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    Germinal : antología
     Rafael Barrett ; edición de Miguel Ángel Fernández
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La beneficencia

Las instituciones de beneficencia se multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva. De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el aniquilamiento de las razas -presupuestos de guerra- dedica fondos cada vez más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios, reservas de toda clase para la lucha económica.

Conviene advertir que no se trata de caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni el que da tiene nada que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la semiesclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales. Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos. ¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan; si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos?

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El amor puro no sería tan eficaz. ¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a quedarse tan imbécil, que «la ensayaron para la cocina, y hubo que renunciar, todo se le caía de las manos», según cuenta su respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero ¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano temblaran de compasión, serían menos útiles.

Procuremos cuidar la salud de las gentes como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso, habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el seguro de la civilización.

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Insubordinación

El consejo supremo de guerra -supremo, ¡ay!- ha castigado al conscripto Gismani, de Paraná, con tres años de presidio. Se trata de una insubordinación. Parece que es un crimen terrible. ¿Qué ha hecho Gismani? Dirigir frases ofensivas a su sargento. ¿Por qué? Esto no interesa mucho al consejo supremo, pero de la misma sentencia se deducen algunos antecedentes. La familia de Gismani tramitaba la excepción. «Está probado que Gismani padece de una bronquitis asmática   -94-   crónica. El sargento Pedroza oyó decir, durante el descanso, al soldado Gismani, que aunque le dieran de palos no trotaría más por no poder ya hacerlo, y entonces mandó formar inmediatamente y ordenó diversos movimientos al trote... El soldado Gismani, después de dar algunos pasos al trote, terminaba dicha instrucción al paso, contestando al sargento Pedroza, que cada vez le gritaba que trotara: «no puedo trotar, mi sargento...».

Si el consejo hubiera sido menos supremo y más humano, habría dicho: «Gismani, eres un mártir, Pedroza, eres una bestia. Que cuiden a Gismani y que apliquen un bozal a Pedroza. ¿Y qué ejército es ese donde los enfermos trotan mientras se averigua si pueden trotar o no? ¡Remédiese tanto desatino!» Por desgracia, el consejo estaba formado de héroes, y según su ley de hierro la insubordinación privada sobre lo demás. Insubordinarse contra la justicia, contra la piedad, contra los derechos del dolor no es tan grave como insubordinarse contra su sargento. Tres años de presidio. Y gracias. Un conscripto es muy poquita cosa ante un consejo supremo de guerra. Si Gismani hubiera tomado la precaución de ser general, habrían respetado su bronquitis. Ya lo ha observado Clemenceau: «Cuando un soldadito da un puñetazo a su sargento, se le fusila; el honor del ejército lo quiere. Mas cuando los grandes jefes, todo galoneados de oro, faltan a su deber, el honor del ejército no permite que se les pida cuentas». Clemenceau aludía a la expedición francesa de Madagascar, donde sin combatir murió cerca de la mitad de las tropas, por la ineptitud de los superiores. Yo no aludo a la Argentina, ni a nadie; recuerdo que el rigor de los tribunales se reserva preferentemente para los pobres, para los inofensivos. Es un hecho común. Los fuertes no serían fuertes si no impresionaran al juez. Por otra parte, Gismani era estudiante y repórter. Era con razón sospechoso. Un intelectual en un cuartel es ya una insubordinación presunta. La inteligencia es sediciosa. Siendo difícil desterrarla de la vida civil, suspendámosla siquiera en las filas, o dejarán de ser filas -alineación de cráneos y de mentes- para ondular como un látigo. Y quizá Gismani era algo peor: un original. ¿Concebir un original haciendo el ejercicio? ¿Un poeta trotando a la voz de orden? ¡Cuánto desprecian, y con cuánto motivo, a esos soñadores, a esos cobardes, los varones auténticos, educados en la escuela del sargento Pedroza!

-«¡Trote usted! -¡No puedo!» Hay que obedecer, sin embargo; hay que trotar, aunque el asma te ahogue. No eres un asmático, eres un   -95-   recluta. Habrías de trotar aunque no tuvieras piernas. El sargento es Dios. Para Dios no hay imposibles. Resucita a los muertos y los hace trotar. ¿No trotas? Tres años de presidio. Detrás del sargento-Dios está la sociedad llena de espanto; si el sargento pierde sus atributos celestes seremos todos aniquilados, raídos de la faz de la tierra. La autoridad del sargento es nuestro talismán precioso. Conservémoslo. ¡Tabú, tabú! En cuanto a la justicia... es una preocupación de anarquistas. Pretender que sea justa la máquina de guerra, es ocurrencia de locos. Una espada es justa si corta bien. Hubiera yo deseado discurrir sobre el asunto Gismani, no como militar, sino más modestamente: como hombre. Me detiene el peligro de pasar por dinamitero. ¡El buen sentido es tan revolucionario! No es tiempo aún de que la humanidad sea humana. La Nación, de Buenos Aires, en cambio, no se resigna. Propone para Gismani el indulto. «No tiene otro objeto esta atribución del presidente de la República, dice, que impedir cualquier error posible, cuando las disposiciones generales de la ley, aplicadas en un caso particular, resultan contrarias a la inspiración de la justicia». Enternece la humildad con que se confiesa que las leyes son injustas, a la vez que sagradas. Si conducen a monstruosidades demasiado intolerables -caso Gismani- queda el recurso de implorar de rodillas, ante el señor presidente, una excepcional contraorden, una gracia, un milagro. Así la justicia es, entre nosotros, de índole milagrosa. La justicia debe administrarse muy de tarde en tarde, so pena de debilitar profundamente el organismo social. El primer magistrado -indulte o no a Gismani- comprenderá que su poder se funda en la intangibilidad de los sargentos, y que aplicar con exceso la justicia sería antipatriótico.

[LA RAZÓN, 2 de setiembre de 1909]




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La obra que salva

Casi siempre que el telégrafo nos anuncia el fallecimiento de un hombre ilustre, se nos advierte que el condenado trabajó hasta el fin. Coquelín estudiaba el papel que le había confiado Rostand; Mendès escribía una comedia; Nogales, ciego a consecuencia de la enfermedad que le aquejaba, dictaba artículos a su hija. No cito sino desgracias recientes. Esos cadáveres, con la herramienta en la crispada mano, nos dan una lección.

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Nos es permitido creer que el trabajo es indispensable a la escasa felicidad que puede encontrarse en la vida. No el trabajo esclavo, el trabajo que repite, sino el trabajo libre, el trabajo que crea. El primero es una inútil tortura, y la mayor parte de nosotros estamos sujetos a su ignominia; el segundo es una emancipación gloriosa; y Dios, al contemplar de qué modo ha embellecido y ensanchado el universo, aquello que por castigo nos impuso, debe de estar lleno de asombro. Deseemos que en el porvenir sean las máquinas las que se encarguen de ejecutar inhumanas labores, libertando la inteligencia del obrero servil, y haciéndole partícipe de la alegría máxima. Sin duda sería mezquino y vano pretender vivir sin dolor; nada tan despreciable como el ser que consiguiera mantenerse indiferente o satisfecho ante el espectáculo de las cosas. El dolor es un elemento normal en el mundo. No sufrir es un síntoma patológico. O los nervios se desorganizan, o el alma su pudre. Se trata de utilizar el sufrimiento, y sobre todo se utiliza lo que se ennoblece.

La vida es un drama misterioso. No lo comprendemos, pero conocemos bien los instantes en que la acción se vuelve decisiva y suprema, y sabemos, vendados los ojos, que en cierta medida de nosotros depende aumentar la hermosura del destino. ¿De qué manera? Siendo lo que somos, realizándonos, renovándonos en la obra. Nacemos con inmensos tesoros ocultos, y la verdadera desdicha es la de hundimos en la sombra sin haberlos puestos en circulación, así como la dicha verdadera consiste en la plenitud del organismo entregado por entero a lo que no es él. La solución egoísta es la peor, porque es insignificante. ¡Qué tristeza, llegar intactos y con los bolsillos repletos a la tumba! No defraudemos a lo desconocido. No desaparezcamos a medio consumir. Que la muerte nos sea natural.

