  Poesías
Gaspar Melchor de Jovellanos
[Nota preliminar: Jovellanos dejó gran
parte de sus poesías sin publicar en vida. Las mismas se han conservado,
fundamentalmente, en los manuscritos 12958, 3809, 3751, 18470, 18471, 12944,
12956, 12963, 17676 y 3703 de la Biblioteca Nacional (Madrid). A partir de los
mismos y otras fuentes, tanto manuscritas como editadas, José Miguel
Caso González realizó su magnifica edición crítica:
Obras completas. T. I: Obras literarias,
Oviedo, Centro de Estudios del Siglo XVIII-Ayto. de Gijón, 1984. En las
páginas 39-55 de la misma se puede encontrar un pormenorizado estudio de
las fuentes utilizadas para la edición de las poesías, que ocupan
las páginas 56-324. Recomendamos la consulta de esta edición
crítica, todavía no superada, por su completo y erudito aparato
crítico. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha partido de la
misma y, con leves modificaciones para corregir erratas y ajustar el texto a
nuestras normas, presentamos a los usuarios una edición de los textos
poéticos de Jovellanos que nunca habría sido posible sin la
infatigable tarea del profesor Caso, maestro de tantos dieciochistas. No
incluimos las poesías atribuidas a Jovellanos (ed. Cit. pp. 325-350) y
respetamos la ordenación de los poemas según la edición
del profesor Caso.]
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Aussus non operam, non formidare
poetae |
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nomen, adoratum quondam, nune
pene procaci |
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monstratum
digito. |
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  Carta de Jovellanos a su hermano Francisco de Paula,
dedicándole sus poesías
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Gloria felicis olim viridisque
juventae.
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Por fin, querido Frasquito, van a tus
manos estos versos, que son el único fruto de mis ocios juveniles, y en
ellos te envío una firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil
razones, que no se ocultarán a tu penetración, me han obligado
siempre a esconderlos, no sólo de la vista del público, sino
también de la mayor parte de mis amigos. Viéronlos solamente
aquellos pocos a quienes una íntima y sensible amistad y una perfecta
confrontación de sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las
puertas de mi corazón. Para los demás estos versos han sido
siempre un misterio ignorado o escondido.
Es verdad que, prescindiendo de la materia
sobre que generalmente recaen estas composiciones, he creído que
debía también ocultarlos por su poco mérito; porque siendo
hechos rápida y descuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y
no habiendo recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales
ninguna obra es acabada, no hay duda que serán muy defectuosos y que no
merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún
día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que
se hicieron.
Pero sobre todo, nada debió
obligarme tanto a reservarlos y esconderlos, como la materia sobre que
generalmente recaen. En medio de la inclinación que tengo a la
poesía, siempre he mirado la parte lírica de ella como poco digna
de un hombre serio, especialmente cuando no tiene más objeto que el
amor. Sé muy bien que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no
lo repruebo. Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus
composiciones entre los que ocupan su corazón más dulcemente; lo
primero, porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo
segundo, porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron
para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amorosas y
tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes poemas, cuya
belleza nos encanta y sorprende después de tantos años, si sus
autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en objetos frívolos y
pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su
Eneida, había ya admirado a Roma con sus
Bucólicos y con los inimitables
Geórgicos; de manera que primero
cantó de amores, después de los placeres y ejercicios del campo,
y al fin los hechos grandes y memorables que precedieron a la fundación
de la soberbia Roma.
Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la
poesía amorosa me parece poco digna de un hombre serio; y aunque yo por
mis años pudiera resistir todavía este título, no pudiera
por mi profesión, que me ha sujetado desde una edad temprana a las
más graves y delicadas obligaciones. Y ve aquí la razón
que me ha obligado a ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al
componerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones,
no debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza
de publicarlos.
Dirás acaso que en esto he pensado
con demasiada delicadeza, y lo mismo que he dicho en favor del uso de la
poesía ligera en los primeros años, te inclinará tal vez a
desaprobarla. Pero debes considerar, que aunque las obligaciones del hombre en
la vida privada son iguales en todos los estados, su pública conducta
debe variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades
hacia el público por su profesión y sus destinos, que lo que es
en unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una
liviandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están
más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el
público tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por lo
mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nosotros un porte
juicioso y una conducta irreprensible; quiere que le dirijamos con nuestra
doctrina, y que le edifiquemos con nuestro ejemplo; y así como premia la
aplicación y la virtud de los buenos magistrados con un tributo de
estimación y alabanza, cuyo precio es inmenso, se venga, por decirlo
así, de los malos, censurando sus errores y extravíos con la
mayor severidad, castigándolos con el odio y el desprecio. De este modo
se compensa la desigualdad de las condiciones, y se igualan las suertes de los
que obedecen y los que mandan.
Estas razones, que me obligaron a entregar
al fuego la mayor parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que
por no sé qué casualidad se libraron de él, deben
obligarte a ti también a ser muy circunspecto en el uso de esta
confianza. Mis versos contienen una pequeña historia de mis amores y
flaquezas: ¡mira tú, si estando yo arrepentido de la causa,
podré hacer vanidad de sus efectos! Por lo común a cualquiera de
estas composiciones sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas
se desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a mirarlas
con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si después de haberlos
leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu salvo, pues nunca
estarán más secretos que cuando se hayan reducido a ceniza.
Es verdad que entre estas composiciones
hay algunas de que no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al
menos por su materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso
ocultarlas sólo porque son versos. Vivimos en un siglo en que la
poesía está en descrédito, y en que se cree que el hacer
versos es una ocupación miserable. No faltan entre nosotros quienes
conozcan el mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que
saben y menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no sea yo
de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocupaciones son
generales, es perdido cualquiera que no se conforme con ellas.
Bien sé que no pensaban así
los antiguos. El inmortal Cicerón no se desdeñó de hacer
versos, sin embargo de que obtuvo las primeras magistraturas de Roma; Plinio el
Mozo, magistrado, orador y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba
muchos ratos en hacer versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia,
como se puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII,
que no copio por la brevedad con que escribo.
Hubo también entre nosotros un
tiempo en que la poesía era ocupación de los hombres más
doctos y más graves, y en el catálogo de nuestros poetas se leen
gentes de todas dignidades y profesiones: ni faltan en él obispos,
sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados, y cuando no hubiese más
ejemplos que los del célebre obispo Balbuena, del sabio Arias Montano,
del elocuente fray Luis de León, sin contar los Mendozas, los
Rebolledos, los Crespis, Vegas y Calderones, bastarían para probar
cuánto y por cuán grandes personajes fueron cultivadas las Musas
entre nosotros otras veces.
Pero vuelvo a decir que es preciso
respetar la preocupación al mismo tiempo que se trabaje en deshacerla.
Yo encuentro la causa del descrédito de la poesía en el mal uso
que hicieron de ella los poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha
conducido hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y para
averiguar un punto tan importante en nuestra historia literaria, acumulemos
nuestras reflexiones sobre las que han hecho anticipadamente otros
eruditos.
En la restauración de los estudios
se empezaron a cultivar cuidadosamente entre nosotros las humanidades o bellas
letras, y particularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos
profesores. Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que
había producido la Italia, así en tiempo de los Horacios y
Virgilios, como en el de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros
imitadores hubo muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse
todos los ramos de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI
había ya producido España muchos épicos, líricos y
dramáticos comparables a los más célebres de la
antigüedad.
Casi se puede decir que estos bellos
días anochecieron con el siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los
Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron
del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y
más que todo la reputación de estos corrompedores del buen gusto,
arrastró tras de sí a los demás poetas de aquel tiempo, y
poco a poco se fue subrogando en lugar de la grave, sencilla y majestuosa
poesía, una poesía hinchada y escabrosa, llena de artificio y
extravagancias.
Cuando hablo generalmente de la
poesía, no se crea que quiero calificar en particular los poetas.
Sé que el siglo XVII produjo muchos de gran mérito, y sé
que algunos de ellos, en medio de la corrupción y el mal gusto, han
producido algunos poemas excelentes. Pero esto debe mirarse como un argumento
de lo que puede hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una
prueba en favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general.
Seguramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus
Soledades y sus sonetos que sus bellos
romances. ¡Cuánta diferencia, sin embargo, se halla entre una y
otra poesía!
Muchas veces he reflexionado que este mal
gusto hizo más daño que utilidad había causado el bueno a
la poesía. Ningún siglo crió tan prodigioso número
de poetas como el pasado; en ninguno tuvo la poesía tan grande
estimación. El reinado de Felipe IV era el de Augusto y de Mecenas. El
mismo rey se complacía en hacer versos, y a su imitación no
había persona que desdeñase un arte que hallaba estimación
hasta en el trono. Pero esto mismo acabó de arruinar la poesía.
Todos quisieron ser poetas en un tiempo en que se hacía granjería
de los versos; y como para serlo al modo y gusto del tiempo no era menester
otra cosa que un poco de ingenio, eran pocos los que no podían ser
poetas. Creció ilimitadamente el número de los cultivadores de
las Musas, y entre tantos era preciso que hubiese muchos despreciables y
extravagantes, y lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los
dioses a su ambición y a su codicia. ¡Qué inmenso
número de poesías pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en
que no se halla más lenguaje que el de la lisonja, más calor que
el del odio y la venganza, ni más moral que la de los vicios y
pasiones!
Con esto empezaron poco a poco a ser
aborrecidos o despreciados los poetas, y al fin el descrédito de los
poetas se comunicó a la poesía.
Así entró el presente siglo,
que debía formar una nueva época para nuestras Musas. Los
Candamos, los Lobos y los Silvestres mantuvieron por algún tiempo el
crédito de la mala poesía; pero poco a poco fue naciendo el buen
gusto y ya en el día vemos con grande complacencia amanecer de nuevo los
bellos días en que las Musas españolas deben recobrar su antigua
gloria y esplendor.
Sin embargo, la preocupación dura
todavía. Las gentes de juicio no se atreven a divulgar un talento que no
tiene seguros el aprecio y estimación del público. Entretanto es
preciso que las Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que no se atreven
todavía a parecer en público por no recibir algún insulto
de las personas ignorantes, austeras o preocupadas.
En cuanto a mí, estoy muy lejos de
creer que mis versos tengan un gran mérito; pero sí
aseguraré que no se parecen a los del mal tiempo. Si por otra parte no
merecen ser estimados, ésta no será falta de crítica, sino
de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta, y como dice el Horacio
francés:
|
C'est en vain qu'au Parnasse un
temeraire auteur |
|
|
|
Prétend de l'art des vers
atteindre la hauteur, |
|
|
|
S'il ne sent point du ciel l'influence
secrète, |
|
|
|
Si son astre en naissant ne l'a
formé poète. |
|
|
|
Algo quisiera añadir en abono de
los versos libres o blancos; pero me insta el conductor que debe llevar esta
colección. Queda este asunto para otra carta, si acaso los negocios de
oficio me permitiesen dedicar a él algún rato. Y entre
tanto...
|
 Allá van a tus manos
|
|
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|
mis versos, oh Paulino; |
|
|
|
mis versos mal limados, |
|
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|
mis versos bien sentidos, |
|
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de afecto y verdad llenos, |
5
|
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|
si de primor vacíos. |
|
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|
Partid, partid alegres |
|
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|
¡oh pobres versos míos!; |
|
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|
partid de mí, sin miedo |
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de ser mal admitidos. |
10
|
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|
No vais emancipados |
|
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del público al capricho, |
|
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|
injusto siempre y vario, |
|
|
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ni vais a ser ludibrio |
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de zoilos envidiosos |
15
|
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ni críticos malignos. |
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|
Mejor y más dichoso |
|
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|
será vuestro destino, |
|
|
|
pues vais a ser recreo |
|
|
|
de mi caro Paulino; |
20
|
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|
vais a llenar las horas |
|
|
|
que hurtare a su preciso |
|
|
|
descanso, y en sus ocios |
|
|
|
vais de él a ser leídos; |
|
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|
a ser vais por su vista |
25
|
|
|
pasados de continuo, |
|
|
|
y a ser de su memoria |
|
|
|
mil veces repetidos. |
|
|
|
|
Tal vez, al repasaros, |
|
|
|
saldrá, mal reprimido, |
30
|
|
|
el llanto a sus mejillas, |
|
|
|
y tal, enternecido, |
|
|
|
os honrará su pecho |
|
|
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con un tierno suspiro. |
|
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Empero si por caso |
35
|
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alguna vez tenidos |
|
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|
de él fuereis por livianos; |
|
|
|
si acaso del antiguo |
|
|
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ropaje, con que incauta |
|
|
|
mi pluma os ha guarnido, |
40
|
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|
culpare la extrañeza |
|
|
|
y el aire peregrino; |
|
|
|
en fin, si os reprendiere |
|
|
|
por libres y sencillos, |
|
|
|
y el tono licencioso |
45
|
|
|
culpare acaso esquivo, |
|
|
|
decidle solamente |
|
|
|
que fuisteis concebidos, |
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|
|
unos del ocio blando |
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|
|
en medio del descuido, |
50
|
|
|
otros de los negocios |
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en medio del bullicio, |
|
|
|
y otros, al fin, en medio |
|
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del fuego más activo |
|
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|
de amor, y en el tumulto |
55
|
|
|
de los años floridos. |
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|
|
Empero, si os disculpa, |
|
|
|
piadoso y compasivo, |
|
|
|
de ser de él estimados |
|
|
|
vivid desvanecidos. |
60
|
|
|
|
Vividlo, mas no tanto |
|
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|
que al público capricho |
|
|
|
de la común censura |
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|
salgáis inadvertidos: |
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|
no sea que os prevenga, |
65
|
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|
como a otros, el destino |
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|
borrascas, escarmientos, |
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|
|
naufragios y peligros. |
|
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|
Vivid por tiempo largo, |
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contentos y escondidos, |
70
|
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en el virtuoso pecho |
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de mi caro Paulino. |
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  - I -
  Soneto primero
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 Sentir de una pasión viva y ardiente
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|
todo el afán, zozobra y agonía; |
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|
vivir sin premio un día y otro día; |
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|
dudar, sufrir, llorar eternamente; |
|
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|
|
amar a quien no ama, a quien no siente, |
5
|
|
|
a quien no corresponde ni desvía; |
|
|
|
persuadir a quien cree y desconfía; |
|
|
|
rogar a quien otorga y se arrepiente; |
|
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|
luchar contra un poder justo y terrible; |
|
|
|
temer más la desgracia que la muerte; |
10
|
|
|
morir, en fin, de angustia y de tormento, |
|
|
|
|
víctima de un amor irresistible: |
|
|
|
ésta es mi situación, ésta es mi
suerte.
