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Poesías


Gaspar Melchor de Jovellanos


[Nota preliminar: Jovellanos dejó gran parte de sus poesías sin publicar en vida. Las mismas se han conservado, fundamentalmente, en los manuscritos 12958, 3809, 3751, 18470, 18471, 12944, 12956, 12963, 17676 y 3703 de la Biblioteca Nacional (Madrid). A partir de los mismos y otras fuentes, tanto manuscritas como editadas, José Miguel Caso González realizó su magnifica edición crítica: Obras completas. T. I: Obras literarias, Oviedo, Centro de Estudios del Siglo XVIII-Ayto. de Gijón, 1984. En las páginas 39-55 de la misma se puede encontrar un pormenorizado estudio de las fuentes utilizadas para la edición de las poesías, que ocupan las páginas 56-324. Recomendamos la consulta de esta edición crítica, todavía no superada, por su completo y erudito aparato crítico. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha partido de la misma y, con leves modificaciones para corregir erratas y ajustar el texto a nuestras normas, presentamos a los usuarios una edición de los textos poéticos de Jovellanos que nunca habría sido posible sin la infatigable tarea del profesor Caso, maestro de tantos dieciochistas. No incluimos las poesías atribuidas a Jovellanos (ed. Cit. pp. 325-350) y respetamos la ordenación de los poemas según la edición del profesor Caso.]


Aussus non operam, non formidare poetae
nomen, adoratum quondam, nune pene procaci
monstratum digito.


Jacques Vanière                



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Carta de Jovellanos a su hermano Francisco de Paula, dedicándole sus poesías

Gloria felicis olim viridisque juventae.



Por fin, querido Frasquito, van a tus manos estos versos, que son el único fruto de mis ocios juveniles, y en ellos te envío una firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil razones, que no se ocultarán a tu penetración, me han obligado siempre a esconderlos, no sólo de la vista del público, sino también de la mayor parte de mis amigos. Viéronlos solamente aquellos pocos a quienes una íntima y sensible amistad y una perfecta confrontación de sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las puertas de mi corazón. Para los demás estos versos han sido siempre un misterio ignorado o escondido.

Es verdad que, prescindiendo de la materia sobre que generalmente recaen estas composiciones, he creído que debía también ocultarlos por su poco mérito; porque siendo hechos rápida y descuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y no habiendo recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales ninguna obra es acabada, no hay duda que serán muy defectuosos y que no merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que se hicieron.

Pero sobre todo, nada debió obligarme tanto a reservarlos y esconderlos, como la materia sobre que generalmente recaen. En medio de la inclinación que tengo a la poesía, siempre he mirado la parte lírica de ella como poco digna de un hombre serio, especialmente cuando no tiene más objeto que el amor. Sé muy bien que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no lo repruebo. Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus composiciones entre los que ocupan su corazón más dulcemente; lo primero, porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo segundo, porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amorosas y tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes poemas, cuya belleza nos encanta y sorprende después de tantos años, si sus autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en objetos frívolos y pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su Eneida, había ya admirado a Roma con sus Bucólicos y con los inimitables Geórgicos; de manera que primero cantó de amores, después de los placeres y ejercicios del campo, y al fin los hechos grandes y memorables que precedieron a la fundación de la soberbia Roma.

Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la poesía amorosa me parece poco digna de un hombre serio; y aunque yo por mis años pudiera resistir todavía este título, no pudiera por mi profesión, que me ha sujetado desde una edad temprana a las más graves y delicadas obligaciones. Y ve aquí la razón que me ha obligado a ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al componerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones, no debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza de publicarlos.