En la lucha por afirmarnos y prolongar nuestro grito, disponemos de recursos muy superiores a los de otras especies. El animal vence al tiempo gracias al amor físico. Nosotros poseemos además la prodigiosa matriz del genio. Y convenzámonos de que todos, microscópicos o gigantes, tenemos el genio; todos traemos algo nuevo a la tierra, hay que descubrirlo; hay que beneficiar el metal del espíritu, y trabajar es trabajarnos. El sexo asegura la carne de la próxima generación, y el genio prepara los materiales para el genio futuro. Sin el trabajo que edifica y conserva la cultura de hoy para el trabajo de mañana, la humanidad estaría detenida en un perpetuo comienzo. Nuestra persona continuaría, por breve espacio, y fragmentariamente, representada en nuestros   -97-   hijos, que a veces son nuestra antítesis, y a veces nuestra caricatura. Combatiríamos al azar, privados del monumento, de la estatua, del cuadro y del libro, naves sublimes con que cruzamos el océano de los siglos.

Es por la obra que nos ponemos en contacto con la enorme esfinge. No es seguramente como espectadores que descifraremos el enigma de la realidad, sino como actores. El trabajo hace la autopsia. No extrañemos la calma con que los héroes del arte y de la ciencia aguardan el término necesario de sus tareas. Para ellos, para su sensibilidad maravillosa, la vida es un viaje divino y resplandeciente: mueren fatigados y encantados; así se duermen los niños en la mesa, sobre sus cuentos de hadas, cuando viene la noche. El mayor problema filosófico es reconciliarnos con la muerte, y quizá lo resolvamos mediante la obra. De la adoración a la obra propia, nos elevamos al culto de la obra colectiva. Pensaremos en lo pobre, en lo ruin que sería a la larga una sociedad de inmortales, aunque estuviese compuesta de Newtons, Homeros y Césares. Pronto agotaría sus recursos; pronto giraría, estéril, en la presión de la forma única, y reclamaría desesperada una salida hacia la negra inmensidad. Entenderemos que la muerte es la gran renovadora, que no es ella quien nos destruye, sino quien nos engendra, y acogiendo maternalmente los trabajos de las venideras centurias, no sólo diremos, como el poeta a su poesía: «Ya puedo yo morir, puesto que tú vives»; diremos también: «¡Muramos contentos para que vivas tú, oh poesía universal!».

[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1909]




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El mito naturista

El asunto exige reconsideración. ¡Es tan interesante ver retoñar, en donde menos uno se lo espera, la antigua sentimentalidad religiosa! He blasfemado contra Nuestra Señora Natura infinitamente buena, razonable y feliz; he dicho que todo lo que existe es natural, la enfermedad como la salud; he desconocido el dogma naturista que hace de la enfermedad castigo de los pecados. Se me ha llamado ignorante, supremo anatema de nuestro siglo; en otro tiempo me habrían llamado infiel. Y, sin embargo, ¿con qué fundamento supondríamos que lo frecuente y   -98-   lo raro, lo normal y lo monstruoso, la enfermedad y la salud no obedecen a las mismas leyes naturales? La naturaleza, para un cerebro sin religión, se reduce a un conjunto de leyes uniformes, que estamos empezando a descifrar, y si admitiéramos fenómenos antinaturales, renunciaríamos al conocimiento. La historia de la fisiología, y hasta la de la psicología, muestra de qué inmensa utilidad ha sido el estudio de lo patológico para comprender la salud.

Por otra parte, la salud aparece como un término medio, casi nunca realizado; aparece como un equilibrio fugaz, pronto deshecho en el torrente vertiginoso del mundo. No me refiero al hombre, al pecador, sino a la entera escala zoológica y botánica. Para convencerse, no es preciso abrir un manual de patología comparada; interrogada a un horticultor, a un ganadero, a un criador de aves de corral. Los animales, ya salvajes, ya domésticos; las plantas, ya cultivadas, ya silvestres, se enferman y se pudren igual que nosotros. Y aun lo que no vive parece desfallecer: los metalúrgicos hablan de la «fatiga» de las aleaciones; los joyeros, de las dolencias de las piedras. Donde se dibuja un organismo, se instala, tarde o temprano, lo morboso, con su lúgubre desenlace. He aquí -y evito detalles técnicos inoportunos- lo que los hechos nos dan. Pero, ¿de qué sirve invocar los hechos, cuando se nos opone la fe? La fe consiste en creer lo contrario de lo que sucede. Si la fe aceptara los hechos, no sería la fe, sino la ciencia.

¡Dios es misericordioso! ¡Nuestros sufrimientos vienen de habernos apartado de Dios! ¡La naturaleza es misericordiosa, es salud y alegría! Si nos enfermamos, es por habernos salido de la naturaleza. Una de dos: o las enfermedades de la bestia y del árbol son pura broma, o el árbol y la bestia pecaron también. No me sorprende que me propongan animales modelos, animales «virtuosos».

¿Recordáis la devoción del asno y del buey, que calentaron con su aliento al niño Jesús? ¿Por qué entonces el elefante se extingue, la honesta vaca padece de tuberculosis y el noble caballo mal de cadera y muermo? ¿Por qué la naturaleza los trata así? Confesemos que es más brillante el aspecto del águila y del tigre. El gato, ese pequeño Satanás, ese impenitente carnívoro, tiene, según el vulgo, ¡siete vidas! ¡Oh!, que el régimen vegetariano nos convenga, que el agua y el aire y el sol nos estimulen, es posible, probable, plausible. Lo curioso es que se atribuyan al problema proporciones desmesuradas, al punto de remover el cosmos y adoptar una religión para justificar las compresas húmedas. Y es   -99-   doblemente curioso que el resultado sea una mayor eficacia terapéutica. En todo naturista hay un ingenuo taumaturgo.

¡La naturaleza es salud y alegría!... grito místico. La naturaleza no es saludable ni nociva, alegre ni triste, buena ni mala. La naturaleza es y nada más. ¡Bendito optimismo, evocador de no sé qué naturaleza de clima templado, de jardinillo y auras y arroyuelos y abejitas laboriosas. En cuanto a la naturaleza de los desiertos de arenas calcinadas o de hielo, de volcanes de la Martinica y terremotos de Messina, y de pelícanos que ofrecen sus entrañas y aves que de contrabando hacen empollar sus huevos por el prójimo, y hembras que devoran la mitad de sus crías, y tórtolas y búhos y hienas y cisnes; la naturaleza del canibalismo y de la bulimia y de las plantas insectívoras y de los largos ayunos invernales, de mantis y arañas que se comen a sus machos enamorados y de efímeras que no hacen sino amar y no se nutren y ni siquiera tienen boca; la naturaleza de la hormiga, del ruiseñor y del vampiro; de los seres que viven suspendidos en rayo de luz, hundidos en el fétido fango, flotantes en el mar, confundidos con la podredumbre de los cadáveres o con la borra de sí mismos, seres con demasiados sexos o sin sexo, solitarios o en masas, invisibles o enormes, a veces sin forma, a veces momificados, a veces engendrando de pronto especies imprevistas, seres de locura, que palpitan horas, minutos, segundos parásitos innumerables que habitan la carne ajena, que hacen su nido en un glóbulo de sangre o que para reproducirse emplean hasta los órganos sexuales de su huésped... en cuanto a esa naturaleza donde descubrimos, si queremos, la caricatura de todas nuestras imaginaciones, de todas nuestras virtudes y de todos nuestros crímenes, y tantas cosas para las que no hay nombre en nuestra pobre lengua; en cuanto a esa realidad que nos abruma, con su desbordamiento sombrío, ¡fe se necesita para ajustarla a los patrones morales de nuestras cabecitas de 1910!

¡La naturaleza es salud y alegría! Y todo muere. Mueren los individuos y las razas, los astros y los átomos, la corteza terrestre es un vasto Gólgota de fósiles; cerca de nosotros, lívida faz en que se han petrificado los espasmos de la agonía, gira la luna difunta. No sabemos si nace cuanto merece nacer, pero sabemos que todo muere aunque no merezca morir. Con igual indiferencia, el destino apaga las estrellas y los ojos de los hombres. Acaso perecemos a fuerza de salud y alegría; acaso la muerte es un bondadoso simulacro y resucitaremos, ya en alas del eterno retorno, ya mediante sucesivas reencarnaciones. Acaso las señoras   -100-   Blavatsky y Annie Besant posean la clave definitiva del Universo. ¿Por qué no? Pintemos, pues, sobre los tenebrosos muros de nuestra cárcel las deliciosas avenidas de la libertad. Para ser dichosos basta un poquito de fe.

