  Pipá
Leopoldo Alas
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  Pipá
  - I -
Ya nadie se acuerda de él. Y sin
embargo, tuvo un papel importante en la comedia humana, aunque sólo
vivió doce años sobre el haz de la tierra. A los doce años
muchos hombres han sido causa de horribles guerras intestinas, y son ungidos
del Señor, y revelan en sus niñerías, al decir de las
crónicas, las grandezas y hazañas de que serán autores en
la mayor edad. Pipá, a no ser por mí, no tendría
historiador; ni por él se armaron guerras, ni fue ungido sino de la
desgracia. Con sus harapos a cuestas, con sus vicios precoces sobre el alma, y
con su natural ingenio por
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toda gracia, amén de un poco de
bondad innata que tenía muy adentro, fue Pipá un gran problema
que nadie resolvió, porque pasó de esta vida sin que
filósofo alguno de mayor cuantía posara sobre él los
ojos.
Tuvo fama; la sociedad le temió y
se armó contra él de su vindicta en forma de puntapié,
suministrado por grosero polizonte o evangélico presbítero o
zafio sacristán. Terror de beatas, escándalo de la
policía, prevaricador perpetuo de los bandos y maneras convencionales,
tuvo, con todo, razón sobre todos sus enemigos, y fue inconsciente
apóstol de las ideas más puras de buen gobierno, siquiera la
atmósfera viciada en que respiró la vida malease superficialmente
sus instintos generosos.
Ello es que una tarde de invierno,
precisamente la del domingo de Quincuagésima, Pipá, con las manos
en los bolsillos, es decir, en el sitio propio de los bolsillos, de haberlos
tenido sus pantalones, pero en fin con las manos dentro de aquellos dos
agujeros, contemplaba cómo se pasa la vida y cómo caía la
nieve silenciosa y triste sobre el sucio empedrado de la calle de los
Extremeños, teatro habitual de las hazañas
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de
Pipá en punto a sus intereses gastronómicos. Estaba pensando
Pipá, muy dado a fantasías, que la nieve le hacía la cama,
echándole para aquella noche escogida, una sábana muy limpia
sobre el colchón berroqueño en que ordinariamente descansaba.
Porque si bien Pipá estaba domiciliado, según los requisitos de
la ley, en la morada de sus señores padres, era el rapaz amigo de
recogerse tarde; y su madre, muy temprano, cerraba la puerta, porque el amo de
la casa era un borracho perdido que si quedaba fuera no tenía
ocasión para suministrar a la digna madre de familia el pie de paliza
que era de fórmula, cuando el calor del hogar acogía al sacerdote
del templo doméstico. Padre e hijo dormían, en suma, fuera de
casa las más de las noches; el primero tal vez en la cárcel, el
segundo donde le anochecía, y solía para él anochecer muy
tarde y en mitad del arroyo. No por esto se tenía Pipá por
desgraciado, antes le parecía muy natural, porque era signo de su
emancipación prematura, de que él estaba muy orgulloso. Con lo
que no podía conformarse era con pasar todo el domingo de Carnaval sin
dar una
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broma,
sin vestirse (que buena falta le
hacía) y dar que sentir a cualquier individuo, miembro de alguna de las
Instituciones sus naturales enemigas, la Iglesia y el Estado. Ya era tarde,
cerca de las cuatro, y como el tiempo era malo iba a oscurecerse todo muy
pronto. La ciudad parecía muerta, no había máscaras, ni
había ruido, ni mazas, ni pellas de nieve; Pipá estaba indignado
con tanta indiferencia y apatía. ¿Dónde estaba la gente?
¿Por qué no acudían a rendirle el homenaje debido a sus
travesuras? ¿No tenía él derecho de embromar, desde el
zapatero al rey, a todos los transeúntes? Pero no había
transeúntes. Le tenían miedo: se encastillaban en sus casas
respectivas al amor de la lumbre, por no encontrarse con Pipá, su
víctima de todo el año, su azote en los momentos breves de
venganza que el Carnaval le ofrecía. Además, Pipá no
tenía fuego a que calentarse; iba a quedarse como un témpano si
permanecía tieso y quieto por más tiempo. Si pasara alma humana,
Pipá arrojaría al
susuncordia (que él entendía
ser el gobernador) un buen montón de nieve, por gusto, por calentarse
las manos; porque
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Pipá creía que la nieve calienta
las manos a fuerza de frío. Lo que él quería, lo que
él necesitaba era motivo para huir de alguna fuerza mayor, para correr y
calentar los pies con este ejercicio. Pero nada, no había
policías, no había nada. No
teniendo a quien molestar decidió atormentarse a sí mismo.
Colocó una gran piedra entre la nieve, anduvo hacia atrás y con
los ojos cerrados desde alguna distancia y fue a tropezar contra el canto:
abriendo los brazos cayó sobre la blanca sábana. Aquello era
deshacer la cama. Como dos minutos permaneció el pillete sin mover pie
ni mano, tendido en cruz sobre la nieve como si estuviera muerto. Luego, con
grandes precauciones, para no estropear el vaciado, se levantó y
contempló sonriente su obra: había
hecho un Cristo soberbio; un Cristo muy
chiquitín, porque Pipá, puesto que tuviera doce años,
medía la estatura ordinaria a los ocho.
-Anda tú, arrastrao -gritó
desde lejos la señora Sofía, lavandera-; anda tú, que
así no hay ropa que baste para vosotros; anda, que si tu madre te viera,
mejor sopapo...
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Pipá se irguió. ¡La
señora Sofía! ¿Pues no había olvidado que estaba
allí tan cerca aquella víctima propiciatoria? Como un lobo que en
el monte nevado distinguiese entre lo blanco el vellón de una
descarriada oveja, así Pipá sintió entre los dientes
correr una humedad dulce, al ver una broma pesada tan a la mano, como
caída del cielo. Todo lo tramó bien pronto, mientras contestaba a
la conminación de la vieja sin una sola palabra, con un gesto de
soberano desprecio que consistía en guiñar los ojos
alternativamente, apretar y extender la boca enseñando la punta de la
lengua por uno de los extremos.
Después, con paso lento y actitud
humilde, se acercó a la señora Sofía, y cuando estaba muy
cerca se sacudió como un perro de lanas, dejando sobre la entrometida
lavandera la nieve que él había levantado consigo del santo
suelo.
Llevaba la comadre en una cesta muy
ancha varias enaguas, muy limpias y almidonadas, con puntilla fina para el
guardapiés: con la indignación vino de la cabeza a la tierra la
cesta, que se deshizo de la carga, rodando todo sobre la nieve. Pipá,
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rápido, como César, en sus operaciones, cogió
las más limpias y bordadas con más primor entre todas las enaguas
y vistiéndoselas como pudo, ya puesto en salvo, huyó por la calle
de los Extremeños arriba, que era una cuesta y larga.
El señor Benito, el
dotor, del comercio de libros viejos,
tenía su establecimiento, único en la clase de toda la ciudad, en
lo más empinado de la calle de Extremeños. Mientras la
señora Sofía, su digna esposa, gritaba allá abajo, tan
lejos, que el marido sólo por un milagro de acústica pudiera
oír sus justas quejas, Pipá silencioso, y con el respeto que
merecen el santuario de la ciencia y las meditaciones del sabio, se aproximaba,
ya dentro de la tienda, al vetusto sillón de cuero en que, aprisionada
la enorme panza, descansaba el ilustre
dotor y digería, con el último
yantar, la no muy clara doctrina de un infolio que tenía entre los
brazos. Leía sin cesar el inteligente librero de viejo, y eran todas las
disciplinas buenas y corrientes para su enciclopédica mollera; el orden
de sus lecturas no era otro sino el que la casualidad prescribía; o
mejor que la casualidad, que dicen
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los estadistas que no existe,
regía el método y marcha de aquellas lecturas el determinismo
económico de las clases de tropa, estudiantil y demás gente
ordinaria. A fines de mes solía empapar su espíritu el Sr.
Benito, del comercio de libros, en las páginas del Colón,
«Ordenanzas militares», que dejaba en su poder, como la oveja el
vellón en las zarzas del camino, algún capitán en estado
de reemplazo. Pero lo más común y trillado era el trivio y el
cuadrivio, es decir que los estudiantes, de bachiller abajo, suministraban al
dotor el pasto espiritual ordinario; y era de
admirar la atención con que abismaba sus facultades intelectuales, que
algunas tendría, en la Aritmética de Cardín, la
Geografía de Palacios y otros portentos de la sabiduría humana.
