  Poesías
Gaspar Melchor de Jovellanos
[Nota preliminar: Jovellanos dejó gran
parte de sus poesías sin publicar en vida. Las mismas se han conservado,
fundamentalmente, en los manuscritos 12958, 3809, 3751, 18470, 18471, 12944,
12956, 12963, 17676 y 3703 de la Biblioteca Nacional (Madrid). A partir de los
mismos y otras fuentes, tanto manuscritas como editadas, José Miguel
Caso González realizó su magnifica edición crítica:
Obras completas. T. I: Obras literarias,
Oviedo, Centro de Estudios del Siglo XVIII-Ayto. de Gijón, 1984. En las
páginas 39-55 de la misma se puede encontrar un pormenorizado estudio de
las fuentes utilizadas para la edición de las poesías, que ocupan
las páginas 56-324. Recomendamos la consulta de esta edición
crítica, todavía no superada, por su completo y erudito aparato
crítico. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha partido de la
misma y, con leves modificaciones para corregir erratas y ajustar el texto a
nuestras normas, presentamos a los usuarios una edición de los textos
poéticos de Jovellanos que nunca habría sido posible sin la
infatigable tarea del profesor Caso, maestro de tantos dieciochistas. No
incluimos las poesías atribuidas a Jovellanos (ed. Cit. pp. 325-350) y
respetamos la ordenación de los poemas según la edición
del profesor Caso.]
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Aussus non operam, non formidare
poetae |
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nomen, adoratum quondam, nune
pene procaci |
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monstratum
digito. |
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  Carta de Jovellanos a su hermano Francisco de Paula,
dedicándole sus poesías
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Gloria felicis olim viridisque
juventae.
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Por fin, querido Frasquito, van a tus
manos estos versos, que son el único fruto de mis ocios juveniles, y en
ellos te envío una firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil
razones, que no se ocultarán a tu penetración, me han obligado
siempre a esconderlos, no sólo de la vista del público, sino
también de la mayor parte de mis amigos. Viéronlos solamente
aquellos pocos a quienes una íntima y sensible amistad y una perfecta
confrontación de sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las
puertas de mi corazón. Para los demás estos versos han sido
siempre un misterio ignorado o escondido.
Es verdad que, prescindiendo de la materia
sobre que generalmente recaen estas composiciones, he creído que
debía también ocultarlos por su poco mérito; porque siendo
hechos rápida y descuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y
no habiendo recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales
ninguna obra es acabada, no hay duda que serán muy defectuosos y que no
merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún
día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que
se hicieron.
Pero sobre todo, nada debió
obligarme tanto a reservarlos y esconderlos, como la materia sobre que
generalmente recaen. En medio de la inclinación que tengo a la
poesía, siempre he mirado la parte lírica de ella como poco digna
de un hombre serio, especialmente cuando no tiene más objeto que el
amor. Sé muy bien que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no
lo repruebo. Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus
composiciones entre los que ocupan su corazón más dulcemente; lo
primero, porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo
segundo, porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron
para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amorosas y
tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes poemas, cuya
belleza nos encanta y sorprende después de tantos años, si sus
autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en objetos frívolos y
pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su
Eneida, había ya admirado a Roma con sus
Bucólicos y con los inimitables
Geórgicos; de manera que primero
cantó de amores, después de los placeres y ejercicios del campo,
y al fin los hechos grandes y memorables que precedieron a la fundación
de la soberbia Roma.
Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la
poesía amorosa me parece poco digna de un hombre serio; y aunque yo por
mis años pudiera resistir todavía este título, no pudiera
por mi profesión, que me ha sujetado desde una edad temprana a las
más graves y delicadas obligaciones. Y ve aquí la razón
que me ha obligado a ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al
componerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones,
no debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza
de publicarlos.
