaciones históricas, tanto más infeliz y doloroso, cuanto que le precipita en absoluta ceguedad, respecto de la vida nacional del pueblo portugués en los tiempos medios; reconocen su origen los segundos en un exagerado patriotismo, tanto más expuesto á extraviarse, cuanto que no puede ser más contradictorio y antagónico á las declaraciones religiosas y al concepto lastimoso que tiene el Sr. Vasconellos formado de la Edad Media. Tan improcedente y absurdo es buscar fuera de la religión católica el desarrollo intelectual y literario de Portugal, como aventurado y falto de razón el desconocer que España, cual parte principal de la Península y cual fundadora de aquel pequeño Estado, á quien dotó de orígenes, haya ejercido sobre él constantemente una influencia tan activa como legítima, por más que sea justo reconocer en cambio que no ha sido infecundo para la Iberia central en determinados momentos, el comercio [404] intelectual con las regiones occidentales. ¿Cómo se explicaría, si no, el que así en los primeros días de la monarquía portuguesa y mucho tiempo después constituyese la lengua gallega, el dialecto obligado del parnaso lusitano, según han declarado los más esclarecidos críticos que hablan el idioma de Camoens?... ¿Cómo, que durante la regencia del infante Don Pedro de Portugal y el reinado de Alfonso V, su pupilo, apenas existiera en la corte de Lisboa un trovador de cierta talla, que no se preciara de cultivar el arte y el habla de Juan de Mena y Santillana? ¿Cómo, en fin, que sea tan numerosa la pléyada de ingenios portugueses, incluso el mismo Camoens y el erudito Faria y Sousa, que en verso y prosa se ennoblecieron, cultivando la lengua castellana en los siglos XVI y XVII? No conocer todos estos hechos, es carecer de la preparación conveniente para reconstruir, como el Sr. Vasconcellos ha pretendido, la historia de todo arte en el suelo ibérico: ocultarlo á sabiendas, sería pecado tal que no quisiéramos verlo caer sobre ningún escritor ibérico.

     La codicia y arrogancia de sus aspiraciones, y la ostentación de los errores de que hace alarde el autor de Os Musicos portuguezes, en el doble sentido indicado, no impiden, sin embargo, reconocer y confesar el mérito que ha contraido en su empresa, ni adjudicarle el galardón que realmente merece. Yo me complazco en consignar aquí que sin esos aires de espíritu fuerte y esas preocupaciones sabias que el Sr. Vasconcellos ha traido sin duda de allende el Rhin, donde debió acaso nacer y crecer en su pecho el odio que profesa al catolicismo y al papado, -su talento y su patriotismo hubieran sin duda bastado para levantar á la cultura portuguesa un verdadero monumento. Aunque inficionadas sus vigilias con el veneno de la impiedad, de que hace tan innecesario alarde, son realmente meritorios y dignos de alabanza sus trabajos. Investigación infatigable, aunque no siempre tan perspicua y delicada como fuera de apetecer; amor grande al objeto que sirve de norte á sus tareas; erudición no vulgar, bien que todavía un tanto allegadiza y descosida; brillantez de estilo, no siempre sin afectación..., tales son, en mi concepto, las dotes que realmente avaloran al libro de Os Musicos portuguezes; colección considerable y por vez primera formado de biografías, [405] que pueden servir de fundamento á la Historia de la música en Portugal, siempre que se someta á principios más sanos, verdaderos y fecundos, que la ilustren y acaudalen.

     Temo haber abusado en demasía de la atención de la Academia. Mas en vista de todo, comprenderá fácilmente este ilustre cuerpo la difícil situación en que me puso el mandato de nuestro ilustre Director, y el penoso conflicto en que me hallo al terminar estas reflexiones. Mi inclinación constante á favorecer y alentar á todo el que trabaja con provecho y gloria de su patria, me movía desde el instante de recibir el encargo de examinar Os Musicos portuguezes, á proponer á la Academia el que diese á su autor, con la benevolencia y dignidad que tiene de costumbre, alguna muestra del agrado con que acogía el presente de la referida obra. El conocimiento de ésta y la quilatación de sus negaciones histórico-religiosas, causa visible en mi juicio del extravío en que se ha dejado arrebatar el autor, me sirven ahora como de freno y rémora, para hacer aquí la menor indicación que pueda presuponer aprobación, más ó menos directa ó lejana, de tales doctrinas y errores. La Academia no puede en verdad patrocinarlos; pero justa siempre en sus acuerdos, hallará tal vez un medio hábil para significar al Sr. Vasconcellos su agrado por los aciertos que logra, sin comprometer la integridad de su juicio, respecto de los lamentables extravíos en que se precipita. El académico que suscribe, se somete, como siempre, á la deliberación del cuerpo, seguro de que ha de ser ésta tan conveniente como discreta y acertada.