Dirás acaso que en esto he pensado con demasiada delicadeza, y lo mismo que he dicho en favor del uso de la poesía ligera en los primeros años, te inclinará tal vez a desaprobarla. Pero debes considerar, que aunque las obligaciones del hombre en la vida privada son iguales en todos los estados, su pública conducta debe variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades hacia el público por su profesión y sus destinos, que lo que es en unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una liviandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el público tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por lo mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nosotros un porte juicioso y una conducta irreprensible; quiere que le dirijamos con nuestra doctrina, y que le edifiquemos con nuestro ejemplo; y así como premia la aplicación y la virtud de los buenos magistrados con un tributo de estimación y alabanza, cuyo precio es inmenso, se venga, por decirlo así, de los malos, censurando sus errores y extravíos con la mayor severidad, castigándolos con el odio y el desprecio. De este modo se compensa la desigualdad de las condiciones, y se igualan las suertes de los que obedecen y los que mandan.

Estas razones, que me obligaron a entregar al fuego la mayor parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que por no sé qué casualidad se libraron de él, deben obligarte a ti también a ser muy circunspecto en el uso de esta confianza. Mis versos contienen una pequeña historia de mis amores y flaquezas: ¡mira tú, si estando yo arrepentido de la causa, podré hacer vanidad de sus efectos! Por lo común a cualquiera de estas composiciones sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas se desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a mirarlas con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si después de haberlos leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu salvo, pues nunca estarán más secretos que cuando se hayan reducido a ceniza.

Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al menos por su materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso ocultarlas sólo porque son versos. Vivimos en un siglo en que la poesía está en descrédito, y en que se cree que el hacer versos es una ocupación miserable. No faltan entre nosotros quienes conozcan el mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que saben y menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no sea yo de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocupaciones son generales, es perdido cualquiera que no se conforme con ellas.

Bien sé que no pensaban así los antiguos. El inmortal Cicerón no se desdeñó de hacer versos, sin embargo de que obtuvo las primeras magistraturas de Roma; Plinio el Mozo, magistrado, orador y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba muchos ratos en hacer versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia, como se puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII, que no copio por la brevedad con que escribo.

Hubo también entre nosotros un tiempo en que la poesía era ocupación de los hombres más doctos y más graves, y en el catálogo de nuestros poetas se leen gentes de todas dignidades y profesiones: ni faltan en él obispos, sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados, y cuando no hubiese más ejemplos que los del célebre obispo Balbuena, del sabio Arias Montano, del elocuente fray Luis de León, sin contar los Mendozas, los Rebolledos, los Crespis, Vegas y Calderones, bastarían para probar cuánto y por cuán grandes personajes fueron cultivadas las Musas entre nosotros otras veces.

Pero vuelvo a decir que es preciso respetar la preocupación al mismo tiempo que se trabaje en deshacerla. Yo encuentro la causa del descrédito de la poesía en el mal uso que hicieron de ella los poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha conducido hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y para averiguar un punto tan importante en nuestra historia literaria, acumulemos nuestras reflexiones sobre las que han hecho anticipadamente otros eruditos.

En la restauración de los estudios se empezaron a cultivar cuidadosamente entre nosotros las humanidades o bellas letras, y particularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos profesores. Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que había producido la Italia, así en tiempo de los Horacios y Virgilios, como en el de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros imitadores hubo muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse todos los ramos de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI había ya producido España muchos épicos, líricos y dramáticos comparables a los más célebres de la antigüedad.

Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y más que todo la reputación de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí a los demás poetas de aquel tiempo, y poco a poco se fue subrogando en lugar de la grave, sencilla y majestuosa poesía, una poesía hinchada y escabrosa, llena de artificio y extravagancias.

Cuando hablo generalmente de la poesía, no se crea que quiero calificar en particular los poetas. Sé que el siglo XVII produjo muchos de gran mérito, y sé que algunos de ellos, en medio de la corrupción y el mal gusto, han producido algunos poemas excelentes. Pero esto debe mirarse como un argumento de lo que puede hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una prueba en favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general. Seguramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus Soledades y sus sonetos que sus bellos romances. ¡Cuánta diferencia, sin embargo, se halla entre una y otra poesía!

