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  La beneficencia
Las instituciones de beneficencia se
multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez
remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el
abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del
trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a
los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus
monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva.
De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el
aniquilamiento de las razas -presupuestos de guerra- dedica fondos cada vez
más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el
proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento
cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios,
reservas de toda clase para la lucha económica.
Conviene advertir que no se trata de
caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No
confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este
año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos
pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a
las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la
alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se
manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si
fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una
función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni
el que da tiene nada que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la
semiesclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se
concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en
haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por
la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las
sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también;
las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los
esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros
mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos
desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se
divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo
sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales.
Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los
menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos.
¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan;
si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos?
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El amor puro no sería tan eficaz.
¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la
Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los
pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La
bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a
quedarse tan imbécil, que «la ensayaron para la cocina, y hubo que
renunciar, todo se le caía de las manos», según cuenta su
respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para
ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El
milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda
que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero
¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro
cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos
más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece
salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el
amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio
lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano
temblaran de compasión, serían menos útiles.
Procuremos cuidar la salud de las gentes
como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por
el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso,
habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo
justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en
la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo
romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos
máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las
compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el
seguro de la civilización.
[?]
  Insubordinación
El consejo supremo de guerra -supremo,
¡ay!- ha castigado al conscripto Gismani, de Paraná, con tres
años de presidio. Se trata de una insubordinación. Parece que es
un crimen terrible. ¿Qué ha hecho Gismani? Dirigir frases
ofensivas a su sargento. ¿Por qué? Esto no interesa mucho al
consejo supremo, pero de la misma sentencia se deducen algunos antecedentes. La
familia de Gismani tramitaba la excepción. «Está probado
que Gismani padece de una bronquitis asmática
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crónica. El sargento Pedroza oyó decir, durante el descanso, al
soldado Gismani, que aunque le dieran de palos no trotaría más
por no poder ya hacerlo, y entonces mandó formar inmediatamente y
ordenó diversos movimientos al trote... El soldado Gismani,
después de dar algunos pasos al trote, terminaba dicha
instrucción al paso, contestando al sargento Pedroza, que cada vez le
gritaba que trotara: «no puedo trotar, mi sargento...».
Si el consejo hubiera sido menos supremo
y más humano, habría dicho: «Gismani, eres un
mártir, Pedroza, eres una bestia. Que cuiden a Gismani y que apliquen un
bozal a Pedroza. ¿Y qué ejército es ese donde los enfermos
trotan mientras se averigua si pueden trotar o no? ¡Remédiese
tanto desatino!» Por desgracia, el consejo estaba formado de
héroes, y según su ley de hierro la insubordinación
privada sobre lo demás. Insubordinarse contra la justicia, contra la
piedad, contra los derechos del dolor no es tan grave como insubordinarse
contra su sargento. Tres años de presidio. Y gracias. Un conscripto es
muy poquita cosa ante un consejo supremo de guerra. Si Gismani hubiera tomado
la precaución de ser general, habrían respetado su bronquitis. Ya
lo ha observado Clemenceau: «Cuando un soldadito da un puñetazo a
su sargento, se le fusila; el honor del ejército lo quiere. Mas cuando
los grandes jefes, todo galoneados de oro, faltan a su deber, el honor del
ejército no permite que se les pida cuentas». Clemenceau
aludía a la expedición francesa de Madagascar, donde sin combatir
murió cerca de la mitad de las tropas, por la ineptitud de los
superiores. Yo no aludo a la Argentina, ni a nadie; recuerdo que el rigor de
los tribunales se reserva preferentemente para los pobres, para los
inofensivos. Es un hecho común. Los fuertes no serían fuertes si
no impresionaran al juez. Por otra parte, Gismani era estudiante y
repórter. Era con razón sospechoso. Un intelectual en un cuartel
es ya una insubordinación presunta. La inteligencia es sediciosa. Siendo
difícil desterrarla de la vida civil, suspendámosla siquiera en
las filas, o dejarán de ser filas -alineación de cráneos y
de mentes- para ondular como un látigo. Y quizá Gismani era algo
peor: un original. ¿Concebir un original haciendo el ejercicio?
¿Un poeta trotando a la voz de orden? ¡Cuánto desprecian, y
con cuánto motivo, a esos soñadores, a esos cobardes, los varones
auténticos, educados en la escuela del sargento Pedroza!
-«¡Trote usted! -¡No
puedo!» Hay que obedecer, sin embargo; hay que trotar, aunque el asma te
ahogue. No eres un asmático, eres un
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recluta.
Habrías de trotar aunque no tuvieras piernas. El sargento es Dios. Para
Dios no hay imposibles. Resucita a los muertos y los hace trotar. ¿No
trotas? Tres años de presidio. Detrás del sargento-Dios
está la sociedad llena de espanto; si el sargento pierde sus atributos
celestes seremos todos aniquilados, raídos de la faz de la tierra. La
autoridad del sargento es nuestro talismán precioso.
Conservémoslo. ¡Tabú, tabú! En cuanto a la
justicia... es una preocupación de anarquistas. Pretender que sea justa
la máquina de guerra, es ocurrencia de locos. Una espada es justa si
corta bien. Hubiera yo deseado discurrir sobre el asunto Gismani, no como
militar, sino más modestamente: como hombre. Me detiene el peligro de
pasar por dinamitero. ¡El buen sentido es tan revolucionario! No es
tiempo aún de que la humanidad sea humana.
La Nación, de Buenos Aires, en cambio,
no se resigna. Propone para Gismani el indulto. «No tiene otro objeto
esta atribución del presidente de la República, dice, que impedir
cualquier error posible, cuando las disposiciones generales de la ley,
aplicadas en un caso particular, resultan contrarias a la inspiración de
la justicia». Enternece la humildad con que se confiesa que las leyes son
injustas, a la vez que sagradas. Si conducen a monstruosidades demasiado
intolerables -caso Gismani- queda el recurso de implorar de rodillas, ante el
señor presidente, una excepcional contraorden, una gracia, un milagro.
Así la justicia es, entre nosotros, de índole milagrosa. La
justicia debe administrarse muy de tarde en tarde, so pena de debilitar
profundamente el organismo social. El primer magistrado -indulte o no a
Gismani- comprenderá que su poder se funda en la intangibilidad de los
sargentos, y que aplicar con exceso la justicia sería
antipatriótico.
[LA RAZÓN, 2 de setiembre de 1909]
  La obra que salva
Casi siempre que el telégrafo nos
anuncia el fallecimiento de un hombre ilustre, se nos advierte que el condenado
trabajó hasta el fin. Coquelín estudiaba el papel que le
había confiado Rostand; Mendès escribía una comedia;
Nogales, ciego a consecuencia de la enfermedad que le aquejaba, dictaba
artículos a su hija. No cito sino desgracias recientes. Esos
cadáveres, con la herramienta en la crispada mano, nos dan una
lección.
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Nos es permitido creer que el trabajo es
indispensable a la escasa felicidad que puede encontrarse en la vida. No el
trabajo esclavo, el trabajo que repite, sino el trabajo libre, el trabajo que
crea. El primero es una inútil tortura, y la mayor parte de nosotros
estamos sujetos a su ignominia; el segundo es una emancipación gloriosa;
y Dios, al contemplar de qué modo ha embellecido y ensanchado el
universo, aquello que por castigo nos impuso, debe de estar lleno de asombro.
Deseemos que en el porvenir sean las máquinas las que se encarguen de
ejecutar inhumanas labores, libertando la inteligencia del obrero servil, y
haciéndole partícipe de la alegría máxima. Sin duda
sería mezquino y vano pretender vivir sin dolor; nada tan despreciable
como el ser que consiguiera mantenerse indiferente o satisfecho ante el
espectáculo de las cosas. El dolor es un elemento normal en el mundo. No
sufrir es un síntoma patológico. O los nervios se desorganizan, o
el alma su pudre. Se trata de utilizar el sufrimiento, y sobre todo se utiliza
lo que se ennoblece.
La vida es un drama misterioso. No lo
comprendemos, pero conocemos bien los instantes en que la acción se
vuelve decisiva y suprema, y sabemos, vendados los ojos, que en cierta medida
de nosotros depende aumentar la hermosura del destino. ¿De qué
manera? Siendo lo que somos, realizándonos, renovándonos en la
obra. Nacemos con inmensos tesoros ocultos, y la verdadera desdicha es la de
hundimos en la sombra sin haberlos puestos en circulación, así
como la dicha verdadera consiste en la plenitud del organismo entregado por
entero a lo que no es él. La solución egoísta es la peor,
porque es insignificante. ¡Qué tristeza, llegar intactos y con los
bolsillos repletos a la tumba! No defraudemos a lo desconocido. No
desaparezcamos a medio consumir. Que la muerte nos sea natural.