     Madril 31 de Mayo de 1871.

JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS.     

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VII. Ensaig historich sobre la vila de Banyolas, per Pere Alsius y Torrent; Barcelona, 1872.

     Cumpliendo el encargo que me hizo nuestro dignísimo Director, diré con brevedad lo bastante para formar juicio sobre el mérito de esta obra. Su autor, D. Pedro Alsius y Torrent, individuo, correspondiente de nuestra Academia, tan modesto como sabio é ilustrado, no ha querido que llevase otro título que el de Ensayo histórico acerca de la villa de Bañolas; pero á la verdad, leyendo este nutrido volumen, que pasa de 500 páginas en V, no vemos qué cosa mejor podría ser una historia exacta, metódica y completa. La riqueza del lenguaje, la elegancia del estilo, el copioso raudal de fuentes y documentos importantísimos, que ó bien se citan y rectifican, ó bien por vez primera se dan al público, colocan la obra del Sr. Alsius en grado superior entre las muchas que manifiestan actualmente el renacimiento de los buenos y sólidos estudios aplicados á la historia peculiar de los municipios é iglesias abaciales de España. La Historia general depende de la particular; y si nosotros la hemos de llevar al colmo de la perfeccion y al terreno de la enseñanza práctica, que su noble amplitud requiere, necesario se hace agradecer y fomentar por todos los medios que estén á nuestro alcance trabajos de esta índole y tan estimables como el que motiva este informe.

     Para componer su libro, el Sr. Alsius ha tenido que luchar con preocupaciones nacidas al calor de la imaginacion popular, que abulta ó achica las escenas históricas, sin tener en cuenta ni la razón de las edades ni el carácter de las costumbres y leyes que las produjeron. Prueba de ello es el famoso estany, estanque ó lago de Bañolas, de unas dos millas de diámetro, cuyo cerco amenísimo, formado en parte por la vistosa falda de elevada sierra, brotó, algo después de alzarse en anfiteatro esas mismas montañas, por acción volcánica. En vez de la lava ardiente que un día rugió en el fondo del cráter, surgieron caños de agua sulfurosa [407] que han dado nombre á la villa (Balneolas), y el lago mismo, que inexhausto se desangra por uno de sus cabos, llamado por esta razón cabeza del río Sterry, afluyente del Ter (Tezer). Este lago, señores, que si no en magnitud, por lo menos en belleza pintoresca, bien puede rivalizar con los más celebrados de Suiza é Italia, había sido hasta hoy objeto de falsas tradiciones, que trascendían á involucrar los verdaderos títulos de la propiedad privada. Decíase por la voz popular que ese gran receptáculo, ó fuente de la riqueza agrícola de Bañolas, no es anterior al siglo XIII, y aun se indicaba el nombre de la familia que con su industria rasgó la peña, por donde el manantial vino á extenderse en laguna. Nada de eso es verdad, ni resiste á la discusión de la Crítica. El Sr. Alsius allega documentos seguros é incontrovertibles, por donde aparece que á principios del siglo XI, el Papa Benedicto VIII confirmó la posesión que tuvo antes el Monasterio de Bañolas sobre el estany y sus pesquerías; y cita además una declaración del año 889 por el Obispo de Gerona Servus Dei, quien afirma que el Monasterio estaba en posesión de la iglesia de Santa Maria (hoy parroquial), situada in capite stagni, como lo está realmente mil años há. Mas como el Sr. Alsius ha cultivado, no menos que los históricos, los estudios geológicos, también por este lado ha sondeado la cuestión, por manera que su ensayo de indagación desciende hasta el primer fundamento de la Historia.

     No son indiferentes á un escritor de tan buena ley los monumentos de la Edad prehistórica, instrumentos de sílice ó hachas de piedra, menhires, dólmenes, etc., hallados y recogidos dentro de las espesas breñas que coronan aquellas alturas. Examina las sepulturas abiertas en la viva roca de la ribera y casi al nivel de la superficie del lago, idénticas por su figura á las famosas de Olérdula y otros parajes del antiguo litoral ibero. Estas sepultaras quizá deban atribuirse á la gente ibérica, que llegó de seguro hasta el desagüe del Ródano y retrocedió probablemente desde el Póo, empujada por la Ligúrica.