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|
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|
¿Y tú quieres, crüel, que esté
contento?
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|
|
|
  - II -
  Soneto segundo
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|
 De agudo mal el golpe no esperado
|
|
|
|
asusta, Clori, tu preciosa vida, |
|
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|
y al mirarte doliente y afligida, |
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|
|
mi enfermo corazón tiembla asustado. |
|
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|
|
Dos veces con influjo porfiado |
5
|
|
|
ejerce el mal su saña enfurecida: |
|
|
|
una turbando mi alma dolorida, |
|
|
|
otra afligiendo tu ánimo angustiado. |
|
|
|
|
¿Cuál, Clori, de los dos, pues la
inclemencia
|
|
|
|
del mal sentimos ambos de consuno, |
10
|
|
|
cuál, dime sufrirá mayor martirio: |
|
|
|
|
tú, en quien se ceba la crüel
dolencia,
|
|
|
|
o yo, que todo el mal siento importuno |
|
|
|
de tu misma dolencia y mi delirio? |
|
|
|
  - III -
  Soneto tercero
|
|
|
 Bello trasunto del semblante amado,
|
|
|
|
que acá en mi corazón llevo esculpido, |
|
|
|
¿cómo pudo el pincel, aunque regido |
|
|
|
de diestra mano, haberte bosquejado? |
|
|
|
|
¿Cómo en humana idea tal dechado |
5
|
|
|
de perfección ser pudo concebido? |
|
|
|
¿Por qué milagro en el marfil bruñido |
|
|
|
respira y ve mi dueño idolatrado? |
|
|
|
|
Del bello original la gracia, el brío, |
|
|
|
el peregrino encanto, el gentil arte, |
10
|
|
|
y hasta el alma, copiados en ti veo. |
|
|
|
|
¡Gracias a su deidad y al amor
mío!
|
|
|
|
Porque sólo pudieron inspirarte |
|
|
|
belleza Enarda, y vida mi deseo. |
|
|
|
  - IV -
  Idilio primero
|
|
I
|
|
 Del Betis recostado
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|
|
sobre la verde orilla, |
|
|
|
así el pastor Anfriso |
|
|
|
se lamentaba un día, |
|
|
|
culpando los desprecios |
5
|
|
|
de la crüel Belisa: |
|
|
|
|
-Permita el justo cielo, |
|
|
|
desapiadada ninfa, |
|
|
|
que en la aflicción que lloro |
|
|
|
te vea yo algún día; |
10
|
|
|
permitan de los dioses |
|
|
|
las siempre justas iras |
|
|
|
que con tu llanto y quejas |
|
|
|
consuele yo las mías. |
|
|
|
|
Cuando de aquél que adoras, |
15
|
|
|
mofada y ofendida, |
|
|
|
te quejes a los cielos, |
|
|
|
los montes y las silvas; |
|
|
|
cuando tu rostro ingrato |
|
|
|
descubra la ruina |
20
|
|
|
de los rabiosos celos, |
|
|
|
de las celosas iras; |
|
|
|
y cuando de tus ojos |
|
|
|
las luces homicidas |
|
|
|
cuidados oscurezcan, |
25
|
|
|
pesares y vigilias, |
|
|
|
y del contino llanto |
|
|
|
las mire yo marchitas; |
|
|
|
entonces, solazada, |
|
|
|
la triste ánima mía |
30
|
|
|
olvidará sus penas, |
|
|
|
sus males y sus cuitas; |
|
|
|
entonces el llanto ardiente |
|
|
|
que hoy riega mis mejillas, |
|
|
|
a vista de tu llanto |
35
|
|
|
convertiráse en risa; |
|
|
|
entonces las angustias |
|
|
|
que el corazón me atristan, |
|
|
|
las ansias que le aquejan, |
|
|
|
los celos que le aguijan, |
40
|
|
|
se trocarán en gusto, |
|
|
|
consuelo y alegría. |
|
|
|
|
II
|
|
En vano te deleitas |
|
|
|
al ver el llanto mío, |
|
|
|
crüel Belisa. En vano |
45
|
|
|
celebras mis suspiros. |
|
|
|
|
De lágrimas ardientes |
|
|
|
mi rostro humedecido, |
|
|
|
con las vigilias flaco, |
|
|
|
con el dolor marchito, |
50
|
|
|
tu liviandad arguye, |
|
|
|
reprende tus caprichos, |
|
|
|
y al mundo entero grita |
|
|
|
tu infamia y tu delito. |
|
|
|
|
Estos que en mi semblante |
55
|
|
|
ves de dolor indicios, |
|
|
|
no son exequias tristes |
|
|
|
hechas a un bien perdido, |
|
|
|
ni son a tu hermosura |
|
|
|
tributos ofrecidos: |
60
|
|
|
de tu perfidia sólo |
|
|
|
son argumento fijo, |
|
|
|
horror de tus engaños, |
|
|
|
baldón de mis delirios. |
|
|
|
|
No lloro tus rigores, |
65
|
|
|
ni siento haber perdido |
|
|
|
correspondencias falsas, |
|
|
|
favores fementidos; |
|
|
|
de mi ceguedad sólo |
|
|
|
y mis engaños gimo; |
70
|
|
|
lloro a un ingrato numen |
|
|
|
los hechos sacrificios, |
|
|
|
y el exhalado incienso |
|
|
|
sobre un altar indigno; |
|
|
|
lloro el recuerdo infame |
75
|
|
|
del cautiverio antiguo, |
|
|
|
y el peso vergonzoso |
|
|
|
de los llevados grillos. |
|
|
|
|
En mi memoria triste |
|
|
|
revuelvo de contino |
80
|
|
|
obsequios mal pagados, |
|
|
|
desdenes mal sufridos, |
|
|
|
pospuestas y olvidadas |
|
|
|
finezas y suspiros. |
|
|
|
Pero, Belisa, en vano |
85
|
|
|
te agrada el llanto mío. |
|
|
|
Amor, que ya me mira |
|
|
|
con ojos compasivos, |
|
|
|
mil veces reprendiendo |
|
|
|
mis lágrimas, me dijo: |
90
|
|
|
-Nada en perderla pierdes, |
|
|
|
¿por qué lloras, mezquino? |
|
|
|
|
III
|
|
Ya, gracias a los dioses, |
|
|
|
Belisa, estoy contento; |
|
|
|
ya está mi rostro alegre, |
95
|
|
|
mis ojos ya están secos. |
|
|
|
|
Aquel cuitado Anfriso, |
|
|
|
que en el pasado tiempo |
|
|
|
en pos de tus encantos |
|
|
|
corría sin sosiego; |
100
|
|
|
aquél que en tu semblante |
|
|
|
buscaba iluso y necio |
|
|
|
delicias engañosas, |
|
|
|
mentidos pasatiempos; |
|
|
|
aquél que en tus dos ojos |
105
|
|
|
hallaba dos luceros, |
|
|
|
mil perlas en tu boca, |
|
|
|
mil flores en tu seno; |
|
|
|
ya sin amor, sin susto, |
|
|
|
sin ansias ni deseos, |
110
|
|
|
lejos de ti o contigo, |
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|
tranquilo está y sereno. |
|
|
|
|
Si al paso de los suyos |
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|
salen tus ojos bellos, |
|
|
|
ni su color se muda, |
115
|
|
|
ni pierde su sosiego, |
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|
ni el corazón le avisa |
|
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|
del ya pasado incendio. |
|
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|
Sobre los mismos labios |
|
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|
que en el antiguo tiempo |
120
|
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|
sólo formar sabían |
|
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|
querellas y lamentos, |
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|
residen ya los chistes, |
|
|
|
la risa y el contento, |
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|
|
las sazonadas burlas, |
125
|
|
|
los dichos placenteros. |
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|
Sus ojos deslumbrados, |
|
|
|
que antes el dios pequeño |
|
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|
cerró con tierna mano |
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|
|
del mundo a los objetos, |
130
|
|
|
dejándolos ¡oh cruda! |
|
|
|
para ti sola abiertos, |
|
|
|
hoy llenos de alegría, |
|
|
|
vivaces y traviesos, |
|
|
|
siguen el dulce hechizo |
135
|
|
|
de mil semblantes bellos, |
|
|
|
y de otros bellos ojos |
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|
|
beben el dulce incendio: |
|
|
|
que ni los turba el llanto, |
|
|
|
ni ofuscan los desvelos. |
140
|
|
|
|
IV
|
|
Belisa, al fin los cielos |
|
|
|
de mí se han apiadado: |
|
|
|
tú lloras y te afliges, |
|
|
|
yo estoy alegre y canto. |
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|
Al que antes, engañado, |
145
|
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|
favoreciste tanto, |
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|
ya con dolientes voces |
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|
|
el nombre das de ingrato. |
|
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|
Por él tu amor sin seso |
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|
rompió los dulces lazos |
150
|
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|
que mi inocente cuello |
|
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|
uncían a tu carro. |
|
|
|
|
Por él abandonaste mi fe, |
|
|
|
mi amor, mi llanto, |
|
|
|
tu honor y tu decoro, |
155
|
|
|
con engañoso trato. |
|
|
|
Por él, en fin violaste |
|
|
|
mil juramentos santos, |
|
|
|
rompiste mil promesas, |
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|
|
forjaste mil engaños. |
160
|
|
|
|
Ahora, despreciada, |
|
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|
derramas llanto amargo: |
|
|
|
pues llora, injusta, llora, |
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|
que Anfriso está vengado. |
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|
|
  - V -
  Elegía
|
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|
 Corred sin tasa de los ojos míos
|
|
|
|
¡oh lágrimas amargas!, corred libres |
|
|
|
de estos míseros ojos, que ya nunca, |
|
|
|
como en los días de contento y gloria, |
|
|
|
recrearán las gracias de Marina. |
5
|
|
|
Corred sin tasa de los ojos míos |
|
|
|
regando el pecho dolorido y triste, |
|
|
|
corred hasta inundar la yerta tierra |
|
|
|
que antes Marina honraba con su planta. |
|
|
|
¡Ay! ¿Dó te lleva tu maligna estrella, |
10
|
|
|
infeliz hermosura? ¿Dónde el hado, |
|
|
|
conmigo ahora adverso y rigoroso, |
|
|
|
quiere esconder la luz de tu belleza? |
|
|
|
¿Quién te separa de los dulces brazos |
|
|
|
de tu Anselmo, Marina desdichada? |
15
|
|
|
¿Quién, de amargura y palidez cubierto |
|
|
|
el rostro celestial, suelto y sin orden |
|
|
|
el hermoso cabello, triste, sola, |
|
|
|
y a mortales congojas entregada |
|
|
|
de mi lado te aleja y de mi vista? |
20
|
|
|
Terrible ausencia, imagen de la muerte, |
|
|
|
tósigo del amor, fiero cuchillo |
|
|
|
de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda, |
|
|
|
entre dos almas que el amor unía |
|
|
|
con vínculos eternos, te interpuso? |
25
|
|
|
¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo, |
|
|
|
en cuyo blando corazón apenas |
|
|
|
caber la dicha y el placer podían, |
|
|
|
podrá sobrevivir al golpe acervo |
|
|
|
con que crüel tu brazo le atormenta? |
30
|
|
|
¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante, |
|
|
|
sobre las alas del amor llevado, |
|
|
|
alcanzarte, Marina, en el camino! |
|
|
|
¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte |
|
|
|
por los áridos campos de la Mancha, |
35
|
|
|
siguiendo el coche en su veloz carrera! |
|
|
|
¡Con cuánto gusto al mayoral unido |
|
|
|
fuera desde el pescante con mi diestra |
|
|
|
las corredoras mulas aguijando! |
|
|
|
¡O bien, tomando el traje y el oficio |
40
|
|
|
de su zagal, las plantas presuroso |
|
|
|
moviera sin cesar, aunque de llagas |
|
|
|
mil veces el cansancio las cubriese! |
|
|
|
¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando |
|
|
|
volviera el rostro de sudor cubierto, |
45
|
|
|
y tan dulce fatiga te ofreciera! |
|
|
|
¡Ah! ¡Cuán ansioso alguna vez llegara, |
|
|
|
envuelto en polvo, hasta tu mismo lado, |
|
|
|
y subiendo al estribo te pidiera |
|
|
|
que con tu blanca mano mitigases |
50
|
|
|
el ardor de mi frente, o con tus labios |
|
|
|
dieses algún recreo a mis fatigas! |
|
|
  - VI -
  Idilio segundo
|
Historia de Jovino a Mireo
|
|
Actie aetatis placida |
|
|
|
et lenis recordatis. |
|
|
|
|
|
 Mireo, pues te place
|
|
|
|
que sepa el caro Delio |
|
|
|
mi profesión, mi nombre, |
|
|
|
mi patria, y mis sucesos, |
|
|
|
aplícate un instante |
5
|
|
|
a ver este diseño, |