El
dotor leía con anteojos, no por
présbita, sino porque las letras que él entendiera habían
de ser como puños, y así se las fingían los cristales de
aumento. Mascaba lo que leía y leía a media voz, como se reza en
la iglesia a coro; porque no oyéndolo, no entendía lo que estaba
escrito. Finalmente, para pasar las hojas recurría a la vía
húmeda, quiero decir, que
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las pasaba con los dedos mojados
en saliva. No por esto dejaba de tener bien sentada su fama de sabio, que
él, con mucho arte, sabía mantener íntegra, a fuerza de
hablar poco y mesurado y siempre por sentencias, que ora se le ocurrían,
ora las tomaba de algún sabio de la antigüedad; y alguna vez se le
oyó citar a Séneca con motivo de las excelencias del mero,
preferible a la merluza, a pesar de las espinas.
Pero lo que había coronado el
edificio de su reputación, había sido la prueba fehaciente de un
libro muy grande, donde, aunque parezca mentira, veía, el que
sabía leer, impreso con todas sus letras el nombre del
dotor Benito Gutiérrez, en una nota
marginal, que decía al pie de la letra: «Topamos por nuestra
ventura con el precioso monumento de que se habla en el texto, al revolver
papeles viejos en la tienda de don Benito Gutiérrez, del comercio de
libros, celoso acaparador de todos los in-folios y cucuruchos de papel que ha o
le ponen a la mano».
Sabía Pipá todo esto, y
reconocía, como el primero, la autenticidad de toda aquella
sabiduría, mas no por eso dejaba de tener
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al Sr. Benito por
un tonto de capirote, capaz de tragarlas más grandes que la catedral;
que entre ser bobo y muy leído no había para el redomado pillete
una absoluta incompatibilidad. Tanta lectura no había servido al
dotor para salir de pobre, ni de su esposa
Sofía, calamidad más calamitosa que la miseria misma, y juzgaba
Pipá algo abstracta aquella ciencia, aunque no la llamase de este modo
ni de otro alguno. Y ahora advierto que estas y otras muchas cosas que pensaba
Pipá las pensaba sin palabras, porque no conocía las
correspondientes del idioma, ni le hacían falta para sus conceptos y
juicios; digan lo que quieran en contrario algunos trasnochados
psicólogos.
El
dotor notó la presencia de Pipá
porque este se la anunció con un pisotón sobre el pie gotoso.
-¡Maldito seas! -gritó el Merlín de la calle de
Extremeños. -Amén, y mal rayo me parta si fue
adrede -respondió el granuja
pasándose la mano por las narices en señal de contrición.
-¿Qué buscas aquí, maldito de cocer? -La señora
Sofía, ¿no está? -y al decir esto, se acordó de las
enaguas que traía puestas
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y que podían denunciarle.
Pero, no; el Sr. Benito era demasiado sabio para echar de ver unas enaguas.
-No señor, no está;
¿qué tenemos?
-Pues si no está, tenemos que era
ella la que estaba a la vera del río lavando; vamos a ver
dotor, ¿cómo se dice lavando,
en latín? -¿Eh?, lavando, lavando... gerundio... ¿en
latín?, pues en latín se dice... pero y ¿qué
tenemos con que estuviera lavando a la orilla del río?... ¡Eh!,
¿qué tocas ahí?, deja ese libro, maldito, o te rompo la
cabeza con este Cavalario. -Esto es de medicina, ¿verdá, Sr.
Benito? -Sí, señor, de medicina es el libro, y ya me llevo
leída la mitad. -Pues sí señor, estaba lavando y habla que
te hablarás... ¿cómo se dice carabinero en franchute?,
porque era un carabinero el que hablaba con la señora Sofía, y
sobre si se lava o no se lava en día de fiesta... ¡Ay, qué
bonito,
dotor!, ¿esta es una calavera,
verdá?
-Sí, Pipá, una calavera...
de un individuo difunto... ¿qué entiendes tú de eso?
-Está bien pintá: ¿me la da V., señor Benito? -A
ver si te quitas de ahí. ¡Un carabinero! -Sí, señor,
un carabinero.
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Pipá sabía más de
lo que a sus años suelen saber los muchachos de las picardías del
mundo y de las flaquezas femeninas especialmente, pues por su propia
insignificancia había podido ser testigo y a veces actor de muchas
prevaricaciones de esas que se ven, pero no andan por los libros
comúnmente, ni casi nunca, en boca de nadie. Sabía Pipá
que la señora Sofía era ardentísima partidaria del
proteccionismo y las rentas estancadas, y muy particularmente del cuerpo de
carabineros, natural protector de todos estos privilegios: sabía
también el pillete que el señor Benito,
magüer fuese un sabio, era muy celoso;
no porque entendiera Pipá de celos, sino que sabía de ellos por
los resultados, y asociaba la idea de carabinero a la de paliza suministrada
por Gutiérrez a su media naranja. El
dotor se puso como pudo, en pie, fue hacia la
puerta, miró hacia la parte por donde la señora Sofía
debía venir y se olvidó del granuja. Era lo que Pipá
quería. Había formado un plan: un traje completo de difunto. Las
enaguas parecíale a él que eran una excelente mortaja, sobre
todo, si se añadía un sayo de los que había colgados como
ex-votos en el
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altar de
El Cristo Negro en la parroquia de Santa
María, sayos que eran verdaderas mortajas que allí había
colgado la fe de algunos redivivos. Pero faltaba lo principal, aun suponiendo
que Pipá fuese capaz de coger del altar un sayo de aquellos: faltaba la
careta. Y le pareció, porque tenía muy viva imaginación,
que aquella calavera pintada podía venirle de perlas, haciéndole
dos agujeros al papel de marquilla en la parte de los ojos, otro con la lengua
a fuerza de mojarlo, en el lugar de la boca, y dos al margen para sujetarlo con
un hilo al cogote. Y pensado y hecho -¡Ras!- Pipá rasgó la
lámina, y antes de que al ruido pudiera volver la cabeza el doctor, por
entre las piernas se le escapó Pipá, que sujetando como pudo el
papel contra la cara mientras corría, se encaminó a la iglesia
parroquial donde había de completar su traje. Pero aquella empresa era
temeraria. El primer enemigo con que había de topar era Maripujos, el
cancerbero de Santa María, una vieja tullida que aborrecía a
Pipá, con la misma furia con que un papista puede aborrecer a un hereje.
Allí estaba, en el pórtico de Santa María, acurrucada,
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hecha una pelota, casi tendida sobre el santo suelo, con un
cepillo de ánimas sobre el regazo haraposo y una muleta en la mano: en
cuanto vio a Pipá cerca, la vieja probó a incorporarse, como
apercibiéndose a un combate inevitable, y además exigido por su
religiosidad sin tacha. Hay que recordar que Pipá iba a la iglesia en
traje poco decoroso: con unas enaguas arrastrando, salpicadas de mil
inmundicias, con una careta de papel de marquilla que representaba, bien o mal,
la cabeza de un esqueleto, no se puede, no se debe a lo menos penetrar en el
templo. Si se debía o no, Pipá no lo discutía; de poder o
no poder era de lo que se trataba.
El plan del pillete, para ser cumplido
en todas sus partes, exigía penetrar en la iglesia; tenía que
completar el traje de fantasía que su ingenio y la casualidad le
habían sugerido, y esto sólo era posible llegando hasta la
capilla de
El Cristo Negro. Maripujos era un
obstáculo, un obstáculo serio; no por la débil resistencia
que pudiese oponer, sino por el escándalo que podía dar: el caso
era despachar pronto, hacer que el escándalo inevitable fuese posterior
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al cumplimiento de los designios irrevocables del profano.
Cinco gradas de piedra le separaban del
pórtico y de la bruja: no pasaba nadie; nadie entraba ni salía.
Pipá escupió con fuerza por el colmillo. Era como decir:
Alea jacta est. Con voz contrahecha, para
animarse al combate, cantó, mirando a la bruja con ojos de furia por los
agujeros de la calavera:
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Maripujitos no me conoces, |
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Maripujitos no tires coces; |
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no me conoces, Maripujita, |
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no tires coces, que estás cojita. |
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Pipá improvisaba en las grandes
ocasiones, por más que de ordinario despreciase, como Platón, a
los poetas; no así a los músicos, que estimaba casi tanto como a
los danzantes.
Maripujitos, en efecto, como indicaba la
copla, daba patadas al aire, apoyadas las manos en sendas muletas.
Como los pies, movía la lengua,
que decía de Pipá todas las perrerías y calumnias que
solemos ver en determinados documentos que tienen por objeto algo parecido a lo
que se proponía Maripujos.
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Era sin duda calumniarle llamar a
Pipá hereje, borrachón, hi de tal (aunque esto último,
como a Sancho, le honraba, porque tenía Pipá algo de Brigham
Young en el fondo). No era Pipá hereje, porque no se había
separado de la Iglesia ni de su doctrina, como sucede a tantos y tantos
filósofos que no se han separado tampoco. Pipá no era
borrachón... era borrachín, porque ni su edad, ni lo somero del
vicio merecían el aumentativo. Bebía aguardiente porque se lo
daban los
zagales, los de la tralla, que eran, como ya
veremos, los únicos soberanos y legisladores que por admiración y
respeto acataba el indomable Pipá, aspirante a delantero en sus mejores
tiempos, cuando no le dominaba el vicio de la holganza y de la
flanerie.
