  La elocuencia
Hay gentes enamoradas de la elocuencia.
Desean ser convencidas enseguida, ser arrastradas por un río sonoro de
palabras familiares y fácilmente comprensibles. Admiran la gimnasia del
orador congestionado; se beberían el sudor heroico de las cabezas
retumbantes. Les encanta ser dominados en tropel, apretados unos con otros;
sentir en las espaldas,
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al mismo tiempo que los demás, el
latigazo de las parrafadas finales; perderse en la adoración
común; vaciar su mente de toda serenidad, de toda crítica, a la
música vulgar de los tribunos; estremecerse con el espasmo ajeno,
impuesto por la carne próxima; abandonarse el pánico que
aplaude.
Hay inteligencias impúdicas, que
abren su intimidad a las primeras galanterías oratorias, y que se dejan
poseer en público por los charlatanes. Charlatanes extraordinarios,
Demóstenes, Cicerón, Castelar, tiranos de la lengua,
domesticadores de almas fútiles, jefes de la orgía mental,
predicadores de la guerra que se quedan en casa, y que sólo fueron
grandes cuando no fueron elocuentes y se les pudo leer después de
haberles oído. Espectáculo innoble de mandíbulas
colgantes, de ojos en catalepsia; pensamientos violados por un sugestionador
que grita: pasividad de bestias ensilladas. Y el desenlace: manos
inútiles que se chocan, un ruido vano como el discurso; los cerebros
hueros. «¿Qué dijo? -No sé; pero estuvo
sublime».
Viento. Mentiras que pasan. No se
entrega nuestro ser a un puñado de frases. Nuestras entrañas
están muy hondas. No es el clamor palabrero el que llega hasta ellas,
sino el silencio y la meditación del libro. Id a los parlamentos, a las
cátedras y a las iglesias, los que no tenéis entrañas. Id
en rebaños; vuestras conciencias, igual que los cuerpos, no se tocan
entre sí más que en sus superficies; eso os basta, a vosotros que
sois únicamente superficie y corteza. Id: la voz despótica
atronará vuestra vacuidad interior, mentes desalquiladas. Id
innumerables, alargad a la vez las orejas, y felicitaos de volver cargados de
ecos, y dichosos de vuestra docilidad. Para nosotros, el libro cortés,
que no nos aturde a destiempo, ni nos soba, ni nos pisa, ni nos abruma; el
Ebro, nuestro por siempre, desnudo y amoroso, que nos da de él lo que
queramos tomar, lo que reconozcamos nuestro; el libro mudo, sin retrato de
autor; el libro impersonal, abstracto, que preferiríamos sin nombre en
la portada, título, firma, ni fecha, pedazo de espíritu
caído al mundo para nuestra comunión ideal. Vosotros
necesitáis una caja de resonancia, teatro, circo, la promiscuidad de los
que acuden a venerar un saltimbanqui. Nosotros, la soledad.
Oradores, España, Moret, Santiago
de Cuba. En el colegio me obligaron a reírme con el epigrama
clásico:
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Para orador te faltan más de
cien.
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Para orador te sobran más de mil.
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Ya no es del orador de quien me río, aunque por allá
siguen riéndose del que ara, y encantados del que ora. No me río
de ti, siervo que apenas sabes hablar, y que para explicar las cosas las
dibujas con tus dedos rudos, o las construyes pacientemente. Tú lo has
fabricado todo, porque no sabías hablar. No es en el aire donde
están los surcos de tu labor, sino en la tierra humilde. Te llaman bruto
porque no sabes hablar, se ríen de ti. Y tú aras, cubriendo de
surcos toscos el campo eterno. Ellos pronuncian sermones solemnes, en que se
atreven a recordar la vida de Jesús; declaman patrióticamente en
el Congreso, donde se atreven a recordar tu vida; sueltan con arte exquisito
los brindis al champaña, desabrochándose el chaleco que les
oprime demasiado el vientre. ¿Qué importa? Surquen ellos el aire
con su vocear frenético, sus manotones descompasados, y tú, amigo
mío, surca la tierra, la madre segura, la hermosa tierra firme.
[LOS SUCESOS, 1.º de febrero de 1907]
  La dinamita
Los escondrijos de Barcelona
están llenos de bombas, listas para la catástrofe. Día a
día descubren unas cuantas. Indignación del gobierno y de los
moralistas de sobremesa.
Se dice aún: «esto es
moral, esto es inmoral; esto natural, esto no», como si todo no fuera
naturaleza, como si pudiéramos trazar en otra parte que en la
imaginación los meridianos del mundo y de la vida. La Venus de Milo, o
el Quijote, o la Basílica de San Pedro, son igualmente naturales que el
Mediterráneo y Saturno y las selvas del Brasil. La ciencia existe porque
borra las divisiones aparentes de la realidad. Si la naturaleza ha producido
algo en absoluto extraño a nosotros, jamás tendremos de ello la
menor noticia. Conocer es parecerse; una relación es una reciprocidad o
no es nada.
¡Profunda naturalidad la de la
dinamita y la del anarquismo! Esas energías no son mejores ni peores que
las que dislocan cordilleras y arrasan San Franciscos y Martinicas. La
dinamita, que en manos de ingenieros hiende la roca para abrir paso al
ferrocarril, sirve lo mismo para hacer volar los ferrocarriles y los ingenieros
y los dueños del negocio. Los apóstoles de hace veinte siglos
eran anarquistas a su modo;
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por muy cruel que sea la
legislación proyectada con el fin de ahogar el anarquismo, no lo
será hasta el punto extremo de las persecuciones dioclecianas.
¡Qué error el de creer a la naturaleza indiferente a los hombres!
El milagro, el magnetismo encantador de lo desconocido, bajó a iluminar
las frentes piadosas de los santos; entre los suaves dedos que absuelven se
ablandaron y torcieron las leyes físicas; las cosas se enternecieron y
amaron. Y hoy, a semejanza de otro tiempo, los profetas de la
desesperación se sienten auxiliados por la esfinge silenciosa. A la
cólera intolerable que crispa los músculos en el bajo fondo
social, responde la cólera química de las entrañas del
globo. Los ascetas cristianos hacían brotar las flores de los yermos
entumecidos; los ascetas anarquistas -sí, recorred la serie, rara vez
hallaréis uno que no sea inteligente, elevado y robusto- llevan en el
puño el prodigio feroz de la dinamita, el verbo que suprime, la voz que
mata.
Vicio, crimen: palabras fáciles.
Si cada uno de nosotros fuera un Robinson, ¿qué
significaría robar, mentir, asesinar? ¿Qué es la moral en
una isla desierta? El delito no es individual, sino social. No es culpable el
ladrón, el falsario y el asesino, sino la colectividad. Tenemos la carne
podrida, y pedimos cuentas a las pústulas que nos manchan. La codicia
nos envilece, el miedo nos disminuye, la vanidad nos aturde, y nos hacemos la
ilusión de curarnos metiendo en la cárcel a los infelices que la
epidemia general ha castigado con mayor dureza. Pobres diablos, grieta por
donde trasuda la masa de bajas pasiones que nos emponzoñan, triste
remedio es amordazarnos. El veneno se queda adentro. Las raíces del
árbol están heridas, y nos enfurecemos contra las hojas que vemos
amarillear y marchitarse. ¿Por qué no se corrigen, por qué
no se enverdecen? ¿Acaso no gozan del albedrío? Hojas
melancólicas, vuestro libre albedrío os permite vacilar al
viento; del árbol fatal sólo os separará la muerte.
El anarquismo no es el crimen, sino el
signo del crimen. La sociedad, madre idiota que engendra enfermos para
martirizarlos después, crucificará a los anarquistas; hará
lo que aquellos Césares cubiertos de sarna: se bañará en
sangre. Y seguirá enferma, y seguirá en nosotros el vago
remordimiento de lo irremediable.
[LOS SUCESOS, 2 de febrero de 1907]
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  La justicia
Dar a cada uno lo suyo. Sí, pero,
¿cómo se sabe lo que hay que dar? Aunque imagináramos
costumbres justas, ¿cómo practicarlas justamente? Aunque
tuviéramos leyes justas, ¿cómo interpretarlas? Apenas
conocemos, por ráfagas, nuestra propia conciencia; la conciencia ajena
es la noche. Cometamos de una vez la suprema injusticia, de no ver las
intenciones; juzguemos los hechos. Los hechos también son la noche.