     Pasa luego el Sr. Alsius en revista los restos de cerámica romana que se encuentran rodeando casi toda la extensión de las riberas del lago; y de ellas ha publicado dos ó tres fragmentos de [408] inscripciones, que no pasarán desatendidas á la observación de nuestro sapientísimo D. Emilio Hübner, para complemento de la epigrafía romana de Cataluña. De la Edad visigoda nada, por desgracia, ha parecido aún. Asolada por los bárbaros la población romana que probablemente existió á orillas del famoso estanque, nada nos han dicho aquellas ruinas sobre si los hijos del Norte y los del Sur, esto es, visigodos ó musulmanes, plantearon allí residencia estable ó mantuvieron población de alguna valía. Un punto de luz se descubre en medio de tanta oscuridad, y es la aljama hebrea, cuyo nombre (Mattha) persevera con el de un pequeño barrio oriental y casi contiguo a la villa.

     Dícese que en este barrio habitaron desde tiempo inmemorial los hijos de Israel, hasta que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos; y la conjetura se corrobora con los nombres de otras poblaciones de la provincia de Gerona, como Matajudáica y Vilajuiga, que verosimilmente poseyeron los judios durante la época visigoda y la de la invasión sarracena.

     Los monumentos de la aljama Bañolense consisten en varios pergaminos del siglo XIV, algunos en rabínico, que posee actualmente el Hospicio de Gerona; y asimismo en otros recuerdos, entre los cuales coloca el Sr. Alsius las obras de un poeta hebreo del mismo siglo, Leon de Bañolas, cuya patria es dudosa.

     Del cementerio hebreo ningún epitafio ha descubierto; pero no sera extraño que en breve ese venero de la España semítica, explotado por el Sr. Alsius, contribuya como el Monjuí Gerundense á enriquecer el tesoro de nuestras lápidas.

     El monasterio celebérrimo de San Esteban se fundó á raíz de la reconquista de Gerona por las armas de Carlo Magno; y todas las memorias anteriores se eclipsaron ú ocultaron delante del resplandor que luego brotó de aquel foco de civilización y de cultura comercial y agrícola, creado por nuestros monjes benedictinos. Este foco de acción irradió un sin número de prioratos ó colonias (cellulas) desparramadas por toda la vertiente occidental del Pirineo hacia el mar; sin parar sino es en el cabo de Creus, junto al cual se alzó el no menos célebre monasterio de San Pedro de Rodas, hijuela en su principio del de Bañolas. El Sr. Alsius sigue paso á paso la vida de los abades bañolenses; y amplifica [409] de tal manera esta larga serie de datos notabilísimos para la historia particular de la Villa y la general de Cataluña, con tantos y tales datos la avalora, que en su comparación deben llamarse ligerísimo esbozo las páginas que al monasterio dedicaron Villanueva en su Viaje literario y los PP. Merino y La Canal, en el tomo XLIII de la España Sagrada.

     Cuando llegare el turno de una nueva edición para este volumen, nuestra Academia no podrá menos de agradecer y de tener en mucho la colección de documentos auténticos y hasta ahora desconocidos, que ha sabido recoger con grande afán y estudiar con igual acierto el Sr. Alsius. La historia del monasterio no le impide el tratar de propósito desde su origen la del municipio bañolense; y en este punto me incumbe afirmar que lo mucho y bueno que dice, todo ello es fruto de su trabajo. Las casas nobles, los escritores célebres, los guerreros insignes cuya historia traza con método, no le embargan tanto la atención, que le hagan olvidar lo que atañe al nacimiento y desarrollo de la agricultura, de la industria y del comercio. Señala y demuestra las causas que hicieron florecer á cada uno de estos ramos del progreso material, y juntamente aquellas que han contribuido ó todavía contribuyen á su defección y ruina.

     En suma; la obra del Sr. Alsius, es á mi parecer, digna de todo el aprecio de nuestra Real Academia, y tanto más, cuanto pudiéndola escribir con soltura y elegancia en la lengua de Castilla y granjearse por ello un renombre generalmente estimado, ha preferido sacrificar la flor al fruto, el brillo á la solidez y la pompa á la verdadera riqueza del sabio; pues ha creido que las páginas de este volumen, escritas en dialecto catalán muy puro y muy castizo, estarían al alcance de todos sus conciudadanos y de las gentes todas que cultivan aquellos campos ó llenan las fábricas industriosas. De este medio ha creido poder echar mano el señor Alsius para atajar la propaganda socialista que discurre allí con violencia no ya sorda, sino descarada y temible; puesto que proviene y se nutre de las chispas comuneras que nos invaden saltando por encima de los Pirineos. Esas gentes laboriosas, que van olvidando la integridad de costumbres y la gloria de sus mayores, necesitan para volver en sí la antorcha de la verdad que [410] limpia, fija y da esplendor al recuerdo y al santo amor de la patria. «Por esto les hablo en su lengua, me dijo un día el Autor, y les dedico mi obra

     Madrid 14 de Octubre de 1881.