|
|
|
de ingenio y arte escaso, |
|
|
|
si de verdades lleno. |
|
|
|
|
Cifrada en breves puntos |
|
|
|
mi historia verá Delio; |
10
|
|
|
verála sin asombro, |
|
|
|
pero también sin tedio. |
|
|
|
Dile que en la ancha orilla |
|
|
|
del mar cántabro un pueblo |
|
|
|
sobre otros mil levanta |
15
|
|
|
su erguida frente al cielo: |
|
|
|
mil timbres le ennoblecen, |
|
|
|
ganados en el tiempo |
|
|
|
antiguo, cuando cuna |
|
|
|
sus altos muros fueron |
20
|
|
|
de claros capitanes |
|
|
|
y heroicos semideos; |
|
|
|
de aquellos santos reyes |
|
|
|
que a España redimieron |
|
|
|
del yugo berberisco |
25
|
|
|
fue corte y real asiento. |
|
|
|
En él nací, del sumo |
|
|
|
rector del universo |
|
|
|
sin duda descendido, |
|
|
|
que a tanto dios debieron, |
30
|
|
|
si no mintió la fama, |
|
|
|
su origen mis abuelos. |
|
|
|
|
Jovino me llamaron |
|
|
|
desde los años tiernos |
|
|
|
las ninfas gejionenses; |
35
|
|
|
y allí do va el sereno |
|
|
|
Pilas al mar de Asturias |
|
|
|
sus aguas refluyendo, |
|
|
|
el nombre de Jovino, |
|
|
|
con resonantes ecos, |
40
|
|
|
náyades y tritones |
|
|
|
mil veces repitieron. |
|
|
|
|
No aún mi blanca barba |
|
|
|
manchara el pardo vello, |
|
|
|
y ya del nombre mío |
45
|
|
|
volaba el dulce acento, |
|
|
|
llevado por las auras |
|
|
|
al complutense suelo. |
|
|
|
|
Minerva despiadada |
|
|
|
firmó el cruel decreto |
50
|
|
|
que me pasó a Compluto |
|
|
|
desde el hogar paterno. |
|
|
|
|
Mezclado a los ilustres |
|
|
|
hijos del gran Cisneros, |
|
|
|
allí me vio Dalmiro |
55
|
|
|
al margen por do el viejo |
|
|
|
y sabio Henares fluye |
|
|
|
con graves pasos, ledo. |
|
|
|
Allí me vio Dalmiro; |
|
|
|
Dalmiro, cuyo ingenio, |
60
|
|
|
ya entonces celebrado, |
|
|
|
daba con vario efecto |
|
|
|
cuidados a las ninfas |
|
|
|
y a los pastores celos. |
|
|
|
|
De allí, quizá aguijado |
65
|
|
|
de tan ilustre ejemplo, |
|
|
|
trepar osé al Parnaso |
|
|
|
por cima de escarmientos. |
|
|
|
Imberbe aún, y falto |
|
|
|
de inspiración y fuego, |
70
|
|
|
tenté del sabio Apolo |
|
|
|
subir al trono excelso. |
|
|
|
Luego al intonso numen |
|
|
|
enderecé mis ruegos, |
|
|
|
y aunque de tal descaro |
75
|
|
|
mostrarse pudo ofenso, |
|
|
|
la juvenil audacia |
|
|
|
me perdonó, y risueño |
|
|
|
me dio de alumno suyo |
|
|
|
el nombre y los derechos. |
80
|
|
|
|
Bajo de tal auspicio |
|
|
|
viví mil días bellos, |
|
|
|
gocé mil dulces dichas |
|
|
|
y obré mil altos hechos. |
|
|
|
Bebí de la armoniosa |
85
|
|
|
corriente del Permeso, |
|
|
|
después la de Hipocrene, |
|
|
|
y al fin, a tragos luengos, |
|
|
|
en el raudal castalio |
|
|
|
sacié mi afán sediento. |
90
|
|
|
Monteme en el Pegaso, |
|
|
|
y en él volé ligero |
|
|
|
al elevado Pindo |
|
|
|
y al muy más alto Pierio, |
|
|
|
donde las nueve hermanas |
95
|
|
|
favores mil me hicieron; |
|
|
|
de Erato, aunque voluble, |
|
|
|
fui fino chichisbeo, |
|
|
|
que en mi favor con ella |
|
|
|
tal vez intercedieron |
100
|
|
|
Teócrito, Virgilio, |
|
|
|
Catulo y Anacreón; |
|
|
|
galanteé a Talía |
|
|
|
también por algún tiempo, |
|
|
|
y entonces la taimada, |
105
|
|
|
con aire zahareño, |
|
|
|
enmascaró mi rostro, |
|
|
|
y al pie, que del proscenio |
|
|
|
el polvo nunca hollara, |
|
|
|
calzó el humilde zueco; |
110
|
|
|
la grave Melpómene |
|
|
|
en tanto con severo |
|
|
|
semblante me miraba; |
|
|
|
quise obligarla atento, |
|
|
|
rogué, seguí sus pasos |
115
|
|
|
y huyome con desprecio. |
|
|
|
Mas ¡oh natura extraña |
|
|
|
del hombre en sus deseos, |
|
|
|
que el fuego los entibia, |
|
|
|
y los enciende el hielo!: |
120
|
|
|
la fuga de la ninfa |
|
|
|
irrita mi deseo; |
|
|
|
la sigo a todas partes: |
|
|
|
la busco entre los griegos, |
|
|
|
y sólo hallé sus huellas, |
125
|
|
|
que ya al latino pueblo |
|
|
|
del ático pasara; |
|
|
|
corrí el país que un tiempo |
|
|
|
fue trono de las musas, |
|
|
|
y ya sobre su suelo, |
130
|
|
|
de sangre, de despojos |
|
|
|
y ruinas mil cubierto, |
|
|
|
la ninfa no habitaba; |
|
|
|
desde uno al otro extremo |
|
|
|
crucé la sabia Europa, |
135
|
|
|
y al fin la hallé en los pueblos |
|
|
|
a que uno y otro margen |
|
|
|
del Sena dan asiento. |
|
|
|
Con culto majestuoso |
|
|
|
la ninfa vive entre ellos |
140
|
|
|
tenida en grande estima: |
|
|
|
allí escuchó mis ruegos, |
|
|
|
y dio a mis inquietudes |
|
|
|
y largo afán el premio, |
|
|
|
subiéndome al heroico |
145
|
|
|
coturno desde el zueco. |
|
|
|
|
¡Oh cuántos ricos dones |
|
|
|
a sus influjos debo! |
|
|
|
Diome que en largos hilos |
|
|
|
de los humanos pechos |
150
|
|
|
mil lágrimas sacara, |
|
|
|
mil quejas y lamentos; |
|
|
|
diome que hacer pudiese |
|
|
|
amables los senderos |
|
|
|
de la virtud, por más que |
155
|
|
|
el fraude, el odio negro |
|
|
|
y la traición los pinten |
|
|
|
penosos y molestos; |
|
|
|
diome que al hombre hiciera, |
|
|
|
con sabios documentos, |
160
|
|
|
de lealtad amigo |
|
|
|
y a vil perfidia adverso; |
|
|
|
que a los potentes reyes |
|
|
|
mostrase el fiero ceño |
|
|
|
de la fortuna airada, |
165
|
|
|
y a los sufridos pueblos |
|
|
|
el celo vigilante |
|
|
|
con que un poder supremo |
|
|
|
refrena los designios |
|
|
|
de príncipes aviesos; |
170
|
|
|
diome... Pero no digas |
|
|
|
cuánto me dio, Mireo: |
|
|
|
sus dones no divulgues, |
|
|
|
que Astrea tendrá celos; |
|
|
|
Astrea, que hoy me tiene |
175
|
|
|
en sus cadenas preso, |
|
|
|
me trata con ley dura, |
|
|
|
y con tirano imperio |
|
|
|
pretende ser la sola |
|
|
|
señora de mi ingenio. |
180
|
|
|
|
Mal de su grado cede |
|
|
|
mi corazón al peso |
|
|
|
de ley tan inhumana, |
|
|
|
y no sin gran tormento |
|
|
|
a tan severo numen |
185
|
|
|
ofrece sus inciensos. |
|
|
|
¡Ay, Dios, los bellos días |
|
|
|
pasaron! ¡Pasó el tiempo |
|
|
|
de holganza, de venturas |
|
|
|
y de contentamientos! |
190
|
|
|
|
Pero, pues ya mis dichas |
|
|
|
y glorias perecieron, |
|
|
|
¿por qué no fue mi nombre |
|
|
|
en hondo olvido envuelto? |
|
|
|
¿Por qué me habéis dejado |
195
|
|
|
crüel diva, en el recuerdo, |
|
|
|
de tan sabrosos gustos |
|
|
|
tan amargo tormento? |
|
|
|
¡Oh, cuán dulces instantes, |
|
|
|
qué días tan risueños |
200
|
|
|
los que pasar solía |
|
|
|
al margen del Permeso! |
|
|
|
¡Cuántas veces mi nombre |
|
|
|
y el de mi Enarda fueron |
|
|
|
escritos de consuno |
205
|
|
|
sobre los olmos tiernos, |
|
|
|
que ya encumbró a más alta |
|
|
|
región el raudo tiempo!... |
|
|
|
|
¡De hiedra y verde mirto |
|
|
|
ornado, el suave plectro |
210
|
|
|
cuántas veces tañía, |
|
|
|
y al dulce son atento |
|
|
|
cantaba mis venturas, |
|
|
|
que duplicaba el eco! |
|
|
|
¡De Enarda cuántas veces |
215
|
|
|
la gracia y dulce ingenio |
|
|
|
loaba, y sus encantos |
|
|
|
encaramaba al cielo! |
|
|
|
Cantaba de sus ojos |
|
|
|
el rutilante fuego, |
220
|
|
|
su frente hermosa y grave |
|
|
|
y los cabellos luengos, |
|
|
|
que airosos abajaban |
|
|
|
sobre su blanco pecho... |
|
|
|
|
Perdona, oh santa Temis, |
225
|
|
|
perdona estos recuerdos: |
|
|
|
Mireo los exige |
|
|
|
y los conduce a Delio; |
|
|
|
a Delio, aquel que supo |
|
|
|
con tan sonoro plectro |
230
|
|
|
la integridad augusta |
|
|
|
loar de tus decretos; |
|
|
|
a Delio, que inflamado |
|
|
|
con el divino fuego |
|
|
|
que le inspiró tu numen, |
235
|
|
|
extiende por el viento |
|
|
|
el triunfo de los sabios |
|
|
|
ministros de tu templo; |
|
|
|
a Delio, al hijo ilustre, |
|
|
|
imagen y heredero |
240
|
|
|
del gran León, tu alumno, |
|
|
|
tu gloria y tu recreo. |
|
|
|
¡Oh genio peregrino! |
|
|
|
¡Oh inimitable Delio! |
|
|
|
¡Oh honor, oh prez, oh gloria |
245
|
|
|
de los presentes tiempos! |
|
|
|
Ya las hispanas musas, |
|
|
|
que en hondo y vil desprecio |
|
|
|
yacían, por ti vuelven |
|
|
|
a su esplendor primero; |
250
|
|
|
a ti fue dado sólo |
|
|
|
obrar el alto hecho. |
|
|
|
Y pues tamaña empresa |
|
|
|
te reservaba el tiempo, |
|
|
|
el triunfo que a tal gloria |
255
|
|
|
levanta el pueblo ibero, |
|
|
|
será del plectro mío |
|
|
|
perenne, vasto objeto, |
|
|
|
y de uno al otro polo |
|
|
|
resonará en mis versos. |
260
|
|
|
  - VII -
  Oda primera
|
En la muerte de doña Engracia
Olavide
|
Oda Sáfica
|
|
Al capitán don José de Ávila
|
|
|
 Mientras cubierto el beaciense suelo
|
|
|
|
de triste luto, la eternal ausencia |
|
|
|
siente de Filis, y las fuentes claras |
|
|
|
lloran su muerte; |
|
|
|
|
mientras al cielo sus dolientes voces |
5
|
|
|
tristes envían las graciosas ninfas, |
|
|
|
que con su llanto la urna transparente |
|
|
|
del Betis hinchen; |
|
|
|
|
mientras al son de roncos instrumentos |
|
|
|
van entonando lúgubres endechas |
10
|
|
|
los pastorcillos que los verdes prados |
|
|
|
de Úbeda cruzan; |
|
|
|
|
ven tú, Lisardo, y con veloces plantas |
|
|
|
huye ligero del funesto clima |
|
|
|
que a la divina, a la inocente Filis |
15
|
|
|
causó la muerte. |
|
|
|
|
Huye, y contigo del letal recinto |
|
|
|
súbito arranca al dolorido Fabio, |
|
|
|
que aún la sombra y las cenizas frías |
|
|
|
de Filis adora. |
20
|
|
|
|
¡Guar!, que al influjo de maligna
estrella
|
|
|
|
no quede expuesto el huérfano inocente; |
|
|
|
sálvale, salva, y en tu seno, amigo, |
|
|
|
sácale oculto. |
|
|
|
|
¡Ah!, no permitas que al horrendo triunfo |
25
|
|
|
otros agreguen los funestos hados, |
|
|
|
ni que la Parca más ilustres almas |
|
|
|
destierre al Orco. |
|
|
|
|
¡Oh cruda muerte! ¡Cómo en un
instante
|
|
|
|
de la más bella y adorable ninfa |
30
|
|
|
todas las gracias, los encantos todos |
|
|
|
vuelves en humo! |
|
|
|
|
La que atraía con su dulce canto |
|
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del aire vago a las canoras aves, |
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y los feroces brutos extraía |
35
|
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de sus cavernas; |
|
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|
cuyo sonoro penetrante acento |
|
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|
daba sentido a los peñascos duros, |
|
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y detenía en su corriente rauda |
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fuentes y ríos, |
40
|
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|
¿dónde se ha ido? ¿Cómo
no resuenan
|
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|
en los amenos carolíneos valles |
|
|
|
sus peregrinos melodiosos ecos |
|
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|
dulcisonantes? |
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|
Cuando, a la excelsa Venus semejante, |
45
|
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salía al campo, los humildes chopos, |
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|
el olmo erguido y los ancianos robles |
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|
se le inclinaban. |
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|
Donde estampaba con airoso impulso |
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la breve huella su fecunda planta, |
50
|
|
|
allí a porfía mil galanas flores |
|
|
|
luego brotaban. |
|
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|