Dirás acaso que en esto he pensado
con demasiada delicadeza, y lo mismo que he dicho en favor del uso de la
poesía ligera en los primeros años, te inclinará tal vez a
desaprobarla. Pero debes considerar, que aunque las obligaciones del hombre en
la vida privada son iguales en todos los estados, su pública conducta
debe variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades
hacia el público por su profesión y sus destinos, que lo que es
en unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una
liviandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están
más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el
público tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por lo
mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nosotros un porte
juicioso y una conducta irreprensible; quiere que le dirijamos con nuestra
doctrina, y que le edifiquemos con nuestro ejemplo; y así como premia la
aplicación y la virtud de los buenos magistrados con un tributo de
estimación y alabanza, cuyo precio es inmenso, se venga, por decirlo
así, de los malos, censurando sus errores y extravíos con la
mayor severidad, castigándolos con el odio y el desprecio. De este modo
se compensa la desigualdad de las condiciones, y se igualan las suertes de los
que obedecen y los que mandan.
Estas razones, que me obligaron a entregar
al fuego la mayor parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que
por no sé qué casualidad se libraron de él, deben
obligarte a ti también a ser muy circunspecto en el uso de esta
confianza. Mis versos contienen una pequeña historia de mis amores y
flaquezas: ¡mira tú, si estando yo arrepentido de la causa,
podré hacer vanidad de sus efectos! Por lo común a cualquiera de
estas composiciones sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas
se desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a mirarlas
con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si después de haberlos
leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu salvo, pues nunca
estarán más secretos que cuando se hayan reducido a ceniza.
Es verdad que entre estas composiciones
hay algunas de que no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al
menos por su materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso
ocultarlas sólo porque son versos. Vivimos en un siglo en que la
poesía está en descrédito, y en que se cree que el hacer
versos es una ocupación miserable. No faltan entre nosotros quienes
conozcan el mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que
saben y menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no sea yo
de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocupaciones son
generales, es perdido cualquiera que no se conforme con ellas.
Bien sé que no pensaban así
los antiguos. El inmortal Cicerón no se desdeñó de hacer
versos, sin embargo de que obtuvo las primeras magistraturas de Roma; Plinio el
Mozo, magistrado, orador y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba
muchos ratos en hacer versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia,
como se puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII,
que no copio por la brevedad con que escribo.
Hubo también entre nosotros un
tiempo en que la poesía era ocupación de los hombres más
doctos y más graves, y en el catálogo de nuestros poetas se leen
gentes de todas dignidades y profesiones: ni faltan en él obispos,
sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados, y cuando no hubiese más
ejemplos que los del célebre obispo Balbuena, del sabio Arias Montano,
del elocuente fray Luis de León, sin contar los Mendozas, los
Rebolledos, los Crespis, Vegas y Calderones, bastarían para probar
cuánto y por cuán grandes personajes fueron cultivadas las Musas
entre nosotros otras veces.
Pero vuelvo a decir que es preciso
respetar la preocupación al mismo tiempo que se trabaje en deshacerla.
Yo encuentro la causa del descrédito de la poesía en el mal uso
que hicieron de ella los poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha
conducido hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y para
averiguar un punto tan importante en nuestra historia literaria, acumulemos
nuestras reflexiones sobre las que han hecho anticipadamente otros
eruditos.
En la restauración de los estudios
se empezaron a cultivar cuidadosamente entre nosotros las humanidades o bellas
letras, y particularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos
profesores. Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que
había producido la Italia, así en tiempo de los Horacios y
Virgilios, como en el de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros
imitadores hubo muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse
todos los ramos de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI
había ya producido España muchos épicos, líricos y
dramáticos comparables a los más célebres de la
antigüedad.
Casi se puede decir que estos bellos
días anochecieron con el siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los
Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron
del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y
más que todo la reputación de estos corrompedores del buen gusto,
arrastró tras de sí a los demás poetas de aquel tiempo, y
poco a poco se fue subrogando en lugar de la grave, sencilla y majestuosa
poesía, una poesía hinchada y escabrosa, llena de artificio y
extravagancias.
Cuando hablo generalmente de la
poesía, no se crea que quiero calificar en particular los poetas.