En la lucha por afirmarnos y prolongar
nuestro grito, disponemos de recursos muy superiores a los de otras especies.
El animal vence al tiempo gracias al amor físico. Nosotros poseemos
además la prodigiosa matriz del genio. Y convenzámonos de que
todos, microscópicos o gigantes, tenemos el genio; todos traemos algo
nuevo a la tierra, hay que descubrirlo; hay que beneficiar el metal del
espíritu, y trabajar es trabajarnos. El sexo asegura la carne de la
próxima generación, y el genio prepara los materiales para el
genio futuro. Sin el trabajo que edifica y conserva la cultura de hoy para el
trabajo de mañana, la humanidad estaría detenida en un perpetuo
comienzo. Nuestra persona continuaría, por breve espacio, y
fragmentariamente, representada en nuestros
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hijos, que a veces son
nuestra antítesis, y a veces nuestra caricatura. Combatiríamos al
azar, privados del monumento, de la estatua, del cuadro y del libro, naves
sublimes con que cruzamos el océano de los siglos.
Es por la obra que nos ponemos en
contacto con la enorme esfinge. No es seguramente como espectadores que
descifraremos el enigma de la realidad, sino como actores. El trabajo hace la
autopsia. No extrañemos la calma con que los héroes del arte y de
la ciencia aguardan el término necesario de sus tareas. Para ellos, para
su sensibilidad maravillosa, la vida es un viaje divino y resplandeciente:
mueren fatigados y encantados; así se duermen los niños en la
mesa, sobre sus cuentos de hadas, cuando viene la noche. El mayor problema
filosófico es reconciliarnos con la muerte, y quizá lo resolvamos
mediante la obra. De la adoración a la obra propia, nos elevamos al
culto de la obra colectiva. Pensaremos en lo pobre, en lo ruin que sería
a la larga una sociedad de inmortales, aunque estuviese compuesta de Newtons,
Homeros y Césares. Pronto agotaría sus recursos; pronto
giraría, estéril, en la presión de la forma única,
y reclamaría desesperada una salida hacia la negra inmensidad.
Entenderemos que la muerte es la gran renovadora, que no es ella quien nos
destruye, sino quien nos engendra, y acogiendo maternalmente los trabajos de
las venideras centurias, no sólo diremos, como el poeta a su
poesía: «Ya puedo yo morir, puesto que tú vives»;
diremos también: «¡Muramos contentos para que vivas
tú, oh poesía universal!».
[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1909]
  El mito naturista
El asunto exige reconsideración.
¡Es tan interesante ver retoñar, en donde menos uno se lo espera,
la antigua sentimentalidad religiosa! He blasfemado contra Nuestra
Señora Natura infinitamente buena, razonable y feliz; he dicho que todo
lo que existe es natural, la enfermedad como la salud; he desconocido el dogma
naturista que hace de la enfermedad castigo de los pecados. Se me ha llamado
ignorante, supremo anatema de nuestro siglo;
en otro tiempo me habrían llamado
infiel. Y, sin embargo, ¿con
qué fundamento supondríamos que lo frecuente y
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lo
raro, lo normal y lo monstruoso, la enfermedad y la salud no obedecen a las
mismas leyes naturales? La naturaleza, para un cerebro sin religión, se
reduce a un conjunto de leyes uniformes, que estamos empezando a descifrar, y
si admitiéramos fenómenos antinaturales, renunciaríamos al
conocimiento. La historia de la fisiología, y hasta la de la
psicología, muestra de qué inmensa utilidad ha sido el estudio de
lo patológico para comprender la salud.
Por otra parte, la salud aparece como un
término medio, casi nunca realizado; aparece como un equilibrio fugaz,
pronto deshecho en el torrente vertiginoso del mundo. No me refiero al hombre,
al pecador, sino a la entera escala zoológica y botánica. Para
convencerse, no es preciso abrir un manual de patología comparada;
interrogada a un horticultor, a un ganadero, a un criador de aves de corral.
Los animales, ya salvajes, ya domésticos; las plantas, ya cultivadas, ya
silvestres, se enferman y se pudren igual que nosotros. Y aun lo que no vive
parece desfallecer: los metalúrgicos hablan de la «fatiga»
de las aleaciones; los joyeros, de las dolencias de las piedras. Donde se
dibuja un organismo, se instala, tarde o temprano, lo morboso, con su
lúgubre desenlace. He aquí -y evito detalles técnicos
inoportunos- lo que los hechos nos dan. Pero, ¿de qué sirve
invocar los hechos, cuando se nos opone la fe? La fe consiste en creer lo
contrario de lo que sucede. Si la fe aceptara los hechos, no sería la
fe, sino la ciencia.
¡Dios es misericordioso!
¡Nuestros sufrimientos vienen de habernos apartado de Dios! ¡La
naturaleza es misericordiosa, es salud y alegría! Si nos enfermamos, es
por habernos salido de la naturaleza. Una de dos: o las enfermedades de la
bestia y del árbol son pura broma, o el árbol y la bestia pecaron
también. No me sorprende que me propongan animales modelos, animales
«virtuosos».
¿Recordáis la
devoción del asno y del buey, que calentaron con su aliento al
niño Jesús? ¿Por qué entonces el elefante se
extingue, la honesta vaca padece de tuberculosis y el noble caballo mal de
cadera y muermo? ¿Por qué la naturaleza los trata así?
Confesemos que es más brillante el aspecto del águila y del
tigre. El gato, ese pequeño Satanás, ese impenitente
carnívoro, tiene, según el vulgo, ¡siete vidas! ¡Oh!,
que el régimen vegetariano nos convenga, que el agua y el aire y el sol
nos estimulen, es posible, probable, plausible. Lo curioso es que se atribuyan
al problema proporciones desmesuradas, al punto de remover el cosmos y adoptar
una religión para justificar las compresas húmedas. Y es
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doblemente curioso que el resultado sea una mayor eficacia
terapéutica. En todo naturista hay un ingenuo taumaturgo.
¡La naturaleza es salud y
alegría!... grito místico. La naturaleza no es saludable ni
nociva, alegre ni triste, buena ni mala. La naturaleza es y nada más.
¡Bendito optimismo, evocador de no sé qué naturaleza de
clima templado, de jardinillo y auras y arroyuelos y abejitas laboriosas. En
cuanto a la naturaleza de los desiertos de arenas calcinadas o de hielo, de
volcanes de la Martinica y terremotos de Messina, y de pelícanos que
ofrecen sus entrañas y aves que de contrabando hacen empollar sus huevos
por el prójimo, y hembras que devoran la mitad de sus crías, y
tórtolas y búhos y hienas y cisnes; la naturaleza del canibalismo
y de la bulimia y de las plantas insectívoras y de los largos ayunos
invernales, de mantis y arañas que se comen a sus machos enamorados y de
efímeras que no hacen sino amar y no se nutren y ni siquiera tienen
boca; la naturaleza de la hormiga, del ruiseñor y del vampiro; de los
seres que viven suspendidos en rayo de luz, hundidos en el fétido fango,
flotantes en el mar, confundidos con la podredumbre de los cadáveres o
con la borra de sí mismos, seres con demasiados sexos o sin sexo,
solitarios o en masas, invisibles o enormes, a veces sin forma, a veces
momificados, a veces engendrando de pronto especies imprevistas, seres de
locura, que palpitan horas, minutos, segundos parásitos innumerables que
habitan la carne ajena, que hacen su nido en un glóbulo de sangre o que
para reproducirse emplean hasta los órganos sexuales de su
huésped... en cuanto a esa naturaleza donde descubrimos, si queremos, la
caricatura de todas nuestras imaginaciones, de todas nuestras virtudes y de
todos nuestros crímenes, y tantas cosas para las que no hay nombre en
nuestra pobre lengua; en cuanto a esa realidad que nos abruma, con su
desbordamiento sombrío, ¡fe se necesita para ajustarla a los
patrones morales de nuestras cabecitas de 1910!
¡La naturaleza es salud y
alegría! Y todo muere. Mueren los individuos y las razas, los astros y
los átomos, la corteza terrestre es un vasto Gólgota de
fósiles; cerca de nosotros, lívida faz en que se han petrificado
los espasmos de la agonía, gira la luna difunta. No sabemos si nace
cuanto merece nacer, pero sabemos que todo muere aunque no merezca morir. Con
igual indiferencia, el destino apaga las estrellas y los ojos de los hombres.