Sobre lo que fuera su madre, Pipá
no discutía, y él era el primero en lamentarse de los
desvíos de su padre, que en los raros momentos de lucidez se entregaba
al demonio de la duda en punto a la legitimidad de su unigénito, que
acaso ni sería unigénito, ni suyo.
Quedarían pues todos los
argumentos y apóstrofes de Maripujos vencidos, si Pipá
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hubiese querido contestar en forma; pero mejor político que
muchos gobiernos liberales, el granuja de la calle de Extremeños
prefirió dar la callada por respuesta y acometer la toma del templo
mientras la guardia vociferaba.
Mas ¡oh contratiempo!, ¡oh
fatalidad! De pronto, se le presentó un refuerzo en la figura del
monaguillo a la Euménide del pórtico. Era Celedonio. El enemigo
mortal de Pipá: el Wellington de aquel Napoleón, el
Escipión de aquel Aníbal, pero sin la grandeza de
Escipión, ni la
bonhomie de Wellington. Era en suma,
otro pillo famoso, pero que había tenido el acierto de colocarse del
lado de la sociedad: era el protegido de las beatas y el soplón de los
policías; la Iglesia y el Estado tenían en Celedonio un servidor
fiel por interés, por cálculo, pero mañoso y servil.
¡Ah! Cuando Pipá
tenía pesadillas en medio del arroyo, en la alta noche, soñaba
que Celedonio caía como una granizada sobre su cuerpo, y le metía
hasta los huesos uñas y alfileres; y era que el frío, o la
lluvia, o el granizo, o la nieve le penetraba en el tuétano; porque en
realidad Celedonio
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nunca
había podido más que
Pipá; siempre este, en sus luchas frecuentes, había caído
encima como don Pedro, aunque a menudo algún Beltrán Duguesclin,
correligionario de Celedonio, venía a poner lo de arriba abajo
ayudando a su señor.
Estas y otras felonías, a
más del instintivo desprecio y antipatía, causaban en el
ánimo de Pipá, generoso de suyo, vértigos de ira, y le
hacían cruel, implacable en sus
vendettas. Si Pipá y Celedonio
se encontraban por azar en lugar extraviado, ya se sabe, Celedonio huía
como una liebre y Pipá le daba caza como un galgo; magullábale
sin compasión, y valga la verdad, dejábale por muerto; aunque
muchas veces, cuando los agravios del ultramontano no eran recientes,
prefería su enemigo a los golpes contundentes la burla y la befa que
humillan y duelen en el orgullo.
Celedonio miró a Pipá que
estaba allá abajo, en la calle, y aunque se creyó seguro en su
castillo, en el lugar sagrado, sintió que los pelos se le ponían
de punta. Conoció a Pipá por avisos del miedo, porque, parte por
el disfraz, parte por lo oscuro que se quedaba el día, no podía
distinguirle;
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poco antes lo mismo había sucedido a
Maripujos.
-Ven acá, ángel de Dios
-gritó la bruja envalentonada con el refuerzo-; ven acá y aplasta
a ese sapo que quiere entrar en la casa del Señor con sus
picardías y sus trapajos a cuestas. ¡Arrímale, San Miguel,
arrímale y písale las tripas al
diablo!
San Miguel se tentaba la ropa, que era
talar y de bayeta de un rojo chillón y repugnante, y no se
atrevía a pisarle las tripas al diablo; quería dar largas al
asunto para esperar más gente. Agarrándose al cancel, por estar
más seguro en el sagrado, escupió como un héroe, y no sin
tino, sobre el sitiador audaz, que ciego de ira... Mas ahora conviene que nos
detengamos a explicar y razonar las creencias religiosas y filosóficas
de Pipá, en lo esencial por lo menos, antes de que algún
fanático preocupado se apresure a desear la victoria al
ángel del Señor, el mayor
pillete de la provincia; siendo así que la merecía sin duda el
hijo de
Pingajos, que así llamaban a la
señora madre de nuestro protagonista.
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  - II -
Pipá era maniqueo. Creía
en un diablo todopoderoso, que había llenado la ciudad de dolores, de
castigos, de persecuciones; el mundo era de la fuerza, y la fuerza era mala
enemiga: aquel dios o diablo unas veces se vestía de polizonte, y en las
noches frías, húmedas, oscuras, aparecíasele a Pipá
envuelto en ancho capote con negra capucha, cruzado de brazos, y alargaba un
pie descomunal y le hería sin piedad, arrojándole del quicio de
una puerta, del medio de la acera, de los soportales o de cualquier otro
refugio al aire libre de los que la casualidad le daba al pillete por guarida
de una noche. Otras veces el dios malo era su padre que volvía a casa
borracho, su padre, cuyas caricias aún recordaba Pipá, porque
cuando era él muy niño algunas le había hecho: cuando
venía con la
mona venía en rigor con el diablo; la
mona era el diablo, era el dolor que
hacía reír a los
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demás, y a Pipá y a
su madre llorar y sufrir palizas, hambres, terrores, noches de insomnio, de
escándalo y discordia. Otras veces el diablo era la bruja que se sienta
a la puerta de la iglesia, y el sacristán que le arrojaba del templo, y
el pillastre de más edad y más fuertes puños que sin
motivo ni pretexto de razón le maltrataba; era el dios malo
también el mancebo de la botica que para curarle al mísero
pilluelo dolores de muelas, sin piedad le daba a beber un agua que le arrancaba
las entrañas con el asco que le producía; era el demonio fuerte,
en forma más cruda, pero menos odiosa, el terrible frío de las
noches sin cama, el hambre de tantos días, la lluvia y la nieve; y era
la forma más repugnante, más odiada de aquel espíritu del
mal invencible, la sórdida miseria que se le pegaba al cuerpo, los
parásitos de sus andrajos, las ratas del desván que era su casa;
y por último, la burla, el desprecio, la indiferencia universal, especie
de ambiente en que Pipá se movía, parecíanle leyes del
mundo, naturales obstáculos de la ambición legítima del
poder vivir. Todos sus conciudadanos maltrataban a Pipá siempre que
podían, cada
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cual a su modo, según su
carácter y sus facultades; pero todos indefectiblemente, como
obedeciendo a una ley, como inspirados por el gran poder enemigo,
incógnito, al cual Pipá ni daba un nombre siquiera, pero en el
que sin cesar pensaba, figurándoselo en todas estas formas, y tan real
como el dolor que de tantas maneras le hacía sentir un día y otro
día.
También existía el dios
bueno, pero este era más débil y aparecíase a Pipá
menos veces. Del dios bueno recordaba el pillastre vagamente que le hablaba su
madre cuando era él muy pequeño y dormía con ella; se
llamaba papa-dios y tenía reservada una gran ración de confites
para los niños buenos allá en el cielo; aquí en la tierra
sólo comían los dulces los niños ricos, pero en cambio no
los comerían en el cielo; allí serían para los
niños pobres que fueran buenos. Pipá recordaba también que
estas creencias que había admitido en un principio sin suficiente
examen, se habían ido desvaneciendo con las contrariedades del mundo;
pero en formas muy distintas había seguido sintiendo al dios bueno.
Cuando en la misa de
Gloria, el día de Pascua de
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Resurrección, sentía el placer de estar lavado y
peinado, pues su madre, sin falta, en semejante día cuidaba con esmero
del tocado del pillete; y sentía sobre su cuerpo el fresco lino de la
camisa limpia; y en la catedral, al pie de un altar del crucero, tenía
en la mano la resonante campanilla sujeta a una cadena como forzado al
grillete; cuando oía los acordes del órgano, los cánticos
de los niños de coro, y aspiraba el olor picante y dulce de las flores
frescas, de las yerbas bien olientes esparcidas sobre el pavimento, y el olor
del incienso, que subía en nubes a la bóveda; cuando allí,
tranquilo, sin que el sacristán ni acólito de órdenes
menores ni ínfimas se atreviese a coartarle su derecho a empuñar
la campanilla, saboreaba el placer inmenso de esperar el instante, la
señal que le decía: «Tañe, tañe, toca a
vuelo, aturde al mundo, que ha resucitado Dios...» ¡ah!, entonces,
en tan sublimes momentos, Pipá, hermoso como un ángel que sale de
una crápula y con un solo aleteo por el aire puro, se regenera y
purifica, con la nariz hinchada, la boca entreabierta, los ojos pasmados,
soñadores, llenos de lágrimas, sentía los
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pasos del dios bueno, del dios de la alegría, del desorden, del ruido,
de la confianza, de la orgía inocente... y tocaba, tocaba la campanilla
del altar con frenesí, con el vértigo con que las bacantes
agitaban los tirsos y hacían resonar los rústicos instrumentos.