Muchas veces he reflexionado que este mal gusto hizo más daño que utilidad había causado el bueno a la poesía. Ningún siglo crió tan prodigioso número de poetas como el pasado; en ninguno tuvo la poesía tan grande estimación. El reinado de Felipe IV era el de Augusto y de Mecenas. El mismo rey se complacía en hacer versos, y a su imitación no había persona que desdeñase un arte que hallaba estimación hasta en el trono. Pero esto mismo acabó de arruinar la poesía. Todos quisieron ser poetas en un tiempo en que se hacía granjería de los versos; y como para serlo al modo y gusto del tiempo no era menester otra cosa que un poco de ingenio, eran pocos los que no podían ser poetas. Creció ilimitadamente el número de los cultivadores de las Musas, y entre tantos era preciso que hubiese muchos despreciables y extravagantes, y lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los dioses a su ambición y a su codicia. ¡Qué inmenso número de poesías pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en que no se halla más lenguaje que el de la lisonja, más calor que el del odio y la venganza, ni más moral que la de los vicios y pasiones!

Con esto empezaron poco a poco a ser aborrecidos o despreciados los poetas, y al fin el descrédito de los poetas se comunicó a la poesía.

Así entró el presente siglo, que debía formar una nueva época para nuestras Musas. Los Candamos, los Lobos y los Silvestres mantuvieron por algún tiempo el crédito de la mala poesía; pero poco a poco fue naciendo el buen gusto y ya en el día vemos con grande complacencia amanecer de nuevo los bellos días en que las Musas españolas deben recobrar su antigua gloria y esplendor.

Sin embargo, la preocupación dura todavía. Las gentes de juicio no se atreven a divulgar un talento que no tiene seguros el aprecio y estimación del público. Entretanto es preciso que las Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que no se atreven todavía a parecer en público por no recibir algún insulto de las personas ignorantes, austeras o preocupadas.

En cuanto a mí, estoy muy lejos de creer que mis versos tengan un gran mérito; pero sí aseguraré que no se parecen a los del mal tiempo. Si por otra parte no merecen ser estimados, ésta no será falta de crítica, sino de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta, y como dice el Horacio francés:


C'est en vain qu'au Parnasse un temeraire auteur
Prétend de l'art des vers atteindre la hauteur,
S'il ne sent point du ciel l'influence secrète,
Si son astre en naissant ne l'a formé poète.



Algo quisiera añadir en abono de los versos libres o blancos; pero me insta el conductor que debe llevar esta colección. Queda este asunto para otra carta, si acaso los negocios de oficio me permitiesen dedicar a él algún rato. Y entre tanto...



ArribaAbajo   Allá van a tus manos
mis versos, oh Paulino;
mis versos mal limados,
mis versos bien sentidos,
de afecto y verdad llenos,  5
si de primor vacíos.

    Partid, partid alegres
¡oh pobres versos míos!;
partid de mí, sin miedo
de ser mal admitidos.  10
No vais emancipados
del público al capricho,
injusto siempre y vario,
ni vais a ser ludibrio
de zoilos envidiosos  15
ni críticos malignos.
Mejor y más dichoso
será vuestro destino,
pues vais a ser recreo
de mi caro Paulino;  20
vais a llenar las horas
que hurtare a su preciso
descanso, y en sus ocios
vais de él a ser leídos;
a ser vais por su vista  25
pasados de continuo,
y a ser de su memoria
mil veces repetidos.

    Tal vez, al repasaros,
saldrá, mal reprimido,  30
el llanto a sus mejillas,
y tal, enternecido,
os honrará su pecho
con un tierno suspiro.

    Empero si por caso  35
alguna vez tenidos
de él fuereis por livianos;
si acaso del antiguo
ropaje, con que incauta
mi pluma os ha guarnido,  40
culpare la extrañeza
y el aire peregrino;
en fin, si os reprendiere
por libres y sencillos,
y el tono licencioso  45
culpare acaso esquivo,
decidle solamente
que fuisteis concebidos,
unos del ocio blando
en medio del descuido,  50
otros de los negocios
en medio del bullicio,
y otros, al fin, en medio
del fuego más activo
de amor, y en el tumulto  55
de los años floridos.