Sé que el siglo XVII produjo muchos de gran mérito, y sé
que algunos de ellos, en medio de la corrupción y el mal gusto, han
producido algunos poemas excelentes. Pero esto debe mirarse como un argumento
de lo que puede hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una
prueba en favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general.
Seguramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus
Soledades y sus sonetos que sus bellos
romances. ¡Cuánta diferencia, sin embargo, se halla entre una y
otra poesía!
Muchas veces he reflexionado que este mal
gusto hizo más daño que utilidad había causado el bueno a
la poesía. Ningún siglo crió tan prodigioso número
de poetas como el pasado; en ninguno tuvo la poesía tan grande
estimación. El reinado de Felipe IV era el de Augusto y de Mecenas. El
mismo rey se complacía en hacer versos, y a su imitación no
había persona que desdeñase un arte que hallaba estimación
hasta en el trono. Pero esto mismo acabó de arruinar la poesía.
Todos quisieron ser poetas en un tiempo en que se hacía granjería
de los versos; y como para serlo al modo y gusto del tiempo no era menester
otra cosa que un poco de ingenio, eran pocos los que no podían ser
poetas. Creció ilimitadamente el número de los cultivadores de
las Musas, y entre tantos era preciso que hubiese muchos despreciables y
extravagantes, y lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los
dioses a su ambición y a su codicia. ¡Qué inmenso
número de poesías pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en
que no se halla más lenguaje que el de la lisonja, más calor que
el del odio y la venganza, ni más moral que la de los vicios y
pasiones!
Con esto empezaron poco a poco a ser
aborrecidos o despreciados los poetas, y al fin el descrédito de los
poetas se comunicó a la poesía.
Así entró el presente siglo,
que debía formar una nueva época para nuestras Musas. Los
Candamos, los Lobos y los Silvestres mantuvieron por algún tiempo el
crédito de la mala poesía; pero poco a poco fue naciendo el buen
gusto y ya en el día vemos con grande complacencia amanecer de nuevo los
bellos días en que las Musas españolas deben recobrar su antigua
gloria y esplendor.
Sin embargo, la preocupación dura
todavía. Las gentes de juicio no se atreven a divulgar un talento que no
tiene seguros el aprecio y estimación del público. Entretanto es
preciso que las Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que no se atreven
todavía a parecer en público por no recibir algún insulto
de las personas ignorantes, austeras o preocupadas.
En cuanto a mí, estoy muy lejos de
creer que mis versos tengan un gran mérito; pero sí
aseguraré que no se parecen a los del mal tiempo. Si por otra parte no
merecen ser estimados, ésta no será falta de crítica, sino
de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta, y como dice el Horacio
francés:
|
C'est en vain qu'au Parnasse un
temeraire auteur |
|
|
|
Prétend de l'art des vers
atteindre la hauteur, |
|
|
|
S'il ne sent point du ciel l'influence
secrète, |
|
|
|
Si son astre en naissant ne l'a
formé poète. |
|
|
|
Algo quisiera añadir en abono de
los versos libres o blancos; pero me insta el conductor que debe llevar esta
colección. Queda este asunto para otra carta, si acaso los negocios de
oficio me permitiesen dedicar a él algún rato. Y entre
tanto...