¿Cómo restablecer la realidad física de un episodio
social? No podemos averiguar el tiempo que hará mañana, y
queremos definir los remolinos misteriosos de la vida. En la selva inextricable
de los apetitos queremos encontrar el testimonio incorruptible. Queremos, para
iluminarnos, hacer comparecer a las sombras; para convencemos, hacer declarar a
la hipocresía; para no ser crueles, citar a la crueldad; para sentenciar
contra los hombres, oír a los hombres. ¿Dónde está
la verdad? ¿Está en él silencio de los que dejaron crujir
sus huesos dentro del borceguí inquisitorial, o está en las
confidencias del acusado a la moda? Los inocentes se alucinan, y confiesan
crímenes que no han hecho. ¿Qué mayor gloria para un
abogado, que la de salvar a un bandido? Nos quejamos de la lentitud de los
procesos: si los jueces fueran absolutamente justos y medianamente razonables,
no se atreverían a fallar nunca.
Ilusionémonos con que nuestras
leyes fueron justas ayer, y soportémoslas hoy, mas recordemos que la
moral es distinta según la época y el sitio, y que no cabe la
ilusión de que la justicia presente no sea la iniquidad futura.
Demasiado débiles para las responsabilidades de la hora actual, lo somos
mucho más para las responsabilidades del porvenir. Las consecuencias de
nuestros actos son incalculables. Lo infinitamente pequeño aterra. El
problema fatal lo penetra todo. No caminemos un paso por no aplastar al
laborioso insecto. No respiremos por no quitar su átomo de
oxígeno a pulmones venerables. La duda nos amordaza, nos ciega, nos
paraliza. Lo justo es no moverse. El justo, como el fiel de la balanza
simbólica, debe petrificarse en su gesto solemne. Resolverse a no hacer
el mal es suicidarse, y sólo los muertos son perfectamente justos.
Para volver a la Naturaleza,
soberbiamente injusta, forzoso es elegir entre la clemencia y la ferocidad.
Para existir, Dios se hizo a ratos despiadado, y a ratos misericordioso. O
verdugos o víctimas. Perdonar a unos es castigar a otros, y la
tiranía está hecha de servidumbres.
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Sancho Panza, por cuya boca solía hablar la
sabiduría del inmortal caballero, no gobernaba su ínsula igual
que Nerón gobernaba Roma, pero ambos son humanos. La sociedad completa
el destino fisiológico de las criaturas. La injusticia de las
civilizaciones prolonga la injusticia fundamental de la especie. Por el
único crimen de nacer, unos nacen débiles y enfermos y otros
robustos; unos inteligentes y otros idiotas; unos bellos y otros repugnantes.
Algunos están ya condenados al asco y al desprecio en el mismo vientre
de su madre; algunos ni siquiera nacen vivos. Nosotros hemos añadido
algo a todo eso; por el único crimen de nacer hemos conseguido que unos
nazcan esclavos y otros reyes; unos con el sable y otros bajo el
látigo.
Nuestra justicia obra porque es
esencialmente injusta. Se apoya en la fuerza armada. Su prestigio es la
obediencia de los que no tienen fusil. Su misión es conservar el poder a
los que lo gozan. Su objeto, defender la propiedad. ¿Por qué
indignarse de la venalidad de los magistrados? Ceden a la energía
soberana según la cual está organizada la humanidad moderna: el
oro. Emplean en su pequeño mundo el espíritu universal. Cuando se
acerquen siglos mejores corromperemos los tribunales por medio de nobles ideas
y hermosas metáforas. Mientras tanto, no lloremos demasiado las
injusticias que nos hieren; no nos lamentemos sin medida del brazo brutal que
nos sacude, de la calumnia que nos envenena. Las injusticias extremas son
útiles; ellas, sembradoras de cóleras sagradas, han despertado el
genio, han revolucionado los pueblos y han fecundado la Historia.
[LOS SUCESOS, 18 de setiembre de 1906]
  Los niños
De tres a seis años. Los bucles
de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas
olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su
curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma
en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne
resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana;
purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños,
acerquémonos a la inocencia perdida.
Pero, ¿somos capaces y dignos de
ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres
de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son
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limpios y
hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos.
¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas
transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la
horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los
niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de
sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no
podemos comunicarnos con la pureza de nuestros hijos.
No acusemos a la vida. La vida moral es
obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron
en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de
ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos
amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros
cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles
cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el
trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y
sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de
interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a
despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos
envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de
los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras
madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor, nosotros, que
éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la
vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión
del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y
del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de
fuentes.
Cuando preguntaron a Carrière
cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional,
contestó:
«¡No golpeéis, no
injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los
golpes que recibieron cuando niños...».
Salvémonos, salvemos la
humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe.
Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se
queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste;
así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas
inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae
el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un
día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados,
marchitos y viejos como nosotros.
[LOS SUCESOS, 6 de octubre de 1906]
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  El que fue
La Iglesia pone en escena el misterio de
la muerte de Dios. Año tras año, Dios muere más
hondamente, y resucita al tercer día con menos gana. La ficción
es dos veces trágica, porque es también realidad. Dios se muere y
se muere de veras.
Ha vivido veinte siglos en plena gloria.
Injertado en el vetusto tronco bíblico, brotó al aliento de la
poesía asiática, y esparció un inesperado aroma de ternura
por el Walhalla demasiado imperioso de las antiguas divinidades. Los mitos
más adorables del Oriente acariciaron el rostro dolorido del Apolo en la
cruz. La madre de Buda sonrió a las madres humanas, y subió al
Olimpo con su niño en brazos. Las mujeres pudieron rezar. La sangre de
los mártires era sangre alegre. Una cortesía nueva se
extendió por la tierra en flor. Los hombres no aparentaron odiarse
tanto, ni los infelices estuvieron tan solos. Un simulacro de piedad
refrescó el mundo. La desesperación fue un pecado; la
compasión devota visitó todas las catástrofes y todas las
inmundicias; se insinuó en todos los crímenes; y el signo de la
redención brillaba en los mangos de los puñales. El amor de
Cristo no soportaba infieles: ajustició a los críticos y
violó a las tribus salvajes; encantó a las vírgenes y
consoló a las abandonadas. Los misántropos descubrieron tesoros
en sus almas ardientes y sombrías; los pensadores aprendieron a tallar
en silencio el diamante de la conciencia; los artistas pintaron la aurora, y
levantaron bosques de piedra para solaz de los santos, y desencadenaron
huracanes de melodías para cantar el triunfo místico; los
libertinos inventaron la respetuosa galantería, y los soldados el honor.
El cielo se mezcló con el suelo. Una comunión terrible, familiar
y sabrosa nació entre lo finito y lo infinito. Hubo una ciencia del
milagro, un lenguaje universal y litúrgico, una categoría
intelectual y moral. La sociedad crecía bajo una sombra sagrada, y la
soledad se poblaba de demonios y de ángeles. Los dogmas se fijaron en el
esplendor del trono más augusto de los tiempos, y la fisonomía y
la historia del Hijo llegaron a su definitiva figura. Dios existió.
Por haber existido plenamente tuvo que
morir. El microbio germánico, cultivado por los Renán,
enfermó a Jesús. Asistimos a los funerales de la divina persona.
La muerte de los dioses es parecida a la nuestra; es la utilización
total de su ser. Los dioses no tienen el defecto de la inmortalidad. Inmortal
es la nada, y eterna; lo inmortal es lo inmóvil.
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Pero vivir
es darse poco a poco a lo desconocido, y morir, darse de un golpe. Se perece
como unidad; se subsiste como acción. Quizá sea la individualidad
una ilusión innecesaria; los hombres y los dioses son quizá
depósitos provisorios de energía, puntos ficticios en que se
concentra el poder para gastarse con mayor eficacia. ¡Quién sabe
si lo importante no es nacer, sino morir! ¡Quién sabe si a partir
de la muerte verdaderamente vivimos, es decir, verdaderamente colaboramos en la
obra inmensa! El genio es póstumo. La leyenda cristiana es de una
significación sublime. El Salvador debía morir. El error fue
resucitarle. Y ahora que muere sin resurrección posible, vivirá
para siempre en las entrañas de la humanidad.