    Empero, si os disculpa,
piadoso y compasivo,
de ser de él estimados
vivid desvanecidos.  60

    Vividlo, mas no tanto
que al público capricho
de la común censura
salgáis inadvertidos:
no sea que os prevenga,  65
como a otros, el destino
borrascas, escarmientos,
naufragios y peligros.

    Vivid por tiempo largo,
contentos y escondidos,  70
en el virtuoso pecho
de mi caro Paulino.






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- I -




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Soneto primero


A Clori




ArribaAbajo   Sentir de una pasión viva y ardiente
todo el afán, zozobra y agonía;
vivir sin premio un día y otro día;
dudar, sufrir, llorar eternamente;

    amar a quien no ama, a quien no siente,  5
a quien no corresponde ni desvía;
persuadir a quien cree y desconfía;
rogar a quien otorga y se arrepiente;

    luchar contra un poder justo y terrible;
temer más la desgracia que la muerte;  10
morir, en fin, de angustia y de tormento,

    víctima de un amor irresistible:
ésta es mi situación, ésta es mi suerte.
¿Y tú quieres, crüel, que esté contento?




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- II -




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Soneto segundo


A Clori




ArribaAbajo   De agudo mal el golpe no esperado
asusta, Clori, tu preciosa vida,
y al mirarte doliente y afligida,
mi enfermo corazón tiembla asustado.

    Dos veces con influjo porfiado  5
ejerce el mal su saña enfurecida:
una turbando mi alma dolorida,
otra afligiendo tu ánimo angustiado.

    ¿Cuál, Clori, de los dos, pues la inclemencia
del mal sentimos ambos de consuno,  10
cuál, dime sufrirá mayor martirio:

    tú, en quien se ceba la crüel dolencia,
o yo, que todo el mal siento importuno
de tu misma dolencia y mi delirio?




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- III -




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Soneto tercero


A Enarda




ArribaAbajo   Bello trasunto del semblante amado,
que acá en mi corazón llevo esculpido,
¿cómo pudo el pincel, aunque regido
de diestra mano, haberte bosquejado?

   ¿Cómo en humana idea tal dechado  5
de perfección ser pudo concebido?
¿Por qué milagro en el marfil bruñido
respira y ve mi dueño idolatrado?

   Del bello original la gracia, el brío,
el peregrino encanto, el gentil arte,  10
y hasta el alma, copiados en ti veo.

   ¡Gracias a su deidad y al amor mío!
Porque sólo pudieron inspirarte
belleza Enarda, y vida mi deseo.




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- IV -




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Idilio primero


Anfriso a Belisa





I

ArribaAbajo   Del Betis recostado
sobre la verde orilla,
así el pastor Anfriso
se lamentaba un día,
culpando los desprecios  5
de la crüel Belisa:

   -Permita el justo cielo,
desapiadada ninfa,
que en la aflicción que lloro
te vea yo algún día;  10
permitan de los dioses
las siempre justas iras
que con tu llanto y quejas
consuele yo las mías.

   Cuando de aquél que adoras,  15
mofada y ofendida,
te quejes a los cielos,
los montes y las silvas;
cuando tu rostro ingrato
descubra la ruina  20
de los rabiosos celos,
de las celosas iras;
y cuando de tus ojos
las luces homicidas
cuidados oscurezcan,  25
pesares y vigilias,
y del contino llanto
las mire yo marchitas;
entonces, solazada,
la triste ánima mía  30
olvidará sus penas,
sus males y sus cuitas;
entonces el llanto ardiente
que hoy riega mis mejillas,
a vista de tu llanto  35
convertiráse en risa;
entonces las angustias
que el corazón me atristan,
las ansias que le aquejan,
los celos que le aguijan,  40
se trocarán en gusto,
consuelo y alegría.