|
En otro tiempo ¡oh triste remembranza! |
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|
tú mismo viste los marianos montes |
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|
al dulce encanto de su voz alegres |
55
|
|
|
y conmovidos. |
|
|
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|
Di, ¿no te acuerdas cuando
señalaba
|
|
|
|
su blanca mano con devotos signos |
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|
sobre la arena del futuro pueblo |
|
|
|
todo el recinto; |
60
|
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|
cuando miraba del cimiento humilde |
|
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|
salir erguido el majestuoso templo, |
|
|
|
el ancho foro, y del facundo Elpino |
|
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|
la insigne casa; |
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|
cuando al anciano documentos graves |
65
|
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|
daba, y al joven prevenciones blandas, |
|
|
|
y a las matronas y a las pastorcillas |
|
|
|
santos ejemplos; |
|
|
|
|
cuando sus lares consagraba pía, |
|
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|
cuando sus fueros repetía humana, |
70
|
|
|
cuando ayudaba en la civil faena |
|
|
|
al sabio Elpino; |
|
|
|
|
o cuando, envuelta en celo religioso, |
|
|
|
su voz enviaba del augusto templo |
|
|
|
votos profundos, reverentes himnos |
75
|
|
|
al Dios eterno? |
|
|
|
|
Cuando... mas huye, huye presuroso; |
|
|
|
huye, Lisardo, del fatal recinto; |
|
|
|
huye con todos, y haz que humana planta |
|
|
|
más no le oprima. |
80
|
|
|
|
Otra vez sea hórrido desierto, |
|
|
|
de incultas fieras solamente hollado, |
|
|
|
donde de Filis vague solamente |
|
|
|
la flébil sombra. |
|
|
|
|
Huye, pero antes a la tumba fría, |
85
|
|
|
do ella descansa, llega reverente, |
|
|
|
y allí con puntas de diamante eternas |
|
|
|
graba estas voces: |
|
|
|
|
«De Filis un tiempo la presencia hermosa |
|
|
|
era delicia de este suelo ingrato; |
90
|
|
|
hoy es su afrenta el sueño sempiterno |
|
|
|
de sus cenizas». |
|
|
|
  - VIII -
  Epístola primera
|
Carta de Jovino a sus amigos
salmantinos
|
|
Est quodam prodire tenus, si non
datur ultra. |
|
|
|
| (Horacio, Epis. I, lib. I, v. 32). |
|
|
|
 A vosotros, oh ingenios peregrinos,
|
|
|
|
que allá del Tormes en la verde orilla, |
|
|
|
destinados de Apolo, honráis la cuna |
|
|
|
de las hispanas musas renacientes; |
|
|
|
a ti, oh dulce Batilo, y a vosotros, |
5
|
|
|
sabio Delio y Liseno, digna gloria |
|
|
|
y ornamento del pueblo salmantino; |
|
|
|
desde la playa del ecuóreo Betis |
|
|
|
Jovino el gijonense os apetece |
|
|
|
muy colmada salud; aquel Jovino |
10
|
|
|
cuyo nombre, hasta ahora retirado |
|
|
|
de la común noticia, ya resuena |
|
|
|
por las altas esferas, difundido |
|
|
|
en himnos de alabanza bien sonantes, |
|
|
|
merced de vuestros cánticos divinos |
15
|
|
|
y vuestra lira al sonoroso acento. |
|
|
|
Salud os apetece en esta carta, |
|
|
|
que la tierna amistad y la más pura |
|
|
|
gratitud desde el fondo de su pecho |
|
|
|
con íntima expresión le van dictando; |
20
|
|
|
que pues le niega el hado el dulce gozo |
|
|
|
de estrechar con sus brazos vuestros pechos, |
|
|
|
de urbanidad y suave amor henchidos, |
|
|
|
podrá al menos grabar en estas letras |
|
|
|
la dulce sensación que en su alma imprime |
25
|
|
|
del vuestro amor la tierna remembranza. |
|
|
|
Y no extrañéis que del eolio canto |
|
|
|
cansada ya su musa, se convierta |
|
|
|
al compás lento y numeroso que ama |
|
|
|
tanto la didascálica poesía; |
30
|
|
|
que en vano de su pecho, penetrado |
|
|
|
del forense rumor, y conmovido |
|
|
|
al llanto del opreso, de la viuda |
|
|
|
y el huérfano inocente, presumiera |
|
|
|
lanzar acentos dulces, ni su lira, |
35
|
|
|
otras veces sonora, y hora falta |
|
|
|
de los trementes armoniosos nervios, |
|
|
|
al acordado impulso respondiera, |
|
|
|
ni en fin a los avisos que me dicta |
|
|
|
tu voz, oh Polimnía, con astuta |
40
|
|
|
y blanda inspiración fuera otro verso |
|
|
|
que el verso parenético oportuno. |
|
|
|
|
¡Ah, mis dulces amigos, cuán ilusos,
|
|
|
|
cuánto de nuestra fama descuidados |
|
|
|
vivimos! ¡Ay, en cuán profundo sueño |
45
|
|
|
yacemos sepultados, mientras corre |
|
|
|
por sobre nuestras vidas, aguijada |
|
|
|
del tiempo volador, la edad ligera! |
|
|
|
¿Por ventura queremos que nos tope |
|
|
|
sumidos en tan vil e infame sueño |
50
|
|
|
la arrugada vejez, que poco a poco |
|
|
|
se viene hacia nosotros acercando? |
|
|
|
¿O que la muerte pálida sepulte |
|
|
|
con nosotros también nuestra memoria? |
|
|
|
Y el hombre a quien el Padre sempiterno |
55
|
|
|
ornó con alto ingenio y con espirtu |
|
|
|
eternal y celeste, ¿estará siempre |
|
|
|
a escura y muelle vida mancipado, |
|
|
|
sin recordar su divinal origen |
|
|
|
ni el alto fin para que fue nacido? |
60
|
|
|
¡Ay, Batilo! ¡Ay, Liseno! ¡Ay, caro
Delio!
|
|
|
|
¡Ay, ay, que os han las magas salmantinas |
|
|
|
con sus jorguinerías adormido! |
|
|
|
¡Ay, que os han infundido el dulce sueño |
|
|
|
de amor, que tarde o nunca se sacude! |
65
|
|
|
No lo dudéis: mis ojos, aún no libres |
|
|
|
del susto, en un sueño misterioso |
|
|
|
sus infernales ritos penetraron. |
|
|
|
¿Contárosle he? ¿Qué numen me
arrebata
|
|
|
|
y fuerza a traspasar de mis amigos |
70
|
|
|
el tierno corazón? Acorre ¡oh diva!, |
|
|
|
y pues mi voz, a tu mandar atenta, |
|
|
|
renueva en triste canto la memoria |
|
|
|
del infando dolor, acorre, y alza |
|
|
|
con soplo divinal mi flaco aliento. |
75
|
|
|
|
Yacen del Tormes a la orilla, ocultos |
|
|
|
entre ruinas, los restos venerables |
|
|
|
de un templo, frecuentado en otros siglos |
|
|
|
por la devota gente salmantina, |
|
|
|
mas hora sólo de agoreros búhos |
80
|
|
|
y medrosas lechuzas habitado. |
|
|
|
La amenidad huyó de aquel recinto, |
|
|
|
y sólo en torno de él dañosas yerbas |
|
|
|
crecen, y altos y fúnebres cipreses. |
|
|
|
Aquí su infame junta celebraron |
85
|
|
|
las Lamias. ¡Oh, si fuera poderosa |
|
|
|
mi voz de describirla y dar al mundo |
|
|
|
cuenta de sus misterios nunca oídos! |
|
|
|
|
En la mitad de su carrera andaba |
|
|
|
la noche, y ya su manto tenebroso |
90
|
|
|
cubría en torno el soñoliento mundo; |
|
|
|
todo era oscuridad, que hasta la luna |
|
|
|
su blanca faz del cielo retirara |
|
|
|
por no ver el nefando sortilegio, |
|
|
|
y el horror y el silencio más medroso |
95
|
|
|
hacían el imperio de las sombras; |
|
|
|
cuando desde una puerta del palacio |
|
|
|
del Sueño un negro ensueño desprendido |
|
|
|
llegó de un vuelo adonde yo yacía. |
|
|
|
|
Con la siniestra suya asió mi mano, |
100
|
|
|
y con medrosa voz: «Jovino, dice, |
|
|
|
ven y verás el duro encantamiento |
|
|
|
que prepara la Invidia a tus amigos. |
|
|
|
Ven, y si en tal ejemplo no escarmientas, |
|
|
|
¡triste de ti, mezquino!» Dijo, y luego |
105
|
|
|
sobre sus negras alas me condujo |
|
|
|
por medio de las sombras hasta el pórtico |
|
|
|
del arruinado templo. No bien hube |
|
|
|
llegado, cuando asidas de las manos, |
|
|
|
siete horrendas figuras parecieron |
110
|
|
|
desnudas, y de hediondas confecciones |
|
|
|
ungido el sucio cuerpo. Presidenta |
|
|
|
del congreso infernal la fiera Invidia |
|
|
|
venía, de serpientes coronada |
|
|
|
la frente, triste, airada, desdeñosa, |
115
|
|
|
y de los Celos y el Rencor seguida. |
|
|
|
En medio del silencio un gran suspiro |
|
|
|
lanzó del hondo pecho, y revolviendo |
|
|
|
la sesga vista en torno: «Nunca tanto, |
|
|
|
dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes |
120
|
|
|
necesité, oh amigas, ni tan fiero, |
|
|
|
ni tan grave dolor clavó algún día |
|
|
|
en mi sensible corazón su punta. |
|
|
|
¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe |
|
|
|
fuese la llama atroz que le devora! |
125
|
|
|
Tres aborridos nombres (y con rabia |
|
|
|
Batilo pronunció su torpe boca, |
|
|
|
Delio y Liseno) por el ancho mundo |
|
|
|
va esparciendo la Fama, mi enemiga. |
|
|
|
Su trompa los proclama en todas partes, |
130
|
|
|
y ya a más alto vuelo preparada, |
|
|
|
si no la enmudecemos, estos nombres |
|
|
|
serán muy luego alzados a las nubes, |
|
|
|
y sonarán del uno al otro polo. |
|
|
|
Febo los patrocina, y no le es dado |
135
|
|
|
a mi flaco poder mancharlos; pero |
|
|
|
se rendirán al vuestro, si adormidos |
|
|
|
en blando amor...». No bien tan fiera idea |
|
|
|
cayó del sucio labio, cuando en torno |
|
|
|
del demolido templo en raudos giros |
140
|
|
|
dio el maléfico coro siete vueltas. |
|
|
|
Después alternativas susurraron |
|
|
|
muchos versos de ensalmo, con palabras |
|
|
|
de mágico vigor y rabia henchidas, |
|
|
|
a cuya fuerza desde la honda entraña |
145
|
|
|
de la tierra salieron redivivos |
|
|
|
los fríos huesos, que de luengos días, |
|
|
|
del humanal vestido ya desnudos, |
|
|
|
allí dormían. ¡Ay, cuán
prestamente
|
|
|
|
en los hambrientos dientes de la Invidia |
150
|
|
|
los vi yo triturados, y en sus manos |
|
|
|
a leve y sucio polvo reducidos...! |
|
|
|
|
En esto hacia los ángulos internos |
|
|
|
del templo corren las malignas sagas, |
|
|
|
y del sombrío suelo mil dañosas |
155
|
|
|
plantas recogen con siniestra mano |
|
|
|
y misteriosos ritos arrancadas. |
|
|
|
También allí prestó la cruda Invidia |
|
|
|
su auxilio, y en sus palmas estrujando |
|
|
|
las hojas y raíces, hizo luego |
160
|
|
|
que destilasen los dañosos jugos |
|
|
|
cuanta virtud en ellos se escondía. |
|
|
|
El zumo de la fría adormidera, |
|
|
|
cortada su cabeza al horizonte, |
|
|
|
que infunde a veces el eterno sueño; |
165
|
|
|
el de la yerba mora, que altamente |
|
|
|
el cerebro perturba; el hiosciamo, |
|
|
|
y el coagulante jugo que destilan, |
|
|
|
heridas, las raíces misteriosas |
|
|
|
de la fría mandrágula, allí fueron |
170
|
|
|
diestramente extraídos, y con nuevo |
|
|
|
ensalmo derramados sobre el polvo |
|
|
|
de los humanos huesos. Mientras una |
|
|
|
de las sagas volvía y revolvía |
|
|
|
el preparado adormeciente lodo, |
175
|
|
|
sacó la Invidia del cuidoso pecho |
|
|
|
tres relucientes nóminas, con rasgos |
|
|
|
de roja y venenosa tinta escritas. |
|
|
|
¡Ah, no creáis, amigos, que mi pluma |
|
|
|
os pretenda engañar! Mis propios ojos, |
180
|
|
|
en tierno llanto entonces anegados, |
|
|
|
vieron ¡oh maravilla! los tres nombres, |
|
|
|
los dulces nombres de Ciparis bella, |
|
|
|
de Julinda y de Mirta la divina, |
|
|
|
que estaban allí escritos. Y cual suele |
185
|
|
|
-si tiene tal prodigio semejante- |
|
|
|
brillar con propia luz en noche oscura |
|
|
|
la lícnide purpúrea, que en su rumbo |
|
|
|
suspende al receloso caminante, |
|
|
|
así en la oscuridad resplandecían |
190
|
|
|
los tres amados nombres. Entre tanto |
|
|
|
mi corazón absorto palpitaba |
|
|
|
de pasmo y de temor. La Invidia entonces, |
|
|
|
dividiendo en pedazos muy menudos |
|
|
|
las esplendentes nóminas, de esta arte |
195
|
|
|
habló a sus compañeras: «Consumemos |
|
|
|
¡oh amigas! nuestra obra, y estos nombres, |
|
|
|
adorados de Delio y sus secuaces, |
|
|
|
a la maligna confección mezclemos. |