Desapareció la simiente; es que
se enterró en el surco. El sol cayó detrás del horizonte
y, sin embargo, la noche está tibia y contemplamos sin miedo las
tinieblas; el sol palpita aún en la juventud de nuestros
músculos, y en el ritmo sereno de las aguas y de las savias; un suspiro
luminoso vaga por el firmamento. Las formas idolatradas se desvanecieron; no
importa: la vital sustancia ha bajado al fondo de las cosas; todo lo asimilable
empapa nuestra carne y nuestro espíritu; ha quedado en la razón y
en el ensueño cuanto era de quedar. Si olvidamos, es que no es preciso
que recordemos. Ya no hay inquietud en nosotros; hemos cesado de buscar;
poseemos a Dios con la tranquila y formidable posesión del sepulcro.
Dios se ha hecho invisible, porque por fin está dentro. «Tomad y
comed», nos dijo, y le hemos devorado. Nos sentimos dioses. Nutridos de
Dios, nos atrevemos a mirar cara a cara la Naturaleza, y proyectamos dominar el
Universo.
[ROJO Y AZUL, N.º 26, 31 de marzo de 1907]
  La ruleta
¿Dónde caerá, por
fin, la esterilla vibrante? Las almas están suspendidas de un capricho
idiota. ¿En qué hueco de los treinta y seis se consumará
la irremediable injusticia? La enviada del destino salta, vacila, amenaza,
huye...; su chasquido malvado ríe en el jadeante silencio; y cada
número negro o rojo que toca hiere un corazón cobarde. Mirad esos
ojos de sentenciados; esos cuerpos que aguardan el golpe del verdugo,
caídos contra la mesa; esas manos enfermas que han traído
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sangre, fortuna, honra, en ofrenda a la impenetrable divinidad.
Mirad al hombre entregado a la lujuria de la desesperación.
Azar, nada. Somos inteligencia, es
decir, orden. Comprender es modelar; encajar la pasta amorfa de los hechos en
la estatua vacía de la razón. Somos voluntad, es decir,
dirección y designio. Hemos privado a los vientos y a las aguas de su
libertad salvaje, y los hemos condenado a los trabajos forzados de la rueda.
Hemos ido a despertar las energías ocultas bajo las rocas y los siglos,
y hemos vuelto a hacer arder el sol en las calderas de nuestras
máquinas. Hemos recogido lo impalpable para que nos sirva; hemos
aprisionado la electricidad dispersa en el espacio, y la hemos hecho volar por
un hilo y ramificar nuestros nervios. Hemos avanzado en la sombra; hemos
descendido al abismo; hemos arrancado al misterio cosas informes para
esculpirlas después. Hemos humanizado la naturaleza; hemos apretado con
tal fuerza la realidad contra nuestro espíritu que en ella ha quedado
estampada nuestra efigie. Hemos ensanchado la armonía alrededor de
nuestra inteligencia, y por cada paso nuestro hacia adelante ha retrocedido
otro la casualidad.
El jugador se abandona a esa casualidad
que es nuestro único obstáculo y nuestro enemigo. El jugador
funda su vicio en la ignorancia y en la impotencia absolutas. Traidor de la
humanidad, ha prostituido la conciencia a la monstruosa caricia del caos. Ha
agotado sus recursos en ajustar un mecanismo donde se condensa la noche
mientras los demás construyen mecanismos donde se reúne la luz.
En tanto que se creaba el disco de la dínamo, él creaba el disco
de la ruleta. Otros agrandaban su mente, y él se decapitaba. Otros
introducían la vida plena en el Universo, y él partía su
vida en treinta y seis porciones. Otros nacían, y él se
suicidaba. Pero la palabra suicidio es demasiado débil. Los que se matan
aún esperan; llaman con la hoja del puñal o con la culata del
revólver a la puerta formidable que no se abre más que una vez y
detrás de la cual puede haber algo. El jugador se destruye con
exactitud. Sólo él conoce la verdadera muerte.
Felizmente el que juega se arruina. Las
matemáticas lo establecen, y los fenómenos lo confirman.
Sería espantoso que se ganara al juego, y que el azar fuera fecundo. Una
fatalidad profundamente sana devora al jugador y barre todos los años
millares de seres indignos de existir. A esa fatalidad se juntan en la obra
saludable los banqueros con ventaja; los tramposos de ingenio que dejan al
cartón señales imperceptibles y mortíferas, o que
guían bajo el tacto finísimo una gota de goma transparente;
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los prestidigitadores que resbalan paquetes de naipes preparados y
escamotean la catástrofe que asoma; los audaces que asaltan los tapetes
y violan los bolsillos; aquellos, en fin, que se mantienen erguidos en la
lucha. Ellos, tahures, ladrones, bandidos, despojos del hampa cosmopolita y de
los naufragios sociales; representan la moral en su sentido más hondo,
porque enfrente del eterno enigma se conducen como hombres y no como
espectros.
[LOS SUCESOS, 15 de octubre de 1906]
  Pasionales
«La mato porque la amo».
¿Hay quien crea al insensato que
esto diga? Sí, señor; y no sólo las porteras lacrimosas y
las señoritas traslúcidas, sino una gran parte del ilustrado
público y hasta los mismos jueces. ¡Ay del que mata por odio, por
miedo o por hambre! ¡Bienaventurado el que mata por excesiva ternura! Si
no completó armoniosamente el consabido «cuadro de horror»
saltándose los sesos, vaya seguro a los Tribunales; el jurado,
inclinándose ante la hazaña, pondrá en libertad al
héroe, y las damas se interesarán por un tenorio tan bruto.
Asesinos se encuentran más
interesantes. Wainewright, pintor y literato inglés, envenenó a
su mujer porque esta señora tenía los tobillos demasiado gruesos.
¡Pobre pintor! ¡Cuántas indecibles torturas sufrió,
él, tan artista, tan exquisito, al contemplar a todas horas la fealdad
de los tobillos conyugales! Un jurado de estetas hubiera absuelto a Wainewright
¿no es cierto?, un jurado hipersensible, un jurado del porvenir.
¡Qué lejos estamos de la
humanidad! Y, naturalmente, de la verdadera estética: el sentimentalismo
de nuestro público y de nuestros jurados es el que trasudan
Antony y cien dramones más; el de
Dumas hijo, el moralista (!!) del famoso
mátala; el sentimentalismo de ojeras
pintarrajeadas y melenas sucias, envejecido, descompuesto, maloliente,
repulsivo, después de sesenta años de majaderías
peligrosas a todo corazón sano; el sentimentalismo de folletín.
Por eso la página del código en que se autoriza y alienta al
marido a sacrificar una mujer indefensa, no es a secas una de las manchas
infames de la civilización; es, además, algo repugnante, cursi,
lamentablemente melodrama barato.
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Acabemos de arrancar su aureola
embustera a los que, si no cedieron al más bestial y egoísta de
los instintos, no pasaron de ser falsificadores de las nobles energías
del alma, comediantes, histriones del sentimiento, payasos trágicos.
¿Compasión para ellos? ¡Oh, sí! Compasión a
los enfermos, a los bárbaros extraviados entre nosotros.
Compasión, mas no admiración. Y no dejemos de compadecer a los
otros homicidas, más modestos y más perseguidos. No dejemos de
compadecer sobre todo a las víctimas de la ferocidad sexual.
No habléis de las locuras del
amor. ¡No! El amor es lúcido y sereno. El amor no mata. Lo bello,
lo fuerte, no conduce jamás al asesinato. Los fuertes mueren tal vez,
pero no matan. «Los que matan, como los que se matan, dice Gourmont, son
débiles. Los que tienen algún vigor se alejan, sufren, meditan y
viven». ¡Viven! No es la misión del amor quitar la vida,
sino darla, engendrarla valientemente, alegremente, contra todas las barreras,
todas las emboscadas, todas las traiciones, todas las catástrofes.
¿Qué es necesario para matar? Bien poca cosa: un arma y una
cobardía. Basta el momento delirante, la chispa lanzada por la hoguera
siniestra que arde en la oscuridad de las pasiones, el espasmo sombrío
de un segundo. Para vivir es necesario el amor. Para esas vidas lentas,
preñadas de paciencia y de cariño, para esas santas vidas largas,
generadoras de lo grande, es indispensable el amor. El amor no
desconfía, no se venga, no hiere; el amor siempre cree y perdona y vive
y hace vivir.
«La mato porque no se me vuelve a
entregar». ¿Es un amante el que así blasfema?