[LA RAZÓN, 16 de febrero de 1910]




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El altruismo y la energía

Nietzsche, en su obstinado desprecio al cristianismo, hace de la piedad para con los inermes, de la simpatía hacia lo abortado, lo enfermo y lo triste, del anhelo de justicia reparadora en fin, otros tantos síntomas de una degeneración contagiosa. Para el terrible alemán, el egoísmo -egoísmo elevado, trágicamente bello a veces, propio de un metafísico Satanás- es sinónimo de energía.

Las varias formas del egoísmo, desde la vanidad a la ambición insaciable, desde la mezquindad de la solterona balzaciana a la codicia de un Rockefeller, desde la impertinencia del dandy a la ferocidad sanguinaria de Calígula, se manifiestan, sin duda, con extrema energía aparente en muchos casos. Pero conviene observar que los ejemplos famosos con los cuales los grandes de la tierra fijaron el recuerdo de su tonto y omnipotente capricho, no demuestran energía personal, sino la energía exterior acumulada por el azar en torno de una figura casi siempre insignificante. Nerón incendia a Roma. Suponiéndolo cierto, ¿qué prueba? ¿La energía de Nerón? Lo que prueba es el abatimiento de una sociedad que permite tales atrocidades. Las fuerzas enormes que el emperador tenía en sus vacilantes manos de imbécil no le pertenecían. Se había encontrado con ellas. Nerón jugaba con los resortes de un colosal mecanismo que se le había regalado para diversión suya y para ignominia de la época.

Por lo contrario, Nerón era débil, como la mayor parte de los egoístas históricos a quienes se ha juzgado indispensables tan sólo porque no concluyeron totalmente con el género humano. Se vio la debilidad de Nerón a su caída. En aquel tiempo en que la dimisión de un funcionario consistía en suicidarse, trató el César de hacerlo, y su cobarde espada no acertaba. Tuvo un soldado que rematarle como a una res. Para decidir de la verdadera energía de un hombre, esperad a que caiga de su falso   -101-   pedestal, esperad a que se le deje desamparado y desnudo. ¡Oh bochorno de los millonarios que al arruinarse aceptan el oficio de proxenetas o de tahures, oh vergüenza de los reyes destronados en el siglo XIX, escabulléndose por la puerta trasera de sus palacios, a semejanza de lacayos despedidos! Napoleón mismo disminuye y decae en Santa Elena.

Napoleón era débil también, porque era egoísta. Puso el genio al servicio de su egoísmo infinito. Este parásito formidable de la humanidad estaba maravillosamente armado para devorarla. Napoleón, incapaz de irradiar energía y hasta de producirla en cantidad suficiente a su vida interior, robaba con avidez la energía externa. Su procedimiento evoca el de ciertos parasitismos en que el animal nutrido con jugos prestados es de una organización muy superior a la de su huésped. La debilidad trascendental de Napoleón necesitó un prodigio de inteligencia para la conservación del individuo.

Egoísmo es debilidad. Los cuerpos fríos se calientan a expensas de los otros. Elevad la temperatura de un pedazo de hierro, y a medida que aumentéis la energía del metal, lo iréis haciendo más y más generoso. Llegará un momento en que de puro ardiente resplandecerá y os iluminará el camino. La energía en exceso desborda y se desparrama por el espacio. Las almas generosas desbordan de amor. ¿No es natural el egoísmo en los niños y en los viejos, en las edades indefensas? Pero el egoísmo en la pujante juventud es doblemente odioso. Los que consumen son los que no crean. Los que expolian son los desheredados de la voluntad. Los que matan, ¡ay! son los que se están muriendo.

La avidez del corazón del avariento, del cruel, es cosa melancólica. Consagrar la existencia entera a reunir dinero o a reunir súbditos o esclavos, es inconcebible para todo espíritu que no haya perdido el contacto fundamental con las realidades absolutas. El egoísta es un aislado, un privado de los efluvios vitales del universo. El egoísmo se acompaña por lo común de una atrofia no solamente sentimental, sino intelectual. La avaricia suele coincidir con la semiestupidez. Una variante atenuada, la manía de coleccionar estampillas o cualquier otra clase de objetos, al estilo de las urracas, no se encuentra seguramente entre los aficionados a coleccionar ideas. ¡Y en cuántas ocasiones la crueldad se deriva de lo difícil que es para numerosos ciudadanos imaginar el dolor ajeno! Al egoísta le falta siempre algo: por eso se lo quita al prójimo. El altruista da precisamente lo que le sobra.

La debilidad del egoísta proviene con frecuencia de que el medio es pobre, de que no hay para todos. Las bestias carniceras son las que tienen   -102-   que perseguir un alimento escaso y protegido. La abundancia reduce el número de egoístas. Los nueve décimos de la población humana no comen lo bastante. No nos extrañemos, pues, que el hombre se entregue a la lúgubre pasión del oro. El oro es pan y ropa y techo en primer lugar, y no hay techo ni ropa ni pan para todos los habitantes del planeta, a causa de lo torpes y miedosos que somos. Todos estamos amenazados de muerte si nos quedamos sin oro, y nos lo arrebatamos. El egoísmo es, pues, una contingencia por lo general; expresa una relación defectuosa con el ambiente, es una momentánea solución al problema del individuo. La especie resuelve sus problemas de distinta manera. La procreación, la crianza de la prole, acciones de largo alcance, son explosiones de altruismo. Es evidente, además, que el altruismo es mejor cimiento social que el egoísmo; así lo inmediato y lo precario y lo urgente es obra quizá de egoísta, mientras que los altruistas construyen lo profundo y lo duradero. ¡Son los más fuertes!

Darwin, estudiando biología, perdió la fe. «No puedo vencer la dificultad que resulta de la extensión del sufrimiento en el mundo, dice... No puedo persuadirme de que un Dios bienhechor y todopoderoso haya creado los icneumones con la decidida intención de dejarles alimentarse de orugas vivas, o de que el gato haya sido creado para torturar al ratón». Nietzsche se alegra de espectáculo tan siniestramente artístico, y aplica a la médula europea los botones de fuego de una salvaje filosofía. ¿Y quién sabe? Darwin y Nietzsche no han visto tal vez más que lo provisorio.

[EL DIARIO, 18 de julio de 1908]




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La antinomia y la probabilidad

No estamos seguros de nada. ¿Saldrá el sol mañana? Es muy probable.

¿Existiremos dentro de un mes? He aquí algo mucho menos probable.

¿Qué oscuro instinto nos dice todo esto?

Pero ¿es realmente oscuro este instinto? ¿No dependerá la vaguedad de sus contestaciones de la vaguedad de las preguntas?

Tomo un dado. Si lo arrojo, ¿qué punto saldrá? No lo sé.

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No sé si saldrá el 1 o el 6. Pero es exactamente tan probable que salga uno como otro. Cosa ésta tan cierta como un axioma. Puedo afirmar más: que la probabilidad de que salga el 1 es cinco veces más pequeña que la probabilidad de que no salga.

El sencillo ejemplo del dado nos autoriza aparentemente a definir la probabilidad. La probabilidad de un suceso sería la relación del número de casos favorables al número total de casos posibles.

¿Probabilidad de que salga el punto 1? Casos favorables: 1; casos posibles: 6.Contestación: 1/6.

¿Probabilidad de que no salga? Casos favorables: 5. Casos posibles: 6. Contestación: 5/6.

D'Alembert sonríe y nos advierte que no hay más que dos casos posibles: o el suceso en cuestión ocurre o no ocurre. La probabilidad de cualquier suceso es siempre ½, y no vale la pena de seguir adelante.

A lo que responderemos que los casos han de ser igualmente probables. Con lo que nos reducimos a definir lo probable por lo probable.

¿Cómo sabremos que dos casos posibles son igualmente probables? Una especie de sentido común indestructible nos guía en el ejemplo del dado. ¿Será siempre así?

Desgraciadamente, no. El ilustre Bertrand (Calcul des Probabilités) se propone encontrar la probabilidad para que, en una circunferencia, una cuerda trazada al azar sea mayor que el lado del triángulo equilátero inscripto. Adoptando sucesivamente dos puntos de partida, el autor halla con el uno 1/2, y con el otro 1/3.