|
|
|
Su virtud penetrante, aun más activa |
200
|
|
|
que los venenos mismos, irá recta- |
|
|
|
mente a iludir sus tiernos corazones; |
|
|
|
y a blando amor eternamente dados, |
|
|
|
la vida pasarán adormecidos, |
|
|
|
y morirán sin gloria». Dijo, y luego |
205
|
|
|
mezcló los rutilantes caracteres |
|
|
|
al crüel maleficio, e infundioles |
|
|
|
nuevo vigor con su maligno soplo. |
|
|
|
Repitieron las brujas el susurro |
|
|
|
sobre la masa ponzoñosa, y dieron |
210
|
|
|
alegre fin a la perversa junta. |
|
|
|
|
Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba |
|
|
|
del hondo pecho a Apolo ardientes votos. |
|
|
|
«Brillante dios, decía, si la gloria |
|
|
|
de tan dignos alumnos interesa |
215
|
|
|
tu pía omnipotencia en favor suyo, |
|
|
|
¡ah, destruye la fuerza venenosa |
|
|
|
del duro encantamiento, y de la infamia |
|
|
|
y de la eterna escuridad redime |
|
|
|
los nombres que otra vez has protegido! |
220
|
|
|
¡Desata el preparado encantamiento, |
|
|
|
y sálvalos, oh Dios, para que eterna- |
|
|
|
mente suba a tu trono el dulce acento |
|
|
|
de su lira, en cantares eucarísticos |
|
|
|
gratamente empleada!». Aquí llegaba |
225
|
|
|
el bien sentido ruego, que sin duda |
|
|
|
oyó piadoso el numen, porque al punto |
|
|
|
descendió un resplandor desde lo alto, |
|
|
|
al meridiano sol muy semejante, |
|
|
|
que iluminando el pavimento ombrío, |
230
|
|
|
al golpe de su luz postró a la Invidia |
|
|
|
y a sus viles ministras, y arrojólas |
|
|
|
precipitadas hasta el hondo abismo. |
|
|
|
¿Será estéril, oh amigos, de este
ensueño
|
|
|
|
el misterioso anuncio? ¿Siempre, siempre |
235
|
|
|
dará el amor materia a nuestros cantos? |
|
|
|
¡De cuántas dignas obras, ay, privamos |
|
|
|
a la futura edad por una dulce |
|
|
|
pasajera ilusión, por una gloria |
|
|
|
frágil y deleznable, que nos roba |
240
|
|
|
de otra gloria inmortal el alto premio! |
|
|
|
No, amigos, no; guiados por la suerte |
|
|
|
a más nobles objetos, recorramos |
|
|
|
en el afán poético materias |
|
|
|
dignas de una memoria perdurable. |
245
|
|
|
Y pues que no me es dado que presuma |
|
|
|
alcanzar por mis versos alto nombre, |
|
|
|
dejadme al menos en tan noble empeño |
|
|
|
la gloria de guiar por la ardua senda |
|
|
|
que va a la eterna fama, vuestros pasos. |
250
|
|
|
|
Ea, facundo Delio, tú, a quien siempre |
|
|
|
Minerva asiste al lado, sus, asocia |
|
|
|
tu musa a la moral filosofía, |
|
|
|
y canta las virtudes inocentes |
|
|
|
que hacen al hombre justo y le conducen |
255
|
|
|
a eterna bienandanza. Canta luego |
|
|
|
los estragos del vicio, y con urgente |
|
|
|
voz descubre a los míseros mortales |
|
|
|
su apariencia engañosa, y el veneno |
|
|
|
que esconde, y los desvía dulcemente |
260
|
|
|
del buen sendero, y lleva al precipicio. |
|
|
|
Después con grave estilo ensalza al cielo |
|
|
|
la santa religión de allá abajada, |
|
|
|
y canta su alto origen, sus eternos |
|
|
|
fundamentos, el celo inextinguible, |
265
|
|
|
la fe, las maravillas estupendas, |
|
|
|
los tormentos, las cárceles y muertes |
|
|
|
de sus propagadores, y con tono |
|
|
|
victorioso concluye y enmudece |
|
|
|
al sacrílego error y sus fautores. |
270
|
|
|
|
Y tú, ardiente Batilo, del meonio |
|
|
|
cantor émulo insigne, arroja a un lado |
|
|
|
el caramillo pastoril, y aplica |
|
|
|
a tus dorados labios la sonante |
|
|
|
trompa, para entonar ilustres hechos. |
275
|
|
|
Sean tu objeto los héroes españoles, |
|
|
|
las guerras, las victorias y el sangriento |
|
|
|
furor de Marte. Dinos el glorioso |
|
|
|
incendio de Sagunto, por la furia |
|
|
|
de Aníbal atizado, o de Numancia, |
280
|
|
|
terror del Capitolio, las cenizas. |
|
|
|
Canta después el brazo omnipotente, |
|
|
|
que desde el hondo asiento hasta la cumbre |
|
|
|
conmueve el monte Auseva y le desploma |
|
|
|
sobre la hueste berberisca y suban |
285
|
|
|
por tu verso a la esfera cristalina |
|
|
|
los triunfos de Pelayo y su renombre, |
|
|
|
las hazañas, las lides, las victorias |
|
|
|
que al imperio de Carlos, casi inmenso, |
|
|
|
y al Evangelio santo un nuevo mundo |
290
|
|
|
más pingüe y opulento sujetaron. |
|
|
|
Canta también el inmortal renombre |
|
|
|
del héroe metellímneo, a quien más
gloria
|
|
|
|
que al bravo macedón debió la Fama. |
|
|
|
O en fin, la furia canta y las facciones |
295
|
|
|
de la guerra civil que el pueblo hispano |
|
|
|
alió y opuso al alemán soberbio. |
|
|
|
Dirás el golfo catalán en furia |
|
|
|
contra Luis y su nieto, los leopardos |
|
|
|
vencidos en Brihuega, y los sangrientos |
300
|
|
|
campos de Almansa, do cortó a Filipo |
|
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sus mejores laureles la Victoria. |
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La empresa que a tu pluma reservada |
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queda, oh caro Liseno, ¡ah, cuán
difícil
|
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es de acabar, cuán ardua! Mas ya es tiempo |
305
|
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de proscribir los vicios indecentes |
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que manchan nuestra escena. ¡Cuánto, oh
cuánto
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|
la gloria de la patria se interesa |
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en este empeño! Triunfan mil enormes |
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vicios sobre el proscenio, y la ufanía, |
310
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el falso pundonor, el duelo, el rapto, |
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los ocultos y torpes amoríos, |
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contra el desvelo paternal fraguados, |
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y todas las pasiones son impune- |
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mente sobre las tablas exaltadas. |
315
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|
Despierta, pues, oh amigo, y levantado |
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sobre el coturno trágico, los hechos |
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sublimes y virtuosos, y los casos |
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lastimeros al mundo representa. |
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Ensalza la virtud, persigue el vicio, |
320
|
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y por medio del susto y de la lástima |
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purga los corazones. Vea la escena |
|
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|
al inmortal Guzmán, segundo Bruto, |
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|
inmolando la sangre de su hijo, |
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de su inocente hijo, al amor patrio... |
325
|
|
|
¡Oh espíritu varonil! ¡Oh patria! ¡Oh
siglos,
|
|
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|
en héroes y altos hechos muy fecundos! |
|
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|
|
Vuestro auxilio también en esta empresa |
|
|
|
imploro, oh mi Batilo, oh sabio Delio. |
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|
|
¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano |
330
|
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|
en sus tablas los héroes indígenas |
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|
y las virtudes patrias bien loadas! |
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|
Bajar podréis también al zueco humilde, |
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|
y describir con gesto y voz picantes |
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|
las costumbres domésticas, sus vicios |
335
|
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|
y sus extravagancias... Pero, ¿dónde |
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|
encontraréis modelos? Ni la Grecia, |
|
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|
ni el pueblo ausonio, ni la docta Francia |
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|
han sabido formarlos. Reina en todos |
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|
el vicio licencioso y la impudencia. |
340
|
|
|
Mas cabe el ancha vía hay una trocha, |
|
|
|
hasta ahora no seguida, do las burlas |
|
|
|
y el chiste nacional yacen en uno |
|
|
|
con la modestia y el decoro aliados. |
|
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|
Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros |
345
|
|
|
descrubriréis en él! ¡Será el
teatro
|
|
|
|
escuela de costumbres inocentes, |
|
|
|
de honor y de virtud! Será... Mas,
¿dónde
|
|
|
|
del bien común el celo me arrebata? |
|
|
|
|
¡Ah, si su llama alcanza a vuestro pecho, |
350
|
|
|
de los trabajos vuestros cuán opimos |
|
|
|
frutos debo esperar! ¡Y cuánta gloria |
|
|
|
estará en otros siglos reservada |
|
|
|
al celo de Jovino, si esta insigne, |
|
|
|
si esta dichosa conversión, que tristes |
355
|
|
|
y llenas de rubor tanto ha que anhelan |
|
|
|
las musas españolas, fuese el fruto |
|
|
|
de sus avisos dulces y amigables! |
|
|
|
  - IX -
  El paraíso perdido
|
Primer canto
|
Traducido del inglés por
Jovino
|
|
Canta la inobediencia ¡oh santa musa! |
|
|
|
del padre de los hombres, que gustando |
|
|
|
de la vedada planta el mortal fruto, |
|
|
|
trajo al mundo la muerte y la miseria; |
|
|
|
y di de las moradas venturosas |
5
|
|
|
de Edén la triste pérdida, negadas |
|
|
|
a la raza mortal, hasta que plugo |
|
|
|
al Hombre-Dios bajar a recobrarlas; |
|
|
|
y ora en silencio ocupes la alta cumbre |
|
|
|
de Oreb o Sinaí, de do inspirastes |
10
|
|
|
al gitano pastor, que a la escogida |
|
|
|
gente enseñó después cómo al
principio
|
|
|
|
del hondo Caos salieron cielo y tierra; |
|
|
|
ora el alto Sión más te deleite, |
|
|
|
y el río Siloé, que cabe el santo |
15
|
|
|
oráculo de Dios fluye en silencio; |
|
|
|
baja de allá a guiar mi peligroso |
|
|
|
canto, que se alza sobre el monte Aonio, |
|
|
|
mientras, de ti ayudado, emprende cosas |
|
|
|
hasta hora en prosa o rima no cantadas. |
20
|
|
|
Y Tú, divino Espirtu, a quien más place |
|
|
|
que los augustos templos la morada |
|
|
|
de un puro y recto corazón, instruye |
|
|
|
con ciencia divinal mi torpe lengua. |
|
|
|
Tú, que desde el principio fuiste a todo |
25
|
|
|
presente, y cobijando el ancho abismo |
|
|
|
so tus inmensas alas, con activo |
|
|
|
prolífico calor le fecundaste, |
|
|
|
ven, y eleva mi voz, y lo que es débil |
|
|
|
en mí sostén, y limpia y ilumina |
30
|
|
|
lo inmundo y tenebroso, porque pueda |
|
|
|
subir de un vuelo al encumbrado asunto, |
|
|
|
justificar la eterna Providencia |
|
|
|
de Dios, y abrir al hombre sus caminos. |
|
|
|
Pero primero di, pues nada esconden |
35
|
|
|
de tu vista los cielos ni las hondas |
|
|
|
cavernas del infierno, di qué causa |
|
|
|
indujo a nuestros padres, en tan llena |
|
|
|
bienandanza nascidos, a que ingratos |
|
|
|
a su Hacedor, violasen el precepto, |
40
|
|
|
el único precepto que, al hacerles |
|
|
|
dueños del Paraíso, les pusiera. |
|
|
|
A tal traición ¿quién los llevó
engañados?