¿Amó algún día el que no consiguió despertar
en otro el amor duradero y cesó él mismo de amar?
¿Temblaron algún día de amor las manos que hoy firmes
apuñalean la carne adorada? ¿Amó siquiera un instante
quien no vacila en desencadenar la angustia en el alma amada, y sin turbarse ve
los espectros del terror en los ojos que él hizo triunfar antes de
exaltación magnífica? El amor cruel es mentira. No hay amor donde
no hay piedad. ¿Qué es el amor más elevado, sino una
piedad devoradora? «La mato porque no la amo ya, porque nunca la
amé». He aquí lo cierto, y si el matador,
analizándose, supiera eliminar el falso prejuicio del honor, las
punzaduras de la vanidad, el afán de lo notorio y mil razonamientos
parásitos que acompañan a la explosión salvaje sin
motivarla, descubriría en el convulsionado fondo de su conciencia esas
larvas del tenebroso origen universal, que arrastran confundidos los gestos de
la fecundidad y de la muerte.
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Para el amor, elegir es respetar. El
amor es esencialmente religioso; la luz que crea en torno de la mujer
jamás se extingue. Por una ilusión generosa objetivamos los rayos
invencibles cuyo centro está en nuestro espíritu, y se nos figura
que amamos la belleza, cuando precisamente es la belleza lo que en nosotros
ama. La mujer amada es intangible. Nos mentirá, nos atormentará,
nos abandonará, si es posible que un amor profundo no sea
recíproco, pero el resplandor inmortal seguirá
iluminándola. El culto a la felicidad se habrá convertido en el
culto al dolor, pero el templo estará en pie. La dulce fuente se
habrá cambiado en fuente de amarguras, pero no se habrá agotado.
Si no la dicha, la desdicha será nuestra razón de vivir y la
explicación del universo. No renunciaremos a las sagradas ruinas.
Preferimos un recuerdo melancólico a todas las tentaciones del presente
y a todas las promesas de la esperanza. ¡Y en qué silencio, en
qué intimidad secreta no resucitaremos del olvido, como Dios de la nada,
las imágenes del joven amor y de la vida! Venturoso o no, el amor
auténtico se oculta; el pudor es la mitad de su poesía. Un amante
es un iniciado; no elevará en el arroyo el ara ni el altar. No
expondrá al escándalo las embriagueces de su victoria, ni la
liquidación de sus desastres. Quizá sucumba en un rincón,
mas no representará gratis, ante la tribu reunida, una escena vulgar de
quinto acto.
¡Matar! El amante de veras no
mataría en ningún caso porque comprende que sería
inútil. Es que el amor abre el entendimiento, revela lo invisible, y el
seudo amante ignora que ante el amor la muerte es pequeña y transitoria.
Sin embargo, el niño enamorado, al balbucear las eternas palabras, que a
un tiempo se inventan y repiten, proclama la verdad:
«Siempre te amaré».
«Siempre nos amaremos».
Siempre, es decir, no hasta la muerte, sino
en la muerte y más allá de la muerte. Heine imita al niño:
«En el día del juicio final, anuncia, los muertos se levantan, las
trompetas les llaman a las alegrías y a las penas; en cuanto a nosotros,
no nos inquietaremos de nada, y nos quedaremos acostados y abrazados». Y
si para el amor la muerte no es un obstáculo, ¿cómo
sería una solución? La muerte deja intactos los problemas de la
vida.
En apariencia, fácil es hacer
desaparecer al vivo. La cuestión es hacer desaparecer al muerto. Un
cadáver se entierra, un fantasma, no. ¡Matar! Y
¿después? ¿Para qué cerrar la puerta al vivo
durante el día, si ha de venir el muerto cada noche a sentarse en el
borde de la cama?
[EL DIARIO, 18 de setiembre de 1907]
-62-
  La regla
De niño me inculcaron con
seriedad que se debe decir
la casa y no
el casa; yo como y no yo
comes. Se obstinaron igualmente en asegurarme
que
tarde es un adverbio y
sobre una preposición. Cuando
había aprendido bien una regla me descubrían que no era tal
regla, que había numerosas excepciones, las cuales a su vez
tenían excepciones. Al fin me libraron del colegio y me di prisa en
olvidar cuanto en él había sucedido. Con asombro noté que
no me hacía falta saber gramática para hablar en castellano.
Asombroso me pareció
también que personas que no conocen la anatomía ni la
fisiología del estómago digieran durante largos años
imperturbablemente. Cuando me hube habituado a estos hechos, sospeché
que las reglas no tienen quizá la importancia que los académicos
y los dómines quisieran. Leí verdaderos libros, y vi que el
talento y el genio suelen fundar la gramática futura sin molestarse en
saludar la presente. La policía aduanesca de mis profesores
perdía su prestigio. De dictadores pasaban a copistas. Encargados de
medir el idioma, creían engendrarlo.
-Hombre se escribe
con
h -me corrigieron un día.
-¿Por qué?
-pregunté, tímido.
-Porque viene del latín
homo.
-¿Por qué entonces no
escribimos todo igual: homo?
-¡Silencio!
Observé en los ojos del maestro
la misma furia del presbítero que nos dictaba doctrina cristiana. Una
regla no se discute. No se discute el código ni el catecismo. Explicar
una regla es profanarla.
Escribir
hombre sin
h, ¡qué vergüenza! Y si en
Italia se escribiera
uomo con
h, ¡qué vergüenza! Si una
soltera pare, ¡qué vergüenza! Y si un hotentote encuentra
virgen a su esposa, ¡qué vergüenza!
No examinéis las reglas. Examinar
es desnudar, y el pudor público no lo permite. Perteneced, si
podéis, a la innumerable, a la invencible clase de los archiveros,
guardianes y administradores de LA REGLA, y si no podéis, doblad el
pescuezo. Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la
frente.
La regla es la mentira, porque es la
inmovilidad; pero no lo digáis, no lo deis a entender; defended el pan
de vuestros hijos.
[LOS SUCESOS, 17 de diciembre de 1906]
-63-
  Deudas
Me encuentro en la urgencia de hablar de
mí. Particularmente considerado, mi caso no interesará a nadie,
pero el hombre es un animal que induce. Tal vez el lector saque del ejemplo
individual consecuencias generales. No de otro modo Isaac Newton, según
cuentan, al ver caer la manzana se preguntó por qué no cae la
luna. La misma lógica que fundó la gravitación universal
la amenaza hoy día. Es que la razón, pálida sombra de la
vida, crea y destruye sucesivamente. He aquí ahora lo que a vuestra
razón someto:
Debo un traje al sastre y no puedo
pagárselo. Mi oficio de fabricante de ideas no me permite por el momento
pagar al sastre. El sastre se desespera y parece culparme de vagos
crímenes.
He hecho mi examen de conciencia, y me
he hallado limpio. He llegado a la conclusión de que mi deber es no
pagar. Me he convencido de que sólo por indolencia y por una especie de
distracción rutinaria he seguido la costumbre viciosa de pagar las
cuentas. Si trabajo sinceramente en una sociedad donde hay gente que bosteza en
medio de un lujo grosero, ¿cómo es posible que no se me asegure
el abrigo contra la intemperie y una alimentación correcta? No soy quien
debe, sino a quien se debe. No tengo para qué pagar el mercado, ni al
casero, ni al sastre.
Él hace trajes, yo hago
artículos. Yo le ofrezco cordialmente mis artículos. ¿Por
qué no me ofrece cordialmente sus trajes? Lo natural es que aprovechemos
en fraternal reciprocidad nuestras aptitudes; él me viste el cuerpo, yo
le visto la inteligencia. Si el mecanismo económico de nuestra
civilización me obliga a caminar desnudo por la calle, no es culpa
mía, sino de la civilización falsa en que vivimos.
Dios me libre de creer que es más
meritorio escribir que cortar tela. Dios me libre también de creer lo
contrario, y de aceptar como equitativo que mi sastre gane una fortuna con sus
tijeras mientras yo apenas tengo con qué comer. Quisiera que nuestra
dignidad representativa fuera idéntica. Si se me concede que no pague
mis modestas y pocas vestiduras, no tengo inconveniente alguno en que no se me
paguen mis artículos, ni mis libros futuros, que son muchos y hermosos.
Así evitaría tocar el dinero, repulsivo como un sapo.