Acaso perecemos a fuerza de salud y alegría; acaso la muerte es un
bondadoso simulacro y resucitaremos, ya en alas del eterno retorno, ya mediante
sucesivas reencarnaciones. Acaso las señoras
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Blavatsky y
Annie Besant posean la clave definitiva del Universo. ¿Por qué
no? Pintemos, pues, sobre los tenebrosos muros de nuestra cárcel las
deliciosas avenidas de la libertad. Para ser dichosos basta un poquito de
fe.
[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1910]
  El altruismo y la energía
Nietzsche, en su obstinado desprecio al
cristianismo, hace de la piedad para con los inermes, de la simpatía
hacia lo abortado, lo enfermo y lo triste, del anhelo de justicia reparadora en
fin, otros tantos síntomas de una degeneración contagiosa. Para
el terrible alemán, el egoísmo -egoísmo elevado,
trágicamente bello a veces, propio de un metafísico
Satanás- es sinónimo de energía.
Las varias formas del egoísmo,
desde la vanidad a la ambición insaciable, desde la mezquindad de la
solterona balzaciana a la codicia de un Rockefeller, desde la impertinencia del
dandy a la ferocidad sanguinaria de
Calígula, se manifiestan, sin duda, con extrema energía aparente
en muchos casos. Pero conviene observar que los ejemplos famosos con los cuales
los grandes de la tierra fijaron el recuerdo de su tonto y omnipotente
capricho, no demuestran energía personal, sino la energía
exterior acumulada por el azar en torno de una figura casi siempre
insignificante. Nerón incendia a Roma. Suponiéndolo cierto,
¿qué prueba? ¿La energía de Nerón? Lo que
prueba es el abatimiento de una sociedad que permite tales atrocidades. Las
fuerzas enormes que el emperador tenía en sus vacilantes manos de
imbécil no le pertenecían. Se había encontrado con ellas.
Nerón jugaba con los resortes de un colosal mecanismo que se le
había regalado para diversión suya y para ignominia de la
época.
Por lo contrario, Nerón era
débil, como la mayor parte de los egoístas históricos a
quienes se ha juzgado indispensables tan sólo porque no concluyeron
totalmente con el género humano. Se vio la debilidad de Nerón a
su caída. En aquel tiempo en que la dimisión de un funcionario
consistía en suicidarse, trató el César de hacerlo, y su
cobarde espada no acertaba. Tuvo un soldado que rematarle como a una res. Para
decidir de la verdadera energía de un hombre, esperad a que caiga de su
falso
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pedestal, esperad a que se le deje desamparado y desnudo.
¡Oh bochorno de los millonarios que al arruinarse aceptan el oficio de
proxenetas o de tahures, oh vergüenza de los reyes destronados en el siglo
XIX, escabulléndose por la puerta trasera de sus palacios, a semejanza
de lacayos despedidos! Napoleón mismo disminuye y decae en Santa
Elena.
Napoleón era débil
también, porque era egoísta. Puso el genio al servicio de su
egoísmo infinito. Este parásito formidable de la humanidad estaba
maravillosamente armado para devorarla. Napoleón, incapaz de irradiar
energía y hasta de producirla en cantidad suficiente a su vida interior,
robaba con avidez la energía externa. Su procedimiento evoca el de
ciertos parasitismos en que el animal nutrido con jugos prestados es de una
organización muy superior a la de su huésped. La debilidad
trascendental de Napoleón necesitó un prodigio de inteligencia
para la conservación del individuo.
Egoísmo es debilidad. Los cuerpos
fríos se calientan a expensas de los otros. Elevad la temperatura de un
pedazo de hierro, y a medida que aumentéis la energía del metal,
lo iréis haciendo más y más generoso. Llegará un
momento en que de puro ardiente resplandecerá y os iluminará el
camino. La energía en exceso desborda y se desparrama por el espacio.
Las almas generosas desbordan de amor. ¿No es natural el egoísmo
en los niños y en los viejos, en las edades indefensas? Pero el
egoísmo en la pujante juventud es doblemente odioso. Los que consumen
son los que no crean. Los que expolian son los desheredados de la voluntad. Los
que matan, ¡ay! son los que se están muriendo.
La avidez del corazón del
avariento, del cruel, es cosa melancólica. Consagrar la existencia
entera a reunir dinero o a reunir súbditos o esclavos, es inconcebible
para todo espíritu que no haya perdido el contacto fundamental con las
realidades absolutas. El egoísta es un aislado, un privado de los
efluvios vitales del universo. El egoísmo se acompaña por lo
común de una atrofia no solamente sentimental, sino intelectual. La
avaricia suele coincidir con la semiestupidez. Una variante atenuada, la
manía de coleccionar estampillas o cualquier otra clase de objetos, al
estilo de las urracas, no se encuentra seguramente entre los aficionados a
coleccionar ideas. ¡Y en cuántas ocasiones la crueldad se deriva
de lo difícil que es para numerosos ciudadanos imaginar el dolor ajeno!
Al egoísta le falta siempre algo: por eso se lo quita al prójimo.
El altruista da precisamente lo que le sobra.
La debilidad del egoísta proviene
con frecuencia de que el medio es pobre, de que no hay para todos. Las bestias
carniceras son las que tienen
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que perseguir un alimento escaso y
protegido. La abundancia reduce el número de egoístas. Los nueve
décimos de la población humana no comen lo bastante. No nos
extrañemos, pues, que el hombre se entregue a la lúgubre
pasión del oro. El oro es pan y ropa y techo en primer lugar, y no hay
techo ni ropa ni pan para todos los habitantes del planeta, a causa de lo
torpes y miedosos que somos. Todos estamos amenazados de muerte si nos quedamos
sin oro, y nos lo arrebatamos. El egoísmo es, pues, una contingencia por
lo general; expresa una relación defectuosa con el ambiente, es una
momentánea solución al problema del individuo. La especie
resuelve sus problemas de distinta manera. La procreación, la crianza de
la prole, acciones de largo alcance, son explosiones de altruismo. Es evidente,
además, que el altruismo es mejor cimiento social que el egoísmo;
así lo inmediato y lo precario y lo urgente es obra quizá de
egoísta, mientras que los altruistas construyen lo profundo y lo
duradero. ¡Son los más fuertes!
Darwin, estudiando biología,
perdió la fe. «No puedo vencer la dificultad que resulta de la
extensión del sufrimiento en el mundo, dice... No puedo persuadirme de
que un Dios bienhechor y todopoderoso haya creado los icneumones con la
decidida intención de dejarles alimentarse de orugas vivas, o de que el
gato haya sido creado para torturar al ratón». Nietzsche se alegra
de espectáculo tan siniestramente artístico, y aplica a la
médula europea los botones de fuego de una salvaje filosofía.
¿Y quién sabe? Darwin y Nietzsche no han visto tal vez más
que lo provisorio.
[EL DIARIO, 18 de julio de 1908]
  La antinomia y la probabilidad
No estamos seguros de nada.
¿Saldrá el sol mañana? Es muy probable.
¿Existiremos dentro de un mes? He
aquí algo mucho menos probable.
¿Qué oscuro instinto nos
dice todo esto?
Pero ¿es realmente oscuro este
instinto? ¿No dependerá la vaguedad de sus contestaciones de la
vaguedad de las preguntas?
Tomo un dado. Si lo arrojo,
¿qué punto saldrá? No lo sé.
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No sé si saldrá el 1 o el
6. Pero es exactamente tan probable que salga uno como otro. Cosa ésta
tan cierta como un axioma. Puedo afirmar más: que la probabilidad de que
salga el 1 es cinco veces más pequeña que la probabilidad de que
no salga.
El sencillo ejemplo del dado nos
autoriza aparentemente a definir la probabilidad. La probabilidad de un suceso
sería la relación del número de casos favorables al
número total de casos posibles.
¿Probabilidad de que salga el
punto 1? Casos favorables: 1; casos posibles: 6.Contestación: 1/6.
¿Probabilidad de que no salga?
Casos favorables: 5. Casos posibles: 6. Contestación: 5/6.
D'Alembert sonríe y nos advierte
que no hay más que dos casos posibles: o el suceso en cuestión
ocurre o no ocurre. La probabilidad de cualquier suceso es siempre ½, y
no vale la pena de seguir adelante.
A lo que responderemos que los casos han
de ser
igualmente probables. Con lo que nos
reducimos a definir lo probable por lo probable.
¿Cómo sabremos que dos
casos posibles son igualmente probables? Una especie de sentido común
indestructible nos guía en el ejemplo del dado. ¿Será
siempre así?
Desgraciadamente, no. El ilustre
Bertrand
(Calcul des Probabilités) se propone
encontrar la probabilidad para que, en una circunferencia, una cuerda trazada
al azar sea mayor que el lado del triángulo equilátero inscripto.
Adoptando sucesivamente dos puntos de partida, el autor halla con el uno
1/2, y con el otro 1/3.