Por todo el templo el mismo campanilleo: ¡qué alegría para
el pillastre! Él no se explicaba bien aquella irrupción de la
pillería en la iglesia, en día semejante; no sabía
cómo encontrar razones para la locura de aquellos sacristanes que en el
resto del año (hecha excepción de los días de tinieblas)
les arrojaban sistemáticamente de la casa de Dios a él y a los
perros, y que en el día de Pascua le consentían a él y a
los demás granujas interrumpir el majestuoso silencio de la iglesia con
tamaño repique. «Esto -pensaba Pipá-, debe de ser que hoy
vence el dios bueno, el dios alegre, el dios de los confites del cielo, al dios
triste, regañón, oscuro y soso de los demás
días»; y fuese lo que fuese, Pipá tocaba a gloria furioso;
como, si hubiera llegado a viejo, en cualquier revolución hubiese tocado
a rebato y hubiese prendido fuego al templo del dios triste, en nombre del dios
alegre, del dios
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alborotador y bonachón y repartidor de
dulces para los pobres.
Otra forma que solía tomar el
dios compasivo, el dios dulce, era la música; en la guitarra y en la voz
quejumbrosa y ronca del ciego de la calle de Extremeños y en la voz de
la niña que le acompañaba, oía Pipá la
dulcísima melodía con que canta el dios de que le habló su
madre; sobre todo en la voz de la niña y en el bordón majestuoso
y lento. ¡Cuántas horas de muchos días tristes y oscuros y
lluviosos de invierno, mientras los transeúntes pasaban sin mirar
siquiera al señor Pablo ni a la Pistañina, su nieta, Pipá
permanecía en pie, con las manos en el lugar que debieran ocupar los
bolsillos de los pantalones, la gorra sin visera echada hacia la nuca,
saboreando aquella armonía inenarrable de los ayes del bordón y
de la voz flautada, temblorosa y penetrante de la Pistañina!
¡Qué serio se ponía Pipá oyendo aquella
música! Olvidábase de sus picardías, de sus bromas pesadas
y del papel de bufón público que ordinariamente
desempeñaba por una especie de pacto tácito con la ciudad entera.
Iba a oír a la Pistañina como Triboulet
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iba a ver a
su hija; allí los cascabeles callaban, perdían sus lenguas de
metal, y sonaba el cascabel que el bufón lleva dentro del pecho, el
latir de su corazón. Pipá veía en la Pistañina y en
Pablo el ciego, cuando tañían y cantaban, encarnaciones del dios
bueno, pero ahora no vencedor, sino vencido, débil y triste;
llegábanle al alma aquellos cantares, y su monótono ritmo, lento
y suave, era como arrullo de la cuna, de aquella cuna de que la precocidad de
la miseria había arrojado tan pronto a Pipá para hacerle correr
las aventuras del mundo.
  - III -
Dejábamos a Pipá, cuando
interrumpí mi relato para examinar sus creencias a la ligera, en el acto
solemne de disponerse a atacar la fortaleza de la Casa de Dios, que
defendían la bruja Pujitos y el monaguillo, y más que monaguillo
pillastre, Celedonio. Sucedió, pues, que Celedonio, bien agarrado al
cancel, arrojaba las inmundicias de su cuerpo sobre Pipá, que desde la
calle
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sufría el desprecio con la esperanza de una pronta y
terrible venganza. Maripujos daba palos al pavimento, porque a Pipá no
llegaba la jurisdicción de sus muletas.
Miró Pipá en derredor: la
plaza estaba desierta.
Nevaba. Empezaba a oscurecer. Era, como
César, rápido en la ejecución de sus planes el pillete, y
viendo que el tiempo volaba, arremetió de pronto, como acomete el toro,
gacha la cabeza. Subió los escalones, extendió el brazo, y
cogiendo al monaguillo por la fingida púrpura de la talar vestimenta,
arrancole del sagrado a que se acogía y le hizo rodar buen trecho fuera
de la iglesia, por el santo suelo. Arrojose encima como fiera sobre la presa, y
vengando en Celedonio todas las injurias que el mundo le hacía, con
pies, manos y dientes diole martirio, pisándole, golpeándole con
los puños cerrados y clavando en sus carnes los dientes cuando el furor
crecía.
Poco tardó el monaguillo en
abandonar la defensa: exánime yacía; y entonces atreviose
Pipá a despojarle de sus atributos eclesiásticos;
vistióselos él como pudo, y despojándose de la careta que
guardó entre
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las ropas, entró en la iglesia,
venciendo sin más que un puntapié la débil resistencia que
la impedida Maripujos quiso oponerle.
Dentro del templo ya era como de noche:
pocas lámparas brillaban aquí y allá sin interrumpir
más que en un punto las sombras. Parecía desierto. Pipá
avanzó, con cierto recelo, por la crujía de las capillas de la
izquierda. No había devotas en la primera ni en la segunda. Al llegar a
la del Cristo Negro como llamaba el pueblo al crucifijo de tamaño
natural que estaba sobre el altar, Pipá se detuvo. Allí era. A un
lado y otro del Cristo, colgados de la abundante y robusta vegetación de
madera pintada de oro que formaba el retablo, había infinidad de
ex-votos; brazos, piernas y cabezas de ángeles de cera amarilla, muletas
y otros atributos de las lacerias humanas, y además algunas mortajas de
tosca tela negra con ribetes blancos.
Valga la verdad, Pipá, olvidando
por un instante que todos los cultos merecen respeto, de un brinco se puso en
pie sobre el altar, descolgó una mortaja, y encima de su ropa de
monaguillo, vistiósela con
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cierta coquetería, sin
pensar ya en el peligro, entregado todo el espíritu a la novedad del
sacrilegio. Cuando ya estuvo
vestido de muerto volvió a acomodar
sobre el rostro la careta de papel de marquilla que él creía
figuraba perfectamente las
facciones de un esqueleto; y ya iba a saltar
del profanado tabernáculo, cuando oyó pasos y ruido de faldas que
se aproximaban. Era una beata que venía a rezar una especie de
última hora a los pies del Cristo
Negro. Pipá procuró esconderse entre las sombras, apretando su
diminuto cuerpo contra el retablo. Las oscilaciones de una luz que brillaba en
una lámpara a lo lejos, a veces dejaban en lo oscuro la mortaja de
Pipá, pero otras veces la iluminaban haciéndola destacarse en el
fondo dorado de la madera. Pipá permaneció inmóvil. La
beata, que era una pobre vieja, rezaba a sus pies, con la cabeza inclinada. No
le veía. -Esperaré a que concluya -pensó Pipá.
Buena determinación para llevada a cabo. Pero la vieja no
concluía; el rezo se complicaba, todas las oraciones tenían
coronilla, y de una en otra amenazaban convertirse en la oración
perpetua.
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El pillastre no podía estarse ya
quieto. Además, la noche se echaba encima y no iba a poder embromar a
nadie. Se decidió a jugar el todo por el todo. Y dicho y hecho; con un
soberbio brinco, saltó por encima de la vieja y con soberano
estrépito cayó sobre la tarima, y en pie de súbito,
corrió cuanto pudo hacia la puerta, y dejó el templo antes de que
los gritos de la beata pusiesen en alarma a los pocos devotos que aún
oraban, al sacristán y otros dependientes del culto. La vieja
decía que había visto al diablo saltar sobre su cabeza. Celedonio
juraba que era Pipá, y contaba el despojo de sus hábitos, y
Maripujos sostenía que le había visto salir con una mortaja...
Dejemos a los parroquianos de Santa María entregados a sus conjeturas,
comentando el escándalo, y sigamos a nuestro pillete.
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  - IV -
Los últimos trapos blancos
habían caído sobre calles y tejados; el cielo quedaba sin nieve y
empezaban a asomar entre las nubes tenues, como gasas, algunas estrellas y los
cuernos de la luna. La plaza de López Dávalos estaba desierta. El
jardinillo del centro sin más adornos que magros arbolillos desnudos de
hojas y cubiertos los pelados ramos de nieve, se extiende delante de la gran
fachada del Palacio de Híjar, de la marquesa viuda de Híjar. La
plaza es larga y estrecha, y en ella desembocan varias callejuelas que tienen a
los lados tapias de pardos adobes. Todo es soledad, nieve y silencio; y la luna
corre detrás de las nubecillas, ora ocultándose y dejando la
plaza oscura, ya apareciendo en un trecho de cielo todo azul e iluminando la
blancura y sacando de sus copos burbujas de luz que parecen piedras preciosas.
