 
Primeros textos publicados de Carmen
Martín Gaite en la revista
Trabajos y Días (Salamanca,
1946-1951)
Dolores Romero
López
Universidad Nacional de Educación a
Distancia
Hace ya algunos años publiqué un artículo
titulado «Un tributo al análisis de las revistas españolas
de posguerra:
Trabajos y Días (Salamanca,
1946-195l)» (Romero López, 1995). Se trata de una
investigación que tenía por objeto analizar y dar a conocer la
existencia de una revista universitaria salmantina que, en honor a la obra de
Heríodo, se llamó
Trabajos y Días. Este estudio fue un
intento de completar la publicación de Jordi Gracia (1994),
Crónica de una deserción.
Ideología y política en la prensa universitaria del franquismo
(1940-1960), donde se analizan otras revistas similares como
Alférez,
Alerta,
Estilo,
Laye,
Alcaló,
Qvadrante,
La hora,
Theoría y
Acento cultural. Rafael Sánchez
Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Alfonso
Sastre, Juan García Hortelano, Carlos Barral, José María
Castellet, José Manuel Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite y
otros tantos iniciaron su carrera como escritores en aquellas revistas de
posguerra. De ellas salió la estética del realismo y en sus
páginas se expresaron los que serían precursores de las ideas
democráticas.
La bibliografía sobre la revista
Trabajos y Días es muy escasa. Apenas
encontramos una reseña en el recopilación de Manuel Peláez
del Rosal (1980), otra en el libro coordinado por Teresa Santander (1986) y un
escueto artículo que Fernando Rodríguez de la Flor (1980)
publicó en el diario salmantino
El Adelanto. La revista surgió al
socaire de las tertulias sabatinas de La Exedra. Tal denominación se
debe a la construcción de planta semicircular que tenía el
extinto Café Castilla, donde se celebraban. De dichas conversaciones
surgió la necesidad de hacer una publicación donde quedaran
plasmadas sus opiniones. A pesar de que la revista nace sin mentor, parece que
fueron Antonio Tovar y Manuel García Blanco, por lo que cita Teresa
Santander, los que promovieron la publicación y buscaron los medios
económicos necesarios para soportarla. En
Trabajos y Días publican profesores:
Alfredo Carrato, Alonso Zamora Vicente, Ángel de Apráiz, Antonio
García Boiza, Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, Fernando
Lázaro Carreter, Francisco Maldonado de Guevara, José
Camón Aznar, Manuel García Blanco, Luis S. Granjel, etc. y los
entonces alumnos: Agustín García Calvo, Concha Giner, Natalia
Guilarte117, Luis Leocadio
Cortés y Vázquez, Manuel Palomar Lapesa, Manuel Alvar, Carmen
Martín Gaite, Virgilio Bejarano, etc., hombres y mujeres que con el
tiempo se erigieron en la elite intectual de un país sumido en
penuria.
El talante ideológico de la revista, subvencionada por el
Gobierno Civil, fue siempre de diálogo y entendimiento como lo demuestra
este texto anónimo:
|
En el suplemento político de este número se habla de
la evolución que está realizando nuestro régimen. Tal vez
sea esa la razón por la que nos sentimos obligados a explicar
quiénes somos y qué queremos con este periodiquillo nuestro, en
el que tal vez no haya más que unas ilusiones de juventud. Nuestro
periódico hace media docena de años hubiera estado mucho
más claro. No hubiera sido necesario que anduviéramos con
circunloquios y explicaciones más o menos misteriosas. Entonces se
repetía mucho que nuestro movimiento no era ni un movimiento de derechas
ni un movimiento de izquierdas, que el común denominador que se buscaba
era el de ser españoles y sentir la vida nacional con un mínimo
de angustia, que no se trataba de excluir a nadie, ni de coartar
dogmáticamente una porción de campos que Dios ha dejado a la
actuación de los hombres. [...] Precisamente se pretendía en esta
revista recoger las diversas vibraciones de las generaciones que llegan a la
Universidad, sin extremar los tópicos de la formación, hoy en una
moda tan peligrosa y de efectos tan contraproducentes, como la repetida
experiencia demuestra. Son precisamente personas que se las dan de liberales y
de antitotalitarios los que andan expurgando y espulgando en nuestras
páginas con celo digno de mejor causa. Nada oscuro hay aquí. Todo
el mundo sabe quiénes somos y si de algo nos jactamos es de poder
entendernos con todo el mundo. Ni lienzos querido molestar nunca a nadie y si
alguien nos parece digno de alabanza, no andamos averiguando lo que es o ha
sido. Esto es todo.
|
En el siguiente cuadro se pueden apreciar los números
publicados que manifiestan el fervor con el que se comienza y la falta de
financiación con la que se termina:

La revista, pues, consta de quince números, repartidos
irregularmente entre los años 1946 y 1951.