El dinero desaparecerá. Todo lo
feo y lo absurdo desaparece tarde o temprano. Maravillosa es la división
del trabajo y la perfección social de los hormigueros y de las colmenas.
Sin embargo, ni las hormigas ni las
-64-
abejas conocen el dinero. El
dinero pretende reducir a cifras nuestra aptitud espiritual. Pretende
introducir la aritmética donde nada existe de aritmético. La
moneda es un malvado fantasma que nos da la ilusión de medir el
egoísmo y aprisionar la humanidad. Y los fantasmas, aunque sean
aparentemente más poderosos que los dioses mismos, están
destinados a desvanecerse al soplo frío y puro de la mañana.
Despertaremos, y nos avergonzaremos de nuestras pesadillas.
Al establecer que no debo pagar al
sastre, me adelanto a la época, y anticipo, aunque parcialmente, un
mundo mejor, hasta para los sastres. Al no pagar, yo, que nada poseo y siempre
produzco, realizo un bello simulacro. Las cosas suceden exactamente igual que
si el sastre me regalara con qué cubrir mi carne pecadora. Ya sé
que no hay tal, que él deplora haberme fiado, mas éste es un
fenómeno interior. Exteriormente, prácticamente me ha amado,
puesto que me ha socorrido gratis. En el terreno de los hechos, no pagar es
instituir sobre la tierra el régimen sublime de las donaciones.
Practicad, decía Pascal a los ateos; la fe vendrá. Comulgad todas
las semanas y concluiréis por persuadiros de que la consagración
es un misterio auténtico. Trabajad y no paguéis nunca, digo yo. A
fuerza de ejercitar la caridad a pesar nuestro, acabaremos por sentirla. A
fuerza de no cobrar, los sastres y demás obreros de la colmena humana se
olvidarán de cobrar. Habrá otros móviles de acción
que el oro, y una edad más razonable habrá dado comienzo.
[LOS SUCESOS, 23 de marzo de 1907]
  El río invisible
¿Recordáis, allá
cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas
mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos
empinábamos nosotros sobre la punta de los pies para ver lo que
ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El
comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde
se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía
esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de
noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo
infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en
-65-
el caos sin fondo y sin término, donde es locura
aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en
que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la
vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos
algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando
reconoció en el pálido horizonte las montañas de la
patria.
Crecimos, y el espacio disminuyó,
como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y
siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias
siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito
empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito
vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas
batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el
telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y
ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura
geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.
El tiempo se modifica también con
la edad, y esto es más grave. Vivir en un espacio más o menos
ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra
conciencia como vivir más o menos deprisa. Cada vez vivimos más
deprisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas
de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la
cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las
épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos
necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir
los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en
él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra
ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos
atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro
años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se
hace desde afuera.
Por dentro, la formación de los
sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retrocede en
vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su
límite, nunca exclamaréis: «comencé
aquí». Siempre la oscura avenida se prolongará en la
llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible.
Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar.
Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos
llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la
creación misma.
Constituido lo esencial del alma, fijos
los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo
se acelera. Todavía chiquillos aún,
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las horas duran;
un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi
inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año
es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se
encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo
la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida.
Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por
prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia
muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de
nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando
nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas
primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador,
poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos
uníamos a él, a él nos enroscábamos y le
acompañábamos, y él era para nosotros
espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo,
inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja
riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas
vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un
ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En
nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.
El tiempo vuela, nos araña la
carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida.
Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la
desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años
para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se
deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El
cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se
desploma. Una línea corta la corriente. Es la catarata final: al borde
el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos
se lanza a la sima de donde nada vuelve.
[EL DIARIO, 22 de noviembre de 1907]
  Lo viejo y lo nuevo
No todos los argumentos de los que
defienden el pasado merecen nuestra estima. Hay quien venera lo viejo porque de
lo viejo vive, a semejanza de esos gusanos que roen madera descompuesta y papel
de archivo. Cuanto más antigua es una ley, una costumbre, una
teoría o un
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dogma, se los respeta más.
Habiéndolos contemplado en la lontananza de los siglos que fueron, se
los vislumbra en la de los futuros como una provisión inagotable que
podrán roer las generaciones conservadoras.
Y, sin embargo, ¡qué pobre
argumento el de la ancianidad de las ideas! Es difícil no sonreír
cuando se abre un código y se lee al pie de la página la sesuda
nota en que el comentarista fundamenta un artículo. «Este
artículo es casi sagrado, murmura el infeliz, nos viene de las Partidas,
de los Romanos». ¡Ah, los Romanos sobre todo! Pero la humanidad
cambia, inventa, sueña y por lo común cuanto más vieja es
una cosa, más inútil es. Lo viejo es un resto de lo
bárbaro. Es un vestigio del mal, porque el mal es lo que dejamos a
nuestras espaldas. Cierto que las leyes que nos encadenan son romanas
aún, lo que me parece escandaloso después de dos mil años;
felizmente nuestra física y nuestra biología no son las de Roma,
son las nuestras.
Muchas inmemoriales construcciones deben
su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera
obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas
para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es
obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que
sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la
Santísima Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en
otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes
apolillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen
día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo.
Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés
volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un
gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de
fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son
sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.
Otros adversarios, delicados amantes de
las ruinas, nos dicen: «¡Qué ingratos sois con los muertos!
Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro
pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo
legó el pasado. Y volvéis contra el Pasado, de que está
hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que
habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras
Propias raíces».
Pues bien, ¡no! No somos solamente
hijos del pasado. No somos una consecuencia, un residuo de ayer. Antes que
efecto somos causa, y me rebelo contra ese mezquino determinismo que obliga al
Universo a
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repetirse eternamente, idéntico bajo sus
máscaras sucesivas. No; el pasado se enterró para siempre en
nosotros mismos. Decid que es quizá limitada la materia disponible, que
fabricamos el ánfora nueva con el viejo barro, que para cuajar mis
huesos tomaron las cenizas de mi padre. Decid que la Naturaleza, en su noble
afán de hacerla más hermosa, funde y toma a fundir
infatigablemente el bronce de la estatua. ¡Pero qué importa la
materia! La forma, el alma es lo que importa. Sobre el pasado está el
presente. Todo es nuevo; nueva la alegría de los niños, nueva la
emoción de los enamorados, nuevo el sol de cada aurora, nueva la noche a
cada ocaso, y al morir nuestra angustia no será la de nuestros
antepasados, sino un nuevo drama a las orillas de un nuevo abismo. No
digáis que el hijo reproduce al padre. No pronunciéis esta frase
cruel y necia: «Nos heredamos, nos reproducimos, somo los de
antes». Blasfemia profunda, que hace de la humanidad espectros y no
hombres. No somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no
existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza.
[EL DIARIO, 3 de junio de 1908]
  Actos de esperanza
Analizad las virtudes viriles y
descubriréis que se reducen a una: la esperanza. No seríamos
jamás constantes, heroicos, verídicos, pacientes, si no
esperáramos, si no esperara nuestra carne, nuestra inteligencia, nuestro
ser oculto, si no confiáramos, hasta durante la agonía, en los
frutos del tiempo. El tiempo camina sin mirar atrás; todo le es
permitido menos arrepentirse y deshacer su obra. No podemos más que
avanzar. El Universo no retrocede. ¿Cómo no llenarnos de
esperanza? ¿Cómo no adelantamos a las posibilidades maravillosas?
¿Cómo no sentir la inminencia continua de lo nuevo, de lo que a
nada se asemejará? Creíamos que no se debe esperar sino en los
dioses; que sólo ellos son sagrados. Error: todo es sagrado, todo
colabora, puesto que todo vive. Somos sagrados en primer término; la
naturaleza no nos ha revelado hasta hoy ningún factor tan prodigioso
como el hombre. Admirémonos de nosotros mismos; esperemos en nosotros
mismos. Aprendamos a venerar los misterios que encierra nuestro espíritu
y a fiarnos de su incalculable potencia.
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El mal es profundamente insignificante,
porque no es capaz de detener el mundo. No demos demasiado valor a los males
que hicimos; no recordemos demasiado los momentos en que la noción de
nuestro destino se oscurecía. Ahuyentemos los dolores estériles,
el remordimiento, la idea del pecado, la manía de la expiación.