Una de las ventanas del piso bajo del
Palacio está abierta. Detrás de
las doradas rejas se ve
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un grupo que parece el que forman
Jesús y María en
La Virgen de la Silla; son la marquesa de
Híjar, hermosa rubia de treinta años, y su hija Irene,
ángel de cabellera de oro, de ojos grandes y azules, que apenas
tendrá cuatro años. Irene sentada en el regazo de Julia, su
madre, apoya la cabeza en su seno, y un brazo en el hombro; y con los dedos de
muñeca juega con el brillante que adorna la bien torneada oreja de la
viuda. La otra mano de Irene está apuntando con el dedo índice a
la fugitiva luna; los ojos soñadores siguen la carrera del astro
misterioso. Irene examina a su madre de astronomía. La marquesa, que
sabe a punto fijo quién es la luna, y cuáles son las leyes de su
movimiento, se guarda de contar a su hija estos pormenores prosaicos. La luna
es una dama principal que tiene un gran palacio que es el cielo; aquella noche,
que es noche de Carnaval en el cielo también, la luna da un gran baile a
las estrellas. Las nubecillas que corren debajo son los velos, los encajes, las
blondas que la luna está escogiendo para hacer un traje muy sutil, de
vaporosas telas; porque el baile que da es de trajes, como el que
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Irene va a celebrar en su palacio, al cual acudirán a las nueve todos
los niños y niñas de la ciudad que son sus amigos. Cuando Julia
termina su fantástico relato de las maravillas del cielo, la niña
permanece callada algún tiempo; mira a su madre y mira a la luna y
brilla en sus ojos la expresión de mil dudas y preguntas. -Y las
estrellas, ¿de qué van vestidas? -Van vestidas de magas,
¿no las ves?, manto negro con chispas de oro... -¿Y bailan en el
aire? -Sí, en el aire, sobre las nubes. -¿Y cómo no se
caen? -Porque tienen alas. -Yo quiero un traje con alas. -Yo te lo haré,
vida mía. -¿De qué lo haremos?...-. Y la madre y la hija
se entretienen en buscar tela para unas alas allá en su
imaginación; que ambas la tienen muy despierta y fustigada con el
silencio y la soledad de aquella noche dulce y serena.
Pero de pronto Irene hace un gracioso
mohín, echa hacia atrás la cabeza, y salta en el regazo de su
madre.
-¡Yo quiero máscaras, yo
quiero máscaras! -grita la niña, volviendo a la realidad de su
capricho de toda la tarde. -Pero monina mía, si ya es de noche,
¿cómo han
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de pasar máscaras? -Tú
decías que hoy las había, y no he visto ninguna. ¡Yo quiero
máscaras! -Esta noche las tendrás en casa. -Esas no son
máscaras; yo quiero máscaras... ¡máscaras!...
En la imaginación de Irene, las
máscaras eran cosa sobrenatural. Nunca las había visto, porque
era aquel año el primero en que su conciencia se despertaba a esta clase
de conceptos; recordaba vagamente haber sentido miedo, mucho miedo, no
sabía si viendo o soñando con máscaras; este terror vago
que le inspiraba el nombre de la cosa desconocida contribuía no poco al
anhelo de aquella niña nerviosa y de gran fantasía, que
quería ver máscaras aunque tuviese que huir de pavor al
verlas.
Toda la tarde había pasado Julia
en la ventana esperando que un transeúnte de los pocos que pasan por la
plaza de López Dávalos, tuviera la humorada de venir disfrazado,
para dar contento a su adorada Irene.
En vano esperaron, porque la misma
tristeza y soledad de que Pipá se quejaba en la calle de
Extremeños, reinaba en la plaza y en el jardinillo de López
Dávalos.
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La marquesa recurrió al engaño de
que se disfrazaran los criados y pasaran delante de la reja en que Irene
aguardaba con febril ansiedad el advenimiento sobrenatural de las
máscaras; pero ¡ay!, que la niña conoció a la chacha
Antonia y a Lucas el cochero bajo los dominós de colcha que
también reconoció su perspicacia. Fue peor el remedio que la
enfermedad; Irene se puso furiosa; aquel engaño que minaba el palacio de
sus fantásticas creaciones carnavalescas, la irritó hasta hacerla
llorar media hora no escasa. Ya cerca del crepúsculo pasó una
máscara efectiva... pero la niña no quiso reconocer su
autenticidad. Aquello no era una máscara: era un famoso borracho de la
ciudad que celebraba las carnestolendas con una borrachera mejorada en tercio y
quinto y luciendo, ceñido al talle, un miriñaque de estera en
toda su horrible desnudez. -¡Eso no es una máscara -gritó
Irene-, ese es Ronquera! -y en efecto así llamaban al borracho.
Cuando salió la luna, el mal
humor de Irene se distrajo un punto con las fábulas astronómicas
de Julia... pero luego volvió la niña a su tema, al capricho de
las máscaras;
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y volvía a llorar, y a dar pataditas
en el suelo, ya del todo desprendida de los brazos de su madre.
Por fortuna, del próximo
callejón de Ariza se destacó un bulto negro, pequeño, que
con solemne paso y tañendo una campanilla se acercó a la ventana.
Irene metió la cabeza entre las rejas, cesó en el llanto y se
volvió toda ojos. -¡Una máscara! -exclamó
estupefacta, llena de un terror que le daba un placer infinito. Julia la
tenía en sus brazos y miraba también con inquietud al aparecido,
que se diría procedente del Campo Santo, a juzgar por el traje que
arrastraba, más que vestía.
Era Pipá con su disfraz de
difunto, con su careta de calavera y su dominó-mortaja. La campanilla
era de su propiedad. Pipá necesitaba un instrumento, porque ya he
indicado que era eminentemente músico; todos costaban un dineral; pero
un día en que había celebrado un concordato con el
sacristán de Santa María, dando tregua al
culturkampf, había obtenido, en
cambio del servicio prestado, que fue llevar el Señor a la aldea con el
párroco, una campanilla de desecho. Y esta era la que tocaba con
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majestuosa y terrible parsimonia, convencido de que con tal
complemento la ciudad entera le había de tomar por un resucitado.
Detrás de la careta Pipá se veía, con los ojos de la
fantasía, como algo colosal por lo formidable, y estaba tentado a
tenerse miedo a sí mismo; y un poco se tuvo cuando, ya de noche, se vio
solo atravesando las oscuras callejuelas.
Al dar consigo en la plaza de
López Dávalos, sintió inmensa alegría, porque vio a
la
mona del Palacio asomada a la reja del piso
bajo, y se decidió a darle la broma más pesada que recibiera
chiquilla de cuatro años. Con esa vaga intuición que tiene el
artista en sus grandes obras, Pipá al acercarse a la ventana,
comprendió lo grande del efecto, de la fascinación que su
presencia iba a producir en Irene. Acercose, pues, con paso cada vez más
lento y majestuoso, y tocando su campanilla con el más ceremonioso
aparato, con grandes pausas en el tocar, y levantando el brazo con rigidez
absoluta.
Irene, fascinada por el terror y el
encanto de lo sobrenatural, muda de curiosidad, tenía el alma toda en
los ojos; su madre,
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por temor a interrumpir el encanto de la
niña, callaba y esperaba el desenlace de aquella extraña escena.
Todos callaban: hay momentos en que el silencio es el único lenguaje
digno de las circunstancias. La luna, libre de velos, alumbraba con toda su luz
el tremendo lance.
Ya llegaba Pipá a la reja; a cada
paso creía que su tamaño aumentaba, pensaba crecer y tocar las
nubes. Sin sospechar que su rostro no se veía, dábale la
más espantable expresión que podía, como si la careta
fuese a tomar los mismos gestos y muecas.
Irene, al ver tan cerca la
aparición escondió la cabeza en el regazo de su madre pero,
enseguida, volvió a mirar sin acercarse a la reja, en la que ya asomaba
la máscara de Pipá su figura de calavera. Y en aquel instante
crítico, el pillete, creyendo ya indispensable decir algo digno de la
ocasión solemnísima, con toda la fuerza de sus robustos pulmones
gritó, ahuecando la voz cuanto pudo: -¡Mooo! ¡Moo!
¡Moo! -por tres veces.
Irene lanzó un estridente
chillido, pero al punto se contuvo; prefirió temblar de
-39-
terror a prescindir del encanto que la tenía fascinada. Se había
puesto palidilla y trémula. -¡Que no, que no se vaya! -dijo a su
madre, que, asustada al ver en tal estado a la niña, apostrofaba a
Pipá enérgicamente y le amenazaba con la escoba de los
criados.
Pipá sufrió un desencanto.
¿Cómo?, ¡a un muerto, a un resucitado, a un
pantasma se le amenazaba con escobazos
lacayunos...!
Pero no prevaleció lo de la
escoba, porque la voluntad de Irene se interpuso, reclamando nuevos alaridos a
la máscara.
-¡Moo! ¡Moo! -repitió
Pipá, alentado con el buen éxito.