Los temas soportan esa tensión entre maestros / alumnos,
pasado / presente, España / Europa y tradición / modernidad.
Destacan varios artículos o reseñas sobre autores de la entonces
llamada Generación del 98, algunos sobre el Grupo de 1927 y la
preocupación por la coetánea novela realista y la poesía
de visos sociales. En general, la revista es un notable intento de
reconstrucción intelectual del país, de ahí su
título.
1. CARMEN MARTÍN
GAITE Y
TRABAJOS Y DÍAS
Carmen Martín Gaite nació en la ciudad de
Salamanca el ocho de diciembre de 1925, a las doce de la mañana, en la
casa que sus padres tenían en Plaza de los Bandos. Inició sus
estudios de bachillerato en el Instituto Femenino, cuyo ambiente
describió posteriormente en su libro
Entre visillos. Allí disfrutó
del saber impartido por dos magníficos profesores: Rafael Lapesa y
Salvador Fernández Ramírez, a ellos les debe, según
manifiesta en su libro
Agua pasada, el esmero con que se
entregó a los ejercicios de redacción y su vocación
definitiva por la literatura. En 1943 comenzó su carrera de
Filología Románica en la Universidad de Salamanca. Fue
condiscípula de Ignacio Aldecoa y del poeta Agustín García
Calvo. En el verano de 1948, al terminar sus estudios universitarios,
Carmiña, como la conocían sus compañeros, se
desplazó hasta la Universidad de Cannes, donde disfrutó de una
beca de estudios. El sabor de aquella libertad juvenil determinará su
marcha a Madrid con la excusa de estudiar su doctorado. De noviembre de 1948 a
la primavera de 1949 vivió en Madrid. En mayo la enfermedad del tifus,
acompañada de
altísimas fiebres, le obliga a
regresar a Salamanca. Pero durante el otoño de ese año, la
familia se trasladó definitivamente al piso de la calle Alcalá,
en Madrid.
Esos breves datos biográficos, a los que, entre otros,
alude la novelista en
Agua pasada (1993: 11-35), adquieren
notable importancia para comprender su entrañable vínculo con
Trabajos y Días. Las colaboraciones
de Carmen Martín Gaite en la revista se reducen a tres en su
época de estudiante: un poema titulado «La barca nevada»
(1947a), alguna traducción del rumano (1947b) y una narración
cuyo título es «Desde el umbral» ((1948). Pasajes de
más fortuna fueron los publicados estando ella ya en Madrid,
después de licenciarse. Me refiero a los poemas: «En mi
vejez» (1949a) y «Destello» (1949b). En 1949 la autora
regresa a Salamanca para reponerse de una enfermedad en casa de sus padres.
Pero ya su cuento «Historia de un mendigo» (1950) fue publicado
después de que la familia se mudara a la capital durante el otoño
de 1949. Por tanto, Carmen Martín Gaite mantuvo con quienes siguieron
redactando
Trabajos y Días una cordial
relación que le llevó a participar en la revista aún
habiendo perdido su vínculo. De todos los textos publicados en esta
revista, únicamente los poemas «En mi vejez» y
«Destellos» fueron recopilados posteriormente en su libro
A rachas, con acertadas modificaciones. Las
demás publicaciones fueron olvidadas y consideradas por la autora como
algo «cursi y malísimo».
En la bibliografía consultada sobre la escritora
(Alemany, 1990; Chown, 1990; Ciplijauskaité, 1988; Lipman, 1987; Lluch,
2000; Martinell, 1993; Nichols, 1992; Puente, 1994; Servodidio, 1983) siempre
se hace referencia a estas colaboraciones en la revista universitaria, pero
nadie, que sepamos, hasta ahora, se ha atrevido a husmear en aquellos textos y
volver a publicarlos. Ella misma los menciona en su obra
Agua pasada, pero pocos investigadores se
han esmerado en recopilar los escritos perdidos en las páginas de
aquellas publicaciones periódicas donde en su día
colaboró118.