|
|
|
|
El dragón infernal, cuya malicia, |
|
|
|
de negra invidia y de venganza armada, |
45
|
|
|
engañó a la gran madre de los hombres, |
|
|
|
poco después que fuera con sus haces |
|
|
|
de espíritus rebeldes de la clara |
|
|
|
región del cielo echado. Allí soberbio, |
|
|
|
en su partido y fuerzas confiado, |
50
|
|
|
sobre toda criatura alzarse quiso, |
|
|
|
y aun presumió que, opuesto, igualaría |
|
|
|
al Altísimo en gloria. Así, ambicioso, |
|
|
|
contra el reino de Dios y su alta silla |
|
|
|
enarboló el pendón, y tocó al arma |
55
|
|
|
en los celestes campos; pero hallóse |
|
|
|
burlado en sus intentos, porque armado |
|
|
|
de santa ira el brazo omnipotente, |
|
|
|
le derrocó del alto firmamento, |
|
|
|
con horrísono estruendo y gran ruina, |
60
|
|
|
precipitado hasta el inmenso abismo, |
|
|
|
do el que insultó, atrevido, al Poderoso |
|
|
|
yace agora en cadenas de diamante |
|
|
|
preso, y a eterno fuego condenado. |
|
|
|
|
Nueve veces el tiempo que en el mundo |
65
|
|
|
mide la duración de noche y día |
|
|
|
corriera, y otro tanto, con sus fuertes |
|
|
|
batallones, anduvo el fiero jefe |
|
|
|
en un lago de llamas revolcado; |
|
|
|
revolcado, vencido y confundido, |
70
|
|
|
aunque inmortal. Pero a mayor venganza |
|
|
|
le guardaba su suerte, porque agora |
|
|
|
de las pasadas dichas y el presente |
|
|
|
eterno mal le aflige la memoria. |
|
|
|
En derredor de sí sus tristes ojos, |
75
|
|
|
do profunda ambición y caimiento |
|
|
|
con odio amargo y pertinaz orgullo |
|
|
|
brillan mezclados, vuelve y en un punto |
|
|
|
con perspicacia angélica su suerte |
|
|
|
penetra de una vez; su triste, horrenda, |
80
|
|
|
desesperada suerte. A todas partes |
|
|
|
ve un hondo calabozo y un inmenso |
|
|
|
horno, con negras llamas encendido, |
|
|
|
a cuya escasa luz pudiera apenas |
|
|
|
descubrirse aquel reino pavoroso, |
85
|
|
|
región de horror y espanto, de medrosas |
|
|
|
furias y sombras habitada, y donde |
|
|
|
nunca el reposo ni la paz moraron, |
|
|
|
ni la dulce esperanza, cuyo influjo |
|
|
|
a todas partes llega, alcanzar pudo; |
90
|
|
|
mas en vez de ella, afligen de contino |
|
|
|
un tormento sin fin y un mar de fuego |
|
|
|
de inextinguible azufre alimentado. |
|
|
|
|
Tal es la habitación y horrible
cárcel
|
|
|
|
que preparara la justicia eterna |
95
|
|
|
a los rebeldes ángeles; en ella |
|
|
|
señaló su mansión, tres veces tanto |
|
|
|
como del alto polo el centro dista, |
|
|
|
apartada de Dios y su alto trono. |
|
|
|
|
¡Ah, cuán desemejante de la clara |
100
|
|
|
región de donde fueran despeñados! |
|
|
|
En un diluvio de impetuoso fuego |
|
|
|
y negros torbellinos sepultados, |
|
|
|
vio el dragón a los socios de su ruina, |
|
|
|
y junto revolcándose al que en brío |
105
|
|
|
casi y en impiedad le emparejaba, |
|
|
|
aquél que con el tiempo en Palestina |
|
|
|
se llamó Beelcebub. A él de esta arte |
|
|
|
habló el archienemigo -en el Empíreo |
|
|
|
Satán después nombrado-, su silencio |
110
|
|
|
con tan fieras razones quebrantando: |
|
|
|
«¿No eres tú aquél...? Mas
¡ay, a cuál bajura
|
|
|
|
caído! ¡Cuál mudado del que un
día
|
|
|
|
allá en los reinos de la luz brillaba |
|
|
|
con resplandor y gloria transparente |
115
|
|
|
entre todos los ángeles! ¿No eres |
|
|
|
el que en valor y heroicos pensamientos |
|
|
|
igual casi conmigo, en la gloriosa |
|
|
|
facción siguió brioso mis banderas, |
|
|
|
compañero del riesgo y la esperanza? |
120
|
|
|
¡Ay! agora nos hizo la desdicha |
|
|
|
pares en la ruina. ¡A qué profunda |
|
|
|
sima, de cuál altura hemos caído! |
|
|
|
¡Tanto pudo del Todopoderoso |
|
|
|
el trueno destructor!... ¡Ah! ¿quién
probara
|
125
|
|
|
el poder de sus armas hasta entonces? |
|
|
|
Mas las armas, ni los fieros males |
|
|
|
que el vencedor en su ira nos reserva, |
|
|
|
arrepentir me harán, ni de mi pecho, |
|
|
|
aunque de tanta gloria despojado, |
130
|
|
|
borrar podrá jamás la cruel memoria |
|
|
|
de la pasada injuria, de la injuria |
|
|
|
hecha al mérito nuestro, que grabada |
|
|
|
altamente en mi alma contra el sumo |
|
|
|
ofensor encendió la cruda guerra |
135
|
|
|
y horrenda conmoción que de su lado |
|
|
|
tantos espirtus apartó, que altivos |
|
|
|
mi estandarte siguieron, y oponiendo |
|
|
|
nuestro unido poder al poder suyo, |
|
|
|
por los llanos del cielo, en lid dudosa, |
140
|
|
|
hicimos vacilar su santo trono. |
|
|
|
Por fin, se perdió el campo. Mas ¿qué
importa?
|
|
|
|
No todo se perdió, que inconquistable |
|
|
|
dura nuestro albedrío y odio eterno, |
|
|
|
y de venganza el íntimo deseo, |
145
|
|
|
su valor inflexible a los reveses |
|
|
|
del caso o de la fuerza. No; tal gloria, |
|
|
|
la ira del vencedor ni su soberbia |
|
|
|
jamás de mí tendrán, ni nunca espere |
|
|
|
ver que, acatando su deidad, postrado |
150
|
|
|
y lleno de rubor, su gracia implora |
|
|
|
el que antes hizo con heroico brazo |
|
|
|
indecisa la suerte de su imperio; |
|
|
|
que abatimiento tal más doloroso |
|
|
|
y más infame fuera que el desaire |
155
|
|
|
de la pasada ruina. Y pues no puede |
|
|
|
ni la sustancia celestial ni el brío |
|
|
|
perecer de los dioses, y más cautos |
|
|
|
la experiencia os hará, ¡sus!, declaremos, |
|
|
|
de mejor suerte y gloria esperanzados, |
160
|
|
|
guerra al gran enemigo, eterna guerra, |
|
|
|
por fuerza y por astucia peleada |
|
|
|
contra el duro opresor, que agora triunfa |
|
|
|
desvanecido y sin rival impera, |
|
|
|
sólo, tirano del inmenso cielo». |
165
|
|
|
|
Así el ángel infiel, mientra el
despecho
|
|
|
|
roía sus entrañas, se jactaba; |
|
|
|
y así su compañero le responde: |
|
|
|
«¡Oh príncipe, oh caudillo de las altas |
|
|
|
potestades del cielo, que, guiando |
170
|
|
|
con tu falange numerosa al choque |
|
|
|
los bravos serafines, fuiste asombro |
|
|
|
con altos hechos del Empíreo, y diste |
|
|
|
susto al eterno Rey, y disputaste |
|
|
|
la excelsa primacía, que la fuerza |
175
|
|
|
y fortuna tal vez le adjudicaron! |
|
|
|
Por demás siento el caso lastimoso |
|
|
|
de la pasada rota, que con mengua |
|
|
|
nos arrancó del cielo, derribando |
|
|
|
nuestro brillante ejército a este abismo, |
180
|
|
|
do yace destruido, cuanto pueden |
|
|
|
ser las sustancias puras destruidas. |
|
|
|
Empero vive el ánimo invencible, |
|
|
|
y aunque ofuscada la nativa gloria |
|
|
|
y todo nuestro bien, en este hondo |
185
|
|
|
piélago de miserias anegado, |
|
|
|
el antiguo vigor renacer siento. |
|
|
|
Mas ¡ay!, si el Vencedor omnipotente |
|
|
|
-que tal le creo, pues vencernos pudo- |
|
|
|
conserva astuto la nativa fuerza |
190
|
|
|
de nuestro espirtu, solo para hacernos |
|
|
|
resentir más y más los crueles males |
|
|
|
que su implacable ira nos prepara; |
|
|
|
o si, pues la ley dura de la guerra |
|
|
|
nos hizo esclavos suyos, quiere sólo |
195
|
|
|
que cual esclavos viles le sirvamos |
|
|
|
en este horrible infierno, ejecutores |
|
|
|
por la honda escuridad, de sus designios, |
|
|
|
¿de qué nos sirve, di, sentir sin mengua |
|
|
|
nuestro angélico brío, o del ser nuestro |
200
|
|
|
la eterna duración, eterna sólo |
|
|
|
para sufrir sin fin eternos males?» |
|
|
|
|
A esto Satán así responde al
punto:
|
|
|
|
«Caído querubín, mostrar flaqueza |
|
|
|
en la prosperidad o en la desgracia |
205
|
|
|
cosa es indigna de tu ser. No pienses |
|
|
|
que podrá el bien de las acciones nuestras |
|
|
|
ser objeto jamás. El mal solmente |
|
|
|
lo puede ser; el mal, tan odioso |
|
|
|
de la alta Voluntad que resistimos. |
210
|
|
|
Y pues de nuestro mal su Providencia |
|
|
|
sacar pretende el bien, sea nuestro empeño |
|
|
|
que del bien mismo el mal resulte, y esta, |
|
|
|
esta gloria, que, o miente mi esperanza |
|
|
|
o será muy colmada, nos consuele; |
215
|
|
|
la gloria de afligirle, conturbarle |
|
|
|
y trastornar sus íntimos designios. |
|
|
|
Vímosle ufano refrenar la saña |
|
|
|
de los ministros de su injusta ira |
|
|
|
que airados nos cargaban, y a las puertas |
220
|
|
|
los obligó a volver del alto cielo. |
|
|
|
Una lluvia de azufre tempestuosa, |
|
|
|
que arrojó tras nosotros, cerró el paso |
|
|
|
a esta honda cueva, en que de allá caímos. |
|
|
|
Ya ni la luz medrosa del relámpago |
225
|
|
|
deslumbra en el infierno, ni resuena |
|
|
|
por su hueca extensión del trueno horrendo |
|
|
|
el retumbante son. Agotó acaso |
|
|
|
toda su furia en la cruel venganza. |
|
|
|
«Mas, ya nos dé tan no esperada tregua |
230
|
|
|
harta su saña, o altivo su desprecio, |
|
|
|
no la desperdiciemos. Mira a aquella |
|
|
|
parte un desierto y solitario llano, |
|
|
|
triste mansión de horror, do escasamente |
|
|
|
llega el medroso y pálido reflejo |
235
|
|
|
que esta lúgubre llama de sí envía. |
|
|
|
Guiemos allá el paso, y retirados |
|
|
|
de este golfo de fuego, allí busquemos, |
|
|
|
si le hay, algún reposo. Nuestra tropa |
|
|
|
dispersa reunamos, y arbitremos |
240
|
|
|
por qué medios de hoy más del enemigo |
|
|
|
turbaremos la gloria, o la que tristes |
|
|
|
perdimos cobraremos, o por cuáles |
|
|
|
nuestro destino mitigarse pueda; |
|
|
|
qué alivio en fin nos muestra la esperanza |
245
|
|
|
o a qué extremo el despecho nos arroja». |
|
|
|
|
Así Satán a Belcebub le hablaba, |
|
|
|
y mientra en su semblante, levantado |
|
|
|
sobre la onda, los ojos centellantes |
|
|
|
relucían, el resto de su cuerpo, |
250
|
|
|
monstruosamente grande, en el ardiente |
|
|
|
golfo tendido a una y otra parte |
|
|
|
ocupaba, flotando, un trecho inmenso; |
|
|
|
tal cual las viejas fábulas nos pintan |
|
|
|
a los monstruosos hijos de la Tierra, |
255
|
|
|
que hicieron guerra a Jove, Briareo, |
|
|
|