No somos pecadores, no somos culpables; la mayor y la más
estúpida de las culpas sería castigarnos o castigar al
prójimo. No somos reos ni jueces; somos obreros. No atribuyamos al mal
una consistencia que no tiene; matémosle con el olvido. Nuestro
corazón está limpio; levantémonos alegres y ágiles
en el designio del bien. Un minuto de bien anula los crímenes de la
historia. Y olvidemos con igual serenidad el mal y el bien que pasaron. Si
fuimos santos o delincuentes, ¿qué importa? No somos ya lo que
fuimos. Nos despertamos otros cada mañana. ¿Quién dijo que
en nuestra vida no vuelve la primavera? Vuelven amorosamente sobre nosotros
innumerables primaveras. Nos renovamos siempre; vivir es renovarse. Olvidemos
los fantasmas; esperemos en lo único que existe: en el porvenir.
Y olvidemos también el mal y el
bien que nos hicieron. Seamos bastante grandes para amar sin causa.
Además, el hombre sincero merece sufrir. Por mucho que yerre, lleva en
sí un átomo de esa cosa terrible: la verdad. La especie humana,
con un pudor salvaje, se resiste a la verdad que la fecunda, y el hombre
sincero padece la traición de los amigos, la persecución de los
poderosos, y conoce el abandono y la miseria. Mas ¿qué valen sus
molestias exteriores si se las compara con la divina exaltación de su
alma? El que bebe en esa copa sublime no se cura nunca. Y poseídos de la
embriaguez del bien, del vértigo del futuro, seguimos la marcha.
Apartemos los ojos de la noche que se inclina; fijémoslos en la aurora.
Y si el pasado intenta seducirnos con su arma de hembra, la belleza, rechacemos
la belleza, y quedémonos con la verdad.
[LA EVOLUCIÓN, 24 de mayo de 1909]
  Las máquinas de matar
Han fondeado algunas en la rada. Son
colosales y maravillosas. Hay que contemplar los cañones, los reyes de
la muerte, y pensar en el mundo complicado y poderoso que los engendra. Para
conseguir transportarlos sobre las aguas, hubo que resolver los más
arduos problemas de la
-70-
navegación, y la carabela que
llegó al Nuevo Mundo es un juguete ridículo al lado del crucero.
Los tubos formidables por donde se envía la catástrofe al
horizonte son un resumen de todas las ciencias, desde la geometría a la
termodinámica; de todas las industrias, desde la metalurgia a la
óptica de taller. Rígidos, relucientes, acariciados y cuidados
como telescopios, han exigido más todavía: ha sido necesario
fabricar una multitud de mecanismos humanos que engranaran con ellos, y que
funcionaran automáticamente en medio de los horrores de la batalla; ha
sido preciso inventar una nueva clase de heroísmo. Y aún no
basta; hacen falta otros cañones, más grandes, más
exactos, más implacables, y los sabios buscan en el secreto de los
laboratorios; los ingenieros ensayan sin descanso; miles de trabajadores forjan
las armas que los destruirán mañana. La sociedad no se considera
bastante hábil en el arte de matar, y se diría que le urge reunir
todos los medios para poder suicidarse de un golpe.
El cañón moderno es el
resultado de los esfuerzos de largas centurias; los proyectiles que lanza
surcan el espacio con una majestad casi astronómica. La bala es el
bólido: la guerra, una sucesión de cataclismos. ¡Qué
modesta el hacha de pedernal de nuestros antepasados! Había que servirse
de ella varias veces para rajar el cráneo espeso del enemigo hermano.
Del hacha al cañón: he aquí lo que muchos llaman el
progreso. Pero, ¿por qué nos asesinamos los unos a los otros?
¿No es tiempo de arreglar las cuestiones de distinta manera?
Signo funesto: Inglaterra, que ha
preparado las libertades políticas de la raza blanca, la nación
que mejor conoce la vida por lo mucho que ha viajado, luchado, y sacado partido
de la realidad; Inglaterra, que tan dispuesta se mostró recientemente al
desarme, sigue construyendo buques, y acaba de aprobar el proyecto del
«Neptuno», acorazado de 20.000 toneladas, ¡un prodigio!
Y esos millones de libras esterlinas
arrojadas a las olas no son aún más que la paz, el «miedo
armado».
Una de dos: o Inglaterra está
decidida, en caso de conflicto, a no dejarse guiar por la razón, sino
por las ventajas impunes de su enorme poder material, o supone probable un
injustificado ataque de los demás países, si en él ven
suficientes probabilidades de éxito. Y lo que decimos de Inglaterra es
aplicable a Francia, a Alemania, a Norteamérica, a Italia, al orbe
civilizado, sujeto a la fiebre de los armamentos indefinidos. Este crimen sin
nombre: una agresión caprichosa, una guerra provocada
-71-
fríamente, es un fenómeno que el mundo entero juzga
próximo y natural. Recordad el pretexto para la campaña del 70:
los candidatos al trono español. Hace pocas semanas Europa se
estremecía de angustia; las hostilidades estuvieron a punto de romperse,
por los enredos de un escribiente de consulado en Casablanca. Y hoy mismo nos
comunica el telégrafo que el principal obstáculo a la
tranquilidad de los Balcanes es la antipatía que se tienen los ministros
de Estado de Austria y de Rusia. El hecho es que al principio del siglo XX
continuamos expuestos a caer en los abismos de la matanza, empujados por lo
arbitrario, lo inicuo o lo imbécil.
El hecho existe, aplastador. En ciertas
cosas somos lógicos; si un aparato se descompone, acudimos al
técnico; si nos enfermamos, al especialista. Los pueblos se van
acostumbrando a la higiene, a la educación razonada. Marchamos hacia la
justicia, que es la ciencia del corazón, y hacia la ciencia, que es la
justicia de la naturaleza. Solamente cuando se trata de las relaciones de los
pueblos entre sí, es decir, de las que mueven los más vastos e
incalculables intereses, es cuando no queremos salir de la barbarie.
Conferencias de la paz, masas de
labradores y de obreros que piden la paz, comerciantes partidarios de la paz,
pensadores y artistas que hacen la propaganda de la paz, todo eso es
platónico. Son gérmenes. Todo eso se estrella contra los
armamentos insensatos, contra la coraza de hierro que nos abruma. No se objete
que el partido de la paz es una mayoría; una mayoría impotente no
es tal mayoría. Por eso la humanidad es bárbara, porque en ella
la justicia y la fuerza no están juntas. Los fuertes no son justos; los
justos no son fuertes. La generosidad carece de brazos; la espada abusa. Y tal
será la obra de la civilización: armar a los
pacíficos.
Entonces será imposible que un
gobierno mande invadir el ajeno territorio. Entonces tendremos la
satisfacción de que los extranjeros arriben a nuestras playas en traje
común, y no pertrechados hasta los dientes. Los caminos del planeta
estarán seguros, y la hospitalidad gozará de la confianza.
Mientras tanto, no admiremos demasiado las portentosas máquinas que
matan; símbolo de nuestra potencia física, son también un
símbolo de nuestra debilidad moral.
[LA RAZÓN, 15 de noviembre de 1908]
-72-
  El porno-cinematógrafo
Había un predicador que
consagraba todos sus sermones a condenar la lujuria. «Ya se ve, le dijo
una penitenta, que no piensa usted más que en eso». Por mi parte
no insistiré mucho; sobre todo, no lo haré con tono de
predicador. No me halaga la idea de convertimos en un catálogo de
virtudes. «Los hombres, dice Anatole France, honran la virtud como a una
vieja; le dirigen un saludo respetuoso, y se alejan rápidamente».
Es que no pueden divorciarse largo tiempo de sus apetitos. La moral no consiste
en cegar los instintos, esos manantiales de la vida, sino en utilizarlos, en
canalizarlos. No nos hagamos ilusiones; la salacidad de nuestra especie es
grande. La de los monos también; son nuestros parientes
-¿qué remedio? Se trata de rasgos definitivos, y felizmente no
está en nuestro poder el que sean otros. Una epidemia de castidad
comprometería la conservación de la raza. El elefante se
extingue; es virtuoso con exceso. No se acerca a la elefanta más que una
vez al año.
Y, sin embargo, protesto contra el
porno-cinematógrafo, cuyas vistas obscenas, toleradas por la
policía, van invadiendo las ciudades latinas, Buenos Aires, Madrid,
París, Barcelona. Entendámonos: protesto contra la publicidad.