Cuando en 1995, le pedí su opinión para volver a
publicar sus primeros textos me contestó, en carta personal, lo
siguiente:
|
Aunque un poco a regañadientes, le doy el permiso que me
pide. No he vuelto a leerlo nunca, y casi ni me acordaba del título,
pero por el vago recuerdo que tengo me parece que «Historia de un
mendigo» era un cuento muy cursi y malísimo del que me voy a
avergonzar. No sé qué provecho pueden sacar de esta
vergüenza mía los demás, pero también conozco la
tenacidad inquebrantable de
aquellos desenterradores de
fantasmas, y estoy en un momento en el que lo último que me apetece es
discutir. Así que haga lo que quiera. Sólo le pido que en su
artículo no sea hagiográfica y le pegue un palo a «Historia
de un mendigo», que creo que se los merece todos. Pero no sé si
seré capaz de convencerla [...]
|
Aquellas palabras y otras circunstancias personales hicieron que
olvidara mi intención de publicar los textos. Ahora creo que conviene
publicarlos, en primer lugar, porque son las primeras letras impresas de una
gran escritora; después, para deshacer malentendidos de la
crítica que se terminan pasando de unos a otros y de generación
en generación; y, por último, para poder trazar su trayectoria
literaria completa, que abarca tres facetas intelectuales (narradora, poeta y
traductora).
2. LAS
TRADUCCIONES
El elenco de autores traducidos en
Trabajos y Días se circunscribe a
Goethe, Heine y Hölderling que mantenían vivo el reclamo de la
cultura clásica del espíritu germánico. Las traducciones
del rumano que Carmen Martín Gaite realiza están motivadas por
una circunstancia personal e histórica: el rumano Aurelio Rauta
impartía clases de dicha lengua en la Facultad de Letras. Aurelio Rauta
tuvo que exiliarse de Rumania para no enfrentarse con el nuevo régimen
promarxista. La España de Franco le dio cobijo. Rauta es colaborador
activo de la revista e instigador, sin duda, de la voluntad de Carmen
Martín Gaite, quien debió sentir, gracias a él, la
necesidad de adaptar dos fragmentos del poeta rumano Tudor Arghezi, del que
señala la traductora:
|
Nació en Bucarest en 1880, el día 21 de mayo. En
el año 1896 frecuentaba el círculo literario Literatorul de Al.
Macedonski donde conoce a Gala Galactión. Hacia 1899 es ayudante de
químico en una fábrica de azúcar. Luego monje en el
monasterio Cernica. Después de cuatro años de diácono en
la metropolitana Bucarest abandona el país era 1905, realizando un viaje
por Francia, Suiza, etc. Fue encarcelado por complicidad antimonárquica
pasando dos años en la cárcel. Su obra poética fue reunida
últimamente en un tomo titulado
Versuri. Escribió algunas
novelas.
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| (Martín Gaite, 1947b: s.p.) |
|
Efectivamente, Ion N. Teodorescu, llamado Tudor Arghezi,
publicó varios libros de poemas líricos:
Poemas variados (1927),
Flores de moho (1931),
Farándulas (1939) y algunos textos
en prosa:
Iconos de madera y
La puerta negra (1930), recuerdos de su
vida monástica y de su estancia en la cárcel, donde estuvo preso
por motivos políticos. Los fragmentos que transcribo, a pesar de
pertenecer a un poeta foráneo, recuerdan los
desastres de
la Guerra Civil española. Las fosas comunes, el hambre que asoma en las
famélicas figuras de los vivos, la soledad, el miedo y el irónico
matiz religioso apuntan con sarcasmo a la injusticia que engendra la vida.
Poemas de tono desarraigado y estremecedor que debieron impactar a la joven
traductora, pues ella misma recuerda que su familia pasó toda la guerra
en Salamanca:
|
con bastante miedo, debido a las ideas liberales de mi padre y
de todos sus amigos, muchos de los cuales -entre ellos don Miguel de Unamuno-
sufrieron persecución y cárcel por parte del general Franco, que
tenía en Salamanca su Cuartel General y reprimió -como es sabido-
cualquier conato de liberalismo. A mi padre no lo llegaron a encarcelar porque
no pertenecía a ningún partido político, pero siempre nos
estaba aconsejando que no habláramos con nadie de sus opiniones
antimilitaristas y la casa se había convertido en una especie de
refugio, que reforzó nuestros lazos familiares. A un hermano de mi
madre, Joaquín Gaire -discípulo y amigo de don Miguel de Unamuno-
lo fusilaron en agosto de 1936 por tener carnet del partido socialista.
|
Probablemente fue el recuerdo de escenas de hambre e infortunio
lo que la motivó a publicar estas traducciones:
Los muertos (Martín Gaite,
1947b)
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Salen los muertos... |
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Son diez, |
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Y pasan bajo el arco de la puerta, |
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Hombro con hombro |
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Cada dos en sus ataudes
(sic),
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Sin madre, sin cura, sin cruz. |
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Van juntos |
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Con hielo y con luna. |
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A los diez los han borrado de la lista |
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Y los han echado al universo, |
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Con los brazos inertes cruzados |
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Sobre la tripa desnuda. |
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Vedlos. Hambrientos, no saben de hambre |
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Y rígidos olvidaron el frío. |
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Alguien curará en el cielo |
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Sus amoratadas heridas. |
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El portero, en el camino los detiene |
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Y los cuenta con la punta del bastón. |
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Afuera el caballo, como tallado en madera, parece
muerto.