-¡Que entre la máscara!
-dijo entonces Irene, que se iba familiarizando con el terror y lo
sobrenatural. A Pipá no le pareció bien la idea de convertirse en
fantasma manso; aquellas transacciones las creía indignas de su
categoría de aparecido. Así que, al ver a Lucas el cochero que se
le acercaba ofreciéndole franca entrada en el palacio, sin manifestar
pizca de miedo ni de respeto, Pipá protestó con dos o tres
coces que animaron más que ofendieron
al criado;
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y quieras, que no quieras, sujeto por una oreja, tuvo
que entrar el fantasma en el gabinete donde con ansia que le daba fiebre,
esperaba Irene, refugiada en los brazos de su madre.
Era un camarín divino, como
diría Echegaray o cualquier imitador suyo, aquel en cuyos umbrales se
vio Pipá
velis nolis. Pareciole el mismísimo
cielo, porque todo lo vio azul y lleno de objetos para él completamente
nuevos, y muy hermosos; la segunda impresión y la más fuerte fue
la de aquel aire tibio y perfumado que ni en sueños había
sospechado Pipá que existiera. ¡Qué dulce calor, qué
excitantes cosquillas en el olfato, qué recreo para los ojos!
¿Qué mansión era aquella que sólo con entrar en su
recinto el pobre pilluelo sentía desaparecer aquel constante
entumecimiento de sus flacas carnes? ¡Librarse del frío por
completo, por todos lados! Este era un lujo que Pipá ni se había
figurado. ¡Y aquel pisar sobre tan blando! Allí había unos
muebles con botones que debían de servir positivamente para sentarse,
algo como bancos y sillas. Si los fantasmas se sentaran, Pipá, sin
más ceremonia, hubiese gozado
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el placer de sentir bajo
sí aquellas que adivinaba blanduras.
Aquella sí que debía ser
la casa del Dios bueno. Irene, la
mona del Palacio, que le contemplaba de hito
en hito, cogida a las rodillas de su madre, preparada a refugiarse en el regazo
a la menor señal de peligro, debía ser uno de aquellos
niños que fueron pobres, que no comieron dulces en la tierra, pero que
después de muertos el Dios bueno, Papá Dios, recoge en su seno y
los harta de confituras. Pipá, gracias a su tremenda audacia, entraba,
como Telémaco en el infierno, en la mansión celeste; entraba
vivo, sin más que vestir el traje de difunto.
Él mismo empezó a creer en
su calidad de aparecido.
-Entra, entra
Pantasma -dijo la madre-, entra que Irene no
te tiene ya miedo.
-¡Moo! -replicó
Pipá, haciendo así su entrada en el gran mundo. Y dio algunos
pasos sin abdicar de su carácter sobrenatural al que evidentemente
debía su prestigio. Pipá estaba convencido de que, si le
conocieran los criados le echarían del palacio a puntapiés.
Sabía a qué atenerse en punto a su popularidad.
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Cuando estuvo a dos pasos del grupo que
le encantaba y que formaban madre e hija, Pipá sintió en el
corazón una ternura impropia de un resucitado: se acordó de los
brazos de su madre, cuando allá en
la lejana infancia le acariciaba y le hablaba
de los dulces del cielo. Pero su madre no era tan hermosa como esta. Si
Pipá hubiera sido un creyente antojaríasele que era aquella la
madre de Jesús. Pero el pobre pilluelo había aprendido a ser
libre pensador en las prematuras enseñanzas de la vida; en su cerebro,
tan dado a los sueños, nadie había sembrado esas hermosas
ilusiones mitológicas que muchas veces dan fuerza bastante al hombre
para sufrir las asperezas del camino. Toda su mitología se la
había hecho él solo, sin más orígenes que los
cuentos de su madre respecto a las recompensas confitadas del Papá Dios.
Todo lo demás que Pipá sabía de metafísica era cosa
suya, como ya hemos visto.
-¿Cómo te llamas?
-preguntó Julia alargando una mano blanca y fina al espantado
fantasma.
-¡Moo! -dijo Pipá, que de
ningún modo quería que se le tomase por un cualquiera.
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Y no correspondió al saludo.
-Se llama máscara -se
atrevió a decir Irene, que iba tomando confianza. Al ver que la
máscara tardaba tanto en comérsela, empezó a creer que las
máscaras no comían a las niñas, y de una en otra vino a
pensar, que en definitiva una máscara era una muñeca muy grande,
de máquina, que hablaba y andaba sola, y que servía para divertir
a los niños. Se le figuró, por fin, que Pipá había
costado un dineral, que era una sorpresa que le había preparado su
madre.
-Que se siente -añadió la
mona con miedo todavía, con un acento que tenía algo de
imperativo respecto de su madre, y de recelo y supersticioso respeto, en cuanto
a la máscara de máquina.
-¡Que se siente!, ¡que se
siente! -Mona quería probar el juego mecánico de Pipá; si
podía doblar las piernas su valor aumentaba mucho.
Mas ¡ay!, que Pipá era de
los que se rompen, pero no se doblan. -Los fantasmas no se sientan -estuvo por
decir, pero toda explicación la juzgaba indigna de su categoría
de muerto y dio la callada por respuesta.
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-¿No tienes lengua,
máscara? -preguntó Julia.
-¡Mooo! -rugió Pipá;
y sacó la lengua por mitad de la húmeda cartulina que le
servía de careta.
Irene estaba encantada. Pipá era
el juguete más admirable que había tenido en su vida.
Grandes esfuerzos costó a la
viuda satisfacer el deseo de su hija que se empeñó en que
Pipá hablase, por lo mismo que a ella le parecía cosa imposible.
Pero dádivas quebrantan peñas; Julia sacó dulces, frutas y
mil golosinas que Pipá había visto a veces a través de los
cristales en los escaparates de las confiterías, en esos grandes
festines de vista que se dan los niños pobres cuando en Noche-Buena los
roscones y ramilletes rebosan en los puestos de dulces, mientras los pobres
pilluelos, con los desnudos pies entre el fango de la calle y la boca apretada
contra el vidrio helado, se hacen unos a otros aquellas insidiosas preguntas:
-¿Qué te comerías tú? -Yo aquella trucha de plata
con ojos de cristal. -¿Te gustan las peladillas? -Sí, ¿y a
ti? -También. -Pues, mira... como si no te
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gustasen.-
Pipá recordaba que de esas orgías fantásticas había
salido muchas veces escupiendo por el colmillo agua que se le venía a la
boca. Y ahora tenía enfrente de sí, sin cristal en medio, al
alcance de la mano, todos aquellos imposibles con azúcar que
habían sido su primer amor al despertar de la infancia. Todo aquello se
lo podía comer él, pero con una condición: tenía
que hablar.
-Si nos dices cómo te llamas
comes todos los dulces que quieras, ¿verdad, mona?
-Sí; y se guarda los demás
-añadió Irene para mayor incentivo.
-¡Yo soy un difunto!
-exclamó Pipá con la voz menos humana que pudo.
Julia contuvo una carcajada para no
destruir el encanto de Irene.
-¿Y cómo te llamas,
difunto?
-Pipá -replicó el pillete,
echando mano a una caja de dulces, que creyó pertenecerle, cumplida su
promesa de hablar. En caso de que su nombre despertara la indignación de
los circunstantes, Pipá pensaba salir de allí con toda la
dignidad posible y con la caja de dulces, que era suya, si lo tratado es
tratado.
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Pero el nombre de Pipá hizo el
mejor efecto posible. La
mona del palacio había oído
hablar de él y de sus terribles hazañas; varias amiguitas suyas
pronunciaban aquel nombre con terror, y para las niñas Pipá
sonaba así como el Cid, Aquiles, Bayardo, para las personas mayores.
Porque entre el bien y el mal, en cuestión de hazañas, no suelen
distinguir los niños, y muchas veces tampoco los hombres: se ve que para
muchos, tan grande hombre es Candelas como Fernán González, y
Napoleón mucho más célebre que San Francisco de
Asís.
Irene sintió que el fantasma
crecía a sus ojos, tomaba proporciones de gigante, y la
veneración que le tributaba aumentó mucho, y con ella las
muestras de deferencia que la marquesa, esclava de su hija, tuvo que tributar
al enmascarado.
Roto el silencio, la conversación
fue animándose poco a poco, y aunque Pipá no renunció por
completo al papel de ser sobrenatural que representaba, sin embargo, estuvo
dignamente locuaz y comió muchos dulces y bebió no pocos tragos
de licores deliciosos, que él no sabía que existiesen.
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Irene llegó en su audacia hasta
cogerle una mano al fantasma. La marquesa viuda de Híjar quiso que
Pipá se despojase de la careta, pero ni la niña ni el fantasma lo
consintieron. Tener aquel objeto de sublime horror casi bajo su dominio,
aquella fiera domesticada, era el mayor placer imaginable para la niña
de viva imaginación.