FIDEL FITA.     

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VIII. Sobre el libro titulado Recuerdos de un viaje á Santiago de Galicia

     El libro intitulado Recuerdos de un viaje á Santiago de Galicia, por el P. Fidel Fita y Colomé y D. Aureliano Fernández Guerra y Orbe, sobre el cual se ha pedido informe á esta Real Academia para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, es de aquellos sobre los cuales no debiera informarse, con sólo saber que se trata de una obra en que se dilucidan importantísimos puntos de Arqueología, de Historia y de Geografía antigua española, y leer al frente de ella los nombres de dos de nuestros más eminentes académicos, que por sus especiales investigaciones, trabajos y profunda crítica, gozan de universal renombre. La multitud de arduas cuestiones que acometen, ó no tratadas hasta el día, ó mal planteadas y peor estudiadas, hubieran dado ocasión á escritores menos parcos y severos para escribir no uno, sino extensos volúmenes; pero los Sres. Fita y Fernández Guerra, han sabido acometer las dificultades con tal tino y resolverlas con tal maestría, que el resultado de su trabajo, con ser fruto de largas disquisiciones y de anteriores y prolijos estudios, parece solución sencillísima y en que hubiera dado el menos apto de sus lectores. Pocos han sabido acertar en tan abstrusas cuestiones con aquella difícil facilidad que tanto enorgullecía á Moratín, y que si en poesía y obras literarias es prenda de difícil logro, en estudios científicos parece aspiración imposible. [411]

     La situación de las antiguas poblaciones, cuyo recuerdo va despertando en la memoria de los doctos viajeros la vista de las modernas, ó de los parajes donde fueron, el estudio de los monumentos que van encontrando á su paso ó la noticia de los que debieron allí existir y han desaparecido, las investigaciones y resultados que obtienen acerca de la antigua Iria Flavia y de su catedral; el eruditísimo examen del códice de Calisto II; la publicación y discusión de un glosario de antiquísimas palabras vascongadas, escrito en el siglo XII, que ha sido recibido con sumo aplauso por la sabia Europa, el estudio histórico de la debatida cuestión de la venida de Santiago á España, hecho á la luz de nuevos y peregrinos documentos; el examen arqueológico y crítico del ara y columna de Santiago y de su sepulcro, relacionado, con lo que aparece de aquellos documentos, y con el examen de las reliquias exhumadas en las excavaciones de la Basílica Compostelana; el de otros monumentos artistico-arqueológicos que se conservan en Santiago; y una sección de apéndices de interés incalculable para estos estudios, forman de las pocas páginas de este libro un hermoso ramillete de erudición, saber y doctrina, que hace sea esta obra selecta, original y de mérito relevante, así en su fondo, como en su forma, que se puede presentar como acabado modelo de buen decir en la hermosa habla castellana.

     Y con esto no creo necesario molestar más á la Academia para Justificar mi opinión de que se informe al Gobierno en el sentido de que conceda á esta obra toda cuanta mayor protección sea posible, porque la Academia, sin necesidad de estos mal escritos, renglones, ya tenía formado su juicio sobre tan precioso libro.

     Madrid 3 de Marzo de 1883.

J. DE DIOS DE LA RADA Y DELGADO.     

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IX. Novísimo Año Cristiano y Santoral Español

     Excmo. Señor: El señor Director de nuestra Real Academia de la Historia hónrame al designarme para proponer el informe que acerca del Novísimo Año Cristiano y Santoral Español ha de dar la Academia, para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875 y Real orden de 23 de Junio de 1876.

     En cumplimiento de la comisión gratísima que recibo, he leído las 426 páginas en folio de que consta el primer tomo, y en las cuales se comprende todo el mes de Enero.

     La impresión que en mi ha producido la lectura de tan bien aprovechado volumen, es la de ser ésta una obra de relevante mérito, de aquellas que con más eficacia necesitan de la protección del Estado y que un patriótico Gobierno como el de S. M. ha de gozarse en favorecer cumplidamente.