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Y también el hombre que agarra las riendas. |
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[¡]Adiós! Id en paz hacia la fosa
común.
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Que la tierra os sea más amiga |
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Que las manos que os castigaron, |
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Que los curas que os han negado su oración. |
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Y estad alertas. |
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No os extraviéis
(sic) en el camino.
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Porque mañana por la noche, quizá
está noche.
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Cuando se enciendan las estrellas de cera. |
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Pasaréis
(sic) |
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A un nuevo juicio. |
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Duhovniceasca (Martín
Gaite, 1947b)
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¡Qué noche tan densa y tan pesada! |
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Alguien ha llamado en el fondo del mundo. |
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¿Realmente Alguien? ¿O sólo
ilusión mía?
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¿Quién viene andando sin luz, |
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Sin luna, sin antorcha |
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Y ha chocado contra los álamos del
jardín?
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¿Quién se acerca sin ruido de pisadas, |
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Como un alma errante? |
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¿Quién está ahí?
¡Responde!
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¿De donde
(sic) vienes y por donde
(sic) has entrado?
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¿Eres tú madre? Tengo miedo |
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[¡]Madre buena, madrecita! |
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[¡]Has vuelto porque te aburrías en la
tumba!...
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Mira. Todos dejaron de existir; |
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Desde que te fuiste, todos se han ido yendo... |
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Se acostaron como tú, han anochecido, |
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[¡]Se han dormido del todo! |
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El perro también giró en torno a su
hocico
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Y cayó. Perecieron las mazorcas, |
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246
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Se secaron la albahaca y los morales, |
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Volaron del alero los gorriones, |
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Dijeron adiós a la casa de las golondrinas y los
vencejos,
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Las colmenas están desiertas, |
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Pardean los álamos |
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Hasta se han derrumbado las paredes y el cortijo
está podrido...
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[¡]Eh! ¿Quién atravesó el
huerto
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Y quien se ha detenido? [¡]Dí! ¿Por
que
(sic) te paras?
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¿Qué quieres? [¿] Quien
(sic) eres tú
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Que vienes invisible y mudo como en los cuentos? |
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Aquí ya no vive nadie |
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Desde hace veinte años... |
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Sólo yo estoy, esparcido entre las espinas y los
terrones...
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También murió el número de la
puerta.
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Y la campana y la llave y el candado. |
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Acaso eres un fantasma |
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Que nunca vino por aquí. Ahora siento |
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Cómo me miras a través de la oscuridad |
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Taladrando mis pensamientos todos. |
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[¡]Eh! [¿]Quién
(sic) está ahí vestido
de tinieblas?
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¿Quién araña el muro con su
carne,
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Con su dedo como un clavo |
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Que repercute en mis heridas? |
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¿Quién
(sic), errante y cansado delante de
la puerta?
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Tengo la lengua áspera como de ceniza. |
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No puedo andar más. |
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Y tengo sed. Vecino, ábreme tu puerta. |
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Mira sangre y gloria. |
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Mira maná, y veneno. |
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He huído
(sic) de la cruz,
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Tómame. Escóndeme en tus brazos. |
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3. LOS POEMAS
La recopilación de los poemas de Carmen Martín
Gaite se llevó a cabo, gracias a la iniciativa de Jesús
Munárriz, en la colección Hiperión en 1976.
Hasta entonces sus poemas habían quedado dispersos en libretas, apuntes,
cartas y la publicación esporádica de alguno de ellos, de
ahí que esa cuarentena de poemas se titulara
A rachas, que define a la perfección
lo que a rachas fue escrito y publicado.
Son tres los poemas impresos por primera vez en
Trabajos y Días. Dos, con algunos
cambios, pasaron la criba y vieron la luz, con certeras modificaciones, en su
libro
A rachas. En ellos se respira la triste
melancolía del paso del tiempo, el anhelo por salir de la rutina en
busca de un espacio inexplorado y una galante mirada a la naturaleza
simbolizada en la nieve, las flores y los lirios. La soterrada y fina
sensibilidad marca el ritmo de unos versos que ganan con el tiempo belleza por
ser el primer latido de la expresión personal.
La barca nevada (Martín
Gaite, 1947a)
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Nos hemos despertado, |
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y la luz de invierno amanecía |
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de nuevo en las rendijas. |
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Por caminos del aire, leve y tímida, |
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se despeinó la nieve |
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y durmió en la ventana. |
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Otro invierno ha bajado de puntillas |
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a posarse en el río, |
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y en la noche ha tejido |
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cristal de quieta losa, |
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extendido silencio. |
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Mirad la pobre barca |
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prisionera del agua endurecida. |
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Sola y blanca de canas |
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mira correr las trabes con envidia, |
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|
bien nubes desligadas, |
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|
que os destrenzáis tan jóvenes |
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sobre la barca inútil!- |
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Sí. De nuevo el invierno. |
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|
Tomad entre los labios |
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su áspero jugo oculto |
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animado en la
(sic) nieblas y en las ramas sin
savia.