Los fenómenos del amor no deben hacerse públicos. El desnudo
mismo, si no es bello, es indecente, fuera de las mesas de disección. La
belleza, como la ciencia, atañe a la colectividad. Las carnes que se
muestran al pueblo tienen la obligación de parecerse al mármol.
El arte salva el resto: las escenas de algunos libros de Zola, contadas por un
burgués, serían de un odioso cinismo. El estilo las limpia. Hay
en Nápoles el famoso grupo de Leda y el Cisne, de un atrevimiento
absoluto; pero el vicio se consume en el resplandor de aquella hermosura. Si
los modelos del cinematógrafo pornográfico fueran Apolos y Venus,
vacilaría en condenarlo. Por desgracia, sospecharéis qué
tipos lamentables se prestan a semejantes funciones...
La belleza es de carácter social:
un estimulante cuya eficacia se multiplica con la presencia de la multitud. El
amor es individual y secreto: es lo único inadaptable a lo
múltiple; es un vértice que avanza solo. La belleza no tiene nada
que ver con el amor. Las estatuas no se aman. No lo necesitan. Admíralas
y punto concluido. En cambio una mujer fea tiene doble derecho al amor; el
ideal se ha fatigado en transfigurarla. La fealdad se disuelve entre los brazos
del amante: en
-73-
amor, como dice Nietzsche, el alma cubre el cuerpo.
El público desaparece; las dos personas indispensables a los misterios
amorosos son todavía muchas: de ahí el afán que sienten de
confundirse en un ser. Y aun es demasiado; llega el instante de inconsciencia
en que todo lo humano se ha desvanecido; en que solamente lo divino obra.
Imponer espectadores al amor es
desnaturalizarlo. La verdadera voluptuosidad es púdica. Los
gérmenes se ocultan bajo tierra. Levantad los velos; exponed el
santuario a la curiosidad imbécil, y las generaciones futuras lo
expiarán. Son los salvajes los que andan desnudos. El vestido es el
primer culto a la augusta delicadeza del amor. Está en nuestro
interés dejar libres a las fuerzas desconocidas y creadoras, ahorrarlas
testigos. No sabemos lo que llevamos con nosotros, qué hijos
saldrán de nuestra sangre. Todo cálculo es ilusorio: no se hereda
el genio, el talento, la belleza ni el crimen. Somos un pretexto, un
vehículo, y sólo nos toca abandonarnos ingenuamente y en una
discreta soledad.
Apaga tu foco, cinematógrafo
atrevido. Ante tus vergonzosos espectros los hombres se ríen. No los
invites a tal profanación. Si se ríen del amor, la muerte se
reirá de ellos, y no los perdonará.
[LA RAZÓN, 18 de diciembre de 1908]
  La policía
Abundan los descontentadizos, los
exigentes, los difíciles. Veo una triste unanimidad de opiniones contra
la policía, y me doy cuenta de lo arduo que es gobernar. Por unos
miserables palos, trompadas, tumbos y arrestos el domingo, he aquí que
el público protesta, y reclama de las autoridades no sé
qué extraña suavidad de procedimientos.
Se olvida que los agentes tienen la
misión de obrar -el nombre lo dice-, no la de juzgar ni discutir. Un
guardia civil es un arma: se dispara como un revólver.
¿Pedís tacto a la bala? La policía debe ser
enérgica, veloz: está enderezada a defendernos de bandidos y de
reformadores sociales. Una energía veloz sólo puede hacer una
cosa: destruir. En la Plaza de Toros se desencadenó de repente una
potencia devastadora, a la cual nada hay que objetar, porque funcionó
conforme a su calculada y útil estructura. La policía está
obligada a ser como un martillo pilón: o brutal o inmóvil.
-74-
La policía es un mecanismo que se
adapta a los delincuentes seguros o probables. ¿Queréis que
distinga entre las personas decentes y las que no lo son? Para ella no existen
los seres inofensivos. No tiene que ver con ellos y en consecuencia no los ve.
Desde el punto que asienta su garra sobre un ciudadano, ese ciudadano es
culpable, y merece malos tratamientos, aunque se crea inocente. ¡Ay! Es
imposible ser inocente en un calabozo. Felicitémonos de que la
policía no sea amable con los honrados; es el único modo de que
tampoco lo sea con los granujas. Los vejados del domingo llevan en sus cuerpos
señales ciertas de que la seguridad y el orden de la ciudad están
en manos robustas.
Consideremos que un instrumento de
administrar fuerza no es sensible a la justicia, no delibera. Deliberar es
perder el tiempo, paralizarse, volverse débil. La fuerza sentaba bien en
aquel escenario, donde se exige a los toros la bravura y el empuje. El ingenuo
aficionado que bajó al redondel admiraba la fuerza; anhelaba desafiar el
destino, y los cuernos le fueron leves. Mas si las fieras le perdonaron, no
así los hombres. Lanzado del tendido al callejón por los brazos
férreos de la autoridad, la confundió tal vez con un Miura, y le
agitaron nobles ansiedades. Otros personajes del enorme coro entraron en el
rápido remolino, y consumieron por torrentes su reserva nerviosa. El
heroísmo se contagia. Y al fin, como era de esperar, la policía
salió triunfante del choque, cargada de humanos trofeos.
¡Ah! La fuerza es infalible,
porque es irremediable. Me agrada contemplar la majestad de la policía.
Derrotada por un público temblaríamos todos al descubrir la
flaqueza de nuestros protectores. Conviene que sean capaces de hacer frente a
los individuos sueltos y a las multitudes. Conviene que aplasten. Examinad la
policía rusa: ha dominado la revolución, ha maniatado al
país. En Sebastopol ha arrancado las uñas a los presos, pero no
lo juzgo indispensable. De 1906 a abril de 1908 se ha condenado a muerte a
3.500 sediciosos; se ha encarcelado y deportado a más de dos millones de
rusos. Ha habido por término medio 100 ejecuciones mensuales.
¡Qué hermosas cifras! ¡Qué poder magnífico! Y
las cosas han llevado después parecida marcha, según el
telégrafo: el último mes de noviembre hubo 210 condenados a
muerte y 82 ejecuciones. Y así es como Rusia ha conquistado el orden,
establecido el parlamento y las libertades cívicas y obtenido
continuamente dinero de Francia. ¡Aprovechemos la lección!
[LA RAZÓN, 21 de diciembre de 1908]
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  Año nuevo
No es el año quien se renueva. El
mismo rosario, con tantas cuentas como días, se deslizará otra
vez entre nuestros dedos. Por un solo reloj resbalan todas las horas y todos
los minutos. Omega es también alfa; el tiempo no avanza, gira; no tiene
edad. ¿No comenzó un año ayer, y no comenzará
mañana? ¿Qué importa hacer aquí o allá la
raya en el río? Cada instante es principio y fin.
Año nuevo: y el verano
continúa. El viento no tropezará el 1 de enero, ni el canto del
pájaro quedará cortado en dos, ni tampoco el gemido del
moribundo. Soldadura invisible a cuyo través pasan las cosas sin
estremecerse. Ninguna quilla de buque ha chocado con el Ecuador. Traspasamos al
año nuevo nuestro activo y pasivo intactos, nuestras energías y
las lacras de nuestra carne; se nos arrastra con idéntica rapidez,
englobados en la enorme continuidad de la naturaleza. El año ha
empezado; somos un poquito más viejos y nada más.
No es el tiempo el que envejece, somos
nosotros. Cuando jóvenes parece llevarnos sobre su ala; más tarde
nos deja atrás, y nos fatigamos corriendo en pos de él, hasta que
nos abandona, y su terrible corriente nos echa a un lado. Un cadáver es
un despojo escupido a la orilla. Pero, ¿por qué entristecemos? Lo
que no tiene remedio se examina y se acepta. Envejecer es una prueba de haber
vivido, de que se está viviendo aún, y vivir es renovarse para
los que son dignos de vivir. Lo dijo el poeta: «Puesto que hay que
usamos, usémonos noblemente».