Pero en el problema de Bertrand los casos posibles son infinitos. Ninguna contradicción resulta de los problemas planteados con el dado, con los naipes, con unas que contienen bolas de distintos colores, etc. Es que aquí los casos posibles son numerables.

Es decir que el concepto de probabilidad es inaplicable, en su sentido raíz, a cuestiones de continuidad, como son precisamente la inmensa mayoría de las cuestiones que se presentan en la mecánica y en la física.

Nada de esto debe extrañarnos. Muchos conceptos, como el de número y los de las operaciones elementales, han ido modificándose, generalizándose, para abrazar una mayor extensión de conocimiento. Aplicados directamente a su sentido primero, conducen a contradicciones por el estilo de la que ofrece Bertrand.

La generalización del concepto de probabilidad, generalización que lo hace aplicable a cuestiones geométricas y físicas, consiste esencialmente   -104-   en atribuir a la probabilidad que se busca una forma arbitraria, sin otro requisito que satisfacer el principio de razón suficiente y la condición de continuidad. Sucede entonces que la expresión de la probabilidad a que se llega suele ser independiente de la hipótesis inicial; de otro modo: la probabilidad es siempre la misma, y libre de toda contradicción.

Los curiosos que posean las matemáticas elementales pueden leer el Traité des Probabilités del célebre Poincaré, donde se tratan muchas cuestiones de esta clase, elegantemente planteadas y resueltas.

Mi propósito no es insistir en la parte técnica del asunto, ni en sus importantes consecuencias para la ciencia positiva, sino dejar sentado lo legítimo, lo intuitivo del concepto de probabilidad, e indicar los extraños aspectos que ofrece el estudio de ese concepto.

Vuelvo a tomar el lado. Lo arrojo: ha salido el punto 1. Sin embargo, era cinco veces más probable que saliera otro, y no ése. Es extraño que haya salido el punto 1. Pero, ¿no sería igualmente extraño que hubiera salido cualquiera de los demás?

He aquí que nos parece extraño algo que no puede menos de suceder.

¿Por qué ha salido el punto 1? El dado sigue una trayectoria que depende del impulso de mis dedos, de la resistencia del aire, de la acción de la gravedad. El punto que representa al quedar inmóvil depende de todo eso, y además de las asperezas, de la elasticidad, de la dureza no sólo del piso, sino del mismo dado. ¿Qué hay de arbitrario en todo eso? Nuestra ciencia nos declara que absolutamente nada.

Para los que hagan sus reservas respecto a la mano y al cerebro que mueve esa mano, se dispondrá una máquina, como la ruleta, que lance el dado. El problema será el mismo.

Hay que admitir que si ha salido el punto 1, es que era fatal que saliera.

Vuelvo a arrojar mi dado. No sale el punto 1. ¿Qué es lo único que puedo decir? Que esta vez era imposible que saliera.

En la realidad no hay más que sucesos fatales y sucesos imposibles. ¿Qué tiene que ver nuestro concepto de probabilidad con todo esto?

Pero siempre expresamos nuestra ignorancia con palabras de probabilidad. Ignoramos si saldrá el sol mañana, y en vez de hacer constar sencillamente esa ignorancia, o de puntualizar que es fatal o imposible que salga el sol mañana, decimos: «Es enormemente probable que el sol salga mañana».

Y sentimos que decimos la verdad.

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¿Cómo explicar que ese concepto tan intuitivo y fundamental de la probabilidad no tenga en la realidad correspondencia alguna?

No tratemos tan mal a la realidad. Tomemos a ella un poco más despacio.

En vez de arrojar el dado una vez, hagámoslo cien, mil veces, y contemos las que ha salido el punto 1. Encontramos que ha salido con una frecuencia próximamente cinco veces menor que los demás puntos; lo mismo que nos advertía nuestro concepto de probabilidad.

Y cuanto mayor sea el número de pruebas que hagamos, tanto más se acercarán los hechos a la idea.

-¿No sabíamos absolutamente nada de una serie de fenómenos, y hemos predicho una ley? ¿Qué significa esto?

Los fenómenos estaban fatalmente preparados de toda eternidad, y sin embargo, nuestra ignorancia los reglamenta de antemano.

Llueve durante dos horas en un patio embaldosado. Nada sé de la curva caprichosa que seguirá, desde el misterioso seno de la nube, cada gotita de agua. No sé nada, y, sin embargo, afirmo que cada baldosa recibirá próximamente el mismo número de gotas.

Y así es.

Un gas se supone compuesto de una cantidad colosal de moléculas, que vuelan en todas direcciones con velocidades grandísimas. Nada sé de las trayectorias de esas moléculas, y, sin embargo, de mi misma completa ignorancia deduzco una ley de la probabilidad que me conduce como por la mano a la ley de Mariotte, hermosa ley física de innumerables aplicaciones.

Abramos una tabla de logaritmos. Nada hay allí de arbitrario. Cada cifra es hija fatal de la aritmética. Puedo volver a calcular cada cifra por medio de deducciones inatacables. Por el momento ignoro los millares de signos allí estampados. Apoyado en mi misma ignorancia, sostengo que la cifra 1 se encuentra tan frecuentemente impresa como la cifra 7.

Y así es.

Mi ignorancia sabe, predice y descubre.

¿Cómo resolver esta antinomia?

Pascal, que lo ha dicho todo, escribe no sé dónde, que el mismo principio de contradicción está sujeto a crítica.

La discusión del problema de la voluntad hará recordar algún día la frase de Pascal, frase que por otra parte no es inadmisible en matemáticas. Pero confesemos que no hay necesidad de sospechar que   -106-   una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, para resolver la antinomia de probabilidad.

Si mi ignorancia sabe, es que no hay tal ignorancia.

Cuando confirmo que ignoro las trayectorias de las gotas de lluvia, afirmo implícitamente que el conjunto de causas que separan esas trayectorias de la vertical, o alteran sus distancias relativas, se destruyen las unas a las otras. Cuando afirmo que ignoro si saldrá cara o cruz al echar al aire una moneda, afirmo que en un gran número de pruebas se destruyen las causas que deciden el resultado del fenómeno. En todos estos ejemplos, ignorar es afirmar una simetría.

Es muy de observar que nada podemos predecir de una sola prueba. ¿Saldrá cara en este momento? Las pequeñas causas que lo han de decidir no tienen tiempo para luchar en masa con las otras y poner de relieve la ley. Por eso la sensación de azar positivo, de ignorancia real, es típica en este caso. Por eso los jugadores se arruinan a la larga. Siempre juegan a un golpe. Verdad es que en una gran serie de golpes todos los jugadores estarían de acuerdo, y no habría contra quién jugar.

La idea de simetría la adquirimos al solo enunciado de la cuestión, y de ella deducimos la ley de probabilidad por una función de la inteligencia análoga a la función analítica del cálculo. Examínese todos los sucesos a que atribuimos un concepto de probabilidad y se descubrirá una base de conocimiento directo del fenómeno. La ley de probabilidad expresa precisamente ese conocimiento, y cuanto se aparte de ella, a posteriori, la realidad, otro tanto nuestro conocimiento se apartará de la exactitud.

Es que pocas veces sabemos, pero menos veces todavía, ignoramos.

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Castigos corporales

Se pega en el presidio, en el cuartel, en la escuela. Se pega en todos los países. Conocéis el clásico knut ruso, el cat of nine tails, gato de nueve colas inglés, el rebenque gaucho. ¿Qué policía no sacude el polvo a los clientes alborotadores? El semitormento militar del cepo y del plantón se usa corrientemente. Pero se pega menos que antes; se pega de una manera disimulada, avergonzada; tenemos el pudor del látigo. Lo que no   -107-   quita para que algunos reglamentos fijen todavía, con ingenuidad, los castigos corporales. En varias cárceles de Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Estados Unidos se administran hasta treinta o cuarenta azotes. El señor Mimande ha visto en Sidney canaletas para retirar la sangre. Hace poco el comité del Consejo de Educación de Londres resolvió que las maestras se limiten a golpear, con la mano abierta, sobre la mano o el brazo de los bebés. Respecto a los mayorcitos, se prohíbe que se les golpee en el cráneo o en la cara; ha de elegirse una parte donde no haya peligro de «daño permanente». Esto no me sosiega del todo; el resultado de una paliza es también «función», como dicen los analistas, del número y de la fuerza de los palos. Un bastonazo en las nalgas es preferible a uno en las narices; dos mil bastonazos matan en cualquier sitio que le den. Cierto regimiento quinto, de que ustedes tendrán noticia, ha dejado sin existencia a unos cuantos ciudadanos, y a otros, más dichosos, solamente sin trasero. En Corea, donde se empleaba, para acariciar a los ladrones, una plancha de encina de seis pies de largo, se ha observado que al décimo golpe la madera sonaba ya contra los huesos desnudos. La escasa excitabilidad nerviosa de las razas amarillas exige un exceso de rigor. Salvo en Rusia -asiática a medias- Europa no soporta el espectáculo de la tortura, y Montjuich y demás establecimientos inquisitoriales son excepciones que nos horripilan. La pena capital, a pesar de la rapidez quirúrgica con que se inflige, lastima igualmente nuestra sensibilidad, esa consejera hipócrita de que estamos tan vanidosos.