y el que su nombre al antro dio Tifonio; |
|
|
|
o como Leviatán, el más enorme |
|
|
|
habitador del piélago profundo; |
|
|
|
tal vez un navichuelo por el Bóreas |
260
|
|
|
hacia los mares de Noruega echado, |
|
|
|
en tenebrosa noche allí le topa |
|
|
|
rendido a torpe sueño, y el piloto |
|
|
|
-tal en el puerto cuenta a sus amigos- |
|
|
|
azorado y creyéndole una isla, |
265
|
|
|
en su escamosa piel aferra el ancla, |
|
|
|
guarecido tras él del viento insano. |
|
|
|
La noche en tanto asombra el mar, y lenta |
|
|
|
vuelve con tardos pasos la mañana. |
|
|
|
Tan grande el archidiablo y tan enorme |
270
|
|
|
parecía tendido sobre el golfo |
|
|
|
de fuego, y nunca de él salido hubiera, |
|
|
|
ni su altanera frente levantado, |
|
|
|
si el gran Rector del cielo, a cuyo ceño |
|
|
|
los destinos se humillan, libre rienda |
275
|
|
|
dado no hubiese a su maligna astucia, |
|
|
|
para que mientras el mal ajeno busca |
|
|
|
con repetidos crímenes incauto |
|
|
|
labre su propia perdición, y vea |
|
|
|
que sus designios pérfidos del alta |
280
|
|
|
bondad de Dios sacar pudieron sólo |
|
|
|
gracia y misericordia para el hombre, |
|
|
|
engañado por él, ira y venganza |
|
|
|
y eterna confusión para sí mismo. |
|
|
|
De repente levanta sobre el lago |
285
|
|
|
su gigante estatura. A un lado y otro |
|
|
|
las llamas rechazadas, en undosos |
|
|
|
remolinos se rompen y retiran, |
|
|
|
y descubren en medio un ancho valle. |
|
|
|
Entonces él con extendidas alas |
290
|
|
|
emprendió el alto vuelo sobre el aire, |
|
|
|
que gimió al peso insólito pendiente, |
|
|
|
y travesando el gran vacío oscuro, |
|
|
|
posó en la seca tierra, si tal nombre |
|
|
|
convenir puede al suelo que arde siempre |
295
|
|
|
con inflamado azufre y fuego sólido, |
|
|
|
como con llamas flúidas el lago. |
|
|
|
Tal parecía en su candente forma |
|
|
|
como tal vez de fuerza soterraña |
|
|
|
el choque arranca un cerro del Peloro, |
300
|
|
|
o de la étnea tronadora cumbre, |
|
|
|
en cuya entraña hechida de inflamable |
|
|
|
materia prende el fuego y agitado |
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hierve con furia mineral; revienta |
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|
violento al aire libre, y la comarca |
305
|
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de humo se cubre y de betún ardiente, |
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|
|
tal era el suelo do asentó la planta |
|
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|
el protervo Satán. En pos le sigue |
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Belcebub, necios presumiendo entrambos |
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haber la estigia cárcel escalado |
310
|
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por su antigua virtud, cual altos dioses, |
|
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|
y sin que otro mayor lo consintiese. |
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|
«¿Es aquéste el país?,
exclamó entonces
|
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|
el fiero Arcángel, ¿la región es
ésta
|
|
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a do lanzados desde el alto Empíreo |
315
|
|
|
venimos a morar? ¿A esta medrosa |
|
|
|
escuridad, del alma luz del cielo? |
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|
Sí lo será, que así mandarlo plugo |
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|
al tirano que hoy triunfa; sea en buen hora. |
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|
Vivamos lejos de su vista, libres, |
320
|
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ya que, a pesar de la razón, la fuerza |
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|
le juzgó superior a sus iguales. |
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|
Adiós, dichosos campos, donde siempre |
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moran el alma paz y la alegría. |
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|
¡Salve, horrible mansión! ¡Infierno,
salve!
|
325
|
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|
¡Y tú profundo abismo, abre tu seno |
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|
al nuevo habitador, cuyos designios |
|
|
|
jamás el tiempo mudarán ni el hado! |
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|
Él vivirá en sí mismo, y con su gloria |
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|
del infierno hará cielo. Si uno siempre |
330
|
|
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es su ser inmutable, nada importa |
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|
que mude de lugar, que estará en todos |
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|
sobre toda criatura, inferior sólo |
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|
a uno a quien el trueno hace más grande. |
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|
En este reino oscuro, do la invidia |
335
|
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no llegará del Todopoderoso, |
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|
viviremos al menos sin el susto |
|
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|
de ser más desterrados. Reinaremos |
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|
|
independientes, y reinar es siempre |
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|
noble ambición, aun en el hondo abismo, |
340
|
|
|
y mejor suerte que la vergonzosa |
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|
servidumbre del cielo. ¿Por qué causa |
|
|
|
dejamos, pues, que los amigos fieles, |
|
|
|
de nuestro riesgo y ruina compañeros, |
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|
yagan sumidos en el hondo lago, |
345
|
|
|
y de mortal asombro poseídos? |
|
|
|
¿Por qué no los llamamos a que gocen |
|
|
|
también su parte en este suelo infame, |
|
|
|
o para que, de nuevo reunidas |
|
|
|
nuestras fuerzas, probemos si ser puede |
350
|
|
|
algo del cielo aún reconquistado, |
|
|
|
o si algo más perdido en el infierno?» |
|
|
|
|
Esto dijo Satán, y tal respuesta |
|
|
|
le diera Belcebut: «Noble caudillo |
|
|
|
de aquel brillante ejército, que sólo |
355
|
|
|
vencer pudiera el brazo omnipotente, |
|
|
|
si ellos oyen tu voz, la más segura |
|
|
|
prenda de su esperanza en los peligros, |
|
|
|
tantas veces oída en más extremos |
|
|
|
casos, y en el conflicto arduo y dudoso |
360
|
|
|
de la cruel batalla en los asaltos, |
|
|
|
y en todo trance su señal segura, |
|
|
|
tú los verás volver con nuevo aliento |
|
|
|
al antiguo vigor. Que no es extraño |
|
|
|
que dende el alto cielo a este hondo abismo |
365
|
|
|
caídos, yagan hora cual nosotros |
|
|
|
poco ha, de horror y asombro penetrados» |
|
|
|
|
Apenas acabó, cuando a la orilla |
|
|
|
el fiero capitán se fue acercando. |
|
|
|
De temple celestial, ancho y macizo, |
370
|
|
|
era el redondo escudo que pendía |
|
|
|
de sus robustos hombros, semejante |
|
|
|
en su circunferencia al orbe lleno |
|
|
|
de la luna, mirado por la tarde |
|
|
|
a través de algún óptico instrumento. |
375
|
|
|
Tal cual con firme vista, desde lo alto |
|
|
|
de Fesol, o en Valdarno, le observaba |
|
|
|
el inventor etrusco, y descubría |
|
|
|
tierras, ríos y montes en su globo. |
|
|
|
El más gigante pino de Noruega, |
380
|
|
|
en los montes cortado para mástil |
|
|
|
de una grande almiranta, un junco leve |
|
|
|
sería, comparado con la lanza |
|
|
|
en que apoyaba sus molestos pasos |
|
|
|
(no cuales en el cielo dio algún día) |
385
|
|
|
por la inflamada arena, mientra el ígneo |
|
|
|
muro y la ardiente bóveda le herían |
|
|
|
con fuego abrasador por todas partes. |
|
|
|
Empero él lo sufría, y procediendo |
|
|
|
hasta el vecino golfo, allí parado |
390
|
|
|
llamó a sus tercios de ángeles, que yacen |
|
|
|
rendidos al terror y agonizantes |
|
|
|
sobre la herviente onda, tan espesos |
|
|
|
como las secas hojas que al otoño |
|
|
|
cubren de Valumbrosa las corrientes, |
395
|
|
|
de los frondosos árboles caídas; |
|
|
|
o como cuando Orión con turbulento |
|
|
|
soplo azota las playas eritreas |
|
|
|
nadan sobre las ondas las livianas |
|
|
|
algas, sobre las ondas que sorbieron |
400
|
|
|
un día a Faraón con su robusta |
|
|
|
caballería de Menfis, cuando airados |
|
|
|
las rescatadas tribus perseguían, |
|
|
|
mientras seguras, de la opuesta orilla |
|
|
|
vieron ellas hundirse sus jinetes, |
405
|
|
|
yelmos, banderas, carros y caballos; |
|
|
|
tan espesos cubrieron los rebeldes |
|
|
|
espíritus el lago, al fiero asombro |
|
|
|
de la mudanza súbita rendidos. |
|
|
|
|
Llamólos, pues, y a la gran voz los
huecos
|
410
|
|
|
senos del hondo infierno resonaron: |
|
|
|
«Príncipes, potentados y guerreros, |
|
|
|
flor del cielo, antes nuestro y ya perdido; |
|
|
|
pues qué, ¿pudo infundirse en inmortales |
|
|
|
espíritus tal pasmo? Por ventura |
415
|
|
|
después del duro afán de la batalla, |
|
|
|
¿pensáis hallar aquí sueño y
reposo
|
|
|
|
cual si estuvierais en el blando cielo? |
|
|
|
¿O es que así prosternados heis jurado |
|
|
|
dar culto al vencedor, que hora se goza |
420
|
|
|
en ver desde su trono a tantos fuertes |
|
|
|
querubines y excelsos serafines |
|
|
|
en este golfo hundidos, con sus rotas |
|
|
|
armas y sus banderas revolcados, |
|
|
|
mientras que de las puertas eternales |
425
|
|
|
caen sobre nosotros sus ministros |
|
|
|
prontísimos, del fuerte rayo armados |
|
|
|
y el aterrante trueno, y os traspasan |
|
|
|
con más crueles heridas, y al más hondo |
|
|
|
fondón de aquesta cueva os precipitan? |
430
|
|
|
¡Sus!, despertá o quedá por siempre
hundidos».