Ya que no el año, su contenido
será nuevo y bello si nos usamos noblemente. Compadezcamos a los seres
pasivos que consideran 1909 como un número de lotería, y el
horario como una ruleta. Preferible es entregarse al más bárbaro
de los dioses y no al azar. En Moloch queda todavía el tosco designio de
lo bestial, mientras que la casualidad es totalmente estúpida;
prostituirse a ella es prostituirse a las tinieblas, suicidarse con un arma sin
nombre. No; que nuestras divinidades sean humanas; que trabajen con nosotros,
que nos comprendan y, si lo merecemos, que nos admiren. En cualquier
circunstancia hay lugar para el heroísmo, ¿y a qué hemos
venido al mundo si no a ser héroes? No necesitamos esperar a que
concluya el 31 de diciembre; cosecharemos el año próximo lo que
hayamos sembrado antes, y seguiremos sembrando para después. La realidad
no se acota; olvidemos el calendario, y atendamos al manantial constante y
silencioso que nos brota del alma.
[LA RAZÓN, 2 de enero de 1908]
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  La ciencia
La ciencia, la del momento, es una
religión corta. Como en las demás religiones, la turba no
iniciada cree a pies juntos, y son los altos sacerdotes los que vacilan. Hay
devotos de los rayos X y devotos de San Expedito. La ignorancia está
siempre en terreno firme. Ocupa el seno seguro de los valles, largamente
apisonado por las acémilas. Arriba reina el vértigo.
¿Qué papa no habrá sido ateo un instante? ¿A
qué sabio no ha estremecido de angustia el soplo de lo ignorado?
Para los débiles, dudar es
desplomarse; para los fuertes, dudar es creer. Sólo nos acercamos a la
verdad mientras dudamos; sólo mientras dudamos somos religiosos. La duda
al desgarrar ensancha. La certidumbre es una falsedad y un sacrilegio. No hay
pensador -hablo de los auténticos, limpios de popularidad- cuya obra no
haya sido negación y duda. Los que suspendidos en el vacío de la
duda avanzan sin caer, son los que tienen alas: con ellas pasarán sobre
la sima, y subirán hacia la luz de las tinieblas.
Los débiles necesitan demostrar
lo que ven y lo que no ven, o darlo por demostrado; necesitan la fe, una barra
que les sostenga, aunque les empale; necesitan la prueba, el signo, el milagro.
De puro débiles no juzgan posible vivir sino por milagro. Necesitan un
Dios prestidigitador. La ciencia en uso, eminentemente prestidigitadora, les
satisface. Los milagros antiguos eran desordenados y a veces inoportunos.
Cuando hacían más falta no acudían y llegaban cuando se
les esperaba menos. Los de ahora son dóciles, naturales. Las academias
los explican. El débil se figura que la ciencia explica, que la ciencia
resuelve, y que debemos maravillarnos de unas cosas más que de otras. En
cambio el fuerte sabe que todo es igualmente sobrenatural.
Además, el débil no
concibe bien sino la fuerza. Es preciso ser fuerte para comprender que
más allá de la fuerza hay algo. El Dios juglar de los
débiles ha de manifestarse también hercúleo y suntuoso. Ha
de hendir, incendiar, anegar, aplastar y machacar cuando convenga. Ha de
conquistar, deslumbrar y explotar el mundo. Así se postra la turba ante
la ciencia de la dinamita y de los martillos pilones, la ciencia industrial
cebadora de
trusts, la ciencia inevitable y
práctica que acumula en moles ciclópeas el hierro y el oro.
¿De qué sirve al elegido,
al que marcha delante, esa tumultuosa confianza, amplificada por la
única fuerza de los débiles, que es el
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número? ¿De qué le sirve la baja ilusión de los
beneficiados a máquina? Ni siquiera le alcanza el clamoreo común.
No oye a los hombres, ni es oído. Está solo; es la proa de la
humanidad; de frente al infinito, no toca más que aguas oscuras y la
sombra magnífica. La ciencia en sus manos no es un arma, ni un amuleto,
sino una sonda. Cada eslabón que añade ahonda el precipicio; cada
antorcha que enciende revela lo impenetrable de los cielos. La soberbia
magnitud de lo desconocido le hace temblar. Embriagado de misterio, y
dueño de enriquecerlo y de esparcirlo mediante la ciencia, se siente
creador del espectáculo sagrado. Descubre que el drama de la realidad se
cumple en su propia conciencia, y que al hundir en la noche el follaje de su
espíritu, expresa lo absoluto. De este modo se le aparece el Universo
como el molde cambiante y fiel de lo invisible.
[GERMINAL, N.º 7, 13 de setiembre de 1908]
  El loco
Se escapó un loco del manicomio.
No se lo censuremos; un cuerdo en su lugar hubiera hecho lo mismo. La
policía se alarmó; un loco suelto por una ciudad de trescientos
mil cuerdos es caso grave. Se ha visto a un solo energúmeno levantar
países enteros, derribar tronos y fundar religiones. El Mullah loco
inquieta a Inglaterra justamente. Es un loco rebelde, que quizá no se
satisface con romper las cadenas de la lógica, mientras que el rasgo
característico de la cordura es someterse a la autoridad. Así el
loco puede alegrarse y nuestra cordura nos entristece y nos pesa y a veces la
perderíamos con gusto. La policía, pues, buscó al
loco.
Los comisarios sabían de
él tres cosas: que usaba lentes, que llevaba pantalón blanco y
que estaba loco. Recorrieron los teatros, juzgando que era natural encontrarlo
allí, y al cabo vieron entre el público del Casino a un sujeto de
pantalón blanco y de lentes. Era «él». Se le hizo
salir de la platea y lo arrastraron a la comisaría, donde se puso en
claro que no era «él», es decir, que se llamaba de otro
modo. Se le pidió disculpa y se le dejó libre.
Estos hechos son instructivos. Encaminan
a la meditación. Pronto se advierte cuán precipitadas son las
recriminaciones de que se ha hecho víctima al comisario engañado;
¿de qué se le acusa? No será de no haber utilizado
correctamente los tres datos que tenía. Dos de ellos eran
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verificables, el tercero, no. Nada más fácil que reconocer si un
individuo lleva lentes y pantalón blanco; nada más difícil
que reconocer a simple vista si está loco. El comisario aplazó
con acierto el último problema, problema arduo porque los manicomios
están llenos de personas que no se sabe a punto fijo si están
cuerdas o no lo están. El señor detenido, que era profesor
agrónomo, debe considerar que de no detener a él, tampoco
detendrían nunca al demente verdadero, y nos confesará que si le
soltaron no fue por cuerdo, sino por tener distinto nombre. Comprendemos su
ira; él está seguro de gozar de su sano juicio, pero esto tampoco
hubiera sido un dato útil al comisario, porque la mayor parte de los
locos ignoran que lo son.
Sospecho que el comisario se inclinaba a
dar por locos a cuantos llevaran pantalón blanco y lentes, ya
sorprenderse de que no los llevaran los locos reconocidos, pero tal es el papel
de nuestra inteligencia, unir con toda energía los elementos de que
dispone. En el cerebro del comisario había tres vértices
luminosos que formaban un triángulo indestructible. Ese cerebro
funcionaba bien. La relación era extraña; si
retrocediéramos, sin embargo, ante lo inverosímil, nuestros
conocimientos serían muy pobres. Darwin observó que los gatos
blancos, de ojos azules, son siempre sordos, y jamás ha fallado la
regla. Pantalón blanco, lentes, loco; blanco, ojos azules, sordo. He
aquí la imagen de nuestra ciencia. Explicar es hacer corresponderse dos
figuras inexplicables. Estamos ensayando nuevas parejas; las antiguas han
envejecido, como envejecerán las de hoy, y la realidad, eternamente
ágil, joven, inesperada, se escapa riendo. Entretanto, ¡cuidado
con las combinaciones actuales! Lejos de mí la idea de asustar al
señor profesor, mas si yo estuviera en su pellejo no llevaría
más pantalones blancos.
[LA RAZÓN, 18 de enero de 1909]
  El carnaval
«Una máscara sobre
otra», dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para
arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la
sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a
costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos
atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que
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somos; nos
desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio!
Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste
como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de
las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al
ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la
fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie
de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y
futura; un relámpago. Pronto se toma al fondo gris de la vieja
costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos
otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el
júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones
de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como
el sentido común.
«Todo el año es
Carnaval»; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el
árbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia
de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron:
Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a
Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los
«arrivistas». Y los que llegaron, siempre en carácter,
cambian de mueca. «Perdonadme mi talento», nos imploran. Es el
sainete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de
los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del
destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los
hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta
de carne. No es la vejez la que abr |