Entendámonos. Pegar en el hogar o en la escuela es una sandez irremediable; cuando le preguntaron a Carrière qué método le parecía mejor para evitar las guerras, el artista contestó: «no injuriéis, no golpeéis a vuestros hijos; los hombres se devuelven de grandes los golpes que reciben de pequeños». ¿Pegar en el presidio? ¡Oh! La tortura no es una terapéutica, mientras que el delincuente es un enfermo, y la sociedad, que produce al delincuente, está más enferma aún; no son castigos ni venganzas lo que necesitamos, sino médicos, sobre todo médicos sociales. ¿Jueces? ¿Para qué? ¿Juzgar antes de comprender? Y si algo comprendemos, es que el código constituye la causa principal del delito. ¡No es escandalicéis...! Considerad que el código mantiene a todo trance la actual distribución de la riqueza, es decir, la actual distribución de la miseria, ¿y qué es la miseria, sino la madre del delito, como lo es de la ignorancia, de la desesperación, del alcoholismo y de la tuberculosis, la madre de la muerte? Sí, el mundo es un inmenso hospital, ¡pero   -108-   nuestro botiquín es tan reducido! ¿Por quién empezar? ¿Por los Soleilland? ¿Por los asesinos y los estupradores? Si la tortura previene la reincidencia, torturad. La tortura es barata y expeditiva. Torturad, respetando la salud física del sujeto. Torturadle y soltadle. Es más feroz, más ruin y más caro meterle en una celda, donde se volverá primero tísico y después idiota.

Las celebridades del crimen suelen gozar de privilegios. Para ellas, el proceso es a veces una apoteosis, y el presidio un sanatorio. Gallay, insigne bandido, escribía desde la Guayana, lugar de su deportación: «con alimento sano y ejercicio moderado, se vive aquí muy bien... los condenados oscuros, los de provincias, sucumben pronto, pero la administración mima a los asesinos famosos, cuyo nombre permanece en la memoria del público... disfrutan un clima benigno, y no trabajan... yo miro la Guayana como mi residencia definitiva... voy a rehacerme una posición... En Francia estaba anémico; me he repuesto enteramente en el presidio». Lucheni, el matador de la anciana emperatriz Isabel de Austria, habita un cómodo cuarto en el segundo piso de la prisión de Ginebra, con luz eléctrica, timbre, espejos y biblioteca de autores clásicos. Gracias a su estúpido crimen Lucheni ha conocido los calzoncillos y las medias, Montesquieu, Rousseau, Pascal, Montaigne, café con leche y chocolate de primera calidad. Entre tanto, la honradez tiene hambre, y los niños, los santos niños que abren los pétalos de su vida al amor del sol y al odio de los hombres, se pudren por millares en los estercoleros de la civilización... ¿Qué queréis? ¡Somos tan sensibles, tan buenos, tan compasivos! Contentémonos con que a Lucheni no le falte su chocolate...

Vale más Torquemada que vosotros, cocodrilos filantrópicos, hoteleros de Lucheni y compañía, vicentinos de la prudente limosna, implacables conservadores de la miseria. Estáis enfermos también. Os curaremos, cuando os llegue el turno, y por cierto que no será con lágrimas ni con chocolate. «¡Sed duros!», decía Nietzsche, en cuyo cerebro de poeta furioso no cabían a un tiempo la dureza y el altruismo. Seamos duros, digo yo, pero no como la espada. Seamos duros como el bisturí.

[LA RAZÓN, 22 de abril de 1910]



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Poetas vencidos

Según las estadísticas de Novicow, enemigo burlón del socialismo, los nueve décimos de la humanidad no se nutren ni se visten lo bastante. Por cada homo sapiens bien alimentado, arropado y alojado, nueve padecen el hambre y el frío. Es un caso único, porque no conocemos ninguna especie en que haya nueve animales desollados por uno con pellejo. No producimos pan, tejidos y viviendas para quienes los necesitan, sino para los que tienen dinero, y sólo tienen lo indispensable aquellos a quienes les sobra algo. Se comprende que no se diviertan en este valle de lágrimas los que comenzaron por no poseer nada. Se ven reducidos a alquilar su carne y su conciencia, si pueden. Perdonémosles: ansían dar de comer a sus hijos; quizá no los aman lo suficiente para matarlos. Y los ricos ¿qué diablos han de hacer sino emplear toda su atención en conservar su oro, el supremo fetiche sin el cual la vida es entre nuestros hermanos un infierno?

En verdad que no es tiempo aún de que bajen a la tierra los poetas puros, un Tillier, un Guérin, un Herrera y Reissig. Es demencia, en las actuales circunstancias, ocuparse del ritmo. No hay ritmos entre nosotros, sino espasmos. ¿Música del Verbo, en medio de los aullidos de la desesperación y los resoplidos de la hartura? No nos traigáis ahora acentos armoniosos; sería el colmo de la disonancia. Ángeles, para visitar nuestra guarida, esperad a que haya partido la Bestia...

Empiece el poeta, el poeta «estricto» por disfrutar las rentas del lord Byron; orne su torre de marfil y enciérrese en ella; tal vez así se haga tolerable su vocación. Pero el poeta sin fortuna está condenado. ¿Habrá mayor calamidad que el genio desprovisto de aptitudes industriales? Cuando aparece el delicioso monstruo, sus padres se consternan, las gentes se ríen de sus cabellos largos y de sus aires distraídos. Después, abandonado a sí mismo, el creador de belleza abriga la inaudita pretensión de vivir. ¡Vivir! Eso es fácil para los que venden cosas útiles, fideos, mujeres, votos. ¿Qué presentas en el mostrador social? ¿Belleza? ¿Belleza absoluta, tuya, el elixir de tu alma vibrante, belleza desnuda, belleza a secas? Es un artículo sin salida. La belleza se soporta, mas no se paga. Agradece, ¡oh poeta!, que te dejen morir en un rincón y no te lapiden los transeúntes.

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Los miserables (nueve décimos del conjunto) te dirán: No te entendemos. ¿Quieres hacernos soñar? Háblanos de venganza. No; eres demasiado misterioso y demasiado apacible. Preferimos el alcohol.

Los satisfechos te dirán: No te entendemos. ¿Qué estilo es ése? ¿Por qué no escribes como todo el mundo? No nos hagas pensar, ¡Por Dios!, no estamos acostumbrados. Respeta nuestras digestiones. Más vale que olvides tus simbolismos, y prepares un folletín a lo Conan Doyle, una comedia de aparato a los Chantecler. ¿Te encoges de hombros? Conan Doyle cobra un peso por palabra. Rostand es académico y tú no te has desayunado hoy... Te protegeré, si me haces de cuando en cuando algún bombito...

Mallarmé, Villiers de L'Isle-Adam y Verlaine fundaron la poesía moderna. Mallarmé -¡favorito de la suerte!- daba lecciones de inglés. Villiers se resignaba a darlas de box, y se resintieron sus pulmones de las trompadas que recibía. Verlaine adoptó con placidez la vida de vagabundo, y compuso sus poemas en la taberna, en la cárcel y en el hospital. ¡Y son los gloriosos! Pero los que ni siquiera gozarán, como Bécquer, la fama póstuma, los niños que esconden bajo su raída carpeta de empleados el divino aleteo de su fantasía, deben pedir a la muerte el consuelo de no ver a la Bestia vomitar sobre las flores; deben elevar al destino la plegaria de Carlos Guérin:

«Mejor que una honra mediocre, concédeme -Dios justo, morir joven y con el alma ebria -De voluptuosidad, poderoso orgullo, y con la fe -De que habría sido grande si me hubierais hecho vivir...».