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|
[¡]Abrid las puertas todas |
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y que entre oscuramente |
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|
esa canción intensa de promesa |
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y letargo fecundo! |
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248
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Tiempo duro y dichoso |
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para los corazones que esperan el milagro, |
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apenas presentido, de otros días. |
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Es difícil andar entre la nieve, |
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subiendo por camino pedregoso
(sic) |
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pero allí están las cumbres, |
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muy lejos, sonrosadas en la tarde. |
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Un día -lo sabemos- |
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Dios tocará los brazos, |
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hoy pobres y desnudos, de las ramas, |
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y los hará llenarse de gusanitos verdes |
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|
-embrión de reciente primavera-. |
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Vivid la espera. |
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El aíre con sus manos florecidas |
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soltará un día el hielo dulcemente |
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|
-canción de espuma alborotada y libre |
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en pedazos fundidos vida abajo-. |
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|
Y a ti vendrá a librarte, |
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|
triste barca olvidada de la orilla. |
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Empujará tu cuerpo |
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por repetidas rutas -[¡]tan nuevas sin embargo!-. |
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Y el agua resurgida tibia y dócil, |
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amasada con sol, |
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cederá al roce de tus alas niñas, |
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|
y romperás sin llanto |
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el misterio fluido de sus venas. |
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Y palabras de amor dirá, a tu paso, |
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|
el inclinado chopo. |
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Nada está muerto aún bajo la escarcha. |
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La vuelta de las cosas que dormían |
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su plenitud, desgranará los aires |
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como trinos abiertos y gozosos. |
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Pero vivid la espera del invierno. |
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Y que ella os purifique. |
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Carmiña
|
En mi vejez (Martín Gaite,
1949a)
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|
Cuando el tiempo de flor |
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venga a fundir la nieve en la montaña, |
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249
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|
ya no te esperará mi corazón, |
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|
alondra. |
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([¡]Ay! ¿Cómo eran sus labios? |
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cantará el surtidor). |
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De nuevo el mismo sol |
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se vendrá a los tejados |
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perezoso |
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herido por el grito de los niños |
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que juegan en la playa. |
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Y, como hoy, la mañana |
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despertará -encendida- |
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por fuera de mis ojos. |
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Pero mi corazón, |
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alondra, |
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ya no te esperará119.
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Carmiña Mayo 1948
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Destello (Martín Gaite,
1949b)
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Hoy habláis otra lengua, |
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lirios que os despeináis bajo la lluvia. |
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Me apresáis con vosotros |
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igual que si me viera en un espejo. |
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Y tengo que dejaros. |
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Tiran de mí precisamente ahora |
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que acabo de encontrarme |
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-pequeña, pura- |
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entre vuestras corolas. |
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Voy a cerrar los ojos, |
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-no deshagan la imagen-. |
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Y me iré sin miraros otra vez. |
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|
[¡]Ay! Cuando vuelva a veros |
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¿sabré ya comprender este lenguaje
vuestro
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que un minuto ha rasgado mi tiniebla |
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250
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|
oh lirios despeinados por la lluvia?120 |
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Carmiña Septiembre 1947
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4. LAS NARRACIONES
Dos son las narraciones que Carmen Martín Gaite
publicó en
Trabajos y Días. El primer relato,
«Desde el umbral» (Martín Gaite, 1948), centra su
preocupación en la rutina diaria vivida de la Facultad de
Filología donde la protagonista estudia. Se trata, pues, de un fragmento
autobiográfico que refleja la angustia de la autora ante el
monótono paso del tiempo. El guiño de la primavera abre las
esperanzas de un corazón inexperto que ansía cambiar su espacio
vital -el Seminario de Románicas-, anclado en el ayer, por la
posibilidad y el anhelo del mañana. El relato, en el que se mezclan
atinadamente reflexiones sobre la vida con simbólicas descripciones de
la naturaleza, se gesta en torno al gozne de un presente que debe templarse en
el despertar futuro.