|
 Allá van a tus manos
|
|
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|
mis versos, oh Paulino; |
|
|
|
mis versos mal limados, |
|
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|
mis versos bien sentidos, |
|
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de afecto y verdad llenos, |
5
|
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|
si de primor vacíos. |
|
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|
Partid, partid alegres |
|
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|
¡oh pobres versos míos!; |
|
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|
partid de mí, sin miedo |
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de ser mal admitidos. |
10
|
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|
No vais emancipados |
|
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del público al capricho, |
|
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|
injusto siempre y vario, |
|
|
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ni vais a ser ludibrio |
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de zoilos envidiosos |
15
|
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ni críticos malignos. |
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|
Mejor y más dichoso |
|
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|
será vuestro destino, |
|
|
|
pues vais a ser recreo |
|
|
|
de mi caro Paulino; |
20
|
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|
vais a llenar las horas |
|
|
|
que hurtare a su preciso |
|
|
|
descanso, y en sus ocios |
|
|
|
vais de él a ser leídos; |
|
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|
a ser vais por su vista |
25
|
|
|
pasados de continuo, |
|
|
|
y a ser de su memoria |
|
|
|
mil veces repetidos. |
|
|
|
|
Tal vez, al repasaros, |
|
|
|
saldrá, mal reprimido, |
30
|
|
|
el llanto a sus mejillas, |
|
|
|
y tal, enternecido, |
|
|
|
os honrará su pecho |
|
|
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con un tierno suspiro. |
|
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Empero si por caso |
35
|
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alguna vez tenidos |
|
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|
de él fuereis por livianos; |
|
|
|
si acaso del antiguo |
|
|
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ropaje, con que incauta |
|
|
|
mi pluma os ha guarnido, |
40
|
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|
culpare la extrañeza |
|
|
|
y el aire peregrino; |
|
|
|
en fin, si os reprendiere |
|
|
|
por libres y sencillos, |
|
|
|
y el tono licencioso |
45
|
|
|
culpare acaso esquivo, |
|
|
|
decidle solamente |
|
|
|
que fuisteis concebidos, |
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|
|
unos del ocio blando |
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|
|
en medio del descuido, |
50
|
|
|
otros de los negocios |
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en medio del bullicio, |
|
|
|
y otros, al fin, en medio |
|
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del fuego más activo |
|
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|
de amor, y en el tumulto |
55
|
|
|
de los años floridos. |
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|
|
Empero, si os disculpa, |
|
|
|
piadoso y compasivo, |
|
|
|
de ser de él estimados |
|
|
|
vivid desvanecidos. |
60
|
|
|
|
Vividlo, mas no tanto |
|
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|
que al público capricho |
|
|
|
de la común censura |
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|
salgáis inadvertidos: |
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|
no sea que os prevenga, |
65
|
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|
como a otros, el destino |
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|
borrascas, escarmientos, |
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|
|
naufragios y peligros. |
|
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|
Vivid por tiempo largo, |
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contentos y escondidos, |
70
|
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en el virtuoso pecho |
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de mi caro Paulino. |
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  - I -
  Soneto primero
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 Sentir de una pasión viva y ardiente
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|
todo el afán, zozobra y agonía; |
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|
vivir sin premio un día y otro día; |
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|
dudar, sufrir, llorar eternamente; |
|
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|
|
amar a quien no ama, a quien no siente, |
5
|
|
|
a quien no corresponde ni desvía; |
|
|
|
persuadir a quien cree y desconfía; |
|
|
|
rogar a quien otorga y se arrepiente; |
|
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|
luchar contra un poder justo y terrible; |
|
|
|
temer más la desgracia que la muerte; |
10
|
|
|
morir, en fin, de angustia y de tormento, |
|
|
|
|
víctima de un amor irresistible: |
|
|
|
ésta es mi situación, ésta es mi
suerte.
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|
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|
¿Y tú quieres, crüel, que esté
contento?
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|
|
|
  - II -
  Soneto segundo
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|
 De agudo mal el golpe no esperado
|
|
|
|
asusta, Clori, tu preciosa vida, |
|
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|
y al mirarte doliente y afligida, |
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|
|
mi enfermo corazón tiembla asustado. |
|
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|
|
Dos veces con influjo porfiado |
5
|
|
|
ejerce el mal su saña enfurecida: |
|
|
|
una turbando mi alma dolorida, |
|
|
|
otra afligiendo tu ánimo angustiado. |
|
|
|
|
¿Cuál, Clori, de los dos, pues la
inclemencia
|
|
|
|
del mal sentimos ambos de consuno, |
10
|
|
|
cuál, dime sufrirá mayor martirio: |
|
|
|
|
tú, en quien se ceba la crüel
dolencia,
|
|
|
|
o yo, que todo el mal siento importuno |
|
|
|
de tu misma dolencia y mi delirio? |
|
|
|
  - III -
  Soneto tercero
|
|
|
 Bello trasunto del semblante amado,
|
|
|
|
que acá en mi corazón llevo esculpido, |
|
|
|
¿cómo pudo el pincel, aunque regido |
|
|
|
de diestra mano, haberte bosquejado? |
|
|
|
|
¿Cómo en humana idea tal dechado |
5
|
|
|
de perfección ser pudo concebido? |
|
|
|
¿Por qué milagro en el marfil bruñido |
|
|
|
respira y ve mi dueño idolatrado? |
|
|
|
|
Del bello original la gracia, el brío, |
|
|
|
el peregrino encanto, el gentil arte, |
10
|
|
|
y hasta el alma, copiados en ti veo. |
|
|
|
|
¡Gracias a su deidad y al amor
mío!