[LA RAZÓN, 9 de abril de 1910]




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Perros

El perro ha sido nuestro camarada en los malos días, nuestro aliado contra el exterior hostil, cuando nos refugiábamos en cavernas y vivíamos de la caza. Esta larga cohabitación, sin embargo, no explica del todo la profunda correspondencia entre el alma humana y el alma canina. Otros animales nos acompañaron también desde un pasado inmemorial. El gato es quizás el más doméstico, en el sentido estricto de la palabra;   -111-   el favorito de Baudelaire fue dios, y amado de los profetas. No hace muchos años que los miembros de la academia de ciencias de París se preguntaron por qué, siempre que se suelta un gato en el aire, cae sobre sus patas. La sección de mecánica contestó satisfactoriamente, pero si el problema se hubiera presentado a la academia de las Inscripciones, acaso se habría respondido que Mahoma, para no molestar su gato dormido sobre su manga, se cortó la manga y se marchó. A su vuelta, acariciole tres veces el enarcado lomo, y desde entonces los gatos caen de pie. El gato es el amigo de los artistas y de los teólogos porque es raro, fantástico y bello; el perro es el amigo de las buenas gentes porque es honrado y familiar. Tan habituados estamos a la sublime mirada del perro, que se necesita un momento de reflexión para darse cuenta de lo maravilloso del fenómeno. En esos ojos de absoluta transparencia encontramos la seguridad de que hay en el universo un ser que siente con el hombre. Los demás ojos, ojos de bestias, ojos de flores, ojos de astros, conservan su misterio impenetrable. Son opacos símbolos, mientras que la mirada del perro, humilde y desnuda, es la única mirada que la naturaleza deja llegar directamente hasta nuestro corazón...

Y notad que no se trata de inteligencia. La hormiga, cuya inteligencia asusta, es incomunicable con nuestra especie. El mono, nuestro infortunado primo, es más inteligente que el perro, y tiene sobre él las ventajas del parentesco, de la semejanza física, de las aptitudes que le permiten imitar nuestros menores ademanes. Pues su mano, al tocar la nuestra, nos hace estremecer de repugnancia; en cambio, ¡con cuánta cordialidad estrechamos la pata torpe del perro! ¡Cómo entendemos el lenguaje de sus músculos! ¡Qué elocuente es su cola, hasta cuando se la rebana Alcibíades, convirtiéndola en un muñón que sigue moviéndose, y anunciando la alegre lealtad que tal vez no merecemos! El perro es una evidencia viva. En él todo habla, todo canta su fe en nosotros, todo resplandece de su ternura, y si en lamentables ocasiones se hace sucio, ridículo, obsceno, es a fuerza de ingenuidad y por horror a la coquetería y a los engaños del arte. Su robusto apetito le calumnia; su moral no está manchada por el interés. Perros hubo que murieron de hambre junto a las provisiones que se les había confiado, o de pena sobre la tumba de sus dueños.

¡Paz a las solteronas que levantan mausoleos a sus canes difuntos, o instituyen herederos a los que las sobreviven! ¡Paz a los protectores de animales, paz a los antiviviseccionistas! Comprendamos, recordando los ojos de nuestro perro, el cándido fanatismo que erigió una estatua en   -112-   Londres al famoso Brown Terrier Dog, con la inscripción siguiente: «A la memoria del Brown Terrier Dog, asesinado en los laboratorios del Colegio de la Universidad en febrero de 1903, después de haber sufrido la vivisección durante más de dos meses, y de haber pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a aliviarle. En memoria también de los 232 perros vivisecados en el mismo lugar durante el año 1902. Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta cuándo subsistirán estas cosas?». Se acaba de trasladar la estatua a otro sitio; los estudiantes de medicina trataban continuamente de echarla al suelo, y la policía se cansó de gastar 700 libras anuales en custodiarla. ¡Paz a los estudiantes de medicina! Reconozcamos que sus argumentos son formidables. ¿Dónde está la verdad? La vida del espíritu reside en la duda. Acostumbrémonos a dudar sin perder el reposo, y disculpemos a los que aman a los perros más que a los hombres. La mayor parte de los hombres no son hermanos nuestros sino por la figura. Tienen -¡ay!- ojos de monos. Si Otelo hubiera visto una mirada de perro fiel en los ojos que le imploraban, no habría estrangulado a Desdémona. Aceptemos con una indulgente sonrisa la noticia que inserta el Daily Mail del último correo:

«Eduardo VII ha paseado esta mañana, acompañado del coronel Holford, caballerizo, y de su perro César».

[LA RAZÓN, 13 de mayo de 1910]




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Artículos de señora

«La mujer no tiene estilo, asegura Lamartine; por eso lo dice todo tan bien». ¡Bah!, examinad la literatura verdaderamente femenina, la de los manuales devotos y gastronómicos, la de las revistas de modas, y decidme si no se la reconoce a la legua. Trasuda una pringue faubourg Saint Germain barata, mezcla de coldcream, salsa mayonesa y emplasto milagroso. Las elegantes no pueden digerir en castellano, ni menos acicalarse y vestirse. Leed la crónica de la última fiesta social. Se reduce a una descripción de trapos. Hay trajes color bois de rose, fraise, mauve, vieux-or, etc. ¿Traducir al español? ¡Nunca! Sería arrebatar a las damas sus más nobles sueños. ¿Cómo renunciar a las delicias de las telas printinées y froutillées, a lo exquisito de pronunciar broderie en vez de bordado, tricorne en vez de tricornio, y jais en vez de azabache? ¿Habrá algo tan ideal como llevar una oiseau du paradis sobre la cabeza? Un   -113-   «pájaro del paraíso» equivaldría a una gallina. Es del mejor tono adornarse con plumas ton-sur-ton. Los sombreros tope me sorprenden. ¿Tope? ¿Hasta el tope? ¿Será también francés? Tope-là significa «¡venga esa mano!». Quizá se trata de sombreros cordiales. En cambio, la peau de soie me encanta. Piel de seda, una seda que hace el efecto de la misma piel... ¡Eso si que es feminismo!

¡Ay!, del interés que conceden a sus vestidos deduciréis la preocupación de las señoras de ambos continentes por su pellejo, por su vestido incambiable, definitivo y primero que Dios las impuso. ¡Quién tuviera una piel chic, a la moda siempre, una piel que no se hinche, que no reluzca, que no estire, que no cuelgue, que no se manche, que no se llene de granos, de irritaciones, de escamas y puntos negros! ¡Una piel que no se marchite, se arrugue y muera! ¡Quién conservara la luminosa piel de la niñez perdida! Recorred los copiosos consultorios de los periódicos del ramo. Las innumerables Mimís, Rosas de China, Totós, Lilianas, Tulipanes blancos y Violetas de Parma de la correspondencia anónima imploran el agua maravillosa, el ungüento prodigio que las hará aparecer jóvenes. ¡No envejecer, no envejecer! ¡Siquiera un siglo o dos de belleza, siquiera otro año! Y si la belleza auténtica es imposible, ¡oh charlatanes de la medicina!, prometed a las pobres mujeres una mentira piadosa, un simulacro, una sombra; hacedlas horribles a dos metros de distancia, pero deseables a cien. Y llueven las recetas, los consejos; pastas, lociones, harinas, grasas, polvos, linimentos, masajes, pulverizaciones, cremas, cataplasmas y duchas. Porque no es sólo la piel; son los dientes que se oscurecen, vacilan y se pudren; son los cabellos que se enseban, se decoloran, se rompen, se bifurcan o sencillamente se van; es el vientre que desborda o las canillas que se secan. Y las víctimas se resignan a todo, a las dietas más repugnantes, a no dormir, a caminar sin descanso, a la tortura misma, inyecciones de parafina, máscaras de yeso, desolladuras, fulguraciones, aparatos de tomillos para estrechar la nariz, «hemisferios» y flagelación para levantar los senos que se ablandan. ¡Todo, hasta el martirio, con tal de robar por un instante la aureola de la vida! Tan profundamente apasionado es el acento de estas hembras desoladas, que estoy por ver en ellas las representantes del único feminismo indiscutible, el de las reivindicaciones no sociales, sino fisiológicas; el de la lucha contra la fealdad y la decrepitud.