El cuento «Historia de un mendigo» (Martín
Gaite, 1950) asienta las bases de lo que serán las fundamentales
preocupaciones de la escritora salmantina: la oposición campo/ciudad, la
rutina, la incomunicación, el desacuerdo entre lo que se hace y lo que
se sueña y el miedo a la libertad. El mendigo simboliza el sufrimiento
de un ser humano despedazado y perdido en el seno de una sociedad que le es
hostil y en la que, por otra parte, se ve obligado a insertarse. Se narra un
momento cualquiera, gris, insignificante, de un ser vulgar y anodino que ha
perdido su capacidad de comunicación con la sociedad y no logra afianzar
su autodeterminación. En cuanto a su personalidad destaca el miedo a ser
observado, a hablar con las gentes, a sentir afecto por el perrucho que le
acompaña. El mendigo rehuye la mirada de los otros y se refugia en su
fiel perro que se convierte en símbolo de él mismo y de su
relación con la sociedad. Al final se le niega la esperanza de cambiar
su vida, de hacer realidad sus sueños y se encamina al fatal encuentro
con la muerte. El mendigo posee la óptica privilegiada del
flâneur que le permite pasear,
observar y analizar a los seres que le circundan. El estudiante de medicina, la
muchacha del sombrerito rojo, adolescentes, jóvenes chicas con sus
novios, las gentes que se apresuran hacia los tranvías, los
niños que juegan constituyen una gran fotografía
social, con relación a la que el mendigo (el artista) es un excluido al
que únicamente se le permite soñar y emborracharse. Esa necesidad
del narrador de ubicarse fuera para tener la perspectiva que le permita contar
se manifiesta en la elección de palabras como «umbral»,
«balcones» o «visillos». La escritora se aproxima
así a la realidad social de la posguerra. Ese mendigo es un vencido de
la contienda civil cuyo defecto no reside en su falta de palabras, sino en su
miedo a comunicarse con los demás, supuestos vencedores del conflicto,
lo que le lleva a replegarse sobre las ruinas de su memoria. Si «Desde el
umbral» es testimonio de las inquietudes que le motivan a respirar nuevos
aires, «Historia de un mendigo», en cambio, cumple la
función de testimoniar lo social. Al localizar el asunto del relato en
las lacras sociales, la escritora azuza el malestar de la conciencia colectiva
y pone de manifiesto la eficacia de la literatura como instrumento de
acción social.
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Desde el umbral (Martín
Gaite, 1948)
Pasamos media vida mirando hacia allá, imaginando. Tanto
que nos parece que ya nos hemos ido.
Y un día, al alzar los ojos, estamos aún en el
mismo sitio. Acostumbradamente se cruzan nuestros trenes y cada instante es una
despedida.
Sí. Ahí está todavía Muriel,
saludándonos desbordado y alegre por los pasillos de la Facultad. Y
aquí los mozárabes diciendo
yanair y
conelyo como niños tontitos que
aprendiesen a hablar repitiendo lo mismo un día y otro. Y enfrente la
Catedral blanca de nieve, gozosa de sol, recortada y violeta al poniente, como
si pensara.
Nos han dicho que Adrados ya es catedrático y que Alvar
lo va a ser enseguida. Se llaman así, Adrados y Alvar, y nos acordamos
muy bien de cuando eran estudiantes de cuarto curso. También algunas
chicas que estudiaban entonces, ahora tienen un hijo. Que esto es más
importante todavía.
...Y nosotros escuchamos las noticias con dulce e inconsciente
admiración, respiramos bien fuerte y nos sacudimos el polvo cantando.
Cantando al azar. Porque nada está colmado, porque aún no hemos
llegado a ningún sitio.
(Tampoco llegaremos luego, ni nunca; pero nos parecerá
que sí). -Y podemos hacer- mucho ruido para que todos sepan que estamos
aquí todavía.
No se trata de intentar hacer eterno el tiempo. De intentar
guardarse unas horas que sólo son para que hayamos sabido irlas cogiendo
y soltando mientras
pasaban intensas y redondas. Que no valen por
ellas mismas sino por lo que nos han enseñado al beberlas.
Pero sí es tiempo de mirar alrededor haciendo un recuento
como después de una hermosa cosecha, y sentir alegre el corazón
porque es todo nuestro aunque lo dejemos aquí, aunque vengan los
demás a quitarnos el sitio, ese pequeño sitio.
Si sabemos marcharnos diciendo: «Hasta
mañana», nos quedaremos para siempre y nos lo llevaremos todo en
nosotros.
Mirad. La primavera ha vuelto perezosa y transparente, y se
incuba en el mundo, y es un cálido jugo en nuestras venas, un limpio
rebrotar de fresas, de mañanas y de pájaros.
Doña Blanca de los Ríos acaba de encontrar un
documento viejo, y le raspa la tinta, y los ojos le brillan porque ahora
resulta que Gabriel Téllez era hijo natural del Duque de Osuna. Y sino
(sic) vengan ustedes a su obra y
verán las alusiones amargas, intencionadas:
«La desvergüenza en España se ha hecho
caballería».