     Muchos, varios y fecundos todos, son los aspectos que eligen los historiadores para común enseñanza y para engrandecer su propia nación. Pero cuando el historiador se propone realzar la verdadera fisonomía de ésta, retratando á sus varones más conspicuos y virtuosos, y lo hace con amor verdadero, con diligencia exquisita y con generoso ánimo, el escritor merece que no se le escatime la alabanza.

     El tomo sobre que debe informar la Academia, como dice su título, comprende vidas de Santos. Pero los Santos han sido hombres, han tenido pasiones, han luchado con ellas, se han visto arrollados y perseguidos por las pestes del mundo: envidia, soberbia, codicia é ingratitud; y después de batallar legítimamente, han alcanzado la victoria.

     Esos Santos salieron de todos los estados y oficios de los hombres: cuáles ciñeron corona ó vistieron clámide imperial, o se ataviaron con pontificales ornamentos; cuáles vivieron en medio del dañador tumulto de las ciudades; cuáles en el abandono y soledad del yermo. Quién empuñó matadora espada; quién el humilde báculo de pastor de ganado. Con estos varones alternan [413] reinas y princesas, ejemplares monjas, míseras viudas, pobres, desvalidas y angelicales doncellas. Pues de todo este conjunto de interesantísimos seres brotan lecciones de vivificadora filosofía, de engrandecedora política, y ejemplos y enseñanzas de incomparable precio y valor para la vida humana, en sus múltiples condiciones.

     Tal es el Santoral que examino, y que además tiene por blanco dar á conocer los españoles á quienes por sus prodigiosos méritos veneramos en los altares, aspecto de la historia patria laudabilísimo y glorioso.

     Discurrir con ánimo exento de preocupaciones voluntarias, con diligencia exquisita, leyendo, estudiando, meditando cuanto se ha escrito, dicho ó imaginado acerca de cada héroe; ilustrar su vida con láminas que representen reliquias, lápidas é incripciones primitivas; antiquísimas esculturas ó pinturas, y tablas y lienzos de soberanos artífices que se gozaron en ofrecernos santas imágenes, y la dramática vida y hechos de los bienaventurados, es comprender el deber del historiador en la edad moderna. Así lo han comprendido los autores del Santoral Español.

     Cada biografía ha de ser resultado de una monografía; pero como es consiguiente, sin la extensión, aparato crítico, examen bibliográfico y pormenores extremados que realzan las inmortales monografías de los padres Antuerpienses. El novísimo biógrafo tiene que agitar dentro de su entendimiento toda aquella balumba de datos y especies; pero sólo ha de ofrecer al lector el sazonado fruto de tan ímprobo estudio, de modo que le regale y enamore con la naturalidad y hermosura de narración, con la exactitud de las noticias, con el interés y viveza de los sucesos, con la pureza y galanura del lenguaje.

     Un hombre solo no podría tomar sobre sus hombros tan largo y penoso estudio, el cual vendría en último término á rendir las fuerzas del juicio, y acabaría por secar la imaginación, quitándole vigor y savia para encerrar en poco espacio y con amenidad suma la interesante biografía.

     Con feliz acuerdo, pues, se ha encomendado á crecido número de personas competentes el desempeño de la obra. El primer tomo que ha visto la luz pública contiene artículos de sabios y [414] piadosísimos prelados, de académicos insignes, de doctos catedráticos, de religiosos que resplandecen por su gran saber y virtud y de escritores que ilustran la nación con envidiable nombre dentro y fuera de España.

     Libro que reune tan peregrinas condiciones y mérito, no puede menos de obtener del Gobierno Español la protección más decidida. En cuanto se conoció fuera de España la primera mitad del volumen, apresuróse á recomendarlo á la Europa culta, con el mayor elogio, el Literarischer Handweiser für das Katholische Deutschland (Indicador bibliográfico para la Alemania católica.) de Münster, así como en Inglaterra la culta revista, aunque protestante, The Academy.

     La Academia debiera, pues, informar á la Dirección general de Instrucción pública en el sentido más favorable. Sin embargo, resolverá, como siempre, lo oportuno y acertado.

     Madrid 17 de Enero de 1883.

AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA.     

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Memoria histórica, política y económica de la provincia de Misiones de indios guaranis (continuación).

Se casan mui jovenes.      87. Luego que los muchachos llegan a la edad de poderse casar, no retardan mucho el verificarlo; ya por que sus padres o hermanos, o el Cura (391) les dicen que se casen, o por que los estimulos de la concupiscencia les incita a ello (392). Los mas se casan con la que les dicen se casen (393); pues asta en esto tienen tan cautiva la voluntad, que no se atreben a hacer elecion de la que ha de ser muger (394).