Pero en el problema de Bertrand los
casos posibles son infinitos. Ninguna contradicción resulta de los
problemas planteados con el dado, con los naipes, con unas que contienen bolas
de distintos colores, etc. Es que aquí los casos posibles son
numerables.
Es decir que el concepto de probabilidad
es inaplicable, en su sentido raíz, a cuestiones de continuidad, como
son precisamente la inmensa mayoría de las cuestiones que se presentan
en la mecánica y en la física.
Nada de esto debe extrañarnos.
Muchos conceptos, como el de número y los de las operaciones
elementales, han ido modificándose, generalizándose, para abrazar
una mayor extensión de conocimiento. Aplicados directamente a su sentido
primero, conducen a contradicciones por el estilo de la que ofrece
Bertrand.
La generalización del concepto de
probabilidad, generalización que lo hace aplicable a cuestiones
geométricas y físicas, consiste esencialmente
-104-
en
atribuir a la probabilidad que se busca una forma arbitraria, sin otro
requisito que satisfacer el principio de razón suficiente y la
condición de continuidad. Sucede entonces que la expresión de la
probabilidad a que se llega suele ser independiente de la hipótesis
inicial; de otro modo: la probabilidad es siempre la misma, y libre de toda
contradicción.
Los curiosos que posean las
matemáticas elementales pueden leer el
Traité des Probabilités del
célebre Poincaré, donde se tratan muchas cuestiones de esta
clase, elegantemente planteadas y resueltas.
Mi propósito no es insistir en la
parte técnica del asunto, ni en sus importantes consecuencias para la
ciencia positiva, sino dejar sentado lo legítimo, lo intuitivo del
concepto de probabilidad, e indicar los extraños aspectos que ofrece el
estudio de ese concepto.
Vuelvo a tomar el lado. Lo arrojo: ha
salido el punto 1. Sin embargo, era cinco veces más probable que saliera
otro, y no ése. Es extraño que haya salido el punto 1. Pero,
¿no sería igualmente extraño que hubiera salido cualquiera
de los demás?
He aquí que nos parece
extraño algo que no puede menos de suceder.
¿Por qué ha salido el
punto 1? El dado sigue una trayectoria que depende del impulso de mis dedos, de
la resistencia del aire, de la acción de la gravedad. El punto que
representa al quedar inmóvil depende de todo eso, y además de las
asperezas, de la elasticidad, de la dureza no sólo del piso, sino del
mismo dado. ¿Qué hay de arbitrario en todo eso? Nuestra ciencia
nos declara que absolutamente nada.
Para los que hagan sus reservas respecto
a la mano y al cerebro que mueve esa mano, se dispondrá una
máquina, como la ruleta, que lance el dado. El problema será el
mismo.
Hay que admitir que si ha salido el
punto 1, es que era fatal que saliera.
Vuelvo a arrojar mi dado. No sale el
punto 1. ¿Qué es lo único que puedo decir? Que esta vez
era
imposible que saliera.
En la realidad no hay más que
sucesos fatales y sucesos imposibles. ¿Qué tiene que ver nuestro
concepto de probabilidad con todo esto?
Pero siempre expresamos nuestra
ignorancia con palabras de probabilidad. Ignoramos si saldrá el sol
mañana, y en vez de hacer constar sencillamente esa ignorancia, o de
puntualizar que es fatal o imposible que salga el sol mañana, decimos:
«Es enormemente probable que el sol salga mañana».
Y sentimos que decimos la verdad.
-105-
¿Cómo explicar que ese
concepto tan intuitivo y fundamental de la probabilidad no tenga en la realidad
correspondencia alguna?
No tratemos tan mal a la realidad.
Tomemos a ella un poco más despacio.
En vez de arrojar el dado una vez,
hagámoslo cien, mil veces, y contemos las que ha salido el punto 1.
Encontramos que ha salido con una frecuencia próximamente cinco veces
menor que los demás puntos; lo mismo que nos advertía nuestro
concepto de probabilidad.
Y cuanto mayor sea el número de
pruebas que hagamos, tanto más se acercarán los hechos a la
idea.
-¿No sabíamos
absolutamente nada de una serie de fenómenos, y hemos predicho una ley?
¿Qué significa esto?
Los fenómenos estaban fatalmente
preparados de toda eternidad, y sin embargo, nuestra ignorancia los reglamenta
de antemano.
Llueve durante dos horas en un patio
embaldosado. Nada sé de la curva caprichosa que seguirá, desde el
misterioso seno de la nube, cada gotita de agua. No sé nada, y, sin
embargo, afirmo que cada baldosa recibirá próximamente el mismo
número de gotas.
Y así es.
Un gas se supone compuesto de una
cantidad colosal de moléculas, que vuelan en todas direcciones con
velocidades grandísimas. Nada sé de las trayectorias de esas
moléculas, y, sin embargo, de mi misma completa ignorancia deduzco una
ley de la probabilidad que me conduce como por la mano a la ley de Mariotte,
hermosa ley física de innumerables aplicaciones.
Abramos una tabla de logaritmos. Nada
hay allí de arbitrario. Cada cifra es hija fatal de la
aritmética. Puedo volver a calcular cada cifra por medio de deducciones
inatacables. Por el momento ignoro los millares de signos allí
estampados. Apoyado en mi misma ignorancia, sostengo que la cifra 1 se
encuentra tan frecuentemente impresa como la cifra 7.
Y así es.
Mi ignorancia sabe, predice y
descubre.
¿Cómo resolver esta
antinomia?
Pascal, que lo ha dicho todo, escribe no
sé dónde, que el mismo principio de contradicción
está sujeto a crítica.
La discusión del problema de la
voluntad hará recordar algún día la frase de Pascal, frase
que por otra parte no es inadmisible en matemáticas. Pero confesemos que
no hay necesidad de sospechar que
-106-
una cosa pueda ser y no ser al
mismo tiempo, para resolver la antinomia de probabilidad.
Si mi ignorancia sabe, es que no hay tal
ignorancia.
Cuando confirmo que ignoro las
trayectorias de las gotas de lluvia, afirmo implícitamente que el
conjunto de causas que separan esas trayectorias de la vertical, o alteran sus
distancias relativas, se destruyen las unas a las otras. Cuando afirmo que
ignoro si saldrá cara o cruz al echar al aire una moneda, afirmo que en
un gran número de pruebas se destruyen las causas que deciden el
resultado del fenómeno. En todos estos ejemplos, ignorar es afirmar una
simetría.
Es muy de observar que nada podemos
predecir de una sola prueba. ¿Saldrá cara en este momento? Las
pequeñas causas que lo han de decidir no tienen tiempo para luchar en
masa con las otras y poner de relieve la ley. Por eso la sensación de
azar positivo, de ignorancia real, es típica en este caso. Por eso los
jugadores se arruinan a la larga. Siempre juegan a un golpe. Verdad es que en
una gran serie de golpes todos los jugadores estarían de acuerdo, y no
habría contra quién jugar.
La idea de simetría la adquirimos
al solo enunciado de la cuestión, y de ella deducimos la ley de
probabilidad por una función de la inteligencia análoga a la
función analítica del cálculo. Examínese todos los
sucesos a que atribuimos un concepto de probabilidad y se descubrirá una
base de conocimiento directo del fenómeno. La ley de probabilidad
expresa precisamente ese conocimiento, y cuanto se aparte de ella, a
posteriori, la realidad, otro tanto nuestro conocimiento se apartará de
la exactitud.
Es que pocas veces sabemos, pero menos
veces todavía, ignoramos.
[?]
  Castigos corporales
Se pega en el presidio, en el cuartel,
en la escuela. Se pega en todos los países. Conocéis el
clásico knut ruso, el
cat of nine tails, gato de nueve colas
inglés, el rebenque gaucho. ¿Qué policía no sacude
el polvo a los clientes alborotadores? El semitormento militar del cepo y del
plantón se usa corrientemente. Pero se pega menos que antes; se pega de
una manera disimulada, avergonzada; tenemos el pudor del látigo. Lo que
no
-107-
quita para que algunos reglamentos fijen todavía, con
ingenuidad, los castigos corporales. En varias cárceles de Inglaterra,
Dinamarca, Suecia y Estados Unidos se administran hasta treinta o cuarenta
azotes. El señor Mimande ha visto en Sidney canaletas para retirar la
sangre. Hace poco el comité del Consejo de Educación de Londres
resolvió que las maestras se limiten a golpear, con la mano abierta,
sobre la mano o el brazo de los bebés. Respecto a los mayorcitos, se
prohíbe que se les golpee en el cráneo o en la cara; ha de
elegirse una parte donde no haya peligro de «daño
permanente». Esto no me sosiega del todo; el resultado de una paliza es
también «función», como dicen los analistas, del
número y de la fuerza de los palos. Un bastonazo en las nalgas es
preferible a uno en las narices; dos mil bastonazos matan en cualquier sitio
que le den. Cierto regimiento quinto, de que ustedes tendrán noticia, ha
dejado sin existencia a unos cuantos ciudadanos, y a otros, más
dichosos, solamente sin trasero. En Corea, donde se empleaba, para acariciar a
los ladrones, una plancha de encina de seis pies de largo, se ha observado que
al décimo golpe la madera sonaba ya contra los huesos desnudos. La
escasa excitabilidad nerviosa de las razas amarillas exige un exceso de rigor.