¡Si ya lo decía yo! -se ufana doña Blanca-
(Luego vendrán otros señores a llevarle respetuosamente la
contraria, pero por ahora ella, la pobre, ¡está tan
contenta!).
Está abierto el balcón del Seminario, y dentro de
un marco se ve un poco de llano derramado allá lejos y unas nubes
delgadas que se estiran encima. Y delante, más cerca, la ciudad con sus
tejados dormidos, tibia como un humo. Todas las campanas de los conventos dan
vueltas lentamente en la tarde.
Siempre ha vuelto así la primavera. Día tras
día cada uno se ha ido encerrando en sus cosas y ha ido
haciéndose distinto, pero siempre al andar se tropezaba con los ojos
calientes de ese puñado de gentes amigas, y de pronto era bueno vivir, y
era bueno mirar que la tarde caía en los conventos y que los
árboles se habían llenado de flores blancas mientras
partía el Cid para el destierro, mientras Manolo Ballestero divagaba
apasionadamente, contradiciéndose, o ensayábamos teatro en la
clase grande.
Ronsard nos lo ha dicho:
... «Vivez si m’en croyez,
n’attendez à demain...»
Y Juan Ramón, ese estremecido poeta:
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«No busques, alma, en el montón de ayer |
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las perlas en la escoria... ». |
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Ni mañana ni ayer. Ahora es todo nuestro. Podemos
soñar que siempre será nuestro ¿No sentís clavado
el instante como una aguja florecida? [¿] no os duele en el
corazón su plenitud?
Esfuerzo elástico por saber, por probar; posibilidad,
anhelo, ramas verdes cruzadas.
Sí. Estrenemos esta primavera. Porque nos hemos detenido
y aún estábamos aquí, como siempre.
¿Escucháis? ¡Despertad! Aquí y ahora.
Las nubes desplegadas cauce allá, sobre la torre.
En Salamanca, en Anaya a 15 de marzo de 1948.
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Historia de un mendigo
(Martín Gaite, 1950)
El mendigo llegó a la gran ciudad en una tarde clara y
fría, con un zurrón y un perro compañero de los caminos.
El perro no era suyo ni de nadie y por eso ni siquiera quiso ponerle nombre. Le
llamaba sólo perro o perrucho, y el perro a tendía a brincos.
Tenía los ojos húmedos y cariñosos. Pero el mendigo
pensaba: «Un día se me irá, y hará muy bien. Si
encuentra un amo rico, con derecho a esclavizarle, ese le pondrá
nombre». El perrillo saltaba con el rabo enhiesto cuando entraron en la
gran ciudad. El poniente rojo se voleaba sobre unos andamios.
El mendigo era un viejo mendigo. No decrépito. No
lisiado. Alto y anguloso, de barba pálida, de mirada aguda y serena. A
nadie le importaba saber de dónde había venido, y nadie se lo
preguntó. La verdad es que él tampoco era amigo de buscar
oyentes; apenas le importaba a él mismo el cúmulo de días
vividos. Y pensaba en sí muy raras veces.
El mendigo se decía: «¡Vaya!
¡Qué fáciles son las cosas! Ya estoy en la gran
ciudad». Y se lo repetía muchas veces para enterarse y su idea iba
con él mientras andaba como el rumor de un abejorro terco. Su idea se le
repetía multiplicada en la voz de los claxons, de las ruedas, de los
silbatos.
El mendigo se perdía entre los ruidos de la gran ciudad,
vagando lentamente con su perro.
Un día se va lento o fugaz, pero notamos su peso y su
medida. Si se juntan varios días ya no sabemos. Parece que los han
soplado, que no son tiempo. Si se juntan diez, veinte lentos días ya no
sabemos nada de ellos.
El mendigo pensaba:
«Ya debe hacer un mes que estoy en la ciudad. El aire es
templado y olerá a tomillo más allá de las casas».
Las casas se alzaban como tapaderas impenetrables con su faja de sol en los
pisos altos. Miles de casas. El mendigo levantaba sus ojos a los balcones. De
alguno colgaba a veces, lacia, una palma cruzada desde el Domingo de Ramos; en
otro se adivinaban unos tiestos. Luego los visillos tapaban lo de dentro. El
mendigo notó que en aquella ciudad las mujeres no se asomaban nunca al
balcón. En cambio había letreros sujetos a los hierros. Y por la
noche se encendían y se apagaban con luz roja, verde, morada, insistente
restaurante. Anís-Santrería (y la «a» rota se velaba
como una luna en eclipse)-. Sobre las altas terrazas, el cielo se perdía
detrás del halo rojizo y denso de los letreros.