-¡Quiero que Pipá se quede
al baile! -dijo con ese tono especial de los que saben que sus palabras son
decretos.
Pipá aceptó gustoso. Ya
estaba dispuesto a todo, y en cuanto al trasnochar, en él era costumbre
arraigada.
Por más que yo quisiera que mi
héroe fuese como el más fino y bien educado de cuantos
héroes crearon el cantor de Carlos Grandisson o Mirecourt o el mismo
Octavio Feuillet, no puedo, sin mentir, afirmar que Pipá estuvo todo lo
comedido que debiera en el comer y en el beber. Valga la verdad: estuvo hasta
grosero.
Porque no se contentó con tragar
cuanto pudo, sino que hizo provisiones
allá para el invierno, como dice
Samaniego, llenando de confites de París los maltrechos bolsillos de la
chaqueta, los que tenía
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el ropón de Celedonio y
hasta en los pantalones quiso esconder dulces, pero como no tenían
bolsillos, sino ventanas practicables los pantalones de Pipá, cayeron
los dulces pantalón abajo rodando por las piernas hasta dar consigo en
la alfombra. Este contratiempo, que hubiera desorientado a otro, Pipá lo
vio sin más cuidado que el de recoger las desparramadas golosinas y
acomodarlas donde pudo en siendo dentro de la jurisdicción de su
indumentaria.
¿Conque un baile? -pensó
Pipá-; veamos qué es eso.
Estaba poco menos que borracho y para
él ya no había clases, ni rangos, ni convención social de
ningún género. Así es que se dejó caer sobre una
butaca sin pedir permiso, saboreando las delicias de su vida de difunto y la
admiración, que no menguaba con la confianza, que sentía la mona
con la presencia del Pipá soñado.
Llegó la hora en que Irene tuvo
que ir a vestirse su traje de baile, de toda etiqueta, con cola muy larga, gran
escote y guantes de ocho a diez botones.
Primero Irene tuvo el capricho de trocar
este traje, natural en la señora de la casa,
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por una
mortaja como la de Pipá. Julia se opuso, Irene insistió y
Pipá tuvo que intervenir con el gran prestigio de su autoridad
sobrehumana.
-¡Ay qué boba!,
¿crees tú que este traje se puede comprar? Muere y entonces
tendrás uno. ¡Moo! ¡Moo!
-Bueno -replicó la mona
convencida-, pues que venga Pipá a verme vestir.
-Improper
-dijo la institutriz, que había venido a buscar a Irene para
llevársela a su
boudoir de angelillo.
Pipá no sabía
inglés y no entendió lo que la institutriz alegaba para oponerse
a tan justa reclamación.
Pero al fin venció la honestidad
y Pipá quedó solo por algunos momentos en aquel gabinete azul,
alumbrado por una luz muy parecida a la luna, pero más brillante, que
alumbraba desde cerca del techo, colgada como las lámparas de Santa
María.
En la soledad se entregó
Pipá, sin pizca de vergüenza, a satisfacer la curiosidad del tacto,
poniendo mano en todos aquellos muebles, manoseándolo todo con riesgo de
romper los objetos delicados que sobre consolas y veladores había.
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Su gran sorpresa fue la que le produjo
el armario de espejo, devolviéndole a la espantada vista la imagen de
aquel Pipá sobrenatural que él había ideado al buscar su
extraña vestimenta.
Pipá contempló el
Pipá de cuerpo entero que tenía enfrente, y volvió de
súbito a toda la dignidad y parsimonia majestuosa que manifestara en un
principio; porque la imagen que le ofrecía el azogue despertó su
conciencia de fantasma. Indudablemente Irene tenía razón para
tratarle con tanto respeto. Se reconoció imponente. Acercose al espejo,
tocó casi con la nariz en el cristal, y tocó, sin casi, con la
lengua; y aunque esto es también indigno de un héroe, y de
cualquier persona formal, cuanto más de un aparecido, es lo cierto que
Pipá estuvo lame que te lamerás el espejo; porque su contacto le
refrescaba la lengua que tenía abrasada con el abuso de los licores.
-¡Moo! -dijo al fantasma que
tenía enfrente, y gesticuló con el aparato de contorsiones que
él creía más adecuado al lenguaje mímico del otro
mundo.
En esta ocupación
fantástica le encontró
-51-
Irene cuando volvió
hecha un brazo de mar, convertida en una muñeca como aquellas que la
niña tenía y yacían por el suelo en posturas indecorosas y
no todas en la perfecta integridad de su individuo.
Irene, en traje de baile, con el pelo
empolvado, con la majestuosa cola, se creyó digna de Pipá, y
tomándole la mano, le dijo solemnemente:
-Vamos, que el baile empieza. Ya
están ahí los niños, no les digas que eres Pipá,
porque echarán a correr y ¡adiós mi baile!
Pipá aceptó la mano de la
muñeca, que no le llegaba al hombro, y eso que él no era buen
mozo, como dejo dicho.
Y seguidos de Julia entraron en el
salón de baile el fantasma y la señora que recibía.
  - V -
Había terminado la fiesta.
Pipá oía desvanecerse a lo lejos el ruido de los coches que
devolvían a las familias respectivas todo aquel pequeño gran
mundo en que el
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pillete de la calle de Extremeños
había brillado por dos o tres horas. Irene le había tenido todo
el tiempo a su lado; para él habían sido los mejores obsequios.
De tanto señor vestido a la antigua española, de tantas damas con
traje de corte que bien medirían tres cuartas y media de estatura, de
tanto guerrero de deslumbrante armadura, de tanta aldeana de los Alpes, de
tantos y tantos señores y señoras en miniatura, nadie
había podido llamar la atención y el aprecio de la mona del
Palacio consagrada en cuerpo y alma a su máscara, al fantasma que la
tenía dominada por el terror y el misterio. Pipá había
estado muy poco comunicativo. Cuando se llegó al bufet, repartió
subrepticiamente algunos pellizcos entre algunos caballeros que se atrevieron a
disputarle los mejores bocados y el honor lucrativo de acompañar a
Irene. -¿Quién es esa máscara? ¿De qué viene
vestido ese?-. A estas preguntas de los convidados, Irene sólo
respondía diciendo: -¡Es mío, es mío!
Aunque Pipá no simpatizó
con aquella gente menuda, cuya debilidad le parecía indigna de los ricos
trajes que vestían, y
-53-
más de las hermosas espadas
que llevaban al cinto, sacó el partido que pudo de la fiesta,
aprovechando el favor de la señora de la casa. Comió y
bebió mucho, se hartó de manjares y licores que nunca
había visto y se creyó en el cielo del Dios bueno, al pasear
triunfante al lado de Irene por aquellos estrados, cuyo lujo le parecía
muy conforme con los sueños de su fantasía, cuando oyera contar
cuentos de palacios encantados, de esos que hay debajo de tierra y cuya puerta
es una mata de lechugas que deja descubierta la entrada a la consigna de:
¡ábrete Sésamo!
Concluido el baile, Irene yacía
en su lecho de pluma, fatigada y soñolienta, acompañada de
Pipá y de la marquesa. Julia, inclinada sobre la cabecera hablaba en voz
baja, casi al oído de la niña. Pipá del otro lado del
lecho, vestido aún con el fúnebre traje de amortajado,
tenía entre sus manos una diminuta y blanca de la mona, que, hasta
dormir, quería estar acompañada de su muñeco de
movimiento. No habría consentido Irene en acostarse sino previa la
promesa solemne de que Pipá no saldría de su casa aquella noche,
dormiría cerca de
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su alcoba y vendría muy temprano a
despertarla para jugar juntos al día siguiente y todos los días
en adelante. La marquesa, previo el consentimiento de Pipá,
prometió lo que Irene pedía, y con estas condiciones se
metió la niña en el lecho de ébano con pabellón
blanco y rosa. Pipá, en pie, se inclinaba discretamente sobre el grupo
encantador que formaban las rubias cabezas mezclando sus rizos; Irene
tenía los ojos fijos en el rostro de su madre, y su mirada tenía
todo el misterio y toda la curiosidad mal satisfecha con que antes la vimos
fija en la luna. Pipá miraba la cama del pabellón con ojos
también soñadores. Julia contaba el
cuento de dormir, que aquella noche
había pedido Irene que fuese muy largo, muy largo, y muy lleno de
peripecias y cosas de encanto. Los párpados de la niña que
parecían dos pétalos de rosa se unían de vez en cuando,
porque iba entrando ya
Don Fernando, como llamaba la madre al
sueño, sin que yo sepa el origen de este nombre de Morfeo. Pero el
pillete, acostumbrado a trasnochar, más despierto con las emociones de
aquella noche, y de veras interesado con la narración de Julia,
oía
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sin pestañear, con la boca abierta; y aunque
cazurro y socarrón y muy experimentado en la vida, niño al fin,
abría el alma a los engaños de la fantasía y respiraba con
delicia aquel aire de lo sobrenatural y maravilloso, natural alimento de las
almas puras, jóvenes e inocentes.