|
|
|
|
Porque sólo pudieron inspirarte |
|
|
|
belleza Enarda, y vida mi deseo. |
|
|
|
  - IV -
  Idilio primero
|
|
I
|
|
 Del Betis recostado
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|
|
sobre la verde orilla, |
|
|
|
así el pastor Anfriso |
|
|
|
se lamentaba un día, |
|
|
|
culpando los desprecios |
5
|
|
|
de la crüel Belisa: |
|
|
|
|
-Permita el justo cielo, |
|
|
|
desapiadada ninfa, |
|
|
|
que en la aflicción que lloro |
|
|
|
te vea yo algún día; |
10
|
|
|
permitan de los dioses |
|
|
|
las siempre justas iras |
|
|
|
que con tu llanto y quejas |
|
|
|
consuele yo las mías. |
|
|
|
|
Cuando de aquél que adoras, |
15
|
|
|
mofada y ofendida, |
|
|
|
te quejes a los cielos, |
|
|
|
los montes y las silvas; |
|
|
|
cuando tu rostro ingrato |
|
|
|
descubra la ruina |
20
|
|
|
de los rabiosos celos, |
|
|
|
de las celosas iras; |
|
|
|
y cuando de tus ojos |
|
|
|
las luces homicidas |
|
|
|
cuidados oscurezcan, |
25
|
|
|
pesares y vigilias, |
|
|
|
y del contino llanto |
|
|
|
las mire yo marchitas; |
|
|
|
entonces, solazada, |
|
|
|
la triste ánima mía |
30
|
|
|
olvidará sus penas, |
|
|
|
sus males y sus cuitas; |
|
|
|
entonces el llanto ardiente |
|
|
|
que hoy riega mis mejillas, |
|
|
|
a vista de tu llanto |
35
|
|
|
convertiráse en risa; |
|
|
|
entonces las angustias |
|
|
|
que el corazón me atristan, |
|
|
|
las ansias que le aquejan, |
|
|
|
los celos que le aguijan, |
40
|
|
|
se trocarán en gusto, |
|
|
|
consuelo y alegría. |
|
|
|
|
II
|
|
En vano te deleitas |
|
|
|
al ver el llanto mío, |
|
|
|
crüel Belisa. En vano |
45
|
|
|
celebras mis suspiros. |
|
|
|
|
De lágrimas ardientes |
|
|
|
mi rostro humedecido, |
|
|
|
con las vigilias flaco, |
|
|
|
con el dolor marchito, |
50
|
|
|
tu liviandad arguye, |
|
|
|
reprende tus caprichos, |
|
|
|
y al mundo entero grita |
|
|
|
tu infamia y tu delito. |
|
|
|
|
Estos que en mi semblante |
55
|
|
|
ves de dolor indicios, |
|
|
|
no son exequias tristes |
|
|
|
hechas a un bien perdido, |
|
|
|
ni son a tu hermosura |
|
|
|
tributos ofrecidos: |
60
|
|
|
de tu perfidia sólo |
|
|
|
son argumento fijo, |
|
|
|
horror de tus engaños, |
|
|
|
baldón de mis delirios. |
|
|
|
|
No lloro tus rigores, |
65
|
|
|
ni siento haber perdido |
|
|
|
correspondencias falsas, |
|
|
|
favores fementidos; |
|
|
|
de mi ceguedad sólo |
|
|
|
y mis engaños gimo; |
70
|
|
|
lloro a un ingrato numen |
|
|
|
los hechos sacrificios, |
|
|
|
y el exhalado incienso |
|
|
|
sobre un altar indigno; |
|
|
|
lloro el recuerdo infame |
75
|
|
|
del cautiverio antiguo, |
|
|
|
y el peso vergonzoso |
|
|
|
de los llevados grillos. |
|
|
|
|
En mi memoria triste |
|
|
|
revuelvo de contino |
80
|
|
|
obsequios mal pagados, |
|
|
|
desdenes mal sufridos, |
|
|
|
pospuestas y olvidadas |
|
|
|
finezas y suspiros. |
|
|
|
Pero, Belisa, en vano |
85
|
|
|
te agrada el llanto mío. |
|
|
|
Amor, que ya me mira |
|
|
|
con ojos compasivos, |
|
|
|
mil veces reprendiendo |
|
|
|
mis lágrimas, me dijo: |
90
|
|
|
-Nada en perderla pierdes, |
|
|
|
¿por qué lloras, mezquino? |
|
|
|
|
III
|
|
Ya, gracias a los dioses, |
|
|
|
Belisa, estoy contento; |
|
|
|
ya está mi rostro alegre, |
95
|
|
|
mis ojos ya están secos. |
|
|
|
|
Aquel cuitado Anfriso, |
|
|
|
que en el pasado tiempo |
|
|
|
en pos de tus encantos |
|
|
|
corría sin sosiego; |
100
|
|
|
aquél que en tu semblante |
|
|
|
buscaba iluso y necio |
|
|
|
delicias engañosas, |
|
|
|
mentidos pasatiempos; |
|
|
|
aquél que en tus dos ojos |
105
|
|
|
hallaba dos luceros, |
|
|
|
mil perlas en tu boca, |
|
|
|
mil flores en tu seno; |
|
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ya sin amor, sin susto, |
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sin ansias ni deseos, |
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lejos de ti o contigo, |
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tranquilo está y sereno. |
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Si al paso de los suyos |
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salen tus ojos bellos, |
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ni su color se muda, |
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ni pierde su sosiego, |
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ni el corazón le avisa |
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del ya pasado incendio. |