A ese feminismo individualista, hábil en defender la seducción personal del sexo, alude Mlle. Lespinasse ruando afirma que las mujeres   -114-   deciden de todo en Francia. Y la Francia del siglo XVIII no es la excepción. Ni Esther, ni Fluvia, ni Draga fueron francesas. En cuanto a las heroínas del taller y de la universidad, a las fanáticas que se reúnen, como en el Congreso de 1896, para declarar gravemente que la mujer es al hombre lo que el hombre al gorila; en cuanto a las sufragistas inglesas de hoy, que abofetean a los polizontes y echan pez y petardos en las urnas electorales, no sé... ¿Son mujeres, ángeles o arpías? ¿Son formas fecundas o son monstruos? ¿Qué replicar a los escépticos, para quienes una creadora en ciencia, en arte o en política es un caso psiquiátrico, cuerpo de mujer con alma de hombre? Fuera del terreno anatómico. ¿Qué es un hombre, qué es una mujer?

La eterna cuestión: ¿conquistarán las mujeres el poder a costa de su propio sexo? Pero la mujer completa es la madre, y el feminismo supremo no consiste en defender la voluptuosidad sino la prole. ¡Cuidado con semejante política! Napoleón le tenía algún asco: en el motín de Caen (1811) advirtió que las mujeres iban al frente... «¡Hacedlas fusilar como a los demás!». Son las fatales, son las que sitiaron el palacio de Versalles después de la toma de la Bastilla; son las que hubo que barrer a tiros en San Petesburgo y en Barcelona; son las que volverán, furias sagradas cuyo gesto cierra cada época histórica y abre las esclusas del futuro.

[LA RAZÓN, 9 de diciembre de 1909]




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La rehabilitación del trabajo

En nuestra sociedad el trabajo es una maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la inquisición democrática.

Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.

¡Y pensar que el trabajo será un día felicidad, bendición y orgullo, que quizá lo ha sido en sus orígenes! Mientras escribo estas líneas, mi hijo -de dos años y medio- juega. Juega con tierra y con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser útil germina en   -115-   su tierno cerebro con alegría luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando, como trabajan los niños? El trabajo debe ser un divino juego; el trabajo es la caricia que el genio hace a la materia, y si la maternidad de la carne está llena de dicha, ¿no ha de estarlo también la del espíritu? Y he aquí que hemos prostituido el trabajo; hemos hecho de la naturaleza una hembra de lupanar, servida por el vicio y no por el amor, hemos transformado al obrero en siervo de eunucos y de impotentes.

El trabajo ha de ser la bienaventurada expansión de las fuerzas sobrantes; el resplandor de la juventud. Ha de ser hermano de las flores, del encendido plumaje que ostentan las aves enamoradas; hermano de todos los matices irisados de la primavera. Compañero de la belleza y de la verdad, fruto, como ellas, de la salud humana, del santo júbilo de vivir.

Entretanto, es compañero de la desesperación y de la muerte, carga de los exhaustos, frío y hambre de los desfallecidos, abandono de los desarmados, desprecio de los inocentes, ignominia de los humildes, terror de los condenados a la ignorancia, angustia de los que no pueden más.

Pero lo absurdo no subsiste mucho tiempo. Libertaremos a los pobres de la esclavitud del trabajo, y a los ricos, de la esclavitud de su ociosidad.

[EL ALBA, 31 de diciembre de 1910]




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Epifonemas

El reverendo padre Fouriet-Bonnard, hablando de los procesos de hechicería en el siglo XVII -entonces a los histéricos se les quemaba vivos- cuenta un caso curioso: «Entre las víctimas hubo un rico mercader de Mattaincourt, inculpado de brujería por varias pruebas, de las cuales la más importante era que el hombre había firmado dos contratos con la misma fecha, el uno en Ginebra y el otro en Besançon, cosa imposible dados los medios de comunicación existentes. El tribunal no se acordó de que Ginebra en aquel tiempo, como ahora Rusia, no había adoptado aún la reforma del calendario introducida por Gregorio XIII, resultando así una diferencia de diez días, muy suficiente a nuestro mercader para hacer el viaje.

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Hoy, en aeroplano, se va de Ginebra a Besançon en pocas horas. Además, hemos dejado de creer que el histerismo es un crimen. Y luego estamos más al tanto de los almanaques. Pero, ya que no quemando, seguimos ahorcando, fusilando y guillotinando a los criminales de nuestra pequeña época. Es cierto que nuestras definiciones de crimen y delito, y nuestros pretextos para aplicar la pena de muerte nos satisfacen: sin embargo, los que usábamos hace tres siglos nos satisfacían también. Estamos contentos y la sangre corre. Hemos cambiado de ortografía; eso es todo. ¡Tres siglos! ¿Qué son tres siglos en la historia de nuestra evolución moral? Hace más de cien mil años que vagamos por la tierra.

Y Nietzsche me dice: «Para juzgar al criminal y a su juez: El criminal que conoce todo el encadenamiento de las circunstancias no considera, como su juez y su censor, que su acto está fuera del orden y de lo explicable; su pena no obstante le es medida exactamente según el grado de asombro que se apodera de ellos, al ver esto que le es incomprensible: el acto criminal. Cuando el defensor de un criminal conoce bastante el caso y su génesis, presentará circunstancias atenuantes que acabarán unas tras otras por borrar toda la falta. O para expresarse mejor aún: el defensor atenuará grado por grado este asombro que quiere condenar y fijar la pena, y concluirá hasta por suprimirlo completamente, obligando a los oyentes a confesarse en su fuero interno: «Le fue necesario obrar como obró; castigándole, castigaríamos la eterna fatalidad». Medir la pena según «el grado de conocimiento» que se tiene o se puede tener de la historia de un crimen, ¿no es contrario a toda equidad».

Sí, el criminal es un ser asombroso. Es enérgico puesto que rechaza la protección de las leyes y lucha por su cuenta. Es libre, puesto que no teme a Dios y le usurpa el manejo de la muerte. ¡Ni siquiera teme al gendarme! Sus odios no son platónicos, como los de las personas honradas. Dadle el genio y surgirá Napoleón, ídolo universal. En el prestigio de los criminales hay pinceladas napoleónicas. La gran prensa de París, a cinco céntimos el número, biblia cotidiana del pueblo, ha cantado, durante quince días, las hazañas del capitán Meynard. Meynard era un buen mozo, de buena familia, con algunas cruces ganadas en las colonias -en la obra de la civilización-. Era algo bruto, algo borracho, algo neurasténico, algo estafador. En fin no tenía nada de particular. Pero se le ocurrió matar a su prometida (la cual era a la vez su querida, divorciada de otro caballero y entretenida por otro más). La mató en una   -117-   pieza del hotel para robarle ciento setenta francos. Desde aquel instante fue el héroe. Un bello matar tutta la vita onora. El asesino se afeitó, y se pasó dos semanas rodando de café en café, tomando ajenos y dirigiendo a los diarios cartas sentimentales en que se quejaba de los «ataques de que era objeto por parte de la prensa» y defendía la «memoria de su pobre amiga». Estas cartas, naturalmente, se han publicado en primera página, con tipografía especial, como si fuesen poemas inéditos de Víctor Hugo. Alrededor, las fotografías y las biografías de los mozos que sirvieron los ajenjos al capitán, y sobre todo de un excelente señor, de un respetable anciano que había jugado una partida de Jacquet con Meynard, sin saber que era Meynard -¡Meynard!-. Y hubiera muerto ignorado, si un destello de la gloria del asesino no llegara casualmente hasta él.

Y dice Tolstoi (para conservar la salud mental, conviene un párrafo de Tolstoi después de uno de Nietzsche): «Nos extrañamos de ver a los ladrones enorgullecerse de su maña, a las prostitutas, de su corrupción, a los asesinos, de su insensibilidad. Y nos extrañamos sólo porque la clase de estas personas es muy restringida, y porque su círculo, su atmósfera se hallan fuera de los nuestros. Y no nos sorprendemos, por ejemplo, de ver a los ricos enorgullecerse de su riqueza, es decir, de sus encubrimientos y robos, ni de ver a los poderosos enorgullecerse de su poder, es decir, de su violencia y de su crueldad. Es que el círculo de estas personas es grande, y formamos parte de él...».