|
|
|
|
|
Oyéronle, y al punto avergonzados |
|
|
|
volaron hacia arriba, y como suele |
|
|
|
una guardia tal vez en torpe sueño |
|
|
|
por su mayor tomada, a la tremenda |
435
|
|
|
voz correr presta al arma y darse prisa, |
|
|
|
no bien despierta aún, así los diablos, |
|
|
|
que ni el horrendo pozo en que cayeron, |
|
|
|
ni los fieros tormentos, ocupados |
|
|
|
del terror, percibieron. Mas con todo |
440
|
|
|
la voz del general obedecieron |
|
|
|
innumerables. Tal, en el mal día |
|
|
|
de Egipto, apenas hubo al alto cielo |
|
|
|
tendido la su vara portentosa |
|
|
|
Moisén, cuando he aquí que dende oriente |
445
|
|
|
una muy densa nube de langostas |
|
|
|
viene, cubriendo el aire, y sobre el reino |
|
|
|
del duro Faraón se extiende negra, |
|
|
|
como la noche, del fecundo Nilo |
|
|
|
las dilatadas playas asombrando. |
450
|
|
|
|
Tan sin número entonces parecían |
|
|
|
los ángeles precitos, so la ardiente |
|
|
|
copa revolteando del infierno, |
|
|
|
de tres voraces fuegos, alto, bajo |
|
|
|
y lateral, en torno acometidos; |
455
|
|
|
hasta que su lanzón Satán moviendo, |
|
|
|
señaló el sitio do posar debían; |
|
|
|
y ellos en ala igual bajaron prontos |
|
|
|
al sulfúreo terreno, hinchiendo el llano. |
|
|
|
Jamás tal muchedumbre el populoso |
460
|
|
|
norte arrojó de su escarchado seno, |
|
|
|
cuando sus hijos bárbaros, pasando |
|
|
|
el Danubio o el Rin, como un diluvio |
|
|
|
inundaron el sur, y hasta las playas |
|
|
|
de la arenosa Libia se extendieron. |
465
|
|
|
Desde cada escuadrón y tercio al punto |
|
|
|
los jefes destacados vienen prontos |
|
|
|
de su gran comandante a la presencia, |
|
|
|
semidioses en aire y estatura, |
|
|
|
de formas sobrehumanas; personajes |
470
|
|
|
de real dignidad, que allá en el cielo |
|
|
|
antes en altos tronos se asentaran, |
|
|
|
bien que hoy en los registros eternales |
|
|
|
no se halla ya memoria de sus nombres, |
|
|
|
para siempre borrados y raídos, |
475
|
|
|
por su traición, del libro de la vida. |
|
|
|
Ni entre los hijos de Eva otros tuvieron |
|
|
|
hasta mucho después, que sobre el mundo |
|
|
|
por alta permisión de Dios vagando, |
|
|
|
para probar al hombre, corrompieron |
480
|
|
|
con fraudes y mentiras muy gran parte |
|
|
|
de la raza mortal. Los desviaron |
|
|
|
del Dios que los criara, hasta que torpe- |
|
|
|
mente trocando su invisible gloria |
|
|
|
en la imagen de un bruto, muchas veces |
485
|
|
|
erigieron en dioses los demonios, |
|
|
|
y entre oro y pompa y ceremonias vanas, |
|
|
|
les dieron torpe culto, varios nombres, |
|
|
|
después ídolos varios los hicieron |
|
|
|
en el mundo gentil más conocidos. |
490
|
|
|
|
Nómbralos, musa, tú; di quién
primero,
|
|
|
|
y quién al fin, el sueño sacudiendo, |
|
|
|
subió del negro lago a la llamada |
|
|
|
del gran Emperador; cuáles más dignos |
|
|
|
se hallaron, di, de estar cabe él situados |
495
|
|
|
en la desierta playa, mientras queda |
|
|
|
lejos en pos la turba indistinguida. |
|
|
|
Salieron ante todos desde el hondo |
|
|
|
abismo al ancho mundo los que, hambrientos, |
|
|
|
de estragos y miserias, luego osaron |
500
|
|
|
sus asientos fijar cabe el asiento |
|
|
|
del Señor, levantando sus altares |
|
|
|
a par del altar suyo, y adorados |
|
|
|
en derredor de las naciones necias |
|
|
|
cual dioses, insultaron atrevidos |
505
|
|
|
al santo Jehová, que reciamente |
|
|
|
tronaba allá en Sión, su faz velada |
|
|
|
entre los querubines. ¡Cuántas veces |
|
|
|
fue la abominación tan consumada, |
|
|
|
que en el santuario mismo colocaron |
510
|
|
|
sus armas, y oponiendo sus tinieblas |
|
|
|
al resplandor y gloria inmarcesibles, |
|
|
|
con torpes ceremonias las solemnes |
|
|
|
fiestas y el santo rito profanaron! |
|
|
|
|
Fije el primero Moloc, monarca horrendo, |
515
|
|
|
en la sangre de víctimas humanas |
|
|
|
y en paternales lágrimas bañado, |
|
|
|
por más que de atambores y timbales |
|
|
|
el rumor estruendoso confundiese |
|
|
|
el nunca oído grito de los tiernos |
520
|
|
|
hijuelos, por el fuego devorante |
|
|
|
a su horroroso ídolo arrastrados. |
|
|
|
Allá en Rabba y sus llanos aguanosos |
|
|
|
le adoró el ammonita, hasta do corren |
|
|
|
por Argob y Basán de Arnón las aguas. |
525
|
|
|
Ni se hartó su altivez con esta gloria; |
|
|
|
antes del más sapiente de los hombres |
|
|
|
corrompió el corazón, y con engaños |
|
|
|
hizo que el viejo Salomón le alzara |
|
|
|
sobre el monte de Oprobio un alto templo, |
530
|
|
|
frente al templo de Dios, y que por bosque |
|
|
|
le consagrara el antes deleitoso |
|
|
|
valle de Hennón, Tofet después llamado, |
|
|
|
y negro Gehemna, imagen del infierno. |
|
|
|
|
Camos viene tras él, terror inmundo |
535
|
|
|
del moabita, de Aroer a Nebo, |
|
|
|
y hasta el austral desierto de Abarimo, |
|
|
|
por Hesebón y Horonaim, dominios |
|
|
|
del rey Seón, y aún más allá de
Sibma,
|
|
|
|
de sus viñedos y floridos valles, |
540
|
|
|
desde Eleale al lago de Asfaltite. |
|
|
|
So el nombre de Fegor también sedujo |
|
|
|
a Israel en Sitim, a su partida |
|
|
|
del Nilo, y logró de él obscenos ritos, |
|
|
|
después con duros males castigados. |
545
|
|
|
Mas todavía sus orgías torpes |
|
|
|
extendió al monte infame, cabe el bosque |
|
|
|
de Hennón, juntando el odio a la lujuria, |
|
|
|
hasta que el buen Josías, con ardiente |
|
|
|
celo, los arrojó de allí al infierno. |
550
|
|
|
|
Tras éstos parecieron los que dende |
|
|
|
la cofinante onda del Eufrates |
|
|
|
hasta el arroyo que divide a Siria |
|
|
|
de la egipciana tierra, so los nombres |
|
|
|
de Baalim y Astarot, aquéste de hembra |
555
|
|
|
y de varón aquél, fueron servidos; |
|
|
|
que es dado a los espirtus cualquier sexo |
|
|
|
tomar que les agrade, o los dos juntos; |
|
|
|
tan simple y desleída es su natura, |
|
|
|
no trabada con nervios, ni en el frágil |
560
|
|
|
apoyo de los huesos sustentada, |
|
|
|
cual nuestro deleznable y torpe cuerpo; |
|
|
|
sino en cualquiera forma que les place, |
|
|
|
grave o sutil, oscura o transparente, |
|
|
|
prosiguen sus designios, y sus obras, |
565
|
|
|
ora de amor o enemistad, completan. |
|
|
|
Muchas veces por éstos se olvidara |
|
|
|
Israel de su Dios, y abandonando, |
|
|
|
infiel, su altar, hincara la rodilla |
|
|
|
a otros brutales e impotentes dioses. |
570
|
|
|
Por eso fue humillado en las batallas, |
|
|
|
y del Señor dejado a que cayese |
|
|
|
despojo vil del enemigo alfanje. |
|
|
|
|
También vino Astoret en esta tropa, |
|
|
|
a quien Astarte los fenicios llaman, |
575
|
|
|
reina del cielo, de crecientes cuernos, |
|
|
|
a cuya clara imagen en las noches |
|
|
|
de luna sus canciones y plegarias |
|
|
|
las sidonias doncellas dirigían; |
|
|
|
y hasta en Sión sus himnos resonaron |
580
|
|
|
sobre el monte de Escándalo, en el templo |
|
|
|
que aquel rey muliebroso le ensalzara, |
|
|
|
cuyo gran corazón al culto inmundo |
|
|
|
cayó de vanos dioses, por la astucia |
|
|
|
de sus idolatresas enlabiado. |
585
|
|
|
|
En pos vino Tamud, de quien la herida |
|
|
|
atraía cada año a la alta cumbre |
|
|
|
del Líbano las vírgenes sirianas, |
|
|
|
a plañir tiernas todo un día estivo |
|
|
|
su desventura con devoto llanto; |
590
|
|
|
mientras que el dulce Adonis, desprendido |
|
|
|
de su nativa roca, la purpúrea |
|
|
|
corriente enviaba al mar, teñido en sangre |
|
|
|
de Tamud, según dicen, añalmente. |
|
|
|
Igual lamento hicieron con la torpe |
595
|
|
|
fábula, ilusas, de Sión las hijas, |
|
|
|
cuyas livianas lágrimas rociando |
|
|
|
los umbrales del templo vio en su rapto |
|
|
|
Ecequiel, cuando puesta ante sus ojos |
|
|
|
le fue ¡oh Judá! tu negra idolatría. |
600
|
|
|
|
Aquél vino después, que gran
tormento
|
|
|
|
sintió cuando cautiva el arca santa |
|
|
|
mutiló la su imagen, derribando |
|
|
|
allá en su mismo templo sobre el polvo, |
|
|
|
sin brazos ni cabeza, el tronco horrible, |
605
|
|
|
afrenta de su culto y sacerdotes. |
|
|
|
Llamáronle Dagón, monstruo marino, |
|
|
|
hombre del medio arriba, el resto pece. |
|
|
|
Tuvo, empero, en Azot también su templo |
|
|
|
temido por la costa palestina, |
610
|
|
|
en Gath, en Asealón, y en las fronteras |
|
|
|
de Acarón y de Gaza. Y a él seguía |
|
|
|
Rimmón, que tuvo asiento allá en Damasco, |
|
|
|
en la fecunda y deleitosa orilla |
|
|
|
de Abana y Fárfar, transparentes ríos. |
615
|
|
|
Rival también de Dios y de su templo, |
|
|
|
si perdió a un rey leproso, otro (su necio |
|
|
|
conquistador Acaz) vino a su culto, |
|
|
|
y derribó en su obsequio el altar santo. |
|
|
|
poniendo en su lugar otro erigido |
620
|
|
|
a la siriana moda, do quemase |
|
|
|
vergonzosas ofrendas, adorando |
|
|
|
los mismos dioses que vencido hubiera. |
|
|
|
|
Detrás venía innumerable turba, |
|
|
|
por diferentes nombres distinguida, |
625
|
|
|
de no reciente fama: Osiris, Isis, |
|
|
|
Horo y su comitiva, que con formas |
|
|
|
espantables y extrañas brujerías |
|
|
|
al fanático Egipto embaucaron, |
|
|
|
y aun a sus sacerdotes, que buscaban |
630
|
|
|
sus dioses vagabundos, en figuras |
|
|
|
de animalías torpes escondidos. |
|
|
|
También dañó a Israel el mal contagio, |
|
|
|
cuando adoró en Oreb sus arracadas, |
|
|
|
por el arte fusoria convertidas |
635
|
|
|
en un becerro de oro, cuya culpa |
|
|
|
dobló en Bethel y en Dan el rey protervo |
|
|
|
que contrahizo su Dios, y en vez del santo |
|
|
|
Jehová, quemó incienso a un buey rumiante. |
|
|
|
Por eso, oh Egipto, en una triste noche |
640
|
|
|
fueron tus primogénitos despojo, |
|
|
|
y tus balantes dioses, de su ira. |
|
|
|
|
Belial vino por fin, que igual del cielo |
|
|
|
ningún más torpe espíritu cayera, |
|
|
|
ni que más suciamente el vicio amase. |
645
|
|
|
No tuvo templo alzado, ni humo nunca |
|
|
|
de altar suyo subió. Más ¡ay!,
¿quién tiene
|
|
|
|
culto mayor en templos y en altares, |
|
|
|
cuando niegan a Dios sus sacerdotes, |
|
|
|
cual los hijos de Elí, que el santo templo |
650
|
|
|
con lujuria y violencia profanaron? |
|
|
|
Reina también en cortes y palacios |
|
|
|
y en las ciudades, de torpeza asiento, |
|
|
|
donde del alboroto y las injurias |
|
|
|
sube el rumor sobre las altas torres, |
655
|
|
|
cuando a la sombra de la noche negra |
|
|
|
salen los hijos de Belial, de orgullo |
|
|
|
y vino henchidos, a rondar sus calles. |
|
|
|
Testígüenlo las tuyas, oh Sodoma, |
|
|
|
y las de Gabaá, do sin respeto |
660
|
|
|
a la hospitalidad fue escarnecida |
|
|
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la dueña de Bethel, cuyo alto ultraje |
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libró de otro más torpe a su velado. |
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Estos eran en orden los primeros, |
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y en brío. Los demás eran sin cuento |
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y largos de expresar, aunque famosos |
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dioses, a quienes de Jabán, los hijos |
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adoraron en Jonia, más recientes |
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empero, que sus padres cielo y tierra: |
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Titán el primogénito, y su enorme |
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familia, de la herencia por Saturno, |
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bien que hermano menor, desposeídos, |
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aunque el hijo tonante justo pago |
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