Salvo en Rusia -asiática a medias- Europa no soporta el
espectáculo de la tortura, y Montjuich y demás establecimientos
inquisitoriales son excepciones que nos horripilan. La pena capital, a pesar de
la rapidez quirúrgica con que se inflige, lastima igualmente nuestra
sensibilidad, esa consejera hipócrita de que estamos tan vanidosos.
Entendámonos. Pegar en el hogar o
en la escuela es una sandez irremediable; cuando le preguntaron a
Carrière qué método le parecía mejor para evitar
las guerras, el artista contestó: «no injuriéis, no
golpeéis a vuestros hijos; los hombres se devuelven de grandes los
golpes que reciben de pequeños». ¿Pegar en el presidio?
¡Oh! La tortura no es una terapéutica, mientras que el delincuente
es un enfermo, y la sociedad, que produce al delincuente, está
más enferma aún; no son castigos ni venganzas lo que necesitamos,
sino médicos, sobre todo médicos sociales. ¿Jueces?
¿Para qué? ¿Juzgar antes de comprender? Y si algo
comprendemos, es que el código constituye la causa principal del delito.
¡No es escandalicéis...! Considerad que el código mantiene
a todo trance la actual distribución de la riqueza, es decir, la actual
distribución de la miseria, ¿y qué es la miseria, sino la
madre del delito, como lo es de la ignorancia, de la desesperación, del
alcoholismo y de la tuberculosis, la madre de la muerte? Sí, el mundo es
un inmenso hospital, ¡pero
-108-
nuestro botiquín es tan
reducido! ¿Por quién empezar? ¿Por los Soleilland?
¿Por los asesinos y los estupradores? Si la tortura previene la
reincidencia, torturad. La tortura es barata y expeditiva. Torturad, respetando
la salud física del sujeto. Torturadle y soltadle. Es más feroz,
más ruin y más caro meterle en una celda, donde se volverá
primero tísico y después idiota.
Las celebridades del crimen suelen gozar
de privilegios. Para ellas, el proceso es a veces una apoteosis, y el presidio
un sanatorio. Gallay, insigne bandido, escribía desde la Guayana, lugar
de su deportación: «con alimento sano y ejercicio moderado, se
vive aquí muy bien... los condenados oscuros, los de provincias,
sucumben pronto, pero la administración mima a los asesinos famosos,
cuyo nombre permanece en la memoria del público... disfrutan un clima
benigno, y no trabajan... yo miro la Guayana como mi residencia definitiva...
voy a rehacerme una posición... En Francia estaba anémico; me he
repuesto enteramente en el presidio». Lucheni, el matador de la anciana
emperatriz Isabel de Austria, habita un cómodo cuarto en el segundo piso
de la prisión de Ginebra, con luz eléctrica, timbre, espejos y
biblioteca de autores clásicos. Gracias a su estúpido crimen
Lucheni ha conocido los calzoncillos y las medias, Montesquieu, Rousseau,
Pascal, Montaigne, café con leche y chocolate de primera calidad. Entre
tanto, la honradez tiene hambre, y los niños, los santos niños
que abren los pétalos de su vida al amor del sol y al odio de los
hombres, se pudren por millares en los estercoleros de la
civilización... ¿Qué queréis? ¡Somos tan
sensibles, tan buenos, tan compasivos! Contentémonos con que a Lucheni
no le falte su chocolate...
Vale más Torquemada que vosotros,
cocodrilos filantrópicos, hoteleros de Lucheni y compañía,
vicentinos de la prudente limosna, implacables conservadores de la miseria.
Estáis enfermos también. Os curaremos, cuando os llegue el turno,
y por cierto que no será con lágrimas ni con chocolate.
«¡Sed duros!», decía Nietzsche, en cuyo cerebro de
poeta furioso no cabían a un tiempo la dureza y el altruismo. Seamos
duros, digo yo, pero no como la espada. Seamos duros como el
bisturí.
[LA RAZÓN, 22 de abril de 1910]
-109-
  Poetas vencidos
Según las estadísticas de
Novicow, enemigo burlón del socialismo, los nueve décimos de la
humanidad no se nutren ni se visten lo bastante. Por cada
homo sapiens bien alimentado, arropado
y alojado, nueve padecen el hambre y el frío. Es un caso único,
porque no conocemos ninguna especie en que haya nueve animales desollados por
uno con pellejo. No producimos pan, tejidos y viviendas para quienes los
necesitan, sino para los que tienen dinero, y sólo tienen lo
indispensable aquellos a quienes les sobra algo. Se comprende que no se
diviertan en este valle de lágrimas los que comenzaron por no poseer
nada. Se ven reducidos a alquilar su carne y su conciencia, si pueden.
Perdonémosles: ansían dar de comer a sus hijos; quizá no
los aman lo suficiente para matarlos. Y los ricos ¿qué diablos
han de hacer sino emplear toda su atención en conservar su oro, el
supremo fetiche sin el cual la vida es entre nuestros hermanos un infierno?
En verdad que no es tiempo aún de
que bajen a la tierra los poetas puros, un Tillier, un Guérin, un
Herrera y Reissig. Es demencia, en las actuales circunstancias, ocuparse del
ritmo. No hay ritmos entre nosotros, sino espasmos. ¿Música del
Verbo, en medio de los aullidos de la desesperación y los resoplidos de
la hartura? No nos traigáis ahora acentos armoniosos; sería el
colmo de la disonancia. Ángeles, para visitar nuestra guarida, esperad a
que haya partido la Bestia...
Empiece el poeta, el poeta
«estricto» por disfrutar las rentas del lord Byron; orne su torre
de marfil y enciérrese en ella; tal vez así se haga tolerable su
vocación. Pero el poeta sin fortuna está condenado.
¿Habrá mayor calamidad que el genio desprovisto de aptitudes
industriales? Cuando aparece el delicioso monstruo, sus padres se consternan,
las gentes se ríen de sus cabellos largos y de sus aires
distraídos. Después, abandonado a sí mismo, el creador de
belleza abriga la inaudita pretensión de vivir. ¡Vivir! Eso es
fácil para los que venden cosas útiles, fideos, mujeres, votos.
¿Qué presentas en el mostrador social? ¿Belleza?
¿Belleza absoluta, tuya, el elixir de tu alma vibrante, belleza desnuda,
belleza a secas? Es un artículo sin salida. La belleza se soporta, mas
no se paga. Agradece, ¡oh poeta!, que te dejen morir en un rincón
y no te lapiden los transeúntes.
-110-
Los miserables (nueve décimos del
conjunto) te dirán: No te entendemos. ¿Quieres hacernos
soñar? Háblanos de venganza. No; eres demasiado misterioso y
demasiado apacible. Preferimos el alcohol.
Los satisfechos te dirán: No te
entendemos. ¿Qué estilo es ése? ¿Por qué no
escribes como todo el mundo? No nos hagas pensar, ¡Por Dios!, no estamos
acostumbrados. Respeta nuestras digestiones. Más vale que olvides tus
simbolismos, y prepares un folletín a lo Conan Doyle, una comedia de
aparato a los
Chantecler. ¿Te encoges de hombros?
Conan Doyle cobra un peso por palabra. Rostand es académico y tú
no te has desayunado hoy... Te protegeré, si me haces de cuando en
cuando algún bombito...
Mallarmé, Villiers de L'Isle-Adam
y Verlaine fundaron la poesía moderna. Mallarmé -¡favorito
de la suerte!- daba lecciones de inglés. Villiers se resignaba a darlas
de box, y se resintieron sus pulmones de las trompadas que recibía.
Verlaine adoptó con placidez la vida de vagabundo, y compuso sus poemas
en la taberna, en la cárcel y en el hospital. ¡Y son los
gloriosos! Pero los que ni siquiera gozarán, como Bécquer, la
fama póstuma, los niños que esconden bajo su raída carpeta
de empleados el divino aleteo de su fantasía, deben pedir a la muerte el
consuelo de no ver a la Bestia vomitar sobre las flores; deben elevar al
destino la plegaria de Carlos Guérin:
«Mejor que una honra mediocre,
concédeme -Dios justo, morir joven y con el alma ebria -De
voluptuosidad, poderoso orgullo, y con la fe -De que habría sido grande
si me hubierais hecho vivir...».