¡Exacta observación! Los criminales son una minoría; por eso, y únicamente por eso los hacemos sufrir y morir, les imitamos sin ser nosotros criminales, puesto que no hay nueva mayoría que nos juzgue.

Pero, dentro de los acorazados brasileños los criminales estaban en mayoría. Después de echar los oficiales al agua, pidieron perdón al Gobierno sin dejar de bombardearle, y fueron perdonados, y no se les condecoró porque no lo habían exigido. En la sociedad actual, donde no hay lazo moral que no se disuelva, nada va quedando más que el número, y es el número quien posee las armas. Cuando la masa se dé cuenta, como a bordo de «Minas Geraes», de que ella es la dueña de los cañones, ¿qué será de nosotros?

¡Y el dinero que nos ha costado enseñarles a que apunten bien!

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Mi anarquismo

Me basta el sentido etimológico: «ausencia de gobierno». Hay que destruir el espíritu de autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo.

Será la obra del libre examen.

Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertirá siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto por el terror de las armas.

Pero si se fijaran en la evolución de la ciencia, por ejemplo, verían de qué modo a medida que disminuía el espíritu de autoridad, se extendieron y afianzaron nuestros conocimientos. Cuando Galileo, dejando caer de lo alto de una torre objetos de diferente densidad, mostró que la velocidad de caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron aceptarla, porque no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles. Aristóteles era el gobierno científico; su libro era la ley. Había otros legisladores: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Anselmo. ¿Y qué ha quedado de su dominación? El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará hoy su autoridad como un argumento; ninguno pretenderá imponer sus ideas por el terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para que todos repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El libre examen, base de nuestra prosperidad intelectual. La ciencia moderna es grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quién será el loco que la tarde de desordenada y caótica?

La prosperidad social exige iguales condiciones.

El anarquismo, tal como lo entiendo, se reduce al libre examen político.

Hace falta curarnos del respeto a la ley. La ley no es respetable. Es el obstáculo a todo progreso real. Es una noción que es preciso abolir.

Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad.

Tal vez los fenómenos sociales obedezcan a leyes profundas. Nuestra sociología está aún en la infancia, y no las conoce. Es indudable que nos conviene investigarlas, y que si logramos esclarecerlas nos serán inmensamente útiles. Pero aunque las poseyéramos, jamás las erigiríamos   -119-   en Código ni en sistema de gobierno. ¿Para qué? Si en efecto son leyes naturales, se cumplirán por sí solas, queramos o no. Los astrónomos no ordenan a los astros. Nuestro único papel será el de testigos.

Es evidente que las leyes escritas no se parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza pública aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa.

¡Y qué gendarmes! Para comprender hasta qué punto son nuestras leyes contrarias a la índole de las cosas, al genio de la humanidad, es suficiente contemplar los armamentos colosales, mayores y mayores cada día, la mole de fuerza bruta que los gobiernos amontonan para poder existir, para poder aguantar algunos minutos más el empuje invisible de las almas.

Las nueve décimas partes de la población terrestre, gracias a las leyes escritas, están degeneradas por la miseria. No hay que echar mano de mucha sociología, cuando se piensa en las maravillosas aptitudes asimiladoras y creadoras de los niños de las razas más inferiores, para apreciar la monstruosa locura de ese derroche de energía humana. ¡La ley patea los vientres de las madres!

Estamos dentro de la ley como el pie chino dentro del borceguí, como el baobab dentro del tiesto japonés. ¡Somos enanos voluntarios!

¡Y se teme el caos si nos desembarazamos del borceguí, si rompemos el tiesto y nos plantamos en plena tierra, con la inmensidad por delante! ¿Qué importan las formas futuras? La realidad las revelará. Estemos ciertos de que serán bellas y nobles, como las del árbol libre.

Que nuestro ideal sea el más alto. No seamos prácticos. No intentemos mejorar la ley, sustituir un borceguí por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano término. Así señalaremos el camino más corto. Y antes venceremos.

¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre examen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!

[LA REBELIÓN, N.º 10, 15 de marzo de 1909]



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Razas inferiores

Se puede sostener cómodamente que hay razas inferiores. Los sabios lo aseguran, medidores de cráneos y disectores de cerebros; los sociólogos lo confirman, y sin duda, la hipótesis contraria parecería absurda a las gentes prácticas, viajeros, empresarios y comisionistas. Un caballero inglés se resigna en Londres a que un compatriota le lustre los botines, pero en Calcuta tendrá por muy natural que ejecute tan brillante labor un hindú. Jamás un noble alemán, arruinado o deshonrado, y remitido a las vagas colonias de África, se considerará semejante a los indígenas con cuyo oscuro pellejo remienda su bolsillo y su nombre. ¿Cómo no ha de creerse el industrial de Yucatán superior a los indios mayas mediante cuya esclavitud, sacramentada por el cura del establecimiento, extrae del henequén ganancias fabulosas? Si llamamos razas inferiores a las razas explotables, claro es que las hay. ¡Pobres razas, quizá dormidas, quizá susceptibles aún, bajo un choque externo, de revelar el sentido crítico, la tenacidad metódica, la admirable multiplicidad de aptitudes y de ideas de la raza blanca! ¡Pobres razas, poetizadas algunas por un pasado magnífico, agitadas otras por los síntomas de un regreso a la vida intensa! No olvidemos que los árabes, los tártaros, los turcos, estuvieron varias veces a punto de dominar la Europa. Acaso también la especie humana, como tantas que no han dejado más huellas que sus fósiles, está condenada a extinguirse, y ciertas variedades suyas, avanzadas de la muerte, han entrado ya en la agonía. ¡Quién sabe! Pero el hecho es que un niño negro, por ejemplo, criado entre blancos, no será nunca tan salvaje como un niño blanco criado entre negros. Es probable que lo que caracteriza a la raza inferior es su incapacidad de producir genios. Si un hombre civilizado está más arriba que los demás, no es porque tenga mayor estatura, sino porque está encaramado sobre la civilización. Los mediocres de todas las razas son iguales, y cualquier raza, guiada por el genio, sería capaz de conquistar el mundo.

Las razas explotables son concienzudamente explotadas. Antes, se las asesinaba. Ahora, por ser mejor negocio, se las hace trabajar. Se las obliga a producir y a consumir. Es lo que se designa con la frase de «abrir mercados nuevos». Suele ser preciso abrirlos a cañonazos, lo que, por lo común, se anuncia con discursos de indiscutible fuerza cómica. Así, el general Marina Vega ha dicho a sus soldados de Melilla, que Europa   -121-   había encargado a España la obra de introducir la cultura en Marruecos. Si el cañón es prematuro, se procura embrutecer y degenerar a los candidatos. Se les vende alcohol o, como Inglaterra a los chinos, opio. Los japoneses se negaron a intoxicarse, y los acontecimientos han demostrado que hicieron bien. Si no vale la pena explotar directamente las razas inferiores, se las rechaza, se las confina y se espera, cazándolas de cuando en cuanto, a que desaparezcan, minadas por la melancolía, la miseria y las enfermedades y vicios que las inoculamos. Es lo que hacen los yanquis con los pieles rojas. Es lo que hacen con sus indios los argentinos, a quienes decía últimamente Anatole France, en el Odeón, que los pueblos denominados bárbaros no nos conocen sino por nuestros crímenes. En la ley González, codificando el trabajo (1907), se lee este pasaje delicioso: «la protección a las razas indias no puede admitirse si no es para asegurarlas una extinción dulce».

Quedan las exploraciones menudas, el comercio de objetos arqueológicos y de curiosidades, armas, adornos y cacharros que intercalan en un texto más o menos fantástico, exploradores pseudo-científicos y misioneros pseudo-religiosos. Las tres cuartas partes de esta mercadería se fabrica a muchas leguas de las tribus, en excelentes ciudades, lo que facilita considerablemente las expediciones al desierto. Hubo tiempo en que ser misionero era oficio de héroes; aunque está probado que si los catequizadores no se hubieran salido de su papel, el número de mártires y de perseguidores habría sido insignificante. Asia es la patria de la tolerancia de los cultos, y las odiosas reducciones jesuíticas del Paraguay prueban hasta qué extremo llegaba la resignada docilidad de los guar