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Sobre los mismos labios |
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que en el antiguo tiempo |
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sólo formar sabían |
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querellas y lamentos, |
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residen ya los chistes, |
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la risa y el contento, |
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las sazonadas burlas, |
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los dichos placenteros. |
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Sus ojos deslumbrados, |
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que antes el dios pequeño |
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cerró con tierna mano |
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del mundo a los objetos, |
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dejándolos ¡oh cruda! |
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para ti sola abiertos, |
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hoy llenos de alegría, |
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vivaces y traviesos, |
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siguen el dulce hechizo |
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de mil semblantes bellos, |
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y de otros bellos ojos |
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beben el dulce incendio: |
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que ni los turba el llanto, |
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ni ofuscan los desvelos. |
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IV
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Belisa, al fin los cielos |
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de mí se han apiadado: |
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tú lloras y te afliges, |
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yo estoy alegre y canto. |
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Al que antes, engañado, |
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favoreciste tanto, |
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ya con dolientes voces |
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el nombre das de ingrato. |
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Por él tu amor sin seso |
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rompió los dulces lazos |
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que mi inocente cuello |
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uncían a tu carro. |
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Por él abandonaste mi fe, |
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mi amor, mi llanto, |
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tu honor y tu decoro, |
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con engañoso trato. |
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Por él, en fin violaste |
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mil juramentos santos, |
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rompiste mil promesas, |
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forjaste mil engaños. |
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Ahora, despreciada, |
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derramas llanto amargo: |
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pues llora, injusta, llora, |
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que Anfriso está vengado. |
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  - V -
  Elegía
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 Corred sin tasa de los ojos míos
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¡oh lágrimas amargas!, corred libres |
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de estos míseros ojos, que ya nunca, |
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como en los días de contento y gloria, |
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recrearán las gracias de Marina. |
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Corred sin tasa de los ojos míos |
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