[LA RAZÓN, 9 de abril de 1910]
  Perros
El perro ha sido nuestro camarada en los
malos días, nuestro aliado contra el exterior hostil, cuando nos
refugiábamos en cavernas y vivíamos de la caza. Esta larga
cohabitación, sin embargo, no explica del todo la profunda
correspondencia entre el alma humana y el alma canina. Otros animales nos
acompañaron también desde un pasado inmemorial. El gato es
quizás el más doméstico, en el sentido estricto de la
palabra;
-111-
el favorito de Baudelaire fue dios, y amado de los
profetas. No hace muchos años que los miembros de la academia de
ciencias de París se preguntaron por qué, siempre que se suelta
un gato en el aire, cae sobre sus patas. La sección de mecánica
contestó satisfactoriamente, pero si el problema se hubiera presentado a
la academia de las Inscripciones, acaso se habría respondido que Mahoma,
para no molestar su gato dormido sobre su manga, se cortó la manga y se
marchó. A su vuelta, acariciole tres veces el enarcado lomo, y desde
entonces los gatos caen de pie. El gato es el amigo de los artistas y de los
teólogos porque es raro, fantástico y bello; el perro es el amigo
de las buenas gentes porque es honrado y familiar. Tan habituados estamos a la
sublime mirada del perro, que se necesita un momento de reflexión para
darse cuenta de lo maravilloso del fenómeno. En esos ojos de absoluta
transparencia encontramos la seguridad de que hay en el universo un ser que
siente con el hombre. Los demás ojos,
ojos de bestias, ojos de flores, ojos de astros, conservan su misterio
impenetrable. Son opacos símbolos, mientras que la mirada del perro,
humilde y desnuda, es la única mirada que la naturaleza deja llegar
directamente hasta nuestro corazón...
Y notad que no se trata de inteligencia.
La hormiga, cuya inteligencia asusta, es incomunicable con nuestra especie. El
mono, nuestro infortunado primo, es más inteligente que el perro, y
tiene sobre él las ventajas del parentesco, de la semejanza
física, de las aptitudes que le permiten imitar nuestros menores
ademanes. Pues su mano, al tocar la nuestra, nos hace estremecer de
repugnancia; en cambio, ¡con cuánta cordialidad estrechamos la
pata torpe del perro! ¡Cómo entendemos el lenguaje de sus
músculos! ¡Qué elocuente es su cola, hasta cuando se la
rebana Alcibíades, convirtiéndola en un muñón que
sigue moviéndose, y anunciando la alegre lealtad que tal vez no
merecemos! El perro es una evidencia viva. En él todo habla, todo canta
su fe en nosotros, todo resplandece de su ternura, y si en lamentables
ocasiones se hace sucio, ridículo, obsceno, es a fuerza de ingenuidad y
por horror a la coquetería y a los engaños del arte. Su robusto
apetito le calumnia; su moral no está manchada por el interés.
Perros hubo que murieron de hambre junto a las provisiones que se les
había confiado, o de pena sobre la tumba de sus dueños.
¡Paz a las solteronas que levantan
mausoleos a sus canes difuntos, o instituyen herederos a los que las
sobreviven! ¡Paz a los protectores de animales, paz a los
antiviviseccionistas! Comprendamos, recordando los ojos de nuestro perro, el
cándido fanatismo que erigió una estatua en
-112-
Londres
al famoso
Brown Terrier Dog, con la inscripción
siguiente: «A la memoria del Brown Terrier Dog, asesinado en los
laboratorios del Colegio de la Universidad en febrero de 1903, después
de haber sufrido la vivisección durante más de dos meses, y de
haber pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a aliviarle. En
memoria también de los 232 perros vivisecados en el mismo lugar durante
el año 1902. Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta
cuándo subsistirán estas cosas?». Se acaba de trasladar la
estatua a otro sitio; los estudiantes de medicina trataban continuamente de
echarla al suelo, y la policía se cansó de gastar 700 libras
anuales en custodiarla. ¡Paz a los estudiantes de medicina! Reconozcamos
que sus argumentos son formidables. ¿Dónde está la verdad?
La vida del espíritu reside en la duda. Acostumbrémonos a dudar
sin perder el reposo, y disculpemos a los que aman a los perros más que
a los hombres. La mayor parte de los hombres no son hermanos nuestros sino por
la figura. Tienen -¡ay!- ojos de monos. Si Otelo hubiera visto una mirada
de perro fiel en los ojos que le imploraban, no habría estrangulado a
Desdémona. Aceptemos con una indulgente sonrisa la noticia que inserta
el
Daily Mail del último correo:
«Eduardo VII ha paseado esta
mañana, acompañado del coronel Holford, caballerizo, y de su
perro César».
[LA RAZÓN, 13 de mayo de 1910]
  Artículos de señora
«La mujer no tiene estilo, asegura
Lamartine; por eso lo dice todo tan bien». ¡Bah!, examinad la
literatura verdaderamente femenina, la de los manuales devotos y
gastronómicos, la de las revistas de modas, y decidme si no se la
reconoce a la legua. Trasuda una pringue
faubourg Saint Germain barata, mezcla de
coldcream, salsa mayonesa y emplasto
milagroso. Las elegantes no pueden digerir en castellano, ni menos acicalarse y
vestirse. Leed la crónica de la última fiesta social. Se reduce a
una descripción de trapos. Hay trajes color
bois de rose,
fraise, mauve,
vieux-or, etc. ¿Traducir al
español? ¡Nunca! Sería arrebatar a las damas sus más
nobles sueños. ¿Cómo renunciar a las delicias de las telas
printinées y
froutillées, a lo exquisito de
pronunciar
broderie en vez de bordado,
tricorne en vez de tricornio, y
jais en vez de azabache?
¿Habrá algo tan ideal como llevar una
oiseau du paradis sobre la cabeza? Un
-113-
«pájaro del paraíso» equivaldría
a una gallina. Es del mejor tono adornarse con plumas
ton-sur-ton. Los sombreros
tope me sorprenden. ¿Tope?
¿Hasta el tope? ¿Será también francés?
Tope-là significa
«¡venga esa mano!». Quizá se trata de sombreros
cordiales. En cambio, la
peau de soie me encanta. Piel de seda,
una seda que hace el efecto de la misma piel... ¡Eso si que es
feminismo!
¡Ay!, del interés que
conceden a sus vestidos deduciréis la preocupación de las
señoras de ambos continentes por su pellejo, por su vestido incambiable,
definitivo y primero que Dios las impuso. ¡Quién tuviera una piel
chic, a la moda siempre, una piel que no se
hinche, que no reluzca, que no estire, que no cuelgue, que no se manche, que no
se llene de granos, de irritaciones, de escamas y puntos negros! ¡Una
piel que no se marchite, se arrugue y muera! ¡Quién conservara la
luminosa piel de la niñez perdida! Recorred los copiosos consultorios de
los periódicos del ramo. Las innumerables Mimís, Rosas de China,
Totós, Lilianas, Tulipanes blancos y Violetas de Parma de la
correspondencia anónima imploran el agua maravillosa, el ungüento
prodigio que las hará aparecer jóvenes. ¡No envejecer, no
envejecer! ¡Siquiera un siglo o dos de belleza, siquiera otro año!
Y si la belleza auténtica es imposible, ¡oh charlatanes de la
medicina!, prometed a las pobres mujeres una mentira piadosa, un simulacro, una
sombra; hacedlas horribles a dos metros de distancia, pero deseables a cien. Y
llueven las recetas, los consejos; pastas, lociones, harinas, grasas, polvos,
linimentos, masajes, pulverizaciones, cremas, cataplasmas y duchas. Porque no
es sólo la piel; son los dientes que se oscurecen, vacilan y se pudren;
son los cabellos que se enseban, se decoloran, se rompen, se bifurcan o
sencillamente se van; es el vientre que desborda o las canillas que se secan. Y
las víctimas se resignan a todo, a las dietas más repugnantes, a
no dormir, a caminar sin descanso, a la tortura misma, inyecciones de parafina,
máscaras de yeso, desolladuras, fulguraciones, aparatos de tomillos para
estrechar la nariz, «hemisferios» y flagelación para
levantar los senos que se ablandan. ¡Todo, hasta el martirio, con tal de
robar por un instante la aureola de la vida! Tan profundamente apasionado es el
acento de estas hembras desoladas, que estoy por ver en ellas las
representantes del único feminismo indiscutible, el de las
reivindicaciones no sociales, sino fisiológicas; el de la lucha contra
la fealdad y la decrepitud.
A ese feminismo individualista,
hábil en defender la seducción personal del sexo, alude Mlle.