II

   En vano te deleitas
al ver el llanto mío,
crüel Belisa. En vano  45
celebras mis suspiros.

   De lágrimas ardientes
mi rostro humedecido,
con las vigilias flaco,
con el dolor marchito,  50
tu liviandad arguye,
reprende tus caprichos,
y al mundo entero grita
tu infamia y tu delito.

   Estos que en mi semblante  55
ves de dolor indicios,
no son exequias tristes
hechas a un bien perdido,
ni son a tu hermosura
tributos ofrecidos:  60
de tu perfidia sólo
son argumento fijo,
horror de tus engaños,
baldón de mis delirios.

   No lloro tus rigores,  65
ni siento haber perdido
correspondencias falsas,
favores fementidos;
de mi ceguedad sólo
y mis engaños gimo;  70
lloro a un ingrato numen
los hechos sacrificios,
y el exhalado incienso
sobre un altar indigno;
lloro el recuerdo infame  75
del cautiverio antiguo,
y el peso vergonzoso
de los llevados grillos.

   En mi memoria triste
revuelvo de contino  80
obsequios mal pagados,
desdenes mal sufridos,
pospuestas y olvidadas
finezas y suspiros.
   Pero, Belisa, en vano  85
te agrada el llanto mío.
Amor, que ya me mira
con ojos compasivos,
mil veces reprendiendo
mis lágrimas, me dijo:  90
-Nada en perderla pierdes,
¿por qué lloras, mezquino?


III

   Ya, gracias a los dioses,
Belisa, estoy contento;
ya está mi rostro alegre,  95
mis ojos ya están secos.

   Aquel cuitado Anfriso,
que en el pasado tiempo
en pos de tus encantos
corría sin sosiego;  100
aquél que en tu semblante
buscaba iluso y necio
delicias engañosas,
mentidos pasatiempos;
aquél que en tus dos ojos  105
hallaba dos luceros,
mil perlas en tu boca,
mil flores en tu seno;
ya sin amor, sin susto,
sin ansias ni deseos,  110
lejos de ti o contigo,
tranquilo está y sereno.

   Si al paso de los suyos
salen tus ojos bellos,
ni su color se muda,  115
ni pierde su sosiego,
ni el corazón le avisa
del ya pasado incendio.

   Sobre los mismos labios
que en el antiguo tiempo  120
sólo formar sabían
querellas y lamentos,
residen ya los chistes,
la risa y el contento,
las sazonadas burlas,  125
los dichos placenteros.
Sus ojos deslumbrados,
que antes el dios pequeño
cerró con tierna mano
del mundo a los objetos,  130
dejándolos ¡oh cruda!
para ti sola abiertos,
hoy llenos de alegría,
vivaces y traviesos,
siguen el dulce hechizo  135
de mil semblantes bellos,
y de otros bellos ojos
beben el dulce incendio:
que ni los turba el llanto,
ni ofuscan los desvelos.  140


IV

   Belisa, al fin los cielos
de mí se han apiadado:
tú lloras y te afliges,
yo estoy alegre y canto.

   Al que antes, engañado,  145
favoreciste tanto,
ya con dolientes voces
el nombre das de ingrato.

   Por él tu amor sin seso
rompió los dulces lazos  150
que mi inocente cuello
uncían a tu carro.

   Por él abandonaste mi fe,
mi amor, mi llanto,
tu honor y tu decoro,  155
con engañoso trato.
Por él, en fin violaste
mil juramentos santos,
rompiste mil promesas,
forjaste mil engaños.  160

   Ahora, despreciada,
derramas llanto amargo:
pues llora, injusta, llora,
que Anfriso está vengado.




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- V -




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Elegía


A la ausencia de Marina



ArribaAbajoCorred sin tasa de los ojos míos
¡oh lágrimas amargas!, corred libres
de estos míseros ojos, que ya nunca,
como en los días de contento y gloria,
recrearán las gracias de Marina.  5
Corred sin tasa de los ojos míos