Una tarde, siguiendo con la vista la herida púrpura de
una nube, el mendigo y el perro fueron a parar a una plaza apartada que
tenía una iglesia, dos tabernas y un farol. Era un sitio tranquilo y los
niños se perseguían con las piernas sucias y desnudas por las
bocacalles, desbocados, primaverales. El mendigo aprendió a ir
allí desde cualquier calle desconocida. Iban siempre -él y el
perro- al acabar la jornada, después de haberse fundido en el
afán de la ciudad y de haberla visto girar con sus mil rostros y sus mil
vitrinas y sus mil bombillas.
El mendigo descansaba la espalda contra la pared y rascaba el
lomo del perro que gruñía con los ojos cerrados. Luego se iban a
dormir entre los muros de una casa derruida desde la guerra que descubrieron un
día en las afueras.
No siempre iban juntos. A veces al despertar, el perro se
había marchado por su cuenta. Andaba todo el día separado del
hombre, buscando su comida, y volvía a la noche a la plazuela.
Allí esperaba a su amigo sentado en las escaleras de la iglesia. Otras
veces le saludaba ladrando al llegar cuando el mendigo ya estaba allí,
apoyado en la pared, pensando de cara a los astros: «Hoy no
volverá más el perrucho. Y hará bien». Entonces se
miraban hondamente, sin alborotar, pero el hombre sentía escozor en los
ojos y se decía «Ha vuelto, vuelve porque quiere».
Al anochecer la ciudad se abría como un ascua de rumores
y luz y las gentes se apresuraban hacia los tranvías, hacia el cruce de
dos calles, hacia la entrada de un teatro. Un hombre serio, que iba pensando en
Nietzsche, se cruzaba con una florista joven; un estudiante de medicina miraba
las piernas de la florista desde el autobús; la muchacha del sombrerito
rojo pensaba que era perfecto el perfil del estudiante, y su novio le tiraba de
la manga:
-«Nena, bajamos en la próxima». Se
encendía la luz roja y el guardia daba la señal para cruzar.
Todos se agolpaban, se separaban. La luz roja otra vez.
El mendigo observaba el ir y venir de las gentes con los ojos
tranquilos. Los rostros eran alargados, carnosos, picudos, nunca los mismos.
Él no los conocía. Tendía hacia ellos la mano
mecánicamente, sin palabras. Aquellas monedas le hacían falta
para comer un poco. ¿Qué más daba además ensayar un
gemido o una ceguera? Las gentes pasaban con sus rostros distintos sin mirarle,
sin conocerse. Pasaban los adolescentes, los hombres, preocupados y
egoístas
(sic), las muchachas pegadas a un novio. El
mendigo los seguía con una mirada de ardiente curiosidad.
¿Cómo acercarse a ellos? ¿Cómo acercarse? A veces
deseaba hablarles, pero hubiesen recelado. Si alguien le miraba alguna vez -el
tabernero, la mujer de las cerillas, otro pobre- era desde un pozo de recelo.
Pero eso se callaba.
El mendigo solía embriagarse alguna vez. Nunca del todo
porque no tenía dinero. Después se dormía bien en
cualquier sitio. Antes del sueño venían mezclados todos los
rostros humanos, sonriéndole, y se besaban entre sí en una
confusa armonía. Y formaban como un techo de lianas sobre su cabeza. El
mendigo entreabría los ojos y en cada una de las estrellas de la noche
veía su rostro. Luego los cerraba y en cada rostro de los de su
sueño se encendía una estrella.
Cuando vino el verano, surcado de muchachas con los brazos
desnudos, de mangueros y de algún pregón perezoso, el mendigo
empezó a notarse desasosegado e insatisfecho como nunca en su vida:
«¡Qué cansado estoy!» -pensó. Y se
extrañaba de aquello. Él, que nunca había pensado en hacer
nada, se decía ahora: «Si fuera joven trabajaría y
ganaría dinero para repartirlo, para regalarlo. Seguramente me
casaría para tener hijos y, sino
(sic), me acercaría a los
niños de los demás y los besaría. Me gustaría
pararme a la sombra de los árboles a echar un cigarro con los otros
mendigos y escucharles su vida. Conocería la alegría de trabajar,
y ella me uniría a las gentes».
Pero el mendigo se sentía impotente y viejo.
Pensó: Tal vez estoy enfermo y me voy a morir. ¡Dios mío!
Sería horrible morir aquí, tan solo.
Y una mañana se echó su zurrón al hombre y
se fue de la ciudad furtivamente, con las primeras luces, hacia donde maduran
los trigales.
Camino adelante. Camino de la muerte.
El perro le siguió.
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Referencias
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Carmen Martín Gaite. Lincoln, Nebraska: Society of Spanish and
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Signa [Publicaciones periódicas] : revista de la Asociación Española de Semiótica. Nº 11, Año 2002
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