Lespinasse ruando afirma que las mujeres
-114-
deciden de todo en
Francia. Y la Francia del siglo XVIII no es la excepción. Ni Esther, ni
Fluvia, ni Draga fueron francesas. En cuanto a las heroínas del taller y
de la universidad, a las fanáticas que se reúnen, como en el
Congreso de 1896, para declarar gravemente que la mujer es al hombre lo que el
hombre al gorila; en cuanto a las sufragistas inglesas de hoy, que abofetean a
los polizontes y echan pez y petardos en las urnas electorales, no sé...
¿Son mujeres, ángeles o arpías? ¿Son formas
fecundas o son monstruos? ¿Qué replicar a los escépticos,
para quienes una creadora en ciencia, en arte o en política es un caso
psiquiátrico, cuerpo de mujer con alma de hombre? Fuera del terreno
anatómico. ¿Qué es un hombre, qué es una mujer?
La eterna cuestión:
¿conquistarán las mujeres el poder a costa de su propio sexo?
Pero la mujer completa es la madre, y el feminismo supremo no consiste en
defender la voluptuosidad sino la prole. ¡Cuidado con semejante
política! Napoleón le tenía algún asco: en el
motín de Caen (1811) advirtió que las mujeres iban al frente...
«¡Hacedlas fusilar como a los demás!». Son las
fatales, son las que sitiaron el palacio de Versalles después de la toma
de la Bastilla; son las que hubo que barrer a tiros en San Petesburgo y en
Barcelona; son las que volverán, furias sagradas cuyo gesto cierra cada
época histórica y abre las esclusas del futuro.
[LA RAZÓN, 9 de diciembre de 1909]
  La rehabilitación del trabajo
En nuestra sociedad el trabajo es una
maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el
trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito
social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es
el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la
inquisición democrática.
Hemos envenenado el trabajo. Le hemos
hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.
¡Y pensar que el trabajo
será un día felicidad, bendición y orgullo, que
quizá lo ha sido en sus orígenes! Mientras escribo estas
líneas, mi hijo -de dos años y medio- juega. Juega con tierra y
con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser
útil germina en
-115-
su tierno cerebro con alegría
luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando,
como trabajan los niños? El trabajo debe ser un divino juego; el trabajo
es la caricia que el genio hace a la materia, y si la maternidad de la carne
está llena de dicha, ¿no ha de estarlo también la del
espíritu? Y he aquí que hemos prostituido el trabajo; hemos hecho
de la naturaleza una hembra de lupanar, servida por el vicio y no por el amor,
hemos transformado al obrero en siervo de eunucos y de impotentes.
El trabajo ha de ser la bienaventurada
expansión de las fuerzas sobrantes; el resplandor de la juventud. Ha de
ser hermano de las flores, del encendido plumaje que ostentan las aves
enamoradas; hermano de todos los matices irisados de la primavera.
Compañero de la belleza y de la verdad, fruto, como ellas, de la salud
humana, del santo júbilo de vivir.
Entretanto, es compañero de la
desesperación y de la muerte, carga de los exhaustos, frío y
hambre de los desfallecidos, abandono de los desarmados, desprecio de los
inocentes, ignominia de los humildes, terror de los condenados a la ignorancia,
angustia de los que no pueden más.
Pero lo absurdo no subsiste mucho
tiempo. Libertaremos a los pobres de la esclavitud del trabajo, y a los ricos,
de la esclavitud de su ociosidad.
[EL ALBA, 31 de diciembre de 1910]
  Epifonemas
El reverendo padre Fouriet-Bonnard,
hablando de los procesos de hechicería en el siglo XVII -entonces a los
histéricos se les quemaba vivos- cuenta un caso curioso: «Entre
las víctimas hubo un rico mercader de Mattaincourt, inculpado de
brujería por varias pruebas, de las cuales la más importante era
que el hombre había firmado dos contratos con la misma fecha, el uno en
Ginebra y el otro en Besançon, cosa imposible dados los medios de
comunicación existentes. El tribunal no se acordó de que Ginebra
en aquel tiempo, como ahora Rusia, no había adoptado aún la
reforma del calendario introducida por Gregorio XIII, resultando así una
diferencia de diez días, muy suficiente a nuestro mercader para hacer el
viaje.
-116-
Hoy, en aeroplano, se va de Ginebra a
Besançon en pocas horas. Además, hemos dejado de creer que el
histerismo es un crimen. Y luego estamos más al tanto de los almanaques.
Pero, ya que no quemando, seguimos ahorcando, fusilando y guillotinando a los
criminales de nuestra pequeña época. Es cierto que nuestras
definiciones de crimen y delito, y nuestros pretextos para aplicar la pena de
muerte nos satisfacen: sin embargo, los que usábamos hace tres siglos
nos satisfacían también. Estamos contentos y la sangre corre.
Hemos cambiado de ortografía; eso es todo. ¡Tres siglos!
¿Qué son tres siglos en la historia de nuestra evolución
moral? Hace más de cien mil años que vagamos por la tierra.
Y Nietzsche me dice: «Para juzgar
al criminal y a su juez: El criminal que conoce todo el encadenamiento de las
circunstancias no considera, como su juez y su censor, que su acto está
fuera del orden y de lo explicable; su pena no obstante le es medida
exactamente según el grado de
asombro que se apodera de ellos, al ver esto
que le es incomprensible: el acto criminal. Cuando el defensor de un criminal
conoce bastante el caso y su génesis, presentará circunstancias
atenuantes que acabarán unas tras otras por borrar toda la falta. O para
expresarse mejor aún: el defensor
atenuará grado por grado este
asombro que quiere condenar y fijar la pena,
y concluirá hasta por suprimirlo completamente, obligando a los oyentes
a confesarse en su fuero interno: «Le fue necesario obrar como
obró; castigándole, castigaríamos la eterna
fatalidad». Medir la pena según «el grado de
conocimiento» que se tiene o se puede tener de la historia de un crimen,
¿no es contrario a toda equidad».
Sí, el criminal es un ser
asombroso. Es enérgico puesto que rechaza la protección de las
leyes y lucha por su cuenta. Es libre, puesto que no teme a Dios y le usurpa el
manejo de la muerte. ¡Ni siquiera teme al gendarme! Sus odios no son
platónicos, como los de las personas honradas. Dadle el genio y
surgirá Napoleón, ídolo universal. En el prestigio de los
criminales hay pinceladas napoleónicas. La gran prensa de París,
a cinco céntimos el número, biblia cotidiana del pueblo, ha
cantado, durante quince días, las hazañas del capitán
Meynard. Meynard era un buen mozo, de buena familia, con algunas cruces ganadas
en las colonias -en la obra de la civilización-. Era algo bruto, algo
borracho, algo neurasténico, algo estafador. En fin no tenía nada
de particular. Pero se le ocurrió matar a su prometida (la cual era a la
vez su querida, divorciada de otro caballero y
entretenida por otro más). La
mató en una
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pieza del hotel para robarle ciento setenta
francos. Desde aquel instante fue el
héroe. Un bello matar
tutta la vita onora. El asesino se
afeitó, y se pasó dos semanas rodando de café en
café, tomando ajenos y dirigiendo a los diarios cartas sentimentales en
que se quejaba de los «ataques de que era objeto por parte de la
prensa» y defendía la «memoria de su pobre amiga».
Estas cartas, naturalmente, se han publicado en primera página, con
tipografía especial, como si fuesen poemas inéditos de
Víctor Hugo. Alrededor, las fotografías y las biografías
de los mozos que sirvieron los ajenjos al capitán, y sobre todo de un
excelente señor, de un respetable anciano que había jugado una
partida de Jacquet con Meynard, sin saber que era Meynard -¡Meynard!-. Y hubiera muerto ignorado, si un destello de
la gloria del asesino no llegara casualmente hasta él.
Y dice Tolstoi (para conservar la salud
mental, conviene un párrafo de Tolstoi después de uno de
Nietzsche): «Nos extrañamos de ver a los ladrones enorgullecerse
de su maña, a las prostitutas, de su corrupción, a los asesinos,
de su insensibilidad. Y nos extrañamos sólo porque la clase de
estas personas es muy restringida, y porque su círculo, su
atmósfera se hallan fuera de los nuestros. Y no nos sorprendemos, por
ejemplo, de ver a los ricos enorgullecerse de su riqueza, es decir, de sus
encubrimientos y robos, ni de ver a los poderosos enorgullecerse de su poder,
es decir, de su violencia y de su crueldad. Es que el círculo de estas
personas es grande, y formamos parte de él...».
¡Exacta observación! Los
criminales son una minoría; por eso, y únicamente por eso los
hacemos sufrir y morir, les imitamos sin ser nosotros criminales, puesto que no
hay nueva mayoría que nos juzgue.