El placer de oír cuentos era de
los más intensos para Pipá; suspendiose en él toda la
malicia de sus pocos pero asendereados años, y quedaba sólo
dentro del cuerpo miserable su espíritu infantil, puro como el de la
misma Irene. La fantasía de Pipá tenía más hambre
que su estómago; Pipá apenas había tenido
cuentos de dormir al lado de su cuna; esa
semilla que deja el amor de las madres en el cerebro y en el corazón, no
había sido sembrada en el alma de Pipá. Tenía doce
años, sí, pero al lado de Irene y Julia, que gozaban el
misterioso amor de la madre y el infante, era un pobre niño que gozaba
con delicia de los efluvios de aquel cariño de la cuna, que no era suyo,
y al que tenía derecho, porque los niños tienen derecho al regazo
de la madre y él apenas había gozado de esta vida del regazo. De
todo cuanto Pipá había
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visto en el palacio nada
había despertado su envidia, pero ante aquel grupo de Julia e Irene
besándose a la hora de dormirse el ángel de la cuna, Pipá
se sintió sediento de dulzuras que veía gozar a otros, y
hubiérase de buena gana arrojado en los brazos de la marquesa
pidiéndole amor, caricias, cuentos para él. En el cuento de
aquella noche había, por supuesto, bailes de máscaras celebrados
en regiones encantadas, servían los refrescos las manos negras, que
siempre hacen tales oficios en los palacios encantados, las mesas estaban
llenas de riquísimos manjares, especialmente de aquellos que a Irene
más le agradaban, y era lo más precioso del caso que los
niños convidados podían comer a discreción y sin ella de
todo, sin que les hiciese daño. Irene insinuó a su madre la
necesidad de que Pipá anduviese también por aquellas
regiones.
Y decía Julia: -Y había
una niña muy rubia, muy rubia, y muy bonita, que se llamaba Irene -Irene
sonreía y miraba a Pipá con cierto orgullo-, que iba vestida de
señora de la corte de Luis XV, con un traje de color azul celeste...
-¿Y con pendientes de diamantes? -Y con pendientes
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de
diamantes. -¿Y había una máscara que se llamaba
Pipá? -preguntaba Irene. -Y había un Pipá vestido de
fantasma.- Aquí era Pipá el que sonreía satisfecho...
Después de ver pasar a los
personajes del cuento por un sin número de peripecias, Irene se
quedó dormida sin poder remediarlo. -Ya duerme -dijo la marquesa, que
enfrascada en sus invenciones, que a ella misma la deleitaban más de lo
que pudiera creer, no había sentido al principio que la niña
estaba con los angelitos. Pipá volvió con tristeza a la realidad
miserable. Suspiró y dejó caer blandamente la mano de nieve que
tenía entre las suyas. -¿Verdad que es muy hermosa mi
niña? -dijo Julia que se quedó mirando a Pipá con sonrisa
de María Santísima, como la calificó el pillete para sus
adentros. El amortajado miró a la marquesa y atreviéndose a
más de lo que él pensara, en vez de contestar a la pregunta hizo
esta otra: -¿Y qué más? -era la frase que acababa de
aprender de labios de Irene; en aquella frase se pedía indirectamente
que el cuento se prolongase.
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Y Julia, llena de gracia, inflamada en
dulcísima caridad, de esa que trae a los ojos lágrimas que
deposita en el corazón Dios mismo para que nos apaguen la sed de amor en
el desierto de la vida, Julia, digo, hizo que Pipá se sentara a sus
pies, sobre su falda, y como si fuese un hijo suyo besole en la frente, que ya
no tapaba la careta de calavera; y eran de ver los pardos ojos de Pipá,
puros y llenos de visiones que los hacían serios, siguiendo allá
en los espacios imaginarios las aventuras que contaba la marquesa.
¡Aquello sí que era el
cielo! Pipá se creía ya gozando del Dios bueno, y para nada
hubiera querido volver a la tierra, si no hubiera en ella... pero dejemos que
él mismo lo diga.
Fue el caso que la marquesa, loca de
imaginación en sus soledades, y sola se creía estando con
Pipá, continuó el cuento de la manera más caprichosa.
Aquel Pipá y aquella Irene del palacio encantado, crecían, ella
se hacía una mujer hermosa, poco más o menos de las señas
de su madre. -¿Más bonita que V.? -preguntaba Pipá dando
con esto más placer a la marquesa
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del que él ni ella
pensaban que pudiera dar tal pregunta. -Sí, mucho más bonita-. Y
para pagar la galantería, Julia se figuraba que el Pipá hecho
hombre era un gallardísimo mancebo, y procuraba que conservara aquellas
facciones que en el pillastre eran anuncio de varonil belleza...
¡Qué extraña casualidad había juntado el
espíritu y las miradas de aquellos dos seres que parecían
llamados a no encontrarse jamás en la vida! La imaginación de
Pipá, poderosa como ninguna, una vez excitada, intervino en el cuento y
la narración se convirtió en diálogo. -Irene tiene
castillos, y muchos guerreros que son criados -decía Julia. -Y
Pipá -respondía el interesado- es un caballero que mató
muchos moros, y le hacen rey...-. Y así estuvieron soñando
más de media hora el pillastre y la marquesa. Mas ¡ay!,
precisamente al llegar al punto culminante de la fábula, a la boda de la
castellana Irene y del rey Pipá, este interrumpió el
soñar, hizo un mohín, se puso en pie y dijo con voz un poco
ronca, truhanesca, y escupiendo, como solía, por el colmillo:
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-Yo no quiero ser rey, voy a ser
de la tralla.
-¡De la tralla! -Sí, zagal
de la diligencia grande de Castilla. -Pero hombre, entonces no vas a poder
casarte con Irene. -Yo quiero casarme con la Pistañina.
-¿Quién es la Pistañina? -La hija del ciego de la calle de
Extremeños. Esa es mi novia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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  - VI -
Era media noche. Ni una nube quedaba en
el cielo. La luna había despedido a sus convidados y sola se paseaba por
su palacio del cielo, vestida todavía con las galas de su luz
postiza.
Pipá velaba en el lecho que se
había improvisado para él cerca del que solía servir al
cochero. Pero aquella noche la gente del servicio, sin permiso del ama,
había salido a correr aventuras. El cochero y otros dos mozos
habían dejado el
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tranquilo palacio y la puerta
imprudentemente entornada. Pipá, que todo lo había notado,
vituperó desde su lecho aquella infame conducta de los lacayos.
Él no sería lacayo, para poder ser libre sin ser desleal. Al
pensar esto recordó que la gente de la cocina le había elogiado
su buena suerte en quedarse al servicio de Irene: y recordó
también cierta casaca que había dejado apenas estrenada un enano
que servía en la casa de lacayo y que había muerto. -A
Pipá le estará que ni pintada la casaca del enano -había
dicho el cocinero.
Al llegar a este punto en sus recuerdos,
Pipá se incorporó en su lecho, como movido por un resorte. Por la
ancha ventana abierta vio pasar los rayos de la blanca luna. Vio el cielo azul
y sereno de sus noches al aire libre y al raso. Y sintió la nostalgia
del arroyo. Pensó en la Pistañina que le había dicho que
aquella noche tendría que cantar en la taberna de la Teberga hasta cerca
del alba. Y se acordó de que en aquella taberna tenían una broma
los de la tralla, los delanteros y zagales de la diligencia ferrocarrilana y
los del correo. Pipá saltó del lecho. Buscó a tientas su
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ropa; después la que había ganado en buena lid y
robado en la iglesia, y vuelto a su vestimenta de amortajado, sin pensarlo
más, renunciando para siempre a las dulzuras que le brindaba la vida del
palacio, renunciando a las caricias de Irene y a los cuentos de Julia, y a sus
miradas que le llenaban el corazón de un calor suave, no hizo más
que buscar la puerta, salió de puntillas y en cuanto se vio en la calle,
corrió como un presidiario que se fuga; y entonces sí que hubiera
podido pasar a los ojos del miedo por un difunto escapado del cementerio que
volvía en noche de carnaval a buscar los pecados que le tenían en
el infierno.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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La entrada de Pipá en la taberna
de la Teberga fue un triunfo. Se le recibió con rugidos de júbilo
salvaje. Su disfraz de muerto enterrado pareció del mejor gusto a los de
la
tralla, que en aquel momento fraternizaban,
sin distinción de coches. Pipá vio, casi con lágrimas en
los ojos, cómo se abrazaban y cantaban juntos un coro un delantero del
Correo y un zagal de la
Ferrocarrilana.
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