Pero, dentro de los acorazados
brasileños los criminales estaban en mayoría. Después de
echar los oficiales al agua, pidieron perdón al Gobierno sin dejar de
bombardearle, y fueron perdonados, y no se les condecoró porque no lo
habían exigido. En la sociedad actual, donde no hay lazo moral que no se
disuelva, nada va quedando más que el número, y es el
número quien posee las armas. Cuando la masa se dé cuenta, como a
bordo de «Minas Geraes», de que ella es la dueña de los
cañones, ¿qué será de nosotros?
¡Y el dinero que nos ha costado
enseñarles a que apunten bien!
[?]
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  Mi anarquismo
Me basta el sentido etimológico:
«ausencia de gobierno». Hay que destruir el espíritu de
autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo.
Será la obra del libre
examen.
Los ignorantes se figuran que
anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertirá
siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto
por el terror de las armas.
Pero si se fijaran en la
evolución de la ciencia, por ejemplo, verían de qué modo a
medida que disminuía el espíritu de autoridad, se extendieron y
afianzaron nuestros conocimientos. Cuando Galileo, dejando caer de lo alto de
una torre objetos de diferente densidad, mostró que la velocidad de
caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al
suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron aceptarla, porque
no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles.
Aristóteles era el gobierno científico; su libro era la ley.
Había otros legisladores: San Agustín, Santo Tomás de
Aquino, San Anselmo. ¿Y qué ha quedado de su dominación?
El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en
los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará hoy su
autoridad como un argumento; ninguno pretenderá imponer sus ideas por el
terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para que todos
repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El
libre examen, base de nuestra prosperidad intelectual. La ciencia moderna es
grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quién
será el loco que la tarde de desordenada y caótica?
La prosperidad social exige iguales
condiciones.
El anarquismo, tal como lo entiendo, se
reduce al libre examen político.
Hace falta curarnos del respeto a la
ley. La ley no es respetable. Es el obstáculo a todo progreso real. Es
una noción que es preciso abolir.
Las leyes y las constituciones que por
la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del
común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría
bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su
codicia y su crueldad.
Tal vez los fenómenos sociales
obedezcan a leyes profundas. Nuestra sociología está aún
en la infancia, y no las conoce. Es indudable que nos conviene investigarlas, y
que si logramos esclarecerlas nos serán inmensamente útiles. Pero
aunque las poseyéramos, jamás las erigiríamos
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en Código ni en sistema de gobierno. ¿Para qué?
Si en efecto son leyes naturales, se cumplirán por sí solas,
queramos o no. Los astrónomos no ordenan a los astros. Nuestro
único papel será el de testigos.
Es evidente que las leyes escritas no se
parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de
esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza
pública aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del
gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa.
¡Y qué gendarmes! Para
comprender hasta qué punto son nuestras leyes contrarias a la
índole de las cosas, al genio de la humanidad, es suficiente contemplar
los armamentos colosales, mayores y mayores cada día, la mole de fuerza
bruta que los gobiernos amontonan para poder existir, para poder aguantar
algunos minutos más el empuje invisible de las almas.
Las nueve décimas partes de la
población terrestre, gracias a las leyes escritas, están
degeneradas por la miseria. No hay que echar mano de mucha sociología,
cuando se piensa en las maravillosas aptitudes asimiladoras y creadoras de los
niños de las razas más
inferiores, para apreciar la monstruosa
locura de ese derroche de energía humana. ¡La ley patea los
vientres de las madres!
Estamos dentro de la ley como el pie
chino dentro del borceguí, como el baobab dentro del tiesto
japonés. ¡Somos enanos voluntarios!
¡Y se teme
el caos si nos desembarazamos del
borceguí, si rompemos el tiesto y nos plantamos en plena tierra, con la
inmensidad por delante! ¿Qué importan las formas futuras? La
realidad las revelará. Estemos ciertos de que serán bellas y
nobles, como las del árbol libre.
Que nuestro ideal sea el más
alto. No seamos
prácticos. No intentemos
mejorar la ley, sustituir un borceguí
por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las
estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano
término. Así señalaremos el camino más corto. Y
antes venceremos.
¿Qué hacer? Educarnos y
educar. Todo se resume en el libre examen. ¡Que nuestros niños
examinen la ley y la desprecien!
[LA REBELIÓN, N.º 10, 15 de marzo de
1909]
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  Razas inferiores
Se puede sostener cómodamente que
hay razas inferiores. Los sabios lo aseguran, medidores de cráneos y
disectores de cerebros; los sociólogos lo confirman, y sin duda, la
hipótesis contraria parecería absurda a las gentes
prácticas, viajeros, empresarios y comisionistas. Un caballero
inglés se resigna en Londres a que un compatriota le lustre los botines,
pero en Calcuta tendrá por muy natural que ejecute tan brillante labor
un hindú. Jamás un noble alemán, arruinado o deshonrado, y
remitido a las vagas colonias de África, se considerará semejante
a los indígenas con cuyo oscuro pellejo remienda su bolsillo y su
nombre. ¿Cómo no ha de creerse el industrial de Yucatán
superior a los indios mayas mediante cuya esclavitud, sacramentada por el cura
del establecimiento, extrae del henequén ganancias fabulosas? Si
llamamos razas inferiores a las razas explotables, claro es que las hay.
¡Pobres razas, quizá dormidas, quizá susceptibles
aún, bajo un choque externo, de revelar el sentido crítico, la
tenacidad metódica, la admirable multiplicidad de aptitudes y de ideas
de la raza blanca! ¡Pobres razas, poetizadas algunas por un pasado
magnífico, agitadas otras por los síntomas de un regreso a la
vida intensa! No olvidemos que los árabes, los tártaros, los
turcos, estuvieron varias veces a punto de dominar la Europa. Acaso
también la especie humana, como tantas que no han dejado más
huellas que sus fósiles, está condenada a extinguirse, y ciertas
variedades suyas, avanzadas de la muerte, han entrado ya en la agonía.
¡Quién sabe! Pero el hecho es que un niño negro, por
ejemplo, criado entre blancos, no será nunca tan salvaje como un
niño blanco criado entre negros. Es probable que lo que caracteriza a la
raza inferior es su incapacidad de producir genios. Si un hombre civilizado
está más arriba que los demás, no es porque tenga mayor
estatura, sino porque está encaramado sobre la civilización. Los
mediocres de todas las razas son iguales, y cualquier raza, guiada por el
genio, sería capaz de conquistar el mundo.
Las razas explotables son
concienzudamente explotadas. Antes, se las asesinaba. Ahora, por ser mejor
negocio, se las hace trabajar. Se las obliga a producir y a consumir. Es lo que
se designa con la frase de «abrir mercados nuevos». Suele ser
preciso abrirlos a cañonazos, lo que, por lo común, se anuncia
con discursos de indiscutible fuerza cómica. Así, el general
Marina Vega ha dicho a sus soldados de Melilla, que Europa
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había encargado a España la obra de introducir la cultura en
Marruecos. Si el cañón es prematuro, se procura embrutecer y
degenerar a los candidatos. Se les vende alcohol o, como Inglaterra a los
chinos, opio. Los japoneses se negaron a intoxicarse, y los acontecimientos han
demostrado que hicieron bien. Si no vale la pena explotar directamente las
razas inferiores, se las rechaza, se las confina y se espera, cazándolas
de cuando en cuanto, a que desaparezcan, minadas por la melancolía, la
miseria y las enfermedades y vicios que las inoculamos. Es lo que hacen los
yanquis con los pieles rojas. Es lo que hacen con sus indios los argentinos, a
quienes decía últimamente Anatole France, en el Odeón, que
los pueblos denominados
bárbaros no nos conocen sino por
nuestros crímenes. En la ley González, codificando el trabajo
(1907), se lee este pasaje delicioso: «la protección a las razas
indias no puede admitirse si no es para asegurarlas una extinción
dulce».
Quedan las exploraciones menudas, el
comercio de objetos arqueológicos y de curiosidades, armas, adornos y
cacharros que intercalan en un texto más o menos fantástico,
exploradores pseudo-científicos y misioneros pseudo-religiosos. Las tres
cuartas partes de esta mercadería se fabrica a muchas leguas de las
tribus, en excelentes ciudades, lo que facilita considerablemente las
expediciones
al desierto. Hubo tiempo en que ser misionero
era oficio de héroes; aunque está probado que si los
catequizadores no se hubieran salido de su papel, el número de
mártires y de perseguidores habría sido insignificante. Asia es
la patria de la tolerancia de los cultos, y las odiosas reducciones
jesuíticas del Paraguay prueban hasta qué extremo llegaba la
resignada docilidad de los guar |